MOMENTOS DE DECISIÓN
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo V: Puntos de Partida
So kiss me and smile for me
Tell me that you'll wait for me
Hold me like you'll never let me go
'Cause I'm leaving on a jet plane
I don't know when I'll be back again
Oh, babe, I hate to go
"Leaving on a Jet Plane", de John Denver
Jueves 9 de febrero de 2017
Luego de algunos interminables días de tener que conformarse con mensajes de texto y llamadas breves de teléfono, Rick resolvió firmemente que no dejaría pasar ese día sin ver a Lisa en persona. La oportunidad para hacerlo se le presentó alrededor de las cinco de la tarde, aprovechando uno de los descansos que Rick tenía entre los cursos y reportes preparatorios que el Alto Mando le había lanzado con la esperanza de convertirlo en un buen comandante de grupo de batalla. Disponía de una gloriosa media hora antes de tener que regresar a una de las salas de informes para sumergirse en lo que prometía ser una emocionante clase teórica sobre protocolos y procedimientos de alerta en naves de combate, una media hora que emplearía en encontrarse con Lisa para verla aunque más no fuera un rato, lo suficiente como para invitarla a cenar esa misma noche.
Si bien Lisa debía pasar buena parte del tiempo en el Satélite Fábrica para supervisar en persona la construcción del SDF-3, todavía tenía a su disposición una oficina en el Candelabro para utilizarla cuando estaba en la ciudad. Para llegar a esa oficina, situada en el piso 25 de una de las torres del Candelabro, Rick debió realizar una compleja combinación de ascensores que lo llevaran hasta allí desde el subsuelo en donde recibía las clases.
Semejante viaje, a pesar de involucrar dos ascensores distintos y varios pasillos, no le tomó más de cinco minutos, que a Rick se le hicieron interminables a pesar de apresurarse como alma que lleva el diablo, hasta que finalmente el comodoro Hunter se halló a las puertas de la oficina de Lisa. Tras tocar el timbre, Rick se sorprendió al escuchar la voz de Kim, normalmente alegre, respondiendo al llamado en un tono chato y desprovisto de emoción alguna:
– Oficina de la contralmirante Hayes ¿puedo ayudarlo en algo?
– Kim, soy yo, Rick ¿Está Lisa adentro? – se identificó Rick, haciéndolo con prudencia ya que no tenía intenciones de molestarla en su trabajo.
Pero no hubo ningún problema, ya que al saber que era un amigo quien acababa de llamar, la voz de Kim se transformó por completo:
– ¡Hola Rick¡No te quedes allí afuera, entra de una vez!
Casi de inmediato, la puerta de la oficina se abrió, permitiéndole a Rick entrar a los dominios laborales de la contralmirante Hayes.
La oficina, bastante espaciosa incluso para los estándares del Candelabro, estaba dividida en dos partes por un mamparo; al frente, dando directamente a la puerta de la oficina, se hallaba la sección de trabajo de Kim, con un escritorio, computadora personal y archivos, mientras que del otro lado del mamparo estaba la oficina privada de Lisa. Antes de que Rick pudiera siquiera reaccionar, Kim lo había envuelto en un sofocante abrazo de oso que por poco le hizo perder el aliento.
– ¿Cómo estás? – preguntó Rick en cuanto su respiración volvió a lo normal.
– Yo estoy muy bien, la vida me sonríe, tengo un buen trabajo ¿qué más puedo pedir? – le contestó ella mirando hacia arriba y llevando su mano a su barbilla en pose de pregunta para luego agregar con una sonrisa de oreja a oreja: – Tal vez un novio. ¿Y tú como estás, comodoro?
– Encerrado en los sótanos de este edificio, devorando todo lo que puedo sobre naves de guerra.
– Mis condolencias, Rick – dijo Kim poniendo una mano en el hombro de Rick y poniendo cara de compadecerlo, para luego ir directamente al tema que traía a Rick a esa oficina, un tema que ella ni siquiera se molestó en tratar de averiguar. – ¿Puedes esperar un minuto? Lisa tiene que estar llegando de una reunión con Maistroff.
– Mis condolencias para Lisa – devolvió Rick mientras miraba el reloj, haciéndose a la idea de que muy probablemente Lisa se viera retenida en esa junta por bastante tiempo. – Está bien, tengo un rato antes del siguiente curso.
– Perfecto – le contestó entonces Kim. – Si quieres, pasa a la oficina de Lisa y espera allí hasta que llegue. No pienses que soy descortés, pero tengo una pila de papeles que necesitan mi atención – concluyó ella señalando su escritorio, que parecía completamente tapado de memoranda e informes oficiales.
– Está bien, la esperaré adentro – dijo Rick, ya enfilando hacia la oficina de Lisa. – Avísame si necesitas algo, Kim.
– ¡Muchas gracias! – dijo ella antes de hundirse en el mar de documentos, gruñendo en protesta a cada segundo.
La oficina privada de Lisa no era excepcionalmente grande, pero sí era respetable en todo sentido de la palabra. Las paredes estaban adornadas de fotos de temas militares, algunas condecoraciones y recuerdos personales de Lisa que hacían que el tono gris de las paredes luciera menos monótono. Detrás del escritorio de trabajo había una enorme ventana con una vista panorámica de Ciudad Monumento y de la región circundante. Sin mucho que hacer, Rick empezó a recorrer el escritorio, deteniéndose para ver las cosas que Lisa tenía allí, hasta que un portarretratos llamó poderosamente su atención.
Al ver la foto, Rick no pudo evitar sonrojarse: se trataba de una de las fotos que habían tomado durante la fiesta de Navidad de hacía dos años, que celebraron en casa de Max y Miriya… su primera Navidad juntos. Esa fotografía en particular mostraba a Rick y Lisa abrazados tiernamente y sonriendo para la cámara mientras cada uno sostenía en alto una copa de champagne… lo que le hizo recordar a Rick que esa noche en particular no había sido una en la que él se hubiera contenido con la bebida, proveyendo a Lisa y al resto de sus amigos de material para chantajearlo durante décadas.
Aunque, claro, lo mejor de esa Nochebuena fue lo que ocurrió en su casa al regresar de la fiesta… un verdadero regalo de Navidad.
Rick se sentó en una de las sillas de la oficina, mirando la foto y contemplando aquel lugar de trabajo donde Lisa pasaba sus días. Toda la oficina llevaba la marca inconfundible de Lisa: el ambiente era espartano y acogedor a la vez, condimentado con un pequeño toque de gracia femenina por aquí y allá. Otros diez minutos corrieron sin novedad, hasta que la contemplación de Rick fue interrumpida bruscamente por el sonido de la puerta principal de la oficina abriéndose.
El rostro de Rick se iluminó al escuchar, amortiguados por la distancia, el sonido inconfundible de los gruñidos de Lisa.
–¿Qué tal la reunión, Lisa? – escuchó Rick que Kim le preguntaba a la recién llegada.
– ¡¡¡¡Arghhhh, QUÉ TIPO!!!! – exclamó Lisa con furia, sin saber que en el privado de la oficina había un comodoro desternillándose de risa al escuchar ese gruñido de frustración tan típico de ella. – Prométeme que testificarás en mi corte marcial que Maistroff me llevó a la locura antes de matarlo.
– Prométeme que me sacarás de la cárcel el día que intente matarlo con una carpeta – replicó Kim con igual tono de cansancio, provocándole una leve risa a la almirante. – A propósito, almirante, alguien la está esperando en su oficina.
– Espero que no sea algo que dure mucho, estoy muerta – murmuró Lisa con un agotamiento innegable en su voz.
"Si tan sólo supieras…" se dijo Rick.
La Lisa Hayes que entró en el despacho privado unos segundos después le parecía a Rick una personificación del agotamiento y el stress laboral; su uniforme negro, usualmente impecable, se notaba arrugado en algunas partes, aunque no tanto como los papeles que llevaba bajo el brazo en una carpeta bastante gastada. Su rostro estaba dominado por una mueca de hartazgo y cansancio, sus ojos estaban inyectados en sangre como si hubieran estado trabajando horas bajo mala iluminación y su andar era lento y cansado.
Pero ver que Rick la estaba esperando fue para Lisa algo verdaderamente renovador: los ojos inyectados en sangre brillaron de alegría, la mueca de hastío trocó en una sonrisa de oreja a oreja y el andar cansado se convirtió en una corrida desesperada a los brazos de Rick, apenas molestándose en arrojar la carpeta sobre una de las sillas. La corrida de Lisa sólo terminó en cuanto Rick la envolvió con un abrazo intenso, un abrazo que rápidamente se transformó en un beso en el instante en que los labios de Lisa atacaron el cuello de Rick y su largo cabello rozó la piel del comodoro.
Desde su escritorio, Kim contemplaba con alegría el cambio operado en su amiga y oficial superior, y se paró para cerrar la puerta y darle privacidad a la feliz pareja, volviendo luego a sus impostergables obligaciones militares.
– ¡Rick, qué gusto verte! – dijo Lisa en el momento en que dejó de besarlo… antes de volver a hacerlo. – ¿Qué haces aquí?
Rick besó a Lisa en la frente e hizo más estrecho el abrazo, sintiendo que se estremecía al ver la sonrisa cada vez más grande y contagiosa en el rostro de Lisa.
– Tengo un rato libre antes de la siguiente junta y pensé en pasar por aquí para saludarte – La sonrisa de Rick se hizo más traviesa, señal de que se venía la usual broma: – A menos, claro, que te esté molestando en tus esenciales labores militares… pero no se preocupe, almirante Hayes, prometo no quitarle mucho de su tiempo.
Lisa le pegó en el brazo con un gesto teatral, entrecerrando los ojos como si estuviera por reprenderlo:
– Sí que eres tonto, Hunter. Créeme, me has alegrado el día.
– ¡Excelente! – devolvió Rick. – Porque pienso alegrarte la noche, linda. ¿Qué te parece si salimos a cenar esta noche?
Pero para decepción del comodoro Hunter, la cara de felicidad de Lisa se nubló, y un atisbo de tristeza apareció en sus ojos cuando le respondió:
– Lo lamento, Rick, me encantaría pero no puedo hoy... tengo que trabajar hasta tarde.
– Cortesía de Maistroff, supongo…
– Así es…
Por más que lo intentó, Rick no pudo evitar que quedara en evidencia la decepción que sentía; realmente tenía muchas ganas de ver a Lisa y tenerla para él sólo por un tiempo, sin compartirla con el trabajo, aunque como de costumbre el general Maistroff ya se había ocupado de aplastar su esperanza.
Sin embargo, Rick Hunter no estaba dispuesto a darse por vencido sin pelear, e insistió con una alternativa:
– Bueno, en ese caso¿qué te parece si lo dejamos para mañana en la noche? Hay un restaurant nuevo al que quiero llevarte – ofreció Rick como solución de compromiso.
Esta vez la respuesta fue la que Rick esperaba, porque Lisa volvió a sonreír una de sus características sonrisas lentas, y su voz era más sensual y suave cuando dijo:
– Me parece fantástico. ¿Te parece si nos encontramos en mi casa a las siete y media, mañana por la tarde? Ambos habremos terminado nuestros turnos para entonces.
La sola idea bastó para hacer que Rick se pusiera más cariñoso, y mientras estrechaba el abrazo y la besaba tiernamente en la mejilla, le preguntó:
– ¿Y tú cómo sabes tanto sobre mi turno?
Lisa le respondió con una sonrisa, mientras recorría con la punta de sus dedos la barbilla de Rick, llevándolo lentamente a la locura mientras le susurraba:
– Privilegios de almirante, amor...
– Entonces es una cita, preciosa. Pasaré por tu casa a las siete y media, mañana.
– No puedo esperar – dijo ella suavemente, rematando su respuesta con un beso en la barbilla que lentamente fue subiendo hasta llegar a los labios de Rick.
La sensación de tener a Lisa cerca de su cuerpo, después de días de no verla, fue irresistible, y Rick respondió a aquella provocación con un beso mucho más intenso y ansioso, al que ella no opuso resistencia alguna… aunque luego fue ella quien se lanzó al contraataque, desconcertando al comodoro Hunter mientras ella comenzaba a llevarlo a la locura con la suave tortura de sus labios y su lengua, a tal punto que Rick debió hacer un esfuerzo para mantenerse en pie.
Sólo la estridente e inoportuna alarma del reloj pulsera de Rick fue capaz de interrumpir ese momento, aunque debió sonar varias veces para que por fin, con un gruñido, Rick Hunter se dignara ver el reloj para saber qué hora era.
– Diablos, tengo que volver al sótano... – maldijo entonces, obligándose a caminar hacia la puerta del privado.
– No dejes que te detenga, Hunter – dijo Lisa guiñándole un ojo, para luego plantar un beso tierno y largo en la mejilla de Rick.
– Nos vemos mañana… a las siete y media entonces – dijo Rick antes de abandonar la oficina. – ¡No se te ocurra agendar algo de trabajo para esa hora!
La única respuesta de parte de Lisa a ese comentario fue un puño levantado en actitud amenazante… y un beso lanzado al aire.
Al dejar la oficina, Rick aprovechó para saludar a Kim, abriéndose paso por la maraña de papeles que poblaban el escritorio de la atribulada asistente de Lisa. Finalmente, una vez que Rick se fue, y notando que no había ni la menor señal de vida por parte de la almirante Hayes, Kim se puso de pie y caminó hasta el privado de Lisa, encontrándola de pie y mirando como hipnotizada en dirección de la puerta principal, con una sonrisa ilusionada en sus labios.
Notando el repentino cambio de humor de Lisa tras aquella corta visita, Kim sonrió y le dijo:
– Deberías decirle a Rick que venga a visitarnos más seguido, Lisa. Me parece que te hace mucho bien.
Lisa no dijo nada. Dejó que su expresión de felicidad hablara por ella.
Viernes 10 de febrero de 2017
El viernes finalmente había llegado. Y para el comodoro Rick Hunter, había sido una espera demasiado larga.
La mayor parte de ese día la había pasado sumergido en una agotadora sesión de instrucción en el simulador central de la Academia Militar, una sala cavernosa y repleta de equipos electrónicos en donde podía representarse desde un combate aéreo uno-contra-uno hasta una batalla entre cientos de naves de guerra y miles de cazas de combate.
El ejercicio particular en el que Rick había participado era una simulación de batalla estándar, en la que él debía comandar un grupo de batalla de portaaviones en un enfrentamiento contra una flotilla de cruceros de la flota Zentraedi, que estaban apoyados por divisiones de battlepods y armaduras de combate, en las cercanías de Venus… cortesía de las potentes supercomputadoras que hacían funcionar el simulador central. Era la culminación de una semana de ejercicios cada vez más complejos con los que el Alto Mando quería poner a prueba las habilidades de combate y liderazgo de su nuevo comandante de grupo de batalla.
Para su infinita sorpresa y en contra de lo que sus propios instintos le habían dicho desde el comienzo, con cada ejercicio Rick iba descubriendo cada vez más una habilidad para el combate de naves estelares. Por supuesto, eso no lo convertía en un comandante hecho y derecho: sus maniobras dejaban entrever el estilo torpe del autodidacta y del principiante, y poco hubiera podido hacer con sus limitados conocimientos sobre naves estelares de no haber sido por la ayuda de los oficiales de nave que formaban parte de su Estado Mayor, principalmente Sammie.
Sin embargo, y a pesar de su inexperiencia, Rick había dominado más rápido de lo que creía los rudimentos de las tácticas de combate en naves estelares, y ya había empezado a hacer gala de un ingenio particular y sorpresivamente endemoniado para las trampas y evasiones… sorprendiendo incluso a los oficiales de flota que supervisaban los simulacros de combate.
Por más que lo intentara, no podía dejar de sonreír cada vez que recordaba el rostro estupefacto del capitán que dirigía el ejercicio, luego de que Rick hiciera una sorprendente maniobra de emboscada y contragolpe que resultó en la aniquilación completa de la flota enemiga… una maniobra que, para enorme placer de Rick, había estado completamente fuera de las previsiones e imaginación de esos marineros del espacio.
En una de las etapas finales del ejercicio, y cuando parecía que el grupo de Rick había sido devastado más allá de toda posibilidad de supervivencia, Rick precipitó las naves a la atmósfera de Venus para evadir los sensores enemigos a la vez que activaba las contramedidas electrónicas (ECM) de sus naves. Semejante táctica era considerada suicida por los más conservadores en la flota (restringía la maniobrabilidad de las naves, haciéndolas vulnerables a bombardeos orbitales), y más de uno de los oficiales presentes se lo había hecho saber a Rick en ese momento… incluyendo a los miembros más precavidos del estado mayor del comodoro Hunter.
Pero el truco había dado resultado: las naves Zentraedi quedaron cegadas por la combinación de la espesa atmósfera venusina y los sistemas ECM de las naves de Rick, e imposibilitadas de ver el momento en que la flotilla de Rick se elevó a toda velocidad de su escondite para descargar sus misiles contra las secciones inferiores de sus naves. La maniobra había sido costosa en términos de naves y bajas simuladas, pero con la flotilla enemiga devastada, los árbitros del ejercicio no tuvieron otra alternativa más que darle la victoria a Rick, dejando a los oficiales de flota presentes en un estado de completa confusión… y volviendo eufórico al comodoro Hunter tras esa victoria tan inesperada y poco convencional.
"¡Comodoro Hunter, esa es la maniobra más loca y demente que haya visto en los años que llevo al frente del simulador!" había exclamado el capitán Hardesty, que había servido como árbitro del ejercicio.
"Loca, demente y lo que usted quiera… pero exitosa, capitán Hardesty", retrucó Rick en esa oportunidad, sonriendo orgullosamente… aunque no tanto como Sammie.
"¡Por todos los cielos, hombre¡¿Quién se cree que es para hacer esa clase de locuras, un piloto de Veritech?!"
Para responder, Rick sólo necesitó indicar con la mirada las alas doradas de piloto de combate que llevaba en el pecho de su uniforme, siendo suficiente para que el rostro del capitán se amoratara de vergüenza.
"¿Respondí su pregunta, capitán?"
Aún con esa victoria (y con la satisfacción personal que le había dado el dejar enmudecidos a los oficiales de la flota), la preocupación que le provocaba a Rick el asumir el mando del grupo de batalla seguía estando allí, haciéndose sentir a pesar de todo. No dejaba de ser consciente que, por más astucia que tuviera, sólo la práctica directa del mando lograría darle la experiencia necesaria para ser un comandante cabal en la flota.
Pero mientras dejaba el edificio central de la Academia Militar e iba para su auto, Rick decidió que no dedicaría un segundo más del día a pensar en el trabajo.
Ahora sólo pensaba en llevar a Lisa a cenar.
Rick había llegado a su casa a eso de las seis y media de la tarde, y apenas le alcanzó el tiempo para ducharse y elegir la ropa que se pondría para la cena, decidiéndose finalmente por algo sport: una camisa blanca y pantalones azules, además de una chaqueta por si refrescaba (ese día hacía un calor inusual para esa época del año en Monumento). Después de un breve rato de descanso tras la locura de ese día, Rick tomó las llaves de su auto y salió en busca de Lisa.
Al cabo de unos diez minutos en la calle, el auto de Rick estacionó frente a la casa de Paseo Scharnhorst, y Rick descendió para tocar el timbre, con un ramo de rosas en la mano.
Desde adentro de la casa, la voz de Lisa no se hizo esperar:
– ¿Rick, eres tú?
– ¿Esperabas a alguien más? – bromeó Rick. – Porque si es así, me voy a sentir mal, y tendré que ir con alguna de mis otras novias...
– Pasa, galán, está abierto – contestó Lisa, riendo a gusto desde donde fuera que estuviera. – ¿Puedes esperar unos minutos? Todavía no termino aquí arriba.
– Está bien, está bien… si me necesitas, estaré en el sofá – dijo Rick antes de lanzarse aparatosamente sobre el cómodo sofá de Lisa, tanteando hasta encontrar el control remoto del televisor.
Los minutos pasaron, y desde el piso superior de la casa, Lisa le preguntaba a Rick cómo había estado su día, pidiéndole de tanto en tanto que tuviera paciencia hasta que terminara. Por fortuna, Rick no tenía inconvenientes en esperar, aunque a veces se enfrascaba en intentos de comprender cómo era posible que las mujeres tardaran tanto en menesteres que a los hombres les llevaban pocos minutos. Resolvió no dedicarse a solucionar un misterio cuya solución había eludido a los mejores esfuerzos intelectuales de generaciones de hombres, y en vez de eso encendió el televisor para pasar el rato.
Como de costumbre, trescientos canales en el cable y nada en ellos que valiera la pena… aunque, asombro de asombros, un rostro familiar en la pantalla hizo que Rick se detuviera en el noticiero vespertino de la MBS para ver un informe económico.
– Esta tarde, con una vistosa ceremonia en Nueva Shanghai – anunció con su voz en off el locutor –, quedó oficialmente inaugurada la sede central de la filial asiática de RBK Corporation, que comienza así la expansión planeada de sus operaciones comerciales e inversiones por toda Asia Oriental, con un desembarco inicial por aproximadamente trescientos millones de créditos en el sector de la infraestructura y servicios de la Región Autónoma de Nueva Shanghai y operaciones por montos similares en las Regiones Autónomas de Nueva Beijing y Japón.
"Dios, sí que están llegando lejos estos tipos", sonrió Rick sin despegar la mirada de la pantalla, en donde un hombre corpulento y vestido con un costoso traje de ejecutivo, estaba dando una conferencia de prensa… sin hacer el menor esfuerzo por disimular el porte rígido y marcial que le había dado el entrenamiento Zentraedi.
– Como siempre desde el día en que mis socios y yo fundamos esta corporación, RBK está comprometida a ofrecer soluciones de negocios en el campo de los servicios públicos, haciendo lo posible para facilitar la integración pacífica de los Zentraedi en la economía microniana y en el mercado laboral. Esperamos que la apertura de nuestra rama asiática nos permita ir más allá y diversificar nuestras operaciones, sin perder de vista los objetivos que han guiado a RBK desde el primer día…
"¿Quién lo hubiera creído?" pensó Rick, meneando la cabeza al ver esa conferencia de prensa, que cedió lugar al conductor del noticiero en cuanto acabó.
– Esas fueron las declaraciones de Bron Nantes, miembro de la Junta Gerencial de RBK, quien también aprovechó para ocuparse de los rumores que hicieron temblar en el día de ayer los mercados bursátiles mundiales, desmintiendo categóricamente que él o sus socios Rico Dosel y Konda Bromco estuvieran en tratativas para vender parte del paquete accionario de RBK…
Una vez que el noticiero se ocupó de otros temas, Rick resolvió que bien valdría la pena ver algo pasatista e intrascendente, sin dar tregua al control remoto hasta detenerse en uno de los tres canales de la MBC (Monument Broadcasting Corporation), donde estaban pasando "La Comidilla", un popular programa de rumores del espectáculo.
Al principio, Rick no prestó demasiada atención a los rumores que aparecían en pantalla, que mencionaban entre otras cosas los pequeños escándalos de evasión de impuestos de un famoso actor de cine y el arresto por conducir en estado de ebriedad que habría sufrido una conocida modelo. Pero eso cambió rápidamente.
Rick se llevó una gran sorpresa, sobresaltándose al ver la imagen de Minmei en pantalla, con la leyenda "¿OTRO NUEVO AMOR?". Mientras la conductora del programa anunciaba que en escasos segundos iban a presentar el informe completo, Rick se acomodó en el sofá para escuchar mejor qué estaba ocurriendo con su antigua ¿amiga¿Objeto de deseo¿Conocida?
Aparentemente, según relataba el informe, Minmei estaría saliendo con uno de los músicos de su banda, un joven baterista un par de años menor que ella. Los paparazzi los habrían visto juntos a la salida de un exclusivo bistró de Nueva Houston, donde Minmei estaba como parte de una gira promocional de su nuevo álbum. Las filmaciones de los paparazzi mostraban a la ex Señorita Macross del brazo de un joven alto y musculoso, quien la protegía del asedio de las cámaras con una combinación de gestos obscenos y palabrotas a cuál más irrepetible.
La filmación logró que Rick sintiera un nudo en el estómago. Hacía meses que no dedicaba tiempo a pensar en Minmei, excepto cuando aparecía en los medios o cuando otra persona se la nombraba; de hecho, hacía más de un año que Rick no la había visto en persona.
Luego de la destrucción de Nueva Macross, Minmei había elegido no mudarse a Ciudad Monumento, aunque cada vez que visitaba la ciudad ella permanecía en el nuevo restaurant de sus tíos. Ella y Rick se habían encontrado media docena de veces durante los dos años siguientes, todas ellas por accidente, durante aquellas oportunidades en que Minmei pasaba por Monumento para algún concierto o evento social.
No se habían dicho mucho en esos encuentros; hablaban sobre todo de intrascendencias y cosas menores de la vida de cada uno, siempre con una incomodidad que se hacía más pronunciada en cada oportunidad. Cada encuentro era más corto y extraño que los anteriores, a tal punto que la última vez que se habían visto, no intercambiaron más que saludos y cortesías de rigor antes de despedirse… y después de ese encuentro, que había sido poco después de Año Nuevo del '16, simplemente no habían vuelto a verse.
La explicación era simple: los mundos de Rick y Minmei ya no se cruzaban. Aquella relación por la que Rick hubiera dado la vida apenas tres años antes se había extinguido por completo, colapsando como el castillo de naipes que siempre había sido. Aquella persona que había sido en un momento el centro de la vida de Rick, ahora no despertaba en él más que un interés pasajero y nostálgico que no tardaba en desaparecer...
Rick estaba cada vez más feliz al lado de Lisa, mientras que Minmei encontraba refugio de las inclemencias del mundo del espectáculo en su música y en una sucesión de noviazgos cada vez más fugaces. A Rick le sorprendió el aspecto que su antigua amiga tenía en la filmación; se la veía más adulta y madura, pero su rostro no dejaba de tener un dejo de tristeza e infelicidad en su expresión, y su figura antes irresistible empezaba a mostrar el efecto de años de vivir en el corrosivo ambiente del espectáculo… por más que ella se ocupara de disimularlo.
No era completamente culpa de Minmei: la vida había sido cruel con ella, la había elevado al estrellato antes de estar lo suficientemente madura para poder hacerse cargo y sobrellevar las dificultades de esa vida, y la había sometido al maltrato y decadencia de Kyle, colapsando sus ilusiones en una nube de autocompasión y egoísmo en la que trató de arrastrar a Rick en un vano intento de refugiarse, que lo único que logró fue devastar por completo la relación que había entre Minmei y Rick… además de casi destruir las vidas de Rick y Lisa en el proceso.
El breve intento de Minmei de reencender su relación con Rick durante la Navidad del '13 había sido el último esfuerzo por recuperar algo de su vida anterior. Cuando, como muchas de las ilusiones de aquel período, ese esfuerzo se vino abajo, a Minmei no le quedó otra cosa más que dedicarse por completo a tratar de reconstruir su carrera. Por fortuna para ella, había tenido algo de éxito en ese objetivo y pudo volver al circuito del estrellato, pero Lynn Minmei ya no era aquella superestrella que había enloquecido a la Humanidad en los años de la guerra y la reconstrucción. Sus quince minutos de fama habían pasado, y ahora sus días se iban en giras por toda América del Norte, con un ocasional tour mundial que la devolvía por un tiempo a las tapas de los medios.
Y así como así, sin pena ni gloria, Rick se dio cuenta de que Minmei ya no ocupaba ningún lugar en su mente. Era para él sólo una figura del espectáculo más, a quien en una época conoció e incluso llegó a amar (o eso había pensado él), pero que ahora no significaba nada para él.
Rick cambió de canal una vez que terminó el informe, dejando el televisor en un canal de noticias locales. Nada de interés, excepto constantes notas sobre accidentes de tránsito y eventos culturales… cosas rutinarias que sólo producían ruido de fondo en aquella sala de estar.
De pronto y sin advertencia alguna, algo cubrió los ojos de Rick, bloqueándole por completo la vista y sumiéndolo en la oscuridad. Sobresaltado ante el hecho, el pulso de Rick se aceleró por la adrenalina, a la vez que su cuerpo entero perdía fuerza y el control remoto escapaba de sus manos… La sorpresa cedió paso al placer cuando sintió un suave y cálido aliento recorriendo su cuello de arriba a abajo, mientras el cosquilleo de una larga y sedosa cabellera que rozaba su piel lo llevaba rápidamente a la locura, aunque no tanto como la voz melodiosa y suave que susurraba en sus oídos, provocándole un escalofrío incontrolable que iba de la cabeza a los pies de Rick.
– ¿Estás listo, piloto?
Lo único que pudo responder Rick fue un murmullo apagado.
Las manos que cubrían los ojos de Rick se retiraron, devolviéndole la vista tan rápido como se la habían quitado. Rápidamente, aún sin recuperarse de la reciente sorpresa, Rick giró la cabeza hasta que sus ojos se posaron sobre Lisa… y lo que vio lo dejó literalmente con la boca abierta y sin palabras.
Lisa estaba, en una palabra, preciosa.
Se había puesto un vestidito negro que dejaba sus hombros y cuello al aire, además de proporcionar un escote insinuante. La corta y amplia pollera que vestía dejaba al descubierto sus largas y bien torneadas piernas, mientras que su cabello estaba suelto y caía por los hombros de Lisa con una naturalidad asombrosa. El rostro de Lisa estaba maquillado de tal manera que hacían resaltar sus brillantes ojos verdes y sus finos labios, mientras que de todo su cuerpo emanaba el aroma de un perfume exquisito, del cual Rick buscaba llenar sus pulmones hasta saciarse.
El conjunto era sencillamente demoledor, y Rick Hunter se sentía efectivamente demolido, derribado, y completamente entregado ante la visión que tenía enfrente.
– Te ves bien – le dijo ella con una sonrisa en sus labios y una mirada de aprobación luego de mirarlo de arriba a abajo.
– Gracias, Lisa... estás preciosa – respondió Rick tomándola de la cintura mientras le daba el ramo de rosas, logrando que ella sonriera seductoramente y le hiciera una caída de ojos que lo volvió completamente loco.
Con firmeza, Rick se acercó a Lisa y le dio un beso en los labios, un beso que ella necesitó reciprocar con toda la pasión que pudiera antes que la necesidad de aire los hiciera separarse… para luego terminar sentados en el sofá y envueltos en un abrazo que los mantenía muy cerca.
– Vaya, Hayes, realmente me sorprendiste esta vez – dijo Rick, aún estupefacto ante lo hermosa que se le aparecía Lisa aquella noche.
– Muchas gracias, Hunter, me alegra que te haya gustado. No sé por qué, pero siempre me inspiras… – le devolvió Lisa guiñándole un ojo.
– Lo mismo digo… ¿Qué tal tu día, linda? – preguntó mientras recorría el hombro de Lisa con una mano, mientras la otra no se desprendía de la pequeña y suave mano de Lisa.
Pero algo en el semblante de Lisa alcanzó a inquietar a Rick… un destello de tristeza en su mirada, como si algo hubiera pasado que ella temía que él llegara a saber.
– Mmm... Lo mismo de siempre, trabajo, trabajo y más trabajo. Aunque hoy – sus ojos recobraron aquel brillo característico de ella al decir esas palabras – tenía una motivación especial para terminar el día. Oye, felicitaciones – le dijo a Rick, dándole una palmada en la espalda.
– ¿Por qué lo dices? – preguntó confundido Rick, sin entender a qué podía estar refiriéndose.
– Escuché que diste una paliza histórica en el simulador – dijo ella con una expresión que manifestaba alegría y orgullo.
– ¿Pero cómo te enteraste de...? – El rostro de Rick se iluminó cuando la respuesta vino a él, con tanta claridad que ni siquiera necesitó pensarla. – Sammie y Kim.
– Sepáralas, pero siempre serán parte del Trío – rió Lisa, aprovechando para darle a Rick un fugaz beso en la boca. – Sammie fue a contarle muy orgullosa a Kim que sus esfuerzos por reeducar, y cito, "a ese piloto cabeza dura" por fin estaban dando resultados, y bueno, como podrás imaginarte, Kim me lo contó a mí. No te preocupes, no me dio los detalles. Dijo que sería mejor escucharlos de tu boca durante la cena.
– Tendré que hablar con la comandante Porter – dijo Rick fingiendo enojo.
– ¿Ahora comprendes lo que paso yo con Kim? – agregó Lisa con un guiño de complicidad.
– Te comprendo, almirante. ¿Quieres que vayamos a cenar?
Lisa desvió la mirada un instante, como si no supiera cómo decirle a Rick lo que tenía en mente.
– Rick, no sé... ¿te parece mejor si cenamos aquí? No es que quiera ser mala contigo, pero estoy muerta y sinceramente me gustaría que pasemos un rato nosotros dos solos... sin nadie alrededor.
Fue sólo en ese momento que Rick cayó en la cuenta que, con todo el trajín de esos días, literalmente se había olvidado de hacer las reservaciones en el restaurant…
– Me gustó la idea – una sonrisa asomaba en sus labios, tratando de disimular la vergüenza que le daba haberse olvidado de ese detalle. – A fin de cuentas, ahora que recuerdo, ni siquiera había hecho reservaciones en el restaurant. Eso sí, – agregó – ¿quieres salir a caminar un rato conmigo¿Una vuelta por el barrio?
– Entonces estamos de acuerdo... tendremos nuestra cena aquí y después daremos un paseo – le contestó ella, acercándolo con sus brazos hasta prácticamente sentirlo en todo el cuerpo.
Respondiendo a la invitación, Rick se acercó para besarla en la frente, y se estremeció al escuchar la risa leve de Lisa cerca de su cuello… preludio inconfundible de una serie de rápidos y estremecedores besos que ella le infligió en el cuello. Sonriendo como si esos besos lo hubieran atontado por completo, Rick preguntó a Lisa:
– Y ahora, almirante Hayes ¿qué tiene en mente para la cena?
Lisa lo miró con un brillo pícaro en sus ojos.
– Tengo que reconocerlo, se ve muy bien.
– Gracias, Rick, me alegro de que te guste.
– Lisa, eres demasiado modesta.
Lisa rió con ganas, escondiendo su rostro entre sus hombros en la pose más inocente que pudo lograr:
– Descubriste mi secreto... Y ahora vamos teniendo más respeto…
– ¡Yo siempre te tuve respeto! – protestó Rick haciéndose el indignado.
– Seguro… – contestó Lisa, mirando hacia arriba como si no creyera una sola palabra que saliera de los labios de Rick.
– ¡Todo el respeto del mundo! – continuó defendiéndose Rick, aunque lo único que pudo lograr fue que ella pusiera una cara muy parecida a la de un tiburón oliendo sangre en el agua… la cara que ella siempre ponía antes de lanzarse en una de sus acostumbradas batallas verbales.
– ¿Las discusiones en la red táctica? – le preguntó ella, arqueando una ceja y esperando a ver con qué saldría él.
– ¡Diferencias profesionales! – replicó Rick. – Fuera de eso, yo siempre te respeté…
– ¿"Comadreja parlanchina"?
– ¡Todavía no te conocía!
Sin inmutarse, mientras por dentro reía a carcajadas, Lisa continuaba buscando en su memoria esas viejas discusiones que la habían irritado en su momento, pero que ahora eran motivo de sonrisas nostálgicas…
– ¿"Vieja sabelotodo que fastidia desde su confortable cabina de control"?
– ¡Era mi primera misión! – se defendió Rick casi a los alaridos, sintiendo que ella lo estaba arrinconando. – ¡Estaba muerto de nervios, y para serte sincero no me estabas haciendo las cosas fáciles!
– Seguro…
– ¡En serio! – insistió Rick, suplicando clemencia con la mirada. – Ahora¿podemos detener el tren de los recuerdos y comenzar a comer?
Pero era demasiado tarde para detenerse; la almirante Hayes se había guardado el último golpe para el final, y presintiendo lo que vendría, se mordió el labio inferior antes de lanzar su siguiente andanada contra el acosado comodoro Hunter:
– ¿"Comandante Hayes, yo no la besaría ni aunque mi vida dependiera de ello"? – insistió Lisa tan sólo para hacer rabiar más a Rick e intentando evitar una carcajada al ver las caras que le hacía él.
La respuesta de Rick vino de la mano de un inesperado beso que casi le hizo olvidar a la almirante Hayes qué año era; de hecho, prácticamente olvidó todo lo que no fuera Rick Hunter y el beso que le estaba dando… y las sensaciones que le estaba provocando a cada segundo que sus labios seguían unidos a los de ella.
Y mientras Rick la seguía besando, Lisa no pudo sino concluir que la vida de Rick estaba en riesgo… porque realmente la estaba besando como si su vida dependiera de ello.
Para cuando el beso terminó, nada había quedado de la expresión juzgadora en el rostro de la almirante Hayes… ya que en su lugar estaba la mirada enternecida que ella reservaba sólo para Rick, sin quitarle los ojos de encima mientras él regresaba a su silla como si nada hubiera pasado.
– En esa tienes razón… ¡Estaba equivocado, lo reconozco! – murmuró Rick, ya vuelto a su asiento luego de terminar el beso.
– Ya era hora de que lo admitieras… – le devolvió Lisa con su sonrisa más tierna y satisfecha, decidiendo que ya era hora de ocuparse de la comida.
– Me muero de hambre – dijo Rick, sin quitarle los ojos de encima al plato principal de esa cena… excepto para mirar a la mujer que estaba sentada frente a él
– Yo también, no puedo esperar más – agregó Lisa, sonriéndole con ternura.
Las velas iluminaban el comedor con una luz tenue, que sólo acentuaba el ambiente que Rick y Lisa habían querido crear; las cortinas de las ventanas que daban a la calle estaban completamente corridas, impidiendo que entrara la luz del alumbrado público. El televisor estaba apagado, y la casa estaba sumida en un completo silencio; no había ningún otro sonido, nada más que pudiera distraer a los dos, excepto la otra persona.
Rick se quedó contemplando extasiado la figura de Lisa en aquel vestido, sus ojos brillando a la luz de las velas, su sonrisa que parecía iluminar todo lo que las velas dejaban a oscuras, su largo cabello perfumado que caía sobre sus hombros. Todo en Lisa llevaba a Rick a un estado de verdadera embriaguez mental, y lo único en lo que él podía pensar era en lo maravillado que estaba de que alguien como Lisa pudiera estar con él... a pesar de todas las que él le había hecho durante años, de manera tanto inconsciente como premeditada.
En silencio, y como había hecho infinidad de veces durante los últimos tres años, Rick pidió en silencio que Lisa lo perdonara por tantos años de insensibilidad y, a veces, de crueldad.
– ¿Me haría los honores, comodoro? – dijo Lisa en un tono formal matizado por una sonrisa.
– Por supuesto, almirante, sus deseos son mis órdenes – respondió Rick en un tono formal, como si en lugar de tener a esa visión angelical frente a él, estuviera sentado el avinagrado general Maistroff o algún otro tieso jerarca del Alto Mando.
Con gran reverencia, Rick tomó el cuchillo y empezó a cortar porciones, para luego dejarlas primero en el plato de Lisa y luego en el suyo… y a cada segundo que pasaba el aroma de la comida le abría aún más el apetito.
Desde su lado de la mesa, Lisa miraba con una enorme sonrisa cómo Rick cortaba enérgicamente las porciones y las dejaba en su plato… acompañando cada porción con una sonrisa. Había días en los que Lisa que no podía dar crédito al hecho de que Rick estuviera enamorado de ella; momentos en los que ella rememoraba los lejanos días en que ella sufría soñando con que Rick olvidara a Minmei y le prestara atención, aquellos horribles desengaños que sufrió y que por poco destrozaron sus ilusiones, y cómo todo ese dolor se había transformado en alegría infinita el día en que él finalmente reconoció sus sentimientos… ese día de fuego y sangre que parecía ahora tan lejano…
Había momentos en los que ella sólo deseaba perderse en los ojos azules de Rick, y dejarse tomar por sus brazos, entregándose a lo que fuera que él tuviera en mente con ella. Y ese instante, mientras Rick hacía algo tan cotidiano como cortar porciones, era uno de esos momentos.
– Ya está, Lisa. Buen provecho – dijo él guiñándole un ojo mientras dejaba la última porción en el plato de la almirante.
Sentado en su silla, Rick miraba embelesado cómo Lisa se llevaba un pedazo a la boca y le daba el primer mordisco, disfrutando con gusto el sabor y la textura a juzgar por la expresión que estaba poniendo… y por el pequeño sonido de placer que hizo antes de decir bastante satisfecha a Rick:
– Creo que encontré una nueva pizzería favorita.
– Tienes toda la razón – dijo Rick mientras atacaba su porción de pizza, encontrándose plenamente de acuerdo con Lisa. – Después pásame el número de teléfono, por favor… voy a andar llamándolos muy seguido.
De pronto, las piernas de Rick sintieron el roce suave de los pies de Lisa, que jugaban con él y le hacían cosquillas, haciéndole detener en seco todo lo que no fuera concentrarse en esas suaves y juguetonas cosquillas… y cuando se recuperó del efecto, él apenas pudo levantar la vista para notar que Lisa lo miraba embelesada.
– Siempre puedes venir a comer aquí... – dijo ella en tono sugerente.
– Estás llena de buenas ideas – respondió Rick sin poder sacarle los ojos de encima, y devolviéndole el jugueteo a sus piernas, pensando que esa era una invitación que no iba a rechazar… mientras veía cómo Lisa se estremecía y dejaba escapar algunas risitas por las cosquillas que él le estaba infligiendo.
– ¿Más vino, linda? – ofreció Rick, a lo que por única respuesta Lisa levantó la copa para que fuera rellenada con vino.
– A tu salud, Rick – levantó la copa ella para brindar, una vez que estuvo completamente llena.
– A la tuya, Lisa – Rick hizo lo propio y las dos copas chocaron en el aire con un tintineo. – Espero que no tengas problemas con la ropa, Lisa... la pizza y el vino pueden ser muy traicioneros.
Lisa hizo un ademán despreocupado con su mano y, después de tragar lo que estaba comiendo, dijo como si nada:
– Bah, no te preocupes por eso. Una buena pizza bien vale la pena una visita al lavadero.
Al pensar en la situación que estaba viviendo, Rick dejó escapar una risa apagada. Poca gente tenía alguna idea de lo graciosa que podía llegar a ser Lisa; todos se quedaban en ese exterior frío y oficial que podía tener, sin mirar a la mujer sensible, amable y divertida que había debajo. La cena que estaban disfrutando los dos era un perfecto ejemplo: los dos estaban vestidos como para llevarse a Ciudad Monumento por delante, estaban comiendo a la luz de las velas y en una mesa con manteles y finos cubiertos, bebiendo un vino de buena cosecha que Lisa tenía guardado "para ocasiones especiales"... y el plato principal era una pizza que habían ordenado.
Jamás hubiera pensado Rick que alguna vez estaría en una cena romántica comiendo pizza; situaciones como ésas sólo las podía vivir junto a Lisa. Tras tres años de relación, Rick había aprendido a amar el sentido del humor de Lisa, aprovechando para disfrutar todo lo que pudiera tras años de desencuentros y peleas entre ellos dos, años en los que ni siquiera se había imaginado que ella pudiera tener la personalidad que tenía… pero ahora que estaban juntos, ella no perdía oportunidad de lanzarse sobre él con su sentido del humor, haciéndolo reír sin parar.
– ¿De qué te estás riendo? – preguntó ella, intrigada y curiosa por la mirada divertida que veía en él.
– Lisa, estamos los dos vestidos para salir, en una cena romántica en tu casa, comiendo pizza... – trató de explicarle Rick, para luego rematarlo con una mirada tierna mientras decía: – Y para mí es la noche más romántica que hemos tenido.
Sonrojándose notablemente a la luz de las velas, ella se limitó a decir:
– Supongo que lo que hace a una cena no es en donde estén comiendo ni cual es el plato... sino con quién estás...
– ¿De donde sacas esa sabiduría, Hayes? – preguntó Rick, maravillado como sólo ella lograba hacerlo.
– Son cosas que vienen con el grado, Rick... – sonrió divertida. – ¿Sabes qué? No hubiera cambiado esto por el restaurant más caro de Monumento.
– En eso estoy de acuerdo contigo, bonita – dijo Rick en un tono bajo, casi susurrante.
Lisa quedó como congelada, hundiéndose en la mirada amorosa de aquellos ojos azules, y sólo atinó a esbozar una sonrisa tímida y lenta. Rick se acercó a ella y le dio un corto beso, suave y fugaz pero lleno de sentimiento, en los labios, un beso tan intenso a pesar de su brevedad que la dejó temblando y hambrienta de más… y la sonrisa predadora que apareció en sus labios cuando cayó en la cuenta de que la noche recién estaba empezando bastó para estremecer a Rick…
La noche continuaba, mientras Rick y Lisa permanecían juntos en casa de ella, cenando en aquella velada romántica que se habían hecho para ellos.
Después de comer, Lisa y Rick salieron a dar una vuelta, con la intención de llegar hasta un pequeño parque en las cercanías del barrio militar. La temperatura era agradable, un poco menos calurosa de lo que había sido durante el día pero sin llegar a ser demasiado fría. Rick y Lisa caminaban juntos por las calles silenciosas y tranquilas, el brazo de él tomándola por la cintura y acercándola a su cuerpo.
Ambos estaban totalmente entregados a lo que sentían, y parecían haberse vuelto extremadamente sensibles a todo lo que el otro hacía. Así, el roce del cabello de Lisa enviaba escalofríos por todo el cuerpo de Rick; la sonrisa traviesa de Rick hacía que Lisa se sonrojara a más no poder, y la sola sensación de estar cerca uno del otro hacía que tanto Rick como Lisa desearan no separarse nunca más.
Aquellos momentos eran un oasis de tranquilidad en las ajetreadas vidas de los dos oficiales. A veces parecía como que el universo conspiraba para mantenerlos separados, ocupándolos con misiones, responsabilidades, tareas y otras cosas que consumían sus días. No faltaba el deseo de poder desentenderse de esos obstáculos, pero Lisa lo había expresado bien una vez: ellos dos eran demasiado responsables como para desprenderse de todo. La única opción que les quedaba era seguir como seguían; buscando hasta la última oportunidad para verse, en aquellos ratos libres que encontraran entre las exigentes demandas del servicio militar.
Hablaban de varias cosas durante esa caminata: el trabajo, las aventuras y desventuras de sus amigos, las cosas que estaban haciendo en los ratos en que no se veían, pero ya no necesitaban palabras para hablarse. Habían llegado, mucho tiempo antes, a un punto en el que cada uno sabía lo que el otro pensaba y sentía con sólo mirarlo. Bastaba una sonrisa, una mirada, un gesto, para que el otro descubriera qué sentía sin necesidad de palabras imprecisas para explicarlo.
Una suave brisa se levantó, enviando una bocanada de aire fresco a los rostros de los dos. Ella se acurrucó contra el cuerpo de Rick, y éste la contuvo con más fuerza con su brazo, aprovechando la ocasión para besarla en el cabello, haciéndola sentir segura, protegida y feliz en sus brazos. Para Lisa, ese estado de cosas era como si el mundo, luego de las tribulaciones y tragedias, finalmente estuviera como debía ser… como tenía que ser, y lo único que deseaba era que eso jamás se acabara.
Las calles de Monumento eran por lo general tranquilas y seguras, sin los problemas de crimen y delincuencia que aquejaban a otras grandes ciudades de la Tierra. Se podía caminar por las calles en paz y a altas horas de la noche, y eso era lo que Rick y Lisa estaban haciendo. Por fin, tras caminar unas seis o siete cuadras, los dos llegaron al parque, encontrando un banco en donde sentarse, mientras contemplaban el cielo estrellado de esa noche tranquila que los rodeaba y les daba anonimato.
El frío estaba empezando a hacerse sentir con más fuerza, ante lo cual los dos buscaron acurrucarse un poco más. El calor del cuerpo de Rick hacía que Lisa enloqueciera y deseara poder estar más cerca, aún si eso fuera posible, mientras que las manos de ella comenzaron a acariciar a Rick por todos lados, deteniéndose en su cuello y jugando con su rebelde cabello negro. Él se inclinó y comenzó a besarla, infligiendo un dulce tormento sobre sus labios al que ella no se resistía de ninguna manera, entregándose con un suspiro ahogado al asalto de los labios y lengua de Rick… uniéndose en un beso que les hacía perder la razón.
Desde hacía algunos días, Lisa sólo soñaba con Rick. Él se había vuelto su sostén, mucho más de lo que había sido durante los tres años anteriores. Una dulce sensación la recorría de pies a cabeza cuando recordaba aquellos días en la cabaña, aquellos días en donde todo era como debía ser, como siempre debió haber sido. Esos días en los que ella estaba junto a él y sólo existía ese amor que los unía y que los ayudaba a superar todo lo que el universo les tiraba en su camino… y con cada recuerdo, Lisa sentía en su corazón una urgencia imparable, un deseo irrefrenable de pasar toda la vida junto a aquel hombre que la había conquistado.
Sentía la fuerza y cariño con que él sostenía su cuerpo contra el suyo, sentía aquel amor puro y completo que emanaba de cada gesto, de cada movimiento, de cada expresión que hacía Rick, dando gracias a Dios a cada instante por haberlo puesto en su camino y por haber hecho que él sintiera por ella lo que ella sentía por él. Sintiendo la necesidad de demostrarle qué tanto lo amaba, ella se lanzó a rodear con sus brazos el cuello de Rick y comenzó a acariciar su cuello y su barbilla, para luego tomar entre sus manos el rostro tibio y ansioso de Rick, y con una sonrisa deseosa, lo llevó sin resistencia alguna en un camino imparable a sus labios. Ambos se unieron en un nuevo beso lleno de ternura y pasión, y en ese momento el mundo a su alrededor simplemente dejó de existir.
Rick quedó atrapado por aquellas esmeraldas que Lisa llamaba ojos, aquellos faros que lo miraban con lo que sólo podía describir como amor incondicional, dejándole entrever el deseo que había detrás de esa mirada, y en ese momento supo con absoluta certeza -¡sí, certeza!- que ella quería lo mismo que él. Que Lisa estaba también dominada por aquel anhelo de pasar el resto de su vida con él, así como él sólo soñaba con dedicarse a ella por toda la eternidad.
¡Cómo quería romper aquel muro de dudas e inseguridades que estaba conteniendo sus deseos, y poder decirle a Lisa en aquel lugar y momento que su único deseo era que ella se casara con él¡Cómo deseaba ser capaz de superar sus miedos, y abrirse a la felicidad que sentía los estaba esperando!
Pero la triste verdad, cuando veía la cara de felicidad y paz de Lisa, era que no podía hacerlo. No ahora. No cuando ambos no sabrían dónde estarían al día siguiente, envueltos como estaban en una vida que hasta ahora sólo les había dado cambios bruscos y repentinos. No cuando su vida había dado un giro que no sabía en qué iría a acabar, pero por sobre todas las cosas… no mientras existiera el riesgo de que Rick jamás regresara de alguna misión. ¿Podría hacerle eso¿Podría arriesgarse a destrozar aquella alma dulce y frágil con una nueva pérdida¿Podía correr el riesgo de convertir a Lisa Hayes en una… en una viuda?
Le partía el corazón a Rick sentirse incapaz de hacer aquella pregunta que tanto deseaba hacer, aún cuando aquellas cuatro palabras se agolpaban detrás de sus labios, pugnando por salir. En silencio, Rick se maldijo por estar tan plagado de dudas y deseó con todas sus fuerzas poder encontrar la suficiente fortaleza como para dar ese gran paso con el que soñaba. Buscó esa fortaleza en su corazón, y la encontró en lo más profundo de su amor por ella, pero aún así, no podía sacudirse aquel miedo. Sentía que su mente le pedía a gritos más tiempo, que pudiera absorber todos los cambios en su vida. Que se diera el tiempo para proponer el matrimonio como Lisa se merecía.
Por su parte, mientras Rick se debatía entre sus deseos y sus temores, Lisa se enfrentaba a un problema propio… algo que debía decirle a él por más que no deseara hacerlo, a pesar de estar segura –más allá de toda duda– que acabaría por destrozar aquella noche tan hermosa. Pero no había vuelta posible; él tenía que saberlo. Y tenía que saberlo ahora.
– Rick... – dijo con voz trémula, temerosa de seguir adelante… aunque el toque de las manos de Rick en las suyas le dio la fuerza para avanzar.
– ¿Sí, Lisa?
Lisa tragó saliva, e hizo lo que pudo para mantener una expresión calma.
– Hoy... recibí nuevas órdenes...
Nuevas órdenes.
Al escuchar estas palabras, palabras que había aprendido a temer y odiar, Rick se sobresaltó, sin poder contener una maldición interna a las Fuerzas por lanzar sobre ellos esas órdenes que sólo hacían que se separaran. Recordó un momento similar, hacía cinco meses, cuando debió decirle a Lisa que iba a ser reasignado al frente de América del Sur, y temió vivir algo parecido.
– El almirante Blaine, el comandante del Satélite Fábrica, ha pasado a retiro… – comenzó a explicar – y se me ordenó... regresar pasado mañana al Satélite Fábrica, para hacerme cargo oficialmente del mando del Satélite, además de continuar la supervisión de la construcción del SDF-3.
– ¿Cuánto tiempo te irás? – preguntó él con cautela, cayendo en la cuenta de que podía ver de reojo la silueta oscura del inmenso Satélite Fábrica en el cielo nocturno.
– Será una asignación por tiempo indefinido… – respondió ella con una voz tan baja que a él le costó escucharla.
Finalmente lo habían hecho; finalmente esos generales y almirantes insensibles habían llegado a la decisión de enviarla de forma permanente a esa monstruosidad orbital… a ese verdadero exilio espacial, sin darle siquiera la esperanza de una fecha de regreso a la Tierra.
Hasta ese momento, Lisa simplemente había tenido a su cargo la construcción del SDF-3; si bien eso implicaba viajar a menudo al Satélite para inspeccionar personalmente los avances en la construcción, el resto del tiempo ella lo pasaba trabajando en la Tierra… pero ya no sería así. Si ella debía tomar el mando del Satélite, eso significaba una reasignación oficial a la gigantesca estructura orbital… significaría radicarse en el Satélite en forma permanente.
Los puños de Rick se contrajeron y una furia repentina lo invadió, para luego ser seguida por un sentimiento de tristeza infinita, la cual trató de contener con tal de no hacer sentir más miserable a Lisa.
Lisa pudo ver en sus ojos aquella sucesión de ira y tristeza, sintiéndose miserable por hacer esto, mientras que a su lado, un Rick Hunter atribulado no encontraba la forma de responder, excepto tomándola con más fuerza entre sus brazos y llevándola a apoyar su cabeza en sus hombros. Ella necesitaba que Rick comprendiera, lo necesitaba para no morir de desesperación.
Otra vez estarían separados. Él, dando vueltas por los cielos en el Alexander, y ella en el Satélite Fábrica… los dos perdidos en el espacio, conformándose con la esperanza de una eventual visita del portaaviones al gigantesco satélite… y nada más que eso.
Juntando fuerzas de donde no tenía, Rick la sostuvo en sus brazos y la besaba en el rostro, en su cuello, en su cabello... en cualquier lugar donde pudiera, provocándole a Lisa tanto placer como dolor con estos besos; placer por la sensación misma del contacto de los labios de Rick con su piel, y dolor por la inminente separación. Sintió ganas de llorar, sintió también el deseo de maldecir a alguien por insistir tanto en separarlos, en darles aquellos espacios de amor para luego arrebatárselos con períodos negros de separación.
El frío se hizo más crudo, más penetrante, y de pronto Rick y Lisa decidieron que pronto deberían regresar a un lugar más caliente y acogedor. Ambos se pusieron de pie, y Rick cubrió a Lisa con su propia chaqueta, mientras la sorprendía con un cálido beso que por un breve instante borró todas las penas y dolores que embargaban a los dos. Ella, como tantas otras veces, sintió que se derretía al contacto con la boca de Rick, y las cosquillas que le hacía la lengua de Rick dentro de su propia boca hicieron que sonriera y devolviera el beso con mayor fuerza.
– Anímate – le dijo él con la mejor sonrisa que pudo esbozar, una vez que el beso terminó. – Vamos a superar esto, no te preocupes. Ya lo verás.
– ¿De qué hablas?
"Optimismo, Hunter… ante todo, optimismo"
– Bueno, me parece recordar que el otro día me dijiste que esperabas verme más seguido en el Satélite Fábrica¿no es así?
Ella asintió, sonriendo a pesar de la tristeza, recordando el día en que Rick fue ascendido a comodoro y ese pequeño rato de intimidad que pudieron darse tras la junta...
– En ese caso, almirante Hayes – prosiguió Rick, acercándola todo lo que pudo – supongo que no tendré más alternativa que asegurarme de cumplir con sus indicaciones… al pie de la letra.
– ¡Más te vale! – respondió ella, comenzando a reír ante la actitud positiva de Rick, encontrándola como un bálsamo muy necesario.
– De hecho, – continuó hablando Rick, levantando la vista un segundo al cielo para ver el Satélite Fábrica – va a ser bastante difícil que te libres de mí, Hayes… aún si tengo que sabotear los reactores del Alexander para no irme del Satélite.
– ¡Tonto! – rió ella, abrazándolo con todas sus fuerzas.
– Al menos siempre sabré donde estás… y siempre sabré a donde tengo que ir.
Semejante comentario sólo merecía una respuesta, y Lisa no tardó en dársela… besándolo con tanto cariño que Rick creyó que acabaría cayendo de espaldas al suelo tan sólo con la fuerza que ella le estaba poniendo al beso…
Pocas veces un beso había sido tan necesario y reconfortante… y los dos lo sabían, decidiendo sin pensar que harían que ese beso fuera lo más largo posible, refugiándose en ese amor que siempre les había ayudado a superar los contratiempos más terribles.
Cuando por fin se separaron, los dos quedaron mirándose a los ojos y sonriendo… sonriendo a pesar de todo, dejando atrás las penas como si jamás hubieran existido, y entonces Lisa se recostó en el pecho de Rick, sostenida por sus brazos mientras ella cerraba los ojos y se entregaba a ese cariño tan protector que él le prodigaba…
Mientras sostenía a Lisa en sus brazos y se llenaba los pulmones con su aroma, Rick levantó la mirada hasta encontrarse una vez más con el espectáculo del cielo estrellado, maravillándose como siempre ante la majestuosidad del Universo… hasta que su mirada recayó en un punto en particular.
– ¿Qué estás haciendo? – le preguntó Lisa, notando que la mirada de Rick estaba perdida en las estrellas.
– Nada, amor… – le sonrió él, besándole la cabeza. – Solamente estaba mirando mi rincón favorito del cielo.
– ¿Y cuál sería?
Sin decir una palabra, Rick extendió el brazo para señalar con su dedo la inmensa silueta negra del Satélite Fábrica, que en ese momento se recortaba contra la Luna con un contraste incomparable… y en cuanto Lisa se dio cuenta de hacia donde estaba señalando, simplemente se lanzó a besar a Rick en la mejilla, dejando que sus labios siguieran allí mucho después de que el beso terminara, mientras en su corazón la tristeza desaparecía definitivamente, borrada por el optimismo y las ilusiones que él siempre lograba avivar dentro de ella.
– Será mejor que volvamos a tu casa... se está haciendo tarde – dijo él, asegurándose de que ella estuviera bien cubierta por su chaqueta a la vez que la acercaba a él con su brazo.
– Rick, yo quería... – empezó ella, deteniéndose casi al instante.
Con un ademán, Rick le indicó que siguiera, sonriéndole para darle fuerzas.
– Quería pedirte... – siguió ella. – Si puedes pasar esta noche conmigo...
– No tienes que pedírmelo dos veces, preciosa – respondió Rick besándole la frente y estremeciéndose al escuchar una risa suave cerca de su cuello.
– Gracias…
– Créeme – otro beso en la frente – el gusto es mío. Por cierto…
– ¿Sí? – preguntó ella.
– Recordé que mañana es la ceremonia de retirada de servicio del Valkyrie para el Escuadrón Skull. Asumo que te han invitado¿no es así?
Lisa asintió, sin entender a qué quería llegar Rick.
– Perfecto – sonrió él. – En ese caso, te invito a la ceremonia¿quieres venir conmigo?
– Rick, ya te dije que me habían invitado.
Ese comentario no detuvo a Rick, quien ya la estaba mirando con esa expresión de travesura e inocencia tan típica en él… y que ella adoraba.
– Lo sé, pero si vas a la ceremonia, quiero que lo hagas porque yo te invité y no porque alguien más lo haya hecho…
Lisa entró a reír con ganas, alegrando infinitamente a Rick por haber logrado que ella se sintiera mejor, y mientras ella lo abrazaba con más fuerza, él aprovechaba la ocasión para plantarle tiernos besos en donde pudiera.
– Richard Hunter – empezó a decir ella contra su pecho. – ¿En qué momento te volviste tan romántico?
Otro beso en la cabeza… uno que hizo estremecer a Lisa casi sin control.
– Bueno… – respondió él. – Digamos que me inspiras a hacer que todo el tiempo que pasamos juntos sea lo más especial que pueda, preciosa…
Los ojos de Lisa estaban llenos de ternura y tristeza, y Rick se sintió conmovido más allá de la imaginación. Tomando las manos de Lisa entre las suyas, él plantó un beso en sus labios y sus mejillas, dándole a ella una señal de que estaba más que dispuesto a ayudarla en todo y de protegerla frente a las insensibles fuerzas de un universo hostil.
– Entonces, dado que tenemos que ir al mismo lugar mañana, me parece que bien podemos pasar esta noche juntos¿no te parece? – le dijo Rick guiñándole el ojo. – Además, podemos hacer que sea una noche… especial.
– ¿Qué tan especial quieres que sea? – susurró ella.
Rick se tomó unos segundos antes de responder, usando esos segundos para acariciar a la mujer que tenía en brazos mientras sus labios dibujaban una sonrisa tierna y hambrienta a la vez…
– Hagamos que sea la mejor, preciosa – otra vez la besó en la cabeza. – Fuegos artificiales y todo…
Ella sonrió al ver la cara de Rick y escuchar su respuesta, y se acercó lo más que pudo al cuerpo de él, devolviéndole un beso en la mejilla, un beso que transmitía no sólo amor, sino agradecimiento.
Ambos comenzaron el camino de vuelta a la casa de ella, con la perspectiva de hacer especiales e inolvidables esos últimos días que les quedaban antes de la separación que el deber, una vez más, había impuesto.
Miércoles 15 de febrero de 2017
Había algo mágico respecto de ver a la Tierra desde el espacio. Desde ese punto de vista privilegiado, la Tierra parecía una esfera azul y perfecta, moteada de islas y continentes y maquillada por blancas nubes. Parecía un lugar en donde reinaba la paz, muy a pesar de sus propios habitantes y de las desgracias que la habían azotado desde el espacio exterior.
El muelle orbital Yarrow flotaba a 500 kilómetros sobre la superficie de la Tierra, específicamente sobre las Islas Británicas. Era una construcción poco imponente si se la comparaba con el monumental Satélite Fábrica que orbitaba en las cercanías de la Luna, e incluso más primitiva si la comparación se hacía con otras construcciones espaciales terrestres más recientes que se habían beneficiado de avances en la robotecnología y la ingeniería de construcción.
Se trataba de un montón de módulos de operaciones interconectados por enormes estructuras, formando una especie de jaula espacial dentro de la cual reposaba, flamante e imponente, el nuevo portaaviones espacial Alexander, de la clase Tokugawa, que esperaba el momento de su entrada formal en servicio como una nave de guerra de las Fuerzas de la Tierra Unida.
El Alexander exhibía su porte altanero ante todos los invitados a la ceremonia de entrada en servicio. La inmensa nave, casi tan larga como lo había sido el SDF-1, daba incluso una apariencia más maciza, aunque definitivamente carecía de la majestuosidad y elegancia de la extinta fortaleza espacial.
Como todas las naves terrestres de la época, la configuración de casco del Alexander le daba a la nave un cierto parecido con los viejos submarinos de la Segunda Guerra Mundial. El casco principal de la nave, pintado con un color arenoso, tenía una sección de proa que asemejaba una cuña y que remataba en punta. Dos enormes estructuras que contenían hangares y cubiertas de vuelo flanqueaban el casco principal de la nave, terminando junto con dicho casco principal en una enorme sección de popa que albergaba los doce motores de reacción.
Coronando la nave, una pequeña superestructura se ubicaba sobre la sección dorsal, arriba de la cual se montaba la torre de comando que contenía al puente y a la cubierta de mando de flota. El conjunto de armamentos no era muy impresionante; consistía en misiles antibuque, algunos cañones de partículas y una cantidad impresionante de cañones y misiles de defensa que erizaban el casco del gigantesco portaaviones. La nave era ante todo un enorme vagón de batalla, diseñado para lanzar sus cazas y mantenerse lejos del combate, por lo que el armamento que montaba era suficiente para proporcionarle excelentes capacidades defensivas y una limitada capacidad ofensiva.
Un transbordador terrestre SC-27 que ostentaba el emblema de las Fuerzas de la Tierra Unida en su fuselaje, escoltado por media docena de cazas Veritech VF-1, se alejaba de la superficie de la Tierra en dirección al muelle orbital, que durante todo ese dìa había estado recibiendo docenas de vuelos como ése, repletos de invitados VIP y familiares que venían a presenciar la entrada en servicio del Alexander. Éste transbordador no parecía tener nada de especial. Sólo era uno más.
Pero no era un vuelo más para el pasajero que iba a bordo del transbordador.
El comodoro Rick Hunter se movía inquieto en su asiento, todavía sin caer en la cuenta de que lo que estaba viviendo y lo que estaba a punto de hacer era real. Varias veces durante ese vuelo, tuvo que reprimir la tentación de pellizcarse, para ver si acababa despertando y descubriendo que en realidad no lo habían puesto a cargo de una flota de doce naves, que todavía estaba al frente de su amado Escuadrón Skull... que todavía podía volar un Veritech por derecho propio, en lugar de tener que pilotear un escritorio.
"Basta, Hunter, déjate de bobadas y deja la nostalgia en el pasado", escuchó que le decía dentro de su cabeza una voz inesperadamente severa e imposible de identificar. Esa voz pudo haber sido la de Roy, la del almirante Gloval o incluso la suya propia... jamás lo sabría.
Parte del problema era su nuevo uniforme, muy similar a aquel que había usado alguna vez el almirante Gloval. Rick había estado usando un uniforme similar desde que fue ascendido a capitán grado superior, pero había logrado mantener los clásicos colores blanco, azul y rojo de su viejo uniforme. Ahora que era comodoro, se había acabado ese derecho, lo que significaba que Rick debía entonces vestir el enorme saco azul con galones dorados y rojos, los pantalones blancos... y la enorme gorra blanca con visera negra que lo identificaba como un oficial superior.
"Dios, parezco un niño disfrazado", se lamentó al verse las mangas una vez más.
Pero ya había pasado demasiado tiempo lamentándose por su uniforme; ahora tenía cosas en las que concentrarse. Durante los últimos días, Rick había estado leyendo una y otra vez los legajos personales de los capitanes de naves asignados a su grupo, en un esfuerzo por familiarizarse con ellos antes de conocerlos en persona. Doce capitanes, cada uno de ellos con una historia propia, características especiales y conocimientos y experiencias particulares que aportarían al grupo de batalla. En cierta manera, reflexionó, no dejaba de ser similar a estudiar los perfiles de los miembros de un escuadrón de pilotos, sólo que en vez de tener cada uno un Veritech, cada uno de esos legajos le daba información sobre un oficial que tenía a su cargo una nave con cientos o incluso miles de tripulantes.
En total, sumando las tripulaciones y personal asignado a los grupos aéreos de todas las naves bajo su mando, Rick debería mandar una fuerza de alrededor de 15000 personas; un número que bastaba para abrumarlo y hacerlo sentir pequeño, más cuando tenía en cuenta que el Skull jamás había tenido más de 100 miembros entre pilotos y mecánicos.
– ¿Se puede saber en qué estás pensando, comodoro? – le dijo una voz chillona que venía del asiento de al lado, sacándolo de sus pensamientos.
Rick giró la cabeza para ver a la persona que se sentaba a su lado y no pudo evitar sorprenderse al ver cuanto había cambiado ella en el tiempo que llevaba de conocerla. Cuando la conoció por primera vez, hacía ya ocho años, Sammie Porter tenía el aspecto aniñado de ser la hermana menor de alguien... aspecto aniñado que había hecho aún más humillante el "¡pervertido!" que le había lanzado al identificarlo como "el hombre lencería"; es decir, el depravado que había encontrado junto a Lisa y Kim en un comercio de ropa interior para damas.
Ahora, luego de todo ese tiempo, Sammie parecía otra persona. En el SDF-1 ella había tenido el grado de sargento primero y servía como encargada de comunicaciones y controladora suplente de vuelo, para ser apresurada tras la Lluvia de la Muerte por un curso de oficiales hasta convertirla en una segunda teniente… y desde entonces no había parado de ascender hasta convertirse en lo que era ahora.
La mujer que estaba sentada junto a él en ese transbordador era muy distinta de la Sammie de aquellos primeros años. Su uniforme azul cobalto, complementado por la cinta dorada de ayudante de campo que pendía de su hombro, le daba una apariencia más oficial, profesional y ¿adulta?, que quedaba magnificada por las insignias de grado de comandante que llevaba con innegable orgullo.
– En nada, Sammie, en nada – dijo Rick para tranquilizarla.
–Me alegro, Rick, porque vamos a tener mucho trabajo – le respondió Sammie, hojeando distraídamente una carpeta que llevaba sobre las piernas. – Después de todo, va a ser mi misión el educar a un piloto como tú para que puedas moverte en una nave estelar sin llevarse todo por delante.
–Ja, ja, muy graciosa, Sammie – gruñó Rick, volteando para ver el espacio a través de la ventana.
– Anímate, comodoro, – le aseguró Sammie palmeándolo en el hombro – verás que no hay nada de malo en esto. Ya te imagino como una especie de dios de la guerra o algo así, mandando sobre tu propia flota como si fuera lo más natural del mundo.
– ¿De donde sacas esas ideas? – preguntó Rick, encontrando esa metáfora extremadamente divertida.
– De las películas ¿de donde más? – contestó Sammie como si estuviera explicando algo demasiado obvio, agregando luego con una expresión de tristeza sentida: – Y... del almirante Gloval también.
– Era un tipo especial el almirante – recordó Rick luego de un instante de silencio respetuoso y nostálgico. – Todo un héroe.
Sammie sonrió levemente al escuchar a Rick hablando del hombre que había sido como un segundo padre para ella. Pocos segundos después e interrumpiendo ese momento, uno de los tripulantes del transbordador se acercó a donde estaban sentados Rick y Sammie y se inclinó para informarles:
– Discúlpenme, comodoro Hunter, comandante Porter, nos aproximamos al muelle orbital Yarrow y atracaremos en cinco minutos. El capitán Lamont me pidió que le dijera que tienen sus asientos listos para la ceremonia de entrada en servicio.
– Gracias, sargento – agradeció Rick al hombre. – Estaremos listos en cuanto atraquemos.
Mientras Rick ultimaba algunos detalles con el sargento, Sammie se quedó estudiando el rostro y la pose de Rick durante medio minuto, hasta que dijo con una seguridad que no daba lugar a dudas:
– Tienes miedo, Rick Hunter.
Rick se sobresaltó al escuchar estas tres palabras, pronunciadas con una simplicidad absoluta que sólo hacía más duro el tener que escucharlas.
– ¿De qué estás hablando? – balbuceó sorprendido y tratando de recobrar la compostura.
– Lo puedo notar. Te asusta esto de estar al mando de algo tan grande. No te preocupes – dijo Sammie con una sonrisa de completa seguridad. – Es perfectamente natural y les pasa a todos. Ya verás que te acostumbrarás.
– Eso espero...
Sammie se acomodó un poco en su asiento para enfrentar mejor a su oficial superior y, con su mejor tono de maestra le dijo a Rick:
– Rick, las tripulaciones de las naves bajo tu mando van a estar esperando liderazgo y seguridad de ti, no dudas constantes. No puedes dejar que te vean preocupado por todo.
– Es sólo que... yo no sé nada de esto, sólo soy un piloto…
Al oír esto, Sammie alzó las manos al cielo en señal de protesta y meneó la cabeza antes de lanzarse en un ataque contra las dudas e inquietudes de Rick.
– Nadie nace sabiendo, Hunter. Todos nos tenemos que adaptar a lo que nos tiran encima. ¿Crees que yo tengo idea de cómo ser una oficial de Estado Mayor? Diablos, Rick, entré a las Fuerzas como recluta de comunicaciones… ¡no sabes lo que le costó a Claudia lograr que aceptara entrar al curso de oficiales! – le reveló con una sonrisa enorme mientras le clavaba el dedo índice en el pecho. – Tú tampoco naciste como comandante de escuadrón, debiste empezar como piloto al comienzo.
– Sí, pero un escuadrón…
– ¿No es lo mismo que un grupo de batalla? – lo interrumpió Sammie. – Rick, eso lo sabe cualquiera. Dime honestamente ¿crees que te hubieran seleccionado para este puesto si en realidad no estuvieras capacitado?
No dejaba de ser una buena pregunta… una pregunta que merecía una respuesta sensata y racional, según interpretó Rick.
– Supongo que no, quiero creer que Gaumont y Patel…
– ¿Quién está hablando de esos dos? Yo te estoy hablando de Lisa – contestó Sammie sorprendida, sin notar que había vuelto a interrumpir a Rick.
– ¿Lisa? – repitió Rick completamente confundido, ya que no tenía la menor idea sobre la parte que Lisa había jugado en su ascenso y nombramiento.
Como si pudiera oler la confusión de Rick, Sammie aprovechó para darle un golpe fingido en el hombro, haciendo que él cayera momentáneamente hacia delante.
– Claro, tonto ¿a quién crees que consultaron los del Alto Mando cuando surgió la propuesta de ascenderte?
– Pero... ¿cómo podrías tú…? – Rick balbuceó en un intento de entender hasta que calló, comprendiendo finalmente lo que había ocurrido, para luego decir como si se tratara de la cosa más simple del universo:
– Kim.
– Terribles hasta el fin – Sammie rió al ver la cara que Rick le estaba poniendo. – Ella me dijo que Lisa estaba pasando demasiado tiempo con Gaumont y Patel, y que por la cara que ponía Lisa al volver de las reuniones, debían estar hablando de algo que a Lisa le gustaba mucho… y creo que los dos tenemos una idea de qué es lo que más le gusta a Lisa. Me parece que puedes imaginarte solito el resto de la historia... – terminó Sammie con tono conspirativo.
– Lisa... – musitó Rick casi sin pensar, sintiendo que se moría de amor al pensar en cómo ella lo cuidaba y defendía todo el tiempo… aún frente al Alto Mando.
– Sí, Rick, Lisa Hayes ¿quién más? – continuó Sammie sin pausa. – ¿Crees que ella no te conoce¿Que no sabe de lo que tú puedes ser capaz¿Crees que ella podría impulsarte a hacer algo para lo que creyera que no estás preparado?
La expresión de duda y confusión en el rostro de Rick se transformó en algo renovado… en la mirada firme y resuelta de alguien dispuesto a hacerle frente a lo que viniera.
– Tienes razón, Sammie, jamás lo pensé de esa manera –dijo Rick en un tono más calmado y seguro de sí. – Gracias.
Sammie sonrió con orgullo e infló el pecho mientras se señalaba:
– Oh, no hay de qué. Es parte del trabajo de un jefe de Estado Mayor... vivimos para sacarle las castañas del fuego a nuestros comandantes.
La sola audacia del comentario, muy alejado de la chiquilla tímida que se confundía cuando suplía a Lisa como controladora de vuelo en el SDF-1, hizo que Rick sonriera y meneara la cabeza como si estuviera resignado a soportarla, aunque en secreto estaba feliz de tener a una parte del Trío Terrible ayudándolo.
Por el altavoz de la cabina se oyó la voz del piloto del transbordador.
– Señores pasajeros, estamos por atracar en la escotilla 6 del muelle orbital Yarrow. Sírvanse permanecer en sus asientos hasta que los motores estén apagados y el conducto de tránsito esté completamente presurizado.
Al terminar el anuncio, se encendió una luz roja de advertencia sobre la puerta de la escotilla, indicándole a los pasajeros del transbordador que el conducto que unía a la nave con el muelle aún no estaba del todo presurizado. Sólo hubo que esperar unos segundos a que la luz cambiara a verde, señal para que Rick y Sammie se levantaran de sus asientos y enfilaran hacia la escotilla.
– Vamos, comodoro, tenemos trabajo que hacer – dijo Sammie, guiñándole un ojo a su comodoro y sosteniendo en sus manos un maletín, mientras que detrás de ella, Rick Hunter seguía sus pasos, listos los dos para el acto oficial que tendría lugar en pocos minutos más.
Los primeros acordes sonaron por todos los altavoces de la estación, llevando el ritmo suave y melancólico de una única trompeta. El sonido tenía mucho de simbólico; aquella solitaria trompeta asemejaba un eco que resonaba en un campo de batalla silencioso, abandonado luego de una brutal batalla. A cada repetición del motivo inicial se sumaban nuevos instrumentos, de distintos tipos, que al incorporarse parecían hacerlo en respuesta a aquel llamado del comienzo, cual compañeros que se suman al avance de un soldado solitario. El sonido crecía en majestuosidad y en potencia, repitiendo aquel motivo inicial no ya como un llamado, sino como un grito de guerra.
El sonido se elevaba desde su simplicidad inicial en una sucesión de acordes cada vez más espectaculares, hasta finalizar con una impresionante composición orquestal, que parecía elevar a la marcha de aquel momento inicial, solitario y desolado hasta transformarlo en una marcha orgullosa y avasalladora, como un ave Fénix de sonidos alzándose de entre sus cenizas. Como la Tierra misma, golpeada pero orgullosa, que se levantaba de las ruinas de la Guerra Robotech, alzándose más fuerte que nunca.
Todo el personal militar permaneció de pie y haciendo la venia mientras la banda militar interpretaba los acordes del Himno de la Tierra Unida. La marcha patriótica podría no ser tan pegadiza como "We Will Win" –de hecho, en deferencia a la multiplicidad de lenguas de la Humanidad, no tenía letra alguna–, pero su compositor había buscado reflejar en ella las emociones dolorosas de un mundo que pugnaba por recuperar su antigua gloria, arrebatada en los fuegos de la guerra. El resultado había sido una obra musical inspiradora, sin pompa o circunstancia pero con un innegable corte patriótico, que no necesitaba de letras vistosas para llevar emoción a quienes la oían. Todo lo que necesitaba, y todo lo que había querido el compositor, era que la marcha despertara en quien la oyera la emoción de la reconstrucción y la promesa de un futuro mejor, y que la sintiera como propia.
Los invitados a la ceremonia de entrada en servicio tenían sus lugares en uno de los módulos del muelle orbital, que solía funcionar como mirador y cantina, sólo que nadie hubiera imaginado su función original a juzgar por la cantidad de banderas terrestres y estandartes de las Fuerzas de la Tierra Unida que engalanaban el lugar. En un nivel inferior del mirador, al que se podía ver desde donde se llevaba a cabo la ceremonia, se hallaba en uniformes de gala la tripulación del Alexander, organizada por departamentos y secciones e impecablemente formada.
Por supuesto, como en toda ceremonia militar que se preciara de tal, serían infaltables los discursos, estando a cargo del más importante el almirante Gaumont, quien habló por espacio de quince minutos sobre lo importante del acontecimiento, sobre lo que se esperaba del Alexander y de su tripulación, sobre las misiones que tendrían en el futuro, entre otras muchas cosas... a las que, sentado en su asiento y con su uniforme de gala, Rick no prestaba atención, ya que estaba demasiado preocupado con los desafíos que tendría adelante…
Los consejos de las demás personas solían actuar en la mente de Rick Hunter como una bomba de acción retardada; podían pasar algunos días hasta que Rick comprendiera en todos sus sentidos los consejos recibidos de sus amigos y seres queridos. Y ese momento fue uno de aquellos en los que caía en la cuenta de algo que todo el mundo había estado tratando de decirle.
Después de mucho pensarlo, Rick comprendió al fin todo lo que le dijeron Max y Sammie. Finalmente cayó en la cuenta de por qué lo habían seleccionado a él para ese trabajo. No porque tuviera experiencia o porque fuese un experto en naves estelares. Lo eligieron porque confiaban en él para que hiciera bien el trabajo. Esa confianza era preciosa, y significaba para Rick más que cualquier curso, medalla y ascenso… una confianza que se había ganado con esfuerzo en el campo de batalla.
Y no defraudar esa confianza era la mejor razón que tenía para hacer un buen trabajo.
Por fuera de sus cavilaciones, la ceremonia militar continuaba. Por suerte para Rick, los discursos habían concluido por fin, y el momento esperado estaba a punto de ocurrir. Retomando el micrófono, el almirante Gaumont extrajo un sobre lacrado y de aspecto oficial de su bolsillo, el cual abrió, retirando luego un papel que procedió a desplegar para leer ante todos.
– Por orden del Gobierno de la Tierra Unida y en mi carácter de jefe de las Fuerzas Espaciales, tengo el honor de ordenar que el portaaviones Alexander sea incorporado al servicio activo y pase a revistar en las fuerzas espaciales de la Tierra Unida como nave de combate. Se ordena además que la tripulación designada se haga cargo de la nave y la lleve a condición de servicio inmediatamente – anunció Gaumont, leyendo palabra por palabra la orden de comisión en tono oficial.
Primero fue un aplauso, luego lo siguieron otros en un crescendo que parecía no tener límite, hasta que todos los sonidos del mirador quedaron completamente cubiertos por el rugido ensordecedor de los aplausos. En cuanto los aplausos empezaron a menguar, la esposa del gobernador de la Región Autónoma de Grecia, quien era la madrina del Alexander, tomó el micrófono para dar la orden ceremonial que haría del Alexander una nave de guerra en servicio.
– ¡Capitán, dé la orden de abordar la nave y ponerla en movimiento! – indicó la madrina al capitán del Alexander.
Respondiendo a la orden ceremonial con un impecable saludo militar, el capitán de la flamante nave de combate dio un paso al frente y tomando el micrófono, se aprestó a dar la orden.
– ¡Tripulación del UES Alexander, abordar la nave¡Separarse por departamento y sección¡Jefes de departamento, conduzcan a sus hombres hasta los puestos de despegue y reporten condición a la brevedad¡Oficial ejecutivo, prepare al Alexander para el despegue! – ordenó con una voz que no dejaba lugar a dudas el capitán del Alexander, siguiendo las frases ceremoniales usadas en ocasiones como éstas.
– ¡SÍ, SEÑOR! – respondió como un solo hombre la tripulación del Alexander.
A la orden del capitán, los tripulantes de la nave, encabezados por sus oficiales, transitaron por los conductos que unían al muelle con las varias escotillas de la gigantesca nave de guerra. Legiones de hombres y mujeres de blanco penetraban el casco dormido del Alexander, dando inicio inmediatamente a los esfuerzos y aprestos necesarios para llevar al flamante portaaviones a la vida. Uno a uno, los complejos sistemas de la nave entraban en funcionamiento, inundando el ambiente con el sereno murmullo de la maquinaria en movimiento, mientras que desde fuera de la nave podía verse cómo las luces se iban encendiendo cubierta por cubierta y sección por sección.
Desde su puesto en el muelle Yarrow, Rick contemplaba la escena maravillado de la actividad y energía que se observaba en la flamante nave de combate… sin dejar de estar un poco abrumado ante la idea de que semejante mole pudiera ser su nave insignia.
De pronto, sobresaltándose, Rick sintió una mano que se posaba pesadamente sobre su hombro.
– Comodoro Hunter, qué gusto verlo aquí hoy – Rick escuchó la voz del almirante Gaumont a sus espaldas y sin pensarlo giró sobre sus talones para hacer la venia, bajando el brazo sólo luego de que Gaumont devolviera el saludo con igual precisión.
– Gracias, almirante. No me lo hubiera perdido por nada del mundo – respondió Rick.
– Es todo un espectáculo ¿no le parece? – siguió Gaumont, y una leve sonrisa apareció en el rostro maduro y cansado del almirante mientras la nostalgia lo invadía. – Todavía recuerdo la ceremonia de entrada en servicio del viejo Armor-4… Es sorprendente que eso fuera hace sólo ocho años.
– No han sido años normales, almirante – la vista de Rick volvió a dirigirse al Alexander. – Aunque supongo que estas cosas no cambian. A los pilotos nos sucede lo mismo con los aviones de combate que nos asignan, pero hay menos ceremonia.
– Por cierto, comodoro Hunter, – dijo el almirante, recordando de golpe algo que casi se le había pasado – lamento mucho no haber podido ir el sábado a la ceremonia de retirada del Valkyrie en el Skull. Según me han contado, fue algo muy emotivo.
– No se preocupe, señor. Pero sí – ahora era el turno de Rick de ponerse nostálgico, especialmente cuando recordó lo que fue volar por última vez su Skull Uno – fue algo muy emotivo para todos… y muy especial.
– Imagino que sí. Realmente le debemos mucho al VF-1. Supongo que nunca será lo mismo para ustedes los pilotos¿no es así?
– Ya lo creo. Pensar que ya están cerca del final, luego de tantos años de volarlo… no parece real, señor…
– Tiene razón… aunque al VF-1 le quedan varios años antes de que lo retiremos completamente del servicio activo – indicó el almirante, como si quisiera marcar algún punto bueno e indicando con la mirada a un escuadrón de VF-1 que se preparaba para escoltar al gigantesco portaaviones fuera del muelle Yarrow.
En rigor de verdad, la sustitución del VF-1 iba a ser un proceso que llevaría varios años; a pesar de verse superados en capacidades por los nuevos VF-4, los Valkyrie seguían siendo cazas excepcionales que aún tenían muchos años de servicio por delante en lo que hacía a sus prestaciones y su resistencia estructural… sin mencionar que las vastas cantidades producidas durante los últimos nueve años hacían imposible un reemplazo rápido del caza que se había convertido en la columna vertebral de las Fuerzas de la Tierra Unida.
Lo que había comenzado el sábado pasado con el cambio del Skull al nuevo VF-4 era un proceso que en los próximos años vería al Valkyrie siendo sustituido por el Lightning de manera progresiva en los distintos escuadrones de combate de primera línea de la Fuerza Aérea, la Armada y las Fuerzas Espaciales; todos los cazas desafectados de esos escuadrones serían transferidos a otras unidades o asignados a escuadrones de la reserva... en donde permanecerían en servicio hasta que lisa y llanamente sus estructuras no tuvieran más para dar.
Todos los VF-1 del Skull ya habían encontrado nuevos hogares en otras unidades de combate, todos menos el Skull Uno. Cuando los planes de sustitución del Valkyrie se hicieron conocidos, los miembros del Escuadrón Skull alegaron que el histórico caza sencillamente no podía ser transferido a otro escuadrón así como así. Era el Skull Uno, y sería un caza del Skull o no sería. La solución aceptada fue convertir al legendario Veritech en una pieza de museo, dándole así un digno descanso tras años de constante servicio.
– A propósito, comodoro – dijo Gaumont, volviendo a Rick a la realidad tras quedarse absorto momentáneamente en la contemplación de los VF-1. – Tengo órdenes para usted que no le pude comunicar en su momento, así que aprovecharé que lo tengo aquí presente para dárselas.
– Por supuesto, señor – Rick se puso en posición de firme, preguntándose qué diablos le diría el almirante ahora, temiendo que no fuera nada bueno.
– Como está previsto, el Alexander realizará en los próximos días su crucero de pruebas, en compañía del resto de las naves que constituirán el Grupo de Batalla 6. Una vez que el crucero termine, el Grupo 6 quedará asignado a las fuerzas de defensa del Sistema Solar durante los próximos años, y su misión consistirá en realizar patrullajes y ejercicios militares, responder a ataques e incursiones contra nuestro espacio local y prestar apoyo a nuestras fuerzas en la Tierra, así como a nuestras colonias y puestos avanzados en el resto del sistema.
– Entendido, señor – respondió Rick tratando de no dejar en evidencia sus emociones.
En silencio, Rick suspiró de alivio; a pesar de ya saberlo de antemano desde la reunión en la que había sido ascendido, no dejaba de ser reconfortante escuchar la confirmación de que al menos no lo enviarían en alguna misión interestelar que pudiera durar meses.
Ajeno a los pensamientos de su comandante de grupo más joven, el almirante Gaumont continuaba comunicándole a Rick sus órdenes.
– También hemos decidido, dadas las capacidades del Alexander y sus naves de escolta, que mientras no se halle en patrullaje el Grupo de Batalla esté asignado a la defensa de algún objetivo crítico y de vital importancia para nuestros esfuerzos militares… uno que, de ser posible, le permita tener acceso a las facilidades técnicas y logísticas necesarias para asegurar una buena operación de las unidades del Grupo.
"¿Y donde diablos sería eso?", se preguntaba Rick, cuidándose de no parecer demasiado ansioso ante el Viejo.
– Coincido, señor – asintió Rick de manera cautelosa. – Una asignación como esa ciertamente facilitaría las operaciones y mantenimiento del Grupo de Batalla.
Para sorpresa de Rick, el almirante esbozó una enorme sonrisa.
– Me alegro que así lo haga, comodoro Hunter. En ese caso, me parece que el Satélite Fábrica cumple ampliamente con todos los requisitos para ser base del Grupo de Batalla 6¿no le parece, comodoro?
Por más que intentó conservar un mínimo de decoro militar, le resultó sencillamente imposible a Rick evitar que una sonrisa de felicidad asomara en sus labios. No podía dar crédito a sus oídos, no podía creer lo que el almirante le estaba diciendo: semejantes órdenes significaban que mientras no estuviera en navegación, el Alexander estaría atracado en el Satélite Fábrica, que serviría como su base permanente.
De pronto y casi por arte de magia, Rick se sintió más cerca de Lisa, y la tristeza que había sentido desde que ella partió el lunes empezó a desvanecerse como nieve al sol.
– Me parece una buena elección, almirante.
– Me alegra que la apruebe, comodoro – dijo Gaumont con un brillo pícaro en sus ojos, que a Rick se le hizo muy parecido a aquel que de vez en cuando tenía el almirante Gloval.
Rick podría jurar que Gaumont sonreía cuando antes de volver a su lugar en la ceremonia le dijo:
– Por favor, si tiene la oportunidad, mande mis saludos a la contralmirante Hayes.
Cuadrándose. Rick asintió con un impecable saludo militar, para luego devolver su atención a las maniobras que tenían lugar en el muelle.
Escasos minutos después de haber sido abordado por su nueva tripulación, el Alexander se había convertido en una nave en plena actividad. A una orden del puente, las conexiones que unían al portaaviones con el muelle Yarrow fueron retiradas en preparación para el despegue, mientras los controladores de vuelo del muelle Yarrow transmitían al Alexander los pasos a seguir para abandonar sin problemas la protección del complejo orbital. Esas instrucciones también eran transmitidas en todo el muelle a través de la red de altoparlantes, haciendo a los invitados partícipes de las maniobras de partida de la nueva nave de guerra.
Los primeros en encenderse fueron los propulsores de maniobra, dándole a todos, incluido Rick, la impresión de que les sería imposible a motores tan pequeños el poder mover una mole como el Alexander. Y casi de inmediato cobraron vida los doce gigantescos propulsores de popa, iluminando la sección trasera de la nave con un brillo rojiblanco.
Liberado de sus amarras, y merced de la fuerza de sus propios motores, el Alexander comenzó a avanzar, perezosamente primero, y con paso enérgico después, hasta que salió sin incidente alguno de la estructura del muelle, mientras lo rodeaba una escolta de cazas Veritech que volaban en formación. La gigantesca nave continuó su avance hasta detenerse nuevamente en órbita de la Tierra a doscientos kilómetros del complejo orbital del que había partido, mientras en el muelle Yarrow todas las voces aclamaban el acontecimiento que había tenido lugar.
Desde aquel momento, el portaaviones UES Alexander se había convertido en una nave de guerra de la Tierra Unida.
A Rick le hubiera parecido más sencillo abordar el Alexander por uno de los conductos que lo unían al muelle orbital, pero las fuerzas espaciales, al igual que el cuerpo de pilotos, tenían sus tradiciones inflexibles. En su caso, como oficial que iba a embarcarse para izar su insignia en el Alexander, la tradición exigía que Rick abordara la nave por primera vez desde un transbordador, para poder ser recibido como merecía. Rick gruñó de sólo pensarlo; un abordaje como ese sólo significaba fanfarria y actos oficiales, cosa con la que él jamás se había sentido cómodo.
"Bueno, Hunter, al mal tiempo buena cara, acostúmbrate a que esto venga con el grado", intentó tranquilizarse.
Cinco minutos después de que Rick y Sammie se embarcaran, el transbordador dejó el muelle orbital e hizo un breve y tranquilo vuelo con los propulsores auxiliares; la distancia a recorrer no justificaba tener que encender los primarios. La pequeña nave dio una vuelta alrededor del muelle hasta alinearse con la cubierta de vuelo de estribor del Alexander en preparación para la aproximación final, y conforme el transbordador se acercaba a la nave, Rick no dejó de sentirse pequeño e insignificante en comparación con la mole de metal, ante la cual el SC-27 en el que viajaba parecía un mosquito.
– Control Alexander, aquí ST-584 transportando al comandante designado del grupo de batalla, pedimos permiso para aterrizar en la cubierta de vuelo de estribor – dijo en tono profesional el piloto del transbordador a través del sistema de comunicaciones.
– ST-584, aquí Control Alexander, permiso concedido para aterrizar en cubierta de vuelo de estribor. Estén atentos para indicaciones finales de aproximación – respondió la controladora de vuelo del Alexander.
– Entendido, Control. Por favor notifique al capitán que estaremos aterrizando en... tres minutos.
– El capitán ya está al tanto y los espera con el resto de los oficiales, ST-584 – informó la controladora, para luego dar un último mensaje antes de cerrar el canal: – Disfruten su viaje.
Los cohetes de maniobra del transbordador se encendieron, ayudando a la nave a desacelerar antes de entrar en la cavernosa bahía de aterrizaje del Alexander. Los indicadores visuales y las instrucciones de la controladora de vuelo guiaron al piloto del transbordador en su aproximación final, y con un profesionalismo y habilidad intachables, el piloto posó el transbordador en la cubierta de vuelo, deteniéndose sólo al final de una compleja maniobra en la que acercó la nave hasta un área previamente establecida.
Al cabo de la maniobra, el transbordador se detuvo, mientras los técnicos de la cubierta de vuelo se acercaban para empezar el mantenimiento del SC-27 y colocar la escalera a la altura de la escotilla para que descendieran los pasajeros.
– ¡Comandante designado del Grupo de Batalla 6, arribando! – anunció el suboficial encargado de la cubierta de vuelo cuando la escotilla del transbordador comenzó a abrirse, mientras el personal de cubierta y la delegación de recepción se cuadraban.
Ya con la escotilla completamente abierta, Rick comenzó a descender por la escalera que había sido colocada, seguido de cerca por Sammie. A mitad de la escalera, y como mandaba el protocolo militar. Rick y Sammie giraron sobre su costado para hacer la venia a la bandera planetaria de la Tierra, que pendía de un mástil especial. Una vez concluido el saludo, Rick continuó descendiendo hasta que finalmente sus pies se plantaron sobre la cubierta del Alexander, mientras un par de tripulantes hacían sonar silbatos para marcar el momento en que el comandante del Grupo de Batalla ponía pie por primera vez en su nave insignia.
La cubierta de vuelo del Alexander relucía con el brillo de lo nuevo; incluso tenía ese aroma que uno podía encontrar en un auto recién terminado. Toda la nave parecía brillar, como si estuviera ansiosa de probar lo que podía hacer. Su tripulación, representada por los oficiales principales de la nave que lo estaban esperando en prolija formación, daba también esa misma impresión que tenía la nave: jóvenes, orgullosos, profesionales, conscientes de su tarea y muy dispuestos a demostrar de lo que eran capaces.
Rick quedó muy impresionado por la imagen con la que lo recibían, y en silencio aprobó toda la ceremonia, sintiéndose genuinamente conmovido por la pompa y circunstancia. "Vaya, Hunter, el grado se te está subiendo a la cabeza", pensó, mientras una sonrisa leve aparecía en su rostro al caer en la cuenta de que estaba comportándose exactamente como Lisa lo haría de estar en su situación; todo protocolo y ceremonial militar.
Dos de los oficiales de la comitiva de recepción, el primero un hombre de baja estatura, cabello negro y anteojos, parecido más a un profesor universitario que a un oficial militar, y la segunda una mujer pequeña muy parecida a una Kim Young madura y de cabello largo, se adelantaron para recibir al comodoro Hunter, haciendo un saludo militar que Rick y Sammie no tardaron en responder.
– Permiso para abordar, capitán – solicitó Rick en deferencia a la autoridad del oficial comandante de la nave.
– Permiso concedido – le respondió el hombre, tendiendo luego la mano para que Rick la estrechara mientras él se presentaba. – Capitán Diego Sanabria, oficial comandante del Alexander. Mi primer oficial, comandante Andrea Coleson – dijo Sanabria señalando a la oficial que lo acompañaba, que asintió levemente antes de estrechar la mano de Rick. – Bienvenido a bordo, comodoro Hunter.
– Muchas gracias, capitán Sanabria, comandante Coleson… – agradeció Rick a los dos oficiales con impecable cortesía, señalando luego a la mujer que tenía a su lado. – Mi jefa de estado mayor, la comandante Samantha Porter.
– Comandante Porter, un placer – Sanabria estrechó la mano de Sammie y, dirigiéndose a Rick, le dijo. – Permítame presentarle a mis oficiales, señor.
Asintiendo, Rick permitió que el capitán Sanabria lo condujera a la fila de oficiales inmaculadamente vestidos que lo esperaban en posición de firmes. Uno de esos oficiales, un hombre negro de gran porte, no pudo reprimir una sonrisa efusiva al ver a Rick, mientras a su lado una mujer meneaba la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo.
– Tengo entendido que usted ya conoce a mi oficial táctico y a mi oficial médico en jefe – dijo Sanabria con apariencia divertida.
Rick juntó sus labios en una especie de silbido silencioso y extendió la mano para saludar a uno de los oficiales en cuestión.
– Así es, capitán, ya nos conocíamos de antes. Gusto en verlo otra vez, primer teniente – dijo Rick mientras estrechaba la mano de Vince Grant.
– Igualmente, comodoro. Bienvenido a bordo. Estoy seguro de que encontrará al Alexander en muy buena forma – devolvió Vince. – A propósito, señor, me tomé la libertad de informar a la plana mayor sobre su pequeño problema de salud, señor.
Rick quedó genuinamente confundido, ya que no tenía la más remota idea de lo que pudiera estar diciendo Vince:
– ¿Sería tan amable de explicarme qué me está queriendo decir, teniente Grant?
– Bueno, señor – la sonrisa pícara de Vince se hacía cada vez más evidente – ya todos los oficiales saben que usted tiene la desgracia de ser piloto. No se preocupe… les dije que tenían que tenerle paciencia hasta que aprenda por lo menos a moverse por los corredores sin tropezarse.
Haciendo lo posible por conservar la compostura mientras pensaba alguna manera de devolver el golpe, Rick se limitó a esbozar una expresión de falsa frustración al oficial táctico del Alexander.
– No se descuide, teniente Grant – devolvió riendo Rick, para luego encontrarse con Jean Grant, de pie junto a su esposo, a quien le estaba dando un poco conspicuo codazo por burlarse de un oficial superior… sin importar que ella tuviera la mitad del tamaño de su esposo.
– Doctora Grant ¿qué hace en esta nave?
– Bueno, me dijeron que el oficial médico había tenido algunos problemas, y siempre quise conocer el espacio, así que les dije a los del Militar Central que me iba a tomar unas vacaciones…
– Me alegro de que esté a bordo – dijo Rick mientras miraba de reojo a Vince. – Necesito a alguien que me ayude a controlar al mastodonte de su marido, o al menos que le siga pegando codazos después de cada chiste malo…
– ¡Oiga, señor! – protestó Vince, pero de inmediato quedó claro que la chanza le había parecido graciosa.
Después de este breve intercambio con Vince y Jean, Rick siguió al capitán Sanabria mientras éste presentaba a los demás oficiales superiores de la nave. Todos ellos eran jóvenes, algunos demasiado jóvenes, para los grados y puestos que ocupaban. Personas que antes del Holocausto serían tenientes, hoy eran comandantes. "Al igual que yo", pensó Rick, y por primera vez cayó en la cuenta de que su situación debía repetirse en todas las Fuerzas de la Tierra Unida. Las Fuerzas se habían convertido en un ejército joven, y en cierta manera reflejaban el espíritu de un mundo que, con nuevas energías, se lanzaba al universo dispuesto a ganarse su lugar.
En cuanto Sanabria le presentó al oficial de comunicaciones, Rick creyó honestamente que le estaban jugando una broma de alguna clase, porque no había forma de que ese hombre pudiera ser tan parecido a…
– Segundo teniente Gaddel Bromco, oficial de comunicaciones – se presentó el hombre con una formalidad innata que le quitó a Rick cualquier duda que pudiera tener sobre si el teniente Bromco era o no un Zentraedi.
Por unos segundos, Rick se quedó congelado frente al oficial, como si estuviera tratando de encontrar qué era lo que lo diferenciaba de esa otra persona, y por lo que parecía, el teniente Bromco estaba acostumbrado a situaciones como esas, ya que lejos de molestarse o sentirse incómodo, le explicó a Rick con toda la naturalidad del mundo:
– Konda Bromco y yo fuimos producidos en el mismo… lote – dijo el teniente, buscando la palabra humana más descriptiva de su relación con uno de los empresarios más prominentes de la Tierra.
– Ya pensaba que tenían que tener algún parentesco – sonrió Rick en un intento de bajar la incomodidad de aquella situación. – Estaba a punto de pedirle si me podía dar trabajo en RBK, teniente, aunque me imagino que está acostumbrado a eso.
– Me lo piden bastante a menudo, señor – dijo el teniente Bromco con resignación, aunque podía notarse que se divertía cada vez que alguien, generalmente un humano, lo confundía con el más exitoso de sus "hermanos de lote".
Tras concluir las presentaciones de rigor, el capitán Sanabria acompañó a Rick hasta un improvisado atril colocado en uno de los extremos de la cubierta de vuelo. Rick avanzó hacia el atril con decisión y energía; después de todo, no quería que estos marineros del espacio se llevaran la impresión completamente equivocada de que un piloto de Veritech estaba preocupado o intimidado ante ellos. Evidentemente lo estaba logrando, ya que podía ver que desde su sitio, Sammie aprobaba silenciosamente el comportamiento de Rick, llegando incluso a levantar un pulgar en señal de aliento.
"Vas bien, aviador".
Una vez en el atril, Rick comenzó a ajustar el micrófono, a la vez que mediante un gesto le indicó al asistente de comunicaciones que quería que sus palabras fueran transmitidas a toda la nave. El asistente confirmó la orden e hizo los arreglos necesarios en el sistema de comunicaciones.
Casi al instante, pudo escucharse a través de todos los altavoces de la nave el silbido que anunciaba un mensaje general, que logró que todos los tripulantes del gigantesco portaaviones interrumpieran momentáneamente sus actividades para escuchar lo que se les iba a decir.
Aclarándose la voz antes de empezar, Rick se preparó para dar su mensaje en el tono más serio y oficial que pudo lograr:
– Atención a todo el personal – comenzó a leer el texto de la orden que lo nombraba comandante del grupo de batalla. – Por medio de la presente, se ordena al comodoro Richard Hunter que se presente a bordo del portaaviones UES Alexander a la brevedad posible para asumir el cargo de oficial comandante del Grupo de Batalla 6 para el que ha sido designado e izar su insignia en dicha nave. Firmado: General Stanislav Maistroff, Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida; almirante Robert Gaumont, Jefe de las Fuerzas Espaciales.
Terminada la lectura de la orden, Rick retiró la pequeña hoja y se dispuso a dar la parte final de su anuncio:
– En cumplimiento de dichas órdenes, asumo personalmente el mando del Grupo de Batalla 6 a las 1220 horas del día de hoy, 15 de febrero de 2017. Eso es todo, señores, continúen.
En medio del saludo militar que le daba el personal presente en ese hangar, Rick descendió del atril para estrechar una vez más la mano del capitán Sanabria, quien se acercó junto a la comandante Coleson para felicitar a su nuevo comandante de grupo, tras ordenarle al personal que se retirara para regresar a sus actividades.
– Bueno, señor, con toda la formalidad resuelta… supongo que tenemos mucho trabajo por delante – dijo el capitán, a lo que Rick asintió.
– Parece que sí, capitán.
– Antes de empezar, señor, tal vez quisiera dar una recorrida al Alexander… interiorizarse un poco sobre la nave y su funcionamiento – ofreció el capitán.
– Me parece una muy buena idea – le respondió Rick, encontrando la propuesta bastante interesante, sin mencionar que le permitiría ver directamente todas aquellas cosas que había tenido que estudiar durante las pasadas dos semanas.
– Está decidido entonces – concluyó Sanabria, haciéndole una breve indicación a su primer oficial. – La comandante Coleson lo guiará durante el recorrido… ¿Andrea?
Asintiendo a la orden, la primer oficial del Alexander indicó a Rick y Sammie que la siguieran, mientras Sanabria anunciaba que se retiraba al Puente para supervisar las operaciones de la nave e indicaba que si ocurría algo, allí se lo podría encontrar.
– Comodoro, comandante, si son tan amables… – comenzó Coleson, dando por iniciada la recorrida.
Dejando el inmenso hangar de estribor, los tres oficiales se internaron en uno de los pasillos del enorme portaaviones, en donde había varios tripulantes realizando mantenimiento, chequeos de sistemas o simplemente yendo y viniendo de sus estaciones de trabajo. Por donde quiera que Rick y Sammie pudieran ver, la nave parecía cobrar vida, ya sea por el sonido de sus sistemas funcionando o por la actividad de sus tripulantes.
– ¿Es la primera vez que está en una nave clase Tokugawa, señor? – le preguntó Coleson a Rick sin dejar de mirar al frente.
– En realidad no, comandante – explicó Rick, a lo que Sammie arqueó una ceja en señal de sorpresa. – Aterricé con el resto del Escuadrón Skull en el Xerxes durante la etapa final de los ejercicios de la flota el año pasado… aunque me temo que lo único que conocí del Xerxes fueron los hangares y el club de oficiales. No tuve mucho tiempo para recorrer la nave.
– Comprendo – respondió la primer oficial, pensando brevemente antes de continuar el recorrido. – En ese caso, sugiero entonces que comencemos la recorrida por el Primario de Control de Daños… la idea sería ir después al nivel principal de Ingeniería y seguir recorriendo todas las secciones principales hasta llegar al Puente y a la Central de Comando de Flota…
– Usted guíe, comandante Coleson, yo la sigo – dijo Rick, extendiendo el brazo hacia el frente, como si indicara el camino a seguir.
Mientras la comandante Coleson le iba mostrando la nave y explicándole con impecable precisión y detalle las funciones y tareas que se realizaban en cada sección que iban recorriendo, Rick hacía lo posible para prestar toda la atención que pudiera… aunque con cada segundo que pasaba sentía sólo una urgencia irrefrenable por quitarse ese uniforme que se le hacía tan pesado e incómodo.
Desafortunadamente para el comodoro Hunter, parecía que no iba a escaparse tan rápido de sus deberes, ya que a juzgar por la lista que de tanto en tanto le iba mostrando Sammie, de la cual leía algunos ítems en voz alta, había una enorme cantidad de asuntos que requerían la exclusiva atención del nuevo comandante del Grupo de Batalla.
Reprimiendo un gruñido y haciendo de tripas corazón ante lo que se venía, Rick resolvió disfrutar lo más que pudiera de su primera recorrida e inspección del Alexander… ya que el resto del día prometía ser bastante pesado.
Eran las 2115 horas, y por lo que parecía, el primer y arduo día de trabajo de Rick y Sammie al frente del Grupo de Batalla 6 no había terminado.
–... y el capitán Sanabria dice que terminará de embarcar los suministros y municiones pasado mañana. Respecto a los escuadrones del grupo aéreo, empezarán a llegar entre mañana y pasado… primero vendrán los escuadrones Veritech y luego los seguirán los de cazas convencionales y unidades de apoyo. – seguía informando Sammie, leyendo de una pila de reportes aparentemente interminables que llevaba en sus manos, mientras los dos caminaban por uno de los corredores de la nave hasta el camarote de Rick.
– Espero que no haya ninguna clase de retraso – murmuró Rick, ya bastante cansado como para pensar en las cosas que le iba diciendo Sammie y con la mente puesta sólo en lanzarse sobre su litera.
– No se preocupe, señor… – le aseguró Sammie, antes de recurrir a un truco que durante ese día había demostrado ser excepcionalmente eficiente para capturar la atención del comodoro Hunter. – Seguimos de acuerdo al cronograma, así que no tendremos ningún retraso para partir hacia Marte para el crucero de pruebas el día 18… lo que significa que, una vez que terminemos las pruebas, tampoco se retrasará nuestro arribo al Satélite Fábrica el 11 de marzo.
Ante la sola mención del Satélite Fábrica, Rick reaccionó como si acabara de despertar… mientras pensaba en lo mucho que extrañaría a Lisa y en lo eternas que se le harían esas tres semanas de viaje.
"Tres semanas sin ti, Lisa... no sé cómo podré aguantarlo".
Caminando a su lado, Sammie procuraba no dejar en evidencia su satisfacción por haber tenido éxito con su truco… rápidamente había descubierto que, sin importar lo agotado o demolido que pudiera estar, no había cosa que despertara más el entusiasmo de Rick que pensar en la posibilidad de volver a encontrarse con Lisa…
– Perfecto, Sammie. ¿Alguna novedad del resto del Grupo? – preguntó Rick, ya vuelto por completo a la realidad y sin dejar de sorprenderse por la eficiencia con la que Sammie había organizado la información.
Sammie revisó los datos que tenía anotados y respondió:
– El crucero Thunderbolt y los destructores Austerlitz y Dieppe se encontrarán con nosotros a las 2200 horas de hoy. El resto del grupo, salvo el destructor Tsushima y las fragatas Mermaid y Sequoia, se unirán al grupo antes de partir hacia Marte.
– ¿Qué ocurre con las otras naves? – preguntó Rick sin despegar la vista del pasillo, sabedor de que le faltaba poco para llegar a su destino.
– Están en patrullaje en la órbita de Marte, y se encontrarán con el grupo a nuestra llegada. La Jefatura de Operaciones nos informó que han debido retrasar parte de su curso de patrullaje, y no podrán encontrarse con nosotros a mitad del camino como teníamos previsto.
Después de doblar en una esquina para entrar a otro corredor, Rick pudo por fin encontrar la puerta del camarote que le había sido asignado.
– Entendido, Sammie. Ahora, si me lo permites ¿me dejas instalarme en mi camarote? – dijo Rick tal vez con demasiada brusquedad, corrigiéndose de inmediato y disculpándose ante su jefa de Estado Mayor:
– Lo siento, Sammie… fue un día largo.
Sammie lo miró un poco contrariada y sorprendida por ese exabrupto, pero sonrió levemente antes de responder:
– Lo que usted diga, comodoro. No se preocupe… el día ha sido demasiado largo y usted tiene que descansar, y por lo que a mí respecta, no me vendría mal una buena noche de sueño.
– Ese es el espíritu, comandante Porter. La veré mañana a las... 0800 horas para comenzar las actividades del día. Hasta entonces.
– Hasta entonces, señor. Que descanse bien – le respondió ella guiñando un ojo antes de desaparecer por el corredor, yendo en camino a su propio camarote… y dejando escapar un bostezo en cuanto creyó estar lejos de la vista del comodoro Hunter.
Rick entró a su camarote y al verlo por primera vez quedó positivamente impresionado y pasmado; fácilmente debía tener cinco o seis veces el tamaño de su viejo camarote de piloto en el SDF-1. La decoración del lugar era espartana y funcional, dominada por una enorme pintura al óleo que representaba al Alexander orbitando la Tierra, mientras el Sol asomaba por detrás de la popa de la nave.
El lugar estaba compartimentado con mamparos, que separaban el lugar en una sala de estar/sala de trabajo, un dormitorio y un baño. En la sala principal, además de una mesa rodeada por algunas sillas y sillones, había un escritorio colocado contra uno de los mamparos, mientras que en el dormitorio, debajo de una enorme ventana que daba al espacio y junto a una mesa de luz, se hallaba una litera bastante grande y, a juzgar por el colchón, extremadamente cómoda. Un pequeño baño completamente equipado y un armario completaban el lugar que sería el hogar de Rick mientras estuviera abordo del Alexander.
Al pie de su litera, Rick encontró los bolsos que un tripulante de la nave había llevado momentos antes de su toma de posesión. "Bueno, cualquier momento es bueno para desempacar", pensó mientras abría los dos bolsos que había llevado y se aprestaba a guardar la ropa y efectos personales que había traído en el armario y otros lugares apropiados del camarote.
Una vez que terminó de guardar las cosas, Rick recorrió con la mirada su nuevo camarote, tratando de acostumbrarse a la idea de que ese sería su lugar… hasta que su mirada se detuvo en algo que no había visto al llegar.
"Vaya, vaya… tengo una sorpresa".
Un paquete envuelto, que Rick claramente no recordaba haber llevado, estaba colocado sobre la mesa de luz, bien disimulado debajo del velador. Tomándolo en sus manos, Rick notó con sorpresa la increíble suavidad del papel de envoltura… reparando luego en que el paquete llevaba una pequeña nota pegada, que decía:
"Ábrelo cuando tengas un momento a solas. Creo que te va a gustar."
El papel no tenía firma... y no necesitaba tenerla, ya que Rick conocía bien la letra y caligrafía de Lisa Hayes.
Sentándose en la litera, Rick tuvo que hacer un esfuerzo para contener sus ansias mientras abría el paquete, ya que semejante papel de envoltura merecía ser conservado, y tras esa cuidadosa operación, Rick retiró el papel y el envoltorio… encontrándose con uno de los portarretratos artesanales de madera que Lisa había comprado en Kurtland.
La foto que estaba enmarcada allí era de Lisa y él, uno al lado del otro, el brazo de Rick pasando por detrás de los hombros de ella, sentados en el verde pasto frente a la cabaña que habían alquilado en el Lago Memorial. Tanto Rick como Lisa aparecían sonrientes, felices, despreocupados, y profundamente enamorados en lo que había sido, a juzgar por sus expresiones de felicidad, una tarde particularmente hermosa de aquella semana de vacaciones. El corazón de Rick dio un salto al notar la enorme sonrisa y la mirada de felicidad que podía ver en el rostro de Lisa, y rápidamente se perdió en recuerdos de lo felices y tranquilos que habían estado en ese lugar…
Para Rick, fue como si esa foto trajera de vuelta un poco de aquel paraíso que habían sentido durante aquella semana. No tardó en recorrer con la vista todos los detalles de aquella foto, y a cada uno de ellos la memoria le agregaba sensaciones y emociones vividas durante su estadía. Toda la felicidad sentida en aquel momento volvió a Rick, y por unos segundos gloriosos, su imaginación lo llevó de regreso a la Tierra, de regreso a aquella cabaña en el bosque cercano al Lago Memorial… de regreso a Lisa.
Examinando más de cerca el portarretratos, Rick notó un papel que asomaba por detrás de la fotografía. Intrigado, lo extrajo con sumo cuidado y lo desplegó, notando con sorpresa que se trataba de una carta de Lisa. Con una enorme sonrisa en el rostro, Rick se recostó en la litera, sosteniendo con una mano el portarretratos sobre su pecho y con la otra levantando la carta para poder leerla mejor.
"Hola, Rick
¿Cómo estás?"
"Sé que cuando leas esta carta habrás pasado tu primer día al mando del grupo, y me imagino que vas a estar muy cansado. ¡Espero que ahora te des cuenta de todo lo que teníamos que hacer mientras tú volabas tu caza Veritech! Disculpa si no te pude dar esta carta personalmente, pero pensé que tal vez sería mejor que la leyeras en algún momento de tranquilidad… además de darte una sorpresa, que como sabes, es de las cosas que más me divierten en el mundo. (Por cierto, ya me puedo imaginar la cara que estás poniendo en este momento…)"
"Lo primero que quería decirte es que no tienes idea de lo orgullosa que estoy de ti, tan orgullosa que a veces me gustaría saltar de alegría frente a todo el mundo y gritarlo a los cuatro vientos."
"Si no lo hago, es porque Kim me lo impide… llegó a amenazar con usar dardos tranquilizantes."
"¿Sabes, Rick? No me lo has dicho cuando nos vimos y trataste de evitar que lo notara, pero sé que estás preocupado por este gran paso que estás dando ahora. Sé que sientes que es imposible, que no podrás hacerlo, que sufres cuando todos esperan cosas de ti y a veces te sientes pequeño... son emociones duras y difíciles de soportar, y a veces parece tan fácil la idea de abandonar y escapar."
"No te preocupes por eso, amor, dudar ante lo nuevo es lo más natural del mundo. ¿Recuerdas cuando te nombraron comandante del Skull? Ni siquiera te sentías merecedor de volar en el avión de Roy. Y lo hiciste bien. Esto es un desafío nuevo, lleno de inquietudes que no sabes cómo responder ahora. Pero las responderás bien, y conociéndote como te conozco, lo harás excelente… y nos dejarás a todos con la boca abierta."
"Sé que te irá muy bien, y que serás uno de los mejores comandantes de nuestras fuerzas. Lo sé porque te conozco. Y confío en ti porque te amo, y porque sé que tienes una fuerza dentro de ti que te hará salir adelante, sin importar lo que pase."
"Quiero que sepas además que te admiro mucho, y que todas las noches que no estás a mi lado lo único que hago es soñar contigo. Sólo deseo tenerte conmigo y hacer contigo todas aquellas cosas que nos gustan. Sí, todas. Extraño tus risas, tus miradas, tu mano recorriendo mi cuerpo... hasta extraño cuando eres insubordinado¿puedes creerlo? No puedo esperar a que me visites en el Satélite Fábrica. No sé qué voy a hacer sin ti tanto tiempo."
"Te extraño y te mando todos los besos que quieras. Recuerda que te amo, y por favor vuelve pronto a mi lado."
"Siempre estaré contigo.
Lisa"
Rick llevó la carta a su pecho y allí la mantuvo unos minutos, imaginando tener a Lisa junto a él, sentir su aroma, alegrarse con su risa cristalina, perderse en sus ojos, como en aquella cabaña hacía casi dos semanas, como en aquel parque en Ciudad Monumento hacía tan poco tiempo... tan poco tiempo, pero había parecido eterno.
A pesar de todo, saber que tenía ese pedacito de Lisa junto a él, y tener esa fotografía, bastaba para aliviar un poco la soledad que sentía al estar en esa inmensa nave prácticamente solo…
Luego de colocar el portarretratos en la mesita de al lado de la litera, y contemplar la imagen algunos minutos mientras se despedía de Lisa desde la distancia, Rick apagó la luz y se fue a dormir.
"Adiós, amor. Nos veremos pronto…", pensó Rick mientras cerraba los ojos y le daba, desde la lejanía, un beso apasionado.
Pocos minutos después, el comodoro Rick Hunter estaba oficialmente dormido, poniendo fin a su primer día como comandante del grupo de batalla.
NOTAS DEL AUTOR:
- Para los que les interese el chisme, en particular a los fanáticos de los mechas y las naves: El Alexander pertenece a la misma clase que la nave del mayor John Carpenter, que aparece en el episodio 47 de Robotech... otro guiño a La Cruz del Sur.
- El himno interpretado durante la ceremonia de entrada en servicio del Alexander es un tema de la banda sonora original de Macross Plus, titulado apropiadamente: "National Anthem of Macross".
- ¡Como de costumbre, un agradecimiento muy grande a todos los que están siguiendo esta historia y a los que dejan sus opiniones y comentarios, además de mandar un abrazo a Sary y Evi, mis pilotos de pruebas!
- ¡Saludos, y será hasta el capítulo 6!
ANEXO: RANGOS MILITARES Y POSICIONES (DESINTERESADOS POR LOS DETALLES, ABSTENERSE)
- En lo relacionado a los rangos militares y posiciones, quería hacer algunos comentarios y aclaraciones:
- El sistema de rangos utilizado en este fic se basa en uno NO OFICIAL elaborado en el sitio "Robotech Reference Guide" que intenta incorporar de manera coherente todas las referencias a rangos militares que aparecen en la primera etapa de la serie, aunque con ciertas modificaciones (inclusión de los rangos de Comodoro y Brigadier, y rangos de suboficiales y tropa completamente diferentes a los que figuran en el sitio).
EJÉRCITO / FUERZA AÉREA-----------ARMADA / FUERZAS ESPACIALES
(OFICIALES GENERALES, SUPERIORES Y SUBALTERNOS)
General------------------------------------Almirante
Teniente General---------------------------Vicealmirante
Mayor General-----------------------------Contralmirante
Brigadier-----------------------------------Comodoro
Coronel------------------------------------Capitán (Grado Superior)
Mayor-------------------------------------Capitán (Grado Inferior)
Comandante-------------------------------Comandante
Teniente Comandante----------------------Teniente Comandante
Primer Teniente----------------------------Primer Teniente
Segundo Teniente--------------------------Segundo Teniente
Tercer Teniente----------------------------Tercer Teniente
(SUBOFICIALES, TROPA Y RECLUTAS)
Sargento Mayor----------------------------Sargento Mayor
Sargento Primero---------------------------Sargento Primero
Sargento Jefe-------------------------------Sargento Jefe
Sargento Ayudante-------------------------Sargento Ayudante
Sargento------------------------------------Sargento
Cabo---------------------------------------Cabo
Soldado / Aeronáutico de 1a Clase---------Marinero / Tripulante de 1a Clase
Soldado / Aeronáutico de 2a Clase---------Marinero / Tripulante de 2a Clase
Recluta-------------------------------------Recluta
- La inclusión de dos rangos de Capitán es en parte para dar una explicación de por qué Lisa y Rick, si bien hacia el final de la serie llegan al rango de capitán, usan sin embargo un uniforme diferente al de Gloval cuando él mismo era capitán.
- Los rangos comunes de oficiales (desde Tercer Teniente hasta Comandante), si bien no corresponden a la vida real, son usados para evitar la sobreabundancia de rangos militares y simplificar el sistema.
- El mando supremo de las fuerzas militares le corresponde al general Maistroff, asistido por un Jefe de Estado Mayor y segundo al mando (el general Leonard en este caso) y otros siete altos oficiales que sirven como Jefes encargados de las ramas de servicio (Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Fuerzas Espaciales) y de distintos asuntos (Operaciones, Personal y Logística) que hacen al funcionamiento de las fuerzas militares.
- En este fic, Lisa es una almirante más entre varios otros, pero con un rango no muy elevado; su asignación es (al menos hasta este capítulo) la construcción del SDF-3, siempre bajo la autoridad superior del general Maistroff.
- ¡A los que llegaron hasta acá, muchas gracias por la paciencia, espero que les haya resultado interesante y nos veremos en el próximo capítulo!
