CAPITULO II

Ser considerado persona non grata en el Ministerio de Magia, junto a la silenciosa marginación que tanto Narcisa como él sufrían de cualquier acontecimiento social, había llevado a Lucius a centrarse solamente en su familia y en sus negocios. La mayoría de éstos últimos con empresas extranjeras, desconocedoras de su pasado, y por lo tanto menos renuentes a mantener tratos comerciales con él. De no ser por ese forzado retiro, probablemente el patriarca Malfoy habría sabido desde hacía tiempo que la misteriosa pareja de su hijo era Harry Potter. Y, seguramente también, habría montado en cólera mucho antes.

Ahora, con la comida del domingo arruinada, la copa de vino rota sobre la mesa, Lucius daba rienda suelta a un aspecto de su carácter que pocas veces se permitía mostrar. Perdidos dominio y frialdad, sus zapatos italianos de 300 galeones marcaban el enojado eco de sus zancadas sobre las carísimas baldosas de mármol. Su hijo, impertérrito, digno heredero de la perdida sangre fría de su padre, acumulaba tensión en cada músculo de su cuerpo, apretando mandíbula para impedir que le perdieran las palabras que pugnaban por salir de su boca.

- ¿Estás pasando por alguna fase de desorientación, inconformismo o simplemente de ganas de crisparle los nervios a tu padre, que a tu edad ya deberías tener superada, Draco? –ironizó Lucius– ¡Esta bien! ¡Puedo entenderlo! Después de todo, el final de tu adolescencia y juventud no fueron fáciles, lo reconozco.

- Lucius, cálmate. –le pidió Narcisa, más inquieta por el silencio de su hijo, que por el tono ligeramente amoratado que estaba adquiriendo la vena en la sien de su esposo.

Lucius sólo le envió una mirada resentida. Por haberle ocultado durante tanto tiempo las inclinaciones de Draco y ser consciente, al fin, de que las visitas de Blaise Zabini durante el verano, después del curso escolar, no eran sólo para repasar Pociones o entretenerse jugando al Quidditch en el jardín. Siguió midiendo el comedor a pasos, largos y rígidos, con ese rictus severo e inflexible de mortífago irredimible.

- Porque si es eso, ¡de acuerdo! Pero ya puedes dar esta fase de experimentación por terminada, Draco, porque ahora te toca volver a ser la persona normal y sensata que tu madre y yo hemos educado y ¡dejar de avergonzarnos!

Durante unos segundos, pareció que Lucius se tranquilizaba y que incluso iba a volver a sentarse a la mesa. Sin embargo, se volvió bruscamente y señaló acusadoramente con el dedo a su heredero.

- ¿Pero tenías que joderte al maldito Potter, Draco? –bramó– ¡A Potter entre todos los magos del planeta, por los cojones de Merlín!

- ¡Lucius!

En contrapunto al agudo grito de Narcisa, la voz de Draco sonó irritadamente tranquila.

- Simplemente sucedió. –dijo.

- ¿Simplemente sucedió? –repitió Lucius, esta vez clavando su puño justo frente al plato de su hijo.

Éste arrojó la servilleta sobre la mesa y se levantó. El gris de ambos, plomizo y cargado, se enfrentó con fiereza.

- Acéptalo, padre. No me verás casado con una conveniente jovencita de buena familia, suponiendo que quede alguna dispuesta a hacerlo. No habrá una ostentosa fiesta de compromiso, ni una fastuosa boda después. Tampoco familia o amigos a los que invitar. ¿Sabes por qué? –acercó su rostro, inusualmente enrojecido, hasta que su nariz prácticamente rozó la de su padre– Porque están muertos o en Azkaban. Y a los pocos que quedan siempre los despreciaste por su falta de agallas. ¡Así que tampoco vendrían!

La voz de Draco había enronquecido un poco durante su discurso. Pero cuando volvió a retomar la palabra, antes de que Lucius pudiera reaccionar, ya había recuperado el tono acerado aprendido, y otrora admirado, de su progenitor.

- Te diré algo padre. No creí poder sobrevivir a ese sexto curso en Hogwarts; pero lo hice. Jamás pensé que sabría lo que es cagarse, literalmente, en los pantalones. Y créeme, también lo hice durante el tiempo que nuestro "ilustre" invitado estuvo aquí. No tenía ninguna expectativa de salir con bien de la maldita guerra. Pero salí.

Draco tomó aire antes de poder continuar, asfixiado en la velocidad que imprimía a sus propias palabras, incapaz de detener la imperiosa necesidad de vomitarlas. Intentó no ver que a su madre empezaban a humedecérsele los ojos.

- Acabé mis estudios con las mejores notas, pretendiendo que el letrerito de puto hijo de mortífago colgado permanentemente en mi espalda, no existía. Y me presenté a la convocatoria para ese empleo en el Ministerio que tú tanto desprecias, porque sabía que lo conseguiría. –esta vez fue el puño de Draco el que se estrello contra la mesa, con rabia, con fuerza, desahogando una ira contenida durante demasiado tiempo– ¡Y les obligué a dármelo, padre! ¡Porque soy jodidamente bueno y ninguno de ellos ha podido impedirme que lo sea!

El reloj de péndulo del abuelo Abraxas dio la dos, marcando una inesperada tregua que aligeró un poco la carga emocional que se respiraba en el ambiente. Durante unos interminables segundos, el comedor permaneció en silencio, roto apenas por algún contenido sollozo de Narcisa. Lucius había caminado hacia su silla y se había dejado caer pesadamente en ella, con un repentido y extraño nudo en su garganta. Draco permanecía de pie, mirándole con los ojos todavía encendidos, el rostro arrebatado de coraje y ambos puños todavía apretados sobre la mesa.

- Hay otra cosa que tampoco creí conseguir, padre. –Lucius levantó su mirada cenicienta hacia él, cubriendo de arrogancia su propia vacilación– A alguien capaz de amarme como soy y a pesar de quien soy. Pero he encontrado a esa persona. ¿Tanto importa si es un hombre y cómo se llame?

Ante la falta de respuesta, Draco dejó escapar el aire contenido en su pecho con vigor, procurando esconder el desencanto que venía también por ese lado.

- No te preocupes. De todas formas Harry no iba a venir. Y después de saber lo que piensas, creo que yo tampoco.

Se inclinó para besar a su madre y abandonó el comedor a paso vivo, sin volver la vista atrás. Narcisa se giró hacia su esposo, con los ojos cristalinos, temblando de indignación.

- ¡Soluciona esto, Lucius Malfoy! ¡O te aseguro que acabarás pensando que Azkaban era un lugar agradable!

Dicho esto, también dejó el comedor. Sus pasos nerviosos y apresurados retumbaron en el corredor tras los de su hijo.

- Draco, hijo, espera…

El joven se detuvo y dejó que su madre le alcanzara.

- No se lo tengas en cuenta, por favor, Draco. –rogó Narcisa aferrándose a su túnica– Tu padre también ha pasado por mucho. Ha sido duro para todos.

La fría mirada de Draco, exacta a la del hombre que se había quedado en el comedor, se dulcificó casi al instante muy a su pesar. Sólo chasqueó la lengua en un pequeño gesto de molestia, incapaz de volcar en su madre toda la furia, decepción y resentimiento que en ese momento sentía.

- ¿Qué es eso de que Harry no va a venir? –preguntó seguidamente Narcisa– ¿Has hablado ya con él? ¿Qué razón te ha dado?

- ¿Razón? –Draco miró a su madre con expresión incrédula– ¿Cuál de todas ellas? –preguntó con ironía– ¿Qué padre le atacó cuando liberó a nuestro elfo? ¿Qué le endilgó ese maldito diario a la Weasley y como consecuencia ese monstruoso basilisco casi le mata a él? ¿Tal vez que padre se encontrara como entusiástico espectador en ese cementerio, esperando a que el Señor Oscuro le lanzara un Avada? ¿O prefieres ese delirante encuentro en el Departamento de Misterios que trajo nuestra desgracia?

Los azules ojos de Narcisa miraron a su hijo, todavía un poco anegados, con demasiada comprensión, incapaz de rebatir ninguna de sus palabras. Después de semanas sopesando los pros y los contras de aquel encuentro, desgraciadamente ninguno de los dos se había equivocado sobre las probables reacciones de sus respectivas parejas.

- ¡Merlín sagrado, madre! Harry tampoco quiere ni oír hablar de sentarse a la misma mesa que mi padre. ¿Y sabes qué es lo peor de todo? ¡Que no puedo reprochárselo! Y al mismo tiempo, me atormenta que no quiera ni tan siquiera considerarlo. –Draco sacudió la cabeza con desesperación– ¿Qué clase de futuro nos espera? Celebrar las Navidades separados, nuestros cumpleaños, dejarle todos los domingos para comer con vosotros y que él desaparezca cada dos por tres por culpa de una de esas ridículas celebraciones Weasley…

Narcisa abrazó a su hijo y éste, tras resistirse unos segundos, se rindió en sus brazos como tantas veces.

- ¿Qué voy a hacer, madre? –susurró escondiendo el rostro sobre el delicado pero firme hombro– Le amo. Le amo tanto que voy a volverme loco.

- No te angusties, cariño. –le consoló ella– No hay nada que el tiempo no cure. Tal vez sea demasiado pronto todavía. –suspiró– Pero tu padre te quiere, Draco. A pesar de toda esa sarta de sandeces que acaba de soltar. –acarició el suave pelo de su hijo con ternura– Yo no podía seguir encubriéndote eternamente; un día u otro tu padre tenía que saber la verdad. Y estoy segura de que recapacitará y acabará comportándose como ambos esperamos. Y si Harry te ama tanto como tú a él, –más le valía a Potter– también lo hará. Ya lo verás. Tal vez sólo necesiten más tiempo del que nuestra paciencia está dispuesta a concederles.

Draco levantó la cabeza y recompensó a Narcisa con una débil sonrisa.

- Merlín te oiga, madre.

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A dos semanas para Navidad Londres parecía celebrar la fiesta del consumismo elevada a su máximo exponente, volcada en las compras, los regalos y las celebraciones de las que nadie escapaba, independientemente de donde provinieran sus raíces religiosas. Las frías noches de paseo y compras se hacían más soportables gracias al ambiente navideño. Harrods, engalanado de luces de colores en sus fachadas, daba paso a la tradición de ofrecer una copa de champagne a cada visitante y repartía bandejas de chocolatinas por todos sus departamentos. Se podía caminar por Regent Street y Oxford Street, mientras se escuchaban conciertos y campanas que repicaban villancicos al ritmo de las luces de la ciudad. El Coven Garden, en el corazón de Londres, se convertía al caer la noche en un mundo tan mágico como el mismísimo Callejón Diagon. El tradicional y espectacular árbol de Trafalgar Square había encendido sus luces el seis de diciembre, y bajo sus ramas, cada noche se celebraban los acostumbrados conciertos navideños.

Apretados el uno contra el otro, Draco y Harry permanecían de pie en la emblemática plaza londinense escuchando las notas del Gloria in Excelsis Deo de Vivaldi que ejecutaba la orquesta ubicada ante el árbol. Con la bufanda cubriéndole casi hasta la nariz y el gorro de piel –sí, Draco le había regalado otro gorro al principio del invierno– calado hasta las cejas, Harry hundía sus manos enguantadas hasta el fondo de los bolsillos de su anorak. En Londres raramente nevaba, pero hacia un frío que helaba hasta los pensamientos. Sin embargo, los de moreno bullían a bastantes grados de temperatura. No podía quitarse de la cabeza la nota que había recibo aquella misma mañana en la academia. Aún perdido en sus reflexiones, notó como Draco le estrechaba un poco más contra él y Harry se arrebujó de forma familiarmente inconsciente en el firme cuerpo de su pareja.

- ¿Quieres que nos vayamos? –susurró la voz de Draco, tan cerca, que por unos instantes su aliento calentó el frío pómulo del moreno.

Harry negó rotundamente. Sabía que a Draco le gustaba la música que estaban escuchando y que, a pesar del frío, estaba disfrutando enormemente de ese momento. Además, una especie de sentimiento de culpabilidad que le embargaba desde su negativa a celebrar la Navidad con los Malfoy, le empujaba a complacerle en todo lo que podía.

- ¿Cenamos en el Thistle? –susurró de nuevo la voz de Draco.

- Como quieras. –asintió Harry.

El Gloria in Excelsis Deo, llegó a su último compás y el público aplaudió con fervor, calentándose de paso las manos. A continuación, la orquesta atacó El Mesias, de Händel y Harry se perdió nuevamente en sus pensamientos. No le había dicho nada a Draco sobre esa nota y tampoco pensaba hacerlo de momento. No hasta averiguar lo que pretendía Lucius Malfoy.

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Seguramente su esposa habría sabido apreciar mucho mejor que él la música que en esos momentos estaba interpretando aquella orquesta muggle. Lucius no tenía ni idea de que lo que estaba sonando fuera el Oratorio de Navidad de Bach. Tampoco le importaba demasiado. Lo único que le interesaba era no perder de vista a la pareja que, completamente ajena a su presencia, escuchaba el concierto unos metros más allá. Era la tercera noche que les seguía. Lucius era un hombre pasional en muchos aspectos, a pesar de su apariencia fría y el auto control que se imponía la mayor parte del tiempo. Aunque a veces, lamentablemente, era capaz de perderlo completamente. Pero la sensibilidad no había sido nunca uno de sus puntos fuertes. Es más, la sola palabra solía ponerle los pelos de punta. Sin embargo, seis años en un cubículo de no más de 12 m2 dejaban mucho tiempo para la reflexión.

Aquel domingo había marcado a Lucius de una forma que no esperaba. No era una marca física, como la que lucía irremediablemente imborrable sobre su piel. Pero también dolía. No como el fuego que había quemado su brazo o un Cruciatus del mismísimo Lord. Era más bien como un malestar continuo, inextinguible. Una sensación de permanente opresión en su pecho. Un latir extraño que obligaba a su corazón a palpitar como si lo estuvieran estrujando. Hasta ese día, Lucius había interiorizado todos los acontecimientos que habían sacudido su vida como afrentas directas, que por supuesto afectaban también a su familia, pero que revertían principalmente en él. Lucius había sido quien había sufrido en propia carne su fracaso, su declive, su rendición al otro bando, quien había tenido que agachar testa y orgullo y aceptar esos seis ignominiosos años en Azkaban como un mal menor. Y, como cabeza visible de su familia, había asumido la vergüenza y el deshonor al que había sido condenado su apellido en el mundo mágico. Y mientras se lamentaba y lamía sus propias heridas, había sido incapaz de ver las de su hijo hasta que éste se las había puesto crudamente delante de los ojos.

Ahora Lucius estaba confuso. Después de un intenso proceso de sorpresa, negación, furia y, finalmente, resignación a la duda, se debatía entre lo que su sangre pura, cargada de reglas y prejuicios, le decía que era lo correcto y lo que su hijo necesitaba. El subidón de bilis de ese domingo había dejado un regusto amargo en su boca. Y una callada tristeza en los ojos de Narcisa que le estaba matando el alma. Observó cómo Draco se inclinaba cariñosamente sobre su compañero, susurrándole algo al oído y cómo éste asentía, sonriendo. Cómo Potter volvía el rostro y buscaba los labios que le correspondieron inmediatamente. Apreció la expresión satisfecha de Draco, que regresó su atención al concierto, sin aflojar ni por un momento el abrazo que mantenía a Potter pegado a él. Tal vez Narcisa tuviera razón. Los ojos de su hijo nunca habían estado tan vivos, tan risueños. Ni la expresión de su rostro había sido tan plácida.

Lucius había vuelto a recordar el semblante cetrino de Draco tras su reencuentro después de que él lograra escapar de Azkaban. Las oscuras ojeras que enmarcaban su mirada permanentemente asustada. Su extrema delgadez y el insomnio que, en algún momento, Narcisa le había dicho que el chico padecía. Y aquellos recuerdos que había sepultado bajo sus propias angustias, habían aflorado otra vez a la superficie y retornado los momentos que habían vuelto a retorcer su estómago, hígado, corazón y cuanto órgano susceptible de ser dolorosamente exprimido hubiese dentro de su cuerpo.

- Mi Señor…

La voz de Lucius había sonado desesperada y ronca desde esa esquina oscura en la que estaba sentado, todavía luciendo las marcas del castigo que recibiera después de haber dejado escapar a su hijo nuevamente. Uno de sus ojos se mantenía cerrado por la hinchazón.

- Mi Señor… por favor… mi hijo…

- Si tu hijo está muerto, Lucius, no es culpa mía. No vino a unirse a mí, como los otros Slytherins. ¿Quizá tu hijo decidió hacerse amigo de Harry Potter?

- No, nunca. –había susurrado Lucius.

- Debes desear que no.

- ¿Teme… mi Señor… que Potter muera por otra mano que no sea la suya? –había preguntado con voz temblorosa– ¿No sería… perdóneme… más prudente detener esta batalla, entrar en el castillo y buscarlo usted mismo?

- No finjas, Lucius. Quieres que la batalla se detenga para saber qué le ha pasado a tu hijo. Yo no necesito buscar a Potter Antes de que la noche termine, Potter vendrá a buscarme a mí.

Efectivamente, Potter había acudido a la macabra cita. Pero no había muerto. Su hijo tampoco. Draco se había hecho un hombre. Sin él. Y, seguramente, a pesar de él. Había elegido su camino. Probablemente también, con mucho más acierto que el suyo.

Además, Lucius había recordado también otra cosa. Que Harry Potter solía salirse con la suya.

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El hechizo casi le alcanza. Harry observó un poco molesto la amplia sonrisa de su alumno. Ferguson era auror, aproximadamente un par de años mayor que él. El moreno se preguntaba por qué insistía en seguir asistiendo a sus clases. No tenía ya nada que enseñarle. Harry había llegado a la conclusión de que lo que el auror buscaba era lograr sorprenderle algún día con la guardia baja, y poder vanagloriarse de haber vencido a Harry Potter en un duelo. No le extrañaría que fuera una especie de apuesta o algo por el estilo. No sería la primera vez y tampoco la última que tropezaba con algún listillo con ganas de cubrirse de gloria a su costa. Harry reconoció que aquella mañana le estaba costando un poco concentrarse. Pero con el firme propósito de no volver a distraerse, el profesor encaró de nuevo a su repelente alumno.

- ¿Listo Ferguson? –preguntó volviendo a la posición de inicio.

- Por supuesto. –sonrió el auror.

Justo en ese momento se abrió sorpresivamente la puerta del aula, dejando paso a una desencajada Padma Patil.

- ¡Harry necesito hablar contigo!

Apenas fueron unas milésimas de segundo. Los justos para que Ferguson mandara el hechizo con toda su malicia y Harry saliera violentamente despedido, girando sobre sí mismo como una peonza, para acabar chocando con un fuerte golpe contra el suelo. Un poco aturdido, pero más dolorido en su amor propio que en sus huesos, se levantó dirigiéndole una mirada asesina a Padma.

- Quedan diez minutos, ¿no podías esperar? –preguntó irritado.

Ella negó vigorosamente con la cabeza y salió del aula, seguida del malhumorado profesor.

- Es que ya está aquí, Harry. –se defendió Padma, haciendo nerviosamente caracoles en su lacio y brillante negro pelo con el dedo– Le he comentado que estabas todavía en clase. Pero ha dicho que esperaría y se ha sentado en el sofá. La verdad, Harry, no me siento muy cómoda con ese hombre ahí sentado, sola…

Harry dejó escapar el aire con fuerza, sobándose la parte de atrás de la cabeza, donde ya empezaba a notarse un pequeño chichón. No hizo falta que Padma le aclarara de quién se trataba.

- No te preocupes. Hablaré ahora con él. –y asomando la cabeza al aula dio por terminada la clase, sin poder dejar de ver la sonrisa de suficiencia en el rostro del Ferguson.

De mal humor, pero resignado a tener que enfrentarse a Lucius Malfoy, Harry caminó con paso lento a lo largo del pasillo, siguiendo a la ligera cojera que la guerra le había dejado a Padma. Cuando llegaron a la recepción, ella se escurrió rápidamente detrás de su mostrador, escondiéndose tras el mueble. Sorprendido, Harry observó que Malfoy iba vestido con un impecable traje muggle. Y se encontró pensando sin quererlo, que era evidente de quién había sacado Draco su porte.

- ¿En qué puedo ayudarle? –preguntó en tono seco, dispuesto a ir al grano y acabar cuanto antes con aquel extraño encuentro que el ex mortífago había solicitado.

Lucius, quien se había levantado del sofá tan pronto le había visto, extendió su mano hacia él.

- Es usted un hombre difícil de contactar, Sr. Potter.

Extrañado por el gesto, Harry dudó uno segundos antes de extender también la suya y aceptar la que se le ofrecía. El ex mortífago llevaba su inseparable bastón en la otra mano, el cual el moreno no pudo dejar de observar con recelo.

- ¿Puedo invitarle a un café? –preguntó Lucius, incómodo por las aprensivas miradas que le enviaba Padma desde su reducto.

No es que no estuviera acostumbrado a que la mayoría de la gente le recibiera con esa expresión a medio camino entre el miedo y el desprecio. Y aunque fingía que no le importaba, nunca admitiría hasta que punto llegaba a molestarle.

- Tengo clase dentro de 20 minutos… –trató de escabullirse Harry, queriendo terminar con aquella entrevista allí mismo y en ese momento.

- No le entretendré mucho. –aseguró Lucius.

Harry dudó unos instantes.

- Está bien, si no le importa ir a una cafetería muggle… –cedió finalmente, seguro de que a Malfoy no le haría ninguna gracia la sugerencia.

Pero Lucius sonrió, dándole a entender que por ahí no iba a cogerle, e indicó amablemente la puerta con el bastón.

- Después de usted, Sr. Potter. –dijo.

Caminaron en un engorroso silencio la poca distancia que separaba la academia de Harry del Melvin's Coffee. Eran prácticamente las diez y media y el café estaba algo menos lleno que a primera hora de la mañana. Encontraron una mesa, cerca de la entrada.

- ¿Qué quiere tomar? –preguntó Lucius.

Una tila sería una buena elección, pensó Harry. Sin embargo, respondió:

- Un capuccino, por favor.

Siguiendo con su procesión de sorpresas, Harry observó atónito cómo Malfoy se dirigía elegantemente hacia la barra, sorteando muggles y mesas; cómo ordenaba su capuccino y un espresso; y también cómo Digbby babeaba descaradamente frente a Lucius, mientras le bombardeaba a él con miradas llenas de preguntas. Desde que los dos jóvenes habían empezado a vivir juntos, no se prodigaban por el Melvin's tanto como antes. Y Digby y la parroquia echaban de menos su entretenimiento favorito. Harry dejó escapar el aire con fuerza por segunda vez y apartó su propia mirada del curioso camarero. Seguramente la presencia de Lucius, –porque había que estar ciego para no ver el gran parecido de Draco con su padre– daría tema de conversación a sus incondicionales durante bastante tiempo. Se quitó el anorak y lo colocó en el respaldo de su silla. O en el café tenían la calefacción muy alta o el que estaba caldeado en exceso era él. Después distrajo su atención en la gente que pasaba en aquel momento por la calle, negándose a reconocer que estaba nervioso.

- Aquí tiene.

Harry volvió su atención hacia la voz.

- Gracias. –dijo tomando el vaso de papel que el padre de Draco acababa de dejar frente a él.

Dio un pequeño sorbo que le quemó la lengua, obligándole a soltar un improperio del que se arrepintió inmediatamente, sintiéndose ridículo.

- ¿Y bien, de qué quería hablarme? –preguntó, disimulando su incomodidad.

Lucius le obsequió una vez más con esa sonrisa que le recordaba tanto a Draco.

- Tengo entendido que mi hijo le ha extendido una invitación para comer con nosotros el día de Navidad y usted la ha rechazado.

- Así es. –afirmó Harry sin la menor vacilación.

Lucius observó con mayor atención al joven sentado frente a él, quien le devolvía una mirada desafiante. Harry Potter también se había hecho un hombre. No es que hubiera crecido mucho. Aunque por lo que podía recordar, sus padres tampoco habían sido demasiado altos. Sus facciones habían perdido los rasgos algo aniñados que habían conservado hasta la adolescencia que él le había conocido. El hombre que le miraba ahora tenía el mentón ligeramente afilado y mandíbula marcada; incluso dura, dándole firmeza a su cara. Bajo sus cejas, negras y pobladas, destellaban unos profundos ojos verdes, tal vez lo más impresionante de ese rostro. Por un momento, se preguntó si la famosa cicatriz seguiría ahí, en su frente. Imposible de comprobar dado el desordenado flequillo que caía sobre ella, como punto final de un no menos revuelto pelo, negro y brillante. Su cuerpo tampoco era el saco de huesos adolescente que se había enfrentado al Señor Oscuro. Los codos flexionados sobre la mesa delataban en sus brazos dos masas, prominentes y firmes bajo la fina camiseta de deporte que los cubrían. Si su hijo hubiera sido una mujer, tal vez Lucius hubiera podido entender por qué Harry Potter le gustaba. Entenderlo bajo las condiciones naturales de Draco, le estaba costando un gran esfuerzo. Uno titánico.

- ¿Puedo saber la razón? –preguntó tras su escrutinio, como si tal negativa pudiera sorprenderle.

Y Harry tuvo la impresión de que, a pesar de intentar disimularlo, al mago le disgustaba profundamente tomarse el café en vaso de papel.

- ¿Qué nuestros anteriores encuentros no han sido precisamente amigables? –respondió el moreno sin esconder su sarcasmo.

Lucius sonrió de nuevo y Harry odió su sonrisa. Porque era de Draco y sólo de Draco.

- A lo largo de la vida, hay que lidiar con muchas personas que no nos gustan, Sr. Potter. –dijo Lucius– Y a pesar de ello, hemos de tratarlas.

A mí me lo vas a decir…, pensó Harry, tomando con sumo cuidado otro sorbo de su capuccino.

- ¿Es este el café donde Draco y usted se reencontraron?

A Harry le faltó poco para atragantarse.

- ¿Cómo lo sabe? –preguntó sin molestarse en esconder su sorpresa.

- Por mi esposa. –respondió Lucius mientras miraba a su alrededor con desaprobación– Por lo visto hay cosas que Draco prefiere contar a su madre antes que a mí. –volvió a centrar sus pupilas grises y frías en Harry– Como que le gusta desayunar en cafeterías muggles.

A pesar del comentario irónico, Harry percibió un escasamente encubierto deje de decepción en su interlocutor, del que se desprendía que no era lo único que había ignorado hasta el momento. Aquello le estaba resultando extraño. Demasiado para un jodido lunes que no había llegado ni a mediodía y ya le había regalado un maldito chichón en la cabeza.

- ¿Qué es lo que quiere de mí, Sr. Malfoy? –preguntó.

Lucius dejó el vaso de plástico en la mesa con el mismo cuidado que si se tratara de una taza de porcelana.

- Pasar la Navidad con mi hijo.

Seguramente Harry se hubiera sentido mucho menos asombrado si la respuesta hubiera sido "que se haga el Harakiri con la varita" o "que se beba este botellín de veneno que casualmente llevo en el bolsillo".

- Yo nunca impediré que Draco acuda a sus celebraciones familiares, Sr. Malfoy. –se apresuró a asegurarle– Quédese tranquilo.

Si ese era todo el problema, Harry pensó que Malfoy podía haberse ahorrado la visita y el café. Los ojos de Lucius se estrecharon sobre él durante lo que al joven le pareció una eternidad, mientras se preguntaba cuántas más facilidades podía ese hombre pretender que le concediera.

- No voy a engañarle diciéndole que usted me gusta más de lo que yo le gusto a usted, Sr. Potter –dijo Lucius por fin– Menos para mi hijo. Y supongo que yo tampoco soy lo que usted habría esperado. Así que, en atención a Draco y a mi esposa fingiremos, no caernos bien, pero sí que somos capaces de soportarnos durante un día. Porque Narcisa y yo deseamos tener a nuestro hijo con nosotros el día de Navidad y él no vendrá si usted no lo hace.

Desconcertado por tal declaración, Harry se permitió ponerla en duda.

- Draco no ha mencionado en ningún momento que no piense acudir a su casa el día de Navidad.

Lucius sonrió con estudiada malicia.

- Es un alivio saber que no soy el único al que mantiene en la ignorancia.

Harry no supo si le había molestado más el tono claramente sarcástico del comentario de Malfoy o que Draco pudiera haberle ocultado su intención. Porque, definitivamente, había algo que no encajaba en todo aquel asunto.

- ¿Y bien, Sr. Potter?

A pesar de su expresión hierática y su tono desafecto, Harry tuvo la certeza de que una negativa sería un verdadero desastre para Malfoy. Y estuvo tentado a dársela. Pero el muy cabrón acababa de dejar la pelota en su tejado. Así que más le valía reprimir esa impulsividad que de vez en cuando le daba uno que otro disgustillo y morderse la lengua para poder analizar la situación con más calma. Si había sido Lucius quien diera el primer paso concertando aquella entrevista con alguien que no soportaba, es decir, él; si se había dejado llevar a un local lleno de muggles, a quienes Harry sospechaba seguía despreciando con la misma intensidad de siempre; bebido café en un envase que claramente le repugnaba, y rebajado a prácticamente confesar que ignoraba aspectos importantes de la vida de su hijo, sólo demostraba que estaba dispuesto a cualquier cosa para mantener a Draco en la suya.

Y Draco no era sólo importante en la vida de Lucius. Harry tamborileó distraídamente con los dedos sobre la superficie de fórmica, mientras le venía a la memoria la expresión de Draco aquella mañana, cuando se negó en redondo a pasar el día de Navidad con su familia. Sintió otra vez esa punzadita de culpabilidad. Se dio cuenta de que, si realmente quería un futuro sólido en aquella relación, -y absolutamente lo quería- tendría que estar dispuesto a transigir en algunas cosas. Tal vez él hubiera llegado a ella libre de equipaje, pero Draco venía con una familia a sus espaldas, que era la que era, y eso nadie podía cambiarlo. A pesar de que Harry hubiera tratado de ignorarlo durante todo ese tiempo, como si esa parte de la vida de Draco no existiera.
No era una decisión fácil. Seguramente tampoco para el mago sentado frente a él. Harry sólo esperaba no tener que arrepentirse de lo que iba a decir a continuación:

- Este acuerdo se limitará única y exclusivamente al día de Navidad. –recalcó, clavando una mirada firme en Lucius– Ni sueñe que pienso acabar comiendo en su casa todos los domingos o cosas por el estilo.

Lucius arrugó aristocráticamente la nariz y sonrió con ese desdén que le era tan característico.

- Por supuesto que no, Sr. Potter. Los domingos son sólo para MI familia.

- Estupendo.

Harry tendió decididamente la mano al ex mortífago y Lucius la estrechó con un fuerte apretón. Después, ambos se levantaron sin decir una palabra más y se dirigieron a sus respectivos quehaceres. Desde la barra, Digby sólo esperaba la oportunidad de atrapar a solas a Harry para freírle a preguntas.

o.o.O.o.o

Aquella tarde Draco no podía entender la razón del volátil humor de su compañero. Le había encontrado desahogándose a puñetazos con el saco de boxeo que había en el pequeño gimnasio de la academia, cuyo usuario casi exclusivo era el propio Harry. El moreno no se había dejado engatusar por las lujuriosas insinuaciones de Draco para ayudarle a ducharse después y éste había tenido que esperar con paciencia a que terminara, colocara los hechizos de cierre y protección en el local y le dijera que estaba demasiado cansado para llegarse hasta Trafalgar Square como habían hecho las anteriores noches. Se aparecieron en su apartamento, donde casi inmediatamente Harry se dejó caer en el sofá con el mando del televisor en la mano y empezó a cambiar frenéticamente de canal.

- ¿Un mal día? –preguntó Draco.

Harry alzó los ojos hacia él. Ahí estaba. Quitándose la americana y lanzándola sobre el sillón. Aflojándose la corbata para poder desabrochar los dos primeros botones del cuello de la camisa. Esa adorable mueca de satisfacción cuando la suave y castigada piel se liberaba por fin de la rígida opresión, un poco enrojecida. Ese gesto con la mano para apartarse el flequillo de los ojos y clavarlos en él. De esa manera tan intensa con la que el gris de sus pupilas matizaba su mirada. Esa sonrisa bailando en sus labios, mitad tierna, mitad castigadora; invariablemente perturbadora. Su cuerpo entero, cimbreante, perfecto; marcando cada movimiento con esa elegancia que no se aprende porque es innata.

Y ahí estaba Harry, comiéndoselo con los ojos. Sintiendo como esa sonrisa alborotaba un manojo de mariposas en su estómago. Esa mirada hundírsele en el pecho, haciendo que su corazón bombeara con más fuerza. Y que se preguntara una vez más por qué le amaba tanto. A pesar de haber estado desahogando su decisión a puñetazos una vez terminadas las clases, Harry sabía que había sido la correcta. Porque quería esos ojos y esa sonrisa junto a él. Siempre.

- Ha sido un día extraño, en realidad. –respondió.

Destalonó sus deportivas y las lanzó después bajo la mesita, subiendo sus pies descalzos sobre ella.

- ¿Extraño? –preguntó Draco

Dio unos golpecitos sobre una de las piernas de su compañero, para que bajara los pies de la mesa. Harry lo hizo con un poco de fastidio. Draco se quitó sus propios zapatos, mientras arremangaba las mangas de su camisa hasta medio antebrazo, en pliegues perfectamente exactos. Después se estiró en el sofá, recostando su cabeza sobre el regazo de Harry. Cerró los ojos y espero la caricia que no tardó en llegar.

- ¿Por qué extraño? –volvió a preguntar.

Harry deslizó sus dedos por el cabello de Draco, sintiéndolo resbalar suavemente sobre la piel de su mano, haciéndole cosquillas. La voz de un presentador de informativos de oía de fondo, sin que ninguno de los dos le prestara la menor atención.

- Por nada especial… –suspiró– Ferguson logró derribarme en un momento de distracción… –aún y con los ojos cerrados, Draco alzó su ceja, mostrando su incredulidad– ...y no es que le sentara demasiado bien a mi ego, lo reconozco.

El rubio negó con la cabeza, oprimiendo levemente con ese movimiento la entrepierna de su compañero, provocando que Harry impulsara un poco sus caderas hacia delante.

- Padma tenía hoy un día un poco nervioso –continuó– y ha armado un pequeño lío con las fichas de los estudiantes que empiezan la próxima semana. –Draco sonrió, recordando la reacción de la bruja la primera vez que había ido a recoger a Harry a la academia– Después me tomé un café con tu padre. –pronunciado de forma rápida e intrascendente– Y de regreso, me encontré la solicitud de un tal Abdel Mubarak, egipcio creo, para que le dé clases de duelo. Por lo visto tiene que batirse con el primogénito de una familia rival por birlarle la novia o algo así.

Draco levantó un poquito la cabeza para que Harry pudiera alcanzar su nuca con mayor comodidad. Dejó escapar un gruñidito, casi un ronroneo de placer cuando los dedos llegaron a la primera vértebra del cuello y apretaron, subiendo despacio hasta la base del cráneo.

- Ni se te ocurra aceptarle. –su voz sonó perezosa y un poco adormilada– Los egipcios tienen leyes muy estrictas y arcaicas en asuntos de honor, Harry. Podrías verte metido en un buen lío sin pretenderlo. –advirtió.

- No hay como tener un abogado en casa. –sonrió su compañero.

Entonces, Draco abrió los ojos de repente y echó la cabeza hacia atrás con un movimiento un tanto brusco, que hizo que Harry se encogiera un poco.

- ¿Qué has dicho?

- Que no hay como tener un abogado en casa. –repitió Harry

- No, algo sobre un café y mi padre…

- Ah, ¿lo de que me he tomado un café con tu padre?

Draco se incorporó hasta quedarse sentado, otra vez con los pies en el suelo, y poder encarar mejor a su compañero. El adormecimiento y la pereza se habían esfumado. Miró a Harry como si le hubiera salido tres cabezas, no muy seguro de si tenía que asustarse y empezar a revisarle en busca de algún tipo de maldición o aparecerse en la mansión Malfoy para constatar que su padre seguía entero.

- ¿Qué ha pasado, Harry? ¿Qué te ha dicho? ¿Habéis…?

Los labios de Harry, suaves y firmes, le obligaron a callar. Sus manos se atenazaron al cuello abierto de su camisa empujándole contra él hasta que Draco pudo sentir cada forma, cada músculo del otro cuerpo dibujándose contra el suyo. Harry mandaba en su boca con el mismo ímpetu y obstinación con los que se batía en duelo o defendía sus convicciones. Hasta lograr, provocador y sensual, que las manos de Draco ardieran por tocar su piel y que otra parte de su cuerpo muriera por hundirse en ese lugar estrecho y caliente que le dejaba conquistar cada noche. Draco empujó a su compañero sobre los cojines, mientras éste desabrochaba su camisa, y el rubio simplemente deslizaba por sus caderas el pantalón de deporte que Harry llevaba. Para descubrir cuán animada se encontraba ya cierta parte de la anatomía de su compañero.

- Tienes mucho que contarme, Potter, no creas que lo olvido.

Harry se humedeció los labios, envolviendo a Draco en el verde ardiente de una mirada lujuriosa. Deseando sentir sobre él esas manos delgadas, de dedos largos y hábiles capaces de llegar a todas partes.

- Menos hablar, Malfoy. –gruñó, haciéndole sitio entre sus piernas.

Draco esbozó una sonrisa complacida al comprender que no iba a haber preliminares. Agradecido porque, desde esa visión de Harry en el gimnasio, con el torso desnudo y sudoroso, sus músculos delineados y tensos, su libido había estado esperando agazapada, el momento de desbocarse. Conseguir la erección que ahora se erguía orgullosa contra su vientre no había necesitado más estimulo que el de esos labios besándole hasta perder el aliento y las inquietas caderas del moreno contra las suyas. Así que al segundo siguiente, Harry se encontraba prácticamente doblado sobre sí mismo, con Draco empujándose dentro de él con vigor, apenas dándole tiempo a tomar aire. Las manos de Harry buscaron a ciegas el brazo del sofá, por encima de su cabeza y se anclaron en él con fuerza. La respiración rápida y sofocada de Draco batía contra su cuello, dándole una sensación de tibia humedad. Las puntas de los dedos de sus pies empezaron a hormiguear.

- Voy a venirme… –jadeó Draco, un poco frustrado por no poder retener por más tiempo el placer que amenazaba con desbordarse.

Harry sólo gimió y empujó sus caderas con más apremio, al sentir la mano de Draco deslizarse sobre su erección de forma rápida y enérgica, tratando de hacerle terminar al mismo tiempo que él. Mientras Draco se corría clavándole un entusiástico mordisco en la garganta, Harry gritaba con toda su alma sacudido por su propio orgasmo. Y por el mordisco.

- Lo siento… –susurró Draco.

Harry estiró sus piernas, un poco entumecidas por la postura y sus manos abandonaron el reposa brazos del sillón para abrazarse al cuerpo que resollaba sobre el suyo.

- Rápido, pero genial. –suspiró, tan ahíto que se sentía incapaz de ejecutar un movimiento más.

Draco levantó un poco la cabeza, para mirarle. Se sintió un poco menos culpable al observar la sonrisa satisfecha en los labios de Harry. Los lamió despacio y después inició un beso lento y perezoso, que terminó cuando su cerebro fue capaz de funcionar de nuevo y recordar que el hombre que ronroneaba plácidamente contra su boca, le debía una explicación.

- ¿Vas a contármelo ahora? –preguntó.

Harry abrió los ojos, un poco desilusionado por aquel repentino abandono. Se encontró con la mirada gris de Draco, todavía un poco nublada y su rostro deliciosamente enrojecido. Adoraba ver aquel rubor en las habitualmente pálidas mejillas y no puedo evitar, a pesar de sus pocas ganas de moverse, que las manos se le fueran a acariciarlas.

- Eres afortunado, Draco. –susurró– Después de todo, aún tienes una familia…

Draco no supo qué leer exactamente en los ojos de Harry en ese momento. Había tantas emociones contradictorias en ellos, que se sintió incapaz de armar el puzzle de sentimientos que navegaban en la verde profundidad de su mirada.

- Soy afortunado de tenerte a ti. –afirmó.

Estrechó a Harry contra sí, de pronto consciente de que en la vida del ex Gryffindor no había ningún padre que pudiera recriminarle su relación, ni una madre que la apoyara, siempre dispuesta a salir en su defensa. Harry no dijo nada más. Pero se dejó mimar entre sus brazos durante un buen rato.

Continuará...