MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Capítulo X: Contra Viento y Marea

Usted sabe que hablar de Leonard es meterse en un nido de víboras, con todos los debates que hay sobre su figura. Diré esto sobre el general: era un verdadero profesional y Dios sabe que hizo lo mejor que pudo cuando todo se le vino encima, pero su carácter era muy difícil. Era peor cuando empezabas a trabajar con él, pero después de un tiempo te acostumbrabas a sus estallidos de ira; ocurrían tan a menudo que les perdías el miedo. Con Leonard habré pasado momentos incómodos, pero jamás le tuve miedo.

Pero si había una persona capaz de infundir el temor a Dios, esa era Lisa Hayes. No lo tome como crítica, para mí fue un orgullo servir bajo su mando y aprendí mucho de ella. Pero ella era del tipo de personas... su comportamiento era siempre correcto y amable, y jamás nos trató injustamente. Pocas cosas la hacían enojar, y de hecho, eran raras las oportunidades en que la veíamos realmente de malas. Según recuerdo, ninguna de esas fue injustificada o innecesaria. Ahora, cuando algo la enfadaba, lo único que podías hacer era buscar algo de lo cual sujetarte, y esperar que no te alcanzara la onda expansiva.

Capitán (grado superior) Dave Saunders, entrevistado en "En Primera Fila: los testigos presenciales de las Guerras cuentan su historia", de Thomas Tarrant.

Cuando se quejen otra vez por lo largo y tedioso de los cursos, señoritas, recuerden muy bien esto: no hay maestra que te enseñe más rápido que la desesperación. Ahora, les aviso que ella no acepta ninguna clase de reclamo por las malas notas.

Teniente comandante Roy Fokker, a los pilotos en instrucción del Escuadrón Skull, 2009


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Jueves 6 de abril de 2017

"¿Y ahora qué?"

Sólo habían pasado seis horas desde que Rick había asumido el mando del Alexander, y mientras el comodoro Hunter cavilaba en su oficina, la tripulación, repuesta de la imprevista transferencia del mando que habían presenciado aquella madrugada, continuaba con sus labores, afanándose en poner en servicio todo lo que no había sido destrozado durante la batalla.

Refugiado en la oficina que le había sido asignada como jefe del grupo de batalla (no quiso invadir la oficina del capitán Sanabria) tras las primeras y difíciles horas al mando de la nave, Rick se dejó caer pesadamente en la silla mientras trataba de asimilar la nueva situación en la que se hallaba metido y considerar cursos de acción a seguir.

En cierta manera, el tomar el mando había sido mucho más difícil de aceptar para él que lo que podía ser para su tripulación; al menos ellos continuaban con sus deberes, sin importar quién estaba a cargo. Las razones que lo habían llevado a asumir personalmente el comando de la nave estaban fuera de toda crítica y discusión, sin importar la incertidumbre que pudiera llegar a sentir.

Hasta el momento la tripulación, si bien recelosa ante su nuevo comandante, se había comportado profesionalmente y sin poner palos en la rueda; incluso Vince Grant, relevado repentinamente del cargo que ocupó por poco más de dieciséis horas había estado de acuerdo, aunque su reacción en aquel momento no fue muy... cooperativa.

A decir verdad, Vince se había sentido casi insultado por la acción tomada por Rick, manteniéndose siempre dentro de los márgenes de la disciplina militar a la hora de dejar entrever su descontento, pero la expresión dura y fría con que había recibido su relevo del mando le daba a entender a Rick que Vince consideraba su desplazamiento como una señal de desconfianza… como si su oficial superior lo hubiera juzgado inepto para el puesto y la responsabilidad que implicaba ser capitán.

Era difícil no entender los sentimientos de Vince al respecto, y Rick no podía dejar de estar de acuerdo, reconociendo que a fin de cuentas, si Roy le hubiera quitado el mando del Equipo Vermilion poco después de habérselo dado, también lo hubiera considerado un insulto a sus habilidades… y su reacción no hubiera sido particularmente mesurada.

Pero a pesar de todo Vince era un profesional, y no tardó en sobreponerse a la molesta sorpresa, aceptando sin dudarlo el pedido de Rick de continuar como su primer oficial. Y si bien hasta ese momento no se habían presentado grandes problemas entre los dos, Rick no podía permitir que quedaran cabos sueltos entre él y su primer oficial que pudieran poner en peligro a la nave y su tripulación… aún más que lo que ya estaban. Era fundamental para la supervivencia de todos que el comandante y el primer oficial de la nave, por más accidentada e imprevista que fuera su llegada a esos cargos, se entendieran bien y no mantuvieran desacuerdos innecesarios.

Respirando fuertemente, Rick se obligó a concentrarse en lo que tenía frente a él; los problemas o incomodidades que Vince tenía con él debían esperar. Sobre su escritorio había un pequeño reporte sobre la condición de los distintos departamentos de la nave que Sammie se había tomado la molestia de compilar en algún momento de la mañana, y Rick tenía la intención de embeberse completamente antes de siquiera pretender decirle a los oficiales qué tendrían que hacer.

Las primeras páginas ya habían aterrado a Rick.

Según lo que podía entender de la jerga técnica, era prácticamente un milagro que la nave siguiera existiendo después de los daños sufridos o que tan pocas personas hubieran muerto… si es que mil doscientos setenta y dos personas de una tripulación de seis mil cuatrocientos nueve podía considerarse "poco". La lectura del informe le llevó unos pocos minutos, y tras cerrarlo y volverlo a dejar sobre el escritorio, Rick se reclinó en su silla para cavilar mejor sobre los cursos de acción a seguir.

Para un soldado como Rick, el primer impulso era el de intentar romper aquella situación y tratar de llevar a su nave a un lugar seguro… pero por más que lo quisiera, tenía que reconocer que esa era una misión imposible por el momento. Los Zentraedi continuaban merodeando en el espacio cercano a Júpiter, y el Alexander no estaba en condiciones para sostener una batalla, por más breve que fuera. Entablar combate sería un verdadero suicidio, y Rick no estaba dispuesto a llevar a su tripulación a una pelea sin esperanzas.

"¿Mi tripulación?", pensó con amargura. "No dejes que se te suba a la cabeza, Hunter."

Rick sacudió la cabeza y volvió al problema que tenía enfrente dispuesto a partir desde lo fundamental.

Permanecer escondidos en Júpiter tenía que ser una solución temporal... tarde o temprano, o el Alexander escapaba de su predicamento o sería destruido. No había alternativa.

En situaciones como aquellas, en las que se hallaba superado en número y con graves bajas y daños severos, se hacía indispensable recurrir al ingenio y tratar de pensar cinco o seis jugadas más allá de la actual. En cierta forma, estar en esa situación no dejaba de parecerse a una partida de ajedrez, una muy desventajosa por cierto… y cuando esta comparación apareció en su mente, Rick se permitió el lujo de sonreír al recordar una partida de ajedrez hacía ya meses, jugada durante el crepúsculo de un día de vacaciones, en una cabaña y junto a Lisa.

Salvando las distancias, la situación era la misma: superado en número, con pocos recursos propios y escasas esperanzas de evadir exitosamente a la fuerza enemiga y arriesgándose a sufrir pérdidas espantosas en el intento… y eso si no eran completamente destruidos.

Desde que supo cuál era la situación del Alexander, Rick había estado discurriendo en su mente un boceto de lo que podría ser un plan... por ahora estaba en pañales y faltaba pulirlo mucho y hacerle infinidad de correcciones, pero la idea básica estaba en su mente. Sólo era cuestión de encontrar un buen momento para trabajarlo junto a sus oficiales y empezar a pensar en salir de ese escondite en vez de conformarse con seguir vivos.

Y tal vez, si eran muy afortunados y contaban con la manifiesta parcialidad de Dios Todopoderoso... podrían escapar y volver a la Tierra.

Volver a la Tierra... volver a Lisa.

Rick se perdió por unos segundos en su imaginación, pensando en cómo sería volver junto a Lisa... proponerle matrimonio como había pensado antes de la batalla... era lo que más deseaba en aquel momento y daría incluso su vida por poder hacerlo... pero no podía.

Esto lo hacía por su tripulación, no por él mismo.

De él dependían cinco mil vidas, e indirectamente las de sus familias y seres amados. No podía permitirse pensar sólo en él. No en ese momento.

Ya retornado a la cruel e indiscutible realidad que tenía frente a él, Rick dedicó unos segundos a pensar en la mejor manera de poner frente a sus oficiales la posibilidad de escapar de esa agonía, pero lo que más le preocupaba e inquietaba era el momento y la oportunidad en que lo haría: si lo hacía demasiado pronto, la tripulación se preocuparía por tener a un temerario e insensato al frente; si lo hacía demasiado tarde, corría el riesgo de desangrar las esperanzas y moral de la tripulación.

Esto requería tacto... y tacto era algo que no venía con la instrucción para ser un piloto Veritech.

Respondiendo al sonido del timbre, Rick le indicó a su visitante que entrara, resultando ser éste Vince.

– Toma asiento, por favor – invitó Rick.

– Gracias, señor – respondió Vince con un tono frío y seco en su voz.

Rick evitó hacer una mueca de frustración y se concentró en los asuntos oficiales mientras Vince ocupaba un lugar del otro lado del escritorio... ahora no era el momento para plantear una discusión con su primer oficial.

– Respecto a la reunión de oficiales fijada para las 1000 horas--- – comenzó Rick.

– Informaré a los oficiales superiores y jefes de departamento, señor – se apresuró a contestar Vince en forma impersonal, sin preocuparle el que hubiera interrumpido al comodoro Hunter.

Rick sonrió, pero no era una sonrisa agradable, y poco le faltó para que fuera una mueca de disgusto; realmente no necesitaba enfrentarse a un primer oficial hostil.

– De hecho, estaba pensando en cancelar la reunión – dijo Rick, sin detenerse por la reacción de sorpresa de Vince a su decisión. – Por lo que pude leer, la situación es demasiado crítica como para que los altos oficiales estén perdiendo el tiempo en juntas, en lugar de resolver los problemas. Necesitamos trabajar, no hablar.

Vince parecía incómodo en su silla, y pasaron unos instantes incómodos hasta que finalmente pensó una respuesta que lo librara de verse observado por el comodoro.

– Si me lo permite, señor... no creo que sea una buena idea.

Rick arqueó una ceja.

– ¿Y por qué no, Vince?

Vince carraspeó y se inclinó hacia adelante, bajando el tono de su voz para que lo que iba a decir no pareciera una crítica demasiado dura.

– No sé cómo decirlo, señor...

– Tan sólo dilo, Vince – replicó Rick, dejando que se notara un poco de impaciencia en sus palabras.

– Bueno, señor... para la tripulación, usted es un enigma.

– ¿Qué quieres decir? – le contestó Rick, un tanto confundido por aquella frase. – Hace casi dos meses que he asumido el mando.

– No me refería a eso, señor. Lo conocen a usted como comodoro y jefe de grupo... pero como capitán, no saben qué esperar. Necesitan saber cómo piensa usted, cómo trabaja, cómo encara los problemas.

– Vince... – trató Rick de decir algo en su defensa, pero el teniente Grant ni siquiera se detuvo:

– Y la única forma en que la tripulación puede conocerlo es a través de los oficiales. Ellos son el nexo entre el capitán y la tripulación. Ellos son los que dirán a los hombres y mujeres de esta nave cuáles son las intenciones e instrucciones del capitán... que ahora es usted – agregó con un tono inocultablemente amargo.

En lugar de decir algo que pudiera ser chocante, Rick se limitó a indicar a Vince con un gesto de la cabeza que continuara. Esto se estaba poniendo interesante.

– Entiendo que en los escuadrones Veritech la cultura es diferente – Vince sonrió, tratando de bajar la tensión, – y que a los pilotos les molestan cosas como la burocracia y las reuniones, pero en las naves de guerra la situación es distinta. Cada uno de los oficiales que sirven como jefes de departamento es parte de un equipo en el que cada uno cumple un papel importante y complementario con el de los demás. Si el equipo no funciona, la nave no funciona.

Rick pensó en decir algo, e incluso llegó a mover los labios en un intento de formar palabras, pero Vince no se dio por aludido y continuó la explicación, completamente dispuesto a hacer claro su punto antes de que el comodoro tomara una decisión.

– Y el equipo no puede funcionar si los oficiales no saben qué esperar de su líder. Ellos no lo conocen, señor. Usted necesita darse a conocer e indicarles qué es lo que tiene en mente, darles directivas y tareas. Si se aísla, sólo los predispondrá mal hacia usted, y no nos podemos permitir eso. Mientras menos deje librado a su imaginación y temores, al menos en lo que se refiere a su personalidad e intenciones, menos espacio dará para los problemas.

Luego de meditar unos segundos las palabras que acababa de escuchar, Rick se encontró completamente de acuerdo con ese punto de vista… y se tranquilizó de pensar que, si bien podía estar comportándose de manera hostil, al menos Vince no pondría en riesgo a la nave.

– En ese caso, señor Grant... informe a los oficiales que deseo verlos a las 1000 horas, según lo planeado.

– Lo haré de inmediato, señor.

– Gracias... Vince – dijo Rick con sinceridad.

Vince no supo cómo responder; todavía tenía sentimientos encontrados respecto a todo el asunto del cambio de mando, y se mentiría a él mismo si creyera que no se había sentido mal por ser relevado… así que prefirió recurrir a una postura diplomática conciliadora.

– No tiene porqué agradecérmelo, señor.

– Bueno, resuelto esto, señor Grant – prosiguió Rick, inclinándose hacia delante sobre el escritorio, – ¿qué le parece si analizamos la situación táctica?


Esto no podía estar pasando.

No podía creer lo que estaba escuchando.

– La decisión del Alto Mando es terminante. Su plan ha sido rechazado, almirante Hayes.

En aquel momento, Lisa deseó estar en el Cuartel General manteniendo esa discusión en persona... para poder así estrangular a aquel desgraciado con sus propias manos, en lugar de tener que conformarse con imaginar ese acto.

En el monitor, el rostro grueso y calvo del teniente general Leonard no mostraba impresión alguna de darse por aludido, ni parecía inmutarse ante la expresión de Lisa Hayes. Por el contrario y de no ser porque conocía demasiado bien la personalidad agresiva y descarnada del general Leonard, Lisa hubiera podido jurar que el muy desgraciado estaba disfrutando el momento.

Y quizás realmente lo estuviera disfrutando, pensó Lisa en un arrebato de furia.

No había habido forma de evitar internarse en la burocracia del Alto Mando: el informe de la capitana Montalbán había revelado que muy pocas de las naves entonces surtas en el Satélite Fábrica estaban en condiciones de partir inmediatamente… con lo que cualquier posibilidad de una "misión no autorizada" quedaba instantáneamente eliminada del mapa. Con reticencia, Lisa debió aceptar el hecho de que organizar la misión de rescate y reunir las fuerzas necesarias iba a tomarle un tiempo… si bien ella estaba más que dispuesta a ir sola a Júpiter si era preciso, no podía pedirle a sus subordinados que la siguieran en una misión suicida; sencillamente no tenía ningún derecho a hacerlo.

Hacía apenas cinco horas que Kim, siguiendo las órdenes de Lisa, había despachado la solicitud de autorización para una operación militar de rescate al mando de las Fuerzas Espaciales junto con un bosquejo bastante elemental de la acción militar propuesta, y si bien la reacción del almirante Gaumont ante la propuesta fue extremadamente favorable, eso no significaba que la operación estuviera aprobada.

Todo lo que Gaumont podía hacer era enviar la propuesta –con sus más entusiastas recomendaciones, según se lo había hecho saber a Lisa y Kim en su mensaje de respuesta– a la Jefatura de Operaciones, y basándose en la reacción del Jefe de las Fuerzas Espaciales, la almirante Hayes estaba confiada en que el brigadier Reinhardt iba a dar una rápida aprobación a la propuesta… especialmente si se consideraba la lluvia de críticas que el Alto Mando estaba recibiendo desde el público, los medios y los políticos por su inacción luego del combate de Júpiter.

Pero el infortunio atacó: en su recorrido por la cadena de mandos como papa caliente, la solicitud de Lisa había ido a parar a manos del general Leonard antes de que el brigadier Reinhardt pudiera recibirla… y poco tiempo le tomó al Jefe de Estado Mayor el rechazar de plano y sin consideraciones algunas toda idea de una operación de rescate en Júpiter, sin importar lo que Gaumont o Reinhardt pudieran opinar al respecto.

Y era por eso que desde hacía dos horas, la almirante Hayes estaba tratando de contactar furiosamente a alguien en el Candelabro para que le diera una explicación personal de la razón por la que se había rechazado su propuesta, mientras Kim se desgañitaba en otro canal tratando de contactar al general Maistroff sin ningún resultado.

Por fin, tras mucha insistencia por parte de la almirante Hayes, el general Leonard había accedido a comunicarse con Lisa desde la Central de Operaciones del Cuartel General, y mientras Lisa y el buen Jefe de Estado Mayor intercambiaban comentarios cada vez más tensos y cortantes, Kim estaba recurriendo a una medida desesperada y alocada… que precisamente por eso tenía posibilidades de funcionar.

– Nuestros oficiales en la sección de Análisis Operativo han estudiado su propuesta, y no le asignan más del 30 por ciento de probabilidades de éxito, almirante Hayes – le decía Leonard a Lisa en un tono de bastante fastidio. – Nuestra situación actual no nos permite tomar semejantes apuestas.

Leonard se cuidó muy bien de nombrar al brigadier Reinhardt, ya que el Jefe de Operaciones no estaba entre los analistas que creían que el plan de Lisa era un fracaso garantizado, y había tenido la osadía de contradecir al teniente general... postura que estuvo en el centro de una pelea volcánica entre el jefe de Estado Mayor y el joven brigadier media hora antes de que Leonard contactara a Lisa.

Sin embargo, Lisa no estaba dispuesta a ceder a las opiniones de Leonard sin dar una pelea hasta el último momento.

– Las probabilidades no son exactitudes, general.

– Puede tener razón en eso, – Leonard habló en un tono ligeramente condescendiente, como si hubiera decidido ser magnánimo – pero en el tema que nos compete no comparto su opinión, almirante. Considero además que su propuesta implicaría comprometer seriamente nuestras defensas planetarias, arriesgando la seguridad planetaria.

– General, si me lo permite, es altamente improbable que los Zentraedi lancen un ataque contra la Tierra o algún otro objetivo en el sistema solar interior – contraatacó Lisa, obligándose a ser lo más cortés y educada posible. – Nuestras defensas planetarias son más que capaces de repeler un ataque.

– En teoría, sí – replicó el general. – Pero si seguimos su plan estaríamos prácticamente enviando a nuestra única fuerza móvil a lo que puede ser otra trampa como aquella en la que cayó el Alexander. Sin las naves de guerra que usted solicita para su operación, no tendríamos forma de reforzar algún objetivo que se halle bajo ataque, y eso sería exponernos a una amenaza potencial contra nuestra seguridad.

– Esas naves Zentraedi ya son una amenaza a nuestra seguridad, general – devolvió Lisa conteniendo su propia ira… una ira que se colaba sin que ella lo quisiera en el tono de sus palabras. – Ignorar esa amenaza, especialmente después de lo que le ocurrió al Convoy Io-1 y al grupo del Alexander, sería suicida. Debemos enviar una fuerza de inmediato a la última posición conocida de esas naves y destruirlas de inmediato. Mientras más tiempo perdamos, general, más oportunidades tendrán los Zentraedi para trasladarse a otro punto del sistema.

Leonard suspiró frustrado, haciendo una pausa breve en esa conversación... discutir con Hayes era como explicarle a una niña malcriada que no podía ir al parque de diversiones en un día de lluvia.

– Precisamente por eso no debemos exponer a nuestras defensas a riesgos innecesarios, enviando a las mejores y más veloces unidades de nuestra flota a una cacería de fantasmas en Júpiter.

Lisa cerró los puños y respiró antes de continuar; si no lo hacía, era muy probable que sus palabras estuvieran lejos de guardar el respeto debido a un general de la jerarquía de Anatole Leonard. Más cuando sabía por uno de sus contactos en el Alto Mando que Leonard había sido uno de los partidarios más acérrimos del envío de un grupo de batalla a Júpiter apenas cuatro días atrás, y ahora ese hombre estaba buscando hasta el último argumento para no enviar naves… y no arriesgarse en el proceso.

– General Leonard, – volvió a empezar Lisa, dejando pasar un segundo y bajando la mirada unos segundos para luego volverla a la pantalla – si revisa cuidadosamente la propuesta verá que no se habla en ningún lugar de desguarnecer nuestras defensas. Los grupos de defensa continuarán estacionados en la Tierra, Marte y la Luna, y habrá suficientes naves para responder ante cualquier contingencia.

– Esos grupos de defensa están compuestos por naves anticuadas, almirante... cruceros clase Armor y destructores cuyo diseño es anterior a la guerra – replicó el Jefe de Estado Mayor sin ceder un centímetro de su posición. – No podemos darnos el lujo de arriesgar nuestras naves más modernas.

– Esas naves han sido modernizadas extensivamente y son capaces de repeler un ataque de naves como las reportadas en Júpiter, y más si agregamos nuestros cazas orbitales y satélites de defensa... y todo esto asumiendo que esas naves Zentraedi de pronto pudieran aparecer en nuestro planeta en menos de tres semanas. Tiempo más que suficiente para realizar la misión según los parámetros diseñados, señor – trató de explicarle Lisa, y mientras lo hacía, su tono ya estaba bastante alterado.

Harto ya de tener que explicarle a aquella mujer una realidad tan obvia que no podía creer que se le escapara, el general Leonard pensó entonces en decírselo de una forma clara y contundente que no dejara lugar a dudas.

– Hasta ahora no me ha dado más que suposiciones infundadas, almirante Hayes. No pienso enviar a hombres y mujeres a una posible muerte basándome en suposiciones sin sustento alguno.

"¡El hombre ni siquiera se toma la molestia de escuchar lo que le digo!" gritó para sus adentros Lisa, mientras caía en la cuenta de que en todos sus años en las Fuerzas, ella jamás había encontrado a un hombre tan terco y tan obstinado... bueno, en realidad sí conocía a uno… alguien muy especial.

"Bien, si él quiere jugar directamente, vamos a darle el gusto", decidió Lisa.

– ¿Debo entonces suponer que usted no está dispuesto a considerar mis argumentos seriamente, general? – preguntó Lisa sin ningún preámbulo.

La temperatura en el Centro de Mando del Satélite Fábrica bajó perceptiblemente con las palabras de Lisa… y poco faltó para que algunos de los oficiales se estremecieran de los escalofríos; el Jefe de Estado Mayor era legendario por su mal carácter, y algunos tuvieron que reprimir el instinto de cubrirse ante lo que prometía ser una volcánica respuesta por parte de Leonard.

– No estoy manteniendo ninguna discusión con usted, almirante Hayes... estoy haciéndole el favor de explicarle el porqué de nuestro rechazo a su plan – le espetó Leonard, entrecerrando los ojos en una expresión de furia.

El rostro de Lisa empalidecía, haciendo que el brillo de sus ojos se tornara más intenso y furioso, y eso, como bien sabía Kim Young, distaba de ser una buena señal.

– No recuerdo haberle pedido que me hiciera ningún favor, ni lo necesito de usted, general Leonard – respondió Lisa con una voz firme que parecía estar hecha del hielo más impiadoso.

En dos salas de control, la del Cuartel General y la del Satélite, los controladores contuvieron el aliento.

Era la primera vez que veían a una persona enfrentarse al avasallante general Leonard, y darle de beber de la misma medicina que él tantas veces había aplicado a otros desafortunados que se cruzaron en su camino… y ante semejante acto de justicia poética, muchos de los oficiales, suboficiales y enlistados presentes en esas salas dieron hurras silenciosos por Lisa, a tal punto que a más de uno se le escapó una inoportuna sonrisa o exclamación de alegría.

Por su parte, ajeno a las reacciones de sus subordinados, el general Leonard estaba lívido de ira, y su furia hacia Lisa Hayes era mucho mayor que cualquier arrebato de ira que hubiera sentido hasta aquel día, hasta transformarse en algo que prometía quemarlo de adentro hacia fuera… esa furia que lo impulsaba a hacer lo que fuera, recurrir a cualquier cosa, con tal de no perder una discusión…

"¿Cómo se atreve esta insolente...?"

– ¡Está muy cerca de la insubordinación, almirante Hayes! – contraatacó Leonard, resuelto a darle a Lisa una última advertencia; algo que casi nunca ofrecía a quienes se enfrentaban a él.

Lisa no se amedrentó, y como pudo comprobar Leonard, su "advertencia" hizo bien poco por disuadir o arrinconar a la almirante Hayes.

– Todavía no empecé a insubordinarme... general – respondió con frialdad, agregando el grado de Leonard como al pasar. – Además, no se trata solamente de una misión de búsqueda y destrucción... se trata de buscar y rescatar al Alexander o a eventuales sobrevivientes. Estamos hablando de seis mil personas que no sabemos a ciencia cierta si están vivos o muertos, general. Es nuestro deber asegurarnos.

A pesar de que su rostro todavía destilaba ira, Leonard sonrió para sus adentros con satisfacción… Hayes acababa de traicionarse con esa referencia al Alexander, y ese error involuntario le serviría de maravillas al general Leonard para poner a esa arrogante e insufrible muchachita de vuelta en su lugar.

La sonrisa del teniente general Anatole Leonard se tornó cruel, más propia de un cocodrilo que de un ser humano, antes de volver a abrir la boca para responder.

– Y dígame, almirante Hayes… ¿pretende hacerme creer que a usted le importan esos seis mil hombres y mujeres... por igual?

Para los que conocían a Lisa, lo que siguió a aquel comentario era un fenómeno habitual (pero no por ello menos espeluznante), pero para los que la veían por primera vez, aquello era algo simplemente terrorífico.

Lo primero que notaron fue un brillo iracundo en sus ojos verdes, para luego contemplar cómo los labios de Lisa desaparecían en una línea fina contraída en una mueca de ira. Las manos de la almirante se apoyaron en el riel del módulo de mando, sosteniendo todo el peso del cuerpo de Lisa como si fuera un cable a tierra, mientras su cuerpo entero se tensaba como recorrido por una terrible corriente eléctrica.

El rostro de Lisa empalideció, pero no de miedo... sino de furia, en un contraste absoluto con el negro de su uniforme, y bien pronto ella se transformó por completo: toda su expresión, su postura corporal, su mirada... todo parecía hecho para demostrar sin necesidad de palabras la furia incontenible de la que era capaz cuando se la quería herir con algo tan bajo.

"Pobre Anatole", pensó Kim al ver la reacción de Lisa, "más te vale que busques una venda para los ojos y pidas un cigarrillo."

Una vez apoyada contra el riel, Lisa se inclinó ligeramente hacia adelante, con movimientos firmes pero controlados, como no queriendo desperdiciar energías en esa actividad, energías que serían mejor aplicadas contra Leonard. Todo su ser se concentraba en aquella pantalla, y en aquel grueso y calvo general que la miraba sonriente, creyendo -¡pobre iluso!- que la había callado con su golpe bajo.

– General Leonard... – comenzó a hablar Lisa en un tono de voz bien modulado y calmo... excesivamente calmo.

Excesivamente reprimido. Demasiado contenido.

Nada bueno podía salir de todo eso.


A pesar de hallarse a cientos de miles de kilómetros de distancia, en la Tierra y resguardado en los sótanos del Candelabro, el teniente general Anatole Leonard no pudo detener un impulso de retroceder apenas un centímetro al ver aproximarse esa máscara de ira que lo quemaba con la mirada desde el otro lado de la pantalla.

Con fuerzas renovadas, como si pudiera oler el miedo repentino del general, Lisa continuó con esa postura amenazante, arrinconando nada más y nada menos que al Jefe de Estado Mayor y segundo al mando de todas las Fuerzas de la Tierra Unida… hecho más notable aún si se tenía en cuenta que lo estaba haciendo sin estar presente, sino de forma virtual y a través de una pantalla de comunicación.

Cuando la almirante Hayes comenzó a hablar, lo hizo con un tono terroríficamente frío y venenoso, con frases entrecortadas y cortantes, como si necesitara aliento para reprimir una explosión catastrófica.

– Se lo diré en forma directa y clara. Si usted... vuelve a sugerir... que ignoro la objetividad que debo tener como oficial y que actúo en base a mis sentimientos personales... cosa que por cierto a usted no le incumbe en lo más mínimo... juro que, oficial superior o no..., me encargaré personalmente de matarlo.

Las últimas palabras habían salido como si hubieran sido escupidas. O disparadas en una ráfaga de ametralladora… y Leonard tuvo que contener el impulso de cerciorarse de que no hubiera habido agujeros de bala en su cuerpo.

– ¿Le quedó claro... señor? – remató la almirante Hayes, con el rostro contraído de ira.

Anatole Leonard no era ningún cobarde, a pesar de lo que los rumores dijeran sobre él. Había dado claras y sobradas muestras de su valor en América del Sur, durante el período posterior al Holocausto y durante las constantes batallas contra los renegados Zentraedi; el único problema radicaba en que él simplemente sabía en qué combates convenía luchar y cuáles era preferible dejar pasar… pero cuando se decidía a combatir, lo hacía sin pedir ni dar cuartel, resuelto a obtener la victoria final a cualquier costo.

Quizás el mayor defecto del general Leonard era que esas decisiones y elecciones sobre qué combates elegir solían basarse demasiado en las ideas personales que albergaba sobre cómo debían conducirse las Fuerzas de la Tierra Unida... y por extensión, sobre cómo debía funcionar el mismo Gobierno de la Tierra Unida. Después de todo, como solía razonar, él no sería el primer general en la Historia en tener ambiciones políticas.

Pero en líneas generales y salvando sus reflexiones al respecto, el teniente general Anatole Leonard no era un hombre que se asustara fácilmente.

Hasta aquel momento.

Al ver la furia desnuda y explosiva que ella destilaba en su mirada, Leonard sintió que lo invadía un miedo que no había conocido en mucho tiempo… y por una milésima de segundo, el rostro de Lisa Hayes se confundió en la mente de Leonard con el de su difunto padre, el temible almirante Donald Hayes, quien había poseído un temperamento legendario por la furia que era capaz de manifestar.

Fue en ese momento, puesto contra la espada y la pared, que Leonard reconoció que había juzgado muy mal a la joven almirante Hayes, tomándola por una muchachita consentida que había llegado a su grado y cargo de la mano de su apellido... en lugar de pensar que tal vez había heredado mucho más de su padre que el simple apellido…

Y por lo que acababa de demostrar, la única hija de Donald Hayes había efectivamente heredado el temperamento paterno en toda su majestuosa y terrible intensidad.

Pero a pesar de todo, retirarse ante Hayes no era una opción, y reconocer su derrota tampoco, y Leonard se fortificó para continuar la batalla.

"¡Diablos, Anatole, eres el maldito jefe de Estado Mayor, no puedes dejar que Hayes te marque el paso como si fueras un cadete de primer año!"

Un balbuceo que pretendía ser una respuesta empezó a asomar en los labios del general Leonard cuando un vozarrón surgido de la propia Central donde él se hallaba le hizo olvidar la frase…

– ¡ALMIRANTE HAYES! – exclamó con rostro desencajado de ira el general Maistroff, quien había entrado en aquel momento justo para ver el momento de clímax de la batalla entre su almirante más joven y su principal colaborador.

– Señor... – respondió Lisa sin que el grito del Supremo Comandante le hiciera perder su aspecto decidido y furioso; si tenía que comerse crudo a Maistroff también, lo haría y al diablo las consecuencias.

– En el futuro, usted se comportará como debe hacerlo una oficial de su jerarquía – le advirtió Maistroff agitando un dedo nervioso en dirección a la pantalla. – Eso incluye abstenerse de amenazar a cualquier miembro de las Fuerzas con el homicidio. Si no cumple con mi orden, me encargaré de enviarla a corte marcial y destituirla tan rápido que no sabrá qué fue lo que la golpeó ¿está claro, almirante Hayes?

Las palabras salieron de la boca de Lisa como muelas arrancadas por un dentista.

– Está claro, señor.

Maistroff pareció tranquilizarse, y hasta esbozó una sonrisa, mientras que detrás del Supremo Comandante, el general Leonard se permitió recobrar un poco el aliento, paladeando el castigo que sin lugar a dudas recibiría Hayes por amenazarlo de muerte.

– Excelente. Me alegra que así lo entienda – contestó Maistroff, ajustándose la gorra para luego ordenar con un tono casual: – Ahora que eso está resuelto... proceda a reunir la flota que necesita para su operación, almirante. Por orden del Primer Ministro, la pongo a cargo de la misión. Tiene hasta el día 9 para preparar su flota.

Leonard quedó atónito (por no decir estupefacto), y tardó un poco en descubrir que había quedado con la boca abierta, dando una impresión ridícula que motivó algunas risas por parte de unos pocos imprudentes.

"¡¿Qué diablos acaba de pasar?!"

– Así lo haré, señor – respondió Lisa, ya vuelta a algo parecido a la normalidad, al punto que la venia que hizo a Maistroff pareció algo civilizado.

– Esta operación va a requerir un nombre clave, almirante Hayes – comentó Maistroff, dejando atrás la indignación y enfocándose en los asuntos más prosaicos de la misión. – ¿Ya seleccionó uno?

– Alaska, general – contestó Lisa sin dudarlo ni siquiera un segundo. – Operación Alaska.

Asombro de asombros, una sonrisa dura apareció en el rostro del Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida.

– Muy bien, almirante. Puede proceder... y buena suerte – dijo Maistroff, indicándole que podía cortar la comunicación.

La pantalla se apagó, y el Centro de Operaciones del Candelabro quedó inmerso en un silencio absoluto. La actitud de muchos de los presentes, estupefactos tras lo que habían visto en esos minutos, era de haber presenciado un hecho único que pasaría de generación en generación...

Acababa de nacer una leyenda.

Maistroff apenas dirigió una mirada fría y llena de resentimiento a Leonard, antes de indicarle...

– General Leonard, si tengo que volver a enterarme por boca del Primer Ministro que usted ha rechazado un plan operativo sin someterlo a mi consideración...


– Bueno, señores… tenemos luz verde – anunció Lisa, sacando a todo el personal de la Central de Mando de la estupefacción en la que habían caído luego de la batalla verbal entre ella y Leonard. – Pongámonos a trabajar.

Como si hubieran vuelto a la vida, todos los oficiales volvieron a ocuparse de sus tareas, moviéndose con energía y decisión ahora que sabían que el obstáculo del Alto Mando había quedado completamente superado. Muchos de ellos, sin embargo, todavía habían quedado atontados tras presenciar aquella dura conversación, y mientras volvían a sus deberes, algunos de ellos aprovechaban para mirar de reojo a la almirante Hayes, observándola como quien ve a una figura legendaria… de esas que eran legendarias precisamente por su letalidad.

Deteniéndose junto a su primer oficial, Lisa esbozó una expresión que parecía pedir disculpas, como si estuviera a punto de pedirle algo que ella hubiera preferido no tener que pedirle…

– Quentin, lamento no poder darte una mano pero---

– No se preocupe, almirante – le aseguró el capitán Griswold con una sonrisa. – Me voy a ocupar de mantener las luces prendidas en el fuerte para usted. Ahora, almirante… ocúpese de traer a esa nave de regreso.

– Se lo agradezco mucho, capitán Griswold – contestó Lisa con sinceridad y agradecimiento.

Mientras el capitán Griswold regresaba a hacerse cargo del funcionamiento propiamente dicho del Satélite Fábrica, Lisa se tomó unos segundos para observar maravillada la actividad que se vivía en la Central de Mando… oficiales que iban y venían con información e instrucciones, todos ellos trabajando para poner en marcha aquella misión de rescate que bien cerca estuvo de no haber nacido jamás, toda la actividad y energía que inundaba un ambiente que ella había encontrado tan apagado cuando retomó el mando.

Y a pocos metros de ella estaba la mujer que muy probablemente fuera la responsable de haber salvado la Operación Alaska de su muerte prematura, y volviéndose hacia ella, Lisa llamó su atención:

– Kim…

– ¿Sí, almirante? – preguntó solícita Kim, dejando lo que estaba haciendo para responder al llamado de su almirante.

Una sonrisa cómplice, que no pertenecía a los labios de una almirante sino a los de una vieja amiga agradecida y sorprendida, asomó en el rostro de Lisa:

– ¿El Primer Ministro?

– No encontré el teléfono de Dios, almirante – se limitó a responder Kim, encogiéndose de hombros y poniendo su mejor expresión de inocencia pura, que tanto ella como Lisa sabían muy bien que distaba de poder usarse para describirla.

– Entiendo – dijo Lisa, y en ese momento la sonrisa se hizo más grande, traviesa y cargada de gratitud. – Muchas gracias.

– Para servirle, señora. ¿Órdenes?

– Necesito que hables con los capitanes de las naves – le solicitó Lisa, ya vuelta a su personalidad de almirante y dispuesta a recuperar el tiempo desperdiciado en luchar contra las trabas de Leonard. – Comunícales que la operación está en marcha y que se preparen.

– Entendido – respondió Kim, y notando que Lisa se disponía a dejar el módulo de mando, le preguntó: – ¿Qué va a hacer usted?

– Tengo que hacer una llamada por mi propia cuenta…

– ¿Quieres que me ocupe de eso, Lisa? – ofreció Kim, recibiendo como respuesta inicial una sacudida de la cabeza de Lisa.

– No, Kim, te lo agradezco – contestó la almirante, sonriendo para hacer más digerible el trago… lo que tenía en mente era algo que quizás no fuera muy del agrado del Alto Mando, y no iba a permitir que Kim se expusiera por culpa de ella. – Esto lo tengo que hacer yo, personalmente.

– Como quieras.

Sin necesidad de decir una sola palabra más, Lisa permitió que Kim volviera a ocuparse de sus deberes y se fue de la Central de Mando, caminando por los corredores hasta llegar a su oficina privada.

Una vez allí, y con la puerta cerrada a sus espaldas, Lisa se detuvo unos instantes para recobrar el aliento y poner en orden sus pensamientos; había sido una mañana cargada de demasiadas emociones, y la cabeza le dio vueltas de sólo pensar que apenas pasaron cinco horas y media desde el momento en que hizo su entrada en la Central de Mando, lista para llevarse el mundo por delante… menos de seis horas, y en esas horas había dado los primeros pasos para una operación militar de gran envergadura que le hubiera llevado días sólo para lograr la aprobación del Alto Mando.

La idea la golpeó en ese momento; realmente estaba por hacerlo, realmente estaba por partir a rescatar a Rick, algo irónico dado que normalmente era él quien venía a rescatarla a ella, a salvarla del peligro… tantas veces él la había protegido y salvado que de sólo pensar que ella estaba por hacer lo mismo… que ella había podido sobreponerse al dolor y a la melancolía para ir a buscar a aquella persona que significaba más que su vida misma, y que todo el mundo estaba dispuesta a ayudarla…

Realmente estaba por hacerlo…

Pero todavía no estaba lista, se obligó a considerar. Esto recién estaba en pañales, y aún faltaban definir muchas cosas, obtener apoyos, naves y tropas y formular un plan de operaciones… ésas serían las cosas que ocuparían la atención de la contralmirante Lisa Hayes durante los próximos días: tendría que ocuparse personalmente de elaborar un plan que permitiera que la Operación Alaska se llevara a cabo con las mayores posibilidades de éxito.

Y ella pondría lo mejor de sí en esa tarea: el fracaso no era una opción aceptable.

Sentándose en su escritorio, Lisa se dispuso a hacer aquello para lo que había venido a su oficina, y encendió la pantalla de comunicaciones de su escritorio. No le tomó mucho tiempo a Lisa, luego de ingresar su contraseña personal, navegar las distintas opciones del sistema hasta poder iniciar la llamada que deseaba hacer, y tras treinta segundos de quedarse viendo cómo la pantalla le devolvía un mensaje de "Llamada en progreso – favor de esperar", alguien finalmente respondió a su llamada.

– Oficina del Alto Comisionado – informó una recepcionista con un tono oficial y demasiado acostumbrado a responder llamadas como aquella, mientras miraba a Lisa con una expresión inescrutable y completamente neutra.

– Habla la almirante Hayes, desde el Satélite Fábrica – se presentó Lisa. – Deseo hablar con el Alto Comisionado.

– Ya la comunico, almirante – respondió la recepcionista, como si la mención de las palabras "Satélite Fábrica" hubiera bastado para ponerla en marcha y dejar de lado cualquier clase de idiotez burocrática…

"Que digan lo que quieran sobre ellos… pero no te tienen esperando con papeleo", pensó Lisa, maravillada de la celeridad con la que habían procesado su pedido.

Lisa sólo tuvo que pasar quince segundos "en espera", viendo un nuevo mensaje de "Favor de esperar" en la pantalla hasta que éste desapareció, siendo reemplazado por la imagen de un enorme despacho oficial con una ventana que daba a Ciudad Monumento, aunque la transmisión se centraba en un escritorio, colocado delante de una pared en la que se destacaban el escudo de armas del Gobierno de la Tierra Unida, la insignia de las Fuerzas de la Tierra Unida… rodeando al emblema dorado y negro de los Ejércitos Zentraedi.

Y sentado detrás del escritorio en su silla, el Alto Comisionado Zentraedi ante el Gobierno de la Tierra Unida, un hombre pequeño, avejentado y de complexión muy oscura, de aspecto frágil y huesudo, miraba fijamente a la almirante Hayes con penetrantes ojos negros, como si la estuviera evaluando con mucho cuidado antes de decidirse a saludarla.

– Almirante Hayes, un gusto como siempre, aunque quisiera verla bajo mejores circunstancias… – dijo el hombrecillo con una pena sentida y genuina. – ¿Qué puedo hacer por usted?

Siendo que el Satélite Fábrica era el único lugar bajo jurisdicción terrestre en donde los Zentraedi podían permanecer en su tamaño natural, era más que comprensible que el máximo representante y encargado de los asuntos Zentraedi se preocupara por mantener un vínculo personal con quien era, para todos los propósitos prácticos, la gobernadora militar del Satélite… un vínculo que además fuera lo más directo posible, sin ninguna clase de intermediarios… y con un canal directo entre la oficina personal del Alto Comisionado y la del comandante del Satélite Fábrica.

– Gracias, Exedore – le respondió Lisa al Alto Comisionado, agradecida aunque muy dispuesta a dejar atrás las cortesías y empezar con los asuntos oficiales. – Necesito que hagas unas gestiones…


– Esta operación… ¿tiene el visto bueno del Gobierno? – se limitó a preguntar cuidadosamente Exedore luego de que Lisa le expusiera sus planes.

– Acabamos de obtenerlo, Exedore.

El hombrecillo permaneció en silencio, pensando cuidadosamente en lo que la almirante Hayes acababa de comunicarle, y Lisa no necesitaba ser una adivina para saber que Exedore estaba analizando de pies a cabeza su plan, valiéndose de cientos de años de experiencia militar en los ejércitos Zentraedi… y cuando los labios del pequeño Zentraedi formaron una mueca de aspecto desagradable, Lisa supo que estaba considerando el pedido que acababa de hacerle.

– Entiendo – dijo Exedore una vez que acabó de pensar. – Verá, almirante, me encantaría poder darle lo que solicita, pero lo que me está pidiendo cae bajo las competencias de Lord Breetai, y yo---

Antes que pudiera seguir, Lisa sonrió su mejor sonrisa diplomática –aquella que en ningún momento le había dedicado a Leonard… y que sólo reservaba para aquellas situaciones que requerían tacto y sutileza en lugar de un acercamiento brutal– e interrumpió al Alto Comisionado, procurando ser lo más educada posible.

– Lo entiendo, y sé que el general Breetai está en una misión de exploración, pero estoy segura que usted sabrá cómo ponerse en contacto con él. Después de todo… se trata de una operación militar autorizada por el Alto Mando de las Fuerzas de la Tierra Unida.

En su enorme oficina, Exedore no pudo sino admirar el manejo tan astuto que acababa de hacer la joven mujer que estaba hablando con él…al referirse a Lord Breetai por el rango militar que le había conferido el Gobierno de la Tierra Unida, y remarcar el hecho de que se trataba de una operación militar autorizada, Lisa Hayes le había recordado al Alto Comisionado que las tropas de Breetai eran técnicamente parte de las fuerzas armadas de la Tierra Unida… quitándole así cualquier posibilidad de evadir el asunto…

Pero más aún; apelando al rango militar terrestre de Breetai, Lisa le había recordado de manera sutil a Exedore que Breetai había hecho un juramento de lealtad a la Tierra… y que la palabra de Lord Breetai, y por extensión la suya propia, estaban en juego, al igual que su honor personal.

Y su honor exigía una única respuesta al pedido que le acababan de formular.

"Muy astuta, almirante Elizabeth Hayes" la felicitó en silencio Exedore, dándole a Lisa el respeto que los Zentraedi sólo concedían a los más brillantes de entre sus adversarios. "Muy astuta en verdad…"

– En ese caso, almirante… veré qué puedo hacer – respondió Exedore, cediendo finalmente al pedido de la almirante Hayes.

La sonrisa con la que Lisa respondió fue genuina y cálida… y eso sólo inquietó más a Exedore.

– Se lo agradezco, Alto Comisionado.


Aunque no llevaba más de diez horas al mando del Alexander, Rick Hunter sentía que había estado allí desde el principio de los tiempos, a tal punto que decir que el día había sido intenso era el equivalente lógico de afirmar que un Zentraedi era tan sólo un poco más alto que una persona normal.

La reunión de aquella mañana con los oficiales superiores de la nave había sido algo por demás interesante... en el sentido de aquella vieja maldición china: "Que vivas tiempos interesantes". Aún teniendo en mente la charla que sostuvo con Vince por la mañana, Rick había tratado de abreviar la reunión lo más posible, para no retener innecesariamente a esos oficiales en discusiones bizantinas. Sin embargo, no podía ignorar que los oficiales lo trataban... con guantes de seda, por así decirlo.

Sin faltar jamás a la cortesía y al protocolo militar, aquellos oficiales se habían tomado la molestia de explicar a Rick las cosas en demasiado detalle, aún las que eran obvias, como si fuera un niño al que había que enseñarle todo. Al principio, Rick lo atribuía a los viejos prejuicios que teñían la relación entre los pilotos de combate y los oficiales de la flota, pero después una posibilidad más tenebrosa entró a ser considerada: tal vez lo consideraban, lisa y llanamente, como un ignorante, y muy probablemente alguno guardara alguna clase de resentimiento por su manejo de la batalla, culpando a Rick de la situación actual.

Si alguno de ellos pensaba eso, Rick no pudo determinar cual; las caras de poker dominaron la reunión.

Rick había tenido bastantes problemas para no demostrar su... falta de familiaridad... con los problemas que podía experimentar una nave de combate. Denle un Veritech dañado y él podía ponerlo en vuelo en menos de tres horas, pero el funcionamiento de una nave de guerra -especialmente una tan monstruosamente grande como el Alexander- todavía lo confundía. Afortunadamente, Sammie lo había ayudado en los momentos difíciles, y por lo menos todavía tenía la presencia de ánimo como para acompañar su grado de comodoro con la personalidad necesaria para hacerse respetar... y hacer saber a aquellos oficiales que él estaba al mando.

Después de la reunión, Rick se ocupó de recorrer la nave e inspeccionar personalmente los distintos departamentos y secciones, además de hablar con la tripulación y ponerse al tanto de las condiciones de la nave. Había sido una experiencia difícil para él, especialmente hablar con los heridos, recorrer las zonas dañadas del Alexander... y entrar a la Enfermería para hablar con la doctora Grant acerca del estado de salud de la tripulación.

Un piloto de combate convive con la muerte, al igual que todo militar que debe participar en una batalla, pero en el aire o en el espacio, la muerte para el piloto llega instantáneamente, como resultado de un error de juicio. No existen segundas oportunidades, pero tampoco existen remordimientos. Era la forma suprema de eliminación: te equivocas... y mueres, y esa era una realidad con la que los pilotos convivían desde que alguien pensó en poner una pistola o una ametralladora en un biplano.

No era el caso en una nave de guerra. Por supuesto, la posibilidad de una destrucción completa siempre existía, y ocurría con mucha frecuencia, pero Rick acababa de darse cuenta de que los "monos de a bordo", aquellos oficiales de flota tan vilipendiados por los pilotos, esos que experimentan el combate desde una confortable sala de control, tenían también su propio infierno. Uno que no estaba hecho de instantaneidad como el de los pilotos, sino de exactamente lo contrario: de permanencia.

Los oficiales de flota veían sus errores en los rostros de los heridos y mutilados, en las cicatrices de sus naves de guerra, en las listas crecientes de bajas. Un piloto pagaba sus propios errores; los de los oficiales de flota eran pagados con creces por muchas otras personas... y por él mismo si sobrevivía.

Era una lección que Rick aprendía a pasos acelerados, y que jamás olvidaría.

Y era por eso que Rick había pasado todo el tiempo que siguió a su junta con los oficiales tratando de encontrar soluciones a los variados problemas que aquejaban al Alexander. No había sido una tarea fácil en lo absoluto; los problemas del enorme portaaviones requerían de soluciones que sencillamente estaban más allá de las posibilidades y medios de que disponía la tripulación.

Pero a veces, en los momentos en los que parece que no hay salida, basta con que se de rienda suelta al ingenio para poder dar con una respuesta a un problema… y tras mucho pensarlo, el comodoro Rick Hunter creyó haber encontrado una manera bastante peculiar e interesante de enfrentarse a uno de los problemas más serios que tenía que enfrentar la nave.

Lo más curioso de todo, razonó Rick, es que era una solución que difícilmente se le hubiera ocurrido a un oficial de flota…

En ese momento, Rick estaba a punto de discutir la solución con la persona que tendría a su cargo el instrumentarla… aunque a juzgar por el rostro de incertidumbre que tenía, Rick dudaba que el comandante James Morehouse supiera exactamente por qué se lo había mandado a llamar.

Después de todo, difícilmente el hombre que tenía a su cargo los escuadrones de cazas del Alexander pudiera imaginarse que lo necesitaran para colaborar con las reparaciones de la nave.

– Comandante Morehouse – inquirió Rick, abriendo la discusión y sacando al comandante del grupo aéreo de sus cavilaciones. – ¿cuántos de sus cazas Veritech están equipados con cañones láser?

Morehouse no tuvo que pensar mucho para responder esa pregunta:

– Todos, señor.

– Excelente – sonrió Rick, notando que en su silla Sammie hacía lo propio. – Porque tengo una tarea en la que sus muchachos pueden ser de utilidad.

– Lo escucho, señor.

– Pienso usar a los pilotos de Veritech para reparar las averías en el casco de la nave, comandante.

No había forma de que James Morehouse disimulara la sorpresa que le provocó la idea de Rick… o la confusión que sentía al tratar de dilucidar qué era lo que quería decir el comodoro con "usar a los pilotos para reparar las averías".

– ¡¿Qué?! – balbuceó incrédulo el piloto de combate.

– Empleando sus cañones de láser, podrán fijar placas metálicas sobre los agujeros dejados por las armas Zentraedi y soldarlas al casco del Alexander – procedió a explicar Rick. – De esa manera, podremos restaurar presión y aire a las secciones que ahora están expuestas al casco, y los técnicos de control de daños podrán reparar esas secciones y hacer más resistentes los "parches".

Quizás Morehouse no tuviera la experiencia de combate y vuelo espacial de Rick, pero él no era alguien ajeno a los peligros del espacio, y ya desde el momento en que el Alexander se ocultó en la atmósfera de Júpiter, se había tomado el trabajo de estar muy al tanto de las condiciones en las que muy probablemente sus pilotos se vieran obligados a volar.

– Señor¿tiene alguna idea de las condiciones atmosféricas de Júpiter? – exclamó Morehouse, un tanto estupefacto por la idea de Rick, a la cual le encontraba docenas de objeciones, todas ellas bastante serias. – Sería muy difícil para un Veritech mantenerse en una posición estable con los vientos que corren allá afuera… mucho menos hacer trabajos. ¡Un descuido y podríamos perder a nuestros pilotos!

– Formaciones triples – respondió Rick en un tono misterioso.

– ¿Qué dijo, señor? – preguntó el comandante, dejando a un lado su inquietud para ocuparse de entender mejor lo que le estaban queriendo decir.

– Enviaremos a los Veritech en grupos de tres, comandante – prosiguió Rick. – Uno de ellos realizará el trabajo de soldadura… y otros dos lo acompañarán para ayudarlo a mantenerse firme en el viento y cumplir labores de rescate.

A pesar de su incomodidad, el comandante Morehouse tenía que admitir que la idea era bastante sensata… manteniéndose a la par, y con todas sus turbinas al máximo para permanecer juntos en el mismo sitio, tres cazas Veritech podrían incluso resistir los vientos infernales de Júpiter, y quizás podrían hacer el trabajo que se les estaba pidiendo, pero no había forma de ignorar que, sensata o no, seguía siendo una idea que entrañaba demasiados riesgos para los pilotos que de él dependían.

Si Hunter estaba dispuesto a seguir adelante con esa idea, al menos tendría que estar muy al tanto de los problemas que podría enfrentar, y Morehouse no estaría cumpliendo con su deber de velar por sus pilotos de combate si no se aseguraba de que Hunter lo entendiera…

– Señor, esa es una solución que funcionaría en teoría, pero---

Muy a su pesar, Rick interrumpió con brusquedad al comandante del grupo aéreo. No podía culpar el interés del comandante Morehouse por la seguridad de sus pilotos, y Dios sabía que, de haberle pedido el capitán Gloval algo similar cuando él comandaba el grupo aéreo del SDF-1, él también hubiera considerado que la idea entrañaba riesgos enormes… pero si había algo de lo que todos tenían que estar completamente conscientes, era que no había forma de minimizar los riesgos a los que se enfrentaban…

– Comandante Morehouse, hay en este momento cinco mil personas a bordo de esta nave que deben hacer lo imposible para continuar con vida, y todos ellos están cumpliendo con su parte.

Morehouse quiso protestar; no iba a permitir que Rick Hunter, por más héroe de guerra que fuera, pusiera en duda la voluntad de sus pilotos de combate de hacer lo que fuera necesario por el Alexander y su tripulación, especialmente después del exagerado precio en sangre que habían pagado los escuadrones de combate durante la batalla… pero antes de siquiera poder abrir la boca, Rick lo interrumpió, aunque en su favor había que decir que su tono era más comprensivo.

Era de esperarse; Hunter había sido en una época un comandante de grupo aéreo, al igual que lo era él ahora… debía imaginarse lo que estaba cruzando por su cabeza en ese momento…

– Entiendo que usted esté preocupado por la seguridad de sus pilotos, y créame que yo también lo estaría, pero en esta situación tenemos que aportar todos al esfuerzo común… y nadie dijo que iba a estar exento de riesgos.

– Señor, los riesgos son demasiado grandes – insistió Morehouse.

Una peligrosa expresión asomó en el rostro del comodoro Rick Hunter… una expresión que ni siquiera llegaba a demostrar la irritación que sentía Rick al escuchar a un camarada piloto de Veritech diciendo que "los riesgos eran demasiado grandes"… como si él mismo no hubiera pensado una y mil veces en la seguridad de los hombres y mujeres a los que le pediría aquella tarea tan compleja y peligrosa.

Como si él se hubiera olvidado de lo peligroso que es treparse a la cabina de un Veritech y salir a hacer su trabajo… como si él ya no fuera un piloto.

– Comandante, perdimos ochenta personas ayer por un incidente eléctrico que se salió de control… los riesgos son demasiado grandes para todos – replicó Rick con frialdad que contrastaba con el brillo iracundo en sus ojos. – Pero lo que no voy a aceptar, comandante Morehouse, es que usted me diga que el cuerpo de pilotos de Veritech no está dispuesto a colaborar con las reparaciones de la nave, teniendo la posibilidad de hacerlo y aún cuando hacemos lo posible por minimizar los riesgos.

Si el comandante Morehouse creía que no podía escuchar algo más duro, bastó que se encontrara con la mirada inflexible de Rick Hunter para saber que lo peor todavía estaba por venir.

– No pienso aceptar que un piloto Veritech me lance una excusa así, comandante – disparó Rick con tanta dureza que Sammie se estremeció, a pesar de que ella sólo estaba de testigo en aquella reunión.

Por un segundo, pareció que Morehouse iba a ponerse de pie e iría directamente a los puños; tal era la indignación que destilaba en su expresión y la furia hacia el comodoro que evidenciaba… pero antes de que la tormenta se desatara, el comandante del grupo aéreo se limitó a acomodarse en su asiento, y cuando habló, no lo hizo como si fuera alguien que estaba por golpear a otra persona, sino como un oficial militar que acata una orden aún sabiendo que no estaba muy de acuerdo con ella.

– Está bien, señor.

Dicho esto, y sin que se lo indicaran, el comandante Morehouse se puso de pie para dejar la oficina de Rick, procurando guardar el mínimo aceptable de cortesía y respeto militar, pero antes de siquiera poder llegar a la puerta, la voz del comodoro Hunter lo detuvo en seco.

– James…

– ¿Sí, señor? – preguntó el piloto, volviéndose para enfrentar al comandante accidental del Alexander.

– Diles que es una asignación estrictamente voluntaria – sugirió Rick.

– ¿Cree que alguno quiera hacerlo?

– Le darán una sorpresa, comandante Morehouse – le aseguró Rick, extendiendo la mano para que el comandante del grupo aéreo la estrechara.

Habiendo hecho las paces, Morehouse hizo un saludo militar y se retiró de la oficina de Rick, dejando al comodoro sólo con su jefa de Estado Mayor… que había quedado bastante sorprendida por lo que allí había pasado.

– Sin palabras – balbuceó Sammie, que no podía creer lo que acababa de presenciar. – ¿Cómo hiciste---?

– Sammie – explicó el comodoro Hunter con el tono didáctico de alguien que supo perfectamente lo que hacía. – Si hay una cosa en el mundo que un piloto de combate resienta más que el desprecio de un oficial de flota… es el desprecio de otro piloto de combate.

– Ya no los hacen como antes… – respondió Sammie con una sonrisa que a Rick le pareció ligeramente burlona…

– Eso es injusto y lo sabes, Sammie – la reprendió Rick con un poco de dureza, sobresaltando a la comandante Porter. – Morehouse es un buen comandante de grupo, y es natural que se preocupe por sus muchachos… y antes de que digas que está exagerando, te recuerdo que de cada cuatro pilotos bajo sus órdenes, uno está muerto y otro está herido, así que espero que hayas entendido bien lo que trataba de hacer.

– Lo entiendo, señor – reconoció Sammie tras un silencio incómodo y tenso.

– Bueno… vamos, Sammie – dijo Rick sonriendo, cansado ya de discutir y pelear contra los elementos y contra las dudas y temores de la tripulación. – Tenemos bastante en qué pensar en este momento.


Apenas algunas horas pasaron desde que el general Maistroff diera el visto bueno para la Operación Alaska, y esas horas habían sido aprovechadas hasta el último segundo.

La Sala de Situación del Satélite Fábrica bullía con una actividad que no se había visto en mucho tiempo. Las múltiples pantallas del lugar daban cuenta de datos tácticos y reportes de actividad según iban llegando, mientras el personal se movía de un lado a otro llevando información y actualizaciones a las personas que tomaban las decisiones, que discutían animadamente entre ellos, proponiendo alternativas y movimientos y enfrentándose al instante con otros que no eran de su misma opinión.

En una mesa central, que servía como epicentro de todo aquel maremagnum de actividad, un grupo de oficiales repasaba y modificaba sus planes, estudiando cuidadosamente la información de la que disponían. El ambiente era tenso, pero se respiraba un aire de determinación y energía que contrastaba notoriamente con el clima depresivo que había vivido el Satélite en los días anteriores.

Sentada en uno de los extremos de la mesa, Lisa se permitió apartar su atención un segundo para observar con atención e inocultable exultación el espectáculo de movimiento y actividad que dominaba la Sala de Situación, y luego de recuperarse del sobrecogimiento que la invadió de sólo pensar que todo esto estaba finalmente en marcha, su vista regresó a la mesa, donde sus oficiales ayudantes, junto a otros, estaban dando los toques al plan para la Operación Alaska.

Justo en ese momento el teniente Saunders, su oficial de radar, venía a paso veloz con una carpeta bajo el brazo, y en cuanto pudo detenerse, la almirante le indicó que le mostrara lo que había traído.

– Son las últimas fotografías de nuestro puesto de observación en Deimos, almirante Hayes… – explicó Saunders, desplegando frente a la almirante una serie de fotografías de alta resolución de Júpiter en las que podía apreciarse de cerca la monumental imagen del más grande de los planetas… sobre la que se recortaban nueve puntos de color vagamente verdoso y de formas demasiado familiares…

Desde hacía un par de años, las Fuerzas de la Tierra Unida mantenían un modesto puesto de observación en Deimos, el más pequeño de los dos satélites de Marte, que cumplía tanto tareas de alerta temprana para la defensa de las colonias terrestres en el Planeta Rojo como observaciones regulares de los planetas del sistema solar exterior, que iban en beneficio de las agencias de investigación científica… y de Inteligencia Militar, que a cambio del acceso prioritario que tenía a la información obtenida por ese puesto de observación, había colocado tanto equipamiento electrónico en la pequeña roca de 15 kilómetros de diámetro que era Deimos que algunos bromeaban diciendo que habían duplicado el peso del satélite.

– ¿De cuándo son? – preguntó Lisa mientras iba pasando una a una las fotos.

– Son de antes de ayer, almirante – respondió algo apesadumbrado el teniente Saunders, como si temiera alguna clase de reacción explosiva de parte de Lisa.

– ¿No tiene nada más nuevo? – se limitó a preguntar Lisa, hablando en un tono de calma que trajo tranquilidad a un joven teniente que esperaba que su cabeza fuera arrancada a mordidas.

– Lo siento, señora, pero los muchachos de Inteligencia Militar indicaron que por cuestiones de mecánica orbital y de posición relativa, ésas serán las últimas fotos de Júpiter que podrán tomar desde Deimos por unos meses… aunque me indicaron que están evaluando la posibilidad de realizar misiones de reconocimiento desde nuestras bases marcianas.

– Muy bien, Dave – sonrió Lisa. – Muchas gracias por estas fotografías… nos serán muy útiles. Si puedes averiguar algo más---

– No se preocupe, almirante Hayes – contestó el teniente. – Todavía me quedan muchos oficiales de Inteligencia Militar para molestar.

Mientras Lisa se permitía una sonrisa ante el desparpajo de su oficial de radares y se sumergía en el estudio de aquellas fotografías, en otro rincón de la sala Kim, fiel a su personalidad, se hallaba discutiendo enérgicamente algunos detalles del plan con otro de los oficiales cuando un sargento jefe consiguió abrirse paso a través de la horda de oficiales que inundaba el lugar y llamó su atención.

– Disculpe, comandante Young – el sargento entregó a Kim un despacho en la mano. – Recibimos esta transmisión hace unos segundos.

– Muchas gracias, jefe – respondió Kim tomando el despacho, y después de estudiarlo unos segundos, lo apoyó sobre la mesa y aclaró su voz para lograr la atención de los presentes, Lisa incluida.

– Recibimos una confirmación del Trenchant; llegará mañana a las 0300 horas. Creo que podemos actualizar el listado de naves disponibles.

Lisa sonrió; las buenas noticias continuaban llegando.

– ¿Cuántas tenemos hasta ahora, Kim? – preguntó dirigiendo la vista hacia su ayudante.

– Incluyendo al Trenchant... tenemos hasta ahora confirmación por parte de tres cruceros, siete destructores y cuatro fragatas – informó Kim, y casi al mismo tiempo y sin necesidad de recibir indicaciones al respecto, uno de los cabos que manejaban las pantallas de información incorporó los datos para reflejar los cambios.

– Bastante bien hasta ahora. ¿Alguna respuesta de las otras naves, Annette?

La teniente O'Doyle, su oficial de comunicaciones, revisó los datos que tenía antes de responder a la consulta de la almirante:

– Nada aún, almirante, excepto las respuestas del Cannae y de la Boggart que llegaron hace media hora.

– Muy bien, sigue a la espera.

Como parte de los preparativos de la Operación, se habían enviado transmisiones a todas las naves que se hallaban en patrullaje dentro de un radio que les permitiera llegar al Satélite antes de las 1200 horas del día siguiente, y hasta el momento, muchas de esas naves habían respondido favorablemente, pero otras, como las que había nombrado O'Doyle, respondieron al pedido con mensajes en los que daban cuenta de problemas que le impedirían acudir a "la cita", término con el que algunos de los oficiales presentes se referían a la activación de la Operación Alaska.

– Capitana Montalbán, – preguntó Lisa dirigiéndose a la jefa de los equipos de ingenieros y mantenimiento del Satélite – ¿cuál es el estado actual de las naves atracadas en el Satélite?

La capitana Luciana Montalbán, una mujer de baja estatura y apariencia de contadora, había pasado toda la mañana ocupándose de evaluar estado de todas las naves que se hallaban en el Satélite, sea para mantenimiento como para reparaciones, y comenzó a informar de los resultados.

– Almirante, actualmente tenemos veintidós naves atracadas, en distintos estados de mantenimiento y reparación. De acuerdo a lo que me informa mi personal, para la Hora H podremos tener en condiciones operativas a seis de ellas… dos destructores y cuatro fragatas.

– ¿Es posible asignar más personal y recursos para acelerar la reparación de otras naves? – inquirió Lisa.

Montalbán revisó los informes que tenía, mientras su mente hacía los cálculos necesarios para proporcionar la respuesta a la pregunta de Lisa.

– Sí, señora, haciendo eso podríamos tener listos al Austerlitz, al Nieuwpoort y a la Satyr, pero para eso tendríamos que suspender provisionalmente las reparaciones en las naves más necesitadas, retrasando todo el cronograma de trabajos.

Lisa sonrió por dentro ante el dato: las naves que Montalbán había nombrado pertenecían al grupo de Rick, y no le cabía la menor duda de que sus capitanes ciertamente acogerían bien la posibilidad de una revancha contra los Zentraedi.

– Creo que por el momento podemos hacer eso, capitana. Dé las órdenes necesarias para acelerar los trabajos en esas naves... y si los comandantes de las otras naves se quejan, dígales que tendrán prioridad de reparación una vez que hayan concluido los trabajos. Si es necesario… retire personal de la construcción del SDF-3 – ordenó Lisa.

– Entendido, almirante – Montalbán parecía sobresaltada… no quería imaginar la reacción del general Maistroff si había algún retraso en la construcción del SDF-3.

– Muy bien, siguiente problema – preguntó Lisa a sus oficiales.

Kim levantó la mano.

– ¿Sí, comandante? – indicó Lisa.

– Las naves que mencionó la capitana Montalbán han sufrido muchas bajas en su tripulación, y no tenemos personal suficiente como para cubrirlas. Tal vez podamos tenerlas en condición de combate, pero no podemos enviarlas sin la tripulación necesaria.

– Creo que eso se puede resolver – contestó Lisa. – Hablé con el comandante Markovic y los capitanes de las otras naves del Grupo 6, y están dispuestos a hacer transferencias provisionales para cubrir las bajas que pudieran presentarse. Kim, cuando terminemos la reunión quiero que hables con los comandantes del Austerlitz, Nieuwpoort y Satyr para que te den las listas de personal requerido. Después ponte a trabajar con los otros capitanes para arreglar las transferencias necesarias.

La satisfacción que sintió Kim de ver que su amiga no sólo se ocupaba de organizar todo este esfuerzo, sino que se encargaba personalmente de resolver los problemas que se presentaban, logró arrancarle una sonrisa de genuina alegría.

– Por supuesto, almirante.

– Muy bien – asintió Lisa, dispuesta a cambiar de tema. – Acerca de los Veritech...

– Sí, almirante – comenzó a explicar un teniente comandante que portaba uniforme del cuerpo de pilotos. – Los técnicos están trabajando para poner a punto a todos los cazas que se puedan, y recibimos una transmisión desde la Tierra informando que enviarán algunos escuadrones a cubrir las pérdidas sufridas durante el combate.

– Perfecto. Ahora queda resolver la cuestión de quién comandará los escuadrones de Veritech en esta operación...

– Bueno… – prosiguió el piloto, ya un poco confundido. – El mando de las Fuerzas Espaciales aún no ha seleccionado a un comandante, pero según lo que me han comunicado, tendrán una lista de candidatos antes de las 2200 horas. Tienen que comprobar la disponibilidad del personal, entre otras cosas…

Luego de que Lisa agradeciera al piloto su reporte, notó que Kim le estaba haciendo señas de que quería discutir con ella algo más bien confidencial, así que procurando ser lo más discreta posible, la almirante Hayes se puso de pie y caminó hacia donde estaba su ayudante, que la estaba esperando con una expresión de bastante preocupación.

– ¿Qué pasa? – le preguntó Lisa a Kim en cuanto la tuvo cerca.

Kim miró a ambos lados antes de decir una palabra… como si temiera romper con el clima de optimismo que reinaba en la Sala de Situación, y el ver que su ayudante ponía semejante expresión bastó para traer un poco de preocupación a la almirante Hayes.

– No quiero ser pesimista, almirante… pero sabe que aún nos falta algo.

– Kim… – comenzó Lisa, pero su ayudante la interrumpió en seco.

– Almirante, si no conseguimos un portaaviones, no vamos a tener forma de proveer la cobertura de cazas que va a necesitar la flota… y dudo que podamos conseguir uno en dos días.

Lo que decía Kim era, en efecto, el punto flojo de toda la operación; si querían que la flota tuviera éxito en su misión, iban a necesitar enormes cantidades de cazas Veritech para protegerse de los battlepods y cazas enemigos, cantidades que superaban ampliamente las dotaciones de aeronaves de combate que embarcaban las naves ya comprometidas en la operación. La solución a ese problema era evidente: iban a necesitar un portaaviones.

El único problema era que no había ninguno disponible: exceptuando al Alexander y descartando a los cuatro que estaban en construcción, quedaban otros cinco portaaviones espaciales en las Fuerzas de la Tierra Unida. Tres de ellos, el Tokugawa, el Xerxes y el Themistocles, estaban en misiones de exploración y apoyo a la colonización espacial de las que no podrían regresar en meses, mientras que el Hannibal y su grupo de batalla estaba regresando a la Tierra a todo lo que podía… sólo que no llegaría hasta el día 12, mucho después de la fecha límite que Maistroff había fijado a la operación para que estuviera lista.

La única opción remanente era el Marcus Antonius, que estaba atracado en el Satélite Fábrica y recibiendo mantenimiento luego de completar una misión de exploración de seis meses… pero tal y como lo había comprobado personalmente Kim hacía un par de horas, el comandante del grupo de batalla del Marcus Antonius había esgrimido docenas de razones para rehusarse a colaborar en la operación… demostrando tal terquedad que Kim debió desistir antes de ganarse un seguro encarcelamiento por agresión física a un oficial superior.

Y la falta de un portaaviones era un riesgo que pesaba sobre la Operación Alaska como la proverbial espada de Damocles.

– Yo me voy a ocupar de eso, Kim… – le aseguró Lisa, tratando de tranquilizar a su asistente.

En ese momento, un sargento que mantenía guardia afuera de la Sala de Situación entró y requirió la atención de Lisa.

– El comodoro Reiter, almirante – informó el sargento de guardia, haciéndose a un lado para dejar pasar dentro de la Sala de Situación a la figura delgada y ligeramente arrogante del comandante del Grupo de Batalla 3.

Después de mirar a Kim con una expresión que parecía decir "Hablando del Rey de Roma", Lisa caminó hacia la puerta y extendió la mano para saludar al comodoro. Por imperio de los reflejos militares, el comodoro estaba llevando su mano a la sien para hacer la venia, pero al notar cómo se aproximaba la almirante Hayes, pudo acomodarse a último momento y estrechar la mano de Lisa.

– Me alegra verlo por aquí, comodoro – dijo Lisa, tratando de no notar la mirada poco amistosa que Kim le dedicaba al comodoro Reiter.

– Gracias, almirante, es un gusto volver a verla – respondió el comodoro Franz Reiter.

– Por favor, tome asiento – invitó Lisa dejando libre una silla que se hallaba en frente de donde ella se sentaba.

Haciendo caso de la invitación, Reiter se sentó en donde le habían indicado, apoyando algunas carpetas sobre la mesa.

– Supongo que viene a hablar acerca del mensaje que le envié hace media hora, comodoro – lanzó Lisa, abriendo la discusión sin ninguna clase de atenuante o anestesia.

A pesar de saber con certeza que la reunión no sería nada agradable, el comodoro Reiter no pudo evitar sonreír al comprobar la franqueza brutal de Lisa Hayes.

– Usted va al grano, almirante. Es bueno ver que hace honor a su reputación.

Por toda respuesta, Lisa sonrió y se acomodó el cabello para que no le cayera sobre el rostro, mientras clavaba sus ojos en Reiter como si esperara apuñalarlo con la mirada.

– ¿Querría explicarme, comodoro, el porqué de su negativa? – disparó Lisa.

Reiter se acomodó en el asiento, mientras se preparaba para responder a la pregunta.

– Almirante Hayes, como traté de explicarle a su ayudante, – explicó Reiter mirando a Kim de reojo, y recibiendo de parte de la comandante Young una mirada muy poco amistosa – el Marcus Antonius y el resto del grupo han regresado de una misión de exploración de seis meses. Las naves de mi grupo necesitan mantenimiento y reparaciones, además de un completo reaprovisionamiento. Y si hablamos de la tripulación, bueno, creo que usted entenderá que están ahora aprovechando una muy merecida licencia extendida. Sencillamente no existe forma de tener a las naves del Grupo 3 en condiciones de combate en los plazos que indicó.

Lisa juntó las manos, inclinándose hacia delante en una postura bastante intimidante.

– Comodoro, sus naves han regresado hace casi tres semanas, y he estado al tanto de sus ciclos de mantenimiento. Mis ingenieros me aseguran que no existe ningún impedimento serio para que sus naves participen de la operación.

– Pues, con todo respeto, sus ingenieros están un tanto equivocados – contestó Reiter con una suficiencia que a Lisa se le hizo bastante cercana a la arrogancia. – Los protocolos de mantenimiento estipulan que luego de misiones como las que acabamos de realizar, las naves necesitan un mínimo de 30 días de mantenimiento completo antes de retomar operaciones limitadas.

– En tiempos normales, comodoro... y estos no son tiempos normales, como sin duda podrá apreciar – respondió Lisa con frialdad. – Y si el problema está en el mantenimiento, podemos asignar equipos técnicos adicionales para realizar cualquier tipo de reparación que sus capitanes crean convenientes.

– Se lo agradezco, almirante – dijo Reiter con una sinceridad que logró abrirse paso a través de la capa de arrogancia, – pero necesitamos suministros: combustible, municiones, repuestos---

Lisa levantó una mano, interrumpiendo a Reiter casi sin que él se diera cuenta.

– También ha sido arreglado, comodoro. En este momento estamos organizando los suministros para sus naves.

Sin embargo, todavía no podía cantar victoria, ya que el comodoro Reiter no estaba dispuesto a darse por vencido.

– ¿Y qué hay de las tripulaciones de mis naves? No tengo suficiente personal para operar; la mitad de mis hombres y mujeres están de licencia en la Tierra.

Por toda respuesta, Lisa extendió una hoja de papel sobre la mesa, empujándola para que fuera en dirección de Reiter mientras le indicaba al comodoro que la tomara y la leyera.

– ¿Qué es esto? – preguntó Reiter, tomando la hoja en sus manos.

– Léalo, comodoro – ordenó Lisa sin emoción perceptible en la voz.

Mientras iba leyendo cada renglón del memo que Lisa le había dado, el rostro del comodoro Reiter se congeló en una mueca de estupefacción que la almirante Hayes hubiera encontrado graciosa de haber estado en otro contexto.

– ¡No puede estar hablando en serio...!

– Estoy hablando muy en serio, comodoro Reiter. Después de que la comandante Young me hiciera saber su respuesta, me tomé la libertad de hablar con el almirante Gaumont y la general Patel para comunicarle sus... inquietudes – al decir esto, la sonrisa de Lisa era terrible. – Esta fue su respuesta.

– ¡¿Órdenes de partida y cancelación de todas las licencias?!

– Las órdenes ya han sido enviadas a todo el personal. Como de costumbre, si alguno falla en reportarse, asignaremos reemplazos temporarios provenientes de otras naves. Pondré a uno de mis oficiales a hablar con el jefe de personal de su grupo para resolver cualquier problema...

Soltando el papel sobre la mesa y acomodándose en su silla, el comodoro Reiter taladró a Lisa con la mirada, dándole a entender que no pensaba retroceder un paso. El comodoro estaba al tanto de que lo consideraban una persona arrogante e insufrible, pero por sobre todas las cosas él era un profesional militar; como tal no estaba dispuesto a arriesgar a su personal –agotado, extenuado y necesitado de descanso– en una misión como aquella, y se lo haría saber a Lisa Hayes costara lo que costara.

Hasta ahora, había tratado de que entendiera razones, pero aparentemente eso no era posible.

– Lo siento, almirante, pero como comandante del Grupo de Batalla 3, mi opinión y la de mis oficiales es que no podemos cumplir de manera realista con los plazos que usted nos está pidiendo – concluyó Reiter, esperando dar por terminado todo el asunto. – Simplemente no es posible... almirante.

Después de unos segundos en los que apareció en su rostro una expresión de confusión, como si honestamente ella no entendiera de qué estaba hablando Reiter, una sonrisa apareció en los labios de Lisa antes de que pronunciara una respuesta:

– Creo que usted está equivocado, comodoro.

Reiter se sorprendió de la contestación, para luego devanarse los sesos en un intento de entender lo que Hayes le estaba diciendo… especialmente porque no encontraba la parte en la que se había equivocado.

– No me parece, almirante – replicó finalmente Reiter. – Mi personal y yo hemos comprendido los puntos que usted menciona en su pedido, y---

La voz fría y oficial de Lisa, acompañada de una mirada intensa y helada, interrumpió a Reiter en seco.

– Está equivocado, comodoro. Usted está equivocado si cree que le estoy haciendo un pedido, o una solicitud... Le estoy dando una orden directa, comodoro Reiter: el Grupo de Batalla 3 deberá estar listo para partir antes de las 0800 horas del día 9. Todos los inconvenientes serán resueltos en la medida de lo posible. ¿Está claro?

Reiter quedó completamente atónito e incapaz de dar crédito a lo que estaba escuchando… mientras trataba de dilucidar cómo era posible que una persona como Lisa Hayes, siendo tan pequeña como se veía, fuera capaz de infundirle tanto terror con sus palabras y expresión.

– ¿Está claro... comodoro? – volvió a preguntar Lisa, sin dejar dudas respecto de qué respuesta encontraría aceptable.

De boca de uno de sus oficiales, Reiter había escuchado acerca del "intercambio de opiniones" que había tenido lugar aquella mañana entre Lisa Hayes y el general Leonard. Como muchos otros oficiales de las Fuerzas, Reiter no sentía mucho cariño por el corpulento jefe de Estado Mayor, y había recibido la noticia de su humillación pública con alegría, aunque lejos había estado él de saber que esa misma tarde se enfrentaría a aquella misma mujer y a ese temperamento.

"Tan sólo déme una excusa, comodoro Reiter" parecía decir la mirada intensa y furiosa de la almirante Hayes.

El comodoro Franz Reiter evaluó sus posibilidades cuidadosamente. Lisa Hayes había sido capaz de amenazar de muerte al mismísimo general Leonard, aunque aquel desgraciado la había insultado públicamente, mientras que si había algo de lo que él era culpable, era sólo de ser un poco oficioso y terco en la defensa de los intereses de los hombres y mujeres bajo su mando. Ciertamente no era un delito defender a sus subordinados.

Pero después de pensarlo bien, Reiter cayó en la cuenta de que si ella había sido capaz de hacer algo así con Leonard, quien ostentaba tanto un rango como un cargo superiores, entonces la almirante Hayes no tendría ningún problema en acabar con él mismo, quien a fin de cuentas tenía un grado menor. Sólo había una salida para todo esto, además de permitir que Lisa Hayes lo redujera a átomos.

– Perfectamente claro, almirante – gruñó Reiter, cediendo al fin. – Me aseguraré de que mis oficiales y capitanes reciban las órdenes tal cual fueron enviadas.

Lisa se permitió una sonrisa y una postura más relajadas, abandonando aquella postura predadora que mantenía desde el comienzo de la reunión.

– Me alegra que lo haya entendido, comodoro. Por favor, si usted quisiera permanecer en la Sala para discutir conmigo y mis oficiales los particulares del plan... – invitó Lisa con completa cortesía, en total contraste con su postura y expresión anteriores.


– Un saludo muy grande para todos los pilotos… – comenzó a hablar Sammie a través de la red táctica, mientras desde su silla Rick no podía evitar sonreír. – Estamos en otra hermosa tarde aquí en el maravilloso y apacible Júpiter, el Sol brilla a ochocientos millones de kilómetros de distancia y lo veríamos de no ser por las nubes eternas, la temperatura es de 107 grados bajo cero, el viento sopla desde el oeste a 322 kilómetros por hora… es una tarde ideal para hacer reparaciones en el casco exterior de la nave con un caza Veritech ¿qué cuentan, muchachos?

La estática del canal de radio se interrumpió, dejando que se escuchara una voz cansada y bastante molesta:

– Lo mismo que hace diez minutos, comandante… seguimos tratando de soldar esta pieza de metal y evitar que el viento nos arrastre al otro lado del planeta en el intento.

– Anímate, Matt – le dijo Sammie a su interlocutor con voz tierna. – Ya no te debe faltar mucho para terminar.

– No, comandante, no falta mucho – gruñó el teniente Villiers en la cabina de su VF-1J, maldiciendo una y mil veces el haberse ofrecido de voluntario para esta tarea. – Sólo falta soldar uno de los lados de la plancha al agujero en la cubierta 6, y después podremos movernos a ese otro agujero que indicó en la torre de mando.

Su caza Valkyrie podía haber sido diseñado para resistir los rigores más inclementes del espacio, y eso incluía la atmósfera desquiciada de Júpiter, pero no por eso el teniente Matt Villiers iba a encontrar agradable trabajar en medio de lo que definitivamente tenía que ser el peor clima que hubiera encontrado en su vida.

El Veritech del teniente Villiers estaba en ese momento soldando con sus cañones láser una pieza de metal para cubrir uno de los agujeros dejados por los misiles Zentraedi durante la batalla, permitiendo así restaurar la presión atmosférica en el compartimiento expuesto al espacio, de tal manera que los equipos de control de daños a bordo del Alexander pudieran entrar a hacer las reparaciones sin correr el riesgo de ser succionados.

"Vamos, dos metros más…" pensaba el teniente Villiers, alentando a los cañones láser de su VF-1 para que completaran la soldadura de aquel agujero… y de pronto un tremendo destello seguido de un sonido muy similar a una explosión casi logra que pierda el control del caza.

"Otro condenado relámpago…" maldijo Villiers al comprobar que una vez más el pésimo clima joviano le estaba jugando una horrible pasada.

La misión que estaba cumpliendo el comandante accidental del Escuadrón "Tigres Siberianos" era cubrir un agujero bastante brutal dejado por un misil Zentraedi en la cubierta 6, no muy lejos de donde estaba la torre de mando del portaaviones, respaldado por otros dos cazas que cumplían labores de "salvavidas" en caso de que el viento tuviera éxito en arrancar al VF-1 de Villiers y hacerlo perderse en la atmósfera.

Y si bien la tarea encargada estaba marchando más que bien, el clima no ayudaba; en más de una oportunidad, Villiers había tenido la urgencia de chequear que el viento no hubiera arrancado alguno de los miembros de su Battloid, o que alguno de sus sistemas electrónicos no hubiera sido freído por los relámpagos y la electricidad en el ambiente… o que los sistemas de calefacción interna funcionaban, porque no había forma de que la nave pudiera estar tan endemoniadamente fría---

– ¿Lo escuché tiritar, teniente Villiers?

– No, comandante – contestó a través de la red táctica el piloto… y al hacerlo, se pudo escuchar con claridad un rechinar de dientes más que evidente.

– Pobre Matt – dijo Sammie entonces con voz maternal. – En cuanto vuelvas a la nave, te tendré lista una sopita caliente para que te quites el frío.

Una vez que se acallaron las risas de los otros pilotos conectados a la red, el teniente Villiers aprovechó para responder a ese comentario… buscando picar la cresta de la miembro residente del Trío Terrible.

– Espero que esa sopa esté bien caliente, comandante.

Por fortuna, el estado de los transmisores del Alexander impedía que se entablara comunicación visual en la red táctica, porque de lo contrario el teniente Villiers se hubiera sonrojado de ver la manera en que Sammie le guiñaba el ojo.

– Prometo no decepcionarte, Matt.

– Eso espero, Sammie – rió Villiers desde su lado de la red. – Me comunicaré de vuelta en diez minutos para informar del estado… cambio y fuera.

Con la red táctica cerrada, a Sammie no le quedó otra cosa más que girar sobre su asiento, encontrándose en medio de una de sus vueltas con la mirada juzgadora del comodoro Rick Hunter, que la estaba fulminando desde la silla del capitán.

– Si ya terminó de burlarse del teniente Villiers, comandante, – la retó Rick desde su silla – ¿podría decirme el estado de las reparaciones del casco exterior?

Aquellas palabras obraron en Sammie como un milagro, ya que al instante desapareció la personalidad bromista y juguetona, siendo reemplazada por la profesional consumada que ella era en el fondo.

– Hasta el momento hemos cubierto un 8 por ciento de los agujeros en el casco, señor – informó entonces la comandante Porter. – Si todo sale según lo planeado, podremos tener todos los agujeros recubiertos en dos días más.

Ocho por ciento, se obligó a recordar Rick, era un muy buen trabajo dadas las condiciones de la nave y los peligros a los que estaban sometidos los equipos de trabajo; él era un piloto profesional y veterano, y sin embargo, lo invadían los escalofríos de pensar lo que sería intentar reparar el casco de la nave en medio de una tormenta eterna como aquella, con vientos tan intensos que hacían parecer a un huracán terrestre como si fuera una brisa matutina.

Y quizás mejor que el porcentaje de reparaciones era que hasta el momento no habían tenido que lamentar ni un solo piloto perdido en la tarea… si el viento llegaba a arrastrar a uno de esos Veritech, las probabilidades de que pudiera regresar a la nave eran… pocas, aún con los dos cazas Veritech que cada "soldador" llevaba como repuesto y ayuda para el rescate.

Al menos, eso era lo que andaba funcionando bien aquella tarde, y siempre era algo positivo que la tripulación fuera capaz de bromear sobre su situación.

Pero cerciorarse del estado de las reparaciones era sólo una parte de las tareas que tenía que hacer Rick mientras se hallaba sentado en el "asiento del capitán", colocado en el centro del puente que la tripulación había improvisado en el Primario de Control de Daños. Los oficiales y tripulantes que atendían las estaciones de trabajo y las consolas del puente lo hacían manteniendo su profesionalismo, aunque la tensión permanecía en el aire, y muchos de ellos, aún sin demostrarlo, todavía estaban inquietos al hallarse bajo las órdenes de alguien sin experiencia en naves de combate, por más veterano de guerra que fuera.

La situación no había cambiado: el Alexander reparaba sus daños con los escasos e insuficientes recursos a su disposición, cuidando de no ser vistos ni detectados por los Zentraedi, que continuaban allá afuera, escrutando la atmósfera en busca de la nave dañada con sus sensores degradados por falta de mantenimiento y protocultura. Luego de cuatro días, el impasse continuaba sin salida aparente, y ninguno de los contendientes parecía capaz de romperlo.

De pronto, una de las puertas de acceso al puente se abrió, dejando pasar a un par de tripulantes cubiertos de moretones y cortaduras que venían custodiados por tres corpulentos e impasibles oficiales del destacamento de seguridad de la nave, y al verlos Rick sintió que cualquier alegría que pudiera haber llegado a sentir se desvanecía a la vista de lo que prometía ser una nueva pequeña crisis en la nave.

Tras caminar hasta el centro del puente, ignorando las miradas curiosas de los oficiales, el segundo teniente que lideraba el destacamento adoptó la plena posición militar frente a Rick.

– ¿Puedo ayudarlo, teniente? – le preguntó Rick, mirando de reojo a los dos tripulantes que venían a la zaga del teniente.

– Estos dos... tripulantes – dijo el oficial de seguridad entre dientes – fueron arrestados tras protagonizar una pelea mientras estaban de servicio en el hangar principal, señor. Han sido traídos aquí para que sean sancionados.

"¿Una pelea?" pareció gritar la mirada que Rick dirigió a los dos tripulantes. "¿Acaso están locos?"

– ¿Quienes son estos hombres? – preguntó entonces el comodoro Hunter, buscando interiorizarse de los particulares del caso.

La respuesta vino de parte del oficial de seguridad, sin que los tripulantes pudieran siquiera atinar a abrir la boca.

– Tripulante de primera clase Timothy Fields, y tripulante de segunda clase Sven Larsen, señor, asignados al personal de mantenimiento del hangar principal.

– Muy bien ¿qué ocurrió aquí?

El oficial de seguridad continuó la explicación:

– Aparentemente, según lo que explicaron, el tripulante Fields se burló del tripulante Larsen por extrañar a su novia allá en la Tierra, y Larsen reaccionó golpeándolo.

Rick recorrió con la vista a los dos tripulantes arrestados, notando con compasión que eran tan jóvenes... en cierta manera aquellos dos camorristas le recordaban a él mismo, o a Max, cuando entraron al servicio hacía ya ocho años. ¿Qué hacer ahora con ellos?

Podía entender que aquellos dos jóvenes estuvieran aterrados por la situación y temerosos de no poder volver con sus seres queridos, eso era algo que él comprendía perfectamente, pero lo que habían hecho era grave; no podía dejar pasar una ruptura de la disciplina tan seria y peligrosa como aquella… y sin embargo, tampoco podía darse el lujo de encerrar a tripulantes de la nave en momentos en que necesitaba hasta el último hombre capaz de trabajar.

Después de unos segundos de cavilaciones, Rick llegó a una decisión.

– Tripulante Fields, tripulante Larsen, se les impondrán cuatro horas de servicio extra durante los próximos diez días, y en sus tiempos libres permanecerán confinados en sus camarotes hasta retornar a la Tierra, luego de lo cual cumplirán con diez días de arresto. Infórmelo al oficial superior de estos hombres, teniente.

Antes de que Rick pudiera decir algo que le hiciera entender a Fields y Larsen que debían considerarse extremadamente afortunados de que no pudiera prescindir de sus servicios, porque de lo contrario estarían en el calabozo, Vince intervino inesperadamente en la cuestión.

– Señor, la pena por estas acciones es de quince días en el calabozo.

– Lo sé, teniente, pero dadas las circunstancias en las que nos hallamos no creo conveniente una aplicación literal de la pena.

Vince no parecía dispuesto a ceder, y continuó insistiendo:

– No debe subestimar la gravedad de este incidente.

– No lo estoy haciendo, teniente Grant – la voz de Rick se endureció a cada segundo, esperando que eso le hiciera notar a Vince que lo último que necesitaba en ese momento era un conflicto abierto con su primer oficial. – Le estoy dando la seriedad que merece.

– Señor, no me parece que lo que está proponiendo sea un castigo adecuado.

Se hizo el silencio en el puente auxiliar del Alexander.

El sobresalto que sintió Rick al escuchar aquella frase pronto se transformó en una mueca de desaprobación bastante explícita… que apenas llegaba a dar una idea de la molestia que sentía Rick en ese momento. Existían formas y formas de expresar desacuerdo, algunas eran aceptables en el servicio militar y otras no, y la forma en que Vince expresó su "sugerencia" era una manera bastante directa de desautorizar a Rick y minar su autoridad sobre la tripulación.

– Teniente Grant, si tiene alguna sugerencia, le recomiendo expresarla en una forma más apropiada – la frialdad con la que pronunció estas palabras sorprendió a Vince... casi tanto como al propio Rick, quien no se reconoció al decirlas.

Repentinamente dejados de lado, el oficial de seguridad y los dos tripulantes que venían bajo arresto, miraron al capitán y al primer oficial con una expresión de completa confusión, inseguros acerca del inesperado conflicto que estaba estallando entre ambos oficiales.

– Escolte a estos hombres de regreso a sus puestos, teniente – indicó Rick al oficial de seguridad, y una vez que se fue con los acusados en custodia, Rick volvió la vista a Vince, quien lo miraba con expresión dura en los ojos.

– Acompáñeme a mi oficina, teniente Grant. Señor Bromco, – dijo al oficial de comunicaciones – usted tiene el mando.

– Sí, señor – respondió Bromco haciéndose cargo rápidamente del puente.

Los dos oficiales caminaron en silencio y con paso veloz hacia la oficina de Rick, atrayendo a su paso la atención cautelosa de los tripulantes que se iban cruzando con ellos, sorprendidos de ver a las dos personas que habían quedado a cargo de la nave caminando con tal decisión, y rogando en silencio que no fuera el preludio de una nueva crisis...

Al llegar a la oficina de Rick, los dos entraron, y ni bien cerró la puerta, ya incapaz de contener su ira, Rick estalló:

– ¡¿Qué diablos fue eso, teniente Grant?!

La expresión pétrea y tensa que Vince había mantenido durante todo el incidente no cambió en lo más mínimo, excepto cuando comenzó a responder la pregunta de Rick:

– Cumplía con mi deber, señor. Le indiqué que según mi criterio la decisión que estaba tomando no era la correcta.

– Lo que hizo, teniente Grant, fue subvertir mi autoridad en un momento en el que no puedo permitir que pase tal cosa – exclamó Rick, acercándose peligrosamente al primer oficial sin que le importara que Vince fuera bastante más alto y corpulento que él. – ¡Necesito que mi primer oficial me respalde, y no que me clave una puñalada en frente de la tripulación!

– Señor, las regulaciones son claras al respecto: la pena por peleas en turnos de servicio consiste en quince días de arresto completo. ¡Usted los dejó salir con una cachetada! – disparó Vince, ya casi sin contenerse.

– ¡Por Dios, Vince, mira esta nave! – gritó Rick levantando los brazos al aire, tratando de hacerle entender su punto al teniente Grant. – No podemos darnos el lujo de tener a dos hombres encerrados, y a otros custodiándolos, cuando necesitamos hasta la última persona que hay a bordo para reparar esta nave.

– ¡Lo que no podemos darnos el lujo, señor, – el honorífico había salido de los labios de Vince con un tono sarcástico – es de permitir que personas que perdieron el control de sí mismas continúen como si nada hubiera ocurrido¿Qué mensaje quiere darle a los hombres, comodoro Hunter, que pueden pelear entre sí y nada les ocurrirá¡Toda la disciplina se irá al infierno!

– ¡Diablos, Vince, claro que no! – replicó Rick, imitando en dureza a Vince. – ¡No puedo enviar al calabozo a cada persona que pierde los nervios en una locura como ésta¡Además, cumplirán todo su castigo cuando hayamos regresado a la Tierra!

Ante la sola mención de la Tierra, Vince no pudo reprimir un bufido de ironía, y desvió la mirada para que el comodoro Hunter no la pudiera ver, pero desafortunadamente para él, Rick Hunter había comprendido demasiado bien su expresión, y el tono de voz en el que dijo las siguientes palabras podría haber congelado un incendio.

– Teniente Grant... no quisiera pensar que usted tiene alguna duda de que saldremos de esta situación.

– ¿Señor? – preguntó Vince, tratando de ignorar el comentario de Rick.

– No me evadas, Vince... ¿piensas que no podremos salir de ésta? – insistió Rick.

El porte duro de Vince cedió, y asomó en su rostro una dolorosa expresión de resignación y desesperanza.

– Tenemos que ser realistas, Rick, – dijo entonces Vince, llamando a su amigo por su nombre por primera vez desde que había tomado el mando de la nave – no hay forma de que podamos evadir a todas esas naves, en las condiciones en las que estamos, y sin posibilidades de recibir ayuda desde la Tierra. Intentar escapar sería un suicidio.

La sorpresa de Rick ante las palabras de Vince no podía ser más clara. No había pensado hasta qué punto llegaba el derrotismo entre la tripulación, y comprendió en aquel momento que tenían que hacer algo para escapar, o la alternativa sería enloquecer y morir lentamente allí… y si su primer oficial se estaba rindiendo, no quería siquiera pensar en el ánimo del resto de la tripulación.

Ya no podía esperar más; era hora de pensar en salir de esa situación y pelear para regresar a la Tierra.

– No puedes pensar eso. ¿Qué sería de Bowie, Vince? No puedes rendirte de esta manera. No sin luchar.

Vince no respondía.

– Aclaremos los tantos, teniente – prosiguió Rick con un tono más oficial y peligroso. – Usted piensa que no estoy capacitado para mandar una nave como ésta ¿no es cierto?

– Señor...

– ¡Conteste la pregunta, teniente! – ordenó Rick, sobresaltando al teniente Grant.

– Creo... que no tiene la experiencia... que requiere un puesto como éste, señor – gruñó Vince, repentinamente puesto contra las cuerdas.

Rick se quedó cruzado de brazos, enfocando su mirada en el atribulado oficial.

– Tiene toda la razón, teniente Grant – dijo Rick entonces con toda naturalidad.

– Pero, señor... – balbuceó Vince una vez que superó el shock inicial.

– He dicho que tiene toda la razón, teniente Grant. No tengo ni la preparación ni la experiencia para mandar al Alexander. No sé absolutamente nada de sistemas de naves estelares. Mi única experiencia es en la cabina de un Veritech, no en un puente de mando.

Vince no respondió… había esperado una verdadera batalla de discusiones en cuanto entró a la oficina de Rick, pero lo que ciertamente no había visto venir de parte de su amigo era una admisión tan abierta de algo tan delicado y serio como su falta de experiencia.

– Es por eso, Vince, que necesito que me ayudes – pidió entonces Rick, dejando atrás su postura de comandante inflexible y apelando a la honorabilidad y profesionalismo del teniente Grant. – Necesito un primer oficial que sea de esta tripulación y que pueda ayudarme a manejar la nave. Lo necesita toda la tripulación, Vince... Todos tenemos que trabajar juntos para salir de esto. Asumí el mando de la nave porque creo que es mi responsabilidad como oficial de mayor grado, y por mi experiencia de combate... aunque sólo fuera como piloto de Veritech. Tenemos que trabajar todos unidos, o jamás podremos volver a la Tierra.

Vince asintió lentamente, y si bien seguía sin gustarle la situación en la que estaba metido, no había forma de negar la lógica de lo que Rick le estaba diciendo.

– Lo que más necesito, Vince, es que mi primer oficial me ayude... y que no crea que estamos derrotados o condenados – prosiguió Rick, sin darle tiempo a Vince de decir nada. – Si existe alguna esperanza para salir de esto, tenemos que trabajar unidos. Eso significa que yo voy a depender de tus conocimientos y experiencia en esta nave... y que tú no vas a minar mi autoridad con episodios como el de hace unos minutos. No podemos permitir que la tripulación vea que existen problemas entre sus oficiales superiores. Si no logramos mantenernos unidos, teniente Grant, entonces sí que estaremos condenados. ¿Está perfectamente claro, teniente?

– Sí, señor – aceptó Vince, con el rostro rígido.

Rick se permitió sonreír, extendiendo luego la mano para que Vince la estrechara, y en cuanto ambos lo hicieron, un acuerdo silencioso se celebró entre los dos, comprometiéndose a trabajar juntos para salir de allí, y llevar a los sobrevivientes del Alexander de regreso a su hogar.

– Espero que haya quedado claro, teniente Grant – sonrió Rick, ya más relajado y tranquilo. – Ahora, quería comentarle algunas ideas en las que estoy trabajando.

– ¿Puedo preguntar de qué se trata, señor? – inquirió Vince, con su curiosidad repentinamente picada.

– Sólo si promete no revelarlo a los oficiales hasta que yo se lo indique¿entendió, teniente?

– Perfectamente, señor.

– Muy bien, Vince – Rick abrió una carpeta con algunos diagramas hechos a mano, y otros trabajados en una de las computadoras… diagramas cuyo contenido dejó al teniente Grant atónito por la sorpresa, aunque en el fondo de su ser, Vince empezó a pensar que tal vez valía la pena conservar las esperanzas…

– Verás… – prosiguió Rick – ahora vamos a trabajar en la forma de volver a la Tierra...


Pocas cosas son más molestas para quienes sienten que tienen mucho por hacer que perder tiempo en esperar algo que tarda en llegar. Así como el tiempo pasa volando cuando uno se divierte, una espera estira el tiempo hasta hacerlo insufriblemente largo, y si hay algo que hace aún peor a la espera, es cuando ésta no es voluntaria, sino impuesta desde arriba... y sin explicación alguna.

Einstein debería haber estudiado esto cuando pensó en la Teoría de la Relatividad.

Sólo los años de disciplina y autocontrol de Lisa le impedían caminar de un lado al otro de la sala de preembarque junto a una de las bahías de aterrizaje del Satélite. Era por sobre todo una cuestión de imagen; se suponía que los almirantes no debían estar exhibiendo impaciencia ante la gente bajo sus órdenes... aún cuando esta almirante en particular sentía un deseo irrefrenable de trepar por las paredes con cada segundo que pasaba.

Ya llevaba más de cuarenta minutos en aquella sala esperando la llegada de un transbordador procedente de la Tierra… un transbordador del que no sabía a quién transportaba o qué cargaba; de hecho, no sabía nada más que lo que el almirante Gaumont se había dignado informarle en pocas y escuetas líneas.

"Llegará un vuelo especial desde la Base Fokker a las 1900 horas. Debe recibirlo en persona. Gaumont fuera."

Pues bien, eran las 1940 y no había señal alguna del bendito transbordador, y en un arrebato de impaciencia, la almirante Hayes deseó que la demora se debiera a un ataque enemigo, porque de lo contrario…

Por su parte, Kim todavía tenía problemas para asimilar los eventos del día, desde el momento en que Lisa había hecho su entrada en la Central de Comando dispuesta a llevarse al mundo por delante. A partir de ese momento, todo había cambiado literalmente de la noche a la mañana; ayer el lugar parecía una tumba y Lisa se hundía en la depresión mientras que ahora el Satélite zumbaba con el movimiento enérgico de su personal y Lisa se había convertido en una fuerza de la naturaleza frente a la cual sólo cabía huir o rezar.

Lo único que le falta era encontrar alguna forma de contener toda esa energía, pensaba Kim sin esconder una sonrisa traviesa al notar los esfuerzos sobrehumanos que hacía Lisa para no desgastar el suelo con su impaciente caminata de un lado a otro.

"Si sigue así, va a dejar un agujero en la cubierta…"

– Kim, llama a la Central y consulta si hay novedades sobre el transbordador – dijo Lisa, sacando a Kim de sus chistes internos y trayéndola de regreso a la realidad de impaciencia de la almirante Hayes.

– ¿Otra vez, Lisa? – respondió Kim con algo de incredulidad.

– Sí, otra vez – insistió Lisa. – Otra vez más hasta que aparezca.

Suspirando de resignación, Kim tomó por cuarta vez en los últimos cuarenta minutos el auricular del teléfono, marcando el número interno para contactar a la Central de Mando.

– Central de Comando – respondió la operadora.

– Habla la comandante Young. ¿Hay alguna nov---? – comenzó Kim, pero no contaba con que la operadora ya estaba habituada a las llamadas que venía haciendo la comandante Young cada diez minutos.

– Recibimos una señal del transbordador, comandante – se apresuró a informar la operadora. – Aterrizará en la Bahía 3 en cinco minutos.

– Gracias, Central y... perdón por la insistencia.

– No hay de qué, comandante – respondió la operadora cortando la señal.

Antes de que Kim pudiera siquiera voltear, Lisa ya estaba a su lado, mirándola con impaciencia y sin poder esperar un segundo más para que Kim le informara… y como debía ser, Kim saboreó la impaciencia de Lisa, permaneciendo sin decir nada por unos segundos y dándole así la oportunidad a Lisa de ventilar algo de su impaciencia antes de que explotara.

– ¿Y bien, Kim, me vas a tener esperando todo el día? – finalmente lanzó Lisa en un arrebato de impaciencia.

– Las cosas llegan a quienes son pacientes, almirante – replicó Kim, haciendo la mejor imitación que podía de un maestro Zen.

– Te llegará una corte marcial si no me dices – contestó Lisa, aunque esta última frase fue dicha con una sonrisa en los labios, y con la mirada desviada para no reír.

– Bueno, almirante Hayes... la Central informa que el transbordador aterrizará en cinco minutos – anunció Kim con un tono de exagerada formalidad.

– ¡Al fin! – exclamó Lisa, dejándose caer en una de las sillas de la sala de preembarque y permitiéndose un minuto para relajarse. – Veremos ahora de qué se trata todo esto.

La respuesta a las preguntas de Lisa llegó efectivamente cinco minutos después, cuando el transbordador finalmente hizo su entrada en el Satélite Fábrica, rodando por la pista hasta detenerse por completo, ya bien adentro de la bahía de aterrizaje. Sin embargo, y por más que Lisa lo deseara, los procedimientos de atraque no marchaban con la rapidez que ella deseaba, sin darle a la almirante otra opción más que esperar pacientemente hasta que la manga conectó la escotilla del transbordador con la puerta de la sala de preembarque.

Y en cuanto la puerta se abrió, dejando ver a la pasajera del transbordador, tanto Lisa como Kim quedaron con la boca abierta de la sorpresa.

– Comandante Vanessa Leeds, reportándose al servicio, almirante – anunció Vanessa haciendo la venia de la manera más formal que podía.

– B... bienvenida al satélite, comandante Leeds – respondió Lisa, dejando de lado la formalidad para abrazar a su amiga, a lo que Kim se sumó después aportando un fuerte abrazo de oso.

Hacía meses que las tres no se encontraban, y Lisa no podía sentir otra cosa más que alegría de tener al menos a dos de las tres integrantes del Trío Terrible en esta empresa loca que se había propuesto… y de sólo pensar que faltaba Sammie…

– Muchas gracias, Lisa... Diablos, esta cosa es enorme. ¿Pueden creer que es la primera vez que vengo? – dijo Vanessa dejando caer su bolso.

– No te preocupes, ya lo superarás – dijo Kim haciendo un gesto con la mano. – ¿Qué estás haciendo aquí, V?

Vanessa se acomodó los anteojos y le explicó a su amiga.

– Es por idea del almirante Gaumont. Dice que si van a seguir adelante con esta locura, necesitarán a alguien que pueda manejarles una central de control sin causar una crisis.

– Qué bien que el almirante piense en nosotras – rezongó Kim.

Vanessa se puso firme y se dirigió a Lisa:

– A propósito, almirante, quería pedir disculpas por el retraso. No fue culpa nuestra sino de... – dijo Vanesa, señalando dentro de la escotilla del transbordador, desde donde comenzaban a escucharse pasos decididos y... ¿de tacón alto?

La confusión de las oficiales militares acabó en el momento en que tres personas bastante diferentes a Lisa, Kim, Vanessa y los demás moradores del Satélite hicieron su entrada. Dos hombres y una mujer, todos ellos vestidos con ropas civiles... y portando cámaras, tanto de fotos como de video.

Periodistas.

De sólo tener periodistas frente a ella una vez más, y con el episodio de Sandra Holmes aún fresco en su memoria, Kim dejó escapar un molesto carraspeo… y sólo le bastó mirar los rostros de los tres periodistas para saber que ellos también tenían bastante presente el incidente de Holmes.

– Almirante Hayes, permítame presentarles a Ludmila Zhukova, periodista del Global Times, Sayid al-Halad, del Middle East Reporter, y Bill Morrison, de la cadena MBS. Han venido invitados por la Oficina de Relaciones Públicas para cubrir la... operación de rescate – presentó uno por uno Vanessa a los periodistas, para luego señalar a Lisa y decir: – Ella es la contralmirante Elizabeth Hayes, comandante del Satélite Fábrica y oficial a cargo de la operación.

Mientras extendía la mano a los tres periodistas, poniendo su expresión más amigable, Lisa se deshacía por dentro en maldiciones al genio maléfico que había planeado aquella jugarreta de relaciones públicas… pero sus maldiciones acabaron en el momento en que el joven Bill Morrison tropezó cuando se adelantaba a estrechar la mano de la almirante, faltándole poco para darse de bruces contra el suelo.

Reaccionando con velocidad, Lisa se agachó para ayudar al periodista a ponerse de pie.

– ¿Está bien, señor Morrison?

El rostro de Morrison estaba completamente sonrojado de vergüenza; era la primera vez que la cadena le encomendaba la cobertura de una noticia como aquella… y su cobertura había comenzado pasando vergüenza frente a la almirante que comandaría la misión.

De más está decir que Bill Morrison no vio en eso un comienzo auspicioso para su cobertura periodística, sino que lo consideró el primer paso en su camino al noveno círculo del infierno periodístico.

– Sí... muchas gracias, almirante Hayes.

Con Morrison ya de pie, Lisa llamó a un cabo para ordenarle que escoltara a los tres periodistas para que les asignaran camarotes de huéspedes.

– El cabo... – Lisa hizo un esfuerzo para leer la placa identificatoria – Parr los llevará hasta sus habitaciones. Tal vez, si ustedes lo desean, podamos arreglar un recorrido por el Satélite en algún momento – ofreció Lisa con gentileza.

"Así no andan molestando mientras trabajamos."

Luego de agradecer la oferta de la almirante Hayes, los tres periodistas se dispusieron a seguir al cabo Parr a sus habitaciones, pero antes de hacerlo, tuvieron la mala fortuna de cruzarse con Kim, y las miradas que se cruzaron entre ellos y la comandante Young no fueron precisamente amistosas, o siquiera correctas… después de todo, los periodistas estaban frente a la mujer que había dejado en ruinas a la carrera de Sandra Holmes en vivo y en directo.

El silencio incómodo que siguió sólo fue roto por Kim al cabo de unos segundos:

– ¡Booooooo!

Los tres periodistas no demoraron un segundo más en seguir al cabo Parr hasta sus camarotes, dejando a las tres oficiales militares solas en la sala de preembarque.

– ¿Periodistas? – preguntó Kim incrédula.

– Sí, y traigo órdenes estrictas del Alto Mando de mantenerte alejada de ellos a como dé lugar – le advirtió Vanessa en una voz baja y cautelosa. – Nuestros invitados han venido por cuenta del general Leonard. Aparentemente, nuestro querido jefe de Estado Mayor está interesado en poder mejorar la imagen pública de las Fuerzas luego de lo de Júpiter.

Y dejar a Lisa colgada ante el mundo en caso de que fracasaran, fue lo que Vanessa no necesitó decir.

Lisa lo comprendió perfectamente bien: supo desde el momento en que tuvieron su encontronazo que se había ganado un enemigo en la figura de Anatole Leonard.

"Pues bien, que espere su turno", pensó Lisa dejando atrás esos pensamientos como si jamás hubieran existido.

– Bueno, Kim¿puedes asignarle un camarote a Vanessa? Después quiero hablar con ustedes dos para discutir algunos---

– Claro que no, almirante – intervino Kim, cortando a Lisa a mitad de la frase. – Fue suficiente trabajo por hoy. Estás dando vueltas desde las ocho de la mañana y no te has tomado un sólo minuto de descanso. Ahora quiero que vayas a tu camarote y aproveches a dormir.

– Kim, pero---

– Nada de "Kim" – la volvió a interrumpir su ayudante. – ¿O piensas conducir esa flota a Júpiter con privación de sueño encima? Tómate el resto del día libre y ve a dormir, Lisa... es una orden.

La expresión de Kim no daba lugar a dudas sobre la seriedad de sus palabras; no había caso, o forma de convencer a Kim Young de lo contrario, y Lisa tenía bien claro que no había nada que pudiera hacer frente a la decisión de su ayudante, menos aún cuando una de sus amigas y socias del Trío estaba presente para respaldarla.

– Está bien, está bien, comandante... – accedió ella entre risas. – No pierdan mucho tiempo hablando de hombres.

– No hablamos de hombres... sólo nos ponemos al día – se defendió Vanessa.

– Sí, en temas... militares – balbuceó Kim en una forma muy poco convincente.

– Como quieran. Las veré por la mañana – se despidió Lisa antes de abandonar la sala de preembarque y dirigirse a su camarote.


Aunque Lisa no lo hubiera querido reconocer en aquel momento frente a Kim, el arduo trabajo de diseñar y poner en marcha una operación militar que hubiera llevado días concebir, la había dejado totalmente exhausta y necesitada de una buena noche de sueño. De cualquier manera, esa noche vendría con la satisfacción del deber cumplido, y eso era algo que siempre había ayudado a dormir a Lisa Hayes.

Ya llegada a su camarote, Lisa se preparó algunos sándwiches y jugo de manzana; una buena cena ligera para comer mientras veía algo de televisión. Esa noche, como de costumbre, no había nada mayormente interesante excepto las noticias y alguna que otra película… pero para su enorme sorpresa, la almirante Lisa Hayes se detuvo en un canal para ver algo que jamás había creído posible que se quedara viendo: un programa de espectáculos en el que entrevistaban a Lynn Minmei.

Según lo que decía el conductor del programa, Minmei estaba en la etapa final de su tour por Norteamérica, y se preparaba para dar un concierto en Montreal, pero eso, para sorpresa de Lisa, no era el tema de conversación… sino que Minmei estaba hablando acerca de la batalla de Júpiter. No tenía nada de insólito, ya que los eventos de Júpiter dominaban las noticias desde hacía cuatro días.

Al principio, Lisa pensó que se trataba de alguna treta publicitaria de parte de los agentes de la Señorita Macross, pero al ver el rostro de Minmei no le quedó otra alternativa más que reconsiderar su opinión. La estrella se veía genuinamente triste, y fue entonces que Lisa cayó en la cuenta de que la desaparición de Rick debió haberla golpeado mucho, a pesar de lo distanciados que estaban…

Luego de tantos años... Lisa todavía estaba dispuesta a pensar lo peor de Minmei.

–...Quería pedirles a todos ustedes que piensen en la gente que murió y que sufrió durante la batalla, y por los que todavía están perdidos – le decía Minmei a las cámaras. – Por favor, ténganlos presentes en sus oraciones, a ellos y a sus familias. Y también les pido que recen por todos aquellos soldados que día a día nos defienden. Ellos hacen todos los días el trabajo de defendernos y a veces podemos ser muy desagradecidos con ellos.

La cantante hizo un momentáneo silencio, como si estuviera reflexionando sobre algo muy doloroso y personal.

– Yo ciertamente lo he sido. Desde aquí quiero mandarles a todos los miembros de las Fuerzas un abrazo... en especial a aquellos a quienes he conocido personalmente y he aprendido a apreciar a pesar de todo... sé que están sufriendo, y les deseo de todo corazón que encuentren la fuerza para superar este momento tan difícil...

A decenas de miles de kilómetros de distancia, en su camarote del Satélite Fábrica, la almirante Lisa Hayes sonrió de emoción al escuchar estas palabras... palabras que Minmei le estaba dirigiendo a ella, hablándole con sinceridad aunque más no fuera por una vez en la vida.

Por primera vez en mucho tiempo, la almirante dejó de lado su rencor y tradicional desconfianza hacia Minmei, y estuvo dispuesta, aunque más no fuera por aquella noche, a enterrar el hacha entre las dos. En cuanto a lo que ocurriría en el futuro, ya habría oportunidad de atender eso en su momento.

– Gracias... – dijo Lisa, aunque nadie en particular escucharía sus palabras.

Después de un rato de ver televisión, Lisa decidió dar por terminado el día e irse a dormir, para lo cual se puso un pijama blanco que Rick le había regalado por nada en particular, y una vez que terminó con todo, Lisa se recostó en su litera y apagó la luz.

Era todavía temprano; ni siquiera habían dado las 2200, y en aquellos ratos que iban entre la vigilia y el sueño, Lisa permanecía con los ojos abiertos y la mirada perdida en el techo del camarote, dejando que su mente vagara entre numerosos temas... las secuelas de su pequeña depresión de los últimos días... los preparativos para la operación... y por sobre todas las cosas, Rick.

La actividad frenética de aquel día había hecho que Lisa dejara de pensar exclusivamente en Rick, aunque no dejaba de estar presente en su mente… bastaba sólo una risa, un comentario, un gesto para que Lisa dejara de lado lo que sea que estuviera haciendo, y se pusiera a pensar solamente en él, y en esos momentos, el dolor de los últimos días volvía con fuerza… un dolor que sólo se calmaría en cuando los dos volvieran a estar juntos y aquella odisea quedara finalmente atrás…

Todo lo que deseaba era sentir una vez más el calor del cuerpo de Rick junto al de ella, en aquellos momentos de cariño y de amor que la hacían delirar, todo lo que quería era hundirse una vez más en sus ojos azules, dejarse tomar por sus brazos, sentir el roce de una barba matutina en su rostro… sentirlo junto a ella una vez más.

Tal vez un imbécil como Leonard podía pensar que ella estaba organizando toda la Operación Alaska basándose en sus sentimientos personales, pero Lisa sabía que había mucho más en juego; siempre había más cosas en juego en las misiones que ella emprendía, sólo que esta vez la diferencia era que había alguien muy especial en juego.

Tomó entre sus manos un portarretrato donde aparecía una foto de ellos dos tomada durante el cumpleaños de Lisa el año anterior, y ella sonrió con dulzura al recordar esa ocasión... y al mismo tiempo sus ojos se llenaron de lágrimas al volver al presente. Enjuagándose las lágrimas, Lisa acarició la fotografía y se quedó contemplándola unos segundos...

– Buenas noches, Rick... mi amor... donde quiera que estés.

Lentamente, y sin que ella lo notara, Lisa se fue quedando dormida, dejando atrás aquel día tan intenso y cargado de emociones y esfuerzos.


– Buenas noches, Lisa... te extraño tanto... – dijo Rick dejando sobre la mesa el portarretratos.

Vince había insistido en que Rick tomara un descanso hasta prácticamente amenazar con ponerlo bajo arresto, y para ser honesto lo necesitaba, luego de haber estado trabajando sin parar durante todo el día, haciendo lo posible por organizar los esfuerzos para reparar la nave. No había sido fácil para Rick encargarse de todo, ya que tuvo que sobreponerse a todas sus inseguridades y miedos a la vez que trataba de hacer un buen trabajo, especialmente considerando que él era un tipo de soldado muy distinto al que requería una nave de guerra para comandarla.

"¿Lo estaré haciendo bien?" era la pregunta, y la preocupación ineludible, que dominaba la mente de Rick. Tomar el mando de la nave había implicado para él asumir la responsabilidad completa por los cinco mil hombres y mujeres que sobrevivían de la tripulación, una responsabilidad mucho mayor, dura y directa que la que había tomado al asumir el mando del grupo de batalla.

A su propia inexperiencia y temor por hallarse convertido en el padre de la tripulación se sumaba el tener que reemplazar a alguien como Diego Sanabria al mando de la nave. Sanabria había sido un excelente capitán y alguien a quien su tripulación había aprendido a respetar, mientras que Rick Hunter, por más grado superior que tuviera, era una incógnita que la tripulación del Alexander aún tenía que descubrir.

Por fortuna, tenía gente dispuesta a ayudarlo. Si bien Sammie había rechazado el cargo de Primer Oficial, indicándole a Rick que en interés de la moral de la tripulación lo mejor que podía hacer era darle ese puesto a alguien del Alexander, todavía estaba disponible para aconsejar a Rick en lo que necesitara... siempre y cuando no los estuviera viendo algún tripulante de la nave.

Superadas sus propias dudas y reservas, y con las cosas finalmente claras entre los dos, Vince también se prestó a colaborar con su nuevo e inesperado capitán. Más aún, el hecho de que Vince fuera un oficial del Alexander le daba a Rick un cable a tierra con la tripulación, algo que era vital si deseaba ganarse su confianza y evitar sospechas y temores. Vince había sido fundamental para limar las asperezas con las que algunos miembros de la tripulación trataban a Rick... aún después de aquel incidente con los dos camorreros.

Pero lo mejor era que la tripulación empezaba a responder bien. Podía notarlo durante sus rondas, e incluso al observar al personal que trabajaba en el Puente auxiliar; había mayor energía y determinación a la hora de realizar las actividades, y parecía que esa sensación de resignación y desesperanza que había dominado a la tripulación luego de la batalla empezaba a disiparse.

"Mejor para todos," pensó Rick, "si es que queremos salir de esta".

Su mente vagó, incapaz de encontrar el sueño. Si bien su camarote disponía de un televisor -no habría cable, pero al menos tenía una buena colección de películas- Rick no sentía ganas de quedarse viendo cine. Ni siquiera le apetecía leer un libro, a pesar de haber embarcado algunos buenos títulos que coleccionaba desde hacía un tiempo. Era una noche para pensar, y había mucho en qué pensar.

Como de costumbre, en aquellos ratos de vigilia y de incierta transición entre el estar despierto y el caer dormido, Rick buscó refugio en sus recuerdos de Lisa, algo que se había vuelto una necesidad en esos momentos tan duros. En medio de las tormentas de su vida, en medio de todos los cambios en los que estaba metido desde aquel día en que había llegado a Isla Macross, Lisa había sido la única constante, lo único que lo mantenía funcionando y viviendo, prosperando junto a ella gracias al amor que los unía. Ese amor que les había dado tanta felicidad, y que ahora se veía sometido a una prueba excepcionalmente dura.

Muchas veces, Rick se preguntaba qué estaría haciendo Lisa, persiguiendo una respuesta que lo eludía… una respuesta que en cierta manera él no quería saber. En el fondo de su ser, Rick temía por ella, temía por lo que podía estar sintiendo, temía por lo que estaba haciendo, conocedor él de cuanto dolor había sufrido Lisa a lo largo de su vida... cuántas personas había perdido ella que significaban tanto en su vida.

"¿Me creerá vivo o muerto?", pensaba Rick.

Por otro lado, Rick sentía impotencia... el no saber si volvería a ver a Lisa era algo que lo mataba, pero ¿qué podría hacer¿Enfrentar a la flota Zentraedi con una nave destrozada? Sería llevar a la muerte a cinco mil personas, y por más que fuera algo de una magnitud enorme, Rick era responsable por sus vidas, y su deber era hacer todo lo posible para mantenerlos con vida todo el tiempo que fuera posible.

Y eso era algo que Rick haría, cueste lo que cueste, aunque jamás dejaría de planear la manera de escapar.

Se dejó dormitar, ilusionándose con el contacto con Lisa... con sentirla una vez más junto a él y poder fundir sus cuerpos en uno sólo, en unirse en un acto de amor apasionado y sin reservas... deseando fervientemente poder volver a vivir eso, aunque más no fuera una sola vez. Lentamente, los ojos de Rick se fueron cerrando, y se entregaba al sueño...

… cuando la nave tembló con fuerza, y aún en su estado somnoliento Rick pudo percibir cómo el enorme portaaviones se escoraba hacia estribor, haciendo que todo lo que no estuviera firmemente sujeto a algo se viniera abajo... incluso el propio Rick, quien se golpeó la cabeza contra el suelo, volviendo abruptamente a la realidad.

Las alarmas vibraron en toda la nave, y fuera del camarote de Rick se podían escuchar los pasos frenéticos de los tripulantes, que empezaban a correr a sus puestos, listos para enfrentar lo que fuera que estuviera pasando. Ya con la conciencia plenamente recobrada, Rick tomó el teléfono del camarote e hizo una llamada al puente auxiliar.

– Habla el comodoro Hunter. ¡Reporte de situación!

La respuesta vino de parte de Sammie, quien permanecía en servicio haciéndose cargo de la guardia nocturna.

– Hubo un incidente en la sección de Ingeniería, Rick. Envié equipos de control de daños, pero todavía no sabemos qué fue lo que ocurrió. Parece ser una explosión de alguna clase…

¿Otra explosión? Un sudor frío comenzó a recorrer la espalda de Rick Hunter…

"Está bien, está bien… no voy a volver a dormir" protestó en silencio Rick, dándose el lujo de considerar la situación con ironía…

– ¿Hablaste con el comandante Terauchi? – preguntó Rick, procurando mantener la calma.

– No pude encontrarlo, pero hasta donde yo sé está en camino a Ingeniería.

"Bueno, Hunter, otra crisis más..."

– Iré de inmediato al puente, Sammie – dijo Rick mientras empezaba a ponerse una vez más su uniforme, rogando con todas sus fuerzas que, sea lo que fuere, no pusiera a la nave y a sus tripulantes en un peligro mucho mayor.


– ¿Y bien, comandante? – preguntó Rick sin despegar la mirada del jefe de ingenieros, quien permanecía sentado en una de las sillas de la oficina de Rick con la mirada perdida y con el pulso acelerado por toda la actividad.

El hombre estaba agotado y con todas sus fuerzas exhaustas, tras haber pasado las últimas dos horas trabajando y haciendo trabajar frenéticamente a su equipo de ingenieros y técnicos para resolver la inoportuna crisis que se había presentado, y el agotamiento se notaba no sólo en su rostro demacrado y en sus movimientos pausados, sino también en su uniforme de trabajo cubierto de grasa y fluidos de mantenimiento... sin mencionar que había pasado los últimos cuatro días matándose por dirigir los esfuerzos de reparación del castigado Alexander.

Si alguien hubiera querido buscar un rostro que fuera la viva expresión del agotamiento, la cara del teniente comandante Tsutomu Terauchi, ingeniero en jefe del UES Alexander, sería la elección ideal.

– Aquí tiene el reporte completo, señor – respondió el comandante Terauchi alcanzándole a Rick una carpeta.

– ¿Simplificado? – preguntó Rick, sin ganas de sumergirse en un informe técnico incomprensible.

– No hemos podido restaurar la potencia principal a los generadores antigravitacionales. La explosión causó daños demasiado severos a los sistemas de transferencia, y no puedo hacer nada para repararlos con los recursos disponibles.

Mientras el ingeniero le hacía las explicaciones pertinentes, Rick hojeaba el reporte, mirándolo por encima y sin detenerse mucho tiempo en ninguno de los apartados, tan sólo para no inquietar al ingeniero más de lo que ya estaba.

Hasta que llegó a un apartado que estaba marcado con un rojo furioso.

– ¿Estado de los sistemas antigravitacionales? – preguntó entonces Rick.

– Continúan funcionando con nuestras reservas auxiliares de energía… – explicó Terauchi, haciendo un breve alto para aclararse la voz, y su expresión se hizo mucho más seria e inquietante antes de continuar: – Señor, espero que entienda que esta es una solución temporal…

– Lo tengo perfectamente claro – respondió Rick, y tragó saliva antes de preguntar: – ¿Cuáles son nuestras perspectivas?

– Señor, al ritmo de consumo que llevamos y nivel presente de reservas, agotaremos las reservas auxiliares de energía y tendremos una falla completa de los sistemas antigravitacionales en cinco días.

Horrendos escalofríos invadieron a Rick al comprobar que las consecuencias de aquella explosión eran peores de lo que se había imaginado en un principio: sin los sistemas antigravitacionales, la nave no podía mantener su posición actual o conservar su altitud, lo que significaba que acabaría inexorablemente atraída hacia Júpiter… y destruida por la gravedad y presión en el proceso.

El único punto favorable era que esta vez nadie había muerto en el incidente.

– ¿Qué opciones tenemos? – preguntó Rick con inquietud en su voz, aunque dentro suyo sabía bien que las opciones eran las mismas que tenían desde que toda esta locura había comenzado. Es decir: ninguna.

– Sólo una, señor – respondió Terauchi en tono ominoso. – Irnos de aquí antes de que este planeta nos mate.


NOTAS DEL AUTOR:

- Bueno... están poniéndose en marcha y tratando de superar los obstáculos que se les presentan, que no son pocos y algunos son bastante tercos... Sea lo que sea que vaya a pasar, al menos Rick y Lisa están dando los primeros pasos para intentar salir del problema en el que están metidos, cada uno por su lado. Veremos cómo siguen...

- Con la aparición de Exedore quería mostrar dos cosas: la primera, que no todos los Zentraedi son enemigos o "los malos de la película"; y la segunda, que muchos de ellos encontraron la forma de integrarse a la civilización y gobierno humanos. En este caso, Exedore es la máxima autoridad "civil" encargada de todos los asuntos relacionados con los Zentraedi y su principal representante ante el gobierno terrestre, mientras que Breetai está al frente de las fuerzas militares Zentraedi aliadas a la Tierra.

- De igual manera, la aparición de Leonard muestra que no todos los problemas vienen de la mano de los Zentraedi...

- Nota nerd del día: el periodista que se tropieza con Lisa, Bill Morrison, es un personaje menor de la segunda generación de Robotech, que en uno de los primeros capítulos de La Cruz del Sur anuncia por televisión la llegada de los Maestros de la Robotecnia a la Tierra... tan menor es el personaje que apenas se lo escucha como una "voz en off".

- Como siempre, quiero agradecer a todos los que vienen siguiendo esta historia, con todas sus vueltas, y a los que hacen llegar sus reviews, comentarios y opiniones sobre la misma, y aprovecho para saludar a mis pilotos de pruebas Evi y Sara...

- ¡Mucha suerte a todos y será hasta la próxima con el capítulo 11!