MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Capítulo IV: Nuevos Horizontes

Si te sientes cómodo y feliz en donde estás, no te preocupes. Ya se te pasará.

Randolf O'Keefe, "Notas en el camino"

Dios y la Jefatura de Personal tienen un pacto: Dios no se ocupa de las cuestiones de personal y el Jefe de Personal no hace milagros.

Refrán militar


Miércoles 1 de febrero de 2017

Eran las ocho de la mañana y los ojos de Rick estaban clavados en el techo, mirando sin ver, mientras el dormitorio de su casa empezaba a iluminarse con las luces de la mañana que entraban a través de la ventana de la habitación. Rick llevaba horas de estar despierto, sin saber exactamente cuántas habían sido, sumido cual murciélago en la oscuridad de sus propios pensamientos.

Tres días habían pasado desde que Rick y Lisa regresaran a Ciudad Monumento, después de pasar, juntos en una cabaña junto al Lago Memorial, la última semana de sus licencias. Los últimos dos días habían sido extraños para Rick, al punto de considerarlos casi irreales. Luego de una semana pasada junto a Lisa, las cosas parecían haber perdido su color; la realidad no parecía tan viva, tan vibrante como aquellos días de felicidad… y ni siquiera parecía real. Había momentos en los que Rick se preguntaba si la última semana no había sido un sueño, maravilloso y encantador, pero un sueño al fin, en comparación con lo insípidos que habían sido esos dos días.

Gran parte del problema radicaba en que, a pesar de haber terminado oficialmente su licencia, Rick no tenía nada para hacer, ya que los dos últimos días los había pasado inmerso en el equivalente militar del Limbo. A su regreso a Monumento para su licencia, Rick había consultado con el Cuartel General respecto de las órdenes que le esperarían cuando acabaran sus tres semanas de descanso, pero la respuesta a su consulta había sido una escueta frase en la que se le solicitaba que "aguardara futuras instrucciones".

Su suerte al repetir la pregunta ni bien terminó su licencia fue aún peor: un representante de la Jefatura de Personal le había comunicado oficialmente a Rick que, por el momento, se hallaba en situación de "disponibilidad".

En términos civiles, que Rick se hallara en "disponibilidad" significaba que el Alto Mando no tenía ninguna idea de qué hacer con él; Rick no tenía ningún puesto alguno en la cadena de mandos de las Fuerzas de la Tierra Unida… y eso incluía al Escuadrón Skull, ya que Rick no había recibido novedad alguna sobre su situación como comandante del mismo. La única respuesta que recibió de parte de la Jefatura de Personal, repetida como mantra a sus consultas, fue que debía "aguardar futuras instrucciones", que le serían comunicadas "a la brevedad posible". Había hecho aquella consulta hacía dos días, y todavía aguardaba órdenes… y la brevedad posible era cada vez menos breve y más enervante.

La espera lo estaba matando y enloqueciendo; Rick jamás había sido de los tipos que disfrutaban demasiado tiempo sin tener nada que hacer, sin tener algo en qué distraer la mente y ocupar el cuerpo. "La última vez que tuve tanto tiempo libre en mis manos," recordaba aquellos días lejanos con una sonrisa sarcástica en sus labios, "terminé uniéndome a las Fuerzas". Ahora la cuestión a resolver era bien diferente¿qué podría hacer de su vida si las fuerzas armadas resolvían que no existía nada que él pudiera hacer? Si todo fallaba, reflexionó Rick con un sarcasmo doloroso, quizás podría enlistarse en el Ejército de Salvación, aunque la duda más grande que tenía era si le permitirían conservar su grado de capitán.

Afortunadamente para su salud mental, estaba Lisa. Durante los últimos días, Rick y Lisa se habían visto algunas veces; cenaron en casa de él el mismo día que regresaron a Monumento y, tal como ambos habían previsto, pasaron buena parte del día siguiente allí para aprovechar hasta el último rato que pudieran, el lunes habían ido a comer a un restaurant al finalizar el turno de trabajo de Lisa en el cuartel general, y tan sólo el día anterior había pasado a saludarla a su oficina y a tomar un té luego de un fallido intento de obtener respuestas de parte de la Jefatura de Personal.

Como siempre, la posibilidad de verse y pasar un tiempo juntos era lo más maravilloso del mundo para Rick Hunter, pero a pesar de eso, no podía quitarse un dejo de tristeza al sentirla tan cerca y tan lejos a la vez… como si haber terminado esa licencia juntos le estuviera provocando un síndrome de abstinencia. Tras aquella gloriosa semana que pasaron juntos, Rick se había acostumbrado a despertar por las mañanas (o incluso por la madrugada) sintiendo el aroma de Lisa y su suave cuerpo a su lado, se había habituado a charlar y bromear con ella a toda hora del día, y se había hecho desesperadamente adicto a sus sonrisas, al sabor de sus besos y al calor de su cuerpo cuando los dos hacían el amor. Pero ahora que no la tenía junto a él en forma permanente, debiendo conformarse con arrebatársela al trabajo cuando se presentaba la oportunidad, la vida cotidiana parecía más monótona y menos real.

Aquella noche del lunes, cuando fueron a cenar al restaurant, Rick había aprovechado para poner a Lisa al tanto de su peculiar situación militar, explicándole que, aparentemente, los muchachos de Personal estaban sufriendo un ataque de lentitud y falta de respuestas en todo lo referido a su destino y asignación militar.

"No tiene sentido… Todos saben que eres demasiado bueno como para tenerte a la deriva", le había dicho ella para tratar de animarlo, demostrando sorpresa ante el extraño limbo militar en el que Rick había caído, pero eso no bastó para quitarle al piloto la molesta sensación de que había algo más que ella sabía, pero que no le revelaba.

No pasaba de ser un presentimiento, y uno bastante molesto e indeseable para el gusto de Rick, pero definitivamente había algo fuera de lo común en el comportamiento de Lisa. La primera vez que lo notó fue durante la cena del lunes por la noche. Todo parecía normal, la velada era excelente, como de costumbre, hasta que surgió el tema de la situación militar de Rick. En un par de momentos durante la conversación, Lisa desvió rápidamente la vista cuando Rick la miraba a los ojos; quizás aquel gesto no tuviera un significado particular, pero no dejaba de parecerle extraño a Rick que Lisa reaccionara de esa manera...

"¿Sabrá ella por qué me están teniendo en espera?"

Su mente continuaba divagando y dando vueltas alrededor de las "pistas" que se agolpaban en su mente, analizándolas una y otra vez en busca de algo que se le hubiera escapado.

Lisa se había portado con completa normalidad durante las vacaciones, y durante la cena que habían tenido el domingo a la noche. Eso debía significar que lo que sea que Lisa supiera, ella se había enterado de eso el lunes en el cuartel general, antes de ir a cenar al restaurant con él… o, si por casualidad esto era algo que venía de antes, no se había convertido en algo de gravedad hasta el lunes. La visita relámpago que Rick le había hecho la tarde anterior en su oficina había sido, en parte, para sorprender y tomar desprevenida a Lisa y tratar de dilucidar qué era lo que estaba ocurriendo. A pesar de sus sospechas, Rick no se atrevía a lanzar una pregunta directa a Lisa, no fuera cosa que todo acabara siendo una producción de su febril imaginación y terminara lastimando a Lisa con acusaciones infundadas. Sin embargo, que le preguntara o no a Lisa, o que Lisa supiera algo o no, no cambiaba absolutamente nada de la realidad: algo estaba pasando con su carrera militar.

¿Qué le habrán dicho¿Por qué ella no quería decirle?

Las posibilidades iban y venían en su cabeza, y algunas de ellas eran dignas de una revista de teorías conspirativas.

¿Lisa le habría dicho a los del Alto Mando lo que Rick sentía respecto de la batalla de Buenos Aires? No, no podía ser. Lisa era sencillamente incapaz de traicionar su confianza con algo tan personal e íntimo, sin mencionar que, de cualquier manera, Rick Hunter distaba de ser el primer soldado en sufrir con tanta intensidad los golpes de aquella guerra interminable.

¿Acaso estaban castigándolo por tener una relación sentimental con una almirante? Esa hipótesis era igual de absurda que la anterior; Rick y Lisa no rompían ninguna regulación y la relación entre ellos dos tenía estado público desde hacía tres años; no tenía sentido castigarlo en un momento como ése.

¿Pudiera ser que Maistroff lo estuviera usando como herramienta contra Lisa? Tampoco tenía sentido plantearse un escenario como ese, y por las mismas razones que el caso anterior¿qué se podría ganar esperando tres años para hacer una vendetta? Ni siquiera Maistroff era tan maquiavélico.

¿Los altos mandos habrían juzgado que Rick no era apto para seguir en las Fuerzas? Si ese era el caso (y Rick esperaba fervientemente que no fuera así), no cabía en su entendimiento el por qué no se lo decían directamente y de una vez por todas, en vez de tenerlo en su casa caminando por las paredes de la ansiedad que sentía.

A pesar de todas sus cavilaciones, el poder descartar como irracionales todas esas hipótesis sólo lograba enloquecer y enfurecer más a Rick; a fin de cuentas, que no pudiera encontrar una explicación lógica sólo significaba que la causa de su limbo militar era algo que escapaba a su razonamiento.

"¿Qué diablos está pasando?"

Decidiendo dejar de torturarse por un rato con preguntas para las que no iba a encontrar respuestas mirando el techo, Rick resolvió que bien podía hacer algo útil, como prepararse un desayuno.


Luego de ponerse decente para encarar el día, lo que incluyó una afeitada y una buena lavada de cara para quitarse la modorra, Rick fue a la cocina a prepararse un buen desayuno. No tenía mucha hambre, así que resolvió ir por algo más liviano que lo que acostumbraba, conformándose con una taza de café negro y algunas galletitas. A pesar de ser un desayuno bastante ligero, tenía la virtud de no tardar demasiado en prepararse, lo que le permitió a Rick sentarse a disfrutar de su café poco tiempo después de encender la cafetera.

El aroma cálido del café le hizo recordar a Lisa y cómo disfrutaba ella de su café matutino; a decir verdad, prácticamente todas las cosas tenían una forma de recordarle a Lisa. A Rick le gustaba el café como a cualquier persona normal, pero jamás dejaba de sorprenderle cómo Lisa convertía el beber café en una experiencia casi ritual. Y tras ver en determinadas oportunidades cómo Kim, Vanessa y Sammie disfrutaban del café con el mismo gusto que Lisa, el piloto llegó a creer que esa obsesión por el café debía ser algo común al personal de puente.

"Dios, otra vez estoy pensando en Lisa".

La simple realidad era que Rick no podía dejar de pensar en Lisa. Irónicamente, los únicos momentos en los que él dejaba de pensar en cuánto quería tenerla cerca… eran cuando los dos estaban juntos. Lisa Hayes había vuelto como una droga para él, una necesidad que iba más allá de la razón y que sólo se calmaba con su presencia.

La única razón que Rick encontraba para explicar por qué comparaba todo lo que hacía desde que regresó a Monumento con lo que había vivido en aquella cabaña, era que Lisa se había metido en su sangre irremediablemente. Esa sensación de nostalgia y paz que le despertaban los recuerdos de sus recientes vacaciones eran muy extrañas, especialmente cuando no era la primera vez que los dos habían ido de vacaciones juntos. Ciertamente, habían sido las vacaciones más largas que los dos hubieran pasado juntos en los últimos años; desde luego, sus obligaciones habían impedido que sus escapadas duraran más de un fin de semana, o a lo sumo tres días. Sin embargo, Rick podía jurar que jamás había sentido esa especie de "resaca emocional" hasta aquel momento.

"¿Qué diablos me está pasando?", se preguntó Rick.

Rick no dejaba de maravillarse de la intensidad y frecuencia con que sus pensamientos insistían en revolotear alrededor de Lisa durante aquellos días… ella estaba todo el tiempo en su cabeza, todo el tiempo ocupando sus pensamientos… y eso era algo que lo fascinaba.

Y entonces la revelación le golpeó.

"Admítelo, Rick, vivir solo ya no tiene su encanto", le dijo su conciencia, como si acabara de resolver un problema excepcionalmente complicado. La independencia con la que se movía había sido siempre motivo de orgullo de Rick Hunter, una independencia que había estado con él desde que su padre había muerto en un accidente aéreo, cuando Rick sólo contaba con dieciséis años de edad. El arreglárselas solo ante los desafíos de la vida había sido siempre una parte fundamental de su personalidad, y el máximo logro de esa autosuficiencia era el poder vivir él sólo en su propio lugar en el mundo, y esa era una realidad con la que Rick siempre se había sentido bien y cómodo.

Hasta aquel momento.

Ahora todo era distinto.

Ahora sentía que su vida le reclamaba a gritos que Lisa fuera parte de él. Ya lo era desde el día en que cayó en la cuenta de que estaba enamorado de ella, luego de años de dudas e incertidumbres, y había llegado a un punto en el cual Rick sencillamente no podía concebir vivir sin ella. Pero esto… esto era un nivel completamente nuevo… un nivel en el que se hacía cada vez más cercano el momento de dar el siguiente paso.

Por primera vez en su vida, Rick Hunter consideró que el matrimonio era una posibilidad seria y no una obligación social o un capricho… sino algo que nacía de lo más profundo de su ser, en donde Lisa se había hecho carne en una forma que jamás había creído posible.

Cuando era más joven, Rick solía pensar que nadie en su sano juicio podía atarse voluntariamente a algo como el matrimonio puro y duro. Sencillamente no le entraba en la cabeza que dos personas pudieran elegir pasar juntos el resto de su vida... o, de no ser posible, el tiempo antes del divorcio. En algunos momentos de su juventud, llegó incluso a pensar que el matrimonio debía ser producto de alguna clase de enfermedad mental, pero ahora lo entendía. Ahora comprendía que era posible que dos personas se amaran tanto, se necesitaran de tal forma, que era lo más natural del mundo que estuvieran dispuestos a comprometerse el uno con el otro para toda la vida.

"Calma, Hunter", trató de llamarse a sosiego y detener la estampida de sus ideas. No tenía forma de saber lo que Lisa pensaba respecto de la idea, si estaría de acuerdo… o si incluso fuera a reaccionar bien ante una eventual propuesta; no sabía si tenía sentido hacer planes de boda cuando todavía no sabía que iría a ser de su carrera militar… o si incluso seguiría teniendo una carrera militar en el futuro. Aquel momento en el que estaban los dos no era el momento para casamiento.

Lo primero y fundamental era aclarar el panorama profesional y tener alguna noción de lo que sería de ellos dos en el futuro cercano e inmediato. Debía tantear las aguas y discernir qué pensaba Lisa sobre la idea. Pero por sobre todas las cosas, Rick necesitaba silenciar los eternos demonios de sus dudas y confusiones. Y también, aunque no quisiera reconocerlo, de sus miedos.

El sonido estridente del teléfono interrumpió las cavilaciones de Rick, haciendo que sacudiera la cabeza para poner en orden sus ideas antes de tomar el auricular y atender la llamada. El identificador de llamadas estaba indicando que el teléfono de su interlocutor estaba registrado como perteneciente al Cuartel General, lo que le hizo pensar a Rick que tal vez no faltaría mucho más para que se terminara aquella maldita incertidumbre sobre su situación militar…

– Habla el capitán Hunter – dijo Rick en el tono más profesional que pudo lograr en ese momento, esperando no sonar dormido.

Del otro lado del teléfono una voz joven, de soprano, se identificó:

– Capitán Hunter, soy la teniente comandante Regina Giannone, de la oficina del Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida.

Rick lanzó un silbido mental al absorber tan majestuosa proclama, lo que significaba que su interlocutora debía ser la secretaria personal del mismísimo general Maistroff.

– ¿En qué puedo ayudarla, comandante Giannone? – preguntó Rick, ya intrigado y curioso por el motivo de la llamada.

– El general Maistroff solicita que usted se reporte en el salón principal de conferencias del Cuartel General a las 1400 horas de hoy, con el propósito de discutir ciertos asuntos, señor – le informó Giannone con un tono vagamente mecánico.

"Diablos ¿qué querrá Maistroff conmigo?"

Por unos segundos, Rick pensó en preguntarle a la comandante Giannone si tenía alguna idea de la razón por la que Maistroff lo mandaba llamar, pero a pesar de esa curiosidad que lo estaba matando, Rick sabiamente decidió contenerse; cuando el Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida te ordena reunirte con él, sólo te enterarás del motivo en cuanto llegues a su oficina.

Además, la teniente comandante Giannone podía no ser Maistroff, pero como su secretaria, ella ciertamente hablaba en su nombre.

– Entiendo, hoy a las 1400 horas en el salón principal de conferencias¿correcto?

– Sí, señor – respondió Giannone. – El salón de conferencias está en el piso 32 de la torre principal, sala 32A18.

– Gracias, comandante. Dígale al general Maistroff que estaré allí según lo ordenado – contestó finalmente Rick a modo de conclusión.

– Entendido, señor – le contestó Giannone. – Que tenga un buen día.

– Igualmente, comandante Giannone – dijo él, colgando el teléfono en cuanto se aseguró de que Giannone hubiera hecho lo mismo.

"Bueno Rick, con algo de suerte en unas horas más sabrás qué demonios está pasando", se dijo mientras miraba el teléfono, descubriendo que por primera vez en su vida estaba ansioso de tener una reunión con Maistroff.


El invierno siempre conseguía dejar lo peor de Ciudad Monumento a la vista de todos. Por lo general, Monumento era un buen lugar para vivir; era una de las ciudades más grandes de la Tierra, con una vibrante actividad durante la mayor parte del año y gozando de servicios públicos que funcionaban con envidiable normalidad. Pero a pesar de todo, el invierno siempre le daba a Monumento la apariencia de estar desierta… de ser un lugar muerto y estéril en los días más fríos.

El contraste era peor para la gente que había venido de Nueva Macross luego de su destrucción hacía poco más de tres años. Nueva Macross siempre había tenido una cierta vitalidad en todas las épocas del año, en sus calles, en sus comercios y en el humor de su gente, mientras que Monumento en invierno asemejaba un montón de cajas de cemento puestas una al lado de la otra, con gente que desafiaba el frío sólo si tenía la necesidad impostergable de hacerlo.

El frío invernal que azotaba la ciudad ese día, típico de la época del año, no parecía tener consecuencias en la actividad febril que se vivía en los cuarteles generales de las Fuerzas de la Tierra Unida. El perfil vanguardista del enorme complejo, conocido vulgarmente como "el Candelabro" por la inusual disposición de sus torres, se elevaba imponente por sobre el resto de los edificios de la ciudad, superando por varios cuerpos a los rascacielos más elevados de la capital. A tal punto el Cuartel General dominaba el perfil de la ciudad que, para muchos forasteros y no pocos monumenteños, el Candelabro ponía el "monumento" en "Ciudad Monumento".

El gigantesco complejo distaba mucho de estar completamente terminado; algunas de sus torres estaban en pleno proceso de construcción, mientras que varias de las dependencias del Alto Mando continuaban esparcidas en bases cercanas a la ciudad y otros edificios del centro de la capital hasta tanto se les construyera un nuevo lugar en el nuevo sancta sanctorum de la defensa terrestre. Sin embargo, buena parte del centro nervioso de las Fuerzas de la Tierra Unida ya estaba instalado en el Candelabro, y al igual que todo cuartel general que se preciara de tal, le tomó muy poco tiempo a la burocracia el encontrar su nicho, imprimiendo en el Candelabro esa sensación de estupor y rutina típica de los grandes complejos de oficina.

En su momento, el SDF-1 había servido las funciones que hoy cumplía el Candelabro, pero con su exterior dañado y emparchado luego de innumerables impactos de armas Zentraedi y su configuración interna de nave de combate, el SDF-1 jamás fue un verdadero edificio de cuartel general. Una nave insignia, tal vez, pero no un cuartel general; la fortaleza espacial había llevado demasiadas heridas de combate como para ser un edificio regular de oficinas.

– Buenos días, capitán Hunter. ¿Me permite su identificación, por favor? – solicitó el policía militar de la recepción.

Rick Hunter sacó de su bolsillo su carnet de identificación y se lo entregó al guardia, quien lo introdujo en su terminal de computadora y, una vez que recibió la confirmación del sistema, se lo devolvió a Rick.

– Puede pasar, señor.

– Gracias, sargento.

Rick entró en el vestíbulo principal del Candelabro, buscando su camino a los ascensores de la torre central.

El vasto lobby del cuartel general era transitado por oficiales y personal de todos los grados, que iban de un lado a otro: generales yendo de reunión en reunión, subalternos llevando informes a sus superiores, superiores dando órdenes a sus subordinados, y muchos llevando café para ellos mismos. Numerosos policías militares mantenían la seguridad del Cuartel General, permaneciendo de guardia junto a la mesa de entrada y la recepción del edificio, o patrullando los corredores con sus armas cargadas y listas, alertas ante cualquier posibilidad de un ataque terrorista. En una esquina del vestíbulo, un robot de limpieza hacía una pasada para levantar la basura que dejaba la marea humana todos los días y dejar el lugar lo más impecable posible.

Uno de los portadores de café, un mayor del ejército, chocó con Rick mientras éste se dirigía a uno de los ascensores. Si bien la mayor parte del café se derramó en el suelo, un poco de líquido alcanzó a salpicar el uniforme blanco de Rick.

– ¡Oh diablos…! – gruñó el mayor al ver lo que había ocurrido… y al notar que había perdido buena parte de su café. – ¡Lo siento, capitán!

– No se preocupe, mayor – le respondió Rick, haciendo lo posible para limpiarse la mancha. – Accidentes como éstos pasan todos los días.

El robot de limpieza, atento a la situación, se dirigió con rapidez a secar y limpiar la nueva mancha de café en el suelo. De alguna manera, la velocidad con la que el robot detectó el problema y se lanzó a solucionarlo le hizo pensar a Rick que tras tanto trabajar en el Cuartel General, el robot estaba bastante acostumbrado a los derrames de café. "El café es el verdadero combustible de una institución militar", dicen que había dicho una vez el difunto almirante Gloval al ver cómo el personal del puente del SDF-1 bebía cantidades inagotables del brebaje.

Después de rendirse en tratar de limpiar la mancha y asegurarse de no fuera muy evidente, Rick entró al ascensor y dio una última vista al vestíbulo principal, con su marea de oficiales que iban y venían.

"Bienvenidos al templo de la burocracia militar", pensó Rick mientras las puertas del ascensor se cerraban, dejando al vestíbulo y sus transeúntes fuera de su vista mientras el ascensor lo llevaba hacia lo que estuviera esperándolo.


El ascensor llevó a Rick Hunter hasta el piso 32 del Candelabro, en donde estaba ubicado el salón principal de conferencias del Cuartel General. Al salir del ascensor, una sargento primero escoltó a Rick hasta la puerta del salón, en donde los guardias que estaban apostados se cuadraron al ver a Rick e hicieron la venia. Tras responder el saludo con impecable precisión, Rick tomó todo el aliento que pudo y entró al salón.

Y poco faltó para que se quedara con la boca abierta al ver quiénes estaban en esa sala de conferencias.

Por lo que Rick sabía, iba a tener una reunión con el general Maistroff, eso era seguro, pero no pensó que iba a encontrarse con más de la mitad de los miembros del Consejo del Alto Mando, sentados en una enorme mesa en forma de U… con una silla y una mesa pequeña en el centro de la sala, rodeada por la mesa en donde estaban los otros conferencistas.

Recorriendo rápidamente con la vista a la concurrencia, Rick reconoció, además de Maistroff, al Jefe de Estado Mayor, teniente general Anatole Leonard, al Jefe de las Fuerzas Espaciales, almirante Robert Gaumont, a la Jefa de Personal, mayor general Kamala Patel y al Jefe interino de Operaciones, brigadier Adam Reinhardt.

Todos ellos eran específicamente los miembros del Consejo del Alto Mando que tenían en sus manos el poder para arruinarle la vida.

Afortunadamente para Rick, no estaban ni el Juez Advocado General ni el Cirujano General, lo que significaba que, fuera lo que fuera, no incluía ni una corte marcial ni una internación por demencia.

Sin embargo, había una sexta persona sentada en aquella mesa, alguien que no formaba parte del Consejo… alguien a quien Rick definitivamente no esperaba ver: la contralmirante Lisa Hayes, cuya asignación oficial era la supervisión de la construcción del SDF–3, quien lo estaba mirando con una sonrisa apenas disimulada por la expresión de seriedad que solía poner en reuniones oficiales como aquella.

"Tenías guardada esta sorpresa ¿no es cierto, mi amor?", fue la pregunta que Rick dejó implícita en la breve mirada que le dedicó a Lisa.

Haciendo la venia ante todos esos oficiales, aunque sin dejar de mirar de reojo a Lisa, Rick se presentó ante Maistroff:

– Capitán Rick Hunter, reportándose según lo ordenado, general.

– Capitán Hunter, por favor, tome asiento – indicó Maistroff con un gesto hacia una la silla ubicada en el centro de la sala.

– Gracias, señor – dijo Rick, sentándose en donde le había sido indicado.

– ¿Problemas con el café?

– Me temo que sí, general – le dijo Rick, sintiéndose avergonzado de que la mancha fuera tan notoria y evidente.

– Suele suceder por estos lados – le aseguró Maistroff con lo más parecido a una expresión divertida que podía poner.

El general Stanislav Maistroff, Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida, era un oficial corpulento que parecía haber sido hecho para portar un uniforme de general. Mucha gente que sirvió en el SDF-1, Rick incluido, tenían malos recuerdos del entonces coronel Maistroff, a quien consideraban como un pequeño autócrata que no tenía ni la mitad de la habilidad de Henry Gloval. Sin embargo, y pese a que Maistroff seguía sin ser un tipo especialmente querido por el personal militar, los tres años que llevaba como sucesor del fallecido almirante Gloval al frente de las Fuerzas de la Tierra Unida habían mostrado una nueva faceta del "zar de bolsillo", como una vez lo llamó Kim Young.

Ciertamente no era un estratega brillante ni tenía una personalidad agradable, pero Maistroff tenía una tenacidad personal y un patriotismo indiscutible para cualquiera que lo conociera. Más aún, el general sabía los límites de su capacidad y siempre procuró estar rodeado de asesores y oficiales que lo ayudaran a salir de apuros en esas áreas que él no conocía.

– Bueno, señores – dijo Maistroff a todos los presentes. – Siendo que todos los que tienen que estar en esta reunión ya se han hecho presentes, opino que debemos comenzar de inmediato.

Todos los presentes asintieron, incluido Rick, que se encontró haciéndolo casi por instinto, a pesar de ser muy probablemente la única persona que no tenía la menor idea del tema que los había convocado a esa junta.

– En primer lugar, capitán – dijo el almirante Gaumont, – queríamos felicitarlo en persona por sus valerosas acciones durante la campaña sudamericana. Usted es un orgullo para las Fuerzas Espaciales en particular, y para todas las Fuerzas de la Tierra Unida.

– Muchas gracias, almirante – agradeció Rick. – Si me permite decirlo, señor, los que merecen un verdadero agradecimiento son los hombres y mujeres que combaten allí.

– Por supuesto, capitán – dijo Gaumont, con una sonrisa comprensiva que, junto a su porte alto y patricio, le daba todo el aspecto de abuelo que le había hecho ganarse el mote de "el Viejo" con el que era conocido dentro de las Fuerzas Espaciales.

El almirante Robert Gaumont era uno de los pocos altos oficiales en sobrevivir al Holocausto Zentraedi (y eso sólo por hallarse en órbita lunar a bordo del Armor-4 al momento del ataque), y fue su previsión y prudencia luego del cese al fuego entre la flota de Breetai y el SDF-1 lo que logró que buena parte de las Fuerzas Espaciales se salvaran del Holocausto y participaran, aunque más no fuera como apoyo, en el ataque final contra la flota de Dolza. Desde el primer día de la Reconstrucción, Gaumont había comandado las Fuerzas Espaciales y presidido sobre su trabajosa reorganización, hasta convertirla en la flota pujante que era en ese momento.

En otro lugar de la mesa, Reinhardt y Patel cruzaron miradas al escuchar la afirmación de Rick, como confirmando cierta idea que había entre ellos… una idea de la que aparentemente Lisa también estaba al tanto, a juzgar por la mirada que veía en ella.

"¿Qué diablos está ocurriendo aquí?"

– En segundo lugar, capitán Hunter, – continuó Maistroff sin darse por enterado de la confusión de Rick – lo hemos llamado para discutir con usted acerca de ciertas situaciones que se están desarrollando en este momento, situaciones que tendrán una gran repercusión en las actividades de las Fuerzas de la Tierra Unida en el mediano a largo plazo – luego, dirigiéndose al brigadier Reinhardt, le indicó: – ¿Sería tan amable de ilustrar la situación, brigadier?

– Por supuesto, señor – asintió el brigadier, poniéndose de pie y caminando hacia una de las pantallas laterales de la sala de conferencias.

El brigadier Adam Reinhardt era una de las jóvenes estrellas ascendentes de las Fuerzas de la Tierra Unida, habiéndose labrado una impresionante reputación desde el día mismo del Holocausto, cuando siendo un simple comandante logró organizar los restos de varias unidades militares en las cercanías de la ciudad alemana de Hannover para proveer seguridad y asistencia a los sobrevivientes civiles en medio del caos. Desde entonces, Reinhardt había sido promovido con rapidez, y las voces informadas apostaban a que llegaría a convertirse en Jefe del Ejército en cuanto el general Carruthers pasara a retiro, o incluso en Supremo Comandante.

Oficialmente, Reinhardt estaba a cargo de la sección de Análisis Operativo, pero por el momento ocupaba de manera provisional la Jefatura de Operaciones hasta que el vicealmirante Miazawa se recuperara de su by-pass, con lo que se le había dado la enorme responsabilidad de supervisar las operaciones, despliegues y misiones de todas las fuerzas militares de la Tierra Unida.

Tras encender el monitor, el brigadier se hizo a un lado, listo para indicar a los presentes la información que debía dar. El monitor desplegó un mapa de la Tierra en el que las zonas controladas por las fuerzas humanas aparecían en azul, mientras que los dominios de los renegados Zentraedi estaban marcados en rojo.

– Básicamente, la rebelión Zentraedi está condenada – dijo Reinhardt con la seguridad con la que alguien afirma que dos mas dos es cuatro.

– ¿Disculpe? – preguntó Rick sin poder ocultar su incredulidad o su mirada de sorpresa absoluta.

"A mí ciertamente no me pareció que estuviera condenada".

– Su derrota es cuestión de tiempo – le contestó Reinhardt, levantando las manos en un gesto conciliador. – No se trata de exitismo, capitán. Somos perfectamente conscientes que la lucha que queda por delante no será nada fácil, pero los renegados simplemente no podrán continuar con sus esfuerzos por mucho tiempo más… un año como máximo, según lo que aseguran nuestros analistas. Estamos asistiendo a la conclusión de un proceso que se inició con la misma muerte de Khyron y Azonia; sin los únicos líderes capaces de aglutinar a todos los renegados en una única facción, la rebelión Zentraedi quedó en manos de líderes que habían sido oficiales de rango medio o comandantes de unidades menores dentro de las fuerzas Zentraedi.

El mapa se minimizó en una de las esquinas de la pantalla, dejando en el lugar principal imágenes de archivo de los líderes renegados conocidos.

– Ninguno de ellos – explicó el brigadier, señalando aquellas fotografías una por una – tiene el carisma, la popularidad o la capacidad para unir a todos los renegados bajo su mando… o el respeto indiscutible de los demás líderes renegados. Según nuestros informes de inteligencia, con el paso del tiempo y la sucesión de fracasos estratégicos y derrotas, sus desacuerdos internos han ido escalando hasta llegar a una situación en la que pasan casi tanto tiempo peleando entre ellos como contra nuestras fuerzas. Sumemos a esto sus enormes y crecientes dificultades de reclutamiento; el mensaje de los renegados no es tan atractivo ahora como era hace unos años. Después de todo, lo único que tienen para mostrar los renegados tras cuatro años de rebelión abierta es un índice creciente de bajas.

"Al igual que nosotros, mi estimado Reinhardt", pensó Rick con amargura.

– También tienen dificultades logísticas impresionantes – continuó Reinhardt con su análisis. – No tienen ninguna base industrial que los apoye y que reponga sus pérdidas, dependen de los pocos mechas funcionales que pueden recuperar de las naves Zentraedi estrelladas tras la Lluvia de la Muerte; su capacidad de reparación es discutible y no pueden organizar cadenas de suministros eficientes para abastecer a sus fuerzas. Cada batalla, incluso las victorias, representa sangrías inaceptables para sus hombres y equipos.

Reinhardt hizo un breve silencio, mirando a los oficiales presentes uno a uno antes de exponer sus conclusiones.

– Resumiendo, capitán Hunter, los renegados no tienen líderes, no reclutan nuevos miembros y no pueden sostener las pérdidas en su arsenal. Lo que el coronel Emerson y usted lograron en Buenos Aires ha sido, creemos, un logro decisivo. En su intento de ataque a Buenos Aires los renegados empeñaron alrededor del treinta por ciento de sus fuerzas efectivas en América del Sur, fuerzas que han sido prácticamente destruidas gracias a sus esfuerzos y al valor de sus hombres. Como resultado de la batalla de Buenos Aires, los renegados no tienen tropas para sostener el frente en América del Sur. Si agregamos la obsesión de los renegados por lanzar ofensivas, terminarán consumiendo sus mejores tropas en ataques inútiles, dándonos la oportunidad de presionar en su territorio, como hemos hecho luego de Buenos Aires.

Tomando un puntero y restaurando el mapa hasta que ocupó una vez más toda la pantalla, Reinhardt señaló otras regiones de la Tierra que estaban marcadas con el rojo que indicaba el dominio Zentraedi.

– Esta situación se repite en todos los otros frentes de guerra. Hemos pasado a la contraofensiva en el Congo, en Indochina y en Asia Central. Y la situación de las fuerzas renegadas en esos frentes ha sido siempre más precaria que la de sus colegas en Sudamérica. En conclusión, nuestras perspectivas para poner fin a la rebelión en un corto plazo son más que favorables, acabando así con esta ola de violencia y permitiéndonos reorientar nuestros esfuerzos a otros ámbitos – concluyó el brigadier, apagando la pantalla antes de regresar a su asiento.

Ante toda esa información que lo abrumaba, Rick no pudo hacer otra cosa más que asentir, mientras se devanaba los sesos para tratar de entender por qué los oficiales más importantes de las Fuerzas de la Tierra Unida se estaban tomando la molestia de explicarle la situación estratégica militar de la Tierra.

– Se preguntará por qué le estamos explicando todo esto, capitán – dijo el general Leonard notando la expresión de confusión en el rostro de Rick. – Créame cuando le digo que existe una buena razón para todo esto. Ya entenderá al final lo que le estamos queriendo decir.

Rick tuvo que contener la urgencia de hacer una mueca de desagrado al escuchar la voz de Leonard, evitando en la medida de lo posible mirar en dirección del enorme y completamente calvo Jefe de Estado Mayor.

Como muchos otros oficiales militares, Rick no sentía un profundo afecto por Leonard. El teniente general Anatole Leonard había sido hasta no hacía mucho el comandante militar para América del Sur, destacándose durante las campañas contra los rebeldes Zentraedi y creando una fuerza militar de despliegue rápido conocida como el "Ejército de la Cruz del Sur", al frente de la cual había luchado personalmente en numerosas batallas contra los renegados. Desde hacía un par de meses, Leonard se había convertido en el segundo al mando de Maistroff, sin perder el mando personal de la Cruz del Sur.

En cierta manera, Leonard tenía una personalidad bastante similar a la de Maistroff, aunque con rasgos atenuados; en su defensa había que decir que era de trato áspero, pero más sencillo que su superior, además de disponer de mayores capacidades estratégicas que el Supremo Comandante y de una astucia endemoniada. Pero por otro lado, Leonard carecía de la humildad que llevaba a Maistroff a reconocer que a veces no sabía, lo que podía convertir una reunión con el teniente general en una batalla titánica de voluntades… a lo que había que sumarle una tendencia a dejar los escrúpulos de lado en ciertas circunstancias.

– Esta evolución en nuestra guerra contra los renegados – dijo el almirante Gaumont, retomando la palabra – nos ha permitido reencauzar nuestros esfuerzos hacia otros proyectos. Sobre todo, hemos podido dedicar más recursos a la reconstrucción y expansión de nuestras fuerzas de combate espacial. Paralelamente, y como usted sin duda sabrá, – continuó Gaumont, esta vez dirigiendo una breve mirada en dirección de Lisa – hemos aumentado el número de misiones de exploración destinadas a encontrar el mundo capital de los Amos de la Robotecnia.

– En base a toda esta situación – anunció Maistroff – el Alto Mando de las Fuerzas de la Tierra Unida, con el permiso del Gobierno, ha dado oficialmente luz verde a la formación de la Fuerza Expedicionaria. Por supuesto, si bien ciertos elementos como la construcción del SDF–3, las misiones de exploración, la Iniciativa de Colonización y el rearme de nuestra flota, forman parte de los planes de la misión expedicionaria y están en pleno desarrollo desde hace tiempo, es sólo ahora, con las perspectivas de un posible fin de la rebelión Zentraedi, que podemos darle a la preparación de la Fuerza Expedicionaria la prioridad que se merece.

Ahora era el turno de hablar de la general de baja estatura y facciones angulosas sentada junto a Lisa. La mayor general Kamala Patel había sido una piloto de combate de la Fuerza Aérea India durante la Guerra Global, avanzando rápidamente en las Fuerzas de la Tierra Unida hasta convertirse en Jefa de Personal luego de la destrucción del SDF-1, lo que la convertía en la encargada oficial del reclutamiento, capacitación y ascenso del personal militar. Se había hecho fama de mujer detallista y difícil de impresionar, a tal punto que algunos oficiales decían que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que obtener la aprobación de la general Patel para un ascenso sin que ella leyera el legajo del oficial en cuestión al menos de cuatro veces.

– Sin embargo, tenemos un problema – comenzó a explicar Patel. – Estamos muy escasos de personal capacitado para tripular nuestra nueva flota. Si bien eso lo podemos solucionar sin mayores problemas, la cuestión es muy distinta cuando consideramos a los oficiales superiores. Sencillamente no tenemos suficientes mandos bien preparados y con la experiencia suficiente para dirigir a nuestras fuerzas en una guerra expedicionaria al otro lado de la galaxia, un conflicto que puede prolongarse por tiempo indefinido.

– Es por eso – siguió Leonard – que hemos hecho una prioridad de tratar de conseguir y capacitar a todos los líderes que podamos, para integrar los mandos de estas fuerzas expedicionarias.

– Lo que nos lleva a usted, capitán Hunter – retomó Patel.

– ¿A mí? – fue lo único que atinó a decir Rick.

– He revisado cuidadosamente su legajo, capitán, y para serle franca, encontré cosas que me preocupan – descerrajó la general Patel con un tono inesperadamente severo y crítico. – Su foja de servicios demuestra una excesiva tendencia a la insubordinación respecto de sus superiores y de las órdenes que le son impartidas por ellos. Ha demostrado en numerosas oportunidades una discutible capacidad de amoldarse a las exigencias de la disciplina militar. Y mejor no empecemos a hablar de su propensión a responder a sus oficiales superiores sin el debido respeto. En suma, capitán Hunter, me preocupa que sea usted un hombre insubordinado, que se toma excesivas libertades con las órdenes que recibe, e irrespetuoso hacia la autoridad.

Si antes no entendía lo que estaba pasando, aquella reprimenda verbal gratuita e inesperada por parte de la general Patel dejó a Rick completamente atónito e incapaz de articular respuesta.

"¿Qué diablos quieren conmigo?" se preguntó en un intento de comprender lo que estaba pasando en esa sala de conferencias.

En ese momento, Rick no pudo evitar notar que Lisa desviaba la mirada en un intento de evitar cruzarse con los ojos de él, provocando que una terrible duda atacara al confundido capitán Hunter.

"¿Qué les estuviste contando, Lisa?"

– No se preocupe, capitán. Parte del trabajo del Jefe de Personal es actuar de abogado del diablo – dijo Patel con una dura sonrisa en sus labios, sacando a Rick de sus cavilaciones. – Su historial militar también muestra a un oficial con vasta experiencia de combate, de innegable valor personal, con superiores habilidades de vuelo y combate, carismático, capaz de ganarse el respaldo y admiración de todos los que sirven bajo sus órdenes, innovador y con capacidades tácticas y estratégicas realmente impresionantes… con las condecoraciones que lo ameritan. Además usted es, y esto es lo que lo hace interesante para nosotros, uno de los pocos oficiales superiores en servicio activo que cuenta con experiencia de combate espacial por períodos prolongados, tanto en el nivel táctico e individual como en el estratégico y de planeamiento de operaciones. He leído informes y reportes de personal sobre usted escritos incluso por el comandante Fokker y el almirante Gloval, y todos coinciden en remarcar estas afirmaciones.

La sonrisa de la Jefa de Personal ya era evidente.

– Me atrevería a decir, capitán, que estas virtudes superan ampliamente a los pequeños puntos que nombré antes. Después de todo, los mejores líderes militares siempre desencajaron un poco con el perfil tradicional del oficial.

Ante esta afirmación, Maistroff tosió un poco, mostrando un ligero disentimiento con la opinión de su jefa de Personal.

"Bueno, si a usted le parece, general¿quién soy yo para estar en desacuerdo?", pensó Rick, sintiéndose repentinamente aliviado, aunque todavía no se imaginaba lo que esos oficiales querían con él. Luego, volviéndose a Lisa, le dirigió una súplica silenciosa de perdón.

"Perdóname por dudar de ti, amor".

– ¿Ha oído hablar del Alexander, capitán Hunter? – preguntó el almirante Gaumont en un aparente non sequitur.

– Sí, señor. Es un portaaviones de la clase Tokugawa que está por entrar en servicio ¿no es así? – pudo responder Rick tras buscar en su memoria, sin entender cómo habían saltado del tema de su legajo a la construcción de naves estelares.

Los portaaviones de batalla de la clase Tokugawa, nombrados en honor a líderes militares históricos, eran las naves interestelares más grandes en servicio en ese momento en las Fuerzas de la Tierra Unida, y lo seguirían siendo hasta que entrara en servicio el SDF–3. Casi tan grandes como lo había sido el SDF-1 en su modo crucero, las naves clase Tokugawa eran capaces de llevar casi mil aeronaves de combate, pero según lo que Vince le había mencionado a Rick en alguna oportunidad, su armamento principal era bastante respetable, aunque definitivamente no montaba la cantidad de armas que podría llevar una nave de su tamaño. De cualquier manera, el armamento de esas naves era una cuestión marginal, ya que el rol de los Tokugawa era llevar enormes grupos aéreos de combate al campo de batalla, no destruir cruceros enemigos por sus propios medios.

– Así es, capitán – asintió Gaumont. – En un par de semanas el Alexander estará listo para su fase de pruebas, que estimamos que durará alrededor de veintiún días. Esperamos para entonces tener suficientes naves de escolta y apoyo para formar un grupo de batalla centrado en el Alexander. Luego de formar el grupo, y una vez concluido el crucero de pruebas, el grupo de batalla quedará asignado a nuestras fuerzas defensivas permanentes en el Sistema Solar, donde lo tendremos realizando ejercicios, simulacros de combate y patrullaje para foguear a la tripulación hasta que funcione a nuestra completa satisfacción.

– Aquí es donde entra usted, capitán Hunter – intervino Leonard. – La entrada en servicio del Alexander nos da la oportunidad de darle a usted un mando que le permita desarrollar mejor esas habilidades y cualidades que señaló la general Patel, con vistas a los planes militares futuros en los que estamos embarcados.

Rick se sobresaltó ante lo que Leonard implicaba con esas palabras. "Ellos saben que soy piloto, no oficial de nave". ¿Lo saben?

– Disculpe, general, pero no alcanzo a entender – preguntó Rick, dirigiéndose a Leonard. – No tengo la experiencia o la capacitación como para poder comandar efectivamente una nave de batalla, y menos una como el Alexander. Soy piloto de combate, señor.

Para asombro de muchos de los presentes en esa sala, el teniente general Leonard sonrió, hecho que ocurría muy rara vez, lo que dejaba en evidencia que el Jefe de Estado Mayor encontraba toda esa situación, en especial la confusión de Rick, extremadamente divertida.

– Si no me hubiera interrumpido, capitán, le habría explicado que no pensamos otorgarle el comando de esa nave. Nuestra intención es que usted ejerza otro tipo de mando a bordo del Alexander.

Tal vez, pensó Rick con un poco más de alivio, no fuera algo muy grave… quizás quisieran nombrarlo como Comandante del Grupo Aéreo del Alexander o algún otro cargo relacionado con cazas de combate… la incertidumbre lo estaba matando.

Por primera vez en toda la reunión, Rick miró fijamente en dirección de Lisa, esperando que ella, que se había mantenido en silencio durante toda la reunión, pudiera explicarle qué demonios estaba ocurriendo. Casi como si ella hubiera leído los pensamientos que cruzaban por la mente de Rick, Lisa solicitó permiso a Maistroff y tomó la palabra.

– Capitán Hunter, hemos decidido después de largas consideraciones y análisis de su foja de servicios, designarlo a usted como oficial comandante del grupo de batalla del Alexander.

Ya no había forma de ocultar la sorpresa y estupefacción ante lo que Lisa le había dicho. ¿Un grupo de batalla¿Acaso estas personas querían que Rick mandara sobre una docena de naves de guerra? Bien podría haberle dado el mando de la flota de Dolza, en lo que concernía a Rick. Ni siquiera tenía el grado para ocupar un mando de esa categoría.

Pero ahora Maistroff parecía estar dotado de habilidades de telepatía, ya que se puso de pie al instante para anunciarle a Rick:

– Es por esto, capitán Hunter, que también hemos tomado la decisión de ascenderlo a usted al grado de comodoro, efectivo en forma inmediata.

Acercándose a Rick, el general Maistroff depositó sobre la mesa frente a la que el piloto estaba sentado un estuche negro adornado con la insignia de las Fuerzas de la Tierra Unida. Tras tomarse unos segundos para juntar fuerzas, Rick abrió el estuche cuidadosamente, encontrando dentro del mismo, apoyada sobre un paño de color púrpura, una estrella dorada… la insignia de rango de un comodoro.

"¿Yo, un comodoro¡Pero eso quiere decir…!"

Adoptando en ese momento su postura formal de oficial, Maistroff anunció:

– Capitán Richard Hunter, por orden del Primer Ministro de la Tierra Unida, la cual fue emitida luego de recibir las recomendaciones correspondientes por parte del Supremo Comandante, de la Jefa de Personal y del Jefe de las Fuerzas Espaciales, y teniendo en cuenta su excepcional foja de servicios y su experiencia de combate, me complace anunciar que por este acto lo promuevo al rango de comodoro en las Fuerzas Espaciales de la Tierra Unida, con todos los deberes, derechos y privilegios que corresponden a un oficial de dicha jerarquía.

Por unos escasos segundos en los que el miedo a lo desconocido lo embargó, Rick deseó poder decir algo en su defensa, algo que sirviera de objeción ante este ascenso inconsulto, rechazar el cambio revolucionario que significaba en su vida, y poder volver a sus amados aviones de combate. A pesar de saber dentro suyo que ese momento iba a llegar tarde o temprano, y a pesar de haberse preparado para su llegada, Rick sintió en su interior la urgencia primitiva e incontenible de gritar a esos generales y almirantes que lo estaban arrancando de lo que era su vida… de lo que era su pasión.

Dominado por el temor y el deseo de permanecer en lo familiar y conocido, Rick quiso tener la fuerza de devolver aquellas insignias nuevas, de exorcizar la idea de que algún día él dejaría de volar. Quiso gritar a voz en cuello a esos jerarcas que él no era el hombre que necesitaban para aquel trabajo, que no podía ni quería hacerlo, que lo mejor que podrían hacer era darle ese puesto en el Alexander a otra persona más capacitada… que lo suyo era volar.

Pero no pudo hacerlo.

Como por instinto, como buscando algún reaseguro ante semejante anuncio, Rick buscó con la mirada a Lisa, encontrándola sentada en su asiento, luciendo como el prototipo de almirante que era, toda oficial y seria. Pero sus ojos… en esos brillantes ojos verdes podían notarse todo el orgullo y el amor que ella sentía por él… un orgullo y un amor que lo conmovieron hasta el alma. Recordó aquel juramento hecho ese lejano día, hacía tres años, cuando descubrió lo que Lisa sentía por él… recordó que había jurado prestar toda la atención que pudiera a los sentimientos de Lisa, a escuchar cuidadosamente lo que decía, antes de abrir la boca para hablar y lastimarla con algo que pudiera ser injusto.

Aquellas ganas desesperadas de rechazar el ascenso fueron reemplazadas por una sensación de vergüenza personal al ver a Lisa y al sentir el amor y orgullo que ella tenía por él. La vergüenza era mayor al recordar que Lisa debió afrontar una carga mayor cuando la ascendieron a contralmirante apenas dos días después de la destrucción del SDF-1, mientras que él estaba quejándose (silenciosamente, desde luego) por algo mucho menor.

Su conciencia no lo dejaba en paz: "Ella soportó esa carga y se enfrentó a ella… ¡no puedo ser tan cobarde¡No frente a ella¡No cuando ella soportó tanto por mi culpa!"

Volviendo a verse en los ojos de Lisa, y sintiendo la mirada tierna que le estaba dando, aún con las limitaciones implícitas en mostrar ternura en una sala repleta de generales y almirantes, Rick encontró en su interior las fuerzas necesarias para vencer aquellas dudas… y el miedo a lo desconocido cedió paso a la voluntad de encararlo de frente.

"Ella confía en ti, Hunter. Ella cree en ti. Cree ahora en ella".

No dejaba de pesarle en la conciencia que las próximas palabras que fuera a decir bien podrían definir el rumbo que tomaría su vida, el futuro de su carrera y quizás la marcha de la relación más importante de su vida. Pero en el fondo, Rick sintió que a pesar de todo, a pesar de sus dudas y resquemores, estaba a punto de dar un paso correcto, que sin convencerlo del todo, no le impedía hacer el intento.

Era lo menos que podía hacer por Lisa.

– Muchas gracias, general. Acepto el nombramiento – dijo Rick con la voz más firme que pudo lograr en ese momento, aunque no pudo evitar que en esas palabras se colaran algunos atisbos de dudas y desconfianza.

"Pues bien, que lo sepan", se dijo Rick.

Acercándose a donde estaba sentado Rick, Lisa tomó el estuche de entre sus manos, sosteniéndolo brevemente en sus manos antes de tomar la insignia que estaba dentro. Una vez que cerró el estuche y lo dejó sobre la mesa, Lisa se inclinó para quitar del cuello del uniforme de Rick las cuatro barras doradas de su insignia de capitán, ajustando en su lugar la estrella dorada de comodoro.

Todos los oficiales allí presentes, encabezados por Maistroff, se acercaron a Rick para darle la mano y felicitarlo por su promoción, deseándole el mejor de los éxitos en su nueva etapa profesional.

La última en saludar y felicitar a Rick fue Lisa, quien sin perder jamás el decoro militar que la caracterizaba, estrechó la mano a Rick en la suya, provocando con ese fugaz contacto una sensación de calidez y estremecimiento que prácticamente detuvo el tiempo para Rick… inspirándole un deseo de tomarla en brazos y besarla.

Bastante le costó contener esos deseos.

Encontrándose con la mirada sonriente de la mujer a la que amaba, Rick creyó que acabaría desmayándose cuando ella le dijo finalmente:

– Felicitaciones... comodoro Hunter.


Las pantallas se habían apagado y el lugar había quedado en completo silencio; Maistroff y los otros generales y almirantes se habían ido en cuanto acabaron de discutir otros asuntos que figuraban en el temario de la junta, dejando solos en la sala de conferencias del Alto Mando a Lisa y a un muy confundido Rick Hunter, que no atinaba a decir alguna palabra que lo sacara de su estado de completa sorpresa, y que de tanto en tanto pasaba su mano por el cuello de su uniforme para comprobar si realmente tenía una nueva insignia en ese lugar.

Por su parte, y ya sin tener que guardar molestas apariencias, Lisa había aprovechado la retirada de los altos oficiales para sentarse en el borde de la mesa en una pose bastante relajada, sin poder quitarle de encima los ojos a Rick y encontrando su confusión como algo de lo más tierno… en especial la mirada de perrito de aparador que tenía en sus ojos azules, así como la boca semiabierta por la sorpresa.

– ¿Cómo te sientes? – acabó preguntándole Lisa con ternura.

Levantando la mirada para encontrarse con los ojos verdes de Lisa, Rick sonrió con picardía y comenzó a responder como si recién hubiera vuelto algo importante a su memoria:

– ¿Sabes? No sé si te conté, pero tuve un sueño muy curioso...

– ¿Ah, sí? – le respondió Lisa, arqueando una ceja y decidiendo seguirle el juego a Rick – ¿Y qué pasaba en tu sueño?

Sonriendo otra vez mientras se acomodaba en la silla como si se preparara para contar una larga historia, Rick se perdió algunos segundos en los ojos de Lisa antes de comenzar a explicar:

– Bueno… soñé que estaba en la sala de conferencias del Cuartel General, me habían llamado para una junta sin decirme de qué se trataba... llego y me encuentro con media docena de generales y almirantes que me empiezan a contar cosas. Es más; podría jurar que entre esos estabas tú.

Tratando de contener la risa (y fallando en el intento), Lisa no pudo hacer otra cosa más que sacudir la cabeza como si no pudiera creer el descaro de Rick, y la sonrisa enorme que portaba en el rostro amenazaba con convertirse muy pronto en una carcajada.

Viendo esto, Rick se detuvo abruptamente y le hizo gestos a Lisa para que se contuviera, o al menos para que resistiera un rato más las ganas de reír:

– ¡Pero espera, se pone interesante! – le aseguró con una gigantesca sonrisa y un guiño travieso en los ojos. – Aparentemente, se les ocurrió que yo podría hacerme cargo de un grupo de batalla de portaaviones en la flota espacial, y me dijeron que me iban a dar el mando de uno de esos grupos… Incluso – se detuvo para soltar una breve carcajada antes de seguir con la historia – esto te va a encantar… ¡incluso me ascendían a comodoro en el sueño! Y entonces...

Por más que hubiera querido seguir con esa historia que tenía más de broma que de sueño, Rick se encontró con que había algo que lo distraía y le impedía concentrarse; algo como la contralmirante Lisa Hayes caminando seductoramente hasta donde él estaba sentado, mirándolo con un amor que lo dejaba sencillamente helado e inerme ante ella… y por más que lo intentara, Rick encontró que no podía despegar la mirada de los ojos claros de Lisa.

Tampoco hubiera querido hacerlo, de haber sido capaz.

– ¿Y pasaba algo como esto en tu sueño? – le preguntó Lisa en un susurro mientras se agachaba sobre él, cerrando lentamente los ojos… y dándole un beso.

Aquel beso bastó para desarmar por completo a Rick, rindiéndose ante cada nuevo avance de los labios de Lisa como si estuviera frente a una fuerza irresistible… y dejándose por completo a merced de la almirante en el momento en que su lengua entró en acción, entrando en su boca sin pedir permiso.

Y si la sensación de ese beso no bastaba para dejar a Rick completamente atontado, los gemidos ahogados de ella, y los que ella le provocaba a él, amenazaban con volverlo loco, a tal punto que Rick agradeció que Lisa le estuviera tomando el rostro entre sus manos, porque de lo contrario se derretiría allí mismo…

Ya cuando Rick se sentía próximo a explotar por las sensaciones que le despertaba ese beso, Lisa separó sus labios y volvió a abrir los ojos para mirarlo con todo el cariño del que era capaz, mientras lo único que él podía hacer, atontado como había quedado, era mirarla a los ojos como si no hubiera otra cosa en el mundo…

– No que yo recuerde… – balbuceó Rick apenas recuperó el aliento, para luego pedirle a Lisa con una mirada traviesa: – ¿Me refrescas la memoria?

– Con gusto.

Ese segundo beso fue igual que el primero… hasta que se puso mejor, dándole a los dos la idea bastante creíble de que morirían allí mismo del puro placer que sentían…

– Wooooooowwwww... – exclamó Rick ni bien terminó ese beso, haciendo que Lisa entrara a reír. – ¡No era un sueño entonces!

– No, amor… es completamente cierto – le aseguró Lisa, en medio de las risas que le había provocado Rick con toda esa charada.

Por su parte, Rick se llevó las manos a la nuca, reclinándose en la silla como si fuera a mirar al techo, mientras aparecía en su rostro una expresión tanto sorprendida como ilusionada que enterneció a Lisa hasta el límite.

– ¡Vaya! – exclamó él con sorpresa. – "Comodoro Hunter"… es más que lo que esperaba lograr el día que me uní a las Fuerzas.

– Es más que lo que yo esperaba de ti el día que entraste a las Fuerzas – replicó Lisa guiñándole el ojo.

– ¡Cuánta confianza que me tienes! – protestó Rick, sólo logrando que ella riera ante su indignación.

– ¿Ayuda si te digo que estaba completamente equivocada?

– Puede ser… – le dijo Rick, invitándola a mejorar la oferta.

Lisa no necesitaba que se lo explicaran dos veces, y volvió a inclinarse sobre el piloto, sonriendo mientras sus cabellos rozaban la piel de Rick, haciéndole sentir escalofríos de la cabeza hasta los pies.

– ¿Y así? – susurró antes de darle otro beso más a Rick… otro beso que amenazó con hacerles perder todo sentido del decoro militar, al menos hasta que encontraron fuerzas para terminarlo.

Rick hizo una pose de estar considerando seriamente lo que Lisa le estaba diciendo, antes de sonreírle y darle un fugaz beso en los labios.

– Ahora sí…

Satisfecha con la respuesta, Lisa decidió retomar el tema original de conversación.

– ¿Qué te parece entonces?

– No lo sé… – respondió Rick mientras buscaba algo que decir; algo que reflejara fielmente lo que sentía ante todo lo que acababa de ocurrir, conformándose con decir: – Es algo enorme, amor… algo muy grande.

– ¿Algo te preocupa?

¿Qué si algo le preocupaba¿Por donde podría empezar?

– Supongo… – comenzó a explicar Rick, tratando de poner bien en palabras lo que quería decir. – Supongo que con esto del ascenso y del nuevo cargo… supongo que ya no voy a volar más.

La mirada de Lisa se ensombreció, temerosa de cómo iba a reaccionar Rick ante semejante cambio. Ella comprendía todo lo que él podía llegar a sentir; volar era su vida, y lo había sido desde siempre… desde mucho antes que ella entrara a formar parte de su vida. Volar era la única constante de su vida, volar era lo que él sabía hacer desde que tenía uso de razón… y ahora estaba cerca de perderlo… Dios sabía cómo podía llegar a reaccionar.

– Supongo que… – dijo Lisa en un intento de hilvanar una respuesta, pero de pronto las palabras se trabaron en su lengua, y lo único que pudo hacer fue asentir levemente, confirmando las palabras de Rick.

Pero para sorpresa de Lisa, Rick sencillamente se encogió de hombros, dejando que en su rostro se notara por algunos segundos una tristeza pasajera… como si estuviera haciéndose a la idea. Daba la impresión de que aquella noticia, sin dejar de ser algo triste para él, no había sido precisamente inesperada; parecía como si de alguna manera u otra, Rick hubiera estado plenamente consciente de que ese momento iba a llegar.

En cierta manera, pensó Rick tras considerar la idea con más calma, no dejaba de ser un alivio. Haber temido tanto tiempo la llegada de ese momento lo había dejado preparado para resistirlo mejor, como acababa de descubrir. No era algo inesperado para él, sino algo que él veía cada vez más cercano conforme pasaban los años… hasta que llegó el momento, encontrándolo temeroso por dejar lo conocido y desesperado ante la posibilidad del cambio, pero bastó que pensara la idea con más frialdad para descubrirse preparado para enfrentar lo que el futuro le tuviera reservado.

Además –y eso jamás se lo revelaría a Lisa–, él sabía que un piloto de combate que había pasado demasiado tiempo en medio de la guerra era alguien a quien la violencia constante le llegaba con más fuerza y le dejaba más cicatrices… convirtiéndolo en un piloto que se volvía cada vez más peligroso para sí mismo y para los hombres con los que volaba… y él no iba a convertirse en una amenaza.

Ocho años de guerra interminable… ocho años de combates constantes montado en la cabina de un Veritech… ocho años que fueron demasiado para él, y la reciente campaña en América del Sur se lo había demostrado con todas las luces.

– De cualquier manera voy a conservar mi status de vuelo hasta donde me sea posible… así que voy a hacer que me presten un Veritech de tanto en tanto – aseguró Rick con impasibilidad, arrancando una leve risa de parte de la almirante Hayes con su esfuerzo para romper el hielo.

– Si no te lo dan, amor, diles que hablen conmigo.

– Lo haré, bonita – rió él, sintiéndose mucho mejor y más aliviado.

Sentándose sobre la mesa, Lisa acarició el rostro de Rick, sonriéndole a cada instante y dejándose hundir en la mirada azul de puro amor del hombre al que amaba…

– Piensa en el lado positivo… – le susurró, despertando la curiosidad de Rick.

– ¿Cuál es el lado positivo? – preguntó con curiosidad Rick, queriendo saber qué tenía en mente Lisa.

– Ahora podrás visitarme más a menudo al Satélite Fábrica cuando esté allí.

Rick entró a reír, encontrando que la idea realmente era buena y haciendo una nota mental para que, cuando él estuviera al mando, el Alexander pasara seis de los siete días de la semana en el Satélite Fábrica; en cuanto al séptimo día, no había salida… tenía que ganarse su sueldo.

A menos que…

– Eso si no me mandan a una misión de exploración… – lanzó Rick como queriendo exorcizar la posibilidad.

– ¿No escuchaste al Viejo, Rick? – respondió Lisa, para luego pasar a explicarle: – El Alexander está asignado a la flota local… no se van a mover de este sistema solar, así que, comodoro Hunter… espero verlo bastante a menudo en el Satélite Fábrica.

Lisa jamás se lo iba a decir a Rick, pero esa había sido la condición que puso a la hora de colaborar con Maistroff y Gaumont cuando se le acercaron a plantearle la posibilidad de un ascenso y reasignación de Rick a la flota espacial… había exigido que Rick fuera asignado a alguna nave que permaneciera en el Sistema Solar, y no una que tuviera que pasar meses en el espacio interestelar buscando a los Amos de la Robotecnia… enfrentándose a Dios sabía qué cosas en medio de la nada.

Rick ya había tenido su cuota de guerra, una cuota exagerada, les había dicho ella a los altos oficiales; si realmente querían consultar con ella para el ascenso y reasignación de Rick Hunter, el Alto Mando debía comprometerse a darle a Rick un puesto más tranquilo… la oportunidad de reposar de toda la guerra y violencia que había visto durante los últimos años, una oportunidad que a la vez le permitiera a las Fuerzas de la Tierra Unida poder aprovechar toda esa experiencia y capacidad que tenía Rick en la manera que había sido descrita durante la junta.

Esa había sido su condición… una condición que el Supremo Comandante y el Jefe de las Fuerzas Espaciales habían aceptado, y que se materializó en la designación de Rick como comandante del grupo de batalla del Alexander.

– ¡A sus órdenes, almirante Hayes! – respondió Rick haciendo una venia teatral. – ¿Alguna otra inquietud que pueda resolverle?

Con todos los temas urticantes atrás, Lisa pensó que bien pudieran pasar a un tema más interesante y entretenido para los dos, algo de lo que había ido teniendo pequeños adelantos en los últimos minutos…

– Bueno – le respondió a Rick con una voz sensual que lo hizo estremecer – quería saber qué tan bien besan los comodoros…

– Ajá… – asintió Rick, atravesándola con una mirada hambrienta.

– Y dado que tengo un comodoro cerca…

Lisa dejó que la idea flotara en el aire mientras caminaba hacia la puerta de la sala de conferencias, pero se detuvo en cuanto escuchó que Rick le estaba hablando:

– Sólo una duda… ¿no habías besado antes a este comodoro?

– Nop… – negó Lisa con la cabeza y guiñándole el ojo. – Besé a un capitán que me contaba un sueño en el que lo ascendían a comodoro. No es la misma cosa.

– Ah… ahora entiendo. ¿No te preocupa que puedan filmar todo esto?

Otra sonrisa lenta, de esas que paralizaban a Rick, apareció en los labios de Lisa.

– Rick, esta es la sala de conferencias… ¿de veras crees que Maistroff tenga cámaras aquí? Podrían filmar sus noches de poker…

– Eso sería terrible – rió el comodoro Hunter, sin quitarle la mirada de encima a Lisa. – Digo… sería terrible para los que vieran el video de las noches de juerga de Maistroff.

– ¿Entonces? – preguntó Lisa tras asegurarse de que la puerta de la sala de conferencias estuviera bien cerrada, mientras se mordía el labio inferior en una forma que rápidamente enloquecía a Rick. – ¿Me va a dar esa demostración o no, comodoro?

El abrazo repentino y el beso apasionado con que Rick la sorprendió fueron suficiente respuesta para ella, demostrándole a la almirante Hayes qué tan bien besaba ese comodoro en particular…


– ¡Una ronda más de cervezas! – pidió Max al camarero más cercano.

– ¡Amén, más cerveza! – dijeron a coro Kim, Sammie y Vanessa, sumándose al pedido de Max.

– Póngala en la cuenta del comodoro Hunter – agregó por su parte Miriya, sonriendo al agasajado y señalándoselo al camarero. – Esta noche él paga nuestras bebidas.

– Una ronda de cervezas, marcha ahora mismo – dijo el camarero, confirmando el pedido antes de dar media vuelta y marchar raudo a la barra del Bunker.

Un popularísimo lugar de reunión para los miembros de las Fuerzas de la Tierra Unida estacionados en Ciudad Monumento, el Bunker era un enorme bar situado a algunas cuantas cuadras del Candelabro, y ya desde su inauguración se había convertido en uno de los sitios preferidos del personal militar para despejarse luego de un día de trabajo, y comentar los eventos del día con una buena cerveza sobre la mesa.

Y ese día había un gran evento para comentar en una de las mesas del Bunker.

La tradición militar (que no por ser relativamente nueva era menos inflexible) exigía que los oficiales que eran recientemente ascendidos invitaran esa misma noche a sus amigos más cercanos al Bunker a celebrar el acontecimiento, y que pagaran todas las rondas… algo favorecido por la astuta política de los propietarios del Bunker de otorgar generosos descuentos para los festejos de promoción, válidos con sólo mostrar la vieja y la nueva insignia de rango del agasajado en la barra.

El recientemente ascendido comodoro Rick Hunter había deseado que su promoción pasara inadvertida, no porque no tuviera ganas de celebrar, sino porque quería tener algo de tiempo para procesar el hecho completamente inesperado de su ascenso. Por supuesto que tarde o temprano invitaría a sus amigos al Bunker para celebrar la ocasión, muy probablemente al día siguiente; sólo que hubiera preferido que no fuera esa misma noche.

Por desgracia para él, Rick no había tenido en cuenta la posible intervención del Trío Terrible.

En cuanto Kim se enteró que Lisa había discutido con el general Maistroff y el almirante Gaumont la posibilidad de darle un ascenso a Rick, la increíblemente eficiente maquinaria del Trío se puso en marcha. Tan eficientes habían sido los movimientos del Trío que Rick se encontró a Kim, Vanessa y Sammie en el vestíbulo del Candelabro minutos después de dejar la sala de conferencias.

En ese encuentro inesperado, el Trío se ocupó de recordarle con claridad a Rick lo que mandaba la tradición. Y hallándose en inferioridad numérica (y ante el Trío, para empeorar las cosas), Rick descubrió que ni siquiera un comodoro podía escapar de la tradición.

En pocas palabras, Rick no tuvo ninguna opción, y era por eso que, aquella misma noche, se hallaba sentado en una de las mesas del Bunker junto a Max, Miriya, Kim, Sammie, Vanessa y Lisa. Los Grant se habían excusado de asistir debido a que Bowie había caído repentinamente enfermo, aunque se tomaron el trabajo de incluir en su mensaje de excusa a Rick el nombre de su marca favorita de cerveza.

A pesar de haber rezongado y protestado un poco cuando lo invitaron a su propio festejo, Rick estaba muy feliz de poder festejar su ascenso junto a sus amigos, aunque el prospecto de su promoción no dejaba de provocarle inquietud en algún lugar de su ser… una inquietud que hacía que ese festejo no fuera todo lo divertido para él que podría ser

– Oye, Rick ¿qué se siente ser comodoro? – preguntó ilusionada Sammie, sacando a Rick de sus intentos de meditaciones.

– No es muy distinto de cuando me ascendieron a capitán –intentó responder modestamente Rick. – Es sólo un cambio de grado, no es que cambie mi vida radicalmente.

"Seguro… y los Zentraedi son sólo un poco más altos que el promedio", se dijo Rick para sus adentros.

– Vamos, quieres saltar de alegría y bailar toda la noche – insistió Kim– ¡No dejes que te detengamos!

– En realidad...

– En realidad lo que Rick quiere es que lo dejemos festejar a solas con Lisa – lanzó Vanessa sin anestesia alguna, guiñando un ojo al atribulado comodoro. – Lo lamento, Rick, la tradición es perfectamente clara. Esta noche es nuestra. Ya tendrás tiempo de sobra para celebrar en privado con la almirante Hayes – concluyó en un tono insinuante que motivó las sonrisas cómplices de sus socias del Trío.

Lisa no pudo evitar sonrojarse al escuchar el comentario de Vanessa, aunque su malestar no pasó de eso. En boca de cualquier otra persona fuera de ese círculo de amigos, Lisa se habría sentido ofendida y avergonzada, pero Vanessa Leeds era alguien especial, y después de años de haber trabajado junto a ella, ya se sentía completamente inmunizada contra sus comentarios más picantes. Además al igual que sus socias y colegas del Trío, Vanessa era terriblemente graciosa, lo que hacía que Lisa, por más que lo intentara, fuera incapaz de enojarse con ella.

Pero aparentemente Rick había tomado muy en serio el comentario de Vanessa, a juzgar por la mirada intensa que le estaba lanzando en ese mismo instante a Lisa… una mirada que, acompañada por un leve arqueo de su ceja y un movimiento casi imperceptible de su cabeza, tenía un significado más que claro para la contralmirante Hayes.

"¿En mi casa, después de esto?"

Por su parte, el guiño y la sonrisa traviesa que Lisa le dedicó a Rick sólo querían decir una única cosa, que el comodoro Hunter captó al vuelo sin necesidad de aclaraciones:

"Por supuesto… y prepárate…"

– Hablando en serio, Rick... ¡todo un grupo de batalla! Debe ser abrumador sentir tanta responsabilidad encima – continuó Kim, afortunadamente sin notar el sobresalto con el que Rick acusó recibo de sus palabras. – Yo misma no lo creí posible hasta que vi los documentos con la firma de Maistroff en el escritorio de Lisa…

Esas palabras bastaron para que la almirante Hayes le dedicara una de sus miradas más severas a su asistente.

– Juro que no estuve hurgando, almirante... sólo los leí porque estaban encima del escritorio – intentó excusarse Kim, levantando las manos en señal de rendirse.

– Sí, es algo enorme... todavía no lo puedo creer – dijo Rick con un gesto de sorpresa, con la mirada perdida en el techo.

– ¿Cuándo entrará en servicio el Alexander? – preguntó repentinamente Miriya.

– Bueno, – comenzó a explicar Rick según lo que me han dicho, en dos semanas lo incorporarán formalmente al servicio… y ese día tengo que ir a la ceremonia para luego hacerme cargo del grupo de batalla. Una vez que todas las naves estén reunidas, el mando planea un crucero de pruebas de tres semanas hasta Marte junto con el resto del grupo.

– ¿Y qué harán allí? – inquirió Vanessa.

– Supongo que ejercicios de combate, pruebas de sistemas, diablos, no tengo idea – admitió Rick, sintiendo que la cerveza estaba aflojando poco a poco su lengua. – No tengo la menor idea de cómo funciona una nave de guerra – dijo haciendo un gesto despectivo con su mano. – Cosas menores como ésas los pilotos se las dejamos al personal de puente.

– Vaya, vaya – dijo Kim mirando a Rick con desdén y obteniendo el asentimiento de sus colegas del Trío. – Todos los pilotos son iguales, préstales un poco de atención y después no sabrás cómo bajarlos de su ego.

– Amén – agregó Sammie – Es por eso que no salgo con pilotos.

– ¿Ah, sí? – preguntó Vanessa – ¿Entonces por qué estabas revisando a ese piloto en la mesa de al lado de la ventana?

– No lo estaba revisando... se parecía mucho a alguien que conocí una vez – se defendió Sammie ante lo que prometía ser otro ataque traicionero de parte de sus socias.

– Déjame adivinar… ¿Un ex-novio tuyo? – rió Kim.

– ¡Ya les voy a mostrar, par de arpías! – exclamó Sammie, enojada a más no poder con sus amigas.

Dicho esto, ella se levantó de su silla y caminó con decisión hasta la mesa donde estaba sentado el piloto en cuestión… dejando atónitas a Vanessa y Kim en cuanto apoyó una mano en el hombro del desprevenido piloto. Al darse vuelta para ver de qué se trataba, el piloto se encontró con una Sammie Porter estampándole un beso en los labios que duró casi un minuto… y que al terminar, dejó al pobre piloto totalmente confundido y sin aliento, y a Kim y Vanessa completamente estupefactas y con la boca abierta.

– ¡No las escucho hablar ahora, chicas! – gritó Sammie en tono triunfal desde el otro lado del bar.

Por su parte y sin entender de qué se trataba todo el asunto, el piloto sólo atinaba a quedarse mirando a Sammie con una expresión desconcertada en el rostro, hasta que su asaltante le habló, guiñándole el ojo antes de volver a su mesa:

– Teniente comandante Samantha Porter, a tus órdenes, guapo.

Kim y Vanessa no fueron las únicas en quedarse pasmadas por el gesto atrevido de la pequeña Sammie, ya que Rick y Lisa permanecieron algunos instantes sin saber qué decir ante lo que habían visto, sonriendo de oreja a oreja hasta que Lisa rompió el silencio:

– No será para darle la Medalla de Honor, pero Sammie acaba de demostrar que tiene lo que hay que tener.

Rick rió con gusto con el comentario de Lisa, pero estalló en carcajadas al ver cómo Sammie volvía a su asiento con un estilo altanero, que acentuó las caras de vergüenza de Kim y Vanessa hasta hacerlas muy parecidas a las arpías que Sammie decía que eran.

– ¿Nos estabas... contando, Rick? – dijo entre dientes apretados Kim, ignorando por completo a su joven amiga… así como tratando de no hacerle caso a sus ganas de estrangularla.

– Bueno, les decía que yo no tengo la menor idea de cómo funciona una nave de guerra, y ahora me ponen al mando de doce naves – dicho esto, Rick se inclinó hacia atrás para mirar por unos segundos al techo, como pidiéndole al cielo que le diera una explicación. – ¡Doce naves... vaya! Nunca en mi vida pensé que me fueran a poner a cargo de semejante responsabilidad.

– Ya lo creo – acotó Max con tranquilidad, mientras bebía un sorbo de su cerveza. – Un escuadrón ya es bastante responsabilidad, no quiero imaginar lo que debe ser todo un grupo de batalla.

– Dime, Rick – intervino Miriya, aprovechando la oportunidad que el comentario de su esposo había abierto. – Ahora que te ascendieron ¿quién se hará cargo del Skull?

Mirando a Lisa y guiñándole el ojo, como poniendo en marcha un plan secreto, Rick comenzó a hablar en tono excesivamente oficial:

– Creo que usted puede responder mejor esa pregunta, almirante Hayes.

– Gracias, comodoro Hunter – le contestó Lisa con igual teatralidad antes de lanzar, como si se tratara de un anuncio oficial: – En efecto, el Alto Mando ya ha decidido quién asumirá el comando del Escuadrón Skull.

Como por arte de magia, la mesa quedó en completo silencio ante ese anuncio… un silencio al que se sumaron varias de las otras mesas del Bunker, en especial las ocupadas por pilotos militares de todas las ramas de servicio, con las orejas atentas para escuchar la novedad de quién iba a ser el próximo Líder Skull.

Para todos los militares presentes, pero especialmente para los pilotos, la sensación era la de estar viviendo un momento histórico: el de saber el nombre del heredero de la tradición forjada por Roy Fokker y Rick Hunter al frente del escuadrón de combate más célebre de las Fuerzas de la Tierra Unida. Sintiendo que todas las miradas del Bunker convergían sobre ella, Lisa no se amedrentó, sino que simplemente saboreó con una sonrisa traviesa en su rostro la tensión que estaba creando en ese momento.

– Vamos, Lisa... no nos dejes esperando – dijo Vanessa con impaciencia.

– Sí, Lisa ¿a quién nombraron? Dilo de una vez – preguntó Sammie, que se estaba comiendo las uñas de la ansiedad.

– ¡El suspenso me está matando! – agregó Kim con voz temblorosa.

El brillo travieso en los ojos de Lisa se hizo más intenso y la sonrisa se volvió cada vez más traviesa. Eran pocas las oportunidades en que ella podía sacar a la luz su lado más bromista, y estaba dispuesta a aprovechar ésta al máximo.

– ¡Camarero! – llamó Lisa en dirección de la barra, aparentemente ignorando la tensión que había provocado con su anuncio.

Al llamado, el camarero acudió a la mesa a tomar el pedido de Lisa, lapicera y bloc en mano.

– Otra ronda de cervezas, por favor – dijo Lisa al cantinero, con su mejor sonrisa juguetona, como si nada hubiera pasado… sólo que después su mirada se clavó en Max, sonriéndole antes de anunciar:

– Ponga esta ronda en la cuenta del capitán Sterling.

Para Max, el impacto de la noticia había sido como si una maza de herrero hubiera golpeado repetidamente su cabeza hasta dejarla plana, mientras que la reacción de su esposa había sido de completa sorpresa, dejándola sin otra cosa para hacer más que mirar a Max con ojos abiertos grandes como platos.

Del otro lado de la mesa, Rick sonreía como un niño cuya travesura había sido un éxito completo, festejando la ocasión con un fugaz beso en los labios de Lisa, aprovechando que todos estaban distraídos con la noticia. Por su parte, el Trío quedó completamente estupefacto, aunque poco les duró ya que volvieron con rapidez a su comportamiento habitual, y empezaron a festejar con cantos y pedidos de hurras para Max, a los que se sumaron con griterío el resto de las mesas de pilotos.

Aún sin reponerse de la sorpresa, Max apenas atinó a mirar Rick con una expresión de confusión absoluta, y de sus labios sólo asomó una pregunta:

– ¿Yo, jefe?

Levantándose para estrechar la mano y palmear la espalda del nuevo Líder Skull, Rick corrigió la afirmación de su amigo:

eres el jefe ahora. ¡Felicitaciones, Max!

Miriya, por su parte, había lanzado sus brazos alrededor de Max y, ante su total desconcierto, le plantó un beso increíblemente largo, cuyo único resultado, además de granjearle a Max la envidia de los pilotos, fue el de aumentar el estupor y confusión del nuevo Líder Skull… haciéndolo desaparecer de la vista de todos, oculto tras una mata de cabello verde.

– ¡Oye, Sterling, tienes demasiado en la vida, déjanos algo al resto! – le gritaron unos pilotos de Veritech desde otra mesa.

– ¡Maximilian, estoy tan feliz por ti! – exclamó Miriya sin preocuparse por lo que dijera el resto del mundo a su alrededor. – ¡Es grandioso¡Te han dado el Skull¡Y además te ascendieron!

– Gracias, amor – dijo él tratando de asumir lo ocurrido a la vez que intentaba recuperar el aliento y su compostura. – ¿Pero cómo pudo ser...? – preguntó a Rick, buscando una explicación.

– Le pregunté a Maistroff y a la general Patel a quién tenían pensado nombrar al frente del Skull y me dijeron que estaban considerando una lista de candidatos, a lo que les dije que tomaran en cuenta mi opinión y te consideraran seriamente para reemplazarme Pedí además que te dieran un ascenso con tu nuevo cargo, así que mañana tienes que ir al Cuartel General a que te den tus barras de capitán grado inferior – explicó Rick, volviendo a palmear en la espalda a su amigo. – Felicitaciones, Max… lo tienes más que merecido.

– Gracias, jefe, perdón... comodoro... ¿cómo diablos haré para llamarte ahora? – preguntó Max.

– Prueba con "Rick", al menos hasta que me acostumbre a lo de "comodoro". Y de cualquier forma no me agradezcas tanto – le contestó su amigo con una mirada pícara. – Necesitaba que alguien me ayudara a pagar las cervezas de esta noche.

– Seguro, Rick – rió Max, devolviendo una palmeada en la espalda de su amigo. – Cuenta conmigo para eso.

– Te arrepentirás de eso, capitán Sterling – dijo Sammie con tono amenazante – Recuerda que estamos nosotras aquí.

– Oh Dios, – se lamentó Max en forma teatral en cuanto cayó en la cuenta de que compartía la mesa con el infame Trío Terrible. – Ustedes tres me dejarán seco.

– ¡VIVA LA TRADICIÓN! – fue la respuesta a coro del Trío, con los brazos en alto, disfrutando cada segundo de eso.

– Felicitaciones, Max – dijo Lisa una vez que se calmó todo. – Realmente lo tienes bien merecido, tanto tu nuevo puesto como tu ascenso.

– Te lo agradezco, Lisa – respondió Max, a quien ya le había vuelto al rostro su característica modestia. – En verdad no sé qué decir, me siento muy honrado por todo esto, jamás me lo hubiese esperado.

– ¡Vamos, Sterling! – dijo Rick haciendo un gesto de fastidio con la mano. – ¡Deja la modestia una vez en tu vida! Te lo has ganado. Sólo una cosa: – agregó como si recién hubiera recordado – de cualquier forma, tendrás que pedirme permiso para usar el Skull Uno.

– Espera a que estés en el espacio en esa lata interestelar... – contestó Max entrecerrando los ojos – no sabrás lo que le pasó a ese Veritech.

– Sólo lo verás en fotografías, Sterling – remató Rick mientras alzaba su vaso de cerveza para brindar con Max. – A tu salud, Líder Skull.

Los vasos chocaron en el aire.

– Creo que me va a gustar el título... – dijo Max con una mirada soñadora, para luego beber un trago.

No habían pasado algunos segundos cuando un grupo de entre diez y quince pilotos se acercó a la mesa donde estaban sentados Rick y Max, poniéndose en posición de firmes. El mayor Charlie Renfrew, comandante del Escuadrón Viper y el oficial de más alto rango de entre los pilotos de esa comisión, se aclaró la voz y dijo a Max:

– Comand... digo, capitán Sterling, en nombre de todos los pilotos aquí presentes quiero decirle que… estuvimos pensando con los muchachos que, bueno, sería mejor presentarle ahora nuestros respetos y darle la bienvenida al club de líderes de escuadrón en la manera que se merece.

La boca de Max se congeló en un rictus de terror, y las gotas de sudor empezaron a surcar su pálido rostro, implorando clemencia que no iba a encontrar en el mayor Renfrew o en cualquiera de los demás pilotos:

– Por favor, Charlie ¿es necesario? Acabo de comer ¿no podríamos esperar hasta maña–?

A una señal del mayor Renfrew, todos los pilotos se lanzaron sobre Max para levantarlo en brazos y llevarlo en andas por todo el bar, mientras Miriya reía a más no poder ante la vergüenza de su esposo. La inesperada caravana triunfal del nuevo Líder Skull cosechó aplausos y gritos de felicitaciones de parte de todo el personal militar, así como de los civiles que estaban en el bar. Incluso Lisa, para enorme sorpresa de Rick, se encontró alentando y vivando efusivamente a Max en ese ritual de la comunidad de los pilotos.

Finalmente, reuniéndose en el centro del bar, los pilotos lanzaron a Max por los aires al grito de "¡Salve, Líder Skull!", para luego atajarlo en su caída y repetir dos veces más el lanzamiento. Al ver el festejo, y sobre todo la cara de espanto de su marido, Miriya Parino-Sterling simplemente entró a llorar de la risa. El ritual no terminó ni siquiera cuando un mareado y confundido Max fue dejado en la silla de la que lo habían sacado, ya que uno a uno, todos los pilotos desfilaron para palmear fuertemente en la espalda al nuevo comandante del Escuadrón Skull.

– Bueno, Charlie, dile a tus muchachos que dejen tranquilo al Líder Skull, va a tener que trabajar muy duro si quiere mantener el orgullo del escuadrón – intercedió Rick en defensa de su amigo, al ver que el pobre Sterling estaba al borde del colapso.

– Entendido, comodoro – rió el mayor Renfrew haciendo la venia antes de preguntar: – Oiga, señor ¿eso de su ascenso significa que no lo van a dejar volar más con nosotros?

Renfrew lo dijo como si fuera un chiste, pero para Rick eso tuvo la fuerza de un puñetazo en la boca del estómago. Una cosa era aceptar intelectualmente las razones por las que dejaría de volar como piloto de combate y comprenderlas; otra muy distinta era la sensación de pérdida que le despertaba escucharlo de boca de un camarada piloto de combate. Definitivamente era algo a lo que Rick tardaría en acostumbrarse.

Al notar la reacción de Rick, Renfrew supo al instante que había tocado un punto doloroso y se excusó cortésmente.

– Disculpe, comodoro, no fue mi intención...

– Está bien, Charlie, no hay problema. No te preocupes – dijo Rick tratando de minimizar el incidente, devolviendo rápidamente el saludo militar que le dedicó el mayor Renfrew antes de retirarse junto a los otros pilotos del Escuadrón Viper.

Pero Lisa lo notó. Pudo ver en los ojos de Rick la tristeza que se negaba a irse… una tristeza que ella sabía que quedaría allí de una forma u otra…Ella deseaba poder consolarlo, decirle que todo iba a estar bien, pero sabía perfectamente que esa era una sensación que muy probablemente fuera incapaz de borrar… aunque haría todo lo posible para aliviarlo y estar junto al hombre al que amaba, mientras se enfrentaba a uno de los desafíos más difíciles de la carrera militar: dejar atrás lo conocido y embarcarse en algo nuevo y de mayor responsabilidad.

Mientras Rick buscaba algo con qué cambiar el tema de conversación y dejar atrás el trago amargo, fue Kim la que habló, quitándole la necesidad al comodoro Hunter de hacerlo:

– Con el ascenso de Rick y de Max ya fueron suficientes sorpresas por hoy. Espero que no haya nada más en camino – dijo, sin dirigirse a nadie en particular.

– Ahora que lo mencionas, Kim... – dijo Rick con tono misterioso.

– ¿Qué pasa? – preguntó Kim súbitamente atemorizada, aún más al ver que volvían a cruzarse esas miradas cómplices y divertidas entre la almirante Hayes y el comodoro Hunter. – ¿No me irán a hacer nada?

– No, tú seguirás siendo el viento debajo de mis alas, Kim – replicó Lisa, riendo ante el repentino pánico de su ayudante. – Esta vez esto no te afecta en nada. ¿Nos estaba por decir, comodoro Hunter?

Aceptando graciosamente la invitación para seguir hablando, Rick prosiguió:

– Bueno, almirante Hayes, según tengo entendido, los oficiales con mando de grupo o de flota tienen que tener un estado mayor que los asesore y se haga cargo de todas aquellas cosas de las que no puede ocuparse personalmente¿no es cierto?

– Tiene toda la razón, comodoro – continuó Lisa con la charada, como si estuvieran en alguna junta del Alto Mando.

– En ese equipo, una de las piezas más importantes es el jefe de estado mayor. Después de todo, los comandantes necesitan a su lado a alguien que pueda ayudarlo y que sepa organizar el trabajo y transmitir sus órdenes – siguió Rick hablando en tono didáctico, continuando con aquella explicación que nadie había pedido.

– Vamos, Rick¿a qué quieres llegar con esto? – preguntó Vanessa intrigada y bastante impaciente.

– A que necesito un jefe de estado mayor, damas y caballeros, alguien que sea, como bien puso Lisa, "el viento debajo de mis alas" – concluyó Rick en tono triunfal, apoyando las manos sobre la mesa e inclinándose hacia atrás. – Y mi elección está hecha. ¡Camarero!

– Sí, comodoro ¿qué desea? – preguntó solícito el camarero al llegar a la mesa.

El guiño travieso en los ojos azules de Rick congeló en su sitio a las tres integrantes del Trío.

– Traiga otra ronda de cervezas. Esta vuelta corre por cuenta de la comandante Porter… es que acaba de ser ascendida – dijo Rick como si nada, taladrando a Sammie con la mirada.

Sammie sintió que la sangre se le iba de la cabeza y que rápidamente se mareaba del vértigo. ¿Acaso Rick había dicho que la habían... ascendido¿Y que terminaría como su jefe de estado mayor? Peor aún para su salud mental fue encontrarse con las caras de maldad pura que estaban poniendo Kim y Vanessa.

– ¿Yo... comandante? – dijo incrédula Sammie.

– Sí, Sammie. Necesito a alguien que entienda de naves estelares y que por lo menos pueda gritarme como lo hacía Lisa – dijo Rick riéndose ante la reacción de completa sorpresa de Sammie.

La alegría de Rick duró poco, ya que Lisa le pegó un codazo mientras bufaba:

– ¿Ni siquiera un ascenso hará que dejes de ser tan insubordinado, Hunter?

– Los viejos vicios no cambian, amor – guiñó Rick.

– ¿Sabes qué, Kim? Creo que me alegrará ver cómo la "comandante" Porter hace penitencia por su pequeño show pagándonos nuestras cervezas… – dijo Vanessa con una sonrisa de oreja a oreja, fulminando con la mirada a Sammie, quien se había encogido en su asiento.

– Claro que sí. Ahora que lo pienso, creo que voy a tomar mucha cerveza esta noche... – dijo Kim frotando sus manos y paladeando las cervezas que pondría a cuenta de su amiga, regocijándose en el dulce sabor de la venganza…

Kim y Vanessa no pudieron disfrutar mucho de su victoria, ya que para Sammie había sido demasiado para absorber en un tiempo tan corto como una noche. A su desconcierto, se le sumó de pronto un mareo y una falta de aire que se hacía cada vez más intolerable, haciendo que el bar daba vueltas a su alrededor. Sammie no sabía si atribuir su malestar a la sorpresa por su ascenso y reasignación o a la cerveza que había estado bebiendo toda la noche… aunque muy pronto ninguna de esas cosas le importaría.

Apenas un minuto después de escuchar la noticia, Sammie se desmayó sobre la mesa, a lo que todos reaccionaron corriendo rápidamente para tratar de ayudarla a recobrar el aliento y la conciencia.


Martes 7 de febrero de 2017

Ese mediodía, el comodoro Rick Hunter caminaba con paso resuelto por el tarmac de la Base Fokker, en dirección a uno de los hangares principales del enorme complejo aeroespacial. Era un camino que conocía por experiencia al punto de poder recorrerlo con los ojos cerrados; lo había hecho todas las mañanas desde que el Skull fue redesplegado a Ciudad Monumento después de la destrucción del SDF-1.

A su paso, el personal que se cruzaba con él se cuadraba y lo saludaba, cosa que sorprendió mucho a Rick. Jamás la gente se había comportado con tanta deferencia hacia él, hasta que cayó en la cuenta que lo que causaba tanto respeto era su nuevo uniforme de comodoro: era la primera vez que visitaba la Base Fokker desde su promoción… además de ser la primera vez que Rick iba a la base desde que dejó el mando del Skull.

Sabiamente, Rick decidió dejar de pensar en eso… no quería darle un espacio a la tristeza.

El Skull había regresado a Monumento de su estancia en el frente del sur a la semana del regreso de Rick para su licencia, y apenas hacía dos días que Max había asumido como comandante del Escuadrón en una de esas ceremonias tradicionales del Skull; una ceremonia que, como toda buena reunión de pilotos, había tenido más cosas en común con una noche de parranda que con una sobria ceremonia militar.

Los hombres del Skull siempre se habían considerado como una élite dentro de las Fuerzas de la Tierra Unida, y el que hubieran festejado que Max fuera su nuevo jefe, tras un año de alejamiento a causa del Programa Lightning, significó para el joven amigo de Rick un honor mucho mayor que su reciente promoción a capitán.

Sin embargo, durante aquel festejo Rick se había sentido un poco distante, como si no fuera ya parte de todo eso. Por supuesto, había bebido con los pilotos y reído con los chistes y anécdotas, e incluso había participado en otro recorrido como el que le habían dado a Max en el Bunker. Pero no podía sacudirse la impresión de que eso ya no era parte de su vida… que era una etapa que había quedado atrás.

No era por haber dejado el mando o alejarse del Escuadrón Skull; uno de los lemas internos del escuadrón era que "el que es un Skull, no deja de ser un Skull". Tampoco se debía al ascenso que había recibido, o por lo que había vivido en el frente del Sur. Rick había pasado mucho junto a esos hombres y mujeres, momentos alegres y desoladores, vuelos tranquilos y cargados de violencia, vivencias durante la paz y durante la guerra. Pero ahora era más extraño... sentía que había dado un paso estos últimos días, cerrando una etapa de su vida. Por supuesto, volar todavía seguía siendo su pasión y seguiría haciéndolo todas las veces que pudiera, pero sentía... que estaba listo para más.

Sus pasos lo llevaron finalmente a un enorme hangar cuyos portones estaban marcados con una estilizada calavera blanca cruzada por dos tibias, dentro de un círculo negro… el hangar del Escuadrón de Combate Aeroespacial 1 "Skull", que había sido como su segundo hogar durante años. Tras encontrar la puerta tamaño humano para el acceso de los pilotos y demás personal, Rick entró al hangar, y en cuanto sus ojos se acostumbraron a la penumbra del lugar, vio algo que por poco logra que se caiga de bruces al suelo.

Un impresionante Veritech blanco ocupaba un sitial en el centro del hangar. El aparato estaba pintado de un blanco brillante e inmaculado, con dos timones de cola negros en los que estaba pintada en toda su gloria la calavera del Skull. Debajo de la cabina, y al lado del emblema rojiblanco de las Fuerzas de la Tierra Unida, una matrícula pintada en letras negras y regulares identificaba al aparato como "001". Era la librea identificatoria del Skull Uno... sólo que el caza que la portaba, y que tanto había llamado la atención de Rick, no era el Veritech que él había volado durante siete años.

En lugar del veterano VF-1S Valkyrie que había sido la montura de Roy Fokker y Rick Hunter durante la Guerra Robotech, se hallaba ahora un flamante VF-4 Lightning. El Lightning era más grande que el Valkyrie, y mucho más costoso, para desgracia de los contadores de la división de Finanzas, y su producción en masa se había visto demorada por las exigencias de la guerra contra los renegados, que obligó a las Fuerzas de la Tierra Unida a aumentar la producción masiva de Valkyries antes que modificar las fábricas para dedicarse a la construcción de los Lightning.

Lo único que el Lightning tenía de similar al viejo Valkyrie era la forma de la sección delantera del fuselaje, incluyendo el cono de radar en la nariz y el aspecto exterior de la cabina; fuera de eso, el VF-4 era una bestia completamente diferente. A diferencia de su predecesor, que había seguido cánones de diseño tradicional (al menos en lo que al modo Fighter se refería), el Lightning tenía una configuración bastante inusual; las tomas de aire y las turbinas del caza Veritech estaban colocadas en barquillas montadas en las alas, separadas del fuselaje principal del caza por una cierta distancia, en contraste con la configuración más compacta del Valkyrie.

Cada una de esas barquillas incluía, además de las turbinas, un poderoso cañón de partículas apuntando al frente y montado por encima del plano de las alas, mientras que las derivas de los timones también estaban colocadas sobre las barquillas, con una inusual inclinación hacia adentro. Al igual que el Valkyrie, el Lightning no montaba estabilizadores, pero justo detrás de la cabina tenía colocadas un par de aletas canard, a las que se sumaba una inusual aleta ventral colocada debajo de la cabina.

Todas esas características, tomadas y consideradas en conjunto, resultaban en una máquina de combate imponente a primera vista, dando a entender que el Lightning era un caza cuyo diseño había sido concebido para transmitir una única idea: poder.

Ver al Lightning en el hangar del Skull le causó una completa sorpresa a Rick... no sabía que ya estuvieran en marcha los planes para sustituir al Valkyrie, y la sola idea de considerar que el ciclo del VF-1 estuviera cerrándose era algo difícil de asumir. Los pensamientos de Rick volaron junto al viejo Skull Uno, mientras sonreía al reflexionar en lo irónico y apropiado que resultaba que tanto él como su caza fueran retirados de la línea al mismo tiempo. Dejando atrás esos pensamientos, Rick continuó avanzando para encontrarse con un grupo de oficiales que contemplaban extasiados el nuevo Veritech.

Dándose cuenta de que había un visitante, un joven teniente volteó para encontrarse con Rick, y al notar su uniforme se puso instantáneamente en posición de firme para anunciar a voz en cuello:

– ¡ATENCIÓN¡Comodoro en cubierta!

Los pilotos del Skull se pusieron firmes al instante, y dieron a Rick impecables saludos militares mientras se acercaba a ellos. Los saludos se convirtieron rápidamente en sonrisas y palmadas en la espalda, y Rick se sentía como si estuviera regresando a un hogar que había dejado hacía mucho... aunque solamente hubieran pasado dos días desde que se fue.

Respondiendo al saludo, descendió de la cabina del Lightning un piloto menudo, de baja estatura, gafas y característico cabello azul, quien se acercó a Rick para saludarlo militarmente primero, y envolverlo en un abrazo después.

– ¡No sabía que nos ibas a visitar tan rápido, comodoro Hunter¿Te estás arrepintiendo del ascenso? – bromeó Max a costa de su amigo.

Aceptando el golpe, Rick sonrió y devolvió el chiste:

– Bah, me preocupaba que te estuvieras poniendo demasiado cómodo en este cargo – su mirada se desvió para echar un vistazo cercano al flamante Lightning – aunque veo que te están dando juguetes nuevos para mantenerte entretenido.

Mientras Rick reparaba en que el nuevo caza llevaba la inscripción "CAPT (JG) M. STERLING" a la altura de la cabina, Max pasó su mano por el fuselaje del caza y rememoró los eventos de esa mañana:

– Fue una sorpresa para todos... esta mañana vino el mayor general Karlsson, de Desarrollo y Producción, y anunció que el Skull iba a ser uno de los primeros escuadrones en recibir el Lightning. Los traerán durante toda la semana. Es fabuloso, Rick, todavía no lo puedo creer. Este fue el primero que dejaron... – dijo, palmeando el fuselaje del nuevo caza y señalando un punto en la nariz del aparato. – El nuevo "Skull Uno", aunque le pintaron un "II" pequeño junto al "001"… aparentemente alguien pensó que correspondía que el título de Skull Uno pasara a ser una especie de dinastía o algo así.

Maravillado por la nueva aeronave que sería la montura del Líder Skull, Rick se encogió de hombros y dijo:

– Nuevo jefe, nueva montura. Por casualidad ¿sabes–?

– ¿Que si sé qué hicieron con el viejo 001? – le respondió Max adivinando lo que Rick quería preguntarle. – Está en uno de los hangares al otro lado de la base a la espera del vuelo final. Por cierto, espero que estés disponible este sábado… será el vuelo de despedida del Valkyrie para el Escuadrón Skull.

– ¿Y quieres que vaya, no es así?

– Quiero que pilotees el viejo Skull Uno por última vez – descerrajó Max, hablando completamente en serio, y dejando a Rick positivamente sorprendido… ya que por protocolo le correspondía a Max, en su carácter de nuevo líder del Escuadrón, el volar por última vez al Skull Uno original.

– Vaya, Max… no sé qué decir – balbuceó Rick mientras trataba de poner el orgullo y honor que sentía al recibir esa invitación en palabras. – Es todo un honor…

– Ni lo menciones, comodoro… – le aseguró Max. – Fuiste su último piloto y corresponde que lo vueles por última vez. Además, creo que mereces la oportunidad de despedirte de él a toda orquesta.

– ¡Pues desde ya que acepto! – exclamó Rick, estrechando la mano de su amigo y sucesor en el Escuadrón antes de preguntar en un tono más apagado y sombrío: – Por cierto… ¿sabes qué harán con el Skull Uno después del vuelo final?

– Creo que lo pondrán en un museo o algo así. Dijeron que era un avión demasiado famoso como para desguazarlo, usarlo como blanco radiocontrolado o almacenarlo en el desierto. Aunque las palabras del general Karlsson fueron, si mal no recuerdo… "merece un retiro honorable luego de todo lo que hizo".

Coincidiendo plenamente con las palabras de ese general, Rick dejó escapar un suspiro al pensar en su viejo avión, decidiendo en silencio que le daría una visita antes de dejar la base.

– No creo que hayas venido solamente para ver nuestras nuevas monturas, Rick – dijo Max sacándolo de sus pensamientos.

– A decir verdad, tienes razón, capitán Sterling – asintió Rick.

La expresión de preocupación que parecía traer Rick le dio a entender a Max que había algo serio que discutir, algo que requería de toda su atención y diplomacia.

– Si puedes esperar unos minutos a que termine con las asignaciones de vuelo de la tarde, iremos a la cantina de la base a almorzar ¿te parece?

– Me parece bien, Max, siempre y cuando este viejo piloto no esté interfiriendo con de tus responsabilidades – dijo jocosamente Rick.

– Oye, jefe, eres mi mejor amigo, mi padrino de bodas y mi viejo jefe de escuadrón… un viejo piloto como tú jamás molesta. Nos vemos en unos minutos, comodoro – respondió Max antes de dar media vuelta y dirigirse a su oficina de jefe de escuadrón.

Rick se quedó viendo la escena, pensando cuanto había avanzado Max en tan poco tiempo. Hacía apenas ocho años, Max era un joven cabo preocupado por su primera misión; hoy era un capitán al mando del escuadrón de combate más prestigioso de las fuerzas armadas, que se comportaba como si hubiera tenido ese mando desde tiempos inmemoriales.

"Todos crecimos mucho este tiempo", se dijo el comodoro Hunter dando un vistazo al hangar.

– ¡Rick, no te quedes allí¡Ven a la reunión! – exclamó Max desde la puerta de la sala de prevuelo.

Pensando en lo interesante que sería ver al nuevo Líder Skull en acción, Rick asintió y corrió hacia la sala de prevuelo, aprovechando a entrar antes de que Max le cerrara la puerta.

La reunión de asignación de vuelos de esa tarde duró veinte minutos, y fue conducida con una eficiencia tal que sorprendió gratamente a Rick. Max daba toda la impresión de ser un sobresaliente jefe de escuadrón, impresión compartida por los pilotos del Escuadrón, que respondían a sus indicaciones con todo su profesionalismo, haciendo que Rick Hunter no sintiera otra cosa excepto un profundo orgullo y una enorme satisfacción de saber que su escuadrón había quedado en las capaces manos de un as como Max Sterling.

Terminada la reunión, Max despidió a los pilotos y los mandó a su descanso, ordenándoles volver al hangar a las 1300 horas para las primeras actividades de la tarde.

Con esa obligación concluida, Rick y Max recorrieron las salas del hangar y del edificio aledaño que estaban asignadas al Skull, incluido el salón de descanso que utilizaban los pilotos para relajarse en sus ratos libres. Unas máquinas expendedoras estaban contra una de las paredes; otra pared estaba cubiertas de fotos de Veritech, mientras que sobre la tercera había cinco máquinas del videojuego "Battroid Attack", conectadas para jugar en red.

Sin embargo, la mirada de Rick se detuvo en dos de las galerías que ocupaba la pared restante. La primera de ellas tenía las fotos de los pilotos del Skull fallecidos en combate, cada una de ellas con un pequeño cartel que indicaba nombre y apellido, rango, condecoraciones recibidas y acción militar en la que falleció la persona a quien pertenecía la foto. Había demasiados retratos... demasiados nombres... demasiadas historias compartidas en cada una de esas fotografías, entre las que estaban las de Roy y Ben, junto a los otros camaradas caídos durante la Guerra Robotech.

El Skull se había destacado durante la guerra, pero el precio en sangre había sido alto. Muy alto.

La otra galería, indicada con un elaborado cartel negro con letras blancas que decía "GALERÍA DE LÍDERES" y presidida por un enorme emblema del Skull, estaba compuesta de fotos de los oficiales comandantes del Escuadrón Skull y sus antecesores. Las fotos se remontaban a períodos tan distantes como la Segunda Guerra Mundial, e incluían oficiales militares de varias nacionalidades, ya que el Escuadrón Skull era heredero de las tradiciones de varios escuadrones de distintos países de la Tierra, incluyendo al viejo "Jolly Rogers" de la Armada de los EE.UU., del que había tomado su símbolo de la calavera cruzada por dos tibias.

Los retratos más grandes, puestos por encima de los demás, eran los dos correspondientes a los comandantes del escuadrón desde la formación de las Fuerzas de la Tierra Unida, con placas doradas que identificaban el nombre, rango y período en el que ejercieron el mando del Escuadrón.

En uno de ellos estaba la foto sonriente de Roy Fokker, identificada con una placa que rezaba "Comandante Roy Fokker, 2004–2010"... en el otro, una fotografía del propio Rick en la cabina del Skull Uno, con la inscripción "Capitán Richard 'Rick' Hunter, 2010–2017"… provocándole una grata sorpresa a Rick al descubrir que ya lo consideraban parte de la historia ilustre de su viejo escuadrón.

Diez minutos después, Rick y Max estaban en la cantina principal de la Base Fokker, sentados en una mesa bajo una ventana que les permitía ver la actividad de vuelo de la base, mientras se ponían listos para atacar un almuerzo liviano.

– Max, tengo que felicitarte, realmente estás haciendo un buen trabajo como jefe de escuadrón – dijo Rick mientras abría una lata de Petite Cola.

– Gracias, jefe. Quiero pensar que tuve buenos maestros – respondió Max.

– Oye, Sterling ¿estás tratando de comprar un nuevo ascenso? – rió Rick.

– Ni hablar. Dame un poco de tiempo a que me acostumbre a que me llamen capitán.

– A mí me parece que te has acostumbrado rápido, capitán – le dijo Rick, enfatizando el rango de su amigo. – Así que, dime ¿qué se siente ser el nuevo Líder Skull?

– Cielos, hay momentos en que no caigo en la cuenta. Es... espectacular. Cuando entré al servicio, jamás pensé que algún día ocuparía el lugar de Roy Fokker – admitió Max con su típica modestia.

– Te entiendo – recordó Rick pensando en los días posteriores a la muerte de Roy y en su propia reacción al ser nombrado comandante del Skull. – A mí me pasó lo mismo. Son zapatos muy grandes los que nos han dado para llenar.

– Lo peor es el papeleo – gruñó Max dejando salir su frustración con el único punto malo de todo el asunto. – El primer día pensé que me iba a hundir en la montaña de papeles que me dejaron en la oficina. ¿Cómo hiciste para no ahogarte en esa maraña de reportes, pedidos de informe y documentos?

Rick simplemente se encogió de hombros mientras bebía de su Petite Cola.

– Eso es algo que se aprende en el cargo, Max – le respondió Rick. – La maldición del jefe de escuadrón... satisfacer el hambre de papeles de los burócratas.

Asintiendo a las palabras del comodoro, Max comenzó a devorar su sándwich, soltándolo al encontrarlo sin mucho sabor.

– ¿Me pasas la mostaza, Rick?

Rick le alcanzó la mostaza, aprovechando la ocasión para atacar un poco su propio plato, preguntándole luego a Max:

– ¿Cuando comenzarán a operar con el Lightning?

– Calculo que esta semana nos darán nuestros primeros quince Veritech, y tendremos a todo el escuadrón haciendo prácticas de vuelo sin parar – respondió Max en un tono profesional. – Por lo que aseguran, tomará alrededor de un mes hasta que el escuadrón alcance capacidad operativa inicial con el VF-4. Por suerte, tenemos suficientes pilotos entrenados en el Escuadrón de Vuelo Experimental como para ir empezando.

– Es fenomenal, Max. Ojalá los contadores no hicieran tanto ruido sobre el costo de estos nuevos Veritech – se lamentó Rick.

– Bueno, eso pasa porque los contadores nos tienen envidia – bromeó el Líder Skull. – Su problema es que pilotear una calculadora no es tan emocionante como volar un Veritech.

Tras reír un poco con la broma de Max y aprovechar para perder un poco de tiempo con las clásicas burlas y rivalidades entre las varias especialidades del servicio militar, los dos oficiales continuaron comiendo.

– Dime, Rick ¿qué se siente ser un comodoro? – preguntó Max con curiosidad.

La sola pregunta bastó para que Rick lanzara un gruñido de frustración.

– ¿Tan malo? – preguntó su amigo.

– Ni te imaginas. Me he tenido que pasar los últimos dos días encerrado en el cuartel general estudiando todos los datos técnicos del Alexander y de las naves del grupo... y el resto de la semana tendré simulacros de combate espacial en el centro de simulación de la Academia. Y esto es sólo el comienzo.

– La vida parece más fácil en la cabina de un Veritech – acotó Max al ver la cara de cansancio de su amigo.

– Amén a eso, capitán Sterling – asintió Rick.

Max dio otro mordisco a su sandwich y mirando a otro lado, dijo como al pasar:

– ¿Y quién dijo que la vida tenía que ser fácil?

– ¿Qué quieres decir? – preguntó Rick, sin entender a donde quería llegar Max con esas palabras.

– Eso mismo. Eres un buen piloto, el diablo y Maistroff lo saben, pero estás para cosas más grandes ahora – le explicó Max, con un tono que daba a entender que hablaba completamente en serio. – Puede ser difícil, pero es lo que se necesita ahora.

– Max, eso lo sé y lo tengo claro, pero tengo 26 años... – respondió Rick.

– ¿Y qué tiene que ver eso, Rick? – contestó Max. – No creo que se trate de una cuestión de edad… me parece que está más relacionado con capacidades y habilidades que has demostrado tener a lo largo del tiempo.

– No, supongo que tienes razón – reconoció Rick. – Pero no puedo dejar de pensar que me están tirando un peso demasiado grande para lo que soy ahora.

Max lo miró con una sonrisa sarcástica en sus labios, pensando que, conociendo a su mejor amigo como lo conocía, debió haber pasado toda aquella semana dando infinidad de vueltas en torno al asunto. Tras dar otro mordisco a su sándwich, Max lanzó sin anestesia:

– Ajá. Eres demasiado joven para esto. Espero por tu bien que no hagas ese comentario frente a Lisa...

Al oír el nombre de Lisa, Rick frunció el ceño, sintiéndose molesto por que Max la trajera a colación en medio de esa conversación y además para usarla como argumento a su favor. ¿Por qué diablos Max la nombraba?

– Lisa no tiene nada que ver con esto, Max – contestó Rick un poco bruscamente.

– ¿Ah, en serio? – contraatacó el Líder Skull – Porque, si sigo tu criterio, ella también es ridículamente joven para el grado que tiene. Que, dicho sea de paso, es mayor que el tuyo e implica responsabilidades mucho mayores.

– Pero ella...

– ¿Pero ella qué, Rick? Ella hizo lo que pudo, la ascendieron a contralmirante dos días después de lo del SDF-1 y sigue desde entonces haciendo lo mejor que puede ¿La has visto lamentarse o quejarse de que era demasiado duro lo que tenía que hacer?

– No, jamás – admitió Rick, cambiando el ceño fruncido por una sonrisa tierna. – Ella siempre se mantiene fuerte. Eso es una de las cosas que admiro de ella.

– ¿Ves que se puede? Lisa y tú deben ser las dos personas más fuertes que conozco. Si ella pudo acostumbrarse a manejar algo tan monstruoso como el Satélite Fábrica y la construcción del SDF–3, además de tener que verle la cara a Maistroff con regularidad, tú puedes hacerte cargo de esto. Anímate, comodoro.

– Supongo que tienes razón, pero no puedo dejar de sacarme de la cabeza la idea de que es algo para lo que no estoy listo.

– Rick – continuó Max en su tono de maestro, – si hubieran esperado a que todos estuviéramos listos según los parámetros normales, hoy estaríamos en un ejército de tenientes. Todos tenemos que hacer lo que podemos con lo que tenemos.

– Es que yo jamás comandé a tantos hombres...

– ¿Ah, no? – dijo Max sorprendido, como si genuinamente no entendiera lo que Rick quería decir. – ¿Y qué fue Buenos Aires, entonces?

– Eso fue diferente – protestó Rick. – Rolf Emerson estaba a cargo de organizar todo el asunto...

Pero Max hizo caso omiso de su protesta, contraatacando con su propio argumento:

– Y tú sólo comandaste una fuerza conjunta de Veritech, Destroid y milicias locales en el campo de batalla frente a una fuerza de ataque enemiga, y la destruiste por completo. No sé lo que piensas de eso, pero para mí prueba que estás capacitado para mandar grandes fuerzas de combate en operaciones militares a gran escala.

Rick pensó en rebatir aquel argumento pero desistió de hacerlo al instante, sorprendido y maravillado de la brillante inteligencia y madurez de su amigo. A cada argumento que Rick lanzaba, Max le oponía una réplica sensata y racional que buscaba demoler sus miedos, lográndolo en la mayoría de los casos. Agradeciendo silenciosamente tener un amigo tan leal como Max, Rick pensó que bien podría poner sobre la mesa el segundo tema que lo preocupaba.

– ¿Puedo hacerte una pregunta, Max? – dijo Rick, cambiando por completo de tono y expresión. – Es personal.

– Seguro, jefe. Lo que quieras.

– Dime... – la voz de Rick se hizo baja, casi como un susurro tímido: – ¿Cómo supiste que querías casarte con Miriya?

Al escuchar la pregunta, que definitivamente no esperaba que viniera, Max miró a Rick sorprendido por el cambio de tema y por el tema en sí, quedando incluso con la boca abierta por algunos segundos. Luego, ya recuperado de la sorpresa y comenzando a entender lo que venía, se lanzó sin anestesia a interrogar a su amigo:

– ¡Al fin, Rick! – exclamó como si hubiera esperado años para ese momento. – ¿Te decidiste a hacer de Lisa una mujer honrada?

– Bueno, es que... la verdad... – balbuceó Rick para tratar de que su amigo entendiera, pero por desgracia para él, Max no escuchó, lanzándose en una reacción en cadena que sólo Dios sabía en qué iría a terminar.

– ¡Felicitaciones! – dijo Max, palmeando en el brazo a Rick. – Ahora me toca a mí hacer de padrino de bodas. ¿Tienes prevista una fecha? Conozco una parroquia muy linda en las afueras de la ciudad. El sacerdote es un buen tipo, y si vas a consultar, estoy seguro que…

Rick se asustó de la velocidad a la que iba Max con sus pensamientos, y como si intentara detener una avalancha, le suplicó a su amigo:

– Detente y baja la voz, Max... no hay nada previsto por ahora. Sólo te preguntaba que cómo te diste cuenta que querías casarte.

Max sonrió y guiñó un ojo a su amigo, mientras se encogía de hombros:

– No creo que sea un buen ejemplo sobre reflexión prematrimonial, Rick. Recuerda cuanto tiempo estuve saliendo con Miriya...

– Ya lo sé, diez minutos y una pelea de cuchillos...

Los dos amigos rieron con ganas al recordar el increíblemente corto noviazgo y cortejo de Max Sterling y Miriya Parino, y luego su atención fue captada por el atronador rugido de las turbinas de un transporte militar VC-27 Tunny que descendía con su escolta de cazas Veritech en una de las pistas cercanas de la base aérea.

– Creo que eso responde tu pregunta, Rick – prosiguió Max en cuanto el ruido de los aviones se acalló. – Es algo que tú sientes, nadie te va a decir que estás listo o no, ni tienes que cumplir un tiempo determinado. Para algunos, como tu seguro servidor – se señaló con un gesto ampuloso – puede bastar con cinco minutos, otros necesitan seis meses, otros años... varía con las personas, Rick. Para cada uno es distinto.

– Claro, eso lo entiendo, pero tiene que haber un momento en el que se te cruzó por la cabeza que querías casarte con Miriya.

Max lo miró con incredulidad, como si fuera un maestro tratando de enseñarle a un niño cabeza dura que se niega a entender la lección.

– Rick, trato de explicarte que es algo que nace de uno mismo. Es algo que sientes, sientes la necesidad de estar todo el tiempo con la otra persona... sientes que te mueres si te separas de ella. Es algo hermoso y doloroso a la vez. Te das cuenta de que estar solo ya no te satisface, que todos los buenos momentos son aquellos que pasas con ella. Pero más aún, tienes que sentirte listo y dispuesto a enfrentar el matrimonio. No sirve de nada que otra persona te lo imponga o te lo fuerce si no estás listo para ello.

Al escuchar lo que Max le decía, Rick simplemente se quedó atónito; Max debía haberle leído la mente, pues no había otra explicación para su descripción tan exacta de lo que estaba sintiendo. Dándose cuenta de que quedarse mudo con expresión de sorpresa no era lo más conveniente en ese momento, miró a su amigo con expresión sarcástica y dijo:

– ¿Y todo eso se te ocurrió mientras Miriya trataba de apuñalarte?

Max hizo una mirada de enamorado perdido, complementada por una sonrisa tonta mientras recordaba esa primera cita…

– Deberías haber visto cómo manejaba los cuchillos…

– Sterling, eres un tonto romántico – meneó la cabeza Rick, aprovechando la oportunidad para reírse a costa de su mejor amigo.

– Rick – el tono jocoso de Max desapareció para ser reemplazado por una cara de seriedad absoluta, – te lo tengo que preguntar seriamente y quiero que me respondas con la verdad, sin rodeos... ¿deseas casarte con Lisa?

La gran pregunta estaba hecha.

Pensando a un ritmo frenético, Rick buscó dentro de su ser, tratando de analizar las emociones que había sentido durante el último mes, desde que regresó del frente de guerra a Monumento… en especial durante aquella semana maravillosa con Lisa en la cabaña junto al lago, en la que se sintió el hombre más feliz y enamorado de la Tierra. Recordó los hermosos momentos vividos con Lisa durante los últimos tres años, aquellos momentos de felicidad y alegría inconmensurables… momentos que lo habían hecho sentir más vivo que cualquier pirueta en un avión.

Con Lisa había vivido experiencias que iban desde el dolor hasta el placer, había gritado, llorado, reído y suspirado, ella lo había llevado por una montaña rusa emocional con sus altas y bajas, con alegrías y dificultades que, a pesar de todo, habían hecho de Rick Hunter una persona feliz. "¿Sentirá ella lo mismo que yo?" se preguntó, dejando que sus pensamientos volaran hacia Lisa.

Frente a él, Max Sterling lo miraba fijamente, esperando una respuesta a su pregunta.

– Bueno, supongo que... – comenzó a balbucear Rick, pero se vio repentinamente interrumpido por Max.

– Nada de suposiciones, comodoro Hunter. ¿Tú-quieres-casarte-con-Lisa-o-no? Es tan simple como eso.

– Ella me hace sentir... vivo, Max – comenzó Rick, tratando de explicar en breves palabras lo que ella le hacía sentir. – Con ella soy feliz y me olvido de todo. La guerra, el trabajo, el cansancio, todo desaparece cuando estoy con ella. No sabes cómo me siento cuando estoy junto a Lisa… cada cosa que veo me recuerda a ella, y entonces lo único que siento son ganas de tenerla cerca y besarla sin parar. Yo pensé que estaba enamorado de ella, pero estas últimas semanas... – dejó que esas palabras flotaran en el aire mientras levantaba las manos al cielo como si se rindiera ante la evidencia. – Dios mío, Max, no puedo vivir sin Lisa. No puedo.

– ¿Ahora quién es el tonto romántico? – devolvió Max, gratamente sorprendido por la elocuencia y sentimiento de las palabras de Rick. – Quién lo hubiera dicho… eres todo un poeta, Hunter.

– Touché, capitán – concedió Rick con una sonrisa.

– ¿Entonces, Rick, quieres casarte con Lisa o no? – insistió Max.

– Sí... – admitió Rick como en un murmullo.

– No te oigo, Hunter¿quieres casarte con Lisa Hayes o no? – volvió a preguntar Max con mayor insistencia y energía.

Rick notó la transformación operada en su amigo. Ya no era el cabo pálido y atildado que conoció en el SDF-1 hacía ocho años; ahora era un verdadero Líder Skull, el hombre cuyas órdenes tenían la venia de Dios en ese escuadrón.

– ¡Sí! – respondió Rick en un tono más enérgico.

– ¡Más fuerte, Hunter! – exclamó Max como si fuera sargento instructor, golpeando la mesa con su puño. – ¡No puedo oírte si hablas tan bajo¡Se supone que es algo que te hace feliz, no una confesión de tus pecados!

– ¡¡¡SÍ, QUIERO CASARME CON LISA HAYES!!! – respondió Rick casi a los alaridos.

Al escuchar ese grito, algunas de las personas en la cantina se dieron vuelta para ver qué estaba pasando, y todas las miradas convergieron en el joven comodoro, lo que hizo que Rick se sintiera pequeño y sonrojado dentro de su uniforme. Al notar las sonrisas que aparecían en los rostros de muchas de esas personas, Rick no pudo evitar preguntarse:

"¿Acaso todo el mundo conoce de nuestra telenovela?"

– Bien, era hora de que lo admitieras – la voz y el porte de Max regresaron a lo habitual, como si jamás hubiera gritado. – ¿Te sientes listo?

– No – fue todo lo que pudo decir Rick.

Al oír estas palabras, Max se llevó la cabeza a las manos en un gesto de frustración.

– ¿Cuál es el problema? – preguntó con suavidad, tratando de conservar la calma y evitar que la frustración lo haga estallar.

– Es que no sé si es algo que podamos hacer... es un paso tan grande, hay tanto por hacer y nuestras carreras siempre están en el medio. No sé si ella quiera, si ella esté dispuesta a dar ese paso – trató de explicar Rick. – No me malinterpretes, yo quiero hacerlo... pero no me siento listo aún para proponérselo.

Max lo miró unos segundos, pensando qué podía decirle a ese oficial superior que era su mejor amigo, pero que podía a veces estar tan confundido que llevaría a la desesperación a un santo.

– Rick, tienes la mitad del camino hecho. Quieres casarte, sólo te falta sentirte listo para dar ese paso. Sé que eres una persona que se toma su tiempo con estas cosas...

– ¡No es cierto, Sterling! – protestó Rick.

– Tuviste esperando a Lisa tres años mientras dabas vueltas alrededor de Minmei, no te atrevas a decirme que eres un tipo que decide rápido en estos temas porque no te lo creerá nadie desde Alaska hasta Tierra del Fuego. ¿Ahora, me dejas terminar?

– Adelante, Max – dijo Rick haciendo un ademán, rindiéndose a lo evidente.

– Sólo digo que lo pienses y que busques fuerzas dentro – le sugirió su amigo. – Tú amas a Lisa con locura, eso se nota a kilómetros de distancia... diablos, todos lo notamos mucho antes de que tú te dieras cuenta, y te creo cuando dices que quieres casarte con ella. Pero sé que tienes que estar listo antes de dar ese paso, y que tienes que resolver tus dudas. Hazlo, pero te lo advierto, Rick... hazlo rápido – dijo con tono ominoso. – No quiero ser tétrico, pero nadie tiene el tiempo asegurado en las Fuerzas. Y por lo que he visto de Lisa, ella siente lo mismo que tú.

Rick no supo que responderle a Max… realmente no sabía qué cosa podía decir que no hubiera quedado cubierta por las palabras de su amigo. Por su parte, tras revisar su reloj a la vez que concluía que había sido ya demasiado para Rick, Max se puso de pie y le dejó su lata de Petite Cola.

– Piénsalo, Rick, pero no te tardes. Ya perdiste tres años con Lisa... no pierdas más tiempo que el necesario con esto. Te lo aseguro, y porque los conozco a los dos puedo decir esto: serán la pareja más feliz del mundo… – sonrió con picardía y mucha satisfacción personal antes de terminar la frase: – Bueno, la más feliz del mundo después de Mir y yo. Ahora, si me disculpa, comodoro, tengo un escuadrón del cual ocuparme.

Notando que la mirada de Rick se dirigía a la lata que Max había puesto a su lado, el Líder Skull simplemente explicó:

– Quédate con la Petite Cola, te la dejo.

– Adiós, capitán Sterling – Rick extendió su mano para saludar a su amigo. – Gracias por esta charla.

– Cuando la necesites, comodoro Hunter, sólo pídeme una. Buena suerte y... mándale mis saludos a la almirante Hayes.

Dicho esto, y tras hacer un breve saludo militar que fue rápidamente respondido, Max se fue por la puerta de la cantina de regreso al hangar, dejando a Rick pensando en todo lo que acababa de escuchar. Después de unos segundos, Rick también dejó la cantina, listo para ir a visitar al Skull Uno antes de volver al Cuartel General, donde lo esperaba un largo día.

Tenía mucho que hacer... y mucho en qué pensar en cuanto tuviera un rato libre.


NOTAS DEL AUTOR:

- Para los que les interese el chisme: En cuanto a la promoción de Rick a comodoro y su nuevo cargo, jamás me convenció la idea de que lo hubieran ascendido inmediatamente a almirante; a pesar de toda su experiencia en combate, le faltaba madurar un poco como oficial militar y desarrollar sus capacidades y habilidades antes de darle un rango tan elevado y de tamaña responsabilidad. Así fue que pensé en darle un rango intermedio entre el de capitán con el que comienza la historia y el de "almirante" con el que lo conocemos (o oímos nombrar) en La Nueva Generación, siendo el rango de "comodoro" una opción que me pareció interesante. Y en cuanto a su nuevo cargo, misma idea: antes de darle la Fuerza Expedicionaria, me pareció apropiado darle una pequeña flotilla con la que desarrollar sus habilidades e irse fogueando en el mando...

- Siguiendo con la inclusión de elementos de La Cruz del Sur para marcar que esta historia transcurre entre las dos primeras generaciones de Robotech, esta vez hizo su aparición el nunca bien ponderado general Leonard, además del edificio del Cuartel General (con su forma tan peculiar y todo) y la Base Fokker; otros elementos irán apareciendo en futuros capítulos de la historia.

- En cuanto al VF-4, que es un caza que pertenece tanto a la continuidad de Macross como a la de Robotech (es el modelo de avión con el que Rick juega cuando está deprimido en el capítulo final de La Saga de Macross), lo incluí por dos razones: la primera es porque me parece un excelente diseño, y la segunda porque lo considero un caza que bien pudo haber servido de puente entre el VF-1 y el Alpha, el que (en mi opinión) no debería entrar en servicio sino hasta muchos años después... pero en fin, dejo de divagar.

- ¡Como de costumbre, un agradecimiento muy grande a todos los que están siguiendo esta historia y a los que dejan sus opiniones Además, no quería despedirme sin mandar un abrazo y un saludo muy especial a mis pilotos de prueba de esta historia: Sary y Evi.

- ¡Saludos, y será hasta el capítulo 5!