Capítulo 2
Todo está listo, señor. El Departamento de Ambiente se encargará de todo lo demás.
- Muy bien, muchas gracias.
Robin Royer, Veterinario y cuidador de animales, paseaba por las ruinas del lugar con una sonrisa oculta en su rostro, pero ilustrada en sus ojos.
- ¿Crees que no se va a dar cuenta? Esa chiquilla es muy lista.
- No tanto como nosotros – replicó Robin. – Samantha nunca se enterará de lo que pasó, y mucho menos de quiénes fueron los que produjeron esto – señalando las ruinas.
- Ella amaba a ese elefante. Estoy seguro que sospechará algo.
- ¡Oh, por favor! – escupió Robín – Todo el mundo sabe que en los alrededores hay secuestradores y cazadores de animales por montón. Algo así es común que ocurra. Nada va a pasar.
Fue cuando vieron a una joven corriendo desesperada al lugar. Robin notó en seguida de quien se trataba, y fue hasta ella.
El presentimiento que había tenido la noche anterior parecía cierto: 'Mañana Mejor' estaba destruido. No sabía cómo, no sabía por qué, pero el dolor en su interior no lo podía contener. Lentamente se dejó caer, hasta que ya no podía mantenerse en pie. Se arrodilló en el infértil suelo, esperando poder conseguir algún tipo de consuelo. Fue cuando sintió como una mano se posaba sobre su hombro, y una persona se arrodillaba a su lado. Sam le miró el rostro, conteniendo su dolor.
- Robin… - él se le acercó, dándole un abrazo. – Pero… ¿qué fue lo que pasó?
- Sam… No lo sabemos…
- Pero los animales…. El refugio…
- Sam, entiende: hoy en día hay muchas personas locas capaces de hacer lo que sea por obtener animales de cualquier clase; cazadores, coleccionistas… - no logró obtener respuesta de la joven, y la abrazó mas fuerte – Estos animales eran exóticos y únicos, Sam. Lo siento, no podemos hacer nada, más que esperar.
Sam lo apartó en seguida, y se paró caminando hacia las ruinas. Robin también se levantó, mirándola extrañado.
- Sam, ¿a dónde vas? – la joven no respondió – ¡Sam, es peligroso!
- ¡Sólo iré a echar un vistazo!
Robin suspiró, pero no le importó. Allí no había pruebas de ningún tipo. Nadie podía culparlos de nada, era el crimen perfecto. Sonriendo con malicia, regresó con las autoridades del Departamento de Ambiente para dar por terminada aquella situación.
Era esperado el lugar a donde se dirigía. Sam se fue acercando al lugar en donde su amigo vivía. Las cercas fueron reducidas a cenizas, y ya nada quedaba que diese indicios de que alguna vez, allí, había vivido un enorme elefante… O un canguro, o una cotorra.
Sam fue a lo más profundo del hogar del paquidermo desaparecido, y arrodillándose en el suelo, comenzó a recordar. Samantha Griffith, a pesar de ser muy joven, nunca lloraba. Era fuete, sí, pero no deseaba parecer vulnerable. Desde que su madre los había dejado a ella y a su padre, se prometió a sí misma no llorar más por nadie. Más no podía evitarlo en aquel momento, el dolor que sentía por su amigo parecía algo eterno.
Y golpeando los nudillos contra el suelo, Sammy lloró y lloró sin ningún tipo de resentimiento.
De repente, Sam siente un pequeño ruido, algo diminuto, proveniente de lo más profundo de aquel lugar. Levantando la cabeza sorprendida, logró su llanto acabar.
- ¿Qué fue eso?
Sólo lo había escuchado una vez, sólo lo había escuchado por un tiempo muy corto, pero sabía que algo había por allí. Se fue acercando a lo más profundo del lugar, hasta que halló algo que no se esperaba encontrar.
- Oh, cielos…
Allí, entre tierra chamuscada y telarañas, se hallaba la flor más bella, la más hermosa de todas. Sam sabía que era la flor que su elefante tanto cuidaba, y ella la recogió, observándola admirada. Parecía increíble que solo aquella pequeña flor fuese lo único con vida allí, lo único que logró salvarse. Parecía una especie de milagro.
- Horton…
Y levantándose del suelo, Sam salió del lugar. Robin la vislumbró nuevamente, y se acercó a ella.
- ¡Oye, Sam! – ella se volteó a verlo, hasta que logró alcanzarla - ¿Estás bien? – ella se lo quedó mirando seriamente.
- No, no lo estoy.
- Ah, bueno… ¿Quieres salir está noche?
- Robin… - se le acercó peligrosa y amenazadoramente - ¿Es que estás ciego? El refugio fue destruido, los animales han desaparecido, ¡y Horton ya no está!
- ¿Tanto te importa ese elefante sonso?
- ¡Sí! No sabes cuánto. – comenzó a marcharse, pero Robin la seguía.
- ¡Vamos, Sam! ¡No pudimos hacer nada! Olvídate de ese tonto elefante.
- ¿Tonto elefante? Robin, no sabes la barbaridad que acabas de decir. Horton no era sólo un elefante, y mucho menos tonto. Era mi amigo.
- Si, claro – burlándose de ella, cuando notó la flor - ¿Y eso? – ella la miró, tomándola con mayor fuerza.
- La flor de Horton.
- ¿De dónde la sacaste?
- Estaba en su cercado.
- "Y no se quemó… Vaya, qué extraño".
- Me la llevaré a casa para cuidarla, después de todo, es algo valioso para Horton.
- Si no te conociera, diría que estabas enamorada de ese elefante.
- Puede ser – y se marchó, dejando a Robin furioso.
Sam había regresado a su casa, cuando su padre notó su expresión triste.
- Sammy, ¿estás bien? Volviste temprano del refugio.
- Es que ya no hay refugio, papá. Parece que algunos cazadores o personas lunáticas lo destruyeron anoche.
- Oh, no… ¿Y Horton? – su hija lo miró con tristeza, y se encaminó a la cocina. Su padre la siguió – Hija, esta clase de cosas ocurren. No fue tu culpa.
Sam no le prestó atención en aquel momento. Del aparador, había tomado una jarra de vidrio, y fue hasta el lavamanos para llenarla de agua.
- No importa lo que digas, papá. Yo le había prometido a Horton que lo cuidaría y lo protegería. – cerró la llave del agua, y se volteó a ver a su padre con la jarra en la mano – Es verdad, estás cosas pasan. A Horton lo cuidé, pero no lo protegí. Soy una tonta… - y se fue rápido a su habitación.
El doctor Griffith la siguió, mirando a su hija colocando una hermosa flor en la jarra llena de agua sobre su mesa de noche, y sentándose en su cama contemplándola. Él se le acercó, sentándose a su lado y colocando una mano sobre la de ella.
- Me recuerdas a tu madre; siempre preocupándose por los demás, y de hacer todo bien. Siempre amando a todos… - notó una lágrima recorrer el rostro de su hija, y la limpió con delicadeza – Sé muy bien que, esté donde esté, Horton está muy bien.
- Pero yo lo quería demasiado…
- ¡Y él también te quería a ti! Hija, Sammy – le tomó el rostro con sus manos, haciendo que le mirase a los ojos – Todo va a estar bien. – y ella le sonrió. Cambiando el tema, el doctor se fijo en la flor - ¿Y ese bello girasol? ¿De dónde lo sacaste?
- "No puedo decirle que era de Horton". Estaba en los alrededores del refugio. Pensé que debía traerla y cuidar de ella.
- Pensaste bien. – y besándole la frente, se retiró dejándola sola. Sam se quedó mirando la flor.
- Perdóname, Horton. No pude cuidar bien de ti – y de a poco, se fue quedando dormida en su dolor.
Mientras, en otro lado…
- ¡Esto es excelente, Royer! ¡Es increíble! Nunca antes había visto tantos animales exóticos en un mismo lugar. ¿De dónde dices que provienen?
- Ah… De la jungla de Nool, por enésima vez – terminó por lo bajo, y ya harto de aquella conversación.
- ¡Magnífico, simplemente magnífico! No sé dónde queda, pero no importa, ¡ha! Tengo los animales, y eso es todo lo que me importa. Robin Royer, ¡eres genial!
- ¡He! Si, lo sé. Ahora, ¿tienes el dinero?
- ¡Si, si, ten! ¡La cifra que me pediste, y contado!
- Perfecto… Sólo una cosa más…
- ¿Mantener todo esto en secreto?
- Aparte de eso. Me gustaría que, como buenos amigos que somos, me dieras un pequeño regalo.
- Si, dime Robin.
- Me encantaría quedarme con… aquellos marfiles, si no te importa…
Sam despertó lentamente. Encendiendo la luz, y mirando el reloj sobre la mesa de noche, notó que había dormido bastante. Su padre le había dejado un plato de comida en el suelo, pero ella no tenía hambre en aquel momento. Sentándose bien sobre la cama, suspiró tristemente, reviviendo recuerdos de ella y su paquidermo.
- Horton… - suspiró – Espero que estés bien.
Volteó a ver el hermoso girasol sobre la mesa, y tomó entre sus manos. Efectivamente, era una flor hermosa, la más bella que había visto jamás. Sus pétalos amarillos se abrían con delicadeza y fuerza. Sam sonrió. No sabía qué valor le daría el elefante a aquella hermosa flor, pero con sólo verla, ella podía sentir su beldad.
- Me pregunto, ¿qué valor tendrá en realidad?
La acercó a sus ojos notando su belleza, pero no veía nada más. Nada especial, nada fuera de lo normal. Aún hipnotizada, comenzó a acariciar suavemente los pétalos de la flor.
- Eres muy hermosa, ¿lo sabías? – le hablaba al girasol – Seguro que Horton te cuidaba mucho. Yo lo haré ahora, de eso no te preocupes – suspiró nuevamente – Horton es muy especial, ¿verdad? Si, si lo es. Sé que lo encontraremos… - hablando más para ella misma que para la flor.
El doctor Griffith iba a ver cómo se encontraba su hija, cuando notó lo que ella hacía. ¡Hablándole a una flor! Se quedó oculto tras la entrecerrada puerta, sonriendo con ternura.
Sam seguía perdida en sus pensamientos…
- …haremos?
- ¿Ah? ¿Qué?
Sam se espabiló. Pensó que alguien le hablaba, pero allí no había nadie. Se quedó mirando la flor nuevamente, pero con una mirada de interrogación.
- "No, es imposible. ¡Qué locura!".
Pero no lo era del todo. Oyó nuevamente un leve sonido, y Sam afirmó que no estaba loca, ni que oía cosas. Algo había en aquella flor, un insecto quizás. Acercó su oído lentamente al centro del girasol, prestando mucho cuidado y atención. Hasta que lo oyó.
- …puede ser posible!
- ¡¡Ah!! – su padre, quien había escuchado aquel grito, entró corriendo alterado a la habitación.
- ¡Hija! ¿Qué pasa?
- ¡Papá, papá! No lo creerás, pero…
- ¡Hija, habla ya!
- Creí escuchar voces provenientes del girasol – su padre la miró extrañada, y con razón - ¡Aquí, mira!
Le dio la flor a su padre, quien la acercó a su oído tratando de percibir algo, pero no oía nada. Su hija trató de decir que no estaba loca, que algo había oído, pero su padre no escuchaba. Paulatinamente, y con cariño, la acostó nuevamente en su cama, dándole las buenas noches. Sam hizo caso, sin dar réplica alguna, y en un instante, dormida quedaba. El doctor Griffith, aún con el girasol en la mano, salió lentamente de la habitación. No pensaba que su hija estuviese loca, aunque quizás un poco perturbada por todos los sucesos ocurridos. Aún así, le creía. Llevó el girasol a su laboratorio, y lo colocó en un matraz con agua. Y sentándose sobre su mesa de trabajo, se quedó mirando la flor. Pasó media hora, cuando casi desistió. Pero decidió agarrar su lámpara, y alumbrar a la flor decidió. No se veía nada. El doctor Griffith tomó una lupa, y comenzó a mirar todo el centro del girasol, cuando su mirada se paró en algo nada común. El centro de la flor era de un oscuro marrón, pero una pequeña mota, una diminuta partícula, desarmonizaba todo aquel color. Era como de color amarillo, muy pequeñito.
- Podría ser… - susurró el doctor.
Se paró de su lugar, y tomó un microscopio del aparador. Volviendo a sentarse en la mesa de trabajo, tomó al girasol y lo colocó bajo el microscopio. Muchas lentes utilizó, pero ninguna le sirvió. Finalmente, optó por la de mayor magnitud. Allí, el doctor Darius Griffith sorprendido quedó.
- ¡No lo puedo creer!
Saltó de su silla, gritando de alegría. Pero sabía que aquello que había encontrado era mejor ocultarlo. Pero hay cosas que no se pueden evitar. Un espía, especialmente enviado por Robin Royer, observaba las anotaciones del doctor, y sin titubear ni un instante, a su señor llamó.
- ¿Algo increíble dices? – la voz de Robin Royer se oía al otro lado del teléfono celular – Tráiganlo a mí…
Sam fue despertada en la madrugada bruscamente por Darius Griffith.
- Papá… ¿qué sucede?
- Qué bueno que ya estás despierta – le susurró.
Tomándole la mano, el doctor Griffith guiaba a su hija fuera del cuarto. Al pasar por la sala de estar, Sam podía oír los fuertes golpes que provenían de la puerta de entrada de la casa. Alguien trataba de tumbarla.
- Papá, ¿qué ocurre?
Su padre no le respondió. Ambos llegaron al laboratorio, y trancando la puerta del mismo, el doctor Griffith comenzó a revolver ciertos lugares. Sam lo miraba confundida.
- Papá, ¿pero qué…?
- ¡No hables tan duro! – le advirtió.
Parecía que al científico le iba a agarrar un infarto en cualquier momento. Un fuerte estruendo en la casa había revelado que alguien había logrado finalmente tumbar la puerta de entrada. El doctor Griffith tomó a su hija del brazo, y la colocó contra la mesa de trabajo. Sam no entendía nada, pero ya se estaba desesperando.
- ¡Papá! ¿¡Qué demonios está pasando aquí!? – su padre la miró seriamente, algo que no hacía muy a menudo.
- Samantha, escúchame. – Ahora, aquellos que entraron a la casa trataban de tumbar la puerta del laboratorio – Estas personas son las que destruyeron la jungla de Nool, y al parecer también destruyeron el zoológico donde trabajabas. – otro golpe fuerte.
- Pero, ¿qué…?
- ¡Debes comprender! – su padre la interrumpió – No sé quienes son, pero si sé que hacen aquí. Lo que acabo de descubrir es algo pequeño, pero con un valor tan grande como tu y yo.
- ¿De qué estás hablando? – su padre hizo que volteara a ver la flor, y retrocedió un poco - ¿La flor de Horton?
- Esta flor posee algo maravilloso, Sammy. Debemos protegerlo – otro golpe – Si ellos lo encuentran, podría ocurrir algo espantoso.
- ¿A qué te refieres? – le preguntó su hija, aún mirando la flor.
- Es un nuevo mundo, Sam, y quiero que lo protejas. – suspiró – Perdóname, Sammy.
Pero ya era demasiado tarde. Al voltear, Sam vio cómo su padre lanzaba contra ella uno de los rayos provenientes del Rayo Encogedor. Al principio, se sintió extraña, cuando notó que, efectivamente, comenzaba a encogerse. Su padre tiró el invento al suelo, y tomando a su hija delicadamente, la miró con nostalgia.
- Protégelo, Sam. Y no te preocupes, los pondré en un lugar seguro.
La puerta del laboratorio finalmente fue tumbada, y gritos de hombres pudieron ser escuchados. Sam miraba a su padre confundida, pero más que anda, asustada.
- Te quiero…
Y la dejó caer. Ella gritó, pero nadie la escuchó. Cayó y cayó, mientras se encogía más y más. Su padre la había soltado justo encima del centro del girasol, donde Sam logró notar de golpe una pequeña partícula amarilla, y era allí a donde se dirigía. Siguió cayendo por lo que parecía un tiempo eterno, cuando, sin más ni más, había perdido la consciencia.
