MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Capítulo IX: Una Salus Victis

Nunca subestimen el valor motivador de una buena patada en el trasero… y menos aún cuando la que administra la patada es la Señora Realidad.

Sargento mayor Mircea Selunescu, en el curso de preparación para sargentos de instrucción básica, 2024


Miércoles 5 de abril de 2017

Recorrer la nave y supervisar personalmente el trabajo de la tripulación era una de las prerrogativas de todo capitán; por lo general, cualquier tripulación tomaba una visita sorpresa del capitán como si fuera una ocasión en la que ponían en juego todo su trabajo… y que podía desembocar en alguna mención o recompensa especial por el buen desempeño, o turnos extendidos de trabajo para poner el lugar en las condiciones que debía tener.

En situaciones críticas como aquella, la recorrida del capitán servía un propósito adicional: el de mantener la moral de la tripulación en el nivel más alto posible.

No era visto como un supervisor que venía a molestar… sino como un líder que venía a alentarlos, a demostrarles que sus tareas eran importantes, a hacerles sentir parte de una familia… a ser el reaseguro de la tripulación.

Mientras la comandante Andrea Coleson recorría los corredores del Alexander, no podía dejar de pensar en que estaba usurpándole la tarea al capitán… de haber estado en condiciones, el capitán Sanabria sería quien hiciera aquella recorrida, enterándose de primera mano del estado de la nave y de las necesidades de la tripulación, y comportándose como lo que siempre había sido: el padre de la tripulación.

Y ahora, el padre estaba inconsciente en la sobrecargada enfermería de la nave… y le tocaba a ella ponerse unos zapatos que, por más que hiciera el mayor de sus esfuerzos, siempre le parecerían demasiado grandes para ella.

Nadie le había pedido su opinión sobre si quería hacerse cargo del Alexander en aquellas circunstancias… simplemente había sucedido y ahora ella tenía que ponerse al frente. Era tan simple como eso, y nada más importaba.

El estado de la nave, según pudo notar en su recorrida, era tan calamitoso como sus oficiales se lo habían hecho saber durante la junta mantenida el día anterior, y si bien toda la tripulación trabajaba a destajo para reparar lo que estuviera a su alcance, Andrea Coleson había visto demasiadas miradas de resignación y abandono…

Y si las cosas no mejoraban…

Sacudiendo esos pensamientos de su mente, la comandante Coleson abrió una de las puertas de acceso a la bahía de aterrizaje de babor, cuidando de no tropezarse con nada que pudiera estar desperdigado por el suelo. El lugar estaba en penumbras, iluminado con luces de emergencia que le daban al lugar una apariencia cavernosa y oscura, en la que apenas podían distinguirse las sombras de los técnicos y tripulantes que iban de aquí para allá, tratando de hacer las reparaciones necesarias.

Buena parte de los técnicos se ocupaban de reparar el transformador de potencia eléctrica de la sección, mientras que otros trabajaban en un enorme conducto de energía que alimentaba a todo el hangar, distribuyendo energía directamente de los reactores de la nave.

Toda la bahía había quedado a oscuras luego de que un impacto de misil hubiera destrozado la red eléctrica de la sección, excepto por la iluminación de emergencia, y hasta tanto no se pudiera reparar, todas las operaciones de vuelo de esa sección estarían suspendidas…

Ya más acostumbrada a la oscuridad, la primer oficial se dirigió hacia un hombre de baja estatura que parecía estar al frente de toda la operación, y cuando carraspeó para llamar la atención, el pobre hombre se sobresaltó, ya que no esperaba que lo llamaran… y por más que Andrea hiciera lo posible para mantenerse en silencio, una risa inoportuna se le escapó de sólo ver el susto del ingeniero.

– ¡Ah, comandante…! – exclamó el segundo teniente Benoit Ducroix en cuanto se tranquilizó y pudo reconocer a Andrea como la persona que lo había llamado. – Buenos días, no sabíamos que vendría…

– Está bien, teniente, no quería que se tomara molestias – dijo Coleson en un intento de calmar al ingeniero. – ¿Cómo marchan las cosas?

– Mejor de lo que creíamos, señora – le contestó el teniente Ducroix. – Nos llevó toda la noche, pero al fin pudimos poner el transformador de potencia en línea.

Una sonrisa de satisfacción asomó en el rostro de la comandante Coleson, aunque "satisfacción" era una palabra insuficiente para definir la alegría que sentía de ver que algo estaba empezando a salir bien…

– Excelente. ¿Cuándo piensan activarlo?

– No lo sé… déjeme pensar… – dijo el ingeniero mientras su mente se puso a considerar los datos antes de aventurar una respuesta. – Unos cinco minutos más para efectuar revisiones finales y si todo sale bien, podremos reactivar el transformador.

– Buen trabajo, Benoit – lo felicitó la comandante, permitiéndose un segundo para recorrer aquella bahía de aterrizaje y ver cómo los técnicos y el personal de servicio trabajaban con afán por reparar los daños sufridos durante la batalla.

– Gracias, señora – le respondió el ingeniero, agradeciendo con eso la dosis de motivación que la comandante le había dado con sus palabras para luego, señalando el transformador con una mano, efectuar una invitación: – Si desea permanecer mientras realizamos las pruebas…

No era una mala oferta, pensó la comandante Coleson… después de todo, la recorrida de la nave le había llevado menos tiempo del que había pensado en un comienzo, dejándole bastante tiempo antes de hacerse cargo de la guardia… y nada malo iría a ocurrir por una vez que se quedara a observar algo que al fin marchaba bien en medio de esa catástrofe en la que estaba metida la nave…

– Siempre y cuando no moleste…

Con una sonrisa, el teniente Ducroix la invitó a caminar hacia donde sus técnicos revoloteaban en torno al transformador para darle los toques finales, y una vez que Andrea Coleson se dispuso a seguirlo, el ingeniero comenzó a explicarle a la comandante accidental de la nave el arduo proceso de reparaciones que estaba a punto de concluir…

– Venga por aquí, comandante… Si tan sólo tuviera una idea del trabajo que nos dio este transformador… ese impacto de misil en la otra sección prácticamente quemó todos los relevadores…


No había podido dormir en toda la noche, excepto por tres o cuatro horas.

Tampoco era como si tuviera mucha necesidad de eso, luego de haber dormido día y medio.

Ni siquiera había estado muy ocupado como para merecer un buen descanso, ya que después de terminar la reunión con la comandante Coleson y de hacer aquella visita desgarradora a la enfermería, Rick había regresado a su camarote a desahogarse y dejar salir el dolor y la impotencia… para luego ordenar el lugar y recoger todo lo que había caído durante la batalla, abocándose a una tarea nimia e intrascendente que sin embargo le había servido para despejar un poco su mente de las cosas que lo atenazaban... el Alexander y, aún peor... Lisa.

La cena de aquella noche había sido frugal y escasa; unas raciones de combate que Sammie había dejado por allí… y que ni siquiera terminó de comer, dejándolas por allí en cuanto satisfizo el hambre que tenía, que era bien poco.

Y desde entonces, Rick no había dejado su camarote, pasando aquellas largas e interminables horas acostado en su litera, con los ojos clavados en el techo y la mente completamente en blanco… cuando no revoloteaba alrededor de algún recuerdo perdido de Lisa.

De tanto en tanto, Sammie venía a visitarlo o aparecía algún tripulante del Alexander llevándole un informe de la comandante Coleson respecto del estado de la nave, y con eso Rick aprovechaba para distraerse con algo… aunque en el fondo, y a pesar que se trataba de un simple acto de cortesía profesional de parte de Coleson, el recibir esos reportes no hacía más que despertarle una furia e impotencia que iban en aumento. ¿De qué servía que le informaran acerca de los problemas del Alexander si él no podía hacer absolutamente nada al respecto?

La sensación de inutilidad, de saberse inepto e innecesario en una situación como ésa, carcomía el ánimo de Rick como si fuera ácido…

Podía tener el título pomposo de "oficial comandante del Grupo de Batalla 6", pero ¿de qué grupo de batalla podía él estar a cargo, dado que no quedaba otra nave excepto el Alexander? Todas las otras naves del grupo, salvo las dos fragatas que habían sido destruidas, habían tenido éxito en realizar la transposición, dejando al comodoro Rick Hunter como un comandante de flota sin flota a la que mandar…

¿De qué servía tener el grado de comodoro? Por más que llevara esa estrella dorada en el cuello de su uniforme, eso no significaba que tuviera la capacidad para dar órdenes al personal del Alexander, por una única y sencilla razón: él estaba fuera de la cadena de mandos de la nave. Con la incapacidad del capitán Sanabria, el mando de la nave había pasado a manos de la primer oficial, y si había algo que Rick tenía perfectamente claro era que no podía dar órdenes a la comandante Coleson sobre asuntos de su nave, a riesgo de socavar la autoridad de la primer oficial frente a la tripulación en un momento en que no podían darse esos lujos.

De cualquier manera, tampoco tenía mucho sobre lo cual dar órdenes a Coleson; Rick no tenía experiencia en operaciones de naves estelares, no había sido instruido como oficial de ingeniería, de comunicaciones, de radares, de armas, de mantenimiento... no tenía la menor idea de en qué podía colaborar con los hombres y mujeres que habían sobrevivido a la batalla.

Aún asumiendo que su brazo izquierdo estuviera en buenas condiciones, de nada le serviría a Rick su capacidad como piloto. Las operaciones de aeronaves estaban restringidas para no atraer la atención de los Zentraedi, excepto por los vuelos de las naves de reconocimiento Ojo de Gato, que despegaban cada cuatro horas para echar un vistazo de la situación, y complementar a los malogrados sensores del portaaviones.

Para cualquier cosa que la nave necesitara en aquel momento, Rick Hunter era tan útil como un sauna en el desierto.

Y él lo sabía.

Y en aquel momento, Rick Hunter necesitaba desesperadamente no sentirse como un inútil… necesitaba algo qué hacer, algo que lo sacara de ese camarote, algo que pudiera entretener su mente y ayudarlo a salir de aquel pozo negro de impotencia y culpa en el que se hallaba.

Sin nada para hacer, sin nada en lo que poder sentirse útil y necesitado, todo lo que le quedaba a Rick por hacer era pensar… y todos sus pensamientos acababan enfocándose en cosas terribles y enloquecedoras.

Pensaba en su propia incompetencia como comandante…. en cómo había llevado a sus naves directo a la boca de la trampa Zentraedi… en cómo se había dejado engañar... en cómo sus deseos de acabar con los Zentraedi lo habían cegado hasta hacerlo caer en un frenesí del que sólo la emboscada había logrado sacarlo.

En un nivel racional él sabía que esas ideas con las que insistía en torturarse eran completamente falsas y que no había habido forma de predecir o siquiera adivinar lo que los Zentraedi tenían planeado... que él no se había dejado llevar por sus ansias de furia, ansias que creía superadas... sabía que había hecho caso de la primera advertencia de Sanabria, alertando acerca de la posible trampa.

Sabía que había hecho todo lo posible por salvar a sus naves de lo que era una destrucción certera.

Rick Hunter sabía muchas cosas, pero lo que él sabía no importaba en lo absoluto.

Lo que importaba era la culpa… desesperadamente necesitaba culpar a alguien de todo aquel sufrimiento, necesitaba hacer responsable a alguien por los más de mil muertos a bordo del Alexander... y de Dios sabía cuántos cientos más de muertos en el resto de sus naves, y necesitaba encontrar a un responsable del predicamento desesperado en el que él y los sobrevivientes del Alexander se hallaban.

Y el único responsable que había podido encontrar durante esas horas de meditaciones solitarias... era él mismo.

El único e incompetente Rick Hunter, en toda su miserable gloria.

Pero más que nada, Rick se sentía atormentado por Lisa.

No podía dejar de pensar en ella… en los peores momentos de la noche, en los momentos en que sus dudas y culpas se hacían insoportables, él sólo anhelaba el tenerla junto a él, acompañándolo y dándole fuerzas para seguir adelante y continuar peleando aquella batalla aparentemente imposible… soñaba con sus ojos, con sus rasgos finos y elegantes, con su sonrisa, con su cuerpo junto al suyo mientras hacían el amor… o simplemente con escuchar una vez más su risa, esa risa que le hacía sentir cosquillas de sólo oírla…

La pena infinita también se manifestaba en constantes maldiciones y amargas recriminaciones contra él mismo por todo el tiempo perdido, por los años desperdiciados detrás de Minmei... por las semanas desperdiciadas antes de decidirse finalmente a hacer lo que anhelaba y proponerle matrimonio a Lisa.

Por su mente atormentada pasaban los recuerdos de los momentos compartidos con Lisa... todos ellos, en perfecta secuencia cronológica...

Cuando la llamó "comadreja parlanchina" en la red táctica... cuando la encontró en la tienda de lencería... cuando la rescató de la Base Sara... su cautiverio en la nave de Breetai... aquel tiempo que pasaron atrapados en medio de una transformación... cuando voló a rescatarla de las ruinas de la Base Alaska... el día que ella le confesó que lo amaba... aquella primera noche en la carpa de emergencia, teñida de dolor... aquella otra noche que vino después, cuando por primera vez dieron rienda suelta a sus deseos e hicieron el amor... las partidas... los reencuentros... las noches compartidas... esa semana en el Lago Memorial... la última vez que la vio, antes de abandonar el Satélite...

La mente de Rick se perdía en todos esos recuerdos que jalonaron su vida, que hicieron que se acercara a aquella mujer fuerte y frágil a la vez, aquella mujer que llenaba su corazón y lo hacía el hombre más feliz del mundo...

¡Tanto tiempo perdido¡Tantos años comportándose como si tuviera todo asegurado¡Tantos años entregados a sus dudas, en lugar de luchar contra ellas!

Más que a su propia muerte… Rick temía no volver a ver nunca más a Lisa… y lo que podría llegar a ocurrirle si ella quedaba sola en el mundo.

Con un dedo tembloroso, Rick acarició el rostro de Lisa que aparecía en aquella fotografía que guardaba con reverencia como si fuera una reliquia… y por un breve instante creyó que estaba tocando una vez más su piel… y la decepción que sintió cuando volvió a la realidad fue grande y dolorosa.

Volvió a colocar el retrato con reverencia en la mesa de al lado de su litera, y hundiendo la cabeza en la almohada, Rick rompió una vez más en lágrimas, llorando sin consuelo mientras deseaba poder tomar aquella pena y autocompasión y hacerla desaparecer como si nunca hubiera existido…

De sólo pensar en el infierno personal por el que ella debía estar pasando allá lejos, en el Satélite Fábrica, el sufrimiento de Rick se hacía insoportable, y su corazón ardía en deseos urgentes de estar junto a ella y reconfortarla, de decirle que todo estaría bien una vez más, de poder ser el apoyo que ella necesitaba... su otra mitad... de poder estar allí para ella, como ella siempre lo había estado para él.

En medio del dolor, Rick extendió un brazo en dirección a la ventana, a la cual apenas podía ver con sus ojos nublados de lágrimas, y su corazón casi se detuvo cuando creyó sentir que tocaba a Lisa, que hacía contacto con sus manos, que acariciaba su piel tersa, que jugaba con sus cabellos suaves… que volvía junto a ella...

Pero no dejaba de ser una sensación. Una ilusión.

Quién sabía si volvería a verla alguna vez.

Y en ese momento, el sonido ensordecedor de una explosión tronó en toda la nave, seguido de un estremecimiento feroz que por poco logra que Rick cayera de la litera… y fueron sólo sus rápidos reflejos los que evitaron que el comodoro Hunter diera con su humanidad contra el suelo del camarote. Mientras hacía un esfuerzo por ponerse de pie, maldiciendo esa situación y sintiendo que la cabeza estallaba de dolor con el ulular de las alarmas, las luces blancas de la iluminación normal fueron reemplazadas por el rojo furioso de las alarmas de emergencia… y la voz de Vince Grant retumbó en los altoparlantes de toda la nave:

¡Toda la tripulación a sus puestos de emergencia¡Equipos de control de daños, reportarse con urgencia a la bahía de aterrizaje principal de babor¡Iniciar maniobras de control de incendio!

Recobrando la compostura con mucha más premura de la que había creído tener, Rick buscó la chaqueta de su uniforme y se arregló lo más rápido que pudo, para dejar entonces su camarote y dirigirse sin pensarlo dos veces hacia el puente.

Al diablo si él no tenía nada para hacer. No se quedaría de brazos cruzados.


Esta vez el suboficial de guardia no anunció la llegada de Rick, ocupado como estaba en recibir informes de toda la nave, aunque por otro lado, juzgó el sargento, el comodoro no se molestaría porque una vez se olvidaran de toda la maldita parafernalia militar… y sin saberlo, llegó inconscientemente a la misma conclusión que el comodoro Hunter.

Por fortuna, y si bien el puente de mando del Alexander había quedado anulado durante la batalla, todos los tripulantes que aún seguían vivos habían podido evacuarlo luego del impacto del arma Reflex... incluido el capitán Sanabria, quien había sufrido sus monstruosas heridas al colapsar parte de los mamparos del puente sobre él.

Con el puente de mando fuera de combate, la tripulación había podido montar un puente alternativo en el Primario de Control de Daños, una pequeña sala ubicada en el centro de la nave, dotada de consolas y estaciones diseñadas para monitorear toda la actividad y funcionamiento de los sistemas del portaaviones en situaciones de emergencia, permitiendo además controlar y coordinar la actividad de los equipos de control de daños.

Sin embargo, además de sus funciones principales, el Primario de Control de Daños había sido concebido por los diseñadores de la clase Tokugawa como un puente de mando alternativo, para lo cual contaba con todas las estaciones necesarias para cumplir, al menos en forma provisional, todas las funciones de centro de mando de la nave en caso de que el Puente principal quedara inutilizado por cualquier razón… y era por eso que, desde hacía un par de días, el Primario de Control de Daños se había transformado en el centro neurálgico desde donde se trataba de mantener volando al destrozado Alexander.

Todas las estaciones del Primario estaban cubiertas por sus encargados, que ladraban instrucciones y reportes en un esfuerzo por hacerse oír en medio de la locura… las órdenes y reportes se confundían y mezclaban con el ulular enloquecido de las alarmas, mientras las luces rojas de alerta centelleaban en todas las estaciones del Primario… y para sorpresa de Rick, en la silla del capitán estaba sentado Vince Grant, que hacía frenéticos esfuerzos por dar órdenes al personal del Primario y tratar a la vez de mantener el control de la situación… y por un instante Rick se preguntó en dónde podría estar la comandante Coleson en un momento como ese…

– ¡Reporte! – ordenó Rick.

Uno de los tenientes que estaban allí, sin importarle si Rick tenía la autoridad como para exigir reportes de situación en una nave que no era la suya, se acercó para informarle de lo que había ocurrido, gritando para lograr que el comodoro lo escuchara.

– ¡El transformador de potencia de la bahía de aterrizaje de babor se sobrecargó al activarse y explotó, señor! – gritó el teniente al oído de Rick. – ¡Hay un incendio importante, y hay riesgo de que alcance a los conductos de energía¡Tenemos noventa y seis personas atrapadas en esa sección, comodoro!

– ¡Gracias, teniente! – agradeció Rick, palmeando al joven oficial. – ¡Continúe con sus deberes!

– ¡Sí, señor! – dijo el teniente antes de retornar presuroso a su estación.

Luego de llegar al centro del Primario, Rick tomó a Vince por el brazo y éste, girando para ver quién diablos podía estar llamándolo en medio de esa locura, gruñó con fastidio:

– Rick¿qué diablos estás haciendo aquí?

Aún inmersos en ese caos, muchos de los presentes no pudieron evitar voltearse para ver lo que ocurría entre Vince y Rick… ya que no era cosa de todos los días el que un primer teniente le exigiera explicaciones a un comodoro.

– No importa, Vince... ¿Donde está la comandante Coleson?

Vince tragó saliva antes de seguir, murmurando una sola palabra que fue demasiado clara para Rick.

– Allí.

Las implicaciones eran evidentes… y Rick sintió que el alma se le iba a los pies al considerar lo que podría llegar a ocurrir…

"Oh, Dios mío"...

– ¿Hay forma de sacarla? – preguntó Rick dejando escapar su preocupación.

Vince sacudió la cabeza, y Rick pudo jurar que jamás lo había visto más pesimista y abatido que en ese momento…

– Hacemos lo que podemos, comodoro... pero los sistemas extintores están fuera de servicio – explicó Vince. – Enviamos partidas de control de daños a la bahía de aterrizaje… pero están teniendo problemas para abrirse paso a través de los escombros que dejó la explosión.

Antes de que Rick pudiera decir algo –que de cualquier manera no sabía qué podía llegar a ser– o que hiciera alguna otra pregunta, tanto él como Vince fueron distraídos por el llamado presuroso de un cabo, que señalaba la pantalla de su estación mientras gritaba para llamar la atención de sus oficiales superiores.

– ¡Disculpe, teniente Grant, pero estamos recibiendo una llamada de la comandante Coleson por el intercomunicador!

– ¿Qué espera¡Quiero hablar con ella de inmediato! – ladró Vince con ansiedad e impaciencia.

– ¡Sí, señor!

El tiempo pareció detenerse mientras Rick y Vince observaban cómo el cabo tecleaba algunos botones y comandos en su consola… y la espera concluyó cuando el rostro agotado y surcado de sudor de Andrea Coleson apareció en la pantalla del intercomunicador interno.

– ¿Comandante, se encuentra usted bien? – se apresuró a preguntar Vince.

– Yo estoy bien… – contestó la primer oficial, tosiendo un poco para librarse del humo. – Vince, ten equipos médicos en espera a la salida del túnel de mantenimiento en la cubierta 19, sección K… pudimos evacuar a quince de los heridos por allí antes de que el fuego bloqueara la entrada.

Vince ni siquiera tuvo que dar la orden personalmente, ya que uno de los oficiales del puente le hizo señas de que los equipos médicos ya estaban siendo despachados.

– Van en camino, señora – le informó a Coleson. – ¿Cómo están las cosas por allá?

– No muy bien… – respondió apesadumbrada la primer oficial. – ¿Y por allá?

– Estamos enviando los equipos de control de daños, comandante, y trabajando en restaurar los supresores de incendio... pero tardará un poco – dijo Vince a la pantalla, informando a la primer oficial sobre la situación, pero procurando ser lo más optimista posible.

En la pantalla, Coleson ni se inmutó al escuchar el informe de Vince, mientras que por detrás suyo, podía observarse en todo su impresionante horror el espectáculo dantesco del incendio, que consumía todo lo que encontraba en aquella bahía de aterrizaje, como si se estuviera burlando de los esfuerzos desesperados de las personas que estaban atrapadas por contenerlo y extinguirlo… y mientras los hombres y mujeres de la bahía se afanaban en marcar un alto al avance arrollador del fuego con los pocos extintores de mano que tenían disponibles, podía notarse cómo algunos Veritech eran consumidos por las llamas, agregando potencia e intensidad a la explosión en cuanto algunas de las partes combustibles de los cazas de combate sucumbían al incendio.

En medio de todo ese horror, los gritos y lamentos de los atrapados podían escucharse en toda su desesperación… helando la sangre de todas las personas que tenían la desgracia de escuchar esas súplicas de auxilio, entre ellas, el comodoro Rick Hunter.

Y apenas visible en la pantalla, podía apreciarse un enorme tubo que estaba abierto en varias secciones, como si estuviera por recibir mantenimiento… un tubo que Rick reconoció casi al instante como uno de los conductos primarios de energía de babor… definitivamente el último objeto que cualquiera en esa nave deseaba que fuera consumido por las llamas.

– Entiendo, Vince – dijo finalmente Coleson. – Estamos haciendo todo lo que podemos aquí, pero no alcanzará... – su voz bajó, como si lo que estaba a punto de decir fuera demasiado importante y terrible. – No podemos evitar que el fuego alcance los conductos de energía. Sabes lo que ocurrirá si esos conductos estallan ¿no, Vince?

– Sí, comandante – fue la respuesta helada de Vince.

Una nueva explosión casi derriba a Coleson, y la cámara se sacudió lo suficiente como para hacer temblar toda la imagen… uno de los Veritech había estallado finalmente.

Repuesta de la explosión y con un hilo de sangre que manaba de su frente, Coleson se acercó a la pantalla hasta que su rostro ocultó por completo la imagen del infierno que se vivía en el hangar, reemplazándolo por una expresión de seriedad indiscutible, que trataba de hacerle entender a su interlocutor que no debía permitirse la menor duda sobre la gravedad y seriedad de lo que iba a comunicarle en algunos segundos.

– Vince, los equipos de control de daños tienen cuatro minutos para contener el fuego – dijo Coleson con voz ronca y entrecortada por el humo, y su rostro empalideció de manera terrible antes de continuar hablando: – Si no lo logran... quiero que te asegures de que todos los mamparos estén bien cerrados y que actives manualmente las compuertas de la bahía.

Como nunca antes en su vida, Vince Grant deseó haber escuchado mal… pero bastó que viera la mirada dura de la primer oficial para saber que había escuchado bien todas y cada una de aquellas palabras.

Abrir las compuertas de la bahía de aterrizaje era la última solución en caso de incendio, y su efectividad estaba cien por ciento garantizada, ya que la descompresión inmediata le quitaría al fuego el oxígeno que necesitaba para mantenerse encendido. A pesar de estar en la atmósfera del planeta, no había riesgo de una explosión mayor, pero una cosa era segura: si se abrían las compuertas de la bahía de aterrizaje, todo lo que no estuviera firmemente sujeto al suelo o a los mamparos sería inmediatamente expulsado al exterior de la nave.

Y eso incluía a las ochenta y un personas que aún permanecían atrapadas allí.

– Por favor, comandante, repita su orden... no la escuché – mintió desesperadamente Vince, pero para su desgracia, la mentira era demasiado evidente y transparente.

– ¡Grant, no es hora de sentimentalismos! – exclamó la comandante, repitiéndose por lo que esperaba que fuera la última vez. – Me escuchaste bien: si en cuatro... tres minutos el fuego no está contenido, quiero que expongas esta sección al vacío. Ahora, quiero oírte reconocer mi orden.

De los labios de Vince sólo salió un balbuceo incrédulo…

– Señora, si hago eso... usted y todos los que están allí...

– Si no me obedece, teniente, – la voz de Coleson se volvió fría como el hielo, en contraste con el calor infernal que el fuego provocaba en la siniestrada bahía de aterrizaje – todos los que están a bordo del Alexander morirán. ¿Está claro, teniente Grant?

Vince se mordió un labio, anhelando poder decir que no, o rehusar aquella orden tan monstruosa, pero en el fondo de su ser sabía que la comandante Coleson tenía razón, y que lo que le estaba pidiendo iba a salvar a la nave y a los cinco mil tripulantes que aún permanecían vivos… al sólo precio de la vida de los ochenta que estaban en esa bahía de aterrizaje.

– ¡¿ESTÁ CLARO, TENIENTE GRANT?! – repitió con más energía la comandante Coleson, provocando que Rick, a pesar de ser ajeno a aquella conversación, retrocediera como por instinto.

Sólo tres segundos pasaron hasta que la voz de Vince volvió a escucharse, sonando ronca y sin emoción… como si acabara de rendirse a algo contra lo que había luchado con cada gramo de fuerza.

– Entendido... señora... será como usted ordena.

Una mirada comprensiva y dolida le respondió desde el otro lado de la pantalla.

– Es por el bien de todos, Vince.

Los minutos fueron pasando… prolongándose en la percepción de los que estaban en el Primario de Control de Daños hasta hacerse prácticamente infinitos, mientras la atención de todos se enfocaba en los sonidos que, gracias a los comunicadores internos, se recibían de dos lugares muy distintos de la nave…

Por un lado, los gritos y órdenes de los equipos de control de daños, que trabajaban con desesperación para trasponer los últimos obstáculos que había entre ellos y la bahía de aterrizaje, haciendo uso de la maquinaria disponible o incluso de sus propias fuerzas… y con cada segundo que pasaba, los esfuerzos de aquellos equipos se tornaban más urgentes y desesperados, tratando de ganarle al tiempo en una carrera cuyo final nadie quería siquiera aventurar.

Por el otro lado, los sonidos desgarradores que aún se escuchaban desde la bahía de aterrizaje… docenas de personas que libraban una lucha desigual contra el avance de las llamas, pugnando por resistir hasta el último segundo y recurriendo a los pocos medios que tenían, mientras otros se esforzaban con desesperación por cerrar todas las tapas de inspección que habían sido abiertas en el conducto de energía cuando se lo quería reparar… pero el tiempo y el fuego se ocupaban de hacer que esos esfuerzos fueran totalmente en vano…

Junto a la silla de Vince, Rick permaneció de pie, escuchando hasta la última palabra que venía de los equipos de control de daños y de la bahía de aterrizaje, rezando con todas sus fuerzas para que un milagro le evitara a Vince tener que hacer el sacrificio que su comandante le estaba pidiendo… para evitarle tener que participar en una de esas espantosas apuestas del demonio en las que debía sacrificar a algunos para que otros no murieran…

Tras ocho años de constantes combates, Rick Hunter sabía demasiado bien que esa era la cruda realidad de la guerra, pero saber que una cosa es así no la hace menos odiosa y dolorosa.

Por desgracia, los equipos de control de daños estaban formados por humanos, no por semidioses, y a pesar de todos sus esfuerzos y del ánimo que los impulsó a luchar con todas sus fuerzas hasta el último momento, la tarea fue demasiado para ellos… ni los equipos de control de daños podían llegar a la bahía de aterrizaje, ni los atrapados pudieron contener las llamas antes de que llegaran al conducto de energía.

Los minutos pasaron... y finalmente llegaron a cero.

El silencio en el Primario de Control de Daños se tornó sepulcral… un preanuncio de muerte.

– Lo siento, se… Andrea – rompió el silencio Vince, conteniendo las lágrimas y llamando a su primer oficial por su nombre...

Era lo menos que podía hacer en ese momento.

– No hay de qué disculparse, Vince – repuso Coleson tranquila desde el otro lado de la pantalla, como si ya hubiera hecho las paces con ella misma y se hubiera resignado ante lo que era inevitable. – Hicimos lo que pudimos. Ahora haz lo que te pedí.

Unos sollozos desesperados captaron la atención de Vince… y no tardó en ver que provenían de una joven cabo, sentada frente a la estación desde donde, entre otras cosas, se controlaba la apertura y cierre de las compuertas de las bahías de aterrizaje.

La joven no debía tener más de dieciocho o diecinueve años, notó Vince con infinita lástima y compasión que pedía a gritos una manera de expresarse... como para tantos otros tripulantes novatos del Alexander, aquella debía haber sido la segunda navegación espacial de la joven suboficial, y lo que había comenzado para ella como otro viaje en tiempos de paz para adiestrarse en las tareas militares para las que se había ofrecido como voluntaria, se había transformado en un infierno en el que se le pedía que oprimiera un botón y condenara a muerte a docenas de personas.

Era una responsabilidad demasiado grande para los hombros pequeños y jóvenes de quien era para todos los propósitos prácticos apenas una adolescente… y mientras la cabo se desmoronaba en sollozos y temblores histéricos y desesperados, Vince se ponía de pie y caminaba hasta aquella estación para relevar a la cabo de sus deberes, no con palabras duras y cortantes, sino apoyando comprensivamente su mano en el hombro de la joven y pidiéndole silenciosamente que se retirara… porque él iba a asumir esa carga por ella.

Mientras una de las oficiales del puente se llevaba a la cabo de allí, tratando de tranquilizarla y darle la oportunidad de desahogarse, Vince daba una última mirada al intercomunicador, encontrándose con la expresión resignada y pacífica de la primer oficial.

– Por favor, perdóneme... – murmuró Vince por el intercomunicador antes de que su mano, lentamente, como si dudara hasta el último segundo, tecleara la secuencia de comandos requerida.

– No te preocupes, Vince… sólo te pido que cuides de la tripulación – lo tranquilizó Coleson antes de dejar que su expresión resuelta se quebrara por primera vez ante lo que iba a ocurrir, y cuando volvió a hablar, su voz se tornó en una súplica: – Cuando vuelvan a la Tierra, diles… dile a Will que lo amo, y que… que por favor me perdone---

La transmisión se interrumpió, y en ese momento el Alexander se sacudió sin control, como zamarreado por un dios furioso e impiadoso… el estremecimiento hizo que varios de los que estaban en el Primario de Control de Daños perdieran el equilibrio y cayeran al suelo, mientras todo lo que estaba en la bahía de aterrizaje de babor era expulsado a las capas superiores de la atmósfera de Júpiter, succionado por la despresurización violenta.

Todo era expulsado... Veritechs, herramientas, escombros y otros restos... y más de ochenta seres humanos que habían dado el sacrificio definitivo para que sus camaradas vivieran...

El sacudón continuó por un lapso que parecía no tener fin, y en toda la nave, miles de personas temieron que el final se hallara cerca… pero poco a poco, los temblores fueron disminuyendo en intensidad, la nave pudo volver a ser puesta bajo control y las alarmas de incendio finalmente cesaron su ulular, ya que no había rastros del fuego que tan sólo segundos atrás había amenazado con destruir al Alexander

Una vez que la nave cesó de temblar, y que algo parecido a la paz retornó al Primario de Control de Daños, los hombres y mujeres presentes voltearon lentamente, uno por uno, oficiales, suboficiales y tripulantes… hasta que todos ellos se encontraron mirando a Vince en silencio y con pánico desnudo en sus miradas y expresiones.

Sólo fue cuando notó aquella misma expresión de pavor e incertidumbre en el rostro de Vince que Rick cayó en la cuenta de lo que había ocurrido…

Con el capitán Sanabria fuera de combate, la comandante Coleson muerta y el teniente comandante Terauchi enfrascado en las reparaciones, el mando del portaaviones Alexander y de sus cinco mil tripulantes supervivientes había recaído en los hombros jóvenes... del primer teniente Vincent S. Grant.

Mientras observaba a su amigo poniéndose de pie y caminando con paso arrastrado de regreso a la silla del capitán, Rick temblaba de sólo pensar en las emociones que estaban embargando a Vince en esos momentos… o en la magnitud espantosa de hallarse en una situación como esa, debiendo asumir el peso de algo tan monstruoso… segundos después de cumplir con la orden más inhumana que podía serle impartida a un oficial militar.

Ajeno a las cavilaciones del comodoro Hunter, el teniente Grant se dejó caer pesadamente en la silla del capitán, permaneciendo en un silencio ominoso antes de que una frase saliera de sus labios repentinamente secos, pronunciada con una voz que él no reconoció como propia.

Las primeras palabras que Vince pronunció como comandante accidental del UES Alexander.

– Todos... regresen a sus actividades.


Otro día estaba por concluir en el Satélite Fábrica. Otro día de agonía y amargura. Otro día de incertidumbre sin respuestas, y de temores y dolores que miles de personas en el gigantesco Satélite trataban de ahogar recargándose de trabajo… para encontrarse con que eso era sólo un alivio temporal, ya que el dolor esperaba siempre a la vuelta de la esquina para atacarlos…

Era otro día que Kim Young deseaba a toda costa dejar atrás y hacer de cuenta como que jamás había existido, al igual que quería hacerlo con el anterior, salvo por el reconfortante incidente con la periodista Sandra Holmes, y el que vino antes también...

Por fortuna, Miriya continuaba en el Satélite, y su presencia y compañía habían ayudado a Kim a sobrellevar esos días, evitando que además de la depresión y dolor por lo que veía en Lisa se sumara el tener que enfrentar todo eso en soledad. La compañía de Miriya había sido invaluable, y las dos mujeres habían aprovechado para almorzar y cenar juntas durante los dos últimos días, apoyándose en medio de la tristeza y tratando de enfrentar juntas la magnitud de la crisis. Pero eso se estaba por acabar.

Aquella misma noche, Miriya debía abordar el último vuelo de regreso a Monumento, para volver junto a Max, Dana y Bowie, a quienes había dejado en la Tierra. La comandante Sterling encaraba ese regreso con frustración y derrota, ya que había pasado dos días en el Satélite sin haber logrado hablar con Lisa, o siquiera verla; lo más cercano que estuvo de encontrarse con su amiga había sido una oportunidad en la que llegó hasta la puerta del camarote de la almirante, deteniéndose súbitamente antes de solicitar permiso para entrar.

Ella no sabía qué la había detenido, excepto que había sido una vaga sensación de que no era el mejor momento... y Miriya Parino-Sterling era de aquellas que seguían las recomendaciones de su intuición sin oponer muchos reparos.

No así Kim. Poco después del almuerzo de ese día, y respondiendo a una preocupación repentina, Kim se había hecho presente en el camarote de Lisa, entrando luego de que nadie respondiera a sus timbrazos y buscando afanosamente a la almirante para hablar con ella.

Y lo que vio cuando la encontró no le hizo ningún bien a Kim Young… ningún bien en lo absoluto.

Una idea terrible, algo que jamás había creído posible, asaltó con furia y terror a Kim en el momento en que posó su mirada sobre su oficial superior…

"Se está dejando morir."

Recuperándose por un segundo de la espantosa impresión que le había causado ver en tal situación a aquella mujer que había admirado, lo único que Kim pudo hacer fue cubrir la figura dormida de la almirante Hayes con una frazada, para luego salir de ese camarote con lágrimas en los ojos y sintiéndose impotente más allá de lo imaginable.

– Dime, Kim ¿cómo está Lisa? – preguntó Miriya, que caminaba junto a Kim para hacerle compañía luego de una jornada insulsa de trabajo en la Central de Mando.

Kim se sobresaltó al escuchar la pregunta, debatiéndose al instante sobre si convenía responder a aquella pregunta… o preferir no ahondar en los detalles de lo que había visto, como decidió hacer cuando respondió la pregunta.

– Ella... no está mejor – contestó Kim elípticamente, rogando que Miriya no notara la manera en que su rostro se había contorsionado de dolor de sólo recordar...

– Oh... quisiera haber podido hablar con ella – se lamentó Miriya, aparentemente ignorante de la expresión de Kim. – Espero que se recupere pronto... ella no se merece seguir así.

– Ya conoces a Lisa – le dijo Kim con una sonrisa triste… aunque no tan triste como se sentía ella. – Ella tiene esta clase de reacciones, suele venirse abajo cuando ocurren estas cosas... si tan sólo supiera que podemos acompañarla...

– ¿Siempre se encierra de esta manera? – preguntó Miriya, intrigada por el comportamiento de una mujer a la que admiraba profundamente.

– Casi siempre... llámala "código del guerrero" o como quieras, pero a veces pienso que Lisa debe de creer que no la respetaremos más si la vemos llorando – reflexionó Kim, sorprendiéndose de poder hablar tan analíticamente de su almirante en momentos en que ella estaba atravesando por un infierno…

– Esa es una actitud muy Zentraedi – observó Miriya.

Kim la miró sorprendida, intentando comprender el significado verdadero de aquellas palabras… y temiendo que en boca de Miriya constituyeran alguna clase de elogio. En lo que a ella concernía, prefería que no lo hubiera dicho como si fuera una virtud, ya que francamente no podía concebir cómo esa terquedad en mantenerse autosuficiente, esa obsesión por aparentar una fortaleza que todo el mundo sabía que estaba al borde de la ruina… esa manía por pretender ir por la vida sin necesidad de ayuda pudiera ser considerada una virtud.

– Y por tener esa clase de actitudes los Zentraedi perdieron la guerra – terminó Miriya la frase, provocándole un alivio a Kim que ella no dejó que se notara.

"Ah... no cree que sea una virtud. Mejor así."

– Me muero de hambre, Miriya... – dijo Kim, ya ansiosa por cambiar de tema en un intento de dejar atrás lo que había visto en Lisa. – ¿Quieres ir a Frenchie's a cenar?

Miriya consultó su reloj y tras algunos cálculos mentales asintió:

– Buena idea. Mi vuelo sale a las 2100 horas, así que tengo tiempo de sobra para comer. Y ya que lo dices, yo también me estoy muriendo de hambre.

Las dos oficiales tardaron algunos minutos en llegar a la cantina del Satélite. La hora de la cena solía ser una de las más concurridas en Frenchie's, y por lo general el lugar estaba repleto de personal que terminaba sus turnos e iba a la cantina a relajarse... de ser posible con un poco de alcohol de por medio, lo que daba como resultado que la cena en Frenchie's fuera por lo general una experiencia animada, con cientos de tripulantes que comentaban los hechos del día en forma amena y relajada, aprovechando un rato libre con sus amigos.

No era ése el clima aquella noche.

El ambiente en el lugar continuaba siendo deprimente y apagado, dominado por los efectos de una batalla catastrófica que aún no se habían ido… y lo que solía ser un lugar alegre y tranquilo estaba ahora repleto de caras largas y personas apagadas, que continuaban comiendo y bebiendo en silencio, un silencio que sólo era roto por aquellos que estaban demasiado borrachos como para mantenerse en silencio.

Pero había algo más flotando en el ambiente, algo más además de la tristeza y melancolía. En el ambiente de Frenchie's podía respirarse tensión, una tensión innegable y opresiva que no había estado presente antes, pero que surgía como consecuencia inevitable del dolor, y con tanto dolor dando vueltas por el aire, y tanta tensión inundándolo todo, era cuestión de tiempo para que en los corazones de los moradores del Satélite Fábrica encontraran su lugar la ira y la furia, permaneciendo allí a la espera de algo…

Esperando una oportunidad para salir.

Kim y Miriya se sentaron en la mesa habitual de Lisa, y ordenaron sus cenas a uno de los camareros, y mientras esperaban a que llegara la comida, las dos oficiales decidieron escuchar un poco lo que se comentaba en otras mesas, aunque más no fuera para distraerlas de sus propios pensamientos.

Y casi al instante se arrepintieron de haberlo hecho.

En una de las mesas cercanas, un grupo de técnicos de mantenimiento hablaban ruidosamente en torno a unas botellas de cerveza, buscando con ella exorcizar un día verdaderamente agotador; una jornada de dieciséis horas de trabajo ocupada en realizar reparaciones de urgencia a las naves que sobrevivieron a la batalla de Júpiter. Tal como ocurría con muchos otros integrantes del contingente militar, esos hombres consideraban como lo más natural del mundo el terminar un día de perros como aquel en la cantina, pasándose de cervezas y maldiciendo su suerte.

– Siete horas... ¿pueden creerlo? Siete horas trabajando en los empalmes de potencia del Austerlitz, rodeado de esos idiotas asustados y arreglando los desastres que hicieron. Y se hacen llamar veteranos de combate. ¡Bah! – bufó un sargento jefe en voz demasiado alta y demasiado perceptible por todos los demás parroquianos de la cantina.

– Por Dios, qué porquería están dejando entrar a las Fuerzas estos días – agregó un cabo mientras bebía su cerveza.

– Niñitas de mamá... – rió sonoramente otro cabo, golpeando la mesa con su puño.

– Oohh... pero no nos olvidemos de la peor niñita de mamá – intervino un sargento veterano y corpulento, que hablaba, se movía y gesticulaba con el inconfundible garbo de alguien con demasiadas copas de más encima. – No nos olvidemos del peor desgraciado de todos... ¡Rick Hunter!

– ¡Salud! – gritó uno de los cabos levantando el porrón de cerveza en el aire.

– ¡Por supuesto! – continuó el sargento ebrio, buscando asentimientos de parte de sus comensales. – Si no fuera por ese idiota de Rick Hunter, que siempre quiere jugar al héroe, no estaríamos reventándonos nuestras espaldas arreglando los daños que provocó con su maldita carga de caballería...

– ¡Es que nunca nos escuchan a nosotros, Collins! – agregó el sargento jefe, riendo un poco ante la frustración de su subordinado.

– ¡Va más allá que eso, jefe! – El sargento Collins golpeó la mesa con sus dos manos, haciendo temblar las botellas para luego estallar en gritos como si fuera un poseído: – Oh, Hunter es el gran héroe Robotech, todos lo admiran porque es un gran piloto. ¡UN IMBÉCIL, ESO ES LO QUE ES!

– Tan imbécil que tuvo la oportunidad de quedarse con Minmei y la dejó escapar... ¿qué tan estúpido hay que ser para hacer eso? – rió uno de los cabos, ahora casi tan ebrio como su superior y encontrando buena acogida para su chiste, a juzgar por las risas de los otros sentados a la mesa.

Kim cerró los ojos y decidió hacer lo que fuera; pensar en novios, contarse una historia infantil, revisar mentalmente la agenda de actividades para el día siguiente o incluso contar del uno al cien… todo con tal de distraer su mente y no explotar...

– ¡¡Ni siquiera eso, Friel!! – volvió a gritar el sargento, bebiendo lo que quedaba de su porrón en un solo trago y haciendo gestos rudos a un camarero para que le trajera otra ronda. – Mírame a mí... quince años de servicio militar reparando cañerías, y a ese estúpido que apenas tenía 26 años de edad le dan una flota entera para que lleve al matadero. Si todos saben que cuando era piloto sacrificaba a los suyos como corderos para otra medalla y otro ascenso... ¡¡Maldito estúpido insensato!!

Los técnicos estallaron en risas desagradables ante la diatriba del sargento, y las miradas de incomodidad que les espetaban desde otras mesas no encontraron respuesta que no fueran carcajadas estruendosas mientras maldecían a cuantos se le ocurrieran. En las demás mesas, paulatinamente, las miradas de incomodidad fueron reemplazadas por rostros furiosos y expresiones amenazantes... no porque todos los presentes fueran partidarios acérrimos de Rick Hunter, sino porque pensaban que, cuando menos, lo que esos técnicos estaban haciendo era muy inapropiado en un momento como ése.

Los técnicos, ignorantes de todo en su mundito de cerveza, permanecían impasibles, bebiendo y riendo como si nada.

Uno de los cabos hizo un comentario en voz muy alta, bastante desagradable y procaz en su contenido, que hizo sentir incómodos a todos los que estaban fuera de aquella mesa de hienas... especialmente a las mujeres, cuyas miradas alternaban entre la indignación y el deseo de acabar lentamente con todos y cada uno de los ebrios.

Por su parte, Kim deseó estar en otro lugar, lejos de esa banda de imbéciles... o dejar en el suelo a todos y cada uno de ellos... y una sonrisa cruel asomó en sus labios al pensar que cualquiera de las opciones estaba bien para ella.

Ajeno a todo, el sargento Collins no prestó atención a la incomodidad general, y decidió responder al comentario de aquel cabo con otro de su propia cosecha.

– Bueno, Sugimoto, ahí tienes un buen punto... tal vez se aburrió de hacérselo todo el tiempo a una (------------) del Alto Mando como Hayes. Después de todo, si se lo haces a una almirante, se lo puedes hacer a una flota entera¿no les parece?

Hubo varios errores aquella noche, cometidos por varias personas, y como en todos los incidentes de aquel tipo, lo único que bastaba para provocar la explosión era que dos personas se equivocaran y que estuvieran muy cerca uno del otro al hacerlo.

El sargento Anson Collins cometió dos errores muy importantes.

El primero de ellos fue haber bebido más de la cuenta, y permitido que el alcohol aflojara su lengua de la forma en que lo hizo, hasta perder toda clase de compostura y decoro. El segundo de ellos fue hacer esos comentarios tan insultantes frente a tres grupos de personas que con seguridad iban a reaccionar de muy mala manera a todo lo que oliera a agravios contra Hunter y Hayes: un grupo de tripulantes del crucero Thunderbolt, un grupo de pilotos de Veritech asignados al destructor Nieuwpoort... y Kim Young y Miriya Parino.

Pero lo último en lo que el sargento Anson Collins pensaba era en los errores que había cometido; toda su atención estaba enfocada en el brindis que tenía pensado dar, mientras se ponía de pie y levantaba su porrón en el aire en un brindis tan exagerado como sarcástico…

– ¡Propongo un brindis, caballeros¡Por el comodoro Rick Hunter... el peor desgraciado de toda esta maldita flota, y que se queme en el Inf---

Collins no pudo terminar la frase.

Tal vez al segundo teniente Giulio Dimeglia, una persona amable y tranquila por demás, le hubiera conmovido saber que el sargento Collins había perdido a dos personas cercanas en la batalla de Júpiter; un amigo suyo y compañero durante la instrucción básica en la fragata Myosotis... y su joven primo y protegido, que servía a bordo del Tsushima. Tal vez, Dimeglia se hubiera apiadado de aquel pobre veterano borracho que necesitaba culpar a alguien por las pérdidas y por un día agotador de trabajo... por más grosero que fuera al hacerlo.

Pero Giulio Dimeglia había vivido en todas las encarnaciones de Ciudad Macross, tanto en la isla como a bordo del SDF-1 y en su última ubicación hasta su destrucción final tres años atrás, y había crecido idolatrando a pilotos como Roy Fokker, Max Sterling... y Rick Hunter. A tal punto había llegado su fanatismo con los aviones de combate que en cuanto tuvo la edad legal para hacerlo, se enroló en las Fuerzas para convertirse en un piloto Veritech, sirviendo durante sus primeros años en el Escuadrón Skull de Rick Hunter y bajo la supervisión general de Lisa Hayes cuando servía como jefa de la Central de Comando del SDF-1… experiencia que le había dejado sólo palabras de elogio hacia ambos oficiales. Era parte de aquella actitud de "el que es un Skull, no deja de ser un Skull" que Dimeglia llevaba con orgullo a pesar de las bromas de algunos de sus compañeros de escuadrón en el Nieuwpoort.

A diferencia de Collins, Dimeglia había peleado en Júpiter; también había perdido amigos en aquella espantosa batalla, y si estaba vivo para sentarse en Frenchie's aquella noche, sólo se debía a la oportuna orden de retirada de Rick Hunter. Dimeglia sabía que Hayes no era... esa animalada que habían dicho, y sabía, al igual que cualquier otro piloto de combate militar, que Rick Hunter preferiría morir antes que usar a otro piloto de combate como carne de cañón…

El teniente Dimeglia sabía también, producto de años de instrucción militar, que su deber como oficial era mantener el orden entre sus subordinados, conservar siempre la calma y no dejarse provocar por las imbecilidades de un ebrio. Pero en ese momento su deber como oficial le importaba un bledo.

Y ese fue su error.

El súbito golpe que el teniente Dimeglia le propinó en el mentón dejó al sargento Collins retorciéndose en el suelo, con un labio partido y sangrante, varios dientes rotos y un dolor insoportable que no lo abandonaría por varias horas, además de bañarlo de cerveza derramada.

Luego de un breve momento de confusión, los tres colegas de Collins se pusieron de pie para abalanzarse sobre Dimeglia, con toda la intención de reducir a aquel maldito piloto a polvo, fuera oficial o no… y como respuesta, los demás pilotos del escuadrón de Dimeglia corrieron a defender a su camarada, aprovechando la ocasión para repartir golpes a esos bocones por su propia cuenta.

La oportunidad no pasó inadvertida para los tripulantes del Thunderbolt, quienes sólo esperaban que alguien se atreviera a romperles los dientes a esos técnicos borrachos. Como un sólo hombre, todos se lanzaron a la batahola, confundiéndose en una salvaje pelea con los técnicos, los pilotos... y todos aquellos que quisieran sumarse, ya sea para separar a los contendientes o, como era el caso de muchos de los que se metieron en la pelea, para descargar días de frustración y angustia.

En menos de tres minutos, Frenchie's había dejado de ser una cantina militar para convertirse en un campo de batalla salvaje y descontrolado, en el que todos los presentes aprovechaban la oportunidad para dejarse llevar por la furia. No existían bandos en aquella gresca; en el completo salvajismo reinaba suprema la ley del "sálvese quien pueda", los golpes eran la única forma de comunicación existente y las patadas y golpes se repartían sin discriminación alguna, mientras por los aires volaban las botellas y los vasos, las mesas y las sillas… e incluso algunos desafortunados comensales que, tras perder alguna pelea particular, habían pasado a convertirse en involuntarios proyectiles.

Los únicos sonidos en ese caos eran los gritos y alaridos de los descontrolados contendientes… y los ruidos de objetos reventándose contra las cabezas de algunos de ellos.

Envuelta en la locura, la comandante Kim Young jamás pudo entender cómo había hecho para escapar de aquel torbellino de golpes y patadas... sólo sabía que lo había hecho, abriéndose paso a los codazos y golpes contra cualquiera que obstruyera su camino… deteniéndose sólo cuando se encontró con la figura del sargento Collins, que yacía en el suelo tras el golpe inicial, y decidiendo que bien podía hacer su propio aporte al caos…

Al diablo con sus obligaciones de oficial…

– ¡Esta es por Lisa Hayes! – gritó Kim antes de patear al caído sargento en la retaguardia.

– ¡Esta es por Rick Hunter! – volvió a gritar mientras su pie encontraba un blanco en las piernas de Collins.

– ¡Y esta… esta es porque sí! – exclamó llena de una furia que desconocía tener, mientras Anson Collins lloriqueaba de dolor en el suelo y se agarraba el estómago, que acababa de ser el último blanco de las patadas catárticas de Kim Young.

Mientras Kim se retiraba, sintiéndose repentinamente satisfecha y feliz de la vida, oyó que una voz entrecortada y cargada de dolor le espetaba algo a sus espaldas:

– ¡Perra…!

Dando una repentina media vuelta con una velocidad que sólo pudo lograr en ella el escuchar un insulto como ése, el pie de Kim no tardó en encontrarse asestando una nueva patada en el trasero de Anson Collins, y mientras el sargento aullaba de dolor con este nuevo golpe, Kim se inclinó sobre él, gritándole para que quedara perfectamente claro:

– ¡ES COMANDANTE PERRA PARA USTED, SARGENTO!

Collins no volvió a decir nada mientras Kim se alejaba de él, y aunque lo hubiera hecho, ya Kim se sentía satisfecha y conforme como para volver a expresar su opinión acerca de los comentarios del sargento… ya se suponía que el hombre tenía que tener una idea acerca de lo que ella pensaba al respecto.

De pronto, la atención de Kim fue captada por un nuevo episodio… específicamente, observar cómo Miriya despachaba casi sin esfuerzo y sin ahorro de violencia a tres imprudentes tripulantes que, en un rapto de irracionalidad y confiados en su superioridad numérica, habían pretendido atacar a la teniente comandante Parino-Sterling luego de reconocer en ella a una Zentraedi.

Ése fue el error que cometieron aquellos tres tripulantes… y lo pagaron con creces.

Pero la batalla estaba cerca de su fin; poco menos de siete minutos después de comenzado el desmán y convocados al lugar por una alerta desesperada, incontables docenas de oficiales y agentes de la Policía Militar habían entrado a Frenchie's portando equipos policiales de control de manifestaciones, y sin mediar advertencia alguna, comenzaron a repartir golpes y macanazos por su cuenta, conteniendo a los que insistían en pelear y poniendo bajo arresto a los que más se resistían, a tal punto que, haciendo gala de su acostumbrado profesionalismo, apenas les llevó tres minutos a los policías militares el restaurar el orden en Frenchie's, acabando por completo con la violencia.

En tan sólo diez minutos, Frenchie's se había convertido en un basurero desierto en donde estaban desperdigados por doquier los restos de lo que alguna vez fuera una cantina… y mientras los policías militares se llevaban a cientos de personas a los calabozos del Satélite Fábrica, equipos de enfermeros y paramédicos se ocupaban de llevar a otros contendientes menos afortunados a una revisión e internación en el hospital del Satélite, en donde remendarían heridas que jamás llevarían con dignidad.

– Dios... qué locura – fue todo lo que Kim pudo decir una vez que el silencio retornó al lugar.

Sólo cuando pasaron cinco segundos sin escuchar respuesta de Miriya, Kim se dio vuelta para ver a su amiga… encontrándose al hacerlo con una mujer cuyos ojos estaban inyectados en sangre, cuya respiración estaba agitada por la adrenalina de la batalla, y cuya expresión destilaba una resolución furiosa que sus amigos jamás habían tenido la desgracia de ver en persona.

Independientemente de su origen alienígena, la teniente comandante Miriya Parino-Sterling parecía ahora más inhumana que nunca, asemejándose más a una depredadora… a una tigresa que sólo vivía, respiraba y se movía en cumplimiento de una única meta en su vida.

– ¡ESTO... SE TERMINA... AHORA! – exclamó con la voz entrecortada por los jadeos con los que recobraba el aliento.

Segundos después, Miriya entró a correr con tanta rapidez en dirección al camarote de la almirante Hayes que Kim desistió de correr tras de ella, debiendo conformarse con desesperados gritos y súplicas para que no hiciera nada loco, mientras la veía alejarse por los corredores a una velocidad que ella jamás alcanzaría.

Los pedidos de Kim cayeron en oídos sordos… ya que por las buenas o por las malas, Miriya Parino-Sterling terminaría con toda esa locura.


Miriya ni siquiera se molestó en tocar el timbre del camarote de Lisa, y haciendo gala de toda su energía, abrió con fuerza la puerta, procurando hacerse notar con el portazo… tal era el impulso con el que había llegado a ese camarote.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la semioscuridad del lugar, que apenas estaba iluminado por luces secundarias, no las principales, que proyectaban largas sombras sobre todos los ambientes de un camarote que más que un dormitorio oficial parecía un monumento a la melancolía.

Contrayendo sus labios en una mueca de repentino disgusto por lo que veía, Miriya caminó por todo el camarote hasta dar con Lisa, y dispuesta a permanecer allí todo el tiempo que fuera necesario hasta terminar de una vez por todas con aquella situación desesperante...

Si tenía que pasar horas, lo haría.

Finalmente, Miriya encontró a Lisa sentada en uno de los sillones de la sala de estar, con la mirada clavada en una de las paredes y perdida en el infinito, sus cabellos revueltos y desaliñados, los ojos vidriosos y apagados, una fotografía de Rick en una de sus manos… y en la otra mano, una copa.

Bastó que Miriya notara la botella abierta de fino whisky escocés que estaba apoyada sobre la mesa de la sala de estar, llena hasta los dos tercios, y sentir el insoportable hedor del alcohol para que cayera en la cuenta de la gravedad del predicamento al que iba a enfrentarse.

– ¡Lisa! – gritó Miriya para hacerse notar.

No hubo respuesta por parte de Lisa, quien permanecía perdida como si nada, sin siquiera registrar que había otra persona en ese camarote que estaba llamándola.

– ¡ALMIRANTE HAYES! – exclamó Miriya, tomando a Lisa por el hombro y sacudiéndola con brusquedad para sacarla de su letargo.

Esa sacudida fin obtuvo una leve reacción por parte de Lisa, que con movimientos lentos y casi mecánicos volvió el rostro para contemplar a Miriya con ojos muertos, aparentemente sin siquiera reconocer a su amiga… aunque algunos segundos después una sonrisa carente de humor apareció en los labios de la almirante Hayes, como si por fin hubiera identificado a su visitante.

– Ah, Miriya... eres tú… ¿Cómo estás? – balbuceó Lisa con una voz lenta y demasiado arrastrada para el gusto de Miriya, indicando con una mano temblorosa a uno de los sillones de la sala de estar. – Por favor, siéntate...

– Lisa, no hay tiempo para esto – dijo Miriya con firmeza, volviendo a poner una de sus manos en el hombro de Lisa. – Tenemos que hablar...

– No, no tenemos – respondió Lisa, desviando una vez más la mirada y clavándola en la pared, evitando así encontrarse con los ojos de Miriya.

Mientras veía con horror el espectáculo deprimente de una mujer tan llena de vida y pasión que se estaba dejando morir y consumir, Miriya no pudo evitar pensar en lo que podría llegar a ocurrirle si algo parecido le llegara a ocurrir a Max… y por más que en ese momento sintió una profunda y genuina comprensión hacia su amiga, rápidamente volvió a la carga… todo con tal de arrancar a Lisa de las garras del olvido.

– Entiendo por lo que estás pasando, y... – insistió Miriya, apelando a la comprensión y al entendimiento y sabiendo que su amiga estaba atravesando por un verdadero infierno…

La reacción de la almirante Hayes fue precisamente la opuesta a la que Miriya esperaba, sobresaltando a la orgullosa piloto Zentraedi con la furia de sus palabras:

– ¡No, Miriya, no lo entiendes! – gritó Lisa con rabia, apoyando violentamente su copa en la mesa y con tanta fuerza que poco le faltó a la copa para estallar en pedazos.

El toque de la mano de Miriya se hizo más suave y comprensivo… eran intentos desesperados por hacerle sentir a Lisa Hayes que pasara lo que pasara, sus amigos estaban allí para ayudarla…

– Lisa... todos extrañamos a Rick, y a Vince y Jean... tú también.

De pronto, Lisa explotó con un grito cargado de ira y amargura, un grito que nacía de lo más profundo del orgullo y autosuficiencia de la almirante Hayes:

– ¡NO TE ATREVAS A COMPADECERME¡JAMÁS!

Miriya quedó con los ojos bien abiertos ante la reacción viciosa y desaforada de Lisa, retrocediendo por un indiscutible instinto de autopreservación al ver a su amiga transformada en una furia… una furia que estaba cerca de explotar definitivamente.

"Está peor de lo que pensaba".

Era momento de un cambio de estrategia, ante el fracaso de la comprensión y el entendimiento, y la comandante Parino-Sterling se convenció de que obtendría mejores resultados si apelaba al sentido del deber militar de Lisa…

Haciendo un alto para respirar y recobrar el aliento, Miriya trató primero de calmar la furia y dolor que le despertaba el ver a esa mujer que tanto respetaba, sumida en ese estado tan desastroso, y fue sólo cuando creyó tener un manejo de sus propias emociones que insistió:

– Almirante, la necesitamos – comenzó una vez más, hablando en un tono cuasi-oficial que sin embargo se tornó más dolido con cada palabra. – Todos están confundidos y asustados, almirante… incluso las personas están empezando a golpearse entre sí...

Lisa permanecía impasible, como si las palabras de Miriya fueran lluvia del otro lado de la ventana…

– Alguien tiene que parar esto – insistió Miriya, elevando la voz con cada palabra. – Alguien tiene que hacerse cargo... Este lugar se está cayendo a pedazos.

La única respuesta de Lisa fue pronunciada con tal desdén que la furia volvió a abrumar a Miriya.

– Que se caiga.

– Almirante, tiene que ser usted – exclamó Miriya, ya perdiendo el control de sus nervios y apenas conteniéndose de zamarrear a Lisa. – Usted está a cargo de este Satélite. Necesitan a su comandante. ¡LA NECESITAN A USTED¡ES SU DEBER!

Inmersa en el estupor del alcohol y en los pantanos del dolor, Lisa estaba enfurecida ante la terca e inexplicable insistencia de Miriya. ¿Acaso Miriya estaba tan ciega como para no ver que lo que proponía era imposible¿Acaso Miriya era tan insensible que no notaba que no podía hacer ningún bien en el estado en el que se hallaba?

¿Acaso no lo entendía?

– No hay nada que pueda hacer, Miriya – la voz de Lisa estaba distorsionada por el alcohol y la amargura, transformándose en un grito lastimero: – ¡Nada¡Absolutamente nada!

Por unos segundos, Miriya permaneció congelada en su lugar, sintiendo que a ella misma la estaba invadiendo la desesperación… y temiendo por unos instantes escalofriantes que su amiga estuviera más allá de la salvación; que ya estuviera tan entregada al dolor y a la tristeza que no hubiera forma alguna de volverla a una vida que parecía querer abandonar voluntariamente.

Ni siquiera la apelación al deber, a ese principio sacrosanto sobre el que Lisa había estructurado su vida, había servido para nada… y las armas de Miriya ya estaban prácticamente agotadas, excepto por una que consideraba como una opción desesperada.

Y tal parecía que había llegado la hora de las medidas desesperadas.

"Bueno, en mi corte marcial diré que fue por una buena causa", se dijo Miriya, para luego mirar a Lisa con dolor y rogándole en silencio:

"Espero que algún día puedas perdonarme..."

Con un movimiento tan brusco y altanero como inesperado, Miriya dio la espalda a Lisa y comenzó a caminar hacia la puerta, deteniéndose sólo por un segundo mientras le hablaba a su amiga con un tono que destilaba desdén y desprecio:

– Está bien, Lisa... quédate aquí. A fin de cuentas, no hay nada que puedas hacer.

Lisa no respondió… y aunque hubiera querido hacerlo, no sabía qué palabras podía oponer a eso. Miriya le estaba diciendo lo que ella creía, estaba confirmando lo que ella misma sabía verdadero... y sin embargo, a pesar de todo, las palabras de su amiga no dejaban de provocarle una persistente molestia en lo más profundo de su ser.

– Si eso es lo que sientes, Lisa, perfecto... – continuó Miriya, sin siquiera mirar a Lisa. – Abandona el servicio, en tu estado no eres de mucha utilidad para nadie.

– Un momento, Miriya – dijo Lisa estremeciéndose de terror, como si aquellas palabras hubieran sacudido algo dentro de ella. – ¿Qué estás diciendo...?

Girando por fin para enfrentar a la almirante Hayes, Miriya se permitió esbozar una expresión de sarcasmo y desprecio en su rostro… una expresión que Lisa sintió como una puñalada en el pecho.

– Le estoy diciendo la realidad, señorita Hayes... – le espetó Miriya, hablándole con un tono duro que Lisa no recordaba oír desde que era una cadete novata. – No la llamo almirante porque no lo merece. Veo que estaba equivocada al pensar que usted podía ayudar en algo... no la molestaré más, así puede volver a autocompadecerse en paz.

Las lágrimas asomaron en los ojos enrojecidos y vidriosos de Lisa, mientras su voz se quebraba de dolor al intentar pronunciar una respuesta…

– ¿Por qué haces esto, Miriya?

Miriya la señaló arqueando una ceja, como si estuviera indicando a un despojo humano indigno de su atención, aunque en su interior su alma se partía de dolor por tener que hacer lo que estaba haciendo… y fue sólo gracias a un gran esfuerzo que Miriya pudo contener sus propias lágrimas de rabia.

– Tan sólo mírese, Hayes – dijo entonces, recorriendo a Lisa de arriba abajo con la mirada. – Una heroína de guerra... ¡bah! Bebiendo y llorando encerrada en su cuarto, sin aceptar la visita de gente que quiere ayudarla. Pobres idiotas... ¿por qué alguien querría malgastar su tiempo en ayudarla?

El rostro de Miriya destilaba desprecio puro y sin atenuantes, un desprecio que provocaba que Lisa se sintiera con cada palabra un poco más furiosa y dolida… furiosa por tener que escuchar semejantes palabras de parte de una mujer a la que apreciaba y respetaba... y dolida por haber caído tan bajo como para merecerlas.

Lisa Hayes nunca había sido una bebedora social; su tolerancia al alcohol era excepcionalmente baja, y bebidas livianas como la cerveza bastaban para marearla... por no decir cosas realmente pesadas como el whisky o el vodka. De hecho, apenas había tomado cuatro o cinco copas de whisky desde la mañana anterior, pero eso había bastado para dejarla en malas condiciones.

Uno de los chistes que en su momento solía hacerle Claudia era que su tolerancia al alcohol era tan baja que hubiera avergonzado a cualquier estudiante de secundaria que se preciara de tal. Normalmente Lisa reía con ese chiste... pero esa no era una ocasión normal.

Ahora lo único que sentía en su interior era vergüenza al comprobar su debilidad… e ira porque otra persona se atreviera a echársela en cara sin anestesia.

– Miriya, detente, por favor... – suplicó Lisa al borde de las lágrimas.

– Oh no, Hayes, no me voy a detener – replicó Miriya, con un tono que ya había ido más allá de lo que se consideraba aceptable a la hora de hablar con una almirante. – Todos confiábamos en usted... creíamos que usted podría liderarnos y sacarnos de la confusión. Pero estábamos equivocados. Después de todo, necesitamos a alguien con agallas... y usted no las tiene.

"Lisa, perdóname."

– ¡Ten... comandante Sterling... deténgase de inmediato! – amenazó Lisa, aunque el balbuceo de su voz le quitó efecto a la amenaza.

– ¿O qué, me enviará a corte marcial¡Mírese, Hayes, apenas puede mantenerse en pie! – contestó Miriya, gesticulando y burlándose abiertamente de Lisa… y sintiendo solamente ganas de llorar.

– Basta, te lo advierto...

– Bueno, parece que ahora quiere tomar la iniciativa, "almirante" – rió Miriya. – Qué lástima... hay miles de personas esperando que alguien haga algo respecto del Alexander y terminar con esta incertidumbre... Supongo que usted no podrá ser, ya que prefiere estar aquí bebiendo en lugar de ir a buscar a Ri---

Esta vez había llegado demasiado lejos.

Si había una cosa de la que Miriya Parino estaba completamente segura, era que cualquier persona que la desafiara a un combate mano a mano debía tener algún impulso suicida y un particular desprecio por su propia vida e integridad física. De hecho, en toda su vida sólo una persona la había vencido en el combate… y ahora esa persona era su esposo.

Tres idiotas habían demostrado tener aquel impulso suicida minutos antes en Frenchie's, y la manera sencilla con que ella los había despachado sólo había reforzado aquella convicción.

De modo que Miriya estaba completamente desprevenida en el momento en que Lisa le asestó un puñetazo en el rostro. Ebria como estaba, Lisa seguía teniendo un excelente estado físico, y si bien su golpe no fue tan efectivo como lo hubiera sido en caso de estar sobria, todavía tenía suficiente potencia como para hacer que Miriya trastabillara.

Recuperando el equilibrio, Miriya retrocedió, sorprendida por el golpe, y satisfecha de haber despertado algo -aunque más no fuera agresión- dentro de Lisa.

– ¡Vamos, Hayes! – la provocó entonces, mirándola como si la estuviera desafiando a una pelea. – ¿Esa cosa patética es lo mejor que puede hacer?

Lisa respondió a la provocación con un nuevo intento de golpe, sólo que esta vez, ya alertada sobre el asunto, poco le costó a Miriya esquivar los golpes y puñetazos que asestaba la almirante… y sólo necesitó de un par de maniobras bien colocadas y que no requirieran de mucho esfuerzo o de violencia innecesaria para dejar a la almirante Hayes de bruces contra el suelo…

– Bueno, Lisa, veo que todavía hay algo de fuego dentro de ti... – lanzó Miriya mientras veía cómo Lisa trataba de incorporarse… fracasando al hacerlo. – Sería mejor si usaras ese fuego para algo productivo. Debo regresar a Monumento... si necesitas algo, habla con Kim. Ella sabrá qué hacer.

Miriya abrió la puerta del camarote y dirigió una última mirada a una Lisa que ya estaba presta a pararse, y que le clavaba unos ojos furiosos y desorbitados, moviéndose con toda la intención de continuar aquella pelea, aún en el estado calamitoso en el que estaba... y mientras la miraba, Miriya hacía un pedido silencioso de perdón por lo que había hecho y rogando que Lisa pudiera entenderla… algún día.

– Espero que comprendas, Lisa – murmuró antes de cerrar la puerta, dejando que corriera el dolor en sus palabras por primera vez. – Perdóname...

La puerta se cerró tras de ella, dejando a la almirante Hayes sumida en la soledad y oscuridad de su camarote.

La almirante ya estaba de pie una vez más, con los sentidos en alerta en una forma que no recordaba en mucho tiempo y sintiendo que la sangre corría por sus venas, movida por la adrenalina… mientras en su embotada mente chocaban y se confundían todas las emociones que la habían hecho suya en esos días oscuros… dolor inconsolable por Rick, sorda furia por Miriya, vergüenza y humillación por ella misma… emociones que rápidamente se combinaban en su interior hasta formar una mezcla explosiva de ira y deseos de venganza.

La realidad de lo que Miriya había hecho por ella golpeó entonces a Lisa en toda su magnitud. Tanta humillación, sarcasmo y desprecio habían tenido su propósito y su razón… logrando sacarla, de una forma horrible por cierto, de su propia miseria, dándole la proverbial patada en la retaguardia que necesitaba para volver a caminar por sus propios medios.

Y ya que había dado el primer paso, el resto apareció ante sus ojos con claridad indiscutible.

Recorrió el camarote con la vista, y de inmediato la invadieron náuseas del estado de abandono y caos en el que había dejado que cayera a causa de la desidia, mientras sentía ira... irrefrenable ira, alimentada por la vergüenza, que necesitaba descargar en algo de inmediato.

Con una energía que no creyó tener, alimentada por el torbellino de emociones de los últimos tres días, Lisa tomó la botella de whisky por el pico, lanzándola con furia contra uno de los mamparos y viendo cómo la botella se partía en mil pedazos al golpear contra su blanco, desparramando por todo el camarote la costosa bebida en la que había buscado refugio apenas minutos antes.

Ella ni se inmutó al ver la andanada de vidrios que volaban por los aires y que segundos antes habían formado la botella; sólo permaneció de pie, inhalando fuertemente y exhalando con igual energía, sintiendo cómo su cuerpo recobraba la compostura con cada segundo que pasaba.

Sintiendo cómo la voluntad de vivir regresaba a su ser. Sintiendo cómo su corazón volvía a latir, impulsado por una energía que nacía de su propia furia.

Sintiéndose una vez más una persona. Sintiendo que la mujer fuerte y resuelta que siempre había sido pugnaba por trepar de las profundidades del dolor en el que había caído, dispuesta a recobrar el terreno que había perdido… y resuelta a luchar hasta el final.

El momento de la autocompasión había quedado atrás… y había llegado la hora de volver a ser fuerte.

Aquella máxima latina que una vez le había escuchado decir a Rick regresó a su mente con claridad meridiana:

"La única esperanza de los vencidos... es no esperar salvación".

Su mente viajó a aquel tiempo pasado con Rick en la cabaña... a aquel partido de ajedrez que Rick había ganado en el último minuto, y a la conversación que habían tenido después… y por una razón que ella no supo explicar, pero que no iba a discutir, las palabras que Rick había dicho respecto a aquella frase se repitieron una y otra vez…

"Lo último en lo que pensaré es en esperar que alguien me salve. Buscaré yo mismo la salvación con los medios que tenga y aprovechando las oportunidades que se me presenten, así tenga que esconderme... o darle la impresión al enemigo de que estoy acabado, para poder ganar tiempo."

"Yo no estoy vencida, y no pienso esperar a que nadie me salve", se dijo entonces Lisa, sintiéndose más viva que nunca al aceptar esa realidad.

En ese momento, un pensamiento sacudió la mente de Lisa como si hubiera sido un relámpago. Todavía había posibilidades... Rick Hunter jamás se dejaría morir sin luchar. Y si había alguna forma de que él hubiera sobrevivido a la batalla...

Fue entonces que Lisa supo, con absoluta e indiscutible claridad, qué era lo que tenía que hacer, cuál era la misión que debía enfrentar a partir de ese momento… y no le tomó mucho trabajo a la contralmirante Elizabeth Hayes decidir lo que haría a partir de aquel momento.

Primero debería bañarse, para quitarse toda aquella mugre y despejar la cabeza; una buena ducha de agua fría, por horrible que pareciera, iba a hacer maravillas en ese departamento. Su mirada se volvió entonces al reloj de la pared, y comprobó que eran las 2040. Aún era temprano, pero no para ella… necesitaba dormir y mucho, convencida de que una buena noche de sueño para reposar cuerpo y mente, y analgésicos para el dolor de cabeza iban a permitirle recuperar la compostura y volver a ser lo que una vez fue.

Tenía un largo día por delante, y Lisa quería asegurarse de que lo enfrentaría como siempre lo había hecho.

Con lo mejor de sí.


Jueves 6 de abril de 2017

Oficialmente, eran las dos y media de la madrugada, pero para la gente del Alexander, los días y las horas ya no tenían sentido; toda la tripulación operaba en jornadas indefinidas de trabajo, interrumpidas ocasionalmente por algún momento de descanso, y eso sólo cuando se hallaban tan cerca del agotamiento completo que nadie podría haberlo negado.

El accidente del día anterior había dejado a la tripulación del Alexander en estado de shock… con los ochenta muertos de la tragedia de la bahía de aterrizaje, muertos que debían agregarse a las gravísimas bajas sufridas durante la batalla.

Perder a la comandante Coleson había sido un duro golpe para la tripulación, que aún no se reponía de la incapacidad del capitán Sanabria. Privados de quienes eran para todos sus efectos prácticos su padre y su madre, los miembros de la tripulación continuaban con sus tareas de manera mecánica, agregándoles al dolor sentido y la rabia acumulada, el temor creciente hacia lo que los próximos días tendrían reservado para ellos.

El primer teniente Vince Grant había quedado a cargo de la nave, dada la incapacidad del comandante, la muerte de la oficial ejecutiva y la imposibilidad práctica de retirar al ingeniero en jefe de sus labores. La tripulación tenía emociones encontradas respecto de Vince; por un lado, todos lo respetaban como un excelente oficial táctico y un hombre decente, pero por el otro lado Vince era un enigma; jamás había comandado una unidad militar o tenido experiencia de mando alguna.

A todo eso venía a sumarse el que algunos tripulantes lo vieran con desconfianza e incluso odio: Vince había sido quien oprimió el botón que envió al espacio a todas las personas de la bahía de aterrizaje, un acto que en un nivel racional muchos entendían que, aunque fuera algo terrible, había salvado a la nave de una destrucción certera… pero sin embargo, emocionalmente muchos no podían superar lo ocurrido.

Las emociones encontradas también ocurrían dentro de la cabeza del comodoro Hunter.

Su sensación de impotencia sólo se había potenciado luego del accidente… luego de la experiencia espantosa de ver morir a ochenta personas mientras él, que en teoría estaba al mando de todas ellas, no sólo no hizo nada sino que no supo qué podría haber llegado a hacer, y una idea horrible asaltó a Rick en ese momento al pensar que de haber estado al mando cuando ocurrió el accidente, quizás la nave hubiera sido destruida mientras él permanecía pasmado y sin saber qué hacer.

Cosas como esas eran demasiado para alguien como Rick.

Por primera vez en su vida, incluso más que durante el cautiverio en la nave de Breetai, Rick se sintió privado de todo control sobre su vida, totalmente impotente para cambiar un destino que parecía tallado en piedra.

¿Qué podría hacer él? Nada. Absolutamente nada...

La mirada triste del comodoro Hunter se dirigió al retrato que permanecía sobre la mesa del velador…

"¿Qué harías tú, Lisa?", le preguntó al retrato. "Sé que sabrías qué hacer en un momento como éste. Quisiera ser tan fuerte como tú..."

Los ojos de Rick se llenaron de lágrimas al pensar en Lisa, mientras sus pensamientos volaban a toda velocidad hacia el Satélite, en un impulso irrefrenable por estar junto a ella… y la amarga comprobación de no poder acompañar a la mujer que amaba sólo logró hacerlo sentir aún peor.

"Es una lástima que no haya más alcohol..." pensó Rick dejándose caer sobre la litera. "Una buena botella me vendría bien."

El sonido del altoparlante interrumpió sus pensamientos.

– Personal de mantenimiento, reportarse a Control de Sensores de inmediato – oyó que ordenaba con tono oficial la voz de Vince Grant.

Vince. Por más que lo intentara, Rick no sabía que pensar respecto del joven que debió tomar el mando de la nave. Vince Grant era dos años más joven que Rick, y mientras que él se dedicaba de lleno a los Veritech, Vince era un consumado y profesional oficial artillero de la flota, respetado como un experto en su línea de trabajo. La carrera de Vince, si bien profesional y reconocida por todos los que lo habían tenido a su mando, había sido mucho más lenta que las de otros oficiales de su edad –todavía estaba pendiente su ascenso a teniente comandante–, pero ese hecho, que hubiera provocado la furia de cualquier otro oficial militar, no parecía molestarle mayormente o quitarle el sueño a Vincent Grant.

El problema, el gran problema, era que Vince jamás había estado al mando de una unidad militar. Hasta que murió la comandante Coleson, Vince había considerado la posibilidad de tomar el mando del Alexander –o de cualquier otra nave– como un ejercicio intelectual, algo que no ocurriría en mucho tiempo… y mucho antes de lo que hubiera imaginado, se hallaba a cargo de una nave destrozada con cinco mil personas a bordo... entre las que se contaba su propia esposa.

El peso de semejante responsabilidad, depositada en hombros fuertes pero desesperadamente inexpertos como los de Vince, estaba empezando a hacerse notar.

Rick quería ayudar a su amigo en lo que pudiera, pero no sabía cómo hacerlo, o si siquiera podría hacerlo… y semejante impotencia alimentaba en el comodoro Hunter un caldo de cultivo que esperaba sólo una chispa para estallar.

En ese momento entró Sammie al camarote de Rick. Desde que la crisis había estallado, Sammie estuvo prestando asistencia al teniente Bromco y al resto del departamento de Comunicaciones de la nave, poniendo su vasta experiencia a disposición de los atribulados técnicos que trataban de reparar los sistemas de comunicaciones… y sólo pensar que Sammie tenía algo para hacer bastó para elevar la furia e impotencia de Rick a niveles críticos.

– ¿Cómo estás, Rick? – preguntó ella.

– ¿Que cómo estoy, Sammie? – explotó él, finalmente perdiendo los estribos luego de todo ese tiempo. – ¡Sintiéndome un inútil, así es como estoy!

Sammie se llevó las manos a la boca, sorprendida por la reacción destemplada de Rick, mientras veía a su comodoro y amigo estallando sin control.

– ¡Estoy aquí desde hace cuatro días, caminando de una punta a otra de este lugar, sin nada para hacer mientras todos los demás en esta nave están colaborando en algo¡Hay gente que muere tratando de ayudar, y yo no puedo hacer nada¡Estoy harto de esto! – dijo Rick, fulminando a Sammie con ojos que parecían despedir fuego azul.

Mientras el comodoro Hunter hacía una pausa, evidentemente para juntar aliento para una nueva explosión, Sammie decidió que los pasos a seguir en esa situación requerían tacto… mucho tacto.

Lo primero que hizo Sammie fue tomar asiento en una de las sillas del camarote de Rick, e invitar a Rick a hacer lo propio en su litera, haciendo gestos suaves y relajados con tal de devolver algo de paz tanto al camarote como al ánimo golpeado del comodoro Hunter.

El tema de la inactividad de Rick era algo que le preocupaba profundamente a Sammie, y con cada visita que hacía al camarote de Rick, esa preocupación se hacía más intensa y ominosa. Ella conocía bien a Rick Hunter y sabía que él era una persona voluntariosa y dedicada… pero una persona que se volvería seguramente loca si estaba en medio de una situación en la que él no pudiera hacer absolutamente nada… y en la que no tuviera nada en lo que poder ayudar.

Una situación como la que estaban atravesando las personas a bordo del Alexander.

Desde hacía algunos días, una idea loca estaba dando vueltas insistentemente en la cabeza de Sammie Porter, una idea que al principio no pasaba de ser algo absurdo e hipotético que jamás se hubiera propuesto llevar a la práctica, pero las circunstancias ciertamente habían cambiado, y no para bien…

Luego de la muerte de la comandante Coleson, Sammie empezó a temer que el tiempo se estuviera agotando para todos a bordo de esa nave, y por más que ella apreciara y estimara a Vince como un amigo bueno y fiel, ella no podía dejar de pensar que su falta de experiencia en el mando, especialmente en una situación crítica como aquella, pudiera acabar por devastarlo, trayendo consecuencias inimaginables para todos…

En un arrebato de precaución, Sammie había revisado su copia de las regulaciones militares con el fin de encontrar algo que pudiera sustentar su propia idea, algo a lo cual recurrir si se hiciera necesario poner en práctica su descabellado plan. Mientras se ocupaba de eso en la soledad de su propio camarote, Sammie no podía dejar de pensar en las burlas que recibía de parte de Claudia y del Trío en el viejo SDF-1 por citar en cada oportunidad que pudiera las regulaciones del servicio –especialmente en todo lo relativo a la legalidad de la pipa del capitán Gloval–, pero a pesar de las bromas y burlas, Sammie estaba convencida de que su conocimiento de las normas militares le sería útil alguna vez.

Esa vez había llegado.

– ¿Quieres algo para hacer, Rick? – exclamó con fuerza y energía para que Rick la oyera.

– ¡Sí! – gritó Rick.

– ¿Quieres sentirte útil? – insistió Sammie… tenía que provocarlo y evitar que cayera en alguna clase de depresión.

Mientras asentía enérgicamente con la cabeza, el rostro furioso de Rick adquiría un insólito parecido con el de un animal enjaulado que quería escapar de su cautiverio.

– Bueno, porque tengo algo que podrías hacer por esta nave – replicó Sammie bajando el tono de su voz, en una invitación silenciosa a Rick para que hiciera lo mismo.

– Pues no te lo guardes, Sammie – dijo Rick con impaciencia y un destello asesino en sus ojos… pero bajando a la vez su tono de voz a algo más normal. – ¿Qué cosa puede ser?

La sonrisa que aparecía en los labios de Sammie bastó para llenar de inquietud a Rick, aunque no tanto como las palabras que diría entonces su jefa de Estado Mayor como si fuera lo más sencillo y natural del mundo.

– Toma el mando de la nave, Rick.

Congelado completamente al escuchar esa frase, Rick no pudo hacer otra cosa más que mirar a Sammie con ojos abiertos como platos… tardando incluso en notar que se había quedado con la boca abierta. Después de algunos segundos en los que intentó procesar y asimilar la sugerencia de Sammie, sólo una palabra salió de los labios del comodoro Hunter:

– ¡¿Qué?!

– Toma el mando – insistió Sammie. – Hazte cargo de la situación, como siempre lo has hecho.

– Pero, Sammie... – comenzó a explicar Rick, si es que podía llamarse "explicación" a las ideas incoherentes que cruzaban por su cabeza. – No puedo...

– ¿Y por qué no puedes? – lo desafió su jefa de Estado Mayor, con un tono que la mostraba dispuesta a demoler todos y cada uno de los argumentos que Rick le pudiera llegar a lanzar.

Y si tenía que golpearlo para que saliera de su mutismo y entendiera razones, lo haría.

– ¡¿Estás loca?! – la reprendió Rick hecho una furia – ¿Cómo quieres que me haga cargo del Alexander sin ser oficial de nave?

– ¡No salgas con eso! – contraatacó Sammie, igualando a su comodoro en dureza. – Lo que importa, Rick, es que tienes experiencia como comandante en situaciones de combate. Lo que esta tripulación necesita es un líder que los guíe en situaciones duras, alguien que haya superado momentos difíciles como éste, no necesariamente alguien que se haya pasado su vida en una nave de guerra.

Esta vez Rick no supo qué contestar, y Sammie comprendió que había logrado al menos que Rick pensara en sus palabras en vez de rechazarlas de plano.

– Además ¿no te hemos ayudado todos a que por lo menos no te lleves los mamparos por delante mientras caminas? – agregó Sammie, guiñando el ojo para bajar un poco la tensión.

– Bueno... – Rick concedió que Sammie tenía razón, pero todavía no se sentía capaz de hacer lo que le proponía o seguro de que tomar un paso como aquel fuera una elección correcta, dadas las circunstancias. – Pero lo que pides es ilegal, va contra las regulaciones.

Sammie lo miró incrédula, y comenzó a reírse con ganas, como no lo hacía en mucho tiempo… mientras su comodoro pensaba seriamente en lanzársele al cuello con tal de parar esa carcajada.

– ¿Te volviste un legalista sin que me diera cuenta, Hunter? Aún si lo fueras, las regulaciones están a tu favor... estás en una nave sin capitán ni primer oficial, eres el oficial de más alto rango a bordo y técnicamente perteneces a la flota. No sólo tienes la posibilidad de hacerte cargo de la nave… sino que me atrevería a decir que es tu deber.

– ¿Y qué hay de Vince? – lanzó desafiante Rick.

Sammie respiró antes de responder… ahí estaba el punto flojo de la cuestión, y cualquier respuesta a la pregunta de Rick debía ser dicha con mucho cuidado…

– Rick, sabes que aprecio a Vince y que lo tengo en mucha estima... pero creo que esto está más allá de lo que puede – anticipándose a la reacción de Rick, Sammie levantó la mano para detenerlo antes que dijera una sola palabra. – Sé que algún día será un gran comandante y no dudo que esto lo va a ayudar, pero en este momento necesitamos a alguien que sepa mandar hombres en combate... y Vince no es esa persona. De cualquier manera, puedes conservarlo como primer oficial.

– ¿Y qué si se niega?

– No puede negarse... legalmente no puede hacerlo. No es ni el comandante, ni el primer oficial… y en situaciones de emergencia como éstas, está obligado a ceder el mando en caso de hallarse un oficial superior que así lo solicite. Como tú. ¿Y sabes qué, Rick? Creo que sería algo bueno para todos... – concluyó Sammie.

Fue entonces que la realidad de las palabras de Sammie golpeó a Rick con toda su fuerza, haciéndole entender de una vez por todas que quizás no se tratara de una salida elegante, o fácil, o siquiera con garantías de éxito… pero que era la única salida que tenía frente a él.

Y muy probablemente, la única salida que le quedaba al Alexander.

Por más que se devanara los sesos pensando más alternativas, por más que quisiera que hubiera otra opción, por más que deseara que hubiera otra persona más capacitada que él para hacerse cargo de la nave, todas las preguntas conducían a la misma e inevitable respuesta.

– Bueno… – murmuró Sammie, poniéndose de pie y caminando hacia la puerta del camarote, hablándole a Rick sin siquiera voltearse a verlo. – Hice todo lo que pude, así que sólo me queda esperar que tú seas la persona que todos pensamos que eres, comodoro… si me necesitas, estaré en el Puente…

Todas las piezas caían ahora en su lugar, y si bien las dudas atroces continuarían atacándolo y la sola idea de tomar el mando en una situación similar le pareciera un salto al vacío, bastó que Rick se encontrara con el rostro sonriente de Lisa que lo miraba desde el retrato para que muy dentro suyo se reavivara un fuego intenso e inextinguible… ese fuego que nacía en él en los momentos más difíciles y que había creído extinguido por el desastre en que había caído el Alexander.

Pero por sobre todas las cosas, ese fuego que sólo Lisa sabía despertar en él… ese fuego que quemaba todas sus dudas y le hacía enfrentarse a los peores riesgos…

Ahora veía la necesidad de esa decisión, y supo que a pesar de todo, era algo que podía hacer... algo con lo que podía aportar a los esfuerzos desesperados de esa tripulación, y por difícil y duro que pudiera llegar a ser, era preferible a la alternativa: continuar sólo en ese camarote, lloriqueando y compadeciéndose de sí mismo por sus múltiples desgracias.

Y Rick Hunter ya estaba harto de llorar.

Toda aquella furia e impotencia por la situación, todo el dolor que llevaba por Lisa, todas las crueles emociones que lo atormentaban desde el día de la batalla se transformaban en algo distinto… en una renovada voluntad de continuar hasta el final, y de no rendirse sin pelear.

Sammie estaba a punto de dejar la habitación de Rick cuando escuchó que una voz apagada y sin emoción la estaba llamando.

– Espera.

Deteniéndose y girando para ver lo que pasaba, Sammie sonrió con satisfacción al ver que Rick se estiraba para tomar el auricular del teléfono… marcando entonces con decisión el número interno del Primario de Control de Daños.

– Habla el comodoro Hunter. Por favor, dígale al teniente Grant que se reporte a mi camarote de inmediato.


Todos los ocupantes del Primario de Control de Daños, al que de cualquier manera insistían en llamar "puente" en ausencia del original, estaban ocupados y concentrados en sus tareas aquella madrugada, esforzándose para mantener a la golpeada nave de combate a través de sus consolas mal iluminadas por luces que apenas funcionaban, y rogando que ninguna desgracia volviera a azotarlos… a tal punto que estaban demasiado ocupados para notar, en un principio, que estaban haciendo su entrada el comodoro Hunter y el teniente Grant, seguidos a un par de pasos de distancia por la comandante Porter.

Sólo el anuncio desganado del sargento de guardia pudo sacar al personal del "Puente" de su ensimismamiento, y varias cabezas voltearon para observar a los que acababan de entrar, contemplándolos con miradas vacías de emoción y repletas de incertidumbre y agotamiento.

Rick portaba una expresión decidida en el rostro, algo que los tripulantes no veían en él desde el momento de la batalla, hacía ya demasiado tiempo. Por su parte, la expresión de Vince era enigmática; había algo de alivio por no llevar aquella carga sobre sus espaldas, pero también había… irritación.

Siguiendo una orden impartida por Rick, un sargento le acercó un micrófono que lo conectaba con todos los altoparlantes de la nave… y unos pocos miembros del personal notaron con inquietud que Vince permanecía callado, dejando que fuera el comodoro quien diera órdenes al personal del Alexander en ese momento…

Muchos de los presentes sintieron un escozor que les recorría todo el cuerpo al ver cómo Rick tomaba en su mano el micrófono y parecía, por lo que podían ver, que tragaba saliva.

Tanto temor e inquietud era más que comprensible, ya que todos los tripulantes del Alexander tenían muy presente que la última vez que Rick Hunter había hecho un anuncio general, el resultado había sido la crisis en la que estaban inmersos: averiados y varados en la atmósfera de otro planeta. Rick podía notar la aprehensión que invadía a la tripulación, pero ni siquiera esa sensación le provocaba dudas sobre lo que haría.

Una vez que se sintió plenamente listo para hacerlo, Rick comenzó su mensaje, hablando en un tono cuidadosamente neutro y procurando evitar sonar rendido y derrotista… o irresponsablemente optimista.

– Atención a toda la tripulación, les habla el comodoro Hunter.

A diferencia de otras ocasiones en las que la sirena de anuncios generales había sonado para llamar la atención de la tripulación, la mayoría de los hombres y mujeres de la atareada tripulación del Alexander prefirieron ignorar el llamado y continuar con lo que estaban haciendo como si la sirena y la voz del comodoro fueran parte del ruido de fondo, algo que no les importaba en lo más mínimo…

Y no pocos de los tripulantes, en no pocas de las secciones del golpeado portaaviones, reaccionaron ante las palabras de Rick con furia y maldiciones, en un vano intento por descargar todas sus frustraciones y terrores.

En el Primario de Control de Daños, y por completo ajeno a las reacciones destempladas de algunos tripulantes que de cualquier manera él no podía ver, el comodoro Hunter inspiró con fuerza antes de continuar con su mensaje:

– A partir de las 0330 horas de hoy, 6 de abril de 2017, y de acuerdo con las regulaciones militares pertinentes, asumo personalmente el mando del UES Alexander, en sustitución de sus oficiales comandante y ejecutivo.

Esas palabras sí bastaron para atraer la atención indivisa y completa de la tripulación, despertada de su letargo y ensimismamiento por la novedad… y en toda la nave, desde los hangares de Veritech y estaciones de armamento hasta las entrañas de Ingeniería y los camarotes en los que los tripulantes más agotados buscaban recobrar sus fuerzas con descansos de cuatro horas, miles de hombres y mujeres hicieron silencio para escuchar el resto del mensaje, sintiendo que la expectativa los iba a consumir.

– Anoten la hora en la bitácora de la nave – prosiguió Rick en tono oficial, mientras un joven sargento se aprestaba a buscar el libro de bitácora del Alexander en cumplimiento de la primera orden de su comandante accidental. – El primer teniente Grant continuará como mi oficial ejecutivo… todos los oficiales superiores, jefes de departamento y de sección, envíen reportes de situación inmediatamente. Se realizará una junta de oficiales superiores a las 1000 horas para discusión de órdenes… y revisión de la cadena de mandos de esta nave.

Un silencio sepulcral había caído sobre toda la nave… un silencio completo que nadie se atrevía a romper, por temor a perderse de una sola palabra que pudiera salir de los altoparlantes, y para los miles de tripulantes del Alexander, el tiempo prácticamente se había detenido, mientras todas sus miradas estaban concentradas en los altavoces de la nave, observados como si fueran objetos religiosos a ser venerados.

Por su parte, el mensaje de Rick ya estaba terminado; todo lo que tenía pensado decir en ese anuncio general, ya había sido dicho. Él estaba al mando ahora y la tripulación del portaaviones lo sabía; ya no le quedaba nada más para decir, y sin embargo…

Y sin embargo, el micrófono aún permanecía firme en la mano de Rick; el sargento de comunicaciones seguía atento a su comodoro, esperando la instrucción para cerrar el canal de comunicaciones, y con cada segundo que Rick se quedaba sosteniendo el micrófono, con cada segundo que de sus labios no salía palabra alguna, la ansiedad de los tripulantes del Alexander iba en aumento…

De pronto, con una resolución que contrastaba con el comportamiento frío y mecánico que había demostrado al entrar al Puente auxiliar para tomar el mando de la nave, Rick sostuvo el micrófono en sus manos con una postura menos marcial y ligeramente más relajada, pero no por eso menos intensa y seria…

– Señores, sé que esta no es mi nave – comenzó a hablar Rick, y esta vez lo hizo sin ninguna clase de "libreto" oficial; esta vez las palabras salían directamente de su corazón, y cuando las pronunciaba, el comodoro Hunter sabía perfectamente que era lo que tenía que decir. – Sé que soy un extraño para ustedes, y sé que esta nave y su tripulación son del capitán Sanabria… y de la comandante Coleson.

Un par de tripulantes del Puente fulminaron a Rick con la mirada a la sola mención de Andrea Coleson… pero casi al instante recibieron iguales miradas del resto del personal de puente.

– Sé que muchos de ustedes están asustados, y que temen que no podamos salir de ésta. Entiendo que aún no nos hemos podido recuperar de las pérdidas de la batalla… y de lo que ocurrió ayer. Y sé que muchos de ustedes deben estar furiosos con lo que acabo de anunciar.

Si entre los oficiales, suboficiales y tripulantes que estaban en el Puente auxiliar y que por tanto se habían convertido en testigos oculares de ese anuncio tan sorprendente como inesperado había alguno que sintiera furia o indignación porque Rick tomara el mando de la nave, ninguno de ellos dejó que esos sentimientos se traslucieran en sus expresiones.

Aunque bien podía deberse a un exitoso esfuerzo por poner cara de poker…

– Sin embargo, les pido que hagan a un lado esos sentimientos… les pido que piensen más en el camarada que tienen a su lado y que continúen como hasta ahora, haciendo todo lo posible y dando los mejores esfuerzos para poder salir de esta situación. A pesar de lo poco que los conozco, confío ciegamente en ustedes y en sus habilidades… y sé que juntos vamos a poder regresar a la Tierra… a casa.

Para total sorpresa del comodoro Hunter, en los rostros del personal de puente, dominados hasta entonces por el terror y el desánimo, comenzaron a asomar los primeros atisbos de esperanza… sonrisas leves, miradas decididas, hombres y mujeres que se erguían… y aunque Rick no tenía forma de saberlo, iguales fenómenos ocurrían en el resto de la nave.

Podía ser poco, podía ser fugaz y ciertamente no era generalizado… pero ese cambio de actitud era un buen comienzo.

– Tenemos mucho trabajo por delante. Hunter, fuera.


La reacción que la comandante Kimberly Young había tenido al enterarse de lo que Miriya había hecho –y de boca de la propia involucrada, para colmo– había sido de una completa estupefacción, a tal punto que quedó literalmente de una pieza mientras intentaba procesar lo ocurrido… y una vez que lo hizo, se debatió entre dos alternativas: o intentar golpear ella misma a su amiga o correr a ver en qué estado había quedado la almirante Hayes.

La mirada altiva y orgullosa de Miriya, esa mirada que sólo tiene alguien que sabe que muchas personas internadas en la enfermería del Satélite la recordarían con terror por el resto de sus vidas, prácticamente la invitaba a hacer su mejor intento… y poco le faltó a Kim para aceptar el reto, sin importar el resultado.

"Por Dios... ¿está completamente loca?", pensó aterrada Kim, sabedora de que en el estado en que se hallaba Lisa, las consecuencias de una pelea como la que Miriya había mantenido con ella eran impredecibles, dejando abierta la puerta para las peores posibilidades.

Una vez que se aseguró –casi de inmediato– que Miriya se embarcara en el primer transbordador de regreso a la Tierra, despidiéndola con una curiosa mezcla de buenos deseos e improperios espeluznantes, Kim corrió al camarote de Lisa para cerciorarse de la situación de su almirante, con el corazón en la boca y temblando de sólo pensar que…

Para su infinita sorpresa y alivio, Kim no se encontró con un cuadro de terror, sino que halló a Lisa durmiendo plácidamente en su cama… con todas las apariencias de estar pasando una noche pacífica y tranquila. Después de asegurarse que todo estuviera efectivamente bien, tal fue la sorpresa de Kim que de su mente desapareció todo lo relacionado con Miriya, y lo único que pudo atinar a pensar fue en que sin importar lo ocurrido allí minutos atrás, no parecía haber habido secuelas permanentes en la almirante Hayes.

"Bien por ella... lo necesita más que todos. Tal vez vuelva a visitarla, y entonces le diré que se tome unas vacaciones..."

Sin embargo, después de esa visita relámpago, poco tiempo le había quedado a Kim para ocuparse de su almirante, y esa mañana de jueves, entre las mil y una tareas que ella había asumido para distraerse, le tocaba un turno de servicio en la Central de Mando del Satélite, haciendo lo posible para mantener funcionando a la monstruosa base militar.

Con Lisa oficialmente de licencia, el mando del gigantesco Satélite Fábrica había quedado en manos del segundo al mando, el capitán (grado inferior) Quentin Griswold. A pesar de ser un buen tipo, capaz, competente y bastante calificado para su edad, el capitán Griswold estaba cada vez más abrumado por la magnitud y complejidad de hacerse cargo de algo tan monstruoso como el Satélite Fábrica… y más en un momento de crisis como aquel, en el que las cosas iban de mal en peor con un ritmo constante que prometía no detenerse.

Esa mañana, el ánimo en la Central de Mando era lúgubre y silencioso… casi despoblado; algunas de las consolas estaban vacías y desactivadas, ya que sus operarios estaban bajo arresto en los calabozos y bajo custodia de la Policía Militar o malheridos en el hospital luego de la brutal pelea de la noche anterior en Frenchie's. Entre los que habían concurrido a trabajar la situación no era mejor; no se apreciaban mejoras en su humor, y el clima deprimente que se vivía desde que se conoció la batalla de Júpiter era cada vez más melancólico, empeorado con cada día que pasaba y sin perspectivas visibles de una mejoría en el corto plazo.

En aquel momento, el capitán Griswold estaba revisando los informes que Kim le estaba presentando acerca del estado del Satélite, y con cada página que el capitán iba pasando con sus dedos, una maldición escapaba de sus labios, ya que todos esos reportes, sin importar el tema que tocaran, presentaban la misma y elocuente descripción del estado actual del Satélite Fábrica Robotech:

Todo se está cayendo a pedazos.

Cerrando el último reporte y dejándose caer sobre la silla principal del módulo de mando, el capitán Griswold cerró los ojos y gruñó con frustración, soltando bruscamente los reportes sobre uno de los apoyabrazos de la silla.

– Tengo ciento setenta y tres personas en los calabozos luego de ese asunto en Frenchie's, comandante Young – explotó Griswold, fulminando a Kim con la mirada y sabedor de que, de no ser porque la necesitaba con desesperación para mantener un mínimo de cordura en el Satélite, ella sería la persona número 174 en estar bajo arresto. – Tengo docenas de naves en construcción y en reparación cuyos capitanes me piden a gritos que les asigne prioridad… esos idiotas en Monumento no pueden encontrar su trasero ni con un controlador de vuelo... esto está cada vez peor.

Kim asintió, sin saber qué podía agregar a esa descripción tan descarnada y cierta; a pesar de los mejores esfuerzos de Griswold, ella y el resto de los oficiales, el Satélite estaba enfrentando un momento crítico y cada vez más difícil de manejar. Y a falta de directivas claras desde la Tierra...

– Entonces ¿me permiten darles una mano con eso?

Sólo fue gracias a los reflejos condicionados que tanto Griswold como Kim (y el resto de los oficiales en el módulo de mando) dejaron lo que estaban haciendo y voltearon para ver quién había dicho aquella frase… porque la sorpresa de haber escuchado esa voz melodiosa e inconfundible bien podría haberlos matado de un infarto en el instante…

Conservando la suficiente presencia de ánimo para no desmayarse, Griswold y Kim notaron que junto a un cabo de guardia en la entrada que la miraba con ojos desorbitados, se hallaba la contralmirante Lisa Hayes, que continuó su entrada en el módulo con paso firme y decidido, vestida con su uniforme negro de almirante impecable como siempre, y con la gorra blanca coronando su larga cabellera castaña… comportándose como si nada hubiera ocurrido y en apariencia ajena a la estupefacción que le había provocado a media docena de oficiales militares con su sola presencia.

Lisa parecía renovada, y a la vez restaurada... y más temible que nunca.

– ¡¿Almirante Hayes?! – balbuceó Griswold, aún paralizado por ver a Lisa como si nada hubiera ocurrido. – No es que me moleste verla aquí, pero… ¿no se supone que está de licencia?

– Ya no, capitán – le respondió la almirante con una sonrisa dura. – Bajo mi propia autoridad, anulo la licencia. En unas horas enviaré la notificación a la Tierra.

– Entiendo – asintió Griswold, adoptando rápidamente la posición de firme y dándole los máximos respetos a su oficial comandante. – Si me lo permite, almirante... es un placer volverla a tener aquí.

La sonrisa que asomó en los labios de Lisa Hayes no era particularmente agradable, pero bastó para que fuera educada y cortés.

– Muchas gracias, capitán – la sonrisa se hizo más amigable. – Créame... es un placer estar de vuelta. Ahora, si me disculpa… tenemos mucho por hacer.

Mientras Griswold le cedía con genuina alegría la silla de mando, todos los oficiales del módulo se pusieron en posición de firmes, como si con esa frase la almirante Hayes les hubiera comunicado que pronto vendrían órdenes… y la precisión de su postura militar sólo podía compararse con la expectativa que asomaba en sus rostros.

Mientras aguardaba las instrucciones de su almirante, Kim se llenó de una genuina alegría al volver a ver a su amiga tal como la conocía y había aprendido a admirar. Una vez más, ella podía ver aquel fuego en sus ojos, aquel porte decidido y aquella expresión firme y resuelta, muy distinta de la mujer colapsada y demacrada que había visto apenas el día anterior. Esa mujer había desaparecido como si jamás hubiera existido, reemplazada por aquella figura que radiaba seguridad y profesionalismo, que se mantenía siempre firme, aún en los peores momentos.

Estaba de regreso la mujer que hasta los pilotos de combate más arrogantes habían aprendido a temer… había vuelto a ellos la Reina de Hielo.

Lisa Hayes les había sido devuelta, y Kim Young sintió una felicidad inconmensurable al ver a su amiga salir de aquel infierno personal.

"Bueno, Miriya, parece que tienes un futuro en la psicología... si es que tu carrera militar no sobrevive."

– Empecemos de inmediato – anunció Lisa. – Capitán Griswold, necesito cuanto antes informes de situación del estado actual del Satélite… eso incluye un reporte detallado y actualizado del estado de todas las naves de combate que estén atracadas o en mantenimiento en el Satélite.

– ¡Entendido, almirante! – respondió Griswold, ya de regreso en su propia consola y presto a comenzar de inmediato con su asignación.

– Capitana Montalbán, – continuó Lisa, esta vez dirigiéndose a la jefa de los equipos de ingenieros del Satélite – ordene a los equipos de reparación que se concentren en poner en servicio a todas las naves que puedan, lo más rápido posible. Si necesita alguna clase de recursos extraordinarios, sólo tiene que pedirlos.

– ¡Sí, señora! – asintió la ingeniera haciendo la venia.

La mirada de Lisa se posó sobre su oficial de radar.

– Teniente Saunders, quiero que compile un informe con los últimos reportes de Inteligencia Militar y que actualice nuestras cartas de navegación con los últimos datos disponibles. Si no encuentra información en las bases de datos del Satélite, tiene mi bendición y mi venia para molestar a toda la Oficina de Inteligencia Militar, si llegara a ser necesario.

– Por supuesto, almirante… – sonrió el joven teniente, y mientras observaba a Saunders regresando a su estación, Lisa notó la presencia de Kim y se dispuso a darle las instrucciones que debería cumplir:

– Comandante Young…

– ¿Sí, almirante?

– Comuníquese de inmediato con la Tierra y llame al mando de las Fuerzas Espaciales. Si no consigue hablar con ellos o le dan un "no" como respuesta, intente con el Supremo Comandante, y si tampoco logra nada con Maistroff… intente más arriba.

– ¿Qué tan arriba quiere que llegue, almirante?

La respuesta de Lisa vino acompañada por lo que parecía ser fuego verde en su mirada… ese fuego que ella tenía cuando hablaba completamente en serio.

– Si se le hace necesario tener que llamar a Dios, espero que tenga Su número de teléfono, comandante.

La sonrisa hambrienta y satisfecha de Kim conmovió a la almirante Hayes en lo más profundo de su ser.

– De inmediato, almirante… Si me lo permite ¿puedo preguntarle qué se supone que les tengo que decir?

Los ojos verdes de Lisa brillaron con un fulgor duro e implacable, y su sonrisa parecía algo que pertenecía más a un predador de las profundidades que a una mujer delicada y atractiva como ella… la mirada de alguien que no iba a aceptar un "no" como respuesta y que no iba a detenerse ante nada en el mundo. Era algo terrible de ver, pero que para Kim significó que la odisea había terminado, y que Lisa les había sido devuelta.

– Por supuesto que puede preguntar, comandante. Deberá informar a los mandos superiores que pienso reunir todas las naves de combate que pueda… para montar una operación de rescate en Júpiter.

Docenas de ojos se posaban sobre la almirante Hayes, y los rostros que miraban a la joven almirante destilaban una expectativa que crecía con cada latido de su corazón, mientras esperaban las siguientes palabras que saldrían de los labios de su oficial comandante.

Por una fracción de segundo, Kim creyó que el frío que sentía en la nuca se debía a algún problema con el sistema de aire acondicionado de la Central de Mando… hasta que cayó en la cuenta de que eran todos los pelos de su nuca que se erizaban de la expectativa…

– Iremos en busca del Alexander – anunció Lisa, provocando un escalofrío colectivo en toda la Central de Mando del Satélite Fábrica.

Todos los presentes contuvieron el aliento, y uno o dos llegaron incluso a trastabillar de la sorpresa ante semejante anuncio… y si alguno de ellos pensó en preguntarle a Lisa si existían órdenes del Alto Mando para la operación que proponía, sólo les bastó encontrarse con la mirada dura de la almirante Hayes para decidir que era mejor no indagar…

– Disculpe la pregunta, almirante, pero... ¿si no encontramos nada? – intervino Griswold, obligándose a hacer la primera y más fundamental pregunta… aquella que estaba en la base de los temores e inquietudes de todos los presentes.

La mirada de Lisa le indicó a Kim que ella no concebía la posibilidad... pero que a la vez estaba deseosa de otra cosa. Algo muy parecido… a la venganza.

– Bueno, si no encontramos nada en Júpiter... pretendo recorrer todo este sistema solar hasta dar con los Zentraedi que provocaron esto y mandarlos al infierno.

Comenzó primero como un hecho aislado, una simple reacción emocional de un humilde y anónimo operador de sistemas en el nivel inferior de la Central de Mando… pero poco a poco, ese gesto se extendió como reguero de pólvora por entre sus compañeros en un proceso que era tan natural como incontenible… y al cabo de unos segundos, toda la Central de Mando del Satélite Fábrica había estallado en un frenesí de aplausos y gritos de aclamación a cuál más emocionado y sentido, borrando casi de un plumazo con el desgano y abandono que hasta ese momento parecía gobernar sin oposición.

Bien pronto, ese lugar se parecía poco al centro neurálgico de una moderna unidad militar de la era Robotech… asemejando más al campamento de una antigua legión romana, cuyos soldados vivaban estruendosamente a su comandante en las vísperas de una batalla decisiva.

En ese momento, Kim sintió que se contagiaba de la seguridad de Lisa, a tal punto que la seguiría hasta el fin del mundo si así fuera... opinión que, sin que ella la supiera, era ampliamente compartida por la gran mayoría de los allí presentes.

Kim Young no se consideraba a sí misma como una mujer particularmente religiosa, y solía bromear con sus amigas diciendo que Dios la había descartado como un caso perdido, pero al ver las reacciones que la misión de Lisa estaba despertando en el personal de la Central, y la expresión de decisión inquebrantable en el rostro de su amiga, no pudo evitar pronunciar una plegaria… por los Zentraedi.

"Que Dios se apiade de los Zentraedi y de quien se interponga... porque Lisa Hayes de seguro que no lo hará."


NOTAS DEL AUTOR:

- Bueno... creo que ya era hora de pasar a algo más optimista para esta "semana bisiesta"¿no les parece? (¡Te estoy mirando, Lucy Sandoval! - :P). Hubo que atravesar un capítulo bastante doloroso como el anterior, y pasar por algunos ratos bastante difíciles y duros de digerir en éste, pero al menos Rick y Lisa ya están de vuelta. Veremos cómo siguen...

- Una vez más, aclaro que de ciencia no entiendo nada, así que si alguno encuentra alguna clase de errores o bestialidades de la física... lo más probable es que tengan razón...

- El título del capítulo es la primera parte de la frase en latín a la que Lisa hace referencia en algún punto del capítulo, y la frase entera, que apareció en alguno de los capítulos anteriores de la historia, es "Una salus victis nullam sperare salutem". Es una frase que había escuchado alguna vez por ahí, y que mientras escribía esta historia insistía en volver... supongo que la idea de esta frase, de que aún de la desesperación pueden sacarse fuerzas y que siempre puede encontrarse una salida, aún en las peores circunstancias, es algo que puede aplicarse a lo que tienen que atravesar nuestros queridos Rick y Lisa en esta historia.

- Acerca del insulto que el buen sargento Collins usa para referirse a Lisa... no sé cuál es, así que lo dejo a criterio de cada uno; simplemente imaginen el peor insulto o la frase más grosera que conozcan.

- Agradezco enormemente a todos los que vienen siguiendo esta historia y dejan por acá sus comentarios, opiniones y consultas, y como siempre lo hago por estas partes, aprovecho para mandar un saludo y un abrazo grande a Evi y Sara y agradecerles por su amistad y por haber leído esta historia antes de que siquiera pensara en publicarla...

- Mucha suerte para todos, gracias por leer este capítulo y será hasta que vuelva por estos lados... con el capítulo 10.