MOMENTOS DE DECISIÓN
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo VII: Vorágine
El pacifista que dijo que a los militares nos gusta hacer la guerra jamás debe haber dado sus condolencias a los familiares de un caído.
Contralmirante (retirado) Dusan Markovic, en una alocución a los cadetes de la Academia Militar de la Tierra Unida, 2049
Domingo 2 de abril de 2017
La voluminosa esfera de furiosos colores rojos y blancos que era el planeta Júpiter dominaba aquella región del espacio como si fuera el sol de su propio sistema solar, alrededor del cual orbitaban sin pausa docenas de lunas de todos los tamaños y formas, insignificantes cuerpos que constituían el séquito celestial del rey de los planetas.
Los dominios de Júpiter se veían profanados en ese momento por un pequeño grupo de intrusos… naves espaciales terrestres que penetraban en el espacio joviano con tal lentitud que daba la impresión de que estaban guardando respeto hacia el gigantesco planeta.
Seis naves formaban ese convoy, que estaba en la etapa final de un largo y arduo viaje a través del Sistema Solar, muy próximo a su destino final. Cuatro de esas naves eran pesados y lentos transportes espaciales civiles, que en sí eran poco más que monstruosas bodegas autopropulsadas y operadas por una tripulación mínima, diseñadas para llevar la mayor cantidad posible de carga al menor costo y en el menor tiempo posible. Las otras dos naves eran pequeñas fragatas militares, asignadas a ese convoy para que le sirvieran de escolta y protección… por más que sus tripulantes creyeran que su presencia era innecesaria.
En comparación con los gigantescos transportes a los que protegían, las fragatas asemejaban pigmeos junto a elefantes… aunque lo que no era evidente a primera vista era que esos dos pigmeos estaban dotados del poder de fuego suficiente como para borrar del espacio a los transportes espaciales en cuestión de minutos, y sin requerir un esfuerzo particularmente grande.
La misión del convoy, que era conocido con el nombre clave de "Convoy Io-1", era sentar las bases para un puesto militar avanzado en el sistema solar, que cumpliera además las funciones de base y área de alistamiento para la flota terrestre en el sistema solar exterior. El destino final del convoy, el lugar donde iría a construirse la nueva base, era Io, un furioso satélite volcánico que era además una de las cuatro lunas mayores de Júpiter, y cuyo nombre había inspirado la designación militar que había recibido el convoy.
El proyecto para el que el Convoy Io-1 había sido enviado era un sueño que databa incluso de antes de la Guerra Robotech, pero que había caído en un compás de espera con la destrucción de la primera Base Sara en Marte, la Guerra, el Holocausto y la Rebelión Zentraedi. Ahora, finalmente, tras largos años de planeamiento y esfuerzos que en más de una oportunidad corrieron el riesgo de caer en el olvido, los cimientos de ese sueño tantas veces postergado estaban a punto de colocarse.
Las naves civiles no sólo transportaban los materiales que habrían de emplearse en la construcción de la base, sino que también llevaban a los técnicos e ingenieros que se ocuparían de realizar y supervisar la construcción de la nueva base, a lo que se sumaba un modesto contingente de soldados y cazas Veritech que tendrían la misión de proteger la incipiente base durante las primeras y frágiles etapas de construcción.
Por fin, tras tres extenuantes e interminables semanas de navegación, a causa de la lentitud de los transportes y agravadas por la intransigencia de la maniática de las reglas que comandaba el Satélite Fábrica en la órbita terrestre, el convoy se acercaba a su destino, faltándole apenas horas para dar por concluido el viaje. El ánimo a bordo de las naves era de una expectación creciente pero mesurada, y mientras todos se ocupaban de sus labores diarias, no podían dejar de pensar en la tarea que tendrían al frente.
Un joven cabo que supervisaba la pantalla de radar a bordo de una de las naves de escolta, la fragata UES Pombero, fue el primero en notar algo extraño que desencajaba con lo que el convoy esperaba encontrar en su destino. En un primer momento, el cabo pensó que aquella interferencia con la que su radar se encontraba debía ser simplemente otra falla del sistema… otra más, como si no fuera suficiente con las que había ido encontrando durante las pasadas tres semanas; otra maldita falla de sistema que le complicaría la existencia.
Notando que el fenómeno permanecía tras algunas revoluciones del radar –que normalmente alcanzaban para que el sistema regresara a la normalidad- el cabo dejó escapar un molesto gruñido. ¿No le había dicho él al teniente Kovacs que el radar necesitaba reparaciones urgentes¿Acaso no se lo había dicho incluso antes de dejar el Satélite Fábrica?
"Ah, pero no", maldijo el joven cabo... nadie escucha a un cabo, y menos un pichón de almirante presumido y pagado de sí mismo como ese Kovacs. Semejante falta de atención tenía sus consecuencias, con lo que él se veía obligado a continuar escudriñando el espacio con un radar en mal estado.
A pesar de todo, había algo acerca de esa situación que no dejaba de provocarle una persistente molestia al cabo. Si se trataba solamente de una falla de sistema, pues era la más extraña que había visto en su vida, ya que por más necesitado de mantenimiento que estuviera el sistema, no había forma de que el radar funcionara tan mal. O el aparato estaba descompuesto más allá de toda salvación… o no se trataba de una falla de sistema, sino de algo mucho más serio.
Empleando sus sistemas para hacer una rápida consulta a lo que estaban captando los radares de la otra nave de escolta, la fragata Daffodil, el cabo operador de radar de la Pombero se topó con algo que terminó por quitarle toda posible duda.
Le tomó un buen esfuerzo de voluntad al cabo para dejar de culpar al teniente Kovacs por todos los males de su vida, y una vez que lo hizo, decidió que bien podía tragarse su orgullo y decirle al teniente que viniera a observar ese fenómeno tan extraño.
– Oiga, teniente, venga a ver esto – dijo el cabo al teniente Kovacs, quien precisamente conducía aquel turno de guardia a bordo de la Pombero.
– ¿Qué pasa, Talbert? – contestó Kovacs sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su impaciencia, ya que el cabo Talbert lo tenía harto, al igual que al resto de la tripulación, con su manía de anunciar alarmas que inevitablemente resultaban ser falsas… y que siempre terminaban en una retahíla de quejas sobre el estado del radar.
– No recibo nada en esta zona, teniente – informó Talbert, señalando un área determinada de la pantalla de radar. Pocos segundos después, el teniente Kovacs notó que un área del espacio cercano, que tenía una forma vagamente circular, sencillamente no emitía respuesta alguna a las ondas de radar que no fueran distorsiones y extrañas lecturas de energía.
– Debe ser algo de la interferencia electromagnética de Júpiter, Talbert – dijo el teniente, repitiendo algo que había escuchado a uno de sus instructores en la Academia de Nueva Budapest. – ¿Sabe si la Daffodil captó algo parecido en sus radares?
– Estoy recibiendo la misma información de los radares de la Daffodil en esta pantalla, teniente… y tienen el mismo problema que nosotros. Quizás se trate de interferencia electromagnética natural, pero ¿por qué sólo aquí¿Por qué con esta forma? No tiene sentido que---
Las reflexiones del cabo Talbert fueron interrumpidas por un súbito y brusco cambio en la información presentada por la pantalla de radar.
Le tomó unos pocos segundos al teniente Kovacs y al cabo Talbert darse cuenta que habían quedado con la boca abierta en un gesto de incredulidad… una incredulidad que no tardó en dar paso al más abyecto de los terrores.
– Esto no puede estar pasando... – murmuró el teniente antes de que recuperara la compostura e hiciera lo único que podía hacer en un momento como ese: – ¡¡¡Llame al capitán Leigh!!!
Uno de los sargentos del puente empezó a obedecer su orden con toda la presteza que podía, pero jamás pudo cumplirla.
Un haz de luces brillantes y mortíferas atravesó a la Pombero de costado a costado, devastándolo todo a su paso, confundiendo metal, materiales compuestos y carne humana en una bola de gas en expansión. Finalmente, la caldera Reflex de la nave no resistió el furioso embate desatado contra ella y estalló, reduciendo a la fragata a átomos apenas un minuto después de que el cabo Talbert informara al oficial de guardia de aquel misterioso fenómeno.
La Pombero había sido una nave de guerra, por tanto y a pesar de ser la nave más pequeña del convoy, era la que más probabilidades tenía de resistir un impacto directo gracias a su blindaje y sistemas redundantes, diseñados para garantizarle a la pequeña nave de escolta el máximo de supervivencia en el campo de batalla espacial… sólo que el máximo no fue suficiente para salvarla de la destrucción.
Su gemela Daffodil no tuvo mejor suerte; el rayo que la golpeó de lleno en el centro del casco lo hizo con la potencia suficiente como para partir en dos a la fragata, condenando a los pocos tripulantes que habían sobrevivido al impacto a una lenta muerte por descompresión, al exponer las entrañas de la pequeña nave de guerra al vacío del espacio.
Los cuatro transportes civiles, diseñados para ser mulas de carga, no eran tan resistentes ni gozaban de las capacidades de supervivencia de sus aniquiladas naves de escolta, y pocos segundos después sus cascos se vieron lacerados por otros rayos como los que habían obliterado a las fragatas Pombero y Daffodil, devastándolo todo a su paso.
Sin que nadie de entre sus tripulaciones pudiera acertar a comprender la situación a la que se enfrentaban, todos los transportes del Convoy Io-1 siguieron el destino de la Pombero y la Daffodil en menos de dos minutos.
"Esto ya era raro", pensó la comandante Vanessa Leeds, sin poder evitar maldecir para sus adentros el que las cosas raras terminaran siempre ocurriendo cuando ella estaba de guardia en el Centro de Operaciones.
Al principio, no le había preocupado que el Convoy Io-1 tardara en enviar su reporte; en misiones interplanetarias como aquellas, las naves debían enviar un mensaje a la Tierra cada seis horas para reportar su situación, aunque ella era perfectamente consciente de que las distancias crecientes tendían a hacer que el mensaje llegara al Cuartel General con demoras cada vez mayores. Por suerte para los controladores, la matemática les daba las herramientas para calcular los plazos de demora de acuerdo a la distancia, de tal manera que podía predecirse con un razonable grado de exactitud el tiempo que demoraban los mensajes en ir y venir.
La matemática sólo tiene resultados fríos e inmutables. Y los resultados de las cuentas que hacían los operadores que trabajaban para Vanessa en el Centro de Operaciones del Cuartel General eran claros e inconfundibles: el reporte del Convoy Io-1 debía haber llegado hace dos horas. Sólo que no lo había hecho.
Semejante demora en reportarse por parte del Convoy Io-1 había desatado una locura cada vez más evidente entre las legiones de controladores y supervisores que poblaban el cavernoso y semioscurecido Centro de Operaciones del Cuartel General, una enorme sala de control que recibía información y reportes provenientes de todas las unidades militares de la Tierra Unida, emplazada en los subsuelos más bajos del Candelabro, en donde se esperaba que pudiera resistir cualquier clase de ataque lanzado contra la capital.
Lo que los ingenieros y arquitectos militares no habían previsto era una forma de resguardar al Centro de Operaciones contra la ansiedad y la incertidumbre.
Por supuesto y más allá de la incertidumbre del momento, Vanessa era profesional y concienzuda en su tarea, y se había ocupado de anunciar la situación al general encargado del Centro de Operaciones en el momento en que se tomó noticia de la misma. La respuesta del general no había podido ser más previsible; sin inmutarse mayormente, se había limitado a instruir a Vanessa para que se mantuviera observando cuidadosamente la situación, cuidando de darle al Convoy algún tiempo para que pudiera responder, y esperando que ese tiempo bastara para solucionar cualquier clase de interferencia o desperfecto con los sistemas de comunicación.
"Las hipótesis son demasiadas como para pensar que se trata de un ataque", le había dicho a Vanessa el general, tratando de terminar aquella conversación con un mínimo de optimismo.
– ¿Alguna novedad, teniente? – inquirió Vanessa desde su módulo de mando.
En el nivel principal del Centro de Operaciones, haciendo un alto en medio de la frenética corrida que hacía para supervisar el trabajo de los operadores en ese ambiente crítico, un joven teniente se quitó unos audífonos que llevaba puestos para mirar a Vanessa y responder a la pregunta.
– No, comandante, no tenemos nada aún. No responden a nuestros llamados.
A esa altura, el tiempo de las hipótesis ya había pasado. Era hora de que se tomaran en serio este misterio.
Vanessa tomó uno de los teléfonos junto a su consola y se llevó el auricular a su oído, sin necesidad de marcar un número con sus dedos o solicitar a alguna operadora que le conectara con su destino, ya que había sólo una persona en todo el Candelabro que podía responder a una llamada efectuada con ese aparato.
– ¿Sí, qué pasa? – dijo desde el otro lado una voz ronca y gruñona que a pesar de su mal humor, no podía disimular una preocupación creciente.
– General Maistroff, aquí la comandante Leeds, oficial de guardia en el Centro de Operaciones – se presentó Vanessa. – Han pasado dos horas sin respuesta del Convoy Io-1. Solicito su permiso para declararlo en situación de emergencia, señor.
– Muy bien, señores… quiero respuestas, quiero opciones y quiero soluciones – reclamó enérgicamente el general Maistroff a los otros altos oficiales presentes en esa junta de emergencia.
Tras la declaración del Convoy Io-1 como oficialmente en situación de emergencia, Maistroff había convocado a aquella junta con el fin de tomar las decisiones que fueran necesarias para sobrellevar la presente situación. Algunos hubieran considerado la decisión del Supremo Comandante como innecesariamente alarmista, sin embargo, si algo había aprendido Maistroff luego de tres años al frente de las Fuerzas de la Tierra Unida era que era preferible parecer alarmista que despreocupado… y que la Ley de Murphy era quizás la única constante del Universo.
– Ya han pasado cuatro horas, señor – dijo el brigadier Reinhardt, comenzando por donde tenía que hacerlo: desde el comienzo – y todavía no tenemos noticias algunas de Io-1.
– Sigo pensando que pudo tratarse de alguna clase de defecto técnico o mal funcionamiento de los sistemas… – opinó el general Leonard, acomodando como podía su enorme figura en el asiento que ocupaba.
– Lo dudo, señor. Enviamos el mensaje en todas las frecuencias militares, incluso las de emergencia. Es imposible que la Pombero o la Daffodil no hayan captado aunque sea una señal – negó Reinhardt meneando la cabeza; él mismo se había hecho esa pregunta desde el momento en que le informaron de la desaparición del convoy, considerando todas las alternativas posibles, y viéndose forzado a descartar la posibilidad de una falla de sistemas.
– Aún si asumimos por un minuto que todos los sistemas de comunicaciones de la Pombero y de la Daffodil se frieron al mismo tiempo – tomó la palabra el almirante Gaumont para reforzar el argumento de Reinhardt – enviamos una señal general en todos los canales civiles, y no recibimos ninguna respuesta de la Pombero, la Daffodil o de los transportes del convoy.
– Que los sistemas de comunicaciones de seis naves fallen todos al mismo tiempo y sean incapaces de captar alguno de nuestros mensajes es francamente imposible, señores – dijo Reinhardt a modo de conclusión, sintiéndose respaldado por el Jefe de las Fuerzas Espaciales.
– Entonces ¿qué cree usted que pudo haber pasado, brigadier Reinhardt? – retrucó Leonard con curiosidad, dejando entrever algo de molestia por haber sido descartada su hipótesis. – Tal vez pudo tratarse de alguna clase de accidente o desastre mayor.
– Poco probable, Anatole – respondió Gaumont en lugar de Reinhardt. – Tendría que haber sido algo muy grande para poder afectar a todas las naves de Io-1 en el mismo instante y dejarlas completamente incapacitadas. Volvemos al problema inicial.
Mientras ellos discutían y analizaban sobre la marcha las distintas posibilidades, el general Maistroff recorrió con la mirada a los oficiales presentes en esa junta, como si estuviera interrogándolos silenciosamente, sólo con la mirada. En la mente del Supremo Comandante las hipótesis y teorías iban y venían, aplicando en el análisis los razonamientos de sus oficiales; era su deber como comandante estar al tanto de todas las alternativas… y como siempre ocurría cuando se ponía a pensar con tanta concentración, su gorra de general cayó levemente sobre sus ojos, dándoles a entender a los presentes que el general estaba pensativo.
El silencio fue roto por el mismo Maistroff, quien preguntó a nadie en particular, con un tono tan casual como terrorífico:
– ¿Pudo haber sido un ataque?
– ¿Un ataque, señor? – balbuceó Reinhardt, revisando mentalmente las posibilidades y cayendo en la cuenta de que las probabilidades no eran precisamente bajas... – Supongo que puede ser, pero no creo que un enemigo que esté atacando el Sistema Solar vaya a perder el efecto sorpresa destruyendo a un convoy de transportes.
– Concuerdo con Adam, aunque no descartaría la posibilidad de que haya sido alguna clase de sabotaje – dijo Gaumont asintiendo vigorosamente en dirección de Reinhardt, pasando luego a explicar sus consideraciones. – Pueden haber sido separatistas, saboteadores, renegados Zentraedi micronizados… Dios sabe que la lista de gente que odia al Gobierno de la Tierra Unida es larga... – dejó concluir con tono ominoso.
– De cualquier manera, señores, – intervino Leonard, apoyando sus manazas en la mesa en un gesto que todos identificaron rápidamente como la forma que tenía el Jefe de Estado Mayor de recuperar terreno perdido en la discusión – necesitamos saber qué ocurrió con ese convoy. El proyecto Io es demasiado importante como para que quede retrasado con cosas como éstas.
– Tiene razón – agregó Maistroff. – Creo que debemos enviar algunas naves para investigar lo que ocurrió con el convoy.
– Si me lo permite, señor, – intervino Reinhardt – aunque no creo personalmente en la hipótesis de un ataque, no debemos descartarla completamente. Mi opinión es que, si optamos por desplegar naves de combate en esa región, que enviemos un buen número de naves, de forma tal que puedan no sólo investigar lo ocurrido, sino también dar una demostración de fuerza y hacer frente a cualquier contingencia plausible.
– ¿De cuántas naves estaría hablando, brigadier? – preguntó el Supremo Comandante, repentinamente interesado en la propuesta.
– Yo no enviaría menos de diez naves, general. – fue la respuesta honesta de Reinhardt.
– Así es – intervino Gaumont. – Si estoy equivocado y nos están atacando, odiaría estar tan lejos de nuestras bases y en inferioridad numérica. Lo que sea que enviemos, debe ser grande… no nos olvidemos que esta puede ser una excelente oportunidad para probar la capacidad de despliegue operacional de nuestra flota.
– Propongo que enviemos algo grande y capaz de operar por su cuenta… un grupo de batalla – sugirió Leonard.
– Almirante Gaumont ¿cuál es la situación actual de nuestras fuerzas espaciales en el Sistema Solar? – preguntó Maistroff, aparentemente ignorando la propuesta del Jefe de Estado Mayor.
Poniéndose de pie, Gaumont activó uno de los monitores de la sala de conferencias, dándole parámetros de información que le permitieron a la pantalla mostrar, apenas segundos después, la ubicación confirmada y detallada de todas las unidades militares de la flota terrestre.
– Nuestra disponibilidad de fuerzas es bastante limitada en estos momentos, general – comenzó el almirante, descorazonando a algunos de los oficiales presentes. – Exceptuando a los grupos de defensa de la Tierra, la Luna y Marte, que por razones obvias no deberíamos considerar enviarlos a un lugar como Júpiter, sólo tenemos veinte naves en patrullaje en todo el Sistema Solar, aunque están demasiado dispersas como para poder enviarlas como una fuerza coherente... Fuera de eso, tenemos otras dos docenas de naves atracadas en el Satélite Fábrica, en distintos estados de mantenimiento, lo que significa que no hay posibilidades de enviarlas a ningún lugar por el momento.
– ¿Qué hay de los grupos de batalla? – preguntó Maistroff.
– Los Grupos 1, 2, 4 y 5 están en misiones de exploración o de apoyo a la Iniciativa de Colonización en estos momentos. Tenemos al Grupo 3, el del Marcus Antonius, atracado en el Satélite Fábrica. Esas naves acaban de regresar de una misión de exploración y sus tripulaciones están de licencia, así que tampoco podríamos ponerlo en condiciones de operar, o al menos no hacerlo de inmediato. Sólo nos queda el Grupo 6, del Alexander... está en patrullaje cerca de Marte. Es lo más cercano que tenemos.
– ¿Está seguro de querer enviar al Alexander, almirante? – preguntó Leonard, dejando salir algunas dudas al respecto. – Me parece que el personal de ese grupo no tiene la suficiente experiencia como para manejar una situación como esta.
– No tenemos alternativas. De todas formas, necesitamos foguear a ese grupo de batalla. Y en este momento, es lo único que tenemos.
– Robert tiene razón, Anatole – repuso Maistroff. – En nuestras condiciones actuales, el Alexander y su grupo de batalla es lo único que podemos enviar en un tiempo aceptable a Júpiter.
Leonard asintió finalmente con la cabeza, cediendo al consenso mayoritario de los otros oficiales. En ese momento, Maistroff se puso de pie.
– De los grupos que actualmente están en exploración – continuó Maistroff, mirando en dirección del Jefe de las Fuerzas Espaciales – ¿cuál tardaría menos en regresar a la Tierra?
Consultando los datos que había traído para la junta y cotejándolos con los de Reinhardt, el almirante Gaumont pudo dar una respuesta tentativa:
– El más cercano al Sistema Solar en estos momentos es el Grupo de Batalla 2, comandado por la comodoro Park y con insignia en el Hannibal… está programado su regreso para la primera semana de mayo.
– Ordene al Hannibal que regrese con su grupo de batalla lo antes posible, almirante.
– Pero señor – trató de razonar Gaumont – si los llamamos ahora, ellos tardarían como mínimo diez días en regresar---
El almirante Gaumont no necesitaba aclarar que diez días era un plazo completamente inaceptable dada la situación actual.
– Estoy al tanto de eso, almirante – lo interrumpió Maistroff – pero prefiero que si nuestros refuerzos tardan en llegar, que tarden lo menos posible. El Hannibal podrá tardar diez días en regresar, pero eso significa que sólo tendremos que atravesar diez días en esta situación en vez de un mes… y eso es mejor que nada.
Sin poder responder a esa lógica, Gaumont supo en ese instante que el momento de discutir había quedado atrás… y que a juzgar por la mirada de Maistroff, la decisión ya había sido tomada y estaba por darse a conocer.
– Almirante Gaumont, que todas las naves de patrulla se reporten inmediatamente y aumenten su nivel de alerta a Condición Tres. En cuanto a las naves en mantenimiento, ordene que apuren los trabajos en el Satélite Fábrica… eso incluye al Marcus Antonius y su grupo.
– Sí, señor – respondió Gaumont.
– En cuanto a este asunto en Júpiter – continuó Maistroff a modo de conclusión definitiva – coordine con el brigadier Reinhardt el envío de órdenes al comodoro Hunter para que el Grupo de Batalla 6 se dirija a Júpiter a investigar la desaparición del convoy.
Rick estaba sentado en su oficina, leyendo sin ganas ni emoción algunos informes que habían llegado el día anterior desde la Tierra. El lugar, a diferencia de su camarote, no era grande; se trataba de una pequeña habitación a tiro de piedra de la Central de Comando de Flota, con un escritorio, una modesta estantería y algunas sillas para él y otros más, además de una terminal de computadoras para uso exclusivo del comodoro.
El hecho de tener su propia oficina era quizás lo que menos había podido aceptar de su ascenso a comodoro. No era porque el lugar fuera incómodo o poco práctico, sino porque para él, esa oficina era el símbolo más patente de su nueva condición de ex-piloto de combate… y siempre que estaba allí, volvían a él todas las burlas y chistes que él y los demás pilotos solían lanzar contra el personal de otras especialidades militares, en particular aquellos condenados a "pilotear un escritorio".
Las bromas dejaban de tener gracia cuando le quitaban a uno su Veritech y lo reemplazaban por un escritorio lustroso de metal y acabado en madera.
Por regla general, Rick prefería pasar el menor tiempo posible en su oficina, usándola solamente para para la preparación de informes y la lectura de los despachos que provenían desde la Tierra, tarea que, como era el caso en aquella tarde de abril, le solía ocupar algunas largas horas de su jornada de trabajo. Como le había ocurrido en muchas oportunidades durante las semanas que llevaba al frente del Grupo de Batalla, Rick se tomó un minuto para dejar vagar su mente en un intento de encontrar una explicación lógica para el voraz apetito de reportes… decidiéndose tras mucho pensar en la hipótesis más plausible de todas.
En alguno de los sótanos del Candelabro debía haber un monstruo gigante que se alimentaba de reportes e informes de situación, y al cual los miembros del Alto Mando trataban de aplacar asegurándole una provisión constante de papeleo militar, en un desesperado intento de evitar que el monstruo cambiara su dieta y prefiriera almorzar generales al escabeche...
La próxima vez que estuviera de visita en el Candelabro, pensó Rick con una sonrisa en los labios, iba a llevarse un buen palo de hockey, y recorrería todos los rincones del Cuartel General hasta encontrar a ese maldito monstruo, para luego matarlo a golpes y librarse así de la obligación de escribir esos insufribles reportes…
Sacudiendo la cabeza, Rick dejó atrás esos pensamientos tan agradables para concentrarse en la pila interminable de papeleo que tenía en su escritorio. La cacería del monstruo iba a tener que esperar.
Vuelto por completo a la realidad, Rick retomó la lectura de un despacho del Cuartel General, que reportaba a quien tuviera interés de leerlo la situación presente de la rebelión Zentraedi, con lujo de detalles y los más recientes vaticinios de los adivinos y lectores de palmas de Inteligencia Militar. Pero ya fuera de bromas, Rick sonrió con satisfacción al comprobar que las novedades detalladas en ese despacho eran, en efecto, positivas; tal vez lo que había dicho el brigadier Reinhardt hacía unos meses se estaba comprobando y aquella violencia demencial que insistía en sacudir a la Tierra estuviera por extinguirse.
Al terminar de leer el despacho, y dejándolo en una de las esquinas de su escritorio, Rick se estiró un poco en su silla y recorrió con la vista su oficina, mientras pensaba en cosas mucho más agradables con las que pudiera ilusionarse.
El primer crucero de patrullaje oficial del Alexander y su escolta iba finalizando su segunda semana… y al igual que durante las dos semanas pasadas, la sensación general que se vivía a bordo del portaaviones era de una tranquila y bienvenida rutina. La incertidumbre que había dominado buena parte del crucero de pruebas estaba definitivamente atrás; las tripulaciones se hallaban acostumbradas a las peculiaridades de sus naves de combate, y lo que una vez pudiera haber inspirado temor sobre ellas, ahora era solamente motivo de quejas en la cantina de la nave.
Para su infinito asombro, el acostumbramiento no era exclusivo de la tripulación, ya que Rick se había habituado a su nuevo grado y cargo, a tal punto que se sentía ya familiarizado con aquello que una vez le hubiera preocupado. Quizás no tanto como para pensar que fuera algo que hubiera estado haciendo toda la vida, pero sí como para sentirse más seguro y confiado con sus tareas a bordo de su nave insignia.
Tareas que continuarían durante las dos próximas semanas, como recordó con un dejo de amargura; dos semanas más en la inmensidad del espacio, sólo con sus pensamientos, antes de regresar una vez más al Satélite… y volver a Lisa.
Lisa. Rick sonrió con ternura al dejar que sus pensamientos revolotearan en torno a ella. Aquellas separaciones eran cada vez más insufribles, haciendo que él la extrañara aún más de lo que lo hacía… y haciendo que en sus ratos libres, su mente estuviera permanentemente rememorando detalles de los días que pasaban juntos entre misión y misión...
Esta separación actual era particularmente difícil de sobrellevar, ya que los recuerdos de aquella noche que habían pasado en el satélite aún lo atormentaban con dulzura; esa noche cargada de ternura, amor, y promesas de un futuro compartido… por más que ninguno de los dos hubiera podido poner en palabras lo que realmente sentían. Desde ese día, pero más aún desde el momento en que el Alexander había partido en su nuevo viaje, lo único con lo que el comodoro Rick Hunter soñaba era con volver a su lado, en tomarla nuevamente en brazos para besarla y acariciarla, para luego llegar a ese instante especial en el que por fin, tras tanto tiempo de dudas e inquietudes, podría hacerle aquella propuesta tan ansiada…
Tal vez lo más adecuado fuera sacarla por un instante de ese condenado Satélite Fábrica y llevársela a la Tierra, a algún lugar tranquilo y romántico. Tal vez, pensó entonces considerando la alternativa, él podría contactarse con Stan Frears a su regreso a la Tierra y preguntarle si no podría alquilar una de sus cabañas aunque más no fuera por unos días… eso sería maravilloso, unos días lejos de la ciudad y del trabajo, junto a Lisa, y entonces…
Mientras pensaba en todas esas cosas, las manos de Rick jugaron distraídamente con la pequeña caja aterciopelada en su bolsillo, y de pronto Rick sintió la necesidad de comprobar que la caja y los anillos eran reales, sacándola del bolsillo y levantándola hasta la altura de sus ojos...
"Sólo dos semanas más, pensó, dos semanas más y finalmente podré decirle a Lisa que---"
– Disculpe, comodoro – lo interrumpió la voz de Sammie en el altavoz de su oficina, sacándolo de sus pensamientos tan agradables. – Estamos recibiendo una transmisión de Prioridad Uno desde los cuarteles generales de la Tierra Unida para usted, señor.
– Pásela a mi terminal, comandante – ordenó Rick, una vez más de regreso a la realidad.
La terminal de Rick cobró vida, mostrando ante los ojos del comodoro Hunter un largo despacho militar que él leyó cuidadosamente… para luego dejar escapar un silbido de incredulidad al darse cuenta de lo que el Alto Mando le estaba pidiendo a él y a su grupo. Pero si eso había sido bastante para absorber, las instrucciones contenidas en un agregado a pie de página de la orden lograron hacer que su rostro empalideciera de la impresión.
"Esta gente está hablando en serio", pensó en cuanto pudo procesar aquel pedido.
Le tomó unos segundos pensar bien en lo que haría después, y en cuanto se decidió, tomó el auricular del comunicador de su oficina, marcando el número directo de la Central de Comando de Flota y dando sus órdenes sin siquiera anunciarse en cuanto Sammie respondió del otro lado:
– Comandante Porter, repórtese a mi oficina de inmediato. Por favor, dígales al capitán Sanabria y al comandante Morehouse – Rick se refería al jefe del grupo aéreo del Alexander – que deseo verlos también en mi oficina, y contacte a los demás capitanes del grupo para una videoconferencia.
– De inmediato, señor – contestó Sammie, colgando el aparato y procediendo a cumplir sus órdenes.
"Parece que se nos viene una grande", pensó Rick, releyendo el texto de la orden para asegurarse de que fuera real.
"Una grande en serio."
– ¡Comodoro en cubierta! – anunció el sargento jefe en cuanto Rick hizo su entrada en la Central, seguido a pocos pasos por Sammie.
Todavía no se había dado ninguna clase de anuncio oficial sobre las órdenes que habían sido motivo de discusión en la reciente junta de los oficiales superiores del grupo de batalla, pero Rick podía sentir la tensión en el aire en el momento en el que entró a la Central de Comando de Flota… como si esa tensión fuera algo palpable y tangible.
Lo único que la tripulación sabía hasta aquel momento era que había llegado una transmisión marcada como "Prioridad Uno" para el comodoro, a lo que siguió una junta urgente entre el comodoro y los capitanes del grupo de batalla, y que en cuanto terminó, se había dado inmediatamente la orden de colocar a todas las naves del grupo en Condición Tres, es decir, en el estado de alerta normal que debía mantener una nave militar… en tiempo de guerra.
Sea lo que sea, algo grande estaba pasando; eso era lo que Rick veía que pensaban sus tripulantes, y era eso lo que ellos demostraban con las miradas tensas e inquietas que le dirigían.
Por videoconferencia (y personalmente en el caso del capitán Sanabria), Rick ya había puesto a sus capitanes al tanto de la situación, quedando ahora informar oficialmente al resto de los hombres y mujeres del grupo. A la vez que repasaba en su mente una vez más el anuncio que en segundos más haría, Rick no podía dejar de recordar al capitán Gloval, y cómo siempre se había tomado el trabajo de poner a los tripulantes del SDF-1 al tanto de las misiones a realizarse. Era más que un acto de cortesía… hacía bien a la moral de los hombres y mujeres de las Fuerzas el saber para qué se les ordenaba salir a enfrentar una posible muerte.
Era incluso un acto de justicia y decencia humana.
– Quiero comunicación con todas las naves – ordenó Rick a su oficial de comunicaciones.
– El enlace está listo, comodoro – respondió la joven teniente encargada de las comunicaciones del grupo de batalla, extendiéndole a Rick un micrófono conectado al sistema.
Mientras se acercaba a la estación de comunicaciones y tomaba el micrófono en su mano, Rick tragó saliva antes de anunciar a todo el personal la situación y las órdenes que tendrían que cumplir en consecuencia.
– Atención a todo el grupo, habla el comodoro Hunter.
En doce naves de guerra, todo el mundo detuvo sus actividades para prestar atención a la voz joven y tensa que se escuchaba a través de los altoparlantes y sistemas de comunicación.
– Hace aproximadamente seis horas, el Cuartel General de las Fuerzas de la Tierra Unida perdió todo contacto con el Convoy Io-1 mientras se aproximaba al planeta Júpiter en cumplimiento de su misión. Todos los intentos por establecer comunicaciones con el convoy han fracasado.
Algunos pocos tripulantes en la Central de Comando intercambiaban miradas de inquietud al escuchar aquella noticia; definitivamente no preanunciaba nada bueno para el Alexander y sus naves de escolta.
– No estamos seguros sobre las causas posibles de la pérdida de contacto – continuó informando Rick, para luego pasar a la parte sustancial de su mensaje. – Es por eso que hemos recibido órdenes del Alto Mando de dirigirnos hacia Júpiter para investigar la desaparición de Io-1, y determinar las causas que llevaron a esta situación.
La reacción de la tripulación a las órdenes recibidas fue profesional; no hubo ni siquiera un suspiro. Si alguien tenía miedo o preocupación, no lo demostró abiertamente, aunque podía verse en las miradas de varios de ellos un atisbo de inquietud y nervios. No era para menos; para muchos de los tripulantes del Alexander, y por extensión para mucha gente en el grupo de batalla, se trataba de la primera situación de riesgo real que experimentaban desde su ingreso a las Fuerzas.
En silencio, luego de mirar a los hombres y mujeres de la Central, Rick se enorgulleció de la gente a su mando, al verlos dedicarse con tanto profesionalismo y eficiencia a sus tareas.
Todos los ojos de la Central de Comando de Flota estaban pendientes de Rick para escuchar cualquier cosa que fuera a decir después. Sin embargo, Rick se distrajo por un segundo, mientras sentía un murmullo apagado que parecía elevarse desde el interior de la nave, un retumbar de preparación para el combate, que lentamente parecía despertar al Alexander de la modorra de tiempo de paz y de lo que hasta ese momento había sido un crucero de patrullaje tranquilo y sin novedades…
– Se ha autorizado la realización de una transposición hacia las últimas coordenadas conocidas del convoy – anunció entonces Rick, tratando de contener su propia excitación.
La sorpresa era ahora inocultable e imposible de disimular, y en los rostros de varios oficiales de la Central podían verse muecas de incredulidad… hubo incluso uno o dos que sacudieron la cabeza como si quisieran despertar de lo que sea que estuviera pasando.
Las transposiciones estaban normalmente reservadas a operaciones de viaje interestelar; era muy raro, sobre todo teniendo en cuenta la experiencia del SDF-1 con su primera y única transposición, que se autorizara una transposición dentro del propio sistema solar… excepto que se tratara de alguna situación de emergencia que requiriera una rápida respuesta.
– Todas las naves, prepárense para ejecutar una operación de transposición en diez minutos. Hunter fuera – concluyó Rick, devolviéndole el micrófono a la oficial de comunicaciones y regresando a su asiento.
En cuanto se cerró la transmisión, las tripulaciones de las doce naves de combate comenzaron con una urgencia frenética los preparativos para la transposición, mientras un preocupado Rick Hunter se sentó en su silla, sin poder quitar sus pensamientos de lo que podría llegar a ocurrir, y esperando en el fondo de su ser que, fuera lo que fuera, no se tratara de algo tan terrible como la urgencia de sus órdenes daba a entender.
– Aquí el Puente: atención a todo el personal – proclamó una voz por los altoparlantes. – Operación de transposición en T-menos diez minutos y contando… todo el personal deberá alistarse para la transposición. Ingeniería, enviar reportes inmediatos sobre estado del dispositivo de transposición…
Doce destellos iluminaron el espacio que rodeaba al séquito de satélites de Júpiter, cada uno de ellos revelando al desvanecerse una nave terrestre emergiendo de una operación de transposición, hasta que al cabo de un par de minutos el Grupo de Batalla 6 estaba por fin en el espacio joviano, listo para cumplir con su misión y enfrentar lo que pudiera llegar a ocurrir.
– Transposición completa, comodoro. Todas las naves se han reportado, y no ha habido incidentes – informó un oficial de la Central de Comando de Flota, evidentemente aliviado por haber llegado sano y salvo a destino... y no haber acabado en algún otro lugar; los temores a la transposición jamás desaparecerían.
– Entendido – asintió Rick para luego dirigirse a Sammie. – Comandante Porter, ordene que todas las naves pasen a Condición Dos inmediatamente. Quiero que inicien un barrido de radar de inmediato.
– Sí, comodoro – respondió Sammie antes de tomar su propio micrófono y transmitir al grupo de batalla que debían incrementar su estado de alerta.
Dentro del sistema de estados de alerta empleados por las Fuerzas de la Tierra Unida, el declarar Condición Dos significaba que todas las naves debían estar en alerta completa, preparadas para cualquier contingencia o amenaza potencial, de tal forma de garantizar así un tiempo de respuesta mínimo ante una emergencia.
Por encima de ese nivel de alerta, las Fuerzas de la Tierra Unida sólo tenían un grado mayor de preparación: Condición Uno.
Y eso significaba: Estaciones de combate.
– Todas las naves reportan Condición Dos, comodoro – dijo Sammie girando en su silla tras recibir las respuestas del resto del grupo.
– Muy bien. Mantengan la formación y fijen curso hacia Júpiter – Rick se dirigió luego a su oficial de comunicaciones. – Envíe transmisiones a las naves del convoy en las frecuencias de emergencia, y esté atenta a cualquier posible respuesta.
– Sí, señor – respondió la teniente, volviéndose luego a su consola para enviar un llamado a través del micrófono:
– Convoy Io-1, aquí el UES Alexander, responda por favor. Convoy Io-1, aquí... – continuó repitiendo la oficial de comunicaciones por espacio de algunos minutos.
"Piensa, Rick, piensa... ¿qué está pasando aquí¿Cómo pueden seis naves desaparecer sin rastro?" se repetía para sus adentros Rick en un esfuerzo por comprender la situación que estaban atravesando. "Espero que no sea lo que estoy pensando..."
La expresión descorazonada de la oficial de comunicaciones sólo logró inquietarlo aún más.
– No hay ninguna respuesta, comodoro – dijo la oficial, negando con la cabeza para darle más énfasis.
– Intente con el resto de las frecuencias militares – insistió Rick. – Si después de cinco minutos no obtiene respuesta, pruebe con una transmisión abierta en los canales civiles.
– Sí, señor – respondió la oficial antes de cumplir con sus nuevas órdenes.
Mientras en la Central de Comando de la nave insignia un joven comodoro trataba de buscar una explicación racional a la situación en la que acababa de entrar, las doce naves del Grupo 6 continuaban su curso hacia el gigantesco quinto planeta, penetrando en su sistema solar en miniatura como un intruso en casa ajena, con sus radares y sensores escudriñando hasta el último metro cúbico de espacio que podían captar.
Para muchas personas en varias de aquellas naves, especialmente aquellas que no conseguían detectar nada a través de las pantallas de radar, la sensación era como si se estuvieran introduciendo a la boca del cocodrilo.
Sólo esperaban que esa sensación no fuera más que una ilusión.
Dos horas.
Dos horas habían transcurrido y todavía no había novedad alguna del convoy. Nada; ni una respuesta, ni una señal, ni siquiera una miserable pista que pudiera indicar qué diablos le había ocurrido a esas naves.
En su silla de la Central de Comando, Rick hacía esfuerzos sobrehumanos para contener la ansiedad que muy a su pesar lo estaba carcomiendo. Ya nadie podía negar que hubiera ocurrido algo muy serio con el Convoy Io-1… algo que casi seguramente no se trataba de un accidente. Rick Hunter no era precisamente lo que podría llamarse un experto en matemática, pero se había tomado el trabajo de calcular la probabilidad de que los equipos de comunicaciones de seis naves fallaran al mismo tiempo, arribando tras bastante pensarlo a una única respuesta, que era clara y contundente:
Prácticamente ninguna.
No podía dudarse de la seriedad de aquella situación; eso estaba claro desde el momento en el que Rick recibió la orden de conducir a su grupo de batalla en aquella misión. Si los tipos del Alto Mando no creyeran que la desaparición del convoy era un asunto grave que merecía la mayor de las atenciones, no hubieran enviado a todo un grupo de batalla a investigar. De cualquier manera, aún desafiando la más elemental lógica, el comodoro Hunter albergaba la esperanza de que los peores temores que había despertado la desaparición del convoy no fueran reales.
Las naves del Grupo 6 continuaban acercándose a máxima velocidad a Io, el destino final del malogrado convoy, manteniendo una estrecha formación de combate. En la pantalla principal de la Central, Rick podía ver aquel satélite, algo más grande que la Luna de la Tierra, sólo que repleto de manchas color rojo sangre y moteado de volcanes en permanente erupción, lo que le daba la impresión de ser una manifestación de ira cósmica, un pequeño punto de furia que contrastaba con la inmensidad de Júpiter.
De pronto, rompiendo con el tenso silencio reinante, uno de los controladores de radar se puso de pie y llamó a Rick con irrefrenable urgencia:
– Comodoro, será mejor que venga a ver esto...
Levantándose de su silla, Rick no perdió tiempo para acercarse a la consola de radar y ver lo que el controlador le quería mostrar, encontrándose al llegar allí con Sammie y el teniente Tessel, interesados también en ver de qué se trataba todo.
– ¿Qué pasa, sargento?
El controlador señaló su pantalla, que recibía datos de los radares de todas las naves del grupo. Al principio, el barrido del radar parecía perfectamente normal, hasta que en cierta área a algunos cientos de miles de kilómetros por delante del grupo, el barrido mostraba pequeños puntos que parecían hallarse estacionarios respecto del planeta… seis puntos, para ser exactos.
– ¿Qué es eso? – preguntó Rick sin entender lo que ocurría.
– Parecen ser naves, comodoro – respondió el sargento mientras trataba de ajustar el sistema para conseguir más información… y fracasando por completo en el intento.
– ¿Son nuestras¿Están dañadas?
La respuesta a ambas preguntas fue la misma: una sacudida de la cabeza que no indicaba una respuesta negativa, sino una honesta admisión de no tener respuesta alguna a aquellas preguntas.
– ¿Hay algo que pueda decirme sobre esas cosas, sargento? – insistió Rick, ya bastante exasperado por toda aquella incertidumbre.
– Eso es el problema, comodoro – dijo el sargento, dejando salir también su propia ansiedad. – No puedo obtener ninguna clase de dato adicional sobre esos contactos; lecturas de energía, emisiones de comunicaciones, velocidad, curso, ni respuesta de los sistemas de identificación amigo-enemigo… nada, señor, nada excepto que son contactos de radar, que son seis y que están allí afuera.
– ¿Pueden ser las naves del Convoy? – preguntó Sammie.
Fue Rick quien negó aquella posibilidad, casi sin pensarlo; después de todo, ellos habían intentado comunicarse con el Convoy durante horas, sin lograr obtener ninguna respuesta; si esas naves eran las que habían integrado el Convoy Io-1, la única manera de explicar la falta de respuestas a horas de transmisiones en todos los canales militares y civiles era que todos a bordo estuvieran muertos.
O lo más probable era que no se tratara de las naves del Convoy Io-1… sino de algo más.
– Estuve recibiendo la información de radar del resto del grupo, comodoro – le informó el sargento, señalando una vez más su pantalla – y todos coinciden en lo mismo; no sabemos nada sobre esos contactos excepto que están allí. Nada, señor… nada.
– Entiendo – dijo Rick, poniendo una mano en el hombro del sargento en un gesto de agradecimiento, para luego volverse a sus oficiales: – ¿Posibilidades?
– Puede ser que algún fenómeno natural esté bloqueando nuestros radares – aventuró Tessel.
– No, no puede ser – respondió Sammie con un tono de seriedad que Rick jamás le había escuchado. – Esto es demasiado específico… sea lo que sea, hay algo que está interfiriendo con nuestros radares e impidiéndonos obtener información sobre… esas cosas. Eso no es algo que me deje muy tranquila…
– ¿En qué piensas, Sammie? – preguntó Rick, repentinamente inquieto ante la seriedad con la que su jefa de Estado Mayor cavilaba.
– Pueden ser sistemas ECM – dijo ella como si nada.
Al escuchar esto, el teniente Tessel frunció el ceño y buscó en su memoria.
– ¿Contramedidas electrónicas? – preguntó Tessel sin ocultar su perplejidad. – ¿Pero cómo---?
Interrumpiendo a su oficial, Rick decidió que la hipótesis de Sammie merecía ser probada, y volvió a dirigirse al sargento de la estación de radar.
– Sargento, compare las lecturas que recibimos con los registros de sistemas ECM que tenemos en la base de datos.
– De inmediato, señor – contestó el sargento. – Tomará algunos segundos.
– Rick, era solamente una teoría… – murmuró por lo bajo Sammie.
Con una sonrisa sin humor en los labios, Rick simplemente miró de reojo a su jefa de Estado Mayor antes de responder:
– Ya lo sé, pero no perdemos nada con asegurarnos...
– Ya está, señor – anunció el sargento al cabo de unos treinta segundos, para luego inclinarse frente a la pantalla y estudiar los resultados obtenidos por el sistema…
Después de unos tensos segundos en los que los ojos de Rick, Sammie y Tessel estuvieron posados sobre aquel hombre, el sargento levantó la mirada… revelando una expresión de incredulidad rayana con el pánico.
– Comodoro... el análisis está completo... – informó el sargento, sin poder ocultar su inquietud. – Son sistemas de contramedidas electrónicas… y…
– ¿Y qué, sargento? – insistió Rick.
– Son sistemas ECM de uso estándar en la flota Zentraedi, señor – le respondió el sargento… y para el comodoro Hunter esas palabras hicieron que comenzara a fluir la adrenalina por todo su cuerpo, como preparándose para una posible batalla.
Sammie se acercó para mirar mejor la pantalla de radar y estudiar los resultados, para luego menear la cabeza como si algo no estuviera teniendo sentido para ella.
– Es un sistema ECM Zentraedi, de eso no hay duda… pero me sorprende que seamos capaces de detectar sus naves. El ECM debería bloquear por completo nuestras emisiones de radar, pero esto está funcionando a una potencia tan baja que no podría ser capaz de enceguecernos del todo.
– Hay algo aquí que huele mal – dijo Rick, mientras en su cabeza sopesaba y consideraba todas las posibilidades… incluso las de sus propias reacciones. – No cabe duda de que estos tipos usan sistemas Zentraedi, eso está claro¿pero por qué harían esto¿Por qué atacarían un convoy y después tratarían de ocultarse de forma tan torpe? Si fueran refuerzos Zentraedi, ya nos estarían atacando en lugar de hacer este juego... todo esto no tiene sentido. ¿Por qué actuarían así¿Qué están pretend---?
De pronto, Rick se detuvo a mitad de la frase, consumido en una nueva teoría que acababa de abrirse paso a través de sus cavilaciones con la fuerza del rayo:
– A menos que… – comenzó, dejando inconclusa la idea.
– ¿A menos que qué, comodoro? – preguntó Sammie con inquietud.
– A menos que estén siguiendo esta táctica porque no tienen otra opción...
– Señor, si me permite... – interrumpió el teniente Tessel.
– Adelante, por favor – invitó Rick.
– Nuestros registros de los sistemas ECM de la flota Zentraedi se basan en observaciones tomadas durante la guerra en condiciones de combate – comenzó a explicar el teniente.
– ¿Entonces?
– Que esas observaciones corresponden a naves Zentraedi que estaban funcionando con sus reservas de energía al tope, y que podían operar en perfectas condiciones de combate. ¿Y si estos tipos andan escasos de energía, y por eso no pueden usar sus ECM a toda potencia?
– Pero eso significa que no pueden ser refuerzos Zentraedi... no enviarían naves sin energía a atacarnos después de lo que le hicimos a Dolza – dijo Sammie, negando con la cabeza, y ante eso el propio Tessel no podía hacer otra cosa que coincidir con la jefa de Estado Mayor.
Sin embargo, la mente de Rick se alejó momentáneamente de esa discusión; la mención de Dolza despertó algo en él, una especie de comprensión más general de la realidad en la que estaban entrando… y con cada vez menos esfuerzo las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar…
– Tal vez no sean refuerzos... sino sobrevivientes – murmuró Rick a nadie en particular, dejando entrever esa idea que acababa de tener.
Los ojos de Sammie se abrieron bien grandes, sin poder creer lo que Rick estaba proponiendo.
– ¡¿De la flota de Dolza?! – balbuceó incrédula. – Rick, han pasado seis años... además esa flota fue totalmente destruida...
– Eran casi cinco millones de naves, Sammie. Algunas podrían haberse escapado. Ciertamente en ese momento no estábamos como para hacer un inventario de las naves que destruimos.
– Pero sin protocultura no habrían llegado muy lejos – intervino el teniente Tessel. – No habrían podido escapar de nuestro sistema. Su única alternativa sería esconderse...
Sammie completó la idea por él, y a cada palabra su tono se hizo más estremecedor.
–...Hasta que el convoy llegó aquí, y por eso lo destruyeron. Por todos los cielos...
Muy a pesar del huracán de emociones y de excitación que poco a poco lo estaba haciendo suyo, Rick encontró que se hallaba, por sobre todas las cosas, tranquilo y sereno, lejos del frenesí con el que había imaginado que se haría presente durante su primer combate al frente del grupo de batalla.
– Quién lo hubiera creído... renegados Zentraedi en el espacio – dijo entonces el comodoro, rematando el comentario con una sonrisa triste. – Mantenga la observación, sargento. Quiero que esos tipos sientan nuestros radares en sus espaldas.
– ¡Sí, señor! – respondió el sargento con una sonrisa que correspondía más a la de un tiburón que a la de un ser humano.
Seguido por Sammie y el teniente Tessel, Rick regresó a su asiento para sentarse a pensar unos segundos… unos pocos segundos, ya que la situación demandaba acción en ese mismo momento.
Tras observarlo por algunos instantes, Sammie finalmente encontró la resolución para hacerle a Rick una pregunta que definiría el futuro inmediato de ese grupo de batalla:
– ¿Cuáles son sus órdenes, comodoro?
Rick no levantó la vista, como si no hubiera captado las palabras de Sammie. En ese momento, Rick no dejaba de sentir el peso de sus palabras, de sus decisiones, de lo que iba a ordenar en unos escasos momentos… y de las consecuencias que acarrearían sus decisiones.
Con palabras suaves, lejos del alarido que hubiera esperado en una situación similar, Rick ordenó a su jefa de Estado Mayor:
– Que el grupo se prepare para combatir.
Señalando su consola, Sammie indicó rápidamente a la oficial de comunicaciones lo que tenía que hacer:
– ¡Ya escuchaste al comodoro: pasa la orden al resto del grupo!
– ¡Sí, comandante!
La tensión e inquietud que habían predominado durante las pasadas horas se esfumó como si jamás hubiera existido, mientras la actividad y la temperatura en la Central de Comando de Flota del Alexander se elevaban a cada segundo, como si todo el personal de la Central se viera impulsado por una descarga eléctrica.
Para los pocos escépticos que quedaban, el ulular atronador de las alarmas de combate hizo que se dieran cuenta finalmente de que esto iba en serio.
Las palabras duras y cortantes de la comandante Coleson, primer oficial del Alexander, magnificadas por los altavoces de la nave, imprimieron urgencia en las actividades de toda la tripulación.
– ¡Estaciones de Combate, Estaciones de Combate¡Que todo el personal se reporte a sus estaciones de combate de inmediato¡Establecer Condición Uno en toda la nave¡Esto no es un simulacro, repito, no es un simulacro!
En las otras once naves del grupo, sus capitanes repetían las mismas órdenes, llevando a todas sus naves a la situación de "Estaciones de Combate", mientras sus oficiales daban órdenes a todo el personal, siguiendo los procedimientos militares normales, y las tripulaciones dejaban lo que fuera que estuvieran haciendo y se apresuraban a tripular sus estaciones de combate lo antes posible.
Para cualquier profano en la materia, el observar a cientos de personas corriendo por los pasillos de las naves de guerra le resultaría una experiencia caótica y alejada de la disciplina militar, pero se trataba de un caos ordenado; la confusión sólo llegaba a quienes trataban de entenderlo todo… y con instintos bien entrenados y pulidos mediante docenas de simulacros, cada tripulante en cada nave estaba perfectamente enfocado en el papel que jugaría en la futura batalla, a tal punto que el sonido ensordecedor de las alarmas de combate y el griterío del personal no los molestaban o confundían, sino que incluso les servían de aliciente para llegar más rápido a sus estaciones de combate.
Cada segundo era vital, y bien podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Al cabo de tres minutos, el Grupo de Batalla 6, y el joven comodoro que lo comandaba, se preparaban para su primer combate.
El Puente del Alexander no era ajeno a la urgencia desatada en todo el Grupo de Batalla, y bajo la vigilancia estricta del capitán Sanabria, el personal del Puente se afanaba en poner al enorme portaaviones espacial en perfectas condiciones de batalla, comportándose con un profesionalismo y una calma envidiables. Prepararse para el combate no sólo incluía a la nave propiamente dicha, sino también asegurarse de que los cientos de Veritech y cazas convencionales que llenaban los hangares del portaaviones estuvieran armados y listos para despegar a la primera orden.
– Todas las cubiertas y secciones reportan estar listas para el combate – informó la comandante Coleson tras leer un despacho recibido en su consola. – La nave está en Condición Uno, capitán.
– Excelente – respondió con frialdad el capitán Sanabria, para luego dirigirse a su oficial táctico: – ¿Estado actual de las armas, teniente Grant?
– Todos los cañones de partículas están activados y listos, y los misiles están armados y cargados en los tubos de lanzamiento – aseguró Vince. – Todos los sistemas están preparados para abrir fuego a su orden, señor.
La atención del capitán Sanabria se dirigió a la pantalla de radar del Puente, en donde podían apreciarse claramente aquellos seis puntos misteriosos… que a juzgar por lo que se decía en la Central de Comando, se trataba de naves Zentraedi. No importaba su situación o lo que fuera que les estaba ocurriendo, lo que importaba era la sensata política mantenida por las Fuerzas de la Tierra Unida hacia los Zentraedi: toda nave que no estuviera presente en sus registros como pertenecientes a las fuerzas Zentraedi leales a Lord Breetai debían ser consideradas automáticamente como enemigas.
Y los registros, actualizados antes de dejar el Satélite, incluían la presente ubicación de todas y cada una de las naves Zentraedi de las fuerzas de Breetai.
En lo que concernía al capitán Diego Sanabria, eso era perfecto; lo último que necesitaba era abrir fuego contra fuerzas aliadas.
– Capitán, tengo al comandante Morehouse en la línea – informó Andrea Coleson. – Solicita permiso para lanzar los escuadrones de cazas.
Sanabria se permitió unos segundos para considerar la solicitud, segundos que no fueron demasiados, con tal de no inquietar demasiado a la tripulación con una posible falta de decisión por parte suya… segundos que Sanabria pasó recordando su breve y escalofriante experiencia de combate espacial: aquellas horas espantosas vividas a bordo del Armor-4, seguro en la órbita lunar mientras la Tierra moría bajo el bombardeo Zentraedi, y mientras el futuro de la Humanidad parecía encaminarse inexorablemente hacia el exterminio.
En esa oportunidad, Sanabria no creyó que nadie pudiera llegar a salir con vida de esa tormenta, pero ahora… ahora las cosas no parecían tan terribles como en aquel momento ya tan lejano, y sin embargo, Sanabria no podía dejar de preguntarse cuántos miembros de su tripulación no regresarían a sus casas en caso de desatarse una batalla.
– Dígale al comandante Morehouse que sus escuadrones tienen permiso para despegar – le ordenó Sanabria a su primer oficial. – ¡Señor Grant!
– ¿Sí, señor? – contestó Vince.
– Prepárese a disparar en cuanto hayamos recibido órdenes del comandante del Grupo.
Y pensar que esa iba a ser una noche tranquila…
Unas rondas de combates simulados en las máquinas de "Battroid Attack" que tenían en la Sala de Recreación, unas buenas bebidas con sus amigos y compañeros de trabajo… una noche pacífica y sin novedades.
Hasta que a alguien se le ocurrió despachar a todo el grupo de batalla a Júpiter, arruinando todos sus planes.
Y era solamente por eso que, en vez de estar pensando cómo haría para seguir adelante en el campeonato interno de "Battroid Attack" que mantenía el Escuadrón, el primer teniente Matt Villiers estaba sentado en la cabina de su VF-1J Valkyrie finalizando la revisión de sistemas previa al despegue.
En cierta manera, pensó, casi era preferible estar allí antes que en una noche de pilotos… después de todo, Matt Villiers dudaba de que los Zentraedi fueran a gastarle bromas por haberse convertido en el nuevo objeto de afecto y diversión de la jefa de Estado Mayor del grupo de batalla. No era que Sammie Porter fuera alguien a quien había que evitar como si fuera la plaga, de hecho era todo lo contrario, pero si tan sólo no fuera tan endemoniadamente… directa…
Villiers se obligó a dejar de pensar en sus propias peripecias sentimentales, volviendo a concentrarse en poner su máquina de combate a punto.
Su caza Veritech, que había sido llevado al estándar "Super Valkyrie" al igual que los otros VF-1 del Escuadrón Tigres Siberianos, permanecía en una de las bahías de lanzamiento del Alexander con las turbinas en espera, completamente listo para despegar a la primera orden e impartir castigo indiscriminado al enemigo. Villiers, al igual que el resto de sus compañeros de escuadrón, consideraba que el VF-1 en su versión "Super" era sencillamente la máquina de combate más poderosa jamás concebida… incluso la consideraba muy superior al nuevo VF-4…
– Aquí Líder Tigre al Escuadrón – anunció la voz del teniente comandante Guimaraes a través de la red táctica. – Tenemos luz verde para despegar en quince segundos.
– ¡Enterado! – respondieron al unísono todos los pilotos del Escuadrón Tigres Siberianos.
Pasados los quince segundos, y tras la confirmación recibida desde el Puente, el teniente Villiers dio máxima potencia a las turbinas, alejándose a gran velocidad de la bahía de lanzamiento del Alexander para unirse a la formación de combate de su escuadrón.
Detrás de los escuadrones Veritech, los siguientes aparatos en abandonar las cavernosas bahías del Alexander fueron los de los escuadrones de cazas de ataque convencionales. Estas aeronaves, si bien carecían de la prodigiosa capacidad de transformación del VF-1, compensaban aquella carencia con una batería poderosa de misiles y cañones, capaces de infligir un castigo indecible a cualquier nave a la que decidieran atacar… y por más que los pilotos de Veritech consideraran a sus colegas de los cazas convencionales como pobres desafortunados, todos estaban perfectamente conscientes de que no había nadie mejor para el trabajo de devastar naves de guerra.
Al cabo de apenas quince minutos, más de ochocientos cazas terrestres, entre Veritech y convencionales, surcaban el espacio a toda la potencia que les daban sus turbinas, listos y preparados para lanzarse sobre el enemigo en cuanto estuviera a su alcance.
Por órdenes previas de Rick, el ataque a la flota enemiga quedaría en manos de los escuadrones de combate del Alexander, que serían enviados a la refriega a excepción de cuatro de ellos, que junto a los escuadrones de combate de las otras naves del grupo de batalla, permanecerían como reserva y defensa extendida de las naves de combate.
Todas las naves habían activado sus sistemas de armas, y a las búsquedas inquisitivas de los radares se les sumaron los sistemas de adquisición de blancos y control tiro, que revisaban aquel sector del espacio en busca de la más mínima señal que les permitiera guiar a las armas del grupo de batalla contra ellos.
Hasta aquel momento, no había habido suerte. Los sistemas ECM de los Zentraedi podían estar funcionando a baja potencia, pero sí habían demostrado ser endemoniadamente efectivos a la hora de impedir una identificación clara del número de naves que los esperaban… condenando al grupo de batalla a aguardar con el aliento entrecortado y los dedos en los botones de lanzamiento a que las naves de reconocimiento ES-11 Ojo de Gato que acompañaban a la fuerza de ataque enviaran sus reportes…
Rick esperaba con impaciencia que las naves de reconocimiento se acercaran al objetivo, rogando que aquellos enormes radares tuvieran la suficiente potencia como para anular el ECM y darle una mejor idea de aquello a lo que se enfrentaba. Sólo quedaba esperar algunos minutos de horrenda incertidumbre.
"Un poco más de paciencia, Hunter, se decía para tranquilizarse. Sólo un poco más---"
– ¡Comodoro, Ojo de Gato 2-6 reporta detección concreta de blancos enemigos! – exclamó de pronto uno de los controladores de vuelo.
– ¡Ojo de Gato 4-1 confirma detección, señor! – agregó otro más.
– ¿Cuántos son? – inquirió Rick.
– Dos destructores, cuatro fragatas, y detectamos alrededor de quinientos battlepods y cazas de combate, señor – respondió el controlador que primero había hablado. – Los battlepods se dirigen hacia nosotros en formación de combate.
Seis naves de guerra y quinientos battlepods; una fuerza bastante reducida para los estándares Zentraedi de antes de la guerra, pero que en el período del post-Holocausto debía ser una flota considerable para ellos. Con esos datos en mente, Rick realizó una breve comparación entre las fuerzas, cuyos resultados le provocaron una sonrisa de satisfacción al comprobar que las doce naves su grupo de batalla tenían el poder de fuego suficiente como para acabar con esas naves Zentraedi.
En teoría.
– Ordena a los escuadrones Veritech que ataquen a los pods y cazas Zentraedi a discreción. Que las naves de guerra se preparen para disparar contra las naves enemigas a mi señal – indicó Rick a Sammie, que supervisaba las labores de toda la Central de Operaciones, apelando a su propia experiencia de combate.
Los cañones de una docena de naves terrestres apuntaron inmediatamente a los objetivos marcados por las naves de reconocimiento, esperando solamente la orden para desatar su furia y abrir fuego en contra de esas naves Zentraedi.
Y en ese momento aquella orden, de la que estaban pendientes miles de personas en ese grupo de batalla, estaba en manos de un joven comodoro que enfrentaba el combate por primera vez fuera de la cabina de un caza Veritech.
– Distancia al blanco: 180.000 kilómetros, comodoro – informó un oficial que atendía una de las consolas de la Central.
El momento al fin había llegado.
– Todas las naves… tienen permiso para disparar – ordenó el comodoro Rick Hunter.
Los cañones de doce naves de guerra tronaron al unísono, lanzando sus cargas de energía contra las naves enemigas. Atravesando el espacio como portadores de muerte, los rayos de partículas avanzaban a la velocidad de la luz para estrellarse contra los cascos de las naves Zentraedi, lacerando sus cascos como si se tratara de latigazos sobre la carne humana.
Al fuego de los cañones terrestres le siguieron unos segundos después las primeras salvas de misiles antibuque. En apenas un segundo, las naves Zentraedi se estremecieron con el impacto de los disparos, y sus cascos, a pesar de estar dotados de una resistencia tremenda para los estándares de la preguerra, sufrieron horrendas heridas y averías a causa de aquella tormenta de fuego. Las explosiones provocadas por las armas terrestres atravesaron con furia cubiertas y secciones en todas las naves, algunas de las cuales apenas habían sido emparchadas luego de la batalla final de la flota de Dolza.
Algunas de las naves resistieron mejor que otras el castigo desatado sobre ellas, pero una fragata Zentraedi recibió más daños de los que su casco y sistemas podían soportar, desapareciendo en una fracción de segundo, obliterada en una explosión cegadora que arrastró a algunos de sus mechas en la destrucción. Otras cuatro naves habían sufrido daños severos en ese ataque, aunque nada tan grave como lo que había pasado su compañera recientemente destruida… y a pesar del fuego granado que recibían de la flota microniana, todavía se mantenían en condiciones de combate.
Podía decirse lo que fuera sobre los Zentraedi, pero no podía negarse que sus naves habían sido construidas para durar.
La respuesta de las naves Zentraedi al ataque de la flota de Rick fue más que inusual: simplemente se limitaron a responder con salvas de misiles y torpedos, sin disparar sus propios cañones de energía contra la flota de la Tierra.
Era como si fueran un boxeador que voluntariamente mantenía uno de sus puños escondido tras su espalda… y el sinsentido de aquella alegoría era perfectamente aplicable a la situación presente.
En la Central de Comando de Flota del Alexander, Rick miraba los datos que iban llegando a su pantalla principal con una perplejidad que iba en aumento a cada instante. El ataque Zentraedi no parecía ser del todo definido, y las defensas del grupo de batalla eran más que efectivas contra la respuesta Zentraedi. Repeler un ataque de misiles no era problema; para eso las naves estaban erizadas de montajes láser para defensa cercana, que con absoluta impunidad hacían que los misiles Zentraedi cayeran como moscas, abatidos por las desesperadas salvas láser de las naves terrestres.
Satisfecho de haber contenido el extraño contragolpe enemigo, Rick decidió observar cómo marchaba el combate de los Veritech.
Para su satisfacción creciente, los cazas estaban haciendo un gran trabajo; los Veritech estaban causando estragos entre los mechas enemigos, devastándolos a grandes distancias antes de siquiera poder responder al fuego de los cazas de combate terrestres. Los pocos battlepods y cazas Zentraedi que sobrevivían el tiempo suficiente para atravesar la cortina de misiles lanzados sobre ellos terminaban destrozados por los cañones de los Veritech, mientras éstos alternaban entre sus modalidades Fighter y Battloid según lo requería la situación, haciendo el mejor uso posible de las capacidades que cada modalidad podía aportar.
Las pérdidas Zentraedi en aquella furiosa batalla de cazas eran atroces; ocho naves derribadas por cada Veritech perdido...
"Esto no es una batalla", pensó Rick, "es una carnicería."
Igual que Buenos Aires.
– Disparen otra salva de cañones y misiles – ordenó Rick, sintiéndose sobrecogido por la furia renacida que lo había invadido al recordar Buenos Aires.
El inmenso Alexander se sacudió ligeramente con la potencia del disparo de los poderosos cañones que componían su armamento. Aquella sacudida, por más sobresaltos que le trajera a más de uno, no se comparaba con la que estaban pasando las naves Zentraedi a las que iban dirigidas esos disparos; y otra de las fragatas enemigas acabó desapareciendo en una bola de fuego segundos después de recibir una andanada fatal.
La respuesta de los Zentraedi a este segundo ataque de la flota terrestre fue igual a la anterior; una salva de misiles, pero nada de láseres… absolutamente nada.
Sin embargo, esta vez el Alexander se sacudió con más fuerza, y la inercia hizo que varios oficiales que estaban de pie en aquel momento perdieran momentáneamente el equilibrio; un misil Zentraedi había logrado abrirse paso y evitar la cortina de fuego defensivo, estrellándose con furia contra la proa del gigantesco portaaviones. Aquel disparo, si bien había logrado causar daños al Alexander, no fue suficiente como para poner a la nave en grave riesgo.
Conteniendo una maldición inspirada por el impacto del misil Zentraedi, Rick estaba a punto de ordenar otra salva cuando...
– Comodoro, los Zentraedi… se están retirando – le indicó uno de sus oficiales en un tono de voz que sólo podía definirse como "atónito". – Lo pondré en la pantalla principal, señor.
La pantalla principal de la central mostraba ahora una imagen más extraña, aún si cupiera pensar en algo más "extraño" que toda aquella situación. Las naves Zentraedi aceleraban a toda su potencia, incrementando su distancia respecto de la flota de Rick, mientras seguían un curso que las llevaría hacia el polo norte de Júpiter. Los battlepods que habían podido escapar de las fuerzas terrestres se retiraban en estampida, pasando rápidamente de la ofensiva a la defensiva en un intento de proteger a sus naves nodriza de la carga de las aeronaves terrestres.
Por su parte, los Veritech, convertidos ahora en cazadores, derribaban a sus enemigos sin mayores complicaciones, causándoles sangrías espantosas en sus contingentes de mechas y cazas de combate.
La mente de Rick corría a gran velocidad en un intento de entender lo que ocurría, mientras sus pensamientos se sucedían a ritmo vertiginoso, llevando al comodoro Hunter a través de un torbellino de ideas y recuerdos a cual más doloroso…
Era una masacre y los Zentraedi estaban corriendo por sus vidas… corriendo como habían tratado de correr en Buenos Aires… corriendo como siempre lo hacían los renegados, ensañándose con gente desarmada pero después puestos en fuga ante la menor señal de un Veritech. Poderosos guerreros Zentraedi… ¡patrañas! En la tierra o en el espacio eran lo mismo, soldados fanfarrones reducidos al bandolerismo y a la rapiña. En la Tierra, atacaban ciudades y pueblos indefensos, deleitándose en masacrar civiles y destruir propiedades por el gusto de hacerlo… en el espacio, atacaban transportes civiles… matando a centenares, tal vez miles de personas en un segundo… personas que tenían familias en la Tierra, seres amados, esposas, maridos, hijos, niños… niños como aquellos huérfanos de Resistencia, como todos los niños en todas las ciudades a las que había llegado, siempre demasiado tarde…
– ¿Órdenes, señor…? – preguntó cortésmente el teniente Tessel, sintiendo la presión implícita del resto de los operadores de la Central de Comando de Flota.
Rick no contestó ni se dio por aludido, y sus manos se contrajeron al cerrar los puños. Sus labios se apretaron, y en las comisuras podía observarse un leve temblor de furia que deseaba escapar. Sentía que la furia se apoderaba de él, abrumando sus sentidos y llenándolo de un deseo de destrucción que antes lo había aterrorizado y provocado pesadillas y culpa… pero que ahora, reencendido en el fragor de la batalla, le parecía a Rick como si fuera lo más natural del mundo.
"Estos no van a lastimar a nadie más…"
– Comodoro Hunter… ¿cuáles son sus órdenes? – fue el turno de Sammie de preguntar, ya sintiéndose un tanto inquieta por las emociones que podía distinguir en el rostro de Rick.
Al cabo de unos segundos de espectral silencio en la Central de Comando de Flota del Alexander, la voz de Rick Hunter se oyó, más helada y despiadada que nunca…
– Persíganlos – ordenó Rick con una mirada hambrienta y un brillo inhumano en sus ojos. – No los dejen escapar. Y no dejen de disparar.
– ¡Destructor enemigo acabado, capitán! – exclamó con júbilo una de las controladoras de vuelo levantando el puño al aire.
El gesto triunfal de la joven suboficial fue imitado por muchos otros tripulantes del Puente del Alexander al ver cómo uno de los dos enormes destructores Zentraedi desaparecía en una serie de explosiones, tras recibir de lleno una mortífera salva de misiles… y dejando a la formación enemiga reducida a la mitad de su fuerza.
En todas las estaciones del Puente, la actividad continuaba a ritmo frenético, con toda la tripulación consumida por el fragor del combate y sus sentidos acelerados por la adrenalina.
Pero por alguna razón que no podía explicarse, al capitán Diego Sanabria se le hacía difícil sumarse a la algarabía reinante.
– Esto no cierra – murmuró Sanabria en el puente de mando del Alexander,hablando para nadie en particular– Hay algo aquí que no anda bien.
– ¿Qué quiere decir, señor? – preguntó Vince Grant, sin despegar los ojos de su propia estación, desde la que controlaba y supervisaba la operación de los sistemas de armas del gigantesco portaaviones.
– Quiero decir que es demasiado... lindo.
– No creo entenderlo, capitán – siguió Vince.
– Piénselo, teniente... les disparamos dos salvas completas y sólo nos responden con misiles...
– Tal vez quieran conservar la energía y por eso no nos disparan con sus cañones – aventuró a responder Vince.
– ¿En una situación de vida o muerte para ellos? – contestó Sanabria descartando de plano la posibilidad. – Créeme, Vince... si yo fuera su comandante, lo último en lo que pensaría es en guardar energía para el próximo combate sin saber si sobreviviré a éste.
Vince se encogió de hombros, mientras ahora miraba a su capitán, cayendo repentinamente en la cuenta de que la lógica de lo que Sanabria estaba diciendo era innegable. Sin embargo, ese pensamiento estaba lejos de tranquilizarlo… ya que de ser cierto lo que postulaba el capitán, eso significaba que había algo peor dando vueltas.
Algo que se les estaba escapando.
– Esto está saliendo demasiado bien... derrotamos a sus battlepods, dañamos sus naves ¿y se retiran así tan rápido? – continuó Sanabria, encontrando a cada segundo más razones para desconfiar de lo que todos sus operadores y sensores insistían en decirle.
– Tal vez... – musitó Vince, aventurando una nueva posibilidad que le provocaba un terrorífico frío en toda la espina.
– ¡No se guarde sus opiniones, señor Grant! – le reclamó el capitán.
– Capitán... ¿y si están buscando que los persigamos?
Sanabria se quedó en silencio, mientras en su mente recorría hipótesis y posibilidades, contrastando los hechos con comportamientos y experiencias, mientras se devanaba los sesos en busca de alguna explicación racional para un comportamiento que parecía irracional en un Zentraedi.
El problema era que una raza dedicada exclusivamente a la guerra no era propensa a comportarse de manera irracional… lo que fuera que estuviera ocurriendo, era muy probable que fuese parte de algo más grande y terrible.
– Señor Grant, ponga el curso proyectado de las naves enemigas en el monitor.
Luego de teclear algunos comandos, una de las pantallas se iluminó con una proyección estimada del curso que seguirían las naves Zentraedi en su retirada… y mientras Sanabria juzgaba las posibilidades, lo que veía en esa pantalla le estaba despertando una preocupación que iba en aumento a cada instante.
– Ese curso es de los peores que podrían haber elegido. Hasta un cadete encontraría una mejor forma de retirarse que seguir ese curso. Un momento...
Con la vista, Sanabria siguió el curso de retirada y encontró algo muy inquietante… algo que parecía pequeño en comparación con la majestuosidad de la batalla, lo suficiente para pasar desapercibido para alguien que está consumido por la violencia del combate, y que por tanto no está en condiciones de observar los detalles más pequeños de una situación.
Aquel curso de retirada tan insólito empezaba a exhibir evidencias de una intencionalidad diferente… una maldita y desastrosa intencionalidad que podría tener muy poco que ver con una retirada. Si el Grupo de Batalla seguía a los Zentraedi en el curso que habían fijado para su retirada, en menos de dos minutos los pondría a una distancia bastante peligrosa respecto del polo norte de Europa, otra de las lunas mayores de Júpiter.
Y si había algún lugar donde los radares no necesitaban interferencias ECM para no detectar nada, eso era en los polos de un planeta o satélite, con toda aquella carga magnética natural...
"¿Por qué nos quieren llevar ahí?" pensó Sanabria.
La respuesta lo golpeó con la fuerza del rayo, y él pudo sentir cómo su corazón empezaba a latir más rápido… impulsado por la adrenalina del combate y por el terror que le despertó aquella respuesta.
– ¡¡LLAME AL COMODORO HUNTER DE INMEDIATO!!
– ¿Está seguro, capitán? – preguntó Rick, sintiendo que las palabras de Sanabria lo congelaban.
– Me temo que sí, comodoro – respondió Sanabria a través del teléfono, haciendo todos los esfuerzos para contener su inquietud. – Si seguimos en ese curso correremos un grave riesgo. Pueden tener refuerzos esperando allí para emboscarnos.
Rick contempló su propia pantalla, que ahora mostraba la información que Sanabria había analizado... y Rick no tardó en comprender que lo que decía el capitán del Alexander tenía perfecto sentido: los Zentraedi querían que los siguieran hasta quedar a tiro de lo que fuera que hubiera en aquel punto.
Un sudor frío recorrió la espalda de Rick al pensar en lo que podía estar ocurriendo, y lo que podría llegar a ocurrir. Era momento de una decisión que bien podía hacer a la vida o muerte de los hombres y mujeres bajo su mando: seguir a los Zentraedi y arriesgarse a entrar en una trampa, o romper la persecución y darles la posibilidad de escapar.
La decisión era bastante clara, y Rick dejó escapar un suspiro de resignación antes de anunciarla:
– Que todas las naves rompan persecución... llévenos en curso hacia Júpiter, pero no dejen de disparar.
– ¿Qué hay de los escuadrones Veritech, señor? – inquirió el teniente Tessel.
– Ordéneles que hagan una última pasada sobre las naves enemigas y que retrocedan hasta... este punto – Rick señaló un set de coordenadas en el mapa táctico, que marcaban un punto situado a dos tercios de la distancia que había entre las naves Zentraedi y el grupo.
Respondiendo a la orden emanada de la nave insignia, las naves de guerra terrestres alteraron súbitamente su curso, permitiendo que los Zentraedi se elevaran por sobre su plano, en lugar de seguirlos en su insólita retirada. Sin perder la formación que llevaban, las naves y los escuadrones Veritech que las protegían continuaron en la nueva dirección indicada por el comodoro Hunter, mientras continuaban disparando contra los Zentraedi para no dejarlos tranquilos, buscando además limitar sus posibilidades de escapar.
– Hemos dejado Europa atrás, señor – informó Sammie tras revisar la posición del grupo de batalla.
– Muy bien. ¿Estado de las naves enemigas? – preguntó Rick.
– Siguen sufriendo graves daños, señor, pero todavía continúan en combate.
– ¿Qué hay de los escuadrones Veritech de la fuerza de ataque?
– Terminaron su pasada y regresan a las coordenadas prefijadas. El comandante Morehouse informa que han derribado doscientos veintiocho mechas enemigos, señor. Nuestras pérdidas han sido de treinta y siete naves.
Rick se permitió sonreír al escuchar esa información. Había temido que las pérdidas de los Veritech fueran mucho mayores, especialmente al enfrentarse contra fuerzas Zentraedi en el espacio, en donde los Zentraedi gozaban de una mayor experiencia de combate. Pero a pesar de todo, la batalla parecía ir bien. Especialmente desde que Sanabria lo alertó de aquella posible trampa... sea como fuere, parecía que la trampa Zentraedi no había sido tan efectiva. Ahora quedaba terminar con aquel trabajo, y para eso se ocuparía de causarles suficientes daños a los Zentraedi como para prevenir su escape...
– ¡Nuevos contactos enemigos, señor, sobre el polo norte de Europa! – anunció casi a los gritos y con voz aterrada el sargento encargado del radar. – ¡Detecto seis, repito, seis naves de guerra Zentraedi aproximándose por la popa, clasificación en progreso!
– Las otras naves Zentraedi se están deteniendo, comodoro... ¡cambian su curso¡Se dirigen hacia nosotros! – dijo Sammie incrédula.
– ¡¿Qué?! – preguntó Rick, sin dar crédito a lo que oía.
"¿Qué diablos está pasando?"
Otras seis naves Zentraedi habían emergido de entre la cobertura que brindaba el polo norte de Europa como predadores ocultos entre las sombras, listos para lanzarse sobre sus confiadas presas. La trampa montada para asegurar la destrucción de la flota microniana no había salido tan bien como los comandantes de la fuerza Zentraedi habían pensado en un primer momento –¡culpa de la maldita astucia microniana! – pero eso ya no tenía importancia alguna.
Era tarde para sus enemigos: las naves micronianas se habían acercado demasiado como para escapar de la trampa, aún si ésta no funcionara perfectamente. De cualquier manera, ahora los enemigos de los Zentraedi acabarían enfrentándose a lo que quizás era la pesadilla táctica de todo comandante: sufrir ataques desde dos lugares diferentes al mismo tiempo.
El tiempo de correr había terminado. El tiempo de esconderse había pasado. Ahora era hora de ejecutar su venganza sobre estos micronianos, a quienes dejarían tan destruidos y reducidos a polvo como lo habían hecho con aquellos molestos transportes que aparecieron hacía algunas horas.
Cambiando su curso y convergiendo sobre la posición de los micronianos, las dos flotillas Zentraedi apuntaron sus enormes cañones de partículas hacia el grupo de batalla microniano, y a una voz de la nave líder, descargaron su armamento con furia y saña sobre sus enemigos, ansiosos de devolverles las cortesías que les habían sido infligidas por sus enemigos.
Esto no era como aquel misil que había burlado las defensas del Alexander apenas unos minutos atrás. Los Zentraedi se habían quitado los guantes, y disparaban con total abandono sobre el grupo de batalla, descargando sus cañones y misiles y haciendo que el Alexander se sacudiera con las docenas de impactos de partículas que laceraban su casco.
Después de los cañonazos, llegaron los misiles y torpedos, con sus gigantescas cabezas de guerra enfocadas obsesivamente sobre las naves terrestres como si fueran lo único que existía en el universo. Desafortunadamente para los hombres y mujeres del grupo de batalla, las defensas cercanas del grupo habían sufrido graves descalabros con el reciente bombardeo, con un efecto devastador sobre su eficiencia y capacidad de repeler ataques.
A pesar de los denodados esfuerzos de los operadores de armas en las naves terrestres, varios misiles atravesaron la barrera defensiva y se estrellaron contra los cascos de las naves de Rick, descargando su brutal carga de muerte sin discriminación alguna.
Los espantosos sonidos de las alarmas retumbaron en todos los compartimientos de la nave. En la Central de Comando de Flota, algunas de las consolas se apagaron debido a los cortocircuitos, mientras que otras estallaron a causa de las sobrecargas provocadas por los impactos, hiriendo a sus controladores. Algunos tripulantes corrían con extintores de fuego para prevenir que un incendio pusiera a la Central fuera de combate y dejara a la flota sin un centro neurálgico, a la vez que otros se ocupaban de sacar a sus camaradas heridos de la Central, para llevarlos hasta la enfermería de la nave con la esperanza de poder tratar sus heridas y salvar sus vidas.
– Equipos de control de daños, reportarse a las cubiertas 8, 11, 15, 23, 25, 26 y 31. Evacuar la cubierta 14 entre las secciones G y M. Preparen equipos contraincendios – ordenaba por los altoparlantes una voz femenina que traslucía ansiedad que iba en aumento.
Sintiendo algo salado en su boca, Rick descubrió que con toda aquella tensión había mordido su labio hasta lograr que sangrara levemente. Tras quitar algo de la sangre con su lengua, el comodoro Hunter se incorporó con creciente resolución, dispuesto a retomar el control de aquella situación antes de que el caos los condenara a todos por completo.
– ¡Reporte de daños! – ordenó.
Sammie consultó los datos que llegaban a su terminal, y quitándose el sudor de su frente con la mano comenzó a leer:
– Daños menores en el Alexander; Austerlitz, Thunderbolt y Dandelion reportan daños moderados en todas sus secciones y están perdiendo velocidad. Dieppe y Undine informan que han sufrido escasos daños. El resto de las naves reportan condición normal.
– Que todas las naves aceleren y mantengan la distancia respecto de ambos grupos... debemos evadirlos – instruyó Rick a sus oficiales. – Continúen disparando, quiero que no tengan un minuto de pausa. Ordene a los Veritech que se reagrupen y preparen un contraataque contra ese nuevo grupo.
– Sí, señor – respondió Sammie.
Los Veritech cruzaron el espacio como furias para lanzar su desesperado ataque, derribando muchos de los battlepods que protegían aquella nueva formación Zentraedi. Era indispensable que ganaran algo de tiempo para que el grupo de batalla se reagrupara. El fuego de los cañones y misiles de los Veritech se cruzaba con los disparos de los mechas y naves Zentraedi, causando bajas en ambos lados.
Una de las naves Ojo de Gato que acompañaban a la formación Veritech apuntó su radar al escuadrón Zentraedi, haciendo lo posible por compensar la interferencia magnética y de ECM que impedía que el grupo de batalla pudiera hacerse una idea exacta acerca de la composición de la nueva fuerza enemiga, mientras el piloto del Ojo de Gato hacía lo imposible por mantenerse con vida en medio de esa tormenta de rayos y misiles.
– ¡Tengo las lecturas! –informó por radio el oficial de radar del Ojo de Gato al Alexander. – La fuerza enemiga se compone de dos destructores, tres fragatas y...
Dentro del casco, el rostro del oficial de radar del Ojo de Gato se contorsionó en una mueca de espanto al comprobar que la sexta nave Zentraedi era algo que había salido de sus peores pesadillas... algo que había rogado al Cielo jamás tener la desgracia de ver con sus propios ojos.
Algo que esta vez era real… demasiado real.
– ¡¡¡SANTO CIELO!!! – exclamó en un alarido que resonó en todos los que estaban conectados a la red táctica, congelándoles la sangre a más de uno.
Ese tipo de nave era conocido por las Fuerzas de la Tierra Unida como un "monitor", y esa designación tan inusual había provocado toda una serie de malos chistes entre el personal militar de la Tierra.
Por supuesto, existía una designación en el idioma Zentraedi, un término cuya traducción más cercana a términos humanos era algo similar a "nave cañón". Sin embargo, las Fuerzas de la Tierra Unida, siguiendo la influencia de la tradición naval, habían empleado clasificaciones correspondientes a tipos de buques de guerra humanos para catalogar a las naves de la flota Zentraedi, basándose en parámetros tales como su función en la flota Zentraedi y sus capacidades de combate.
Así, con la excepción de las "naves de comando", tales como la nave insignia de Lord Breetai, las naves Zentraedi se clasificaban con términos tan tradicionales como "cruceros" (como las naves personales de Khyron y Azonia), "destructores" (las inmensas naves con forma de cuña que formaban la espina dorsal de la flota), "fragatas" (pequeñas naves de exploración como las que el SDF-1 destruyó con el primer disparo de la guerra) y "transportes" (aquellas enormes y rectangulares naves que componían el tren de abastecimientos de la flota Zentraedi).
Y también estaban los "monitores".
Este tipo de nave debía su inusual designación a una antigua y obsoleta clase de buques marítimos de guerra que tuvo su momento de gloria durante la segunda mitad del siglo XIX, y que había subsistido hasta las primeras décadas del XX. El monitor, en su versión humana, había sido un buque pequeño, para aguas poco profundas, blindado, con un perfil chato y sin grandes estructuras que pudieran hacerlo resaltar. No portaba un gran número de armas si se lo comparaba con los buques blindados mayores de la época.
Sin embargo, el monitor tenía una característica distintiva: estaba diseñado en torno a una única arma principal, y servía como plataforma móvil de disparo para esa arma. Todo lo demás era sacrificable a ese propósito, excepto lo que fuera necesario para asegurar la supervivencia del monitor.
En el caso de los viejos buques del siglo XIX, el arma que era la razón de ser del monitor era generalmente una torreta con dos cañones de grueso calibre; en el caso de su pariente lejano de la flota Zentraedi, el arma en cuestión era un gigantesco cañón Reflex, similar al arma principal del extinto SDF-1.
Por diseño, el monitor carecía de una gran dotación de mechas, y el resto de su armamento consistía en algunos tubos de misiles y armas de autodefensa. El cañón Reflex era todo lo que necesitaba, y era su razón de ser, dándole a la flota Zentraedi una ventaja que no era sólo en términos de poder de fuego, sino también en impacto psicológico; la imagen de un monitor Zentraedi abriéndose para disparar su cañón era el mayor temor de un comandante terrestre.
Durante la Lluvia de la Muerte, los miles de monitores de la flota de Dolza habían devastado la superficie de la Tierra con sus mortíferos cañones, lo que había hecho que ese tipo de naves ganara un lugar de privilegio en la demonología de la humanidad. Incluso Khyron había elegido a un monitor que había sobrevivido en relativas buenas condiciones para su cabalgata suicida contra el SDF-1 hacía más de tres años, en parte para capitalizar el terror que esas naves habían infundido en los sobrevivientes de la humanidad.
Y en ese momento, un monitor Zentraedi, uno de esos demonios tecnológicos resucitados de las llamas del Armagedón de Dolza, estaba apuntando su temible cañón al grupo de batalla de Rick.
– ¡¿Un monitor?! – preguntó Rick a Sammie, rogando al Cielo que sólo se tratara de un error.
El tono sombrío de Sammie fue suficiente para dar por tierra con todas las esperanzas de Rick
– Sí, comodoro... Ojo de Gato 4-1 reporta una nave Zentraedi tipo monitor en el centro del nuevo grupo enemigo.
Rick no necesitaba que le dijeran lo que era capaz de hacer un monitor Zentraedi… él lo había visto personalmente, y lo había sentido en carne propia. La última vez que había visto uno había sido durante la batalla de Nueva Macross… contemplando impotente cómo su poderoso cañón descargaba muerte y destrucción en el SDF-1… contemplando sin poder hacer nada cómo esa arma casi mataba a Lisa.
Pelear contra una nave como esa, aún con baja potencia, significaría el fin de su grupo de batalla. Si tenía bastante suerte, tal vez el Alexander pudiera sobrevivir un disparo de un cañón Reflex, pero jamás dos. En cuanto al resto de las naves... Rick se estremeció de sólo pensar lo que un arma así podría provocarles.
Y aún si ese monitor no estuviera allí, la situación táctica en la que se hallaba el Alexander y sus naves de escolta era desesperante de por sí; hallándose bajo ataque desde dos flancos distintos, el grupo de batalla se veía obligado a dividir su fuego entre ambas fuerzas Zentraedi con tal de infligir alguna clase de daño… mientras que las fuerzas enemigas podían concentrar todas sus armas en atacar a las naves terrestres.
Era un escenario táctico de pesadilla, y por más que cada fibra del ser de Rick Hunter se resistiera, había un solo curso de acción a seguir.
– Mantén al monitor bajo observación... quiero saber el momento en el que amenace con disparar el cañón Reflex – le ordenó Rick a Sammie, antes de dirigirse a otro de sus oficiales.
– Cambio de órdenes... que todas las naves se dirijan de inmediato hacia la atmósfera de Júpiter. Quiero la mayor distancia posible entre nosotros y esa cosa. Continúen disparando para cubrir nuestra retirada. Ordene a los escuadrones Veritech y de cazas convencionales que cesen el ataque y se reúnan con nosotros.
El joven teniente al que Rick se dirigía lo miraba incrédulo, obligando a Rick a decirlo con todas las letras para que entendiera de una buena vez.
– Nos vamos, teniente. Pero volveremos.
Esta vez el oficial corrió a cumplir sus órdenes, e informar a las otras naves del grupo que iban a retirarse… haciéndolo con su puño cerrado y sintiendo el amargo sabor de la derrota llenando su boca.
Rick veía cómo el joven teniente se transformaba en la personificación de la amargura, deseando en silencio que el jovencito entendiera que no valía la pena dejarse matar de esta manera. La sola idea de retirarse era algo que le provocaba revulsión, pero no existía alternativa; permanecer entre el fuego de dos grupos de naves Zentraedi y arriesgarse a ser atacados por un monitor era un suicidio.
– ¿No estarás pensando en hacer una maniobra loca y demente, no? – le preguntó por lo bajo Sammie.
La sonrisa de Rick carecía por completo de humor, y el tono en el que contestó la inquietud de Sammie tenía iguales partes de sarcasmo y esperanza:
– Loca, demente y lo que tú quieras… pero esperemos que también sea suficiente para salir de esto.
Alejándose de su jefa de Estado Mayor por un segundo, Rick se acercó a la consola de la oficial de comunicaciones para indicarle lo que debía ordenar al resto del grupo de batalla.
– Ordene a las naves que se preparen para una transposición en el momento en que hayan recuperado a todos sus Veritech y aeronaves de combate. Cada nave hará la transposición por sí sola. Fijen coordenadas en las cercanías del Satélite Fábrica... vamos a necesitar reparaciones después de esto – terminó con una sonrisa triste en sus labios.
Había una única bendición para los asediados hombres y mujeres del Grupo de Batalla 6.
La escasez de energía que aquejaba a la flotilla Zentraedi era más aguda aún para su nave monitor. Los cañones Reflex son armas cuya sed de energía es prodigiosa e inagotable, a tal punto que un único disparo consumía reservas capaces de hacer funcionar a una división de battlepods durante un año. Esa era la razón por la que los Zentraedi de esa flotilla habían tenido especial cuidado de conservar hasta la última gota de protocultura en las reservas del monitor; querían que tuviera la posibilidad de disparar una buena salva en caso de ser necesario.
El momento de hacerlo había llegado, pero desafortunadamente el cañón Reflex no tenía la potencia suficiente como para abrir fuego.
Peor aún, podrían disparar, pero necesitarían un buen tiempo para cargar el arma hasta que alcanzara potencia de disparo, unos quince, tal vez veinte minutos.
Tiempo suficiente como para que los micronianos intenten un escape.
Cosa que estos guerreros Zentraedi no permitirían.
De inmediato, se lanzaron en persecución de las naves micronianas, dispuestas a evitar que escaparan a su destino inevitable de ser destruidas.
Definitivamente las cosas habían cambiado por completo, y lo que había empezado siendo poco más que una sesión espacial de tiro al pichón se había transformado en una desesperada carrera en retirada para regresar al seguro resguardo de las naves de combate.
Cientos de cazas de combate terrestres, tanto Veritech como aeronaves no transformables, atravesaban el espacio a la máxima velocidad posible, en un esfuerzo por volver a las naves de guerra sin que los Zentraedi los aniquilaran en el proceso.
Hasta hacía pocos minutos, los escuadrones de combate terrestres estaban infligiendo a los Zentraedi una paliza tan desigual que incluso los propios pilotos humanos sentían que era injusta; infinidad de battlepods, armaduras de combate y cazas Zentraedi habían sucumbido a los misiles de largo alcance que montaban los aparatos de las Fuerzas de la Tierra Unida, desapareciendo del espacio sin siquiera poder devolver el fuego.
Los pocos mechas Zentraedi que sobrevivieron a las andanadas iniciales de misiles de los cazas terrestres se encontraron frente a frente con la temida versatilidad de los Veritech, cuyos pilotos hicieron uso de todas las ventajas que les proporcionaba el poder alternar entre tres configuraciones… demostrándoles una vez más a los Zentraedi que un VF-1 Valkyrie era insuperable en velocidad cuando se hallaba en modo Fighter, en maniobrabilidad cuando cambiaba a Battloid, y en agilidad cuando adoptaba la configuración Guardian.
A tal punto había sido una batalla desigual que muchos pilotos, envueltos en el fragor del combate, habían perdido la cuenta de los mechas que cayeron bajo el fuego de sus armas… la victoria era una sensación de dulce sabor, y al igual que el vino, también podía embriagar al más centrado de los militares, haciéndole perder la perspectiva que debía mantener en medio del combate.
Pero como bien pronto descubriría el primer teniente Matt Villiers, la victoria era también algo frágil y susceptible a cambios bruscos… tal y como experimentó en el instante en que la red táctica estalló con un mensaje urgente de la nave insignia, ordenándole a todos los cazas de combate el regreso inmediato a sus naves para luego retirarse del campo de batalla.
De no ser porque Villiers conocía la reputación de Rick Hunter, él hubiera creído que se trataba de un acto de cobardía… hasta que alguien le avisó acerca de la nave Zentraedi que había aparecido en el centro de la nueva formación enemiga.
El Escuadrón Tigres Siberianos volaba en medio de esa retirada desesperada, y sus cazas evadían a como diera lugar el fuego vengativo de los mechas Zentraedi, que repentinamente se habían convertido de presas en cazadores, lanzándose contra las aeronaves humanas en una búsqueda furiosa de retribución y dando vuelta las tablas en ese combate que tan rápidamente había pasado de la victoria al desastre.
Turnándose en intervalos de dos minutos, la tercera parte de los VF-1 del Escuadrón cambiaba repentinamente a modo Guardian, volteándose para enfrentar a sus perseguidores pero sin perder el curso original, impulsándose con los propulsores de las piernas orientados hacia "adelante"… con lo que literalmente estaban corriendo de espaldas de regreso al Alexander, aunque sin dejar de disparar contra los mechas Zentraedi con todas las armas que aún tenían a su disposición.
Semejante maniobra tenía un propósito: proveer apoyo de fuego para cubrir la retirada del resto de los cazas… y tanta valentía había tenido su costo: tres de los doce cazas del Escuadrón Tigres Siberianos habían sido destruidos mientras cubrían la apresurada retirada de sus camaradas, y pérdidas similares estaban teniendo lugar en todos los escuadrones de combate.
Más fotos para el memorial del grupo aéreo.
La alternativa era mucho peor; intentar escapar sin cobertura era invitar a los Zentraedi a devastarlos por completo.
Cientos de cazas Veritech se turnaban en esa maniobra, descargando sobre los Zentraedi las últimas municiones y misiles que les quedaban, tras una batalla monstruosa en la que prácticamente habían agotado sus armas. El espacio en donde tenía lugar esa persecución parecía arder con el fuego cruzado de los disparos de láser y misiles… y de no ser porque cada uno de esos trazos llevaba una carga de muerte, cualquiera hubiera podido afirmar que se trataba de un espectáculo hermoso…
El VF-1 del teniente Villiers acababa de terminar uno de esos turnos de cobertura, alistándose para cambiar a modo Fighter y maniobrando a las apuradas para evitar una salva de misiles cuando el piloto quedó momentáneamente cegado con un destello demasiado cercano a su caza… y una vez que se recuperó de la impresión, comprobó con horror que el VF-1 de su líder de escuadrón había desaparecido, evidentemente destruido por el fuego Zentraedi… y dejando al Escuadrón huérfano.
– Aquí Tigre Tres… – anunció Villiers a través de la red táctica con una voz que destilaba furia en cada sílaba. – El comandante Guimaraes ha muerto; asumo el mando del escuadrón.
El silencio de los demás cazas del Escuadrón fue demasiado elocuente, dándole a Matt Villiers tiempo suficiente para pensar las primeras órdenes que daría como oficial al mando del Escuadrón Tigres Siberianos.
– Novikov, Patterson, Yani – ordenó entonces, sin el menor indicio de duda en su voz – cambien a Guardian y cubran esta etapa de la retirada. El resto de los cazas, continúen hacia el Alexander… quiero que todos lleguen vivos a la nave, así que nadie haga nada estúpido…
Las naves del Grupo de Batalla 6 llevaban siete minutos en retirada hacia la protección de Júpiter, con la esperanza de que la atmósfera del gigantesco planeta los ocultara de los sensores de sus enemigos.
Las salvas que ambas fuerzas contendientes se intercambiaban eran cada vez más densas, incinerando el espacio con su energía. Como olas furiosas rompiendo contra un acantilado, los disparos que las naves de Rick hacían para cubrir su retirada se estrellaban contra los cascos de las naves Zentraedi, provocándoles daños severos y ganando algunos segundos en esa carrera desesperada, segundos que se traducían en más kilómetros de distancia. En una posibilidad cada vez menos desesperada de salvación.
Literalmente, cada segundo que arrebataban a los Zentraedi era una esperanza más de vida.
Los Zentraedi respondían a los desesperados disparos de la flota terrestre con violencia, lanzando todo lo que tenían contra las naves de Rick… y con cada nuevo intercambio de disparos, la Central de Comando de Flota recibía nuevos reportes de daños que iban de mal en peor; todas las naves del grupo reportaban daños de moderados a serios; salvo el Alexander, protegido como estaba por su monumental tamaño.
Lo que, de cualquier manera, no impedía que el portaaviones se viera sujeto a un castigo atroz en aquella desesperada carrera por la vida.
Había algunos focos de incendio en la Central, provocados por impactos severos de las armas Zentraedi, y a pesar de que los sistemas de extracción de humo se hallaran a pleno funcionamiento, Rick sentía que la vista se nublaba por el humo que todo lo inundaba. A pesar de todos los daños, a pesar de la tensión y de lo desesperado de la situación, incluso a pesar del caos, el personal de la Central se comportaba profesionalmente y hacían gala de una sangre fría que hizo llenar de orgullo el corazón de Rick.
Aún en su retirada, todas las naves estaban haciendo esfuerzos frenéticos por activar sus sistemas de transposición, de tal manera de estar listas para saltar en cuanto hubieran regresado todos los cazas, que en ese momento estaban en una carrera contra el reloj para regresar a la seguridad de sus naves madre. Esa carrera era todavía más desesperante en el caso del Alexander, cuyo grupo aéreo había sido enviado como fuerza ofensiva contra las naves Zentraedi y que por eso tenía una distancia mayor para recorrer antes de poder encontrar resguardo en los hangares del portaaviones.
En medio del caos, una gigantesca explosión iluminó brevemente el espacio, provocando una onda de choque que hizo estremecer al Alexander y a las otras naves del grupo… y cuando Rick descubrió la causa de esa explosión, su rostro quedó petrificado en un rictus de horror.
La fragata Myosotis había recibido un golpe de lleno cerca de su sección de Ingeniería, causando una reacción en cadena en su caldera Reflex que terminó por hacer estallar a la pequeña fragata, llevándose consigo a sus 241 tripulantes y a sus Veritech, que acababan de regresar a los hangares.
Rick no tuvo tiempo de lamentar la destrucción de la Myosotis y el fallecimiento de todos sus tripulantes, ya que un nuevo reporte daba cuenta de que el crucero Thunderbolt acababa de recibir un golpe directo, que si bien no fue suficiente para destruirlo, sí causó la muerte de docenas de sus tripulantes, además de provocar cuantiosos daños severos en toda la nave.
El apoyabrazos de la silla de Rick tembló con el sonoro golpe con el que el comodoro Hunter buscaba descargar su rabia e impotencia.
"¡Maldición, no puedo perderlos ahora!"
"¡Cómo pude ser tan estúpido!"
Los disparos continuaban, y ningún bando estaba dispuesto a dar cuartel.
– Tiempo estimado para la atmósfera de Júpiter: cuatro minutos, comodoro – informó Sammie.
– Vamos... vamos... vamos... – repetía el capitán Sanabria a nadie en particular, aunque tal vez le estuviera hablando al mismo Alexander, albergando la vaga esperanza de que la nave oyera su ruego y los acercara a la seguridad.
La única respuesta al pedido de Sanabria fue un nuevo impacto de un arma Zentraedi que hizo estremecer al Alexander. A nadie le espantaba ya el recibir impactos como aquel; en los últimos diez minutos habían recibido demasiados golpes como para registrarlos a todos, golpes que habían marcado el casco de la enorme nave hasta dejarle cicatrices espantosas… y cada uno de esos impactos había provocado daños cuantiosos y más pérdidas de vidas que las que Sanabria quería siquiera imaginar.
– ¡Hemos perdido las baterías de partículas de popa, capitán! – exclamó Vince, tratando de hacerse oír por encima del caos del Puente.
Sanabria cerró los puños a pesar de sus intentos de demostrar calma; la noticia había sido devastadora. Sin esas torretas, el Alexander no podría disparar para cubrir su retirada, condenando así al portaaviones a recibir golpes sin poder devolverlos.
Poner la otra mejilla al que te golpea es algo noble en las relaciones interpersonales, pero en el combate espacial suele ser la antesala de la muerte.
– ¡Ruptura de casco en la sección T de las cubiertas 11 a 16, capitán! – reportó el sargento que había reemplazado a la fallecida oficial de control de daños, dándole a Sanabria un nuevo problema al que enfrentarse. – ¡Peligro de descompresión!
– Aísle las secciones expuestas al espacio, sargento – fue la orden que dio Sanabria… maldiciéndose al instante de pronunciar aquellas palabras.
El sargento miró al capitán Sanabria con incredulidad, como si no quisiera creer que el capitán le hubiera ordenado hacer algo semejante… ya que si lo hacía, cualquier persona que se hallara en esas secciones moriría de inmediato a causa de la descompresión.
La mirada dura del capitán bastó para hacerle entender al sargento que la orden venía en serio… y que si no la cumplía, muchas otras personas morirían a causa de aquellos daños que buscaba contener con esa decisión draconiana.
– ¡Sí, señor!
Otro impacto más… uno que esta vez casi logró hacer caer al capitán de su silla.
"Dios sabe cuántos habrá matado ese", pensó Sanabria, para luego dejar aquellas reflexiones tétricas y concentrarse en su deber.
– ¿Qué hay de los Veritech, Andrea? – preguntó el capitán a su primer oficial, que había tomado el puesto de controladora de vuelo en jefe.
– Falta que aterricen cuarenta y siete aeronaves, capitán. El resto están en los hangares… o destruidos – informó la comandante Coleson sin la menor emoción en su voz, y sin quitar la vista de su consola.
"Un poco más y podremos salir", era lo que ambos oficiales pensaron casi al mismo tiempo.
Pero para poder salir, necesitaban alejarse, y para asegurarse de que así fuera, el capitán tomó el auricular del teléfono que estaba junto a su silla, oprimiendo luego un botón que lo puso en contacto directo con el nivel principal de Ingeniería.
– Terry, necesito más potencia en los propulsores – le pidió Sanabria a su jefe de ingenieros en cuanto el hombre respondió a la llamada proveniente desde el puente.
– ¡Lo lamento, capitán, pero es todo lo que puedo darle sin llevar a la caldera por encima de los límites de seguridad! – exclamó el comandante Terauchi meneando la cabeza, esforzándose por que su voz se distinguiera por sobre la cacofonía caótica de gritos y maquinaria que era la sección de Ingeniería.
– Si no escapamos ahora no tendrás que preocuparte nunca más por los límites de seguridad – replicó Sanabria con dureza.
– ¡Capitán, estamos al 105 por ciento! – objetó el ingeniero, ya al borde de la exasperación, tanto por el pedido del capitán como por la situación cada vez más caótica que vivía la sección de Ingeniería.
– ¡Llévala al 110 por ciento entonces! – rugió Sanabria como única respuesta – ¡Es una orden!
La comunicación con Ingeniería se cortó con brusquedad, pero no antes de que Sanabria escuchara al teniente comandante Tsutomu "Terry" Terauchi mascullar una maldición a todas las deidades de la Humanidad.
– ¡Control de transposición en línea, señor! – informó el navegante, esforzándose por que su voz sobresaliera en medio del griterío y logrando insuflar algo de optimismo al sufrido personal del Puente del Alexander. – ¡Estimo cuatro minutos antes de iniciar la operación!
– Todos los Veritech estarán a bordo en dos minutos, capitán – actualizó la comandante Coleson, quitándose sudor de la frente y de sus ojos con la manga de su uniforme para poder leer mejor los datos que aparecían en su consola.
Sanabria volvió su vista al frente, a la pantalla dominada por la colosal figura del planeta Júpiter, que se acercaba cada vez más, ofreciéndole al portaaviones la posibilidad de un puerto seguro en caso de no funcionar aquella maniobra desesperada que estaban tratando de hacer.
– Sólo un poco más...
Desgraciadamente para el Alexander y sus escoltas, no tenían mucho más.
El comandante del monitor Zentraedi estaba hecho una furia. Los micronianos escaparían antes de poder disparar su cañón Reflex, y como si eso no fuera suficiente desgracia, el imbécil del artillero jefe insistía en replicar que aún faltaban cinco minutos para que el arma principal estuviera plenamente cargada.
Pero en cinco minutos los micronianos estarían de regreso en su maldito planeta, y eso era algo que el comandante Zentraedi no estaba dispuesto a permitir.
A los gritos, el comandante ordenó que el cañón Reflex disparara cuanto antes, sin importar si estaba plenamente cargado o no. El blanco sería la nave de comando microniana; las pequeñas no le interesaban… después de todo, eran miseria en comparación con la nave insignia. Después de unos pocos segundos de indecisión en los que pensaron en apelar a la racionalidad de su comandante, sus oficiales obedecieron para no exponerse a una represalia mortal por desobedecer órdenes.
En el espacio, la mitad de proa de la nave Zentraedi comenzó a separarse, en preparación para el disparo de su arma principal.
Rick sentía cómo su corazón corría a la velocidad de la nave, buscando afanosamente el refugio que le proporcionaría Júpiter a la vez que lo embargaba una sensación de fracaso, de derrota, al considerar que su primer combate al mando del grupo había resultado en una derrota, y en cientos de muertos.
Pero por fortuna, parecía que faltaba poco para que todo ello quedara atrás; Casi todos los Veritech, excepto algunos rezagados del Alexander que corrían de regreso a todo lo que daban sus turbinas, habían regresado a sus naves, y la mayoría de las naves de guerra de Rick estarían en condiciones de iniciar la transposición en menos de dos minutos. Era cuestión de resistir un poco más, sólo unos minutos más que había que soportar antes de poder escapar de aquella locura.
No dejaba de ser una apuesta difícil; la experiencia del SDF-1 durante su desastrosa primera y única transposición había demostrado los peligros inherentes a iniciar una transposición estando tan cerca de un cuerpo planetario, y hallándose tan inmerso en su campo de gravedad, por más que los científicos que mejoraron el sistema de transposición hubieran jurado y perjurado en repetidas oportunidades que los avances que lograban convertían a un error como el que había llevado el SDF-1 a Plutón hacía ocho años en algo casi imposible.
Aunque en ese momento, incluso terminar por accidente otra vez en Plutón era mejor que seguir en ese lugar.
– ¡Comodoro, las naves comienzan la transposición! – anunció Sammie con júbilo en su voz, permitiéndose un instante de alivio en medio de la locura.
Rick contempló la pantalla principal de la Central, observando con alivio cómo primero algunas de las pequeñas fragatas que formaban su escolta desaparecían en medio de una gran reacción de energía, siguiéndolas luego los cuatro destructores del grupo, transponiendo el hiperespacio hacia un lugar más seguro… o al menos eso era lo que Rick esperaba.
Por fin, al cabo de unos segundos, ocho de las once naves sobrevivientes habían escapado, dejando al Alexander, al crucero Thunderbolt y a la fragata Undine, encabezando una carrera infernal que tenía como alternativas la supervivencia o la muerte.
Los Zentraedi notaron que ocho de los once navíos que estaban persiguiendo habían logrado escapar, y en su furia reorientaron su fuego para incrementar el castigo contra las tres naves que aún tenían al alcance de sus armas. Las explosiones eran cada vez más brutales, y la nave se estremecía con cada nuevo impacto.
– ¡El Thunderbolt iniciará transposición en cincuenta segundos, comodoro! – exclamó el teniente Tessel.
– ¿Y nosotros? – preguntó Rick elevando la voz por sobre el fragor de la Central.
– Ingeniería dice que aún queda un minuto hasta alcanzar plena potencia de transposición... – respondió Sammie antes que un nuevo reporte llegara a su consola, llenándola de pavor – ¡Santo Cielo!
– ¿Qué pasa? – preguntó Rick.
– ¡La Undine reporta una falla completa de su sistema de transposición... están varados, Rick!
Dios… realmente no quería imaginarse lo que estaba ocurriendo en aquella pequeña fragata… la desesperación de descubrir que su medio de escapar estaba completamente fuera de servicio debía estar llevando a los tripulantes de la Undine peligrosamente cerca de perder toda esperanza.
– Dile a la Undine que se acerque a nosotros, tal vez podamos llevarla con el Alexander – resolvió Rick tras tomarse un escaso segundo para decidir.
– Sí, comodoro – respondió Sammie antes de enfrascarse con el sistema de comunicaciones.
Los altoparlantes cobraron vida con la voz del capitán Sanabria, quien aún se las estaba arreglando para mantener la situación bajo control desde el Puente.
– Atención a todos, prepárense para operación de transposición en treinta segundos...
La mirada de Rick se clavó en un reloj digital que marcaba los segundos para la transposición. "Falta poco, muy poco."
Afuera de la nave, las explosiones continuaban sin pausa alguna, como si los Zentraedi supieran que sus enemigos estaban cerca de escapar.
– 29... 28... 27... 26...
– ¡Todos los Veritech están abordo, comodoro! – anunció aliviado uno de los oficiales de la Central.
– ¡Excelente! – exclamó Rick dejando escapar algo de su propia ansiedad, mientras el conteo proseguía sin interrupción, marcando los instantes que aún tenían que soportar antes de escapar de esa locura.
– 21... 20... 19... 18...
Sammie también estaba absorta con el conteo. Ella había vivido situaciones terribles en el SDF-1, y eso la hacía de las personas más preparadas en aquella nave, pero no por eso dejaba de tener algo de inquietud ante toda la situación… la adrenalina se hacía sentir.
De pronto, su mirada se volvió hacia el display táctico, notando con horror apenas contenido que había nueva información respecto del monitor Zentraedi. Sus lecturas de energía estaban ascendiendo a ritmo exponencial. Eso sólo significaba una cosa...
– Oh, Dios... – dijo, sintiendo que el alma se le iba a los pies.
La mitad delantera de la nave Zentraedi estaba completamente separada en dos grandes botalones, y cargas de energía Reflex recorrían el espacio vacío que se había formado entre ellos. El cañón todavía no estaba a plena potencia, pero a pesar de ese obstáculo, todavía abriría fuego, de acuerdo a lo que el comandante había dispuesto.
La reacción ya era indetenible. En una fracción imperceptible de tiempo, el cañón inició su secuencia final de disparo.
El disparo del cañón Reflex transformó por un breve instante en día a la noche eterna del espacio, antes de lanzar una llamarada de destrucción infernal que cruzó en milésimas de segundo el abismo que separaba al monitor del Alexander.
El tiempo pareció congelarse en la Central de Comando de Flota del UES Alexander.
Por un breve instante, Rick sintió que todo a su alrededor se detenía, como en una macabra fotografía de la vida real. Había querido creer que iban a escapar, que podrían salir de aquella situación desesperante, y fueron sus esperanzas las que por poco hicieron que descartara el grito desesperado de Sammie como si fuera algo que no existía.
Como si fuera tan sólo una mentira.
Pero era bien real. La nave Zentraedi había disparado su temible arma contra el Alexander. Y no había nada que pudieran hacer al respecto.
12 segundos.
Era todo lo que le faltaba al Alexander para escapar. Había evadido la destrucción en aquella batalla mediante tantos esfuerzos, que Rick se sintió víctima de una broma cósmica de pésimo gusto al serle arrebatada la fuga faltando tan poco.
Una enorme explosión, peor que cualquier cosa imaginable, sacudió al portaaviones como si hubiera sido un juguete en los dientes de un perro rabioso. La fragata Undine había sido erradicada del espacio, devastada por el disparo del cañón Reflex tras buscar refugio cerca del Alexander, en espera de la transposición que llevaría a ambas naves a una seguridad que ahora parecía un mito. El Thunderbolt, sin embargo, al hallarse resguardado del disparo por la propia masa del Alexander, que se interponía entre él y el monitor, alcanzó a iniciar la transposición antes de que la descarga del cañón Reflex pudiera alcanzarlo…
Por una milésima de segundo, Rick pudo verla frente a él. Pudo ver su rostro sonriente, su largo cabello color miel, sus brillantes ojos verdes que lo miraban con cariño… pudo ver todos los momentos que habían pasado juntos, desde aquel lejano día hacía ocho años cuando se conocieron e insultaron a través de una pantalla, sus aventuras juntos en medio de la locura de la Guerra Robotech, la tormentosa relación que fueron construyendo entre peleas, reconciliaciones e interferencias, los descubrimientos mutuos de sus sentimientos, los momentos fogosos de compañía, placer y unión que les habían hecho conocer la felicidad...
Aquellos adioses que se dijeron tantas veces, aquellas dolorosas separaciones y los felices reencuentros que les seguían.
Una sola palabra salió de sus labios. Una única palabra, dicha como plegaria, como pedido de disculpas, como llamado de auxilio. Una única palabra que representaba para Rick todo lo que importaba en el universo.
– Lisa...
Una luz blanca, más brillante que cualquier cosa que hubiera visto jamás, lo encandiló e hizo que todo lo que podía ver desapareciera.
La oscuridad la iba a devorar por completo, hasta no dejar nada. No había forma de escapar de ella, no había manera de salir de su alcance, no había posibilidad de evadir lo que prometía ser su destino. En medio de la desesperación, sólo le quedaba una esperanza, sólo le restaba asirse a un grito urgente, que salió de lo más profundo de su ser---
– ¡Rick!
Sus ojos se abrieron y comenzaron a buscar con frenesí una luz, cualquier luz, cualquier indicación de que la oscuridad no iba a vencer. Por algunos instantes, ella permaneció sentada en su cama, inhalando y exhalando con fuerza en un intento de calmarse, sintiendo que su corazón aún latía sin control, movido por la adrenalina pura de aquella pesadilla inconcebible.
Por fin, su vista se adaptó a la falta de luz, permitiéndole divisar mejor las sombras familiares de los objetos de su habitación, tanteando con urgencia hasta encontrar el interruptor y encender la luz, disipando casi al instante la oscuridad reinante.
"Una pesadilla. Eso es todo lo que fue, Lisa: una horrible pesadilla."
Todo estaba en orden; sus cosas estaban tal y como las había dejado al llegar a su camarote… los zapatos estaban junto a la cama y el saco negro de almirante estaba colgado de una de las sillas. Todo estaba tal y como debía ser.
El rostro de Lisa estaba desencajado y bañado de sudor, el cual se quitó con la mano, requiriendo varias repeticiones hasta quedar completamente seco. Miró el reloj despertador que estaba colocado junto a su cama, el cual le indicaba que eran las 2045 horas del domingo 2 de abril de 2017… lo que significaba que aquellos quince minutos que había previsto darse de descanso en su cama tras un día de arduo trabajo se habían transformado en una verdadera siesta vespertina de una hora y cuarenta y cinco minutos, por obra y gracia del agotamiento que llevaba
Si tan sólo el sueño hubiera sido verdaderamente reparador… en lugar de aquella pesadilla…
"Qué diablos", pensó Lisa, resolviéndose a seguir adelante.
Se levantó de la cama y caminó hacia su baño personal para tratar de quitarse la modorra que la había invadido tan repentinamente, pero al comenzar a lavarse la cara y ver su rostro reflejado en el espejo, la pesadilla volvió a su mente. O, más bien, el terror que le provocaba, ya que los detalles concretos de la pesadilla habían escapado de su memoria al momento de despertar…
Por lo poco que podía recordar, Lisa soñó que se hundía en una oscuridad infinita, inescrutable, de la que no podía escapar… una oscuridad que era desesperación eterna, sin posibilidades de remisión. Una oscuridad que era un infierno de soledad, una soledad infinita y peor que cualquier cosa imaginable.
En un esfuerzo por dejar atrás la pesadilla, Lisa volvió a echar agua sobre su rostro para borrar las huellas físicas del sueño, más no las anímicas.
Después de terminar con todo lo que tenía que hacer en el baño, Lisa se sentó al borde de su cama para dejar vagar su mente por unos minutos y tranquilizarse, haciendo lo posible por recuperar la compostura… pero por más que lo intentaba, había algo en el fondo de su alma que negaba a irse, insistiendo en atormentarla.
Ella no tenía la más remota idea de cómo lo sabía o de donde había venido, pero todo su ser le decía a gritos que algo horrendo estaba a punto de caer sobre ella, que estaba viviendo los últimos instantes de calma antes de verse consumida por una vorágine impredecible. Era una sensación para la que ella no tenía explicación racional ni podía aventurar una.
"Ya se me irá esa maldita pesadilla", se dijo para tranquilizarse y dar por superado el incidente, y como siempre lo hacía cuando se sentía inquieta, Lisa estiró el brazo hasta tomar el portarretratos que guardaba en su mesa de luz… y una sonrisa nació en sus labios al perderse en los recuerdos de aquella fiesta en la que habían tomado esa foto, en particular, en lo felices y contentos que Rick y ella habían estado.
Mientras recordaba una broma particularmente nefasta que Rick le había jugado a Max en esa oportunidad, todos sus recuerdos estallaron en mil pedazos, y la felicidad cedió lugar a la alerta repentina, cuando la estridente la sirena de la alarma, acompañada por la voz del oficial de guardia, taladraron sus oídos:
– ¡Estaciones de Combate¡Estaciones de Combate¡Todo el personal, reportarse a sus estaciones de combate inmediatamente¡Establecer Condición Uno en toda la estación¡Esto no es un simulacro, repito, no es un simulacro!
El mensaje de alerta se repitió dos veces más, para luego ser reemplazada por una voz femenina que gracias a la amplificación de los altoparlantes retumbó en la habitación personal de la contralmirante Lisa Hayes:
– Almirante Hayes, por favor repórtese a la central de mando.
Tomando con rapidez el auricular de su teléfono, Lisa marcó el número interno de la Central de Mando.
– Aquí Hayes ¿qué sucede?
– Almirante, estamos detectando una reacción de transposición en las cercanías del Satélite. Según nuestros registros, no hay ninguna llegada programada – le informó el capitán Quentin Griswold, su segundo al mando del Satélite Fábrica y en ese momento a cargo de la guardia en la Central de Mando.
"Bueno, hora de la acción", se dijo Lisa mientras estiraba el brazo para tomar el saco de almirante de la silla en la que había quedado colgado.
– Estaré en la central de inmediato, capitán – dijo antes de colgar el teléfono, para luego tomar su gorra y terminar de colocarse su saco.
Tras revisar que su aspecto fuera lo más normal posible, Lisa dejó su camarote con destino a la Central de Mando del Satélite, pero la sensación que la atacó en sus sueños no se quedó allí.
La central de mando del Satélite Fábrica era un cavernoso recinto repleto de estaciones de control, comunicaciones y monitoreo alineadas en prolijas filas, atendidas por innumerables hordas de controladores y técnicos. Su inmenso tamaño se debía a que, como todo en el satélite, había sido diseñado con los Zentraedi en mente, dando como resultado que lo que era un centro de comando de tamaño promedio para un Zentraedi, resultara ser una monstruosidad para un humano común y corriente.
La inmensidad de la central de mando tenía un efecto sobrecogedor para Lisa, que siempre, sin importar lo rutinario que fuera, se sentía pequeña y casi insignificante al entrar allí. Esta vez no era la excepción… y aquella alarma tan repentina sólo había empeorado las cosas.
Lisa, seguida de cerca por Kim, caminó con paso resuelto hasta el módulo de comando, una plataforma elevada que le permitía al comandante de la estación tener a toda la central de mando bajo su supervisión, diseñada a imagen y semejanza del módulo que ella había ocupado alguna vez cuando el SDF-1 servía de centro de mando militar, luego del Holocausto. Las alarmas e indicadores visuales imprimían en las actividades de la central una innegable sensación de emergencia, acentuada por la urgencia con la que los controladores y supervisores se ocupaban de sus asuntos.
Esta vez, Lisa no se sentó en su asiento como solía hacer, sino que caminó directamente hasta el borde del módulo y apoyó sus brazos en el riel. "Tranquilízate", se dijo al notar que eso no había sido obra de una decisión consciente, sino resultado de sus propios nervios e inquietudes. Con algo de esfuerzo, ella pudo calmarse para luego solicitar al capitán Griswold con su tono más profesional un informe de la situación.
– Reporte.
El capitán Griswold, ahora apostado en su terminal, procedió a explicarle a Lisa el motivo de aquella alarma.
– Almirante, hace cinco minutos nuestros scanners detectaron una reacción de transposición que estaba teniendo lugar dentro del perímetro de defensa terrestre.
– ¿Posición de la reacción, teniente Saunders? – preguntó Lisa, volviéndose hacia el oficial de radar apostado en el módulo en ese momento.
– Coordenadas 2-3-1 por 0-9-2, distancia 186.560 kilómetros.
"Prácticamente a las puertas de la Tierra", se dijo Lisa.
– ¿Avisaron al cuartel general?
– Sí, almirante – respondió la oficial de comunicaciones desde el nivel principal de la Central de Mando. – Hemos notificado al cuartel general de defensa en cuanto ocurrió el fenómeno, y están observando la situación. Las unidades de defensa orbital están entrando a Condición Uno en este momento, y todas las naves en la cercanía de la Tierra han sido alertadas.
Lisa asintió para agradecer el informe de la oficial de comunicaciones antes de dirigirse una vez más al oficial de radar.
– Teniente Saunders ¿puede determinar el número de naves que estarían entrando en nuestro espacio?
– Todavía no, almirante – respondió Saunders negando con la cabeza luego de una breve mirada a los indicadores de su consola. – Las ondas gravitacionales y la radiación están afectando la resolución de nuestros sensores. Estimo dos minutos para poder tener una imagen clara.
– Muy bien, dos minutos – dijo Lisa a nadie en particular, dándole luego sus órdenes al capitán Griswold: – Pongan en alerta a todas las naves y escuadrones de defensa. No quiero que nos tomen por sorpresa si son naves enemigas.
– Entendido, almirante – asintió Griswold, quien de inmediato se puso a cumplir las órdenes recibidas.
"¿Qué diablos está pasando¿Nos estarán atacando?", pensaba Lisa mientras se afanaba por encontrar una explicación racional para todo lo que estaba pasando, llegando siempre a la misma conclusión: había algo que no tenía sentido...
– ¡Almirante, estamos recibiendo una transmisión en las frecuencias de emergencia! – anunció la oficial de comunicaciones, sacando a la almirante de sus meditaciones.
– ¿De donde proviene?
– Del área donde ocurrió la transposición. La pondré en altoparlante, almirante.
Acto seguido, los altoparlantes de la Central de Mando comenzaron a emitir estática, seguida luego por una agitada voz humana que trataba de elevarse por sobre el caos y confusión de fondo.
– Este es el crucero Thunderbolt, de las Fuerzas de la Tierra Unida, llamando a cualquier nave o estación terrestre que pueda captar esta transmisión. Hemos entrado en combate con fuerzas Zentraedi en la órbita de Júpiter y sufrimos daños severos. Nuestra nave insign... – la estática oscureció la voz del capitán del Thunderbolt, haciendo ininteligibles las palabras que pronunciaba – ...contacto. Requerimos reparaciones inme... – más estática – ...el crucero Thunderbolt, de las Fuerzas de...
Un extraño presentimiento provocó un escalofrío que recorrió de abajo hacia arriba la espina de Lisa… y el escalofrío sólo se hizo peor cuando tras revisar los datos que ella tenía en su memoria se encontró con que...
"¿Thunderbolt¡Esa nave forma parte del grupo de batalla de Rick!"
De pronto, Lisa notó que su corazón empezaba a latir con más fuerza, impulsado por una sensación de terror que iba en constante aumento…
"Oh Dios, no permitas que le haya pasado nada a Rick..."
Desde donde estaba, Kim notó con inquietud la tensión que invadía a Lisa, ya que ella había llegado a la misma conclusión que su almirante al escuchar el origen de esa transmisión… y ella sabía perfectamente todo lo que Lisa estaba haciendo para contener su tensión creciente.
En las filas de controladores, nadie tenía idea de la tormenta que estaba abatiéndose sobre su almirante. Sólo veían la imagen que Lisa quería que vieran, la de la mujer de sangre fría que siempre mantenía la calma, aún en los peores momentos.
La voz del teniente Saunders trajo a Lisa y Kim de regreso a la realidad:
– Almirante, estamos teniendo una imagen más clara del grupo que realizó la transposición.
– Colóquela en mi pantalla, teniente – ordenó Lisa.
Al instante, la pantalla principal del módulo de comando se activó, mostrando las señales de radar de un grupo de entre diez y doce naves, y conforme la interferencia desaparecía y mejoraba la detección, los sensores del Satélite empezaron a recibir la información de los equipos de identificación de las naves.
– Son todas naves terrestres – informó Saunders. – Según nuestros registros, todas pertenecen al Grupo de Batalla 6, el del portaaviones Alexander. Un momento... – se detuvo Saunders para revisar la información que acababa de llegar a su consola.
La sensación de oscuridad, de terror puro y no adulterado que sintió en la pesadilla estaba ahora retornando sobre Lisa, prometiendo devorarla por completo.
"Dios mío, dime que esto no está pasando, te lo suplico."
– Almirante, confirmamos que las naves son las del Grupo de Batalla del Alexander, pero nuestros rastreadores indican que hay sólo nueve naves. El grupo de batalla tiene doce naves – informó Saunders con un tono tenso en su voz.
"Por favor, no..."
– ¿Qué naves están faltando? – preguntó Lisa, dejando escapar inquietud en una voz que se volvió demasiado temblorosa.
Kim percibió de inmediato lo que esa voz quería decir: "Está aterrada."
– Tenemos los datos de identificación, almirante. Las naves que faltan son las fragatas Undine y Myosotis, y...
"¡Por favor, te lo suplico, Dios mío¡No puede estar pasando esto!"
–... el portaaviones... Alexander – terminó Saunders, incrédulo, girando la cabeza para ver si alguien más podía creer lo que estaba diciendo, y encontrándose con las mismas miradas de incredulidad en los rostros de los oficiales de la Central.
Lisa tragó saliva y retrocedió, como queriendo escapar de aquel terror que la invadía, deteniéndose luego en un intento valiente por recuperar la compostura antes de perderla del todo, sin poder evitar que la desesperación continuara hiriéndola. Recurriendo a toda su fuerza de voluntad, la almirante Hayes logró juntar suficiente presencia de ánimo como para impartir una orden a la oficial de comunicaciones en su mejor voz de mando:
– Teniente, quiero comunicación con el Thunderbolt.
– De inmediato, almirante.
La teniente activó el canal con premura, y al cabo de unos segundos la imagen dantesca del puente de mando del Thunderbolt apareció en la pantalla principal.
Por lo que podía divisarse, el puente del crucero estaba funcionando con luces de emergencia de un color intensamente rojo, que daban una apariencia satánica a todo lo que alcanzaban a iluminar. Nublados por el humo de las consolas destruidas y de los pequeños fuegos que se habían desatado, algunos pocos tripulantes trataban de conservar el control de sus estaciones, mientras podía verse cómo otros arrastraban a los heridos y muertos fuera del puente. La mitad de las pantallas de status y sistemas estaban muertas, y las lamentaciones de los heridos se confundían con el griterío de los que aún trataban de mantener funcionando la nave.
En el asiento del capitán se hallaba sentado un hombre joven, con sangre que manaba de una herida en la frente y una mirada asesina en sus ojos; su uniforme blanco estaba arruinado por infinidad de quemaduras y heridas, y su expresión estaba marcada por la excitación mortal de las últimas horas. El joven oficial, sentado en su asiento y extrañamente calmo en medio de ese pandemónium, daba un rostro humano a lo que era una escena salida del infierno de todo oficial militar.
– Aquí la almirante Elizabeth Hayes, a bordo del Satélite Fábrica, llamando al crucero Thunderbolt. Informe su situación, cambio – anunció Lisa, esperando que el oficial pudiera responderle.
El joven sentado en la silla del capitán abrió grandes los ojos al reconocer con quién estaba hablando, y por un instante Lisa tuvo la impresión de que él también estaba tragando saliva y buscando fuerzas para responder el saludo de Lisa.
– Teniente comandante Dusan Markovic, oficial ejecutivo del Thunderbolt, almirante – se presentó el oficial, haciendo luego la venia para saludar a Lisa… y mostrándole al mismo tiempo a la almirante un brazo consumido por quemaduras. – Hemos sufrido daños severos en todas las cubiertas. Nuestros sistemas funcionan con poder de emergencia. Los conteos preliminares indican que tenemos setenta y tres muertos y doscientos veintiocho heridos. No tengo idea del resto de las naves.
– ¿Donde está su capitán, comandante Markovic? – preguntó Lisa.
– La capitana DeCurtis murió, almirante – informó Markovic sin la menor emoción en su voz.
Lisa se dirigió a sus oficiales, quienes la miraban desde sus consolas aguardando órdenes.
– Capitán Griswold, alerte a los equipos médicos y de control de daños para que estén preparados a recibir a esas naves, y ordene abrir las compuertas del Satélite inmediatamente. Teniente Huang, ordene que liberen las plataformas de aterrizaje para recibir transbordadores provenientes de esas naves.
Una vez que verificó que sus oficiales pusieran en práctica sus indicaciones, Lisa volvió su atención a la pantalla donde aparecía la imagen deshecha del comandante Markovic:
– Estamos listos para asistir a sus naves, comandante. Si puede, envíe a los heridos más graves a bordo de sus transbordadores para que los tratemos.
– Gracias, almirante, estamos preparando transbordadores ahora mismo – la expresión de gratitud en los ojos de Markovic era sentida y real.
– ¿Qué ocurrió exactamente, comandante?
Aún aturdido por el desastre en el que estaba metido, el teniente comandante Markovic intentó rememorar los eventos de las últimas horas, para tratar de explicárselos correctamente a Lisa, pero pronto encontró que se le hacía extremadamente difícil; las imágenes de destrucción se mezclaban en su cabeza, confundiendo todo en una espiral de horror y destrucción, hasta que por fin, con bastante esfuerzo, Markovic pudo hilar una explicación coherente.
– Nos aproximábamos a las últimas coordenadas conocidas del Convoy Io-1, cerca de Júpiter, cuando detectamos una fuerza de media docena de naves Zentraedi en órbita de una de sus lunas.
– ¿Zentraedi? – preguntó Lisa incrédula, sintiendo que sus piernas empezaban a temblar.
– Sí, señora. No eran refuerzos; estaban funcionando con bajas reservas de energía, así que interpretamos que eran naves que habían sobrevivido al Holocausto y que se habían escondido en las cercanías de Júpiter.
– Continúe – dijo Lisa.
– Lanzamos nuestro ataque contra las naves Zentraedi, destruimos algunas de ellas, así como a muchos de sus pods de combate. Los estábamos derrotando, cuando otras seis naves de guerra salieron de detrás de Europa... se habían ocultado de nuestros sensores en el polo del satélite... nos emboscaron y quedamos atrapados entre dos fuegos.
Lisa miraba al joven oficial como si fuera lo único que importaba en el mundo, mientras rogaba que lo que Markovic le estaba relatando fuera solamente una pesadilla...
– Sufrimos graves daños, y la nave insignia ordenó que recuperáramos nuestros cazas e hiciéramos una transposición para escapar ni bien todos los cazas hubieran regresado.
– ¿Qué ocurrió con el Alexander, comandante? – preguntó Lisa con una nota de terror inocultable en su voz al dejar salir la pregunta que más la inquietaba.
Del otro lado de la pantalla, Markovic parecía sentir un dolor infinito por tener que ser él quien dijera las siguientes palabras.
– El Alexander… puso curso hacia Júpiter para tratar de ganar tiempo, recuperar a los Veritech, y escapar, pero una de las naves... una de las naves Zentraedi era un monitor, y disparó contra el Alexander con su cañón principal.
Los ojos de Lisa se abrieron en una mirada de desesperación inhumana.
– Lo último que vimos del Alexander... – continuó el comandante Markovic con la voz quebrada – era cómo recibía un golpe directo del disparo Reflex, almirante. Vimos una gran explosión y después realizamos la transposición… No sabemos qué ocurrió después.
"¡¡¡¡RICK!!!!"
Un silencio mortal se abatió sobre toda la Central de Mando… y cientos de ojos voltearon lentamente para observar a una sola persona.
Lisa palideció de pronto, y un mareo enfermizo la invadió hasta hacerle sentir náuseas. Su vista se nubló, y sus piernas empezaron a sentir el suelo no como algo sólido, sino como una masa informe que la sumergía. Saunders y Griswold continuaron hablando, informándole de la situación, pero sus palabras se volvieron ininteligibles, gruñidos imposibles de ser distinguidos o reconocidos. En medio de la vorágine, Lisa tenía la sensación de que Kim también trataba de hablarle, pero si lo hacía, ella no pudo entender una sola palabra de lo que le estaba diciendo… ya que estaba hundiéndose en un túnel hecho de desesperación y negra oscuridad.
"Rick... no, no puede ser... no es verdad..."
Con pasos torpes y descoordinados, Lisa apenas pudo atinar a alejarse del borde del módulo y retroceder, sentándose aparatosamente en su silla, casi tropezándose con ella. Su gorra de almirante cayó al suelo, sin que ella hiciera movimiento alguno para levantarla… mientras su pulso se aceleraba de manera descontrolada y sus manos empezaban a temblar, estremeciéndose del dolor y terror que la habían hecho suya.
Sólo sus años de entrenamiento militar impidieron que diera rienda suelta al torrente de lágrimas que se juntaban en sus ojos, y que clamaban con urgencia la oportunidad de desahogarse.
"No... no puede ser... no, Dios¿por qué?"
Todo parecía dar vueltas en su vista, en su mente, una sucesión de imágenes a cuál más terrible, que se le aparecían sin solución de continuidad, y en medio de la locura, la realidad se confundía con imágenes y recuerdos de Rick, como si conjurando aquellos recuerdos tan hermosos Lisa pudiera deshacer aquel nuevo golpe mortal que le infundía la realidad… como si atesorando cada momento compartido ella pudiera sostenerse de un hilo de esperanza en medio de la tormenta que acababa de desatarse sobre ella.
Pero a pesar de todos sus esfuerzos desesperados, sólo eran fantasías, puros intentos de negar lo que hasta hacía escasos segundos era tan sólo un temor incierto, y que ahora se habían transformado en una realidad insoportable que amenazaba con aplastarla. Esto no era un sueño… y conjurar el nombre de Rick no iba a salvarla de la oscuridad…
"Dime que no es cierto... dime que Rick no... que él no... ¡¡¡¡¡DIME QUE ESTO NO ESTÁ PASANDO!!!!!"
Kim se acercó para tratar de ayudarla, de confortarla como pudiera, pero la expresión de puro terror, de puro dolor, en el rostro de Lisa, expresión que jamás le había visto en su vida, la asustó y le impidió hacer otra cosa más que quedarse quieta… contemplando con su propia variante del horror cómo la mirada de Lisa se tornaba oscurecida y desenfocada, mirando de un lado a otro mientras jadeaba en un intento de no perder el aliento.
Al igual que todo el personal de la Central de Mando del Satélite Fábrica, la comandante Kimberly Young quedó completamente paralizada ante aquella personificación del dolor y la angustia que minutos antes había sido una mujer vital y alegre.
La oscuridad había finalmente reclamado a Lisa Hayes.
NOTAS DEL AUTOR:
- No hay mucho para comentar esta vez...
- Este capítulo fue escrito sin haber hecho la menor clase de consulta respecto a la exactitud científica o técnica... así que si alguno de ustedes encuentra alguna clase de error o bestialidad técnica, muy probablemente estén en lo cierto.
- Como siempre, quiero agradecer a todos los que vienen siguiendo esta historia y a los que dejan sus comentarios, opiniones y consultas... y también para mandar un gran abrazo a mis pilotos de prueba Evi y Sary.
- Bueno, espero verlos la próxima vez con el capítulo 8... así que les deseo la mejor de las suertes y me despido hasta la próxima.
