MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Capítulo XIV: El final del principio

Sólo le diré una cosa, señorita… si esos "intereses personales" que dice usted que motivaron la Operación Alaska me aseguraran resultados similares en todas las demás operaciones militares, le ordenaría a todos mis almirantes y generales que se enamoraran entre ellos.

Ahora, si me disculpa, tengo una boda a la que asistir.

General Stanislav Maistroff, Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida, en respuesta a una pregunta formulada por una periodista de la cadena Monument Broadcasting Corporation, a las puertas de la Catedral Militar de Ciudad Monumento, 10 de octubre de 2017.


Viernes 6 de octubre de 2017

El que el Alexander se hallara atracado en el Satélite Fábrica para los ciclos acostumbrados de mantenimiento y revisión luego de un crucero de patrullaje no significaba que la actividad a bordo del enorme portaaviones se hiciera menos intensa. Por el contrario, y tal como podía verse aquella tarde en la bahía de aterrizaje de babor del portaaviones, los tripulantes del Alexander estaban afanándose en darle a la nave el mantenimiento necesario, a fin de garantizar que la próxima vez que el Alexander abandonara el Satélite para un crucero de patrullaje o de entrenamiento, lo hiciera sin tener que enfrentar inconvenientes técnicos.

La actividad que se veía en la bahía de aterrizaje era el escenario perfecto para que tres oficiales militares estudiaran detenidamente el lugar, en un intento por resolver un pequeño inconveniente que había hecho su molesta aparición tras una tarde de trabajo que había sido, hasta ese momento, poco menos que perfecta.

Dos de esos oficiales portaban uniformes típicos de las Fuerzas Espaciales, mientras que el tercero, que llevaba en el cuello las cuatro barras doradas del rango de coronel, vestía un uniforme color marrón que lo identificaba como un oficial del Ejército, lo que convertía a ese miembro de la rama terrestre de las Fuerzas de la Tierra Unida en una rara avis a bordo de ese portaaviones espacial.

De momento, aquella rara avis estaba muy ocupada tratando de resolver el inconveniente que lo aquejaba.

– Supongo que podríamos acomodar a los Tomahawks del Primer Batallón en esta bahía y a los del Segundo Batallón en la bahía de estribor, y repartir a los Monsters y Defenders del Batallón de Artillería entre las dos bahías, pero eso me deja sin saber qué hacer con los Spartans de mi Tercer Batallón...

Rick Hunter no tardó en imitar la expresión pensativa del oficial del Ejército, mientras intentaba encontrar una solución al pequeño problema que se les había presentado, hasta que por fin, tras dar vueltas en la cabeza alrededor del problema, creyó vislumbrar una posible salida.

– ¿Qué le parece en la bodega de carga primaria?

– No lo sé... – respondió el coronel Daniel Shelby. – Complicaría mucho sacarlos una vez que hayamos hecho el desembarco.

– Tiene razón – reconoció Rick tras ver el problema desde el punto de vista del oficial del Ejército, dirigiéndose entonces al tercer oficial allí presente. – ¿James?

Mientras Rick y el coronel del Ejército discutían y aventuraban soluciones, el capitán (grado inferior) James Morehouse había estado pensando en silencio su propia forma de resolver el problema, y si bien no tenía nada en firme, la súbita pregunta de Rick logró que apurara los tiempos y lanzara al ruedo su propuesta.

– Señor, podríamos acomodar al Tercer Batallón si lo dividimos en partes iguales y asignamos una mitad a cada bahía... pero para eso, tendría que dejar otros dos escuadrones de caza en tierra...

A Rick le bastó ver la manera en la que Morehouse frunció el ceño cuando mencionó la posibilidad de tener que resignar otros dos escuadrones para saber que el comandante del grupo aéreo del UES Alexander no estaba entusiasmado con la idea.

– Y asumo que eso no le gustaría... – descerrajó Rick sin anestesia alguna.

Por un segundo, se hizo el silencio en aquel rincón de la bahía de aterrizaje de babor del Alexander, mientras Rick y el coronel Shelby esperaban a ver con qué saldría Morehouse.

– Preferiría no tener que hacerlo, señor – admitió Morehouse con toda sinceridad.

Y Rick no podía culparlo por eso: desde que comenzó la planificación de los ejercicios mayores de la flota, que tendrían lugar a fines de noviembre, el grupo aéreo del Alexander debió resignar cuatro escuadrones de Veritech para poder hacer lugar en los hangares de la nave a los Destroids del 24to Regimiento Mecanizado del Ejército, que abordarían la gigantesca nave de combate para ensayar una idea que el mando de las Fuerzas Espaciales habían diseñado para resolver un problema que se les había presentado.

Los ejercicios mayores de la flota eran los juegos de guerra más grandes que efectuaban las Fuerzas Espaciales cada año; prácticamente cada nave de combate en el Sistema Solar al momento de los ejercicios tomaba parte en alguna de las simulaciones de batalla, que abarcaban campos tales como el combate de flotas, las misiones de escolta, los asaltos planetarios o el apoyo a las defensas planetarias, y ese año, con los seis grupos de portaaviones de la flota reunidos por primera vez a tal fin, el mando de las Fuerzas Espaciales tenía planeado que los ejercicios del 2017 fueran los más grandes de la historia.

Desde ya que semejante intención había resultado en una carga de trabajo muy intensa para el oficial a cargo de la Comandancia Operativa de la Flota en el Sistema Solar... que ese año, resultaba ser Rick Hunter, quien hacía apenas un par de meses había recibido (de manera provisional y sujeta a revocación) el rango de contralmirante...

Sin mencionar que Rick Hunter tenía otras cosas mucho más emocionantes en qué pensar... pero como si la carga de trabajo que representaba organizar seis grupos de portaaviones no fuera suficiente, las ideas que el Alto Mando estaba lanzando sólo aumentaban los dolores de cabeza del contralmirante Hunter.

Con el objetivo de ir preparando la misión de la Fuerza Expedicionaria (y aprovechando que con la práctica derrota de los renegados Zentraedi, buena parte de las unidades militares estaban disponibles), el Alto Mando había dispuesto que los ejercicios de ese año integraran a todas las ramas de servicio de las Fuerzas de la Tierra Unida, de tal forma de mejorar, entre otras cosas, la capacidad militar para lanzar invasiones contra planetas ocupados por fuerzas adversarias... y uno de los primeros problemas encontrados fue el de transportar unidades de tierra para los asaltos y ejecutar desembarcos.

La idea del Alto Mando consistía básicamente en demostrar la viabilidad de utilizar al Alexander como una nave de asalto para invasiones planetarias; la enorme nave sería empleada para llevar, al menos en aquella operación de prueba, un regimiento completo de Destroids desde la órbita hasta la superficie del planeta a ser asaltado, valiéndose del tamaño y blindaje de la nave, así como de sus armas, para protegerla durante el descenso atmosférico y para barrer con cualquier clase de resistencia en el lugar que sería utilizado para el desembarco.

Un regimiento mecanizado del Ejército era una fuerza dotada de un poder de fuego increíble y equipada con todos los tipos de Destroid en servicio: dos batallones de combate con un total de 100 MBR-04 Tomahawk para asalto pesado, un tercer batallón de combate equipado con 50 MBR-07 Spartan para ataque rápido y un batallón de apoyo compuesto por 30 ADR-04 Defender para cobertura antiaérea, 14 SDR-04 Phalanx para apoyo de fuego misilístico y 6 HWR-00 Monsters para proporcionar la artillería pesada indispensable para un ataque a gran escala. Como era de esperarse, semejante cantidad de mechas requería un considerable espacio a bordo de la nave, no sólo para ellos, sino para municiones y suministros... y si había algo que estaba en crónica escasez en cualquier nave, sin importar el tamaño, era espacio.

Conseguir ese espacio para los mechas del Ejército significaba hacer ajustes algo dolorosos para la nave, en especial para el grupo aéreo, que debía dejar en tierra algunos de sus escuadrones para poder embarcar a los Destroids... y a pesar de eso, todavía faltaba lugar para poder acomodar a los 200 mechas que el Ejército estaba dispuesto a aportar para el pequeño experimento.

– Tal vez no tiene que ser así... – murmuró Rick más para sí mismo mientras una alternativa impensada comenzaba a hacerse presente en su cabeza... para luego transformarla en una pregunta concreta dirigida al capitán Morehouse. – ¿Pueden sus cazas Veritech operar desde la bodega de carga?

Sorprendido y descolocado por esa sugerencia poco ortodoxa, Morehouse tardó un poco en considerar aquella alternativa... pero al paso de los segundos, tanto Rick como el coronel Shelby notaron que al piloto de combate le estaba pareciendo interesante la idea.

– Déjeme pensar... – murmuró Morehouse. – No podríamos tenerlos almacenados en modalidad Fighter, pero si los dejamos en Battloid, quizás podríamos aprovechar las bodegas secundarias de carga para acomodar a los escuadrones desplazados de los hangares...

– ¿Y cómo los lanzaría? – quiso saber el coronel Shelby.

– Para eso están las compuertas de carga... – explicó Morehouse al oficial del Ejército. – Es cuestión de tenerlas bien aisladas para evitar problemas de descompresión, y cuando llegue la hora, las abrimos, y los Veritech simplemente saldrán caminando hasta el espacio a través de las compuertas de carga de babor y estribor...

– No es una solución elegante, James – objetó Rick con una sonrisa que le dio a entender a Morehouse que no estaba tratando de desbarrancar su idea.

– No sobrevivimos a Júpiter con soluciones elegantes, señor – contestó el piloto de combate, a lo que Rick no pudo hacer otra cosa más que asentir vivamente.

Viendo el intercambio entre Rick y Morehouse, el coronel Shelby meneó la cabeza, como si encontrara muy divertida e irónica la solución a la que habían llegado sus colegas de las Fuerzas Espaciales.

– Cazas Veritech despegando como paracaidistas saltando de un avión – rió Shelby. – Si no fuera porque ustedes dos son "espaciales", diría que aplican la lógica del Ejército.

– ¿Lógica del Ejército? – replicó Morehouse con ánimo divertido, sin perder la oportunidad de apelar a una de las pocas cosas que compartían los oficiales de flota y los pilotos de combate: su amistoso y mutuo desprecio respecto del personal del Ejército. – No sabía que existiera tal cosa¿y usted, señor?

– Me tiene tan sorprendido como a usted, capitán – contestó Rick.

El coronel Shelby pensó en replicar aquel comentario con una de sus clásicas contestaciones en las que se burlaba de la tendencia de los oficiales de las Fuerzas Espaciales a comportarse como las "prima donne" de las fuerzas militares de la Tierra... pero en interés de la paz y de la cooperación necesaria en ese momento, decidió dejar en suspenso la respuesta.

Por su parte, Rick no tardó en volver a hablar, dispuesto a reencauzar la discusión hacia los temas profesionales que los habían convocado.

– Coronel¿puede abastecer a sus Destroids si usa sólo la bodega central de carga?

– Ahí puedo meter todas las municiones, repuestos y equipos que necesito para tener al regimiento funcionando mientras dure la operación... así que no tendría ningún problema si lo limitamos a eso – contestó Shelby, demostrando mayor entusiasmo con cada palabra que decía. – Es más, me simplifica las cosas... mis equipos de abastecimiento no van a tener que estar corriendo entre tres bodegas.

Tras escuchar esa respuesta, Rick Hunter sonrió; se trataba de una sonrisa de satisfacción, de esa clase de sonrisas que aparecen cuando las cosas al fin están saliendo bien... y cuando se encuentran maneras de resolver los problemas.

– Bueno, coronel Shelby... ¿le parece una solución aceptable? – quiso confirmar entonces Rick.

– Completamente, señor – asintió Shelby, visiblemente interesado en poner en práctica la idea. – Sólo déme un par de días para que lo consulte con el mando del Ejército y para que afine detalles con los oficiales de mi regimiento, y entonces podremos prepararnos para probar si esto puede funcionar...

Satisfecho, Rick buscó entonces la opinión del piloto de combate allí presente.

– ¿Y a usted, capitán?

Morehouse lo pensó un poco antes de responder.

– Puede ser, señor – dijo entonces, lanzando luego su única reserva. – Desde ya que tendría que hablarlo con el capitán Mchwenge.

Rick Hunter descartó la reserva de Morehouse rápidamente; el nuevo capitán del Alexander podía llevar poco tiempo al mando y todavía trataba de acostumbrarse al salto que representaba dejar un crucero para hacerse cargo de un portaaviones, pero eso no lo hacía alguien que no estuviera dispuesto a innovar o probar nuevos enfoques.

– Si Arthur le da algún problema, sólo avíseme a mí o hable con el comodoro Sanabria – le aconsejó Rick, dándole a Morehouse una alternativa en caso de que el capitán Mchwenge pusiera demasiadas resistencias.

– Por supuesto, señor. En ese caso, será mejor que me ponga en marcha ahora mismo... si me disculpan – se excusó el capitán Morehouse, dirigiéndose primero a Rick y luego a Shelby, tal como lo indicaba el protocolo militar. – Almirante, coronel.

Tras la partida de Morehouse, Rick se volvió hacia el coronel Shelby, encontrando que el oficial del Ejército todavía parecía emocionado, como si no pudiera esperar un segundo más para poner en práctica la idea a la que habían llegado... aunque buena parte de la emoción del oficial del Ejército surgía de haber comprobado personalmente en su recorrida que los ingenieros del Satélite habían hecho un trabajo sencillamente milagroso en restaurar a la destrozada nave de combate que había sobrevivido a Júpiter, transformándola a fuerza de trabajo constante en lo que era en ese momento: la orgullosa nave insignia de la flota de defensa del Sistema Solar.

– Se lo nota ansioso, coronel.

– ¿Ansioso? – bramó Shelby con tal fuerza que algunos de los técnicos del Alexander que estaban en la cercanía voltearon para ver quién había sido el gritón. – ¡Esto es lo más interesante que se le ha presentado en puerta a mi regimiento en mucho tiempo!

Rick no pudo dejar de reír ante el entusiasmo del coronel.

– ¿Qué pasa, Daniel? – lanzó una vez que paró de reír. – ¿No le sienta al Ejército un rato de no romper cabezas?

– Por el contrario, señor, tuvimos demasiado de eso este año... – replicó Shelby.

– ¡Ya lo creo! – contestó Rick, rememorando varios de los despachos de Inteligencia Militar que había estado recibiendo durante las últimas semanas. – Escuché lo que su regimiento hizo con esos renegados Zentraedi en Brazzaville... muy buen manejo, para ser de alguien del Ejército...

Y con esas palabras, Rick se quedaba corto: el 24to Mecanizado había tenido una muy distinguida participación en la batalla de Brazzaville, a tal punto que muchos oficiales afirmaban que de no haber sido por la magnífica labor de los Destroids del coronel Shelby, las Fuerzas de la Tierra Unida jamás hubieran podido asestar el golpe de gracia que Brazzaville representó para los renegados Zentraedi que plagaban África... ayudando así a descalabrar el último bastión de los renegados, lo que permitía vislumbrar un final cercano para la violencia que había envuelto al planeta desde hacía ya cuatro años...

– Bueno, señor, le diré que tomamos alguna que otra lección de Buenos Aires en esa batalla... – reconoció Shelby.

Rick no tenía que sorprenderse por ello, ya que a comienzos de año tanto el capitán Hunter como el mayor Shelby habían estado combatiendo, uno al frente del Skull y el otro al mando de un batallón de Destroid, en la dura y cruenta batalla de Buenos Aires.

A decir verdad, no era la primera vez que Rick Hunter y Daniel Shelby se encontraban por necesidades del servicio; los dos habían comenzado sus carreras militares a bordo del SDF-1 durante su retorno a la Tierra tras la fallida transposición que dejó a la fortaleza en Plutón, sólo que mientras Rick Hunter se labraba una reputación de as del espacio montado en los cazas Veritech del grupo aéreo de la nave, Daniel Shelby avanzaba progresivamente dentro del cuerpo de Destroids hasta que, para el momento de la destrucción del SDF-1, el teniente comandante Shelby se hallaba mandado una compañía de Destroids de la guarnición de Nueva Macross mientras el capitán (grado inferior) Hunter comandaba el Skull.

Y ahora, el coronel Shelby ponía su regimiento de Destroids a disposición del contralmirante Hunter, para ayudarlo a poner en práctica una idea que bien podía ayudar al Ejército a contribuir mejor a la futura Fuerza Expedicionaria.

– Es un gusto verlo una vez más, Daniel – dijo Rick de manera sentida, estrechando la mano de su colega del Ejército. – Ha pasado el tiempo.

– ¿Quién lo hubiera creído? – dijo Shelby con un poco de nostalgia en la voz. – La vida nos lleva por caminos raros, señor. Yo con un regimiento de Destroids y usted... usted hecho un almirante.

– Contralmirante por designación provisional – lo corrigió Rick, señalando las dos estrellas doradas que ostentaba en el cuello de su uniforme. – Mi rango es prestado, Daniel...

– ¡Bah! – bufó Shelby. – Prestado o no prestado, usted sigue siendo un almirante... lo que prueba mi punto, señor: la vida nos lleva por caminos raros.

De sólo pensar en los caminos raros que había transitado, Rick Hunter sólo pudo sonreír, y entonces, como lo había hecho infinidad de veces, se halló preguntándose cómo diablos había llegado a donde estaba...

Y sus pensamientos no tardaron en llevarlo a una mujer de largo cabello castaño y brillantes ojos verdes, aquella mujer que lo había convertido en el hombre más feliz del mundo... aquella mujer con la que en pocos días más iniciaría un nuevo camino cargado de desafíos, pero también de esperanzas y sueños...

– Dígamelo a mí, coronel Shelby... dígamelo a mí.

Shelby no necesitaba tener un título de grado en psicología para reconocer en el rostro de Rick la expresión de un hombre que se sabe cercano a su despedida de soltero.

– ¿Es su último día, señor? – quiso saber el coronel, sin necesidad de explicarse.

– Así es... – dijo Rick con una sonrisa soñadora que no alcanzaba a expresar lo feliz y expectante que estaba por todo. – El martes... bueno, ya lo sabe.

– Sólo espero que no pierda mucho su nivel con esas dos semanas de descanso forzado.

– Se llama "luna de miel", coronel... aprenda algo – reprendió Rick al coronel. – Y no se preocupe, que voy a estar bien descansado y listo para los ejercicios de la flota.

Traídos de regreso a los asuntos profesionales que los habían convocado, Rick y Shelby decidieron que lo mejor que podían hacer era acabar con todo y poder conseguirse un buen rato de descanso, que bien merecido lo tenían.

– ¿Cree que esta idea del Alto Mando vaya a funcionar? – disparó el coronel Shelby.

Rick se encogió de hombros, pero si Shelby pensaba que con eso el almirante Hunter estaba demostrando que estaba dispuesto a conceder la derrota, la mirada dura que apareció en sus ojos lo convenció de lo contrario.

– No lo sé... pero si no funciona, veremos qué otro tipo de nave encuentran que sea capaz pueda llevar y abastecer a un regimiento entero de Destroids y a una brigada de infantería mecanizada, y defenderse a sí misma en el intento.

– Espero que no sea un desastre...

Rick estuvo a punto de contestar, pero en ese momento y de manera completamente accidental, miró de reojo al reloj de pulsera que llevaba, notando con horror que la tarde se le había ido volando.

– ¡Diablos, la hora! – exclamó el almirante Hunter, llevándose una mano a la frente.

– ¿Problemas, señor?

Rick asintió, mientras se notaba en su rostro que estaba bastante nervioso e inquieto... mucho más nervioso que lo que Shelby jamás le había visto en Buenos Aires o en las otras batallas del frente del Sur.

– Enormes problemas... – confirmó Rick.

– ¿De los que empiezan con "H" y terminan en "ayes"?

– De esos mismos... – confirmó Rick, colocándose la gorra de almirante. – Si me disculpa, coronel Shelby, tengo que retirarme... tengo un montón de papeleo administrativo que necesita quedar bien resuelto antes de poder aprovechar mi última noche...

– Desde luego, señor – respondió el oficial del Ejército, poniéndose rápidamente en posición de firmes y dándole al contralmirante Hunter un impecable saludo militar.

Tras responder con igual precisión al saludo del coronel Shelby, Rick terminó de tomar sus cosas y caminó a paso vivo por la bahía de aterrizaje del Alexander, buscando presuroso la manera de llegar al conducto más cercano para pasar al Satélite Fábrica, mientras el coronel Shelby decidía que, en unos minutos más, iría a su camarote en el Satélite para afinar la propuesta que le elevaría al general Carruthers y al resto del mando del Ejército.

Después de todo, el coronel Daniel Shelby no tenía previsto casarse en cuatro días.


No parecía ser una oficina tan grande.

De hecho, poca diferencia podía encontrarle con la infinidad de oficinas militares que había recorrido a lo largo de su carrera; al igual que todas aquellas oficinas, ésta tenía la acostumbrada colección de escudos de unidades de combate colgada de una de las paredes, una o dos pinturas de temas militares en la otra, una biblioteca modesta empotrada en una de las paredes, repleta de libros de historia, reportes y manuales, y recuerdos personales de todo tipo poblando el enorme escritorio frente al cual estaba sentado.

Claro, cualquier impresión o idea acerca de la modestia de la oficina tenía que contrastarse con la autoridad y poder de la persona que la llamaba "suya".

Y esa autoridad y poder estaban definidos en la placa colocada en la puerta que había traspasado para entrar a esa oficina: una pequeña plaquita dorada que rezaba: "Comandante General – Comando Militar del Sistema Solar".

Ese título tan marcial indicaba que el ocupante de la oficina era la persona que tenía a su cargo el planeamiento, organización y conducción de todas las operaciones militares espaciales realizadas en el Sistema Solar de la Tierra: de esa persona dependían el Satélite Fábrica, los Astilleros L5, la Base Io y otras bases militares espaciales, así como todos los grupos de batalla y naves de guerra independientes que se hallaran en el Sistema Solar.

Las únicas unidades espaciales que escapaban a la autoridad del soberano de esa oficina eran las asignadas a los grupos de defensa de la Tierra, la Luna y Marte, que dependían de los respectivos Comandos Militares de Defensa Planetaria; fuera de eso, todo lo que navegara en el espacio y estuviera en el Sistema Solar, respondía a las órdenes de esa persona.

De sólo pensar en la cantidad de poder de fuego que dependía de la persona sentada en ese escritorio, al contralmirante Franz Reiter se le erizaba la piel... y de sólo pensar en la titular de la oficina, a Reiter lo invadía una extraña sensación de incomprensión, ya que cómo hacía esa mujer para mantenerse tan calma y modesta escapaba a su entendimiento.

Claro que él no era precisamente ajeno a lo que se decidía en aquella oficina; después de todo, él era uno de los dos contralmirantes que dependían directamente de aquella mujer, siendo la tarea de Reiter hacerse cargo de las operaciones en apoyo a la defensa planetaria de la Tierra y de mantenimiento de la seguridad orbital, mientras que su colega estaba a cargo de la conducción de las operaciones militares en el resto del sistema.

Y en pocos minutos más, él quedaría a cargo de aquella oficina aunque más no fuera por un par de semanas... y todo porque la dueña de la oficina se casaba con aquel otro contralmirante.

La vida, definitivamente, tiene caminos extraños.

– Entonces está todo arreglado... – dijo Reiter en cuanto la mujer sentada en el escritorio acabó de firmar el último documento oficial.

– Así es, almirante Reiter – le respondió con una sonrisa la vicealmirante Elizabeth Hayes, poniendo el bolígrafo en un portalápices que tenía toda la apariencia de haber sido hecho por una niña de primaria. – En cuanto me vaya de esta oficina, usted quedará al frente de todo.

– Hasta que usted vuelva, señora – devolvió Reiter, sin poder evitar hacer una observación que resumía todos sus pensamientos. – Esta silla parece muy grande...

Casi automáticamente, Lisa se arrellanó por última vez en la silla de la oficina, dándole a Franz Reiter la impresión de que se estaba hundiendo en aquella cómoda silla de cuero.

– Y todavía no se imagina, Franz.

La reflexión de Lisa Hayes duró poco, ya que volvió a inclinarse hacia adelante hasta apoyar los codos en el escritorio, buscando luego una pila de documentos oficiales e informes y acomodándolos, como si con ese gesto quisiera remarcarle al almirante Reiter que su tarea no sería precisamente sencilla.

– Necesitaré ponerlo al tanto de algunas situaciones, desde luego... – lanzó Lisa, poniendo en guardia a su sustituto temporario.

– Lo que usted diga.

– En primer lugar, del manejo del Satélite Fábrica se hará cargo el capitán Griswold, así que en ese sentido usted no tiene nada de qué preocuparse – le explicó Lisa, comenzando por lo fácil. – De vez en cuando le enviará reportes que necesitan su revisión, en especial los relacionados con el SDF-3, pero ya lo puse al tanto de cómo van a funcionar las cosas en mi ausencia.

– Entiendo – respondió Reiter.

Una sonrisa pícara asomó en los labios de la vicealmirante Hayes... Reiter no lo sabía, pero lo fácil acababa de terminar.

– Segundo, verá que el mando de las Fuerzas Espaciales no va a perder oportunidad de solicitarle reportes de status de toda la flota... y verá que para el almirante Gaumont no existen cosas como "hacer demasiadas llamadas" u "horas inconvenientes para pedir reportes", así que más le vale estar preparado para atender siempre con una sonrisa y tener toda la información lista para el Viejo.

Cuando Reiter volvió a hablar, a Lisa le costó notar la seguridad con la que su subordinado había comenzado la reunión.

– Ajá... – dijo Reiter, prefiriendo limitarse a monosílabos mientras absorbía la magnitud de lo que Lisa le estaba haciendo saber.

– Lo que significa que usted va a tener que echarle muy de cerca el ojo al alistamiento de la flota, y más con los ejercicios mayores estando tan cerca – prosiguió la almirante Hayes, señalando con la mirada a una carpeta que Reiter tenía apoyada sobre las piernas. – ¿Tuvo oportunidad de revisar los cronogramas de alistamiento que le hice llegar el otro día?

Reiter notó que Lisa estaba refiriéndose a la carpeta y rápidamente la abrió para luego colocarla sobre el escritorio.

– Así es, almirante, y ya que estoy quería hacerle una pregunta – dijo Reiter, continuando en cuanto la expresión de Lisa le indicó que así podía hacerlo. – ¿Tiene usted idea de por qué asignaron otras dos semanas de navegación al Themistocles? Se suponía que esa nave debía llegar al Satélite el 12 y ahora anuncian que llegará el 26...

– Períodos extendidos de entrenamiento, almirante – explicó Lisa en un tono formal que cedió paso a uno más relajado e incluso bromista. – Están usando al Themistocles para darle entrenamiento adicional a los tripulantes más inexpertos... esperan que con la entrada en servicio del Julius Caesar en febrero haya una verdadera cacería humana de tripulantes entrenados, y el capitán D'Amato quiere asegurarse de que al menos no va a tener que trabajar con una tripulación de completos novatos cuando el tornado se haya calmado...

Por primera vez en mucho tiempo, Franz Reiter se permitió una sonrisa divertida; con la perspectiva de la entrada en servicio del séptimo portaaviones clase Tokugawa, todos los capitanes de portaaviones de la flota debían estar en estado de pánico y paranoia.

– Si lo sabré yo... – dijo luego con nostalgia en la voz, explicándose luego ante Lisa. – No se imagina el temor que tuve cuando estuve al mando del Tokugawa y entró en servicio el Xerxes... prácticamente traté de mantenerme lejos de puerto para que los de Personal no pusieran sus codiciosas manitas sobre mis mejores tripulantes.

La almirante Hayes devolvió una leve risa al comentario de Reiter antes de retomar la seriedad que requería aquella reunión.

– Muy bien, en resumen, su tarea consistirá en mantener el fuerte y en tener a la flota alistada para los ejercicios mayores. La capitana Montalbán será su enlace para todo lo referido al mantenimiento de las naves en el Satélite, así que espero que coordine con ella cuando lleguen las naves que tendrían que regresar de patrulla en estos días.

– Por supuesto, señora – respondió Reiter, pasando a otra inquietud. – ¿Se prevé alguna clase de urgencia o amenaza en el futuro cercano? Lo digo por si es necesario mantener un nivel extraordinario de naves en patrulla o en alerta... supongo que eso afectaría los cronogramas de mantenimiento.

Lisa negó con la cabeza.

– A menos que el Tokugawa encuentre naves Zentraedi en la órbita de Urano, supongo que no...

"Y por nuestro bien, esperemos que no encuentren nada, ni ellos ni nadie más", se guardó de decir Lisa, rogando a Dios que el Tokugawa y sus escoltas del Grupo 1 no hallaran más remanentes de la flota de Dolza.

– Ya no deberían aparecer más naves Zentraedi – dijo Reiter como si quisiera asegurarle a la almirante Hayes que tal cosa no ocurriría. – Menos con todas las operaciones que hicimos en los últimos meses.

– Jamás se confíe, Franz – replicó Lisa, y por un segundo su voz se tornó triste y melancólica, como si fuera un eco de los espantosos días de abril. – Recuerde que pasaron seis años antes de darnos cuenta de que todavía estaban merodeando.

Contra eso, Reiter no podía discutir... si bien hasta ese momento más de tres docenas de naves Zentraedi habían sido encontradas y eliminadas en otros puntos del Sistema Solar por las misiones de búsqueda y destrucción organizadas en los meses que siguieron a las batallas de Júpiter, las Fuerzas de la Tierra Unida habían aprendido la dura lección que sufrió en carne propia el Alexander: era siempre necesario mantener una constante vigilancia y una cantidad de naves suficientes para responder a cualquier amenaza.

Tal vez no hubieran aparecido más naves Zentraedi desde que el Xerxes y su grupo de batalla acabaran con las tres naves Zentraedi ocultas en las lunas de Saturno en agosto, pero eso no significaba que la posibilidad estuviera descartada del todo... a fin de cuentas, el Sistema Solar era un lugar grande.

– Discúlpeme, almirante – quiso rectificarse Reiter, temeroso de haber tocado una fibra sensible en Lisa Hayes, pero tal y como Lisa le demostró en ese momento, no había de qué preocuparse.

– No tiene nada de qué disculparse, Franz... – lo tranquilizó Lisa, con una expresión perfectamente normal.

Los dos almirantes quedaron en silencio por unos segundos, mientras trataban de pensar algún otro tema que pudiera ser de interés antes de dar por concluida la junta.

– ¿Alguna otra inquietud, almirante Reiter? – quiso saber Lisa, rompiendo con el silencio.

– Ninguna en lo absoluto, almirante Hayes – le aseguró Reiter.

Con rápidos movimientos, Lisa hizo a un lado todas las carpetas y documentos, como queriendo dejar limpio el lugar para la persona que se haría cargo de su trabajo durante las próximas semanas.

– En ese caso... – comenzó Lisa, poniéndose de pie y adoptando una postura militar que Reiter no tardó en seguir. – Contralmirante Franz Reiter, a partir de este momento, usted queda nombrado como comandante interino del Comando Militar del Sistema Solar.

– Gracias, almirante – respondió de manera sentida el almirante Reiter, llevándose la mano instantáneamente a la sien para hacer la venia.

Tras intercambiar correctos y precisos saludos militares, la vicealmirante Hayes extendió la mano para que su reemplazante interino la estrechara.

– Buena suerte, Franz... sé que lo hará muy bien.

Y Lisa Hayes no tenía la menor duda al respecto; Franz Reiter podía ser difícil de tratar, podía ser arrogante y en ciertos momentos la había llevado bien cerca de lanzarse en un arrebato homicida, pero no podía negar su dedicación al deber y su capacidad, y por eso, Reiter era una de las pocas personas en quien Lisa confiaba plenamente para poder cuidar su puesto en su ausencia... sólo superado en esa muy breve lista, claro está, de la única persona en todo el mundo en quien Lisa depositaba una confianza a toda prueba.

De no ser porque en cuatro días más ella se casaría con esa persona...

Con los asuntos oficiales concluidos y con la transferencia de la autoridad debidamente rubricada y legalizada, la reunión entre los almirantes Hayes y Reiter estaba oficialmente finalizada, y sin demorar ni un segundo más, Lisa acompañó cortésmente a su visitante hasta la puerta de la oficina para despedirlo; Reiter también tenía que retirarse a su oficina para hacerse cargo de su propio e impaciente papeleo militar.

– Quería felicitarla, almirante Hayes – dijo Reiter a modo de despedida. – Y desearle toda la felicidad del mundo a usted y al almirante Hunter.

– Gracias, Franz – respondió Lisa, estrechando la mano de su reemplazante interino. – Nos vemos en dos semanas.

Finalmente, el contralmirante Franz Reiter desapareció por la puerta de la oficina, dejando a Lisa Hayes sola en su espacio de trabajo para terminar las pocas cosas que le quedaban por hacer.

Deseosa de aprovechar las horas que le quedaban de ese día, Lisa se apuró a juntar sus cosas y las guardó en un maletín preparado a tal efecto, dejando para el final sólo dos cosas: un tosco portalápices de arcilla de valor incalculable, ya que se trataba de un Dana Sterling de edición limitada, con dedicatoria exclusiva "a la tía Lisa"... y una fotografía de Rick y ella tomada junto al Lago Memorial el día en que él le propuso matrimonio...

Ver a Rick en aquella fotografía le despertó a Lisa Hayes una sonrisa soñadora e ilusionada... y por un instante, ella se halló de regreso en ese día tan especial y maravilloso, en ese día que había sellado el final de la espantosa odisea que debieron vivir los dos... el día en que ambos dieron el primer paso en el camino que los llevaría a otro día especial: el día que sería el inicio del resto de sus vidas.

Un último vistazo, un último suspiro, una última sonrisa... y con reverencia y cuidado, Lisa colocó el portalápices y el retrato en su maletín, cerrándolo y despidiéndose en silencio de su lugar de trabajo por las siguientes dos semanas; y en cuanto cayó en la cuenta de que la próxima vez que volviera a poner pie en aquella oficina, lo haría como una mujer casada, no pudo contener una risa inoportuna.

Finalmente, Lisa dejó su oficina, adentrándose en el espacio de trabajo de su asistente y principal colaboradora, que precisamente en ese instante estaba inclinada sobre su computadora, con el ceño fruncido como sólo lo tenía cuando algún programa de computación competía con ella en terquedad.

– Kim...

Notando que la habían llamado, la comandante Young levantó la mirada y volteó la cabeza hasta encontrarse con Lisa, que estaba de pie junto a ella.

– ¿Sí, Lisa? – preguntó Kim, a lo que Lisa respondió dándole en mano el documento que ella y Reiter acababan de firmar.

– Necesito que despaches esto al Candelabro de inmediato.

Antes de dejarlo sobre su escritorio, Kim echó un vistazo al documento, largando un silbido en cuanto llegó a los párrafos finales.

– ¿Así que es oficial?

– Así es... – Lisa asintió, señalando su firma y la del almirante Reiter. – Mientras esté fuera, Reiter estará a cargo del lugar.

Como si la noticia la hubiera asustado, Kim miró a Lisa con una muy fingida expresión de terror y desesperación, para luego suplicar en voz baja y susurrante:

– Vuelva pronto, almirante... la vamos a necesitar...

– No seas mala, Kim – contestó Lisa mientras le sonreía a su ayudante principal. – Además, confío en ti para poder tener esto funcionando con la eficiencia de siempre.

– Gracias por su confianza, almirante Hayes – proclamó Kim, inflando el pecho como si estuvieran pasando revista en ese mismo instante.

– Por nada, comandante – respondió Lisa con igual formalismo, desviando luego la mirada a un rincón del escritorio de Kim que estaba sospechosamente vacío, dada la cantidad de papeles que había visto allí apenas cuatro horas atrás. – Y hablando de eficiencia... ¿cómo te las arreglaste para tramitar las requisiciones de construcción del SDF-3 que llegaron a mediodía?

La mirada desviada que puso Kim Young le hizo saber a Lisa que estaba a punto de darle una explicación que no le iba a gustar.

– Mandé a la novata para que se ocupara de eso.

– Kim... "la novata" tiene rango, nombre y apellido... – la reprendió Lisa. – No debería recordártelo a esta altura.

– Lo siento, almirante, pero ella es... – trató de defenderse Kim a la vez que sus aspavientos se tornaban más bruscos y violentos, hasta que finalmente explotó. – ¡Diablos, es una novata¿Cómo quiere que me refiera a ella?

– De la misma manera que usted se referiría a cualquier otro oficial militar, comandante Young, por su rango y apellido – contestó Lisa sin inmutarse, usando luego el tono que reservaba a sus comentarios más filosos. – ¿O prefiere que la llame "bocasucia"?

– Eso fue un golpe bajo, almirante.

Lisa no se dio por aludida, y como única respuesta señaló el documento que acababa de dejarle a Kim.

– Sólo ocúpate de tener enviado ese documento, bocasucia...

– Está bien, está bien... – suspiró Kim en señal de rendición, prefiriendo entonces cambiar de tema con las esperanzas de lograr alguna clase de venganza sobre la vicealmirante Hayes. – Por cierto, Lisa...

– ¿Sí? – preguntó Lisa con algo de temor en la voz, que se hacía más intenso conforme la cara de Kim se tornaba más traviesa...

– Espero que pases una muy buena noche con Rick hoy... – descerrajó la ayudante de Lisa con la mirada más lasciva que pudo. – Aprovecha mientras puedas...

– ¿Sabes? – contraatacó Lisa. – Conozco demasiado bien esa cara...

– ¡Yo sólo me preocupo por usted, almirante! – dijo la comandante Young con una cara de inocencia más falsa que billete de tres créditos. – Tanto me preocupo por usted que me aseguré de tenerle preparada una excelente despedida de soltera...

Al escuchar la frase "despedida de soltera", la almirante Hayes se cubrió los oídos con las manos, cerró los ojos con fuerza y gritó como si estuviera en el medio de un estadio deportivo repleto de fanáticos.

– ¡¡¡¡Por todos los cielos, Kim, no quiero saberlo!!!!

En ese momento, Kim decidió que fue suficiente ataque en contra de una almirante de tres estrellas, e hizo a un lado su personalidad de bromista irrecuperable.

– Te vas a divertir, te lo aseguro... pero lo que importa ahora es que te diviertas con tu prometido.

– Puedes estar segura de que lo haré – le respondió Lisa con una mirada tanto soñadora como hambrienta. – ¿Sigue en su oficina?

– La comandante Porter me dijo que volvió a las 1700 después de revisar el Alexander con el coronel Shelby, así que debe seguir allí.

Con ese sólo dato en mente, Lisa se incorporó como si ya no le quedara mucho tiempo por perder, y sabiendo que la almirante estaba por retirarse, Kim se puso de pie para despedirla.

– En ese caso, Kim, creo que mejor voy a sorprenderlo – le dijo Lisa. – Que tengas una muy buena noche.

– Gracias, almirante – respondió Kim con una enorme sonrisa en los labios, deseándole a su amiga que la noche de ella fuera todo lo buena que ella deseaba. – Nos vemos por la mañana.

Tras la despedida de Lisa y sentada una vez más frente a su computadora, Kim ya estaba por regresar a sus actividades, ocupándose específicamente de tramitar el documento que Lisa acababa de hacerle llegar cuando el sonido seco de un choque y un par de gruñidos de queja la sobresaltaron, a tal punto que prácticamente saltó de su silla para ponerse de pie y ver qué diablos había ocurrido.

Y lo que había ocurrido era evidentemente un accidente, en el cual la vicealmirante Hayes se había dado de bruces contra otra persona y caído al suelo sobre su retaguardia a consecuencia de ello... mientras permanecía de pie (a duras penas) una jovencita de cabello rubio recogido en una cola de caballo y brillantes ojos azules, que vestía un uniforme blanco en cuyo cuello resaltaba la solitaria barra dorada de una segunda teniente.

Tanto el rostro de Lisa como el de la joven mostraban desorientación y una momentánea confusión a causa del choque, y Kim pensó en correr en auxilio de las dos accidentadas, deteniéndose en cuanto notó que la joven teniente se incorporaba... con un rostro contraído en una expresión de pavor al ver a quién había dejado en el suelo.

No llevaba tres días en el puesto y ya había dejado a su jefa (que además era la Gran Jefa del lugar, sin mencionar que también era alguien por quien sentía una inmensa admiración) en el suelo... sólo a ella le ocurrían esa clase de cosas.

– ¡Oh, Dios, demonios, carajo...! – se tropezó en maldiciones la joven teniente mientras ofrecía la mano para ayudar a Lisa a ponerse de pie una vez más. – ¡¿Se encuentra usted bien, almirante?!

– Estoy bien, teniente Hickson, no se preocupe... – le aseguró Lisa, inhalando con fuerza para recobrar el aliento, mientras la teniente se deshacía en disculpas y explicaciones incoherentes a causa del terror que le causaba haber dejado a una almirante en el suelo.

– Lo siento mucho, es sólo que venía---

La teniente Hickson dejó de hablar, y dejó de estremecerse a la vez, en cuanto la mano de Lisa se posó sobre su hombro.

– Está bien, Kelly, no tienes que preocuparte... todo está en orden – la tranquilizó Lisa, quitándose con la otra mano unos mechones de cabello que le caían sobre el rostro, ya completamente repuesta del choque. – ¿Está bien usted, teniente?

Kelly Hickson tragó saliva, sin saber qué podía responderle a una almirante de tres estrellas que tras haber sido víctima de un accidente provocado por su propio apuro, sólo preguntaba que cómo estaba ella...

– Yo... yo estoy bien, almirante – balbuceó Kelly, recobrando un mínimo de compostura en cuanto la expresión de Lisa le aseguró que no iría a morir allí mismo.

– Me alegro – sonrió la almirante Hayes, notando entonces que su más nueva ayudante había regresado a la oficina con las manos libres de papeles. – ¿Tuvo algún problema con los despachos?

– Ninguno en absoluto – contestó ya de manera profesional la teniente Hickson. – Terminé de tramitar el último hace una hora.

Kelly pensó que la mirada de sorpresa de la almirante Hayes era el preanuncio de una explosión en su contra... cuando todo lo que había sorprendido a Lisa era la eficacia que demostró la bisoña teniente en ocuparse de aquellos documentos.

– ¿Una hora? – preguntó Lisa con total sorpresa, sólo entonces cayendo en la cuenta del siguiente punto a averiguar. – ¿Y por qué recién ahora está regresando a la oficina...?

El terror regresó a las facciones aniñadas de Kelly Hickson, y mientras veía cómo sus ojos azules se agrandaban por el pánico, Lisa se recordó una vez más que debía medir sus reacciones... o de lo contrario, terminaría matando a la pobre niña antes de fin de año...

Aún aterrada por la reacción que podría tener la almirante en caso de enterarse lo que la había tenido ocupada aquella hora, Kelly apenas atinó a balbucear un pobre intento de explicación:

– Es sólo que...

– Vamos, Kelly, díselo – la alentó Kim, que había observado todo el intercambio desde su cómodo escritorio. – No te va a arrancar la cabeza...

Tomando aire, la teniente Hickson se obligó a mirar a Lisa a los ojos, despidiéndose en silencio de su carrera militar cuando se decidió a contar toda la verdad.

– Es que aproveché para ir a mi camarote un segundo... – la voz de Kelly se tornaba más baja y susurrante con cada palabra, a la vez que se ruborizaba más y más. – Tenía que pasar a ver cómo estaba mi perrito y llevarlo a la veterinaria del Satélite para que comprobaran si se estaba adaptando bien al ambiente.

Nadie habló en esa oficina, y Kelly Hickson cerró la boca, poniéndose firme en espera del latigazo verbal que la reduciría inexorablemente a cenizas... y luego del paso de interminables y agónicos segundos, el terror cedió su lugar al alivio al comprobar que la almirante Hayes esbozaba una sonrisa...

– Ah, en ese caso...

Lisa sólo terminó la frase en cuanto su sonrisa se vio respondida por otra igual en el rostro de la segunda teniente Kelly Hickson.

– En ese caso, todo está bien, teniente Hickson – terminó Lisa, dando por finalizado aquel extraño incidente.

– Gracias, almirante... que tenga una muy buena noche – le deseó una joven teniente visiblemente aliviada y feliz de no haber arruinado todo con su jefa.

– Gracias, teniente, igualmente – le contestó de modo cortés la almirante Hayes, estrechando la mano de su joven y novata ayudante.

Con todo el incidente atrás, y tras recibir un saludo militar de parte de Kelly, Lisa juntó todas sus cosas y cruzó la puerta, dejando solas en la oficina a una Kim Young muy divertida y a una Kelly Hickson que aún tenía que bajar los latidos de su corazón a algo parecido a un ritmo normal...

– ¿No fue algo tierno? – lanzó Kim en tono bromista, sin perder de vista a Kelly mientras la joven teniente se dejaba caer en la silla de su escritorio. – Le caes bien...

– ¡Dios! – exclamó Kelly a la vez que sus hombros y brazos caían tras sentarse en la silla. – Pensé que iba a morir...

Kim descartó el temor de Kelly con un gesto de su mano, y tal y como había hecho desde que la joven presentara su orden de transferencia al staff personal de la vicealmirante Hayes hacía tres días, la comandante Young impartió una lección más a la joven teniente que había tomado bajo su ala.

– Bah, déjame decirte... el día en que Lisa Hayes decida matarte, sólo te enterarás cuando ya estés viendo el túnel de luz...

Ya más tranquila, Kelly juntó los labios como si fuera a silbar, mientras el protector de pantalla de su computadora desaparecía, revelando un wallpaper hecho con la foto de un perrito Golden Retriever de un par de meses de edad.

– Espero que tenga razón, señora – rogó Kelly, aunque ahora ya estaba más relajada y dispuesta a bromear sobre el incidente.

Ella era joven, inexperta y aún temerosa, pensó Kim, pero cualquiera podía ver que Kelly Hickson era voluntariosa, capaz, eficiente y dispuesta... y esas eran suficientes razones para ayudar a la joven teniente a adaptarse a la vida militar fuera del ambiente protector de la Academia.

Además, pensó Kim recordando lo que sus contactos de la Academia Militar le habían dicho sobre Kelly Hickson, ella tenía un gran potencial...

– Siempre la tengo, teniente Hickson – le contestó Kim con arrogancia fingida. – Figura en mi descripción de trabajo.

Pero antes de que Kelly pudiera retrucar al comentario de Kim, la puerta de la oficina volvió a abrirse, mostrando en el umbral a las comandantes Vanessa Leeds y Sammie Porter, notoriamente felices luego del final de sus turnos de servicio.

– ¡Kim! – saludaron las recién llegadas a la comandante Young, que se puso de pie para recibirlas como se debía.

– ¡Pasen, chicas, pasen! – invitó Kim a sus amigas. – ¡Qué bueno verlas!

El abrazo del Trío y su alegría al ver concluidos sus horarios de trabajo se transformaron en curiosidad divertida al ver cómo Kelly Hickson miraba a cada una de ellas con ojos agrandados por la impresión... como si estuviera observando alguna clase de personajes legendarios, de esos que sólo llegaban a ser conocidos a través de mitos y leyendas...

Es que la reputación del Trío Terrible había llegado lejos... a tal punto que la historia de Vanessa Leeds, Samantha Porter y Kimberly Young se había convertido en una leyenda para los cadetes de la Academia Militar; una leyenda que estaba muy viva en la imaginación de una joven teniente que no llevaba siquiera un año desde que egresara de la Academia.

– ¿Qué pasa, teniente? – le preguntó Vanessa con total naturalidad, viendo lo pasmada que parecía estar Kelly. – Tiene cara de estar viendo fantasmas.

– Nada, señora... nada en absoluto – contestó Kelly.

Las tres amigas sonrieron a la joven oficial, tratando de hacerla sentir bienvenida y cómoda... y reconociendo a la vez que ellas tres juntas podían ser bastante intimidantes.

– ¿Cenaste, Kelly? – preguntó Sammie.

La joven teniente negó con la cabeza, y como si quisiera hacer más acertado el comentario, su estómago gruñó de manera notoria.

– No todavía, señora...

– ¿Y tu perro? – preguntó Kim, y a la mención de la palabra "perro", las cejas de Sammie y Vanessa se arquearon en un gesto inquisitivo.

– Enkei todavía no comió – contestó la teniente Hickson, negando una vez más con la cabeza.

– Perfecto, en ese caso... – sugirió Vanessa. – Primero pasamos a buscar a tu perrito y después vamos los cinco a Frenchie's a cenar¿te parece bien?

– Me... me encantaría, señora, pero... ¿no está mal llevar un perro a un restaurant? – objetó Kelly, mirando a las tres comandantes. – Además¿cómo va a saber Frenchie lo que come Enkei?

– Frenchie's está abierto a todos, Kelly – le explicó Kim. – Y en cuanto a si sabe o no lo que come Enkei, créeme, Kelly... él lo sabe.

Kelly sólo atinó a responder con una tímida sonrisa.

– ¿De qué raza es tu perrito? – preguntó entonces Sammie, pareciendo menos una comandante veterana de combate y más una niñita traviesa.

– Un Golden Retriever, comandante Porter... tiene seis meses – le contó Kelly, sonriendo y sonrojándose al mirar de reojo la foto de su perro.

– ¡Awwwwwwwwwwwwwww! – exclamaron al unísono Kim, Sammie y Vanessa, dejando a Kelly Hickson sonrojada hasta el punto de quedar completamente roja.

– Ahora¿qué dicen si nos vamos de una vez? – sugirió Sammie, relamiéndose por lo que pensaba que sería una muy buena cena. – Tenemos muchos detalles qué planear, y aprovechemos que estamos las cuatro damas de honor...

– ¡¿Cuatro?! – balbuceó Kelly, mirando al Trío con ojos agrandados por la sorpresa e incredulidad. – ¡¿Yo?!

– Así es, teniente Hickson... – le confirmó Vanessa, mientras a su lado Kim le guiñaba el ojo a la atribulada teniente.

– Te dije que le caíste bien a la almirante...

Estupefacta, Kelly no sabía qué hacer ni cómo reaccionar; un estado de cosas en el que había caído desde el día en que le comunicaron que había sido transferida al staff personal de la vicealmirante Hayes. Y desde su arribo al Satélite Fábrica y el comienzo de su trabajo junto a Lisa Hayes y al Trío Terrible, Kelly Hickson había vivido en un estado de permanente sorpresa... una sorpresa que jamás parecía terminarse, ya que tanto la almirante como Kim insistían en sorprenderla con cosas que jamás hubiera imaginado en su vida.

– Pero yo... yo apenas la conozco – murmuró la teniente, que a Kim se le hizo aún más pequeña de lo que la había visto jamás.

– Kelly, desde el momento en que aprobaron tu transferencia, es como si hubieras entrado a formar parte de la familia – explicó entonces la comandante Young, ganándose con ese comentario la inmediata aprobación de Sammie y Vanessa.

– Bienvenida al Trío Terrible, segunda teniente Hickson – terció la comandante Porter, ofreciendo la mano para que Kelly la estrechara, cosa que la joven teniente hizo luego de unos pocos segundos de dudarlo.

– Muchas gracias... – agradeció Kelly con una sonrisa.

– Ni lo mencione, teniente Hickson – respondió Vanessa, a la vez que miraba de reojo a Sammie. – Ya era hora de que el Trío se convirtiera en un Cuarteto... aunque si Sammie sigue así, me parece que en poco tiempo más vas a tener que reemplazarla, Kelly.

– ¡Bruja envidiosa! – protestó Sammie haciendo un berrinche que ayudó mucho a relajar a Kelly.

– ¿Lo dice por el comandante Villiers, señora? – preguntó entonces Kelly con inocencia. – Porque el otro día escuché...

Sintiendo la mirada inquisitiva del Trío, Kelly repentinamente calló, como si acabara de darse cuenta de lo que significaba revelar cualquier clase de chisme ante las maestras indiscutidas del arte...

– ¿Escuchaste qué cosa, Kelly? – preguntó Kim con insistencia.

– Sí, teniente Hickson¿de qué se enteró? – quiso saber Vanessa, sonriendo con picardía.

– ¡¡¿Qué diablos escuchaste?!! – bramó Sammie, a quien Kim debió sujetar para que no se lanzara a sacudir a la pobre teniente Hickson.

Tragando saliva, y dándose cuenta de que no tenía escapatoria frente al Trío, Kelly se decidió a contar lo que había escuchado...

– Escuché que... que el comandante Villiers está haciendo reservaciones para su próxima licencia – comenzó a contar. – Muy probablemente se trate de las cabañas del Lago Memorial...

Con menos de un año en el servicio, Kelly Hickson acababa de lograr algo que pocas personas habían podido hacer... dejar sin habla al Trío.

– ¡¿Qué?! – preguntaron las tres al unísono.

– Bueno, no es nada definitivo... sólo una interpretación.

– ¡¿Interpretación de qué?! – preguntó Sammie, repentinamente interesada y sonrojada por lo que Kelly estaba contando.

La teniente prosiguió con la historia, sonriendo tímidamente al principio, pero ganando seguridad y confianza a cada segundo, como si acabara por fin de sentirse cómoda con el Trío Terrible...

– Es que ayer en Frenchie's pude oír a algunos pilotos del Alexander diciendo que al teniente comandante Villiers se lo veía muy ocupado con ciertas llamadas de teléfono a un prefijo de fuera de Monumento – reveló con tono conspirativo Kelly – y un piloto de su escuadrón dijo que Villiers estaba interesado en aplicarle la "licencia Hunter" a la ayudante del mismísimo almirante Hunter...

El Trío Terrible volvió a caer en un silencio estupefacto... y si alguna de esas tres oficiales tenía dudas sobre Kelly Hickson, sus miradas revelaron que ya no existían.

– Kelly... – dijo Kim, rompiendo el silencio.

– ¿Sí, comandante? – contestó la teniente Hickson con algo de timidez.

– Ven con nosotras... – la invitó Kim, señalándose a ella misma y a sus amigas. – Tenemos mucho de qué hablar.

– A partir de ahora comienza su verdadera instrucción militar, teniente Hickson – agregó Sammie, guiñándole el ojo a la teniente y moviendo los labios para formar la palabra "Gracias".

– Realmente tiene potencial, teniente Hickson – concluyó Vanessa, palmeando en la espalda a Kelly. – Usted tiene grandes cosas en su futuro... grandes cosas...


Había momentos en los que él se sorprendía de lo rápido que podía hacer las cosas cuando tenía una meta muy atractiva frente a él.

Semejante idea venía a colación de lo rápido que se había ocupado de despachar todos los asuntos que le quedaban pendientes antes de terminar el día; en condiciones normales, dejar concluidos todos los temas que requerían de su interés y atención le hubiera llevado unos tres o cuatro días... sólo que sabiendo que se trataba del último día laboral antes del Gran Día, no había escatimado esfuerzo alguno en dejar todo atado y bien atado.

Y así lo hizo: su éxito en resolver el problema de cómo meter a los Destroids del 24to Mecanizado a bordo del Alexander había sido el broche de oro de una jornada excepcionalmente productiva, en la que junto a su Estado Mayor se había ocupado de tener terminado el borrador de las simulaciones de batalla previstas para los ejercicios mayores, para luego asistir a una reunión de trabajo con los comandantes de grupo aéreo de todas las naves surtas en el Satélite Fábrica, discutir sobre tácticas con el comodoro Sanabria y el Estado Mayor del Grupo 6 y depositar su atención y su firma en la eterna pila de documentos que así lo requerían.

Sin mencionar ocuparse de una pequeña obra de bien entre tanta burocracia.

Era lógico que se tomara un pequeño descanso, luego de terminar su combate mortal con el papeleo, y era más lógico aún que aprovechara dicho descanso para atender la llamada de la naturaleza; por fortuna para él, uno de los detalles con los que venía la oficina que ocupaba debido a su cargo de Comandante Operativo de la Flota era un baño personal y privado, adyacente a una de las paredes de la oficina.

El café que tomaba para mantenerse funcionando siempre se vengaba de una manera u otra.

Pero con el papeleo atrás, tenía cosas mucho más interesantes y agradables en las que pensar: esas cosas eran, en estricto orden de importancia, Lisa, la almirante Hayes, su prometida, la cena, y la última noche que pasarían juntos antes de regresar a la Tierra, en donde los dos se mantendrían rigurosamente separados para asegurar que la noche de bodas fuera algo... épico.

Por mucho que le molestara, Rick Hunter debía reconocer que Miriya había tenido una muy buena idea... aunque no era ajeno al sencillo hecho de que tres días de espera antes de la boda lo matarían.

En fin, para eso era un soldado, si podía soportar la guerra, podría soportar tres días sin Lisa... y mientras abría la puerta de su baño, Rick insistía en repetirse ese razonamiento como si fuera un mantra que lo ayudaría a mantener la cordura durante los tres días siguientes.

Claro que no contaba con una cosa...

– Sorpresa...

Al escuchar esa voz melodiosa y llena de cariño, el mantra del contralmirante Hunter descarriló por completo, y viendo quién estaba sentada en su propia silla, se rindió ante el hecho de que los días de separación previos a la boda serían simplemente insoportables.

– ¡Lisa! – exclamó Rick, feliz como un niño en Navidad por verla allí en su oficina cuando menos lo esperaba. – ¿Qué haces por acá?

– Te estoy besando, tonto – respondió Lisa, sin quitarle los ojos de encima mientras lo veía acercarse a paso vivo hasta el escritorio que ella ocupaba desvergonzadamente.

– No, no me estás besando, estás---

En abierta contradicción con aquella respuesta, dos suaves labios tomaron los del contralmirante Hunter en un beso tierno y juguetón que llevaba la promesa de algo más, siempre y cuando él lo quisiera así... y dado que así lo quiso y así se lo hizo saber a ella, el beso se convirtió en algo que los iba a dejar sin aliento si no se separaban para respirar. Les llevó varios intentos desganados el juntar la fuerza suficiente como para romper aquella dulce inercia de besarse, y cuando sus labios finalmente se separaron, los dos inhalaron con fuerza para recobrar el aliento...

– ¿Y ahora? – preguntó Lisa con la mirada brillante, remarcando esa pregunta con un besito en la nariz de Rick.

Rick la miró como si fuera la criatura más hermosa del mundo, y de no ser porque sabía a ciencia cierta que ella lo adoraba, tal vez le hubiera preocupado quedar mal ante ella por la cara de tonto feliz que estaba poniendo sin pensar...

– Ahora sí... – susurró él, sin dejar de perderse en esos ojos verdes que adoraba.

– ¿Qué estabas haciendo antes de atender lo tuyo? – preguntó Lisa.

Rick Hunter tardó en responder; todavía estaba ligeramente desorientado luego del beso, y lo único que pudo decir cuando notó que ella le había hecho una pregunta fue un simple:

– ¿Eh?

– Esos documentos... – agregó Lisa, señalando con un leve gesto de la cabeza un par de hojas de papel que estaban sobre el espacio de trabajo de Rick.

– Eh... ah, sí – dijo él en cuanto se dio cuenta de los documentos a los que Lisa se estaba refiriendo. – Son transferencias bancarias...

– ¿Para qué?

– Es un fondo que abrieron para los deudos de los que murieron en el Alexander... – explicó el almirante Hunter con tono apesadumbrado, explayándose más al ver que Lisa comprendía perfectamente y quería saber más. – Para gastos médicos de emergencia, fondos universitarios o para complementar las pensiones militares.

La iniciativa había nacido de una idea de Vince Grant, tomada a la semana del regreso triunfal del Alexander a la Tierra, como forma de ayudar a William Coleson a solventar los gastos que debía enfrentar al tener que cuidar sólo de su hija Jane... y como forma de devolverle aunque sea algo a Andrea Coleson por su sacrificio desinteresado, sin el cual muy probablemente toda la tripulación del portaaviones hubiera fallecido.

La noticia cundió rápidamente entre la tripulación del Alexander, y no tardó mucho hasta convertirse en un verdadero fondo bancario en el que, de manera completamente voluntaria y privada, los sobrevivientes de la nave hacían un pequeño aporte monetario que sería usado en beneficio de las familias de los caídos, de manera suplemental a las pensiones militares que recibían de parte del Ministerio de Defensa.

En los cinco meses que llevaba funcionando el Fondo Alexander, la competencia y capacidad de sus administradores ya estaba dando frutos, y los aportes de la tripulación (a los que se sumaba una generosa donación de parte de RBK Corporation, gracias a la intermediación del teniente Bromco con su muy famoso y exitoso "hermano de lote") estaban multiplicándose con los intereses y ganancias, asegurando así que los deudos del UES Alexander tuvieran algo a lo que recurrir en caso de dificultad.

– ¿Cuánto donaste? – quiso saber Lisa, apoyando una mano de manera comprensiva en el hombro de Rick.

– Cinco mil créditos en lo que va del año – respondió él. – Justo ahora iba a donar los quinientos créditos de este mes...

Lisa adoptó un aire pensativo y enigmático que hizo que Rick se preguntara qué diablos podía estar pensando... y luego de unos pocos segundos de silencio, Lisa se limitó a hacer una única pregunta:

– ¿Tienes más de esos formularios?

– ¿Por qué lo dices?

Ante semejante contrapregunta, Lisa miró a su novio con extrañeza, como si él le hubiera preguntado algo demasiado obvio.

– Porque tengo una donación que hacer...

– Lisa, no hace falta... – se apresuró a contestar Rick en un esfuerzo por evitar que su prometida incurriera en gastos, pero antes de poder decir una palabra más, sus labios se vieron sellados por un dedo que presionaba suavemente sobre ellos...

Siguiendo aquel dedo con la vista, Rick no tardó en encontrarse con la mirada segura de Lisa, y con esa sonrisa comprensiva que todo lo podía con él.

– Amor, no discutas conmigo.

La expresión de Rick se tornó quejosa y juguetona a la vez, mientras castigaba a ese dedo silenciador con un beso que no por ser suave y leve evitó que Lisa sintiera escalofríos que la recorrían de punta a punta.

– ¿Así va a ser nuestro matrimonio?

– No tiene por qué ser así – le aseguró Lisa con una expresión inocente y tranquila, besándolo en los labios y dejándolo embelesado. – Basta con que me hagas caso siempre. ¿Ahora, me dejarías firmar?

– ¡Ni siquiera estamos casados y ya se pone mandona, vicealmirante Hayes! – protestó Rick con vehemencia.

La almirante Hayes esperó a terminar de escribir su firma en uno de los documentos, en los que se comprometía a aportar mil quinientos créditos para el Fondo Alexander antes de responder a aquella protesta de su hombre, taladrándolo con la mirada y hablándole en ese tono bajo y sugerente que sabía por vasta experiencia que lo volvería loco de atar...

– No recuerdo que te quejes de que sea mandona cuando los dos...

Después de tres años, Lisa no necesitaba terminar las frases para que Rick las entendiera; esas indirectas él las captaba sin ninguna clase de problemas.

Por su parte, Rick arqueó la ceja en una expresión sorprendida, hallándose listo y dispuesto a devolverle golpe por golpe a Lisa... haciéndolo con ese ligero toque de arrogancia al hablar que sabía que la volvería totalmente loca...

– Tampoco recuerdo que me hayas llamado insubordinado cuando estamos...

Lisa no decepcionó; primero quedó con la boca abierta como si no pudiera creer el descaro de Rick, y sus labios incluso se movieron en un vano intento de formar palabras... pero necesitó pensar mejor las cosas antes de volver a hablar.

– Hunter, eres un tonto – le espetó en medio de una risa juguetona y traviesa.

Rick sólo se encogió de hombros, como si aquel comentario no le importara mucho; bien sabía ella que podía decirle lo que quisiera y él asentiría con gusto.

Hasta ese punto estaba enloquecido con ella.

– Soy tu tonto, pero también soy suspicaz, jamás lo olvides... – devolvió el almirante Hunter, guiñándole un ojo de manera cómplice.

Lisa lo miró con ternura, sonriendo de manera dulce y acariciándolo antes de darle un beso en la frente...

– ¿Cómo podría olvidarlo?

La respuesta de Rick nada tuvo de dulce, sino que fue furiosa y desesperada, como si con ese beso la Tierra se estuviera jugando la supervivencia misma frente a la Gran Flota de Dolza, y Lisa, lejos de sentirse molesta, disfrutaba cada segundo y cada caricia de ese beso, devolviéndole a Rick en la medida en que él había obrado... acompañando el jugueteo de sus propios labios con unos involuntarios y sentidos gruñidos de placer que culminaron al separar sus labios en un espontáneo:

– Aw...

Con un beso suave en esos labios que lo volvían loco, Rick dio por concluida la lección a la que quería llegar, agregando una frase en caso de que Lisa no hubiera entendido el punto que fue demostrado:

– Si te portas bien y no eres mandona, tendrás más de eso esta noche...

Sin perder un sólo segundo más, Lisa dejó la silla de Rick, y se dejó llevar por el joven almirante hasta un sillón que había en un rincón de la oficina. Una vez allí, y en cuanto Rick se sentó, la almirante Hayes se dejó caer sobre las piernas bien dispuestas del almirante Hunter, hasta quedar en una posición que a Rick se le hizo de lo más tierna; nadie más que él podía decir que tenía a la seria, profesional y temible vicealmirante Hayes sentada sobre sus piernas y prodigándole tanto cariño con sus besos que él no sabía qué hacer... excepto tratar de devolvérselo de todas las maneras posibles...

En cuanto a Lisa, tener a Rick Hunter rendido bajo ella y totalmente entregado a lo que fuera que ella quisiera era algo que jamás se cansaría de disfrutar... se lo había ganado a pulso, y saberse dueña del amor de ese hombre sólo la motivaba a besarlo más y más, sintiendo que todo en su vida estaría bien mientras ella lo amara a él, y él le devolviera ese amor...

Cuando ella abrió los ojos, se encontró con un par de ojos azules que la miraban con una ternura y cariño que la hizo estremecerse, apenas notando que él la besaba y le susurraba una pregunta contra sus labios:

– ¿Terminaste con todo?

– Sipi – asintió ella con una enorme sonrisa de alivio en el rostro. – Ya firmé todos los documentos oficiales, y Reiter se hizo cargo del lugar. ¿Y qué tal el recorrido por tu nave insignia?

– Todo en orden, resolví ese inconveniente con los Destroids del 24to Mecanizado y acabé con el papeleo – le contó él, muy orgulloso de haber podido despachar todos sus asuntos pendientes en aquella tarde. – Así que por esta noche, lo único que tengo en mi lista de deberes eres tú.

– Qué curioso – respondió Lisa con falsa sorpresa, mientras se acercaba peligrosamente al rostro de Rick. – Me pasa algo parecido con mi lista...

Pero antes de que sus labios volvieran a unirse en un beso, la seria almirante Hayes perdió la compostura y comenzó a reír... lo que comenzó como una risa leve y casi silenciosa se convirtió bien rápido en una carcajada hecha y derecha a la que Rick opuso una cara extrañada que, lejos de calmar a Lisa, sólo la hizo reír con más fuerza...

– ¿Qué te pasa? – preguntó Rick, contagiándose de la risa divertida de Lisa. – ¿Por qué te estás riendo?

– Me reía de sólo pensar que... olvídalo.

– Ni pienses que lo voy a olvidar – replicó él, decidido a no dejar de acariciarla hasta que ella le explicara qué le estaba pasando. – ¿Qué pasa?

– Es que me di cuenta de que esta noche va a ser la última vez que haga el amor con un hombre soltero...

Lo primero que Rick hizo fue entrar a reír; lo segundo fue besar a Lisa como le gustaba hacerlo...

– ¿Y eso es lo que te tiene así? – rió Rick después de terminar el beso, señalándose luego con un gesto exagerado. – Mírame a mí, debería andar aterrado y aquí me tienes...

– ¿Y por qué estás aterrado? – quiso saber la almirante Hayes.

Rick le dedicó entonces su expresión más juguetona y provocadora, a la vez que hundía su cabeza en un intento de llegar al cuello de Lisa y cubrirlo de besos... mientras que la almirante Hayes, sin saber qué tenía en mente, sólo pudo intentar una pobre y tímida defensa que no disuadió al decidido Hunter...

– Porque después de esta noche, sólo voy a hacer el amor con una mujer casada...

– ¡Hunter! – exclamó Lisa, tanto en respuesta a la broma de Rick como reaccionando ante los escalofríos que le provocaba él con esos besos...

– ¡Es en serio, linda! – se defendió el almirante Hunter como si lo hubieran encontrado con las manos en la masa. – ¡¡Es preciosa, tierna y me vuelve loco, pero es una mujer casada!!

Lisa entrecerró los ojos como si estuviera a punto de matarlo, obligando a Rick a desarmarla con un beso y a abrazarla y apretarla contra él, disfrutando con locura cada segundo de eso.

– O va a serlo muy pronto... – se rectificó Rick.

Por su parte, Lisa se dedicó a acariciarle el rostro, pasando su mano suavemente y haciéndole cosquillas con las uñas mientras le susurraba al oído:

– Entonces aprovecha mientras es soltera...

– ¿Sabes? – preguntó Rick mientras le daba un beso en la mejilla a Lisa. – No te imaginas la envidia que le tengo al diablo afortunado que se va a casar con ella...

– Yo no le tengo envidia – negó ella, devolviéndole el beso a Rick en su propia mejilla y moviéndose hacia los labios expectantes del almirante Hunter. – Yo lo amo con todo el corazón...

– Más razón para tenerle envidia... – repuso Rick, besándola una vez más... y otra más... y otra más...

En medio de los besos, Rick se sobresaltó como si algo acabara de hacer click en su cabeza, y si bien Lisa acusó recibo del hecho, su única reacción fue continuar besándolo y haciéndolo de manera más intensa... hasta que Rick murmuró una única palabra contra sus labios, obligándola a dejar allí el beso.

– Bonita...

– ¿Qué? – dijo Lisa, separando sus labios de los de Rick para poder mirarlo mejor, y sintiendo que se derretía al perderse en los ojos azules del hombre al que amaba.

– ¡En cuatro días más nos casamos! – lanzó Rick con tono de sorpresa, desconcertando lo suficiente a Lisa como para que él pudiera volver a abrazarla y apretarla contra su cuerpo...

– ¿Cuatro? – exclamó Lisa con sorpresa e incredulidad. – ¿Por qué no vamos a la capilla ahora mismo y que nos case el capellán de guardia?

– No sabes las ganas que tengo, linda – exclamó Rick en medio de las risas generalizadas de los dos. – Cuatro días más... ¡Aw, dame un beso!

Lisa Hayes no se hizo rogar, besando a Rick con la total intención de dejarlo completamente tonto de cariño, aunque para ser justa, ese beso también la estaba dejando tonta, despertándole un cosquilleo en el estómago que, si bien lo asociaba con la infancia y la adolescencia, siempre encontraba una manera de regresar a ella, generalmente cuando Rick estaba besándola...

Había algo en el beso de Rick que ella reconoció al instante: una desesperación, una urgencia que no admitía demoras, una necesidad que sólo buscaba ser satisfecha... y un hambre que esperaba el momento en que los dos hicieran el amor para calmarse...

– ¿Por qué tanta ansiedad? – le preguntó ella con voz entrecortada durante uno de los respiros que se dieron.

– Porque mañana al mediodía nos tomamos el vuelo a Monumento y después no te veo hasta que llegues al altar – le explicó Rick, mirándola a los ojos como si no hubiera otra cosa en el mundo. – Por eso estoy tan ansioso...

– Piensa en lo que va a ser ese día... – trató de tranquilizarlo ella, sin importar que el ansia de Rick fuera una que ella compartía plenamente.

– Es lo único en lo que puedo pensar, créeme... bah, eso y otra cosa más que me tiene preocupado.

– ¿Qué puede ser? – quiso saber la almirante Hayes.

– En lo que esas dementes de Miriya y el Trío tengan planeado para tu despedida de soltera...

– ¿Eso te preocupa, Rick? – preguntó la almirante entre risas. – ¿Tienes miedo?

– ¡Claro que lo tengo! – exclamó Rick como si no pudiera creer que Lisa se tomara algo tan serio de manera tan jocosa, pasando luego a revelarle a la almirante Hayes su más irracional y persistente temor. – Imagina si te ponen a uno de esos desnudistas con brazos más anchos que mi cabeza y con abdominales en los que podrías fregar la ropa y decides hacer una locura... ¡Como para no estar asustado!

– Tengo la solución a tu problema, Hunter – le aseguró ella tras unos segundos de pensarlo seriamente.

– ¿Ah sí? – respondió Rick con curiosidad. – ¿Cuál es?

– La solución pasa por hacer que esta noche sea maravillosa, amor... – le explicó Lisa, sin dejar que la detuvieran las risas de Rick o la mirada hambrienta que ponía él. – Tan maravillosa que ni me importe que me pongan una brigada de desnudistas enfrente...

– Eso tenlo por seguro, Hayes – aseguró él como si se le fuera la vida en aquella empresa. – No me gustaría que te olvidaras de mí en estos tres días...

– Claro que no te voy a olvidar... – le prometió Lisa, sellando la promesa con un beso suave y ligero en los labios de Rick. – Y en lo que a mí respecta, pienso asegurarme de que ninguna bailarina de cabaret llame tu atención cuando esos locos a los que llamas "amigos" te hagan la despedida de soltero...

– ¡Pobrecitos nosotros! – se lamentó Rick por los dos, llevándose una mano para cubrirse el rostro mientras fingía llorar. – ¡Todos conspiran en nuestra contra!

En cuanto a Lisa, aquel llanto fingido no la conmovió en lo más mínimo ni hizo que flaqueara en su resolución, lanzándose amenazadoramente sobre un almirante Hunter que no sólo no podía defenderse... sino que tampoco quería hacerlo, ya que parecía haber quedado paralizado ante el brillo hambriento que destilaban los ojos de Lisa...

– Y para que veas que voy en serio...

Lisa ni le dio tiempo a Rick de decir nada; simplemente se le lanzó a los labios con hambre y decisión, dispuesta a hacerle sentir a Rick en carne propia cuánto lo amaba... y teniendo un éxito completo en la tarea, a juzgar por la desorientada mirada de satisfacción y puro placer que veía en los ojos de Rick Hunter en cuanto decidió que sus labios habían tenido suficiente azote.

– ¡¡¡WOOOOWWWWWWWW!!! – bramó Rick a falta de una mejor descripción de sus emociones, haciendo que Lisa riera levemente.

– Me alegra que te haya gustado la demostración – susurró satisfecha la almirante Hayes al oído de Rick. – ¿Qué dices si vamos al camarote a cenar... y a postrear después?

Rick la abrazó una vez más, dándole a Lisa una pequeña pista de lo que tenía planeado para ella en cuanto regresaran al camarote que los dos compartían en el Satélite.

– Tengo una cena sorpresa...

Los ojos de Lisa se iluminaron con curiosidad, y Rick pudo jurar que ella tenía en ese momento más de chiquilla ansiosa que de seria almirante...

– ¿De qué es? – quiso saber Lisa.

– ¡Es sorpresa, Hayes! – la reprendió Rick. – ¡Si te digo, sería ir contra la definición!

Tal vez Lisa pudo insistir más, pero había una lógica en la explicación de Rick frente a la que nada podía agregar, y reconociendo su derrota con un gruñido de rendición, se lanzó a besarlo una vez más, hasta que se detuvo abruptamente, separando sus labios de los de Rick tan rápido como los había lanzado.

Mientras el contralmirante Hunter se mostraba contrariado por la interrupción, Lisa simplemente le sonrió de manera traviesa, incorporándose hasta quedar nuevamente de pie, tras lo cual se ajustó y alisó el uniforme en un intento de volver a un estado medianamente presentable.

Antes de que Rick pudiera decir algo, Lisa extendió su mano para que él la tomara, ayudándolo de esa manera a ponerse de pie, y en cuanto lo hizo, ella le sonrió una vez más y le dijo en su voz más dulce:

– Vamos, amor...

Rick asintió, perdido en la mirada amorosa y tierna de Lisa, pero sabedor de que tanto el corazón de ella como el suyo latían con mayor intensidad, presintiendo aquella última noche que compartirían los dos antes de separarse... una separación que culminaría en el día maravilloso en que los dos formarían su propia familia, comprometiéndose a caminar juntos por el resto de sus días y enfrentando lo que fuera que el destino les tuviera reservado...

– Última noche de soltería conjunta... ¡allá vamos! – anunció de manera optimista Rick, tomando a Lisa por el talle y conduciéndola a la puerta de la oficina.

De allí a su camarote tenían unos buenos veinte minutos de caminata a paso normal.

Llegaron allí en diez minutos.


Martes 10 de octubre de 2017

Había mañanas en las que le costaba despertarse.

Claro, siendo la persona disciplinada y bien entrenada que era ella, eso no solía ocurrirle en los días en los que estaba de servicio, sino en aquellos gloriosos días de licencia que de tanto en tanto le eran otorgados. Aquella reticencia a despertarse se debía por lo general a que, o estaba teniendo un sueño demasiado bueno y profundo como para ser fácilmente interrumpido, o a que estaba demasiado agotada como para que sus instintos afinados por el entrenamiento militar la hicieran levantarse a su acostumbrado horario de las 0700.

En el caso de aquel día, era una combinación de las dos cosas; su sueño era muy agradable y profundo, y el cansancio ganado a pulso como resultado de la actividad del día anterior le estaba pasando la factura.

En medio de su sueño, ella sintió el calorcito leve y suave de los rayos del sol dándole de lleno en la mejilla, apenas esmerilados por las cortinas y el vidrio de la ventana, y su primera reacción fue voltear para ofrecerle la nuca al molesto Sol, procurando arrebatar unos minutos más de sueño. Casi al instante, como si la misma Naturaleza estuviera complotada para arrancarla de aquella cama, el canto de un pájaro posado en la ventana penetró en la modorra de su sueño, haciéndose tan molesto que su mano, que estaba colgando a un lado de la cama, se movió inconscientemente en un esfuerzo por encontrar un zapato para lanzarle al cantor... sin importar que lo hiciera a ciegas.

Luego siguieron los ruidos que venían de dentro de la casa; sonidos informes e imposibles de identificar, mezclas de voces que hacían preguntas o que las respondían, tazas llenándose y platos colocándose sobre la mesa, y en cuanto sus oídos creyeron distinguir que una de esas voces pronunciaba su nombre, su reacción fue automática: lanzó sus brazos para tomar la frazada y cubrirse mejor con ella, en un intento de protegerse de cualquier complot del mundo para despertar...

Es que ella no tenía la menor idea de donde estaba o de qué día era... todo lo que le importaba era seguir durmiendo, un poco más... y cuando escuchó unos golpes leves en la puerta de la habitación, sólo atinó a responder con gruñidos de queja, que no por no ser palabras tenían un significado menos comprensible.

Otros cinco golpes en staccato contra la madera de la puerta, y otros gruñidos de ella en respuesta.

De pronto, los golpes cesaron, y una voz atravesó la madera, destrozando el sueño y la modorra como si fueran vidrios impactados por un misil...

– ¡¡LIIIISAAAAAA!! – bramó una voz femenina. – ¡Despierta de una vez!

– Mmmhhhmmmhmhhhmhmhhhmhmhhnaamaannahamaaahhamaaannn – gruñó ella, siendo aquel galimatías lo mejor que pudo hacer para decir: "Estaría despierta si no me hubieras tenido de fiesta toda la noche... psicópata Zentraedi."

– Vamos, almirante Hayes, – insistió la voz – hoy es su gran día, pero no lo va a ser si sigue revolcándose en esa cama...

– Diez minutos más... – balbuceó la almirante Hayes, que en ese momento hacía lo posible por no abrir los ojos...

– Está bien, almirante – le respondió aquella voz femenina. – Llamaré a Rick y le diré que estás demasiado dormida como para casarte... ¿o prefieres que le mienta y le diga que te escapaste con otro hombre?

Los ojos de Lisa Hayes se abrieron bien grandes al escuchar esa palabra, sin que le importara lo bien cerrados que hubieran estado o el sueño terco que venía teniendo, y en ese momento la realidad penetró en ella con toda su fuerza, borrando hasta el último rastro de la modorra o de la fantasía que estaba viviendo en sus sueños... haciendo que se incorporara hasta quedar sentada en la cama.

Lejos de sentirse molesta, ella sonrió de oreja a oreja; su realidad era mucho mejor que cualquier fantasía.

– Está bien, está bien, tú ganas, loca gritona de cabello verde...

– ¡Oye! – protestó Miriya Parino–Sterling del otro lado de la puerta. – ¡No soy gritona!

– ¿Me dejas diez minutos? – solicitó Lisa tras reírse en silencio (no quería provocar a Miriya a que tumbara la puerta). – Tengo que vestirme y hacer unas cosas por acá...

– Tienes siete minutos – le advirtió Miriya. – Dana y yo te esperamos en la cocina.

Rubricando ese dato, Lisa oyó la risa musical de una niña de alrededor de cinco años, mientras ella misma sonreía satisfecha: todo lo que necesitaba eran cinco minutos para estar lista... y los dos minutos que acababa de robarle a la cancerbera en cuya casa estaba durmiendo le vendrían de maravilla.

– ¡Gracias! – exclamó Lisa, echándose una vez más en la cama y mirando al techo, mientras sus labios dibujaban una sonrisa de pura felicidad y su mente se perdía en pensamientos de aquella felicidad que inundaba su vida...

Por fin, tras años de conformarse con soñar e imaginar algo que creía que jamás se haría realidad, el día de su boda había llegado.

Su boda... de sólo pensarlo, su corazón palpitaba con más fuerza y respiraba profundamente para llenar sus pulmones de aire; necesitaba sentir ese día en todo su cuerpo, necesitaba sentirlo real y verdadero, y por sobre todas las cosas, no quería perderse ni un segundo de aquella jornada que prometía ser la más maravillosa de toda su vida.

Y lo primero en lo que pensó fue en él.

Todavía recordaba ese primer día como si hubiera sido ayer... aquella voz respondiendo a su pedido de identificación, esa voz que sonaba como la de un chico que estaba por hacerse hombre... esa voz cuyo rostro vio más tarde a través de una pantalla, revelando a un chiquillo con un casco de piloto que le quedaba grande, vestido con un traje de vuelo anaranjado algo raído y gastado y con un pañuelo azul atado al cuello; un chiquillo que la tildó de "comadreja parlanchina" mientras la miraba con unos ojos de un color azul profundo e intenso...

Lejos estaba ella aquel día enloquecido de febrero, hacía ya ocho años y medio, de pensar que esos ojos la hechizarían por completo, y que ese chiquillo maleducado iba a convertirse en el hombre valiente y dedicado que era hoy... el hombre del que se había enamorado casi sin pensarlo.

Ese hombre por cuyo amor ella sufrió en silencio, soportando golpe tras golpe mientras lo veía irse en persecución de otra mujer; ese hombre que la había llevado al paroxismo del dolor y de la desesperación, y que incluso deseó poder odiar con tal de librarse del dolor insoportable que le provocaba, encontrándose que su corazón se negaba a dejar de amarlo...

Ese hombre que finalmente correspondió a sus sentimientos, y que borró de su corazón todo el dolor, toda la soledad y toda la amargura, reemplazándolos por una felicidad que parecía ser infinita, haciéndola sentir que era una persona viva y vital, y no sólo una oficial militar entregada al deber y al servicio... ese hombre junto a quien ella había afrontado los pasados tres años, sin cuyo cariño y apoyo permanente ella no hubiera podido dar un paso más...

Ese mismo hombre que, hacía ya seis meses, llegó a creer muerto a causa de una horrenda broma del destino.

Ese mismo hombre por quien ella desafió la voluntad de los hombres, de la lógica y de la guerra para rescatarlo de las fauces de la muerte... sin imaginarse que en el momento en que los dos se reencontraron, iba a ser para ella como si fuera un nuevo nacimiento.

Ese hombre con quien, en cuestión de horas, ella contraería matrimonio.

Matrimonio; una vez más, aquella palabra la hizo reír como si fuera una chiquilla de secundaria, inundándose de pura felicidad al saber que esta vez era real, que ese día comenzaría el resto de su vida... y que el amor que los dos habían forjado en el fuego de la guerra y el dolor encontraría su más alta expresión, traduciéndose en un compromiso para toda la vida...

Por un segundo, ella se sintió tentada a tomar el teléfono celular que estaba en su mesa de luz y marcar el número de él, con la esperanza de oír su voz y sentir que sus palabras le hacían cosquillas... porque de verdad que ella no podía esperar para verlo...

Pero se contuvo de hacerlo; mal que le pesara en ese momento, tenía muy en claro que si aguardaba unas horas más, ella tendría todo lo que anhelaba, y más aún... así que era sólo cuestión de tolerar un poco más de separación...

No iba a llegar a ningún lado si no empezaba ahora mismo, y saliendo de la cama con gran velocidad, la vicealmirante Elizabeth Hayes se puso unos jeans y una camiseta para estar lo suficientemente presentable como para desayunar... y en cuanto estuvo lista, hizo una pasada por el baño para lavarse los dientes, lavarse la cara y peinarse. No le llevó mucho tiempo, ya que no iba a hacer falta mucha elaboración... de eso se ocuparían los maquilladores y peluqueros contratados para la boda...

Sin ser una persona frívola, Lisa Hayes decidió que ese día no le iba a molestar que la acicalaran... iba a asegurarse de dejar derribado y pasmado a ese piloto convertido en almirante.

Cuando salió del baño, lo primero que vio fue la figura pequeña y risueña de Dana Sterling, que aparentemente había estado esperando a que ella saliera, y que ahora la miraba con una expresión que Lisa no podía descifrar... pero que le parecía extremadamente simpática y graciosa.

– ¿Quieres usar el baño, Dana? – le preguntó Lisa con suavidad.

– No – negó la chiquilla, haciendo un puchero de decepción.

– ¿Pasó algo malo?

La chiquilla sacudió con fuerza la cabeza para negar, pero bien pronto levantó la mirada para ver mejor a la amiga de su madre, admitiendo con una vocecilla tierna:

– Pensé que te estabas vistiendo de novia, tía Lisa...

– ¡Aw, chiquita...! – rió Lisa, levantando a la hija de Max y Miriya bien en alto para abrazarla, mientras la niña entraba a reír de lo divertido que le parecía todo. – Todavía falta para eso... pero te prometo que más tarde me vas a ayudar a ponerme el vestido¿te parece bien?

– ¡Sí! – festejó Dana, levantando las manos para abrazar a su "tía"... y revelando en ese momento una hoja de papel que ella había usado para sus obras de arte...

– ¿Puedo ver esto? – preguntó Lisa mientras dejaba a Dana en el suelo.

– Está bien – accedió la niña, dándole el papel a Lisa.

El dibujo mostraba un montón de muñecos hechos en crayón, uno al lado del otro, y con una gigantesca sonrisa en los labios, Lisa se agachó hasta quedar a la altura de Dana para luego mostrarle el dibujo y preguntarle con verdadera curiosidad:

– ¿Quiénes son?

– Estos son papá y mamá – dijo la niña, señalando dos monigotes de cabello azul y verde, respectivamente. – Estas son las Tres Malas...

– ¿Tres Malas? – preguntó Lisa en medio de las carcajadas, notando que Dana estaba señalando tres muñecas con pollera y pelo largo, signo inequívoco del carácter femenino de esos personajes.

– Sí – asintió Dana. – Kim, Vanessa y Sammie... las Tres Malas... papá dice que son malas porque hablan todo el tiempo de cosas de otros...

– Está bien – le dijo Lisa conteniendo sus ganas de explicarle que no eran malas, sólo "terribles", volviendo entonces su atención al resto del dibujo. – ¿Y estos quienes son?

– Estos son Vince y Jean – le indicaba la niña.

– Ajá... ¿y estos dos? – quiso saber Lisa, moviendo su dedo hasta detenerse en los dos muñecos que estaban en el centro... uno de los cuales estaba vestido de blanco y tenía una larga melena marrón, mientras que el otro llevaba puesto lo que parecía ser un uniforme militar de color tan negro como la mata de pelo que le había dibujado Dana en la cabeza.

Dana sonrió con timidez, explicándole luego a Lisa de quienes se trataba.

– Esos son tú y tío Rick – dijo la chiquilla. – Se están casando.

– ¡Awwwww! – exclamó Lisa, abrazando a Dana y dejando que la niña la abrazara a la vez. – ¡Es muy lindo, Dana!

– Es tuyo – le respondió Dana. – Lo hice para tío Rick y para ti...

Como agradecimiento, la pequeña Dana Sterling recibió un abrazo bien fuerte y un beso en la mejilla de parte de su tía Lisa.

Antes de doblar aquel papel con reverencia y meterlo en su bolsillo (con toda la intención del mundo de enmarcarlo luego y ponerlo en su oficina), Lisa notó que había otros dos muñecos dibujados allí... de estatura considerablemente más baja que la del resto.

– ¿Quién es este? – le preguntó entonces Lisa, indicando a uno de esos dos muñecos, que estaba acostado y bajo el pie del otro con los ojos en cruz y la lengua afuera.

– Es Bowie – rió Dana. – Acabo de ganarle...

– ¿Y esa eres tú? – inquirió Lisa, notando que el muñeco que vendría a ser "Dana Sterling" vestía un uniforme marrón. – ¿Por qué estás de uniforme?

– Porque voy a ser soldado – le explicó con orgullo la chiquilla, haciéndole a Lisa una venia que ella respondió.

– ¿Piloto como papá y mamá?

– No – negó Dana, sacudiendo la cabeza. – Voy a manejar un tanque¿no lo ves?

Y efectivamente, allí donde estaba señalando Dana, había un tanque crudamente dibujado con sus orugas debajo de la torreta, bien cerca de donde estaban los muñecos de Dana y Bowie... y en la torreta podía leerse la palabra "Dana".

– ¿No se lo dijiste a tu mamá?

– No – le contestó la niña, acercándose al oído de Lisa como si quisiera contarle un secreto. – Mamá dice que todos los que manejan tanques son pobres diablos.

– ¿Y por qué quieres manejar un tanque si a tu mamá no le gusta?

– Porque mamá me hace reír cuando se enoja – admitió Dana, para luego hacer una muy vívida imitación de Miriya Sterling en un arranque de furia, haciendo cara rara y graciosa tras cara rara y graciosa... y provocando que la almirante Hayes estallara en carcajadas ante lo exacto de la representación.

Meneando la cabeza ante aquella demostración de lógica Sterling, Lisa se incorporó una vez más, ofreciendo la mano a la niña para que la tomara, y cuando ella lo hizo, las dos caminaron hacia la escalera principal de la residencia de Max y Miriya Sterling.

– Vamos a desayunar¿te parece? – sugirió Lisa, encontrando viva aceptación por parte de Dana. – Y no le diré nada a tu mamá de que quieres manejar un tanque... quiero que esté fuera de la cárcel para la boda...

Mientras bajaba la escalera con Dana tomada de la mano, Lisa sintió que algo muy dentro suyo despertaba... algo que ella había presentido años atrás y justamente en momentos en que sostenía a aquella chiquilla en sus brazos. Un repentino deseo de poder experimentar la felicidad que veía en Miriya y Max cuando Dana estaba cerca, las ansias de llevar una vida dentro de ella, de poder concebir algo perdurable, un testimonio del amor que la unía a Rick...

Por sobre todas las cosas, un deseo urgente de ser llamada "mamá"...

Con una sonrisa traviesa que no explicó ni a Dana ni a Miriya cuando la notaron, Lisa se sentó a desayunar, decidiendo que, a fin de cuentas, era preferible encarar el futuro una cosa a la vez. Ese día, darían el paso de casarse... ya habría tiempo para hablar de niños, y definitivamente ése no era el día para plantearle a Rick ideas como esa...

Después de todo, ella tenía interés en que, esa noche, Rick Hunter durmiera en el mismo continente que ella...


Por más que hiciera un esfuerzo por respirar, a Rick Hunter lo aquejaba una falta crónica de aliento, que se traducía en jadeos e inhalaciones progresivamente más intensas... aunque no tan intensas como los latidos de su corazón desbocado.

No era culpa del lugar; aquella sala lateral de la Catedral Militar era amplia y espaciosa, y las ventanas abiertas de par en par dejaban que entrara el aire fresco del otoño.

No era culpa de ninguna amenaza o peligro; el lugar estaba silencioso al punto de poder oír los latidos de su corazón, y si había algún otro sonido en el ambiente, esos eran los leves murmullos que podían oírse del otro lado de la puerta, o el soplo del viento monumenteño que se colaba por la ventana.

No era culpa del esfuerzo físico; en atención a lo presentable y prolijo que debía estar en un día como aquel, Rick se había abstenido de correr o siquiera caminar a paso vivo, para no provocar sudoración... después de todo, no quería que las fotos y recuerdos de aquel día mostraran a su cabello rebelde y húmedo y a su frente brillando con innumerables gotas de sudor...

Ni siquiera era culpa del nunca suficientemente maldito cuello cerrado de su uniforme de gala, por más que Rick deseara culparlo de todos los males; la tela con la que estaba hecha la camisa de su uniforme era lo bastante flexible como para que se adaptara al cuello del portador, permitiéndole así respirar normalmente y no sentirse en una estrangulación permanente.

De todas formas, Rick prefería los cuellos abiertos.

No... si había algo a lo que culpar de su falta de aliento y del nerviosismo que lo aquejaba, era al gran paso que daría en... menos de una hora, según concluyó tras revisar el reloj que llevaba en la muñeca.

Las 1815 horas, Tiempo Estándar de Monumento...

Sólo faltaban cuarenta y cinco minutos para que su vida cambiara de manera irrevocable, y decir que Rick Hunter estaba nervioso ante aquel prospecto era quedarse corto...

Estaba más que nervioso, estaba positiva y oficialmente hecho un manojo descontrolado de nervios, y lo único que evitaba que se estremeciera sin control era el temor de arrugar el uniforme de gala y no estar todo lo bien presentable que podía estar ante la persona más importante de su universo.

Levantándose de aquel sillón en el que estaba sentado, Rick caminó hacia una de las paredes de la sala, en donde alguien había dejado un espejo; le vendría bien aprovechar el espejo para hacer revisiones de último minuto en su uniforme y aspecto personal.

Ahí estaba su reflejo, mirándolo con ojos nerviosos que él esperaba que no fueran los suyos propios... y en un intento por calmarse y recobrar el control de sus propias emociones, el contralmirante Rick Hunter comenzó a hacer caras raras ante el espejo, riéndose tontamente con la devolución que su reflejo le estaba haciendo.

Reír siempre le venía bien, y pasados unos segundos, la respiración de Rick Hunter se hizo algo más normal y relajada...

Por primera vez en el día, Rick reparó en el uniforme de gala que portaba, estudiándolo detenidamente mientras en su interior él permanecía incrédulo ante el hecho de que su carrera militar hubiera avanzado tanto como para permitirle portar –y con bastante elegancia, reconoció en un arrebato de vanidad– el uniforme que las Fuerzas de la Tierra Unida reservaban a los almirantes...

Levita negra con faldón y cruzada hacia el lado derecho; la solapa cerrada con botones dorados en reemplazo de las habituales presillas del uniforme de servicio, a los que, al otro lado del uniforme, se les sumaba un número igual de botones dorados que no cumplían otro propósito más que dotar de cierta simetría a la levita.

Charreteras doradas en los hombros, con flecos dorados que caían sobre la parte superior del brazo y sobre cada una de las cuales reposaban dos estrellas doradas en representación de su rango militar, estrellas que también aparecían en el lado derecho del cuello de su camisa.

Galones en cada manga de la levita; una franja plateada de siete centímetros de ancho rodeando por completo la bocamanga, bordeada arriba y abajo por sendas franjas doradas de medio centímetro de ancho, y atravesada en el centro por una franja dorada de un centímetro y medio de ancho: la insignia de su rango de contralmirante.

Condecoraciones y distintivos en el pecho de la levita; arriba de todo estaba el emblema dorado de las Fuerzas Espaciales, colocado sobre dos insignias que iban lado a lado. A la izquierda estaba una estrella dorada en el centro de un par de alas extendidas: las codiciadas "alas doradas" que lo identificaban como un piloto militar; a la derecha, otra estrella dorada colocada sobre una representación estilizada del SDF-1, que identificaba a Rick como un oficial asignado a la flota. Debajo de aquellas tres insignias estaban las usuales cintas multicolores, cada una de ellas representando una condecoración, citación de servicio o distintivo de campaña, configurando un conjunto verdaderamente impresionante de medallas... cada una de las cuales había sido ganada a pulso y esfuerzo.

Cinturón plateado de tres centímetros de ancho, en cuya hebilla relucía el escudo de las Fuerzas de la Tierra Unida, y que hacia el costado derecho del uniforme tenía perfectamente enganchada una imponente espada ceremonial, con acabados en oro y plata en la empuñadura, de la que además pendía un galón dorado.

Pantalones tan negros como lo era la levita, excepto por una línea roja a cada lado de las piernas, que iba desde el cinturón hasta el borde del pantalón, cayendo sobre un par de zapatos reglamentarios de impecable color negro, lustrados hasta brillar.

Gorra blanca bajo el brazo, en donde permanecería hasta que saliera de la nave de la catedral con su flamante esposa de la mano; la gorra en sí era blanca y en su centro ostentaba un emblema metálico: el escudo de armas de la Tierra Unida rodeado de laureles. En cuanto a la visera de la gorra, ésta era negra con doradas hojas de laurel que se encontraban en el centro.

Tras revisar su uniforme, Rick no pudo contener una risa; lo máximo que esperaba alcanzar el día en que entró a las Fuerzas de la Tierra Unida más para escapar de la impotencia e indolencia que por algún ardor patriótico, era sobrevivir a la guerra, estando muy lejana en su mente la posibilidad de alcanzar un rango de teniente... ni qué decir llegar a teniente comandante como Roy.

Y ahora, Richard Hunter era un contralmirante; sólo había dos rangos por encima del suyo en toda la escala jerárquica, haciendo que él reservara el trato de "señor" o "señora" exclusivamente a los almirantes y vicealmirantes, o a los generales y tenientes generales de los otros servicios con los que tuviera que tratar... y ostentar ese rango antes de llegar a los veintisiete años de edad era un logro que muy pocos podían llegar a reclamar.

O había sido muy bueno en su trabajo, o el mundo estaba verdaderamente desquiciado.

Embarcado en un tren de pensamiento inesperado por aquella fugaz memoria de Roy Fokker, Rick Hunter se encontró rememorando un lejano día hacía ocho años, a comienzos de febrero de un 2009 que no conocía de guerreros Zentraedi, transposiciones fallidas, comadrejas parlanchinas o Lluvias de la Muerte... un momento de su vida en el que sólo existían para él el deseo de volar y la necesidad de ganarse el pan de cada día con sus espectáculos acrobáticos.

El día en que recibió vía e-mail novedades de su "hermano mayor", de quien no había sabido nada en años; un sencillo mensaje en el que le pedía identificar el código postal del área en el que se hallara en ese momento circunstancial, con el fin de enviarle "algo urgente"... para recibir dos días después una invitación oficial a la ceremonia de despegue del SDF-1 en Isla Macross, cortesía del teniente comandante Roy Fokker, Fuerzas de la Tierra Unida.

Recordó lo mucho que había dudado antes de decidirse a aceptar la invitación, ya que había un nuevo concurso de vuelo amateur a la vuelta de la esquina y él necesitaba ponerse en práctica para ganarlo una vez más; con los cincuenta mil créditos que venían con el primer premio, él podía sobrevivir un año más y darle mantenimiento a su fiel Mockingbird para que no se precipitara a tierra con él adentro.

En una situación como esa¿podía darse el lujo de montarse en su avión para volar diez horas hasta ese punto perdido en el medio del Pacífico, pasar un par de días y después volver?

Era tomarse excesivas libertades con su tiempo... y contra lo que hubiera recomendado la lógica, Rick Hunter sencillamente se encogió de hombros, montó su jet Mockingbird y despegó del ignoto aeródromo de Nebraska en el que estaba para emprender vuelo hacia la Isla Macross... sin saber que estaba en camino hacia su destino.

Era curioso pensarlo en un momento como ese, con ocho años de eventos que habían seguido a aquel lejano momento de decisión... lo único que sabía era que algo lo había impulsado a preferir volar hacia Isla Macross en lugar de practicar nuevas piruetas y poner a punto su Mockingbird para el campeonato de vuelo amateur...

Si ese "algo" era un simple interés por ver la nave de la que toda la Tierra hablaba, o si era el presentimiento de lo que le esperaba, él jamás lo sabría...

A fin de cuentas, decidiéndose a volar hacia Macross en febrero de 2009 y sin saberlo, Rick Hunter había escogido un destino que lo llevaría a las estrellas, que lo impulsaría a enrolarse en una institución a la que él repudiaba entonces por considerarla una banda de asesinos a sueldo, que le haría conocer el horror de la guerra, la exaltación de la victoria, el dolor de la derrota y el sufrimiento que venía con la muerte de un camarada... que le haría conocer una infatuación inocente que más tarde sería reemplazada por la seguridad de haber encontrado nada más y nada menos que al amor de su vida...

Ese día, Rick Hunter había escogido el camino que lo conduciría eventualmente allí, a la sala adyacente a la nave principal de la Catedral Militar, mientras aguardaba el momento en que contraería matrimonio con la mujer que su alma había estado esperando toda la vida...

Justo entonces, Rick cayó en la cuenta de que nunca supo quién había ganado aquel mentado campeonato amateur de 2009; probablemente hubiera sido un integrante de la legión de pilotos que lo envidiaban y resentían por la seguidilla de victorias consecutivas en el Campeonato Internacional que lo habían hecho famoso. Lo verdaderamente curioso era que, en medio de la guerra y la tormenta emocional que había traído para él, Rick Hunter jamás se lamentó el haber preferido volar a Macross en lugar de prepararse para el campeonato.

Después de todo, de haber participado, muy probablemente hubiera ganado la copa del primer premio y los cincuenta mil créditos que venían incluidos... y se hubiera perdido de conocer y amar al ángel de su vida.

¿Acaso lo había presentido al momento de decidir? Puede ser que no... o puede ser que ya en aquellos lejanos días de 2009, el destino hubiera decretado que ellos dos debían encontrarse y caminar el sendero tortuoso que los llevaría a amarse...

Y ahora, ocho años y ocho meses después, Rick Hunter estaba a punto de casarse con Lisa Hayes... quien curiosamente fue la primera persona con la que habló al llegar a Isla Macross, aunque más no fuera a través del canal de control aéreo y diciéndose las frías y técnicas frases usuales entre controlador y piloto.

Ahora los dos iban a compartir su vida, a entregarse mutuamente ante las leyes de Dios y de los hombres... a proclamar al mundo que ellos dos iban a estar siempre el uno para el otro, cuidándose, amándose y respetándose hasta que la muerte los separara de manera transitoria... porque en su fuero íntimo Rick sabía que la eternidad los vería amándose.

Rick sabía que eso sólo era el comienzo del resto de su vida, y que quizás los desafíos que había afrontado hasta llegar allí palidecieran en comparación con lo que el futuro les tendría reservado.

La Misión Expedicionaria era una realidad de la que nadie dudaba, así como nadie dudaba de que tanto él como ella estarían llamados a ser parte de los líderes de aquella fuerza. Ellos dos, al igual que cientos de miles de soldados, y quizás millones de civiles, serían llamados a emprender una misión que sentaría las bases de la presencia humana en el resto de la galaxia, y en la que ellos deberían tratar de lograr una paz duradera con un imperio cuyos soldados casi lograban exterminar a la humanidad... o entablar combate lejos de la Tierra y de todo lo conocido en un esfuerzo por evitarle a la raza humana más destrucción y muerte venidas desde el espacio.

Sería una misión de años, tal vez décadas... una misión que quizás ellos nunca llegaran a ver completa, que los alejaría de una Tierra a la que tal vez jamás volverían a ver.

Pero él no estaba preocupado por eso.

Al fin y al cabo¿a qué podía temerle, cuando en pocos minutos más contraería matrimonio con la mujer de su vida?

Una mujer que lo hacía sentir completo, que le inspiraba un deseo inquebrantable de protegerla y amarla, una mujer que le daba sin dudarlo el cariño que él había anhelado toda su vida... una mujer que no sólo estaba dispuesta a ir al infierno por él, sino que incluso lo había hecho una vez.

Los oscuros días de abril, las duras experiencias del Alexander, eran toda la prueba que él necesitaba para saber que Lisa y él habían sido hechos para amarse y protegerse.

¿Qué podía llegar a salir mal con Lisa a su lado?

Como si el nombre de Lisa fuera la llave del arcón de sus recuerdos, la mente de Rick Hunter se perdió en remembranzas de los últimos ocho años en las que aparecía como protagonista indiscutible aquella mujer de cabello castaño y ojos verdes que lo había conquistado, recordando desde el infame día de la "comadreja parlanchina", pasando por la Batalla de la Base Sara y el cautiverio en la nave insignia de Breetai, rememorando la tarde que ambos pasaron involuntariamente juntos a la salida de un cine y el rescate que hizo de ella en las ruinas de la Base Alaska, sufriendo a la par de ella con esos dos años de indecisiones y heridas crueles e insensibles, causadas mientras él corría tras de un espejismo; deteniéndose en el día en que el SDF-1 murió y su amor al fin pudo crecer y madurar... y llegando a ese domingo de fuego en el que los dos se reencontraron tras sufrir y luchar en soledad...

Y ahora había llegado al día en que todo eso y se convertiría en el prólogo de su vida juntos...

Pero antes de que Rick Hunter pudiera seguir dándose el gusto de viajar por el sendero de los recuerdos, la puerta de la sala se abrió con un chirrido que le provocó un sobresalto, haciendo que volteara nerviosamente hasta encontrarse nada más y nada menos que con su padrino de bodas, vestido con un uniforme de gala muy similar al suyo en el que relucían las insignias de rango de un capitán grado inferior.

– ¿Todo bien, almirante Hunter? – le preguntó Max en tono bromista. – Pensábamos que habías muerto o que te habías fugado...

– Todo bien, Max – le aseguró Rick con una sonrisa, despejando cualquier temor de la mente de su mejor amigo. – Me perdí pensando... ¿qué hora es?

– 1849, Rick – contestó Max, conteniendo la risa al ver cómo los ojos de Rick se abrían bien grandes y su mandíbula caía al caer en la cuenta de la hora. – Vine a buscarte, Hunter... toda la concurrencia te espera para que esperes a tu prometida.

– Mi prometida, cielos... – murmuró pensativo Rick, embobado como si Lisa acabara de aparecer frente a él.

– No me digas que estás teniendo pánico de último momento, Rick – lo previno Max. – Miriya tiene permiso escrito de la Corte Suprema para ejecutarte sin juicio si llegas a arrepentirte...

– ¡¡No, no, jamás!! – exclamó Rick como si quisiera exorcizar la sola idea. – Son sólo---

– Los nervios prenupciales, lo entiendo – le aseguró Max con tono comprensivo. – Ponte a pensar que esta misma noche estarás durmiendo junto a tu esposa, hermano... y que mañana por la mañana estarán en vuelo al Caribe...

Rick asintió sin decir una sola palabra... y al paso de los segundos, su cara de nervios desapareció, transformada en una expresión de felicidad coronada por una enorme sonrisa.

– ¿Lo estás pensando? – quiso saber Max.

– Lo estoy pensando – contestó Rick. – Gracias por la sugerencia, realmente ayuda...

– Ni lo menciones – fue la respuesta de Max. – Ya me lo agradecerás cuando llegues a tu luna de miel...

– ¿Es tan bueno el lugar? – preguntó el almirante Hunter.

– ¿Villa Riviera? – dijo Max. – Es muy bueno, además escuché que es un destino popular para las parejas que van de luna de miel... y desde que volvimos de allí en julio, Mir me ha estado insistiendo para que volvamos alguna vez...

– Hazle caso a tu esposa, Sterling... – le aconsejó Rick medio en sorna.

– No te hagas el gracioso, Hunter – replicó el capitán Sterling. – Porque en diez minutos más, tú también tendrás una esposa a la cual obedecer... ¿ahora, podemos ir o tendré que traer al Ejército para que te lleven al altar?

– Está bien, capitán, está bien – contestó Rick en medio de una risa. – Abre la puerta.

Accediendo al pedido de su amigo, Max Sterling abrió la puerta, dándole a Rick el primer vistazo de la nave principal de la catedral... una visión que lo dejó con la boca abierta al comprobar que el lugar estaba repleto.

El capellán O'Brien ya estaba en el altar, y a juzgar por el rostro del sacerdote católico que oficiaría la ceremonia, además del de toda la concurrencia, estaban esperando con ansias a que se hiciera presente el novio.

Es decir, él.

Luego de que Max se colocara dos pasos detrás de él, y tras tomar aire como para que sus pulmones tuvieran reservas por años, Rick Hunter dio los primeros pasos que lo llevarían al altar, caminando con una marcialidad y precisión que ocultaban el júbilo que todo lo quemaba en su interior.


Si le hubieran preguntado a Rick, él habría respondido de buena fe que no existía tal cosa como un mundo fuera de él y de la mujer sobre quien estaban clavados sus ojos, y muy probablemente él no fuera el observador más objetivo y ecuánime allí presente, pero para él, no cabía la menor duda de cuál era la palabra que mejor describía a la mujer que caminaba hacia él.

Radiante.

Todo lo que esperaba era no haberse quedado con la boca abierta mientras veía a Lisa caminando por el pasillo, aunque al cabo de unos segundos eso ni siquiera le importaba... todo lo que le importaba era verla y no perder ni un instante de aquella visión adorable que se estaba acercando...

Ella portaba un vestido de un radiante color blanco, con un velo que si bien le caía sobre el rostro, no impedía que Rick notara aquella enorme y emocionada sonrisa que ella llevaba, o incluso sus ojos verdes, que brillaban con una felicidad que se hacía manifiesta en alguna lágrima rebelde que no podía esperar más...

A cada paso que daba ella, a Rick le parecía que su propio corazón estallaba de felicidad, y mientras los acordes majestuosos de "Pompa y Circunstancia" de Elgar inundaban la nave de la Catedral Militar, la propia alma del almirante Rick Hunter se elevaba a los cielos de un Paraíso que sentía cercano, un paraíso al que entraría de la mano de aquel ángel que se acercaba hacia él como si estuviera flotando sobre el suelo.

Junto a ella, y tomándola del brazo, caminaba con un paso firme y marcial el hombre que había sido elegido para entregar a Lisa en el altar, y tomándose un segundo para hacer la observación, Rick Hunter cayó en la cuenta de lo apropiado que era que Lisa Hayes fuera entregada por un hombre más joven que ella... y si al teniente comandante Vince Grant, que no por ser más joven dejaba de ser mucho más alto e imponente que la mujer a la que estaba llevando, le causaba alguna incomodidad o extrañeza, semejantes emociones pasaban inadvertidas gracias a la sonrisa que llevaba en el rostro.

Había sido, realmente, la elección más apropiada: no sólo por ser Vince una de las personas que ayudaron a mantener con vida a Rick en medio de la crisis del Alexander, sino porque en él Claudia Grant hacía acto de presencia... como si estuviera bendiciendo, desde donde estuviera, una unión que ella siempre consideró posible, necesaria y hasta inevitable, incluso antes de que los mismos prometidos lo descubrieran.

Detrás de Lisa, cada una de ellas sosteniendo una parte de la cola del vestido de novia, caminaban cuatro jóvenes mujeres cuya alegría y emoción por estar en ese momento sólo era superada por la de la misma novia... y lejos estaban Kim Young, Sammie Porter y Vanessa Leeds de parecer terribles o amenazantes; ellas, al igual que la joven Kelly Hickson, que hacía su presentación en sociedad como la nueva integrante de lo que quizás llegaría a conocerse como el Cuarteto Terrible, disfrutaban de la emoción y algarabía de la ocasión con el alivio y júbilo de quien estuvo esperando presenciar aquel momento durante años...

Y en cuanto a él... de haber tenido la presencia de ánimo para hacerlo, le hubiera pedido a Max que lo golpeara en la cabeza para comprobar si estaba despierto o dormido, porque no podía creer que lo que ocurría era real...

Tenía que ser un sueño, tenía que ser un producto de su imaginación, no podía ser que estuviera a minutos –¡minutos!– de contraer matrimonio con Lisa... sencillamente no podía ser real...

Entonces, como si hubiera notado aquel fugaz instante de duda con sólo ver el rostro del hombre con quien se iba a casar, Lisa sonrió tiernamente, y la mirada en sus ojos verdes se volvió más amorosa y esperanzada...

"No es un sueño, amor... esta vez no es un sueño."

En cuanto a Lisa, apenas tenía conciencia de estar transitando aquel pasillo; bien podía estar siendo arrastrada por su propio corazón, ya que lo único que existía en su mundo era aquel hombre alto y delgado, de cabello negro resistente e impermeable a cualquier esfuerzo por peinarlo, y que vestía un uniforme militar negro y reluciente con tanto garbo y elegancia que le pareció que él había sido hecho para portarlo orgullosamente.

Mientras cruzaba los últimos metros de aquel pasillo, del brazo del hermano de su mejor amiga, todos los sonidos del mundo exterior desaparecieron para Lisa; ya no podía oír las notas de la marcha nupcial o los suspiros y comentarios que levantaba al caminar... todo lo que ella podía escuchar era el latido cada vez más intenso de su corazón, y por un segundo, ella juró que también podía oír el latido del corazón de Rick.

O bien pudo haber sido la emoción que la invadió al mirar a Rick a los ojos y ver que él se estremecía levemente de la emoción, con una sonrisa que crecía hasta hacerse brillante como su mirada.

Por fin, tras lo que a Rick le pareció un siglo, el cortejo nupcial llegó al pie del altar y se detuvo a pocos centímetros de donde él y Max estaban parados... y el corazón de Rick y Lisa casi se detuvo al sentirse cerca por primera vez en tres días que fueron demasiado largos para su gusto...

Sus miradas se cruzaron, y lo único en lo que pensaron fue en besarse y comenzar su nueva vida...

En ese momento, y carraspeando para sacar a los prometidos de su trance y recordarles que faltaban todavía algunas cosas más para que pudieran considerarse marido y mujer, Vince soltó el brazo de Lisa, y tras tomar con sumo cuidado la mano de la almirante en la suya, la llevó lentamente hasta la mano abierta y expectante de Rick, ayudando a que las dos se tomaran y estrecharan, mientras sin poder contener su propia emoción les decía:

– Muchachos, el día al fin llegó para ustedes...

Pero si Vince dijo una sola cosa más, Rick y Lisa no la escucharon, porque estaban demasiado abrumados y emocionados por algo tan sencillo como juntar sus manos y entrelazar sus dedos... a cada roce de sus dedos, un escalofrío los recorría de la cabeza a los pies, y bastante esfuerzo tuvieron que hacer para no lanzarse uno en brazos del otro y besarse...

Ya estaba en marcha, y ninguna fuerza en el universo hubiera impedido que ellos dos prosiguieran con la unión que iban a formalizar ese día...

En cuanto a Vince, Max debió haberle dicho algo, ya que el teniente comandante Grant frunció el ceño de manera teatral y le espetó en voz baja luego de colocarse a su lado, ya cumplido su sacrosanto deber de entregar a la novia:

– Está bien, Sterling... en la fiesta te pago los benditos cincuenta créditos...

Sin soltarse ni por un segundo, Rick y Lisa se dieron vuelta hasta quedar frente al sacerdote que celebraría la boda.

El padre Francisco O'Brien, un hombre de mediana edad cuyo nombre y manera melodiosa de hablar apuntaba a un origen hispano matizado por el cabello rojizo, la complexión pálida y el apellido típico de sus ancestros irlandeses, era un sacerdote católico que, gracias a su carácter de miembro del servicio de capellanes militares, ostentaba el rango militar de mayor y el derecho a portar uniforme, cosa que en aquella oportunidad no ejercía, prefiriendo el clásico atuendo sacerdotal de su religión.

Por su propia herencia irlandesa, Lisa había heredado la religión católica de sus padres, y si bien las exigencias de la vida militar y el fragor de la guerra la habían mantenido alejada de la Iglesia, su fe jamás flaqueó, ni siquiera en los peores momentos; en cuanto a Rick, bautizado como presbiteriano siguiendo la fe de sus propios padres, la vida lo había llevado a transitar el camino del agnosticismo... pero semejante disparidad no era ningún problema para ellos o para nadie más.

Si había una cosa positiva del Holocausto Zentraedi, era que el casi exterminio de la raza humana a manos de la flota de Dolza había prácticamente puesto fin a las rencillas y disputas religiosas que por siglos habían desangrado a la humanidad; muy pocos hijos de Dios habían sobrevivido a la guerra como para perder el tiempo y sus vidas matándose por la manera de adorar al Altísimo.

Dicha reconciliación y pacificación había sido especialmente fuerte entre las religiones cristianas, que sin perder o resignar lo que distinguía a cada confesión de la otra, se habían acercado como nunca antes en la historia... al punto que, tal y como ocurría en ese día, un sacerdote católico podía bendecir sin ningún tipo de problemas o inquietudes teológicas la boda de dos personas como Rick Hunter y Lisa Hayes.

Tras sonreír a los jóvenes, el padre O'Brien hizo un anuncio a toda la concurrencia, con su voz amplificada gracias al micrófono que llevaba disimulado entre las ropas.

– Queridos hermanos y hermanas, estamos reunidos hoy para unir a Richard y Elizabeth con los vínculos del matrimonio... una de las ocasiones más felices no sólo en la vida de toda pareja que en este rito comienza a caminar de la mano por el sendero de la vida, sino también para los sacerdotes y ministros de Dios que tenemos el honor de participar.

Los primeros flashes de las cámaras enceguecieron momentáneamente al sacerdote, así como a Rick y Lisa, que se sintieron levemente cohibidos, aunque no tanto como para dejar de lado la felicidad inconmensurable que los invadía.

– Y ahora, hermanos, procedamos con esta ceremonia... – prosiguió el padre O'Brien, levantando la mirada para observar a la concurrencia. – ¿Están presentes los testigos?

Los primeros en responder fueron Max y Miriya, esta última habiendo aparecido allí con tal sigilo que les provocó sorpresa a Rick y Lisa.

– Maximilian y Miriya Sterling...

A los Sterling lo siguieron Vince y su esposa Jean, que al igual que Miriya, se había acercado al altar hasta tomar de la mano a su propio esposo.

– Vincent y Jean Grant...

– Entonces, y tal como lo demandan nuestras leyes, sírvanse convalidar el vínculo que Richard y Elizabeth asumen ante las leyes de los hombres... – les indicó el padre O'Brien, mirando luego a un hombre de traje de negocios que estaba en una mesa al pie del altar, dando una imagen que desentonaba ligeramente con el ambiente festivo y ceremonial de la boda. – Licenciado, si es tan amable...

Como era la costumbre, un funcionario del Registro Civil de la ciudad en la que se celebraba la boda se hacía presente en la ceremonia nupcial para ocuparse de la parte estrictamente legal del matrimonio, y la boda de Rick Hunter y Lisa Hayes no era la excepción, lo que explicaba la presencia del licenciado Edwin Stotterman aquella tarde en la Catedral Militar.

– Muchas gracias, Padre – respondió Stotterman al sacerdote, hablándole con la familiaridad de alguien que lo acompañó en innumerables eventos como el de esa tarde, para luego dirigirse a Rick y Lisa. – ¿Podrían darme sus nombres y rangos militares, por favor?

– Richard Andrew Hunter, contralmirante... – anunció Rick, mirando de reojo y con ternura a su futura esposa.

– Elizabeth Claire Hayes, vicealmirante... – lo siguió Lisa con una voz levemente quebrada por la emoción.

El funcionario civil inscribió los nombres en el formulario frente a él, y tras cerciorarse de que estuvieran correctamente escritos –para lo cual se los mostró primero a Rick y luego a Lisa–, procedió con las preguntas que la ley le exigía hacer en las circunstancias de una boda.

– ¿Afirman ustedes que asumen este compromiso por propia voluntad y libres de cualquier forma de influencia, coerción o presión?

– Lo afirmamos – respondieron Rick y Lisa al unísono.

Stotterman asintió y se permitió una media sonrisa antes de pasar a la siguiente pregunta.

– ¿Están ustedes al tanto de los deberes que asumen y los derechos que les serán reconocidos por las leyes y estatutos vigentes al momento de aceptar este vínculo?

– Estamos al tanto – contestaron los novios sin dejar lugar a dudas.

– Entonces, si son tan amables, sírvanse firmar en las líneas punteadas... – les solicitó Stotterman, alcanzándoles una lapicera a cada uno y volviéndose a las dos parejas de testigos que permanecían detrás de Rick y Lisa. – Los testigos esperarán a que los novios hayan firmado para dejar su constancia.

A las firmas de Rick y Lisa, hechas con manos firmes aunque temblorosas por la emoción, las siguieron en los espacios reservados a tales fines las de Max, Miriya, Vince y Grant, proveyendo así los testigos que la ley exigía para declarar válido el compromiso nupcial.

– Felicitaciones, almirantes... – los congratuló el licenciado Stotterman, dándoles la mano a los dos jóvenes en medio de un aplauso estruendoso, y una vez que el aplauso menguó, Stotterman le pasó la posta al celebrante religioso. – Francisco, es tu turno...

– Gracias, Edwin – le respondió desde el altar el padre O'Brien, esperando pacientemente a que Rick y Lisa, y los testigos que los seguían a escasa distancia, dejaran el escritorio del licenciado Stotterman y volvieran a colocarse frente al altar. – Y ahora, hijos míos, ha llegado la hora de hacer sus votos ante el Señor...

Se hizo un silencio impenetrable en todo el recinto, apenas roto por los chasquidos de las cámaras fotográficas y, en el caso de Rick y Lisa, por el sonido entrecortado de sus propias respiraciones, que se aceleraban al saber que estaban llegando al momento cumbre no sólo de ese día o de esa ceremonia, sino de sus propias vidas.

El primer destinatario de las preguntas del padre O'Brien fue Rick, a quien podía notársele un estremecimiento en todo el cuerpo en el momento en que la mano de Lisa tomó la suya y la levantó hasta la altura del hombro.

– Richard¿aceptas a Elizabeth como tu legítima esposa ante los ojos de Dios y ante las leyes de los hombres, para amarla y respetarla, honrarla y protegerla en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la fortuna y en la adversidad, por el resto de sus vidas hasta que la muerte los separe?

Sólo por un segundo, Rick creyó que sus emociones lo habían traicionado, porque al abrir los labios para responder temió que ningún sonido saliera de su garganta; tal era la fuerza de la emoción que lo había hecho suyo en ese instante supremo de su vida.

Pero no había forma de que se quedara callado en ese momento; si hubiera sido necesario arrebatarle al licenciado Stotterman su lapicera y una hoja de papel, así lo habría hecho, aunque por fortuna no lo hizo, ya que la felicidad que reinaba en él no anuló su voz ni lo hizo tartamudear o quebrarse... sino que sólo hizo que, al hablar, sus palabras sonaran ligeramente temblorosas pero sin quitarles ni un ápice de seriedad o determinación...

– Sí, acepto...

Rick no necesitó voltearse para saber que Lisa estaba sonriendo de pura felicidad, ni necesitó verla para saber que sus ojos se estaban llenando de lágrimas apenas contenidas... lo único que necesitó fue sentir cómo ella tomaba su mano con más fuerza.

El padre O'Brien se volvió entonces a la joven mujer que estaba al lado de Rick, tomándolo de la mano...

– Elizabeth¿aceptas a Richard como tu legítimo esposo ante los ojos de Dios y ante las leyes de los hombres, para amarlo y respetarlo, honrarlo y protegerlo, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la fortuna y en la adversidad, por el resto de sus vidas hasta que la muerte los separe?

Al fin había llegado el momento con el que Lisa estaba soñando desde hacía años... al fin la culminación de todos sus sueños se estaba haciendo realidad... y curiosamente, ella se sentía calma al enfrentar el instante de la verdad; si era por que por una vez en la vida todo estaba bien con el mundo, o si era porque todo su ser estaba tan concentrado en las dos palabras que diría a continuación como para prestarle atención al latido desesperado de su corazón y a los escalofríos que la recorrían, ella nunca lo sabría, ni le importaría averiguarlo...

De sus labios salieron aquellas dos palabras... las palabras que sellaron su parte del compromiso, y en el momento de decirlas, sintió con indescriptible emoción que Rick tomaba su mano con más fuerza, acariciando suavemente su palma temblorosa con un dedo y despertándole unas cosquillas inoportunas e inolvidables...

– Sí, acepto...

Ni Rick ni Lisa supieron quién fue el que suspiró en el momento inmediatamente después a aquellas dos palabras; muy probablemente fueran los dos, en una emoción común y compartida de saberse en el proceso mismo de emprender el camino de sus vidas...

En medio de ese momento de pura felicidad, los dos pudieron escuchar la voz del padre O'Brien, que les indicaba de manera emocionada y paternal el paso a seguir.

– Richard, Elizabeth... colóquense sus anillos como símbolo del amor que los une, y del compromiso que hoy asumen de estarse siempre el uno para el otro, permaneciendo fieles y constantes en ese amor...

De inmediato, Rick extrajo del bolsillo de su uniforme una pequeña cajita forrada en terciopelo bordeaux, aquella caja que había sido su más fiel recuerdo en medio de la tormenta que lo azotara seis meses atrás, aquella caja que representó en esos días de oscuridad su más persistente esperanza...

La caja se abrió con un chasquido, obediente a los movimientos bien practicados de los dedos de Rick, dejando en evidencia ante Rick, Lisa y el padre O'Brien, un par de relucientes anillos de oro que estaban colocados sobre un paño...

Soltándose de Lisa sólo por un segundo, Rick tomó uno de los anillos entre sus dedos, y mientras el padre O'Brien le hacía el favor de sostener la caja, el joven lentamente llevó el anillo hasta la mano que Lisa sostenía frente a él, y tuvo que contener un repentino impulso de reír al notar que la mano de ella se estremecía de los nervios y de la expectativa...

Ninguno de los dos había ensayado votos o promesas para la ocasión, habiendo decidido que era preferible ir con lo que sus corazones les dijeran en aquellos momentos... y mientras Rick tomaba la mano de Lisa y le colocaba con suavidad el anillo en su dedo anular, una idea repentina surgió en su mente sobre lo que podría decir en ese momento.

– No soy bueno para los discursos, – comenzó con timidez, ganando fuerzas en cuanto miró a su futura esposa a los ojos – y honestamente no sabría qué decirte que pueda expresar todo lo que siento por ti, amor... excepto por una cosa.

La sonrisa de Lisa le dio las fuerzas para proseguir...

– Te amo, Lisa Hayes... te amo... – dijo en cuanto terminó de poner el anillo en el dedo de ella, acariciando su mano al soltarla. – ¡Siempre lo hice... y siempre lo haré!

En ese momento, Lisa dejó escapar un suspiro de emoción que ni siquiera llegaba a dar una idea del júbilo que sentía... y al recordar aquellas palabras que ella misma había dicho en el día en que su vida cambió, poco le faltó para arrojarse en brazos de Rick para nunca más dejarlo...

Pero todavía tenía que hacer su parte, y arreglándoselas para conservar un mínimo de compostura, la vicealmirante Elizabeth Hayes tomó el anillo que quedaba en la caja que sostenía el padre O'Brien, dándose el lujo de jugar con él por un segundo, como si quisiera confirmar que existía en realidad...

– ¿Sabes qué es lo verdaderamente maravilloso, Rick? – preguntó ella mientras comenzaba a poner el anillo en el dedo anular de Rick.

Rick asintió levemente sin decir otra cosa, invitándola a responder la pregunta que ella misma había hecho... cosa que Lisa hizo mientras llevaba lentamente y con gracia el anillo hasta el lugar en donde permanecería para siempre, sin saber que con ese gesto estaba grabando a fuego su nombre en el corazón de Rick...

– Que esto es el sueño más hermoso de mi vida... y que no estoy soñando...

Mientras todo el ser de Rick Hunter se conmovía al sonido de la dulce voz de Lisa, ella acarició tiernamente la mano del hombre de su vida, susurrando en una voz irremediablemente quebrada:

– Tú eres mi sueño, Rick... mi todo... y siempre te amaré...

Poco a poco, la nave principal de la Catedral Militar se llenó del sonido de innumerables aplausos... los elogios sentidos y genuinos de todas las personas en la vida de Rick Hunter y Lisa Hayes, aquellas personas que a lo largo de ocho duros y tensos años habían seguido la historia de amor de esos dos jóvenes, sufriendo y festejando a la par de ellos... y que ahora, en esa tarde de octubre, veían la realización de esa historia...

El día que tanto habían esperado.

Pasaron unos cuantos segundos hasta que los aplausos atenuaron un poco, y una vez que algo parecido a un silencio respetuoso retornó a la Catedral, el padre O'Brien acomodó su micrófono y carraspeó mientras Rick y Lisa estaban frente a él; cuando tuvo la seguridad de que todos los asistentes estaban prestando atención, el sacerdote comenzó a hablar.

– Hace muchos años, cuando yo era joven y no escuchaba el llamado de Dios porque insistía en tener el teléfono descolgado para Él, me encontré con un amigo de mi infancia tras años de no verlo – comenzó a relatar el padre O'Brien a la concurrencia. – Nuestras vidas nos habían llevado por caminos separados, y me sorprendí de encontrar con que mi amigo había entrado como voluntario al ejército de mi país... en medio de la Guerra Global.

El sacerdote se detuvo por un segundo, indudablemente para recordar a ese amigo al que había mencionado, y por un instante un destello de tristeza asomó en su rostro.

– Mi amigo había regresado del frente, y en medio de las conversaciones que tuvimos, surgió el tema de la fe. Él era creyente, y yo prefería dejar eso atrás... hasta que le pedí, un tanto exasperado, que me explicara por qué diablos insistía en tener fe cuando estaba en el medio de la guerra – prosiguió el sacerdote, deteniéndose en ese momento... y cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono más serio y profundo. – Jamás olvidaré su respuesta...

Los ojos del sacerdote se humedecieron mientras pronunciaba aquella frase.

– Él dijo: "Esto es lo maravilloso de la fe; si no la tienes, ninguna explicación que te dé será suficiente... y si la tienes, ninguna explicación será necesaria."

Aparecieron sonrisas en los rostros de la concurrencia... aunque ninguno de ellos estaba más emocionado que los dos jóvenes que estaban contrayendo matrimonio.

– Baste decir que esa fue una de las cosas que más adelante me llevó a escuchar el llamado de Dios y a ponerme el uniforme para convertirme en capellán... pero lo que quería decirles es que aquella frase se aplica no sólo a la fe, sino también al amor...

Al escuchar la palabra "amor", como actuando por un impulso irresistible, Rick tomó con más fuerza la mano de Lisa, y la distancia entre los dos se acortó hasta que sus brazos se tocaron, sintiéndose a través del uniforme de Rick y del vestido de novia de Lisa... una sensación que a los dos les inspiraba promesas de lo que sería la intimidad de la noche de bodas...

– Nada de lo que podamos decir o aventurar sobre el amor nos permitirá entenderlo si no lo experimentamos en carne propia, y nada de lo que hacemos al sentir el amor en nuestras vidas será comprensible para los que no lo están viviendo... el amor y las cosas que hacemos por él tienen un sentido único y propio, verdaderamente maravilloso, ante el cual sólo podemos arrodillarnos en admiración.

O'Brien giró hasta que pudo señalar con el brazo a Rick y Lisa, que permanecían juntos frente al altar, emocionados hasta lo indecible no sólo por la ceremonia... sino porque con cada segundo que pasaba, lo que vivían se hacía más real, palpable y tangible...

– Vean a estos dos jóvenes, que en medio del horror de la guerra sintieron ese llamado profundo e irresistible a amarse, a encontrarse a pesar de todo... un amor que por más que ellos lo negaran en un principio---

Un par de gruñidos, uno seco y duro de hombre, y otro suave e indignado de mujer, pudo oírse perfectamente en la Catedral; habían sido lanzados con el volumen necesario como para interrumpir el sermón del padre O'Brien.

– No lo nieguen, muchachos – dijo O'Brien, mirando de reojo a Rick y Lisa como si les estuviera haciendo una advertencia. – Todos conocemos la historia.

La concurrencia prorrumpió en sonoras risas, a las que se sumó la pareja en cuanto pudieron dejar de sonrojarse y sentirse cohibidos.

– Como iba diciendo, – siguió hablando el sacerdote cuando las risas se calmaron – un amor que por más que ellos lo negaran en un principio, poco a poco fue madurando y abriéndose paso en sus corazones hasta convertirse en lo que es hoy, el centro de sus vidas y la razón de ser de cada uno, y hoy, hermanos y hermanas... hoy vemos aquí coronada una historia que se hizo famosa en cuarteles, pasillos, canales de comunicación... e incluso en esas salas donde los capellanes de todas las religiones se reúnen a compartir las experiencias de sus vidas...

El tono risueño de las últimas palabras del sacerdote cedió paso a un anuncio tronante que sorprendió a más de uno, haciendo que concentraran su atención hacia la pareja emocionada y visiblemente enamorada que estaba frente al altar.

– Hermanos míos, hoy es un día de gozo y felicidad, un día en que debemos celebrar el vínculo libremente asumido de estos jóvenes que hoy comienzan una nueva etapa en sus vidas, un camino de amor, confianza y amistad... hoy hemos tenido la oportunidad de presenciar el triunfo de un amor que ha sabido sobreponerse a las más crueles dificultades de nuestros tiempos... y hemos podido sentir en nuestros corazones la alegría infinita de ver al amor prevaleciendo en medio de un mundo desolado por la violencia...

Los dedos de Rick y Lisa se entrelazaron y sujetaron con fuerza como si no quisieran esperar más para sellar su unión en todos los sentidos; todo lo que existía para ellos era la felicidad pura e infinita en la que vivían...

Sus miradas recorrieron a las personas que estaban sentadas en los bancos de la Catedral; Max y Miriya con Dana, Vince junto a Jean y Bowie en una de las filas; Maistroff, Gaumont, Reinhardt y los otros oficiales del Alto Mando en otra fila... el Trío Terrible, que estaba visiblemente emocionado y entusiasmado por todo lo que veían, la teniente Hickson, que se sumaba a la algarabía y emoción del Trío... el comodoro Sanabria y otros oficiales del Alexander, todos ellos supervivientes de la crisis de abril... e incluso un hombre anciano, de cabello y tupidos bigotes blancos, que miraba todo con una extraña expresión de satisfacción personal, como si él hubiera jugado algún papel pequeño, pero misterioso e incomprensible, en el desenlace de la historia que estaban presenciando...

– Hoy hemos visto el momento en que ellos finalmente vieron recompensados sus sacrificios y esfuerzos, el momento único y maravilloso en el que Richard y Elizabeth convirtieron su amor en la base de un compromiso que perdurará por el resto de sus días, y que se extenderá en la eternidad... – continuó hablando el sacerdote, mirando los rostros felices y sonrientes de Rick y Lisa. – Hoy hemos visto la coronación de un amor forjado en el fuego de la guerra, y que para ellos dos, así como para todos nosotros, es la promesa de una paz duradera y fructífera...

Inhalando con fuerza, y haciendo un breve silencio, el sacerdote miró a aquellos centenares de personas reunidas en la Catedral para ser testigos de ese acontecimiento... y retomando la palabra, proclamó:

– Hoy no hemos visto el final, hermanos y hermanas... hoy sólo hemos visto el comienzo.

Un aplauso espontáneo y atronador selló el sermón del padre O'Brien, y en ese momento el sacerdote supo que había llegado el momento definitivo.

– Y dado que el amor todo lo espera y todo lo soporta, menos a un viejo capellán católico con ánimo de hablar de más... – concluyó el sacerdote en medio de algunas risas, para luego mirar a los jóvenes con intención de pronunciar la sentencia que culminaría aquel rito.

De pie frente al sacerdote, Rick y Lisa permanecían tomados de la mano, sonriendo y sintiéndose los seres más felices en todo el Universo... y sus corazones comenzaron a palpitar con más fuerza, presintiendo el momento final del acto de su unión.

– Richard y Elizabeth... – dijo O'Brien con tono formal – por la autoridad que me confiere la Santa Madre Iglesia, los declaro marido y mujer y bendigo esta unión, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...

Ya no había forma de contener las emociones que estallaron en su interior al escuchar la bendición y confirmación, y tanto los ojos azules de Rick como los ojos verdes de Lisa, dejaron correr libremente las lágrimas que los habían humedecido, mientras sus labios formaban sonrisas de pura felicidad y sus manos buscaban ya el reaseguro del primer abrazo...

El padre O'Brien comenzó a articular una frase que sabía que los dos jóvenes estaban esperando desde el primer momento que se vieron en la ceremonia...

– Puede---

Antes de poder llegar a la segunda palabra, Francisco O'Brien debió callarse, ya que Rick y Lisa habían tomado las cosas en sus propias manos, y mientras los brazos de Rick sujetaban a su flamante esposa y la apretaban contra su pecho, los de Lisa hacían lo propio tomando a su flamante esposo por los hombros como si lo necesitara para mantenerse en pie... y luego de una breve y desesperada búsqueda, los labios de los recién casados se encontraron en un beso que fue para ellos final y principio...

En medio del aplauso renovado de los invitados, tanto Rick como Lisa se afanaron en ponerle a aquel beso todo el sentimiento que podían, procurando que se convirtiera en la piedra fundacional de la nueva vida que allí comenzaban... a la vez que se esforzaban por recordar no sólo cada segundo de ese día y de ese beso que se estaban dando, sino por no dejar rincón de sus labios sin recibir una pequeña muestra del cariño que los unía...

El abrazo se hizo más estrecho, e incluso Lisa se arqueó hacia atrás, rendida ante la intensidad que su esposo le estaba dando a ese encuentro... intensidad que ella misma empleaba para apretarlo más contra ella, como si no quisiera dejar la menor posibilidad de dejarlo ir...

– Aw, ni modo... – se resignó el padre O'Brien, levantando la vista al cielo antes de sonreír a la feliz pareja, que permanecía aislada en su pequeño mundito de felicidad, y darles una indicación que parecía, cuando menos, redundante. – Puede besar a la novia...

Por fin, y sólo porque les faltaba aire, Rick y Lisa separaron lentamente sus labios, besándose hasta el último instante posible, y luego de un instante glorioso en que sus miradas se encontraron, despertando sonrisas tiernas y cómplices entre los dos, se volvieron para ver a los invitados a la boda, a sus amigos, a sus hermanos, a sus camaradas... a su familia, con quienes tenían lazos que iban más profundo que los de la sangre... y aunque no lo demostraron, en su interior los dos gritaban de júbilo al saberse final e irrevocablemente unidos.

Sin perder la sonrisa emocionada que portaba, el padre Francisco O'Brien hizo un anuncio final con voz formal y feliz a la vez:

– Hermanos y hermanas, me enorgullezco en presentar al señor y la señora Hunter...


NOTAS DEL AUTOR:

- Uffff... capítulo de bodas... como les comenté en las notas del capítulo anterior, no tenía previsto llegar hasta esta instancia, ya que el final de la historia era originalmente la propuesta de matrimonio que aparece en el capítulo de la semana pasada. Pero, como les dije, al releer la historia pensé que podía beneficiarse con un final más... completo, por así decirlo, y así surgió la idea de este capítulo, y del epílogo de la semana que viene, mostrando además de la boda los avances que han ocurrido en la vida de nuestros personajes. ¡Espero que les haya gustado esta adición imprevista a la historia!

- En cuanto al ascenso "provisional" de Rick, esto significa que su rango de contralmirante puede serle revocado en cualquier momento, hasta que le sea confirmado como definitivo; la idea es que necesitaba pasar un año como comodoro antes de recibir su ascenso definitivo, pero dadas las circunstancias, se le otorgó el rango de contralmirante antes de tiempo y de manera "prestada" hasta que transcurra al menos un año de la fecha en que se lo ascendió a comodoro... en fin, locuras militares propias, no me hagan caso :P.

- Ya estamos en la recta final de la historia, cruzando la meta... sólo falta el cierre.

- En este fic hace aparición un personaje que corresponde en realidad a otro fic que estoy escribiendo... un "cameo", por así decirlo.

- La teniente Kelly Hickson, Enkei (alias "Pulgas") y Villa Riviera son creaciones de Evi para su excelente fic "Horizontes de Luz", y aparecen en este capítulo de "Momentos de Decisión" con el permiso expreso de la autora. ¡Muchísimas gracias, colega!

- ¡Muchísimas gracias a los que vienen leyendo y siguiendo esta historia, a los que hacen llegar comentarios y opiniones, y a mis pilotos de pruebas: a Sara, a quien le deseo que todo siga bien en esta nueva etapa de su vida, y a Evi por haberme prestado a sus creaciones para este capítulo!

- ¡Saludos a todos y nos veremos la próxima con el epílogo de esta historia!