MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Capítulo III: Un rincón de paz

¿Que qué le dices al coronel Dante si llama? Dile que si está tan interesado en que volvamos, que mande a la Policía Militar para que nos lleve de regreso a la nave de transporte… porque de aquí no me muevo.

Respuesta atribuida al mayor Sean Phillips a una pregunta efectuada por su ayudante de campo, durante la licencia concedida a su batallón tras la campaña de Karbarra, 2035.


Miércoles 25 de enero de 2017

La guerra no es sólo un asunto de fuerza y armas. Es, ante todas las cosas, una pugna de inteligencias. La batalla de las armas la pelean los soldados y combatientes; los generales y comandantes deben pelear otro tipo de batalla. Una contienda de voluntades y mentes, una batalla de inteligencia y sangre fría. Muy frecuentemente, el comandante que gana las batallas no es el que tiene la mayor cantidad de hombres o armas, sino el que tiene una visión más clara de la situación a la que se enfrenta, el que no se deja llevar por el frenesí de los acontecimientos, el que cuenta con la mejor información sobre el enemigo al que se enfrenta… o sobre sus propias fuerzas.

Conservar la calma en todas las circunstancias, aún en los momentos oscuros en los que la derrota parece inevitable, es fundamental.

Tampoco se trata de ganar siempre y bajo cualquier circunstancia. Es necesario tener visión de futuro, realizar cada movimiento pensando siempre en los que le seguirán después. Cada movimiento realizado abre posibilidades y cierra otras; cada acción tomada provoca una reacción acorde por parte del contrincante, quien intenta reacomodar la situación para que se ajuste a sus propios planes. Puede decirse entonces que en cada batalla librada, en cada decisión tomada, se juega la suerte de las batallas que seguirán a lo largo de la contienda. Es por eso que es fundamental que las batallas se peleen, en la medida de lo posible, en los propios términos y no en los que fija el enemigo. Quien reacciona, no avanza.

Pero igual de importante puede ser, a veces, saber bien cuando no pelear una batalla. Hay que ser capaz de darse cuenta cuando conviene evitar el combate, evitando así empeñar innecesariamente a las propias fuerzas en una batalla cuya victoria trae pocos beneficios, y muchos quebraderos de cabeza.

En esa oportunidad, las fuerzas contrincantes se enfrentaban en el campo de batalla. No se oía sonido alguno, y ese silencio ominoso preanunciaba la siguiente fase del combate, que empezaría en cualquier momento. Pero ese mismo silencio reinaba en las mentes de los dos comandantes enfrentados. En silencio contemplaban la situación que tenían ante sus ojos; en silencio pensaban los siguientes movimientos que podrían realizar, cada uno con las limitaciones que les imponía el estado de la batalla y las fuerzas a las que se oponían.

Para uno de los comandantes en pugna en aquella batalla, la situación en la que se hallaba inmerso era poco menos que desesperada. Más de la mitad de sus tropas habían sido destruidas, eliminando así de raíz toda posibilidad de continuar la ofensiva. Dada aquella situación infernalmente complicada, sólo le quedaba hacer lo indecible para demorar una derrota que parecía inevitable e irreversible, en un esfuerzo para reagrupar sus tropas con vistas a la resistencia final.

Pero aquel comandante no era de aquellos que se daban por vencidos, y se mantenía observando cuidadosamente, esperando con aliento entrecortado a que su adversario cometiera un error, abriéndole así una puerta. No necesitaba ser un error grosero; bastaba con que fuera una mala maniobra o un movimiento equivocado… algo insignificante, pero que aprovechado de manera inteligente podría darle la oportunidad de hacer que la victoria le cueste muy caro a su enemigo. O quizás, y esto ya entraba en el campo de las especulaciones y la ilusión, pudiera llegar a arrancarle la victoria de entre las garras de la aniquilación.

Para el otro comandante, la situación en la que se hallaba era bien diferente, tanto en lo presente como en las perspectivas. En poco tiempo había logrado dar cuenta de la mayor parte de las tropas enemigas, sufriendo muy pocas pérdidas propias a cambio, y estaba en ese momento posicionando a sus fuerzas para el asalto final contra los remanentes enemigos, que ante las perspectivas de la derrota estaban reagrupándose en un esfuerzo para demorar la derrota final.

Los problemas que enfrentaba eran distintos a los de su rival. Sabía que estaba en un momento crucial, que podía definir la victoria o la derrota en aquella batalla. Si se hubiera tratado exclusivamente de una cuestión de números, de totales de tropas a su disposición, la victoria estaba asegurada; ningún comandante racional se enfrenta voluntariamente a una fuerza muy superior.

El gran problema, el eterno problema de todo comandante, es que busca aplicar la lógica a las acciones de los seres humanos… y los seres humanos no siempre son racionales. La intuición y la percepción pesan también, incluso de manera superior a la fría lógica y a la crueldad de los números. Y por eso, como tenía bien claro el comandante, especialmente cuando el contrario está contra las cuerdas es cuando cualquier error puede ser fatal; porque ante la posibilidad real de la derrota completa el enemigo se sentirá más dispuesto a hacer un movimiento que antes podría haber considerado demente o desesperado.

La ofensiva comenzó de pronto. Las tropas se enfrentaron en movimiento tras movimiento. Los atacantes parecían tener la ventaja; sus números superiores les permitían intentar más alternativas para vencer la resistencia de sus contrarios. De no ocurrir una desgracia, la victoria estaba al alcance de su mano. Sólo había que continuar presionando, y ser más inteligente que el rival.

El otro comandante, aquel que estaba al borde de la derrota final, exploraba con ansiedad contenida todas las posibilidades que se le abrían… por pocas que fueran. Todo daba a entender que no había esperanza alguna; ya estaba condenado de antemano si de una cuestión de números se trataba. Pero a veces, cuando la derrota es lo único que está ante los ojos y el espectro de la desesperación acecha, es cuando el ingenio, la intuición y la percepción cobran mayor importancia hasta hacerse indispensables.

Sólo una mente fría y analítica es capaz de escuchar bien lo que su intuición le está susurrando al oído, aunque lo tapen los alaridos del pánico y la desesperación. Y en ese momento supremo en el que tambaleaba entre la derrota y la supervivencia, el comandante de las fuerzas defensoras vio una posibilidad ante sus ojos… una posibilidad de oro. Una posibilidad no sólo de descalabrar el ataque enemigo, sino de arrebatarle a su enemigo una victoria que creía asegurada definitivamente.

No dejaba de ser una apuesta difícil; los riesgos a los que se enfrentaba eran considerables. En caso de funcionar aquel plan, bien podría dar vuelta la suerte de la batalla. Pero si fracasaba, habría sacrificado algunos de los elementos más importantes de su defensa en el esfuerzo. Y habría acelerado así su propia aniquilación. Por supuesto, pensó con cruel ironía, hubiera caído en una llamarada de gloria, pero la gloria no siempre es sustituto para la victoria…

En esta batalla había mucho más en juego que una simple victoria. Había otras cosas, otros factores que de ella dependían, factores que afectarían el futuro inmediato de todos los participantes.

"La única esperanza de los vencidos... es no esperar la salvación", rezaba el viejo proverbio romano.

Ahora... o nunca.

El comandante que conducía la ofensiva, que creía tener la victoria al alcance de la mano, se encontró repentinamente presa de la confusión ante la decisión tomada por su adversario. Ciertamente, no esperaba que se tomara semejantes riesgos, dada la situación desesperada a la que se enfrentaba.

"Debe estar con ganas de terminar", pensó con frialdad. "Bueno, lamento tener que arruinar sus ilusiones, pero no puedo dejar que me haga esto".

Movió entonces a una de sus unidades para repeler el inesperado ataque, con la casi certeza de que ese movimiento bastaría para contrarrestar aquella acción desesperada. Con satisfacción ante su respuesta, su atención se volvió para continuar considerando la ofensiva que estaba liderando… a la que bien poco le faltaba para desembocar en la victoria definitiva.

Pero para su sorpresa y espanto, esa satisfacción terminaría rápidamente.

Fue entonces, sólo luego de haber logrado aquella reacción, cuando comenzó la segunda fase del inesperado contraataque. Con su anterior movimiento, el comandante que parecía estar derrotado había logrado que su adversario retirase una pieza crucial en su defensa, allanándole así, de manera inesperada, el camino hasta llegar al corazón mismo de la formación enemiga.

El atacante descubrió con pánico que sus fuerzas habían pasado de estar en la ofensiva hacia la victoria, a estar desconcertadas ante aquel ataque audaz que las ponía al borde de la derrota… y fue su turno de intentar un movimiento desesperado de sus fuerzas para parar aquella locura.

No sirvió para nada.

Había perdido.

Aquel a quien consideraba derrotado había visto una oportunidad, y aprovechó para asestarle una estocada mortal en el momento en el que menos lo esperaba. Sin poder contener su sorpresa, y haciendo lo posible para que el amargo sabor de la derrota no saliera de sus labios, el inesperado perdedor de la batalla levantó la mirada del campo de batalla, sin poder encontrar una explicación para lo que había ocurrido.

Los ojos verdes de la comandante derrotada se encontraron con un par de brillantes y sonrientes ojos azules que la miraban desde el otro lado del campo de batalla. Los ojos de su vencedor.

Los ojos del hombre al que amaba.

– No esperabas eso, Hayes – dijo Rick con expresión de estar bastante satisfecho de sí mismo… lo que se traducía en una sonrisa ligeramente arrogante.

– Rick... ¿cómo hiciste? – preguntó Lisa sin entender todavía cómo él pudo derrotarla en dos movidas… estando tan cerca de perder.

– Ah... secreto de Estado – le respondió Rick, sacudiendo la cabeza y con una sonrisa de oreja a oreja.

– Pero... ¿en dos jugadas? – balbuceó Lisa, mirando de un lado a otro del tablero en un vano intento de determinar lo que había pasado. – Te tenía contra las cuerdas...

– ¿No esperarás que revele todos mis secretos, no Lisa? – dijo Rick haciéndose el misterioso, entrecerrando los ojos con picardía.

– No – respondió Lisa mientras ponía de vuelta las piezas en su caja – pero jamás pensé que ibas a derrotarme de esta manera en el ajedrez…

– El aprendiz supera a la maestra – dijo Rick con expresión de suficiencia. – Y, si me lo permites, a qué maestra he derrotado... – agregó con una mirada cariñosa y un poco lasciva.

Lisa se sonrojó ante el cumplido de Rick, y le hizo una caída de ojos antes de cerrar la caja.

– Estabas contra las cuerdas… – repitió ella.

– ¡Te gané!

– Tres movimientos más y hacía jaque mate…

– ¡Te gané! – continuaba canturreando Rick, disfrutando enormemente aquella victoria… así como la expresión desconcertada de Lisa.

– ¿Cómo pudiste? – sonrió ella.

– Siempre hay una posibilidad, almirante – respondió Rick en tono misterioso. – Es sólo cuestión de estar atento a que aparezca.

– Qué sangre fría, Hunter... Y yo que pensaba que eras otro piloto cabeza dura como el resto – le dijo ella guiñándole el ojo.

Una salus victis nullam sperare salutem – dijo Rick por toda respuesta, con un tono que daba a entender que lo que había dicho era una verdad indudable y evidente por sí misma.

Lisa quedó atónita, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar. En sus años de vida, ella había visto cosas sorprendentes: gigantes de quince metros de altura, flotas de millones de naves, armas que la imaginación tenía problemas para concebir, pero esto lo superaba todo… Le tomó mucho esfuerzo resistir la tentación de tallarse los ojos para comprobar si estaba dormida o despierta, mientras todavía no salía de la sorpresa… ¿Acaso había escuchado a Rick citar un aforismo de Virgilio en latín?

"Dios, a lo que está llegando este mundo..."

– "La única esperanza de los vencidos... es no esperar salvación"... – tradujo al instante Lisa, paladeando cada sílaba y sin dejar de mirar a Rick con toda la sorpresa del mundo. – Vaya, Rick Hunter, eres una caja de sorpresas… ¿Dónde aprendiste esa frase?

La sonrisa de Rick continuaba en su rostro, pero ahora se hizo más nostálgica…

– Se la escuché decir a Rolf... al coronel Emerson, quiero decir... – comenzó a explicar. – Solía citar esa frase con frecuencia mientras estábamos allá en el sur. Él decía que jamás había escuchado una frase que resumiera mejor el estado de ánimo que debe tener alguien que está al borde de la derrota. Le repetía esa frase a cada nuevo comandante de unidad que llegaba al frente, diciéndole que si alguna vez tenía la mala suerte de verse a punto de perder, seguir el consejo de esa frase bien podría salvar su vida y la de sus tropas.

A cada palabra de Rick, Lisa escuchaba atentamente sin dejar de maravillarse de la profundidad de cada una de esas frases. Era muy raro, de hecho, era extremadamente raro que un oficial militar de la edad de Rick pudiera comprender en toda su magnitud la amarga y difícil realidad encerrada en las palabras de aquel milenario refrán. Especialmente cuando el oficial en cuestión era un piloto de combate, miembro de una raza especial dentro de las fuerzas militares que se distinguía por hacer de la invulnerabilidad personal su credo y religión.

– Ahora te entiendo… – rió Lisa, decidiendo silenciosamente probar a su piloto para ver si realmente se había basado en aquella frase o si era un intento de darle más lustre a su victoria en el ajedrez. – Cuando estás contra las cuerdas, haces cualquier cosa…

Rick meneó la cabeza, respondiendo con total seriedad:

– No... Lo que quiero decir es que si llega a presentarse esa situación, lo último en lo que voy a pensar es en esperar que alguien venga para salvarme. Buscaré yo mismo salvarme con los medios que tenga y aprovechando las oportunidades que se me presenten, aunque para eso tenga que esconderme... o darle la impresión al enemigo de que estoy acabado, para poder ganar tiempo.

Lisa lo miró sorprendida, y después sonrió.

– ¿Quién lo hubiera creído? Eres todo un filósofo militar, Rick. Creo que tú y mi padre hubieran pasado unas buenas charlas juntos – le dijo antes de acercarse a darle un suave beso en los labios, dejando luego que ese beso se extinguiera en lugar de separar sus labios bruscamente.

Ante ese inesperado contraataque, Rick tardó en reaccionar… aquel beso lo había dejado embelesado y momentáneamente atontado, pero cuando se decidió a responder, lo hizo devolviéndole el beso con mucha más pasión y fuerza, abrazándola y acariciando tiernamente su espalda, conteniendo las ganas de reír al escuchar los suaves y ahogados ruiditos de placer que hacía ella, como preludio a las caricias que ella repartió en su rostro con la punta de sus largos y finos dedos. De pronto, marcando un imprevisto alto, Rick sonrió y puso algo de distancia entre Lisa y él, sonriendo con inocultable travesura.

– Te agradezco el premio, pero no vas a lograr que me olvide del trato.

Ante aquella respuesta, Lisa hizo un mohín de frustración y rezongó antes de decir:

– Está bien, está bien, Alejandro Magno... Mañana cocinaré yo el almuerzo y la cena. Pero no olvides que esta noche te toca a ti preparar la cena, galán.

– Esto de ganar... creo que me gusta – replicó Rick, mirando al techo sin dejar de sonreír.

Lisa lo miró con ternura, y después se lanzó sobre él, devastándolo con un beso profundo y apasionado que le hizo perder la razón, borrando aquella sonrisa arrogante… y cambiándola por la sonrisa tierna que él reservaba sólo para ella… sólo para momentos como ése. Al ver la forma en la que Rick se entregaba a sus besos y caricias sin poner condiciones, sin resistencia ni contrariedad alguna, Lisa no pudo evitar sonreír antes de lanzarse para volver a besarlo.

"Habrás ganado en el ajedrez… pero este asalto lo gané yo, Rick."


Jueves 26 de enero de 2017

Desde la cocina, donde estaba preparando café, lo único que Rick escuchó fue un rugido feroz, que tenía un vago parecido con la voz de Lisa, y a ese sonido él inconscientemente se encogió, como si buscara resguardarse ante la tormenta que sabía se abatiría sobre él en pocos minutos.

– ¿Pasó algo, amor? – preguntó él en su mejor tono de inocencia, sabiendo muy bien qué era lo que había motivado el estallido de Lisa y maldiciéndose por no haberse dado cuenta en el momento… lo que seguramente iba a evitar lo que vendría a continuación.

– ¡Lo juro, eres imposible! – escuchó que ella decía, ya con un tono más parecido al de una mujer que al de un ogro enfurecido, pero luego de esas palabras sobrevino un silencio ominoso en aquella cabaña.

Ese silencio no preanunciaba nada bueno, y luego de tres años, Rick Hunter era consciente de que era preferible escuchar a Lisa gritándole a través de la red táctica que cuando hacía esos silencios. En su fuero íntimo, él sabía perfectamente que no tenía salvación alguna ante lo que le sobrevendría, y con una resignación poco característica en él, se limitó a continuar preparando el café, entregado definitivamente a lo que fuera a ocurrir.

Rick nunca supo cómo fue que Lisa se hallaba de pronto a su lado, taladrándolo con una mirada mortal y cruzada de brazos, con una pose que podría haberle provocado escalofríos a un Zentraedi.

– Preparé café¿quieres? – ofreció él, sosteniendo una taza de café como si fuera la pipa de la paz.

Ignorando por completo la oferta de un café –mala señal cuando de Lisa se trataba–, ella simplemente entrecerró los ojos, y comprimió sus labios en una fina línea de pura furia.

– Ven – fue la respuesta glacial de Lisa, mientras lo tomaba posesivamente del brazo y lo conducía a otra parte de la cabaña… arrastrándolo si hacía falta.

A cada paso involuntario que daba, arrastrado por ella, Rick tragaba saliva, temiendo lo que inevitablemente ocurriría después. De no ser porque ella sabía meterle un terror profundo cuando quería, él hubiera encontrado irónica toda aquella situación: él, un veterano piloto de combate que se enfrentó en mil batallas contra los Zentraedi, que se lanzó contra los cinco millones de naves de Dolza, aterrado más allá de lo creíble por la ira de una sola mujer, pequeña y delicada… y capaz de mostrar un mal genio legendario cuando se la provocaba.

Casi como si estuviera sintiendo el miedo de Rick en su piel, Lisa sujetó el brazo de Rick con mayor fuerza.

Aquella caminata terrible duró apenas unos segundos, y de pronto los dos se hallaban en el baño de la cabaña, y la mirada de Lisa se clavó en un punto determinado del lugar… uno que había sido durante los últimos días una fuente inagotable de discusión entre los dos. Un punto de conflicto que Rick había prometido demasiadas veces en aquella semana que dejaría de hacer… promesa que siempre había olvidado.

– Oh, era por esto… – dijo Rick tratando de minimizar la cuestión con una sonrisa de miedo en sus labios… pero su patético intento no conmovió en lo más mínimo a Lisa.

– Ahora, Rick, bájalo – le ordenó ella como si él fuera un recluta, señalando la tabla del retrete.


Como parte de los acuerdos a los que habían llegado para sobrevivir esa semana de vacaciones sin matarse o provocarse lesiones permanentes, Rick y Lisa se turnaban para ocuparse de la comida y de los platos, así como del resto de las tareas domésticas. No era nada difícil para ninguno de los dos, acostumbrados como estaban a vivir solos desde edades tempranas. Ese día en particular, luego de su derrota en el ajedrez la tarde anterior, el almuerzo corría por cuenta de Lisa. Tal había sido el costo de la derrota.

Aquel mediodía, Rick estaba hojeando una revista de variedades que había comprado antes de salir de Monumento. Había terminado de preparar la mesa para el almuerzo, mientras Lisa estaba en la cocina preparando un buen plato de pasta cuyo aroma parecía prometedor. Por alguna razón, aquel malentendido con el comerciante de Kurtland no dejaba de rondar la cabeza de Rick, provocándole siempre una sonrisa soñadora con cada oportunidad en que la escena se repetía en su mente.

En ese momento, tras voltear para ver cómo Lisa continuaba preparando la pasta, un pensamiento súbito asaltó a Rick. Al principio, ese pensamiento no se diferenciaba de cualquier otra idea, de esas que se cruzan por la mente y molestan por un rato, pero que tras ignorarla desaparecen convenientemente. Sin embargo, esta idea no llegó como cualquier otra, sino que golpeó a Rick con la fuerza del rayo… y allí se quedó.

"Realmente podríamos ser una pareja casada"

Bajo circunstancias normales, ante la sola idea del matrimonio Rick hubiera buscado las llaves del auto y desaparecido del mapa antes de que le pudieran tomar el rastro. Pero ahora era distinto... ahora la idea no le provocaba pánico, sino todo lo contrario… lo hacía sentir feliz e ilusionado... Dios sabrá por qué.

No era la primera vez que Rick pasaba tanto tiempo con una mujer en la misma casa. De hecho, antes del ataque final de Khyron había estado viviendo en su casa con Minmei. A la distancia, tras el paso de aquellos años junto a Lisa, la experiencia que había pasado con Minmei le resultaba inquietante a Rick. Por supuesto, al principio sintió una increíble euforia y una satisfacción enorme por tener a Minmei sólo para él, sin fanáticos, sin agentes… sin Kyle.

Ese momento inicial se sintió como la culminación del sueño de su vida, como la respuesta a todas sus ilusiones y ruegos, pero luego... todo cambió. Al cabo de unos días, Rick se sentía completamente vacío, incapaz de sentir nada. Absolutamente nada. Por más que tratara de negarlo, la realidad lo golpeaba sin piedad: Rick y Minmei eran dos extraños viviendo bajo un mismo techo.

A primera vista, no había nada que estuviera mal o que pudiera provocarle dolor; Minmei se dedicaba a él y lo atendía, y él la cuidaba y protegía… como siempre había soñado. Pero todo eso tenía un tinte artificial, como si fuera algo forzado y equivocado, y como si todo en el mundo le estuviera gritando su error. Vivir con Minmei no le traía satisfacción alguna, cuando no lo hacía sentirse peor.

A decir verdad, Rick siempre sintió que Minmei era como una extraña en su hogar; jamás se acostumbró a verla en su casa. Rick tardó en reconocerlo, hizo lo que pudo por negarlo, por negar lo que sentía… y por negar la verdadera naturaleza de sus sentimientos, pero la realidad se impuso: aquellos días le demostraron con amargura lo que todo el resto de sus amigos ya sabía de antemano: que Rick no estaba enamorado de Minmei, sino del fantasma de lo que Minmei había sido alguna vez. Ella había cambiado, ya no era la persona de la que se había enamorado en aquella época más inocente y despreocupada; él también había cambiado tras los años de guerra y reconstrucción, y sus necesidades y anhelos ya no eran los mismos. Ver a Minmei en su casa había sido como tener aquella ilusión al alcance de la mano, y verla deshacerse al tocarla… dejando solamente la frustración en donde parecía haber felicidad, dejándolo sólo para que se marchitara.

Pero con Lisa… con Lisa era completamente diferente. Ella no era una ilusión o un fantasma; era para Rick una realidad tangible que con cada día que pasaba, por más que él no pudiera creerlo, se volvía más maravillosa y encantadora. Compartir la casa con ella no le parecía algo extraño o distinto, sino que se sentía como si hubiera vuelto a un hogar del que él había partido tiempo atrás y del que sólo le quedaban recuerdos felices. Lisa no lo estorbaba ni era una presencia molesta, sino que era una compañía que le hacía sentir feliz, que alegraba sus días y que lo complementaba de maravillas… y por quien él daría todo sin pensarlo.

Por primera vez en mucho tiempo, en demasiado tiempo, Rick despertaba por las mañanas con una sonrisa radiante en los labios. Atrás habían quedado las pesadillas... atrás habían quedado los horrores que había visto en los últimos meses... todo eso había quedado borrado de su ser, cicatrizado y curado por el amor de aquella mujer.

No era algo a lo que pudiera apuntar; era todo sobre ella. Su alegría a pesar de todo, su sencillez, su bondad, su belleza, incluso aquel carácter explosivo que podía tener cuando se enojaba; todo eso le encantaba. Aún las cosas más sencillas y cotidianas, como las tareas domésticas o preparar el desayuno, despertaban su interés y le parecían fascinantes cuando Lisa las hacía. Era para él como si no pudiera cansarse de descubrir algo nuevo y maravilloso sobre ella, y eso lo fascinaba. Pasar aquellos días con ella le daba a Rick la oportunidad de apreciarla en toda su naturalidad, y con cada día que pasaba, Rick se sentía más atraído y enamorado de aquella mujer a la que una vez tildara de "comadreja parlanchina". Y después de tres años de estar con ella, era mucho decir que todavía encontrara lugar en su corazón para seguir enamorándose de Lisa Hayes.

Por supuesto, y siendo como eran de independientes y tercos, no dejaban de tener sus roces y problemas. Ambos habían vivido demasiado tiempo solos, y habían adquirido desagradables (para el otro) hábitos de soltería que era mucho pedir podían borrar en apenas una semana. Lisa podía gruñir sobre el desorden con el que Rick se habituaba a moverse, y Rick podía quejarse largamente acerca de la necesidad de Lisa de tener todo bien categorizado. Lisa podía desesperarse por el estado en el que Rick dejaba la cocina, y Rick no dejaba de incomodarse con el tiempo que ella podía tardar en el baño. El tema de la tabla del retrete, como había ocurrido aquella mañana, era una crisis en sí misma que jamás parecía encontrar solución.

Pero aún esas cosas eran divertidas para ellos, y solían terminar en risas luego de una breve discusión. Eran aquel condimento que necesitaban para no perder esa fama de llevarse "como perro y gato" que se habían labrado con esfuerzo y perseverancia a lo largo de los años. Y de cualquier manera, esas discusiones jamás terminaban mal; hasta habían pasado a ser una suerte de ritual entre los dos.

Todas las noches, al irse a dormir, Rick solía pasar algunos minutos contemplando la figura de Lisa acurrucada junto a la suya, acariciando su suave piel y llenándose con su aroma. Para Rick no dejaba de ser maravilloso que lo último que viera antes de dormir, y lo primero que veía al despertar, fuera la dulce imagen de Lisa durmiendo pacíficamente a su lado.

Si existía en algún lugar un mundo ideal, un paraíso en la tierra, Rick Hunter sentía que aquella cama debía ser sin lugar a dudas parte de ese mundo… y que la mujer que pasaba aquellos días a su lado era un verdadero ángel.


Viernes 27 de enero de 2017

Para ese día, el último que pasarían en la cabaña ya que el 28 debían retornar a Monumento, Rick y Lisa habían planeado un buen picnic de despedida y pasar la tarde juntos en el bosque, paseando y caminando todo el tiempo que pudieran. Después, tal vez irían a cenar a Kurtland, pero eso estaba en duda, ya que no creían que les quedara mucho tiempo. De cualquier forma, todo lo que Rick y Lisa deseaban era pasar juntos el mayor tiempo posible de esos días; los deberes de ambos se ocuparían de separarlos en cuanto regresaran a Ciudad Monumento.

La noche anterior, respondiendo a la invitación que les había sido hecha al llegar, Rick y Lisa habían cenado junto a Stan y algunos de los otros inquilinos de las Cabañas Lakeview junto a la parrilla del edificio principal; un ingeniero industrial de Vancouver que había venido a pasar unos días junto a sus dos hijos, un profesor de biología de Leipzig que estudiaba la flora de la región, cuyo acento les recordaba demasiado al del doctor Lang, un grupo de estudiantes universitarios de Nueva Ciudad de México, y un joven matrimonio de abogados de Ciudad Granite que pasaban su luna de miel. Mientras Lisa conversaba sobre distintos temas con Stan y los otros invitados, Rick pasó buena parte de la noche contándoles a los hijos del ingeniero, quienes tenían una fascinación por el vuelo y la aviación militar, acerca de los cazas Veritech y del combate aéreo en general, además de bromear con los estudiantes universitarios sobre cualquier cosa que se les cruzara.

La compañía resultó excelente, dando por resultado una velada muy agradable que se extendió hasta las primeras horas de la madrugada entre historias y charlas de los más variados temas. Stan y sus invitados tenían un excelente sentido del humor, y en más de un momento pusieron a Rick en aprietos con comentarios filosos y agudos, cosa que hizo reír con gusto a Lisa. Eso sin mencionar que Stan había preparado la mejor carne que ellos hubieran probado en años… Después de comer y disfrutar de una entretenida sobremesa, ambos regresaron a su cabaña a dormir, con la expectativa de un hermoso día por venir.

Ahora, a poco de partir para su picnic, Lisa daba en la cocina los toques finales a los sandwiches mientras Rick se ocupaba de preparar los bolsos donde llevarían la comida y las bebidas. Para comer, Rick había preparado también unos sandwiches de jamón y queso, tan atractivos y apetitosos que Lisa no pudo resistir la tentación de tomar uno en cuanto Rick se descuidó para cerrar uno de los bolsos. Desafortunadamente para ella, Rick se dio vuelta justo en el momento en que ella tomaba el sandwich. Con gran velocidad, Lisa mordió un pedazo del sandwich antes de que Rick pudiera hacer algo para evitarlo, y puso una sonrisa triunfal ante su pequeña victoria.

– ¡Lisa¿No te enseñaron en la Academia que robar es malo? – preguntó Rick en medio de sus carcajadas, mientras Lisa se apresuraba a devorar el sándwich lo más rápido que podía.

– Tge saffljio defjlicffioso, Rickg – dijo ella sin terminar de masticar su pequeño trofeo, con la boca repleta de sandwich.

– Mmm... Te haré pagar por eso, ladrona – respondió Rick con tono de falsa amenaza mientras la tomaba de la cintura, dándole un beso rápido en los labios en cuanto ella terminó de tragar. – Espero que te haya gustado, porque hay más de donde vino ese.

– ¿Hablas del sandwich o del beso? – preguntó Lisa una vez que terminó de tragar.

– Voy a dejarte con la duda – murmuró Rick guiñándole un ojo, volteando luego para terminar de preparar los bolsos.

Luego de que Lisa terminara con sus sandwiches, los dos dejaron la cabaña, y comenzaron a recorrer todo el parque en busca de un buen lugar para disfrutar de su picnic. El cielo de ese mediodía de viernes estaba soleado, aunque comenzaba a nublarse paulatinamente hacia el este, y la temperatura era agradable, algo bastante apreciado en ese invierno.

Al cabo de unos minutos de caminar por las costas del lago, Rick y Lisa se encontraron con uno de los comensales de la noche anterior, el ingeniero de Vancouver, quien volvía de pasear con sus hijos.

– ¿Cómo están, muchachos¿Van a pasear a algún lado? – preguntó el ingeniero tras saludarlos.

– Muy bien, Murray, vamos a un picnic¿y ustedes? – respondió Lisa.

– De lo más bien, aprovechando el día… esas cosas. Venimos de hacer una caminata alrededor del lago – les contó Murray, señalando a sus hijos y mirándolos con incredulidad: – A veces no sé de donde sacan tanta energía... querían ir a trepar una de las colinas.

– Es que estás viejo, papá – dijo el mayor de los chicos riéndose, consiguiendo sólo que su padre hiciera un teatral gesto de fastidio y respondiera:

– Sigue con ese sarcasmo y no llegarás a tu próximo cumpleaños… Mejor me llevo a comer a este par de demonios, antes de que me convenzan de dar otra vuelta más – acabó por decirles a Rick y Lisa.

– Buena suerte, Murray – dijo Rick, y saludando a los niños les dijo: – No hagan sufrir a su padre.

– Gracias ¡Disfruten su almuerzo! – se despidieron Murray y sus hijos.

Tras devolver el saludo, Rick y Lisa continuaron con su camino por el parque, y luego de caminar un buen rato por la orilla del lago e internarse en el bosque, encontraron un pequeño claro en medio de la arboleda, con unas piedras que servirían muy bien para sentarse y apoyar los bolsos.

– Bueno, almirante, me parece que este lugar servirá muy bien como base de operaciones – dijo Rick tras echar un vistazo del lugar y encontrarlo bastante atractivo para el picnic: – ¿Cuál es su opinión, señora?

En respuesta, Lisa puso su mejor cara de oficial avinagrada y contestó con tono oficioso y muy de almirante:

– Concuerdo con usted, capitán. De hecho, creo que debemos instalarnos aquí mismo y comenzar la operación – Una expresión de aprobación cruzó por sus ojos antes de indicarle a Rick con un leve asentimiento: – Capitán Hunter, puede proceder.

– Entendido, almirante – le respondió Rick haciendo su mejor venia, dando una imagen de poster de reclutamiento que hizo reír con ganas a Lisa.

– Deberías ser modelo, Rick – le devolvió ella. – Los muchachos de Relaciones Públicas seguramente podrían usarte para campañas de reclutamiento.

– Con ese mismo criterio, tú deberías haber competido para ser Señorita Macross – contraatacó Rick, recorriéndola mientras tanto con la vista. – No hubieras tenido ningún problema para ganar el concurso.

– Supongo que nunca lo sabremos – dijo ella con voz sensual, a la vez que se encogía de hombros. – Sólo sé que no podría haberme dedicado al canto – agregó luego, guiñando un ojo en gesto cómplice.

– Pero si tienes una voz preciosa – repuso Rick, sin estar dispuesto a dar aquella pequeña peleíta por perdida. – Nunca había visto una mujer que gritara tan melodiosamente por la Red Táctica. Me ponías los pelos de punta, pero era encantador escuchar tu voz.

– Te estás buscando un castigo, Hunter – le devolvió ella con una voz amenazante que era traicionada por su sonrisa leve. – Y ahora, galán ¿qué te parece si comemos esos sandwiches?

– Es la mejor idea que he escuchado en mucho tiempo.

Los dos se sentaron luego, cada uno sobre una de las piedras piedra. Tras abrir uno de los bolsos, Lisa extendió un mantel sobre el suelo. Después colocaron los sandwiches en bandejas y sacaron los refrescos y botellas de agua que habían traído para beber, colocándolos sobre el mantel. Lisa tomó otro de los sandwiches de jamón y queso y comenzó a comerlo con gusto. Rick, por otro lado, probó uno de los sandwiches de carne de Lisa, y le gustó tanto que empezó a hacer ruiditos de placer con el primer mordisco.

– Te gustaron ¿no? – le preguntó Lisa, muy satisfecha al ver que Rick disfrutaba cada mordisco de su sandwich.

– Mmm... Están muy buenos ¿me pasas otro, por favor?

– Seguro, si me das otro de tus sandwiches de jamón y queso – replicó ella.

– Si te parece que estos son buenos, – dijo Rick hablando sobre los sandwiches de jamón y queso tras alcanzarle uno a Lisa – deberías haber probado los que preparaban en la cantina de la Base Newbery. Te aseguro, éstos son una pálida imitación.

Mientras Rick comía con gusto, Lisa no podía dejar de mirarlo, sin caer en la cuenta de que por fin, tras todo lo que habían pasado, ellos estaban juntos… aún después de tres maravillosos y complicados años de estarlo. No tenía nada de extraño para ella el sentirse así; después de todo, esto hacía que Lisa disfrutara muchas cosas como si fuera la primera vez que las vivía. Ver a Rick feliz a su lado hacía que Lisa sintiera que todo estaba bien en el mundo, que por una vez en la vida las cosas estuvieran como debían ser… como siempre debieron haber sido.

Había veces en su vida en las que Lisa simplemente se preguntaba cómo habían llegado a enamorarse ellos dos, sobre todo teniendo en cuenta que habían comenzado su relación con el pie izquierdo, y durante mucho tiempo la continuaron como si sólo hubieran caminado sobre ese pie. "Comadreja parlanchina", la había llamado aquel lejano día en que la guerra comenzó; en su momento esa frase la había puesto completamente furiosa, pero ahora la recordaba con cariño, pues esa frase había hecho que Lisa se fijara en la existencia de Rick… e inconscientemente la había hecho reflexionar sobre la persona que ella era…

Todavía se ruborizaba al recordar las constantes discusiones en la Red Táctica durante las operaciones de combate, esas discusiones feroces e irritantes en las que ella lo trataba de insubordinado o incapaz, y él la acusaba de jugar con las vidas de los pilotos desde su cómoda consola de mando. Con ese historial de agravios y discusiones permanentes entre ellos, parecía evidente que Rick y Lisa estaban destinados a no soportar la mera mención del nombre de la otra persona.

Era una pregunta que Lisa solía hacerse de vez en cuando: "¿En qué momento me enamoré de Rick?". Las respuestas que intentaba dar a aquella pregunta inevitablemente la llevaban al cautiverio en la nave de Breetai, hacía ya tanto tiempo... Fue allí cuando por primera vez ambos tuvieron la oportunidad de pasar tiempo juntos, y conocerse en persona, en lugar de hacerlo a través de la pantalla de comunicaciones de un Veritech. Fue allí cuando notó por primera vez que debajo de ese exterior irritante e insubordinado había un hombre decente y amable, a quien valía la pena conocer.

"Y pensar que tuvimos que caer a un tanque de agua para que yo pudiera empezar a verlo como la persona que era", recordaba Lisa con una sonrisa en sus labios. En esa oportunidad fue Lisa quien, para variar, salvó la vida de Rick, quien se había desmayado con la caída. "Si tan sólo Rick supiera que me dejé llevar un poco con la respiración boca a boca..." Si hubo alguna consecuencia positiva de su captura con los Zentraedi, fue que esa experiencia le hizo darse cuenta de que Rick Hunter era un hombre al que se lo podía querer.

Pero sin embargo, había una constante en su relación que hasta el momento parecían incapaces de romper: siempre fue necesario que ocurriera un evento trágico para que ambos se acercaran un poco más. Hizo falta que los Zentraedi los capturaran para que pudieran dejar de verse uno al otro como una molestia en el trabajo. Lisa tuvo que derribar por accidente a Rick para que ella descubriera que albergaba sentimientos hacia él que iban más allá de la irritación profesional… o de la amistad que había empezado a nacer entre ellos. Fue necesario que ella abandonara la fortaleza espacial en su fútil intento de abrir negociaciones de paz para que Rick descubriera cuán importante se había vuelto Lisa para él y cuánto lo afectaba su ausencia…. y Rick tuvo que enfrentar cuatro veces en un único día la posibilidad de que Lisa hubiera muerto para que por fin se atreviera a decirle que la amaba.

¡Pero cómo la había hecho sufrir! Especialmente con todo lo relacionado a Lynn Minmei. Hubo momentos de aquellos años en los que Lisa sólo sentía deseos furiosos de gritar de impotencia al ver cómo la Señorita Macross siempre aparecía por allí para deshacer cada logro que tenían en su relación. Recordaba cómo se le partía el corazón cada vez que veía a Rick correr detrás de Minmei como si fuera un hato de hormonas.

Pero peor aún, Lisa recordaba la impotencia que le provocaba el que Rick fuera incapaz de darse cuenta de lo que ella sentía por él… a pesar de todo lo que hacía para demostrárselo. Lisa jamás lo diría en voz alta, jamás lo admitiría excepto para sus adentros, pero hubo momentos –ratos de debilidad, de grietas en la armadura de autosuficiencia que proyectaba– en que deseó fervientemente ser capaz de odiar a Rick con tal de no sufrir más.

Ahora las cosas eran distintas… todo había cambiado. Ahora Rick y Lisa estaban juntos, y esa simple verdad bastaba para llenar de felicidad el corazón de Lisa como jamás había creído posible. A la luz de esta nueva realidad, Lisa había reevaluado todo aquel calvario de años de amor aparentemente no correspondido. Y la conclusión a la que llegó la sorprendió… Con tal de estar junto a Rick como lo estaba ahora, soportaría de nuevo todo eso con gusto.

Bueno, todo salvo las canciones de Minmei; existen límites de tolerancia que conviene no desafiar.

La pura y simple verdad era que, junto a Rick, Lisa se sentía por primera vez completa y feliz. Rick había logrado lo que nadie pudo: llenar aquel vacío que Lisa siempre sintió en su corazón, vacío que existía desde aquel horrible día en que su madre falleció.

Pocos, sólo aquellas personas cercanas, sabían lo que había debajo de esa imagen de dama de hielo que Lisa había construido a lo largo de años de aislamiento y trabajo duro. Pocos sabían o estaban al tanto de la profunda y desesperante soledad que Lisa había sentido toda su vida. La enfermedad le había quitado a su madre; el trabajo le retaceaba la presencia de su padre; la guerra le había arrebatado a Karl…

La soledad había sido una constante en su vida, y Lisa había jurado que nunca necesitaría de otra persona. No dejaría que la necesidad de otro pudiera lastimarla; sería autosuficiente hasta el punto de la exclusión de todos los demás, si era necesario. Sin embargo, aquella decisión poco hizo por calmar aquella agobiante soledad que Lisa sentía, e incluso la exacerbó. La soledad y la búsqueda de la autosuficiencia se convirtieron en dos caras de la misma moneda, alimentándose mutuamente en un círculo vicioso del cual Lisa sólo pudo tratar de escapar a través de la disciplina militar.

Hasta que llegó Rick, abriéndose camino en su vida sin pedir permiso y derritiendo el hielo a cada paso. Por primera vez en su vida, Lisa sintió que había otra persona en el mundo que la atraía lo suficiente como para arriesgarse a ser lastimada una vez más. En Rick vio a un hombre que –¡por fin!– podía darle aquello que las fuerzas armadas y una vida de autodisciplina no pudieron: paz interior. Rick era una persona que, simplemente, hacía que Lisa se sintiera bien.

No era sólo una necesidad egoísta; Rick tenía cualidades que costaba ver en él a primera vista, por debajo de ese exterior arrogante y por momentos insufrible. Era gentil, amable y valiente, era una persona que por naturaleza hacía sentir mejor a quienes lo conocían… pero conforme lo conocía más, Lisa se dio cuenta de algo más profundo: así como él la hacía sentir feliz y siempre intentaba ayudarla, Rick despertaba en Lisa la urgencia y la necesidad de hacerlo feliz a él, de estar a su lado y reconfortarlo en los momentos de dificultad.

Como aquel momento doloroso en el que Rick estalló en lágrimas al recordar lo que vivió en el frente de América del Sur. Por más que buscara en su memoria, Lisa no recordaba jamás haberse sentido tan dolorida por el sufrimiento de otra persona como en aquel momento, a tal punto que había sentido el dolor de Rick como propio.

Quizás se debía al hecho de que Lisa y Rick eran más parecidos de lo que cualquiera pudiera haber pensado. A primera vista, nada podían tener en común el joven piloto amateur del circo del aire y la heredera de una dinastía militar encumbrada como los Hayes. Sin embargo, existía una cosa en común entre los dos, algo que estaba en la base de sus vidas: ambos eran personas que, a causa de los juegos del destino, debieron hacer frente en soledad desafíos inconmensurables. Rick, a través del servicio militar, intentaba construir para sí un futuro, una nueva razón de ser que reemplazara a su alegre y despreocupada existencia anterior, que había sido súbitamente devorada por el torbellino de la guerra. Para Lisa el desafío consistía en estar a la altura de lo que demandaba de ella una guerra más brutal que cualquier cosa que hubiera podido imaginar. Ambos se habían conocido en medio de estas batallas personales, y cada uno sintió, aunque más no sea de forma inconsciente, que el otro estaba luchando un combate muy parecido al que estaba librando.

Y ahora estaban juntos. La soledad que ambos habían sentido y que habían tratado de disfrazar de otra cosa –autosuficiencia para Lisa, despreocupación para Rick–, ya no existía. Había sido reemplazada por la presencia reafirmante y consoladora del otro en sus vidas. Rick y Lisa eran, realmente, dos mitades que se complementaban. Ninguno podía concebir ya la vida sin el otro. Ya no solamente era cada uno lo que el otro necesitaba, sino que Rick se había vuelto para Lisa, y Lisa para Rick, aquello por lo cual la vida valía la pena ser vivida.

Un sorpresivo beso en los labios sacó a Lisa de sus reflexiones y le hizo perder el hilo de lo que fuera que estuviera pensando. "¿Cuanto tiempo me habré quedado en blanco?", pensó Lisa, repentinamente consciente del paso del tiempo… y de la sonrisa traviesa del hombre que acababa de besarla.

– Tierra a la almirante Hayes ¿estás bien? – preguntó Rick agitando la mano frente a los ojos de Lisa con un gesto de preocupación que ella encontró terriblemente divertido.

– Estoy muy bien – dijo ella suavemente, recorriendo con su mirada el paisaje hasta detenerse una vez más en Rick, sonriéndole con ternura. – Me siento mejor que nunca.

– Me alegro… – sonrió él. – Parecía como si te hubieras ido muy lejos.

– No digas tonterías – le contestó ella, dándole un suave golpe en el hombro. – ¿Para qué querría irme lejos, si aquí estoy muy bien?

– ¿Sólo "muy bien"? – devolvió Rick arqueando una ceja.

– Más que "muy bien" – fue la respuesta de Lisa, que poco a poco se hacía más susurrante mientras ella se ponía de pie y se acercaba a donde estaba Rick. – Mucho mejor que "muy bien"…

Dicho esto, Lisa se acercó lentamente a donde estaba Rick, sentándose a su lado en cuanto lo tuvo cerca. Apoyó su cabeza en el regazo de Rick y se sintió segura y completamente feliz, protegida de todo… y completamente en paz. Al cabo de un rato de permanecer en aquella postura tan cómoda, Lisa levantó la vista y se encontró con los ojos azules de Rick que la miraban con adoración, haciendo que se sonrojara levemente… y lentamente una sonrisa se fue dibujando en sus labios.

Conmovido por aquella imagen de ternura que tenía sobre su regazo, Rick comenzó a acariciarla, pasando sus dedos por las mejillas de Lisa, jugando con su largo cabello castaño agitado por la brisa, embebiéndose con su belleza física y adorando aquella belleza interior que a tan pocos les estaba dado conocer.

– Dios, Lisa… – balbuceó Rick, completamente perdido ante ella.

– ¿Qué pasa?

– ¿Donde estuviste toda mi vida? – preguntó él con voz quebrada por la emoción.

– Siempre estuve aquí… – le contestó ella, acariciando suavemente el rostro de él con la mano. – Siempre estuve contigo… sólo que tardamos en encontramos.

Ya sin poder detenerse, Rick se agachó para besarla con dulzura, y Lisa devolvió el beso con energía y pasión, sintiéndose morir al sólo contacto del uno con el otro. Una corriente irresistible, como de electricidad, recorría de pies a cabeza a Rick y Lisa, sin saber donde terminaba uno y donde comenzaba el otro.

Lisa se sentía completamente entregada a Rick, se hallaba hipnotizada por sus ojos y su sonrisa, y deseaba con todo su corazón que ese momento no acabara nunca, que por un milagro ese instante se perpetuara por toda la eternidad. Quería seguir sintiendo el shock que la invadía al sentir el toque de las manos de Rick en algún lugar de su cuerpo, quería continuar sintiendo la explosión de pura felicidad que despertaba en ella la personalidad de ese hombre al cual se entregaba en cuerpo, corazón y alma.

Para Rick, el tener a Lisa tan cerca, el estar completamente abrumado por la belleza y personalidad de la mujer a la que amaba con locura, le hizo dejar atrás todo cuanto no fuera exclusivamente ella. Sintió, como siempre lo hacía la necesidad suprema de protegerla y de ser el hombre que ella necesitaba y merecía a su lado. Lisa despertaba en Rick el deseo de ser un mejor hombre. Por razones que no alcanzaba a comprender, su mente volvió a aquel momento, hacía casi ocho años, cuando en un arrebato de furia llamó a Lisa "comadreja parlanchina"… sin siquiera imaginar todo lo que vendría después. Pero por sobre todo, Rick recordó las palabras que Roy le había espetado en aquel momento:

"Si sigues pensando lo mismo de ella cuando la conozcas, es que estás loco, Rick".

"Tenías toda la razón, hermano", reconoció silenciosamente, "debí estar loco". De pronto, Rick pareció escuchar a Roy, que con voz etérea que parecía provenir del más allá le decía "Lisa se metió en tu sangre¿no es cierto, hermanito? Te dije que te iba a pegar duro". En silencio, Rick le dio la razón una vez más a Roy, y después volvió a contemplar la figura frágil y hermosa de Lisa, que reposaba en paz junto a él.

En ese momento de paz y tranquilidad, rodeados por la belleza natural del paisaje, tanto Rick como Lisa llegaron a la misma idea.

"Así es como debe ser el paraíso."


Al cabo de unas horas de picnic, el clima interrumpió el pequeño universo de felicidad que Rick y Lisa habían creado para sí. Las nubes que durante todo el día se habían juntado sin prisa, pero sin pausa, terminaron por formar un amenazante manto gris sobre toda la región del Lago Memorial. Poco a poco, el sol quedó cubierto por las nubes, y en la lejanía comenzaba a escucharse el poderoso sonido de los truenos.

La primera gota cayó sobre el cabello de Lisa, pero enloquecida como estaba con Rick, e ignorante de lo que ocurriera fuera del pequeño espacio que se habían creado ellos dos, no la sintió. Lo mismo le ocurrió con la segunda, la tercera y la cuarta gota, hasta que finalmente, y como si el cielo se hubiera empecinado en hacerles entender lo que estaba pasando, la sucesión constante de gotas de lluvia trajo por fin a la realidad a Rick y Lisa.

– Esto tiene que ser una broma ¿está lloviendo? – se quejó Rick mirando al cielo, sin dar crédito a lo que estaba pasando, mientras muy a su pesar Lisa terminaba el abrazo en el cual habían estado unidos.

– Vamos, juntemos las cosas y volvamos a la cabaña – replicó Lisa, mientras comenzaba a guardar las botellas en uno de los bolsos a toda velocidad.

Por su parte, Rick hizo lo propio con la poca comida que sobró del picnic, apurándose a guardarlo todo conforme la lluvia se hacía más intensa, hasta que finalmente, cuando estuvieron listos y todo estaba convenientemente guardado, comenzaron a correr a todo lo que les daban sus piernas para evadir el aguacero, que por lo que podían ver, tenía todo el aspecto de empeorar conforme pasara el tiempo.

Rick y Lisa corrieron por los senderos del bosque de regreso a la cabaña, mientras la lluvia se hacía más furiosa a cada momento, empapándolos por completo… como si la naturaleza misma los estuviera empujando para que regresaran a su refugio. Por fin, tras mucho correr entre los árboles, los dos llegaron a la cabaña, y abrieron la puerta lo más rápido que pudieron para refugiarse.

Después de recuperar el aliento tras la inesperada corrida, ambos se detuvieron en el hecho de que estaban completamente empapados, chorreando agua por todos lados.

"Diablos".

– ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Lisa. – Toda la ropa está guardada en los bolsos.

– Tiene que haber algo... – respondió él haciendo su mejor esfuerzo para pensar una alternativa. – Vamos a pescar una pulmonía si seguimos con esta ropa mojada.

– Mejor así… – murmuró Lisa.

– ¿Qué quieres decir?

– Si nos enfermamos, no vamos a poder volver al trabajo… – explicó ella con una mirada traviesa que hizo que Rick simplemente la besara en los labios antes de insistir:

– ¿No sería bueno? – reflexionó Rick, aunque sabía muy bien que iba a ser imposible que los dos pudieran abandonar sus deberes.

Sin moverse, los dos quedaron en el mismo lugar, quietos sin saber por qué, sin otra cosa para hacer que mirarse y sonreírse. Al cabo de unos pocos minutos de quedarse así sin hacer nada, Rick rompió el silencio y dijo:

– Iré a preparar un té bien caliente, ando necesitando uno y creo que a ti te vendría bien.

– Me parece una buena idea. Mientras tanto yo iré a ver qué ropa podemos ponernos – asintió ella, tras lo cual los dos se separaron; Rick partiendo para la cocina a ocuparse del té mientras Lisa enfilaba en dirección al dormitorio para buscar algo de ropa que por milagro no hubiera quedado empacada.

Solo en la cocina mientras preparaba el té, sin otro sonido más que los silbidos del vapor y el repiqueteo de las gotas de lluvia afuera de la cabaña, Rick no pudo evitar reflexionar profundamente sobre las cosas que había vivido durante la última semana. Dejando de lado por un minuto –sólo por un minuto– la intoxicante sensación de tener a Lisa junto a él, Rick reparó en algo que no había pensado antes.

"Esto parece lo más natural del mundo".

Antes de esa semana que ahora estaba terminando, Rick siempre había vivido solo, con independencia de cualquier otra persona y sin compartir su vivienda, excepto por aquel breve período en el que Minmei estuvo en su casa, pero–

Ahí estaba la clave, y la diferencia que por tanto tiempo había eludido su entendimiento: Minmei simplemente se quedó en casa de Rick, pero con Lisa habían llegado al punto de vivir juntos. Minmei pasaba tiempo con él mientras que Lisa vivía con él. Se despertaban juntos y pasaban el día en compañía del otro hasta que se iban a dormir, siendo la otra persona lo último que veían antes de entregarse al sueño. Lo que Rick y Lisa habían compartido durante los últimos días había sido, simplemente, la vida de una pareja casada.

Esto debió haber sorprendido a Rick de sólo pensarlo, pero para su sorpresa no lo hizo. Todavía recordaba cuando Minmei había propuesto que se casaran, que ella abandonara el espectáculo y que él se retirara de las Fuerzas de la Tierra Unida. En ese momento, el prospecto lo llenó de incertidumbre y de un sordo temor… que todavía entonces sentía de sólo recordarlo, a más de tres años de aquel momento. Lo había invadido un horrible pánico ante la posibilidad de dar un paso a ciegas que podía llevarlo a un precipicio. Todo su ser le decía a gritos en aquel momento que no estaba listo, que no podía asumir aquella responsabilidad, que era demasiado joven para hacerlo.

Pero ahora… ahora era diferente. Habían pasado tres años desde aquel momento, y ese tiempo, en las circunstancias personales y profesionales que atravesaba Rick, no había pasado sin grandes cambios. Pero ahora, lo que en aquel momento le había parecido tan terrible, ahora le parecía sencillamente lo más natural y lógico del mundo. Ya no sentía la idea del matrimonio como si fuera un salto al vacío o una apuesta que él no podía cumplir, sino como un paso más hacia algo superior y más perfecto… el siguiente paso a tomar.

"¿Será que he madurado, o será que es por Lisa?" Muy probablemente fueran las dos respuestas. Ciertamente era más maduro ahora que lo que había sido hacía tres años, pero también era muy cierto que el amor que sentía por Lisa había lentamente anulado toda posible duda que le surgiera.

Desde luego, y a pesar de lo que él pudiera pensar, no era una cosa para tomar a la ligera. Seguía siendo una gran decisión… y había que pensarlo bien y no lanzarse al vacío, le repetía su mente racional, había que considerar muy a fondo todos los factores, desde la marcha de la relación hasta el momento que ambos vivían en sus carreras militares. ¿Sería miedo lo que lo estaba deteniendo ahora, cuando hacía escasos segundos parecía que estaba más seguro que nunca?

Podía ser que simplemente Rick estuviera pensando demasiado en muy poco tiempo, que se hubiera dejado llevar por un tren de pensamientos que iba demasiado rápido para su propia tranquilidad. Tenía que relajarse un poco más…

Una mano se apoyó en su hombro, descarrilando todo tren de pensamiento y enviando al diablo cualquier idea de relajarse que Rick hubiera podido albergar.

Lisa estaba frente a él. Vestía un sweater blanco y un amplio pantalón de pijama que cubría sus piernas interminables a la vez que mostraba lo suficiente como para avivar la curiosidad de Rick. El cabello de Lisa estaba completamente mojado a causa de la lluvia, lo que lo hacía más oscuro, algo que contrastaba con su rostro pálido y que resaltaba sus profundos ojos verdes hasta hacerlos brillar en medio de la semioscuridad de la tormenta.

Pero lo que más enloqueció a Rick, lo que logró que perdiera por completo la razón, fue comprobar a simple vista que debajo de aquel sweater Lisa no llevaba… nada, absolutamente nada de ropa. Incluso podía distinguir los contornos de los pechos de Lisa debajo de la blancura del sweater…

Una irresistible sensación de deseo invadió a Rick, quemándolo de pies a cabeza. Tal vez ella no estuviera producida ni maquillada, y ni siquiera vistiera ropas que le quedaran, pero de cualquier manera, Lisa se le aparecía ante sus ojos como endemoniadamente sexy. Todavía estaba fresca en su memoria la imagen de Lisa luego de salir del tanque de agua en la nave de Breetai; en aquel momento también tenía el cabello completamente mojado, pero el traje de vuelo que vestía sólo resaltaba aquella preciosa figura que insistía en ocultar con el uniforme. Ahora era todo lo contrario, pero a Rick le parecía tan atractivo ver a Lisa con ropa grande que con un traje de vuelo apretado.

O tal vez fuera, como razonó en uno de los escasos ratos de cordura que tuvo en ese momento, que Lisa era de por sí atractiva, vistiera lo que vistiera.

– Aquí... aquí tienes tu té – dijo tartamudeando Rick mientras le alcanzaba una taza de té bien caliente.

– Gracias – respondió ella con una sonrisa deslumbrante. – Encontré algo de ropa para ti.

Rick agradeció y fue raudo al dormitorio para cambiarse...

Una vez vestido con un conjunto de gimnasia, Rick encontró a Lisa esperándolo en el sofá de la sala de estar, a donde fue a sentarse, acurrucándose junto a ella, mientras contemplaban a través de la ventana la feroz lluvia que caía afuera de su pequeño refugio. La lluvia era un espectáculo que hacía cada vez más acogedor el lugar en donde estaban... haciendo que todo se sintiera más cálido y seguro… en especial la mutua compañía…

Una cosa, naturalmente, llevaría a la otra.

Lo que ocurrió entonces fue algo perfectamente natural. Sin advertencia alguna, Rick tomó a Lisa entre sus brazos y sintió su cabello mojado deslizándose sobre su cuerpo, bañándolo en cada lugar que tocaba… y logrando que se estremeciera a cada segundo. Como respuesta, y sin la menor intención de quedarse atrás, ella se arqueó para besarlo profundamente, y moviéndose con gracia felina atrapó a Rick entre su cuerpo deseoso y el sofá.

– Nunca te cansas de esto ¿verdad? – dijo Rick en tono risueño.

– No.

La mirada hambrienta de Lisa tenía hipnotizado a Rick. Como un ciervo encandilado por las luces de un auto que venía de frente, él sólo atinó a seguir con la vista los movimientos cada vez más sugerentes de Lisa. Por fin, saliendo brevemente de aquel encantamiento, cayó en la cuenta de que había quedado con la boca abierta desde Dios sabía cuando… totalmente fascinado por aquella mujer.

Por su parte, Lisa lo contemplaba con una expresión que dejaba traslucir a la vez amor, deseo y pasión, y su mirada y sus movimientos dieron a entender que sabía lo que quería… y que no tenía intenciones de dejarlo escapar hasta lograr lo que buscaba. Contemplar a Rick completamente indefenso ante su asalto, totalmente entregado a ella y totalmente fascinado hizo que Lisa se sintiera totalmente segura de sí misma, como jamás lo había estado en mucho tiempo...

Rick pudo notar cómo ella se mordió el labio inferior, en señal de que estaba más que lista para comenzar, y una torpe sonrisa se formó en sus labios al darse cuenta de ello. Veía como cómo ella se acercaba cada vez más a él… como si lo estuviera viendo en cámara lenta. De pronto, las manos de Rick comenzaron a moverse siguiendo el único impulso de sus instintos, y se lanzaron sobre el cuerpo de Lisa con una sin perder un solo instante, provocándole ahogados sonidos de placer a Lisa al sentir al contacto de las manos de Rick con su piel, hasta que finalmente esas manos cruzaron la barrera protectora del sweater y empezaron a merodear por sus senos. En ese momento, Lisa sintió que su cuerpo se estremecía sin control, lo que sólo lograba que ella deseara con más fervor hacer el amor con Rick. La mirada que dirigió a los ojos de Rick podría haber derretido el acero.

De pronto, Lisa reparó en que Rick todavía estaba vestido, y decidió que eso era un estado de cosas que no podía dejar seguir así como así. Con gran energía y decisión, empezó a quitarle la camiseta, literalmente arrancándosela hasta dejar libre el torso de Rick, totalmente expuesto para que ella pudiera atacarlo a besos y hacer que sus manos recorrieran todo lo que encontraran y acariciaran cada lugar que pudieran… enloqueciéndolo aún más. Esta dulce tortura sólo lograba que Rick redoblara sus esfuerzos, y que sus labios presionaran con mayor fuerza y empuje sobre los de Lisa en el instante en que se encontraron. Lisa se entregó por completo a ese beso apasionado, y no puso ningún reparo a que la lengua de Rick explorara todo cuanto quisiera, mientras su propia lengua jugueteaba con la de él e intentaba entrar en la boca de Rick para devolverle el favor.

Finalmente, Rick y Lisa se confundieron en una verdadera tormenta, que rivalizaba con la tormenta que la naturaleza lanzaba sobre el bosque. Ambos se dejaron llevar por el deseo, explorando con sus manos y sus labios todas las partes del cuerpo del otro, y dejándose sin reserva alguna.

En medio de la tormenta, Rick creyó escuchar que Lisa le estaba diciendo algo, alguna frase que sonaba ahogada al ser pronunciada directamente sobre sus labios… pero francamente no tenía la menor idea de lo que podría haber sido… y a decir verdad, ni siquiera hubiera podido pensar en ello, mientras se lanzaba al ataque sobre ella…


Sábado 28 de enero de 2017

Como para todas las cosas de la vida, llegó el día en que aquellas vacaciones iban a terminar. El sol amaneció en un cielo despejado; las nubes del día anterior desaparecieron por la noche casi tan rápido como habían llegado. Afuera de aquella cabaña, el pasto estaba todavía húmedo por la lluvia de la noche anterior, a la que se había sumado el rocío de la mañana.

Lo primero que sintió Rick al despertar fue la suave caricia del cabello de Lisa rozando con su piel. Ella estaba acurrucada contra el cuerpo de Rick, contenida sólo por los brazos de Rick que rodeaban su espalda, y todo lo que él podía oír en esa mañana era la lenta y pausada respiración de Lisa sobre su pecho, y el latido suave y rítmico de su corazón cerca del suyo propio.

"Parece una pequeña bebita dormida", pensó Rick al contemplar esa escena, sintiendo que se le erizaba hasta el último cabello del cuerpo al sentir las manos de Lisa en su piel. Sin poder dar crédito a lo que sus ojos y sentidos le estaban diciendo, Rick necesitó confirmar que lo que estaba pasando era real... ya que se le hacía demasiado hermoso como para ser verdad. Por un breve instante, Rick llegó a temer que ese momento, y toda la última semana, hubiera sido nada más que un sueño.

Con delicadeza, comenzó a acariciar con sus manos los brazos y la espalda de Lisa, viéndola tan frágil y pacífica en su sueño que temió lastimarla o despertarla. Sin embargo, y a pesar de estar dormida, Rick pudo notar que Lisa se estremecía cada vez que él la acariciaba, y para su alegría infinita incluso le pareció notar un esbozo de sonrisa en sus labios en el instante en que sus manos se detuvieron en la nuca de ella. Aún en medio de un sueño, ella parecía estar completamente feliz… una felicidad inocente y contagiosa que se transmitió sin esfuerzo a Rick, haciéndolo sonreír cada vez más a cada segundo que pasaba.

De pronto, Rick notó que Lisa empezaba a reacomodarse en la cama. Su cuerpo se acercaba cada vez más al de Rick, sus manos se entrelazaban tras la espalda de él, abrazando su torso desnudo, y en medio de su sueño ella dejó escapar algunos murmullos apagados. Totalmente encantado por la situación hasta el punto de sentirse el hombre más feliz del mundo, Rick le dio un suave beso en la frente, logrando que Lisa volviera a sonreír perezosamente.

Algunos minutos más pasaron, aunque a Rick se le hizo poco importante saber cuántos, hasta que Lisa comenzó a desperezarse. Rick pudo ver cómo se abrían sus ojos, cómo la confusión del despertar que podía notar en su mirada daba paso a una tierna alegría. La sonrisa dormida de Lisa se hizo más radiante, y sin dar advertencia alguna estampó un suave beso en los labios sonrientes de Rick.

– Mmm... Estoy teniendo ese sueño otra vez – murmuró ella con voz de dormida y ojos entrecerrados.

– No es un sueño, preciosa. Esta vez es de verdad – le dijo Rick al oído, mientras su mano recorría el cabello largo y castaño de Lisa… y luego dio rienda suelta a sus propias ganas de besarla.

– Oh... buenos días, guapo – contestó ella sonriendo lentamente y abriendo bien grandes los ojos, pasando sus dedos por entre el cabello oscuro y revuelto de Rick y acercándolo más y más a ella.

– Ojalá pudiéramos despertarnos así siempre – dijo él casi sin pensar, abrumado por las sensaciones que ella despertaba en él… y dando rienda suelta a aquellos pensamientos que había ido teniendo a lo largo de aquella semana…

– Sería hermoso... – dijo ella entre bostezos, aunque la sonrisa no desaparecía de sus labios. – ¿Qué hora es?

Volteándose muy a su pesar, y sintiendo escalofríos cuando Lisa aprovechó para darle un beso rápido en el cuello, Rick buscó con la mirada el reloj despertador que estaba apoyado en la mesa junto a la cama.

– Las doce y cuarto del mediodía – respondió como si fuera lo más normal del mundo.

Aquellas palabras actuaron como una carga eléctrica que repentinamente acabó con la modorra del sueño de Lisa, haciendo que sus ojos se abrieran bien grandes como platos y que sus facciones se contorsionaran en una mueca de espanto e incredulidad.

– ¡Es tardísimo¡Dios, nos quedamos completamente dormidos¡Tendríamos que estar saliendo ahora mismo! – exclamó levantándose como un rayo de la cama casi sin darle tiempo a Rick de decir una sola cosa… dejándolo estupefacto ante semejante despliegue de velocidad y energía por parte de una persona que cinco minutos antes dormía el más profundo de los sueños.

El apuro de Lisa por recuperar el tiempo perdido, sin embargo, llevó a que ella se tropezara con un zapato que había quedado en el suelo desde la tarde del día anterior. Poco ayudaron sus esfuerzos para conservar el equilibrio, y finalmente Lisa cayó aparatosamente sobre sus rodillas en medio de un salvaje grito de queja, logrando apoyar sus manos en el suelo para evitar dar con el rostro en su caída.

Semejante espectáculo provocó que Rick hiciera un tímido intento de reírse, hasta que la mirada furibunda con la que Lisa lo taladró hizo que desistiera de cualquier intento de burla.

– Cuéntale esto a alguien y eres hombre muerto, Hunter – dijo con la voz más fría que Rick hubiera escuchado aquella semana.

Dicho esto, y tras volver a ponerse de pie, Lisa desapareció casi al instante en el baño, mascullando toda clase de maldiciones por la hora, por haberse quedado dormida y por tropezar. Afuera, sentado en la cama, Rick la escuchaba maldecir, quedando completamente perplejo ante aquella mañana tan extraña como divertida.

– Espero que hayas dormido bien... – dijo para sí, completamente confundido, a la vez que daba rienda suelta a la risa que había contenido desde el momento en que ella se tropezó.


Después de poner en los bolsos y valijas todas las cosas que aún quedaban sueltas en aquella cabaña, Rick y Lisa se sentaron en la cocina a disfrutar el último café de sus vacaciones. Entre ambos había sonrisas y miradas tiernas, y el ocasional beso robado, pero aparecía inocultable en sus miradas la melancolía que significaba el fin de ese tiempo maravilloso. Había una sensación de tristeza en el aire, matizada por el deseo no expresado en palabras, pero igualmente sentido, de que ese momento perdurara por siempre… y de que los dos no tuvieran que regresar a Monumento para retomar sus deberes.

Tenían perfectamente claro lo que su retorno a la capital significaría: nuevas separaciones; nuevas misiones para cada uno de ellos que los harían mantenerse alejados por largo tiempo. No importaba cuáles fueran esas misiones o en qué consistieran, siempre era lo mismo. Siempre había sido lo mismo.

Una vez terminado el café, las miradas de Rick y Lisa se cruzaron, y entre ambos se hizo completamente evidente aquel deseo de continuar juntos en ese lugar y tiempo.

Fue Lisa la primera en poner aquella sensación tan triste en palabras.

– Quisiera que esto no se acabara... – dijo dejando las últimas palabras flotando en el aire.

– Yo también... – respondió él con igual tristeza.

– Casi siento ganas de mandar al diablo a Maistroff y a todos esos generales – dijo Lisa sintiéndose molesta por tener que dejar atrás aquella semana de paz y felicidad… por tener que regresar a las obligaciones interminables de la vida militar.

– ¿"Casi sientes ganas"? – le preguntó Rick con incredulidad. – Llevo toda la mañana recordando a sus madres…

– ¡No tienes remedio, Hunter…! – rió ella con ganas de sólo imaginarse las maldiciones de Rick. - Jamás vas a cambiar.

– Mmm..., – murmuró Rick como si estuviera buscando con desesperación una salida para sus problemas – tengo una idea. Tú le mandas una carta de renuncia a Maistroff, yo entro a la base a robar el Skull Uno y te llevo a algún lugar bien alejado donde podamos estar juntos.

Lisa arqueó una ceja ante la sugerencia y rió suavemente mientras se ponía de pie.

– Jamás había pensado que el prospecto de desertar fuera tan atractivo. Me estás corrompiendo, Hunter.

– Tienes que reconocer que es una buena idea – insistió Rick.

– Oh, seguro, es una excelente idea... si tan sólo pudiéramos hacerlo – se lamentó ella mientras lavaba la taza de café. – Admítelo, Rick. Somos demasiado responsables como para escaparnos y dejar que el resto del mundo se arregle solo.

– Bueno, yo creo que después de todo lo que hicimos, el resto del mundo nos debe una – dijo Rick como expresando una verdad de la que no pudiera dudarse. – Después de todo ¿a quién podría molestarle que estemos juntos tú y yo?

– Oh, no sé, podría pensar en una o dos personas – respondió ella haciéndose la misteriosa.

– Mejor dejémoslo así – contestó él guiñándole un ojo. – Odiaría tener que empezar a matar gente luego de regresar a Monumento.

– ¿A quiénes tienes en mente?... – dijo ella con tono severo y preocupado.

– ¿Piensas detenerme?

– Pienso darte una mano.

– Hablaremos de listas de condenados a muerte en el viaje, preciosa – respondió Rick con una enorme sonrisa, mientras se acercaba lentamente para besar con suavidad a Lisa en los labios. Al ver la expresión que había asomado en el rostro de ella, Rick sintió que se estremecía de la ternura, mientras decía con un tono suave y cariñoso:

– Con tal de ver tu rostro todas las mañanas, me arriesgaría hasta a desertar de las Fuerzas.

Completamente roja de timidez por semejante comentario, la siempre seria almirante Hayes no pudo decir nada en respuesta, prefiriendo en cambio lanzarse sobre Rick para besarlo largo y tendido.

– Supongo que podríamos pensar a donde ir para nuestras próximas licencias... – sugirió Rick, en un abrupto cambio de tema.

– Sean cuando sean… – dijo ella con algo de sarcasmo. ¿Tienes alguna idea?

– Tengo algo en mente – asintió Rick, tomando un folleto que había encontrado por ahí y alcanzándoselo a Lisa. – Algo en el Caribe.

– Mmm… "Villa Riviera" – murmuró Lisa leyendo el título del folleto. – Se ve interesante…

– Unos días de playa y sol… – siguió Rick enumerando las virtudes del lugar. - Paseos, recorridas en velero, espectáculos… horas sin hacer nada, recostados en la playa… bueno, tal vez no precisamente sin hacer nada…

– Ya lograste que me guste la idea, piloto – le respondió ella con una sonrisa traviesa y hambrienta, mientras apoyaba su dedo en los labios de Rick, acercándose a él una vez más para rodearlo con sus brazos y besarlo con toda la ternura y amor del que era capaz.

Mientras se abrazaban y se dejaban llevar por la ternura y pasión de ese beso, los dos desearon con todas sus fuerzas que perdurara para siempre, al igual que ese breve rato de paz que habían disfrutado durante la semana… pero no iba a ser.

– Vamos, Lisa – murmuró con tristeza Rick cuando aquel beso terminó, tanteando la mesa de la cocina para tomar las llaves del auto. – Tenemos un viaje por hacer.


Tras asegurarse de que estaban dejando la cabaña en las mismas condiciones con que la habían encontrado al llegar, Rick y Lisa cerraron la puerta con la llave y se tomaron unos segundos para darle un último vistazo a aquella cabaña, recorriendo todo el paisaje… el bosque, el lago, aquel claro en donde se alzaba la cabaña… un último vistazo antes de partir para el edificio de administración a entregar la llave. Al llegar al edificio se cruzaron con Stan, quien se acercó para despedirlos y desearles un muy buen regreso a Monumento.

– Espero que la hayan pasado bien – les preguntó Stan.

– Fue maravilloso, Stan, jamás había descansado tanto como esta semana – contestó Lisa con una sonrisa enorme mientras le devolvía la llave de la cabaña.

– Totalmente de acuerdo… este lugar es espectacular. Muchas gracias por la atención – agregó Rick.

– Oh no, gracias a ustedes por venir. ¡Son bienvenidos cuando quieran! Discúlpenme, el deber me llama – devolvió Stan antes de dar media vuelta y regresar al edificio de administración; un auto acababa de estacionar y los nuevos clientes empezaban a bajar.

– ¡Adiós, muchachos! Espero que lleguen sin problemas – dijo Stan desde la distancia. – ¡Hasta la próxima!

– ¡Adiós, Stan, gracias por todo! – respondió Lisa.

Después de cargar los bolsos en el baúl del auto, Rick y Lisa subieron y dieron silenciosamente la despedida al lugar que había sido para ellos como un pequeño rincón del paraíso. Casi al mismo tiempo, a los dos los invadió un repentino impulso de bajarse del auto, descargar el equipaje y volver a la cabaña para no irse jamás. Ni Rick ni Lisa tenían ganas de regresar a la ciudad, a sus deberes, a la guerra… a la casi segura separación que sobrevendría. Sin embargo, Lisa había tenido razón en sus palabras: eran demasiado responsables como para escaparse.

El auto cruzó la entrada del complejo de cabañas y dobló a la izquierda para emprender el camino de regreso a la Ruta A–84. En pocos minutos, el auto de Rick y Lisa se perdió en la lejanía, desapareciendo de la vista de las cabañas como si jamás hubiera existido.

Atrás dejaban un lugar que estaría por siempre en sus recuerdos. Sin necesidad de hablar ni de comentarlo, ambos acordaron en silencio que un día regresarían allí.


El viaje de regreso a Ciudad Monumento duró una hora y media.

Por fin, el auto de Rick regresó al barrio militar del cual había partido una semana atrás. Los dos habían pasado la mayor parte del viaje intercambiando recuerdos y comentarios sobre los días que pasaron en las cabañas, o comentando intrascendencias de la vida, o simplemente dejando que el viaje transcurriera en silencio… cada vez más mientras se acercaban a Monumento. Ese silencio no se debía a que ambos estuvieran molestos, enojados o hartos de la voz del otro, sino que estaban demasiado tristes por su inminente separación como para llenar el silencio con cháchara.

El auto dobló en Paseo Scharnhorst y avanzó unos metros hasta detenerse en seco en la puerta de la casa de Lisa. Luego de frenar, Rick y Lisa quedaron callados unos segundos, como si ninguno de los dos quisiera dar el primer paso en irse… como si al hacerlo estuvieran poniendo punto final a aquella licencia tan necesaria y que tanto habían disfrutado. En silencio, sin necesidad de llegar a un acuerdo, Lisa y Rick abrieron al mismo tiempo las puertas y fueron en dirección al baúl del auto para empezar a descargar los bolsos.

Al cabo de unos cinco minutos, todas las cosas de Lisa estaban ya de regreso en su casa… y la mirada que Lisa le dirigió a Rick al dejar el último bolso dejaba entrever una gran tristeza por el fin de aquellas vacaciones tan placenteras.

– Lisa, estos últimos días fueron... – comenzó a decir él, buscando las palabras que menos dolor le causaran a él, y a ella…

– Para mí también… – dijo ella en voz baja, y se acercó para abrazarlo, como queriendo retenerlo con ella para siempre. – Quisiera que no te fueras.

Por unos segundos, encantado de la vida ante ese abrazo tan cargado de cariño, Rick deseó que ella realmente no lo soltara jamás, y la tomó entre sus brazos para besarla con todo el amor que podía expresar.

– Yo también quisiera quedarme siempre contigo... – dijo con tristeza evidente y profunda en sus palabras.

Ambos quedaron en silencio, esperando que el otro siguiera la conversación.

– ¿Te parece bien... si cenamos esta noche? Una despedida de nuestras vacaciones… – ofreció ella, rompiendo finalmente con el silencio.

Rick la miró como si le sorprendiera que ella le hubiera hecho semejante pregunta. ¿Tenía que preguntar si le parecía bien una cena con ella?

– Me gustó la idea – dijo suavemente Rick, esbozando una sonrisa por primera vez desde que habían regresado a casa de Lisa. – Es más: hagámoslo en mi casa.

– Pero Rick, – dijo ella – tu casa debe ser…

– Esta vez me toca a mí – interrumpió Rick señalándose al pecho y cortando la frase de Lisa en seco. – Déjame hacerlo.

– Está bien – accedió Lisa, rindiéndose finalmente a la insistencia de Rick. – En tu casa, a las seis. ¿Quieres que lleve algo?

– Para nada, esta noche corre por mi cuenta, almirante – sonrió Rick, meneando la cabeza para luego poner su mejor expresión de estar planeando algo grande. – Es más, creo que prepararé mi famoso…

– No me lo digas – interrumpió Lisa tapándole la boca con una mano… y aprovechando la ocasión para besarlo con tal fuerza que él creyó que perdería el equilibrio. – Sorpréndeme.

– Tú lo pides, bonita – bromeó Rick, acariciándola casi por instinto. – Tendrás sorpresas para la cena, la sobremesa… y el postre – concluyó con un guiño travieso que acompañó tomándola de las caderas, apretándola posesivamente contra su cuerpo.

Lisa sonrió, pero a pesar de ser una sonrisa brillante, no dejaba de tener un dejo de tristeza. Era una tristeza extraña, casi incomprensible; por un lado ella se sentía feliz más allá de lo que recordaba por aquellas tres semanas de licencia compartida… sobre todo por aquella última semana maravillosa que habían pasado juntos en la cabaña, pero la entristecía que terminara y que ahora Rick tuviera que volver a su casa. Por lo menos se verían esa misma noche en una cena…

Tonto consuelo.

– Entonces... será hasta las seis – dijo él.

– Estaré en tu casa a esa hora – contestó ella… y al decir aquellas palabras su semblante cambió, como si una idea acabara de surgir en su interior.

No lo dijo abiertamente, ya que quería que fuera una sorpresa… pero en ese breve instante ella resolvió que haría que aquella cena siguiera hasta el desayuno, almuerzo… y si todo salía bien, en otra cena más.

No necesitó proponerle la idea a Rick… lo conocía lo suficiente como para saber que él estaba pensando exactamente lo mismo… y tuvo que contener la sonrisa al pensar que los dos seguramente estaban tratando de mantener en secreto sus planes… hasta que llegara el momento de la cena.

– Te estaré esperando… – dijo Rick, sintiendo que la alegría volvía a él al ver la mirada sonriente de Lisa… preguntándose qué pensaría si ella supiera que tenía toda la intención de hacer que pasaran juntos esa noche… y lo que pudieran del día siguiente.

No necesitaba preguntárselo… sabía que esa idea le gustaría casi tanto como a él… después de todo, iba a aprovechar hasta la última hora que pudieran tener juntos.

– Nos vemos, linda – le dijo finalmente.

Dicho esto, Rick tomó a Lisa entre sus brazos y prácticamente la levantó por los aires, mientras le daba un beso ansioso y apasionado, cargado de sentimiento… uno de esos besos que hacían que los dos sintieran que estaban a punto de estallar.

– Te extrañaré… – murmuró él contra los labios de Lisa.

– Es sólo hasta las seis, Rick, no es como si me fuera a Plutón – le respondió ella en un vano intento por alegrar un poco el ambiente...

– Es bastante tiempo – respondió Rick, acariciándole el rostro con suavidad. – Nos vemos esta noche, Lisa… Te amo.

– Te amo… – le respondió a modo de despedida, acompañándolo hasta la puerta de su casa... y besándolo una vez más en cuanto él traspuso el umbral.

Ya montado en su auto y listo para partir, Rick pudo ver a través del espejo retrovisor que Lisa aún no había cerrado la puerta de su casa, sino que permanecía de pie, mirándolo mientras se preparaba para partir… mirándolo con aquella expresión soñadora y triste que siempre lograba conmoverlo. Por fin, después de unos torpes intentos por encender el auto, Rick pudo arrancar y emprender así el camino de regreso a su propia casa del barrio militar.

Al cabo de unos segundos de marchar, Rick se detuvo brevemente para voltear y mirar en dirección a la casa de Lisa… comprobando que ella todavía estaba viéndolo irse. Por un breve instante, sus miradas se cruzaron, y a pesar de que la separación no era definitiva en lo absoluto, a Rick le pareció que su corazón estallaba en mil pedazos.

Pocos segundos después de retomar la marcha, la casa de Paseo Scharnhorst desapareció detrás de una curva.

Fue en ese momento que Rick se dio cuenta de que aquel momento tan maravilloso que compartieron los dos durante la última semana había terminado definitivamente, y que ahora sólo sería un recuerdo feliz… un recuerdo que atesoraría para siempre, aún en los momentos más difíciles.

– Bueno, Hunter, de regreso a la realidad – se dijo a sí mismo para dejar atrás la tristeza, pero sólo logró ponerse aún más triste… una tristeza que lo acompañaría hasta que volvieran a verse aquella noche.

Ya no albergaba una sola duda más en su interior; haría que los dos pasaran esa noche juntos y el resto de ese fin de semana a como diera lugar…

Volviendo su atención a la calle por la que estaba circulando, Rick Hunter cayó en la cuenta de que ese día, Ciudad Monumento parecía un lugar mucho más triste y pequeño de lo que era antes de partir para las vacaciones.

Delante de él estaba el último día y medio de licencia que le quedaba antes de regresar al servicio activo…


Notas del Autor y Comentarios:

- Bueno, terminaron las vacaciones para nuestros personajes... así que será de regreso al servicio activo para los dos en el próximo capítulo.

- ¡Como siempre, muchísimas gracias a ustedes por seguir esta historia y por dejar sus comentarios!

- Agradezco especialmente a Sara por hacerme reir y pasar siempre un buen rato, y a Evi por toda su ayuda, y como manera de expresar ese agradecimiento, hay una pequeña referencia en este capítulo que no creo que pase inadvertida para quienes vienen siguiendo "Horizontes de Luz"... si alguno de ustedes no lo leyó, bueno, seré insistente... vayan a hacerlo. No se van a arrepentir.

- ¡Muchos saludos y será hasta el capítulo 4!