N/A: Hola, mis queridos lectores. ¡Sí, soy yo! Nadie está sufriendo alucinaciones, ni nada por el estilo. ¡He vuelto! (aunque nadie se lo esperara…) No voy a explicar ahora por qué he estado desaparecida, nos veremos más tarde en las notas finales, como de costumbre. Pero creo que el simple tono de este cap les dará una idea de cómo ha estado mi humor y mi ánimo en este último año…
Antes de empezar, unas palabritas. Esto no es propiamente un capítulo, sino más bien un "intermezzo", el puente que enlaza la primera parte del fic, que terminó en el cap pasado, con la parte dark, que empieza en el próximo, cuando los chicos ya están en quinto (aunque la verdad es que me estoy replanteando muy en serio eso de saltarme los cursos tercero y cuarto, pero bueno… quizá lo arregle con alguna pequeña "side story") El caso es que no tenía pensado escribir esto, pero la idea surgió de repente y no pude reprimirla. Ahora estoy muy satisfecha con el resultado, aunque sé que muy posiblemente este cap no le guste a casi nadie. No responde a ninguna pregunta, ni busca respuestas al final, aunque bastantes interrogantes sí que espero abrir. Estén atentos a las pistas que se dan, y espero que disfruten mucho de la lectura, aunque llegue taan tarde. Pónganse cómodos y tómenselo con calma, porque esto, señoras y señores, va para LARGO.
Como última cuestión, quiero dedicar este cap a todos los veteranos que han seguido esta historia conmigo durante tanto tiempo, involucrándose con los personajes. Si he conseguido que le cojan algo de cariño de mis niños, me doy por satisfecha totalmente. Sé que en el último cap les dije que R cumplía 5 años, pero en realidad los cumple ahora, porque nació en la Navidad del 2001/2002, me equivoqué ligeramente con las cuentas, jejeje… pero como hemos tenido este lapso de un año, no importa mucho la metedura de pata (creo) ¡Así que gracias a todos por todo! Espero que R siga sobreviviendo… y que tengan el estómago suficiente para acompañarme con él hasta el final, a pesar de todo.
¡Espero que les guste! Y nos vemos abajo en las notas finales…
ADVERTENCIA: esto es un AU ambientado en la época de los Merodeadores, Respuestas tiene ya casi cuatro años, empecé a escribirlo antes de la publicación de la Orden del Fénix y en su mayor parte está basado en los rumores que corrían en aquella época sobre el libro 5º. En consecuencia, pocas cosas te vas a encontrar aquí que tengan que ver con la línea argumental que ha seguido JK Rowling en los últimos dos libros. Ni Mundungus Fletcher ni Arabella Figg son como nos los ha pintado JK, y bueno… resumiendo, no te fíes, porque si eres nuevo en R no sabes con lo que te puedes encontrar, jeje… Recuerdo también el formato del fic: cada capítulo es la respuesta a una pregunta referente al pasado de los Potter, de ésas que circulaban por los foros cuando la OdF aún no había salido. No me importa que algunas de esas preguntas hayan sido ya contestadas, repito que esto es un AU, especial para quienes busquen alternativas. Y a los que ya me conocen, sólo decirles:
¡A leer!
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Aprovecho para recordar que, para todo lo relacionado con Santuario, tomé datos de uno de mis videojuegos favoritos, "Diablo II: Lord of Destruction", mezclándolos con mis teorías sobre el universo HP. Quiero aclarar que ninguna referencia a ese juego, ni todos los datos que tomé de las obras de Rowling, me pertenecen… Es por si alguien decide demandarme, que sepan que no tengo un céntimo, hago esto por puro entretenimiento…
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RESPUESTAS
Capítulo de Transición.
"Nieve en el corazón"
El sol de julio iluminaba las ajetreadas calles de Londres, aquella brillante y calurosa mañana de principios de mes. Todo parecía estar lleno de vida y agitación, símbolo de que las vacaciones habían llegado por fin.
Zephirus caminaba confiadamente entre el barullo reinante, observando con aire distraído todo lo que encontraba a su paso. Junto a él, cogida firmemente de su mano, iba Belle Figg, mostrando el mismo entusiasmo que si fueran de excursión. Pararon en una floristería muggle y compraron un nutrido ramo de claveles blancos. Se divirtieron curioseando en las tiendas o contemplando los distintos escaparates, fantaseando sobre hipotéticos regalos estrafalarios para la familia o para los cumpleaños que se aproximaban: el de Sam Flathery el 13 de ese mismo mes, el de Lily Evans en agosto, o el de la propia Belle, que era en octubre. Compraron un par de cucuruchos en una heladería cercana, que desgraciadamente no era tan buena como Florean Fortescue, y rieron de lo lindo comentando anécdotas del recién terminado segundo curso en Hogwarts o de las aventuras diarias en el Observatorio de Dover, porque, según Lupin, era toda una experiencia sobrevivir junto a Dedalus Diggle.
Por unas horas, ambos se olvidaron de las preocupaciones que asolaban el mundo mágico, perdiéndose en el mundo muggle.
A las 10 en punto, dirigieron sus pasos hacia el centro de Londres, del que se habían desviado un poco en su vagar por las calles concurridas. Al llegar a unos grandes almacenes de ladrillo rojo y aspecto destartalado, aparentemente cerrados por reformas, cuyo letrero rezaba: "Purge y Dowse, S.A.", se detuvieron ante uno de los escaparates, en el que un solitario y horrible maniquí permanecía de cara a la calle, descuidado y lleno de polvo. La pareja se inclinó hacia el cristal y, tras unas palabras del adulto, cruzaron el vidrio y se perdieron de vista sin que nadie se diera cuenta, aún cogidos de la mano.
La sala de espera del Hospital San Mungo estaba tan abarrotada como siempre y con la misma agitación que la calle que acababan de abandonar. Sin hacer mucho caso del bullicio, ni de la gente que ocupaba las desvencijadas sillas de madera, Zephirus y Belle se pusieron a la cola que había ante el mostrador de Información.
-Papá se alegrará de que le hayamos traído un regalo, le encantan los claveles blancos –comentó la joven morena, observando con expresión risueña el ramo de flores-. Espero que animen un poco su habitación, me da pena que esté casi siempre allí solo, sus compañeros de sala no suelen durar mucho en el hospital…
-Los que más tiempo pasan aquí son los de la Sala Janus Thickey, en la planta de Daños Provocados por Hechizos –explicó Zephirus, sonriendo ante la cara animada de Belle. Era una bendición mirar a la niña y verla tan llena de energía, en contraposición a su madre, que cada día parecía apagarse un poco más-. En la planta de Envenenamientos la gente entra y sale con más frecuencia…
-Ya, los que no se curan pronto, la palman pronto –resopló Belle, poniendo los ojos en blanco-. Pero papá ya lleva allí más de seis meses, Zephirus… ¿No podrían trasladarlo arriba? Aunque sólo sea para estar acompañado de otras personas, nosotros sólo podemos estar con él en las horas de visita.
-No pueden tenerlo en una planta que no corresponde a su problema, Belle, sabes que necesita muchos cuidados y que le están haciendo pruebas constantemente. Además… no sé qué clase de compañía puede ofrecer una habitación llena de gente loca o desfigurada, porque eso es lo que hay en la sala reservada.
-Ya… -Belle bajó la vista, componiendo una mueca triste-. Bueno, no importa, el lado positivo es que así podemos estar a solas con él cada vez que venimos, ¿verdad?
Sonrió abiertamente hacia el hombre que la acompañaba y Lupin le devolvió la sonrisa, intentando conseguir que sus labios no temblaran en el intento. Le parecía increíble que aquella muchacha estuviera a sólo cuatro meses de cumplir los 14 años, el tiempo pasaba tan deprisa… Aún recordaba el día en que los Figg se instalaron en Dover, cuando Belle tenía alrededor de 9 ó 10 años, y cómo esa cara morena lucía a todas horas la misma sonrisa que adornaba su boca en esos momentos. Ahora, el rostro redondeado de entonces se iba perfilando, sus rasgos se acentuaban, dibujando una cara que, en el futuro (Zephirus estaba seguro de ello) sería la viva imagen de la de su madre. Con el espeso cabello rizado sujeto en una coleta alta y la risueña mirada perdida entre los claveles que abrazaba con cariño, el experto en Astronomía tuvo la fuerte impresión de estar contemplando a Melpómene, aquel día de hacía tantos años en el que Icarus Figg por fin se atrevió a acercarse a ella y pedirle una cita.
Cuando les tocó por fin el turno, Zephirus preguntó a la recepcionista si su amigo estaba disponible o si en esos momentos se encontraba en observación, pero ella les dio vía libre, informándoles de que al señor Figg le habían hecho las pruebas a primera hora de la mañana y ahora se encontraba de vuelta en su habitación. Tras recordarles que la hora de visitas finalizaba a las 12:30, la pareja de recién llegados se despidió y se dirigió hacia las escaleras, de camino al tercer piso: Envenenamientos provocados por Pociones y Plantas.
-Si hubiese venido mamá, podríamos habernos quedado a comer en la sala de té y hacer compañía a papá también por la tarde –comentó Belle, siguiendo a su acompañante por las escaleras-. ¿Remus y Selene vendrán luego?
-Sí, me dijeron que a las 3 ya estarían aquí para visitar a Icarus en el horario de tarde. Podemos quedarnos a comer en el hospital de todas formas y así les esperamos, ¿te parece?
-¿No te importa? –los grandes ojos azules de la joven brillaron con entusiasmo, pero al segundo siguiente se volvieron a oscurecer-. Pero… no quiero dejar a mamá sola en casa, estoy preocupada por ella.
Zephirus se alegró de estar de espaldas a Belle y de que ella no viera su rostro en ese instante, porque todos los músculos de su cara acababan de tensarse de forma bastante dolorosa.
-¿Cómo está? –preguntó, haciendo un esfuerzo por que esa tensión no se reflejara en sus palabras-. ¿De nuevo con el estómago revuelto y con mareos?
-No… Bueno, no sé. No sale de su habitación. A veces paso a verla y me la encuentro sentada en la cama en plan ausente, le hablo y ni siquiera me escucha. Intenté convencerla de que nos acompañara esta mañana, para que saliera de casa y eso… pero me dijo que no se encontraba bien y que quería quedarse acostada. Últimamente sólo viene a ver a papá a última hora del día, no sé por qué. Oye, Zephirus… -el tono de Belle se tornó preocupado, y miró a su compañero con consternación reflejada en los ojos-. ¿Qué crees que le pasa? Quiero decir… yo también estoy preocupada por papá, pero él ha aguantado muchos meses estable y los sanadores están trabajando duro, seguro que encuentran pronto una cura, y esa actitud tan pesimista… no creo que sea buena para el bebé, ¿no?
El hombre se detuvo en plena escalera y se volvió para mirar a la muchacha a la cara. Belle le sostuvo la mirada, con esos ojos azules y oscuros, como las aguas del mar, que había heredado de su padre. Por unos segundos, se hizo el silencio.
-Tu madre te necesita ahora más que nunca, Belle –murmuró Zephirus, colocando una mano en el hombro de la chica-. Aún no se ha recuperado del impacto de lo que le ha pasado a tu padre. Tiene miedo de quedarse sola, con un bebé a punto de nacer y una hija adolescente que criar. Escúchame, pase lo que pase de ahora en adelante, tu madre va a necesitar apoyarse en ti para no hundirse. Es importante que le hagas saber que estás a su lado y que puede contar contigo para lo que sea. Sé que es cruel pedirte que crezcas de golpe con sólo 13 años, pero…
-Ya no soy una cría, Zephirus –atajó rápidamente la morena, cargando su mirada de firmeza y determinación, ansiosa por demostrarle a Lupin o a quién fuese que ella estaba más que dispuesta a luchar cuánto fuera necesario-. No voy a dejar que mamá se ocupe de todo sola, yo la ayudaré, no necesito que se ocupe de mí, soy lo suficientemente mayor como para poder apoyarla y no cargarla con más responsabilidades.
El rubio sonrió con sinceridad, adquiriendo una expresión de cariño paternal.
-No sabes lo mucho que me alegra oír eso, enana –comentó, posando su mano ahora encima de la cabeza de cabello rizado-. Atravesamos malos momentos, pero saldremos adelante si nos mantenemos unidos. Lo que Mel necesita es darse cuenta de que aún queda mucha gente que depende de ella, en vez de pensar constantemente en las pérdidas. Se ha quedado bloqueada mirando hacia atrás y no consigue volver la vista hacia delante. El pasado no se puede cambiar, Belle, no merece la pena pasar la vida lamentándonos por lo ocurrido, hay que aprender a vivir con los cambios por mucho que nos duelan –se volvió y siguió avanzando, con la muchacha tras él-. Permanece junto a ella y quiérela mucho, sólo así saldrá de su bloqueo.
-Sí –asintió ella, que de repente parecía mucho más animada-. Así lo haré, descuida. ¿Sabes qué, Zephirus? Eres todo un padrazo, no me extraña que papá te tuviera en un pedestal.
-Dudo que tu padre me tuviera en un pedestal…
-¡Sí, sí que lo hacía! Respetaba mucho tus opiniones y tus consejos, aunque no le gustara demostrarlo delante de ti. A mí me lo dijo en más de una ocasión. Me gustaría tanto poder hablarle a mamá de la misma forma en la que hablas tú a la gente… No se me dan muy bien estas cosas, a veces tengo miedo de estar estropeándolo todo aún más por no saber ayudarla como ella necesita.
-En la mayoría de los casos, la gente sólo necesita tener a alguien cerca al que poder agarrarse. Asegúrate de que Mel sabe que estás a su lado. De la depresión tendrá que salir ella sola, pero no te preocupes, es una mujer fuerte, se repondrá. Por lo demás, estoy seguro de que Icarus estaría orgulloso de cómo estás llevando esta situación, estás demostrando una gran madurez, Belle, en serio. Yo también estoy muy orgulloso de ti.
-Gracias –Figg bajó la vista, con una melancólica sonrisa-. ¿Sabes? No me sale el ponerme triste… Creo que papá se va a recuperar, aunque tarde meses, o años, no me importa. Estoy segura de que encontrarán una cura pronto. Y, mientras tanto… -volvió a alzar la mirada, ampliando su sonrisa-, seguiré sonriendo para él para que no se preocupe por nosotras. Si nos ve contentas, él mismo se pondrá más contento, ¿no crees? Por eso creo que la actitud con la que le visitemos es importante, si no estamos animados, no podremos animarlo a él.
-La actitud del paciente es muy importante en el desarrollo de su enfermedad, claro –corroboró el adulto, asintiendo-. Estoy seguro de que tus visitas le hacen mucho bien, siempre llegas cargada de energía, pareces contagiar a la planta entera con buenas vibraciones.
Belle se echó a reír.
-No será para tanto, exagerado –comentó, pero sus ojos brillaban con alegría-. Me conformo con contagiar de buenas vibraciones a papá –clavó la vista en las flores, y el brillo de sus ojos se acentuó-. Zephirus… ¿crees que se pondrá bien?
-No lo sé –contestó Lupin, tornándose también algo melancólico-. Pero la esperanza es lo último que se pierde. Y, pase lo que pase, recuerda lo que tú misma acabas de decirme: lo más importante es sonreír para él, que no note que estamos preocupados y que podamos transmitirle algo de optimismo. Él es el que más está luchando de todos nosotros.
Ella volvió a asentir, sonriendo nuevamente a los claveles que portaba entre sus brazos.
-Ojalá mamá lo comprendiera… -murmuró, acariciando los rizados pétalos blancos.
-Escucha, ¿qué te parece si le mando una nota a Selene y le digo que se pasen por tu casa y coman allí con Mel? Así no se quedará sola y, con un poco de suerte, quizá consigan convencerla para que se venga al hospital con ellos por la tarde.
-¡Sí! –exclamó Belle, encantada-. Me parece una idea genial, Zephirus, gracias. ¿No te importa?
-Por supuesto que no, a mí tampoco me gusta que se pase todo el día encerrada sola en casa. En cuanto lleguemos arriba, escribo a Selene.
-¡Gracias! –repitió la morena, y continuó el trayecto aún más animada, si cabe.
De espaldas a ella, Zephirus frunció el ceño pensando en Melpómene Figg. Hacía ya seis meses que Icarus estaba en el hospital, y la actitud de la mujer había ido decayendo poco a poco con el paso del tiempo, como una flor abandonada que se marchita. Quizá al principio se hubiese encontrado más animada, o más dispuesta a fingir que estaba bien y optimista, pero la farsa de Mel se había hecho ya totalmente insostenible y, de hecho, ya ni siquiera se molestaba en aparentar que no había perdido la esperanza. Por su parte, él no sabía qué hacer. Melpómene era todo un mundo de misterios, jamás había podido llegar a comprenderla por completo y era muy probable que nunca lo consiguiera. No sabía si su actitud era normal, teniendo en cuenta las circunstancias, o si alguien externo la estaba forzando. Y eso era lo más inquietante de todo… la constante sensación de que alguien estaba manejando la situación por detrás, como si ellos no fuesen más que simples marionetas de circo en plena interpretación.
El día que ingresaron a Icarus, cuando Mel desapareció de San Mungo sin dejar rastro, Zephirus puso a trabajar a máxima potencia todas sus habilidades para rastrear la presencia de su amiga y localizarla. Su primer instinto lo llevó hasta El Parnaso, la casa que la familia Figg tenía en Dover, seguido por Selene y John, y allí encontraron a la antigua actriz de teatro, hecha un ovillo entre las sábanas arrugadas de su cama de matrimonio, aferrada con rabia a las mantas, llorando a lágrima viva con todas sus fuerzas. Tardaron más de una hora en calmar su ataque de histeria y, cuando la mujer por fin recuperó medianamente la serenidad, no supo explicarles nada sobre por qué se había ido del hospital o por qué volvió a su casa sin avisarles siquiera. Y entonces, con un intenso frío atenazándole las entrañas, Zephirus se dio cuenta de que "por qué" no era la pregunta correcta… sino "cómo". Cómo había salido de San Mungo y cómo había llegado a su casa, puesto que ni siquiera recordaba haber abandonado el baño de mujeres de la quinta planta del hospital.
Desde entonces, la actitud de Mel no volvió a la normalidad. Dio la impresión de que se había repuesto del shock y empezó a sonreír y a comportarse como siempre. Se pasaba horas y horas con su marido, animándolo, diciéndole que todo saldría bien y que pronto podrían volver juntos a casa, que ella lo cuidaría y él se curaría por completo. Parecía transmitir optimismo por todos sus poros. Pero para alguien como Zephirus, que la conocía desde que nació, no podía pasar desapercibido el cambio en su mirada, que ahora lucía una oscura sombra oculta al fondo de sus ojos, parecida a la que reflejaba la mirada abatida de John Potter tras la muerte de Grace, como si una masa de tristeza se estuviera acumulando más y más en su corazón. Y, poco antes de las vacaciones de Pascua, sus sonrisas empezaron a apagarse, la sombra comenzó a cubrir por completo el brillo de sus ojos y las palabras de ánimo terminaron muriendo en su garganta para ser sustituidas por desolados silencios en los que ella se limitaba a apoyar la cabeza en la almohada de Icarus y permanecer así por horas, sin abrir la boca, como si se comunicaran a través de la mirada.
Cuando Zephirus se hartó de su recién estrenada actitud taciturna, la llevó a parte y le preguntó a solas qué demonios le ocurría. Fue entonces cuando Mel lo dejó completamente estupefacto, anunciándole que había descubierto que estaba embarazada. El impacto de aquella noticia fue tal, que por un momento Lupin temió que todo fuese una broma pesada del destino. Mel le explicó que, desde que nació Belle, ella tomaba cada fin de mes una poción especial que le impedía quedarse nuevamente embarazada, para evitar tener un segundo hijo. Pero que, con todo el alboroto de lo ocurrido a Icarus, había olvidado tomar la poción preventiva de diciembre y, en consecuencia, la protección se había debilitado y algún encuentro con su marido durante el último mes del año pasado había logrado hacerla concebir otra vez.
La sucesión de desafortunadas coincidencia parecía demasiado catastrófica como para resultar normal. Con tres meses y medio de embarazo, no existía nada que se pudiera hacer ya para arreglar la situación y, a pesar de la intensa sensación de que todo se les estaba escapando de las manos, Zephirus intentó convencerla de que aquello no tenía importancia, de que saldrían adelante pasase lo que pasase, que él la cuidaría y que no podía perder la confianza. Pero de nada sirvieron sus palabras. Conforme pasaba el tiempo, el estado de Icarus no mejoraba, el embarazo empezaba ya su séptimo mes de gestación y Mel se hundía más y más en un irreversible autismo, sumida en preocupaciones que sólo ella conocía. Zephirus había albergado la esperanza de que la llegada de Belle de Hogwarts lograra despertar a su madre, pero más bien había surtido el efecto contrario. Ahora que su hija estaba en casa, Mel parecía haberse dado de baja en la vida y se pasaba días enteros encerrada en su cuarto, sentada en la cama y con la vista clavada en la pared. Ya ni siquiera visitaba a Icarus, salvo a última hora de la tarde, cuando la noche empezaba a caer, y sólo para apoyar nuevamente la cabeza en su almohada y quedarse mirándolo en silencio, sin pronunciar palabra.
Había discutido el asunto con Dumbledore, pero el anciano profesor, por primera vez, no parecía tener respuestas. Johnny coincidía con él en que el único remedio a la situación era que Jonathan examinara a Mel, pero Flathery llevaba ya más de tres meses instalado en Santuario y era muy poco probable que volviera antes del inicio del próximo curso escolar, para traer a Samantha. Y ni siquiera eso resultaba un consuelo, porque, con todos los disturbios que azotaban el mundo mágico en estas fechas, era muy posible que los aurores de su escolta no lo dejaran ni respirar en paz.
De modo que así estaban, estancados en un estado de inquietud permanente. Zephirus llevaba ya semanas presintiendo que la situación estallaría de un momento a otro. Que, en cualquier instante, sucedería algo que desequilibraría la balanza y toda la aparente estabilidad en la que habían vivido se iría al carajo. Y por eso su principal preocupación en esos momentos era ir preparando disimuladamente a los más cercanos a Icarus, para que, llegada la hora del cambio, pudieran afrontarlo lo mejor posible. Él, mientras tanto, se pasaba el día con mil ojos puestos en cada cosa que ocurriera, tratando de localizar alguna anomalía, alguna pista sobre el punto exacto en el que toda esta situación se había iniciado. Invertía tanto tiempo en sus elucubraciones, que su cerebro empezaba a quejarse con fuertes migrañas. Pero no era el momento de descansar, ahora que el enemigo los tenía comiendo en la palma de su mano, jugando de nuevo con ellos al gato y al ratón, esfumándose cada vez que creían atraparlo.
Cuando la pareja de visitantes llegó por fin a la tercera planta, enfilaron un determinado corredor con la confianza de quién se conoce ya el lugar de memoria. A su paso, varios sanadores y sanadoras los saludaban animadamente. Se detuvieron al llegar ante la entrada de la Sala Willow Mhor, de envenenamientos graves. La placa metálica que colgaba de la puerta brillaba con las luces del pasillo: "Sanador responsable: Archibald Callaghan. Sanadora en prácticas: Eglantine Sinclaire". Sin volver la vista y ampliando su sonrisa hasta que ésta pareció ocuparle toda la cara, Belle abrió la puerta y entró en la sala, en la que la única cama ocupada era la de su padre. Junto al paciente, una mujer joven, con túnica verde lima de sanador, permanecía sentada en una silla, leyendo una novela en voz alta para entretenerlo, pero se calló en cuanto la puerta se abrió.
-¡Buenos días, papá! –exclamó la joven Figg con entusiasmo, acercándose a ellos-. ¡Buenos días, Eglantine!
La mujer sonrió, cerrando el libro. Icarus, que había estado inmóvil, con la mirada fija en la ventana que había al fondo de la habitación, giró lentamente el rostro hacia su hija y esbozó una abierta sonrisa que destilaba altos grados de cansancio. Estaba escuálido y demacrado, con el rostro pálido y oscuras ojeras que le daban aire de enfermo terminal. Su pelo cobrizo, antaño brillante, ahora estaba descolorido y apagado. Sus ojos hundidos parecían un par de pozos sin fondo. Y, sin embargo, toda su cara se iluminó ante la presencia de Belle, transformándolo, y dándole por un momento el mismo aspecto que había lucido antes de que todo aquello comenzara.
-Buenos días, Belle –entonó la joven sanadora, levantándose-. Me alegro de verte, tu padre estaba deseando que llegaras.
-Siento el retraso. ¿Te he hecho perder mucho el tiempo, Eglantine?
-¡Para nada! Es muy agradable estar aquí, y puedo aprovechar para terminar ciertos libros que tenía ganas de leer desde hacía tiempo. Creo que es el pobre Icarus quién sale peor parado, debe aburrirse como una ostra –dirigió una mirada a su paciente, que en ese momento ponía los ojos en blanco en son de broma. Ella se echó a reír-. Muy bien, muy bien, no te aburro más, ya sé que estás harto de mí. Iré a decirle al sanador Callaghan que ya habéis llegado.
Le dio unas palmaditas a Belle en el hombro al pasar junto a ella y, en la puerta, saludó a Zephirus con un gesto y una sonrisa, perdiéndose después por el pasillo. La muchacha morena no volvió a hablar hasta que la sanadora se hubo marchado.
-Te he traído unas flores –anunció, volviéndose hacia Icarus y llegando a su lado-. Eglantine me dijo la última vez que animarían este sitio. ¿Te gustan? Sé que los claveles son tus favoritas…
Mientras hablaba, colocó el ramo en un jarrón cercano, que parecía haber sido colocado allí a posta para la ocasión, y arregló un poco los claveles, antes de llevar el recipiente con su aromático contenido a la mesilla que había junto a la cama de su padre. Icarus miró las flores con aire nostálgico, y luego amplió su sonrisa en dirección a Belle, que en ese momento acercaba una silla para sentarse lo más cerca posible de él.
-¿Cómo estás hoy? ¿Han sido buenos los sanadores contigo esta mañana, o te han dado mucho la lata?
Icarus asintió, como diciendo que todo iba bien, y alzó débilmente una mano, que su hija se apresuró a atrapar entre las suyas, colocándola sobre su mejilla. La joven morena suspiró, contenta, y le dedicó a su padre una mirada llena de cariño y devoción.
Zephirus lo observaba todo desde la entrada, apoyado en el quicio de la puerta, con las manos en los bolsillos y una sincera sonrisa. No importaba lo grave que Icarus estuviera… jamás dejaba de sonreír mientras duraban las visitas. Era ahora cuando el rubio empezaba a comprobar la fortaleza que siempre había poseído aquel hombre, su firmeza y su determinación. Sus ganas de no dejarse vencer. Siempre había sido así, pero quizá nunca hubiese llegado a apreciarlo del todo. No queriendo interrumpir la escena, se apartó un poco del umbral, rebuscando en los bolsillos de su túnica hasta encontrar un arrugado pergamino y una pluma bastante estropeada. Se apoyó en la pared y escribió rápidamente:
Cariño:
Acabamos de llegar al hospital y vamos a quedarnos a comer en la sala de té. Por favor, pásate por El Parnaso para ver cómo está Mel y asegúrate de que come algo. A ver si consigues convencerla de que se venga después con vosotros y salga de esa casa de una maldita vez. Belle y yo os estaremos esperando aquí.
Nos vemos en la tarde:
Zephirus
Guardó la pluma, dobló el pergamino y sacó la varita. Con un simple giro de muñeca, la nota se esfumó en el aire, emitiendo un pequeño chasquido. Estaba metiéndose de nuevo la varita en el bolsillo, cuando se dio cuenta de que el sanador Callaghan caminaba por el pasillo hacia él, ojeando varios pergaminos de su sujetapapeles. Él era uno de los tres sanadores que habían estado en la sala de urgencias con Icarus el día que lo ingresaron. Después de pasar un par de días en observación, todos habían llegado a la conclusión de que el estado de Figg se debía a un envenenamiento, aunque no hubiesen podido encontrar pruebas concluyentes en la sangre del paciente, que no mostraba rastros de ninguna sustancia extraña. A pesar de las obvias anomalías que presentaba el caso, la teoría del veneno se mantuvo y trasladaron a Icarus a la tercera planta, de donde no había vuelto a moverse en los últimos seis meses. Desde entonces, Callaghan se había ofrecido a ocuparse personalmente del caso y no había parado ni un instante en busca de la solución al enigma.
Cuando Lupin lo vio acercarse a él, aquella mañana del verano de 1970, supo con una certeza aplastante que por fin el sanador le traía noticias. Y que además no eran precisamente buenas. Preparándose para lo que llevaba ya semanas esperando oír, Zephirus se enderezó, encarando al hombre mientras cerraba disimuladamente la puerta de la Sala Willow Mhor, aislando a Belle de lo que sea que ocurriera a continuación. Callaghan, aún absorto en sus informes, compuso una expresión consternada, se rascó disimuladamente la cabeza de ondulado pelo canoso, y alzó por fin la vista con un suspiro algo abatido, encontrándose cara a cara con la expresión anhelante de Zephirus Lupin.
-Ah, señor Lupin… -murmuró, a modo de saludo-. Me alegro de encontrarlo aquí, precisamente quería hablar con usted.
-¿Hay novedades? –inquirió de inmediato el rubio, aunque ya sabía la respuesta.
-Me temo que sí… y lamento informarlo de que no son muy alentadoras. Acabo de recibir los informes de las últimas pruebas que le hicimos al señor Figg. Comparándolos con los análisis de esta mañana y de las semanas anteriores, creo que por fin podemos arriesgarnos a dar un diagnóstico concreto de la situación. En otras palabras: ya sabemos qué le ocurre.
-¿Qué es? –Zephirus esperó que su voz no hubiese sonado tan ahogada como a él le parecía.
Callaghan volvió a suspirar, como si se encontrase ante algo incomprensible.
-Jamás habíamos tratado con un veneno semejante, es la sustancia más peligrosa descubierta hasta la fecha. No teníamos ninguna referencia anterior, aunque tampoco me extraña, debido a sus características. Como es la primera vez que nos encontramos con un caso como éste, lo hemos bautizado con el nombre de Nix Cordis, o síndrome de Nieve en el Corazón.
Zephirus parpadeó y, al ver su expresión confusa, el sanador continuó su explicación.
-El nix cordis es un veneno extremadamente complejo y peligroso. Según su utilización, puede tener efectos distintos, como hemos descubierto gracias a los experimentos, pero todos ellos igual de devastadores. Al contacto con la sangre, se disuelve por completo y es imposible de detectar por métodos comunes. Sin embargo, sus síntomas pronto se dejan notar. Primero provoca malestar estomacal y nauseas, junto con un debilitamiento global del sistema locomotor. Más tarde causa una catalepsia que colapsa el organismo entero del paciente. A partir de ahí, los síntomas pueden variar dependiendo de la cantidad ingerida. Un par de gotas bastarían para dejar a una persona en estado vegetativo de por vida.
-¿Quiere decir que Icarus irá empeorando hasta quedar convertido en un vegetal? –interrumpió Lupin, sorprendido. No había contemplado esa alternativa dentro de las posibilidades horribles que había imaginado.
Pero el sanador negó con la cabeza.
-Un par de gotas bastarían para dejar a una persona en estado vegetativo –repitió-. Si el señor Figg hubiese ingerido sólo algunas gotas de nix cordis, es muy posible que, después del ataque que sufrió en Nochevieja, hubiese experimentado cierta mejoría en su salud. Quizá incluso hubiese pasado varios meses haciendo vida normal antes de darse cuenta de que algo en su organismo no andaba bien. Y, con el paso del tiempo, habría ido empeorando poco a poco cada vez más, hasta perder por completo su conciencia humana, quedando como una concha vacía. Pero ese proceso habría llevado, probablemente, algo más de un año. Y, desde luego, en ese caso nos habría sido totalmente imposible hallar cualquier rastro de veneno en su sangre.
-¿Entonces? –replicó Zephirus, frunciendo el ceño con cara de no entender-. ¿Qué es lo que quiere decir?
-El nix cordis afecta al sistema nervioso, señor Lupin –suspiró Callaghan, cansado-. A la sangre. Produce un progresivo y anormal aumento de glóbulos rojos, que…
-¿Le importaría hablarme en cristiano? –cortó su interlocutor, inquietándose aún más ante el panorama que se estaba presentando ante él.
-Espesa la sangre –soltó el sanador, mirándolo a los ojos-. El nix cordis espesa la sangre, muy lentamente, eso sí. Por eso a largo plazo desemboca en estado vegetativo, porque entorpece la llegada de flujo al cerebro, causándole graves daños. Y, eventualmente, el paciente termina muriendo por parada cardiaca tras años de un sufrimiento que apenas podemos llegar a imaginar, cuando toda la sangre de su cuerpo se coagula en los propios vasos sanguíneos. Es una forma horrible de morir, una agonía lenta y terrible. El corazón se ahoga y se obstruye hasta que acaba deteniéndose. Pero ése es sólo uno de los aspectos que hemos descubierto gracias a nuestros exámenes de los últimos meses. Hay algo mucho más… -Callaghan titubeó, no parecía encontrar la palabra adecuada para expresar el espanto que encerraba aquel veneno-. En fin, algo mucho peor.
-¿Qué puede haber peor que eso? –dejó escapar Lupin, con un hilo de voz.
-Otro de los factores que influyen en el espesor de la sangre de un afectado por nix cordis es la capacidad de este veneno no sólo para multiplicar los glóbulos rojos de forma anormal, sino para contribuir a la desecación del suero sanguíneo. En otras palabras, lo cristaliza. Una cantidad mínima de veneno no supone un gran problema en este aspecto: cristaliza el suero con tal lentitud que los pequeños cristales son expulsados del cuerpo como cualquier otro tipo de impureza, a través de la transpiración o de la orina, es precisamente por eso por lo que resulta tan indetectable, todas las pruebas se eliminan de forma natural. Pero me temo que el señor Figg ha ingerido mucho más veneno del que imaginábamos y su suero se está cristalizando a una velocidad vertiginosa, tanta que el cuerpo no tiene tiempo de expulsar los cristales y se están acumulando en su sangre. Por eso hemos hallado por fin los rastros del nix cordis y hemos podido averiguar qué le sucede –bajó la vista a sus informes de pergamino por un momento y luego volvió a clavar sus ojos tristes en los anonadados ojos celestes de su interlocutor-. Debido al bombeo constante de sangre, todo el veneno se está concentrando en su corazón y lo está congelando.
Por unos segundos, se hizo un denso silencio entre los dos hombres, que permanecieron allí de pie, mirándose cara a cara, como retratados en un cuadro.
-¿Qué me está contando? –inquirió finalmente Zephirus, de nuevo invadido por esa sensación de irrealidad que lo había dominado el día que ingresaron a Icarus.
-Le estoy diciendo que Icarus Figg se está muriendo –replicó el sanador, con tono comprensivo y casi de disculpa-. Su corazón se está cristalizando, convirtiéndose en un cristal poco a poco, literalmente. Cada vez le cuesta más latir, hasta que llegue un momento en el que sea ya incapaz de producir las contracciones y termine rompiéndose o estallando. Cuanto menos se mueva y menos esfuerzos haga, mejor, pero dada la avanzada gravedad de su situación, no pasará de este mes. De hecho, es muy posible que no pase siquiera de la semana que viene.
Zephirus encajó esas palabras con toda la entereza de la que fue capaz. Con un gesto maquinal, volvió la vista hasta clavarla en la puerta de la sala de envenenamientos graves, a través de cuyo cristal podía ver a Belle, sentada aún junto a su padre, riendo a carcajada limpia mientras le explicaba algo que, seguramente, fuese la venganza que habían preparado a finales de febrero contra un muchacho enemigo suyo de Slytherin. Icarus la observaba con atención, sonriendo abiertamente también, con aire divertido. Y, por un segundo, la escena se empañó ante los ojos de Lupin.
-He de suponer que no existe ningún antídoto, ¿verdad? –murmuró secamente.
-Hemos estado trabajando contra reloj, pero no… De momento no hemos progresado en la búsqueda de un posible antídoto. Y, de todas formas, dudo mucho que, aunque lo encontráramos a tiempo, le hiciera algún efecto a estas alturas. La verdad es que no sé cómo puede seguir vivo todavía. Si la cantidad ingerida hubiese sido menor, quizá… Habría sido más fácil luchar sólo contra la multiplicación de los glóbulos rojos, podríamos haber impedido que quedara convertido en un vegetal, pero en este caso… Ni siquiera le ha afectado al cerebro aún, él sigue en pleno uso de sus facultades mentales, todo se ha acumulado en el corazón, como le he dicho. Y, contra esa cristalización, no podemos…
-No se preocupe –atajó de repente Zephirus, sin mirarlo, y Callaghan se quedó momentáneamente atónito ante la calma que destilaba la voz de aquel hombre-. Usted mismo ha dicho que, si la cantidad ingerida hubiese sido menor, la cristalización del suero habría sido indetectable y no habrían podido descubrir jamás qué le ocurría. Ahora, al menos, sabemos qué le pasó y podemos iniciar la consecuente investigación. Llevan seis meses trabajando sin parar en esto, ya han hecho bastante, no hay más que puedan hacer. No sé cómo darle las gracias por toda su ayuda, sanador Callaghan, de verdad. Le estoy muy agradecido por todo su esfuerzo, y espero que sus descubrimientos puedan ayudar a detectar y combatir antes el nix cordis en posibles pacientes futuros. Estoy seguro de que podrán salvarse muchas vidas gracias a su investigación.
El hombre de la túnica color verde lima miró a su compañero con la boca ligeramente abierta. Pero entonces siguió la vista de Lupin y se fijó él mismo en la escena que se desarrollaba en el interior de la sala. En esos momentos, Belle se llevaba las manos a la cabeza, imitando un par de orejas, mientras emitía un agudo maullido. Icarus rió débilmente ante la interpretación de la chica, sus ojos brillando con más vida que en los últimos meses.
-Lo siento muchísimo, señor Lupin –susurró Callaghan, bajando la vista hasta los pergaminos de su sujetapapeles-. Lo siento de verdad.
-No tiene por qué, usted ha hecho todo lo que estaba en su mano. Muchísimas gracias otra vez. Yo se lo diré a la familia, no hace falta que se preocupe por ello.
Callaghan asintió. Abrió la boca como para añadir algo más, pero cambió de idea en el último momento y, bajando nuevamente la mirada, murmuró una inaudible despedida y se marchó por donde había venido, hundido de hombros. Zephirus no se movió hasta que oyó al sanador desaparecer al doblar una esquina. Entonces, dejando escapar un hondo suspiro, cerró los ojos muy despacio, agotado. Cuando los volvió a abrir, sacó de sus bolsillos la pluma estropeada y un trozo de pergamino que le había sobrado. Apoyándose en la pared, escribió, dándose cuenta de su mano temblaba ligeramente:
Johnny:
Icarus se muere. Los sanadores no le dan más de una semana. Por favor, díselo a los demás. Escribe a Jonathan y haz los trámites necesarios para que pueda estar con nosotros lo antes posible, te lo ruego.
Zephirus
Y, con otro chasquido, la nota fue a reunirse con su destinatario, mientras una sonora carcajada infantil llegaba hasta sus oídos desde el interior de la sala, a través de la puerta cerrada.
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La persiana del enorme ventanal estaba bajada casi por completo, proyectando finas líneas de luz que perforaban la penumbra aplastante de la habitación. Fuera, el sol empezaba a decaer. Dentro, la noche duraba ya medio año. Y, de pie frente a la rústica cómoda de roble, completamente sola en la oscuridad, Melpómene Figg permanecía estática, observando con ojos vacíos las fotos que adornaban la superficie del mueble.
En una aparecían Icarus y ella en la fiesta de graduación de Hogwarts, él con los colores de Gryffindor, ella con los de Ravenclaw, abrazados y sonrientes, saludando a la cámara con efusividad, llenos de vida y de ilusiones. Otra era del día de su boda, en la que, ajenos al indiscreto fotógrafo, bailaban el vals de rigor, aferrados el uno a la otra, mirándose como si no existiera nadie más en el mundo, con vagas sonrisas perdidas en felicidad. De vez en cuando, aquellas imágenes animadas, recuerdos vivientes de ellos mismos, se abrazaban y se besaban, riendo quedamente.
Había varias más: una de ella misma embarazada de Belle, quejándose ante la cámara por haber sido sorprendida vestida con un viejo peto vaquero, el moño deshilachado y los guantes de goma puestos, manchada de tierra a más no poder mientras arreglaba las flores del jardín; una de Icarus despatarrado en el sofá del salón, completamente dormido con la boca abierta y un cuento infantil cayéndosele de las manos, mientras una Belle de poco más de un año gateaba por encima de él, palmeándole la cara y tirándole del pelo sin que se diera cuenta siquiera; una de la pequeña Belle, mostrando a la cámara su perversa sonrisa de sólo cuatro dientes, con el pelo rizado recogido en dos coletas y la redonda cara morena llena de chocolate, sentada en el suelo de la despensa con una bolsa masacrada de pasteles frente a ella…
Pero la que más llamó su atención fue la que ocupaba la parte derecha de un portarretratos doble con marco de plata, simulando las tapas de un libro, unidas por una pequeña bisagra: era una foto de los tres, Belle sentada sobre su madre, que la rodeaba por la cintura desde atrás, apoyando la cabeza en su hombro, y ambas abrazadas por un sonriente Icarus, que apoyaba su mejilla sobre el cabello rizado de su hija. Se la habían hecho poco antes del ingreso en Hogwarts de la pequeña. La parte izquierda no tenía foto aún, porque Icarus había sugerido colocar ahí el retrato que los tres se hicieran en la graduación de Belle, como un recuerdo del inicio y el final de la época estudiantil de su hija.
Una foto que ya nunca llegaría a hacerse.
Mel alzó una mano y delineó con los dedos el rostro que mostraba su marido en aquella fotografía.
-Vamos, no vale poner caras extrañas, que esta foto es seria, tenemos que guardarla para la posteridad –había dicho él, mientras programaba la cámara con el disparador automático, y su esposa y su hija se colocaban ya en uno de los sillones del salón.
Icarus se reunió a la carrera con ellas, tan ansioso por colocarse bien antes de que se disparara el flash, que se sentó en el brazo del sillón con demasiada brusquedad y volcó el mueble, mandándolos a los tres al suelo de golpe. En la primera foto sólo salieron los pies de la familia, que se alzaban desde el suelo como pequeños árboles. En la segunda salió Belle, medio incorporándose, con un ataque de risa, mientras Icarus levantaba el sillón, azorado, y Mel se sujetaba la cabeza con las manos y cara de mareo. En la tercera salieron de nuevo en sus puestos, Belle aún partiéndose de risa, Icarus haciendo una mueca grotesca a la cámara y Mel con los ojos en blanco. En la cuarta salía Mel dándole un empujón a su marido para tirarlo del sillón, Icarus con cara de espanto, cayéndose de golpe, y Belle roja como un tomate de tanto reírse, abrazándose el estómago. La quinta era la que habían colocado en el portarretratos, la que por fin salió en condiciones aceptables, aunque aún podía apreciarse la cara medio contenida de su hija y el pelo excesivamente revuelto de Icarus.
Los dedos de la mujer se escurrieron por el cristal y su mano quedó sobre la superficie de la cómoda, como un miembro muerto incapaz de moverse por sí mismo. Veía aquellas imágenes, revivía los recuerdos que encerraban y, aún así… aún así no lograba sentir nada. Ni nostalgia, ni desesperación, ni rabia, ni tristeza. Nada. Había un vacío tan abrumador dentro de ella que se sentía igual que el lavabo al que le quitan el tapón, permitiendo que toda el agua que contenía se vaya por la tubería. A veces se veía a sí misma encerrada dentro de su propio cuerpo, gritando a pleno pulmón, golpeando las paredes de su prisión de cristal hasta destrozarse los puños, sin que nadie la oyera. Y se estaba dando por vencida, cansada ya de luchar, consciente de que seguir intentándolo no valía la pena. ¿Qué importaba ya rendirse si todo estaba acabado?
Cerró los ojos, buscando en su interior la causa del problema. Era como rastrear con la mirada un mapa. Pero no la encontraba. Llevaba meses persiguiendo sombras informes, voces distorsionadas y un dolor mudo que se esfumaba entre sus dedos cada vez que creía alcanzarlo, tan ilusorio como todo lo demás. Un remolino de manchas y sensaciones abstractas, un pandemónium de fantasmas que la acechaban desde la oscuridad de su propia conciencia.
Con un suspiro, abrió los ojos de nuevo para clavarlos en la imagen de su esposo, que le sonreía desde la fotografía que tenía delante. "¿Es porque te vas? –le preguntó al retrato, contrayendo las cejas-. ¿Es porque me dejas? ¿Es esto lo que se siente cuando el vínculo empieza a funcionar? ¿Es eso, Icarus?". Bajó la vista, repasando mentalmente todo lo ocurrido en los últimos meses. Y siempre llegaba al mismo callejón sin salida.
Tras ella, el crujido de la puerta le anunció que alguien acababa de llegar, pero no se molestó siquiera en volver la mirada, hipnotizada aún, sin poder evitarlo, con la imagen de su marido, que en ese instante le guiñaba un ojo, agitando la mano con una radiante sonrisa.
-Mamá… -la voz de Belle sonó casi tan lejana como las de las sombras de sus pensamientos-. Ya estoy en casa, acabo de volver del hospital.
Mel asintió con aire ausente. Quería hablar a su hija, mirarla, abrazarla y llorar con ella. Pero no se podía mover. Su cuerpo apenas le respondía.
-¿Por qué no has venido en todo el día? Te estuve esperando, pensé que vendrías con Remus y su madre después de comer, pero ellos me dijeron que no habías querido moverte de casa…
De nuevo fue incapaz de responder. ¿Por qué no había ido al hospital? ¿Por qué se pasaba días enteros encerrada en aquella maldita habitación oscura y agobiante? ¿Por qué? ¿Por qué su corazón gritaba sin parar y de su boca no surgía sonido alguno?
-Mamá –el tono de su hija era ahora tembloroso y vacilante, inseguro por primera vez desde que ingresaron a Icarus-. Mamá… ¿por qué no has estado allí? Deberías haber venido… El sanador Callaghan ha estado hablando con Zephirus esta mañana…
Mel parpadeó. Desde la foto, Icarus reía animadamente, porque la pequeña Belle, al levantar los brazos para saludar a la cámara, había golpeado a su madre en la cara sin querer, y ahora ella se llevaba una mano a la dolorida nariz, fulminando a su marido con la mirada.
-Mamá… papá se está muriendo… No creen que pase de la semana que viene…
La mujer cerró los ojos nuevamente. No quería ver su reflejo. No quería ver esa imagen de lo que él había sido. Quería recordar su cara demacrada y sus ojos hundidos. Quería llorar hasta que su corazón estallase en mil pedazos, como el de él.
-¡Mamá! –Belle rompió en llanto, entrando intempestivamente al dormitorio de sus padres, dirigiéndose a ella con pasos firmes-. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no me contestas? ¿Es que no me has oído? ¡Él se muere! ¡SE VA A MORIR!
Agarrando a Mel de un brazo, la volvió bruscamente hacia ella, de modo que las dos quedaron cara a cara, y la esposa de Figg pudo ver por fin el rostro surcado de lágrimas de su hija, que la miraba con frustración, dolor y desconsuelo. ¿Por qué no podía llorar como ella y descargar así su rabia contra la maldición que pesaba sobre sus hombros? Y fue entonces cuando comprendió cuál era el problema…
-¿Por qué no reaccionas? –reclamó Belle, furiosa, mientras su llanto se intensificaba, sacudiendo a su madre-. ¡Él se muere y lo único que haces tú es quedarte aquí como si nada pasase! ¡Deberías estar con él en todo momento para aprovechar cada segundo que nos quede a su lado! ¡Es como si no te importase! ¿No entiendes que vamos a perderlo para siempre?
Viendo que su madre no abandonaba esa expresión ida, la muchacha empezó a llorar aún más fuerte, desesperada, agarrándose a los brazos de la mujer, incapaz de ver ya, porque las lágrimas nublaban por completo su visión.
-¿Por qué no lo entiendes? –sollozó con voz entrecortada-. No estás sola… yo estoy contigo, no voy a dejarte, no tendrás que afrontar todo esto tú sola, quiero ayudarte… Pero no me abandones tú a mí, por favor… Por favor, mamá, despierta de una vez… dime qué te pasa, por favor, por favor…
El llanto ahogó por completo sus palabras y fue incapaz de decir nada más. Por unos segundos, lo único que se oyó en aquel oscuro cuarto fueron los sollozos incontrolados de Arabella Figg, hasta que ésta sintió cómo los vacilantes brazos de su madre la envolvían, estrechándola contra su pecho. Belle abrió los ojos de golpe, sorprendida, pero enseguida se amoldó al abultado vientre de más de seis meses de gestación de Melpómene y se hundió en su abrazo, ocultando el rostro en el cuello materno para seguir llorando todo el cansancio y desolación que había acumulado a lo largo de la tarde, desde que Zephirus le había comunicado las nefastas noticias. Había intentado mostrarse fuerte ante todos los demás, desde su padre hasta su mejor amigo, Remus Lupin. Pero, al llegar a casa, el frío que se respiraba allí había destrozado su fingida estoicidad. Ver el estado de su madre la había derrumbado. Y, al menos, ahora, ante el aparente amago de reacción por parte de Mel, se sintió consolada, acompañada de alguien con quién poder compartir su dolor sin tener que fingir fortaleza.
Mel apoyó la mejilla en los rizos azabache de su hija, perdiendo la mirada en un punto del infinito. Y pudo percibir el olor a frutas de su pelo, y el roce de su aliento entrecortado y sus lágrimas contra la piel de su cuello. Todo su cuerpo parecía desprender olas de tristeza, de esperanza rota y abatimiento. Belle de verdad había creído que Icarus se recuperaría… Por un momento, sintió envidia de su inocencia y optimismo, de su capacidad para desahogar sus sentimientos, en vez de replegarlos más y más en su interior, como si unas cuerdas invisibles los ataran, encadenándolos para no dejar escapar ni uno. Y apretó el abrazo, arrugando la frente y contrayendo los labios.
Vamos, vamos, Mel, necesitas tranquilizarte, verás cómo todo sale bien, tómate este té que te he preparado, te hará sentir mejor…
Sus ojos color miel se llenaron de lágrimas, pero no pudo derramar ninguna y cerró los párpados con lentitud. No encontraba el problema porque no había nada que encontrar. Alguien se había encargado de ello, de arrancarle los recuerdos, dejando sólo una vaga sombra de lo que había ocurrido. No sabía qué le habían hecho, y quizá nunca llegaría a saberlo. Y ahí la habían dejado, encerrada dentro de sí misma, viendo su propia vida pasar como quién se sienta ante una ventana a ver la calle, ajena a la gente que la transita. Mientras el amor de su vida moría lentamente a kilómetros de ella, Melpómene Figg dejó escapar un último alarido de dolor que nadie oyó, hundiéndose en su celda de barrotes invisibles, comprendiendo que, a pesar de tantas y tantas precauciones, de tantos sacrificios y tantos años de lucha, el enemigo había atravesado sus defensas como si fueran de mantequilla, tendiéndole una trampa en la que ella había caído de lleno y de la que ahora no sabía cómo escapar.
Hundió la cara en el cabello negro de su hija y una solitaria lágrima surcó su mejilla izquierda. "Ayúdame –imploró-. Ayúdame, Icarus, te lo ruego. Tengo que salir de aquí. Tengo que hacerlo. Pero no me quedan fuerzas… no sin ti".
--------------
Cuando la puerta de la Sala Willow Mhor se abrió lentamente aquel mismo anochecer, la sanadora Sinclaire interrumpió de nuevo su lectura, alzando la vista, y sonrió con expresión triste a la figura que acababa de cruzar el umbral, envuelta en una capa.
-Me alegro de verla, señora Figg, ya pensé que hoy no vendría…
-Siento la tardanza, Eglantine –contestó ella con voz monótona, mientras se quitaba la capa-. ¿Te he hecho perder mucho el tiempo?
La sanadora negó con la cabeza, permitiéndose otra pequeña sonrisa al recordar que ése había sido el mismo saludo que Belle le dedicó por la mañana. Cerrando su libro, se incorporó con cansancio y suspiró. Desde que habían ingresado a aquel hombre, su jefe Callaghan había insistido especialmente en que nunca se quedase solo en la sala sin supervisión de un sanador de San Mungo. Por eso, cada vez que los familiares o amigos se iban, era el trabajo de Sinclaire quedarse allí acompañando al paciente.
-Nunca tengo muchas ocasiones de perder el tiempo, señora Figg, antes de poder terminar un capítulo siquiera ya están ustedes aquí. Belle llega por la mañana, se pasa aquí toda la tarde y, por la noche, usted me sustituye. No, definitivamente, nunca me hacen perder el tiempo.
-Siento las molestias –murmuró Mel, dirigiendo una mirada a su marido, que parecía estar profundamente dormido ya-. Sé que me salto todos los horarios de visita viniendo a estas horas, espero no causarles ningún proble…
-No es ningún problema, señora Figg –sonrió la sanadora Sinclaire-. Usted podría estar con su esposo las 24 horas del día si lo quisiera, aunque es posible que el sanador Callaghan la echara del hospital y la obligara a volver a su casa para descansar…
Mel agarró una silla cercana y se sentó con cierta dificultad junto a la cama de Icarus. Eglantine la observó en silencio por unos segundos, preguntándose, como tantas veces hacía debido a su profesión, qué historia encerraría aquella singular pareja.
-Señora Figg, quizá sea una indiscreción, pero… ¿puedo hacerle una pregunta?
La morena giró el rostro hacia la sanadora.
-¿Por qué nunca viene por la mañana con su hija y los demás, y espera a última hora del día para visitar a su marido?
Mel la miró a los ojos sin abrir la boca por un instante, y la joven mujer se inquietó ante aquella mirada oscura y vacía. Parecía un cuerpo sin alma.
-Porque no quiero que mi hija y los demás me vean en este estado –fue la seca respuesta.
Eglantine retrocedió hasta la puerta, asintiendo con cierto aire avergonzado, y abandonó la sala con una vaga despedida, cerrando la puerta tras ella. Mel esperó hasta oír el chasquido del pestillo, antes de volverse de nuevo hacia el rostro sereno de Icarus. Su respiración, aunque pausada y profunda, era dificultosa, y mantenía los labios entreabiertos para dejar pasar el aire. Su rostro parecía aún más pálido a la tenue luz de la habitación. Con una débil chispa prendiéndose en sus ojos color miel, la mujer acarició suavemente la cara del convaleciente, enredando los dedos con delicadeza en el apagado cabello cobrizo.
-Buenas noches, amor mío… -susurró, mirándolo intensamente.
Inclinándose lo mejor que pudo, teniendo en cuenta la dificultad que suponía su abultado vientre, besó a Icarus con delicadeza en la frente, entre las cejas. Siempre lo besaba ahí cuando lo veía con el ceño fruncido, ya fuese por preocupación o por enfado, como para suavizar su gesto, y, al volverse a apartar, siempre se lo encontraba sonriendo. Pero, en aquel momento, cuando se separó de su rostro, no notó en él ningún tipo de cambio. Mel apretó los labios para controlarse, agachando de nuevo la cabeza hasta apoyar su frente en la de él. Y volvió a besarlo, en los párpados, en las sienes, en las frías mejillas…
Estar a su lado implicaba volver a la realidad, salir de su impuesto sopor y caer de lleno en el dolor de la consciencia. Era como despertar de un largo sueño para hundirse en la pesadilla. Y comprendió, con una lucidez que no había experimentado en meses, que por eso mismo intentaban mantenerla enclaustrada en su casa, alejada de Icarus, del hospital y de lo que significaba estar allí. Por eso sólo la dejaban libre para poder visitarlo por la noche, cuando nadie más los acompañaba, cuando nadie más podía ver su expresión de sufrimiento, ni sentir sus mudos gritos de auxilio. No podría haber hablado aunque hubiese querido. Habían atado su lengua tanto como sus sentimientos. Pero cualquiera que viese su cara en esos instantes no necesitaría palabras para saber lo que ocurría, porque la propia conciencia de su situación se reflejaba en sus facciones como si fuesen las páginas de un libro abierto.
Con un trémulo suspiro, Icarus despertó y abrió los ojos opacados con cansancio, intentando enfocar el rostro al que pertenecían aquellas manos que seguían acariciándolo. Al distinguir la imagen de su esposa, agrandó los ojos, prendiéndose en ellos un intenso brillo, y esbozó con obvio esfuerzo una abierta sonrisa. Sus labios se movieron, hablando sin emitir sonido alguno, pero ella no necesitó palabras para entender lo que le decía.
Mel… te esperaba.
La mujer intentó devolverle la sonrisa, pero el gesto sólo consiguió llenarle los ojos de lágrimas de impotencia.
-Perdóname –le dijo ella, moviendo sólo los labios también, sin hablar-. Hoy ha sido un día muy duro, ¿sabes? Te he echado de menos…
Icarus alzó una mano hasta la mejilla de Mel, acariciándola, y luego rozó con sus dedos los rizos negros, iguales a los de su hija. La miró con intensidad, como examinándola.
¿Cómo estás?
Apretando la mano de su marido contra la piel de su rostro, Mel cerró los ojos, contrayendo las cejas.
-No me preguntes eso… Eres tú quién se está yendo…
Icarus sujetó a la morena por la barbilla, obligándola a encararlo, y ambos permanecieron así, sin moverse, mirándose a los ojos fijamente, con una comprensión muda que muy pocas parejas alcanzan a lo largo de su vida. Tragándose el sollozo que acudía a su garganta, Melpómene volvió a inclinarse, uniendo esta vez sus labios con los de su esposo, en un beso suave y delicado, pero cargado de súplica y desconsuelo. Icarus enredó su temblorosa mano en el cabello rizado, reteniéndola junto a él, suspirando contra los labios femeninos, y ella enmarcó su cara con las manos, esforzándose por mantener el control y no dejarse llevar, para no cansarlo demasiado. Pero, cuando fue el propio Figg quién buscó ahondar en su boca, ella cedió inmediatamente, sintiendo cómo las lágrimas calientes cruzaban su rostro en un silencioso llanto ininterrumpido, inundándola con unas desmesuradas ganas de llorar y no parar jamás…
Al separarse, Icarus respiraba agitadamente, pero se esforzó por recuperar pronto el aliento, manteniéndose aferrado al pelo azabache de Mel, cuyo rostro apenas se había apartado algunos centímetros del suyo, permaneciendo muy cerca de él. Cuando abrió sus ojos azules, vio los miel de su mujer vidriosos por el llanto, y aflojó el agarre de sus rizos para deslizar la mano hasta sus mejillas, limpiando lo mejor posible los rastros de lágrimas, con una muda disculpa implícita en su mirada. Mel ahogó otro sollozo.
-No te disculpes… Yo te metí en esto, la culpa ha sido mía…
Sabía a lo que me enfrentaba –replicó él en silencio-. No cambiaría mi vida a tu lado por nada.
Mel volvió a derramar más lágrimas, delineando el rostro de su marido con los dedos, como si intentara grabarlo a fuego en su memoria para siempre. Y, a pesar del llanto, logró esbozar una sonrisa cargada de tristeza.
-¿Sabes? Pensé que seríamos felices… que jamás nos ocurriría nada, que la maldición no nos afectaría a nosotros… Pensé que todo saldría bien y viviríamos juntos, y envejeceríamos juntos… Pero la maldición no hace excepciones, ¿verdad? No sé cómo pude pensar que seríamos especiales… Tal vez… si no nos hubiésemos confiado tanto… si hubiésemos aprovechado más el tiempo…
Icarus la calló, cruzándole los labios con un dedo, y frunció ligeramente el ceño al mirarla a los ojos.
No me arrepiento de nada, Mel. De ni uno solo de los segundos que pasamos juntos. Ambos sabíamos que esto pasaría…
Ella bajó la vista, mordiéndose el labio inferior para contener los sollozos cada vez más intensos, apoyando de nuevo su frente en la de Icarus, y éste la acarició con dulzura, intentando consolarla. La instó a levantar de nuevo la vista hasta él para añadir:
Estamos juntos desde hace 23 años. Han sido 16 años de matrimonio. Me doy por satisfecho, amor mío. Incluso si sólo hubiese podido vivir un mes a tu lado, habría sido suficiente.
-No digas eso… -Mel apretó los labios para no echarse a llorar con todas sus fuerzas, poniendo un cuidado excesivo y absolutamente innecesario en peinar con dedos temblorosos el cabello cobrizo-. No digas eso, Icarus, no… no es suficiente, no es suficiente… te necesito…
Icarus se hundió en sus ojos color miel, con una mirada totalmente transparente y calmada.
Te quiero.
La vista de Mel se enturbió por completo y la imagen de su marido se distorsionó.
-Déjame morir contigo…
No –Icarus negó con la cabeza-. Debes seguir. Debes ser fuerte.
-No puedo ser fuerte si me dejas… no puedo romper este hechizo… no puedo frenar al enemigo… no puedo hacer nada sin ti…
Eres más fuerte de lo que crees –élsonrió débilmente, acariciándola con devoción-. Cuando yo muera, todo irá bien… Podré estar contigo en cada instante, te ayudaré más de lo que puedo ayudarte ahora.
-No hables así, por favor… -Mel hizo amago de volver a apartar la vista, pero Icarus la retuvo, manteniendo en todo momento el contacto de sus miradas.
Debes luchar, Mel. Sé que estás cansada, que no te quedan fuerzas. Pero yo estaré contigo, te lo prometo. Estaré a tu lado. No te rindas. Piensa en Belle. Piensa en el bebé. Yo cuidaré de ti. Pero tienes que dejarme marchar.
Mel apretó los dientes y, sin poder contenerse por más tiempo, rompió en un llanto débil pero desgarrador, hundiéndose en el pecho de su marido, aferrándose a su camisa de dormir con desesperación, mientras el susurro de su sufrimiento inundaba de desolación la sala del hospital. Con la quijada rígida a causa del esfuerzo, Icarus la envolvió muy despacio en sus brazos, estrechándola, y sus ojos brillaron con la certeza de que ése era su último abrazo. La última vez que podría sentirla unida a él, la última vez que podría apoyar la mejilla en sus rizos oscuros, inspirando su perfume.
La última vez que podría tocarla.
-Prométemelo… -sollozaba ella, acurrucándose entre sus brazos, utilizando ahora su voz, que sonaba ahogada y temblorosa-. Prométeme que volverás a mí… pase lo que pase… prométeme que te quedarás conmigo para siempre… que me salvarás…
-Te lo prometo… -susurró él, usando palabras por primera vez en seis meses, con una voz ronca y desusada, prácticamente inaudible.
Mel alzó la vista, sorprendida, hasta clavarla en sus ojos azules. Y lo supo, con la misma certeza que él. Antes de que las lágrimas ahogaran por completo sus palabras, consiguió musitar:
-Yo también te quiero… siempre…
Y, con un último y breve beso, volvió a ocultar el rostro en la curva de su cuello, rindiéndose al aplastante dolor, que sentía ahora en su máxima potencia, descargando todas las emociones que se veía obligada a retener durante el día, consciente de que era ahora cuando empezaba la auténtica lucha… y preguntándose si sería capaz de afrontarla.
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Pasaba ya la una de la madrugada cuando Selene Lupin, harta de dar vueltas en la cama, se levantó con un suspiro. De camino a la puerta del dormitorio, agarró una ligera bata de verano y se la puso sobre el camisón, cruzando el pasillo en dirección a las escaleras. Antes de bajar, echó un vistazo a la habitación de su hijo mayor, que dormía como un tronco, con la pequeña Rebeca abrazada a él. Con todas las emociones del día y la tensión que se respiraba en la familia, la más pequeña de los Lupin, aunque no comprendiera muy bien la situación debido a su corta edad, se había mostrado bastante intranquila a la hora de acostarse, por lo que Remus se había ofrecido a dormir con ella. Ahora ambos descansaban ajenos a las tribulaciones de sus padres, y, mientras reemprendía su camino, Selene deseó en silencio poder ser niña otra vez para huir de todo aquello. Sus pies descalzos no emitieron sonido alguno al trotar por los escalones, ni cuando se dirigió rápida y directamente a la entrada del pequeño salón-comedor. Una vez en el umbral, se detuvo ante la escena.
Zephirus estaba sentado en el suelo, delante de la chimenea encendida, abrazado a sus piernas como un niño pequeño y apoyando la barbilla en sus rodillas. Ni siquiera se había cambiado de ropa y, aunque había mantenido un ánimo optimista durante la cena, su semblante se tornó serio en cuanto los niños se fueron a la cama. Cuando Selene le sugirió que debía acostarse también y descansar un poco, él negó con un gesto y le dijo que se fuese acostando ella, que él subiría dentro de un rato. Y ya habían pasado cerca de tres horas desde entonces.
-Zephirus… -susurró.
El hombre ni siquiera se inmutó, como si no la hubiese oído, y siguió con sus ojos celestes clavados en el fuego que crepitaba frente a él. Las noches en la costa de Dover eran frías. Pero aquélla en concreto parecía más propia de diciembre que de julio. Selene dio un par de pasos hacia él, vacilante.
-¿Zephirus? –tanteó de nuevo-. Zeph…
Lupin siguió absorto por completo, sin notarla, y, con un hondo suspiro, la mujer se adelantó hasta colocarse a su lado y posar una mano en el hombro de su marido, inclinándose un poco. Zephirus dio un pequeño respingo, saliendo de su ensoñación, y levantó la vista hacia los ojos color gris acuoso de su esposa, con la misma expresión inocente que lucía Remus de pequeño cuando era pillado en medio de alguna travesura.
-Cariño –murmuró Selene, entornando los ojos en una comprensiva sonrisa-, ven a la cama, anda. Ha sido un día muy largo.
Él asintió con la cabeza, pero no se movió ni un ápice, dirigiendo de nuevo la mirada hacia las llamas. Selene volvió a suspirar. Recogiéndose un poco el camisón, se sentó en el suelo junto al rubio, pero de espaldas a la chimenea, para poder observar su rostro con atención.
-Está bien, ya basta de ceñudos silencios, no soporto cuando haces eso. Háblame.
Zephirus torció la boca en una mueca, sin mirarla.
-Selene… ¿Crees que esta situación podría haberse evitado de algún modo? Ya sabes. Que hubiésemos estado más atentos, que hubiésemos reforzado las medidas de seguridad, o…
-Creo que ya ha pasado –atajó su mujer, mirándolo a los ojos-. Y que no merece la pena perder más tiempo pensando en algo que no podemos cambiar.
-Ya –Zephirus bajó la vista, riendo quedamente con tristeza-. Siempre es ese razonamiento el que debería imponerse a todos los demás, ¿no es cierto? El pasado no se puede cambiar, hay que mirar hacia el futuro… A veces me pegunto hasta qué punto mi forma de pensar no es más que una falacia.
Selene frunció el ceño.
-¿Qué quieres decir?
-He estado pensando mucho en todo esto –suspiró el hombre, ladeando la cabeza con expresión ausente-. Intentaba encontrar el punto exacto en el perdimos el control de la situación. Y he llegado a la conclusión de que nunca lo hemos tenido. Desde el principio, nuestras vidas se han dirigido siempre por lo que alguien externo a nosotros dictaminaba. Creíamos que nosotros tomábamos las decisiones, pero lo cierto es que sólo conseguíamos nuestros propósitos si a ese alguien le interesaba que lo hiciéramos. Echo la vista atrás y tengo la impresión de que todo lo que hemos pasado hasta ahora no es más que el guión de una obra de teatro que hemos estado representando sin darnos cuenta. Y tengo miedo de que esa actitud conformista, ese empeño mío por que el pasado no puede cambiarse, me haya hecho seguir adelante con demasiada brusquedad, dar carpetazo a asuntos inconclusos, pasando por alto pistas que, en otras circunstancias, habrían podido ser decisivas para nuestras actuaciones futuras.
-No estoy de acuerdo contigo –replicó su mujer, aún ceñuda-. Nuestras decisiones a lo largo de los años quizá no hayan sido las más acertadas, pero nosotros hemos sido los únicos responsables. Que deberíamos haber prestado más atención, o habernos tomado todo esto más en serio… pues sí, tal vez, pero aquí es donde nos encontramos ahora, y éste es el momento a partir del cuál tenemos que retomar el camino para intentar solucionar las cosas en la medida de lo posible –Zephirus bajó la vista otra vez y ella le dirigió una mirada consternada-. ¿Por qué hablas así? No es propio de ti. ¿Es que has descubierto algo?
-No estoy seguro. He repasado a conciencia los últimos 20 años, y he… me he dado cuenta de cosas que, en su momento, me parecieron hechos aislados sin ningún tipo de conexión. Con todo lo que ha ocurrido en los últimos tiempos, y mirando nuestro pasado más fríamente, creo que nada ha sido casual. Pero quizá esté tan ansioso por encontrar respuestas, que me haya vuelto algo paranoico…
-¿Tú, paranoico? –Selene sonrió burlonamente, intentando aligerar la tensión que destilaba la voz de su marido-. Permíteme que lo dude, cariño. Psicópata, maniático y obsesivo sí, pero… ¿paranoico? No creo.
-Gracias por los piropos, guapita –masculló el hombre, alzando una ceja-. Por un momento pensé que te estabas describiendo a ti misma para solidarizarte conmigo.
Selene rió en voz baja y consiguió que Zephirus esbozara una pequeña pero sincera sonrisa. Acercándose más a él, la mujer de ojos grises apoyó un brazo en las rodillas de su compañero y recostó la cabeza a escasos centímetros de la suya, bajando la voz y tornándose seria.
-Zephirus, tu capacidad de analizar los distintos acontecimientos quita el hipo. Cada vez que te paso alguna novela de misterio que a mí me haya mantenido en tensión hasta el último segundo, tú eres capaz de desarrollarme casi toda la trama con sólo leer cinco capítulos. Siempre te he dicho que, en vez de astrónomo, deberías haber sido auror. Así que, con todos mis respetos, amor mío, tú tienes de paranoico lo que Jonathan Flathery tiene de analfabeto –el rubio rió quedamente, y Selene utilizó su mano libre para entrelazarla con una de las de él-. ¿Qué es lo que has descubierto? Cuéntamelo, yo te digo si es una paranoia o no.
-¿Recuerdas la información que nos pasó Jewel hace años?
-Dijo que había alguien vigilando a la familia Figg desde que Mel había abandonado Hogwarts. ¿Te refieres a eso?
-Exacto –Zephirus asintió con la cabeza-. Devius Lore, uno de los pocos nombres que Jewel nos pudo proporcionar. Pero de poco nos sirvió, porque no hemos encontrado ni rastro de ese hombre en los últimos 15 años. Fue entonces cuando empezamos a tener más precauciones. Icarus y Mel aún vivían en Lancaster, y Belle estaba a punto de nacer. Quizá no te acuerdes, pero, pocos años después, Mel me estuvo comentando que se sentía algo inquieta, tenía el presentimiento de que la vigilaban continuamente. Icarus no le dio importancia y resolvió el problema aconsejándole a Mel que dejara los escenarios definitivamente y se dedicara a trabajar en casa, apartándose de la vida pública, aunque siguiese escribiendo. Sin embargo, yo no estaba muy convencido y empecé a insistirles para que se trasladaran a Dover, donde pudiera tenerlos más cerca.
-Sí, lo recuerdo –asintió Selene, dibujando una media sonrisa-. Fue una de las discusiones más descomunales que he visto entre vosotros dos. Icarus se puso hecho una fiera porque sus padres vivían en Lancaster y no se quería mudar, y te gritó que, si eras tú quién debía proteger a Mel, te fueses tú a vivir allí. Todavía me acuerdo de la cara que puso cuando le contestaste que no podías moverte de Dover, porque teníamos el Observatorio instalado aquí y marcharnos supondría llevárnoslo a cuestas.
-Sí, era un poco obtuso el mocoso por aquella época… -gruñó Lupin.
-¿Pero qué tiene eso de especial? Al final terminaron mudándose, aunque fuese unos años después…
-Eso no es lo importante –la mirada de Zephirus se oscureció, dirigiendo a su compañera una expresión sombría-. La misma semana en la que discutimos sobre la seguridad de los Figg y su necesidad de mudarse más cerca de nosotros… fue en la que mordieron a Remus.
Del rostro de Selene se borró todo asomo de sonrisa, y agrandó los ojos, palideciendo bajo la anaranjada luz del fuego.
-Eso fue un accidente, Zeph… S-sólo fue un accidente, Remus salió cuando no debía y…
-Selene, sabes tan bien como yo que lo que le pasó a Remus no fue un accidente –la voz del rubio se endureció, mientras fruncía de nuevo el ceño-. Es imposible que lo fuera. Puede que el ministro sea un imbécil, pero el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas no nos habría permitido instalarnos aquí si existiese la más mínima posibilidad de que algo como esto sucediera. La seguridad del bosque no era defectuosa, ni mucho menos, y nuestro hijo ni siquiera llegó a poner un pie en ese lugar. A Remus lo atacó alguien que ya estaba fuera, esperándolo.
La mujer se había quedado boquiabierta, mirándolo con horror.
-¿Qué insinúas entonces?
-Insinúo que al enemigo no le convenía que los Figg se mudaran a Dover en aquellos momentos, y para cerrarnos a nosotros la boca y ocuparnos en otra cosa, atacaron a nuestro hijo para desviar nuestra atención. Sabían que centraríamos todas nuestras energías en Remus y dejaríamos de estar pendientes de los Figg, aunque sólo fuese por un tiempo. Y acertaron, porque no me había parado a pensar hasta ahora en que todo resultó terriblemente casual… demasiado casual.
-Pero… eso implicaría que…
-Johnny me confirmó hace poco que se ha demostrado recientemente la pertenencia de algunos licántropos a las filas de lord Voldemort –dejó escapar Zephirus, contestando al razonamiento inconcluso de Selene-. Sólo necesitó mandar a cualquiera de sus mortífagos hombres lobo que mordiera al hijo de los Lupin, y asunto resuelto.
Un denso silencio cayó sobre el matrimonio. Selene fijó la vista en algún punto indefinido de la alfombra, aún con los labios entreabiertos en gesto de incredulidad. Los horribles recuerdos de aquella época la sacudieron con un impacto casi físico y no pudo evitar estremecerse visiblemente. Ya había sido difícil reponerse pensando que sólo se había tratado de un terrible accidente, pero la idea de que todo había sido en realidad premeditado despertaba dentro de ella emociones que la asustaban de un modo abrumador.
-Me pone enfermo pensar que he estado casi siete años diciéndole a mi hijo que hay que aprender a vivir con los designios del destino, amoldándonos lo mejor que podamos a los golpes que nos da la vida para salir adelante, cuando en realidad todo lo que le ocurre ahora es por mi culpa –masculló Zephirus, apretando los dientes con rabia contenida-. Por culpa de mi estúpida maldición, que ha salpicado a toda la familia…
Selene quiso hablar, decirle que no era culpa suya, pero se había quedado momentáneamente sin voz. Lupin levantó la vista hacia el techo, suspirando, y su tono sonó aún más frustrado que antes.
-Y lo mismo está pasando ahora… Qué casualidad que justo hayan atacado a Icarus el día clave para que Mel olvidara tomarse la poción que le impedía quedarse embarazada, ¿verdad? Llevamos 14 años intentando evitar que tengan un segundo hijo y en una sola noche todo se va al carajo. Y la forma de matar a Icarus tampoco es casual. Por algún motivo no querían que muriese en el acto, sino que la agonía fuese larga y lenta. De hecho, tengo la impresión de que quién quiera que lo envenenara cometió un error y le dio más veneno del que debía. Presiento que lo que Voldemort quería era dejarlo convertido en un vegetal: inconsciente, vacío, pero vivo. A su siervo se le fue la mano con el nix cordis y ha terminado matando a Icarus sin deber.
-¿Por qué querría hacer algo así? –Selene salió de su estupor ante las conjeturas del rubio-. No lo entiendo…
-No estoy seguro, pero tiene algo que ver con el vínculo que une a Icarus y a Mel –explicó Zephirus-. Un Icarus vivo pero agonizante, sólo destroza a Mel por dentro y la deja vulnerable. Un Icarus muerto pone en marcha el vínculo y queda unido a Mel de forma mística, haciéndola más fuerte. Después de lo que el sanador Callaghan me contó sobre el nix cordis, la opción de dejar a Icarus sumido en un estado vegetativo de por vida me parece bastante más provechosa para el enemigo que el matarlo de golpe y redoblar la energía de Mel. Pero, de todas formas, sólo son suposiciones… -con un suspiro, perdió la vista en algún punto a su izquierda-. Necesitaría comentárselo a Jonathan para ver qué opina él…
La mujer observó preocupada el rostro serio e inexpresivo de su esposo, consciente de que eso, lejos de reflejar calma o seguridad, era signo del tremendo torbellino que sacudía el interior del experto en Astronomía. Zephirus se estaba devanando los sesos en busca de una clave que resolviera el enigma, llevaba meses pensando en ello sin descanso, apenas dormía y su actitud se estaba volviendo más taciturna de lo que ella había visto jamás, aunque de cara a los demás se comportara como siempre. Estaba segura de que, si las cosas seguían así, terminaría enloqueciendo. Y ella no podía permitir que se sobrecalentara el cerebro con el mismo tema 24 horas al día, porque así no llegarían a ninguna parte. Zephirus nunca rechazaba la ayuda de nadie, pero tampoco la pedía, y a veces era necesario recordarle a él también que no estaba solo. Decidida a conseguir que se olvidara por un rato de los problemas y descansara de una vez, Selene colocó una mano en su brazo, frotándolo suavemente con gesto consolador.
-Cariño… -empezó, pero él no la dejó continuar.
-Ya no sé qué hacer, Selene, no lo sé. He revisado una y mil veces las listas de los conocidos de los Figg en Lancaster, los antiguos compañeros de trabajo de Mel, los socios de Icarus, tanto los que trabajaban con él en la Cleansweep, como en la Nimbus Racing… Y no hay nada. Nada. Ni una sola relación anormal, ni un solo nombre fuera de lugar, nada que pueda darnos una pista sobre la identidad falsa que está usando ese maldito Devius Lore para infiltrarse en el círculo de allegados. Es como una sombra de humo que se esfuma entre los dedos cuando la crees atrapar. No sé qué truco usa, no sé cómo y por dónde se mueve, y no sé cómo combatirlo. No puedo prever sus movimientos. Primero convirtieron a nuestro hijo en un licántropo para mantenernos al margen, luego han envenenado a Icarus delante de nuestras narices para quitarlo de en medio y dejar vulnerable a Mel… ¿Qué será lo próximo? Podrían atacarme a mí, o a ti, o secuestrar a alguno de los niños, o…
No pudo terminar la frase, porque Selene se incorporó, encerrando su rostro entre las manos, y lo atrajo a ella para callarlo con un beso en los labios. Zephirus agrandó los ojos, sorprendido, pero al segundo siguiente cedió ante ella y se dejó besar, manteniendo los ojos entornados para no dejar de mirarla. Podía percibir a través de ese contacto que Selene estaba asustada, que no quería seguir oyéndolo sólo por el simple hecho de que sus palabras no hacían más que alimentar los miedos que ya le costaba bastante reprimir de por sí. Cuando se separaron, ella bajó la vista, apretando los labios, y él continuó mirándola, componiendo una expresión de derrota y disculpa.
-Basta –susurró la mujer-. Ya basta por hoy, Zephirus, por favor. Estamos en guerra. Icarus se está muriendo. Sé que es tiempo de preocuparse, de luchar, pero… aunque sólo sea por esta noche, sólo por un rato… por favor, finjamos que todo va bien. Si nos traemos la oscuridad del mundo a casa, no nos quedará ningún lugar seguro en el que refugiarnos. Necesitas descansar o te volverás loco. Seguiremos atentos, investigando. Pero ahora deja de pensar por un momento y quédate a mi lado, ¿quieres? Vamos a la cama, necesito dormir abrazada a ti esta noche, hace mucho frío…
Y él, sintiéndose culpable una vez más, asintió sin oponer resistencia alguna, levantándose pesadamente del suelo y dejándose llevar por su mujer, que, cogiéndolo de la mano, lo guió escaleras arriba, hasta el dormitorio. Allí, bajo la suave luz de la luna menguante que se filtraba por la ventana, se cambió de ropa en absoluto silencio, con el cansancio impreso en cada uno de sus gestos. No volvió a hablar hasta que, minutos después, Selene, de rodillas sobre la cama, le abrochaba cabizbaja los botones de la camisa del pijama, mientras él permanecía de pie frente a ella, mirándola fijamente.
-Selene –susurró, y ella lo miró. Sus ojos grises brillaron en la penumbra-. Lo siento.
-¿Por qué? –musitó su compañera, con cara de no entender.
-Porque soy un auténtico fraude –sonrió Zephirus tristemente-. ¿No es irónico que me pase la vida dando consejos a todo el mundo y, a la hora de la verdad, sea el primero en venirse abajo? Me parece tan ridículo ser incapaz de aplicarme a mí mismo mi propia filosofía… Cuando ingresaron a Icarus, fue Johnny quién me hizo reaccionar. ¡Johnny! El que se ha pasado dos años como autista tras la muerte de su mujer. Y aquí estoy ahora, abatido por no hallar resultados, en vez de convenciéndome de que no debo rendirme y de que encontraremos la forma de arreglar esto. Siento soltarte a ti el rollo, y cargarte con más preocupaciones y responsabilidades de las que ya tienes, sólo porque a pesar de todo no he aprendido aún a consolarme a mí mismo. Me cuesta tanto ser optimista en estos momentos… tengo un miedo constante a no estar a la altura de las circunstancias, y…
De nuevo, sus palabras murieron en los labios de Selene, que se estiró para llegar hasta su boca, agarrándose a la tela del pijama con fuerza. Él respondió al beso de inmediato con intensidad, haciéndola suspirar. Al separarse, ambos respiraban entrecortadamente.
-Deja de decir estupideces –balbuceó ella, a centímetros escasos del rostro de su esposo-. ¿Quién fue el único de la familia que no se hundió cuando mordieron a Remus, eh? Tú nos mantuviste a todos a flote… Salvaste a tu hijo… y yo me habría vuelto loca si no llega a ser por ti. Fue a ti a quién recurrieron Dumbledore, Izzy y Jonathan para apretarle las tuercas a Johnny y hacerlo reaccionar. Icarus no se ha rendido en todo este tiempo porque tú le enseñaste a ser fuerte. Mel depende de ti. ¿Por qué pierdes el tiempo preguntándote si estás o no a la altura, cuando sabes de sobra que sí lo estás? Tú eres su Guardián por algo. No necesitas más pruebas, Zephirus, la confianza que todo el mundo tiene puesta en ti debería ser más que suficiente. Además, sabes que no tienes que enfrentarte a esto solo, todo el grupo está contigo, no es necesario que resuelvas el misterio de la noche a la mañana sin ayuda, nadie te ha pedido milagros. Yo confío en que salvarás a Mel, confío plenamente, y no es tu estilo defraudar a las personas que…
Esta vez, fue Lupin quién selló la boca de su mujer con la suya, en un beso más ardiente, más demandante y urgente. Ella siempre le recordaba el camino cuando se desorientaba. Siempre tenía las palabras justas para reconducir su actitud, para demostrarle que su filosofía no eran meras palabras, sino una realidad tangible. En los momentos difíciles, siempre se apoyaban el uno en el otro, él con la teoría, ella con la práctica. Amigos y compañeros por encima de amantes… y la imagen de Melpómene Figg sentada junto al lecho de su moribundo marido lo sacudió fuertemente, haciéndole comprender que, el día de mañana, podría ser él mismo quién se encontrara en una situación así: muerto o sufriendo la muerte del ser amado.
Porque estaban en guerra… y, en cualquier momento, cualquier cosa podía pasar.
Guiado por el ahogo que le produjo el imaginarse siquiera junto al lecho de muerte de Selene, la envolvió rápidamente entre sus brazos, apretándola con fuerza contra su cuerpo, sólo para sentir cómo la figura de su esposa temblaba levemente. Sin romper el beso, se subió a la cama con ella, y la mujer le echó los brazos al cuello, dejándose caer hacia atrás y arrastrándolo en la caída, recostándose en las sábanas, con el delgado cuerpo de su marido acomodándose sobre ella.
Por largos minutos, no se oyó en el cuarto nada más que el roce de la tela y los suspiros ahogados, mientras ambos se enredaban, reteniéndose casi con desesperación. No se detuvieron hasta que la ausencia de oxígeno fue intolerable y, aún así, sólo se apartaron los milímetros justos para poder respirar. Se miraron, notando que las miradas de los dos brillaban intensamente con, sin saber por qué, lágrimas contenidas. Zephirus acarició el rostro de Selene suavemente, y ese gesto logró derramar una silenciosa lágrima de los ojos grises.
-Perdóname –le murmuró a los labios, acariciándola otra vez-. Perdóname por involucrarte en esto, Selene. Es realmente una maldición… todos nosotros estamos malditos, y a menudo… a menudo pienso que, tal vez, deberíamos haber permanecido toda la vida solos, sin salpicar con nuestra maldición a nadie más. Pienso en Grace, en Archie, en Icarus, y… y la sola idea de que tú…
-Calla –Selene le cruzó los labios con un dedo, interrumpiéndolo-. Yo siempre supe muy bien dónde me metía cuando me casé contigo, Zephirus. No he ido engañada a ningún sitio. Y aún así lo hice, y no me arrepiento en absoluto. Entiendo a Grace, a Icarus y a los demás… porque estoy segura de que sentían lo mismo que yo. Me casé contigo porque te quiero, no me importa nada más, ni las dificultades, ni los malos momentos, nada. Pero… –su voz flaqueó y sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez-. Pero yo no soy Melpómene. Yo no tengo un vínculo especial que te retenga a mi lado. No podré estar unida a ti más allá de la muerte. Así que… por favor… procura mantenerte vivo en esta guerra, ¿vale? Y yo te prometo que me mantendré viva por ti…
Zephirus observó sin parpadear siquiera cómo su mujer cerraba los ojos, derramando un par de lágrimas más, y se apretaba una de las manos del hombre contra la mejilla, arrugando las cejas. Muy despacio, como a cámara lenta, volvió a inclinarse sobre el delgado rostro de Selene, atrapando el labio inferior de ésta entre los suyos, besándola con lentitud deliberada. Y el vuelco que dio su corazón al oírla gemir débilmente, retorciéndose bajo él, le hizo comprender de golpe.
-A pesar del vínculo –dejó escapar, separándose nuevamente de ella-, Mel se hundirá por completo cuando muera Icarus.
-¿Por qué? –inquirió Selene, mirándolo con los ojos entornados-. ¿No se supone que el vínculo se activa del todo con la muerte?
-Lo sé –insistió él, enredando una de sus manos en el ondulado pelo rubio de su compañera, sujetándola por la nuca-. Sé que se hundirá. Mel no debería estar actuando de la forma en que actúa. Algo va mal. Y no consigo entender el qué. Quiere a Icarus con todas sus fuerzas, y, a pesar del vínculo, se comporta como si fuese a perderlo para siempre. Se hundirá, Selene, porque ella y yo nos parecemos mucho… y yo me hundiría por completo si te perdiera a ti.
Selene agrandó los ojos, encontrando frente a ella la expresión de melancólica conformidad de su marido.
-Quizá sólo lo sepamos cuando él muera –siguió el rubio-. Si Mel se deprime, es que el vínculo no está cumpliendo su función. Si es incapaz de sentir en su interior la esencia de Icarus, se vendrá abajo. Y entonces el enemigo podrá hacer con ella lo que le dé la gana –ante la expresión horrorizada de Selene, Zephirus cerró los ojos lentamente-. A partir de ahora… debemos vigilar que Mel no haga ninguna estupidez… o las consecuencias serían catastróficas. Hay que conseguir que el vínculo se active correctamente cuando Icarus muera. Y no sé cómo demonios vamos a conseguir algo así.
Suspirando profundamente, ocultó el rostro en la curva del cuello de su mujer, abrazándola y apretándose contra ella, respirando directamente de su piel. Y, al segundo siguiente, sintió las manos femeninas recorriendo su espalda suavemente, como para consolarlo.
-Tenías razón, cariño –comentó él en voz queda-. Esta noche es horriblemente fría.
Y se acurrucaron bajo las sábanas, aferrados el uno al otra, aunque no pudieron dormir prácticamente nada en toda la noche.
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-¿Entonces quiere decir que Mel pasó aquí toda la noche?
-Sí, llegó poco después del anochecer. Parece ser que ha dormido apoyada en la cama de Icarus… o por lo menos así me la encontré yo.
-¿Hace cuánto que se ha ido a casa?
-Oh, bueno… Esta noche me tocaba guardia, así que hacía la ronda por la planta cada media hora. Una de las veces que pasé por la habitación, la señora Figg ya se estaba preparando para marcharse. No sabría decirle la hora exacta, pero aún no había amanecido. Quizá fueran las 5:00 ó 5:30 de la madrugada…
-Ya veo…
-Señor Lupin…
La sanadora en prácticas Eglantine Sinclaire titubeó cuando los intensos ojos azules del hombre que la acompañaba se clavaron directamente en los suyos, mirándola fijamente desde su considerable altura. Por un par de segundos se hizo el silencio, hasta que la joven mujer desvió la mirada con consternación, rascándose distraídamente un codo.
-¿Sí? –Zephirus la instó a continuar.
-No es nada, en realidad, pero… No sabría cómo decírselo…
-Pruebe a intentarlo. Si no la entiendo, se lo haré saber.
Eglantine sonrió a medias con tristeza y volvió a mirarlo.
-Es sobre la señora Figg –empezó cautelosamente, como midiendo al máximo cada palabra-. Bueno, usted la conoce mucho mejor que yo, y tiene más trato con ella, así que no creo que vaya a decirle nada nuevo, pero… ella me preocupa. Me preocupa mucho.
Zephirus frunció un poco el ceño.
-¿A qué se refiere?
-A su actitud en general. Al principio se comportaba como toda mujer normal que tiene a su marido ingresado en San Mungo, pero lleva ya bastante tiempo haciendo cosas raras… ¿Sabe?, nunca se me ocurriría negarme a permitir que pase todo el tiempo que quiera junto a su esposo, pero eso de presentarse sólo tras la caída del Sol, y volver a irse antes del amanecer, y no poner un pie en el hospital durante el resto del día… No sé, me parece tan extraño… Anoche le pregunté sobre este asunto y lo único que me dijo es que no quería que Belle y el resto de ustedes la vieran destrozada frente a Icarus. Sin embargo, había algo en ella que consiguió darme un escalofrío. Yo… la noté tan ida, tan ausente y distante… -se interrumpió, titubeando de nuevo, para terminar añadiendo casi en un susurro-: Creo que necesita ayuda. Ya sabe… ayuda psicológica, para soportar este trago.
La expresión del hombre se endureció un tanto, y la sanadora se apresuró a levantar las manos en actitud de disculpa, tartamudeando con obvio nerviosismo.
-D-disculpe si le he ofendido o si he sido demasiado atrevida, no pretendía insinuar que la señora Figg sea una desequilibrada, es simplemente que…
-Está bien –atajó Zephirus, esbozando una cansada sonrisa para tranquilizarla-. No tiene por qué disculparse, de hecho aprecio mucho su preocupación. Estoy de acuerdo con que Mel está actuando de una forma bastante rara últimamente. Pero tengo la esperanza de que todo sea fruto del cúmulo de desavenencias que hemos atravesado en estos meses, y que con el tiempo se recupere. En parte la entiendo… Está muy unida a su marido, tiene una hija de 13 años y un bebé en camino, su familia no vive en Gran Bretaña.… y ahora se encuentra con que tiene que superar sola semejante panorama. Es normal que esté mal…
La voz de Zephirus se fue desvaneciendo poco a poco conforme hablaba, su mirada fija en el cadavérico rostro de Icarus, que dormía profundamente en su cama y al que él observaba con atención desde la entrada de la Sala Willow Mhor, en cuyo quicio estaba apoyado, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras hablaba con la sanadora en prácticas. Eglantine siguió la mirada de su interlocutor hasta fijarla también en su paciente, y su rostro se ensombreció, como si ella misma estuviera sufriendo una pérdida personal.
-Ella debe de quererlo muchísimo –musitó casi para sí.
-Ni se imagina cuánto –confirmó Zephirus, también medio ausente.
Durante un breve instante, ambos permanecieron callados mirando al moribundo hombre que ocupaba en solitario aquella sala del hospital. Luego, la sanadora Sinclaire suspiró y se volvió hacia la salida con la intención de marcharse.
-Es duro este trabajo –murmuró decaída-. Más duro de lo que pensé cuando empecé a estudiar la carrera. Hasta luego, señor Lupin. Vendremos más tarde para el reconocimiento diario de Icarus.
Echó a andar por el pasillo, alejándose de allí, pero no tuvo tiempo de dar más de tres pasos cuando la voz de Zephirus volvió a pararla.
-Eglantine –llamó, y cuando ésta se giró para mirarlo, se encontró con una vaga sonrisa de consuelo dedicada a ella-. Es un trabajo duro, sí… pero también gratificante. Que no le dé nunca vergüenza expresar su opinión sobre un paciente. Los sanadores deben ser directos y sinceros. No se corte. Un diagnóstico, por muy fuera de lugar que le parezca en un principio, puede ser de gran ayuda en un momento clave. Y que no la frene el temor a ofender a alguien. Gracias por lo que me ha contado sobre Mel.
La joven le devolvió la sonrisa tristemente y, con una inclinación de cabeza a modo de despedida, se marchó. Zephirus no esperó a que desapareciera de su campo de visión para dejar de mirarla. Inmediatamente, dirigió su vista a Icarus otra vez, arrugando la frente.
Era más temprano de lo normal, es decir, que aquella mañana se había pasado el horario de visitas por el forro. Había llegado al hospital a primera hora de la mañana con la esperanza de poder hablar un rato con el sanador Callaghan y hacerle algunas preguntas más, pero el susodicho mago estaba ocupado en esos momentos atendiendo a otro paciente. Al encontrar frustrado su plan, decidió pasarse por la habitación de Icarus, por si acaso le dejaban entrar y quedarse con él un rato, aunque no fuese oficialmente horario de visitas. Tenía que reconocer que, en ese aspecto, Eglantine Sinclaire era un encanto de persona, porque nunca les ponía inconvenientes. Después de tantos meses, parecía haberse involucrado tanto con el paciente y sus allegados que levantaba muchísimo la mano en cuanto a horarios se refería.
De modo que ahí estaba, solo con el marido de su mejor amiga, por primera vez en varias semanas.
Zephirus suspiró, incorporándose para separarse de la entrada y acercarse a la cama del convaleciente. De repente, él también se sentía extraño, allí con él, rodeados por el aplastante silencio que invadía la sala. Normalmente venía acompañando a Belle, y ella, nada más entrar en la habitación, empezaba a hablar sin parar para animar a su padre. Pero ahora Belle no estaba. Y allí lo único que reinaba era un silencio frío y muerto que ponía la carne de gallina, como vaticinando lo que se avecinaba. A pesar de todo lo vivido en los últimos meses, no pudo evitar que el corazón se le encogiera un poco más al ser golpeado de nuevo por la dura realidad a la que se estaban enfrentando.
Muerte.
Icarus se estaba muriendo.
Y, una vez muerto, no volvería a verlo nunca más.
No volvería a discutir con él, ni a bromear, ni a fastidiarlo, ni a pincharlo en el orgullo hasta que saltara hecho una fiera… No volvería a oír sus berridos replicando, ni sus carcajadas ruidosas, ni volvería a ver su expresión determinada, divertida o irónica… No volvería a hablar con él como al hermano pequeño que siempre lo había considerado y nunca se había decidido a admitir delante de él. No volvería a contar con su consejo, ayuda ni apoyo. Y todo lo que habían compartido y vivido en los últimos 20 años pasarían a ser simples recuerdos polvorientos almacenados en una mohosa caja del desván de la memoria.
Qué triste era, en verdad, que todo hubiese acabado así. Que la vida, la felicidad y la paz se les hubiesen escapado entre los dedos tan deprisa, cuando aún les quedaba más de media vida por delante…
Arrastrando la misma silla en la que había estado sentada Mel la noche anterior, Zephirus se colocó junto a su amigo, lo más cerca posible, y se lo quedó mirando con la cabeza ladeada, intentando reconocer en él al hombre que había conocido en Hogwarts tantos años atrás. La sola comparación hizo que se le formara un nudo en la garganta, así que optó por hablar. Decir algo, lo que fuera, para romper aquel maldito silencio que calaba hasta los huesos.
-Estás hecho una mierda, mocoso –comentó en voz baja, a pesar de que Icarus parecía estar dormido, por lo que era bastante probable que no lo oyera.
Por un momento, no pudo añadir nada. Se le iba la voz. Parpadeando varias veces seguidas, carraspeó y lo intentó de nuevo.
-¿Te das cuenta de la que has organizado? –regañó en broma, sonriendo de lado-. Primero armas el jaleo, lo pones todo patas arriba, y ahora te largas como si tal cosa, dejándonos el muerto a nosotros…
Al darse cuenta de lo que esa expresión implicaba, Zephirus volvió a quedarse mudo, con una punzada algo más fuerte pinchándole en el corazón.
-Perdona, sólo era una frase hecha –rectificó-. Espero que no te hayas dado por aludido, no quería ofenderte… Pero quiero que sepas que, de todas las imbecilidades que has hecho a lo largo de tu vida, ésta es la peor. "Confía en mí", me dijiste, "lo tengo todo bajo control, no habrá ningún problema…". Eres un puto cabronazo, ¿lo sabías? Si no te las hubieses dado de interesante y hubieses confiado en mí para lo de Mel… ¿Qué vida privada ni cojones, Icarus? Yo también tenía derecho a opinar. ¡Una poción al mes para evitar que se quedara embarazada! Joder, de verdad, ¿cómo se te pudo ocurrir semejante chorrada? Si me lo hubieses dicho, podríamos haber buscado otras formas de solucionar esto entre todos, pero te empeñaste en esa gilipollez de mantener entre vosotros vuestra puñetera "vida privada", y mira ahora lo que…
Zephirus se calló de golpe, mordiéndose el labio inferior. Los puños le temblaban y la vista se le enturbiaba por momentos. Llevaba meses sin estar a solas con él, tragándose la reprimenda que siempre había querido soltarle y nunca había tenido oportunidad. Necesitaba desahogarse y echarle las culpas, aunque él no las tuviese realmente. La culpa la tenían todos y nadie a la vez. Y, a estas alturas, ya no merecía la pena seguir dándole vueltas.
-¿Ves? Ya me estás haciendo hablar mal, como siempre –rió quedamente, sacudiendo la cabeza-. Imbécil, sabes que llevo años suprimiendo los tacos de mi vocabulario para no dar mal ejemplo a mis hijos. Tú siempre desbaratas mis planes, mocoso –alzando la vista hacia el demacrado rostro de Figg, sonrió con la tristeza más obvia y dolorosa que había mostrado su rostro hasta la fecha-. Perdona otra vez. Si estuvieras bien, te partiría la cara de un puñetazo, pero incluso ese gustazo me vas a quitar. No me queda otra que insultarte un rato, pero no te importa, ¿verdad? Total, ya estás más que acostumbrado.
Echándose hacia delante, el rubio se acodó en sus rodillas, apoyando la frente en una de sus manos, enredando los dedos en el largo flequillo claro para apartárselo de la cara.
-Va a ser raro no volver a oírte quejándote por todo –musitó-. Y encima ahora te largas sin escuchar las quejas de los demás. En serio que te partiría la cara… ¡Tío, debí castrarte cuando tuve la oportunidad y ahora no estaríamos pasando por esto!
Rió entre dientes con melancolía, levantando los ojos una vez más hacia el enfermo, como si buscara en él alguna reacción.
-Icarus –continuó, con el mismo tono apenas audible, pero con un nuevo matiz de seriedad-, no la dejes sola, ¿vale? Por favor. Siento que esto se me escapa de las manos, y Mel te va a necesitar más que nunca a partir de ahora. Yo… jamás la había sentido tan lejos. No sé qué le ocurre, ni qué le pasa por la cabeza. Y no sé qué hacer.
Guardó silencio, esperando una respuesta que no llegó. El nudo en su garganta se apretó un poco más.
-Te partirías de risa se me oyeras hablar de este modo, ¿eh? Yo, que según tú, siempre estoy tan confiado, luciendo un aplomo inigualable… No tienes ni idea, mocoso de mierda, de lo asustado que estoy ahora mismo…
Hizo una pausa más, aún aguardando, sin saber muy bien el qué. Pero estaba claro que aquello iba a seguir siendo un monólogo. Y nunca le había gustado monologar. Reflexionar en solitario o desahogarse compartiendo sus ideas, sí. Pero hablarle como un loco a una pared, no. Y, por desgracia, ahora mismo Icarus era igual de comunicativo que una pared. A partir de ahora, ya siempre sería así… un espacio vacío en la vida diaria al que sólo podría dirigirse en pensamiento.
Zephirus se levantó, evitando por todos los medio volver a mirar aquella cara demacrada que apenas reconocía. Y, con la vista clavada en el suelo, apretando los dientes con tanta fuerza que se le resintió toda la mandíbula, se encaminó hacia la puerta para salir de aquella maldita sala que olía a muerte.
O al menos lo intentó… antes de que una mano helada lo agarrara con fuerza de la muñeca.
El susto que se llevó no se pudo comparar a ningún otro susto que se hubiese llevado a lo largo de su vida. Conteniendo la respiración y con el corazón en un puño, giró el rostro con tanta rapidez que a punto estuvo de crujirle el cuello. Y, con los ojos celestes abriéndose desmesuradamente en estupefacción, topó con los oscuros e intensos ojos azules de Icarus clavados en él, con el ceño fruncido y la cara surcada por una expresión de intenso esfuerzo físico.
-I…
No pudo terminar la frase. Desviando la mirada de su amigo, Icarus clavó los ojos en la entrada de la sala, todo su rostro contrayéndose en concentración. La puerta tembló como sacudida por una corriente de aire y, al segundo siguiente, se cerró con un portazo. Zephirus se sobresaltó, mirando la puerta y luego otra vez al enfermo, boquiabierto.
-¡Icarus…!
-Escucha…
Lupin volvió a quedarse sin aire y la voz se le desvaneció, observando con total perplejidad al hombre que tenía delante. No… perplejidad no… terror. Terror al verlo repentinamente despierto, al oírlo hablar después de seis meses, con aquella voz ronca y desusada que parecía recién salida de ultratumba, terror al verlo hacer magia, terror al comprender que todos aquellos esfuerzos sólo acelerarían el desenlace final de forma irremediable… Pero lo que más terror le causó fue adentrarse en los ojos de su compañero, brillantes e intensos como antaño, lo único en él que parecía conservar vida, y comprender a través de la determinación que reflejaban que Icarus se iba a sacrificar. Iba a precipitarse hacia la muerte a propósito…
-Icarus… -balbuceó. Quiso gritarle que se estuviese quieto, que no hiciera esfuerzos, que se dejara de estúpidos heroísmos, pero las palabras se agolparon de repente en su boca y no pudo decir ni una.
Los dedos helados que se cerraban en torno a su muñeca apretaron el agarre con una anormal fuerza desesperada. Los ojos de oscuro color azul buscaron los de él con elocuencia. Y, apretando los dientes de tal forma que su agitada respiración se convirtió en un resuello estruendoso, Icarus Figg hizo un repentino amago de incorporarse en la cama, apoyándose en su compañero. Zephirus se desequilibró por el tirón.
-¡Pero qué haces! –exclamó el rubio con angustia, saliendo de su letargo inicial y apresurándose a obligar al moribundo a recostarse una vez más.
Icarus aprovechó el gesto de su amigo para estamparle la otra mano en el hombro, agarrándolo con violencia del cuello de la túnica y atrayéndolo hacia él.
-Escucha… -repitió con aquella voz queda y quebrada, el dolor de cada palabra reflejándose en su expresión-. Escúchame… mientras pueda hablar…
Zephirus volvió a agrandar los ojos, el pulso retumbándole en los oídos. El cerebro le bullía. Y sólo fue capaz de abrir la boca y volverla a cerrar, mudo otra vez.
-Ellos… no contaban con que pudiera hablar… y comunicarme contigo… Se han servido… de todas las cosas que… sólo sabíamos Mel y yo… para hacer lo que les ha dado la gana… Por eso he esperado hasta ahora… Zephirus… no pienso morir así…
Icarus tuvo que hacer una pausa para recuperar el aire, respirando a bocanadas. Tenía toda la frente perlada de sudor. Pero no se detuvo.
-Ella no puede decirte nada… no sabe lo que le han hecho… le han borrado la memoria para que no recuerde… y mo… modificaron sus recuerdos… -Figg apretó el agarre con el que sujetaba a su amigo, como si eso pudiera darle más fuerza para continuar-. Zeph… el vínculo… está destrozándola, pero… no estoy seguro de que sólo sea eso…
-¿Qué… qué quieres decir? –por un segundo, la voz de Zephirus sonó más débil que la de Icarus.
La mirada del enfermo se endureció.
-Creo que han intentado hechizarla… con el Imperius…
-No puede ser –Lupin negó en redondo-. No es posible, sabes perfectamente que Mel…
-Han aprovechado el dolor del vínculo –cortó Icarus, impaciente por terminar de hablar, como si tuviera miedo de quedarse a la mitad-. No es seguro… que lo hayan conseguido… pero creo… creo que le han hecho algo… para que no pueda controlar sus acciones… Si está hechizada… cuando yo muera… el vínculo no se activará correctamente…
-¿Y qué quieres que haga? –Zephirus agarró a su amigo por la muñeca de la mano con la que le sujetaba él, adquiriendo también un deje de desesperación-. ¿Qué es lo que puedo hacer?
Icarus negó con la cabeza lentamente mientras recuperaba de nuevo el aliento.
-Debes confiar en ella… y en mí… yo la protegeré…
-Icarus, no…
-Tú tienes que encontrar a los que nos han hecho esto –volvió a atajar el otro, sus dedos crispándose en un espasmo que al rubio no le dio buena espina-. Están… metidos en nuestra vida… no nos dimos ni cuenta… podría ser cualquiera, Zeph…
-Pero yo…
-El bebé –el tono de Icarus se volvió ansioso-. Ese bebé… no es mío…
Durante un par de segundos que se hicieron eternos, Zephirus sintió como si algo frío y viscoso recorriera su garganta hasta ir a implantarse en su pecho, congelándole los pulmones y paralizándolo por completo.
-¿Q… qué…?
-Cuando Belle nació… Mel se tomó una poción especial… que la dejaba estéril… Ella… ella no podía tener hijos… no podía… a no ser que se… que se tomara la contrapoción… Cuando a mí me ingresaron… alguien debió dársela… pero el bebé… no es hijo mío…
El puzzle en el que había ido encajando todos los acontecimientos de los últimos meses se desmoronó ante las narices de Zephirus Lupin, como si una pieza encajada a la fuerza hubiese saltado por los aires, haciendo caer a las demás. Pero en el acto empezó a reconstruirse con rapidez a la luz de lo que acababa de escuchar. La desaparición de Mel en San Mungo el día que ingresaron a Icarus, su extraña reaparición en El Parnaso sin recordar cómo o por qué había llegado allí, lo forzado de la historia sobre la poción mensual y lo extremadamente oportuno de su embarazo…
-Escúchame –la respiración de Icarus se hacía más difícil por momentos y se llevó una mano temblorosa al pecho, aferrándose el corazón con la vaga intención de obligarlo a aguantar un poco más-. Necesitan… necesitan que nazca ese bebé… mientras ese bebé no alcance la edad… sólo las estarán vigilando… Pero… tienes que tener cuidado, Zephirus… no le digas a nadie que has hablado conmigo… no le digas esto a nadie… ni a Johnny, ni a Dumbledore… ni siquiera a Selene…
-¿Cómo puedes…?
-¡Prométemelo! –Icarus alzó repentinamente la voz, acallando la incipiente protesta-. Si… si llegaran a… a enterarse de que los has descubierto… atacarían a Mel… le harían daño… y se llevarían el bebé… Debes… seguir fingiendo que te han engañado… así se confiarán y… terminarán cometiendo algún error… y tú podrás cazarlos… Por favor, Zeph… no pierdas de vista a Mel… no la dejes sola…
La voz del hombre, ya bastante débil de por sí, se quebró de repente. Icarus agrandó los ojos, horrorizado, y se cubrió la boca con una mano justo a tiempo de amortiguar una violenta arcada. Ante la mirada aterrorizada de su antiguo amigo de infancia, el padre de Belle vomitó una tremenda bocanada de sangre, más espesa de lo normal, que sus dedos no pudieron frenar, desbordándose por su barbilla y chorreándole desde la mano, empapando la pechera de la fina camisa de dormir del hospital y las impecables sábanas blancas, creando un contraste que se grabó a fuego en la retina de Zephirus.
-¡Icarus! –exclamó, sosteniéndolo.
Los ojos azules perdieron su brillo y su vida, nublándose como pozos sin fondo, mientras miraban sin ver la mano totalmente cubierta de sangre.
-No… no la dejes… sola…
-¡ICARUS!
-Con… confío en ti… sé que… la salvarás…
El cuerpo demacrado por los meses de enfermedad perdió la fuerza con un último y fuerte espasmo que consiguió sacudir también a Zephirus por el efecto en cadena. El rubio casi sintió el corazón de su amigo romperse en su pecho. Y, cuando aquellos ojos tan expresivos que había heredado su hija quedaron en blanco, sus párpados temblando y el cuerpo volviéndose rígido y tenso en el colapso final, Zephirus lo soltó, dejando que se desplomara sobre la cama, y salió corriendo de la sala casi a trompicones, con la vista tan borrosa que apenas distinguía por dónde iba.
-¡Sanador Callaghan! –gritó con todas sus fuerzas, oyendo su propia voz desgarrada reverberar contra las paredes del desierto corredor-. ¡SANADOR CALLAGHAN!
No podía pensar. No en un momento como ése. Todo lo ocurrido en los últimos minutos bailaba en su cerebro como fugaces luciérnagas de verano, etéreas e imposibles de atrapar. Imposibles de comprender.
Y, mientras corría por el pasillo, manchado con la sangre de uno de sus mejores amigos, sintió su propia alma helarse y quebrarse en mil pedazos.
Fue, realmente, como tener nieve en el corazón.
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Las dos tazas de té se enfriaban lentamente sobre la mesa de la cocina, lanzando al techo de la estancia vagas y perezosas nubes de vapor. Junto a una de ellas, descansaba una carta escrita en pergamino con la caligrafía rápida de John Potter, como abandonada tras haber sido leída. Y allí, sentados muy cerca el uno del otro, estaba el matrimonio Black, en silencio, incapaces de pronunciar una palabra, cada uno con una taza de té delante a la que no habían hecho aún ni caso, acodados en la mesa y con las manos entrelazadas apretadas contra la boca. Parecían reflejos el uno del otro.
-Todavía no me lo puedo creer –musitó Izzy, rompiendo la aplastante densidad del ambiente con una voz seca y profunda que su esposa en muy contadas ocasiones le había oído-. Aunque supiéramos ya que esto pasaría… Todavía no me lo puedo creer, Andraia…
La aludida se limitó a cerrar los ojos lentamente, con las cejas contraídas, y sorbió por la nariz, hundiendo la cara aún más en el puño que formaban sus dos manos enredadas. El largo y ondulado cabello caoba cayó a ambos lados de su rostro, ocultándola tras una cortina natural que impidió a Izzy ver si lloraba o se contenía. El hombre tuvo que apretar los dientes, tragando saliva, y dejó caer un brazo sobre la mesa, mientras apoyaba la frente en la otra mano, como intentando sujetarse a sí mismo para no derrumbarse.
Durante un largo rato más, los dos permanecieron callados, perdidos cada uno en sus pensamientos y recuerdos, haciendo un esfuerzo por recopilar todos los momentos, ahora dispersos por su memoria, que habían pasado junto al amigo que les acababa de dejar. Años y años de convivencia, de trabajar codo con codo, de inquietudes y alegrías compartidas… No era el primer miembro del "antiguo grupo" que les abandonaba, pero sí uno de los veteranos, que había estado ahí desde el principio. Su muerte iba a sacudir al grupo entero con violencia. Pero Izzy tenía el terrible presentimiento de que sólo era la primera despedida de las muchas que se iban a suceder a partir de ahora… y eso le daba aún más ganas de llorar que la muerte en sí.
-¿Recuerdas su boda? –inquirió, torciendo la boca en una temblorosa sonrisa triste, sus ojos claros perdidos en algún punto del vacío-. Zephirus se pasó toda la mañana, antes de la ceremonia, persiguiéndolo y acosándolo a preguntas, repitiéndole una y otra vez si estaba seguro de lo que hacía y si era eso lo que quería, exponiéndole todos los inconvenientes imaginables. Hasta que él se hartó y le gritó delante de todos: "¡Que sí, joder, acepto, vete al cuerno de una vez! ¡Moriría por ella!" –la voz de Izzy se desvaneció y su sonrisa se marchitó-. Qué horrible paradoja…
-No hables así, Izzy –reprendió Andraia, sorbiendo por la nariz otra vez, con voz tomada-. La culpa no ha sido de Mel. Nadie ha tenido la culpa.
Dio la impresión de que Izzy iba a replicar algo, pero en el último momento se calló, quedándose con la mirada clavada en su mujer. Profundos y oscuros pensamientos debieron cruzarle la mente, porque sus cejas se contrajeron también, componiendo una expresión vulnerable y asustada que jamás mostraba en público. Ni siquiera sus mejores amigos le habían visto nunca con semejante cara. Nadie excepto quizá la propia Andraia, en la intimidad, cuando estaban los dos solos y a él no le importaba rendirse por unos momentos a las preocupaciones.
Cualquiera podía ser el siguiente.
El marido de Violette, Archibald Bones, que fue miembro del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, había muerto en acto de servicio varios años atrás, en un accidente que se llevó a más de una quincena de magos especializados de su grupo, cuando tuvieron que reducir a una cría de nundu que algún demente había liberado por la campiña de Yorkshire. Quién había traído a Inglaterra semejante bicho y cómo había terminado éste paseándose por ahí aún era tema de investigación por parte del Ministerio, que todavía tenía a las familias de las víctimas pegadas al trasero exigiendo responsabilidades. Poco después de aquello, había muerto Grace, de causas no tan accidentales. Esa misma semana, hacía apenas unos días, a Irin Wealth, la esposa de Jeremiah, que había padecido asma desde niña, habían tenido que hospitalizarla por una afección pulmonar grave que aún no tenían muy claro qué era. Y ahora, Icarus Figg moría delante de sus narices sin que pudieran hacer nada por evitarlo.
Algunos llamarían a aquello una lamentable casualidad. Izzy lo llamaba maldición a secas. Y lo peor era la certeza de que, verdaderamente, no podían echarle la culpa a nadie. Puede que Grace e Icarus hubiesen muerto por ataques externos, pero Irin y Archibald, que ni siquiera habían formado jamás parte del grupo de forma activa… No. Era la maldición que todos ellos acarreaban lo que estaba originando que fueran los propios miembros del grupo los que se estaban matando entre ellos sin querer. Y, contra eso, no podían luchar.
Grace, que había sido una bruja talentosa con unos extraordinarios conocimientos en la lucha contra las artes oscuras, se había unido al grupo incluso antes de casarse con John, no por ser su prometida, sino por su propia habilidad. Icarus, que, desde que se enteró de lo que unía a todos los miembros, había adquirido un sentido aún más superdesarrollado de sobreprotección hacia Melpómene, se había empeñado en unirse también para estar enterado de todo y poder proteger mejor a su mujer. Jonathan era parte del grupo por… bueno, por ser Jonathan. Igual que Dumbledore.
Pero Archibald Bones e Irin Wealth eran iguales que Selene Lupin, Claire McKinnon, la mujer de Linus, y la propia Andraia: simplemente se habían visto envueltos en aquel asunto por haberse casado con quiénes se habían casado. Era a ellos a quiénes afectaba la maldición de forma indiscriminada. Y era a ellos a los que no podían proteger, porque no era el enemigo quién los atacaba.
La muerte de Icarus Figg acababa de recordarle a Izzy Black lo vulnerables que eran, y no sólo con respecto a Lord Voldemort.
-¡Eh!
Izzy salió de su ensimismamiento y alzó la vista, aún un tanto perdida y ausente, hacia el rostro de su esposa, que había levantado también la cara para mirarlo. Andraia tenía los ojos enrojecidos y vidriosos, pero no había rastro de lágrimas en sus mejillas. Y, alargando una de sus manos para aferrar con fuerza la de su marido, curvó los labios en una sonrisa de consuelo que surtió el mismo efecto que el bálsamo sobre una herida.
-No pongas esa cara, Izzy –murmuró con cariño, acariciándole la mano con el pulgar-. Siempre que lo haces es que te estás comiendo la cabeza con alguna de tus tonterías. Te conozco demasiado bien. Así que deja de darle vueltas a ese asunto ahora mismo.
-Yo… -empezó el hombre, titubeando, pero no pudo continuar.
-No –atajó Andraia, apretando el agarre-. No quiero oír ni una palabra más. No más culpabilidades ni chorradas de ese estilo. Te lo he dicho millones de veces y sabes que odio repetirme. Te lo dije cuando murió Archie, te lo dije con la muerte de Grace, te lo dije cuando ingresaron a Icarus y también con lo de Irin. Y te lo repito ahora. Basta ya. Y quita esa cara de pena, que no va contigo.
Black sonrió a medias, girando la cara hacia otro lado para mascullar:
-A esto se le llama represión… si no me dejas desahogarme, reventaré.
-Te advierto que, como revientes, serás tú quién limpie la cocina.
Él rió amargamente en un murmullo, ensanchando así la triste sonrisa de Andraia. Permanecieron en silencio unos segundos más y, finalmente, Izzy dejó escapar un hondo suspiro, apretando también la mano de su mujer.
-Quién iba a pensar, cuando éramos pequeños, que las cosas terminarían así, ¿no crees?
-Aún no han terminado. Tenemos que seguir.
-Ya… pero cada vez nos iremos dejando más y más en el camino. Sobre todo ahora, que ha empezado la guerra.
-Saldremos adelante, cariño. Estoy segura.
Los ojos claros buscaron los oscuros. Y, con sólo mirarse, las palabras sobraron y no hizo falta decir más. Izzy sabía que ella también estaba asustada. Andraia sabía que él seguiría dándole vueltas a sus miedos y preocupaciones. Pero, por encima de todo, estaba la confianza que se tenían, la seguridad de que podían apoyarse el uno en el otro. De momento, con eso bastaba para levantarse y ayudar a sostenerse también a los demás.
Izzy se llevó la mano de Andraia a la boca y la besó con agradecimiento, justo antes de que ella le apretara el hombro con un gesto y se levantara, dispuesta a recalentar el té por tercera vez.
-¿El entierro va a ser en Lancaster? –inquirió quedamente, de espaldas al hombre y de cara a los fogones, vertiendo ambas tazas de té en la tetera y colocándola en el fuego.
-Sí, pasado mañana –Izzy volvió a apoyar la cabeza en una de sus manos, mirando de reojo la carta de John-. Ya sabes que la familia de Icarus era originaria de allí, van a enterrarlo en el panteón familiar, junto a sus padres. Ya han avisado a su hermano, que andaba por Europa, y también a las hermanas de Mel. Parece ser que Selene se está ocupando de todo.
-¿Y Zephirus?
-Bueno, puedes imaginarte cómo debe estar. Por lo que dice Johnny, Icarus murió delante de él. Al parecer, Zeph estaba hablándole (supongo que le estaría contando cómo están las cosas) y en un momento determinado Icarus hizo el intento de contestarle y comunicarse con él. Teniendo en cuenta el estado en el que se encontraba ya, el simple amago de esfuerzo debió romperlo por dentro. No creo que haya sido muy agradable de ver.
Las manos de Andraia temblaron y se volvió a medias hacia su marido, agrandando los ojos con espanto.
-Icarus quería comunicarse con él –siguió Izzy, decaído-. Seguro que sabía algo importante que quería transmitirnos antes de morir. Ahora ya nunca podremos averiguarlo.
-¿No consiguió decir nada?
-Parece ser que no. Pero no es de extrañar, Andry, perdió la capacidad de hablar hace meses. El muy idiota… no debió intentarlo siquiera, así podría haber vivido un poco más…
-Estando como estaba, casi es preferible que todo este infierno haya terminado de una vez.
Por unos segundos, ninguno de los dos habló, como si inconscientemente estuvieran guardando un momento de silencio por la memoria de su viejo amigo.
-Pobre Zephirus –añadió Andraia, arrugando la frente mientras volvía a llenar las tazas con el té, caliente de nuevo-. Es el que ha tenido que tragarse todo esto en primer plano, ocupándose de Melpómene y de Belle, sacando adelante su familia y la de Icarus… y encima tener que verlo morir de esa forma tan…
Se le quebró la voz y se llevó una mano a la boca, cerrando los ojos para contenerse.
-Imagina el revuelo que se montó en San Mungo –Izzy se echó hacia atrás para recostarse en el respaldo de la silla y poder mirar más directamente a su compañera-. Zephirus estaba solo con Icarus en la habitación cuando ocurrió. Y la muerte debió ser lo bastante espectacular como para resultar anormal. Menos mal que Zephirus estaba tan shockeado por lo ocurrido que a nadie se le pasó por la cabeza la posibilidad de que él se lo hubiese cargado. Si los sanadores no hubiesen aceptado su explicación de lo ocurrido, podría haberse abierto una investigación contra él. Al fin y al cabo, Icarus estaba considerado víctima de un intento de homicidio.
-A nadie podría pasársele por la cabeza que Zephirus lo hubiese intentado matar –replicó Andraia, mirando con dureza a Izzy, como retándolo a bromear con el tema.
Pero no estaba el ambiente para bromas.
-Seamos realistas, cariño. A nosotros nos parece obvio que eso es imposible, pero los sanadores que han atendido a Icarus sólo ven claro que alguien envenenó a su paciente con la intención de matarlo. Y Zephirus fue quién llevó a Icarus al hospital, quién ha estado todo el tiempo indagando sobre lo que le ocurría y, por si fuera poco, el que estaba solo con él cuando murió.
-¿No es eso buscarle tres pies al gato? Me suena demasiado paranoico.
-Estamos en guerra, toda la comunidad mágica está paranoica. Icarus era una persona importante, y su familia una las pocas reconocidas de sangre limpia que quedan en Gran Bretaña, aunque no sea una de las grandes. A pesar de ser el director del Departamento de Seguridad Mágica, Johnny no va a poder pasar del tema sin más o lo acusarían de favorecer a un viejo amigo y nos meteríamos en un lío aún mayor.
-¿Qué quieres decir? –Andraia empezaba a inquietarse.
-Te digo que a Icarus lo han asesinado, Andraia. Teniendo en cuenta quién era él y quién es su viuda, tendrá que abrirse una investigación por narices. Y, lo queramos o no, Zephirus se va a ver envuelto de una forma u otra.
-¿Estás insinuando que podrían acusarlo del asesinato de Icarus y mandarlo a Azkaban? –la mujer alzó la voz sin darse cuenta, exaltada, plantando con más fuerza de la necesaria las tazas en la mesa-. ¿A Zephirus Lupin?
-¡No, por Merlín! –Izzy hizo un gesto de exasperación con la mano-. Es imposible que lo manden a Azkaban sin pruebas, y no van a encontrar ninguna prueba de algo que no ha ocurrido. Quizá en un primer momento lo tengan que considerar sospechoso y lo interroguen, pero dudo que pase de ahí.
El matrimonio volvió a quedarse callado, Izzy con los brazos cruzados y el ceño fruncido en dirección a la pared, volviéndole el rostro a su esposa, y Andraia apoyada en la mesa, cabizbaja y con la mirada perdida en algún punto del suelo.
-¿Y si aparecen pruebas falsas colocadas ahí a propósito para inculparlo? –se atrevió a susurrar por fin la mujer, con un hilo de voz-. ¿Y si aprovechan también esto para intentar quitarse al Guardián de en medio y mandarlo a Azkaban?
Por la cara que puso Izzy, dio la impresión de que ella acababa de poner el dedo en la llaga, expresando en voz alta lo mismo que le estaba pasando por la cabeza a él. Su expresión se endureció aún más, pero sus ojos brillaron, inseguros.
-Eso no ocurrirá –replicó lacónicamente, más seco de lo que Andraia le había escuchado nunca-. No lo permitiremos. Hemos perdido a Icarus, pero no perderemos a Zephirus. Aunque las cosas se pongan chungas, aunque tenga que llevar la investigación con otros aurores y haya alguna posibilidad de manipulación exterior, al final a la cabeza va a estar Johnny. Y él jamás permitirá que lleven a Zephirus a Azkaban. Recuerda que fue él quién consiguió abolir el exilio de Jonathan. Y también contamos con Dumbledore. No pasará nada, no te preocupes.
Pero sus palabras sonaban como si las estuviera diciendo para convencerse a sí mismo también. Andraia lo miró consternada y abrió la boca para añadir algo, pero no le dio tiempo.
-¡YA ESTOY EN CASA! –chilló de repente la voz de Sirius desde algún punto del recibidor, a pleno pulmón.
Izzy y Andraia brincaron por el susto, sobresaltándose y volviendo la vista hacia la puerta de la cocina. Estaban en la otra punta de la casa, pero el alarido de su hijo había sonado como si les acabara de gritar en los oídos.
-Ha sacado tus pulmones –acusó Izzy.
-Y tu sentido del humor, imbécil –contraatacó Andraia.
Con otro suspiro, la mujer tomó asiento de nuevo y envolvió su taza de té con ambas manos, observando el oscuro líquido como si esperase encontrar en él la respuesta a todas sus dudas.
-¿Vas a contarle algo de esto a tu familia? Sobre… el riesgo que podemos correr de ahora en adelante…
Izzy soltó un resoplido que podría haberse considerado un intento de risa sarcástica.
-¿A quién quieres que le diga algo? –bufó irónicamente-. ¿A Delia? Está como loca desde que Andrómeda se largó de casa a principios de verano poniéndolos verdes a todos. Casi se muere cuando se enteró de que se ha ido a vivir con su novio hijo de muggles. Arens está demasiado ocupado equipando a Regulus para el nuevo curso, porque este año ya entra en Hogwarts. Creo que pretende comprarle medio Callejón Diagon, para que quede constancia de que su hijo siempre tiene lo mejor de lo mejor. Y lo último que supe de Ennius es que está de tour por Rumania, con esa novia que se ha echado ahora…
-¿La italiana?
-No, la noruega. Pero qué importa, esto a ellos ni les va ni les viene.
-Bueno, no me refería realmente a tus hermanos, Izzy –Andraia hizo un gesto con la mano, como para quitarle importancia a los comentarios de su esposo y no desviarse del tema-. Quizá Jo…
Andraia dejó la frase en el aire y durante un par de segundos se hizo el silencio. Izzy frunció duramente el ceño, desviando la vista hacia la pared para evitar los ojos de su mujer.
-A mi madre esto también le importa un pito –masculló-. ¿Qué podría decirle, en todo caso? "Mamá, han empezado a eliminar a la gente del grupo, así que ya sabes, lo mismo yo soy el siguiente". ¡Bah! Ella no sabe nada de este asunto, y prefiero con creces que siga siendo así. Mi padre nunca se lo contó, y si no lo hizo sería por una razón de peso.
-No digas eso, Izzy, es tu madre… y era la esposa de Marius…
-Escucha esto, Andry –Izzy volvió de golpe el rostro hacia ella, con una seriedad que rayaba en el enfado-: papá se casó con mamá porque estaba enamorado de ella. Mamá se casó con papá porque el apellido Black es de tradición sangre limpia. No sé si alguna vez lo llegó a querer realmente. Pero él siempre fue muy consciente de ello. No pudo confiar en ella como confío ahora yo en ti. Jamás le contó quién era en realidad. Y, cuando él me lo contó a mí, antes incluso de que los padres de Johnny murieran, antes incluso de que el propio Johnny se enterara, me dijo que jamás, bajo ningún concepto, debía contarle esto a mamá, ni a mis hermanos. Y ahora veo por qué. ¡Míralos! Todos slytherins. La única que se salvó fue Andrómeda. Y me apuesto el pellejo a que Regulus irá a Slytherin también. No es que tenga nada concreto en contra de Slytherin, porque Ennius estuvo allí y sin embargo… pero… bah, dejémoslo, ¿quieres? No me gusta hablar de esto.
Y, con esas palabras, se acodó en la mesa con un hondo suspiro y hundió la cara entre las manos, apartándose después el lacio cabello negro de la frente con un gesto. Andraia lo observó en silencio y abrió la boca para decir algo, pero volvió a callar, bajando la vista.
-Tú puedes decirle algo a tu familia, si quieres –musitó el hombre, mirándola de reojo mientras sorbía un trago de té-. Estás en todo tu derecho. Si llegase a pasarte algo, al menos que tus hermanos sepan que ha sido por culpa del elemento con el que te casaste.
Ella negó con la cabeza, sonriendo amargamente.
-No quiero ser cómplice de asesinato, porque estoy segura de que vendrían a liquidarte si se enteraran –hundiendo también la cara entre las manos para apartarse después el pelo, dejó escapar un resoplido-. No, Izzy. Es algo que sólo nos concierne a nosotros dos. Te lo prometí cuando nos casamos. Estamos juntos en esto, hasta el final, sea cuál sea. Además… creo que no es el mejor momento para preocupar a mis padres con estas cosas.
-¿Sigue habiendo problemas en Inverness?
-No es Inverness, Izzy. Son todas las Tierras Altas. La situación está cada vez peor, y más aún desde que empezó la guerra. Las tensiones entre el clan de los McKinnon y el de los MacKenzie están desgarrando a toda la comunidad de magos escoceses. Ayer estuve hablando con Rob y se puso a soltarme una disertación de lo más emotiva explicándome la situación. Tendrías que haberlo oído… no veía a mi hermano tan patriótico desde la fiesta del solsticio de verano del 63, cuando lo nombraron encargado del discurso de apertura.
-En ese caso, dejémoslo estar. Cada cual a lo suyo y se acabó. Si hay algo en lo que le doy la razón a Rob, y más aún conforme pasan los años y me entero de más cosas, es que realmente parece que allí viven en un mundo a parte. Para lidiar con ese Braiam MacKenzie, necesitan tener las menores distracciones posibles.
-Y que lo digas… Por eso es mejor no involucrarlos. Entiendo a mis padres y a mis hermanos, pero mi prioridad ahora es mi propia familia. Podemos hacer frente a esto nosotros solos. Bastante lo siento por Linus, en realidad, que es el único metido de lleno en ambos conflictos. No sé cómo soporta tener que tratar constantemente con Braiam, intentando mantener el equilibrio entre las dos facciones, y al mismo tiempo estar pendiente de cómo van las cosas en el grupo…
Volvieron a quedarse callados, cada uno sumido en sus pensamientos, hasta que el silencio se hizo tan denso que fueron capaces de oír la voz de Sirius, que parecía estar hablando con su lechuza en algún lugar del recibidor. Ambos se miraron con una ceja alzada.
-No habrá vuelto a soltar a ese bicho por la casa, ¿verdad? –gruñó Izzy, mirando hacia la puerta de la cocina con fastidio-. Por Merlín, en qué hora me negué a comprarle un crup… Seguro que los crups no cagan tanto.
-¿Será apropiado que llevemos a Sirius al entierro? –replicó Andraia en un susurro, mirando aún su té, como si no hubiese oído el último comentario.
-Va a venir lo queramos o no –Izzy se encogió de hombros, girándose de nuevo hacia la mesa-. Belle es amiga suya, seguro que querrá estar con ella. Remus va a ir fijo, y supongo que Johnny se llevará a James también. Sería imposible que Sirius no se apuntara. Quizá habría que intentar que Peter tampoco faltara.
-Izzy… -ella lo miró con preocupación renovada-, quizá deberías intentar hablar con Johnny sobre lo de… informar de una vez a los chicos. Creo que la muerte de Icarus lo cambia todo.
-No me va a hacer ni caso.
-Entonces podrías decírselo a Sirius simplemente, como hizo tu padre contigo. Tú te enteraste antes que Johnny y tampoco supuso el fin del mundo.
El hombre dirigió sus claros ojos azules hacia el techo con melancolía.
-Papá me lo contó todo cuando cumplí los 16 años, Andraia. Johnny no se enteró hasta los 18. Sólo fueron dos años, pero… ¿puedes hacerte una idea de lo duro que es guardar un secreto así a tu mejor amigo? –bajó la vista, contrayendo las cejas-. James y Sirius son como hermanos, lo saben todo el uno del otro. No le haré eso a mi hijo. Cuando uno se entere, se enterarán los dos. A Zephirus le pasa lo mismo con respecto a Remus y Belle. Todo este asunto de informar a los niños tendrá que esperar hasta que las cosas se calmen un poco.
Andraia sacudió la cabeza, contrariada.
-Me da miedo que nos ocurra algo, a alguno de los dos, y no podamos ponerle sobre aviso a tiempo.
-Tranquila, yo me encargaré de explicárselo todo. Te lo prometo.
De repente, la puerta de la cocina se abrió con muy poca delicadeza y Ween entró volando como un ave de presa, lanzando unos chillidos que estuvieron a punto de infartar al matrimonio Black.
-¿Hablabais sobre explicarme algo?
Sirius apareció en el umbral, quitándose despreocupadamente del hombro una maltratada mochila y dejándola tirada en el suelo, junto a la entrada. Tras hacer un vuelo de reconocimiento por toda la estancia, Ween fue a posarse en el respaldo de una de las sillas desocupadas, batiendo las alas en dirección a Andraia, que le dirigió una mirada fulminante.
-Sí, tengo que explicarte las razones por las que este año no vamos a poder ir de vacaciones a Escocia con tus tíos –comentó en el acto Izzy, reclinándose contra el respaldo de la silla para mirar a su hijo, cambiando inmediatamente su expresión y su tono para disimular la tristeza y preocupación que aún acechaban al fondo de sus ojos.
-¿Qué? –exclamó el muchacho, horrorizado-. ¿En serio? ¿Por qué?
-Porque te he dicho mil veces que no dejes suelta a Ween por la casa, porque lo pone todo perdido, y a ti parece entrarte por un oído y salirte por el otro –masculló Andraia, imitando el tono molesto que usaba siempre para regañar a su hijo.
-Bah, es por eso… Venga, mamá, si en el fondo te mola tenerla suelta por aquí, te hace compañía para que no te aburras durante tus vacaciones.
-¡No me mola tenerla suelta por aquí, Sirius! Y tampoco me mola tener que limpiar la mierda y las plumas que va dejando a su paso. ¡Parece que tiene problemas de alopecia!
Ween ululó con indignación ante la acusación de la mujer y pareció inflarse con orgullo, componiendo un gesto casi idéntico al de la propia Andraia. Izzy rió en un murmullo.
-¿Qué tal en casa de Peter, hijo?
-Muy bien, nos lo hemos pasado genial.
Con la familiaridad de quién se mueve por su casa, Sirius fue directo a una de las estanterías, dándole de paso un beso a su madre, como en son de paz, y empezó a rebuscar entre los distintos botes hasta que dio con un paquete gigante de galletas tan grandes como su mano.
-Estuvimos toda la mañana dando una vuelta por el Londres muggle –añadió, metiéndose una galleta en la boca, mientras continuaba husmeando por las estanterías, armándose con crema de cacao, queso untable, crema de cacahuete, mermelada y paté-. El barrio en el que vive Peter es una pasada, hay cantidad de cosas raras. Hoy habían montado una especie de mercadillo y aquello se había petado de gente. Uno de los puestos vendía cosas de esoterismo y estuve a punto de comprarte una cabeza reducida para tu cumpleaños, mamá, pero era muy falsa… Estos muggles son unos cutres a la hora de imitarnos…
-Gracias por el detalle, cariño –musitó sarcástica Andraia, sin disimular demasiado su expresión de asco. Jamás podría comprender de dónde sacaba Sirius aquellas ideas tan… lúgubres.
-Y, bueno, luego nos fuimos a comer a su casa. Su padre es la caña, me partía de risa con él, estuve a punto de ahogarme con la comida y la señora Pettigrew le echó una bronca de narices. Es un poco estirada, pero bueno… Me recuerda a McGonagall, pero más maniática. Aunque es una buena mujer. Y Opal está como una cabra.
Con los brazos cargados, Sirius se acercó a la mesa, lo dejó caer todo sobre ella y, alcanzando un cuchillo de untar de uno de los cajones, procedió a prepararse la merienda con todo aquel material explosivo, no sin antes darle media galleta a Ween para que se entretuviera. Andraia volvió a arrugar la nariz, esta vez ante los extravagantes gustos culinarios de su hijo, pero no hizo comentarios.
-¿Opal es la hermana pequeña de Peter? –inquirió la mujer, llevándose el té a los labios para sorber un poco, haciendo una mueca al probarlo. Se le había olvidado echarle azúcar.
-Sí. En noviembre hace los 7 años, pero parece mayor. ¡Y te quejabas de Jamie y de mí cuando éramos pequeños, mamá! Se nota que no conoces a Opal, yo creo que tiene algo mal en el cerebro… Eso, o ha salido a su padre, que es bastante rarito también.
-No sólo me quejaba de James y de ti cuando erais pequeños. Sigo haciéndolo ahora.
-¿Cómo se llamaba el padre de Peter? –intervino Izzy, frunciendo el ceño en dirección a su hijo, pensativo-. ¿Maximus?
-Minimus –corrigió Sirius, riendo por lo bajo, untándose una galleta doble con queso y paté-. Minimus Pettigrew. Y su madre Pearl.
-¿Y a qué se dedican?
-Bueno… Me parece que la señora Pettigrew es ama de casa. Creo recordar que Peter me dijo que es de una familia sangre limpia, así que tiene mucha clase y esas cosas. Lo mismo podrían vivir de la renta, pero el señor Pettigrew es mago de sangre mestiza, porque su madre era muggle, así que no tiene un estatus tan alto como ella y le gusta trabajar. Es orfebre, trabaja genial el metal y se nota a la legua que le apasiona lo que hace. Cuando llegamos estaba en el taller, y tenía la misma pinta abstraída que mamá cuando saca el telescopio.
Andraia agachó la cabeza, esbozando una media sonrisa que terminó agriándose ligeramente.
-Lleva una joyería para magos –seguía explicando Sirius, sin notar el gesto de su madre-. Fabrica bisutería y cosas por el estilo. Todo manual. También hace amuletos y otros chismes de brujería. Al final compré tu regalo de cumpleaños en su tienda, mamá, pero no te digo lo que es para no chafarte la sorpresa.
-Muy considerado…
-Si no te gusta, lo podemos descambiar.
-Tranquilo, no creo que sea necesario… Muchas gracias, cielo.
-El señor Pettigrew nos ha estado explicando que cada producto tiene distintas facultades, porque les engarza unas gemas y piedras mágicas especiales. Sabe un montón sobre esas cosas, es un hombre muy interesante. Se le nota muy puesto en el tema. Pero la señora Pettigrew no parece compartir su afición, porque se pasó todo el rato con mala cara y no hacía más que decirle que no nos aburriera con sus tonterías sobre piedras –el muchacho rió entre dientes, divertido-. Pobre hombre. Me parece que ella atiende la tienda con él a pesar de todo, debe trabajar de dependienta o algo así… ¿Por qué lo preguntabas?
Al alzar la vista y mirar de frente a su padre, el chico de lacio cabello negro se encontró con la expresión sombría de Izzy, que había fruncido el ceño en algún punto de la disertación de su hijo y se había vuelto a inclinar sobre la mesa, acodándose en ella y mirando a Sirius con una intensidad extraña. Al darse cuenta de que el niño acababa de encararlo, Izzy se apresuró a disimular nuevamente, colocándose la máscara de despreocupación con rapidez.
-Ah, no, por nada en especial… Sólo por saber algo más de ellos. Peter y tú sois amigos desde hace dos años y aún no conocemos a su familia. Quizá deberíamos presentarnos de una vez –Black intercambió una mirada con su mujer, alzando las cejas-. Podríamos ir a verlos mañana, o invitarlos a tomar un té…
-¿Qué ha pasado?
Tanto Izzy como Andraia se congelaron ante la pregunta del muchacho, que había devuelto la vista a su galleta a medio untar, y ambos agrandaron los ojos en su dirección. Al ver que no contestaban, Sirius levantó la mirada, echando un vistazo a las caras de uno y otra, y frunció el ceño.
-¿Qué ha pasado? –repitió más seriamente.
-¿A qué te refieres? –Andraia intentó sonar casual, pero fracasó con estrépito.
-A ninguno de los dos os ha corrido nunca prisa por conocer a los padres de mis amigos. Es más, os repelen las reuniones sociales. ¿A cuento de qué ese repentino interés? ¿Queréis hablar ahora algo concreto con los padres de Peter? –Izzy y Andraia debieron sentirse descubiertos, porque lo que se reflejó en sus caras hizo a Sirius fruncir el ceño aún más, prendiendo una chispa de inquietud en sus ojos-. ¿Qué demonios ha pasado? –inquirió por tercera vez, una leve nota de nerviosismo reflejándose en su voz-. Tenéis la misma cara que cuando murió tía Grace.
La aplastante sinceridad de Sirius hizo parpadear a los dos adultos al mismo tiempo. La máscara de Izzy se deshizo poco a poco y sostuvo los ojos de su hijo con firmeza durante unos segundos que se hicieron eternos, como comunicándose sin palabras con él. Sirius dejó de untarse la galleta y se quedó estático.
-Avisa a Peter y dile que mañana vamos a ir a su casa a visitar a sus padres –dejándose de rodeos, Izzy rompió el contacto visual y bajó la mirada para coger su taza de té-. Quiero hablar con ellos en persona y conocerlos, para ver si dejan que Peter se venga a casa un par de días. Porque supongo que él también querrá venir a Lancaster. Creo que Lily Evans va a venir con Samantha Flathery. Así que, si viene Peter, ya estaréis todo el grupo allí.
-¿Lancaster? –Sirius agrandó los ojos, empezando a comprender, y la mano que sujetaba la galleta tembló.
-Sí, allí es el funeral –Izzy entrecerró los ojos, clavados en su infusión-. El padre de Belle ha muerto esta mañana.
La cocina se llenó con un estruendo metálico cuando el cuchillo de untar se escurrió entre los dedos de Sirius Black y se estrelló en el suelo estrepitosamente, seguido por el agudo alarido de su asustada lechuza.
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Cerrando el cofre de madera con un suspiro, Minimus Pettigrew lo dejó cuidadosamente en el suelo, junto a las patas de la mesa baja a la que él estaba sentado, entre los muchos cachivaches que en ese momento poblaban su reducido taller. El siguiente cofre ya era el último de los cuatro que había tenido que ir a recoger la semana anterior, con la mercancía nueva que acababa de traer al país su distribuidor habitual, y tras examinar su contenido podría dar por terminada al fin la jornada laboral y cruzar la puerta del fondo, que comunicaba el taller con su casa, para irse a cenar con su familia.
Alzando los brazos por encima de su cabeza, se estiró perezosamente, revolviéndose después el corto cabello castaño con un bostezo. Luego se inclinó sobre las patas traseras de su silla para alcanzar el último cofre, colocándolo sobre la mesa con sumo cuidado. Pesaba horrores. Resoplando, observó los símbolos que cubrían la gruesa tapa de madera y cogió la varita para rozar con la punta un determinado número de ellos. La combinación rúnica siempre era la misma. Cada destinatario tenía un código asignado, una clave personal que impedía que la mercancía correspondiente terminara en las manos equivocadas. Y aquellos cofres eran imposibles de abrir sin esa determinada combinación, por mucho que los asediaras con mil hechizos distintos o los echaras al fuego del infierno.
Una vez el cofre estuvo abierto, Minimus dejó la varita de lado y se colocó una gruesa lente de aumento en el ojo derecho, cogiendo la primera gema de la fila superior, una gruesa y reluciente esmeralda tallada en forma de lágrima. No pudo evitar silbar con admiración. Era tan grande que ocupaba casi la mitad de la palma de su mano. La examinó de cerca, a contraluz, la sopesó con expresión crítica y finalmente cerró los ojos para concentrarse en la energía mágica que emanaba de ella. "Perfecta", pensó, y sonrió satisfecho. Hacía tiempo que no recibía mercancía de calidad tan alta. Con una esmeralda de esas características podría preparar amuletos que paliaran los efectos del veneno en un porcentaje dos veces superior al habitual. Se venderían muy bien entre los magos del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Incluso puede que le interesaran a algún sanador de San Mungo, aunque ellos normalmente no eran muy partidarios de ese tipo de magia, que consideraban más supersticiosa que científica.
Echó un vistazo a las demás gemas. Esmeraldas, rubíes, topacios y zafiros. Lástima que no le hubiesen traído diamantes o amatistas esa vez, eran las más potentes. Pero bueno, a pesar de ser comunes, todas las que tenía en ese cofre eran perfectas. Había valido la pena el considerable aumento de precio que le había presentado el distribuidor. De aquellas gemas saldría una de las mejores producciones que había podido fabricar en los últimos años.
-Papá, ¿qué me queda mejor, los ojos verdes o azules?
Minimus giró el rostro, encontrándose tras él a Opal, que sonreía ampliamente, con un pequeño zafiro incrustado en el ojo derecho y una esmeralda en el izquierdo. La carcajada que soltó llenó todo el taller.
-Me gusta más el color natural de tus ojos, cariño –entonó, sonriente-. ¿Acaso quieres cambiártelos por unos de cristal?
Opal, que era algo más alta de lo que correspondería a una niña de 6 años normal, se quitó las gemas de los ojos, riendo, y se acercó a su padre. Tenía el pelo corto y ensortijado, espeso y caoba rojizo, como el de su madre, y también sus mismos ojos, grandes, de color marrón verdoso. De hecho, había heredado toda la constitución física de Pearl. Pero su nariz chata y los rasgos redondeados de su rostro eran los de él. Justo al contrario que Peter, que había heredado la complexión, el pelo y los ojos pequeños de su padre, pero la cara de su madre.
-¡Molaría! –exclamó la pequeña, curioseando por la mesa de trabajo del hombre-. A lo mejor con estas piedras podría echar rayos por los ojos.
-No creo que su poder mágico llegue hasta ese extremo, pero todo es cuestión de probar.
Esta vez, la carcajada la soltó Opal.
-¿Qué haces? –inquirió, encaramándose a la espalda de Minimus para observar por encima de su hombro-. ¿Te falta mucho para acabar?
-No, ya casi termino.
-¡Wow! Esas piedras sí que son enormes, nunca las había visto tan grandes…
-Son muy raras, no siempre tengo la suerte de conseguir material tan bueno. Son difíciles de crear y las pocas que hay no suelen venderlas aquí.
-Ahhh… ¿Eso quiere decir que son mejores que éstas? –Opal estiró el brazo para ofrecerle a su padre las dos gemas que acababa de usar como ojos postizos.
-Sí, bastante mejores. Las que tú tienes son estropeadas, éstas son perfectas.
-¿Estropeadas? Vaya… ¿Y no sirven?
-No, no –Minimus volvió a reír ante el interés de la pequeña-. No es que estén estropeadas. Se llaman así. Son los distintos niveles que tienen las gemas. Las más pequeñas y débiles son las fragmentadas, luego van las estropeadas, las normales, las sin defectos y las perfectas. Éstas que compré la semana pasada son perfectas, del nivel más alto que existe.
-¡Genial!
-Sí, genial…
-Pero, si el material que has traído es tan bueno, ¿por qué se enfadó tanto mamá cuando volviste del viaje?
La sonrisa de Minimus se congeló en su rostro y, acto seguido, se desvaneció lentamente hasta quedar convertida en una mueca triste.
-Bueno, mamá… no es que esté enfadada, sólo… se preocupa por mí.
-¡Pues vaya forma de preocuparse! –exclamó Opal con un mohín de disgusto, abrazándose aún más al cuello de su padre y apretando su mejilla contra el hombro de éste-. ¡Grita demasiado! No me gusta que te grite así, igual que hoy, con la visita de Sirius… ¡Nunca te deja contarnos cosas sobre tus piedras! Yo prefiero eso a las tonterías que cuenta ella.
-Opal… -reprendió Minimus, aunque en el fondo se sintió enternecido por las palabras de la niña.
-¡Es la verdad! Mamá siempre te está regañando, no lo entiendo.
-Bueno, es que, hoy en día… el trabajo que yo hago puede ser peligroso. Eso es lo que mamá no quiere, que yo corra peligro. Por eso se pone nerviosa algunas veces.
-¡Qué tontería! –Opal compuso una expresión aburrida, alzando las cejas-. Si no se corriera peligro alguna vez, la vida sería un rollo.
El hombre rió otra vez ante las ocurrencias de la pequeña.
-Quizá tengas razón, cielo…
-¡Eh, papá! –saltando de la espalda de Minimus, Opal se plantó en medio del taller, extendiendo los brazos con aire teatral-. ¡De mayor quiero trabajar con las piedras como tú!
-La verdad es que preferiría que te dedicaras a algo más productivo –sonrió él con melancolía.
-¿Por qué? Tu trabajo es interesante, y divertido, y haces cosas buenas para ayudar a la gente. Y sabes mucho sobre piedras, y sobre poderes mágicos –la niña volvió a acercarse a él, apoyándose en la mesa para levantar los pies del suelo, inclinándose a la vez sobre el cofre de gemas perfectas que aún continuaba abierto-. Seguro que no hay nadie que sepa más de piedras que tú. Esto es mejor que trabajar en el Ministerio haciendo el muermo.
Minimus se quedó callado, mirándola. Opal aún era muy pequeña. No podía comprender las implicaciones de un trabajo como el suyo. No podía siquiera hacerse una idea de lo profundos y bien fundados que podían llegar a ser los miedos de su madre. No habría podido comprender la situación en la que se encontraban aunque se lo hubiese explicado. Y, en un pequeño impulso de egoísmo, prefirió guardar silencio, ahora y siempre, sólo por seguir siendo, el máximo tiempo posible, el héroe de su hija.
-Papá.
Saliendo de su ensimismamiento, Minimus volvió a la realidad sólo para darse cuenta de que Opal ya no estaba a su lado, haciendo gala de su hiperactividad. Volvió el rostro, encontrándosela tumbada boca arriba sobre el mostrador del taller, con la cabeza colgando en su dirección para mirarlo, mientras sostenía entre sus manos uno de los artículos ya terminados que esperaba ser llevado a la tienda: un brazalete de cuero con tres gemas engarzadas en una placa de metal tallada con formas tribales.
-Dime, cariño.
-¿Qué es esto que le grabas siempre a las cosas que fabricas?
Pettigrew se levantó, dirigiéndose hacia ella, y se apoyó en el mostrador, inclinando la cabeza hasta colocarla a la altura de la de Opal y poder ver así a qué se refería.
-Es una combinación de runas que refuerzan los hechizos del amuleto y activan los poderes de las gemas –explicó, delineando con el dedo los símbolos grabados en la parte interior del brazalete.
-¿Y esto otro?
-Artifex M.P., significa "artesano Minimus Pettigrew". Todos los que nos dedicamos a esto firmamos nuestras obras así, con nuestra profesión y nuestras iniciales. Después viene la fecha de fabricación, para controlar de qué producción es. Todos estos son de este año, porque el material se vende enseguida, nunca guardo artículos de un año para otro. ¿Ves? Éstos de aquí, además, son encargos particulares que vienen a hacerme, exclusivos para una determinada persona y con unas determinadas características. Como son especiales, a éstos les grabo las inscripciones en oro, en vez de en el cobre habitual, para distinguirlos como objetos únicos.
-Cuando seas un artesano famoso, todas tus obras se podrán distinguir por tu firma y algún coleccionista millonario pagará millones por ellas en las subastas –sentenció Opal con solemnidad, aún con la cabeza al revés.
Él rió una vez más, divertido.
-No creo que eso ocurra nunca. Venga, levántate de ahí, que se te va a bajar la sangre a la cabeza.
Y ayudó a la niña a incorporarse, mientras volvía a colocar el brazalete en su lugar correspondiente.
-¿Me harás un amuleto a mí para mi cumpleaños? –preguntó entusiasmada, quedándose sentada en el mostrador.
-Aún eres muy pequeña.
-¡Ya voy a cumplir siete!
-Pues depende de cómo te portes –replicó Minimus, sonriendo de lado-. Y depende de cómo trates a mamá.
Opal frunció el ceño, apretando los labios en una mueca. Su padre no pudo hacer más que suspirar con resignación. La creciente animadversión de Opal hacia Pearl estaba empezando a preocuparle en serio, pero no sabía qué hacer al respecto. Quizá debería hablar con su esposa sobre el trato preferencial que ella siempre le dispensaba a Peter, pero no estaba seguro de que eso solucionara gran cosa. Pearl era dura con Opal por la misma razón por la que era dura con él: su racionalidad y su sentido del materialismo distaba mucho del carácter artístico y soñador de su marido y su hija. No podía evitar ser así, aunque él sabía que no lo hacía con mala intención…
-Papá –Opal volvió a atraer su atención y, cuando la miró, se encontró con una expresión de disculpa cruzando su redondeado rostro-. Siento haber dicho eso sobre mamá. Me portaré mejor con ella, ¿vale? Te lo prometo.
Él sonrió ampliamente, mirándola con inmenso cariño, y acarició su cabeza de rizos rojizos.
-Me alegro de oír eso –musitó-. Tienes que ser buena con tu madre, ella te quiere y te necesita mucho.
La pequeña asintió, no muy convencida, y agachó la cabeza con una seriedad muy poco típica en ella. Minimus no pudo evitar alargar los brazos hacia ella para envolverla con fuerza, estrechándola contra él. Opal respondió al abrazo inmediatamente, hundiendo la cara en el pecho de la túnica de su padre.
-Pero te diré un secreto, si prometes no decírselo a nadie –le murmuró él al oído, sonriendo con diversión-: yo te quiero y te necesito más.
Opal rió animadamente y su rostro pareció transformarse en un dos por tres, adquiriendo de nuevo la vitalidad que rebosaba las 24 horas del día. Minimus le devolvió la sonrisa, sintiéndose en parte culpable por influir en las preferencias de su hija. Pero era cierto que, si Peter de pequeño siempre había sido un "niño de mamá", Opal siempre había sido una "niña de papá". Y en el fondo quería alargar esa situación todo el tiempo posible.
-Bien, entonces ¿qué prefieres, un brazalete, un collar, unos pendientes?
-¡Un brazalete! –Opal brincó sobre el mostrador, alzando el puño derecho-. ¡Lo llevaré siempre y no me lo quitaré ni para bañarme!
-Se te quedará hecho un asco… Tienes que encargarte de su mantenimiento.
-¡Sí, señor!
-Y no lo uses irresponsablemente.
-¡Sí, señor!
Riendo de nuevo, se encaminó hacia el cofre que aún tenía abierto sobre la mesa, con la intención de recoger ya todo el material y guardarlo en la pequeña cámara de seguridad que tenía en el taller.
-Papá.
El alboroto de Opal y las risas de Minimus se vieron interrumpidas por la suave llamada de Peter, que acababa de aparecer en el umbral de la puerta. El hombre se volvió a mirarlo y, en el acto, la sonrisa se borró de su cara. Su primogénito llevaba una carta en la mano y lucía una expresión demasiado extraña como para resultar normal.
-¿Qué pasa, hijo?
-Sirius acaba de escribirme –explicó el chico, acercándose mientras se aclaraba un poco la garganta. Tenía la voz ahogada-. ¿Recuerdas que te dije que el padre de una amiga estaba ingresado en San Mungo desde año nuevo? Ha muerto esta mañana.
Se hizo el silencio por un par de segundos. Opal abrió mucho los ojos y los clavó en su padre, como esperando su reacción para ver cómo debía reaccionar ella. Minimus simplemente se quedó estático.
-Lo siento, Peter –musitó.
-No, bueno… No te preocupes, quiero decir, yo ni siquiera lo conocía –hizo una pausa, sorbiendo por la nariz-. La que me da pena es Belle, debe estar pasándolo fatal. Oye… el entierro es pasado mañana, en Lancaster, porque la familia Figg es de allí. ¿Me dejas ir? Sirius dice que van a estar allí to…
-¿Figg? –lo interrumpió Minimus, frunciendo el ceño-. ¿Te refieres a Icarus Figg?
Peter parpadeó.
-¿Lo conocías?
-No. No lo conocía en persona, pero es un inventor famoso, creo que trabajaba para una compañía de escobas voladoras, ¿no? –comentó mientras se sentaba sobre su mesa de trabajo, encarando aún a su hijo.
-Sí, algo de eso nos contó Belle una vez, si no recuerdo mal…
-En el mundillo de los artesanos y los inventores, casi todos los nombres son conocidos –Minimus suspiró con tristeza, pasándose una mano por el pelo con aire cansado-. Qué lástima, tengo entendido que era un gran inventor… Claro que puedes ir al funeral. ¿Quieres que te acompañe?
-Bueno, eso venía a decirte. Sirius dice que si me dais permiso para quedarme en su casa unos días, así voy con ellos al funeral y no hace falta que me llevéis vosotros. Los Black van a ir, porque eran conocidos de los Figg. Creo que fueron compañeros de clase en el colegio, o algo así…
-De acuerdo, como quieras. Por mí no hay problema. ¿Se lo has dicho ya a tu madre?
-La verdad es que… -Peter titubeó, desviando la mirada mientras se rascaba la nuca-, venía a pedirte que la intentes convencer tú, ya sabes cómo se pone con estos temas. Además, el padre de Sirius dice que si sería mucho trastorno venir aquí mañana para recogerme, y así de paso poder hablar con vosotros, y… todas esas chorradas que hacéis los padres cuando os intercambiáis hijos durante unos días…
Minimus sonrió de lado, revolviéndole el pelo a su hijo.
-Veremos qué se puede hacer.
Mientras el hombre volvía a centrarse en los cofres con la mercancía que había estado examinando, Peter se acercó al mostrador para coger a caballo a su hermana pequeña y llevársela al comedor para la cena. Sin embargo, cuando los pequeños ojos oscuros de Minimus se perdieron en el brillo de las gemas perfectas que tenía ante sí, su rostro se ensombreció con cierta preocupación.
-Peter –llamó, cuando éste ya estaba a medio camino de la salida, hablando por lo bajo con Opal.
-¿Sí?
-El padre de Sirius… ¿es Issimus Black, el auror?
-¿Auror? –Peter compuso una mueca-. No, el auror es el padre de James, que es el director del Departamento de Seguridad Mágica. Izzy Black es el jefe de la Oficina de Desinformación.
Minimus reprimió un suspiro. Con movimientos lentos, bajó la tapa del cofre de las gemas y, al hacer contacto, ésta volvió a sellarse con un leve resplandor que iluminó el rostro del artesano.
-Escríbeles ahora. Diles que los recibiremos encantados.
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La cocina de la casa de los Potter era tan grande como un salón, pues había sido construida siglos atrás, para albergar a una generación de la familia especialmente numerosa. Cuando vivían en ella sólo John, Grace y James, las numerosas habitaciones y las espaciosas estancias comunes habían caído en desuso, pero la cocina siempre siguió siendo el foco activo del hogar, donde prácticamente hacían vida padres e hijo, a no ser que alguna ocasión especial precisara el trasladarse al gigantesco salón, al comedor, o a alguno de los cuartos de estar que se repartían por la planta baja.
Ahora que sólo vivían allí John y James, la casa estaba aún más vacía si cabía. John pasaba la mayor parte del día trabajando y James estaba en Hogwarts nueve meses al año, por lo que la enorme residencia familiar había caído poco a poco en el denso silencio del abandono. Antes de empezar el colegio, James no había sido realmente consciente de ese cambio. Cuando él era pequeño, aunque sólo estuvieran en la casa ellos tres, el lugar parecía mucho más vivo. Sirius pasaba largas temporadas allí, aunque no paraba de despotricar contra las "características especiales" de aquel hogar tan peculiar, y los dos juntos se encargaban de llenar de risas y juegos cada rincón. Izzy y Andraia solían venir a cenar con mucha frecuencia, y a veces incluso se quedaban a dormir fines de semana enteros. Y, por supuesto, también influía la presencia de Grace, que siempre estaba en casa y parecía invadir de calidez hasta el cuarto más recóndito.
Volver a casa para vacaciones ahora era extraño. James tenía la impresión de que nadie había puesto un pie allí desde que él se marchó el 1 de septiembre del año anterior, aunque sabía que su padre dormía allí todos los días, a no ser que tuviera trabajo. La quietud y la soledad habían sustituido el calor que antaño había destilado su madre. Ya no había reuniones familiares, salvo en casos excepcionales. La impersonalidad parecía llenarlo todo. Pero, aún así, James seguía adorando con todas sus fuerzas aquel lugar.
En las circunstancias actuales, la cocina parecía el doble de grande que antes, pues siempre estaba casi vacía. Antiguamente, Grace solía tenerla llena de cachivaches, libros de recetas, y montones de ingredientes, porque le encantaba experimentar con la comida, probando nuevos platos. Ahora era James el que se encargaba de cocinar y, aunque no era algo que le disgustara, no sentía la pasión de su madre, y de momento se conformaba con cosas sencillas, fáciles y rápidas de preparar. No más ruido de cacerolas, ni deliciosos aromas imposibles que se esparcían por la planta baja. Incluso la cocina parecía haber sido afectada por ese fenómeno de mutismo, como si hubiese quedado suspendida en el tiempo, abandonada y olvidada.
Pero, a pesar de ello, seguía siendo el núcleo principal del hogar.
James se esforzaba en mantener ese último signo de familiaridad. Y allí pasaba el hijo de los Potter la mayoría del día durante las vacaciones: allí hacía la tarea, allí leía, allí jugaba a ajedrez mágico o a snap explosivo, allí practicaba pociones… allí vivía desde que bajaba a desayunar hasta que subía a acostarse tras la cena. Durante las solitarias mañanas, disfrutaba del silencio imaginando que su madre andaba limpiando por ahí o trasteando en el jardín. Por las noches, recibía a su padre con la cena ya lista y ambos se sentaban a comer juntos, quedándose después hasta bien entrada la noche hablando, con una taza de leche caliente que no parecía terminarse nunca.
Así se sucedían los días durante los meses de vacaciones de verano. Pero no le parecía tan desagradable y enloquecedor como Sirius, en su característica exageración crónica, afirmaba con vehemencia. El ambiente no era para volverse loco. Aquélla era su casa. Y, a pesar de todo, era donde más a gusto se sentía, incluyendo Hogwarts.
Los fogones, los fregaderos, los muebles y estanterías varios que albergaban las distintas vajillas, cuberterías y mantelerías (algunas de las cuales no habían sido usadas jamás) los hornos y demás mobiliario típico de toda cocina, se extendían a lo largo de la pared interior de aquella estancia rectangular. La puerta de entrada era doble, de gruesa madera tallada, y permanecía siempre abierta de par en par, dejando ver el impresionante vestíbulo. Las dos paredes restantes, que daban al exterior, estaban formadas por unas preciosas cristaleras de estilo gótico, desde el techo hasta el suelo, que ofrecían una magnífica vista del jardín que circundaba la casa. Por el día, todo se llenaba de una luz resplandeciente. Por la noche, la luna y las estrellas se veían con más nitidez que desde el mejor de los observatorios.
Pero, esa noche, el cielo estaba nublado.
Y James no pudo evitar suspirar cuando, sentado a la mesa rectangular en la que llevaba casi todo el día, como siempre, terminó su solitaria cena y se levantó para recoger las pocas cosas que había usado, llevándolas lentamente hacia el fregadero.
La lámpara de araña del techo, de simple madera y sin ornamentación alguna, iluminaba con sus velas toda la cocina con una agradable calidez. Pero el ambiente se le antojaba más oscuro de lo normal. Y, mientras empezaba a fregar los platos, apretó los labios al pensar en su padre y en las malas noticias que había traído esa noche a casa al volver.
Poco le importaba el no haber visto en su vida a Icarus Figg. El simple hecho de que alguien de su círculo cercano muriera hacía que una vieja herida se abriera en su corazón, como quién se rasca un arañazo e impide así que éste cicatrice. No quería ni imaginarse por lo que debía estar pasando Belle en esos momentos, aunque, para su desgracia, él lo sabía mejor que nadie. Y sólo pensar en la cara abstraída de su padre le ponía los pelos de punta, haciéndole recordar momentos horribles que se había esforzado mucho por olvidar.
Hacía ya tres años desde la muerte de Grace, y su presencia seguía persiguiéndolo como el primer día, en sus sueños, en su imaginación, o en su simple vida corriente, cuando se sorprendía a sí mismo pensando en qué preferiría su madre para comer aquel día, o descubría demasiado tarde que había preparado la mesa para tres, y no para dos. Le gustaba imaginarla por la casa para no sentirse tan solo, y muchas otras veces forzaba a su memoria para escuchar los viejos consejos, consuelos o cuentos que ella le contaba. Había tenido que ver a su padre tocar fondo, casi hasta convertirse en algo similar a una carcasa vacía. Había sufrido y se había sentido más solo de lo que jamás habría creído posible. Y sabía que Belle iba a pasar exactamente por lo mismo.
Por lo que la morena les había contado a lo largo de los dos años de amistad que compartían ya, era obvio que ella estaba tremendamente unida a su padre. Por lo que había escuchado de John y de Izzy en los últimos meses, Melpómene Figg iba camino de la depresión más profunda ante la perspectiva de perder a su marido. Y ahora que Icarus había muerto, era Mel la que se convertiría en una carcasa vacía, y Belle la que sufriría y lloraría, más sola de lo que podría llegar a sentirse nunca.
Qué sensación tan horrible provocaba, en verdad, ver que la desgracia de uno mismo se repetía en otra persona…
-James…
El muchacho fue sacado bruscamente de sus pensamientos, pero no se volvió hacia la suave voz que acababa de hablarle desde el umbral de la puerta.
-¿Se ha acostado ya papá? –inquirió, con el ceño fruncido en dirección al tenedor que estaba restregando.
-No, sigue en el comedor, delante de la chimenea. Ha vuelto a decir que no tiene ganas de comer nada, pero llévale algo, no me gusta que se quede en ayunas.
James sonrió con amargura, enjabonando ahora el vaso.
-Cómo lo cuidas…
-Cuando Grace murió, pasaba días enteros sin comer. Siempre tenía miedo de que se pusiera enfermo.
-¿Cómo sabes que se pasaba días sin comer, si no estaba en casa?
-Porque lo conozco desde que nació y he vivido con él 38 años. Él no puede engañarme. Igual que tú tampoco.
La sonrisa del chico se ensanchó un poco. Terminando de fregar, se secó las manos con un trapo y procedió a preparar un vaso de leche caliente y un emparedado.
-Me da miedo verlo así –musitó de repente, enfrascado en su tarea, casi para sí mismo. Su voz tembló con leve inseguridad-. Siento que este tipo de cosas le afectan un montón, y… no sé qué hacer. Cuando papá se tambalea, me tambaleo yo también.
-Tu padre es más visceral que tú. Nunca ha sabido dominar sus emociones, aunque haya ido madurando con los años. Todo le afecta, ya sea para bien o para mal. Tú te pareces más a Grace, eres más racional. No te dejes afectar, y no te preocupes por él, mañana habrá recuperado la compostura.
James se quedó quieto delante de la encimera, observando la pequeña bandeja en la que había colocado el vaso de leche y el plato con el emparedado, indeciso.
-¿Estás segura?
Sólo obtuvo silencio como respuesta.
-Quiero ir al funeral para estar con Belle y apoyarla, pero… tengo miedo de la reacción de papá si se encuentra en una situación tan similar a cuando murió mamá. Y también tengo miedo de mi propia reacción.
Ella no contestó inmediatamente, pero, como si la viera, James supo que se había cruzado de brazos, recargándose en el quicio de la puerta, y había asentido con los ojos cerrados en expresión solemne.
-Olvídate de eso ahora. Ve con él. Está muy cansado y muy triste. Necesita estar contigo, aunque no te lo diga.
James no necesitó oír más. Cogiendo la bandeja con decisión, se encaminó hacia el vestíbulo, dedicándole una triste sonrisa cómplice a la pequeña figura que seguía en la entrada, al pasar junto a ella. Cuando abandonó la cocina, la lámpara de araña se apagó sola, permitiendo que la luz de la noche inundara el lugar. Y aquella figura se disolvió entre el resto de sombras que rodearon al joven Potter mientras cruzaba a zancadas el amplio recibidor en dirección a la sala de enfrente.
John se había apoltronado en el enorme y mullido sofá que estaba colocado frente a la gigantesca chimenea del cuarto de estar. La alfombra que cubría todo el suelo, los sillones que flanqueaban el sofá, las estanterías de madera interminables repletas de libros, la vidriera con la vieja colección de figuritas de porcelana de la bisabuela Potter, los largos cortinajes de terciopelo oscuro que protegían los ventanales que se abrían hacia la fachada principal, los cuadros, las mesitas de té, el antiguo escritorio… todo lo que ocupaba aquel lugar lo convertía en una de las habitaciones más acogedoras de toda la casa. Era como el rincón familiar en el que los tres solían reunirse años atrás, para compartir los últimos momentos del día antes de irse a acostar. Y era allí donde siempre huía John cuando necesitaba refugiarse de algo, por razones que se escapaban a la comprensión de su hijo.
El hombre no se inmutó cuando James apareció en el umbral de la puerta. De hecho, ni siquiera pareció notar su presencia, concentrado en observar el crepitante fuego que iluminaba la estancia, de espaldas a la entrada. Lo único que James podía ver de él eran los encrespados y desordenados mechones de cabello negro que sobresalían por encima del respaldo del sofá.
-Papá… -tanteó, y se quedó quieto, esperando una respuesta.
John se movió un poco, pero no se incorporó ni se volvió a mirarlo.
-¿Ya has terminado de cenar?
-Sí…
El silencio los envolvió de nuevo. A James se le hizo un nudo en la garganta, y por un instante se quedó sin aire. El frío que se respiraba allí no provenía del ambiente. Era igual al frío que lo invadió todo tras la muerte de Grace…
-James, ya es tarde, deberías irte a acostar.
Sus manos se cerraron con más fuerza en torno a las asas de la bandeja, aún ahí, de pie, en la puerta del cuarto de estar. Esperó un par de segundos más, conteniendo la respiración. Luego, se dio media vuelta muy despacio y se dispuso a marcharse. El vaso titiló levemente por el temblor de su pulso.
-Pero… si no tienes sueño… ¿quieres quedarte un rato conmigo?
Se detuvo en seco, dirigiendo hacia su padre sus ojos castaños muy abiertos, como si creyera que no le había oído bien. Pero no tardó ni dos segundos en esbozar una amplia sonrisa, acercándose al sofá. Al entrar por fin en el campo visual de su padre, comprobó que John se había derrumbado sobre los mullidos cojines de cualquier manera, agotado, y lucía una expresión de ausente tristeza que, gracias al cielo, se alejaba bastante del absoluto autismo que lo dominó cuando perdió a su mujer. No pudo reprimir un leve suspiro de alivio al comprobar que, dentro de lo que cabe, el hombre no había vuelto a perder el control.
Al ir a dejar la bandeja sobre la mesilla auxiliar colocada junto al lado del sofá que ocupaba John, se dio cuenta de que ya había allí un grueso álbum de fotos de desgastadas tapas negras.
-Ah, perdona, ya quito el trasto este –musitó John, apresurándose a coger el álbum y hundirlo entre el asiento y el brazo del sofá-. ¿Qué es eso?
James se derrumbó junto a su padre y se dejó caer contra él, abrazándolo como quien abraza a una almohada.
-Elly, que se ha empeñado en que no debes acostarte sin cenar.
John lanzó un resoplido de hastío, echando la cabeza hacia atrás hasta apoyar la nuca en el respaldo, exclamando al techo:
-¡P-E-S-A-D-A!
El fuego se encrespó por un momento. Con un murmullo de risa que James sintió reverberar en el pecho de su padre, John estiró un brazo para rodear por los hombros a su hijo y estrecharlo contra él, revolviéndole el pelo distraídamente.
Estuvieron un largo rato así, en silencio. James se asombraba a veces del enorme calor que podía destilar un simple abrazo, o la inmensa tranquilidad y seguridad que parecía llenarle toda el alma al estar al lado de su padre. Las cosas siempre habían sido así, pero nunca había llegado a apreciarlas realmente hasta que se vio obligado a vivir sin ese calor y esa seguridad. Ahora, el frío le dolía mucho más, y el calor a veces incluso le provocaba ganas de llorar de alivio. Justo como en ese momento.
Con 13 años ya cumplidos, era hora de ir dejando atrás gestos de niño pequeño. Había que crecer y dejarse de ñoñerías. O, al menos, eso era lo que predicaba solemnemente Sirius. Sin embargo, había momentos en los que James sólo quería volver a ser un crío, para sentir esa confianza y abandono absoluto que sienten los niños al estar con sus padres, seguros de que están siendo protegidos y nada malo podrá atravesar esa burbuja. Éste era uno de esos momentos. El miedo se mezclaba con el cansancio y con la tristeza. El nudo en la garganta se hacía más fuerte. E, intentando luchar contra ese repentino ahogo, se aferró con fuerza a la túnica de John, apretándose aún más contra él, oyendo los latidos de su corazón y sintiendo su pecho subir y bajar mientras respiraba.
-James –el hombre se removió, preocupado-. James… ¿estás llorando?
Había que crecer, ¿no?
Había que ser fuerte, ¿no?
¿De qué servía eso?
El padre de Belle estaba muerto. Muerto. Ella no volvería a sentir el calor y la seguridad de un abrazo. Pero lo que le había pasado a ella, podría ocurrirle a cualquiera. Estaba empezando una guerra. Cualquiera podía morir. Cualquiera. Y a Belle aún le quedaba su madre, que de seguro se recuperaría, aunque tardara años en hacerlo, como John. Y además tenía un hermano en camino. Tenía abuelos, tíos, tías, primos, primas… Tenía familia. Él sin embargo… sólo tenía a su padre. Y, si le ocurría algo a su padre… la casa se volvería aún más oscura, fría y silenciosa de lo que lo era ya…
-Hijo… ¿qué te pasa?
James no pudo contestar. Tenía los dientes tan apretados que se estaba haciendo daño, y el cuerpo tan tenso para contenerse que se había puesto rígido. Sólo quería quedarse así, y seguir escuchando el latido de aquel corazón durante toda la vida…
-Hijo…
-N-no es nada… No pasa nada, papá.
John intentó incorporarse ante la voz quebrada del niño, pero James no lo soltó y apenas se pudo mover. Se quedó estático un momento y, finalmente, volvió a posar una mano sobre la cabeza que había heredado su mismo cabello azabache e indomable, rascándole con cariño, como si de una mascota se tratara. En otras circunstancias, aquel gesto habría iniciado una pelea de cojines. Pero en ese instante, James no pudo hacer más que cerrar los ojos, con la frente contraída, y empezar a temblar levemente por los sollozos contenidos. Y, cuando fue incapaz de reprimirse más, y tanto lágrimas como llanto salieron libremente, John se apresuró a envolverlo rápidamente entre sus brazos, consternado, para rodearlo por completo.
Ninguno de los dos fue consciente del tiempo que permanecieron así, el niño llorando en un murmullo y el hombre acariciándole el pelo en silencio a modo de consuelo. John no necesitó volver a preguntarle qué le ocurría. Sabía demasiado bien las heridas que aquel incidente habían abierto en el corazón de su hijo. Comprendía su miedo. Y también comprendía, con un dolor que le encogió el alma, que las lágrimas que James lloraba eran por Grace, no por Icarus, y llegaban con tres años de retraso, buscando el consuelo que nadie le ofreció en su día.
Sus ojos castaños se entrecerraron, humedeciéndose a su vez. Él no había sido el único que había llorado a su mujer. Él no había sido el que peor lo había pasado, ni el que se había quedado solo. Él sólo había dejado abandonado a un niño de 9 años, demasiado obcecado en su propio dolor como para ver el de los demás, haciendo una última y suprema manifestación de egoísmo. Y la fuerza con la que James se estaba agarrando a él en esos momentos, la forma en la que apretaba el abrazo desesperadamente, sólo le confirmaban que había vuelto a ser un niño pequeño, demasiado asustado ante la idea de quedarse solo.
"¿Cómo quieren que le diga nada? –pensó, tragando saliva y arrugando las cejas-. ¿Cómo puedo decirle a James lo que está pasando, en lo que está metido su padre? Decirle que estoy en el punto de mira, que en cualquier momento pueden venir a por mí… ¿De qué serviría? Sólo conseguiría hacerle llorar aún más. Ya ha llorado bastante…". Sus pensamientos se ahogaron solos ante la avalancha de réplicas que podía imaginar perfectamente por parte del resto de los miembros del grupo, y suspiró, abrumado. ¿Era en realidad todo esto un acto más de egoísmo por su parte? No quería que James pasara por lo mismo que había pasado él a los 18 años, pero tampoco quería hacerle sufrir a tan poca edad. ¿Acaso había alguna forma de unir ambas opciones?
-P-papá… -musitó James al rato, cuando sus sollozos habían quedado convertidos en un hipo intermitente-, p-perdóname…
-¿Por qué? –se sorprendió el adulto, bajando la vista hacia el encrespado cabello negro.
James masculló algo ininteligible, mezclado con un par de sollozos más, y sorbió profundamente por la nariz. John sonrió con suavidad y dejó de lado una vez más el tema que parecía perseguirle últimamente, centrándose en su hijo.
-No pensarás que ya eres demasiado mayor para llorar, ¿eh? Eso es una tontería. Es bueno llorar de vez en cuando, todo el mundo lo hace. Y tú aún eres un niño, aprovéchalo mientras dure.
-Pero… sniff… Sirius dice que…
-¡Bah! –John soltó un bufido-. No le hagas ni caso. ¿Y lo dice el que, cuando vuelve a casa de Hogwarts para vacaciones, se pasa una semana yéndose a dormir con su madre?
James se atragantó y soltó una sonora carcajada que reverberó en el cuarto de estar.
-Esa faceta de Sirius no la conocía…
-Jeh, pues claro… destruiría su imagen. Ya tienes con qué sobornarlo si te empieza a dar la lata.
Ambos sonrieron, quedándose callados otra vez. John siguió acariciando el pelo de su hijo un rato más, hasta que éste se tranquilizó por completo, relajándose nuevamente, y en la estancia se hizo un silencio sepulcral, sólo roto por el crepitar del fuego.
-Déjame tus gafas, que te las vas a partir.
Sin mediar palabra, James se quitó las gafas y se las pasó a su padre, moviéndose lo menos posible. Una vez que se vio libre de ellas, aprovechó para acurrucarse mejor, con un hondo suspiro, y se dejó dominar por el estado de somnolencia que ya le acechaba. Cerrando los ojos, recordó aquellos días de verano, años atrás, en los que John podía permitirse unas vacaciones, y los dos solían quedarse dormidos juntos en aquel mismo sofá, mientras el adulto hacía el intento de leerle un cuento, hasta que Grace bajaba a buscarlos horas después y les echaba la bronca. Sonrió ampliamente ante la imagen, calmándose con el sonido del corazón de John contra su oído.
No debía ponerse nervioso. No había de qué preocuparse. Como le había dicho Bill Jordan algunos meses atrás en el colegio, los aurores eran magos muy cualificados. Y su padre no había llegado a director del Departamento de Seguridad Mágica por nada. Sabía cuidarse. Seguro que estaría bien y no le pasaría nada. Seguro que él no volvería a quedarse solo…
-James… ¿prefieres quedarte, en vez de ir al funeral de Icarus Figg? –inquirió repentinamente John, mientras limpiaba las gafas de su hijo y las dejaba en la mesa, junto a la bandeja con la intacta comida.
-No –contestó él con firmeza en voz baja, abriendo los ojos-. Quiero ir a ver a Belle. Porque, de todos nosotros… supongo que Sam y yo somos los únicos que podemos entender lo que está pasando ahora. No quiero fallarle. No te preocupes por mí, papá, es sólo que… -la voz se le quebró, pero hizo un esfuerzo por no volver a tambalearse-, es sólo que… todo esto… m-me trae malos recuerdos… y me hace darme cuenta de la situación en la que estamos. Aunque el señor Figg haya muerto por una enfermedad, estamos en una guerra, y… tengo miedo de que te pase algo…
Las últimas palabras de James quedaron flotando en el cuarto de estar. John no supo por qué se sorprendió de oír a su hijo decir aquello, pero lo cierto es que no pudo evitarlo. Agrandó los ojos y se quedó mudo, sin saber qué decir.
-Papá –empezó el niño, al ver que el otro no reaccionaba-. Papá, yo…
Pero no pudo terminar, porque John lo acalló apretando el abrazo, sorprendiéndolo esta vez a él.
-Cuando murió tu madre –explicó el hombre en un susurro, con la mirada perdida-, yo no supe qué hacer. La quise muchísimo, James. La quiero muchísimo. Quizá demasiado. Perderla fue… no sé. Sentí que ya no tenía a nadie a quién querer, y que ya no quedaba nadie que me quisiera a mí…
James también agrandó los ojos, atrapado contra el pecho de su padre. Desde que se habían reconciliado, habían tocado muy pocas veces el tema del quiebre familiar que había supuesto la muerte de Grace. Por tácito acuerdo, ambos habían empezado a vivir de nuevo casi como si no hubiese pasado nada. Y el hecho de que ahora él sacara el tema…
-Siempre he sido muy egoísta, hijo, en todo –siguió John, tras un suspiro de cansancio-. Pero tú… no me lo has echado nunca en cara. Yo no habría podido perdonar a mi padre si me hubiese hecho lo que yo te hice a ti. De hecho, yo nunca le perdoné a mi padre los muchos errores que cometió. La relación que tuve con tus abuelos nunca fue buena. Cuando ellos murieron, ni siquiera fui capaz de llorar. Cuando empezaste el colegio, un amigo me dijo que no se podía creer que la relación que teníamos tú y yo se hubiese estropeado hasta el punto de convertirse en la misma que tenía yo con mi padre. Y en ese momento me asusté mucho, James… recordé el rencor que había sentido yo por mi padre, y me aterró la idea de que tú sintieras lo mismo por mí…
John tuvo que interrumpirse un segundo y James le oyó tomar aire.
-Pero, a pesar de todo… ¿todavía eres capaz de llorar por mí?
-¿Pero qué dices? –musitó James, con voz temblorosa, sin entender muy bien a dónde quería llegar el hombre-. Ningún hijo puede odiar a su padre… estoy seguro de que en el fondo tú nunca odiaste al abuelo…
A John le temblaron los labios y, una vez más, fue incapaz de contestar. Cerrando los ojos, lanzó una silenciosa plegaria de agradecimiento a su mujer, y estrechó un poco más a James.
-Me alegro de que no seas como yo, James. Me alegro mucho de que te parezcas más a ella… Nunca he dejado de quererte, hijo mío, ni un solo segundo, jamás olvides eso. Yo nunca quise que pudieras llegar a guardarme rencor. Nunca quise cometer los errores de mis padres, pero… me parezco más a ellos de lo que me hubiese gustado. Aún así, si aún eres capaz de llorar por mí, significa que no he perdido del todo –lo besó en la cabeza y le revolvió el pelo nuevamente-. No voy a volver a dejarte solo nunca más, hijo. Te lo prometo.
James tuvo una sensación muy extraña al oír esas palabras, como si, en cierta forma, sonaran a despedida, y sus dedos se crisparon al agarrarse aún más fuerte a la túnica de su padre. ¿Por qué hablaba de esa forma¿Por qué ahora? Y, sin entender nada, los ojos volvieron a llenársele de lágrimas.
-Ahora que la muerte está por todas partes, quiero que lo sepas –añadió John, alzando la vista hacia el techo-. Conocía a Icarus desde los 11 años. Fuimos compañeros de clase hasta que terminamos Hogwarts. Estuve en su boda, y siempre le he visto totalmente enamorado de su mujer. Estuve en el bautizo de Belle, y le vi absolutamente loco por su hija. Pero hoy… llevo todo el día pensando en que… ni siquiera tuvo tiempo de poder despedirse de ellas, o decirles una vez más que las quería. Igual que yo no pude decírselo a Grace…
El niño sintió cómo caían entre su pelo un par de pequeñas gotas, y supo que su padre lloraba en silencio. Fue entonces cuando notó que él mismo volvía a tener las mejillas húmedas.
-Me pregunto si lo sabrán… Si Mel y Belle sabrán lo que Icarus sentía por ellas… Si Grace sabría lo que sentía yo… Pase lo que pase, no quiero que contigo ocurra lo mismo. No quiero que tengas que preguntártelo cuando yo no esté. James… con todas las estupideces que he hecho a lo largo de estos años… tienes que saber que, desde que naciste, eres lo más importante que hay en mi vida. Siempre lo has sido y lo serás.
Ninguno fue capaz de hablar después de aquello. Por un largo rato, permanecieron así, sin abrir la boca, hasta que John inclinó la cabeza para apoyar la mejilla en el pelo de James, con otro trémulo suspiro de cansancio.
-Perdóname, hijo…
James no atinó a reaccionar. Sólo se quedó quieto, sin atreverse a mover un solo pelo, con los ojos muy abiertos fijos en el vacío. Algo le decía que aquella disculpa iba mucho más allá de lo que él mismo era capaz de comprender en esos momentos. Detrás de las palabras de John se escondía una sombra que le aceleraba el corazón por el miedo, un sentimiento que sólo aumentaba sus ganas de llorar. Lentamente, cerró los ojos otra vez y, apretando los labios, se limitó a agarrarse con todas sus fuerzas a su padre, como si ese gesto pudiera solucionarlo todo por completo.
-Nunca ha habido nada que perdonar, papá…
No dijeron nada más.
James se quedó dormido al rato, con el rostro húmedo, llorando en sueños de forma intermitente. John permaneció despierto, a pesar del cansancio, encargándose de acariciarle el pelo a su hijo cuando éste empezaba a temblar por los sollozos, hasta que se calmaba y volvía a dormirse. Mucho rato después, cuando a él también empezaban a cerrársele los ojos, se removió con sumo cuidado, procurando no despertar a James, y sacó del sofá el álbum de fotos que había escondido allí antes. A duras penas consiguió colocarlo sobre una de sus rodillas y lo abrió, pasando las hojas lentamente.
Era el álbum de las fotos que habían hecho en séptimo curso. Tenía todos aquellos tomos, uno por cada año en Hogwarts, colocados en una estantería de su despacho. Había hecho cientos de fotos cuando era niño, como obsesionado por conservar cada momento, igual que si los recuerdos fueran a escapársele si no los dejaba plasmados en papel. Desde cada página, sonreían y saludaban caras jóvenes, chicos y chicas a punto de saltar a la vida real. Izzy y Andraia aparecían con mucha frecuencia. Tenía algunas de sus compañeros de cuarto, en las que aparecía también Icarus, veinte años más joven pero con la misma sonrisa de siempre. Con el equipo de quidditch, con los miembros del club de duelo, en el baile de graduación… fotos varias en el Gran Comedor, en los terrenos de Hogwarts, en Hogsmeade…
Tenía una de Izzy y Andraia bailando en la graduación, poco después de hacerse novios, abrazándose con esa cara de tortolitos de la que él tanto se había burlado en aquel entonces. Sonrió ante una foto similar, pero con Icarus y Melpómene como protagonistas, que se besaban abiertamente en la pista de baile sin ningún tipo de complejo, y otra más de la última noche que pasaron en el colegio, en la que consiguieron milagrosamente colarse en el dormitorio de Gryffindor de las chicas, y en la que aparecía una sulfurada Andraia roja como la grana, chillando sin parar mientras se cubría con una bata, y una estrambótica Selene Carlton (ahora Lupin) lanzando almohadones contra la cámara.
En la penúltima foto aparecían todos los gryffindors de aquella promoción, posando en masa ante las escaleras de entrada al castillo. Acarició con los dedos la imagen de Izzy y él, que se pasaban los brazos por los hombros, haciendo el imbécil ante la cámara, en uno de los extremos del grupo. Muy cerca de ellos, entre otras chicas, estaba Andraia, sonriendo mansamente, tan correcta como siempre que veía un flash. Un poco más allá estaba Selene, entre las demás chicas del curso, inconfundible por aquellos dos llamativos moños en los que siempre se recogía el pelo rubio cuando estaban en el colegio, saludando extrovertidamente. Por ahí estaba también Icarus, con otros tantos amigos, imitando un aire de galán.
Y, pasando la página, se encontró cara a cara con la última foto del álbum, la foto oficial del día de la graduación, en la que salía con el sombrero de graduado y la túnica de gala, acompañado por su padre y su madre. Había sido hecha apenas una semana antes de que ellos murieran y, durante muchos años, se había negado a mirarla. Viendo la sonrisa de su madre, perfectamente ensayada, el porte orgulloso de su padre, y la sonrisa medio forzada que lucía él mismo, se quedó estático. Y se preguntó si, antes de morir, ellos habrían lamentado también no haberle dicho nunca a su hijo que lo querían…
-James –susurró en voz apenas audible, consciente de que él seguía dormido y no le escuchaba-, mañana podríamos visitar la tumba de Grace, ¿te parece? Y también la de los abuelos… hace demasiados años que no voy a verlos…
-No te preocupes –musitó en sueños el niño-. Sé que tú también eras lo más importante en la vida para los abuelos… aunque no llegaran a decírtelo nunca…
Y, por primera vez en su vida, John pensó que tal vez aquello fuera cierto. Porque todos cometemos errores.
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En la habitación de Violette Bones reinaba un silencio tan sepulcral que casi ponía los pelos de punta. Aunque quizá no fuera el cuarto el que se encontraba sumido en la quietud, sino la propia mente de la mujer, aislada herméticamente del mundo exterior para no oír nada, ni sentir nada, hundida en sus pensamientos.
Llevaba ya un tiempo indefinido sentada allí, ante su tocador, mirando su reflejo en el espejo. Delante de ella, entre los cepillos, peines, frascos de perfume y demás accesorios varios, descansaba la carta de John Potter, recibida un par de días atrás, informando de la muerte de Icarus. Allí la había dejado después de leerla y ahí seguía, como si hubiese sido incapaz de volver a tocar aquel pequeño pergamino. De vez en cuando se sentaba en el mullido taburete del tocador y volvía a leerla, como para confirmar el hecho de nuevo. Pero no había vuelto a tocarla.
Vestida con una elaborada y sobria túnica negra de cuello alto, Violette encontró su reflejo más pálido de lo normal, como si se estuviese convirtiendo en un ser etéreo que dentro de poco desaparecería como el humo sin dejar rastro. Su piel parecía porcelana inmaculada, su cabello rubio platino estaba ya tan desvaído que más bien parecía canoso. Y, a pesar de tener 48 años, se sintió tan vieja y desgastada como si rozara la centena.
"Estoy cansada", pensó, cerrando los brillantes ojos violetas lentamente y llevándose una mano a la cabeza para masajearse las sienes. "Muy cansada", especificó. Permaneció así un momento más, quieta, siempre con la espalda recta, los tobillos cruzados y la mano libre descansando en su regazo, en la postura de perfecta educación que no había perdido ni en los momentos más oscuros. En ninguno de los anteriores funerales. Ni siquiera el de su propio marido.
Abriendo los ojos otra vez, dirigió su mirada hacia el retrato de Archibald que ocupaba uno de los rincones del tocador. Antes, todo su cuarto había estado plagado con las fotos de aquel rostro, pero todas habían ido desapareciendo poco a poco durante los cuatro años que habían transcurrido ya desde su muerte, siendo sustituidas por otras de los niños, hijos, primos, sobrinos… hasta dejar únicamente aquélla. Y con aquélla era suficiente, porque la vida no se detenía por nadie. Mucho menos por un simple corazón roto. Pensó en su esposo, en la vida que habían compartido, en el amor que se habían profesado, en los buenos y malos momentos, en lo mucho que lo extrañaba en cada instante, a pesar de seguir adelante con su vida lo mejor que había podido… y después pensó en Melpómene. Y se preguntó si, dentro de cuatro años, ella también habría sido capaz de reponerse lo suficiente como para sustituir las fotos de Icarus.
Icarus…
Violette bajó la vista, observando sus manos enfundadas en guantes de cuero negro, entrelazadas educadamente en su regazo. Y no pudo evitar alzar una de esas manos, contemplando su palma de forma abstraída, hasta que, con la otra, se quitó suavemente el guante, dejando la piel, horriblemente blanca en comparación con el intenso negro de su túnica, expuesta a la clara luz de la mañana. Recorrió con los ojos los delgados dedos, las líneas de la palma, la sencilla alianza de oro que nunca se había quitado… pensando que podría haberlo intentado. Podría haber intentado tocar a Icarus, utilizar sus poderes para saber qué aquejaba al inventor, para intentar descubrir qué le estaba matando y buscar una solución. Quizá así hubiesen podido neutralizar antes aquel maldito veneno y salvarlo.
Pero ya no se podía hacer nada.
Con un suspiro, dejó caer la mano bruscamente, manteniéndola vuelta hacia el cielo, como pidiendo limosna. Sabía que Johnny tenía razón al no haberla dejado ir al hospital a ver a Icarus y a Mel, ni a ella, ni a Jeremiah, ni a Linus. Habría sido muy arriesgado. Lo sabía. Y también sabía que habría sido muy peligroso utilizar deliberadamente la empatía con Icarus, porque el shock podría haberla afectado a ella. Lo sabía. Pero, aún así, estaba cansada. Mucho. Cansada de ser un florero, encerrada en una urna de cristal para mantener su seguridad, pero que la convertía en una completa inútil. A veces preferiría estar constantemente en el punto de mira, como John, a tener que vivir escondiéndose de medio mundo todo el tiempo.
Se llevó aquella mano desnuda al cuello, buscando con los dedos la fina y larga cadena que llevaba puesta, y la siguió hasta llegar al medallón que había heredado tantos años atrás y nunca se quitaba: un óvalo de ámbar engarzado en plata. Cerró el puño con fuerza en torno a él, clavándose en la piel las irregulares formas del grabado de plata que circundaba la piedra. Sí, estaba muy cansada… Si no hubiese sido porque por nada del mundo delegaría aquel insoportable peso a alguno de sus niños, ella, probablemente…
Sus pensamientos se cortaron de golpe cuando sintió que alguien posaba una mano en su hombro casi con vacilación. Violette reaccionó de inmediato. Disolvió su voluntario autismo, abriendo de nuevo los oídos, volviendo al mundo real y sintiendo dentro de su cabeza la misma sensación que cuando uno emerge del agua. Giró su mirada, ahora del oscuro color vino tinto habitual, y se encontró encarando a una niña de unos 11 años, con su mismo pelo platino y piel de porcelana, pero unos enormes ojos de un claro color azul.
-He llamado a la puerta –informó la pequeña, ligeramente preocupada-. Y también te he llamado varias veces desde la entrada. Pero no parecías oírme. ¿Te encuentras bien?
Violette se volvió a poner el guante con expresión ausente.
-No lo sé –contestó con sinceridad-. No sé cómo me siento. A estas alturas ya debería estar acostumbrada a los funerales. Pero me provocan un malestar en el cuerpo muy desagradable.
-¿Te duele la cabeza? –la niña la miró de lado-. ¿Por eso habías aislado tu mente del mundo exterior?
Alzando las cejas, la mujer la miró en plan escéptico, provocando que la muchacha riera un poco por lo bajo.
-Siempre que haces eso, los ojos te brillan de color violeta. Hace un momento los tenías así, por eso no me oías cuando te hablaba. Amelia me ha explicado que es una facultad especial que sólo saben dominar los maestros de Oclumancia.
-No seas marisabidilla –bufó Violette, pero sonrió suavemente también, mientras sujetaba a la niña por la cintura para instarla a sentarse en su regazo.
Por un segundo, la matriarca de la familia Bones observó el reflejo de ambas en el espejo, dándose cuenta una vez más de lo mucho que se parecía a ella su hija pequeña. Excepto en los ojos. Volvió a suspirar, contrayendo ligeramente las cejas mientras pasaba una de sus manos enguantadas por el lacio y fino cabello de la pequeña, besándola después en la sien.
-No llores, mamá…
Y Violette no estaba llorando. Al menos, no físicamente.
-No te preocupes por mí, Hayley –musitó-. Se me pasará enseguida. Estoy vieja ya para estas cosas, me estoy ablandando con los años.
Las dos se miraron en silencio a través del espejo, la madre abrazando a la hija por la cintura y ésta entrelazando sus dedos con los de su progenitora. La mayor con los ojos tristes de quién ha visto y vivido mucho, la menor con la mirada transparente de la inocencia infantil.
-¿El señor Figg tenía hijos? –inquirió la niña de repente.
-Sí. Una chica algo mayor que Geraldine. Y otro bebé en camino.
Su hija permaneció silenciosa, con los ojos muy abiertos fijos en los suyos, casi sin parpadear.
-Entonces… es casi como cuando murió papá.
La vista de Violette se nubló momentáneamente.
-Sí, mi niña… Casi.
-¿Tú también estás en peligro?
Violette no supo qué contestar, de modo que guardó silencio. ¿Estaba en peligro? Ni ella misma lo sabía. Se desvivían por no flaquear en las medidas de seguridad, pero sabía por experiencia que todo podía fallar en cualquier momento. De hecho, en situaciones como aquélla, ni siquiera le importaba. Los niños ya eran mayores, podían cuidar unos de otros. Ella no era imprescindible. Y estaba, realmente, tan cansada…
-No pienses en eso –replicó al fin-. Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá antes o después. Nosotros sólo podemos esperar.
La pequeña bajó la vista, con los ojos húmedos, y Violette se sintió culpable y egoísta. Después de todo, ellos ya habían perdido a su padre. Ella tenía que hacer todo lo posible por permanecer a su lado, aunque no se encontrara con fuerzas de dar un solo paso más. Estirando los brazos, envolvió en ellos a su hija y la abrazó con ternura, mientras ésta se acurrucaba en el acto contra ella, apoyando la cabeza en su hombro, como cuando era más pequeña y Violette la cogía en brazos para mecerla antes de dormir, con nanas y cuentos que nunca olvidaría. La mujer apoyó la barbilla sobre la cabecita rubia, mirándose en el espejo una vez más. Y, aunque mantenía los ojos secos, su reflejo pareció llorar en silencio por ella.
-Mamá.
Su hija mayor, Amelia, apareció también en el umbral, vestida de riguroso negro. Tenía un aspecto peculiar, con la elegancia femenina y el porte natural de su madre contrastando con el pelo claro corto a estilo chico y las fuertes facciones que había heredado de su padre. La mandíbula cuadrada, los ojos azules, agudos e inquisitivos, y el duro ceño, formaban en conjunto una expresión severa y adulta que la hacía parecer mayor de los 27 años que en realidad tenía. Ella trabajaba en el Departamento de Seguridad Mágica, en el Ministerio. También había visto y vivido muchas cosas.
-Dime.
-Acabo de estar hablando con el tío Linus por la chimenea. Dice que tía Claire va a quedarse en casa, con Marlene y Deirdree, así que él va solo al funeral, por si querías que pasara a recogerte para ir juntos. Pero le he dicho que ya te acompañamos nosotros y que es mejor que vayamos por separado.
-Muy bien –Violette suspiró, incorporándose-. ¿Ya es hora de irse?
-Aún tenemos que esperar un rato –Amelia puso los ojos en blanco con exasperación-. Cirus no consigue encontrar sus botas nuevas. Quería llevar las otras, pero le he dicho que ni se le ocurra.
-¡Maniática! –gritó una voz masculina desde alguno de los cuartos del pasillo.
-¡Cállate y date prisa de una vez! –vociferó Amelia hacia el exterior, luego se volvió hacia Violette-. Ya le he dejado las instrucciones a Denise y a Edgar para que se ocupen de los pequeños, porque no creo que volvamos a comer, ¿verdad?
-No, comeremos en Lancaster –asintió Violette-. Además, no sé cuánto se alargará la ceremonia. Seguramente se reúna una buena multitud.
-Por eso. Denise dice que ella se encarga de la comida, pero Edgar y Francis han empezado a incordiar diciendo que la comida de Denise es tóxica, así que les he dejado dinero para que se vayan a comer fuera si quieren o pidan algo…
Las últimas palabras de la frase se vieron ahogadas por una estruendosa carrera que resonó por el pasillo, junto a las exclamaciones de:
-¡Geraldine, Abie! Nos vamos a comer a Trafalgar Square. ¡Vamos, daos prisa en arreglaros!
-¡Francis! –chillaba una voz que parecía perseguir a la primera-. ¡Voy a romperte la boca, aquí nadie se va a comer fuera, soy la mayor y os he dicho que la comida la preparo yo!
-¡No, gracias, soy demasiado joven para morir!
-¡Serás…!
La exclamación de Denise se amortiguó cuando Amelia cerró la puerta de la habitación de su madre, resoplando con disgusto.
-Benjamin está preparando el viaje –siguió informando la joven mujer-. Está echando un ojo a las salidas de red flu más cercanas a la casa de los Figg, para que no tengamos que ir andando hasta el quinto cuerno. En cuanto Cirus esté listo, nos vamos. ¿Te queda algo más por preparar a ti?
-No, yo también estoy lista ya.
Violette volvió a dejar a su hija pequeña en el suelo y se levantó lentamente, adoptando una vez más su porte solemne. Miró una última vez su reflejo y la foto de su marido, y se dirigió a una cómoda de estilo victoriano situada junto al enorme ventanal que comunicaba su habitación con la terraza. Allí abrió un cajón y sacó una elaborada palmatoria de aspecto antiguo, con espacio para varias velas. Colocó un par de ellas en dos de los huecos y sacó la varita.
-Abie –llamó Amelia, tendiendo la mano hacia su hermana pequeña, que se había quedado estática en medio del cuarto, observando a su madre.
Ésta se volvió hacia su hermana mayor y se dirigió a la puerta junto a ella para quitarse de en medio, cogiéndose de su mano.
-Acompáñanos hoy, Archie –musitó dulcemente Violette, encendiendo la primera vela-. Y cuida de Mel y los niños, Icarus –añadió, encendiendo la otra.
Ambas llamas titilaron un segundo y crecieron hasta iluminar con un cálido resplandor anaranjado aquel rincón.
-Vámonos –dijo Violette, tras unos instantes de silencio, y se volvió hacia sus hijas.
Pero, antes de que ninguna de ella pudiera abandonar el lugar, la puerta se volvió a abrir intempestivamente.
-Mamá –exclamó un muchacho que debía rondar los 20 años, asomando la cabeza al interior-, el tío Jerry acaba de llegar.
-¿Jeremiah? –Violette parpadeó y frunció el ceño, encaminándose hacia la salida-. ¿Por qué ha venido? Se supone que íbamos a ir por separado al funeral.
-Dice que quiere hablar contigo un momento. Luego se volverá a ir.
-¿Ha pasado algo?
El chico se encogió de hombros y se apartó del umbral para dejar salir a las demás. Una vez en el pasillo, Violette se apresuró hacia las escaleras, con expresión preocupada, pero tampoco tuvo tiempo de llegar muy lejos, porque Jeremiah ya estaba subiendo.
-Hola, prima –entonó sin el más mínimo entusiasmo, con su habitual expresión imperturbable-. Qué guapa estás.
-¿Qué haces aquí? –replicó ella.
Pero en ese mismo instante cayó en la cuenta de que Jeremiah no venía solo. Traía en brazos un pequeño fardo envuelto en su capa. Un fardo del que sobresalían dos pequeños bracitos que se cerraban en torno al cuello del hombre, y una cabecita de la que sólo se veían espesos mechones de cabello negro.
-Siento molestarte, ya sé que habíamos quedado en vernos allí –explicó Jeremiah-. Pero sabes que me gustan las sorpresas.
Su tono de voz sonaba extraño, y Violette notó en torno a él un aura que le encogió el corazón y le atenazó el estómago.
-¿Qué ha pasado?
-Nada, te traigo a Mesie para que tus chicos se hagan cargo de ella. Sólo van a acompañarte Amelia, Ben y Cirus, ¿no? Me fío plenamente de la administración de Denise, Edgar acaba de decirme que ellos dos van a quedarse al mando de Francis, Geraldine y Hayley. Sólo les pediría que no dejaran a Francis mucho tiempo solo con ella, porque la última vez consiguió convencerla de que las espinacas son en realidad mocos de troll rehogados, y sinceramente…
-Jeremiah –atajó Violette, tornándose triste-. ¿Qué hay de Irin?
En el rellano se hizo el silencio, pero la mujer vio perfectamente cómo la quijada de su compañero se tensaba y su rostro se volvía absolutamente hermético mientras negaba lentamente con la cabeza. Bones cerró los ojos, contrayendo las cejas para reprimirse.
-Mesie dice que está deseando pasar el día con sus primos, ¿verdad? –Jeremiah miró a su hija, sonriendo de lado y disimulando la carencia de brillo en sus ojos negros-. Ella sabe que mamá está enferma y necesita descansar…
-¡Pero seguro que la abuela no la sabe cuidar! –entonó de repente la niña, levantando la cabeza y componiendo un mohín-. ¡Mamá sólo se pone mejor cuando yo le caliento el agua para el té!
-Bueno, dale una oportunidad a la abuela, quizá también sepa hacerlo, creo que tiene algunos años más de experiencia que tú, enana. Además, tú llevas tanto tiempo cuidando de mamá que necesitas reponer fuerzas, si no bajará tu rendimiento. A partir de mañana volverás a ser su enfermera oficial, te lo prometo.
-¿De verdad?
-Sí, sí, en serio…
Amelia se acercó a su madre, colocando una mano en su hombro e interrogándola con la mirada. Violette la miró con desolación, negando con la cabeza también, transmitiendo el mensaje mudo que le había comunicado su primo: Irin había empeorado y ya no era conveniente dejar a la pequeña junto a ella. Amelia contrajo los labios e intercambió otra mirada con Edgar, que era el que había ido a anunciarles la llegada de Jeremiah. Éste asintió inmediatamente.
-Nemesis –llamó, adelantándose-, venga, vente con Abie y conmigo, que nos vamos a ir a comer todos a Trafalgar Square y hay que ir preparándose. Luego iremos dando un paseo hasta Green Park, ¿quieres?
-¡Sólo si Francis no se sienta conmigo! La última vez casi me hace vomitar la comida…
-Vale, yo me encargo de mantenerlo a raya, no te preocupes.
Jeremiah dejó a la niña en el suelo, quedándose con la capa en la que la había traído envuelta, y la besó suavemente en la cabeza, antes de que ella le echara los brazos al cuello y le plantara un sonoro beso en la mejilla. Tenía 9 años, pero era tan menuda y frágil que parecía mucho más pequeña, y quizá por eso mismo Jeremiah acarició su corto y abundante cabello negro con una inseguridad que nunca dejaba translucir en público, dedicándole una sonrisa forzada y una expresión contenida.
-Pórtate bien.
Ella asintió y se fue con sus "primos", cogida de la mano de Edgar y Abie, que seguía allí pero no había abierto la boca, comprendiendo un poco mejor que la pequeña Nemesis la tristeza que destilaban los adultos. Dos segundos después, se oyeron desde el pasillo los alaridos de Francis, que parecía estar siendo torturado por Denise para que se retractara de sus anteriores comentarios, mientras Cirus también le regañaba a gritos por haberle escondido las botas en la habitación que compartían Geraldine y Abie y hacerle perder tanto tiempo. Sin embargo, allí, en lo alto de las escaleras, el silencio era absoluto.
-¿Tan mal está la tía Irin? –se atrevió a musitar finalmente Amelia.
Jeremiah se puso la capa con un gesto, su cara más inescrutable que nunca, lanzando un profundo resoplido.
-Los sanadores de San Mungo ya saben lo que tiene. Le han diagnosticado el síndrome de Gweedore.
Violette pareció asustarse, pero Amelia frunció el ceño con incomprensión.
-¿El síndrome de Gweedore? –repitió, e intercambió una mirada con su madre-. ¿Pero esa enfermedad no afecta sólo a las criaturas mágicas? Recuerdo haber oído a papá hablar de ella…
-Sí, pero no exclusivamente –explicó Jeremiah-. El catarro que cogió Irin el invierno pasado, cuando estuvimos en Irlanda con su familia… bueno, el catarro que nosotros creímos que cogió –se corrigió a sí mismo-, parece ser que en realidad fue el momento en el que contrajo el síndrome de Gweedore. Las primeras manifestaciones son como las de un resfriado normal, después parece curarse, pero queda latente hasta que los síntomas se hacen demasiado evidentes. En nuestro caso, el tema se agrava por el asma de Irin.
-¿Y no deberían ingresarla? –inquirió Violette, retorciéndose las manos. Desde que habían ido a San Mungo para el primer reconocimiento de Irin, varios días atrás, la mujer había seguido haciendo vida normal en su casa, en la medida de lo posible.
Jeremiah sonrió con una tristeza que encogía el corazón.
-Parece ser que ya no es necesario –murmuró-. Han dicho que la atendamos en casa hasta que… todo termine. A estas alturas, lo único que pueden hacer es aliviar los síntomas. Han pasado demasiados meses desde que contrajo la enfermedad, deberíamos haber ido a San Mungo nada más volver de Irlanda, pero lo dejamos pasar pensando que no tenía importancia y… bueno… -calló por un segundo, cerrando los ojos y respirando hondo para mantener su férrea compostura-. La trasmiten los chizpurfle, ¿sabéis? Había una epidemia en Donegal. Los augureys caían como moscas, los encontrabas muertos por todas partes, creo que el Ministerio ha tenido muchos problemas por culpa de eso… Ni siquiera caímos en la cuenta de que la enfermedad se transmite a los humanos por el aire, y sólo afecta a las personas con un sistema respiratorio débil. Muchos de los que viven por allí estaban pasando ataques de alergia, pero nada más, y… el catarro de Irin se curó tan rápido que… -tuvo que volver a callarse, apretando los labios-. De momento, tiene que tomarse una medicación especial, y no nos han dicho cuánto tiempo puede durar esta situación, ni nada. Pero tiene los pulmones destrozados… esta noche ha estado tosiendo sangre durante horas…
Violette cerró los ojos también, cubriéndose la boca con una mano, sintiendo cómo el agarre que su hija mantenía a su hombro se apretaba. La sonriente cara de Irin pasó por su mente y sólo sintió unas irrefrenables ganas de llorar y descargar así el abrumador cansancio que la estaba ahogando. Otra vez… Siempre se repetía la misma historia… Una y otra vez en la eterna maldición que todos ellos llevaban a cuestas, contra la que ninguno podía luchar…
-Así que ya sabes, prima –Jeremiah se volvió, dando la espalda a las dos mujeres, y se irguió, en apariencia totalmente repuesto de su pequeño desliz-. Sólo te digo una cosa. No guardes las túnicas de luto muy al fondo del armario.
El humor negro de aquel hombre resultó más negro que nunca, pero ninguna de las dos mujeres fue capaz de contestar a aquellas palabras, reconociendo mejor que nadie el desolado tono de Wealth. Sin mediar una palabra más, éste trotó escaleras abajo, alzando una mano por encima del hombro para despedirse. Por el camino se cruzó con Benjamin, que corría al encuentro de su madre y su hermana, subiendo los escalones de dos en dos.
-Ya está todo listo –informó, y, cuando Violette lo miró, creyó estar oyendo y viendo a su marido, pues su segundo hijo mayor era la viva imagen de su padre, y se parecía aún más a él conforme se hacía mayor-. Vamos a una taberna de un pueblo de las afueras de Lancaster, desde allí podremos aparecernos en la casa de los Figg. Cuando queráis nos vamos –Ben frunció el ceño de repente, examinando a las mujeres, y añadió-: ¿Qué ha pasado?
-Te lo contaremos por el camino…
En ese mismo instante, Cirus llegó desde el pasillo, terminándose de colocar la capa y guardándose la varita en el bolsillo interior.
-Ya estoy –informó-. Cuando digas, mamá.
Violette se limitó a asentir, suspirando, y se cogió del brazo del recién llegado, que, al contrario que los anteriores, tenía más rasgos de ella que de Archie. Y, acompañada por sus tres hijos mayores, se sujetó con elegancia la túnica para empezar a bajar las escaleras, en dirección a la enorme chimenea del salón.
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La casa familiar de los Figg estaba en las inmediaciones de Lancaster, pero lo suficientemente alejada de cualquier zona habitada como para mantenerse al margen de las miradas de los muggles. Había sido levantada en una pequeña colina, entre los bosques y con las extensas praderas a sus pies, a modo de caserón rústico, posteriormente reformado en estilo colonial. Antaño, había llegado a acoger entre sus muros a tres generaciones. Pero ahora estaba tan sola y vacía como la vieja casa de los Potter.
Después de que Icarus y Mel se mudaran a Dover con la pequeña Belle, en Lancaster sólo quedaron los ancianos padres del ahora difunto inventor, que murieron un par de años después. El hijo mayor del matrimonio apenas pisaba ya Inglaterra, pues su trabajo le obligaba a viajar por toda Europa. Y, aunque las vacaciones siempre solían pasarlas allí, la antiguamente mansión familiar había quedado convertida en poco más que un lugar de recreo en el que pasar unas semanas, sin llegar a ser el hogar de nadie concreto.
Por eso, resultaba extraño ver cómo, de repente, aquel lugar empezaba a llenarse nuevamente de gente, como en sus mejores tiempos, cuando las reuniones y fiestas sociales estaban a la orden del día. Poco a poco, a lo largo de aquellos dos últimos días, familiares y amigos de los lugares más remotos habían ido llegando a la casa familiar de los Figg, algunos incluso haciendo noche allí, congregándose para el funeral de Icarus. Los dos elfos domésticos que habían servido a la familia y aún quedaban en la casa, ocupándose de que ésta no cayera en el abandono, estaban especialmente ocupados encargándose de preparar alojamiento a tantas personas. Y así, aquel caserón había vuelto a la vida después de tantos años, paradójicamente, a raíz de una muerte.
El funeral era a medio día, pero los Black salieron de madrugada, pues, al viajar con dos niños, el trayecto no les era tan simple como a los que les bastaba con aparecerse allí mismo. Tuvieron que viajar también por red flu hasta uno de los barrios mágicos periféricos de Lancaster y, desde allí, servirse del transporte público muggle para acercarse lo máximo posible a la casa de sus amigos. Se apearon en el pueblo más próximo y, a esa distancia más corta y prudencial, consideraron que ya no era tan peligroso aparecerse, portando con ellos a Sirius y Peter. Andraia se hizo cargo de su hijo e Izzy del amigo de éste, de modo que, en un parpadeo, los cuatro aparecieron por fin en la ladera que subía hacia la vieja mansión.
La primera impresión que tuvieron los dos niños fue que, realmente, Icarus Figg debía haber sido un hombre muy conocido y apreciado, porque la cantidad de gente que se estaba agrupando para darle el último adiós les pareció increíblemente abundante. Mientras subían por el camino los últimos metros que les separaban de las puertas de entrada a los terrenos de la casa, a su alrededor aparecían más magos y brujas que se unían a ellos. Algunos saludaban vagamente al matrimonio Black al pasar por su lado. Otros incluso se detenían a hablar con ellos, entre abrazos afectuosos y saludos tristes.
-Realmente, el mundo mágico es un pañuelo, ¿eh? –le musitó Peter a Sirius, mientras ambos se adelantaban, dejando atrás a los adultos, que se habían retrasado para charlar con un corpulento hombre pelirrojo, también recién llegado.
-Ya te digo –replicó el moreno, metiendo las manos en los bolsillos con algo de incomodidad-. Por eso no aguanto acompañar a mis padres a algún sitio, todo el mundo los conoce y siempre terminan achuchándote diez viejas distintas a las que ni conoces, diciéndote lo mayor que estás. Todos los funerales son iguales…
-¿Has ido a muchos? –se sorprendió Peter.
-Éste es el tercero, al menos de los que tengo memoria. Primero fue el de la madre de James, y después el de mi abuelo.
-Pues para mí es el primero… Todavía no hemos llegado y ya estoy nervioso. Me da miedo encontrarme con Belle.
-Bah, tranquilízate. No tienes que hacer nada. Basta con darle un abrazo y el pésame. En una situación así, valoras más que tus seres queridos estén aquí, que mil discursos de consuelo.
Peter asintió, pero el nudo de nervios que le atenazaba la garganta no hizo más que apretarse. Y se dio perfecta cuenta de que Sirius, a pesar de sus palabras, tenía la quijada tan rígida que debía estar destrozándose las mandíbulas.
Junto a las puertas de entrada a los terrenos de la casa, se encontraron a Remus, plantado junto al umbral para dar la bienvenida a los invitados a la ceremonia, indicándoles hacia dónde debían dirigirse a continuación. Al ver llegar a sus dos amigos, la suave sonrisa que curvaba sus labios se ensanchó y sus ojos grises se aclararon un poco.
-¡Eh, habéis venido! –exclamó, contento-. Me alegro mucho de veros, bienvenidos.
-No, si te parece no nos presentamos, pedazo de animal –gruñó Sirius, haciendo contrastar el tono de sus palabras con el fuerte abrazo que le dedicó acto seguido a Lupin, palmeándole la espalda.
-Qué temprano has llegado, ¿no? –comentó Peter, al separarse de Remus tras abrazarlo también a modo de saludo.
-Nosotros hemos pasado la noche aquí. La madre de Belle no está en condiciones de ocuparse de todo ella sola. Ayer llegaron dos de sus hermanas y ahora son ellas las que la están atendiendo, pero mis padres se ofrecieron a irse encargando de preparar todo lo de la ceremonia.
-¿Cómo está Belle? –intervino Sirius, y esta vez fue incapaz de disimular la tensión de su voz.
-La verdad es que no estoy muy seguro… Ha decidido adoptar el papel de anfitriona, así que lo está organizando todo ella sola. A simple vista parece que está bien, pero se le nota demasiado que no hace más que contenerse. Pero bueno… supongo que es mejor que se mantenga ocupada a que se pase llorando todo el día. Está en la parte de atrás del jardín, saludando a los invitados. Acercaos allí, Sam y Lily llegaron a primera hora y están con ella. James también ha llegado hace un rato… ¡Ah, buenos días, señores Black!
Izzy y Andraia, cogidos del brazo, se unieron de nuevo a los jóvenes, tras despedirse del pelirrojo, que se adelantó hacia el jardín trasero al recibir la breve indicación de Remus.
-¿Te han puesto de portero o algo así? –bromeó Izzy, sonriendo a medias hacia el casi rubio.
-Algo así –asintió Remus, y le devolvió la sonrisa-. Pero es lo mejor. Mamá no quiere tenernos dentro de la casa, porque el ambiente es demasiado fúnebre. Melpómene… no se encuentra demasiado bien.
-¿Han venido por fin sus padres y sus hermanas?
-Sus padres no, porque era un viaje muy largo para hacerlo sólo en dos días. Pero sus hermanas sí, llegaron anoche. Aunque al final sólo vinieron Nia y Clío, que son las que viven más cerca de Inglaterra. Las demás tampoco podían llegar en tan poco tiempo, y la propia Mel dijo que no quería movilizar a toda la familia, porque no era necesario.
-Sí, eso ya nos lo contó Zephirus…
-¿Qué hay de Fidias?
-No ha llegado todavía, nos avisó anoche diciendo que ha tenido problemas en el viaje, pero que haría lo imposible por estar aquí a tiempo.
-Ya veo…
-¿Han llegado ya Johnny y James?
-Sí, James está en el jardín y creo que el señor Potter debe estar dentro con mi padre. También llegó a primera hora el señor Flathery, con Sam y Lily.
-Entonces vamos dentro, Andry. Chicos, es mejor que os quedéis fuera con los demás.
-Eso teníamos previsto –confirmó Sirius, aún con las manos en los bolsillos y la quijada rígida.
-Esperad, le diré a Becky que os lleve al jardín para que no os perdáis por ahí… -y, dándole la espalda a sus interlocutores, Remus dirigió la mirada al interior, lanzó un potente silbido y, haciendo bocina con las manos, exclamó-: ¡BECK, VEN AQUÍ!
-¿También habéis traído a Becky? –Andraia agrandó los ojos, sorprendida-. Pensé que la dejaríais con los padres de Selene…
Remus negó con la cabeza y su expresión se volvió un tanto apesadumbrada.
-Se puso a llorar como loca cuando intentamos dejarla con los abuelos, es muy pequeña, pero esto le ha afectado bastante. Lleva varios días en que no puede separarse de papá y mamá. Así que hemos tenido que traerla aquí, e intentamos tenerla lo más ocupada posible para que se distraiga.
Todos agacharon la cabeza con pesar, menos Sirius, que miró con el ceño fruncido a unos y otros.
-¿Quién es…?
-¡Reeemuuus! –chilló de repente una aguda voz infantil.
Los demás se volvieron hacia el camino de gravilla que llevaba a la casa, viendo cómo una figura pequeña y menudita correteaba en dirección a ellos desde el patio delantero, vestida de punta en blanco y con la espesa mata de rizos rubios al viento. Al alcanzarlos, se tiró a Lupin, abrazándose a sus piernas, y alzó hacia él la redondeada carita de piel clara y grandes ojos de intenso azul celeste.
-Oye, he llevado a la señora Bones al jardín como me dijiste y ella me ha dicho que soy la mejor guía de la casa Figg que han conocido nunca.
-Eso está muy bien –sonrió Remus, acariciándole los rizos rubios con una mano y señalando a sus compañeros con la otra-. Ahora tienes que llevar a los señores Black y a Sirius y Peter. A ver si lo haces igual de bien.
La pequeña escrutó las caras de los recién llegados, sonriendo.
-¡Hola! –exclamó-. ¡Hola, Peter!
-Hola, enana –entonó éste, sonriendo también.
-Para el carro –Sirius dio un paso al frente, irguiéndose en toda su estatura para mirar a la niña como si fuese algún bichito del suelo. Luego dirigió a Remus una mirada furibunda, señalándola-: ¿Qué… es… eso?
Becky dejó de sonreír y se escondió a medias tras Remus, que se limitó a alzar una ceja en dirección a su amigo.
-Oye, no seas grosero, hazme el favor –replicó con fingida seriedad-. Eso es mi hermana pequeña, y tiene nombre.
-¿DESDE CUÁNDO COJONES TIENES UNA HERMANA?
-¡Sirius! –bramó Andraia, escandalizada, mientras Izzy miraba para otro lado, tragándose la risa, y Peter se estampaba una mano en la cara.
-Desde que nació hace cuatro años –siguió Remus, sin inmutarse.
-¿POR QUÉ NUNCA NOS DIJISTE QUE TENÍAS UNA HERMANA?
-¡Sirius! –repitió Andraia, sintiéndose ignorada.
-No preguntasteis… -Remus se encogió de hombros, esbozando de nuevo su sonrisa.
-¿PERO TÚ ERES IDIOTA O QUÉ?
-Creo que la tensión empieza a afectarle –dejó escapar Izzy en voz baja.
-Sirius, tío, no seas lerdo –intervino Peter, sujetándolo de un brazo-. Debes de ser el único que no lo sabe…
-¿Tú lo sabías? –Sirius se volvió hacia Pettigrew, incrédulo.
-Pues claro –bufó éste, poniendo los ojos en blanco-. Desde primero. Nuestros padres han quedado varias veces para comer. Incluso Opal y Becky se han hecho amigas, aunque mi hermana es unos años mayor…
-Deja de hacer el idiota –Andraia le propinó una colleja a su hijo, con el ceño fruncido-. Éste no es el momento más indicado. Además, estás asustando a Rebeca…
Sirius gruñó algo incomprensible mientras su madre le fulminaba con la mirada y su padre carraspeaba sonoramente para disimular el hecho de que tenía la risa en la punta de la lengua.
-Venga, Beck, no pasa nada –entonó Remus con aire divertido, dirigiéndose a su hermana-. Éste es Sirius, ese amigo loco del cole del que te he hablado, ya sabes, el hijo de Andraia, la compañera de trabajo de papá y mamá…
El joven Black le propinó un pisotón a su amigo e, ignorando su exclamación de dolor, se agachó en cuclillas para quedar a la altura de una intimidada Becky, mirándola fijamente a los ojos con seriedad.
-Soy Sirius Black –se presentó con formalidad exagerada, tendiéndole la mano a la niña-. El estúpido de tu hermano nunca me había hablado de tu existencia, así que no sé quién eres. ¿Te importaría presentarte?
Ella lo miró un momento y, de repente, su expresión asustada se disolvió en una de determinación.
-Me llamo Rebeca Aine Carlton Lupin. Tengo 4 años, nací el día 20 de abril de 1966, vivo en Dover, mi papá se llama Zephirus Nathanael Lupin y mi mamá se llama Selene Rachel Carlton Lupin. Tengo cuatro abuelos, tres tíos y tres tías, y cinco primos, y se llaman…
-¡Vale, vale! –la frenó Sirius, alzando las manos-. No hace falta que me recites de memoria todo tu árbol genealógico, princesa… ¿También te sabes tu grupo sanguíneo?
-¡A+! –chilló Becky-. ¡Y no seas tan grosero, hazme el favor!
El silencio que siguió a aquellas palabras cayó sobre los presentes como una losa, hasta que, tres segundos después, Izzy soltó una tremenda carcajada que escandalizó profundamente a la gente que estaba más próxima a ellos y le valió un fuerte codazo en las costillas por parte de su esposa. Peter no supo si reír o callarse, y Remus se limitó a sonreír con ambigüedad, manteniendo la boca cerrada. Sirius alzó una ceja con exageración en dirección a la niña, que, manteniendo aún su carita de disgusto, le sostuvo la mirada y terminó estrechándole la mano con dignidad.
-Encantada –soltó con aquella aguda voz infantil.
-Igualmente, princesa –entonó él, haciendo un esfuerzo por mantener el semblante inexpresivo para que Becky no pensara que se burlaba de ella-. Mis más sinceras disculpas, si la he ofendido.
-Disculpas aceptadas. Señores, síganme, por favor. Hermano, yo me encargo.
Y, con esa dramática afirmación, se acercó a Andraia para cogerla de la mano y encabezar la comitiva, guiando a todo el mundo hacia el jardín de atrás. Sirius se levantó con un silbido, enarcando las cejas.
-Joder con tu hermana –le musitó a Remus, dándole una palmada en el hombro a modo de despedida.
-Sí… ha sacado el carácter de mamá –replicó éste, manteniendo su indulgente sonrisa-. Pero normalmente es mucho más dulce.
-Sí, una pequeña dulzura con colmillos envenenados… Fíjate, ha salido a ti, después de todo.
El que le dio la colleja esta vez fue Remus, y quizá con algo más de énfasis que Andraia. Tras aquel cariñoso gesto de amistad, Sirius apresuró el paso para unirse a sus padres y a Peter, que ya se habían adelantado varios metros, guiados por la pequeña Becky. Atravesaron el patio delantero y cruzaron la galería que bordeaba la fachada principal, entrando después por una puerta lateral y cruzando un par de cuartos para llegar al guardarropa donde dejaron las capas o complementos varios que llevaban encima, antes de volver a salir al jardín y adentrarse en un pequeño laberinto de setos que comunicaba con una zona especialmente dedicada a albergar el panteón familiar.
-En serio, ¿es que me he perdido algo en estos dos últimos años o qué? –mascullaba Sirius por el camino, hablando en voz baja con Peter, mientras Izzy y Andraia le daban conversación a la niña-. No recuerdo que Remus haya mencionado nunca a una hermana pequeña…
-No te habrás dado cuenta. Pero yo ya lo sabía antes de que termináramos primero, me lo dijo la primera vez que yo le hablé sobre Opal.
-Pero ni siquiera la mencionó cuando nos estuvo contando todo lo de… ya sabes… cuando nos explicó lo que le pasó de pequeño.
-Becky nació después de que los problemas se solucionaran. En realidad los Lupin siempre habían querido tener más hijos, pero estando preocupados por el estado de Remus, no podían permitírselo.
-¿Cómo narices sabes tú todo eso?
-Tío, Remus me lo estuvo contando, ¿cómo quieres que lo sepa si no? Parece ser que Becky nació más o menos por las mismas fechas por las que los Figg se mudaron a Dover, y por eso Belle iba mucho a casa de los Lupin, para jugar con el bebé. Becky está muy encariñada con Belle. ¿No recuerdas que Remus nos dijo que, cuando tenía 9 años, empezaron a pasar bastantes cosas buenas? Bueno, pues Becky fue una de ellas…
-Joer… No consigo asimilar que Remus tenga una hermana, en serio… ¡No me entra que no me lo haya dicho antes! Esto es increíble…
Cuando llegaron a la parte trasera del jardín, vieron que aquel lugar estaba ya lleno de gente. Hileras de sillas de madera habían sido colocadas sobre el cuidado césped, de cara a una elaborada lápida tallada en mármol blanco, de más o menos dos metros de altura, complementada por la hermosa escultura de un caballo alado, que parecía proteger la lápida con una de sus alas. A sus pies, unas escaleras de piedra se hundían en el suelo de tierra, conduciendo sin duda a la cámara subterránea que formaba el mausoleo o panteón de la familia Figg. Sirius prefirió no mirar demasiado hacia aquel lugar, ya que le ponía los pelos de punta, y se dedicó a buscar con la vista al resto de sus amigos. La primera a la que localizó fue Lily, cuya melena rojo fuego brillaba con fuerza bajo los rayos del sol, entre tantas túnicas negras. Estaba hablando con un chico y una chica que él no había visto en su vida y que parecían algo más mayores que ellos.
-Peter –indicó, agarrando al susodicho de la manga-, allí está Lily, vamos.
-Nosotros vamos dentro –informó Izzy-, nos reuniremos luego.
-Vale, nosotros nos quedaremos por aquí.
El matrimonio Black, después de echar un vistazo a la concurrencia, se volvió nuevamente hacia el mini laberinto de setos y desaparecieron en dirección al edificio principal. Becky se quedó quieta, titubeando un momento, y luego hizo ademán de seguir a los adultos. Pero Sirius recordó de inmediato las palabras de Remus sobre el ambiente que se respiraba dentro de la casa y se apresuró a detenerla.
-Espera, princesa –entonó, tendiéndole la mano-. ¿No ibas a quedarte con nosotros? Se supone que eres nuestra guía, como nos dejes aquí solos, yo me pierdo seguro…
Peter sonrió, comprendiendo la táctica de su amigo, y Becky miró al moreno con algo de escepticismo, aunque al final terminó cediendo con una pequeña sonrisita, aceptando su mano. Los tres juntos se dirigieron hacia la pelirroja, que, al verlos, se lanzó a sus brazos y los estrechó con fuerza a ambos. Al igual que Remus, Lily aparentaba estar bien por fuera, pero tenía los ojos cargados de tristeza y, aunque sonreía, no podía ocultar la preocupación que sentía, ni la melancolía propia de un acontecimiento de esas características. Les estuvo contando que había viajado hasta Lancaster con Sam y su padre (y el par de aurores de rigor que formaban la perenne escolta de Jonathan Flathery) y que habían pasado la noche en una posada de la ciudad, para poder llegar a la casa de los Figg lo más temprano posible y estar con Belle. Los otros dos jóvenes con los que estaba hablando resultaron ser primos de la morena, cada uno de ellos primogénito de las hermanas de Melpómene que habían viajado hasta allí.
Al poco rato apareció James, saludando efusivamente a los recién llegados y uniéndose a la conversación, explicándoles que su padre y él habían llegado junto con otros tipos más del Ministerio, amigos de la familia Figg, usando un traslador. Al parecer, casi todo el mundo, a excepción de la familia directa, había evitado utilizar la red flu para llegar directamente a la casa, por no estar molestando cada dos por tres a sus inquilinos con llegadas incesantes de gente.
Minutos después, Sam surgió también de entre el barullo y, al verlos, se acercó enseguida a ellos para saludar a Peter y a Sirius con un nuevo par de abrazos, seguida de Sarah Kennedy, Hannah McRae e Iris O'Brian, que habían sido las únicas compañeras de clase que habían podido acercarse a acompañar a Belle. Los ocho compañeros de Gryffindor se quedaron ya juntos hasta que empezó la ceremonia, cerca de una hora después, comentando lo increíble de aquella situación, lo negra que se estaba tornando la vida en el mundo mágico y lo tremendamente fuerte que estaba demostrando ser Belle, al sobrellevarlo todo con tanto autocontrol.
Cuando faltaban ya pocos minutos para empezar, Remus volvió a la zona trasera del jardín, yendo a reunirse con sus amigos y con su hermana, a la que cogió en brazos y no volvió a soltar hasta que aparecieron sus padres. Cinco minutos antes de las doce, la masa de gente empezó a tomar asiento, y fue entonces cuando Sirius pudo finalmente localizar a Belle, vestida con una elegante túnica de gala negra y con la espesa mata de rizos recogida en un moño, que realzaba las facciones de su rostro, pero también remarcaba lo pálida y delgada que estaba. Por primera vez, tuvo la impresión de que parecía un junco, alto y esbelto, luchando por no doblarse y quebrarse bajo el viento de la abrumadora realidad. Dejando a medias la conversación grupal en la que estaban inmersos sus demás compañeros y obviando el hecho de que Belle estaba hablando con otras personas, se separó de sus amigos y se dirigió a zancadas hacia ella con total resolución. Belle notó su presencia cuando se encontraba a dos pasos escasos de ella y se volvió para encararlo.
-Sirius… -musitó, agradablemente sorprendida.
Pero no le dio tiempo a decir nada más, antes de que él la envolviera en un abrazo, estrechándola con fuerza. Belle tardó un par de segundos en reaccionar, pero después le echó los brazos al cuello a su amigo y le devolvió el abrazo con igual intensidad, hundiendo la cara en su hombro con mudo agradecimiento y dejando escapar lentamente el aire que parecía haber estado reteniendo a lo largo de toda la mañana. Sirius le frotó la espalda, incapaz de dejar de fruncir el ceño al sentir que ella temblaba.
Realmente… había adelgazado bastante desde que habían empezado las vacaciones de verano…
-Hemos venido todos –le murmuró, apoyando la barbilla en su hombro-. ¿Ya has visto a los demás?
-Sí –los dedos de Belle se crisparon, agarrándose a los hombros de la túnica de Sirius-. Sólo faltabais Peter y tú… Muchas gracias por venir, de verdad. Me hace mucha ilusión que estéis aquí.
A Sirius se le ocurrieron al menos cinco comentarios chistosos para responder a aquello, pero fue incapaz de emitir ninguno de ellos. A cambio, se separó de ella para mirarla a la cara con seriedad. Los oscuros ojos azules de Belle estaban algo enrojecidos y parecían perderse con facilidad, pero no daba muestras de haber llorado recientemente o de estar a punto de hacerlo.
-¿Cómo estás?
-Bien… Es decir, claro que no estoy bien, pero… No es momento de ponerse a llorar como una magdalena, ¿no? –esbozó una vacilante sonrisa cargada de tristeza-. A papá nunca le gustó verme llorar, y… ya que ésta es su despedida, no quiero hacerlo. Aunque sólo sea como último regalo.
-¿Cabezota hasta para eso, Belle? –entonó con cariño Black, sonriendo también.
-Cabezota hasta para eso, Sirius –asintió ella, y su sonrisa tembló, obligándola a bajar la vista y llevarse una mano a la boca-. Es extraño pensar que… después de haber tenido tantos meses para ir haciéndome a la idea de lo que iba a pasar, ahora… no lo asimilo. Yo… de verdad pensé que se curaría, Sirius…
Cuando la voz de la chica se quebró, él volvió a abrazarla con fuerza, en parte para consolarla y en parte porque, si ella lloraba, prefería no verlo. Él también odiaba ver a la gente llorar y, aunque no había visto en su vida a Icarus Figg, sintió, gracias a esa pequeña coincidencia, que lo conocía un poco mejor. Eso bastó para conseguir que aquel acontecimiento fuera más sentido, y que aquella ceremonia doliera más.
Tras saludar también a Peter con un cálido abrazo, Belle agradeció a todos sus amigos su presencia y les indicó el lugar donde podían tomar asiento, cerca de la cabecera. Los invitados que quedaban dentro de la casa salieron también para ocupar sus sitios y, finalmente, Melpómene Figg hizo su aparición, vestida de riguroso negro hasta los pies y envuelta en un enorme chal para cubrir un poco su enorme vientre de avanzado estado de gestación. Llevaba el pelo recogido en un moño idéntico al de su hija y, de hecho, parecía por completo una versión adulta de ésta, con los mismos rasgos y el mismo porte elegante, enmarcada por una tristeza demoledora. Aunque su piel era morena por naturaleza, como la de Belle, ahora se la veía pálida y ojerosa, con los ojos mucho más vacíos y ausentes que los de su hija. Pero en su rostro no había lágrimas, ni expresión alguna. Parecía caminar sonámbula.
Melpómene se sentó junto a Belle en la primera fila, constantemente acompañada por sus hermanas, Urania Lesage y Clío Gelardi, que habían viajado desde Francia e Italia, respectivamente, para estar con ella. Al otro lado de la hija de los Figg se sentó el hermano mayor de Icarus, Fidias, un hombre entrado en los cuarenta, alto y delgado, con el pelo cobrizo largo recogido en una coleta y barba bien recortada. Tenía el ceño fruncido en una expresión de dolor contenido, y entrelazaba una de sus grandes manos con la pequeña y delgada de Belle, que se inclinaba hasta apoyar la cabeza en su hombro. Al lado de Fidias se sentó una joven de aspecto serio, con el pelo claro recogido en un estrambótico peinado, y, junto a Urania y Clío, sus dos hijos. Un poco más allá, Zephirus Lupin y su familia terminaron de ocupar las sillas restantes de la fila más próxima al sepulcro.
El resto del grupo se dispersó un poco, yendo a reunirse con sus respectivas familias. Izzy y Andraia se sentaron en la segunda fila, con Sirius y Peter a su lado. Delante de ellos, John Potter y su hijo ocuparon otro par de sillas, cogiéndose discretamente de la mano, intentando atenuar así la tensión que los invadía a ambos. Filas más atrás, Jonathan Flathery, que se había movido con total desenvoltura entre los invitados, saludando a viejos conocidos y hablando con unos y otros, ignorando la presencia de sus dos guardaespaldas, se sentó con naturalidad en uno de los extremos de la fila, entrelazando también una mano con su hija, al lado de la cual se sentó Lily, más tiesa de lo normal. Sarah, Iris y Hannah tomaron asiento en una de las filas de atrás, con los padres de la primera, que resultaron ser también viejos conocidos de Icarus y se habían acercado al funeral, llevando con ellos a su hija y a sus dos amigas.
Compañeros de trabajo del difunto, tanto de la vieja compañía en la que estuvo empleado como de la actual, viejos amigos del colegio, excompañeros de trabajo de Melpómene que habían ido a acompañarla, conocidos, familiares, personalidades del mundillo en el que se movía Icarus, e incluso gente que iba más bien para figurar terminaron de llenar las hileras de sillas colocadas sobre el césped, divididas en dos bloques para dejar un pasillo central entre ellas. Y, cuando todo el mundo estuvo colocado, cuatro magos, amigos de Icarus en la Nimbus Racing Company, salieron al jardín trasero desde la casa, portando a cuestas el féretro que contenía el cuerpo del difunto, desfilando lentamente por aquel pasillo central hasta dejarlo colocado en una pequeña repisa, justo ante las escaleras que conducían a la cámara subterránea.
Un mago anciano vestido de negro, que se presentó a sí mismo como viejo amigo de los padres de Icarus, se levantó para recitar el discurso de rigor, alabando al muerto con palabras que muy pocos escuchaban en realidad. Los ojos de Remus, James, Sirius, Peter, Lily y Sam viajaban constantemente hacia la figura de Belle, que miraba el ataúd con una expresión ausente horriblemente similar a la de su madre. Cuando el discurso terminó, todos se levantaron y fueron a arremolinarse en torno al sepulcro del caballo alado. Fidias Figg se adelantó y, sacando la varita, se encargó de terminar la ceremonia. El féretro desapareció escaleras abajo y, con un remolino de luz azul que agitó el pelo de los presentes, la entrada al mausoleo volvió a sellarse con un sepulcro falso, cuyas paredes se levantaron del suelo una vez más, cerrándose con una losa desnuda en la que estaba inscrito el emblema de los Figg, mientras en el mármol blanco de la lápida se grababa en letras doradas un último nombre con una última fecha:
Icarus Kerim Figg, 1932-1970
James, que estaba en primera fila, lo observó todo conteniendo la respiración, sintiendo cómo las manos de su padre, que le estaba sujetando por los hombros desde atrás, se crispaban. Delante de él, al otro lado de la tumba, Belle terminó derrumbándose y hundió la cara entre sus manos, temblando por los sollozos, hasta que Remus la rodeó con un brazo y la estrechó con fuerza, dejándola llorar en su hombro. Detrás de ellos, Melpómene Figg derramaba lágrimas silenciosas, apoyándose tanto en su hermana mayor, Urania, que daba la impresión de estar a punto de desmayarse. Y Fidias se había hincado ante el sepulcro, acariciando la piedra blanca y besándola una última vez a modo de despedida.
James se sintió enfermo, como cuando la ansiedad te revuelve tanto el estómago que te termina provocando ganas de vomitar. Miró alrededor, encontrando entre la multitud mucha gente que lloraba o se cubría la cara con pañuelos blancos. Y vio rostros que le resultaron familiares. Por un momento, sintió que se transportaba años atrás, a la escena casi idéntica que había representado el funeral de Grace, y supo que aquellos rostros también habían estado allí, dispersos entre el resto de la multitud, pero indudablemente presentes.
En la cara de aquellas determinadas personas que habían asistido también al entierro de su madre podía distinguirse algo especial. Algo que los demás invitados no transmitían. Un destello de triste conformidad en sus ojos que no podía compararse a ningún otro sentimiento. El mismo destello que reflejaban siempre los ojos de su padre. Y, antes de poder impedirlo, se dio cuenta de que él también había empezado a llorar en silencio.
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Después de la ceremonia, muchos de los invitados empezaron a abandonar el lugar en desbandada. La gran mayoría se quedaría a comer en Lancaster, en cualquier restaurante o taberna. Pero lo primordial era salir de la casa de los Figg y alejarse del frío que parecía invadirlo todo, a pesar del brillante sol que adornaba el cielo despejado de julio. Después de desfilar todos en procesión ante la viuda, la hija y el hermano del fallecido, dándoles el pésame, se marcharon discretamente del lugar, tal cuál habían llegado. Sin embargo, los más cercanos a la familia, decidieron quedarse para acompañarlos un poco más, y Fidias terminó invitándolos a comer algo en la casa, aunque fuese cualquier menú frugal.
-Muchas gracias, Fidias –le comentó afectuosamente Violette Bones al hermano mayor de Icarus, tras darle un abrazo de despedida, entre el jaleo que se organizó tras el funeral-, pero mis hijos y yo nos iremos a comer fuera. Creo que ya tenéis bastante lío aquí como para organizar más.
-Tú nunca supones ningún lío, Violette –replicó el hombre, con una media sonrisa-, pero haz lo que consideres mejor. Muchas gracias por venir, me ha alegrado verte después de tantos años, aunque sea por estas circunstancias.
-Lo mismo digo. ¿Qué vas a hacer ahora, volverás a Grecia a seguir con tu trabajo?
-No creo. Me quedaré en Lancaster un tiempo, no me gusta ver la casa tan vacía. Además, yo también puedo llevarme el trabajo a casa, como hacía mi hermano. Por fin he dejado de ser aprendiz y me he convertido en maestro, tengo una pupila, ¿sabes?
-¿Es la chica que tenías al lado? Pensé que te habías aficionado a las jovencitas…
-¡No, mujer! –Fidias rió con amargura-. Es una de las sobrinas de Mel, Electra, la hija de Polly. He estado trabajando con ella en Atenas, porque era aprendiz de su abuelo, como yo. Ahora se ha venido conmigo.
-¿Entonces sigues sin sentar la cabeza? Hijo mío, eres peor que Ennius Black…
-No compares, por Merlín. Me quedaré en casa, e intentaré sentar la cabeza aquí en Inglaterra, ¿te parece?
-Veremos cuánto duras. Si te quedas aquí, vendré a visitarte más adelante. Cuídate mucho, por favor. Y despídeme de Mel y los demás.
-Descuida…
Amelia interrumpió su conversación con John Potter, Benjamin se despidió de algunos compañeros que trabajaban con él en Gringotts y Cirus, que también era auror, como su hermana mayor, pero en un grado más bajo, tuvo que dejar a medias su charla con los dos escoltas de Jonathan Flathery. Así, los Bones se marcharon poco después de que Mel Figg, totalmente indispuesta, fuese arrastrada por su hermana mayor al interior de la casa y despareciera de la vista de todos los demás.
No muy lejos de allí, Clío, que se había quedado fuera en representación de su hermana, despedía a Jeremiah Wealth también con un abrazo.
-Ha sido un placer volver a verte, Jerry. Siento muchísimo lo de Irin.
-Bueno… de momento, tenemos que seguir con las pociones que nos han recetado los sanadores. En estos momentos está bastante mal, pero, si consiguen al menos aliviar los síntomas, ya será algo…
-Sí, y nunca se sabe. Tal vez mejore y no le ocurra nada, aunque no termine de curarse. Ojala todo vaya bien, salúdala de nuestra parte.
-Dalo por hecho. ¿Vais a quedaros mucho tiempo aquí Nia y tú?
-Nos quedaremos con Mel en Dover todo el tiempo que podamos. Nos gustaría estar con ella hasta que nazca el bebé, pero no sé si podremos. Las dos empezamos a trabajar en septiembre otra vez, y tenemos que estar en casa al menos un par de semanas antes para preparar las cosas del nuevo curso.
-Vaya con las dos respetables profesoras… ¿Os van bien las cosas, entonces?
-De momento sí. Aunque la situación de Nia en Beauxbatons es bastante mejor que la mía, para qué engañarnos.
-Eso es porque los profesores de Historia de la Magia están muy infravalorados, tranquila, no es culpa tuya.
-Ya… es increíble que los alumnos prefieran la Astronomía a la Historia, ¿verdad? –sonrió la mujer ante la broma-. Quién lo iba a decir… Aunque tampoco podemos comparar Beauxbatons con mi instituto en la Toscana…
-¿Finalmente no conseguiste plaza en la Schola de Roma?
-No, pero, sinceramente, me alegro. La Schola es una locura, tiene demasiada agitación, siempre me ha recordado más al Ministerio de Magia de Inglaterra que a un colegio. En el Ostello nos lo tomamos con mucha más calma, además, no es un instituto de enseñanza primaria, sino de especialización.
-Bueno, bueno, querida… Tendré que pasarme por la Toscana a echarle un ojo a tu gente, a ver si pillo a algún incauto que merezca la pena y tenga estómago suficiente como para llevármelo a trabajar conmigo.
-Si vienes te recibiremos encantados, Jerry. Sería un gran honor tenerte allí, ven a dar algunas conferencias a nuestros chicos, a ver si les pones las pilas.
-Me lo pensaré. Quizá a Irin le siente bien el clima del sur…
Belle también se quedó fuera para despedir a la gente en nombre de su madre. A muchos de los invitados ni siquiera los conocía, pero se sentía obligada a mantener el tipo costara lo que costara. Remus permaneció todo el tiempo junto a ella, hasta que Selene terminó acercándose a ellos para decirles que se tomaran un respiro y se olvidaran del protocolo para ir a reunirse con sus amigos. Fue ese momento el que aprovecharon Sarah, Iris y Hannah para despedirse de su amiga con algo más de tranquilidad. Belle compartió un estrecho y largo abrazo con cada una de las tres, agradeciéndoles el haber estado allí, y después las chicas también se marcharon con aire melancólico, guiadas por los señores Kennedy.
-Vamos, Belle –musitó Remus, sin dejar de sujetar en ningún momento a su amiga, mientras ésta despedía con una mano a sus compañeras de clase-. Mi madre tiene razón, tómate un respiro y vámonos dentro. Estás muy pálida, es mejor que comas algo.
-No quiero tomar nada –replicó ella con voz muy suave, dejándose llevar por Lupin y mostrando, ya sin ningún reparo, la expresión de desolación que llevaba toda la mañana intentando reprimir-. Remus, creo que voy a vomitar…
-Tranquilízate –intervino inmediatamente Sam, que estaba también junto a ellos-. Ven, siéntate un momento.
Y entre ella y Remus condujeron a Belle hasta las escaleras del porche trasero de la casa, seguidos del resto del grupo, para que la joven se sentara y descansara un poco. Una vez los siete amigos estuvieron acomodados en los escalones de madera pulida, Belle tomó aire y respiró hondo, dirigiendo la mirada hacia al cielo, como si así pudiera evitar la oleada de lágrimas que parecían acechar en las comisuras de sus ojos, esperando cualquier oportunidad para desbordarse sin control. Entrelazó de forma casi inconsciente una de sus manos con la de Remus, sentado a su diestra, y apretó con fuerza los dedos hasta que el dolor le agarrotó los nudillos. Él, sin embargo, le devolvió el agarre sin emitir ni un sonido de queja.
-Menos mal que las tías y el tío Fidias están aquí… Creí que iba a tener más aguante, pero ya no puedo más. Si tuviera que ocuparme encima de mamá, me volvería loca…
-No te preocupes –murmuró Lily con aire vacilante. Estaba encogida hasta hacerse un ovillo, un par de escalones más abajo que Remus, y estaba claro que no sabía qué hacer o decir para consolar a su amiga-. Tus tías van a quedarse hasta septiembre, ¿no? No vas a estar sola…
-Ojala los abuelos hubiesen podido venir –siguió Belle, sorbiendo ruidosamente por la nariz-. Estoy segura de que Aris conseguiría hacer mejorar a mamá, ella le tiene mucho cariño. Pero se empeñó tanto en que no era necesario que vinieran todos… no sé en qué demonios estaba pensando… los abuelos son los únicos de la familia que podrían quedarse con nosotras sin problemas el tiempo que haga falta…
Cogiendo el pañuelo que James le ofrecía, Belle se sonó con fuerza, secándose después los ojos.
-¿Quién es Aris? –inquirió Sirius, que se había quedado de pie, apoyado en uno de los postes de madera del porche, y, hasta hacía apenas un segundo, había estado mirando con el ceño fruncido las manos entrelazadas de Remus y Belle.
-Arístides, mi abuelo –empezó Belle, aún frotándose la nariz-. Bueno… es el padrastro de mi madre. El padre de mi madre y mis tías murió cuando ellas eran pequeñas, y mi abuela se volvió a casar unos años después. Mi abuelo de sangre era de Inglaterra, por eso tía Nia, mamá y tía Clío, que son las tres mayores, se quedaron a estudiar aquí, en Hogwarts. Pero Arístides es de la región de Tesalónica, en Grecia, y mi abuela se quedó a vivir allí cuando se casaron. Por eso las tres pequeñas, Polymnia, Erato y Thalia, estudiaron en el Egeo. Ahora mis tías están repartidas por toda Europa, y mis abuelos están viviendo en Atenas.
-No me extraña que tu madre no quisiera hacerles venir hasta aquí –dejó escapar Peter, impresionado-. Sería un viaje larguísimo…
-Lo sé… pero…
Belle bajó la vista, contrayendo las cejas, y Peter se mordió la lengua, poniéndose nervioso. No sabía si había dicho alguna inconveniencia o no, pero Remus captó su mirada de inmediato y lo tranquilizó con un mudo gesto, dando a entender que la chica estaba demasiado sensible como para razonar con la cabeza fría.
-Al menos tu tío va a quedarse en Lancaster –volvió a intentar Lily, esbozando una pequeña sonrisa mientras se agachaba para encontrar la mirada de su amiga-. Eso significa que estará pendiente de tu madre y de ti. Vamos, Belle, no te angusties…
-Lily tiene razón –apoyó Remus, sacudiendo un poco la mano de la morena que aún estaba ligada a la suya-. Y también estamos nosotros. No vamos a dejarte sola.
Ella no contestó. Se limito a hundirse de hombros y dejarse caer de lado hasta apoyar la cabeza en el hombro de Lupin, casi acurrucándose contra él. Remus no pareció incomodarse lo más mínimo por el gesto y, soltando por fin la mano de Belle, la rodeó con el brazo para darle unas suaves palmaditas de consuelo en la espalda.
Nadie dijo nada más, todos ellos demasiado tensos como para articular palabra. James estaba con ellos, pero tenía pinta de encontrarse más bien ausente. Sam llevaba todo el rato con una expresión inescrutable que ponía los pelos de punta. Lily y Peter se sentían cohibidos y fuera de lugar, incómodos por encontrarse en una situación nueva para ellos. Y Sirius no había dejado de fruncir el ceño desde que había puesto un pie en la casa de los Figg, cruzado fuertemente de brazos, como si quisiera disimular el temblor que lo sacudía esporádicamente.
-Arabella…
Los siete levantaron la vista hasta un alto y corpulento hombre que se había plantado ante ellos, mirando fijamente a la hija de los Figg. Tenía el pelo de un vivo color zanahoria, los ojos claros y la cara de expresión grave llena de pecas.
-¿Sí? –Belle se incorporó.
-Soy Linus McKinnon, un conocido de tu madre –se presentó él, inclinándose para tenderle la mano y estrechando brevemente la de ella. Cuando la joven hizo ademán de levantarse, Linus se lo impidió con un gesto-. No, no, querida, no es necesario… Sólo quería despedirme, porque yo también me marcho ya. Me hubiese gustado hablar con Mel antes de irme, pero no me ha dado tiempo. Sé que es un poco absurdo preguntarlo en estas circunstancias, pero… ¿cómo se encuentra?
-Se ha mareado después de la ceremonia y mi tía ha tenido que llevársela dentro para ayudarla a acostarse. Yo me he quedado fuera, así que no sé cómo estará ahora, pero supongo que sólo sería una bajada de tensión…
-En realidad –la interrumpió Linus-, me refería a cómo ha estado estos últimos días en general. Cómo ha encajado la noticia.
Un leve desconcierto pareció recaer sobre los chicos, que se miraron entre sí, sin saber muy bien a cuento de qué venía aquello. ¿Qué tipo de pregunta era ésa?
-¿Pues usted qué cree? –soltó Sirius, con más brusquedad de la necesaria-. Su marido acaba de morir, ¿cómo cree que puede encajar eso?
-¡Sirius! –masculló Lily, fulminándolo con una mirada de reproche, no sólo por la rudeza con la que había tratado al adulto, sino también por la crudeza con la que había expresado una realidad tan delicada que ninguno se atrevía a mencionarla en alto delante de Belle.
Sirius gruñó, cayendo en la cuenta de su salida de tono, pero no pidió disculpas. Sin embargo, Linus pareció ignorar olímpicamente el comentario del chico, porque no apartó en ningún momento sus ojos de los de Belle, mirándola aún con fijeza. Ella tampoco tenía aspecto de haber sido consciente de las palabras de su amigo, como atada por la mirada al recién llegado.
-Me han dicho que estos últimos meses Mel ha estado muy mal –musitó el hombre, como si estuviera a solas con la morena, y se acuclilló ante ella para que su considerable altura no hiciera tan incómoda la comunicación-. Sólo quería saber si has… notado algún cambio en ella, ahora que Icarus finalmente se ha ido.
Tanto Sirius como Lily, Peter y Sam se escandalizaron ante semejantes palabras. Pero Belle no se inmutó. Y James y Remus tampoco, que tenían sus ojos clavados en el pelirrojo como si se tratara de un imán.
-No ha habido ningún cambio –replicó Belle en voz baja, con una calma tan repentina que dejó helados a sus amigos-. Lleva meses prácticamente ausente, y sigue igual, o incluso peor.
-Ya veo… -Linus suspiró con tristeza y se volvió a incorporar-. Bueno, ¿querrás saludarla de mi parte después?
-Por supuesto. Muchas gracias por preguntar, señor McKinnon.
-No es nada. Hasta pronto.
Se dio la vuelta, haciendo ondear su larga capa de verano, con la intención de marcharse. Pero, antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo que pasaba, Belle se levantó de un salto y bajó de una zancada los escalones de madera para salir corriendo tras él, dejando estáticos a sus amigos.
-¡Espere!
Linus se detuvo, girando el rostro hacia ella.
-Señor McKinnon –empezó Belle, agitada, sintiendo algo extraño al mirar tan de cerca a ese hombre-, usted… ¿es amigo de mi madre? Sabe… ¿Sabe qué es lo que le pasa?
-¿Por qué me preguntas eso? –la cara de Linus cambió en un dos por tres, tornándose algo intimidante, consiguiendo que Belle se apartara un poco.
-Yo… n-no lo sé. Me ha dado la impresión de que usted… podría saberlo. Sólo eso…
Los ojos claros del adulto estuvieron varios segundos clavados en los ojos oscuros de la niña que se erguía ante él, como escrutándola en silencio. Y la sensación que acababa de tener la joven en las escaleras se afianzó, prendiendo dentro de ella como la llama de una vela.
-Usted lo sabe, ¿verdad? –repitió con voz temblorosa, dando un paso más hacia él.
Linus cambió de expresión. Su semblante se suavizó y sus ojos se ablandaron con una tristeza que resultaba casi empática. Terminando de cerrar la distancia que los separaba, se acercó a Belle y colocó una mano sobre su cabeza de furioso pelo rizado, en un gesto cargado de una ternura y comprensión inimaginables. A Belle se le encogió el corazón y sintió los ojos llenos de lágrimas de nuevo… pero esta vez fue por el demoledor alivio que la invadió de pies a cabeza con ese simple contacto.
-No dejes sola a tu madre –murmuró Linus, con un tono extraño, como si fuese un secreto-. No la abandones ahora que está perdida. Cuando encuentre el camino de vuelta… ya no habrá de qué preocuparse. Y no eches de menos a tu padre. Él no se ha ido, seguirá siempre aquí, junto a vosotras. Hasta el final.
Sin mediar una palabra más, se separó de la morena y se marchó a zancadas, mezclándose entre los pocos invitados que salían aún en procesión de los jardines en dirección al patio delantero y la salida. Cuando apartó su mano de la cabeza de Belle, ésta dejó de contener el aliento, dándose cuenta de que no se había atrevido a respirar durante esos breves segundos. Y, mientras recuperaba el aire, se le escaparon otro par de lágrimas más, sin darse cuenta de que, algunos metros tras ella, James también se había levantado, y seguía con la mirada la figura de Linus, palpitando en su corazón la seguridad de haber estado ante alguien importante, alguien que le resultaba familiar, pero sin lograr ubicarlo en su memoria.
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Desde el dormitorio principal del primer piso de la casa familiar de los Figg, Urania Lesage oía el lejano barullo que llegaba desde el jardín, sentada en uno de los costados de la cama matrimonial, velando a su hermana. A veces aguzaba el oído, intentando captar alguna conversación, pero aquel cúmulo de voces no dejaba de ser un zumbido ininteligible. Girando el rostro, observó el ventanal cerrado que comunicaba con la galería exterior del primer piso. La cortina estaba corrida casi por completo, dejando entrar sólo un pequeño rayo de luz, difuminado por los visillos. Parecía mentira que un día tan despejado y luminoso pudiera sentirse tan oscuro y frío…
-Icarus…
Mel suspiró en sueños, removiéndose en la cama, y nuevas lágrimas se escaparon desde sus párpados cerrados. Nia la miró con tristeza. El corazón se le rompía ante el estado de su hermana. Era algo para lo que no estaba preparada… jamás habría podido imaginar que se encontraría con semejante situación al llegar a Inglaterra. Y lo peor de todo era que no se le ocurría qué hacer para recuperarla.
Suspirando también, arropó un poco mejor a Mel y se levantó con sumo cuidado para no despertarla. Por unos segundos, se quedó de pie junto a la cama, mirándola, recordando los viejos tiempos, cuando ambas eran pequeñas, cuando estaban seguras de que no existía nada malo en el mundo… Cerró los ojos con expresión de dolor y, dándole la espalda a la menor de las dos, se encaminó hacia la puerta, salió y volvió a cerrar tras ella, sin mirar atrás. Una vez en la salita contigua al dormitorio, soltó un resoplido y se encaminó hacia los sillones que encaraban la amplia chimenea colonial, ahora apagada, sentándose en uno de ellos.
-Ya se ha dormido –musitó, inclinándose hasta acodarse en sus rodillas y entrelazando ambas manos, en una posición muy poco elegante y femenina-. Aunque realmente no sé si ha estado despierta en algún momento de la mañana.
Desde el sillón de al lado, Albus Dumbledore le devolvió una mirada brillante, por encima de sus gafas de media luna, recostado en los cojines y con las manos entrelazadas sobre su estómago.
-Es mejor que descanse. Cuando despierte veremos en qué condiciones se encuentra.
Urania negó con la cabeza, sacudiendo con el gesto su pelo suelto. Era muy parecida a Mel: la misma piel oscura, los mismos rasgos, la misma constitución física… Sin embargo, su larga melena negra era completamente lisa, y sus ojos grandes eran de color verde oliva.
-Profesor, Mel no está bien.
-No nos precipitemos, Nia. No sabemos bien cómo funciona esto. Tal vez tarde algunos días en empezar a hacer efecto.
-Ya han pasado "algunos días" desde la muerte de Icarus…
-Pero, por lo general, una muerte no se asimila plenamente hasta el momento del funeral. Me hubiese gustado que tu madre hubiese podido venir para orientarnos un poco, aunque teniendo en cuenta las circunstancias especiales que rodean al caso de Melpómene, no sé si nos hubiese podido ser de mucha ayuda, después de todo.
-Madre ya me lo explicó la última vez que hablamos. Y lo que le está pasando a mi hermana no es normal.
-No olvides las condiciones que han acompañado a todo este evento…
-¡Pero, aún así…!
La réplica de la mujer murió en sus labios, y levantó la vista con desconsuelo. Sin embargo, Dumbledore no pudo ofrecerle el confort que necesitaba. El anciano tenía la aguda mirada fija en la vacía chimenea, con el ceño fruncido. Su barba y su pelo plateado reflejaban la luz blanca del mediodía que entraba por el ventanal que había en la pared opuesta, creando en su rostro un juego de luces y sombras que acentuaban aún más la expresión seria y sombría que transmitía la profundidad de sus pensamientos. Nia casi se sintió una intrusa al mirarlo.
-Si Jonathan pudiera subir a examinarla –dejó escapar el hombre, mirando al techo, apretando sus manos entrelazadas-, tal vez… Pero no quiero arriesgarme. Esos aurores no le dejarán subir a verla a solas. Y no es conveniente que nadie sepa que estoy aquí. Ese terco de Adam… Incluso después de haber vuelto a Santuario, aún no lo deja en paz. Después de tantos años y de tantas pruebas… Nunca dejará de sorprenderme hasta dónde puede llegar la obstinación y la estupidez humana.
Por unos segundos, los dos permanecieron en silencio, cada uno hundido en sus propias preocupaciones.
-¿Y usted no puede examinarla, profesor? –terminó inquiriendo Nia.
-Yo no puedo hacer nada con respecto a ella –contestó Dumbledore-. Ni con respecto a ninguno de los demás. Mi poder no sirve para nada en estos casos. Ni siquiera ellos pueden ayudarse entre sí. El único que podría hacer algo es el Tutor. Sus conocimientos superan por mucho los míos, tiene una capacidad que yo no podría alcanzar. Ése es su trabajo, a fin de cuentas. Para eso fue elegido.
Nia volvió a levantarse, inquieta, y empezó a pasearse a zancadas por la habitación, con las manos entrelazadas a la espalda. Incluso dentro de la gravedad de la situación, Dumbledore no pudo evitar sentir cierta diversión al mirarla. Había conocido a su padre, muchos años atrás, y le constaba que Nia era su viva imagen: sus mismos ademanes, la misma forma de moverse y andar, incluso la misma forma de expresarse… Era curioso ver a una mujer tan hermosa y con un porte tan elegante dejando entrever esos matices tan masculinos en sus modos. Nia debía ser, cuando menos, un elemento llamativo dentro del profesorado de Beauxbatons, donde los modales con los que formaban al alumnado femenino eran tan estrictos como el código del honor caballeresco. Mel y Clío eran mucho más suaves y delicadas, con una fuerte feminidad impregnada en sus modos. Belle, sin embargo, había salido a la mayor de sus tías. Con un fuerte carácter, con una determinación de fuego, emocional e impulsiva.
-Jonathan no podrá subir a ver a mi hermana, profesor –mascullaba Nia, mientras andaba de un lado a otro casi con paso marcial-. Esos incompetentes no lo dejan en paz. Si hubiésemos podido reunirlos abajo, entre el jaleo de los invitados, nadie se habría dado cuenta. Es normal que la gente se acerque a darle el pésame a la viuda. Pero Mel se mareó y… Maldita sea, ya es imposible que puedan verse antes de que Jonathan se vuelva a marchar.
-Bueno, siempre nos queda el consuelo de que Jonathan es tremendamente más inteligente de lo que podría llegar a parecer. Al menos ya ha visto a Mel, aunque sea a distancia, durante la ceremonia. No perdamos la esperanza, encontrará la forma de transmitirnos su opinión antes de marcharse. Ha tenido que acostumbrarse a hablar entre líneas.
La mujer detuvo su marcha, como haciendo un esfuerzo por controlarse, y volvió junto a la chimenea, apoyándose en la repisa con un brazo, como si necesitara sostenerse, clavando la mirada en el hogar vacío. Ése era otro de los gestos de su padre.
-Profesor… -empezó, con voz profunda, sus ojos tornándose inescrutables-, cuando padre murió… yo tenía 14 años. Es normal que las demás no se dieran cuenta, Mel apenas acababa de cumplir los 11, y Clío los 9. Polly, Erato y Thalia eran tan pequeñas que ni siquiera pueden recordarlo. Pero yo soy la mayor. Y recuerdo perfectamente lo que pasó. Mientras mis hermanas lloraban a moco tendido, mi madre no derramó ni una sola lágrima. Aguantó estoica toda la celebración con la misma serenidad que si estuviese en cualquier otro tipo de evento. Y, a la hora de enterrar el cuerpo, se inclinó sobre el ataúd con total normalidad y besó la tapa con una sonrisa cargada de amor.
Volviéndose bruscamente hacia el anciano, lo encaró con el ceño fruncido.
-En aquel momento, el comportamiento de mi madre me horrorizó profundamente. ¿Es que no le importaba la muerte de mi padre? ¿Cómo podía estar tan tranquila en un momento así? Ésas fueron las mismas palabras que le dije a ella. Y fue entonces cuando ella me habló de la familia, de la herencia, y del vínculo.
Se irguió, gesticulando con un brazo como si estuviese ante sus alumnos en plena clase.
-Profesor, el vínculo desarrolla la capacidad de comunicarte telepáticamente con la persona escogida. Y esa capacidad no desaparece ni después de la muerte. Incluso ahora, después de casi treinta años, mi madre sigue hablando con el espíritu de mi padre, porque está conectada a él. Es como si lo llevara dentro, como si fuese su conciencia. En ningún momento se han separado. Y tú no puedes llorar a alguien que no ha desaparecido. ¡Mel no está conectada a Icarus en estos momentos! Y me consta que el vínculo fue la elección de mi hermana cuando le llegó el momento de escoger.
-¿Qué sugieres entonces? –replicó Dumbledore con calma, abriendo las manos-. Todos sabemos que Mel eligió el vínculo. ¿Por qué no se ha activado?
-Yo… ¡no lo sé!
-Por eso es por lo que debemos esperar la opinión de Jonathan, Nia. No ganamos nada perdiendo el tiempo con culpabilidades o agobios. Ninguno de nosotros va a permitir que le ocurra nada a Mel. Pero, si queremos ayudarla de verdad, lo principal que debemos hacer es prepararnos correctamente, o podríamos hacerle más mal que bien.
Nia volvió a resoplar, pasándose una mano por el pelo, y se giró de nuevo hacia la chimenea, apoyándose esta vez en la repisa con ambos brazos.
-No me gusta nada esta situación, profesor. Nada.
Dumbledore la observó intensamente por un momento.
-Sabes que Icarus ha sido asesinado, ¿verdad?
El esbelto cuerpo de la mujer se sacudió violentamente con un escalofrío ante la mención de esa palabra, y se encogió aún más, murmurando:
-Sí… Zephirus ya nos ha estado poniendo al día, a Clío y a mí.
-Bien. Teniendo en cuenta esa realidad ineludible… ¿qué opinas de la posibilidad de que Mel haya sido hechizada?
Nia se incorporó de golpe y lo miró con la boca abierta.
-¿Qué? –exclamó-. Eso no puede ser. Mel es inmune al Imperius y al Cruciatus, usted ya lo sabe.
-Sí, ya lo sé –Dumbledore la interrumpió con un gesto de la mano-. Pero, aprovechando el dolor y el miedo de la noche en que ingresaron a Icarus, cuando todas sus defensas estaban debilitadas, si la hubiesen pillado así, desprevenida… ¿no lo crees posible?
-Profesor… -Nia lo miró de arriba abajo como si se hubiese vuelto loco-. ¿Está usted diciendo que mi hermana lleva hechizada más de seis meses? No sea absurdo, por favor.
-¿En serio lo crees absurdo? –inquirió él suavemente, alzando las cejas-. Alguien envenena a Icarus. Él pierde toda capacidad de comunicarse con el mundo exterior, impidiéndole así advertirnos sobre cualquier cosa que él pudiera saber. La única persona que podría comunicarse con él es su propia esposa, gracias a la conexión telepática del vínculo. Pero, casualmente, Mel va dejando de ir a visitar a su marido poco a poco, quedándose encerrada en casa como una autista, como si ella misma también fuese incapaz de comunicarse con los demás.
-¡Eso puede ser por culpa del propio vínculo! –se apresuró a espetar Nia, como intentando convencerse a sí misma de que las palabras del director no tenían ni pies ni cabeza. La sola posibilidad de que él estuviera en lo cierto la aterraba al máximo-. Madre me contó que, cuando alguno de los dos sufría una experiencia muy fuerte, el otro también lo sentía. El vínculo también tiene reminiscencias de empatía. Ella fue la primera en saber que padre había muerto, aunque estuviesen en sitios distintos.
-De acuerdo, aún considerando que fuese por culpa del vínculo, o incluso por eso mismo… ¿no crees que Mel estaría lo suficientemente debilitada como para convertirse en un blanco fácil? Ya sea el Imperius o el Obliviate, está claro que alguien le ha hecho algo. Y ésa tiene que ser la razón por la que el vínculo no se ha activado. Si no, ella tendría que haber vuelto a la normalidad en cuanto Icarus muriera y el dolor desapareciera.
-Tal vez tarde unos cuantos días en reponerse de tantos meses de sufrimiento… -dejó escapar la mujer, perdiendo la firmeza en la voz y adquiriendo un tono trémulo muy anormal en ella.
Dumbledore suspiró con cansancio y cerró los ojos por un instante, antes de volver a mirarla con triste indulgencia.
-Nia… ¿no has sido tú misma la que ha rebatido ese comentario hace un momento?
La sala se sumió en el silencio. Agachando la cabeza con la misma expresión que si alguien acabara de destruir los cimientos de sus convicciones, Nia le dio la espalda a Dumbledore, abrazándose a sí misma. Aquella horrible posibilidad acababa de dejarla helada. Mel era inmune al Imperius… era inmune… no era posible que alguien hubiese conseguido controlarla… que alguien estuviera detrás de ella, dirigiendo sus pasos a su antojo, como si fuese una muñeca… No era posible… Pero, si alguien lo había conseguido, eso significaba que…
-Si alguien ha controlado a Mel con el Imperius significa que ninguno de nosotros puede hacer nada por traerla de vuelta –musitó con voz ahogada, y se llevó una mano a la boca. Con los ojos húmedos, se giró hacia el director de Hogwarts con ansiedad, como esperando que él la contradijera-. ¿Es eso? ¿Eso es lo que usted quiere decir?
-La habilidad de tu hermana es desarrollar una resistencia especial a los encantamientos de cualquier tipo –Dumbledore negó con la cabeza, apesadumbrado-. En el caso de que hayan conseguido hechizarla, sería bajo unas circunstancias muy concretas. Igual que repele las maldiciones, también repele las contramaldiciones. Así que me temo que… lo único que podríamos hacer llegado el caso es confiar en sus capacidades para liberarse del embrujo ella sola. Intentar intervenir podría causarle algún daño. Y no estoy cualificado para determinar hasta dónde podrían llegar las consecuencias.
Nia abrió la boca y la volvió a cerrar, incapaz de articular palabra. Quería gritarle a aquel viejo que lo que estaba diciendo era absurdo. Que no podían dejar a Mel tal cuál, esperando que se curara sola. Que tenían que hacer algo. Pero los reproches se agolpaban en su garganta, ahogándola, y no era capaz de expresar ninguno de ellos en voz alta. Optó por volver a cubrirse la boca con una mano, haciendo un soberano esfuerzo por recuperar la compostura y no dejarse arrastrar por las circunstancias. Lo último que faltaba era que ella se derrumbara también. No podía permitírselo, era la cabeza de la familia, en representación de su madre. Y ahora su hermana la necesitaba fuerte a su lado, más que nunca.
-Muy bien –barbotó con tono decidido, pasándose una mano por la cara para despejarse, pensativa-. Muy bien… Vale, está decidido. Me quedaré en Inglaterra hasta que Mel se recupere. No me importa si son meses o años, no pienso volver a Francia. Presentaré mi dimisión en Beauxbatons y me quedaré con ella en Dover hasta que…
-Tranquilízate –atajó Dumbledore, con un tono que sonó suave, pero firme al mismo tiempo-. No puedes hacer eso. No sabemos lo que tardará Mel en reponerse. No puedes abandonar tu vida por completo para dedicarte a ella…
-¡Tampoco puedo abandonar a mi hermana! –replicó ella, dejándose vencer por la tensión-. ¡Dentro de unos meses dará a luz! ¡Y Belle tiene que volver a Hogwarts! ¿Cree usted que Mel está en condiciones de criar un bebé ella sola? ¿Quién demonios va a ocuparse de ella? ¡No puedo permitir que…!
-Tú tienes hijos pequeños también, Nia –Dumbledore no alzó la voz, pero con su simple mirada consiguió callar a la mujer-. ¿Cuántos años me dijiste que tiene el pequeño? ¿Tres? Ellos necesitan a su madre también. Además, estás olvidando que Mel tiene con ella a los Guardianes, que se encargarán de que no le ocurra nada. Cálmate y piensa con la cabeza, que te quedes aquí es la peor de las opciones. Podrías terminar involucrándote a ti y a tu familia en un asunto que, ni ellos ni tú, merecéis afrontar.
Ella se quedó muda. Las imágenes de su marido y de sus cuatro hijos cruzaron con rapidez por su mente. Y la sola idea de que pudiera ocurrirles algo a ellos también casi le dio ganas de vomitar.
-No pretendo ser cruel diciéndote esto, Nia, pero desde el momento en que la herencia recayó sobre Melpómene, tú no tienes ni voz ni voto en este asunto, y lo mejor es que te mantengas al margen. Si el plan hubiese salido adelante con éxito, sí habría sido necesario involucraros a vosotras. Pero ahora que Mel va a tener un segundo hijo, la herencia va a quedar en la familia Figg. Y lo más recomendable que es vosotras sigáis ocultas en el continente para que todo esto no os salpique.
-No puedo desvincularme así de Mel, profesor…
-No te estoy diciendo que te desvincules de ella. Sólo te pido que ahora veles por tu propia familia. Ahora eres madre. Tienes hijos a los que cuidar. Y ellos deben ser tu prioridad. No te preocupes por tu hermana, porque no pienso consentir que le ocurra nada. Aunque tenga que ser yo mismo el que venga a protegerla.
Nia permaneció en silencio, con los ojos fijos en algún punto del suelo, como si estuviese leyendo entre las baldosas reveladores mensajes de consuelo.
-Madre volvió a casarse porque ella sola no podía mantenernos a las seis –dejó escapar de repente, en voz baja-. Arístides y ella eran viejos amigos. Él era un hombre de confianza. Y, aunque nunca había tenido intención de casarse, aceptó hacerlo con madre para ayudarla. Nunca hubo amor entre ellos. Él sabía muy bien que el único hombre al que madre podría amar era mi padre. Y ella en ningún momento le prometió nada. Sin embargo, siempre se tuvieron un gran respeto y un enorme cariño. Ahora están tan unidos que no se puede concebir a uno sin el otro. Se quieren, aunque no se amen. Y eso fue muy importante para todas nosotras. Y para madre también.
-¿A dónde quieres llegar? –inquirió Dumbledore, incorporándose lentamente en el sillón y frunciendo el ceño. Aunque ya conocía la respuesta.
Una vez más, Nia giró de nuevo el rostro en dirección a su interlocutor y lo miró fijamente con aquellos ojos color verde oliva.
-Zephirus también tiene una familia propia de la que ocuparse. Aunque sea el Guardián, no puedo exigirle que entregue su vida a cuidar de mi hermana y desatienda a Selene y los niños. Si pudiéramos encontrar a alguien… Si… si pudiéramos contar con alguien de confianza para que…
-¿Crees que sería una buena idea que Mel volviera a casarse? –soltó Dumbledore, alzando ahora las cejas con cierto aire de incredulidad.
-No le pido que se olvide de Icarus, porque eso es imposible –se apresuró a explicarse Nia-. Tampoco le pido que lo haga mañana mismo. Pero… Mel ya no trabaja, Belle va a cumplir 14 años y tiene otro bebé en camino. Sé que, aunque dejó los escenarios, se ha dedicado a escribir en estos años. Pero Jeremiah me ha dicho que hace tiempo que no lo hace. Si su marido ha muerto, su hija se va al colegio y abandona su trabajo, sólo le quedará quedarse en casa día y noche absolutamente sola, dándole vueltas a lo mismo una y otra vez. ¡Así no podrá recuperarse! –miró a Dumbledore con desconsuelo, buscando apoyo en sus ojos claros-. No quiero que Mel esté sola. Eso es lo que me da más miedo, que se quede sola… Icarus trabajaba en casa, estaban juntos todo el día, y ahora, de repente… Se volverá loca viviendo así, profesor…
Dumbledore se levantó del sillón y, acercándose a Nia, la sujetó por los brazos en un gesto de afecto. Ella se encogió, reprimiéndose aún para no venirse abajo, con los dientes apretados.
-Nia –musitó él-, entiendo lo que dices. Yo tampoco creo que Mel deba quedarse sola. Pero encontraremos una solución. En la situación en la que nos encontramos, no podemos permitirnos meter a alguien ajeno a la familia en la casa. Para nosotros, no existe nadie de confianza que pueda hacerse cargo de Mel de la forma en la que Arístides se hizo cargo de tu madre. Todos juntos pensaremos en una forma de arreglar esto.
Ella asintió con la cabeza, pero tenía aspecto de estar a punto de echarse a llorar. Alzó la cara, abriendo la boca para añadir algo más, pero unos breves golpes en la puerta la interrumpieron.
-¿Sí? –inquirió, dirigiéndose a la entrada, carraspeando para afianzar su voz.
Clío se deslizó rápidamente hacia el interior de la sala y volvió a cerrar inmediatamente tras ella.
-Hermana –musitó-, la comida está lista. Es mejor que bajes, porque Jonathan será el primero en irse en cuanto termine.
-Sí, voy –asintió Nia, sorbiendo por la nariz y pasándose las manos por la cara para recomponerse. Luego dirigió una mirada al director, que contestó con una inclinación de cabeza.
-Tranquila, yo me quedaré aquí para vigilar a Mel.
-Muchísimas gracias…
-Profesor, ¿quiere…?
-No, Clío, gracias –sonrió levemente el hombre hacia la más joven, alzando una mano-. No me apetece comer nada.
-¿Y quiere que…?
-No, tampoco es necesario que le digas a los demás que estoy aquí, ni siquiera a Johnny o a Jonathan. Ya hablaré con ellos otro día.
Clío suspiró, esbozando una suave y triste sonrisa.
-De acuerdo. Si necesita algo, llame a los elfos domésticos.
-Volveremos dentro de un rato –añadió Nia, mirándolo con mudo agradecimiento-. Profesor Dumbledore… de verdad, muchísimas gracias por haber venido.
Él le quitó importancia al hecho con un gesto y se quedó allí de pie, viendo cómo ambas hermanas abandonaban la habitación. Las oyó caminar por el corredor y bajar las escaleras. Y, cuando todo volvió a quedarse en silencio, giró lentamente hasta encarar la puerta del dormitorio en el que descansaba Mel. Tras contemplarla un momento, volvió a sentarse en el sillón con un suspiro, acodándose en los reposabrazos y uniendo las yemas de sus dedos, sumiéndose de nuevo en sus pensamientos con las pobladas cejas blancas arrugadas.
Buscar una solución… Era fácil decirlo. Pero lo cierto era que el futuro se anunciaba oscuro, y las ideas para combatir eso brillaban por su ausencia. En medio de una conspiración en la que lo único que podían hacer era dar palos de ciego y plantear hipótesis sobre lo que había ocurrido y estaba ocurriendo, no les quedaba más remedio que confiar en la fuerza de la propia Mel. Y en la de Icarus. Y eso no era muy alentador.
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Fidias había decidido reunir a los invitados en la sala de estar, amplia como cualquier salón que se precie, pero bastante más acogedora e informal. Total, sólo iba a ofrecerles un tentempié, aperitivos y bebidas para que no iniciaran sus respectivos viajes con el estómago vacío. La idea de celebrar un banquete multitudinario el día del entierro de su hermano era abominable. Por eso, cuando Nia y Clío se unieron a los demás, ya había cerca de veinte o veinticinco personas dispersas por la estancia, distribuidas por corros, acomodadas aquí y allá, todas ellas hablando en bajos susurros, como si fuese irreverente alzar la voz. Una acumulación de figuras vestidas de negro que le daba a la imagen un aspecto demasiado lúgubre.
El frío también había llegado hasta allí…
Nia tragó saliva, intentando quitarse de la cabeza la discusión que acababa de tener con el director de Hogwarts, y paseó la mirada por la sala de estar, hasta que sus ojos verdes se toparon con los de Fidias, que recibía el pásame de un grupo de compañeros de trabajo de Icarus. Despidiéndose cortésmente de ellos y dándoles las gracias por su asistencia, el escultor se escabulló de la conversación y se apresuró a reunirse con sus concuñadas.
-¿Cómo está Mel?
-Se ha quedado dormida, por lo menos está descansando –contestó Nia, dando otro repaso a la habitación con la vista-. ¿Y Belle?
-Se ha quedado en el jardín con sus amigos de clase. Dice que estar aquí dentro la asfixia, así que le recomendé que se quedara al aire libre. Ninguno de los siete tiene ganas de comer, pero he mandado preparar unos bocadillos para ellos. Remus me ha asegurado que se encargará de que Belle se lo coma.
-Bien… Es mejor que no esté aquí dentro, desde luego. Parece que se respira aire viciado.
Fidias sonrió suavemente y Nia de repente tuvo ganas de llorar. Si Mel había coincidido en Hogwarts con Icarus, ella había coincidido con Fidias, a pesar de no estar en el mismo curso. Lo conocía desde que ambos eran pequeños, aunque no habían desarrollado una relación muy estrecha, debido a la diferencia de edad y a estudiar en casas diferentes. Sin embargo, desde que sus hermanos se habían casado, su amistad se había afianzado hasta rozar los límites de la fraternidad. Fidias estaba tan unido a la familia de las hermanas Diamond, que los padres de éstas casi lo consideraban un hijo más. Había trabajado estrechamente con ellos en Grecia, las hermanas pequeñas de Nia lo querían muchísimo, e incluso Polymnia le había cedido sin ningún problema a su primogénita como aprendiz, permitiéndole a la muchacha que viajara de aquí para allá con su tío como si fuese hija suya.
Podría decirse que Nia también lo consideraba más un hermano que un amigo. Y, como ambos eran los mayores, la comprensión mutua que compartían lograba que, en muchas ocasiones, las palabras sobraran entre ellos. Lo conocía mejor que a sí misma… y por eso no le resultaba difícil ver la desolación que se escondía tras la aparente serenidad que el hombre llevaba luciendo todo el día. No había llorado y seguía sonriendo suavemente, como siempre. Pero Fidias adoraba a su hermano pequeño. Habían tenido muy pocas oportunidades de estar juntos en los últimos años, debido al trabajo del mayor. Y, ahora que el más pequeño no estaba, la tristeza que emanaba del primogénito de los Figg era tan demoledora que calaba hasta los huesos y paralizaba el corazón.
-Fidias… -susurró Nia, pero se le quebró la voz, más afectada de lo que se esperaba. Ver a un hombre como él tan hundido era otra de las cosas para las que no estaba preparada. Se cubrió la boca con la mano una vez más y se inclinó hasta apoyarse en él, temblando.
Su amigo la rodeó con un brazo, frotándole la espalda para reconfortarla, y hundió a su vez la cara en su hombro, permitiéndose exhalar el aire muy despacio, como si llevase horas conteniendo el aliento.
-Vamos, vamos –musitó-, no te preocupes por mí, estoy bien, de verdad. Pero aguanta un poco más, chica dura. Por favor. Si lloras, me harás llorar a mí también. Ayúdame a tenerme en pie hasta que todo esto termine.
Nia sorbió ruidosamente por la nariz, asintiendo, y volvió a enderezarse, secándose los ojos con el dorso de la mano. Fidias le dedicó una sonrisa de agradecimiento y luego se volvió hacia Clío, que había observado la escena con aspecto decaído.
-Clío, ¿querrías encargarte tú de recibir el pésame por un rato? Tanto apretón de manos y miradas compasivas me está deprimiendo aún más. Dile a los que se vayan yendo después de comer que gracias por venir, en mi nombre y en el de Mel.
-Claro –accedió ella, sonriendo débilmente también y estrechando por un momento la mano del hermano de su difunto cuñado-. Yo me encargo. Descansa tú también un poco.
-Gracias…
Con un brazo en torno a los hombros de Nia, Fidias se alejó de la entrada de la sala, dejando atrás a Clío encargada de atender a los invitados.
-No he podido hablar con Jonathan a solas en ningún momento –le musitó el escultor a su compañera, moviendo apenas los labios para hablar-. Es nuestra última oportunidad de poder conseguir su consejo. Está comiendo con Johnny y con algunos compañeros del Ministerio, así que vamos allá. ¿De acuerdo?
-Sí –contestó Nia, tornándose firme y seria-. Hay que averiguar qué le sucede a Mel cuanto antes.
-¿Aún está aquí el profesor?
-Sí, iba a quedarse hasta que se fuera todo el mundo. Está arriba, vigilándola. Tienes que hablar con él antes de que se marche, Fidias…
-No te preocupes. Y ahora, tranquilidad ante todo –con un par de pasos más en silencio, la pareja llegó hasta la mesa camilla en torno a la cual se sentaban Jonathan Flathery y sus compañeros de tertulia.
La conversación se interrumpió al ver aparecer al hermano y la cuñada del fallecido. Jonathan, acodado en la mesa con una humeante taza de té entre las manos entrelazadas, desvió la mirada de la mujer que tenía la palabra en ese momento y alzó la cara hacia los recién llegados. Apostados de pie tras su silla estaban los dos aurores del Ministerio, tiesos como estatuas, rozando lo absurdo con su mera presencia. A su derecha estaban sentados Hamish MacFarlan, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, y la esposa del mismo, una dama elegante que parecía llevar la palabra "irlandesa" escrita en la frente. Apoyado en el respaldo de la silla de la señora MacFarlan estaba John Potter, con los brazos cruzados y pinta taciturna. Y, al otro lado de Jonathan, Selene Lupin mecía distraídamente entre sus brazos a la pequeña Becky, que se había quedado dormida.
-¿Cómo está Mel, Nia? –preguntó inmediatamente Jonathan, con voz suave, mientras los demás miraban en silencio cómo tomaba asiento la profesora de Astronomía. Fidias se quedó de pie tras ella, apoyado también en el respaldo de su silla, como un reflejo de John.
-Cansada –contestó ella lacónicamente, con un resoplido-. Han sido muchas emociones. Lo está pasando muy mal. Y, con el asunto del embarazo, la cosa se agrava. De todas formas, se ha quedado dormida, espero que se encuentre algo mejor por la tarde.
Jonathan atrapó con sus ojos azules los de Nia, en una mirada directa.
-Supongo que sí. Sólo necesita tiempo para asimilarlo. Aunque Icarus lleve meses enfermo, todo esto ha ocurrido muy de repente, aún debe estar desorientada.
Nia asintió, tomando nota. Como ella misma suponía, después de meses de compartir el sufrimiento de su marido, Mel necesitaba tiempo para recuperar fuerzas y asimilar el vínculo.
-Sin embargo, se lo estaba diciendo ahora mismo a los demás –la señora MacFarlan retomó la palabra, tras darle un sorbo a su café. Se lo estaba tomando tan cargado que el característico aroma de la bebida flotaba sobre todos los presentes-. Esto no podía haber sucedido en un momento menos oportuno. Con toda la agitación que sacude al mundo mágico en estos días, la muerte de Icarus es… si cabe… aún más trágica…
Se interrumpió para sorber por la nariz, y su marido le frotó cariñosamente el hombro.
-Vamos, querida. Todos lamentamos la muerte de Icarus, pero no creo que Mel deba afrontarlo como si fuese el fin del mundo…
-Estoy de acuerdo con Hamish –murmuró Potter, casi con voz de ultratumba, sin alzar siquiera los ojos-. Mel tiene una hija de la que ocuparse y otro bebé en camino, tiene que vivir por ellos. El dolor no puede evitarse, pero no debe hundirse aunque sienta que el alma se le parte en dos.
Todos guardaron unos segundos de silencio tras las palabras de John, como si una corriente de aire frío los hubiese congelado. Selene carraspeó y tomó la palabra.
-Lo principal es recordar que Mel no está sola –dijo, dirigiéndose a la señora MacFarlan-. No debe sentirse sola, aunque Icarus ya no esté. Como ha dicho Johnny, aún tiene una familia que sacar adelante.
-¿Cuánto tiempo os quedaréis con ella Clío y tú, Nia? –inquirió Hamish, mirando a la susodicha.
-En principio, hasta que nazca el bebé. Pero todo depende de si se adelanta o retrasa el parto. Las clases en Beauxbatons empiezan la segunda semana de septiembre, y en el instituto de Clío hacia mediados de mes. Ambas tenemos que estar en nuestros respectivos puestos de trabajo al menos dos semanas antes del inicio del curso, para ultimar todos los detalles. Tenemos reunión de profesorado.
-Comprendo…
-Me gustaría quedarme con mi hermana más tiempo, pero no sé si podré…
-No creo que sea necesario –intervino Jonathan con aire casual-. Tampoco puedes abandonar tu vida y tu familia. Tenéis casi dos meses para estar con ella.
Nia bajó la vista. Jonathan apoyaba la teoría de Dumbledore: no te quedes en Inglaterra, o esto podría salpicarte a ti también. Sabía que ellos tenían razón, pero no dejaba de dolerle el sentirse tan inútil a la hora de ayudar a su hermana.
-No te preocupes por ello –la consoló Selene-. He estado hablando con Zephirus sobre esto y quizá este año me tome una excedencia en el Observatorio para poder ayudar a Mel con el bebé, en caso de que no se recupere.
-Lo más importante es que Mel se recupere para poder ocuparse del bebé ella misma –añadió Jonathan-. Si no lo hace, tal vez sea recomendable llevarla a San Mungo para que también le hagan una revisión. Si cuando volváis a Europa no está mejor, planteároslo. Quizá lo haya pasado tan mal que se haya enfermado ella también.
-Jonathan tiene razón –comentó Hamish-. Una tía abuela mía sufrió tal impacto por la muerte de su hijo en un accidente, que no se recuperó y necesitó ayuda médica para superarlo. Son traumas emocionales, dependen de cada persona…
Sin embargo, Nia no escuchaba las palabras del antiguo jugador de quidditch. Se le había cortado el aliento. ¿Había querido decir Jonathan lo que ella había creído entender? Alzó disimuladamente el rostro para cruzar una mirada con Fidias, y vio en sus ojos la misma alarma que sentía ella. Al hombre se le había quedado la quijada rígida. Entonces era verdad… Jonathan también creía que Mel podría estar bajo la influencia de algún hechizo. Sólo el tiempo podría confirmarlo. Dos meses era un plazo ya demasiado amplio para que el vínculo no se hubiese activado. Si Mel no había mostrado mejoras para cuando Clío y ella volvieran a sus casas, significaba que definitivamente alguien le había hecho algo.
-Pero un trauma emocional no es algo que pueda curarse con pociones o hechizos –dejó escapar Fidias, también con tono casual, mirando a MacFarlan pero dirigiéndose encubiertamente a Flathery-. ¿Acaso podrán ayudarla en San Mungo?
-A mi tía abuela la ayudaron –contestó Hamish, encogiéndose de hombros-. Al menos hay sanadores especializados en ofrecer apoyo psicológico, y ellos te ayudan a ir aceptando lo ocurrido y asimilarlo. Por probar no se pierde nada, y es por la salud de Mel…
-Estoy totalmente de acuerdo –asintió Jonathan-. Al menos, en San Mungo podrán deciros si lo que tiene es algo físico o emocional. Aunque en última instancia, salir de la depresión sólo depende de ella y del empeño que ponga. ¿No crees, Hamish?
-Sí, por supuesto, el empeño del propio enfermo es esencial…
De acuerdo. En San Mungo podrían confirmar si Mel era una persona físicamente sana o no. Y, si a su cuerpo no le pasaba nada, tenía que tratarse de un problema mental. Tenía que ser el Imperius, aunque Nia no podía concebir cómo ni cuándo habían conseguido cazar así a su hermana. Sin embargo, confirmarlo ya era algo. El Imperius estaba sujeto a unas determinadas condiciones. Era necesario reforzarlo con frecuencia para que la intensidad del hechizo no se perdiera, lo que significaba que el responsable tenía que ser alguien cercano a Mel. Alguien que hubiese tenido mucho contacto con ella antes y que pretendiera seguir teniéndolo a partir de ahora. Si fortalecían la vigilancia de Mel, cerrando el círculo en torno a ella, el intruso no podría infiltrarse y el Imperius perdería paulatinamente su poder, dándole a la mujer una oportunidad de defenderse y liberarse ella misma. Porque, como acababa de decir Jonathan, sólo ella podía salir de esa situación, ellos no podían hacer nada más por liberarla…
La conversación volvió a interrumpirse momentáneamente cuando Zephirus se unió al grupo, desde la otra punta de la sala. Había estado tan ocupado como las propias hermanas de Mel o incluso Fidias, yendo de un lado a otro para encargarse de cada detalle en representación de su mejor amiga. Acababa de despedir junto a Clío a un pequeño grupo de viejos amigos de Mel que se marchaban ya, y, tras acercarse a otro corro de comensales en el que estaban los Black, hablando con los conocidos de Icarus, fue por fin a reunirse con su mujer y los demás.
-¿Mel se encuentra mejor? –le preguntó a Nia, mientras cogía con sumo cuidado a Becky de los brazos de Selene y la acomodaba entre los suyos, con obvia intención de llevársela a alguna de las otras salas para echarla a dormir en algún lugar en el que estuviese más cómoda.
-Por lo menos se ha quedado dormida, espero que descanse.
-Hablábamos sobre lo que deberíamos hacer si Mel no se recupera de esto –informó Selene, frotándose el brazo, que se le había quedado entumecido por el peso de la pequeña.
-Si es un trauma emocional, deberíais acompañarla a San Mungo para que le hagan una revisión general –resumió Hamish.
Zephirus miró a su mujer, a John, a Fidias y, finalmente, a Jonathan. Y pareció comprender en el acto que aquella conversación había dado sus frutos, y que tendría que ponerse al corriente de lo que los demás habían deducido de las aparentemente inocentes observaciones de Flathery. Reacomodó a su hija mejor y suspiró, asintiendo.
-Sí, yo también me lo había planteado, con lo unidos que estaban Mel e Icarus, me parece en cierto modo normal que se haya bloqueado…
Selene frunció fugazmente el ceño al oírlo. Su marido se comportaba de forma extraña desde la muerte de Icarus, y no terminaba de comprender la razón. Al principio había considerado que verlo morir de esa forma tan espectacular delante de él también había afectado fuertemente a Lupin. Pero su actitud a lo largo de aquellos días no podía asociarse a la impresión o al shock. La incertidumbre había desaparecido de sus ojos, siendo remplazada por una furiosa firmeza. Ella intuía que algo más había pasado en aquella habitación de San Mungo antes del desenlace, y, hablando con John, él también había apoyado su teoría. Pero Zephirus no soltaba prenda, no había hecho comentario alguno al respecto y no parecía tener la menor intención de hacerlo, por lo que ni ella ni nadie lo podía presionar.
Por primera vez desde que estaban casados, Selene comprendía plenamente el significado de ser un Guardián. No podía acompañar a su marido en todo, y existían muchos aspectos en los que no podía alcanzarlo. Él tenía que cumplir su misión en solitario, no porque no quisiera ayuda, sino porque su condición le dotaba de una protección que los demás no tenían. Y si Zephirus guardaba silencio, significaba que lo que había descubierto era demasiado importante como para arriesgarse a que la información se filtrara. Si la capturaban a ella y la interrogaban, probablemente pudieran sacarle toda la información con facilidad. Si intentaban hacerle eso a Zephirus, se encontrarían con un muro infranqueable. El mutismo de su esposo no era despectivo, era protector. Para con ella, y para con la propia Mel.
Miró discretamente a Jonathan, que parecía mantener una conversación muda con Zephirus, debido a la intensidad de la mirada que ambos intercambiaban, al margen de las palabras insulsas y triviales que dejaban escapar sus labios. Luego, buscó con sus ojos los de Johnny, que le devolvió de inmediato una mirada de muda comprensión, asintiendo imperceptiblemente con la cabeza. Era obvio que Potter había sacado las mismas conclusiones que ella misma y, sin duda, también Fidias y Nia. Mientras Jonathan le transmitía el mismo mensaje oculto a Zephirus, sólo podían esperar, pero al menos ya no estaban totalmente a ciegas. Tenían pistas para empezar a moverse. Tenían una forma de ayudar a Lupin en la protección de Mel, sin necesidad de que él les dijera aquello que no podía decirles.
-… aunque no me fío ni un pelo de esos loqueros, Jonathan, para qué engañarnos. Buscan las formas más retorcidas de explicar las cosas más simples…
-Ya, pero hay que velar por la salud de Mel, si lo dejamos estar, posiblemente se ponga peor.
-¿En serio crees que en San Mungo podrán ayudarla?
-Ya se lo dije antes a los demás, al menos podrán determinar qué le pasa.
-Creo que es bastante obvio lo que le pasa. Tiene una depresión de caballo. Sentir a Icarus tan lejos de ella la está destrozando
-Entonces lo único que se puede hacer es permanecer a su lado, apoyándola, hasta que lo asimile y se recupere. Y creo que se recuperará, es una mujer muy fuerte. Pero necesitará mucha ayuda, y tener cerca a la gente que quiere. La soledad puede ser fatal. Si yo no hubiese tenido a mi cuñado y a mis hijas a mi lado cuando mi mujer murió, seguramente también me habría vuelto loco…
-En ese caso, lo principal es que Mel no se quede sola, ¿verdad?
Todos los presentes se incorporaron para mirar al autor del último comentario. Un hombre alto y esbelto, de cabello y ojos claros, se había unido de repente a la conversación, portando una bandeja de aperitivos en una mano y un vaso de hidromiel en la otra, esbozando una vaga y amable sonrisa triste. La escena se congeló por un segundo, y el recién llegado carraspeó, como disculpándose por su brusca intervención.
-Disculpen por la intromisión –dejó escapar en voz baja, colocando la bandeja en la mesa-. Pero, señores, ustedes son los únicos que no han comido nada, así que les traigo esto antes de que el grupo del fondo se lo zampe todo. Es recomendable que no se queden con el estómago vacío.
-Gracias, Steve –musitó Selene, suspirando y alargando la mano hacia la comida, al igual que el matrimonio MacFarlan.
-Éste es Stephen Wemyss –presentó Zephirus, al ver que tanto Nia como Fidias se habían quedado mirando al desconocido con rostro inexpresivo-. Era compañero de trabajo de Icarus en la Nimbus…
-Más que compañero, era su socio de proyectos –especificó el hombre, tomándole la palabra a Lupin, al tiempo que estrechaba la mano a la cuñada y al hermano de su amigo-. Trabajábamos constantemente juntos desde que Icarus se unió a nuestra compañía. Nunca había tenido un compañero tan eficiente, ha sido una gran pérdida, en todos los sentidos. Señora Lesage, un gusto. Es usted igualita a Mel. Señor Figg… es un honor conocer al hermano mayor de Icarus, él hablaba muchísimo de usted.
-Gracias –contestó Fidias a duras penas, controlando lo mejor posible el tono de voz.
-Creo que a todos los demás ya los conoces, ¿no es así, Steve? –inquirió Zephirus.
-Sí. Señor Potter, señores MacFarlan, y… ¿señor Flathery? También es un honor conocer a una leyenda viva como usted.
-Ni tanto –contestó Jonathan, esbozando su típica sonrisa cálida, y señaló con el pulgar a los aurores que permanecían a su espalda-. No diga ese tipo de cosas delante de mi escolta personal, o el ministro podría molestarse.
Stephen rió por lo bajo, asintiendo, y dirigió una crítica mirada a los aurores.
-No deberías estar tomando eso, si piensas volver a casa en escoba –Zephirus señaló el vaso de hidromiel con un gesto.
-Ya, si bebes no conduzcas, ¿verdad? Pero creo que me voy a bajar un poco de la parra por una vez y a confiar en el transporte muggle. No vivo lejos de Lancaster y el tren es muy cómodo. Le diré a mi hermana que venga a recogerme a la estación. Total, los funerales siempre están para emborracharse un poco –metiendo una mano en el bolsillo de su pantalón, echó un trago a su bebida y añadió-: Si habláis de Mel… yo lo que creo sinceramente es que no debería quedarse sola en la casa. Arabella tiene que volver a Hogwarts, y ella va a necesitar ayuda ahora con lo del bebé.
-Ya lo hemos comentado –repuso Selene-. Yo voy a quedarme con ella, cuando sus hermanas se marchen.
-¿Y vas a dejar el Observatorio? –Stephen alzó las cejas, sorprendido-. ¿Crees que es seguro dejar a Diggle al frente del Departamento de Astrología? Mínimo y hace explotar algo… Creo que la gente de allí te necesita, Selene, no dejaste de trabajar ni por el nacimiento de Rebeca.
La expresión de la mujer cambió, como si no hubiese tenido en cuenta esos detalles. Miró a su marido en busca de opinión, pero Zephirus tenía los ojos fijos en el recién llegado y no notó la reacción de su esposa.
-En cualquier caso –siguió Stephen, echando otro trago-, sus hermanas tampoco pueden quedarse, cada uno tiene una vida que atender…
-Por esa regla de tres, todos tienen su propia vida –replicó Hamish-. Pero tampoco es cuestión de dejar tirada a Mel.
-No, el señor Wemyss tiene razón –intervino Nia en voz muy baja-. Es cierto que cada cual tiene su vida, yo también lo estuve pensando antes. Si yo misma no me quedo para cuidar de mi hermana, no puedo pedirle a Selene o a Zephirus que dejen su trabajo y sus asuntos para hacerse cargo de ella…
-No seas ridícula –masculló Zephirus-. Mel es como una hermana para mí, no me supone ningún problema.
-No es que te suponga un problema –insistió Stephen-, es que tanto tu mujer como tú pasáis casi todo el día trabajando. Incluso si te llevaras a Mel a vivir a tu casa, ella estaría sola, y la soledad es lo peor. Lo que necesita es tener compañía constante. Alguien que la ayude y esté con ella.
-En ese caso, no hay ningún problema –Fidias tomó la palabra-. Mel puede quedarse con Electra y conmigo aquí, en Lancaster.
Stephen se detuvo a medio camino de llevarse el vaso a la boca y miró al hermano de Icarus con sorpresa.
-¿Va a quedarse en Inglaterra, señor Figg?
-Sí –contestó éste, encogiéndose de hombros-. Tengo ganas de volver al hogar. He terminado mis estudios y, salvo algún viaje esporádico que tenga que hacer alguna vez, a partir de ahora dudo que me mueva mucho. Aquí se trabaja igual de bien que en Grecia, y echo de menos mi casa. Electra tiene que regresar a Atenas para graduarse, pero después volverá aquí conmigo. Y no me importa en absoluto vivir con Mel y cuidar de ella. Es mi cuñada a fin de cuentas.
La cara de Nia se iluminó como si acabaran de darle la mejor noticia de su vida, pero Zephirus compuso una expresión de alarma, buscando con brusquedad los ojos de Jonathan. Hizo ademán de abrir la boca y protestar, pero se mordió la lengua justo a tiempo. Ése no era el momento más indicado para discutir esos asuntos, delante aquellos aurores, los MacFarlan y Wemyss. Pero necesitaba saber la opinión de Jonathan al respecto. Ya había discutido con Icarus por la misma razón muchos años atrás, no le hacía ni pizca de gracia que su protegida viviera en la otra punta del país, si sucedía cualquier cosa, estaría demasiado lejos para socorrerla a tiempo. Y no había peor idea que la de separarle de Mel justo en esos momentos.
-¿En serio lo harías, Fidias? –inquirió Nia, agradecida-. ¿No te importa? Justo estaba pensando hace un rato que lo que Mel necesita es a alguien que esté con ella en casa y tenga la libertad suficiente para poder dedicarse a cuidarla sin tener que desatender otras cosas. Y creo que tanto Belle como el bebé lo necesitarán también. Si tú quisieras hacerte cargo de Mel durante un tiempo…
-Ya te he dicho que no tengo ningún inconveniente, también es como una hermana para mí.
-La verdad es que, viéndolo así, es lo más lógico –comentó Stephen, mirando al techo con aire pensativo-. Si el cuñado está soltero y trabaja en casa, sin tener ninguna otra ocupación principal, es el más indicado para ocuparse de Mel…
-Alto, alto –Zephirus fue incapaz de permanecer en silencio-. ¿Estáis hablando de trasladar a toda la familia a Lancaster nuevamente? Es una locura, ella ya está habituada a Dover… El clima del sur le beneficia… ¡Y Belle no querrá mudarse! Está muy unida a Remus, y ahora viven casi puerta con puerta. Aquí estaría perdida en medio de ningún sitio. No sé hasta qué punto es sano este aislamiento para ellas…
-Bueno, en el peor de los casos, puedo instalarme yo en Dover con ella, aunque preferiría quedarme en mi casa, más que en la de mi hermano.
Lupin se tranquilizó un poco con la concesión de Fidias y respiró aliviado. Si Mel se quedaba en Dover, cerca de ellos, entonces la idea de que viviera con su cuñado era magnífica. Por lo menos se trataba de alguien de absoluta confianza, que podría vigilarla durante todo el día y cuidar de ella.
-Es una estupenda idea –sonrió Jonathan, mirando a Figg-. Zephirus tiene razón al decir que un traslado ahora para Mel sería muy cansado y quizá no le convenga cambiar de aires. Pero, si tú te quedas con ella y la ayudas en…
-Pues yo pienso que es mejor que se queden aquí, en Lancaster –interrumpió Stephen, con aire inocente, atrayendo sobre él las miradas de todos los presentes-. Pensadlo bien, la casa de los Figg en Dover está llena de los recuerdos de los últimos años, Mel va a ver a Icarus en cada rincón. Es una casa que construyeron ellos mismos. Ésta, en cambio, aunque también haya sido su casa, nunca fue exclusivamente suya, es la mansión familiar. ¿No vivían también los padres de Icarus aquí, cuando estaban ellos? No tiene una presencia tan fuerte como la otra. Vamos, sólo es mi opinión, claro.
Zephirus se quedó boquiabierto, la expresión de Jonathan se volvió hermética, John frunció el ceño y Selene agrandó los ojos. Pero todos los demás parecieron llegar a la conclusión de que las palabras de Wemyss eran bastante acertadas.
-La verdad es que tiene razón –musitó Hamish-. Quizá lo que necesite Mel de momento sea alejarse un poco de todo lo que tenga que ver con Icarus, hasta que se reponga.
-Sí –convino su mujer-, no creo que sea beneficioso para ella encontrarse por todas partes con el recuerdo de su marido, primero debería despejarse…
Nadie fue capaz de encontrar nada con lo que replicar a aquello. Zephirus miró a Nia, y se horrorizó al encontrarla callada pero con obvia expresión de conformidad. Fidias también parecía compartir aquella opinión, aunque tampoco abrió la boca, y el astrónomo sintió deseos de gritarles en la cara que qué demonios pasaba con ellos. ¿Acaso no sabían de sobra la situación en la que se encontraban y lo peligroso que resultaría separar a Mel de su Guardián ahora? No podían permitirse estupideces de ese estilo a esas alturas. ¡Al carajo con los recuerdos de Icarus que pudiera haber en la casa! Mel estaba hechizada, poco le iban a importar a ella misma esas cosas. ¡Ni siquiera era consciente de dónde estaba, casi! Y, una vez se activara el vínculo, los recuerdos no serían fuente de depresión, sino de apoyo… Si la alejaban de la presencia y el recuerdo de Icarus, tal vez el vínculo se viera afectado también…
Buscó apoyo en Jonathan, pero él no podía decir nada más sin sonar demasiado sospechoso. John se había cerrado por completo y Selene casi parecía estar replanteándose también la situación. Una repentina indignación contra todos sus amigos le quemó la garganta. ¿Es que en serio no eran conscientes de lo que significaba lo que estaban sugiriendo? Si querían llevarse a Mel de Dover sería por encima de su cadáver. Icarus había sido asesinado, Mel estaba bajo la influencia del Imperius, llevaba en su vientre un bebé de padre desconocido, engendrado sólo para recoger aquella maldita herencia, y aquellos idiotas se estaban planteando en serio el mandarla a vivir al quinto cuerno para que se despejara. ¿Es que se habían vuelto imbéciles o qué?
La tensión de lo que estaba conteniendo, y de todos los acontecimientos acumulados a lo largo de los últimos días, pudieron con él y, lanzando un gruñido de disgusto, le dio la espalda a todos los presentes y se largó a zancadas echando pestes, llevándose a Becky para acostarla en una habitación tranquila. Sus compañeros lo miraron con estupefacción, pero el único que tuvo tiempo de reaccionar fue Stephen.
-¡Zephirus! –exclamó, sorprendido, y se apresuró tras él-. ¡Eh, Zephirus, espera! Espera, hombre. ¿Qué te pasa?
Lo sujetó de un brazo al llegar hasta él, dirigiéndole una mirada preocupada.
-¿He dicho algo que te haya molestado? –inquirió con tono de disculpa.
-No –masculló fríamente Lupin-. Sólo considero una estupidez mandar a Mel al otro lado del país, sola, cuando lo que necesita ahora es estar rodeada de gente.
Se soltó bruscamente y salió de la estancia con un portazo. Stephen permaneció de pie, observando la puerta que acababa de cerrarse, y oyó a su espalda el hondo suspiro de Flathery y la voz baja de Hamish.
-Sé que Zephirus quiere mucho a Mel y le gustaría estar con ella, pero él tampoco puede descuidar a su familia, y debería pensar en qué es lo mejor para ella, y lo mejor para sí mismo…
-Bueno, dejemos que decida la propia Mel cuando se reponga un poco –añadió la señora MacFarlan-. ¿No os parece lo más razonable?
Nadie contestó. Stephen bajó la vista, observando el reflejo de su rostro que se dibujaba en la superficie de la hidromiel. Sí, lo mejor era dejar que Mel decidiera. Lo mejor era alejarla de los recuerdos de la persona que ya no estaba para que se recuperara. Lo mejor para ella era sacarla de Dover y llevársela a Lancaster. Porque había sufrido mucho con la larga enfermedad de su marido, y se merecía un descanso. Se merecía que alguien la cuidara y estuviera con ella todo el tiempo, acompañándola en el parto, ayudándola a recuperarse, a criar al futuro bebé, a mantener a la familia… Y su cuñado era el más indicado para ello, ya que, después de todo, Icarus ya no estaba…
Dos gotas. ¿Has entendido? Con dos gotas bastará. No te descuides o podrías echarlo todo a perder…
Fidias Figg, ¿eh? Gracias al cielo que había vuelto a Inglaterra para cuidar de su pobre cuñada…
Y el hombre esbozó una amplia sonrisa que nadie vio, y que desencajaba en su rostro, como si perteneciera a otra cara, mientras sus ojos azul claro se tornaban negros por un segundo, con un destello de oscuridad.
--Fin del intermezzo--
--Fin de la primera parte de Respuestas--
Próximamente…
Capítulo 7, "Malas noticias y más secretos" (¿Cuándo consolidó Voldemort su era de terror?) Sí… ¡en esta mierda de web, como siempre! xD
N/A: Hola a todos de nuevo. ¿Cuántos han sobrevivido a este deprimente y kilométrico capítulo? Incluso yo casi muero dándole el último repaso para corregirlo antes de subirlo, así que… Dosifíquenlo, y así notarán menos mi ausencia cuando tarde en actualizar.
Bueno, antes de nada, me siento en la obligación de decir algo con respecto al año que he estado desaparecida. Como no tengo ganas de dar explicaciones innecesarias que seguramente no le interesen a nadie, sólo decir que no ha sido un buen año. Me han pasado muchas cosas, problemas de salud, problemas físicos, problemas familiares, etc, etc. Y tercero de carrera me está resultando mucho más chungo que los dos cursos anteriores, así que ya no pienso hacer promesas de actualizaciones en fechas concretas. Cuando pueda, subiré el próximo cap y ya está. Pero voy a seguir escribiendo, eso lo aseguro, en la medida de lo posible. Sólo pido que me entiendan un poco, realmente tengo mucho trabajo y muchas cosas de las que ocuparme, ojala pudiera dedicarme únicamente a escribir, pero por desgracia de momento no me es posible.
Y quiero pedirles otro favor esencial, aunque parezca un poco exagerado o fuera de lugar. Sé que últimamente se ha pedido en los r/r la vieja versión de R. Por favor, por favor, por favor: me gustaría mucho que la vieja versión dejara de rular por ahí. ¿Por qué? Porque a mis ojos es una basura, y si decidí hacer el remake fue precisamente para corregir los millones de errores que tenía y currarme la nueva lo máximo posible para que ustedes disfruten de un buen fic. No voy a impedirles que lean la vieja versión, ni mucho menos, hagan lo que quieran, pero les recuerdo que R no va a retomar esa línea, sino la que estoy llevando ahora. Así que, cuando llegue al punto en el que lo dejé la última vez, seguiré con todos los cambios y todos los giros que haya añadido nuevos, y si pretenden retomar la lectura entonces, se van a perder por completo. Eso por no hablar de que, tal vez, se me ocurra algún cambio vital que sí afecte a la trama de forma seria. Ténganlo en cuenta, por favor. Si quisiera seguir dónde lo dejé, no habría empezado ningún remake, lo habría continuado sin más.
Aclarado esto, vamos al cap.
Como dije antes, es posible que este capítulo le haya gustado a poca gente, pero era absolutamente necesario. He cambiado todo el desarrollo de la muerte de Icarus y el embarazo de Mel, porque en la vieja versión traté este asunto pésimamente. También tenía muchas ganas de arreglar y perfilar a Devius, un personaje que, aunque lo odie todo el mundo, es muy importante. Y, para qué engañarnos, me daba la gana profundizar en las familias de los chicos y darle un poco más de juego a los padres. Sé que en este cap los Merodeadores y las chicas aparecen más bien poco, pero lo hice deliberadamente para darles todo el protagonismo a los padres. Cuando finalice la parte dark de R, allá por el cap 13 ó 14, habrá otro capítulo de este estilo para enlazar con la última parte (les recuerdo que este fic está dividido en 3)
En fin, he dejado detallitos regados por todo el cap, como siempre, y seguro que los veteranos han reconocido personajes mencionados aquí. Lo que más me interesa saber es qué opinan de todo el montaje con Icarus y Mel. ¿Ha quedado muy lioso, o se ha entendido más o menos? Sé que el tema del vínculo es complicado, casi ni yo misma me aclaro con esto, pero espero que la charla que tienen hacia el final Nia y Dumbledore haya terminado de aclarar las cosas. Lo hago con miras a que la explicación posterior sobre los Herederos y los Guardianes no se haga tan espesa… ¿Y qué me dicen de lo del bebé? Se me ocurrió algo bastante siniestro para eso, aunque creo que es obvio lo que pasó. De todas formas se dirá explícitamente más adelante. Por si acaso, les aclaro que lo que pasó es que el dolor que le provocaron a Icarus los primeros efectos del Nix Cordis repercutió en Mel por la empatía del vínculo, bajando muchísimo sus defensas, y fue el momento que aprovechó Devius para atacar. Le borraron la memoria y modificaron sus recuerdos, y la hechizaron con el Imperius. Como el sufrimiento de Icarus sigue sintiéndolo ella, no puede liberarse de la maldición. Y así estaban las cosas. El único que podía saberlo era Icarus, porque se comunica telepáticamente con ella, pero no podía hablar para decírselo a nadie. Y ella tampoco podía hablar para decirle a nadie lo que le transmitía Icarus, por culpa del Imperius. En otras palabras, los dos estaban atrapados dentro de ellos mismos. Y si alguien se pregunta por qué no usaron la Legeremancia con Mel, por ejemplo, les recuerdo que ella es una Heredera, y además experta en repeler hechizos. Ya lo dice Dumbledore al final, ni siquiera él tiene poder contra los Herederos en determinados aspectos. Eso sí, cada Heredero es diferente y tiene distintos puntos flacos, no son omnipotentes…
La charla entre Zephirus y Selene también disfruté mucho escribiéndola. Zephirus, Izzy y John son mis tres personajes favoritos, como posiblemente hayan notado, jeje, y la relación del primero con su mujer es una de las que más me gusta. Además, a Selene también la he perfilado un poco más, porque me parece que la dejé bastante plana en la vieja versión. Es una mujer muy especial, aunque lo más seguro es que no lo haya podido transmitir aquí. Y a Zephirus le encuentro matices nuevos cada día, así que es un personaje que aún está evolucionando. Quería recalcar esa pequeña obsesión que tiene por ocuparse de los demás. Es un hombre reflexivo que le da muchas vueltas a las cosas, pero, a pesar de su filosofía, también pierde un poco la paciencia cuando los demás no comprenden lo que a él le parece obvio. O cuando no consigue encontrar las respuestas que busca. Y más aún si está atravesando momentos tan tensos como éstos. Podría decirse que le gusta tener las cosas bajo control. Selene es más flexible, no se preocupa demasiado por lo que venga, cree en el "soluciones determinadas para problemas determinados". Quizá eso le proporcione una mayor capacidad de reacción en un primer momento, pero a la larga se viene abajo sin la sólida base de Zephirus. Me gusta cómo se complementan estos dos.
Por otro lado está la escena de la familia Black. He aprovechado esto para dar algunas pinceladas sobre la situación familiar de cada uno de ellos, Izzy por un lado y Andraia por otro, porque realmente cada uno pertenece a un mundo a parte. La familia de Izzy es una de las que más chicha tiene, y estoy deseando meterme en ella más a fondo. Son cuatro hermanos: Delia, Izzy, Arens y Ennius, por ese orden. Delia es la madre de las chicas Connor: Andrómeda, Narcisa y nuestra Liverlie, alias Bellatrix. Arens es el padre de Regulus que, sí, señoras y señores, será reciclado y reutilizado para R, porque ya le tengo preparado un brillante futuro (aprovecho para decir que el Regulus oficial de JK sería un relamido, pringao, memo o lo que quieran, pero se convirtió en mi héroe desde que tuvo los huevos de intentar desafiar a Voldemort quitándole uno de sus horcrux) Y Ennius… bueno, es un escritor bohemio que… en fin, es un caso a parte, muajajaja xD Pero lo que quería explicar sobre la familia Black es precisamente la figura de Jo, la matriarca, la madre de estos cuatro. Jo saldrá más adelante y se hablará largo y tendido de ella, pero les adelanto que es un buen elemento de persona, slytherin de pura cepa y retorcida como ella sola, con una fuerza y una influencia que consiguió cambiarle el pulso a la tradición Black, propia principalmente de Gryffindor.
La familia de Andraia, por otro lado, es de tradición escocesa, y me ha servido para enlazar con el mundo de las Tierras Altas. Quizá esto les aburra, pero hace poco mi mano derecha y yo estuvimos desarrollando todo el marco que rodea a las familias de magos escoceses. Es un tema que se tratará directamente en R, así que no me meteré mucho en ello. Sólo decirles que los escoceses van mucho por libre, siguen organizados en clanes, con las típicas relaciones y dependencias tribales, y los que llevan las riendas de la política y la vida en las Tierras Altas escocesas son precisamente las dos familias más importantes, los MacKinnon, más partidarios de la colaboración con el Ministerio de Londres, de las relaciones con los muggles, bla, bla, y los MacKenzie, más independentistas, que van a su bola, partidarios de la pureza de sangre y de volver a los viejos orígenes. Las demás familias y clanes se arremolinan en torno a estos dos clanes principales, formando dos facciones que suelen estar tirándose los trastos a la cabeza con bastante frecuencia. El asunto va más allá si añadimos que los MacKinnon son muy cercanos a Dumbledore y su influencia, y los MacKenzie a Voldemort y sus ideas. No voy a meterme mucho en ello ahora, es mucho politiqueo del que se hablará después, pero quería explicar un poco las palabras de Andraia, porque rozan un tema que tendrá mucha importancia. Tanta como tiene Braiam MacKenzie en el futuro de R.
Por si alguien se lo pregunta: sí, Escocia es una de mis obsesiones, y eso se refleja en mi fic. Se siente xD
Disfruté MUCHÍSIMO con la escena de los Pettigrew. Nunca tuve oportunidad de exprimir a Minimus, a pesar de ser un personaje mucho más importante de lo que se podría llegar a imaginar. Y tenía muchísimas ganas de utilizar por fin a Opal, a la que tengo mucho cariño. La situación familiar de los Pettigrew se merecía una escena que la refleje, espero que les haya gustado, aunque se entendiera poco. Recuerdo que toda la información sobre las gemas que utiliza Minimus en su trabajo no ha sido inventada por mí, sale directamente del videojuego en el que se inspira Santuario, ya saben, Diablo II: Lord of Destruction.
Va dedicada especialmente a los veteranos la estelar aparición de La Revoltosa, la casa de los Potter. No se han mencionado ni una milésima parte de las características de la susodicha mansión, pero algunos detallitos sí han salido. ¿Qué les ha parecido? La escena de los Potter la escribí en un momento especialmente deprimente para mí, y creo que se reflejó en el texto más de lo que pretendía. De todas formas, la situación de John y James es bastante deprimente. La historia familiar de John no es precisamente maravillosa, tuvo una relación bastante mala con sus padres, y eso influyó mucho en su carácter. Por eso es posesivo y egoísta con las personas que quiere y, aunque se fue reformando ligeramente con los años, de pequeño era insoportable y buscaba ser el centro de atención para que le hicieran caso. No sé si lo he mencionado alguna otra vez, pero el John de R está basado en cierto modo en el James de JK. El contraste entre padre e hijo es una de las cosas que convierten a John en uno de mis personajes favoritos. Me gustaría conseguir que, a veces, al poner a James junto a su padre, te quede la sensación de que John es más inmaduro que su hijo.
Sobre las familias de Hufflepuff sólo aclararé un par de cosas. Me centré sobre todo en los Bones porque son los que más me gustan, le tengo bastante cariño a Violette, y además son un reflejo de mi propia familia. Supongo que se acordarán de Abigail Bones, más conocida como Abie, y cuyo nombre real es Hayley, aunque así sólo la llaman los adultos (Abigail es su segundo nombre, y el que ella usa porque le gusta más) He reaprovechado a Amelia, y a Edgar, futuro miembro de la Orden del Fénix, que no podían faltar, agregando a la mezcla cinco hermanos más para convertirlos en la familia numerosa de rigor. El incidente que provocó la muerte de Archibald Bones y de sus compañeros no tiene nada que ver con el "antiguo grupo", pero sí será relevante en el futuro para explicar otras tantas cosas. De los MacKinnon ya he hablado un poco, y sólo decir que recupero a Deirdree, otra de las veteranas de R, y reutilizo a Marlene, que tampoco podía faltar. Y, cómo no, no podía prescindir de Nemesis Wealth. Así que ya están sobre el tablero todas las fichas del ajedrez, jeje. Mención especial a Jeremiah y su mujer. He aprovechado bastantes fumadas mentales en este cap organizando enfermedades, virus y venenos. Como no sé nada sobre las enfermedades de los magos, me lo he tenido que inventar. Busqué información, pero tampoco encontré gran cosa. Así que la enfermedad de Irin está basada en mi enfermedad muggle favorita: la tuberculosis. Sí, sé que tengo un pequeño trauma con esa enfermedad, porque me encanta (qué siniestro ha sonado eso…) y, como quería encasquetársela a algún personaje, le tocó el gordo a la pobre Irin. En la versión vieja, Irin moría, pero la verdad es que ahora no estoy muy segura de qué hacer con ella. Supongo que morirá eventualmente, pero durará por aquí varios años más, a pesar de todo.
Por cierto, todos los bichos raros mencionados aparecen en el libro de Criaturas Mágicas, así que consulten ahí, que no me los he inventado yo, juju…
Las escenas que menos me gustan son precisamente las que se desarrollan en Lancaster. Las escribí ya en estos últimos tiempos, cuando estaba hasta arriba de trabajo en la universidad y mis niveles de inspiración eran bastante nulos. Pero espero que no hayan quedado del todo repelentes. Tampoco quería sacarle más jugo del que tiene a este cap, y estaba ya cansada. Creo que les falta bastante sentimiento y son muy liosas, pero bueno… son las consecuencias de querer dar demasiada información en demasiado poco espacio. Algunas aclaraciones. Cuando Mel dejó de actuar en el teatro, se dedicó a escribir obras, y Jeremiah es su editor. Las hermanas Diamond en un primer momento iban a ser 9 e iban a llevar los nombres de las 9 musas, pero cambié de idea y las reduje a 6, con los nombres de las que más me gustaban, quedando finalmente en Urania (de Astronomía) Melpómene (de la Tragedia) Clío (de la Historia) Polymnia (de los cantos sagrados y la retórica) Erato (de la poesía lírica) y Thalia (de la Comedia). Nia y Clío son profesoras, Mel y Thalia actrices de teatro, y Polly y Erato escritoras, una novelista y la otra poetisa.
Fidias Figg era el hermano mayor invisible de Icarus que en mi imaginación siempre aparecía mencionado solamente, un escultor soltero dedicado a su trabajo que se pasaba la vida viajando por ahí (al estilo de Ennius Black) Peeero… sin saber cómo ni por qué, el tipo cobró vida propia y se coló en primer plano en R, y la verdad es que me viene genial, porque me ha resuelto la vida de una forma impresionante. Fidias no va a casarse con Mel, ni mucho menos, pero va a ocupar el lugar de Icarus en varios aspectos y va a empezar a hacerse cargo de la familia… más o menos.
Por último, la aparición de Becky Lupin… bueno, no es exactamente como lo había previsto, pero no tuve otra salida, era muy improbable que Becky hubiese faltado al funeral, y si iba, tenía que conocer allí a Sirius por narices. Al final, la escena medio en broma que siempre imaginé para el momento en el que se conocen estos dos ha quedado muy fuera de lugar dentro de un marco tan oscuro como es un funeral. Pero me justifico un poco en que los niños pequeños llevan color hasta a las situaciones más funestas. A los 4 años, uno no es consciente de lo que significa un funeral. Y, si a alguien le ha parecido exagerada o surrealista la actitud de Becky para la edad que tiene, déjenme decirles que está directamente basada en mi sobrina Laura, que tiene 4 años y es ASÍ. De hecho, al darle a Becky rasgos de mi sobrina, he reformado un poco bastante su carácter, al menos mientras es pequeñita. Creo que va a sufrir del síndrome de la "princesita", muajajaja…
Voy a cortar las aclaraciones aquí. Me parece que no me dejo nada en el tintero, pero ya saben, si algo no ha quedado claro o lo que sea, dejen constancia en los r/r y lo intentaré explicar en las notas del próximo cap. Me encanta disertar sobre estas miles de estupideces que seguramente les interesen un pimiento, pero no lo puedo evitar. Tengo mi propio mini blog incluido en cada capítulo del fic, juajuajua. Qué poca vida propia tengo, Dios mío…
Cambiemos de tema, y retomemos el déjà vu… ¡FELIZ NAVIDAD atrasada, Y PRÓSPERO AÑO NUEVO! Estoy por cortar y pegar el trozo en el que les felicité las fiestas de igual forma en el cap pasado, pero ni siquiera yo soy tan vaga, je… Ya saben, lo que se dice siempre: mucha paz y mucho amor para este 2007, espero que les vaya mejor de cómo me fue a mí el 2006…
Vuelvo a estar sentada en la misma mesa en la que nació R, hace 5 años, y siento como si este último año no hubiese existido y acabase de subir el cap de "Canis lupus Lupin". Lo dicho, qué paradójico es el mundo… Ahora sí: ¡R cumple 5 años de vida, y todo gracias a ustedes y a la paciencia que me han tenido! En serio, estoy segura de que yo no hubiese aguantado tanto, y muchas veces pienso que este fic no merece tanto la pena, pero después de todos los esfuerzos y las horas escribiendo y maquinando, ver que siguen ahí es el mayor de los regalos. ¡MUCHÍSIMAS GRACIAS A TODOS! Y esperemos que R cumpla muchos más…
Gracias sobre todo por tener el estómago suficiente para tragaros estos capítulos mortalmente kilométricos y, encima, dejar un r/r. Mención especial a Elsa y Vera, como siempre (espero que este cap os guste y haya merecido la pena tanto tiempo de espera) angeluxisiriusilla, Phoenix.G.Fawkes, Nathyta, Lindalawen, Maria Grenger, Srita-Kometa, CristineEvans7, nuriko88, jackeline Black, Chikaturra, Guadi-Black, Padme, Alejandra Black Moon, anamy, Eleneär, Marisol, Aizea Brooke Onix, saBRina, cuddles, llSiRiArweNlllBlacKll… y no sé si me olvidaré de alguien… ¡En definitiva, muchísimas gracias a todas por seguir ahí!
Quizá la mayoría de vosotras no siga ahí después de tanto tiempo, o definitivamente os hayáis hartado y me hayáis mandado a mí y a mi fic al carajo. Pero, incluso en el caso de que no siguierais con R… muchísimas gracias de todo corazón por haber estado ahí hasta el final, de verdad, muchas, muchas, muchas gracias. Sé que soy una mala autora, que publica de allá pa cuando y que desaparece por temporadas, pero teneros a todas al pie del cañón me ha dado ánimos para no rendirme nunca, incluso cuando las ganas de escribir se esfumaban y tenía ganas de mandar mis sueños a la mierda. No estoy pasando una buena época, la vida diaria me pesa mucho y el trabajo y las obligaciones me matan la imaginación. He llegado a tener el cerebro igual de operativo que una esponja. A veces me gustaría dejar la universidad y dedicarme a aprender lo que me dé la gana, sin depender de profesores estúpidos y exámenes ridículos, y poder darle rienda suelta a mis ganas de escribir, metiéndome de lleno en la vida de mis personajes y no parar hasta terminar. Pero, como se suele decir, cada época tiene sus obligaciones, y, me guste o no, mi obligación ahora es sacarme mi carrera, que para algo me la estoy pagando. Estoy justo a la mitad, aún me quedan dos años y medio. Pero sé que valdrá la pena y no debo rendirme. Tampoco me rendiré con respecto a R. Voy a seguir escribiendo, porque escribir es mi vida. Así que… si tenéis ánimo para seguir esperando conmigo y acompañarme en el desarrollo de esta historia, aunque se haga esperar, me haréis más feliz de lo que os podéis imaginar.
Sniff, sniff… momento tierno y emotivo de Dikana… sniff… me emociono yo sola (lo que hace el síndrome premenstrual…) ¡Me voy ya! Que bastante lata os doy a todos con cada capítulo nuevo. Espero ansiosa noticias vuestras, ya me diréis qué os ha parecido el cap, si ha sido una mierda, si lo habéis disfrutado, si la espera ha merecido o no la pena, etc, etc. Teniendo en cuenta que empiezo los exámenes el día 9 y no paro hasta finales de enero, cualquier noticia vuestra será como un rayo de luz en las tinieblas (cuando pille al gili al que se le ocurrió plantar los exámenes justo después de las vacaciones de Navidad, no va a reconocerlo ni su puta madre… grrr) Con el próximo cap vuelvo a resubir capítulos viejos remasterizados, así que no creo tardar demasiado. Sin embargo, el cap 7 necesita serias reformas en las últimas escenas, y eso sí será complejo. ¿Puede poner de plazo hasta febrero? Sí, creo que nos veremos de nuevo en febrero, a más tardar. Haré todo lo posible por no retrasarme más.
Bye, bye, queridos lectores. Milagrosamente, hoy termino a una hora normal. Me despido a las 18:05, del 3 de enero de 2007… qué escalofriante coincidencia, juro que no lo he hecho a propósito. Resubiendo estas notas ampliadas al cap ya actualizado en la noche de ayer… y con todos sus mejores deseos para el nuevo año:
Dikana ;)
¡Cuídanse mucho! Y carpe diem.
