MOMENTOS DE DECISIÓN
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo XII: Retribución
Señor, ya sabes lo ocupado que voy a estar hoy. Si yo Te olvido, no te olvides Tú de mí.
Oración del general Sir Jacob Astley, momentos antes de la batalla de Edgehill, 1642.
-
"Theirs not to make reply,
Theirs not to reason why,
Theirs but to do & die,"
(No era cosa suya replicar,)
(Ni preguntarse el por que,)
(Solo cumplir con su deber y morir)
Extractos del poema "The Charge of the Light Brigade" ("La Carga de la Brigada Ligera") de Lord Alfred Tennyson, 1854.
Domingo 9 de abril de 2017
– Nada nuevo en Zulu 1, teniente – informó el sargento De Vriess.
– Muy bien, sargento. Apunte a Zulu 2 y dígame qué están haciendo – le respondió el teniente Tessel, que estaba supervisando la labor de De Vriess en la estación de radar.
– ¿Zulu? – preguntó Rick arqueando una ceja y buscando una respuesta de parte de Vince Grant.
– El viejo alfabeto militar... Zentraedi, Z, Zulu… – respondió Vince con una sonrisa cómplice.
– Ah, ya entiendo...
Desde hacía casi diez horas, la tripulación del Alexander mantenía una tensa guardia reforzada en el Puente auxiliar, en la que todos, oficiales, suboficiales y enlistados, no dejaban de prestar atención a la información captada por el radar de largo alcance del portaaviones; desde el momento en que los refuerzos Zentraedi habían aparecido por la zona, complicando una situación que ya era de por sí bastante difícil, todos los hombres y mujeres de la nave estaban en alerta constante, pendientes del más mínimo movimiento o acción de parte de sus enemigos.
La ansiedad y tensión también estaba presente en los oficiales de la nave; tras sólo permitirse cuatro horas de sueño, el comodoro Rick Hunter pasó todo el tiempo que le fue posible en su puesto del Primario de Control de Daños, en donde también estaba Sammie, lista para hacerse cargo de la red táctica y de la dirección de los cazas del Alexander si se hacía necesario lanzarlos a combatir, mientras que el teniente Tessel operaba la consola de Tácticas y Artillería y el teniente Bromco hacía lo propio con los sistemas de comunicaciones. En cuanto a Vince Grant, iba de una estación del puente a la otra, supervisando el trabajo del personal de puente.
En apariencia, todos los oficiales estaban calmos e imperturbables… en realidad, no había un solo oficial que no estuviese ligeramente inquieto ante lo que podía llegar a ocurrir.
No había habido mayores novedades de parte del enemigo desde que la flota Zentraedi se hubiera dividido en tres grupos de cinco naves, poco después del arribo de sus refuerzos la noche anterior. El primer grupo (o "Zulu 1" como lo habían bautizado Grant, Tessel y De Vriess), formado alrededor del crucero de batalla, permanecía en una órbita elevada a setenta mil kilómetros de Júpiter, mientras que Zulu 2, que incluía al monitor, orbitaba a una distancia similar del planeta, pero a cuarenta mil kilómetros de distancia de Zulu 1.
Por su parte el tercer grupo enemigo, Zulu 3, que incluía a la nave de transporte de la flota Zentraedi, se mantenía a seiscientos kilómetros sobre la atmósfera, evidentemente para mantener la presión constante e insistente sobre el Alexander... lo que daba a entender que los Zentraedi no habían dado por muerta a la nave terrestre en ningún momento.
Sin importar lo insoluble que parecía ser la situación, el plan de escape original seguía siendo válido; bastaba con que incapacitaran a las naves de Zulu 3 a como diera lugar, para luego escapar a la máxima potencia permitida por los propulsores de la nave, ganando así toda la distancia y ventaja posible sobre los otros dos grupos enemigos.
La decisión a la que Rick y sus oficiales habían llegado poco después de que la flota Zentraedi se hubiera dividido en aquellos grupos era intentar escapar en un curso que los llevaría cerca de Zulu 1; dado que de una manera u otra el Alexander tendría que rozar alguno de los otros dos grupos enemigos, era preferible arriesgarse a enfrentarse con el crucero de batalla que exponerse una vez más al cañón Reflex del monitor.
De cualquier manera, y para alegría de Rick y optimismo de los oficiales superiores, los ingenieros del comandante Terauchi aseguraban que, aún en el estado lamentable del portaaviones, era posible evadir a las naves Zentraedi... por supuesto, si en el proceso eran capaces de evitar nuevos daños sobre el castigado casco del Alexander.
Respecto de la última fase del plan de escape, es decir la transposición que debía llevarlos de regreso a la Tierra... más allá de cruzar los dedos y rezar, no se podía hacer mucho más.
Hasta el momento, había sido una mañana tranquila dentro de la tensión que se respiraba en el portaaviones; los temores de un posible ataque Zentraedi habían menguado conforme pasaban las horas sin que el enemigo hiciera algún movimiento, y en lo que concernía al comodoro Rick Hunter, eso era algo que no lo molestaría… mientras más tiempo pasara, más podría adaptarse la tripulación a trabajar bajo aquella presión.
Después de todo, si habían logrado pasar una semana entera en medio de esa locura, bien podrían llegar a aguantar el que el enemigo recibiera refuerzos…
De pronto, rompiendo la tensa calma matutina y provocando que más de uno pegara un involuntario salto de sorpresa, tronaron alarmas provenientes de la consola de radar, y el sargento De Vriess debió respirar un poco para recobrar la compostura antes de poder ponerse en control de la situación.
– ¡Señor, estoy captando una descarga masiva de energía en los radares de largo alcance! – exclamó el técnico de radar, sintiendo que la mirada tensa del comodoro Hunter y del resto de la tripulación era suficiente pregunta.
Girando con la silla, Rick no tardó en quedar frente al encargado del radar.
– Distancia y localización del fenómeno – inquirió entonces, tratando de que De Vriess no notara la inquietud en su voz.
– No tenemos datos conclusivos sobre la distancia, ya que excede al alcance del radar y sólo captamos la onda expansiva de la perturbación, señor – explicó De Vriess tras interrogar insistentemente a la pantalla de radar. – Todo lo que puedo darle es el vector de origen, señor… 2-1-2.
– ¿Qué la habrá provocado? – preguntó Rick más para sí mismo que para otra persona.
– ¿Una explosión? – aventuró Vince, que no pareció darse cuenta del carácter retórico de la pregunta del comodoro.
– No lo creo, señor – contestó el teniente Tessel antes de que sonidos de alarma provenientes de su propia consola reclamaran su total atención. – Los sensores están captando perturbaciones gravitacionales provenientes del mismo vector... hay muchas probabilidades de que tanto la descarga de energía como las perturbaciones tengan el mismo origen.
Sentado en su silla, Rick no podía hacer otra cosa más que meditar sobre la información que acababa de recibir, en un esfuerzo febril por tratar de encontrar una explicación racional para esos fenómenos, mientras no podía sacudirse el temor de que tal vez representara una nueva amenaza para el Alexander o para sus planes de escape.
Fue Sammie, sin embargo, la que pudo aventurar una explicación tentativa, y tras ponerse de pie con rapidez, comenzó a decir:
– ¿Pudo ser una transposición?
Puestos frente a esa hipótesis, los oficiales del puente se pusieron a analizar dicha información en un esfuerzo por corroborarla o descartarla.
– Análisis de probabilidades – dijo el teniente Tessel desde la consola táctica, en donde había puesto a sus sistemas a dar vueltas sobre los datos captados para ver si había posibilidades de que la comandante Porter estuviera en lo cierto. – La computadora estima un 87 de probabilidad de que los fenómenos estén asociados a una reacción de transposición hiperespacial.
– Tenías razón, Sammie – dijo Rick, dirigiéndose luego a su oficial táctico y encargado de radar. – Teniente Tessel, sargento De Vriess, continúen monitoreando esa zona del espacio y avísenme de cualquier cambio que puedan detectar.
– Sí, señor – respondieron Tessel y De Vriess a coro.
Por su parte, mientras observaba a sus oficiales trabajando para dilucidar mejor lo que pudiera estar ocurriendo, Rick permaneció mirando hacia el frente, con los codos apoyados en los respaldos de la silla y la barbilla sostenida por su mano derecha. No llevaba puesta su gorra; la había dejado en el camarote antes de empezar su turno. En su mente se sucedían las posibilidades que podía haber detrás de aquella transposición, preguntándose muy seriamente si se trataba de más refuerzos Zentraedi o quizás, si Dios era generoso, naves terrestres enviadas en misión de rescate…
Dada la situación en la que se hallaba, no tendría una respuesta satisfactoria a aquella duda, pero lo único que tenía perfectamente claro era que, sea cual fuere la causa de aquel evento misterioso, muy probablemente debería reevaluar los planes de escape a los que habían llegado.
– Señor, las naves Zentraedi se están moviendo – dijo el sargento De Vriess, sobresaltando lo suficiente al comodoro Hunter como para que sus oficiales notaran que había pegado un salto en su silla.
– Póngalo en la pantalla principal, sargento – ordenó Rick sin demora.
La pantalla principal del Puente se activó, mostrando un display táctico que indicaba las posiciones del Alexander y de los tres grupos de naves Zentraedi identificados… que tal y como lo había anunciado el sargento De Vriess, acababan de entrar en movimiento, cambiando su posición en relación al Alexander.
– Zulu 1 está adoptando un vector recíproco al 2-1-2... creo que intentan interceptar lo que sea que haya salido de la transposición, señor. Zulu 3 está tomando otro curso... ¡se dirigen hacia el lado oscuro de Io¡Se alejan de Júpiter, señor! – exclamó el teniente Tessel sin poder contener su propia excitación.
Algunos miembros del personal del puente lanzaron exclamaciones de alegría, levantando puños al aire o chocando los cinco en señal de alivio y alegría, ya que con Zulu 3 fuera, eso dejaba el camino libre al Alexander para intentar su escape, dándole a la tripulación la sensación de que las cosas estaban saliendo bien por primera vez en mucho tiempo... e incluso avivando las esperanzas de que el alocado plan de escape que habían concebido en desesperación pudiera dar resultados.
– ¿Qué hay de Zulu 2? – preguntó Rick, sin caer, muy a su pesar, en la algarabía general, ya que si había algo que lo inquietaba era el grupo en el que estaba el monitor enemigo… siempre recordando que el Alexander llevaba en su casco las consecuencias de haberse descuidado respecto de esa nave.
– Revisando, señor – respondió Tessel, y con cada segundo que pasaba, la expresión del teniente iba transformándose hasta dejar en evidencia una infinita decepción que nublaba su rostro hasta que no quedó rastro alguno del optimismo inicial. – Se dirigen a la posición original de Zulu 3, comodoro... Llegarán allí en veintiocho minutos.
Así de rápido como había surgido, la alegría se disipó por completo al descubrir que la ventana abierta por la inesperada partida de Zulu 3 acababa de cerrarse, aumentando de tal manera la presión sobre el Alexander, al forzar a la nave a enfrentarse al monitor Zentraedi antes de escapar. Casi de inmediato, Rick comenzó a considerar variaciones sobre el plan para ajustarse a este... infortunio, con la esperanza de que ninguna de ellas fuera suicida.
– ¿Quién podrá haber aparecido? – preguntó Sammie. – ¿Hay forma de saberlo?
– No todavía, comandante – respondió Tessel negando con la cabeza. – Estamos demasiado lejos como para poder obtener una buena lectura de los sistemas de identificación amigo-enemigo.
– ¡Tal vez sean naves de la Tierra! – aventuró otro de los oficiales del puente, mirando a sus compañeros para conseguir apoyo y coincidencia.
– O también más Zentraedi – contestó otro.
– Si fueran Zentraedi ¿por qué irían a interceptarlos? – respondió el primero con un tono peligrosamente duro.
– ¿Y tú cómo sabes que van a interceptarlos? Por lo que sabemos, pueden estar yendo para saludarlos – saltó un teniente que se metía en la conversación.
– ¡SEÑORES! – bramó Rick terminando con la discusión a la vez que se ponía de pie. – No saltemos a conclusiones apresuradas. Sea lo que sea, odiaría que nos tome desprevenidos...
Silenciada por la intervención abrupta del comodoro, y preocupada por los acontecimientos tan imprevistos que estaban teniendo lugar, la tripulación del puente dirigió una mirada inquieta a Rick, aguardando las instrucciones del hombre que estaba a cargo de la nave.
– ¡Estaciones de combate! – fue la orden que exclamó el comodoro Hunter.
Como movidos por un impulso eléctrico repentino, los tripulantes del puente corrieron a sus estaciones de combate, a la vez que las alarmas empezaban a sonar por toda la nave, acompañadas por el furioso encendido de las luces rojas de alarma. Por su parte, Vince tomó el micrófono del sistema de altoparlantes y exclamó:
– ¡Estaciones de Combate¡Estaciones de Combate¡Que todo el personal se reporte a sus estaciones de combate de inmediato¡Establecer Condición Uno en toda la nave¡Esto no es un simulacro, repito, no es un simulacro!
En todas las cubiertas del Alexander, la tripulación comenzó a trabajar frenéticamente para llevar a la nave a condición de combate, un combate que todavía no sabían cuando y cómo tendría lugar… pero que cada vez veían como más posible y cercano.
– Sammie, alerta al comandante Morehouse que se prepare para lanzar a los Veritech cuando lo indique.
– Sí, señor – respondió Sammie antes de pasar la orden a través del circuito de comunicación de los pilotos.
Con una calma exterior que contrastaba con el frenesí que se había desatado a su alrededor, Rick Hunter estaba enfrascado en un único pensamiento que atravesaba su mente; una única verdad que resumía para él todo lo que estaba ocurriendo.
"Tal vez tengamos que intentarlo antes de lo planeado."
Las extrañas energías de la transposición se disiparon por completo, dejando en donde sólo había vacío a cincuenta naves de la Tierra Unida. Treinta y ocho de ellas eran naves de guerra, incluyendo tres navíos Zentraedi leales a la Tierra, preparadas y listas para enfrentar cualquier amenaza que osara interponerse entre ellos y el éxito de su misión.
Y en ningún lugar podía observarse mejor aquella voluntad de hacer frente a lo que fuera, que en el centro neurálgico de aquella flota; una cubierta especial en la torre de mando de la más grande de las naves terrestres asignadas a la operación, en donde legiones de controladores y oficiales de Estado Mayor trabajaban en un esfuerzo por mantener el control eficiente de la flota… mientras una joven mujer, sentada en una silla ubicada en una plataforma elevada de dicha cubierta, sentía cómo su pulso se aceleraba a cada segundo, como si pudiera presentir la tormenta que podría llegar a abatirse sobre los miles de hombres y mujeres bajo su mando…
– Transposición completa, almirante. Todas las naves reportan condiciones óptimas y ningún contratiempo – informó Vanessa, mirando en dirección de Lisa.
– Gracias, comandante – respondió Lisa, asintiendo con la cabeza y juntando aire para recobrar un aliento que repentinamente la había abandonado.
Frente a ella, y dominando la imagen de la pantalla principal, aparecía imponente la gigantesca esfera multicolor de Júpiter, con sus furiosas y eternas tormentas que hacían que el rey de los planetas pareciera un huracán de violencia rodeado por la negra calma del espacio, con la inmensa Gran Mancha Roja, esa gigantesca tormenta capaz de devorarse a la Tierra, aparecía ante los observadores como si fuera el ojo iracundo del planeta… mientras a su alrededor, innumerables lunas de todos los tamaños y formas orbitaban el planeta como rindiéndole respetos.
A la izquierda de la pantalla podían observarse a dos de las gigantescas lunas del planeta, Calisto y Ganímedes, mientras que hacia la derecha, recortándose sobre el espacio y blanca como la nieve, aparecía Europa, el satélite que los Zentraedi habían elegido una semana atrás para montar su emboscada contra el Grupo de Batalla 6… y en el centro de la pantalla, insignificante en comparación con el planeta sobre el que se hallaba en aquella perspectiva pero visible y notorio, podía divisarse Io, con sus enormes y violentos volcanes que le daban su furiosa coloración rojiza.
Aún con la adrenalina previa al combate aflorando por su cuerpo, Lisa se permitió un segundo para admirar aquel majestuoso espectáculo de la naturaleza.
Sin embargo, ese pequeño instante de paz no duró mucho tiempo; era necesario que regresara a la realidad para ponerse en marcha…
– ¿Algo en los radares, teniente Saunders? – preguntó Lisa al oficial de radar, a quien había traído del Satélite Fábrica para que se encargara de manejar la información captada por los radares de la flota.
– Negativo, almirante – indicó Saunders, negando con la cabeza. – No hay ninguna señal de naves Zentraedi o del Alexander en los sistemas pasivos. ¿Activo los sistemas de largo alcance?
– Aún no, teniente – respondió Lisa de manera decidida. – No queremos darle a los Zentraedi señales de que estamos aquí, al menos hasta que estemos listos para encarar un combate.
– Entendido – respondió Saunders, volviendo a su consola.
Por su parte, y asaltado por una súbita preocupación, el comodoro Reiter se alejó de la sección de la Central desde donde controlaba a su grupo para aproximarse a la almirante Hayes y decirle:
– Puede ser que los Zentraedi hayan detectado la reacción de transposición, almirante.
– Tiene razón, comodoro, pero lo único que sabrían es que hubo una transposición – replicó Lisa tras algunos segundos de considerar muy seriamente lo que Reiter estaba sugiriendo. – No sabrían quienes somos o cuantas naves han venido, y tendrán que acercarse para eso. Si activamos los radares, les estaremos dando más información que la que queremos que tengan.
– Sólo espero que no sean muy astutos, almirante – terminó Reiter ominosamente antes de regresar a su sitio.
– Yo también – musitó Lisa.
La Central de Comando de Flota del Marcus Antonius zumbaba de actividad, y los controladores recibían información de todas las naves de la flota, asegurándose de tener actualizados todos los datos. La victoria depende, entre otros factores, de una adecuada capacidad de recibir y procesar información, y eso era algo de lo que los oficiales y suboficiales que atendían las consolas de la nave insignia estaban más que conscientes.
Y nadie estaba más consciente de la necesidad de analizar bien la información que la joven almirante que comandaba la operación.
– Teniente O'Toole, prepárese para enviar mensajes al Alexander en las frecuencias de emergencia y otros canales codificados, pero no haga nada hasta que estemos a un millón de kilómetros de Júpiter – ordenó Lisa a la teniente que manejaba las comunicaciones de la flota.
– Sí, almirante – respondió la oficial de comunicaciones.
Mandar una flota requería un talento similar al de un director de orquesta; había que tener la atención puesta en cada uno de los detalles, pero sin perder jamás la percepción global de la situación, sólo que a diferencia de un director de orquesta, un almirante nunca estaba solo en el comando de una flota; siempre tenía a su disposición varios oficiales que supervisaban muchos de los aspectos de la batalla, para luego darle la información procesada y analizada que requería para tomar las decisiones que fueran necesarias.
Por otro lado, las orquestas no solían morir a causa de los errores de sus directores.
Era hora de que la flota se preparara para un posible combate. Durante días, Lisa había estado leyendo los reportes oficiales que siguieron a la batalla mantenida por el Grupo 6 hacía una semana, y en base a esa información había estado planeando diferentes maneras de encarar la operación para no caer en una trampa.
"Una semana", pensó Lisa, dándose el lujo de un segundo para rememorar... "Parece como si hubieran sido diez años."
– Vanessa, ordena a los grupos que asuman formación de combate y que estén listos para futuras instrucciones. Todas las naves deben activar los sistemas ECM inmediatamente.
– De inmediato, almirante – asintió Vanessa antes de transmitir las instrucciones a los otros oficiales de la Central.
– Teniente Kavaloudis, comuníqueme con el capitán Sterling – ordenó Lisa al controlador de vuelo; se hacía necesario dar algunas instrucciones de último momento a Max y a sus jockeys de Veritech.
Por toda respuesta y sin perder ni un segundo, el controlador de vuelo contactó con premura al hangar principal para localizar al Líder Skull.
– Capitán Sterling... – comenzó Lisa una vez que el rostro aniñado de Max apareció en la pantalla.
– Almirante, todos los escuadrones de caza de la flota reportan estar listos para despegar a su orden – se apuró a responder Max, quitándole a Lisa la necesidad de hacer siquiera una pregunta.
– Excelente – sonrió la almirante Hayes antes de darle las instrucciones a quien dirigiría los escuadrones de cazas de la flota. – Asigne a la mitad de sus escuadrones a misiones antinave, y que el resto esté armado para enfrentar mechas enemigos. Ponga a sus pilotos en alerta para despegar a la primera señal.
– Entendido, almirante – respondió el capitán Sterling, haciendo la venia para la pantalla como forma de despedida. – Líder Skull, fuera.
Poco después de que la comunicación con el hangar principal se terminara, Lisa notó que en el nivel inferior Vanessa se detenía a escuchar atentamente algo que le transmitían por su auricular, girando para dirigirse al módulo de comando ni bien terminó de escuchar lo que le informaban.
– Grupos Alfa, Bravo y Charlie en formación de combate, almirante. El Grupo Delta espera instrucciones – anunció Vanessa sin perder un segundo más de lo necesario.
Lisa asintió, clavando sus ojos en la pantalla táctica, en donde aparecían las naves de la flota asumiendo la formación preestablecida en los planes de la misión. Tres de esos grupos correspondían a naves de combate, alineadas en una clásica formación de cuña; mientras que el restante, que recibía el nombre de Grupo Delta, consistía en naves de apoyo: enormes, torpes y lentas naves hospital, naves taller, transportes civiles sin capacidad de combate, protegidos por cinco naves de escolta…
"Bueno, aquí vamos", pensó Lisa antes de dar instrucciones a Vanessa.
– Que el Grupo Delta mantenga sus sistemas de transposición en espera, y dígales que deben regresar a la Tierra a la menor señal de un ataque enemigo en su contra. Dígale al capitán Sterling que asigne tres escuadrones de Veritech para cubrirlos.
Sus oficiales procedieron a transmitir las órdenes al resto de la flota, mientras Lisa tomaba asiento una vez más, sin sentir en su interior otra cosa más que orgullo por los hombres y mujeres bajo su mando, quienes trabajaban con un profesionalismo que hubiera enorgullecido a su padre, y al almirante Gloval.
Por fin, juntando suficiente aliento, la almirante Elizabeth Hayes comunicó su orden al resto de la flota…
– En cuanto a los demás... fijen curso hacia Júpiter y avancen a toda máquina.
Como en un ballet celestial, docenas de naves espaciales recorrían en distintas direcciones el espacio circundante a Júpiter, buscándose entre sí, sea para rescatarse... sea para destruirse mutuamente.
Avanzando en dirección hacia el gigantesco quinto planeta, treinta y tres naves de guerra de la Tierra Unida y de sus aliados marchaban con férrea determinación e irreprimible expectativa en una misión de búsqueda y rescate, que podía transformarse en un combate a la menor señal de naves enemigas. Detrás habían dejado a una docena de naves de apoyo y cinco de escolta, esperando la señal de que no había moros en la costa para seguir el camino marcado por las naves de guerra... o retirarse al primer indicio de un ataque.
Oculta en la atmósfera de Júpiter, una herida y golpeada nave terrestre aguarda con aliento entrecortado cualquier señal que le indique a su atribulada tripulación qué es lo que está pasando; si los recién llegados son amigos que vienen por ellos, o más enemigos determinados a destruirlos.
Y entre medio de las naves terrestres, quince naves Zentraedi se preparan para enfrentar a la flota microniana que ha venido, evidentemente, en busca de aquella escurridiza nave que había sobrevivido a la batalla anterior, y que ahora se hallaba escondida en algún lugar... incapaz de ser vista por los sensores degradados por la falta de energía y mantenimiento que aquejaba a las naves Zentraedi.
Cinco de las naves Zentraedi permanecían cerca del planeta, para vigilar y estar alerta ante cualquier señal de la nave enemiga, y destruirla si cometía la imprudencia de revelarse. Las otras diez, separadas en dos grupos y distanciadas entre sí por cientos de miles de kilómetros, avanzaban para enfrentar a la impertinente flota microniana, y castigarla como merecía.
Era sólo cuestión de tiempo antes de que todas se vieran envueltas en una nueva batalla. Una batalla en la que uno solo de los bandos podría cantar victoria... y sobrevivir.
– ¡¿Tenemos que quedarnos aquí?!
Ludmila Zhukova no podía creer su espectacular mala fortuna.
Cuando le dijeron que la Caledonia era una nave segura como para cubrir la batalla (y el teniente comandante que le había pasado el dato lo hizo con toda la seriedad del mundo), la periodista creyó que había encontrado la veta de oro, y no pensó ni siquiera un segundo antes de aceptar cubrir la batalla desde dicha nave.
Su convencimiento no se sacudió ni siquiera al enterarse de que la Caledonia no era una nave de combate sino un navío taller, diseñado y construido para facilitar las reparaciones urgentes de naves dañadas durante el combate; después de todo, razonó la periodista, tratándose de una nave no combatiente, no había razón alguna para que le dispararan en medio del combate.
Esas eran las reglas¿no era así?
Sólo que su alegría y alivio por haber embarcado en la UES Caledonia murieron en el exacto instante en que el oficial de comunicaciones de la nave le informó al capitán acerca de las órdenes recibidas desde la nave insignia… y en ese mismo instante, el ánimo de Ludmila Zhukova dio un vuelco, pasando entonces a lamentarse amargamente de su mala suerte…
Haber venido hasta aquel rincón del Sistema Solar para presenciar una batalla y ganarse un nombre como corresponsal de guerra… y encontrarse con que su nave se quedaría en la retaguardia jugando al espectador… por más que tratara con todas sus fuerzas, ella no encontraba ningún pecado profesional que mereciera semejante castigo.
A su regreso a la Tierra, si es que regresaba, los del diario la matarían, la desollarían, la trozarían en pequeños pedacitos y la echarían a un caldero para hervirla… y si tenía mucha pero mucha suerte, lo harían en ese mismo orden.
Sería el fin de su carrera periodística…
– Anímese, señorita Zhukova – trataba de tranquilizarla el capitán Alistair Holt mientras la periodista hacía aspavientos con los brazos, provocando las risas disimuladas de todo el personal del puente de la Caledonia, que acababa de recibir órdenes de la nave insignia para quedarse en la retaguardia junto con el resto del Grupo Delta.
– Dígame por qué habría de estar aliviada… – lanzó la reportera con una mirada de absoluta frustración e incomprensión.
La ira se acumulaba dentro de Zhukova al pensar que aquel novato de Morrison había sido seleccionado para ir en la nave insignia, y que al-Halad se las ingenió para encontrar pasaje a bordo del destructor Austerlitz, dejándola a ella en ese taller flotante de mala muerte…
En su silla, Holt sonrió levemente, muy divertido por la frustración de la reportera y secretamente deleitándose en su desgracia, ya que al igual que muchos otros oficiales y miembros de las Fuerzas de la Tierra Unida, no sentía especial cariño por la profesión periodística… y de ninguna manera dejaría pasar la oportunidad de reírse a costa de una reportera…
– Dos razones: la primera es que contamos con un excelente equipo de monitoreo, así que será como si viera la batalla desde el punto de vista de Dios – explicó con tono risueño el capitán. – Si quiere, cuando esto termine le prestaré los videos.
– ¿Y la segunda? – quiso saber Zhukova al cabo de unos segundos de silencio.
– No nos disparan – fue todo lo que pudo responder el capitán Holt en medio de las risas pobremente contenidas de los oficiales del Caledonia, mientras el rostro de Zhukova se contraía de ira.
La flota llevaba ya más de media hora en un curso directo hacia Júpiter, penetrando en los dominios del quinto planeta como ladrón en casa ajena; procurando hacerlo de manera silenciosa y sigilosa, sin despertar atenciones indeseadas a la vez que atento a todo lo que pudiera representar una amenaza. A bordo de cada una de las naves que la integraban, las tripulaciones se mantenían en alerta permanente, con el ojo en las pantallas y los dedos en los gatillos, listos para reaccionar a la primera señal de amenaza.
En la Central de Comando de Flota del Marcus Antonius, la almirante Lisa Hayes permanecía expectante, y hacía todo lo posible por no aparecer inquieta o nerviosa a ojos de su tripulación. Media hora… media hora sin que hubiera novedad alguna del Alexander, o rastros de los Zentraedi por otro lado, y por un instante que ella hubiera preferido borrar de la Historia, Lisa temió que la misión que con tanto esfuerzo y sacrificio había organizado resultara en un fracaso rotundo y que los Zentraedi hubieran escapado... y que el Alexander hubiera sido destruido por completo.
"Basta. No es el momento para pensar en eso", se dijo para tranquilizarse y regresarse a lo que requería su atención. "Concéntrate en la misión."
– ¿Algo en los sensores, teniente Saunders? – preguntó por fin con un tono notablemente impaciente, en un esfuerzo para dejar salir algo de su inquietud.
– Seguimos sin detectar más que polvo y gases, almirante – contestó Saunders, dejando escapar frustración ante la falta de novedades; frustración que era compartida por muchas otras personas en la flota.
En el nivel inferior de la Central, la comandante Vanessa Leeds caminaba de una consola a la otra, supervisando el trabajo y recibiendo los informes particulares de cada uno de los controladores, atendiendo sus inquietudes y manteniendo una estrecha vigilancia de todo lo que llegaba a las distintas estaciones de monitoreo. Desde el módulo de mando, Lisa la observaba moviéndose con un porte confiado y profesional, muy alejado de la joven y bisoña recluta que había llegado al SDF-1 hacía diez años… y fue entonces que Lisa tuvo una cabal idea de todo lo que habían madurado en aquellos años.
– Distancia a Júpiter: un millón de kilómetros, almirante – reportó Vanessa, indicándole a la almirante Hayes que el momento había llegado.
– Excelente. Teniente O'Toole… – comenzó Lisa, cambiando su atención a la oficial de comunicaciones. – Envíe el mensaje... ahora.
La oficial de comunicaciones asintió con la cabeza y comenzó a hablar por su micrófono.
– UES Alexander, aquí el UES Marcus Antonius, responda por favor... UES Alexander, aquí el UES Marcus Antonius, responda por favor... – la oficial de comunicaciones calló tras un par de repeticiones, oprimiendo luego una serie de comandos en el teclado de su consola e informando a Lisa en cuanto su trabajo terminó. – El mensaje está en looping, almirante.
– Muy bien. Envíelo hasta que yo le diga, y permanezca atenta a cualquier respuesta –respondió Lisa, satisfecha por la eficiencia de la joven oficial. – Prepárese para enviarlo en frecuencias generales si no obtiene respuesta en veinte minutos.
– Sí, almirante.
Lisa se sentó a pensar unos segundos, y a rezar con todas sus fuerzas para que el Alexander respondiera al mensaje… y como respondiendo a sus oraciones, aunque no de la manera que esperaba, una idea apareció de pronto en su mente, haciendo que sin pensarlo la almirante Hayes se pusiera de pie y caminara a paso vivo a la estación de comunicaciones.
– Permítame, Annette – solicitó Lisa a la oficial de comunicaciones mientras se inclinaba sobre la consola. – ¿Podría indicarme cómo enviar un mensaje por el canal de Prioridad Uno?
– ¿Nada aún? – preguntó Rick mientras tamborileaba los dedos en el apoyabrazos de la silla, en un esfuerzo cada vez más fútil por controlar su impaciencia.
– Nada todavía, señor – respondieron a coro Tessel y De Vriess, deseando de corazón darle al comodoro (y a ellos mismos) una respuesta diferente.
Hacía ya cuarenta minutos que habían detectado la señal de transposición, y desde ese momento tan caótico no había llegado ninguna clase de información al puente auxiliar del portaaviones. En cuanto a sus enemigos Zentraedi, los grupos designados como "Zulu 1" y "Zulu 3" casi habían desaparecido del alcance del radar del Alexander, dejando sólo al Zulu 2 en rango de detección, clavado como una espada en el corazón de la tripulación del Alexander, amenazando de muerte a los planes de regresar a la Tierra que con tanto trabajo y sacrificio habían elaborado.
A esta altura de las cosas, el comodoro Rick Hunter ya no sabía que otra cosa hacer para contener su ansiedad, tras probar con todos los métodos habidos y por haber. Quince minutos después de la aparición de… lo que fuera que se hubiera transpuesto a Júpiter… Rick había permitido bajar un poco el nivel de alerta, para que la tripulación no se desgastara, aunque todavía permanecían en Condición Uno; un estado de alerta en el que permanecerían hasta que toda esa locura estuviera terminada.
Sea cual fuere el resultado.
Haciendo uso de todas sus fuerzas, Rick reprimió una urgencia para volver a preguntar, con el convencimiento de que si lo hacía, todo lo que lograría además de recibir una nueva respuesta negativa sería irritar o alterar a sus oficiales más de lo que ya lo estaban.
Por fortuna para Rick, no se le hizo necesario preguntar, ya que el sargento De Vriess anunció con excitación y ansiedad:
– ¡Señor, nuevos contactos en el radar de largo alcance, número y afiliación desconocida, estimo dos minutos para poder tener una identificación concreta!
El comodoro regresó a la realidad, traído rápidamente por aquel anuncio.
– ¿Está seguro que no pertenecen a Zulu 1 o Zulu 3? – inquirió Rick.
O a otros grupos Zentraedi, por tal caso. Para lo que sabían en ese momento…
– ¡Sí, señor, completamente seguro! – respondió De Vriess con algo más de optimismo. – Estas naves no provienen de los cursos tomados por los grupos enemigos.
– Muy bien, sargento… entonces esperaremos a ver qué pasa – respondió Rick con calma, tratando de no dejarse llevar al otro extremo emocional.
La ansiedad dominaba ahora a todos los que se hallaban de servicio en el puente improvisado del Alexander, mientras rogaban y esperaban que al menos, las naves que habían aparecido no fueran hostiles. Algunos pocos entre la tripulación, muy pocos en una nave dominada desde hacía una semana por un pesimismo terrible y sometida a golpes cada vez más crueles y duros, se hacían ilusiones de que aquellas naves pertenecieran a la Tierra, y que su odisea estuviera a punto de terminar con un final agridulce.
El tiempo de los finales felices había pasado.
Fueron dos minutos eternos, que a los oficiales de servicio en el puente se les antojaron como si fueran dos días duros e interminables, en los que con tal de contener el hastío y la expectativa, echaban vistazos inquietos a las pantallas tácticas y de radar, esperando que les revelaran más información para aclarar sus dudas e incertidumbres.
Todos los ojos del puente estaban clavados en dos personas: el sargento ayudante Jan De Vriess, que supervisaba la pantalla de radar, y el primer teniente Jack Tessel, que estaba al frente de la estación de Tácticas; los dos hombres de quienes podría saberse de donde diablos eran aquellas naves…
Y fue Jack Tessel quien rompió con la incertidumbre, poniéndose de pie de manera repentina y estruendosa, lanzando una exclamación que hizo mucho por levantar la moral y el ánimo de todos los que estaban en el puente:
– ¡Tenemos respuesta de los sistemas de identificación!
Sin importarle que veinte pares de ojos lo miraran como si fuera lo único que existía en el universo, el rostro del teniente Tessel se iluminó, y una sonrisa de oreja a oreja apareció antes de exclamar a voz en cuello:
– ¡SON NUESTRAS, SEÑOR¡ESAS NAVES SON DE LA TIERRA!
Como si fuera una reacción en cadena, todo el puente estalló en gritos de alegría y en celebraciones improvisadas con el grito de Tessel. Algunos de los tripulantes, los más jóvenes e inquietos, incluso se dieron el gusto de saltar y levantar sus puños al aire en señal de alegría; los más viejos y curtidos simplemente se desplomaban en sus sillas, sintiendo un alivio infinito.
La sensación general que el anuncio de Tessel había despertado en la tripulación era que después de todo lo que había ocurrido, las Fuerzas no se habían olvidado de ellos, y que muy pronto acabarían por darle a los Zentraedi la paliza que merecían.
Ahora sólo cabía esperar que llegara más información…
– ¿Sargento De Vriess, cuántas naves detecta? – preguntó Rick alzando la voz, esforzándose por sobresalir en medio de la algarabía colectiva.
Como si no hubiera escuchado nada, De Vriess no respondió, dando la impresión de haber quedado anonadado e incrédulo por lo que fuera que estuviera viendo en la pantalla… y ante ese silencio, Rick debió carraspear primero y después repetir con más fuerza:
– ¡SARGENTO!
Ahora sí Rick se había hecho escuchar, ya que De Vriess giró en su silla y levantó un puño al aire, como festejando un gol:
– ¡Treinta y tres, son treinta y tres naves, señor! – exclamó jubiloso hasta lo indecible el sargento Jan De Vriess. – ¡MANDARON A TODA LA FLOTA A BUSCARNOS!
Si el júbilo al saber que las naves que se acercaban eran de la Tierra había sido incontenible, la reacción frente a la revelación del tamaño de la flota sólo pudo calificarse como atronadora, envolviendo a todos en un frenesí de alegría y alivio que parecía no tener fin… un frenesí en el que incluso el comodoro Hunter se dejó llevar, aunque más no fuera por unos pocos segundos, luego de los cuales sólo permaneció de pie, con una media sonrisa dibujada en el rostro y una expresión que daba a entender que se estaba permitiendo ser optimista.
Fue la voz del teniente Bromco, curiosa y cautelosa en medio del festejo, la que atrajo la atención de Rick.
– Señor, estamos recibiendo una transmisión en las frecuencias militares de emergencia – informó Bromco.
– ¡Pásela de inmediato! – exclamó Rick, ansioso por saber de qué se trataba.
De pronto, todas las voces del puente callaron, expectantes ante el mensaje recibido. Por unos breves instantes, el altoparlante sólo emitió estática, hasta que poco a poco una voz femenina pudo escucharse en medio de los sonidos delirantes de la estática… una voz que paulatinamente transmitía un mensaje.
– UES Alexander, este es el UES Marcus Antonius, responda, por favor...
El mensaje se repitió una y otra vez en los altoparlantes… y a pesar de no decir nada más, para los hombres y mujeres del Alexander esas pocas y escuetas palabras sonaron como la más maravillosa melodía…
Rick sonrió, permitiéndose hacer una broma para sus adentros: "¿Marcus Antonius? Reiter va a estar insufrible después de esto…"
– ¿Podemos responder? – preguntó Rick con ansiedad para nada disimulada.
– No, señor – negó Bromco, sacudiendo con la cabeza con desazón. – Los transmisores de largo alcance están fuera de servicio.
– ¡MIERDA! – gritó Rick, casi fuera de sí y apenas conteniendo las ganas de golpear el apoyabrazos de la silla con su puño cerrado… no podía ser que después de todo lo que habían pasado, no hubiera forma de contactar a la nave de Reiter para hacerles saber que seguían con vida…
En ese momento, Sammie volvió su atención a la consola desde donde supervisaba la red táctica, ya que algo más estaba ocurriendo… algo insólito si se consideraba que el Alexander no tenía ningún caza en vuelo con el que contactarse o recibir mensajes a través de la red táctica…
– Disculpe, señor, pero estamos recibiendo otra transmisión en el canal de Prioridad Uno... pero no logro identificarla, un minuto... – el rostro de Sammie denotaba una completa confusión mientras se dirigía a la estación del teniente Bromco para captar mejor el mensaje. – Señor, creo que debería escuchar esto.
"¿Qué diablos puede ser?" pensó Rick mientras se ponía de pie y caminaba hasta la estación de comunicaciones, sin demorar en ponerse los audífonos que ella le alcanzaba.
El mensaje en cuestión no era una transmisión regular de voz... de hecho no había una voz identificable, sino que todo lo que podía escucharse eran unos beeps secos y breves, aparentemente sin sentido.
Sólo la confusión del combate evitó que Rick no identificara aquel sonido por lo que era, y cuando lo hizo, de inmediato se maldijo por no haberlo hecho antes.
– Es clave Morse, Sammie – dijo suavemente el comodoro Hunter.
– ¿Quiere que lo decodifique, señor? – ofreció Sammie.
Rick sonrió, y negó con la cabeza.
– Déjamelo a mí. Después de todo, más vale que aproveche lo que aprendí como Boy Scout...
– Por supuesto, señor – sonrió Sammie, y tanto ella como el teniente Bromco cedieron cortésmente el lugar a Rick.
El mensaje se repetía cíclicamente, volviendo a empezar en cuanto terminaba, y por más experto que fuera en clave Morse, a Rick le tomó algunas repeticiones poder decodificar el mensaje completamente…
Y cuando al fin pudo descifrar el mensaje, cuando al fin supo lo que le estaban queriendo decir con aquella sucesión de beeps cortos y largos, sintió que se le iba el alma del cuerpo… y sólo fue gracias a un esfuerzo supremo de voluntad, fuerza y aliento que pudo evitar que sus piernas se convirtieran en gelatina y dejaran de sostenerlo.
Rick se obligó a repetirse una y otra vez el mensaje en la cabeza, en una desesperada carrera por descartar que no se tratara de alguna ilusión o fantasía…
"Delta Uno a Skull Uno, no lo veo en mi pantalla. Informe su situación."
Sólo había una persona en todas las malditas Fuerzas de la Tierra Unida, sólo había una persona en todo el maldito Universo que hubiera podido enviar ese mensaje en clave Morse y esperado una respuesta. Y eso significaba que...
"¿Lisa... aquí?"
No podía ser, no había forma, sencillamente se negaba a creerlo… aunque su corazón dio en ese mismo segundo un salto, al saber que ella misma había venido a buscarlo al mismísimo Infierno…
"Santo Cielo..."
– ¿Alguna respuesta a nuestros mensajes, teniente? – preguntó Lisa con impaciencia.
– Ninguna, almirante. No estamos recibiendo nada – contestó la teniente O'Toole, que empezaba a sentir en carne propia la frustración de su almirante.
Ya llevaban diez minutos enviando mensajes en las frecuencias militares de emergencia, y ninguna de las naves de la flota había captado la menor señal del Alexander, o cualquier cosa que semejara una respuesta; a esta altura de las cosas, la falla en recibir una respuesta no podía atribuirse a interferencia enemiga, ya que los sensores no detectaban ningún tipo de emisión electromagnética que pudiera bloquear comunicaciones, o acción de sistemas ECM Zentraedi.
Con su corazón latiendo con más fuerza a cada segundo de horrenda incertidumbre que pasaba, la almirante Hayes caviló sobre el siguiente movimiento que podría tomar… y fue entonces que, tras considerar con toda seriedad los riesgos y desventajas, tomó una decisión que implicaba un riesgo considerable, pero que tal y como estaban las cosas no podía dejar de implementar.
– Envíe el mensaje en las frecuencias abiertas – ordenó Lisa a la oficial de comunicaciones.
– De inmediato, almirante.
Al instante, el comodoro Reiter volvió a acercarse a Lisa, portando una expresión de preocupación en el rostro que le indicó a la almirante Hayes que debía haber pensado exactamente lo mismo que ella… sólo que arribando a una conclusión totalmente diferente y opuesta a la de Lisa.
– Almirante, – comenzó a hablar Reiter en un tono bajo y cauteloso – si enviamos transmisiones en las frecuencias abiertas podemos...
Sin despegar la mirada de la pantalla principal, Lisa levantó una mano, interrumpiendo al comodoro a mitad de la frase.
– Lo sé, comodoro, pero no estoy dispuesta a dejar de intentar contactar al Alexander por todos los medios posibles.
– Pero si los Zentraedi nos detectan... – continuó objetando Reiter, viéndose interrumpido una vez más por la almirante Hayes.
– Entonces los enfrentaremos con nuestras fuerzas, comodoro Reiter – replicó Lisa con una sonrisa predatoria en los labios. – Después de todo, ese es el otro objetivo de la misión
Comprendiendo al fin que de nada servía insistir cuando la almirante se había resuelto, el comodoro Franz Reiter regresó a su puesto de manera convenientemente prudente y respetuosa, mientras que Kim observaba a Lisa, notando que estaba cerrando sus puños en señal de desafío.
"¡Se congelará el infierno antes que dar por muerto a Rick!", juró para sus adentros Lisa Hayes, mientras su mirada seguía clavada al frente.
"¿Lisa... aquí?"
Miles de pensamientos en apariencia incoherentes atravesaban la mente de Rick sin orden ni concierto, pensamientos que alternaban entre la más dichosa de las alegrías y el más horrible de los temores, pensamientos que iban desde los hombres y mujeres bajo su mando hasta aquella mujer que era para él su vida entera… y que parecía haber venido al mismo Infierno por él.
¿Qué diablos estaba haciendo ella aquí? Ella no tenía nada que hacer en Júpiter; debía estar donde pertenecía... segura allá en el Satélite Fábrica, resguardada contra todo peligro y amenaza, en lugar de estar en una flota de combate, navegando de manera desafiante en un confín del Universo dejado de la mano de Dios, corriendo el riesgo de entablar batalla contra naves Zentraedi en aquel lugar inmisericorde…
La realidad lo golpeó con toda su crudeza: contra todos los razonamientos del mundo, contra lo que dictaba la más elemental y fría lógica de las cosas, ella había venido por él… ella había venido a intentar rescatar al Alexander y a su tripulación. Tenía que ser, ya que no podía ser de otra manera tratándose de la terca y obstinada Lisa Hayes, tan terca y cabeza dura que ni una orden de Dios Todopoderoso la hubiera detenido de hacer algo que se propusiera… y de sólo imaginar que ella estaba llevando a cabo personalmente semejante operación, una leve y optimista sonrisa asomó en los labios del comodoro Richard Hunter.
El incipiente orgullo y la alegría que Rick sintió al saber que Lisa estaba cerca cedió lugar a un miedo incontenible, que pedía a gritos escapar de su pecho y desaparecer en llanto o gritos, un temor que no radicaba en el Alexander o en su tripulación, o siquiera por él mismo… hacía ya demasiado tiempo que Rick había pasado de temer por eso…
Su temor tenía nombre y apellido, y estremecía su corazón de sólo repetir para sus adentros aquel nombre… su temor era por Lisa, y asediaba el corazón del comodoro Hunter como sólo había sentido el temor en los momentos más terribles de su vida. Temía como sólo había temido durante el bombardeo de Dolza que casi condena a la raza humana a la extinción, temía como había temido durante el desquiciado ataque suicida de Khyron contra el SDF-1; temía como sólo lo había hecho cada vez que Lisa Hayes, su Lisa, parecía internarse en las mandíbulas de la muerte.
"Hayes, maldita sea¿por qué…?", se preguntó, dando rienda suelta a sus emociones y conteniendo unas lágrimas de tristeza y gozo. "Se supone que soy yo quien tiene que rescatarte a ti, amor, no al revés… ¿Por qué diablos tenías que venir aquí, cuando debías quedarte segura allá? No tienes idea de cuanto te amo… ¿Es que no tienes idea de lo que puede pasar?"
En ese momento, Rick sólo deseó estar en el puente de aquella nave y alejar a Lisa del peligro, regresar con ella a un lugar seguro... sentirla junto a él una vez más, y no dejarla nunca más.
Por un segundo, Rick volteó para mirar al oficial de comunicaciones, deseando con todas sus fuerzas que se produjera un milagro, que el sistema volviera la vida aunque más no fuera por un segundo, aunque más no fuera por un instante que le permitiera decirle a Lisa que seguía con vida… pero el milagro no se produjo, y de sólo pensar que no había sistemas de comunicación y que no podía hacer absolutamente nada para contactar a las naves terrestres, Rick Hunter sintió una urgencia espantosa por gritar de desesperación…
Afuera de la mente febril del comodoro Hunter, la vida continuaba, y de pie frente a una de las estaciones del Puente auxiliar, Vince estudiaba con sumo cuidado la pantalla táctica, que mostraba la posición de todas las naves que captaba el radar del Alexander, con ciertas limitaciones… ya que, con tal de evitar ser captado por los sensores de las naves Zentraedi, el radar del portaaviones estaba funcionando a muy baja potencia.
Finalmente Vince habló más para sí mismo que para nadie más, mientras sus manos señalaban puntos distintos del esquema táctico e indicaban cursos con su dedo en una reflexión gráfica.
– No entiendo las tácticas de los Zentraedi – murmuró el teniente Grant sin despegar la mirada de la pantalla. – Se mueven por separado y se dirigen a atacar a nuestras naves, pero lo hacen en ángulos muy extraños. Así como así se me ocurren docenas de cursos mejores para atacar a esa flota, si quisiera hacerlo.
Caminando con paso veloz hacia donde estaba su primer oficial, Rick sólo pudo asentir a lo que Vince estaba diciendo, tratando de comprender él mismo la información que aparecía en la pantalla.
– Además, – continuó Vince mientras su dedo recorría la pantalla hasta clavarse en el icono que representaba a Zulu 2 – ¿por qué no han movido al monitor para tratar de atacar, en lugar de tenerlo aquí en Júpiter? Si su idea es atraer a nuestras naves, lo están haciendo muy mal…
Mientras el teniente Grant murmuraba y gruñía por la incomprensión de no entender qué diablos pretendía el enemigo, Rick permanecía en silencio, leyendo la pantalla táctica a la par de si primer oficial. Pronto ocurrió algo curioso en la mente del comodoro Hunter: veía los mismos datos que Vince, recibía la misma información, pero había algo distinto, algo que no cuadraba con lo que Vince Grant estaba pensando…
A simple vista, la pantalla mostraba a los tres grupos Zentraedi actuando de forma extraña: dos de ellos tratando de interceptar a la flota terrestre siguiendo cursos totalmente insólitos y con una enorme separación entre ellos.
Una revelación se abrió camino en la mente de Rick Hunter, y en un súbito instante de claridad total, todos los movimientos de los Zentraedi dejaron de parecer incoherencias o reacciones sin sentido, sino que se presentaron como acciones cuidadosamente estudiadas, partes de un plan mucho mayor e insidioso.
– No los están atrayendo... los están empujando – murmuró Rick lentamente después de unos segundos de considerar fríamente su razonamiento.
– ¿A donde? – preguntó Vince, revisando una vez más la pantalla táctica para ver qué detalle se le había escapado.
Limitándose a señalar un punto en la pantalla táctica, Rick inhaló con fuerza mientras su rostro empalidecía conforme la crueldad del plan enemigo se hacía más clara y evidente en su entendimiento…
– A donde los puedan cazar – fue todo lo que respondió Rick con un tono monocorde, mientras su dedo se clavaba en donde el radar indicaba la presencia de Zulu 2.
Vince, Sammie y el teniente Tessel lo miraron atónitos, y notando la incomprensión de sus oficiales, Rick hizo su mejor esfuerzo para poner en palabras aquella revelación…
– Esos dos grupos atacarán de tal forma que a la flota sólo le quedará una alternativa... correr hacia Júpiter, igual que lo hicimos nosotros – explicó el comodoro Hunter, recorriendo con su dedo en la pantalla el camino posible que seguiría la flota terrestre. – Sólo que esta vez el monitor no se esconderá en un punto ciego como lo hizo cuando nos emboscó, sino que los estará esperando al final de su recorrido...
La voz de Rick se quebró de manera casi imperceptible, y sus puños se cerraron hasta dejar los nudillos blancos mientras concluía su reflexión:
–... Y no tendrán forma alguna de escapar.
La crueldad de la situación golpeó a Rick Hunter hasta casi hacerlo desfallecer en el momento en que comprendió que el destino le había dado asientos de primera fila para ver cómo la flota enviada para rescatarlos iba a ser diezmada por la misma arma que había lisiado al Alexander. Vería cómo el mismo infame monitor Zentraedi abriría fuego contra el Marcus Antonius... contra Lisa.
Y lo peor era que no había nada que pudiera hacer para advertirles.
Media hora... y ninguna respuesta.
Por más que Lisa quiso evitarlo, el fantasma de la muerte de Rick se hacía cada vez más presente en su mente. Simplemente había pasado demasiado tiempo... si habían recibido el mensaje, el Alexander debía haber contestado, pero no lo había hecho, ni por las frecuencias de emergencia, ni por las militares, ni por las civiles... ni siquiera había habido respuesta al mensaje particular que Lisa había mandado, en aquella clave que sólo Rick conocía. Por supuesto, siempre estaba presente la posibilidad de que los sistemas de comunicación de la nave hubieran resultado dañados, pero confiar en eso sería aferrarse a esperanzas cada vez más tenues, esperanzas que residían en aquella frontera difusa entre la razón y la mera ilusión.
Sentía cómo aquella oscuridad que la había atacado en cuanto recibió la noticia de la batalla volvía para atormentar su corazón golpeado, sentía cómo regresaba ese dolor que creía haber desterrado, sólo para descubrir que lo único que había hecho era atenuarlo ahogándose en trabajo... tal y como lo había hecho cuando Karl murió. Pero a pesar del dolor y de la falta de respuestas, y de la propia desesperanza que muy a pesar de sus esfuerzos comenzaba a inundar su corazón, Lisa se negaba a rendirse a la oscuridad y definitivamente no quería siquiera reconocer la posibilidad de que Rick hubiera muerto en combate... y que ella había llevado a la flota a una misión sin esperanzas.
Por un breve instante, las imágenes de Karl y Rick aparecieron frente a sus ojos, mezclándose en una sola visión cruel y fantasmagórica, que se deleitaba en recordarle a Lisa que la muerte parecía tener siempre la última palabra en su vida… y lo vívido y real de la imagen hizo que Lisa se estremeciera, provocando que una mirada de pánico asomara en sus ojos.
Aquel instante de debilidad apenas había durado dos segundos, pero a Lisa le parecieron una eternidad hasta que recuperó el control, y afortunadamente para ella, (y para la moral de la flota, como se dijo), nadie dio muestras de haberlo notado.
No se rendiría... no lo permitiría... no mientras le quedara aliento en el cuerpo.
– ¿Almirante, pasa algo? – preguntó Kim, quien se había acercado preocupada al ver la expresión que asomaba en el rostro de su amiga.
– No te preocupes, Kim – respondió Lisa con un tono completamente serio. – Sólo fue... un sobresalto, nada más.
– Está bien – susurró Kim para que nadie la escuche. – Tan sólo no pierdas las esperanzas, Lisa. Ten fe – dijo antes de regresar a su puesto.
Lisa sólo la miró con una mirada de agradecimiento sentido que hizo innecesarias todas las palabras.
Fue en ese mismo momento que las alarmas de combate sonaron en la Central de Comando de Flota, arrasando con la tensa calma y con la incertidumbre cual tsunami que se lanza sobre una costa desprevenida.
– Nuevo contacto radar, almirante, detecto uno... corrección, dos grupos de naves convergiendo en nuestra posición... ¡son Zentraedi! – exclamó el teniente Saunders mientras su pantalla de radar se iluminaba con puntos rojos… con contactos identificados como hostiles.
"Es la hora, Lisa", se dijo la almirante Hayes mientras se ponía de pie, sabedora de que al menos había llegado la hora de pelear, y cuando habló, lo hizo con un bramido que movió a todo el personal de la Central como si fuera una descarga eléctrica:
– ¡Que toda la flota vaya a estaciones de combate de inmediato!
– Señal de la nave insignia, capitán – informó el teniente Bellicec tras chequear la última transmisión captada por los sistemas de comunicación. – Nos ordenan ir a Condición Uno.
Con tanta tensión inundando todo el ambiente, aquellas palabras corrieron como reguero de pólvora entre los oficiales, suboficiales y tripulantes que estaban de guardia en el puente del destructor UES Austerlitz, y pocos segundos después, las miradas de todos se concentraban sobre el capitán del destructor, que como respondiendo a aquella expectativa, no tardó en ponerse de pie.
– Muy bien, señores… – dijo el capitán Bayerlein, mirando uno a uno a los oficiales que estaban en el Puente de su nave. – Esperamos una semana para poder volver aquí, y me parece que fue demasiado tiempo de espera. Hagamos las cosas como se debe… ¡Estaciones de Combate!
– ¡Sí, señor! – exclamó a coro el personal de puente del Austerlitz.
De inmediato, todos en el puente corrieron a hacer lo que les correspondiera para llevar al destructor a condición de combate, poniendo el máximo de sus fuerzas en tal tarea; dicha urgencia no se debía sólo a la adrenalina del combate, sino también al muy humano deseo de retribución que inundaba a los tripulantes del Austerlitz… hacía apenas una semana, la nave había tenido que retirarse de aquella región bajo el fuego de las armas Zentraedi, forzados a dejar atrás a su nave insignia mientras regresaban a la Tierra a lamer las heridas recibidas.
Sonaban las alarmas indicando a la tripulación que debían establecer Condición Uno en toda la nave, los anuncios se superponían con los pedidos de reportes y las instrucciones, y el apagado murmullo de las máquinas de la nave comenzaba a hacerse oír en el fondo…
Había sido una semana negra para la tripulación del Austerlitz; tener que contar a los muertos y enviar a los heridos a que fueran tratados, trabajar a destajo para reparar los daños sufridos por la nave… y ver cómo pasaba el tiempo sin que desde el Alto Mando se hiciera nada por traer de regreso al Alexander.
Era por eso que el Austerlitz y su tripulación habían acogido la activación de la Operación Alaska con tanto fervor; no todos los días se les daba la oportunidad de buscar una buena retribución por la ignominia de la derrota… y desde el momento en que se supo que la almirante Hayes estaba preparando la misión, el capitán Klaus Bayerlein y su tripulación habían hecho lo indecible por poner al destructor en condiciones de participar de la Operación.
Incluso la tripulación era heterogénea; para cubrir las bajas de combate, el Austerlitz había recibido asignaciones temporales de personal procedentes de otras naves de la flota que no podrían participar… dos docenas de tripulantes del crucero Thunderbolt, quince de la nave hermana del Austerlitz, el destructor Dieppe, varios del resto de las naves del Grupo 6, e incluso un sargento del Satélite Fábrica que había conseguido órdenes de la almirante Hayes en persona para embarcar en la nave…
Y ahora, todos ellos tendrían la oportunidad de darse el gusto…
– Ese es el espíritu – sonrió el capitán al notar la energía de su tripulación, para luego dirigirse al controlador de vuelo. – Señor Borodin, prepare a los escuadrones de cazas para despegar.
– Por supuesto, capitán.
– Señor Stackhouse, quiero todos los sistemas de armas listos para abrir fuego en cuanto tengamos órdenes de la nave insignia – ordenó el capitán al oficial táctico.
– ¡Entendido, capitán! – respondió el teniente Stackhouse, tomando de inmediato un teléfono interno para contactar al departamento de Artillería del destructor.
Seis cubiertas debajo del Puente, la voz del teniente Stackhouse retumbó en toda la sección utilizada como central de supervisión y mantenimiento de las armas de la nave…
– Puente a Artillería, revisión final del sistema de armamentos…
– Ya escucharon al teniente Stackhouse, señores… asegúrense de que todos esos misiles estén en perfectas condiciones para disparar – gritó la teniente Sanghieri a las personas a su cargo en el departamento de Artillería. – Ibáñez, Holloman, ocúpense de las baterías de estribor; Krezinski, Neufeld, háganse cargo de las de babor…
– En camino, teniente – respondió el sargento ayudante Tadeusz Krezinski, y notando luego la cara de desconcierto de la única persona en toda la sección que no portaba un uniforme militar, decidió que lo menos que podía hacer por el hombre era darle algo en qué entretenerse. – Señor al-Halad¿quiere ver algo interesante?
Recobrándose sólo por un segundo del sobrecogimiento de adrenalina que lo había invadido desde el instante que se anunciara la orden de ir a estaciones de combate, Sayid al-Halad, periodista del Middle East Reporter, asintió de manera emocionada a la invitación de aquel sargento… sin mencionar que tenía una curiosidad enorme por ver el funcionamiento de aquella maquinaria de combate que lo había impresionado en grado sumo al poner pie por primera vez en el Austerlitz.
– Lo sigo, sargento… y por favor, llámeme Sayid.
La caminata –o, más correctamente, la corrida, ya que fue hecha a un paso vivo– acabó frente a una enorme consola con varias pantallas, ante la cual el sargento Krezinski se colocó con la naturalidad de quien hace eso cotidianamente. Una de las pantallas mostraba una serie de indicadores y valores numéricos sin sentido alguno para al-Halad, mientras que la otra pantalla mostraba, en vivo y en directo, una de las santabárbaras del destructor UES Austerlitz… repleta de lo que parecían ser misiles de un tamaño respetable.
– Vea estas preciosuras, Sayid… – dijo con una enorme sonrisa el sargento Krezinski, señalando hacia la segunda pantalla con la cabeza mientras se disponía a hacer lo que le habían ordenado en el tablero de la consola, activando un programa de revisión que ejecutaría un somero diagnóstico final sobre los misiles antinave del Austerlitz. – Iniciando revisión de combustible sólido, sistemas de guiado y cabeza de guerra en misiles del 81 al 90…
– ¿Qué son esas cosas? – preguntó el periodista, sin poder despegar la mirada de aquellos ingenios que podía ver en la pantalla.
– Esas cosas, Sayid, son nuestras herramientas de trabajo – le respondió el sargento en un tono un poco cortante, como si al-Halad acabara de insultar algo a lo que le tenía muchísimo cariño, aunque luego el semblante de Krezinski se hizo sonriente una vez más. – Le presento a nuestra principal arma de combate antinave, el misil táctico SGM-21 Spacelord… 592 centímetros de longitud, propulsores de combustible sólido, sistema de adquisición de blancos "dispara y olvídate", alcance de 500 kilómetros en atmósfera y virtualmente ilimitado en el espacio, aceleración de diez metros por segundo cada segundo…
– Parece algo potente… – contestó con más respeto el reportero, recordando súbitamente por qué todos los militares con los que había hablado se referían al personal de Artillería como si estuvieran un poco locos…
– ¿Potente? – bufó el sargento, señalando insistentemente una parte del misil que podía verse en la pantalla. – ¿Ve la punta del misil… la parte cónica?
– La veo.
– Cabeza nuclear, mi estimado amigo… 150 kilotones de poder destructivo… – le informó Krezinski con admiración y una pizca casi imperceptible de santo temor, para luego anunciar en voz oficial: – Revisión completa y satisfactoria en misiles del 81 al 90, comenzando con misiles del 91 al 100…
A su lado, el periodista estaba pálido como si un fantasma se le hubiera aparecido frente a sus narices, y cuando volvió a dirigirle la palabra al sargento, lo hizo con voz estremecida por el shock:
– ¿Eso es una bomba nuclear?
– ¿Qué esperaba? – rió Krezinski, aunque en su mirada se notaba que el sargento no bromeaba en lo más mínimo. – ¿Un cilindro grandote con el símbolo de un átomo pintado al costado?
– No sé, sargento, tal vez algo más grande… – se defendió el periodista, mirando una vez más a la pantalla y observando el arma en su macabra simplicidad, para después preguntar con un poco de curiosidad genuina: – ¿Por cierto, 150 kilotones es mucho?
– Sayid, esa cosita que ve en la punta del misil tiene el poder destructivo de ciento cincuenta mil toneladas de TNT… o diez bombas como la de Hiroshima, si le gustan las comparaciones históricas…
Cuando el sentido total de aquella matemática se le hizo perfectamente claro, ya no había forma de que Sayid al-Halad pudiera contener su impresión, y con los ojos abiertos como platos y el color totalmente desaparecido del rostro, el periodista debió luchar para volver a respirar… para luego, con la respiración retornada a algo parecido a lo normal, exclamar en su idioma natal:
– ¡Allahu akbar!
– Debería ver las grandotas que usan en las unidades de misiles antiespaciales allá en la Tierra, tienen unas bestias de 10 megatones que ya quisiera yo que me prestaran para jugar… por cierto, 10 megatones son diez millones de toneladas de TNT de fuerza explosiva… o si no, si recuerda al cañón Reflex del SDF-1, ahí tiene 65 megatones de fuerza destructiva; haga usted la cuenta… – le explicó el sargento, confirmándole al periodista que en efecto, todos los técnicos de Artillería estaban un poco locos… y quizás era eso lo que los mantenía cuerdos a la hora de vivir cerca de ingenios destructivos como los que llamaban "herramientas de trabajo". – Revisión completa y satisfactoria en misiles del 91 al 100, comenzando con misiles del 101 al 110.
– ¿De veras es necesario tanto? – quiso saber el periodista, repentinamente interesado en los detalles de aquellas armas infernales; quizás fuera cierto lo que decían sobre la fascinación de las armas…
– Créame, Sayid… lo único que puede reventar el casco de una nave Zentraedi es una cabeza nuclear, y aún así, las malditas naves enemigas son tan resistentes que siempre necesitamos muchas para poder volarlas al otro mundo, no por nada embarcamos 160 de esas cositas en un destructor clase Batalla como éste… por cierto, fíjese en el misil marcado como 104…
El misil en cuestión acababa de aparecer frente a la segunda pantalla, y tras hacer un leve esfuerzo, el periodista notó con una sonrisa ligeramente macabra que en el cuerpo del misil alguien había pintado en trazos rojos la palabra "¡PAZ!", acompañada por un crudo dibujo en stencil de una mano haciendo la V de la victoria…
– ¿Lo pintó usted?
– Un poco de arte… – le contestó el sargento, un tanto divertido, como si lo hubieran pillado pintando las paredes de la escuela. – Lo tomé de una película vieja… "Día de la Independencia".
El periodista no respondió nada; su atención estaba enfocada en tratar de comprender cabalmente la magnitud de lo que Krezinski le acababa de mostrar… y a pesar de que llegaba siempre a los mismos resultados, su conciencia se negaba a aceptarlos como reales…
– Déjeme ver si entendí… – intentó comprender al-Halad. – ¡¿Usted me está diciendo que esa cosita puede reventar diez ciudades como Hiroshima… y que como esa, hay otras 159 en esta nave?!
Lo que al-Halad no mencionó, ya que el detalle se le escapó en medio de la aterradora reflexión, era que aquella flota tenía otras catorce naves de la misma clase que el Austerlitz… y de haber sabido que los cuatro cruceros y quince fragatas de la flota tenían también arsenales nucleares como el que acababa de descubrir, muy probablemente se hubiera desmayado de la impresión…
El sargento sólo sonrió, encogiéndose de hombros, sin atreverse a revelar a aquel reportero que tras una semana de larga agonía y desesperanza, lo único que deseaba era la oportunidad de lanzar contra los Zentraedi los 160 misiles que llevaba de dotación un destructor clase Batalla…
– Bienvenido a las Fuerzas de la Tierra Unida, Sayid… espero que le gusten los fuegos artificiales. Revisión completa y satisfactoria en misiles del 101 al 110, comenzando con misiles del 111 al 120…
El comandante del grupo Zentraedi que los tripulantes del Alexander habían designado (sin su conocimiento, desde luego) como "Zulu 1" había preferido no esperar a las otras naves de Zulu 3, confiando en su habilidad para distraer a la flota microniana y empujarlos hacia donde querían. Desde luego, y tal como lo tenían planeado si se presentaba una oportunidad como aquella, Zulu 3 haría lo mismo desde otro ángulo, aunque faltaba mucho más para eso dado que Zulu 3 había tenido que cubrir una distancia considerablemente mayor, pero eso no importaba, ya que entre ambos grupos terminarían forzando a los micronianos a ir en la única dirección que les quedaría abierta.
Y eso los llevaría directo a la boca del monitor.
Aún faltaban varios minutos para que los micronianos entraran al alcance de fuego de sus cañones, y mientras veía cómo los indicadores de tiempo en su pantalla auxiliar pasaban sin moverse a la velocidad que él deseaba, el comandante de la flota Zentraedi no podía esperar más. Por supuesto, los micronianos tenían superioridad numérica, pero sus naves no eran nada comparadas con las monstruosidades tecnológicas de la flota Zentraedi. Tan sólo su crucero de batalla tenía más de tres veces el tamaño de la nave líder del enemigo... y el resto de las naves no significaban nada.
La impaciencia del comandante de la flota Zentraedi tenía un motivo adicional, algo que podría calificarse como una obsesión personal… una obsesión que lo consumía desde el momento en que el oficial que manejaba los sensores del crucero le informó de la presencia de al menos tres naves Zentraedi en la flota microniana.
Tres naves que evidentemente pertenecían a la flota renegada del traidor Breetai, aquella flota contra la que el gran Dolza cayó en combate, aquella flota de traidores y contaminados que se puso del lado de los micronianos en el momento más importante de la historia Zentraedi, condenando a su raza a la extinción y muy probablemente, dándole un golpe de muerte al imperio de los Amos Robotech.
La oportunidad de vengarse de los traidores de Breetai y destruir una flota microniana era algo demasiado atractivo como para dejar escapar, aún teniendo en cuenta que sería una batalla de quince naves Zentraedi contra treinta y tres enemigas.
Ciertamente sería un combate muy interesante, y por lo que sabía el comandante Zentraedi, desigual… en su favor.
Con los sentidos alertas y los movimientos refinados y preparados tras incontables simulaciones de batalla, escasos minutos les tomó a todas las naves de la flota terrestre alcanzar Condición Uno y estar listas para el combate… y con cada nave que confirmaba a la Central de Comando del Marcus Antonius que estaba preparada para la batalla, crecía la tensión entre los oficiales que tenían a su cargo el mando de la flota… en especial, a la joven almirante que estaba al frente de toda la operación.
– ¡Número y tipo de naves, señor Saunders! – ordenó Lisa al oficial de radar.
En su consola, el teniente Saunders revisó febrilmente la información que recibía del radar y una vez que tuvo una imagen clara de la amenaza a la que se enfrentaba la flota, anunció:
– El primer grupo enemigo está formado por cinco naves, almirante: un crucero de batalla clase Magdomilla, dos destructores clase Salan y dos fragatas clase Redir; el segundo grupo está a doscientos mil kilómetros de distancia del primero e incluye un transporte clase Queleual, un destructor clase Salan y tres fragatas clase Redir.
Lisa revisó mentalmente los números, y pudo ver de reojo que, sentado en su puesto, el comodoro Reiter hacía lo mismo, y esta vez los dos altos oficiales llegaron a una misma y desafortunada conclusión. Los reportes de inteligencia, y los informes del Grupo 6 luego de la batalla nada habían dicho de un crucero de batalla o de un transporte, y la presencia de aquellas dos naves en ese lugar del espacio sólo podía significar una cosa…
Los Zentraedi habían recibido refuerzos.
– Gracias, teniente. Permanezca observando... tal vez haya un tercer grupo de naves enemigas por allí – respondió Lisa al oficial de radar.
Una vez más, la voz baja y respetuosa del comodoro Reiter sonó al oído de la almirante Hayes:
– ¿Puedo preguntarle por qué piensa eso, almirante?
– El monitor no está en ninguno de esos grupos, y dudo mucho que los Zentraedi lo dejen sin alguna clase de escolta – explicó Lisa, tratando de que la tripulación no escuchara ese comentario.
– Tal vez quieran tendernos alguna clase de trampa – aventuró Reiter, y Lisa se volvió para ver a su segundo al mando mientras su mente consideraba muy seriamente la hipótesis lanzada por el comodoro.
– ¿Por qué no? – respondió Lisa en forma retórica. – Les fue bien la primera vez, es lógico que quieran repetir el truco.
Reiter esbozó una sonrisa macabra, y su rostro asumió por un segundo las crueles facciones de una piraña hambrienta.
– Entonces, almirante, me parece que lo que tenemos que hacer es que los Zentraedi no se sientan tan orgullosos de su astucia.
Desde donde estaba, la almirante Hayes le devolvió a Franz Reiter otra sonrisa predadora, algo que definitivamente no era agradable de ver en un rostro normalmente tan calmo como el de Lisa.
– No podría estar más de acuerdo con usted, comodoro – murmuró la almirante, para luego darle una orden al controlador de vuelo de la flota:
– Teniente, que todas las naves lancen los Veritech de inmediato… e informe al capitán Sterling que seguiremos el Plan Apolo.
– Entendido, almirante – respondió el controlador, disponiéndose a ejecutar la orden dada.
Pocos minutos después, el enorme portaaviones se sacudió con el rugido de los motores de cientos de cazas Veritech que despegaban, dejando atrás a gran velocidad al Marcus Antonius mientras se abalanzaban sobre la flota Zentraedi como enjambres hambrientos a punto de atacar a una gran presa. Similares escenas de preparativos y lanzamientos se repetían en el resto de las naves de la flota, que siguiendo las órdenes emitidas por la nave insignia, descargaban un número aparentemente interminable de Veritech y cazas de combate, mientras que las tres naves Zentraedi de la flota hacían lo propio con una heterogénea mezcla de battlepods, cazas trimotores y armaduras de combate.
Diez minutos después de que la almirante Hayes diera la orden, todos los escuadrones de combate de la flota estaban en el aire, en camino hacia sus posiciones asignadas y en espera de las órdenes…
Desde su puesto en la Central de Comando de Flota, Lisa y el resto de los oficiales que comandaban la misión observaban las formaciones de Veritech avanzando en dirección al enemigo, mientras que en el nivel principal de la Central, al igual que en los puentes de mando de todas las naves de guerra de la flota, las hordas de controladores de vuelo repetían órdenes e instrucciones a los pilotos Veritech, asegurándose de que funcionaran como estaba previsto en el plan. Ya no quedaba esperanza alguna de evitar el choque, y más de uno contuvo el aliento cuando los radares mostraron a las naves renegadas lanzando sus mechas para interceptar a los Veritech y al resto de los cazas de ataque de la flota….
Sin embargo, y respondiendo a un movimiento preestablecido, los cazas terrestres y los mechas de sus aliados Zentraedi lanzaron una furiosa salva de misiles en contra de los mechas renegados, para luego regresar por donde vinieron mediante un curso recíproco, alejándose del lugar de la breve e intensa batalla mientras en los escuadrones de mechas enemigos, cientos de naves caían a consecuencia de los misiles… y los sobrevivientes aceleraron a toda la potencia que les permitían sus turbinas con tal de ejecutar alguna clase de venganza en contra de los cazas terrestres.
Eso era exactamente lo que Lisa Hayes y Max Sterling habían planeado: alejar a los mechas Zentraedi de sus naves de guerra.
Ahora lo que había que hacer era ocuparse de las naves de guerra. Lisa oprimió algunas teclas y el display táctico cambió para mostrar la posición relativa de las naves terrestres y Zentraedi. Por lo que parecía, faltaba muy poco para que los Zentraedi del primer grupo entraran en el rango de fuego de las armas de la Tierra, y Lisa contuvo la respiración mientras los indicadores de distancia mostraban cómo se aproximaban los Zentraedi con inexorable rapidez.
Todos los sentidos de la almirante Hayes estaban enfocados en el crucero de batalla enemigo: esa inmensa mole que se aproximaba amenazante a la flota… contra semejante monstruosidad, erizada de armas de todo tipo y repleta de mechas, era bien poco lo que las armas terrestres podían hacer…
A menos, claro, que recurriera a una pequeña maniobra poco ortodoxa… a veces, la lógica de las pandillas era muy sensata y apropiada.
– Vanessa, ordena a toda la flota que concentren su fuego solamente sobre el crucero de batalla. – ordenó la almirante Hayes.
– ¿Todas las naves? Pero almirante… – objetó Vanessa – ¿qué haremos con el resto de las naves enemigas?
– Por el momento, nada, comandante Leeds – respondió Lisa. – La destrucción del crucero de batalla enemigo es prioritaria. Después de que haya sido destruido, envía un mensaje al Thresher… ordena al capitán Mchwenge que separe al Grupo Bravo de la flota y destruya a las demás naves del primer grupo enemigo.
– Sí, almirante – respondió Vanessa mientras indicaba a sus operadores que transmitieran las órdenes.
Al recibir las órdenes de la nave insignia, las torretas y lanzamisiles de las naves terrestres cobraron vida, mientras eran apuntadas por los oficiales de artillería a los blancos señalados en los sistemas de control tiro y radares de largo alcance. En menos de un minuto, docenas de cañones de energía estaban preparados para descargar una lluvia de destrucción sobre el colosal crucero Zentraedi.
La flota aguardó un lapso de tiempo que a todos a bordo les pareció interminable, mientras aguardaban con los dedos cerca de los controles de lanzamiento, esperando únicamente la orden para lanzar el Armagedón.
En la cabina de un caza Veritech no se escucha el fragor y trajín de un puente o una central de comando. Sólo puede oírse el sonido de los instrumentos, las transmisiones breves y concretas de los controladores de vuelo y los otros pilotos del escuadrón... y la respiración del piloto.
Para el capitán Max Sterling, ese era el sonido de la guerra. Un sonido al cual se había acostumbrado demasiado desde hacía ya ocho años. Hacía ocho años, Max era apenas un cabo inquieto que volaba un Valkyrie como tercer numeral de una sección de tres cazas, y ahora era un curtido capitán que piloteaba el avión que continuaría el legado del Veritech más famoso de las Fuerzas, liderando no sólo a los veinticinco cazas Lightning del Escuadrón Skull, sino a los quinientos Veritech y trescientos cazas convencionales asignados a la operación… además de cuatrocientos mechas Zentraedi de todos los tipos pertenecientes a las naves prestadas por Breetai.
Los dedos de Max estaban firmemente sujetos a las palancas de control del VF-4 que servía como su montura, como si aún estuvieran esforzándose para comprender el instrumental de vuelo. A pesar de llevar ya meses volando el Lightning, todavía extrañaba la familiaridad del Valkyrie. En ciertas áreas, el Lightning era un caza superior; era mucho más potente en velocidad y armamento, pero le faltaba algo de la gracia y maniobrabilidad del viejo Valkyrie.
"Misiones diferentes", solía repetirse Max cuando pensaba en el tema; el Valkyrie era una nave de combate multipropósito, mientras que el Lightning era un interceptor, diseñado para destruir la mayor cantidad de naves enemigas en el menor tiempo posible y a la mayor distancia que se pudiera.
Eso era lo que había hecho minutos atrás cuando los cazas bajo su mando lanzaron una salva de misiles contra los mecha Zentraedi que se aproximaban. Docenas de naves enemigas habían desaparecido, borradas del espacio por los misiles de los cazas terrestres, mientras los sobrevivientes aceleraban para interceptar y vengar a sus compañeros en un esfuerzo tan furioso como inútil.
Esa había sido la táctica planeada por Max y Lisa, llamada oficialmente "Plan Apolo"... y extraoficialmente "A-P-B", o "abofetear, provocar y barrer", como la habían llamado los pilotos al momento de serles comunicado el plan. Los Zentraedi habían sido abofeteados por los misiles, habían caído en la provocación... y ahora serían barridos.
– Líder Skull a todas las unidades – dijo Max por la radio. – Contengan su fuego hasta que los Zentraedi estén a doscientos kilómetros de distancia.
– Enterado, Líder Skull – repitieron docenas, cientos de voces.
De pronto, un Lightning comenzó a hacer complejas maniobras que un civil hubiera considerado acrobáticas, rompiendo con la calculada formación del Skull con partes iguales de habilidad y descaro… y mientras algunos de sus pilotos se daban el lujo de elogiar aquellas maniobras temerarias, sólo su profesionalismo impedía que Max lanzara un aullido de ira a través de la radio, aunque de cualquier manera terminó gritando segundos después.
– ¡¿Skull Cinco, qué diablos cree que está haciendo?!
Una voz de mujer respondió, hablándole al comandante del escuadrón con un tono sarcástico y altanero:
– Sólo me preparo para darles la bienvenida como merecen, Líder Skull.
– Si vuelve a hacer eso, la única bienvenida que tendrá será la de los guardias de la prisión militar, si es que sobrevive – ladró el capitán Sterling a través de la red táctica, callando a los pilotos y sobresaltando a más de un controlador de vuelo en las naves de la flota. – Ahora vuelva a la formación. ¿Entendió, Skull Cinco?
La voz de la piloto no sonaba nada contenta cuando respondió.
– Entendido, Líder Skull... tan sólo espera a que lleguemos a casa y veremos quién sobrevive.
– Querida, el resto del escuadrón no tiene por qué enterarse... – dijo Max con una sonrisa.
Un sonido de alarma trajo a Max de regreso a la batalla, y bajando la mirada hasta uno de los indicadores de la cabina, comprobó que el radar del Lightning acababa de confirmar que los Zentraedi estaban dentro del alcance de sus misiles... y lejos de sus propias naves nodriza.
Max abrió un canal general de comunicaciones a los Veritech y exclamó:
– Líder Skull a escuadrones de ataque, prepárense para atacar a las naves enemigas una vez que nos hayamos ocupado de los battlepods. En cuanto a los escuadrones de caza... ¡Caballeros, barramos el lugar!
Los Veritech y cazas convencionales escupieron cientos de misiles en una tormenta de fuego, que en escasos segundos diezmaron por completo a los cazas y mechas enemigos. A pesar de aquella lluvia de destrucción, todavía había sobrevivientes, y éstos continuaron cargando contra los cazas terrestres, en un ataque que tenía tanto de audaz como de suicida.
"Si pelea es lo que quieren, pelea tendrán", se dijo Max mientras cambiaba a modalidad Battloid y apuntaba su cañón contra los primeros battlepods que aparecían en su campo visual.
Mientras Rick era presa de la impotencia en el Puente del Alexander, y Max comenzaba a barrer a los mechas Zentraedi con sus misiles, los cañones de la flota terrestre apuntaban contra las naves Zentraedi que se acercaban, operados y controlados por artilleros que tenían los dedos bien cerca de los interruptores y gatillos, esperando la orden de abrir fuego contra el gigantesco crucero de batalla Zentraedi.
Por su parte, el comandante Zentraedi del crucero de batalla se sentía confiado. Su poderosa nave, aún privada de protocultura como estaba y con necesidad de lo que los micronianos llamaban "mantenimiento", seguía siendo mucho más letal que cualquiera de las patéticas naves micronianas que se acercaban, y de entre aquella colección de insignificancias espaciales que pretendían atacarlo, sólo las tres naves de los traidores de Breetai representaban una amenaza.
Él no había estado durante la primera batalla, ya que sus naves regresaban de una pequeña "excursión" al sexto planeta del sistema, pero estaba muy al tanto de los resultados y esta vez quería agregar algunas naves de guerra micronianas a sus propios triunfos en batalla... a tal punto que había rehusado esperar al otro grupo de naves que ahora lo estaba siguiendo. Esperar a las otras naves no sólo le hubiera hecho perder tiempo, sino que habría acabado con la maniobra que trataban de llevar a cabo.
Pero de cualquier manera, pensó el comandante Zentraedi mientras indicaba a uno de sus oficiales que enfocara la pantalla en la nave insignia microniana, no quedaría mucho tiempo más para que se diera el gusto…
– La flota reporta estar lista, almirante – dijo Vanessa mirando a Lisa, y a pesar de que la comandante Leeds se sentía impaciente y ansiosa, sus propias emociones palidecían en comparación a lo que veía en el semblante de la almirante Elizabeth Hayes.
Sin preocuparse por lo que pensara la oficial que mandaba la Central de Comando para ella, Lisa asintió con la cabeza y sin decir una sola palabra, mientras observaba una vez más el display táctico… y como le había ocurrido en las ocasiones anteriores, sus ojos se clavaron en el pequeño punto brillante que señalaba la presencia del crucero Zentraedi, casi como si pudiera imaginar lo que vendría a continuación…
– Entonces, comandante Leeds… – respondió Lisa suavemente, como si estuviera haciendo una simple sugerencia – ordene a la flota que abra fuego a discreción.
La alarma interrumpió las cavilaciones del comandante de la flota Zentraedi, y pocos segundos después, uno de sus oficiales le estaba informando que la flota microniana acababa de abrir fuego contra ellos. El comandante Zentraedi no se preocupó y le indicó a sus oficiales que tampoco se preocuparan... los micronianos podían gastar sus energías y misiles contra sus cinco naves de guerra; eso no detendría su destrucción inevitable.
Era algo esperable por parte de los micronianos… y algo que para él no tenía la menor importancia; tal era su confianza y seguridad en la monstruosidad robotecnológica que los Amos y el gran Dolza habían puesto a su cargo…
Pero tal como pudo ver en la pantalla táctica sólo unos cinco segundos después de que los sensores captaran la primera salva de la flota microniana, el comandante notó que sus enemigos no estaban disparando como él esperaba.
Ahora era distinto, y el comandante Zentraedi cayó por vez primera en la cuenta de que las poco más de treinta naves micronianas habían apuntado todas sus armas en contra de su crucero... ignorando por completo a las otras naves.
Y una proporción de treinta y tres a uno era demasiado, hasta para un inmenso, poderoso y muy blindado crucero Zentraedi.
Menos de cincuenta segundos después de lanzada la primera salva de las naves micronianas, el crucero de batalla Zentraedi se había convertido en una ruina espacial sin propulsión ni armas que funcionaran, ventilando aire y gases de todo tipo por una infinidad de agujeros en el casco, y con más de la mitad de su tripulación muerta o muriendo… sin que su comandante pudiera darse el gusto de participar en el combate que tanto había anhelado.
Entonces llegó la segunda salva.
Y cuando se disiparon las explosiones termonucleares que habían envuelto al crucero, de la orgullosa nave Zentraedi no había quedado nada, salvo una gigantesca bola de gas en constante expansión, nacida del infierno artificial de las armas micronianas y que desperdigaba a su paso restos informes por todo el espacio…
Las otras cuatro naves Zentraedi, huérfanas de su nave insignia, no tardaron en lanzar su primer contragolpe, mientras las naves terrestres se preparaban para una segunda salva y los escuadrones de cazas de ataque se abalanzaban sobre los Zentraedi como buitres.
– ¡Crucero enemigo destruido, almirante! – exclamó Vanessa, levantando un puño al aire en señal de triunfo.
– Excelente, comandante – respondió Lisa, sin permitirse caer en la ola de euforia que había barrido a la Central de Comando del Marcus Antonius, y tras dejar que sus tripulantes se tomaran un segundo para celebrar aquella pequeña victoria, retomó la palabra para dar nuevas órdenes. – Después de lanzar una salva contra el resto del grupo enemigo, ordene al capitán Mchwenge que separe al Grupo Bravo para ocuparse de las otras cuatro naves enemigas y dígale al capitán Sterling que asigne algunos escuadrones para apoyarlos.
La mirada de la almirante Hayes se enfocó ahora sobre el segundo grupo de combate Zentraedi, en particular sobre el enorme y rectangular transporte de tropa que se hallaba al centro de la formación… y que continuaba acercándose a la flota terrestre como si nada le hubiera pasado al otro grupo.
– En cuanto al resto de la flota, repitamos el favor con ese segundo grupo enemigo – anunció Lisa, mientras sus oficiales cumplían con sus instrucciones.
Si Rick no estaba vivo, al menos se llevaría a todos los renegados que pudiera al infierno.
– Vanessa, que todas las naves cambien curso para interceptar al segundo grupo enemigo, vamos a repetir la operación con ese transporte de tropas… y envíe un mensaje al Tristar, dígale al capitán Balmaceda que tenga preparado al Grupo Charlie para contener a los Zentraedi...
– Va en camino, almirante – respondió Vanessa al instante.
En ese momento, los primeros misiles Zentraedi penetraron las defensas del Marcus Antonius.
Lo que más sorprendía a Bill Morrison era cómo ninguno de los tripulantes que trabajaban en el Primario de Control de Daños del Marcus Antonius siquiera se inmutó con el impacto de aquel misil Zentraedi. Mucho le había costado al joven periodista no saltar de pánico cuando toda la nave tembló a su alrededor... y eso que apenas había sido el primer impacto.
Luego siguieron otros, con una regularidad impresionante, que hicieron estremecer al gigantesco portaaviones, dentro del cual un joven Bill Morrison, enviado por la cadena MBS en su primera cobertura seria –y eso solamente porque el corresponsal de guerra de la cadena estaba encerrado en su casa con un severo caso de neumonía– se movía de un lado a otro como zamarreado por gigantes.
– ¿Algo lo preocupa, señor Morrison? – preguntó el sargento ayudante Ivan Petrosian con una sonrisa despreocupada en el rostro, la clase de sonrisa despreocupada que puede llegar a tener alguien que pasó en numerosas oportunidades por situaciones parecidas a aquella.
– ¿Todavía lo pregunta? – respondió incrédulo Morrison, esforzándose por no dejar que se cayera su cámara digital con todo aquel temblor al que se veía sometida la nave.
– Vamos... no se estará asustando de un golpecito como el de recién – dijo Petrosian, sin dejar de prestar atención a su consola.
– ¡¿Llama a eso "golpecito"?!
Morrison estaba prácticamente sin habla, tanto por la violencia de las armas enemigas como por la manera despreocupada con la que se comportaban los tripulantes del portaaviones insignia de la flota.
"Maldita sangre fría la de estos tipos."
Por toda respuesta, como si no hiciera falta explicarse, Petrosian sólo meneó la cabeza ante la estupefacción del joven reportero, y sonrió perezosamente, mostrando la dentadura a Morrison.
– Dios, no quisiera verlo si tenemos que enfrentarnos a un cañón Reflex...
"Bien, Lisa... uno menos", pensó Rick al comprobar la destrucción del crucero de batalla en los sensores del Alexander, a pesar de toda la interferencia electrónica enemiga. Sin su nave líder, Zulu 1 quedaba prácticamente descabezado, y poco después de un brutal intercambio de fuego entre la flota terrestre y la armada Zentraedi, el radar mostraba cómo once naves de la flota de la Tierra se separaban de la formación principal, acelerando en un curso que los llevaría rápidamente a contener y acabar con las cuatro naves Zentraedi restantes.
El resto de la flota, por otro lado, parecía avanzar directamente contra Zulu 3, y según lo que indicaban los datos del radar, había otras once naves listas para separarse de la formación principal y ocuparse de aquel grupo Zentraedi.
En silencio, Rick elogió calurosamente la táctica que estaba usando el comandante de la flota terrestre, albergando en su corazón la secreta ilusión de que se tratara de la propia Lisa Hayes; asignando grupos de combate para ocuparse individualmente de cada formación Zentraedi, no sólo mantenía separados y asediados a los Zentraedi, sino que evitaba también que la flota terrestre fuera atacada desde dos flancos.
O tres, como lo sabía Rick, mirando amargamente cómo la flota de la Tierra se abría paso victoriosamente sin saber que al final del camino los esperaba una horrenda y mortal sorpresa.
Sólo esperaba que quien estuviera a cargo de la flota detectara a tiempo al tercer grupo Zentraedi... y que no cayera en el error que él había cometido una semana atrás de lanzarse de cabeza a una situación en la que no sabía si el enemigo tenía más naves que las que aparentaba tener. De cualquier manera, todo quedaba en las manos del comandante de la flota terrestre, ya que no había mucho que él o el Alexander pudieran hacer... no si no podía avisar a la flota sobre el monitor Zentraedi.
Si tan sólo pudiera...
Rick se detuvo en seco, ignorando todo lo que ocurría en el resto del mundo mientras en su cabeza, una nueva idea comenzó a ocupar lugar con todo el ímpetu y la fuerza que tienen aquellas ideas a las cuales les ha llegado la hora de hacerse realidad…
Era una idea peligrosa, desesperada, y eso era lo más suave que podía decirse sobre ella. Muy probablemente, todos los cráneos del Alto Mando y de la Academia la considerarían suicida... y lo peor era que quizás toda la tripulación del propio Alexander así lo pensara si la hacía conocer. Sin embargo, bien podía ser la única esperanza para toda la gente en aquella nave herida y golpeada.
Y maldito sería si se quedaba de brazos cruzados mientras los Zentraedi emboscaban a Lisa.
– Teniente Tessel ¿cuánto falta para que la flota entre al alcance de fuego del monitor Zentraedi? – preguntó Rick.
Obligándose a desprender su atención de la batalla, a la que estaba observando a través de la pobre recepción del radar, al igual que todos en el puente auxiliar del Alexander, el teniente Tessel consultó en su sistema y no tardó en calcular una respuesta a la duda del comodoro Hunter.
– Diecisiete minutos, señor.
– Muchas gracias, teniente – agradeció Rick, y su atención se dirigió hacia el navegante – ¿En cuánto tiempo podremos interceptar a Zulu 2 con los propulsores a plena marcha?
Revisando sus propios instrumentos y haciendo sus propios cálculos, el navegante del Alexander respondió sin dudarlo:
– Tiempo estimado: catorce minutos, señor.
– Gracias, teniente – respondió Rick, hundiéndose en la silla del capitán y con el rostro portando aquella expresión que indicaba que estaba sumido en profundos pensamientos.
Desde donde estaba, Vince no pudo ignorar la expresión en el semblante de Rick y por un breve instante, se llenó de un oscuro temor a que su comodoro y capitán accidental estuviera pensando en hacer algo que él mismo consideraría irremediablemente insano… y bastó ver la mirada de Rick para que ese temor se hiciera insoportable.
La necesidad de librarse de dudas fue más fuerte que su propio sentido del decoro militar, y cautelosamente, el teniente Grant se acercó a decirle a Rick:
– Discúlpeme, señor, pero espero en Dios que no esté pensando lo que creo que está pensando...
Rick lo ignoró, y después de unos segundos de silencio comenzó a impartir instrucciones al personal del puente, hablando con una resolución en la voz que jamás le habían escuchado en su vida…
– Navegación, fije curso para una corrida de ataque contra Zulu 2. Timón, quiero máximo impulso en todos los sistemas de propulsión. Tácticas, prepárese para disparar todos los misiles contra el monitor, y apunte los cañones de partículas a las otras naves. Esperemos ponerlas fuera de combate con lo que tenemos.
– Señor, no necesito recordarle que no estamos en condiciones de combatir – dijo Vince, repentinamente pálido y en apariencia asustado, aunque en su voz se notaba que no estaba muy convencido de eso.
– Lo tengo muy en claro, teniente, pero miles de personas morirán en esas naves si no hacemos nada para impedir que ese monitor Zentraedi abra fuego – contestó Rick.
– Rick… – insistió Vince, hablando en voz baja para que los oficiales no lo escucharan – No podremos resistir mucho tiempo si entramos a la batalla…
El comodoro Hunter giró para enfrentar a su primer oficial, pero sin reprocharle nada ni criticarlo… sino para mirarlo con una expresión que indicaba que estaba perfectamente al tanto de que tal vez no sobrevivirían a esa maniobra desesperada.
– Piensa, Vince… – dijo Rick, hablando con tranquilidad. – ¿Qué hubiera hecho Andrea?
Con el recuerdo del sacrificio de la primer oficial del Alexander aún fresco en su memoria, el teniente Grant no necesitó de mayores explicaciones para comprender la magnitud del dilema al que se estaban enfrentando… y sin decir una palabra más, Vince regresó a su puesto, mientras Rick dejaba la silla, caminando hacia el frente del Primario de Control de Daños, con la mirada clavada en el punto rojo de la pantalla, que señalaba al monitor Zentraedi…
– Caldera Reflex a plena potencia. Todos los sistemas de propulsión listos para máximo impulso a su señal, señor – informó el navegante.
– Sammie, dame comunicación con toda la nave – ordenó Rick, y Sammie hizo los arreglos necesarios para que Rick tomara el micrófono y su voz se escuchara en todas las cubiertas.
– Cuando usted quiera, comodoro – murmuró Sammie, dándole a Rick el micrófono y encendiendo la sirena de anuncios generales.
– Atención a todos, les habla el comodoro Hunter.
No hubo un alma a bordo del UES Alexander que no hiciera silencio para escuchar el anuncio de Rick.
– Como ya saben, una flota proveniente de la Tierra ha llegado a esta región y está entablando combate con las fuerzas Zentraedi. Ha habido un cambio de planes... intentaremos el ataque contra los Zentraedi, específicamente contra su monitor, y trataremos de reunirnos con la flota y apoyar sus operaciones.
Rick no necesitó que le dijeran nada… supo que en ese mismo momento, cientos, quizás miles de tripulantes del portaaviones estaban sintiendo un repentino terror ante la idea de lanzarse a la refriega, sabiendo que muy probablemente no fueran a salir vivos de la batalla dadas las condiciones en las que estaba la nave…
– Sé que es mucho pedirles que hagamos esto en este momento en el que nuestra nave está en tan terribles condiciones – continuó Rick, dejando que se notara su pesar por pedir un sacrificio de tal magnitud a la tripulación, y deseando de corazón no tener que hacerlo. – Pero debemos entender que si no actuamos, miles de nuestros camaradas en las otras naves de la flota morirán a manos del enemigo. Es nuestro deber hacer algo.
Después de unos segundos de tenso silencio, en los que prácticamente pudo ocurrir cualquier cosa, muchos de los oficiales del puente asintieron inconscientemente con la cabeza a las palabras de Rick, y sintiéndose renovado y fortalecido, Rick inhaló con fuerza antes de continuar:
– Sé que será difícil, pero es lo que tenemos que hacer. Nadie nos paga para quedarnos quietecitos en casa. Además... nos dará la oportunidad de devolverle al enemigo las atenciones que tuvieron con nosotros. Sé que cada uno de ustedes hará lo que mande su deber. Hunter, fuera – dijo, cerrando la comunicación y volviéndose a sentar en su silla a la vez que la tripulación volvía a la actividad, encarando su nueva y quizás fatal misión con una sangre fría y tesón admirables.
Por instinto, Rick se sujetó con mayor firmeza a su silla, al igual que el resto del personal del Puente auxiliar en preparación para el sacudón que ocurriría en cuanto los propulsores principales fueran activados.
El comodoro Hunter sintió, al principio como murmullo y luego como ensordecedor rugido, cómo las turbinas del Alexander cobraban vida e impulsaban a la nave fuera de su escondite, trepando a través de las tormentosas capas superiores de la atmósfera de Júpiter y estremeciendo la golpeada estructura de la nave en el proceso.
– ¡Ahora! – ordenó Rick, a lo que el oficial de navegación respondió llevando las turbinas de la nave a la máxima potencia.
Estaban camino a la batalla.
Haber volado como piloto de pruebas del VF-4 había hecho a Max Sterling un tanto parcial respecto de las capacidades del nuevo caza Veritech, y después de algunos meses de volarlo en servicio activo con el Skull, el capitán Sterling ya estaba algo ansioso por probar en el campo de batalla qué tan bueno podía ser el Lightning.
Y a juzgar por la performance de su Skull Uno en ese enfrentamiento, así como el desempeño de los demás pilotos del Escuadrón Skull, que estaban haciendo estragos entre las fuerzas de mechas y cazas enemigos, el VF-4 Lightning no era bueno… era mejor.
En combate, el nuevo caza Veritech había probado estar a la altura de las circunstancias, y a la par del legado dejado por el VF-1 Valkyrie que, como Max mismo podía atestiguar, había dejado zapatos muy grandes para llenar.
Pero al comprobar una vez más los tiempos casi insignificantes que empleaba el VF-4 para cambiar de modalidad, o la potencia de sus motores, o el poder de fuego de los dos cañones pesados que montaba en sus "brazos", o la manera impecable en la que se integraban los sistemas de radar, adquisición de blancos y control de armamentos, Max no pudo evitar pensar que el VF-4 acabaría dejando zapatos aún más grandes por llenar el día en que su sucesor asomara…
Sería cuestión de conseguir algún lugar en los equipos de prueba del proyecto VF-X-6, si es que algún día se le daba luz verde…
Revisando una vez más su radar, Max notó que había llegado una nueva oportunidad de probar la calidad de las armas del VF-4, y cambiando súbitamente a modo Battloid, el capitán Sterling giró bruscamente en el espacio hasta dar de frente con una armadura de combate Zentraedi que se estaba acercando a toda velocidad…
Y si una de esas armaduras era un rival digno para un VF-1, al enfrentarse al VF-4 sólo probaba ser un blanco muy tentador para los dos cañones del Veritech.
– ¡Diecisiete! – exclamó Max mientras veía al mecha enemigo estallando en mil pedazos como consecuencia de sus disparos.
El comunicador del Veritech se activó, indicándole a Max que tenía una transmisión entrante del Skull Cinco, y por fuerza de hábito, Max se preparó para hablar con el teniente Giaquinta… mordiéndose la lengua en cuanto recordó que Giaquinta estaba en la Tierra recuperándose de una muy molesta y persistente gripe.
El rostro que apareció en su pantalla cuando Max acusó recibo de la transmisión no era el del teniente Giaquinta, sino el de la persona que era para Max la razón de vivir y existir… aunque la arrogancia que aquella mujer destilaba en sus ojos verdes en medio de un combate le daba impulsos al capitán Sterling de entrar en uno de esos duelos mano-a-mano tan típicos de ellos, y que solían terminar tan bien…
– ¿Dijiste algo, Maximilian?
– Dije diecisiete, Mir… – repitió Max, haciendo hincapié en el número, y distrayéndose sólo por una milésima de segundo para pensar de qué manera replicaría su esposa, si mostrándose sorprendida… o exhibiendo una lista de éxitos más alta aún…
– Ah… – sonrió Miriya como si nada, mientras transformaba a la modalidad Battloid el VF-4 que le habían prestado, moviéndose por el espacio hasta llegar a donde estaba el Skull Uno de su esposo. – ¡Bien por ti!
De hecho, el caza de Miriya terminó muy cerca del de Max, y fue sólo gracias a la pericia en vuelo del capitán Sterling y de los reflejos excepcionales de Miriya que los dos Veritech no acabaron colisionando en el medio del espacio.
– Gracias – respondió Max, respirando aliviado al ver que nada malo había pasado. – ¿Cuántos llevas?
Miriya hizo una mueca exagerada de estar tratando de recordar algo que se le escapaba de la cabeza, y eso le indicó a Max que su esposa estaba por lanzarle un número de victorias que iba a ser más alto que el suyo.
– Veintitrés…
La comandante Miriya Parino-Sterling (su ascenso había sido confirmado oficialmente por la Jefatura de Personal la noche anterior a la partida de la flota) era de las que no decepcionaban nunca, y en sus labios asomó una sonrisa juguetona y altanera… que se hizo más grande al notar la expresión de humillado que ponía Max en su lado del canal de comunicación.
– Sabes que no puedo dejar que eso quede así como así¿no?
El Veritech de Max giró en el espacio, dando un rápido paneo de 360 grados para comprobar que no había mechas enemigos aproximándose, y justo cuando estaba por volver a la posición original y declarar que no había moros en la costa, algo captó su atención de manera preocupante y alarmante…
– ¿Qué vas a hacer al respecto? – lo desafió Miriya, esperando ver con qué le iba a salir su competitivo esposo.
La cara que Max le puso en ese momento transmitía tanto preocupación como ánimo de revancha.
– Por de pronto, avisarte que tienes seis aproximándote por las seis en punto…
De vuelta a la realidad, Miriya llevó a su caza en una serie de frenéticas maniobras para evadir los primeros disparos de los mechas enemigos, debiendo forzar las prestaciones del VF-4 casi hasta su límite con tal de volver a recuperar una posición favorable…
– ¡Demonios! – exclamó Miriya por el canal de comunicación, con tanta potencia que Max pensó que se volvería sordo.
Su experiencia de combate le fue de gran utilidad, y menos de diez segundos después de que recibiera la advertencia de Max, el VF-4 de Miriya ya estaba enfrentándose a los battlepods que pretendían derribarla… y haciendo gala de su puntería, despachó a los dos mechas Zentraedi en muy poco tiempo…
– ¿Estás bien? – le preguntó Max con preocupación a través de la radio.
– Estoy bien… me descalabraron un poco, pero ya me ocupé de ellos.
– Me alegro – contestó aliviado su esposo. – ¿Cuántos llevas ahora?
– Veinticinco¿y tú?
Ahora era el turno de Max de sonreír orgulloso y competitivo… y Miriya juró que al regresar al Marcus Antonius, los dos iban a tener una muy buena y larga charla sobre los perjuicios del espíritu competitivo en la vida matrimonial… cuando la competencia favorecía a la parte masculina de la pareja.
– Veintiuno, pero ya voy a--- – comenzó Max, deteniéndose abruptamente y moviendo su Veritech en complejas maniobras para reaccionar a una nueva amenaza que casi lo tomaba por sorpresa… el ataque de un trío de cazas trimotores que buscaban pelea.
Cuando aquella desagradable sorpresa terminó, Miriya respiró aliviada al comprobar que el caza de Max había salido indemne de la refriega… y se alegró enormemente al escuchar una vez más la voz de su esposo por la radio… sin importarle que fuera para restregarle nuevas victorias en la cara.
– Puedes anotar tres más en mi lista, amor… – le dijo Max, guiñando el ojo.
Miriya sonrió, mientras le dedicaba a su marido una mirada fulminante que prometía que no se daría por vencida… y la mirada de Max la invitaba a hacer su mejor intento.
A veces, la competencia podía hacer maravillas por el matrimonio.
Poco faltaba para que la nave principal microniana estuviera al alcance de su cañón principal, y el comandante del monitor Zentraedi no podía esperar ni un segundo más.
Podía haber pasado tan sólo una semana microniana desde la batalla anterior, pero para el comandante eso había sido como una vida de vergüenza.
Había tenido que pasar muchos momentos incómodos ante el comandante del improvisado escuadrón Zentraedi al cual pertenecía, como consecuencia de su fracaso durante la batalla anterior, ya que ninguna explicación había bastado para atenuar la ira que el comandante del escuadrón sintió al enterarse de que la flota microniana había logrado escapar del fuego vengador de las armas Zentraedi…
Ni siquiera el hecho real y comprobado de que el disparo había tardado tanto debido a la falta de energía en los generadores bastó para lograr clemencia por parte del comandante de la flotilla, a quien lo único que le importaba era que el oficial que comandaba la nave dotada del arma más poderosa en su arsenal había sido demasiado lento, permitiendo que todas las naves micronianas, salvo una que fue destruida y aquella otra de la que no sabían nada, escaparan de regreso a su mundo.
Esta vez no pasaría así. Por supuesto, habría que hacer algunas decisiones complejas.
Contra el consejo de algunos de sus oficiales, el comandante del monitor ordenó desviar toda la potencia al cañón Reflex, de tal manera de poder disparar sin pasar por la agonía de esperar a que se cargara... espera que había dado tiempo a los micronianos de huir o esconderse durante la batalla anterior.
Por supuesto, tal decisión tendría su precio.
Los sistemas ECM continuaban funcionando, pero con la potencia suficiente para ofuscar los radares micronianos, pero por otro lado, todas las armas a excepción del Reflex, todos los sistemas de contramedidas y de defensa de punto y la mayoría de los sensores habían quedado fuera de servicio para alimentar la sed voraz del cañón Reflex. Incluso, y esta vez sí había tenido que enfrentar una seria protesta de parte del encargado de las máquinas, había ordenado desactivar los propulsores de maniobra, dejando a la nave prácticamente a la deriva.
Después de todo ¿para qué los necesitarían, si en segundos los micronianos serían historia?
El gran problema era el mismo que aquejó a todo comandante militar desde el principio de los tiempos: el comandante Zentraedi carecía de información, carencia que había empeorado con su orden de mantener con mínima potencia a los sensores con tal de tener el cañón listo para disparar.
Tal vez, si los sensores del monitor hubieran estado funcionando a plena potencia, el comandante hubiera detectado a la nave terrestre que, emergiendo de la atmósfera del gigante gaseoso, descargaba en una única salva veinticuatro poderosos misiles que apuntaban directamente al monitor.
El Marcus Antonius y sus escoltas continuaban su imparable avance hacia Júpiter, aparentemente impávidos ante la lluvia de fuego que manaba de las naves Zentraedi; tan sólo unos minutos atrás, las naves de la flota habían reducido a escombros al transporte Zentraedi que servía como nave insignia del otro grupo enemigo, y una vez que ese grupo quedó completamente descabezado, la almirante Hayes ordenó al capitán Balmaceda que se ocupara de entretener a los remanentes del grupo enemigo con las naves de su propio Grupo Charlie, asistidas por escuadrones de cazas Veritech especialmente asignados a la tarea.
El plan de la almirante Hayes estaba dando resultados excepcionales: en lugar de emboscar a la flota terrestre como aparentemente había sido su intención, ambos grupos de naves Zentraedi estaban ahora enfrascados en una desesperada batalla contra fuerzas terrestres y aliadas bien equipadas y capaces de destruirlos… impidiéndoles así ir en asistencia de sus camaradas, o prevenir que el Marcus Antonius y sus naves de escolta en el Grupo Alfa pudieran acercarse a Júpiter para iniciar la búsqueda del Alexander.
Desde ya que no había sido fácil; cada kilómetro de avance de la flota terrestre había tenido su costo en sangre y daños… el Marcus Antonius había sufrido algunos impactos de misiles enemigos, mientras que los destructores Stalingrad y Midway recibieron fuertes sacudidas por parte de los cañonazos Zentraedi; las fragatas Pixie, Sakura Blossom y Edelweiss reportaban averías moderadas, y el resto de las naves debieron soportar algunos rasguños en el combate… y a pesar de todo, ni los más brutales esfuerzos de la flota Zentraedi pudieron detener a las naves de la almirante Hayes en su misión.
Pero había algo que aún preocupaba a Lisa, mucho más que los daños que habían recibido las naves del Grupo Alfa.
En todo el tiempo que llevaban en el espacio joviano, y a pesar de saber que debía hallarse en la zona, la flota no había captado señal alguna del temido monitor Zentraedi. Las alternativas que pudieran explicar semejante ausencia eran inverosímiles, a menos que los Zentraedi hubieran decidido de repente que debían deshacerse del arma más potente en su arsenal… semejante acción era algo sumamente ilógico e insensato en una raza que había convertido a la guerra en una cuestión de lógica fría.
Cada segundo que pasaba sin rastros del monitor era un segundo más que tenían los Zentraedi para llevar a cabo lo que sea que tuvieran pensado hacer con él… y cada segundo que el monitor permanecía sin ser descubierto era un poco más de ansiedad en el alma de la almirante Elizabeth Hayes.
Lisa no pudo evitar mirar al frente, observando el paisaje del cosmos.
Júpiter... allí fue donde el Alexander había sido visto por última vez, en una carrera desesperada por evadir al monitor Zentraedi y regresar a la Tierra... una carrera que no sabía Lisa si había sido coronada con el éxito o terminada en la destrucción.
Pues bien, ella estaba allí para averiguar el destino del Alexander; para eso era la misión. Por más que Lisa trataba con todas sus fuerzas de no pensar en Rick, de evitar que se nublara su juicio profesional con el flujo de emociones que ella sabía que inundaban su corazón, no pudo hacerlo… más fácil le hubiera sido parar los latidos de su corazón.
Era peor con lo que su propia intuición insistía en decirle, casi pudiendo sentirlo en aquel lugar, en aquella zona del espacio donde por última vez lo habían visto.
Era el momento de la verdad: si había sobrevivido, Lisa lo encontraría. Y si no...
La almirante Hayes se negó terminantemente a considerar esa opción; dar a Rick por muerto era abandonar todas las esperanzas y eso jamás lo haría. Una parte de su mente, aquella que siempre era racional y fría, le decía que no podía mantenerse en aquella postura por siempre, que tarde o temprano, si no había ningún rastro, debería hacerse a la idea de que Rick pudiera haber muerto, pero siempre ajeno a los dictados de la razón, su corazón se rehusaba con todas sus fuerzas a rendirse y dar a Rick por muerto; ya lo había hecho una vez con Karl, y lo único que obtuvo de esa rendición fueron años oscuros de soledad y duelo sin fin.
En ese mismo momento, el ser de Lisa se estremeció de terror y su sangre se congeló al escuchar la voz del teniente Saunders exclamando con un alarido terrorífico:
– Nuevo contacto radar, almirante, cinco naves enemigas al frente... ¡SANTO CIELO¡Monitor Zentraedi, justo al frente de nosotros, distancia 45.300 kilómetros!
Los ojos de Lisa se abrieron como platos, y sin demorar un solo segundo corrió para observar los datos que aparecían en el radar de Saunders, rogando a Dios que se tratara de una falsa detección… aunque conociendo bien a su oficial de radar, ella sabía que Dave Saunders nunca jugaría con algo como eso.
En el nivel principal de la Central de Comando de Flota, la comandante Vanessa Leeds corría frenéticamente de un lado para otro, haciendo un esfuerzo por atender a los distintos operadores y responder a las señales de alerta que le llegaban de todas partes, cada una de los cuales captaba información que sólo prometía condenación para la nave… una condenación tan inevitable e inexorable como el simple paso del tiempo.
Activada por Saunders en un instante de resignación, la pantalla principal de la Central se encendió, y Lisa, al igual que el resto de los presentes en aquel lugar, sólo pudieron observar con una sensación creciente y opresiva de terror la silueta tenebrosa del monitor Zentraedi abriéndose para disparar su cañón en contra del Marcus Antonius... tal como lo hizo una semana atrás con la nave de Rick.
"¡No puede ser¡Llegamos hasta aquí... para esto!"
– ¡A toda la flota¡Maniobras evasivas! – ordenó Lisa en un intento desesperado por prevenir la catástrofe, sin dejar de mirar ni por un segundo la imagen satánica de aquel portador de muerte Zentraedi.
Fue Kim quien respondió con frenesí a la orden de la almirante Hayes, ya que se había hecho cargo de la estación de comunicaciones de la flota luego de que la teniente O'Toole sufriera heridas durante la batalla.
– ¡Transmitiendo la orden, almirante!
Pero por más que hicieran lo posible, tanto Lisa como Kim sabían que ya no quedaba manera de evitar lo que se venía, al igual que el resto de los controladores y operadores de sistema, y de la misma manera que el capitán del Marcus Antonius y los otros capitanes de la flota… y le correspondió a Vanessa Leeds poner en palabras la cruda e innegable realidad:
– Estamos dentro de su alcance de fuego... no hay nada que podamos hacer – dijo Vanessa con voz monocorde a la vez que sus ojos cargados de lágrimas de furia miraban al display táctico, en donde aparecía superpuesto el radio de alcance del cañón Reflex.
Efectivamente, el Marcus Antonius y sus escoltas se hallaban demasiado inmersos en el campo de fuego del monitor como para poder escapar.
Todo aquel esfuerzo, para nada, se lamentó Lisa en un arrebato de culpa y derrotismo, sin poder quitar de su mente la imagen de todos los rostros que había visto en su nave insignia, pensando que todo lo que había hecho era llevarlos a la muerte, condenarlos a morir en aras de una ilusión desesperada...
En su arrogancia, había pensado que derrotó a los Zentraedi, y lo único que había hecho era facilitarles la trampa, enviando a los hombres y mujeres de su flota como ovejas al matadero… era demasiado en un sólo día.
– ¡Almirante, estoy detectando una salva de misiles, procedencia desconocida! – gritó el teniente Saunders, logrando ponerle suficiente confusión a su tono de voz como para lograr que la almirante dejara de pensar por un segundo en su inminente final.
A pesar de haber sido traída de regreso por el anuncio de Saunders, todo lo que Lisa pudo hacer fue registrar que había dicho algunas palabras; su mente no les dio importancia alguna.
"Es el fin. Lo siento, Rick.", pensó la almirante con amargura y dolor infinito, dándole a Rick el beso del adiós y resignándose al fin.
Saunders, sin embargo, no dejó de hablar, sino que murmuró una maldición y se inclinó sobre la pantalla de radar para chequear los datos que recibía.
– Almirante... los misiles... no son Zentraedi – balbuceó Saunders después de revisar varias veces la información del radar; semejante descubrimiento merecía todas las confirmaciones necesarias antes de vender una falsa ilusión a la tripulación.
En una reacción automática, Lisa giró la cabeza para mirar con incredulidad al oficial de radar, observando que en la pantalla aparecían, efectivamente, numerosos misiles que provenían de... algún lugar. Lo único certero, lo único que Saunders podía afirmar a ciencia cierta era que esos misiles no venían de las naves Zentraedi, y si había que creerles a los sistemas, aquellas misteriosas armas tampoco tenían nada en común con los misiles de uso corriente en la flota Zentraedi.
El temor y la resignación cedieron ante el análisis profesional y la incertidumbre.
"¿Qué está pasando aquí?"
Mientras la almirante Hayes encontraba en la curiosidad una manera de alejar su mente de lo que prometía ser una derrota devastadora, veinticuatro misiles trepaban hacia el espacio, atravesando como exhalaciones la atmósfera de Júpiter y trazando un camino que después seguiría el Alexander, que venía detrás impulsado por sus esforzados y golpeados sistemas de propulsión.
Aquellos misiles eran enormes SGM-25 Skylord, versiones mucho más potentes en todos los sentidos que los misiles Spacelord que equipaban a las naves más pequeñas de la flota, y eran tan voluminosos en tamaño que su operación quedaba exclusivamente reservada a las grandes naves de combate, tales como los portaaviones de la clase Tokugawa y los cruceros clase Tristar.
Dicha superioridad se manifestaba en varios aspectos, de los cuales uno de ellos era crucial: mientras que el Spacelord montaba un poder destructivo equivalente a ciento cincuenta mil toneladas de TNT, la cabeza nuclear de cada misil Skylord tenía la capacidad destructiva de 3 megatones, es decir, tres millones de toneladas de TNT.
Tal potencia destructiva hacía que el Skylord fuera siempre considerado con respeto.
Los potentes motores de los misiles los impulsaban a toda potencia hacia su objetivo final, mientras que tras recorrer una considerable distancia desde la nave que los había lanzado, los sistemas de guiado de los misiles comenzaron a enviar pulsos de radar hacia los blancos, en preparación para la corrida final antes del impacto.
Enfrascados como estaban en disparar contra el Marcus Antonius y sus escoltas, los Zentraedi no notaron los misiles hasta que recibieron los pulsos de radar en cada receptor de sus naves.
El primero en notarlo fue un operador de sensores a bordo del monitor, quien descubrió que algo estaba bombardeándolos con ondas de radar y que no provenían de las naves micronianas… y su curiosidad fue lo suficientemente fuerte como para darse el gusto de estudiar aquellas señales por un instante.
Al principio pensó en informar al comandante del monitor, pero se abstuvo de hacerlo por temor a una represalia; después de todo ¿quién podría estar detectándolos con radares desde aquella posición? Tal vez la nave microniana a la que le habían disparado durante la batalla anterior, pero tenían que ser suicidas para arriesgarse a enfrentar las armas Zentraedi, si era que seguían vivos.
Tenía que ser alguna clase de truco, concluyó el operador de sensores, decidiendo que molestar al comandante con algo como eso no valía la pena. A fin de cuentas, sólo se trataba de un truco microniano más, como aquel maldito "canto" que había llevado la muerte y deshonra al gran Dolza hacía ya demasiado tiempo.
Para cuando, confrontado con evidencia incontrastable, no le quedó otra más que decidir que no podía ser un truco e informó al comandante del monitor, ya era demasiado tarde.
Los misiles ya estaban en su corrida final, quemando hasta el último gramo de combustible sólido para ganar velocidad y entregar su carga de muerte en menos tiempo… y faltándole sólo cinco segundos para llegar a su destino, los sistemas de los misiles se activaron automáticamente, envolviendo al monitor en un haz desquiciado de ondas de radar…
La decisión del comandante Zentraedi de tener listo el cañón Reflex aún a costa de los otros montajes de armas y de los motores le impidió poder disparar contra los misiles para derribarlos, activar los sistemas de contramedidas... o siquiera mover la nave para tratar de esquivarlos.
Ni uno solo de los misiles falló.
Los misiles disparados por el Alexander se estrellaron, uno detrás del otro, contra el casco inmóvil de la nave Zentraedi, devastando cubiertas y secciones con furia primigenia… y como si su fuerza destructiva no fuera suficiente, los misiles tuvieron la fortuna de hacer impacto contra la nave enemiga en el momento en que se preparaba para disparar su cañón Reflex.
Los impactos de misiles, y la fuerza explosiva y cinética que descargaron al golpear contra su blanco, provocaron sobrecargas incontrolables en los sistemas de energía de la nave, resultando en una serie de explosiones en todo el monitor. Las explosiones termonucleares atravesaron los mamparos, generando una enorme bola de fuego que recorrió la nave de punta a punta, acabando con los sistemas de energía y reduciendo a un casco destrozado a la que fuera una potente nave de combate.
El último pensamiento del comandante Zentraedi, milésimas de segundo antes de que su módulo de comando desapareciera en una bola de fuego, fue que su fracaso durante la batalla anterior había vuelto para reclamar su vida.
– ¡Impacto directo, señor! – exclamó Tessel triunfalmente. – ¡El monitor enemigo está fuera de combate!
– ¡Muy bien! – respondió Rick, y palmeó en el hombro a Tessel. – Dispara sobre el resto de las naves... esperemos dejarlas fuera de combate.
El puente había estallado en una erupción de júbilo ante la destrucción del monitor Zentraedi… durante los largos días de su ocultamiento, la tripulación del Alexander había llegado a considerar al monitor como la encarnación tecnológica del Diablo, como si fuera una bestia negra que constituía el mayor y más letal obstáculo a cualquier plan de escape de ese predicamento… y ahora, el monitor había sido convertido en chatarra por acción de los misiles del Alexander, había sido destruido en una acción sorpresiva que el comandante Zentraedi jamás pareció haber imaginado.
Había una cierta justicia poética en eso, detalle que no pasó desapercibido para muchos de los miembros de la tripulación.
Sonriendo comprensivamente, Rick dejó que la tripulación festejara con todas sus fuerzas aunque más no fuera por unos breves e inolvidables segundos; Dios sabía que tenían bien merecido un instante de júbilo, especialmente después de haberse deshecho de esa nave enemiga en particular.
A pesar de aquella pequeña victoria, todavía quedaba mucho por hacer antes de poder considerarse a salvo; si bien el monitor había quedado virtualmente destruido, todavía quedaban rondando aquella región sus cuatro naves de escolta, que entre ellas aún conservaban suficiente poderío como para eliminar al Alexander.
"Que comience la fase dos", pensó entonces Rick a la vez que se sujetaba de la silla para no caer con todo el estremecimiento que sufría la nave en su salida de la atmósfera.
No hizo falta que Rick diera orden alguna, ya que la tripulación sabía muy bien lo que tenía que hacer en ese momento, y de manera desafiante, las torretas de partículas del Alexander que aún funcionaban procedieron a descargar su fuego contra las naves de escolta Zentraedi, provocando daños moderados en varias de ellas y confundiendo a sus comandantes y tripulaciones casi hasta llevarlos al pánico, pero a pesar de esos logros, los esfuerzos del Alexander no eran suficientes como para poder ponerlas fuera de combate…
Pero aún tenía un as bajo la manga.
– Puente a cubierta de vuelo. Todos los escuadrones de combate, tienen luz verde para despegar de inmediato – ordenó Rick personalmente, sin que Sammie objetara aquella repentina intromisión del comodoro.
– Entendido, Puente, despegamos en breve – respondió el comandante Morehouse a través del intercomunicador.
Desde el Puente auxiliar, Rick respondió con una expresión universal de los pilotos de combate, tan antigua como los biplanos y las bufandas de piloto… y tan familiar para él y Morehouse que no hizo falta explicación alguna…
– Buena caza.
Haciendo un saludo militar dentro de lo que su casco de vuelo le permitía, el comandante Morehouse cerró la transmisión, y Sammie regresó a la estación de control de vuelo, lista para asumir el mando de los escuadrones de Veritech.
– Saldremos de la atmósfera de Júpiter en... treinta segundos – informó el navegante.
Y mientras el Alexander transponía las capas finales de la atmósfera joviana, regresando al espacio exterior por primera vez en una semana, el comodoro Rick Hunter se preparó para enfrentar con su tripulación algo que podría significar la destrucción completa de la nave.
De pronto, como queriendo darle una última esperanza, los cientos de Veritech y cazas convencionales que aún estaban operativos despegaron del Alexander, lanzándose hacia el enemigo con inquebrantable decisión, listos para hacer lo que estuviera en sus capacidades con tal de cubrir a su nave madre en aquel desesperado intento de participar en la batalla.
En el Puente del Alexander, observando el despliegue táctico de los cazas del portaaviones, Rick Hunter luchaba contra sus propios impulsos, en particular contra esa parte de su ser que insistía en decirle que estaba en el lugar equivocado, que su lugar era allá afuera con los escuadrones de combate, que lo que le correspondía era combatir como siempre lo había hecho... en la cabina de un Veritech. Pero ya era tarde para eso.
El lugar de Rick, allí donde era más necesario en ese momento, estaba en el puente del Alexander.
"Una vez más a la refriega, queridos amigos…"
En efecto, una vez más se estaba por meter en un combate espacial, y mientras los indicadores de vuelo de su caza Veritech le mostraban que cada vez estaba más lejos del Alexander y más cerca de los blancos enemigos, el primer teniente Matt Villiers sólo podía pensar en los amigos que había perdido en la última batalla… y si esta vez le llegaría el turno a él.
Volteó la cabeza sólo un segundo, viendo a través de la carlinga las formaciones de cazas que habían partido minutos atrás del Alexander; un despliegue impresionante, aún teniendo en cuenta de que sólo se trataba del 40 por ciento de los cazas con que la nave había llegado a Júpiter apenas una semana atrás…
Una luz roja de indicación en su consola le hizo saber al teniente Villiers que el último caza del Escuadrón Tigres Siberianos estaba en vuelo, acelerando a máxima potencia para reunirse con el resto de sus compañeros… y cuando los ocho cazas que quedaban del Escuadrón estuvieron en plena formación de combate, el teniente Villiers encendió la radio, buscando afanosamente el canal de la red táctica para comunicarse con el portaaviones.
– Aquí Líder Tigre a Alexander, el escuadrón está en el aire y en curso hacia la flota enemiga… – informó Villiers en cuanto pudo conectarse con el Puente del Alexander.
– Recibido, Líder Tigre – contestó la voz de la comandante Porter, que estaba a cargo de las comunicaciones entre el portaaviones y sus escuadrones de caza. – Háganse cargo del destructor que aparece a babor de ustedes…
– ¿Qué hay de los battlepods? – quiso saber Villiers, súbitamente preocupado de que su escuadrón fuera enviado en una misión de ataque sin posibilidad de defenderse de los mechas enemigos.
– Los Escuadrones Cóndor, Jaguar y Phalanx se harán cargo de la cobertura de caza… – fue la respuesta que recibió Villiers.
A decir verdad, con la rivalidad que su escuadrón mantenía con aquellas otras tres unidades, el teniente Villiers hubiera preferido correr en soledad bajo el fuego enemigo… siempre desde un punto de vista humorístico, desde luego; lo único que le molestaba era que, si llegaban a salir con vida de aquella locura, los muchachos del Escuadrón Jaguar se pusieran insufribles…
– Ahora me siento más tranquilo… – murmuró el piloto Veritech, agregando un sonoro gruñido al final de la frase.
– Vamos, Matt – lo animó Sammie, dándose el gusto de emplear un tono bromista con él. – ¿Honestamente crees que te asignaría una misión imposible?
– Para todo hay una primera vez, comandante Porter…
– Hablaremos de eso cuando vuelvas – replicó Sammie. – Sólo una última cosa…
– ¿Sí, Sammie?
– ¿Me traes un pedazo de nave Zentraedi?
– Veré qué puedo hacer, Alexander… – dijo el teniente Villiers, sonriendo antes de cerrar la transmisión. – Líder Tigre, fuera.
Con la seguridad de que el canal estaba plenamente cerrado, el teniente Villiers puso a su caza a la máxima velocidad posible, enfilándolo en un curso que lo llevaría hacia una de las naves Zentraedi, mientras el resto de los VF-1 de su escuadrón lo seguían, esforzándose por no quedar demasiado atrás de su líder de escuadrón.
Tras tomarse dos o tres segundos para contemplar la monstruosa mole verdosa del destructor Zentraedi, el joven piloto de Veritech tecleó la secuencia de comandos que armaría los misiles que llevaba en los pilones subalares de su caza, y mientras aguardaba a que el sistema de adquisición de blancos terminara de obrar su magia, encendió una vez más la radio, sintonizando la red táctica en la frecuencia reservada exclusivamente para su escuadrón de combate.
– Señoras y señores¿ven ese enorme destructor enemigo? Ahora díganme si no les parece que quedaría mejor con unos cuantos agujeros en su casco…
Villiers no pudo distinguir una respuesta coherente; todo se confundía en un galimatías de gritos de guerra, rugidos y exclamaciones… ni siquiera podía reconocer la voz de alguno de sus pilotos en particular; todos ellos estaban gritando por igual, expresándole a su líder de escuadrón lo apropiada y buena que les había parecido su idea.
Un chillido del radar confirmó a Villiers que el destructor enemigo había quedado fijado como blanco, y no le llevó más de dos segundos transferir dicha información a los sistemas de guiado de sus misiles, que ahora sólo aguardaban el instante de ser disparados para terminar su existencia provocando masivas explosiones a lo largo del casco de ese destructor…
– Aquí Líder Tigre – habló por última vez el líder de escuadrón mientras se aseguraba de que los sistemas de armas del Veritech estuvieran listos. – Fuego a discreción.
Docenas de misiles salieron disparados de los cazas Veritech del escuadrón de Villiers… y poco después, lo mismo ocurría con los demás cazas del maltrecho grupo aéreo del Alexander, conformando una verdadera lluvia de destrucción que arrasaría todo lo que estaba a su paso; misiles antiaéreos para derribar a los pocos mechas que custodiaban aquellas naves de combate, misiles antinave para horadar los cascos de las monumentales naves de combate Zentraedi… por un segundo, Villiers llegó a pensar que si quedaba algún sólo Zentraedi con vida luego de aquella salva, debería buscar el templo más cercano y agradecerle de rodillas a Dios.
Pero como pudo comprobar en cuanto las explosiones se disiparon, aún había mechas enemigos en vuelo… y aún permanecían enteras las naves de combate Zentraedi, sólo que con unas cuantas cicatrices encima…
En lo que a Villiers concernía, no había ningún problema… sólo era cuestión de mejorar con cada disparo.
La segunda salva de misiles fue disparada, acompañada esta vez por los cañones láser montados en los fuselajes de los VF-1; los cazas Veritech se ocupaban de devastar los remanentes mechas enemigos, mientras que los cazas convencionales y algunos VF-1 seleccionados, como los del escuadrón de Villiers, cambiaron curso y se abalanzaron sobre las inmensas naves de guerra Zentraedi.
Cuando su caza cambió a modalidad Guardian, de tal manera de poder mejorar su maniobrabilidad mientras sobrevolaba el casco del destructor a apenas dos metros de distancia, el teniente Villiers reparó en la inmejorable oportunidad que se le presentaba de practicar puntería con las torretas láser del destructor enemigo, y el pod de cañones que llevaba en la mano del Veritech cual fusil de asalto se ocupó de la tarea…
De no ser porque estaba en una situación de vida o muerte, hasta lo hubiera creído divertido.
– Sea quien sea, le debemos la vida – dijo Reiter, cuyo rostro todavía mostraba signos del terror infundido segundos atrás por el monitor Zentraedi.
Aunque nadie quisiera admitirlo después, todos los que estaban en la Central de Comando de Flota, y en el Puente del Marcus Antonius, pensaron que era su fin en cuanto vieron el monitor preparándose para destruirlos. Y en un instante que a muchos se les hizo como si fuera algo fantástico e increíble, el monitor desapareció en medio de una serie de explosiones que lo convirtieron en una chatarra espacial.
Con renovado vigor, las tripulaciones de todas las naves de la flota concentraron su fuego sobre las naves sobrevivientes, para terminar de una vez por todas con esa batalla. En la Central de Comando de Flota, Lisa aún no podía creer el milagro que había ocurrido ante sus ojos, debiendo tallárselos más de una vez hasta convencerse por completo de que aquella nave que amenazaba con aniquilarlos había sido destruida por acción de unos misiles que nadie sabía de donde habían aparecido.
Por supuesto, una vez que la sorpresa cedió lugar a la sangre fría, Lisa ordenó que detectaran quién había disparado esos misiles, tarea a la que se abocó todo el personal de la Central que no estaba encargado de dirigir el castigo que impartía la flota a las naves Zentraedi.
– Almirante, estoy detectando una pequeña flotilla en curso de intercepción hacia el grupo Zentraedi – comunicó el teniente Saunders, que hacía todo lo posible por no perderle el rastro a aquellas naves misteriosas. – La mayor parte de las naves parecen ser cazas de combate, excepto por una nave mucho mayor que puede ser su nave madre. Tendré la identificación en unos minutos.
Por su parte, recobrados de la sorpresa repentina de aquel ataque, los Zentraedi no iban a ceder tan fácilmente, y las cuatro naves sobrevivientes de aquel tercer grupo descargaron sus cañones y misiles sobre el Marcus Antonius y su escolta. Fue un intercambio de fuego furioso, donde ninguna de las dos flotas estaba dispuesta a dar cuartel; en todas las naves involucradas hubo cuantiosos daños, muertos y heridos, mientras continuaban golpeándose mutuamente con las armas más avanzadas que podía concebir la robotecnología.
En su silla, Lisa observaba intrigada cómo Saunders y a Vanessa trabajaban febrilmente para dilucidar el misterio de aquella nave que había aparecido de la nada… y mientras los veía considerar hipótesis y observar con impaciencia la pantalla de radar, en la mente de la almirante Hayes comenzó a formarse, de manera lenta pero segura, una posibilidad desesperada, una esperanza que cualquiera hubiera podido juzgar como completamente irracional minutos antes... incluso ella misma.
– ¡Almirante...no va usted a creer esto! – balbuceó Vanessa, inclinándose sobre la pantalla de Saunders para confirmar lo que el joven teniente le estaba señalando de manera tan insistente.
La expresión de satisfacción del teniente Saunders le dijo todo a Lisa: la base de datos había identificado a la nave misteriosa.
– ¡Bueno, Dave, no esperes a que te lo pregunte! – respondió Lisa, sujetándose con fuerza a la silla mientras la nave se estremecía con otro impacto de las armas Zentraedi… uno tan fuerte que le hizo preguntarse a la almirante cuántos hombres y mujeres habían muerto en ese instante…
– ¡Nave principal identificada como un portaaviones clase Tokugawa! – exclamó incrédulo Saunders leyendo la información que aparecía en las pantallas, restregándose los ojos para confirmar que los datos que estaba viendo eran verídicos y no una mala pasada de su imaginación sobreexcitada. – ¡Su registro es SCV-6, repito, Sierra Charlie Victor Seis!
Aquellas palabras tan secas, tan militares, tan insoportablemente técnicas, lograron lo imposible… lograron reencender el fuego en un corazón que lentamente se había ido apagando, lograron estremecer de gozo a un alma que se estaba rindiendo a la tristeza… y en ese momento, los ojos de Lisa brillaron de lágrimas de infinita felicidad, acompañados por una sonrisa enorme y temblorosa que transformó su rostro de ser una máscara rígida de ira profesional en la viva expresión del amor y la esperanza.
– ¡ES EL ALEXANDER, ALMIRANTE! – exclamaron a coro Vanessa y Saunders, a lo que se sumó toda la Central de Comando de la nave insignia, prorrumpiendo en gritos de guerra y hurras que tardaron mucho tiempo en morir.
De no haber sido porque estaban en el medio de una batalla, Lisa hubiera saltado de alegría, hubiera dejado rienda suelta a sus emociones, o simplemente hubiera llorado de felicidad, dándole a su corazón y a su alma la oportunidad de dejar correr todo lo que esa semana le había provocado. En lugar de eso, en lugar de desahogarse, la almirante Hayes sólo pudo sentarse pesadamente en su silla, exhalando con fuerza como si con eso estuviera descargando su pecho y su corazón de aquella carga horrible que había debido llevar durante esos días, aunque sólo fuera por un tiempo… el tiempo que le llevaría ganar la batalla.
Como si supiera exactamente lo que la almirante deseaba en ese momento, el teniente Saunders encendió una de las pantallas del módulo de mando para que mostrara a la almirante lo que captaban las cámaras del Marcus Antonius… y contra su mejor esfuerzo, las lágrimas escaparon de los ojos de Lisa Hayes al ver la silueta del Alexander emergiendo de las nubes de Júpiter como si fuera una flecha disparada a las alturas.
La gigantesca nave terrestre estaba golpeada más allá de lo imaginable, y brutales marcas negras y agujeros apenas cubiertos indicaban los lugares en donde las armas Zentraedi habían golpeado; la nave se veía como si estuviera volando sólo por obra y gracia divina… pero a pesar de todo, insistía en disparar todas las armas que le quedaban, golpeando una y otra vez a las naves Zentraedi que quedaban en aquel tercer grupo… mientras docenas de cazas Veritech que volaban en formación cerca del Alexander se lanzaban contra las naves enemigas en una carga tan valiente como desesperada.
Para Lisa Hayes, al igual que para muchos otros oficiales en la Central de Comando de Flota, no existía visión más majestuosa que lo que estaban observando…
Dejando atrás la flota, la batalla y la realidad, Lisa Hayes se permitió por un segundo ilusionarse con una sorpresa más... una única sorpresa más.
"Sólo un milagro más, Señor" rezó en silencio... "Por favor, que Rick siga con vida."
En las naves sobrevivientes de la flota Zentraedi, la reacción era de completa incredulidad, y de un ciego temor ante el espectro terrorífico de la derrota y la aniquilación. Minutos antes, los tripulantes de aquellas naves habían tenido serias dificultades para creer lo que sus sensores les estaban diciendo: que los micronianos se estaban encargando de devastar a los otros dos grupos de naves de su flota, sin importarles que esas naves Zentraedi lucharan sin cuartel y hasta el último minuto.
Pero la súbita y espectacular destrucción del monitor, aparentemente a causa de un fantasma, había causado estupefacción entre los guerreros Zentraedi… y temor.
¿De donde habían aparecido esos misiles?
Al principio, no habían podido dedicar mucho tiempo a responder esa pregunta, ya que las naves micronianas frente a ellos -¡naves que debían haber sido vaporizadas por el monitor!- comenzaron a disparar contra ellos, azotándolos con misiles y cañones de partículas. La respuesta no se hizo esperar, y los cañones Zentraedi tronaron con furia, prestos a devolver a los micronianos algunos de los favores que tan amablemente les habían hecho.
Entonces la encontraron.
Una nave microniana, de igual clase que la nave principal de la flota a la que enfrentaban, que había surgido de la atmósfera del gigante gaseoso. Los sensores mostraban que la nave había sufrido violentos daños en combate, lo que la señalaba como aquella nave de la que no habían podido dar cuenta durante la batalla anterior.
Ese era, sin embargo, un error que podía remediarse. Y muy fácilmente.
Ignorando a la flota microniana, las naves Zentraedi comenzaron a disparar sobre el maltratado navío que había destruido al monitor.
Si era su destino morir aquel día, al menos se llevarían a esa nave microniana con ellos.
– Almirante, los Zentraedi están moviéndose – informó Vanessa con inquietud en su voz, ansiosa de evitar algo espantoso que parecía acercarse. – ¡Se dirigen al Alexander!
Al mismo tiempo, en otra de las pantallas podía observarse cómo uno de los destructores Zentraedi estallaba en una monstruosa bola de fuego al ser impactado de lleno por una salva de misiles de la flota terrestre. A pesar de que con eso la flota enemiga perdía a una de las naves más poderosas que aún le quedaban, eso aún dejaba tres naves Zentraedi de las que ocuparse, naves que seguían siendo extremadamente peligrosas… y que ignoraban al Marcus Antonius y a sus escoltas, prefiriendo lanzarse a disparar todas las armas que le quedaban contra el Alexander, con la intención de destruirlo en un arrebato de venganza suicida.
"Oh no, ni siquiera lo intenten… no ahora", se dijo Lisa.
No iba a permitir que los Zentraedi acabaran con el Alexander ahora que lo habían encontrado. No había atravesado todo esto para ver finalmente cómo aquella nave era destruida, y cómo se extinguían las posibilidades de que Rick estuviera con vida.
Y si a Lisa Hayes aún le quedaba un rastro de piedad en su ser, el ver cómo los Zentraedi pretendían llevarse al Alexander al otro mundo antes de ser destruidos acabó por erradicarla…
– A todas las naves, la orden es cubrir al Alexander. ¡Terminemos esto de una buena vez! – exclamó Lisa a través de la red de comunicaciones de la flota.
Cumpliendo con la orden de la almirante, el Marcus Antonius y sus naves de escolta aceleraron una vez más, exigiendo toda la potencia que podían darle sus reactores y propulsores mientras se lanzaban en una carrera desesperada para salvar al Alexander de una destrucción inminente a manos de los enloquecidos Zentraedi.
Respondiendo a las órdenes recibidas desde el Marcus Antonius, el Escuadrón Skull encabezaba una desesperada formación compuesta por todos los cazas Veritech que estaban a una distancia relativamente cercana de donde había aparecido el Alexander... se trataba de una formación sin orden y concierto, una estampida de cazas de combate que tenía como única misión aliviar la presión a la que se veía sometido el Alexander y prevenir su destrucción, al frente de la que volaba, haciendo uso de toda la potencia que le permitía la modalidad Fighter, un caza VF-4S pintado de un brillante color blanco y adornado con calaveras y tibias en los timones de cola.
Por fortuna, ya no quedaban muchos mechas enemigos en la cercanía, y los pocos que osaron interponerse en el camino de los Veritech fueron despachados rápidamente, dejándoles a los pilotos tiempo y oportunidad para enfocarse en sus verdaderos blancos: las naves de guerra Zentraedi que insistían en llevarse al Alexander con ellas.
De más está decir que eso era algo que Maximilian Sterling no iba a permitir que ocurriera... jamás; dicho sentimiento era compartido por todos los otros pilotos que lo seguían en esa carrera enloquecida.
Satisfecho de hallar que una de las naves enemigas estaba al alcance de sus armas, Max hizo las selecciones correspondientes en su tablero de control, armando los dos misiles antinave que siempre insistía en llevar, y fijando como blanco el destructor enemigo superviviente...
Sería una gran explosión, no lo suficiente como para destruir a la monstruosa nave, pero sí lo bastante fuerte como para dejar su marca en ella.
De pronto, antes de que Max pudiera disparar, su radar captó un enjambre de pequeñas señales que rodeaban a la nave enemiga, y al cabo de unos segundos, las señales quedaron positivamente identificadas, sobresaltando a Max y dejándolo con la boca abierta.
Eran cazas terrestres, una colección de VF-1 y otros cazas no transformables, que no pertenecían a ningún escuadrón de la flota... pero que atacaban al destructor enemigo con todo lo que podían, aún a sabiendas de que frente a una nave tan poderosa, sus esfuerzos serían equivalentes a los de un enjambre de mosquitos intentando matar a un elefante.
Sólo por un segundo, creyó que en uno de esos cazas podría estar Rick, pero se desengañó rápidamente; su amigo no iba a ser tan irresponsable como para abandonar su puesto en el Alexander y correr en recuerdo de los buenos viejos tiempos.
La mano de Max se estiró hasta activar la radio; era imperativo que entablara contacto con aquellos cazas, aunque más no fuera para coordinar la acción conjunta.
– Aquí Líder Skull a cazas Veritech... favor de identificarse de inmediato.
Al cabo de unos segundos de estática e interferencia, Max pudo escuchar una voz sobreexcitada que le respondía:
– Woowww... ¿Skull? – la voz pareció dirigirse a otros pilotos que estaban en la misma frecuencia. – ¿Escucharon eso, muchachos¡El Skull... de veras trajeron toda la caballería!
– ¿Quién está hablando? – exclamó Max.
La respuesta vino a cargo de un hombre joven, aunque Max debió recordarse que a esta altura de las cosas, los pilotos más viejos solían ser de su propia edad...
– Aquí el primer teniente Matt Villiers, líder del Escuadrón Tigres Siberianos, UES Alexander, es un gusto y un honor verlo por aquí, Líder Skull – se presentó el oficial en cuestión, usando un tono formal que después se convirtió en algo más inquieto. – Por cierto...
– ¿Sí? – quiso saber Max.
– No sé si este sea el mejor momento, señor... pero usted es uno de mis héroes personales.
– Muchas gracias, teniente Villiers – contestó un Max sonrojado más allá de su imaginación. – ¿Necesita una mano con esas naves Zentraedi?
Cuando Villiers volvió a hablar, lo hizo de manera emocionada, procurando que su voz pudiera oírse por encima del tableteo feroz de los cañones de su VF-1, que insistían en atacar todo lo que tuvieran a su alcance.
– ¡Desde luego, señor!
A diferencia de sus camaradas de armas micronianos, el frenesí de la batalla no hacía mella en el ánimo de los tripulantes del destructor Zentraedi Prakesh ni siquiera tras seis años de vida con los micronianos; enfrentar el combate era para ellos la situación más natural del mundo, y con la práctica adquirida de una existencia entera dedicada a la guerra, los oficiales de la nave Zentraedi se dispusieron a cumplir las órdenes recibidas de la nave insignia microniana con fría calma.
Para el capitán Borall no existía otra cosa que no fuera la victoria absoluta, y no había otro propósito en el mundo que no fuera reducir a aquellas naves de Dolza a restos informes; ni siquiera le importaba el hecho de que en esa nave hubiera soldados Zentraedi como él… toda lealtad o camaradería hacia aquellos soldados había muerto el día en que Dolza decretó que él y su tripulación debían morir.
La batalla había sido buena para el Prakesh y para su tripulación; muchas de las naves destruidas por la flota microniana sólo lo habían sido gracias al apoyo inapreciable de los cañones y misiles del destructor, que repartían castigo indiscriminadamente en contra de naves y mechas con los que quizás alguna vez el capitán Borall y su tripulación hubieran luchado hombro a hombro…
Aunque claro, muchos de los éxitos del Prakesh se debieron a la colaboración entusiasta de los micronianos y sus naves de guerra… y cualquier duda que Borall o sus oficiales pudieran albergar sobre la competencia y capacidad de los micronianos en el duro arte de la guerra espacial no iba a sobrevivir a aquel día.
Desde el módulo de mando, el capitán contemplaba la vasta sala de comando del Prakesh, con sus oficiales y soldados atendiendo las estaciones dispuestas sobre las dos enormes –incluso para un Zentraedi– mesas de ploteo, mientras los videomonitores flotaban por encima de todo, mostrándole a Borall y a sus oficiales una amplia variedad de vistas de la batalla.
En ese momento, todos los videomonitores de la sección de mando del Prakesh mostraban una única imagen: un destructor Zentraedi, perteneciente a la misma clase que el propio Prakesh… sólo que se hallaba en el lado enemigo de la batalla, y eso lo convertía en un blanco a ser destruido.
Luchar contra otra nave Zentraedi era algo en lo que Borall jamás había pensado, hasta el día que los micronianos llamaban "Holocausto", dándole a Borall y al Prakesh su primera experiencia en atacar y destruir naves de sus hermanos, y ahora, seis años después, iba a volver a hacerlo.
Iba a ser interesante; el Prakesh había salido hacía un año de una modernización exhaustiva en el Satélite Fábrica, recibiendo lo más avanzado de la tecnología conjunta humana y Zentraedi, y el capitán Borall había esperado mucho tiempo para tener la oportunidad de probarlo en combate.
¿Y qué mejor que probarlo en soldados de Dolza que hubieran sobrevivido a la muerte de su líder?
– Todos los cañones apuntan al blanco fijado, capitán – anunció el oficial de armamentos, mirando hacia el módulo de comando luego de corroborar la información en su estación de trabajo. – Aguardamos su orden para abrir fuego.
– ¿Necesitan una orden a esta altura? – bramó incrédulo el capitán Borall, señalando al videomonitor con un gigantesco y furioso dedo. – ¡Disparen de inmediato!
– ¡Sí, capitán! – respondió el oficial de armamentos haciendo el saludo militar Zentraedi antes de comunicar a los operadores de las armas que tenían permiso de abrir fuego.
A la orden del capitán, las poderosas baterías de cañones y misiles del Prakesh descargaron su fuego mortífero sobre la nave enemiga, provocándole espantosos daños al destructor en cuestión, aunque no los suficientes como para acabar con él… pero sí para facilitarle el trabajo a la flota microniana.
En cierta manera, era mejor que el destructor enemigo sobreviviera; le daría a Borall y a sus tripulantes la oportunidad de disparar contra ellos una vez más, a lo que todo el personal del Prakesh se preparó, mientras el navegante hacía que los motores del inmenso navío de combate aceleraran a la máxima potencia en un esfuerzo por acortar la distancia que los separaba del enemigo.
Sólo había que esperar que no fuera demasiado tarde para el Alexander… esa nave merecía mucho más que perecer estando tan cerca de la salvación.
Las últimas luces en el Primario de Control de Daños del Alexander se apagaron, y todo quedó sumido en el rojo satánico de la iluminación de emergencia.
El sargento De Vriess murió instantáneamente; la explosión lo proyectó con tal fuerza que su cuello se rompió en el momento en que golpeó uno de los mamparos. Cerca de donde había ido a dar el cadáver de De Vriess, el teniente Tessel estaba tirado en el suelo, inconsciente y con fuertes quemaduras en sus brazos.
Ocupando el lugar que Tessel había dejado vacante al momento de caer inconsciente por la fuerza de la explosión, el teniente Vince Grant se esforzaba por hacerse cargo de las pocas armas que aún le quedaban al portaaviones, mientras la sangre manchaba su frente, y Sammie hacía intentos frenéticos por mantener comunicación con los escuadrones Veritech que luchaban allá afuera, en un esfuerzo por aliviar la presión a la que estaba sometido el Alexander.
Los oficiales de comunicaciones y navegación se esforzaban por extinguir un incendio que había estallado en una de las esquinas del Puente auxiliar, a la vez que dos suboficiales corrían con extintores adicionales para ocuparse de algún nuevo foco de incendio que pudiera llegar a aparecer.
Aquel último impacto había freído la mitad de las consolas en el puente, dejando al Alexander prácticamente sin gobierno, mientras que en el resto de la nave, la situación era simplemente catastrófica; la lluvia de disparos con la que los Zentraedi buscaban vengar la destrucción del monitor habían expuesto numerosas secciones de la nave al vacío del espacio, condenando a numerosos tripulantes a morir por descompresión antes de poder encontrar una manera de escapar.
Por toda la nave había explosiones, mamparos destrozados y corredores en llamas; por todos lados había heridos de gravedad y en cada centímetro de la nave podía presentirse la inminente destrucción del portaaviones, pero a pesar del daño devastador que estaba sufriendo la nave, el Alexander no se rendía.
Después de un agónico esfuerzo, Vince estaba ahora sentado en la estación del teniente Tessel, disparando las últimas armas que aún funcionaban en la nave, mientras que a su alrededor, el Puente era un escenario de devastación, en el que los pocos oficiales y tripulantes que podían se afanaban en mantener a la nave en combate o en evitar que el lugar se viera consumido por las llamas.
En el centro del Puente auxiliar, el comodoro Rick Hunter permanecía sentado en la silla del capitán, exclamando órdenes para que pudieran oírse por sobre el caos del puente. La pantalla principal aún funcionaba, aunque las imágenes aparecían con fuerte interferencia… y de cualquier manera, a pesar de la estática, eran perfectamente divisables las siluetas de las tres naves Zentraedi que avanzaban en dirección al Alexander, lanzando sus devastadores e incesantes ataques contra la castigada nave.
Ignorando el dolor espantoso de su brazo, sacudido más allá de lo recomendable por la fuerza de las explosiones, Rick concentró su atención en la pantalla, en la que podía ver cómo se activaban una vez más aquellos cañones de partículas con toda la intención de descargar muerte y devastación en su heroica tripulación… y en ese momento, Rick supo que el final del Alexander estaba próximo.
En silencio, se despidió de todas las personas de su vida, dejando para el final a Lisa.
"Siempre te amaré, Lisa... nos veremos más adelante... deseo que seas feliz."
Y en ese momento sucedió.
Repentinamente, las naves Zentraedi se vieron envueltas en haces mortíferos de luz, que las atravesaron de punta a punta, abriendo caminos de destrucción en sus cascos sin encontrar resistencia, sea por parte de las capas de metal que blindaban a las naves o por la propia estructura resistente de los cascos.
Las tres gigantescas naves enemigas se estremecieron incontrolablemente con los impactos, mientras los misiles laceraban sus cascos con nuevas heridas, confundiendo el color verde de las naves con el blanco furioso de los destellos explosivos… y luego con el rojo sangriento de las explosiones.
Luego vino una segunda salva, y una tercera, y una cuarta... infinidad de misiles y disparos de energía que cruzaban en segundos la distancia que las separaba de sus blancos, prometiendo muerte a sus enemigos con la misma certeza inevitable con la que la noche sucede al día…
Misil tras misil, cañonazo tras cañonazo, todos encontraron sus blancos, reduciendo inmensas placas metálicas, circuitos y cañones de energía a escombros informes… y uno de aquellos misiles terrestres, un SGM-21 Spacelord que llevaba en su armazón una cruda palabra "¡PAZ!" escrita con trazos rojos y una pintura en stencil de una mano haciendo la V de la victoria, pudo penetrar por las brechas dejadas por anteriores misiles en el casco del último destructor Zentraedi, abriéndose paso hasta llegar a la cubierta de comando de la nave y estallando al instante, matando al último capitán Zentraedi y a lo que quedaba de su equipo de mando…
Una a una, tras terribles segundos de verse sometidas a tal castigo, las naves Zentraedi estallaron en miles de pedazos, iluminando la noche eterna por una milésima de segundo.
El silencio se abatió sobre el puente del Alexander.
Los que habían sobrevivido a aquella última tormenta de muerte no lo podían creer, no podían encontrar las palabras para definir la magnitud del milagro que habían presenciado. Así como así, las naves Zentraedi habían desaparecido, y con ellas se esfumó el prospecto inevitable de la muerte del Alexander y de los miles de tripulantes que aún vivían… y de estos tripulantes sobrevivientes, en aquellos maravillosos primeros segundos del resto de su vida, ninguno quiso hablar o romper el silencio, por miedo a que aquel instante se disolviera en la nada.
En la pantalla aparecieron los responsables de aquel milagro: el Marcus Antonius y las nueve naves de guerra que rodeaban al enorme navío hermano del Alexander… al igual que algo que jamás creyeron que acabarían viendo: un inmenso destructor Zentraedi que navegaba a la par de la flota terrestre.
– Señor Grant… – murmuró Rick con voz queda, rogando que Vince aún siguiera con vida.
– ¿Sí, señor? – respondió el teniente Grant, aliviando a su comodoro en una manera que jamás se imaginaría.
– Que todas las cubiertas y secciones envíen reportes de daños al puente – ordenó Rick, aún atónito por el milagro que acababa de suceder, volviéndose luego hacia Sammie: – Comandante Porter, contacte a los escuadrones Veritech y dígale al comandante Morehouse que se ponga en contacto inmediatamente con el Marcus Antonius. Necesitamos ayuda para controlar los daños.
– Comprendido, señor – contestó Sammie antes de enfrascarse en lograr que la red táctica funcionara.
Lentamente, los tripulantes del puente se pusieron a cumplir las órdenes de Rick. La euforia, silenciosa, grave, moderada por el costo humano de la victoria, que todos llevaban en su corazón a causa de su impensada victoria dio lugar al dolor por las vidas perdidas en la acción, y sin que nadie necesitara pedirlo, el personal del puente dedicó unos segundos a pensar en los caídos.
Terminada aquella amarga reflexión, Rick volvió la mirada a la pantalla, y por un instante todo lo que existía en su mundo era la imagen del Marcus Antonius acercándose para ponerse a la par del Alexander... y Lisa a bordo.
"Gracias, Lisa..."
En la Central de Comando de Flota del portaaviones UES Marcus Antonius también dominaba el silencio en los segundos posteriores a la destrucción de las naves Zentraedi. Todos los oficiales de servicio en aquel momento eran presa de la incredulidad, sensación que se hacía cada vez más intensa conforme el Alexander se aproximaba al Marcus Antonius… una incredulidad que se manifestó en exclamaciones de sorpresa y gritos de espanto entrecortados que prorrumpían de las gargantas de los oficiales al comprobar el castigo brutal al que había sido sometido el enorme portaaviones.
Por lo que podía verse a través de las pantallas, prácticamente no había sección del casco que no mostrara un impacto de armas, o un agujero dejado por una explosión. La torre de mando había sido reducida a un amasijo de metal informe; las torretas de armas casi no existían, y un enorme agujero cerca de la proa, que atravesaba la nave de babor a estribor a tal punto que a través del mismo podía verse el espacio del otro lado, mostraba el lugar en el que el Alexander había sufrido el disparo del cañón Reflex durante la batalla anterior.
Muchos hombres y mujeres, no sólo en el Marcus Antonius sino también en el resto de la flota, se preguntaban cómo podía quedar alguien con vida en esa masa de chatarra robotecnológica.
– Los capitanes Mchwenge y Balmaceda reportan la destrucción de las últimas naves Zentraedi, almirante. El capitán Sterling informa que están limpiando la zona de battlepods y cazas remanentes... vencimos – informó Kim con la voz quebrada por la emoción y en ese momento el personal de la Central descargó las emociones de aquel día en espontáneas y atronadoras exclamaciones de alegría y otros festejos.
Por más que tuviera todos los motivos del mundo para hacerlo, la contralmirante Elizabeth Hayes no se sumó al festejo, ya que todo lo que había en su mente, lo único que le importaba en aquel instante, era la esperanza de que Rick hubiera sobrevivido al castigo soportado por el Alexander.
Pero antes había que ocuparse de otros asuntos urgentes…
– ¿Estado de la flota? – quiso saber Lisa al instante.
– Todas las naves se han reportado, almirante… no perdimos ninguna – respondió Vanessa sin disimular la sorpresa que sentía. – Informes de daños: crucero Tenacious, destructores Stalingrad, Tarawa, y El Alamein, y fragatas Leprechaun, Pixie, Sasquatch, Edelweiss, Ceibo y Lotus reportan daños severos y bajas importantes entre su tripulación… las demás naves de la flota reportan daños de menores a moderados, todos ellos actualmente bajo control. Todas las naves están compilando reportes de bajas provisionales para ser enviados a la nave insignia a la brevedad posible, almirante… en cuanto a los escuadrones de combate, los reportes iniciales indican pérdidas del 14 por ciento de todos los cazas de la flota… los transbordadores de búsqueda y rescate han sido despachados para buscar cápsulas de escape de los Veritech…
El módulo de comando cayó en un tenso silencio, mientras todos los oficiales se tomaban unos segundos para absorber el costo humano y material de la batalla que les mostraban aquellos fríos reportes y guarismos… que si bien no había que lamentar la pérdida de ninguna nave de combate, eso no significaba que la flota se hubiera evitado pagar con sangre aquella victoria rotunda que acababan de obtener.
– Muchas gracias, Vanessa – dijo la almirante Hayes, volviéndose entonces hacia Kim. – ¿Comandante Young?
– ¿Sí, almirante?
– Contacte al Alexander de inmediato – indicó a Kim, que aún permanecía a cargo de la estación de comunicaciones de la flota.
– Estoy en eso, almirante – respondió Kim, pero segundos después sacudió la cabeza en negativa. – No puedo obtener respuesta alguna de la nave.
– Siga intentando, comandante – repuso Lisa sin despegar la vista del casco golpeado del Alexander.
Su corazón latía con más fuerza, no sólo debido a la adrenalina de la batalla, sino porque estaba ansiosa hasta lo indecible por comprobar si Rick seguía con vida… y porque no podía imaginarse haber hecho toda esta operación sólo para encontrarse con que Rick hubiera muerto.
Sencillamente no lo aceptaría.
De pronto, Kim se estremeció en su sitio, y sujetó el auricular a través del que recibía mensajes con más fuerza para no perder ni una sola palabra de lo que estaba escuchando, atrayendo la curiosidad e impaciencia de la almirante, que literalmente sentía que el tiempo se congelaba mientras observaba a su ayudante como si no hubiera nada más en el Universo entero.
– Almirante, recibimos un mensaje de un tal comandante James Morehouse, jefe del grupo aéreo del Alexander – reportó Kim con premura, tropezándose en sus palabras. – Informa que los sistemas de comunicación de largo alcance de la nave están fuera de combate, y solicitan el envío de equipos de control de daños lo más rápido posible.
– Gracias, Kim – contestó Lisa, volviéndose hacia Vanessa sin perder un solo segundo. – Comandante Leeds, envíe a los equipos de control de daños de inmediato, y contacte al Grupo Delta para que se aproxime a nuestras coordenadas. Dígales que tienen trabajo que hacer.
– Ahora mismo, almirante.
– Una cosa más, almirante – comenzó Kim, primero con un aspecto de shock en su rostro y luego con una sonrisa en los labios.
– ¿Sí, Kim? – preguntó Lisa con la voz entrecortada por la ansiedad y la incertidumbre.
– El comandante Morehouse acaba de enviarnos otro mensaje, extendiéndonos la gratitud de todos los tripulantes del Alexander y especialmente del oficial a cargo del comando. A propósito, el oficial a cargo del Alexander le envía sus más calurosos saludos.
– ¿Y de quién estamos hablando? – preguntó Lisa confundida, distrayéndose sólo por un segundo para hacer el esfuerzo intelectual de recordar el nombre del capitán del Alexander… un tal Diego Sanabria, si la memoria no le fallaba.
La sonrisa de Kim era tan traviesa como de costumbre, y parecía estar disfrutando a pleno aquel momento... a tal punto que incluso, ignorando que su cabeza corría riesgo de ser arrancada de cuajo a mordidas por demorar, se permitió pegar una vuelta en la silla giratoria antes de responder con un tono de falsa incertidumbre:
– Oh, almirante... tal vez usted lo conoce, es un comodoro de las Fuerzas Espaciales, un tal Richard Hunter. ¿Le resulta familiar?
En ese momento, Lisa sintió que su corazón podría haber estallado de gozo, y que todo el mundo a su alrededor dejaba de existir, envuelto en una cegadora luz blanca de pura felicidad y alegría, una luz que disipaba aquel temor que nublaba su alma se disipaba como nubes tras la tormenta… una luz que se hacía más brillante con cada segundo que ella repetía en su mente las palabras de Kim, aquellas maravillosas palabras que habían puesto fin a una semana de agonía y locura… aquellas palabras que le confirmaron que Rick había sobrevivido a la ordalía.
De no ser por aquella tradición paterna absorbida en la cuna de que "los almirantes no pueden demostrar emoción", Lisa Hayes simplemente hubiera saltado de alegría, corriendo a abrazar a Kim en ese mismo momento y dejar correr sus emociones, pero en lugar de eso, Lisa tuvo que hacer un esfuerzo para que su voz no denotara aquella alegría... y para que nadie pudiera ver las lágrimas de felicidad que abrumaban sus ojos.
Al diablo la tradición. Éste era el momento que había deseado hasta la desesperación durante ya demasiado tiempo, y nadie se lo quitaría.
– Muy bien. Preparen un transbordador... quiero ir a esa nave. Comodoro Reiter, queda usted a cargo de la flota.
– Entendido, almirante – respondió Reiter, poniéndose de pie para hacer una venia que dejaba entrever un respeto más profundo que nada que Lisa hubiera visto antes… un respeto que aparecía también en las miradas de los hombres y mujeres de la Central de Comando de Flota.
Asintiendo en respuesta a Reiter, Lisa se puso de pie y salió de la Central con paso raudo y seguro, portando en sus labios una sonrisa gigantesca de pura felicidad y un brillo renovado en su mirada, mientras corría por los pasillos del Marcus Antonius sin estar dispuesta a perder un segundo más de lo necesario.
Mientras la almirante desaparecía por los corredores, perdiéndose de la vista de los que estaban en la Central, Vanessa sólo preguntó a Kim:
– ¿No vas a ir con ella?
Kim negó con la cabeza, explicándole a su amiga lo que para ella no necesitaba explicación:
– Déjala... este momento es para ella sola.
Algunos de los oficiales y tripulantes que se cruzaron con la almirante Lisa Hayes en ese momento hasta podrían haber dicho que estaba volando hacia el hangar. Por supuesto, se trataba de una metáfora... aunque si hablaban del corazón y del espíritu de Lisa, en ese caso sí que estaba volando... volaba hacia un destino con el que había soñado mucho durante una semana de dolor tan espantoso que jamás podría olvidar.
La odisea estaba acabando.
NOTAS DEL AUTOR:
- Llegamos a la gran batalla, después de cinco capítulos de ir esperando cómo se define el grandísimo problema en el que cayeron Rick y Lisa... ahora, quedará esperar al siguiente capítulo para ver cómo sigue esta historia (por favor, no me maten :P). Sin embargo, ya con el conflicto principal de la historia en vías de resolverse definitivamente, puedo adelantarles que estamos entrando en el tramo final de este fic...
- El "alfabeto militar" al que Vince hace referencia al principio del capítulo es el llamado "Alfabeto Fonético de la OTAN", utilizado para transmitir combinaciones importantes de letras (o deletrear palabras claves) sin correr el riesgo de que se produzcan errores en la recepción, ya sea por interferencias o fallas de la transmisión, o porque el receptor hable un idioma distinto al del emisor (con diferentes pronunciaciones para cada letra). El sistema funciona asignándole a cada letra del alfabeto una palabra que empiece con dicha letra. Por ejemplo, si quisiéramos referirnos al SDF-1 mediante este sistema, habría que llamarlo "Sierra Delta Foxtrot - Uno".
A continuación, transcribo cada letra del alfabeto con su equivalente en el Alfabeto Fonético de la OTAN:
A: Alfa, B: Bravo, C: Charlie, D: Delta, E: Echo, F: Foxtrot, G: Golf, H: Hotel, I: India, J: Juliett, K: Kilo, L: Lima, M: Mike, N: November, O: Oscar, P: Papa, Q: Quebec, R: Romeo, S: Sierra, T: Tango, U: Uniform, V: Victor, W: Whiskey, X: Xray, Y: Yankee, Z: Zulu.
- Las dos citas con las que abro este capítulo son referencias históricas genuinas: la primera corresponde a la Guerra Civil Inglesa (1642-1646), y la segunda a un poema compuesto en honor a los caídos en la batalla de Balaclava, uno de los combates más brutales de la Guerra de Crimea (1854-1856).
- Si a alguien le molestó el exabrupto de Rick, desde ya les pido disculpas...
- Acerca de los juguetes nucleares del sargento Krezinski: si ustedes piensan que la cantidad de bombas nucleares que tiene el buen sargento para jugar es exagerada o delirante... no es mucho más que lo que tiene un submarino de misiles nucleares en nuestros días y en la vida real...
- FE DE ERRATAS (18/10/2007): Acabo de hacerle una pequeña corrección al capítulo... no se trata de nada grave o que afecte radicalmente a la historia, sólo corregí un error en lo relativo a la cantidad de naves de guerra que pelean en la batalla, y que se me escapó al momento de la edición final; salvo por una referencia en donde el número es el correcto, todas las menciones sobre "treinta y ocho" o "cuarenta" naves de guerra han sido reemplazadas por "treinta y tres". En fin, nada del otro mundo... :P
- Como de costumbre, quiero agradecerles a todos los que vienen leyendo esta historia y a quienes están dejando sus comentarios y opiniones (ya que estamos... ¡Que tengas un muy feliz cumpleaños, Alex!)... además de los agradecimientos usuales por su amistad y paciencia a mis pilotos de pruebas, Evi y Sara...
- Por cierto, ya que estoy, quiero felicitar y mandar un abrazo muy grande a Sara, que en pocos días más se va a casar, y desearle a ella y Mau toda la felicidad del mundo. ¡Mucha suerte en todo y que les vaya bien!
- ¡Mucha suerte para todos ustedes y nos vemos con el capítulo 13!
