MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Capítulo XI: Vísperas

¿Sabe? Preferiría que nos atacaran por sorpresa y que terminaran con esto de una buena vez, los disparos y las explosiones no son problema… pero si hay algo que me vuelve loca y que no puedo soportar, es tener que esperar a que llegue la batalla…

Sargento primero Jeanne Levartoux, a un cronista de la MBS, horas antes de la Batalla de Ciudad Monumento, 2030.


Viernes 7 de abril de 2017

– Aquí tiene, almirante... café con dos cucharadas de azúcar.

– Muchas gracias, Frenchie – dijo Lisa tomando la taza entre sus manos y permitiéndose un segundo para llenar sus pulmones con el aroma de un buen café matutino.

– El resto del desayuno vendrá en un rato – anunció el anciano cantinero tras mirar de reojo a la barra de la cantina… y como si pudiera adivinar lo que Lisa iba a preguntarle, se adelantó a responder una pregunta que nunca había sido hecha. – No se preocupe por el costo. Hoy corre por cuenta mía.

– ¿Puedo preguntar por qué tanta generosidad? – inquirió Lisa arqueando una ceja, sorprendida no sólo por el gesto del cantinero sino por su endiablada capacidad para adelantarse a las preguntas.

– Es sólo para celebrar el volver a tenerla aquí, almirante – dijo Frenchie mientras le hacía señas a uno de los mozos para que trajera el resto del desayuno a la mesa de la almirante. – Hacía mucho tiempo que no venía a tomar algo a mi humilde establecimiento.

– Fueron sólo cinco días, Frenchie – intentó responder Lisa, pero el anciano levantó una mano, deteniéndola antes de que dijera una sola palabra más.

– Demasiado tiempo – dijo entonces el anciano, como si eso fuera una explicación suficiente e imposible de dudarse. – Si me lo permite... es un gusto verla de nuevo y de tan buen ánimo, almirante Hayes.

– Gracias...

Frenchie recorrió con la mirada su establecimiento, deteniéndose unos segundos en mesas elegidas al azar, como si estuviera estudiando a los comensales con algún propósito desconocido para la almirante Hayes, y cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono risueño:

– Además, no me gustaría provocar a la mujer que dejó su marca en el trasero del general Leonard a través de la pantalla. Ya estoy demasiado viejo como para tantas emociones.

– Debería preguntarte cómo supiste eso, pero sería perder el tiempo… – respondió Lisa con una dosis igual de resignación y sorpresa, mientras a su lado Kim hacía lo imposible por no reír y Vanessa miraba interesada, ya que su amiga le había comentado mucho acerca de los incidentes que solían ocurrir entre Lisa y el cantinero.

– Es un Satélite grande, pero no lo suficiente como para que un rumor no viaje rápido, almirante – contestó el anciano. – Debería escuchar a algunos de mis parroquianos, ya la consideran una leyenda viviente.

– Por Dios, Frenchie… – dijo Lisa, visiblemente sonrojada. – No exageres…

– No exagera en lo más mínimo – intervino Vanessa, asintiendo vigorosamente a lo que decía el anciano. – Y si cree que acá la consideran una leyenda, señor Frenchie, debería ver lo que piensan de ella en el Candelabro.

– ¿Cómo---? – intentó preguntar la almirante Hayes, pero la pregunta se transformó en una advertencia. – Vanessa…

La comandante Leeds no se detuvo por las palabras de Lisa, sino que con una sonrisa enorme en los labios continuó explicándole a Frenchie, que ya se veía muy interesado en lo que ella tenía para contar.

– Juro haber visto a docenas de oficiales que se cuadraban a la sola mención del apellido Hayes – comentó Vanessa como si estuviera revelando el último chisme. – Es más, dos o tres de ellos se referían a nuestra almirante Hayes como "Ella-La-Que-Patea-Traseros-de-Generales".

– Por todos los cielos… – se lamentó Lisa, queriendo desaparecer de allí a como diera lugar.

– Oficiales jóvenes y de bajo rango, supongo – aventuró el anciano.

– ¡Para nada! – lo corrigió Vanessa con fuerza. – Un brigadier de la Fuerza Aérea, un coronel del Ejército y un capitán grado inferior de la Armada… y me temo que esto es sólo el comienzo.

Frenchie no respondió excepto con una sonrisa pícara y con un gesto de jugar con su bigote, evidentemente divertido no sólo por lo que le estaba relatando Vanessa, sino por la expresión de profunda vergüenza que tenía la orgullosa almirante Hayes en ese momento.

– Té y scones ¿no es cierto, comandante Leeds?

– ¿Debería inquietarme porque sepa qué tenía pensado pedir antes de que dijera una palabra? – preguntó Vanessa a la almirante Hayes con preocupación en el rostro y una cierta pizca de inquietud cuando su mirada se posaba en el anciano cantinero.

– Bienvenida al Satélite Fábrica Robotech – rió Lisa.

– No es tan difícil – intervino Frenchie con su mejor aspecto bonachón, riendo un poco ante la inquietud de Vanessa. – Deduzco por su acento que usted es británica, comandante Leeds… todavía no encontré a una inglesa que no tenga una adicción irrecuperable al té con scones…

– Eso es un estereotipo, señor Frenchie... uno que debería castigar con algún buen chiste de canadienses – se defendió Vanessa, aunque la sonrisa que portaba en el rostro la traicionaba por completo. – Pero me conformo con que traiga el pedido que usted hizo por mí…

– Si cuando vuelva con su desayuno, usted me cuenta algún chiste de canadienses que no haya oído, comandante Leeds, no le cobraré nada – ofreció el anciano.

– ¡Trato hecho! – aceptó Vanessa, estrechando la mano del cantinero.

Kim, quien curiosamente se había mantenido en silencio desde que Frenchie apareciera con la taza de café para Lisa, vio que aquel momento era el ideal para interrumpir y hacer un pedido que no se había atrevido a formular en toda la mañana, temiendo acaso la reacción del peculiar cantinero del Satélite Fábrica.

– Oye, Frenchie... ¿no hay desayuno gratis para mí? – preguntó Kim con total inocencia y guiñando el ojo al anciano.

De pronto, contrastando notablemente con el porte amistoso que había tenido durante toda la mañana, el rostro del anciano cantinero se tornó severo y juzgador, contemplando a Kim con desconfianza y recelo poco característicos en él.

– Todavía te tengo a prueba después de la pelea del otro día, Kim... – replicó Frenchie en un tono acusador que no tardó en volverse algo más agradable, quizás a consecuencia del sobresalto que despertó en Kim. – Pero sólo por esta vez te libraré de sospechas. Café negro y tostadas ¿no?

– No sé cómo agradecértelo, Frenchie – le contestó una Kim Young sinceramente agradecida y aliviada de que el anciano dejara atrás la hostilidad que le había demostrado durante los últimos días.

– Un simple "gracias" y la promesa de no volver a patear a un parroquiano de mi cantina serán suficientes, comandante Young – replicó Frenchie antes de emprender el regreso a la cocina, en donde lo necesitaban urgentemente para preparar y enviar los pedidos que iban llegando.

– Gracias, entonces – contestó Kim, aún atónita por el comportamiento del anciano.

Frenchie no dijo nada, sino que simplemente dejó la mesa y se fue, y mientras se alejaba, Kim se cruzó de brazos y frunció el ceño en una pose berrinchuda, fulminando al anciano mientras pasaba por entre las mesas de la cantina en su camino de regreso a la barra.

– ¿Patadas? – preguntó confundida Vanessa, mirando fijo a su socia del Trío. – Me dijiste que le habías hecho saber a ese sargento que no estabas de acuerdo…

– ¡Jamás dije que lo hubiera hecho con palabras! – se defendió Kim, sólo logrando que Vanessa reaccionara como tiburón que huele la sangre en el agua…

– Si fuera Lynn Kyle, mi amiga, te diría que la violencia jamás resuelve nada… – contraatacó Vanessa.

– Seguro… – replicó Kim como si fuera a golpear allí mismo a la comandante Leeds. – De haber sido tú, ya lo habrías lanzado por la primera escotilla…

– Es mucho más elegante y definitivo¿no lo crees? – insistió Vanessa. – Tu problema es que te juntas demasiado con Miriya y se te pegó lo de resolver todo a los golpes… y mira a donde te ha llevado; ya ni puedes hacerte amiga de los cantineros…

– ¿Cuánto tiempo más puede seguir enojado por esa pelea? – bufó la comandante Young en protesta, cambiando de tema para que Vanessa no siguiera atacándola. – Si ni siquiera la empecé yo...

– Deberías estar contenta de que todavía te da un desayuno gratis hoy, Kim – la aleccionó Lisa mientras cerraba los ojos para disfrutar mejor del primer sorbo de ese café. – Ahhh... extrañaba este café...

– ¿No es injusta la vida? – se lamentó Kim de manera teatral. – Yo golpeo a un sargento ebrio y me tratan como proscrita… tú amenazas de muerte a un general y le metes el temor de Dios a un comodoro, y eres la heroína. ¿Qué diablos es lo que anda mal con este mundo?

– Se llama "almirantazgo" – le contestó Lisa de manera bromista, guiñándole el ojo a su ayudante y señalando a las dos estrellas de su insignia de rango. – La mayor parte del tiempo, es una soberana molestia… pero hay momentos en los que puede ser un beneficio.

Kim pensó en protestar, pero prudentemente decidió callarse… si tan sólo Frenchie le traía el desayuno gratis tal y como lo había anunciado, ella se daba por conforme y satisfecha, dejando las quejas sobre la injusticia de la vida a alguien que no tuviera un buen café negro y tostadas frente a ella…

Más allá de la mesa que las tres oficiales solían ocupar junto al enorme ventanal, la cantina todavía mostraba señales de la monumental pelea que había tenido lugar casi dos días atrás. Lo primero que notaría alguien era que el lugar estaba prácticamente vacío; casi la mitad de las mesas de Frenchie's habían sido destrozadas en la pelea, y por más que los equipos de arreglos y mantenimiento hicieran lo posible y prometieran lo imposible, aún pasarían algunos días más antes de que el lugar pudiera volver a ser lo que había sido antes de la barbarie del miércoles.

A pesar de todo, el lugar seguía funcionando, en parte gracias a la tozudez de su dueño y a la fidelidad del personal militar del Satélite, que hubiera continuado yendo a Frenchie's aún si debían desayunar y almorzar sobre manteles como si estuvieran en un picnic. Sin embargo, los servicios del lugar estaban bastante limitados, ya que no había demasiadas mesas alrededor de las que pudieran sentarse las personas que visitaban el establecimiento.

Pero aún a pesar de esto, el ambiente en el lugar era muy distinto del clima fúnebre que había reinado en los días posteriores a la batalla de Júpiter. Los pocos parroquianos presentes charlaban animadamente entre sí, en particular acerca de las cargas extra de trabajo que insumía la preparación de las naves atracadas en el Satélite, con tal de tenerlas listas para el momento en que se lanzara la operación de rescate de la que todos hablaban aunque pocos supieran algo concreto…

Eso cuando los parroquianos de Frenchie's no se relataban unos a otros la leyenda cada vez más difundida de la conversación entre la almirante Hayes y el general Leonard… una leyenda que con cada nueva persona que la contaba incorporaba elementos cada vez más fantasiosos que la transformaban lentamente en una historia casi épica.

Algunos de los parroquianos habían notado con emoción que en su mesa habitual estaba sentada la propia almirante Hayes, y con todo el respeto del mundo, dirigían miradas que expresaban tanto nervios como aprobación ante el renovado vigor de la almirante que comandaba el Satélite… e incluso cuando no estaban obligados a hacerlo en un lugar como Frenchie's, algunos de los militares que frecuentaban el lugar habían llegado a asumir la posición militar y hacer la venia en cuanto Lisa hizo su entrada en la cantina.

En silencio y cada vez más maravillada, Kim estaba alegre de notar el cambio que había operado en el Satélite y en sus habitantes desde aquel instante en que Lisa entró en la Central de Mando completamente dispuesta a llevarse al mundo por delante y a no detenerse ante cualquier piedra que le pusieran en el camino.

Se respiraba en el aire una agradable y vigorizante sensación de decisión, de energía, de voluntad que buscaba algo en qué expresarse, en particular desde el momento en que los rumores comenzaron a circular acerca de la posibilidad de una misión de rescate para localizar al Alexander y ocuparse de la flota Zentraedi, y esa operación significaba que los hombres y mujeres que tripulaban el satélite tendrían algo para hacer y una misión que cumplir… algo que levantaba mucho el ánimo luego de aquellos irritantes días de inactividad y falta de decisiones desde el Alto Mando.

Al cabo de unos minutos, Frenchie regresó a la mesa para dejar el resto de un desayuno bastante abundante y apetitoso (y escuchar a Vanessa contándole un chiste de canadienses que jamás había escuchado en su vida, ganándose así un desayuno gratis), y tras un buen rato de charlar de temas variados, la comandante Leeds terminó con su desayuno y se excusó cortésmente, anunciando que por más que estuviera disfrutando mucho de aquel desayuno, debía reportarse cuanto antes al Marcus Antonius para supervisar al personal de la Central de Comando de Flota del portaaviones.

Solas en la mesa tras la partida de Vanessa, Lisa y Kim ya se estaban ocupando de dar cuenta rápidamente de lo que el cantinero les había puesto en frente cuando un sargento, veterano a juzgar por su porte y edad aparente, se acercó súbitamente a la mesa, cuadrándose en posición de firme en cuanto Lisa notó su presencia.

– ¡Almirante Hayes! – comenzó el sargento, como si se estuviera reportando al servicio.

– ¿Puedo ayudarlo en algo, sargento... Krezinski? – preguntó Lisa de manera amable una vez que pudo leer la placa identificatoria que el sargento llevaba en el pecho del uniforme.

– Disculpe, señora... Permiso para hablar libremente – respondió el hombre con algo de dificultad, excusándose por adelantado antes de solicitar el permiso.

– Adelante, sargento – lo invitó Lisa.

El hombre, a pesar de ser un veterano, evidentemente no tenía la menor idea de cómo hablarle a un almirante, sin importar que esa almirante particular no estuviera en aquel momento en servicio, y los nervios e inquietudes del suboficial se hicieron patentes en la voz entrecortada con la que hablaba, sin importar el tono marcial con el que lo hacía.

– Escuché que, bueno... se comenta que está planeando una operación para rescatar al Alexander... disculpe, señora, no debí comentar eso en voz alta – se apuró a arrepentirse el hombre, súbitamente inquieto ante la posibilidad de estar demostrándole a la almirante que estaba en conocimiento de secretos de Estado.

– Tranquilícese, sargento, no tiene nada de qué preocuparse – trató de calmarlo Lisa, apelando a una sonrisa comprensiva para hacer más amena la conversación. – Eso es de conocimiento público. Tan sólo sea un poco discreto si llega a enterarse de algo más. Ahora¿me estaba diciendo? – lo invitó a continuar.

La postura militar del hombre se hizo más firme y rígida… y su rostro dejó traslucir más emociones de las que hubiera querido revelar.

– Tengo una--- alguien especial sirviendo en el Alexander y, bueno... quería agradecerle personalmente. Por lo que está haciendo... digo, lo que va a hacer... usted entiende y... ¡Si hay algo que usted necesite, almirante, sólo ordénelo! – concluyó el sargento alzando la voz, respirando con fuerza después del tremendo esfuerzo realizado.

Lisa se sintió sonrojar al escuchar aquellas palabras de gratitud, dichas por una persona que no estaba muy acostumbrada a eso pero que a pesar de todos sus nervios e inquietudes, había juntado las suficientes fuerzas como para agradecerle personalmente a ella por la operación.

Al principio, Lisa pensó en darle al sargento Krezinski una respuesta oficial, seca y digna de una almirante de las Fuerzas de la Tierra Unida, pero dicha intención no tardó en desaparecer, siendo reemplazada por la resolución de responder de manera sencilla, sincera y salida del corazón. Poco a poco, la sonrisa de la almirante Hayes se hizo más agradable y natural, y la voz de Lisa era dulce cuando respondió al sargento:

– Muchas gracias, sargento Krezinski. En serio... lo que usted me acaba de decir significa mucho para mí...

El sargento parecía totalmente confundido; en sus veinte años de carrera militar, era la primera vez que veía a una oficial de alto rango sonrojarse por algo que había dicho... y que no lo mandaba al calabozo o amenazaba con una corte marcial.

El mundo evidentemente estaba cada día más loco e incomprensible.

– ¿Sargento Krezinski, cuál es su especialidad? – preguntó Lisa, esta vez haciéndolo en un tono oficial y cargado de autoridad.

– Soy técnico de misiles, almirante – respondió Krezinski, tanto confundido por el brusco cambio de tema como intrigado por saber de qué iba todo eso.

– Muy bien – le dijo Lisa para luego dirigirse a Kim y preguntarle con el mismo tono formal con que le había respondido al sargento Krezinski: – ¿Hay vacantes en alguna nave para un técnico de misiles, comandante Young?

– Déjeme revisar... – Kim contestó mientras consultaba sus papeles y registros, y una enorme sonrisa apareció en sus labios al encontrar algo que podía ser de utilidad. – Aquí está... el Austerlitz solicitó personal de reemplazo en asignación temporal para sustituir las bajas de combate que tuvieron en el departamento de Artillería durante la batalla… será sólo mientras dure la Operación.

Lisa volvió la mirada a Krezinski, y cuando lo hizo notó que el curtido y veterano sargento estaba visiblemente emocionado, aún cuando no sabía precisamente qué era lo que la almirante Hayes tenía en mente para él.

– Tiene nuevas órdenes, sargento Krezinski – lanzó Lisa repentinamente. – Repórtese primero con su actual oficial jefe y dígale que tiene órdenes de la almirante Hayes transfiriéndolo temporalmente al Austerlitz para cubrir una vacante. Si le causa algún problema, no dude en informarme. Cuando todo esté resuelto, repórtese al oficial de artillería del Austerlitz ¿comprendido?

– ¡Entendido, almirante! – respondió con entusiasmo el sargento Krezinski, acompañando dicha respuesta con una venia impecable y energética, y luego de que Lisa devolviera con igual precisión su saludo militar, el sargento trotaba para irse de la cantina y comunicarle a su actual jefe las órdenes que acababa de recibir.

Mientras Lisa veía alejarse al sargento, la sonrisa en su rostro se hizo más sentida y evidente, como si el reciente episodio hubiera dado un impulso a su voluntad de llevar a cabo aquella misión.

– Espero que no tenga problemas… – observó Kim con una sonrisa, refiriéndose al sargento al que acababan de darle una oportunidad de participar en la misión.

– ¿Es impresión mía o la moral ha mejorado? – preguntó Lisa rápidamente.

– Créeme, Lisa... está mejor – le aseguró Kim. – Mucho mejor…

"Mucho mejor, en verdad… no te das una idea, Lisa", se dijo para sus adentros la comandante Young en cuanto recordó el estado en el que había encontrado a Lisa apenas dos días atrás.

– Por cierto, Kim, – el tono de Lisa volvió a la seriedad habitual, siendo esta vez Kim la que se desconcertaba por el repentino cambio de tema – tengo que agradecerte... sin tu ayuda nada de esto sería posible.

– No es nada, Lisa – dijo Kim haciendo un gesto de minimización, tal como era su modesta costumbre.

– Uno de estos días deberíamos juntarnos a tomar algo, – sugirió Lisa de manera inocente y amistosa – cuando hayamos dejado atrás algo de este trabajo. Nos vendría bien relajarnos... charlar un poco.

"Y hablar de todas aquellas cosas que no mencionamos hasta ahora", pensó Lisa.

– Tienes toda la razón, almirante – dijo Kim mientras atacaba sus tostadas con ganas, para que el comienzo del turno de servicio no la encontrara con el desayuno por la mitad. – Considérame para la salida.

"Cuando necesites, estaré disponible", pensó Kim.


Terminado el desayuno y cercanas a la hora en la que comenzaba su turno de servicio, Kim y Lisa estaban dirigiéndose a paso vivo a la Central de Mando cuando un súbito anuncio pudo escucharse a través del sistema de altoparlantes de la estación.

– Atención, pasar la voz a la almirante Hayes, contactar a la Central de Mando de inmediato.

Tras intercambiar miradas de preocupación e inquietud, Kim permaneció de pie en donde estaba al momento de escuchar el mensaje, mientras Lisa caminaba unos pocos metros hasta dar con uno de los teléfonos internos que estaban en el pasillo.

– Hayes aquí.

– Almirante, estamos detectando dos docenas de cazas Veritech dirigiéndose al Satélite – le informó el oficial de guardia.

– ¿Hay algo previsto en los planes de vuelo? – inquirió Lisa, tratando de recordar si había algo en la miríada de reportes en los que estuvo trabajando que hicieran referencia a unidades adicionales de cazas Veritech.

– Nada, almirante – contestó el oficial, sin saber que eso acrecentaba la incertidumbre de la almirante Hayes. – No tenemos ningún vuelo programado para este momento.

– Intente contactarlos – ordenó Lisa.

– Lo estamos haciendo, pero... – el oficial de guardia se detuvo, tal y como lo haría si algún imprevisto estuviera en progreso en la Central de Mando. – Un momento, estamos recibiendo respuesta.

– ¿Qué están diciendo? – preguntó Lisa intrigada.

Cuando volvió a hablar, el oficial de guardia ya no sonaba asustado o formal, sino que incluso se permitía el lujo de sonar divertido, o al menos así lo hacía si Lisa lo estaba captando bien.

– Almirante, le transmito el mensaje que acabamos de recibir…

Lisa acercó el auricular a su oreja, mientras pensaba qué diablos podía estar pasando en ese momento, y según pudo constatar Kim, algo muy positivo debía haber pasado para que el semblante de Lisa dejara atrás la confusión e incertidumbre y se iluminara con una sonrisa genuina al escuchar el mensaje que acababan de registrar en la Central de Mando.

– "Aquí Líder Skull a Satélite Fábrica. ¿Serían tan amables de dejarnos aterrizar y darnos algo de beber?" – decía la voz de Max Sterling, registrada segundos antes de que le provocaran a Lisa una emocionada y sentida carcajada.


Momentos después, dos oficiales del Escuadrón Skull se hallaban en la oficina personal de Lisa, listos para reportarse ante la almirante que comandaría la misión.

Uno de ellos, el capitán (grado inferior) Max Sterling, comandante del Escuadrón, no parecía haber cambiado en nada. En cierta manera, aún se asemejaba a aquel piloto bisoño y tímido que se había sumado a las Fuerzas a bordo del SDF-1, hacía casi ocho años, pero su porte reflejaba años de experiencia en combate, y de madurez duramente ganada a costa de sacrificios y esfuerzos. El capitán Sterling aún llevaba puesto el traje de vuelo con el que había volado desde la Tierra, aunque había dejado el casco en el hangar junto con su VF-4, ya que al fin y al cabo no había ninguna necesidad de escandalizar demasiado a los marineros espaciales del Satélite.

La otra persona, la teniente comandante Miriya Parino-Sterling, por el contrario, se veía inquieta y nerviosa, algo que distaba mucho de su tradicional presencia calma e imperturbable. Los nervios de Miriya no se debían a tener miedo respecto de la misión, cosa que jamás había sentido en su vida; de hecho, al tomar conocimiento de la Operación Alaska, Miriya había solicitado una transferencia temporal de regreso al Skull, dejando por unos días el mando del Escuadrón de Tácticas Adversarias en manos de su segunda al mando.

El problema que inquietaba a Miriya era que recordaba demasiado bien lo que había ocurrido la última vez que visitó el Satélite, hacía apenas dos días, y tenía todas las razones válidas para temer que la almirante Hayes guardara alguna clase de resentimiento hacia ella por el incidente ocurrido en su camarote; uno no puede simplemente insultar, humillar y dejar en el suelo a una almirante y pretender después que no guarde resentimientos.

Pero por el momento, y más allá de algunas miradas inexpresivas y abiertas a infinidad de interpretaciones, Lisa no había hecho ni una sola referencia a su pequeña discusión del otro día, ya que por el contrario, estaba muy ocupada discutiendo con Max acerca de asuntos oficiales que hacían a la Operación Alaska.

– ¿A qué debemos la presencia del Skull, capitán Sterling? – preguntó Lisa, abriendo la reunión.

– El Alto Mando cree que ha llegado la hora de probar al VF-4 en combate espacial, y dado que el Skull ha acumulado más horas de vuelo en el nuevo Veritech que cualquier otra unidad de las Fuerzas que lo está usando, solicité al Alto Mando que tenga al escuadrón en consideración – explicó con modestia el capitán Sterling, señalándose a sí mismo y a su esposa. – Y bueno, aquí nos tiene.

– Bueno, capitán, como siempre, estoy más que encantada de tener al mejor escuadrón de las Fuerzas a mi disposición – dijo Lisa, sonriendo y extendiendo la mano para estrechar la de Max, que por su parte estaba también sonriendo con inocultable orgullo. – Hable con el capitán del Marcus Antonius para que el Skull sea asignado a esa nave mientras dure la operación.

– Entendido, almirante, lo haré de inmediato – asintió Max, y su postura inicialmente formal cambió hasta demostrar genuina alegría y alivio. – Gusto en verte, Lisa.

– Igualmente, Max – respondió la almirante Hayes, dejando atrás la formalidad. – ¿Cómo está Dana? Escuché que ya empezó la escuela.

– Ella está bien, se divierte mucho, aunque algunos de los otros padres dicen que puede ser un poco... agresiva.

Lisa se rió con fuerza, imaginándose vívidamente las mil y una tropelías que podía llegar a hacer un huracán ambulante como Dana Sterling en la escuela primaria.

– No sé de donde pueden sacar esa idea... – tras una pausa, el tono de Lisa se volvió más sombrío. – ¿Y Bowie?

– Está bien... dentro de lo que puede considerarse "bien" – explicó Max con igual seriedad. – Lo dejamos junto a Dana con el coronel Emerson allá en Monumento mientras estemos fuera. Sé que Rolf los cuidará bien.

– Siempre es bueno tener a alguien en quien confiar – concluyó Lisa.

De pronto, la almirante Hayes dejó de mirar a Max y pasó concentró en su esposa, taladrándola con la mirada mientras la orgullosa piloto que alguna vez fuera la mejor piloto de la flota de Azonia parecía empequeñecer a cada instante que la almirante la fulminaba.

– En cuanto a usted, teniente comandante Parino... – comenzó Lisa con severidad, clavando sus ojos en la Zentraedi micronizada.

– Almirante, – Miriya se puso en posición de firme y apurándose a hacer menos doloroso el trámite, sintiéndose más pequeña que nunca bajo esa mirada que la atravesaba – le pido mil disculpas por mi comp---

Lisa la interrumpió con brusquedad.

– Después hablaremos de disculpas, comandante. Ahora quisiera hablar de las consecuencias de sus acciones.

Cuadrándose en una posición militar ligeramente exagerada, la teniente comandante Sterling procuró que Lisa no notara la manera en la que estaba tragando saliva.

– Almirante, mi comportamiento ha sido inexcusable y soy consciente de que merezco las penas que manda el Código de Justicia Militar por agresión a un oficial superior.

Lisa hizo un gesto con la mano, descartando todo lo que Miriya acababa de decir como si no importara en lo absoluto.

– No te preocupes, Miriya, te he dado un castigo mucho peor de lo que te imaginas.

– Lo soportaré como un soldado – declaró Miriya dramáticamente, preparada para lo peor tal como siempre lo había hecho.

– Muy bien entonces – repuso Lisa, esbozando una leve sonrisa y relajándose un poco de una postura que había sido evidentemente una muy buena actuación – porque si la gente de Personal está de acuerdo conmigo, en pocos días serás ascendida a comandante.

Los ojos de Miriya se abrieron como platos, y poco faltó para que la oficial Zentraedi se diera de bruces contra el suelo a causa de la sorpresa.

– ¡¿Disculpe?! – dijo sorprendida y confundida como nunca jamás lo había estado en su vida.

Había entrado a aquella oficina dispuesta a aceptar lo que fuera, desde una corte marcial sumaria hasta la destitución o incluso la ejecución, pero un ascenso era lo último que esperaba… y de pronto, recordando una expresión microniana que siempre la había hecho reír, Miriya sintió ganas de mirar a través de la ventana de la oficina para ver si no había cerdos volando por el espacio…

– Recomendé su ascenso luego del... incidente... de antes de ayer, comandante – prosiguió Lisa, ya más relajada y sonriente. – El servicio necesita de oficiales capaces de decir la verdad, por más dura, desagradable y poco bienvenida que pueda ser en un momento determinado. Resultaste ser de esa clase de personas, Miriya... y además tu ascenso ha sido demorado demasiado tiempo.

– ¡Oye, amor, felicitaciones! – le dijo Max, conteniendo las ganas de besarla en ese momento… porque no sabía dónde terminaría si lo hacía.

– Aún no está decidido el ascenso, Max – le recordó Lisa, trayendo a los Sterling de regreso a la realidad. – De cualquier manera, eso le da tiempo a tu esposa de ir preparándose...

– ¿Para qué? – preguntó Miriya, temiendo que su ascenso viniera con algún golpe especial.

Lisa sonrió pícaramente, disfrutando cada segundo de inquietud que le provocaba a Miriya.

– Tendrás muchas cervezas que comprar en el Bunker a nuestro regreso, Miriya. Después te diré cuál es mi marca favorita...


– Muy bien, señores, esta es nuestra situación – comenzó a exponer Rick, mientras todos los oficiales superiores del Alexander y los comandantes de escuadrón prestaban su completa atención. – Tendremos una falla total de los sistemas antigravitacionales en cinco días, lo que nos deja con dos alternativas: tratar de salir de aquí y luchar contra los Zentraedi o permanecer en este lugar y ser atraídos por la gravedad de Júpiter hasta ser destruidos. ¿Qué piensan ustedes?

Los presentes se miraban unos a otros, sin atinar una respuesta. No había necesidad de decir en voz alta que las opciones eran pocas y duras, y nadie parecía encontrar una alternativa que pudiera darles al menos una posibilidad remota de salir con vida. Reducidos a considerar la resignación o el escape, los oficiales del Alexander se encontraron con que ambas opciones significaban una muerte casi segura; la única diferencia estribaba en que la primera sería rápida y violenta, y la segunda una agonía lenta.

A pesar del trabajo agotador que hacía la tripulación, no había forma de que el Alexander pudiera enfrentar un combate contra una nave de guerra Zentraedi... mucho menos nueve de ellas. El casco estaba gravemente dañado, a pesar de los denodados y valientes esfuerzos de los pilotos Veritech por reparar las múltiples averías del casco exterior de la nave, y la mitad de los sistemas de armas estaban muertos.

Para todos los oficiales, la posibilidad del combate era poco menos que un pacto suicida.

Pero había algo más en la mente de esos oficiales; todos estaban hartos de esconderse, de lamer sus heridas y seguir ocultos ante la presencia del enemigo. Todos estaban hartos de seguir perdiendo gente… o de ver cómo morían sin poder hacer nada para ayudarlos, tal y como había ocurrido cuando presenciaron el sacrificio de la comandante Coleson y de todas aquellas personas en la bahía de aterrizaje de babor.

Era un estado de ánimo compartido por muchos miembros de la tripulación, y varios de los oficiales allí presentes habían oído a más de uno de sus tripulantes manifestar que si tenían que morir, era mil veces preferible caer luchando antes que entregarse y resignarse a perecer en aquel planeta infernal.

– ¿Hay alguna posibilidad de contactar a la Tierra? – preguntó el oficial de navegación del portaaviones.

– Ninguna – respondió Sammie, haciendo una negación vehemente con la cabeza para darle más énfasis. – Apenas podemos hacer funcionar los transmisores de corto alcance, y eso solamente para mantener comunicaciones con los escuadrones Veritech. Los transmisores de largo alcance han sufrido daños irreparables.

Desde su sitio, el teniente Bromco asintió a las palabras de Sammie, confirmándole al navegante y a todos los otros oficiales que ya no quedaban posibilidades de pedir auxilio a la Tierra.

– Señor, permiso para hablar libremente – solicitó el teniente Tessel, quien había pasado del Estado Mayor de Rick a servir como oficial táctico suplente en reemplazo de Vince.

– Adelante, teniente – le respondió Rick, tras lo cual Tessel se puso de pie antes de hablar.

– Creo que cualquier cosa es preferible a quedarnos sentados aquí esperando a morir, señor – declaró entonces el teniente, cosechando al instante el asentimiento enérgico de los otros oficiales del portaaviones.

Rick sonrió al notar esa reacción tan decidida de parte de los oficiales, ya que era muy bueno y positivo saber que a pesar de toda la muerte y destrucción que el Alexander había sufrido en la batalla y en los días que le siguieron, aún quedaba espíritu combativo en la tripulación… aún quedaba fuego en aquellos hombres y mujeres golpeados. Sin embargo y por más que se alegrara de lo que acababa de oírle decir a Jack Tessel, tenía que asegurarse de que eso era efectivamente lo que querían los altos oficiales.

– En esto tengo que consultarlos a todos ustedes – anunció Rick. – No puedo tomar por ustedes una decisión que bien podría significar vivir o morir. Así que les digo: todos los que deseen intentar regresar a la Tierra, levanten la mano.

Ninguno de los presentes dudó en levantar la mano.

– Resuelto esto... – dijo Rick con una sonrisa, encendiendo una de las pantallas de la sala de conferencias – es hora de que les comente acerca de un pequeño plan que estuvimos trabajando con el teniente Grant. Básicamente consiste en lo siguiente: intentaremos burlar el bloqueo Zentraedi y regresar a la Tierra.

Los rostros de los oficiales mostraban sorpresa completa ante la noticia de que ya había un plan en desarrollo, y casi automáticamente, muchos de ellos se acomodaron para escuchar mejor todo lo que pudieran sobre ese plan, inclinándose hacia delante para ver mejor lo que fuera a aparecer en la pantalla… esperando en silencio que no se tratara de algo suicida.

Una vez encendida, la pantalla mostró un elaborado diagrama de Júpiter y su sistema de lunas, y dentro del gigantesco planeta, un solitario punto azul indicaba la posición del golpeado Alexander.

– Creo que está más que claro que no estamos en condiciones de enfrentarnos directamente a la flota Zentraedi, así que nuestra mejor opción consiste en eludirlos lo más que podamos. Teniente Vansen¿los Zentraedi continúan en su posición? – preguntó Rick a la oficial encargada de los sensores de la nave.

– No ha habido ningún movimiento extraño, señor. Ambos grupos continúan en donde los detectamos – contestó la teniente Vansen, negando con la cabeza.

– Excelente, Corina. Eso significa que hay cinco naves enemigas aquí – Rick señaló un punto cercano a la órbita de Io, el más cercano de los cuatro satélites principales de Júpiter. – Eso las pone lo suficientemente alejadas de nosotros como para darnos ventaja en un intento de escape.

– El problema, señor – indicó la teniente Vansen, señalando otro punto en el display de la pantalla – son estas otras cuatro naves que están a 400 kilómetros por sobre la atmósfera. No hay forma de que podamos escapar de ellas, o movernos sigilosamente para evitar ser detectados.

– Tiene razón, teniente – prosiguió Rick, volviéndose hacia el oficial táctico. – Y aquí es donde entra la segunda parte del plan. Teniente Tessel¿cuántos misiles antinave tenemos disponibles?

– Veinticuatro, señor – informó Tessel sin necesidad de consultar la planilla que había llevado. – Podemos darles otros seis misiles en dos días.

– Perfecto, necesitaremos todos los misiles que podamos poner en funcionamiento. El plan es dispararlos a todos contra estas naves – indicó con un puntero al grupo enemigo cercano a la atmósfera – y respaldarlo con fuego de los cañones de partículas y los escuadrones Veritech.

Casi al instante, una animación apareció en la pantalla, mostrando la maniobra que Rick acababa de describir, desde el instante en que el Alexander lanzaba sus misiles hasta el momento en que éstos hacían impacto contra las naves del grupo Zentraedi.

"Si tan sólo fuera así de fácil…" pensó Rick en un arrebato de pesimismo.

– Pero señor… apenas tenemos cuatro torretas funcionando – balbuceó Tessel.

– Además¿lanzar los escuadrones Veritech no expondría al Alexander a un ataque masivo del enemigo? – intervino el comandante Morehouse, mientras los otros líderes de escuadrón asentían al comentario hecho por el comandante del grupo aéreo.

– Es por eso que la velocidad es fundamental – terció Vince Grant, interviniendo por primera vez en la discusión. – La idea es abandonar la atmósfera a máxima velocidad, lanzar los misiles y disparar una salva de cañones contra las naves Zentraedi para provocarles todos los daños que podamos. Luego, los escuadrones Veritech harán una única pasada contra las naves enemigas, destruyendo todos los mechas que puedan y causando más daños a sus naves. Sólo habrá tiempo para una pasada... y después tendrán que regresar al Alexander a toda velocidad.

– Si tenemos éxito – retomó Rick, haciendo todo el énfasis posible en el condicional – dejaremos a los Zentraedi sin posibilidad de interceptarnos mientras nos alejamos a una distancia lo suficientemente segura como para realizar una transposición de regreso a la Tierra.

Se hizo el silencio en la sala.

– ¡¿Disculpe?! – exclamó el jefe de ingenieros, sin poder reprimir su estupefacción e incredulidad, y afortunadamente ya había terminado su café, porque de otra manera hubiera escupido a causa del shock. – ¿Usted está hablando de hacer una transposición con la nave... en estas condiciones?

– ¿Hay algún problema, comandante Terauchi? – replicó Rick.

El ingeniero miró a Rick con una expresión que daba a entender que no tenía idea alguna de por dónde empezar a enumerar problemas con aquel plan…

– En teoría, el sistema de transposición funciona, pero no estoy seguro de que nos pueda dejar exactamente donde queremos – explicó el ingeniero, recurriendo a todo el optimismo que tenía, que era bastante poco. – Eso si la estructura de la nave resiste las fuerzas gravitacionales y no nos deshacemos al intentarlo.

– Concentrémonos en reparar y reforzar el casco, entonces – dijo Vince como si fuera una tarea sencilla que sólo requiriera voluntad. – Debemos ocuparnos de mejorar nuestras posibilidades.

– Comandante, si logramos reparar el casco... ¿hay posibilidades? – preguntó Rick al ingeniero… y notando que los pilotos de Veritech se erguían en sus sillas, como si estuvieran a punto de ofrecerse todos como voluntarios para las misiones de reparación.

– Habría posibilidades, pero todavía estamos hablando de un riesgo muy grande, señor – concedió Terauchi. – Sólo lo recomendaría en caso de estar desesperados.

– Me parece que la palabra "desesperados" define nuestra situación, comandante – concluyó Rick. – Ahora, señores, ocupémonos de refinar este plan. Quiero su opinión acerca de nuestras posibilidades.

Rick recorrió con la vista a todos los oficiales de la nave, y su tono de voz se volvió glacial.

– La velocidad y la coordinación son esenciales. Si no nos movemos rápido, estamos muertos...


Se respiraba expectación y una creciente tensión en la sala.

Todos los oficiales presentes esperaban con ansias el briefing de la Operación Alaska, que empezaría en pocos minutos, si había que creerle al anuncio oficial que habían recibido algunas horas atrás. La expectativa de parte de los oficiales convocados era inocultable; todos querían saber de qué trataba aquella operación en la que tanto se había trabajado y que era el tema principal de los rumores que recorrían a las Fuerzas de la Tierra Unida.

Prácticamente todos los asientos del Auditorio Principal del Satélite estaban ocupados por oficiales militares. Los grandes y pesados sobretodos azules y gorras blancas de los capitanes de naves de guerra se mezclaban con los uniformes grises de los jefes de grupo aéreo y los blancos de los comandantes de escuadrón, acompañados a su vez por uniformes de variados colores, pertenecientes a los oficiales tácticos y de otras especialidades que habían sido invitados al briefing.

Los miembros de cada línea de trabajo tendían a reunirse en pequeños grupos para comentar las expectativas y rumores que rodeaban a la operación, sea para expresar su ansiedad o para dejar en claro sus preocupaciones, pero de una manera u otra, el único tema de discusión era aquella operación a la que habían sido asignados.

La concurrencia era atendida por numerosos oficiales jóvenes, suboficiales y tripulantes que se ocupaban de mantener el orden e indicar a cada recién llegado el lugar donde habría de sentarse. Algunos pocos permanecían de pie, portando carpetas y folios que repartirían entre los oficiales a su debido momento.

En el palco desde donde se llevaría a cabo la exposición, estaba colocada una mesa a pocos metros del podio, a la cual estaban sentados cuatro oficiales de alto rango que tendrían un papel importante en la operación. Los cuatro oficiales miraban a la concurrencia sin decir una sola palabra, quizás porque ellos mismos estaban también abrumados por la expectativa, mientras que detrás de aquella mesa, una gigantesca pantalla dominaba la pared sobre la que estaba colocada, empequeñeciendo a la mesa y a sus ocupantes.

– ¡Almirante en cubierta! – proclamó un sargento, poniendo un abrupto fin a la cháchara con su anuncio.

Al instante, hizo su aparición la contralmirante Lisa Hayes, seguida respetuosamente a dos pasos de distancia por la comandante Young, y al paso de Lisa, todos los presentes dejaron lo que estaban haciendo y se cuadraron en posición de firmes. Con paso decidido, Lisa caminó hasta el podio, mientras que Kim no tardó en encontrar un lugar en la mesa junto a Max Sterling.

De pie tras un atril, y luego de ajustar el micrófono, Lisa se dirigió a la concurrencia:

– Descansen. Por favor, tomen asiento.

Como un sólo hombre, los numerosos oficiales tomaron asiento y clavaron su mirada en Lisa y en la pantalla. Con un leve gesto, Lisa indicó a los ujieres que repartieran las carpetas a los oficiales presentes, cosa que no tardaron en hacer los oficiales y suboficiales designados a tal efecto. Muy pocos de los oficiales convocados a la junta pudieron resistir la tentación de abrir las carpetas y echar un vistazo a lo que había adentro, pero bastó que la almirante Hayes hiciera un notorio carraspeo para que dejaran de hacerlo.

Lisa recorrió con la vista al conjunto de oficiales reunidos y se sintió positivamente impresionada; era la primera vez en su carrera que tenía a tantos oficiales a su cargo... los mandos ejercidos por los concurrentes equivalían a treinta y cinco naves de guerra, doce naves de apoyo y cientos, tal vez miles, de cazas Veritech y aeronaves convencionales de ataque.

La sola idea de estar al frente de semejante acumulación de poder de fuego y capacidad destructiva bastaba para marearla.

Reconoció en aquella marea multicolor de uniformes algunos rostros familiares... oficiales con los que había servido en alguna oportunidad, gente con la que trató por necesidades del servicio... incluso había tres o cuatro compañeros de su promoción en la Academia Militar.

– Damas y caballeros – comenzó Lisa sin dejar de mirar a la audiencia – les recuerdo que esta reunión ha sido clasificada como "secreto de Estado". Por lo tanto, tienen prohibido comentar con nadie los temas que se tratarán aquí, excepto con sus oficiales de plana mayor y según lo exijan las necesidades de la operación. Se ha requerido la presencia en esta conferencia de los oficiales con mando de naves de combate, grupos aéreos y escuadrones de caza, además de algunos otros oficiales cuya presencia ha sido calificada como necesaria para el éxito de la operación. ¿Está comprendido?

Los presentes asintieron, sin necesidad de responder verbalmente.

– Bueno, podemos comenzar – dijo Lisa haciendo un gesto a Kim para que bajara las luces y encendiera la pantalla.

A la vez que el Auditorio se oscurecía, la enorme pantalla cobró vida, mostrando a la concurrencia una imagen generada por computadora de Júpiter, rodeado por su numeroso cortejo de lunas.

– Damas y caballeros, se los ha convocado para informarles acerca de la Operación Alaska, aprobada por el Alto Mando el día de ayer. Todos ustedes comandan unidades militares seleccionadas para participar en Alaska.

En la pantalla aparecieron súbitamente una serie de marcadores sobre la imagen de Júpiter, indicando tres puntos en el espacio; aquel donde el Alexander y su escolta habían salido de la transposición, el punto en donde había comenzado la batalla, y la última posición conocida del Alexander.

– La Operación Alaska tiene tres objetivos – prosiguió Lisa con la presentación. – El primero es el de determinar el paradero y situación actual del portaaviones Alexander, y prestar cualquier asistencia requerida... o buscar y rescatar sobrevivientes en caso de que la nave haya sido destruida.

Si alguno de los presentes notó el brevísimo instante en el que la voz de Lisa se quebró al mencionar la posibilidad de la destrucción del Alexander, nadie lo demostró abiertamente.

Lisa tragó saliva, pero su rostro adquirió en ese momento una expresión determinada que ocultó por completo cualquier muestra de inquietud, mientras que detrás de ella, la imagen en la pantalla cambió a un display táctico, que incluía un listado de naves de combate Zentraedi enfrentado a otro de naves de la Tierra.

– El segundo objetivo consiste en detectar, identificar y, de ser necesario – el tono en el que dijo esa frase no parecía dar muchas esperanzas de que no fuera necesario, – entablar combate con cualquier fuerza Zentraedi que se halle en las cercanías de Júpiter. Por último, el tercer objetivo consiste en establecer una presencia permanente en el sistema solar exterior, continuando la tarea iniciada por el Convoy Io-1 antes de su destrucción.

La atención de todos estaba concentrada en Lisa y en las imágenes que aparecían en la pantalla… y la joven almirante Hayes pudo sentir en la piel la tensión que se había levantado en el lugar.

– Siguiendo el primer objetivo, iniciaremos una búsqueda exhaustiva comenzando por las últimas coordenadas conocidas del Alexander. Continuaremos los intentos de establecer comunicaciones con la nave. Los patrones de búsqueda y protocolos están contenidos en las carpetas que les han sido entregadas. En cuanto al segundo objetivo...

Todos estaban expectantes, esperando escuchar la información disponible sobre las fuerzas enemigas a las que muy probablemente deberían enfrentarse.

– Según nuestros reportes de Inteligencia y la información recopilada durante la última batalla – continuó Lisa – la fuerza enemiga estaría compuesta por aproximadamente setecientos mechas de distintos tipos y nueve naves de combate: cinco fragatas clase Tou Redir, tres destructores clase Thuverl Salan... y un monitor.

Hubo una reacción colectiva de alientos entrecortados. Todos los presentes sabían de la nave que había encontrado el Grupo 6 durante su infortunado combate, y tenían presente que cualquier operación relacionada con el Alexander debería enfrentarse a ella, pero ver confirmadas aquellas suposiciones fue algo impresionante para los oficiales.

– La fuerza se organizará en cuatro grupos: tres grupos de combate y un grupo de apoyo – explicó entonces Lisa, mientras la pantalla se enfocaba en el listado de naves terrestres, correctamente ordenadas por tipo y clase, y cada una de ellas con un pequeño rótulo que indicaba el nombre de la nave. – El grupo Alfa estará formado por el Marcus Antonius, cinco destructores y cuatro fragatas bajo el mando del comodoro Franz Reiter.

Desde su sitio en la mesa, el comandante del Grupo de Batalla 3 asintió cortésmente a las palabras de Lisa.

– El grupo Bravo estará formado por dos cruceros, cuatro destructores y cuatro fragatas, y estará comandado por el capitán Arthur Mchwenge, del crucero Thresher. El grupo Charlie también estará formado por dos cruceros, cuatro destructores y cuatro fragatas bajo el mando del capitán César Balmaceda, del crucero Tristar.

Los dos oficiales en cuestión, al ser nombrados, se acomodaron visiblemente en sus sillas, sintiendo el peso de las miradas del resto de la concurrencia clavándose en ellos.

– En cuanto al grupo Delta, estará compuesto por las naves de apoyo y mantenimiento, escoltadas por dos destructores y tres fragatas, y se mantendrá alejado del campo de batalla hasta que podamos asegurar la órbita de Júpiter. Los escuadrones de combate Veritech serán comandados por el capitán Maximilian Sterling, del Escuadrón Skull.

Max asintió con una leve y modesta inclinación de su cabeza, y volvió la mirada a Lisa, quien prosiguió con la explicación.

– Según hemos determinado, los Zentraedi intentarán compensar su debilidad técnica e inferioridad numérica con maniobras tácticas para emboscarnos. Eso fue lo que le ocurrió al Grupo 6... sus naves se vieron arrastradas hasta un punto en el cual los Zentraedi pudieron atacarlos desde dos flancos. El plan de Alaska tiene previsto evitar que se repita esa situación.

La pantalla mostró entonces un diagrama táctico indicando el despliegue que la flota asumiría durante la operación, con cada grupo correctamente organizado según los planes formulados por la almirante Hayes.

– El grupo Alfa procederá hasta las últimas coordenadas del Alexander, y proveerá apoyo de cazas Veritech a la flota. Los grupos Bravo y Charlie se enfrentarán contra cualquier fuerza Zentraedi que intente atraparnos entre dos fuegos. Mantendremos a sus grupos de combate separados y ocupados, si deciden repetir las tácticas empleadas durante la batalla anterior. Una vez que hayamos acabado con los Zentraedi, el grupo Delta podrá reunirse con el resto de la flota para dar inicio a la construcción de una base de flota en las cercanías de Júpiter, estableciendo así una presencia permanente en el área. Permaneceremos apostados hasta que el Alto Mando decida que debemos regresar a la Tierra.

Lisa dejó que los oficiales absorbieran la información que acababan de escuchar, y pensaran en lo que se iba a venir con esa operación.

– Todas las naves deberán estar listas para partir a la Hora H, fijada a las 0800 de pasado mañana, 9 de abril. Envíen reportes y pedidos a mi oficina, si lo consideran necesario. Informen a su personal según lo crean conveniente, pero no olviden que los particulares de la operación están clasificados como secreto de Estado. En las carpetas que les entregamos están todos los datos concretos de la operación y de los procedimientos a utilizar. ¿Hay alguna pregunta?

– ¿Hay posibilidad de recibir refuerzos adicionales para la operación? – inquirió un oficial que Lisa identificó como el comandante del destructor Midway.

– Estamos barajando ciertas posibilidades, capitán Krylov – respondió Lisa. – Aún no hay nada definido al respecto.

Por prudencia, Lisa decidió no explayarse más al respecto… a excepción de Reiter, Max, Mchwenge y Balmaceda, ninguno de los oficiales presentes estaba al tanto de las tratativas que había entablado Lisa con Exedore para conseguir apoyo por parte de las fuerzas Zentraedi leales a la Tierra, y dada la explosiva situación a la que se enfrentaban, era conveniente no introducir un elemento inestable a la operación.

Sin mencionar que la respuesta de Lisa había sido completamente sincera… ya que aún no había novedades de parte de Exedore o de Breetai.

Algunos otros oficiales lanzaron preguntas referidas a cuestiones concretas de la misión, las cuales fueron respondidas en la medida de lo posible por Lisa o alguno de los miembros de su Estado Mayor. Una vez que todas las preguntas fueron contestadas a la entera satisfacción de los oficiales, y segura de que no quedaba una sola duda respecto de la operación, la almirante Hayes decidió que ya podía darse por concluida la junta.

– Pueden retirarse – ordenó Lisa.


Sábado 8 de abril de 2017

– ¿Alguna novedad, Vince?

– Nada nuevo, señor. La teniente Vansen me informó que cree poder poner en servicio el radar de largo alcance en algunas horas... seis al menos.

– Bueno, al menos algo está funcionando bien – sonrió Rick, satisfecho de tener al menos una buena noticia.

– Hemos podido reorganizar el sistema de turnos y guardias para aprovechar mejor el personal disponible.

– Perfecto. Tan sólo asegúrate de que todos tengan un tiempo para descansar – indicó Rick. – ¿Qué hay de las reparaciones en el casco?

– Ya hemos cubierto casi la mitad de los agujeros, comodoro… y a decir verdad, los pilotos de Veritech se están tropezando unos con otros en su esfuerzo por ofrecerse como voluntarios.

– ¿Hay algo que lo sorprenda de eso, teniente Grant?

– No creo que sea el momento para rivalidades del servicio, Rick – rió el primer oficial.

– Tienes toda la razón.

Los dos oficiales se hallaban en la oficina personal de Rick, revisando los resultados del trabajo que la tripulación venía haciendo hasta el momento. Casi veinticuatro horas habían pasado desde que Rick y Vince pusieran en conocimiento de la tripulación la existencia de un plan para escapar de aquel predicamento, y después de algunos minutos de comentar las noticias y estado de trabajo de la nave, Rick giró en la silla y se inclinó hacia adelante, pensando acerca del estado de ánimo de la tripulación hasta que, tras encontrar las palabras que buscaba, preguntó a su primer oficial:

– Dime, Vince... ¿cómo está tomando la tripulación el plan?

– Por lo que he visto, señor, con una mezcla medio extraña de "optimismo fatalista" – explicó el teniente Grant.

Rick arqueó una ceja y no pudo contener una sonrisa al escuchar el término que usó Vince.

– ¿"Optimismo fatalista", teniente Grant?

– Muchos creen que es una locura, pero están trabajando a todo lo que dan para que funcione – se explicó Vince, sin poder dejar de sonreír ante lo extraño de aquella situación. – Para ser sincero, señor, no está dando malos resultados, y juro que escuché a más de un tripulante haciendo un chiste sobre toda la situación.

– Espero que tomes nota... esto puede interesarles a los investigadores de Psicología Militar de la Academia – dijo Rick riendo ante la insólita contradicción.

– Me aseguraré de que tengan un reporte completo, comodoro.

En ese momento, Vince pudo notar que contrastando notoriamente con los informes, carpetas, papeles y plumas fuente que poblaban el escritorio del comodoro Hunter, había una cajita muy pequeña y delicada, que parecía estar forrada en... ¿terciopelo?

– ¿Qué es eso, señor? – preguntó con curiosidad el primer oficial.

Dándose cuenta de que Vince estaba hablando de la cajita, Rick se sintió un tanto avergonzado y tartamudeó un poco hasta poder dar una explicación escueta:

– No es nada... algo que compré la última vez que estuve en Monumento.

– ¿Le molesta si lo veo?

– Adelante, Vince – Rick señaló la caja, dándole permiso a Vince para que la tomara entre sus manazas.

No le tomó mucho tiempo a Vince darse cuenta de qué iba la cosa, y sus sospechas se confirmaron al abrir la caja y ver lo que había adentro.

– ¿Anillos de bodas¿Rick, ibas a...?

Rick se puso de pie y caminó hasta la ventana de su oficina, donde se quedó contemplando el titánico escenario de la eterna tormenta de Júpiter, con su violencia monumental y su extraña e imponente belleza… mientras su mente viajaba a los días anteriores a la partida del Alexander, cuando todo parecía más simple y tranquilo, y cuando lo único en lo que podía pensar era en la manera en que le haría a Lisa aquella propuesta con la que soñaba…

– Los compré para cuando regresáramos a la Tierra... tenía previsto proponerle matrimonio a Lisa en cuanto termináramos con la misión.

– Rick…

– ¿Qué pasa?

– ¿Por qué compraste anillos de boda en lugar de un anillo de compromiso? – preguntó confundido el teniente Grant, despertándole a Rick una risa muy necesaria y levantándole el ánimo.

– Bueno… – trató de explicar Rick, llevándose una mano a la nuca. – quería que a Lisa no le quedara la menor duda de que iba en serio… además me pareció un compromiso mucho más… comprometido.

El primer impulso de Vince fue palmear en el hombro a Rick y felicitarlo por haberse decidido finalmente a dar el gran paso; durante mucho tiempo, él y su esposa Jean habían debatido largo y tendido sobre lo que detenía a Rick y Lisa para que se casaran, y para él era motivo de alegría que su amigo se hubiera decidido finalmente a proponerle matrimonio.

En ocasiones normales, un hecho como éste daría pie a una noche de juerga con amigos en un bar, en donde el tema predilecto de conversación serían las mil y una locuras a hacer en la despedida de soltero, pero como Vince no tardó en recordar, ésta no era una ocasión normal… y conociendo a su oficial superior y amigo como lo hacía, muy probablemente Rick estuviera maldiciéndose en silencio por todo…

– Es hasta irónico ¿no te parece? Una vez que me decido a pedirle a Lisa que nos casemos, terminamos envueltos en este desastre – comenzó a hablar Rick sin mirar a su primer oficial, golpeando suavemente la ventana para dejando escapar algo de su frustración. – Y yo que pensaba que cosas como éstas sólo ocurrían en las malas películas.

– Bueno, Rick, – respondió Vince en un tono cautelosamente neutral – lo único que puedo decir es... felicitaciones.

– ¿Por qué?

– ¿Vas a casarte, o no?

Rick lo miró con total sorpresa.

– ¿De qué diablos estás hablando¡No sabemos siquiera si vamos a poder salir de ésta!

Cruzándose de brazos, el teniente Grant se dio el gusto de poner una expresión sarcástica como única respuesta al comentario del comodoro.

– Comodoro Hunter... no quisiera pensar que usted tiene alguna duda de que saldremos de esta situación – dijo Vince, usando exactamente las mismas palabras que Rick le había espetado durante su discusión dos días atrás.

Tras reconocer las palabras que él había usado en aquella oportunidad, Rick no pudo sino reír y reconocer que el teniente Grant había encontrado una excelente manera de callarlo.

– Ganó ésta, teniente Grant... no, no perdí las esperanzas, pero no quiero ilusionarme sabiendo que tenemos una tarea difícil adelante.

Sentándose en una de las sillas de la oficina, y dejando de lado los rangos y cargos, Vince invitó a Rick a hacer lo propio.

– Hagamos algo, comodoro Hunter... dejemos de hablar del plan por unos minutos y ocupémonos de tu boda. Nada de rangos tampoco.

– ¿Mi boda, Vince? – contraatacó Rick, arqueando una ceja. – ¿Qué hay de tu matrimonio?

– No cambies de tema, Rick. No es el tema de conversación. Además... ni pienses que voy a hablar teniendo a mi esposa a bordo – lo silenció Grant sin darle posibilidad alguna de objetar. – ¿Hay algo para beber en esta oficina?

– Nada más que agua. Estamos de servicio¿recuerdas? – le respondió Rick.

– Muy bien, agua será.

Rick se puso de pie y tomó una botella y un par de vasos que guardaba en un estante de la oficina, y después de servir agua en los dos y darle uno de los vasos a Vince, volvió a sentarse en la silla, acomodándose para la conversación.

– ¿Sabes qué es lo verdaderamente irónico, Vince? – comenzó a hablar Rick, abriéndose por primera vez en mucho tiempo y dejando salir sus demonios. – Demoré esto mucho tiempo por miedo... tenía miedo de arriesgar a Lisa a sufrir por una pérdida más. Tanto había lastimado a Lisa durante años, antes de que por fin estuviéramos juntos, que todo lo que quería en el mundo era evitarle una nueva pérdida, una nueva herida… quería evitar que sufriera. Eso fue lo que me impidió proponerle matrimonio... no quería hacerla una viuda.

Luego de detenerse un segundo para beber un poco de agua, Rick volvió a hablar, y su voz destilaba tristeza y culpa en un grado que Vince Grant nunca se hubiera podido imaginar…

– Y una vez que me decido a hacerlo, una vez que por fin me saco de encima todas las dudas, viene a suceder esto y de verdad corro el riesgo de ser tan sólo uno más en la lista de gente amada que desaparece de la vida de Lisa. No podría haberla lastimado más si me lo hubiera propuesto.

– No puedes culparte por lo que ocurrió – trató de tranquilizarlo Vince.

– Pero sí puedo culparme por dejar pasar el tiempo, por no hacer las cosas cuando tuve la oportunidad – respondió Rick. – Sí puedo culparme por lastimarla de esa manera…

El teniente Grant dejó su vaso sobre un estante cercano, y preparándose para lo que sería una dura batalla, decidió ir de frente contra las dudas y demonios de su amigo.

– No me salgas con eso, Rick – comenzó Vince, tratando de ser lo más diplomático y comprensivo que podía. – Nadie puede predecir el futuro, y de nada sirve que te culpes por algo sobre lo que no podías hacer nada. Lo que fuera que decidiste, lo hiciste pensando en Lisa. Fuiste sincero al no querer lastimarla y eso sólo muestra que tienes buenas intenciones para con ella.

– Te lo agradezco, pero no cambia nada – replicó Rick con una sonrisa triste en los labios. – Fui un idiota y sigo siendo un idiota...

– ¡No quiero oír eso, Rick! – replicó Vince, estallando finalmente y sobresaltando a su amigo. – Eres de las mejores personas que he conocido en mi vida, y no tienes por qué estar dudando así. Todos sabemos lo que hay que hacer cuando lo vemos en retrospectiva, y no sirve de nada. Ahora, si sigues con esa autocompasión, te prometo que llamaré a Sammie y entre los dos te haremos entrar en razón por las malas.

Rick dejó escapar una carcajada al imaginarse la situación… y sin que se diera cuenta, su ánimo mejoró en gran medida, ayudado por una risa que mucha falta le hacía.

– Gracias, Grant... necesitaba eso.

– Cuando quieras – respondió su amigo. – Volviendo al tema de la boda... te felicito, Rick. Estoy seguro de que serán muy felices juntos.

– ¿De veras lo crees?

– No sólo yo, sino todos los que los conocemos a ustedes dos. Para serte sincero, no entendemos cómo ustedes dos se privaron de estar juntos tanto tiempo.

– No preguntes… – fue todo lo que pudo decir Rick, sin muchas ganas de entrar en más explicaciones que pudieran volverlo a la depresión.

Vince rió al recordar algo, y Rick se quedó confundido y ligeramente inquieto al pensar en qué podía estar pensando su primer oficial… después de todo, el que fuera hermano de Claudia Grant no preanunciaba nada bueno…

– ¿Qué es tan gracioso?

– En realidad no debería decirte esto, pero los Sterling, el Trío, Jean y yo... – comenzó a explicar Vince, para luego callar repentinamente.

– Ah, no, no te vas a escapar de esta – insistió el comodoro. – ¿Qué pasa?

– Tenemos una especie de... bueno... mesa de apuestas – admitió Vince, un poco avergonzado por el tema.

Los ojos de Rick se abrieron como platos, y casi al instante tuvo toda la certeza del mundo de que lo que vendría sería algo que no le iba a gustar en lo más mínimo...

– ¿Y sobre qué están apostando, seré curioso? – preguntó Rick con cautela en la voz.

– Bueno... – trató de explicarse el teniente Grant, luciendo como un chiquillo atrapado con las manos en la masa mientras lo hacía – las apuestas son sobre cuando van a decidir casarse, y quién va a tener la iniciativa.

– ¿Y qué apostaste tú? – preguntó Rick genuinamente intrigado, curioso y asustado a la vez.

Y el que Vince Grant tardara en responder, y que al mismo tiempo evitara mirar a Rick, no hizo maravillas para calmar la ansiedad del comodoro Hunter.

– Aposté cincuenta créditos a que nunca acordarían antes de julio, y que Lisa sería la que propusiera la boda... – finalmente reconoció.

– ¡Pues qué confianza que tienes en mí! – bufó Rick cruzándose de brazos y dándole a su amigo una mirada muy poco amistosa.

– Oye ¿qué hay de malo en apostar a lo seguro? – se defendió Vince.

– Nada, aunque ahora me has dado más motivos para volver a la Tierra y hacerte perder. ¿Alguien apostó por mí?

– Max, creo, y me parece que Sammie también. Lo siento, Rick, parece que tendrás que trabajar un poco en tu imagen pública.

– Ya lo creo. Si salimos de esta... – comenzó Rick, pero Vince no lo dejó terminar la frase.

– Me lo puedo imaginar – dijo Vince. – Por ahora, será mejor que pensemos en salir de esta en vez de ilusionarnos con lo que haremos.

– Amén a eso – asintió Rick mientras bebía otro vaso de agua.

– ¿Qué tienes pensado para cenar, Rick? – preguntó Vince, cambiando de tema tan bruscamente que Rick debió primero preguntarse qué iba a comer antes de poder responder.

– Iba a cenar en mi camarote... "raciones de combate a la Hunter".

– Olvídalo. ¿Por qué no vienes a cenar conmigo y Jean en nuestro camarote? Te haría bien algo parecido a una cena normal en lugar de pasar la noche sólo con tu alma.

– ¿Estás seguro de que a Jean no le va a molestar? – inquirió Rick.

– Diablos, no... Además, no todos los días tenemos la oportunidad de invitar a nuestro capitán a comer.

– ¿Qué haces, Grant¿Buscas un ascenso? – dijo Rick riendo.

Encogiéndose de hombros, el teniente Grant puso una expresión de inocencia que ni él mismo podría llegar a creer.

– Ahora que lo mencionas, no me vendría mal que me hagan teniente comandante de una vez por todas...


– Es todo por hoy, señores, vayan a descansar – ordenó Lisa a los oficiales que estaban en la Sala de Situación luego de un largo día de afinar los detalles que quedaban de la Operación Alaska. – Mañana tenemos un día largo, y no quiero que lo encaren sin haber dormido bien.

Todo aquel día había sido dedicado a prácticas de combate y simulaciones de todo tipo, para lograr que la flota estuviera completamente lista para enfrentar lo que fuera que estuviera esperándola allá en Júpiter. Los oficiales a cargo de la operación, en especial Lisa, estaban decididos a no dejar nada librado al azar, y durante las prácticas habían tratado de cubrir cada situación posible, esforzándose hasta el límite para lograr que la flota pudiera actuar como una unidad coherente.

Y si bien las reacciones y aptitud de la flota dejaban algo que desear, había que reconocer que para tener apenas dos días de preparación, los mandos de la Operación Alaska habían hecho un verdadero milagro… en dos días, la flota había alcanzado un nivel de alistamiento que hubiera tomado dos semanas conseguir…

Lentamente, en respuesta a la orden de Lisa, la Sala de Situación fue quedando vacía, mientras el personal que trabajaba allí se retiraba para descansar antes de la partida de la flota, hasta que al cabo de unos pocos minutos, las únicas almas que permanecían en la Sala eran Lisa y Kim.

– Kim, si no tienes nada para hacer... ¿qué te parece si tenemos esa charla de la que hablamos ayer? – sugirió Lisa.

– Es una buena idea. ¿Tu camarote o el mío?

– El mío, si no te molesta.

– ¿Por qué habría de molestarme, almirante? – rió Kim.

A aquella hora de la tarde, el ambiente en el Satélite era de mayor tranquilidad, y la iluminación interna estaba disminuyendo, permitiendo así a los moradores del Satélite tener una idea más o menos acertada del paso del día y la noche. No les tomó mucho tiempo a las dos oficiales llegar hasta el camarote de Lisa, y una vez que lo hicieron, la almirante abrió la puerta, y dejó que primero pasara su invitada, quien fue a sentarse a uno de los sillones, dejándose caer del cansancio.

– Buscaré algo para beber – dijo Lisa caminando hacia la cocineta del camarote, deteniéndose un segundo para preguntarle a Kim: – ¿No te molesta si hacemos una noche no-alcohólica, no?

Kim se sobresaltó ante la sola mención de la palabra "alcohólica", ya que en su mente aparecieron espantosas escenas de Lisa y su "episodio" de hacía unos días…

– Por mí está bien. Tenemos una batalla mañana.

– Perfecto. ¿Cola o jugo de manzana?

– Una Cola para mí, si no es molestia – respondió Kim.

– De ninguna manera, serán dos Colas entonces – dijo Lisa, que ya para ese momento estaba hurgando en el refrigerador, apareciendo en la sala de estar unos pocos segundos después con una lata de Petite Cola en cada mano.

Las dos mujeres se sentaron en los sillones del camarote, bebiendo sorbos de Cola y permaneciendo en un incómodo silencio mientras buscaban las palabras adecuadas para empezar; Kim temiendo presionar demasiado a Lisa, y Lisa sin saber cómo abrirse sin explotar en el proceso.

La mirada de Lisa bajó hasta clavarse en la lata de Petite Cola que sostenía, evitando encontrarse con los ojos de su oficial ayudante de campo.

– A veces me pregunto... – comenzó Lisa casi con timidez – si Leonard no estaba en lo cierto… si todo esto es solamente porque me niego a aceptar la posibilidad de que Rick haya muerto durante la batalla.

– ¡Lisa, no puedes decir algo como eso! – exclamó Kim.

– ¿Por qué no, Kim? – replicó la almirante Hayes. – Tengo que preguntarme por qué estoy luchando si le voy a pedir a miles de personas que arriesguen sus vidas.

– ¿Qué pretendes, ser un androide sin sentimientos? – contraatacó su ayudante, apoyando las manos sobre sus piernas e inclinándose hacia delante. – Por supuesto que haces esto por Rick. Yo lo sé, todos los que están en la operación lo saben, diablos... todo el planeta debe imaginárselo. Y todavía están dispuestos a ayudarte con esta operación. ¿No lo ves¡Todos entienden por qué lo estás haciendo, y sólo un idiota como Leonard puede pensar que es algo malo!

– Pero no puedo pedirle a miles de hombres y mujeres que vayan a luchar porque no puedo---

Kim apoyó la lata con fuerza en la mesa, y clavó sus ojos en los de Lisa, interrumpiendo a la almirante en seco con la brusquedad de sus movimientos.

– ¿Acaso crees que todos luchan por principios abstractos como "patria", "deber" y "libertad"? Eso es importante, pero todos nos enrolamos para proteger a los que amamos, Lisa – trató de explicarle su amiga, recurriendo a un ejemplo que estaba fresco en su memoria. – ¿Recuerdas al sargento Krezinski, el que vino a agradecerte ayer en Frenchie's? Él no va a luchar por los seis mil del Alexander, sino por aquella persona especial que está allá. ¿Por qué diablos habría de ser diferente para ti?

– Es que yo no puedo dejarme guiar por mis sentimientos – trató de defenderse Lisa, y mientras lo hacía, su voz se hacía temblorosa. – Tengo responsabilidades---

– ¡Patrañas! – explotó Kim finalmente. – Eres una mujer, Lisa, tan humana como cualquiera de nosotros, y lo que sientes es natural. Lo que importa es lo que haces con esos sentimientos…

– Pero tengo un deber que cumplir. Soy responsable por todas las vidas humanas bajo mis órdenes, y lo último que puedo hacer es ponerlas en riesgo por lo que yo siento. Tal vez no debí haber insistido con esta operación...

Cruzándose de brazos, Kim sintió que estaba cerca de perder los estribos, muy a pesar de que todo lo que estaba queriendo hacer era ayudar a su amiga a sobrellevar aquel momento tan difícil de su vida…

Sólo que pudo emplear mejores palabras al hacerlo.

– Honestamente, Lisa¿cuál era la alternativa¿Encerrarte en tu camarote a ahogar tus desgracias en alcohol?

Ni bien terminó de decir esas palabras, Kim se llevó la mano a la boca, temiendo haberse pasado de la raya en una manera brutal… y temiendo por sobre todas las cosas la reacción que podría llegar a tener Lisa.

– Lo siento, Lisa, no debí...

Para su fortuna, Lisa no reaccionó mal, sino que simplemente se quedó un poco apesadumbrada y avergonzada al recordar el comportamiento que había tenido en días anteriores… y cuando respondió a Kim, lo hizo con una sonrisa triste.

– No hay nada de qué disculparse. Si alguien tiene que pedir disculpas, soy yo por haberme dejado caer hasta ese punto.

– Lisa – el tono de Kim se hizo más bajo y pausado, mucho más tranquilo – no tienes que disculparte por haber pasado por un momento como ese. Es completamente natural. Pero tú has hecho algo más con tu dolor... lo has aprovechado para algo positivo, en lugar de autocompadecerte y lamentarte. Estás construyendo algo valioso. Y por eso, todos los que te conocemos te admiramos.

La siempre seria y formal almirante Hayes se sonrojó visiblemente, conmovida hasta lo más íntimo de su ser por las palabras de su amiga.

– Gracias – las lágrimas se agolparon en los ojos de Lisa. – En serio...

– Piénsalo de esta manera... – intentó explicar Kim, procurando hacerse entender de la manera más amistosa posible – cuando Karl murió, tú permaneciste en la Tierra, sin poder hacer nada. Ahora tienes la oportunidad de hacer algo, incluso de recuperar con vida a Rick, y la estás aprovechando. Y además, estás dando la posibilidad a muchas personas de hacer algo por sus seres queridos en aquella nave. Eso es lo que estás haciendo por la flota. No le estás pidiendo que mueran... les estás pidiendo que luchen por una buena causa, una causa valiosa.

Lisa permaneció en silencio unos segundos, meditando las palabras de Kim y asimilando todo lo que decía...

– Pero ya basta de todo esto... – dijo Kim, preparándose para dar el siguiente paso. – Lisa, si no quieres seguir, no hay problema, pero creo que necesitas hablar... de Rick.

No hubo forma de que Lisa escondiera el dolor que le provocaba pensar en Rick; las lágrimas afloraban en los ojos de la almirante Hayes sin ningún intento por parte de ella de detenerlas, buscando una oportunidad de descargar el dolor acumulado, y de abrirse a la comprensión de otro ser humano. Había momentos en los que el dolor era demasiado grande como para soportarlo, aún para una persona fuerte como era Lisa.

– Dios, Kim, no tienes una idea de cuánto lo echo de menos... – dijo con la voz finalmente quebrada. – Hay momentos en los que tengo imágenes de él sufriendo... en esa nave, y pesadillas en las que él está... está...

Kim tomó la mano de su amiga, y la invitó silenciosamente a desahogarse.

– Cuando Karl murió, pensé que nunca iba a volver a amar de la misma manera... juré que jamás dejaría que me lastimaran de esa forma – explicó Lisa entre sollozos. – Y por mucho tiempo lo creí. Me escondí detrás del deber para que nadie más me hiriera. Y entonces llegó Rick... y todo fue distinto.

– Lo sé. Todas sabíamos, o nos imaginábamos que algo te había ocurrido para que fueras así como eras.

Lisa se detuvo un poco para respirar y recuperar el aliento; las lágrimas empezaban a salir con más naturalidad, aunque todavía no estaba llorando como su corazón le pedía a gritos que lo hiciera… simplemente no podía hacerlo.

– No quise creerlo al principio. No quería volver a sufrir por otra persona... pero no tuve alternativa. Fue más fuerte que yo, y me dolió mucho. Tú sabes... antes de que, bueno, antes de que estuviéramos juntos – trató de hacerse entender la almirante, costándole demasiado en medio de las lágrimas. – Y fue tan maravilloso, todo lo que vivimos Rick y yo, aún con la guerra en el medio. Me sentí viva otra vez, feliz más allá de lo que podía imaginar. Incluso me permití creer que las cosas serían distintas esta vez, que no perdería a otra persona a la que amo. Y ahora...

– No lo perdiste, Lisa. Si de veras creyeras que lo perdiste, no habrías lanzado todo este plan... y definitivamente no hubieras tenido aquella discusión con Leonard. Confía en mí... sé que Rick está bien y que lo encontraremos.

Lisa sonrió y bebió un poco de Cola, tratando de detener las lágrimas de una vez por todas.

– ¿Sabes? – prosiguió Lisa, secándose las lágrimas con la manga de su uniforme. – Fue por culpa mía que Rick estuviera en esa nave…

– ¿De qué estás hablando? – inquirió Kim, temerosa de que su amiga se estuviera culpando por cosas sobre las que no tenía responsabilidad alguna.

– Hace tres meses, cuando Maistroff y Gaumont me informaron que tenían pensado ascender a Rick y darle un grupo de batalla, ellos querían que yo los ayudara con eso… pero puse como condición que asignaran a Rick a un puesto seguro, aquí en el Sistema Solar, no en las naves que van en misión de exploración…

Kim no dijo nada, prefiriendo que Lisa se desahogara y dejara salir lo que guardaba.

– Quería que tuviera la oportunidad de dejar atrás la guerra… que pudiera descansar o estar lejos del combate… y cuando me dijeron que le iban a dar el Alexander, yo pensé que todo estaba resuelto, una nave que no iba a salir del Sistema en mucho tiempo… y de pronto, pasa esto…

– Lisa, no fue tu culpa – exclamó Kim mientras sujetaba a la almirante por los hombros, temerosa de que simplemente se desmoronara. – No había forma de que supieras lo que iba a pasar, tú sólo quisiste lo mejor para él… y ya lo vamos a ir a rescatar…

Por primera vez desde que habían comenzado a hablar, apareció una sonrisa leve y fugaz en los labios de Lisa Hayes.

– Es curioso... jamás hablé con nadie sobre estos temas, excepto con Claudia y Rick...

– Bueno, almirante, ya era hora de que lo hicieras – le dijo Kim con una enorme sonrisa, tratando de aliviar un poco el ambiente. – ¿Sabes? Hay gente dispuesta a ayudarte, si tan sólo no trataras de ser tan endemoniadamente autosuficiente.

Lisa se enjugó las lágrimas y miró a Kim a los ojos con una expresión triste.

– ¿Sabes qué, Kim? A veces creo que no te agradezco lo suficiente por todo lo que haces por mí.

Kim sólo hizo un gesto bromista, minimizando la frase de Lisa.

– Créeme, no necesitas hacer mucho más – una sonrisa traviesa apareció en su rostro. – Aunque un aumento de sueldo no me vendría nada mal.


La tripulación había estado trabajando sin pausa durante todo el día, enfrascada en esfuerzos que iban desde tareas de reparación y mantenimiento a toscos simulacros en los que trataban de poner en práctica el plan de escape ideado por el comodoro Hunter y el teniente Grant. Los equipos de ingenieros recorrían toda la nave, tratando de reparar cuanta avería pudieran encontrar, en una labor casi sobrehumana para volver a poner a la golpeada nave en condiciones de intentar aquel descabellado plan de escape.

No había un sólo tripulante en todo el Alexander que creyera que tenían una posibilidad seria de escapar, y para muchos de ellos, la sola idea de intentar fugarse de donde estaban era el equivalente práctico del suicidio. Sin embargo, y a pesar del pesimismo, la tripulación no bajaba los brazos ni se permitía expresar ese pesimismo en alguna manera perjudicial para todos. Es que ellos entendían la situación con claridad: locura o no, suicidio o no, el plan era la única posibilidad que tenían de dejar esa incertidumbre insoportable y luchar para regresar a la Tierra.

Y el esfuerzo estaba dando resultado. Contrario a los temores de Vince, el trabajo mantenía a la tripulación demasiado ocupada como para romper la disciplina, y no se habían registrado otros incidentes como el de la pelea en el hangar hacía dos días, que motivara aquel duro cruce de opiniones entre Rick y Vince. Para sorpresa de los oficiales, la moral estaba alta, aún si se tenían en cuenta las opiniones reservadas y pesimistas sobre el plan, y la tripulación estaba dando todo de sí en el esfuerzo.

Pocos minutos atrás, Rick había recibido una buena noticia: los equipos de trabajo acababan de poner en servicio el radar de largo alcance de la nave, que había sido deshabilitado durante la batalla, lo que significaba que podrían dejar de realizar aquellos peligrosos vuelos con las naves Ojo de Gato, ya que el Alexander disponía una vez más de la capacidad de vigilar el espacio cercano.

En ese momento, pasadas las 2300 horas, Rick y Vince estaban en el Puente, supervisando personalmente los trabajos de activación de la consola de radares mientras que Sammie estaba con los equipos de trabajo de la teniente Vansen en Control de Sensores, la estación principal de operación y mantenimiento de los sistemas de detección de la nave, observando los trabajos en aquel lado. Por fin, tras un arduo trabajo, el técnico de radar en el Puente informó a Rick que habían terminado, y que el radar estaba listo para ser activado en cuanto él lo deseara.

– Señor Grant¿qué le parece si activamos el radar de largo alcance? – preguntó Rick en un tono relajado y ligeramente cómico.

– Ahora es un momento tan bueno como cualquier otro – contestó Vince, encogiéndose de hombros en una continuación de la charada.

– Bien entonces – coincidió Rick mientras tomaba el auricular del teléfono, marcando un número y esperando a recibir una respuesta. – Puente a Control de Sensores, tienen luz verde para reiniciar el sistema de radares.

– Entendido, señor – fue la respuesta que el comodoro escuchó del otro lado del teléfono. – Estará funcionando en un instante.

Ni bien Rick colgó el auricular del teléfono, la pantalla de radar colocada en el Puente cobró vida, empezando de inmediato a dar cuenta de la información captada por el reactivado radar de largo alcance y despertando expresiones de satisfacción entre los técnicos y oficiales que habían trabajado por restaurar el radar. Rick sonrió con verdadera alegría al recibir confirmación de que el sistema de radares estaba funcionando perfectamente… o al menos, de la mejor manera que podía hacerlo.

Quizás, sólo quizás, fuera el principio de un cambio en su actual predicamento.

Para su desgracia, y desgracia de toda la nave, una voz rompió con aquel estado de cosas tan prometedor.

– Señor, estoy captando algo… – dijo ominosamente el sargento Jan De Vriess, pocos segundos después de haberse hecho cargo de la guardia en el radar.

Sin ninguna ilusión de que se tratara de algo bueno, a juzgar por el tono con el que el sargento había hecho su anuncio, Rick se apuró a acercarse a la pantalla de radar, procurando que nadie notara los nervios que iban en aumento en su interior a cada segundo.

Éstas no eran diferentes de las malas noticias que habían estado recibiendo desde el día de la batalla… de ninguna manera podían catalogarse como buenas noticias.

– ¿Recién las pudo detectar, sargento? – preguntó Rick con voz monocorde.

– Sí, señor. Sólo cuando encendimos los radares de largo alcance pudimos captarlas.

Rick frunció el ceño, retirándose por un segundo a la seguridad de sus propios pensamientos, en un intento de evaluar fríamente los cambios en la situación.

– ¿Teniente Tessel, puede identificar el número y tipo de naves? – preguntó Rick al oficial táctico.

– Un minuto, señor... estoy procesando la información – informó Tessel, sin levantar la mirada de su consola.

Rick hizo lo posible para contener la impaciencia mientras aguardaba a que los sistemas de Tessel procesaran los datos captados por el radar de largo alcance, sintiendo que su inquietud iba en aumento hasta que por fin el teniente levantó la vista de su consola para informar de los resultados:

– Tengo la clasificación, señor. Seis naves de guerra Zentraedi; dos destructores clase Thuverl Salan, dos fragatas clase Tou Redir, un transporte clase Quiltra Queleual y... un crucero de batalla clase Queadol Magdomilla, señor.

Rick contuvo una exclamación de sorpresa e incredulidad, encontrando al mismo tiempo la presencia de ánimo para regresar a su silla sin demostrar estar impactado por lo sucedido. Ya en la silla, el comodoro consideró las alternativas y trató de determinar la manera en la que estas nuevas naves alterarían sus planes… y casi de inmediato, sus preocupaciones se concentraron en el crucero de batalla.

Un crucero Zentraedi no sería tan letal como un monitor, pero era mucho más grande y resistente, por no mencionar su mayor variedad de armamentos y contingente de mechas a su disposición, lo que significaba que no había forma alguna de que el Alexander se plantara frente a semejante nave con esperanzas reales de sobrevivir.

– ¿Las nuevas naves enemigas se aproximan a nosotros? – preguntó entonces Rick, dirigiéndose al sargento De Vriess.

– No, señor – respondió el operador de radar, visiblemente aliviado. – Están en un curso que los llevará directamente hasta Io... creo que buscan reunirse con sus amigos que ya están allí.

– Muy bien entonces – Rick se dirigió al oficial táctico. – Teniente Tessel, quiero que trabaje con la estación de radar y mantenga una vigilancia constante sobre nuestros nuevos amigos. Quiero que me informe al menor cambio de su situación, no importa lo pequeño que sea.

– Entendido, señor – respondió Tessel.

Con las primeras instrucciones dadas, Rick regresó a sus cavilaciones, tratando de determinar qué jugada haría ahora en aquel ajedrez espacial; un juego de ajedrez donde el enemigo recibía más piezas. Absorto como estaba en sus pensamientos, Rick no notó que los oficiales de la nave lo estaban mirando fijamente, esperando de él que les dijera qué vendría ahora, pero sin que ninguno de ellos se atreviera a hacer la pregunta.

Fue necesario que Vince, en su condición de primer oficial, rompiera aquel silencio incómodo y pusiera en palabras lo que todos tenían en su mente.

– Señor¿qué haremos con el plan? – preguntó Vince.

Rick tardó en responderle, ya que estaba enfrascado en pensar exactamente eso: cómo modificar su plan para incorporar el hecho de que el enemigo tenía ahora seis naves de guerra más a su disposición… y en un acto de ironía que no se atrevió a hacer público, llegó a pensar que no debía sorprenderse de que la situación estuviera empeorando, que ya debía incluso estar acostumbrado a eso.

Después de unos segundos de incómodo silencio, lo único que Rick pudo decir fue:

– Bueno, esto ciertamente complica las cosas... ¡Señor Grant!

– ¡Sí, señor! – respondió Vince, expectante ante el siguiente movimiento que intentarían.

– Que la nave pase a Condición Dos de inmediato. Toda la tripulación deberá mantenerse alerta y lista para entrar en acción a la primera señal.

– Entendido, señor – asintió Vince, y activó de inmediato el sistema de altoparlantes.

Segundos después, su voz, magnificada por los altoparlantes, retumbaba en cada compartimiento y pasillo del Alexander.

– Establecer Condición Dos en toda la nave. Todo el personal deberá mantenerse en estado de alerta permanente hasta nuevo aviso. Esto no es un simulacro, repito, no es un simulacro. Establecer Condición Dos en toda la nave...


Domingo 9 de abril de 2017

Había dormido bien por primera vez en demasiado tiempo, y cuando se despertó, lo hizo sintiéndose totalmente relajada y despejada, lista para afrontar lo que vendría. Los sueños insistían en atormentarla, tan vívidos y dolorosos como siempre, pero ya no la afectaban tanto, y su sueño había venido acompañado por la satisfacción de no resignarse, de que a pesar de todo, enfrentaría con todas sus fuerzas lo que parecía inevitable.

Después de todo, hoy era aquel día. Ese día.

Lo primero era una ducha larga con agua caliente, para poder limpiarse y despertarse del todo. Dejó correr el agua durante diez gloriosos minutos, entregándose a la sensación cálida que recorría su cuerpo de la cabeza a los pies, y en cuanto terminó con la ducha, se lavó los dientes y arregló el cabello a conciencia, como solía hacer todas las mañanas.

Seguía luego el ponerse la ropa. Después de la ropa interior, siguió su habitual uniforme de servicio: la camisa blanca y liviana, la pollera negra, las medias, los zapatos blancos, la larga chaqueta negra con galones dorados y cintas multicolores de servicio y condecoración en el pecho, y finalmente la gorra blanca, y en cuanto todo estuvo listo, sólo requirió de una revisión frente al espejo para hacer los últimos ajustes.

Esta mañana no tomaría su acostumbrado café en Frenchie's, dado que simplemente no tenía tiempo suficiente como para disfrutar de esa bebida en la manera que merecía. Ya desde la noche anterior, ella se había decidido a prepararse una buena taza de café allí mismo; no importaba lo que hiciera ese día ni a qué confín del Universo iría, no había manera de que lo comenzara sin su café caliente. En previsión, había dejado lo suficiente para un fuerte desayuno que la hiciera aguantar toda la mañana, y lo atacó con ganas, terminándolo en cuestión de minutos al igual que su taza de café con azúcar.

Todavía faltaban algunos minutos antes de tener que irse, así que aprovechó para tender la cama y dejar el lugar en condiciones, y una vez que terminó de ordenarlo todo, cargó el bolso que había preparado la noche anterior hasta la puerta del camarote y se aseguró de no dejar nada que fuera a necesitar.

Era un hábito que tenía antes de encarar algo grande... revisar y volver a revisar que no se estuviera olvidando de nada.

Con su conciencia satisfecha de no estar olvidándose de algo importante, como la llave de gas o algún grifo abierto, echó un último vistazo a su camarote, e inhalando con fuerza para juntar aliento, abrió la puerta y salió de allí lista para enfrentar al mundo.

Del otro lado, como todas las mañanas, la estaba esperando Kim Young, impecable en su uniforme azul cobalto, recibiéndola con la misma expresión de decisión en el rostro que ella portaba.

– Buenos días, almirante Hayes ¿durmió bien? – preguntó su ayudante usando aquella fórmula casi ritual con la que se daban la bienvenida todas las mañanas.

– Muy bien, comandante Young ¿y usted? – respondió Lisa con una sonrisa en los labios.

"Pesadillas al margen, claro está."

– Tuve una buena noche – contestó Kim volviendo la vista al frente, acomodando los habituales papeles de todas las mañanas. – Espero que hayas desayunado fuerte, Lisa.

– Oh, fue algo bueno para empezar el día – dijo sin mayores explicaciones la almirante Hayes. – Tú sabes, lo mismo de siempre: café y algo para comer.

Ambas mujeres comenzaron a caminar por el pasillo, hasta que tras recorrer unos cientos de metros finalmente salieron del área de dormitorios, poniendo rumbo hacia las bahías de aterrizaje del Satélite. A decir verdad, nada de lo que veían en el camino indicaba que aquella fuera una mañana distinta en el gigantesco Satélite Fábrica; el personal iba y venía por todas partes con los ritmos acostumbrados, producto de días de rutina y aceitado funcionamiento militar.

No habían hecho diez minutos de caminata cuando la almirante y la comandante se toparon con Bill Morrison, y a juzgar por su apariencia, el joven periodista había tenido el mismo agradable despertar de un joven recluta cuando escucha por primera vez el toque de diana… y Lisa hubiera jurado que todavía traía la almohada pegada al rostro.

– Buenos días, almirante – saludó el joven, portando su cámara de video en la mano y una mochila al hombro… mientras sus labios hacían lo imposible para contener un muy inoportuno bostezo.

– Buenos días, señor Morrison – dijo Lisa devolviendo el saludo y las buenas intenciones. – Espero que haya dormido bien, hoy tendremos un día agitado.

– Ya lo creo, almirante – sonrió el periodista, encontrando fuerzas de donde no las tenía para reprimir otro bostezo, hasta que de pronto, como despertándose del todo, buscó frenéticamente algo en su agenda electrónica. – Por cierto, respecto de lo de la entrevista...

– Se mantiene como acordamos anoche... en principio sería una vez que hayamos terminado – le aseguró Lisa, y Morrison asintió.

– Perfectamente claro, sólo quería confirmar – contestó Morrison anotando algunas cosas en la agenda electrónica… y sobresaltándose al notar la hora que era. – Diablos, me tengo que ir... ¡mi transbordador sale en quince minutos! Hasta luego, almirante, comandante, las veré más tarde.

– Nos veremos en el Marcus Antonius, señor Morrison – lo despidió Lisa, y el periodista desapareció en uno de los pasillos, corriendo con todas las fuerzas que le daban sus piernas.

– Vámonos, almirante, tenemos un transbordador que tomar – le dijo Kim, rompiendo el silencio en el que las dos habían caído luego de la partida de Morrison.

Señalando hacia adelante con un gesto de su brazo, Lisa indicó a su ayudante que guiara el camino.

– Te sigo, Kim.


El transbordador, un modelo militar tipo SC-27 "Star Goose", dejó la enormidad de la bahía de aterrizaje 8 del Satélite Fábrica, propulsándose con sus propios motores para cubrir la distancia que lo separaba de su destino.

El espacio cercano al Satélite Fábrica era un hervidero de actividad; transbordadores que iban y venían llevando personal y carga de un lugar a otro, naves y cápsulas de mantenimiento que daban los toques finales a las enormes naves militares y civiles, docenas de cazas Veritech en vuelos de patrullaje... el increíble grado de actividad que bullía alrededor de la inmensa estructura artificial era algo que jamás dejaba de sorprender a quienes veían al gigantesco Satélite Fábrica.

A lo lejos, la Tierra flotaba en la negrura del espacio, plácida y aparentemente eterna e inmutable, continuando su progresión a través de los cielos como lo había hecho desde hacía miles de millones de años, desde antes de que una especie joven y ávida surgiera en su seno y extendiera su mano a las estrellas para buscar su destino.

Sentada en uno de los asientos del transbordador (convenientemente equipado con un sistema de cápsula de escape), la contralmirante Lisa Hayes no podía apartar sus ojos de la vista que le proporcionaba la ventanilla junto a la cual se había sentada, atrapada por aquella misteriosa, cautivante y oscura extensión del espacio, que había atrapado su imaginación desde el primer día que ella vio el cielo estrellado... una noche en aquella estancia de Nueva York, hacía ya tanto tiempo, en lo que ahora parecía un mundo completamente distinto y que sólo existía en las fábulas de un pasado remoto…

El rostro de la almirante no dejaba escapar ninguna pista respecto de su estado de ánimo; sus ojos estaban perdidos en la contemplación del infinito espacio, y sus labios estaban apretados en una fina línea que no era una sonrisa, pero tampoco una mueca de disgusto. Era lo más cercano a una cara de póquer que podía poner Lisa... pero a pesar de estar hecha con toda la intención de ocultar sus emociones, Lisa Hayes era simplemente demasiado expresiva como para poder disimular sus sentimientos de manera convincente.

Sentada al lado de la almirante, Kim no necesitaba pensar mucho para entender lo que su amiga estaba queriendo significar con aquella postura… luego de casi diez años de conocerse, Kim Young tenía perfectamente claro que Lisa Hayes podía ser la Reina del Hielo cuando quería, pero en materia de emociones era un libro irremediablemente abierto….

– ¿Nervios, almirante Hayes? – le preguntó, sacando a Lisa de sus pensamientos.

– No, en realidad no... – contestó Lisa, mirando a su ayudante y sonriendo levemente. – Sólo estaba pensando, nada más.

– ¿Algo en particular? – insistió Kim, absteniéndose de preguntar si estaba pensando en alguien.

De cualquier manera, pronunciada o callada, la pregunta estaba en el aire.

– En la misión... en lo que pueda ocurrir... – intentó responder Lisa, desviando la mirada para no cruzarse con los ojos de Kim.

No quería que lo supiera, pero decidió que no importaba después de todo. Necesitaba decírselo.

– Pensaba en Rick – admitió casi en un susurro y con la mirada caída.

Kim sonrió comprensivamente y posó una mano en el hombro de su joven oficial superior en un gesto de aliento.

– No te preocupes, Lisa... no tengo la menor duda de que Rick se las arregló para salir bien de ese problema.

– ¿Por qué lo dices? – preguntó Lisa.

– Llámalo intuición – respondió Kim crípticamente, dándose aires de misterio al pronunciar esas palabras. – Rick es un sobreviviente, Lisa... no se va a dejar derrotar por algo como esto. Verás que va a estar bien.

Lisa sonrió lentamente, y se reclinó en el asiento como desperezándose.

– Espero que tengas razón, Kim... espero que tengas razón.

– Sabes que la tengo, Lisa – dijo Kim con una arrogancia tan insufrible que Lisa no supo si reír o golpearla. – Figura en mi descripción de trabajo.

Lisa sacudió la cabeza, dejando escapar una risita alegre ante la seguridad que su amiga radiaba con sus palabras y gestos. Por su parte, Kim había dejado la risa atrás, y ahora preguntaba con completa seriedad, recordando la charla de la noche anterior y los temas que habían tocado.

– ¿Tienes alguna duda respecto de la operación?

– No, ninguna, ya no – dijo Lisa con tono decidido. – Es sólo... tú sabes, esa sensación que tenemos antes de algo grande... esa incertidumbre...

– "Las vísperas de la batalla" – dijo Kim, gesticulando de manera exagerada y teatral.

– Exactamente – coincidió la almirante en medio de las risas que su amiga siempre lograba provocarle.

– Ya lo superarás – le aseguró la comandante Young. – Si el almirante Gloval estuviera aquí¿qué te diría?

Lisa dejó que su mente se perdiera en los recuerdos de Henry Gloval, el hombre que fue un padre para ella… y por un instante, pudo imaginar claramente que en lugar de su amiga y ayudante, estaba el almirante sentado al lado suyo, con la enorme gorra casi cubriéndole los ojos y la pipa en la mano ("¡Sólo la estaba sosteniendo!"), diciéndole con su vozarrón grave y de pronunciado acento ruso: "¿Lisa, algún problema?".

Ese recuerdo la hizo reír suavemente, y en silencio agradeció de corazón a su amiga por la ocurrencia… Dios sabía que necesitaba algo de qué reírse aquella mañana.

La voz del piloto del transbordador se escuchó por los altoparlantes, y Lisa y Kim dejaron lo que estaban haciendo para prestar mucha atención al anuncio.

– Almirante Hayes, dos minutos para abordar el Marcus Antonius.

Lisa dejó escapar un suspiro y se relajó en el asiento, dispuesta a aprovechar los últimos dos minutos de paz que le quedarían en el día.

– Allá vamos – dijo suavemente y a nadie en particular, sintiendo que su espíritu se movía a la misma velocidad que el transbordador, ansioso de llegar a su destino.


La flota encargada de la Operación Alaska flotaba en el medio del espacio, a 1500 kilómetros de distancia del Satélite, y los cascos largos y esbeltos de las naves involucradas, pintados de color azul oscuro, le daban a la formación de combate una belleza terrible e impiadosa, con sus naves asemejando tiburones al acecho, esperando la orden de abalanzarse sobre el enemigo.

Se trataba de la fuerza más grande que había reunido la Tierra desde el final de la Guerra Robotech, conformada sobre la base del Grupo de Batalla 3, las unidades del Grupo 6 que podían enfrentar combate y una buena cantidad de naves reunidas y rascadas de todo el Sistema Solar. Quince fragatas formaban el círculo exterior de defensa, complementando a los quince destructores que constituían tanto el círculo interior de defensa como la principal fuerza ofensiva de la flota. Los cuatro cruceros de la clase Tristar, sólo superados por la nave insignia en poder de fuego y capacidades, se hallaban en una formación de diamante en el centro de la flota, rodeando al gigantesco portaaviones Marcus Antonius, nave gemela del Alexander.

El Marcus Antonius dominaba a la flota en virtud de su tamaño, varias veces superior al de cualquier otra nave allí presente. Completamente idéntico en configuración y características al Alexander, el Marcus Antonius portaba una apariencia más veterana que la otra nave, ya que llevaba casi dos años en servicio y había pasado por una larga misión de exploración en el espacio profundo, pero a pesar de esas diferencias meramente cosméticas, ambas naves compartían el mismo diseño resistente e imponente, concebido por los ingenieros que diseñaron la clase Tokugawa hacía ya varios años.

En otra formación menor, a cierta distancia de la fuerza de combate, se hallaba un grupo de alrededor de una docena de naves auxiliares; transportes civiles como los que habían formado el Convoy Io-1, naves de aprovisionamiento, un par de naves-taller para reparaciones e incluso una nave hospital. La misión de este grupo era sentar las bases de una presencia permanente en aquella zona del espacio y ocuparse de reparar las naves dañadas y curar a los heridos que fueran llegando, lo más rápido posible.

Por supuesto, todo eso sólo podría hacerse una vez que los fragores del combate hubieran cesado.

Tras sortear exitosamente la formación de combate que rodeaba a la nave insignia, el transbordador que llevaba a Lisa Hayes y Kim Young se internó en la cavernosa bahía de aterrizaje de babor del Marcus Antonius, y desapareció como si jamás hubiera existido, como si lo hubiera devorado una bestia monstruosa.


– ¡ALMIRANTE EN CUBIERTA! – anunció con voz potente el sargento de guardia en la entrada de la Central de Comando de Flota del Marcus Antonius.

A esa voz, todo el personal presente se puso de pie y se cuadró sin demora alguna, conservando la posición y haciendo la venia mientras todas las miradas convergían en Lisa Hayes… la mujer que había concebido la operación y que la había defendido a capa y espada frente a una de las bestias negras del Alto Mando.

La misma mujer en cuyas manos todos los tripulantes del Marcus Antonius y del resto de las naves de la flota confiarían sus vidas para que los liderara en la batalla.

La mirada de Lisa recorrió la Central de Comando de Flota. Era imponente, aunque no tan pasmosa como su equivalente en el Satélite Fábrica... y al igual que la Central de Mando del Satélite, la Central del Marcus Antonius disponía de un módulo elevado para el almirante a cargo de la flota, desde el cual se podía tener acceso a todo el lugar, y que tenía vista a las filas de controladores y estaciones de sistemas que llenaban el nivel inferior. Incluso, dejando escapar una sonrisa, Lisa pudo comprobar que el módulo tenía un riel en el cual apoyarse, tal como era su postura habitual.

El comodoro Reiter, quien serviría como segundo al mando de Lisa y comandante de uno de los tres grupos operativos de la flota, se acercó a Lisa y le hizo la venia con precisión y formalidad, dándole oficialmente la bienvenida al lugar desde donde Lisa comandaría la Operación Alaska.

– Bienvenida al Marcus Antonius, almirante.

Lisa le devolvió el saludo y extendió luego la mano para que Reiter la estrechara.

– Es un honor estar aquí, comodoro. Por lo que he visto, maneja una buena nave.

– El crédito es del capitán Redwings, no mío – sonrió Reiter, agradeciendo de corazón aquel comentario. – Pero gracias por el elogio, de todas maneras.

En aquel momento apareció Vanessa Leeds, quien se había hecho cargo de la Central de Comando de Flota como oficial superior a cargo, lo que la convertiría en los ojos y oídos de Lisa en la Central, supervisando la actividad de los controladores y operadores en servicio, además de ocuparse de clasificar la información para que pudiera llegar a Lisa bien procesada y filtrada.

– Bienvenida a mis dominios, Lisa – dijo Vanessa con tono risueño, adoptando luego una impecable postura militar. – Toda la Central está lista para recibir sus órdenes.

– Muy bien, comandante Leeds. Pida reportes de situación a todas las naves de la flota.

Un dejo de excitación se notó en la voz de la almirante Hayes al pronunciar la palabra "flota"; era la primera vez que ella mandaría una flota en combate... algo para lo que se había preparado toda su vida.

Y lo haría para rescatarlo a él…

– Entendido, almirante – asintió Vanessa antes de volver a su puesto y pasar la orden a los hombres y mujeres bajo su mando.

– ¿No quiere sentarse? – preguntó Reiter con total cortesía, indicando con la cabeza la silla reservada al almirante.

– No... no todavía – contestó Lisa negando además con la cabeza, para luego caminar hasta llegar al riel del módulo, apoyando los brazos en el riel y sosteniendo el peso de su cuerpo en ellos, con el cuerpo inclinado hacia adelante.

Dejó vagar su mente unos segundos, contemplando la escena de actividad que se desarrollaba ante sus ojos. Docenas de hombres y mujeres trabajando con decisión y energía, listos para enfrentar lo que fuera que el destino tuviera reservado para ellos. Todos ellos tan profesionales, dedicados y jóvenes, enfrascados en su trabajo y atendiendo su pequeña porción de la realidad, formando con su esfuerzo mancomunado aquel cerebro de la flota que era la Central.

"¿Cuántos de ellos sobrevivirán si entramos en combate?", era la pregunta que Lisa no podía dejar de hacerse. Luego otra pregunta la invadió.

"¿Habrá pasado algo parecido en el Alexander... antes de la batalla?"

La voz de Vanessa, que sonaba sumamente inquieta y preocupada, y la frenética actividad que se desató en la Central de Comando, hizo que Lisa volviera a la realidad de manera definitiva.

– Almirante Hayes, estamos detectando tres naves de guerra acercándose a nuestra posición…

– ¿Son nuestras? – quiso saber Lisa.

A Vanessa sólo le tomó chequear con uno de los operadores para darle la respuesta a su almirante… y cuando lo hizo, la preocupación que portaba en el rostro era imposible de disimular.

– Son Zentraedi, almirante Hayes… – las palabras fueron pronunciadas casi como guardándose el aire. – Un destructor clase Thuverl Salan y dos fragatas clase Tou Redir…

Para estupefacción y sorpresa de Vanessa, Lisa simplemente sonrió, sin perder por un instante el aplomo y la compostura.

– Dígale a los operadores que revisen los sistemas de identificación amigo-enemigo, comandante Leeds – le indicó Lisa a Vanessa. – Si no me equivoco, esas naves no son ninguna amenaza para nosotros…

– ¿Y si se equivoca, almirante? – quiso saber Vanessa.

– Entonces tendremos prácticas de tiro, comandante – afirmó Lisa. – Cumpla la orden.

– ¡De inmediato, almirante Hayes! – asintió Vanessa, ya en camino a chequear la información con los operadores de sistema… y cuando lo hizo, volvió a donde estaba Lisa, con una expresión de sospecha en el rostro, matizada por una sonrisa divertida e incrédula.

– Almirante, vamos a tener que mejorar nuestra comunicación…

– ¿Tenía razón? – preguntó Lisa, sonriendo como si hubiera sido una niña pillada en una broma.

– Toda la razón, almirante…– contestó Vanessa, pasando luego a darle a Lisa la información. – El destructor Prakesh y las fragatas Berzaan y Rithai, registradas en nuestros archivos como pertenecientes a la flota aliada Zentraedi del general Breetai.

– Entonces, si son amigos… ¿no le parecería mejor que los saludemos, comandante?

En lugar de responder, ya que de hacerlo muy probablemente hubiera saltado al cuello de la almirante por provocarle semejante susto, Vanessa se ocupó de poner la pantalla de comunicación en actividad, dejándole el camino libre a Lisa en cuanto apareció en la pantalla la imagen de un inmenso capitán Zentraedi en el módulo de mando de su nave.

– Almirante Hayes – anunció el Zentraedi – soy el capitán Borall, comandante del destructor Zentraedi Prakesh, y vengo por órdenes de Lord Breetai a sumarme a su flota con las naves bajo mi mando.

– Gracias por venir, capitán Borall… es usted más que bienvenido a la flota – agradeció Lisa de todo corazón.

– Por cierto, almirante, Lord Breetai me solicitó que le haga llegar sus más sinceras disculpas – dijo el capitán Borall, confundiendo a Lisa con esas palabras. – En primer lugar, Lord Breetai lamenta lo exiguo de las fuerzas enviadas a participar a su operación, pero mis naves eran las únicas que podían llegar a la Tierra en el plazo fijado.

En la Central de Comando, Lisa no supo si reprender al Zentraedi o no: de ninguna manera sus naves podían ser consideradas como un aporte exiguo… las dos fragatas Zentraedi eran del mismo tamaño que sus cruceros clase Tristar, y el destructor de Borall era incluso mayor que el propio Marcus Antonius, con una eslora de casi dos kilómetros; todos sus sistemas de armas habían sido actualizados durante los años posteriores al Holocausto y en términos de mantenimiento, aquellas naves estaban prácticamente puestas a nuevo… sin mencionar a los cientos de battlepods y cazas que esas naves llevaban en sus hangares.

En todos los sentidos posibles, las tres naves del capitán Borall representaban un incremento extraordinario de las capacidades de combate de la flota, y si había algo que Lisa sentía al respecto, era un profundo agradecimiento a Breetai.

– ¿Y en segundo lugar? – quiso saber Lisa con curiosidad.

– En segundo lugar, almirante Hayes, Lord Breetai lamenta no haber venido personalmente, ya que su nave está a tres semanas de distancia de la Tierra… y me pidió que le haga llegar un mensaje.

Asintiendo con la cabeza, Lisa le indicó a Borall que estaba lista para escuchar el mensaje.

– Lord Breetai dice: "Que ganes todas las batallas, Lisa Hayes" – proclamó Borall con toda la formalidad que exigía aquel saludo tradicional de los Ejércitos Zentraedi, ese que sólo se reserva a los comandantes más respetados de entre aquella raza de soldados.

– Usted también, capitán Borall… y en cuanto pueda, dígale a Lord Breetai que le agradezco todo lo que ha hecho – respondió con toda sinceridad Lisa, haciendo lo imposible para no emocionarse frente al capitán Zentraedi. – Ubique a su destructor en el grupo central de la flota, capitán… en cuanto a las fragatas, asigne una a cada uno de los otros dos grupos.

– Comprendido, almirante – asintió el capitán Zentraedi llevándose el puño derecho al pecho… dedicándole a Lisa el equivalente Zentraedi de la venia militar. – Será como usted indique.

La pantalla se apagó, y tras unos segundos de silencio en los que Lisa sintió las miradas de prácticamente todo el mundo clavándose en ella, como si estuvieran echándole en cara el que se hubiera guardado para sí el detallito de que los Zentraedi enviarían refuerzos para la flota, la almirante se dirigió al comodoro Reiter, que había observado la conversación de Lisa con Borall desde un respetuoso segundo plano.

– ¿Cree poder hacerse cargo de un destructor Zentraedi en su grupo, comodoro Reiter? – preguntó Lisa a su segundo al mando con un tono risueño.

– Supongo que será una experiencia interesante, almirante – rió el comodoro, acusando pleno recibo del comentario.

Una vez más, Vanessa apareció junto a Lisa, llevando en la mano un escueto despacho que procedió a comunicar:

– Mensaje del Satélite Fábrica, almirante. Es el capitán Griswold. El mensaje dice "Buena suerte, almirante. Tráiganos un recuerdo de los Zentraedi. Griswold, fuera".

Lisa sonrió divertida, y no tardó en pedirle a la oficial de comunicaciones que le enviara un mensaje al capitán Griswold, quien se haría cargo del Satélite en ausencia de Lisa.

"No dejes que se te caiga a pedazos, Quentin. Hayes, fuera."

– Los reportes han llegado, almirante, y todas las naves reportan estar listas y aguardando sus órdenes – continuó informando Vanessa.

– Gracias, Vanessa – respondió Lisa en su voz más profesional, haciendo luego una señal a la oficial de comunicaciones y solicitándole que abriera un canal de comunicación a todas las naves de la flota.

El sonido de la sirena de anuncios generales le indicó a la almirante que ya podía tomar en sus manos el micrófono que le estaba alcanzando la oficial de comunicaciones.

– A toda la flota, habla la almirante Hayes – proclamó Lisa, deteniendo con esas palabras la actividad en toda la flota.

– A partir de este momento, las 0803 horas del 9 de abril de 2017, se declara iniciada la Operación Alaska. Todas las naves deberán iniciar los preparativos para una operación de transposición. A mi señal, todas las naves encenderán sus propulsores primarios y fijarán curso a las siguientes coordenadas. Cuando alcancemos una distancia de treinta mil kilómetros respecto al Satélite Fábrica, iniciaremos la transposición al Punto Alfa.

Sin perder un instante, Lisa marcó un set de coordenadas en una de las consolas a su disposición, coordenadas que fueron transmitidas a las computadoras de navegación de toda la flota.

– Señores, espero y confío en que cada uno de ustedes pueda dar lo mejor de sí. Buena suerte para todos. Nos veremos en Júpiter. Hayes, fuera.

En cuanto Lisa acabó con su anuncio, toda la Central se estremeció con actividad. La vocinglería de los controladores se confundía con las de los oficiales que trataban de estar por encima del ruido, configurando la cacofonía del combate… el sonido de miles de hombres y mujeres preparados para ir a la guerra.

En aquel momento, Lisa pensó súbitamente en Rick, imaginándolo junto a ella, pasando su brazo por su cintura en un gesto de apoyo… viendo sin ninguna clase de problema su rostro sonriente, deseándole suerte y prometiéndole estar siempre a su lado, apoyándola siempre que ella lo necesitara… y sin contenerse, Lisa sonrió como si lo tuviera realmente junto a ella, a la vez que trataba de evitar que las lágrimas escaparan de sus ojos.

Ese momento de debilidad duró poco, ya que la Reina del Hielo volvió con todas sus fuerzas, y Lisa se inclinó hacia adelante, con su mirada clavada al frente, dominando toda la escena y personificando en ella el espíritu de los miles de hombres y mujeres que partirían en ese momento al combate.

Desde donde se hallaba, en una de las estaciones del nivel inferior de la Central de Comando, a donde había ido para supervisar una situación que se había presentado con una de las operadoras, Kim volteó para observar a Lisa y la postura que había asumido; fría, determinada, profesional, implacable, al mando de todo y de todos, suprema desde aquel punto elevado. Lista para conducirlos a todos a la batalla, inspirando respeto y confianza con su solo porte.

La diosa de la guerra.

Así la hubiera llamado Sammie, siempre afecta a esa clase de descripciones dramáticas "sacadas de las películas".

– Todas las naves reportan estar listas para partir a su orden, almirante Hayes – informó Vanessa, respirando con fuerza como si estuviera juntando aliento para seguir.

Los ojos de Lisa volvieron a mirar al frente. Al infinito.

"Allá voy, Rick."

Cuando respondió, lo hizo con la voz más firme y decidida que cualquiera le hubiera escuchado en toda su vida… una voz que sin embargo, no llegaba a reflejar la decisión y firmeza de la joven mujer que conduciría a aquella flota a la batalla.

– Partimos.


NOTAS DEL AUTOR

- Bueno... un poco de muy necesaria tranquilidad tras tanta crisis, una buena oportunidad para ocuparse de los últimos preparativos, de dejar todo listo y de sacarse las cosas que se llevan guardadas muy dentro; tanto Rick como Lisa tenían que dejar concluídos sus últimos asuntos antes de encarar... bueno, eso quedará para el próximo capítulo...

- Los nombres de clase de las naves Zentraedi corresponden a las designaciones oficiales que figuran tanto en fuentes de Macross como de Robotech.

- Hora de traer a Max, también...

- Como siempre, quiero aprovechar para agradecerles a todos ustedes, los que vienen siguiendo esta historia y los que vienen haciendo comentarios, además de mandar mi abrazo usual a mis dos pilotos de prueba, Evi y Sara...

- ¡Mucha suerte para todos y será hasta que nos volvamos a encontrar con el capítulo 12!