N/A: Hola a todos. Siento muchísimo la tardanza de este cap, pero he sufrido ciertos contratiempos a finales de diciembre. Entre la universidad, un demoledor catarro y las pocas ganas que me quedaron de trabajar después, no he tenido unos días muy inspirados para ponerme a escribir… ¡Pero ya estoy de vuelta! Y aquí les traigo el cap. Espero que lo disfruten, y ya saben, para más información, consulten las notas finales xD
Este cap va dedicado a todas las fans de Remus Lupin, yo incluida, porque adoro a este muchacho (muajaja, qué triste dedicarme a mí misma un cap, ¿no? xD) La primera escena está dedicada especialmente a Phoenix.G.Fawkes, porque le gusta John Potter tanto como a mí, y por lo demás… ¡Feliz Navidad y año nuevo! Celebremos juntos el 2006 y ¡el consecuente aniversario de R, que ya cumple 5 años! Va por ustedes, muchas gracias por seguir ahí, jeje n.n
Sin más, los dejo con el cap. ¡Que lo disfruten!
ADVERTENCIA: esto es un AU ambientado en la época de los Merodeadores, Respuestas tiene ya casi cuatro años, empecé a escribirlo antes de la publicación de la Orden del Fénix y en su mayor parte está basado en los rumores que corrían en aquella época sobre el libro 5º. En consecuencia, pocas cosas te vas a encontrar aquí que tengan que ver con la línea argumental que ha seguido JK Rowling en los últimos dos libros. Ni Mundungus Fletcher ni Arabella Figg son como nos los ha pintado JK, y bueno… resumiendo, no te fíes, porque si eres nuevo en R no sabes con lo que te puedes encontrar, jeje… Recuerdo también el formato del fic: cada capítulo es la respuesta a una pregunta referente al pasado de los Potter, de ésas que circulaban por los foros cuando la OdF aún no había salido. No me importa que algunas de esas preguntas hayan sido ya contestadas, repito que esto es un AU, especial para quienes busquen alternativas. Y a los que ya me conocen, sólo decirles:
¡A leer!
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Aprovecho para recordar que, para todo lo relacionado con Santuario, tomé datos de uno de mis videojuegos favoritos, "Diablo II: Lord of Destruction", mezclándolos con mis teorías sobre el universo HP. Quiero aclarar que ninguna referencia a ese juego, ni todos los datos que tomé de las obras de Rowling, me pertenecen… Es por si alguien decide demandarme, que sepan que no tengo un céntimo, hago esto por puro entretenimiento…
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RESPUESTAS
6ª pregunta: ¿Cómo descubrieron el secreto de Remus?
"Canis lupus… Lupin"
John Potter miró con aire escéptico la bandeja de emparedados que descansaba sobre el escritorio del profesor Dumbledore, en el estrafalario despacho de este último. Sentado en una cómoda butaca al otro lado de la mesa, frente al director, no pudo evitar cruzarse de brazos y lanzar un suspiro de resignación, alzando después los ojos hasta clavarlos en los de su anciano anfitrión.
-De verdad, Albus, conociéndome como me conoces, y se te ocurre ofrecerme emparedados para cenar…
Dumbledore alzó las cejas, divertido.
-Conociéndote como te conozco, Johnny, te ofrezco emparedados porque es lo más rápido de comer, y sé que estás deseando volver a la enfermería con tu hijo. Si llego a presentarme aquí con un banquete, te habrías dado la vuelta para salir de nuevo por esa puerta nada más entrar, y me temo que no puedo permitir que pases más tiempo en ayunas, por muy preocupado que estés. La vida de James no corre peligro inminente. Además –añadió, esbozando una sonrisa-, como tienes la suerte de que te conozco incluso mejor de lo que crees… los emparedados son de pollo.
John compuso una mueca, entre irritado por haber sido descubierto y emocionado por las nuevas perspectivas culinarias que se abrían ante él.
-Pero… ¿con mayonesa? –inquirió, cogiendo un emparedado con gesto vacilante.
-Por supuesto.
-¿Y el pollo con especias? –insistió, olfateando el manjar.
-Puedes estar seguro.
-Ah, vale, entonces bien –cedió, y le pegó un considerable mordisco al bocadillo que tenía en la mano. En el acto, su cara se transformó en una expresión de supremo deleite-. Mmmm… Los ha preparado Wendy, ¿verdad?
-Sí –sonrió el director, divertido ante el hombre que tenía delante. A ratos volvía a parecer el rebelde adolescente que tantos quebraderos de cabeza ocasionó en Hogwarts años atrás. Cruzaba los dedos por que James no fuese tan explosivo, aunque presentía que era una batalla perdida-. En cuanto le pedí que te preparara algo ligero de comer, hizo esto sin pensárselo siquiera.
-Era nuestro aperitivo favorito –comentó John, su voz volviéndose baja y melancólica-. Cuando Izzy y yo salíamos de noche, siempre pasábamos por las cocinas primero y nos llevábamos una buena provisión de éstos. La mitad de las veces, Wendy ya los tenía preparados cuando llegábamos… ¡Eh, hola, Fawkes! –Potter recibió con una sonrisa al fénix del director, que acababa de ir a posarse en su hombro, atraído por el olor de la comida, emitiendo su particular canto-. A ti también te gusta el pollo con especias, ¿eh? No sé hasta qué punto es saludable darle pollo a un pájaro, pero en fin… se ve que las viejas costumbres nunca mueren –partió un pequeño trozo de carne de su bocadillo para dárselo a la llameante ave, mirándola con aire risueño-. A Andraia todo esto la sacaba de quicio, nunca se aburría de echarnos la bronca cada mañana… Anda que ha llovido poco desde entonces, ¿verdad, Albus?
-Sí, pero no parece que las cosas hayan cambiado demasiado –replicó-. Siempre me he preguntado quién fue el desalmado que vició a Fawkes con el pollo con especias… qué tontería por mi parte no haber reparado antes en ti.
-Yo no tengo la culpa –sonrió Johnny, inocentemente-. El fénix del profesor de Transformaciones siempre fue la mayor atracción de Hogwarts, tenías a todos tus alumnos encandilados con el pájaro. Yo simplemente trataba de ganarme el cariño del animal. Andraia también nos gritaba por eso, no hacía más que decir que algún día terminaríamos matándolo por darle de comer cosas extrañas.
-Bueno, ésa es la ventaja de un fénix, no corres el peligro de matarlo, pero sí de que el despacho se llene de olor a orégano y comino cada vez que se pone a cantar.
John soltó una carcajada, sus ojos brillando intensamente por un momento.
-Lo siento, profesor –repuso, como si fuese un estudiante travieso más, disculpándose por sus disparatadas ocurrencias. Y, aún así, siguió dándole pellizcos de carne al fénix que permanecía en su hombro.
Dumbledore observó a Johnny en silencio por varios segundos, ampliando casi sin darse cuenta su abierta sonrisa. Después de los desastrosos dos años y medio que siguieron a la muerte de Grace, era casi milagroso tener de vuelta a aquel hombre, con sus risas claras y fuertes, y su mirada brillante y optimista. Sin embargo, la sombra de la tristeza seguía allí, oculta pero indeleble, y Albus estaba más que seguro de que eso ya no podría curarse. Reprimió un suspiro, pensando que, después de todo, al menos le habían devuelto a John las ganas de vivir. Quizá, con el paso de los años y el cariño de su hijo y sus amigos, lograra reponerse del todo…
-Está visto que conseguiste tu propósito –musitó, sonriente, cuando Fawkes, animado por el aperitivo, agitó sus grandes alas y se puso a cantar-. Siempre le caíste bien, Johnny, y dudo que tenga que ver con la comida que le ofrecías. Sueles ganarte el cariño de los demás sin darte ni cuenta, no es necesario hacer grandes cosas, sólo ser uno mismo. Wendy también te tiene mucho aprecio, se entusiasmó como no tienes idea cuando le dije que estabas en Hogwarts. Me pidió, muy educadamente, eso sí, que te dijera que te pases por la cocina a verla antes de irte. Parece ser que te echa de menos… aunque está haciendo muy buenas migas con James últimamente.
-Es lo que tiene venir a Hogwarts –el tono de John adquirió nuevos toques de nostalgia otra vez-. Implica saludar de nuevo a todos los antiguos conocidos…
-Hay mucha gente aquí todavía que te tiene especial cariño, te ganaste el apego de muchos mientras estudiabas.
-Eso es muy relativo, Albus –Potter acarició suavemente la cabeza del fénix, bajando la voz un poco más-. La mitad del colegio me reía las gracias y la otra mitad me odiaba a muerte… no creo que haya tanta gente como dices deseando saludarme, son muy pocos los que me apreciaban de verdad. Y aún me pregunto por qué lo hacían… no me considero poseedor de nada que valga la pena apreciar.
Con un ruidoso batir de alas, Fawkes volvió a su percha, al parecer ya satisfecho de alimento, y siguió cantando suavemente desde allí. John lo observó con cierta desilusión en la mirada por un segundo, pero enseguida apartó la vista y cogió otro emparedado para seguir comiendo, manteniendo los ojos fijos en sus rodillas. Sabía que su anfitrión estaba taladrándolo con la mirada y no se atrevía a encararlo. Pero dio la impresión de que Dumbledore no consideraba ése el mejor momento para lidiar con la autocompasión del director del Departamento de Seguridad Mágica, porque cambió de tema y comentó, aligerando el tono:
-Lamento que haya ocurrido esto, Johnny, has venido a pasar el día con tu hijo y has tenido que quedarte con las ganas. Ten por seguro que Lucius Malfoy cumplirá su castigo.
-Teniendo en cuenta lo que Jewel me contó del padre de ese animal, no me sorprende nada lo que ha hecho, de tal palo tal astilla… -dio la impresión de que iba a seguir despotricando contra el rubio y todos sus antepasados, pero al ver la mirada del director de Hogwarts, carraspeó y se mordió la lengua, algo avergonzado-. Pero en fin, no ha pasado nada grave, así que no hay nada que lamentar. Además, he podido pasar todo el día con mi hijo, como estaba previsto.
-Pero dudo que en tus planes se incluyera el hecho de tener a James inconsciente –entonó Dumbledore, alzando una ceja.
-Sí, bueno, pero he estado con él, ¿no? –Johnny rió en voz baja-. Recuerdo… recuerdo cuando James era pequeño y se enfermaba o pillaba algo de fiebre. Grace y yo nos quedábamos toda la noche a su lado, uno en cada costado de la cama, vigilando cada respiración por si en algún momento ésta se paraba. Por la mañana, cuando él se despertaba y nos encontraba ahí encogidos, se exasperaba muchísimo y nos gritaba: "¡Sois los dos idiotas! No me voy a morir porque no estéis toda la noche a mi lado, ahora soy yo el que tiene que cuidar de vosotros, porque estáis hechos una porquería". Y se levantaba como un rayo para preparar el desayuno, y unas cantidades ingentes de té, y nos obligaba a guardar cama, como si fuésemos nosotros los enfermos, con una seriedad impresionante. Parecía todo un sanador experimentado. Grace se partía de risa cada vez que James no la miraba…
La voz de Potter se ahogó en una débil carcajada, pero enseguida la reprimió, porque incluso él mismo se asustó ante la tristeza que destilaba. Apresurándose a apartar la vista una vez más, cogió el tercer bocadillo y siguió comiendo, pero Dumbledore pudo notar que la sombra de sus ojos los había opacado por completo en cuestión de segundos. No pudo evitar arrugar la frente.
-Johnny…
-¿Hay novedades sobre Icarus? –lo interrumpió John, aún sin mirarlo, y la mano que sujetaba el emparedado tembló ligeramente-. Le he preguntado a Arabella esta mañana, pero no creo que ella sea la mejor fuente de información. Tengo la impresión de que no sabe ni la mitad de lo que le ha pasado a su padre…
Esta vez, el anciano profesor no se molestó en reprimir su suspiro, reclinándose en su butaca. Pero accedió a cambiar de tema.
-Le he pedido a Zephirus que me mantenga informado ante cualquier cambio, pero parece ser que de momento Icarus se mantiene estable. Siguen haciéndole pruebas para intentar descubrir qué le ha pasado. Al menos ahora está despierto, responde a los estímulos, sonríe y da señales de reconocer y escuchar a las personas.
-Pero no puede hablar –objetó Johnny, alzando por fin la vista hacia su interlocutor.
-Pero no puede hablar –corroboró Dumbledore, asintiendo con la cabeza-. Ni escribir, ni moverse apenas.
-En otras palabras, que le es imposible comunicarse –concluyó Potter, mirando su emparedado como si éste fuera a ofrecerle las respuestas que buscaba-. Cualquier dato que pudiera darnos sobre lo que ocurrió, cualquier sospecha o cualquier acusación muere con su imposibilidad de decirnos nada. Esto no me gusta, Albus. Si desconocemos la versión de Icarus, y si los sanadores no consiguen encontrar ninguna anomalía en su organismo, estamos como al principio. Sin pruebas no podremos iniciar una investigación, por muy obvio que nos parezca que han intentado matarlo…
-Me temo que lo único que podemos hacer es esperar y ver cómo se desarrollan los acontecimientos –murmuró el director, juntando las yemas de sus largos dedos.
A John no le pasó desapercibida la leve nota de tensión que reflejaba la voz de su antiguo maestro, y lo miró a los ojos con intensidad.
-Dime la verdad –empezó en un susurro-. ¿Crees que Icarus va a sobrevivir?
Dumbledore no contestó, pero la mirada que ambos hombres intercambiaron fue más que elocuente.
-Ya veo… -el más joven de los dos volvió a observar su emparedado, comiendo con lentitud-. Me preocupa Melpómene. Da la impresión de que intenta mostrarse normal ante todo el mundo, en su forma de hablar y en su forma de comportarse… pero, cuando yo la veo y hablo con ella, me parece de todo menos normal. Y no me refiero a la preocupación por su marido, hay algo… algo más. No sabría explicarlo. ¿Qué crees que le ocurre?
-Lamentablemente, el experto en este campo es Jonathan, no yo. Por mucho que yo haya estudiado el asunto, dudo que consiga algún día la comprensión que él desarrolló cuando trabajaba en el Departamento de Misterios. El comportamiento de Melpómene puede deberse a infinidad de cosas que yo apenas puedo enumerar…
-Quizá sería conveniente organizar pronto otra reunión general. Si los trámites marchan bien, Jonathan podría estar de vuelta en Santuario el mes que viene, y entonces se iría sin ver a Mel…
-Sabes tan bien como yo que una reunión en estos momentos es imposible –atajó Dumbledore con un gesto-. El Ministerio está patas arriba, llevan pasando cosas extrañas desde principios de año. Incluso el ministro huele ya la inminente guerra. Dentro de poco la situación estallará por un lado u otro y todo se convertirá en una locura. Tienen a Jonathan más vigilado que nunca, un paso en falso y él será el primero en caer. No creo que pueda volver a poner un pie en Londres hasta que venga a recoger a Samantha a final de curso, y dudo que incluso entonces podamos reunirnos con él.
-¿Qué sugieres entonces?
Por unos segundos que se hicieron eternos, un denso silencio se apoderó del despacho. Fawkes había dejado de cantar.
-Sugiero que cada uno se centre en sus asuntos y se preocupe por su propia seguridad.
John parpadeó, boquiabierto.
-¿Qué? –exclamó-. ¿Cada uno a sus cosas, preocupándose por su propia seguridad? ¿Con Icarus medio muerto en San Mungo y Mel traumatizada por ahí? Hay que destripar cuanto antes lo que se está cociendo aquí, o todos podríamos salir escaldados. No pretenderás que nos quedemos de brazos cruzados sin más, ¿cierto? –la mirada que le dedicó el director hizo resoplar a Potter-. ¡Albus, por favor!
-Quiero que recuerdes, Johnny, que no son sólo los aurores del Ministerio los que vigilan los pasos de Jonathan Flathery.
Con esas palabras, Dumbledore consiguió enmudecer las protestas de su invitado. Volvieron a sostenerse la mirada sin abrir la boca, hasta que John bajó la vista, rindiéndose.
-No pienso arriesgarme a organizar una reunión de emergencia que puede terminar en emboscada, con todos vosotros capturados o muertos –añadió el director firmemente-. Una de las cosas que pretendían con el ataque a Icarus, y estoy casi seguro de no equivocarme, era poner nervioso al resto de los miembros del grupo e instarlos a reunirse para discutir qué hacer a continuación. No seré lo suficientemente iluso como para pretender que no tienen espías vigilándoos constantemente. Por eso es mejor que, de momento, no nos reunamos… al menos hasta que mi plan entre en funcionamiento. Entonces tendremos las espaldas cubiertas.
-Pero ¿qué pasa con Icarus y Mel?
Los ojos claros de Albus Dumbledore se oscurecieron por un segundo.
-Mucho me temo… que poco podemos hacer ya por Icarus. Y confío en que Zephirus pueda cuidar de Melpómene. Viendo lo que se avecina, tenemos que empezar a movernos ya.
Johnny miró por enésima vez el trozo que le quedaba de su cuarto emparedado, y Dumbledore tuvo la impresión de que dentro de aquel hombre se libraba una dura batalla.
-Albus, ya… ya no sé hasta qué punto es conveniente mantener a Arabella al margen de lo que ha pasado. Con todo lo que está ocurriendo, quizá deberíamos contárselo. Ella cree que su padre ha cogido una gripe, o algo así.
-Arabella sólo conoce la versión oficial que los propios sanadores han dado de momento: que su padre sufre, seguramente, algún tipo de intoxicación, aunque no hayan aclarado aún cuál. De todas formas, Johnny –el anciano hizo una pausa, mirando a su compañero con intensidad-, ya sabes que, si le contamos a ella la verdad, también hay que contársela a los demás.
Potter apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea casi inexistente.
-No –masculló.
-John, sé razonable, parece mentira que tú precisamente te niegues a decirle a tu hijo la verdad, sabiendo por experiencia lo que…
-James ya tiene suficientes preocupaciones encima –lo interrumpió el moreno, seco y cortante-. No seré yo quién lo cargue con más.
-En la última reunión acordamos decírselo cuando empezara la guerra, ¿recuerdas?
-Oficialmente, la guerra no ha empezado aún…
-¿Hasta cuándo pretendes seguir retrasándolo? No le estás haciendo ningún bien…
-Lo retrasaré el tiempo que considere necesario. Y, ahora, Albus, si me disculpas… atravesamos malos tiempos y quiero estar con mi hijo, le prometí que hablaríamos antes de irme a Londres. Gracias por la cena.
Sin más, John se levantó bruscamente de la silla, se echó a la boca el último trozo de emparedado y se encaminó a zancadas hacia la salida. Dumbledore se levantó también.
-¡Johnny! –clamó, y el aludido se detuvo en seco, de espaldas a él, con el pomo de la puerta en la mano-. Deja de comportarte como un niño, por favor. Encerrando a James en una urna de cristal no lo estás protegiendo, ¡lo estás dejando indefenso ante lo que se le echará encima en el futuro! Y eso es lo que tus padres te hicieron a ti.
-Ellos no lo hicieron porque quisieran protegerme –masculló John, con voz temblorosa, mientras su mano aferraba el pomo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos-. Lo hicieron porque yo les importaba un rábano…
-Pues, si te importa la seguridad de tu hijo, dile la verdad. ¿Crees que Grace aprobaría esto?
-Grace quería que nuestro hijo creciera en paz al margen de todo este infierno –la voz de Johnny temblaba cada vez más.
-Grace quería un mundo perfecto y pacífico en el que James pudiera vivir feliz, todos los padres quieren eso, pero no es el caso, Johnny. Estamos en guerra. Y él está tan implicado en ella como tú o como cualquiera de nosotros. No le haces ningún favor condenándolo a la ignorancia… ¿No acabas de decirme que deberíamos contarle a Arabella la verdad?
-¡No es lo mismo! –John se encogió, cerrando los ojos y apretando los dientes-. ¡Su padre se está muriendo!
-Y a Grace la asesinaron delante de James, ¿recuerdas? –la voz de Dumbledore se volvió tan fría que no parecía suya-. ¿No te parece un insulto a su memoria, al valor que demostró luchando por salvar a su hijo, el hecho de hacerle creer a éste que simplemente se puso enferma? No todo en esta vida se soluciona modificando la memoria de la gente, John…
-¡Es mi hijo! –estalló de repente Potter, volviéndose a mirarlo con fiereza-. ¡Mi hijo, Albus, lo único que me queda! Y puede que sea un pésimo padre, lo sé, ¡pero soy su padre a fin de cuentas! ¡Haré lo que crea mejor para él! ¡Y que me trague el infierno si, después de todo lo que ha sufrido, me dedico yo ahora a alimentar de nuevo sus pesadillas!
Hizo un intempestivo ademán de abandonar la sala, pero la voz de Dumbledore volvió a frenarlo.
-¿Has conocido a Lily Evans?
John se quedó clavado al suelo, sintiendo cómo todo el oxígeno abandonaba sus pulmones.
-Ella y James son buenos amigos –continuó el profesor, como si de repente estuviese comentando el clima durante una agradable velada a la hora del té-. Están muy unidos. Los siete, en realidad. ¿Qué crees que ocurrirá cuando todo este asunto vaya a peor? Porque empeorará, Johnny, no te quepa la menor duda. Si tú no cedes, los demás permanecerán en la ignorancia también. Sirius, Remus, Arabella… y Lily Evans. Le estás negando a tu hijo no sólo la oportunidad de prepararse y defenderse, sino también la de proteger a aquellos a los que quiere –su rostro se endureció al fruncir el ceño-. Sus pesadillas nunca desaparecerán… igual que nunca desaparecieron las tuyas.
Muy lentamente, John se dio la vuelta y encaró de nuevo al director de Hogwarts, que se erguía imponente tras su escritorio. Y le dedicó una mirada de absoluto desconsuelo, sus ojos castaños vidriosos por el espectro de las lágrimas que ya se habían agotado años atrás. Dumbledore suavizó su expresión al ver a Potter allí, apoyado contra la puerta como si no se sostuviera en pie, igual que un niño asustado que no sabe a dónde ir.
-Yo habría dado mi vida por protegerla a ella –balbuceó Johnny, en voz tan temblorosa y baja que apenas resultaba audible.
-Tú no podías proteger a Grace –replicó el profesor, con aire consolador-. Ella era quién te protegía a ti.
-Pero yo podría haberla protegido –insistió John-. Yo quería protegerla…
-¿Y no crees que James y los demás querrán proteger a Lily cuando llegue el momento?
De nuevo se hizo el silencio.
-Se parece a ella… -susurró el moreno, arrugando la frente con expresión de dolor.
-Sí –asintió Dumbledore-. Lily se parece a ella. Yo también lo he notado.
-¿Por qué? –el hombre joven había empezado a temblar-. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué se parece a ella? ¿Crees que él lo hizo a propósito?
-Pudo hacerlo a propósito, o pudo hacerlo inconscientemente. Me inclino más hacia lo segundo.
John tragó saliva, haciendo un esfuerzo por recuperar la compostura, y, temblando aún de pies a cabeza, se enderezó, mirando a su mentor a los ojos.
-Lamento haberte gritado –murmuró, como si la voz apenas le saliese-. No quería discutir contigo. Pero no voy a cambiar de idea. Todos tienen quién los proteja, Albus. Por eso los demás no me preocupan tanto. Pero James sólo me tiene a mí. No pude proteger a Grace, pero voy a proteger a mi hijo aunque la vida me vaya en ello. Y, si la única forma de lograrlo es ocultándole la verdad, así lo haré. Ahora creo que nos ocupan asuntos más importantes, como averiguar qué le han hecho a Icarus, qué le ocurre a Mel y cuándo asomará su maldita cara de serpiente ese retorcido psicópata. Y a eso es a lo que voy a dedicar mi tiempo, no ha destruir la poca felicidad que le queda a mi hijo.
Dicho esto, abrió la puerta y abandonó el despacho, cerrando suavemente tras él. Cuando John Potter estaba furioso, daba portazos. Cuando estaba hundido, se deslizaba sin hacer ruido, como una sombra.
Dejando escapar un profundo suspiro de cansancio, Albus Dumbledore se quedó allí de pie, cerrando los ojos por un momento y arrepintiéndose de no haber sabido manejar mejor la conversación. Johnny necesitaba volcarse en algo que lo ayudase a sentirse útil y mantenerse vivo. Necesitaba dirigir todas sus energías hacia un fin concreto, para mantener la mente ocupada y no volverse loco. Por eso, cuando luchaba, lo hacía con toda su alma. Desde la muerte de Grace, toda su vida había girado en torno a James y a su protección, trabajando incansablemente, sobreexplotándose a sí mismo, intentando averiguar cualquier cosa que le permitiera cazar al asesino de su esposa, que ahora amenazaba la seguridad de su hijo. Trabajó tanto y tan duro que llegó a olvidarse del propio James. Y ahora, después de darse cuenta de que su hijo necesitaba un padre de carne y hueso con el que poder hablar, en vez de aquella figura de protección abstracta que nunca estaba en casa… después de salir de su bloqueo y volver a ser el de siempre… seguía sin actuar de la forma correcta, empeñado en mantener a James al margen de todo, como si alguien fuese a arrebatárselo de la noche a la mañana si le contaba la verdad.
Eso no era preocupación. Era egoísmo.
Con pasos lentos y cansados, se alejó de su escritorio y se acercó a uno de los armarios que cubrían las paredes del despacho circular. Al abrir las puertas, un débil resplandor plateado iluminó las arrugas de su agotado rostro. Cogió entre sus nudosas manos la vasija que desprendía dicho resplandor y volvió a su butaca, colocándola en la mesa frente a él.
-¿Cuándo vas a comprender, Johnny, cuándo? –susurró, sacando su varita con parsimonia-. ¿Cuándo vas a comprender que el destino de esos niños nunca ha sido el de ser protegidos, sino el de proteger a los demás? –apoyó la punta de su varita en su sien derecha, cerrando los ojos-. ¿Cuándo vas a comprender que, con tu testarudez, sólo estás condenando a tu hijo a que repita tu historia? –apartó la varita muy despacio, llevándose consigo una hebra de lo que parecía vaporoso hilo plateado-. ¿Y cuándo… cuándo comprenderás que ni tú ni James estáis solos, que cuentas con muchas más personas que quieren protegeros y ayudaros, que tú no tienes la culpa de lo que le pasó a Grace… y que, si sigues empeñado en luchar solo, acabarás muerto de verdad?
Con un giro de muñeca, la hebra plateada de pensamientos se deslizó hasta unirse al resto que llenaba la vasija. Por un instante, la superficie se removió, como el interior de un remolino, y el delgado y pequeño rostro de miopes ojos castaños y pelo azabache alborotado apareció ante su mirada, con expresión triste.
-¿Sabe, profesor? –habló el reflejo, y su voz resonó como si llegara de muy lejos-. A veces… tengo la impresión de que mi padre cree que mamá murió por culpa suya. Se pasa los días pensando en lo que podría haber hecho o dejado de hacer para salvarla. Yo… quería a mi madre, pero ella está muerta. Y yo estoy vivo. ¿Por qué no lo entiende? Sólo quiero que esté conmigo. Siempre ha querido protegernos, y el perder a mamá fue como fracasar en su misión. Yo no necesito que me proteja, eso me da igual. Yo… sólo necesito recuperar a mi padre. Y sé que él necesita recuperar a alguien que le recuerde que no está solo. ¿No podríamos curarnos los dos mutuamente? Él es el único que puede ayudarme, y yo quiero ayudarlo a él…
-Estoy de acuerdo contigo, James –murmuró melancólico el director de Hogwarts, en dirección al recuerdo de su vasija-. Sólo tú puedes curarlo a él.
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-¡Bienvenido a casa, Jamie Pots! –chilló Sirius, con un fingido lloriqueo, cuando James apareció en la puerta del dormitorio, pasada ya la media noche del mismo día del partido.
Se abalanzó sobre su mejor amigo y lo abrazó tan fuerte, que James temió que le rompiera alguna de sus convalecientes costillas.
-Sirius… Sirius… No me espachurres, ¿quieres? –tosió con voz ronca.
-¡Creí que nunca te volvería a ver, Jamie! –lloró Black en plena interpretación dramática, mientras Peter se dedicaba a saltar por la habitación haciendo pitar un silbato y tirando confeti mágico por todas partes.
Entre los dos armaban tanto escándalo que terminarían despertando al colegio entero.
-Vale, tranquilos, ya sé que soy adorable, pero no escandalicéis tanto –dijo James, cuando Sirius por fin lo soltó.
Peter siguió saltando y pitando.
-¡Peter! –chilló James-. ¿Es que no entiendes el cristiano, o qué?
-Le ha afectado la fiesta de celebración –rió Sirius.
El moreno de gafas se acercó a Pettigrew y le quitó el silbato de la boca.
-Trae aquí eso… ¡Eh! ¿No es éste el silbato de la señora Hooch?
Peter esbozó una sonrisa maquiavélica.
-Lo ves… -dijo con tono teatral, señalando el silbato-, ¡y ya no lo ves!
De repente, el objeto en cuestión desapareció de las manos de James y volvió a las del castaño en un abrir y cerrar de ojos. Potter alzó las cejas y se volvió hacia Sirius, que en ese momento sufría una especie de ataque de risa.
-¿Se está volviendo cleptómano? –preguntó, señalando al más bajito de los tres.
-No te preocupes, se le pasará enseguida –Sirius cogió un enorme ejemplar de Una Historia de la Magia, que estaba por ahí tirado, y comenzó a llamar al cleptómano como si fuese una animal-. ¡Peter! ¡Peter! ¡Ven aquí, majo, ven! Papá Sirius te va a dar un regalito…
-¿Crees que soy idiota? –se molestó Peter. Pero luego añadió, en plan de broma, fingiendo interés-: ¿Qué clase de regalito?
-¡Uno muy bonito!
Y Black comenzó a perseguirlo con el libro en alto por toda la habitación.
-Estoy rodeado de inútiles… -suspiró James, frotándose la frente, mientras los otros dos chillaban y corrían en torno a él-. ¡A ver, YA BASTA!
Sirius le tiró el libro a Peter, pero éste lo consiguió evitar, y fue a estrellarse contra el reloj de pared, que se tambaleó peligrosamente.
-¿Es que queréis destrozar Hogwarts? –exclamó James, como un padre que riñe a sus hijos.
-Peter, ¿es que quieres destrozar Hogwarts? –repitió Sirius con el mismo tono, volviéndose hacia el aludido.
-¡Yo no soy quién ha empezado, loco psicópata!
-¡Yo no soy quién iba dando saltos como un esquizofrénico!
-Chicos, en serio, por favor, basta ya –suspiró James con desgana.
Se encaminó hacia su cama arrastrando los pies y se desplomó en ella como si fuese un cadáver, exhalando un hondo suspiro.
John acababa de irse hacía apenas unos minutos, de vuelta a casa. Poco después de que Lily se marchara, su padre volvió a reunirse con él, con una expresión algo sombría que hizo comprender al joven Potter que, fuera lo que fuese aquello que habían estado discutiendo Dumbledore y John, no había sido excesivamente agradable. Le preguntó al adulto si se encontraba bien, pero él se limitó a sonreírle y decirle que no se preocupara, interrogándolo inmediatamente sobre sus sueños y preocupaciones. Habían pasado más de dos horas hablando sin parar y James le había contado absolutamente todo. No sólo había conseguido desahogarse de una vez, sino que su padre le había dado ciertos consejos bastante útiles que se proponía seguir. El caso era encontrar la mejor forma de ponerlos en marcha…
Sirius y Peter se miraron, preocupados.
-Eh, James –llamó el moreno de ojos azules, sentándose en el borde de su cama para mirar a su mejor amigo-. Si aún no te encontrabas bien, deberías haberte quedado en la enfermería…
-Sirius tiene razón –murmuró Peter, sentándose junto a Black-. Después de semejante golpe, te mereces un descanso. Yo pensé que Malfoy te había partido la cabeza, tío.
-Nah, no fue para tanto, además, ha sido la propia señora Pomfrey la que me ha echado de allí.
-¿Qué? –chilló Pettigrew, boquiabierto.
-¿La señora Pomfrey? ¿Nuestra Poppy Pomfrey? ¿La misma que te obliga a guardar cama durante tres horas por hacerte un arañazo en el dedo? No me puedo creer que te haya largado de la enfermería, yo pensé que te haría pasar todo el fin de semana allí. De hecho, nos has pillado despiertos porque estábamos planeando una escapadita nocturna para visitarte.
James se encogió de hombros, sin darle importancia.
-Pues no. Al poco de irse mi padre, vino a decirme que, si me encontraba mejor, sería recomendable que volviera a mi propio dormitorio y procurara descansar lo más posible.
-Tenías que haberle dicho que aún te sentías mal –regañó Peter, frunciendo el ceño-. No puede echarte si estás enfermo.
-Estoy bien –repuso James con un gesto, impaciente-. Es sólo que… estoy un poco preocupado.
-¿Por qué? –preguntaron Sirius y Peter a la vez, enarcando las cejas.
-Por varias cosas. Pero no quiero hablar de ello ahora, decidme, ¿qué tal estuvo la fiesta?
-¡Genial! –exclamaron los otros dos, recuperando en el acto el entusiasmo.
-Lo que te has perdido, Jamie, en serio, estuvo alucinante, decoraron toda la sala común, era como si ya hubiésemos ganado la Copa…
-Sí, pero lo mejor fue lo del sillón, ¿verdad, Sirius?
Ambos se miraron y se echaron a reír estruendosamente.
-¿Sillón? –se extrañó James-. ¿Qué sillón?
-Bueno –empezó Peter-, es que, cuando subimos de la cena, todos empezaron a gritar y a hacer el payaso…
-Como tú no estabas, tuve que bajar yo a la cocina a por provisiones para la fiesta –puntualizó Sirius.
-… y, nada más llegar Frank, todos lo agarraron, lo tiraron a uno de los sillones de la sala común y empezaron a echarse encima, como un emparedado colectivo, jajaja…
-Hasta que el sillón se volcó y apareció una banshee.
-¿Una banshee? –repitió James, incrédulo.
-Sí, bueno, era un boggart, ya sabes, aún quedan algunos por ahí. El caso es que, como era Hannah la que estaba más cerca, se convirtió en banshee, que es lo que más la asusta a ella…
-¡Tendrías que haberlo visto! –rió Peter-. Todos chillando como locos, corriendo por todas partes… ¡fue genial!
-Pues no decías eso cuando te escondiste debajo de la mesa –se burló Sirius, pero Pettigrew lo ignoró.
-Luego, Belle se adelantó corriendo y se deshizo del boggart, a ella también se le da genial Defensa Contra las Artes Oscuras…
-De todas formas, la fiesta no duró mucho –continuó Sirius-. Lo típico, llegó McGonagall y nos mandó a dormir, como la buena mami que es…
-Queríamos seguir la fiesta aquí para hacer tiempo hasta que pudiésemos salir a visitarte –añadió Peter-. Les dijimos a las chicas que si se querían quedar, pero al parecer Lily no se encontraba muy bien y decidieron irse a dormir. Luego resultó ser mejor así, porque no habríamos entrado los cinco bajo la capa invisible, sin contar que nos habrías liquidado por enseñársela a ellas…
-Además, tampoco era muy aconsejable que se quedaran, por… -Sirius dirigió una significativa mirada a la cama vacía de Remus.
James se incorporó. ¡Cierto! Hasta entonces no había reparado en su ausencia, estaba tan distraído pensando en sus planes…
-¿Y Remus? –preguntó, extrañado.
-Ya sabes –sonrió Black-, visita mensual. ¿Lo habías olvidado?
-Ahhh, es verdad…
-Remus se trae mucho misterio con lo de su madre, ¿no? –murmuró Peter, con aire reflexivo.
-¡No es tan misterioso como el interrogante que llevas ahí dentro! –lo regañó Sirius, dándole un golpe en la cabeza-. ¿Crees que he olvidado que la última vez casi soltaste todo delante de Lily?
-¡Oye, la culpa no fue mía! –se defendió Peter-. ¡Si os ponéis a hablar en acertijos, no me entero de lo que decís!
-Pero son acertijos hechos para nosotros, y ahí entras tú, cabeza hueca. Vas a necesitar que el maestro Black te de algunas lecciones sobre el arte del disimulo y la discreción, torpe.
Y empezaron otra de sus acostumbradas disputas, mientras James resoplaba y ponía los ojos en blanco, rodando en la cama hasta darles la espalda.
¿Qué estaría haciendo Remus en aquel momento? ¿Dónde se encontraría en realidad? A través de la ventana, la luz de la luna llena se proyectaba en el suelo, como una alfombra plateada… Y, entonces, James tomó su decisión. Haría caso de los consejos de su padre. El partido de quidditch ya había pasado, y no tendría que volver a jugar hasta el próximo trimestre. La Poción Multijugos estaría lista en unos días y ellos tendrían su venganza. Y el tema de esa extraña pesadilla había quedado estancado: había aclarado las cosas con Lily, no se le ocurría qué más podía hacer al respecto, y el propio John lo había dejado de piedra al afirmar que la teoría que le había inventado a la pelirroja no sólo podía ser cierta, sino que además quizá esos dones de vidente no provinieran de uno de ellos, sino de los dos.
De modo que ya sólo quedaba un asunto pendiente: las desapariciones mensuales de Remus. Y estaba completamente decidido a descubrir la verdad. Cuando le comentó sus sospechas a su padre, éste se había tornado meditabundo, como si reflexionara sobre las palabras de su hijo, y después comentó, en un tono bastante enigmático: "Si os oculta algo, será porque tiene motivos. Investiga cuánto quieras, James, pero sólo si estás dispuesto a afrontar la verdad y, sea cuál sea, no permitir que ésta enturbie la visión que tienes de tu amigo". Y allí, tumbado en su cama, recordando las palabras de John y con el jaleo de Sirius y Peter de fondo, James se reafirmó aún más en su determinación. "Muy bien, señor Lupin, prepárese –pensó, con el ceño fruncido y los ojos fijos en la luna llena-. No voy a parar hasta descubrir qué oculta bajo esa cara de niño bueno… Y mañana tendrá que contestarme algunas preguntas".
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Pero Remus no llegó a la mañana siguiente, como era habitual, y tampoco por la tarde. Durante todo el domingo no dio señales de vida, y el lunes por la mañana seguía sin aparecer.
-No le habrá pasado nada malo, ¿verdad? –murmuró Peter a James y a Sirius, en el desayuno.
Los susodichos se dirigieron miradas sombrías.
-No sé… -murmuró James, preocupado-. Quizá le haya ocurrido algo a su madre, o… -se interrumpió.
-O quizá le haya ocurrido algo a él –terminó Sirius en su lugar-. Maldita sea, ¿os imagináis que lo haya atacado algún bicho del bosque prohibido, o algo así? O que tuviera un accidente mientras volvía al castillo y…
-¡Sirius, deja de decir tonterías! –exclamó Sam, que estaba sentada a su lado.
Belle y Lily, ajenas a dicha conversación, levantaron la vista del libro que estaban consultando para terminar su tarea de Herbología y les dirigieron miradas interrogativas. Sam intentó disimular, concentrándose de nuevo en su desayuno, y no volvió a hablar hasta que las otras dos muchachas dejaron de prestar atención.
-Estoy segura de que no le ha pasado nada malo –le dijo a los chicos en susurros-. A lo mejor decidió quedarse a pasar el domingo también… ¿no?
Pero había hablado con más convicción de la que sentía, y sus amigos se dieron cuenta de ello. No volvieron a abrir la boca en todo el desayuno y, cuando salieron del Gran Comedor, los cuatro lucían tales caras de preocupación que levantaron murmullos de sorpresa entre la gente que los conocía, sobre todo Lily y Belle. "Por Zakarum, espero que esté bien –se repetía Sam una y otra vez-. ¡Ese maldito loco! Por favor, que esté bien, por favor…".
Era el día idóneo para tener Pociones con Slytherin a primera hora. Flathery se sentó con Peter en primera fila, y James y Sirius se colocaron detrás, suspirando con desgana. La clase se fue llenando poco a poco de alumnos que se dirigían miradas asesinas, en gran parte por el partido de quidditch del sábado, y el ambiente tenso sólo contribuyó a comprimir el ánimo de los amigos de Lupin aún más.
-Chicos, ¿estáis bien? –preguntó Belle al cuarteto de preocupados rato después, cuando el profesor Fletcher terminó de explicar la lección del día y ellos empezaron a preparar sus pociones-. ¿No sabéis nada de Remus?
Ellos se miraron con cara de funeral.
-Exacto, y eso es lo que nos preocupa, Belle –contestó Sirius con voz cansada, echando varios ingredientes al caldero-. No ha dado señales de vida desde el sábado por la tarde…
Belle y Lily, que se sentaban juntas en la mesa que estaba a la altura de la de Sirius y James, al otro lado del pasillo, se miraron asustadas. Ellas sabían que Remus a veces se marchaba del colegio, pero no sabían por ni para qué, ni a dónde iba. Lupin siempre había sido muy reservado con el tema, más incluso que Hagrid con el asunto de su expulsión, y ellas nunca habían querido incomodarlo insistiendo más de la cuenta, a parte de que sentían que no era asunto suyo inmiscuirse. La mitad de las veces que él se iba, además, ellas ni se daban cuenta, de modo que se había originado bastante secretismo en torno a las desapariciones del casi rubio, secretismo que sus tres amigos se encargaban de mantener todo lo posible.
Pero ese día parecía que todo estaba saliendo mal.
-¿No ha vuelto aún? –inquirió Lily, extrañada-. Pero si hace ya más de un día que…
-¿Se os ha perdido el cadáver andante? –era Evan Rosier quién hablaba, que estaba sentado tras James junto con Snape, utilizando un tono de voz especialmente desagradable, mientras les dirigía una socarrona mirada de ojos entornados, apoyando la cabeza en una de sus manos con aburrimiento-. ¿Qué le ha pasado? ¿Llegó una ráfaga de viento y se lo llevó volando?
Sam saltó en su asiento como si la hubiese mordido una cobra en la pierna, y se volvió hacia los slytherins con una expresión asesina muy similar a la que le dedicó al fetiche en el corredor del primer piso. Sirius se inclinó rápidamente hacia el pasillo, dejando vía libre por si la rubia tenía ganas de lanzarle alguna maldición a alguien.
-Será mejor que cierres tu sucia boca, estúpido –masculló con voz de hielo-, porque, como vuelvas a insultar a Remus, te juro que…
No terminó la frase, porque el profesor Fletcher estaba cerca, pero entornó los ojos amenazadoramente en gesto de advertencia, indicándole a Rosier que, como siguiera metiéndose en terreno peligroso, no llegaría a su próximo cumpleaños. Todos fingieron concentrarse en sus pociones mientras el profesor Fletcher pasaba por su lado y, en cuanto volvió a alejarse, Sam se giró de nuevo.
Pero, inexplicablemente, su mirada se dirigió esta vez hacia Snape, que cortaba con parsimonia unas raíces, alzando una ceja y componiendo una expresión de insufrible suficiencia. El slytherin echó sus raíces al caldero sin hacer el menor caso del penetrante escrutinio de la joven Flathery, y la poción chisporroteó, lanzando al techo del aula una pequeña nube de vapor. Y, a través del translúcido humo, Snape alzó por fin la vista y sus ojos negros se cruzaron con los de Sam, que fruncía el ceño con dureza. En el acto, una sonrisa torcida apareció en los labios del pelo grasiento, que apartó nuevamente la mirada, alcanzando uno de los frascos de ingredientes que tenía sobre la mesa para verter un poco del contenido en su caldero.
-Esto no tiene precio… -entonó en voz ponzoñosa y susurrante, como quién no quiere la cosa, sin mirarla-. ¿Se te ofrece algo, Flathery?
-¿Por qué no lo sueltas de una vez? –masculló ella, con la quijada tensa-. Sé que lo estás deseando, desgraciado… Ten narices por una vez en tu vida y atrévete a insultarme a la cara. A mí y a Remus. No soporto esa cara de niño bueno que pones delante de los profesores sólo para que crean que te has reformado, mientras te inflas a fastidiar por la espalda. Eres tan retorcido que das asco, Snape.
-Ya veo –comentó él, impasible, cogiendo otros frascos y leyendo las etiquetas con el ceño fruncido, hasta encontrar el que le interesaba-. ¿Acaso echas de menos que te insulte, o qué? Quizá sólo quieras tener una excusa para ponerte a chillar como una histérica sin que los demás piensen que te ha dado otro ataque –con un cuentagotas, extrajo una pequeña cantidad de líquido verdoso de uno de sus botes y lo echó en la poción, haciéndola chisporrotear otra vez-. Es genial no empezar una pelea, ¿eh, Flathery? Si actúas en defensa propia quedas como un héroe. Si no, quedas como el despreciable de turno al que le gusta incordiar –tras remover el contenido de su caldero, volvió a dirigirle una rápida y gélida mirada-. No tengo por qué montar una escena aquí sólo porque tú estés frustrada por la desaparición de tu guardaespaldas personal y tengas ganas de camorra.
Rosier, que parecía muy entretenido con la escena, se echó a reír en un murmullo, aún con la cabeza apoyada en su mano, y dirigió una mirada maliciosa a la chica, esperando su reacción. Sam endureció su expresión, apretando los dientes cada vez más.
-Sam –le murmuró Peter, entre asustado y preocupado-, no te alteres, ¿vale? Ese tío no merece la pena, no le hagas caso…
-De todas formas –la voz monótona de Snape se impuso a la de Pettigrew-, sigo alucinando contigo, Flathery. No sé qué demonios te piensas que soy. ¿Tu payaso de feria, con el que puedes discutir siempre que se te alborote el ánimo? ¿O tu saco de boxeo, al que puedes abofetear cuando te salga el gusto y quedarte tan tranquila? –de repente, la voz del moreno se volvió aún más fría, casi amenazante, y la miró con los ojos entornados-. Yo me meteré contigo cuándo y cómo me dé la gana, no cuándo te apetezca a ti. A ver si te crees que soy lo suficientemente estúpido como para volver a meterme en líos con los profesores por tu maldita culpa. Y la próxima vez que te atrevas a hacer siquiera amago de tocarme, te cortaré la mano.
-Me gustaría verte intentándolo –repuso Sam, bajando el tono a un susurro escalofriante-. Te apuesto lo que quieras a que yo sería capaz de cortarte ambas manos antes de que la idea de sacar la varita terminara de ser procesada por tu cerebro.
-Pues no me extrañaría, la verdad, a eso se dedica tu gente, ¿no? –Snape siguió preparando su poción tranquilamente, ahora con evidente desgana, como si se dispusiera a hacerle un favor a la humanidad-. ¿Eso era lo que querías? ¿Arrancarme ese tipo de comentarios? Pues tengo más, tranquila. Ya que tienes tantas ganas, compartiré alguno de ellos contigo, ¿te parece? Me pregunto si esa atracción tuya por la sangre proviene sólo de tu familia o es una característica natural de los suanítas. No me extraña nada que hagas tan buenas migas con tu querido Lupin, no hay más que mirarlo para darse cuenta de que es otro anormal. Bueno, supongo que las aberraciones se atraen, a fin de cuentas. ¿Dónde se ha metido, por cierto? ¿Está chupándole la sangre a algún unicornio en el bosque prohibido?
Sam entornó los ojos con furia. Un repentino estallido resonó en el aula, atrayendo la atención de algunos de los alumnos que estaban más cerca del núcleo de batalla. Uno de los frascos de ingredientes que tenía Snape en su mesa se hizo añicos de golpe, llenándolo todo de un líquido asqueroso.
-No sigas por ahí, Snivellus –gruñó con voz inexpresiva, seca y cortante-, o lo próximo en explotar será tu cabeza.
-Cavas tu propia tumba, Flathery –replicó Snape, que, lejos de asustarse, parecía divertido ante la demostración-. Son precisamente detalles como éstos los que nos dan a nosotros la razón y a ti te graban aún más el cartel de monstruo en la frente. Amenazando a las personas con cosas como cortarles las manos o hacerles estallar la cabeza, no sé cómo luego tienes la desfachatez de ir diciendo que los suanítas sois unos angelitos caídos del cielo.
Sam enrojeció de rabia, pero se mordió la lengua para no replicar nada más, intentando mantener el control. Peter tragó saliva, inquieto, mirando a uno y a otra. James apretó los labios, frunciendo el ceño ante el cariz que estaba tomando la discusión, y Sirius consideró que ya era momento de intervenir.
-Jo, Snivelly, en serio, eres mi héroe –entonó, acodándose en la mesa que había justo detrás de él e inclinándose hacia el slytherin, de modo que lo único que lo separaba de Snape era el humeante caldero de éste último-. Esa habilidad que tienes para planchar a las personas y darles donde más les duele en el momento justo, sin el más mínimo rastro de remordimientos, es absolutamente genial. De verdad que a veces me pregunto si eres humano. Me gustaría que me definieras el concepto que tú tienes de "monstruo"… creo que mi visión del término no coincide mucho con la tuya.
-¿Qué se supone que quieres, Black? –resopló el pelo grasiento, mientras limpiaba los restos del líquido que había manchado su mesa al explotar el recipiente, medio ignorando al gryffindor de ojos azules-. ¿Tú también tienes mono de insultos y echas de menos que me meta contigo?
-No, echo de menos meterme yo contigo –sonrió Sirius, dirigiéndole una mirada zalamera-. Últimamente detestas tanto a Sam y a James que a mí me tienes abandonado, yo también necesito un poco de tu odio, no sabes lo importante que es para mí…
-Cómprate una mascota que te odie y déjame en paz –masculló, fulminando al muchacho con la mirada-. Parece que, cada vez que alguno de vosotros no consigue fastidiar, otro tiene que tomar enseguida el relevo para…
-Hablando de mascotas –cortó Sirius con aire casual, examinándose las uñas de la mano derecha con expresión concentrada-. Hablas mucho de Sam y Remus, pero tú no me pareces menos salvaje que ellos, simplemente te tragas tus instintos. A veces, por supuesto, porque otras nos deleitas con tus impresionantes despliegues de violencia, tanto verbal como física. Pero esa actitud reprimida que llevas la mayor parte del tiempo es signo de algún tipo de trauma, ¿sabes? Deberías liberarte, Snivelly, no sé… sacar al animal que llevas dentro o algo así…
-¿Es que has desayunado cereales caducados hoy? –bufó Snape, mirando a Sirius con una expresión a medio camino entre el asco y la incredulidad-. Todos sabemos que estás grillado, Black, pero quizá deberías empezar a buscar ayuda psicológica en serio…
Sirius encaró a su archienemigo con el ceño fruncido, sosteniéndole la mirada fríamente por un par de segundos, y abrió la boca para replicar. Pero lo único que dijo fue:
-¡Miiiaaauuu…!
James tuvo que ahogar una carcajada, a Sam se le cayeron varias cosas cuando se llevó las manos a la boca para intentar contenerse, y Peter se apresuró a enterrar la cara entre los brazos, intentando disimular la risa, aunque se habría revolcado por el suelo de haber podido. En la mesa de al lado, Belle ocultó la cara tras un libro y Lily hizo como que se agachaba a recoger algo para poder reírse a sus anchas bajo la mesa.
-¿Qué demonios…? –masculló Snape, estupefacto.
Pero Sirius siguió maullando y bufando, imitando con sus manos las zarpas de los gatos. De vez en cuanto, se restregaba contra James, ronroneando, mientras éste tenía cara de estar a punto de ahogarse por las carcajadas contenidas. Luego se volvía de nuevo hacia Snape y empezaba a bufar otra vez, haciendo como que intentaba arañarlo. Iris O'Brain y las demás chicas implicadas en el asunto de la venganza se agitaban de forma exagerada, llorando de la risa y haciendo esfuerzos sobrehumanos por disimularlo, y como ellas los demás miembros de la casa de los leones. Hacía ya tiempo que todos los gryffindors de segundo, y no sólo las niñas, se habían enterado de la bromita que se cocía, literalmente, en el baño del dormitorio de sus compañeras, y de que Sam Flathery pretendía convertir a Severus Snape en gato. Aquella exhibición por parte de Sirius era demasiado para poder soportarlo.
-Te lo advierto, Black… -gruñó Snape, apretando los dientes, su habitual impasibilidad desquebrajándose ante la humillación que implicaba aquel maldito numerito.
Entonces, Sirius empezó a maullar más fuerte, fingiendo que se ahogaba, sacando la lengua, poniéndose bizco y haciendo aspavientos con las manos. James no pudo aguantarlo más y se echó a reír a sus anchas. Sam imitó la táctica de Peter y ocultó la cara entre los brazos para ahogar las carcajadas, y la mitad de la clase (es decir, la mitad que pertenecía a Gryffindor) apenas podía contener la carcajada general. Por suerte, el profesor Fletcher no se enteraba, ya que Michael Goodwin, que siempre se sentaba al fondo del aula con Henry Myers, llevaba un buen rato reteniéndolo con preguntas, ofreciéndose como voluntario para distraerlo mientras durara el espectáculo.
El rostro de Snape iba pasando paulatinamente del color ceniza al rojo intenso, conforme su autocontrol se esfumaba, hasta que terminó explotando.
-¡YA BASTA, BLACK! –rugió, hecho una furia.
Sirius paró en el acto y le dedicó una sonrisita burlona, satisfecho de ver cómo le palpitaba la vena de la sien.
-Deberías relajarte, Severito, el estrés no es bueno para la salud…
-Eres… ¡asquerosamente insoportable!
-Vaya… ¿Te has mirado en un espejo últimamente, o todos se rompen cuando ven aparecer tu cara?
Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. La aguda mirada de Snape captó que Sirius había vuelto a apoyarse en su mesa y, sin pensárselo dos veces, volcó el caldero con violencia contra el brazo derecho del gryffindor, que estaba extendido confiadamente sobre la superficie del pupitre. El grito que soltó Sirius cuando la poción ardiendo le cayó encima, junto con el consecuente chapoteo que originó ésta al verterse en la mesa y chorrear de ahí al suelo, eclipsó en cierto modo el horrible chasquido que provocó su brazo cuando Snape aplastó el caldero con saña intencionada contra la maltratada extremidad. Black dejó escapar un tremendo alarido de dolor, que hizo gritar a más de uno en coro con él, apartándose con tanta brusquedad que tiró más de la mitad de los ingredientes del pelo grasiento al suelo, y a punto estuvo de caerse él también. Varios se levantaron de golpe. El caldero fue a estrellarse contra las baldosas de fría piedra desnuda, retumbando con más fuerza que un gong, añadiendo aún más ruido al repentino alboroto que se había organizado.
-¡AHHH! –bramó Sirius, apretándose el antebrazo contra el pecho en gesto protector-. ¡SERÁ CABRÓN! ¡ME HA ROTO EL BRAZO, EL MUY HIJOPUTA!
Snape palideció, pero no por Sirius, sino por…
-¡BLACK! –el profesor Fletcher, que se había incorporado de un salto ante el jaleo, se acercó a ellos a grandes zancadas, furioso-. ¡Voy a lavarte esa boca con jabón, como vuelvas a…! ¿Pero qué demonios…? –y se quedó boquiabierto al ver la escena.
Sirius se agarraba el brazo derecho con fuerza y, aunque estaba pálido por el dolor y apretaba los dientes, con la frente perlada de sudor a causa del esfuerzo, su rostro sólo reflejaba índices altísimos de odio. Snape se limitaba a mirar al profesor Fletcher con los ojos muy abiertos y expresión tensa, como si previera la que le iba a caer encima por su pequeño desquite. Los amigos de Black estaban congelados ante semejante panorama. Y toda la clase parecía haberse quedado muda, conteniendo la respiración.
-¿Qué… rayos… estabais… haciendo? –masculló el hombre, recalcando cada palabra y pasando sus ojos cristalinos del brazo de Sirius al caldero de Snape, tirado por el suelo junto a ingredientes y frascos rotos.
-¡Profesor, ha sido Snape, se ha puesto histérico de repente y me ha atacado con su puñetero caldero! –exclamó Sirius con énfasis-. ¡Mire, me ha roto el brazo, el muy…!
-¡Eso no es cierto! –se defendió inmediatamente Snape-. ¡Black se ha pasado toda la clase haciendo el imbécil, profesor, y ha terminado volcándome el caldero! Si al caer le ha pillado el brazo en un mal punto y se lo ha roto, la culpa no es mía…
Era una mentira tan obvia, que todos los gryffindors rompieron en gritos de protesta.
-¡Cerdo mentiroso! –soltó George Wakefield con indignación.
-¡Como te pille, te vas a enterar! –voceó a su vez Iris, blandiendo su puño amenazadoramente.
-¡BASTA! –bramó Fletcher, y la clase volvió a quedarse en silencio-. Estoy harto de ustedes dos, ¿saben? Siempre que están cerca, alguien sale herido. ¡Snape y Rosier, hagan el favor de recoger sus cosas y trasladarse a la mesa del fondo! Y en cuanto a usted, Black –Sirius se encogió instintivamente-, traiga aquí el brazo.
Con bastante dolor y esfuerzo, por no mencionar el miedo, el muchacho extendió su brazo roto, y el hombre se lo agarró tan fuerte que estuvo a punto de gritar otra vez. El profesor Fletcher sacó la varita y la agitó en el aire.
-¡Sanatio doloris!
El dolor desapareció en el acto y, aunque el brazo seguía roto, ya no sentía lo más mínimo.
-Gracias, profesor…
-Y, como lo vuelva a ver peleando en mis clases, el dolor de ese brazo no será nada comparado con el del castigo que me encargaré de ponerle, ¿entendido, Black?
Un minuto después, Sirius salía de las mazmorras, camino de la enfermería, agitando el brazo roto, aprovechando que no sentía dolor, y admirando los movimientos imposibles que éste realizaba.
Era bastante interesante pasearse por Hogwarts cuando todo el mundo estaba en clase. A través de las puertas que se iba encontrando en el camino podía oír a los distintos profesores, algunos explicando tranquilamente y otros riñendo a algún alumno. Al pasar ante una puerta desde la que se oía a la profesora McGonagall gritar a un niño de primero, Sirius pensó que tenía mucha suerte. Teniendo en cuenta lo mucho que detestaba Fletcher los disturbios en sus clases, había temido que lo castigara hasta vacaciones de Pascua o le bajara puntos por lo ocurrido. "Pero tampoco lo hizo con Snape –razonó resentido, mientras hacía girar su brazo roto como si fuese un lazo de cowboy-. ¡Y a fin de cuentas ha sido él el que me ha atacado a mí! Ese estúpido pelo grasiento… Siempre se sale con la suya, tengo unas ganas locas de borrarle esa sonrisa torcida de la cara. Veremos si se ríe tanto cuando le demos su merecido".
Cuando llegó a la enfermería, encontró la puerta entornada. Llamó educadamente, pero nadie contestó.
-¿Señora Pomfrey? –murmuró con voz vacilante, asomando la cabeza por la rendija de la puerta.
El despacho de la mujer estaba vacío y un poco desordenado, como si hubiese estado rebuscando por las estanterías y los cajones, y no se hubiese molestado en colocarlo de nuevo después. Sirius entró sigilosamente, mirando a su alrededor. No le importaba esperar a la enfermera, pero su curiosidad le impedía estarse quieto. Le bastó un simple vistazo al lugar para darse cuenta de que la señora Pomfrey debía haber salido apresuradamente de allí. Una taza de té, aún humeante y a medio beber, descansaba sobre el escritorio. "Quizá haya habido alguna emergencia", pensó entusiasmado, imaginando todo tipo de cosas horribles. Sentía cierta atracción por lo catastrófico.
La puerta que daba a la sala con las camas de los enfermos también estaba entreabierta. Se dirigió hacia la entrada sin hacer ruido y echó un rápido vistazo al interior: tampoco parecía haber nadie.
-¿Señora Pomfrey? –repitió.
Una sombra se movió en una de las camas que estaban al fondo, medio oculta tras una especie de biombo. Sin pensárselo demasiado, echó a andar hacia allí casi de puntillas, intentando, inconscientemente, no alterar la quietud del lugar. Pero a medio camino se detuvo en seco, sin saber por qué. De repente acababa de encogérsele el estómago con un mal presentimiento, como si su instinto le aconsejara que no era buena idea acercarse a aquella cama. Y esa impresión se confirmó cuando el fuerte sonido del rasgar de una tela atravesó la enfermería, como una burda imitación de un trueno, seguido casi en el acto por un débil gemido ahogado, cargado de una mezcla de dolor y agotamiento.
Sirius se quedó estático en medio de la sala, indeciso, sin saber qué hacer. Estuvo a punto de darse media vuelta y volver al despacho, pero terminó sacudiendo la cabeza con irritación. ¿Por qué se comportaba de esa forma tan estúpida? No tenía por qué encontrarse con algo raro, seguramente sería la propia enfermera preparando material para matar el tiempo, o cualquier persona con dolor de estómago… Reanudando la marcha con pasos firmes y resueltos, llegó hasta la cama en cuestión y corrió el biombo.
-Señora Pomfrey, yo…
Pero su voz fue ahogada por un grito, que lo sobresaltó de tal manera que terminó gritando él también.
-¡Remus!
En efecto, Remus Lupin estaba ante él, aún más pálido de lo normal, sentado a estilo indio sobre la cama y con una cara de susto que habría resultado muy graciosa en otras circunstancias.
-¡Sirius! Por Merlín, casi me matas del susto. ¿Qué rayos estás haciendo aquí?
-No, ¿qué rayos estás haciendo tú aquí? ¿Cómo se te ocurre desaparecer durante tanto tiempo sin avisar? Nos tenías muy preocupados, yo… -se interrumpió de repente, quedándose de golpe sin voz, y sintió cómo él mismo perdía por completo el color en la cara-. ¿Pero qué…?
Remus tenía un aspecto horrible…
Iba vestido como un muggle, con unos vaqueros muy gastados que estaban prácticamente hechos jirones y una especie de sudadera verde, también desgarrada y con unas manchas oscuras de algo que podría ser sangre. Estaba descalzo, mostrando unos pies destrozados de raspaduras, como si se hubiese ido a correr por el bosque prohibido sin ponerse los zapatos. Se había remangado la sudadera hasta los hombros, y sus delgados brazos desnudos estaban llenos de arañazos profundos como cuchilladas y de marcas extrañas que bien podrían ser mordiscos de algún tipo de animal. También tenía tres arañazos paralelos en la mejilla derecha, que parecían representar una especie de zarpazo. Sus ojos grises, normalmente brillantes y expresivos, estaban ahora opacados por completo y carecían de expresión. A su alrededor había montones de vendas y gasas manchadas de sangre, y Sirius supuso que había interrumpido su tarea de autocuración, ya que tenía una de esas telas apretada contra un brazo, como si se lo estuviera limpiando.
-Por los pelos de las barbas de Merlín… ¿Qué te ha ocurrido? –preguntó Sirius casi sin voz, completamente horrorizado.
Remus evitó su mirada y continuó limpiándose el brazo lentamente, componiendo una intensa expresión de dolor.
-Tuve… tuve un accidente… -contestó con voz temblorosa.
-¿Un accidente? Por favor… ¿Qué clase de accidente? ¿Te diste un revolcón con una arpía?
El herido le dirigió una mirada de reproche, pero no contestó.
-No quiero hablar de ello, Sirius, no estoy de humor…
Black nunca supo si fue por el pésimo humor que traía a causa de su brazo roto. Nunca supo si fue por la tensión acumulada a lo largo de todo el fin de semana, primero por el ataque a James durante el partido y después por la desaparición del casi rubio, o si fue simplemente porque la discusión con Snape había agotado su ya de por sí escasa paciencia. Nunca supo si fue por enfado, por cansancio o por estrés acumulado… pero el caso es que aquellas palabras cortantes por parte de su amigo le sentaron como una patada en la boca del estómago.
-Ah –dejó escapar, frunciendo el ceño, molesto-. Ya veo. No quieres hablar, ¿no? Pues muy bien. ¡Perfecto! No hables, no confíes en nadie, ¡enciérrate en tu concha, como sueles hacer! Pero déjame decirte algo, Remus Lupin: te va a resultar muy difícil explicar esto de forma coherente. ¡Y más te vale ir inventándote ya alguna excusa creíble, porque no creo que esto te lo hayan hecho en tu casa! Creo que eres tú quién tiene problemas, y no tu madre. ¿Qué clase de enfermedad dices que tiene? ¿Exceso de efusividad? ¿Es esto lo que te hace cada vez que te recibe en tus visitas? –con la mano sana señaló las escalofriantes heridas de su compañero-. ¿Tu madre es una persona o un tigre, Remus? O quizá te sueltan a los perros cada vez que llegas, para que te coman vivo, ¿es eso? Por favor, no seas ridículo, ¿quieres?
Y, dándole la espalda, intentó cruzarse de brazos, pero entonces recordó que tenía uno roto y no lo podía mover. No quería enfadarse con Remus, pero James tenía razón, ya estaba harto de esa farsa, y en esos momentos se sentía incapaz de tolerar una sola mentira más. Llevaba dos días preocupado por el casi rubio, preguntándose continuamente si estaría bien o si le habría ocurrido algo. ¿Y ahora le salía con ésas, diciéndole que no tenía ganas de hablar del tema? ¿Quién demonios se creía que era para tirar por la borda de esa manera la sincera preocupación de sus amigos? Sirius no estaba dispuesto a suplicarle que le contara lo sucedido, pero eso debía salir del propio Remus, dado el año y medio de amistad que los unía ya. Al menos podría tener la decencia de no mentirles de forma tan descarada.
-Sirius… ya es bastante difícil sin que vengas a echármelo en cara, ¿no crees? –replicó Lupin con un hilo de voz y, por un segundo, su amigo creyó oírlo sollozar-. No tienes derecho a juzgar… si no sabes cuál es mi situación… Si sólo estás aquí para gritarme, ya puedes irte por donde has venido…
Sirius se volvió hacia Remus justo a tiempo de ver cómo éste se pasaba una mano temblorosa por los ojos. Y llegaron en el acto: remordimientos. Unos remordimientos terribles. Apretó los dientes, intentando aferrarse a su papel de víctima, convenciéndose de que tenía derecho a estar enfadado, de que era Lupin quién los engañaba y mentía… pero no pudo mantener su enfado, y éste se esfumó con la misma rapidez con la que había llegado. Sí, no tenía derecho a juzgar. Remus les había dicho que su madre estaba enferma, pero nunca había especificado qué le ocurría exactamente, y quizá todo fuese mucho más grave de lo que ellos imaginaron en un principio. La sola idea de que esas heridas se las hubiese hecho su propia madre, lo estremeció con un escalofrío. Arrugó la frente al ver así a uno de sus mejores amigos, hecho un auténtico desastre y con una depresión más que evidente, y se mordió el labio inferior, reprendiéndose a sí mismo. "Viva Sirius Black y su gran sutileza", bufó para sí.
-Remus… perdona, en serio, soy un imbécil –murmuró en plan conciliador, sentándose junto a él en la cama-. Es que vengo con mal humor de la clase de Pociones y… bueno, lo descargué contigo, lo siento de veras… ¡Pero es que tanto secretismo ya me raya, entiéndelo, y estoy hasta las narices de que sólo nos cuentes las cosas a medias! Hemos pasado todo el fin de semana preocupados por ti, pensando que quizá te había ocurrido algo grave, y de repente te encuentro en este plan y lo primero que me dices es que no tienes ganas de hablar de ello.
Remus se encogió como un niño asustado, apretando los labios fuertemente mientras su cuerpo se estremecía a causa de los sollozos contenidos. A pesar de mantener la cabeza gacha en todo momento, Sirius pudo ver a través del flequillo castaño claro cómo su amigo contraía violentamente las cejas, con los ojos grises llenos de lágrimas, y, al sorber por la nariz, éstas se derramaron y cruzaron su rostro, yendo a caer sobre la ropa destrozada. Black apretó los dientes, consternado.
-Vamos, no llores… Siento haber sido tan borde, no quería hacerte sentir peor, a veces me parezco más de lo que me gustaría a mi abuela –esbozó una débil sonrisa a modo de disculpa, inclinando el rostro-. ¿No has pensado que tal vez te ayude hablar de ello?
-No es un problema normal –replicó Remus con voz tomada, secándose las lágrimas y sorbiendo por la nariz otra vez-. No se soluciona con hablarlo. Hay cosas que… es preferible olvidar lo antes posible, y ésta es una de ellas. No te ofendas, Sirius, pero sólo podrías entenderlo si estuvieses en la misma situación que yo…
-¡Eh! –exclamó Black. Saltó al suelo y levantó su brazo roto, que colgaba en un ángulo imposible-. Si es por cuestión de dolor físico, yo soy tu paño de lágrimas, Remus. Fíjate, Snape me ha roto el brazo con su caldero hace un rato, y te aseguro que ha sido bastante desagradable. Ya he experimentado el dolor, podemos compartir impresiones. Además, yo ya he encontrado una forma de superar mi trauma. Mira cómo mola –y empezó a hacer girar rápidamente su maltrecha extremidad, provocando horribles chasquidos con cada vuelta.
Remus se lo quedó mirando con la boca abierta, adquiriendo una tonalidad casi verdosa.
-Por Merlín… Deja de hacer eso, que voy a vomitar…
-¡Pero qué dices, si es chulísimo! Estoy por decirle a la señora Pomfrey que me lo deje así, seguro que entonces las chicas dejarían de acosarme, porque les dará asco… Últimamente hay un grupo de tercero que me sigue siempre que voy a los servicios, ¡si serán pederastas, atormentar a un pequeño e inocente niño como yo! Empieza a ser preocupante… ¿Crees que un día de éstos me intentarán violar?
Y por fin consiguió lo que se proponía: Remus sonrió débilmente.
-Seguro, Sirius… Yo en tu lugar me conseguiría escolta…
-Bueno, bueno, tampoco hay que exagerar, no me importa sacrificarme por complacerlas –repuso el moreno, con una pícara sonrisa.
Remus dejó escapar un débil murmullo de risa, negando con la cabeza, pero Sirius notó que sus ojos grises habían recuperado parte del brillo que solían tener. Se acercó al casi rubio y cogió uno de sus brazos destrozados, con sumo cuidado para no hacerle daño.
-Te han dejado hecho un asco, desde luego –murmuró, frunciendo el ceño mientras examinaba las heridas detenidamente-. ¿Quién te ha hecho esto, Remus?
Lupin bajó la vista y sorbió por la nariz una vez más. Sirius notó que todo el cuerpo de su amigo temblaba violentamente, como si estuviese recordando algo horrible.
-Olvídalo, Sirius, de verdad, no merece la pena…
-¿Que no merece la pena? ¡Mírate! ¿Cómo quieres que lo olvide? Fuera lo que fuese, por poco te mata, y… -el joven Black se interrumpió, mordiéndose la lengua para contener la nueva avalancha de reprimendas que acudía a su boca. Respirando hondo, dirigió una directa mirada a su compañero-. ¿Sabes? Si no me lo explicas, sacaré mis propias conclusiones.
-Te doy permiso para que pienses lo que quieras…
-¿Te he dicho alguna vez que tengo una mente muy retorcida?
Remus esbozó una triste sonrisa, bajando la mirada.
-Vamos, Remus… Somos amigos, ¿no? Puedes confiar en mí, y tú lo sabes.
Y el muchacho de lacio cabello castaño claro cerró los ojos lentamente, con cansancio.
Sí… lo sabía. Sabía que Sirius, James y Peter eran sus amigos, y sabía que podía confiar en ellos. Sabía que, si les contaba la verdad, ellos la aceptarían… lo aceptarían a él. Sabía que Sam tenía razón, que sus amigos no lo marginarían, que lo ayudarían a guardar su secreto y lo protegerían. Sabía todo eso, y, aún así, Remus no pudo evitar preguntarse por qué seguía teniendo tanto miedo.
Se llevó una mano a la frente, empezando a sentirse enfermo, aunque no estaba muy seguro de si era por el olor a sangre que llevaba impregnado en todo el cuerpo, o por el conflicto que se desarrollaba en su interior, en busca de la solución correcta. Te va a resultar muy difícil explicar esto…, había dicho Sirius, y tenía razón. Sólo había una explicación posible: la verdad. El rostro de Sam no salía de su cabeza, repitiendo siempre las mismas palabras: Debes contárselo a los chicos, si dejas que saquen sus propias conclusiones será peor… Acababa de pasar una de las peores lunas de los últimos años, el cuerpo entero le palpitaba por el dolor de los huesos y la carne herida, había disparado las alarmas de sus amigos con su ausencia y, de remate, Sirius lo había pillado en la enfermería antes de que le diera tiempo a recomponerse, hecho una piltrafa humana. Era el final de su juego, la farsa había terminado, estaba acorralado y la única salida era dejar de mentir.
Con una determinación típica de las situaciones extremas, en las que la razón suele cederle el control al instinto, frunció el ceño, se volvió hacia Sirius y lo miró a los ojos, decidido. Se lo contaría, debía hacerlo. Debía decírselo a alguien de confianza, a un amigo. Todo esto ya estaba volviéndolo loco. Abrió la boca para hablar, pero…
-¡Remus!
Ambos niños se sobresaltaron y se giraron hacia la puerta. La señora Pomfrey acababa de regresar y avanzaba rápidamente hacia ellos, con un enorme frasco de líquido violeta en las manos.
-Remus, querido, ya traigo la poción, tuve que ir a buscarla a… -se paró en seco al ver a Sirius-. ¡Black! ¿Qué haces aquí, muchacho?
Sirius levantó su brazo, que ya ofrecía un aspecto deplorable, a modo de respuesta.
- He sido víctima de un ataque –dramatizó-. Un desalmado me ha roto el brazo.
Ella dejó escapar un suspiro de desesperación y puso los ojos en blanco.
-Por las barbas de Merlín, chico, ¿qué pasa contigo? Todos vosotros vais a conseguir abonos para venir a la enfermería, ¡os pasáis media vida aquí!
-¡Guay, entrada libre a mi segundo hogar, por fin! Empezaré a venir más a menudo…
La señora Pomfrey dejó el frasco sobre la mesilla y se volvió hacia los dos chicos.
-Enseguida estoy contigo, cariño –le dijo a Remus, y luego se acercó hasta Black-. ¡Dios santo! ¿Pero qué has hecho con este brazo, criatura?
-Yo nada, ya le dije que me lo han roto… Me lo aplastaron con un caldero.
La mujer examinó la pobre extremidad de Sirius entre horrorizada y furiosa.
-El Sanatio doloris, ¿verdad? Debió ser ese loco de Mundungus… ¡tenía que habértelo inmovilizado con el Férula! Oh, por favor… ¿Y tú qué has hecho, dedicarte a bailar la zamba con el brazo así?
-Bueeenooo… -Sirius miró de reojo a Remus, que trataba en vano de ocultar una sonrisa.
-¡Si serás loco!
La enfermera agarró al moreno del brazo sano y lo llevó hasta otra cama cercana.
-¿Qué quiere decir con eso? –exclamó él, asustado, sentándose sobre el colchón-. ¿Es algo malo?
-¡Que no sientas dolor no significa que todo esté perfecto! –lo regañó la señora Pomfrey, sacando la varita-. ¡Te has descolocado todos los huesos del brazo, Black! Y ahora prepárate, porque esto va a dolerte, ¡y mucho! ¡Finite incantatem!
Y lo último que oyó Remus antes de echarse a reír, fueron los gritos desgarradores de Sirius Black.
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-Sirius… ¿puedes explicarme otra vez por qué tienes que llevar el brazo en cabestrillo?
Belle llevaba todo el día así, desde que Sirius volvió de la enfermería a media mañana, con ojos llorosos y más pálido que la leche, hasta ese mismo momento, en el que entraban al Gran Comedor para cenar.
-¡Vete al diablo, Belle! –gruñó Black de mal humor.
Figg se echó a reír y, acercándose a él, lo rodeó con un brazo, estrechándolo con fuerza y dejando boquiabiertos a Peter y Lily, que iban tras ellos. Aquello era todo un acontecimiento. Si había alguien al que Belle jamás abrazaba, ése era Sirius Black.
-Ay, pobrecito, mi niño, que está demente y no sabe lo que hace –se burló la morena, dándole a Sirius unas palmaditas en la cara-. ¿Cómo se te pudo ocurrir hacer semejante cosa con el brazo? ¿No te sonaban sospechosos los chasquidos?
-No me di cuenta, ¿vale? –se defendió el muchacho-. No pensé que fuera tan grave…
-Ése es el problema, Sirius, querido, que tú nunca piensas lo que haces… Pero bueno, no voy a meterme contigo, que estás convaleciente y necesitas mimitos.
Y, para sorpresa de absolutamente todo el mundo, le plantó un sonoro beso en la mejilla. De inmediato, Sirius puso cara de felicidad.
-Mmmm… no me costaría acostumbrarme a esto, ¿sabes? Si llego a saber que te pondrías tan cariñosa, ya me habría roto el brazo yo antes. Puede que, si me das otro, me cure… o tal vez con dos o tres más…
-¡Ja! Vas listo, chaval –rió ella, apartándolo con un leve empujón-. Con ése ya tienes bastante hasta dentro de cuatro o cinco años…
-Muy bien, te lo recordaré entonces…
Peter y Lily rieron ante la escena, divertidos. Sin embargo, había otras dos personas que llevaban un buen rato sin prestar atención a los demás.
-¿Y dices que Sirius lo vio lleno de heridas, como si lo hubiese atacado algún animal? –murmuró Sam, horrorizada.
-Exacto –contestó James, también en susurros-. No te lo dije antes porque estaban Belle y Lily, y… bueno, ya sabes, ellas no tienen ni idea de lo de Remus, y él siempre insiste mucho en que no se enteren. Fuimos a la enfermería para verlo a la hora de comer, pero la señora Pomfrey no nos dejó entrar, dijo que estaba durmiendo y necesitaba mucho descanso. Así que volvimos hace un rato, antes de bajar aquí, pero Remus ya se había ido.
-¿Y no está en la habitación?
James negó con la cabeza, dirigiendo a la rubia una mirada sombría.
-De modo que ha vuelto a desaparecer –murmuró ella, pensativa-. Quizá haya ido a ver al profesor Dumbledore. Después de todo, él es el director del colegio, seguro que quería hablar con Remus para saber qué le ha ocurrido…
-Sí, es posible… Sirius está preocupado porque piensa que a lo mejor la enfermedad de la madre de Remus es más grave de lo que nosotros pensábamos, algún tipo de trastorno que la vuelva violenta y la obligue a atacar a los que tiene cerca. Pero yo no creo que esas heridas se las haya hecho en su casa. ¿Qué crees tú que le ha podido pasar?
-No… no tengo ni idea –contestó Sam, desviando la mirada e intentando mantener la calma-. Seguramente lo haya atacado algún animal durante el trayecto de ida o de vuelta, eso explica que no apareciera ayer. De todas formas, no sabemos en qué zona exacta vive Remus, así que no podemos opinar. Si su casa está en el campo, puede que hayan sido lobos salvajes, o algo así, ¿no?
-Sí –James la miró directamente a los ojos-, lobos… u hombres lobo.
Sam notó que se le cerraba la garganta y empezaban a sudarle las manos. Maldijo para sus adentros. ¿Por qué siempre caía en las trampas de James? Él sacaba un tema cualquiera, como quién no quiere la cosa, y terminaba llevando a su interlocutor al asunto clave que le interesaba tratar. Era un chico demasiado inteligente, no podías hablar con él a la ligera…
-Tú sabes lo que le pasa a Remus, ¿verdad, Sam?
La chica se quedó de piedra.
-¿Qué… qué quieres decir? –tartamudeó, nerviosa-. Yo sé lo que él me ha contado, que su madre está enferma y…
-Sí, el cuento de su madre ya me lo sé yo también –la interrumpió Potter-, y no es por nada, pero eso no se lo cree ni él, Samantha. Porque, si su madre estuviera tan enferma como él dice, no me explico por qué ni tu padre ni el mío le preguntaron por su estado cuando vinieron al colegio. Tu padre conoce a los Lupin. El mío también. Mi padre le preguntó a Belle por su padre en cuanto la vio. Con Remus estuvo hablando un rato y no le hizo ningún comentario. ¿No notas algo extraño en todo eso?
Sam se asustó, agrandando los ojos y quedándose completamente muda de la impresión. Sabía que James no tardaría mucho en empezar a sospechar, pero la meticulosidad con la que estaba analizando ahora el asunto la puso extremadamente nerviosa.
-Puedes callarte si quieres –continuó él, clavando sus ojos castaños en los verdes de la chica, con el ceño fruncido en una expresión seria que muy pocas veces lucía-, pero sé que lo estás encubriendo, y que tú sabes muy bien lo que pasa aquí. No importa, le dices a Remus de mi parte que pienso averiguarlo por mi cuenta si no nos lo dice.
Y, adelantándose, fue a sentarse rápidamente a la mesa de Gryffindor, dejando a su amiga helada tras él. Ninguno de los dos volvió a abrir la boca durante la cena, Sam sumamente preocupada y James sumamente enojado con todo el mundo. Sirius y Peter, por su parte, se esforzaron en todo momento por mantener un ambiente agradable, para que Lily y Belle no se dieran cuenta de que algo grave ocurría.
Cuando la cena terminó, los chicos se apresuraron a volver a su dormitorio, y su búsqueda acabó por fin. Allí estaba Remus, metido ya en su cama, recostado en las almohadas, leyendo un libro enorme. Tenía ambos brazos vendados, pero le habían curado los arañazos de la cara y, aunque seguía algo más pálido de lo normal, tenía mucho mejor aspecto que por la mañana. Lupin levantó la vista al verlos llegar y esbozó una tenue sonrisa.
-¡Eh, el superviviente! –exclamó Peter, y se acercó corriendo para subirse de un salto a la cama de Remus-. ¿Qué ha pasado contigo, tío?
James y Sirius se acercaron también.
-¿Dónde estabas? –preguntó Potter, apoyándose en uno de los postes del dosel, mientras Sirius se sentaba también, al lado de Pettigrew-. Llevamos buscándote todo el día…
-He estado en la enfermería –explicó Remus con voz serena-. Y por la tarde fui a ver al profesor Dumbledore, que quería hablar conmigo.
-Tienes buen aspecto –sonrió Sirius-. Te recuperas rápido, Lupin.
-Tú también tienes buen aspecto, Sirius –bromeó el casi rubio, con una sonrisa-. Al menos, ya has dejado de llorar…
-¡Sirius, ¿lloraste?! –chilló Peter, y estalló en carcajadas-. ¡Esa parte de la historia no nos la habías contado!
-¿Qué te pasó exactamente, Remus? –inquirió James, suspicaz, mientras Sirius estrangulaba a Peter, con gran escándalo por parte de éste.
-Pues… -Lupin evitó su mirada-, no tiene mayor importancia, James, tuve un accidente cuando volvía al castillo, ya sabes…
"Sí, ya sé –pensó Potter, entornando los ojos-, no me lo quieres contar… Muy bien. Nota mental: evita el tema conscientemente".
-Ey, Remus… Remus… -tosió Peter, medio riendo, cuando consiguió soltarse de Sirius-, enséñanos las heridas, anda, el psicópata dice que eran alucinantes…
Black le dio un golpe en la cabeza.
-¡Peter! ¿Qué crees que es esto, un espectáculo?
-No tienen nada de impresionantes –contestó Lupin, risueño-. La señora Pomfrey ya me las curó, sólo me puso las vendas para que hicieran presión y cicatrizasen mejor. No me las puedo quitar aún, así que no puedo enseñarte nada…
"Claro –James entornó los ojos aún más-. Nota mental número dos: no quiere enseñarnos las heridas, para que no descubramos qué animal las provocó. Muy hábil, Lupin". Si hubiese sabido ver detrás de las palabras de Remus, se habría dado cuenta mucho antes de que todo era una farsa. Pero eso ya no importaba, porque estaba decidido a descubrir la verdad.
-Bueno, niños, todos a la cama, vamos, vamos –entonó, dando palmadas como una nana de guardería-. Dejemos dormir al señor Lupin, que necesita descanso…
-Oye, Jamie –suspiró Sirius, en otra de sus magníficas interpretaciones dramáticas-, vas a tener que ayudarme, hermano, con el brazo en cabestrillo no puedo hacer nada… -y dio un largo y profundo suspiro teatral.
-Si pretendes que te vista como a un muñeco, Sirius, espera sentado –bufó James, sacando su pijama-. Que te vista tu madre.
-Mi madre no está aquí –replicó Black, componiendo una mueca.
-Pues le mandas una lechuza pidiéndole que venga –repuso su mejor amigo, encogiéndose de hombros, y de repente se echó a reír-. Ya me imagino la cara de tía Andraia al leer la carta –dibujó una expresión horrorizada, llevándose las manos a la boca e imitando una voz aguda-. ¿Qué? ¿Que alguien ha atacado a mi niño? ¡Oh, Siriusito querido, pobre hijo mío! ¡Qué horror! ¡Qué desgracia!
-¡Eh! ¡Mi madre no es así! –gritó Sirius a la defensiva, mientras Peter y Remus se partían de risa.
-No, tienes razón, sería… -James puso cara de asesino, apretando los dientes, y esta vez imitó una voz ronca y de mal humor-. ¿Qué demonios ha pasado, eh? ¿Que alguien ha atacado a mi hijo con un caldero? ¿Quién es el $&# que se ha atrevido a ponerle la mano encima? ¡¿Es que quieren morir?!
Peter se desplomó sobre la cama, llorando de la risa, y Remus, aunque intentaba contenerse, reía a carcajadas también.
-¡Te la estás buscando, Jamie Pots! –rugió el moreno de ojos azules-. ¿Quieres que empiece yo a meterme con tía Grace?
James se irguió en el acto.
-Perdona, pero MI madre era perfecta.
-Sí, perfectamente psicópata. Una vez me tiró tan fuerte de las orejas, que pensé que me las arrancaba.
-¡No te fastidia! Fue esa vez que intentaste comerte mi pastel de cumpleaños cuando todos estábamos abriendo los regalos, ¡anormal! –cogió una almohada y se la lanzó a la cara-. Deja de decir idioteces ya. ¡Peter! Basta de risas, te vas a mear en la cama de Remus y no creo que a él le haga gracia. ¡Vete a acostar de una vez, señor "me paso la vida durmiendo"!
Peter lo miró con aire inocente, tirado aún en la cama de Lupin.
-¡Pero qué dices! Es muy temprano para acostarse –y señaló el reloj de pared.
-¿Qué? –James se volvió, y comparó la hora que señalaba dicho reloj con la que señalaba el suyo-. ¡Ése está atrasado!
-Se ha debido parar –comentó Sirius sin darle importancia, utilizando la almohada de James para sentarse sobre ella en el suelo.
-Qué raro…
El joven Potter se acercó al reloj y lo examinó de cerca.
-Todo parece normal, no sé por qué… ¡MALDITA SEA!
No pudo terminar la frase, porque, al abrir la puertecilla del péndulo, una enorme espada, como un cuchillo de carnicero de metro y medio de largo, salió volando hacia él. James tuvo el tiempo justo de agacharse, y la espada le pasó rozando, yéndose a clavar en un poste del dosel de la cama de Sirius.
De una manera completamente surrealista, el jinete sin cabeza salió con lentitud del reloj de pared, como si fuese un oscuro y macabro fantasma. Los otros tres se levantaron de un salto, boquiabiertos. Las velas del cuarto parpadearon, algunas terminaron apagándose, dándole a la escena una tétrica iluminación que no ayudaba a mantener la calma.
-¡Tiene que ser otro boggart! –exclamó Sirius-. ¡Como el que apareció en la sala común el sábado! ¡Quítatelo de encima, James!
El susodicho empezó a buscar frenéticamente la varita por su túnica, retrocediendo a la vez que el jinete avanzaba hacia él. El decapitado llegó hasta la espada y la desencajó del poste, volviéndose hacia James como un rayo, justo al mismo tiempo que Potter levantaba la varita.
-¡Riddíkulo!
La espada del jinete se transformó en un enorme muslo de pollo asado y, del hueco donde debería estar la cabeza, empezaron a brotar una especie de enredaderas, con flores grandes como repollos. El decapitado tiró el muslo, furioso, e intentó arrancarse las plantas, pero trastabilló y fue a caer a los pies de Sirius.
-¡No me lo tires a mí! –chilló él, medio histérico-. ¡Sabes que lo que más miedo me da son los…!
El jinete se desvaneció en una nube espesa de humo negro, que pareció adquirir la forma de una gruesa manta incorpórea.
-¡… LETHIFOLDS! –terminó Black, pálido de terror.
Al intentar huir, cayó al suelo y se arrastró hasta chocar de espaldas contra la pared. El lethifold se deslizó por la alfombra hacia él, emitiendo una especie de susurro escalofriante, a una velocidad muy poco tranquilizadora, estirándose como si intentara atraparlo. El muchacho se quedó congelado.
-¡Sirius! –gritó esta vez Remus-. ¡No es un lethifold de verdad, NO ES DE VERDAD! ¡Deshazte de él! ¡Vamos!
Black se tanteó la túnica con su brazo sano, desesperado.
-¡No encuentro la varita!
Pero Remus agarró la suya de la mesilla, se la lanzó y Sirius la cogió al vuelo, justo cuando el lethifold rozaba ya uno de sus pies con sus viscosos pliegues.
-¡Riddíkulo!
Una fuerte corriente de aire formó un remolino con el humo negro, que fue a desvanecerse frente a Lupin. Por un momento, el nuevo boggart brilló en la penumbra como si fuese una estrella. Ante la cara horrorizada de Remus se había formado una esfera plateada, que emitía una luz tan intensa que iluminó toda la habitación. Los demás se quedaron boquiabiertos, pero Remus empezó a temblar como una hoja, más blanco que la leche. Intentó retroceder, pero tropezó con su baúl y cayó de espaldas sobre su cama. La esfera lo seguía en silencio, como una especie de sentencia. Y, de repente, el niño se llevó las manos a la cabeza y comenzó a gritar.
-¡BASTA! ¡Déjame tranquilo!
James reaccionó de golpe, dándose cuenta de que Remus no tenía varita para defenderse. Se acercó en dos zancadas y levantó la suya con decisión.
-¡Riddíkulo!
La esfera estalló en volutas de humo, desapareciendo por completo. Un silencio sepulcral cayó sobre los cuatro amigos. Remus, que temblaba frenéticamente, igual que un flan, bajó arrastrándose de su cama y se abalanzó sobre la puerta con desesperación, apoyándose de espaldas contra ella y alejándose todo lo posible del lugar donde había desaparecido el boggart.
-Yo… yo… -tartamudeó, histérico-, t-t-tengo que salir… S-sólo será un momento… -tanteó a su espalda, buscando el picaporte-. A-ahora vuelvo… n-no tardaré…
Y, sin importarle mucho el hecho de ir descalzo y en pijama, abrió la puerta y salió corriendo como alma que lleva diablo hacia el descansillo, para perderse después escaleras abajo. Sirius y Peter se miraron con la boca abierta, pero James entornó los ojos de nuevo, fijando la mirada en la puerta que había quedado entreabierta. "Nota mental número tres –se dijo, apretando los dientes-: Remus le tiene pánico a… ¿las bolas de cristal? No… no es eso… -bajó la vista. La luz de la luna recortaba su silueta en el oscuro suelo del dormitorio. Empuñó la varita con fuerza-. No es eso…".
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El martes amaneció frío y gris, como si presagiara los acontecimientos que se sucederían a lo largo del día… varios de los cuales marcarían la vida de los siete niños para siempre.
Los ánimos ya estaban por los suelos a la hora del desayuno. Los tres amigos del casi rubio, después de discutir acaloradamente la noche anterior sobre si ir en busca de Remus o dejarlo solo un rato para que se repusiera por su cuenta, habían decidido no volver a comentar el incidente, ni con las chicas ni con el propio Remus, quién se encargó de no volver al dormitorio hasta estar seguro de que los demás dormían, para evitar comprometedoras preguntas sobre lo ocurrido. Sin embargo, James no pudo pegar ojo (para variar) y se pasó toda la noche dando vueltas, preguntándose qué significaba el boggart de su amigo Lupin. Se levantó al amanecer junto con Sirius, que debía ir a la enfermería a primera hora para que la señora Pomfrey le quitara el cabestrillo, y se dirigió a la lechucería. Ya que estaba haciendo de detective, se jugaría su última carta.
Cuando bajaba al Gran Comedor, tras enviar la lechuza, se encontró con Remus, Peter, Belle y Lily en las escaleras del vestíbulo, y se unió a ellos para ir a desayunar. El Gran Comedor era un hervidero aquella mañana, algo que sorprendió a los cinco amigos. Según caminaban hacia la mesa de Gryffindor, James pudo captar algunas frases sueltas:
-Sí, El Profeta de hoy lo cuenta con detalle…
-Ha sido escalofriante…
-La señorita Rosmerta nos puso la piel de gallina cuando nos lo contó…
-¿Qué habrá ocurrido? –le preguntó Lily en un murmullo, preocupada.
-No sé… Pero será mejor que vayamos a enterarnos.
Cuando llegaron a su mesa, encontraron a Arthur Weasley hablando en emocionados susurros con Bill Jordan, y se acercaron a ellos de inmediato.
-Hola, chicos –saludó James-. ¿Qué ha pasado?
Los dos jóvenes los miraron con caras de emoción.
-Hay varios rumores, en realidad –explicó Bill-. ¿Cuál os interesa más?
Los de segundo se miraron sin entender.
-El que sea –contestó Belle, con cara de preocupación-. ¿Ha sido grave?
-No estamos seguros –dijo Arthur-. La gente dice no sé qué sobre El Profeta, pero nosotros no hemos leído el periódico aún, Molly y Mary Ann han ido a enterarse –se inclinó sobre la mesa, bajando el tono de voz y adquiriendo una expresión misteriosa-. Pero sí podemos contaros los rumores que se han extendido por Hogsmeade desde el sábado…
-¿En serio? –exclamó Figg con interés, sentándose frente a ellos-. ¿Qué clase de rumores?
-¿Sabéis cuál es la casa de la colina? –murmuró Bill, dando a su voz un tono siniestro-. ¿Ésa que está un poco apartada, la que construyeron hace unos años? Pues se ha corrido el rumor de que está plagada de los fantasmas más violentos de toda Gran Bretaña…
-¿En serio? –repitió Belle, esta vez a coro con Peter, que también se sentó a escuchar el relato.
-Sí. Desde hace más de un año se oyen ruidos en esa casa, golpes, gritos, gemidos… -Arthur los miró uno a uno para alargar la tensión-. Sobre todo en las noches de luna llena.
-Desde que la construyeron, cegaron las ventanas y las puertas –continuó Bill-, como si supieran que los fantasmas se instalarían allí. Nadie ha entrado en ella jamás.
-Pero lo más escalofriante –añadió Arthur-, es lo que nos contó ayer la señorita Rosmerta, la camarera de Las Tres Escobas.
-Este fin de semana había salida a Hogsmeade, pero a los de séptimo nos dieron permiso para ir también ayer, después de las clases de la tarde, porque teníamos que comprar material especial para Pociones que Fletcher nos había encargado por la mañana –explicó Bill-. Y, cuando llegamos a Las Tres Escobas, la señorita Rosmerta nos contó que el sábado por la noche fue horrible.
-Según parece, los gritos y gemidos fueron más fuertes que nunca, como si estuviesen matando a alguien. Debían de oírse por todo el pueblo, la señorita Rosmerta dijo que no pudo dormir en toda la noche del miedo que tenía…
-Y en el pueblo ya empiezan a llamarla La Casa de los Gritos –concluyó Bill-, porque todos los meses, con luna llena, los fantasmas se montan unas juergas impresionantes.
Los oyentes se habían quedado con la boca abierta.
-No fastidies… -silbó Belle, impresionada-. ¡Cuéntanos más!
-Y-yo… c-creo que me voy a desayunar –tartamudeó Remus. De nuevo estaba pálido como la tiza-. Me muero de hambre… ¿Os venís?
-Yo sí –contestaron James y Lily al mismo tiempo.
-Yo me quedo –corearon también Belle y Peter.
Y ellos tres se separaron de Figg y Pettigrew, que se quedaron con los dos gryffindors de séptimo para oír más historias sobre la Casa de los Gritos.
Un poco más lejos de allí, y sentados también a la mesa de Gryffindor, frente a frente, estaban Sam y Sirius. Ambos se inclinaban sobre el periódico, el segundo con una pluma en la mano. Ya lucía el brazo derecho completamente normal.
-Ésta es muy fácil –sonreía Sirius-. Fíjate: "Araña gigante, originaria de las selvas de Borneo". A-c-r-o-m-á-n-t-u-l-a… -murmuró lentamente, mientras escribía.
-¿Y qué dice de éste?
-¿El 1 horizontal? Espera… Ah, sí: "Infusión resultante de la mezcla de asfódelo y ajenjo". Termina con la "a" de Acromántula…
Sam torció la cabeza para poder leerlo al revés.
-¡Pero Sirius, si lo estudiamos el año pasado! –señaló la fila de casillas en blanco-. Filtro-de-muerte-en-vida, todo junto.
-¡Ah, claro, ya decía yo que me sonaba! Qué listo soy, muajajaja…
-Mmmfm…
-¿Qué hacéis? –preguntó James al llegar junto a ellos, sentándose al lado de Sirius. Lily se sentó junto a James.
-Matar el tiempo –contestó Black, sin levantar la vista.
-¡Eh! ¿Ése es el periódico de hoy?
-No, es el de ayer, el de hoy aún no me llega… ¿por?
-Porque, según parece, ha pasado algo importante –contestó Remus, que había ido a sentarse con Sam.
La rubia le cogió la mano a Lupin disimuladamente y murmuró algo que James no alcanzó a oír, a lo que Remus contestó asintiendo con la cabeza.
-Ah, qué bien –murmuró Sirius, distraído-. Qué cosas pasan, ¿verdad? Sam, ¿antigua sociedad de mujeres guerrero? Empieza por "a" también.
-Amazonas –contestó ella, sonriendo.
-Amazonas… -escribió Sirius.
-No me lo puedo creer –exclamó Lily-. Todos están preocupados, ¿no te importa lo que pase por el mundo, Sirius?
-Pues la verdad es que no. Mi padre trabaja en el Ministerio, te lo recuerdo, tengo sobredosis de mundo. Sólo me suscribí a El Profeta por los crucigramas, ¡fíjate! –levantó el periódico-. ¡Dos hojas enteras! Esto culturiza, ¿lo sabías?
-Sí, sobre todo si el crucigrama te lo hace Sam –rió James.
-Menos mal que por fin hicieron caso a mis peticiones –murmuró Sirius, ignorando por completo a su mejor amigo-. Una hoja sólo era poquísimo.
-¿Escribiste a El Profeta para pedir que ampliaran la sección de crucigramas? –exclamó Remus, incrédulo.
-Sí, más de mil veces. Ahora sí que merece la pena comprar el periódico…
-¡Este chico es surrealista! –rió Lily, señalando a Sirius.
-Pues te apuesto lo que quieras a que ampliaron la sección sólo para que los dejara en paz –añadió James, y los cuatro se echaron a reír mientras Black no les hacía ni caso.
Se produjo un repentino revuelo en el Gran Comedor: llegaban las lechuzas con el correo matutino.
-¡Hola, Ween, cariño! –exclamó Sirius, cuando sintió cómo su lechuza se le posaba en el hombro-. ¿Me traes El Profeta? Eres un encanto, querida –le dio un trozo de su tostada a medio comer-. A ver, Ween, una prueba intelectual: "Criatura mágica de la que se obtienen los hilos para tejer capas invisibles" –Ween ululó con aire seguro-. Sí, eso mismo pensaba yo.
Sam rió de nuevo.
-¿Me dejas El Profeta de hoy, Siriusito querido? –entonó James con voz melosa.
-Por supuesto, Jamie, mi amor –contestó Black, y se lo tiró a la cara.
Sin embargo, las risas cesaron en el acto al ver la primera plana de El Profeta.
-¡Dios mío! –exclamó Lily, horrorizada, llevándose una mano a la boca, mientras James abría los ojos al doble y agarraba con fuerza el periódico.
Remus y Sam se irguieron, con caras de preocupación. Sirius levantó la vista de los crucigramas.
-¿Qué pasa?
James los miró a todos y tragó saliva. Se había puesto pálido. Lily no podía apartar los ojos impresionados del artículo, mirando por encima del hombro de James. Los otros tres estallaron de impaciencia.
-¡James! –bramó Sirius, incorporándose y olvidándose por completo de lo que hacía, ya que empezaba a preocuparse también-. ¿Qué rayos ha pasado?
El joven Potter volvió a tragar saliva y, carraspeando, empezó a leer en voz alta y ligeramente temblorosa el artículo, con fecha del 24 de febrero de 1970:
HORRIBLE ATENTADO EN EL CORAZÓN DE LONDRES
Ayer, entre la media noche del día 23 y la madrugada del día 24, se produjo en Londres uno de los atentados más horribles registrados en los últimos años, que terminó con la vida de siete Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales y de veinte muggles inocentes, por no contar los numerosos heridos, tanto de la comunidad mágica como de la muggle. El atentado, que tuvo lugar en Westminster y contó con una magnitud destructiva nunca vista, fue perpetrado por un numeroso grupo de magos oscuros que portaban máscaras para ocultar sus rostros. Dichos magos, que, según nuestras fuentes en el Ministerio, se hacen llamar a sí mismos mortífagos, atacaron en la zona de Covent Garden, haciendo cundir el pánico entre la comunidad no mágica.
El incidente se agravó ante el hecho de que anoche se inauguraba el festival muggle que se celebra en Covent Garden todos los años, en Martes de Carnaval, y los distintos preparativos y espectáculos previos habían originado una gran concentración de gente en las calles para disfrutar en familia del ambiente festivo. Éste ha sido, según el Ministerio, el motivo detonante, porque sin duda el atentado iba dirigido a los numerosos muggles que tomaban anoche las calles de toda esta zona de Westminster. El ataque se inició hacia las 11:30 de la noche en plena plaza central, con una serie de explosiones que afectaron a una gran cantidad de viviendas y comercios, en especial, al Mercado de Covent Garden. La ola se extendió después, afectando primero a edificios tan emblemáticos como la Royal Opera House y la iglesia de St. Paul, originando después especiales desperfectos en la estación de metro de Covent Garden, cuando el frente de batalla se trasladó hacia Long Acre, habiendo cerrado los aurores el paso de los mortífagos por el sur en Strand.
La lucha terminó tras una truculenta batalla en plena avenida, llevándose la vida de veintisiete personas, cuando el que parecía ser el líder de los mortífagos, el único mago tenebroso que llevaba el rostro descubierto, levantó la varita e invocó una señal luminosa en el cielo. Dicha señal, que ya fue bautizada con el nombre de La Marca Tenebrosa, representa una calavera humana con una lengua en forma de serpiente que le sale por la boca, y ya ha sido vista con anterioridad en distintos incidentes aislados que han tenido lugar desde el comienzo de este año. Tras la aparición de la Marca Tenebrosa, todos los mortífagos se desaparecieron instantáneamente, sin que diera tiempo a reducir a ninguno de ellos.
El director del Departamento de Seguridad Mágica, John Kenneth Potter, asegura que: "No nos enfrentamos a un grupo cualquiera de psicópatas con ganas de llamar la atención. Son como una comunidad, siempre van en masa y en formación, igual que un ejército. Están muy bien preparados y son extremadamente peligrosos y sanguinarios. Ya hemos tenido enfrentamientos con ellos en lo que va de año, y algo que puedo asegurar es que, a pesar de ser muy poderosos individualmente hablando, siempre siguen las órdenes de su líder o maestro, un brujo que se hace llamar lord Voldemort. No he visto ser más cruel ni malvado en toda mi vida, estos atentados son obra de una mente enferma sedienta de sangre. Mi última intención es que cunda el pánico, pero quiero dejar muy claro que, como no consigamos reducir a estos magos antes de que crezca su poder, se avecinan tiempos muy oscuros".
Las declaraciones de John Potter han sido recibidas con terror entre la comunidad mágica, que teme que este tipo de atentados no cesen. El recién nombrado subsecretario del Departamento de Catástrofes en el Mundo Mágico, Cornelius Fudge, también fue de los primeros en personarse anoche en el lugar de los hechos, pero no quiso hacer comentarios al respecto. Este atentado, considerado el más sanguinario y destructivo que los mortífagos han cometido hasta la fecha, ha puesto de cabeza al Ministerio entero, que a parte de tener que ocuparse de todas las consecuencias que ha provocado en el mundo muggle, debe calmar la histeria que se ha apoderado de todos los magos y brujas que temen por la seguridad de sus familias y de sus propias vidas.
James levantó la vista, tenso, para ver cómo sus amigos habían agrandado los ojos, impactados. Sirius tenía la boca abierta y Sam sufría una especie de tic en la mano. Él se volvió para mirar a Lily y, en los aterrorizados ojos verdes de la niña, pudo ver exactamente lo que ésta estaba pensando.
-Desde principios de año –murmuró, con un hilo de voz, de modo que sólo Potter pudo oírla-. Desde principios de año… Te dije que tenía un mal presentimiento, James…
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El atentado en Londres y la aparición oficial del tal lord Voldemort estuvieron en boca de todos el día entero, tanto es así que para los profesores fue casi una misión imposible dar clase. Con frecuencia se veía al profesor Fletcher gritando a algún alumno por estar distraído, o a la profesora McGonagall desesperada por la falta de atención. Sin embargo, no todos le daban al hecho tanta importancia.
-No son más que unos cuantos locos que no tienen nada mejor que hacer –decía Mary Ann Jordan, más enfadada que inquieta.
-No te preocupes –le dijo Bill a James a la hora de la comida, cogiéndolo del hombro y dirigiéndole una sonrisa tranquilizadora-. Hay magos muy grandes y cualificados en el Ministerio. Reducirán a esos tipos antes de las vacaciones de verano, ya lo verás.
A James le alegraba que lo vieran de esa forma, y no sólo por la preocupación que tenía por la seguridad de su padre, que estaba metido de lleno en el asunto, sino porque no podía distraerse con nada: aún estaba en plena operación "descubrir a Remus".
De modo que decidió dejar de lado el asunto de esos mortífagos y, cuando terminaron las clases de la tarde y todos aprovechaban el tiempo libre antes de la cena, se dio cuenta de que muchos habían acabado haciendo lo mismo que él.
-¡No puedo con esto, James, es muy complicado!
-Lily, no te me pongas tonta, ¿entendido? La semana pasada conseguiste transformar una pluma en una horquilla, es hora de que empecemos con cosas más grandes. No querrás suspender otra vez, ¿verdad?
-No…
-¡Pues ponte a ello!
James se cruzó de brazos y miró ceñudo a la pelirroja. Ambos estaban solos, ocupando una de las mesas de la sala común, en una de las clases particulares que el joven Potter le impartía a Lily para ayudarla a subir su nota en Transformaciones. Belle y Sam estaban en la biblioteca terminando un trabajo para Historia de la Magia, junto con Irene Thornton y Sarah Kennedy, y Peter, que acababa de llegar junto con George Wakefield de hablar con la jefa en su despacho por un incidente lamentable que había ocurrido aquella mañana en clase, estaba de espectador en una partida de ajedrez mágico entre Remus y Sirius, los tres tirados en el suelo, frente a la chimenea.
-Lily, va a llegar la hora de cenar y…
-¡Ya voy, no me presiones, ¿vale?!
Evans respiró hondo y fijó la vista en una rata de peluche que tenía delante, frunciendo el entrecejo. Levantó la varita y la agitó con energía. Nada ocurrió. Torció la boca en una mueca y lo volvió a intentar. La cabeza de la rata se convirtió en un pastelito de chocolate y Lily hizo como que se echaba a llorar, tirando la varita con frustración y hundiendo la cara entre las manos. James dejó escapar un largo suspiro y, sacando su varita, le devolvió a la rata su aspecto original.
-Vamos, ¡puedes hacerlo!
-No me concentro… -gimoteó ella, sin apartarse las manos de la cara.
James se levantó enfadado y dio un golpe en la mesa, rodeándola para ir a sentarse junto a su alumna. Ella lo miró asustada, tapándose la boca con las manos, como si temiera que él se la fuera a comer. Pero James le agarró la mano derecha, le puso en ella la varita y señaló a la rata.
-¡No me digas que no te concentras y concéntrate! –chilló, y media sala común se lo quedó mirando.
-¡James, eres muy duro con ella! –rió Sirius, mientras daba jaque mate a Remus.
Potter lo ignoró.
-Escúchame, Lilian Evans –masculló muy serio-, hace ya dos meses que te doy clases y he visto que has progresado mucho, ¡puedes hacerlo! Además, ¡mira esta cosa! ¡Es una rata de peluche! Y encima tiene cara de perdedora, ¿crees que este bicho quiere seguir siendo un simple trapo toda su vida? ¿No lo oyes? Está diciendo: "Lily, transfórmame en una zapatilla, transfórmame…".
Aunque la mayoría de los presentes se estaban partiendo de risa, la pelirroja se lo tomó muy en serio. Empuñó la varita, se arremangó la túnica con decisión y apuntó a la rata. En el acto, ésta se transformó en una enorme rosquilla. Lily estalló de cólera.
-¡TRANSFÓRMATE, BICHO ESTÚPIDO! –rugió mientras agitaba la varita una y otra vez.
La rata pasó por distintos tipos de aperitivos y pasteles antes de recuperar su forma, pero con una leve variación: ahora lucía una careta de payaso y tenía la cola rizada como un muelle.
-¿TE ESTÁS RIENDO DE MÍ, MALDITA? –chilló Evans, histérica, y, en un arranque de rabia, le clavó su varita al peluche, que se incendió en el acto.
-Lily… -suspiró James, dándose por vencido-, vamos a tener que suavizar ese genio tuyo –pero dejó de hablar al ver que la niña le arrancaba la cabeza a la rata de un mordisco.
-¡ODIO LAS RATAS! –vociferó, arrojando al bicho decapitado a la chimenea y tirando la cabeza al otro lado de la sala común. Cuando se volvió hacia James, vio que éste la miraba enarcando una ceja y con los ojos entornados-. ¿QUÉ? Lo he intentado, ¿no? Ya has visto cómo se rebelaba contra mí, ¡estaba poseída!
-A veces me pregunto quién está poseído aquí exactamente…
Ella no tuvo tiempo de contestar, porque se abrió el retrato y aparecieron Belle y Sam que, además de sus libros, llevaban cerca de una veintena de pergaminos atados con cintas escarlata.
-¡Los de segundo curso, por favor! –exclamó Belle, levantando los pergaminos-. ¡Todos los de segundo curso de Gryffindor, traemos las matrículas para las nuevas asignaturas del año que viene!
Las dos repartieron los pergaminos entre los pocos de segundo que estaban en la sala común, y Belle se guardó los que sobraron para dárselos después a los que faltaban. A los pocos minutos, el grupo entero se reunía en la mesa de Lily y James.
-Vamos a ver… -entonó Sirius entusiasmado, estirándose y agarrando la pluma con aire solemne-. Mínimo dos y máximo tres: Aritmancia, Cuidado de Criaturas Mágicas, Adivinación, Estudio de las Runas Antiguas, Estudios Muggles…
-Adivinación –dijo James con tono seguro, y la marcó con una cruz-. Dicen que es la mayor tontería del mundo y apruebas con caerle bien a la profesora y hacer como que ves cosas extrañas…
Sirius, Remus, Peter y Lily también se apuntaron en Adivinación.
-Adivinación es un fraude –gruñó Sam, molesta-. ¿Me estáis oyendo? Os digo que Adivinación es un fraude.
-Por eso mismo, Sam, querida –sonrió Sirius pícaramente-. Las asignaturas fraudulentas son las fáciles de aprobar…
-¡No tenéis remedio! Yo no pienso apuntarme en Adivinación.
-Creía que en Santuario le dabais mucha importancia a todo eso de ver el futuro –entonó Remus, mirándola con una sonrisa.
-Sí, pero allí no lo estudia el que le da la gana –se indignó ella-. Hay hechiceras que nacen con ese don, son los llamados Oráculos, y sólo hay una de ellas en cada orden, cada generación nace una nueva. Son mujeres que tienen premoniciones reales, no como esa adivina de pacotilla que es Trelawney. Frank me ha hablado de ella, dice que la han contratado este curso para sustituir a la anterior, que era pésima, pero que ésta es casi peor, así que no pienso asistir a sus clases –se irguió con orgullo-. Sería un sacrilegio para los Oráculos de mi tierra…
-Pues yo pienso lo mismo que Sam –apoyó Belle-. Adivinación me parece una patraña, McGonagall siempre lo anda diciendo. Tampoco me apunto. ¿Lily?
La pelirroja miró indecisa a unos y otras.
-Lo siento, chicas, pero me quedo en Adivinación. Sirius tiene razón, y la verdad es que no me vendrá mal alguna asignatura floja para poder dedicarme más a otras…
-No te preocupes, tú eliges lo que quieras. Vamos a ver… ¿Qué tal está Aritmancia? –Sam levantó la vista-. ¿Qué opináis?
-Aritmancia está genial, pero requiere mucho trabajo –contestó Sirius, balanceándose sobre las patas traseras de su silla e intentando apartarse el flequillo de los ojos azules resoplando-. Mucho jaleo de números, mucho cálculo matemático… Mi madre me obligó a estudiarla de pequeño y creo que me traumatizó.
-A ti te han traumatizado tantas cosas… -dejó escapar James, llevándose un codazo de su mejor amigo.
-¡Sirius, tú lo que eres es un vago!
-A mí me encanta Aritmancia –terció Belle-. Sam, yo te ayudo en ésa si tu me echas una mano con Runas Antiguas, ¿vale? Es que me interesa mucho, pero dicen que es muy dura…
-Por supuesto, Belle, no hay problema.
Sam se apuntó en Aritmancia y Belle en Estudio de las Runas Antiguas, mientras Peter comentaba:
-Podríamos coger alguna en la que estemos los siete juntos, ¿no?
Todos se miraron entre sí.
-Cuidado de Criaturas Mágicas –respondieron a coro, y la marcaron con una cruz.
-Aún podemos coger otra –murmuró James, pensativo.
-¿Qué tal Estudios Muggles? –sugirió Remus-. Creo que ésa nos vendría bien.
-Sí, tienes razón…
-Oye, yo soy hija de muggles –protestó Lily-. No voy a cogerme ésa, sería una estupidez.
-Pues quédate sólo con dos –repuso Sirius, encogiéndose de hombros y marcando la casilla de Estudios Muggles.
-¿Y si me cojo Aritmancia? –murmuró Evans, no muy convencida.
-Creo que Aritmancia no es compatible con Adivinación –repuso Sam, examinando la hoja de la matrícula.
-¿Y Estudio de las Runas Antiguas?
-Tampoco.
-Mira, Lily, si lo que te da palo es quedarte sólo con dos –James le quitó el pergamino de las manos-, apúntate en ésta –dibujó un nuevo casillero y escribió a toda prisa-: "Refuerzo de Transformaciones". Profesor: James Potter. Material necesario: una rata de peluche nueva, ya que la anterior acaba de ser incendiada, decapitada y arrojada a la chimenea…
-¡JAMES! –rugió la niña, abalanzándose sobre él, al tiempo que Potter huía corriendo y los demás estallaban en carcajadas-. ¡Trae aquí mi matrícula! ¡Y borra eso, o lo que le he hecho a la rata no será nada comparado con lo que te voy a hacer a ti!
La persecución se prolongó varios minutos por la sala común, y a su paso fueron tirando libros y pergaminos de gente que intentaba estudiar, o sillas que caían al suelo con gran estrépito. Muchos dejaron lo que hacían para no perderse el espectáculo, y llegaron a formar un ruidoso corrillo en torno a los combatientes, animando a uno o a otra a voz en grito, montando un escándalo considerable, como si estuvieran reviviendo un partido de quidditch.
-¡Huye por el retrato, Jamie! –voceó en un momento determinado Sirius, al que le entusiasmaban las peleas Evans vs. Potter, mientras los demás no paraban de reír.
James no se lo pensó dos veces y echó a correr hacia el retrato, pero tuvo que parar en seco para no chocarse con Alice Greenwood, que estaba entrando en ese instante, de modo que Lily se estrelló contra él. Alice miró el panorama divertida y luego se volvió hacia la mesa donde estaban sentados los demás miembros del grupo.
-¡Remus Lupin! –llamó.
-Aquí estoy –contestó el casi rubio, levantándose y acercándose a ella con cara de extrañeza-. ¿Qué pasa?
-La señora Pomfrey dice que bajes a la enfermería –contestó Alice-. Es sobre "lo que tú ya sabes", o algo así. Quiere hablar contigo.
Y, dándole unas palmaditas en el hombro, se alejó, dejando a Remus atónito.
-Debe de ser por lo de las vendas –explicó Lupin a James, al darse cuenta de que éste lo miraba fijamente-. Quizá me las vaya a quitar ya…
Remus salió por el retrato rápidamente, y James se volvió hacia Sirius. Ambos intercambiaron una mirada sombría con el entrecejo fruncido. Sirius era el único al que James había hablado sobre sus sospechas y los planes que tenía, de modo que (una vez más, y como siempre) los dos eran cómplices en aquella operación. Black asintió con la cabeza y James le devolvió el gesto.
-Disculpa, Lily –murmuró completamente serio, y le pasó su matrícula a la pelirroja, que se había quedado con la boca entreabierta-. Tengo que ir a la biblioteca un momento…
Y, dejando a todos estupefactos, salió también por el retrato con rapidez.
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Como dice el refrán, las desgracias nunca vienen solas. Y, como decía Remus, cuando las cosas empiezan mal… terminan peor. Era como si todo se hubiese rebelado en su contra y lo estuviese castigando por haber ocultado la verdad a sus amigos durante tanto tiempo.
Sabía que la señora Pomfrey estaba preocupada por él y entendía su reacción (lo ocurrido el sábado había sido una auténtica barbaridad) pero… ¿era necesario que enviara a Alice a buscarlo con el mensaje "lo que tú ya sabes", delante de todos sus amigos? James lo había mirado con una cara de desconfianza que Remus no le había visto jamás, y no era para menos. Tras la estúpida explicación, si es que se le podía llamar así, que les había dado a los chicos después de que Sirius lo encontrase hecho una mierda en la enfermería, ellos parecían estar mucho más suspicaces que antes.
"Es lo que me faltaba –pensó Remus, deprimido-. Primero, Sirius se tiene que ir a romper el brazo justamente ayer, AYER, cuando acababa de volver y… Y luego ese maldito boggart, que se me transformó en luna en la cara. ¡Maldita sea! Después de lo de esta tarde, van a retirarme la palabra si no les cuento la verdad…".
Quizá lo peor fuera que, al llegar a la enfermería, no sólo se encontró con la señora Pomfrey, sino también con Fiona Crockford. Fue una situación bastante embarazosa, no por nada en especial, sino simplemente porque a Remus le gustaba seguir creyendo que su secreto aún no era un secreto a voces. La señora Pomfrey le explicó que había llamado a la profesora Crockford porque estaba preocupada por lo ocurrido el sábado y quería comentarlo con ella. Por supuesto, y como ya sospechaba Lupin, la mujer de pelo color zanahoria lo sabía todo desde primer curso. Ésa fue la primera vez que el casi rubio habló con ella del tema abiertamente, y en el fondo eso le hizo sentirse mejor.
La profesora Crockford, en cierto modo, le recordaba a su madre. Era una mujer muy extrovertida y comprensiva, y era más que evidente que siempre había sentido cierta debilidad por Remus. Así que, de repente, el susodicho se encontró contándole a aquella mujer toda su historia y cómo los chicos empezaban a sospechar cada vez más. El consejo de Fiona fue exactamente el mismo que el de Sam: Diles la verdad cuanto antes.
"Como si fuera tan fácil", resopló él. Supuestamente, lo ocurrido el sábado no era normal, de modo que lo sometieron a tantas pruebas y examinaron hasta tal punto sus heridas, para comprobar que habían cicatrizado correctamente, que, cuando por fin se pudo marchar, ya se había pasado la hora de la cena y todos volvían a sus respectivas casas para irse a acostar.
Remus no estaba seguro de cómo consiguió volver a la Torre de Gryffindor. Iba por los corredores como sonámbulo, esquivando a la gente con la que se cruzaba, sumido en sus pensamientos sobre todo lo que había ocurrido en los últimos días. "No voy a salir de ésta –pensó, desesperado-. Se acabó, me van a descubrir. Tenía que habérselo dicho a Sirius ayer, pero apareció la señora Pomfrey y… ¡y por la noche me volvió a entrar el pánico! Sam tiene razón, sospechan muchísimo, se les nota en la cara. Ya sólo me queda esperar a que lo descubran… y se enfadarán aún más si no se lo cuento".
Cuando llegó a su habitación, abrió la puerta con desgana. Peter estaba sentado a los pies de su cama a estilo indio, intentando levantar un castillo con los naipes explosivos sobre el baúl. Y Sirius estaba tumbado en la cama de Remus, recostado en las almohadas y ocultando el rostro tras un libro enorme. De James no había ni rastro.
-Ohhh… ¿Ya has vuelto? –dijo la voz de Sirius desde detrás del libro, con un tono glacial que dejó a Remus atónito.
-Sí… -contestó, algo aturdido-. La señora Pomfrey quería ver cómo iban mis heridas, ya me quitó las vendas, por eso me mandó llamar…
-Claro, claro…
Por un segundo, se hizo un silencio bastante tenso en el cuarto. Peter había levantado la vista de sus naipes, abriendo la boca para saludar al recién llegado, pero las palabras se habían quedado a medio camino de su garganta ante la reacción de Black, al que ahora miraba con las cejas enarcadas. Remus se sintió aún más incómodo de lo que había esperado.
-Sirius, ¿qué haces en mi cama?
-La razón principal es que estaba jugando con Peter a snap explosivo hasta hace unos minutos, pero ya me cansé de ganarle y, como no tenía ganas de moverme, me quedé leyendo aquí –contestó Sirius, aún más fríamente.
-Vaya… Al final va a tener razón Sam, resultarás ser un vago –entonó Lupin, intentando bromear. Se le hacía muy raro ver al dicharachero moreno en esa actitud tan seca.
-Pse…
Remus miró a Pettigrew enarcando las cejas en expresión interrogante y éste se encogió de hombros, como diciendo que no entendía lo que le sucedía a Black.
-Sirius, ¿estás bien? –inquirió el casi rubio, preocupado.
-¿Yo? Por supuesto, me encuentro perfectamente, gracias –el tono de voz que usó el muchacho fue tan cortante que a Remus le dolió, casi como un golpe físico. ¿Qué estaba pasando allí?
-¿Dónde está James? –preguntó de nuevo Remus, mirando a su alrededor.
-Tuvo que salir a hacer unas cosas… Ah, por cierto, se me olvidaba –Sirius levantó una mano, sin dejar de ocultar su rostro tras el libro, y señaló vagamente hacia los pies de la cama-. Hace unos cinco minutos vino Sam. Quería hablar contigo, pero como no estabas te dejó una nota. Sellada, por cierto.
"Estupendo –renegó Lupin, apretando los dientes-, es el momento perfecto para Sam y sus oportunas notitas selladas". Cogió la nota, que no era más que un trozo de pergamino doblado por la mitad y sellado con cera, y la abrió. Sólo había una frase, escrita con letras grandes y apresuradas:
¡Remus, James lo sabe, LO SABE!
Él se quedó helado y el pergamino estuvo a punto de escurrírsele entre los dedos. El ruido de la puerta al cerrarse de golpe lo sobresaltó.
James Potter acababa de llegar…
Remus se volvió hacia él, mirándolo aterrorizado, y en el rostro del joven Potter pudo ver que Sam tenía razón. Sirius se incorporó y apartó por fin el libro: su semblante expresaba una seriedad tan intensa que casi resultaba surrealista. Ambos cruzaron ceñudas miradas de mudo entendimiento, y de repente Remus se sintió acorralado, como si hubiese caído de lleno en una trampa… como un lobo que queda atrapado en un cepo sin poder evitarlo. Acto seguido, los ojos castaños de James se clavaron en los grises de su amigo, haciéndole temblar de pies a cabeza.
-Muy bien –empezó, con una voz tan fría como la de Sirius-. ¡Se acabó la farsa, Lupin!
Con gesto de enfado, tiró todos los libros que llevaba al suelo, provocando tal estrépito que Remus se sobresaltó otra vez, dando un inconsciente paso hacia atrás. Su rostro reflejaba un terror tan intenso, que cualquiera se habría compadecido de él. Pero las expresiones acusadoras no se ablandaron. Peter miraba la escena con los ojos muy abiertos, y Sirius fijaba en Remus sus penetrantes ojos azules, con el entrecejo fruncido. James blandió unos estrujados papeles que llevaba en la mano, como si fuesen una espada.
-Supongo que te habrás divertido mucho durante todo este tiempo, ¿verdad? –rugió. Estaba realmente furioso-. ¡Durante más de un año, Remus! ¿Cómo pudiste? ¡¿Cómo pudiste ocultarnos durante más de un año que eres un licántropo?!
El silencio que siguió a aquellas palabras cayó como una enorme bofetada.
A Remus se le cayó la nota de las manos. Por un segundo, lo vio todo borroso y, temiendo que fuese a marearse, se dejó caer hasta quedar sentado sobre su propio baúl. Las piernas le temblaban como la gelatina, el aire había abandonado sus pulmones. Y el grito de James empezó a repetirse una y otra vez dentro de su cabeza, cada vez más alto, hasta que sintió deseos de llevarse las manos a los oídos para hacer callar esa voz que sólo escuchaba él. Una especie de exclamación ahogada llamó su atención, y se apresuró a volver la vista hacia Peter, que lo miraba desde su cama con la cara pálida y expresión de horror, confirmando que él no había sospechado nada en todo ese tiempo. Remus los miró entonces uno a uno, desesperado. En el rostro de James sólo había furia, en el de Peter estupefacción y sorpresa, y en el de Sirius… absolutamente nada.
Empezó a temblar violentamente y bajó la vista, con los ojos empañados, sintiendo deseos de encogerse y desaparecer. Las miradas de sus amigos lo taladraron de forma insoportable durante unos eternos segundos que le desquebrajaron el corazón. No se había sentido tan juzgado desde que, a los 6 años, tuvo que ir con sus padres a inscribirse en el Registro de Hombres Lobo, en la División de Bestias del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, en el Ministerio.
-James… yo…
Apenas le salía la voz. Quería salir de allí. Marcharse y no volver. Se sintió estúpido por creer en las palabras de consuelo de Sam y pensar que sus compañeros lo aceptarían. Sabía que ellos lo terminarían descubriendo tarde o temprano, pero jamás había imaginado que las cosas se desarrollarían de esa manera.
-¡NO! –atajó Potter-. ¡No quiero tus explicaciones, Lupin, al menos por ahora, porque ya es un poco tarde, ¿no te parece?! –entornó los ojos y apretó los dientes-. Ahora soy yo quien va a explicarte un par de cosas…
Se metió la mano en la túnica y Remus se encogió aún más, cerrando los ojos con fuerza ante la idea de que sacara la varita y le echara una maldición allí mismo. Pero no ocurrió nada, y el golpe sordo de algo al caer al suelo muy cerca de él le hizo abrir los ojos de nuevo. A sus pies encontró una pequeña bolsa llena de pastelitos caseros de chocolate, de los que les ofrecían siempre los elfos domésticos cuando iban a las cocinas. Sorprendido, alzó la vista hacia James, sólo para encontrarse con la misma cara ceñuda y enfurecida de antes.
-Como palidezcas más, te obligaré a tragártelos todos –gruñó, su voz tensa por la rabia-. Tú no te desmayas hasta oír lo que tengo que decir –empezó a pasearse por la habitación, agitando los papeles con brusquedad-. En primer lugar, me ofende que creyeras que podrías darnos gato por liebre en este asunto toda la vida. ¡Cómo si no nos conocieras! Sabes de sobra que, cuando nos da la gana, no dejamos pasar ni una.
Remus volvió a bajar la vista, recordando el discurso de Sam a finales de diciembre.
-Ya estábamos hartos de esta farsa, y a eso nos hemos dedicado –siguió James-, a destripar tu coartada. Veremos hasta qué punto hemos acertado, ¿quieres? Punto número 1: tu misteriosa enfermedad, de la que nos hablaste el año pasado. Es curioso que no hayas vuelto a mencionarla, pero me he dado cuenta de que tratabas de desviar nuestra atención sobre ti y por eso nos contaste todas esas patrañas sobre tu madre, que, si no me equivoco, debe tener una salud excelente. Punto número 2: la historia que Hagrid nos contó el día de la pelea. Él dijo que te vio atravesar los terrenos con la señora Pomfrey cierta tarde hacia un lugar X, que aún no sé cuál es. Pensé que, como no se puede entrar o salir de Hogwarts por medios mágicos, estaba totalmente justificado que bajaras al pueblo para irte a casa usando los polvos flu desde Las Tres Escobas, pero aún me quedaban dudas y ayer, después de clase de Transformaciones, se lo pregunté a la jefa. Y adivina qué: nadie puede entrar al castillo con polvos flu, pero sí se puede salir, si es una emergencia, desde la chimenea de Dumbledore y si él te da permiso. Quizá me equivoque, pero creo que este asunto podría considerarse emergencia, y dudo mucho que Dumbledore te haga ir hasta Hogsmeade para luego trasladarte hasta Dover, pudiendo hacerlo directamente desde su despacho. Así que he de suponer que no vas a tu casa en realidad, y que la señora Pomfrey, por ser la enfermera, te acompaña hasta ese lugar X, que es dónde te transformas, pasas la noche y del que vuelves al hacerse de día, hecho un auténtico asco.
Peter boqueaba desde su cama sin emitir sonido alguno, y el ceño de Sirius parecía haberse endurecido, sus ojos fijos ahora en James. Remus era incapaz de cerrar la boca, que se le había quedado abierta inconscientemente.
-Punto número 3 –continuó el miope-: los días de la supuesta "visita". Te pusiste hecho una fiera cuando le dijiste a Sirius que no se podían alterar, cuando en realidad cada mes vas un día distinto y casi nunca coinciden con el día del mes anterior. Desde Navidad, estoy apuntando en un papel los días que te vas –levantó uno de los pergaminos que llevaba en la mano, que parecía una especie de calendario hecho por él mismo- y he contado el margen de tiempo: 28-29 días exactamente entre una salida y otra. Al principio no sabía qué significaba, pero entonces me di cuenta. El sábado hubo luna llena, ¡y el boggart se transformó en luna al verte! Tus salidas coinciden con el ciclo de la luna, de modo que SIEMPRE que te vas hay luna llena –tiró el calendario al suelo, junto con los libros-. Punto número 4: lo ocurrido en la primera clase de Pociones el año pasado. Por poco te dio un colapso cuando salió el tema de los licántropos, y luego tú mismo me dijiste que conocías uno muy cercano a ti y a tu familia. Teniendo en cuenta todo lo anterior, el aspecto que traías ayer, tu charla con Sirius y las conclusiones que él sacó, al principio pensé que quizá fuera tu madre. ¡Pero luego me di cuenta de lo extremadamente estúpido que sería eso!
Con un violento ademán, empezó a pasearse por la habitación otra vez, como hablando consigo mismo, mientras los demás permanecían en absoluto silencio.
-¿Cómo iban a querer que fueras a ver a tu madre justo cuando ésta se transforma? Quizá el día después, o el día antes, vale, pero el mismo día de la transformación… ¡Es absurdo! De modo que eso me hizo suponer que todo lo que nos contaste sobre tu madre no es más que el simple reflejo de lo que te pasa a ti –se detuvo y volvió a clavar sus ojos en los de él-. Y aquí tengo la última y definitiva prueba que lo confirma –sacó una carta de entre el puñado de pergaminos estrujados y la extendió ante él-. No quería tener que recurrir a esto, pero todas mis suposiciones no eran más que teorías y no podía sacar a la luz todo esto sin estar seguro de qué eres realmente.
Esa última frase golpeó a Remus de tal manera que fue como recibir el impacto directo de un puñetazo en plena cara. Los términos "recurrir a esto", "sacar a la luz" y "qué eres realmente" se le clavaron como cuchillos. Tuvo que apartar la mirada, sus ojos muy abiertos y perdidos en el vacío, llevándose sin darse cuenta una mano al corazón, notando cómo si alguien invisible se lo estrujara cruelmente. Pero James no pareció ser consciente del efecto que sus palabras habían provocado en Lupin, y siguió hablando sin detenerse ni un segundo.
-Sabía que mi padre conocía a tu familia, y me pareció una estupidez, ahora que ya tenía organizada mi teoría, no pedirle consejo a él. De modo que le escribí contándole todo y preguntándole su opinión, y aunque está muy ocupado en el Ministerio por todo lo del Voldemort ese, o cómo se llame, ésta fue su respuesta, que me acaba de llegar –se aclaró la garganta y leyó-: "Cuando vi a Remus el sábado lo reconocí de inmediato, porque se parece mucho a su madre cuando era pequeña. He crecido con Selene, porque éramos compañeros de clase en Hogwarts. Su marido, Zephirus Lupin, estaba un curso por delante de nosotros, y aunque no tuvimos ninguna relación en el colegio, nos conocimos poco después de la graduación y hemos sido buenos amigos desde entonces. No puedo decir que desconozca lo que le pasa a Remus, porque te estaría mintiendo. Sólo recuerdo haberlo visto en dos ocasiones antes del otro día, y una de ellas fue hace unos 6 ó 7 años, cuando sus padres lo trajeron al Ministerio después del accidente. Lo había mordido un hombre lobo hacía apenas unos días y los tres estaban totalmente destrozados…" –James levantó la vista hacia Lupin-. Etcétera, etcétera, supongo que no hace falta que siga leyendo, ¿verdad? –tiró la carta al suelo también y amenazó a Remus con los papeles que le quedaban en la mano-. Y ahora sí, señor licántropo, ¡ya estás explicándonos todo esto!
Tras semejante sermón, se impuso un silencio glacial. Remus seguía con los desorbitados ojos grises perdidos en algún punto de la alfombra, temblando como una hoja, sin atreverse a mirar a nadie. Notaba que todos lo observaban acusadoramente, esperando una respuesta, y la mano que conservaba apoyada en el corazón se crispó, agarrándose con fuerza a la pechera de su túnica. Era como si un maremoto le hubiese pasado por encima. Montones de imágenes y recuerdos felices del tiempo transcurrido en Hogwarts asaltaron su mente, llenándole la cabeza con un barullo de risas y bromas. Pero su memoria siguió retrocediendo, internándose en recuerdos cada vez más fríos y oscuros, que habían permanecido encerrados en lo más profundo de su ser desde hacía mucho tiempo, hasta que los gritos y el dolor de aquella noche de luna llena de hacía 6 años le provocaron un violento estremecimiento, dejándolo sin aire, y con el vuelco de su corazón dejó escapar un par de lágrimas silenciosas de las que ni siquiera fue consciente.
Todo se desmoronaba.
Aquello contra lo que llevaba luchando año y medio ocurría finalmente, y por culpa de su propia lucha. La postura que sus mejores amigos tomaban con respecto a su problema había quedado más que obvia. Había conseguido que ellos, las personas a las que más apreciaba, terminaran odiándolo. Nada volvería a ser como antes. Y esa aplastante certeza volvió a sacudirlo por dentro, creándole una presión en el pecho tan fuerte que le impedía respirar bien. Era la misma sensación desesperante de agobio e impotencia que sentía cada mes, cada noche de luna llena… ¡Maldita luna, y malditos licántropos! ¡Maldito destino, que había condenado a un niño que apenas empezaba a vivir! Maldita Sam, por ofrecerle falsas esperanzas… Malditos amigos, que no entendían nada… ¡Y maldito Remus Lupin, tan empeñado en querer ser normal que prefería olvidarse de que no podía serlo, aunque eso implicara mentir y engañar a todo el mundo, en vez de ir con la verdad por delante!
Se escurrió del baúl al suelo y, hundiendo la cara entre las manos, hizo un enorme esfuerzo por no echarse a llorar.
-Lo siento –sollozó con desesperación, humillándose de tal manera que sus tres amigos palidecieron, aunque él no pudiera verlos-. Lo siento… yo no quería… no era mi intención ocultároslo durante tanto tiempo, pero yo… s-sólo quería… sólo quería… –sus palabras se quebraron de golpe en un fuerte llanto, pero continuó, con la voz ahogada en lágrimas-. ¡Lo siento, de verdad! Entiendo que me odiéis a partir de ahora, y que no queráis acercaros nunca más a mí… ¡pero no lo difundáis por el colegio, por favor! Me iré de aquí, se lo diré a Dumbledore, no os causaré problemas, lo prometo. ¡Pero que no se enteren los demás, os lo ruego! Si llega hasta el Ministerio que ha habido una conmoción… el director… m-mis padres…
Se interrumpió de golpe al notar que alguien lo agarraba con fuerza del cuello de la túnica y lo levantaba del suelo como si fuese un muñeco.
-¡REMUS! –rugió Sirius con voz temblorosa y un extraño brillo en sus ojos azules, zarandeándolo, con su cara a un palmo de la de Lupin-. ¡Deja de decir estupideces, o te juro que te pegaré tal puñetazo que te quedarás incrustado en la pared!
Y lo volvió a sentar sobre el baúl con brusquedad, dejándolo mudo de la impresión.
-Remus, ¿por qué no nos lo contaste? –la voz de James ya no sonaba furiosa, sino temblorosa y dolida.
-Lo siento… -repetía aún el aludido, cubriéndose la cara con las manos, su voz amortiguada por los sollozos, la respiración entrecortada y el constante sorber por la nariz, todo envuelto en un obvio intento por controlarse-. Lo siento de veras… nunca quise involucraros en esto. Yo n-no vine a Hogwarts con la intención de hacer amigos, sólo… sólo quería estudiar y estar con la gente normal. No pretendía… pero luego os conocí a vosotros y… jamás he tenido amigos, James, jamás… y pensé que quizá… ¡Lo siento! Soy un maldito cobarde, siempre lo he sido… no os quería mentir, pero cuánto más tiempo pasaba, más miedo tenía de deciros la verdad… Muy pocos me han juzgado por quién soy, y no por haberme convertido en… ¡ESTO! –se agarró el pelo con rabia-. Tenía miedo de que ya no quisierais ser mis amigos, pero sé que no debería haberos comprometido de esta manera. No tenéis que sentiros culpables si ya no queréis estar conmigo, lo entiendo… Siempre pasa lo mismo… Snape tiene razón… después de todo, no soy una persona normal…
Esta vez fue James quién se acercó a él con paso decidido, lo agarró por los hombros y comenzó a zarandearlo.
-¡Basta, Remus, no hables así, ¿me oyes?! –su voz temblaba casi tanto como la de su compañero-. ¡Tú ERES una persona normal, como lo puedo ser yo o lo puede ser cualquiera! Me parece increíble que después de todo lo que hemos pasado juntos, aún te creas que te vamos a marginar. Y, lo más importante de todo, ¡SNAPE NO TIENE RAZÓN EN NADA!
-Te daré mi versión resumida de los hechos –añadió Sirius con seriedad-. Uno: no nos contaste la verdad porque estabas asustado. Dos: nosotros la descubrimos porque somos muy listos. Y tres: fin del problema. ¡Nos importa una soberana mierda que seas licántropo!
Remus dejó de sollozar en el acto y levantó la vista hacia Sirius con la cara manchada de lágrimas, agrandando los ojos y con la incredulidad reflejándose en sus facciones. El rostro de Black seguía inexpresivo, pero sus ojos brillaban más que nunca. Entonces miró a James, y vio que los ojos de éste también brillaban más de la cuenta, aunque el alborotado flequillo se los ocultaba casi por completo. Por un segundo, compuso una expresión perdida, aturdido ante el repentino cambio en la actitud de sus amigos, como si algo no encajara en todo aquello.
-Cuéntanos cómo ocurrió, ¿vale? –balbuceó James, toda la fuerza de su enfado esfumada por completo-. Se acabaron las tonterías… Quiero oír toda la historia.
-Pues es una historia muy larga… -murmuró Lupin, ya más tranquilo, bajando la vista, sorbiendo por la nariz y secándose los ojos con el dorso de la mano.
-Genial –replicó el moreno de gafas-. Tenemos toda la noche.
Y, tanto él como Sirius, se sentaron a estilo indio en el suelo, frente a Remus, como los nietos que esperan a que su abuelita les cuente un cuento. Él los observó a ambos con ojos vidriosos, apretando los labios, sin saber qué creer. Volvió la vista lentamente hacia su derecha para ver a Peter, que seguía en su cama, medio en shock, con los pequeños ojos oscuros clavados en él y la boca ligeramente entreabierta, contrayendo un poco las cejas. Pasándose una vez más las manos por la cara para secarse las mejillas, Remus fijó la vista en sus rodillas con tristeza.
-Bueno… en realidad, no sé por dónde empezar… Supongo que… todo comenzó cuando yo tenía 6 años. Veréis, para que os hagáis una idea, mis padres y yo vivimos en una casa perdida en el campo, en Kent, cerca de Dover. No teníamos vecinos, porque el trabajo de mis padres los obligó a instalarse en una zona deshabitada, de hecho, ellos trabajan en el Observatorio con tu madre, Sirius, por eso el año pasado no os dije sus nombres ni a qué se dedicaban, porque temía que los pudieras reconocer…
-Ya decía yo que el nombre de Zephirus me sonaba un montón –Sirius chasqueó los dedos-. He oído a mi madre mencionarlo muchas veces, aunque no sabía que se apellidaba Lupin, si no lo habría relacionado antes contigo. Él es el experto en Astronomía, ¿verdad?
-Sí –Remus asintió-. Mi padre y tu madre trabajan juntos en el Departamento de Astronomía del Observatorio, y mi madre dirige el Departamento de Astrología junto a un hombre llamado Dedalus Diggle. El caso es que mis abuelos paternos, que también eran astrónomos, fundaron ese Observatorio hace años, pero buscarle un emplazamiento apropiado era muy complicado, porque las instalaciones son grandes y necesitaba mucha seguridad anti-muggles. Al final, el Ministerio terminó proporcionándoles un terreno bastante bueno dentro de una zona muy amplia, toda ella inmarcable, que contaba con todas las medidas de seguridad que ellos necesitaban. Estaba muy bien situado y las condiciones no podían ser mejores.
-¿Pero…? –entonó James, ladeando la cabeza con suspicacia-. Lo estás diciendo como si hubiese un pero…
-Hay un pero –suspiró el casi rubio-. Toda esa zona contaba con todas las medidas de seguridad necesarias porque allí estaba localizado un bosque muy parecido al bosque prohibido de Hogwarts, que resultó ser una reserva natural del Ministerio. Al principio a mis abuelos les pareció perfecto, porque no tendrían que estar pendientes de los muggles y podrían trabajar a su aire sin preocuparse por nada, pero cuando se enteraron de lo que tenían metido allí estuvieron a punto de abortar el proyecto.
-¿Qué quieres decir? –exclamó Sirius, frunciendo el ceño.
-Pues que ese bosque era, y sigue siendo, una reserva natural del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, y allí es a donde envía el Ministerio a todos los licántropos que atrapa la Unidad de Captura de Hombres Lobo de la División de Bestias del Departamento. En otras palabras, que ese lugar es una madriguera de licántropos salvajes, encerrados allí dentro gracias a fuertes encantamientos que no les permiten acercarse a menos de 20 metros de la linde del bosque, y demás medidas preventivas. Mis abuelos no quisieron aceptar el trato, pero el director del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas de aquella época les insistió tanto en que la zona era absolutamente segura y en que no tenían de qué preocuparse que al final cedieron y construyeron muy cerca de allí el Observatorio. Sin embargo, no se trasladaron también a vivir allí, como tenían pensado, sino que se quedaron en Londres por miedo a que pudiera haber algún fallo y los licántropos los atacaran.
-Espera… espera un segundo –todos se volvieron hacia Peter, que había recuperado la voz ante la historia y ahora miraba extrañado a su amigo de ojos grises-. Dices que el Ministerio mete allí a todos los licántropos salvajes que captura, pero eso es una burrada… Quiero decir, un tipo sólo se transforma en hombre lobo una vez al mes, al margen de lo que piensen las personas, ¿no es un poco radical echarlos en un bosque y dejar que se pudran ahí dentro toda su vida como si fuesen animales?
Los labios de Remus se curvaron en una melancólica pero sincera sonrisa, agradeciendo en silencio el comentario del castaño. Quizá Pettigrew lo había dicho de forma inconsciente, movido por la inocencia típica de la infancia, pero por desgracia existían muchas personas que no consideraban aquello cruel en absoluto.
-Hay varios tipos de licántropos, Peter –explicó James-. Los licántropos como Remus son los más comunes, personas normales que fueron mordidas y se transforman con cada luna llena –dejó escapar un largo suspiro-. Sin embargo, si a un licántropo normal vuelven a morderlo estando en su forma humana, la transformación se hace irreversible, es decir, que se queda convertido en lobo para siempre. ¿Es así, Remus?
-Exacto –corroboró Lupin-. Cuando mi padre heredó la dirección del Observatorio, decidió que era una estupidez vivir tan lejos de las instalaciones, porque casi todo su trabajo debe realizarse por la noche, y era un engorro tener que estar trasladándose a casa a esas horas. Como nunca habían tenido ningún problema con el bosque, construyó una casa cerca del Observatorio y se mudó allí poco después de casarse con mi madre. Desde pequeño, ellos me contaban que el bosque era una reserva del Ministerio donde enviaban a los licántropos que no tenían cura, a los que ya no les quedaba nada de humanos, para tenerlos vigilados y que no fueran peligrosos –sonrió con triste ironía-. Me repetían constantemente que no debía acercarme solo allí, pero… bueno, supongo que ese maldito lugar tenía todo el misterio y el encanto que suele atraer a los niños pequeños –suspiró, desganado-. Y yo de pequeño era bastante imbécil… quiero decir, que siempre me andaba metiendo donde no me llamaban y me encantaba desobedecer a mis padres…
-Entonces tienes más en común con Sirius de lo que creía –sonrió James.
-Remus, por favor, continúa –instó Black, hundiendo el codo en las costillas de su mejor amigo.
-Bueno… Siempre me ha encantado la luna llena. Algunas noches me quedaba en el Observatorio con mi padre para poder verla desde el telescopio, otras me quedaba en el porche de casa por horas mirándola. Como vivimos en el campo, se ve espectacular. Mi madre se enfadaba mucho conmigo, decía que era muy peligroso estar fuera de casa después del atardecer –bajó la vista, apesadumbrado-. No sé por qué nunca le hacía caso. Cuando mis padres se quedaban dormidos, volvía a bajarme al porche para ver la luna, aunque sólo fuera por un par de horas más. Nunca creí que fuese peligroso o que pudiera pasarme algo. La noche del accidente… yo debía tener 6 años. Cuando estaba en el porche, empecé a oír ruidos extraños que venían de la linde del bosque, como gemidos de alguien agonizante. Se oía tan cerca que no se me ocurrió pensar que fueran los licántropos, no creí que pudieran romper las medidas de seguridad del Ministerio, así que me acerqué a mirar, pensando que quizá fuese una persona en problemas. Realmente no me acuerdo muy bien de lo que pasó cuando llegué. Sólo recuerdo que todo estaba lleno de sangre y… había alguien que no hacía más que chillar… aunque todavía no tengo muy claro si esa sangre y esos gritos eran o no míos –se estremeció visiblemente, agachando la cabeza-. Creo que intenté correr de vuelta a casa, pero… os podéis imaginar lo que corre un niño de 6 años comparado con un licántropo adulto en pleno apogeo de su instinto asesino…
Por unos segundos, se hizo el silencio en la habitación. Los tres amigos de Lupin se habían quedado pálidos.
-De modo que te mordieron –musitó James.
Remus asintió con la cabeza.
-Menos mal que mis padres oyeron los gritos y vinieron a rescatarme, si no… -se estremeció de nuevo-. De hecho, ellos pensaron que estaba muerto. No se atrevieron a llevarme a ningún hospital, era muy peligroso viajar con polvos flu en mi estado, y el más cercano era un hospital muggle que estaba a 50 kilómetros o más de nuestra casa –compuso una expresión de intenso dolor-. Me curaron como pudieron y al día siguiente avisaron a San Mungo, desde donde enviaron un par de sanadores especializados a reconocerme, pero sabían que ya era tarde. Mis heridas cicatrizaron rápidamente, yo me recuperé en unos días, es la ventaja y la maldición de los licántropos –les enseñó sus brazos, que ya lucían perfectamente normales-. Nos curamos con una rapidez asombrosa. Sin embargo, de poco me servía estar vivo, porque todo mi futuro había saltado por la borda.
-¿Pero qué pasó con el licántropo que te atacó? –intervino Sirius-. ¿Había salido del bosque, o qué? ¿Cómo rompió los encantamientos de protección?
-No lo sé. Cuando me rescataron, mi padre lo repelió con un hechizo y salió huyendo. Al día siguiente, el Ministerio envió un grupo de magos de la Unidad de Captura de Hombres Lobo para que hicieran un barrido del perímetro, pero no lo encontraron. También revisaron la vigilancia del bosque, pero creo que no llegaron a encontrar la causa del problema. Mi padre me explicó tiempo después que los licántropos, aun estando siempre transformados, se excitan más de la cuenta cuando hay luna llena y quizá alguno llegó a romper alguno de los encantamientos de seguridad y el Ministerio no quiso admitirlo por miedo a las represalias que podríamos tomar por semejante irresponsabilidad. Pero de lo que menos ganas tenían mis padres en aquella época era de demandar a alguien…
-Entonces, cuando mi padre dice que tus padres te llevaron al Ministerio pocos días después de que te mordieran, fue para…
-Para inscribirme en el registro –terminó Remus, cortando las palabras de James-. No importa de quién fuese o dejase de ser la culpa, me obligaron a inscribirme en el Registro de Hombres Lobo a más tardar en una semana, y tenía que ir personalmente allí, para rellenar los papeles.
-¿Con 6 años? –explotó Sirius, indignado-. Menuda estupidez. ¡Si ni siquiera sabrías escribir apenas!
-Los papeles los rellenaron mis padres –sonrió Lupin tristemente-. A mí me tomaron las huellas y poco más. Lo único que recuerdo con nitidez de aquel día es que fue especialmente desagradable. La verdad es que no me enteré de casi nada de lo que pasó en los meses siguientes. Estaba demasiado asustado, cada luna llena me transformaba en un lobo adulto y mis padres tenían que encerrarme en el sótano de la casa. Fueron tiempos muy duros, yo tenía miedo de hacerles daño y ellos tenían miedo de que pudiera hacerme daño a mí mismo –bajó la vista con pesar-. Cambié radicalmente, me volví muy introvertido, me asustaba tratar con la gente, jamás salía de casa para nada… Sólo recuerdo una cosa buena de aquella época, y es que el profesor Dumbledore ya había sido nombrado director de Hogwarts y, nada más enterarse de lo ocurrido, se hizo cargo de mi problema.
-No sé cómo se las apaña ese hombre, pero siempre termina jugando un papel esencial en la vida de las personas, ¿verdad, Jamie? –entonó Sirius, lanzando una significativa mirada a su mejor amigo, que sonrió ampliamente.
Remus continuó.
-Mis padres creían que sería imposible que yo pudiera venir al colegio, nadie lo aceptaría, y además poníamos en peligro a los otros estudiantes. Cuando yo estaba a punto de cumplir los 9 años, el profesor Dumbledore citó a mis padres para hablar con ellos. Les dijo que ya había estado reflexionando sobre el asunto y había puesto en marcha una serie de medidas preventivas para traerme a Hogwarts, porque, mientras tomásemos ciertas precauciones, no había motivo para que no pudiera estudiar aquí –sonrió a medias con melancolía-. El profesor Dumbledore es un gran hombre, os reís porque Hagrid no hace más que repetirlo, pero es que tiene razón… Jamás creí que fuera posible poder estar aquí –miró a su alrededor con ojos emocionados.
-¿Y qué clase de precauciones fueron ésas? –preguntó James con interés-. El lugar X, ¿verdad?
El casi rubio le dedicó una sonrisa.
-Sí, James, el lugar X… que no es otro que la famosa Casa de los Gritos.
Potter se quedó con la boca abierta.
-¿Qué pasa, Jamie? –se burló Sirius, palmeándole la espalda-. ¿Ese punto se te escapó, sucedáneo de Sherlock Holmes?
James le dio un codazo a Black y Remus ensanchó su sonrisa.
-Fue el profesor Dumbledore quién mandó construir esa casa –explicó-, al igual que el pasadizo que lleva a ella. Por eso me vio Hagrid atravesar los terrenos del colegio con la señora Pomfrey, ella me acompaña todos los meses hasta la entrada del túnel. Después, yo llego por mi cuenta hasta la Casa de los Gritos y espero allí hasta el día siguiente para poder volver.
-¿Así que en realidad no hay fantasmas? –murmuró Peter, algo decepcionado.
-No –Remus se volvió hacia él-. El único fantasma que hay allí soy yo. Pero el profesor Dumbledore me dijo ayer que es bueno que crean que hay fantasmas, así no sospecharán nada. Estuvimos hablando de todo esto cuando me llamó a su despacho.
-Y… ¿qué pasadizo es ése? –inquirió Sirius, como quién no quiere la cosa, cogiendo disimuladamente pluma y pergamino.
-Sirius… No te lo diré si vas a meterte en problemas.
-¿Yo? ¿Meterme en problemas? ¿Desde cuándo me meto yo en problemas? Si soy un ángel.
-Un ángel del demonio, diría yo –gruñó James.
Remus resopló, hastiado.
-Está bien… La entrada al túnel está justo debajo del sauce boxeador.
-¿Qué? –exclamaron los otros tres.
-Sí, de hecho, por eso plantaron el sauce allí, para proteger la entrada y que nadie pueda pasar al túnel mientras yo estoy en la Casa de los Gritos. Sólo Dumbledore, la señora Pomfrey y yo sabemos cómo entrar. Hay que apretar un nudo que hay en el tronco con un palo largo y las ramas se quedan inmóviles…
Sirius lo apuntaba todo como loco y James le dirigió una mirada fulminante.
-Bueno, Remus, pero no nos has dicho qué pasó después –dijo el moreno de ojos castaños. Se le veía muy interesado en la historia-. Después de que Dumbledore hablara con tus padres y todo eso…
-La verdad es que, a partir de entonces, las cosas mejoraron mucho –prosiguió Lupin-. Yo empecé a recuperarme emocionalmente, y eso, aunque no lo parezca, para la gente como yo es casi una salvación. En el momento de la transformación, el dolor es mucho menos intenso si te sientes relajado y optimista. Recibir la luna llena furioso o exaltado por algo es lo peor que te puede ocurrir, los dolores son terribles, sientes que te mueres… -tembló una vez más, pero aún así sonrió-. En ese sentido, fue un gran avance. Ocurrieron bastantes cosas buenas por aquel entonces, mis padres me ayudaron muchísimo. ¿Recordáis que siempre me andan recordando que he heredado la filosofía de mi padre? Él es muy optimista y muy fuerte, nunca se viene abajo, y yo terminé dándome cuenta de las ventajas que tiene su forma de pensar. Además –ensanchó su sonrisa-, por esas fechas encontré también mi primera amiga.
Los demás lo miraron sorprendidos.
-¿Cómo?
-Sí, una chica muy maja –comenzó Remus, haciéndose el despistado-. Con el pelo rizado, ojos azules… Quizá os suene de algo… Creo que su apellido es Figg, pero no estoy seguro…
A Sirius se le cayó la boca hasta el suelo.
-¡MENTIROSO! –exclamó, señalándolo acusadoramente con un dedo-. ¡Te pasaste todo el curso pasado afirmando que no erais amigos antes de llegar al colegio!
-Y, técnicamente, no lo éramos…
-¿Conocías a Belle antes de venir a Hogwarts y no nos lo dijiste? –intervino Peter, que ya parecía bastante más animado, con aire divertido, por encima de los gritos de "¡Traición! ¡Sabotaje! ¡Trolero!" de Sirius.
-No preguntasteis si la conocía, sólo si éramos amigos…
-¡Remus, eres imposible!
-¿Cómo conociste a Belle? –inquirió James, obviamente entretenido con la escena.
-La familia de Belle se construyó su propia casa cerca de la nuestra y se mudaron allí en el 67, poco antes de cumplir yo los 10 años. Sus padres y los míos eran amigos desde hace tiempo, mucho antes de que naciéramos. Los Figg son muy agradables, pero yo les tenía tanto pánico que les hice prometer a mis padres que jamás les revelarían mi existencia. Claro, yo entonces no tenía ni idea de que ellos ya sabían que yo existía, ni que habían estado en mi bautizo, ni que Belle y yo supuestamente habíamos sido compañeros de juegos cuando éramos bebés… todo eso lo descubrí el verano pasado, y me di cuenta de la forma tan increíble en la que hice el ridículo durante dos años.
-En todo ese tiempo, ¿tus padres nunca te dijeron que los Figg ya te conocían? –James estaba boquiabierto.
-No –Remus negó con la cabeza-. Yo estaba tan empeñado en esconderme que no se molestaron en quitarme la ilusión por hacerlo. Y, como yo no me acordaba de ellos…
-¿Estuviste dos años fingiendo no existir ante gente que te conocía desde que naciste? –inquirió esta vez Sirius, alzando una ceja, y, ante la nueva afirmación de Lupin, rompió en carcajadas.
-Cállate –sonrió éste, alargando la pierna para darle un golpe con el pie-. Ya he dicho que me daba miedo relacionarme con las personas. Y no sabía que nuestros padres eran amigos de toda la vida. El padre de Belle, Icarus Figg, es inventor, como ya os explicó ella hace poco, y estaba casi todo el día en el taller de su casa armando y desarmando cosas para sus experimentos. Su madre, Melpómene, creo que fue actriz de teatro o algo así, y casi todas las noches, en verano, invitaban a mis padres a cenar y ella y Belle hacían pequeñas representaciones en el jardín. Yo me pasaba los días mirando por la ventana de mi habitación, nunca había tenido trato con alguien que no fuera de mi familia, y los Figg me parecían de lo más interesante.
Su sonrisa se amplió, como si reviviera buenos recuerdos, y James y Sirius intercambiaron una sonrisa cómplice también. Con un suspiro, Remus subió las piernas al baúl y las cruzó a estilo indio, apoyando las manos en la tapa.
-Y, bueno, tengo que decir que Belle no ha cambiado mucho con el tiempo. No tiene hermanos, de modo que venía muy a menudo a mi casa. Creo que sus padres la habían convencido para mudarse diciéndole que los Lupin tenían un hijo de su edad, y se pasaba los días buscando por todas partes al Lupin desaparecido, y preguntando a mis padre dónde me había metido. Ellos no eran de gran ayuda, todo aquello les parecía muy divertido, de modo que no se molestaban en ocultar mi existencia. Mi padre se hacía el sueco y a mi madre le daba por reírse cada vez que salía el tema. Yo me escondía en el piso de arriba y procuraba no hacer ruido para que ella no me descubriera. Pero de repente le dio por sentarse en el jardín, justo debajo de mi ventana, mirando hacia el interior, y se pasaba allí horas. ¡Me sacaba de quicio! Y luego empezaba a gritar: "¡Sé que estás ahí! ¡Un día te sacaré de tu escondite!". El año pasado, cuando nos encontramos en el Expreso de Hogwarts, me reconoció por las fotos que mis padres no se habían molestado en esconder, por eso se puso a perseguirme cuando subí al mismo vagón que vosotros. No la pude esquivar, así que me agarró, me dio dos besos y me dijo: "Sabía que saldrías de tu agujero, Lupin".
-Para, para –exclamó de repente Sirius, agitando las manos-, esto no me cuadra… ¿A ti te vio y te dio dos besos sin más, y yo que cargué con esa monstruosidad de baúl que llevaba tuve que conformarme con una especie de sonrisa? ¡¿Qué clase de justicia es ésa?!
James le estampó los papeles que llevaba en la cabeza, dedicándole una mirada asesina.
-Continúa, Remus… Y haz el favor de ignorar a este idiota.
-Bueno, justo cuando estaba hablando con Belle y me decía que si quería quedarme con ella en su compartimento, apareció Snape hecho una furia e intentó echar a todo el mundo. Yo ya estaba bastante asustado, así que le dije a Belle que mejor me iba, y ella se quedó allí chillándole al pelo grasiento… Luego fue cuando entré en vuestro compartimento, así que ya sabéis el resto de la historia.
Black y Potter se miraron, pensativos.
-¿Sabes, Remus? –empezó James-. Esta historia es muy reveladora, empiezan a tomar sentido cosas que parecían no tenerlo…
-Como que bajaras dos tallas en un mes…
-… o que siempre tuvieses ese aspecto de enfermo…
-… o que llegases pálido de hablar con el Sombrero Seleccionador…
-… o que te hundieras en el asiento cuando Dumbledore dijo lo del sauce…
-… o que siempre palidecieras cuando alguien decía "luna"…
-… o que sonrieras de esa forma tan sarcástica cuando Snape dijo que si pretendías morderlo…
-… o que no te haga gracia la enfermería…
-… o que te pusieras nervioso ayer cuando Arthur y Bill hablaban de la Casa de los Gritos…
-… o que tengas los sentidos más desarrollados de lo normal…
-… o que sientas una atracción anormal por Sam Flathery…
-Vale, ya basta, no sé qué tiene que ver eso –cortó Lupin, fulminándolos con la mirada
-Pero aún hay algo que no entiendo –intervino James, pensativo-. ¿Qué ocurrió el sábado? Porque esos gritos… la pinta que traías…
Remus se hundió de hombros, deprimido.
-Todo fue culpa mía –contestó con voz temblorosa-. El sábado tenía tal revoltijo de emociones dentro que estallé. Tenía que haber intentado tranquilizarme antes de llegar a la Casa de los Gritos, pero no lo pude evitar. Con todo lo del partido, la euforia por ganar a Slytherin, la rabia por ese ataque de Malfoy… Y, para rematar, cuando bajábamos al Gran Comedor, oí a Snape riéndose con Lestrange diciendo que a Malfoy le habían rebajado el castigo a sólo 15 puntos y que la cosa no pasaría de ahí. ¡Me dio tanta rabia! Y, como ya os dije, no es bueno ir a transformarse en ese estado –cerró los ojos por un momento, cansado-. Fue una de las peores transformaciones que recuerdo. Como se me aísla de todo el mundo, suelo ensañarme con los muebles, a veces me hago alguna herida… Pero el sábado estaba fuera de control y me ensañé conmigo mismo. Fue horrible, por poco me mato, terminé tan destrozado que no desperté hasta el medio día del domingo. ¡Y no podía volver a esas horas, con todo el mundo por ahí! La señora Pomfrey tampoco podía arriesgarse a venir a buscarme, así que tuvimos que esperar a que se hiciera de noche otra vez, pero volví a quedarme dormido. Menos mal que ella vino a por mí en la madrugada del lunes y pudimos volver antes de que los demás empezaran a levantarse…
-Por eso semejantes heridas –concluyó Sirius, muy serio-. Te las hiciste tú mismo…
-Exacto –Remus levantó la vista y los miró con ojos tristes-. Chicos… lo siento de veras, yo… no quería ocultároslo… pero tenéis que entenderme, tampoco os lo podía contar –se apartó el flequillo de la frente y suspiró-. Tenía mucho miedo, no sabía cómo os lo tomaríais. Y no quería perderos como amigos, no tenéis idea de lo que vuestra amistad significa para mí –todos bajaron la vista, quizá porque no querían que Remus se diera cuenta de que se estaban tomando aquel discurso muy en serio-. Habéis hecho mucho por mí, más de lo que creéis. El haberme incluido en vuestras locas ideas, el haberme permitido formar parte de un grupo… No quería volver a quedarme solo.
Notó que alguien se sentaba a su lado y le pasaba un brazo por los hombros. Cuando levantó la vista, se encontró con los ojos de James, que seguían brillando de forma sospechosa.
-Remus, la amistad hacia una persona no se guía por la condición de ésta –murmuró el joven Potter con una sonrisa-, sino por lo que hay en su interior. Nos conocemos desde hace año y medio, hemos tenido tiempo de sobra para calarte. Y puedo asegurarte que tú tienes el corazón más grande que he visto jamás.
Ambos intercambiaron una sincera sonrisa.
-¡NOOO! ¡HUYAMOOOS! –chilló Sirius de repente, sobresaltando a los otros tres-. ¡Sálvese quién pueda, Jamie Pots se está poniendo profundo!
-¡Cállate! –replicó James-. ¡A ti se te saltaban las lágrimas mientras Remus contaba la historia!
-¡Eso es mentira! –lloriqueó Sirius, haciendo como que se secaba los ojos-. ¡Yo no lloro jamás! ¡BUUUAAA…!
Y, por primera vez desde que había llegado de la enfermería aquella tarde, Remus se echó a reír. James lo miró con cara de resignación y puso los ojos en blanco, señalando a Black.
-No le hagas caso –le dijo a Remus-. Intenta hacerse el duro, pero incluso él tiene su corazoncito. Ahí donde lo ves, estuvo a punto de pegarme cuando le conté mi plan. Dijo que no permitiría que te hiciera semejante barbaridad…
-¡Eh, James! –protestó Sirius, recuperando la seriedad-. Eso ha sido una sobrada, no hacía falta que se lo dijeras, tengo dignidad, ¿sabes?
Potter se echó a reír y Remus lo miró extrañado.
-¿Plan? ¿Qué plan?
-Bueeenooo… -James se hizo el despistado-. Sabía que, si no te intimidaba lo suficiente, no nos contarías toda la verdad, así que…
-¿Así que no estabas enfadado realmente? –exclamó Remus, boquiabierto.
-¡Por supuesto que no! Aunque quizá exageré un poco para vengarme por habernos engañado durante tanto tiempo, pero entiendo tus razones y no te culpo –se volvió hacia Sirius-. ¿Tan bien he actuado?
-Sí, Jamie, ha sido bastante creíble –sonrió Black-. Sobre todo lo de los pastelitos, ha sido como: "Ahí tienes, escoria, pero sólo porque me das pena". Por un momento me has recordado al tío Arens.
-¡Eh, no te pases! –se defendió James-. En realidad los traía para mí, porque no he cenado, con toda esta mierda de la investigación. Pero chico, aquí el señor Lupin se me estaba poniendo tan pálido que me ha dado miedo… Por un momento pensé que casi lo mato del susto.
-Entonces… -Remus no podía hablar-, en serio… ¿en serio que no os importa lo más mínimo?
-Nos importas tú, Remus –aclaró Sirius, sentándose al otro lado de Lupin y pasándole un brazo por los hombros, como James-. Y, como diría Jamie Pots: "Eso es lo verdaderamente importante" –y le guiñó un ojo.
Remus no sabía qué decir. Entonces notó que unos brazos lo rodeaban por el cuello desde detrás, abrazándolo también.
-Chicos, esta postal es taaan tierna –entonó Peter, que se había subido a la cama de Remus para unirse al grupo-. ¡Y tan lacrimógena! ¿Sabéis qué? Me acabo de dar cuenta de una cosa…
-¿De que James te quitó tus calzoncillos y los cambió por las bragas psicodélicas de Iris? –se burló Sirius.
-¿QUÉ? –chilló Peter.
-Era broma, era broma…
-Ah, bueno.
-En fin, Peter, venga, ilumínanos –instó James, entre las risas de Remus y Sirius-. ¿De qué te has dado cuenta?
-Bien –Pettigrew se acodó en el hombro izquierdo de Remus y apoyó la cabeza en la mano, alzando una ceja y esbozando una expresión de suficiencia para hacerse el interesante-, a parte de darme cuenta de que todos vosotros estáis como auténticas cabras montesas, también he notado que… tíos, es imposible aburrirse con vosotros. Aunque seáis medio raritos.
-¡Mira quién habló! –replicó Potter, pero no añadió nada porque ya se estaban riendo los cuatro.
Sirius le estampó la mano a Remus en la cabeza, revolviéndole el lacio pelo castaño claro, haciéndole reír otra vez. James aprovechó ese instante para alzar la vista e intercambiar una mirada de mudo entendimiento con Peter, agradeciéndole en silencio el mostrarse comprensivo con Lupin y disculpándose por no haber tenido tiempo de hablar con él antes del espectáculo y explicarle lo que estaba pasando. Él captó el mensaje y no pareció darle mucha importancia, porque se encogió de hombros y sonrió de lado con aire inocente, dando a entender que el tema estaba cerrado.
-Gracias –sonrió Remus, radiante, y la expresión de sus ojos había cambiado tanto que sus tres amigos incluso se emocionaron-. ¡Muchísimas gracias!
Y, alargando los brazos, atrapó a los demás en un fuerte abrazo, entre los resoplidos y protestas exageradas de éstos. Después de lo duros que habían resultado los últimos días, se sentía como si se hubiese quitado un enorme peso de encima y ahora no pudiera dejar de sonreír. "Sí que tenías razón, Sam –pensó fugazmente-. Sí, tenías razón. Y siento no haberte hecho caso antes".
-¡Eh, no te acostumbres, Remus! –renegó Sirius, en broma, intentando zafarse del abrazo-. ¡Quita, Lupin-lapa! Además, el presidente Potter tiene algo que decir…
-¡Exacto! –James se irguió, carraspeó sonoramente y extendió los papeles que aún llevaba en la mano-. Caballeros… Señorita –añadió, mirando a Peter. Éste le asestó una colleja y se dispuso a replicar, pero Sirius le tapó la boca a tiempo-. El gran James Potter (es decir, yo) se ha estrujado los sesos intentando encontrar una solución al problema de nuestro querido Remus, ¡y aquí está!
Levantó los papeles ante la cara de Lupin y éste se dispuso a leerlos junto con Peter, que miraba por encima de su hombro. Parecían unas notas copiadas por el propio James de algún libro. El encabezado decía: "El arte de la animagia: cómo convertirse en animago y no terminar mal en el intento". Remus frunció el ceño en el acto y, quitándole los papeles a James, siguió leyendo: "Convertirse a voluntad en animal es una de las artes más complejas, y a la vez cotizadas, de nuestra magia. Pocos brujos llegan a ser animagos, ya que requieren un gran dominio de los hechizos transfiguradores, así como una gran fuerza psíquica…". Remus levantó la vista hacia el buscador, temiéndose lo peor.
-¿Qué significa esto? –balbuceó.
-Obvio –sonrió Potter-. Mi querido amigo, no podremos hacerte compañía como seres humanos, pero te la haremos como animales.
Remus se quedó de piedra.
-¿Qué? ¿Convertiros en animagos? ¿Ilegalmente? No, ni hablar, no lo permitiré, es mi problema y…
-¡Y nosotros somos tus amigos! –lo cortó Sirius-. ¿Crees que vamos a dejar que te vayas tú solo de juerga todos los meses? ¡Nanai!
-Escucha, Remus –añadió James, serio de nuevo-, no se admiten quejas, ¿entiendes? Vamos a hacerlo digas lo que digas. Primero, porque eres nuestro amigo. Segundo, porque te apreciamos mucho. Y tercero, porque no quiero que pases solo las noches de luna llena. ¡Ni creas que voy a permitir que te vuelva a pasar lo del sábado! –enrolló los pergaminos y se los guardó en la túnica-. Te vendrá bien estar con nosotros. No es que seamos la mejor influencia, pero, puestos a elegir…
-Creo que me he perdido algo –intervino Peter, con cara de "esto es una broma y yo me acabo de enterar"-. He debido sufrir una especie de lapsus, porque me ha parecido oír algo sobre convertirnos en animagos…
-No te preocupes, Pettigrew –rió Sirius, revolviéndole el cabello castaño-. Jamie y yo te ayudaremos, seguro que en un futuro próximo serás un lindo gorrioncillo que revoloteará entre las margaritas del jardín…
-Creo que deberíamos discutir ese punto –masculló el más bajito, ahora bromeando, y le alborotó a su vez el pelo a Black, con las consecuentes protestas y gruñidos de éste.
-Pero ¿y si sale mal? –insistió Lupin-. ¿Y si os pasa algo? No me perdonaría nunca que…
-No pasará nada, Remus –atajó James con un gesto-. Te lo digo yo, confía en mí, lo tengo todo controlado. Además, en el muy remoto caso de que algo ocurriera, tú no tendrías nada de culpa, la tendría… ¡Sirius!
-¡Eh! –el aludido dejó en el acto de atusarse el pelo-. ¿Por qué yo?
-¡Porque sí!
-Chicos, no sé… -murmuró el casi rubio, indeciso y preocupado.
James, Sirius y Peter intercambiaron una mirada, enarcando las cejas.
-¡Yo digo que convenzamos a Remi con un abrazo colectivo! –exclamó Black con énfasis.
Y, de inmediato, Lupin se encontró aprisionado entre tres pares de brazos que lo estrujaban con fuerza, dejándolo sin respiración.
-¡AH! –chilló con un grito de dolor-. ¡MIS HERIDAS!
Sus tres amigos se apartaron rápidamente, con caras de susto.
-P-perdona… -corearon.
Al verlos pálidos como la leche, Remus soltó una carcajada.
-¡Era broma! –rió-. Está bien. ¡Qué demonios! Haced lo que queráis, lunáticos.
Y aprisionó a los chicos en otro abrazo, con la mala suerte de que los cuatro perdieron el equilibrio y cayeron de bruces al suelo. El baúl de Remus se volcó con gran estrépito y, aunque estaba cerrado, casi le aplastó una pierna a Sirius. Peter, en un desesperado intento por no caerse, se agarró a las cortinas, que cedieron bajo su peso. La barra se soltó, el poste se desencajó y todo el dosel se derrumbó sobre la cama de Remus, con un estruendo que hizo temblar todo Hogwarts.
Por unos instantes de aturdimiento, los cuatro muchachos observaron desde el suelo la nube de polvo que envolvía el mueble destrozado, con las bocas ligeramente abiertas y los pelos de punta.
-Mi… mi… mi cama –gimió Lupin casi sin voz, contemplando el desastre-. ¡Mi cama! ¿Qué le habéis hecho a mi cama? ¡Sirius! –se volvió hacia Black con una mirada fulminante-. ¡Eres un animal, esta noche duermo en tu cama!
-¡Ja! ¿Conmigo? Ni hablar.
-No, perdona, yo duermo en tu cama y tú duermes en el suelo.
-¡Ni lo sueñes!
-¡Como no me arregléis la cama, os muerdo!
-¿Eso es una amenaza?
Los cuatro se miraron entre ellos y de repente estallaron en carcajadas, retorciéndose por el suelo y abrazándose el estómago, hasta que la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Sam apareció en el umbral, blanca como la tiza y con una intensa expresión de terror en la cara.
-¡Chicos, no le hagáis daño, él sólo…! –se interrumpió al ver la escena-. ¿Qué demonios…?
Los niños estaban tirados en el suelo, el baúl había rodado hasta el quinto cuerno y la cama de Remus estaba destrozada. Sirius tosió disimuladamente.
-Ha llegado tu guardaespaldas, Remus –le murmuró al susodicho.
-¡Cállate! –gruñó él, dándole un codazo.
Sam carraspeó sonoramente, cruzándose de brazos con lentitud.
-¿Y bien? –entonó, enarcando una ceja-. Remus… tú…
-Ya se lo he contado, Sam –contestó él a la pregunta no formulada, sonriendo inocentemente.
-Oh, ya veo… Y… he de suponer que esto no es un atentado contra tu persona, ¿verdad?
-Ajá.
-¡Un momento! –exclamó Peter-. ¿Sam también lo sabe?
-Ella fue la primera en averiguarlo, Peter –rió James-. ¡Aquí lo sabe todo el mundo menos tú!
-¡Remus! ¿Por qué se lo dijiste a Sam y a nosotros no? –volvió a reclamar Pettigrew, molesto.
-Quizá porque quería lucirse ante ella –aventuró Sirius con cara soñadora, y se abrazó a una almohada que había tirada por el suelo, suspirando y batiendo las pestañas con fingido embeleso-. A las mujeres les vuelven locas los licántropos, los consideran taaan tiernos…
-¡Deja de decir idioteces! –renegó Sam, sonrojándose-. Y no necesité que nadie me lo dijera, Peter, porque lo averigüé yo sola, soy más lista que todos vosotros juntos –y entonó una falsa risa maquiavélica, llevándose una mano a la boca con gesto arrogante.
-Y además tiene el poder especial de distinguir a la gente como yo –puntualizó Remus, divertido, congelando a su amiga en plena carcajada.
-¡Lupin! –le reprendió la rubia, pateando el suelo. Se acercó para ayudar a Sirius a levantarse, ya que éste le tendía una mano-. ¡No descubras mi secretooohhh…!
Black la agarró de la mano y tiró de ella, provocando que perdiera el equilibrio y cayera justo encima de Remus. Ambos terminaron tirados en el suelo, la una encima del otro, completamente rojos como tomates.
-¡Justo en el blanco! –voceó Sirius, y dejó escapar un grito de triunfo, alzando un puño en gesto de victoria.
-¡Eh! ¡Eh! ¿Qué está pasando aquí? –Belle acababa de llegar, seguida de cerca por Lily-. ¿Sam, por qué saliste corriendo cuando…? –se interrumpió, y, al ver el panorama, pareció enfurecerse y comenzó a remangarse la túnica, como dispuesta a pegar a alguien-. ¿Cómo habéis sido capaces? ¡Sois los peores amigos del mundo! –todos la miraron estupefactos-. ¡¿Cómo habéis podido organizar una fiesta de emparedados en vuestra habitación y no avisarnos?!
Y señaló a Remus y Sam, aún tirados en el suelo. Un brillo demente se apoderó de los rostros de los cinco amigos de la pareja.
-Oh, oh… -tuvo tiempo de murmurar Flathery, antes de que Sirius gritara:
-¡A POR ELLOS!
Sirius se lanzó sobre Sam, Peter sobre Sirius, James sobre Peter, Belle sobre James y Lily sobre todos los demás.
-So… co… rro… -gimió Remus, con la cara medio azul por la falta de oxígeno, desde debajo de la torre humana-. No… puedo… respirar… Creo… que… me he… roto… algo…
-Err… No es por nada –masculló Sam, sin aliento-, aquí se está muy bien y todo eso, pero… nosotras veníamos por un motivo en especial…
-¡Cierto! –exclamó Lily tranquilamente, dando brinquitos para aplastar a la gente que tenía debajo-. Caballeros… Lily Evans les informa de que… ¡la Poción Multijugos está terminada!
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-Vale, repasémoslo todo una vez más –susurró Sam a sus seis amigos, todos hechos una piña en la sala común, con los rayos del amanecer entrando por las ventanas-. James, ¿te encargaste de bajar a la cocina?
-Sí, mi comandante –entonó Potter-. Todo eso está solucionado.
-Bien. Peter, tú…
-Yo voy primero con Sirius –terminó Pettigrew, hastiado, como si llevara repitiéndolo toda la noche-. No te estreses, Sam, sabemos lo que hay que hacer, ¿verdad?
Sirius asintió con un bostezo, frotándose los ojos e intentando peinarse un poco con la mano. Todos se acababan de levantar, pero Black era el único que parecía estar aún en el quinto sueño.
-Vale, luego iremos Remus, Belle y yo, y mientras nosotros lo distraemos…
-Yo le cambio el chocolate por la poción –terminó James, agitando un frasco que contenía un líquido espeso de color barro y esbozando una sonrisa maquiavélica.
-Aún no sé cómo piensas hacerlo –replicó Sam, suspicaz.
-No te preocupes, Flathery, tengo mis recursos –James intercambió un guiño con Remus y ambos sonrieron.
-Bueno, sea como sea, espero que lo consigas. Y, Lily…
-Yo me encargo de la guinda final –sonrió la pelirroja, haciendo un gesto con la mano-. No te preocupes, Sam, todo saldrá bien.
-De acuerdo –suspiró ella-. Bueno, bajemos ya.
Los siete gryffindors se habían quedado levantados hasta las dos de la madrugada planeando toda la operación, reunidos subrepticiamente en el dormitorio de los chicos, y lo tenían todo tan calculado que no se admitía fallo alguno.
-¡Voy a prepararme! –exclamó James, corriendo escaleras arriba, hacia el dormitorio otra vez-. ¡Id bajando, estaré allí!
-¿Qué se traerá entre manos? –murmuró Belle, entornando los ojos.
-Podría decirse que hará uso de su "secreto profesional" –contestó Sirius, y dejó escapar una somnolienta sonrisa.
Bajaron sigilosamente hacia el Gran Comedor. Aún era muy temprano, apenas se encontraron con algunos esporádicos estudiantes por los desiertos corredores, pero los slytherins solían ser madrugadores y no podían correr riesgos. Cuanto más pronto estuviera cada uno en su puesto, más probabilidades tenían de que todo saliera a pedir de boca. Además, una vez iniciado el plan, la intervención de los distintos "escuadrones de ataque" se sucedía con mucha rapidez, y no podían permitirse ni el más mínimo despiste.
Sirius y Peter se escondieron en el vestíbulo, en un lugar estratégico desde el que veían, sin ser vistos, el pasillo que llevaba a las mazmorras. Los otros permanecieron ocultos en lo alto de las escaleras. Tuvieron que esperar un buen rato. Vieron pasar a un cuchicheante grupo de cuarto, en el que pudieron distinguir a Ethan Nott y a Rabastan Lestrange, entre otros. Luego pasó una chica de tercero acompañada por otro muchacho de quinto que debía ser su hermano, preguntándole dudas de Aritmancia. A ellos los siguieron varios de sexto y séptimo, y Sirius tuvo que apretarse aún más contra la pared cuando apareció Narcisa Connor acompañada de Lucius Malfoy y sus gorilas.
Pocos minutos después, el nuevo ruido de pasos y la característica risa extravagante de Wilkes, que parecía venir bromeando con Rosier, llegaron hasta sus oídos, anunciando que el grupo de segundo se acercaba. Sirius estiró el cuello para mirar a sus cómplices, captó la atención de Belle y le indicó por gestos que ya venían. Ella asintió y levantó el pulgar para darles ánimo. Al par de segundos, el grupo de slytherins apareció en el vestíbulo, con Wilkes y Rosier en cabeza, armando bulla, seguidos de Avery, Liverlie Connor y otro par de chicas de su clase, que les reían las gracias. Snape y Lestrange iban detrás, un poco separados del resto, hablando en voz baja sobre algo aparentemente serio. En cuanto los primeros llegaron al umbral del Gran Comedor, los dos gryffindors salieron de su escondite con rapidez e hicieron como que venían de las escaleras.
-… Es que eres un burro, eso es lo que eres –decía Sirius, fingiendo regañar a Pettigrew-. ¿Cómo se te ocurrió poner eso en el trabajo?
-¡Era lo que decía el libro! –se defendió Peter.
-Pero te dije que los datos estaban confundidos, cabeza hueca, Flitwick dijo en clase que era una errata del editor, nunca te enteras de nada…
Y empujó a Peter, molesto. Éste fue a estrellarse contra Snape y ambos estuvieron a punto de caerse al suelo.
-¡Maldita sea, Pettigrew! –rugió en el acto el pelo grasiento, con un más que palpable mal humor-. ¿Es que no tienes ojos en la cara, o tu coeficiente intelectual no te llega para poder coordinar tus movimientos?
-Perdona, perdona –se disculpó el castaño, arreglándole la túnica a Snape-. Fue sin querer, tío.
Él le apartó las manos de un manotazo y lo miró con el ceño duramente fruncido.
-¡Quítate de en medio!
-Ya, ya, no te estreses, Snivelly –intervino Sirius, acercándose a Peter y pasándole un brazo por los hombros en actitud protectora-. No lo hizo a propósito, ¿sabes?
Snape le dedicó una mirada envenenada a Black, pero reemprendió el camino hacia el Gran Comedor sin decir nada, reuniéndose con Lestrange, que lo esperaba en la puerta.
-¿La tienes? –susurró Sirius a Peter.
-Por supuesto –contestó él con una risita.
Y los dos entraron al comedor para ir a sentarse rápidamente a la mesa de Gryffindor, chocándose a propósito contra Snape otra vez al pasar por su lado, conteniendo la risa.
-Ya está –informó Belle, que lo había visto todo desde las escaleras-. Vamos. Y tenemos suerte, porque parece que Severito está de muy mal humor hoy.
Aún junto a la entrada del Gran Comedor, Snape se frotaba levemente el hombro que le había golpeado Sirius al adelantarlo, con sus furiosos ojos negros clavados en el par de gryffindors que trotaban hacia su mesa partiéndose de risa.
-Imbéciles –le masculló a Lestrange, mientras sus compañeros se iban sentando en el extremo de la mesa de Slytherin más cercano a la puerta-. No aguanto cuando se ponen así, seguro que ya están maquinando alguna de sus chorradas…
-Pues será mejor que no les prestes mayor atención, porque ya hemos tenido bastante en los últimos días –comentó Lestrange en voz baja, mirándolo con ceño y cruzándose de brazos-. No te conviene llamar mucho la atención, Severus, y más después de… lo que está ocurriendo.
-Rod tiene razón –Rosier, que ya estaba a la mesa, volvió el rostro para unirse a la conversación, tornándose serio-. Fletcher se está empezando a mosquear de verdad, han sido tres castigos seguidos en muy poco tiempo, entre lo de Flathery, la pelea con Lupin, el resbalón con el caldero del lunes…
-¿Tres? –gruñó Snape, sarcástico, sentándose a su lado-. ¡Cuatro, Evan! Te olvidas de la bronca de McGonagall por el asunto de la estúpida de Norris, por culpa de esa maldita jugada de Black.
-Si te pones así, entonces tendremos que contar cinco –entonó Wilkes, que estaba colocado frente a él, esbozando una abierta sonrisa medio demente-. Se te ha pasado el castigo de Crockford por enredar en los libros de la mazmorra 6, aquella noche que Norris te pilló merodeando por los corredores y corrió a chivarse a Pringle.
-Gracias, Jerome –Snape lo fulminó con una mirada muy poco amable.
-De todas formas, podría haber sido peor –Avery se encogió de hombros, pasándole una jarra a Liverlie-. No negarás que has tenido mucha suerte, dentro de lo que cabe, apenas has perdido puntos y los castigos no han sido la gran cosa. ¡Sobre todo el de Dumbledore por el tema del engendro de Flathery!
-¡Sí! Yo pensé que nos caería la gorda, pero nada que ver –Wilkes miró con entusiasmo a sus amigos-. Se ve que ni el director le dio tanta importancia al accidente de la suaníta, a veces me pregunto cuántos de los profesores le ponen buena cara a Flathery sólo por aparentar…
-Más de uno, eso te lo aseguro –corroboró Avery, riéndose.
-Pues el castigo de Dumbledore es el que más me preocupa –musitó Snape, más para sí mismo que para sus compañeros, sirviéndose una taza de chocolate-. Preferiría haberme pasado el resto del curso limpiando la lechucería cada día.
-No exageres –rió Liverlie, mirándolo con aire condescendiente-. Créeme, no es para tanto. A mi primo le va lo clásico, así que no te esperes nada fuera de lo normal. Ya has aguantado sus bromas más de un año, te prepararán otra algo más gorda y punto final. Lo mismo, con un poco de suerte, ni siquiera se intentan vengar, por miedo a que los profesores los castiguen.
-Liverlie, seamos realistas, ¿cuándo exactamente les ha detenido eso, si se puede saber? –replicó Snape, componiendo una mueca de desagrado-. Y no es Black quién me preocupa, sino Flathery y su mente retorcida.
-Como sea –atajó Lestrange, volviéndose hacia su compañero de pelo y ojos negros, bajando el tono de voz y adquiriendo de nuevo una expresión seria-, te repito lo mismo de antes, no es conveniente tener a los profesores tan pegados a ti, la bronca que te echó Fletcher el lunes después de clase por lo del caldero y el brazo de Black fue tremenda, ya te has ganado que, a partir de ahora, se pase las clases con un ojo puesto en ti, y eso ya nos fastidia para…
-No hace falta que me lo recuerdes –lo cortó el pelo grasiento, estrechando los ojos con mal humor.
-Pues quién lo diría, Severus –Lestrange alzó las cejas con ironía-. Mira, yo soy el primero que detesta que esos pringados me toquen las narices, pero sabes de sobra que la tienen cogida contigo y que eres tú a por quién van. Y no te lo puedes permitir, ya oíste lo que Lucius y mi hermano nos estuvieron contando anoche. Sé que estás de mal humor desde el partido del sábado, pero eso no es excusa para…
-No es el partido lo que me puso de mal humor –la voz de Snape surgió más fría de lo normal.
-Pues lo que sea, ¡qué más da! El caso es que estás con los nervios de punta y saltas más de la cuenta cada vez que Potter y Black abren la boca. ¡Pasa de ellos! Ya has visto cómo se están poniendo las cosas en el mundo mágico, no es momento para preocuparse por memeces. Tienes un talento especial, Severus, no cualquiera consigue lo que has conseguido tú, y si ahora te pegas a todos los profesores detrás de ti para vigilarte, todo lo que hemos estado preparando este curso se irá por completo al carajo –agarró con brusquedad su mochila, rebuscó dentro y sacó un libro de tamaño cuartilla, bastante viejo y ajado, con las tapas verdes descoloridas. Sin miramientos, se lo plantó a su compañero en la mano y añadió-: Toma, te lo devuelvo, mi hermano me lo ha dado esta mañana antes de subir, gracias de su parte, dice que les ha servido de mucha ayuda. Date prisa y vete a la habitación a guardarlo de nuevo. ¡Y olvídate ya de esos idiotas y ponte a trabajar!
La expresión de Severus Snape en esos momentos era un auténtico poema. Parecía estar conteniéndose con todas sus fuerzas para no soltarle una contestación bastante seca a su compañero, indignado ante el carácter autoritario con el que éste acababa de hablarle, como si fuese su superior. Con la quijada rígida de enfado, se volvió hecho una furia, dispuesto a recoger su mochila del suelo para guardar en ella el libro, pero al girarse soltó una exclamación ahogada y se echó hacia atrás con brusquedad, golpeándose en las costillas con la mesa al brincar por el susto. Justo detrás de él, un par de grandes ojos azul oscuro lo miraban fijamente desde abajo, con suma atención. Belle Figg estaba en el suelo de cuclillas tras su asiento, observándolo, y sabe Dios cuánto tiempo llevaría allí.
-¿Qué se supone que haces? –exclamó Snape, mirándola con horror, incorporándose para apartarse de ella todo lo posible.
Los demás slytherins de segundo dirigieron sus miradas hacia la fuente del problema y se apartaron de un salto también. Rosier reprimió una palabrota y Liverlie soltó un grito, aunque se apresuró a llevarse una mano a la boca para acallarse, avergonzada por haberse dejado sorprender. Belle alzó las cejas, divertida, y dejó escapar una leve risilla nasal, esbozando una enorme sonrisa.
-Hola, Severus –entonó melosa, y le guiñó un ojo-. Qué casualidad encontrarte por aquí. El caso es que pasaba cerca y, como me pareció oírte criticar una vez más (y como siempre) a mis amigos, decidí unirme a la charla. Pero la verdad es que estaba bastante interesante el asunto, podéis seguir, tranquilos, no hace falta que os preocupéis por mí…
Rosier hizo amago de levantarse, metiendo la mano en la túnica para sacar la varita, al igual que Lestrange, cuyo delgado rostro se había crispado en un dos por tres. Snape apretó los dientes y abrió la boca para replicar, pero antes de que ninguno de ellos pudiera hacer o decir algo, Belle se levantó de un salto, le arrebató el ajado libro verde al pelo grasiento de las manos y se volvió con rapidez, haciendo ondear la larga falda de su túnica negra.
-¡Remus! –exclamó, y le lanzó el libro a su amigo casi rubio, que estaba a un par de metros de distancia, en el umbral de entrada al Gran Comedor, junto a Sam Flathery.
Snape abrió los ojos y la boca desmesuradamente, siguiendo con la mirada la trayectoria de su libro hasta que éste fue atrapado por las delgadas manos de Remus Lupin.
-¡Lo tengo!
-¡FIGG! –rugió el slytherin, enfurecido.
Enseguida se produjo un tumulto considerable.
Con un violento ademán para levantarse, Snape empujó sin darse cuenta a Lestrange, que por estar retorcido para no perderse la escena perdió el equilibrio y se cayó de espaldas al suelo con gran estrépito, enredándose con su propia túnica. Agarrando a Rosier de la parte de atrás de la capa, Snape saltó el banco con más agilidad de la esperada y se lanzó contra Belle, estrellando en el camino a su compañero de casa contra la mesa. Liverlie se levantó apresuradamente, dando traspiés, y Wilkes y Avery, que estaban al otro lado de la mesa, también se incorporaron, más para mejorar la visibilidad que porque pretendieran intervenir.
Antes de que la morena golpeadora de Gryffindor llegara hasta sus dos amigos, la mano derecha de Snape se cerró sobre su codo como una garra y le retorció el brazo en una llave bastante dolorosa que la hizo gruñir.
-Dame ese libro –masculló con tono glacial, dirigiéndose a Remus-. ¡Dámelo, Lupin!
-¡Suéltala! –replicó éste indignado, frunciendo el ceño con estupefacción. El slytherin no se movió, ni aflojó su agarre, taladrando con la mirada los pétreos ojos grises de Remus-. Severus… suelta a Belle AHORA, o tu tesoro se va directo a la chimenea más próxima.
Se produjeron unos segundos de tenso silencio en los que nadie abrió la boca, negándose a ceder.
-¿Qué tiene de especial, eh? –susurró Belle, en voz tan baja que sólo su captor podía oírla. Los ojos negros se clavaron en los de ella, y de repente la joven Figg tuvo una sensación muy extraña-. ¿En qué lío te has metido esta vez, Severus?
Por un momento, ambos se sostuvieron la mirada, hasta que de repente Snape soltó a la muchacha con un empujón y extendió el brazo hacia Remus, mirándolo con dureza.
-Dámelo –soltó lacónicamente.
-¿Qué es? –intervino Sam, cogiendo suavemente el objeto de discordia de manos de su amigo, sin apartar la vista de Snape-. ¿Otro libro robado de la mazmorra 6, con hechizos y pociones ilegales para destruir la vida de alguna pobre persona más?
-¡Eso no es asunto tuyo! –espetó el chico de la casa de las serpientes-. ¡No le pongas las manos encima, Flathery!
-¿Qué temes, que se contamine con mi esencia suaníta? –Sam le devolvió la mirada de desprecio-. ¿Crees que se va a convertir en un engendro si lo toco? Gracias, Snape, realmente me atribuyes tantas capacidades mágicas que a veces hasta me halagan tus insultos.
Con un simple gesto del pulgar, la rubia desabrochó la pequeña correa que formaba el cierre del libro, como si se dispusiera a abrirlo. El rostro de Snape se crispó de rabia.
-¡Estate quieta!
-Vaya… ¿quién sufre ahora ataques de histeria? –entonó ella, alzando una ceja y abrochando de nuevo el cierre con lentitud-. ¿Cómo es esa frase que sueles usar tú? Ah, sí… "Esto no tiene precio", ¿verdad? Ten cuidado, Snivellus, esos ataques de furia no son propios de ti, quizá tus amiguitos empiecen a plantearse que quizá tú también seas una aberración.
Snape apretó los dientes, conteniéndose, y miró a los tres gryffindors que se erguían ante él, Belle suspicaz, Remus inexpresivo y Sam altiva.
-Si te pones así sólo por un cuadernillo cochambroso, quizá sería recomendable pasarnos a hacerle una visita al profesor Fletcher para pedir su opinión –dejó escapar la morena como quién no quiere la cosa-. A lo mejor encuentra interesante saber que los alumnos de su casa son tan rematadamente pelotas porque lo único que quieren es tener contentos a los profesores y poder hacer a sus espaldas lo que les venga en gana.
-No hables de lo que no entiendes, Figg –murmuró Snape, cambiando el tono de voz a uno indescifrable-. Has oído cuatro palabras y ya te crees que has desentrañado la conspiración del siglo. A nadie le gusta enemistarse con los profesores, salvo a los subnormales que tú tienes por amigos, porque hay algo llamado "Copa de las Casas" que todos quieren conseguir a final de curso, y por eso normalmente la gente se esfuerza en portarse bien y conseguir el mayor número de puntos posibles. Ahí tienes tu plan diabólico –Belle arrugó la frente, estrechando los ojos, pero no replicó-. Será mejor que cierres la boca antes de seguir diciendo estupideces. Y devolvedme el libro. Es de mi propiedad, como no me lo deis ahora mismo, iré a decirle al conserje que me habéis robado, y de ahí pasaré a informar a McGonagall.
El muchacho seguía con el brazo extendido, esperando. Remus dirigió una fugaz e imperceptible mirada a la mesa, viendo que todo el grupo de segundo de Slytherin estaba pendiente de ellos, Wilkes y Avery absortos, Rosier con cara de muy pocos amigos, de pie junto al pico más cercano de la mesa, y Liverlie agarrada al brazo de Lestrange, puesto que lo había ayudado a levantarse del suelo y aún no lo soltaba. Unos asientos más allá, unas chicas de su clase también los miraban con interés y curiosidad. Sus ojos se fijaron entonces en la taza de chocolate de Snape, que se había ido vaciando lentamente desde que el susodicho se levantó de la mesa y ahora empezaba a llenarse de nuevo con un líquido similar. "Bien por James y su capa invisible", se dijo, y tuvo que reprimir un suspiro de alivio, pensando que pronto terminaría el espectáculo. No le gustaba actuar de esa manera, como vulgares matones que se dedican a atormentar a los demás, ni siquiera cuando se trataba de sus archienemigos.
-¿En serio crees que será necesario recurrir a eso, Severus? –entonó Lupin, emitiendo un teatral suspiro de cansancio-. No hay por qué sulfurarse tanto, sólo era una broma. Ya sabes, como la broma de intentar matar a Sam en el corredor del primer piso con un boggart-fetiche, total, una broma sin importancia, ¿no te parece?
-Podemos resolverlo así, o puedo quitároslo por la fuerza, ¿quieres? –repuso Snape irónicamente, ladeando la cabeza hacia él-. Después de todo, liarse a golpes como un salvaje es lo que va contigo, ¿no, Lupin?
-No creo que te decidieras por esa opción, me parece recordar que la última vez que lo intentaste terminaste bastante mal –se burló Sam, apegándose a Remus con una amplia sonrisa, mientras éste le pasaba un brazo por los hombros.
-Pues yo creo recordar haberte dicho ya tres veces que me devuelvas mi libro, Flathery, ¿tienes problemas de audición?
-Me pregunto dónde queda tu sentido del humor en momentos como éstos, Severus –rió quedamente Belle, dedicándole una mirada condescendiente.
Remus notó que alguien le tiraba de la manga y comprendió el mensaje. Apretó disimuladamente el hombro de Sam, indicándole que el trabajo estaba terminado, y sintió a la muchacha relajarse de alivio. Ella también se había puesto bastante más incómoda de lo que esperaba.
Sorprendiendo a todos los presentes, Sam se escurrió del abrazo de Remus y se adelantó hasta quedar frente a frente con Snape. Ninguno de los dos dijo nada, pero se sostuvieron la mirada con fijeza por unos segundos, antes de que la joven Flathery agarrara al muchacho por la muñeca y le colocara en la mano el viejo libro verde. Él no cambió de expresión en lo más mínimo y su rostro siguió tan vacío como antes.
-A diferencia de ti, yo sé hasta dónde llegar y cuándo detenerme –le dijo en un serio murmullo, manteniendo el ceño fruncido-. Nunca nos hemos llevado bien, Severus, ni creo que lo hagamos jamás. Pero tampoco creo haberte hecho algo lo suficientemente grave que justifique lo que tú me hiciste a mí. No me han echado del colegio, como pretendías, pero el cartel de suaníta ya no me lo quita nadie y por tu culpa he perdido a más de una persona. Y déjame decirte que tus estúpidos amigos tienen razón, también hay más de un profesor que me mira de forma diferente desde que saben quién soy. Estarás contento, eso era lo que querías, aunque sigo sin entender qué sacas tú de todo esto. Sin embargo, también te doy las gracias, porque ahora mis amigos están más unidos a mí que nunca. No me gusta ser rencorosa, así que quiero que sepas que, después de lo de hoy, consideraré que estamos en paz. No volveré a pelearme contigo, pero tampoco quiero que lo hagas tú. A partir de ahora, no volveré a tocarte un pelo, a no ser que seas tú quién empiece.
Con esas palabras, la rubia volvió a retroceder hasta sus dos amigos, sin dejar de mirar al slytherin. Snape arrugó el entrecejo y se apresuró a apretar el libro contra su pecho.
-Lárgate a sermonear a otro, Flathery –gruñó Rosier, mirándola con desprecio.
-Sí, por lo menos a alguien a quién le importe –añadió Wilkes, y se echó a reír.
-¡Basta! –exclamó de repente Lestrange y, cuando los demás lo miraron, señaló con la cabeza hacia la mesa de profesores, desde donde Fletcher acababa de fijar sus suspicaces ojos cristalinos en la escena.
-Qué suerte has tenido, engendro –murmuró Wilkes, dirigiéndole una última mirada demente a Sam, pasándose la punta de la lengua por los dientes, aún medio riendo.
-Cierra la boca, esquizofrénico –soltó Belle, lanzándole una servilleta a la cara-. Y vamos, empezad a interpretar vuestros papeles de alumno modelo, para que los profesores no sospechen –bufó con desprecio manifiesto-. Sois pura basura.
-Que disfrutéis el desayuno –añadió Sam, con un misterioso brillo en sus oscuros ojos verdes, que todavía seguían fijos en Snape-. Bon appétit.
Y los tres se marcharon a la mesa de Gryffindor apresuradamente y a grandes zancadas. Cuando iban a medio camino, Sam se cruzó de brazos, agachando la cabeza con expresión pensativa.
-¿Estás bien? –inquirió Remus, colocando una mano en su hombro.
-Sí… es sólo que me estoy arrepintiendo –musitó ella, volviendo la mirada hacia los slytherins-. Teníamos que haber preparado poción para todos, no sólo para Snape. No sé quién es más desagradable.
-Hemos tenido la mala suerte de pillarlo en un mal día –comentó Belle, frotándose el brazo que el pelo grasiento le había retorcido-. Qué mierdas, nunca había visto a Snivellus así, no sé qué narices le habrá pasado, pero definitivamente, hoy no está de humor.
-Nunca está de humor –Remus endureció su expresión-. Sólo se puede fastidiar cuando a él le de la gana, ¿no? Pues lo siento, pero las cosas van a salirle por la culata esta mañana. No es que me guste martirizar a las personas, pero por una vez me voy a aplicar la filosofía de Sirius y voy a disfrutar con esto. Empezó él, de todas formas, así que se lo ha buscado él solo.
Mientras, los otros ya habían vuelto a ocupar sus respectivos asientos. Snape cogió su cartera y metió dentro el libro, asegurándose de dejarla bien cerrada después. Al incorporarse, dirigió una elocuente mirada envenenada a Lestrange, que desvió la vista de inmediato.
-La próxima vez, a parte de morderte la lengua y no hablar de lo que no debes aquí en medio, te recomiendo que o te quedes con el libro, o me lo des en privado –masculló, escupiendo cada palabra con superioridad manifiesta-. Pero, como vuelvas a sacarlo de esa manera delante de alguien, te juro que tanto Lucius, como tu hermano o el mismísimo ministro de Magia, se irán al carajo de cabeza cuando vuelvan a pedirme cualquier cosa, ¿te ha quedado lo suficientemente claro, Rod?
-No es necesario que te pongas borde –replicó su compañero entre dientes-. Está bien, está bien, lo siento. Al menos Flathery no lo ha abierto, podría haber sido peor.
-Estoy hasta las narices de oíros decir eso –Snape apartó de un manotazo la bandeja de churros que le ofrecía Avery en gesto conciliador-. ¿Qué haces? Sabes que odio los churros, Edward. ¡Y los han tenido que poner precisamente hoy, para rematar el día!
-No te pongas así –intervino Liverlie, resoplando-. Cuando estás de mal humor no hay quién te aguante, Severus. Además, ya has oído a Flathery. A partir de ahora considera que ya "estáis en paz". ¡Ya ves de lo que tenías que preocuparte! Ésa era su grandiosa venganza, fastidiarte un ratito con una chorrada. Bah, menuda idiotez, esa panda de anormales está perdiendo facultades…
La chica siguió hablando, pero Snape la ignoró. A ella y a todos los demás, burbujeando en su pecho el creciente deseo de mandarlos a todos a la mierda y aislarse de ellos por un tiempo. Y empezó a remover su chocolate con desgana y una extraña sensación en la boca del estómago, sumiéndose en sus pensamientos.
James salió al vestíbulo bajo su capa invisible, intentando contener el resoplido que pugnaba por salir. Realmente, no sabía qué era peor, si Snape en versión imperturbable y fría, con sus comentarios repelentes, o en versión furiosa y exaltada, con los ojos echando chispas de instinto asesino. En verdad era fácil hacerle picar cualquier anzuelo últimamente, porque llevaba unos días muy susceptible por razones desconocidas, pero nunca lo había visto tan enfadado como esa mañana. Al parecer, Belle había puesto de lleno el dedo en la llaga al tocarle ese libro. Mientras limpiaba un poco la pajita con la que había sorbido el chocolate de su enemigo (y por la que posteriormente había vertido también la Poción Multijugos) y se la guardaba en el bolsillo, se preguntó vagamente qué sería. Tenía más pinta de diario que de libro de texto. "Quizá era su diario, a fin de cuentas –pensó, encogiéndose de hombros-. ¿Pero qué clase de persona va dejando a sus compañeros de casa su diario personal? Ya no sólo a los de tu clase, sino también a los de otros cursos… Nah, no es propio de Snivelly. Yo no le dejaría el mío ni a Sirius".
Vio a Lily apoyada en la pared, a escasos metros de la puerta de entrada al comedor, esperándolo. Necesitaban entrar juntos para la última fase del plan, así que se dirigió con rapidez a otro rincón sombrío, lo más apartado posible de ella, se ocultó y se quitó la capa rápidamente, guardándola en la cartera, para volver a salir después como si tal cosa, acercándose a la pelirroja.
-¿Todo bien? –inquirió Lily, expectante, volviéndose hacia él con una sonrisa cuando notó su presencia, a apenas un metro de distancia.
-Todo bien –sonrió Potter.
-¿Qué le habéis hecho a Snivellus? He oído su grito de "¡FIGG!" desde aquí, por un momento me he asustado…
-Nah, Belle, que le ha tocado un poco las narices. Me temo que nuestro pobre pelo grasiento no está de buen humor hoy.
-Mejor –Lily respiró hondo, separándose de la pared para incorporarse-. Así nuestra broma servirá para bajarle un poco los humos, no hay nada mejor para los problemas que una humillación pública.
-Creo que esa afirmación es muy cuestionable –James alzó una ceja, sonriendo de lado-. Me das ideas. Luego intentas matarme cuando yo te tomo el pelo en público.
-Es diferente –repuso Lily, como si fuese obvio-. Snape es retorcido, malvado, metomentodo, chivato, pelota de cara a los profesores y sádico por la espalda, rencoroso, amargado, antisocial, con un ligero complejo de algo, sin duda, y además me cae mal, que es lo más importante.
-¡Faltaría! Después de todos los maravillosos atributos que le acabas de endosar, no me extraña que te caiga mal…
-¿Acaso he dicho algo incorrecto?
-No, no –se apresuró a contestar el muchacho, agitando una mano en gesto de negación para reforzar sus palabras. Luego le dedicó una sonrisa a su amiga, ofreciéndole el brazo-. ¿Vamos allá, mi querida dama?
-Vamos, estimado caballero –rió Lily, colgándose inmediatamente de él.
-En fin, memorizaste bien el hechizo, ¿verdad? –preguntó James con tono de preocupación, cuando se dirigían a la puerta.
-Señor Potter, sólo necesito su ayuda en Transformaciones –replicó molesta la pelirroja-. Nadie me pisa en Encantamientos, ni siquiera usted, don Perfecto.
-Está bien, señorita Evans, no se enfade, no pretendía cuestionar sus habilidades –James se echó a reír, deteniéndose cerca del umbral-. Veremos qué tal se le da el teatro…
Lily le dedicó una última sonrisa, junto con un guiño cómplice, y, separándose de él, entró corriendo en el Gran Comedor.
-¡Ni se te ocurra volver a acercarte a mí, James Potter! –chilló fingiendo histeria. Todos los que se encontraban a tres metros a la redonda se la quedaron mirando. Las peleas Evans vs. Potter eran mundialmente conocidas, y las más entretenidas de toda la escuela.
James entró corriendo tras ella, con cara suplicante.
-¡Vamos, Lily, no te enfades!
-¡¿Que no me enfade?! –la muchacha se detuvo en pleno comedor y se volvió hacia él, colérica-. ¡Ni creas que voy a seguir siendo el blanco de tus bromas! ¡Como te acerques, te echo una maldición! –y sacó la varita, haciendo que más de uno se revolviera de interés en su asiento, incorporándose para ver mejor.
-¡Sabes que fue sin querer! –se explicó Potter, deteniéndose también.
-¡¿Sin querer?! Por favor, Potter. ¿Pretendes que me trague que todos mis libros salieron volando por la ventana SIN QUERER?
-Errr… Bueno, quizá no fue del todo accidental… ¡Pero no quería tirarte todos! Sólo… algunos.
Lily dio una patada al suelo, furiosa.
-¡James Potter, eres insoportable!
Levantó la varita y lanzó un chorro de chispas doradas a James, que consiguió apartarse justo a tiempo. El haz de luz chocó contra las puertas del Gran Comedor, que temblaron misteriosamente, y el moreno de ojos castaños se volvió hacia ella con la boca abierta.
-¡Casi me das! –chilló.
-¡Muy agudo! –replicó Lily con sarcasmo, y alzó la varita otra vez.
-¡Señorita Evans! –cortó McGonagall, que se levantó de su asiento y les dirigió a ambos una mirada fulminante, desde la propia mesa de los profesores-. ¡Deje esa varita! ¡Y usted, Potter, siéntese de una vez! ¡Siéntense los dos! ¡Se acabó el espectáculo!
Lily y James se miraron con odio y fueron a sentarse a su mesa. Poco a poco, el comedor recobró la normalidad.
-¡Madre mía, ha estado genial! –exclamó Peter, en cuanto los dos actores llegaron junto a ellos-. Era tan real, que por un segundo me he preguntado qué guarrada le habrías hecho ahora a Lily, James…
Los recién llegados se miraron y sonrieron.
-Todo el mérito es de Lil –dijo él, con una sonrisa de orgullo, pasándole a la susodicha varios churros, mientras ésta se sonrojaba ligeramente-. Una actuación muy creíble, señorita Evans… pero casi me da con el hechizo a mí de verdad –y le guiñó un ojo, divertido.
-Lo tendrías merecido –rió Lily, en son de broma-. No, en serio, estaba todo controlado, James. Espero no haberte asustado demasiado.
Y, llevándose una mano a la boca, entonó una falsa y exagerada risa maquiavélica, haciendo reír también a sus amigos. Potter le dirigió una irónica mueca.
-Jamie también es un gran actor –comentó Sirius, saboreando su taza de chocolate-. Entre el numerito de ayer y el de hoy, creo definitivamente que debería dedicarse al mundo de la farándula. Y, además, tiene muy buen gusto para elegir los desayunos improvisados…
-Nada de lo que ocurre aquí es improvisado, Sirius –le corrigió Sam, alzando un dedo en plan sabelotodo.
-¿Qué numerito de ayer? –inquirió Belle inocentemente, enarcando las cejas hacia Black.
Sirius se atragantó con el chocolate, James empezó a palmearle la espalda para disimular, Remus ocultó la cara tras su propio tazón y Peter esbozó una enorme sonrisa forzada, sudando y agitando las manos en gesto de negación. Pero la escena se vio interrumpida por un grito desgarrador que llegó del otro lado del comedor. En el acto, todo el mundo se volvió a mirar hacia allí, levantándose de sus asientos para ver lo que pasaba, revolviéndose y amontonándose en busca de una mejor perspectiva. Se produjo un revuelo enorme, el griterío continuaba, todos los profesores se habían levantado, estupefactos… y los siete amigos de Gryffindor se miraron por un segundo antes de estallar.
-¡Esto no me lo pierdo! –exclamó Peter emocionado, y se subió a la mesa sin reparo alguno, para ver mejor.
Los demás lo imitaron, subiéndose a los asientos y poniéndose de puntillas. Severus Snape gritaba en la mesa de Slytherin, agarrándose la garganta con las manos, hasta que se terminó tirando al suelo, arrastrando consigo el desayuno de varios de sus compañeros, y quedó allí a cuatro patas. La mesa lo ocultaba, pero las caras horrorizadas de los que estaban a su alrededor indicaban que no le estaba pasando nada bueno. Tras unos segundos, el griterío cesó y Snape surgió otra vez.
Un denso silencio cayó sobre el Gran Comedor. El joven slytherin parecía de todo menos una persona. Tenía la cara cubierta de un brillante pelaje negro, con los ojos completamente redondos y enormes, que parecían salirse de las órbitas. De entre su grasiento pelo negro sobresalían un par de orejas de gato, y, de hecho… parecía un enorme gato con peluca. Snape se miró a sí mismo y soltó un grito tan agudo que casi sonó como un maullido.
La carcajada general empezó en la mesa de Gryffindor y se extendió por todo el Gran Comedor. Todos los profesores se habían puesto pálidos, no se sabía si por el horror o por el esfuerzo de mantener la seriedad, y las caras de los slytherins eran un verdadero poema. Sam, subida de rodillas a la mesa de Gryffindor, esbozó una diabólica sonrisa y le hizo un corte de manga a su rival en Pociones, murmurando algo así como: "¡Nadie se mete con Samantha Flathery y sale ileso de su osadía!".
Snape echó a correr hacia la entrada del Gran Comedor, y las carcajadas se intensificaron al ver la cola de gato que sobresalía por debajo de su túnica. Pero, cuando intentó cruzar las puertas, éstas se cerraron de golpe en sus narices con un tremendo estruendo ensordecedor. Al tratar de abrirlas, parecieron darle una descarga eléctrica, y salió disparado hacia atrás, cayendo a varios metros de distancia. Se levantó corriendo y volvió a intentarlo, desesperado… pero volvió a pasar lo mismo. Sirius lloraba de la risa, sentado en el suelo por la incapacidad de mantenerse ya en pie. Más de uno apenas podía respirar por las carcajadas. Harto de parecer una pelota de ping-pong a la que no paraban de golpear de un lado a otro, Snape empezó a palparse la túnica, sin duda, buscando su varita, y compuso una expresión horrorizada al no encontrarla. Fue entonces cuando Peter ya no pudo soportarlo más y también cayó al suelo, retorciéndose de la risa.
-¡FINITE INCANTATEM!
El profesor Dumbledore había levantado su varita. Las puertas del Gran Comedor se abrieron de golpe y Snape salió corriendo como alma que lleva el diablo. Sin embargo, las carcajadas no pararon, y la gente siguió golpeando las mesas con los puños, arrastrándose por el suelo o intentado recuperar la respiración.
-¡Dios mío! –exclamó Sirius, secándose las lágrimas y sonriendo con tantas ganas que casi tenía los ojos cerrados-. ¡Quiero guardar esto en mi memoria para siempre!
-¡Ha sido alucinante! –rió Lily, y, en un ataque de euforia, se abrazó a James-. ¿Viste mi encantamiento, Potter? ¡Mejor que los tuyos!
-¡Todo ha salido perfecto! –añadió Sam, emocionada-. ¡Estoy muy orgullosa de vosotros, todos lo habéis hecho genial!
Y, radiante de felicidad, se abrazó a Remus y a Peter y le dio un sonoro beso a cada uno, provocando el enrojecimiento por parte de ambos.
-Tiene razón, señorita Flathery, todos lo han hecho muy bien.
Los siete amigos se quedaron de piedra, volviéndose a la velocidad de la luz para ver tras ellos a Albus Dumbledore, que los miraba a través de sus gafas de media luna con una expresión indescifrable. La sangre se les bajó a los pies y las bocas se les quedaron abiertas de horror.
-Niños… acompáñenme –les pidió el director, y se encaminó hacia la puerta.
Ellos no pudieron hacer más que seguirlo, aterrorizados, mientras la gente seguía riendo y los felicitaban a gritos en su camino hacia la salida.
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-Pueden sentarse, chicos.
Los siete amigos vieron cómo el director tomaba asiento tras su escritorio, en aquel fascinante despacho que ninguno de ellos, salvo Remus y Sam, había visitado aún… y que, a partir de aquel incidente, frecuentarían bastante. Luego se miraron entre sí, con expresiones sombrías.
-Creo que… preferimos quedarnos de pie, profesor –murmuró James, aún tembloroso.
-Oh –Dumbledore enarcó sus espesas cejas plateadas-. Como gustéis. Pero he de advertiros que no podréis huir corriendo.
Sirius puso cara de "¡Maldición!", y el director esbozó una tenue sonrisa.
-Bien –empezó, acodándose en el escritorio y uniendo las yemas de sus largos dedos-, el principal motivo por el que os he mandado venir es felicitaros por una venganza tan bien planeada y sincronizada.
Todos los niños se sentaron en el acto. No creían que sus piernas los pudieran sostener. Se quedaron mirando al anciano con los ojos muy abiertos y las mismas caras que si se hubiesen tragado un cubito de hielo entero. Dumbledore ensanchó su sonrisa.
-¿Ya se han cansado de estar de pie?
-Creo que estoy alucinando –murmuró Sirius, y se frotó los ojos con fuerza-. Despierta, Black, despierta…
-Señor Black, puedo asegurarle que usted, al igual que sus seis amigos, está despierto y, créame, esto no es una alucinación –entonó Dumbledore. Parecía muy divertido con todo aquello-. Repito que en verdad me han impresionado, no esperaba algo tan planeado al milímetro. He de suponer que fue usted quién preparó la Poción Multijugos, ¿no, señorita Flathery?
Sam asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra.
-Brillante –halagó el director con una amplia sonrisa-. Muy hábil el añadirle el pelo de un gato, el efecto durará bastante tiempo… Me inclino ante usted, querida.
Hizo un ademán de reverencia y Sam se puso como un tomate.
-Y, por supuesto, fue el señor Potter quién nos deleitó con semejante exquisitez de desayuno, ¿verdad? –continuó, volviendo su clara mirada hacia James, que también se sonrojó-. Un camuflaje perfecto para la Poción Multijugos, he de decir, ha pasado completamente desapercibida. Supongo que también sabía que el señor Snape no soporta los churros y que, por consiguiente, sólo se tomaría el chocolate –James enrojeció aún más-. Tomaré eso como un sí… Señor Potter, lo suyo es la investigación, ¿sabe? Toda su intervención en este asunto demuestra un gran conocimiento de los hábitos del enemigo, y eso sólo se consigue con un amplio despliegue de métodos de espionaje. Ah, y también debo decirle que mis elfos domésticos últimamente le hacen más caso a usted que a mí, empieza a parecerme preocupante…
James hundió la cara entre las manos y dejó escapar un gemido de horror.
-Señor Black, me sorprende que usted no participara de forma más activa –exclamó Dumbledore, dirigiendo a Sirius una radiante sonrisa.
Éste hizo alarde de todo su descaro y se la devolvió.
-Es que pensaron que, si participaba de forma más activa, alguien podría resultar herido de gravedad –explicó, con la desvergüenza que lo caracterizaba.
-Muy sensato… Tendremos que reconducir su entusiasmo hacia metas más constructivas, un talento que no se trabaja y se pule supone más inconvenientes que ventajas. Señor Pettigrew –se volvió hacia Peter, que se puso lívido-, ¿sería tan amable de darme la varita que le… sustrajo al señor Snape en el vestíbulo?
Peter se levantó a trompicones, temblando, y se acercó al escritorio del director. Sacó una varita de la túnica con manos temblorosas y la colocó sobre la mano que le tendía Dumbledore.
-Muchas gracias –sonrió el anciano-. ¿Ya le devolvió su silbato a la señora Hooch?
-S-sí, señor –tartamudeó Peter-. El domingo… S-se lo devolví el domingo…
-Estupendo. Espero que su afición por lo ajeno no llegue a más. Tiene usted muchas otras cualidades que merece la pena explotar, como su facilidad para conseguir información hasta de debajo de las piedras, el carisma con el que ha sabido crearse esa amplia red de contactos y la rapidez con la que se entera de los pormenores de la vida de personas que no sabe ni quiénes son.
Peter se volvió a sentar, agachando la cabeza todo lo posible, como si quisiera desaparecer por el cuello de su túnica.
-Bueno… Señorita Figg y señor Lupin, ustedes dos parecen tener un don especial para sacar al señor Snape de sus casillas –se le escapó un murmullo de risa-. Pero también tienen un temple impresionante. La profesora Crockford me ha dicho que son ustedes dos los mejores alumnos de su clase –los miró con una sincera sonrisa-. Excelentes cualidades para luchar contra las Artes Oscuras, me atrevo a creer que serán grandes magos en un futuro.
Belle y Remus enrojecieron de inmediato, bajando la vista, pero también esbozaron leves sonrisitas de orgullo, mirándose de reojo.
-Y, para finalizar, mi estimada señorita Evans –dedicó a Lily una sonrisa tan cálida, que la chica adquirió en el acto el color de su cabello-. Muy buena interpretación, la verdad, el teatro no me divertía tanto desde que fui a ver Las alegres comadres de Windsor en 1958. Pero lo que más me gustó fue su encantamiento repulsor, muy hábil hechizar las puertas para que el señor Snape no pudiera salir y así alargar el espectáculo. Ese encantamiento es de nivel de cuarto curso, no me extraña lo más mínimo que el profesor Flitwick esté realmente encantado con usted, valga la redundancia –los miró a todos con satisfacción-. Resumiendo, estoy muy orgulloso de todos ustedes, han demostrado tener una gran capacidad para el trabajo en equipo y creo que les gustará saber que el castigo que han propuesto se llevará adelante hasta el final.
Todos se quedaron mirando al director como bobos.
-P-perdone, profesor –inquirió Belle tímidamente-, pero… ¿qué quiere decir?
-Justo lo que he dicho, señorita Figg –repuso Dumbledore-. Hace dos meses le advertí al señor Snape que ninguno de los castigos que yo pudiera ponerle sería nada comparado con la venganza que prepararían ustedes. Así que, simplemente, lo dejé sin castigar porque sabía que ustedes lo harían por mí –se metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño caramelo de limón-. Él admitió que lo que le hizo a la señorita Flathery estuvo mal y aceptó las consecuencias de su venganza. Seguramente, no llegó a imaginar que se les ocurriría esto –se echó el caramelo a la boca-. Me complace informarles de que el señor Snape no gozará de ningún privilegio por su condición actual, ése será el castigo.
Los chicos se miraron boquiabiertos, hasta que Sirius rompió a reír.
-¿Quiere decir que seguirá asistiendo a clase y todo eso? –balbuceó James, sin podérselo creer, con las carcajadas de Sirius de fondo.
-Exactamente, señor Potter. Quitando el hecho de que dormirá en la enfermería, claro, para poderse someter a las sesiones de cuidados de la señora Pomfrey…
Los otros seis se unieron a las risas de Black.
-¡No me lo puedo creer, es el mejor regalo de mi vida! –exclamó Sam, entusiasmada.
-Pero he de advertirles algo –añadió Dumbledore con expresión aparentemente inocente-. La libertad de la que han gozado estas últimas semanas se acaba ahora mismo.
-¡Claro! –exclamó Remus, como si acabara de encontrar oro-. Por eso nadie nos castigaba ni nos regañaba, porque teníamos pendiente nuestra venganza contra Snape…
-Entonces –Sam se tornó pensativa-, aquel libro, el Moste Potente Potions… ¿me lo dejaron a propósito?
Dumbledore le dedicó otra de sus cálidas sonrisas, mirándola por encima de sus gafas de media luna.
-Mundungus y Fiona sólo querían colaborar con la causa, pensaron que era una buena fuente de interesantes ideas…
-¡Increíble, traicionado por el jefe de su propia casa! –Sirius se rió con más ganas aún, y se incorporó en su silla como si tuviera intención de echar a volar, mirando al director con genuino entusiasmo-. Ey, profe, y eso que nos ha dicho antes… ¿significa que a partir de hoy pueden volver a castigarnos, como antes?
-Cualquiera diría que ha echado de menos los castigos, señor Black…
-¡Ni se imagina cuánto!
Y, por fin, Dumbledore se echó a reír.
-Está bien, muchachos, será mejor que bajen a terminar esos churros y vayan a sus clases, no deben llegar tarde. Y menos por culpa mía.
Los siete se levantaron con grandes sonrisas y fueron saliendo uno a uno, despidiéndose del director con las manos.
-Sam, querida –llamó Dumbledore, y la rubia se volvió hacia él antes de abandonar el despacho-. Ya vais 1 a 1. He disfrutado del espectáculo como cualquier otro, pero creo que sería mejor dejar esto en un merecido empate. No quiero que se inicie una batalla campal. Él empezó y ya ha recibido su merecido. Pongamos fin a la historia, ¿estás de acuerdo? –y le dirigió una significativa mirada.
Sam sonrió ampliamente.
-No se preocupe, profesor. Eso mismo es lo que le he dicho a Snive… digo, a Snape esta mañana. Por mi parte no habrá más conflictos, a no ser que él los provoque.
-Preferiría que, a partir de ahora, me dejarais a mí encargarme de los castigos, pero supongo que seguiréis haciendo lo que os venga en gana.
El hombre suspiró con una expresión a medio camino entre la diversión y la resignación, despidiendo a los niños con un gesto. Y, un par de minutos después, el grupo iba de nuevo hacia el Gran Comedor, radiante. No había mejor final para su venganza.
-Chicos, ¿sabéis qué? –exclamó Sirius, abalanzándose sobre James, Peter y Remus y rodeándolos por el cuello con fuerza-. Me siento realizado, en serio, ¡me siento realizado! Esto es como recibir la paga a final de mes, después de un trabajo bien hecho. Sería capaz de ponerme a hacer el pino ahora mismo, pero mi gran habilidad acrobática podría dejaros en shock, así que será mejor que me lo ahorre…
-Sí, será mejor que te lo ahorres –se burló Belle, que iba detrás de ellos-. Con el brazo roto tuviste bastante, no sería conveniente que ahora te rompieras también la cabeza.
De repente, Sirius se separó de los chicos y, volviéndose hacia Belle, la agarró de los brazos y la atrajo hacia sí, dejándola estupefacta.
-Belle, nunca antes te lo había dicho, pero… ¡te amo locamente! –y le plantó un sonoro beso en los labios.
Al principio, Belle puso la misma cara que si alguien la hubiese petrificado, pero su expresión pronto cambió de la estupefacción a la ira extrema, y Black decidió que era más prudente salir huyendo.
-¡SIRIUS BLACK, VOY A MATARTEEE! –rugió la morena, tan fuerte que hizo temblar todo el castillo, mientras echaba a correr tras el chico de ojos azules, que huía a la velocidad de la luz, riendo como loco.
-¡Belle! –gritó Lily, haciendo bocina con las manos-. ¡El desayuno!
-¡PREFIERO MATARLO! –contestó ella, pero paró un momento y se volvió hacia ellos-. ¡Iré a por la cámara de fotos, quiero pasarme por la enfermería y sacarle una a Snape, se la debemos a tu hermana, Sam! –echó a correr otra vez-. ¡Y DE PASO INTENTARÉ TIRAR A SIRIUS POR LA VENTANA!
-No van a cambiar jamás –sentenció James con una sonrisa, negando con la cabeza, y alzó un brazo a estilo Superman-. ¡Ey, gente! Vamos al Gran Comedor, que quiero comerme los churros que YO encargué.
Y los cinco emprendieron la marcha, James rodeando a Remus y a Peter por los hombros, los tres riéndose de Figg y Black, seguidos por una radiante Sam y una sonriente Lily, que no volvió a tener pesadillas ni premoniciones sobre aquel año… el año de la subida al poder de lord Voldemort.
--Fin del capítulo 6--
Preguntas que pronto encontrarán respuesta…
¿Qué nuevas intrigas e incógnitas les han surgido a partir de la primera escena? ¿Qué le pasa a Icarus Figg, y qué le pasará en un futuro cercano? ¿Y a Melpómene? ¿Por qué se empeñan tanto en que sólo Jonathan puede averiguar qué le pasa? ¿Qué le pasó a Grace Potter… y qué demonios tiene de especial Lily? ¿Qué maldades hará el maloso de Voldie ahora que por fin ha aparecido? ¿A cuánta gente conocida matará e intentará matar? Ojo a las familias de TODOS los chicos, serán muy importantes en un futuro, y no sólo la de Belle… ¿Y qué me dicen de la charla de los slytherins? ¿De qué hablaban, que es lo que están planeando, qué ha conseguido Snape y, sobre todo, qué es ese libro que lleva? Y, por otro lado… ¿Cómo se convertirán en animagos estos niños? ¿Y de dónde sacaron los apodos? ¿Terminarán de una vez el Mapa de Merodeador? ¿Pasará algo entre Remus y Sam? Y la pregunta del siglo… ¿por qué Peter Pettigrew traicionó a sus amigos? ¿Y esa pesadilla? ¿Por qué oía Lily una voz que le decía que por su culpa matarían a James? ¿De quién era esa voz? ¿Volverá a tener esas visiones? ¿Qué hará James al respecto? Y lo más importante de todo… ¡¿Cuál es el famoso secreto de Lilian Evans?! Bien, éstas y algunas más serán las preguntas que se irán contestando en la segunda parte de este fic, es decir, la ya mundialmente conocida parte dark, que comienza con el capítulo siete… "Malas noticias y más secretos" (¿Cuándo consolidó Voldemort su era de terror?)
Próximamente… ¡En esta mierda de web! xD
N/A: Hola, holita a todos los lectores n.n Antes de que empiecen a tirarme cosas o a pedir mi cabeza en bandeja de plata por haber desaparecido más de la cuenta, creo que es mi deber explicar el retraso. ¡Lo siento muchísimo, de veras! Pero no he pasado unos días muy buenos que digamos. Casi toda la semana del 12 estuve medio acatarrada, sin poder salir y con un dolor de cabeza considerable. En la semana del 19, aunque la empecé un poco mejor, empeoré mucho más de lo que a cualquiera le hubiese gustado en estas fechas. Tuve que pasar la Nochebuena con fiebre y la cabeza a punto de estallar, y el día de Navidad vomitando y sin poder moverme de la cama.
Todo esto ha ido retrasando más y más la corrección de este cap, porque, como comprenderán, de lo que menos ganas tenía en semejantes circunstancias era de ponerme delante del PC a trabajar, sinceramente… A partir del 26 me fui poniendo mejor, pero la recuperación se ha alargado, y estaba demasiado cansada como para retomar R, aunque me he acordado mucho de ustedes (y de lo mucho que ustedes debían estar acordándose de mí, y de toda mi familia, para poderse cagar bien en ella xD) En fin, ésas son las causas del conflicto. Y, para qué engañarlos, la verdad es que quise tomarme unos días de descanso después de estar enferma y dedicarme a no hacer nada, que las vacaciones son muy cortas y trabajo no me falta. Después del acelerón de los últimos días de clase, en los que estuve acostándome de madrugada para terminar trabajos atrasados y demás, necesitaba descansar. Así que he aprovechado para jugar al ordenador, leer, dibujar y esquematizar planes maquiavélicos para mis personajes, muajajajaja…
¡Ejem! Otra de las razones por las que no he subido antes este cap, es porque se me ha atragantado muchísimo la revisión. Es irónico, en la versión antigua, este cap fue uno de los que subí más rápido, lo escribí en escasos 4 ó 5 días, que yo recuerde, y es que siempre ha sido uno de mis favoritos, desde los inicios de R, allá por estas mismas fechas en el recién iniciado 2001. Quizá por eso mismo se me ha hecho más difícil corregirlo. Al principio no tenía intención de cambiar casi nada, pero según iba leyendo me daba cuenta de que necesitaba muchos retoques. Y ahora que por fin he terminado la revisión, no sé si se me habrá ido la mano. ¿Qué les parecen los cambios? Espero ansiosa su opinión, con este capítulo más que con ningún otro hasta la fecha, porque es muy importante para mí.
Por una vez, me gustaría dejarles los comentarios a ustedes en los r/r, pero no puedo dejar pasar ciertos detalles. Como habrán notado los veteranos, la primera escena es totalmente nueva. La escribí casi de corrido, me salió prácticamente sola, y, después de repasarla un par de veces y darle algún que otro retoque, me pregunté si no me habría ido de la lengua o habría soltado demasiada información. ¿Qué opinan? Yo, si les digo la verdad, estoy muy satisfecha con ella. Se explican algunas cosas que no recuerdo haber dicho en la versión antigua, y lo más importante: me permite usar un poco a John Potter, al que le tengo muchísimo cariño. Tenía ganas de mostrar la relación que tiene este hombre con Dumbledore, porque no es la misma que puede tener con Izzy, con Zephirus o con cualquier otro miembro del grupo. Ellos son sus amigos y compañeros, pero Albus, además, tiene una autoridad casi paternal sobre él: conoce su vida, sus defectos y virtudes, y su edad lo coloca en la posición ideal para poder darle lecciones morales a John con auténtico peso. Los demás sólo lo aconsejan, pero Dumbledore lo puede juzgar y amonestar sin parecer un cretino. Siempre me ha resultado muy interesante explorar las relaciones entre los distintos personajes, y… no es por echarle aún más flores a John, pero hay que reconocer que es un personaje bastante polifacético al que resulta delicioso exprimir (uy… qué raro ha sonado eso…)
¡Sí, me gusta John Potter! Y, como él, todos los demás miembros del grupo, y el amplio resto de mis personajes originales. Creo que ya lo he mencionado, pero me encanta crear personajes y asignarle a cada uno una personalidad específica. Es lo mejor de escribir. Me hace sentir R un poco más mío, ya que, a fin de cuentas, la base y los personajes principales son de JK (y no me pertenecen, yo hago esto por puro entretenimiento y sin ánimo de lucro, bla, bla, bla)
El resto del cap es prácticamente igual. Sólo he hecho los cambios de rigor necesarios para homogeneizarlo con la trayectoria que está tomando este remake de R. Las discusiones y los diálogos están más trabajados, pero poco más. Sin embargo, hay tres casos a comentar.
El primero: la discusión en clase de Pociones, cuando Snape le rompe el brazo a Sirius. Antes no era así ni remotamente, por si se acuerdan. Como me estoy encariñando con Snivelly últimamente, y en previsión del tremendo impacto que la bromita va a tener en su ego, quise darle un pequeño momento de gloria y por eso gana a Sam en la batalla verbal que estaban llevando a cabo. Tampoco quiero que los buenos ganen siempre, ¿dónde se ha visto eso? Los malos no son ni más imbéciles, ni más energúmenos, ni más lentos que los buenos. De hecho, yo diría que las fuerzas están bastante igualadas. Con inteligencias frías como las de Lestrange y Snape, mentes retorcidas como las de Wilkes y Liverlie, y crueldad dura como la de Rosier, me temo que los slytherins no tienen mucho que envidiar a nuestros niños de Gryffindor. Así que decidí hacer gala de la cara impasible de Snape para darle un pequeño planchazo a nuestra rubia. Me gusta esta nueva versión de Snape, lo veo mucho más creíble y real. Espero que los cambios no hayan estropeado una escena tan memorable, ya me dirán.
El segundo caso a comentar, obviamente, es la confesión de Remus. Esa escena fue la que más se me atragantó. Desde que empecé el remake tenía ganas de remodelarla, pero cuando llegó el momento me entró pánico a estropearla si la tocaba demasiado, y me pasé varios días bloqueada, sin saber por dónde meterle mano a aquello. Al final, salió esto. Ya me da cosa hasta leerla, no quiero ni ver el resultado final, espero sus comentarios. He intentado hacerla más intensa que antes, pero quizá me haya pasado con el texto. Con lo que sí he quedado satisfecha es con la explicación de la historia de cómo se convirtió en licántropo. He metido más información que en la versión antigua, y también he intentado devolverle algo de coherencia. Era absurdo que los Figg no conocieran la existencia de Remus, teniendo en cuenta que Zephirus y Melpómene se conocen desde que nacieron, y tampoco me parecía muy normal que la madre de Sirius nunca hubiese mencionado a los Lupin en su casa, siendo compañeros de trabajo que pasan la mayor parte del día juntos (además de buenos amigos y compañeros del "antiguo grupo") Así que ésas son sobre todo las modificaciones que hice, no sé qué les parecerán. Por cierto, entre la nueva información que da Remus al contar su historia hay un par de datos importantes… a ver si los encuentran n.n
Y el tercer caso, también obviamente, es la discusión que tienen casi al final del cap con Snape. Todo ese trozo también lo tuve que remodelar, y pensé que sería la ocasión ideal para mostrar de paso una pequeña pincelada de la vida de los slytherins (aunque no lo parezca, ellos no sólo viven para fastidiar, también hacen más cosas a parte de incordiar a los gryffindors) Cuando terminé todo ese trozo y lo volví a leer pensé que estaba completamente fuera de lugar. Y ahí llegó el dilema, porque dejar la vieja discusión me parecía impensable (era vomitiva, como la mayoría de las discusiones que me he encontrado en los primeros caps de R al hacer el remake) y poner la nueva me daba bastante respeto. Me parecía demasiado seria para el tono de guasa que supuestamente debía tener esta escena. Pero al final la dejé, porque, a pesar de todo, me gusta mucho. Me gusta esa cara de Snape, la antisocial. ¿Qué me dicen ustedes? Se dicen bastantes cosas interesantes, y admito teorías si alguien tiene ganas de ponerse a divagar. Ah, y antes de que se me olvide… Como sé que más de uno me lo preguntará, aprovecho para aclarar que el libro que le quitan a Snape para fastidiarlo NO tiene nada que ver con el libro que aparece en El Príncipe Mestizo, ¿vale? Es un dato que ya tenía pensado incluir desde antes de leer la propia Orden del Fénix, pero aparecía en los últimos caps y ahora he decidido empezar a mostrarlo antes. Efectivamente, es una especie de diario, pero no de Severus. Y no les digo más, a ver si se les ocurre algo xD
¿Se ha notado demasiado que Snape me ha dado bastante pena en este cap? Lo siento, pero de verdad me gusta este muchacho, y mi propia broma me ha parecido ahora bastante cruel. Creo que, inconscientemente, he intentado suavizarla, pero tampoco podía cambiar un suceso tan importante en R. Además, cuando los niños no se llevan bien, en lo último en lo que se paran a pensar en si sus bromas son crueles o no. Por eso ha sido tan difícil tratar esto. El resultado final es una escena en la que todo me parece un poco fuera de lugar, pero qué se le va a hacer… Si le doy más vueltas, se me terminará derritiendo el cerebro. Una de las cosas que me gustaría cambiar de R es el constante punto de vista de los buenos, es decir, todo lo que pasa está visto desde la perspectiva de nuestros niños. Por una vez, me gustaría meterme en la cabeza de los slytherins y escribir alguna escena que los tenga a ellos como protagonistas. Después de todo, ellos también tienen vida propia y sus propios asuntos. Quizá me anime a hacerlo en un futuro, a Snape también disfruto exprimiéndolo, tiene mucha "chicha" el chaval xD
Como último dato, y esto ya no tiene mayor importancia, es sólo para que lo sepan… me ha dado cuenta de que no tengo ni pajolera idea de cuándo se celebra el Carnaval en Inglaterra (si es que se celebra, que imagino que sí… ¿no?) Aquí normalmente son en la última semana de febrero, antes de empezar la Cuaresma, pero no sé si será igual en todo el mundo, o si allí lo celebrarán de otra forma o en otras fechas. Aún así lo he mantenido, porque no tenía ganas de cambiarlo, pero en compensación me he molestado en coger calendarios de 1969 y 1970 para poner las fechas reales (gracias a mi hermano y a la fantástica Palm de cuarta mano que me regaló en verano) y he calculado las lunas llenas de esos meses a partir de la Nochebuena del 69… Así, a lo tonto, he descubierto que, en realidad, las lunas llenas se separan no por 28 días siempre, sino por 28 y 29 alternativamente entre mes y mes. Interesante, ¿eh?
No sé si queda algo más por comentar, la verdad es que no estoy muy inspirada en estos momentos. ¿Me he dejado algo? Si algo les ha parecido raro o no lo terminan de entender, ya saben, sólo pregunten en los r/r, ¿ok? Espero que hayan disfrutado de este cap, aunque haya llegado con tanto retraso.
Cambiando de tercio, y aunque ya sea un poco tarde… ¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO! No podía pasar sin decirlo, jejeje… Espero que el 2006 les traiga lo mejor, y que pasen unas muy felices fechas junto a la familia. Disfruten de las vacaciones, que se acaban en un abrir y cerrar de ojos (por lo menos, a los del hemisferio norte ;o;) descansen mucho y ¡diviértanse! Definitivamente, son fechas para pasar en familia y disfrutar lo máximo posible n.n
Con respecto a mí, no tengo mucho más que contar. Estoy en el pueblo, tengo la casa llena de gente, porque para Reyes nos juntamos todos los hermanos, con las respectivas cuñadas y los respectivos sobrinos, etc, etc, así que en estos momentos la casa parece más una guardería que otra cosa. O un zoológico, porque entre los gatos, el perro y los niños, que a veces son como animalitos… Pero en fin, es una vez al año, y nos lo pasamos genial, así que no me quejo n.n Entre mis proyectos de año nuevo a corto plazo se incluye ir al cine a ver Las Crónicas de Narnia (antes de que la quiten) y la peli de Doom, porque uno de mis hermanos y yo somos aficionados al juego desde nuestra más tierna infancia (qué cosas le ponían a una pobre niña de 9 años, ¿eh? Es lo que tiene ser la pequeña…) Un poco más lejos, se incluyen subir pronto el próximo cap de R, estudiar y aprobar mis malditos exámenes, que empiezan a finales de este mes. Condenada universidad…
¡R cumple estas navidades 5 años! Increíble. ¿Lo sabían? Aunque empecé a publicar en abril del 2001, si no recuerdo mal (¿o fue en abril del 2002?) el cap 1 de este fic lo escribí en las vacaciones de Navidad, en esta misma mesa en la que estoy sentada en estos momentos. Me parece tan… increíble, repito. El tiempo se ha pasado volando. Echo la vista atrás y me doy cuenta de todas las cosas que he vivido, de lo que he madurado como persona y como escritora, y de las peripecias que he pasado unida a este fic. Ahí está, señoras y señores, cinco añitos de mi vida dedicados a esta historia. Y sigue pareciendo que fue ayer. Sí, realmente increíble. Quizá me anime a subir algún regalo de aniversario, pero eso ya lo descubrirán con la próxima actualización, muajaja n.n
Agradecimientos especiales a mis queridos lectores, como siempre, que me han acompañado en este largo viaje, y también a los que se acaban de incorporar. Gracias sobre todo a los que sacan un rato para dejar r/r: Elsa y Vera (como siempre, al pie del cañón n.n) Alejandra Black Moon (¡pedazo de r/r, amiga, muchísimas gracias!) Cinturo-chan (aún no me creo que te hayas enganchado a R, pero me alegra muchísimo, vas a disfrutar la parte dark que está por empezar, porque es James/Lily casi al 100x100) Gala Potter (estoy muy contenta de que la remasterización te esté gustando, la verdad es que me exprimo los sesos para que no se os haga muy pesado todo esto a los veteranos n.n) Phoenix.G.Fawkes (gracias por tu r/r y por los ítems, eres mi mejor crítica, lo sabes) angeluxi siriusilla (gracias por el r/r, y no hace falta ser una buena crítica, con unas pocas palabras me animas un montón, en serio n.n) Lindalawen (yeee!! Sip que pensé que me habías abandonado en el cap anterior xD Me puse muy contenta al ver tu r/r doble, mil gracias, y a ver qué te parece este cap) Cabanillas (holitas, neh, gracias por el r/r, me siento orgullosa de que te guste tanto R, y no creo tener a tanta gente enganchada, la mayoría me mandaron a la mierda cuando vieron lo que tardaba en actualizar xD Pero bueno, muchas gracias otra vez… y yo también estoy en segundo, pero de carrera, muajaja) Nathyta (¡ya estoy aquí, no os abandono! No otra vez, al menos n.n Feliz Navidad y año nuevo a ti también, amiga) weasley-moon y Guadi-Black, que se acaban de incorporar, y a las que doy la bienvenida n.n ¡Muchas gracias a todos, de verdad!
Y ahora sí que me despido, que ya va siendo hora. Gracias una vez más por estos 5 años, R ha sido y seguirá siendo mi proyecto más importante, mi obra maestra y la creación de la que más orgullosa me siento. Un hito dentro de mi vida como escritora. Y estoy muy feliz de poderlo compartir con ustedes n.n ¡Por un 2006 lleno de magia e imaginación! Que tengan un año maravilloso. Y yo me despido, después de haber interrumpido estas notas a las 7:30 de la tarde, ahora que el reloj marca la 1:01 de la madrugada, pasando del lunes 2 de enero al martes 3 de 2006… Cambiamos de año, pero, como se suele decir: bicho malo, nunca muere xD Y aún les queda Dikana para rato, espero…
¡Besos y abrazos para todos! Con mis mejores deseos…
Dikana ;)
¡Cuídense! Y carpe diem n.n
