Ojos grises (Neville) (11/20)
Clasificación R
Parejas Neville/Blaise
Disclaimer Los personajes de esta historia son propiedad de J.K. Rowling y la Warner Bros. Esto es puro entretenimiento y no me reporta beneficio económico alguno.
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Capítulo XI. Sobre la pista
Nicholas miraba los resultados que había obtenido de la sangre de Jason Green mientras se preguntaba el por qué de esa incongruencia. Repasó una y otra vez las cantidades, pero sus ojos se detenían sin remedio en el conteo de las hormonas masculinas. Se levantó para ir a buscar un libro de medicina y corroboró los datos. Sus hombros cayeron abatidos porque aunque el libro decía que el rango era más que elevado, no creía que eso hubiera provocado la muerte del joven.
'Algo que no debería estar aquí' –se dijo recordando las palabras de Parvati–. 'Sé que ese algo está aquí¿pero qué es¿¡Qué!?' –se preguntó desesperado y se quedó un largo rato sólo mirando la hoja de papel.
Casi una hora después lanzó un grito de júbilo y corrió al refrigerador. Le había sobrado sangre y rogó porque fuera suficiente para el estudio que pensaba hacerle.
-¡Claro¡Eso es¡Es tan obvio! –decía en voz alta mientras ponía sobre su mesa de trabajo algunos frascos con soluciones–. ¿¡Cómo fui tan ciego¡Es tan elemental como sumar dos más dos! –murmuraba sin parar mientras comenzaba a mezclar líquidos.
En ese estado de agitación lo encontraron Parvati y Justin cuando llegaron puntualmente al laboratorio para recoger los resultados.
-¿Encontró algo, señor Flamel? –preguntó Parvati con expectación al verlo trabajar tan desenfrenadamente.
-Creo que sí, niña –le contestó sin mirarla–. Pero guarda silencio. Necesito concentrarme.
-Está bien –y se sentaron en unas sillas a esperar.
Al cabo de media hora Justin consultó su reloj y se sobresaltó.
-Parvati –la llamó en voz baja–. Tenemos que irnos. Sales al aire a las 11 y apenas nos va a dar tiempo de llegar.
-¡Diablos! –ella también vio el reloj–. Tienes razón –luego se dirigió a Nicholas–. ¿Todavía tardará mucho, señor Flamel? –le preguntó, pero no recibió contestación–. No puedo irme –le dijo a Justin después de un momento de titubeo–. Regresa y diles que estoy atorada en algún punto de la ciudad y que pongan a alguien en mi lugar, pero no le digas a nadie donde me encuentro¿entendiste? –lo señaló con el dedo–. ¡Absolutamente a nadie!
-De acuerdo –Justin se levantó–. ¿Quieres que regrese?
-No –negó con firmeza–. No sabemos cuánto tiempo se demore el señor Flamel en terminar y no tiene caso que los dos nos quedemos aquí.
-Está bien. Nos vemos luego –y se fue dejando a Parvati mirando atentamente lo que estaba haciendo Nicholas Flamel.
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Como sucedió el día anterior, Cho no tuvo ningún problema en entrar a la televisora y se dirigió directamente a la oficina de Parvati. Consultó su reloj y vio con satisfacción que aún faltaban algunos minutos para que dieran las once de la noche. Tenía la esperanza de encontrarla sola, pero grande fue su desilusión cuando le dijeron que su pareja aún no llegaba. Se sentó en una pequeña sala de espera y tuvo que soportar las miradas curiosas de los compañeros de trabajo de su chica. Aún cuando Parvati le había dicho que todos estaban enterados de su relación, no todos la conocían porque no iba muy seguido a verla. El reloj marcó la medianoche y su pareja nunca apareció. Cho luchó a brazo partido para que nadie se diera cuenta de su dolor pues estaba segura de que se había ido con Justin a algún lugar donde pudieran estar solos. Ya estaba a punto de pararse e irse cuando vio a Justin. El muchacho pasó frente a ella sin mirarla y entró a la oficina de Parvati. Se levantó deprisa y se metió tras él cerrando la puerta a sus espaldas.
-¿Dónde está Parvati? –le preguntó Cho a Justin con extrema frialdad.
-¿Quién eres? –preguntó a su vez el muchacho con recelo.
Justin resbaló una apreciativa mirada por el bien formado cuerpo de Cho y apenas pudo contener un chiflido de admiración. ¡La chica tenía unas curvas sensacionales!
-Cho Chang… la novia de Parvati –recalcó muchísimo las palabras.
-¡Cielos¡Parvati tiene un gusto excelente! –las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas–. Perdóname, por favor –se disculpó totalmente rojo–. Parvati no volverá. Está atrapada en un congestionamiento.
-¿Así? –lo miró con escepticismo–. ¿Y cómo es que tú estás aquí¿Acaso no andan siempre juntos?
-Pues hoy no –se desconcertó ante la franca animosidad que le demostraba la chica.
-Discúlpame, pero no te creo –puso las dos manos sobre el escritorio–. ¿Dónde tienes a Parvati?
-¿¡Qué!? –la miró como si se hubiera vuelto loca–. ¡Yo no la tengo en ningún lado!
-Te advierto que no vas a salir de aquí hasta que me digas donde está mi pareja –el brillo de esos ojos rasgados logró ponerlo nervioso.
-¡No lo sé! –vio como Cho le ponía el seguro a la puerta–. ¡Te estoy diciendo la verdad! –insistió ya alarmado cuando la chica se le acercó amenazadoramente.
-Sé perfectamente que sí lo sabes –lo aventó con brusquedad sobre un sillón giratorio–. Empieza a soltar la lengua, imbécil.
-¿¡Pero qué te pasa!? –trató de hacerse del teléfono, pero Cho fue más rápida y arrancó la conexión de un tirón–. Déjame ir, por favor.
-Mi paciencia se está agotando, estúpido –Justin vio con los ojos muy abierto como Cho se quitaba un zapato que tenía un muy peligroso tacón de aguja–. Te aseguro que con esto puedo deshacer tu linda cara en un segundo.
-¡De acuerdo! Te diré donde está Parvati, pero te hago completamente responsable de eso –sacó un pañuelo de su pantalón para limpiarse el sudor–. Me dijo que no le dijera a nadie donde se encontraba.
-¡Ve directo al grano! –gritó Cho aún blandiendo peligrosamente la zapatilla.
-Está en unos laboratorios recogiendo unos resultados.
-¿¡A esta hora!? –se mofó abiertamente–. ¿¡Acaso crees que vas a verme la cara de idiota¡Ya dime la verdad¿¡Dónde diablos está!?
-¡Te estoy diciendo la verdad! –se cubrió la cara cuando vio que la chica iba a descargar un golpe con su zapatilla, pero éste no dio en su cuerpo sino en el escritorio donde dejó un impresionante agujero–. ¡Te lo juro! –repitió apenas atreviéndose a descubrirse el rostro.
-Sigo sin creerte –Cho se puso de nuevo la zapatilla–. Así que tú y yo vamos a ir a esos laboratorios y te aseguro que si no encontramos a Parvati ahí… te arrepentirás el resto de tu vida.
Justin fue sacado a empujones de la oficina y aún cuando muchos de sus compañeros los vieron marchar, no se atrevió a decir nada… la furiosa chica que iba a su lado era en verdad intimidante. Durante todo el camino rogó porque Parvati aún estuviera en los laboratorios. No quería pensar en lo que le haría Cho si no encontraban ahí a su pareja. El taxi en el que viajaban no tuvo ningún contratiempo en llegar a su destino y el muchacho suspiró de alivio al ver que el auto de su jefa seguía en el estacionamiento del lugar.
-¿Lo ves? Te dije que Parvati estaba aquí –Justin señaló el auto.
-¿Y qué hace aquí tan tarde? –cuestionó Cho ya respirando con tranquilidad.
-¿Por qué no vas y le preguntas? –se bajó del taxi y le tendió la mano a la chica para ayudarla a bajar, pero fue rechazado de mala forma.
Cho no se dignó a mirarlo de nuevo y se dirigió con decisión a la caseta de vigilancia. Justin estaba más que molesto con ella, pero aún así se quedó parado junto al taxi hasta que el guardia de seguridad le permitió la entrada a los laboratorios.
-¡Chica loca! –murmuró enfadado antes de volver a abordar la unidad y perderse en las calles londinenses.
Cho siguió al guardia por intrincados pasillos mientras sentía que su corazón cabalgaba con furia dentro de su pecho. No le había sido sencillo convencerlo de que la dejara pasar y se vio en la necesidad de recurrir a súplicas muy femeninas para lograrlo. El hombre se detuvo frente a una puerta y se tomó un largo instante para recorrer apreciativamente su exuberante cuerpo antes de marcharse y dejarla sola. Cho esperó a que el guardia desapareciera para tocar con suavidad la puerta. Comprendía a la perfección que si su pareja estaba en ese lugar a tan altas horas de la noche era porque estaba atendiendo un asunto muy importante y no quería disgustarla al entrar sin invitación. Escuchó como quitaban el seguro de la puerta y le sonrió con inseguridad a Parvati que se quedó con la boca abierta al verla.
-¡¡¡Cho!!! –exclamó Parvati con incredulidad–. ¿¡Pero qué haces aquí!? –levantó una mano y le acarició el rostro con suavidad para comprobar que no estaba teniendo una alucinación.
-Hola, mi amor –la saludó con timidez–. ¿Estás muy ocupada?
-No mucho en realidad –miró sobre su hombro al anciano que no le había dirigido la palabra en la última hora y media.
-¿Podríamos hablar? –le suplicó.
-Claro –salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas–. ¿Justin te dijo que estaba aquí? –le preguntó sonriendo.
-Sí –afirmó antes de aspirar profundo–. Parvati… yo… yo… quisiera disculparme por lo que te hice esta mañana –la miró con angustia–. Te juro que estoy arrepentida y… y… –se abrazó a su cintura repentinamente–. ¡No quiero perderte, mi amor¡Me moriría si tú no estás a mi lado¡No me importa si andas con Justin o con otra persona¡Simplemente no puedo vivir sin ti! –se angustió cuando sintió que Parvati luchaba por desprenderse de su brazos–. ¡No, Parvati¡No¡No me alejes de tu lado¡Te amo¡Te amo con toda mi alma!
Parvati logró separarse de ella y le dio la espalda. Cho temblaba sin control mientras miraba la figura inmóvil de su amante. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas cuando el silencio se alargó demasiado y ya estando a punto de arrojarse a sus pies para suplicarle de rodillas que la aceptara de nuevo en su vida, su pareja la sorprendió al darse vuelta con rapidez. Se vio obligada a caminar hacia atrás y sus manos fueron inmovilizadas sobre su cabeza con tal fuerza que gimió de dolor. Miró el rostro de su amante y el corazón se le encogió al ver que estaba sumamente enfadada.
-Escúchame bien, Cho… y te aconsejo que lo hagas con mucha atención porque te aseguro que es la última vez que pienso decírtelo –dijo Parvati con los ojos centelleantes de enojo–. ¡Justin… no… es… mi… amante! –declaró con lentitud–. La única persona que ha compartido mi intimidad y tocado mi cuerpo los últimos seis años has sido tú. Sabes perfectamente que desde que posé mis ojos en ti me arrebataste la razón y te entregué mi corazón por completo. Nadie… ¡entiéndelo bien!... nadie puede arrebatarte mi amor ¡¡¡porque eres la dueña absoluta de mi ser!!! –le gritó desesperada–. ¿¡Qué diablos necesito hacer para que me creas¿¡Abrirme el pecho para que veas que en mi corazón sólo vives tú¿¡Cortarme las venas para que te des cuenta que llevo tu esencia hasta en la sangre!? –bajó la cabeza y escondió el rostro en el blanco cuello–. Dime que tengo que hacer, mi amor –dijo ya suplicando–. Ya no soporto oírte decir que te estoy siendo infiel… te juro que ya no lo soporto –acabo diciendo con la voz quebrada.
-Quiero creerte, Parvati –Cho tenía un nudo en la garganta–. Pero… pero… te vi besándote con Justin.
-Él fue quién me besó –le contestó después de suspirar profundamente–. Si te hubieras quedado un segundo más habrías visto la tremenda bofetada que le propiné por su atrevimiento y después escuchado la amenaza de que sería despedido sin miramientos si se atrevía a volver a hacerlo.
-¿¡En serio!? –sus ojos se iluminaron de inmediato.
-Te estoy diciendo la verdad –levantó la cabeza y la miró con extrema seriedad–. ¿Entonces qué es lo que quieres que haga?
-No te entiendo –preguntó confundida.
-No resistiré que vuelvas a acusarme de que dejé de amarte, así que dime que prueba quieres de mi inmenso amor por ti.
-¡Oh, cielo! –le comió el rostro a besos–. ¡Ninguna¡Te creo¡Te creo!
-¿Basta con que te diga que te amo con todas las fibras de mi ser?
-Sí.
-¿Con demostrarte cada noche lo mucho que me enloqueces? –como aún sujetaba las manos de su pareja, se contentó con apretarse firmemente contra ella.
-Sí –aceptó gimiendo deliciosamente.
-¿Con ponerme de rodillas y agradecer todos los días al cielo por haberme dado la gracia de tu amor?
-¡Oh, Parvati! –comenzó a moverse sugestivamente–. Yo soy la que debe dar las gracias por tenerte a mi lado.
-Creo que debes parar –mordió con suavidad su labio inferior.
-¿Pero por qué? –levantó una pierna y la enredó en su cintura–. Quiero que me ames ahora.
-Pues yo no pienso darles a los guardias el placer de ver tu hermoso cuerpo desnudo –le contestó riendo mientras señalaba con la cabeza una cámara de circuito cerrado que colgaba del techo–. Esa vista es sólo para mis ojos –la miró con avaricia antes de liberarla y poner la minifalda en su lugar.
-¡Caracoles! –se ruborizó encantadoramente–. Nunca pensé en eso.
-No te preocupes, cielo –la besó con pasión–. Esto es para que no se queden con las ganas de ver cómo nos amamos –se besaron un poco más antes de entrar al laboratorio.
-¿Y qué haces aquí? –preguntó Cho mirando a su alrededor con curiosidad.
-Traje una muestra de sangre para que la analizaran –se acercaron al anciano que seguía enfrascado en su trabajo–. ¿Ya casi termina, señor Flamel? –le preguntó con suavidad para no sobresaltarlo.
-Todavía no –le contestó él distraídamente.
-¿Podría decirme que ha encontrado? –tomó la hoja de resultados de Jason y vio las cifras sin comprenderlas del todo.
-Me pediste que buscara algo que no debería estar ahí¿verdad? –el anciano se incorporó y se estiró para relajar sus cansados músculos.
-Así es.
-Pues ya lo localicé y… –se interrumpió cuando descubrió a Cho–. No tenía el placer de conocer a tu bella amiga –dijo con galantería haciendo que las dos chicas rieran para sus adentros.
Era una regla general que todos los hombres coquetearan con Cho antes de que la miraran con disgusto al enterarse que sostenía una relación amorosa con otra mujer.
-Cho Chang –la chica extendió la mano para saludarlo–. Es un placer conocerlo.
-Nicholas Flamel a tus órdenes, preciosa –tomó su mano y depositó un pequeño beso en ella–. ¿Trabajas con Parvati?
-No –negó riendo–. En realidad soy su novia.
-¿¡Su novia!? –el anciano levantó las cejas asombrado, pero pronto se recuperó–. ¡Vaya! Todavía me cuesta trabajo acostumbrarme a ese tipo de relaciones, pero te felicito –volvió a besar su mano–. Parvati es una chica excelente.
-Lo sé –dijo antes de mirar a su pareja con verdadera adoración.
-¿Qué fue lo que encontró? –preguntó Parvati cuando Cho recuperó su mano.
-¿Cómo te lo digo? –Nicholas se rascó la barbilla–. Creo que comenzaré desde el principio –rió estruendosamente sin motivo aparente–. ¿Cuántos años creen que tengo? –ese brusco cambio de conversación las desconcertó.
-¿75? –se atrevió a murmurar Cho.
-¡Qué amable de tu parte decir eso! –volvió a reír con ganas.
-85 –afirmó Parvati con convicción.
-Tengo 93 años –las dos chicas se quedaron con la boca abierta porque aunque ciertamente se le notaban muchísimo años encima, no pensaban que tuviera esa edad–. Y aunque no lo crean aún no me he aburrido de este mundo. Es por eso que he estado investigando la forma de mantenerme con vida el mayor tiempo posible.
-¿Está buscando la fuente de la vida eterna? –preguntó Parvati con incredulidad.
-¡Por supuesto que no! –la contradijo con alegría–. Durante siglos los hombres han tratado de encontrarla y no han podido hacerlo porque no existe. Es una estupidez creer que se puede mantener activos nuestros frágiles cuerpos hasta el final de los tiempos –se puso triste súbitamente haciendo gala de su voluble carácter–. Hace dos años me detectaron una enfermedad degenerativa que es totalmente normal en las personas de mi edad.
-¡Oh! Cuánto lo siento –dijo Cho con verdadera pena.
-Me afectó tanto que empecé a buscar la forma de evadirla.
-¿Está tratando de encontrar una cura? –preguntó Parvati tentativamente.
-No, niña –la miró con impaciencia–. No hay cura para mi enfermedad. Esas cosas ocurren porque así es como funciona el cuerpo humano. Lo que en realidad estoy buscando es la manera de retrasar sus consecuencias y si tengo éxito, ni quisiera tendré que preocuparme de otras enfermedades que pueden ser mortales a mi edad. Moriré, lo sé…pero no quiero hacerlo en los próximos 20 años cuando menos –se inclinó sobre la mesa de trabajo y acercó su rostro al de ellas–. Voy tras el elixir de la vida –sus ojos brillaron de emoción–. Y creo que estoy a punto de conseguirlo.
Las dos muchachas se le quedaron viendo con la boca abierta mientras pensaba que estaba completamente loco.
-¿Y por qué piensa eso? –preguntó Parvati tratando de que su voz no mostrara su escepticismo.
-Es algo muy complicado de explicar, pero trataré de hacerlo –Nicholas volvió a su lugar–. Como saben, las hormonas juegan un papel fundamental en el funcionamiento del cuerpo humano. Existe un gran número de ellas y cada una tiene una labor específica que desarrollar. Conforme se gana edad algunas hormonas, o se dejan de producir por completo, o se reducen notoriamente. Un clásico ejemplo de esto es cuando las mujeres llegan a la menopausia porque su progesterona disminuye –levantó las manos para acallar la réplica de Parvati–. Sé que en el mercado existen innumerables medicamentos que ayudan a amortiguar las molestias de la menopausia, pero no pueden revertirla. En cambio, lo que yo estoy a punto de hacer es exactamente eso. Mi investigación va encaminada a estimular la tiroides para que vuelva a producir una hormona muy específica que se perdió cuando comencé a envejecer y que es la que te ayuda a mantenerte con impecable salud.
-Pues parece que es muy sencillo hacer eso¿no? –opinó Cho y se ganó una mirada llena de enfado por parte del anciano–. ¿No dice que ya existen medicamentos que…?
-Vuelvo a repetirlo –la interrumpió con brusquedad–. No quiero una idiota medicina que me haga sentir bien mientras mi organismo se deteriora a cada minuto que pasa. ¡Quiero una solución real! –dio un fuerte manotazo en la mesa y la chica dio un paso atrás sorprendida.
-Y me supongo que ya encontró la manera de estimular la tiroides¿verdad? –intervino Parvati para evitar que el hombre siguiera asustando a su pareja.
-Creo que sí –volvió a ponerse alegre–. La muestra de sangre que me trajiste me puso en el camino correcto.
-¿De qué forma? –preguntó animada.
-Mira –abrió un pesado libro de medicina que tenía a un lado–. Según esto, el nivel hormonal de este chico estaba elevadísimo. Obviamente no soy un experto, pero he estudiado lo suficiente el tema para asegurar que este simple hecho no pudo haber provocado su muerte –la miró a los ojos–. Te aconsejo que acudas con un médico para una segunda opinión.
-Lo haré –aceptó mientras pensaba quien la orientaría mejor… ¿Ronald Weasley, Sirius Black o Lily Potter?
-Sin embargo, aún cuando ese conteo no es mortal, no deja de ser sumamente interesante –siguió diciendo el anciano–. Lo que me llamó la atención fue el hecho de encontrarlo en una persona joven y sana, según me dijiste, y me puse a meditar sobre eso. Todos los deportistas de ese nivel se encuentran sometidos a un fuerte entrenamiento y muchos caen en la tentación de tomar anabólicos para fortalecer sus músculos lo más rápido posible.
-Se le hicieron pruebas para detectar sustancias prohibidas y resultaron negativas –le dijo Parvati con enfado.
-Yo tampoco pude encontrarlas –declaró antes de mirarlas alternativamente–. ¿Conocen la Navaja de Ockham?
-No –le contestaron las dos mientras se preguntaban cuando demonios dejaría de cambiar la conversación tan bruscamente.
-Es un principio científico que dice que la explicación más sencilla tiende a ser la correcta –se quedó pensativo un segundo–. Se me vinieron a la mente muchas explicaciones sobre ese descomunal aumento hormonal en una persona tan joven, pero como ninguna me satisfizo tuve que volver a la primera premisa y que era que el chico estaba tomando 'algo' que lo estimulaba excesivamente.
-Vamos a suponer que lo dice es cierto –intervino Cho–. Si es así¿por qué no lo detectaron antes?
-¡Ah! Has puesto el dedo en la llaga, niña –el anciano le guiñó el ojo antes de dirigirse a la otra chica–. ¿Te gustan los chocolates, Parvati?
-Sí –aceptó mientras se aguantaba las ganas de rodar los ojos… ¡era horrible que no pudieran tener una plática normal!
-¿Cuándo los comes?
-Generalmente cuando tengo hambre y no puedo salir a comer.
-¡¡¡Muy bien!!! –la felicitó exageradamente–. El chocolate sirve exactamente para eso. Te aporta energía y le da a tu estómago una falsa sensación de satisfacción por lo que el hambre desaparece. Sin embargo, la energía que se obtiene de esa manera tiene el gran inconveniente de que se consume con asombrosa rapidez. Si decidieras que los chocolates fueran tu única fuente de energía, te verías en la necesidad de consumir una exagerada cantidad de ellos aún cuando te provocaran muchos trastornos con el tiempo. Pues bien… ése fue mi razonamiento en este problema –cerró los ojos–. El chico necesitaba muchos músculos, pero no para hoy sino para ayer ¿verdad?
-¡Sí! –le contestaron las dos con expectación… parecía que por fin iba a decirles lo que había descubierto.
-¿Y cómo los obtendría? –abrió los ojos y les sonrió con picardía–. ¡Pues comiendo muchos chocolates! –declaró con pomposidad.
-¿¡Quééé!? –exclamó Cho atónita… Parvati estaba sin palabras–. ¿¡Quiere decir que encontró cacao en la sangre!?
-¡Por supuesto que no! –el anciano rió con ganas–. ¿¡Que acaso no conoces las parábolas, niña!? –se secó las lágrimas de risa que había alcanzado a derramar–. Lo que quiero decir es que ese muchacho estaba ingiriendo una cantidad exagerada de anabólicos que provocó que sus hormonas se dispararan hasta el cielo y que le permitían realizar actividades sobrehumanas –las miró con extrema seriedad–. Estaba dopado hasta la médula de los huesos.
-¡Eso es imposible! –exclamó Parvati ya sin ocultar su exasperación–. ¡Ni usted ni nadie encontraron anabólicos en su sangre!
-Estás equivocada –la contradijo el anciano con tranquilidad–. Lo hice.
-Decídase, por favor –dijo Cho poniendo los ojos en blanco–. Primero dijo que no lo había hecho y ahora dice que sí.
-Dije que había encontrado algo que no debería estar en su sangre y que al final de cuentas resultó ser un anabólico excelentemente maquillado… apenas deja rastros tras de sí –las dos chicas se quedaron con la boca abierta–. Aún no he terminado de analizarlo, pero puedo decirles que es simplemente ¡espectacular! –acabó diciendo claramente emocionado–. Y es el último eslabón que me faltaba para completar mi investigación sobre el elixir de la vida –luego frunció el ceño–. No sé quién lo habrá fabricado, pero me molesta no haberlo hecho yo –enseguida volvió a ponerse alegre–. ¿¡Pero qué importa¡Es una verdadera maravilla!
-¿Piensa utilizarlo? –preguntó Cho con asombro.
-¡Por supuesto que sí!
-¡Pero es veneno!
-Niña… todo es veneno si lo consumes en exceso –desechó el argumento con un ademán de manos–. Además, la aplicación que voy a darle es totalmente diferente –volvió la atención a su mesa de trabajo dando por terminada la conversación.
-Una última cosa, señor Flamel –dijo Parvati antes de que el anciano se olvidara de que estaban ahí–. ¿Sería posible que esa misma sustancia estuviera en la sangre de Sombra Negra?
-¿Sombra Negra? –se quedó un momento pensativo–. ¡Ah! Ya recuerdo. Así se llamaba el caballo que murió en una carrera. Me trajiste su sangre para que la analizara¿verdad?
-Así es.
-Déjame ver el registro –hizo el intento de levantarse.
-Aquí tengo los resultados que me dio –Parvati sacó con rapidez una hoja doblada de su pantalón y se la dio al anciano.
-No podría afirmarlo –dijo el anciano con pesadez después de leer el informe dos veces–. Ese caballo también tenía sus rangos muy por encima de lo normal, pero necesitaría analizar nuevamente su sangre para buscar ese anabólico específicamente.
-Me temo que es imposible –suspiró profundamente–. Fue incinerado.
-Lamento no poder ayudarte más –le devolvió la hoja de papel.
-Le agradezco mucho su tiempo –las dos chicas le dieron la mano–. Le deseo mucha suerte en su búsqueda del elixir de la vida.
-Gracias –volvió a besar la mano de Cho–. Vuelvan cuando quieran.
Parvati ayudó a Cho a entrar al auto, pero no arrancó de inmediato. Su mente repasaba una y otra vez la conversación que habían tenido con el excéntrico anciano. Había dado un gran paso en su investigación. Ahora realmente tenía la certeza de que un medicamento sumamente peligroso estaba circulando entre los deportistas del país.
-¡Que sujeto más extraño! –dijo Cho arrancándola de sus pensamientos.
-Sí, lo es –aceptó Parvati mientras encendía el auto–. Pero es un excelente químico y me ha ayudado mucho.
-Me alegra que así fuera –le sonrió con inseguridad–. ¿Vamos a casa?
-Sí, mi amor –se acercó a ella y la besó con pasión–. No veo la hora de volver a amarte.
-Ni yo tampoco –se deshizo bajo sus labios como mantequilla.
Tardaron todavía un poco en abandonar el estacionamiento de los laboratorios y se ganaron una gélida mirada del guardia que les permitió salir.
-Está celoso porque tengo a mi lado a la mujer más hermosa del mundo entero –dijo Parvati riendo cuando ya circulaban en la calle.
-Gracias, cariño –le agradeció con una sonrisa y se acercó más a su pareja.
Cho metió atrevidamente la mano en el pantalón de Parvati y comenzó a acariciar su parte más íntima lo cual provocó que llegaran en tiempo record a su casa.
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Capítulo bastante extraño, pero deben echarle la culpa a Nicholas y no a la autora¿eh? jajajaja.
Inna!!!!!!!!!!! Muchas gracias por dejarme tu mensajito : ) … seguiré actualizando la historia a este ritmo sólo esperando que la conexión no decida tomarse unas vacaciones, jejeje… me alegra que te esté gustando la historia… mil besos.
