MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Capítulo VI: Interludios

Pregunta¿De donde sacas la inspiración para tus canciones?

Respuesta: Cuando me es difícil y no se me ocurre nada especial, suelo ir al puerto espacial. Para las canciones alegres, veo las llegadas de las naves y los reencuentros; para las tristes, voy a ver las despedidas cuando parten para una misión.

Entrevista a la cantante de blues Rose Mangione en la revista Rolling Stone, mayo de 2057


Jueves 2 de marzo de 2017

Costaba horrores resistirse a las enormes ganas que tenía de echarse a dormir tras un día extremadamente largo como lo había sido ese, pero era algo que tenía que hacer, no importara como. La tentación era muy fuerte, y ya había tenido un par de momentos de debilidad en los que sus ojos se cerraban a pesar de su resolución de mantenerse despierto, sucumbiendo a la ilusión de poder echarse a dormir "sólo cinco minutos"… que, como él bien sabía, acabarían por extenderse hasta la siguiente mañana si se permitía la oportunidad.

Una hora atrás, y luego de un poco de ensayo y error, había caído en la cuenta de que permanecer acostado en la litera mirando el techo no era precisamente una postura que hiciera fácil el permanecer despierto… con lo que la siguiente hora la pasó caminando de una punta a otra de su camarote o jugando algún juego en su computadora personal.

Claro que había un límite a lo que podía recorrer en ese camarote, y jugar al "barreminas" o al solitario en la computadora se podía volver bastante aburrido al cabo de unos escasos diez minutos.

"Nota personal: conseguir algún buen simulador de vuelo para el siguiente patrullaje."

Pensó en leer alguno de los libros que estaban en la estantería del camarote, pero sabiamente se abstuvo de hacerlo, ya que estaba tan cansado que dudosamente hubiera podido leer un renglón de corrido. Eso también dejaba fuera de toda cuestión los reportes oficiales… los leería si estuviera aquejado por problemas de insomnio.

Sentado en la silla de su escritorio, y tras pensarlo un poco, acabó por razonar que, habiendo pasado por tantos desvelos a causa de cosas desagradables y molestas, bien podía aprovechar que esta vez lo estuviera haciendo por una causa noble y buena…

La mejor de todas las causas.

Por enésima vez en lo que iba de la noche, su mirada se dirigió a un reloj fijo en uno de los mamparos del camarote, sólo para darse cuenta de que aún faltaban algunos minutos para que llegara la hora… y debiendo acostumbrarse a la idea de que por más que clavara la mirada y lo deseara con todas sus fuerzas, las agujas del reloj no iban a avanzar más rápido.

La espera finalmente rindió frutos, y tras unos cinco minutos de mirar obsesivamente el movimiento de las agujas del reloj, sintió que entraba en la gloria en el momento en que las agujas marcaban las 0000 horas… y a cada movimiento de las agujas, su sonrisa se hacía más grande.

Un par de segundos después, el reloj digital desplegado en la esquina inferior derecha del monitor de su computadora anunció que acababa de comenzar oficialmente el viernes 3 de marzo de 2017. El momento había llegado, tras días de esperarlo con ansias… días que concluyeron con aquella noche de infernal espera que por fin había quedado en el pasado.

Con resolución que había surgido prácticamente de la nada, se sentó frente a la computadora y abrió un programa especial que le permitía acceder al sistema de comunicaciones de larga distancia de la nave, seleccionando la opción de enviar un mensaje catalogado simultáneamente como "personal" y "codificado", el cual podía ser enviado a través de los transmisores cuando él lo dispusiera… uno de los pocos privilegios que venían con su nuevo rango y posición.

Luego venía componer el mensaje propiamente dicho. A pesar de su cansancio y de que sus ojos se cerraran a cada segundo, insistió en teclear el mensaje y asegurarse de que cada palabra estuviera escrita sin el menor error ortográfico…

Tras luchar bastante contra su propio sueño, el mensaje quedó oficialmente terminado, y él se dispuso entonces a darle una última leída antes de enviarlo:

"¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS, AMOR!!! … Por favor, disculpa que no pueda estar contigo en este momento, pero quiero que sepas que te extraño como no te imaginas y que lo único que quiero en el mundo es estar junto a ti en este día. Sé que lo que te envío con este mensaje es muy poco, y si pudiera estar junto a ti, me aseguraría de hacer que este sea el cumpleaños más especial de tu vida… desde que te despiertas hasta la fiesta, los regalos, el pastel… y el postre."

"De todas maneras, no creas que te salvaste de mí, Hayes… ya verás lo que te espera cuando te ponga las manos de encima (y ten la seguridad de que cuando lo haga, no pienso quitártelas)."

"Por favor, abre el archivo que adjunto con este mensaje… espero que te guste mucho lo que he ido preparando en mis ratos libres estos días. Te mando un abrazo gigantesco, y si sientes algo extraño que te hace cosquillas en el cuello y en los labios, bueno… ese soy yo haciendo de las mías. No preguntes cómo lo hago…"

"Hasta la vista, desde Marte"

"Rick"

Con gran ceremonia, Rick Hunter seleccionó la opción de "ENVIAR", y en cuanto la confirmación de envío apareció en la pantalla, se permitió una sonrisa traviesa al pensar que en ese mismo instante, su mensaje estaba surcando el espacio, para llegar en cuestión de segundos y sin demoras al Satélite Fábrica, en donde, en apenas siete horas más, se convertiría en una de las primeras cosas que Lisa Hayes vería al despertar.

Jamás en su vida el comodoro Rick Hunter creyó que se encontraría teniéndole una envidia tan profunda a un e-mail.


Domingo 5 de marzo de 2017

El portaaviones de batalla UES Alexander, de las Fuerzas de la Tierra Unida, orbitaba el planeta Marte, mientras un grupo de transbordadores entraban y salían, llevando suministros y personal entre la nave y las bases y colonias situadas en la superficie del Planeta Rojo. Desde la distancia, la enorme nave parecía una ballena que retozaba en medio de la inmensidad negra y estrellada del espacio, recortándose sobre la imagen rojiza y crepuscular de Marte.

Alrededor del Alexander, y rodeándolo en una formación clásica de escolta, se hallaban las otras naves de combate que componían el Grupo de Batalla 6 de las Fuerzas Espaciales. A algunos kilómetros a proa del Alexander, el crucero Thunderbolt mantenía la vanguardia de la formación, en su carácter de nave líder de la escolta. El Thunderbolt, uno de los nuevos cruceros clase Tristar, era una nave compacta, de líneas y diseño similares al Alexander, pero mientras que el Alexander tenía una apariencia pesada y recargada, el Thunderbolt era elegante, esbelto y letal, con un aspecto de predador marino reforzado por el inquietante color azul oscuro de su casco.

Dispuestos en una formación cuadrangular en torno a la nave insignia, los destructores Austerlitz, Dieppe, Tsushima y Nieuwpoort formaban la línea de defensa interior del grupo. Estas naves, de la clase Batalla, parecían versiones reducidas y algo achatadas del Thunderbolt. Formando la línea perimetral de defensa del grupo, las pequeñas fragatas Undine, Sequoia, Mermaid, Myosotis, Dandelion y Satyr se movían con agilidad alrededor de las naves más grandes, vigilantes contra cualquier amenaza y listas para reaccionar a la primera señal de problemas. Patrullas de combate, que en total incluían varias docenas de cazas Veritech, surcaban el espacio circundante al grupo de batalla para complementar las defensas montadas en las naves de guerra.

El grupo de batalla en conjunto, y las doce naves de guerra que lo formaban, eran una expresión patente del nuevo poder de las Fuerzas de la Tierra Unida; eran el símbolo de una institución militar que había superado las crisis de sus años fundacionales para convertirse en una fuerza profesional, letal y amenazante.

A dieciocho días de haber asumido como comandante del Grupo de Batalla 6, el comodoro Rick Hunter sentía un inocultable orgullo por el desempeño del personal bajo su cargo... y aunque le costaba admitirlo, también del suyo propio. Aquellas semanas de pruebas habían sido complejas; el Alexander, como toda nueva nave recién salida de los astilleros que la habían visto nacer, tenía sus propias taras y complicaciones, que debían ser "planchadas" y resueltas por la tripulación durante el crucero de pruebas, en el que, entre otras cosas, se esperaba identificar cualquier problema que pudiera tener la flamante nave de guerra… en especial si se trataba de desperfectos severos que, en el peor de los casos, podían condenar al Alexander a meses de confinamiento en un astillero. Afortunadamente, tras días de navegación sin mayores incidentes, los problemas técnicos habían sido menos de los esperados en un principio, y la nave se desempeñó casi perfectamente durante los ejercicios de pruebas.

Dieciocho días a bordo del Alexander le habían dado a Rick, además de una oportunidad de demostrar lo que era capaz de hacer, una nueva perspectiva sobre la vida en una nave de guerra.

Ciertamente, como oficial militar a bordo del SDF-1, Rick no era ajeno a las realidades que se vivían en el servicio espacial, pero aquello lo había hecho como piloto de combate, es decir, como miembro de una subcultura que acostumbraba a considerar a los "monos de a bordo" como pobres diablos, condenados a vivir entre maquinaria mientras los pilotos surcaban el cosmos en sus potentes Veritech. Esa rivalidad entre los "jockeys de Veritech" y los "monos de a bordo", exacerbada en los últimos años pero siempre mantenida con un espíritu deportivo, era solamente un caso más de las rivalidades amistosas entre especialidades y ramas de servicio que pueblan las instituciones militares.

Además, Rick ya tenía una perspectiva diferente sobre los "monos de a bordo"… consecuencia de estar locamente enamorado de una de ellos.

La humanidad apenas llevaba diecisiete años de presencia masiva en el espacio; y casi sesenta de exploración espacial, pero las personas que tripulaban las naves de guerra de la Tierra Unida se comportaban de acuerdo a tradiciones centenarias, heredadas de los navegantes de alta mar. Frases arcaicas, costumbres incomprensibles, terminología anticuada... para un hijo de la era Robotech como Rick, todo el bagaje de tradición de las naves de guerra parecía algo sacado de libros antiguos de aventuras.

Por ejemplo, el capitán de una nave era el capitán, aún si no ostentaba ese grado… una lección que el comodoro Hunter aprendió por las malas durante una visita que hizo a la fragata Dandelion, ocurrida apenas cuatro días después de asumir el mando. En esa oportunidad, Rick se había referido al capitán Ochoa por su grado militar de "comandante", recibiendo por parte de la tripulación unas miradas frías e intimidantes que bien podrían haber derribado a todo el Escuadrón Skull. De forma amable y para sacarlo del pozo en el que había caído, Sammie se ocupó de avisarle que, así fuera un simple tercer teniente, el comandante de una nave era siempre tratado como "capitán", so pena de caer en descortesía profesional e insultar a la nave que comandaba.

A tal punto llegaba esa costumbre que prácticamente estaba prohibido referirse a cualquier oficial con el grado de capitán, sea grado inferior o grado superior, sea de la Armada o de las Fuerzas Espaciales, que estuviera a bordo de una nave comandada por otra persona sin agregarle el apellido al rango, para que no quedara duda de quién era el monarca absoluto de a bordo… la única persona que podía recibir ese título casi místico de "el capitán".

Y la lista seguía: las naves se conectaban a las estaciones espaciales mediante conductos, pero todavía se hablaba de "amarrar" una nave; las horas se marcaban mediante campanazos transmitidos a toda la nave a través de altoparlantes; incluso se había recuperado la tradición de "bautizar" ante el rey Neptuno a los tripulantes que hicieran una transposición a otro sistema estelar por primera vez... los ejemplos se acumulaban en la mente de Rick, dándole la oportunidad de apreciar con otros ojos, esta vez desde el otro lado, la vida en una nave de combate.

En cierta manera, las fuerzas espaciales eran un maridaje entre la alta tecnología y la vieja tradición naval, lo que hacía que todos los tripulantes fueran tradicionalistas en algún grado u otro, gente que podía servir tranquilamente tanto en una fortaleza espacial como en una vieja fragata de vela. Y el capitán Sanabria, según pudo ver Rick, era uno de los más tradicionalistas de todos.

A Rick le había sorprendido el capitán Sanabria desde el primer día de su nuevo mando. Basándose en su propia experiencia, Rick consideraba que el ejemplo perfecto de un comandante de nave Robotech había sido el difunto Henry Gloval; enérgico, honorable, decidido, el guerrero de un guerrero, un lobo del espacio. Diego Sanabria era un hombre que conservaba muchas de esas virtudes, pero escondidas bajo un exterior atildado y poco "guerrero", más propio de un profesor universitario que de un capitán militar.

Sin embargo, ese exterior calmo solía dar una falsa impresión, haciendo que las personas creyeran que el capitán Sanabria era alguien blando… impresión que quedaba inmediatamente desmentida por el tono gélido y cargado de furia con el que Sanabria solía reprender las transgresiones, dándole escalofríos a quien tuviera la desgracia de escucharlo. Sin embargo, Sanabria era ante todo un maestro, y su misión era tanto comandar la nave como instruir a los jóvenes hombres y mujeres que la tripulaban… e incluso a un comodoro que en los días de mayor desconcierto todavía se sentía en la cabina de un Veritech.

Después de las pruebas de sistemas que habían tenido lugar durante el viaje de seis días del grupo entre la Tierra y Marte, el Alexander participó de una serie de maniobras de combate junto a otro grupo de batalla recientemente retornado de una misión de exploración en el espacio interestelar, cuya insignia estaba en el portaaviones Marcus Antonius, nave gemela del Alexander. Al principio, Rick había albergado el temor de que contra los veteranos del Marcus Antonius, su bisoña tripulación hubiera sido arrasada durante las prácticas, pero para su propia sorpresa (por no mencionar la de sus contrapartes en el Marcus Antonius) no fue el caso.

En los primeros ejercicios de combate, el grupo del Marcus Antonius barrió a la flotilla de Rick, pero conforme se sucedían los ejercicios y maniobras de combate, la situación se niveló considerablemente. Primero fue creciendo el índice de "pérdidas" sufridas por el Grupo 3 durante los enfrentamientos simulados, luego el Grupo 3 empezó a fracasar en el logro de los objetivos de su misión, después alcanzaron un "empate táctico" (un eufemismo para decir que ni el Marcus Antonius ni el Alexander habían vencido), y por fin, tras arduos esfuerzos y una preparación obsesiva que no había dejado nada al azar, las fuerzas del Alexander habían logrado derrotar a sus colegas del Marcus Antonius, en el ejercicio de combate de ese día, provocando regocijo y orgullo en uno de los grupos de batalla, y estupefacción e incredulidad en el otro.

Para Rick, la mejor parte de la experiencia, además del orgullo que sentía por los logros de las naves y tripulantes bajo su mando, había sido ver cómo cambiaba la expresión de su contraparte del Grupo 3, el comodoro Franz Reiter, quien había pasado de estar, en opinión de Rick (y de prácticamente cualquier persona que hubiera tenido el infortunio de cruzarse con Reiter en esos momentos), demasiado orgulloso de su victoria en el primer ejercicio, a reconocer, si bien lo hacía a regañadientes y forzado por la realidad, que los muchachos del Alexander eran casi tan buenos como los suyos.

Ese día sería el último que el Alexander y su escolta pasarían en Marte; todos los preparativos estaban en marcha para que esa misma noche las naves del Grupo de Batalla 6 emprendieran el regreso al espacio cercano a la Tierra, en donde su viaje concluiría con su llegada a su nueva base: el Satélite Fábrica, para reparaciones, mantenimiento y descanso de la tripulación antes de su siguiente crucero de navegación.

Para Rick, había un motivo adicional para esperar el regreso al Satélite Fábrica... el simple hecho de que comandando esa instalación estaba Lisa Hayes.

Luego de un descanso para almorzar, Rick se dirigió hacia la Central de Comando de Flota, su propio "puente de mando" personal, ubicado en la torre de mando del Alexander. Al igual que el Puente, la Central de Comando estaba llena de estaciones y consolas de radar, comunicaciones, monitoreo, control de vuelo y sistemas de armas, pero a diferencia del Puente de la nave, su misión era actuar como el cerebro de toda la flota. Mediante los sistemas de comunicaciones de la nave, la Central de Comando estaba en contacto y recibía información de todas y cada una de las naves que formaban el grupo de batalla, información que era organizada por los distintos operadores, controladores y oficiales de Estado Mayor para facilitarle al comandante del Grupo la toma de decisiones en momentos críticos.

Rick entró en la Central de Comando y se sentó en su silla personal, desde la cual tenía una vista privilegiada de todo lo que ocurría en la Central. Esperándolo junto a su silla estaba Sammie, con el listado de novedades que él tenía que saber, y mientras tomaba asiento, Rick pudo notar que su jefa de Estado Mayor sonreía con picardía, como si encontrara sumamente gracioso algo sobre él.

– ¿Pasa algo raro, Sammie? – preguntó él con curiosidad.

– Nada – la sonrisa de ella se hizo más grande. – Me recuerdas a alguien...

– Seré curioso... ¿a quién te recuerdo? – insistió Rick.

Sammie se quedó mirándolo un rato, como buscando qué cosas podría cambiar para hacerlo más parecido a aquella otra persona, hasta que al cabo de unos segundos de pensarlo cuidadosamente, la comandante Porter encontró la mejor manera de sintetizar sus observaciones y recomendaciones.

– Estaba pensando en que tal vez quisieras dejarte crecer bigotes y empezar a fumar en pipa...

En ese momento, Sammie se llevó una mano a la frente en un gesto exagerado, como si hubiera pasado por alto una cosa fundamental:

– ¡Diablos, me olvidé…! Está prohibido fumar en el puente, comodoro.

Rick la miró estupefacto, sorprendido por lo que decía e incapaz de creer lo que estaba sugiriendo, pero luego de algunos segundos, el efecto de la sorpresa fue reemplazado por una expresión sarcástica, rematada por una media sonrisa y una ceja arqueada en señal de incredulidad.

"¿Me está comparando con Henry Gloval?"

– Vaya, Sammie, muchas gracias, no sabía que pensaras eso – atinó a decir, genuinamente conmovido y honrado de que una de las personas que más habían conocido al viejo almirante pudiera encontrarle algún parecido con él.

– No es nada, Rick – dijo ella minimizándolo con un gesto de la mano. – Es sólo que el uniforme y la gorra... No quería decírtelo antes, preferí esperar a que te acostumbraras a sentarte en esa silla.

– Te lo agradezco, aunque para serte sincero no quisiera tener que llenar los zapatos de Gloval.

–Rick, estoy segura de que serás un gran almirante en el futuro. Tan sólo imagínatelo... – dicho esto, las manos de Sammie se elevaron al techo, como dibujando una frase en el cielo para que la vieran desde la tierra. – "Almirante Hunter". Suena bien¿no?

Rick bufó, descartando la frase de Sammie con un gesto de su mano y una mirada burlona y condescendiente.

– ¿"Almirante Hunter"? – dijo él meneando la cabeza. – Claro... te aseguro que jamás me llamarán así.

– Nunca digas nunca, Rick – le advirtió Sammie.

– Esperemos que no pase. Ahora, Sammie ¿qué tienes para mí?

Sammie tomó su lista y empezó con los informes del día.

– No hay mucho para hoy, comodoro. Todas las estaciones informan que estaremos en condiciones de regresar a la Tierra a partir de las 2300 horas. La Base Nueva Sara informó que enviarán el último vuelo de suministros a las 1800 horas. La Base Langdon pide permiso para embarcar a un grupo de científicos y técnicos de regreso a la Tierra...

– Ajá, délo por hecho – dijo Rick en su tono oficial… el tono que reservaba para esas enumeraciones interminables.

– La capitana DeCurtis, del Thunderbolt, quiere discutir algunas sugerencias que tiene sobre formaciones de escolta para el grupo. El capitán Paretti, del Nieuwpoort, informa que los problemas de rendimiento en el motor 3 están solucionados. Además tengo un mensaje del comodoro Reiter, desde el Marcus Antonius, bastante extraño.

– ¿Ah sí¿Qué dice Reiter? – preguntó Rick, a lo que Sammie respondió comenzando a leer el mensaje en cuestión:

– "Al comodoro Richard Hunter, UES Alexander: No crea que voy a dejar esto así. Veremos si tiene tanta suerte la próxima vez, Hunter. Asuntos oficiales al margen… buen trabajo. Nos vemos en la Tierra en diez días. Firmado: comodoro Franz Reiter, UES Marcus Antonius".

Rick sonrió al escuchar este mensaje, sintiéndose curiosamente satisfecho por esas palabras en apariencia tan duras y cortantes.

– Veo que Reiter sabe reconocer cuándo perdió. A mí me parece un buen cambio de personalidad.

– Si me lo permite, comodoro – agregó Sammie con una inocultable expresión de orgullo: – lo pusimos en su lugar.

En ese momento, un joven oficial con uniforme de piloto entró en la Central con un informe en la mano. Era costumbre que el comandante del grupo aéreo entregara informes sobre la situación de sus escuadrones a través de uno de sus pilotos. No había nada de extraño en la situación; un piloto distinto había entregado el informe cada día desde que dejaron la Tierra y nada hacía indicar que ese día fuera algo diferente.

Sin embargo, Rick notó con creciente inquietud que Sammie miraba fijamente al piloto que había entrado, como si lo conociera de alguna parte. Era una sensación que Rick también compartía, aunque no recordaba de donde podía conocer a ese joven piloto... por más que se devanara los sesos tratando de identificarlo.

– Aquí tiene el informe del grupo aéreo, señor – anunció el piloto asumiendo la posición militar frente a Rick.

– Muchas gracias, teniente – dijo Rick aceptando el informe que le entregaban y procurando que su observación no quedara muy en evidencia.

Por su parte, y para total sorpresa tanto de Rick como del resto del personal de la Central, Sammie se acercó al piloto para preguntarle con una brusca e imponente voz de mando que no daba lugar a cuestionamientos:

– ¡Nombre, rango y posición, piloto!

El joven piloto se sorprendió bastante del sorpresivo interrogatorio de Sammie, a tal punto que su respuesta tuvo bastante de balbuceo:

– ¡Matt Villiers, primer teniente, asignado al Escuadrón de Combate Aeroespacial 128 "Tigres Siberianos", comandante!

Dicho eso, y tras notar la sonrisa que aparecía en el rostro de Sammie, una mueca de reconocimiento, mezclada con una pizca de pánico, asomó en el rostro del atribulado piloto de combate, y de pronto...

– ¡¿Usted¿Aquí¡Pero si usted es la mujer que...!

– ¡Me alegra que te acuerdes de mí! – dijo Sammie con una mirada seductora y acomodándose el cabello de manera exagerada. – Porque yo no me olvidé de ti...

Rick estaba totalmente confundido por ese espectáculo, hasta que luego de hurgar en su memoria pudo por fin ubicar de dónde conocía el rostro del teniente Villiers.

– ¡Cielos, es usted...! – dijo Rick con una enorme sonrisa, para luego preguntar a Sammie y confirmar así sus sospechas: – ¿Aquel piloto en el Bunker a quien besaste en frente de todos?

Sammie asintió sonriendo, y le guiñó un ojo a Villiers, provocando que el teniente tragara saliva… a la vez que la sonrisa en el rostro de su comodoro al recordar ese incidente pasado le inspiraba unas súbitas ganas de estar en cualquier otro lugar menos allí.

– Teniente Villiers, de estar en su lugar yo me cuidaría... me parece que alguien va a estar cazándolo de ahora en adelante – le advirtió Rick al joven oficial, para pasar luego a asuntos más técnicos y formales. – A propósito, gracias por el informe y extienda mis saludos al jefe del grupo aéreo.

– ¡S...Sí, señor! – dijo Villiers dando media vuelta y caminando lo más rápido que pudo fuera de la Central.

Una vez que Villiers escapó de la Central, desapareciendo en uno de los corredores, Rick giró la silla para enfrentar a su jefa de Estado Mayor.

– Comandante Porter ¿se puede saber lo que estaba haciendo?

– Sólo saludando a un viejo conocido, comodoro Hunter.

– Tenga cuidado, comandante – dijo Rick secamente. – Recuerde que, después de todo, usted es su oficial superior.

– ¿Y cuál es el problema, comodoro? – contraatacó Sammie con una expresión victoriosa, y taladrando a Rick con la mirada. – No sería la primera vez que una oficial tiene algo con un subordinado.

Touché. Esta era una batalla que Rick había perdido.

– Sammie, por favor... no atormentes al muchacho – le advirtió, resignándose al hecho de que Samantha Porter no iba a dejar escapar al pobre teniente.

– Oh, Rick, no te preocupes... estoy segura de que el teniente Villiers va a tener algunos momentos interesantes de ahora en adelante – rió Sammie, recuperando luego su tono oficial mientras retomaba el informe interrumpido por la llegada de Villiers: – Ah, por cierto, comodoro, tenemos mensajes desde la Tierra...

– ¿De quienes? – preguntó Rick ya cansado de los informes.

Sammie arqueó una ceja al leer la lista, dando a entender que disfrutaría mucho de lo que vendría.

– Un mensaje del almirante Gaumont, felicitando al Alexander por su desempeño, mensajes del Alto Mando sobre asuntos variados, un mensaje más de la contralmirante Hayes, del Satélite Fábrica, personal para el comodoro Hunter...

Rick se sobresaltó, mirando a Sammie con ojos agrandados como platos, mientras en su mente sólo había una única cosa…

"¿Mensaje de Lisa?"

– Ponga ese mensaje en mi casilla personal, comandante... lo leeré más tarde.

Sammie se limitó a mirarlo con una sonrisa pícara, como si ese episodio jamás le resultara aburrido o rutinario; Cada dos o tres días era la misma rutina, y en esos momentos Sammie no podía evitar preguntarse si Kim estaría pasando por lo mismo en el Satélite con los mensajes de respuesta que enviaba Rick a Lisa.

– Por supuesto que sí, comodoro. Por supuesto que sí.


Ocupado en trabajar sobre un reporte oficial, el capitán Sanabria se sobresaltó ligeramente al oír que se abría la puerta de su oficina personal, tranquilizándose al comprobar que sólo se trataba de su primer oficial, que venía con una carpeta de reportes bajo el brazo.

– Dejamos la órbita de Marte a las 2319 horas y estamos en curso de regreso hacia la Tierra, señor – informó la comandante Coleson en tono formal.

– Gracias, comandante – respondió el capitán, levantando la vista de su propio reporte antes de preguntar: – ¿El puente?

– La cuarta guardia se ha hecho cargo, y el teniente Grant está al mando en el Puente. Todas las actividades se desarrollan con normalidad, capitán. Por cierto, aquí está el informe de rendimiento de Ingeniería.

El capitán tomó el reporte que le estaba alcanzando su primer oficial, y se permitió una leve sonrisa luego de leer las primeras páginas.

– Excelente.

Satisfecho con la eficiencia con que su tripulación se estaba haciendo cargo de las cosas, el capitán Sanabria se reclinó en la silla de su escritorio para darse un breve momento de descanso mientras pensaba en lo que había sido ese viaje de pruebas y en el desempeño de la nave que él comandaba.

– Es bueno saber que las cosas están marchando bien¿no le parece, comandante?

De pie frente al escritorio y conservando una postura firme y respetuosa, la comandante Coleson asintió al comentario del capitán.

– Es un alivio, señor. Por un momento temí que íbamos a tener la cuota usual de problemas de toda nueva nave.

– Ayuda que éste sea un diseño probado... – continuó el capitán, desviando la mirada a un pequeño modelo a escala del Alexander que estaba colocado sobre su escritorio. – Siendo la sexta nave de la clase, uno esperaría que los constructores hayan aprendido algo de la experiencia.

– Nos queda esperar eso, señor.

El primer vuelo de una nave de combate era una de esas situaciones en las que todos los tripulantes, desde el capitán hasta el más nuevo de los reclutas, pasaban la mayor parte del tiempo cruzando los dedos metafóricamente (y en varios casos de manera literal) para rogar que los ingenieros hubieran hecho un excelente trabajo de diseño y que los constructores hayan cumplido cabalmente con lo que se les pedía. Siempre, sin importar lo eficiente que hubiera sido el proceso de construcción, quedaban en evidencia toda clase de desperfectos y problemas que podían hacer del crucero de pruebas una experiencia... interesante.

Y a pesar de todo, los problemas que solían encontrarse esos días no eran tan graves como los que hubieran ocurrido de haberse realizado ese crucero de pruebas apenas tres años atrás. La Tierra seguía teniendo una experiencia muy limitada en el diseño y construcción de naves estelares, y por más que con cada intento fueran ganando más práctica y puliendo sus propios problemas, había cosas que se resistían a desaparecer.

De todas maneras, razonó el capitán, ese viaje no había tenido tantos problemas como él hubiera esperado... lo que era afortunado cuando uno consideraba que el vuelo de pruebas de la primera nave de la clase, el propio UES Tokugawa, había estado tan cargado de problemas e incidentes que se había convertido en una verdadera "leyenda urbana" dentro de la flota; una leyenda que durante los últimos tres años había sido aumentada con tantos detalles fantasiosos e inverosímiles que costaba creer que alguien hubiera podido sobrevivir a ese viaje. Afortunadamente, los constructores pudieron resolver la mayoría de los problemas con las cuatro naves que le siguieron, hasta lograr que el vuelo de pruebas de la sexta nave, el Alexander, fuera prácticamente intrascendente.

Además, no había forma de que un vuelo de pruebas pudiera siquiera acercarse al máximo estándar del viaje traumático... marcado por el primer vuelo del SDF-1 hacía ocho años.

– Tome asiento, Andrea – dijo el capitán.

Respondiendo al ofrecimiento, la comandante Coleson tomó una de las sillas de la oficina, colocándose frente al escritorio mientras conservaba una expresión cuidadosamente neutral... aún sabiendo que una oferta como esa era el equivalente de darle a ella la posibilidad de hablar libremente.

– ¿Qué piensa de este viaje?

Acomodándose, la primer oficial decidió ir con una respuesta concreta y descriptiva de sus impresiones:

– Creo que ha sido bastante satisfactorio... la nave es todo lo que prometieron los constructores y el desempeño de la tripulación ha sido excelente...

– ¿Pero? – preguntó el capitán, que había notado a través de esa respuesta que la comandante Coleson se había reservado algunos comentarios.

Sorprendida por la percepción del capitán, la primer oficial resolvió que bien podía presentarle su principal inquietud; no iba a tener otra oportunidad como esa.

– La tripulación está un poco... verde, por así decirlo. Necesitan foguearse un poco más... para muchos es la primera navegación espacial que hacen en sus vidas.

Al escuchar esto, el capitán Sanabria sonrió, mientras por dentro se felicitaba una vez más por haber seleccionado a una primer oficial tan eficiente y capaz como había demostrado ser Andrea Coleson durante las pasadas tres semanas.

– Bueno... trate usted de encontrar seis mil tripulantes con experiencia de navegación espacial, comandante. Usted sabe cómo está de desesperada la flota por conseguir tripulantes.

– Lo entiendo, señor, pero creo que la flota nos podría haber dado gente con algo de experiencia...

– Créame, Andrea... ningún capitán permite que le quiten a su gente más experimentada si tiene la posibilidad de evitarlo. Espere dos o tres vuelos como éste y ya verá lo que le quiero decir – explicó el capitán, para luego seguir con una sonrisa que traslucía una incontenible satisfacción personal: – Además, si fueran tan "verdes"¿cree que le hubiéramos podido ganar al Marcus Antonius?

Había algo en las palabras del capitán que a la comandante Coleson se le hizo muy entretenido de escuchar; realmente hubo pocas oportunidades en las que el capitán se comportaba de modo tan transparente.

– De veras lo disfrutó¿no, señor?

La sonrisa en el rostro del capitán se hizo enorme, mientras rememoraba el ejercicio de aquella mañana.

– No se imagina, comandante.

Ya sintiéndose un poco más relajada, la primer oficial continuó dándole sus impresiones al capitán, permitiéndole además conocer algunas de las inquietudes que ella había albergado durante ese viaje.

– Realmente no esperaba que pudiéramos ganarle al Grupo 3, más teniendo en cuenta que ellos tenían más experiencia tanto en su tripulación como en sus mandos...

– ¿A qué se refiere? – la detuvo en seco Sanabria, sabedor de que había más en esa frase que lo que su primer oficial había dicho.

– Bueno, admito que tenía mis dudas sobre el comodoro Hunter, señor – reconoció la comandante Coleson, midiendo cuidadosamente sus palabras. – Alguien que no pasó por la Academia Militar... recién transferido a la flota... sin experiencia en naves de combate...

– Andrea... no necesito decirle que la experiencia práctica siempre es mejor maestra que cualquier academia – la aleccionó Sanabria con su mejor tono de maestro, para luego extraer una carpeta de uno de los cajones y colocándola sobre el escritorio. – ¿Sabe lo que es esto?

Tomando la carpeta en sus manos, la comandante Coleson comenzó a leer la primera página... y al hacerlo su rostro quedó fijo en una expresión de completa sorpresa.

– ¿El legajo del comodoro Hunter? – balbuceó al ver de lo que se trataba. – ¿Cómo---?

– Tengo conocidos en la Jefatura de Personal, Andrea... – se limitó a decir Sanabria, dejando allí el debate sobre cómo se había hecho con ese documento. – He pasado los últimos días estudiando el legajo de nuestro comandante de grupo de batalla y encontré algunas cosas interesantes...

El rostro de la comandante Coleson le dio a entender al capitán que ella estaba interesada en escuchar lo que tendría para decirle.

– ¿Sabe usted cuántas personas integraban el curso de instrucción básica al que pertenecía Rick Hunter? – preguntó bruscamente el capitán, desconcertando a su primer oficial.

Al no escuchar respuesta alguna, Sanabria continuó:

– Ciento noventa y cuatro. ¿Sabe cuántos siguen vivos hoy?

Otra vez silencio, y los ojos del capitán Sanabria se entrecerraron antes de proseguir.

– Treinta y dos... incluido el comodoro Hunter.

Esos números bastaron para dejar sin habla a la comandante Coleson, mientras trataba de imaginarse, armada ahora con ese conocimiento, lo que debió haber sido la etapa inicial de la carrera del comodoro... una carrera alejada del ambiente seguro y protector de una academia, una carrera en donde los exámenes tenían sólo dos notas posibles: la vida o la muerte.

– Rick Hunter tiene más experiencia de vuelo y combate espacial que nosotros dos juntos, y tiene las medallas y citaciones para demostrarlo, Andrea... – concluyó el capitán, tomando el reporte de entre las manos de su primer oficial y volviendo a colocarlo en su lugar. – Si tiene alguna clase de inexperiencia, va a ser temporal.

Aún sorprendida, la primer oficial se limitó a asentir, dándole al capitán del Alexander la seguridad de que la lección había sido bien aprendida. No culpaba a Andrea por eso; actitudes como las de su primer oficial eran comprensibles. Después de todo, pensó el capitán, no era la primera vez que Hunter se enfrentaba a cuestionamientos semejantes sobre su experiencia militar... y otra sonrisa apareció en el rostro del capitán al caer en la cuenta de que Hunter se había ocupado de desarmar completamente a cierta antigua primer oficial que había sido la primera persona en hacerle esas críticas...

Eso sin mencionar que Rick Hunter había cambiado por completo la impresión inicial que de él se había formado la persona en cuestión.

– Pero basta de trabajo... Asumo que tiene planes para la licencia, comandante.

– Nada concreto, señor... – respondió Andrea con un dejo de tristeza. – Supongo que voy a permanecer en el Alexander---

El capitán la cortó en seco:

– Olvídese de eso, Andrea. Yo me haré cargo de todo aquí.

Por unos segundos, Andrea Coleson se resistió a creer que el capitán le estuviera dando esa posibilidad, después de todo, a su regreso al Satélite les esperaría un trabajo terrible... pero sólo le bastó ver que no había nada en la expresión de Diego Sanabria que le indicara que se trataba de una oferta vana.

– ¿Lo dice en serio, señor? – quiso confirmar.

El capitán asintió, tomando en sus manos el reporte de Ingeniería con toda la intención de estudiarlo en esos ratos que tenía antes de retirarse.

– Completamente. Cuando regresemos, no pierda el tiempo en el Satélite, vaya a la Tierra... aproveche a descansar.

Los dos oficiales sabían que esas palabras habían concluido efectivamente esa pequeña junta, y poniéndose de pie, Andrea Coleson asumió una plena posición militar, matizada por una enorme sonrisa en su rostro y una expresión de viva gratitud.

– Muchas gracias, capitán.

– No hay por qué... – contestó Sanabria, devolviéndole una sonrisa a su primer oficial. – Espero que ustedes dos puedan tener un muy merecido descanso...


Sábado 11 de marzo de 2017

El sonido del despertador retumbó en todo el camarote. Casi de inmediato, una mano suave y fina emergió de debajo de las cobijas y sábanas, y tanteando en la oscuridad pudo apagar con un duro golpe aquel zumbido molesto. La misma mano continuó tanteando a ciegas, hasta encontrar el interruptor y encender la luz, llevando una molesta sensación a los ojos cerrados y semidormidos de Lisa Hayes.

Lisa no solía estar de buen humor al levantarse por las mañanas (término bastante relativo en una estación espacial) cuando estaba en el Satélite Fábrica. Por lo general, ella se levantaba e iba directamente a su puesto, sin perder mucho el tiempo en cosas menores, salvo en lo estrictamente indispensable.

Pero esa mañana no era como cualquier otra. Claro que no.

Esta vez, Lisa se tomó algo de tiempo después de levantarse para arreglarse un poco. Luego de lavarse los dientes, Lisa entró en la bañadera y abrió la ducha; normalmente, ella pasaría dos o tres minutos bajo el agua, lo suficiente para sacarse la modorra y asearse... Rick solía llamar a eso "ducha estilo barraca". Pero esa mañana, Lisa decidió que se daría un gusto y dejó correr el agua por unos gloriosos ocho minutos, sintiendo las caricias de las gotas recorriendo cada lugar de su cuerpo, removiendo la suciedad de la noche y disfrutando con la sensualidad de la experiencia. Incluso dejó escapar un gemido de placer al sentir el agua caliente de la ducha contra su rostro semidormido y, asombro de asombros, canturreó algunas notas de un tema que había escuchado no hacía mucho.

Cuando salió de la ducha en medio de una nube de vapor, se sentía una mujer completamente renovada, con energías para afrontar el nuevo día.

"Dios, estoy como una colegiala", pensó al ver su rostro sonriente en el espejo mientras se sacudía el cabello. "Bueno, por hoy me permitiré ser vanidosa", decidió antes de ajustarse la toalla alrededor del cuerpo y salir del baño.

Buscó en su armario uno de sus mejores uniformes, dejándolo extendido y preparado sobre la cama antes de volver a entrar al baño para ocuparse de su cabello, al que trató con un buen shampoo y acondicionador hasta dejarlo suave y reluciente. Finalmente, después de vestirse, revisarse un poco en el espejo y quedar completamente satisfecha con su aspecto, salió de su camarote, lista para aprovechar aquel día que tan bueno y especial prometía ser.

En el pasillo, a pocos metros de la puerta de su camarote, la almirante Hayes se encontró con Kim, quien la esperaba como todas las mañanas con el listado de asuntos que esa mañana requerían de la impostergable atención de la comandante del Satélite Fábrica. Por su parte Kim, al ver el aspecto especialmente cuidado y la sonrisa cristalina que portaba el rostro de su almirante, no dejó de sorprenderse y de alegrarse de que Lisa se hallara de tan buen ánimo, luego de varios días de andar cabizbaja y absorta en sus propios pensamientos…

– Buenos días, almirante... se la ve bien.

– Gracias, Kim – agradeció Lisa. – Espero que hayas tenido una buena noche.

– Muchas gracias, dormí tan bien como cualquier otro día – respondió Kim dejando escapar un bostezo inoportuno.

– ¿Qué tenemos para hoy, comandante Young? – preguntó Lisa, dispuesta a ocuparse de todos los asuntos que pudiera para tener más libre la tarde.

– A las 0400 horas llegó el embarque de técnicos y repuestos adicionales que solicitó para el SDF-3, y la capitana Montalbán ya se está ocupando de integrarlos a las actividades de construcción de la fortaleza – Kim puso una mueca de disgusto y hartazgo antes de continuar: – En lo que va de la mañana, he recibido cuatro mensajes del oficial comandante del Convoy Io-1, en los que insiste en recordarme de la "prioridad urgente de su misión" antes de solicitar que los dejemos irse en paz.

– Puede protestar todo lo que quiera – gruñó Lisa – pero no pienso permitirle dejar esta base hasta tanto hayamos terminado con todas las revisiones habituales.

– Eso fue exactamente lo que le dije, almirante.

– Confío en que se lo dijiste de una manera diplomática y educada¿no, comandante Young? – inquirió Lisa.

– Bueno, almirante… si su definición de diplomacia y educación incluye hacer referencia a su madre y recomendarle lugares a donde podía ir con ese convoy por despertarme tres veces a la madrugada… entonces sí, fui diplomática y educada – le explicó Kim con su mejor mirada de inocente.

– Tenle un poco de paciencia, Kim… – le aconsejó la almirante en cuanto pudo dejar de reír. – Tienen tres semanas de viaje hasta llegar a Júpiter, yo estaría ansiosa por apurar todo lo que pueda y resolver cualquier tema pendiente.

– No tengo problemas con que se apure… – gruñó Kim. – Sí tengo problemas con que me despierte tres veces para hacerme la misma pregunta… especialmente cuando esas tres veces le dije que no podía resolver lo que me estaba solicitando.

– Dejémoslo ahí… – dijo Lisa antes de cambiar de tema. – ¿Algo sobre las llegadas y partidas?

– Me anticipé a su pregunta, almirante – sonrió Kim con profundo orgullo. – Estuve revisando el cronograma de arribos de hoy, y me complazco en informarle que todas las llegadas y partidas están en regla y se cumplirán a horario...

En ese momento, una expresión de preocupación se dibujó en la cara de Kim al llegar a un renglón determinado del reporte, despertando una súbita preocupación en Lisa.

– Todos menos uno… Según parece, el Alexander informó que tuvo un inconveniente técnico y que llegará pasado mañana.

Al escuchar semejante noticia, los ojos de Lisa se abrieron bien grandes y un atisbo de sorpresa y tristeza se vio en ellos… una tristeza que se extendió luego al rostro de Lisa hasta hacerlo más oscuro.

Por su parte, en lo que parecía ser algo completamente contradictorio, Kim sonrió al ver la expresión de su almirante y le dijo guiñando el ojo:

– Era broma, almirante…

– Que sea la última, comandante Young – la reprendió Lisa sin poder contener una sonrisa… aunque para que el mensaje quedara completamente claro, la almirante Hayes pasó su dedo índice por su cuello en una evidente señal de lo que le esperaría a Kim si volvía a jugarle una broma como aquella…

– Mil disculpas. Supongo que no puedo evitar caer en los viejos vicios.

– Quedas disculpada por esta vez – dijo Lisa, ya un poco más calmada. – Para serte sincera, me asustaste un poco con esa broma. He pasado los últimos dos o tres días con el alma en los pies cada vez que llega un mensaje de alguna nave... no sé por qué, pero siempre pienso que es Rick diciendo que se retrasará.

– Dios, sí que lo extrañas – dijo Kim, aunque para sus adentros ella sabía que "extrañar" era una palabra muy pobre para describir lo que le pasaba a Lisa.

– Más de lo que te imaginas... más de lo que te imaginas – musitó Lisa mirando hacia el frente.

Sonriendo, Kim puso una mano en el hombro de Lisa.

– Tranquilízate, Lisa, el cronograma dice que llegará a partir de las 1300... No falta mucho.

– Cinco horas, Kim… – repuso Lisa casi de inmediato.

– Espero que no estés contando los minutos, almirante – rió Kim al notar la expectativa que radiaba Lisa esa mañana.

– Trato de no hacerlo. Cambiando de tema, me muero de hambre. ¿Qué te parece si pasamos a desayunar a Frenchie's antes de ir a la Central? Estoy necesitada de mi dosis matutina de café.

– Si hay café de por medio, nadie me lo dice dos veces, almirante – dijo Kim, segundos antes de que las dos oficiales entraran a un elevador que las conduciría rápidamente hasta el nivel donde se hallaba la cantina más grande del Satélite Fábrica.

Frenchie's, una de las cantinas del Satélite Fábrica y quizás la más popular entre el personal de la gigantesca estación, estaba ubicada en un nivel originalmente construido como bodega de carga. Durante el rediseño de la estación y su adaptación al uso por parte de personal microniano, esa área había sido transformada en un enorme comedor para humanos, dominado por una gigantesca ventana desde la cual podía apreciarse una vista inimitable de la esfera azul de la Tierra.

A esa hora de la mañana, la mayoría de las mesas estaban ocupadas por oficiales y tripulantes que atacaban sus desayunos con vigor antes de enfrentar las labores del día.

Lisa y Kim se acercaron a la barra, y como por arte de magia un hombre mayor, de cabello cano, y vestido con un delantal, apareció frente a ellas con una libreta en la mano luego de unos breves instantes de espera.

– Buenos días, almirante Hayes, Kim¿qué puedo hacer por usted en esta mañana tan hermosa? – las saludó el hombre.

– Buenos días, Frenchie, una taza de café con leche y azúcar bien caliente, por favor – respondió Lisa con una sonrisa enorme en su rostro. – En cuanto a la comida... ¿sabes qué? Creo que esta vez lo dejaré a tu juicio.

– Perfecto, almirante, la sorprenderé entonces – contestó Frenchie, haciendo algunos garabatos en su libreta antes de dirigirse a la comandante Young. – ¿Qué vas a llevar tú para el desayuno, Kim?

– Un capuccino, jugo de naranja y tostadas con queso, por favor – le dijo ella, paladeándose ya el desayuno de esa mañana.

– Salen en unos minutos. No se preocupen, se las llevaré hasta su mesa – dijo Frenchie antes de entrar a la cocina para comenzar a preparar el pedido.

Caminando un poco más para alejarse de la barra, Lisa y Kim llegaron a una mesa colocada justo al lado de la enorme ventana, que curiosamente estaba vacía, como si las hubiera estado esperando. Un trío de cabos que estaban sentados en la mesa de al lado se cuadraron al ver llegar a la almirante, dándole un saludo militar que Lisa rápidamente respondió antes de sentarse a contemplar la imagen gloriosa de la Tierra flotando en el espacio.

Para Lisa, esa vista, y el desayuno que preparaba Frenchie, eran de las pocas cosas que la alegraban cuando estaba en aquella monstruosidad espacial… sobre todo ahora que se había convertido en su nuevo hogar. Todas las mañanas, Lisa y Kim iban a esa cantina para desayunar y comentar temas de interés para las dos antes de comenzar las actividades del día. Normalmente, esas charlas se iban en temas de trabajo y algunos pocos asuntos personales.

Pero aquella mañana, notó Kim, Lisa estaba de mucho mejor humor que de costumbre.

"Supongo que el estar enamorada te hace esas cosas", concluyó la comandante Young, decidiendo que el tema no merecía más explicaciones.

No pasaron cinco minutos de que las dos se hubieran sentado cuando Frenchie apareció con una bandeja cargada de comida y bebidas junto a la mesa de Lisa y Kim.

– Aquí tiene, almirante... café con leche y azúcar con una porción doble de tarta de manzana – dijo el cantinero mientras le servía el desayuno a Lisa, sonriendo al ver cómo la almirante se paladeaba el café y la tarta en cuestión. – Y para mi amiga Kim... un capuccino, jugo de naranja y tostadas con queso.

– Mmm... Se ve delicioso, Frenchie, tu sí que sabes cómo halagar a una dama –dijo Lisa relamiéndose ante la tarta. – Muchas gracias.

– No hay de qué, almirante – le contestó el cocinero con una expresión que bien podía definirse como "traviesa". – Es lo menos que puedo hacer por usted cuando la veo de tan buen ánimo. Debe ser que hoy llega el comodoro Hunter. Llegará esta misma tarde en el Alexander ¿no es cierto?

Lisa se quedó boquiabierta de la total sorpresa ante ese comentario, mientras del otro lado de la mesa, Kim la miraba con una expresión que parecía gritar a los cuatro vientos "Yo no fui". Frenchie, por su parte, no pudo evitar sonreír al ver la expresión de confusión de Lisa y dijo con la mayor naturalidad del mundo:

– Almirante, la relación entre ustedes dos debe ser el chisme más legendario en la historia de las Fuerzas. No se preocupe... me alegra verla tan contenta. Por mi parte, espero conocer a ese comodoro Hunter, tengo entendido que es un buen hombre.

– El mejor – dijo Lisa sin pensar lo que decía.

– Aaaahhh... veo que le ha pegado duro el dardo de Cupido, almirante Hayes – proclamó Frenchie, para luego echar un vistazo a su barra y ver que empezaba a juntarse gente que esperaba ser atendida. – Si me disculpa, tengo que ir a atender al resto de mis invitados de hoy. El trabajo de un cocinero nunca se acaba.

– Adiós, Frenchie – lo despidió Lisa, todavía divertida y confundida por la percepción aterrorizante del cantinero.

El desayuno parecía más apetitoso de lo que era de costumbre, y Lisa se sirvió un poco de tarta de manzana, haciendo sonidos de satisfacción al comprobar que era tan deliciosa como lo había creído al ver su aspecto. Kim, por su parte, acababa de dar un buen mordisco a una de sus tostadas, y como quien no quiere la cosa, preguntó a Lisa como si estuvieran hablando del clima:

– Dime, Lisa... ¿cuándo piensan casarse ustedes dos?

Al escuchar la pregunta de Kim, especialmente con el tono de normalidad absoluta con que había sido hecha, poco le faltó a Lisa para escupir el pedazo de tarta que tenía en la boca con una velocidad tal que quedaría convertido en un misil.

– ¿Qué cosa dices? – pudo preguntar una vez que se recuperó del shock.

– No creo haber hecho una pregunta tan compleja, almirante. Dije que ¿cuándo-piensan-casarse-ustedes-dos? – repitió Kim modulando cada palabra y sílaba, antes de beber un sorbo de su café.

Sintiendo la presión del momento, la almirante Hayes comenzó a sudar… mientras buscaba la manera de explicarle a Kim lo que estaba ocurriendo en ese campo.

– Eeehhhh… no, no tenemos nada previsto... no hemos hablado del tema – respondió, dejando salir un poco de frustración involuntaria.

"Aunque me gustaría hablar del tema", pensaba Lisa.

– Elizabeth Hayes – Kim la reprendió usando un tono que Lisa solía llamar "maternal". – ¿A quién quieres engañar? Por lo menos ten la valentía de reconocer que la idea se te ha ocurrido.

Lisa intentó evadirse de las preguntas recurriendo a la salida más rápida a su disposición, pero fue inútil ya que Kim parecía leerle la mente.

– Y no me salgas con el grado para tratar de evadir la respuesta – le dijo levantando un dedo admonitorio.

– Bueno, si quieres saberlo... lo estuve pensando... un poco – admitió Lisa en voz baja, casi susurrante.

Al escuchar esa confesión, Kim miró a su oficial superior y amiga con una expresión triunfal, y poco le faltó para dar saltitos de alegría en su asiento.

– ¡AJÁ! Lo sabía, Hayes, finalmente te atrapó del todo. Ya te aviso, yo quiero ser la primera dama de honor. Sammie y Vanessa podrán pelear por el segundo puesto, si quieren.

Lisa se ruborizó en mil tonos de rojo, deseando que nadie más en el mundo estuviera escuchando esa conversación… y, de ser posible, que ella misma no estuviera teniéndola.

– ¡Kim, por Dios, cállate! – le imploró la almirante.

– Oh, no, almirante, no me harás callar esta vez... – contestó Kim, negando con la cabeza. – Vanessa, Sammie y yo estamos planeando este momento desde hace mucho tiempo. Demasiado, en realidad.

La curiosidad pudo más que la prudencia, y Lisa se encontró preguntándole a Kim:

– ¿Cuánto tiempo hace que planean esto?

Haciendo un gesto teatral de esforzarse por recordar algo muy remoto en el tiempo, Kim miró a su almirante antes de decirle:

– Hmmm... Si mi memoria no me falla, venimos hablando del tema desde aquella vez que te fuiste del SDF-1 para convencer a tu padre de que había que negociar la paz con los Zentraedi.

Lisa la miró atónita, sin dar crédito a lo que escuchaba, mientras trataba de calcular el tiempo que había pasado desde aquel momento… y su sorpresa fue mayor al encontrar la respuesta:

– Kim, pero eso fue... ¡fue hace seis años! Ni siquiera nos llevábamos tan bien en esa época...

Kim comenzó a reír, como si tuviera que explicar algo tan simple y evidente que no podía creer que a Lisa se le hubiera pasado por alto.

– Lisa, Lisa, Lisa... si tan sólo hubieras visto con qué velocidad Rick despegó para rescatarte cuando atacaban tu transbordador... creo que jamás vi a un hombre tan apurado en su vida. No se necesita ser una oficial superior para descubrir que había algo ahí... aún cuando ustedes dos fueron los últimos en enterarse.

– Recuérdame jamás jugar a las cartas contigo – murmuró Lisa, desviando la mirada.

– No necesito hacerlo... siempre te gano – respondió Kim como si nada. – Ahora vamos, cuéntale todo a tu querida ayudante.

Lisa se sacudió un poco el cabello y bebió un poco de su café antes de abrirle el alma a su amiga. Sus ojos se detuvieron en la taza de café, embargados por un pensamiento urgente. Estaba tratando de ser reservada con su amiga, de no decirle cuánto deseaba con todas sus fuerzas que pudieran casarse... cuánto soñaba con que Rick y ella finalmente hicieran una vida juntos y construyeran aquella felicidad que habían estado experimentando durante los últimos tres años.

A decir verdad, no había dejado de pensar en eso desde que estuvieron en la cabaña.

Al principio, Lisa lo descartó sólo como una fantasía, pero durante las últimas semanas esa idea volvía a su mente en forma recurrente, negándose a desaparecer con una terquedad bien propia de Lisa. Se encontró de pronto comparando su vida habitual con aquella semana con Rick, recordando cómo hasta las cosas más triviales y rutinarias de la vida tenían otro color cuando las compartía con aquel hombre que la tenía enloquecida. En su mente, sólo tenían lugar fantasías cada vez más vívidas de lo que sería vivir junto a Rick, de llegar los dos del trabajo y hablar de los hechos del día… de hacer el amor antes de ir a dormir… y de que lo primero que viera al despertar fuera el rostro del hombre al que amaba.

De construir un futuro… una vida entre los dos.

– ¿Y bien, Lisa, vas a contarme o no? – insistió Kim, sacando a Lisa de su trance.

– Bueno, seré sincera contigo, lo he estado pensando seriamente... – reveló Lisa antes de que aquella timidez regresara a ella con la fuerza del rayo. – Pero sólo lo pensé, no hablé nada con Rick. Además, no creo que sea el momento...

– ¿Y por qué no habría de ser el momento? – inquirió Kim, interesada en saber qué diablos era lo que los mantenía renuentes a dar ese paso…

– Piénsalo, Kim, estamos los dos en tareas diferentes, apenas nos podemos ver una semana al mes, con suerte, y Dios sabe en qué estaremos mañana, además él está adaptándose a su nuevo puesto y yo tengo toda esta monstruosidad sobre mis espaldas, no podríamos agregar todo lo que representa una boda...

Kim cortó a Lisa en seco, sobresaltando un poco a la almirante:

– No vengas con esas excusas. Lo puedo ver cada vez que los veo a ustedes dos juntos. Lisa, están que no pueden contenerse más. Diablos, parece como cuando ninguno de los dos se animaba a decir lo que sentían. Sólo espero que no se torturen tanto como entonces.

– Esto no tiene nada que ver con lo de aquella época – se defendió Lisa con vehemencia. – Es algo completamente diferente...

Esa defensa no convenció a Kim, que siguió presionando a la almirante en un esfuerzo por desbancar todas las dudas que pudiera llegar a tener.

– ¿En serio? Porque a mí me parece que Rick tiene tantas ganas como tú de caminar hasta el altar. Lisa... ustedes dos están hechos el uno para el otro... creo que no encontrarías a otra persona en el planeta que te pudiera hacer tan feliz como Rick.

– Créeme, no tengo dudas de eso... soy tan feliz con él – le respondió Lisa con mirada soñadora muy distinta a la expresión nerviosa e inquieta que había mantenido desde que el tema del matrimonio apareció en la mesa, y al notarlo Kim entró a reír con ganas.

– Diablos, Lisa, no dejas de sorprenderme. Un minuto estás hecha la reina del hielo y ahora te estás derritiendo de amor...

Lisa sonrió suavemente al escuchar el comentario de su amiga, volviendo al tema que discutían antes.

– Me encantaría, Kim, sueño con eso, pero sé que no es el momento para hablar de algo como el casamiento... necesitamos un poco de paz antes de lanzarnos a una boda.

Kim suspiró con resignación, sabiendo que tenía una dura batalla que luchar contra las inquietudes de Lisa, y se preparó mentalmente para el siguiente round.

– Lisa, nos conocemos desde hace mucho tiempo – le dijo a su almirante con tono conciliador. – Sé lo que sientes con todo esto, y creo saber lo que siente Rick. Sé que ustedes dos tienen esa maldita tendencia a no abrirse completamente y a ceder ante las dudas que tienen.

Antes de que Lisa pudiera defenderse, Kim levantó las manos para pedirle que la dejara terminar de hablar, y la almirante accedió.

– Por supuesto, son válidas, pero llega un punto en el que esas razones se convierten en excusas. Lo amas, Lisa Hayes, y quieres pasar el resto de tu vida con él. Y él también se muere por eso. Y en realidad, que ustedes se amen es lo único que importa...

– ¿Cómo puedes estar tan segura de que es lo que Rick quiere? – preguntó Lisa dejando que Kim le echara un vistazo al más grande y oscuro temor que llevaba dentro.

– Rick Hunter no lo sabrá, pero él es un libro abierto en lo que a sentimientos se refiere – le dijo Kim haciéndose la misteriosa. – Hace mucho tiempo que ustedes dos no se comportan como novios, sino como marido y mujer. Piénsalo. Ahora bien, ustedes dos siempre tienen esas dudas e inquietudes, y por supuesto, no quisiera que apresuren algo para lo que no se sientan listos. Si te estoy insistiendo, es porque sé que van a terminar escondiéndose detrás de esas dudas en vez de resolverlas.

– ¿Qué puedo hacer? – inquirió Lisa con la mirada fija en el café… una mirada que Kim reconocía como un llamado de auxilio.

– Intenta plantar la idea y observa cómo responde – le sugirió su ayudante, haciéndole una advertencia: – Pero ten cuidado, Lisa, no hay nada que ponga más presión en una pareja que poner demasiado rápido sobre la mesa la idea del matrimonio. Sobre lo que tienes que hacer... bueno, eso tendrás que decidirlo tú. Yo sólo puedo aconsejarte.

Sin que Lisa respondiera una sola palabra a lo que había dicho, Kim se ocupó de terminar sus tostadas, su jugo y su café antes de mirar el reloj pulsera que llevaba.

– Diablos, mira la hora que es... – exclamó la comandante Young. – Tenemos que entrar rápido al turno.

– Kim... – dijo Lisa en voz baja.

– ¿Sí, almirante? – respondió ella acomodándose el uniforme y organizando sus papeles.

– Gracias... por todo – musitó Lisa.

Kim sonrió con sinceridad y respondió:

– Por nada, Lisa. ¿Para qué están las amigas? Un último consejo...

– ¿Sí?

– No dejes pasar demasiado tiempo – le dijo Kim, y los ojos de Lisa se humedecieron contra su voluntad al recordar un consejo muy similar que le diera, en una noche lluviosa hacía ya mucho tiempo, aquella amiga que había sido una hermana para ella.

– Lo tendré en mente, Kim – dijo Lisa, regresando a su personalidad de almirante, lista para enfrentar su deber. – Ahora, andando, comandante Young, tenemos trabajo que hacer.


Luego de tres semanas de navegación, constantes ejercicios y prácticas, el Alexander y su escolta estaban en el tramo final de su viaje de regreso al espacio cercano a la Tierra. Para todos los tripulantes de las doce naves de combate, resultaba un alivio tener al alcance de la vista la impactante imagen de la Tierra y la Luna, una imagen que para todo el mundo, desde los capitanes hasta los más humildes tripulantes, representaba el hogar y los seres amados… y la perspectiva de una semana de paz y tranquilidad.

La vista del comodoro Rick Hunter, por el contrario, no se centraba sobre el hermoso planeta azul, hogar de la Humanidad, sino en una estructura, pequeña en comparación con la Tierra y su satélite natural, pero que era inmensa a los ojos humanos.

En sí misma, la estructura asemejaba un conjunto de gigantescas rocas y asteroides unidos caprichosamente por titánicos soportes y estructuras de conexión hasta darle un aspecto vagamente orgánico. No era un objeto agradable a la vista, y sólo un desquiciado o un admirador del arte abstracto podría haberlo llamado "atractivo", pero no podía negarse que era impresionante para los sentidos. Y para Rick Hunter, esa monstruosidad robotecnológica que flotaba en medio del espacio, con toda su monumentalidad y fealdad, era la vista que más había deseado ver en las últimas tres semanas.

– El puente informa que estamos a mil kilómetros del Satélite Fábrica, comodoro – informó el primer teniente Jack Tessel, uno de los oficiales del Estado Mayor de Rick.

– Gracias, teniente Tessel – respondió Rick antes de dirigirse a la oficial de comunicaciones asignada a la Central de Comando de Flota.

– Póngame en contacto con toda la flota – ordenó Rick.

La joven teniente que operaba la red de comunicaciones del grupo de batalla obedeció, y tecleó con rapidez una serie de comandos en su consola, girando en su silla para informar a Rick una vez que su tarea estuvo concluida a la perfección:

– La frecuencia de comunicaciones está lista, comodoro.

En doce naves, las sirenas de anuncios generales sonaron simultáneamente, anunciando a las tripulaciones que recibirían un mensaje desde la nave insignia, mientras que en su Central a bordo del Alexander, Rick se acercó al comunicador que tenía en su silla y comenzó su mensaje:

– Atención a todos, les habla el comodoro Hunter. En pocos minutos atracaremos en el Satélite Fábrica, y este crucero de pruebas terminará oficialmente. Todos ustedes tendrán el descanso que se han merecido por su desempeño. Quiero decirles que estoy profundamente orgulloso de ser el comandante de este grupo, y aprovechar para felicitarlos a todos ustedes por la magnífica labor que han llevado a cabo durante estos días. Con unas pocas semanas más, estoy seguro de que el Grupo 6 será el mejor de toda la flota. Hunter, fuera.

En el puente de mando del Alexander, el capitán Sanabria sonrió al escuchar las palabras de Rick, transmitidas a toda su nave por los altoparlantes. Él también tenía sus motivos para sentirse orgulloso de lo logrado en ese viaje; su tripulación se había desempeñado mejor de lo que había esperado (y mucho mejor que lo que su primer oficial había previsto en un comienzo), sin mencionar la satisfacción que le provocaba el que, para ser una nave nueva, el Alexander no hubiera dado muchos problemas. Como todos a bordo de las naves del grupo de batalla, Sanabria esperaba un buen descanso una vez que llegaran al Satélite.

Que era de lo que se estaban ocupando en ese mismo momento.

– Teniente Bromco, indique al Control del Satélite que estamos listos para iniciar las maniobras de atraque.

– Sí, capitán – respondió su oficial de comunicaciones antes de volver a su consola. – Control Fábrica, aquí Victor 6 solicitando guía en maniobras de atraque, cambio.

– Victor 6, aquí Control Fábrica. Recibimos su mensaje y estamos enviando una ruta de navegación para que ingresen por la esclusa 3. Confirmen recepción de la ruta, cambio – respondió el controlador de vuelo del Satélite a través del equipo de comunicaciones.

– Tenemos la ruta, señor, y estamos ajustando el curso y velocidad – informó el navegante al capitán Sanabria, quien le hizo un gesto al oficial de comunicaciones para que acusara recibo de la ruta al Satélite.

– Control Fábrica, Victor 6, confirmamos recepción de la ruta enviada y estamos aproximándonos a la esclusa 3, cambio.

– Victor 6, aquí Control Fábrica, los tenemos en monitor, cinco minutos para entrar en la esclusa... un momento, Victor 6 – se detuvo el controlador de vuelo de manera repentina, tras lo cual se hizo un breve silencio en el sistema.

– Control Fábrica, aquí Victor 6¿sucede algo malo? – preguntó el teniente Bromco con preocupación, viendo que habían pasado algunos segundos sin respuesta desde el Satélite.

– Nada malo, Victor 6 – retomó la palabra el controlador del Satélite, trayendo alivio a todos en el Puente del Alexander. – Estén preparados, tengo una transmisión codificada para el comandante del grupo de batalla, lista para ser enviada.

Al escuchar esto, el capitán Sanabria sonrió con picardía... ya que no necesitaba saber quién le había enviado ese mensaje al comandante del grupo de batalla, o quién podía tener la autoridad para enviar transmisiones codificadas, limitándose solamente a darle a su oficial de comunicaciones órdenes especiales sobre qué hacer con el mensaje en cuestión:

– En cuanto reciba el mensaje, avísele al comodoro Hunter, teniente Bromco.

– Sí, señor... espere un poco... Mensaje recibido, señor – informó el oficial de comunicaciones mientras presionaba el botón que comunicaba al puente con la Central de Comando:

En la Central de Comando, Rick giró la cabeza al escuchar que había un mensaje para él proveniente del Puente.

– Comodoro Hunter, tiene una transmisión codificada desde el Satélite. Se la enviaré a su consola.

– Adelante – dijo Rick preguntándose qué podría estar pasando… e imaginándose posibilidades bastante interesantes.

El monitor de su consola se activó, indicándole que escribiera su contraseña personal para recibir la transmisión, cosa que Rick hizo rápidamente y casi sin pensar, y en cuanto el sistema aceptó su contraseña como válida y reconocida, el monitor se iluminó con un mensaje de texto escueto y breve… pero que bastó para enternecer a Rick como pocas cosas podían hacerlo:

Sammie notó que el rostro de Rick se iluminaba con una sonrisa de oreja a oreja con aquel mensaje misterioso y se preguntó qué habría sido y quién lo habría enviado, aunque era evidente que la respuesta a ambas preguntas era demasiado obvia como para pensarla mucho tiempo. Por su parte, Rick no despegaba los ojos de la pantalla, que continuaba mostrando aquella frase corta y oficial, pero que tenía para él un significado muy especial, muy personal… y muy suyo.

"Delta 1 a Skull 1, tiene permiso para aterrizar", decía el mensaje.

Mientras Rick se permitía un instante para enternecerse con esa breve línea y con las emociones que despertaba en él, el Alexander ya estaba aproximándose a la esclusa 3 del Satélite, y las transmisiones entre el puente y el control del Satélite eran cada vez más técnicas, en preparación para las maniobras de acceso y atraque.

Como por arte de magia, las gigantescas compuertas de la esclusa 3, más grandes que cualquier nave construida por la humanidad, se abrieron para revelar la cavernosa bahía de atraque donde debían entrar las naves del grupo de Rick.

Contemplando toda la maniobra a través de la pantalla principal de la Central de Comando, una monstruosa pantalla normalmente utilizada para desplegar datos tácticos recibidos de todas las naves del grupo de batalla, Rick tragó saliva al ver cómo su nave, que le había parecido gigantesca en cuanto la vio, entraba en aquella esclusa como si la estuvieran devorando de un solo bocado.

En segundos, el Alexander y sus naves de escolta desaparecieron dentro del Satélite Fábrica como si jamás hubieran existido.

Las naves continuaron navegando con sus propulsores a baja potencia por el canal de acceso hasta llegar a la enorme bahía de atraque, erizada de muelles y estructuras de construcción listas para recibir a las naves del grupo de batalla y comenzar el ciclo de mantenimiento necesario antes de que pudieran volver a salir.

Con maniobras suaves y técnicamente impecables, utilizando solamente los propulsores de maniobra, el enorme Alexander se acopló con el muelle que le había sido asignado por el control de vuelo. Finalmente, en cuanto todas las conexiones entre la nave y el muelle estuvieron firmemente aseguradas, el capitán Sanabria dio la orden de desactivar todos los propulsores del Alexander, dejando al gigantesco portaaviones espacial inerte y acoplado al Satélite que sería su base.

– Atención a todos – proclamó la voz grave del capitán Sanabria por los altavoces de toda la nave. – Las maniobras de atraque han concluido. Establezcan Condición Cinco en toda la nave. Jefes de departamento, aseguren estaciones de puerto e informen al oficial ejecutivo. El personal que no está asignado a las guardias de puerto es libre de desembarcar. Aprovechen su descanso. Sanabria, fuera.

En toda la nave, con renovado impulso luego de ese mensaje, los oficiales y tripulantes trabajaron frenéticamente para dejar a la nave en "Condición Cinco", es decir, en el estado de alistamiento en el que debía permanecer mientras estuviera atracada al muelle. Desde los miradores y muelles de la bahía de atraque, se podía ver cómo las luces del Alexander se apagaban, cubierta por cubierta, dejando sólo aquellas que serían utilizadas por las guardias que permanecerían a bordo del portaaviones.

En otros muelles de la bahía, el resto de las naves del Grupo 6 atravesaban situaciones similares, mientras sus tripulaciones se preparaban para dejar sus naves y lanzarse a sus descansos.

– Bueno, señores, ha sido un placer volar con ustedes – dijo Rick con sinceridad y orgullo evidentes a todo el personal que lo había acompañado en la Central durante las pasadas tres semanas… su equipo.

En respuesta, todos los oficiales y tripulantes aplaudieron a su comodoro con tanto entusiasmo que Rick Hunter creyó que ningún informe oficial podría traerle más satisfacciones que aquel aplauso sentido de las personas que lo ayudaron durante ese viaje.

Aquel momento de epifanía se interrumpió cuando Sammie tocó el hombro de Rick y le dijo:

– Disculpe, comodoro, pero tenemos que desembarcar.

– Ya escucharon a la dama – anunció Rick a todos los que estaban en la Central, dándoles la última orden de ese crucero de pruebas antes de que desocuparan la Central de Comando. – Aseguren estaciones de puerto y dejen la Central. Bien hecho.

Detrás de él, venía Sammie, y siguiéndola a ella, todo el personal de la Central, que con sus tareas finalmente concluidas, se preparaba para dejar aquel lugar, paladeando con ansiedad aquella bien ganada semana de descanso que tenían por delante.

Rick siguió a Sammie mientras recorrían toda la nave, atravesando cubierta tras cubierta y sección tras sección, hasta llegar a uno de los cordones umbilicales que se habían tendido para permitir el libre paso entre la nave y la gigantesca estación.

Después de algunos minutos que tuvieron que esperar a que el conducto estuviera completamente presurizado y fuera seguro para transitar, Rick y Sammie entraron en el cordón, listos para llegar a la estación. Para Rick Hunter, ansioso de llegar a su destino, ese conducto se le hacía interminable y sin fin a la vista… lo único que lo separaba de algo que había estado esperando demasiado tiempo.

Al llegar al final del umbilical, y ya con un pie dentro del Satélite Fábrica propiamente dicho, el comodoro Rick Hunter notó con irrefrenable alegría que alguien lo estaba esperando.

Una mujer joven, de unos treinta años, con una belleza natural acentuada por lo que evidentemente era un concienzudo trabajo de maquillaje y peinado, que portaba el uniforme negro de una almirante, se hallaba en la sala de embarque del Satélite mirando con atención la escotilla del umbilical.

Esperándolo a él.

Normalmente, cuando un almirante que mandaba una base recibía al comandante de una nave de combate o de un grupo de la flota, el protocolo militar exigía una breve y formal ceremonia para marcar el hecho, pero por alguna razón, a Rick esa idea se le hacía particularmente innecesaria… y el protocolo militar jamás le pareció algo tan inútil y obstructivo como en ese momento.

Sammie se quedó mirando aquella escena con una sonrisa pícara en el rostro, hasta que sintió que alguien la tomaba del brazo y la sacaba bruscamente del lugar.

– Ven, Sammie – le indicó Kim a su amiga mientras señalaba a Rick y Lisa. – Esos dos tienen mucho de qué hablar – dijo llevando a Sammie por uno de los corredores del Satélite.

– Oye, Kim, no me lo vas a creer… – comenzó a decirle emocionada Sammie, pero Kim la interrumpió, creyendo saber lo que le iba a decir su pequeña amiga.

– Déjame adivinar, encontraste al hombre de tu vida otra vez…

– No, tan sólo un nuevo novio…

– ¿Sólo un novio? Que el Cielo nos ayude… – dijo Kim mirando hacia arriba como suplicando piedad al Cielo, mientras Sammie seguía sonriendo.

Las dos mujeres se alejaron, dejando a Rick y Lisa solos en aquella sala.

"¡Al diablo con el protocolo!", pensó Rick mientras corría a tomar en brazos a la joven mujer y plantarle un apasionado beso en los labios. Por su parte, la joven dejó atrás su propio apego al decoro militar por una vez en la vida, y le respondió con un beso cargado de amor y de emoción… un beso que se convirtió para los dos en una tormenta que borraba la soledad de esa separación, un beso que prometía ser el principio de tantas cosas….

Era lo que ellos dos habían estado esperando durante esas semanas interminables de separación, y ahora que por fin se tenían al alcance de la mano, no hubieran encontrado nada en el mundo que los hiciera separarse…

– Discúlpame por no haber estado para tu cumpleaños… – se excusó él en cuanto recuperó el aliento, encontrando que lo volvía a perder al encontrarse con esos ojos verdes que lo miraban con todo el cariño del mundo.

– No importa, lo importante es que estás ahora… Bienvenido a casa, Rick – le dijo ella al oído con una voz suave y susurrante que hizo que Rick perdiera la poca razón que había sobrevivido a ese beso tormentoso con el que ella lo había recibido. – Te estuve esperando...


Oprimiendo un interruptor, Lisa encendió las luces de su camarote, y Rick pudo echar por primera vez un vistazo al lugar que Lisa llamaba "hogar" cuando estaba en el Satélite.

Como todo camarote de almirante, los aposentos de Lisa eran espaciosos y cómodos, y ella se había ocupado de darle su toque al lugar; espartano pero acogedor, militar pero femenino, logrando imprimirle esa extraña combinación de atributos que Rick no sabía cómo podía lograr.

El camarote en sí tenía un dormitorio que ocupaba alrededor de la tercera parte de su superficie; el resto estaba dividido entre una pequeña cocineta, un baño con ducha y una sala de estar con algunos sillones rodeando una mesita. La decoración del lugar era escasa, –Lisa tenía casi todos sus objetos decorativos en su casa de Monumento– y consistía sobre todo en flores y algunas fotografías, muchas de las cuales, para sorpresa de Rick, eran de ellos dos, tomadas en fiestas, citas o incluso actos oficiales. Con una enorme sonrisa en los labios, Rick rememoró todos los detalles de cada una de las ocasiones inmortalizadas en aquellas fotografìas, hasta que unos instantes después su mirada se enfocó en un pequeño collage de fotos ubicadas en un estante de la sala de estar.

Rick se acercó para ver mejor el collage y se sorprendió al ver de quienes eran las fotos. Una era una foto del entonces capitán Gloval sentado en su silla del puente del SDF-1; la segunda mostraba a los padres de Lisa: un joven Donald Hayes, con uniforme de capitán de la Armada de los Estados Unidos, del brazo de su esposa en una recepción oficial; otra era una foto de Karl Riber en uniforme, y la última era una foto de Claudia Grant junto a Roy Fokker, tomada junto al mar en la vieja Ciudad Macross.

Esas fotos eran un pequeño memorial que tenía Lisa para honrar a aquellas personas importantes en su vida que ya no estaban más con ella, y con todo respeto y reverencia, Rick hizo un breve minuto de silencio en memoria de esas personas antes de volver a Lisa.

– Vaya, Hayes, lindo cuarto – dijo Rick silbando y recorriendo con la vista el lugar.

– No exageres, Rick... estoy segura de que el tuyo en el Alexander es igual de grande – repuso ella mientras iba por algo de beber.

– Bueno, no, no es así de grande – admitió Rick. – El mío cabría varias veces dentro del tuyo.

Deteniéndose en seco cerca de la puerta de la cocineta, Lisa miró a Rick con un brillo juguetón en sus ojos y dejó que su lengua apareciera fugazmente entre sus labios por una fracción de segundo.

– Quiero creer que estás hablando del camarote, aviador – le dijo Lisa entrecerrando los ojos y sonriendo de manera provocadora antes de retomar su camino a la cocineta.

– ¡Almirante Hayes! – balbuceó Rick sorprendido, y un poco urgido, por la audacia del comentario de Lisa. – ¡Ese no es lenguaje apropiado para una dama!

Por toda respuesta, Lisa le sacó la lengua antes de desaparecer en la cocineta, de donde regresó portando un par de tazas de té que colocó en una mesita entre dos de los sillones de la sala de estar, luego de lo cual ella se sentó en uno de los sillones mientras Rick tomaba asiento en otro justo en frente del suyo.

– Qué buen té, Lisa – aprobó Rick después de saborear un sorbo de la bebida.

– Gracias, es una variedad nueva que encontró Kim – le contó Lisa. – Dice que es relajante.

– ¡Ya lo creo!

Rick continuó bebiendo de su té con los ojos cerrados, mientras Lisa lo miraba disfrutar de la bebida con una sonrisa en sus labios, sin poder creer que esas tres semanas de separación finalmente hubieran quedado en el pasado.

– Ahora dime, Rick... ¿qué se siente estar al mando? – preguntó Lisa.

– Bueno... es enorme ¿qué puedo decir? – trató de explicarle Rick, apoyando la taza de té en la mesa. – Todas esas naves, cientos de Veritech, miles de tripulantes... lo hacen sentir a uno como si fuera un dios de la guerra. A veces es un poco abrumador.

– Lo sé – contestó Lisa, deteniéndose para beber un poco de su té. – Hay días en que no caigo en la cuenta de lo grande que es este lugar.

– Lo que más me impresiona es... la responsabilidad – dijo él, recordando las emociones que había sentido en los primeros días de su nuevo mando. – Estando en ese módulo te sientes poderoso. Poderoso y responsable.

– El mando le hace esas cosas a uno – repuso ella mientras bebía otro sorbo, para luego dedicarle a Rick una de sus miradas tan traviesas. – Espero que no te hayas confundido con la rutina de a bordo de una nave de guerra.

– Dime, Lisa ¿por qué diablos ustedes los monos de a bordo mantienen todas esas tradiciones ridículas? – preguntó Rick en tono de falsa indignación.

– Ustedes los jockeys de Veritech jamás entenderán cosas como esas – dijo ella dándose aires… solamente logrando que ese "jockey de Veritech" en particular sintiera una urgencia incontenible por besarla hasta que olvidara esas palabras…

– ¿Ah sí, almirante? – respondió el aludido, levantándose de su sillón y acercándose a donde estaba ella, provocándole que su corazón se estremeciera mientras él transponía la distancia que los separaba y le plantaba un beso largo y apasionado en sus labios, desarmándola por completo.

– Espero que hayas entendido eso – le dijo Rick contra sus labios, con una enorme sonrisa luego de que terminaran el beso.

– Fuerte y claro – contestó ella en un murmullo, con una sonrisa igual de grande en el rostro y la mirada brillante y tierna.

La charla continuó por espacio de varios minutos, mientras Rick contaba las anécdotas de aquellas semanas de navegación y sus experiencias como comandante del grupo, en tanto que Lisa ponía a Rick al corriente de los últimos rumores y noticias de la Tierra y de las Fuerzas, así como de las novedades en la vida de sus amigos en común.

No tenían mucho tiempo para hablar, ya que en poco tiempo Lisa debería volver al servicio, mientras que Rick tendría que hundirse en una oficina para preparar los informes al Alto Mando sobre el desempeño del grupo. Había días –y ese era uno de ellos– en los que Rick creía que el hambre voraz de informes que tenía el Alto Mando era una especie de conspiración para llevar a todos los oficiales militares a la locura.

El tiempo se acababa, y tanto para Rick Hunter como para Lisa Hayes, el efecto de estar juntos empezaba a nublar sus propias conciencias. Todo lo que existía para los dos era el deseo de sentir la piel del otro junto a la suya, de poder fundirse en un abrazo apasionado. Un par de ojos verdes se encontró con los ojos azules del otro y eso fue más de lo que pudieron soportar.

Actuando casi por instinto, Rick se sentó junto a ella y la tomó en sus brazos, sintiendo la suave caricia del cabello de Lisa en su rostro. "Al fin, después de tanto tiempo", pensó mientras el aroma de Lisa invadía sus sentidos. Días había soñado con ese momento, con tenerla en sus brazos y enloquecer ante su presencia… desde que veía cómo ella abordaba el transbordador que la llevaría al Satélite, dos días antes de que otro transbordador llevara a Rick al Alexander. Había sido demasiado tiempo, y ahora Rick no pensaba en otra cosa más que en abrazarla y besarla, antes de que el deber se la arrebatara una vez más.

Lisa sentía cómo la soledad desaparecía de su ser, cómo la bruma de aquellas semanas que llevaban sin verse se disipaba ante la alegría de la reunión tan esperada. Cada vez que cerraba los ojos antes de ir a dormir, Lisa juraba que podía ver a Rick junto a ella, como arropándola y ahora, tras esa separación, él estaba una vez más con ella… sólo para ella.

Casi sin pensarlo, Lisa se sentó a horcajadas sobre las piernas de Rick, permitiéndose un último segundo de calma en el que miró a su hombre a los ojos, destilando tanto deseo y hambre que dejó a Rick literalmente temblando frente a ella… completamente inerme y desarmado ante lo que ella tuviera en mente para él.

Si lo que Rick veía en los ojos de Lisa era la promesa de enloquecer de placer, pues él no deseaba conservar la cordura ni un instante más, y así se lo hizo saber con una oportuna caricia prodigada en la espalda de la mujer a la que amaba…

Mordiéndose el labio inferior en un gesto juguetón, Lisa se lanzó con todas sus fuerzas contra los labios de Rick, hasta unirse a ellos en un beso cargado de deseo y ansiedad, para luego, con gran energía, dejar que su lengua comenzara a explorar la boca de Rick, jugueteando por todas partes y haciendo que él perdiera la razón con todas las sensaciones que ese beso le despertaba.

Rick no podía esperar más. Su cuerpo le pedía, le exigía a gritos que dejara liberar todas aquellas ganas acumuladas, que cada vez eran más intensas conforme el contacto con la piel suave de Lisa lo llevaba al éxtasis, con cada vez que sus labios se unían a los de ella con mayor energía... sintiéndose morir cada vez los ojos verdes de Lisa que lo miraban con un amor que no conocía límites. Con infinita ternura, Rick pasó sus dedos por las mejillas de Lisa, acariciando sus labios mientras ella besaba aquel dedo y pasaba sus propias manos por el cuello y nuca de él. Las caricias de los dedos de Lisa empezaban a tomar ese tamborileo rítmico que él ya conocía por experiencia… y que él sabía que eran la señal de la tormenta que iba a desatarse.

– Te extrañé mucho, Lisa – le dijo Rick en un susurro junto a su oído. – No tienes idea...

Ninguno de los dos quería dejar ir al otro, ninguno quería que ese momento terminara, y ambos sintieron dentro de su ser las ganas urgentes de hacerse uno con el otro, de fundirse en un acto de amor, de dejar atrás todas las trabas del deber y sus obligaciones, y entregarse sin restricciones a los placeres del cuerpo. Esas ganas se hicieron cada vez más poderosas, y tanto Rick como Lisa descubrieron que sus manos empezaban a actuar por cuenta propia, siguiendo aquella conocida coreografía de movimientos que terminarían inevitablemente con los dos desvestidos por completo.

Sin que él dejara de besarla, las manos de Rick comenzaban a tantear el uniforme de Lisa, desabotonándolo torpemente y a ciegas, mientras que las de ella trataban de abrirse paso a través del uniforme de él, con el objetivo evidente de quitarle hasta la última prenda a Rick, ansiando el contacto con su pecho. El resto de sus cuerpos se preparaba para lo que inevitablemente vendría a continuación, como si no pudieran esperar más a que sus torpes mentes se decidieran.

Finalmente, tras un trabajo inconsciente, las manos de Lisa acabaron por desabotonar la camisa del uniforme de Rick, lanzándose en una exploración descontrolada de su pecho… mientras que al mismo tiempo, una de las manos de Rick lograba su objetivo, y comenzaba a tantear con torpeza y ternura la tela del sostén de Lisa…

En medio de ese beso, sintiendo el toque de Rick en su piel, y su mano recorriéndola y provocándole escalofríos en todo su ser, Lisa arqueó la espalda en un acto reflejo, a la vez que lo besaba con más furia, dejando salir algunos gemidos entrecortados contra sus labios y demostrándole con ese gesto hasta donde tenía intenciones de llegar. Habitualmente torpe para las indirectas, Rick captó perfectamente el mensaje que ella le estaba tratando de dar, y con su otra mano la atrajo hacia sí, tanto para retenerla como para sentirla más cerca de él, aún si eso era posible…

Y entonces, el sonido infinitamente molesto y nunca suficientemente maldito del comunicador interno resonó en todo el camarote.

En un principio, los dos estaban demasiado encerrados en su pequeño universo de placer como para prestar atención a cualquier sonido del mundo exterior, pero cada repetición del llamado se hacía más y más intensa, perturbando el trance en el que los dos estaban inmersos…

– No contestes… – gruñó él sin dejar que sus labios se separaran… recibiendo como recompensa un beso aún más profundo y una risita contra sus labios.

Por un instante, Lisa se sintió tentada a ignorar la llamada, convencida de que si tan sólo dejaba pasar unos segundos, ese molesto sonido desaparecería y les permitiría seguir adelante con lo que tenían que hacer… pero pasaron los minutos y el comunicador seguía sonando, demostrando que la persona que deseaba contactar a Lisa tenía la paciencia de Job y la voluntad de seguir hasta el final.

Dejando escapar un salvaje gruñido de frustración que bien hubiera podido ser un grito de guerra, Lisa abrió los ojos y se levantó de aquella posición tan cómoda, debiendo pugnar por librarse de los brazos de Rick, que la sujetaban en un último esfuerzo por retenerla junto a él hasta que por fin pudo ponerse de pie, dirigiéndose luego hacia donde estaba el tan maldito comunicador para descolgar el auricular con un gesto furioso y llevárselo al oído.

– ¿Qué? – exclamó Lisa en un tono bastante alejado de la calma que debía demostrar un oficial de su rango.

Desde su sillón, Rick resolvió prestar atención a la conversación, aunque más no fuera para no pensar en la frustración que sentía al dejar inconcluso lo que iban a hacer.

– ¿Qué le pasa ahora? – gruñó la almirante Hayes.

Rick la miraba mientras ella seguía hablando por teléfono, conteniendo un inoportuno impulso por reírse al comprobar la impaciencia con la que Lisa escuchaba lo que fuera que le estaban diciendo…

– ¿Ahora? – decía ella como si no pudiera creer lo que su interlocutor le decía, mientras con la mano que tenía libre hacía un gesto de estar estrangulando a una persona invisible – ¿De todos los momentos en que tenía que---?

Lisa miró al techo, como si en silencio le estuviera pidiendo a Dios una explicación por algo que evidentemente tenía que ser una muy mala broma cósmica, mientras se obligaba a inhalar con fuerza para conservar algo de calma… la suficiente como para no maldecir a su interlocutor.

– Muy bien, muy bien… – seguía hablando Lisa – dile que lo veré entonces y escucharé lo que sea que tenga para decirme… está bien… no te preocupes, no tienes la culpa de esto… está bien, se lo voy a decir. Nos vemos en la Central… hasta luego.

Tras colgar el comunicador, Lisa se encontró sorpresivamente tomada por un par de brazos fuertes que la apretaban contra un cuerpo de hombre… mientras que sentía unos labios besando su cuello con ternura, provocándole toda clase de sensaciones que prometían hacerle perder la razón…

– Lo siento, Rick... – se disculpó ella, maldiciéndose por interrumpir algo tan placentero. – Era Kim… hay un comandante de convoy que está molestando desde hace unos días para que le demos permiso de dejar el Satélite y exigió hablar conmigo o de lo contrario iba a ir directamente con el general Maistroff.

– ¿Quién es el desgraciado? – gruñó Rick, sin despegar sus labios del cuello de Lisa y provocándole cosquillas al hablar.

– No te preocupes, amor – rió Lisa. – Si todo se resuelve, esta misma noche ese desgraciado va a estar camino a Júpiter para construir su tan ansiada base espacial, y si no se resuelven las cosas, bueno… hace mucho que no arranco una cabeza a mordidas.

– Cuando le arranques la cabeza… ¿podrías darle un mordisco de parte mía?

Volteándose para encontrarse con el rostro de Rick, Lisa le dedicó una de sus sonrisas más tiernas mientras le daba besitos en los labios en un esfuerzo por sacarse el mal sabor de la interrupción.

– Pienso dedicarte toda la obra, amor…

Mientras Rick sonreía, embelesado con esa mujer que lo volvía loco, Lisa se separaba de él para ocuparse de su uniforme, que con toda aquella… actividad… había quedado en un estado bastante poco digno de una almirante que debía sostener en quince minutos una importante reunión de trabajo.

– Por cierto, dice Kim que lamenta mucho la interrupción y que pide disculpas por arrebatarme de tus brazos – dijo Lisa, arrancándole a Rick una suave carcajada con ese comentario, especialmente cuando cayó en la cuenta de que Lisa jamás le dijo a Kim qué era exactamente lo que habían estado haciendo al momento de la llamada.

– Dile que gracias por la consideración. Ahora que surgió esto… supongo que puedo adelantar algo de trabajo – gruñó Rick, buscando concentrarse en poner su uniforme en orden en lugar de la figura esbelta de ella. – Tengo que hundirme en una pila de papeles.

Como forma de distraerlos a ambos de aquella tensión sexual, Rick decidió apuntar a otro tema.

– Dime, Lisa ¿alguna vez se acaba el papeleo?

Ella sonrió, aunque no podía dejar de sentir decepción por tener que interrumpir algo tan agradable, entrando en uno de esos momentos que la hacían maldecir el deber militar

– Con cada estrella de almirante que te agregan, el papeleo se duplica, así que... no, Rick, me parece que seguirás hundiéndote en papeleo toda tu vida.

Él la tomó de la mano y le dijo:

– Ahora entiendo por qué muchos de los del Alto Mando tienen esas personalidades tan desagradables... – guiñó un ojo y acarició la mano de Lisa. – Exceptuando a la compañía presente, desde luego.

Ella se ruborizó, mientras terminaba de cerrarse la chaqueta negra de su uniforme y ponía en orden las varias insignias que llevaba en el pecho del uniforme. Después de poner su uniforme en perfectas condiciones de revista, Lisa caminó algunos pasos hasta encontrar el espejo de su baño y comenzar a arreglarse el cabello, que había quedado un tanto revuelto después del jugueteo reciente.

"¡Maldición, maldición, maldición!", repetía para sus adentros como en una letanía "¡No quiero quedarme así!"

Y en ese momento resolvió que bajo ningún concepto ella iba a permitir que eso se quedara así.

– Rick ¿te parece si nos encontramos esta noche, después de terminar nuestros turnos? – dijo ella con un tono sugerente que dejaba perfectamente claro que quería terminar lo que no pudieron hacer en el breve instante que acababa de pasar.

– Me parece una idea perfecta – respondió él, sellando el compromiso con un beso en los labios de su almirante favorita.

Luego de separar sus labios, los dos caminaron de la mano hasta la puerta del camarote de Lisa. Afuera del camarote esperaba el deber y el trabajo; el mundo real, que por unos gloriosos minutos había dejado de importar para ellos dos.

– Es un acuerdo... nos encontramos a las 20 en Frenchie's…

La mirada de Rick demostró confusión, y Lisa decidió que era necesaria una explicación:

– La cantina en el nivel 273... Sabrás cómo llegar, y si no cualquier tripulante podrá decírtelo. Siéntate en una de las mesas al lado de la ventana principal.

– Es un acuerdo... te esperaré allí – le dijo Rick. – Buena suerte con tu trabajo.

– Para ti también, Rick – le dijo ella, y se sintió desfallecer cuando Rick la tomó de la cintura y le dio un beso de despedida que prometía derretirla en ese mismo lugar.

"Al diablo con los que nos ven", se dijo Lisa luego de un breve instante de vergüenza, para luego devolverle ese beso a Rick con todas las fuerzas de las que era capaz, hasta lograr que fuera el propio Rick quien sintiera una repentina debilidad en sus rodillas.

Algunos de los que pasaban por ese pasillo no podían creer que su almirante, la Reina de las Nieves, esa belleza glacial e inalcanzable, pudiera demostrar tanta pasión en un único beso. Otros sintieron en ese momento una envidia primitiva e incontenible hacia el joven comodoro que la estaba besando.

– Hasta esta noche, preciosa – dijo él antes de desaparecer por uno de los corredores, dejando a una Lisa Hayes enloquecida de amor detrás, tan confundida que le costó algunos segundos recordar hacia donde tenía que ir.


El día no pasó con la velocidad que Rick y Lisa hubieran querido.

Cada vez que Lisa pensaba que se había resuelto alguno de los problemas del SDF-3 o que había acabado de despachar a algún capitán de nave excesivamente impaciente, aparecía corriendo Kim con un nuevo inconveniente que debía ser resuelto inmediatamente. Por su parte, cuando Rick creía haber acabado con los informes para el Alto Mando y para el mando de las Fuerzas Espaciales, Sammie aparecía en su camarote con una mirada de culpa y una carpeta en sus manos que requería su urgente atención. Las horas se iban con una lentitud exasperante, y en más de una oportunidad Rick y Lisa desearon que el reloj caminara más rápido con sólo mirarlo, recordando demasiado tarde que, por desgracia para ellos, los relojes todavía no respondían a los deseos ansiosos de los humanos.

Pero así como todas las cosas buenas tienen que terminar, las cosas malas también tienen que cesar. Los problemas mecánicos de aquel día terminaron, los capitanes dejaron de quejarse por todo y los pedidos de informes dejaron de aparecer, hasta que, sin darse cuenta, Rick Hunter y Lisa Hayes dejaron escapar simultáneamente en sus respectivas oficinas un respiro de alivio al acabar con todo…

Terminado el trabajo, Rick debió volver a su camarote en el Alexander para prepararse para la noche que tenía por delante. Con el agotamiento que traía encima, decidió aprovechar para recostarse unos minutos y despejar su cabeza para aquella cita… y fueron sólo sus ansias de ver a Lisa las que evitaron que cayera dormido sobre su litera…

Una ducha para refrescarse, quitarse el cansancio y desprenderse sin culpa del uniforme se hacía necesaria, y Rick se metió unos minutos en la ducha para bañarse sin culpa alguna. A pesar de las bromas que le hacía a Lisa, él era un firme y convencido partidario de las "duchas de barraca"; no pasaba más tiempo del necesario, un hábito adquirido tras años de estar en alertas de vuelo.

Sólo se permitía duchas largas cuando tenía un interés importante en estar bien limpio. Como esa noche.

Venía el problema de la ropa. Si bien tenía algunas mudas de ropa, su guardarropas estaba bastante vacío... no había muchas oportunidades para usar buena ropa civil en una nave de guerra. Bajo ningún concepto Rick iba a ponerse un uniforme para aquella salida; estaba dispuesto por una vez en la vida a dejar su trabajo en su camarote, y dedicarle a Lisa todo de sí… y si la flota Zentraedi pensaba atacar el Satélite Fábrica, pues él los enfrentaría desde la Central del Alexander vistiendo de civil. Por fin, después de cuidadosas consideraciones, Rick se decidió por unos pantalones azul oscuro que llevaba, y una camisa blanca y lisa.

Al acercarse la hora, Rick decidió que no tenía sentido esperar en su camarote, y decidió ir al lugar de la cita... de cualquier manera, razonó, para estar embotado en un camarote ya tendría con las semanas que pasaría en navegación.

El Satélite Fábrica era realmente monstruoso. Era fácil perderse en ese laberinto de corredores, hangares, bodegas, ascensores y cuanta otra cosa existiera… y para desgracia de alguien que se enorgullecía de sus años como Boy Scout, Rick se hallaba efectivamente perdido. Después de algunas vueltas, y un avergonzado pedido de direcciones a un sargento que parecía saber de lo que hablaba, Rick pudo por fin llegar a Frenchie's, encontrando que a esa hora de la noche el lugar comenzaba a llenarse con los primeros clientes que concurrían a cenar.

Por experiencia propia –Rick había sido miembro de la misión que había conquistado el Satélite para la humanidad–, él era consciente de lo enormes que eran las cosas allí, pero pudo jurar al entrar a Frenchie's que jamás había visto una cantina tan grande en toda su vida; el lugar ocupaba lo que en cualquier lugar de la Tierra sería un anfiteatro por el tamaño. Igualmente grande era la ventana del mirador, y recordando las instrucciones de Lisa, Rick caminó y tomó asiento en una de las mesas que estaban allí, que sorprendentemente estaba vacía a pesar de ser uno de los mejores lugares del establecimiento.

La vista era espectacular. La Tierra aparecía hermosa y plácida como siempre, aunque un ojo entrenado y avizor podía distinguir las cicatrices dejadas en su superficie por la tormenta de destrucción de Dolza. En una época, los continentes aparecían desde el espacio como manchas verdes rodeadas por las enormidades azules de los océanos; en ese momento, los continentes eran extensiones pardas y deprimentes, ocasionalmente interrumpidas por alguna selva en recuperación, como era el caso del Amazonas, el Congo e Indochina… una vasta extensión de desierto marcada por oasis ocasionales de civilización y naturaleza que pugnaban por sobrevivir.

Pero desde allí arriba, mirando a la Tierra desde el cielo, era muy fácil olvidarse de todo eso, y Rick decidió entregarse a aquella ilusión sin oponer resistencia.

– ¿Sabe usted que esa es la mesa de la almirante Hayes? – oyó Rick que le decía una voz detrás de él, sacándolo repentinamente de su ensimismamiento con la Tierra.

La cabeza de Rick giró para contemplar a su interlocutor, encontrándose con un hombre de unos sesenta y cinco años, con un rostro surcado de arrugas, cabello blanco y un bigote igual de cano y bastante grande.

– No... no lo sabía – el tono de Rick dejaba entrever más sorpresa que ofensa, y el anciano que preguntaba aprobó en silencio la actitud del joven comodoro.

– Sí... esta es la mesa de la almirante Hayes... Todas las mañanas viene a tomar un café y a contemplar el paisaje – continuó informándole el anciano.

– Siempre un café – dijo Rick para nadie en particular, mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios de sólo pensar en ella.

– ¿Le molesta si me siento? – preguntó el anciano. Rick se sorprendió un poco, pero él no era persona que maltratara a sus mayores.

– Por favor, siéntese si quiere. Estoy esperando a alguien – le dijo Rick indicando la silla con un ademán.

– Ya lo creo. No sé a qué hora va a llegar... la almirante Hayes es regular en sus visitas matutinas, pero no viene con frecuencia por las noches.

– ¿Quién es usted y cómo sabe a quién espero? – preguntó Rick con trepidación en la voz, atónito no sólo porque ese anciano mencionara a Lisa… sino porque evidentemente sabía que era a ella a quien él estaba esperando.

– Me llaman Frenchie, – se presentó el anciano – probablemente haya visto mi apodo en los letreros de este establecimiento. Aunque para ser exactos, soy Jacques Mourier, suboficial jefe retirado, comando naval de las Fuerzas Canadienses... cuando todavía había un Canadá…

Frenchie notó que Rick se puso un poco tenso al escuchar nombrar a Canadá, y decidió calmar sus temores antes de que el joven se formara una impresión equivocada sobre él.

– No se preocupe, comodoro Hunter... – le aseguró Frenchie con toda tranquilidad. – No soy de Toronto ni tenía familia o amigos allí.

Rick, como muchos otros ex tripulantes del SDF-1, había vivido alguna vez situaciones incómodas al encontrarse con gente que había perdido a seres amados cuando Toronto fue destruida en el Incidente de la Barrera. A pesar de respetar el dolor de aquellas personas y compadecerse de su sufrimiento, a Rick no dejaba de parecerle ligeramente estúpido el ser objeto de la antipatía y odio de esas personas; lo que le pasó a Toronto en 2010 la Tierra lo viviría a gran escala y con creces al año siguiente, pero ¿quién dijo que el dolor humano se detiene en consideraciones racionales?

Mourier –Frenchie– se acomodó en su silla y continuó observando a Rick con mirada inquisitiva, estudiándolo como si se tratara de una curiosidad de museo. Rick estaba un poco incómodo por el comportamiento de Frenchie, aunque había algo en la apariencia del anciano que daba seguridad, el calmo reaseguro de una larga experiencia de vida.

No era muy común ver muchas personas ancianas en esos días; Dolza y las duras privaciones del post-Holocausto habían sido demasiado para los ancianos. A juzgar por su expresión, el hombre parecía tener mucha experiencia en la vida, y Rick recordó que a pesar de sus logros y experiencias, todavía seguía siendo una persona joven.

– No sabe usted cuánto se pelean mis clientes por lugares como éste, al lado de la ventana – siguió hablando Frenchie, desconcertando momentáneamente a Rick con ese cambio de tema. – Son de los más codiciados por todos. Éste, sin embargo, siempre está vacío... todos saben quién es la persona que lo usa.

– ¿Es por una cuestión de grado? – inquirió Rick.

– Aquí no hay grados, sólo parroquianos – replicó Frenchie, dándole a conocer a Rick una de las reglas de ese lugar. – Lisa Hayes es una persona muy especial, y todos por aquí la respetan mucho. Si la llamo por su grado, es por cuestión de respeto. Después de todo, ella es la jefa de todo este lugar.

Rick sonrió al escuchar eso… Lisa siempre lograba ganarse el respeto de todas las personas que la conocían, y era bueno saber que lo estaba logrando también en su nuevo puesto.

– ¿Entonces por qué me deja sentarme en esta mesa? – preguntó Rick.

– Bueno, me pareció incorrecto negársela a alguien tan especial para Lisa Hayes como es usted – contestó Frenchie con tranquilidad, sonriendo ante la cara de perplejidad que le ponía Rick. – Usted es una persona conocida, Rick… ¿puedo llamarlo Rick?

– Adelante.

– Gracias – continuó el anciano. – Usted además debe ser una buena persona, alguien especial por su propia cuenta.

– ¿Y por qué dice eso? – preguntó Rick sin salir de su confusión.

– Tiene que ser alguien muy bueno para ganarse el corazón de Lisa Hayes. Ella es de esas personas maravillosas que aparecen muy de vez en cuando en este mundo. Siempre que viene, se sienta aquí y se queda viendo hacia el espacio, con la mirada perdida y una sonrisa triste en sus labios. Uno puede verla, tan fuerte por fuera... tan sensible y tierna por dentro.

– ¿Cómo sabría usted eso?

– Hace tres años que cada vez que viene al Satélite, ella viene a desayunar a mi establecimiento… – le contó el anciano – y desde que el viejo Blaine se retiró y a ella le dieron el mando, la tengo como cliente regular de mis desayunos.

Antes de que Rick pudiera reponer algo, Frenchie continuó hablando, señalándose con ambas manos mientras explicaba:

– Además, soy cantinero... la percepción viene con el trabajo. Aprendes mucho viendo a la gente en estos lugares. Por ejemplo, los oficiales jóvenes.

– ¿Qué pasa con ellos? – preguntó Rick.

– Es que uno siempre los puede ver, fanfarroneando a veces, siempre bromistas, pero cuando viene una misión se vuelven serios, como si la madurez los golpeara en la cabeza.

Rick sonrió con nostalgia y tristeza al pensar en cómo esa descripción se ajustaba a cómo era él mismo hacía ya mucho tiempo... al comienzo, cuando la guerra todavía tenía aquella sensación de aventura. Cuando él era más joven, despreocupado e inocente, y la vida aún no le había asestado todos los golpes que le iba a dar.

– Especialmente cuando se aproxima una misión de exploración... de esas que duran meses. Primero se quedan viendo el espacio, reflexionando sobre el tiempo que estarán lejos de la Tierra. Luego vienen aquí y piden una de estas mesas – señaló al resto de las mesas junto a la ventana –, después traen a sus novias y hacen toda una escena romántica para pedirles matrimonio antes de irse...

Rick se sobresaltó al escuchar esa palabra, preguntándose muy seriamente si ese anciano endiablado tenía alguna clase de poderes sobrenaturales de adivinación.

– ¿Está queriendo decirme algo? – preguntó Rick en cuanto recuperó la compostura.

– ¿Qué cree usted que puedo estar diciendo? – dijo el anciano con apariencia de no entender la pregunta.

Por prudencia, Rick decidió no continuar, para no tentar otra observación punzante del anciano… ya estaba demasiado en desventaja como para arriesgarse a otra estocada del cantinero.

– A propósito, Rick – dijo Frenchie, cambiando bruscamente de tema mientras buscaba algo en su bolsillo-, supongo que va a tener que ir a Monumento por cuestiones oficiales¿no es así?

– Es cierto – dijo Rick sin entender qué quería decirle el anciano.

– Bueno, si tiene un minuto, vaya a este negocio... está en la Avenida Armstrong – dijo entregándole un papel con la dirección. – Si le preguntan, diga que viene de parte de Frenchie… ellos sabrán. Ahora, si me disculpa, tengo que irme. El trabajo de un cantinero jamás se acaba.

Poniéndose de pie, Frenchie notó que alguien estaba haciendo su entrada, y así se lo indicó a Rick con un gesto dirigido hacia una de las puertas de entrada a la cantina.

– Alguien viene por usted, Rick Hunter. Nos vemos en otra ocasión.

Rick giró la cabeza para ver en la dirección en la que Frenchie estaba observando, y se quedó de una pieza al ver a Lisa viniendo hacia él con un paso decidido. Ella vestía un saco azul, sobrio pero elegante, sobre una camiseta color piel con un escote bastante interesante… un conjunto que no sólo logró el objetivo de dejar pasmado a Rick, sino que provocó que muchos de los que estaban en la cantina dieran vuelta la cabeza al ver pasar a su almirante. Algunos de ellos incluso se restregaron los ojos, ya que tenían problemas para asociar a la mujer que acababa de pasar al lado suyo con la formal y seria almirante que comandaba el Satélite con mano firme.

Los ojos de Lisa estaban fijos en Rick como los de un predador que encuentra a su presa, y él se sentía incapaz de moverse o de pronunciar palabra… estaba totalmente desarmado ante ella, y por enésima vez en su vida, Rick perdió unos segundos en pensar por qué diablos había estado perdiendo el tiempo detrás de Minmei cuando alguien como Lisa lo amaba como lo hacía ella. Satisfecha de haber logrado derribar a ese piloto, Lisa continuaba acercándose con la sonrisa clara y decidida de alguien que sabe lo que quiere y que lo tiene al alcance de la mano, mientras Rick, aún maravillado por lo que veía, se sorprendía una vez más de cómo ella se las ingeniaba para aparecer espectacular como si fuera la primera vez.

– Hola... – dijo él, sonando muy a su pesar como adolescente en su primera salida.

– Hola, Rick – dijo ella plantándole un beso en la mejilla que lo dejó temblando. – ¿Esperas desde hace mucho?

– No, no mucho – explicó Rick. – Estuve charlando con un tipo, Frenchie...

– Ah, entonces lo conociste – dijo Lisa mientras se sentaba junto a Rick para tenerlo más cerca. – ¿Qué te pareció?

– Dime, Lisa ¿es alguna clase de brujo? – preguntó Rick dejando salir la inquietud más grande que le había provocado el anciano, ante lo cual Lisa no pudo evitar reírse.

– Algo por el estilo... hay días en que me asusta – confesó ella mirando hacia los dos lados para asegurarse de que Frenchie no anduviera cerca.

– Te entiendo perfectamente – asintió Rick mientras también se cercioraba de que el cantinero no estuviera en las cercanías. – Me dijo que ésta es tu mesa.

– ¿Lo hizo? No sabía que esta fuera mi mesa – dijo Lisa sorprendida. – Siempre pensé que era cuestión de suerte que estuviera siempre vacía.

– Bueno, amor, no existe la casualidad – dijo Rick tomándola de la mano y sonriéndole con ternura.

– Ya lo creo – respondió Lisa, y su mirada se desvió a la ventana, dejándose cautivar por la belleza infinita del espacio. – ¿No es hermoso, Rick?

Rick asintió a lo que ella le decía, pero en realidad no estaba mirando el paisaje del espacio, sino que contemplaba embelesado a Lisa… mientras sus recuerdos viajaban a la primera vez en que la vio como algo más que la infame "comadreja parlanchina" que vivía para torturarlo a través de la red táctica. Había sido luego de rescatarla de la vieja Base Sara en Marte; a su regreso al SDF-1, ella se quedó en la cubierta de vuelo del Prometheus contemplando el planeta rojo con una mirada triste y perdida. En esa oportunidad, ella estaba vestida con un traje de vuelo, pero había algo en sus ojos, algo en la manera en que su mirada se perdía en la distancia que llamó poderosamente la atención de Rick… como si esa mirada le permitiera a él darse una idea de lo que había en el alma de esa mujer que para él era un verdadero enigma.

Ahora tenía aquella mirada otra vez; su mirada estaba otra vez perdida en el espacio, y las estrellas parecían reflejarse en sus ojos claros, añadiendo a su brillo natural. La luz de las estrellas, y la que reflejaba la Tierra desde la lejanía, iluminaban el rostro de Lisa hasta darle un toque casi angelical, y en ese momento Rick Hunter sólo pudo sentir un profundo e irrefrenable amor que lo haría estallar si no le daba una forma de expresarse...

Sin dar el menor aviso, Rick se levantó de la silla y pasó su brazo por detrás de los hombros de Lisa, acariciando su suave piel y sacándola en ese momento del trance en el que había caído… solamente para entrar en otro en cuanto su mirada se clavó en los ojos azules de Rick. Los labios de Rick se acercaron a los de Lisa, y ella dejó escapar un pequeño suspiro antes de sentir el suave contacto del beso. Sus ojos, que hasta entonces estaban sin poder moverse, se cerraron lentamente mientras su cuerpo era recorrido por aquella electricidad que le provocaba el contacto con Rick. Las lenguas de los dos se trenzaron en el conocido duelo que solía tener lugar, y Rick pudo sentir el dulce sabor de su boca invadiendo sus sentidos y llevándolo a la locura. Las yemas de los dedos de Rick pasearon por el rostro de Lisa, mientras las manos de ella encontraban un lugar en la nuca de él, acercándolo más y más a ella.

– ¿Qué estabas viendo, amor? – le preguntó él con suma ternura en cuanto se separaron.

– Nada... discúlpame, Rick, es la costumbre. Siempre me quedo viendo el paisaje cuando vengo aquí...

– No te preocupes, te puedo entender perfectamente – rió él, aprovechando la oportunidad para acariciarle la mejilla. – Algún día te llevaré a un mirador en el Alexander... deberías verlo. No es tanto como esto, pero ayuda bastante a despejarse. La tripulación lo llama "la salida de emergencia".

Lisa rió con lo que decía Rick y lo tomó de la mano, mientras sonreía.

– Me gusta la idea… me gusta mucho.

– Hagamos algo... mañana te llevo a una recorrida del Alexander – ofreció él. – De cualquier forma, siempre puedes decir que estás haciendo una inspección como comandante de la base.

Ella lo miró con ternura y pasó un dedo por el mentón de Rick, levantándolo hasta que sus ojos volvieron a encontrarse… y sonriendo al notar cómo él la miraba como si fuera lo único que existía en el mundo.

– No nos lo creerá nadie... hasta tu tripulación sabe de lo nuestro.

– ¿Y cómo sabrían ellos...? – La respuesta llegó a la mente de Rick como por inspiración divina. – Sammie.

– Hace su trabajo. Eso incluye escuchar lo que dice la tripulación sobre su comandante – rió Lisa mientras se acomodaba un mechón de cabello que le había caído sobre el rostro.

– Imagino que Kim hace lo mismo – repuso Rick acomodándose en su silla, sin poder quitarle los ojos de encima a Lisa.

– E imaginas bien – contestó Lisa sonriendo, y luego preguntó:

– ¿Qué tal el trab---?

Súbitamente, Rick puso sus dedos sobre los labios de ella, logrando con ese gesto que ella perdiera por completo el hilo de lo que iba a decir.

– No, Lisa... nada de trabajo hoy. Esta noche somos sólo tú y yo. El satélite y la nave no existen esta noche.

Ella asintió, y su rostro se iluminó como sólo él podía lograrlo.

– Tienes toda la razón, Rick.

En ese momento, uno de los camareros de Frenchie apareció con dos menús, los cuales depositó sobre la mesa en la que Rick y Lisa estaban sentados.

– Bueno, Lisa ¿qué vas a ordenar? – dijo Rick tomando el menú con una mano y acariciando la mano de Lisa con la otra.


La puerta del camarote de Lisa se abrió, dejando pasar a una pareja de jóvenes sonrientes, felices y muy satisfechos con la cena que acababan de compartir. Mientras Rick encendía las luces del lugar, Lisa se quitaba el saco y se dirigía a dejarlo junto con su cartera en el armario de su dormitorio.

– Estuvo delicioso – dijo Rick con una sonrisa de satisfacción en sus labios al recordar lo que acababan de comer. – Ese Frenchie sabe lo que hace.

– Podrá ser medio brujo, pero no niegues que cocina bien – respondió Lisa mientras regresaba a la sala de estar, ya más liviana de ropas.

– Como siempre, tiene toda la razón, almirante – dijo Rick con una sonrisa torpe en los labios, aprovechando para rodear a Lisa con sus brazos y apretarla contra su pecho en un abrazo que bien pronto incluyó algunos besos en los labios.

Una vez que el beso terminó, y sin dejar de sonreír, Lisa se cruzó de brazos y miró fijamente a los ojos a Rick mientras le decía como si lo estuviera reprochando:

– ¿Años discutiendo en la red táctica por cualquier cosa y recién ahora me das la razón, Hunter?

Respondiendo al desafío, Rick no desvió la mirada y le respondió con picardía:

– No te lo quise decir hasta ahora, pero te veías hermosa cuando te ponías furiosa. Te daba un brillo especial.

– ¿Me estás diciendo que algunas de nuestras discusiones las provocaste para verme enojada? – dijo ella entrecerrando los ojos y acercándose una vez más a Rick, como si lo fuera a castigar.

– Algunas no... – le contestó Rick con su sonrisa más traviesa. – Todas.

Lisa le dio un golpecito en el brazo, y ante el falso gemido de dolor de Rick, ella lo besó en la mejilla, acariciándolo suavemente con sus labios mientras comenzaba a reír.

– ¡Eso duele, Lisa! – protestó él, pasándose una mano por donde había recibido el golpe a la vez que ponía cara de cachorrito perdido. – ¿No te vas a disculpar?

– Oblígame – lo desafió ella, susurrando contra los labios de Rick en un tono bastante sugerente.

– Sigue provocándome y lo haré – le respondió él con una mirada hambrienta, dispuesto a responder al desafío de su almirante con todas sus fuerzas.

Sin embargo, antes de que Rick pudiera besarla, ella se escurrió de entre sus brazos, corriendo en dirección de la cocineta mientras él permanecía en su lugar, siguiendo todos sus movimientos y devorándola con la mirada antes de resolverse a atacarla en la cocineta a donde había pretendido buscar refugio. Para cuando llegó a la puerta de la cocineta, Rick se encontró con que Lisa se había deshecho rápidamente de sus zapatos, caminando descalza de un lugar a otro de la cocineta mientras preparaba unas tazas de té. Recostándose en el marco de la puerta de la cocineta, Rick se dio el gusto de quedarse allí recorriendo de arriba abajo las interminables piernas de Lisa con la mirada, deteniéndose en sus pequeños pies descalzos.

– ¿No sientes frío pisando todo ese metal? – preguntó Rick.

– No mucho – respondió ella despreocupada, ignorando intencionalmente a Rick mientras su mirada se enfocaba en la tetera… sabiendo que eso iba a hacerlo rabiar.

– Qué lástima... – dijo él. – Espero que tengas agua caliente en este camarote.

Volteando para enfrentar a Rick, la almirante Hayes taladró a su hombre con una mirada que prometía quemar vivo a Rick Hunter, y una sonrisa predatoria que dejaba entrever perfectamente las intenciones que ella tenía para esa noche

– No te preocupes, amor… – susurró ella. – Agua caliente hay de sobra.

Ese comentario bastó para que Rick se abalanzara sobre Lisa, cuidando de no derramar ni volcar nada en esa cocina mientras forcejeaba juguetonamente con ella, hasta apretarla contra él en un abrazo cargado de emoción. Después de ofrecer una resistencia más juguetona que real, Lisa simplemente se dejó abrazar y besar por Rick, sonriendo perezosamente con cada beso que él le daba en sus labios, en su cuello, en todas partes… para luego devolverle el favor con creces, mientras una de sus piernas jugaba con la pantorrilla de Rick, provocándole un estremecimiento a él que ella disfrutó muchísimo… y que prometía tantas cosas.

El silbido de la tetera interrumpió ese momento, y Lisa debió separarse para terminar de preparar el té. Una vez que estuvo listo, Lisa tomó un par de tazas, que Rick identificó como aquellas que había comprado en Kurtland, y metió un paquete de té en cada una de ellas, llenándolas posteriormente con agua bien caliente y dejando que el aroma del té invadiera todo el lugar.

En cuanto el té estuvo listo, Rick acompañó a Lisa, cada uno con una taza, al sofá de la sala de estar, sentándose lo más cerca el uno del otro que podían y dejándose deleitar por el calorcito de la bebida… mientras se ilusionaban con otra clase de calor que sabían muy cercano…

Mientras Rick bebía su té, Lisa lo miraba con ternura y cariño, paseando sus manos por el cuello de Rick y acariciándolo en todos los rincones que podían encontrar. La frustración de lo que ellos dos habían dejado interrumpidos ese día cedió paso al placer de tener a Rick para ella sola, sin tener que preocuparse por horarios de trabajo, reportes o discusiones iracundas con capitanes tercos... al menos hasta la mañana siguiente.

De todas maneras, la almirante Hayes ya había decidido que esa noche iba a ser relajante en todos los sentidos, así que esperaba encarar el día siguiente con un mejor ánimo.

Con movimientos firmes y expertos, las manos de Lisa dieron a Rick un masaje improvisado pero exhaustivo, que no dejó rincón de la espalda de Rick por recorrer, provocándole a él una relajación inmediata y a ella una satisfacción enorme al escuchar los suspiros de alivio que de tanto en tanto él dejaba escapar.

– Ooohhh... Lisa... sí que sabes usar las manos – murmuró Rick, sonriendo de gusto con cada nueva pasada de las manos de Lisa.

– Me alegra que te guste – dijo ella, remarcando ese comentario con besos cortos y apasionados en el cuello de Rick.

En cuanto Lisa terminó de masajearlo, sintiéndose plenamente renovado como pocas veces lo había estado en su vida, Rick volteó para besarla en los labios como forma de agradecimiento… para luego hacer una oferta que él esperaba que ella no rechazara:

– Ahora ¿me dejas devolverte el favor? – susurró él con sus labios a escasos centímetros de los de Lisa… y recibiendo rápidamente un beso de parte de ella que lo puso momentáneamente en las nubes.

La respuesta de Lisa a esa oferta no se hizo esperar, y con un veloz movimiento, ella saltó hasta sentarse sobre las piernas de Rick, dándole la espalda para facilitarle la tarea… y colocando su cuello justo frente a los ojos de Rick. Ante semejante panorama, Rick no necesitó más para abalanzarse sobre el cuello de Lisa y dejar que sus labios rodaran sin control ni culpa alguna, besando cada lugar que podía alcanzar y provocándole a Lisa unas fugaces cosquillas… y unos suaves gemidos que estremecieron el corazón de Rick y prometieron hacer que no respondiera de sus actos.

– ¡Hunter, eso es trampa...! – dijo ella una vez que pudo recuperar la cordura, por más que hubiera deseado no recuperarla jamás. – ¿No me ibas a masajear?

Rick volvió a besarla, y a apoyar sus manos en los hombros de Lisa.

– A la orden, almirante Hayes.

El masaje de Rick fue suave, pero firme, atacando sin pausa aquellos nudos de tensión que tenía Lisa en su cuerpo. Con suspiros, Lisa le hizo saber a Rick que disfrutaba la experiencia, y bien pronto su cuerpo se fue relajando por completo, entregándose sin reserva alguna a las sensaciones que le estaba provocando el rítmico y acompasado movimiento de las manos de Rick.

– Sabes... – pudo escuchar que Rick le susurraba al oído, sacándola momentáneamente de su fascinación –... sería mejor si te quitaras la camiseta.

– Convénceme – le respondió ella.

– Sigue insistiendo y lo haré – respondió él con un susurro, mientras sus manos regresaban al ataque, haciendo que ella se estremeciera y ronroneara de placer…

Sintiéndose plenamente protegida y consentida por él, ella sencillamente cerró los ojos y se olvidó de todo lo que no fuera sentir a Rick acariciándola, recostándose en su espalda, besándola de tanto en tanto… era lo más cerca que había estado del paraíso en demasiado tiempo, y en los escasos ratos de conciencia que le quedaban, Lisa se preguntaba cómo era posible que él siempre se las ingeniara para volverla cada día un poquito más loca.

Por su parte, sintiéndola bajo sus manos y sobre sus piernas, Rick sólo podía experimentar felicidad… pura, completa y absoluta felicidad, por estar junto a Lisa en ese lugar, por tenerla para él sólo después de semanas de conformarse con lo que su imaginación le permitía. Atontado de cariño como estaba, su mente no encontraba las palabras que pudieran expresar esa felicidad, y cada una de ellas le parecía una forma pálida e insuficiente para referirse a lo que sentía por ella.

De pronto, y por alguna razón, Rick pensó que el momento era ideal para ir tanteando las aguas de la opinión de Lisa sobre ciertas cuestiones en las que no podía dejar de pensar…

– Hayes…

– ¿Qué? – respondió ella con una voz apagada y adormilada… y fue sólo en ese momento que Rick tuvo una cabal idea de cuánto la había relajado con ese masaje.

– Dime… ¿has pensado alguna vez en el largo plazo?

Escuchar esas palabras sirvió para despertar repentinamente a Lisa del trance en el que había caído como consecuencia de ese masaje, y los recuerdos de la conversación mantenida con Kim aquella mañana no tardaron en regresar a ella. De pronto, Lisa consideró que se le estaba abriendo una oportunidad invaluable… una posibilidad de averiguar qué tenía en mente Rick para ellos dos, una posibilidad que tal vez fuera el primer paso para algo con lo que ella estaba soñando desde los días de la cabaña…

– De vez en cuando – dijo ella haciéndose la misteriosa mientras bajaba de las piernas de Rick y regresaba a su lugar original en el sofá.

– ¿Eso es mucho o es poco? – le preguntó Rick con total inocencia, logrando que Lisa echara una carcajada suave.

– Es bastante… – contestó ella, pasando un dedo por la línea de la mandíbula de Rick.

– ¿Y qué piensas?

– ¿Que qué pienso?

– Sí… ¿qué piensas? – insistió Rick, y su voz se quebró un poco antes de seguir: – Sobre nosotros dos, digo…

– Pienso que te amo… – dijo Lisa, besando a Rick en la mejilla primero y luego en los labios, logrando como resultado que Rick se volviera loco y le devolviera esos besos en medio de un abrazo juguetón.

– Qué curioso… – murmuró él entre beso y beso – porque justamente iba a decirte que yo también te amo.

– Qué bueno saberlo… – dijo ella antes de lanzarse una vez más al ataque.

En cuanto los dos se dieron una pausa de esa intensa batalla de besos en la que insistían en caer de tanto en tanto, los dos cayeron en la cuenta de que habían acabado recostados en el sofá en brazos uno del otro, sintiéndose más juntos de lo que habían estado en semanas.

– ¿Y cómo te ves en el futuro? – le preguntó Rick, absorto en esos ojos que lo hechizaban con su brillo.

Dibujando en su rostro una sonrisa cargada de cariño y deseo, Lisa dejó que sus dedos recorrieran la piel de Rick sin pedir permiso, acariciándolo por todas partes y logrando con eso que él la abrazara con más fuerza contra él.

– Digamos que veo tres cosas en mi futuro… – comenzó a decir ella, sin dejar de mirarlo a los ojos o de recorrer las facciones del rostro de él con sus manos. – Me veo contigo… me veo junto a ti… y me veo a tu lado.

– ¿Qué hay del servicio militar? – rió él.

Lisa hizo un puchero que enterneció a Rick, tocándole luego la punta de la nariz con su dedo índice mientras decía:

– El servicio militar es trabajo, Rick… y tú eres todo lo demás en mi vida.

Rick respondió a ese comentario de la mejor manera que podía: atrapando los labios de Lisa en un beso enloquecedor, de esos que devastaban a la almirante Hayes hasta dejarla sin fuerzas algunas y derretida en sus brazos.

– ¿Y cómo te ves tú en el futuro, Rick Hunter? – le preguntó Lisa en tono risueño. – Ahora es tu turno…

– Bueno, te diré – comenzó a decir él, sin contener una sonrisa. – Hay una mujer en mi vida…

– ¿Ah sí? – replicó ella, besándolo en la frente. – ¿Y cómo es esa mujer que dices?

– Es maravillosa… es inteligente, es terriblemente graciosa, es dulce y tierna… puede arrancarme la cabeza a mordidas…

– ¡RICK HUNTER! – rió ella, castigando a Rick con un beso en los labios que tardó en desaparecer.

– Tiene una carita adorable… – continuó Rick sin perturbarse – tiene un cabello que te hace desear acariciarlo… tiene unos ojos verdes en los que te puedes perder… y si te hablo del cuerpo que tiene, baste decir que… ¡¡¡woooooowww!!!

Ella no supo qué responder a eso, excepto hacerlo de una manera que tenía una elocuencia difícil de imitar con palabras, lanzándose en un beso tormentoso contra Rick y dejándose acariciar por sus brazos por un tiempo que les pareció eterno… y finalmente sus labios se separaron, dejándolos enloquecidos el uno con el otro y mirándose a los ojos como si no existiera nada más en el mundo…

En ese momento, la mirada azul de Rick se hizo particularmente intensa, y la sonrisa desapareció de sus labios, dándole a entender a Lisa que lo que iba a decir Rick era algo absolutamente serio y real, sobre lo que no quería que hubiera un solo malentendido…

– No me imagino sin ti, Lisa – comenzó a decir él, procurando mantener la compostura a cada segundo. – No concibo mi vida, mi futuro, sin ti. No puedo... sólo imagino el futuro a tu lado. No puedo pensarlo de otra manera... te necesito, Lisa.

Lisa estaba atónita y conmovida por esas palabras… ¿Acaso estaba diciendo lo que ella creía haber oído¿Rick Hunter le había dicho (en otros términos, por supuesto) que deseaba pasar el resto de su vida junto a ella? En cuanto pudo comprobar en la mirada de Rick que eso era exactamente lo que él había querido decir, el corazón de Lisa saltó de alegría, y ella creyó honestamente que había muerto y que ahora estaba en el Cielo.

No sería una propuesta de matrimonio –no esperaba menos de Rick Hunter que una forma confusa y elíptica de decir las cosas difíciles de la vida, y Dios sabía que lo amaba demasiado como para enojarse por algo tan trivial y adorable como eso– pero de pronto descubrió que no necesitaba oír las palabras.

Aquellas palabras de Rick, pronunciadas desde el sentimiento más profundo, y la mirada de amor en sus ojos azules, convencieron a Lisa de las intenciones y deseos de él. En ese momento Lisa supo -sí, supo– que Rick sentía lo mismo que ella sobre el futuro, que habían quedado atrás todas las dudas y reticencias, todos los fantasmas del pasado, todas las incertidumbres… y que estaba más que dispuesto a encarar junto a ella un futuro en el que todas esas cosas no fueran más que recuerdos desagradables.

– Rick, yo... yo quiero pasar el resto de mi vida junto a ti – le dijo entonces, con una voz quebrada por la emoción. – Quiero que seamos felices, tú y yo... quiero estar siempre junto a ti. Yo también... te necesito. Te necesito siempre.

Rick se sintió morir. No podía creer lo que acababa de escuchar: Lisa quería estar siempre junto a él. En cierta manera, ambos ya lo sabían, pero jamás lo habían sentido con más claridad que en aquel momento de cercanía, en aquel interludio entre sus deberes y obligaciones. Al ver los ojos de Lisa, agrandados en la semioscuridad del camarote pero brillando con el cariño y el amor que ella le tenía, Rick tuvo por fin la confirmación que ansiaba.

Sabía ahora que ella deseaba lo mismo que él… que ella había sentido lo mismo que él luego de aquella semana en la cabaña. Él sabía que ella no lo pondría en palabras esa misma noche –se había acostumbrado a que Lisa mostrara sus sentimientos más profundos de a poco, cuando ella se sintiera totalmente cómoda para hacerlo–, pero no necesitó escucharlo de su voz. Le había bastado con verlo en sus ojos, en la mirada tierna y apasionada que ella le dedicaba solamente a él.

Había visto ese amor incondicional que jamás creyó que pudiera existir… había descubierto a una mujer que lo amaba a pesar de todo, a pesar de sus inseguridades, de sus miedos. Incluso, a pesar de sus demonios personales.

– ¿Tienes alguna idea de cuánto te amo? – le dijo ella, haciendo lo posible para que las lágrimas que empezaban a asomar no escaparan.

– Me parece que sí… – respondió él antes de besarla. – Y mientras me lo demuestras¿por qué no me dejas que te dé una idea de cuánto te amo, preciosa?

Los labios de Lisa no opusieron resistencia, y cerró los ojos en cuanto sintió la lengua de Rick penetrando en su boca, dando inicio a un beso que continuó sin respiro durante algunos minutos, hasta que la necesidad de aire hizo que se separaran.

No había palabras en esa noche. Sólo miradas y caricias. Sólo aquellas sensaciones y emociones compartidas, que ahora ambos sabían que el otro tenía, dando por tierra aquellas dudas que los habían acosado durante demasiado tiempo.

Fue Lisa quien rompió el silencio que había invadido el camarote.

– Es una lástima que tengas que regresar al Alexander, Rick... – la mirada de Lisa se hizo más brillante. – Me gustaría que te quedaras aquí conmigo.

Rick la miró con sorpresa, y dijo en tono de inocencia, como si no comprendiera de qué podía estar hablando ella:

– ¿Y por qué tendría que volver a esa nave?

– ¿Qué quieres decir con eso? – preguntó Lisa con una mirada inquisitiva y confundida… que no podía ocultar una enorme expectativa.

– Técnicamente estoy de descanso, almirante – la aleccionó Rick, sonriendo mientras lo hacía. – Y como las regulaciones no me obligan a pasar todo mi tiempo libre en esa nave...

– Ah... claro – respondió ella asintiendo con la cabeza y acercándose a él seductoramente. – Me alegra que hayas podido encontrar esa laguna legal, Rick...

Sintiéndose finalmente cerca del momento tan esperado, el abrazo de Rick se hizo más enérgico y posesivo, prometiendo estrellar a Lisa contra su cuerpo a la vez que la cabellera castaña de ella caía por todas partes, rozando la piel de Rick y despertando incontenibles escalofríos con su suavidad. Los labios de cada uno buscaban con desesperación el toque de los del otro, respondiendo con jadeos y gemidos rítmicos en cuanto se encontraban.

Ella se inclinó para poder tener un mejor acceso a su cuello, y los jadeos de Rick se hicieron más frecuentes y fuertes conforme los labios de Lisa rodaban por su piel, logrando que él se sintiera como si lo atravesara una corriente eléctrica. Lisa podía sentir cómo su propio corazón empezaba a latir más rápido con cada segundo que pasaba con él, deseando que jamás terminara aquel momento.

Por su parte, una vez que Rick se recuperó del ataque de Lisa, giró su cabeza hasta tener el rostro de ella frente al suyo, viéndose reflejado en los ojos claros y brillantes de Lisa, mientras que ella se hundía en los profundos ojos azules de él, y en ese momento sus labios se acercaron hasta fundirse una vez más en un beso…

Él la abrazó, apretándola contra su pecho y hundiendo su rostro en una maraña de cabellos castaños y ahogándose en su aroma, mientras ella lo besaba en las mejillas y la oreja con pasión. De pronto, ambos se trenzaron en una confusión de brazos y piernas, de caricias y besos, mientras cada uno trataba de acercar al otro hacia sí. Finalmente, fue Rick quien triunfó en esa contienda, quedando momentáneamente encima de Lisa y aprisionándola entre su cuerpo y sus brazos y piernas. Sujeta a ese cautiverio tan agradable, Lisa hizo un poco convincente intento de forcejear y escapar pero sin tener en ningún momento la voluntad para hacerlo, y luego de algunos segundos de jugueteo impiadoso, se lanzó a desabrochar los botones de la camisa de Rick sin recibir invitación alguna.

Con una sonrisa perezosa, Rick se dejó caer sobre el cuerpo de Lisa, aunque con suavidad y lentitud para no lastimarla con su propio peso, pero lejos de sentirse lastimada, ella sólo pasó sus brazos por detrás de su espalda para poder deshacerse con más facilidad de la camisa y allanar el camino para que ella pudiera atacar el pecho de Rick a besos. Por su parte, Rick comenzó a juguetear con sus manos, haciéndole a Lisa lo que ella le había hecho a él minutos antes; quitarle la ropa sin ninguna clase de vergüenza o cuidado. Después de algo de trabajo, y con no poca resistencia juguetona de Lisa que lo enterneció a la vez que lo incentivó a seguir adelante, Rick pudo por fin quitarle la camiseta, quedando ante sus ojos los pechos de Lisa, cubiertos ahora tan sólo por un sostén. Encontrándose con el rostro de Lisa, Rick comprobó que ella sonreía, como si anticipara lo que iba a venir… y a juzgar por lo que veía en los ojos de Lisa, ella lo desafiaba a hacerlo.

Recorriendo con timidez que contrastaba con el ataque que acababa de terminar, las manos de Rick jugaron cerca del sostén, abriéndose paso para acariciar los senos de Lisa, tocándolos en algunos momentos apenas con la punta de los dedos. Abrumada por esas sensaciones, Lisa cerró los ojos y sus labios dibujaron una expresión de placer casi absoluto mientras se dejaba consentir por su hombre. Despertado por las caricias que él le estaba dando, el cuerpo de Lisa empezó a moverse siguiendo un ritmo prefijado desde el comienzo de los tiempos, un ritmo inconsciente al que Rick pronto se sumó, sin tener la menor intención de dejarla escapar esta vez, remarcando sus intenciones con un furioso y apasionado asalto a los labios de Lisa, un asalto en el que ninguno de los dos buscaba darse cuartel o tregua alguna.

Las miradas de los dos se cruzaron en un breve interludio, y en ese momento ambos vieron exactamente lo mismo. Vieron amor, deseo, ansiedad, una urgencia incontenible de unirse, de fusionarse mientras hacían el amor, de encerrarse en ese pequeño mundo del cual nunca deseaban escapar. Pero esta vez había algo más. Había una seguridad nueva, una certeza absoluta en cada uno de que el otro deseaba lo mismo, y que sus miedos probaban ser infundados. Los besos se hicieron más furiosos y más ardientes, la respiración era cada vez más jadeante y entrecortada, los movimientos cada vez más enérgicos…

Sin trabas ni horarios que cumplir, Rick y Lisa pudieron entregarse a sus deseos y consumar aquel acto que no habían podido terminar esa misma tarde.


Viernes 17 de marzo de 2017

El sol que brillaba sobre Ciudad Monumento y el calorcito que todo lo bañaba preanunciaba la inminente llegada de la primavera, dándoles a los habitantes de la capital la ilusión de un cercano fin del frío invernal y las esperanzas de unos días más cálidos y agradables.

Incluso el Candelabro, la sede de los cuarteles generales de la Tierra Unida, tenía un aspecto más alegre en esa tarde de marzo; las torres del complejo lucían inusualmente blancas y brillantes, y el humor del personal que trabajaba diariamente en el complejo había mejorado de manera notable, convirtiendo al Cuartel General en un lugar más agradable para trabajar.

Mientras dejaba el complejo del Cuartel General, el comodoro Rick Hunter no podía quitarse de encima el agotamiento mental que le había provocado la junta mantenida con el general Maistroff y el almirante Gaumont. Durante más de dos horas, los dos altos oficiales habían insistido en ser puestos al tanto de todos los detalles del crucero de pruebas, en especial en todo lo relacionado con el rendimiento del grupo del Alexander y el desempeño de las tripulaciones de las distintas naves de combate.

Por lo que Rick había podido deducir, ese interés había surgido a partir de la lectura del informe presentado por el comodoro Reiter tras el retorno del Marcus Antonius a la Tierra. En varias oportunidades durante esa junta, Rick tuvo la impresión de que el almirante Gaumont había disfrutado y saboreado la pequeña victoria lograda por el Alexander sobre el Marcus Antonius durante los ejercicios de combate en Marte… y a juzgar por la expresión que el almirante ponía cada vez que el nombre de Franz Reiter aparecía en la reunión, era evidente que el almirante Gaumont encontraba sumamente entretenida la pequeña derrota infligida por su más joven comandante de grupo a uno de sus comandantes más brillantes.

Con los asuntos oficiales que lo habían traído a Monumento finalmente concluidos, a Rick sólo le quedaba una rápida pasada por su casa para asegurarse de que siguiera en pie, ya que pasaría la noche allí antes de regresar al Satélite al día siguiente en el primer transbordador que saliera de la Base Fokker, aunque iría a cenar a casa de Max y Miriya. De todas formas, tenía que buscar algunas cosas en su casa para llevar a la nave.

Como le había ocurrido en numerosas oportunidades durante el día que llevaba en la capital, Rick se encontró pensando en los momentos tan hermosos que había vivido durante la pasada semana junto a Lisa... momentos que atesoraría por siempre y que lo ayudarían a seguir adelante mientras durara esa nueva separación que tenían por delante.

Si algo habían demostrado Rick Hunter y Lisa Hayes durante los pasados tres años, era que el adagio que decía que "la ausencia hace más cariñoso al corazón" era completamente verdadero… y jamás se cansaban de demostrarlo.

En ese momento, revisando uno de los bolsillos de la chaqueta de su uniforme, Rick encontró un papel arrugado que había metido allí en alguna oportunidad. Al leerlo, curioso por saber de qué se trataba, cayó en la cuenta de que se trataba de la misteriosa dirección que le había dado Frenchie, el cantinero del Satélite Fábrica, hacía ya casi una semana.

Tomándose un segundo para revisar la hora en su reloj, y juzgando que aún tenía tiempo para una pequeña investigación, Rick decidió que bien podría hacer una breve pasada por Avenida Armstrong y descubrir de qué se trataba todo eso.

Al cabo de unos diez minutos de caminata, Rick llegó a la Avenida Armstrong y empezó a buscar con ansiedad la dirección que aparecía en el papel, cosa que no le llevó mucho tiempo, ya que tras caminar un par de cuadras encontró su objetivo en un comercio ubicado en la vereda de enfrente.

Mientras cruzaba la calle para acercarse al lugar, y conforme el letrero del comercio se hacía más claro, Rick sintió un deseo profundo e intenso de maldecir a Frenchie, un deseo que no tardó en transformarse en una expresión divertida de sorpresa. Meneando la cabeza para recordar la conversación que él mantuvo con anciano cantinero, Rick no pudo evitar quedarse confundido y maravillado por la asombrosa percepción que había demostrado tener ese hombre...

"¿Esta fue tu idea desde el comienzo, Frenchie?", se preguntó Rick con una sonrisa mientras permanecía frente a la vidriera del comercio. La duda que lo atenazaba sobre si debía o no entrar era muy fuerte, ya que era plenamente consciente de que si entraba en ese lugar, lo mejor que le podría pasar era salir habiendo comprado algo de lo que ofrecían.

Por fin, Rick decidió que era una oportunidad tan buena como cualquier otra, y abrió la puerta para entrar al comercio, exorcizando sus dudas al instante con un breve y silencioso: "¿Qué diablos?". En ese momento, sabedora de que tenía un visitante en su comercio, la encargada del lugar se acercó solícita a prestar toda la ayuda que Rick pudiera requerir.

– ¿En qué puedo ayudarlo, señor? – preguntó la encargada, remarcando la pregunta con una gigantesca sonrisa.

– Bueno… – dijo Rick, buscando qué podía decirle a esa mujer que explicara su presencia en ese lugar, resolviendo que la verdad era siempre un buen comienzo: – Vengo de parte de un tal Frenchie---

Al escuchar ese nombre, el rostro de la mujer se iluminó y la sonrisa se hizo más evidente, como si le hubieran nombrado a alguien muy especial para ella.

– Oh, claro, Frenchie... ¿es usted amigo de él?

– No, señora... sólo conocido – dijo Rick sin entender lo que pasaba. – En realidad---

– No se preocupe, lo voy a ayudar a encontrar lo que busca – le aseguró la vendedora interrumpiendo a Rick una vez más sin notarlo, para luego señalar con su mano una serie de estanterías. – ¿Quiere que le muestre alguno de los productos?

"¿Qué diablos?" pensó una vez más Rick, encogiéndose de hombros y decidiendo que no perdía nada con ver lo que aquella vendedora tenía para mostrarle.

"Si voy a hacerlo, bien puedo hacerlo ahora".

– Bueno, es muy amable.


Sábado 18 de marzo de 2017

La proa puntiaguda del Alexander emergió de la esclusa 3 como un misil a punto de ser disparado. En una órbita cercana al Satélite, todas las demás naves del Grupo 6 esperaban a su nave insignia para partir, ya dispuestas en la acostumbrada formación de escolta y guardando el lugar del centro para el enorme portaaviones espacial. Había sido una semana muy relajante para las tripulaciones de las doce naves de combate, quienes ahora, armados con la experiencia ganada durante el crucero de pruebas, estaban preparados y dispuestos a enfrentarse a su primera salida de patrullaje real. El ánimo de las tripulaciones era alto, y todos se sentían listos para enfrentar lo que viniera… fuera lo que fuera.

Desde uno de los miradores cercanos a la esclusa 3, Lisa Hayes contemplaba la partida del Alexander. Ella deseaba poder estar a bordo de aquella nave, de ir junto a Rick a donde fuera que él tuviera que ir. Aquella semana compartida había sido muy especial para los dos, un descanso necesario de tanto deber y separación, y ella odiaba tener que dejarlo ir… odiaba tener que cederlo al deber que tanto insistía en separarlos y negarles la compañía que tanto anhelaban.

Aunque dentro de su corazón, Lisa sabía que pronto estarían juntos otra vez. Y más aún, ella sabía ahora que Rick y ella deseaban lo mismo, y tenía la certeza de que sería cuestión de tiempo antes de que por fin ambos se animaran a preguntarse lo que sus corazones estaban pidiendo a gritos.

La oportunidad de construir juntos una vida y su propia felicidad.

El sonido de una pantalla de comunicaciones interrumpió las cavilaciones de Lisa, quien al encender la pantalla se encontró con el rostro de Kim, con el centro de comando del Satélite en el fondo.

– Disculpe, almirante – dijo Kim. – Acabamos de recibir una transmisión codificada desde el Alexander, marcada como personal para usted.

Lisa arqueó una ceja, y una sonrisa triste e ilusionada iluminó su rostro al escuchar la noticia.

– Pásala aquí abajo, Kim.

– Por supuesto, almirante.

La imagen de Kim desapareció para ser reemplazada por el mensaje codificado y la usual solicitud de una contraseña para permitir el acceso. Sin mayor demora, Lisa introdujo su código de seguridad en el teclado y una vez que el sistema lo reconoció, el mensaje de texto que acababa de recibir quedó perfectamente claro ante sus ojos:

"Delta 1, aquí Skull 1. Nos veremos pronto."

Lisa sonrió mientras leía el mensaje una y otra vez, y una lágrima escapó de sus ojos muy a pesar de sus esfuerzos. Obligándose a dejar de lado la pantalla, Lisa volvió su atención al mirador, desde donde todavía podía verse al Alexander partiendo junto con el resto de las naves, alejándose del Satélite en una nueva misión… alejándolo una vez más de su lado.

Ella extendió su brazo, buscando alcanzar a la enorme nave de Rick en un vano intento de tocarlo por última vez, pero su mano se vio forzada a detenerse al tocar el vidrio reforzado del mirador, y con tristeza Lisa debió conformarse con apoyar su mano en el vidrio mientras sus labios formaban un imperceptible:

– Te extrañaré...


– Te extrañaré...

En un mirador a bordo del Alexander, Rick Hunter contemplaba la imagen cada vez más pequeña del Satélite Fábrica, que se alejaba conforme el inmenso portaaviones se movía por el espacio cercano a la Tierra. Tal vez su mirada se cruzó con la de Lisa, tal vez no..., jamás lo sabría con certeza. Lo único que sabía era que ella no había estado en la Central de Mando cuando envió su mensaje, comprendiéndola perfectamente… él tampoco había querido estar en su propia Central a bordo del Alexander mientras la nave abandonaba el Satélite Fábrica rumbo a su nueva misión.

Por sobre todas las cosas, Rick necesitaba tranquilidad y serenidad para despedirse en silencio.

Por vez primera en mucho tiempo, Rick Hunter se sintió plenamente seguro de lo que tenía que hacer. Todas las dudas habían desaparecido de su ser, reemplazadas por una certeza casi absoluta sobre el camino que tenía adelante. La seguridad de saber que Lisa deseaba lo mismo que él, una vida en común entre los dos, y que estaba dispuesta a emprender ese camino de la mano de él, le había dado la fuerza necesaria para resolverse a dar el siguiente paso.

Rick dejó atrás todas las dudas y todos los temores. Sabía lo que pasaría en cuanto tuviera la oportunidad de regresar junto a esa mujer encantadora a la que adoraba más que nada en el mundo. Lo sabía como si estuviera viviendo ese momento justo allí.

Las manos de Rick jugaron con una cajita que había estado llevando todo el día en uno de los bolsillos de su saco de uniforme. Sintiendo la necesidad de saber si eso era real o no, Rick las tomó y las sacó del bolsillo, dándose el gusto de lanzarla un par de veces por el aire para luego abrirla con ligeros movimientos, quedándose absorto por unos segundos mientras contemplaba el resultado de aquella inesperada compra en el comercio que Frenchie le había recomendado.

En la caja, brillando bajo la luz de las estrellas, estaban uno al lado del otro, reposando sobre un finísimo terciopelo, un par de anillos de oro.


NOTAS DEL AUTOR:

- Las notas vienen cortas hoy... ¡no hay mucho que comentar esta vez!

- Las demás naves de guerra que se mencionan en este capítulo, al igual que el Alexander, son diseños que aparecieron en varios episodios de La Cruz del Sur.

- Ante todo y como siempre, va un agradecimiento muy grande a todas las personas que están siguiendo esta historia y que dejan sus reviews, comentarios, opiniones e inquietudes (que en la medida de lo posible trato de ir respondiendo), así como a mis pilotos de pruebas Evi y Sara por su apoyo y amistad...

- ¡Muchos saludos, mucha suerte y será hasta el capítulo 7!