N/A: Hello a todos, queridos lectores, juju. Para compensar mi retraso de las dos últimas semanas, esta vez me presento el viernes mismo a la hora de comer, para animarles la sobremesa xD No les digo mucho más, porque esta vez las notas finales son completamente kilométricas. Sé que canso mucho, pero una vez más recomiendo que les echen un vistazo, porque explico algunos datos nuevos de este cap n.n Y, además, esas notas representan el mail bisemanal que le dedico siempre a los lectores contándoles mis paranoias… Ejem, mejor lo dejo o seguro que no se pasan por allí jamás… Creo que he leído demasiado manga y me han afectado seriamente los "free talks".
No sé a quién dedicar este cap, sinceramente. Pero, dado que Elsa y Vera se han reservado ya la dedicatoria de un cap concreto, este se lo voy a dedicar a Lindalawen y a lady Angelina J, por ser tan buenas críticas y no fallar nunca con sus r/r n.n Muchas gracias a las dos, sois geniales… Y, en especial para lady Angelina J, aquí te va la famosa escena que tanto te gusta, remasterizada. Espero que la disfrutes, juju. Mando saludos especiales a Phoenix.G.Fawkes desde aquí, y también a todos los que leen sin dejar r/r. ¡Gracias por seguir ahí a pesar de todo!
Y les dejo con el cap, que tiene un par de escenas nuevas, para que lo disfruten ;) ¡Nos vemos abajo!
ADVERTENCIA: esto es un AU ambientado en la época de los Merodeadores, Respuestas tiene ya casi cuatro años, empecé a escribirlo antes de la publicación de la Orden del Fénix y en su mayor parte está basado en los rumores que corrían en aquella época sobre el libro 5º. En consecuencia, pocas cosas te vas a encontrar aquí que tengan que ver con la línea argumental que ha seguido JK Rowling en los últimos dos libros. Ni Mundungus Fletcher ni Arabella Figg son como nos los ha pintado JK, y bueno… resumiendo, no te fíes, porque si eres nuevo en R no sabes con lo que te puedes encontrar, jeje… Recuerdo también el formato del fic: cada capítulo es la respuesta a una pregunta referente al pasado de los Potter, de ésas que circulaban por los foros cuando la OdF aún no había salido. No me importa que algunas de esas preguntas hayan sido ya contestadas, repito que esto es un AU, especial para quienes busquen alternativas. Y a los que ya me conocen, sólo decirles:
¡A leer!
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Aprovecho para recordar que, para todo lo relacionado con Santuario, tomé datos de uno de mis videojuegos favoritos, "Diablo II: Lord of Destruction", mezclándolos con mis teorías sobre el universo HP. Quiero aclarar que ninguna referencia a ese juego, ni todos los datos que tomé de las obras de Rowling, me pertenecen… Es por si alguien decide demandarme, que sepan que no tengo un céntimo, hago esto por puro entretenimiento…
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RESPUESTAS
5ª pregunta: ¿Cómo estalló la guerra entre las dos grandes casas de Hogwarts?
"Slytherin vs. Gryffindor: La guerra de las casas"
La pequeña casa que los Flathery tenían a las afueras de Belfast estaba patas arriba aquella tarde de finales de diciembre, pero Jonathan hacía todo lo posible por que la agitación no se notara en el exterior. Era difícil viajar sin que los espías que lo vigilaban por orden del Ministerio se dieran cuenta. Muy difícil. Pero no imposible. No en vano había estado viviendo 14 años en Santuario, 12 de los cuales casado con una talentosa hechicera. La proyección astral era un arte complicada que consumía bastante energía, pero le permitía ir a donde le diera la gana, dejando a su "doble" en casa para que siguiera la rutina sin levantar las sospechas del señor ministro. No usaba ese recurso nunca, era una locura arriesgarse a que cualquier otra persona lo viera donde se suponía que no debía estar, pero no tenía más remedio que hacerlo si quería ir a Santuario sin que nadie se enterara. Y eso era precisamente lo que acababa de hacer: pasar dos semanas en la tierra de la magia arcana, con una copia de sí mismo paseándose felizmente por Belfast, ante las narices de los aurores que seguían sus pasos.
Ese día había vuelto del agitado y agotador viaje, en la madrugada, y había estado durmiendo desde entonces hasta ese preciso instante, en el que el sol ya empezaba a decaer, recuperándose del esfuerzo de mantener la proyección astral intacta durante tanto tiempo y a tanta distancia. Ahora, después de comer con apetito acumulado, se dedicaba a recorrer la casa de arriba abajo, preparándose para lo que se avecinaba. Cuando entró al pequeño salón, donde la chimenea crepitaba con un acogedor fuego, cargando con una caja que contenía recuerdos de la infancia de sus hijas, no pudo evitar la abierta sonrisa que cruzó su delgado y demacrado rostro.
-Te dije que no hacía falta que me acompañaras de vuelta –comentó, risueño-. Podría haber vuelto yo solo… Y tampoco era necesario que te quedases todo el día aquí, deberías haber vuelto a Bentram, ahora estarías en un barco de camino a casa.
Sentada en el suelo, frente a la chimenea, y envuelta en una gruesa capa de piel animal, se alzaba la corpulenta figura de un hombre sin edad, que miraba al fuego fijamente, inexpresivo. Tenía las piernas cruzadas a estilo indio y se inclinaba hacia delante, acodándose en sus rodillas. Su pelo era blanco como la nieve, largo hasta la cintura y sujeto con una tira de cuero en la parte baja de la nuca, dejando escapar algunos mechones que caían sobre su pétreo rostro. Lucía una descuidada barba igual de albina, que desdibujaba las facciones fuertes y la marcada mandíbula. Cuando oyó al otro hombre hablar, volvió hacia él sus ojos de un claro color verde, alzando una ceja.
-Si crees que te dejaría hacer el viaje solo desde Santuario es que te estás volviendo idiota con los años –replicó con voz grave y acento extraño-. Estabas medio muerto cuando subiste al barco en Kingsport. Te recuerdo que casi tuve que traerte a rastras desde Bentram. Cualquiera diría que tienes 50 años, Jonathan… la estupidez que has hecho con lo de la proyección astral es propia de un crío de parvulario. Por mucho que te infles a pociones regeneradoras, uno no puede mantener de esa manera una copia de sí mismo absorbiéndole constantemente la energía.
En vez de replicar, el reprendido dejó escapar una risita de diversión, mientras dejaba la caja que portaba junto a otras tantas que estaba acumulando. Su mirada era más cálida de lo habitual. Le ponía de muy buen humor hacer las maletas.
-Vale, agradezco que hayas cuidado de mí durante el viaje –sonrió, mirando de nuevo a su invitado-. Pero podrías haberte ido en cuanto yo terminé sano y salvo en mi cama durmiendo mi irresponsabilidad, como dices tú.
-Claro… -bufó el otro, sarcástico, y centró sus ojos en el fuego otra vez-. No hay forma de aparecerse o desaparecerse dentro de esta casa sin que lo detecten tus amiguitos del Ministerio, sin contar que también vigilan la red de chimeneas para controlar entradas y salidas.
-Tú y yo sabemos que hay muchas otras formas de desplazarse sin ser detectado, Blizzard –Jonathan parecía realmente divertido-. Además… ¿desde cuándo utilizas los métodos de transporte de los magos corrientes?
-No se puede abrir un portal a Bentram desde aquí, está muy lejos –gruñó el corpulento hombre, consciente de que su compañero sabía de sobra que mentía-. Y llamaría mucho la atención.
-¿No terminarías antes admitiendo de una vez que estabas preocupado por mí y por eso te has quedado a hacerme compañía?
El inquilino albino estrechó los ojos con una mueca molesta, sabiéndose descubierto.
-Muy bien, lo admito, me preocupaba que tu diminuto cerebro de mago, con esas ideas de mole espinosa que tienes a veces, te pasara una buena factura esta vez. ¿Te hace ilusión saberte querido, cuñadito?
-No sabes cuánta… -rió Jonathan en son de broma.
Flathery se agachó junto a las cajas y, sacando la varita de uno de los bolsillos de su ajada túnica, empezó a sellarlas, aún con esa vaga sonrisa en la cara. Se detuvo un momento para echar un vistazo dentro de la última que había bajado desde el desván. Con expresión nostálgica, sacó una rústica muñeca de trapo bastante estropeada ya, y acarició la pelambrera hecha de esparto. Su esposa la había cosido a mano hacía años, para su hija mayor, cuando estaba embarazada de Sam. Más tarde, esa muñeca la heredó la menor de las Flathery, y Karen había encontrado especialmente divertido fastidiar a su hermana diciéndole que incluso el pelo de la muñeca era más disciplinado que el suyo. Sam se enfadaba muchísimo y exigió a sus padres que le arreglaran el cabello o ella misma tomaría medidas al respecto. Su esposa había vivido varios días con miedo de que la pequeña se cortara la cabeza para solucionar su problema.
-Blizzard… ¿crees que el Consejo cederá esta vez?
El susodicho se volvió hacia el marido de su difunta hermana y lo observó en silencio. Jonathan estaba sentado sobre sus piernas en el suelo, sujetando entre sus manos aquella odiosa muñeca que tantos problemas les causó en el pasado. Desde su posición, podía ver el perfil de su cuñado, mirada perdida en recuerdos y semblante ausente, medio oculto por el desordenado flequillo trigueño, la coleta que sujetaba su cabello medio deshilachada y su rostro aún surcado por el agotamiento. Estaba ojeroso, flaco y vestido con una túnica vieja y andrajosa, ofreciendo un aspecto aún más deplorable que el habitual. Las incipientes arrugas de su delgado rostro parecían más visibles que nunca y, por una vez, aparentaba cada uno de los años que tenía. Muy pocos sabían o comprendían todo lo que ese hombre había tenido que afrontar a lo largo de su vida, las preocupaciones que cargaba en la conciencia… y Blizzard se preguntaba a menudo cómo era capaz de seguir sonriendo como un crío lleno de inocencia y buen humor.
-Sí –contestó con rotundidad-. Sí, Jonathan, cederá. Esto se ha acabado por fin.
-¿Se ha acabado? –repitió el rubio en voz baja, acariciando de nuevo la muñeca-. ¿En serio lo crees? A veces pienso que no ha hecho más que empezar…
Blizzard lo miró fijamente por unos segundos, sin abrir la boca.
-La situación que sacudía Kehjistan cuando murió Xian se ha estabilizado –le recordó-. Los disturbios de aquella época han ido remitiendo con los años. Ahora estamos en relativa calma y…
-¿Y no te da la sensación de que sólo es la calma que precede a la tormenta? –interrumpió Flathery. Con un gesto, volvió a colocar la muñeca en la caja y procedió a sellarla-. Santuario se convulsionó, y ahora ocurre lo mismo con el mundo mágico… No puedo evitar pensar que ambas olas provienen de una misma sacudida.
-Si así fuera, donde mejor estás es en casa, con nosotros –atajó Blizzard-. Puede que las crisis de Santuario sean más violentas, pero también contamos con muchos más medios para defendernos. Si la crisis te alcanza estando aquí, puede pasarte cualquier cosa, y no estoy dispuesto a que ocurra algo semejante –Jonathan lo miró de soslayo, alzando una ceja con diversión, y su interlocutor puso los ojos en blanco-. No me pongas esa cara de imbécil, te estoy hablando en serio. Hace cuatro años que murió mi hermana, no quiero perder a mi hermano también. Además, tienes dos hijas que te necesitan –hizo una pausa, apartando la vista de nuevo hacia el fuego-. Kiara está a punto de alcanzar la mayoría de edad, cuando empiece con su instrucción como hechicera tendrá asegurado su futuro en Santuario. Y el Consejo opina que es muy posible que Sharai también pueda pasar las pruebas si se entrena lo suficiente, así que, dentro de unos años, cuando cumpla los 15…
-Sam tiene más futuro aquí que allí –replicó Jonathan, con voz pausada, apilando las cajas-. Karen será una gran hechicera, pero Sam tiene más madera de bruja. No quiero decir que si vuelve a Santuario le vayan las cosas mal, pero creo que es mejor que siga en Hogwarts hasta que termine sus estudios, y que luego sea ella quién decida qué quiere hacer –le dedicó una sonrisa a su cuñado-. ¿No estás de acuerdo?
Blizzard gruñó, componiendo otra mueca.
-No, pero es tu hija, no la mía, y tienes razón al decir que sólo ella puede tomar la decisión.
Jonathan amplió su sonrisa, de nuevo con ciertos toques de melancolía.
-Se pondrá muy contenta cuando le diga que van a permitirnos volver –comentó-. Os echa mucho de menos a Karen y a ti, creo que le hará bien volver a Santuario, aunque sólo sea durante las vacaciones. Sin embargo… no me hace mucha gracia trasladarme allí y dejarla sola en Hogwarts.
-¿Prefieres quedarte aquí, con todos esos estúpidos pegados al cristal de tu casa para ver lo que haces día y noche? –su cuñado alzó una ceja con escepticismo-. De verdad que vuestro Ministerio está perdiendo facultades. Si a eso le llaman espías, no quiero ni imaginar cómo será el resto del personal. No durarían ni dos minutos en Santuario, deberían pasarse por allí para hacer un curso intensivo si de verdad quieren hacer algo de provecho en sus vidas. No, Jonathan, tienes que salir de aquí. Y no te preocupes por Sharai, ella está más que segura en Hogwarts.
Flathery rió en un murmullo.
-Supongo que tienes razón –suspiró, retomando su expresión risueña-. Seré de más utilidad allí que atrapado en esta ratonera. ¿Cuándo tomará el Consejo una decisión?
-A principios de año, digo yo –contestó Blizzard-. Depende también de cómo se desarrolle la prueba de Kiara, si la admiten las Zann Esu definitivamente nadie podrá seguir afirmando que los hijos de hechicera son aberraciones. Con eso admitirán a Sharai de vuelta. Y creo que ya hay pruebas más que suficientes de que tú nunca has causado ningún problema. Sigo pensando que te echaron sólo porque aún estaban resentidos contra ti por haber conseguido descarriar a Xian. Quizá para la primavera ya estés instalado de nuevo en Kurast. También depende del tiempo que te lleve solucionar todos los trámites aquí.
-¿Entonces la situación allí se ha estabilizado del todo? ¿Se ha descubierto algo nuevo sobre la crisis?
-No mucho –el druida encogió sus anchos hombros-. Tengo que reconocer que te doy la razón en una cosa, cuñadito… yo también tengo la sensación de que sólo es la calma que precede a la tormenta. Han corrido rumores de todo tipo en estos años. El Consejo ha intentado calmar un poco las cosas en el Templo, pero los zakarumites se están desmadrando de una manera escandalosa desde la muerte de Khalim. Nombraron como nuevo Que-Hegan a un tipo llamado Sankekur… ¿Lo recuerdas?
-Sí –Jonathan frunció el entrecejo-. Y también recuerdo que no me gustó nada cuando lo conocí.
-Demasiado arrogante –asintió Blizzard-. Se le había subido un poco el poder a la cabeza. La situación del Templo se tranquilizó con su llegada, pero últimamente está haciendo cosas un tanto extrañas. La gente comienza a inquietarse y el Consejo está empezando a movilizarse sin que los del Templo se enteren, por si acaso se ven obligados a tomar medidas drásticas.
Jonathan permaneció un rato en silencio, con la ceñuda mirada clavada en el suelo.
-¿Crees de veras que alguien ha podido liberar a Mephisto? –inquirió por fin, su voz cargada de preocupación.
-No tengo la menor idea –el tono de su cuñado también cambió, volviéndose serio y sombrío-. Pero lo que sí sé es que Travincal ha dejado de ser un lugar seguro. Con el Templo allí en medio, poco importa que Mephisto haya sido liberado o no, el aura que emana de su prisión están corrompiendo a todo el que se acerque. Fueron muy arrogantes nuestros antepasados si creyeron que conseguirían mantenerlo encerrado eternamente sin que su influencia se filtrara por cada rendija.
-No sé hasta qué punto es seguro volver –murmuró el rubio-. Quizá sería más conveniente que sacara a Karen de allí y me la trajera, en vez de llevarme allí a Sam.
-Tú mismo lo dijiste antes, cuñadito: el futuro de Kiara está allí. Además, ella está muy involucrada en este asunto, quiere empezar su instrucción cuanto antes para no quedarse atrás si empiezan problemas –una amplia sonrisa se dibujó en el barbudo rostro del druida-. Es igual que su madre…
Con un gesto, volvió la cabeza hacia Flathery, y no debió notarlo muy convencido, porque añadió:
-No le des más vueltas. La situación no tiene por qué volverse a descontrolar, el Consejo lo vigila todo estrechamente, si los zakarumites se alzan de alguna forma, sabrán reprimir la rebelión. Hace años este asunto se les escapó de las manos porque bajaron la guardia, había demasiado intruso pululando por Santuario, no sé cómo no tomaron medidas antes contra ese maldito mocoso entrometido que se paseó durante años por allí metiendo las narices donde no le llamaban. Ahora controlan mucho más las entradas y salidas de los forasteros, han endurecido bastante las medidas de seguridad en todos los sentidos.
-¿Sí? –Jonathan esbozó una amarga sonrisa-. ¿Significa eso que también me van a poner allí una escolta privada que me acompañe a todas partes y espíe mi casa día y noche?
-Tú no eres un forastero –espetó Blizzard, endureciendo su expresión.
-No es eso lo que me dijeron la última vez…
-No malinterpretes, Jonathan –atajó el corpulento hombre, frunciendo sus pobladas cejas blancas-. Entonces la gente estaba asustada y no sabía lo que hacía. El Consejo comete errores, pero sabe cuándo es el momento de rectificar. Cosa que, si no mal recuerdo, aún no han sabido hacer tus amiguitos del Ministerio de Magia –el rubio apretó los labios ante el comentario, pero no replicó-. El valor como suaníta te lo daba mi hermana cuando estabais casados, y ahora te lo dará tu hija al ser mayor de edad y una hechicera reconocida. No eres ningún intruso, tienes allí toda una vida, y eso el Consejo lo sabe muy bien. Además… -volvió a sonreír con malicia-. Tu cerebro está bastante cotizado en el mundo político de Kehjistan, les gusta cómo piensas, saben que tienes talento y… quién sabe, lo mismo te ofrecen un puesto en el futuro.
-Se dice "inteligencia", Blizzard, no "cerebro" –sonrió Jonathan socarronamente-. Todavía tienes que pulir un poco mi idioma, hay ciertos términos que se te escapan. Quién te oiga va a pensar que os dedicáis al tráfico de órganos…
-¡Humf! Ya me entiendes… ¿Prefieres que sigamos esta charla en lengua arcana, a ver quién es más inepto de los dos?
-No –rió Flathery, y sus ojos volvieron a aclararse, como si las preocupaciones lo asaltaran por momentos y luego lo volvieran a abandonar-. De todas formas… no creo que aceptara un puesto en el Consejo de Kehjistan. Yo ya tengo un trabajo del que ocuparme…
-Ohhh, ¿otra vez hablando de tus niños? Después de 20 años, ¿todavía no han tenido tiempo de aprender a valerse por sí mismos?
-Saben valerse por sí mismos a la perfección, Blizzard, pero no importa lo que diga o deje de decir el Ministerio… Yo sigo siendo su tutor, es mi responsabilidad ocuparme de este asunto.
-Creo que te has involucrado demasiado en ello, Jonathan –resopló el druida-. Pero allá tú… Eres aún más cabezota de lo que era mi hermana, y eso ya es decir, así que paso de volver a echarte el discurso. Sé que te entra por un oído y te sale por el otro.
La sonrisa del rubio se ensanchó, haciéndole entornar los cálidos ojos azules.
-Me gustaría que conocieras al profesor Dumbledore –comentó, risueño-. Estoy seguro de que os llevaríais bien. Quizá estés interesado en un proyecto que estamos llevando a cabo para…
-No me interesa ningún proyecto de magos –atajó Blizzard con fingida altanería-. Y menos si tú estás de por medio. Ya es bastante tener que estar unido a ti por lazos familiares como para encima añadir el aspecto laboral.
Jonathan negó con la cabeza, conteniendo la risa. Era imposible tratar con su cuñado y su carácter tan peculiar. Tan pronto te elogiaba con afecto, como te insultaba descaradamente. Ya estaba acostumbrado a esos cambios y sabía que, en la mayoría de los casos, la actitud orgullosa de Blizzard era pura fachada. Con todo, era uno de los hombres más íntegros que había conocido en su vida, su mejor amigo y lo más parecido a un hermano que había tenido jamás. Podía confiar plenamente en él y en sus habilidades. Y por eso quería hablarle sobre los planes de Dumbledore. Si la crisis de Santuario y la del mundo mágico resultaban estar relacionadas… si de verdad ambos temblores provenían de una misma sacudida… entonces toda la ayuda que pudieran conseguir sería poca.
Abrió la boca para insistir, pero unos leves golpecitos en el cristal del ventanal que decoraba la pared opuesta a la de la chimenea llamaron su atención. Blizzard se giró rápidamente, adquiriendo una actitud alerta. Si alguien del Ministerio lo encontraba allí, ambos se meterían en serios problemas. Jonathan intercambió una mirada de muda comprensión con su cuñado, que asintió con la cabeza. El rubio se puso en pie lentamente, acercándose a la ventana con cautela, y corrió la cortina lo justo para dejar una rendija de visibilidad. La escasa luz del crepúsculo hizo brillar sus ojos azules.
-No hay problema –susurró, moviendo apenas los labios-. Sólo es una lechuza.
Blizzard se ocultó convenientemente tras uno de los sillones del salón mientras Jonathan corría las cortinas y abría la ventana para dejar entrar al animal. La brisa gélida del anochecer invernal inundó la estancia junto con un batir de alas, y la lechuza fue a posarse en el hombro del destinatario, extendiendo la pata en la que llevaba la carta. Jonathan volvió a cerrar los cristales y a echar las cortinas.
-Es raro que me escriba alguien –comentó, mientras cogía el sobre con el ceño fruncido-. Ni Johnny ni ninguno de los otros se arriesgaría a mandarme una lechuza…
Su mirada cambió al ver el sello de Hogwarts y se apresuró a romperlo con inquietud reflejada en la cara. Blizzard lo observó con atención mientras leía y se apresuró a ponerse en pie al ver que su cuñado palidecía a más o poder, sus ojos abiertos desmesuradamente por la sorpresa.
-¿Qué ocurre? –inquirió con preocupación.
-Sam… -susurró Jonathan, y alzó la vista hasta que su mirada se encontró con la de él-. Ha sufrido otro ataque. Hoy mismo, por la tarde. Delante de todo el colegio. Está en la enfermería –sin pensárselo dos veces, le tiró la carta a su cuñado y salió disparado hacia el recibidor-. ¿Dónde está mi capa? ¡Salgo para Hogwarts ahora mismo!
-¡Jonathan! –exclamó Blizzard, saliendo tras él a zancadas.
-¡Tengo que ir! –gritó el aludido, echándose la raída capa por los hombros. Por primera vez en años, parecía realmente asustado. Sólo recordaba haber visto esa expresión en él cuando se enteró de que su esposa había muerto-. ¿Y si le ha pasado algo grave? Dumbledore dice que hubo una pelea. ¡Tengo que estar con ella!
Hizo ademán de abalanzarse sobre la puerta, pero la mole de su cuñado, que era una cabeza más alto que él y ocupaba casi el doble, le cortó el paso.
-¿Qué se supone que haces? –le espetó.
-¡Ir a ver a mi hija! –gritó Jonathan, descomponiéndose por momentos.
-¡Tú no vas a ningún sitio hasta que te calmes y pienses con la cabeza! –Blizzard lo agarró del cuello de la túnica y lo levantó un palmo del suelo sin mayor dificultad, arrastrándolo de vuelta al salón y arrojándolo sobre un sillón-. No puedes salir de esta casa sin avisar al Ministerio, ¿recuerdas?
Jonathan hizo amago de levantarse.
-¡Al Ministerio que le den por…!
-¡Siéntate! –Blizzard lo volvió a empujar contra el sillón-. ¿Quieres saltarte deliberadamente las normas de seguridad y terminar en Azkaban por una estupidez? Así no podrás ir a ver Sharai. Además, ¿cómo pretendes llegar a Hogwarts? ¿Corriendo? En el estado en el que te encuentras no podrás aparecerte a más de veinte metros de aquí. Llama ahora mismo al Ministerio y cuéntales lo que ha pasado. Diles que, como no vengan a por ti, te irás tú solo. Los tendrás aquí en menos de lo que canta un gallo.
Con un extraño silbido, la lechuza voló de inmediato hasta el druida y se posó en su brazo confiadamente. Luego, el hombre albino dirigió una fulminante mirada a su cuñado desde su imponente altura, con el ceño fruncido.
-Y no permitas que esto vuelva a derrumbarla –añadió en un susurro.
Jonathan apretó los dientes, haciendo un esfuerzo por mantener la calma, y asintió. Se levantó con expresión ausente, como si no tuviera muy claro qué hacer primero, y se volvió hacia el hermano de su esposa con ojos desconsolados.
-Blizzard… no permitas que el Consejo se entere de esto.
Algo titiló en la mirada verde del suaníta, su rostro pétreo, como tallado en mármol.
-Tranquilo –contestó, su voz más grave y ronca aún-. No se enterarán.
Cuando, cerca de una hora después, el joven auror Ellison, junto con el resto de aurores que formaban la escolta de Jonathan Flathery, aterrizaron con sus escobas sobre el césped delantero de la casa de éste, todos ellos desilusionados para pasar desapercibidos en el barrio muggle y amparados por la oscuridad de la noche, no pudo evitar fijarse en un enorme husky siberiano que se encaramaba a la valla que separaba la propiedad de Flathery de la de su vecino, mirándolos desde el jardín de al lado a través de la penumbra, como si pudiera verlos a pesar del hechizo desilusionador. Sus ojos claros brillaban como velas encendidas y su espeso pelaje blanco lo hacía parecer una especie de fantasma entre las sombras. Ellison, que también formaba parte del grupo de espías que vigilaba la casa, frunció el ceño, pues no recordaba haber visto jamás un perro como ése en el barrio. Pero entonces se abrió la puerta y salió Flathery envuelto en su vieja capa de viaje, con la expresión más consternada que jamás le había visto, y se olvidó del animal mientras veía cómo el jefe del grupo hablaba con el antiguo inefable, le entregaba una escoba y lo desilusionaba para marcharse cuanto antes de camino a Hogwarts, aunque tuviesen que volar hasta el amanecer.
Si no hubiese sido ya noche cerrada y Ellison hubiese podido observar más atentamente al supuesto husky, quizá se hubiera dado cuenta de que aquel animal no era un perro, sino un lobo. Y, si sus conocimientos hubiesen sido algo más profundos, quizá habría descubierto también que, de hecho, no era un lobo, sino un licántropo. Cuando el grupo se elevó hacia el despejado cielo nocturno, donde la luna creciente brillaba con intensidad, enmarcada por un nítido halo, y se alejó en dirección este, Blizzard saltó la valla en la que estaba encaramado y volvió al jardín de la casa de los Flathery. Con un último vistazo a la fachada principal, atravesó corriendo el césped y saltó el muro, hacia la calle. Sus patas no emitieron sonido alguno al aterrizar en la acera, y así, silencioso como una brisa, corrió hasta desvanecerse entre las sombras de la noche, de camino al norte.
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Los seis amigos de Sam Flathery se habían levantado especialmente temprano esa mañana, con la esperanza de desayunar lo antes posible y poder pasar por la enfermería a verla antes de irse a clase. Apenas acababa de salir el sol cuando se dirigían silenciosamente hacia el Gran Comedor, atravesando los desiertos corredores sin cruzarse prácticamente a nadie. El colegio entero estaba sumido en un silencio sepulcral que les imponía bastante respeto, obligándolos a hablar en susurros y a andar casi de puntillas. Por eso se quedaron completamente boquiabiertos cuando, al llegar a la escalera principal, se encontraron con la increíble escena que se desarrollaba en pleno vestíbulo: la menuda profesora Crockford dando voces, furiosa, de pie en medio de un grupo de cinco tipos que le sacaban al menos una cabeza de estatura, vestidos con túnicas negras que llevaban el escudo del Ministerio estampado en el pecho, y que miraban a la mujer con verdadera aprensión.
Junto al corro, un poco apartado de ellos, había un hombre de estatura media, escuálido, vestido con una túnica raída y una gastada capa de viaje, y con el pelo color trigo largo hasta pasados los hombros, recogido en una coleta baja. El desordenado flequillo le caía sobre el rostro, dándole un aire amable, y en ese momento observaba con una indulgente sonrisa y cierta diversión reflejada en los ojos el espectáculo que estaban montando los demás. A su lado, la mole de Hagrid, embutido en su abrigo de piel de topo, temblaba levemente por la risa contenida.
Los niños se miraron entre ellos, extrañados e impresionados al mismo tiempo. El color de pelo, las facciones de su rostro, su sonrisa, e incluso la forma en la que el flequillo le caía hasta los ojos… Aquel hombre no podía ser otro que el padre de Sam: Jonathan Flathery.
-¡Ustedes no tienen ningún derecho a entrar aquí! –espetaba Fiona Crockford a los cinco aurores que escoltaban a Flathery-. ¡Esto es un colegio, no una prisión! ¡No les permitiré que den un paso más sin la autorización del profesor Dumbledore!
-Mire, señora –gruñó uno de los aurores, que tenía pinta de estar más que harto-, se lo he dicho ya cien veces. Nuestro trabajo es acompañar al señor Flathery a donde vaya y no dejarlo solo mientras esté en Gran Bretaña, ¿qué parte del mensaje no comprende?
-¿Qué parte del mensaje no comprendes tú, especie de troll? –Fiona le soltó un manotazo en el pecho-. ¡Este hombre ha venido a ver a su hija, se merece un momento de intimidad, y tú y tus gorilas no pintáis nada allí en medio! Podéis esperarlo fuera hasta que termine, pero no voy a consentir que pongáis un solo pie en este colegio.
-¡Nosotros…! –se exaltó el auror, pero ella no le dio tiempo a continuar, hinchándose de indignación.
-¡Vosotros sois estúpidos! El señor Flathery no puede salir de este colegio por otro sitio que no sea la puerta, así que no se os va a escapar. ¡Y tiene derecho a verse a solas con su hija!
-Señorita Crockford… -intervino suavemente Jonathan, aunque nadie lo escuchó.
-¡Ya es ridículo que lo escolten a todas partes como si fuese un criminal, pero que encima se empeñen en seguirlo constantemente como un atajo de guardaespaldas de pacotilla raya en lo netamente absurdo!
-Señorita Crockford…
-¡No tienen el más mínimo derecho a hacer esto cuando el señor Flathery fue exonerado de toda culpa hace años y no pesa sobre él ningún cargo de sedición o cualquier otra patraña semejante!
-Señorita Crockford…
-¡Mientras el Ministerio pierde el tiempo acosando a personas inocentes y pacíficas, los magos realmente peligrosos se pasean por ahí a sus anchas delante de toda la comunidad mágica, haciéndose pasar por gente respetable!
-Ejem… Señorita Crockford…
-¡Ponerle una escolta de seguridad a un hombre que fue absuelto hace casi 15 años! ¡Valiente tontería! ¡Ya podrían estar haciendo algo de provecho en vez de dedicarse a hacerle la vida imposible a un inocente! ¡Yo les diré quién es el corrupto aquí!
-¡FIONA!
Todo el mundo se volvió en el acto hacia la entrada de las mazmorras, desde donde acababa de salir el profesor Fletcher, con la cara descompuesta por la estupefacción. El maestro de Pociones se acercó al tumulto en tres zancadas, sus ojos cristalinos calvándose en la joven mujer como si en vez de una compañera de trabajo fuese una estudiante rebelde.
-¿Se puede saber qué haces? –le masculló con irritación.
Crockford compuso una mueca y se cruzó de brazos, alzando la cabeza con orgullo y mirando de forma desafiante a su colega, a través de sus gafas ahumadas. Sus enormes pendientes de aro dobles tintinearon, al igual que el cascabel que llevaba prendido en la cinta con la que se sujetaba el pelo color zanahoria. Fletcher puso los ojos en blanco y resopló con cansancio.
-Ya veo… -suspiró, frotándose la frente-. Otro ataque de liberalismo. Hagrid, ¿me harías el favor de sacar de aquí a la profesora Crockford mientras discuto con estos señores?
-Como mande, profesor –sonrió el gigante, al parecer divertidísimo con la situación-. Ha sido un placer volver a verlo, Jonathan.
-Lo mismo digo, Rubeus –sonrió el rubio cálidamente.
Y, sin más, Hagrid se acercó a la estupefacta Fiona y la alzó con un brazo como si fuese un simple muñeco, llevándosela a cuestas hacia el Gran Comedor, mientras ésta pataleaba y forcejeaba, intentando soltarse.
-¡¡EH!! –rugió enfurecida-. ¡Esto no se queda así! ¡Lo que hace el Ministerio es un abuso de poder! ¡Corrupción! ¡El único corrupto aquí es el ministro! ¡Y todos esos puritanos sangre limpia que van de chulos por la vida, creyéndose los amos del planeta! ¡Retrógrados! ¡Estamos en el siglo XX, no en el medievo! ¡Todos somos iguales ante la ley, no se puede reprimir a las personas por su forma de pensar! ¡No tienen derecho a hacer lo que hacen! ¡Libertad para los magos!
Y sus demandas siguieron resonando desde el interior del Gran Comedor, junto con los vagos intentos de calmarla por parte de Hagrid. Los seis gryffindors de segundo, que estaban congelados en lo alto de las escaleras, se habían quedado con la boca completamente abierta, alucinados.
-Wow… -susurró James, impresionado-. Lily, se parece a ti cuando tienes un mal día.
La pelirroja le hundió el codo en las costillas.
-Perdona el jaleo, Jonathan –añadió el profesor Fletcher, estrechando la mano del susodicho a modo de saludo-. Me alegro de verte, Albus me dijo ayer que te escribió justo después del incidente, te esperábamos para la noche.
-Viajar es algo complicado para alguien como yo –Jonathan miró de reojo a su escolta, que parecía bastante azorada por el numerito que había montado la joven profesora-. Y no te disculpes, el discurso de la señorita Crockford me ha llegado al corazón, uno no se encuentra con este tipo de cosas todos los días, ha sido muy gratificante, no suelen defenderme de esa manera con frecuencia…
El auror que había estado discutiendo con Fiona, y que parecía ser el jefe del grupo, carraspeó sonoramente, y los dos hombres se volvieron hacia él.
-Soy Mundungus Fletcher, el subdirector de Hogwarts, ¿hay algo en lo que los pueda ayudar?
-Señor, nosotros sólo…
-Sólo quieren cumplir su trabajo y escoltar al señor Flathery, ¿verdad? –lo interrumpió el profesor, y empezó a hablar tan rápido y con tanta firmeza, que parecía estar recitando un discurso aprendido de memoria-. Es perfectamente comprensible, y déjeme decirle que han hecho ustedes un trabajo estupendo trayéndolo hasta aquí. Pero lamento informarles de que, debido al artículo número 48, del capítulo decimonoveno de la normativa de enseñanza que el Ministerio puso en vigor en el siglo XVII y todavía se mantiene, el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería está autorizado a restringir el acceso a quién considere conveniente, incluyendo funcionarios del propio Ministerio, a no ser que una crisis de fuerza mayor haga indispensable su intervención…
-Pero, señor, eso…
-… Dado que el señor Flathery está en pleno derecho de visitar a su hija cuando le plazca, en calidad de padre y/o tutor autorizado, ninguna normativa puede impedirle dicha acción, no así ustedes, que no tienen ningún tipo de parentesco con la señorita Samantha Flathery. Siguiendo los deseos del actual director de Hogwarts, Albus Dumbledore, la entrada al colegio de oficiales del Ministerio en acto de servicio por asuntos no relacionados con el colegio en sí, tendrá que ser discutida con él mismo antes de llevarse a cabo, dado que viola la libertad del alumnado y es susceptible de provocar agitación o inquietud por parte de los estudiantes…
-P-pero…
-… Por consiguiente, ninguno de ustedes tiene derecho a pasar de aquí sin el permiso del señor director que, dicho sea de paso, no se encuentra disponible en estos momentos. En calidad de subdirector del colegio, yo mismo podría darles la autorización necesaria para acompañar al señor Flathery hasta la enfermería, pero no se la doy por considerarlo un mero capricho estúpido totalmente fuera de lugar en estas circunstancias. A cambio, y sólo si prometen no molestar a los elfos domésticos que ahora mismo se encuentran trabajando, los invito a tomar un té en las cocinas del colegio mientras el señor Flathery resuelve sus asuntos, o a desayunar si lo prefieren, para reponerse del largo y cansado viaje que sin duda han realizado durante toda la noche. ¿Bien?
El discurso de Fletcher terminó tan abruptamente como había empezado y se quedó mirando a los aurores con un destello en los ojos claros que ponía los pelos de punta. Nadie se atrevió a replicar, seguramente porque no se habían enterado ni de la mitad de lo que el hombre había dicho, y totalmente aturdidos y confusos asintieron y empezaron a desfilar hacia el corredor que conducía a las cocinas. Jonathan tenía los labios apretados con fuerza y parecía estar haciendo esfuerzos sobrehumanos por no estallar en carcajadas.
-Gracias, Mundungus –susurró con una sincera sonrisa-. Nadie te gana en diplomacia.
-Lo sé –contestó éste, imperturbable-. Cuando termines con Samantha, pásate a desayunar con Albus. Te espera en su despacho. Yo me encargo de estos ineptos.
Flathery asintió y desvió la mirada hacia las escaleras del vestíbulo. Fue entonces cuando divisó al grupito de cotillas que espiaban desde arriba con interés. Sus ojos azules brillaron con diversión, y agarró a Fletcher de un brazo para detenerlo antes de que se alejara en pos de los aurores.
-Mundungus… -empezó, sin apartar la vista de los niños-. ¿Ésos son los amigos de mi hija?
El profesor se volvió también con expresión fulminante, clavando sus agudos ojos en los gryffindors, y éstos se estremecieron visiblemente e hicieron amago de echar a correr en dirección contraria para huir de la ira del maestro.
-Humf, por una vez, tenemos suerte de que sean tan entrometidos… ¡POTTER Y COMPAÑÍA, BAJEN AQUÍ AHORA MISMO!
Los niños volvieron a asomarse por las escaleras, temblorosos y sonrojados. Jonathan se llevó una mano a la boca para disimular su sonrisa.
-M-mande, profesor Fletcher –tartamudeó James.
-Acompañen al señor Flathery a la enfermería para ver a Samantha, y encárguense de vigilarlo para que no intente tomar el colegio por la fuerza o hechice a las armaduras con algún peligroso encantamiento de magia arcana y forme un ejército de autómatas asesinos –Jonathan soltó una carcajada y Fletcher dirigió una gélida mirada a los aurores, que lo miraban con indignación por semejante burla, desde la entrada del corredor-. ¿Y ustedes qué miran? ¡A desayunar!
Se encaminó enérgicamente hacia ellos y los cinco huyeron hacia las cocinas. Jonathan, aún riendo, subió las escaleras para reunirse con los niños, que sonreían con nerviosismo y vergüenza. Al llegar junto a ellos, los observó detenidamente, con una nostálgica sonrisa en el rostro.
-A la mayoría de vosotros es como si os conociera, he oído hablar mucho de cada uno –comentó, y colocó una mano sobre el rebelde cabello azabache del joven Potter-. Eres inconfundible, James. Te pareces muchísimo a tu padre.
El moreno de gafas sonrió ampliamente. Y decidió en el acto que aquel hombre le gustaba. A pesar de su aspecto andrajoso y su rostro demacrado por el cansancio, tenía una mirada cálida y transparente, y desprendía un aura de tranquilidad que calmaba el espíritu, igual que Sam. Parecía absurdo que, años atrás, lo hubiesen acusado de mago corrupto.
-Gracias –contestó, relajándose-. Bienvenido a Hogwarts, señor Flathery.
Jonathan le devolvió la sonrisa.
-¿Han tenido buen viaje desde Belfast? –inquirió Belle, mientras todos se ponían en camino, mirando al hombre con admiración reflejada en los ojos.
-Bueno, Arabella… Ah, no, espera, Sam me dijo que prefieres que te llamen Belle, ¿no? –la muchacha rió, asintiendo-. Bueno, Belle, ha sido un viaje sin incidentes… pero no tan rápido como a mí me hubiese gustado. No me permiten aparecerme, ni usar polvos flu, porque temen que aproveche la oportunidad para darles esquinazo y desaparecer el mapa. Así que siempre tenemos que desplazarnos en escoba, y el camino a Hogwarts desde casa es largo…
-¿Y era necesario que le acompañaran los aurores hasta aquí? –preguntó inocentemente Peter, y se ganó una colleja por parte de Sirius.
-¡Peter! No seas lerdo. ¿Acaso no has oído lo que acaba de decir? No puede viajar solo. Además, Remus ya nos estuvo explicando todo esto anoche, ¿recuerdas? No hagas preguntas absurdas.
Jonathan volvió sus ojos azules hacia Lupin y lo miró con curiosidad, alzando las cejas. El niño se sonrojó intensamente y agachó la cabeza con vergüenza.
-Es genial que haya podido llegar tan pronto, de todas formas –comentó Lily, entusiasmada-. Sam se pondrá muy contenta, ayer estaba triste por lo ocurrido, le tendieron una trampa, ¿sabe? Un tipo impresentable de Slytherin que no nos soporta quería vengarse de ella y…
-Lily –la calló Remus, mirándola de soslayo-. Deja que sea Sam quién se lo explique.
-Bah, no se preocupe, Mr. F –sonrió Sirius descaradamente, mirando a Flathery directamente a los ojos sin ningún tipo de complejo-. ¿Sabe qué? Su hija es la leche, debería haber visto cómo se defendió ayer, fue la cosa más impresionante que he visto en mi vida. Vale que se destapó todo lo de Santuario y eso, pero…
-Sirius, no seas animal –masculló James, poniendo los ojos en blanco.
-… aunque al principio se deprimió un poco, la charlita que tuvo con Remus le sentó bastante bien, ¿verdad, Remus? ¿Verdad que después de hablar contigo se quedó mucho más contenta? ¿Sabe, Mr. F? Él dice que sólo hablaron, pero yo creo que en realidad…
Sirius no pudo terminar la frase, porque Belle y James se abalanzaron sobre él y le taparon la boca violentamente antes de que soltara la burrada de turno. Jonathan miró de nuevo a Remus con ojos chispeantes de diversión, justo a tiempo de ver cómo éste le hacía bruscos gestos a Black, indicándole que cerrara el pico. Al sentirse observado, Lupin se quedó quieto abruptamente y esbozó una horrible sonrisa forzada con altas dosis de nerviosismo, sonrojándose otra vez. El adulto tuvo que morderse la lengua para no echarse a reír.
-Remus, ¿no? –comentó, divertido-. ¿Eres Remus Lupin?
-S-sí, señor –contestó el casi rubio, cohibido.
-Me alegro de que ayer hablaras con mi hija –afirmó, dejando a los seis niños boquiabiertos-. No habría podido elegir a nadie mejor para hacerlo en estas circunstancias. Si te pareces remotamente a tu padre, no tengo más remedio que darte las gracias de todo corazón, porque estoy seguro de que le hiciste a mi hija mucho bien en un momento tan difícil. Zephirus tiene una maravillosa filosofía, se le da muy bien comprender y aconsejar a las personas. Y, por lo poco que sé, a ti también.
Remus abrió la boca, estupefacto, y la volvió a cerrar, incapaz de articular palabra. Los demás se habían quedado igual de petrificados. Jonathan rió en un murmullo.
-Y ahora, señorita Lily… No es necesario esperar a que Sam me explique lo ocurrido, el profesor Dumbledore me dijo en su carta que hubo una pelea organizada por ciertos estudiantes que al parecer no se llevan muy bien con mi hija, pero no entró en detalles. Os agradecería que me contarais lo que pasó ayer. No tengo mucho tiempo para estar con ella y no quisiera perderlo rememorando esto.
Saliendo de su estupor, los seis amigos de la joven Flathery le explicaron a su padre con todos los detalles posibles lo ocurrido la tarde anterior. Jonathan los escuchó atentamente, desde las referencias a la rivalidad entre Sam y Snape, hasta la legendaria pelea con el fetiche en el corredor del primer piso, incluidas las suposiciones de los niños sobre cómo había organizado el enemigo la trampa, los insultos de rigor hacia los slytherins y las ganas que tenían de pillar a cierto pelo grasiento en un corredor oscuro para darle su merecido. Terminado el relato, Jonathan suspiró, cerrando los ojos con cansancio y preocupación reflejada en la cara, y negó apesadumbradamente con la cabeza.
-No es la primera vez que le ocurre esto –comentó tristemente-. Sam no termina de asimilar sus poderes de hechicera. Ha hecho grandes progresos con los años, por supuesto, pero aún corre el riesgo de sufrir este tipo de "transformaciones" si se expone a algo que la enfurezca o asuste en extremo –sus ojos se centraron de nuevo en Remus-. ¿Te contó algo de esto cuando estuvisteis hablando ayer?
-Sí –asintió él, perdida ya la inseguridad inicial. A Remus le gustaba el aire de Jonathan Flathery y empezaba a mirarlo también con creciente admiración-. Me contó toda la historia de lo ocurrido en Santuario, por qué tuvieron que irse y cómo estaban las cosas cuando volvieron aquí.
Jonathan asintió con la cabeza, en gesto de aprobación.
-Desde el principio supimos que Sam no había nacido con la misma adaptación a la magia arcana que su hermana mayor –explicó-. Pero jamás sufrió transformaciones tan brutales, fue todo a raíz de la muerte de su madre, Xianxa.
-¿Cómo ocurrió? –preguntó Lupin, frunciendo el ceño, recordando que Sam tampoco le había contado demasiados detalles.
-Bueno… Era una época muy turbulenta –suspiró el adulto-. Hacía un año que estaban pasando cosas muy raras en Santuario, las criaturas oscuras se revolvían cada vez más. Todo surgió a raíz de un individuo que husmeó donde no debía y desató unas fuerzas muy difíciles de controlar.
-¿A qué se refiere? –saltó inmediatamente James, a quién todos estos temas le interesaban enormemente.
-Hace años, apareció un tipo en Santuario que se dedicó a recorrer las islas, estudiando las distintas artes mágicas que se practican allí. Era un forastero, quiero decir, que no era suaníta, pero como nunca causó problemas, la gente no desconfiaba de él y lo acogían sin pararse a pensar en las consecuencias. Pero el individuo en cuestión hurgó en los secretos de Santuario más de lo que debía y terminó liberando, no se sabe si intencionadamente o no, una serie de fuerzas oscuras que los suanítas llevaban años intentando contener.
-¿Eso fue lo que desencadenó la crisis? –Remus agrandó los ojos, incrédulo-. ¿El error de un crío estúpido que no sabía lo que hacía?
Jonathan miró con creciente cariño al muchacho de ojos grises, esbozando su típica sonrisa melancólica. "Por los arcángeles de Santuario –pensó, al observar el delgado rostro del niño-. ¡Se parece tantísimo a Zephirus cuando era pequeño! Aunque creo que el carácter de Selene lo ha suavizado bastante…".
-No se sabe si sabía lo que hacía o no, Remus. Pero el caso es que el daño fue innombrable. Puso Santuario entero patas arriba. Y, como sabían que todo había sido culpa de un forastero, fue en ese momento cuando el Consejo se puso bastante paranoico y empezó a echar de las islas a todo el que no fuera originario de allí.
-De modo que por eso los exiliaron… -murmuró Belle, con el ceño fruncido-. ¿Porque usted no era suaníta?
-Principalmente –asintió Flathery-. El día que mi esposa murió, yo me encontraba en la capital, Kurast, con mi cuñado Blizzard, porque el Consejo de Kehjistan me había citado a una vista para discutir mi caso. Jamás dejaré de arrepentirme de no haberme llevado a mi familia conmigo… -sus ojos se oscurecieron de repente con la sombra de los recuerdos, y su expresión risueña se disolvió en una de tristeza-. Los fetiches atacaron nuestra aldea por sorpresa, fue una matanza atroz. Uno solo no es difícil de vencer, pero siempre actúan en masa, como un enjambre endemoniado, arrasando con todo lo que encuentran a su paso. La mayoría de las personas que vivían allí eran simples muggles y, aunque Xian era una gran hechicera, no pudo defenderlos a todos. Los fetiches la mataron a cuchilladas delante de Sam. Ella apenas tenía 8 años y sé que eso la marcó de por vida. Entonces perdió por completo el control de sus ya de por sí problemáticos poderes, y empezaron las violentas transformaciones, como si fuese un animal. El Consejo se enfureció aún más y nos echaron a los dos, diciendo que eso le pasaba por ser una hija de hechicera, una aberración.
-¿Por qué se empeñan tanto en decir eso? –Lily compuso una mueca-. No creo que tuviera nada que ver, la hermana mayor de Sam también es hija de hechicera y ella controla a la perfección sus poderes, ¿no?
-Sí, Lily –sonrió el hombre con amargura-. Pero en este tipo de situaciones, la gente sólo se fija en las cosas malas, no en las buenas. Las transformaciones de Sam no son normales. Si algo caracteriza a los suanítas es el enorme control que desarrollan sobre sí mismos. Lo necesitan para conseguir manejar la magia arcana. Allí incluso los licántropos han aprendido a dominar su poder –cerró los ojos un momento y suspiró-. Por eso la siguen viendo como a una aberración. No parecen comprender que el problema de Sam proviene de un trauma emocional. Y, hasta que ese trauma no se cure, no desaparecerán las transformaciones.
El grupo quedó silencioso y cabizbajo tras las palabras de Jonathan Flathery. Llegaron pronto a la enfermería y la señora Pomfrey salió a recibirlos. Les dijo que Sam estaba desayunando, pero que podían pasar. Sin embargo, los amigos de la rubia se quedaron en la puerta y dejaron entrar solo a Jonathan.
-Me alegro mucho de haberos conocido por fin –sonrió al despedirse, de nuevo esa expresión despreocupada en su rostro-. Estoy muy feliz de que Sam haya encontrado tan buenos amigos, estar con vosotros le hace mucho bien, estoy seguro de que su mejoría en los últimos tiempos se debe sobre todo a vuestra amistad. No me cabe ninguna duda de que se curará pronto gracias a vosotros. James, sigue así, eres un gran muchacho.
-Muchas gracias, señor Flathery –Potter le estrechó la mano con sincera admiración-. Ha sido un honor conocerle, espero que tenga un buen viaje de vuelta y que esos aurores no le den muchos problemas.
-Se hará el intento… Sirius, como no tengas cuidado, acabarás convertido en una versión más joven de tu padre.
-¡Ésa es mi intención, Mr. F! –Black le guiñó un ojo, chasqueando los dedos y haciendo pistola con las manos-. Usted sí que es guay, seguro que lo echaron del Ministerio porque le tenían envidia.
Jonathan soltó una carcajada, revolviéndole el pelo y viendo de nuevo, sin poder evitarlo, a Izzy Black reflejado en aquel niño. Se despidió de los demás con los correspondientes apretones de manos y, al llegar a Remus, se detuvo un momento, mirándolo con la cabeza ladeada.
-Gracias otra vez –murmuró con sinceridad.
-No diga eso, señor Flathery –se avergonzó Lupin, pero en el fondo sentía una alegría especial al saber que había conseguido hacer algo por alguien. Normalmente, eran los demás los que siempre hacían cosas por él, porque no tenía mucho que ofrecer a cambio. Por una vez, fue Remus quién ayudó a otro a salir del hoyo, y no al revés, y eso le hacía sentirse útil-. Sam es una buena chica, no se merecía lo que le ha pasado –su mirada se ensombreció también-. Nadie se merece este tipo de cosas, en realidad.
-Sí –los ojos de Jonathan brillaron con comprensión-. Estoy de acuerdo contigo. Me gusta tu forma de pensar, Remus. Tu padre también era muy maduro cuando era pequeño, más de lo que correspondía a su edad. Me alegra que hayas heredado su forma de ver las cosas –de repente rió en voz baja-. Pero tengo que admitir que a veces se le iba la cabeza casi más que a Izzy Black, que ya es decir. En ese sentido, es un alivio que hayas sacado la serenidad de Selene.
Remus se puso tenso al oír mencionar a su madre y miró rápidamente de reojo a sus amigos, pero por suerte ninguno de ellos les estaba prestando atención, demasiado ocupados en atosigar a la señora Pomfrey para que les contara con detalle qué tal estaba Sam y cómo había pasado la noche. Jonathan advirtió su gesto, pero no dijo nada más, y con una última despedida general, se dirigió a ver a su hija. Los seis gryffindors se agolparon en la entrada de la sala de enfermos para presenciar el encuentro, como si se tratara de la película más esperada de la semana. Sam estaba tan concentrada en su tazón de cereales que no notó la presencia de su padre hasta que éste se plantó junto a ella.
-Buenos días, princesita –le oyeron entonar, en son de broma.
Sam se atragantó y levantó la vista lentamente. Sus oscuros ojos verdes se abrieron de par en par por la sorpresa.
-¿Papá? –dejó escapar con un hilo de voz.
Jonathan sonrió de una forma que los niños no habían visto antes, con una luz especial en la mirada. Los cereales saltaron por los aires y Sam se abalanzó sobre su padre desde la cama, echándole los brazos al cuello y hundiendo la cara en su hombro, estrechándolo con fuerza. Él se tambaleó y tuvo que sentarse en el costado de la cama, con su hija haciéndose un ovillo entre sus brazos, temblando levemente, no se sabía si de emoción o de llanto contenido. El hombre acarició la larga mata de cabello rubio de Sam, envolviéndola entre sus brazos con una ternura impresionante, y apoyó la mejilla sobre la cabeza de la niña, cerrando los ojos con auténtica expresión de paz.
-Ya, ya, mi pequeña… -le dijo, en un murmullo apenas audible-. Te traigo buenas noticias para que te animes…
Los niños no se quedaron a ver más. Intercambiando vagas sonrisas, cerraron la puerta para dejarlos solos y abandonaron la enfermería, de camino al Gran Comedor para desayunar.
-Es un hombre increíble –comentó Belle, cuyos ojos seguían brillantes-. Ha tenido que pasar por un montón de cosas y, sin embargo… ¿os habéis fijado en cómo sonríe?
-Debe tener una fuerza impresionante para haber aguantado tanto y no volverse loco –añadió James, asintiendo-. Me ha caído genial.
Más comentarios se unieron a ésos, pero Remus permaneció en silencio, pensando en la conversación que acababan de tener con el padre de Sam. Ciertamente era un hombre increíble… ojalá él hubiese sabido afrontar los problemas con la misma entereza. Se había quedado con ganas de hablar más tiempo con él y se dijo que estaría muy bien volverse a encontrar en el futuro. Sonrió, pensando que las cosas nunca son lo que parecen. Un mago corrupto que resultaba ser en realidad poco menos que un héroe maltratado. Una hechicera salvaje que no era más que una niña con un pasado horrible incapaz de dominar sus poderes. Y… un niño tranquilo y callado que una vez al mes se transformaba en una bestia asesina.
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La estancia de Sam en la enfermería se prolongó casi una semana, de modo que, cuando por fin salió, ya habían empezado las vacaciones de Navidad.
Al día siguiente del incidente con el fetiche, tras su encuentro con Jonathan Flathery, los chicos continuaron con su rutina diaria, únicamente alterada por las visitas que hacían todas las tardes sin falta a Sam en la enfermería y algún que otro suceso fuera de lo normal, consecuencia de lo que había ocurrido aquella fatídica tarde en el corredor del primer piso. Corrían por Hogwarts opiniones de todo tipo, muchos se mostraban algo recelosos, Slytherin se había encargado de ello, pero otros tantos sentían gran curiosidad por Sam y todo lo que ella representaba, hasta tal punto que la señora Pomfrey se vio obligada a prohibir la entrada en la enfermería a todo ser viviente que no estuviese relacionado directamente con la rubia, para evitar que grupos de estudiantes se presentaran allí para observar a Sam como si se tratase de un animal de zoo. Los gryffindors encajaron a la perfección lo que los slytherins consideraban "un duro golpe para la reputación de la casa" (ellos argumentaban que un ser de Santuario era mil veces peor que cien sangre sucias juntos) e ignoraron las numerosas burlas con impresionante autocontrol, ya fuera porque no les importaba la opinión de los demás, o porque simplemente no estuviesen dispuestos a perder su dignidad.
Pero la verdad es que, en los días que siguieron a la pelea, muchos gryffindors paraban a los seis amigos de la rubia por los corredores, o después de las clases, para preguntar por el estado de la susodicha con aire de preocupación. Arthur y Molly fueron de los primeros en ir a visitarla tras enterarse, y le llevaron montones de regalitos que le enviaban los alumnos de los cursos superiores. Sus compañeros de la clase de segundo curso, con la excepción de Sue Randall y Janet Horner, prepararon un regalo sorpresa que echaba confeti mágico al abrirse y se quedaba flotando en el aire un buen rato, cambiando de color.
Al margen de la opinión que profesara Santuario a los estudiantes, no se podía negar que Sam era bastante conocida y querida en Gryffindor por la fama que tenía en clase de Pociones y la cantidad de puntos que había ganado para su casa en dicha asignatura. Como Pociones era de ese tipo de materias que no entusiasmaban a la mayoría del colectivo estudiantil, cualquiera que destacara sobre los demás era considerado rápidamente un crack por el resto de sus compañeros. Y esa fama que se había ganado la rubia se reflejaba no sólo en las clases particulares que impartía a sus amigos y compañeros, sino también en la actitud de varios alumnos de primero que tenían por costumbre ir a pedirle ayuda a cada momento con los deberes, alentados por la actitud maternal que Sam mostraba siempre hacia ellos. Fue por esto que poco tardaron los gryffindors en afirmar que les importaba un bledo si Flathery era hechicera o no. Y eso provocó que estallaran varios enfrentamientos por este asunto entre los gryffindors y los slytherins, ya que éstos encontraban especialmente divertido proclamar que Sam era una aberración de la naturaleza, mientras los otros intentaban salir a cada momento en su defensa.
Por su parte, a Sam ya no le importaba en absoluto lo que pensaran unos u otros. Ahora que estaba segura de contar con el apoyo incondicional de sus amigos, se la veía mucho más animada y alegre. Nadie la vio llorar por lo ocurrido, excepto Remus, y sus amigos no estaban seguros de cuál era exactamente la razón de su renovada energía: si la charla que tuvo con el casi rubio, las numerosas visitas de sus amigos y demás conocidos, las charlas privadas con Dumbledore, Fletcher, Crockford y McGonagall (de los profesores, eran los que más la visitaban) o el agradable suceso que había marcado el resto de la semana: la visita de su padre. Nadie le había preguntado a Sam qué estuvo hablando con Jonathan aquella mañana, pero sea lo que sea aquello que él le dijo, causó en su hija la misma reacción que una inyección de vitalidad pura vía intravenosa.
La presencia de Jonathan Flathery en Hogwarts no pasó desapercibida y provocó todo tipo de rumores por parte de los que habían oído hablar de él. Muchos le tenían un miedo reverencial, algunos lo consideraban una especie de héroe que se enfrentó a los estrictos ideales de su época, y otros simplemente lo veían como a otro interesante bicho raro salido de una tierra extraña. Fue impresionante la rapidez con la que se difundió la noticia de su visita al colegio, a pesar de que el hombre llegó silenciosamente casi de madrugada y volvió a marcharse antes del medio día, con la misma discreción con la que había llegado, mientras todos estaban en clase.
En la comida de aquel mismo día, el profesor Dumbledore dejó a todos estupefactos cuando se levantó antes de empezar a comer y obsequió a sus alumnos con un florido discurso sobre lo que era Santuario y lo que suponía que una suaníta estuviese en el colegio. Al igual que la profesora Crockford, se mostró muy serio al puntualizar que no pensaba permitir comentarios hirientes o marginación por parte de nadie hacia Samantha Flathery, él mismo se encargaría de aplicar consecuentes castigos a quien lo hiciera, y como no podía obligar a nadie a aceptar a la rubia, aconsejó a los alumnos que, si seguían recelosos, simplemente la dejaran en paz y punto. "Pero, como alguien se dedique a herirla y fastidiarla por puro afán de incordiar, pagará las consecuencias de su falta de solidaridad y comprensión hacia una excelente compañera y un ser humano más" (palabras textuales de Dumbledore)
Tras semejante discurso, los siete amigos esperaban ansiosos que expulsaran a Snape, o al menos le aplicaran uno de esos famosos castigos de los que hablaba todo el mundo, pero no ocurrió ninguna de las dos cosas. Como bien había dicho Sirius, tenía las espaldas bien cubiertas y no había pruebas de absolutamente nada. Lo citaron al despacho del director después de la cena (los cuatro chicos se encargaron de seguirlo para no perderse su cara al salir) y lo dejaron libre dos horas después, pálido y tembloroso, pero aparentemente ileso. Nadie supo qué estuvo hablando con el profesor Dumbledore. Le fueron sustraídos treinta puntos a Slytherin por lo ocurrido, pero no parecieron tomarse más represalias, y eso indignó tanto a los siete amigos que decidieron, ya de forma definitiva, tomarse la venganza por su mano.
El problema era encontrar algo lo suficientemente horrible, porque con todo el trabajo que les mandaban para vacaciones de Navidad, no se presentaba mucho tiempo libre, ni siquiera para planear la venganza del siglo.
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El último día de clase antes de las vacaciones amaneció frío, gris y muy tenso. A primera hora tuvieron clase de Transformaciones, donde la profesora McGonagall, por eso de ser la jefa de Gryffindor, se dedicó a comentar las notas que habían sacado en ese primer trimestre. Al igual que se mostró muy orgullosa por las excelentes calificaciones de James y Sirius en todo, elogió a Belle por sus progresos y su destacable talento en Defensa Contra las Artes Oscuras, felicitó a Remus por haber conseguido aprobar Pociones, aunque fuese con la nota justa (Lupin casi se desmayó del alivio) y regañó muy severamente a Peter, porque sus calificaciones habían sido catastróficas. Cuando le llegó el turno a Lily, comentó algo decepcionada que, aunque sus notas en Encantamientos eran excelentes, había suspendido el examen de Transformaciones, y que tendría que trabajar duro si quería aprobar a final de curso.
Muchos salieron de la clase arrastrando los pies y resoplando, Sue Randall adelantó a todo el mundo muy ufana y con un exasperante aire de autosuficiencia, a otros tantos parecían importarles un comino sus respectivos fallos, y Lily Evans salió con un humor horrible.
-Lily, no puedes esperar que te apruebe si mandó transformar una rata en zapatilla y al final de la clase la tuya aún tenía rabo y bigotes –renegó Sirius a la hora del almuerzo, cuando se dirigían hacia el Gran Comedor, harto de ver a su amiga con cara de perro.
-La zapatilla de George Wakefield todavía corría sola –gruñó ella.
-Claro, y por eso ha suspendido también –comentó Remus, que no había podido esperar hasta llegar al comedor y ya iba comiéndose una barrita de chocolate.
-¡Vosotros no lo entendéis! Es… ¡es la jefa! ¡Es la asignatura de McGonagall la que he suspendido! Tenía cara de querer matarme…
-No seas exagerada, Lily –animó Belle-. Tú le caes bien a McGonagall, si no te habría echado el mismo discursito que a Peter, ¿no crees? ¡Ey, Remus, dame un poco!
-Es que Transformaciones no es lo mío… -rezongó Pettigrew, que caminaba con aire abatido.
-Ése es el problema, Peter, que ninguna asignatura es lo tuyo –rió Sirius, agarrando a su amigo por el cuello con un brazo y revolviéndole el pelo bestialmente.
-Lily, Transformaciones no es una asignatura complicada, las hay peores, es sólo cuestión de practicar –dijo James como quién no quiere la cosa, pegándole un mordisco a la barrita de Remus, que lo miró enfadado ante el ataque que estaba sufriendo su comida.
-Ohhh, habló el experto… Mira, James, no me toques la moral, se te conoce como "el señor perfecto que saca excelentes calificaciones en todo". Para ti, nada es difícil, ¡no te fastidia!
Como solía ocurrir siempre que Lily estaba enfadada, empezó a descargar su frustración con James. En el fondo seguían siendo enemigos naturales.
-¡Oye, ahora no la pagues conmigo! Sólo intentaba animarte, puedes recuperar Transformaciones si te da la gana, yo puedo darte clases particulares si quieres…
-¿Qué? –chilló la pelirroja, volviéndose para mirarlo-. ¿Clases particulares? ¿Te estás riendo de mí? ¡No he pedido tu ayuda!
Y, como era de esperar, James también terminó enfadándose.
-Mira, no hacía falta que me la pidieras, te la ofrecía de buena voluntad, pero si te vas a poner borde, ¡mejor que te ayude tu abuela!
-Uy, uy, uy… -murmuró Sirius con sorna-. La parejita discute de nuevo…
-¡CÁLLATE! –le chillaron James y Lily a la vez.
-Vale, vale, no hace falta que me comáis…
-¿Ves? Siempre haces lo mismo –siguió Lily, ignorando a Sirius y mirando a James con cara de asesina, cada vez más furiosa-. Siempre que nos dicen las notas sales todo orgulloso de ti mismo, porque todos los profesores de adoran y te ponen matrícula de honor –empezó a hacer aspavientos con los brazos-. ¡No soporto que hagas eso! Algunos no somos tan inteligentes y maravillosos como tú, ¿sabes? ¿Te has planteado alguna vez que con esa actitud que llevas de ser supremo nos molestas a los demás? ¡Y encima ofreces clases particulares! ¡Ya me imagino cómo serían tus clases! –imitó la voz de James-. "No, esto no es así", "te estás equivocando", "lo estás haciendo mal", "no seas inútil"… ¡Ya tengo bastante como para soportar encima que te estés riendo de mí!
Tras semejante perorata, se hizo el silencio de la estupefacción. A pesar de lo bajita que era Lily, tenía la capacidad de intimidar a cualquiera cuando se enfadaba. De hecho, nadie en el grupo se atrevía a plantarle cara en dichas situaciones, excepto James, el único lo suficientemente valiente… o lo suficientemente loco. Entablar una discusión con la pelirroja era casi un suicidio, pues su desmesurada terquedad la alentaba a no rendirse y a tener siempre la última palabra. Y, como el moreno miope no era menos cabezota, siempre terminaban a grito pelado, hasta que alguien se animaba a intervenir para separarlos. En consecuencia, aquellas disputas se habían convertido en verdaderos espectáculos, y Sirius llevaba un tiempo planteándose el empezar a vender entradas de cada función. Seguro que se hacía de oro.
Potter miró a su compañera con el ceño fruncido y apretó los puños y los dientes con furia. Cuando aquel muchacho se enfadaba, se enfadaba de verdad. Y Lily parecía tener una habilidad especial para tocarle la fibra sensible.
-¡¿Pero qué me estás contando?! –le chilló a su vez-. ¿Cuándo he ido yo pavoneándome de mis notas, eh? O, mejor dicho, ¿cuándo le he restregado yo a alguien que saco buenas notas? Si me basta con estudiar poco, la culpa no es mía, y si a los profesores les gusta que saque "matrícula de honor", como dices tú, desde luego no voy a ser yo quién vaya a decirles que me odien por aprobar –también empezó a gesticular, hablando cada vez más alto y más rápido-. Si te molesta que saque mejores notas que tú, pues tú misma, Evans. Tienes doble trabajo, enfadarte y volverte a desenfadar después. Si te ofrecí ayuda es porque somos amigos, igual que hace Sam en Pociones, y no para reírme de ti.
-¡Lo de Sam es distinto! –lo interrumpió Lily, a la que ya empezaba a temblarle la voz.
-Ohhh, vamos, no sé en qué… Aceptas la ayuda de Sam sin plantearte siquiera que podría reírse de tus fallos, ¿por qué tendría que hacerlo yo? ¡¿Por qué la tienes cogida conmigo?!
Estaban parados en lo alto de las escaleras del vestíbulo y los gritos de ambos empezaban a atraer la atención de los que pasaban por allí. Lily empezó a temblar de rabia y, apretando los puños, se acercó hacia James y lo amenazó con un dedo, a pesar de que tenía que levantar bastante la vista para poder mirarlo a la cara.
-¡Porque tú siempre te estás riendo de todo el mundo! ¡Eres tú quién la tiene cogida conmigo!
-¿Pero qué dices? Deja de alucinar, Evans, por favor…
-¡Te ríes de mí a todas horas! –siguió ella-. Te ríes de mis notas, te ríes cada vez que me tropiezo, te ríes… ¡te ríes de todo lo relacionado conmigo!
-¡Eso es mentira! –reprochó él con voz dolida.
-¡Por supuesto que no! –gritó Lily, salpicando saliva por todas partes.
-¡VALE! –le gritó James de repente, apartándose de un salto-. Pero no me duches…
Se quitó las gafas lentamente y las miró a contraluz con cara de asco, dejándoselas después a Sirius para que se las sujetara mientras él se pasaba la manga por la cara, como si Lily le hubiese regado con una manguera. Sirius se echó a reír con disimulo y los demás apenas podían contener la risa, lo que enfureció a la pelirroja aún más.
-¿Ves lo que te digo? –chilló, dando a James un golpe en el hombro-. ¿Lo ves? ¡Siempre te estás burlando de mí! ¡Eres endemoniadamente insoportaaaahhhh…!
Lily se tambaleó peligrosamente. En su énfasis había retrocedido y terminó escurriéndose con el primer escalón. Alargó los brazos y se aferró a quien tenía más cerca. James perdió el equilibrio cuando Lily lo agarró de la bufanda y, con un grito ensordecedor por parte de ambos, cayeron estrepitosamente escaleras abajo.
-¡Por Merlín! –exclamó Belle horrorizada, llevándose las manos a la boca.
Lily gritó con fuerza al estrellarse contra el suelo, después de bajar rodando por los escalones, pero gritó todavía más cuando James aterrizó sobre ella, de tal forma que sus cabezas chocaron con un ruido bastante desagradable.
-¡AUCH! ¡¡Demonios, James, quítate de encima!! –aulló la pelirroja, llevándose una mano a la frente.
Ninguno de los dos pareció darse cuenta de que habían quedado en una postura algo comprometida. James se llevó una mano a la boca con un gesto de dolor y, al apartarla de nuevo, la vio manchada de sangre. Ni siquiera Lily, después de todas sus disputas con el joven Potter, lo había visto tan enfadado como en aquella ocasión.
-¡Maldita sea, Lilian Evans, ¿en qué demonios estabas pensando?! –chilló fuera de sí, y ni siquiera se molestó en esperar a levantarse para regañarla-. ¡Nos podíamos haber matado! ¿Qué quieres, que nos desnuquemos? ¡Estás como una cabra! ¡Y todo por culpa de tus enfados estúpidos! ¡Me he partido el labio, ¿lo ves?! ¡Casi me parto también la cabeza y por poco no se me han hecho papilla todos los huesos! ¡Y da gracias a que no llevaba las gafas puestas, porque entonces se habrían roto los cristales y se me podrían haber clavado en los ojos! ¡Y TE ASEGURO QUE ESO NO PUEDE ARREGLARLO LA SEÑORA POMFREY!
El vestíbulo quedó sumido en el silencio. La escasa gente que había allí no sabía si acercarse a ellos para ayudarlos o mantenerse al margen. Lily simplemente miró a James con sus brillantes ojos verdes muy abiertos y, para sorpresa de éste, dichos ojos se llenaron de lágrimas.
-Vale… q-quítate de encima… ¡y d-déjame en paz! –sollozó, cubriéndose la cara con las manos-. ¿Crees que me he caído a pro-propósito, imbécil?
James abrió los ojos al doble. Nunca había visto a Lily llorar o hacer un amago siquiera… y, desde luego, no era nada agradable. Al oírla sollozar como una niña pequeña, su enfado se esfumó como el humo y se sintió culpable. Después de todo, Lily no había tenido la culpa de escurrirse, y había salido tan herida o incluso más que él.
-Oh, vamos… Por lo que más quieras, Lily, no llores… -renegó muy incómodo.
No estaba acostumbrado a tratar con chicas en pleno llanto, y mucho menos si dicha chica era Lily Evans… de hecho, le ponía muy nervioso ver a la gente llorar.
-¡Cómo quieres que no llore, si me he roto la cabeza! –berreó ella.
Y entonces lo vio: un hilo de sangre corría copiosamente por la sien izquierda de la chica. Sin pensarlo dos veces, se incorporó como pudo y le apartó el pelo rojizo de la cara para poder examinar la horrible brecha que se había hecho Lily en la frente, y su expresión cambió en el acto a una de preocupación extrema.
-Mierda… Vaya, Lily, eso tiene mala pinta, ¿sabes?
Ella dejó de lloriquear por unos segundos y, apartándose las manos de la cara de nuevo, volvió a mirarlo con los ojos muy abiertos y las mejillas húmedas.
-¿M-me… me he abierto la cabeza? –tartamudeó.
James la miró algo escéptico y le palpó la herida con sumo cuidado. Ella gritó.
-¡Uff!… Eso parece… -murmuró-. Pero tranquila, no creo que se te escape el cerebro, aún podrás recuperar Transformaciones.
Y no pudo evitar una media sonrisa, bajando la vista para mirarla a los ojos, mientras le acariciaba el pelo con suavidad sin darse ni cuenta. Ella tragó saliva ruidosamente, y a James le sorprendió notar que Lily empezaba a sonrojarse. Y… milagrosamente… por fin parecieron darse cuenta de que estaban tirados en el suelo en pleno vestíbulo, el uno encima de la otra.
-Ejem… Ehhh, ¿os dejamos solos?
Ambos levantaron la vista de inmediato hacia Sirius y los demás, que estaban plantados junto a ellos con unas caras un tanto extrañas. Black no se molestaba en disimular la enorme y pícara sonrisa que se extendía por su cara, Belle prefería mirar con aire distraído hacia el techo y se mordisqueaba una uña para disimular una sonrisa bastante similar a la de Sirius, Remus los miraba con una ceja enarcada y se había llevado una mano a la boca para ocultar, seguramente, la misma sonrisa que lucían los dos anteriores, y Peter se había limitado a quedar medio oculto tras Sirius, aunque era evidente que se agitaba por la risa contenida.
Aquello fue suficiente para que, tanto James como Lily, tomaran plena conciencia de la situación, y sus rostros adquirieron un intenso color rojo. Lily intentó levantarse de golpe, pero su cabeza volvió a chocar con la de James y ambos gritaron de nuevo. En otro intento de incorporarse, mientras se llevaba una mano a la frente, le pegó una patada en la espinilla a Potter sin darse cuenta, a la vez que él le daba un codazo en las costillas. El caso es que parecían haberse enredado, y el hecho de que sus cuatro amigos hubieran empezado a reírse no facilitaba las cosas.
-¡Sirius! –rugió James, agarrándose la pierna pateada mientras intentaba impedir que Lily le metiera un codo en el ojo-. ¡Deja de reírte, pedazo de engendro, y ayúdanos! ¿Es que os habéis dormido bajando las escaleras, o qué?
-Jejeje… En realidad llevamos aquí como medio siglo, pero como parecíais tan entretenidos con vuestra charlita, no queríamos interrumpir –aclaró Black con voz burlona, mientras Peter y él levantaban a James, y Belle y Remus ayudaban a Lily.
-¿Y qué, te parecía divertido estar ahí plantado mientras nosotros nos desangrábamos? –volvió a gruñir Potter dramáticamente, arrancándole las gafas de la mano a Sirius y poniéndoselas con gesto de enfado.
-Bueno, James, hay que admitir que divertido, lo que es divertido, sí que era un poco –sonrió Remus, que sujetaba a Lily por los hombros.
Belle dejó las risitas a un lado al ver a su amiga medio muerta y, sacando un pañuelo de tela blanco de su túnica, le limpió la cara con sumo cuidado.
-Creo que me he torcido un tobillo –murmuró Lily con voz dolorida-. No puedo apoyar el pie…
-No te preocupes, Lily –contestó Remus, preocupado, tornándose serio él también-. Yo te aguanto… quiero decir, que yo te sujeto…
-Sí, sí, ya capté la idea, Remus…
-Esa herida está horrible –comentó Belle-. Ten, Lily, sujétate el pañuelo, a ver si se te corta la hemorragia… ¿Qué tal tú, James?
-Bien –masculló él, palpándose el labio y apoyándose en Sirius-, después de todo, caí en blando…
-¡No tiene gracia! ¡Todo ha sido culpa tuya!
-Ay, Lily, no empieces, que me duele la cabeza…
-Será mejor ir a la enfermería –atajó Belle con voz firme-. Y dejad ya de discutir los dos, ¿de acuerdo? Siempre que os ponéis a hacer el idiota de esta manera termináis mal, no sé cómo no se os quitan ya las ganas, de verdad…
James y Lily bajaron la vista ante la regañina de Belle, conscientes de que ella tenía razón… Pero antes de que ninguno de los dos pudiera disculparse, Peter empezó a resoplar y se escondió disimuladamente tras Sirius. Al levantar la vista, vieron el porqué: desde el pasillo que llevaba a las mazmorras empezaban a llegar estudiantes de Slytherin que se dirigían al Gran Comedor para almorzar. Y, como colofón a aquella movidita mañana, ése fue el momento que eligió para aparecer el grupo en pleno de sus archienemigos de segundo curso.
-Ohhh, pero qué postal más tierna… -entonó inmediatamente Lestrange, que fue el primero en verlos, esbozando su relamida sonrisa-. ¿Habéis tenido una riña amorosa? Potter, no habrás sido capaz de pegar a Evans, ¿verdad? Bueno, no es más que una repugnante sangre sucia, pero aún así sigue siendo una chica… Claro que no sé qué es más patético, que le pegues a una chica, o que una chica consiga partirte el labio a ti…
Wilkes empezó a reírse, con ese aire demente que solía lucir y provocaba escalofríos. Los demás miembros de la casa de las serpientes dibujaron también sendas y odiosas sonrisitas de superioridad. Y Snape, que estaba junto a Lestrange, estrechó sus ojos negros con malicia y un extraño fulgor de triunfo en ellos. Ésa era la actitud que mostraban los slytherins desde lo ocurrido con Sam, y la situación ya era ciertamente insoportable.
Todos se tensaron en el acto. Remus condujo a Lily hasta Sirius, al que ella se abrazó para poder mantenerse en pie, y tanto Belle como Lupin se plantaron delante de sus heridos amigos con actitud protectora.
-Por vuestro propio bien, será mejor que os larguéis, porque hoy no es el día más indicado para venir a fastidiar con vuestras estupideces –les rugió James, con un tono bastante más agresivo y amenazador que el habitual-. No me hago responsable si alguno de vuestros apestosos traseros va a parar a la enfermería.
Los otros se miraron entre ellos, silbando con admiración en son de burla, divertidos.
-¡Oíd, Potter ha hablado! –exclamó socarronamente Rosier, alzando los brazos como para imponer orden en una algarabía-. ¡Inclinaos, mortales! La palabra de Potter es la ley…
-No lo hagas enfadar, Evan –se apresuró a añadir Wilkes, haciendo como que temblaba de terror-. ¡El amo Potter está de mal humor! ¡Quién sabe lo que podría hacer con nuestros pobres y apestosos traseros!
El grupo entero estalló en carcajadas.
-¡Cuidado, nos soltará a alguno de sus esbirros! –aulló Liverlie Connor, entusiasmada, con una divertida sonrisa-. ¿A quién vas a soltarnos hoy, Potter? ¡Qué divertido es tener una panda de esclavos que te defiendan!
-Bueno, sus guardaespaldas hoy dejan bastante que desear –Avery se cruzó de brazos arrogantemente, entornando los ojos-. No tiene muchas opciones… Black le sujeta a él y a tu perra sangre sucia, Pettigrew huye como una rata, para variar, no creo que la piltrafa de Lupin pueda hacer gran cosa, y… ohhh, pero si es la golpeadora Figg… ¿Qué va a hacer ella, rompernos la cabeza con un bate?
-No me tientes, asquerosa rata –gruñó Belle, apretando los dientes.
-Calma, calma –terció de nuevo Lestrange-. Basta ya de tocar las narices, chicos, recordad que tiene un arma secreta… ¡la suaníta psicópata!
Todos los slytherins rieron otra vez. Sirius sintió que los dedos de Lily se clavaban como garras en su brazo, mientras miraba con intenso odio a las serpientes. James tenía la quijada rígida de furia y Remus tuvo que agarrar a Belle de la muñeca, pues ya se tiraba sobre ellos.
-¡Eso sí que es un guardaespaldas en condiciones! –reía Wilkes escandalosamente-. ¡Lleno de buenas cualidades, como los trolls de seguridad!
-¡Jerome, por favor, no compares! –replicó Liverlie, entre carcajadas-. Se diferencian un montón… ¡Los suanítas hablan y los trolls no!
Una nueva ola de risas sacudió al grupo. Aquello ya era demasiado. James hizo amago de sacar la varita, pero de repente Snape, que había permanecido todo el rato en silencio escrutando a los gryffindors para no perderse sus expresiones, alzó un brazo para acallar a sus compañeros, con su habitual sonrisa torcida en los labios.
-Chicos, chicos, por favor… -entonó con ese tono frío y susurrante que solía usar en presencia de sus archienemigos, entornando aún más sus ojos negros con un destello de ironía, su mirada clavada en la de James-. No seáis tan escandalosos, estáis demostrando que no entendéis nada…
-Oh, sí, Severus, instrúyenos –bromeó Liverlie con voz burlona, colgándose del brazo de Lestrange para inclinarse hacia su otro compañero, y le dirigió a los gryffindors la misma sonrisa que un depredador dedicaría a su próxima presa-. Dinos qué pasa en realidad, tú que eres tan listo e inteligente…
-¿No es obvio? –siguió Snape, divertido-. El pobre Potter está de mal humor porque una de sus amiguitas ha resultado ser una aberración y eso va a manchar su imagen. Además, con el jaleo que armó la suaníta –pronunció esa palabra como si le diera muchísimo asco-, él ha perdido protagonismo y ahora todo el mundo está pendiente de ella –le dirigió a James una sonrisita indulgente-. No llores, Potter, en cuanto echen a Flathery del colegio, el mundo entero volverá a girar en torno a ti, como siempre.
Los compañeros del experto en Pociones rieron una vez más, mientras la sonrisa de éste se ensanchaba, triunfante.
-Es a ti a quién deberían haber echado del colegio a patadas, Snape.
Todo el mundo se calló en el acto. Aunque Remus había hablado en voz baja y serena, su tono sonó tan amenazador y frío que puso los pelos de punta a amigos y enemigos por igual. Snape se volvió hacia él y ambos se sostuvieron la mirada por un rato de tenso silencio, sus expresiones ceñudas hablando más que las palabras. No era normal ver a Remus irradiando un odio tan intenso, estaba claro que, desde lo de Sam, no podía ver al pelo grasiento ni en pintura, pero éste aguantó su mirada fulminante bastante bien.
-Esto es nuevo –siseó Snape, perdido todo rastro de sonrisa o diversión de su cara cetrina-. Ahora Lupin se pone rabioso… ¿qué vas a hacer, morderme?
Y, para sorpresa de todos, el pálido rostro de Remus fue surcado por una extraña y escalofriante sonrisa que le cambió por completo la expresión, dándole un aspecto bastante inquietante. Sus ojos grises refulgieron al fijarse en los de su enemigo, simulando al mismísimo acero.
-Snape… -murmuró, como si éste le diera pena-, como ha dicho Belle antes, será mejor que no me tientes…
-Lamento decírtelo, Lupin, pero la verdad es que la pinta que tienes no impone mucho respeto, sinceramente –se burló el otro, mirando con desdén la túnica holgada, la expresión enfermiza y el esquelético cuerpo del casi rubio-. Eso de amedrentar no pega contigo, no sé, si también fueses un monstruo, como Flathery, un semigigante, por ejemplo, o un licántropo, o…
No pudo terminar. Y ninguno de los allí presentes se esperaba lo que ocurrió a continuación. Remus se abalanzó sobre Snape y lo agarró del cuello de la túnica, mientras que éste, por puro instinto de protección, lo agarraba del cuello a él. Hubo un tumulto entre los amigos de uno y de otro. Sirius hizo ademán de acercarse, pero no podía ayudar si estaba sujetando a Lily y a James. Peter se escondió aún más, y Belle simplemente se quedó estupefacta. Los slytherins se agitaron con indignación, agarrando sus varitas, pero no llegaron a hacer nada, porque Snape volvió a detenerlos con un gesto.
-Tranquilos –masculló como pudo, manteniendo a pesar de todo su desafiante impertinencia grabada en la cara, sus ojos fijos sin vacilación en los de su agresor-. Creo que el señor Lupin quiere compartir algo con nosotros…
-Escúchame, asqueroso deshecho de la humanidad, porque no eres más que eso, ¿me oyes? –gruñó Remus con los dientes apretados, fulminándolo con la mirada-. Deberías ser más discreto, ¿no crees? Todos sabemos que le soltaste el boggart a Sam a sabiendas de lo que pasaría, y además podemos demostrarlo, así que métete tus insultos por donde te entren o seremos nosotros los que nos encargaremos de que te echen de aquí, ¿entendido?
Hubo unos segundos de denso silencio, durante los cuales ambos niños permanecieron mirándose con los rostros inexpresivos, sus ojos como único reflejo de sus sentimientos, puesto que cada vez destilaban más odio y más rabia.
-Escúchame tú, especie de proyecto de persona –replicó Snape, cuya mirada llameante casi quemaba ya-. ¿Te crees el héroe de turno? Te diré algo, Lupin, esa zorra de Flathery se merecía que le bajaran los humos de una vez. Era hora de que alguien la pusiera en su lugar. Iba a todas partes con aire de reina suprema, era odiosamente arrogante, y en realidad ¿qué? No es más que un sucedáneo de ser humano, y además hija de renegados, para rematar. La echan de todas partes como a un perro, y eso es lo que es: ¡una perra!
-¡Vas a tragarte tus palabras, maldito hijo de…!
-¡Remus!
Belle lo detuvo justo cuando Lupin ya alzaba el puño para estrellarlo en la cara de Snape.
-Remus, no –continuó, sujetando el brazo de su amigo-. ¡Míralo! Este imbécil no merece la pena. ¿No ves que sólo intenta provocarte? Vámonos ya, déjalo y que se pudra.
Remus miró a Snape con el ceño duramente fruncido y, poco a poco, recuperó la calma. Lo soltó con un leve empujón, haciéndolo chocar contra Lestrange, que se apresuró a cogerlo de un brazo para sujetarlo, y retrocedió con una mirada de intenso desdén. Snape le dedicó una horrible sonrisa de burla.
-Bueno, bueno… -dejó escapar, sarcástico, convirtiendo sus ojos en finas rendijas negras que brillaban con suspicacia-. Últimamente no salgo de mi asombro… Es alucinante ver cómo te enfadas, Lupin. Antes sólo te estaba tomando el pelo, pero empiezo a preguntarme en serio si no serás tú también una aberración de Santuario, como tu querida Flathery.
Belle tuvo que sujetar a Remus con todas sus fuerzas para contenerlo. Desde luego, Lupin tenía más fuerza de la que hacía creer su debilucho aspecto.
-Admitidlo de una vez –intervino Liverlie, que, por su cara, parecía muy entretenida con la escena, apoyándose en el hombro de Lestrange y llevándose la otra mano a la cintura. Ya no bromeaba, pero seguía luciendo esa sonrisa de pura maldad-. Incluso vosotros sabéis que tenemos razón. No lo admitís por pura arrogancia, es duro encajar las humillaciones, ¿eh? –los miró burlona, con sus oscuros ojos de párpados caídos-. Y no hay mayor humillación que tener un ser medio humano en la casa…
Esta vez fue Belle quién saltó como si la hubiese picado una cobra.
-Será mejor que te calles ya la boca, estúpida banshee mal nutrida –replicó la morena, sus profundos ojos azules brillando de rabia-. Siempre hablas más de la cuenta, Connor, un día se te colará un dragón por esa enorme bocaza que tienes.
-Yo al menos pienso antes de hablar, Figg, no como tú, que pareces disfrutar presumiendo del poco cerebro que tienes –repuso Liverlie, con tono despectivo-. Era raro que no hubiese abierto todavía la boca la defensora a ultranza de los bichos raros. ¡Y no me extraña, con la familia que tienes! Un padre medio loco y una madre fracasada…
-¡No te atrevas a insultar a mis padres, estúpida! –Belle dio un paso al frente, encolerizada-. ¡La próxima vez que lo hagas te salto los dientes, te lo advierto!
-Belle, recuerda lo que me has dicho –le murmuró Lupin, mientras la agarraba con ambos brazos por la cintura para detenerla.
Ella forcejeó por un par de segundos, pero desistió: Remus tenía razón. Lestrange soltó una carcajada y los observó con obvia diversión.
-De verdad que sois un espectáculo viviente –rió, pasándole un brazo por los hombros a Liverlie-. Es tan fácil conseguir picaros… Pero ya veo que ninguno tiene suficientes agallas para llegar hasta el final, ¿cierto? Sería una gran pérdida de puntos para Gryffindor, desde luego, pero vosotros lucháis por una causa justa, ¿no? Por defender a vuestra mascota… digo, amiga de desalmados y crueles como nosotros que no comprendemos lo dura que es la vida –se interrumpió un momento, mientras sus compañeros reían-. Está visto que a la hora de la verdad se os va la fuerza por la boca.
-Nah, al que se le suele ir la fuerza por la boca es a ti, Lestrange –soltó de repente Sirius con voz fría, sin moverse de su posición, pero incapaz de contenerse por más tiempo. Aquello se estaba poniendo interesante-. Y el verdadero espectáculo es veros a vosotros intentando fastidiarnos. ¿Qué hacéis, reuniros cada noche en la sala común de vuestra pocilga para ensayar la forma de sacarnos de quicio? Me parece bastante triste, se nota que no tenéis vida propia. Sois lo más patético que me he encontrado en la vida…
Y, como Sirius sí que parecía tener un don especial para exaltar los ánimos de todo el mundo, las ganas que se tenían ambos grupos reventaron de golpe en la retahíla de alaridos que llevaban conteniendo todo el rato, en cuanto el muchacho cerró la boca.
-¡Nadie preguntó tu opinión, Black!
-¡Ni a ti la tuya, Rosier!
-¡Cállate, Potter!
-¡Se callará si le da la gana, Snivellus!
-¡A mí ni me hables, perra sangre sucia!
-¡Perra lo será tu madre!
-¡Nadie preguntó tu opinión, Black!
-¿Sólo sabes decir eso?
-¡¿Qué está pasando aquí?!
Los dos grupos se sobresaltaron al ser interrumpidos cuando ya estaban a punto de atacarse a la yugular unos a otros.
Por las escaleras de mármol bajaba un grupo de estudiantes de séptimo curso, con Arthur Weasley y Molly Prewett en cabeza. El prefecto se acercó a ellos con el ceño fruncido y cara de reprobación, seguido por su novia pelirroja y los mellizos Jordan, Bill y Mary Ann, que eran sus mejores amigos (Bill Jordan era otro de los cazadores del equipo de Gryffindor, mientras que su hermana melliza era la comentarista de los partidos de quidditch)
-¿Se puede saber qué estáis haciendo? –repitió Arthur-. No iréis a pelearos aquí en medio, ¿verdad?
-Déjalos, Weasley, como siempre, ya estás estropeándolo todo. Era un maravilloso espectáculo hasta que tú llegaste…
Arthur levantó la vista con el ceño fruncido. De entre las sombras del vestíbulo surgió otro grupo de gente que, al parecer, había permanecido apoyado en la pared todo el tiempo, observando la escena en silencio. También eran de séptimo, pero pertenecían a Slytherin, como demostraban sus bufandas a rayas verdes y plateadas.
El que había hablado era un tipo alto y delgado, con el pelo rubio repeinado hacia atrás y unos claros ojos grises, fríos e inexpresivos. Pasaba un brazo por los hombros de una chica realmente muy hermosa, pero con cara de asco, un año menor que él. Era también bastante alta y esbelta, con un cuerpo escultural y una larga y lisa melena rubio platino. Molly arrugó la nariz con sólo verla; la verdad es que aquella chica de Slytherin parecía una musa, físicamente hablando, comparada con Molly Prewett, que era una cabeza más baja que su novio y estaba algo rellenita.
Ambos slytherins iban acompañados por otros tres chicos que los seis amigos ya conocían: Crabbe, Goyle y Macnair, todos con aspecto de Neandertal.
-Malfoy… -masculló Arthur, como si escupiera cada sílaba-. Lárgate de aquí antes de que me canse de tu asquerosa cara y le quite puntos a Slytherin.
-Estoy de acuerdo con eso de: "lárgate de aquí, me estoy cansando de tu asquerosa cara" –sonrió Malfoy, mirando con desdén el desordenado pelo rojo y la cara llena de pecas de Arthur-. Aplícate el cuento, Weasley.
El prefecto apretó los puños con rabia y, como si leyera sus pensamientos, Molly lo sujetó de un brazo.
-Además, no puedes quitarnos puntos sin motivo –siguió el rubio repeinado-. ¿Qué pensaría McGonagall?
-Te quitaré puntos por organizar una pelea en medio del vestíbulo, utilizando a unos niños de segundo para ello. ¿Te parece motivo suficiente? –los ojos castaños de Arthur brillaron peligrosamente tras sus gafas de montura metálica-. ¿Qué pensaría Fletcher?
-Que eres un envidioso resentido –contestó Malfoy con autosuficiencia-. Y que intentas pagar con nosotros tu frustración por no pertenecer a la élite…
-¿Cómo te…?
-Es una pena que tus notas el año pasado fueran tan mediocres y por eso hayas quedado estancado en prefecto, Weasley. ¿Te has enterado? Narcisa superó el "Extraordinario" en todas las asignaturas de sus TIMOS del año pasado, diez MHB para ser exactos, así que Fletcher le ha dicho que seguramente el año que viene sea promovida a Premio Anual, además de prefecta… -miró a su chica con orgullo, y ella sonrió de forma arrogante-. Lástima que tú no des el nivel.
-Sus Matrículas de Honor no sorprenden a nadie –masculló Bill Jordan, mordaz-. En su caso, tener la capacidad suficiente para sujetar correctamente la varita ya es más que extraordinario…
-Le pusieron matrícula porque además consiguió hacerlo sin estropearse el esmalte de uñas –añadió Mary Ann, cortante-. Yo también habría sacado diez MHB si mis padres hubiesen ido a sobornar a los miembros del Tribunal, como hicieron los suyos.
-La diferencia entre tú y yo, Jordan, es que tú sí necesitas realmente que sobornen al Tribunal para poder aprobar, y yo no –entonó Narcisa con voz melodiosa, sin inmutarse.
Arthur parecía cada vez más furioso.
-Por última vez, Malfoy, o te largas, o…
-¿O qué? –lo interrumpió el susodicho-. ¿Te me vas a poner agresivo, como estos gryffindors payasos de segundo? No creo que te convenga meterte en problemas a estas alturas, ¿sabes? Me he enterado de que la única asignatura en la que has sacado una nota superior a "Aceptable" en lo que va de curso es esa basura de Estudios Muggles, y con ese panorama no sé cómo piensas sobrevivir a los EXTASIS, ni a qué te piensas dedicar al salir de aquí… Como andes llenando además tu expediente con partes de incidencia, vas listo. ¿Qué piensas hacer en la vida, Weasley? ¿Seguir de fracasado por mucho tiempo más? Vas a tener poco que ofrecer a tu familia, desde luego… Eso contando que alguien te aguante hasta el punto de casarse contigo, porque seguro que la foca que tienes por novia se cansará de ti en cuanto vea que tendrá que pasar los días en ayunas, y te dejará tirado en un abrir y cerrar de ojos…
Arthur explotó.
-¡Vete a la puta mierda, Malfoy! –vociferó-. Haga lo que haga en el futuro, no será vivir de la renta como un parásito, igual que tú, tocándome las narices día y noche y dejando que los demás trabajen por mí. ¿Tan superior te crees, patético engreído, que ni siquiera sabes atarte solo los cordones de los zapatos? ¡Ja! No me extraña que te hayas buscado una tipa con cerebro, para que supla el tuyo. Es el complemento perfecto a tu imagen de niño rico. Pero no te creas superior a mí por eso, ¡habría que verlo! Permíteme que te baje los humos. Os vamos a dar tal paliza en el próximo partido que este año ganaremos la Copa, tanto de quidditch como de las casas, y entonces veremos quién es el fracasado que tendrá que tragarse todas sus malditas palabras e irse a chuparle el morro a un perro muerto. No creo que lo encuentres muy desagradable, será como besar a tu novia.
Esta vez fue Malfoy quien empezó a gruñir.
-Cuida tus palabras, Weasley –masculló en voz baja y peligrosa-. Soñar es muy bonito, pero te despertarás en febrero… Somos nosotros los que os vamos a machacar. Vuestro equipo es una mierda, al igual que lo es tu vida: pasada, presente y futura. Tu novia es una mierda y tus perspectivas de futuro también lo son, pero no te preocupes, siempre te quedará el mundo muggle que tanto te gusta. Podrás trabajar de pinche en un restaurante de mala muerte y así estarás cerca de los sacos de patatas, para abrazarlos cuando te sientas solo. Será como abrazar a tu novia.
Quizá los adolescentes de 17 años perdían el control antes que los niños de 12, pero el caso es que Arthur se tiró sobre Malfoy y le pegó tal puñetazo que el rubio cayó de espaldas al suelo con estrépito.
-¡Lucius! –chilló Narcisa horrorizada, llevándose las manos a la boca.
Fue como el pistoletazo de salida en una carrera. Los mellizos Jordan se abalanzaron sobre los guardaespaldas de Malfoy para que no socorrieran a su jefe, y pronto se les unieron varios compañeros de clase que se habían quedado por allí, al grito de "¡PELEA, PELEA!", mientras Molly se acercaba a una colapsada Narcisa con el mismo aspecto que un bulldog asesino.
-¡Cinco dientes menos para la señorita MHB, por ser una engreída insufrible! –exclamó, al mismo tiempo que tumbaba a la rubia de un puñetazo que no tuvo nada que envidiar al de Arthur.
Allí se armó la marimorena: varios gryffindors de séptimo atacando a los tres gorilas de Slytherin, Arthur Weasley y Lucius Malfoy soltándose tremendos puñetazos mientras rodaban por el suelo, Molly y Narcisa arañándose y tirándose de los pelos como dos gatas salvajes… Los de segundo miraban la escena estupefactos, hasta que los slytherins reaccionaron y corrieron a ayudar a los suyos. Belle y Remus se miraron con cara de "¿tenemos algo que perder?" y saltaron también a la batalla. Lupin agarró a Snape distraído y lo tumbó sin problemas con otro puñetazo, mascullando algo así como: "¡No vuelvas a insultar a Samantha Flathery en mi presencia!". Mientras ellos dos se ensañaban en una pelea, Belle consiguió agarrar por el pelo a Liverlie, que corría a ayudar a su hermana mayor, y se liaron a tortas ellas también.
-¡Ey, esto mola! –exclamó entusiasmado Sirius, que no podía hacer más que mirar la pelea con ojos anhelantes-. ¡Yo quiero partirle la cara a Snape!
-¡Tú te quedas aquí! –lo regañó Lily, que parecía horrorizada-. ¡Se han vuelto completamente locos!
-No te preocupes, Sirius, Remus le está partiendo la cara a Snape por ti –comentó James con aire divertido.
Un gryffindor de séptimo salió volando tras un terrible trastazo de Goyle, y fue a parar a los pies de los espectadores. Lily y Peter gritaron con voz aguda, y ambos habrían sido capaces de subirse a los hombros de Sirius de un salto por el susto.
-¡Por las barbas de Merlín, vámonos de aquí! –berreó Peter, cubriéndose la cabeza con las manos y escondiéndose aún más tras Sirius.
-¿Y perdernos el espectáculo? ¡Ni hablar!
El muchacho que yacía a sus pies se levantó de nuevo como si nada y se abalanzó otra vez sobre la masa de cuerpos que se golpeaban sin compasión. Los únicos cuatro que no estaban masacrando ni siendo masacrados se quedaron con la boca abierta ante semejante trifulca unos segundos más, hasta que un estentóreo grito los hizo reaccionar.
-¡¿PERO QUÉ ES ESTO, UNA PELEA DE ANIMALES O QUÉ?! –chilló una voz demasiado familiar.
La batalla paró en el acto y todos miraron (con ojos hinchados, narices sangrantes y labios partidos) hacia la puerta que daba al Gran Comedor, para descubrir, horrorizados, a la profesora McGonagall, que miraba la escena con ojos desorbitados, seguida por el profesor Fletcher, cuya expresión era tan hermética como un tetrabrik cerrado.
-Nunca… jamás… había visto… algo como esto –la profesora McGonagall parecía al borde del colapso nervioso, estaba completamente pálida y con los labios tensos.
En dos zancadas se acercó al grupo de combatientes, y éstos se levantaron lo más rápidamente posible para escapar de la profesora, que parecía capaz de soltarle una bofetada a cada uno para zanjar la cuestión.
-¡He preguntado qué es esto! –rugió colérica, y sus gafas cuadradas resplandecieron de furia-. ¿Qué rayos pasa aquí, eh? ¡Menudo ejemplo estáis dando a los alumnos de segundo! ¡Tirados por el suelo como animales salvajes! ¡Estoy harta de estas peleas, ¿me oís?, HARTA! ¡Ésta es la última riña que quiero ver entre Gryffindor y Slytherin! ¡¿OS QUEDA CLARO A TODOS?!
-Minerva… -terció el profesor Fletcher con tono tranquilizador, cogiéndola de un brazo-. No te alteres, por favor…
Pero la profesora McGonagall no se inmutó. Pasó sus furiosos ojos de Arthur, con el labio sangrando, las gafas rotas y un ojo morado, a Malfoy, que trataba de detener una terrible hemorragia nasal con una mano mientras se tapaba un ojo con la otra.
-¿Quién empezó esta pelea? –masculló la mujer. Nadie contestó-. ¡Quiero saber quién empezó esta pelea, AHORA!
Todos se sobresaltaron con el grito de la profesora y empezaron a balbucear incoherencias al mismo tiempo, acusándose unos a otros.
-Fue Weasley, profesora, él empezó todo, me pegó un puñetazo…
-Eso no es cierto, jefa, Malfoy empezó insultándonos…
-Además, estaban viendo cómo se peleaban los de segundo y no hacían nada por intentar evitarlo…
-¡Fue Lupin quién empezó la discusión!
-¡Cállate, asqueroso pelo grasiento, y no seas metiche!
-¡No me grites, Figg!
-¡Fue Lestrange quién llegó y empezó a incordiar con lo de Sam Flathery!
-¡Mentira, fue Lupin quién sacó el tema!
-¡Cierra la boca, Connor, maldita cerda, tú también empezaste a molestar!
-¡SILENCIO! –gritó el profesor Fletcher, y todo el mundo se calló en el acto-. Está bien… No sacaremos información objetiva de esta manera. No sé tú, Minerva, pero yo me hago una ligera idea de lo que pasó… ¡Lestrange, Malfoy, Connor, Snape! A mi despacho los cuatro, ¡andando!
Y empujó con aire furioso a los cuatro alumnos, que se dirigieron cojeando y renegando hacia el pasillo que llevaba a las mazmorras.
-Y los demás… -añadió el profesor, volviéndose hacia los de su casa con una mirada gélida, antes de desaparecer camino a su despacho-, ¡largo de aquí, si no quieren que los castigue también!
Todos los slytherins se movilizaron rápidamente. Los que estaban en mejores condiciones entraron al Gran Comedor para almorzar, y el resto se encaminó escaleras arriba, seguramente hacia la enfermería. Así quedaron solos los gryffindors con la jefa de su casa.
-Esto es increíble –resopló McGonagall, intentando calmarse-, completamente increíble… Me avergüenzo del comportamiento de todos ustedes…
-Pero, profesora…
-¡Nada de peros, Weasley! –se acercó a él y lo miró entre furiosa y dolida-. Estoy muy decepcionada contigo, Arthur, siempre creí que tendrías el suficiente sentido común como para no caer en las trampas de Lucius Malfoy. Ese chico te ha estado metiendo en problemas desde que ambos llegasteis aquí, o al menos ésa ha sido siempre tu versión, de modo que no me explico cómo sigues picándole el anzuelo. Ser prefecto implica ciertas responsabilidades, como por ejemplo saber controlarse, debes dar ejemplo a los demás…
El pelirrojo bajó la vista, avergonzado.
-Con todo respeto, jefa –empezó Arthur, suspirando-, no pienso permitir que alguien como Lucius Malfoy se burle de Gryffindor, utilice a una pandilla de segundo para divertirse, empiece a ofender y molestar a todo el mundo y, de remate, insulte a mis amigos, a mí… y en especial a mi novia –añadió, irguiéndose un poco.
Los ojos de McGonagall se ablandaron ligeramente. Miró a Molly de reojo, que lucía un profundo arañazo en la mejilla y fijaba en Arthur sus brillantes ojos claros con intensidad. La mujer suspiró y compuso una expresión comprensiva bastante similar a la de la profesora Crockford.
-No digo que no tuvieras tus motivos, Arthur, pero a golpes no se solucionan las cosas –reprendió, más calmada, pero aún firme-. Comprenderás que tenga que castigaros.
-Por supuesto, profesora.
McGonagall se volvió a mirar a todos los gryffindors, sin poder evitar otro suspiro al ver el aspecto tan deprimente que tenían.
-Está bien. A ver, Weasley, Prewett, Figg y Lupin: acompáñenme, por favor. Los demás, será mejor que pasen por la enfermería antes de ir a almorzar… -entonces reparó en los cuatro que se habían mantenido al margen de la pelea-. Vaya, ¿y qué pasa con vosotros?
-Absolutamente nada, jefa, somos simples espectadores inocentes –se apresuró a decir Sirius, con una sonrisa zalamera-. ¿Ha visto? Tendría que estar orgullosa de mí, por una vez no he tenido nada que ver con el tumulto, ¿qué le parece?
La maestra se permitió una media sonrisa.
-Impresionante, Black, me parece impresionante…
-Jeje, lo sé. Y conste que no es que no tuviera ganas de patear a alguien, pero me comporté de forma responsable al sostener a mis amigos aquí presentes, que necesitaban mi ayuda.
-Ya decía yo que era demasiado perfecto que tú no tuvieras ganas de pelea, Black… ¿Y qué os ha pasado a vosotros dos?
-Nos caímos por las escaleras –contestaron James y Lily a coro.
McGonagall puso los ojos en blanco y dejó escapar un suspiro de desesperación, llevándose una mano a la frente.
-Tienes una habilidad especial para atraer los líos, Potter –renegó.
-¡Pero, jefa, la culpa no es mía, yo sólo…!
-De acuerdo, no importa, me da igual, no quiero oír nada más –la mujer lo acalló con un gesto de la mano-. Potter y Evans, a la enfermería, y lo mismo para todos los que no se encuentren en condiciones aceptables. Vosotros cuatro, venid conmigo.
Arthur se quitó las gafas destrozadas con gesto solemne y se las guardó en el bolsillo delantero de la túnica. Luego se acercó a Molly y le pasó un brazo por los hombros, dirigiéndose escaleras arriba con la cabeza bien alta. Remus se pasó el dorso de la mano por la nariz para limpiarse la sangre y los siguió, cojeando ligeramente, junto con Belle, que sólo lucía algunos arañazos y moratones en la cara, sin contar que tenía todo el pelo revuelto a causa de la trifulca. McGonagall fue tras ellos, de modo que pudo sujetar a Remus de un brazo cuando éste se tropezó.
-Aaay, Lupin… -suspiró la profesora con tristeza-. No me esperaba esto de ti, no me lo esperaba en absoluto…
-Lo sé, jefa, no me lo esperaba ni yo mismo… -balbuceó Remus con voz temblorosa.
-Señorita Figg, espero que guarde su energía para el partido de quidditch y la descargue con las bludgers.
-Descuide, jefa, me encargaré de tirarle todas las que pueda al imbécil de Malfoy…
-¡Figg!
-Eups, disculpe…
Todos se fueron dispersando poco a poco, de modo que sólo quedaron los cuatro supervivientes en el vestíbulo.
-Bueno, chicos, hay dos opciones: o nos vamos a comer lo poco que nos hayan dejado, o nos vamos a hacerle compañía a Sam… ¡Peter, quítate ya de detrás, la pelea ha terminado!
-Lily, ¿tú cómo estás? –se preocupó James.
-Pues… la verdad es que prefiero la segunda opción, si no os importa… Aunque podéis iros a comer, yo llegaré sola a la enfermería.
-Querida, no puedes ni andar, así que nos vamos contigo –atajó Sirius con determinación.
-Vale, vosotros dos adelantaos, con la caída salieron volando todos nuestros libros y no es cuestión de dejarlos ahí tirados. Podéis ir recogiéndolos mientras subimos nosotros, ¿verdad, queridísimos amigos? –sugirió James, esbozando una sospechosa sonrisa angelical.
-Claro, Jamie, no hay problema… Pero no me pongas esa cara, que da bastante miedo, te pareces a Wilkes cuando le dan sus arranques dementes…
-¡Vengaaa! –rió Potter, empujando a su amigo-. Yo llevo a Lily, puedo andar solo…
-¡Y yo también! –se quejó la pelirroja.
Intentó apoyarse en el pie dolorido, pero gritó y se tambaleó, agarrándose a James, que era el único que quedaba ya junto a ella.
-¡Lily, por una vez en tu vida, acepta la ayuda de otra persona y no reniegues! –le gritó Peter, mientras seguía a Sirius escaleras arriba.
Ella bufó algo ininteligible, pero se abrazó a James para poder andar, y él le pasó un brazo por los hombros, sujetándola.
-Vamos allá, Evans, ¡ánimo, tú puedes! –repetía Potter en plan de broma, mientras subían las escaleras a paso de tortuga.
-No empieces, James…
Y, como no tenía ganas de pelear con él, optó por una alternativa más agradable: hundió el dedo índice en el costado del muchacho, donde sabía que se encontraba su punto débil. James dio un brinco, como si lo hubiesen electrocutado, y se apartó con brusquedad. Lily se tambaleó y estuvo a punto de volver a caer escaleras abajo.
-¡Ey, no me hagas cosquillas, loca! –protestó él, agarrándola otra vez justo a tiempo de impedir que se rompiera aún más la cabeza.
-Ohhh, no me digas que el gran James Potter tiene cosquillas –se burló la pelirroja-. Uuuy, jajaja, ya tengo mi venganza perfecta. Prepárate, en cuanto me recupere te someteré a una verdadera tortura…
-Ni se te ocurra, Evans, ni se te ocurra…
-Venga ya, dejad de hacer el pavo y daos prisa –les gritó Sirius, desde lo alto de las escaleras.
-¡Es Lily, que se está poniendo psicópata! –rió James.
Ella le dio un codazo, el otro se lo devolvió, y así empezaron a golpearse en plan de juego.
-Por favor, ya os estáis comportando como una parejita –renegó Peter, mientras recogía los libros de James.
-¡Eh, Pettigrew, no te pases!
Lily empezó a reír de forma extraña.
-¿Sabes qué? Ver a Remus partiéndole la cara a Snape me ha puesto de buen humor –comentó contenta. Se tambaleó un poco y añadió-: ¿Crees que nos vemos excesivamente patéticos?
-Pues… un poco sí, pero ¿a quién le importa?
-Oye, James –comenzó Lily, tornándose seria y clavando la vista en el suelo-, Belle tenía razón, siempre que empezamos a pelear terminamos mal. Yo… bueno, quería pedirte perdón, me puse muy desagradable sin motivo, tenías derecho a enfadarte…
-No me enfadé contigo, Lily –la interrumpió él-. Es sólo que… me enfada que siempre te enfades conmigo cuando yo no te he hecho nada, eso es todo…
-Tengo muy mal carácter –reconoció la pelirroja con aire triste-, pero de verdad que lo siento, ¿me perdonas?
-Pues claro, idiota…
-¿Y también iba en serio eso de las clases particulares?
-Si quieres…
-¡Claro que sí! Es que… -volvió a bajar la vista, algo avergonzada-, ¡me fastidia que seas mejor que yo en todo! Pero de verdad te agradezco tu ayuda.
James se echó a reír.
-Lily, eres la chica más rara que he conocido en mi vida… Pero me caes muy bien.
-¿En serio? –ella pareció sorprenderse.
-¿Lo dudabas? –exclamó James, incrédulo-. Boba, eres una de mis mejores amigas… ¿Por qué pones esa cara?
-Bueno… -balbuceó Evans-, es que… yo… en fin, pensé que, con tantas riñas, no me soportabas…
-Las riñas son la salsa de una amistad. ¿No ves que siempre ando discutiendo con Sirius? Y él es como mi hermano.
-Hombre, visto de esa forma… Entonces tu teoría es que, si alguien te cae bien, te la pasas discutiendo con él, ¿no?
-Básicamente. Pero no siempre es así.
-Estás loco.
-No, tú estás loca.
-Ambos lo estáis –concluyó Sirius, que oyó la última parte de la conversación, pues por fin habían llegado a lo alto de las escaleras-. ¿Qué pasa, os habéis entretenido mirando el paisaje o qué?
-Sirius, no fastidies y lleva los libros de Lily, ¿vale? –sonrió James-. Peter, tú llevas los míos, ¿no?
-Tenéis una cara más dura… -suspiraron los dos a la vez.
-¿Quién es un cara dura?
Los cuatro se volvieron para encontrarse de frente con Hagrid, que cargaba una caja enorme (aunque pequeña comparada con él) y los miraba sonriente, aún con algunos copos de nieve prendidos en el enmarañado pelo y barba negros.
-¡Hola, Hagrid! –corearon todos, con radiantes sonrisas.
-Los cara duras son James y Lily, porque, con eso de que están heridos, no quieren llevar sus trastos –aclaró Peter, molesto.
Entonces Hagrid se fijó en el labio partido de James y en el pañuelo empapado en sangre que se sujetaba Lily en la frente.
-¡Por las barbas de Merlín! ¿Qué os ha pasado?
-Nos caímos por las escaleras –volvieron a contestar ellos dos a la vez.
-Pues os habéis caído bien, desde luego… Por cierto, ¿dónde están los demás?
-Se los llevó McGonagall –explicó Sirius, y de repente su cara se iluminó-. ¡Hagrid, lo que te has perdido! Se ha montado una pelea impresionante aquí hace un rato. Arthur Weasley se lió a puñetazos con Lucius Malfoy, ¡terminaron los dos hechos una mierda! ¡Y Remus! Remus agarró a Severus Snape y le pegó una paliza, así –acompañaba su relato con gestos bruscos-. ¡Yo creo que, como mínimo, le rompió la nariz!
-¿QUÉ? –exclamó Hagrid, atónito y con la boca abierta-. ¿Remus? ¿Remus Lupin? Pero si no ha matado una mosca en su vida…
-Pues hoy ha matado todas las de los últimos 12 años –sonrió Black, con orgullo hacia su amigo casi rubio.
-Snape no es una mosca, sino un moscardón –gruñó James-. De esos que empiezan a zumbarte detrás de la oreja y no dejan de molestar a todas horas…
-Remus se merece una medalla por lo que ha hecho –añadió Lily, muy seria-. Fue muy loco, pero reconozco que había que bajarles los humos a esos idiotas de una vez…
-Es que Snivelly y sus amigos empezaron a insultar a Sam –terminó Sirius con aire de suficiencia, como si eso lo explicase todo.
-Ahhh, ya veo… -murmuró Hagrid-. Entonces es comprensible, Fiona no hace más que decir que se encargará personalmente de cualquiera que incordie con el tema de Sam –los cuatro niños recordaron el incidente del día de la visita de Jonathan Flathery y se estremecieron visiblemente-. ¿Quién detuvo la pelea?
-McGonagall y Fletcher.
Hagrid hizo una mueca de decepción.
-Lástima, si hubiese sido Fiona… En fin, ya sabéis cómo se pone, no se enfada nunca, pero cuando lo hace… -se llevó una mano al hombro, frotándoselo como si aún le dolieran los golpes que la mujer le dio durante su forcejeo, cuando la sacó a cuestas del vestíbulo delante de la escolta de aurores-. Lo bueno es que el profesor Fletcher estima mucho a Sam, así que será justo. ¿Cómo está ella? Anteayer fui a visitarla, estuvimos hablando casi toda la tarde y me dio la impresión de que se recupera muy rápido, ¿no?
-Sí, la verdad es que ya está mucho mejor –sonrió Lily.
-Yo creo que fue por la visita de su padre –añadió James.
-Sip, desde que vino Jonathan se la ve más animada –murmuró Hagrid, pensativo-. Un gran hombre, Jonathan, es una pena que no se haya quedado más tiempo, pero me dijo que quería volver a casa cuanto antes, porque tenía que preparar unas cosas. Y con esos aurores molestándolo todo el rato… Menos mal que fui yo quién tuvo que abrirles las puertas del colegio cuando llegaron y así lo pude saludar, hacía siglos que no lo veía, conocí a Jonathan cuando yo estudiaba en Hogwarts, cuando empecé a trabajar de guardabosques aquí… Bueno, creo que os estoy aburriendo…
-¡Para nada! –exclamó Sirius-. Al final resultará que todo el mundo conoce a Jonathan Flathery, cuando vino estuvo hablando de nuestros padres como si los conociera, ¿verdad, Jamie? Y la profesora Crockford también sabe un montón sobre él…
-Sí, bueno, Jonathan fue una personalidad en su época –sonrió el hombretón-. Se movía por muchos ámbitos y conocía a mucha gente. A todos vuestros padres los conocerá de cuando trabajaba en el Ministerio, y Fiona sabe tanto de él porque siguió todo el juicio cuando era pequeña y es un tema que se toma muy a pecho, como ya habréis notado… Pero él es anterior a la época de todos ellos, era de la generación que iba por delante de nosotros, creo que terminó en Hogwarts justo un año antes de que entrara el profesor Fletcher, porque ya trabajaba en el Ministerio cuando a mí me expulsaron en tercer curso…
-¿El padre de Sam es mayor que tú? –exclamó Lily, boquiabierta.
-Claro, debe sacarme unos 10 años o así, pero nunca ha aparentado la edad que tiene… Aunque ahora lo he visto bastante desmejorado, la verdad…
Lily lo miró algo incrédula. El señor Flathery aparentaba estar rondando los 40 y muchos años, pero con Hagrid era imposible determinar cuántos años tenía o hacer siquiera una aproximación. Podía tener cualquier edad entre los 30 y los 80 años.
-¿Y coincidiste con el profesor Fletcher cuando estudiaba aquí? –se sorprendió Peter.
-Claro, él es sólo tres años mayor que yo. Pero estaba en Slytherin, y yo en Gryffindor.
-Nunca nos has dicho por qué te expulsaron, Hagrid –comentó Sirius, suspicaz, como quien no quiere la cosa.
El hombre se puso nervioso y desvió la mirada.
-Ehhh… ¿No os interesa saber qué llevo aquí? –desvió esperanzado, agitando un poco la caja que cargaba.
Los cuatro lo miraron enarcando una ceja con aire escéptico, pero accedieron a cambiar de tema. No querían incomodar a su amigo.
-Está bien, sorpréndenos.
Hagrid sonrió abiertamente, como agradeciendo su comprensión.
-¿No os habéis enterado? El profesor Dumbledore ha vuelto a autorizar los bailes de Navidad…
-¡Oh, no! –renegó Peter.
-… sólo para los alumnos de sexto y séptimo –terminó Hagrid, dedicando a Peter una sonrisa concesiva.
-¡Genial, adoro los bailes! –exclamó Lily, aplaudiendo con entusiasmo y los ojos brillantes.
Los tres chicos la miraron como si fuese el mismísimo calamar gigante recién salido del lago, y Hagrid se echó a reír.
-Pero, Hagrid, ¿es que antes había bailes de Navidad aquí, en Hogwarts? –inquirió James con curiosidad.
-Sí, pero hará unos 27 años los suspendieron por una crisis bastante grave que tuvo el colegio. El profesor Dippet, el antiguo director de Hogwarts, terminó tan destrozado por toda esa crisis que, aunque la creyeron resolver, no tuvo ánimos para volver a autorizar los bailes de Navidad. Sin embargo, al profesor Dumbledore le gustaban mucho y decidió que ya va siendo hora de volverlos a implantar.
-¿Qué crisis fue ésa? –preguntó de inmediato Sirius-. ¿Tan grave fue? ¿Hace 27 años? Poco antes de que llegaran mis padres… ¿Y por qué has dicho que la "creyeron resolver"? ¿Es que cometieron un error fatal, o algo así?
Hagrid lo miró asustado y tartamudeó:
-Y-yo he… ¿he dicho todo eso? –de repente esbozó una sonrisa algo tensa-. Bueno, no fue para tanto en realidad, mejor olvidadlo, ¿de acuerdo?
-Hagrid…
-Bueno… os enseñaría lo que lleva la caja, pero no me atrevo a abrirla aquí –siguió el guardabosques, cambiando de tema con gran sutileza-. El profesor Flitwick dijo que contiene un fuerte encantamiento autodecorador, en cuanto la abres salen disparados todos los adornos y se colocan solos…
Los cuatro amigos se olvidaron del incidente de hace 27 años.
-¡Alucinante! –exclamaron a coro, imaginando el espectáculo.
-Debe de ser genial ver cómo el Gran Comedor se va decorando por sí mismo, ¿verdad? –sonrió Lily con aire soñador.
-¿Y no nos dejarían estar presentes cuando la abran? –comentó Sirius, esperanzado, componiendo una cara angelical.
-No lo creo, Sirius… Quieren que sea una sorpresa, además, tengo la impresión de que a ti no te dejarían estar presente en nada como esto, por… lo que pueda pasar.
Black bajó la vista, decepcionado, mientras sus amigos reían.
-Bueno, James, ¿y qué tal en el equipo? –desvió Hagrid una vez más, y por la sonrisa que dedicó a Potter fue evidente que estaba orgulloso de él-. La profesora McGonagall asegura que eres el mejor buscador que ha tenido Gryffindor en años. Está segura de que vais a ganar, y se encarga de comentárselo al profesor Fletcher a todas horas…
James se echó a reír.
-Bueno, no es la única, Frank dice que ya tenemos la Copa de Quidditch asegurada. Nos está metiendo mucha caña últimamente, pero no me quejo, la verdad es que vamos muy bien…
-Estaré allí para veros –prometió Hagrid-, tenlo por seguro.
-Además, después de lo de hoy, tengo todavía más ganas de que machaquéis a Slytherin –gruñó Sirius-. No podemos seguir utilizando a Remus se psicópata asesino por más tiempo, y McGonagall tiene razón, debemos vencerlos con elegancia…
-Bien dicho, Sirius –rió Hagrid-, el honor ante todo, ¿no? Bueno, me despido ya, chicos, el profesor Flitwick está enfermo y tengo que localizar a Fiona para que me diga qué hago con esto… Por cierto, saludad a Remus de mi parte, hace tiempo que no lo veo, desde el mes pasado…
-¿El mes pasado? –James y Sirius se miraron, extrañados-. Pero Hagrid… el mes pasado no te vimos, y Remus estuvo con nosotros todo el tiempo, si hubiese ido a visitarte…
-No vino a visitarme –lo interrumpió el guardabosques-, en realidad él no me vio a mí, fui yo quién lo vió el mes pasado cuando cruzaba los terrenos de Hogwarts con la señora Pomfrey hacia el… -pero de repente pareció darse cuenta de que estaba hablando más de lo debido y se calló de golpe-. Ehhh… olvidadlo, sólo dadle recuerdos de mi parte, ¿vale? Mejor me voy ya, ¡hasta pronto!
Y se apresuró a alejarse escaleras abajo. Los cuatro amigos se habían quedado con la boca abierta.
-¿Que Remus qué, cómo, cuándo, dónde y con quién? –exclamó Sirius, arrugando la frente-. ¡El mes pasado estuvo con nosotros todo el tiempo! Siempre estamos todos juntos, ¿cómo puede ser que…?
-No siempre, Sirius –lo cortó James, que miraba cómo se alejaba la enorme figura de Hagrid, con el ceño fruncido-. Recuerda, no siempre estamos todos juntos…
Black se dispuso a replicar, pero captó lo que James quería decir y su rostro se tornó completamente serio.
-Ahhh, ¿te refieres a… eso?
-Exacto –asintió James, mirándolo con aire grave-. Es la única ocasión en la que Hagrid pudo verlo de la forma que ha descrito, y eso significa… que la historia del señor Lupin tiene algunas lagunas, ¿no crees?
-¿De qué habláis? –se extrañó Lily, mirando a los chicos, desconcertada. Supuestamente, las tres niñas no sabían nada de las desapariciones mensuales del casi rubio.
-De una historia que nos contó Remus el año pasado –contestó Potter, evasivamente.
-¿Os referís a lo de su madre? –soltó Peter, que estaba casi tan perdido como Lily.
Sirius le dio un codazo, dirigiéndole una mirada reprobatoria.
-¿Qué pasa con la madre de Remus? –inquirió en el acto la pelirroja.
-Nada, Lily, olvídalo –se apresuró a decir James-. Son asuntos de Remus…
Lily parecía dispuesta a batallar de nuevo, pero vio tan serios a sus amigos que casi se asustó y se le quitaron las ganas de tocar el tema. "¿Qué está pasando aquí? –se preguntó James, intrigado, mientras reemprendían el camino-. Primero, Sam nos ocultó que es hechicera… Hagrid sabe un montón de cosas sobre un montón de asuntos, pero sólo cuenta lo que se le escapa. Y ahora… ¿Remus? ¿Qué pasa con Remus? Todo el mundo guarda secretos aquí, con razón dicen que nada es lo que parece, pero… ¿por qué? ¿Qué ocurre?". Iba tan distraído con esos pensamientos, que de repente se tropezó con la túnica, perdió el equilibrio y volvió a caer al suelo de bruces, arrastrando a sus tres amigos con él.
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Para cuando llegaron a la enfermería, ya había pasado más de media hora desde que la profesora McGonagall disolvió la pelea en el vestíbulo. Como el profesor Flitwick estaba enfermo, los chicos tenían la tarde libre, así que decidieron quedarse con Sam hasta la cena, y, mientras James y Lily eran atendidos por la señora Pomfrey, Sirius y Peter entraron directamente a ver a la rubia.
La señora Pomfrey estaba de muy mal humor cuando llegaron. Ya habían pasado por sus manos todos los heridos de la pelea, y no hacía más que repetir: "Los jóvenes de hoy en día son unos salvajes". Ni siquiera los escuchó cuando ellos aseguraron que no habían tenido nada que ver con la pelea, sino que habían caído escaleras abajo.
-Sí, claro, cómo no… -masculló la enfermera, aplicando una gasa empapaba de un líquido violeta en el labio partido de James, que tuvo que ahogar un grito de dolor.
Varios minutos después, James y Lily entraron en la habitación donde estaban las camas de los enfermos, él completamente renovado y ella con un parche en la frente, cojeando un poco aún, para encontrar a sus tres amigos emocionados, observando un libro enorme y de aspecto mohoso que sujetaba Sam.
-¡Ya era hora! –exclamó la susodicha, levantando la vista hacia ellos, sonriente-. Me preguntaba cuándo vendríais, se lo dije a Sirius y Peter, ¡ha pasado por aquí un montón de gente! Bill Jordan me dijo que hubo una pelea en el vestíbulo bastante horrible…
Los recién llegados miraron a Sirius y Peter con cara extraña.
-Claro que la hubo, Sam, nosotros estuvimos allí, ¿no te lo han dicho estos dos? –Lily señaló al moreno y al castaño.
-No… sólo dijeron que vosotros os habíais caído por las escaleras.
-¡Vaya, ya decía yo que se me olvidaba algo! –exclamó Sirius, dándose un golpe en la frente.
-Es que nos hemos distraído con esto –añadió Peter, señalando el libro.
-¿Qué es eso? –preguntaron con interés Potter y Evans.
Sam los miró, y una pícara sonrisa se extendió por su cara. Cerró el libro y lo alzó para enseñarles la portada.
-Esto –dijo con tono solemne- es el mejor regalo de Navidad que me han hecho en la vida. La venganza perfecta contra ese estúpido pelo grasiento.
Lily frunció el ceño al leer el título.
-¿Moste Potente Potions? –murmuró, arrugando la frente-. ¿Qué rayos es esto, Sam?
-Un libro –sonrió la rubia, con aire casual. Suspirando, se recostó de nuevo en las almohadas, abrió el libro y empezó a pasar páginas lentamente. Sus cuatro amigos se sentaron a su alrededor, en los costados de la cama-. Ayer vinieron a verme el profesor Fletcher y la profesora Crockford, después de la cena.
-¿Los dos juntos? –se extrañó James, ya que, normalmente, los profesores la visitaban de uno en uno.
-Sí, porque venían a traerme un regalo –señaló el libro con la cabeza, sin dejar de sonreír-. "Sabemos que te gusta mucho Pociones", me dijo el profesor Fletcher, "por eso hemos sacado esto de la biblioteca para que leas y no te aburras". Y entonces me dieron este libro. Por supuesto, lo tengo que devolver, pero me ha ayudado muchísimo. Además, según parece, es de la Sección Prohibida…
La cara de Sirius se iluminó, los demás no sabían dónde iría a parar la historia.
-El caso es que me lo empecé a leer, es bastante interesante, pero la mejor poción de todas… -dejó de pasar páginas- es ésta.
Volteó el libro hacia sus amigos para que lo vieran y señaló el encabezamiento de la página: La Poción Multijugos. Al lado había un dibujo bastante psicodélico de un hombre que parecía pasar por distintos grados de sufrimiento.
-¿Eso es para torturar a la gente? –preguntó Lily entusiasmada.
-No, no, no hagáis caso al dibujo, es una exageración –replicó Sam, haciendo un gesto con la mano-. La Poción Multijugos es para transformar a una persona en otra por un breve período de tiempo.
-Aún no entiendo qué tiene de gracioso transformar a Snape en otra persona –comentó Pettigrew.
-No seas bobo, Peter, no sería convertirlo en cualquier otra persona –lo regañó Sirius, dándole un capón en la cabeza-. ¿Te imaginas a Snape transformado en chica por una hora?
Todos se echaron a reír.
-Y no sólo eso –añadió Sam. Se la veía completamente eufórica-. Hay que conseguir algo de la persona en quién lo queramos convertir, ¡podríamos elegir a la tipa más asquerosa del universo! Esta poción tiene muchas variantes, creo que hay una forma de conseguir que Snape se convierta en una versión femenina de sí mismo, pero no sé cómo se hace… Y estoy investigando para ver si hay alguna forma de hacerla permanente, aunque sólo sea por un par de días. Me muero de ganas de ver a ese imbécil haciendo el ridículo.
-Mmmm… -murmuró James, pensativo-. Severus Snape convertido en chica por un par de días… ¡me gusta!
Siguieron riéndose y planeando locas posibilidades, hasta que, minutos después, la puerta volvió a abrirse y apareció Belle con cara de funeral.
-Ohhh, risas, genial… Contadme el chiste, por favor, necesito algo positivo… -llegó hasta ellos y se desplomó en una silla.
Todos la miraron con expresiones compasivas, excepto Sam, que no entendía por qué estaba así.
-¿De dónde sales, Belle? ¿Por qué traes esa cara?
-¿Cómo que de dónde salgo? Pues del despacho de la jefa. ¿No te han contado éstos lo que ha pasado?
Los acusados pusieron cara de "mierda, se nos volvió a olvidar", y Sam les dirigió una mirada de reproche, esperando una explicación.
-Bueno, sí… Sam, querida, la pelea, ¿recuerdas? –empezó Sirius, sin saber muy bien cómo explicar lo ocurrido-. Pues el caso es que… la empezamos nosotros.
-¿Que vosotros QUÉ?
-No, no fue así –rectificó Peter-. Nosotros estábamos en el vestíbulo después de que se cayeran Lily y James, ¿no? Entonces apareció nuestro querido grupo de slytherins enfermos mentales y empezaron a fastidiar. Lo que pasa es que la pelea subió de tono, y entonces llegó Arthur…
-Y, detrás de Arthur, apareció Malfoy, y empezaron a insultarse, y se liaron a puñetazos –concluyó Lily.
-¿Arthur Weasley y Lucius Malfoy? –se extrañó Sam-. Bueno, me alegro de que alguien le partiera la cara a ese estúpido repeinado, pero no esperaba que Arthur…
-Lo de Arthur no fue lo peor, Sam –renegó Belle, de mal humor-, sino que Remus y yo nos vimos envueltos…
-Se dejaron llevar por el énfasis de la pelea –puntualizó Sirius.
-… y McGonagall nos llevó a su despacho también –terminó Figg, ignorando el comentario del moreno de ojos azules.
-Por cierto, ¿qué pasó con McGonagall? –inquirió James.
-A Arthur y a Molly los despachó rápido, creo que debía pensar que su causa estaba más justificada, o algo así. Al parecer, Arthur y Malfoy ya han tenido bastantes enfrentamientos antes, y la jefa se hacía una idea de por dónde iban las cosas. Sólo les quitó diez puntos a cada uno y los castigó a no sé qué para la semana que viene. Me he enterado de que con Malfoy han hecho algo parecido, y creo que Lestrange también se ha conseguido escaquear.
-Pero ¿y vosotros? –la apremió Lily.
Belle hizo un gesto de pesadumbre con la cabeza.
-Remus y yo no tuvimos tanta suerte. Le hemos contado la pelea paso por paso, con pelos y señales, para ver si se apiadaba de nosotros, pero no ha colado. Y, para rematar el asunto, llegó Fletcher con Snape y la estúpida de Connor, porque quería contrastar versiones, o no sé qué… El caso es que Snape lo negó todo, como siempre, empezó a hacerse la víctima y nos echó toda la culpa a nosotros. ¡Para qué quisimos más! Remus se puso hecho una fiera y por poco no se lo cargó allí mismo, McGonagall y Fletcher los tuvieron que separar. El profesor tenía cara de querer comerse a alguien, me da la impresión de que creyó más nuestra versión que la de los otros, porque se marchó gritando como un poseso, agarrando a Snape de una oreja, y les quitó como cuarenta puntos o más. Pero lo de McGonagall fue aún peor, creo que ninguna de las versiones terminaba de convencerla, nunca la había visto tan furiosa… Empezó a gritar a Remus, a mí me echó y se quedó sola con él –dejó escapar un profundo suspiro-. Amigos, creo que ya no le vemos el pelo hasta mañana, McGonagall no lo va a soltar y tenemos que cumplir nuestro castigo esta noche…
-Para, para, para –exclamó Sam, agitando la cabeza y las manos en gesto de negación-. ¿Estás diciendo que Remus Lupin, nuestro Remus Lupin, casi mata a Snape hoy?
Tenía una intensa expresión de incredulidad en la cara.
-Sam, no es por chafarte la imagen que tienes de Remus, pero fue él quien se tiró a Snape mientras los mayores peleaban, y le pegó con tanta saña que por poco no lo dejó allí tieso –sonrió Sirius.
-Oye, oye, no te pases, que no fue para tanto –Belle salió en defensa del casi rubio-. Además, no hables muy alto, Sirius, de haber estado en su lugar, habrías hecho lo mismo, y seguro que no habrías dejado de pegar al pelo grasiento ni aunque llegase el mismísimo Dumbledore…
-¡Pero no puede ser! –insistió Sam, obstinada-. ¿Remus? ¡Remus no es así! Él no ha matado una mosca en su vida…
-Sí, eso mismo dijo Hagrid –rió Peter.
-… y es el más tranquilo de todos –seguía la rubia con énfasis-. ¿Cómo pudo hacer algo tan loco? No digo que no me alegre que le haya partido la cara a ese estúpido, pero… pero…
-Sam, no te pongas así, aún no sabes lo más gracioso –una pícara sonrisa se extendió por el rostro de Sirius-. ¿No te has preguntado por qué se pelearon?
Ella lo miró con cara de no entender.
-¿Qué quieres decir?
-Pues que Remus se tiró a Snape… por defenderte a ti.
Si lo que Sirius esperaba era arrancar algún sarcasmo por parte de la chica, se quedó con las ganas, porque su reacción fue completamente inesperada. Primero agrandó los ojos al doble y se le quedó mirando con la boca abierta. Después se hundió en las almohadas, mientras su cara adquiría un intenso color rojo. Daba la impresión de que quería esconderse bajo las sábanas, pero no lo hizo porque resultaría demasiado evidente. Las chicas notaron la incomodidad de su amiga y se apresuraron a cambiar de tema.
-Ey, Belle, ¿sabes qué? ¡Ya encontramos la venganza contra Snape!
-¿Sí? ¿Qué vais a hacer, transformarlo en mujer? –bromeó la morena con una risotada.
Todos le dirigieron miradas fulminantes y Belle se apresuró a convertir su risa en una disimulada tos.
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De nuevo era de noche… De nuevo estaba todo en silencio… Y de nuevo caminaba solo por los oscuros corredores de Hogwarts, hacia la Torre de Gryffindor.
No pudo evitar un descomunal bostezo, estirándose perezosamente. Tenía los músculos entumecidos y un sueño atroz. Estaba deseando llegar a su habitación, tirarse en su cama y no volver a levantarse hasta la hora de comer del día siguiente. Gracias a Dios, en la cena se habían inaugurado ya las vacaciones de Navidad… aunque él no había podido estar en la cena, debía terminar de limpiar los servicios del primer piso, antes de ayudar a Belle con la Sala de los Trofeos y rematar con la lechucería. Entendía perfectamente el enfado de McGonagall, tenía todo el derecho del mundo a castigarlos. Pero la limpieza de la lechucería sin magia le había parecido algo excesivo. Era obvio que la mujer estaba muy quemada por culpa de los numerosos enfrentamientos entre gryffindors y slytherins que se estaban sucediendo últimamente, y que afectaban a todos los cursos. Lástima que hubiese tenido que pagarlo él.
Por pura inercia, miró su reloj: la 1:30 de la madrugada. Por un segundo, se planteó la posibilidad de tirarse al suelo y quedarse allí durmiendo, pero el recuerdo de su cómoda cama en el dormitorio le dio fuerzas para seguir andando, arrastrando los pies. Ni siquiera prestaba atención al camino que estaba siguiendo, el sueño y el cansancio habían hecho que la tremenda regañina de McGonagall y el castigo consecuente hubiesen quedado en un segundo plano. Las palabras de Belle, contándole todo lo referente a la venganza que estaban planeando contra Snape, flotaban por su cerebro y le hacían sonreír vagamente. Y, a pesar de todo lo que había ocurrido a lo largo del día, se sentía bien consigo mismo. No pensaba negar que haber pegado a Snape había sido completamente estúpido, pero, como se suele decir, "que le quiten lo bailado". No estaba nada mal el hacer algo loco y atrevido por una vez, pero tenía clarísimo que prefería continuar con su rutina pacífica.
Se oyó un ruido lejano: ése debía de ser Peeves. ¿A quién le importaba? Mientras no se cruzara con él por el camino… La idea de seguir el consejo que les dio el profesor Fletcher en su primer día en Hogwarts y echarle una maldición a Peeves si aparecía cruzó su mente, pero en el acto apareció en su cabeza la cara furiosa de McGonagall, y se le quitaron las ganas de hacerlo. Varios pisos por encima de su cabeza se oyeron una estentórea carcajada y el rugido de Pringle, el conserje. Sí, definitivamente era Peeves.
Dobló una esquina y llegó al corredor donde, hacía ya casi una semana, Sam había luchado contra el fetiche. El lugar tenía prácticamente el mismo aspecto que antes de la pelea, pero aún así, con sólo verlo, aquellas imágenes volvieron a su memoria y le revolvieron el estómago. Si no hubiese tenido que regresar al despacho de McGonagall para confirmar que ya había terminado su trabajo, habría podido irse a la Torre de Gryffindor desde la lechucería, y ya estaría en su cama durmiendo, no en ese desagradable lugar.
La luz blanca de la luna se filtraba ligeramente por los enormes ventanales, y a Remus Lupin se le encogió el estómago. Últimamente, quizá desde lo que le había dicho Sam en la enfermería, tenía un mal presentimiento, y cada vez que la palabra "luna" llegaba a sus oídos o cruzaba su mente, lo acogía un sudor frío y la advertencia de la rubia se implantaba en su cerebro como un sello: que no te pase lo mismo que a mí.
Empezó a rugirle el estómago, quizá por los propios nervios, y se palpó la túnica en busca de alguna barrita de chocolate, pero no encontró ninguna. Resopló resignado, y no sólo por la barrita, sino porque se dio cuenta de que se le estaba pasando el sueño…
-Remus…
El muchacho dio un brinco y tuvo que ahogar un grito, a pesar de que la voz apenas susurró su nombre. Se volvió rápidamente, aún con el corazón alterado por el susto. Sentada a los pies de una de las armaduras, había una figura completamente blanca y brillante que empezó a levantarse y se acercó a él con lentitud. Al principio pensó que se trataba de un fantasma, pero él sólo conocía a sir Nicholas de Mimsy-Porpington (más conocido como Nick Casi Decapitado) y, desde luego, aquella figura que se aproximaba no era el susodicho fantasma de Gryffindor. Se apartó el flequillo de los ojos y parpadeó varias veces.
No era un fantasma…
El largo camisón blanco, con bata a juego, brillaba al reflejar la luz de la luna, al igual que la larga mata de pelo rubio, suelto hasta la cintura y que en ese momento parecía de plata. Remus se quedó mudo de la impresión. Era Samantha Flathery quien caminaba hacia él.
-¡Sam! –exclamó con voz ahogada-. ¿Qué estás haciendo aquí?
Ella llegó hasta él y esbozó una amplia sonrisa.
-Bueno, te vi y me acerqué. ¿Qué tiene de raro?
A Remus se le ocurrieron mil respuestas a esa pregunta.
-Deberías estar en la enfermería –la reprendió severamente.
-Remus, ya me dieron el alta, esta misma noche, después de cenar.
-¡Entonces deberías estar durmiendo!
-Llevo una semana dormitando, ya estoy hasta las narices, quería estirar un poco las piernas… Además, vengo de hablar con el profesor Dumbledore.
-¿Con el profesor Dumbledore? –se extrañó Lupin, mientras ambos reemprendían el camino juntos-. ¿De qué?
-Quería hablar conmigo de Santuario, jeje…
-¿A la una de la madrugada? ¿Y en camisón? –inquirió él, escéptico-. Y, que yo sepa, el despacho de Dumbledore no está por aquí…
-Vale, vale, está bien, te estaba esperando, ¿contento? –lo cortó ella, clavando la vista en el suelo, de modo que el pelo le ocultó por completo el rostro a ojos de su compañero-. Terminé de hablar con Dumbledore hará más de tres horas, pero Belle dijo que seguro pasarías por aquí al volver a la Torre, porque tenías que ir al despacho de la jefa cuando terminaras, así que… bueno… me quedé esperándote, porque quería hablar contigo…
-¿Y has estado ahí sentada más de tres horas? –exclamó Remus, sintiéndose culpable-. No tenías por qué hacerlo, podrías haberme esperado en la sala común, nos íbamos a ver por la mañana de todas formas, así que…
-No estuve ahí sentada tres horas –le interrumpió Sam, encogiéndose de hombros para ocultar su rostro aún más-. Ya te lo dije, estuve estirando las piernas. No me hacía ilusión quedarme en la sala común, estaba llena de gente, y los que no estaban encima de mí preguntándome cómo me encontraba, me miraban de reojo con una cara muy rara… –la voz de la niña se desvaneció y las protestas de Lupin murieron al ver su expresión melancólica-. Además, esto es importante. Creí que volverías con Belle, pero ella terminó mucho antes que tú…
-Belle sólo tenía que limpiar la Sala de los Trofeos –explicó Remus con voz cansada-. Mi castigo fue mayor, porque, supuestamente, yo empecé la pelea –resopló, hastiado-. Y, como el idiota de Snape me sacó de quicio en el despacho de McGonagall, ella se enfadó todavía más y… claro, me castigó todavía más.
-Remus, yo… s-sólo quería darte las gracias –de repente empezó a hablar muy rápido y medio tartamudeando-. Los chicos me contaron lo que pasó y, sinceramente, no deberías haberlo hecho. Te agradezco que me defendieras, pero te metiste en muchos líos por mi culpa y…
-Sam, no es eso, yo…
-… además McGonagall se enfadó muchísimo –ella ya no lo escuchaba-. Se pasó con los castigos. N-no debiste hacerlo, en serio, no creí que te tomaras en serio esa estúpida promesa…
-Escucha, Sam, no…
-… no quiero que te pelees con la gente por mi culpa, me siento fatal por lo que ha pasado. Son casi las dos de la madrugada y sigo aquí fastidiándote, me siento como una estúpida, debes de estar hecho polvo…
-Sam…
-… Tú no te merecías esos castigos, mañana iré a ver a McGonagall y le explicaré todo para que…
-¡SAM!
Remus se detuvo, la agarró por los brazos, la volvió hacia él y le tapó la boca con una mano. Ella lo miró, abriendo al doble sus grandes ojos color esmeralda, y no se atrevió a mover un solo músculo.
-¿Me vas a escuchar, por favor? –inquirió el casi rubio, con la tranquilidad reflejada en sus ojos grises.
Sam asintió nerviosamente con la cabeza, pero Remus no la soltó, por si acaso.
-Bien… En primer lugar, ni se te ocurra hablar con la jefa de nada de esto, ¿de acuerdo? Ella ya me ha perdonado por lo ocurrido y sólo dijo que ni se me pasase por la cabeza volver a hacerlo y, tranquila, porque no lo volveré a hacer. Y, en segundo lugar, si piensas que lo hice sólo por esa promesa, estás equivocada. Lo hice porque eres mi amiga y no pienso aguantar que nadie te vaya insultando delante de mis narices, a parte de que, si te prometí que le partiría la cara al primero que se atreviera a toserte, lo decía en serio, ¿queda claro?
Ella volvió a asentir. Y, por un segundo, Remus se quedó mirándola. Ahora sí que parecía un ángel… El largo flequillo casi le ocultaba los grandes ojos, oscuros y brillantes. Su cara ya no tenía arañazos y su piel había recuperado el color. De hecho… tenía demasiado color. Entonces se dio cuenta de que la chica estaba sonrojada hasta la raíz del pelo, y se apresuró a volver a soltarla.
-P-perdona… -murmuró. "¡Maldita sea, Remus Lupin, no te vayas a sonrojar tú también ahora!", se reprendió a sí mismo.
Sam, simplemente, no pudo articular palabra, de modo que se quedaron un buen rato allí parados, mirándose como un par de bobos. Hasta que, de repente, se oyó otro terrible golpazo en uno de los pisos superiores. Ambos se sobresaltaron y, al verse con caras de susto, se echaron a reír.
-Madre mía, ese maldito Peeves… -sonrió Sam, negando con la cabeza-. Espero que no nos lo encontremos, no me pensaré dos veces el consejo del profesor Fletcher.
-Sí, yo estaba pensando lo mismo antes –asintió Remus, perdiendo la vista por ahí con expresión soñadora-. Bueno… ¿seguimos?
Sam asintió con una tímida sonrisa y reanudaron su camino.
-Y… ¿de qué quería hablar el profesor Dumbledore, si se puede saber?
-Quería preguntarme algunas cosas de Santuario –explicó Sam-. Los clanes, la gente, mi familia… Al parecer, él estuvo allí cuando era joven y me dijo que le gustaría volver, pero que antes debía informarse de cómo habían cambiado las cosas. Creo que el otro día estuvo hablando con mi padre, pero no tuvieron mucho tiempo que digamos. Me ha estado preguntando por mi hermana y por mi tío, y también me ha dicho que, si en algún momento necesito algún tipo de preparación especial para mejorar en cualquier campo, él mismo estará encantado de supervisar mis prácticas.
-Dumbledore es un gran hombre –comentó Remus, risueño-. Es como si se preocupara por cada alumno del colegio individualmente, no sé cómo lo hace…
-A eso se le llama "síndrome del abuelo comunitario" –bromeó ella, divertida.
Los dos se echaron a reír en voz baja, intentando no hacer mucho ruido, y continuaron su camino hacia la Torre de Gryffindor, mientras su conversación derivaba hacia Snape y la venganza que estaban planeando.
-Pero eso de la Poción Multijugos… ¿seguro que dará resultado? –preguntó Remus, subiendo ya las escaleras hacia el séptimo piso.
-Aún tengo que estudiar más a fondo el plan –contestó ella con tono sabio-. La mayoría de los ingredientes los podemos conseguir, pero hay otros que… bueno, será complicado.
-¿Y cuánto tiempo crees que llevará?
-Pues alrededor de un mes, depende de cuándo consigamos los ingredientes… Y estamos de suerte, porque la Descurainia Sophia tiene que cogerse en luna llena, y será dentro de unos días…
Remus se atragantó, pero Sam no pareció darse cuenta.
-¡Eh, Remus, mira!
Lupin no entendió su cara de entusiasmo hasta que no se volvió y vio el lugar en donde estaban: de nuevo aquel corredor de los grandes ventanales que había cruzado el año anterior en una noche como aquélla, donde la luz de la luna creciente entraba de lleno, iluminando el lugar casi como si fuese de día. Era realmente una visión muy hermosa… pero a Remus no le entusiasmó tanto como a su amiga rubia. Sam sonrió abiertamente y corrió hacia uno de los ventanales para asomarse al exterior. Bañada de nuevo por aquella luz blanca, volvió a adquirir el aspecto de un fantasma blanco perla. Lupin hubiese preferido mantenerse oculto en la sombra y escabullirse hacia la sala común, que ya estaba a la vuelta de la esquina.
-Esto es precioso… -murmuró Sam, mirando en dirección a la luna desde la ventana-. Se ve todo desde aquí… Nunca pensé que Hogwarts de noche fuese tan bonito, ¿no crees, Remus? ¿Remus? –se volvió a mirarle-. ¿Qué haces ahí? Ven y mira esto.
Él notó un inoportuno tic en la mano derecha y se apresuró a meter las manos en los bolsillos. Si se quedaba allí, en la sombra, resultaría un tanto sospechoso. Sam lo miraba con curiosidad. No le quedaba otra opción: encogiéndose de hombros y con paso vacilante se acercó a la ventana. El haz de potente luz blanca lo iluminó por completo, y empezó a temblar inconscientemente.
-¿Verdad que es una maravilla? –suspiró Sam con expresión nostálgica, cuando Remus llegó junto a ella, apoyando la frente contra el cristal y perdiendo la mirada en el paisaje-. Me encanta la luna llena, en Santuario era impresionante, iluminaba por completo las noches de una forma mágica…
Remus levantó la vista para mirar, a través de la ventana, la luna casi completamente esférica que brillaba en el cielo. Sintió que se le encogía el estómago con violencia, aquella luz era capaz de quemarle la retina de una forma increíble. Se apresuró a apartar la mirada, con ese mal presentimiento comprimiéndole el pecho, y clavó sus tristes ojos grises en la oscuridad del bosque prohibido.
-Pues a mí no… -balbuceó-. No me gusta nada la luna llena…
-¿Por qué no? –sin moverse de su posición lo más mínimo, Sam giró los ojos hasta fijarlos de soslayo directamente en él, su susurro tan suave que apenas se la oía. No parecía extrañada. Parecía suspicaz-. ¿Quizá porque… nunca puedes disfrutar de ella… en tu condición humana?
Remus sintió como si le pegasen un puñetazo en el estómago y se volvió a mirarla, sus ojos al doble y su boca abierta. Ella volvía a observar el paisaje, con el ceño fruncido y una extraña expresión de serena seriedad. Y entonces comprendió lo que llevaba negándose toda la semana. Al principio creyó que los comentarios de la rubia se debían a que ella había comprendido que él guardaba también un secreto. Un secreto cualquiera, sin mayor trascendencia. Un secreto que, a pesar de todo, lo seguía siendo. Pero Sam había sido en todo momento muy consciente de lo que hacía: su advertencia primero, el acercarse a aquella ventana, bajo esa luz, después, y el hacer que él se acercara también, y el sacar el tema de la luna llena… Y todo porque ella sabía que…
-Lo sabes… -murmuró Remus, con voz apenas audible. No era una pregunta, sino una afirmación-. Sam… tú lo sabes…
-Lo sé desde el primer momento en que te vi, Remus –contestó ella, también en voz baja. Con un hondo suspiro, se incorporó, volviéndose para mirarlo, y clavó de nuevo sus ojos en los de él con intensidad-. Son habilidades de las hechiceras, podemos ver más allá de los ojos de una persona. Y, no es por nada, Remus, pero, cuando te conocí el año pasado, llevabas escrito en la frente: "Soy un licántropo".
Lupin pareció reaccionar ante aquellas palabras y palideció tanto que, a su lado, el camisón de Sam tenía más color. Recordó de golpe la mirada que ella le dedicó el día que se conocieron, tan directa que consiguió incomodarle, como si aquella niña intentara hurgar en lo más profundo de su ser. Y un repentino e intenso pánico le atenazó el corazón y lo dejó sin aire, como si su amiga acabara de gritar su secreto a los cuatro vientos en un corredor lleno de gente. Sam notó su expresión colapsada de horror y se apresuró a seguir hablando, casi tartamudeando, como si se avergonzara por haber sido tan brusca.
-A-además, no creas que soy idiota –añadió, con un tono que parecía de regañina-. Desapareces una vez al mes, coincidiendo con la luna llena, y vuelves al día siguiente hecho polvo. Cada vez que alguien pronuncia la palabra "luna", palideces. El año pasado, cuando el profesor Fletcher nos estuvo hablando de la Poción Matalobos, por poco y te mueres allí mismo… -Lupin abrió y cerró la boca, sin emitir sonido alguno, incapaz de rebatir sus argumentos-. Son demasiadas evidencias, Remus, que la mayoría de la gente no le dé importancia no significa que no haya personas que puedan sospechar. Yo me he criado entre licántropos y animagos, todos los druidas de Santuario que se precien lo son, sé distinguirlos perfectamente, mi tío Blizzard es ambas cosas, por eso me sorprendí mucho al verte en nuestra Selección, en los ojos de un mago puede verse lo que es en realidad si sabes cómo mirar, y… -de repente se interrumpió y bajó la vista, más avergonzada aún-, e-eso es todo.
Respiró hondo y esperó su reacción. Remus empezó a sentirse enfermo. Dio un paso hacia atrás, trastabillando, alejándose de la ventana hasta quedar protegido por las sombras, y se apoyó en el frío muro de piedra con una mano mientras se llevaba la otra al corazón, como si éste le doliera de repente. Seguía mirando con los ojos muy abiertos a la niña que permanecía allí de pie, bajo la luz de la luna, con la vista fija en él, despedazando a cada segundo la elaborada tapadera tras la que llevaba escudándose desde que llegó a Hogwarts. Y negó levemente con la cabeza, en gesto de incredulidad.
-Sam, tú… tú no…
-No se lo he dicho a nadie –contestó ella a la pregunta no formulada, frunciendo el ceño-. Ni lo pienso hacer. Pero creo que eres tú quién debería decírselo a los demás… antes de que empiecen a sospechar aún más de lo que ya lo hacen.
-No.
-Pero, Remus, yo sólo…
-¡No!
Sam se calló de golpe. Había alargado una mano blanca, conciliadora, con la intención de asirle de la manga de la túnica, pero Lupin se había apartado con brusquedad, como si de repente le diera miedo que ella lo tocara. Flathery se quedó estática, aún con el brazo extendido hacia él. Y permanecieron un rato en silencio, mirándose a los ojos, ella en la luz y él en la oscuridad, como una versión extraña de un ángel y un demonio.
-¿Por qué me dices esto ahora? –susurró Remus con voz insegura, mirándola recelosamente desde las tinieblas. Sus ojos grises brillaban con intensidad-. ¿Qué pretendes sacar con todo esto?
-¿Qué pretendo sacar? –repitió Sam, contrayendo las cejas con estupefacción.
-Yo no tengo la culpa de que hayan descubierto tu secreto –añadió él, aún con ese tono débil y tembloroso, como si la rubia estuviera amenazándolo con algo terrible-. Lamento lo que te ha pasado… pero yo no voy a descubrirme sólo para que los demás vean que tú no eres la única diferente aquí…
-Pero ¿qué…? –Sam se quedó boquiabierta, y de repente ambos se miraron como si no se conocieran.
-No voy a decirle nada a nadie –seguía Lupin, que había empezado a temblar levemente-. Te dije que te defendería, porque sé lo que es ser diferente, pero no voy a revelar mi secreto. Jamás pensé que serías capaz de pedirme algo semejante…
-¡Remus! –masculló Sam, harta de oírle decir sandeces, y lo agarró de un brazo con tanta brusquedad que el otro tuvo que ahogar un grito, arrastrándolo de nuevo a la luz, junto a ella, y hablándole en murmullos con los dientes apretados-. No seas ridículo. Me estás malinterpretando. No me refería a contárselo a todos los demás, sino sólo a los chicos… A James, Sirius y Peter.
Remus volvió a agrandar los ojos, sorprendido.
-Entonces… ¿tú no…?
-Por todos los diablos, ¡claro que no! –gruñó la muchacha, poniendo los ojos en blanco-. ¿De verdad me crees capaz de obligarte a recorrer todo Hogwarts con un cartel que diga "Soy un licántropo", sólo para dejar de ser el único bicho raro reconocido del colegio? –le dedicó una pequeña sonrisa en son de broma-. Me restarías popularidad…
Remus se sonrojó, como si de repente hubiese comprendido lo absurdo de sus propias palabras, y bajó la vista, avergonzado.
-L-lo… lo siento –balbuceó, cohibido-. Es sólo que… m-me has pillado desprevenido y… no entiendo por qué me dices esto ahora, si hace más de un año que lo sabes y nunca me lo has comentado…
Sam suspiró, cansada.
-Mira, Remus… No te dije antes que ya lo sabía porque… ¡porque pensé que terminarías diciéndonoslo tú! Yo no soy quién para ir por ahí contando los secretos de nadie. Pero, desde lo del fetiche, me he dado cuenta de muchas cosas. Belle y Lily sabían que yo soy medio hechicera, Belle porque lo descubrió la misma noche que nos conocimos, y Lily porque me exigió que le explicase mi extraño comportamiento. ¿Te das cuenta? ¡Me lo exigió! Se sintió muy ofendida porque no se lo había dicho antes, porque no confié en ella… Si eso me ocurrió a mí unos meses después de conocerla, imagina cómo se pondrán los chicos cuando se enteren de esto, más de un año después. Porque ten por seguro que se van a enterar, Remus, y están muy cerca. Puede que Peter no se entere nunca de nada, pero James y Sirius no son imbéciles.
Lupin parecía haberse recuperado por fin de su estupor inicial tras el discurso de su amiga, y ahora la miraba a los ojos con el ceño fruncido y la alarma reflejada en el rostro.
-¿Cómo lo sabes? ¿Es que te han contado algo?
-No, ellos no… -contestó Sam, negando con la cabeza-. Pero esta tarde, cuando todos se fueron a cenar, Lily se quedó conmigo para ayudarme a llevar mis cosas de nuevo a la habitación. Me estuvo contando que se encontraron con Hagrid y que él dijo que te vio una tarde por los terrenos de Hogwarts con la señora Pomfrey, de camino a no se sabe dónde –Remus dejó escapar un "oh, no…" y se llevó una mano a la frente. Sam continuó-. Por supuesto, Lily no le dio importancia a eso, porque ella no sospecha absolutamente nada, pero me dijo que le extrañó mucho la reacción de Sirius y James, y que ellos dijeron que la historia que les habías contado el año pasado tenía algunas lagunas que convenía aclarar cuanto antes –suspiró y enarcó una ceja-. No sé tú, Remus, pero a mí eso me suena a sospecha total… Y, créeme, te lo digo por experiencia, es preferible que se lo digas tú, a que ellos lo descubran por su cuenta, ¡entiéndelo!
-Sam, entiende tú una cosa –replicó su compañero-. Por mucha razón que tengas, no puedo plantarme allí de repente y decirles: "¡Chicos! ¡Sorpresa! ¡Soy un licántropo!", ¿no te parece?
-Yo no te digo que lo hagas así –renegó la rubia-. Pero puedes aprovechar… Habrá luna llena dentro de unos días…
-En Nochebuena –aclaró Remus, resoplando y poniendo los ojos en blanco.
-… y podrías decírselo entonces, ¿no? Mira, deberías conocer a esos dos lo suficiente como para darte cuenta de que no van a parar hasta aclarar las cosas, y, si dejas que lo descubran por su cuenta, puede pasar de todo. Son los más cercanos a ti, los que conviven veinticuatro horas al día contigo y los que se saben tu vida de memoria. Cualquier comentario, cualquier sospecha de su parte, puede provocar las sospechas de otros y formar un círculo vicioso que acabe en tragedia.
-No creo que comenten sus sospechas con nadie ajeno al grupo –murmuró Lupin, como ausente, pensando en las palabras de Sam con la vista clavada en el suelo-. Si James y Sirius están implicados, no pasará de ahí, siempre lo traman todo juntos…
La niña resopló, impaciente.
-Remus, sé que no soy la más indicada para decirte nada, porque ya has visto lo que me ha pasado a mí, pero sólo te digo que es mejor tener a tus amigos de tu parte, respaldándote, que estar solo. Belle y Lily me ayudaron muchísimo, me han estado cubriendo las espaldas todo el año cada vez que pasaba algo raro, pero lo malo es que mi secreto era mucho más difícil de proteger, por culpa de mis propios problemas, y al final las circunstancias hicieron que todo se me escapara de las manos. Tú eres mucho más estable que yo, sólo necesitas que te cubran una vez al mes, no hay riesgo de que te ocurran cosas extrañas de repente o algo así, como pasaba conmigo. Tienes muchas más posibilidades que yo de sacar adelante tu secreto, si tan sólo te decides a compartirlo con ellos para que te ayuden. Sé que no van a darte la espalda, ¡lo sé!
-Sam, no es lo mismo ser hechicera que ser un licántropo –respondió él, apretando los labios-. Los licántropos están en mucha peor estima…
-¿Sí? ¿Y cuál es la diferencia? –pareció que Flathery ya empezaba a exasperarse-. A los licántropos los consideran monstruos y los suanítas ni siquiera llegan a la categoría de seres humanos, no veo que se lleven tanta diferencia, la verdad. ¡Pero los chicos no son de ese tipo de personas! –de repente, su tono cambió a uno de preocupación-. Remus, llevo pensando en esto toda la semana, esperando la oportunidad de poder hablar contigo, y me he pasado más de tres horas hecha un ovillo entre las armaduras intentando pasar desapercibida sólo para poder…
-Dijiste que no habías estado tres horas allí…
-¡Qué más da! –Sam hizo un gesto impaciente para acallarlo-. ¿No ves que estoy preocupada por ti? Esto es importante. ¡Es importante que lo entiendas! Con los chicos de tu lado estarás más protegido, ahora que te has peleado con Snape y le has partido la cara, seguro que él intenta vengarse de alguna forma, es un tipo muy retorcido. Imagina que empieza a meter las narices donde no le llaman y lo termina averiguando, te puedo asegurar que te dará más publicidad que a mí…
La posibilidad de que pasase algo parecido le puso los pelos de punta, pero aún así replicó:
-No puedo, Sam. No puedo decírselo a los chicos…
-Remus, por favor… -rogó ella con un deje de desesperación, y se la veía tan angustiada que Lupin casi se sintió culpable-. Me preocupa lo que pueda ocurrir. Ese estúpido pelo grasiento es capaz de cualquier cosa, y ya te lo dije, no quiero que te pase lo mismo que a mí. Si los chicos aceptaron que yo soy hechicera, aceptarán que seas un licántropo…
-Pero tú no te conviertes en una bestia asesina una vez al mes –la interrumpió él bruscamente-. No sé cómo serán las cosas en Santuario, Sam, pero aquí la gente no quiere ni oír hablar de los licántropos, y no me extraña. Tu padre nos dijo que allí hasta los licántropos habían aprendido a dominar su poder, como si transformarse en hombre lobo fuese otra forma de animagia, pero aquí todo es diferente. Yo no controlo nada. Podría matarte a ti o cualquier otro si se me cruza por delante mientras estoy transformado. Y eso es en lo único en lo que se fija la gente.
Sam pareció impresionarse ante esas palabras, pero no se dio por vencida.
-Escucha, eso da igual, ya sabes que dicen que los suanítas son…
-¡Sam, los suanítas están en mejor situación que nosotros y lo sabes! Las leyendas urbanas que os rodean tienen peso, pero no podrán echarte de Hogwarts, porque hay muchos eruditos reconocidos que saben la verdad. Ahora todos se han enterado de que eres hechicera, pero siempre habrá gente que os apoye o que piense igual que vosotros, y, como mucho, te ganarás las malas miradas de los más radicales y los insultos de turno, como les ocurre a los nacidos de muggles. Pero, si alguien llegase a saber que yo soy un licántropo, todo el Consejo Escolar se nos tiraría encima, enviarían una redada del Ministerio y me echarían de aquí como a un perro, y ya no sólo porque la gente estime o no a los licántropos, sino porque represento una amenaza para todos en el colegio.
-Pero Dumbledore tomó precauciones, ¿no? –se apresuró a interrumpirlo la rubia-. Si no, no estarías aquí…
-¡Claro que tomó precauciones! Pero tú intenta explicarle eso a una jauría de madres furiosas con complejo de gallina clueca. En primer lugar, tacharían al profesor Dumbledore de loco e intentarían quitarle la dirección del colegio. Y, en segundo lugar, metería en problemas a un montón de gente, empezando por mis padres, y a saber qué harían conmigo…
-Pues con más razón debes contárselo a los chicos. Si ellos lo saben, te protegerán contra viento y marea, seréis como una piña, sé que lo harán, Remus, Belle y Lily lo hicieron conmigo…
-No insistas, Sam, por favor –renegó él. Estaba tan cansado como si hubiese limpiado cuatro veces la lechucería-. Ya oíste lo que dijo la imbécil de Connor el año pasado cuando salió el tema en clase de Pociones, y por desgracia no son sólo los slytherins los que piensan así. Por primera vez en mi vida tengo amigos y no quiero arriesgarme a estropearlo todo ahora por culpa de esto…
Remus se cruzó de brazos y apartó la vista con el ceño fruncido, dando por concluida la discusión. Sam lo miró frustrada por un segundo, pero enseguida sintió cómo su rostro se endurecía y el argumento que había intentado no utilizar le quemaba la garganta, pugnando por salir. Estrechó sus ojos verdes, adquiriendo una mirada fulminante, y al hablar su voz sonó algo más hiriente de lo que tenía previsto.
-Ah, de acuerdo… Así que no quieres arriesgarte a estropearlo todo por culpa de esto, ¿no? –no pudo evitar apretar los dientes-. "Tu naturaleza no condiciona tu persona". ¿Te suenan esas palabras? –Remus la miró con la sorpresa reflejada en la cara-. "No tienes por qué avergonzarte de quién eres, sino sentirte orgullosa". "No tienes que huir ni esconderte". "Los que te conocemos sabemos cómo eres". ¿Quieres más? Lamento decirte que tu discurso se me quedó grabado en la memoria, así que puedo repetírtelo de carrerilla si quieres. Creo que va siendo hora de que usted mismo se aplique el cuento, señor Lupin.
El muchacho se había quedado completamente mudo y, como no replicó, Sam retomó la palabra, alzando un poco el mentón.
-¿Qué crees que ocurrirá cuando se enteren de que les has estado mintiendo intencionadamente? –su voz seguía firme y cortante-. ¿Acaso piensas que eso no estropeará vuestra amistad? Porque déjame decirte que ese tipo de cosas minan bastante la confianza entre las personas. Ha pasado el tiempo suficiente para demostrarte que su amistad es de fiar, no sé qué te da miedo exactamente. Creí que lo comprenderías, Remus… que querrías dejar de encontrarte solo a todas horas, a pesar de estar rodeado de gente. Solo, atrapado dentro de ti mismo, sin poder desahogarte con nadie, sin poderle contar a nadie tus preocupaciones, rumiándolo todo tú solo una y otra vez hasta que sientas el cerebro a punto de estallar. Y no te atrevas a negarlo, porque sabes de sobra que yo también he pasado por eso –sus ojos brillaron de repente-. Has encontrado unos amigos increíbles, y te empeñas en desaprovechar la oportunidad por seguir solo. De verdad que no te entiendo.
Se hizo el silencio y Sam le sostuvo la mirada a su compañero sin parpadear siquiera, mientras éste seguía con la vista fija en ella intensamente. Ninguno de los dos habló durante lo que pareció una eternidad, como si estuviesen evaluándose mutuamente, hasta que Remus se enderezó, plantándose frente a ella con expresión decidida.
-Yo no estoy solo, Sam –afirmó solemnemente, y de pronto esbozó una sonrisa-. Ahora te tengo a ti.
La niña sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza y notó su rostro arder mientras componía una mueca furiosa, propia de quién le ha salido el tiro por la culata.
-¡Esa no es la cuestión! –exclamó, y tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para mantener el tono susurrante y no ponerse a gritar-. ¡Yo no vivo contigo, ni estoy pegada a ti día y noche, como los chicos!
-¡Pero tú lo comprendes! –replicó Remus apresuradamente, cogiéndola de las manos para acallar sus protestas, con actitud suplicante-. Escúchame, Sam, por favor, sé que tienes razón en lo que dices, y que debería contarles la verdad a los demás, pero no estoy preparado para hacerlo todavía. Ayúdame con esto, ¿quieres? Tú misma lo has dicho antes, si tienes a alguien que te respalde…
-¡Pero no me refería a mí! –gruñó Flathery, descompuesta.
-¡Pero tú eres la única que sabe mi secreto en estos momentos, y la única que me puede ayudar! –atajó el casi rubio, obcecado-. Y sé que entiendes cómo me siento, necesito reunir valor para confesarlo, no puedo decirles nada mientras esté muerto de miedo. Por favor, te lo suplico, sólo hasta que encuentre el momento apropiado, ¿vale? Por favor, por favor…
Y compuso esa cara de niño bueno y desamparado que siempre usaba para sobornarla y que ella tanto detestaba… porque conseguía ablandarle el corazón. Sam gruñó, pateó el suelo, puso cara de querer matar a alguien y apretó los dientes con rabia, pero Remus sabía que, en su interior, se libraba la típica lucha entre lo que creía correcto y el ayudar a uno de sus mejores amigos. Por suerte para él, pareció ganar lo segundo.
-¡Uf, eres insoportable! –le espetó en voz baja tras varios segundos, y se soltó de su agarre con brusquedad-. ¡Está bien, está bien! No estoy de acuerdo con lo que haces, y sé que me voy a arrepentir de esto, pero vale… te ayudaré.
-¡Gracias, rubia, eres la mejor! –exclamó entusiasmado.
-Ya, ya, ahórrate la sesión de peloteo –Sam lo interrumpió con un gesto, enfurruñada-. Y no lo vayas pregonando a estas horas, que sólo falta que nos pille Pringle y nos castigue otra vez. Pero que te quede clara una cosa –añadió con tono severo-. Voy a respaldarte, Lupin, intentaré encubrirte lo más que pueda, aunque no te aseguro nada… Y prométeme que, si los chicos se acercan demasiado, serás tú quién se lo diga, ¿de acuerdo? –Remus asintió, sonriendo-. Está bien. De verdad, no me puedo creer que esté haciendo esto…
-Vamos, sé que en el fondo te gusta cuidar de las personas, Sam, tienes un alma muy maternal –ella le dedicó una mirada asesina y Remus sonrió inocentemente, cambiando de tema-. Ejem, ehhh… ¿Qué tal si nos vamos ya a dormir? Como siga aquí plantado más tiempo, empezarán a salirme los colmillos –y levantó la vista hacia la brillante luna, ahora con expresión divertida.
-No tiene gracia, Remus –masculló su amiga.
Y ambos se encaminaron hacia el retrato de la Señora Gorda, que dormitaba completamente ajena a su presencia, en el corredor de al lado.
-Sam, he estado pensando…
-Mmmfm…
-¿Recuerdas la pelea que tuviste al año pasado con Connor en clase de Pociones, por lo de la Poción Matalobos?
-¡Esa estúpida! –soltó la rubia, irreflexivamente-. Empezó a insultar a los licántropos, como si ella fuese la sabiduría en persona. Me quedé con ganas de partirle la cara, nadie habla así de los licántropos estando yo presente, porque…
De repente pareció darse cuenta de lo que estaba diciendo y se volvió horrorizada hacia Remus, que lucía una distraída sonrisa en el rostro.
-¡Arrgg, lo has hecho a propósito!
-Un poco de tu propia medicina. Además, tenía curiosidad por saber si te peleaste con ella por defenderme a mí –comentó Lupin, como quién no quiere la cosa-, porque entonces estaría completamente injustificado que vinieras a decirme que no debería haberme peleado con Snape por defenderte a ti.
Ella apretó los labios, con las mejillas encendidas, y clavó la vista en el suelo para ocultar su rostro a ojos de Lupin, mascullando maldiciones entre dientes.
-Bueno, n-no sólo te defendía a ti –se apresuró a replicar-. M-mi tío Blizzard también es licántropo, ya te lo he dicho, y conozco a mucha otra gente en Santuario que lo es, así que… bueno, yo… lo hice en defensa de muchas personas y… ¡bueno, no tengo por qué darte explicaciones!
-Claro, claro… -Remus hizo un esfuerzo sobrehumano por no echarse a reír.
-¿Cooontraaaseeeñaaa…? –roncó la Señora Gorda, sin despertarse siquiera, cuando llegaron hasta su cuadro.
-Ironbelly –masculló Sam, aún azorada.
Entraron a la sala común, que estaba completamente en silencio y a oscuras, salvo por la luz que llegaba desde las ventanas. Remus miró de reojo a su amiga, que seguía con los labios apretados y expresión ceñuda, y no pudo evitar sonreír a medias.
-Oye, Sam… no te enfades, sólo bromeaba, perdóname si te he incomodado o…
-No digas tonterías –cortó ella, y su gesto se disolvió de nuevo en nostalgia-. No estoy enfadada, es sólo que… no puedo evitar pensar en todo esto, y me da miedo que ocurra alguna catástrofe y seas tú quién salga perjudicado…
Llegaron a las escaleras que llevaban a los dormitorios y se detuvieron a la vez, encarándose de nuevo.
-No te preocupes –la tranquilizó él, colocando una mano en su hombro-. En caso de que algo saliera mal, no sería culpa tuya, sino sólo mía por no hacerte caso. Y tendrás el gusto de poder decirme "Ya te lo advertí" –sonrió abiertamente, con sincero agradecimiento-. Perdóname por involucrarte en esto, pero… de verdad, Sam, muchas gracias por tu ayuda, te lo digo en serio.
Ella lo miró un momento desde sus grandes ojos verdes, con una expresión que su compañero no pudo identificar. Abrió la boca para contestar, pero pareció cambiar de idea en el último momento y, titubeando, se sonrojó de nuevo intensamente. En ese instante, Remus no asimiló que Sam no se sonrojaba por algo que hubiese dicho o hecho con anterioridad, sino por lo que tenía pensado hacer a continuación, y que a él lo dejó completamente estupefacto: se tiró a él, le echó los brazos al cuello y lo abrazó con fuerza.
-Eres un maldito y completo loco, Remus Lupin –balbuceó en voz baja, y él pudo notar que estaba temblando. Le hubiese gustado devolverle el abrazo, pero era incapaz de moverse-. No sé cómo he podido dejarme convencer, ¡supuestamente era yo quien debía convencerte a ti! Pero… me has ayudado tanto que sería capaz de meterme en el plan más loco, con tal de ayudarte a ti…
Le dio un fugaz beso en la mejilla y, separándose de él rápidamente, echó a correr hacia el dormitorio de las chicas. Para cuando Remus reaccionó, Sam ya había desaparecido escaleras arriba. Sin terminar de asimilar lo que acababa de ocurrir, se llevó una mano a la mejilla y se palpó el beso, con una intensa expresión de incredulidad. Pero entonces se dibujó en su rostro esa boba e inconsciente sonrisa, típica de los enamorados, y no pudo librarse de ella en todo el camino de vuelta a su habitación. Estaba tan absorto pensando en la rubia, que no le dio importancia al hecho de que, al entrar al dormitorio, se encontró un pequeño candil encendido, y a James y Sirius sentados a estilo indio en el suelo, sumidos en una partida de ajedrez mágico y con los pijamas ya puestos. El fuego de la chimenea había quedado convertido en brasas, pero el ambiente cálido le hizo suspirar, agradecido.
-Hombre, llegó la celebridad –sonrió James, levantando la vista hacia Remus, mientras uno de sus caballos masacraba a un peón de Sirius.
-¿Qué hacéis jugando al ajedrez a las dos de la madrugada? –contestó Lupin, enarcando una ceja.
-Vale, ¿así agradeces que estemos esperándote? –exclamó Sirius con voz dolida, sin apartar sus ojos azules del tablero-. No querrías que nos acostásemos tranquilamente sin saber qué ha sido de ti, ¿verdad?
Desde la cama de Peter llegó un fuerte ronquido y los tres se volvieron a mirarlo con cara extraña.
-Bueno, ya sabes que Peter es una excepción –resopló Sirius, volviendo a centrarse en el juego-. La verdad es que el miedica de James tenía insomnio y empezó a molestarme para que jugara al ajedrez con él. Por cierto, ésta es la última, porque ya ha llegado Remus y estoy harto de ganarte…
-Pero qué dices, idiota, si te he ganado yo las cuatro últimas…
-Sí, pero las seis primeras las gané yo. ¡Y no me extraña que me ganes, estoy más dormido que despierto!
-¿Cómo te fue el castigo, Remus? –se interesó James.
-Bueno… bastante horrible, la verdad. Me tocó limpiar los servicios del primer piso, la Sala de los Trofeos con Belle y la lechucería.
Sirius silbó.
-Vaya, la jefa se ha superado a sí misma. Nunca nos había puesto un castigo semejante, ni siquiera aquella vez que le recortamos la túnica a Snape y el tío fue enseñando el culo por todo el colegio.
-No me lo recuerdes… -masculló James, haciendo como que vomitaba.
Remus dejó escapar un murmullo de risa. Sam tenía razón, realmente eran unos amigos estupendos… Tal vez sí terminara contándoselo, a fin de cuentas. Pero bueno, no tenía ganas de pensar en ello ahora. En los cinco minutos que tardó en desvestirse y ponerse el pijama, los chicos continuaron la partida. A Remus le dio la impresión de que Sirius se estaba dejando ganar a propósito para terminar lo antes posible. Cuando Lupin ya estaba abriendo la cama para acostarse, se oyó la voz triunfante de James:
-Jaque mate.
-¡Ya era hora! –exclamó Black, con un suspiro de alivio.
-Sirius, ¡odio que te dejes ganar!
-Bueno, sí, mañana echamos otra, pero quítame ya esto de aquí, que me estoy mareando… -se estiró bestialmente, con un descomunal bostezo.
-Recógelo tú, es tu tablero.
-Madre mía, pero qué jeta tienes, maldito Jamie Pots…
James se levantó, ignorándolo por completo y estirándose también, cogió el candil y se fue directamente a su cama, arrastrando los pies. Sirius recogió todas las piezas en una caja y las guardó junto con el tablero dentro de su baúl. Al levantar la vista, se quedó mirando a Remus con curiosidad.
-¿Y a cuento de qué esa estúpida sonrisa?
Él lo miró extrañado.
-¿Qué estúpida sonrisa?
-La que llevas en la cara.
Remus se llevó una mano a la boca inmediatamente, horrorizado. ¡Lo que faltaba! ¿Es que aún no se le había pasado el efecto nube? Y, para su desgracia, vio la respuesta reflejada en la cara de Sirius.
-Uuuyyy, Remus, no me digas más –entonó Black con una pícara sonrisa y el típico tono agudo de chica chismosa-. ¿A qué nena te has ligado?
-No digas idioteces –gruñó Lupin, tirándole una almohada a la cabeza.
James se incorporó rápidamente en su cama y se puso las gafas para mirar al casi rubio.
-¡Ey, Sirius tiene razón! ¿Qué te pasa en la cara, Remus?
-Remus Lupin, el casanova nocturno –rió Sirius, tirándole la almohada de vuelta-. Dice que debe cumplir un castigo cuando en realidad está atendiendo a sus numerosas citas nocturnas…
-Deja de alucinar, pelmazo –protestó Remus, sonrojándose, mientras James se reía-. Es sólo que me encontré con Sam por el camino y…
-Ohhh, Sam Flathery –exclamó Sirius en el acto con aire soñador, acentuando aún más su sonrisa-, la musa rubia… Mmmm, las dos y pico de la madrugada, los dos solos por los oscuros corredores de Hogwarts… Ahora entiendo tu cara.
-¡No te pases! –le advirtió Lupin, amenazador.
-Está bien, no te sulfures –sonrió divertido el moreno de ojos azules, haciendo un gesto con la mano. Se subió a su cama de un salto, murmurando como quien no quiere la cosa-: Admite que estás loco por ella, Lupin…
-Sirius, no incordies –bostezó James.
-Exacto, y cállate ya antes de que llamemos a la señorita Figg y te dé un colapso al verla en camisón –añadió Remus, mordaz.
-Yo ya he visto a Belle en camisón –replicó Black con picardía, metiéndose en la cama-. Todas las noches, en mis sueños… con camisón y sin él.
-¡PERVERTIDO! –rugieron los otros dos, y cada uno le tiró una almohada.
-¡Eh, que sólo bromeaba! –rió Sirius, medio asfixiado.
-Si Belle te llega a oír, ya estarías bajo tierra –bufó Remus.
-Nah, ella está loca por mí…
James soltó una sonora y sarcástica carcajada.
-¡Ja! Sigue soñando, Black…
-Pues no hables muy alto, Jamie Pots, porque tú le gustas a… ¡a Snape!
-¡Oye, ese comentario sobraba!
Pero los tres se callaron de golpe, porque de repente Peter se incorporó con brusquedad, como si tiraran de él unos hilos invisibles, y gritó en sueños, sin siquiera abrir los ojos:
-¡Ya vale de escándalo, ¿no?! ¡Hay gente que intenta dormir! ¡Creo que nos merecemos un respeto!
Y volvió a desplomarse sobre las almohadas, roncando. Los otros tres se miraron con los ojos muy abiertos por el susto.
-Dios, voy a tener pesadillas… -balbuceó Sirius, cubriéndose con las sábanas hasta la nariz-. Este tío ya empieza a dar miedo, ¿es que está poseído o qué?
-Pero el caso es que tiene razón –bostezó James de nuevo, dejando las gafas sobre su mesilla de noche-. Mejor vamos a dormir ya. Buenas noches –y apagó la vela.
-Buenas noches, papaíto –contestó Sirius con voz de niño de tres años, aunque apenas podía contener la risa.
-No me hagas tirarte otra vez la almohada.
-Vale, vale, qué violento…
Los ojos grises de Remus se acostumbraron pronto a la oscuridad, quizá porque la luz de la luna llegaba también hasta la habitación a través de la ventana. Pero, tras diez minutos de estar tumbado mirando el techo del dosel, se dio cuenta de que no podía dormir; tenía demasiadas cosas en la cabeza. Se volvió hacia la cama de Sirius, que estaba a su izquierda.
-Pst, Sirius… -susurró-. ¿Estás despierto?
Black se removió en su cama, volviéndose hacia él.
-No, estoy dormido… ¿Qué pasa? –preguntó con voz ronca, frotándose los ojos.
-Quiero preguntarte algo…
Sirius se acercó todo lo que pudo al extremo de su cama que daba hacia la de Remus, y se lo quedó mirando con una somnolienta sonrisa.
-Desembucha.
-Oye, ¿tú crees… -Remus tragó saliva, nervioso-, crees que… que Sam…?
-Tú le gustas –lo interrumpió Sirius, sonriendo-. Te lo digo en serio, Remus, se le nota en la cara.
-¿Tú crees? –preguntó Lupin, y se mordió la lengua al darse cuenta de que le había salido un tono muy esperanzado.
-Sí, lo creo –rió Black-. Y ahora admítelo, Remus, tú te mueres por esa chica –el aludido no contestó y la sonrisa de Sirius se ensanchó aún más-. Amigo, siento comunicarte que estás sufriendo la peor enfermedad que puede atacar a un chico de 12 años… -se interrumpió por un bostezo-: te estás enamorando.
Remus estuvo a punto de atragantarse. ¿Él? ¿Enamorado de Sam? ¡Eso era absurdo! Tal vez le tuviese un cariño especial, porque ambos se parecían mucho, pasaban bastante tiempo juntos, se llevaban muy bien, y ella era una chica con la que se podía hablar de cualquier cosa, increíble, amable, divertida, inteligente, fuerte, valiente, y a la vez dependiente y débil, sentimental, romántica… ¿Romántica? No (pensó mientras se sonrojaba hasta la raíz del pelo) él no estaba enamorado de Sam, no podía estarlo, no podía… Y el hecho de que últimamente se le acelerara el pulso con sólo verla no tenía nada que ver con estar enamorado… ¿verdad?
-Ella sólo es mi amiga –repitió Remus con tono obstinado.
-Vale, cuando cambies el rollo de "todas las chicas del universo son mis amigas", hablamos –rió otra vez Sirius, volviéndose de nuevo en su cama-. Buenas noches, Remus, y… abre los ojos. O ciérralos, si es que quieres dormir…
Remus no contestó y, a pesar del cansancio, tampoco pudo dormirse. Se llevó una mano a la mejilla besada y siguió dándole vueltas a lo ocurrido, hasta que por fin lo venció el sueño, poco antes de que la luz de la luna diera paso a la luz del amanecer.
--Fin de la primera parte del capítulo 5--
N/A: Ohayo a todos, mis queridos lectores… aunque ése no es el término más apropiado que digamos, puesto que están rondando la 1:30 de la madrugada. Parece ser que últimamente sólo me inspiro de noche, dentro de poco me convertiré en una criatura nocturna, como Snivellus, según esos maravillosos rumores que aseguran que es un vampiro. ¿No se parten de risa con ese tipo de teorías? Yo es que me meo cada vez que me encuentro con algo de eso por ahí… En fin, dejémoslo, que ya empiezo a desvariar.
Lo primero de todo, como ya habrán notado, es que en este cap no hay "preguntas que pronto encontrarán respuesta", aunque preguntas a sacar de este capítulo no me faltan precisamente. Esto se debe a que, como quizá recordarán, el capítulo 5 de R está dividido en dos partes, no porque sea tan largo que haya tenido que subirlo a trozos, sino porque realmente se compone de dos partes bien diferenciadas. Ejem… paranoias a un lado, ¿qué les ha parecido? Una absoluta rayada, ¿verdad? No importa cuántas veces relea este cap… siempre tengo la impresión de que no pasa nada desde que empieza hasta que acaba. Pero bueno, si hay algo que no falta en mi fic es paja, pura y dura, tengo para dar y tomar. ¿No se han preguntado nunca por qué los últimos caps que publiqué eran tan kilométricos? Pura paja. Ojalá pudiera ser más concisa y no enrollarme tanto hablando…
Vuelvo a desviarme del tema…
Hoy hay bastantes cosas que comentar, porque este ha sido uno de los caps que más he disfrutado corrigiendo, como el anterior. La primera escena es totalmente nueva, como habrán podido comprobar, y la verdad es que, por una vez, me da igual que piensen que está fuera de lugar, que no viene al caso o que no se entiende, porque no me arrepiento en absoluto de haberla incluido. Me pasa lo mismo que con la escena del Caldero Chorreante en el cap 2, la reunión del antiguo grupo. No me decidí hasta el último momento, pero cuando copié el texto del cap 5 original en un documento de Word nuevo para empezar la corrección y extendí los dedos sobre las teclas del portátil… Qué puedo decirles, me salió del alma. Y es que tenía esta escena en la cabeza desde hace bastante tiempo. ¿La razón de por qué la he incluido? Blizzard. Necesitaba escribir algo con ese hombre de por medio. Siempre ha sido una sombra, alguien a quién se menciona mil veces pero que no tiene rostro, y quería acabar con eso. Es muy posible, por no decir seguro, que ésta sea la primera y última vez que aparezca en R, pero nadie le quita ya lo bailado, ¿no? xD
Sobre esa primera escena, debo decirles un par de cosas. Lo principal: no le den importancia a los nombres o a los datos, no merece la pela que empiecen a hacerse bolas con la información, les digo lo mismo que con las cosas que se mencionaban en la escena de la reunión del antiguo grupo. Pero sí hay que aclarar un par de puntos. Primero, Bentram y Kingsport, dos ciudades clave. Los veteranos seguramente ya conozcan "Bentram, an baile idir", pero refrescaré la memoria, por si acaso. Bentram es el único punto del mundo que está comunicado con Santuario, es decir, el único puerto, en la costa norte de Escocia, desde donde salen barcos con destino a Santuario. Comercio, transporte de mercancías y/o personas… da igual, si quieres ir a la tierra suaníta sólo puedes salir desde Bentram. Y Kingsport es su ciudad homóloga en Santuario, en la costa sur de los Reinos del Oeste (ver mapa de Santuario, para todos aquellos que lo tengan) Es el único puerto que comunica con el mundo exterior. Esto implica que sólo se puede entrar o salir de las tierras suanítas por mar. Ni apariciones, ni trasladores, ni polvos ful, ni leches. Barquitos, como en la Edad Antigua. O a nado, si eres sirena o tienes cojones suficientes. Bueno, para no ser tan radical, diré que también se puede llegar hasta allí volando en escoba, aunque eso… Ejem, mejor me callo, porque si no destriparía cierto asunto futuro, juajuajua n.n
Más detalles. En Santuario se alcanza la mayoría de edad a los 15 años, como hacían antiguamente los samurais. Kurast es la capital de Kehjistan, la zona donde viven los Flathery, al este. Y Travincal es algo así como "el casco antiguo" de Kurast, la zona vieja de la ciudad, con el Templo y todo eso. Los zakarumites son los sacerdotes que se hacen cargo del Templo, y el "Que-Hegan" es el nombre técnico del sumo sacerdote, por decirlo de algún modo. Cuando empezaron las revueltas hace años, el Que-Hegan del Templo de Travincal era un tipo llamado Kahlim, al que los radicales se liquidaron para quitarle de en medio, y fue sustituido por otro llamado Sankekur. Pero lo dicho, no le den mucha importancia a eso, sólo son datos pequeños que voy incluyendo para que la futura explicación de Sam (sí, ésa que todo el mundo teme por lo sumamente rayante que es, ustedes y yo también, no se crean…) no se haga tan pesada. El Consejo de Kehjistan es como el Ministerio de Magia, y representa al Gobierno, mientras que los seguidores de Zakarum representan la religión. Mephisto no pienso explicar quién es, porque si son veteranos ya lo saben y si son novatos ya lo averiguarán.
Y, para terminar, una aclaración sobre los licántropos de Santuario. Los druidas se dedican a la transfiguración, sobre todo. Por eso todos ellos son animagos. Y ahora se preguntarán… ¿si son animagos, para qué quieren además convertirse en licántropos? O… ¿no pueden simplemente transformarse en lobos corrientes? Bien, en primer lugar, los animagos no eligen el animal en el que se transforman, como descubrí hace poco, sino que se convierten en lo más acorde con su forma de ser. Blizzard, por ejemplo, se transforma en oso. Pero, siendo como son los druidas genios en esta materia, su reto personal es dominar la licantropía. Eso les da opción a convertirse en otro animal, además del que consiguen con la animagia. Y las ventajas de un licántropo sobre un lobo normal creo que son obvias: más resistencia, más potencia, más fuerza, poder de regeneración… y ésas son cualidades nada despreciables dentro de una sociedad guerrera como lo es la de Santuario. Los druidas pueden convertirse en hombres lobo cuando les de la realísima gana, a parte de en luna llena, claro, y conservan su personalidad al transformarse. Lo malo es que es una habilidad que consume bastante energía si no estás lo suficientemente experimentado, pero bueno, eso no viene al caso…
Y ya sí. ¿Qué les ha parecido Blizzard? Le tengo cariño a ese personaje, a pesar de que no tiene ningún tipo de protagonismo en R. Como siempre, me chiflan los secundarios. Tengo que confesarles un secreto. Está basado en cierto personaje del anime Rurouni Kenshin: Seijuro Hiko. He intentado hacerle parecido a él, porque en realidad siempre me lo he imaginado así: borde, maleducado, pasota, sarcástico… pero que al final termina demostrando su afecto hacia los demás cuando menos te lo esperas. Blizzard quería muchísimo a su hermana. Y a Jonathan, aunque normalmente le trata como a un trapo y no pierde oportunidad de meterse con él (igual que le hace Hiko a Kenshin en la serie) también le tiene mucho aprecio, como si fuese el hermano que nunca tuvo. Son muy buenos amigos, lo saben todo el uno del otro y, cuando no están "discutiendo" (es decir, cuando Blizzard no está tirándole piedras a Jonathan y él está pasando olímpicamente de su cuñado) tienen ese tipo de conversaciones profundas que tanto me gustan a mí últimamente, sobre la política, las crisis, bla, bla… Me gustan mucho estos dos, porque sus caracteres son completamente opuestos. Blizzard disfruta intentando sacar de quicio a las personas y Jonathan es el "hombre impermeable", al que todo le resbala. A veces no sé qué es más desquiciante, si los sarcasmos del druida o la perenne sonrisa del mago, pero… ¡joder, he disfrutado como nunca escribiendo esa escena con los dos! xD Como curiosidad final les diré que su nombre está copiado tal cual de la compañía productora del "Diablo II: Lord of Destruction". Tengo poca imaginación, lo sé u.u
Bien, la segunda escena también me la he sacado de la manga, y tampoco me arrepiento. En la versión antigua comentaba la visita de Jonathan muy de pasada y ahora no he podido evitar la tentación de ampliarla y convertirla en una escena de verdad. El motivo principal: quería manejar un poco más a Jonathan. Reconozco que es uno de mis personajes favoritos y, cuando vuelva a Santuario, ya no va a asomar mucho la geta por aquí, así que tengo que exprimirle al máximo antes de que se largue. El segundo motivo es que tenía muchas ganas de mostrar la interacción de Jonathan con los hijos de "sus niños". En mi opinión, y sabiendo cómo es este hombre, creo que debe hacerle muchísima gracia que los hijos del antiguo grupo se hayan unido en una misma pandilla de amigos casi por casualidad. Y quería que Jonathan hablara con Remus.
Admito que el señor Flathery es una versión pulida del Remus adulto, incluso físicamente, pero ahora que lo pienso tienen bastantes diferencias. Jonathan es el tipo de la eterna sonrisa y la parsimonia a prueba de bombas, a no ser que le toquen la fibra sensible, es decir, sus hijas. Normalmente, no hay quién le mueva anímicamente, su humor es como una roca inmutable imposible de alterar. Es el que siempre pone orden, el de las palabras justas en los momentos justos, el silencioso de la mente aguda que sabe de todo, el de pensamiento rápido, el pacificador, el que infunde calma, el que siempre está sonriendo melancólicamente… Ésa es la imagen que tengo siempre de él: vaga sonrisa nostálgica y ojos perdidos en sabe Dios dónde, sumido en pensamientos, recuerdos o vaya usted a saber. Todo lo que ha vivido le da un trasfondo triste al personaje que acentúa aún más ese toque melancólico. Me gusta cuando su mirada se nubla por las preocupaciones, cuando se pone serio o suspira con cansancio… sólo para volver a sonreír al minuto siguiente. Vale, me callo ya, porque me estoy yendo por las ramas, pero… ¡me encanta Jonathan Flathery! n.n
Otra de las razones de ser de esta segunda escena es darles un pelín más de juego a los profesores, tanto a Fiona como a Fletcher. Me encanta Fiona. Está basada en la profesora de lengua y literatura que tenía yo en tercero de secundaria, una mujer majísima, que explicaba genial, hacía las clases entretenidas y además era bastante liberal. Me hace gracia imaginar así a Fiona, porque ciertamente es un aspecto de su personalidad que siempre ha existido pero nunca he mostrado, y no quería dejar pasar esta oportunidad de hacerlo. Igual que no quería desaprovechar la oportunidad de remarcar la demencia de Fletcher y su increíble habilidad para soltarte el discurso del siglo en tres segundos y dejarte tan mareado que no sepas ni dónde estás. Adoro eso en él, le tengo tantísimo cariño a este individuo… También he metido por ahí algunos datos más sobre Santuario, de nuevo con la intención de aligerar la charla que se aproxima. No se preocupen si hay algo que no entiendan, porque nada se quedará sin explicación.
Saliendo de esto, he tenido que remodelar por completo la escena de la pelea entre gryffindors y slytherins en el vestíbulo. ¿Qué les ha parecido? De verdad que me asqueo de mí misma leyendo la vieja versión, no me entra en la cabeza cómo fui capaz de escribir semejante BAZOFIA de discusiones… Todos los slytherins estaban de puro adorno. Menos mal que estoy intentando reubicar a cada uno en una personalidad concreta, aunque vivo con el constante miedo de estar haciéndolo fatal, espero sus opiniones.
Para que se hagan una idea, les transmito mis intenciones: Lestrange seguramente quede convertido en el niño Malfoy estándar, aunque no tan pringado (lo siento por las fans de Draco, pero reconozcamos que es un poco pringaíllo el chaval) le veo con demasiada astucia y malicia como para que su altanería sea pura fachada, como le pasa a Malfoy, que en el fondo siempre ha sido un niño de papá. Lestrange es malvado por naturaleza, y lo suficientemente inteligente como para saber defenderse a sí mismo. Rosier es el bruto del grupo, el que lo soluciona todo a maldiciones, pero no del estilo de Crabbe y Goyle, porque ésos sí que son puros gorilas descerebrados. ¿Alguien ha visto que alguno de esos dos diga algo en alguno de los libros de HP? No, no, señores, no quiero personajes florero, ya he tenido bastante, así que Rosier es bruto pero no subnormal. Wilkes, como seguramente habrán notado, es el demente, el impredecible, el sádico, el que te puede saltar con cualquier cosa en cualquier momento, de ese tipo de personajes que te dan miedo porque nunca sabes por dónde van a salir. Avery es el pelota relamido, que va de chulo por la vida cuando en realidad es un cagado. Liverlie es… Bah, Liverlie es Liverlie, todos conocemos a la maravillosa "Bellatrix" de JK. Y Snape es el típico cerebro que está con ellos, sobre todo, para poder hacerle la vida imposible a James, pero que en el fondo es independiente, va a su bola y hace lo que le sale el gusto. Me gusta demasiado la imagen del Snape antisocial, solitario e incomprendido. Pero no hablo más, porque eso se irá desarrollando en adelante, juju xD
Como curiosidad, les cuento la parida de turno: hace poco he descubierto una nueva palabra: "misántropo". La vi en el diccionario hace un rato, buscando no sé qué mientras terminaba de corregir este cap. Y cito textualmente: "persona que rehuye o aborrece el trato humano". Si les digo que de inmediato se me vino la imagen de Snivellus a la cabeza y me dio un ataque de risa, seguramente pensarán que paso demasiadas horas delante del PC y ya se me está atrofiando el cerebro, pero en fin… nunca te acostarás sin saber algo más.
Volviendo al tema, ¿qué tal la pelea? Y no sólo entre los de segundo, sino también la de Malfoy y Arthur. He cambiado la edad de Narcisa y la he puesto un año más joven que Lucius, porque si no se llevaría muy poca edad con Andrómeda y quería distanciarlas un poco más. También he cambiado la relación que había entre Hagrid y Jonathan, pero con eso es que no tenía otro remedio. Jonathan no podía ser compañero de clase de Hagrid, porque eso implicaba que le echaron del Ministerio siendo muy joven, apenas un recién llegado. Y, en esas circunstancias, no habría podido ser tutor de nadie, ni ganarse la fama que se ganó antes de ser exiliado. En esta versión he hecho a Jonathan 10 años mayor de lo que era antes, de modo que nació en 1919, se graduó en el 37, le exiliaron cuando ya llevaba 14 años, más o menos, trabajando en el Ministerio, es decir, a los 32 años de edad, y este año ha cumplido los 50. De todas formas, este giro abre nuevas oportunidades para explicar más cosas sobre Jonathan y POR QUÉ se conocen entonces Hagrid y él, así que estoy satisfecha…
Por lo demás, creo que todo sigue más o menos como siempre, ¿no? Espero sus opiniones con respecto a los cambios, de verdad, cualquier cosa que les guste o les disguste díganmela, que para eso estoy aquí. Y con dudas y sugerencias, no se corten, para eso están los r/r.
De la escena en la enfermería no he cambiado nada, y de la escena final… bueno, no pude evitar darle un par de retoques, porque sinceramente no me gustaban algunos puntos: ciertas reacciones y comentarios necesitan ser pulidos, espero no haberme pasado, pero eso sólo me lo pueden decir ustedes. Corregir esta escena fue difícil, porque es uno de los hitos de R, y sé de cierta personilla que me abriría en canal si la fastidiaba… n.n (sí, eres tú, lady Angelina J, no te hagas la distraída xD) Sin embargo, a mí me gusta más ahora que antes, creo que ha quedado más realista, pero no sé… Espero que les guste y que la disfruten tanto como yo he disfrutado corrigiéndola, jujuju… He cambiado la hora a la que se desarrolla porque me parecía excesivo tener a Remus pululando por los corredores a las 4 de la madrugada. Eso, en una sociedad como la nuestra, no es tan raro (o si no, que me lo digan a mí, juajua n.n') pero en Inglaterra… Y en Hogwarts, que mandan a todo el mundo a la cama a las 9 de la noche… Joer, yo a esas horas ni siquiera he cenado todavía, y nunca me acuesto antes de las 12, pero claro… yo no soy inglesa n.n'
¿Qué más les puedo contar del cap? Yo creo que ya está todo, pero si les queda alguna duda, sólo avísenme. Se aceptan quejas, críticas constructivas, teorías y demás. Y mejor ya dejo de fastidiar con esto… xD
Pasando al ámbito personal, tengo que confesar mi crimen… Me he matado hasta tal punto para poder tener listo este cap hoy y no mañana que… ¡llevo toda la semana sin aparecer por la universidad! (Dik se tira de los pelos, desesperada) ¡Soy una impresentableeee! Arg, Dios mío, debo estar como una cabra… Llevo toda la semana sin salir apenas de mi casa, ya me estoy convirtiendo en ermitaña, ¿así es la vida de los escritores? Pues tengo que admitir que no me disgusta en absoluto n.n Debe ser mi alma de otaku… o de misántropa, muajajajaja xD El caso es que tengo la habitación convertida en una cueva y mi pobre portátil se pasa encendido alrededor de 15 horas al día (¡conmigo delante!) Con razón estoy más ciega que un topo, al final estará en lo cierto mi madre con las mil broncas que me echa al día…
La razón de que haya tenido que estar toda esta semana de maratón es que la semana pasada la empleé en escribir uno de los mejores songfics que he hecho en mucho tiempo, así que no pude dedicarme a R. Pero no me arrepiento. ¡Ah, cómo amo escribir! Ojalá el dinero no existiera y pudiera olvidarme de estudios y trabajo para poderme dedicar a esto en cuerpo y alma. Menos mal que adoro mi carrera, si no ya habría tirado la toalla hace tiempo. Y, sí, contestando de paso a la pregunta de Lindalawen, estudio Humanidades. ¿Se notaron mucho las referencias en el cap anterior? n.n' Gomen, no lo pude evitar, soy una enamorada de mi carrera.
¿Saben por qué ya pasan de las 3:00? Pues, a parte de porque soy la mayor pesada del planeta, me he entretenido esta tarde leyendo el tomo 23 del manga de Rurouni Kenshin y por eso se me ha hecho tan tarde a la hora de ponerme a escribir estas notas. ¡Lo siento, lo siento, pero es que me ha llegado hoy y era el último que me faltaba para completar la saga del Jinchuu! Y, bueno, sé que a ustedes esto seguramente les importe un bledo, pero como soy una "friki" y estoy hiperactiva en estos momentos se lo voy a contar (y eso que esta mañana me tomé una infusión de relax…) Cómo me gusta esa serie, la madre que parió a Nobuhiro Watsuki, es de lo mejor que he visto y leído jamás, así que me perdonarán si me pongo algo obsesiva. Al menos ya se me ha pasado un poco la fiebre de .hack/SIGN, que me ha tenido como loca más de un mes. Buenísima serie, rara como la que más pero totalmente psicológica, me encantó. Y ahora me estoy aficionando a Peace Maker Kurogane, aunque no me gusta tanto como Kenshin, tiene puntos bastante buenos y hay ciertos personajes que se merecen un oscar (mmm, Okitaaaa…) Varias personas me han estado insistiendo para que vea Full Metall, pero lo siento, gente, Slayers va primero, que tengo la serie a la mitad. Y tengo que usurparle a mi hermano Wolf's Rain para tragármela… ¡Ahhh, cuánto trabajo! xD
Dejando de lado el momento friki, voy a pedirles un favor, y es que crucen los dedos por mí (si son católicos, les agradeceré enormemente sus oraciones n.n) porque tengo muchísimo trabajo, y esta vez va en serio. Debería haber entregado dos trabajos esta semana en la universidad y por andar haciendo esto no he podido. Como buena piscis, soy el bicho más desorganizado que ha pisado la faz de la Tierra y mis días son un completo descontrol. Tengo que organizarme el tiempo para poder cumplir con todas mis obligaciones y me voy a poner manos a la obra a partir de este mismo fin de semana. Por eso, acuérdense un poco de esta loca que va a estar hasta el moño de trabajo atrasado y tómense una copa a mi salud cuando salgan por ahí de juerga. ¿Han probado el sake japonés? Ahhh, sakeee… (a Dik se le cae la baba) En fin, que me pongo idiota otra vez…
Inconvenientes de ser friki.
Y no se sorprendan por oírme mencionar tanto esa palabra últimamente, porque les informo de que el otro día quedé completamente traumatizada al hacer un test de "frikismo" que una amiga me envió, en el que saqué una puntuación del 31x100!! u.u Tristísimo, fui clasificada como "friki total". No piensen que es una puntuación baja, porque si llegabas al 50x100 eres considerado el dios friki, y si pasabas del 70x100 te aconsejaban que visitaras a un psiquiatra…
¡Dentro de dos semanas se estrena el Cáliz de Fuego! YIIIIIIHAAAAAAAA… xD ¡Estoy superhipermegaansiosa por verla! Además, será justo el mismo viernes que suba la segunda parte del cap 5, juju. Si voy al estreno, es posible que retrase la actualización hasta el sábado a posta para contarles mis impresiones. ¡Tengo tantísimas ganas de que llegue el día 25! Y ¿qué me dicen de HP6? El 23 de febrero, ¡un día después de mi cumpleaños! xD Evoluciono, pero eso de… "el misterio del príncipe"… ¿qué imbecilidad es ésa? Ya podrían haberle dejado "el Príncipe Mestizo", que es la traducción más literal, pero no, siempre tienen que andar haciendo payasadas estos monos de Salamandra… Como diría mi amiga Rosa: "¡Qué asco dan!".
Estoy contenta de haber podido terminar este cap hoy jueves por la noche, porque así podré subirlo mañana por la mañana y dedicar la tarde del viernes a contestar mails o a ponerme manos a la obra con los blogs. Desde aquí, mil gracias nuevamente a Lindalawen por sus sugerencias, soy pésima para todo esto, pero me quiero esforzar para poder sacar el blog adelante cuanto antes por ustedes. Les mantendré informados.
Y, antes de irme, MIL GRACIAS a todos los que me han dejado r/r. Quiero agradecerles de todo corazón el esfuerzo, porque sé que debe ser un coñazo tener que estar releyendo toda esta parte del fic otra vez en lugar de poder disfrutar de caps nuevos. Gracias por tener tanta paciencia conmigo y seguir acompañándome a pesar de todo. Besos y abrazos para
¿Saben? Estoy muy parlanchina yo hoy, pero van a dar las 4 de la madrugada y creo que ya va siendo hora de acostarse, porque cabo de bostezar tres veces seguidas. El otro día me quedé dormida sobre el PC y no quiero que me vuelva a pasar lo mismo u.u' Ay, Dios mío, soy un caso… (leer con voz melodramática) Se nota que no tengo vida propia… ¡Vivo para mi trabajo! Y eso es bien triste… En fin, lo dejo ya que empiezo a ver triple y los bostezos no me dejan escribir. Lo dicho, nos vemos dentro de dos semanas… EL DÍA DEL ESTRENO DEL CÁLIZ DE FUEGOOOO… xD Yo me despido hoy, a jueves 10 de noviembre (que ni jueves ni leches, porque ya es viernes 11…) de 2005. Son las 4:00 en punto de la madrugada, las 3:00 en Canarias. Para más información, consulte el canal 24 horas o, en su defecto, el botoncito lila de los r/r, muajajaja xD Que se les ponga todo muy bien, mis queridos lectores.
Y ahora sí: oyasumi nasai… +.+'
¡Carpe diem!
