Momentos de Decisión
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo II: Escapes y Confesiones
Para el soldado que regresa del combate, la vida común y corriente es lo más parecido al Paraíso que puede existir. Y por momentos, es igual de inalcanzable.
Tadao Sekieshima, "Psicología de los conflictos armados"
Martes 10 de enero de 2017
A pesar de que el sol brillaba en medio de un cielo salpicado de pocas nubes, el frío de la mañana calaba hasta los huesos a todos los que estaban en aquel lugar.
La vasta Plaza de Armas de la Academia Militar estaba completamente cubierta por batallones de soldados y mechas, dispuestos en prolijas e imponentes formaciones, sus uniformes y máquinas inmaculadamente limpios y relucientes para la ocasión. En el inmenso mástil principal de la Plaza de Armas, así como en los demás mástiles de la Academia y del resto de la Tierra, la bandera de la Tierra Unida ondeaba a media asta en señal de duelo y respeto, mecida caprichosamente por el helado viento invernal.
Reinaba un absoluto silencio en la Plaza de Armas, en toda la extensión de la Academia; no se oía una sola voz, un solo sonido que pudiera tener origen humano, nada excepto el soplo del viento y los ocasionales movimientos de los Destroids allí apostados.
Infinidad de cámaras de televisión, pertenecientes a prácticamente todos los servicios de televisión y noticias de alcance global del planeta, se hallaban apostadas en varios lugares estratégicos de la Plaza, con sus equipos de camarógrafos y enviados especiales preparándose para transmitir en vivo y en directo a Ciudad Monumento y a toda la Tierra la ceremonia que iba a tener lugar en escasos minutos.
Colocados sobre la tarima oficial, situada en uno de los extremos de la Plaza y con el edificio principal de la Academia como telón de fondo, dos grupos de oficiales se hallaban cerca de sendos palcos que flanqueaban el atril donde se leerían los discursos del día. A uno de los lados del atril se hallaban los más encumbrados generales y almirantes del Alto Mando de las Fuerzas de la Tierra Unida, encabezados por el Supremo Comandante, el general Maistroff, quien recorría a las tropas reunidas en la Plaza de Armas como si estuviera pasando revista a la formación.
Al otro lado del atril, vistiendo uniformes de gala adornados con numerosos entorchados y condecoraciones, se hallaba otro grupo de oficiales. Tal vez estos últimos oficiales no tendrían ni los cargos elevados ni las altas jerarquías de los oficiales que ocupaban el otro palco, pero tenían otra cosa que los distinguía y que les hacía ganar el respeto de todos los que estaban presentes en aquella ceremonia: el reconocimiento ganado en combate y el honor de haber servido junto a las personas que serían recordadas ese día… y las cicatrices físicas y emocionales para acompañar ese honor.
El enorme reloj colocado en la torre del edificio principal de la Academia marcó con sonoros campanazos las once menos cuarto del mediodía. La hora había llegado.
Los actos conmemorativos por el tercer aniversario de la destrucción del SDF-1 estaban por comenzar.
Encabezados por la contralmirante Lisa Hayes en su carácter de oficial de más alto rango entre ellos, la delegación de oficiales y tripulantes que había servido en el SDF-1 tomó su lugar en las cinco filas de asientos que le estaban reservadas. En uno de los extremos de la primera fila, Rick Hunter halló su asiento junto a Max y Miriya Sterling, quienes contemplaban toda la ceremonia con rostros inmóviles. En la misma fila se hallaba sentado el doctor Emil Lang, junto al Trío Terrible y media docena de suboficiales seleccionados de entre el personal que había servido en los diversos departamentos y secciones de la fortaleza.
Todos ellos, oficiales y suboficiales, personal de flota, de vuelo o de alguna otra especialidad, compartía algo más que la cinta roja con bordes azules en el pecho que los identificaba como antiguos tripulantes de la fortaleza espacial; compartían una emoción intensa que se hacía imposible de contener en aquella jornada… la melancolía y el dolor nacidos del recuerdo de todos los amigos y camaradas que habían dado su vida tres años atrás.
– ¡Aten...CIÓN! – aulló la potente voz del general Maistroff, trayendo a la realidad a todos los que estaban perdidos en sus recuerdos.
A esa señal, todos los presentes se pusieron de pie y adoptaron la posición de firmes, mientras un hombre de edad un tanto avanzada y aspecto cansado y noble, enfundado en un sobrio traje negro, con un reluciente escudo del Gobierno de la Tierra Unida prendido de una de las solapas, subía a la tarima oficial escoltado por una escuadrilla de custodios vestidos de civil, tres asesores y un coronel con las insignias oficiales de un edecán que llevaba un portafolios.
– ¡Damas y caballeros… el Primer Ministro de la Tierra Unida! – anunció la voz del locutor oficial en el momento en que el Primer Ministro se acercaba al atril.
El Primer Ministro esperó pacientemente a que su edecán abriera el portafolio para tomar los papeles en los que estaba escrito el discurso, y se colocó los anteojos en el momento en que el edecán dejó los papeles sobre el atril y se retiró respetuosamente. Tras poner en orden y acomodar sus papeles, el Primer Ministro acercó el micrófono a su boca, dejando luego que trascurrieran algunos segundos mientras recorría con la vista el escenario… como si estuviera olfateando el ambiente.
Carraspeando un poco, el Primer Ministro comenzó su discurso.
– Damas y caballeros, invitados de honor, honorables senadores, señores ministros y funcionarios de gobierno, señores generales, almirantes y oficiales, señores suboficiales y conscriptos de las Fuerzas de la Tierra Unida, ciudadanos y compatriotas de la Tierra.
"La ocasión que nos reúne en este día, así como el recuerdo de los héroes que homenajeamos con este acto, imponen brevedad en las palabras a pronunciar. Los hechos de este día nos exigen palabras claras en lugar de discursos largos y pomposos.
"En un día como hoy hace tres años, el destino quiso que un grupo de valientes hombres y mujeres realizaran el sacrificio supremo en defensa de la Tierra y de la humanidad. Esos hombres y mujeres eran bravos soldados que, aún habiendo dado en la tierra y en el espacio repetidas muestras de su valor y abnegación ante la amenaza de un enemigo implacable, se lanzaron a enfrentar una vez más a esa amenaza, teniendo muy en claro que, en esa oportunidad, el costo de asumir la defensa de nuestro mundo bien podría ser el de sus propias vidas.
"Y así fue. Enfrentados ante la devastadora fuerza destructiva de un demente, los valientes oficiales, tripulantes y soldados del SDF-1 no cejaron ni un instante en el cumplimiento de su deber, ni se entregaron al miedo. Como el ave Fénix se alzó de entre sus cenizas, como la propia Tierra resurgió luego de aquella noche de muerte y devastación, ellos salieron al campo de batalla con orgullo y entereza, a bordo de una nave golpeada pero invicta, y no descansaron hasta poner fin a la locura de muerte y fuego que azotaba sobre nuestro mundo. Pero esta vez, a diferencia de tantas otras batallas heroicas que jalonaron la breve pero gloriosa carrera de la fortaleza espacial, el precio de la victoria fue el sacrificio de sus vidas.
"El ejemplo que hoy honramos, el ejemplo que nos han legado los héroes del SDF-1 con su admirable sacrificio, debe ser la luz que guíe a nuestros valientes hombres y mujeres de las Fuerzas de la Tierra Unida, así como a la humanidad toda mientras avanzamos hacia el futuro. Éstos héroes representan lo más elevado del espíritu humano, un espíritu que no busca esconderse ante las amenazas, sino que hace frente a quienes pretenden su aniquilación. Su sacrificio encarna los más altos valores a los que podemos aspirar en nuestras vidas: honor, sacrificio, gloria, deber. Y por haber dado hasta la vida en la defensa de esos valores, es que ellos han alcanzado ese raro privilegio, accesible sólo para los mejores y más destacados de nosotros, que es la inmortalidad.
"Habiendo encontrado la muerte en el combate, ganaron la inmortalidad en el recuerdo y corazones de un planeta agradecido. Son ya héroes para nosotros, y lo serán para las generaciones que nos sucederán a lo largo de la Historia.
"Ahora quisiera dirigir unas palabras a todos los miembros de las Fuerzas de la Tierra Unida.
"Sepan ustedes, nuestros bravos defensores, que son herederos del legado inmortal de estos hombres y mujeres. Sepan que, si el destino dicta que tengamos que enfrentar una nueva amenaza venida de más allá de las estrellas, el legado de los hombres y mujeres del SDF-1 aparecerá ante nosotros para marcar el camino a seguir. Les pido a nuestros militares que sean dignos de portar el uniforme que ellos honraron, y pido que todos nosotros, con nuestro trabajo y nuestro esfuerzo, nos hagamos dignos del sacrificio de aquellos valientes.
"Pero sin duda alguna, puedo hoy decirles a todos ustedes, y a quienes escuchan estas palabras en toda la Tierra, que el supremo acto de heroísmo que hoy recordamos constituye una señal para toda la raza humana. Este sacrificio es una señal que nos da la certeza absoluta de que, mientras existan entre nosotros hombres y mujeres dispuestos a entregar valerosamente sus vidas para que otros puedan vivir, ni la más potente fuerza que el universo pueda poner en nuestro camino podrá lograr que la Humanidad desaparezca en las negras tinieblas de la aniquilación.
"Muchas gracias. Que Dios los bendiga a todos ustedes"
Al terminar el discurso, el Primer Ministro dirigió su mirada a las tropas formadas mientras éstas le rendían honores, luego de lo cual dejó el podio para tomar asiento en uno de los palcos oficiales, escoltado por su comitiva.
Casi al mismo tiempo, Lisa Hayes se puso de pie y caminó con pasos veloces hacia el atril, portando su propio discurso bajo el brazo. Lo habitual en aquellas ceremonias era que el Supremo Comandante diera el discurso en representación de las Fuerzas de la Tierra Unida, pero para los actos conmemorativos de ese año, el general Maistroff declinó el dar un discurso, señalando que era preferible que alguien que hubiera formado parte de la tripulación de la fortaleza espacial hablara en lugar de él, que había integrado aquella tripulación por accidente. La elección del Alto Mando recayó entonces en Lisa.
Con su habitual dignidad y elegancia, Lisa tomó el micrófono y contempló a la enorme multitud de soldados e invitados antes de comenzar el discurso, dirigiéndose a los presentes en su tono más formal y oficial:
– En primer lugar, buenos días para todos ustedes.
"Antes de comenzar, quisiera agradecer de corazón al Primer Ministro por las amables y valiosas palabras que acaba de pronunciar. Quisiera aclarar que, aún sin tener la elocuencia que merece una ocasión como esta, sólo vengo a ofrecerles las palabras de una persona que, sólo gracias a esas cosas de la vida militar, tuvo el honor y privilegio incomparable de servir con aquellos hombres y mujeres a quienes recordamos hoy.
"Los hombres y mujeres que sirvieron en el SDF-1 eran más que una tripulación, o un equipo de combate. Eran, desde el capitán hasta el más humilde recluta, una familia. La tripulación del SDF-1 no era una familia cuyos miembros estuvieran vinculados por lazos de sangre o políticos, sino que tenían un vínculo especial y precioso, surgido del esfuerzo compartido entre todos ellos de luchar en una guerra más espantosa que cualquier otra que haya azotado nuestro mundo.
"El destino quiso que todos nosotros, los que fallecieron y los que continuamos vivos, estuviéramos juntos en aquella nave, enfrentando las pruebas que la adversidad puso ante nosotros y haciendo lo mejor para superarlas. Las personas que hoy honramos no eran superhombres o semidioses, sino personas de carne y hueso con virtudes y defectos, aciertos y fallas, grandezas y mezquindades, como cualquiera de nosotros. Y es justamente por eso que su esfuerzo resultó más notable, porque pudieron sobreponerse a esas fallas tan humanas y hacer frente a lo que la realidad exigía de ellos.
"Para todos los que quedamos aquí para contar la historia, la destrucción del SDF-1 fue la muerte de algo que era más que una nave; fue el fin de lo que había sido nuestro hogar, e incluso en el momento negro de nuestro exilio de la Tierra, fue nuestro único lugar en el universo. Todos nosotros sufrimos en carne propia el dolor de la pérdida de tantos valientes, ya sean amigos, amores, conocidos o perfectos extraños, porque todos ellos eran miembros de nuestra familia, y sus muertes nos duelen a cada uno por igual.
"Sé que sólo tengo mi experiencia personal para fundamentarme, y les pido desde este momento disculpas si lo que voy a decir suena presuntuoso, pero creo que puedo hablar por todos los que tuvimos el honor de servir en el SDF-1. El almirante Henry Gloval fue para mí mucho más que mi capitán o mi oficial superior. Fue, en el sentido más alto de la palabra, un padre para mí. Fue el padre de todos nosotros, aquella figura de seguridad y calma a la que todos recurríamos cuando el miedo nos envolvía en los momentos más oscuros de la guerra. Entre las personas cuyo sacrificio hoy reconocemos hay una a quien consideré literalmente como la hermana que jamás tuve. He perdido personas que habían llegado a ser mucho más que compañeros o amigos. Y así como me ha pasado a mí, le ha pasado a todos los que formamos parte de la familia del SDF-1. Pregúntenle a cualquiera que haya servido en esa nave, y oirá historias similares.
"La sensación que en este día nos invade a quienes sobrevivimos es la de estar llorando a miembros de nuestra familia, cuya partida llena de pesar nuestros corazones. Es una sensación que sabemos muy bien que jamás se irá, que siempre nos acompañará, es el dolor de no tener más a aquellas personas con quienes formamos lazos que iban más allá de las convenciones familiares. A pesar de todo el dolor y la tristeza, es un dolor que jamás cambiaríamos por nada del mundo.
"Les agradezco su amable atención y paciencia, y como cierre, quisiera pedirles a todos que hagamos un minuto de silencio, por todos los que murieron durante la Guerra Robotech, entre ellos los hombres y mujeres del SDF-1."
El silencio que acompañó a Lisa mientras dejaba el atril y regresaba a su asiento en el palco oficial fue completo y absoluto. Parecía como si el aire mismo se hubiera congelado en todo aquel predio. No se oía el menor sonido, no se veía el menor movimiento, no se sentía nada que perturbara aquel instante de contemplación.
Pasado el minuto pedido, la Plaza de Armas estalló en un atronador aplauso que tardó minutos en morir.
Al finalizar el aplauso, y a una orden del general Hanley, un destacamento de soldados vestidos de gala y armados con rifles ceremoniales tomó su lugar en la tarima, caminando con perfecta sincronización hasta ocupar los lugares que les correspondían.
El sargento que dirigía aquel destacamento, una vez que estuvo satisfecho con la postura que tomaron los hombres y mujeres bajo su mando, ordenó a voz en cuello:
– ¡Destacamento...atención!
A esa orden, como movidos por un resorte invisible, los soldados se pusieron en posición de firmes.
– ¡Preparen...!
Los soldados prepararon sus rifles como si fueran una sola persona.
– ¡Apunten...!
Con la misma precisión con la que habían hecho todos sus movimientos, el destacamento apuntó sus rifles al cielo.
– ¡FUEGO! – ordenó el sargento a viva voz.
Los doce soldados dispararon sus armas en el mismo momento, y el sonido de los disparos retumbó en toda la Plaza de Armas. Más de uno se sintió tentado de cubrir sus oídos ante el sonoro ruido de los disparos.
– ¡FUEGO! – repitió el sargento una vez que los soldados volvieron a preparar sus armas.
Los soldados obedecieron y volvieron a disparar al aire.
– ¡FUEGO! –ordenó por tercera vez el sargento.
El sonido de las salvas retumbó una vez más en los oídos de los presentes.
Una vez que terminó el disparo de salvas, el sonido de innumerables motores que se acercaban desde las montañas invadió todo el lugar. De pronto, comenzaron a aparecer sobre la Academia numerosas formaciones de cazas Veritech que pasaban a mediana altura. Cada formación de cazas estaba compuesta por cinco aparatos, todos los cuales pertenecían a uno de los escuadrones de combate que habían formado el Grupo Aéreo del SDF-1, y la formación que encabezaba aquel contingente estaba integrada por el Escuadrón Skull, en su carácter de unidad insignia del Grupo Aéreo.
Todos los presentes elevaron la vista al cielo para contemplar el desfile aéreo, y quedaron sencillamente maravillados y conmovidos cuando en un instante, un avión de cada formación hizo una abrupta trepada hacia el cielo, separándose del resto de los cazas, que continuaban su sobrevuelo. Los cazas que se habían separado de la formación continuaron elevándose en dirección a las estrellas, siguiendo una maniobra conocida como "hombre perdido", que era usada para saludar a los camaradas caídos en acto de servicio.
Rick no pudo evitar sentir melancolía durante toda la ceremonia. Las palabras del Primer Ministro habían sido hermosas y conmovedoras, pero las de Lisa dolían por su sinceridad y candidez. En pocas líneas, y sin dejar lugar a dudas, ella había dicho la verdad que todos los veteranos de la fortaleza compartían en su ser. Y para todos los que ocupaban asientos en el "palco de veteranos" las palabras de su almirante y los sentimientos que expresaban les eran tan propias como si ellos mismos las hubieran pronunciado.
No faltó mucho más para que terminara la ceremonia, y a poco de concluir el acto la Academia Militar lentamente recuperaba su aspecto normal; los cadetes estaban de vuelta en sus aulas y dormitorios, los mechas y vehículos regresaban a sus bases, los políticos ya habían hecho sus salidas elegantes, los demás invitados estaban dejando el predio y los equipos de las cadenas de televisión ya habían guardado sus cámaras y micrófonos en sus vehículos, o estaban apostados en los accesos de la Academia en espera de la oportunidad de hacer preguntas a alguna de las figuras políticas y militares que habían concurrido a la ceremonia.
Rick se mantenía a distancia respetuosa del palco, que había quedado desierto, perfectamente consciente de lo que Lisa estaba haciendo en ese momento… él sabía que ese momento era exclusivamente de Lisa, y por eso, como lo hacía todos los años, él se hacía a un lado y se mantenía lejos, dándole a Lisa la oportunidad de tener un momento a solas para saludar a Gloval y Claudia. Él no necesitaba llamarla… cuando ella se sintiera lista, volvería con él.
Como cada 10 de enero, como siempre hacía al final de aquellas ceremonias, Lisa permaneció unos minutos en silencio cerca del palco oficial, con la mirada perdida en el infinito mientras rememoraba los eventos de aquel día en que su mundo literalmente había cambiado. Era su pequeña ceremonia privada… su manera de despedirse de los seres queridos a los que había perdido en aquella batalla, al menos hasta el año siguiente.
Sin apiadarse en lo más mínimo de sus contemplaciones, una voz dura y oficial volvió a Lisa a la realidad:
– Almirante Hayes.
Volteándose para ver quién la estaba llamando a la vez que hacía lo imposible por secarse los ojos antes de decir una palabra, Lisa se encontró con que se trataba del general Maistroff, acompañado por un oficial a quien identificó como el almirante Robert Gaumont, jefe de las Fuerzas Espaciales, la rama de servicio de las Fuerzas de la Tierra Unida a la que tanto ella como Rick pertenecían.
– General Maistroff, almirante Gaumont… ¿en qué puedo ayudarlos? – dijo Lisa con cortesía, haciendo un impecable saludo militar a los dos altos oficiales.
– Necesitamos hablar con usted – descerrajó Maistroff ni bien terminó el saludo, diciendo aquellas palabras con tal dureza que Lisa se sintió tentada a trastabillar.
"Sutil hasta el final. Diablos, seguramente debe ser por ese tema…" gruñó Lisa para sus adentros, maldiciendo a Maistroff por traer cuestiones laborales en un día como aquel a la vez que hacía lo posible por no demostrar su irritación en el rostro.
– Por supuesto, señor – le dijo al Supremo Comandante en un tono formal, apresurándose a responder antes de que Maistroff pudiera echarle en cara algo. – El reporte de progreso sobre los sistemas de armamento del SDF-3 estará en su oficina antes de que comience mi licencia…
Para su sorpresa, Maistroff alzó la mano para interrumpirla.
– No es de eso de lo que queríamos hablar, almirante.
– ¿No lo es? – balbuceó Lisa, incapaz de contener su sorpresa. Si Maistroff no se había acercado para discutir algún tema relacionado con el SDF-3… ¿de qué podía querer hablarle?
Pero no fue Maistroff quien respondió a la pregunta que Lisa se había hecho a ella misma, sino el almirante Gaumont, quien con mucha más discreción y cortesía que la que Maistroff había demostrado, le informó a Lisa el motivo de aquella pequeña charla.
– Queríamos hacerle una consulta… es acerca del capitán Hunter.
Ahora sí que Lisa quedó evidentemente sorprendida, y lo demostró con una expresión incrédula en su rostro que le dio a entender a los dos altos oficiales que la habían tomado por completa sorpresa con aquel pedido:
– ¿El capitán Hunter? – preguntó Lisa, como queriendo confirmar lo que había oído.
– Así es, almirante – prosiguió Maistroff. – Verá, ha habido ciertas discusiones en el Alto Mando, referidas a determinadas cuestiones… y el nombre del capitán Hunter ha salido en varias de ellas, especialmente tras lo ocurrido en la batalla de Buenos Aires.
– Entiendo – dijo Lisa, aunque en su interior no entendiera qué podían querer discutir Maistroff y Gaumont con ella.
Permitiéndose una sonrisa para bajar tensiones al notar la incomodidad que le había provocado, el almirante Gaumont continuó explicándole a Lisa lo que querían hablar con ella, buscando las palabras apropiadas para hacerlo.
– Y dada su… relación personal… con el capitán Hunter, consideramos que sería importante que usted-
Normalmente, Lisa Hayes no era de las personas que interrumpirían a un almirante de cuatro estrellas a mitad de una frase, pero la referencia a su relación con Rick –y más cuando todo indicaba que se trataba de algo que a ella no le gustaría oír– era una de las pocas cosas que en ella hacían que el protocolo militar quedara hecho a un lado.
– Con todo respeto, almirante… – comenzó a decir Lisa en un tono neutral, aunque luego fue haciéndose más duro y cortante con cada palabra. – No veo la relevancia de mi relación en todo esto. ¿No cree que, sea lo que sea, sería mejor que lo hablaran personalmente con el capitán Hunter?
Sorprendido por la respuesta de Lisa, el almirante Gaumont pareció quedarse sin habla, y apenas pudo balbucear un tímido:
– Bueno…
Por fortuna para Gaumont, Maistroff conservó la suficiente entereza de ánimo para no demostrar sorpresa ante esa reacción de Lisa… después de todo, no era la primera vez que él había visto el lado más duro de Elizabeth Hayes.
– No – dijo en un tono seco que no dio lugar a dudas. – Por el momento sería mejor que el capitán Hunter no esté al tanto de esto.
Sintiéndose respaldado por el Supremo Comandante luego de aquella pequeña sorpresa, el almirante Gaumont retomó la palabra en un intento de explicarle a Lisa lo que deseaban discutir con ella.
– Creemos que sería prudente conservar lo que le vamos a decir en reserva… hasta que hayamos concluido con nuestras evaluaciones y análisis.
Lisa no dijo nada, prefiriendo que Maistroff y Gaumont se explayaran mejor antes de decir alguna palabra al respecto, aunque la mirada dura que les dirigía a los dos oficiales era suficiente respuesta.
– Se trata de una cuestión delicada, almirante Hayes – dijo Gaumont, tratando de sonar lo más comprensivo que pudo. – No crea que somos insensibles a lo que le estamos pidiendo, pero entienda que se trata de una cuestión de importancia. Tenga la seguridad de que el capitán Hunter será notificado de esto a la brevedad posible.
Haciendo uso de toda su presencia, Maistroff se plantó frente a Lisa y le preguntó en un tono de cuya seriedad no podía dudarse:
– Así que, almirante, en el mejor interés del servicio… ¿Podemos confiar en su discreción por el momento?
Lisa permaneció en silencio, atravesando a Maistroff y a Gaumont con una mirada helada mientras por dentro consideraba sus palabras con toda la seriedad y objetividad de la que era capaz.
Ninguno de los dos tenía la menor idea de cuánto odiaba ella que le jugaran la carta del "interés del servicio" en cuestiones como las que fueran que quisieran discutir, y más cuando se trataba de algo que afectaba a Rick, pero para ser justa con aquellos oficiales, Lisa tenía que reconocerles que le habían planteado directamente que el tema del que querían hablar estaba relacionado con Rick; no se lo habían ocultado, o ido con rodeos.
Lisa ya llevaba varios años tratando con oficiales como Maistroff y Gaumont, lo suficiente como para saber que semejante franqueza a la hora de tratar un asunto era muy rara en el Alto Mando… a tal punto que cada ocasión en la que aparecía bastaba para despertar la curiosidad de Lisa respecto al asunto que se quería discutir.
Había otro elemento a tener en cuenta: si ellos querían consultaban con ella sobre algo relacionado con Rick, eso le daba a Lisa la oportunidad de asegurarse de que, sea lo que fuera, no se tratara de alguna clase de jugada injusta en contra de Rick. Ella era perfectamente consciente de que como oficial del Alto Mando, ella tenía el deber de mantener cierta objetividad, pero daba la impresión de estar frente a uno de esos casos en los que podía mandar al diablo la objetividad sin ninguna clase de culpas… Rick ya había hecho demasiado por el servicio como para que el Alto Mando jugara sucio con él.
Y eso era algo que dejaría bien en claro ante esos dos oficiales, sin importar sus rangos o cargos.
– ¿En qué puedo ayudarlo, señor? – dijo por fin Lisa, invitando a Maistroff y Gaumont a exponerle sus preocupaciones.
Viernes 20 de enero de 2017
Ese viernes amaneció como cualquier otro día de la semana.
Ciudad Monumento se despertaba con pereza en medio de la fría mañana de enero. Sólo aquellas personas que tenían una obligación imperiosa de salir, sea para trabajar o para hacer las compras, ocupaban las calles desafiando al fresco y al viento; el resto de la gente de Monumento prefería pasar mañanas frías como aquella en sus casas. Para consuelo de los ciudadanos de Monumento, no había nevado en la ciudad desde diciembre, lo que en cierta manera hacía mucho más fácil las vidas de los habitantes.
En el barrio militar de Monumento, ubicado en las afueras de la ciudad, los primeros signos de actividad empezaban a romper la tranquilidad reinante; el personal que debía cubrir los turnos de servicio matutinos en el Cuartel General o en alguno de los distintos puestos militares de la ciudad se despertaba y preparaba para comenzar su jornada. Un solitario vehículo, un pequeño auto de cuatro plazas, recorría una de las avenidas del barrio militar, avanzando sin encontrar problemas de tránsito mientras, conforme pasaban los minutos y el sol brillaba con más fuerza, las luces comenzaban a encenderse en algunas de las casas situadas sobre la avenida.
El pequeño auto dobló en una de las calles que cruzaban la avenida y avanzó unos cien metros antes de detenerse frente a una casa de dos pisos de aspecto austero e innegable diseño militar, pero a la vez acogedor, identificada por un buzón marcado como "Hayes, Lisa – Paseo Scharnhorst 156". Del auto descendió su conductor, quien se dirigió a la puerta de la casa cargando algunos paquetes bajo el brazo, caminando a paso veloz para contrarrestar el frio matutino. Al llegar a la puerta, Rick Hunter tardó un par de segundos en tocar el timbre, resolviéndose a hacerlo a la vez que esperaba que Lisa no estuviera durmiendo en ese momento.
Pasado medio minuto, la puerta se abrió lentamente y la cara de Lisa Hayes asomó por detrás de la puerta, sonriendo al ver de quién se trataba.
Al ver a Lisa, era evidente para Rick que no hacía mucho tiempo que se había despertado; su cabello normalmente arreglado estaba a medio peinar y sus ojos entrecerrados tenían una mirada ligeramente soñolienta. Vestía una campera puesta por encima de su bata blanca de dormir, y llevaba calzadas un par de pantuflas.
– Lo siento¿te desperté? – apresuró a disculparse Rick antes de recordar que lo acostumbrado era que primero viniera el saludo. – Hola, Lisa...
– Hola, amor, pasa por favor – dijo Lisa invitándolo a entrar. – No tienes de qué disculparte, ya me había despertado antes – se llevó las manos a la frente y lanzó un gruñido de irritación. – Oh Dios, debo estar hecha un desastre – continuó algo avergonzada por su aspecto.
Rick se adelantó, tomándola entre sus brazos y dándole un ligero beso en los labios.
– Para mí estás preciosa, linda – le dijo con una enorme sonrisa tras terminar el beso, tomando la mano de Lisa en cuanto ella se hizo a un lado para dejarlo entrar.
– Estaba preparando un café¿quieres uno? – ofreció ella mientras se dirigía a la cocina, desde donde podía sentirse un suave aroma a café. Sin que se lo dijeran dos veces, Rick la siguió, sentándose a la mesa de la cocina mientras ella acababa de preparar la bebida.
– Me encantaría, muchas gracias – aceptó Rick, a la vez que ponía sobre la mesa uno de los paquetes que había traído. – Traje algo para el desayuno.
– Mmm, croissants – se relamió Lisa en cuanto abrió el paquete y vio lo que contenía. – Empezaste el día con el pie derecho, Hunter. Aquí tienes – le alcanzó la taza de café.
– Gracias, Lisa. No sabes cuánto necesitaba una buena taza de café – dijo Rick probando un sorbo, a la vez que sentía que el sabor de ese café bastaba para sacudir su propia modorra.
– Ya me conoces, mi día no empieza hasta que tomo al menos una taza de café bien caliente – Lisa le dijo mientras empezaba a beber de su café, cerrando los ojos y saboreando hasta la última gota en lo que Rick sólo podía definir como una experiencia intensamente sensual.
– ¿Está bueno el café? – preguntó Rick en tono sarcástico, arqueando una ceja al notar cómo ella disfrutaba la bebida.
– No¿qué crees? – devolvió ella, dejando la taza sobre la mesa. – ¿Hace mucho frío afuera?
– Está bastante fresco… lo suficiente como para soñar con un café... y con buena compañía para beberlo – sonrió Rick sin despegar los ojos de Lisa.
Como si no le alcanzara con estar medio dormida en aquella mañana, Lisa quedó ligeramente atontada por aquella sonrisa, lo que provocó que Rick se riera un poco mientras le decía:
– Vaya, Hayes, te noto un poco distraída hoy.
– Oh cállate – le contestó ella mientras se acercaba a Rick y lo besaba con una pasión que él jamás hubiera imaginado a juzgar por el aspecto de estar dormida que traía… y como si eso no hubiera sido poco, el sentir el roce del pelo de Lisa con su piel, y llenarse de su aroma, bastaron para dejar a Rick en las nubes.
Tras terminar aquel beso, y sin dejar de sonreír, los dos se sentaron a desayunar, listos para empezar el primer día de sus vacaciones compartidas.
Después de tomar el café y tras aguardar un rato a que Lisa se cambiara, Rick la ayudó a empacar lo que le faltaba y a cargar sus cosas en el auto. Eran alrededor de las ocho de la mañana, y el barrio que parecía tan tranquilo cuando Rick llegó una hora atrás ya estaba plenamente despierto. Finalmente, tras toda la preparación y luego de varias revisiones para asegurarse de que todo quedara en orden en la casa, los dos estaban listos para partir.
Con el auto listo para empezar el viaje, Lisa y Rick se pararon frente a la puerta de la casa, permaneciendo en silencio y sonriendo al darse cuenta de que estaban a punto de comenzar su primera vacación real en demasiado tiempo. Finalmente, y con gran ceremonia, Lisa cerró su casa con llave y conectó la alarma.
– ¡Muy bien! Ya todo está listo – dijo Lisa, volteándose para mirar a Rick con una enorme sonrisa mientras guardaba la llave de su casa en el bolsillo.
– ¿Alarma nueva? – le preguntó Rick.
– Así es… la preparé yo misma – respondió Lisa. – Tomé la alarma original y la cambié por algo un poco más potente…
– ¿Algo un poco más potente? Temo preguntar… ¿Qué le pusiste?
– Una alarma de ataque aéreo – respondió ella con una sonrisa traviesa, aunque esa sonrisa desapareció en cuanto Rick la sorprendió con un beso.
– Vamos, yo conduzco – le dijo Rick, pasando el brazo por sus hombros y besándola en la mejilla.
Ya dentro del auto, Lisa se sentó en el asiento del acompañante mientras Rick buscaba el mapa caminero que había comprado, moviéndose con frustración creciente con cada segundo que pasaba sin encontrarlo. Por más que revisara en los bolsillos de su campera, en la guantera del auto, e incluso abajo del asiento, el maldito mapa no aparecía.
– Maldita cosa, si revisé que la traía antes de venir... – gruñó Rick mientras se arrodillaba para ver mejor debajo del asiento del conductor.
Lisa lo miró mientras se contorsionaba para buscar el mapa en cualquier recoveco del auto y esbozó una traviesa sonrisa al ver la cara de fastidio de Rick. Al escuchar el primer indicio de una risa, Rick se puso de pie para preguntarle con un poco de molestia:
– ¿Se puede saber de qué te estás riendo?
– ¿Buscabas esto? – dijo Lisa sacando el mapa de su cartera, y ya no pudo contener la risa al ver la cara que le estaba poniendo Rick.
– Ja, ja, muy graciosa, almirante Hayes – gruñó Rick, arrebatándole el mapa de entre las manos. Con el mapa ya abierto sobre sus piernas, Rick comenzó a estudiar el camino que deberían seguir: – Veamos, las cabañas están cerca del Lago Memorial, lo que significa que tenemos que seguir por Bradley hasta la Avenida Central, seguir algunas cuadras y doblar por aquí – su dedo se deslizó siguiendo el trazado de una calle – hasta llegar a la autopista de circunvalación... después tenemos que ir por la Ruta A-84 hasta el kilómetro 52 y allí doblar en este camino, seguir cuatro kilómetros y allí deberían estar... "Cabañas Lakeview" – cerró el mapa y, guiñando un ojo a Lisa, dijo: – A menos que la información que me ha dado estuviera equivocada, almirante.
– Pude navegar una fortaleza espacial desde Plutón hasta la Tierra, Rick – replicó Lisa levantando la cabeza con falsa petulancia. – Creo que soy perfectamente capaz de manejar bien las direcciones en una ciudad.
Meneando la cabeza, Rick rió con ella.
– ¿Sabes qué? Me haces reír mucho cuando te haces la engreída. Te da un aire de, cómo decirlo,... superchica.
Mientras ella se sonrojaba con ese comentario, Rick encendió el motor del auto y lo sacó lentamente del estacionamiento, cuidando de que no vinieran otros vehículos o personas por la calle en ese momento.
– ¡Vámonos! – dijo él en cuanto el auto estuvo en la calle, antes de arrancar y comenzar aquel viaje.
Conforme el auto avanzaba por la calle, la casa de dos pisos del Paseo Scharnhorst iba quedando cada vez más lejos, hasta que finalmente se perdió en el laberinto de calles del barrio militar y desapareció de la vista de ambos.
Habían elegido viajar temprano para evitar el tránsito pesado del centro de Ciudad Monumento, y en parte lo lograron. Si bien no quedaron atascados en un embotellamiento, ciertas partes del viaje por la Avenida Central se hicieron un poco largas, sobre todo cuando se acercaban a la zona del Cuartel General. Finalmente pudieron superar los escollos del tránsito y al cabo de media hora de encontrar su camino por las calles de la capital, Rick y Lisa ya estaban en la Ruta A-84, atravesando los suburbios y ciudades satélite que rodeaban a Ciudad Monumento.
Pocos minutos después, la ciudad dejó lugar al paisaje agreste del descampado. Aún seis años después del Holocausto Zentraedi, las cercanías de Ciudad Monumento tenían cierto toque lunar, desértico, matizado sólo por algunos parches de verde aportados por campos cultivados, matorrales y bosques. Las enormes y accidentadas montañas de las cercanías de Monumento dominaban el horizonte, formando una imponente barrera natural entre la ciudad y el resto del mundo.
La ruta por la que estaban viajando era una autopista de seis carriles que conectaba Ciudad Monumento con otras ciudades importantes del oeste de Norteamérica, como Denver, Dallas y Nueva Houston. El tránsito en la autopista era razonable, compuesto en su mayoría por camiones de carga, autos personales y algunos vehículos militares. Desde hacía un tiempo, viajar por las rutas se había vuelto una experiencia casi tan normal como lo era antes de la Lluvia de Muerte; durante los peores momentos de la rebelión Zentraedi, los conductores se arriesgaban a ser atacados por bandas armadas de Zentraedi mientras iban por las autopistas.
El paisaje se volvía bastante monótono cuando se atravesaban enormes extensiones despobladas y desérticas, que antes de la guerra habían sido pujantes comunidades o fértiles campos cultivables. Para Rick, acostumbrado a ir de un lado a otro montado en su avión, siempre hubo algo de extraño e innatural en viajar en auto, mientras que Lisa no dejaba de maravillarse de lo silenciosa que podía ser la ruta en algunos momentos, más cuando la comparaba con las ruidosas y congestionadas rutas que había en su infancia.
Habían pasado un buen rato en la ruta cuando Lisa notó un libro que estaba colocado entre su asiento y la puerta, tomándolo para ver de qué se trataba.
– ¿Qué es esto? – le preguntó a Rick.
– Ah… algo que compré hace unos días – respondió él. – Me lo habían recomendado mientras estaba allá en el sur.
– "Águilas del Espacio", de Thomas Reynolds – dijo Lisa, leyendo el título y autor del libro y deteniéndose en el subtítulo. – "La Guerra Robotech vista a través de los ojos de un joven piloto de combate del SDF-1". ¿Es la historia de alguien que conozcas?
– Para nada… es una novela de ficción – explicó Rick sin despegar la vista del camino. – Supuestamente, es un piloto de Veritech recién egresado de la Academia que estaba asignado al Prometheus al momento de comenzar la guerra… y que pasa luego de la transposición al SDF-1, y va contando sus experiencias conforme pasa la guerra.
– ¿Qué te parece el libro? – preguntó ella.
– Es un buen libro, entretenido y bastante verídico… – respondió Rick con algo de dudas, encogiéndose de hombros. – Pero…
– ¿Pero qué?
– No lo sé… siento que le falta algo – murmuró Rick. – Hay tanto que contar sobre la vida en el SDF-1, tantos detalles y cosas que nosotros conocemos y que no aparecen en el libro… Por lo menos a mí me parece que se pierde de describir mejor el ambiente que vivíamos durante la guerra, el ambiente en el que los pilotos nos movíamos.
– Bueno, los detalles quedan a criterio de cada uno – le contestó Lisa. – ¿Puedo leerlo cuando lo termines?
– Adelante – le dijo Rick haciendo un gesto con la mano, para luego dedicarle una mirada traviesa. – Así te enteras cómo es la vida del otro lado de la red táctica.
Ante ese comentario, Lisa entrecerró los ojos y le dedicó una mirada asesina a Rick.
– Lo único que te salva, Hunter, es que estás conduciendo… de lo contrario te arrancaría la cabeza a mordidas.
– Contigo son siempre amenazas, amor… – contestó él sin darle mucha más importancia al asunto.
Aquel viaje por la Ruta A-84 duró otra media hora hasta que encontraron el camino por el que tenían que ir para llegar a las cabañas. Luego de doblar, y ya entrados en aquel camino lateral, fue cuestión de avanzar un poco más hasta subir una colina con el auto. Al llegar a la cima de la colina, Lisa le pidió a Rick:
– Detén el auto, por favor –
Haciendo caso del pedido, Rick llevó el auto al costado del camino, y una vez que detuvo el motor, Lisa puso sorpresivamente sus manos sobre los ojos de Rick, tapándole la vista.
– Cierra los ojos – dijo ella con voz juguetona.
Una vez que Rick lo hizo y se lo confirmó a Lisa, ella quitó sus manos.
– Ahora, ábrelos.
Rick lo hizo, y quedó con la boca abierta al contemplar la vista que ella le estaba mostrando. Sonriendo ante la expresión que aparecía en la cara de Rick, Lisa le susurró con ternura al oído, aprovechando la oportunidad para acercarse a su oreja y con un susurro enviar un cosquilleo por todo el cuerpo de Rick:
– Te dije que te iba a gustar...
Lo que la colina ocultaba, y ahora quedaba revelado ante los ojos de Rick, era una impresionante vista del lago Memorial. En sí mismo, el lago Memorial, como tantos otros lagos que moteaban la superficie de la Tierra luego del bombardeo Zentraedi, había surgido como un cráter dejado por el fuego devastador de la flota de Dolza. Con el paso del tiempo, la lluvia y el agua de un par de ríos cercanos comenzaron a llenar el cráter, y los pobladores de la región, con la asistencia entusiasta de las comisiones de reconstrucción decidieron aprovechar para establecer un sitio turístico.
El nombre de "Memorial" que se le había impuesto al lago no recordaba a nadie en particular; demasiados edificios, accidentes geográficos y cosas llevaban el título de "Memorial" en aquellos días, y todos ellos recordaban a los miles de millones muertos en el bombardeo que había tenido lugar hacía casi seis años. El lago asemejaba un enorme espejo azul claro, enmarcado por un frondoso bosque de pinos que lo rodeaba en toda su extensión, creando así un espectacular contraste entre el azul de las aguas y el verde esmeralda del bosque. Tras contemplar aquel paisaje por un buen rato, absorbiendo todo lo que podía ver, Rick no pudo evitar notar que el bosque tenía el mismo tono de verde que los ojos de Lisa.
Las colinas que rodeaban al lago y al bosque estaban cubiertas de pasto, sin dudas plantado en conjunto por los administradores del parque y la comisión de reconstrucción. A lo lejos, a unos dos kilómetros del lago en dirección al oeste, podían divisarse los techos rojos del poblado de Kurtland, una pequeña comunidad agrícola y turística que vivía de las aguas del Memorial y de los ríos que lo alimentaban. Aquel paisaje les parecía a Rick y Lisa como si fuera una pequeña esquina del paraíso, un oasis en el medio del desierto creado por la guerra.
Rick volvió a encender el motor del auto y retomó el camino, descendiendo de la colina y continuando a baja velocidad hasta que, pasados unos quinientos metros llegó a una entrada junto al camino, coronada por un letrero de madera que rezaba "CABAÑAS LAKEVIEW". Estacionó el auto al lado de un edificio que tenía toda la apariencia de ser el complejo de administración, y en cuanto el auto se detuvo, un hombre de gran tamaño con ropas de leñador salió del edificio a recibir a Rick y Lisa.
– ¡Almirante Hayes, qué gusto verla en persona! – dijo el hombre, saludando efusivamente a Lisa.
– Lo mismo digo, señor Frears – respondió Lisa al saludo del hombre. El hombre asintió, se dirigió a Rick y le preguntó:
– Usted debe ser el capitán Hunter ¿no es así? – dijo mientras estrechaba la mano de Rick en un fuerte apretón.
– Sí, ese soy yo – confirmó Rick.
– Es un honor, señor. Mi nombre es Stan Frears, y soy el administrador de este complejo. ¡Bienvenidos a las Cabañas Lakeview! – se presentó el hombre.
– ¡Muchas gracias! – respondieron a coro Rick y Lisa.
Concluido el saludo, el tono de Frears se volvió más serio cuando dijo:
– No le dije esto a usted cuando hablamos el otro día por el teléfono, almirante, pero mi hermana Theresa vivía en Ciudad Macross y fue gracias al SDF-1 y su tripulación que ella y su familia sobrevivieron a la guerra. No tengo palabras para agradecerles todo lo que han hecho por ella y por todos nosotros.
– Muchas gracias, señor Frears – dijo Lisa sintiéndose emocionada por aquella inesperada confesión del administrador de las cabañas.
– Por favor, llámenme Stan – respondió el señor Frears, ya vuelto a su personalidad jovial mientras les aseguraba: – Cualquiera que haya servido en el SDF-1 es un invitado de honor y tiene descuentos de la mitad del precio en mis cabañas. Y ahora ¿quieren acompañarme hasta su cabaña?
Rick y Lisa siguieron a Stan mientras los conducía a su cabaña por un sendero abierto a través del bosque. Todo aquel lugar destilaba paz y tranquilidad, algo que desde hacía mucho tiempo muy pocas personas –y menos aquellas con el grado de responsabilidad que tenían Rick y Lisa– conocían. Mientras caminaban por el sendero, Stan les iba relatando sobre la historia del lugar, y de cómo llegó a instalar su complejo de cabañas.
–...Y el jefe de la comisión de reconstrucción dijo en el ayuntamiento de Kurtland que con un poco de esfuerzo, este lugar podía tener potencial turístico. Deberían haber visto las caras de la gente mientras el oficial continuaba hablando de "posibilidades turísticas"… les juro que ninguno de nosotros podía creerlo. Antes del bombardeo esto era una base militar, no un hotel, y juro que algunos veían al tipo como si estuviera loco. Entonces este otro tipo, que había sido el cantinero de la base, levanta la mano y le dice "Mayor, si usted cree que podemos hacer un hotel cerca de ese agujero, dígame cómo se hace. Cualquier cosa es mejor que estar juntando metal oxidado". Después, fue cosa de hacer los trámites necesarios en la comisión local de reconstrucción, presentar un pedido ante el gobierno regional y al cuerpo de ingenieros militares, rellenar el cráter, plantar el bosque... ¡todo en cinco años!
– Es realmente maravilloso lo que hicieron aquí, Stan… el paisaje, todo este lugar… – dijo Rick totalmente sorprendido por lo que veía, incapaz de creer que ese lugar fuera un desierto tan sólo seis años atrás. – Dígame ¿esto es propiedad suya?
– No, no, el lago y las tierras circundantes son propiedad de una corporación pública que formamos los residentes de Kurtland en asociación con el ayuntamiento – explicó Stan. – Yo sólo tengo una concesión para operar y administrar cabañas, y varios de mis vecinos tienen sus propias concesiones en otras partes del lago.
– En verdad los felicito – dijo con sinceridad Lisa. – Que hayan podido hacer algo tan hermoso en tan poco tiempo es... fabuloso.
– Muchas gracias, almirante – respondió Stan con una enorme sonrisa e innegable orgullo. – Estamos muy orgullosos de todo nuestro esfuerzo, y nos encanta que nos visiten... ah, ya llegamos.
Saliendo del sendero, los tres llegaron a un claro en el bosque, desde donde se podía ver el lago, cuyas aguas estaban apenas a cien metros de allí. La cabaña era una construcción pequeña y pintoresca de madera y piedra, con techo a dos aguas, planta baja y primer piso, y una chimenea que sobresalía del techo del edificio; el único toque de modernidad en aquel lugar estaba dado por una antena de televisión satelital en una de las paredes y un panel colector de energía solar ubicado en el techo.
Luego de abrir la puerta de la cabaña con una llave, Stan invitó a Rick y Lisa a pasar al interior. El lugar era en verdad acogedor, con buenos muebles, un completo surtido de electrodomésticos en la cocina y una encantadora decoración de estilo campestre en todos los ambientes del lugar. Luego de que Rick y Lisa hubieran recorrido los cuartos de la cabaña, y tras explicarles algunas de las particularidades del lugar, Stan le entregó la llave a Lisa y le dijo:
– Recuerde, si usted lo necesita, tenemos servicio de lavandería. Sólo tiene que dejar la ropa que quiere lavar en alguno de los contenedores que están cerca de la administración antes de las doce del mediodía, y la puede retirar limpia allí mismo a la mañana siguiente. Si necesita algo o tiene alguna urgencia, marque el botón rojo del teléfono que está allá y se comunicará directamente con la administración. Puede usar tarjetas de teléfono para comunicarse por su cuenta; sólo tiene que cargarlas en la terminal, marcar el prefijo 00 para llamar fuera del complejo y ya puede hablar.
– Muchas gracias, Stan. Lo tendremos en cuenta.
– Por cierto – dijo Stan, como acordándose de algo a último momento. – Los sábados suelo hacer una parrillada en el edificio principal para todos los que están alquilando… es una especie de costumbre que tengo. Lamentablemente tengo que ir a Monumento por unas cuestiones de negocios, así que queda para el jueves a la noche… ¡Desde ya que están invitados!
– ¡Y desde ya que iremos! – contestó Rick en nombre de los dos, paladeándose aquella parrillada como si la tuviera en frente. – ¡Muchas gracias por la invitación!
– No hay de qué, capitán. Cualquier cosa que necesiten, sólo llámenme o hablen con la gente en el edificio de administración. ¡Los veré pronto! – se despidió Stan mientras cerraba la puerta, dejando a Rick y Lisa solos en la cabaña.
Una vez que Stan se fue, Rick y Lisa dejaron el equipaje en el suelo de la sala de estar, dispuestos a aprovechar aquel primer instante de privacidad en su cabaña. Fue Rick quien dio el primer paso, tomando la cintura de Lisa con sus manos y acercándola a él intempestivamente para besarla, ante lo cual Lisa no puso objeción o resistencia alguna, haciendo todo lo posible por devolverle el favor a su piloto. Después de unos buenos cinco minutos de estar besándose, los dos debieron separarse para recobrar el aliento. Rick dio una mirada alrededor y sonriendo, dijo a Lisa:
– Bueno, ya estamos aquí. ¿Quieres desempacar, o prefieres esperar hasta después del almuerzo?
– Mejor desempaquemos ahora, así no lo dejamos para después – respondió Lisa echando un vistazo al equipaje que habían traído.
Asintiendo, Rick tomó su bolso y comenzó a caminar hacia el dormitorio, seguido por Lisa. El dormitorio no era ni muy pequeño ni grande; la impresión que les provocó a los dos era que se trataba de un cuarto con el tamaño ideal para ellos dos. A cada lado de la cama de dos plazas había una pequeña mesa de luz con un velador y un reloj. Al pie de la cama, y empotrado en la pared, había un armario bastante espacioso con numerosas perchas, estantes y cajones. Además de la iluminación eléctrica, el lugar tenía una enorme ventana, en ese momento tapada por una persiana, que dominaba una de las paredes del cuarto.
Una vez dentro del dormitorio, se dividieron los estantes del armario y se repartieron las perchas. Resuelto este tema, comenzaron a colocar sus cosas, algo que les tomó unos diez minutos. Luego de terminar el trabajo, Rick y Lisa se sentaron en la cama, sonriéndose y disfrutando el hecho de que no tenían absolutamente nada que hacer excepto prodigarse todo el cariño que quisieran.
– ¿Ahora qué quieres hacer? – preguntó él al cabo de unos segundos.
Sin responder a la pregunta, Lisa se dejó caer sin más preámbulos sobre la cama matrimonial, desperezándose como si acabara de despertar por la mañana. En su rostro apareció una sonrisa, mientras cerraba los ojos para aprovechar todo lo que pudiera de esa cama que se le hacía tan cómoda…
– Qué bien que se siente… – dijo ella sin levantarse o siquiera abrir los ojos, dando toda la impresión de que se quedaría dormida allí mismo.
– Supongo que no tienes ganas a ir a pasear ahora por el bosque... – repuso Rick al ver cómo se relajaba en la cama… sintiendo de pronto un irrefrenable deseo de acompañarla en aquella cama.
Por toda respuesta, Lisa se levantó tan sólo lo suficiente como para tomarlo en sus brazos y apretar su cuerpo contra el de Rick, precipitándolo sobre la cama, ahogando con un beso apasionado cualquier otra palabra que Rick pudiera decir.
Una vez que terminaron de instalarse en la cabaña y almorzar algunas cosas que habían llevado consigo desde Monumento, Rick y Lisa decidieron abordar el auto e ir hasta Kurtland para comprar comida y otras cosas que necesitarían durante la semana que pasarían allí.
– Bueno, revisemos la lista – anunció Lisa con lápiz y papel en la mano como si se tratara de una revisión de prevuelo: – Vamos a necesitar pan, carne, jamón, verduras, dentífrico, papel higiénico, condimentos, jugo, shampoo, jabones…
– Petite Cola… – agregó Rick con una sonrisa traviesa.
– Petite Cola, – confirmó Lisa sin despegar los ojos de la lista que escribía – no vaya a ser que dejes el vicio. ¿Algo más?
– Café – dijo Rick como al pasar.
La sola mención del café fue suficiente para que Lisa sí dejara la lista sobre la mesa, volteándose para mirar atónita a Rick por un par de segundos, y después meneó la cabeza como si no pudiera caer en la cuenta de lo que acababa de pasar.
– ¿Cómo pude olvidarme del café? – dijo ella con una expresión incrédula.
– Siempre para servir, almirante – Rick guiñó un ojo.
– Bueno, capitán, creo que ya tenemos la logística planificada. Si a usted le parece bien, daré el OK para partir en la misión – dijo Lisa con tono oficial, como si estuvieran hablando por la red táctica.
– A sus órdenes, almirante – asintió Rick con un saludo militar improvisado.
– Entonces, me parece que debemos salir de inmediato – le respondió Lisa, poniéndose de pie y tomando. Por su parte, Rick tomó las llaves del auto y la siguió fuera de la cabaña. A los pocos minutos, Rick y Lisa estaban una vez más montados en el auto, en camino hacia Kurtland.
Kurtland era una pequeña comunidad de no más de dos mil habitantes, dedicada a la agricultura y al turismo. La arquitectura del lugar era inusual para un pueblo nacido luego de la Lluvia de la Muerte; si bien al principio las casas prefabricadas típicas del período de Reconstrucción fueron usadas para formar el pueblo, se las desmanteló en cuanto el bosque cercano creció, reemplazándolas por construcciones de madera y piedra en un estilo más tradicional. Tal como Stan les había dicho durante su camino hacia la cabaña, los lugareños estaban decididos a hacer de su pueblo un lugar normal y acogedor, y no algo que pareciera un campamento de refugiados.
Aquel esfuerzo, juzgaron Lisa y Rick, había tenido bastante éxito, ya que caminar por las calles del pueblo les parecía como si hubieran vuelto al período anterior al Holocausto.
El pueblo en sí se hallaba construido a lo largo de diez manzanas a cada lado de su calle principal, que servía a la vez como paseo comercial y centro comunitario. A cada lado de la calle principal había dos calles paralelas más pequeñas, sobre las cuales se hallaban las viviendas de los habitantes. A esa hora, la calle principal estaba tranquila, sin mucha actividad ya que la mayoría de los turistas que visitaban el pueblo estaban aprovechando para hacer excursiones o paseando por los bosques. Tanta tranquilidad marcó para Rick y Lisa un contraste agradable con el ruido y el furor que podía tener Ciudad Monumento en las horas pico de cualquier día de la semana.
Antes de ir al supermercado, Rick y Lisa decidieron recorrer las tiendas del lugar, en busca de algún souvenir que pudieran llevar de regreso a Monumento. La calle principal estaba repleta de tiendas de artesanías bastante atractivas, que vendían productos que iban desde portarretratos de madera tallados a mano hasta pequeñas representaciones de cabañas como las que había en el bosque, sin dejar de lado las camisetas, negocios fotográficos y toda clase de productos locales.
Caminando un poco más, los dos llegaron hasta una tienda que vendía objetos de cerámica pintados con motivos artísticos, muchos de los cuales incluían imágenes del pueblo y del lago. Ambos se quedaron en la vidriera, viendo los distintos diseños y comentando sobre ellos, hasta que Lisa decidió entrar para consultar algo con el dueño del lugar.
– Rick¿podrías esperarme un minuto mientras entro a preguntar qué tipos de vasos tienen?
– Seguro, aquí estaré – respondió él.
– Gracias, eres un amor – le dijo Lisa besándolo en la mejilla.
Rick se quedó en la puerta del negocio, disfrutando del paisaje y de la tranquilidad del lugar. Realmente él no encontraba palabras para definir lo relajante que era para él estar en un lugar como ese, lejos del fuego y locura del frente de guerra. Momentos como aquellos que iban a pasar Lisa y él eran las cosas por las que valía la pena todo el esfuerzo que hacía. "Dios, creo que me van a gustar estas vacaciones, pensó Rick, Me pregunto cómo se enteró Lisa de este lugar…" Justo mientras pensaba eso Lisa salió de la tienda, con una mueca de decepción en el rostro.
– ¿Y¿Tuviste suerte? – preguntó Rick.
– No – le respondió ella. – Me dijo que no le habían quedado porrones de cerveza, pero me dijo que iba a revisar en la bodega.
– Ah, bueno, ya los tendrá – la consoló él. – Te prometo que no nos iremos hasta que tengas tu porrón de cerveza decorativo. Por cierto, ahora que lo noto… ¿por qué no compraste una taza de…?
Sin necesidad de decir una palabra, Lisa rápidamente sacó de su cartera un par de tazas de café decoradas primorosamente con la imagen de un lago rodeado de pinos y se las mostró a Rick.
– Debí haberlo pensado – murmuró Rick.
Los dos fueron después al mercado, en donde estuvieron haciendo las compras que necesitaban. Después de unos veinte o treinta minutos, los dos salieron del mercado y se dirigieron hacia el auto para cargar las cosas y volver a la cabaña.
– ¿No nos falta nada, Rick? – preguntó Lisa antes de cerrar la cajuela del auto.
– Falta el café – dijo Rick, quien se había estado guardando aquel dato durante toda la expedición de compras, a la espera de la reacción de Lisa en cuanto se enterara.
– Diablos¿cómo puede ser que me haya olvidado del café? – gruñó Lisa llevándose una mano a la frente, como reprendiéndose por su descuido.
– ¿Qué te está pasando, Hayes? No es natural en ti que te olvides así como así del café – bromeó Rick, satisfecho de que su pequeña broma le hubiera dado resultado.
– Eres gracioso, Hunter – dijo ella levantando su dedo índice en una postura amenazante. – Ahora tendré que volver al mercado y traer algo, o si no estas vacaciones se irán al diablo.
– Ve tranquila, yo me quedaré aquí – le dijo Rick besándola en la frente y sonriéndole con ternura. – Anda, ve por tu droga matutina.
Lisa regresó con rapidez al mercado, mientras Rick se quedó mirándola y riéndose de su inexplicable amnesia sobre el café. Justo en ese momento, Rick escuchó que alguien lo estaba llamando, volteándose para encontrarse con el vendedor de la tienda de regalos donde había estado Lisa hacía poco.
– Disculpe, señor, pero ¿podría decirle a su esposa que…?
Rick lo interrumpió un tanto extrañado.
– Lo siento, debe haberme confundido con alguien más… yo no tengo esposa.
El vendedor lo miraba con una confusión evidente, como si no creyera las palabras de Rick.
– No, señor, estoy seguro que no, su esposa estuvo en mi negocio y… ¿por qué no le pregunta a ella? – le contestó el hombre mientras señalaba en dirección del mercado.
Resultó ser que, como Rick ya se estaba imaginando, el vendedor estaba hablando de, quien volvía al auto con algunos cuantos paquetes de café en sus manos.
– Señora, – empezó el vendedor – estuve revisando en la bodega y encontré los porrones de cerveza que me pidió. Trataba de explicarle a su marido, pero…
– ¿Marido? – preguntó Lisa sin entender lo que pasaba.
Al principio, cuando Lisa se volvió para mirar a Rick, él creyó que le pediría alguna clase de explicación, pero para sorpresa y terror del piloto, el brillo que vio en los ojos de la almirante distaba de ser aquel que tenía cuando exigía explicaciones.
– No le haga caso a mi esposo, es un bromista por naturaleza – dijo Lisa riendo, haciéndolo con más fuerza al notar la mirada de desconcierto que estaba poniendo Rick en ese momento.
– Ya me parecía… por cómo iban por la calle… – dijo el vendedor, sintiéndose satisfecho y reivindicado, para luego decirle a Rick entre risas: – Muy buena broma, señor… realmente me hizo caer por un segundo.
– Lo que siempre te digo, cariño… Eres incorregible – remató Lisa, guiñándole un ojo a Rick mientras lo tomaba de la mano.
Sumándose a la broma y decidiendo subir la apuesta, Rick tomó a Lisa por los hombros y la apretó contra su cuerpo con un abrazo mientras le quitaba el aliento con un beso, haciéndolo más profundo en cuanto escuchó un ahogado gemido de protesta por parte de Lisa… gemido que, por otro lado, poco tardó en desaparecer ante el azote de los labios de Rick.
– Así de incorregible soy, amor… – le dijo en cuanto sus labios se separaron, disfrutando para sus adentros al ver cómo Lisa se sonrojaba y miraba con un poco de vergüenza al vendedor de la casa de cerámicas.
– Si me disculpas, amor… – replicó Lisa, cortando la frase para darle un breve beso en los labios a Rick – tengo que hablar con este buen hombre.
– No dejes que te interrumpa, preciosa – contestó Rick, dejando que arreglara sus asuntos mientras él iba hacia la puerta del auto.
Mientras Lisa hablaba con el vendedor acerca de los porrones de cerveza, Rick se quedó junto al auto, mirándola como si algo acabara de despertar dentro de él. Toda la confusión de hacía unos minutos y la pequeña farsa que acababan de poner en escena le parecía ahora muy divertida, pero para su total sorpresa, aquella escenita que habían montado causó que algo en la mente de Rick empezara a pensar muy en serio.
"¿Podrá ser…?"
Ya con sus asuntos arreglados, Lisa se acercó a Rick para devolverle aquel beso, riéndose de todo al mismo tiempo.
– Lisa…
– ¿Qué? – respondió ella mientras abría la puerta del auto.
– Por Dios, Hayes… ¡¿la broma de "estamos casados"?! – descerrajó Rick como si no pudiera creerlo. – Debe ser la broma más vieja del repertorio…
– Puede que sea vieja, amor… pero sigue siendo efectiva – contestó Lisa encogiéndose de hombros mientras se sentaba en su asiento. – Además… no veo que te haya molestado demasiado.
Permitiéndose unos segundos para reflexionar acerca de esa broma que le habían jugado al vendedor… y en lo que había invadido sus pensamientos segundos después, el capitán Rick Hunter se maravilló de descubrir que, al fin y al cabo, toda aquella escena no le había molestado en lo más mínimo.
"Nop… no me molestó para nada" pensó con una sonrisa en los labios mientras entraba al auto, y todo su ser se estremeció cuando vio a Lisa junto a él… como si por primera vez la viera con otros ojos.
"No me molestó en lo absoluto… todo lo contrario."
Ya había caído la noche, y luego de un largo día de viaje, compras y paseos, Rick y Lisa disfrutaron de una abundante cena y se dispusieron a pasar el resto la noche. Eran apenas las nueve y media de la noche, y ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de irse a dormir por el momento, y para perder un poco el tiempo, se sentaron en el sofá del living. Era una noche fresca, y Lisa se acurrucó junto a Rick mientras él le pasaba el brazo por detrás del cuello, acercándola a él, sin otra cosa más para hacer que llenarse los dos con las sensaciones que les causaba el tenerse mutuamente sin nada que los interrumpiera.
– ¿Qué hay en televisión? – preguntó ella después de unos minutos de permanecer en silencio.
– Vamos a ver… – respondió Rick tomando el control remoto, pero sin soltar a Lisa, quien se acomodó junto a él.
El primer canal al que llegaron fue una señal de noticias, que en ese momento estaba transmitiendo una conferencia de prensa que, según informaba el periodista que la estaba cubriendo, acababa de tener lugar en un puesto de comando avanzado en el frente del Sur. Dentro de una estructura reubicable, docenas de reporteros escuchaban con atención al informe que estaba presentando un oficial de aspecto experimentado y profesional, enfundado en un uniforme camuflado y con una boina calada en la cabeza que le cubría una mata de cabello negro.
– Nuestras fuerzas han avanzado cincuenta kilómetros luego de los combates del día de hoy – explicaba el oficial a los reporteros, quienes estaban tomando cuidadosa nota de sus palabras. – Las fuerzas Zentraedi en la ciudad de Formosa fueron completamente erradicadas, y nuestras unidades aéreas ya están lanzando las primeras misiones de ataque contra las defensas enemigas en los alrededores de Asunción. Sumados a la aplastante victoria obtenida por las fuerzas del brigadier Hassan en Foz do Iguaçu, estamos bastante confiados de que pronto lograremos la capitulación de las fuerzas renegadas que controlan Asunción.
– ¿Qué prevé para las próximas operaciones?
– Bueno… – respondió el oficial. – Baste decir que no tenemos previsto detenernos por el momento o darle al enemigo la oportunidad de retomar la iniciativa. Nuestras operaciones están obteniendo los resultados esperados, y naturalmente estamos ansiosos de terminar cuanto antes con todo esto.
– ¿Qué hay de las pérdidas, coronel? – preguntó uno de los reporteros.
– Sufrimos escasas bajas durante las recientes operaciones y combates. Como de costumbre, el oficial de Relaciones Públicas dará a conocer el listado de heridos y fallecidos una vez que nos hayamos asegurado que las familias recibieran las notificaciones correspondientes. En cuanto a los heridos, todos ellos están en este momento en los hospitales de campaña, y los más graves han sido trasladados vía transportes de emergencia a los hospitales militares en Montevideo y Buenos Aires.
Otro de los reporteros alzó la mano para hacer una pregunta:
– ¿Están sus tropas en condiciones de continuar con el presente ritmo de avance?
– Desde luego – respondió el coronel, asintiendo con una sonrisa dura en los labios. – Todas nuestras unidades de combate están preparadas y listas para continuar con las operaciones. Permítame decirle a usted y a la audiencia que está viendo esta conferencia de prensa que estamos más que motivados a seguir adelante. Continuaremos hasta que los renegados se rindan y pongan fin a esta rebelión absurda e insensata… o seguiremos hasta el fin.
– Felicitaciones, Rolf – murmuró Rick como si le hablara a la figura que estaba en el televisor. – Espero que terminen pronto con toda esta locura…
– ¿Lo conoces? – preguntó Lisa.
– El coronel Rolf Emerson – le explicó él. – Uno de los tipos más decentes que he conocido en mi vida… y uno de los mejores comandantes con los que haya servido hasta ahora.
Tras continuar viendo la conferencia de prensa del coronel Emerson, Rick continuó por los distintos canales, sin encontrar nada en ellos que despertara su interés o el de Lisa. En los canales deportivos había partidos y juegos de deportes que ni Rick y Lisa sabían que existían. Continuando su recorrido, Rick evitó con destreza los canales musicales, para no arriesgarse a alguna sorpresa incómoda que pudiera arruinarles la noche.
Finalmente su recorrido por el cable los llevó a los canales de cine. Uno de esos canales estaba transmitiendo, dentro de un ciclo de películas llamado "Kung-fu For Ever", una clásica película de artes marciales que tanto Rick como Lisa conocían muy de cerca y de sobra… y que no les traía precisamente buenos recuerdos.
– Dios¿cuántas veces pueden pasar esta película? – preguntó Rick en cuanto el protagonista apareció en la pantalla.
– Demasiadas – respondió Lisa desviando la mirada antes de que la otra estrella de la película hiciera su aparición.
– Y pensar que fuimos al estreno… – musitó Rick, recordando aquella accidentada tarde de cine hacía ya siete años.
Tantas cosas habían pasado en esos siete años, en sus vidas y en el mundo a su alrededor…
– ¿En qué estábamos pensando…? – agregó Lisa cerrando los ojos.
– Por lo menos esa tarde terminó bien¿no estás de acuerdo? – respondió Rick girando la cabeza hasta encontrarse con los ojos de Lisa, dedicándole un guiño cómplice. Ella sonrió con ternura, rememorando los eventos que habían ocurrido luego de haber dejado aquel cine… y sin poder contenerse más le dio un rápido beso en los labios.
– Tienes razón. ¿Cámbiale, quieres?
– Con gusto – dijo Rick, cambiando rápidamente de canal.
El resto de los canales de cine tenían películas que no parecían interesantes y con cada canal que pasaban, Rick y Lisa se convencían de que aquella no iba a ser una buena noche de televisión. Lisa hizo una nota mental para alquilar alguna película la próxima vez que estuvieran por Kurtland, mientras que Rick decidió que compraría palomitas de maíz para la siguiente noche de televisión.
El zapping acabó llevándolos hasta un canal que transmitía series clásicas. Justo en ese momento, estaba comenzando una serie de animación a la que Rick y Lisa no prestaron demasiada atención al principio –ocupados como estaban en no dar tregua a sus labios–, hasta que el tema de apertura de la serie empezó a sonar a todo volumen, inundando la sala de estar con sus notas orquestales y majestuosas.
Al sonido de aquel tema de apertura, Lisa separó sus labios súbitamente y se concentró en la música… le sonaba muy familiar, y sólo fue a causa de la hora y por estar junto a Rick que tardó en reconocer a qué programa pertenecía.
– Esa música… la recuerdo… – murmuró sin dejar de prestar atención.
Por su parte, Rick también estaba tratando de recordar de donde era la música.
– Yo también. No me digas que es…
Ambos encontraron la respuesta al mismo tiempo, y sus rostros se iluminaron con una sonrisa de aquellas que solamente ocurre cuando alguien encuentra algo muy querido de su pasado… algo que ha estado lejos de sus vidas durante demasiado tiempo.
– ¡Sí… no puede ser, hace años que no la veía! – exclamó Lisa, sorprendida de haber encontrado aquella serie querida de su infancia.
– ¿Tú también la veías? – preguntó Rick, mirando a Lisa con la boca abierta por la sorpresa.
– Claro que sí. Alguna vez fui niña¿sabes? – le preguntó Lisa arqueando una ceja, como si le pareciera absurdo que Rick pudiera preguntarle algo como eso.
– Por supuesto… – contestó él. – Es sólo que no te imaginaba del tipo que veía dibujos animados de naves espaciales y extraterrestres.
– ¿Pensabas que me gustaba jugar con muñecas? – replicó Lisa, cruzándose de brazos y clavando la mirada en los ojos de Rick.
– Jamás se me hubiera ocurrido… – Rick sacudió la cabeza, sonriendo ante toda aquella situación. – No dejas de sorprenderme, Hayes.
– Eso es bueno, porque todavía tengo mucho para que te sorprendas… – dijo ella con voz baja y susurrante, acercándose lentamente a él con una mirada que dejó a Rick congelado en su sitio… incapaz de hacer algo para resistirse al asalto que ella lanzaba sobre él.
– Sorpréndeme… – le respondió él con un tono de pereza e invitándola a besarlo… como si ella necesitara invitación.
Pero para diversión de Lisa y sufrimiento de Rick, ella se detuvo en seco, volviendo a su lugar para seguir viendo la televisión, dejando a un Rick Hunter ligeramente decepcionado.
– Ya lo verás… Oye, déjala un rato – dijo Lisa indicándole que no cambiara de canal, cosa que, decepcionado o no, Rick no haría de ninguna manera.
– Cuántos recuerdos… – fue todo lo que pudo decir Rick después de unos minutos. Esa noche estaban pasando uno de los capítulos clásicos de aquella serie, y uno de los favoritos personales tanto de Rick como de Lisa.
– Sí… Dios, es como volver a la infancia. La veía todos los días después de regresar de la escuela… – dijo ella sin despegar los ojos de la pantalla y sin soltar sus manos del cuerpo de Rick.
– Yo también… qué bueno que la encontramos.
– Al menos no tendremos que discutir sobre qué ver en televisión a esta hora.
– Cielos, Hayes, eres toda una fanática – le dijo él, volviéndose unos segundos para ver a Lisa y deslumbrarse con su sonrisa.
– ¡Por supuesto! – respondió ella con una sonrisa de oreja a oreja y una expresión de orgullo que enterneció a Rick.
– ¿Y cuál era tu personaje favorito? – le preguntó él mientras le acariciaba el rostro.
– Adivina… – lo desafió Lisa.
– No necesito hacerlo… la primera oficial ¿no es así?
Lisa puso una expresión de sorpresa ante el hecho de que Rick fuera capaz de adivinar cuál era su personaje favorito… y en el primer intento.
– Vaya, me conoces bien. Sí, era como una heroína para mí. Es más… de niña solía jugar a que era ella… – dijo ella, ruborizándose un poco al revelarle ese detalle de su infancia.
– Para mí era el piloto – dijo Rick, sonriendo con los recuerdos de aquella época inocente e imaginándose lo tierna que debía verse Lisa jugando a ser ese personaje. – Cuando papá me dejó volar por primera vez, sólo podía imaginar que peleaba en una de las batallas aéreas…
Ella rió suavemente, y acarició la mano de Rick, sin dejar de mirarlo a los ojos.
– Me lo imaginaba. Se parece mucho a ti, ahora que lo pienso…
– ¿Por qué lo dices? – preguntó él, interesado en saber qué le iba a decir.
Lisa se llevó un dedo a la boca y frunció el ceño mientras miraba hacia el techo, como si estuviera pensando algo complicado.
– Veamos: los dos son pilotos de combate excepcionales, son valientes y arriesgados… y unos completos perdidos en temas de mujeres – respondió al cabo de unos segundos, y la última frase la dijo clavándole el dedo índice a Rick en el pecho, mientras él hacía pequeños gruñidos de dolor.
– ¡Oye, Hayes, eso es injusto¿Qué culpa tiene el pobre tipo de que su oficial superior y una estrella de cine se enamoren de él al mismo tiempo? Como si no tuviera bastante trabajo con la guerra…
Lisa lo miró con sorpresa e incredulidad reflejadas en sus ojos. Era evidente que Rick, por más excelente piloto y buen hombre que fuera, todavía era completamente incapaz de entender una indirecta.
– ¿De veras quieres que te responda? – dijo ella con un suspiro frustrado.
Se despertó con brusquedad, casi saltando de la cama con el sólo impulso que llevaba, y su corazón palpitaba aceleradamente conforme caía en la cuenta de que había sido tan sólo una pesadilla más, inspirada en aquellos recuerdos del frente.
"Gracias a Dios", pensó Rick, sintiéndose repentinamente aliviado, aunque sin dejar de estremecerse por lo vívido de aquel sueño. Una vez que pudo calmarse, y que su respiración volvió a la normalidad, Rick se volvió hacia el costado para ver a Lisa, quien permanecía inmóvil en su lado de la cama, durmiendo plácidamente y marcando un contraste entre la paz de su sueño y el horror de la pesadilla de Rick.
Rick se tomó unos segundos para acariciar la espalda de Lisa y sentir su piel. Cerró los ojos, dejando que su mano recorriera con cariño y cuidado aquella piel tersa, enredándose luego entre esos cabellos que caían libremente, llenando sus pulmones del aroma inconfundible de la mujer a la que amaba.
En su sueño ella se veía tan tranquila, tan pacífica… y con cada segundo que pasaba junto a ella, sintiendo su piel, sintiendo su aroma, desaparecía el dolor de sus pesadillas, reemplazado por la calma y la paz que sólo ella le provocaba. Era ella quien le daba sentido a su vida, era ella quien se había vuelto la roca en la cual Rick se apoyaba, y como lo hacía todos los días, agradecía al Cielo por haberla puesto en su vida y por la bendición que era su compañía en medio de todos los desafíos.
– Te amo – susurró antes de plantar unos suaves besos en la espalda de Lisa, recorriéndola hasta llegar a su cuello, donde la volvió a besar con más fuerza. Después de unos segundos, Rick cerró los ojos e intentó volver a dormir, esta vez rodeando a Lisa con sus brazos.
A su lado, Lisa, quien estaba muy despierta aunque Rick no lo hubiera notado, se sentía miserable y embargada por la tristeza que se había acentuado con cada toque de la mano de Rick. Ella no había dicho nada desde que él había regresado del frente, pero no necesitaba hacer ninguna pregunta para saber que había algo que estaba haciendo sufrir a ese hombre al que amaba más que a su propia vida…
Más que nunca, Lisa deseaba con todo su ser saber qué era lo que inquietaba a Rick y lo que le estaba causando ese sufrimiento tan atroz que insistía en guardar. Sólo deseaba ayudarlo a superar ese dolor que lo estaba consumiendo lentamente, deseaba rescatarlo como tantas veces él la había rescatado de la muerte y la desesperación…
Por supuesto, no le había dicho nada a Rick… no quería inquietarlo más de lo que ya estaba. Y lo último que quería era causarle más dolor si se llegaba a enterar de que ella estaba al tanto de sus pesadillas...
Lo que más le partía el corazón a Lisa era que aquella noche no era la primera vez desde que había regresado del sur que Rick se despertaba luego de sufrir alguna pesadilla… y que por lo pronto no sería la última.
Lunes 23 de enero de 2017
Al cabo de dos días de haber llegado, Rick y Lisa habían dejado atrás las insufribles tensiones de los últimos meses de separación. La belleza y tranquilidad del lugar ayudaba mucho a lograr esa paz; prácticamente no había más ruidos que los de la naturaleza. Incluso, asombro de asombros por aquellos días, podía oírse el canto de los pájaros; a pesar de los esfuerzos de los equipos de restauración ambiental, todavía no había tantas aves como antes de la Lluvia de Muerte. Estar allí, juntos y en paz, les traía recuerdos e imágenes de una época anterior, feliz y sin preocupaciones, una época que para ellos parecía remontarse a un pasado muy remoto, del cual el paso del tiempo y los avatares de la vida sólo habían dejado mitos y leyendas.
Todas las mañanas, ambos permanecían en la cama hasta las nueve, o nueve y media de la mañana ("aprovechemos que no hay toque de diana", había dicho Lisa cuando, por reflejo y hábito, los dos se despertaron el primer día a las siete y media de la mañana). Luego de levantarse, los dos tomaban juntos el desayuno en la cocina de la cabaña; invariablemente café para Lisa y café o té para Rick, acompañados por un surtido de croissants, galletitas y otros productos de pastelería.
El resto de la mañana solía transcurrir en paseos y recorridos por la orilla del lago, o caminatas en el bosque hasta alrededor de la una de la tarde. Durante esos paseos, Rick y Lisa aprovechaban para conversar sobre los más variados temas de sus vidas personales, profesionales o incluso de intrascendencias del mundo del espectáculo; otras veces, sólo permanecían en silencio, escuchando los sonidos del ambiente, interrumpidos por arrebatos de pasión que les hacían perder la razón.
Las tardes eran más variadas; hacían más recorridos por el bosque, visitaban Kurtland para recorrer los comercios o tomar el té en alguno de los bares del pueblo, o simplemente se quedaban en la cabaña, disfrutando cada uno de la compañía del otro sin desperdiciar un solo momento. A la hora de cenar, iban a un restaurant en Kurtland o cocinaban en la cabaña y disfrutaban de una velada romántica, sólo para ellos dos, que solía concluir con una "noche de cine" metidos en la cama del dormitorio.
Y después venía el postre.
Rick había abordado la idea de las vacaciones con un poco de temor. Él había regresado del frente con muchas cosas en su interior… cosas duras y difíciles de aceptar, que todavía lo atacaban con furia en sus sueños. Siempre llevaba dentro suyo el temor de que su relación se hubiera resentido por la separación, que tantas ausencias hubieran hecho mella en lo que sentían el uno por el otro y terminaran por distanciarlos. Misiones, asignaciones, tareas especiales… cualquier cosa que concebía el Alto Mando había conspirado para mantenerlos separados durante buena parte de aquel período. Podía ser que enviaran a Rick a misiones de combate en América del Sur o Indonesia; o podía ser que Lisa debiera pasar algunas semanas en el Satélite Fábrica para inspeccionar la construcción del SDF-3. Podían pasar meses entre las veces que se veían. Pero eran todas separaciones que llevaban la promesa del reencuentro, promesa que al hacerse realidad borraba para ellos las penas de la separación como si jamás hubieran existido.
Ahora, Rick había regresado de una experiencia bastante más dura de lo que él hubiera imaginado, y temió que eso lo hubiera cambiado. Que hubiera hecho que Lisa pudiera asustarse de lo que viera en él y –el cielo no lo permita– dejar de amarlo. Él había tratado de ser el mismo Rick que ella conocía, y generalmente lo conseguía, pero siempre estaba detrás el fantasma de aquel terror. Se sabía cambiado por las cosas que había visto en el frente. Había una parte de él que no había conocido hasta hacía muy poco, un demonio que llevaba y que le infundía más terror que cualquier otra cosa en el mundo.
Incluso, en un rincón de su interior al que no quería visitar, sentía incluso terror de que pudiera llegar a lastimar a Lisa en algún arrebato de furia descontrolada, terror que se manifestaba en no pocas de las pesadillas que atormentaban sus sueños.
Pero al cabo de aquellos primeros días de esas vacaciones, Rick descubrió que ese miedo era completamente infundado. No era tonto; tenía muy en claro que Lisa sabía que algo le pasaba, y tenía el tacto de no preguntar, pero él podía ver claramente en sus ojos que ella sentía una profunda preocupación por él… además de un profundo deseo de ayudarlo en lo que fuera capaz. Aquellos días maravillosos probaban qué tan equivocado había estado Rick, demostrándole que no importara lo que le podía pasar; a su lado tenía a una mujer que lo amaba sin condiciones, y el saber eso bastaba para alejar de su corazón hasta el más oscuro de los temores como si jamás hubiera existido…
Aquella noche, poco después de cenar en la cabaña, Lisa abrió la puerta y salió a dar unos pasos cerca de la cabaña. Rick, intrigado, decidió ver qué estaba haciendo y fue a donde estaba ella, encontrándola absorta mirando el cielo.
Era una noche hermosa: no había una sola nube y el cielo estaba repleto de estrellas, que en Ciudad Monumento estarían ocultas por las luces de neón de la ciudad. La temperatura era agradable; no hacía el frío que reinaba en Monumento en esta época del año.
Procurando no sorprenderla, Rick se puso al lado de Lisa y la tomó suavemente de la cintura, atrayéndola con cuidado hasta apoyarla contra su propio cuerpo.
– ¿Qué haces, cariño? – preguntó, besándola con ternura en el cuello y disfrutando al notar que esos besos le provocaban escalofríos a Lisa.
Por su parte Lisa, aún con los escalofríos que esos suaves besos le causaban por todas partes, continuó con la mirada perdida en las estrellas, completamente fascinada:
– ¿No te parece hermoso, Rick? – preguntó sin despegar la mirada del cielo.
Rick levantó la vista para contemplar el espectáculo nocturno y quedó sencillamente maravillado ante la cantidad de estrellas que iluminaban aquella noche, concediéndole en silencio la razón a Lisa, aunque en su opinión se había quedado corta ante la belleza de ese cielo nocturno.
– Es maravilloso, Lisa… maravilloso – murmuró mientras la apretaba contra su cuerpo y besaba su cuello, hundiendo su rostro en esa cabellera larga y castaña.
– Dime, Rick ¿quieres quedarte aquí afuera un rato? Simplemente sentarnos… y ver el cielo – le preguntó Lisa.
– Me parece una idea estupenda.
Después de asegurarse de haber dejado bien cerrada la puerta de la cabaña, Rick rápidamente volvió a donde estaba Lisa y tomados de la mano caminaron un poco por el pequeño claro donde se hallaba la cabaña. Al cabo de un rato, los dos encontraron un lugar que les pareció acogedor, recostándose uno al lado del otro en el pasto fresco, con la mirada de ambos perdida en aquel majestuoso cielo nocturno.
– ¿Te imaginas estar allí alguna vez, Rick? – preguntó Lisa tomándolo de la mano.
– ¿Eh? – dijo Rick sin pensar muy bien en la pregunta.
– Digo, si alguna vez pensaste en ir a las estrellas – repitió Lisa.
– Ya estuvimos allí una vez – le respondió Rick entre risas y guiñándole el ojo. – ¿O te olvidaste de las vacaciones con todos los gastos pagos que nos regaló Breetai al cuartel de Dolza?
– Tonto – rió Lisa dándole un teatral codazo en el costado a Rick. – Hablo en serio.
– Me encantaría – admitió Rick. – Me encantaría mucho más si pudiera ir contigo.
– Oh, Rick, – dijo ella besándolo en la mejilla – tú sí que eres un romántico.
– Lo digo en serio, preciosa… ¿o te olvidaste de que te prometí ir a las estrellas? – respondió él, devolviéndole el beso en los labios.
– Y más allá – respondió ella, agitando un dedo como si estuviera regañándolo.
– Y más allá también – dijo Rick entre risas. – ¿Nunca es suficiente contigo, no?
– Cuando se trata de ti – susurró ella al oído de Rick – jamás es suficiente… siempre quiero más… un poquito más…
Y como si necesitara reafirmar lo que acababa de decir, Lisa se lanzó para atrapar los labios de Rick en un beso, explorando la boca de su piloto como si fuera la primera vez y sintiendo que se derretía en el momento en que los brazos de Rick la sujetaban con más fuerza, apretándola posesivamente contra su cuerpo…
– Es difícil creer que allá afuera, en ese cielo tan hermoso, puedan existir cosas tan horribles como las que hemos visto – dijo Rick una vez que el beso terminó y pudo recobrar el aliento, volviendo la vista al cielo tapizado de estrellas y dejando que su imaginación volara. – Cuesta imaginarlo¿no te parece?
– Tienes razón – repuso ella. – De niña solía ver las estrellas y pensar que allá afuera había ángeles…
Por unos segundos, el rostro de Lisa se ensombreció al recordar algunos episodios de su niñez solitaria, y luego, como queriendo dejar atrás todo aquello, dejó escapar una breve risa al decir:
– Para serte sincera, jamás se me ocurrió pensar que podría haber gigantes de quince metros de alto dando vueltas por las estrellas.
Rick rió con el comentario y respondió:
– Es sorprendente... la realidad siempre resulta ser lo último que te imaginas. Cuando vi caer el SDF-1, jamás pensé en gigantes del espacio… o en cualquiera de las otras cosas que hemos visto
– ¿Viste caer la fortaleza? – le preguntó Lisa, repentinamente interesada en aquella historia que jamás había oído. – ¿Recuerdas algo de eso?
– Recuerdo que era de noche. Yo tenía ocho años y estaba con papá en un aeródromo acompañándolo mientras reparaba los motores de uno de los aviones del circo aéreo. Estaba de mal humor; había recibido esa tarde un mensaje de Roy desde el portaaviones en donde estaba asignado, que si mal no recuerdo estaba desplegado en el Pacífico. Todo lo que yo quería era que Roy volviera al circo del aire y dejara de pelear. Papá me dijo "no te preocupes, Rick, un día esta guerra va a terminar y Roy regresará con nosotros. Él lo prometió".
El rememorar aquellos recuerdos hizo que Rick sonriera con nostalgia, mientras a su lado Lisa trataba de descifrar el porqué de aquella sonrisa, si era por recordar a su padre o a Roy Fokker… aunque muy probablemente fuera a causa de ambos.
– De pronto, escuchamos un ruido espantoso, como un aullido infernal – retomó Rick la narración. – Vimos una luz brillante afuera del hangar, y recuerdo que papá tiró la herramienta que estaba usando y me tomó en brazos. Debe haber pensado que era un ataque enemigo, incluso que habían lanzado una bomba nuclear. Corrimos afuera del hangar y vimos en el cielo un objeto que cruzaba a gran velocidad, dejando una estela de luz a su paso. Después, cuando la radio confirmó que no había sido un ataque, me quedé junto a papá y a los técnicos del aeródromo escuchando las novedades, y en algún momento me debo haber dormido, porque desperté a la mañana siguiente en el cuarto de hotel que habíamos alquilado…
Rick permaneció en silencio, recordando todo lo que había venido en los años posteriores a consecuencia de aquel día… la promesa incumplida de Roy y aquel viaje a Macross que literalmente transformó su vida, y luego preguntó a su vez:
– ¿Y tú, Lisa¿Qué estabas haciendo esa noche?
Haciendo un esfuerzo por recordar, ella comenzó a relatar su parte de la historia:
– Estaba en la casa de campo de mi familia. Papá no estaba conmigo, ya que estaba en un portaaviones, igual que Roy – rió ella, cayendo en la cuenta de que bien hubiera podido ser el mismo portaaviones. – Casi no lo veía desde que empezó la guerra, siempre estaba yendo de un lugar a otro. Cuando no estaba a bordo y en combate, estaba en Washington de conferencia en conferencia con políticos y militares. Muy pocas veces venía a saludarme. Yo pasaba la mayor parte del tiempo en la casa de campo, con mi tía y la gente que me cuidaba. Recuerdo que estaba llorando en mi cuarto porque estaba harta de estar allí. Odiaba que mi padre no estuviera conmigo, odiaba estar encerrada en esa casa y sólo quería escapar…
Lisa detuvo el relato unos segundos, mientras se acomodaba junto a Rick, quien la sujetaba entre sus brazos con cariño.
– Entonces escuché el ruido y pude ver aquella luz, y abrí la ventana para ver mejor. En ese momento, entró mi tía junto a uno de los soldados y me sacaron corriendo. Dijeron que podía ser un ataque, y que debíamos ir a un refugio. Después de una o dos horas de estar encerrada allí en el refugio, yo estaba abrazada a mi tía llorando, cuando entró uno de los oficiales y nos avisó que no había sido un ataque. Recuerdo que a la mañana siguiente mi padre llamó desde el Pentágono, y me dijo: "Sé fuerte, Lisa. Acaba de pasar algo maravilloso, pero no puedo decírtelo. Tendré que quedarme aquí un tiempo, pero te prometo que volveré".
Sin nada más que decir, Lisa calló, mientras los dos se miraban a los ojos… había tantas cosas en la mirada de Lisa que buscaban una oportunidad para salir a la luz, una oportunidad para descargar aquellas viejas cargas. Como queriendo darle la oportunidad, Rick sonrió y acarició con suavidad y ternura el rostro de Lisa, a lo que ella respondió buscando reposo y consuelo en los brazos de su piloto. Finalmente, dejando libre aquel viejo dolor, Lisa murmuró contra el pecho de Rick:
– ¡Estaba... estaba tan sola... y yo lo odiaba por que me dejaba sola!
– No te preocupes, Lisa – dijo él tomando la mano de ella y besándola, para luego besarla en la frente, en la mejilla… en cualquier lugar donde pudiera hacerlo. – Ya no estás más sola. No te dejaré sola nunca.
– Gracias, Rick… – dijo ella, sin levantar la cabeza de donde la tenía apoyada. – Gracias por todo… – dijo antes de expresar todo lo que sentía en un nuevo y apasionado beso que les hizo olvidar por unos instantes el fresco de aquella noche.
Había algo en la manera en que Rick la besó en ese instante… como si no hubiera podido contener una amarga tristeza que llevaba dentro, como si estuvieran aflorando en su piel aquellos demonios que ella sabía que llevaba dentro… y de pronto, Lisa supo que ya no podía dejar que eso continuara.
Tenía que hacer que Rick hablara… que se abriera a ella y le diera la oportunidad de ayudarlo a cicatrizar lo que fuera que lo estuviera lastimando. Juntando fuerzas de flaquezas, Lisa se resolvió a hacerle la pregunta:
– ¿Puedo hacerte una pregunta, Rick? Si no te molesta, claro...
– ¿Cómo me va a molestar una pregunta que tú me hagas? Vamos, Hayes, no seas tímida… ¿qué quieres saber? – respondió él.
– ¿Qué... pasó exactamente en Buenos Aires?
Al escuchar aquella pregunta, y muy a su pesar, el rostro de Rick se ensombreció como si una nube lo hubiera cubierto por completo...
–. Tal vez no te diste cuenta, – siguió Lisa – pero noté que estás un poco... no sé cómo decirlo...
– ¿Un poco inquieto? – completó Rick la frase.
– Digámoslo así – concedió ella.
Rick volvió la vista al cielo, rememorando los detalles de aquel tiempo de guerra y sangre que había sido tan reciente… y que en medio de esa paz parecía tan lejano y remoto.
– Todos hemos visto horrores, Lisa – comenzó a hablar, buscando las palabras para expresar todo lo que llevaba dentro. – Las cosas que vimos durante la guerra, después del bombardeo, uno piensa que después de eso nada puede afectarlo... pero no sabes lo que pasa allá en el sur. No tienes idea...
– Leí los reportes, incluso los que enviaste – dijo ella.
– Créeme… hay cosas que no aparecen en los reportes. Ni siquiera en los reportes oficiales… – contestó él meneando la cabeza en negativa.
Lisa conocía a su hombre… conocía las señales que venían cada vez que Rick se abría para mostrarle los dolores que llevaba dentro… y viendo la dureza en su mirada azul, se dio cuenta de que lo que vendría a continuación sería algo particularmente doloroso y difícil de contar.
– La primera semana, el Skull fue enviado a repeler un ataque Zentraedi a una ciudad llamada Resistencia. Nombre irónico¿no te parece? – rió amargamente. – Una fuerza de battlepods y de infantería había atacado, superando a la milicia local de defensa y arrasando con todo a su paso. Después de un tiempo llegamos y destruimos al enemigo, y nos quedamos para asegurar la ciudad. Era espantoso... edificios en llamas, gente corriendo de un lugar a otro, buscando a sus familias. Pero lo peor de todo, Lisa, lo peor era los niños.
– ¿Qué quieres decir? – preguntó Lisa, invitando a Rick con una sonrisa comprensiva a seguir adelante.
– Deberías haber visto sus miradas. Estaban completamente vacías, era como si no pudieran sentir nada más. Como si estuvieran muertos por dentro. Ese día, encontré en las calles de Resistencia a una niña de quince años que caminaba con su hermano de siete. Caminaban por allí, en medio de las ruinas, como fantasmas. Tenían la mirada perdida, miraban hacia ningún lado. Corrí hacia ellos para tratar de llevarlos al campamento hospital.
Por unos breves instantes, Rick creyó que estaba de regreso en aquella ciudad, luego de aquel ataque… viendo a esos niños frente a él y sintiendo una vez más el dolor que lo había hecho prisionero en ese momento.
– Ellos... no reaccionaban, sólo sostenían cada uno un bolso que contenía todo lo que ellos tenían. Les pregunté donde estaban sus padres. La niña me miró como si estuviera diciendo incoherencias. Sus ojos... estaban tan muertos, tan apagados... entonces ella me dijo "murieron". Yo les pregunté si murieron en el ataque, y la niña me miró y me dijo "¿En cuál de todos los ataques¿Acaso importa?". El tono en el que lo dijo, Dios... lo dijo como si no le importara nada…
De pronto, sintiendo que su pecho iba a estallar, Rick se detuvo para recuperar el aliento, aprovechando aquella pausa para mirar a la noche estrellada antes de seguir adelante con la historia.
– Los llevé hasta el hospital, y encontré a uno de los empleados del gobierno y le pregunté por esos niños. Él sabía de cuáles estaba hablando, y me dijo su historia... me contó que habían perdido a sus padres, sus tíos y hermanos durante la Lluvia de la Muerte. Desde entonces están solos, al cuidado del gobierno, en orfanatos... completamente solos desde hace seis años, Lisa... en medio de una guerra sin fin, y sin nadie a quien puedan recurrir. Veías la misma mirada en los rostros de los adultos, de la gente que había perdido todo lo que tenía tantas veces que ya no le importaba. Era una ciudad de muertos. Y no era la única.
Lisa lo miraba con comprensión y pena al comprobar el dolor que Rick llevaba dentro de sí. Por su parte, Rick cerró su puño y buscó fuerzas para seguir. Lo que seguía era duro, casi imposible de decir.
– No era la única ciudad… veíamos esa escena en cada ciudad a la que llegábamos, y no solamente para repeler un ataque, sino también para montar alguna defensa… Toda una región de gente que no conoce otra cosa más que la guerra desde hace años... toda una región de gente que no le preocupa la guerra, sino que la acepta como la realidad de su vida…
A su lado, tomándolo de la mano en un gesto de apoyo, Lisa seguía su relato con toda la atención de la que era capaz, mientras no pudo evitar temblar al dar aquellos primeros pasos por el mundo en el que el hombre al que amaba había vivido durante los últimos meses.
– Es curioso… cuando empiezas a prestar atención a lo que dicen los hombres… no sólo los soldados, sino los oficiales también… y escuchas las cosas que se dicen sobre qué harían ellos si pudieran ponerles las manos encima a algunos renegados, lo descartas como expresiones de frustración o de cansancio por haber estado combatiendo contra ellos tanto tiempo… pero al cabo de unas semanas, te puedo asegurar… que empiezas a sentir lo mismo que ellos. Empiezas a sentir la misma furia ante todo lo que ocurre allí, día tras día…
"Estuvimos combatiéndolos por varias semanas, hasta que finalmente decidimos que había que forzarlos a hacer algo estúpido… algo masivamente estúpido como una ofensiva a gran escala. Y supimos exactamente cómo hacerlo."
La mirada de Rick se perdió una vez más en las estrellas mientras volvían a su mente los detalles de los días anteriores a aquella batalla.
– Hicimos correr entre los renegados el rumor de que planeábamos una ofensiva en contra de sus bases y puntos fuertes. Por supuesto, eso era cierto, después de todo, aquellas noticias que vimos el otro día son prueba de ello… pero mentimos en una cosa: plantamos el dato de que la ofensiva estaba retrasada por falta de suministros… suministros que llegarían a la Base Newbery en un vuelo especial.
"Un blanco tentador¿no te parece? Les hicimos creer a los renegados que podrían desestabilizar nuestras líneas del frente si lanzaban un ataque a gran escala contra la Base Newbery."
Otra vez aquella risa triste salió de los labios de Rick, acompañada esta vez por un puño cerrado que golpeaba con un ritmo suave y constante contra el suelo.
– Contábamos con que lanzaran un ataque contra la base. El plan que habíamos montado el coronel Emerson y yo contemplaba desplegar las unidades de la defensa civil y de la milicia local por toda la ciudad para contener el primer ataque y proveer defensa inmediata a la ciudad. En cuanto a las tropas de la Tierra Unida, las habíamos organizado en compañías, colocándolas en posiciones camufladas, dispuestas de tal manera que nos permitieran emboscarlas en los suburbios de la ciudad.
"Habíamos evacuado toda la zona donde pretendíamos emboscar a los Zentraedi... y solamente nos quedó esperar a que mordieran el anzuelo.
"Y cuando lo hicieron… Dios, no puedes imaginar lo que fue. Nunca esperamos que atacaran con semejante cantidad de soldados y mechas… prácticamente debieron desguarnecer todo el frente para montar semejante ataque.
"Se lanzaron contra las tropas de la milicia local con toda su furia, creyendo que estaban a punto de lograr todos sus objetivos… y que habían atacado una ciudad indefensa. Fue entonces cuando, a una señal de Emerson, los Destroids se lanzaron contra los Zentraedi, apoyados por la artillería.
"Los teníamos completamente confundidos… realmente no esperaban semejante resistencia, y menos encontrarse con cinco batallones completos de Destroids y unidades de apoyo. Ni siquiera llegábamos a alcanzarlos en número, pero la sorpresa bastó para compensar esa desigualdad. En el momento en que sus líneas comenzaron a colapsar, y viendo que estaban entrando en caos, di la orden a los escuadrones Veritech de lanzarse al ataque para cortarles toda posibilidad de retirada."
Mientras escuchaba a Rick hacerle el relato de la batalla, la estratega militar que Lisa llevaba dentro no podía evitar recrear en su imaginación los distintos movimientos de aquel combate… las unidades de ambos bandos avanzando para cumplir sus objetivos, los ataques y contraataques, las maniobras…
Por su parte, Rick sintió ganas incontenibles de llorar, de gritar. Sentía el paroxismo del combate aflorando por su piel, como si se hubiera transportado en el tiempo de regreso a la batalla. De regreso a aquel infierno.
– Teníamos a los Zentraedi rodeados por los cuatro lados. Intentaron escapar, romper el cerco, pero no podían... no había forma de que escaparan. Por donde quisieran escapar, se encontraban con nuestras fuerzas que les impedían el paso.
"Yo no sentía nada más que ira, cada vez que veía un battlepod recordaba los ojos de esa niña de Resistencia, toda esa gente en todas esas ciudades… y en ese momento disparaba sin preocuparme por nada. Quería gritar, quería destruir hasta el último de los Zentraedi, y si hubiera podido, los habría matado con mis propias manos.
"Al cabo de diez minutos, eso dejó de ser una batalla… se convirtió en una masacre. Los Zentraedi ya estaban despavoridos, sus batallones se desarmaban y cada uno trataba de escapar. Ordené que los Veritech se lanzaran contra cada unidad Zentraedi que intentara escapar, y en un momento determinado me lancé contra media docena de battlepods que buscaban huir.
"Los intercepté casi cuando trataban de escapar. De pronto, los seis battlepods se detuvieron en seco. Simplemente dejaron de correr… dejaron de disparar, dejaron de hacer todo. Yo estaba frente a ellos, con el Skull Uno en modo Battloid, apuntando mis cañones contra los pods. Bastó que uno de ellos hiciera un movimiento sospechoso para que yo abriera fuego… los destruí a todos.
"Si realmente esos pods se estaban por rendir, nunca lo sabré... ¿y sabes qué es lo peor de todo? Creo que de cualquier manera no hubiera aceptado su rendición.
"La batalla duró veinte minutos, y los Zentraedi... todos murieron. Miles de soldados Zentraedi… no se salvó uno sólo, y pelearon hasta el final. Cuando todo terminó, lo que quedó no era un campo de batalla, sino un cementerio de mechas y cadáveres Zentraedi. Los cadáveres tenían expresiones de dolor, de terror, y parecían tan humanos... parecían los cadáveres que vimos en Resistencia y en todos los otros lugares donde luchamos.
"Y ahí me di cuenta..."
Era demasiado. Rick ya no pudo contenerse más ante la avalancha de recuerdos y emociones, y temblando, abrió su alma para que afloraran aquellos demonios.
– Ocho años llevo peleando contra ellos, Lisa… ocho años de guerra constante e interminable, ocho años de matar y ver morir a mis amigos y compañeros... Al principio no dejaba de espantarme de toda la muerte y destrucción, pero con el paso del tiempo me fui endureciendo… terminé por convencerme de que sólo estaba cumpliendo con mi deber, terminé enterrando todo ese dolor en un lugar lejano donde no pudiera verlo, pero ahora… después de estos meses tengo que preguntarme cuánto de mí se ha ido perdiendo a causa de la guerra… tengo que preguntarme si no terminé de convertirme en un asesino…
"Destruí seis pods enemigos que probablemente estuvieran por rendirse, Lisa… la batalla casi había terminado… ni siquiera me molesté en averiguarlo… simplemente les disparé en cuanto tuve la oportunidad…"
– No tienes que culparte de nada, amor… – trató de asegurarle Lisa sosteniendo sus manos en las suyas. – Sabes mejor que nadie que en medio del combate no hay tiempo para pensar las cosas como quisiéramos, Rick… puesto en una situación como aquella, el costo de pensar puede ser el de tu propia vida. Esos pods probablemente te hubieran disparado si les dabas la menor oportunidad.
– Lo sé… y eso lo hace peor. Siempre puedo decir eso… pero jamás sabré si en el fondo lo hice simplemente para descargar toda aquella furia que fui acumulando en esos meses… nunca sabré si lo hice tan sólo para matar algunos Zentraedi…
A Lisa se le partió el corazón al escuchar aquella dolorosa confesión, al sentir el dolor y culpa que Rick mostraba con cada palabra que decía. Lentamente, ella se acercó a Rick, lo tomó de la mano y lo ayudó a recostar su cabeza en su hombro, sintiendo los latidos del corazón de Rick junto al suyo.
– ¡Me he vuelto un monstruo, Lisa¿No lo ves? – exclamó Rick, y la voz se le quebró mientras decía aquellas palabras. – ¡Quise matarlos a todos, y lo hice¡Quería acabar hasta el último de los Zentraedi, y maté a miles de ellos¡Miles, Lisa!
– Eres humano, Rick, jamás lo dudes –dijo ella acariciando el cabello de él, mientras Rick lloraba sin consuelo. – Si fueras un monstruo, si fueras realmente un asesino… no sentirías todo lo que estás sintiendo. Eres humano, y las cosas que viviste… las cosas que sentiste les ocurren a todos los que pasan por situaciones como aquellas. Es horrible reconocer que llevamos todo eso dentro, pero es la verdad... la guerra saca lo peor de nosotros. Lo único que podemos hacer es dar lo mejor de nosotros para que termine rápidamente…
Ella tomó la cara de Rick entre sus manos y le sonrió con toda la comprensión y cariño de los que era capaz. En la mirada de Rick ella pudo ver una tristeza y dolor enormes, que tras semanas de estar guardados dentro de él, aprovechaban la oportunidad para salir a la luz. La pena de Rick era hipnótica, y Lisa empezó a sentir poco a poco que el dolor que Rick llevaba se estaba haciendo carne en ella… que el sufrimiento de él la estaba empezando a inundar. Luego, con suavidad, ella giró para ponerse encima de Rick, apoyándose con sus brazos sobre el pasto, su rostro a centímetros del de él hasta sentir el jadeo de su respiración en el rostro… sintiendo el corazón de él latiendo contra su propio pecho.
– Eres la persona más noble y decente que conozco, Rick Hunter, y por eso te amo tanto... siempre te amaré.
Lisa se acercó lentamente para besar a Rick, sintiendo el calor de sus labios y la humedad de la piel de Rick, bañada por las lágrimas. Al momento de sentir el sabor de las lágrimas de Rick, Lisa empezó a sentir una urgencia por hacer todo lo posible para que él pudiera sobrellevar aquella pena… de hacerle sentir qué tan humano era.
Con aquel beso, como si hubiera sido un salvavidas en medio de un naufragio, Rick reaccionó abrazándola con fuerza, devolviéndole el beso con toda la pasión que sentía por ella. Rick se perdió en los profundos ojos verdes de Lisa, que lo miraban con amor y comprensión.
– Te amo, Rick Hunter, y siempre estaré aquí para ayudarte... – Lisa lo besó en la frente y deslizó su dedo hasta la punta de la nariz de Rick.
– Yo también te amo, Lisa... quisiera quedarme aquí para siempre – un atisbo de sonrisa asomó en sus labios. – Gracias, Lisa... gracias por estar conmigo.
Lisa volvió a besarlo y a acariciar su rostro con sus largos y finos dedos, enviando un shock de electricidad a lo largo del cuerpo de Rick que lo dejó estremeciéndose. Teniendo a Lisa tan cerca, sintiendo por todo el cuerpo el amor que ella le tenía, Rick pudo sentir al fin que los fantasmas que lo habían torturado durante tanto tiempo empezaban a esfumarse… barridos de su interior por aquel amor que sólo junto a ella, junto a aquella hermosa, inteligente y compasiva mujer que lo acompañaba siempre en su camino… aquella mujer cuya compañía y amor él agradecía todos los días en sus oraciones.
Por un largo rato de aquella noche, los dos se quedaron afuera, encontrando en los brazos del otro ese refugio, ese lugar de paz y seguridad con el que ambos habían soñado por tanto tiempo...
Notas del Autor y Comentarios:
- ¡Una vez más, muchas gracias a toda la gente que está leyendo esta historia y también a todos los que dejan reviews! Realmente son una motivación muy grande para seguir adelante con esta historia.
- Como de costumbre, un agradecimiento enorme a mis pilotos de pruebas Evi y Sara por todos los comentarios y opiniones que recibí de ellas cuando les acerqué esta historia, y cuando le fui haciendo arreglos antes de publicarla. Si aún no leyeron los fics que ellas dos tienen publicadas en este sitio, vayan a hacerlo, se los recomiendo... ¡son excelentes historias!
- ¡Saludos y será hasta la próxima, con el capítulo 3!
