MOMENTOS DE DECISIÓN

Notas aclaratorias:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.

La siguiente historia comienza en los primeros momentos luego del final del capítulo 36, con un único cambio pero manteniéndose dentro de la historia general de Robotech (o al menos de lo poco que sabemos que ocurrió entre el final de la Saga de Macross y el inicio de la Cruz del Sur), a excepción de ese pequeño cambio al que hice referencia y que es lo que hace que sea un universo alterno. No se basa en la historia relatada en las novelas de McKinney o en los comics.

Antes que nada, quiero aprovechar para agradecer y mandar un abrazo enorme a mis amigas Evi y Sara, por haberse tomado el trabajo de leer esta historia y por sus comentarios... y porque sin su amistad y aliento, este fic continuaría durmiendo el sueño de los justos en algún lugar perdido de mi disco rígido.

En la medida de lo posible, la historia se actualizará el martes o el miércoles de cada semana.

Sin más por decir, los dejo con éste, el prólogo del primer fanfic que escribí. Muchas gracias desde ya a los que la lean, y espero que les guste...

M. Theisman


Prólogo: Entre las ruinas

"Lo más difícil para todos los que luchamos durante las Guerras no fue combatir con el enemigo (aunque no dejaba de ser algo excepcionalmente duro), sino tratar de continuar con nuestras vidas en el proceso y preservarlas de la locura de la guerra. Dios sabe que fue casi imposible para la gran mayoría de nosotros. Los que a pesar de todo pudieron hacerlo, los que en medio de toda la muerte y destrucción fueron capaces de hacerle un lugar a las cosas bellas de la vida, aquellas por las que vale la pena vivir y luchar... ésos, junto con los que arriesgan sus vidas sin dudarlo, son los que podrán construir un futuro mejor.

El mayor honor que puedo contar en mi vida es el haber conocido, aprendido y servido junto a docenas de hombres y mujeres como esos."

Teniente general (retirada) Dana Sterling, en el prefacio a "Pioneros: Breves biografías fundamentales de las Guerras Robotech", de Alyssa Redfield.

Toda generación tiene momentos que la definen; hitos para los cuales la pregunta "¿Qué estabas haciendo cuando...?" siempre encuentran respuesta, no importa a quién se le pregunte. Como ejemplo histórico, para los habitantes de los Estados Unidos de América de la segunda mitad del siglo XX, uno de esos hitos fue el asesinato del presidente Kennedy en 1963.

Por desgracia, para los que vivieron el cambio de milenio y la primera mitad del siglo XXI, hubo demasiados de esos momentos, reflejados en preguntas como "¿qué estabas haciendo cuando cayó el SDF-1?, "¿en donde estabas cuando la Liga Antiunificación derribó las Torres Gemelas?", "¿en qué lugar te alcanzó la Lluvia de la Muerte?", y tal vez una de las más sorprendentes de todas por lo que representó:

"¿Qué estabas haciendo el día que el SDF-1 fue destruido?"

Werner Kranzhauser, "Esperando la siguiente caída: el impacto de las Guerras Robotech en la evolución del ánimo público"


Viernes 10 de enero de 2014

Ella desapareció en las calles de la ciudad, esfumándose entre las ruinas como si jamás hubiera existido.

Como si hubiera sido un espejismo.

Viéndola desaparecer, Rick no pudo evitar preguntarse si, a lo mejor, ella jamás había sido otra cosa excepto un espejismo. Una fantasía de adolescencia cuyo encanto había sido tal que él no había querido escapar. Y que ahora se había esfumado frente a sus ojos, luego de lo que bien hubiera podido ser una vida entera de encandilamiento… un encandilamiento que le había impedido discernir la realidad.

Esa realidad estaba ahora prendida con fuerza de su brazo, y a pesar del frío glacial de esa fatídica mañana de enero y de la nevada que había empezado a caer por todas partes, Rick sentía una poderosa onda de calor que lo recorría de la cabeza a los pies cada vez que el viento invernal hacía que ese cabello castaño y sedoso rozara su piel. Como por instinto, como necesitando asegurarse de que lo que estaba sintiendo era real, Rick tomó con más fuerza a aquella persona que, de buenas a primeras, se había convertido en lo más importante de su vida... lo más importante del mundo.

Aquella persona por quien todo cobraba sentido, y por quien valía la pena seguir viviendo y luchando.

En el mundo alrededor de ellos dos sólo había ruinas por doquier, y reinaba absoluta la destrucción más completa. El horizonte estaba salpicado por los edificios colapsados e incendiados de aquella ciudad que alguna vez, no hacía mucho tiempo, fuera el símbolo del renacer de la humanidad y de la perseverancia de su espíritu. A espaldas de ellos, semihundido en el lago, se alzaba cual monumento a la locura el cadáver destrozado y desmembrado del SDF-1. El casco del transporte de asalto Daedalus emergía de la superficie del lago en posición casi vertical, asemejando una espada clavada en el suelo luego de una batalla, mientras que la destrozada figura del portaaviones Prometheus, conectada aún a los restos de la fortaleza de batalla, reposaba semihundida en las frías aguas del lago.

Por todos lados y hasta donde la vista permitía distinguir, sólo se veía destrucción, incendios y explosiones. La ciudad de Nueva Macross se había convertido en una gigantesca pira funeraria para la otrora invencible fortaleza espacial, una pira encendida por el fuego devastador de la locura de Khyron.

Aquella mañana de enero de 2014 el mundo entero cambió y nunca más volvió a ser el mismo. Pero para tres personas, para tres residentes de aquella ciudad cuyas vidas habían estado ligadas a la nave que acababa de morir, el mundo había cambiado hasta hacerse casi irreconocible. Y antes de que terminara el día, iba a cambiar aún más.

Para Rick Hunter, ese fue el día en que todas las dudas e incertidumbres se habían disipado. Fue el día en que por vez primera en su vida fue capaz de ver con claridad lo que la fantasía y la inmadurez le habían estado ocultando durante tanto tiempo… durante demasiado tiempo: que aquello que toda su vida había estado buscando, aquel amor y compañía que buscaba con desesperación y que él deseaba retribuir de igual manera, estaba en realidad mucho más cerca de lo que él pensaba. Que existía en el mundo una persona que, con cariño y en silencio, daba todo por él sin pensarlo dos veces, mientras él la recompensaba con crueldad insensible y desconsideración. Y ahora, a su lado, estaba Lisa Hayes, una mujer que satisfacía todo lo que él siempre había necesitado, y que poco a poco, con su compañía y su aliento, en silencio y sin estridencias, aún mientras él corría tras la fantasía, había conquistado su corazón hasta hacerlo irrevocablemente suyo.

Para Lisa Hayes, ese día de enero había sido el principio agridulce de una nueva vida. Aquella ilusión que había parecido imposible una vez era ahora una realidad: Rick Hunter, el hombre del que ella había estado enamorada en silencio desde hacía años y por quien había sufrido penas y dolores lacerantes, correspondía su amor y la estaba conteniendo en medio de su pena. De haber sido ese 10 de enero un día como cualquier otro, ella estaría saltando de alegría y bailando de felicidad, mandando al diablo a su acostumbrada sobriedad militar para dar rienda suelta a su corazón. Pero, al igual que tantas cosas en la vida breve e intensa de Lisa, tal parecía que aquel sueño había venido al costo de una pesadilla. El universo había decidido castigarla una vez más de forma cruel y desproporcionada, exigiendo como pago las vidas de miles de personas a cambio del largamente esperado amor de ese hombre por quien hubiera dado la vida sin siquiera dudarlo.

Para Lynn Minmei, el día había traído el fin abrupto y definitivo de sus ilusiones, sumado al amargo descubrimiento de en qué medida había cambiado el mundo a su alrededor mientras ella estaba encerrada en su fantasía del estrellato. Que su propio egoísmo y ensimismamiento había alienado a alguien especial, una buena persona que por ella hubiera desafiado los fuegos del infierno. Una persona que había encontrado en otra mujer el cariño y amor que se merecía y que ella, la exaltada Señorita Macross, jamás se dignó darle seriamente hasta que fue demasiado tarde… para ambos. Por un instante, ella pensó en regresar a donde estaba él, animada por la ilusión de que tal vez no fuera demasiado tarde, de que aún quedaba una oportunidad… pero no lo hizo; ni siquiera se volteó para ver el camino que había recorrido. Ya era tarde. Su vida anterior, todo lo que ella había sido, todo lo que ella había tenido con él había muerto junto con Nueva Macross, y ahora sólo quedaba empezar desde cero… animada por la esperanza de un futuro que no fuera tan doloroso como el pasado.

Junto al lago, el silencio de la escena se rompió abruptamente por el rugido de los rotores de incontables helicópteros militares, que bajaban de los cielos para posarse en cualquier lugar que les fuera posible. De cada helicóptero bajaban equipos de médicos y rescatistas, asistidos por técnicos, que buscaban con afán abrirse paso para rescatar a aquellas personas atrapadas dentro de la carcasa de la que fuera la orgullosa nave insignia de la Tierra. Los equipos de rescate recorrían el casco de la fortaleza como hormigas sobre un cadáver, y a pesar de que esa escena demostraba la valentía y el innegable arrojo de cientos de personas que sólo buscaban rescatar a sus semejantes, para el capitán Rick Hunter no dejaba de tener una connotación macabra.

El SDF-1 había muerto.

Uno de aquellos helicópteros descendió a escasos metros de donde Rick y Lisa estaban parados, destrozando con el sonido de sus motores las melancólicas reflexiones de Rick Hunter. De la aeronave descendió un oficial militar con traje de vuelo, quien se acercó a paso veloz a donde estaban Rick y Lisa, deteniéndose frente a ellos para hacerles un apurado saludo militar.

– Capitana Hayes, soy el primer teniente Keral – se presentó el oficial alzando la voz para sobresalir en medio del ruido, con una voz que tenía el inconfundible acento de un Zentraedi. – Tengo órdenes de llevarla de inmediato al puesto de comando auxiliar en Ciudad Granite para que se haga cargo de las operaciones.

¿Qué¿Irse de allí¿Dejar todo e ir a Ciudad Granite? Lisa miró al teniente con ojos incrédulos y expresión estupefacta, sin poder dar crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar. No podían pedirle eso, nadie en el mundo podía pretender pedirle que dejara aquel lugar, que se fuera de allí sin saber si el almirante… si Claudia… sin saber la suerte corrida por sus compañeros de armas… por sus amigos… por su familia.

– Lo lamento, teniente, no me iré hasta asegurarme que hayan rescatado a todo el personal de la fortaleza – dijo Lisa meneando la cabeza, enfatizando cada una de esas palabras.

El teniente Keral, como lo hubiera hecho cualquier Zentraedi criado y educado para obedecer incuestionablemente las órdenes recibidas, no pudo evitar quedar atónito y sorprendido ante la resistencia de Lisa e insistió:

– Pero, capitana, las órdenes vienen del teniente general Maistroff, y son...

No pudo terminar la frase, ya que la joven capitana que tenía al frente exclamó con potente voz de mando.

– ¡Creo que no me escuchó, teniente¡Ahora, le sugiero que haga algo útil y empiece a rescatar a...! – Lisa quiso seguir, pero sintió que el brazo de Rick la tomaba con más fuerza. Ante aquella presión, Lisa giró sobre sus talones para confrontar a Rick, y por unas milésimas de segundo las emociones que traslucían sus miradas preanunciaban que iban a volver a sus viejos hábitos de perro y gato.

– Lisa, por favor, ve con el teniente y sube a ese helicóptero. Tienes que ir a un lugar seguro lo más rápido posible – le pidió Rick con una voz segura que no podía ocultar un dejo de amarga preocupación.

– Mantente alejado de esto, Rick – le espetó bruscamente Lisa con una voz que ella no reconoció como propia… una voz cargada de dolor y angustia. – No voy a abandonar a la gente con la que–

– Basta, Lisa. No hay nada que puedas hacer aquí – la cortó en seco Rick con frialdad en su voz. – El teniente tiene razón, debes ir con él a Granite. Acá están haciendo todo lo que pueden. Debes ir a Granite, donde te necesitan. Donde te necesitamos todos...

– ¿Quién diablos crees que eres, Hunter? – dijo ella explotando con furia gélida en su voz, dolor en su alma y arrepentimiento en su corazón. – ¡Tú no vas a darme órdenes ni sermonearme sobre mi deber!

Rick la tomó por los hombros, buscando sujetarla y hacer que se tranquilizara… quizás si le demostraba hasta qué punto ella le preocupaba, tal vez…

– Lisa, por favor, sé razonable... – comenzó, pero no pudo terminar.

– ¡Cierre la boca ahora mismo, capitán Hunter, o haré que lo arresten por insubordinación! – exclamó Lisa ya completamente fuera de sí, temblando sin control alguno y entregada al dolor y la furia que rugían en su corazón.

Rick la miró impasible, sintiéndose destrozado por dentro antes de reaccionar, tomándola de los hombros con mayor fuerza, a lo que Lisa intentó sacudírselo como si fuera algo asqueroso, algo demasiado repulsivo.

– Lisa, no te quiero en esta ciudad – le dijo él clavando su mirada en los ojos de Lisa, y su voz se quebró en ese momento. – Es muy peligroso. ¿No lo entiendes?

Sus ojos azules, brillantes por las lágrimas que muy a su pesar empezaban a surgir, parecían suplicarle, rogarle de rodillas, implorarle de corazón… y las siguientes palabras fueron dichas en un tono dolido, bajo hasta ser casi imperceptible e inaudible a los oídos de Lisa.

– No quiero perderte… No cuando al fin estamos juntos. Ya te di demasiadas veces por muerta hoy.

Al escuchar estas palabras y sentir el dolor que traslucía cada una de ellas, la furia de Lisa se transformó en pena infinita, y su mirada antes orgullosa bajó al suelo, incapaz de enfrentar a Rick tras aquel estallido. Un nuevo dolor la estaba abrumando, un dolor que nacía de comprobar que lo estaba haciendo otra vez, estaba volviendo a comportarse como la persona obsesiva e inflexible que no quería ser, y había juzgado como insubordinación a la preocupación ardiente que Rick sentía por ella y por su bienestar. Sus movimientos se hicieron más pausados, su respiración menos agitada y con una voz más tranquila respondió:

– Tienes razón, Rick, perdóname... no debí decir esas cosas – Una sonrisa tímida y fugaz asomó en su pálido rostro, y luego se volvió hacia el teniente Keral para hablarle, sintiéndose profundamente avergonzada por todo aquel incidente. – Está bien, teniente, iré con usted. Por favor, disculpe mi comportamiento.

– No hay de qué disculparse, capitana – dijo Keral con la impasibilidad de un Zentraedi de pura raza.

Rick sonrió con tristeza, y vio en los ojos verdes de Lisa un pedido de perdón que venía de lo más profundo de su corazón. Sintió en el fondo de su alma la urgencia irrefrenable de besar a Lisa en ese momento, de reafirmarle que las cosas que había dicho antes eran ciertas, de demostrarle que la amaba con locura y hasta qué punto lo hacía… y que su preocupación por su bienestar y seguridad nacía de ese amor.

Moviéndose casi en cámara lenta, sin despegar sus ojos de los de ella, sus labios tocaron los de Lisa en un contacto fugaz, pero lleno de sentimiento. Fue un contacto breve, pero suficiente para que Rick Hunter sintiera que iba a estallar al embeberse del sabor dulce de aquellos labios, al sentir su suavidad aterciopelada… al oír el sollozo ahogado de Lisa contra sus labios.

Por su parte, Lisa se estremeció al sentir los labios de Rick en los suyos –besándola suavemente, con inocencia y conteniéndose, pero besándola al fin–, sintiendo en todo su cuerpo la seguridad, el cariño y el amor que le transmitía, sintiendo que al fin su sueño se había hecho realidad… y quiso poder quedarse junto a él, mandando al infierno a todo el mundo.

Desafortunadamente, no era posible; Rick la empujaría dentro de ese helicóptero si de él dependiera, sin que le importara el grado militar o el amor que sentía por ella. En medio de la tragedia, Lisa se permitió una breve sonrisa al encontrar divertido e irónico que, por una vez en la vida, fuera Rick quien le recordara cuál era su deber.

– Anda, Lisa. Nos veremos después – le dijo Rick con ternura, acariciando su mejilla con su mano y secando a la vez una lágrima que había comenzado a rodar por su piel.

A falta de una respuesta que le demostrara a Rick todo lo que le estaba haciendo sentir, Lisa se limitó a sonreír y segundos después le indicó al teniente Keral que la condujera al helicóptero. Dos minutos después, el helicóptero se elevaba por los aires, y Rick pudo ver que desde una de las ventanas Lisa estaba viéndolo, con una sonrisa triste naciendo en sus labios.

El helicóptero se alejaba ya de Nueva Macross, y Rick se quedó allí, sólo junto al lago y a su caza, viéndolo desaparecer en el cielo.

De pronto, rompiendo aquella escena, Rick pudo escuchar voces insistentes que provenían de la cabina de su Veritech. Por lo que podía distinguir en medio del viento y del ruido, una controladora de vuelo lo estaba llamando con urgencia a través de la red táctica para darle nuevas órdenes.

"El deber llama, Rick", se dijo mientras corría para abordar su Veritech y volver a la batalla.

Momentos después, su caza Veritech VF-1S "Skull Uno" despegaba con toda su potencia una vez más, dejando las ruinas de Nueva Macross y llevando al capitán Rick Hunter de regreso a la pelea.


No había sido fácil.

Huérfanos de sus líderes, los renegados Zentraedi sobrevivientes se habían dispersado por toda la región, atacando pueblos, bases, puestos avanzados e incluso vehículos solitarios, causando daños espantosos e incontables pérdidas de vidas a lo largo de aquel día de sangre. Abrumados por la magnitud de la violencia, los escuadrones Veritech debieron desplegarse y separarse para repeler cada uno de esos ataques en donde se produjeran. Lo que había empezado como una batalla se había convertido en una cacería salvaje, en la que la presa furiosa mordía todo lo que encontraba, con la cruel convicción de que si debía morir hoy, por lo menos se llevaría al infierno a todos los enemigos que pudiera.

Les tomó interminables horas a los agotados escuadrones Veritech, batallones de Destroid y unidades de la milicia limpiar la región y acabar con las tropas renegadas de Khyron. Por todos lados había restos de battlepods y armaduras Quadrano, destruidas mientras intentaban agregar su propia cuota a la muerte y destrucción de aquel día. Una cosa era segura en medio del caos: la facción de Khyron no iba a sobrevivir a esa batalla, pero los fanáticos renegados se habían llevado a muchas personas inocentes con ellos. Demasiadas. Los escuadrones Veritech habían sufrido fuertes pérdidas al igual que el resto de las unidades militares, pero nada se comparaba con los datos que llegaban desde lo que una vez fuera Nueva Macross.

Miles de muertos civiles. Noventa por ciento de la ciudad en ruinas, no había servicios de electricidad, las comunicaciones no existían, había incendios y saqueos por todas partes. El SDF-2 había sido derribado mientras iniciaba su descenso a la Tierra para embarcar personal y suministros para su vuelo de pruebas. El SDF-1 no existía más, y los primeros partes hablaban de al menos tres mil muertos entre sus tripulantes.

A eso de las tres de la tarde, un parte de guerra emitido a través de la red táctica causó estupor entre todo el personal militar de la Tierra.

En líneas escuetas, el reporte confirmaba el fallecimiento del almirante Henry Gloval, cuyo cadáver había sido encontrado por los equipos de rescate, todavía sentado en su asiento del destrozado puente de mando de la fortaleza, como si aún después de la muerte insistiera en continuar comandándola con la firmeza con la que lo hizo en vida.

Con su combustible y municiones agotados tras aquel día de batallas, el capitán Rick Hunter regresaba junto a cuatro Veritech del Escuadrón Skull al centro de mando improvisado en las cercanías de Ciudad Granite. El repentino ataque de Khyron a Nueva Macross, centro neurálgico de la defensa terrestre, había precipitado a las Fuerzas de la Tierra Unida en un caos absoluto. Con la muerte del almirante Gloval y de la mayoría de los altos oficiales de las Fuerzas, la cadena de mando estaba en ruinas. El centro de comando principal, albergado dentro del SDF-1, ya no existía, y el personal militar en todas partes del mundo actuaba sin orden ni concierto, sin saber quién estaba al mando o si todavía había alguien que pudiera ponerse al frente.

Por fin, tras horas de caos e incertidumbre, alguien se hizo cargo. El teniente general Stanislav Maistroff, a la sazón jefe de Estado Mayor y de inspección en la base de Ciudad Granite al momento del ataque a Nueva Macross, tomó el mando de la situación con más energía de la que Rick estaba dispuesto a darle crédito. En pocas horas y gracias al ímpetu y energía puesto de parte de Maistroff y sus colaboradores para emerger del caos, algo parecido a una cadena de mando había vuelto a las confundidas y desorganizadas Fuerzas de la Tierra Unida.

Al caer la tarde, la batalla estaba terminando. La vasta mayoría de las fuerzas de Khyron habían sido exterminadas. El combate había sido a muerte, y prácticamente no había habido prisioneros. Aún rodeados y desarmados, enfrentados a fuerzas superiores y sin esperanzas de victoria, escape o supervivencia, los Zentraedi sencillamente peleaban hasta el último hombre, mientras que muchos de los soldados humanos, entre los que estaban aquellos con familiares o residencia en Nueva Macross, no se tomaron la molestia de pedir rendiciones antes de disparar. Nadie, humano o Zentraedi, estaba dispuesto a dar o pedir cuartel.

Ese día, la rebelión Zentraedi escaló hasta nuevos picos de violencia y brutalidad de los que jamás bajaría.

Estando cerca de su destino, Rick cambió a modalidad Guardián y aterrizó en el aeródromo militar de Ciudad Granite. Las pistas estaban repletas de cazas Veritech, helicópteros, aviones de transporte, todos desperdigados sin orden ni concierto en toda la base. Los oficiales corrían de un lugar a otro como almas que llevaba el diablo, llevando informes o incluso rumores de nuevos ataques. La confusión y desinformación reinaba suprema, atizando el miedo que dominaba a todos sin importar el rango o la posición.

Los rumores estaban a la orden del día, esparciéndose como una plaga.

Había rumores de que hordas de renegados Zentraedi habían atacado Nueva York, otros daban cuenta de naves de guerra que habrían atacado Bangalore por sorpresa, mientras que otros incluso decían que las defensas orbitales habían detectado el arribo de una inmensa flota de refuerzo Zentraedi dispuesta a terminar lo que Dolza empezó y dejó inconcluso hacía casi tres años.

Con energía a pesar de su agotamiento nervioso y físico, Rick caminó hasta el puesto de mando instalado a escasos metros de la pista de aterrizaje. Entró a la estructura reubicable que cumplía las funciones de centro de mando, y en medio del desorden y griterío del personal de comunicaciones, se topó cara a cara con el general Maistroff, vestido con un mugriento uniforme camuflado y quien lo miraba con ojos inyectados en sangre, portando en el rostro una expresión de odio puro hacia todo lo que oliera a Zentraedi.

– Capitán Hunter, bienvenido a Ciudad Granite – dijo con voz ronca luego de horas de gritar por la Red Táctica para imponerse al caos.

– Gracias, general – contestó Rick tras hacer un saludo militar.

– ¿Cuál es el estado de los escuadrones Veritech? – inquirió el general, invitando a Rick a seguirlo mientras caminaba por el puesto de mando.

– No tengo reportes actualizados del resto de los escuadrones con base en Nueva Macross, pero hasta donde yo sé, tenemos bajas del 25.

– ¿Qué hay de su escuadrón?

–Sufrimos siete bajas en el Skull, señor – murmuró Rick, obligándose a recordar que cada una de esas "bajas" había sido alguien con una vida, sueños y esperanzas. – El teniente Sterling está comandando un destacamento de los escuadrones Skull y Titan… están persiguiendo a los Zentraedi que atacaron Nueva Cleveland. El resto de los cazas del Escuadrón vino conmigo a Granite o se dirigieron a la base de Nueva Detroit.

Maistroff asintió sin decir palabra.

– No hemos recibido muchas noticias, general – preguntó al fin Rick. – ¿Puedo preguntarle cómo está marchando la situación?

– Estamos haciendo progresos… a pesar de todo este desastre – dijo Maistroff haciendo una mueca de disgusto. – La mayor parte de las fuerzas renegadas han sido destruidas o están en retirada. En cuanto nos hayamos puesto en orden, atacaremos y acabaremos con esos desgraciados... ¿Qué pasa, mayor?

En ese momento, solicitado de urgencia por uno de sus ayudantes, el general Maistroff se volvió para leer un informe que le estaban acercando y perdió todo interés en Rick. Sin darse por ofendido, comprendiendo perfectamente bien la carga que debía estar llevando el Jefe del Estado Mayor, Rick decidió aprovechar el momento que se le presentaba para dejar aquella sección del centro de comando y continuar buscando a Lisa.

Pero la incertidumbre crecía hasta oprimir el pecho de Rick al comprobar que no había rastro de ella en ningún lugar del centro de comando.

"Dios mío, no permitas..."

Por fin, y tras mucho deambular en medio de aquel caos organizado desde el cual se buscaba coordinar la acción militar, Rick entró a un lugar que tenía todo el aspecto de ser el centro de operaciones aéreas. Sus ojos buscaron frenéticamente a Lisa en las filas de asientos y consolas de los controladores, pero ella seguía sin aparecer.

Entrando ya al borde del pánico, Rick se acercó a un oficial de la fuerza aérea que parecía estar al frente de todo… y que tenía la expresión de agotamiento que así lo indicaba.

– Soy el comandante Almeida, oficial al mando. ¿En qué puedo ayudarlo, capitán? – dijo el hombre con brusquedad mientras estrechaba la mano de Rick.

Rick tragó saliva antes de hacer aquella pregunta… y sintió que la boca se le secaba al pronunciar esas palabras:

– Busco a la capitana Hayes. Tengo entendido que ella está conduciendo la operación.

La respuesta del comandante Almeida le sonó a Rick como algo increíble, algo imposible, la manifestación de sus miedos y temores más espantosos. Sintió que perdía el control de sus emociones, que se derrumbaba, que comenzaba a temblar de ira, de miedo, de angustia, y su voz se transformó en un grito salvaje e irreconocible que atrajo todas las miradas de aquella sala cuando le preguntó incrédulo al hombre:

– ¡¿QUÉ QUIERE DECIR CON QUE SU HELICÓPTERO NUNCA LLEGÓ?!


Por más que lo intentó, por más que buscó e interrogó a toda persona que pudiera tener algún indicio al respecto, Rick no pudo encontrar ningún plan de vuelo ni mensaje alguno procedente del helicóptero del teniente Keral. En medio de la confusión, a pesar de que la batalla estaba culminando, nadie podía asegurar a ciencia cierta en donde estaba cada aparato en vuelo o qué había ocurrido con ellos, y si algo se sabía, la información llegaba horas después de que era necesitada.

Sólo quedaba una cosa por hacer, y el capitán Rick Hunter no dudó en hacerla, mientras en su mente decidía que las órdenes se fueran al diablo. Sin solicitar permiso a nadie, apenas asegurándose de que su caza estuviera en buenas condiciones y abastecido, Rick despegó en el Skull Uno pocos minutos después, completamente cegado por la desesperación y la furia, y tras elevarse en el cielo se juró que no volvería a tierra hasta encontrar a Lisa, aunque fuera lo último que hiciera.

Aplicando un poco de sentido común, Rick decidió que tenía más posibilidades de éxito si seguía un curso directo entre Granite y Nueva Macross, en la creencia de que el helicóptero debió haber seguido un curso similar. Mientras el Skull Uno sobrevolaba la región a toda la velocidad que le daban sus turbinas, Rick Hunter se había convertido en un ser con un único propósito, con una única idea que lo impulsaba a seguir. Su mente era un remolino de caos y emociones en el que giraban sin orden y concierto los recuerdos de los eventos que jalonaron aquel día.

Lisa declarándole su amor y corriendo de su casa antes de que una explosión cegara a Rick.

El disparo del cañón Reflex de la nave de Khyron golpeando en el SDF-1 e interrumpiendo la red táctica con una estática inhumana.

El momento en que el crucero de Khyron impactaba con el SDF-1 como un misil infernal, convirtiendo a la fortaleza espacial en un montón de ruinas.

Lisa y Rick, juntos en la orilla del lago Gloval.

Minmei despidiéndose en la distancia.

El helicóptero de Lisa, despegando para llevarla a un lugar seguro.

Obligándose a despejar la mente para pensar en claro, Rick escudriñaba el suelo en busca de un signo, cualquier señal que indicara qué podía haberle ocurrido a Lisa. Hasta donde podía verse, la superficie estaba erizada de ruinas, de naves destruidas, edificios arrasados, autos incendiados, battlepods derribados. La batalla de Nueva Macross se había extendido por toda la región como un fuego abrasador, transformando un área que luchaba por recuperarse del Armagedón en un cementerio en cuestión de horas.

Al contemplar la devastación, las lágrimas se agolpaban en los ojos de Rick al pensar que la guerra le había arrebatado a Lisa justo cuando él descubrió lo que sentía por ella. Con cada segundo que pasaba, el miedo a perder a Lisa se convertía en una herida en su alma que manaba sangre y dolor. En silencio, Rick maldecía aquella condenada guerra por traer tanta muerte y destrucción, golpeando la carlinga del Veritech para descargar una ínfima parte del dolor que llevaba dentro.

Pero por sobre todas las cosas, se maldecía a sí mismo por haber desperdiciado todo ese tiempo. Por haber perdido el tiempo corriendo detrás de algo imposible, mientras Lisa sufría en soledad a causa del amor que sentía por él. Por haberla hecho sufrir todos esos años de forma tan cruel como inconsciente, aún cuando en esas noches de soledad en las que, sin nada por hacer, reflexionaba sobre el curso que estaba tomando su vida y exploraba las profundidades de su corazón, él llegaba a la inevitable conclusión de que amaba a Lisa Hayes con todas sus fuerzas.

De pronto, sus ojos vieron algo en la pantalla del radar.

Un puesto de auxilio sanitario de emergencia, formado por algunos camiones, ambulancias y tanques, unas pocas baterías antiaéreas, y numerosas carpas esparcidas en medio de la parda e inmisericorde extensión del desierto.

Y, a pocos metros, un helicóptero posado en el suelo.

Desde donde estaba, Rick no tenía forma de saber si era el helicóptero de Lisa o no. Lo único que necesitaba saber… lo único que le importaba saber era que ese era un helicóptero militar. Y si tenía que revisar cualquier lugar donde hubiera un helicóptero entre Ciudad Granite y Nueva Macross, pues bien, los revisaría a todos sin importar el tiempo que le tome o lo que ocurriera en el resto del mundo.

El general Maistroff podría llevarlo a corte marcial después, si así le placía.

Sin perder un segundo, el Veritech cambió a modo Guardián y aterrizó bruscamente, levantando nubes de polvo por todo el lugar. Cuando las turbinas se apagaron y la carlinga se abrió, Rick saltó de la cabina y con paso resuelto empezó a revisar cada construcción, cada carpa y vehículo, con una sola cosa en su mente: Lisa.

¡Nada! Continuó buscando por doquier, enfurecido y en pánico a la vez. ¡Nada!

Finalmente, Rick entró a una enorme carpa que parecía servir como área de primeros auxilios, y casi retrocedió de la impresión que sintió al ver lo que ocurría dentro. Los heridos se agolpaban por todas partes, lamentándose y llorando por ellos mismos o por sus seres amados. Civiles, militares, todos ellos sin distinción social o de grado. En la guerra, el dolor y la muerte no tenían en cuenta aquellas curiosas distinciones sociales. Al paso de los segundos y en medio de aquel muestrario de dolor, Rick empezaba a perder las esperanzas, y un negro terror invadió su alma amenazando con sumergirlo para siempre.

Entonces fue cuando la vio.

Su uniforme blanco estaba manchado de sangre y cubierto de polvo. Su expresión era seria y dejaba entrever preocupación, pero mantenía su típico porte resuelto y su mirada era tan decidida como siempre. Iba caminando entre las camillas, portando gasas y atendiendo a los heridos, mientras las enfermeras y médicos corrían de un lugar a otro sin dar abasto ante el tamaño de la tragedia humana. Era la personificación de la caridad, dando una mano al sobrecargado personal del puesto sanitario.

Lisa.

Las emociones que Rick había sentido durante aquel día se confundieron en una reacción explosiva en su interior. El amor, el miedo, el terror, la ira, todo se combinó en un único e irrefrenable deseo de descargarse en alguien, de liberar aquella carga de dolor que llevaba dentro. Su razón quedó anulada por ese deseo de descarga, y en su locura sólo atinó a culparla a ella, haciendo oídos sordos a lo que le imploraba su conciencia. Sabía que era injusto, que no lo merecía, pero en ese momento no le importó.

Lisa.

– ¡Lisa! – exclamó Rick en una voz salvaje que no reconoció como propia.

Ella se dio vuelta, sorprendida por aquella voz. Su sorpresa fue mayor al ver a Rick de pie en el improvisado dispensario médico. Quiso correr a abrazarlo, pero se detuvo al ver que Rick estaba literalmente temblando… se detuvo al ver en sus ojos azules una furia sorda, una explosión de rabia y dolor esperando una excusa para devastarlo todo. Lisa sintió un negro miedo al ver así a Rick, y se quedó quieta, congelada, incapaz de articular palabra o de moverse.

– ¿Dónde diablos estabas¡Estuve preocupado por ti¡Temí que hubieras muerto! – seguía gritando Rick como un poseso, elevando su tono de voz con cada palabra.

– Rick, por favor, déjame explicarte... – dijo ella con voz temblorosa, mirando a aquel hombre con terror en sus ojos.

– ¿Qué tienes que explicar¡TE ESTUVE BUSCANDO POR TODO EL MALDITO SECTOR¡PENSÉ QUE TE HABÍAN MATADO! – Rick parecía un animal salvaje, consumido por una fatal mezcla de ira, miedo y dolor que ya no encontraba contención.

– Rick, esta gente necesitaba ayuda, son todos refugiados... – insistió ella a pesar del pánico que sentía. Por su parte Rick continuaba acercándose, con su rostro desencajado por una ira salvaje que prometía consumirlo todo hasta hacerlo cenizas.

– ¡YO LLEGUÉ A PENSAR QUE ESTABAS MUERTA, Y TÚ AQUÍ, JUGANDO A LA MALDITA ENFERMERA, DEMASIADO OCUPADA COMO PARA TOMARTE LA MOLESTIA DE AVISAR QUE SEGUÍAS CON VIDA!

El sonido seco de la bofetada retumbó en toda la carpa. Por la fuerza con la que se propinó, algunos de los allí presentes podrían haber jurado que se escuchó en todo el puesto sanitario.

Quieto en su sitio, Rick quedó congelado. No sólo por el dolor ardiente en su rostro luego de la bofetada, sino congelado al ver la furia y el dolor en los ojos verdes de Lisa. Esos ojos furiosos cargados de lágrimas. Esa mirada de puro dolor. Mientras la mejilla de Rick continuaba ardiendo por el golpe, él pudo caer en la cuenta de que había habido mucho más en esa bofetada que la indignación por sus palabras… hubo otros motivos y razones, hubo años de sufrimiento y decepción que impulsaron aquel golpe, y que sólo ahora impactaban a Rick con toda su fuerza.

De pronto, la razón volvió a Rick al instante, como traída de regreso por aquel golpe y se dio cuenta de lo que había estado pasando, sintiendo una súbita oleada de vergüenza que lo recorría de punta a punta. Rememoró todo el episodio en su mente, sin poder creer que hubiera sido capaz de decir semejantes cosas a Lisa, y fue allí cuando su vergüenza se hizo insoportable.

– Lisa... – empezó a articular una disculpa, pero no pudo terminar.

– Cállate – dijo ella secamente, con un tono que Rick sintió como una segunda cachetada.

Lisa dejó la bandeja que llevaba encima de una caja, y con paso firme se fue de la carpa sin mirar atrás, en dirección a Dios sabía donde. Dentro de la carpa, un avergonzado y adolorido Rick Hunter permanecía inmóvil, mientras todos los presentes lo miraban con miedo y desprecio, como si fuera una especie de demonio manifestado. Uno de los médicos, un hombre de mediana edad con rostro exhausto y guardapolvo blanco cubierto de sangre, se acercó a Rick, y con voz de mando matizada por la indignación le dijo:

– Tengo que pedirle que se retire de aquí. Está poniendo nerviosos a los pacientes.

Rick asintió con un gesto leve y se fue de la carpa a todo lo que le daban sus piernas. No le importaba conservar su dignidad… la había perdido con aquel espectáculo lamentable. Todo lo que le importaba era aquello que lo había traído a ese puesto sanitario: tenía que buscar a Lisa. Y tenía que irse a un lugar donde no lo vieran llorar.

Encontró a Lisa cerca del helicóptero, dándole órdenes al teniente Keral con su mejor porte de oficial de mando. Al notar que alguien la estaba observando, la mirada de Lisa se desvió tan sólo un segundo para ver a Rick, mirándolo como si fuera alguna especie de cucaracha despreciable, indigno de ser considerado como un ser humano, antes de volver a lo que fuera que le estaba diciendo al piloto Zentraedi.

Tras recibir sus órdenes, Keral hizo la venia y subió a la cabina del helicóptero. Segundos después, Lisa trepó a la aeronave sin mirar atrás, mientras los rotores de la aeronave comenzaban a girar, acumulando velocidad a cada segundo y llenando el ambiente con su ensordecedor ruido.

– ¡¡¡LISA!!! – llamó Rick, gritando para hacerse oír en medio del ruido de los motores.

A bordo de la aeronave, la capitana Hayes ni se inmutó. El helicóptero finalmente despegó, poniendo curso hacia Ciudad Granite a toda velocidad. En tierra, Rick cayó de rodillas mientras veía cómo la aeronave se alejaba, llevándose a Lisa por segunda vez en el día… pensando que quizás ella se alejaba definitivamente de su lado.

A bordo del helicóptero, escondiéndose para que el piloto no la viera, Lisa empezó a llorar sin consuelo, sintiendo que una vez más su vida se desmoronaba.

Derrotado y sin voluntad, Rick volvió a su Veritech y tras montarse en la cabina llamó a Ciudad Granite por la red táctica. Cuando el controlador de vuelo respondió, Rick le indicó con voz seca e inexpresiva:

– Habla el capitán Hunter. Estoy en el puesto sanitario... Delta-9, – dijo leyendo sin ganas un cartel que estaba al lado de una de las carpas – a 36 kilómetros al sudoeste de Nueva Macross. Envíen suministros y personal de inmediato. La situación es urgente. Cambio y fuera.


La noche de aquel día funesto había caído sobre Ciudad Granite, convertida ahora en la capital planetaria del desconcierto.

El helicóptero aterrizó en el puesto de mando de Ciudad Granite media hora después de partir. Lisa descendió rápidamente y caminó hasta el puesto de mando. Minutos después, tras un vuelo en el que mantuvo respetuosa distancia respecto del aparato en el que volaba Lisa, el Veritech de Rick hizo lo propio justo al lado del helicóptero del teniente Keral. Luego de descender del Skull Uno, Rick apuró el paso hasta alcanzar a Keral, quien estaba marchando hacia un área improvisada de descanso para los pilotos.

– ¡Teniente!

Al oír que estaba siendo llamado, Keral giró sobre sus talones para enfrentar a Rick, y la mirada intensa y furiosa que le dirigió al joven piloto de Veritech podría haber derretido el acero.

– ¿Qué quiere, señor? – le espetó Keral con ira apenas reprimida, entrecerrando los ojos en una mirada de desprecio.

– ¿Qué ocurrió allí? – preguntó Rick con genuina preocupación, sin importarle lo que Keral estuviera sintiendo… o a lo sumo sintiendo que lo tenía bien merecido.

– Estábamos en vuelo cuando escuchamos una transmisión de emergencia desde el puesto sanitario. La capitana Hayes me ordenó descender y comenzar a distribuir los suministros médicos que tenía a bordo.

– ¿Por qué no avisaron a nadie? – inquirió Rick tratando de contener sus emociones.

– Supimos que los renegados habían atacado un puesto militar a veinte kilómetros, y la capitana Hayes no quiso enviar una transmisión que pudiera atraerlos hasta el puesto y poner en riesgo a los heridos – La ira de Keral se transformaba en desprecio dirigido por completo hacia Rick, mientras proclamaba con orgullo: – La capitana Hayes es una heroína, señor.

"Y tú eres un estúpido infeliz", decía sin necesidad de palabras el rostro de Keral.

En ese momento Rick se sintió como si fuera el ser más miserable sobre la faz de la Tierra. Se vio a sí mismo como una persona despreciable, que se había atrevido a gritarle a alguien que sólo intentaba ayudar a los demás. Con un gesto avergonzado, agradeció a Keral por la información y partió una vez más en busca de Lisa. Temió que ella hubiera desaparecido nuevamente, esta vez con toda la intención de no ser encontrada, pero en esta oportunidad y antes de siquiera emprender la búsqueda Rick se detuvo para calmarse y contenerse… y se juró no dar rienda suelta a esas emociones en el momento en que encontrara a Lisa.

Si es que la encontraba.

Después de media hora de revisar cada lugar concebible en el puesto de mando, Rick llegó hasta un descampado cercano a la base, en donde había una serie de carpas que habían sido puestas para albergar a los numerosos oficiales que estaban en el puesto, incluidos a aquellos que habían sido trasladados desde Nueva Macross. Eran grandes carpas de color verde militar, completamente equipadas para albergar a tres o cuatro personas, lo suficientemente cálidas como para combatir el frío de ese anochecer de invierno. Haciendo de tripas corazón ante la cantidad de carpas que había en ese lugar, Rick comenzó a revisarlas una por una y con sumo cuidado para no perturbar a los ocupantes, hasta que por fin, tras numerosos intentos infructuosos, pudo hallar en una de las carpas a quien estaba buscando.

Lisa Hayes estaba acurrucada en un rincón de la carpa, con la mirada perdida, y el rostro enrojecido, con todas las evidencias de haber pasado los últimos minutos llorando sin consuelo. Cuando notó que alguien la estaba mirando desde fuera de la carpa, y que ese alguien era Rick, ella se dio vuelta súbitamente e hizo todo lo que pudo para ocultar las señales de que había estado llorando.

No le iba a dar el gusto de verla débil.

Rick respiró tres veces para calmarse antes de entrar con lentitud a la carpa, tratando de hacer el menor ruido y alboroto posible. Una vez adentro, trató de tocar el brazo de Lisa para llamar su atención, pero ella sólo se contrajo más, rechazando el contacto de Rick como si le quemara la piel... pero lo único que se quemó fue el corazón de Rick.

– Vete – le dijo ella entre sollozos, sin siquiera mirarlo.

– Lisa, yo quería disculparme... – empezó él, sintiendo que se quedaba sin aliento.

– No me interesa – dijo ella secamente. Rick sintió sus palabras como una patada en la boca del estómago, y se contrajo de dolor.

– Lisa, lo que hice... fue terrible – comenzó Rick a disculparse, casi balbuceando cada palabra. – Me comporté como un verdadero imbécil. Lo siento mucho... por favor, discúlpame... – La voz de Rick se quebró, y empezó a sollozar en cuanto no pudo contenerse más. – Discúlpame, te lo ruego... Te lo suplico…

Girando para ver mejor a Rick, Lisa se acomodó y se sentó, contemplando a Rick con ojos que eran la expresión viva de la tristeza.

– Te lo ruego... – insistió él con creciente desesperación. – Keral me explicó todo. No lo sabía, Lisa, te juro que no lo sabía... creí que te había pasado algo... yo creí que estabas muerta... pensé que te había perdido... justo hoy... todo fue... fue tan... espantoso... pensé que te perdí... perdóname...

Sin poder pronunciar una palabra más, Rick escondió su cabeza entre sus brazos, y comenzó a sollozar, alternando las lágrimas con pedidos de disculpas cada vez más frenéticos. Sintiendo que ella misma se estaba quebrando al ver el dolor que embargaba a Rick, Lisa se acercó a él y lentamente tomó su mano entre las suyas.

Al sentir este contacto cálido e inesperado Rick levantó el rostro y se encontró con los ojos de Lisa, que lo miraban ahora con un poco de comprensión, mientras la furia y el dolor empezaban a alejarse de sus corazones como nubes después de la lluvia.

– ¿Podrás disculparme, Lisa… por todo? – suplicó él. Sintió que el tiempo no pasaba mientras veía que Lisa se debatía entre perdonarlo o no. En silencio y procurando que no quedara en evidencia, Rick imploró amargamente para que Lisa pudiera encontrar dentro de su corazón suficiente comprensión como para perdonarlo.

– Está bien... – dijo ella con voz queda al cabo de esos segundos interminables, y luego bajó la mirada antes de seguir. – Si me disculpas... por no haber... haberte avisado de esto... no debí haberte hecho sufrir de esta manera... yo también estuve mal, Rick.

Rick la miró con gratitud infinita, mientras sentía que la sangre volvía a correr por sus venas, e incluso esbozó una sonrisa antes de seguir hablando.

– No tienes de qué disculparte, Lisa... fuiste una heroína. Hay gente en ese puesto que está viva gracias a ti… No necesitas que te disculpe de nada.

– Pero te pido que lo hagas, Rick – respondió ella con su propia sonrisa triste al decir las palabras que seguían. – Te lastimé. Además... amenacé con arrestarte hoy cuando sólo querías protegerme... supongo que estamos a mano en esto de lastimarnos...

– Bueno... si es lo que quieres… – musitó él. En cuanto terminaron de hablar, Lisa se acercó y lo abrazó con fuerza, sosteniéndose de él como si su vida dependiera de ello. Ante ese abrazo desesperado Rick no se atrevió a soltarse, ni quería hacerlo... al contrario, dejó que Lisa encontrara su lugar hasta sentirse protegida y resguardada… quería que ella supiera que a pesar de todo, siempre podría contar con él para darle seguridad.

Al cabo de unos minutos de abrazarse, sin escuchar otra cosa que no fueran sus sollozos y los latidos de sus corazones, Rick y Lisa se soltaron con renuencia y quedaron mirándose el uno al otro a los ojos… dentro de sus almas.

– ¿Hay novedades? – preguntó él poco después, sin quitar la mirada de los ojos de Lisa, agrandados y brillantes por las lágrimas en la semioscuridad de aquella carpa. – Escuché que el almirante Gloval...

Lisa asintió lentamente, pero no podía hablar… no había forma de que pudiera hablar sobre el hombre que había sido casi como su padre. Sintiendo el profundo dolor que embargaba a Lisa, Rick la tomó de las manos y volvió a preguntar:

– ¿Sabes algo más?

Esta vez Lisa juntó fuerzas para obligarse a responder y dijo:

– Nueve mil civiles muertos... cuatro mil tripulantes del SDF-1, muertos...

– ¿El personal del puente?

– Kim, Sammie y Vanessa pudieron escapar... Sammie está inconsciente, y tuvo hemorragias internas... Kim y Vanessa tienen fracturas y traumatismos severos, pero los médicos creen que podrán recuperarse en poco tiempo.

Rick tragó saliva antes de preguntar, temiendo lo que podría desencadenar en aquella frágil mujer si le hacía aquella pregunta:

– ¿Cl…Claudia?

Con los diques de su contención desmoronándose luego de los eventos monstruosos de aquel día, ella se abalanzó sobre él y en cuanto se sintió rodeada por los brazos fuertes del piloto, en cuanto su rostro halló un rincón en el hombro de Rick, la capitana Lisa Hayes estalló en un llanto amargo y desconsolado, sin poder mantener más la fachada de fortaleza que tenía. Era un llanto desgarrador, lleno de dolor y pena, que salía de lo más profundo de un alma que había recibido demasiados golpes en muy poco tiempo. Mientras las lágrimas de Lisa caían sobre el traje de vuelo de Rick, él susurraba en sus oídos para infundirle aliento, a la vez que la animaba a liberar a través de las lágrimas el sufrimiento que había caído sobre ella aquel día.

Las lágrimas de Lisa eran cálidas, y rodaron por los hombros y cuello de Rick mientras sus sollozos ahogados desgarraban el corazón de Rick. Él también lo sentía. Sentía el dolor de aquel día de fuego y muerte golpeando su corazón, y sólo quería llorar a la par de la mujer que amaba. Pero necesitaba ser fuerte. Tenía que ser fuerte para Lisa… sencillamente tenía que serlo a pesar de todo. Ella siempre había sido tan resistente, y ahora necesitaba que alguien la contuviera.

– Está bien, Lisa... puedes llorar – le dijo él abrazándola con más fuerza y recorriendo su cuello con besos suaves y tiernos. – Estoy aquí contigo. Siempre estaré contigo.

Lisa seguía llorando, y alternaba el llanto con besos frenéticos por el cuello de Rick y sus mejillas, sintiendo en sus labios el sabor ansiado de la piel de Rick, matizado por el gusto salado de las lágrimas de ambos.

– ¡Te amo, Rick! – dijo Lisa entre sollozos, repitiendo como si fuera una oración de súplica por su propia vida. – ¡Te amo...!

– Yo también te amo, Lisa – le respondió Rick, estremeciéndose ante las emociones que lo embargaban. De pronto y sin mediar advertencia, ella se puso frente a él, y lentamente Rick, como movido por un impulso irresistible, tomó su rostro suave y húmedo por las lágrimas entre sus manos.

Finalmente, después de aquel día de horror, después de toda aquella orgía de muerte, Rick le dio a Lisa el beso con el que ambos habían soñado tanto tiempo. Lisa no opuso resistencia, y se entregó por completo al piloto en cuanto sus labios se tocaron. Fue algo tierno e inseguro al comienzo… ninguno de los dos sabía bien a qué atenerse o qué esperar… ninguno sabía cómo reaccionaría el otro luego de aquellos eventos tan difíciles de sobrellevar.

Pero ni bien sintieron sus labios tocándose, despertando una carga eléctrica que los recorrió de la cabeza a los pies, fue como si ya no pudieran controlarse más. Se buscaron y atacaron con desesperación, liberando en aquel acto años de deseos reprimidos entre los dos… años de afecto que buscaban expresarse con urgencia. En cuanto sus lenguas se encontraron, todo cobró sentido para ellos, a la vez que sencillamente se dejaron llevar por el amor que al fin había encontrado oportunidad de manifestarse.

El abrazo en el que se habían fundido se hizo intenso, y sus manos recorrían sus cuerpos en un intento de comprobar que lo que estaban viviendo era real y no un sueño. Se besaban en donde pudieran, en cualquier rincón de sus rostros o cuellos, para que luego sus labios volvieran a encontrarse en un beso por el cual pasaba la vida… por el que pasaban sus dos vidas…

Los dos jóvenes necesitaban entregarse a eso; necesitaban con desesperación el reaseguro de que por lo menos, se tendrían el uno al otro para enfrentar lo que vendría. De que algo positivo había sobrevivido a la masacre. De que había algo por lo que valía la pena seguir viviendo.

Rick la besó con más fuerza, y ya no pudo contener sus lágrimas. Sentía amor, dolor, felicidad, tristeza, todo en forma indistinguible. Las lágrimas de Rick y Lisa se confundieron, mientras lloraban a los amigos perdidos en aquel día. Ambos se abrazaron fuertemente, dándose calor y reaseguro mutuo frente al frío y al dolor. El frío invernal empeoraba conforme pasaba la noche, y Rick tomó una frazada que había dentro de la carpa, cubriendo a Lisa con ella. Lisa extendió la frazada sobre Rick, mientras se acurrucaba junto a él y le tomaba la mano.

Por primera vez en el día, Lisa pudo experimentar en su interior algo de tranquilidad al estar junto a Rick y sentir el calor que despertaba en ella su sola presencia. Todo había desaparecido… quedando solamente el deseo poderoso de que Rick no la dejara jamás, que no la abandonara. Lo necesitaba a su lado, con la misma fuerza con la que Rick la necesitaba a ella. Sentía la necesidad de no dejarla nunca más, de estar siempre para ella, de redimirse de todas las desgracias y crueldades que le había infligido a base de pura desconsideración. Pero sobre todo, la necesitaba a ella; había descubierto que Lisa era lo que él necesitaba en su vida. Alguien a quien amar, y que lo amara a él. Alguien con quien compartir.

Alguien con quien reír.

Alguien con quien llorar.

En esa carpa, en esa noche en la que un planeta entero lloraba, Rick Hunter juró que siempre estaría para Lisa, prometiendo también que jamás volvería a repetir un episodio como el de aquella tarde, que siempre escucharía lo que ella tenía para decir antes de despacharse con otro arrebato de furia. Como forma de sellar esos juramentos, Rick besó a Lisa suavemente en los labios una y otra vez, y sintió que su corazón saltaba al notar cómo Lisa le devolvía el beso con urgencia.

– Rick – la voz de Lisa sonaba débil y apagada, dejando traslucir su agotamiento.

– ¿Sí?

– ¿Podrías... quedarte conmigo aquí esta noche? – preguntó ella con inquietud en su voz… como si fuera la primera vez que pedía algo como eso. – No quiero estar sola... tengo miedo.

Sintiendo que se estremecía ante aquellas palabras, Rick la tomó una vez más de las manos y mirándola a los ojos con ternura, tratando de demostrarle infructuosamente todo el amor que ella despertaba en él, le dijo:

– Siempre estaré aquí para ti... amor.

Dicho esto, Rick la besó una vez más, y Lisa se derritió en sus brazos, sintiéndose segura y protegida, mientras su mente daba vueltas al escuchar que Rick la había llamado "amor". Sintiendo que estar con Rick era lo único bueno de aquel día nefasto, deseando con todas sus fuerzas que sus palabras se hicieran realidad, y que él siempre estuviera para acompañarla, al igual que ella lo acompañaría a él.

Al cabo de diez minutos, Lisa Hayes estaba durmiendo plácidamente en los brazos de Rick Hunter, mientras afuera de la carpa continuaba rugiendo el viento, acompañando los llantos de dolor de cientos de miles de deudos y víctimas.

La noche del 10 de enero cayó sobre un planeta Tierra convertido en un lugar más pequeño, pobre y desolado; un mundo que había perdido más que una nave… había perdido a un símbolo… a su guardián.