CAPITULO III
Narcisa había repasado a conciencia todos los detalles, ya no recordaba cuantas veces. Había ordenado poner sábanas limpias en la cama de su hijo, a pesar de que las puestas no habían sido usadas; quitar el poco polvo acumulado y aplicar un hechizo con la fragancia que a Draco le gustaba. También había hecho encender la chimenea para que la habitación se caldeara. Quien sabe, a lo mejor los chicos querrán tomarse una siesta después de comer, pensó con una sonrisita maliciosamente feliz. Cerró la puerta de la habitación con un gesto de beneplácito hacia el elfo que, a su lado, hacía por enésima vez el recorrido junto a ella en los dos últimos días.
Descendió las escaleras a paso rápido para dirigirse a las estancias de la planta baja. El salón lucía magnífico. Una cuidada decoración navideña adornaba toda la sala. El abeto se alzaba imponente en su lugar de cada año, cerca de la chimenea y frente a los sofás y sillones Chester. A insistencia de Draco, Narcisa se había ocupado personalmente de dirigir la decoración, en lugar de dar solamente su aprobación cuando los elfos hubieran terminado su trabajo. Hermosos ramos de acebo y pino, atados con lazos rojos y verdes, salpicaban las cinco mesitas repartidas por el salón, aromatizando el ambiente. Los azules y vívidos ojos de Narcisa las recorrieron para comprobar que en cada una de ellas se había colocado un cáliz de cristal repleto de bombones de exquisito chocolate belga.
- Perfecto, Noze. -el elfo agitó sus orejas con orgullo- Pasemos al comedor.
- Sí, ama.
El elfo la siguió contento, dando pequeños saltitos. La guerra sí había traído cosas buenas para los de su raza. Entre otras cosas, una ley que prohibía maltratarlos. Todo elfo doméstico que se preciara conocía el nombre de Hermione Granger.
Media hora después, Narcisa asomaba la cabeza a la vasta biblioteca de la mansión, donde adivinaba que se había refugiado su marido después del desayuno. El ex mortífago se hallaba sentado en su sillón, fumando un habano. Tenía un libro abierto sobre las rodillas, pero su mirada vagaba perdida en la chimenea frente a él.
- Querido...
Lucius salió de su ensimismamiento y besó la suave mano que se había posado sobre su hombro.
- Supongo que todo lucirá maravilloso, como siempre. -dijo encerrando esa misma mano en la suya.
Narcisa sonrió, apoyando su mejilla sobre el blanco cabello de su marido.
- Queremos que Harry se lleve una buena impresión, ¿verdad?
Lucius frunció el ceño y ella pasó suavemente un dedo por el contraído entrecejo.
- Te saldrán más arrugas, cariño.
Él dejó escapar un gruñido y depositando el libro sobre la mesa a su lado, hizo que su esposa diera la vuelta hasta sentarla en sus rodillas. Besó levemente sus labios, para que no se quejara de que le estaba estropeando el maquillaje.
- ¿Eres feliz, Narcisa? -preguntó.
- Sí. -respondió ella, acariciando con ternura su rostro- Especialmente ahora que Draco también lo es.
Lucius no pudo evitar volver a fruncir su ceño.
- Oh, vamos, querido. -le reprochó ella con dulzura- Ya sé que no es lo que esperábamos. Que preferirías que a Draco no le gustara entrar por la puerta de atrás. -Lucius no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa por la sutil manera que Narcisa tenía de referirse a las preferencias de su hijo- Míralo entonces por el lado práctico: Harry Potter era la mejor baza que nuestra familia ha tenido en mucho tiempo.
Antes de que Lucius pudiera responder, un pequeño "plop" anunció la aparición de Noze en la biblioteca.
- El amo Draco ha llegado, amos.
Narcisa se levantó del regazo de su marido de un saltito y alisó rápidamente su vestido. Lucius negó resignadamente con la cabeza y también se levantó, ofreciendo el brazo a su esposa.
- Recuerda que has prometido ser amable. -le recordó ella, tomándolo.
Él la obsequió con su mejor sonrisa de gala.
- Por supuesto, querida. Voy a ser el perfecto anfitrión.
Ella le miró con cariño, pero elevó una silenciosa plegaria a Merlín.
o.o.O.o.o
Por seguridad, los Malfoy tenían sus chimeneas bloqueadas, ya que a través de la red floo habían sufrido más de un intento de agresión desde que la guerra había terminado. Las protecciones externas ya no eran tan poderosas como antaño, porque ahora estaban controladas por el Ministerio, como las de otras muchos hogares de familias ex mortífagas. Draco, con sangre Malfoy en sus venas, podía aparecerse dentro de la mansión, la única salvaguarda que les quedaba. Pero al llevar a Harry consigo, tuvieron que hacerlo en la entrada y llamar a la puerta. El rubio apretó un poco la cálida mano de su pareja, quien le devolvió el gesto guiñándole un ojo con confianza. Harry parecía tranquilo. Incluso después de haberle vuelto loco de buena mañana, haciéndole cambiar de ropa tres veces. Pero el moreno se lo había tomado con paciencia, asegurando a Draco entre risas que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. La zoofilia no está entre los placeres que le gusta disfrutar a un Malfoy, Potter, le había respondido él en el mismo tono. Y Harry se había quedado sin ropa por cuarta vez, en esta ocasión por razones que no tenían nada que ver con la elección de unos pantalones, si no más bien por motivos puramente lúbricos.
Draco no pudo evitar el arrebato de besarle justo antes de que se abriera la puerta.
- Gracias, Harry. No sabes lo importante que es esto para mí. -susurró.
La respuesta de Harry quedó ahogada por la entusiasta y chillona voz del elfo doméstico que les recibió.
- ¡Amo Draco, bienvenido!
Noze hizo una gran reverencia al hijo de sus amos y se apartó para dejarle pasar junto a su invitado.
- ¡Joder, Draco! -musitó Harry, impactado- Ahora entiendo porque te comportabas como un presuntuoso cabrón.
El vestíbulo era tan grande, que casi parecía el del mismísimo Hogwarts. Draco empujó cariñosamente a su aturdido compañero, que se había quedado estancado apenas habían cruzado el umbral. Sus pisadas resonaron con gran eco sobre las pulidas baldosas de mármol, dándole a Harry una impresión de fría magnificencia. Siguió a Draco, que tiraba de él decididamente, mientras trataba de asimilar que aquello era una casa. Cuando cruzaron las puertas abiertas que daban paso a un amplio corredor, que distribuía las estancias de la planta baja, el matrimonio Malfoy hizo su aparición, surgiendo de algún lugar, a la derecha del mismo.
- Draco, hijo, por fin estáis aquí.
Enseguida quedó patente el afecto que Draco sentía por su madre. Tal vez lo que más le chocó a Harry fue que la escena se viera tan natural, como la de cualquier madre e hijo demostrándose su cariño. En sus esquemas mentales, basados principalmente en su desagradable experiencia con algunos miembros de esa familia, nunca había tenido cabida la idea de que fueran capaces de demostrarse algún tipo de querencia entre ellos. Claro que, rigiéndose por los mismos esquemas, el ex Gryffindor tampoco hubiera imaginado jamás estar plantado en ese corredor de la mano de Draco Malfoy. Harry recordaba haber visto a Narcisa en un par de ocasiones. Pero había olvidado que fuera tan bella. Llevaba su largo pelo rubio, algo más oscuro que el de Draco, sujeto por una preciosa diadema. Sus ojos eran dos aguamarinas penetrantes que daban luz a su cara, de piel tersa y tan pálida como la de su vástago. Pese a esa palidez y a otras características físicas, su rostro guardaba gran parecido con el de su hermana Bellatrix. Cuando extendió sus brazos para abrazar y besar a Draco, Harry se dio cuenta de que sus manos eran muy blancas, de dedos largos y delgados como los de su hijo. Y cuando le abrazó a él, envolviéndole en una suave nube de perfume, comprobó que ambos eran de la misma altura.
- Bienvenido, Harry. -los labios delgados y finos de Narcisa sonreían con sinceridad- No sabes cuánto nos alegramos de tenerte hoy aquí.
- Gracias, Sra. Malfoy. -respondió él, sintiéndose un poco cohibido.
Harry no había esperado un recibimiento tan efusivo por parte de ella. No se había encontrado con el apretón, indudablemente maternal, pero también más tosco que estaba acostumbrado a recibir de Molly Weasley. Había sido un abrazo extrañamente confortable y cálido, casi como una caricia. Y pensó que le hubiera gustado que los abrazos de su propia madre, Lily, de haber tenido oportunidad de dárselos, hubieran sido así.
Lucius, mucho más sobrio, abrazó brevemente a Draco y le tendió la mano a Harry, quien en poco más de una semana, se encontró estrechándola por tercera vez en su vida.
- Llámame Narcisa, por favor. -pidió la madre de Draco, tomando a Harry del brazo para dirigirle hacia el salón- Siento que hayas tenido que aparecerte en la entrada, querido. Pero seguramente esto tendrá una pronta solución.
El ceño de Lucius se frunció una vez más y sus labios se apretaron en un pequeño rictus, como quien tiene un retortijón y no le queda más remedio que esperar a que pase. Pero inmediatamente su rostro volvió a adoptar una expresión impasible, mientras seguía junto a Draco a su esposa y a la pareja de su hijo. Cuando entraron en el salón, Narcisa observó complacida la extasiada expresión de Harry.
- Dios mío... -murmuró el joven.
Draco se inclinó sobre el hombro del moreno para susurrar:
- ¿Tenía o no razón?
Harry asintió, admirado.
- Es el árbol de Navidad más hermoso que he visto jamás. -admitió.
- ¿Le apetece un bombón Sr. Potter? Seguramente nunca los habrá probado mejores. -Lucius le tendía cortésmente uno de los bellos cálices repletos de esos dulces, mientras Narcisa le sonreía a su marido con aprobación.
Harry se lo agradeció con un leve movimiento de cabeza y tomó uno. Seguramente, Lucius Malfoy ofreciéndole un bombón, era una de las situaciones más extrañas que había vivido en su vida. Y no es que hubiera vivido pocas.
- Cuando Draco era pequeño, tuvimos que acabar hechizándolos para que no pudiera alcanzarlos sin permiso. -explicó Narcisa, llamando de nuevo su atención- En más de una ocasión tuvimos que purgarle por culpa de una severa indigestión.
- ¡Madre! -se quejó el mentado, un poco avergonzado.
- Aquí donde le ves, era un niño bastante travieso. -continuó Narcisa, sonriéndole a Harry, mientras ambos se sentaban en el mismo sofá.
Draco tomó asiento en uno de los sillones, frente a Lucius, un poco molesto. ¿Acaso su madre pretendía amenizar la espera de la comida a costa de abochornarle a él? Para su más absoluta desesperación, Narcisa la emprendió con una serie de anécdotas de su infancia. ¿Qué coño le importaba a Harry si de pequeño armaba un escándalo cuando a la hora de acostarse no tenía su dragón de peluche? ¿O si después de subir a la noria de la feria magia por primera vez, se había mareado tanto que había vomitado su merienda sobre los zapatos del mismísimo Ministro de Magia? Draco estaba comprobando en carne propia aquello que se decía sobre que las madres tenían un don especial para avergonzarle a uno en el momento menos apropiado y siempre frente a la última persona que se desearía. Al menos Harry sonreía y, aunque fuera a su costa, parecía sentirse bastante cómodo hablando con su madre. ¡Lo que tenía uno que soportar por amor!
- ¿Abrimos los regalos? -sugirió Lucius al cabo de un rato, intentando frenar el entusiástico despliegue de recuerdos maternales entorno a su hijo.
Draco le miró con gratitud. Bajo el hermoso abeto se hallaban depositados unos cuantos paquetes, no demasiados, envueltos en elegantes papeles y lazos. El joven se levantó con diligencia y se dirigió hacía los dos regalos que él mismo había hecho aparecer bajo el árbol de la mansión aquella mañana. Harry pensó, una vez más, lo difícil que era obsequiar a gente que ya lo tiene todo, recordando el peregrinaje por el Callejón Diagon y después por el Londres muggle, en busca del regalo perfecto para los padres de Draco.
- Este es para ti, madre. De parte de Harry y mío.
Narcisa lo tomó esbozando una amplia sonrisa en dirección a los dos jóvenes. Colocó el refinado envoltorio sobre su regazo y lo desenvolvió con sumo cuidado, para descubrir un bello frasco de perfume.
- ¡I Loewe you!, -exclamó, encantada.
- Una edición limitada de Eau de Parfum. -le hizo notar Draco.
Narcisa admiró el hermoso frasco que tenía en sus manos, decorado con puros y radiantes cristales Swarovski. Lucius absteniéndose de hacer comentario alguno sobre la procedencia muggle del artículo, se limitó a echar mano de su recientemente adquirido tic: fruncir el ceño.
- Y este es para ti, padre. -Draco le entregó a Lucius un paquete cuadrado y algo voluminoso- Harry lo eligió personalmente.
Lucius dirigió una mirada escéptica hacia Harry quien, para su íntima satisfacción, parecía haber empezado a sudar frío. Por el rabillo del ojo, vio como Draco colocaba confortadoramente sus manos sobre los hombros del moreno. Lucius se preguntó una vez más si esa relación era el sobreprecio que tenía que pagar por su desatino a la hora de elegir líderes a los que seguir. Desenvolvió lentamente su regalo, enviándole de vez en cuando una mirada desconfiada a Harry, con un claro mensaje: sea lo que sea, no me gustará. Que lo sepas. Finalmente, el presente quedó al descubierto: una purera de persiana de tres cajones. Madera de caoba, con acabados de plata. Lucius quedó mudo. Y Harry recuperó su aliento.
- ¡Oh, Lucius, es preciosa! -exclamó Narcisa, entusiasmada.
- ¿Te gusta, padre? -preguntó Draco, cubriendo la ansiedad que encerraba su pregunta; en el fondo, su intenso deseo de que su pareja fuera aceptada por Lucius.
- Draco me dijo que era usted un gran fumador de puros. -afirmó Harry, en un tono exageradamente cortés.
Lucius miró al moreno con incredulidad. Después, casi con odio. ¿Cómo se había atrevido a acertar con el regalo, obsequiándole con aquella preciosa purera?
- Quedará muy bien en mi despacho. -agradeció con la misma cortesía de la que había hecho gala hasta el momento.
Y depositó la purera sobre la mesita, en atención a su hijo, demostrando mucha menos indiferencia de la que hubiera deseado. Porque, pensándolo con detenimiento, alguien como Potter no podía haber tenido tan buen gusto; la había elegido Draco. Estaba seguro. Tras esta reflexión Lucius se sintió mucho más tranquilo.
A continuación, sus padres le dieron a Draco su regalo: una aguja de corbata y unos gemelos de plata y madreperla.
- Los elegí porque pensé que armonizaban perfectamente con esa preciosa pluma que sueles utilizar. -dijo Narcisa con una sonrisa de entendimiento.
Aunque no la dirigía a su hijo, sino a Harry. Éste comprendió que se refería a la pluma estilográfica Waterman, que le había regalado a Draco la Navidad anterior, cuando a su relación todavía no podía dársele ese nombre.
Narcisa se vio ampliamente recompensada por el agradecido abrazo de su hijo.
- ¡Cómo te quiero, madre! -susurró Draco.
Ella carraspeó un poco, asegurándose que su voz saldría clara y firme antes de pedirle a su marido que le alcanzara el paquete cilíndrico y alargado que quedaba bajo el árbol.
- Y esto es para ti, Harry. -dijo a continuación, ofreciéndoselo.
Harry lo tomó, atónito, porque no había esperado recibir nada de parte de los padres de Draco. Aunque tuvo la impresión, por la expresión de contenido hastío de Lucius, que la idea no le entusiasmaba demasiado.
- Gracias.
Draco se sentó en el brazo del sofá junto a Harry, tras dirigirle a su madre una sonrisa brillante y feliz, tan intrigado como su compañero. Aquello le había tomado tan por sorpresa, que los dedos de Harry se deslizaron torpemente sobre el resbaladizo papel de seda, algo nervioso y un poco emocionado también. A pesar de los años, que alguien fuera capaz de hacerle un obsequio seguía provocando en él un intenso sentimiento de agradecimiento que nunca había sido capaz de explicar. Tal vez porque tendría que haber revelado demasiadas cosas sobre ciertos parientes suyos que prefería no recordar. O aclarar porque una destartalada jarra de cerveza alemana tenía un lugar de honor, antes sobre la repisa de su chimenea y ahora sobre uno de los elegantes muebles del salón del apartamento que compartía con Draco. Su compañero le ayudó a desenrollar el gran pergamino que había aparecido tras retirar el papel.
- Esto es... ¿un árbol genealógico? -preguntó, asombrado.
- Tu árbol genealógico, Harry. -aclaró Narcisa, orgullosa, sosteniendo la amplia superficie de pergamino por una de sus puntas para ayudar a que permaneciera desplegado- Lo ha hecho Milos Rumsfeld uno de los mejores genealogistas británicos. Tiene registros de todas las familias mágicas casi desde los tiempos de Merlín. Cuando le dije que era para ti, no dudó en aceptar el encargo, a pesar de que tenía otros muchos antes y de habérselo pedido con tan poco tiempo de antelación.
- Vaya... -murmuró Harry, mientras su mirada se deslizaba curiosa sobre los elegantes trazos, negros y dorados, de los que según ese tal Rumsfeld habían sido sus antepasados.
Fue resiguiendo con el dedo, desde el final de todo, donde aparecía su nombre, Harry James Potter, subiendo por el de sus padres, James Potter y Lily Evans, sus abuelos paternos, Charlus Potter y Dorea Black, hermana de Marius y Pollux Black, hijos de Cygnus Black y Violetta Bulstrode, sus bisabuelos. Pollux Black se había casado con Irma Crabbe, cuya descendencia habían sido Walburga, la madre de Sirius, Aphard y Sygnus II; éste último había contraído matrimonio con Druella Rosier, padres a su vez de Bellatrix, casada con Rodolphus Lestrange, Andrómeda con Ted Tonks, progenitores de Nymphadora y Narcisa, esposa de Lucius Malfoy de entre los cuales partía la línea dorada que acababa en el nombre de Draco Malfoy Black. Las ramas que ascendían desde el nombre de su abuelo Charlus, se entremezclaban con apellidos tan conocidos como las de la abuela Dorea hasta llegar a Ignotus Peverell.
Lucius observó complacido la expresión aturdida en el rostro de su forzado invitado. Seguramente a Potter no le había hecho mucha gracia encontrar apellidos como Rosier, Crabbe o Bulstrode entre los de sus ascendentes.
- ¿Sorprendido de descubrir que, después de todo, es cierto que prácticamente todas las antiguas familias del mundo mágico están emparentadas entre ellas, Sr. Potter? -preguntó, conteniendo a duras penas el sarcasmo.
Harry alzó la mirada hacia él, rezumando desconfiada, tratando de encontrar una buena respuesta. Pero no la tenía. Ignoraba si el objetivo de aquel presente había sido simplemente sorprenderle con un original regalo de Navidad, o poner ante sus ojos una realidad tan incómoda como cierta: que estaba emparentado con las mismas familias contra las que había luchado. Receloso, pensó que Lucius tal vez sí había tenido mucho que ver con la elección de ese regalo.
- Siento que no haya nada sobre la familia de tu madre. -se disculpó Narcisa- Pero al ser muggle, llevará un poco más de tiempo. El Sr. Rumsfeld me ha prometido completar esa rama de tu linaje tan pronto como la tenga.
Harry tuvo la sensación de que la madre de Draco estaba siendo completamente sincera. Y se encontró deseando con todas sus fuerzas que así fuera.
- No se preocupe, Narcisa, es mucho más de lo que esperaba. -agradeció mientras contemplaba como Draco dibujaba con el dedo una imaginaria línea entre su nombre y el suyo.
Harry sonrió ante ese gesto e inmediatamente se sintió mucho mejor. Diez minutos después, ya en el comedor, el moreno tuvo que hacer acopio de paciencia y hacerle saber a Draco, de forma clara y precisa, que no era necesario que le apartara la silla.
- Toca esta silla y te quedas sin mano, Malfoy. -masculló por lo bajo, al adivinar el gesto de su compañero.
La mayor parte del tiempo no podía evitar que Draco tuviera ese tipo de detalles, a veces tanhalagadores y otras tan crispantes. No es que no se lo agradeciera o no le gustara que hiciera esas cosas por él de vez en cuando. Pero definitivamente, jamás, delante de Lucius Malfoy. Draco pareció comprender y se sentó a su lado, para molestia de Harry, tratando de esconder una risita divertida por el azoramiento que su intención había provocado. Al levantar la mirada el moreno se encontró con los ojos grises de Lucius estudiándole nuevamente con concentrada atención. Como si estuviera calibrando la situación y necesitara hacer un gran esfuerzo para entenderla. Demasiado conciente de esa penetrante mirada sobre él, Harry logró dejar atrás el primer plato con bastante éxito gracias a la amena conversación de la señora de la casa. Entre otras cosas, Narcisa se interesó por su trabajo, por cómo era su academia, cómo había empezado, cuántos alumnos tenía, o si era muy duro pasarse el día enseñando técnicas de duelo y defensa. Pero cuando llegaron al segundo, Lucius, que había utilizado escasos monosílabos hasta entonces, debió considerar que ya había permanecido en silencio durante suficiente tiempo y que había llegado el momento de hacer su propia aportación a la conversación.
- ¿Cómo va el trabajo, Draco?
El aludido reprimió un gesto de contrariedad, porque no deseaba entrar en un día de celebración como aquel, en un tema que siempre acababa siendo espinoso entre ellos dos.
- Bien, padre.
- ¿Te he comentado que estoy remodelando nuestra oficina de París? -Draco negó con la cabeza mientras tomaba su copa de vino y daba un pequeño sorbo- He hecho construir una nueva ala, lo suficientemente grande como para albergar una oficina completamente independiente. -Lucius observó atentamente la reacción de su hijo quien, como buen Malfoy, no permitió que su expresión reflejara lo que estaba pensando- También hemos comprado una pequeña casita a las afueras de la ciudad.
Por el gesto de Narcisa, Draco comprendió que de pequeña no tenía nada.
- Tu madre está terminando con la decoración. -Lucius le sonrió a su esposa con una calidez que Harry jamás le hubiera imaginado- Está quedando magnífica.
- Madre tiene un gusto exquisito. -afirmó Draco, haciendo una pequeña inclinación de cabeza hacia ella.
Entonces Lucius miró a su hijo, muy serio.
- Siempre te has sentido cómodo en París, Draco. Así que he puesto tu nombre en el despacho principal de esa oficina. También la casa es para ti. Creí que sería un buen regalo de Navidad.
Harry experimentó la desagradable sensación física de su corazón deteniéndose, abrupta y dolorosamente. El tenedor quedó inmóvil en su mano y sus ojos clavados en el último trocito de pavo que había desmenuzado, pendiente de cada palabra de Lucius. Y, sobre todo, de cada una de las de Draco. Especialmente de las que no había pronunciado. Ambos habían hablado muchas veces de sus planes de futuro. Draco tenía tantas ganas de dejar el Ministerio como las que tenía su padre de que lo hiciera. De montar su propio bufete. De hacerse un nombre como abogado mercantil. Y hasta donde Harry sabía, deseaba hacerlo por su cuenta, sin contar con los recursos de su familia. Y ahora llegaba Lucius y se lo ponía en bandeja de plata. Un despacho que seguramente debía ser para morirse, en una ciudad que Harry ignoraba que Draco adorara. Por fin se decidió a alzar la mirada para dirigirla hacia Lucius con verdadero odio. ¿Dónde coño quedaba el pacto de no agresión que habían acordado? Porque Harry empezaba a sentirse seriamente agredido.
- Sabes que no me iré a Paris, padre. -dijo Draco imprimiendo a su voz un matiz aburrido, dándole a entender a su padre que estaba cansado de aquella eterna discusión.
Lucius asintió con pesadez, como quien acaba de echar su última carta y ha perdido el juego.
- Eso me temía... -pero tenía que intentarlo, se dijo.
En su mano apareció entonces un pequeño paquete, envuelto en un brillante papel plateado, que levitó hasta depositarlo junto a la copa de Draco.
- Ábrelo. -indicó con desabrida autoridad.
Draco le sostuvo la mirada a su padre unos instantes, tratando de adivinar la jugada que seguramente ahora escondía ese envoltorio. Harry, por su parte, tenía en el rostro una expresión de absoluta aprensión, su alma en vilo a falta de descubrir lo que encerraba la cajita que en ese momento estaba desenvolviendo Draco sin demasiado entusiasmo. Finalmente, en su interior aparecieron dos llaves que, por su aspecto antiguo y trabajado, parecían haber sido encogidas para que cupieran en esa caja. Draco alzó los ojos hacia su progenitor, sin comprender exactamente lo que Lucius pretendía. Creía haber dejado perfectamente claro que no tenía ninguna intención de abandonar Inglaterra. O a Harry, que para el caso era lo mismo. Sin embargo, Lucius, igualmente serio y sin mover un solo músculo de su impenetrable semblante, se dirigió esta vez a su hijo en un tono de voz inusualmente suave.
- Pertenecen a una propiedad bastante antigua en High Holborn, -explicó- Una zona muy exclusiva, si me permites decirlo. -miró a Harry, como para recalcarle el concepto de "exclusividad" - Si no recuerdo mal, perteneció a la madre de tu abuelo.
- ¿Del abuelo Abraxas? -preguntó Draco, mientras le daba vueltecitas a una de las llaves entre sus dedos, cada vez más desconcertado.
Lucius asintió.
- Ha estado cerrada por años y la última vez que la inspeccioné, -ni bajo una batería de Cruciatus confesaría que de prisa y corriendo hacia apenas dos días- necesitaba una buena limpieza y más de una reforma. De las que me haré cargo, por supuesto. -dijo, dejando este hecho fuera de toda duda- Es lo suficientemente grande como para que puedas dedicar una buena zona de la planta baja a cualquier acción profesional que decidas emprender. Creo recordar también, -prosiguió- que en el jardín hay un par de pabellones, que se podrían adaptar a cualquier otra actividad que se te ocurriera...
Draco miró su plato y por un momento se preguntó si los elfos de la cocina habían puesto en la comida alguna clase de alucinógeno. Hasta donde él había entendido, su padre había admitido la presencia de Harry en la mansión ese día, porque le había puesto entre la espada y la pared. No porque le aceptara; ni le agradara el tipo de relación que mantenían. Después miró Harry, quien a su vez observaba con fijeza a Lucius, tenso y a punto de mandar al infierno todos sus buenos propósitos. Evidentemente, porque no había podido leer entre líneas como lo había hecho él. Draco buscó la mano de Harry y la entrelazó con la suya sobre la mesa, con el fin de tranquilizar a su compañero y evitar que pronunciara en cualquier momento alguna barbaridad. Harry aceptó el gesto, más intrigado que incómodo.
- Gracias, padre. -dijo- Harry y yo iremos a verla después de fiestas y veremos sus posibilidades.
Harry vio un montón de emociones cruzar por el rostro de Draco en ese momento. Volvió de nuevo su atención hacia Lucius, y le pareció apreciar en el suyo un pequeño gesto de relajamiento, apenas perceptible. El semblante de Narcisa expresaba una devoción muda, intensa hacia su marido, quien había empezado a comer otra vez, ignorando a todo el mundo. Justo cuando Harry empezaba a preguntarse si alguien sería lo suficientemente amable como para aclararle lo que acababa de suceder, se oyó un ruido ensordecedor de cristales rotos. Los comensales dieron un respingo en sus respectivas sillas, al tiempo que aparecía Noze con el rostro descompuesto por el miedo.
- ¡Amo Lucius! ¡Amo Lucius! ¡Han venido otra vez!
Lucius se levantó de la mesa con tanta brusquedad, que su silla se tambaleó violentamente y estuvo a punto de caer, causando a los demás un nuevo sobresalto. Sus ojos apuntaban esa mirada de mortífago cabreado que hizo que Harry comprobara disimuladamente que no había olvidado guardar la varita en el bolsillo interior de su túnica.
- Lucius, déjalo. -rogó Narcisa, levantándose también al igual que Draco, ambos con sendas expresiones de preocupación al comprobar que el patriarca Malfoy ya tenía su varita en la mano.
- Padre no vale la pena.
Draco intentó detenerlo, tomándole por el brazo. Pero Lucius se sacudió violentamente y abandonó el comedor con una expresión de furia incontenible. Se oyó un nuevo ruido de cristales haciéndose añicos. Esta vez Harry, ya de pie y sin saber exactamente a qué atenerse, identificó que el estruendo había provenido del cercano salón.
- ¡Por lo que más quieras, Draco, detenle! -rogó Narcisa con un punto de histerismo en su voz, mientras seguía a su esposo e hijo fuera del comedor.
- ¿Qué sucede, Narcisa? -preguntó Harry, inquieto por el cariz que estaban tomando las cosas, caminando con paso apresurado a su lado por el corredor.
- Cada año es lo mismo. -gimió ella con un hilo de voz- La gente no perdona, Harry. No nos deja olvidar.
Sin comprender todavía a qué se refería Narcisa exactamente, ambos penetraron en el salón, siendo recibidos por un panorama desolador. La cristalera que iba de pared a pared de la estancia y daba al jardín, se había venido abajo. Los trozos de cristal habían caído hacia dentro, desgarrando las preciosas cortinas de brocado, cuyos jirones colgaban lastimosamente deshilachados. Un gran trozo de vidrio se había abalanzado sobre el árbol de Navidad, sin llegar a tumbarlo, pero destrozando ramas y decoraciones de una buena parte de él. Harry oyó el ahogado sollozo de Narcisa junto a él, pero estaba más pendiente del forcejeo entre Lucius y Draco, éste último tratando de impedir que su padre saliera al jardín a la caza del autor o autores de aquel desastre.
- ¡No puedes permitirte el lujo de lanzar una sola maldición, padre! -gritaba el joven, intentando arrebatarle la varita- ¿Acaso quieres volver a Azkaban por culpa de esos mal nacidos?
Lucius, fuera de sí, no atendía a razones, desesperado por deshacerse de los brazos que le agarraban con todas sus fuerzas, impidiéndole alcanzar su objetivo. Inquieto por el desenlace de aquella pugna entre padre e hijo, Harry se preguntó por qué Draco no le lanzaba un hechizo inmovilizante a Lucius y terminaba de una vez. Sin embargo, tenía la impresión de que Draco no quería o no se atrevía a alzar la varita contra su padre. Narcisa, a su lado, se agarraba a él con las manos crispadas sobre su brazo, clavándole dolorosamente las uñas. No muy seguro de que su intervención fuera bien recibida por ninguno de los dos Malfoy, se limitó a sacar su propia varita, al menos para evitar que cualquiera de ellos cayera sobre los vidrios esparcidos por el suelo.
- ¡Suéltame, Draco! -exigió Lucius una vez más- ¡No me obligues a utilizar la varita!
- ¡Padre, por favor, no me obligues a utilizarla a mí!
Lucius se retorció con una inusitada energía producto de la furia y, finalmente, temeroso de verse empujado a caer sobre el afilado lecho de cristales, Draco le soltó. Con la varita temblando de ira en su mano, Lucius salió al exterior para recibir una helada caricia de aire frío, que alivió en parte el ardor que sentía en la cara. No le sorprendió que los tres personajes que se encontraban en el jardín fueran tres aurores. Uno de ellos, el que parecía tener cierta autoridad, se adelantó unos pasos con aire pendenciero.
- ¡Hola Malfoy! -saludó- Estábamos patrullando por aquí cerca y nos ha parecido ver intrusos en tu propiedad. Ya sabes, nos preocupamos por la seguridad de todo mago, sin excepción. Sentimos que se nos haya ido la mano con los hechizos tratando de atraparles...-los otros asintieron entre risas- Pero estoy seguro que, a diferencia de los que se han quedado sin nada, tú puedes pagarte una cristalera nueva sin ningún problema.
Nunca habían llegado tan lejos, pensó Lucius rabioso. Ni tampoco se habían mostrado de forma tan desafiante. A lo largo de los últimos años, y entre otras cosas, Lucius había encontrado sellada la verja de entrada a la propiedad en varias ocasiones, obligándole a utilizar los servicios de un experto en ese tipo de hechizos y a cambiar la cerradura. Los parterres de rosas y otras flores que su esposa cuidaba con mimo también habían sido arrasados en otras tantas. Incluso una vez habían hallado una montaña de excrementos de dragón en el camino que llevaba a hasta la puerta principal de la mansión que, aparte de ser algo verdaderamente repugnante y oler peor, había llenado de moscas durante días los jardines. Pero nunca se habían atrevido a llegar tan cerca de la casa. Si hubiera estado en el salón en el momento de caer la cristalera, su familia podía haber resultado seriamente herida. El solo pensamiento hizo que a Lucius se le volviera a acumular la sangre en la cabeza y que su brazo se extendiera amenazador hacia los insultantes representantes del Ministerio.
- Ah, ah, sabes que no puedes. -dijo el auror con una cantinela guasona- Pero si quieres intentarlo... -se encogió de hombros- ...será un placer enviarte a Azkaban de nuevo, Malfoy.
- Pero yo sí puedo.
Concentrado en decidir qué tipo de maldición les iba a lanzar a esos tres impresentables, demasiado obcecado como para pensar en las consecuencias, Lucius no habría sabido decir en qué momento Potter había llegado a su lado. Sintió que su irritación se acrecentaba, porque él era justamente la última persona que deseaba que presenciara aquella humillante situación. Sin embargo, lejos de tratar de disuadirle como Lucius se temía, Potter se limitó a susurrar:
- Piense en su familia, Malfoy.
Aun sin bajar su brazo, con los dedos agarrotados alrededor de la varita y la vena de su sien peligrosamente hinchada, Lucius observó a Potter dar un par de pasos y plantarse, aun a cierta distancia, frente a los tres aurores.
- Un poco lejos de Londres, ¿no, Ferguson? -hizo notar Harry.
El auror congeló la sonrisa burlona que había mantenido hasta la aparición de su profesor. Más al darse cuenta de que, a pesar de que Malfoy ya no les amenazaba con su varita, aunque todavía no la había guardado, Potter tenía la suya en la mano.
- ¿Qué haces aquí, Potter? -preguntó, incómodo.
- La pregunta es lo qué haces TÚ aquí, Ferguson.
- Patrullar, es evidente. -desafió con seguridad.
Harry esbozó una sonrisa irónica, dando pequeños golpecitos con la varita en la palma de su mano, mientras caminaba unos cuantos pasos más hacia ellos.
- Hoy es Navidad, Ferguson. -le recordó- Sólo hay unos cuantos aurores de guardia en el Ministerio. Y así seguirá a no ser que haya algún suceso inesperado. Pero si insistes en mantener que estáis patrullando...
El auror vaciló, dirigiendo una rápida mirada a los dos principiantes que le acompañaban que, como otros antes que ellos, estaban pagando la novatada con aquella acción. Ferguson sabía que Potter conocía perfectamente el funcionamiento de su departamento. Muchos de los compañeros con los que trabajaba habían pasado por su clase, en la academia de aurores del Ministerio. Además, Shacklebolt, el Jefe de Aurores, era amigo suyo. Muy amigo. Potter sólo tenía que preguntarle a su superior al día siguiente y su farsa quedaría al descubierto.
- ¡Soy un auror del Ministerio, Potter! -se irguió, tratando de buscar una salida airosa a una situación que se le estaba complicando por momentos- Y ellos tan sólo son... son...
- Una familia celebrando el día de Navidad, Ferguson. -le atajó Harry, irguiendo la varita, regia y firme en su mano- Así que piensa muy bien lo que vas a decir a continuación.
La voz de Potter había dejado su tono contenido y suave, destilando una indignación que rayaba la furia. Ferguson palideció, luchando por no moverse y evitar dar el vergonzoso paso hacia atrás que ya habían retrocedido los dos novatos, más prudentes, ante la cercanía de un Harry Potter con cara de pocos amigos.
- Tal vez en nuestro afán de... proteger... nos precipitamos... -concedió el auror, todavía un poco a regañadientes.
- Ajá... -Harry bajó la varita y volvió a juguetear con ella, moviéndola entre sus dedos con habilidad pasmosa.
Y Ferguson pensó que probablemente ese día en la academia de Potter, sólo había tenido suerte.
- Quizás como el día está un poco nublado nos pareció... -trató ya de excusarse descaradamente.
- Nadie es perfecto... -aceptó Harry otra vez en tono condescendiente.
- A veces pasa, ya sabes... -dijo el auror, sin perder de vista la varita de su profesor.
Harry se volvió hacia los tres Malfoys por primera vez desde que se había iniciado aquella conversación. Lucius estaba muy serio pero tranquilo, observándole con una expresión que Harry no supo interpretar. Su varita ya no estaba a la vista. Cogida del brazo de su marido, Narcisa insinuaba una sonrisa, todavía un poco trastornada. Draco tenía tal mirada de orgullo en sus ojos, que no podía con ella. Deletreó con sus labios un te amo que fue directo al corazón de Harry.
- Seguramente querréis disculparos con el Sr. Malfoy y su familia. -ofreció el moreno, dirigiéndose de nuevo a los tres aurores.
Los dos novatos balbucearon inmediatamente acaloradas y sentidas disculpas. Tras unos segundos, Ferguson brindó la suya. Mientras los dos jóvenes aurores perdían el culo para ir a buscar sus escobas, abandonadas unos metros más allá, y desaparecer lo antes posible de allí, Harry impidió a Ferguson hacer lo mismo, reteniéndole por el brazo.
- Asegúrate de que nadie vuelve a tener ningún tipo de confusión en esta propiedad, Ferguson. -advirtió en un tono lo suficientemente bajo como para que sólo él pudiera oírle- Porque si vuelve a suceder, estaré encantado de darte la clase de defensa y duelo más privada e instructiva que hayas recibido en tu vida. Sin distracciones. -remarcó.
Ya sin vergüenza ni orgullo, al auror le faltó tiempo para ir a recoger su escoba y elevarse rápidamente en el aire como ya habían hecho sus dos compañeros.
El matrimonio Malfoy volvió al interior de la mansión. Draco demoró unos instantes, hasta que Harry llegó junto a él, para poder agradecerle de forma privada lo que acababa de hacer.
- ¿Tu buena acción del día de Navidad? -preguntó después de besarle hasta el ahogo.
Harry sonrió. Se dijo que lo había hecho por Draco. Seguramente, también por Narcisa. Y... bueno, Lucius... Tal vez él hubiera reaccionado igual si su familia se hubiera visto amenazada de esa forma. Harry resopló, resignado. ¡Debió ser el dichoso espíritu navideño!
Cuando entraron en el salón, los padres de Draco contemplaban los desperfectos causados por los tres aurores. Lucius abrazaba a su esposa mientras le susurraba algo muy bajito, seguramente tratando de reconfortarla.
- Habrá que poner algunos hechizos para impedir que entre el frío -dijo su hijo, contemplando también la gran abertura que antes había estado cerrada por las vidrieras.
Se quitó cuidadosamente su elegante túnica y la dejó sobre un sillón bastante alejado de la catástrofe. Y sacando su varita, se puso a la tarea. Lucius le imitó.
- Le diré a Noze que caliente la comida. -les hizo saber Narcisa por su parte.
Y antes de abandonar el salón, le dio a Harry un abrazo tan intenso, que por un momento al joven le faltó el aire. Con las mejillas ardiendo, el moreno se puso a levitar cristales y a amontonarlos en un rincón del salón, donde la mesita y el sillón que lo ocupaban estaban hechos añicos y no valía la pena andarse con demasiadas contemplaciones. Al poco rato, habían despejado el destrozo y vuelto el árbol de Navidad del otro lado, de manera que no se viera la parte dañada. La estancia casi había recuperado su aspecto. Aunque ahora, sin cortinas, se veía un poco desolada.
Mientras Harry esperaba a que Draco volviera a ponerse su túnica y se recompusiera como sólo un Malfoy sabe hacerlo, un ligero carraspeo a su espalda le hizo volverse. Lucius le miraba con la misma expresión que había visto en su cara un rato antes, en el jardín. La misma que no había sabido descifrar. Harry se preguntó si ahora vendría la parte de las recriminaciones. Del tipo, por qué se mete donde no le llaman si nadie le ha pedido ayuda.
- ¿Tiene algo que hacer el próximo domingo? -preguntó Lucius.
Harry pensó que tendría que reconocerle a Malfoy la insólita capacidad para sorprenderle que había desarrollado últimamente.
- Er... nada especial, creo. -respondió.
¾ Entonces le esperamos a comer a las 12.00. En punto.Harry parpadeó, desconcertado.
¾ Creí que los domingos eran sólo para su familia. -recordó.¾ Justamente.Sin una palabra más, Lucius Malfoy encaminó sus pasos hacia el comedor de la mansión. Esperando que la comida ya hubiera sido calentada, porque se estaba muriendo de hambre. Y tener hambre le ponía de muy mal humor.
Antes de que pudiera salir de su asombro, Harry sintió unos brazos rodearle y el inconfundible aroma de Draco vertiéndose sobre él. Sus labios, suaves y húmedos, depositando pequeños besos detrás de su oreja.
- Bienvenido a la familia, Harry. -susurró.
Y Harry se dio cuenta de que la idea de formar parte de la familia de Draco ahora no le molestaba tanto como había creído semanas atrás. De que podría acostumbrarse fácilmente a los abrazos de Narcisa. Y que si Lucius y él mantenían las distancias, y trataban de no cruzarse más que lo justo y necesario en el camino del otro, lograría manejarlo. Lo que en modo alguno podría soportar sería que el hombre en ese momento le abrazaba no estuviera a su lado.
Aquella estaba siendo, incuestionablemente, una Navidad atípica. Una en la que Harry no había querido participar. Pero que se había resignado a soportar. Y, finalmente, había resultado ser una Navidad que, sin duda, iba a recordar por mucho tiempo.
FIN
