MOMENTOS DE DECISIÓN
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
PEDIDO ESPECIAL: Por favor, lean TODO el capítulo... eso es todo.
Capítulo VIII: Caminando por el Valle
No puedo concluir este anexo a mi informe sin hacer una breve mención al comportamiento de la teniente comandante Elizabeth Hayes durante los instantes finales del combate, previo a la autodestrucción de la Base Sara. Aunque el heroísmo y la abnegación de la comandante Hayes están fuera de toda duda, debo confesar que encuentro preocupantes ciertos indicios que darían a entender que la comandante Hayes se rehusó enfáticamente a abandonar la base aún cuando un caza Veritech fue enviado para rescatarla. Todo lo que tengo para sustentar esa preocupación son intercepciones de las comunicaciones entre la comandante Hayes y el sargento Richard Hunter, piloto del Veritech en cuestión.
Mis intentos de lograr que el sargento Hunter me relatara su versión de la historia no han sido satisfactorios. Concluyo que el sargento Hunter no tiene intenciones de perjudicar a la comandante Hayes mediante la revelación de información personal, sin importar la relación conflictiva que existe entre ambos miembros de la tripulación, y encuentro respetable y honorable esa intención. Los particulares de dichas conversaciones se hallan en la solicitud adjunta de ascenso al grado de tercer teniente para el sargento Hunter que he transmitido al coronel Maistroff y al comandante Fokker.
Puesto en conocimiento por otras fuentes de la naturaleza de la relación entre la Base Sara y la comandante Hayes, puedo teorizar que existe en la comandante Hayes, a pesar de su dedicación al deber, desempeño sobresaliente y profesionalismo ejemplar, una peligrosa tendencia autodestructiva que se hace manifiesta en situaciones de extrema tensión emocional y que, si no se encuentra una forma de lidiar con dicha tendencia, podría tener consecuencias desastrosas tanto profesionales, pero por sobre todo personales, para una oficial prometedora y valiosa como ella.
Capitán (grado superior) Henry Gloval, Documentos anexos al reporte oficial de la Batalla de la Base Sara, 2009.
Lágrimas amargas bañaban su rostro.
Cientos de personas estaban presentes en ese lugar, convocadas para la misma ocasión.
Había una cierta irrealidad emanando de todo el ambiente, una inquietante y persistente sensación de que todo aquello no era real… o que no podía serlo…
El cielo estaba de un tétrico color gris plomizo en el que no podían distinguirse las nubes o el sol, presagiando una lluvia inminente, casi tanto como las miradas de las personas reunidas para aquella oportunidad preanunciaban torrentes de lágrimas. Hasta los árboles parecían apagados y desprovistos de colores…
Hacía un frío terrible, glacial, que calaba hasta los huesos a todos los presentes sin importar la cantidad de ropa que vistieran.
Todo configuraba un clima de dolor y tristeza casi intolerable, que tan sólo hacía más insoportable la tristeza de todas las personas allí presentes… a tal punto que ninguna de ellas podía asegurar si el clima de aquella ocasión era tan sólo una casualidad, o si el dolor colectivo de todos los concurrentes había tenido algún efecto desconocido sobre el clima.
Sin embargo, había allí una persona dentro de la cual reinaba una tristeza y un frío dolor ante los cuales las inclemencias de la naturaleza no podían siquiera compararse. Una persona cuyo corazón era ahora un lugar gélido, aprisionado en el hielo perpetuo de un dolor que parecía no tener final.
Como de costumbre, ella se hallaba portando su uniforme negro de almirante, cuyos únicos cambios visibles eran una gorra negra en lugar de la clásica blanca y toda su colección de medallas y condecoraciones prendidas del pecho en vez de las usuales cintas de servicio. Había declinado utilizar un vestido negro, o siquiera un velo; ella era una militar, y así como toda su vida había enfrentado los desafíos portando un uniforme, de igual manera lo haría en aquel momento. La única concesión que había aceptado, además del uniforme de gala, era el ramo de flores que sostenía entre sus manos temblorosas.
Ella permanecía de pie, tratando con todas sus fuerzas de dar una apariencia de dignidad y serenidad en aquel momento de dolor inenarrable. Lo que ella sintiera no importaba; tenía que ser una roca de fortaleza. Siempre fuerte, a pesar de todo el dolor que desgarraba su alma.
Era su deber, después de todo. Los almirantes son aquellos de quienes los subordinados esperan seguridad y calma, y no deben demostrar sentimientos, tal era la máxima de su difunto padre. Los almirantes tenían la obligación de callar sus penas y dolores, presentándose siempre ante el mundo como figuras impertérritas, aún cuando esa almirante en particular sólo deseaba estallar en lágrimas y dar rienda suelta a todo lo que llevaba dentro.
Ella no podía decir cómo había llegado a ese momento, o qué había ocurrido en los días anteriores. Todo se confundía en un torbellino de imágenes y sentimientos oscuros e inexpresables, que parecían haber sido conjurados del más negro de los infiernos.
La sensación de irrealidad que la acechaba no se limitaba sólo a esa circunstancia inenarrablemente dolorosa que atravesaba, sino a todo lo que había vivido desde que recibió aquel mensaje fatídico… como si fuera parte de algo demasiado nefasto como para ser verdad… Ciertamente era algo sacado de sus pesadillas, y de las pesadillas colectivas de todas las personas que conocía… aunque era mucho peor que cualquier cosa que hubiera imaginado antes.
Mucho, mucho peor…
Ella recorrió con la vista a todos los que habían concurrido, encontrándose con que eran en su mayoría una masa de rostros indefinidos e indistinguibles, que se le antojaban como si todos ellos pertenecieran a la misma persona, y que por un acto de anónima crueldad se repetían hasta el cansancio.
Algunos pocos eran reconocibles. Estaba el Primer Ministro, que parecía aún más viejo y demacrado de lo normal, empequeñecido en el sobrio traje negro que vestía para la ocasión, de pie y rodeado por sus edecanes y asesores… muy cerca de donde se hallaban formados y en posición de firmes los altos capitostes militares: Maistroff, Gaumont, Leonard, Patel, Reinhardt y todos los demás, portando sus uniformes ceremoniales con inhumana elegancia y con expresiones pétreas en el rostro mientras miraban al infinito.
En otro lado estaban Miriya y Dana, pálidas de dolor y congeladas en su sitio, como si el viento estuviera por llevárselas… Kim y Vanessa, incapaces de contener las lágrimas y más pequeñas, tristes y adoloridas sin la presencia de la tercera persona de su trío… más atrás, permaneciendo en un respetuoso segundo plano, se hallaba un oficial alto, pálido y de porte severo que sujetaba a un pequeño niño de tez oscura y ojos brillantes por las lágrimas…
Tardó en reconocer al hombre como el coronel Rolf Emerson, quien se había hecho cargo de Bowie Grant luego de que Vince y Jean…
Todos sus rostros estaban contraídos de dolor… deshechos por la amargura hasta dejarlos casi irreconocibles…
Su puño se contrajo en señal de impotencia, y por su mente cruzó un lamento que tenía iguales partes de plegaria y blasfemia… plegaria implorando a Dios que la liberara de aquel dolor… y blasfemia increpándolo por haber permitido que todo ello ocurriera, por haber dejado que una vez más la guerra hiriera a todos los que ella amaba y destrozara su golpeado ánimo hasta convertirlo en ruinas.
La voz ronca del general Maistroff interrumpió sus pensamientos, y sin pensarlo giró la cabeza para ver hacia donde estaban apuntando todas las miradas.
Y sintió que su corazón estallaba en mil pedazos.
Max Sterling encabezaba la comitiva, y ella se percató de que su rostro aniñado parecía haber envejecido cuarenta años en dos días… a tal punto que se veía demacrado y macilento, su andar era mecánico y desprovisto de vida, y sus ojos azules aparecían nublados por el dolor y la furia.
Detrás de Max, y a pasos firmes y pausados, seis pilotos del Escuadrón Skull, portando uniformes de gala adornados por una cinta negra de duelo, llevaban sobre sus hombros un féretro de madera lustrada, sobre el cual se hallaba ajustado un casco de piloto Veritech, una corona y un retrato...
Más féretros siguieron, uno tras de otro… en un ciclo que parecía no tener fin.
Féretros vacíos, tal como mandaba la tradición.
Los cuerpos que debían ocuparlos no estaban allí… sino en la inmensidad negra del espacio.
Los redobles de un tambor marcaban el paso del cortejo con una precisión inhumana que avivaba el dolor muy humano que ella sentía hasta convertirlo en un latigazo constante en su corazón. A cada toque del tambor, a cada paso del cortejo, a cada instante que pasaba, ella sentía un crujido en su alma, que parecía despedazarse lentamente.
El cortejo pasó frente a Miriya y Dana… Miriya hizo un duro saludo militar con sus ojos anegados de lágrimas, y Dana se acercó para tocar con su manita aquel primer cajón, y después de hacerlo, corrió a abrazarse de la pierna de su madre para esconder su propio llanto… como si su inocencia acabara de desaparecer.
Pasó frente a Kim y Vanessa, y las dos rompieron al unísono en amargas lágrimas al paso de un cajón sobre el cual estaba la imagen de una joven y sonriente oficial de cabello rubio rojizo.
Pasó frente a Rolf Emerson y Bowie… el coronel hizo la venia ante todos los ataúdes de la procesión, con su mirada clavada en el infinito y la expresión endurecida de alguien que ha visto más dolor y espanto en su vida que el que cualquiera pudiera imaginar, mientras que Bowie, suelto repentinamente de los brazos fuertes de su nuevo protector, corrió a adelantarse en el momento en que pasaban dos féretros, uno al lado del otro, y se llevó la mano derecha a la sien en un improvisado saludo militar mientras su las lágrimas manaban a torrentes desde sus ojos.
Pasó frente al Primer Ministro y a todos esos generales y almirantes, y ellos hicieron secamente la venia sin perder su expresión pétrea e impasible.
Pasó frente a ella… y al instante se quedó paralizada, sintiendo cómo empezaba a temblar de dolor, y cómo sus rodillas se hacían débiles hasta no podían soportar más el peso de su cuerpo, a tal punto que cómo hizo para no caer de rodillas al suelo en aquel momento era un misterio para el cual jamás deseó encontrar una respuesta… Sus ojos dejaron escapar algunas lágrimas que rodaron por sus mejillas, y en un gesto defensivo apretó con mayor fuerza el ramo que sostenía… que amenazaba caer de sus manos repentinamente débiles y temblorosas.
Todos los ataúdes fueron puestos simultáneamente sobre las fosas, listos para ser bajados a una señal de Max, quien presidía la ceremonia. Desviando la mirada para no ser testigo de ese momento, Max ladró una orden y los féretros bajaron lentamente dentro de las fosas hasta posarse suavemente en la tierra húmeda y fría, al compás de las notas tristes de la marcha "Amazing Grace", interpretada por una banda militar que permanecía en segundo plano, lejos de la vista de los dolientes.
El destacamento de honor apuntó sus rifles al cielo y los soldados que lo formaban dispararon las tres salvas usuales con la precisión acostumbrada.
Con cada disparo, un pedazo más de su corazón estallaba hasta convertirse en cenizas.
Terminados los disparos, otros oficiales tomaron un conjunto de banderas de la Tierra Unida, una por cada dos personas, y con movimientos secos las plegaron y doblaron sobre sí mismas, hasta que en cuanto quedaron dobladas en una prolija forma triangular, cada una de ellas fue puesta en las manos de un oficial, que luego las llevaría hasta las manos de los deudos que esperaban…
Ella tomó la bandera que le acercó Max, y por primera vez su máscara de fortaleza se quebró en forma perceptible, deseando morir en el momento en que sus manos sintieron la fría tela del pabellón. Sólo Max la vio sollozar, sólo él fue testigo involuntario de su colapso final, y los ojos de ella estaban demasiado cegados por las lágrimas como para ver a Max poniéndole una mano en el hombro, en un gesto de apoyo que era una sana y necesaria ruptura con todo aquel frío protocolo.
Primero hablaron los políticos y los militares… las mismas palabras vacías de siempre, los consabidos llamados al sacrificio y al recuerdo de todos aquellos valientes, el elogio del valor que demostraron al entregar sus vidas en defensa de la Tierra… aquellas palabras huecas y gastadas que hacían tanto por calmar el dolor y la pérdida como un vaso de agua apaga las llamas de un incendio.
Después siguió el sacerdote. Palabras bellas y llenas de sentimiento, exhortaciones a la piedad de Dios Todopoderoso para que acogiera en su seno a aquellos bravos hombres y mujeres que fueron arrancados de este mundo antes de su hora… palabras que tocaban los corazones de aquellos que habían sufrido esas pérdidas desgarradoras, intentando insuflarles la esperanza de un mundo futuro en el cual todas las lágrimas serían secadas… y en el que los seres amados volverían a ellos.
Palabras que apuntaban a un consuelo lejano que no mitigaba la pena del presente.
Ella no quiso hablar. No se sentía capaz de hacerlo, ni podía encontrar palabras que resumieran el dolor que sentía en cada fibra de su ser. Con un suave movimiento de la cabeza, ella rehusó el pedido que le hizo el general Maistroff, permaneciendo en su sitio y sin prestar atención al resto de la ceremonia… y las voces que continuaron hablando se le antojaron sonidos guturales sin sentido alguno…
Sin saber cómo y cuándo había ocurrido, o cuánto tiempo había transcurrido mientras se sumergía en el dolor, de pronto ella se encontró sola frente a las lápidas, frente a las tumbas, abandonada por todas las demás personas, que debieron haber hecho su retirada sin que ella lo notara.
Unas gotas empezaban a caer del cielo, dando inicio a la lluvia que durante todo el día había amenazado desde las nubes oscuras y grises.
Todas las tumbas estaban ya cubiertas por tierra y flores, conteniendo en ellas la esperanza del eterno descanso de aquellos que habían perecido.
Todas menos una.
La de él.
Ella estaba frente a esa tumba, al borde de la fosa que parecía inusualmente profunda. Allá en lo profundo, casi en el infinito, se podía divisar la madera lustrada del ataúd, sobre la que repicaban con sonidos perversamente rítmicos las gotas de la lluvia cada vez más intensa...
Y fue allí cuando finalmente se quebró.
Se dejó caer aparatosamente sobre sus rodillas, llorando sin consuelo y repitiendo su nombre entre sollozos, dejándose destrozar en cada sollozo… llorando amargas lágrimas se confundían con la lluvia, y su cuerpo temblaba descontroladamente, estremecido por el frío y el dolor. Rindiéndose, ella deseó que todo acabara allí mismo, que el Todopoderoso acabara en ese mismo instante con su vida, no… su vida había terminado en el momento en que supo de la muerte de él… lo que vendría después de ese momento era una agonía sin fin, una espera hasta su propia e inexorable muerte biológica, porque su espíritu había muerto con él…
En medio del espantoso dolor, ella creyó escuchar su voz llamándola… una voz etérea que repetía su nombre sin parar… y decidió responder al llamado.
Se llevó las manos al rostro y sonrió al ver que era él, que había vuelto a ella, que había escapado de aquella nave, había escapado de las garras de la muerte… y ella corrió para tomarlo en sus brazos, corrió para sentirlo real, para sentirlo junto a ella, para besarlo con desesperación, para dejar atrás todas las insoportables horas de sufrimiento. Quiso refugiarse en sus brazos, dejarse morir al contacto con su cuerpo, hundirse en sus brillantes ojos azules que la miraban con amor infinito. Quiso dejar atrás todo aquel horror...
Sentía que el Cielo le había dado otra oportunidad. Sentía que esta vez no perdería a otra persona a la que amaba… y que él estaría siempre junto a ella. Acercó sus labios para besarlo...
... y en ese momento él se transformó; su rostro sonriente se transformó en un rictus de terror absoluto, mientras su cuerpo era devorado por llamas surgidas del mismo infierno, hasta que no quedó nada más que una grotesca figura envuelta en fuego, un fuego que ardía a pesar de la lluvia intensa y cruel…
Enloquecida de dolor y horror por aquella visión, con sus últimos restos de raciocinio convertidos en jirones deshechos, ella retrocedió en desesperación hasta llegar al borde de la fosa, para luego volver a contemplar a la figura que alguna vez había sido él, suspirando en el momento un adiós y una promesa de reencuentro.
Se dejó caer en la fosa, cerrando los ojos y gritando su nombre.
El impacto no llegaba… seguía cayendo sin detenerse en lo que parecía un agujero sin fin, sin sentir el impacto con el ataúd que se hallaba al fondo. Sentía sus cabellos agitándose por la caída, y su cuerpo en caída libre hacia el infinito…
Un grito de dolor espantoso que era de la voz de él y no lo era al mismo tiempo perforó los tímpanos de ella e hizo que su alma se estremeciera de puro pánico y en ese momento ella quiso morir con él y quiso que él se la llevara a donde fuera que iba a ir y no quería seguir más sola y no quería seguir viva si él iba a morir y que todo se fuera al diablo y ella no podía soportarlo más y todo se caía a su alrededor y él caía junto con ella en ese pozo sin fondo para perderse en aquella brillante luz blanca donde estaba su padre, a donde estaba su madre, donde Karl se hallaba, donde habían ido el almirante Gloval y Claudia y desde donde todos la saludaban y parecían tan felices y ella sólo quería ir con ellos y quería dejar atrás todo ese dolor que ya no podía soportar y no quería seguir perdiendo a más gente y en ese momento gritó y su propio grito parecía salido de la garganta de otra persona y parecía la voz de él gimiendo en agonía...
… y después llegó el golpe contra el frío e impiadoso fondo de aquel agujero, coincidiendo con un espantoso estremecimiento que sacudió sus entrañas…
... y entonces ella despertó, sudando y temblando como nunca lo había hecho en la vida, gritando su nombre a la oscuridad de su dormitorio con una voz que ella misma no pudo reconocer.
Tras mirar el reloj, que indicaba que eran las 0127 del 4 de abril de 2017, ella cayó por fin en la cuenta de lo sucedido… había dormido unos quince minutos, rindiéndose a su agotamiento, pero esos quince minutos se le antojaron como si hubieran sido años de sueños oscuros…
Respiró con pesadez, recuperando el aliento y tras cerciorarse de que se hallaba en su propio, frío y repentinamente pequeño camarote, ella por fin concluyó que había atravesado por una pesadilla...
Una pesadilla que no se distinguía mucho de la realidad que vivía.
Se llevó una mano a su corazón, y comprobó que latía sin control, acelerado como estaba con el espantoso vendaval de emociones que la atravesaba y la sacudía como un muñeco en el viento.
Cerró los ojos, y sin siquiera encender las luces en ningún momento, se lanzó de regreso a la cama, rogando a Dios que la librara de volver a soñar.
Al cabo de unos segundos interminables, el único sonido que reinaba en su habitación era el de sus sollozos, mientras lloraba una vez más, bañando la almohada con sus lágrimas.
Martes 4 de abril de 2017
El clima en Frenchie's era tétrico, lejos del bullicio habitual que animaba todas las comidas en la cantina. La mayoría de los comensales estaban en silencio, devorando sus comidas lo más rápido posible antes de regresar a sus obligaciones, privándose de acompañarlas con risas o charlas amistosas; todo el lugar parecía haberse hundido en la melancolía que dominaba al Satélite Fábrica desde la noche del domingo...
Sentada en la mesa que solía usar junto a la ventana del mirador, sola por fuera aunque no tanto como se sentía sola por dentro, la comandante Kim Young trataba de despejar su mente con una actividad irónica: sumergirse en una pila de informes, despachos, reportes, lo que fuera, cualquier cosa que requiriera de ella que les echara una leída aunque más no fuera para ponerla al tanto de lo que ocurría en el mundo exterior.
Ella no estaba de servicio, pero a pesar de ese detalle, Kim había pedido que le adelantaran aquellos documentos para ocupar su mente, sumergiéndola en las profundidades del deber militar. En aquel momento Kim hubiera hecho cualquier cosa, hubiera dado lo que le pidieran y hubiera consentido en hacer lo que fuera, con tal de dejar de pensar en todos aquellos amigos: Sammie, Rick, Vince, Jean...
– ¡Kim!
El repentino llamado logró traer a Kim de regreso a la realidad, saliendo de sus reflexiones melancólicas. Como movida por un resorte, la joven comandante se puso de pie y escudriñó con la vista el lugar hasta dar con la persona que la había llamado... tardando bastante poco en divisar la figura de la teniente comandante Miriya Parino-Sterling acercándose a ella, caminando con su acostumbrado garbo, producto de años de orgulloso servicio en las fuerzas Zentraedi.
– ¿Miriya, qué haces aquí? – preguntó Kim… y si sentía alguna clase de alegría por ver a Miriya, ni su voz ni su expresión lo dieron a entender.
Por toda respuesta, la Zentraedi la envolvió en un inesperado e inconsulto abrazo de oso, y al sentir que esos brazos la sostenían en un momento en que sólo tenía ganas de desmoronarse, Kim se vio invadida por una urgencia de llorar desconsoladamente, de dejar escapar el dolor que sentía… hasta que por fin, sacando fuerzas de flaquezas, le preguntó a su amiga:
– ¿Cómo me encontraste? Por favor, siéntate – dijo mientras ella misma se sentaba de regreso en su silla, acercándole otra a la piloto de combate.
– Uno de los oficiales de la Central me dijo que estarías aquí – respondió Miriya tomando asiento en la silla que Kim le había ofrecido. – También me dijo cómo llegar a este lugar.
– Por Dios, qué gusto verte... – dijo Kim con una voz quebrada y sincera, y con todo el tacto del mundo, se dispuso a hacer la siguiente pregunta: – ¿Y Max?
El rostro de Miriya se ensombreció…
– Maximilian está en Monumento, cuidando a Dana... y a Bowie – contestó Miriya, dejando que el último nombre se esfumara en un suspiro adolorido.
– Pobre criatura... – dijo Kim sacudiendo lentamente la cabeza, – no quiero imaginarme lo que está sintiendo ahora.
– Está tratando de ser fuerte... no quiere que nadie lo vea llorar. Dana hace lo que puede para consolarlo, pero no logra mucho.
– ¿Cómo está tomando Max todo esto?
– Está... en shock – dijo Miriya, y lágrimas de furia amenazaron con escapar de su rostro al recordar el rostro de pavor e incredulidad de su esposo en el momento en que recibieron esa noticia hacía ya un día y medio… aunque hubiera parecido un siglo. – No puede imaginarse que esto haya ocurrido. Me parece que todavía no cree que pueda ser verdad.
– Créeme, Miriya... quisiera que nada de esto fuera verdad... – murmuró Kim sin cruzarse con los ojos de su amiga. – Nada...
– Hablé con Vanessa antes de salir... – empezó a decir Miriya luego de mirar rápidamente a ambos lados, como para asegurarse de que nadie la estaba escuchando.
– ¿Qué dice ella?
– Está igual que todos nosotros... y me contó que todo el Cuartel General es un caos – Miriya levantó las manos al cielo en señal de frustración. – Nadie sabe qué hacer, si mandar una fuerza de contraataque o no. Algunos quieren que enviemos hasta la última nave... otros proponen esperar.
– ¡¿Esperar a qué?! – explotó Kim dejando salir la furia que llevaba dentro en una explosión tan repentina como catártica. – ¡¿Qué diablos quieren esperar esos imbéciles del Alto Mando, que aparezca una flota Zentraedi a las puertas de la Tierra?!
Miriya bajó la voz, cerciorándose una vez más de que nadie estuviera escuchando su conversación antes de revelarle a Kim el resto de la historia… aquel dato que Vanessa le suplicó que mantuviera en secreto cuando se encontraron la tarde anterior.
– No están esperando, están dejando pasar el tiempo... hay algunos en el Alto Mando que dicen que si no reciben una señal del Alexander en dos días, darán a la nave oficialmente por perdida – Sus puños se contrajeron en un acto de furia reprimida, y su voz se tornó fría como el hielo. – Que no hay posibilidades de que el Alexander haya sobrevivido al disparo… y también dicen también que no hay naves suficientes como para montar una misión de rescate y enfrentar a la flotilla Zentraedi.
Kim quedó atónita, incapaz de tomar aquellas palabras como expresión de la realidad… y sintió que estallaría de las súbitas ganas de partir en mil pedazos aquella mesa con sus puños y arrancar a mordidas las cabezas de algunos generales.
"Esos desgraciados..."
– ¿Quién es el ave de mal agüero? – preguntó entonces con una voz que le provocó escalofríos a la antigua y consumada guerrera Zentraedi.
– Te daré unas pistas – dijo Miriya con disgusto inocultable y venenoso, un disgusto que era una pálida muestra de hasta qué punto lo que iba a revelar ofendía mortalmente sus valores marciales: – es gordo, es calvo, es un maldito cobarde y tiene una cara de alegría a toda hora.
– Leonard – masculló Kim como si estuviera nombrando a una enfermedad repugnante. – Cerdo...
La batalla de Júpiter había dejado a la Tierra en estado de shock colectivo, como no se había visto o conocido desde la destrucción de Nueva Macross. Había inacción respecto a los pasos a seguir en medio de la crisis, y definitivamente no ayudaba el que las reuniones del Alto Mando se transformaran en agrias batallas campales, donde los altos oficiales se recriminaban mutuamente, aprovechando la oportunidad para saldar viejas deudas y promover agendas ocultas… sin importar que al hacerlo convirtieran al Alto Mando en una farsa y dejando que las Fuerzas de la Tierra Unida vagaran en la incertidumbre.
En todo el mundo, pero más aún en las Fuerzas Espaciales, los oficiales, tripulantes y soldados estaban abrumados por un desconcierto generalizado, mientras aguardaban órdenes que no llegaban y ventilaban su frustración en maldiciones e insultos cada vez más virulentos contra los habitantes del Candelabro por desgastarse en trifulcas políticas mientras no se sabía nada sobre los seis mil hombres y mujeres a bordo del Alexander.
Pero peor aún que el caos sembrado entre los militares, eran las reacciones en el público general.
La noticia de que aún había naves Zentraedi en el sistema solar y que éstas habían casi destruido a un grupo de batalla de las Fuerzas Espaciales, sin mencionar el que el Alto Mando hubiera caído en una inoperancia inexplicable, había desatado una oleada de indignación en la ciudadanía… reavivando a la par el terror colectivo a una nueva amenaza desde las estrellas y destrozando la moral elevada que había sobrevenido como consecuencia de las recientes victorias en la guerra contra los renegados.
Envueltos en la vorágine, los medios de comunicación se habían lanzado en un frenesí sensacionalista, alimentando los temores del público y acusando de incompetencia a las Fuerzas de la Tierra Unida, y si los virulentos ataques de la prensa respetable no eran suficientemente dañinos, las acciones de los inescrupulosos de siempre, que no se privaban de recurrir a los más sucios y bajos trucos del negocio, estaban caldeando a pasos acelerados la hostilidad entre los medios y los militares en un momento en lo que lo último que necesitaban las Fuerzas de la Tierra Unida era un escándalo público.
De hecho, asaltada por un irritante recuerdo, Kim sintió ganas de maldecir al recordar que el día anterior, la Policía Militar del Satélite había arrestado a una periodista de televisión que se hacía pasar por enfermera para sonsacar comentarios de los heridos… deteniéndola de nuevo algunas horas después demasiado cerca del camarote de la almirante… con micrófono en mano y un cameraman junto a ella.
Los grupos pacifistas, acallados y desacreditados durante la Rebelión Zentraedi, estaban volviendo con toda la furia, y algunos de sus exponentes destilaban un fanatismo que hacía que el desaparecido Lynn Kyle pareciera todo un estadista y un conciliador.
Incluso los políticos estaban tomando cartas en el asunto; la oposición política salía regularmente a los medios a exigir explicaciones y demandar que rodaran cabezas, acompañando esos pedidos con incendiarios discursos durante la sesión especial que había mantenido el Senado el día anterior. Hasta aquel momento, media docena de senadores habían pedido la renuncia del general Maistroff, otros iban por la cabeza del Ministro de Defensa, mientras que otros incluso habían propuesto mociones ante el Senado exigiendo la dimisión del Primer Ministro y la formación de un nuevo gabinete, acusando al actual gobierno de "fracasar en garantizar la seguridad de la Tierra y sus colonias y dependencias".
Y en medio de ese panorama desalentador, crecían las inquietantes sospechas de que algunos generales demasiado cercanos a los políticos estaban proveyendo información sobre el caos interno que aquejaba a las estructuras de mando de las Fuerzas, con el probable objetivo de mejorar su propia posición en el caso de una purga militar… y el nombre del teniente general Anatole Leonard era uno que aparecía mucho en los rumores que circulaban.
En cuanto a las Fuerzas de la Tierra Unida, la batalla de Júpiter había caído como una tragedia; había muchas personas, demasiadas, que tenían algún amigo, familiar o ser amado en alguna de las naves que participó del inesperado combate, por no mencionar a los que habían fallecido en el Convoy Io-1.
El ánimo a bordo del Satélite, que había servido como base para el malogrado grupo de batalla, era el de un velorio. Era peor para quienes tenían conocidos en el Alexander, ya que nadie sabía a ciencia cierta si la nave había sobrevivido a la batalla o no. Para ellos, la incertidumbre era un infierno, y a cada hora que pasaba sin recibir novedades, se hacía más real el aterrador prospecto de la destrucción completa de la nave.
Entre los que seguían sus vidas sin dejar de sufrir por la suerte del Alexander, estaban demasiadas personas caras a Kim Young.
Estaba el pequeño Bowie Grant, cuyos padres Vince y Jean eran oficiales en la nave.
Estaban Max y Miriya Sterling, con numerosos amigos y conocidos en la tripulación y los escuadrones de combate de la nave.
Estaban Vanessa Leeds y ella misma, sufriendo por su amiga Sammie, aquella pequeña amiga que se había convertido en parte inseparable de ellas… casi como si fuera su hermana.
Y estaba Lisa Hayes.
Kim sintió que se destrozaba una vez más al volver a su mente, de manera indeseable e inoportuna, la reacción de su amiga en aquel momento fatídico cuando se enteró de la batalla; recordó cual si la tuviera en frente de ella cómo podía ver que su corazón estallaba en mil pedazos ante el temor de haber perdido a Rick… y todavía podía ver la mirada de ciega desesperación y locura de Lisa, mirada que nublaba aquellos ojos verdes normalmente tan brillantes.
– Y dime... – Miriya dejó pasar unos segundos, temiendo el impacto de las palabras que diría a continuación. – ¿Cómo está Lisa?
– Ella está... Dios, Miriya... está destruida... está hecha pedazos – dijo Kim en un suspiro, sin poder mantener la fortaleza ni un minuto más.
Miriya desvió la mirada al suelo, insegura sobre cómo encarar el tema, pero necesitaba desesperadamente saber cómo estaba Lisa tomando las noticias y sobrellevando aquellos momentos tan espantosos. Desde el momento en que escuchó que el Alexander había desaparecido, temió por su amiga como nunca antes lo había hecho. Ella no era ajena a la manera sorda y dolorosa con que había sufrido Lisa hasta que pudo por fin arreglar las cosas con Rick… y de sólo pensar en la reacción de Lisa, todo su ser se estremecía de terror…
– Puedes imaginarte, Miriya... – dijo Kim estremecida. – No la he visto desde que se retiró a su camarote después del debriefing del comandante Markovic ayer por la tarde. Ella escuchó todo el informe sin inmutarse, como si le estuvieran leyendo el diario. Estaba como... congelada... no parecía humana. Hasta agradeció a Markovic por su reporte, y dijo que se retiraba...
– ¿No volvió al servicio?
Kim sacudió la cabeza en negativa.
– Solicitó una licencia al Alto Mando... dice que "en su actual estado ella no es de utilidad para el servicio". Sólo me enteré porque el capitán Griswold me mostró una copia del despacho media hora después de que ella la enviara.
– ¿Y se la aceptaron?
– Sí. Al menos esos degenerados del Alto Mando son rápidos para tomar esas decisiones – dijo Kim con furia e indignación que iban en aumento. – Esos malditos generales son rápidos para sacarte del medio y palmearte la espalda¿pero para mandar una flota a averiguar si todavía hay alguien con vida y mandar al infierno a esos Zentraedi hijos de una grande y mala---?
Kim se detuvo al instante, temiendo haber insultado a Miriya.
– Discúlpame, por favor, no quise insultar... Es sólo que… han sido unos días terribles… no te imaginas la---
– No hay nada de que disculparse, Kim. Entiendo lo que sientes – dijo Miriya con una expresión comprensiva… y que al mismo tiempo la acompañaba en sus sentimientos.
– Gracias, Miriya – respondió Kim, esbozando su primera sonrisa en mucho tiempo.
– Pensaba visitarla... hablar un poco con ella... no sé, ayudarla en lo que pueda –inquirió Miriya, sin necesidad de aclarar a quién se estaba refiriendo.
– Sería bueno, le haría bien hablar con alguien, pero ya la conoces... siempre tiene que ser tan autosuficiente – golpeó la mesa con su puño, haciéndole temer a Miriya que efectivamente acabaría por destrozar la mesa. – No recibe a nadie desde que terminó la reunión… ni siquiera responde a los mensajes que le estuve dejando todo el día. En fin, pensaba pasar a ver cómo estaba, a ver si necesita algo, pero...
En aquel momento Kim se detuvo, notando que junto a su mesa había aparecido Frenchie, portando una bandeja en la que se hallaban un par de tazas de café. El hombre estaba demacrado, agotado física y espiritualmente, al punto de dar la impresión de tener varias décadas más que las que tenía realmente. De sólo ver el estado del cantinero, Kim se estremeció del horror, para luego recapacitar unos segundos después en que Frenchie debía haber pasado todo el tiempo en el bar, sumergiéndose en el dolor colectivo y sufrimiento que invadía a todo el Satélite.
– Aquí tienes, Kim... café negro extra fuerte. Y otro para usted, comandante Sterling – dijo el cantinero sin mirar y sin ser llamado.
– ¿Cómo supo...? – balbuceó Miriya al escuchar a aquel cantinero pronunciando su nombre… y acertando su gusto favorito en materia de café.
– No preguntes, Miriya – dijo Kim bebiendo su café y desviando la mirada para no cruzarse con los ojos del cantinero o de su amiga. – No preguntes...
– Espero que lo disfruten, damas, si es que algo puede disfrutarse hoy en día – dijo Frenchie con voz apagada y cansada, empezando luego a dar media vuelta para regresar a la barra, deteniéndose al notar que Kim lo llamaba.
– Oye, Frenchie ¿cuánto te debemos? – preguntó Kim, sacando aparatosamente su billetera del bolsillo de su uniforme.
El hombre meneó la cabeza y cerró los ojos.
– Hoy todo corre por cuenta de la casa. Supongo que cobrar hoy sería algo... obsceno – murmuró el anciano, luego de lo cual metió una mano en su bolsillo y sacó algunos saquitos de té que dejó sobre la mesa, justo frente a Kim.
– ¿Y estos para qué son? – preguntó ella confundida mientras tomaba uno de los sacos en su mano.
– Para más tarde... por si quieres prepararle algo a la almirante Hayes para que beba – contestó el hombre en voz baja. – Imagino que lo necesita.
– Pero, Frenchie, estos cuestan una fortuna... – repuso Kim, pero el hombre levantó la mano para callarla.
– No, Kim, insisto. Quédatelos, los necesitan mucho más que yo. Si ves a la almirante Hayes, dile que estoy para lo que ella necesite – dijo Frenchie, para luego, habiendo cumplido lo que tenía que hacer, caminar de regreso a la barra en donde se estaban juntando filas de oficiales y tripulantes taciturnos.
Las dos mujeres permanecieron en silencio algunos minutos, bebiendo su café, hasta que al cabo de unos diez minutos y con las tazas de café ya completamente vacías, Kim se puso de pie, mirando en dirección a la salida de la cantina.
– Si me disculpas, tengo que ir a la Central, Miriya...
– ¿Hay algún problema si te acompaño, Kim? Para serte sincera, no tengo nada que hacer hoy.
La comandante Kimberly Young se permitió una sonrisa carente de humor antes de responder a aquella oferta.
– Por favor, ven... yo tampoco tengo nada que hacer. Nada en absoluto.
Debía haber pasado al menos veinticuatro horas en ese camarote, aunque eso no importaba ya que no tenía forma de saberlo; el tiempo no pasaba para ella, y no se le antojaba la menor diferencia entre el día y la noche. Ni entre el día anterior y el de hoy.
Para Lisa Hayes, sólo había existido un túnel negro de angustia y desesperación, una continuidad de agónica miseria sin final aparente. Una oscuridad impenetrable que la hacía estremecer de dolor, y que azotaba su cuerpo como si fuera una serie interminable de latigazos, cada uno de los cuales laceraba su alma hasta hacerle manar dolor a borbotones.
No había diferencia entre la realidad y el infierno; distinciones metafísicas como esas habían dejado de existir desde ese maldito momento en el que las naves sobrevivientes habían aparecido, trayendo aquella noticia. Al principio no había querido creerla. Era imposible, algo completamente absurdo. Rick no podía haber... Con todas sus fuerzas, Lisa había deseado que todo fuera una pesadilla, una muy espantosa y cruel por cierto, pero pesadilla al fin, y quería creer que todo terminaría en cuanto se despertara.
Pero esta vez no había despertar. Ninguno en absoluto. Esta vez la pesadilla se confundía con la realidad y ambas pasaban a ser la misma atemorizante y horrenda cosa.
Lisa había tenido la suficiente presencia de ánimo como para no romper en llanto frente a toda la Central en cuanto escuchó lo que le había ocurrido al Alexander. En ese momento había sacado fuerzas de donde no las tenía para no colapsar, para no desmoronarse como un castillo de naipes. Quizás todavía conservaba una esperanza. Ciertamente pasó toda aquella noche en la Central, con toda la atención puesta en la estación de comunicaciones, permaneciendo a la espera de que el Alexander apareciera, o rogando que se recibiera alguna transmisión de emergencia, alguna señal por más pequeña e insignificante que fuera, que le indicara que el Alexander no había desaparecido... que Rick seguía con vida...
Pero a cada hora que pasaba las posibilidades eran cada vez menores, y se esfumaban como agua en el desierto… y la incertidumbre, el no saber nada, el no tener la menor noticia, había ido erosionando poco a poco el atribulado ánimo de Lisa Hayes….
El golpe de gracia había sido la reunión con el comandante Markovic, poco después del mediodía del día anterior. En un acto de supremo masoquismo, Lisa se obligó a rememorar los pormenores de aquella reunión, como lo había hecho toda la noche.
Lo primero que había notado Lisa al recibir al hombre que se había hecho cargo del crucero Thunderbolt tras la muerte de su capitana fue que el joven oficial estaba malherido y agotado, con su uniforme destrozado y quemado en varias partes. Había rechazado el cambiarse de ropa; Lisa supo después, de boca de uno de los oficiales de aquella nave, que el comandante Markovic no había dejado el Thunderbolt hasta aquel momento, ocupado como estaba en cuidar de su nave y su gente.
Markovic había relatado todos los detalles del combate, acompañado por las bitácoras y registros visuales del Thunderbolt, contando con lujo de detalles los eventos acontecidos desde el momento en el que el Grupo 6 había salido de su transposición, y dándole a la almirante Hayes un testimonio de primera mano del combate inicial contra la flota Zentraedi, la inexplicable retirada del enemigo, la sorpresiva aparición de las otras naves, el descubrimiento del monitor enemigo, la desesperada retirada hacia Júpiter, los daños, las muertes... hasta culminar, con voz entrecortada por la emoción, con el momento fatídico en el que el Alexander recibió de lleno el impacto del cañón Reflex.
Por instinto Lisa se llevó las manos a la boca en desesperación cuando la grabación mostró aquel momento. Aquel rayo de muerte que golpeó la proa del inmenso portaaviones, herido por numerosos impactos de armas enemigas, emanando entonces un deslumbrante y maligno fulgor que encandiló a las cámaras y sensores del Thunderbolt hasta enceguecerlas, tras lo que sólo quedó la estática de una grabación concluida.
Nada pudo haber sobrevivido a ese disparo. Nada... nada... absolutamente nada...
En ese momento de rendición, Lisa sintió la mano de Kim en su hombro, en un intento silencioso de reconfortarla, a pesar del propio dolor que ella sabía que su asistente albergaba por Sammie Porter.
Terminada la reunión, Lisa agradeció con voz temblorosa al comandante Markovic y le permitió retirarse de regreso a su nave… pero en cuanto a ella, no había retirada posible, ninguna en absoluto.
Ella no podía soportar más... necesitaba refugiarse, necesitaba dar rienda suelta a toda la amargura y dolor que embargaban su corazón, y tras dejar la sala de juntas, apenas se tomó unos segundos para ir a su oficina y procesar un pedido de licencia, el cual envió al Alto Mando sin demora alguna.
Desde aquel momento, ella no había salido del camarote; no podía enfrentar al resto del mundo, no se sentía de utilidad alguna para nadie, y mucho menos para ella misma. Sus oficiales necesitaban una figura de calma y liderazgo, algo que ella no podía ser en aquel momento... y que tal vez nunca más podría volver a ser.
Ni siquiera cayó en la cuenta de que no había probado bocado desde la reunión con Markovic. Tampoco había dormido, salvo por ratos breves e inquietos que eran peores que permanecer despierta.
Esas horas en el camarote las había pasado en un infierno de sufrimiento y dolor. Algunos ratos ella lloraba sin consuelo, dejando escapar lágrimas amargas y cargadas de pena, que no parecían acabar jamás. Todos los diques de su autosuficiencia, su fortaleza, su impasibilidad, habían estallado en mil pedazos, arrastrados por un torrente primitivo e incontenible de angustiante dolor.
Otros ratos, ella simplemente se quedaba en silencio, con la mirada perdida en el infinito, extraviándose en recuerdos del pasado… perdiéndose en la memoria de los momentos compartidos con Rick, momentos que para ella habían sido lo más cercano al paraíso. Los únicos momentos de felicidad que ella había vivido en mucho tiempo... todo lo que le quedaban eran recuerdos. Al final, siempre quedaban recuerdos... Todos la dejaban sola. Su padre, su madre, Karl, Henry Gloval, Claudia... todos terminaban muriendo, devorados por el demonio de la guerra, y siempre quedaba ella sola atrás, y con cada pérdida un pedacito de ella moría y se perdía para siempre.
¿Cuántas pérdidas más podía una persona soportar?
Envuelta en su propio dolor, Lisa ni siquiera escuchó el sonido del timbre, sin siquiera inmutarse al escuchar a la puerta abriéndose, ni pudo distinguir a Kim entrando en su camarote, portando una taza de té en sus manos.
– Lisa, discúlpame, vengo a traerte algo de té – dijo ella.
Lisa ni siquiera se inmutó, ni respondió al saludo… y en medio de su dolor, apenas tuvo la vaga sensación de que alguien había entrado en su camarote, y con movimientos lentos giró para ver de quién se trataba, encontrándose entonces con el rostro dolido de su amiga y ayudante.
– Ah, Kim – dijo ella con una voz plana y desprovista de emoción… una voz muerta. – Pasa, por favor.
Kim reprimió un instinto de horror al ver el estado en el que se hallaba Lisa. Su cabello largo y castaño, normalmente sedoso y bien cuidado, estaba revuelto y desaliñado; su rostro estaba totalmente pálido, privado de cualquier color o tonalidad, mientras que sus ojos estaban nublados y oscurecidos por el dolor, enrojecidos por el llanto y con una mirada desprovista de toda otra emoción que no fueran el dolor y la tristeza.
Lisa Hayes parecía un fantasma. Una imagen etérea, como si el dolor la hubiera elegido para hacerse carne.
– Gracias, Kim – dijo ella tomando la taza entre sus manos temblorosas. – Estaba necesitando un poco... – su voz desapareció en un murmullo, mientras sus labios esbozaban una sonrisa que aterrorizó a su ayudante.
Kim permaneció de pie, mirando el camarote de Lisa, un lugar que ahora parecía tan triste y deprimido como su ocupante, sintiendo un repentino terror a irse y dejar a su amiga sola y a merced de sus demonios… o al menos a hacerlo sin decirle que había gente dispuesta a apoyarla y a acompañarla.
Tenía que hacer el intento.
– Lisa, sólo quería decir que... bueno... si quieres hablar con alguien, pues---
– Te lo agradezco, Kim – la interrumpió su almirante con los ojos cerrados, bebiendo un sorbo de té. – Pero por ahora no hace falta.
– Oye, Miriya llegó hoy al Satélite... ella quería saber si podía ayudarte en algo, o si necesitabas hablar.
– No es necesario, Kim, muchas gracias – respondió Lisa con un tono gélido en su voz, frío como el Polo. – Dile a Miriya que le agradezco, pero que no se moleste.
Lisa volvió a girar, dándole la espalda a Kim.
"¡Maldición, Lisa¿Por qué tienes que ser siempre tan testaruda?", quiso gritarle Kim, mientras por dentro estallaba en un deseo de que por una vez en la vida Lisa tuviera la valentía de abrirse a los demás, de compartir su dolor y reconocer que necesitaba de alguien en la vida.
Quería que lo entendiera… quería que ella se dejara ayudar por la gente que la quería.
Pero sabiamente, y sin evitar destrozarse al decidirlo, se abstuvo de hacer tal cosa; no quería empeorar el estado de ánimo de su amiga y oficial superior. Dios sabía que ella ya tenía mucho encima.
– Lisa... – empezó Kim pero fue interrumpida una vez más, esta vez de forma bastante brusca.
– ¿Se te ofrece algo más, Kim? – continuó Lisa con un tono cortante, y en ese mismo momento una maldición propia y autoinfligida atravesó las nubes de dolor que la oscurecían, culpándose por ser tan condenadamente agresiva. "Ella sólo trata de ayudarme", pensó entonces.
Pero había demasiado dolor en su alma que buscaba una salida, por más que fuera injusta o innecesaria. Y Kim, quiéralo o no, le daba esa salida que necesitaba.
– No, almirante, eso es todo – respondió Kim con los ojos húmedos de tristeza, rabia e impotencia.
– Muchas gracias por venir y por el té, Kim – dijo Lisa con tono conciliador, dejando la taza sobre una de las mesas.
– Bueno, Lisa... si necesitas algo, sabes donde encontrarme – dijo Kim con la voz quebrada, antes de dar media vuelta y caminar hacia la puerta.
Lisa ni siquiera se dio vuelta para despedirla.
Con un ruido seco, la puerta se cerró. Kim se había ido, y Lisa estaba una vez más sola en su camarote.
Sola otra vez, con la única compañía del dolor y la incertidumbre. Y en ese momento, ella descubrió que no lo podía soportar más.
Las lágrimas volvieron a presionar sobre sus ojos, reclamando salir una vez más.
Necesitaba ahogar el dolor. Asfixiarlo, hacerlo desvanecer un segundo. Desvanecerse ella misma, desaparecer de la realidad. Refugiarse, aunque sólo fuera en una manera burda y grotesca, de una realidad de incertidumbre y promesas de dolor que se había tornado en la peor de sus pesadillas...
– ¿Estoy bien¿El peinado no se ve mal, no¿Y el maquillaje?
– Por enésima vez, Sandra, no tienes nada de malo. ¿Ahora, quieres empezar de una vez? – le respondió un hombre con una mueca de frustración, evitando hacerle caso a los impulsos cada vez mayores por revisar una vez más la hora.
– Como tú digas, Ed… como tú digas – gruñó la mujer, harta de la impaciencia de su ayudante.
– ¡Muy bien, al aire en tres… dos… uno… ahora!
A la vez que el hombre llegaba al "uno", la mujer carraspeó un poco y puso su mejor "sonrisa profesional" para que la captara la cámara, y en cuanto empezó a grabar, su rostro cambió a una expresión de estudiada seriedad… su mejor "cara de circunstancia".
– Soy Sandra Holmes, reportando en vivo desde el Satélite Fábrica Robotech. El ánimo que se vive en esta gigantesca base militar es el mismo que impera desde que antes de ayer se conociera el combate librado por naves de la Tierra Unida contra renegados Zentraedi en la órbita de Júpiter.
El cameraman hizo un largo paneo por el pasillo en donde estaba Sandra, con tal de captar a las personas que iban y venían… dándole así a la audiencia un vistazo de la vida cotidiana en el Satélite Fábrica.
– Mientras en la Tierra arrecian las críticas contra las Fuerzas de la Tierra Unida por el desastroso resultado de una batalla que, según nuestras fuentes, no había sido prevista por los altos oficiales militares – continuó informando la periodista para beneficio de las personas que en la Tierra veían aquella transmisión, – el personal asignado al Satélite continúa con sus tareas diarias con un profesionalismo que no logra ocultar sensaciones de impotencia y furia ante la derrota y la falta de respuestas por parte del liderazgo militar de la Tierra.
El rostro inmaculadamente maquillado de Sandra Holmes se contrajo en una expresión de desagrado y estudiada indignación, y su voz adquirió ese tono de ultrajada que tanto le servía cada vez que necesitaba mostrarse "atónita" ante alguna realidad…
– Por desgracia, todos nuestros intentos para entrevistar a los tripulantes que regresaron de la batalla de Júpiter se han visto frustrados por la censura militar. De igual manera, nuestras solicitudes para contactar a la jefa del Satélite, la almirante Lisa Hayes, han sido rechazados de plano por su equipo de asesores. Como recordarán nuestros televidentes, la almirante Hayes mantenía una relación romántica con el jefe de la flota que fue derrotada por los Zentraedi, el comodoro Rick Hunter, quien se presume ha caído en acción…
Mirando por el rabillo del ojo a la vez que terminaba esa parte de su reporte, la periodista notó a dos oficiales que se acercaban a ella, y sin que le tomara mucho reconocer a una de ellas como la ayudante principal de la almirante Hayes, una comandante que según recordaba se apellidaba Young, rápidamente indicó a su cameraman que la siguiera mientras se preparaba para "emboscar" a la oficial con una entrevista sorpresa… aprovechando la oportunidad para darse el gusto de una pequeña venganza contra los militares por dificultarle su tarea de informar.
– ¡Comandante¡Comandante Young! – gritó la periodista llamando la atención de las dos oficiales, esperando en silencio haber acertado con el apellido. – Sandra Holmes, cadena GlobalNews… quería hacerle algunas preguntas, si es posible.
La oficial reaccionó primero con una mirada asesina, y luego de buscar en vano un medio de escape de aquella situación tan incómoda, respondió con un tono neutro y desprovisto de emoción:
– Adelante, señorita Holmes…
– ¿Cuál es el estado de los sobrevivientes de la batalla?
– Están recibiendo toda la ayuda que tenemos disponible. Algunos han sido enviados a la Tierra para recibir un tratamiento más completo, y---
La periodista no le dio tiempo de terminar la frase antes de pasar a otra pregunta… mientras más confundiera a aquella militar, mejor para ella y su carrera periodística.
– ¿Existe alguna explicación para la trampa en la que cayó el grupo de batalla?
– Esa es una cuestión ajena a mis responsabilidades, y supongo que---
Otra vez la interrumpió, y al hacerlo, Sandra Holmes notó que su entrevistada dejaba escapar un ceño fruncido...
– ¿Cuál es la razón para la falta de respuestas del Alto Mando a la presente crisis?
– Esa pregunta debería hacérsela a algún vocero del Alto Mando ¿no le parece? – respondió la oficial con un tono duro y cortante, muy distante de la estudiada y "políticamente correcta" manera que los militares habían institucionalizado para tratar con los medios de comunicación.
Sandra sonrió, pero no era una sonrisa agradable. La oficial estaba empezando a perder los estribos, y lo que pudiera salir de eso le daría bastante rating, así como un buen impulso para su popularidad. Lo único que necesitaba era seguir apretando las clavijas de la comandante Young un poco más, y con mucha suerte…
– ¿Por qué se censura a los medios y se les impide entrevistar a los sobrevivientes de la batalla?
– Buscamos proteger a nuestros combatientes – la oficial moduló cada sílaba de la palabra "combatientes", como escupiéndosela en la cara a la periodista – y resguardar su intimidad, de acuerdo a las regulaciones de las Fuerzas, regulaciones que los medios de comunicación conocen bien y normalmente respetan.
Sandra Holmes jamás lo supo, pero esa última frase de Kim había logrado desarmar por un instante su expresión de preocupada comentarista de la realidad social… dejando entrever en la periodista una furia y un resentimiento incendiarios.
– Está bien, no hablaremos de los combatientes – Holmes volvió a esbozar una sonrisa forzada. – ¿Por qué Hayes no concede entrevistas?
– La almirante Hayes – replicó la oficial haciendo énfasis en el rango militar de Lisa Hayes – no desea en estos momentos dar ninguna clase de entrevistas por razones personales…
"Ya es hora", pensó la periodista, relamiéndose por anticipado de sólo pensar en lo que iba a ocurrir, aún antes de lanzar la pregunta que venía a continuación:
– ¿Tiene algo que ver con el hecho de que el comodoro Hunter haya comandado la flota, o se debe simplemente a que la almirante no está en condiciones de dar una entrevista? – descerrajó Sandra Holmes, para luego, sin darle a su interlocutora militar un segundo de tregua, insistir con sus preguntas: – ¿Podría decirnos cómo reaccionó la almirante Hayes al recibir la noticia¿Qué reacciones tuvo cuando supo lo que le pasó a su novio… lloró, gritó?
Haciendo lo posible para contener su propia algarabía, Sandra notó el brillo furioso en los ojos de la comandante Young y pensó que en ese momento ya la tendría acorralada. Era lo que su carrera necesitaba, un buen incidente transmitido a todo el planeta en vivo, en el que ella se enfrentaba contra una oficial militar descontrolada, dándole así la oportunidad perfecta para proclamar a los cuatro vientos que era víctima de la censura por parte de una institución militar obsesionada en cubrir sus errores.
Era también una buena venganza, una que Sandra Holmes llevaba bastante tiempo esperando poder realizarla. Tan sólo el día anterior, los militares habían impedido que hablara con algunos tripulantes que sobrevivieron a la batalla, e incluso amenazaron con arrestarla cuando la encontraron camino de los aposentos de la almirante Hayes para concertar una entrevista.
Mirando el rostro lívido de su interlocutora con una expresión de arrogancia y satisfacción, Sandra Holmes casi sintió ganas de reírse de esta comandante Young por ser tan fácil de provocar, y pensó que lo que estaba por venir sería divertido… muy divertido.
Sandra Holmes no tenía ni la más remota idea de lo equivocada que estaba.
Para su sorpresa, Kim había demostrado frente a aquella periodista mucha más paciencia que la que alguna vez había pensado tener, atribuyéndolo al principio a que simplemente no tenía ya más energía para sentirse molesta, dada la manera en que todo se había ido al diablo en los últimos días.
Pero esta mujer –aunque víbora era un término más adecuado para describirla… si debía limitarse a términos reproducibles, desde luego– estaba acabando con su paciencia hasta no dejar nada de ella, y conforme avanzaba la imprevista, inconsulta e indeseada entrevista, Kim se encontró recurriendo cada vez más en su mente a una frasecilla para evitar lanzarse al cuello de la periodista.
"Libertad de prensa, Kim… libertad de prensa…" se repetía por dentro como un mantra para evitar el estallido de furia.
Hasta que la periodista cruzó el campo de lo profesional para pasar a lo personal. Desde un primer momento, Kim se enfureció al tener que escuchar las infundadas acusaciones que lanzaba sobre las Fuerzas, tales como "censura", "ocultamiento" e "inacción", no sólo porque las veía como completamente falsas, sino porque las consideraba un ataque gratuito e innecesario en contra de los hombres y mujeres que diariamente luchaban por asegurar el futuro de la Tierra.
"Diablos, imbécil, si estuviéramos censurando algo ¿crees que te dejaríamos dar vueltas por el Satélite?", quiso espetarle a la periodista en esa cara demasiado bien tratada que tenía.
Fue cuando las preguntas se concentraron en Rick y Lisa que Kim sintió que su paciencia saltaba por los aires para ceder su lugar a la más furiosa indignación. Un calor abrasador la recorría de pies a cabeza, sus brazos se tensaban y sus puños se cerraban conforme escuchaba esas preguntas cada vez más agraviantes e insultantes, no porque hablaran pestes de sus oficiales superiores… sino porque agredían a sus amigos.
Entonces no lo soportó más.
– Comandante Sterling – le dijo a Miriya en el tono de voz más neutro que podía dar, notando que a juzgar por la cara de Miriya, la periodista podía considerarse afortunada de disponer aún de todos sus miembros. – ¿Podría esperarme allá adelante, por favor? Y ya que está… ¿podría avisarle al comandante Bransford que…?
– Por supuesto, comandante – respondió Miriya, reconociendo la orden con una leve inclinación de la cabeza y caminó hacia la intersección con el siguiente corredor… sin privarse de fulminar a la periodista con una mirada que, de haber sido fuego, la hubiera reducido a restos carbonizados…
– ¿Y bien, comandante Young? – la periodista preguntó con insufrible altanería en cuanto Miriya desapareció del mapa. – ¿Qué tiene para responder?
– ¿Esto está saliendo al aire? – preguntó Kim con lo que Sandra Holmes pensó que era inocencia, pero que cualquiera que conociera a Kimberly Young sabría reconocer como la calma que antecede a la tormenta.
– Por supuesto, comandante, estamos en vivo y en directo – respondió Holmes con suficiencia.
"Lo que significa que toda la Tierra verá tu berrinche" se contuvo de decir.
– Muy bien… Váyase al diablo, señorita Holmes – dijo Kim sin contenerse más, sonriendo de puro gusto al espetarle esas palabras y notar cómo habían logrado que la periodista empalideciera.
– ¿Disculpe? – balbuceó Holmes una vez que se repuso de la sorpresa.
Jamás la habían insultado en cámara de esta manera, y menos una esclava del ejército como Kim Young.
– No, no creo que la vaya a disculpar – replicó Kim disfrutando por dentro de la vergüenza y humillación de aquella arpía. – Desde el primer momento, usted ha atacado gratuitamente a las Fuerzas de la Tierra Unida y lanzado injurias e insinuaciones inaceptables contra oficiales dedicados que nada malo hicieron. Se acaba ahora.
– ¡Usted no puede censurarme! – exclamó Holmes poniendo su mejor expresión de indignación ciudadana, proclamando más para la cámara que para Kim. – ¡Estoy cumpliendo con mi deber de buscar la verdad---!
Entre las cosas que contribuyeron a la indignación de Sandra Holmes, estaba el que Kim se convirtiera en ese momento en la primera persona que tenía el tupé de interrumpirla a ella en cámara…
– ¿Cómo lo hizo ayer cuando se disfrazó de enfermera para entrevistar a los heridos luego de que le negáramos la autorización, señorita Holmes? – le espetó Kim, disfrutando el dulce sabor de la retribución mientras proseguía: – Eso es violación de la intimidad personal y violación de las normas militares. Entiende que técnicamente las Fuerzas pueden hacer una demanda contra usted y su cadena de televisión por eso¿no?…
El brillo travieso que revelaba la mirada de Kim se hizo aún más intenso conforme el rostro de Sandra Holmes perdía todo color al escuchar cómo se revelaba –en vivo y en directo, y a toda la Tierra– ese pequeño desliz que se había tomado…
Había reglas a respetarse; la prensa tenía acceso libre e irrestricto a todo lo que no recibiera una clasificación de secreto de Estado, y lo único que podían hacer los militares en ese caso era como mucho asignar a un oficial para que hiciera de "niñera" de los periodistas, pero nada más que eso… pero en contrapartida, los periodistas tenían expresamente prohibido inmiscuirse en la vida privada e intimidad del personal militar, y esa era una regla que los militares se ocupaban de hacer respetar.
La relación entre la prensa y las Fuerzas de la Tierra Unida podía distar de ser amistosa, y los recelos y resentimientos jamás desaparecerían, pero lo que siempre habían tratado de cuidar ambas partes era el respeto a esas reglas comunes de comportamiento para facilitar su interacción y convivencia pacífica… y el que quedaran expuestas en televisión las "libertades" que Sandra Holmes se había tomado con esas normas no sólo le granjearía el odio del personal militar, sino también el de su propia cadena de televisión, cuyos ejecutivos ya debían estar en medio de un infarto colectivo de sólo pensar en los juicios y litigios que tendrían que enfrentar…
– Ed, apaga la cámara… – balbuceó Holmes en un patético intento de defenderse.
– No, Ed, no apagues la cámara – interrumpió Kim, que ya se comportaba frente a Holmes como tiburón que olía sangre en el agua… y ante la expresión de la oficial militar, el cameraman obedeció instantáneamente. – Ahora que lo recuerdo, señorita Holmes, me parece que la Policía Militar le advirtió que si volvían a encontrarla merodeando los camarotes de la almirante Hayes para hacerle una entrevista sorpresa, la expulsarían del Satélite por violación de las normativas de prensa. Lo que me lleva a lo siguiente… cuando regrese a la Tierra, dígales a los directivos de su cadena que nuestros abogados se pondrán muy pronto en contacto con los suyos…
Kim Young había logrado algo que innumerables senadores, empresarios y figurones del espectáculo nunca pudieron: dejar sin habla a Sandra Holmes y hacerle sentir el terror y desconcierto que ella tantas veces le había insuflado a sus interlocutores.
Y todo lo que había tenido que hacer era exponer sus pequeños pecadillos de falta de ética a toda persona que se hallara viendo televisión en ese momento.
– Ahora puedes apagar la cámara, Ed – dijo Kim sonriendo al cameraman, y una vez que la cámara se apagó, se acercó a Sandra y comenzó a decirle…
Aún después de siete años de vivir entre los humanos, aún había cosas sobre la cultura humana que asombraban a Miriya y que no dejaban de sorprenderla. Esas cosas eran para ella una fuente constante de asombro y maravilla, que jamás en los años que llevaba de vida había siquiera imaginado que podía llegar a conocer.
Una de ellas era el lenguaje de los micronianos.
No la gramática, la ortografía y la sintaxis de las lenguas humanas, sino el uso social de las palabras. Ella lo sabía mejor que nadie, con los años que llevaba de poner a Max en más de una situación incómoda con sus pasos en falso sociales, que solían ser a causa de alguna palabra o frase inconveniente para el momento o lugar en el que se hallaban o las personas con quienes estaban hablando.
Claro, con todo ese tiempo, ella había pulido su lenguaje y dominaba ahora una cantidad de palabras y expresiones informales que crecía día a día y que trataba de usar lo más posible, de manera tal de acostumbrarse a su uso, con tal de desarrollar de una vez por todas aquella elusiva habilidad de saber cuándo convenía hablar… y cuando callarse.
Pero si alguien le preguntaba a Miriya Parino-Sterling, ella confesaría que no había nada más intrigante en el lenguaje cotidiano de los micronianos que los insultos. Su variedad y rica diversidad la maravillaba… había insultos de todos los tipos, desde los inofensivos hasta los agresivos, desde los sutiles hasta los brutales, y algunas personas los empleaban con una habilidad que no dejaba de asemejarse al deporte humano de la esgrima.
Es por eso que Miriya observaba fascinada el torrente de insultos que Kim Young le prodigaba a aquella entrometida periodista sin ninguna clase de mesura o contención. Había en aquel torrente de invectivas palabras que Miriya jamás había escuchado, otras que eran clásicos y otras que le provocaban incómodos escalofríos y ganas de enterrarse de tan sólo oírlas; escuchaba cómo su pequeña amiga profería improperios que iban desde los insultos directos hasta las frases elaboradas y sutiles, extremos separados por la misma distancia que divide a un garrote de un escalpelo.
De pronto, Miriya recordó una de las expresiones que Max le había enseñado, y la juzgó bastante apropiada para describir la situación:
"Eso debe doler…"
Pero lo que más maravilló a Miriya fue el darse cuenta de que, a lo largo de toda aquella diatriba, a lo largo de los dos minutos y treinta y un segundos cronometrados que había durado aquel vendaval de palabrotas, la comandante Kimberly Young no repitió ni un solo insulto.
Su manejo del arte de las maldiciones era evidentemente superior.
"¡Qué magnífica guerrera sería Kim si luchara de la manera en que insulta¡Qué habilidad¡Qué destreza!" pensó con admiración Miriya al ver cómo Kim se alejaba de la periodista, que parecía petrificada en su sitio sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.
Kim se acercó a Miriya y con un ademán la invitó a retomar su camino, cosa que Miriya hizo sin dudar, con tal de evitar provocar un nuevo torrente de insultos que esta vez estuviera dirigido a ella.
– ¿Hablaste con el comandante Bransford? – preguntó Kim con un tono oficial que poco tenía que ver con la mujer que acababa de insultar como si fuera un maletero…
¿O era "marinero"? Los refranes y expresiones eran algo que ella todavía tenía que estudiar…
– Sí, comandante – respondió Miriya con plena formalidad. – Me pidió que le informe que estará aquí en unos minutos con una partida de policías militares para hacerse cargo de la señorita Holmes.
– Bien – contestó Kim, mirando de reojo cómo una periodista y un cameraman comenzaban una loca carrera por desaparecer de allí. – Espero que no le moleste una pequeña persecución policial…
– Ya se adelantó a eso, comandante… – sonrió Miriya. – Dice que a sus muchachos les viene bien el ejercicio.
– Mejor así.
Las dos amigas caminaron algunos cuantos metros sin decirse una palabra ni emitir sonido alguno. Kim miraba al frente con expresión dura pero que dejaba traslucir un evidente alivio, y Miriya observaba de reojo a Kim, con inocultable admiración y respeto, esperando a que se hubiera calmado para entablar conversación.
Fue sin embargo Kim quien rompió el silencio, exhalando fuertemente luego de observar a la periodista en fuga y recordar aquella pequeña charla que acababa de mantener con ella, para luego dejar caer los brazos y proclamar con una gigantesca sonrisa de oreja a oreja:
– Dios, eso se sintió muy bien…
Ella lo besaba con desesperación creciente, él podía sentir su lengua recorriendo su boca, sus manos en su cuello y pecho, su cabello rozando su rostro y despertándole escalofríos por todas partes. Sentía el calor ardiente de sus cuerpos, unidos en aquel ritmo erótico y cautivante que siempre los llevaba al éxtasis y la locura… la sentía a ella junto a él abrazándolo con locura, pugnando por no separarse jamás, por no dejarlo ir... por hacerse uno con ella… por fundirse en el amor que los unía…
– No me dejes... – suplicaba ella con voz susurrante. – Te lo suplico, no me dejes sola... te amo...
Lo único que él quería en el mundo era asegurarle que no la iba a dejar, que jamás iba a---
Luz.
Sus ojos se abrieron lentamente, en medio de una nube de estupor e inconsciencia, y cuando el estupor comenzó a disiparse, lo único que su mente podía procesar era dolor.
Dolor.
Puro y absoluto dolor.
No podía decidir qué le dolía más; si el brazo fracturado o la cabeza, que le latía como si una tropilla de caballos la hubiera usado como pista de carreras.
Lo primero que vio al abrir los ojos fue una confusión borrosa e imposible de identificar, empeorada por el hecho de que todo a su alrededor estaba dando vueltas en una mezcla delirante de luces y sombras, de colores varios, de formas fantasmagóricas que revoloteaban alrededor de él, deleitándose en torturarlo y hacerlo sufrir.
Una imagen de pesadilla.
Lentamente, comenzó a volver en sí, saliendo del abrazo de la inconsciencia. Los detalles volvían de a poco, uno por uno, escamoteándole la posibilidad de volver plenamente en sí. Lo primero que recordó era que se llamaba Richard, pero que todos lo llamaban "Rick"... luego tuvo una vaga noción de que su apellido era Hunter. ¿Qué era él? Era alguna clase de soldado... de militar... un piloto, pero... ya no era más piloto... ahora era un alto oficial..., sí, un almirante... no, comodoro.
¡Eso era!
Él era el comodoro Rick Hunter, recordó en su primer pensamiento coherente en Dios sabía cuanto tiempo.
La visión retornó paulatinamente, y Rick se encontró en un cuarto espacioso, pero oscurecido... un cuarto que al cabo de unos segundos pudo reconocer como su camarote. Estaba en su camarote a bordo del Alexander... y el dolor no sólo no desaparecía, sino que se hacía aún más insoportable cuando volvieron a su mente los recuerdos de---
"¡Dios mío, la batalla!"
Ahora recordaba todo… y el hacerlo lo dejó estremeciéndose con el torrente de emociones que retornaban a él. Lo último que recordaba antes de sucumbir a la inconsciencia era estar empujando a Sammie fuera de la Central de Comando segundos después de que el Alexander recibiera el impacto del arma Reflex. Después de asegurarse de que todos hubieran dejado la Central, sus oídos fueron desgarrados por una explosión espantosa, a la que siguió una bola de fuego que atravesaba la nave de punta a punta, mientras él se cubría como podía con un brazo y después... despertar en ese lugar.
Había más recuerdos que volvían a él, con mayor frecuencia conforme recobraba la conciencia. Por sobre todas las cosas, una figura vino a su mente con una claridad incontrastable; una mujer... una hermosa, dulce e inteligente mujer... esbelta, de largo cabello castaño y brillantes ojos verdes... una sonrisa enloquecedora... la mujer de sus sueños... que lo amaba con locura y a quien él estaba dedicado por completo... Lisa... Lisa... Debía volver con ella.
Tenía que hacerlo, o si no moriría...
Tras incorporarse, Rick no tardó en maldecirse inmediatamente por hacerlo, ya que con ese movimiento regresó a él con todas sus fuerzas el dolor insoportable e inhumano de su brazo, y mientras buscaba tomarlo con su otra mano, pudo notar que el brazo herido estaba completamente cubierto por una venda.
Después vino el mareo; una intolerable sensación de náuseas que nacían de la boca de su estómago, provocándole tal malestar que Rick se sintió cercano a vomitar allí en ese lugar y en ese mismo momento…
Finalmente, después de mucho esfuerzo, se puso de pie en una forma más o menos estable y empezó a caminar alrededor del cuarto. Por lo que podía notar, el lugar parecía como si un gigante lo hubiera tomado y sacudido sin consideración alguna. Todo estaba revuelto y caído; lo que no estaba firmemente sujeto a la pared o al suelo estaba ahora destrozado en el piso… cuadros, libros, ropa, todo estaba desperdigado por doquier.
Después de algunos segundos de insufrible esfuerzo, Rick se sentó en uno de los asientos del camarote, dejándose caer mientras la cabeza todavía le daba vueltas, y los recuerdos se confundían en su mente, sin solución de continuidad. Luego de devanarse los sesos en un esfuerzo infructuoso, Rick se encontró con que no sabía cuánto tiempo había pasado inconsciente… o qué día era ese.
"Lisa…"
El sonido de la puerta abriéndose sacó a Rick de sus reflexiones, y al ver de quién se trataba, se encontró con la figura pequeña y agotada de Sammie Porter, que hacía su entrada portando una taza de café como si se tratara de su propio camarote.
Tras notar algunas manchas y rasgaduras en el uniforme de su jefa de Estado Mayor, Rick pudo notar con espanto que muchas de aquellas manchas correspondían a quemaduras…
– Ah, qué bien, despertaste – dijo como si nada Sammie – y por lo menos puedes caminar.
– Algo así... – otro dolor de cabeza. – Sammie.
– Excelente, todavía me recuerdas – sonrió ella antes de sentarse en otro de los sillones. – Pasaba por aquí para ver cómo estabas.
– Un poco mejor... eso creo – respondió él tomándose la cabeza y cerrando los ojos en un vano esfuerzo por no ceder espacio al dolor. – ¿Qué día es hoy?
– Cuatro de abril, Rick – dijo ella bebiendo su café, llenándose los pulmones con su aroma calentito. – Has estado durmiendo durante un día y medio. Bueno, durmiendo y delirando entre sueños – Sammie sonreía pícaramente.
– ¿Dije algo vergonzoso?
– Nada en especial, sólo repetías "Lisa", "Lisa", "Lisa" cada cinco segundos.
– ¿Qué pasó? – preguntó él, ya en un tono más serio.
Sabiendo lo que él había preguntado, Sammie suspiró, recordando los espantosos detalles de aquel momento culminante de la batalla.
– Recibimos el impacto del cañón Reflex... hubo explosiones por todas partes, y ordenaste evacuar la Central de Comando. Te aseguraste de que todos salieran antes de irte tú mismo, y entonces el lugar explotó… una de las vigas te golpeó y te dejó inconsciente.
Rick sólo tuvo que mirar en dirección de su brazo cubierto de vendas para que Sammie le explicara lo que había ocurrido.
– Fractura de cúbito, Rick… ya está casi soldada, pero vas a tener que cuidarte mucho.
– Lo voy a hacer – contestó Rick antes de retomar la discusión original. – ¿Y después?
– Pudimos sacarte y llevarte a la Enfermería. Tuviste mucha suerte de que Jean pudiera atenderte en medio de la locura y remendarte tan bien como lo hizo. Finalmente, te trajimos a tu camarote para que descansaras… y a mí me tocó quedarme a supervisar tu estado y evolución.
Fue sólo entonces que Rick cayó en la cuenta de que ya no vestía el uniforme militar que había usado durante la batalla, sino que ahora llevaba puesta una de las camisetas sin mangas y un pantalón de ejercicio… y casi de inmediato se ruborizó…
– No te preocupes, Rick... no hice nada – le dijo Sammie, guiñando un ojo al notar la repentina vergüenza de su comodoro. – Odiaría que Lisa me hiciera algo si toco su propiedad privada. Le tengo mucho aprecio a mi cabeza¿sabes?
Pero una palabra bastó para que Rick se olvidara de toda la vergüenza… y para que se perdiera en los recuerdos…
– Lisa... – susurró él sin pensar, con los ojos cerrados y la cara hacia el techo, para luego recordar súbitamente lo que tenía pensado preguntarle a Sammie, mirándola fijamente mientras lo hacía.
– ¿La nave¿Pudimos regresar a la Tierra?
Sammie no respondió, prefiriendo en cambio ponerse de pie y caminar hasta la ventana del camarote, que estaba cubierta por una cortina para oscurecer el lugar… y una vez allí, ella corrió con movimientos suaves la cortina, dándole a Rick un vistazo del mundo exterior.
Y al ver el paisaje, Rick sintió que su corazón le daba un vuelco y que estaba a punto de desfallecer.
Monstruosas y monumentales nubes rojas, que todo lo cubrían hasta donde la vista permitía ver… relámpagos terroríficos que atravesaban la capa de nubes, salidos de las peores pesadillas que podía concebir e iluminándolo todo con un brillo fantasmagórico. Era un paisaje de violencia increíble, una visión infernal de una tormenta eterna… y por más que se esforzara, el comodoro Rick Hunter no podía determinar a qué lugar podía pertenecer esa visión tan espantosa.
Sammie lo hizo por él.
– Júpiter. Rick... hace un día y medio que estamos escondidos en la atmósfera de Júpiter.
De sólo escuchar esas palabras, Rick sintió que se hundía en ese sillón, dejándose consumir por la desesperación y la frustración de saberse fracasado…
No... no había terminado... después de todo seguían en Júpiter. Toda esa carrera, para nada... todo ese esfuerzo, completamente inútil… estaban perdidos, lejos de la Tierra, lejos del hogar… lejos de Lisa... no podía ser...
– ¿Cómo llegamos allí... cómo sobrevivimos al disparo?
Sammie tomó aire antes de responder, dándose tiempo para rememorar aquel momento, y como le venía ocurriendo cada vez que lo hacía, se encontró con que ni ella misma podía creer cómo habían sobrevivido.
– Puedes agradecérselo a la Undine, Rick – dijo, explicando mejor al ver la cara de desconcierto de su comodoro. – El disparo Reflex la golpeó primero… y al destruirla consumió buena parte de la potencia del disparo, evitando que nos diera de lleno con todo su poder… eso fue lo que nos salvó la vida.
– Le agradecería a la Undine si alguien de su tripulación hubiera sobrevivido – replicó Rick con dureza y amargura, que no iban dirigidas hacia Sammie pero sí hacia él mismo…
Sammie no dijo nada a eso… realmente no podía discutir con aquella realidad tan macabra en la que habían caído y lo último que necesitaba era trenzarse en un debate tan doloroso como inútil, prefiriendo continuar con aquel informe.
– Lo poco que nos golpeó fue bastante duro. El disparo destrozó la proa de la nave... – prosiguió, notando que Rick temblaba de sólo pensar en los daños que el impacto de esa arma había provocado. – No se puede avanzar más a proa de la sección C en ninguna de las cubiertas. La nave se precipitó sin control luego del impacto, pero a último momento pudieron activar los sistemas antigravitacionales, y estamos flotando en la atmósfera desde entonces.
– ¿Los Zentraedi?
– Suficiente por ahora, Rick – lo detuvo Sammie, palmeándolo en el hombro para hacer más suave la orden. – Tenemos una reunión con la comandante Coleson en veinte minutos, y creo que estás bien como para asistir. Allí te enterarás de nuestra situación, y con más detalles que los que yo pueda darte.
– ¿Coleson¿Qué hay del capitán Sanabria? – preguntó él, repentinamente nervioso.
– Su condición es estable, pero sigue grave… He podido contener las hemorragias y ahora estoy tratando de estabilizar su situación. La mayoría de las heridas cutáneas e internas responden bien al tratamiento, pero tuve que inducir un coma para eso, y no recobrará la conciencia por los próximos días – dijo Jean con los ojos cerrados antes de tomar asiento en su lugar.
– ¿No hay nada más que pueda hacer, doctora Grant? – preguntó la comandante Coleson, queriendo escuchar de boca de la oficial médica alguna clase de esperanza en medio de esa catástrofe en la que estaban metidos.
Si la doctora Grant le había pintado a ella y al resto de los oficiales sobrevivientes del Alexander un cuadro tan desolador al reportar en su informe de bajas que los muertos ascendían ya a más de mil doscientos y otros tantos heridos, lo menos que podía hacer era decirles que el capitán iba a estar mejor…
– ¡Es todo lo que puedo hacer en la enfermería de una nave destrozada, con la mitad de los miembros de mi staff en bolsas plásticas y con cientos de otros heridos, comandante! – explotó Jean, sobresaltando a todos los presentes y dejando que en esas palabras se colara bastante de su propio dolor y frustración. – Disculpe, comandante. Necesito tratarlo en un hospital bien equipado, he hecho todo lo que pude. Respecto a las piernas del capitán...
– ¿Sí, doctora? – la invitó a continuar Coleson, dejando atrás el exabrupto de la oficial médica.
– No pude salvarlas – admitió apesadumbrada la doctora, mientras alrededor de la mesa, muchos de los oficiales sintieron náuseas y miraron a Jean Grant con pánico en sus ojos. – Las dos piernas. Lo siento, comandante, no había nada que se pudiera hacer, ni siquiera si lo hubieran tratado en el Militar Central de Monumento... el daño fue muy extensivo.
– ¿Alguna recomendación final, doctora? – prosiguió la primer oficial, deseosa de seguir adelante con aquella junta y dejar atrás un tema tan macabro…
– Necesito gente para poder atender a todos los heridos, comandante – insistió Jean. – Aunque sea alguien que pueda darnos una mano… no necesito gente con experiencia médica; a estas alturas, cualquiera que tenga conocimientos de primeros auxilios nos vendría bastante bien.
– Muy bien, doctora – agradeció Coleson, sin querer decirle que muy probablemente su pedido fuera rechazado… las necesidades de reparaciones iban a requerir de todo hombre y mujer que estuviera en condiciones de sostener una herramienta. – Muchísimas gracias por su reporte…
La Sala de Situación del Alexander era uno de los pocos compartimientos de la nave que habían sobrevivido a la batalla en condiciones más o menos normales, y alrededor de la enorme mesa ovalada situada en el centro de la sala se hallaban sentados todos los oficiales de alto mando de la nave… todos aquellos que aún permanecían con vida tras la salvaje batalla de hacía dos días.
En la cabecera, presidiendo aquella primera junta en la que se exponía la condición actual de la nave, estaba la comandante Andrea Coleson, a cargo del Alexander en ausencia del capitán Sanabria. Vince y Jean Grant estaban también presentes, así como el segundo teniente Gaddel Bromco, oficial de comunicaciones y los tenientes que tenían a su cargo los departamentos de Navegación y Sensores.
El ingeniero en jefe Terauchi no estaba presente; con la nave hecha pedazos, él le había hecho saber a Coleson, con impecable cortesía, por supuesto, que no podía perder el tiempo sentado en la Sala de Situación hablando sobre sus problemas en lugar de resolverlos, por lo que su lugar en aquella reunión fue ocupado por uno de sus ingenieros ayudantes. El jefe del grupo aéreo, comandante James Morehouse, también estaba presente, y en su expresión alerta aún podía sentirse la excitación mortal y la adrenalina del combate por el que había pasado…
Muchos de los demás asistentes a la reunión eran subalternos, algunos de ellos incluso suboficiales, que se habían visto forzados a hacerse cargo de sus departamentos tras la muerte de los oficiales superiores. Pero si había algo en común a todos aquellos presentes, sin importar rango, cargo o antigüedad, era el completo agotamiento físico y mental, que llevaban en sus cuerpos y rostros como efecto de aquellas 36 horas de agonía y esfuerzo sobrehumano.
Rick, Sammie y otro oficial del Estado Mayor del grupo se hallaban presentes, pero era poco más que cortesía profesional por parte de la comandante Coleson; sin el resto de las naves del grupo de batalla, Rick era tan útil en aquella reunión como una quinta rueda, y eso lo tenía perfectamente claro… ya que no podía hacer otra cosa más que escuchar la letanía de daños y bajas sufridos por el Alexander, cerrando los puños y maldiciéndose por su propia estupidez.
Después de todo ¿no es el comandante quien tiene la responsabilidad final?
– Vayamos por partes – prosiguió Coleson mientras miraba al oficial táctico. – Teniente Grant ¿estado de las armas?
Vince se inclinó hacia delante de tal manera que parecía que terminaría por desplomarse sobre la mesa, mientras comenzaba con su reporte.
– Sólo puedo hacer funcionar tres de las diez torretas de partículas, y con un poco de suerte puedo llegar a tener funcionando otra más. Los montajes secundarios están arruinados, y apenas puedo tener en línea a la mitad de los emplazamientos de defensa puntual. Respecto a los misiles; los lanzadores antimecha pueden funcionar, después de todo, casi no hemos tenido que defendernos de battlepods.
Deteniéndose un segundo para poner en orden sus pensamientos, Vince se encontró con que la primer oficial lo alentaba silenciosamente a proseguir con su informe, y así lo hizo en cuanto se sintió listo:
– En cuanto a los lanzadores antinaves... sólo están operativos dos de los seis tubos lanzadores, y apenas puedo poner quince misiles en servicio. Hay otros treinta y siete en la santabárbara, pero esa zona está todavía muy inestable y puede haber incendios. Si usted me lo ordena, comandante, puedo tratar de sacar todos los misiles que pueda... pero preferiría no arriesgarme a volar media nave en el proceso.
– Entendido, Vince – agradeció Coleson antes de mirar al teniente Bromco. – ¿Cuál es el estado de las comunicaciones, Gaddel?
– Las comunicaciones internas están funcionando – respondió el oficial Zentraedi que manejaba las comunicaciones del portaaviones. – En seis horas más podré hacer funcionar el receptor de radio... con algo de suerte podremos captar transmisiones desde la Tierra… eso si logramos superar la interferencia electrónica de los Zentraedi que bloquea nuestras señales.
– ¿Y los transmisores?
– Hechos polvo, comandante. Podría intentar armar uno con las piezas de repuesto, pero necesito personal y maquinaria para hacer algo creíble y que pueda funcionar… y ni tengo personal capacitado ni funciona la maquinaria disponible.
Coleson suspiró con frustración.
– Está bien, haz lo que puedas. ¿Qué hay de las máquinas?
Llegándole el turno de exponer su situación, el teniente ingeniero que reemplazaba al comandante Terauchi se acomodó en su asiento para dar inicio a su reporte.
– En un par de horas tendremos funcionando la caldera Reflex a 20 por ciento de la potencia nominal. En teoría, podríamos subir al 42 por ciento, pero el estado del sistema de refrigeración no aconseja subir más allá de eso… Combinado con los generadores auxiliares podremos poner a la nave en condiciones mínimas de operación, restaurando energía a todas las cubiertas y garantizando un mínimo de funcionamiento a los sistemas vitales. Más allá de eso… todo está muy destrozado, comandante... – concluyó el ingeniero en tono ominoso.
– ¿Navegación y propulsión? – inquirió Coleson, deseando que hubiera alguna clase de resultados positivos.
– Los propulsores de maniobra continúan funcionando, y junto a los sistemas antigravitacionales podemos permanecer en nuestra actual posición indefinidamente. Cinco de los propulsores principales están destrozados. En teoría, con el resto podríamos salir de aquí, pero nos arriesgaríamos demasiado. Los sistemas de navegación están funcionando con los respaldos. Y en cuanto al sistema de transposición, mejor sería que no toquemos el tema... – informó el oficial de navegación.
– ¿Y los Zentraedi¿Hay algo nuevo sobre esos malnacidos? – preguntó la comandante, dejando en evidencia un odio vitriólico en cada palabra que salía de sus labios.
– Tenemos los sensores y radares funcionando a media potencia, además de poner en vuelo a un Ojo de Gato cada cuatro horas para vuelos de reconocimiento – explicó la segunda teniente Corina Vansen, oficial encargada de los radares y sensores de la nave. – Por lo que vemos, siguen en la misma posición, separados en dos grupos. No parecen habernos detectado, pero insisten en mantener la interferencia de comunicaciones. Supongo que nuestra posición y el hecho de que podemos mantener funcionando nuestros sistemas ECM son demasiado para sus sensores.
– Demos gracias por los pequeños favores – dijo Coleson con una sonrisa triste. – ¿Cuál es el estado de los escuadrones de combate, comandante Morehouse?
– Perdimos la cuarta parte de nuestros cazas durante la batalla, y otra cuarta parte recibió daños severos, comandante – le explicó el comandante del grupo aéreo. – Muchos de mis pilotos han sufrido heridas, dejándolos fuera de combate por el momento. Con suerte, puedo llegar a poner en vuelo el 40 por ciento de nuestros cazas en caso de presentarse una emergencia. Hasta que los técnicos no puedan hacer algo con los cazas dañados, es todo lo que puedo darle… lo siento.
Cuando el comandante Morehouse terminó su presentación, se hizo el silencio en aquella junta, mientras la joven mujer que ocupaba ahora el cargo de ama y señora del Alexander meditaba en silencio sobre los reportes que acababa de escuchar de boca de sus oficiales, buscando en su mente cursos de acción que pudieran emplear para salir de esa situación desastrosa.
– Recapitulemos: estamos escasos de personal, no tenemos energía, estamos casi sin armas, la mayoría de nuestros cazas está fuera de combate, no podemos escapar ni evadir al enemigo, no podemos comunicarnos con la Tierra ni recibir mensajes desde casa… y si bien el enemigo no sabe que seguimos vivos, tampoco está convencido de que estemos muertos.
Los rostros apesadumbrados de sus oficiales le confirmaron a Andrea Coleson que la situación era, en efecto, tan desastrosa como la había pintado… o quizás peor aún.
– No necesito decirles que esta situación es inaceptable, señores – lanzó Coleson con dureza, sobresaltando a muchos de los allí presentes. – Sé que va a ser duro, pero tenemos que trabajar de inmediato para salir de esta crisis… va a ser difícil, pero confío en que si ponemos lo mejor de todos nosotros, vamos a poder superar esto y volver a casa. Confíen en ustedes, confíen en sus hombres y mujeres… y saldremos adelante.
Si aquellas palabras consiguieron motivar a alguno de los oficiales y sacarlos del desaliento que los consumía, ninguno lo demostró abiertamente… y fue entonces que Andrea Coleson supo que había hecho todo lo que estaba en su poder.
Ahora quedaba en manos de ellos.
– Muy bien, señores, vuelvan a sus puestos y continúen haciendo todo lo que puedan. Eso es todo.
– Si me disculpa, comandante… – interrumpió Rick.
Técnicamente no tenía por qué disculparse por hablar, dado que estaba tres grados por encima de Coleson. Pero con el capitán Sanabria fuera de combate, Coleson había heredado su cargo de ama y señora del Alexander, y por tal razón Rick debía tratarla con el respeto que merecía el cargo.
La intervención de Rick no se debía a que él estuviera muy dispuesto a hacer valer un grado frente a profesionales. Sin embargo, sentía que no podía quedarse de brazos cruzados. Algo tenía que hacer.
– Adelante, señor – invitó Coleson.
– Mi personal y yo estamos a su entera disposición para lo que la nave necesite. Después de todo – ahora era el turno de Rick para sonreír con tristeza, – no es como si todavía tuviéramos una flota de la que ocuparnos.
– Le agradezco mucho, señor. Hablaré con la comandante Porter para organizar las asignaciones.
– No se preocupe, comandante. Todos queremos ayudar... ¿o no estamos todos en el mismo barco? – dijo Rick antes de dejar la Sala de Situación.
Una vez fuera de la sala, lejos de la vista de cualquiera de los oficiales del Alexander, Rick caminó con paso resuelto hacia su camarote, sintiéndose completamente inútil.
"Iré a poner mi camarote en condiciones", pensó... "Al menos todavía puedo hacer eso."
Sola en la Sala de Situación, en silencio tras el ruido de la junta que acababa de terminar, una joven oficial leía una y otra vez los reportes que le habían dejado los miembros de su plana mayor, devanándose los sesos para encontrar alguna manera de prevalecer en medio del desastre… debía haber alguna manera de usar los pocos recursos que le quedaban disponibles para mantener con vida a los miles de personas de aquella nave… y para lograr un escape que, a juzgar por todas las apariencias, era cada vez más ilusorio.
Una vez más, volvió a hojear el informe médico… y las frías y crueles cifras de los muertos y heridos de la tripulación acapararon toda su atención. Aquellos números eran la cruda e indiscutible realidad, aquellos números eran la prueba más patente del desastre en el que había caído el UES Alexander… y mientras leía una y otra vez esa parte del informe, los números insistían en reclamar su atención, como si hubieran quedado grabados a fuego en su retina y en el cerebro.
Ella había llegado a esa nave con toda la preparación que una oficial de su edad podía pedir… un paso sobresaliente por la Academia Militar, servicios distinguidos en numerosas naves de la flota, ascensos rápidos y puestos cada vez más encumbrados hasta convertirse en primer oficial del portaaviones más nuevo de la flota… todas las marcas de una carrera exitosa.
Y había llegado a descubrir de la peor manera que todo eso no servía para nada frente a la dura realidad de la guerra espacial… y que su capitán había tenido toda la razón; ella sabía ahora que la experiencia práctica era una maestra cuyas enseñanzas eran superiores a cualquier clase impartida en una academia… y mucho más duras y difíciles de asimilar.
Pero nada de eso importaba. Ella estaba en esa situación, y su deber era claro. Todo lo demás, todas las dudas e inquietudes, todo eso carecía de importancia… en ella había recaído la responsabilidad de asegurarse de que el Alexander y sus tripulantes sobrevivientes pudieran atravesar la crisis y regresar a sus seres queridos en la Tierra… volver con sus seres amados…
Por un escaso segundo, la resolución de la comandante Andrea Coleson flaqueó al perderse en los recuerdos de la Tierra… y sintió que las lágrimas comenzaban a inundar sus ojos en cuanto apareció frente a ella el rostro sonriente de él…
No tardó en superar ese momento de debilidad, no tardó en recuperar la compostura, y mientras se obligaba a releer los reportes, la joven primer oficial que había quedado al frente del portaaviones UES Alexander apartó su mente de todo lo que no fuera enfocarse pura y exclusivamente en la supervivencia de los hombres y mujeres que de ella dependían… las personas por las que ella haría todo lo que fuera necesario.
La situación era ya demasiado dura como para que ella se permitiera el lujo de no dar todo de sí.
Por alguna razón que no supo explicarse, Rick no tomó un camino directo para volver de la Sala de Situación a su camarote, sino que prefirió recorrer un poco la nave, para interiorizarse de su actual condición y ponerse al tanto de la realidad que vivía su nave insignia... ya que cualquier cosa era preferible a estar encerrado en su pequeño refugio sin tener nada para hacer mientras todos ponían de sí para salir adelante.
La situación no era alentadora… no era para nada alentadora.
Cada cubierta, cada corredor, cada mamparo de la nave llevaba cicatrices de la batalla: marcas de quemaduras, metales retorcidos por las explosiones hasta dejarlos con formas caprichosas, cables chispeantes expuestos al aire, agujeros de todos los tamaños y formas imaginables… Algunos de los corredores estaban bloqueados por escombros, que iban desde esquirlas de metal hasta enormes vigas de secciones colapsadas; otros estaban a oscuras y con iluminación errática e intermitente.
Había pocas personas en los corredores, y la mayoría de ellos pertenecían a los atareados equipos de control de daños, que por lo general estaban formados por tres o cuatro técnicos que trabajaban con sus instrumentos frente a paneles de mantenimiento abiertos, haciendo lo que podían para reparar aunque más no fuera algún sistema de la nave… y recurriendo a cada truco de la profesión que pudieran recordar.
Rick no daba crédito a sus ojos… el Alexander había sufrido un castigo brutal a manos de los Zentraedi, y sin embargo todavía se mantenía, desafiante a pesar de las heridas, y mientras se maravillaba del hecho de que esa nave aún insistiera en luchar, su mente se perdía en recuerdos del viejo SDF-1, hacía ya tanto tiempo…
Sintiéndose observados, dos de los técnicos de reparaciones se dieron vuelta para encontrarse con el comodoro Hunter, contemplando al comandante del Grupo de Batalla 6 con una expresión que Rick no sabía determinar si era de curiosidad, de molestia… o de ira.
Una horrible sensación de culpa invadió a Rick, hiriéndolo con la fuerza repentina de un golpe en la boca del estómago y amenazando con derrumbarlo allí mismo.
"Todo esto fue mi culpa… si no hubiera caído en esa trampa, tal vez ahora…"
Cerrando los puños en un gesto silencioso de frustración, el comodoro Hunter apenas atinó a caminar con paso más rápido, ansioso por dejar en paz a los técnicos y alejarse de allí… y de las expresiones inescrutables de aquellos hombres.
Sin saber cómo había llegado allí, Rick se encontró a las puertas de la enfermería de la nave, dudando durante algunos segundos sobre si debía entrar o no allí, mientras venían a él recuerdos e imágenes… entre los que estaba muy vívida la memoria de aquel puesto sanitario en el que encontró a Lisa luego de la destrucción del SDF-1… y los innumerables puestos médicos y hospitales de campaña de la guerra contra los renegados, en donde habían ido a parar tantos miles de civiles, soldados… víctimas de la guerra.
Pero más aún le preocupaba lo que podría llegar a ver allí, razonando que si la nave había sufrido los daños espantosos que los oficiales superiores reportaron durante la junta, la cantidad de muertos y heridos entre la tripulación debía desafiar todo lo imaginable.
Juntando fuerzas de donde no sabía que las tenía, Rick abrió la puerta de la enfermería… y el puro horror que lo abrumó al ver lo que le esperaba en ese lugar le hizo desear jamás haber pensado en entrar.
Cientos de camillas, dispersas por todo el lugar sin orden ni concierto, ocupando cualquier lugar que se pudiera encontrar, en un ambiente inundado por una cacofonía caótica y ruidosa de gemidos, aullidos e instrucciones gritadas por sobre el barullo.
Todas las camillas estaban ocupadas por tripulantes heridos, la mayoría de ellos de gravedad. Muchos de ellos estaban anestesiados en un intento por calmar su sufrimiento espantoso, mientras que algunos que tenían la desgracia infinita de seguir conscientes, gemían de dolor, haciendo llamados terribles a sus padres, a sus amores, a sus familias y amigos… llamados escalofriantes que helaban la sangre de Rick con sólo oírlos.
El poco personal médico disponible –médicos y enfermeros que eran claramente insuficientes para atender a todo el mundo, sin importar lo mucho que se esforzaran por hacerlo– se movía de un lado a otro, tratando de llevar alivio y ayuda a todos los heridos, y haciendo lo posible por prodigar los cuidados que los innumerables pacientes necesitaban con desesperación.
En medio de toda esa locura, Rick no pudo evitar notar a un par de enfermeros que se tomaban unos minutos de descanso para aclarar su mente, evitando así que el cansancio les hiciera cometer algún error que pudiera ser fatal… un cansancio que se podía notar en sus manos temblorosas, que se evidenciaba en sus rostros pálidos… y que se hacía patente en sus miradas muertas y agotadas, que parecían atravesarlo todo…
Cinco miserables minutos de respiro… antes de volver a luchar contra la muerte con las pocas armas que tenían a mano.
Con horror, Rick comprobó que en sus rondas, el personal médico estaba racionando los medicamentos de manera estricta, y fue sólo entonces que lo golpeó la espantosa posibilidad de que quizás los suministros médicos fueran insuficientes para tratar a todos los heridos.
Lentamente, Rick desvió la vista para mirar a algunos de los pacientes, cuidando de no dejar traslucir la impresión que le provocaban. Algunos presentaban quemaduras en distintas partes del cuerpo, otros tenían contusiones, fracturas e infinita variedad de heridas visibles; algunos de ellos estaban envueltos en vendajes toscos pero firmes, mientras que otros estaban cubiertos con mantas y toallas…
Y algunos… demasiados… estaban completamente cubiertos por mantas.
Todos se veían tan jóvenes… tan llenos de futuro por delante y tan cruelmente golpeados por el demonio de la guerra, y para el comodoro Rick Hunter, cada mirada de uno de esos heridos era una puñalada en su corazón, era un cargo que se levantaba en su contra, era un testamento de la incompetencia del hombre que tenía la responsabilidad de liderarlos en la batalla… y que los había conducido a ese infierno.
La mirada de Rick se detuvo en una joven que estaba en una de las camillas, inconsciente por la anestesia, conectada a líneas de alimentación intravenosa y un monitor de soporte vital. Su uniforme, rasgado y chamuscado por las llamas, la identificaba como una teniente tercera del departamento de comunicaciones de la nave, y bastó que Rick reparara en el largo cabello castaño de la joven, para que con pánico y estupor que invadían sus sentidos comprobara el notable parecido que su rostro herido tenía con el de…
Rick abandonó la enfermería con premura, sintiendo que sus rodillas no aguantaban más el peso de su cuerpo y temiendo colapsar allí mismo. Pero más aún, quería alejarse para que aquellos tripulantes heridos no vieran a su comodoro desmayándose tan sólo por ver las heridas que ellos sufrían.
Se detuvo a unos cuantos metros de la entrada a la enfermería para recobrar el aliento, apoyando una mano en el mamparo para no caer al suelo. Su mente insistía en atormentarlo con todas las imágenes de la batalla, a las que se les sumaba el muestrario de dolores y sufrimiento que acababa de observar, unidas todas las escenas en un montaje macabro que seguía sin final…
No tardó en regresar con furia y fuerza el mareo, y las sensaciones de náuseas se tornaron cada vez más insoportables…
– ¿Comodoro, se encuentra usted bien? – escuchó que le decía con preocupación una voz de mujer, que en medio de su mareo Rick tardó en identificarla como la de Sammie.
Incorporándose para enfrentarla, Rick notó que ella se hallaba de pie junto a él, observándola con una mirada de profunda preocupación y temor, que se veía también en el rostro del joven oficial que la acompañaba, un hombre a quien Rick reconoció como el teniente Matt Villiers, aquel piloto que estuvo en el Bunker la noche del festejo de su ascenso a comodoro...
– ¿Necesita ayuda, señor? – ofreció Villiers extendiendo la mano mientras Rick se ajustaba el uniforme, tratando de recuperar la compostura y procurando conservar la poca dignidad que le quedaba.
– Muchas gracias, teniente, pero no es necesario… – pudo decir Rick una vez que volvió a erguirse, esbozando una sonrisa carente de humor para remarcar el agradecimiento.
– Podemos acompañarlo hasta su camarote, señor – ofreció Sammie, y el teniente Villiers refrendó la oferta asintiendo con la cabeza.
– Se los agradezco – dijo Rick rechazando el ofrecimiento, – pero volveré solo, no quisiera interrumpirlos…
– No es ninguna interrupción, señor – balbuceó Villiers. – Tan sólo no queremos que le ocurra algo.
– En serio, teniente, no hace falta y le agradezco la intención. Ahora, si me disculpan, regresaré a mi camarote.
– Como desee, comodoro – dijo Sammie con preocupación en la voz… y temor por las emociones que había visto reflejadas en los ojos de Rick en ese breve instante, ya que en ocho años que ella llevaba de conocer a Rick Hunter, jamás lo había visto tan sobrecogido por el terror y el dolor como en ese momento.
Mientras veía a su comodoro alejándose, la comandante Samantha Porter no pudo hacer otra cosa excepto rogar a Dios en silencio que se acordara de ellos…
Tras alejarse de donde estaban Sammie y Villiers, y caminar a todo lo que le daban sus piernas hasta llegar a su camarote, Rick abrió con premura y urgencia la puerta, para luego cerrarla con un poderoso portazo en cuanto acabó de entrar.
Recorrió su camarote con la mirada, tardando un poco en adaptar su vista a las penumbras; el lugar estaba oscurecido por la falta de luz, y la única iluminación que alumbraba su habitación corría por cuenta de las tormentosas nubes rojizas de Júpiter, que dominaban la vista del camarote como un cruel presagio.
Rick encontró el portarretratos, y tomándolo con reverencia entre sus manos temblorosas, notó con infinito alivio que los sacudones de la batalla no habían logrado que se rompiera… y mientras se detenía algunos segundos para contemplar la fotografía, perdiéndose en los recuerdos de ese momento de felicidad tan lejano, Rick Hunter sintió que todas las emociones de su vida volvían a él para zamarrearlo como una hoja en medio del huracán…
Se quedó contemplando el rostro de Lisa durante minutos, eternos minutos, rememorando cada una de sus facciones, cada centímetro de su cuerpo, cada reacción que ella tenía cuando él la recorría con sus manos, cada sonido que salía de esos labios que le daban la miel más dulce del mundo… y conforme la miraba, a cada segundo que sus ojos se detenían en la imagen sonriente de la mujer que amaba, su corazón golpeado se llenaba de amargura y de una desconsolada pena al sentir que estaba tan lejos de ella… de sólo pensar que jamás en su vida había estado más cerca de perderla definitivamente…
Las manos de Rick tantearon dentro del cajón de su mesa de luz hasta dar con dos objetos… dos reliquias a las que necesitaba aferrarse para sentir que aún le quedaba una esperanza en el mundo… y sus ojos se cargaron de lágrimas al levantar ante sus ojos la carta que Lisa había escrito para que él leyera el día que asumió el mando del grupo de batalla… mientras en la otra mano, permanecía intacta la cajita aterciopelada en la que guardaba los anillos, aquella cajita que en un acto de previsión él había pasado a dejar en su camarote antes de ir a la Central de Comando para comenzar esa fatídica misión…
El fulgor de esos anillos traía a Rick promesas de un futuro que se alejaba cada vez más en las nubes de la fantasía… mientras él quedaba enterrado en los pozos del Infierno.
Como nunca antes en su vida, Rick Hunter se sintió el ser más impotente del Universo. Era demasiado para él encontrarse convertido en un títere del destino, era demasiado para él cargar con las horrendas consecuencias de sus decisiones, era demasiado para él sobrellevar en sus hombros el peso de la batalla, las muertes, su propia culpa… y fue demasiado para él pensar que, completamente sola en el Satélite Fábrica, estaba Lisa.
Y por sobre todas las cosas, Lisa.
Permitiendo que escaparan las lágrimas que llenaban sus ojos, Rick dejó el portarretratos sobre la mesa del velador, soltó con torpeza la carta y la caja sobre la almohada de la litera, y lanzando un desgarrador aullido de dolor, golpeó con su puño la litera, en un vano esfuerzo por dejar escapar su rabia e impotencia.
Lágrimas amargas bañaban su rostro.
NOTAS DEL AUTOR:
- Si este capítulo les pareció duro de leer... imaginen lo duro que fue para mí escribirlo. Créanme.
- Con la batalla del capítulo anterior atrás, ahora estamos viendo las secuelas y consecuencias de ese combate y cómo afectaron a nuestros personajes... además de definir el escenario sobre el que se irán desarrollando los próximos capítulos de la historia y las situaciones a ser enfrentadas.
- Agradezco de corazón a todos los que vienen siguiendo esta historia, a todos los que dejan sus comentarios, opiniones y consultas, y como siempre, un agradecimiento especial a mis pilotos de pruebas Evi y Sary...
- Les deseo la mejor de las suertes... y será hasta la próxima con el capítulo 9.
