MOMENTOS DE DECISIÓN
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo I: Retorno al Hogar
"Si dependiera de nosotros los soldados, sólo los días en los que comienzan los permisos estarían marcados en los almanaques."
Frase atribuida al coronel Angelo Dante.
Viernes 6 de enero de 2017
– Aeronave no identificada en aproximación por el 0-8-7, aquí Control Fokker… está ingresando a espacio aéreo de jurisdicción militar; identifíquese y declare sus intenciones, por favor – solicitó una voz femenina a través de la red táctica, con aquella lacónica cortesía de los controladores de vuelo.
La respuesta al pedido de la controladora de vuelo no tardó en llegar.
– Control Fokker, aquí aeronave en aproximación por el 0-8-7… vuelo militar 1251, nombre de llamada "Skull Uno", procedente de la Base Aérea Newbery. Solicito permiso para aterrizaje.
Hubo unos breves segundos de silencio mientras los controladores de vuelo confirmaban la identidad de la aeronave en aproximación, analizando los registros de sus bases de datos.
– Confirmamos su plan de vuelo e identidad, Skull Uno… tiene permiso para aterrizar en la pista 6. Descienda a altitud de 400 metros y reduzca su velocidad a la requerida para despliegue de tren de aterrizaje.
– Skull Uno, en curso para aterrizaje en pista 6. Altitud presente 400 metros, velocidad de aterrizaje alcanzada. Esperando instrucciones, cambio.
– Recibido, Skull Uno. Manténgase a la espera de confirmación final, cambio.
– Entendido, Control Fokker, me mantengo a la espera.
Una vez más, el canal de la red táctica se mantuvo en silencio por unos breves segundos, mientras los controladores de vuelo se afanaban en tener la pista preparada para recibir a la aeronave que se aproximaba.
– Skull Uno, aquí Control Fokker, el tráfico está liberado… Cambiando a aterrizaje por instrumentos; puede iniciar la aproximación final para aterrizar en la pista 6. Conserve el canal abierto para eventuales instrucciones futuras, cambio.
– Control Fokker, aquí Skull Uno, confirmado… iniciando aproximación final para aterrizaje en pista 6, cambio.
– Recibido, Skull Uno. Bienvenido a Ciudad Monumento, señor.
– No hay lugar como el hogar. Gracias, Control Fokker. Skull Uno, cambio y fuera.
Aterrizar en Ciudad Monumento era siempre una maniobra compleja, ya sea para los vuelos civiles como para los militares, que involucraba una muy estrecha colaboración entre las aeronaves y los controladores de tierra. En primer lugar, había que volar con extremo cuidado para sortear la imponente barrera montañosa que rodeaba buena parte del perímetro de la ciudad, lo que implicaba seguir una serie de maniobras cuidadosamente preestablecidas; en segundo lugar estaba el hecho de que Ciudad Monumento era la sede del Gobierno de la Tierra Unida, lo que convertía al espacio aéreo de la capital en un área sometida a una rigurosa vigilancia militar que no dejaba nada librado al azar.
Acostumbrado a estos menesteres, el caza VF-1S Valkyrie continuó su descenso, listo para aterrizar en la enorme base aérea ubicada en las afueras de la ciudad. Con movimientos suaves y firmes, manteniéndose en permanente control de su aeronave, el piloto niveló el caza Veritech y desplegó el tren de aterrizaje con una precisión milimétrica, exactamente a la altura, velocidad y distancia de la pista que indicaban los manuales de vuelo.
El aterrizaje, aún con las dificultades naturales y humanas que presentaba Ciudad Monumento, era una maniobra rutinaria y acostumbrada para cualquiera que tuviera la experiencia y habilidad del piloto de ese Veritech, pero que siempre tenía algo de inquietante, algo que imponía respeto; el entrenamiento sólo disminuía la inquietud, pero siempre estaba presente. El secreto estaba en concentrarse en los instrumentos y no en los malos consejos del miedo y la inquietud.
Por fin, tras seguir todas las indicaciones del control de tierra, el Veritech aterrizó en la pista asignada, y de inmediato comenzó a reducir su velocidad mientras los técnicos de tierra, montados en sus vehículos, se preparaban para recibir el aparato y conducirlo al hangar. Conforme el Veritech frenaba y sus turbinas se apagaban, el corazón del piloto se aceleraba con ansiedad, como si aquel aterrizaje fuera el último obstáculo que lo separaba de su verdadero objetivo, un objetivo con el que había estado soñando durante los días y las noches de los últimos tres meses.
Los vehículos de tierra se acercaron al Veritech en cuanto se detuvo por completo, y los técnicos descendieron siguiendo su acostumbrada rutina, listos para hacerse cargo del poderoso avión de combate. Al mismo tiempo que el personal de pista enganchó el caza al vehículo que lo llevaría al hangar, la cubierta de la carlinga se abrió, y sin perder el menor instante, el piloto descendió del caza, tras lo cual saludó al jefe del equipo de tierra y le pidió que se hiciera cargo de su avión, pasando luego a recoger un bolso que llevaba en un pequeño compartimiento ubicado debajo de la cabina.
El piloto dedicó unos segundos a despedirse en silencio de su caza, observando cómo el personal de tierra, con toda la reverencia y cuidado del mundo, lo conducía en dirección a uno de los hangares ubicados en las cercanías de la pista. Siempre era difícil ver cómo se lo llevaban… y más luego de las experiencias compartidas durante los últimos meses. Una vez que terminó, el piloto comenzó a caminar con paso vivo por el tarmac de la base aérea, en dirección hacia uno de los edificios cercanos.
El piloto no podía saber que en ese mismo instante, mientras caminaba alejándose de la pista, todo lo que hizo desde el momento en que el Veritech tocó pista había sido observado atentamente por dos oficiales militares desde una sala de espera en el lobby de la base, ubicado en el primer piso del mismo edificio hacia el cual se dirigía. En sí mismo, aquella maniobra no tenía nada de especial: era otro aterrizaje de un avión de combate, uno de tantos que llegaban todos los días, convirtiendo a esa maniobra en una situación repetida hasta el cansancio todos los días en la Base Aeroespacial Roy Fokker.
Sin embargo, el aterrizaje que acababan de presenciar, sin importar lo rutinario y repetido que fuera, no era en lo absoluto otra situación repetida para una de las dos personas que estaban en la sala de espera. Una mujer joven y delgada, con largo cabello castaño enmarcando un atractivo rostro, miraba con ansiedad apenas disimulada todo lo que había ocurrido desde el momento en que el piloto salía del Veritech, como si no pudiera esperar más. Como si el instante en que el piloto emergía de la cabina fuera la recompensa final por una espera que bien pudo haber durado una vida entera… la antesala de un momento que haría que toda la espera, que toda la soledad sufrida en silencio, valiera finalmente la pena y se desvaneciera en el olvido.
A juzgar por su edad, cualquiera podría haber pensado que aquella joven era un oficial subalterno, una teniente o una comandante, a lo sumo. Sin embargo, esa impresión caía al momento de verla más de cerca.
La joven portaba un uniforme imponente; un enorme saco cruzado al frente, que se cerraba con presillas hacia el lado izquierdo de quien lo vestía; una falda que caía por debajo de las rodillas y una camisa de cuello alto y cerrado, esta última asomando por debajo del saco, completaban el uniforme. La camisa era de color blanco, y salvo una franja azul bordada en la línea de presillas del saco y los galones dorados en las bocamangas, tanto el saco como la falda eran de un intenso color negro; color que en las Fuerzas de la Tierra Unida estaba reservado exclusivamente a los generales y almirantes del Alto Mando.
Como si quedara alguna duda respecto del rango que ocupaba aquella mujer, en el cuello alto de la blanca camisa de servicio relucían las insignias de rango de una contralmirante: dos estrellas doradas de cinco puntas. El pecho del uniforme estaba repleto de pequeñas cintas rectangulares de colores, ordenadas en cuatro prolijas filas de cinco; cada una de aquellas cintas representaba una condecoración, medalla o distintivo, entregado en reconocimiento al valor en combate, al mérito militar o al servicio distinguido. Colocado sobre las cintas de servicio, un elaborado distintivo dorado identificaba a aquella almirante como perteneciente a la rama espacial de las Fuerzas de la Tierra Unida.
Lejos de dar la impresión de no poder cargar con semejante uniforme, la joven lo portaba con innegable elegancia y dignidad… aquella dignidad que sólo tiene aquel que se ha ganado su rango, su cargo y sus condecoraciones exclusivamente gracias a sus méritos y capacidades. Cada una de esas condecoraciones había venido a cambio del esfuerzo y sacrificio en combate, y si eso no alcanzaba para disuadir a las infaltables malas lenguas que pudieran sugerir que todo eso se debía a alguna maniobra turbia o inconfesable, el porte maduro y severo de la joven, curtido por la experiencia a pesar de su edad, bastaba para despejar todas las dudas.
Toda la atención de la almirante estaba puesta en la figura del piloto, que se veía del otro lado de la ventana de la sala de espera, allá en la pista, tan pequeño y lejano, y a la vez más cerca que lo que lo había tenido en mucho tiempo. Su mirada se perdía en aquella figura, que continuaba su camino hacia el edificio donde ella se hallaba, quizás ignorante de que había alguien que lo estaba esperando con ansiedad incontenible… o tal vez, como ella soñaba en lo más íntimo de su ser, intuyendo que el momento de su reencuentro estaba más cerca de lo que creía.
Segundos después, el piloto entró a uno de los accesos secundarios al edificio, indudablemente para hacerse cargo de todos los trámites que venían con cada vuelo militar, desapareciendo de la vista de la almirante.
"Supongo que va a querer darse una ducha", pensó mientras una sonrisa aparecía en su rostro, presintiendo ya la felicidad del reencuentro.
El carraspeo respetuoso de su acompañante sacó a la almirante de su ensueño, y tras voltear para verla de frente, la almirante se limitó a asentir levemente con la cabeza. Luego de recibir una sonrisa comprensiva de su acompañante, la almirante le indicó con un simple gesto de su mano que ya no tenían nada que hacer en ese lugar.
Sólo cabía esperar a que él terminara de hacer lo que tuviera que hacer, y tras unos segundos de echar una última mirada a la pista de aterrizaje, la almirante cruzó por la puerta que mantenía abierta su asistente, desapareciendo las dos en el lobby de la base.
Luego de terminar con el infaltable "papeleo acostumbrado" que seguía a todo vuelo militar, satisfaciendo así el hambre de papeles de los burócratas y administrativos, el joven piloto se dirigió al vestuario de pilotos para cambiarse aquel traje de vuelo de una buena vez por todas. Después de una muy necesaria ducha para refrescarse y sacarse el sudor y suciedad acumulados tras ocho horas de vuelo que le habían parecido interminables, el piloto se vistió con su uniforme blanco de servicio, tomó su bolso de equipaje y abandonó el vestuario, abriéndose paso entre las personas de manera cortés pero resuelta, hasta llegar por fin al vasto lobby de la base.
El gigantesco complejo militar conocido como "Base Aeroespacial Roy Fokker" era uno de los puntos neurálgicos de la infraestructura militar de Ciudad Monumento, sirviendo importantes funciones logísticas y operativas, además de ser uno de los centros de la defensa aérea de la capital. El flujo constante de vuelos militares que partían y llegaban hacían que el lobby de la Base Fokker estuviera perpetuamente repleto de personal militar de todos los rangos y ramas de servicio, que iban de un lugar a otro, ya sea que estuvieran esperando la partida de un vuelo o que acabaran de llegar en uno. Sabiendo que tenía una tarea muy difícil frente a él, el piloto recorrió la masa humana con su mirada, sintiendo ansiedad mientras sus ojos fracasaban en encontrar a la figura en particular que estaba buscando.
No era algo inesperado, después de todo; no habían acordado encontrarse en un momento determinado o en aquel sitio preciso, pero en el fondo de su ser el piloto tenía la esperanza de que la vería en el lobby de la base, esperando para recibirlo tras aquel viaje interminable que había puesto fin a su separación forzada.
Su corazón se estremeció al caer en la cuenta de que su ilusión había sido solamente eso, que ella no estaba allí, que no había podido llegar, que algún deber imprevisto la pudo haber retenido en su puesto… asumiendo que se hubiera enterado en primer lugar de la hora a la que él iba a llegar. "Bueno," pensó el piloto entregándose a la resignación, "supongo que tendré que llamarla en cuanto haya llegado a casa y desempaque todo esto. Pero qué mala suerte…"
– ¡Rick!
Al escuchar aquella voz que lo llamaba, el piloto se volteó con rapidez, buscando frenéticamente a la persona de la que había provenido ese llamado. Para su alegría infinita, su búsqueda no tardó mucho en dar resultados, ya que menos de quince segundos después pudo divisar a la joven mujer que vestía el uniforme de almirante, contemplándola como si fuera un sueño hecho realidad. La mirada del piloto se posó en los verdes ojos de la joven, que pronto rompieron en lágrimas de felicidad… muy a pesar de un intento de conservar el decoro que debía caracterizar a una oficial de su cargo y jerarquía.
No hizo falta que se dijeran nada, ya que entre los dos las palabras ahora parecían estar de más. Ambos corrieron hacia el otro, cuidando de no llevarse por delante a algún desafortunado transeúnte, y cuando se encontraron se fundieron en un abrazo largo y apasionado… con el que ambos habían soñado durante tres meses interminables.
El abrazo no tardó en convertirse en un beso que ninguno de los dos quería terminar, como si sus vidas dependieran de ello. Sentir una vez más el toque de los labios del otro, tener el cuerpo de la otra persona junto al suyo, llenar sus pulmones del aroma y fragancia de la persona amada, eran cosas que el piloto y la almirante habían esperado hasta casi la desesperación y la locura… y que les habían dado la confirmación final de que lo que estaban viviendo no era un sueño, sino una completa realidad.
Al ver la escena que se desarrollaba en el lobby, algunos de los pilotos que pasaban sonrieron e hicieron comentarios de todo tipo, desde los románticos y conmovedores hasta los atrevidos y subidos de tono, sobre la pareja. Fundidos en aquel abrazo, el tiempo parecía no acabar para los dos jóvenes, y los comentarios de la gente que pasaba bien hubieran podido parecerles ruidos de fondo, hasta que una voz interrumpió el dulce momento del reencuentro.
– Bueno, aviador, basta de escenas, no lastimes a la almirante que la quieren intacta en el alto mando – Kim Young se acercó a sus dos amigos y puso su mano en el hombro del piloto, presionando levemente para hacer más explícito el mensaje.
Ante aquel llamado poco sutil, el piloto se limitó a sonreír, volteando luego para dejar ver una mueca de disgusto fingido, respondió con un gruñido:
– Estoy muy bien, Kim, gracias por preguntar...
Sin molestarse por la mueca o por el comentario, Kim respondió a ambos con un bufido, pero bastó que la otra joven soltó sus brazos de alrededor del piloto para que ella misma lo asaltara con un abrazo sofocante.
– ¡Pero qué bueno verte aquí en Monumento, Rick! – exclamó Kim con alegría genuina.
– Gracias, Kim, es muy bueno volver a casa... – le respondió Rick con igual alegría antes de que su atención recayera sobre tres pequeñas barras doradas en el cuello de la camisa de Kim.
– ¿Qué haces con esas insignias de comandante, Kim¿Acaso Maistroff cometió el error de ascenderte? – preguntó atónito el capitán (grado superior) Rick Hunter, sin desperdiciar la oportunidad para bromear con su amiga.
Por toda respuesta, Kim hizo una pose exagerada y ligeramente ridícula, como si fuera una modelo en medio de una sesión fotográfica. Portaba un uniforme azul acero, en el que, como Rick pudo comprobar, resaltaban las insignias de grado de una comandante, además de una elaborada cinta dorada en su hombro, que la identificaba como una ayudante de campo.
– ¡Comandante Kimberly Young, reportándose al servicio, capitán Hunter! – dijo de manera burlona Kim haciendo la venia, adoptando una postura de suficiencia. – Por una vez en su vida, ese zar de bolsillo de Maistroff tomó una buena decisión. Después de todo, estar corriendo detrás de la contralmirante Hayes tiene que tener alguna recompensa en esta vida ¿no te parece?
Rick volteó hacia donde estaba la almirante, completamente seguro de que aquella frase de su ayudante de campo no le habría gustado en lo más mínimo, y paladeando la respuesta que inevitablemente vendría.
– Considérese recompensada con que no la degrade en el acto, comandante Young – respondió en tono de falsa seriedad Lisa Hayes, una vez que se recuperó del efecto embriagador de besar a Rick tras tres largos meses de conformarse con soñarlo, taladrando luego con la mirada a su ayudante mientras le indicaba con frialdad: – Ahora¿no tiene usted que llevarnos a Monumento?
Otra venia de Kim, esta vez dirigida a la almirante Hayes.
– Desde luego, almirante. Y ahora, capitán Hunter ¿me haría el favor de acompañarme a la almirante Hayes y a mí hasta nuestro vehículo oficial? – solicitó Kim dirigiéndose a Rick con una rara mezcla de respeto, deferencia y sarcasmo.
Riéndose tras todo ese episodio, Rick asintió, y los tres emprendieron el camino hacia el estacionamiento de oficiales de la base, caminando entre medio de la multitud.
– Sólo por curiosidad, Lisa… – preguntó Rick al cabo de unos segundos, sin dejar de sentir que volaba al tener la mano de Lisa en la suya – ¿cómo supiste a qué hora iba a llegar?
La respuesta de Lisa vino acompañada de un brillo travieso en sus ojos, mientras le dedicaba al piloto una sonrisa que iluminaba su rostro.
– Soy una mujer preparada, capitán Hunter, tengo mis métodos… y eso es todo lo que usted necesita saber – dijo Lisa en tono misterioso.
Caminando al frente y sin voltear en ningún momento para ver a sus amigos, Kim intervino en la conversación.
– Tu almirante me ordenó llamar a primera hora a la Base Newbery para pedirles que me dieran todos los datos de tu plan de vuelo.
Era ahora el turno de Rick de mirar a Lisa con expresión triunfal, disfrutando enormemente la forma en que Lisa entrecerraba sus ojos para fulminar con la mirada a su ayudante, que continuaba caminando como si nada hubiera pasado.
– ¿Así que éstos son sus "métodos", almirante Hayes?
– No por mucho tiempo – respondió Lisa secamente. – Voy a necesitar nuevos métodos en cuanto dé una baja deshonrosa a los que ya tengo.
En un punto determinado del camino, los tres se detuvieron en el momento en que divisaron el retrato oficial de la persona en cuyo honor había sido nombrada la base, sintiendo al mismo tiempo un nudo en el estómago, seguida por una profunda tristeza y nostalgia al recordar la personalidad irreverente y carismática de Roy Fokker.
Los recuerdos que los tres tenían sobre Roy eran duros. Demasiado duros... como todos los recuerdos que tenían de la Guerra Robotech.
El retrato, una pintura que representaba a Roy con traje de vuelo mientras descendía de su Veritech "Skull Uno" luego de una misión de combate, estaba acompañado por una escueta placa dorada que rezaba "Comandante Roy Fokker, Fuerzas de la Tierra Unida, 1978-2010. EN ETERNA MEMORIA Y GRATITUD", junto a las condecoraciones recibidas por Roy.
Cuadrándose frente al retrato, Rick dedicó unos segundos a saludar en silencio la memoria de su amigo y hermano adoptivo, tras lo cual hizo la venia, mientras Lisa y Kim lo acompañaban en una postura respetuosa.
Tras aquel breve instante de reflexión, los tres llegaron por fin al estacionamiento de oficiales, en donde un jeep militar bastante usado y con todas las apariencias de haber pasado las últimas semanas en la jungla esperaba a su conductora y pasajeros.
Rick miró incrédulo el vehículo y preguntó, dirigiéndose a nadie en particular:
– ¿Qué pasó con el auto oficial?
– Pregúntale a Kim – dijo Lisa con sarcasmo, mientras indicaba con la cabeza en dirección de su ayudante. Por su parte, Kim sólo se encogió de hombros, y levantó los brazos hacia el cielo en señal de resignación.
– No es mi culpa que ese autito lindo no aguante un poco de marcha por caminos no pavimentados – respondió Kim haciéndose la ofendida, abriendo luego las puertas del jeep mientras ella se trepaba al asiento del conductor – Suban todos, tenemos media hora de viaje hasta Monumento.
Rick y Lisa se sentaron juntos en los asientos traseros del jeep, mientras Kim, ya acomodada en su propio asiento, oprimió un botón y una capota se desplegó para resguardar a los ocupantes del jeep de las inclemencias de aquella mañana fría.
– Por lo menos elegí un buen jeep – se defendió Kim, y luego arrancó.
Los primeros minutos de viaje pasaron en silencio, mientras el jeep dejaba el complejo de la Base Fokker y entraba en la ruta de cuatro carriles que unía Monumento con su principal base aérea. El viaje transcurría rápidamente, ya que el tránsito en aquella ruta solía ser bastante escaso, compuesto principalmente por vehículos militares que iban y venían entre Monumento y Fokker.
Sin decir una sola palabra, tanto Rick como Lisa permanecían sentados en sus asientos, tomados de la mano y casi inmóviles, temiendo romper la magia que significó aquel reencuentro tras los tres meses de su separación. Tuvo que ser Kim quien rompiera el silencio, luego de un suspiro de frustración al comprobar que sus amigos no tenían la menor intención de arrancar la conversación:
– Todos estuvimos escuchando sobre tus hazañas en Sudamérica, Rick. Te has vuelto todo un héroe de guerra. Otra vez.
La voz de Kim sacó a Rick de su paseo por las nubes.
– Ah bueno, tú sabes cómo es esto, Kim, la mitad del tiempo estás muerto de miedo... – se apresuraba a decir Rick mientras buscaba con desesperación cambiar el tema de la conversación.
Por desgracia para él, no conseguía encontrar uno que fuera creíble. Su afán por cambiar de tema tenía sus raíces: había demasiadas emociones y recuerdos relacionados con su reciente paso de tres meses por el frente del Sur que él prefería dejar atrás… o de ser posible, enterrados en algún lugar de donde jamás salieran.
Pero si había alguna seguridad en este mundo, era que las palabras no detenían a Kim Young, y mucho menos los pensamientos.
– Vamos, no seas modesto, Rick – insistió Kim. – Todos leímos el anuncio de tu condecoración por... ¿cómo lo dijeron, Lisa¿"Por su excepcional valor y entereza más allá de las exigencias del deber, demostrados durante la heroica defensa de Buenos Aires"?
Ni Kim ni Lisa pudieron ver la mueca de dolor que apareció por una fracción de segundo en el rostro de Rick a la sola mención de Buenos Aires.
– Algo así, Kim. No sé si fueron las palabras exactas, pero fue algo así de pomposo – rió Lisa recordando aquella pomposa proclama. – Deberías haber oído a Maistroff cantar loas de ti y de "nuestros valientes soldados que luchan incansablemente contra el barbarismo de los renegados Zentraedi que azotan las tierras del sur".
A pesar de hacer un esfuerzo para sumarse al ánimo alegre de Lisa y Kim, algo dentro de Rick se rebeló al escuchar aquella frase. "Quisiera que ese desgraciado visitara el frente alguna vez", pensó en referencia a Maistroff, mas luego pudo tranquilizarse antes de que su molestia se manifestara. Luego, tras mucho pensarlo, miró a Lisa y preguntó con un dejo de ironía mientras sonreía:
– Oye, Lisa ¿cómo marcha la construcción del nuevo defensor de nuestro planeta?
Al escuchar que Rick hacía referencia a sus propias batallas, Lisa dejó escapar una breve expresión de frustración.
– Oh, no puedo creer que una nave traiga tantos problemas... Tres fallas mayores de sistema durante las pruebas de los conductos de energía de estribor, la mitad de las puertas de la nave no funcionan correctamente, recambio completo del sistema de comunicaciones de la cubierta 15 para mantenimiento de emergencia... como si esto fuera poco, todavía tengo que ver la cara de disgusto de Maistroff cuando le anuncio la lista diaria de problemas con el SDF-3.
– ¿Todos esos problemas en estos tres meses? – preguntó Rick arqueando una ceja.
– Sólo en la última semana – murmuró Lisa. – No recuerdo que el SDF-1 fuera tan terco cuando lo remodelábamos.
– Eso es porque la mayor parte del tiempo estábamos demasiado preocupados en entender cómo funcionaba la maldita cosa – respondió Kim, recordando de pronto una vieja historia que había escuchado sobre la vieja fortaleza espacial. – Supe de boca de uno de los ingenieros que les tomó cuatro días descubrir cómo encender las luces del hangar del SDF-1 hasta que por fin lo hicieron cuando uno de los técnicos se golpeó la cabeza contra una consola.
Los recuerdos de la vieja nave despertaron sonrisas nostálgicas en los tres oficiales. A pesar de ser un dolor de cabeza en algunos momentos, el SDF-1 siempre fue fiel con su gente, y cada uno de ellos podía pasarse horas recordando los momentos especiales de su paso por la vieja fortaleza espacial.
Al ver sonreír a Lisa, quien seguramente recordaba alguna anécdota vivida en el SDF-1, Rick no pudo dejar de maravillarse. "Qué cosa," pensó cuando cayó en la cuenta de la fecha, "hace prácticamente tres años que estamos juntos y todavía estoy frente a ella como si fuera el primer día."
Ese día fue ciertamente especial y no sólo por motivos alegres, sino también por otros más dolorosos y duros de sobrellevar. Ese día, para cuyo tercer aniversario apenas faltaban tres días, no había sido solamente el día en que Rick Hunter y Lisa Hayes finalmente terminaron con las incertidumbres de "la más frustrante historia de amor jamás contada", como la llamaban en sorna sus amigas del Trío Terrible, sino porque ese mismo día, ese horrendo 10 de enero de 2014, el demente Khyron lanzó su ataque suicida contra Nueva Macross.
Aún a tres años de aquella batalla, Rick no podía olvidar el horror que le habían provocado los eventos de ese día: la figura destrozada de la fortaleza espacial, la caída mortal del SDF-2, derribado antes de su primer vuelo, las explosiones e incendios por toda la ciudad, aquella interminable batalla para dar fin a los sobrevivientes de las tropas de Khyron. Recibir la noticia de la muerte heroica del almirante Gloval, Claudia Grant, y 4000 tripulantes del SDF-1 con una mezcla de furia y dolor.
Y en medio de todo ese horror y sufrimiento, Lisa.
Lisa. Quien aquella misma tarde se había presentado en la puerta de la casa de Rick para anunciarle que recibía el mando del SDF-2 y que iba a partir para tal vez no volver jamás. Quien en medio de lágrimas había declarado su amor por él, mientras estaba como un perfecto estúpido junto a Minmei. A quien en cuatro oportunidades durante aquel día de sangre y fuego Rick había dado por muerta, sólo para encontrarla luego del bombardeo inicial, sólo para escuchar su voz por el comunicador luego de aquel brutal disparo en el centro de mando del SDF-1, sólo para ver su figura saliendo de la cápsula de escape lanzada poco después del fatal impacto del crucero de Khyron, sólo para verla ayudando a esos heridos en aquel puesto sanitario.
Lisa. Rick recordó cómo los dos pasaron juntos aquella primera noche, una noche que tuvo el sabor dulce del descubrimiento de su amor mutuo, mezclado con la amargura de llorar juntos a tantos amigos perdidos. Recordaba las lágrimas de Lisa rodando por sus mejillas y luego por la mano de Rick, recordaba el abrazo en el que la había envuelto para que se desahogue, recordaba aquellos besos frenéticos en medio de la fría noche de invierno y en la carpa de emergencia que les había dado el personal de rescate para que se resguarden… y las duras tareas de reunir a los refugiados y sobrevivientes, evacuando Nueva Macross para siempre… tareas que comenzaron la misma mañana del día después del ataque, sin siquiera darles tiempo de recuperarse de la tragedia.
Rick levantó la vista en medio de sus reflexiones, encontrándose con los ojos de Lisa, que lo miraban con una mezcla de amor y dolor, y él supo más allá de toda duda que ella había estado recordando exactamente lo mismo que él… las mismas emociones, los mismos momentos dolorosos… De pronto, como si estuviera movido por alguna fuerza ajena a su control, Rick se acercó lentamente a Lisa, con la sola intención de darle el beso que ambos estaban deseando. No podía pensar; todo lo que había en su mente era el efecto enloquecedor de tener a Lisa cerca suyo, la expectativa de tener sus labios junto a los suyos una vez más. Sólo faltaba un poco más...
– Niños, no me distraigan que voy conduciendo – dijo Kim, rompiendo una vez más la magia del momento.
"Diablos".
– Oficialmente, almirante Hayes, concuerdo con su decisión de degradar a la comandante Young – gruñó Rick.
– Gracias por su apoyo, capitán Hunter, y le recuerdo a la acusada que puedo llevarla ante una corte marcial general por conspirar contra su almirante – sentenció Lisa en tono juzgador.
– Vamos, chicos, tienen tres semanas para darse todos los mimos que quieran. Y les recuerdo que Sammie y Vanessa están en la ciudad, así que no nos den material para chismes si no quieren que media Ciudad Monumento se entere mañana – respondió Kim, sin siquiera voltear para ver a sus amigos.
– Oops. No había pensado en eso – dijo Rick, cayendo en la cuenta de lo que Kim le decía.
– En ese caso, creo que esa corte marcial tendrá que esperar – respondió Lisa, y luego levantó su dedo índice para apuntarlo a Kim. – No crea que está salvada, comandante Young. Después de todo, el chantaje es un delito mucho mayor.
– ¡Bah! – dijo Kim, minimizando la amenaza con un movimiento de su mano, para luego volver a ocuparse del volante.
En ese momento Rick aprovechó para tomar la mano de Lisa, estrechándola con sumo cuidado en la suya propia. Sus dedos recorrían la suave mano de Lisa con lentitud, casi rozando la piel de aquella mano, tan pequeña y delicada en comparación con la suya que parecía la mano de una muñeca. Ante aquel contacto, Lisa no pudo evitar sonrojarse y le dedicó a Rick una de sus sonrisas fugaces, esas sonrisas que lo enloquecían irremediablemente.
– Pagarás por eso, almirante – susurró Rick al oído de la almirante Hayes. La sensación de tenerla cerca era demasiado como para que Lisa estuviera además jugando con su salud mental.
– No puedo esperar a ver con qué me vas a hacer pagar, capitán – respondió ella sin amedrentarse, en un tono igual de bajo y sugerente.
El jeep continuó en su camino, recorriendo sin problema alguno la autopista, mientras en el horizonte, recortados contra el marco imponente de las montañas, podían divisarse los rascacielos de Ciudad Monumento en el horizonte.
Después de media hora de viaje en ruta y otros veinte a través de la ciudad, esta vez sí teniendo que enfrentarse al tránsito usualmente desquiciado de Ciudad Monumento, el jeep de Rick, Lisa y Kim se detuvo en las cercanías de la Academia Militar de Ciudad Monumento.
– Pensé que íbamos directo al cuartel general. ¿Qué hacemos aquí en la Academia? – preguntó Rick, sorprendido al darse cuenta del lugar a donde habían ido a parar.
– Nada, pasamos a saludar a Max y Miriya – respondió Lisa sin dar mayores explicaciones, confundiendo aún más a un Rick Hunter que ya estaba desorientado.
– No me digas que Maistroff los nombró profesores... – dijo él, lanzando la primera idea que se le ocurrió.
– No precisamente. No fue idea de Maistroff, sino del superintendente. Y no están como profesores... bueno, no en el sentido convencional. – explicó Lisa, con un tono de "tengo un secretooooooo" que logró provocar una sonrisa divertida en su piloto. – Vamos, que se hace tarde.
Al llegar a la puerta principal de la Academia, los tres oficiales se identificaron ante el guardia de la entrada y éste los dejó continuar al interior de la enorme escuela una vez que sus identidades fueron verificadas.
La Academia Militar de Ciudad Monumento era tan sólo una de las muchas escuelas de oficiales que en todo el mundo capacitaban a los futuros líderes de las Fuerzas de la Tierra Unida. La sede física de la Academia estaba en los terrenos de lo que una vez fuera un liceo militar de los Estados Unidos. El viejo edificio del liceo sobrevivió a la Lluvia de Muerte con daños menores, y cuando Ciudad Monumento fue fundada en las cercanías, las Fuerzas de la Tierra Unida eligieron al viejo edificio como sede de una de sus nuevas escuelas de oficiales. Luego de restaurar cuidadosamente la vieja estructura, comenzaron a construir nuevos edificios alrededor, hasta convertir el terreno en una verdadera ciudad militar en constante expansión, con edificios de dormitorios rodeando a los pabellones donde se dictaban las clases y cursos de estudio.
En los próximos años, según ciertos planes del Ministerio de Defensa, se pensaba centralizar la instrucción de los oficiales de las Fuerzas de la Tierra Unida en la Academia de Ciudad Monumento, con lo que pasaría a convertirse en la Academia Militar de las Fuerzas de la Tierra Unida. La decisión sólo hizo que se multiplicaran las obras en los terrenos de la Academia, y los jóvenes cadetes compartían el espacio con el personal de construcción que trabajaba con afán en la ampliación del complejo.
Había todo un sistema de calles dentro del complejo, que separaban a los distintos edificios y les permitían a estudiantes, profesores y visitantes orientarse y moverse dentro del complejo con facilidad. Cada calle de la Academia llevaba el nombre de un héroe o estratega militar, sea de la reciente guerra contra los Zentraedi como de las incontables guerras de la historia de la humanidad. Fue así que Rick, Lisa y Kim, tras dejar el puesto de guardia, se encontraron caminando por la Calle Wellington hasta llegar a la intersección con la Calle Rommel, y caminaron por Rommel hasta llegar al edificio donde se hallaba el Auditorio Principal, situado frente a la Plaza de Armas Henry Gloval.
– ¿Podrás creer que es la primera vez que entro a esta Academia? – preguntó Rick, asombrado de lo que veía, mientras por dentro se preguntaba cómo era que en tres años de vivir en Monumento jamás había puesto un pie en ese lugar.
– ¿Miedo a la educación, capitán Hunter? – retrucó Lisa en plan bromista, recibiendo al instante un suave golpe en el brazo de parte de Rick.
– Para nada, almirante Hayes – contestó Rick. – Yo soy un tipo educado. Sé leer y escribir, y puedo hacer las cuatro operaciones básicas… el resto es de adorno.
– ¿Agresión a un oficial superior, capitán¡Linda forma de empezar su licencia! – aprovechó Kim para participar, pero ya Rick y Lisa habían terminado su breve batalla y permanecían recorriendo la Plaza de Armas con la vista, observando cada edificio y monumento con gran detenimiento.
– Este lugar es impresionante… – murmuró Rick al cabo de unos segundos de observación.
– En unos años más ni la vas a reconocer. La están poniendo completamente a nuevo. Es uno de los proyectos favoritos de Maistroff – explicó Lisa en tono didáctico.
Los tres oficiales entraron al edificio, y no tardaron en llegar al Auditorio Principal, un vasto salón semicircular de porte imponente, cuyas filas en apariencia interminables de asientos estaban casi todas ocupadas por cadetes de todas las edades, que charlaban e intercambiaban rumores e historias en un tono bajo para que no los escucharan sus profesores y oficiales supervisores.
Una vez adentro del Auditorio, Rick, Lisa y Kim encontraron asientos para ellos hacia el fondo del auditorio y se sentaron, mientras esperaban que diera inicio lo que fuera que estaba por comenzar. Al cabo de unos cinco minutos de espera cada vez más impaciente, más teniendo en cuenta que no terminaba de comprender qué estaba haciendo él en la Academia Militar, Rick no pudo contener su curiosidad por más tiempo y preguntó a Lisa.
– Vamos, que el suspenso me está matando. ¿Quién viene a dar clase hoy?
Lisa no dijo una sola palabra, limitándose a indicar con un ligero movimiento de cabeza a Rick que el expositor estaba haciendo su entrada. A Rick sólo le bastó ver de quién se trataba para preguntarse dos cosas: "¿qué diablos pasó aquí mientras no estaba?" y "¿es que ya nadie me avisa de nada?"
Al ver la cara de confusión de Rick, agravada por el ceño fruncido que estaba poniendo, Lisa no pudo reprimir una pequeña carcajada, la cual contuvo en cuanto se anunció que la presentación iba a comenzar. Ante ese anuncio, Rick, Lisa y Kim hicieron silencio y volvieron la vista al frente, a la tarima en donde el expositor ya estaba preparándose para dar inicio.
– Buenas tardes a todos – comenzó el expositor, haciendo un respetuoso saludo antes de presentarse. – Soy el comandante Maximilian Sterling, y por invitación del superintendente de la Academia hoy he venido para hablar acerca de tácticas de combate aéreo y espacial...
La exposición de Max duró cuarenta minutos, en los que hizo un repaso de las diferentes tácticas desarrolladas por las Fuerzas de la Tierra Unida para el combate en el aire y en el espacio, acompañado por docenas de videos, fotografías y simulaciones de computadora. Cuando concluyó de exponer, Max anunció que respondería las preguntas que la audiencia quisiera hacerle.
Como era de esperarse, los jóvenes cadetes bombardearon a Max con preguntas sobre sus propias experiencias de combate, desde su incorporación a bordo del SDF-1 hasta la Batalla de Nueva Macross. Con su modestia habitual, Max respondió las preguntas que le llegaban. Al cabo de veinte minutos de preguntas, y viendo que si permitía que los cadetes se dieran gusto la exposición se extendería hasta la medianoche, el mayor general Peter Hanley, superintendente de la Academia Militar, se puso de pie y tomó el micrófono.
– Bueno, comandante Sterling, en nombre de la Academia Militar quiero agradecer su presencia hoy y la exposición que nos ha brindado. Ha sido en extremo útil e interesante, y estoy seguro de que los cadetes han aprovechado esta oportunidad.
– Gracias, general. Es un honor para mí estar aquí hoy – respondió Max haciendo una leve y cortés reverencia, tal cual era su estilo.
– El honor es nuestro, comandante – devolvió el general Hanley y luego, dando media vuelta para enfrentar a la audiencia de cadetes, exclamó en su más potente voz de mando:
– Clase ¡retírense!
– ¡SEÑOR, SÍ SEÑOR! – respondió el cuerpo entero de cadetes a una voz, y separándose por cursos y divisiones, se marcharon del auditorio hasta dejarlo casi vacío.
Una vez que los cadetes se fueron, Rick, Lisa y Kim se acercaron a donde estaban Max y el general Hanley. Siguiendo el protocolo militar, los tres oficiales presentaron sus respetos al superintendente de la Academia, quien aprovechó la oportunidad para intercambiar algunas palabras con Lisa. Mientras el general Hanley estuvo presente, Max permaneció respetuosamente sobre la tarima, esperando a que terminara lo que tenía que decir y se retirara, cosa que hizo al cabo de unos minutos. Ni bien el general dejó el auditorio, Max bajó de la tarima a paso veloz a saludar a sus amigos.
– Almirante Hayes, capitán Hunter, comandante Young, espero que la exposición haya sido de su agrado – dijo Max cuadrándose y hablando en un tono demasiado formal que hizo que Kim reaccionara con una mueca divertida.
– Ciertamente lo fue, comandante Sterling – respondió Lisa, imitando el tono de Max.
Kim, con desenfado, preguntó:
– ¿Desde cuando eres tan puntilloso con el protocolo, Max?
– Desde que entré a este edificio – respondió Max imperturbable. – No quisiera que el general Hanley me pusiera bajo arresto por dar un mal ejemplo a los cadetes al abrazar a una almirante – Luego se dirigió a Rick y lo saludó con un fuerte abrazo. – ¡Rick, qué gusto verte! Iba a llamarte a la base en cuanto terminara esto, pero ya que te tengo aquí… Por cierto, no sabía que vendrías a ver la exposición.
– No sabía que fueras a dar una – devolvió Rick. – ¿Desde cuando eres tan amigo del superintendente de la Academia?
– Ah, no fue nada – explicó Max. – Están dando un ciclo de exposiciones sobre "Tácticas en el campo de batalla Robotech", y Hanley simplemente me llamó a la base y me dijo "Sterling, lo necesito el jueves a las once de la mañana en el Auditorio para que llene la cabeza de mis cadetes con fantasías de vuelo mientras mis profesores y yo preparamos los exámenes para el resto del año".
– Un buen descanso después de tanto volar el VF-4…
Detrás de sus anteojos, los ojos de Max se entrecerraron, mientras sus labios formaban una media sonrisa.
– Es la envidia que te carcome, Hunter…
– ¿Cómo está Dana, Max? – preguntó Rick, cambiando de tema.
Al oír que la pregunta era sobre su hija, la expresión de Max cambió por completo, y ahora tenía una enorme sonrisa de oreja a oreja.
– Muy bien, gracias por preguntar. Está muy ansiosa con la idea de empezar la primaria. Es más, el otro día me despertó a las cinco de la mañana completamente vestida y con su mochila al hombro y me dijo "¿Podemos ir ahora, papá?" – Tanto Lisa como Kim sonrieron al escuchar esa historia, mientras Max continuaba: – No sabes el puchero que me hizo cuando le contesté que todavía le faltaban dos meses…
– Oh, Dios, lo lamento tanto por los pobres diablos que serán sus maestros – dijo Lisa.
– Sí, pobre gente. Espero que tengan seguro de vida – terció Rick asintiendo a lo que decía Lisa.
– ¿Están queriendo decir que mi preciosa bebita es una especie de amenaza a la seguridad? – preguntó Max en un tono de falsa indignación.
– No tanto... más bien pensamos que es un pequeño huracán ambulante – rió Kim.
– Oye Rick, felicitaciones. Escuché que te dieron una medalla por lo de Buenos Aires – dijo Max poniendo una mano en el hombro de su amigo. – Fue un lindo truco el que hiciste allá. Apuesto que los Zentraedi todavía están preguntándose qué fue lo que los golpeó.
Lisa no pudo dejar de notar algo en la mirada de Rick en ese momento… un destello de algo muy parecido al dolor. Sin embargo, y para su alivio, aquella tristeza no se transmitió a las palabras de Rick, ya que respondió al comentario de Max como si nada hubiera pasado.
– Gracias, Max. Estoy seguro que les hubieras dado una verdadera paliza de haber estado allá en ese momento.
– No, gracias – negó Max sacudiendo la cabeza. – Ya cumplo mi cuota de batallas con mi esposa Zentraedi. Aunque no me molesta salir a pelear contra los renegados de vez en cuando.
– Hablando de tu esposa, Max ¿dónde está Miriya? Me parece raro que ella no estuviera durante tu pequeño momento de gloria con los cadetes – preguntó Rick con algo de sorpresa.
– Ah, bueno, ella está dando su propia clase en el campo de pruebas. De hecho, debería estar empezando en diez minutos – dijo Max, usando aquel mismo tono misterioso que Lisa había empleado cuando llegaron a la academia… cosa que ya preocupaba a Rick. – Deberías haberla visto, está muy emocionada con esta idea.
– En ese caso, vamos todos para allá – dijo Kim señalando la puerta del auditorio.
La alarma de ataque aéreo resonó en toda la base.
Seis cazas Veritech se elevaron al cielo, sus motores rugiendo, en persecución de los mechas enemigos detectados por los radares de tierra. Al llegar a los seis mil metros, el comandante de la formación instruyó a sus pilotos para que se dirijan a máxima velocidad a la posición del enemigo. El comandante miró su pantalla de radar y quedó confundido. El enemigo debía estar allí mismo, pero no lo podía ver. O el radar estaba equivocado o había algo más...
Una serie de rayos iluminó el cielo. Los cazas Veritech se agitaron en una serie de maniobras evasivas. De pronto, de entre una de las nubes, tres armaduras de combate Quadrano salieron disparando a todo lo que se movía.
– ¡Sepárense y denles duro, muchachos! – dijo el comandante por la radio. Los seis Veritech se separaron, cada uno de ellos buscando frenéticamente a los elusivos mechas Zentraedi.
– ¡Líder, aquí Falcon 3, me dieron¡Estoy fuera, señor! – escuchó gritar a uno de sus pilotos. Maldición, pensó el comandante. De pronto, captó una mancha verde a las nueve en punto. Un Quadrano. "Ahora verás", le dijo en silencio a su enemigo Zentraedi. Dio toda la potencia a sus motores, y el VF-1 Valkyrie se lanzó a toda velocidad contra el mecha enemigo.
El Zentraedi pareció no inmutarse al ver al Veritech abalanzándose sobre él. De pronto, se lanzó hacia lo alto a toda velocidad, como buscando alcanzar el espacio. Detrás de él, el líder Veritech lanzó dos misiles contra el Quadrano, pero no pudieron alcanzar al veloz mecha enemigo, que esquivó los misiles mediante una increíble sucesión de giros endemoniados.
El líder Veritech cambió a modalidad Battloid y disparó contra el Quadrano, pero el piloto Zentraedi literalmente esquivaba las balas, haciendo gala de una maniobrabilidad y reflejos excepcionales. De pronto, y tras apenas veinte segundos de ese ballet mortífero a diez mil metros de altura, el líder Veritech perdió todo contacto con el mecha Zentraedi, tanto en visual como en radar.
"¿Dónde demonios está?"
Nada, como si hubiera desaparecido en el aire.
De pronto, la red táctica explotó con las voces de dos de sus numerales, Falcon 2 y Falcon 5, informando que habían sido derribados por el enemigo. El líder Veritech divisó mediante su radar a los otros dos Quadrano, que se estaban abalanzando contra sus últimos numerales, Falcon 4 y Falcon 6. Volviendo al modo de caza y bajando en picada, el líder Veritech apuntó contra uno de los Quadrano, y le dedicó tres misiles. El Zentraedi jamás vio lo que le llegó. Los misiles hicieron impacto en el mecha Zentraedi, y cayó fulminado casi en el acto.
"Uno menos y faltan dos."
Con uno de sus perseguidores fuera, Falcon 4 y Falcon 6 ejecutaron un veloz giro y pasaron a cazar al Quadrano restante. El líder Veritech se sumó a la cacería, aunque había una pregunta que todavía rondaba su cabeza "¿Dónde está el Quadrano que falta?"
La emoción de devolverle el favor al enemigo duró poco para Falcon 6, quien se puso demasiado cerca del Quadrano al que perseguía, dándole la oportunidad al Zentraedi de descargar completamente sus cañones láser en el Veritech antes de que éste hubiera podido cambiar a Battloid o Guardián, poniéndolo fuera de combate.
"Quedamos sólo Falcon 4 y yo", pensó el líder Veritech.
Casi como si el cielo lo hubiera escuchado, Falcon 4 fue derribado por una salva de láseres salidos de la nada. El líder Veritech miró a todos lados, buscando la fuente de esos disparos. "Allí". Un Quadrano que bajaba en medio de una serie de maniobras evasivas, descargando láseres como si fuera un angel de la muerte.
El Veritech sobreviviente cambió a Battloid y disparó los últimos misiles que le quedaban. Los misiles perdieron el rumbo ante la increíble –"¡nadie puede hacer maniobras como esas!"– serie de giros y evasivas que hacía el Quadrano. Los disparos y misiles que lanzaba el Veritech pasaban rasantes cerca del mecha Zentraedi, pero sin poder dar en él, como si fuera un fantasma.
Con sus armas agotadas, el líder Veritech cambió a caza y buscó refugio en bajas alturas. Su esperanza duró poco. El Quadrano lo batió con media docena de misiles de corto alcance, borrando del cielo de Ciudad Monumento al último de los seis Veritech.
La batalla había durado tres minutos. En tres minutos, media docena de cazas Valkyrie habían caído como moscas ante una fuerza enemiga con la mitad de naves.
Los dos Quadrano sobrevivientes se dirigieron hacia el predio de la Academia Militar con la inevitabilidad del rayo. Los controladores de tierra, estupefactos ante esta visión de muerte, poco podían hacer. De pronto, las radios de la torre de control explotaron con una voz que resonaba en todas las frecuencias tácticas. Una voz de mujer, que radiaba una impresión de imbatible confianza en sí misma.
Un feroz grito de guerra, lanzado en el idioma Zentraedi, retumbó en los oídos de todo el personal. El jefe de la torre, y el coronel que supervisaba el simulacro de combate, palidecieron súbitamente.
– ¡Aprendan muy bien esta lección: cuando se enfrentan a armaduras de combate tipo Quaedluun-Rau, la mejor oportunidad que tienen de acabar con ellas es aprovechando los misiles de largo alcance¡El Valkyrie es un caza muy maniobrable tanto en modo Fighter como en Battloid, pero si dejan que una mal llamada "armadura Quadrano" se les acerque hasta terminar metidos en una pelea de perros, están condenados! Y cambiando de tema… Micronianos¿no tienen nada mejor para ponerme en frente? – proclamó triunfalmente la voz de la teniente comandante Miriya Parino-Sterling, provocando carcajadas entre los cadetes que habían observado todo el ejercicio a través de la pantalla instalada en una de las aulas de la Academia.
Concluido el ejercicio, los seis cazas Veritech retomaron su formación y se dirigieron hacia la Base Fokker, lanzando imprecaciones de todo tipo por los canales militares, pero el líder de la formación tuvo la entereza de ánimo para emitir un duro y corto "Bravo, Miriya Parino" antes de cortar la comunicación con la academia.
Los tres Quadrano descendieron con gracia y precisión inimitable en la pista auxiliar de la Academia, caminando por sus propios medios hasta la entrada de un enorme hangar. Mientras los técnicos de tierra se ocupaban de entrar los enormes mecha Zentraedi al hangar, la cabina del líder Quadrano se abrió, revelando el interior del mecha a cualquiera que pudiera verlo. Normalmente, una armadura Quadrano era eso: una armadura que se ponía un piloto Zentraedi, pero en lugar de una guerrera Zentraedi tamaño natural, apareció un asiento tamaño humano rodeado de controles. La piloto del Quadrano descendió con rapidez del mecha y se dirigió a paso vivo hacia donde estaba el pequeño grupo de oficiales que la estaba esperando, mientras sacudía su largo cabello verde luego de quitarse el casco.
– ¡Miriya, eso fue espectacular! – dijo Rick, casi sin saber qué decir, pasmado ante aquella demostración de habilidad de vuelo. – No quisiera tener que enfrentarte en esa armadura.
– Bah, lo he hecho mejor antes – respondió Miriya dando falsos aires de superioridad, con su casco de piloto bajo el brazo.
– Pero la forma en la que piloteabas... – siguió Rick.
– Solía vestir una armadura Quadrano, no pilotearla – contestó Miriya, quien de buenas a primeras rodeó a Rick con un abrazo sofocante. – Bienvenido de vuelta a Monumento, Rick. Maximilian, Dana y yo te hemos extrañado muchísimo.
– Gracias, Miriya – respondió Rick con una sonrisa en cuanto Miriya lo soltó y pudo recuperar el aliento. – Yo también los extrañé mucho.
– Almirante Hayes – dijo Miriya asumiendo la plena posición militar, saludando con una venia impecable a Lisa.
Lisa devolvió el saludo, pero no pudo reprimir una mueca de fastidio involuntario, matizado por una sonrisa.
– Quisiera saber por qué cada vez que vengo a este lugar tengo que soportar todo este show de protocolo de parte de gente a la que conozco desde hace años.
– Ahora entiendes lo que teníamos que pasar nosotros cada vez que te nos acercabas, cariño – dijo Rick muy divertido, y decidió continuar la broma haciendo una imitación: – "La señorita Hayes aprobó con honores en la academia y por eso todos le temen". Es en momentos como éstos en los que agradezco haber comenzado como recluta y no haber tenido que pasar por la academia.
Rick, Max y Kim rieron al recordar aquella primera impresión, por todos ellos compartida, de Lisa como una disciplinaria inflexible. La superchica, como la llamaban todos cuanto la conocían a bordo del SDF-1.
– Muy bien, Hunter, siga burlándose de un oficial superior – dijo Lisa dándole un codazo a Rick. – Sepa que por esto tendrá que hacer la cena y lavar todos los platos.
– Sí, almirante – respondió Rick con una sonrisa cómplice.
– No te preocupes, Lisa – intervino Miriya en defensa de su oficial superior y amiga. – Estos micronianos no entenderán jamás el respeto que se le debe tener a una guerrera.
– Ella es microniana, querida – dijo Max.
– Por accidente – contestó Miriya como si estuviera diciendo una verdad obvia y evidente por sí misma. – Hubiera sido un honor tener a Lisa como comandante en lugar de Azonia.
– Miriya… – dijo Lisa sintiendo que se sonrojaba – no sé qué decir, gracias.
Miriya asintió con la cabeza y luego le preguntó a Max como si estuviera esperando una respuesta a una pregunta hecha hacía mucho tiempo:
– ¿Qué piensas ahora de mi idea, Maximilian?
– Bueno, admito que tenía mis dudas, pero esta pequeña demostración me ha convencido, querida – reconoció Max un tanto apesadumbrado, como si acabara de perder una apuesta. – La mitad del tiempo tenía pánico de que algún distraído en la defensa antiaérea pensara que tu show era un ataque de verdad y te hubiera llenado de misiles antiaéreos – agregó con una sonrisa leve.
– Hubiera sido mejor, – dijo imperturbable Miriya – así era también una práctica de ataque a tierra.
– Kim es ascendida, Max da clases magistrales en la Academia y le han devuelto su vieja montura a Miriya. Parece como si me hubiera ido durante diez años – dijo Rick levantando los brazos al cielo, dejando entrever su incomprensión por cómo habían cambiado las cosas en su ausencia. – ¿Cómo surgió todo esto, Miriya?
– Pensé que, si nuestros pilotos tienen que combatir contra los Zentraedi, lo mejor que podrían hacer era instruirlos desde el primer momento, dándoles a los pilotos la oportunidad de pelear contra mechas Zentraedi reales con pilotos Zentraedi… y a los cadetes la posibilidad de aprender de las batallas – comenzó a explicar Miriya. – Propuse la idea al general Hanley y me dijo que tendría todo el apoyo de la Academia, siempre y cuando pudiera obtener mechas reales.
– No los habrás ido a capturar... – preguntó Rick con un poco de preocupación en la voz.
Conociendo como conocía a su antigua subordinada, Rick ya podía imaginar una carga solitaria con su Veritech rojo hacia el corazón de los dominios Zentraedi en el Amazonas, para regresar triunfalmente a Monumento con aquellos mechas Zentraedi atados a su caza.
– No – respondió Miriya, sorprendiéndose un poco de la pequeña exhalación de alivio de Rick pero sin darle mucha importancia. – Hablé con Lord Breetai antes de que partiera en la misión de reconocimiento y le pedí si podía facilitarme una docena de armaduras y otra de battlepods para mi nueva unidad para dar instrucción de combate al estilo Zentraedi. A la mañana siguiente, tenía todas las naves en la base Fokker. Luego de eso, hubo que reconvertirlas para ser piloteadas por pilotos humanos, cambiar sus armas por sistemas de práctica y hoy tuvimos el primer simulacro de combate.
– Bueno, pues felicitaciones por una excelente idea, Miriya. Estuvo verdaderamente fenomenal. Alguno de estos días me gustaría venir a practicar.
– Gracias, Rick. Puedes venir cuando quieras – respondió Miriya, y después comenzó a moverse de manera incómoda en su traje de vuelo. – Ahora, si me disculpan, tengo que quitarme este traje...
– ¡No se diga más! – exclamaron al unísono Max y Rick, y el grupo acompañó a Miriya hacia el vestuario de pilotos, ubicado en uno de los edificios adyacentes a la pista de pruebas.
En cuanto Miriya terminó de cambiarse el traje de vuelo por su uniforme diario, los cinco caminaron por los pasillos del edificio principal en busca de la salida, pasando por entre las multitudes de cadetes, profesores y personal que iban y venían entre las aulas.
Apenas les faltaban unos metros para llegar a las puertas del edificio principal de la Academia cuando escucharon pasos apurados detrás de ellos… como si alguien estuviera corriendo para alcanzarlos.
– ¡Hey, muchachos! – oyeron una voz suave y chillona que los llamaba, jadeando como si le faltara el aliento.
Al escuchar esa voz, los cinco giraron sobre sus talones para encontrarse con una pequeña oficial de uniforme blanco, con rostro aniñado y largo cabello rojizo que se acercaba corriendo por el pasillo, esquivando a los cadetes y oficiales que iban y venían.
– ¡Qué bueno… que los encontré… a todos… aquí hoy! – dijo con voz entrecortada Sammie Porter, mientras inhalaba fuertemente para recobrar el aliento perdido con esa corrida.
– Hola, Sammie ¿qué haces aquí en la Academia? – dijo Lisa, sorprendida de verla en ese lugar.
Esta vez, Sammie esperó hasta que su aliento hubiera vuelto al cuerpo antes de responder a la pregunta de Lisa.
– Kim me llamó para preguntar si quería reunirme con ella para tomar algo después de terminar mi turno en la central de operaciones, pero no sabía que me iba a encontrar con todos ustedes... – luego, cayendo en la cuenta de quién era el hombre parado junto a Kim y a la almirante Hayes, se quedó un segundo con la boca abierta. – ¿Eres tú, Rick Hunter¡Qué gusto de verte… casi no te reconozco¿No estabas en América del Sur?
– Ya no – explicó Rick. Tengo tres gloriosas semanas de licencia hasta recibir nuevas órdenes. Y ahora que lo pienso y que los tengo a ustedes aquí, tal vez podríamos reunirnos todos a cenar esta noche.
– Me parece una idea estupenda, Rick – dijo Kim. – Llamaré a Vanessa para decirle que venga en cuanto termine su turno.
– Fantástico. Dile que venga a casa a las... – empezó Rick a sugerir una hora, pero se calló en cuanto sintió que alguien lo tomaba por la muñeca, interrumpiéndolo.
– Por favor, capitán Hunter, después de tres meses, su casa debe ser un caos. ¿Por qué no vienen todos a mi casa a las nueve? – sugirió Lisa a todo el grupo. Luego, hablándole a Max, le preguntó: – ¿Sabes si los Grant están también en la ciudad?
Max pensó unos segundos antes de responder.
– Creo que sí. Hablé con Jean el otro día, y me dijo que Vince debía regresar del astillero ayer. A menos que haya habido algún desastre de último momento, deberían estar en Monumento.
– Perfecto – sonrió Lisa. – ¿Podrías avisarles de la cena?
– No hay problema. ¿Podemos venir con Dana? – preguntó Max a su vez, y Miriya respaldaba a su esposo con una sonrisa.
Sin encontrar problema alguno con aquel pedido, Lisa asintió.
– Por supuesto, hace mucho que no la veo. ¿Entonces estamos de acuerdo, mi casa a las nueve?
– Claro que sí – respondieron todos, pero Lisa puso una mano en el hombro a Rick y le dijo, poniendo su mejor cara de almirante seria:
– A usted lo espero a las siete, capitán Hunter.
– ¿Por qué, almirante? – preguntó Rick un tanto desconcertado.
– Porque tiene que cocinar – dijo Lisa estrechando los ojos y con una sonrisa predadora en los labios. – ¿O pensaste que iba a dejar pasar tu pequeño chiste sobre que todos me temían?
– No es un chiste sino la pura verdad, y si quieres castigarme, allá tú… al menos déjame pasar por casa a desempacar y dormir una siesta… este vuelo me mató – contestó él guiñándole el ojo.
– ¿Hace cuánto que llegó Rick? – le preguntó Sammie a Kim en tono inocente, viendo cómo Rick y Lisa se enfrascaban en su acostumbrada esgrima verbal.
– Dos horas y media – fue la respuesta de Kim, y Sammie adoptó una expresión pensativa, como si estuviera haciendo un complejo cálculo matemático.
– Dos horas y media, y ya se están peleando… esto debe ser un nuevo récord – concluyó Sammie.
– Vaya, Rick, estás en problemas ahora – dijo Max, tomando del brazo a su esposa e indicándole que era mejor emprender una retirada discreta. – Vámonos, Mir, estos dos tienen mucho qué resolver.
– Adiós, nos vemos esta noche – dijeron a coro Rick y Lisa.
Max y Miriya devolvieron el saludo y fueron al estacionamiento de la Academia para subir a su auto y volver a casa. Por su parte, Sammie y Kim, esta última con el permiso de Lisa, dejaron solos a Rick y Lisa para ir a una de las cafeterías de la Academia a ponerse al tanto de lo que ocurría en sus vidas, luego de acordar regresar a ese lugar a eso de las dos de la tarde para volver todos juntos al barrio militar de Monumento.
Al ver a Kim y Sammie irse a la cafetería, charlando animadamente como en los buenos viejos tiempos del SDF-1 y desapareciendo entre la muchedumbre, Rick tomó la mano de Lisa y se inclinó para acercarse a su oído, susurrando en cuanto lo tuvo cerca:
– ¿Sólo me quieres antes para que cocine? – preguntó arqueando una ceja.
– Bueno, es eso y hablar sobre qué estuvimos haciendo estos tres meses que no nos vimos. ¿Para qué otra cosa pensabas que podía ser? – contestó Lisa haciéndose la difícil.
– Yo pensaba que querías recuperar algo del tiempo perdido – preguntó Rick guiñándole un ojo, mientras por dentro se estremecía al ver cómo Lisa reaccionaba ante aquella idea. – A mí me gustaría ponerme al día.
– Eso no lo dudes, capitán – respondió Lisa con un destello en sus ojos y una sonrisa cada vez más grande en sus labios.
La comida, tal como anunció Lisa, quedó a cargo de Rick, quien tuvo que llegar a eso de las siete con los ingredientes necesarios para preparar lo que él llamaba "pollo a la Hunter". Después de una larga y costosa batalla contra los condimentos y los utensilios de cocina de Lisa, el plato principal pudo al fin estar listo para ser servido, y tanto Rick como Lisa se ocuparon de poner la casa en las mejores condiciones, terminando todos los preparativos poco antes de las nueve de la noche.
Una vez terminada la preparación, sólo quedaba esperar a que los invitados fueran llegando a casa de Lisa.
Aunque nadie tuviera necesidad de decirlo en voz alta, aquella cena era una ocasión especial no sólo para Rick y Lisa, sino también para su grupo de amigos. Era quizás un verdadero ritual para ellos. No importara por donde los fuera llevando la vida, o qué estuvieran haciendo… siempre habían estado presentes para las cenas que ofrecían Rick y Lisa por esos días.
Sin mencionar que aquellas cenas eran lo más cercano a una celebración de aniversario que se permitían Rick y Lisa… no les parecía correcto celebrar el aniversario del inicio de su relación cuando esa fecha coincidía con un día de luto planetario… y más cuando ellos habían conocido a las personas cuyo sacrificio se honraba.
Esa cena, al igual que las que habían hecho en fechas similares durante los últimos dos años, era la oportunidad que tendrían para recordar y conmemorar a aquellos amigos y camaradas que habían caído durante la guerra. Habían pasado casi tres años desde el día en que el SDF-1 había sido destruido, y el dolor de esa fecha de luto empezaba a hacerse más intenso para todos los que habían sido parte de aquella verdadera familia que fue la tripulación de la caída fortaleza espacial.
Las exigencias y suertes cambiantes de la vida militar, exacerbadas durante el período de rebelión y violencia que vivía la Tierra, ya habían hecho bastante por disgregar a aquella familia durante los pasados tres años.
Los primeros en llegar fueron los Sterling, cargando bajo el brazo algunas botellas de vino, y llevando a la pequeña Dana a cuestas, quien luego de saludar con un beso a Rick y Lisa, partió raudamente a ver televisión en el cuarto de al lado del comedor.
Hacía ya un año que Max y Miriya habían dejado de formar parte del Escuadrón Skull, para gran sorpresa de toda la comunidad de pilotos militares. En realidad, no podía decirse que aquello hubiera sido alguna clase de castigo, como algunos dieron a entender cuando se conoció la noticia, ya que las Fuerzas de la Tierra Unida los habían seleccionado para que formaran parte del programa de desarrollo del VF-4 Lightning III, el caza Veritech que sucedería en el servicio al VF-1 Valkyrie.
Las impresionantes habilidades de vuelo de Max y Miriya, sumados a su vasta experiencia en combate, los habían hecho invaluables para el proyecto VF-4, participando de todas las etapas hasta llegar a la designación de Max como comandante del Escuadrón de Vuelo Experimental, una unidad militar encargada de volar una preserie de 15 cazas en condiciones operativas normales, como paso previo a la producción masiva del nuevo caza Veritech. En cuanto a Miriya, la oportunidad que le había dado la Academia de formar su Escuadrón de Tácticas Adversarias (o, como lo llamaban algunos, el Circo Zentraedi del Espacio) había logrado que dejara el programa VF-4, aunque no se había alejado por completo del proyecto.
Quince minutos después de los Sterling, llegó el Trío Terrible.
El Trío había sido el primero en separarse; pocas semanas después de la destrucción simultánea del SDF-1 y del SDF-2, Kim había recibido un ascenso a teniente comandante y una reasignación, pasando a convertirse en la ayudante personal de Lisa Hayes, lo que implicaba tener que acompañarla durante sus frecuentes idas y venidas entre la Tierra y el Satélite Fábrica.
Por su parte, Sammie y Vanessa recibieron varios meses después sus propios ascensos, permaneciendo asignadas al nuevo cuartel general en Ciudad Monumento hasta convertirse las dos en oficiales jefas de guardia en la Central de Operaciones; Sammie dirigiendo la primera guardia del día, entregándole todos los días la posta a Vanessa a las 0600 horas para que se hiciera cargo del turno siguiente. La separación había repercutido en el carácter de aquellas tres amigas tan cercanas, y quien las viera aquellos días las habría notado un poco apagadas, como si aquella alegría y gusto por la vida que tenían durante los peores momentos de la Guerra Robotech se hubiera desvanecido ligeramente.
Pero nada de eso importaba aquella noche, las tres amigas estaban juntas, y daban toda la impresión de haber vuelto a sus mañas acostumbradas… y cuando Lisa abrió la puerta para recibirlas, se encontró a Kim, Sammie y Vanessa, portando cerveza y papas fritas y discutiendo acaloradamente acerca de las propuestas para los nuevos uniformes de las Fuerzas de la Tierra Unida, que se habían dado a conocer con bombos y platillos el día anterior.
– ¿Estás loca? – exclamaba Sammie señalando una revista en la que aparecían los diseños propuestos. – ¡Por nada del mundo me pondría esas cosas tan apretadas!
– Lo que te molesta es que con ese uniforme no vas a poder mostrar las piernas – le devolvía Kim en tono condescendiente, palmeándola en la espalda.
– Al menos tengo piernas para mostrar… A ti te debería preocupar que ese uniforme resalte mucho tu tras…– comenzó a replicar Sammie.
– ¡Termina esa frase y morirás! – amenazó Kim cerrando un puño a centímetros del rostro de Sammie, quien no se achicaba ante la amenaza.
– ¡Tranquilícense, chicas! – intervino Vanessa separando a las dos contrincantes, y una vez que se aseguró de que no se estuvieran matando, saludó a Lisa, quien observaba el intercambio con una tímida sonrisa.
– Hola, Lisa ¿cómo estás? Disculpa, pero estábamos teniendo un… debate sobre los nuevos uniformes.
– Hola, Vanessa… No te preocupes, haré de cuenta que no vi nada… Por favor, pasen, pasen. La cena ya está lista.
Asintiendo, Vanessa entró en la casa de Lisa, seguida por Sammie y Kim. Mientras Lisa cerraba la puerta, pudo escuchar que a la distancia el Trío retomaba el debate sobre los uniformes.
– ¡Y esas hombreras¡Lo único que falta es que agreguen una capa al uniforme¡En serio, chicas, alguien tiene que dejar de ver tanto anime…! – pudo escuchar que decía Sammie mientras el Trío entraba en la cocina.
Por último, poco después de las nueve y diez llegaron Vince y Jean Grant con su pequeño hijo Bowie.
El hermano menor de Claudia y su esposa habían sido las últimas adiciones a aquel grupo de amigos. Claudia sólo pudo reencontrarse con su hermano (recientemente casado para esas fechas) a finales de 2012, superado ya el caos del Holocausto y el período de Reconstrucción, pero sólo fue luego del Holocausto que Vince Grant se había puesto en contacto con los amigos y camaradas de su hermana, integrándose rápidamente a ese grupo como si hubiera estado allí desde el primer día.
Vince Grant era un hombre de gran estatura y porte imponente, que había pasado la mayor parte de su carrera militar asignado a naves espaciales de combate, siguiendo los pasos de su hermana. Si bien su carrera militar no había sido espectacular, siendo para aquellas épocas un primer teniente, sus capacidades eran innegables, y había recibido hacía unos meses una oportunidad invaluable al ser designado como oficial táctico de una moderna nave de combate, que por esos días estaba en las etapas finales de construcción en los astilleros orbitales.
En comparación con Vince, su esposa Jean era una mujer pequeña y delicada, que había entrado a las Fuerzas de la Tierra Unida luego de haber terminado la carrera de medicina gracias a una beca militar. La doctora Jean Grant había labrado una reputación de excelente profesional durante los esfuerzos humanitarios que siguieron al Holocausto Zentraedi, y esa reputación la había llevado a formar parte del equipo de profesionales médicos que trabajaban en el Hospital Militar Central de Ciudad Monumento, donde había demostrado que aquella reputación mejoraba con el paso del tiempo.
– Lisa, disculpa la tardanza, pero Vince tuvo que atender una llamada de último momento del astillero... cosas de hombres – se excusó Jean, lanzando una mirada fulminante a su esposo.
– Sólo fue una consulta de emergencia – se defendió Vince.
– Estuviste hablando quince minutos – replicó su esposa arqueando una ceja.
– Es que el pobre muchacho no entendía lo que le estaba diciendo ¿tendría que haberle colgado el teléfono y dejado que haga esa prueba en el Alexander?...
Jean podía haber sido pariente política de Claudia, pero ciertamente compartía su temperamento explosivo, como pudo comprobar Lisa al ver la expresión que se formaba en el rostro de la doctora.
– Está bien, Jean, no te preocupes, todavía no empezamos – se apuró a responder Lisa para dar por terminado el asunto, y luego se agachó para saludar al hijo de los Grant. – Hola Bowie ¿cómo estás? Te ves muy bien.
– Estoy muy bien, tía Lisa¿y cómo estás tú? – contestó el niño.
– Yo estoy muy bien, gracias por preguntar, Bowie. Oye, Dana está en el otro cuarto viendo la televisión ¿quieres ir con ella?
Al escuchar nombrar a su amiga, Bowie asintió vigorosamente, y después de saludar a los otros comensales, corrió al cuarto de la televisión, e inmediatamente se puso a jugar con Dana. El sonido del televisor cesó casi al instante, reemplazado por los ruidos de los dos niños corriendo y jugando.
– Niños – dijo Jean, guiñando un ojo a Lisa, mientras caminaba a la sala de estar junto a su esposo.
La cena estuvo excelente, y Rick se ganó las felicitaciones de todos los comensales por su "pollo a la Hunter", lo que incluyó pedidos insistentes por parte de Jean y Max para que Rick les diera la receta. Después de terminada la comida, todos fueron a la sala de estar de la casa para compartir unas cervezas y continuar aquella velada tan agradable.
La conversación giró sobre las experiencias de Rick en el frente de Sudamérica, los eternos problemas de construcción del SDF-3, Dana, Bowie y sus anécdotas, las cacerías de hombres del Trío Terrible, las historias y rumores de la vida militar, las cosas que cada uno había estado haciendo durante los últimos meses… todas aquellas cosas sobre las que un grupo de viejos amigos que comparten un mismo trabajo suelen conversar cuando tienen la oportunidad de reunirse.
Sólo había habido un momento incómodo en lo que venía siendo una noche muy agradable, que ocurrió cuando Vince trató de preguntarle a Rick algunos detalles de lo que había ocurrido en Buenos Aires.
– Preferiría no hablar de eso, Vince – respondió Rick en un tono algo brusco, y ante la sorpresiva actitud defensiva de Rick, todos decidieron dejar ese tema de lado.
Tras una hora, al comprobar que la cerveza se estaba acabando, Vanessa fue "nombrada voluntaria" por sus colegas del Trío para ir a comprar más botellas. Una vez que Vanessa dejó la casa, la charla continuó, esta vez comentando un reciente incidente ocurrido en la Academia Militar, que hubiera quedado como una simple anécdota de no haber sido porque ocurrió justo frente al mismísimo general Maistroff.
–...y entonces Edgecombe se llevó las manos a la cabeza y dijo "ojalá alguien me disparara ahora mismo y acabara con mi miseria". Entonces Miriya mira fijamente a Edgecombe y le dice... le dice... por favor, dilo tú, Mir – pidió Max tratando de contenerse.
Todas las miradas convergían en Miriya. Ella, con la sangre fría que la caracterizaba, dijo:
– Le dije: "Puede arreglarse, mayor Edgecombe. ¿Desea que sea con misiles, o prefiere un cañonazo?"
Todos los concurrentes a la cena en casa de Lisa rieron con ganas al terminar la triste historia de la frustración del mayor Edgecombe con los pilotos novatos y su incapacidad para hacer maniobras simples en frente del general Maistroff.
– Era un pedido directo de un oficial superior¿qué se suponía que hiciera, desobedecerlo e ir a corte marcial? – se defendió Miriya.
– ¡Dios mío, Miriya, recuérdame que jamás le desee la muerte a alguien estando cerca tuyo! – dijo Sammie meneando la cabeza y llevándose una mano a la frente.
– No quiero imaginar la cara de Maistroff al ver ese desastre – dijo entre risas Vince. – Seguro que le estalló una vena o algo así. Tú eres la doctora aquí, Jean ¿qué te parece?
– Mmm... Definitivamente. Con el grado de tensión arterial con el que se mueve Maistroff, es un milagro que no sufra un infarto cada vez que alguien derrama café en el cuartel general – respondió su esposa.
– Por favor, no me hagan desear – gruñó Lisa, dejando entrever la frustración que le provocaba el tratar con el general Maistroff.
Rick no pudo evitar lanzar una carcajada al imaginarse la situación que describía Jean. En su mente apareció una caricatura muy vívida de Maistroff desmayado al notar una mancha de café en el pasillo cercano a su oficina, mientras sus asesores se tropezaban en sus intentos de reanimar a su general. Al ver las expresiones sonrientes en las caras de Lisa y Kim, supo que a ellas también se les había ocurrido la escena, o al menos una muy similar.
Sonó el timbre, interrumpiendo la conversación. Rick se levantó y se dirigió a la puerta para ver de quién se trataba, abriendo al comprobar que se trataba de Vanessa, quien retornaba después de veinte minutos de cacería cargando un par de botellas de cerveza como si fueran trofeos.
– Tardé un poco, pero pude encontrar un lugar donde me vendieran cerveza a esta hora – se excusó Vanessa mientras llevaba las botellas a la sala de estar, pero al notar las carcajadas de sus amigos, en especial Kim y Sammie, no pudo evitar preguntar – ¿De quién se estaban burlando?
– Sólo hablábamos de cómo Miriya trató de ayudar al mayor Edgecombe a suicidarse después de pasar vergüenza frente a Maistroff – respondió Sammie en nombre de todos.
– ¿Bill Edgecombe, el jefe de instructores de vuelo de la Academia?
– Ese mismo, Vanessa. – confirmó Kim.
– Pobre Edgecombe, a veces siento pena por él. – se lamentó Vanessa mientras buscaba un lugar donde sentarse. – Es un hombre tan amable y atento que no se merece esas cosas que le pasan.
– Vamos, Vanessa¿me vas a decir que ahora estás detrás de Edgecombe? – dijo Kim para molestar a su amiga.
– Sólo dije que era una buena persona, nada más. No las entiendo, chicas. ¿Por qué ustedes sólo piensan en eso? – rezongó Vanessa.
– Bueno, si no te interesa Edgecombe, podrías dejármelo a mí... – aventuró Sammie, y su mirada perdida la delató ante sus amigas.
El resto de los comensales se puso cómodo en sus lugares, listos a disfrutar el espectáculo que el Trío prometía darles a continuación.
– Oye, Sammie ¿qué pasó con ese teniente piloto de Destroid del que me hablaste el mes pasado? – preguntó Kim, dando inicio al ataque.
– Es demasiado joven para mí... me di cuenta de que estoy para hombres más maduros, es eso – se defendió Sammie.
– Claro que sí. ¿No fue el mes pasado que te oí decir que necesitabas a alguien más impulsivo a tu lado? – devolvió Vanessa.
– ¿Fue antes o después de que te enloquecieras con ese oficial de la marina? – preguntó Kim, continuando con el bombardeo verbal sobre su pequeña amiga.
– ¿Cuál de ellos, el submarinista, o aquel del portaaviones? – le preguntó Vanessa a Kim, como pidiéndole que clarificara.
– ¡Oh, cállense, arpías! – gruñó Sammie meneando la cabeza. – Con razón siguen siendo solteras.
– No veo que tengas más éxito que nosotras – dijo Kim en tono triunfal. – Aunque tengo que reconocer que sigues intentándolo a pesar de todo.
– Amén a eso. Persevera y triunfarás – dijo Vanessa guiñándole un ojo a Sammie.
– Dime, Rick, – preguntó Vince en cuanto el Trío terminó con aquel combate – ¿qué tienes pensado hacer con tu licencia?
"Diablos".
– En principio, asentarme unos días aquí en Monumento y recuperar el aliento. Después pensé en escapar unos días a algún lugar bien tranquilo, tal vez a los bosques o a las montañas… pero todavía no definí el lugar – respondió Rick, admitiendo muy a su pesar que todavía no tenía todo planificado como le hubiera gustado.
– ¿Y qué harás conmigo? – preguntó Lisa con un tono inquisitivo que no admitía dudas sobre la respuesta que esperaba.
– Oh, Rick, no paras de meterte en problemas – rió Max meneando la cabeza.
Kim silbó y le dijo a Vanessa y Sammie en tono conspirativo:
– Hunter vs. Hayes, round quinientos veintitrés. Hagan sus apuestas, señoritas.
Pero Rick, para su propia fortuna, no era de los que se rendían rápidamente.
– Si usted me lo ordena, estaré encantado de llevarla, almirante – Rick guiñó un ojo a Lisa y le sonrió. – Según escuché, la construcción del SDF-3 es una batalla tan dura como enfrentarse a los renegados, y se me ocurrió que usted estaría necesitada de un buen descanso.
Al ver la sonrisa que Rick le estaba poniendo, Lisa no pudo evitar estremecerse. Sammie notó la reacción que había tenido Lisa y dijo en voz demasiado alta:
– Lisa, no sabes cuánto te envidio. Te irás de vacaciones con el hombre de tu vida ¿NO ES CIERTO, RICK?
Rick miró a Lisa a los ojos, y quedó momentáneamente embobado. La cena, la reunión y todo el resto de las personas desaparecieron como si no existieran. Sólo existía Lisa, y la mente de Rick se nubló con las irrefrenables ganas que sentía de abalanzarse sobre ella y besarla sin parar. No sabía cuánto más era capaz de resistir… tres meses habían sido demasiado tiempo, y estaba seguro de que acabaría lanzándose sobre ella a la primera oportunidad posible. Estaba distraído a tal punto que no escuchó la pregunta que Sammie acababa de lanzarle.
– Perdón, Sammie ¿estabas diciendo? – atinó a decir Rick al salir del trance, notando un poco avergonzado que todos estaban viendo cómo se quedaba como un bobo.
Las integrantes del Trío Terrible dejaron escapar fingidos suspiros de emoción ante la escena un poco cursi que se desarrollaba en ese momento.
– Siempre digo lo mismo, pero qué bueno es verlos enamorados a ustedes dos. ¡Y pensar en todo lo que sufrimos nosotros con esa historia de amor de ustedes – dijo Kim palmeando a Rick con un poco de fuerza excesiva.
– Realmente no tenían ningún derecho a tenernos en semejante expectativa – agregó Vanessa. – Aunque verlos a ustedes era mucho mejor que las telenovelas.
– Pero por otro lado, si se juntaban rápido no hubiéramos tenido tantos temas de conversación y chismes – terminó Sammie, logrando el acuerdo de sus colegas del Trío con ese comentario.
Ahora era el turno de Lisa de sentirse un tanto avergonzada, y apenas pudo esbozar una tímida sonrisa que sólo la dejó más en evidencia. Por su parte, Rick intentó disimular y pasar inadvertido, aprovechando la oportunidad para servirse un enorme trago de cerveza y comenzar a beberlo.
No tuvo suerte.
– Ustedes dos tenían a todo el SDF-1 especulando con el momento en que se iban a dejar de idioteces y reconocieran que eran el uno para el otro – agregó Max, mientras a su lado Miriya sonreía con picardía. – Claro, no nos olvidemos que entonces estaba rondando Min...
– ¡¡¡MAX!!! – estalló Rick, a quien la sola mención de aquella otra persona le provocó tal sorpresa que consiguió que escupiera la cerveza que estaba bebiendo, mientras los demás intentaban escapar de la súbita explosión de cerveza.
La escena de sufrimiento que Rick estaba pasando logró que Lisa superara su momentánea vergüenza, haciendo que estallara en carcajadas.
– Discúlpame, Max, no escuché lo que dijiste. ¿Ibas a nombrar a alguien? – dijo Lisa unos segundos después con su mejor mirada de inocencia, como quien no quiere la cosa.
– Debe haber sido todo un espectáculo – dijo Vince. – Claudia siempre decía... – y ante la sola mención de aquel nombre se calló al instante, y su rostro se ensombreció, como si un peso demasiado duro hubiera caído sobre él.
El clima de la velada, agradable y risueña hasta ese momento, cambió por completo, y todos tuvieron la impresión de que la temperatura había bajado cuarenta grados en un instante.
La mención de Claudia, y del SDF-1, despertó recuerdos dolorosos a todos. Era inevitable, dada la época del año. Para todos los que sirvieron en el SDF-1, cualquier pequeña referencia lograba que afloraran con demasiada facilidad los recuerdos de las experiencias pasadas, de las batallas peleadas junto a camaradas de armas caídos en acción, de las victorias celebradas con felicidad y las derrotas sufridas con amargura… aquellos momentos que habían teñido los últimos ocho años de sus vidas.
Los peores recuerdos, aquellos que más dolor les provocaban, eran los relacionados con aquellos que habían caído en batalla, de los amigos a quienes nunca volverían a ver. Los recuerdos de aquellas personas tan especiales y cercanas que les fueron arrebatadas por el demonio de la guerra, y que no estaban presentes para compartir aquella velada con los que sí sobrevivieron. Los sobrevivientes podrán haber salido intactos físicamente, pero quedaron espiritualmente marcados por el horror y la pesadilla que trajo la Guerra Robotech.
El silencio se apoderó de la reunión. Sólo se oía el soplo del viento afuera de la casa, y los juegos de Dana y Bowie en el piso superior, a donde habían subido horas antes para ver las fotos que Lisa tenía en su estudio personal. Las miradas de todos expresaban tristeza y pesar, un dolor que el tiempo sólo pudo calmar, pero jamás extinguir. Lisa se levantó, regresando a la sala de estar con una botella de vino en sus manos, que ella conservaba sólo para ocasiones especiales. Lentamente, todos acercaron sus vasos para ser llenados, y en cuanto todos estuvieron servidos. Lisa se puso de pie y levantó la copa en alto.
Había llegado el momento que daba sentido a aquella noche… como siempre llegaba cada vez que se reunían para esas fechas.
– Un brindis – proclamó con una sonrisa triste en los labios. – Por todos los amigos que ya no están.
– Roy – dijo Rick en voz baja.
– Ben – murmuró Max. Miriya lo miraba en silencio. No había llegado a conocer a Ben personalmente, pero sabía cuánto extrañaba su esposo a aquel buen amigo, a quien recordaba como ruidoso y un poco torpe, pero siempre fiel, optimista y alegre.
– Claudia – dijo Vince con lágrimas poco contenidas en los ojos, mientras Jean lo tomaba del brazo para darle su apoyo.
– Henry Gloval – dijo Lisa, sintiendo la mano de Rick en la suya.
El Trío permaneció en silencio mientras todos los demás nombraban a alguien, con sus ojos repletos de lágrimas esperando una oportunidad para salir. A cada una de ellas se le ocurría uno, dos, diez, infinidad de rostros y nombres de amigos y colegas fallecidos. Sin querer ser injustas ni faltar al recuerdo de todos, las tres dijeron a coro:
– Por la tripulación del SDF-1.
– ¡Damas y caballeros, por el SDF-1 y su tripulación! – terminó Lisa, levantando una vez más la copa.
– ¡Por el SDF-1! – respondieron todos al unísono, completando el brindis.
La reunión continuó por algún rato más, compartiendo las viejas historias del SDF-1 y recordando con tristeza y nostalgia a los amigos que ya no estaban más entre ellos. Al fin, cuando desde el piso superior bajaron Dana y Bowie completamente exhaustos, todos supieron que la velada había terminado.
Primero se fueron los Grant, cargando a un Bowie prácticamente dormido. Los Sterling los siguieron pocos minutos después, sólo que en su caso Dana todavía estaba despierta, testamento a la inacabable energía de la niña. "Podría hacer funcionar una fortaleza espacial con su energía", pensaba Lisa mientras la veía irse junto a su madre. Al cabo de un rato, y después de dar una mano a Rick y Lisa con la limpieza de la casa, el Trío Terrible anunció que se retiraba para descansar.
– Muchas gracias por la invitación, Lisa. Oh, Rick, tu "pollo a la Hunter" estuvo simplemente delicioso. Deberías pensar en poner un restaurante – dijo Vanessa mientras tomaba su abrigo. Kim y Sammie esperaban en la puerta de la casa, listas para abordar el jeep e ir de regreso a sus casas.
– Es el único plato elegante que sé cocinar, Vanessa. Todo lo demás es comida de soltero – contestó Rick encogiéndose de hombros.
– Perfecto, en ese caso, pongamos una cadena de restaurantes de solteros. ¡Si hay algo de lo que sabemos, es de cocinar barato y rápido para una sola persona!
– Vamos, Vanessa – sonrió Rick en plan cómplice. – Estoy seguro de que hay muchos hombres allá afuera que se morirían por salir contigo…
Si bien a Vanessa aquel comentario le pareció agradable, la mirada furiosa que le pusieron Kim y Sammie en ese momento podría haber derretido el acero.
– Eh, con ustedes también, chicas… – trató de remediar Rick.
– Mejor así – contestó con frialdad Kim. Luego, dirigiéndose a Lisa, preguntó – Y ahora ¿permiso para hablar libremente, almirante?
– Adelante, comandante – asintió Lisa siguiéndole el juego.
La sonrisa plácida que apareció en el rostro de Kim no preanunciaba nada bueno.
– ¡DESCANSEN Y PÁSENLA BIEN¡DISFRUTEN DE SUS LICENCIAS¡ES UNA ORDEN¿ESTÁ CLARO? – gritó Kim con una voz de mando que envidiaría cualquier sargento instructor que se preciara de tal, sobresaltando a Rick y Lisa como si una explosión acabara de destrozar la cocina.
– ¡Sí, señora! – respondió Rick haciendo un saludo militar, más por acto reflejo que por decisión consciente.
– Claro como el cristal – rió Lisa.
– Bien. Me alegra que hayan entendido. Porque si llego a escuchar que ustedes hicieron algo menos que pasar uno de los mejores momentos de sus vidas, me encargaré personalmente de castigarlos como se merecen – amenazó Kim levantando un dedo admonitorio al cielo.
– Temo preguntar. ¿Qué tienes en mente? – preguntó con temor Rick.
Por experiencia propia, Rick Hunter tenía muy en claro que no había que subestimar a Kim cuando se proponía algo con ganas. Y a juzgar por la expresión en su rostro, esta vez parecía que sí tenía ganas de castigarlos si no disfrutaban las vacaciones.
Kim se limitó a entrecerrar los ojos y a esbozar una sonrisa viperina en sus labios, relamiéndose con el temor que veía en Rick y Lisa ante lo que pudiera llegar a decir.
– Oh, todavía tengo mi vieja colección de CDs de Minmei. La guardaba por si alguna vez me mandaban a hacer interrogatorios a prisioneros enemigos – Lisa empalideció de golpe. – En total, tengo ocho horas completas de los grandes éxitos de la Señorita Macross para que ustedes escuchen, y un equipo de sonido de alta potencia que no tengo miedo de usar. Terminarán cantando "My Time to be a Star" en sueños – continuó Kim con una sonrisa cada vez más tenebrosa al ver las muecas de terror que se formaban en las caras de Rick y Lisa. – Aún si tengo que atarlos a una silla para lograrlo.
Rick y Lisa se quedaron pasmados, mientras Kim simplemente levantaba la mano para saludarlos y despedirse.
– Que tengan una buena noche, señores.
Dicho esto, Kim cerró la puerta. La casa quedó en silencio, aunque afuera se oían las risas del Trío, quienes seguro estaban haciendo apuestas sobre qué harían Rick y Lisa con las tres semanas que tenían para "ponerse al día".
Dentro de la casa, Rick y Lisa permanecían todavía congelados por la amenaza de Kim y aterrados por la perspectiva de tener que escuchar horas y horas de Minmei. Fue Lisa quien finalmente rompió el silencio tras un par de minutos. Volteándose para enfrentar a Rick, lo taladró con una mirada intensa y fulminante y le dijo con ese tono severo que solía usar para regañarlo a través de la red táctica:
– Tenías que preguntar...
Rick, sin amedrentarse, tomó a Lisa en sus brazos y le susurró al oído, disfrutando al notar que Lisa se estremecía como si le estuviera haciendo cosquillas:
– Por lo menos tenemos un incentivo ahora para no perder el tiempo¿no te parece, almirante?
Lisa entró a reír, y reaccionando rápidamente para recobrar la iniciativa, lanzó sus brazos alrededor de Rick, silenciándolo de la manera que más le gustaba a ella: con un beso largo y profundo, que continuó mientras se dejaba llevar por los brazos del piloto.
Les llevó un poco más de tiempo el dejar la casa con un aspecto más o menos presentable. Por fin, una vez que todos los platos estuvieron razonablemente limpios, toda la comida sobrante guardada y todas las cosas que Dana y Bowie habían usado en sus juegos puestas de vuelta en su lugar, Lisa y Rick se dejaron caer en el sofá de la sala de estar, completamente agotados.
Ninguno de los dos decía una sola palabra, temerosos de estar viviendo un sueño: por primera tras tres meses de separación forzada, Rick y Lisa estaban juntos y completamente solos… con la perspectiva de tener tres semanas sin otra cosa que hacer que no fuera dedicarse el uno al otro.
Aquella licencia era algo que los dos habían esperado con ansias durante mucho tiempo; habían sido muy pocos y muy preciosos los momentos que habían tenido exclusivamente para ellos durante los pasados tres años… fueron años en los que Rick y Lisa llevaron su relación, sosteniéndola y sosteniéndose mutuamente a pesar de las constantes dificultades y obstáculos que iban encontrando.
Los últimos tres años estuvieron cargados de desafíos y eventos que habían tenido fuertes consecuencias para Rick y Lisa; el ascenso de Lisa al rango de contralmirante y su nombramiento como oficial a cargo de la construcción del SDF-3 habían significado para ella una vida de constantes idas y venidas entre Ciudad Monumento y el Satélite Fábrica, alternando entre agotadoras y enervantes discusiones con el Alto Mando respecto del estado del proyecto, e interminables estadías en el Satélite Fábrica para supervisar de cerca la construcción de la futura nave insignia de la Tierra.
Por otro lado, la violencia feroz de la rebelión Zentraedi, de la que la destrucción de Nueva Macross había sido tan sólo un primer capítulo bastante moderado en comparación con las cosas que le siguieron, había obligado a las Fuerzas de la Tierra Unida a conservar a Rick como líder del Escuadrón Skull durante los últimos tres años. Aquellos años encontraron al Escuadrón Skull siendo asignado a numerosas campañas por todo el mundo para combatir a los renegados, campañas que solían durar semanas, o incluso meses… y de las cuales la última había comenzado un frío día de octubre del año anterior, cuando Rick recibió la orden de desplegar al Escuadrón Skull para prestar apoyo a las fuerzas militares que combatían contra los renegados en la región austral de Sudamérica.
Tantas separaciones los habían forzado a posponer algunos de sus sueños… por más que en varias oportunidades Rick y Lisa consideraron vivir juntos, siempre había habido alguna separación que lo impedía. Y sin embargo, a pesar de todos los obstáculos, a pesar de todas las separaciones, los dos habían luchado tenazmente para mantener aquella relación que significaba todo para ellos… y habían prosperado a pesar de la adversidad.
No sabían si atribuir la victoria sobre todos los obstáculos al amor que los unía, o a esa terquedad tan típica de ellos dos; quizás, bromeaban, fuera una mezcla de las dos cosas.
Para Rick, ese momento estaba por ser la culminación de todos sus sueños y fantasías durante los últimos tres meses. En medio de las constantes batallas, en medio del horror de la guerra, del dolor y sufrimiento que reinaba en los campos de batalla del sur, fue sólo el recuerdo y la ilusión de sentir cerca suyo a Lisa lo que más lo impulsaba y reconfortaba. En los momentos más duros, durante aquellas noches en las que intentaba descansar del fragor del combate y alejar las pesadillas, Rick solía mirar el cielo estrellado, buscando con afán aquel punto en el espacio a donde sus pensamientos volaban.
Para Lisa, la sensación era similar. Era aquello con lo que soñaba durante esas largas y extenuantes semanas de trabajo en el Satélite Fábrica, y durante las intrascendentes semanas en su oficina de Ciudad Monumento, eran esas fantasías en donde ella se refugiaba y reponía de las tensiones cotidianas. Fantasías que afloraban cada vez que, desde uno de los miradores del Satélite, ella se dedicaba a contemplar la espectacular imagen de la Tierra, esa isla azul y brillante rodeada de la negrura inescrutable y amenazante del espacio. En esos momentos de calma, su mirada siempre se dirigía al mismo lugar, a la extensión de América del Sur, soñando con que él la estuviera mirando en aquel mismo momento.
Era ese el momento, el momento esperado en el que los sueños e ilusiones albergados durante su larga separación finalmente se convertirían en realidad. Las miradas de los dos recorrieron todo el living; los cuadros, los sillones, la decoración, las fotos, hasta que llegó el momento en que los ojos azules de Rick se cruzaron con los ojos verdes de Lisa.
– ¡Dios, Rick, te extrañé tanto...! – dijo Lisa con la voz quebrada por la alegría, apoyando suavemente su cabeza en el hombro de Rick y estremeciéndose cuando sintió el brazo de él pasando por detrás de su cuello, acercándola más y más a Rick.
– Yo también... – fue lo único que pudo decir Rick. La mirada de Lisa brillaba con un destello de deseo, que daba todas las señales de desear convertirse en un incendio.
La cercanía de Lisa lo tenía completamente enloquecido. Aún después de un día largo como aquél, ella continuaba haciéndolo delirar en su mente como si fuera aquel momento en que la vio en el lobby de la Base Fokker. Su perfume, la suavidad de su piel, su largo y sedoso cabello, sus ojos, todas eran cosas con las que él había soñado durante las eternas y solitarias noches allá en el frente de guerra. Tenerla cerca, tenerla completamente para él solo, era una sensación intoxicante, algo que abrumaba y nublaba los sentidos de Rick hasta hacerle sentir que flotaba. Se sentía inundado por una sensación de embriaguez, de felicidad casi absoluta, de la que él no quería salir jamás. Rindiéndose a sus deseos, Rick cerró los ojos lentamente, inclinándose sobre ella y sin advertencia alguna comenzó a besarla con pasión… y en el instante en que sus labios se encontraron, Rick Hunter sintió que iba a estallar.
En ese instante, sólo una idea estaba presente en las mentes de Rick y Lisa.
"Es real… después de tanto tiempo, es real…"
El primer objetivo del ataque de Rick fueron los labios de Lisa, suaves y trémulos. Después los labios de Rick rodaron por las mejillas ardientes de ella, recorriendo cada centímetro de su rostro. Finalmente Rick comenzó a besar el cuello expuesto de Lisa, primero con besos cortos y rápidos, para pasar a largos y sensuales, torturando dulcemente a Lisa con el toque de su lengua.
Al contacto de los labios de Rick, y más cuando comenzó a sentir el cosquilleo que le provocaba el recorrido de su lengua por sobre su piel, Lisa dejó escapar pequeños gruñidos de placer, que sólo lograron que él la estrechara entre sus brazos con más fuerza. Rick sólo necesitó algunos segundos de eso para lograr que Lisa estuviera totalmente rendida a las sensaciones que le provocaba, provocándola a su vez a devolverle el favor a Rick, besando cada rincón de su cuerpo que pudiera encontrar; sus labios, su cuello, incluso desabotonando su camisa para atacar su pecho, dispuesta a devolverle todo lo que él le estaba haciendo… y mucho más.
Sin quedarse atrás, Rick reanudó su ofensiva, y comenzó a deslizar su mano por la pierna de Lisa, acariciándola y enviando escalofríos de placer por todo el cuerpo de ella hasta hacerla perder la razón. Lisa aprovechó aquella oportunidad para llevar sus manos a la espalda de Rick, haciendo que él cayera torpemente sobre ella en el sofá.
Para este momento, ambos estaban totalmente entregados el uno al otro, y nada tenían en mente más que fundirse de esa manera para siempre. Las manos de Rick recorrían el cuerpo de Lisa, marcando un suave trazo que comenzaba en sus bien torneadas piernas hasta llegar su espalda, deteniéndose brevemente a mitad de camino entre la cadera y el cuello. Los labios de Rick alternaban entre tormentosos asaltos a los labios de Lisa y fugaces visitas a su cuello, mientras sus manos la acariciaban sin piedad.
Lisa, por su parte, dejaba que sus manos hicieran lo que quisieran en el pecho de Rick, acariciándolo, jugando con su vello, incluso haciéndole cosquillas. Sus labios, cuando no estaban firmemente unidos a los de Rick en un beso tormentoso, besaban cada rincón de su cuerpo que tuviera al alcance. En uno de los pocos momentos en que ambos se detenían para recuperar el aliento, los ojos de Lisa se encontraron con los de Rick.
Fue un momento de epifanía completa para los dos, la sensación indescriptible de sentirse totalmente entregado a la otra persona, de estar derritiéndose ante la sola mirada del otro amado. El resto del mundo no existía más. No había guerra, misión, Maistroff o lo que fuera. Para Rick sólo existía Lisa, y para ella no había otra cosa en el mundo que no fuera él. Ambos estaban en un universo propio, sólo de ellos dos y para ellos dos, donde reinaba una sensación que era al mismo tiempo amor, placer y felicidad, y a la vez algo completamente distinto y nuevo… algo que era exclusivamente suyo.
Rick pudo notar que Lisa se mordía el labio inferior, mientras le sonreía y acariciaba… él ya había aprendido a reconocer las señales.
– Por favor, no te detengas... – dijo luego Lisa en un tono de voz bajo y susurrante que llevó a Rick a la locura completa. En respuesta, sin hacerse rogar, Rick la besó largo y tendido primero en el cuello, y luego avanzando, paso a paso, hasta llegar a sus labios, en donde se lanzó ya sin detenerse en un ataque completo sobre su boca.
Las manos de Rick, con todas las inhibiciones olvidadas, recorrían de forma más atrevida las piernas de Lisa sin encontrar resistencia, provocando en ella escalofríos y sensaciones que tardarían horas en desaparecer. Aquellos escalofríos también invadieron a Rick quien, luego de una serie de manotazos infructuosos, por fin pudo alcanzar la llave de luz y sumir el living en una completa oscuridad.
No sabían qué hora era, y ni siquiera les importaba.
Ambos estaban acostados en la cama de Lisa, mirándose uno a otro y devorando cada uno la figura de la otra persona con la vista. Ninguno de los dos podía recordar cómo habían llegado ahí, y ese era un detalle menor que no les importaba en lo más mínimo. Lo único que recordaban, lo único que necesitaban recordar era que las últimas dos horas habían sido para ellos una tormenta de pasión, una pasión que había estado demasiado tiempo guardada dentro de ambos.
Urgido de pronto por comprobar que no estaba en un sueño, Rick extendió su mano y acarició la cara de Lisa, recorriendo el contorno de su rostro con la punta de sus dedos y sintiendo cómo ella temblaba con esas solas caricias. Ella sonrió y se incorporó sólo lo suficiente para besarlo. Después de ese beso, Rick no pudo evitar sonreír como un niño.
– Se te ve feliz, Hunter – dijo Lisa guiñándole un ojo.
– Oh, puedes estar segura de que estoy muy feliz – respondió Rick susurrándole en el oído, aprovechando la ocasión para devolverle el beso con ganas.
Se respiraba una paz en aquel dormitorio… una sensación de pura y absoluta paz que hacía desaparecer de su corazón los dolores de aquella reciente separación… y que por un instante lograron apaciguar los demonios que Rick llevaba dentro.
Sólo había silencio, un silencio perturbado únicamente por el sonido acompasado de la respiración de ambos, que podía escucharse con total claridad en medio del silencio. Un silencio que nacía de no necesitar palabras para hablar… porque lo único que necesitaban los dos era mirarse a los ojos y ver en sus miradas brillantes todo el amor y cariño que podían llegar a desear en la vida.
– Dime, Hayes¿qué he hecho para merecerte? – preguntó retóricamente Rick luego de unos minutos de silencio.
– ¿Quieres decir, además de ser un hombre amable, dulce, valiente y extraordinariamente sexy? – rió Lisa, mientras pasaba su mano por el brazo de Rick, convirtiéndose en una caricia en el momento de llegar a su rostro.
– Además de todo eso – dijo Rick con un tono arrogante que sólo logró que ella riera con más fuerza… además de transformar la caricia en una pellizcada.
– Sólo fuiste tú mismo. A pesar de esa personalidad irritante e insubordinada que tienes – dijo Lisa, entrecerrando los ojos como si estuviera reprochándolo… aunque el beso que ella le dio segundos después la desmintió por completo.
– Seguro… – rezongó Rick mientras se inclinaba una vez más para besarla. – Tú no eras precisamente la reina de la alegría.
– Admítelo… nunca creíste que yo vivía solamente para el deber – replicó Lisa.
– No, siempre me pareció que había algo más por debajo de esa imagen de reina de la nieve que querías construir – le contestó, mirándola con ojos que parecían brillar. – ¿Y sabes qué? Tenía razón.
Lisa se limitó a dedicarle a Rick una caída de ojos acompañada de una de sus clásicas sonrisas lentas, sabiendo bien que eso bastaría para volverlo ligeramente loco.
– Acerca de la licencia, Lisa, pensaba ir mañana o pasado a buscar algún lugar a donde podamos ir... – empezó Rick, pero Lisa lo interrumpió, tapándole la boca con la mano.
– No se preocupe, capitán, me tomé la libertad de hacer el reconocimiento y realizar los arreglos por usted – dijo Lisa en tono de suficiencia.
Rick arqueó una ceja, sintiendo repentina curiosidad por saber de qué se trataba… a la vez que le divertía el hecho de que ella hubiera podido ocultárselo durante todo el día.
– ¿Y me podría decir qué encontró, almirante? – preguntó.
– Una muy agradable y acogedora cabaña en el bosque alrededor del Lago Memorial, a un precio bastante accesible y convenientemente alejada del ruido de Monumento. Te gustará; bosque, lago, aire fresco, silencio...
– Estar contigo... – completó Rick con ternura en la voz.
– Sí que sabes ganarte a las damas, aviador – dijo Lisa sonrojándose.
– Hago lo que puedo – dijo Rick con modestia fingida. – ¿Me estabas contando sobre la cabaña?
– Claro. Ya hablé con el administrador del parque e hice reservas para dos personas durante una semana, a partir del 21. ¿Te gusta la idea?
– ¡¿El 21?! – preguntó Rick con un poco de decepción en la voz. - ¿Qué se supone que haremos durante las próximas dos semanas?
– Bueno… tengo algunas ideas, amor – respondió ella mientras lo acariciaba. – No sé tú, pero pienso que me podrías ayudar a ponerlas en práctica…
– Mmm... No puedo esperar – dijo Rick besándola una vez más. Ella le devolvió el beso y lo abrazó. Luego de terminar el beso, Rick se quedó mirándola unos segundos y le dijo con toda la ternura de la que era capaz:
– ¿Te dije en algún momento del día que te amo, Lisa?
– Déjame pensar... creo que lo hiciste alguna que otra vez, pero puedes decírmelo todas las veces que quieras.
– Te amo, Lisa – susurró él al oído, besándola en la mejilla.
– Y yo a ti, Rick.
Ambos se unieron en un abrazo, y ya no hizo falta que agregaran una palabra más.
Notas del Autor y agradecimientos:
- Saltamos tres años después de los eventos del prólogo... no se preocupen, no va a haber más saltos bruscos. El resto de la historia transcurre en el período que empieza en este capítulo.
- Por si a alguno le interesa el chisme, los uniformes de los que se están quejando Kim, Vanessa y Sammie son los uniformes que aparecerán después en La Cruz del Sur. A lo largo de esta historia, van a ir apareciendo elementos (lugares, personajes, naves, etc.) pertenecientes a la segunda generación de Robotech (aunque valga la aclaración de que no serán muchos, esta es una historia basada en los personajes de la Saga de Macross, después de todo), para marcar el hecho de que estamos en el período que separa a ambas generaciones.
- ¡Muchísimas gracias a todos los que están leyendo esta historia y a los que dejaron reviews! Espero que este capítulo les haya gustado, y que quieran seguir con esta historia...
- Quiero agradecer muy especialmente a mis dos pilotos de pruebas: Evi, por haberse tomado la molestia de recomendar mi historia en el último capítulo de su excelente fanfic: "Horizontes de Luz" y por todo el apoyo que me dio a lo largo de esta historia, y Sara, por su apoyo y aliento constante. ¡Muchísimas gracias!
- ¡Un saludo muy grande para todos, y nos vemos la semana que viene con el capítulo 2!
