MOMENTOS DE DECISIÓN
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo XIII: Un nuevo día
Llega un momento en la vida de un hombre, cuando muchas cosas le han ocurrido en pocos años, en que termina convenciéndose de que ya lo conoce todo, que todo lo ha visto y que nada en el mundo puede sorprenderlo. Llega un momento en el que incluso cree saber a ciencia cierta lo que es el amor.
Y entonces, la mujer de tu vida baja al mismísimo Infierno para rescatarte.
Y queda en evidencia que todo lo que crees saber de la vida y del amor es apenas un grano de arena en la playa.
Extractos de los diarios compilados del almirante Richard Hunter.
Una vez me habían dicho que cada mañana me resolviera a aprovechar por completo el día que comenzaba, porque era el primer día del resto de mi vida.
El día en que aquel infierno terminó, el día en que pude poner pie en el Alexander… el día en que volví a verlo, no fue el primer día del resto de mi vida.
Fue el día en que volví a nacer.
Almirante Elizabeth Hayes-Hunter, "Remembranzas".
Domingo 9 de abril de 2017
El piloto requirió de toda su capacidad para aterrizar el transbordador en la bahía de aterrizaje de babor del Alexander sin golpear la nave contra los restos que aún no habían sido limpiados por los equipos de control de daños. Toda la tripulación y pasajeros del transbordador habían hecho exclamaciones de sorpresa y horror al comprobar el estado en el que se hallaba el golpeado portaaviones de batalla, y aquellos que tenían convicciones religiosas creyeron en su fuero íntimo que sólo debido a la gracia de Dios alguien había podido sobrevivir a semejante castigo.
Siguiendo cuidadosamente las instrucciones del oficial señalero de aterrizaje, el piloto maniobró con mano firme en la bahía, desacelerando hasta detener por fin al transbordador en una de las áreas designadas. Las maniobras eran más difíciles si se tenía en cuenta que la bahía de aterrizaje estaba repleta de equipos de control de daños, tanto del propio Alexander como de las naves de la flota, que habían despachado a su personal de manera urgente en cuanto la batalla terminó para tratar de mantener funcionando la gigantesca nave.
Una vez que el transbordador frenó, el piloto activó una escalerilla desplegable, ya que todos los tripulantes del Alexander estaban demasiado ocupados como para acercar su propia escalerilla a la escotilla del transbordador; sencillamente no había ni tiempo ni personal como para que los pasajeros del transbordador bajaran como era debido.
Con rapidez, la escalerilla tocó el suelo de la bahía de aterrizaje, y en cuanto el piloto lo creyó conveniente, seguro de que hacerlo no iba a implicar riesgos para su aeronave, la escotilla del transbordador se abrió para permitir el descenso de sus pasajeros.
Los primeros en bajar fueron unos oficiales de ingeniería del Marcus Antonius, despachados para asistir a sus atribulados colegas del Alexander con las reparaciones y darles un respiro muy necesario… y el paso calmado de los ingenieros se convirtió en una corrida al notar la magnitud de los daños a los que se había visto sometido el portaaviones.
Los ingenieros fueron seguidos por una partida de enfermeros de combate enviada para ayudar con el tratamiento de los numerosos heridos del Alexander, y en cuanto los enfermeros desalojaron el área, del transbordador descendieron un par de técnicos de computación, que casi de inmediato preguntaron a un tripulante que estaba por allí cuál era el camino más corto y transitable al núcleo central de cómputos de la nave.
La última persona en bajar del transbordador fue una joven mujer, de largo cabello castaño y rostro pálido, que vestía el uniforme negro de una almirante de las fuerzas espaciales de la Tierra Unida, que de inmediato descendió con gracia por la escalerilla, sin perder el garbo que la distinguía, hasta que al fin -¡al fin, después de tanto tiempo!- sus pies tocaron el casco de una nave a la que había creído destruida... mientras su corazón latía apresuradamente, sin poder esperar ni un segundo más a encontrar a un hombre al que había creído muerto.
Esta vez, nadie recibió a la almirante con la fanfarria usual a la que era sometida cada vez que abordaba una nave de guerra; no había una recepción oficial, ni un suboficial gritando a voz en cuello "¡Almirante en cubierta!", ni filas de oficiales en uniformes inmaculados listos para recibirla. Para los tripulantes que trabajaban en la destrozada bahía de aterrizaje del Alexander, la llegada de aquella mujer era sólo un arribo más en una tarde en la que, como ella, infinidad de hombres y mujeres procedentes del resto de la flota llegaban al portaaviones para trabajar a la par de ellos.
La ausencia total de protocolo y ceremonial no era algo que molestara a la joven; lo último que necesitaba ahora era que le montaran un show molesto en momentos que los esfuerzos de la tripulación eran desesperadamente necesitados en cosas más útiles que la parafernalia militar… y lo último que ella necesitaba era perder tiempo que ella podía usar en buscarlo a él…
En lugar de parafernalia, lo único que había en aquella bahía de aterrizaje eran docenas de hombres y mujeres que trabajaban sin pausa tratando de reparar los daños de la nave; órdenes gritadas para poder hacerse oír en medio del ruido, máquinas moviéndose de un lado a otro para colaborar con las tareas, el brillo molesto de los sopletes e instrumentos de soldadura tratando de emparchar grotescos agujeros, repuestos y materiales de trabajo desperdigados por doquier, y un clima de urgencia que todo lo dominaba, como si la supervivencia de la nave dependiera del trabajo constante de la tripulación.
Los ojos de la joven almirante recorrieron ansiosos la bahía de aterrizaje de una punta a la otra, buscando con ansiedad a una sola persona... a aquella persona que era el centro de su vida, el corazón de su ser, la razón por la cual ella vivía y luchaba, y lo único que le importaba en el mundo, lo único que tenía sentido para ella en ese momento de su vida era volver a verlo y saber de una vez por todas que él estaba vivo…
Pero por más que se afanaba en escudriñar hasta el último rincón de esa bahía de aterrizaje, no lo encontraba por ningún lado; simplemente no podía verlo.
Eso no necesariamente significaba que algo malo hubiera pasado; después de todo, la nave de la que él se había hecho cargo –a juzgar por aquella transmisión que había recibido en el Marcus Antonius minutos antes de abordar el transbordador– estaba en una situación crítica y desesperante, que bien hubiera podido demandar que él estuviera en el Puente, atendiendo con todas sus fuerzas los mil y un daños sufridos y coordinando los esfuerzos frenéticos por reparar la nave.
Sin rendirse, la almirante decidió entonces seguir camino e irse de aquella bahía para buscarlo en el Puente, o en cualquier otro lugar de la nave en donde se hallara… y si tenía que recorrer hasta el último centímetro de esa nave, ella lo haría sin dudarlo.
Y fue entonces que por fin lo vio.
Él estaba de pie en una de las puertas de acceso a la bahía de aterrizaje con una mano apoyada contra el marco de la puerta, con sus ojos clavados en ella como si estuviera viendo alguna clase de visión angelical, como si estuviera contemplando algo demasiado hermoso y maravilloso como para que pudiera ser verdad.
Su uniforme azul estaba rasgado en algunas partes, arrugado en otras y sucio hasta la negrura en todo el resto, conformando un cuadro tan lamentable que le hubiera provocado náuseas a un instructor de la Academia Militar si llegaba a tener la desgracia de verlo.
Su rostro estaba ojeroso por la falta de sueño, marcado por algunos moretones y surcado por un par de cortaduras superficiales de las que aún manaba un hilo de sangre casi imperceptible; debajo de una de las mangas de su uniforme podía divisarse una venda; sus ojos azules estaban agrandados por la tensión nerviosa y miraban ligeramente desenfocados por la adrenalina del combate; su boca estaba abierta como si hubiera acabado de hacer un espantoso esfuerzo físico que le hubiera quitado el aliento; su cabello negro y su frente estaban húmedos por el sudor, y podía notarse que su semblante estaba oscurecido por una incipiente barba de tres o cuatro días.
Y a pesar de todo eso, ella nunca lo había visto más atractivo o bien parecido.
En contraste, ella se le aparecía a él como si fuera una visión de pureza; estaba frente a él tal y como la recordaba, tal y como ella había estado la última vez que se vieron, inmaculada y limpia, con su imponente uniforme negro como la noche, siempre presentable y digna… y la única diferencia que él podía notar era que su rostro, que él recordaba sonriente y esperanzado, ahora se veía como si estuviera a punto de romper en llanto.
Sus miradas se cruzaron, y en ese momento el mundo pareció congelarse a su alrededor.
Ella comenzó a correr en dirección de él, sin importarle el decoro o la sobriedad que le imponía el rango, comenzó a correr con todas sus fuerzas, como queriendo llegar a él antes de que se disolviera en el aire. Ella corrió como sólo lo había hecho una vez en la vida... como lo había hecho en un pasillo a kilómetros por debajo de la superficie de la Tierra cuando él había volado a rescatarla de lo que era una muerte certera, y aún si sus propias fuerzas no hubieran bastado para correr, su propio corazón la hubiera impulsado a seguir sin importarle nada más.
Por su parte, él también corrió hacia ella, buscando tomarla en sus brazos y sentir su piel junto a la suya... sentir cerca suyo a quien había sido la única razón que lo había mantenido funcionando durante aquellos días de agonía; buscaba el resguardo protector de sus brazos y la paz que le provocaba escuchar el latido de su corazón junto al suyo, buscaba perderse una vez más en ese amor que era la única constante de su vida.
Estaba herido y golpeado por las batallas, y había partes de su cuerpo que aún le provocaban aullidos de dolor al tratar de moverlas, pero no le importó en lo más mínimo; nada lo hubiera detenido de continuar en aquella carrera, nada excepto la certeza de tenerla una vez más entre sus brazos y la decisión inquebrantable de no dejarla ir... nunca más.
Los transeúntes dejaron que corrieran uno en dirección del otro, sin pretender estorbar en lo más mínimo o interponerse en el camino de aquellos dos jóvenes; algunos de los que estaban en esa bahía de aterrizaje incluso sonrieron ante la escena que se desarrollaba frente a ellos... Dios sabía que después de todo ese horror y agonía, la tripulación necesitaba hacerle un espacio a aquellas cosas que hacían que la vida valiera la pena ser vivida.
Luego de correr hacia el otro como si les hubiera tomado una eternidad, por fin se encontraron a la mitad de la distancia que los había separado al comienzo de la carrera, y en ese instante sublime y soñado, a ambos les pareció como si sus pies no estuvieran tocando el suelo... como si se hubieran elevado aunque más no fuera unos centímetros... como si estuvieran volando.
Sin perder un solo segundo, los dos se tomaron entre los brazos, estrechando sus cuerpos con fuerza en un abrazo que todo lo borraba, y sintiendo el aliento del otro rozando su piel como una caricia. Sin pensarlo, actuando pura y exclusivamente por instinto, ella recostó su cabeza en el hombro de él hasta encontrar ese lugar que siempre la acogía, y unas lágrimas de gozo y alegría escaparon de sus ojos, mientras él hundía su rostro en su cabello y besaba su cuello, embebiéndose de su aroma como si fuera la primera vez y registrando cada detalle como si hubieran pasado años desde que se despidieran para lo que iba a ser sólo una misión de patrullado rutinaria… mientras todo su cuerpo se estremecía de alegría al sentirla una vez más con él, luego de haberla creído perdida en los momentos más inconfesables de su horrenda experiencia…
Ninguno de los dos necesitó decir nada, ni falta hacía que dijeran una sola palabra que pudiera romper la magia de ese momento; ese abrazo desesperado era toda la comunicación que necesitaban y que podían pedir.
Al cabo de unos gloriosos segundos, ellos rompieron con lentitud y parsimonia el abrazo, dejando escapar una exhalación de alivio al comprobar que lo que estaban viviendo era real… y cuando levantaron la cabeza, los dos se quedaron mirándose a los ojos... dentro de sus almas.
Los ojos verdes de ella lo miraban con una pasión que ella había creído que jamás volvería a sentir, y lo que él pudo ver en esos ojos que lo perdían irremediablemente era un dolor desgarrador que había lacerado su alma, y cuyas cicatrices aún permanecían allí a pesar de la alegría del momento. Podían verse lágrimas que pedían salir, sollozos que buscaban ser expresados, risas alegres que no podían esperar ni un segundo más para volver a iluminar el rostro de la joven… y tanto amor que a él lo abrumaba el saberse su destinatario único y exclusivo…
Los ojos azules de él la miraban con adoración y un amor que no encontraba palabras para ser descrito; de su mirada tierna salían a borbotones las emociones duras que lo habían atacado durante su dolorosa separación... el sufrimiento de aquella semana, la muerte y dolor que había visto, las difíciles decisiones que había tenido que tomar… y por sobre todas las cosas, el terror que le inspiraba la sola idea de no volver a ver a ella nunca más, un temor espantoso que lo había hecho llorar en los momentos de debilidad, y que ahora se desvanecía de su ser como si fuera un mal sueño.
Con lentitud y estremecimiento, como si cualquier movimiento brusco fuera a destruir aquel momento, los dos se acercaron sin dejar de mirarse a los ojos, suspirando con aliento entrecortado hasta el instante sublime que sus labios se tocaron, primero de manera casi imperceptible, y una vez que ambos pudieron descartar todas las dudas que pudieran estar albergando acerca de que aquel momento era real y no un sueño, por fin se unieron en un beso tormentoso que arrasó con todo el dolor y agonía de aquella semana.
Ambos cerraron los ojos para no llorar, mientras se entregaban por completo a las sensaciones despertadas por el beso, dejándose recorrer por la carga eléctrica que aquel contacto les había provocado y sintiéndose más vivos que nunca… porque ahora se sabían mutuamente vivos.
El resto del mundo, sencillamente, no existía más para ellos.
Los labios de él se vieron sobrepasados por la energía que ella ponía en el beso, y la lengua de ella buscaba hasta con desesperación entrar en su boca, a lo que él no presentó ninguna objeción, sólo interesado en derretirse al toque de los labios de ella y buscando disfrutar hasta el último detalle de aquel beso electrizante... sensaciones que en los peores momentos de su odisea había pensado que jamás sentiría nuevamente, pero que ahora volvían a él con toda la potencia del mundo, prometiéndole el Paraíso en la tierra.
No faltó mucho para que sus lenguas se trenzaran en un encuentro apasionado, y al hacerlo, cada uno exploró todos los rincones de la boca del otro como si fuera la primera vez que lo hacían.
Impulsada por el estremecimiento de aquel beso soñado, ella puso sus brazos detrás del cuello del hombre de su vida, colgándose de él como si no quisiera que se escapara, porque eso era exactamente lo que sentía... sentía que no volvería a dejarlo ir jamás, nunca más. Por su parte, y respondiendo a un impulso que le era tan natural como respirar, él la tomó de la cintura y la estrechó contra su cuerpo, abrazándola con todas sus fuerzas y sintiendo que si llegaba a separarse una vez más de ella, sobrevendría su final.
El beso pudo haber durado algunos minutos o unos días, aunque de haber sido por ellos, se hubiera podido prolongar tranquilamente por toda la eternidad; tal era la felicidad que les provocaba, y ninguno de los dos quería separar sus labios por temor a que resultara ser un sueño... y porque lo estaban disfrutando mucho, como si jamás lo hubieran hecho.
Por fin, la necesidad de aire fue más fuerte, y se separaron con reticencia para recobrar el aliento.
Volvieron a mirarse a los ojos, y esta vez no hubo forma de contener las lágrimas que inundaban sus ojos. Perdiendo las fuerzas, ella se dejó caer sobre el pecho de él, sosteniéndose sólo con sus manos aferradas con fuerza a aquellos hombros que siempre la acogían, y con su cabeza recostada junto al cuello de él, sus labios prorrumpieron en sollozos mezclados con tiernas risas.
Por su parte, abrumado por la suavidad de ese cuerpo que adoraba, él la estrechaba entre sus brazos con todas sus fuerzas, y le susurraba al oído para que no llorara más... que todo iba a estar bien... pero sin proponérselo, él también estaba comenzando a llorar, y su respiración se movía al ritmo de los latidos del corazón de ella, sincronizados en una emoción común y compartida.
– Rick... pensé que te había perdido... que jamás volvería a verte... – dijo ella en una voz baja, casi como un suspiro.
– Yo también, Lisa... ya está bien... ya acabó... todo terminó... – respondió él hablándole al oído, mientras pasaba sus dedos por entre los cabellos de ella, sintiendo su suavidad como si jamás lo hubiera hecho antes.
De pronto, él sintió unos leves e insistentes golpes en su espalda, golpes que llegaron a su pecho y que no se detenían por nada del mundo…
– ¡Nunca más vuelvas a hacerme esto...! – dijo ella, y su voz se confundió en una mezcla de risas y llanto. – ¿Me oíste, Rick Hunter?... ¡Nunca más vuelvas a hacerme esto!
– Te lo prometo... palabra de Boy Scout – le respondió él, arrancando una risa leve de los labios de ella que, a pesar de no haberla visto, pudo imaginar sin ningún problema… pero la risa desapareció tan rápido como había nacido, y el tono con el que él volvió a hablar se tornó serio y sentido, al punto de casi susurrar las siguientes palabras: – Gracias por venir hasta aquí... por haber hecho todo esto...
Ella se secó las lágrimas con la manga de su uniforme y moviéndose de aquella postura tan cómoda y necesaria, lo miró a los ojos con una sonrisa triste dibujada en su rostro.
– Es lo menos que podía hacer... después de todas las veces que me rescataste.
Él la besó en medio de los ojos, y ella los cerró, deseando que ese momento no terminara jamás, mientras ese beso la quemaba hasta lo más profundo de su ser… y si todavía le quedaba alguna duda de que lo que estaba viviendo era real, el calor de ese beso tan tierno y sentido acabó por borrarla.
– Me salvaste la vida, Lisa... en más maneras que las que te puedes imaginar... no sé cómo recompensarte.
Acariciándole el rostro con sus manos, y sintiendo cosquillas a causa de la incipiente barba que llevaba, ella le devolvió el beso antes de responderle con cariño:
– Bueno, para empezar puedes quedarte conmigo...
Tomándola entre sus brazos y apretándola contra su cuerpo, él susurró una vez más en sus labios, presintiendo aquella miel que él adoraba…
– Jamás te dejaré...
Y volvió a besarla con las mismas energías con que lo había hecho antes.
– Muy bien… es el botón rojo…
– ¿Este? – preguntó el hombre, sin dejar de sostener la cámara entre sus manos a la vez que la miraba con cierto respeto.
– Ese mismo… cuando le diga, oprímalo – recibió como confirmación, acompañada por un pulgar levantado en alto. – ¿Está claro?
– Clarísimo.
– Tres… dos… uno… ¡Ahora! – exclamó el otro, dándole a su compañero la señal de partir.
Respondiendo a aquella señal, el hombre oprimió el botón rojo y levantó la mano en señal tanto de triunfo como de aviso, mientras que por toda respuesta, el joven sonrió y miró en dirección a la cámara, poniendo su mejor rostro profesional.
– Les habla Bill Morrison, a bordo del portaaviones de batalla UES Alexander, la nave que durante la última semana se convirtió en el foco de atención de prácticamente toda la humanidad tras el combate mantenido con fuerzas renegadas Zentraedi en las cercanías de Júpiter el pasado 2 de abril. Hace pocas horas, tras una semana de incertidumbre sobre la situación del Alexander y sus seis mil tripulantes, fuerzas militares de la Tierra Unida bajo el comando de la contralmirante Elizabeth Hayes arribaron a esta región del sistema solar en una misión de rescate, enfrentando y derrotando a los Zentraedi de manera categórica, sufriendo escasas bajas en el proceso.
Toda clase de sonrisa desapareció del rostro de Morrison mientras le indicaba a su improvisado cameraman para que la cámara hiciera un paneo por el devastado hangar del Alexander, dándole así a la audiencia que viera la grabación un vistazo bien claro de la magnitud del daño que había sufrido la gigantesca nave durante aquella semana de batallas y muerte.
– Lamentablemente, el Alexander debió soportar importantes daños y numerosos muertos y heridos en su tripulación no sólo durante la primera batalla – prosiguió Morrison – sino también durante la semana que permanecieron ocultos para evitar su destrucción por las fuerzas enemigas, sin mencionar la participación decisiva de esta nave heroica en la reciente batalla, instrumental para evitar la destrucción de la nave insignia de la flota, el Marcus Antonius – que entre otras cosas incluía a un aterrorizado Bill Morrison, cosa que el periodista no mencionó – y para poner fuera de combate a una parte importante de las fuerzas enemigas.
Morrison volvió su atención a la cámara, una vez que notó que el paneo de la cámara acababa de concluir, y para su sorpresa se encontró emocionado hasta las lágrimas al ver a los tripulantes que se movían de un lado a otro en las tareas de reparación de ese lugar destrozado, sin importarles la magnitud del daño o lo abrumador de la tarea que tenían en frente…
"Lo que sea que le paguen a estos tipos, no es suficiente"… fue todo lo que Morrison pudo pensar en ese momento.
– El ánimo de los hombres y mujeres que combatieron durante la Segunda Batalla de Júpiter es elevado, a pesar del alto costo en vidas y del daño sufrido por esta nave – continuó Morrison con la narración de su reporte. – Los esfuerzos de reparación continúan a pesar de todo, y los heridos de mayor gravedad han sido llevados a la nave hospital Nightingale, que acompañó a la flota despachada desde la Tierra para la operación. Respondiendo a nuestros pedidos, la contralmirante Hayes accedió a realizar una entrevista exclusiva para la MBS en las próximas horas, luego de que se dé a conocer el parte oficial de la batalla.
Levantando una ceja en una forma que fue lo menos conspicua posible para la cámara que estaba grabando, Morrison indicó al cameraman que debía cortar la grabación en cuanto terminara la siguiente frase.
– Les habló Bill Morrison, Macross Broadcasting System, a bordo del UES Alexander.
La cámara se apagó al instante, y Bill Morrison se relajó visiblemente, caminando en dirección al hombre que manejaba la cámara.
– ¡Listo¿Qué tal lo hice? – exclamó el cameraman.
– Déjeme ver… – murmuró Morrison revisando la grabación cuidadosamente.
Al cabo de la misma, Morrison sonrió con satisfacción, para luego girar y mirar de frente al sargento ayudante que había grabado su nota, que permanecía expectante ante la opinión que tendría el periodista de su primer trabajo en el mundo de los medios.
– Tiene talento, sargento Petrosian… si usted lo desea, puedo hablar con la gente de la MBS para que le dé un trabajo como cameraman… no creo que vaya a tener ningún problema.
Todavía costaba acostumbrarse a la realidad de que, contra todos los pronósticos y contra todo lo que prometía la más elemental lógica y el sentido común, el Alexander y su tripulación habían logrado sobrevivir… y si el comodoro Hunter aún no podía creerlo, menos todavía lo podía hacer la tripulación.
Visitar el hangar en aquellas horas finales del domingo era encontrarse con algo alejado de la precisión y disciplina de una unidad militar… algo mucho más cercano a un mercado bullicioso en un día de compras; los tripulantes del Alexander iban y venían por todas partes llevando los repuestos y herramientas que venían del resto de la flota, mientras otros conducían a los técnicos e ingenieros llegados de las otras naves, muchas veces recibiéndolos con abrazos y exclamaciones de júbilo, sin importar que se tratara de completos extraños.
Complementando todo aquel barullo, estaban los mecánicos que trabajaban por reparar los daños de aquella sección, agregando el sonido alto y chirriante de las herramientas y soldadoras a todo el movimiento del lugar… y por más que todo ese sonido amenazara con quitarle unos cuantos decibeles de capacidad auditiva, para el comodoro Hunter eso sonaba como la brisa veraniega de un día en la playa…
De vez en cuando, él podía ver alguna escena que lo conmovía hasta las lágrimas… como le ocurrió precisamente en ese momento.
Una joven suboficial, a quien Rick identificó como la cabo que se desmoronó el día que Andrea Coleson y los ochenta de la bahía de aterrizaje perdieron la vida, estaba abrazada a un hombre mucho mayor que ella, tanto en tamaño como en edad… y la chica estaba visiblemente emocionada, con lágrimas que corrían por todo su rostro y sollozos, mientras que el hombre, un sargento a juzgar por las insignias de rango que portaba, tenía toda la apariencia de estar a punto de desmoronarse de la emoción… y Rick notó que, a pesar de que la chica era delgada y pequeña y el hombre alto y corpulento, sus caras tenían un parecido innegable.
Padre e hija…
Por unos segundos, Rick se preguntó cuál era el nombre de aquella joven cabo… hasta que tras algo de esfuerzo, lo recordó con claridad.
Krezinski… cabo Danuta Krezinski…
Pero antes de que Rick pudiera hacer algo o seguir contemplando aquel feliz reencuentro, una mano pesada se apoyó en su hombro y un grito lo sacó de su mutismo, obligándolo a darse vuelta para ver de quién se trataba.
– ¡Rick!
– ¡Max, Mir, qué gusto verlos! – exclamó Rick, corriendo en cuanto los reconoció a saludar a Max y Miriya Sterling, que estaban juntos en aquella bahía de aterrizaje, procurando no interrumpir el paso de los técnicos que iban y venían. – ¿Así que ustedes también vinieron a la fiesta?
– ¿Crees que nos la hubiéramos perdido por nada del mundo? – le contestó Max, envolviendo a su mejor amigo en un intenso abrazo de oso, usando fuerzas que Rick jamás hubiera imaginado que él tenía.
– Si lo crees, es que algo debe haberte golpeado mucho la cabeza – agregó Miriya, abrazando a Rick en cuanto Max lo soltó… y si Rick creyó que Max lo estuvo a punto de apretar hasta morir, nunca entendió cómo pudo sobrevivir al abrazo de Miriya.
– Gracias por el elogio, Miriya.
Max estaba sonriendo a más no poder… realmente estaba feliz como no podía imaginarse por encontrar a su mejor amigo con vida, y si a eso se le sumaba la adrenalina del combate que aún no salía de su sistema, el estado de ánimo del capitán Sterling era algo incontenible, y así se lo hizo notar a Rick.
– Oye comodoro, de verdad el seguir vivo te sienta bien…
Rick no respondió nada a Max, prefiriendo dirigir la respuesta a su esposa, a quien le había notado en su uniforme de vuelo tres pequeñas barras doradas… lo que significaba que Miriya Parino-Sterling finalmente se había quitado el molesto "teniente" de su rango, dejándola con un rango de comandante que le sentaba mucho mejor…
– Déjame adivinar, Miriya… – le espetó Rick, como si el comentario de su amigo fuera algo perfectamente explicable. – Max ganó esta vez en la competencia de quién derribaba más naves enemigas.
La respuesta de Miriya fue fría, y su mirada fue dura; evidentemente no le gustaba que Rick hubiera notado así como así que su esposo se las había ingeniado para volver a ganarle…
– Esta vez – dijo la Zentraedi con voz seca.
– Treinta y seis a treinta y tres, Rick – proclamó Max con júbilo y orgullo, mirando de reojo y de manera triunfal a su esposa, para luego seguir con tono condescendiente: – Estuvo reñido en esta oportunidad.
Por más que aquel momento de alegría estuviera a punto de degenerar en una nueva batalla doméstica de la familia Sterling, Rick estaba feliz hasta las lágrimas de ver ese enfrentamiento que se desarrollaba frente a sus ojos… volver a tener a sus amigos junto a él era superado en felicidad sólo por aquel maravilloso reencuentro con Lisa…
– Ustedes están locos de remate, muchachos… pero jamás estuve más contento de verlos en mi vida – dijo Rick de manera sentida, logrando que los Sterling hicieran un alto sólo para sonreír de manera emocionada al comodoro.
Los tres oficiales abandonaron el hangar, prefiriendo buscar algún lugar más tranquilo y menos transitado para continuar su charla, y tras decidirse a ir al comedor de la nave, emprendieron el camino, aprovechando el recorrido que hacían por los pasillos de la nave para ponerse al día con todo lo que estaba ocurriendo en sus vidas.
Sin embargo, había algo que a Max Sterling le parecía curioso y extraño, y después de unos minutos, la duda se le hizo insoportable, al punto de necesitar una respuesta de manera urgente…
– Por cierto, Rick¿A dónde fue a parar Lisa? No pensé que te iba a dejar sólo ni siquiera un segundo.
– Está grabando la entrevista con ese tipo de la MBS, Morrison – explicó el comodoro Hunter. – No quería incomodarla.
Miriya intervino en la charla, aportando un comentario casual con su sutileza y delicadeza habitual.
– Espero que Morrison salga de ahí con su cabeza entera…
Deteniéndose, Max la reprendió levemente, mientras Rick se preparaba para observar una nueva batalla entre el matrimonio de sus mejores amigos.
– No seas tan pesimista, Mir. Si el muchacho no dice nada que irrite a la almirante, todo saldrá bien…
– Puede ser que quiera agregar un periodista a su colección de traseros pateados, Maximilian, no descartes eso… – insistió Miriya, sin saber que esa frase iba a despertar la curiosidad del comodoro Hunter.
– ¿Colección de traseros pateados? – saltó Rick, deteniendo a los dos peleadores Sterling y despertándoles una sonrisa en los labios. – ¿De qué diablos están hablando?
Los dos Sterling miraron a Rick como si se tratara de un mutante, y por un segundo Rick se sintió tentado a tantearse la cara para ver si le había crecido una segunda nariz o algo parecido… y antes de que pudiera decir algo, Max miró a su esposa con una expresión de total comprensión, volviéndose luego a ver a su mejor amigo.
– No tienes idea… – dijo Max lentamente, sonriendo con cada segundo que pasaba como si fuera algo divertido. – Realmente no tienes idea, ella no te dijo nada…
– ¡¿Decirme qué?! – exclamó un Hunter en camino a la exasperación.
– Rick¿tienes alguna idea de todo lo que tuvo que hacer Lisa para armar esto? – preguntó Max tanteando las aguas.
– ¿Hablas de la misión? – respondió Rick, sin entender por qué tanto escándalo de parte de sus amigos. – Pensé que fue algo del Alto Mando.
– ¡¿El Alto Mando¡JA! – bufó Miriya como si la sola idea fuera un insulto. – Si hubiera sido por esos generales estúpidos y cobardes, tú seguirías allí hundido en esa bola de nubes, Rick.
La comprensión comenzó a hacerse notar en el rostro de Rick Hunter, y sus facciones no tardaron en formar una expresión de sorpresa e incredulidad que a Max y Miriya Sterling se les hizo sumamente divertida…
– Quieres decir que todo esto fue idea de…
– Idea de Lisa, mi estimado comodoro Hunter – completó Max. – Una idea que defendió a capa y espada.
El comodoro Hunter continuó mirando a sus amigos con ojos agrandados por la incredulidad… y en un momento de particular incomodidad, Rick sintió que sus piernas se tornaban más débiles con cada segundo que pasaba, al punto de que no iba a faltar mucho para que se viniera abajo por el simple peso de su cuerpo.
– Por Dios… – balbuceó Rick sin mirar a ninguno de sus amigos.
– Primero fue ese idiota de Leonard – comenzó a relatar Max, haciendo memoria de la serie de eventos extraordinarios que culminaron en la reciente batalla. – Quiso matar todo esto en la cuna, no sé por qué… puede ser que el tipo estuviera demasiado asustado.
– ¿Y Lisa lo convenció?
– ¿Convencerlo? – intervino una Miriya Parino orgullosa y satisfecha como pocas veces lo había estado en su vida. – El buen general quiso darle un golpe bajo a Lisa, y a cambio de eso tu almirante lo amenazó de muerte… y te aseguro que con eso le cerró la boca por un buen tiempo…
Si Miriya iba a decir algo más, se le borró de la cabeza con la sola potencia del grito que Rick Hunter pegó en ese momento, un grito tan salvaje y violento que Max llegó a pensar que se trataba de una explosión… y poco le faltó para preguntarle a alguien si estaban bajo ataque.
– ¡¿QUÉ?!
Pero los Sterling, recobrados de aquella sorpresiva exclamación de Rick, no respondieron a su pregunta, enfocándose más en seguir con la historia sólo por el gusto de ver la reacción de su amigo.
– No te olvides de Maistroff, Mir…
– ¿Qué pasó con Maistroff? – reclamó Rick que le explicaran.
– Digamos que la almirante consiguió que el Primer Ministro le quite todas las dudas al Zar Stanislav – contestó Miriya, ganándose una risa cómplice por parte de su esposo y el espectáculo de ver cómo el rostro de Rick se tornaba pálido como una hoja de papel de sólo pensar en las mil y una cosas que Lisa podría haberle dicho al Primer Ministro.
Por alguna extraña razón, Rick se encontró tratando de recordar si Lisa había votado al partido del Primer Ministro en las últimas elecciones del Senado…
A Max aún le quedaba tupé como para corregir a su esposa, cosa que trató de hacer ahí mismo.
– Mir, esa fue Kim---
– Siguiendo órdenes de Lisa – prosiguió Miriya sin dejar que su esposo la cortara a mitad de la historia. – Y no nos olvidemos que después estuvo Franz Reiter.
"¡¿Por todos los cielos, aún hay más?!" pensó Rick a los gritos, creyendo muy seriamente que los Sterling tenían que estar tomándole el pelo de una manera muy cruel, porque sencillamente no había forma de que una oficial militar pudiera hacer sola todas las cosas que ellos le estaban atribuyendo, y contra el mejor dictado de su conciencia, Rick inhaló con fuerza, resuelto a resistir lo que viniera…
– ¿Qué le hizo Lisa a Reiter? – preguntó en un tono demasiado calmo para su estado de ánimo.
– ¿Cómo es la expresión microniana, amor? – preguntó Miriya a Max, asaltada por una repentina duda, sin importarle que Rick la estuviera fulminando con la mirada por no responder a su propia pregunta. – ¿"Le metió el temor de Dios"?
Luego de asentir y confirmarle a Miriya que había acertado con la expresión –cosa rara para una mujer que tenía problemas con toda expresión que tuviera siquiera una pizca de metáfora– Max entró a reír, antes de lanzar su propio aporte a la cultura general de su esposa.
– En el caso de lo que Lisa le hizo a Reiter, yo diría que se aplica más la de que lo hizo ensuciar los pantalones…
– Santo Cielo… – susurró Rick casi sin aliento, con una frase que era mitad maldición y mitad plegaria.
Tomándolo por los hombros, Max no se privó de darle una buena sacudida a su amigo, aunque al ver que con el estado en el que se hallaba, bien podría acabar dejándolo en el suelo, se contuvo de sacudir más al pobre comodoro Hunter.
– El resto ya lo conoces, movió cielo y tierra durante dos días para reunir una flota y venir a salvar tu comodoresco pellejo, amigo…
Pero a Rick Hunter las palabras ya lo atravesaban como si su cuerpo fuera transparente… todo lo que podía hacer era tratar de comprender la magnitud de la obra que había hecho Lisa, tratar de entender hasta qué punto ella se había movido y todo lo que ella había arriesgado con aquella empresa desesperada… y de sólo recordar la emoción con que los dos se habían encontrado, y el amor infinito y desesperado que ella le hizo sentir con aquellos primeros besos, el corazón del comodoro Hunter corrió serio riesgo de detenerse allí mismo.
¿Podía ser acaso que ella lo amara tanto como para hacer todo eso¿Podía ser que ella lo amara tanto como para poner al mundo de cabeza, armar ella sola una flota e ir al mismísimo infierno para buscarlo?
¿Podía ser que alguien pudiera amarlo tanto como para llegar a esos extremos?
Si bien el corazón del comodoro Hunter no se detuvo, los pulmones del atribulado y maravillado oficial se quedaron repentinamente sin aire, y las inhalaciones y exhalaciones de Rick se hicieron más pesadas e irregulares, obligándolo a buscar respaldo en la pared del pasillo, porque de no sostenerse allí, acabaría desmayado en el suelo, abrumado hasta la inconsciencia por la simple enormidad del acto de amor –porque no cabía otra palabra para definirlo– que Lisa había tenido para con él…
– Lisa… – cuando lo pronunció, su nombre ya sonaba como si fuera una invocación divina…
Rick perdió noción del tiempo y del espacio, y todo lo que pudo recordar de los minutos posteriores a aquella charla fue la voz de Max, que parecía venir del más allá… y que por unos pocos segundos se confundió en su mente con la del propio Roy Fokker…
– Rick Hunter, si por casualidad te quedaba en el cuerpo alguna duda de que esa mujer te ama con todas sus fuerzas, espero que lo que pasó el día de hoy te las haya borrado por completo…
Nadie se había molestado en asignarle a la contralmirante Elizabeth Hayes un camarote mientras durara su estancia en el UES Alexander; la nave estaba demasiado golpeada y requería de demasiadas atenciones como para que alguien se preocupara por darle a una almirante de dos estrellas un camarote especial para invitados, pero por fortuna para la tripulación, la almirante Hayes no tenía pensado incomodarlos con menesteres tan poco importantes…
Después de todo, lo único que ella necesitaba para descansar era recostarse en donde fuera que Rick durmiera… tras lo que había pasado, Lisa creía de buena fe que sólo encontraría reposo junto al hombre por el cual ella había desafiado tanto y enfrentado semejantes peligros…
Y era por eso que, poco después de completar la entrevista que le había prometido a Bill Morrison, y previa escala en el Puente auxiliar del Alexander para comunicarse con el Marcus Antonius y solicitar el envío de más transbordadores para llevar heridos a la nave hospital Nightingale, Lisa se encontró frente a la puerta del camarote personal del comodoro Rick Hunter.
Desde que ella había partido para la entrevista (tras repetidos y fútiles intentos de convencer a Rick de acompañarla, ante los cuales él había insistido en excusarse diciendo que no quería molestar), Lisa le había perdido el rastro a Rick, sólo enterándose por boca de Vince en el Puente que Rick no se había reportado a servicio, y a través de Max que el comodoro Hunter se había retirado a sus aposentos a descansar…
Lo único en lo que Lisa podía pensar era en lo mucho que lo iba a abrazar, en los muchos besos que ella le daría… y en lo feliz que se sentiría de sólo sentirlo vivo y junto a ella…
Haciendo uso de la clave de entrada que Rick le había proporcionado, Lisa traspuso el umbral del camarote, adentrándose en el lugar y encontrándolo por completo a oscuras, sin poder ver nada en lo absoluto.
– ¿Rick? – preguntó ella con una pizca de temor mientras tanteaba para encontrar el interruptor de luz.
La voz apagada y monótona de Rick la detuvo antes de poder encontrar el interruptor.
– No prendas la luz…
Adaptándose mejor a la oscuridad imperante, Lisa resolvió que a fin de cuentas podía moverse bien sin necesidad de prender la luz… y tras escudriñar el lugar con la mirada, distinguió sobre la litera a la silueta de Rick, que aparentemente estaba sentada allí, sin moverse ni hacer sonido alguno…
Algo en la voz de Rick estremeció a Lisa con renovado temor, y cuando ella abrió la boca para preguntar, lo hizo con una voz que destilaba preocupación:
– ¿Pasó algo malo, amor?
– Nada malo – le aseguró Rick, trayéndole a la almirante un poco de paz y tranquilidad. – Sólo… sólo deja todo a oscuras.
– ¿Dónde estás? – quiso confirmar ella, aunque en realidad sólo dijo lo primero que se le vino a la mente.
– Sentado en la litera – respondió él, palmeando la litera en cuestión con la mano tanto para emitir algún ruido que la guiara como para invitarla a sentarse junto a él. – ¿Qué tal tu entrevista?
– Muy tranquila… mejor de lo que esperaba – respondió Lisa a las apuradas, sin ganas de perder tiempo en algo que no fuera averiguar qué diablos le estaba pasando a él. – Rick, me estás preocupando… ¿Te pasó algo malo? Por favor, dímelo…
Rick sólo contestó cuando supo que ella estaba sentada en la litera junto a él… y cuando sintió que ella le pasaba la mano por detrás de los hombros, invitándolo silenciosamente a recostar su cabeza en el hombro izquierdo de ella.
– ¿Sabes, Lisa? – comenzó a hablar Rick casi entre sollozos. – Siento como si no te conociera…
– ¡¿Qué?! – fue lo único que Lisa pudo decir, sobresaltada y aterrada por aquella frase a la que no lograba encontrarle ningún sentido ni razón de ser. – ¿De qué estás hablando, amor?
Un sonido leve pudo escucharse como única respuesta… algo que Lisa tardó bastante en identificar como una risa triste, la risa triste de Rick… esa risa que solía enternecerla e inspirarle un deseo poderoso de curar todas las heridas que pudiera llegar a sentir él.
– Por mucho tiempo creí que lo sabía todo sobre ti¿sabes? – comenzó a hablar Rick sin que Lisa se lo pidiera.
Todo lo que Lisa pudo hacer fue besar una y otra vez la mejilla de Rick… tenía que hacer algo o la incertidumbre la mataría, pero supo que no debía preguntar nada ni forzar la situación, sino dejar que Rick se explicara por sí mismo… y acompañó el último beso con un suspiro largo y ahogado…
– Hasta hoy, yo sabía que tú eras una mujer dulce y bondadosa, inteligente, hermosa, valiente… y sexy como no te imaginas – dijo Rick, agregando una risa a aquel último atributo –… y yo sabía que estaba locamente enamorado de ti, y que además era el hombre más feliz del mundo… porque tú me amabas…
– Rick, me estás asustando… – murmuró Lisa con la voz quebrada, a la vez que se lanzaba a acariciar el rostro de Rick como queriendo tantearlo en la oscuridad. – ¿Qué te pasa?
– Y hoy… – prosiguió Rick, evidentemente ignorando la pregunta que le había hecho ella. – Hoy vengo a encontrarme con que no sabía ni la mitad de lo que tú eres, Lisa Hayes…
El no saber qué le estaba queriendo decir se estaba tornando insoportable para Lisa Hayes… y muy a su pesar, estaban empezando a juntarse lágrimas en sus ojos. ¿Podía ser posible que aquella experiencia aterradora por la que él había atravesado le hubiera dejado profundas marcas… podía ser que ese infierno lo hubiera transformado?
Lentamente, Lisa comenzó a temblar, pero como si al fin hubiera notado que sus palabras estaban provocándole terror a la mujer más importante en su universo, Rick Hunter sonrió –por más que ella no pudiera notarlo– y continuó hablando en un tono que ya no era duro o tenso, sino suave, emocionado y cargado de amor…
– Hoy vengo a descubrir que además de todo eso que nombré antes… que además de todo eso, tú eres una persona maravillosa… alguien que no dudaría jamás en arriesgarlo todo, que está dispuesta a poner al mundo de cabeza y hacerle una llave Nelson al Alto Mando con tal de cumplir con lo que se propone…
Las lágrimas insistieron en juntarse en los ojos de Lisa, pero esta vez no eran lágrimas de dolor o tristeza, sino lágrimas de felicidad pura y emocionada… acompañadas por una risa involuntaria provocada por esas comparaciones con las que Rick acababa de salir…
Junto a ella, el comodoro Hunter continuó abriendo su corazón a Lisa, revelándole lo que había descubierto sobre ella…
– Que no vacilaría en amenazar de muerte a un general, aterrar a un comodoro o molestar al Primer Ministro si creyera que eso es necesario para lograr sus metas… y que no dudaría ni un segundo en ir a la boca del Infierno para rescatar a un pobre tipo como yo…
Lisa sintió que se iba a desmoronar allí mismo, que iba a colapsar de la emoción… todo lo que ella había guardado en su interior durante la horrenda semana que acababa de terminar estaba insistiendo en salir a la luz, traído de regreso por las palabras sentidas y emocionadas del joven oficial que, como si respondiera a un silencioso llamado de auxilio, se disponía a rodearla entre sus brazos…
Con los dos firmemente unidos en un abrazo en medio de la oscuridad, Rick continuó hablando, alternando las palabras con tiernos besos en la mejilla de Lisa, que ocasionalmente llegaban a ese sitio tan especial que ella tenía en el lóbulo de la oreja.
– Y tampoco sabía la mitad sobre mí mismo… porque si antes creía saber que estaba enamorado de ti… hoy descubrí que no me va a alcanzar la vida entera para demostrarte todo lo que te amo, preciosa… no me va a alcanzar la vida para amarte como te mereces ser amada…
Ya no podían controlarse más, ni evitar lo que era a todas luces inevitable… y sin decir más, tanto Lisa como Rick rompieron en lágrimas, haciendo que ese abrazo se transformara en la promesa de una unión que acabara con todos los pesares y tristezas de sus vidas… y que ya estaba obrando su milagro, erradicando de sus corazones todo rastro del dolor y espanto de esos días, y reemplazándolo por un amor que todo lo prometía y todo lo curaba…
– Lo digo en serio, te amo como no te imaginas, te adoro… – continuó Rick, repartiendo beso tras beso por el cuello y las mejillas de una Lisa Hayes que creyó que su fin estaba cercano. – Te adoro, Lisa Hayes… no sé qué otra cosa decir más que eso…
Lisa no le dejó decir nada, sino que sin darle aviso procedió a acercarlo aún más a ella, temblando de emoción al notar que los labios de él estaban una vez más cerca de los suyos… y estremeciéndose al sentir en su piel el aliento cálido que salía de los suspiros del hombre al que amaba… y todo lo que pudo hacer allí fue tomar esos labios en los suyos y besarlo con todo el amor del que era capaz…
Y él respondió a ese beso; lo hizo con desesperación y locura, lo hizo como si de ese beso dependiera el aire que necesitaba para respirar… y lo hizo sintiendo que su corazón saltaba de alegría como siempre lo hacía cada vez que pensaba en que estaba besando a la mujer de su vida…
Cuando terminó ese beso y los dos volvieron a abrir los ojos, tratando de divisar la silueta del otro en medio de la penumbra, Rick no pudo evitar que unas leves risas salieran de su boca, y tras notar que ella también empezaba a reírse con esa risa de chiquilla que él adoraba, la besó una vez más en los labios antes de volver a hablar:
– Sólo una pregunta, Lisa…
– Las que quieras… – le respondió ella, devolviéndole con más ternura el beso en los labios.
De las miles y miles de preguntas que surcaban la cabeza del comodoro Rick Hunter, de toda esa maraña de dudas e inquietudes que prometían enloquecerlo si no encontraba una respuesta pronto, una sola pregunta sobresalió casi al instante… la pregunta que daría sentido renovado a la vida que ella se ocupó de salvar con aquel acto de amor inimaginable…
La pregunta salió de los labios de Rick Hunter como si fuera un suspiro, o una plegaria…
– ¿Por qué?
– ¿De veras tienes que preguntarlo? – le dijo suavemente Lisa, besándole el cabello y apretándolo contra su propio cuerpo, para luego mover la cabeza de Rick hasta que los dos pudieron mirarse a los ojos. – Por ti haría lo que fuera… gracias, Rick.
Por sólo un segundo, Rick Hunter creyó que acabaría hundiéndose en ese mar verde que lo miraba con tanta ternura… en esos ojos que podía ver brillantes aún en medio de las penumbras en las que estaba sumergido el camarote… y cuando tomó nota de las últimas dos palabras en salir de los labios de Lisa, sintió que comenzaba a temblar.
– No puedo creerlo, Hayes – exclamó incrédulo Rick, sin saber si llorar, reír o gritar, y sin poder creer lo maravillosa que era la mujer que estaba junto a él. – ¡¿Tú me agradeces a mí, después de toda la operación que preparaste¿Qué diablos pude haber hecho para que siquiera pienses que tienes algo que agradecerme?
La respuesta de Lisa Hayes salió de lo más profundo de su corazón…
– Haber vuelto conmigo, amor… no me va a alcanzar la vida para amarte como te mereces por eso…
Un nuevo beso, un nuevo abrazo… dos simples gestos que pronto se transformaron en una tormenta, en la que cada uno trataba de demostrarle al otro hasta qué punto lo amaba… y como jamás les resultaba suficiente, insistían en seguir con aquellas demostraciones, transformando un camarote triste y oscuro en un lugar mágico que era de ellos dos…
Pero no iba a ser un lugar en donde la pasión se consumara; eso iba a quedar para otra oportunidad… en ese momento, a Rick Hunter y a Lisa Hayes sólo les bastaba con saberse vivos, sanos, salvos y juntos una vez más… y la mejor manera de demostrar esa satisfacción era permanecer así como estaban, abrazados en la oscuridad, sin escuchar otro sonido que no fuera el latido de sus corazones o el suspiro de sus labios…
Y así fueron pasando los minutos, sin que los dos quisieran o pretendieran romper ese estado de cosas mágico que habían hecho para ellos… hasta que de pronto Rick pronunció unas palabras, haciéndolo en un tono bajo y susurrante que envió escalofríos por todo el cuerpo de Lisa.
– Lisa…
– ¿Sí? – le preguntó ella con suavidad y un tono tan bajo como el que había usado él…
– ¿Tienes que irte?
La respuesta vino a Rick Hunter primero bajo la forma de un beso juguetón y cariñoso que comenzó en el punto en donde su mandíbula se unía al cuello y acabó en sus labios, siempre dispuestos a recibir la visita de los de Lisa…
– Ni lo sueñes… – agregó ella, como si necesitara asegurarse de que todas las dudas de Rick fueran erradicadas.
– Quédate conmigo… – le suplicó Rick, aferrándose de ella como si fuera la última esperanza de vida que le quedaba. – Por favor, sólo quédate conmigo…
A ese pedido desesperado le siguió un abrazo más intenso y protector… y sin que ninguno de los dos dijera una sola palabra más, tanto Rick como Lisa encontraron el descanso que buscaban, recostándose en aquel lecho improvisado que tenían en la litera, seguros ahora de que los dos estaban juntos una vez más.
Fueron pasando las horas sin que nada los interrumpiera, y si bien al principio los dos se mantuvieron despiertos por la sola presencia del ser amado junto a ellos, poco a poco el cansancio los fue ganando; los besos se hicieron más esporádicos y suaves, el abrazo se relajó un poco sin perder la fuerza que lo mantenía, y cada uno se entregó lentamente al sueño… arrullados por el sonido del corazón del otro latiendo junto al propio, y sintiendo la respiración de la otra persona estremeciendo su piel…
Lo último que tanto Rick como Lisa oyeron en ese día, las últimas palabras que registraron en aquella jornada de terror, violencia, júbilo y alivio fueron las dos palabras que daban sentido a sus vidas…
– Te amo…
Lunes 10 de abril de 2017
El único sonido que se escuchaba en el gigantesco hangar del Alexander eran las plegarias y oraciones de los capellanes militares. El resto de los asistentes permanecían en el más profundo y respetuoso de los silencios, contemplando aquella escena y meditando sobre los eventos que habían llevado a esa ceremonia.
El aroma del lugar era una mezcla de los olores típicos de un hangar para aeronaves de combate con el incienso que esparcían algunos de los religiosos en sus bendiciones.
Había varios capellanes en el hangar del Alexander, sacerdotes, pastores, rabinos, imanes… cada uno de una religión diferente, pero todos vestidos por igual con los uniformes color púrpura del cuerpo de capellanes militares, concelebrando el monumental acto fúnebre que se le rendía a todos aquellos que habían perecido durante esa semana de combates. Se recordaba a todos los caídos por igual, sin distinción de rango, puesto, o cualquier otro tipo… todos ellos, sean de la flota o pilotos de combate, sean oficiales o suboficiales o simples reclutas, tenían un lugar en la conmemoración que allí tenía lugar.
Los hombres y mujeres del Convoy Io-1, muertos en un instante sin siquiera sospechar lo que ocurría.
Los caídos del Grupo de Batalla 6, asesinados durante esa salvaje y furiosa emboscada en los cielos.
Los difuntos de la flota que había ido a rescatar al Alexander, que dieron su vida en un acto de entrega absoluto que resumía lo más elevado de la profesión militar: morir para que otros pudieran vivir.
Todos ellos tenían un lugar en ese acto. Ellos eran los homenajeados a los que se les estaba dando aquella despedida tan emotiva.
No había ninguna autoridad presidiendo esa ceremonia, ni un capellán principal que la dirigiera. No había discursos ni otras formas de expresión más que las plegarias de los capellanes, los rezos susurrantes de los concurrentes y el silencio, que decía más que lo que cualquier panegírico pudiera decir. La decisión había sido que el acto se realizara sin parafernalia ni pompa alguna, prefiriendo honrar con sencillez y simplicidad a todos los que habían perdido la vida en los combates.
La voz profunda de un sacerdote anglicano, que era el celebrante más cercano a donde él estaba, penetró en las meditaciones de Rick Hunter.
– Encomendamos aquí los cuerpos de miles de hombres y mujeres valientes, que dieron sus vidas para que otros puedan vivir, a las profundidades del espacio, para que se conviertan en corrupción, mientras aguardamos con la firme convicción al día de la resurrección de los muertos, cuando el espacio nos devolverá a sus muertos, y a la vida del mundo futuro a través de Nuestro Señor Jesucristo, que en Su venida cambiará nuestros viles cuerpos, para que sean como Su cuerpo glorioso, de acuerdo con los poderosos designios según los cuales él puede someter todas las cosas a sí mismo…
El sacerdote continuó con sus plegarias, pero el comodoro Rick Hunter ya no lo escuchaba. En medio de aquel escenario luctuoso, lo único en lo que podía pensar Rick en el costo humano de aquella victoria.
En su mente retumbó otra de las máximas del coronel Emerson. Era una antigua cita del duque de Wellington, que en opinión de Rick, resumía mejor que nadie y sin palabras de más la cruda realidad de la guerra, con palabras tan válidas en el siglo XIX como lo eran en el XXI.
"Al margen de una batalla perdida, no hay nada más deprimente que una batalla ganada".
Habían ganado la batalla… habían derrotado a los Zentraedi.
¿Pero a qué costo?
¿Cuántos miles de jóvenes vidas, valiosas cada una en sí misma, no participaban de la alegría de la victoria¿Cuántos sueños, esperanzas, ilusiones, futuros y familias estaban ahora en ruinas, ofrendados como pago por aquella victoria?
Aunque fuera una sola, ya era demasiado.
Rick cerró el puño mientras sus ojos se posaban en los miles de ataúdes colocados uno al lado del otro en la bahía de aterrizaje de babor, esperando a que en tan sólo unos pocos segundos, la compuerta interna de la bahía se cerrara, y la externa se abriera, enviando los ataúdes al vacío del espacio.
Tardó en reparar que era otra tradición de mar adaptada a aquella nueva era… así como los marinos de la antigüedad recibían sepultura en el mar, los tripulantes de hoy la recibían en el espacio… El dolor seguía siendo el mismo, sin importar el lugar de sepultura.
En cierta forma, Rick se sentía profundamente culpable, agobiado por una culpa que no lo dejaba ir y que amenazaba con atormentarlo sin remisión alguna.
Culpable por haber comandado y sobrevivido mientras tantos otros morían obedeciéndolo, por haber tomado decisiones cuyo costo había sido pagado por otros con sus vidas, tanto los errores como los aciertos…
Culpable incluso por permitirse hallar la felicidad del reencuentro, mientras miles de otras personas estaban condenadas a la pérdida más cruel.
Agachó la cabeza, incapaz de seguir viendo esos ataúdes y pensar en las vidas segadas que contenían. Sintió que se iba a quebrar allí mismo, que su fortaleza se había acabado a pesar de todo lo que había soportado.
Como si alguien hubiera oído su silenciosa súplica de auxilio, Rick sintió que su mano era tomada por otra… una mano pequeña y suave, cuyo simple contacto transmitía a la vez cariño y fuerza.
Más por reflejo que por una decisión consciente, Rick Hunter se volvió hasta encontrarse con los ojos verdes de Lisa Hayes, que lo miraban con un amor y comprensión incapaz de ser expresado en palabras.
En ese momento, contenido por la mujer a la que amaba con locura, Rick comprendió. Él había recibido una segunda oportunidad para hacer todas las cosas que podía hacer. Su supervivencia, y la de los miles de tripulantes del Alexander que habían superado aquella prueba de fuego, era el regalo de aquellos hombres y mujeres a los que hoy se los honraba con tanto dolor y tristeza.
El mejor homenaje que él podía hacerle a los hombres y mujeres que habían fallecido era vivir su vida sin dejar que se desperdiciara en un mar de dudas e inseguridades. Sin perder el tiempo. Vivir su vida y todo lo que había en ella como se merecía. Vivir una vida que valiera la pena ser vivida y que fuera digna de los sacrificios de los caídos.
El mejor homenaje para los muertos era la vida.
La sonrisa leve en los labios de Rick encontró un reflejo tierno en los labios de Lisa, y poco a poco el comodoro Hunter comenzó a sentir que algo de aquel terrible dolor y culpa empezaba a alejarse, lentamente pero con seguridad.
La mirada de Lisa lo decía todo, y la caricia de sus manos lo llenaba de una seguridad y esperanza que él jamás había creído que volvería a sentir.
"Estaré allí para acompañarte… siempre".
Las pantallas de televisión mostraban ahora imágenes de una conferencia de prensa en la que brillaban los flashes de las cámaras, y en la que un par de atribulados oficiales militares intentaban poner orden en medio de la tormenta de preguntas, mientras el locutor del noticiero presentaba la historia para que sus televidentes supieran de qué se trataba.
– En noticias relacionadas con la Segunda Batalla de Júpiter, en una conferencia de prensa en el Cuartel General de la Tierra Unida, el jefe de las Fuerzas Espaciales, almirante Robert Gaumont, acompañado por la jefa de Personal del Alto Mando, general Kamala Patel, anunció que se tomó la decisión de conceder un ascenso post-mortem al rango de capitán grado superior para la primer oficial del Alexander, Andrea Coleson, quien falleció en cumplimiento del deber al sacrificar su vida para evitar la destrucción de la nave. Voceros del Ministerio de Defensa han anunciado su intención de proponer al Senado que se otorgue póstumamente a la capitana Coleson la Cruz de Oro al Valor…
El locutor de la MBS hizo un breve instante de silencio mientras la fotografía de la capitana grado superior (post mortem) Andrea Coleson, vestida con su uniforme de comandante en la ceremonia de entrada en servicio del Alexander, aparecía en la pantalla, acompañada sólo por las fechas 18-10-1986 y 5-4-2017.
No tenía forma de saber aquel locutor que frente a prácticamente todos los televisores que estaban sintonizados al Canal 1 de la Macross Broadcasting Corporation, todos los televidentes lo acompañaban en el minuto de silencio solicitado, meditando, quizás por primera vez en sus vidas, en lo espantoso de la guerra y en el heroísmo que podía surgir en los momentos más oscuros…
Terminado el momento de recordación, el locutor retomó la palabra, y con una estudiada sonrisa para las cámaras, prosiguió con los anuncios:
– En el próximo bloque transmitiremos la entrevista que la contralmirante Hayes dio a nuestro corresponsal Bill Morrison. No se vayan… esto es la Edición Central de Noticias MBS. Volveremos pronto.
La imagen del conductor del noticiero desapareció, reemplazada por la compleja secuencia de animación de computadora con la que Noticias MBS solía ir a los anuncios.
Terminada la animación, la señal de MBS dio paso a la tanda publicitaria, con sus anuncios de programas y publicidades de productos y servicios varios, y en un lugar alejado del ruido y barullo de Ciudad Monumento, cerca de un lago enclavado en medio de un bosque, un hombre corpulento y vestido de traje de leñador sonreía a sus invitados, reunidos en su mesa para disfrutar de una de sus habituales parrilladas nocturnas, que a juzgar por el aroma que venía de la parrilla, prometía ser una de las mejores que alguna vez hiciera en su vida.
– Hablando de la almirante… ¿Les mencioné que vinieron a mis cabañas en enero? Son personas excelentes los dos… modestos, amables, considerados… un gusto de haberlos conocido, no tienen idea – dijo Stan Frears con orgullo a sus comensales, que habían permanecido pegados al televisor para observar las novedades de aquella batalla que había mantenido en vilo a un planeta entero.
Ese había sido el tema de conversación en aquella cena: las dos batallas, la atrevida operación de rescate, la victoria de las armas de la Tierra… y la historia de amor que estaba debajo de toda aquella odisea.
– Vamos, Stan… ¿Hayes y Hunter en tus cabañas? – dijo incrédulo uno de los hombres sentados a la mesa, mirando a ambos lados para conseguir apoyo de los otros invitados. – ¿Quién más alquiló aquí¿Elvis Presley?
– ¿No me crees? – dijo Stan con los ojos entrecerrados y una sonrisa bastante satisfecha en sus labios, como relamiéndose por una inminente victoria. – Aguarda un minuto a que traiga las fotografías. Entonces veremos cuántos pares son tres botas, mi estimado amigo…
Martes 11 de abril de 2017
La zona del espacio cercana a Io, la volcánica luna de Júpiter, rebosaba de actividad.
En la superficie del satélite, grupos de construcción trabajaban para sentar los cimientos de una futura base militar y científica permanente, mientras que en la órbita, otros equipos estaban enfrascados en la construcción de las estructuras provisionales que funcionarían como atracadero y base de despliegue para la flota terrestre... cumpliendo así las misiones para las que había sido enviado originalmente el Convoy Io-1, cuya desaparición fue el detonante de toda aquella serie de combates y tragedias.
Las naves terrestres orbitaban Io plácidamente, pero en alerta constante y vigilante ante cualquier amenaza. Pocas horas tomó limpiar el espacio de naves renegadas Zentraedi que sobrevivieron a la batalla, pero eso no significaba que no hubiera más naves Zentraedi en las cercanías. De hecho, grupos de naves de combate patrullaban regularmente y eran enviadas en misiones de reconocimiento para dar con más renegados Zentraedi, con el fin de evitar futuras sorpresas desagradables.
Además de las naves de guerra, los transportes, naves de apoyo y naves hospital proveían el apoyo necesario para la reparación de todas las naves dañadas durante la batalla, así como los equipos técnicos y de médicos de combate que trabajaban día y noche para atender a los heridos y salvar la mayor cantidad de vidas posibles.
Pero el espectáculo más impresionante a la vista estaba constituido por los dos gigantescos portaaviones espaciales que orbitaban Io en perfecta formación de combate, resguardados en todo momento por una cortina defensiva de fragatas y cazas Veritech. Por un lado estaba el Marcus Antonius, que servía como nave insignia de todas las fuerzas de la Tierra en aquel sector del espacio, exhibiendo su perfil altanero ante todos. Sin embargo, las miradas solían concentrarse en su navío gemelo, el Alexander.
Casi nadie que hubiera visto el estado en el que se hallaba la nave luego de concluida la Segunda Batalla de Júpiter (tal era el nombre con el que Bill Morrison la había bautizado en su cobertura para la MBS) habría afirmado que el Alexander era recuperable. Muchos oficiales, los más pesimistas, incluso llegaron a proponer abandonar la nave allí cerca de Júpiter, ya que creían que por los daños recibidos, el Alexander estaba más allá de toda salvación.
No tuvieron en cuenta a los dedicados (y extenuados) ingenieros, técnicos y mecánicos del comandante Terauchi, asistidos al fin por equipos de control de daños provenientes de otras naves y los técnicos y máquinas de las naves de apoyo logístico y mantenimiento.
Esta vez el objetivo de la reparación no era poner al Alexander en condiciones de combate, sino "emparcharlo" lo suficiente como para que pudiera resistir una transposición al Satélite Fábrica, donde sí permanecería varios meses en reparación. Gracias al esfuerzo denodado de miles de personas y a la voluntad indeclinable de concluir el trabajo comenzado, el Alexander podía enfrentar el viaje, y su aspecto exterior, si bien aún mostraba las cicatrices de las batallas, estaba en mejores condiciones.
Habían sido un par de largos y agotadores días, y todos habían trabajado con todo lo que daban sus fuerzas. Hubo momentos dolorosos y difíciles de sobrellevar, aunque ninguno tan duro como aquel funeral realizado el día anterior, con su carga emotiva de despedidas finales y momentos de conmemoración. En total, y contando a partir de la destrucción del Convoy Io-1, siete mil quinientas personas perdieron la vida a manos de los Zentraedi... y mil seiscientos de ellos habían pertenecido a la tripulación del Alexander. Demasiadas pérdidas para una nave.
Demasiadas ausencias para una familia.
Ahora la ocasión era muy distinta. Las reparaciones básicas habían concluido, y el Alexander se preparaba para regresar a la Tierra con la asistencia de la nave taller Caledonia. Todos los tripulantes estaban en sus puestos, ayudando en las maniobras de atraque con especial ímpetu, deseosos de regresar a sus hogares y dar por concluida aquella brutal experiencia.
Sólo que uno de ellos no regresaría a la Tierra con el Alexander.
El comodoro Rick Hunter cerró por última vez la puerta de su camarote, minutos después de que uno de los tripulantes se llevara su equipaje hacia el transbordador. Él no regresaría a la Tierra, sino que permanecería en el Marcus Antonius hasta que la nave y sus escoltas fueran relevadas por las fuerzas que el Alto Mando, en su urgencia y desesperación, había ordenado que regresaran al Sistema Solar, interrumpiendo sus misiones de exploración para reforzar las defensas terrestres.
En el futuro de Rick Hunter sólo había una cosa clara: la muy merecida licencia extendida que se le había otorgado, a ser disfrutada en cuanto el Marcus Antonius regresara a la Tierra.
Pero se le hacía difícil despedirse del Alexander. Más de lo que había creído posible.
Rick caminó por los corredores de la nave con un paso tranquilo, con su mente y su vista esforzándose por grabar cada rincón de esa nave en su memoria. Su paso por el Alexander había sido muy breve, poco menos de dos meses, pero no por ello dejaba de ser una nave especial para él. Más breve aún fue el tiempo en el que pudo llamar al Alexander "su nave"; la capitanía imprevista de Rick duró apenas seis días: seis días muy duros que habían cambiado su vida de manera irrevocable.
Para empezar, Rick ya no albergaba dudas sobre su capacidad para comandar; todos aquellos viejos argumentos tales como el no haber pasado por la Academia Militar, el ser un simple piloto de combate, ser demasiado joven para ejercer el mando de algo tan grande... todos ellos habían probado su falsedad en el único examen de comando que contaba.
El examen de la realidad.
Y Rick había aprobado ese examen, aunque el único premio por eso era seguir con vida para luchar otro día; era más que lo que muchos podrían decir después de aquella semana en el Infierno.
El tiempo y la caminata por los corredores de la nave se le pasó con la mente perdida en recuerdos y rememoraciones de las vivencias de su período en el Alexander, hasta que finalmente, y casi sin saber cómo, el comodoro Hunter se encontró frente a la escotilla de entrada al hangar de la nave, y sin perder un solo segundo más, abrió la escotilla y entró con paso lento al enorme hangar.
Casi se cae de espaldas al ver lo que lo estaba esperando.
En el hangar, los oficiales y algunos tripulantes de la nave estaban formados en prolijas e inmaculadas filas para despedir a Rick, mientras el transbordador que lo llevaría al Marcus Antonius esperaba la orden de partir… e incluso, según pudo divisar, había una banda musical en uno de los rincones del hangar, preparando sus instrumentos para interpretar algo seguramente muy estridente y marcial.
Pero lo que lo conmovió hasta lo más profundo de su alma fue encontrarse con que Lisa también lo estaba esperando junto a la puerta del hangar, y sin decir una sóla palabra, la almirante Hayes caminó a la par de Rick mientras él pasaba revista a los tripulantes de la nave por última vez, sintiendo un orgullo inconmensurable… a la vez que en los ojos de su tripulación pudo ver no sólo gratitud, sino también un respeto profundo... ese respeto que sólo se ganaba en el campo de batalla.
Llegó por fin a donde se hallaban los oficiales superiores, encontrándose con que muy pocos de ellos se habían hecho presentes, dado que aún había una nave que pilotear, y demasiados oficiales habían muerto como para reunirlos a todos en una ceremonia como esa. Y esperándolo al final de la fila, vestidos con sus uniformes de gala, estaban Vince y Jean Grant y el capitán Sanabria, libre al fin de los quirófanos de la nave hospital Nightingale.
– Es un gusto verlo, capitán. Sólo quisiera haberle dejado la nave en mejores condiciones – dijo Rick extendiendo la mano para que Sanabria la estrechara.
– Puede volar, y eso basta para mí, señor – dijo el capitán Sanabria, quien había salido de terapia apenas el día anterior, y que no se hubiera perdido aquella ceremonia por nada del mundo... ni siquiera por tener que usar una silla de ruedas para asistir. – Si me lo permite, comodoro, hizo un muy buen trabajo... para ser un jockey de Veritech.
– Gracias, capitán. Viniendo de usted, es un elogio. Espero volver a verlo en una nave – dijo Rick, a lo que Sanabria respondió con una sonrisa confiada y segura.
– Lo haremos, señor. Esto es sólo temporal – dijo palmeando la silla de ruedas como si sólo se tratara de una molestia temporal, y tras hacerle al comodoro un impecable y sentido saludo militar, dejó que Rick siguiera su camino hasta quedar frente a frente con Vince.
Por unos escasos segundos ninguno dijo nada; sencillamente no sabían qué podían decir luego de lo que los dos habían pasado juntos, luego de tanto esfuerzo y de aquellos encontronazos difíciles de sobrellevar.
– Vince, antes que nada, quería agradecer tu colaboración durante esta crisis... –comenzó Rick en un esfuerzo por romper el silencio, encontrándose con que no pudo terminar la frase.
– El que tiene que agradecer soy yo, señor – interrumpió Vince con sinceridad, tratando de demostrar en esas pocas palabras todo el respeto que sentía hacia el comodoro Hunter. – Sin usted, esta nave y su tripulación jamás habrían podido salir con vida…
Rick sonrió emocionado, y honrado como pocas veces lo había estado en su vida.
– Gracias, y lo mismo digo… nunca podría haberlo hecho sin su ayuda – respondió entonces, para luego echar un vistazo al hangar antes de volver a hablarle a Vince. – Y en cuanto a la nave, cuídala bien... comandante Grant. Es una buena nave.
– La mejor de la flota – respondió Vince con un orgullo que no le cabía en el cuerpo, mientras Rick reparaba en lo apropiadas que se veían las barras de un teniente comandante en el cuello del uniforme de su amigo. – Gracias por recomendar mi ascenso, señor.
– Bueno, espero un festejo decente en el Bunker para celebrar su ascenso, comandante – rió Rick, rompiendo con aquella formalidad que venía manteniendo.
– Llámeme en cuanto regrese a la Tierra y haremos el festejo, comodoro – le contestó Vince antes de hacerle la venia a Rick.
Los dos oficiales estrecharon la mano, y tras separarse, Rick decidió molestar un poco a Vince a través de su señora esposa.
– Cuida a este grandote¿quieres, Jean? – le pidió Rick a la doctora Grant.
– No te preocupes, me aseguraré de que no se meta en más líos – respondió Jean guiñándole el ojo, sin prestar atención a la expresión de frustración que ponía Vince.
Ya sin nadie más a quien saludar, Rick caminó en silencio junto a Lisa, hasta llegar al pie de la escalerilla colocada para que los dos pudieran abordar el transbordador. De pie junto a la escalerilla, y en plena posición de firmes, los estaban aguardando Kim, Sammie y Vanessa, que no se habían perdido ni un segundo de la ceremonia… por más que su atención estuviera concentrada en asuntos más prosaicos y menos formales.
– Así que ese es tu nuevo novio... no, la verdad es que no lo recuerdo – dijo Vanessa luego de que Sammie le señalara a un joven piloto, que al notar ese gesto se ruborizó perceptiblemente, causando miradas risueñas entre los otros pilotos.
– ¿Realmente no lo recuerdas? – le preguntó incrédula Sammie, herida en su amor propio por el hecho de que su amiga no recordara al teniente Villiers luego de aquella noche en el Bunker.
– No, me cuesta recordarlo – insistió Vanessa sin ceder un centímetro. – Lo único que recuerdo de esa noche es haberte querido matar por besarlo en frente de todo el mundo.
– Eso te pasa por burlarte de mí – se ufanó Sammie, logrando con eso que Kim gruñera de manera notable.
– Mira nomás a la pequeñita... todos nosotros muertos de preocupación por ella, y la señorita seduciendo a un piloto más joven – le espetó la comandante Young sin ninguna clase de misericordia.
– La próxima vez que estés en una situación de vida o muerte, no nos llames... arréglatelas sola – agregó Vanessa con una sonrisa sarcástica, encontrando en la mirada cruel de Kim una aliada imbatible en aquella tarea de picarle la cresta a la comandante Porter.
– ¡Muéranse de envidia! – les devolvió Sammie, agregando a ese comentario, y sólo para irritar a sus amigas, un beso soplado en dirección del teniente Matt Villiers, que firme como estaba se sonrojó visiblemente, recibiendo por ello un par de codazos de sus colegas líderes de escuadrón.
La cháchara amistosa del Trío terminó en el momento en que Rick y Lisa llegaron a la escalerilla, a lo que todos los presentes asumieron una posición militar, para luego dar media vuelta y hacer la venia a la bandera de la Tierra, que pendía de un mástil sujeto a uno de los mamparos del hangar.
– ¡Oficial comandante de la Operación Alaska y oficial comandante del Grupo de Batalla 6, partiendo! – gritó el sargento de guardia, motivando que el capitán Sanabria exclamara con un vozarrón ronco y enérgico:
– ¡Tripulación del UES Alexander...FIRMES¡SALUDAR!
Dando media vuelta sobre sus tacones para enfrentar a Rick y Lisa, todos los oficiales y tripulantes presentes hicieron la venia, a lo que él respondió de manera emocionada con su propia venia, dando un último vistazo a la tripulación antes de volverse para dar los primeros pasos por la escalerilla…
A una voz del sargento de guardia, la banda prorrumpió en una marcha marcial, pero con ciertos tonos tristes y melancólicos... más que una marcha, parecía una canción de despedida cuyas notas tocaron el corazón de todos los presentes. Era una marcha militar que Rick -por más que no fuera precisamente un experto en música militar- jamás había escuchado, pero que le llegaba hasta el alma hasta conmoverlo.
– Nunca había escuchado que despidieran a un almirante con esa marcha –comentó Rick luego de varios y vanos intentos de identificar la marcha en cuestión.
– No es para mí... es para ti – dijo Lisa tomándolo de la mano. – La tripulación piensa que hiciste un buen trabajo.
– ¿Y tú cómo lo sabes? – preguntó Rick confundido.
– ¿Es que no sabes nada, Rick¡Dios, hay que explicarte todo! – se quejó Sammie llevándose las manos a la cabeza, mientras Kim y Vanessa sonreían levemente ante el berrinche de su amiga.
– No entiendo¿qué pasa? – le preguntó Rick a Lisa.
La mirada tierna en los ojos de su novia destilaba comprensión y una pícara diversión ante la confusión del comodoro Hunter.
– Rick, lo que están tocando no es la "Marcha de las Fuerzas", sino "Despedida al Capitán"... sólo la tocan cuando el capitán de una nave se despide por última vez.
El mensaje era inconfundible. La tripulación del Alexander no estaba despidiendo a un comodoro... despedía a quien había sido, aunque más no fuera por unos días y por pura necesidad, su capitán. Al capitán Sanabria no parecía molestarle, según pudo ver Rick, ya que miraba orgulloso a los tripulantes e incluso se permitía una sonrisa de aprobación ante el gesto que su tripulación había tenido para con el comodoro Hunter.
Conforme continuaba la marcha, y al comprobar que la tripulación no había dejado ni por un segundo la postura de firmes, Rick tuvo trabajo para no llorar de emoción mientras caminaba los últimos peldaños de la escalerilla, y en cuanto llegó al último peldaño, la tripulación hizo la venia por última vez, a lo que Rick respondió con todas las fuerzas que le quedaban, buscando responder con todo el sentimiento que podía a aquel saludo tan emocionado.
En el mismo instante en que cesaron los acordes de "Despedida al Capitán", la escotilla del transbordador se cerraba definitivamente, mientras la aeronave se disponía a dejar el Alexander.
El brillo hizo que Rick se cubriera los ojos por instinto, aunque por unos pocos segundos aún pudo divisar las siluetas de aquellas naves en medio de aquel festival de luces, pero sólo por unos momentos antes de que la transposición se concretara definitivamente… dejando el espacio cercano a Júpiter un poquito más vacío y solitario de lo que era habitualmente.
Había llegado a ese pequeño y tranquilo mirador del Marcus Antonius poco después de abordar la nave, con la única intención de observar los últimos instantes que pasaría el Alexander en las cercanías de Júpiter antes de que la gigantesca nave taller Caledonia, a la que el Alexander había estado amarrado prácticamente desde que hubiera terminado la batalla, iniciara la transposición que llevaría a ambas naves de regreso a la seguridad de la Tierra.
Concluida la transposición, y disipadas las energías misteriosas e incomprensibles generadas por la operación, Rick cayó en la cuenta de que el Alexander y el Caledonia ya estaban en camino… con la misión de dar a los heroicos tripulantes del golpeado portaaviones el ansiado reencuentro con sus familias y seres amados, dando así inicio al largo y arduo proceso de reparar las heridas mecánicas, físicas y espirituales que habían provocado esas batallas tan sangrientas.
Por espacio de un segundo, Rick Hunter se sintió solo y solitario, extraño en una nave extraña, lejos de donde fuera que debía estar.
Esa sensación horrenda y molesta sólo duró un segundo, ya que entonces, como si alguien se hubiera percatado de lo mucho que necesitaba algo de comprensión, Rick sintió que una mano suave y pequeña se posaba sobre su hombro, seguida luego por unos cabellos largos y sedosos que rozaban su cuerpo hasta provocarle cosquillas y algo más, transformando su soledad y extrañeza en una cómoda y alegre sensación de estar en las nubes.
– Llegarán bien, no te preocupes más – oyó entonces que le decía al oído una suave y melodiosa voz femenina que lo enloquecía como si fuera la primera vez que la oía.
– No es preocupación… sólo pensaba – respondió él con una sonrisa, volviéndose para encontrarse de frente con el rostro alegre de Lisa Hayes, que lo miraba con un amor tan intenso y profundo que costaba diferenciarlo de la adoración… esa misma adoración que él sentía por ella, y que sólo había ido en aumento desde que supo todo lo que ella había hecho por él.
– ¿En qué piensas, amor? – le preguntó ella, poniéndose en puntitas de pie para darle un corto y cariñoso beso en la mejilla.
– Pienso en todo lo que pasó allí… – comenzó a responder Rick, con su mano buscando con ansias hasta hallar la mano de ella y poder sostenerla, mientras se tomaba unos segundos para rememorar los días de furia y dolor vividos en el Alexander. – ¿Sabes, Lisa? Hubo momentos en esa nave que yo creí que había perdido algo…
– ¿Qué perdiste? – preguntó ella, sintiéndose de golpe asustada por lo que Rick podía llegar a decir.
Pero para su alivio y alegría, los ojos azules de Rick brillaron de alegría al encontrarse con los de Lisa en una mirada cargada de afecto… un afecto y cariño tan intensos que Lisa sintió que su corazón saltaba de alegría de sólo estar en ese lugar con él, con el imponente paisaje del mirador de fondo…
– No importa, linda… lo que importa es que lo recuperé – fue todo lo que dijo antes de tomar a Lisa por el talle e inclinarse sobre ella para buscar con urgencia y desesperación sus labios.
La almirante Hayes no supo qué responder a eso, salvo dejar que Rick encontrara sus labios y lanzar sus propios brazos para rodearlo y apretarlo contra su propio pecho.
– Gracias… mil gracias… por venir por mí… por estar siempre a mi lado… – oyó que Rick decía antes de que se encontraran en un beso que hizo que olvidaran todo por unos gloriosos minutos.
Miércoles 12 de abril de 2017
– Comodoro Park… – comenzó Lisa, respondiendo con precisión a la venia que desde la pantalla le estaba haciendo la otra mujer. – Bienvenida a la Base Io.
– Gracias, almirante Hayes – respondió la comodoro Park Choon-yei desde la Central de Comando del portaaviones UES Hannibal. – Lo único que lamento es que no hayamos podido llegar a tiempo para ustedes.
– No se preocupe, comodoro – le aseguró Lisa. – Realmente no le hubiera gustado estar en esa locura.
– Si me perdona la expresión, almirante… eso lo dice porque no pasó los últimos tres meses en una misión de exploración – contestó la otra oficial. – Créame, todo lo que mis tripulaciones querían era ir a la fiesta que usted organizó…
En rigor de verdad, no había nada que Lisa pudiera decirle a la comandante del Grupo de Batalla 2. Desde el día en que el Alexander y sus escoltas se toparon con esa emboscada Zentraedi, el Hannibal y su grupo de batalla habían estado en una carrera frenética por regresar a la Tierra y reforzar las debilitadas defensas planetarias en medio de la crisis, y si había algo a lo que culpar por los diez días que le llevó al grupo del Hannibal, era al estado de la tecnología de transposición, que aún no encontraba la manera de cubrir aquellas distancias siderales en menos tiempo.
Pero si bien el Hannibal y el Grupo 2 se habían perdido de la batalla, al menos sí pudieron llegar a tiempo para relevar al Marcus Antonius y a las naves que aún permanecían en Io tras la Segunda Batalla de Júpiter, dándoles la oportunidad de regresar a la Tierra para un muy merecido descanso y para reparar los daños de combate que no podían ser atendidos allí mismo.
– Le aseguro, comodoro, que este lugar es más hermoso cuando está tranquilo… espero que siga así mientras ustedes cuidan el fuerte.
– No se preocupe, almirante Hayes – contestó Park. – Usted sólo preocúpese de descansar en la Tierra, lo tiene muy merecido de acuerdo a los despachos que acabo de recibir desde el Cuartel General. Y por cierto… felicitaciones por un excelente trabajo.
– Muy amable – sonrió Lisa. – Una vez más, bienvenida.
La comunicación con el Hannibal se cerró tras el preciso saludo militar de la comodoro Park, y Lisa comenzó de inmediato a ocuparse de los últimos asuntos oficiales que le quedaban en ese día…
Esos asuntos fueron más exigentes que lo que había pensado en un principio, entre reportes de progreso de los trabajos en la Base Io hasta afinar los últimos detalles antes de transferir oficialmente el mando de las fuerzas terrestres en Júpiter a la comodoro Park, y luego de dejar todas aquellas extenuantes tareas cumplidas a su entera satisfacción, la contralmirante Elizabeth Hayes dio por terminado su turno de servicio por aquel día, cediéndole el mando al comodoro Reiter por lo que quedaba del día antes de dirigirse a su camarote.
Comparado con el camarote que tenía en el Satélite Fábrica, sus aposentos en el Marcus Antonius no eran tan grandes, pero a ella le bastaba para descansar, y después de lo que había sido toda la semana previa a la batalla, Lisa no habría tenido problemas para dormir acostada sobre el ala de un Veritech. Las literas eran un lujo adicional.
Aquella noche tenía todas las señales de ser una noche normal y sin sobresaltos.
"Gracias a Dios por eso", pensó Lisa, resuelta a hacer lo posible para que sus noches fueran lo más tranquilas posibles durante todo el tiempo posible.
Lo único malo de la noche era que no había podido encontrar a Rick por ningún lado, y cuando quiso hacer el intento de dar con el paradero de Rick a través de Sammie, ella sólo respondió que Rick estaba ocupado, demostrando ser muy obstinada a la hora de decirle en donde estaba o qué estaba haciendo. Esa reserva por parte de Sammie era molesta en grado sumo, y por más que lo intentó, Lisa no pudo ocultarle esa molestia.
Cosa sorprendente en Sammie, ella pareció no darse por aludida, ni reaccionó mal.
Llegado a su destino, Lisa abrió la puerta de su camarote, dispuesta a irse a dormir y prometiéndose que hablaría con Rick mañana a primera hora, lo quiera o no; habían pasado por demasiado como para esconderse ahora en el deber.
Las luces del camarote se encendieron, y cuando sus ojos se adaptaron a la luz, Lisa quedó con la boca abierta en una cara extraña y sorprendida al encontrarse con el mismísimo Rick Hunter sentado en su litera como si fuera la suya propia, vestido con un sencillo conjunto deportivo, con los brazos cruzados y mirándola como si hubiera estado esperando demasiado tiempo.
– Vaya, hasta que llegaste... – le dijo con una media sonrisa en el rostro.
– Rick ¿qué haces aquí? No es que me queje, pero Sammie me dijo que... –comenzó a balbucear Lisa hasta que Rick se puso de pie y caminó hasta estar a una distancia lo suficientemente cercana como para darle un beso rápido en los labios que la dejó sin habla.
– ¿Te dijo que estaba ocupado, no es así? – le sonrió él, y meneó la cabeza como si estuviera resignado – Eres un caso perdido, Hayes... La coartada más vieja del mundo y tú sigues cayendo.
– No me culpes... en tu caso es una excusa creíble... siempre estás ocupado en algo – replicó Lisa mientras se quitaba el saco de su uniforme.
– Mira quién habla... Pagarás por eso... – le respondió Rick entrecerrando los ojos y poniéndose de pie, simulando estar enfadado con ella.
– Iba a llamarte, tenía muchas ganas de hablar contigo – dijo Lisa, colgando el saco del uniforme en una silla… sin decirle a Rick que hablar con él no era lo único que quería.
– Y mira qué bueno soy que te ahorré el tener que llamarme – respondió él riendo. – ¿No soy un buen tipo?
– Bueno, tal vez… – replicó Lisa. – ¡Arrogante, seguro!
– ¡No soy arrogante! – protestó Rick, tratando de encontrar una buena respuesta para lanzarle a Lisa. – Sólo soy…
– Egomaníaco…
– ¡No!
– Temerario…
– Tal vez – se vio obligado a conceder Rick.
– Adorable… – insistió Lisa, que ya no tenía otra cosa para hacer más que acercarse lentamente a él y rodearlo con sus brazos…
– Sabes que tengo problemas con esa palabra, Hayes… tendré que quitártela de la boca – se quejó Rick, aunque la queja no incluyó ningún esfuerzo por hacerle las cosas difíciles a Lisa con su abrazo.
– ¿Y cómo---?
La manera que Rick encontró de quitarle la palabra de la boca a la almirante Hayes era sorprendiéndola con un beso tan imprevisto como apasionado, y a juzgar por los ruiditos de placer que podía oír que ella estaba haciendo en respuesta, Rick supo que estaba haciendo un muy buen trabajo de cambiar la opinión de su almirante…
– Woooowwww… – exclamó la almirante Hayes en cuanto los dos terminaron aquel beso.
– Eso te pasa por llamarme "adorable" – le advirtió Rick como si la estuviera reprendiendo.
Lo que Rick no pudo predecir era la manera con la que Lisa iba a contraatacar… y cuando Lisa efectivamente contraatacó, Rick Hunter creyó que se partiría en dos de la risa…
– ¡Adorable, adorable, adorable, adorable, adorable…! – comenzó a canturrear la almirante Hayes, terminando aquel improvisado espectáculo con unas suaves carcajadas que erizaron la piel de Rick al sentirlas tan cerca…
– No tienes idea, Hayes… – devolvió Rick – no tienes idea de cuánto me motivó eso para darte una buena sorpresa después…
– Y hablando de sorpresas, Rick… ¿a qué viene todo esto? – preguntó ella arqueando una ceja.
– Bueno, decidí que esta noche la pasaría contigo, Lisa. Es tan simple como eso – le respondió Rick tomándola la mano de ella en la suya propia y apretándola suavemente.
– ¿Ah, sí? Tan sólo te pusiste a pensar y lo decidiste – replicó ella siguiéndole el juego, y acariciando la mano de Rick – ¿Y por qué tanto interés?
– Porque me vuelves loco, bonita – repuso él mirándola con inocultable cariño – Porque no puedo dejar de pensar en ti, porque te quiero conmigo y porque sí... – entonces su mirada cayó al suelo, como si fuera un niño que espera que sus padres lo reprendan.
Lisa no dijo nada, dándole a entender a Rick que quería que él terminara la idea que había dejado inconclusa…
– A menos, claro, que no quieras... – susurró Rick, dejando la pelota en el campo de Lisa para que ella respondiera.
– Por supuesto que quiero, tonto... – le respondió ella con ese tono leve y sugerente que bastaba para que el joven comodoro entrara en órbita sin necesidad de cohetes.
Pero antes de que Rick pudiera decir algo (o besarla una vez más, tal era su intención inicial), el rostro de Lisa se tornó triste al punto de ensombrecerse, y su voz bajó hasta hacerse un susurro, diciendo entonces:
– Ya pasé demasiadas noches sola, y no quiero pasar otra más – dijo ella en un tono sentido, hablando con una sinceridad que entristeció a Rick en lo más hondo de su alma.
– Entonces, qué bueno que te haya gustado la idea – respondió Rick con una sonrisa triste en los labios, mientras abrazaba a Lisa contra él, apretándola como si fuera a escabullirse de sus brazos y dejando que su cuerpo delirara con las sensaciones que le despertaban el tenerla cerca… a la vez que su mirada triste le suplicaba a Lisa que lo disculpara por todo el sufrimiento de aquellos días oscuros.
– Gracias, Rick – dijo ella, y al instante su expresión se volvió segura y decidida, mientras se acercaba una vez más hasta tener el oído de su hombre bien cerca de sus propios labios… al punto que un leve susurro como el que dijo después le provocó escalofríos increíbles al rendido comodoro Hunter. – Gracias por esta sorpresa. Es lo mejor que pudiste haber hecho por mí... estás conmigo, y eso es lo que importa. Estás conmigo ahora... y no te dejaré ir, no señor...
Subyugado perdidamente, Rick se sentía completamente hipnotizado por Lisa... durante aquellos días había soñado con volverla a tener así de cerca... de volver a sentir su cuerpo junto al suyo, y a juzgar por la manera con la que ella se aferraba a él, esos deseos habían sido compartidos con igual o mayor ansiedad… una ansiedad que literalmente los estaba perdiendo en ese momento.
Si había una razón por la cual los dos no se habían entregado aún a los deseos que sentían era porque sus impostergables obligaciones, al igual que cierto sentido del pudor impuesto por lo dramático de aquella situación, les había impedido volver a unirse como lo deseaban… al menos, hasta que la situación se hubiera calmado lo suficiente.
Por más que ambos lo desearan más que cualquier otra cosa... por más que lo necesitaran luego de aquella agónica separación involuntaria en la que se dieron por perdidos... sencillamente no les había parecido correcto.
Ahora, con los Zentraedi derrotados, con el Alexander de regreso a la Tierra, con los heridos recibiendo tratamiento y con el Hannibal arribado a aquella región para relevarlos y permitirles volver a casa… la situación estaba lo suficientemente calma a los ojos de Lisa Hayes y Rick Hunter.
– Con la mala suerte que tenemos, seguro que ahora van a llamar a servicio a alguno de los dos – dijo Lisa, como resguardándose ante una interrupción que su experiencia le hacía esperar.
– No te preocupes... me aseguré de que no pase nada – respondió Rick con una expresión de suficiencia que provocó una sonrisa en el rostro de Lisa.
– ¿Qué hiciste? – preguntó ella, intrigada por la seguridad de Rick.
– Le dije a Reiter que esta noche no estaríamos disponibles ni tú ni yo, así que no tiene por qué llamarnos... y aún si lo hiciera, Kim... perdón, la comandante Young... tiene órdenes mías de no pasarte ninguna llamada – sonrió él satisfecho de su obra, mientras Lisa meneaba la cabeza divertida.
– Diablos, Rick, eres un tipo especial... – dijo Lisa tomándolo de la cintura y acercándolo a su cuerpo, con toda la intención de recompensarlo por ese gesto tan precavido que había tenido.
Rick simplemente sonrió una sonrisa lenta e hizo una pequeña reverencia, como agradeciendo a la audiencia luego de una actuación magistral.
– Hago lo que puedo, gracias – devolvió, señalando luego hacia la mesa con un leve gesto de la cabeza. – Espero que no hayas cenado.
– Piensas en todo... – sonrió Lisa viendo que Rick había preparado la mesa para cenar… y que incluso había traído un mantel para la ocasión.
– Nada especial, le pedí al cocinero que me tuviera preparado algo para llevar – dijo él encogiéndose de hombros con una modestia que a Lisa le provocó una suave carcajada, para luego conducir amablemente a la almirante hasta la mesa donde los dos disfrutarían de una buena y necesaria cena.
– Mmmm… – se relamió Lisa. – Me muero por saber de qué se trata.
– Yo también – contestó Rick.
– ¡¿Trajiste comida sin saber qué es?! – exclamó Lisa, atónita por comprobar la última locura del hombre de su vida.
– No quiso decírmelo – se defendió Rick. – Insistí, insistí e insistí como no te imaginas, pero no dijo ni una palabra… dijo algo como que su maestro le había enseñado que la sorpresa ayuda con el clima de una cena romántica…
– Me pregunto quién habrá sido ese maestro… – rió Lisa.
– Se lo pregunté también.
– ¿Y quién es? – quiso saber la almirante.
– Me dijo… – comenzó Rick, deteniéndose por una risa inoportuna. – Me dijo "Usted sabe quién es, comodoro Hunter…"
Los dos se miraron a los ojos, sin decir ni una sola palabra… o prefiriendo no aventar teorías al respecto.
– ¿Qué te parece si comemos? – se apuró a decir Rick para romper aquel clima.
– ¡Muy buena idea! – asintió vivamente Lisa, sentándose en su silla lo más rápido que pudo.
La cena fue tranquila y agradable, y Lisa tuvo que reconocer que el cocinero del Marcus Antonius sabía lo que había hecho… y que la sorpresa que les tuvo preparada fue, para ponerlo en una palabra, magnífica. Tras acabar con la cena, Rick y Lisa se dejaron llevar por la conversación, hablando durante horas, aún después de terminar de comer, hablando de lo que fuera y de lo que se les ocurriera, sea oficial o cotidiano, o simplemente absurdo, sin que les importara dejar que corrieran las horas; los dos habían perdido toda noción del tiempo... perdidos como estaban uno en el otro, en ese momento.
Una vez que los dos cayeron en la cuenta de la hora, se hizo un silencio incómodo. Tanto Rick como Lisa sabían muy bien qué querían, pero ninguno de los dos parecía animarse a dar el primer paso, una situación que era más frustrante todavía si se tenía en cuenta de que no habría nada de extraño; hacía tres años que estaban juntos... pero si lo hacían, sería la primera vez desde que comenzó toda aquella locura.
Todavía sentían un poco de pudor respecto a hacer el amor en esas condiciones, por más que supieran que era algo tonto.
Tomando la iniciativa y dispuesta a llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias, Lisa se puso de pie y caminó hasta donde estaba Rick, tomándolo entonces de la mano sin que él opusiera resistencia alguna, para luego hacer que se levantara y la acompañara hasta uno de los sillones del camarote, en donde cayeron uno encima del otro en una confusión de brazos y piernas que agregó algunas risas a lo que prometía ser una noche maravillosa.
Ambos sabían lo que querían... y sabían que era lo mismo que quería el otro.
– ¿Qué dirá la flota si saben lo que estuv...? – comenzó a preguntar Rick, pero no pudo terminar.
Ella puso su dedo índice sobre los labios de él y le sonrió.
– Espero que estén contentos por nosotros... y si tienen algún problema, que me lo vengan a decir en la cara.
– ¡Vaya, Hayes, no suenas como una almirante! – le respondió él besando el dedo, a lo que ella respondió acariciándole el rostro.
– Notaste que ya no tengo el uniforme puesto... – dijo Lisa hablándole directamente al oído, casi susurrando... causando que Rick se estremeciera sin control.
– Ya lo creo...
– Esta noche es nuestra, Rick, y de nadie más... – le dijo mirándolo a los ojos y cubriéndole la boca con la mano.
Y fue en ese momento que Rick sintió los labios de Lisa se posaban en los suyos, besándolo con tanta pasión que él podría haber caído muerto del shock, dándole de probar un sabor dulce e intenso que él conocía muy bien, y que no se cansaba jamás de sentir ni quería hacerlo... porque el día en que no quisiera más sería el día en que moriría. Sintió el roce de sus cabellos suaves en su rostro, enviándole un cosquilleo por todo el cuerpo; sintió que se venía abajo, y que podía derretirse de un momento para el otro de no ser porque los brazos de ella lo estaban sosteniendo de una manera tan protectora como cariñosa.
Los ojos de Rick se cerraron, y tomando con más fuerza a Lisa, la ayudó a levantarse con sumo cuidado para llevarla a la litera, mientras ninguno de los dos rompía el beso, y las manos de Lisa encontraron su lugar en la espalda de Rick, separadas de la piel tan sólo por la poca ropa que les quedaba puesta. Ya llegados a la litera de aquel camarote, los dos se dejaron caer sin separarse ni por un segundo, dispuestos a robarle a la eternidad cada momento que pudieran tener juntos… ahora que sabían bien lo frágil y precioso de cada día de sus vidas.
Por su parte, Rick ya estaba trabajando para desvestirla, y sus manos trabajaban prácticamente por su cuenta y de forma inconsciente, siguiendo ya una rutina acostumbrada y a la vez encantadora a la que Lisa se entregó completamente, sólo moviéndose para hacer lo propio con la ropa que Rick llevaba puesta hasta que al fin sus cuerpos se encontraron en ese contacto tan anhelado, y tantas veces interrumpido… y sin más trabas Rick y Lisa se dispusieron a entregarse en cuerpo y alma mutuamente al amor que sentían, exorcizando lo que quedaba del dolor y temor que habían sentido.
Ese contacto era el mejor reaseguro de que lo que vivían era real, y ambos sencillamente se abandonaron a las emociones y sensaciones que brotaban sin dique alguno de aquel contacto.
– ¿Sabes una cosa…? – comenzó Lisa, deteniéndose sólo por un segundo para mirar a Rick con ojos brillantes y hambrientos.
– ¿Qué, amor? – quiso saber él, sin poder quitarle la vista de encima… y sin poder creer que estaba una vez más con él.
– Entraremos en transposición en dos minutos… – le informó Lisa, diciendo aquellas palabras con un tono tan oficial que, de no ser porque los dos se perdonarían cualquier cosa, hubiera roto con el clima tan maravilloso que se habían creado.
– ¿Qué pasó con lo de no hablar sobre el trabajo, Hayes? – la reprendió Rick a la vez que le daba un beso en los labios, provocando con ello que Lisa lo abrazara con más fuerza…
– No seas tonto, tonto – lo reprendió ella entre risas, acercándose más y más hasta que sus torsos se confundieron en una sola piel. – Estaba pensando que podemos estar a punto de hacer algo histórico…
La mirada de Rick era brillante, y su sonrisa divertida le dio a entender a la almirante Hayes que él se sumaría a cualquier idea que ella fuera a proponer…
– Estoy abierto a las sugerencias…
– ¿Sabes si alguien alguna vez hizo el amor durante una transposición? – lanzó Lisa, acompañando su idea con unas cosquillas enloquecedoras que le prodigó a su piloto en el hombro y en el cuello…
– No que yo sepa…
– ¿Quieres ver si somos los primeros?
– ¿Me lo tienes que preguntar, amor? – contestó Rick incrédulo, sujetándola con más fuerza y atrayéndola hacia él como si corriera el riesgo de que ella se escapara. – Ven para acá…
El beso que Rick le dio en ese momento despertó el fuego en el interior de Lisa, y tras darle a entender al comodoro con un largo e intenso beso propio que no se iba a quedar conforme hasta que los dos acabaran incendiados, la almirante Hayes comenzó a besar por doquier a Rick, dejando a su vez que él la besara por todos lados, mientras él recorría todo su cuerpo con las manos, acariciándola y estremeciéndola con el sólo contacto de su piel…
Y fue entonces que todo comenzó a dar vueltas a su alrededor… y teniendo en cuenta el brillo intenso que podía entreverse por la ventana del camarote, los dos supieron que la transposición estaba iniciándose… algo que sólo hizo que los dos comenzaran a besarse furiosamente, sintiendo que todos sus sentidos estaban al máximo y que el tiempo estaba literalmente convirtiéndose en una eternidad que podían palpar y presentir…
En ese momento, Rick Hunter y Lisa Hayes no sólo se sintieron más cercanos y unidos que nunca… sino que creyeron de buena fe que terminarían en el mismísimo Paraíso.
Incluso lugares como el suyo debían cerrar de vez en cuando, sea para poner en claro las cuentas del día, dar un descanso al personal o simplemente limpiar el lugar de la basura y suciedad que dejan mareas de seres humanos como los que solían concurrir allí… o a veces, para darse el lujo de algo tan humano y necesario como un buen reposo de las tareas diarias.
Por supuesto, teniendo en cuenta que estaba en un lugar que funcionaba las 24 horas del día, su establecimiento jamás estaba cerrado del todo, y en atención a eso siempre se cuidaba de tener un pequeño espacio para la gente que trabajaba en los turnos más infames, o que simplemente y como solía pasarle a él, no podía conciliar el sueño y necesitaba algo en qué entretener la mente para que no se obsesionara con los problemas de todos los días.
Aunque aquella noche, no había habido problemas para dormir; su presencia en ese lugar se debía a que simplemente había querido permanecer despierto esa noche.
Era por eso que se hallaba en su propio establecimiento, sentándose en una de las mesas bajo el ventanal principal, contemplando la negrura del espacio como si estuviera esperando… algo. Era una expectativa muy extraña para los hombres y mujeres que concurrían al lugar y tenían la oportunidad de verlo, aunque para esa época ya estaban más que acostumbrados a las excentricidades del dueño del lugar.
El hombre en cuestión, ajeno a las consideraciones de sus empleados y parroquianos, se limitó a sonreír y rellenar la copa que tenía, deteniéndose para olfatear la bebida que ahora sostenía en sus manos, y cuando la encontró de su agrado, llenó la copa hasta casi el tope, y la apoyó en la mesa, dejando que pasaran los minutos requeridos para que se "asentara".
De pronto, ni bien el hombre apoyó la copa en la mesa, una luz cegadora e intensa cubrió todo el ventanal con su brillo, ocultando el espacio y la Tierra de todos aquellos que, aún a esas horas, permanecían en Frenchie's, y que quedaron sobresaltados por aquel espectáculo tan majestuoso como imprevisto.
En cuanto la luz bajó en intensidad, los ojos de los presentes se volvieron al ventanal como por acto reflejo, buscando ver qué cosa había podido ocasionar el fenómeno que casi los había cegado.
Esas consideraciones no le importaban en lo más mínimo a un anciano apodado Frenchie, para quien ese brillo sólo había confirmado que las cosas al fin estaban como debía ser… como se suponía que fueran desde un principio.
El anciano pensó en aquellos dos jóvenes a los que había llegado a apreciar y respetar, y recordando (o tratando de imaginar) el torbellino de emociones en el que ambos habrían estado sumidos durante aquella semana de horror, una sonrisa involuntaria asomó en sus labios al pensar que ahora estaban juntos… y que si eran inteligentes, jamás se separarían.
No todos los días llegan resoluciones como ésas a las personas.
Y que ocurriera eso bien merecía un brindis.
– Bienvenidos a casa… Salud – fue todo lo que dijo, levantando la copa en dirección a la gigantesca nave de guerra que se veía claramente desde el ventanal, y sonriendo una media sonrisa ante la situación antes de llevarse la copa a los labios.
Permaneció allí sentado unos minutos más, viendo cómo la nave de guerra y sus escoltas se aproximaban para entrar al Satélite Fábrica, siguiendo las órdenes que los operadores de la Central seguramente habrían de estar enviando con total profesionalismo.
Pensando en qué haría después, Jacques "Frenchie" Mourier resolvió quedarse allí unos minutos más, contemplando la maniobra de atraque de las naves con el Satélite en toda su gloria y magnificencia; para un viejo lobo de mar como él, eso era un espectáculo del que jamás se cansaba…
Aunque se imaginaba que en pocos minutos tendría que ir pensando en un muy buen desayuno o al menos en un tentempié de medianoche; de seguro, tendría que preparar un par de tazas de café… algo lo suficientemente potente como para recargar las baterías de los dos.
No necesitaba preguntarse qué pedirían: negro para él… con leche y azúcar para ella.
Era lo menos que podía hacer por los recién llegados.
La noche lo ayudaba a pensar.
Era algo importante en su trabajo, tan duro como silencioso, un trabajo que le exigía toda la ayuda que pudiera encontrar para sortear las crisis y problemas que insistían en atacarlo a él y a los hombres que comandaba.
Era por eso que muchas noches, mientras todos los que no tenían nada que hacer regresaban a sus casas, el general Stanislav Maistroff, Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida, pasaba horas y horas en su amplia oficina en la torre central del Candelabro, contemplando a la pujante metrópolis que crecía sin dormir jamás.
Después de todo, no tenía una familia que lo estuviera esperando; sin eso, regresar a casa ya no tiene tantos incentivos, y en lo que a Stanislav Maistroff concernía, eso era algo perfectamente normal.
Haciendo a un lado algunos reportes oficiales que aún lo plagaban, Maistroff giró en su cómoda silla hasta dar con el ventanal de la oficina, y su mirada se perdió en la negrura del cielo nocturno… específicamente, hacia una extraña mole, no precisamente agradable a la vista, pero lo suficientemente grande como para ser bien notoria en los cielos de la Tierra para cualquier persona con un par de ojos que medianamente funcionaran bien.
Dándose cuenta de que toda esa locura al fin había terminado, el general Maistroff se hundió en su silla, dejando salir todas las tensiones y temores acumulados durante aquellos días, encontrando alivio en ese pequeño acto.
La puerta de la oficina se abrió repentinamente, y por los pasos cortos y enérgicos del visitante, Maistroff supo de quién se trataba antes de tener siquiera que molestarse en preguntarle su identidad.
– ¿Qué pasa, Robert? – dijo sin siquiera girar en su silla y sin dejar de mirar el paisaje nocturno de Ciudad Monumento.
Cuadrándose, el almirante Gaumont se dispuso a informar los últimos acontecimientos al Supremo Comandante.
– Señor, recibimos confirmación de que el Marcus Antonius llegó al Satélite Fábrica con éxito. Las maniobras de atraque han concluido.
– Esas son buenas noticias – dijo Maistroff secamente, como si estuviera en algún otro lugar del cosmos.
– Por supuesto, señor – asintió Gaumont con su impecable cortesía profesional y militar, pulida por años de servicio.
Esta vez Maistroff sí giró en su silla hasta encontrarse con el rostro patricio del hombre que comandaba las Fuerzas Espaciales de la Tierra Unida, que permanecía de pie frente a su escritorio en una postura tan digna como respetuosa.
– ¿Realmente estás seguro de esto, Robert?
– Antes estaba seguro, señor – dijo Gaumont sin inmutarse ni dejar que asomara duda alguna. – Ahora estoy completamente convencido. Pero lo que yo piense no importa, lo que importa es… ¿qué piensa usted, señor?
"¿Qué piensa usted ahora, señor?" fue lo que Gaumont no preguntó, pero dejó flotando en el aire.
Maistroff se tomó unos segundos para responder, evaluando en su mente qué habría de responderle al almirante, y tratando de superar los últimos escollos que le quedaban para dejar atrás el asunto.
– Sabes lo que pienso de ellos…
– Lo sé, señor, sé qué piensa de ellos – musitó Gaumont, temeroso ante la posibilidad de que ni siquiera la odisea de aquella semana hubiera logrado convencer al duro y terco general.
Permitiéndose una dura y fugaz sonrisa, Maistroff se incorporó y caminó hasta el ventanal, dando una vez más la espalda al almirante Gaumont mientras ponía en orden sus pensamientos.
– Por suerte para ti, Robert, lo que piense de ellos no importa. Sólo importa su habilidad profesional y capacidades, y tengo que admitirlo – descerrajó Maistroff, agradeciendo que su invitado no pudiera ver la sonrisa resignada que formaban sus labios – son muy buenos… realmente muy buenos en lo que hacen.
– Los mejores, señor – asintió Gaumont, visiblemente aliviado.
– Entonces, almirante, creo que le haré caso a su propuesta sobre… la futura cadena de mandos… de la Fuerza Expedicionaria – concluyó finalmente Maistroff.
– No se arrepentirá, señor – le aseguró Gaumont antes de girar sorprendido al sonido de la puerta, que otra vez se abría con la pesadez habitual, revelando a los dos altos oficiales a la general Patel, que hacía su entrada en la oficina portando un par de legajos bajo el brazo.
– Kamala ¿qué haces por aquí a estas horas de la noche? – inquirió Gaumont.
– Usted no es el único que trabaja hasta altas horas, almirante – respondió Patel con una sonrisa, volviendo después su atención al general Maistroff para hacerle entrega de los papeles que traía. – Los legajos de personal y los formularios que solicitó, señor.
– Excelente. Muchas gracias, Kamala – respondió Maistroff, sumergiéndose en el estudio de esos papeles.
– El caso de Hayes es evidente y sencillo, señor – informó Patel, notando que Maistroff iba a querer saber precisamente eso. – En cuanto a Hunter, bueno… hay algunos inconvenientes legales. Nada difícil, que no pueda superarse con algo de ingenio y paciencia.
– ¿No podemos hacerlo extraordinario? – preguntó Maistroff apoyando el legajo de Rick sobre el escritorio y clavando la mirada en su Jefa de Personal.
– Si estuviéramos en emergencia, sí – respondió Patel, pero después negó con la cabeza. – No es la situación actual, ya que no estamos en estado de emergencia, así que la ley y los estatutos aplicables son más que claros al respecto. Hay requisitos y plazos a cumplirse, señor. Incluso en situaciones como éstas.
Maistroff bufó con frustración como solía hacerlo cuando algo no se ajustaba a su voluntad, pero no tardó en resignarse a lo que tenía que ser.
– Opino que debemos dejarle algo de tiempo… que se vaya acostumbrando a su situación y a la idea de lo que vendrá – terció Gaumont mirando a los otros dos generales.
– Concuerdo con el almirante Gaumont, señor – agregó Patel, asintiendo vigorosamente a la opinión del Jefe de las Fuerzas Espaciales. – Necesita tiempo para asentarse, especialmente luego de… los últimos acontecimientos.
Maistroff asintió, satisfecho de que dos de sus oficiales hubieran podido llegar a un acuerdo sobre lo que cabía hacer en el caso que los ocupaba.
– ¿Qué hay del general Leonard, señor? – preguntó Gaumont con algo de preocupación en su voz. – No creo que le guste mucho esto…
– Anatole tendrá que acostumbrarse a que no siempre tengamos en cuenta su sensibilidad para cada decisión que tomemos – fue la respuesta seca y tajante de Maistroff, agregando a modo de conclusión y sin disimular una pizca de diversión: – Además… él se lo buscó.
Gaumont y Patel asintieron, aliviados de tener el apoyo del Supremo Comandante en ese asunto; realmente contar con el visto bueno de Maistroff facilitaría las cosas.
– Hablaré con él por la mañana… voy a tener que explicarle, y ordenarle, bastantes cosas – siguió Maistroff más para sí mismo que para sus invitados, poniéndose luego de pie ante la mirada de sus subordinados, quienes esperaban que diera fin a aquella junta informal.
Eso, para sorpresa de Gaumont y Patel, no ocurrió.
– ¿Alguno de ustedes está interesado en un trago? – ofreció Maistroff, quien ya estaba caminando hasta un pequeño gabinete empotrado en la pared de su oficina.
Jueves 13 de abril de 2017
Los dos oficiales, vestidos con sus uniformes más elegantes, permanecían de pie junto al auto estacionado, contemplando en silencio aquella casa. En sí misma, no difería de tantas otras casas de planta única, iguales en diseño y apariencia, que formaban el extenso barrio militar de Ciudad Monumento; casa tras casa de oficiales y familias, de hombres y mujeres que habían elegido servir a su mundo en la carrera de las armas, y que en ese barrio tenían sus hogares y refugios, para ellos y sus familias.
Pero ese día había algo que distinguía a aquella casa de Calle Iturbide de todas aquellas otras casas tan similares en apariencia… y tan distintas en espíritu; se trataba de una sensación que ninguno de los dos oficiales podía identificar claramente, y si se les pedía una palabra para definir lo que podían ver, lo que más se le aproximaba a lo que estaban viendo era la palabra "tinieblas". Porque efectivamente asemejaba una casa sumida en las tinieblas, hundida en una tristeza que ambos conocían demasiado bien.
Para uno de ellos, era la primera vez que debía cumplir con aquel deber tan angustiante de la carrera militar, aquella obligación que si le estuviera dado decidir a cada comandante, decidiría jamás tener que hacerla… pero la guerra no pide opiniones a nadie al respecto; sólo lanza su carga de muerte, y deja que los demás se ocupen de lo que queda en pie.
Para el otro, era solamente una ocasión más en la que debía cumplir aquel deber tan horrendo, tan sólo la última de una infinidad de ocasiones similares en las que había estado durante los últimos ocho años, demasiadas veces, todas ellas dolorosas hasta lo indecible… y ver que ahora un joven oficial como su acompañante debía hacerlo por primera vez era de las cosas más dolorosas que podía sentir en su vida.
Tantos sacrificios, tanto dolor… y nunca terminaba. Jamás terminaba. Siempre seguía… el dios de la Guerra exigiendo su cuota de sacrificios.
El silencio entre los dos no duró para siempre, ya que el más joven de los dos giró la cabeza para decirle al otro con voz queda y embargada por la emoción:
– Rick, no sé cómo agradecerte por esto. Realmente no deberías haberte molestado…
– No digas una palabra, Vince. En serio – dijo Rick tratando de minimizar lo que estaba haciendo, llegando incluso a poner una mano en el hombro del teniente comandante Grant y sonreírle en señal de apoyo.
– Pero supongo que querías estar con Lisa en un día como hoy y…
– No te preocupes, lo hablé con Lisa antes de avisarte… ella está de acuerdo, y lo único que lamenta es no haber podido venir a acompañarte.
Vince desvió la mirada y cerró el puño en señal de impotencia.
– Es sólo que… ¿qué puedo decir? Yo estuve allí… yo fui quien…
– Vince, hiciste todo lo que pudiste. Yo lo sé, la tripulación lo sabe y créeme… – volvió a palmear en el hombro a su subordinado y amigo, y después preguntó: – ¿Lo conociste?
– No personalmente… jamás hubo tiempo para esas cosas, sólo sé que es arquitecto. Todo fue tan breve… tan rápido.
Rick pensó en decirle algo más a Vince, pero sabiamente decidió limitarse a una mirada de apoyo y comprensión, con la esperanza de darle alguna clase de fortaleza ante lo que le tocaría hacer.
– Dime Rick… ¿alguna vez se hace más fácil?... Hacer estas cosas, digo… – preguntó Vince, tratando de dar vueltas alrededor de lo que iba a hacer en escasos minutos.
Al ver al joven oficial a su lado, todo lo que deseaba Rick era poder decirle que el dolor que oprimía sus pechos disminuía con cada ocasión, con cada vez que debía cumplir esa trágica tarea, que con el paso del tiempo y de la experiencia el corazón dejaba de partirse… que tarde o temprano, uno se acostumbraba a cumplir con aquella tarea tan dolorosa hasta que ya no dolía más.
Pero no quería mentirle; decirle que era cada vez más fácil era lanzarle una de las peores mentiras que pudiera.
– No… – fue la respuesta sincera, honesta, simple y dolida que el comodoro Richard Hunter dijo, sacudiendo levemente la cabeza para acompañar aquella solitaria palabra.
Nunca se hace más fácil… al contrario, cada vez es peor y más frustrante, más venenosa para el alma…
Rompiendo con la indecisión, Vince sonrió con tristeza a Rick y oprimió el timbre, escuchando cómo el sonido del timbre se perdía en la lejanía.
Luego de tocar el timbre, Rick y Vince aguardaron a que la puerta se abriera, cosa que hizo con un espeluznante chirrido, dejando entrever una casa de decoración simple y alegre, pero sumida en la oscuridad.
El hombre que abrió la puerta no debía tener más de treinta y dos años… pero se veía como si tuviera el doble de edad. Estaba avejentado y demacrado por el dolor, y sus ojos parecían apagados y desprovistos de todo brillo. Todo su aspecto daba evidencias de un angustiante dolor que no conocía otra forma de expresarse más que el dejarse consumir… que el dejarse morir…
Rick conocía de sobra esa expresión… él la había provocado en más oportunidades que las que quería recordar y cada una de ellas era una puñalada en su propio corazón.
– Disculpe… ¿es usted William Coleson? – preguntó Rick mirando al hombre y procurando no dejar que quedara en evidencia su propia impresión, al ver cómo el demacrado hombre permanecía tras la puerta sin pronunciar sonido alguno, contemplando a los dos oficiales como si fueran enviados de Satanás que traían malas noticias… aún si cupiera traer peores noticias que las que hombres muy parecidos a ellos habían traído días atrás.
– Soy yo… ¿quiénes son ustedes? – respondió el hombre con voz ronca y desprovista de tono.
Luego de colocarse la gorra bajo el brazo, Rick hizo un lento saludo militar al hombre, gesto que Vince acompañó con un rostro que en cualquier momento amenazaba quebrarse ante el peso de las emociones y recuerdos de aquella semana en medio del infierno.
– Comodoro Richard Hunter y teniente comandante Vincent Grant, señor – dijo Rick presentándose a sí mismo y a Vince. – Si nos disculpa la molestia… quisiéramos hablar con usted… sobre su esposa.
Antes de que William Coleson pudiera decir una sola palabra, una tierna vocecita pudo oírse desde el interior de la casa… una voz bajita y temblorosa, una voz de niña que debería estar riendo y jugando, pero que a juzgar por el tono con el que hablaba, parecía haber estado llorando amargamente y sin parar…
– ¿Papá? – preguntó la voz, que luego se reveló como proveniente de una pequeña niña de unos cinco años que estaba aferrada de la pierna de William Coleson, revelando ante los visitantes una mata de cabello negro y lacio. – ¿Quiénes son estos señores?
– Son señores que trabajaban con mamá, Jane… – respondió Coleson con una sonrisa triste, agachándose para acariciar a su hija. – ¿Por qué no vas a tu cuarto y juegas mientras yo hablo con los señores?
Dudando al principio, la niña terminó dándole un beso en la mejilla a su padre antes de caminar de regreso a su habitación, desapareciendo de allí casi tan rápido como había llegado… mientras en el porche de la casa, Rick Hunter y Vince Grant sentían que se les partía el alma de dolor al descubrir la familia que en su sacrificio Andrea Coleson había dejado atrás.
Sábado 15 de abril de 2017
Ella extendió su brazo al otro lado de la cama, buscando sentir con su mano la piel de él en un esfuerzo casi inconsciente por hallar paz y tranquilidad. Semidormida como estaba, más inmersa en el mundo de los sueños que en la realidad, tanteó con la mano por todas partes para encontrarlo, pero lo único que podía tocar eran las sábanas de la cama hasta que finalmente, con una claridad que iba atravesando sus sueños, se dio cuenta de que él ya no estaba en la cama, y su primera reacción ante tamaño hecho fue un sobresalto ante su inesperada ausencia del lecho que compartían.
Sus ojos se abrieron con velocidad, y luego de acostumbrarse a la oscuridad, pudo comprobar que el otro lado de la cama estaba efectivamente vacío. Giró la cabeza y se quitó unos mechones de cabello que le caían sobre el rostro para poder ver bien el reloj despertador: eran las seis y media de la mañana. Aún adormilada, intentó pensar qué podía estar pasando que lo hubiera sacado de la cama a esas horas infames. Era demasiado temprano para que él se hubiera despertado, especialmente estando los dos de licencia y vacaciones como se hallaban.
Juntando sus fuerzas, Lisa se desperezó con movimientos suaves, sacudiéndose la modorra de cada parte de su cuerpo y restregándose los ojos hasta quedar más o menos despierta. Después de levantarse de la cama, cosa que se le hizo bastante difícil, buscó un cómodo conjunto deportivo para ponerse, nada demasiado elaborado, y salió del dormitorio dispuesta a dar vuelta el mundo si era necesario hasta encontrar a Rick, a donde fuera que se hubiera ido a aquella hora insólita.
Recorrió la cocina, el living, incluso el baño, pero no había señales de él, y a cada segundo que pasaba, ella sentía que la preocupación le carcomía las entrañas; luego de los sucesos de Júpiter, Lisa estaba especialmente susceptible a cualquier ausencia inexplicable de Rick, y por más que ella tuviera bien en claro que se trataba de algo irracional, después de todo lo que había pasado, no estaba dispuesta a perderle el rastro ni siquiera por un segundo.
Ya había pasado demasiado tiempo de su vida sola.
Una vez que terminó de revisar el living, sin encontrar ningún rastro de Rick, Lisa notó de reojo que la puerta de entrada a la cabaña estaba entreabierta, y sin pensarlo dos veces cruzó el umbral de la puerta para seguir su búsqueda afuera.
No tuvo que buscar mucho más.
Rick estaba sentado en el pasto, con los brazos alrededor de las rodillas; al igual que ella, se había cambiado el pijama por algo más práctico, eligiendo en su caso unos jeans con una camiseta blanca. Su mirada parecía perdida en el infinito, en dirección al este... viendo cómo el sol se elevaba sin prisa pero sin pausa por entre los pinos y colinas que rodeaban al Lago Memorial, iluminándolo todo con haces de luz rojiza y anaranjada en medio de las nubes que cruzaban el cielo.
Era una imagen pacífica... un hombre contemplando el amanecer sentado en el claro de un bosque, a orillas de un lago, en una madrugada de primavera.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que tardó en reaccionar a la mano que colocó Lisa en su hombro, aceptándola como algo completamente natural, y cuando finalmente cayó en la cuenta de que había alguien junto a él, Rick giró la cabeza hacia arriba y se encontró con el rostro adormilado y sonriente de Lisa… lo que para él era la visión más maravillosa del mundo. Sin perder un segundo, Rick acarició aquella mano con la suya y la invitó a sentarse a su lado, cosa que ella hizo sin demora ni duda.
El pasto, ya suave de por sí, estaba húmedo por el rocío de la mañana, y frío luego de la noche, enviando sensaciones agradables y electrizantes por todo el cuerpo de Lisa, a las que casi por reflejo y buscando un poco de calor, ella reaccionó acurrucándose al lado de Rick, apoyando su cabeza en el su hombro mientras él le pasaba un brazo por detrás para sujetarla.
– Rick ¿qué haces aquí? – quiso saber ella. – Me preocupé cuando no te encontré en la cama…
– Discúlpame, amor – respondió él, rubricando el pedido con un beso en la mejilla de la mujer de su vida. – No podía dormir… y me estaba volviendo loco de tanto mirar el techo.
– ¿Otra vez esos sueños? – preguntó ella con un dejo de preocupación en su voz.
No era la primera vez que Rick se despertaba con pesadillas en los últimos días; después de algunas pocas noches de sueños entrecortados, él finalmente había reconocido ante Lisa que se trataban de sueños relacionados con las batallas de Júpiter... sueños en los que él moría con el nombre de Lisa en sus labios... sueños en los que él la veía morir a ella sin que pudiera hacer nada para salvarla... pesadillas tan espantosas y crueles como las que la habían atormentado durante la semana de su calvario.
– No – repuso él, llevando alivio con esa sola palabra a Lisa y acabando con sus preocupaciones. – Gracias a Dios, no... Esta vez me quedé pensando.
– ¿En qué pensabas? – le preguntó Lisa acariciando su rostro.
– En todo... en las batallas, en el futuro – hizo una breve pausa, como juntando fuerzas para decir lo que seguía. – En nosotros dos.
– No veo que haya nada malo con nosotros – dijo ella con una sonrisa, y como respuesta él la sujetó con más fuerza junto a su cuerpo, hasta poder sentirla recostada en su totalidad contra él.
– Claro que no – respondió él plantándole otro tierno beso en la mejilla – Tan sólo necesitaba sentarme un minuto a pensar, a poner en orden mi cabeza después de estos días, a procesar todo esto.
– Entiendo – dijo ella, perfectamente consciente de lo que él estaba atravesando… ya que también para ella había sido mucho para absorber.
Tras su retorno de Júpiter a bordo del Marcus Antonius, Rick y Lisa se vieron envueltos en una breve y agotadora vorágine pública, coronada el jueves a la tarde por una recepción oficial en el propio Candelabro que fue poco menos que apoteótica: discursos de Maistroff y todos los otros capitostes del Alto Mando, medallas por doquier, lindas palabras, seguidas el viernes al mediodía por otra recepción oficial, esta vez en el Palacio de Gobierno, en la presencia del Primer Ministro, la totalidad del Gabinete y los miembros más encumbrados del Senado y la Corte Suprema… todo el paquete junto.
Tanta alegría y celebración parecía reprobable e incluso obscena a la luz del trágico costo humano de aquellas batallas, pero Rick y Lisa no podían dejar de pensar que, en última instancia, todo se reducía a algo fundamental: la Tierra necesitaba celebrar una victoria, y en respeto a aquella profunda necesidad, los dos se guardaron sus emociones mientras duró toda aquella pompa y circunstancia.
Así que fue un golpe de fortuna para ellos dos que el general Maistroff estuviera dispuesto a darles unas semanas de licencia.
Lo primero que hicieron una vez que terminaron sus deberes en Monumento fue ponerse en contacto con las Cabañas Lakeview, y al saber con quienes estaba hablando, Stan Frears no tuvo ningún inconveniente en poner a su disposición una cabaña por las dos semanas que duraría la licencia de Rick y Lisa… a la mitad del precio que les hubiera costado alquilar por una semana, o como lo llamaba Stan, "descuento por heroísmo", sin importarle las repetidas insistencias de Rick y Lisa por pagar el precio normal.
Tal había sido la prisa de la joven pareja por alejarse unos días de todo que, ni bien culminaron los últimos trámites oficiales en el Candelabro, Rick partió raudo en su auto a recoger a Lisa en su casa, lanzándose luego a la ruta con destino al Lago Memorial y al comienzo de sus muy merecidos descansos extendidos.
De pronto, rompiendo con el clima de tranquilidad que imperaba, Rick sonrió con picardía y miró a los ojos a Lisa.
– E imagino que usted también tiene mucho para absorber... ¿no es cierto, vicealmirante Hayes? – dijo Rick guiñándole un ojo, bromeando con Lisa como venía haciendo desde la recepción en el Candelabro.
En efecto, Lisa había conseguido un ascenso por su conducción de la Segunda Batalla de Júpiter, por decisión unánime del Gabinete, ascenso que la convertía en una de las oficiales de mayor rango de las Fuerzas de la Tierra Unida. Continuaría al frente del Satélite Fábrica, aunque la máquina de rumores del Cuartel General la señalaba con mayor insistencia como la futura comandante de la Fuerza Expedicionaria, si es que algún día se terminaba de formar… o al menos, hasta tanto se reuniera aquella fuerza, se rumoreaba que la nombrarían al frente de la flota encargada de la defensa del Sistema Solar terrestre.
Por su parte, Rick no había sido ascendido, pero eso era tan sólo por culpa de las regulaciones de personal de las Fuerzas… pero si había que creerle al almirante Gaumont y a la general Patel en la explicación que le dieron mientras se disculpaban profusamente por no poder ascenderlo como deseaban, dentro de tres meses Rick tendría una promoción provisional al grado de contralmirante, la cual sería confirmada como definitiva seis meses después.
Después de todo, y contra todos los pronósticos habidos y por haber, sí habría un almirante Hunter en las Fuerzas de la Tierra Unida.
Aunque en el caso de Lisa, la obtención de aquella tercera estrella dorada no había venido sin ciertas condiciones agregadas que habían debido ser aceptadas a regañadientes.
– No me lo menciones – dijo Lisa desviando la mirada y fingiendo enojo, cruzando los brazos ante la sola idea, logrando con ese gesto que Rick dejara escapar una risa y le acariciara el cabello con ternura.
– Míralo desde este punto de vista... Leonard se disculpó contigo, y antes que tú lo hicieras – trató de consolarla Rick sin mucho éxito.
– Sigue pareciéndome injusto – replicó Lisa, aún molesta por aquel episodio. – No pueden obligarme a hacer eso.
Rick la miró como un maestro reprendiendo a una alumna caprichosa, y sonrió con picardía.
– Ah, señorita, hubiera pensado en esa tercera estrella dorada antes de amenazar de muerte al jefe de Estado Mayor.
– Sí, señor… discúlpeme, señor, no va a repetirse – sonrió ella, haciendo una venia relajada y un tanto burlona, para luego estamparle un beso en la mejilla.
Al ver esa broma que ella le estaba gastando, Rick pensó que debía ser la primera vez en la vida que Lisa le hacía un saludo militar como si él fuera su oficial superior, y la magnitud del evento le impuso no dejarlo pasar.
– ¿Qué pasa, Hayes? – dijo Rick arqueando una ceja y conteniendo las ganas de sentir esos labios irresistibles que lo invitaban. – ¿Te olvidaste de la tabla de grados?
Ella entrecerró los ojos, y en la tenue luz del amanecer, a Rick le parecieron aún más brillantes y más encantadores de lo que eran.
– Mira quién habla... dudo de que te acuerdes de tu propio nombre después de lo de anteayer.
Al escuchar esa indirecta, Rick simuló estar enfadado, y pasó sus dedos por entre el cabello de Lisa mientras le ponía su mejor cara de indignación, una cara muy parecida a la que Lisa tantas veces había visto a través de la red táctica.
– Eso no es justo, Lisa. Además... estábamos celebrando tu promoción. Y las bebidas corrían por tu cuenta – agregó al final, como queriendo culparla por toda esa situación tan incómoda.
– No recuerdo haberte obligado a tomar toda esa cerveza – le devolvió ella negando con la cabeza, mientras la brisa de la mañana incipiente mecía sus cabellos.
– ¡No fue tanta! – protestó Rick.
– Fue suficiente – replicó Lisa tocando la nariz de Rick con la punta de su dedo índice.
– Diablos, Hayes, eres terrible... – se quejó Rick, cruzando los brazos en una pose berrinchuda que a Lisa le pareció encantadora.
– ¿De veras soy tan mala? – quiso saber ella, replicando luego como si estuviera buscando el lado bueno de toda la situación. – Podré ser mala, pero al menos me amas...
– Pero al menos te amo – concedió él entre risas, acariciando el cabello de Lisa con sus dedos.
– Y en cuanto a mí… ya lo sabes bien, pero igual me encanta repetírtelo… yo también te amo… – dijo con voz sensual Lisa antes de hacer su siguiente movimiento.
Con energía inusitada, Lisa se abalanzó sobre Rick, rodeándolo con sus brazos y besándolo con todas las fuerzas de las que era capaz, tomando por sorpresa a Rick y haciendo que ambos cayeran sobre el pasto. Sin despegar sus labios, y sin soltar sus brazos, los dos rodaron unos metros por el pasto, envueltos como estaban en la intoxicante sensación de estar juntos; esa sensación que era para lo que los dos vivían.
Aún cuando aquella odisea ya había terminado días atrás, ninguno de los dos quería volver a sentir que caían en la rutina: cada día que tenían juntos era un regalo… un regalo que Rick y Lisa estaban más que dispuestos a no dejar que se desperdiciara.
Por fin, ambos se detuvieron, y Rick quedó encima de Lisa, aprisionándola entre él y el suelo, y sintiendo cómo el contacto entre sus cuerpos ponía todos sus sentidos al máximo. Pudo notar que la respiración de Lisa se volvía entrecortada, y que su mirada era expectante, como si no pudiera esperar más a algo que deseaba con todas sus fuerzas, y como respuesta inmediata y urgente a ese anhelo, Rick volvió a besarla, haciendo que ella casi perdiera la razón en el momento en que sus lenguas se tocaron.
En cuanto soltaron sus labios para respirar, Rick se encontró hundiéndose en los ojos de Lisa, y sintió un estremecimiento en todo su cuerpo que lo hacía sentir más vivo y resuelto que nunca. Parecía como si ante esa mirada dulce y cariñosa todas sus dudas, todos los temores que había albergado desaparecieran como si jamás hubieran existido. Ella lo hacía sentirse fuerte y seguro, y recordó entonces con completa claridad una de las cosas en las que estaba pensando mientras estaba sentado antes de que Lisa llegara a hacerle compañía.
Aquello que tanto había deseado hacer durante ya demasiado tiempo, y que había sido interrumpido por la odisea vivida en el Alexander, justo cuando había resuelto las últimas dudas que insistían en torturarlo. Aquello para lo cual incluso se había preparado en los escasos ratos de privacidad que le permitía la dura tarea de mantener con vida a esa nave y sus tripulantes.
Aquello que se había convertido en todo lo que deseaba en medio de la incertidumbre de esa semana de fuego y muerte.
La brisa matutina, fresca y húmeda por el rocío sacudió los cabellos castaños de Lisa, haciendo que rozaran contra el rostro de Rick y congelando al oficial militar en ese momento en el tiempo, mientras deseaba con todas sus fuerzas que jamás se acabara, sintiendo que su corazón lo pedía, lo demandaba, lo exigía a gritos…
Tenía que hacerlo.
Toda su vida, todo lo que había hecho, todo lo que había luchado, sufrido, vencido y perdido habían llegado al momento decisivo. A ese momento de decisión, construido sobre la base de tantos otros momentos de decisión en una vida joven y agitada como la suya, acababa de arribar Rick Hunter, buscando una respuesta, una decisión… y encontrándola en el fondo de su corazón, que se moría de amor todos los días de sólo pensar en la valerosa y frágil mujer que lo acompañaba.
Y como por arte de magia… las dudas desaparecieron, reemplazadas por un deseo inagotable que ahora lo dominaba por completo, e incluso, hallándose rodeado de tanta paz, tranquilidad y belleza en ese lugar tan especial, por vez primera en poco más de ocho años, Rick Hunter sintió que las cosas estaban no sólo pacíficas… sino que eran perfectas.
"Bueno, este momento es tan bueno como cualquier otro", pensó Rick, sintiendo que con esa frase y con la decisión a la que había arribado todas sus cavilaciones cesaban de atormentarlo, desapareciendo como si nunca hubieran existido.
Permitiéndose una sonrisa breve, Rick cayó en la cuenta de que, al fin y al cabo, no había sido una decisión tan difícil y tremenda como había pensado.
Decidido a hacer las cosas de una vez por todas, Rick se apoyó con rapidez y agilidad en sus manos y rodillas, separándose un poco de Lisa, pero sin dejar de mirarla a los ojos con todo el cariño y amor que era capaz de expresar.
– Tengo algo para ti, amor – dijo él con tono misterioso.
Dicho esto, Rick se puso de pie para alejarse un poco de la vista de Lisa, mientras que por su parte ella se apoyó en sus codos, girando la cabeza para ver qué diablos estaba haciendo Rick con tanto misterio, sin dejar de estar un tanto molesta por aquella repentina interrupción de lo que era algo muy pero muy placentero… y necesario.
Por unos segundos que parecieron eternos, Rick permaneció parado, inhalando y exhalando con fuerza, como queriendo tomar aliento antes de hacer algo difícil. Desde donde estaba, y sin quitarle la vista de encima al hombre al que amaba, Lisa se sentía intrigada y confundida, ya que no alcanzaba a entender qué podía estar haciendo Rick que le demandara tanta fuerza de voluntad. Por fin, resolvió contener su propia impaciencia y esperar a ver qué haría después, sin por eso dejar de lado aquella curiosidad que siempre tenía y que ahora estaba más despierta que nunca.
Si Rick notó la curiosidad de Lisa, no dio señal alguna de haberlo hecho, y por el contrario, su mirada estaba perdida en el sol que lentamente amanecía por entre los árboles. Con unos movimientos torpes, como si no pudiera encontrar lo que buscaba, Rick hurgó en los bolsillos de su pantalón hasta dar con el objeto buscado, para luego retirarlo del bolsillo con su mano… y acercándolo lentamente para que Lisa pudiera verlo.
Una vez terminada la maniobra, Rick volvió a sentarse junto a Lisa, y en ese momento ella pudo ver bien qué era lo que Rick sostenía en su mano con tanta reverencia.
Era una pequeña cajita de terciopelo color bordeaux.
Con un movimiento certero de los dedos de Rick, la caja se abrió con un chasquido metálico, dejando a la vista un par de brillantes anillos dorados, que refulgían casi con luz propia bajo el sol del amanecer.
Al ver esos brillantes anillos, y tras hacerse la obligatoria pregunta de si estaba viviendo alguna clase de sueño, Lisa dejó escapar un suspiro ahogado de sorpresa, y con lágrimas de felicidad en los ojos tomó la cajita como si fuera lo más precioso del mundo... y la mano de Rick, aunque más no fuera para sostenerse y no caer de la impresión. Por unos segundos, Lisa pensó que se desmayaría allí mismo, que le faltaría el aire para respirar, y tuvo que reprimir una urgente necesidad de pellizcarse para saber si aún estaba durmiendo.
En cuanto decidió que no era un sueño, todo cambió para ella. Aunque de cualquier manera… seguía siendo un sueño.
Sólo que un sueño hecho realidad.
La joven almirante sentía que se estremecía de alegría, y que su pecho se hinchaba de una felicidad pura e incontenible. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, haciendo que se sintiera prácticamente en las nubes… era una sensación tan hermosa que Lisa hubiera dado lo que fuera, lo que hiciera falta para que no terminara jamás, para que siguiera por toda la eternidad. Sus ojos claros, en los que ya podían verse los primeros atisbos de unas lágrimas, iban alternando de los anillos al rostro de Rick, y la expresión de felicidad que él podía ver en ellos llenó su corazón de una alegría tan especial que él jamás podría olvidar mientras viviera.
Ni siquiera tuvo que preguntar por qué eran anillos de bodas y no un anillo de compromiso… en ningún momento la pregunta se le cruzó por la cabeza.
Por unos instantes de miedo irracional, Rick tembló de temor de sólo pensar que Lisa no quisiera, que se negara o que le diera una respuesta distinta a aquella que soñaba, a aquella respuesta en la que sentía que invertía todo lo que era; en ese acto, Rick se estaba jugando su completa felicidad, haciendo una apuesta al futuro a la cual estaba invitando a Lisa a compartirla con él.
Aquellos segundos –nunca podría asegurar cuantos fueron, o si siquiera había sido un instante congelado en el tiempo por la expectativa que lo embargaba– transcurrieron para Rick como si hubieran sido la eternidad misma, y para Rick Hunter, el universo se redujo a los ojos brillantes, y henchidos de lágrimas, de Lisa Hayes.
Tras aquellos instantes, Rick y Lisa se miraron a los ojos y no hizo falta que ninguno de los dos dijera nada, ni una palabra. Las palabras estaban de más, no eran necesarias entre ellos.
Ambos sabían bien, demasiado bien, cuál había sido la pregunta.
El beso apasionado, cargado de sentimiento y energía que se dieron en ese momento fue la mejor respuesta que cualquiera de los dos pudo imaginar, una respuesta que contenía en sí misma todas las palabras con que ambos habían soñado. Con ese beso tan deseado como desesperado, tan tierno como apasionado, Rick y Lisa sellaron una nueva etapa en sus vidas, una etapa en la que ninguno de los dos volvería a estar solo, nunca más.
El horror de la guerra y de la muerte desaparecía de sus corazones golpeados, reemplazado por algo nuevo… por la esperanza que los invadía haciéndolos sentir, por unos instantes inolvidables, las personas más felices sobre la faz de la Tierra.
Ese día marcaría un nuevo comienzo para los dos... el comienzo del resto de sus vidas, un camino en el que se comprometieron a caminar por siempre juntos sin importar lo que ocurriera.
El sol de la mañana ya se había elevado, brillando sobre los pinos y colinas, y para Rick Hunter y Lisa Hayes era el comienzo de un nuevo día.
NOTAS DEL AUTOR:
- Al fin, el reencuentro... luego de todas las separaciones, batallas, momentos duros y esfuerzos, por fin terminaron encontrándose Rick y Lisa... por fin llegaron a lo que había quedado en suspenso con la crisis que debieron superar, y si para ustedes resultó un alivio leer este capítulo, les digo que para mí fue un verdadero alivio llegar a escribirlo. ¡Espero haberles hecho justicia a ellos y a lo que ustedes esperaban del reencuentro!
- Les voy a comentar una cosa... originalmente y hasta hace dos o tres semanas, este capítulo llevaba el nombre de "Epílogo". Exactamente, la historia original, tal como la había pensado, terminaba en este capítulo y no pasaba de este punto. Sin embargo, cuando la releía y la "remasterizaba" antes de la publicación, terminé convenciéndome de que quizás la historia anduviera necesitando un cierre más satisfactorio, en especial luego de todo lo que fue pasando...
¿Qué quiero decir con esto? En resumidas cuentas, que la historia va a seguir un poquito más; va a haber un capítulo 14 y un nuevo epílogo... así que sigan por acá un poco más, que ya estamos en los tramos finales...
- Todas las escenas con los personajes secundarios (Bill Morrison, Stan Frears, Frenchie, Maistroff y Gaumont) fueron escritas cuando esto todavía era un epílogo... quería además mostrar que los eventos pasados habían tenido sus repercusiones no sólo en Rick y Lisa, sino en todo el resto de las personas que habitan el universo donde transcurre la historia.
- La oración que aparece en la escena del funeral en el Alexander es una adaptación de una plegaria que se usa para los entierros en el mar, al menos en la Real Armada británica. El texto original de la plegaria, traducido libremente y por cuenta propia del inglés, es el siguiente:
"Confiamos aquí su cuerpo a las profundidades, para que se convierta en corrupción, en espera de la resurrección del cuerpo, cuando el mar devuelva a sus muertos, y a la vida del mundo futuro, a través de Nuestro Señor Jesucristo, que en Su venida cambiará nuestros viles cuerpos, para que sean como Su cuerpo glorioso, de acuerdo a los poderosos designios según los cuales él puede someter todas las cosas a Sí mismo."
- Les mando un saludo y un agradecimiento enorme a todos los que leen y vienen siguiendo esta historia, y a los que dejan sus comentarios y opiniones, y como siempre, un saludo especial a mis pilotos de pruebas Evi y Sara (que anda disfrutando de los primeros días de la vida de casada¡mucha suerte!)
- ¡Mucha suerte para todos y será hasta la próxima, cuando vuelva por acá con el capítulo 14!
