MOMENTOS DE DECISIÓN

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias / advertencias acostumbradas:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.


Epílogo: Atardecer

¿Que si van a vivir felices para siempre? Diablos, no puedo saberlo… pero estoy totalmente segura de una cosa: para ser felices, sólo les bastará con estar juntos.

Comentario atribuido a la comandante Kimberly Young, luego de la boda de los almirantes Richard Hunter y Elizabeth Hayes.


Domingo 15 de octubre de 2017

Existía sin lugar a dudas un contratiempo importante a aquella situación tan maravillosa que los dos estaban pasando, y eso era que todo lo que vivían los dejaba literalmente atontados de cariño.

Claro que era de esperarse, tanto por el lugar como por el momento tan particular que estaban atravesando en sus vidas.

El lugar era una pequeña caleta, resguardada de mirones e intrusos por un médano y por una pequeña escollera rocosa contra la que se estrellaban sin cesar las olas que llegaban a la costa, preservando así a la playita del continuo esfuerzo del Mar Caribe por devorarla.

El momento era su luna de miel, una situación que ambos estaban dispuestos a aprovechar de todas las maneras posibles e imaginables... y a juzgar por la felicidad que cada uno notaba en la mirada del otro, aquel objetivo había sido alcanzado con creces; claro que jamás a su entera satisfacción, lo que hacía que insistieran en encontrar maneras de disfrutar aún más de esos días maravillosos en los que no tenían otra cosa para hacer más que prodigarse amor y cariño.

La caleta había sido el escenario perfecto de una tarde perfecta en la vida de Rick Hunter y Lisa Hayes-Hunter; tras una mañana maravillosa en la que no hicieron otra cosa más que permanecer en su cama haciendo el amor mientras la brisa caribeña entraba por la ventana, el flamante matrimonio había emprendido una caminata por las costas de aquella isla en donde estaba la cabaña que alquilaban, paseando durante horas a la vera del mar y bajo un sol radiante, culminando aquella caminata exploratoria en la caleta que ambos habían seleccionado la noche anterior, observando un mapa de la isla, como el lugar donde compartirían un picnic y pasarían juntos la tarde.

Lo tenía todo: playa, aguas cálidas y, por sobre todas las cosas, privacidad e intimidad.

Y ni el lugar, ni el clima, ni –más importante aún– ellos mismos defraudaron las expectativas que el matrimonio Hunter había puesto en ese picnic; la comida (unos sandwiches surtidos) había estado maravillosa en su simplicidad... y el postre había sido lisa y llanamente inolvidable.

Tan inolvidable como aquella tarde... tan inolvidable como aquellos días gloriosos de su luna de miel.

Rick Hunter acababa de guardar los últimos trastos del picnic en el bolso llevado a tal efecto y se ponía de pie tras lo que podía haber sido un día entero de estar recostado, y luego de llenar sus pulmones con el aire fresco de la costa, se volvió hacia la joven mujer que permanecía aún sentada sobre la arena fina de la playa... y tal como le venía sucediendo desde hacía cinco días, todo lo que podía pensar era en mirarla, mientras sonreía y se sentía el hombre más dichoso sobre la faz de la Tierra.

Sobre todo cuando pensaba en que ella era su esposa.

Dios, su esposa... todavía se le erizaba la piel de sólo repetirse en silencio aquellas palabras, y entonces, como si ella hubiera sentido la manera en que el corazón de Rick se aceleraba, Lisa volteó la cabeza y le dedicó una sonrisa encantadora.

Por fin, ella se puso de pie y se colocó la remera que había pasado toda la tarde hecha un bollo sobre la arena, dado que su dueña no había tenido mayor interés en llevarla puesta, y mientras Rick sólo podía observarla embelesado, ella caminó lentamente hasta donde estaba él, rematando su caminata con un tierno beso en los labios que dejó a ambos sintiendo cosquillas que tardaron en desaparecer.

– ¿No nos estamos olvidando nada, no?

– Ya revisé dos veces, amor... – respondió Rick, tomándola por la espalda y abrazándola como si necesitara sentirla real.

– Lo siento... – se disculpó ella, llevándose una mano a la nuca. – Sabes cómo soy... si no reviso diez veces, no duermo tranquila...

– Aw... eres adorable – comenzó a reír Rick ante la ocurrencia de ella, para luego tomarla del brazo y acariciar suavemente su piel. – Sólo una pregunta...

– ¿Cuál?

El rostro de Rick adquirió una expresión inquieta, como si un súbito temor lo hubiera hecho su prisionero.

– ¿Desde cuando no duermes tranquila?

Ante aquella pregunta, Lisa se debatió entre echarse a reír por las locuras de su esposo o comerlo a besos, tal y como venía haciendo ante cualquier cosa que él hiciera durante los pasados cinco días... pero en lugar de hacer alguna de las dos, ella se decidió por algo más neutral.

– ¿De veras quieres que te responda?

– ¡Es que me preocupa! – se defendió Rick, tratando de hacerle entender a Lisa que, desde el momento en que los dos habían formalizado su compromiso mutuo ante Dios y los hombres, hasta la menor cortadura se iba a convertir en una crisis para él.

Pero antes de que Rick pudiera continuar en su intento de demostrarle la magnitud de su preocupación, unas manos detuvieron su gesticulación, y unos labios suaves lo silenciaron de la mejor manera que conocía... y conforme ese beso dejaba de ser un asunto tierno para volverse algo enloquecedor, Rick Hunter supo que su preocupación era apreciada, pero que en ese momento todo lo que importaba era disfrutar y disfrutarse...

Él no supo cuando ese beso terminó, pero la primera pista le llegó cuando una suave voz de mujer comenzó a susurrar palabras tiernas en su oído.

– Amor, duermo tan bien que lo único que lamento es que no me despiertes más a menudo...

– Entonces, hagamos una cosa – sugirió Rick, sintiendo que algo muy familiar despertaba en él al sonido de la voz de su esposa. – Esta noche no pienso dejarte dormir¿qué te parece? Así te daré buenos motivos para quejarte...

Lisa lo enfrentó, tocándole la nariz con el dedo índice en un gesto desafiante y altanero, mientras sonreía como si estuviera planeando una gran broma.

– No prometas lo que no puedes cumplir, Hunter.

– Yo no prometo – le contestó con frialdad Rick, clavando sus ojos en los de ella. – Yo anuncio, Hayes-Hunter.

Lisa levantó la mirada al cielo y meneó la cabeza como si acabara de resignarse a algo contra lo que había luchado tenazmente y perdido.

– Ahí sales otra vez...

– ¿Salir con qué? – respondió confundido Rick.

Lisa sólo sonrió y le guiñó el ojo, tomándolo por los hombros antes de besarlo en la mejilla y susurrar contra su piel.

– Con que eres un piloto arrogante, piloto.

– ¡No soy arrogante! – protestó Rick de manera vehemente.

– Lo eres... y mucho.

El contralmirante Hunter frunció el ceño, haciendo un puchero que enterneció a Lisa, aunque no lo suficiente como para que cesara su ofensiva... después de todo, ella se estaba divirtiendo con locura.

– ¡No lo soy!

– ¡Sí! – devolvió ella con más fuerza, ganando energía con las reacciones de él.

– ¡NO! – replicó él, igualando fuerza con fuerza.

– Está bien, no serás arrogante – concedió ella, pero antes de que Rick pudiera disfrutar de la victoria, se encontró con que ella se lanzaba al ataque una vez más. – ¡Pero sí eres berrinchudo!

– ¡Tú lo pediste, Hayes-Hunter! – contraatacó Rick poniendo cara de indignación. – ¡Te voy a quitar las ganas de burlarte de mí!

Quizás Rick Hunter no lograra quitar del alma de Lisa Hayes las ganas de burlarse de él, ya que ella jamás renunciaría a eso... pero sí consiguió que Lisa no pudiera pensar en otra cosa más que en la locura que él le provocaba con sus besos... un beso devastador que comenzó en sus labios y se hizo más y más profundo, arrasando con la resistencia de Lisa como si nunca hubiera existido, y haciendo que la orgullosa vicealmirante Hayes sintiera que sus rodillas comenzaban a temblar y que su cuerpo se estremecía de escalofríos.

Como por instinto, Lisa se sujetó con más fuerza a su esposo, devolviéndole en el beso toda la intensidad que él le había puesto, y dándole a Rick una pequeña muestra de todo lo que él le provocaba... y una vez que Rick pudo recobrar la conciencia, que había quedado hundida en un mar de placer, todo lo que pudo hacer fue lanzarse una vez más a besar a su esposa.

Si tan sólo esas fueran las únicas batallas que debía librar en su vida...

– Aw... aw... – comenzó a gemir Lisa mientras Rick le recorría el cuello a besos. – ¡Awwwwwwwwwww!

Pero Rick no tuvo piedad, no tuvo compasión y no tuvo misericordia; esos gemidos sólo lo hicieron aumentar el ritmo y la intensidad de esos besos, y sólo lograron que sus manos se metieran por debajo de la remera de ella, recorriendo la piel de su espalda una y otra vez... y cuando los gemidos de Lisa abandonaron toda pretensión de representar letras, él supo que la tenía totalmente rendida.

Separó sus labios lentamente de los de ella, saboreando cada instante, en particular los intentos que hacía su esposa por mantener aquel beso, y tras lograr contener sus propias ansias de seguir besándola, Rick abrió lentamente los ojos, encontrándose al hacerlo con la mirada cristalina y brillante de una mujer enamorada...

Y cuando ella sonrió, él se sintió pura y genuinamente feliz; no había otra forma de describir sus emociones.

– Te amo¿lo sabías? – susurró él, hablando bien bajo como si con decirlo más fuerte todo a su alrededor desapareciera.

– Sí... – respondió ella, toda emocionada y entregada al cariño de su esposo.

No le quedaron a Rick Hunter más fuerzas a las que recurrir; sencillamente aquella mujer era irresistible, y no tenía ningún empacho en recordárselo... y si aquella sola palabra que había salido como en un suspiro no conseguía reavivar en él las ganas de besarla, sí pudieron hacerlo esos ojos verdes que él adoraba, y esa cara tierna que le daba el verdadero significado de la inocencia...

Besarse era para ellos tan natural como respirar, y lo que antes les hubiera parecido un sueño imposible en aquellas épocas de terca soledad e insistente ánimo en negar la realidad, ahora era la más feliz de las realidades... y una vez más, los dos comenzaron a besarse, tratando en vano de darse un respiro que, en el fondo de sus almas, los dos sabían que jamás se concederían.

– ¿Qué dices si vamos de regreso? – susurró ella contra los labios de Rick, disfrutando cada segundo de eso como si se lo fueran a quitar. – Se está haciendo tarde...

– Como quieras...

Con mucha reticencia, y sin soltar el abrazo, los dos echaron un último vistazo a la pequeña caleta que había sido testigo de su tarde de amor, y suspirando a la vez que para sus adentros se prometían repetir la experiencia antes de regresar a la vida cotidiana y a los deberes que los esperaban en Ciudad Monumento, Rick y Lisa comenzaron a caminar a lo largo de la playa, con destino a la cabaña en la que se hospedaban durante su luna de miel.

Era ya su quinto día de luna de miel en las playas del Caribe, y en lo que a ellos concernía, cada día había sido un poco mejor que el anterior; el lugar era maravilloso, y el pueblo cercano siempre tenía alguna feria, evento o paseo turístico para realizar, a tal punto que con sólo leer el folleto que les habían entregado en la Oficina de Turismo de la municipalidad, Rick y Lisa creyeron que no les alcanzarían las dos semanas que tenían para poder aprovecharlo todo.

Para su sorpresa, habían hecho un muy buen uso del tiempo, lo que les permitió darse el gusto de pasar una tarde entera sólo para ellos en aquella caleta de la isla... una tarde que llegaba a su fin mientras los recién casados caminaban por la playa, dejando que la brisa salada del Caribe acariciara sus rostros y que las olas murieran a sus pies.

Los dos caminaban juntos, el brazo de Rick pasando por detrás de la espalda de Lisa, de modo tal de acercarla a él, mientras ella hacía lo propio colocándole una mano al hombro... y en medio de la caminata, Rick notó que su esposa se había colocado los anteojos oscuros que había estado usando en los ratos que pasó tomando sol.

No importaba cuántas veces la viera con esos anteojos; siempre lo encontraba terriblemente gracioso, y así se lo hizo saber algunos segundos después, cuando por más que intentara evitarlo, una risa apareció en sus labios, llamando la atención de Lisa.

– ¿Ahora qué? – preguntó Lisa.

– Es que, no sé... – trató de evadir él, debiendo finalmente admitirlo cuando ella hizo un gruñido amenazador. – Me haces reír cuando te pones los anteojos oscuros.

– ¿Por qué? – quiso saber ella, bajándose los anteojos sólo lo suficiente como para que Rick pudiera notar un par de ojos verdes que lo miraban de manera inquisidora.

"Ni modo, hora de reconocerlo", se dijo Rick, rindiéndose como siempre ante aquella mirada tan de ella.

– Porque te da aires de diva, amor, por eso...

La mano de Lisa que no estaba tomándolo del hombro se cerró en un puño amenazante que ella no tardó en levantar justo a la altura de los ojos chispeantes y divertidos de Rick.

– ¡Hunter, lo juro, voy a terminar matándote!

Sonriendo, Rick besó aquella mano amenazante, desarmándola sin ningún problema y sonrojando a Lisa con el comentario que le lanzó en respuesta.

– Mientras sea de la manera en que a mí me gusta, puedes matarme todo lo que quieras...

– No, Rick – lo corrigió Lisa con un tono firme que después pasó a ser sugerente. – Va a ser de la manera en que a me gusta.

– ¡Ooohhhh! – se relamió Rick, frotándose las manos en un gesto exagerado. – ¡Mejor todavía!

Lisa no podía dejar pasar esa respuesta tan altanera, y eso le quedaba perfectamente claro a Rick, pero por si le quedaba alguna duda de que su esposa se jugaba el todo por el todo, la manera enérgica y decidida con la que ella le asestó un golpe en el brazo acabó por quitárselas.

Pero lejos de sentirse dolido o agraviado, Rick simplemente rió con más ganas, y sin darle a Lisa la posibilidad de protestar, la volteó y la abrazó con fuerza, besándola con toda la fuerza y el amor del que era capaz... derritiendo, como siempre lo hacía, a su esposa en el proceso.

Con ese interludio terminado de manera satisfactoria, los dos recién casados continuaron su caminata en silencio, prestando atención a los sonidos de la naturaleza; el murmullo de las olas, el soplo del viento contra los árboles, el ocasional ruido de algún animal que anduviera por allí...

Tan distraído andaba Rick con todo lo que lo rodeaba que le llevó bastante tiempo comprobar que ella lo miraba mientras estaba caminando a su lado, dándole una cálida y enigmática sonrisa, aunque no tan enigmática e inescrutable como la mirada que ella tenía en ese momento.

– ¿En qué estás pensando, preciosa? – preguntó Rick, enredando sus dedos en la cabellera castaña de Lisa.

– Sólo recordaba... – contestó Lisa con una voz distraída y perdida.

Los dos acababan de llegar a unas rocas que había por allí, y sintiendo la necesidad de un alto en su caminata, Lisa se recostó contra una de las rocas, invitando a su marido a colocarse junto a ella y disfrutar del espectáculo del atardecer, aprovechando la vista inigualable que tenían desde aquellas rocas.

– ¿Y se puede saber qué recordabas? – insistió Rick una vez que se sentó, rodeando los hombros de ella con un brazo y besándola en la mejilla.

– Pensaba en la primera vez que te vi... – reconoció Lisa a la vez que se acomodaba en la roca para acurrucarse junto a él, y su expresión se tornó más nostálgica en ese instante. – Hace ocho años...

Muy a su pesar, Rick tragó saliva en señal de estar nervioso; aquel primer encuentro entre los dos distaba mucho de ser el proverbial paso dado con el pie derecho. Aún a años de ese momento, cada vez que lo recordaba, Rick se preguntaba medio en serio y medio en broma cómo era posible haber cometido tantos traspiés y descortesías en una sola situación... y cómo había sido posible que los dos siguieran adelante y llegaran a casarse.

De modo que, cuando habló, lo hizo de una manera muy elocuente y descriptiva de sus emociones:

– Ouch...

Repentinamente, Rick sintió los labios de su esposa posándose en su mejilla y dándole un beso tierno y divertido, al que lo siguieron unas leves risas que le causaron cosquillas.

– No hablo de aquella vez en la tienda de ropa...

En lugar de tranquilizarse, Rick comprobó a través de las palabras de Lisa la validez del adagio que un oficial le había dado una vez cuando servía en Buenos Aires:

"No aclares que oscurece".

– ¡OUCH! – exclamó con más fuerza Rick, haciendo luego su mejor expresión de perrito entristecido. – Lo siento...

Había cosas en la vida de Rick Hunter por las que él jamás lograba disculparse... y en el podio de aquellas cosas figuraba imbatible aquel nefasto e intempestivo "¿Quién es esa comadreja parlanchina?"

Lisa sabía exactamente con qué se estaba torturando Rick, y tomándole el rostro con una mano para atraerlo a ella, le dijo a Rick de manera suave y comprensiva que todo iba a estar bien:

– Rick, ya no me molesta...

– ¡Gracias a Dios! – respiró aliviado el contralmirante Hunter, para luego notar que su esposa arqueaba una ceja en señal de impaciencia. – ¿Decías...?

Otra vez sonrió Lisa, pero esta vez era una sonrisa divertida y juguetona, una que era señal de que lo que iba a decir no sería precisamente del agrado de Rick. En fin, sería cuestión de hacer más tolerable el golpe con alguna otra cosa, y antes de decir una sola palabra, Lisa ya estaba apretando con más fuerza a su esposo, lista y preparada para silenciarlo con un beso si se atrevía a protestar.

– Sólo que recordaba cuando te vi en esa pantalla, todo chiquito, arrogante---

Un estruendoso bramido detuvo a la almirante Hayes en medio de la frase.

– ¡Hayes-Hunter! – protestó con fuerza Rick, encontrando que Lisa era inmune e impermeable a esas protestas, ya que siguió hablando como si nada.

– Como iba diciendo, arrogante, bocafloja e irrespetuoso... y en cómo pensé que si llegaba a ponerte las manos encima, iba a ser para estrangularte...

Las manos de Rick no tardaron en lanzarse a hacer cosquillas sobre Lisa, aprovechando que ella estaba totalmente desprevenida respecto de sus movimientos, y mientras impartía tanto cosquillas como caricias sobre los brazos de su esposa, junto al oído de Lisa él comenzó a susurrar en un tono juguetón y sugerente:

– Entonces, qué bueno que ahora me pongas las manos encima para otra cosa...

– ¡¡¡Ri-iiiickkkkk!!! – protestó Lisa, riendo con las caricias a la vez que se quejaba de las cosquillas.

– Ahora me vas a decir que quieres que te quite las manos de encima...

En ese momento, el cosquilleo se detuvo, aunque no lo hicieron las caricias, y mientras Lisa sentía una vez más que todos los pesares de su vida se alejaban con una buena dosis de caricias por parte de Rick, sólo dijo una palabra, pronunciándola en un tono que era a la vez reprobador y cariñoso.

– Tonto...

– Tonto, pero tu tonto – la corrigió Rick, rematando la corrección con un beso en la mejilla que dejó a Lisa temblando. – Por favor, sigue...

Lisa prosiguió con la explicación, deteniéndose de vez en cuando, generalmente cuando Rick volvía a besarla...

– Pensé muchas cosas, pero jamás que llegaría el día en que estaríamos los dos caminando por la playa en un atardecer... en nuestra luna de miel.

Nadie lo había imaginado; nadie podía siquiera haberlo imaginado... y ni ellos mismos, de entre todas las personas, lo hubieran creído posible.

Pero lo fue, y aquella tarde juntos era la prueba viviente de que no siempre las cosas resultan como todo parece indicarlo.

– Qué bueno que te equivocaste entonces...

– Y no fue lo único en lo que me equivoqué...

Los besos terminaron al igual que las caricias, y cuando Lisa se percató de ello, un tanto molesta por no ser objeto de aquellos gestos cariñosos, volteó para ver a Rick Hunter abalanzándose sobre una de las mochilas que habían llevado al picnic, abriéndola de manera apresurada y buscando... algo.

– ¿Qué estás buscando?

– ¡Diablos! – bramó Rick con frustración, hundiendo la cabeza en el bolso de mano para buscar frenéticamente. – ¿En dónde quedó esa cámara?

– ¿Para qué la necesitas?

– ¡Es un momento histórico, Lisa! –le explicó Rick, todo emocionado. – Estás reconociendo que te equivocaste... esto merece ser inmortalizado.

Pero antes de que el contralmirante Hunter pudiera continuar su búsqueda de la cámara fotográfica, una mano se cerró firmemente alrededor de su muñeca, jalándolo para llamar su atención... y cuando Rick volteó para ver de quién se trataba, se topó con el rostro terrible de la mujer de su vida, que lo miraba con ojos entrecerrados e indignados.

– Rick, llevamos cinco días de casados... – le susurró Lisa con un tono tan suave como terrorífico. – No me hagas convertirme en viuda tan rápido.

El almirante Hunter replicó con un sobreactuado saludo militar.

– ¡Entendido, será como mandes!

En medio de sus propias carcajadas, Lisa le arrebató el bolso de mano a Rick, y bajo la mirada curiosa y divertida de su esposo, ella comenzó a buscar algo dentro del bolso con la misma intensidad y urgencia con que él lo había estado haciendo meros minutos atrás.

– ¡¿Dónde está esa cámara?! – murmuró Lisa al cabo de unos segundos de búsqueda infructuosa.

– ¿Lisa?

– Obedeciste una orden mía sin protestar, Rick – respondió la vicealmirante Hayes, haciendo un gesto fingido de secarse una lágrima emocionada. – Eso es un momento histórico.

– ¡¡¡LISA!!!

Con agilidad, Lisa evadió aquel intento de atraparla, y rápidamente se puso de pie, sin perder ni por un segundo una expresión burlona y juguetona en su rostro, que sólo se hizo más intensa al verlo refunfuñando por no haber podido atraparla... y para agregar chiste a la humillación de Rick, ella le sacó la lengua de manera infantil y le lanzó un:

– ¡Veamos si puedes atraparme!

Rick aceptó de buena gana el desafío, y mientras Lisa corría en círculos por la playa matándose de risa en el proceso, el contralmirante Hunter corrió tras de ella, profiriendo amenazas que nada hicieron por detener la huida de su esposa. Sin embargo, en un momento se hizo más que evidente que Lisa no estaba del todo interesada en escapar de las garras de su esposo por siempre, y luego de un buen rato en que los dos corrieron por allí, siempre manteniendo a la vista sus bolsos y trastos, la velocidad de Lisa se hizo paulatinamente más lenta, hasta el punto en que a Rick le bastó pegar un salto hacia adelante para tomarla por las rodillas al grito de:

– ¡¡¡TE TENGO!!!

Acto seguido, y con un poco de esfuerzo, Rick logró que Lisa cayera de espaldas a la arena, lanzando sus manos para abrazarla y evitar que escapara, mientras ella no paraba de reír.

Los dos terminaron rodando por la arena fina y cálida, unidos en un abrazo fuerte y tierno del cual no deseban separarse jamás, y en cuanto sus vueltas en la arena terminaron, Lisa quedó entre la arena y el cuerpo de su esposo, respirando con fuerza como si acabara de realizar un gran esfuerzo físico... y todo lo que podía hacer Rick era perderse en los ojos verdes de su esposa, que brillaban con un fulgor que prometía quemar vivo a Rick Hunter.

Lo siguiente que supo Rick fue que una caricia en su rostro lo despertó del trance en el que había caído, y cuando lo hizo, notó que Lisa continuaba acariciándolo y sonriéndole, con esa inocencia que él adoraba y que lo hacía prometerse una y mil veces que la amaría con todas sus fuerzas.

Todo su cuerpo se estremecía de sólo sentirla debajo de él, y podía notar que se le ponía la piel de gallina cuando rozaba la piel de ella; todos sus sentidos estaban al máximo, como pocas veces lo habían estado en su vida... y para completar el grado de locura en el que Rick Hunter había caído, la suave voz de Lisa penetró dulcemente en su ser...

– Rick...

– ¿Sí? – preguntó él, totalmente perdido en la mirada tierna y amorosa de Lisa.

Los labios de Lisa se encontraron con los de Rick con timidez, como si estuvieran pidiendo permiso para besarlo, pero antes de que él pudiera darle ese permiso, ella volvió a exclamar con voz ahogada por la emoción:

– ¡Dios, cómo te amo!

Ya no había forma de detenerse, y el beso que siguió a esas palabras fue devastador y enloquecedor; los dos se entraron a besar como si no existiera alguna otra cosa en el mundo, uniendo sus labios con furia a la vez que sus manos se lanzaban a recorrerse mutuamente, volviendo a rodar en la arena mientras todo lo que existía para ellos era el dulce sabor de sus labios y ese amor devastador que los consumía irremediablemente.

El tiempo pasó y ellos no cejaron en su beso ni se dieron tregua, hasta que la falta de aire pudo más, y Rick separó sus labios de los de Lisa, abriendo lentamente los ojos, como si temiera despertar del sueño más hermoso de su vida.

Entonces vio el rostro jadeante de Lisa, que respiraba con fuerza para recobrar el aliento perdido en el beso, y que lo miraba con lo que él sólo podía describir con puro amor... ese amor que le había visto en la mirada en pocas y contadas oportunidades.

El día en que ella le confesó su amor, poco antes de que Nueva Macross muriera bajo el fuego de Khyron.

El día en que los dos hicieron por vez primera el amor.

Aquellos días que los vieron reunirse luego de las separaciones que les imponían sus respectivos deberes.

Aquel día de fuego y sangre que los vio prácticamente regresar de la muerte, fundiéndose en un abrazo en el destrozado hangar del Alexander.

El día en que él le propuso matrimonio.

El día en que finalmente se casaron... y la noche gloriosa que le siguió.

– Aw... – murmuró Lisa, totalmente subyugada por el amor infinito que ella podía ver en los ojos azules y brillantes del hombre al que amaba.

Sentirse amada y querida por aquel hombre por quien luchó tantos años, por quien tantos años había sufrido en silencio, era algo maravilloso que daba sentido a su vida, y mientras él la besaba con pasión y furia, ella sólo pensaba en dejarse consentir y acariciar, devolviéndole ese cariño con su propio amor y apasionamiento... y mientras los dos batallaban por demostrarse todo el amor y pasión que se tenían, la vida pasaba a su alrededor...

Cuando por fin se dieron un respiro, los dos jóvenes esposos permanecieron recostados en la arena, mirándose a los ojos y acariciándose como si quisieran comprobar que lo que pasaba en sus vidas era cierto... o, de tanto en tanto y sin soltarse, observaban cómo el sol desaparecía detrás del horizonte, marcando la noche de un día que para ellos era perfecto.

De pronto, mientras Lisa contemplaba extasiada el espectáculo de la naturaleza, sintió que Rick estaba tomándola de la mano y levantándola para verla más de cerca; aparentemente, él estaba muy interesado en algo que ella llevaba en su dedo anular, ya que lo estaba mirando con ojos inquisitivos y curiosos.

– ¿Qué haces? – preguntó ella entre risas.

– Revisando... – le contestó él sin despegar la vista de aquel dedo.

– ¿Revisando qué?

Los dedos de Rick comenzaron a jugar con el anillo dorado que la vicealmirante Hayes llevaba en su dedo, tocándolo suavemente y luego acariciando aquel dedo con pura ternura, sonriendo como si fuera un niño en Navidad.

– Revisando si estamos casados...

– Amor – le dijo Lisa en medio de las carcajadas y de las cosquillas que le causaba su esposo con sus caricias. – Estamos casados... ¿por qué la sonrisa?

Rick no perdió tiempo en besarla y acariciar su rostro, riendo a cada segundo y estremeciéndose al sentir aquellos labios suaves y tersos besando los suyos...

– Porque me encanta escucharlo...

Semejante comentario merecía que Lisa lo recompensara con un beso, y Rick no puso objeción alguna a esa recompensa, pero este beso fue un asunto más tierno y cariñoso, y tras una serie de besos tiernos que los dos se dieron en sus labios, los jóvenes esposos siguieron recostados, abrazados y, por sobre todas las cosas, juntos...

– Lisa... – murmuró Rick al oído de su esposa, mientras su mano subía y bajaba por la nuca de Lisa, jugando con su cabello.

– ¿Qué?

La risa leve de Rick, una risa tierna que le provocaba escalofríos a la joven almirante Hayes-Hunter, vino antes de la pregunta que él hizo.

– ¿Cómo diablos nos perdimos de esto tanto tiempo?

– ¿A qué te refieres? – preguntó ella.

– A esto... a estar juntos... a estar casados... – quiso explicarse Rick, tardando un poco en encontrar las palabras adecuadas. – Sólo me preguntaba qué nos pasó que dejamos que se fuera el tiempo...

– ¿Qué nos pasó? – se preguntó de manera retórica Lisa, sonriendo antes de responder su propia pregunta. – La vida, amor... eso fue lo que nos pasó.

– Eso lo sé... pero todavía no lo puedo creer.

Las manos de Lisa movieron su rostro hasta que los dos acabaron mirándose a los ojos, y cuando Lisa habló, lo hizo con una voz tierna y entrecortada, como si estuviera demasiado emocionada como para poder contenerse... una emoción que se trasladó al instante a un Rick Hunter enamorado más allá de lo posible.

– Créelo, ya es realidad.

– No puedo creer lo tonto que fui... – sollozó Rick, habiendo perdido el control de sus emociones con toda esa ternura que ella le prodigaba – pudiendo haber hecho esto hacía tanto tiempo, sólo dejé que pasaran los años... que pasaran todas esas cosas horribles...

– Rick – le habló con suavidad ella, besándolo en los labios para tranquilizarlo. – Los dos fuimos unos tontos... los dos tardamos en darnos cuenta.

– Tú no, amor... tú lo supiste antes que nadie, y yo... yo---

Un dedo índice se posó suavemente en los labios de Rick, silenciándolo y deteniéndolo en medio de sus lamentos.

– Hunter¿qué dices si en vez de lamentarnos por el tiempo perdido, nos ocupamos de aprovechar el tiempo que tenemos?

Lo siguiente que supo Lisa fue que Rick la envolvía con un abrazo con el que Rick quiso demostrarle a Lisa cuánto la amaba, pero tal y como le ocurría siempre que quería hacerlo, descubría que no existía posibilidad de transmitir todo ese amor en un simple gesto como aquel.

– ¡Sabía que había una razón por la que te adoraba! – canturreó Rick mientras besaba y acariciaba a Lisa, sin soltarla de ese abrazo, debiendo corregirse poco después al ser besado con tal fuerza que pareció una explosión. – Bueno, más de una...

Lisa asintió vivamente, y tras quitarse algunos mechones de cabello que le tapaban el rostro, se acomodó entre las piernas de su esposo, recostándose sobre Rick mientras los dos contemplaban los últimos instantes del atardecer... dejándose arrullar por los latidos del corazón de Rick y resguardándose en sus brazos, mientras él no perdía la oportunidad de besarle el cabello de tanto en tanto.

Alguien tenía que explicarle algún día a Lisa Hayes-Hunter cómo era posible que los dos anduvieran tan desesperadamente necesitados de contacto físico en aquellos días; no porque le molestara, sino porque quería que siempre se mantuviera así.

– Esto es hermoso... – murmuró Lisa mientras veía los rayos del sol dándole un tinte rojizo a los árboles del horizonte.

– Ya lo creo... ¿y sabes qué es lo mejor? – agregó Rick.

Lisa sacudió la cabeza, buscando una respuesta por parte de él, y encontrándola luego de que Rick se inclinara lo suficiente como para besarle aquel rincón tan especial que ella tenía cerca de la oreja.

– Que lo estoy pasando contigo...

– Tú tampoco eres mala compañía... – rió la almirante Hayes, cerrando los ojos y dejándose consentir por los besos de su esposo, que la llevaban sin escalas a un Paraíso en el que hubiera permanecido de mil amores por el resto de su vida.

De pronto y sin mediar advertencia, Lisa se volteó hasta enfrentar a Rick, mirándolo con una expresión de repentina inquietud a la vez que lo acariciaba... y encontrando en su interior la fuerza necesaria, se dispuso a hacer una pregunta que la venía atormentando desde hacía algunos días.

– Rick, dime...

– ¿Sí, amor? – preguntó él mientras le besaba la frente.

– ¿No te parece que están pasando demasiadas cosas buenas?

La expresión de Rick fue de completa ignorancia, como si el sentido mismo de la pregunta hubiera escapado a su comprensión.

– ¿A qué te refieres?

– A que está saliendo todo bien – se explayó Lisa con un tono levemente conspirativo. – A que al fin estamos juntos, casados y viviendo todo esto... no parece real¿me entiendes?

Su esposo negó con la cabeza; podía ser un sueño todo lo que estaban viviendo, pero lo maravilloso de ese sueño era que era real.

– No creo.

– Rick – prosiguió ella, hablando ahora con algo de incertidumbre. – ¿No crees que son demasiadas cosas buenas en la vida?

Lisa miró a su esposo a los ojos, esperando ver en aquellos profundos ojos azules una respuesta que viniera antes que cualquier palabra... y para cuando Rick se decidió a responder, una vida entera de incertidumbre pasó por el alma de Lisa Hayes-Hunter.

– ¡¿Bromeas?! – replicó Rick con una risa incrédula y divertida. – Después de todo lo que pasamos en estos ocho años, después de todo lo que vivimos, creo que nos merecemos que la vida nos trate bien para variar¿no lo crees?

Después de pensarlo bien, Lisa coincidió con el razonamiento de Rick... con una vida cargada de durezas, desafíos y desgracias, el que por una vez todo pareciera sonreírles era algo no sólo hermoso, sino que bien merecido además.

Ocho años... algunas veces, a Lisa le costaba creer que tantos años de su vida hubieran pasado desde aquel día en que vio por primera vez a Rick Hunter; otras veces, no podía creer que fueran tan pocos años para todos los eventos que habían transcurrido...

Pero lo que no podía concebir era que hubiera habido alguna época de su vida en la que ella pudiera vivir sin él.

Aquellos largos y duros años a bordo del SDF-1, batallando contra los Zentraedi durante el regreso a la Tierra, enfrentando luego la crueldad de un exilio tan amargo como inmerecido y atravesando el horror de la práctica destrucción de la Tierra.

Aquellos arduos años de la Reconstrucción, cuando los dos debieron enfrentar hombro a hombro con sus camaradas del SDF-1 la difícil misión de levantar una civilización partiendo sólo de las cenizas de la guerra... descubriendo en el proceso que entre ellos pasaba algo que insistían tercamente en negar, o que incluso los llevaba a herirse mutuamente con desencuentros y tensiones, condimentadas con desconsideración de un lado y con irritación del otro, heridas agravadas por la presencia permanente y creadora de tensión de aquella otra persona que se interpuso entre los dos...

Aquellos hermosos y exigentes años de la Rebelión Zentraedi, que los vieron tratando de hacer crecer y madurar ese amor al que por fin se habían entregado, luchando por preservarlo de un mundo que parecía haberse vuelto completamente loco, y que insistía en separarlos constantemente y hacerlos sufrir en soledad por la ausencia de la persona amada... aunque luego les regalaba esos maravillosos reencuentros que hacían que sus vidas cobraran sentido.

Aquella espantosa semana en el Infierno hacía poco más de seis meses, en la que ella dio a él por muerto y se hundió en la tristeza más absoluta, y en la que él por poco se entregó a la desesperación de no volverla a ver nunca más, mientras alrededor de los dos, decenas de miles de personas intentaban sobreponerse a una crisis tan imprevista como devastadora.

Y todo eso había venido antes de que decidieran unirse de una vez por todas, en un acto en el que proclamaban al mundo que seguirían juntos a pesar de todo... y como si ese acto hubiera obrado alguna magia desconocida, los pocos pero maravillosos días que habían pasado desde la boda sólo trajeron bendiciones y felicidad para los dos jóvenes esposos.

Les habían traído felicidad como nunca la habían conocido, les habían traído la promesa de un futuro juntos, les habían traído la seguridad de saberse juntos en las buenas y en las malas... y les habían traído algunos preciosos días de paz.

Quizás fueran demasiadas cosas buenas para el estándar de Richard Hunter y Elizabeth Hayes-Hunter, pero una cosa era segura.

Ya habían cubierto con creces sus cuotas de dolor, tristeza y desencuentro, y esa felicidad de la que gozaban se la habían ganado.

A pulso.

– Tienes toda la razón... – asintió Lisa vivamente, notando con alegría cómo se dibujaba una sonrisa cómplice en el rostro de Rick.

– La tengo – contestó muy ufano Rick. – Figura en mi descripción de trabajo y en el acta de matrimonio civil...

– Te hace mal juntarte con Kim – replicó Lisa de manera fría y amenazante, entrando a reír al instante al ver que su esposo no se daba por aludido.

– Eso ya lo veremos... – contestó él con algo de misterio, un misterio que se coló en su mirada, intrigando a Lisa al punto de querer saber con desesperación qué pasaba por la cabeza de él.

– Te conozco, Hunter – lanzó ella. – Estás maquinando algo...

– No maquino, bonita, no soy una máquina – se defendió él, causándole carcajadas a Lisa en el proceso. – Estoy pensando...

– ¿Y en qué estás pensando? – insistió Lisa, dándole un golpe fingido en el hombro que él resintió como si le hubiera dolido de verdad.

– No quieres saberlo – advirtió Rick en tono ominoso.

– ¡Sí quiero saberlo!

– No, no quieres – insistió él.

– ¡¡Sí, quiero!! – replicó Lisa casi a los gritos. – No me hagas tener que ordenártelo...

– Si tú lo quieres – murmuró Rick con resignación, preparándose mentalmente para lanzar aquel pensamiento al ruedo, y lamentando no tener un casco para resguardar su cabeza de lo que sería la segura reacción de Lisa. – Mientras me quedaba viendo lo hermosa y dulce que eres---

– No me compres con halagos y ve al grano, piloto endiabladamente sexy – rió ella.

– Como iba diciendo, mientras te veía así de hermosa como eres, no podía evitar pensar en lo hermosa que sería una hija nuestra.

Muy a pesar de su tradicional compostura, Lisa sólo atinó a mirar con ojos agrandados por la sorpresa y con la boca abierta a Rick... quien, a juzgar por su expresión, había hablado completamente en serio.

– ¿Una hija... nuestra? – preguntó Lisa con cautela, como queriendo confirmar lo que había escuchado.

– Sipi – asintió Rick, sonriéndole a su esposa mientras la abrazaba con fuerza. – Una niña... nuestra niña... una niña que tenga tu cabello, que tenga unos ojos verdes tan preciosos como los tuyos y que sea tan inteligente, valiente y dulce como lo es su madre...

Cuando Lisa volvió a hablar, lo hizo con voz entrecortada por la emoción, y sus ojos estaban humedecidos por lágrimas.

– ¡Rick!

– Una niña de los dos – continuó él, entregado a la emoción que veía en la mujer a la que amaba por sobre todas las cosas. – Una niña que sea nuestra y a la que podamos criar entre los dos con todo el cariño del mundo...

De pronto, Rick se detuvo, mirando a Lisa con inquietud, como si temiera haberla asustado.

– Eso si tú quieres, amor... por supuesto.

– ¡Rick, me encantaría! – exclamó ella con emoción incontenible, abrazando a su esposo, aunque su lado bromista no tardó en aparecer. – Aunque tengo algunas opiniones al respecto...

– ¿Como cuales?

Los dedos suaves de Lisa comenzaron a marcar trazos en las mejillas de Rick, llegando incluso a tocar la punta de su nariz sin preocuparle los escalofríos que le provocaban a él en el proceso.

– En primer lugar, bien podría ser un niño – comenzó a enumerar Lisa, mientras él la miraba con total atención. – Un niño chiquito y berrinchudo como su papá, que tenga el cabello negro como el tuyo y que tenga esos ojos azules que tanto adoro... y que sea caballeroso, valiente y noble como su padre---

Lisa no terminó la frase; el beso ardoroso de su esposo le impidió articular algún sonido que no fueran gruñidos y gemidos ahogados de placer, y todo lo que le quedó por hacer fue dejarse caer sobre él mientras era sostenida por sus brazos fuertes y cariñosos...

– ¡Pero ya habrá tiempo! – dijeron los dos al mismo tiempo en cuanto el beso terminó, entrando a reír por aquella reacción simultánea; realmente estaban en la misma sintonía.

– Claro que sí, amor – le aseguró Lisa, sonriendo emocionada, aunque no tanto como su corazón, que parecía latir con un ritmo incontrolable al saber que los dos tenían en mente un mismo objetivo: llevar el amor que los unía hasta la siguiente generación.

– Todo el tiempo del mundo – coincidió Rick.

Nuestro tiempo – lo corrigió Lisa, obteniendo como respuesta el asentimiento vivo y espontáneo de Rick, demostrado (entre otras cosas) por otro beso más que prosiguió por unos minutos más.

– Y hablando de tiempo... – dijo Rick al separarse, desviando la mirada al reloj de pulsera que llevaba puesto, y luego llevándose la mano a la frente. – Diablos, mira la hora qué es...

– ¿A quién le importa? – protestó Lisa haciendo un puchero que no conmovió a Rick, quien ya estaba poniéndose de pie y ofreciéndole la mano a ella para que hiciera lo propio.

– Arriba, amor, tenemos que volver...

Lisa asintió desganadamente, tomando la mano de Rick con fuerza y guiñándole el ojo en cuanto se puso completamente de pie.

– Pero sin prisa¿te parece?

Rick simplemente se encogió de hombros, como si no se hubiera dado por aludido, para luego estamparle un beso a su esposa en la mejilla... y moviendo aquel beso hasta que acabó en sus labios.

– ¿Quién está apurado?

Los dos retomaron el camino, recorriendo aquella playa bajo el crepúsculo que ya se hacía noche, y notando que la temperatura había bajado hasta tornarse agradablemente fresca; sin lugar a dudas, iba a ser una noche muy buena en lo que a clima se refería, y las estrellas brillaban en el cielo nocturno como pocas veces las habían visto Rick y Lisa en sus vidas...

– Ya es de noche... – observó Lisa con tanta obviedad en sus palabras que a Rick sólo le quedó una opción: hacérselo notar con un comentario irónico.

– ¿Y qué querías? – lanzó él, apretando fuertemente su mano y atrayéndola hacia él. – Si nos entretenemos tanto...

Ella sólo le pegó un leve golpe en el hombro, curando aquel ataque fingido con un beso largo y tendido en la piel afectada por el impacto, y cuando se aseguró de que Rick estaba plenamente recuperado del ataque, lo invitó a proseguir la caminata, dejando que él pusiera su mano en su espalda y haciendo lo propio en la de él, y recostando su cabeza en el hombro de Rick para complementar aquel gesto...

– Tengo en mente algo especial para cuando lleguemos a casa... – le susurró ella al oído, prometiéndole tantas cosas con aquella frase que Rick sintió ansiedad de llegar a la cabaña para saber de qué se trataba.

Era curioso que realmente estuvieran hablando de llegar a "casa", pensó Rick en un corto espacio de claridad; los dos iban de regreso a una cabaña en la que residirían sólo por dos semanas, y a la que quizás jamás volvieran a ver... sobre todo, si los rumores que indicaban que ellos serían líderes de importancia en la futura Fuerza Expedicionaria tenían alguna clase de sustento en la realidad.

Pero eso no importaba; tampoco le importaba a Rick Hunter el que tal vez se vieran obligados a dejar la Tierra algún día para enfrentar un futuro incierto en el cosmos... todo lo que le importaba era la joven mujer que caminaba a su lado, aquella mujer por quien entregaría gustoso su vida, si era necesario.

Su esposa.

Y entonces comprendió perfectamente; cualquier lugar, en la Tierra o en el espacio, en su ciudad de residencia o en algún rincón perdido del cosmos, cualquier sitio en donde los dos estuvieran juntos sería su "casa", su hogar, su refugio...

Incluso aquella pequeña cabaña de madera que los albergaría por aquellas dos semanas de luna de miel, esa pequeña cabaña de madera blanca que los dos comenzaban a divisar en medio de la noche, sabiendo entonces que estaban en los últimos tramos de su caminata.

– A casa... – murmuró Rick mientras besaba a su esposa en la mejilla, sin dejar de caminar. – Vamos a casa, amor.

---------- FIN ----------


NOTAS DEL AUTOR:

- Llegamos al final... y por una vez en la historia, era la oportunidad para mostrar a Rick y Lisa solos, juntos y despreocupados, sin ninguna amenaza, problema, crisis o situación militar que requiriera de su atención. Simplemente ellos dos, disfrutando de su luna de miel, y de un descanso que es más que merecido...

- Es algo bastante curioso ponerle el punto final a una historia... especialmente siendo la primera, y una historia que creció mucho más allá que los cinco capítulos que tenía en mente cuando por primera vez pensé en escribirla... no sé, simplemente es algo raro...

- ¿Qué se va a venir? En principio y como mencioné la semana pasada, estoy escribiendo por estos días un nuevo fic de varios capítulos, el cual dudo muchísimo que vaya a publicar antes de comienzos del año que viene, ya que quiero tener un "colchón" de capítulos listos para darme tiempo y sobrellevar posibles complicaciones antes de comenzar a publicar... pero en estos últimos días, estuve pensando en escribir una antología de historias relacionadas con Momentos, describiendo eventos o situaciones que no aparecieron directamente en la historia, cada una de ellas enfocada en un personaje en particular.

Si esa idea llega a concretarse (cosa de la que todavía no estoy muy seguro), tal vez vuelva por acá antes de enero, publicando esas historias al ritmo que vayan saliendo...

- De manera especial, quiero agradecer de corazón a Evi y Sara, por haber leído esta historia hace ya unos cuantos meses, cuando no pensaba en publicarla... realmente esta historia les debe muchísimo, ya sea por los consejos que fueron dando, por el aliento que recibí de ellas, y simplemente por su amistad... ¡Muchísimas gracias, colegas!

- Bueno, mis estimados amigos y lectores, sólo me resta agradecerles de corazón por haber leído esta historia y por haberla recibido de la manera en que lo hicieron, por aguantar mis locuras militares y por seguir con "Momentos de Decisión" hasta esta instancia y por sus todos sus comentarios, opiniones y reviews... realmente han sido un aliciente muy importante para seguir con toda esta locura de los fanfics. ¡Espero volver a verlos cuando vuelva por acá!

Por mi parte, y habiendo publicado lo que debía publicar, agradecer lo que tengo que agradecer, y decir lo que me quedaba por decir, ya es hora de despedirme...

¡Muchísima suerte en todo, muchísimas gracias por todo y espero que sigan bien!

Hasta la próxima historia.

M. Theisman

Buenos Aires, República Argentina.