Ojos grises (Neville) (2/20)
Parejas Neville/Blaise
Disclaimer Los personajes de esta historia son propiedad de J.K. Rowling y la Warner Bros. Esto es puro entretenimiento y no me reporta beneficio económico alguno.
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Capítulo II. Un huésped inesperado
Neville enseguida reconoció al hombre como un indigente debido a sus desgarradas ropas. Era joven como él pero su sucio rostro, apenas cubierto con una rala barba, y largo cabello revelaban que ya llevaba mucho tiempo viviendo en las calles. Sus pálidas mejillas estaban hundidas y sus apagados ojos negros tenían una extraña expresión que lo puso nervioso, pero pronto se dio cuenta que no lo estaba mirando a él sino a la taza que tenía en las manos. Sintió verdadera pena por ese joven cuando lo vio pasarse la lengua sobre los labios como si ya saboreara el sabor del café en su boca. El corazón se le partió cuando esos ojos oscuros se llenaron de una genuina hambre al encontrar el pan que le había dejado Ben. Sin pensarlo dos veces tomó un bizcocho y se lo ofreció al desconocido que lo miró alarmado. El joven negó vehementemente con la cabeza y se alejó trastabillando. Neville decidió que no dejaría que ese hambriento muchacho se fuera con el estómago vacío y se levantó de la mesa para luego salir del café sin importarle mojarse
-¡Espera! –gritó Neville y el joven trató de apresurar el paso, pero no pudo pues una de sus piernas prácticamente la llevaba arrastrando–. ¡Espera! –repitió y corrió para alcanzarlo.
-¡Déjeme! –pidió el joven temblando visiblemente–. ¡No he hecho nada malo¡Sólo miraba! –trató de seguir su camino, pero no le fue permitido.
-Sé que no has hecho nada malo –le puso las manos sobre los hombros y lo vio encogerse de temor como si esperase que lo golpeara–. Ven. Te ofrezco algo para que comas.
Se sorprendió al sentir una instantánea necesidad de proteger a ese asustado muchacho. No sabía si era por su desvalida expresión, por el incontrolable temblor de su cuerpo o porque se notaba a leguas que se encontraba al límite de su resistencia. Sin sentir ninguna repugnancia por su sucia ropa le pasó un brazo por los hombros y lo guió con delicadeza hacia el café.
-¿Y… y a cambio de… qué? –preguntó el joven con voz temerosa.
-De nada –le dijo sonriendo.
-Pero no van a dejarme entrar ahí –se detuvo abruptamente–. Mejor déme el pan que antes me ofrecía y me iré enseguida.
-No te preocupes. Nadie va a molestarte –le dijo con firmeza.
El muchacho todavía estaba renuente, pero Neville lo hizo entrar al local con un pequeño empujón. Lo hizo sentarse en la mesa y llenó la taza de café.
-Esto va a calentarte –le alcanzó la taza y el joven la tomó con manos temblorosas.
Neville vio que esas delgadas manos estaban demasiado sucias y se alejó para buscar algo con que limpiárselas.
-No voy a irme, te lo prometo –lo tranquilizó cuando un par de ojos negros lo miraron asustados–. Sólo voy a buscar algo. No tardo ni un minuto –y casi corrió al baño para mojar papel y también para tomar la toalla que colgaba de un pequeño perchero.
Estaba seguro de que si tardaba demasiado en volver el joven se marcharía temeroso de que fueran a cobrarle el café que estaba bebiendo. Suspiró con alivio al ver que éste aún estaba sentado a la mesa, pero se notaba que estaba muy nervioso.
-Traje algo para limpiarte –le dijo con suavidad al tiempo que capturaba una mano que no fue lo suficientemente rápida para esconderse.
-No… es… necesario… que… haga… eso –tartamudeó mientras trataba de rescatarla.
-Es para que puedas comer con más comodidad –terminó de limpiar esa mano y tomó la otra que temblaba aún más–. ¿Quieres más café? –le preguntó al ver que ya la taza estaba vacía.
-No –dijo enseguida, pero sus hambrientos ojos desmintieron la negativa–. Ya me voy –e hizo el intento de levantarse.
-Aún no –lo hizo sentarse de nuevo y lo sorprendió al colocar la toalla sobre su cabeza.
-¡No haga eso! –se hizo a un lado con brusquedad–. Va a echarla a perder y…
-Pues la tiramos y ya está –dijo con indiferencia mientras pasaba la toalla sobre el húmedo y enmarañado cabello.
En eso estaba cuando Joseph regresó con dos humeantes tazones de barro. El dueño del restaurante se sorprendió al ver al acompañante de Neville y cuando ya estaba a punto de gritarle que se fuera de ahí, la mirada suplicante de su amigo logró hacerlo callar. Miró con aire compungido como la ropa sucia y mojada del indigente ensuciaba el asiento, pero no encontró la voz para pedirle que se marchara.
-Será mejor que la coman cuando aún está caliente –recomendó Joseph al poner los tazones y un juego de cubiertos sobre la mesa–. ¿Necesitas algo más, Neville?
-¿Podrías traerme otros cubiertos y una taza más, por favor? –ya había terminado de secar el empapado cabello y ocupó el asiento frente a su invitado.
El joven clavó la mirada en la mesa y no se atrevió a mirar a Joseph, pero Neville supo que si el hombre le ordenaba que se fuera no habría poder humano que le impidiera salir corriendo.
-Claro –aceptó Joseph antes de volver a la cocina mascullando en voz baja.
-Empieza a comer –dijo Neville sonriente mientras le servía más café.
Esperaba que el joven atacara su sopa con desesperación y se sorprendió al ver que lo hacía con extrema calma. Su corazón se llenó aún más de ternura al saber que llevaba muchos días sin probar alimento. Era como si le diera miedo comer demasiado aprisa y así terminar con la dulce sensación de sentir comida en el estómago. Joseph regresó con el juego de cubiertos extra y le sirvió café a Neville antes de ir a sentarse detrás del mostrador todavía diciendo no sé cuántas cosas en voz baja.
-Hmmm… está sabroso¿verdad? –comentó Neville cuando probó la sopa.
-Sí –le respondió el joven en un murmullo.
-Come pan –tomó uno y se lo ofreció.
Una temblorosa mano lo aceptó y ya no hubo más palabras entre ellos. A los pocos minutos apareció Ben con un par de platos en los que llevaba carne asada con ensalada de verduras y se sorprendió tanto como Joseph al ver al indigente, pero no hizo ningún comentario y se marchó a la cocina. Neville le retiró el tazón al joven y puso frente a él el otro platillo. Éste se le quedó viendo de tal forma que se diría que jamás había visto carne en toda su vida.
-¿Quieres que te ayude a cortar la carne? –le ofreció Neville.
-No… puedo hacerlo –le contestó otra vez en murmullos.
Al cabo de media hora ya los dos habían dado cuenta de toda la comida y de otras dos tazas de café.
-Gracias por… la comida –le agradeció el joven con voz entrecortada–. No pensé que todavía hubiera gente buena en este mundo.
-No fue nada –le contestó con una sonrisa–. ¿Te apetecería algo más?
-No, muchas gracias –se levantó con mucho trabajo del asiento–. Ya es hora de que me marche.
-¿Y adónde vas? –también se levantó.
-Por ahí –se encogió de hombros con indiferencia–. Nunca falta un pórtico o un callejón donde quedarme.
-¿Por qué mejor no vas a un refugio? –frunció el ceño pensativo–. Estoy seguro de que debe haber uno cerca de aquí.
-No, no me gustan. Prefiero la calle.
-Pero todavía está lloviendo muy fuerte –miró hacia la ventana–. Terminaras por enfermarte si sigues bajo la lluvia.
-Estaré bien –le dedicó una pequeña sonrisa torcida–. En verdad le agradezco la comida –giró la cabeza hacia Joseph que no le había despegado la vista de encima en todo ese rato–. No volveré, no se preocupe –el hombre suspiró de alivio ante esa afirmación–. Adiós –y se fue rengueando hacia la puerta.
Neville lo siguió con la mirada apenas conteniéndose en seguirlo y llevarlo a un refugio aunque fuera a la fuerza. No le gustaba la idea de abandonarlo a su suerte.
-Invitarlo a cenar fue un gesto muy noble de tu parte, Neville –comentó Joseph llamando la atención de su cliente.
-Es que hubieras visto la forma en que se le deshizo la boca al mirar el pan –sacó la cartera de su pantalón–. ¿Cuánto te debo¡Ah, por cierto! Agrega el valor de la toalla –y le entregó la cantidad que le dijo el hombre.
Neville se puso su gabardina y cuando ya estaba a punto de salir, Joseph lo detuvo.
-Ten cuidado al volver a tu casa –le recomendó con gesto preocupado.
-¿Acaso crees que ese joven está esperándome para asaltarme? –preguntó riendo.
-Nunca se sabe con esa gente –se encogió de hombros–. Sólo cuídate¿vale?
-Está bien –levantó la mano para despedirse–. La cena estuvo muy rica, gracias.
-Adiós.
Neville se estremeció al sentir el frío de la noche y volvió a preocuparse por el muchacho. La lluvia todavía caía a cántaros y no dudaba que ya estaría nuevamente empapado hasta los huesos. Miró hacia ambos lados de la calle para ver si podía distinguirlo, pero ésta estaba completamente desierta. Sintiéndose todavía mal por no haber insistido en llevarlo a un refugio, echó a andar hacia su casa. Apenas había avanzado una cuadra cuando una figura tirada en el pavimento llamó su atención. Se acercó con cuidado atendiendo a la sugerencia de Joseph de estar al pendiente. Podría ser que ese hombre se estuviera haciendo el enfermo para que se acercara y luego poder atacarlo. Una simple hojeada le hizo saber que se trataba del joven que había ayudado. Éste estaba tirado boca abajo sobre el pavimento y parecía estar inconciente.
-¡Chico¡Chico! –lo llamó al tiempo que le daba la vuelta–. ¿Qué te ocurre? –preguntó asustado, pero no recibió respuesta.
Neville le puso los dedos en el cuello para buscar su pulso y suspiró al encontrarlo… éste era débil, pero ahí estaba. Sin pensárselo dos veces, lo levantó del piso y no pudo evitar sentir pena al notar lo ligero que era. Cuando lo alcanzó en la calle para invitarlo a cenar, automáticamente se dio una idea de su estatura. Él era extremadamente alto y el joven apenas le llegaba al hombro, pero eso no quería decir que fuera bajo. Calculaba que debía medir mínimo 1.75 y era realmente alarmante que pudiera cargarlo con tanta facilidad. Con él en brazos se dirigió a su casa. Por su mente pasó la posibilidad de llevarlo en ese mismo momento al refugio, pero supo que no lo admitirían y como tampoco podía dejarlo tirado en la calle, decidió hacerse cargo de él. Le costó algo de trabajo abrir la puerta de la casa, pero una vez que estuvo dentro de ella pensó en lo que debía hacer. Sabía que era imperativo que un médico lo revisara y sopesó la posibilidad de llamar a Sirius, pero desechó la idea de inmediato. No era justo que lo sacara de la cama con ese clima del demonio.
'¿¡Entonces que hago¿¡Qué!?' –se preguntó desesperado–. 'Este chico necesita que un médico lo revise'
En el silencio sepulcral de la casa las gotitas que escurrían de las ropas de los dos se escuchaban con toda claridad.
'Primero debo quitarle esta ropa mojada antes de que pesque una pulmonía' –decidió y subió a su habitación.
Tuvo los mismos problemas para abrir la puerta de su cuarto y una vez que estuvo dentro se detuvo indeciso. No le gustaba la idea de ensuciar su cama al ponerlo ahí y entonces se metió al baño. Éste era muy amplio y Neville suspiró de alivio al ver una larga banca que su abuela había insistido en empotrar a la pared. Lo colocó en ella con cuidado y se quitó la mojada gabardina antes de empezar a desnudarlo. De lo primero que se deshizo fue de un largo abrigo que había visto mejores tiempos. Se le hizo un nudo en la garganta cuando retiró la sucia camisa y quedó al descubierto su pecho. Las costillas sobresalían de una manera terrible y sus brazos eran extremadamente delgados. Cuando le quitó el pantalón notó que tenía una enorme herida infectada en su pierna izquierda. No se necesitaba ser médico para saber que se trataba de un navajazo y enseguida comprendió por qué arrastraba la pierna.
-Pobrecito –acarició el sucio cabello negro–. Te ha de estar doliendo mucho.
Terminó de desnudarlo y le puso encima una enorme toalla para brindarle un poco calor antes de llenar la bañera. Sabía que iba a necesitar varios cambios de agua para poder asearlo por completo, pero debía hacerlo para poder atender su herida adecuadamente. Cuando la bañera estuvo llena y a una temperatura que le pareció adecuada, tomó al joven en sus brazos y lo metió en el agua caliente. Fue un arduo trabajo hacer desaparecer toda la suciedad que tenía adherida, pero después de cuatro cambios de agua, lo logró. Se sorprendió al ver que ese joven tenía una piel muy blanca y bastante suave. Al último cambio de agua le añadió colonia para erradicar cualquier mal olor que quedara. Lo dejó en la aromática agua mientras rasuraba la incipiente barba y después inspeccionó concienzudamente el largo cabello negro. Decidió que si se topaba con algún bicho se lo cortaría sin ningún miramiento, pero no encontró nada y sólo se lo lavó a conciencia. Sacó al joven de la bañera cuando estuvo seguro de que ya estaba completamente limpio y lo puso de nuevo en la banca para secarlo antes de llevarlo a su habitación. Lo recostó en la cama que aún estaba desecha y lo cubrió antes de buscar un pijama que le permitiera atender la herida de su pierna. Al final se dio cuenta que sólo tenía pantalones largos y entonces decidió ponerle unos bóxer. Le puso la camisa de un pijama, que por cierto le quedaba enorme, para cubrir su pecho antes de ir a buscar todo lo necesario para limpiar la herida. Ya para esas alturas había desechado la idea de buscar ayuda médica pues nadie iba a querer salir de su casa con ese tiempo y también porque se dio cuenta que el joven no estaba inconciente como había pensando en un principio, sino profundamente dormido. Como él ya había pasado por ese tipo de agotamiento físico, supo que iban a pasar muchas horas antes de que despertara. Se metió a la habitación que había pertenecido a su abuela pues ahí aún quedaban muchos medicamentos. La pena de la pérdida volvió a apoderarse de él en cuanto entró, pero se obligó a permanecer tranquilo… no tenía caso que volviera a llorar. Se apresuró a tomar todo lo necesario para la curación y volvió presuroso con su inesperado huésped. Se dio a la tarea de limpiar la herida que era bastante profunda y agradeció que el muchacho estuviera tan dormido pues sabría que le habría dolido mucho la aplicación del antibiótico. Cuando terminó de vendar la pierna y tenía al joven completamente cubierto y caliente en la cama, ya eran cerca de las 4 de la mañana y los ojos se le cerraban de sueño. Hasta ese momento pensó que no había sido buena idea meterlo en su cama pues ahora debía dormir en otra habitación.
'No. Mejor me quedo con él' –decidió de pronto–. 'A lo mejor se despierta y quiere irse cuando está todavía lloviendo'
Se desvistió con tranquilidad y se metió a la cama. Admiró las angulosas, pero finas facciones del joven hasta que el sueño lo venció.
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Byeeeeeeee !!!!!!!!!!!!
