Disclaimer: Aparte de la trama, sólo Digby me pertenece. Y en esta historia sólo está de paso. Los demás, tooooodos de Rowling. ¡En fin!
UNA NAVIDAD PARA RECORDAR
En el elegante comedor sólo se oía el rumor de las hojas del periódico y el cuidadoso entrechocar de las tazas de café sobre su correspondiente platito. Narcisa había estado observando a su marido por más de diez minutos, diciéndose a cada momento que "ese era el momento", pero sin terminar de decidirse. Finalmente, como quien menciona el estado del tiempo, su voz rompió el matinal y apacible silencio para decir:
- Querido, parece ser que Draco vive con alguien desde hace algún tiempo.
Lucius apartó el periódico para mirar a su esposa con expresión de padre sorprendido. Y preocupado.
- ¿Desde cuándo? –preguntó.
- Unos meses. –Lucius frunció el ceño– No te enfades cariño, ya sabes como es Draco. Tan suyo con sus cosas…
Lucius dejó escapar un suspiro a medio camino entra la resignación y el enojo. Inmediatamente después pensó que ya era hora de que su heredero diera señales de querer sentar la cabeza. Tal vez ahora fuera el momento de convencerle para que abandonara definitivamente ese trabajo mal pagado en el Ministerio y se dedicara a los negocios de la familia. No, no era una mala noticia después de todo.
- ¿La conocemos? –inquirió.
Esta vez fue el turno de Narcisa de dejar escapar el aire, delicadamente, como corresponde a una dama.
- ¿Y bien? –insistió Lucius ante la dilación en obtener una respuesta.
Ella esbozó esa sonrisa tan atractiva que solía desarmar a su marido. La que él había deseado durante tanto tiempo volver a ver.
- No es una ella, querido, es un él. –aclaró mientras seguía aparentemente concentrada en su macedonia de frutas.
Lucius la miró sin parpadear, como si su esposa hubiera pronunciado la frase en un idioma incomprensible para él.
- ¿Perdón?
Narcisa suspiró suavemente antes de formular la oración de forma que no diera lugar a confusión.
- Nuestro hijo comparte su apartamento y su cama con un joven, Lucius.
El ex mortífago no dijo nada en un primer momento. Se limitó a entrecerrar los ojos y apretar las mandíbulas en un gesto, más que obvio, de contención. Las comisuras de sus labios marcaron las arrugas que, a sus cincuenta y dos años, seguramente eran mucho más pronunciadas de lo que lo hubieran sido en otras circunstancias. Su pelo, otrora de un rubio platinado casi blanco, había dejado el término "casi" atrás, para convertirse en una cascada nevada sobre sus hombros. Sin embargo, sus ojos seguían conservando esa mirada fría que ganaba en profundidad a medida que su temperamento se encrespaba, capaz de intimidar al más templado.
- ¿Estás insinuando que a Draco le gustan los hombres? –preguntó en un tono apretado, como si cada palabra hubiera tenido que pedir permiso antes de salir de su boca.
- Exactamente. –afirmó Narcisa.
Él estrujó la servilleta de fino lino entre sus dedos, mientras su mirada se congelaba con más celeridad de la que Narcisa hubiera deseado. Años atrás, antes de que su vida se torciera irremisiblemente y Azkaban rebajara su orgullo a la justa medida que le permitía poder seguir mirando de frente a quien se le pusiera por delante, Lucius Malfoy se hubiera levantado de esa mesa, hubiera buscado a su hijo, y con el único y paternal fin de ayudarle a reflexionar sobre su error, le hubiera amenazado con meterle su propio bastón por aquel innombrable agujero, para hacerle comprender que ese no era un buen lugar para meter cosas. Después se habría encargado del depravado que hubiera inducido a Draco a semejante aberración. Pero los tiempos habían cambiado. Y la tolerancia era una lección que a Lucius le había costado libertad, amor propio y dignidad.
- Y lo dices tan tranquila… –le reprochó a su esposa en un tono bajo, demasiado bajo.
Ella apretó un poco los labios, con la determinación Black arrebolándosele desde la raíz del pelo a la punta de sus cuidadas uñas. No por ello menos afiladas. Dispuesta a tomar las riendas como había hecho no hacía tanto tiempo. Por Draco y sólo por Draco. Porque su orgullo no lo era cuando se trataba de su hijo. Y aunque ahora no tuviera a mano ninguna Promesa Inquebrantable –Merlín tuviera a Severus en su gloria– haría lo necesario para que su esposo aceptara a la pareja que Draco había elegido. Y no era que Narcisa no amara a Lucius. Cirse bendita sabía que lo hacía con toda su alma. Pero la familia ya había sufrido demasiado por culpa de decisiones equivocadas, promesas engañosas y el sustento de ideales que, después de todo, no habían resultado ser tan populares como se esperaba. Y ahora, sin buscarlo ni esperarlo, la oportunidad de resarcirse llamaba a la puerta. Y por la sangre de toda su familia que Narcisa no iba a dejarla escapar.
- Nunca había visto a Draco tan feliz, Lucius. –le aseguró– ¿No se trata de eso, después de todo? ¿De que nuestro hijo haya encontrada a la persona que le haga dichoso?
Los ojos de Lucius siguieron enfocándose en ella como si se hubieran convertido en dos pedacitos de acero, duros y fríos. Pero ya eran demasiados años como para que Narcisa pudiera sentirse impresionada. Menos, amedrentada.
- ¿Acaso no has notado lo relajado y contento que ha estado Draco estos últimos meses? –insistió– Además, por lo que he podido averiguar, el joven en cuestión tiene una buena posición. Un negocio propio que le va muy bien y le permite vivir de forma holgada e independiente. Aparte de un buen capital, herencia de sus padres.
Durante unos segundos, Lucius se permitió un breve respiro. Al menos, parecía que su hijo no había tropezado con un oportunista caza fortunas.
- Tal vez no sea un sangre pura… –aquí el pecho de Lucius volvió a oprimirse– Sus abuelos maternos eran muggles. Pero su padre pertenecía a una familia de antigua estirpe, como la nuestra.
- ¡Un mestizo! –masculló Lucius con desprecio. Desprecio que, cautelosamente, ahora sólo mostraba de puertas para adentro.
Negándose a caer en el desánimo, Narcisa continuó.
- Sin embargo, créeme cuando te digo que goza de gran respeto en nuestra comunidad. Y que le ha dado a Draco el reconocimiento social que necesita. El que nosotros ya no podemos darle, Lucius. –le recordó a su esposo con pesar.
Narcisa observó cómo su esposo se debatía entre la frustración de que la saga familiar se acabara en Draco y el consuelo de que la sociedad mágica volviera a colocar a un Malfoy en el lugar que le correspondía. De sobras sabía el coraje que Lucius sentía por la posición a la que les había relegado la guerra. Porque ella sentía lo mismo. La única diferencia era que su capacidad de adaptación, de sobreponerse a los reveses que la vida había puesto en su camino, era mucho mayor que la de él. Las cosas habían empezado a torcerse cuando Lucius falló en conseguir la profecía para Voldemort. A partir de ese momento había ido perdiendo fuerza entre los suyos, especialmente ante el Señor Tenebroso. Y aunque en los últimos ramalazos de la guerra, y gracias al bueno tino de Narcisa, se separaron del bando oscuro para preservar el futuro de su hijo, nada había podido librar a Lucius de la humillación y la degradación de los seis años pasados en Azkaban y una debacle social muy difícil de remontar.
- Dime al menos que no es Draco quien se abre de piernas. –habló por fin, con voz constreñida.
Ella le miró con paciencia.
- Como comprenderás, no es el tipo de conversación que una madre mantiene con su hijo. –respondió, un poco molesta por la poca delicadeza de su esposo.
Durante los minutos siguientes el matrimonio siguió con su desayuno en completo silencio, como si la reciente conversación no hubiera tenido lugar. Lucius volvió a hojear El Profeta, esta vez sin enterarse de una sola línea. Y Narcisa esperó la inevitable pregunta. Que surgió apenas una tostada después.
- Así que, ¿cuándo voy a conocerle? –Lucius pasó la siguiente página, sin levantar la vista del periódico, seguro de que si Narcisa había hecho surgir la conversación, el encuentro era inminente.
Narcisa sonrió.
- Había pensado que podríamos invitarle el día de Navidad, querido. –respondió suavemente.
Y que todos los magos del cielo se apiadaran de su familia ese día.
o.o.O.o.o
Draco se desperezó bajo las tibias sábanas y entreabrió los ojos con pereza. El aroma a café recién hecho, colándose a través de la puerta abierta de la habitación, acarició su olfato. Se incorporó despacio y volvió a estirarse, deshaciéndose de los últimos retazos de sueño. La sonrisa que había ocupado sus labios durante los últimos meses hizo su aparición de nuevo. Una sonrisa con nombre propio: Harry. Se levantó por fin y abandonó la habitación para dirigirse al cuarto de baño y darse una buena ducha. El mismo olfato que le había permitido oler el delicioso aroma a café, le decía también que su cuerpo exhumaba efluvios a sudor y sexo que a esas horas de la mañana habían dejado de resultar seductores.
Quince minutos después, entraba en la cocina dispuesto a volver a devorar los labios que se habían plegado a los suyos entre gemidos y jadeos la noche anterior. Maisie, la gata de Harry, abrió perezosamente los ojos cuando advirtió su presencia y emitió un irritado maullido desde su cajón. Draco y Maisie no se llevaban bien. El uno no le perdonaba que su primer regalo de Navidad a Harry forrara el fondo de ese cajón y la otra maullaba recelosa cada vez que su amo le prodiga sus atenciones a ese humano descolorido y antipático. Pero tras un comienzo algo difícil, cuando Harry se había trasladado a su apartamento con su inseparable mascota, habían establecido una especie de pacto de no agresión. Maisie no le arañaba ni se meaba en sus zapatos y Draco no la duchaba con cubos de agua helada o agriaba su leche. El rubio dirigió una última mirada de animadversión al felino antes de acercarse a Harry, quien se estaba sirviendo una taza de café en ese momento, y rodearle con sus brazos. El moreno echó un poquito la cabeza hacia atrás para recibir su beso de buenos días.
- Mmmm… –saboreó– ¿Se te pegaron las sábanas?
- Es que me agotas… –ronroneó Draco, propinándole un mordisquito a la tentadora oreja– Creía que íbamos a desayunar en el Melvin's esta mañana. –dijo después, mientras dejaba que su presa escapara hacia una de las dos sillas frente a la mesa de la cocina.
- Lo sé. Pero me he despertado temprano.
Draco alzó una ceja, sentándose frente a su compañero.
- ¿No me esforcé lo suficiente ayer? –preguntó con ironía.
- ¡Oh, sí! Estoy sentándome de lado, ¿no lo ves?
Los ojos de Harry brillaron burlones, mientras movía teatralmente el trasero hacia el borde izquierdo de su silla.
- Nos hemos levantado graciosos esta mañana, ¿eh?
Harry le dedicó una sonrisa radiante. Draco pensó que sería estúpido por su parte no aprovechar el buen humor de su compañero para lanzarle la sugerencia que llevaba varios días buscando la manera de enfocar. Navidad estaba casi a la vuelta de la esquina.
- Navidad dentro de nada…–suspiró– ¿no querías ir hoy a comprar el arbolito?
Harry bufó ante el descarado sonsonete utilizado con la palabra "arbolito". Había estado insistiendo toda la semana en que tenían que buscar un hueco para comprar el árbol de Navidad. Pero Draco se había estado haciendo el remolón, bromeando sobre cómo adornar al propio Harry de forma bastante sugerente.
- No te enfades. A mí también me gustan los árboles de Navidad, adornarlos y esas cosas…
Declaración que sólo en parte era cierta, ya que Draco no había colgado una bola en su vida, al contrario que los elfos de la familia. Y dedujo que Harry debía estar pensando lo mismo por la suspicaz mirada que le estaba dirigiendo.
- En casa siempre hay un gran abeto en el salón, junto a la chimenea. ¡Tendrías que verlo, Harry! –Draco sonrió exultante– ¡Es enorme! –y acompañó sus palabras extendiendo sus brazos cuan largos eran– Bolas de colores, guirnaldas, figuritas de cristal…
Harry volvía a sonreír, con expresión de estárselo imaginando.
- Suena fantástico. –dijo.
Animado, Draco se explayó un poco más en su florida descripción.
- Y las pequeñas hadas revoloteando de rama en rama, iluminando los cristales y haciéndolos destellar en un arco iris multicolor. –continuó, sorprendiéndose de su propio entusiasmo– ¡Ah! Me olvidaba de mencionar a los angelitos especialmente encantados para entonar villancicos con las voces de los Niños Cantores de Viena. Me refiero a los niños magos, por supuesto. –aclaró con un guiño.
Harry rodó los ojos, divertido por aquel inesperado fervor navideño de su compañero.
- … y he pensado que a lo mejor te gustaría verlo en persona este año.
A Harry se le cayó la sonrisa en ese mismo instante.
- ¿Quién se ha levantado gracioso esta mañana, después de todo? –ironizó.
Abandonó la mesa con la taza de café ya vacía en la mano y la dejó en el fregadero. Maisie se enredó entre sus piernas, mimosa, como si hubiera adivinado que el rubio acababa de meterse en problemas.
- Harry… –pronunció Draco, al tiempo que dirigía una mirada de odio al felino.
- Tu padre y yo en la misma habitación, ni de coña, Draco. –le cortó el moreno en un tono que no daba opción, tajante y algo rudo– Pero comprendo que quieras pasar la Navidad con tu familia, así que no te preocupes. Yo iré con los Weasley, como siempre. Ya pasaremos el fin de año juntos, ¿te parece?
De haber tenido el don de la ubicuidad, Harry habría visto en ese momento la misma mirada de Draco en otro hombre, a casi 100 millas de allí.
- ¿Qué si me parece? Pues no, no me parece, Harry.
No es que en principio Draco no hubiera esperado una negativa. Estaba preparado para ella. Y no entendía por qué recibirla ahora le resultaba mucho más duro de lo que pudiera haber imaginado. Claro que, era a su familia a la que Harry estaba rechazando sin darse la oportunidad de conocerla realmente. La misma oportunidad que se habían dado ellos a pesar de su pasado. Tal vez había pecado de ingenuo.
Harry, dándose cuenta de la brusquedad con la que había hablado, intentó suavizar un poco las cosas.
- Te amo, lo sabes. –acarició la pálida mejilla con ese toque que, en otro momento, habría hecho que Draco se derritiera– Pero compartir mesa el día de Navidad con tu padre me supera, lo siento.
La expresión en el rostro de su pareja se había vuelto hierática y Harry comprendió que no borraría sus palabras ni con besos ni caricias. Pero, ¿qué diablos había esperado Draco que respondiera?
- ¡A mí no se me ocurre obligarte a cenar con los Weasley! –se defendió ante el pétreo silencio de su compañero.
Draco salió de la cocina. Harry le siguió, sin saber cómo solucionar aquel inesperado conflicto. Ni teniendo uno brutal ataque de desvarío, se le habría pasado por la cabeza que Draco pudiera invitarle a su casa el día de Navidad. Porque el rubio nunca hablaba de sus padres; se limitaba a desaparecer los domingos para comer con ellos. También Harry acudía algunos sábados a casa de los Weasley. Draco no preguntaba. Harry no preguntaba. Era un tácito acuerdo que ambos habían respetado. Hasta ese preciso momento.
Draco, con el abrigo ya puesto, abrió el balcón para recoger el ejemplar de El Profeta que el servicio de lechuzas del periódico le dejaba cada mañana.
- Vamos a llegar tarde. –dijo después, consultado su reloj– ¿Nos vamos?
Harry asintió en silencio y también descolgó su anorak del perchero. Después dejó que Draco le rodeara con sus brazos para aparecerse ambos en la estación de Liverpool Street. Como cada día caminaron un trecho juntos. Entrelazadas sus manos en un incómodo mutismo, pasaron por delante del Melvin's Coffee, y llegaron a la esquina en la que siempre se separaban. Draco para dirigirse hacia el Caldero Chorreante y llegar al Ministerio a través de su chimenea; Harry hacia su academia.
- ¿Paso a recogerte por el Ministerio? –preguntó el moreno, intentando adoptar un tono distendido, esbozando una pequeña sonrisa.
- No. –Draco dejó un pequeño beso en sus labios, uno bastante rápido y maquinal– Tengo un día bastante complicado. Nos encontramos en casa.
- Bien.
Harry le vio desaparecer al doblar la esquina, sin volver la vista atrás y mandarle esa última sonrisa como otras veces. Había herido a Draco. Y lo lamentaba. Pero en modo alguno estaba dispuesto a compartir mesa con el hombre que se había hecho un merecido lugar en sus pesadillas.
Continuará...
