Estaba en un espacio blanco, vacío, carente de vida. Dondequiera que mirara, o conseguía distinguir la más mínima forma, el más miserable objeto. Asustada, Rose extendió los brazos solo para mirarlos y comprobar que, gracias al Cielo, era corpórea. Abrió la boca y emitió un sonido, una especie de gemido, que sin embargo no llegó a sonar. Con creciente temor, Rose se llevó las manos al cuello. ¿Se había quedado muda, así de repente?

"No", se obligó a pensar, "Intenta serenarte, Rose".

Recordaba estar postrada en aquella enorme cama, con el matrimonio sentado en ella. Rose había intercambiado unas breves palabras con la mujer, y después había cerrado los ojos…

"Eso es", se dijo, aliviada. "Estoy soñando. No es más que un sueño, así que no hay por qué temer".

Instantáneamente, se pellizcó la mano izquierda, mas no surtió efecto alguno. Tras eso, Rose llegó a la conclusión de que debía quedarse, vivir su sueño hasta que éste terminara por sí solo. Resignada, la joven empezó a caminar por aquel enorme océano blanco y vacío.

"¿Por qué hago esto?", se lamentó, "Quisiera que todo acabara…Sí, eso quiero. Quiero despertar en mi casa, en mi hogar…".

De repente, empezó a distinguir una especie de bruma que se acercaba hacia ella. Despacio, la neblina la fue cubriendo, mas a Rose no le importaba. Seguía sin distinguir vida entre todo aquel vacío. La joven cerró los ojos, sumisa.

"Quiero volver a mi hogar…"

Abrió los ojos y sus labios emitieron un insonoro grito de sorpresa. La escena, milagrosamente, había cambiado por completo. Ahora se encontraba en su casa, en su amada cabaña. Sus tías estaban dispersadas por la habitación principal, haciendo cada una sus tareas: Primavera limpiaba, Fauna cocinaba y Flora, sentada a la mesa, vigilaba los garabatos que una niña escribía en un gastado pergamino.

Rose se acercó más a la pequeña. Era bastante delgada y bajita para su edad. Tenía una larga melena rubia que, al estar inclinada sobre la mesa, le tapaba casi por completo la cara. Vestía sencillamente y no llevaba zapatos. Los pies desnudos colgaban de la silla, sucios. Rose extendió la mano hacia la cría para apartarla el cabello. Mas no pudo, pues su mano atravesó la cabeza de la niña. La otra continuó su tarea sin percatarse de nada, ante la mirada aterrorizada de Rose, que se miró histérica las manos. Parecía un fantasma…No, peor ¿Y si lo era?

-Rose, pequeña, ¿qué haces? –preguntó Tía Flora.

Sobresaltada, Rose se dispuso a responder. Intentó balbucear rápidamente una respuesta, pero enseguida se percató de que no era a ella a quien Tía Flora hablaba. La mujer estaba girada hacia la niña, mirándola fijamente. Ésta alzó la cabeza, sonriente, y solo entonces Rose la reconoció: esa niña era ella misma con cuatro o cinco años.

-Dibujar, Tía Flora –respondió la niña Rose- Es algo que soñé.

-¿Y qué soñaste, querida? –preguntó Fauna.

La niña se encogió de hombros y les mostró el dibujo. Las tres mujeres se acercaron a la mesa para verlo mejor, y Rose hizo lo propio. La joven observó el dibujo sin saber del todo qué era lo representado: era un extraño objeto, sujeto al suelo por cuatro patas, con una enorme rueda y una vara muy afilada. Extrañada, Rose notó como los rostros de sus tías se ensombrecían de repente. La niña también se dio cuenta y se encogió aún más en la silla.

-Es…Bueno, no sé qué es, pero a veces aparece en mis sueños –se apresuró a decir la niña.

"Ahora lo recuerdo", se dijo Rose, "Ese trasto, o lo que sea. Siempre aparecía en mis pesadillas".

Las tres mujeres intentaban mantener la calma a toda costa. Primavera le palmeó amistosamente la mano a la niña, esbozando una sonrisa.

-¡La de cosas raras que puede ver una en un sueño!

Al verla, la cría sonrió.

-Sí, la verdad es que es una tontería. Sólo son sueños, tía, tú me lo dijiste.

Pero Tía Flora no estaba dispuesta a ceder tan rápido.

-Rose, escucha –le preguntó completamente seria- ¿Ves u oyes algo raro en tus sueños cada vez que aparece eso?

La niña Rose supo que debía contestar. Se llevó una mano a la barbilla, pensando, intentando recordar.

-Veo –dijo tras una pausa- Esa cosa. La rueda gira sin parar, y entonces oigo una voz que me da miedo. Después alguien grita y aparece la imagen de una chica. Está tendida en una cama, y duerme.

Sus tías intercambiaron miadas de desconcierto y temor. Entonces la pequeña supo que no había sido una buena idea dibujar aquel trasto. Se encogió otra vez en la silla, deseando que se la tragara la tierra.

Rose lo observaba todo con gesto ausente. ¿Qué demonios era esa cosa, ese objeto? No lo sabía, y eso la frustraba. Lentamente, la escena se empezó a difuminar hasta desvanecerse completamente. Durante unos momentos, la joven volvió a aquel espacio vacío, hasta que el escenario volvió a cambiar. Ahora estaba en el bosque. Frente a ella, había un grupo de niños que jugaban alevemente al escondite. Algo alejada de ellos, ella misma, ahora un poco más mayor, los observaba esbozando una tímida sonrisa. Se les acercó con cuidado, y entonces los niños interrumpieron sus juegos para mirarla desconfiados.

-Hola –saludó la niña- ¿Puedo jugar?

Se impuso un incómodo silencio. Conforme pasaban los segundos y escrutaba las caras desconfiadas, la sonrisa en el rostro de Rose niña se fue desvaneciendo.

-¿Eres tú la niña que vive en la cabaña del bosque? –preguntó una cría.

Rose asintió. Los demás la rodearon, observándola como un objeto raro. Extrañamente, Rose se sintió aceptada y volvió a sonreír.

-¿Por qué no vives en el pueblo? –le peguntó un niño.

-Yo…-intentó responder Rose- Pues no lo sé. A mí –añadió- me gusta el bosque.

-Tu padre debe de estar loco para vivir tan apartado –dijo otro chico con una risita.

Rose tardó un poco en contestar, pero su sonrisa volvió a desvanecerse.

-Yo no tengo padre –soltó del tirón, agachando la cabeza.

Los demás niños se miraron con cierto asombro. El chico de antes ensanchó más su sonrisa.

-Entonces tu madre es la que está loca –dijo.

Varios respondieron con risitas ante la ocurrencia. Rose de repente, quería desaparecer.

-T-Tampoco tengo madre –balbuceó- Vivo con mis tías, me llamo Rose.

Pero el chico no estaba dispuesto a darla tregua.

-¡Rose! ¡Te llamas igual que una planta! –esta vez el niño estalló en carcajadas y varios se le sumaron, divertidos- Rose, Rose, Rose ¡Échale agua por la cabeza y le saldrán flores por las orejas!

Los demás empezaron a corear la rima a gritos, bailando alrededor de Rose. Entonces, la niña no pudo más. Echó a correr hacia la espesura, conteniendo el llanto a duras penas.

Si la Rose adolescente hubiera podio, le habría dado un par de bofetones a aquel niño. Sin embargo, no podía así que la joven se limitó a contemplar al crío apretando los puños. Lentamente, la escena cambió de nuevo. Otra vez el espacio vacío y luego otro escenario distinto. Volvía a estar en la cabaña, junto a sus tías. La pequeña Rose (ahora mucho más mayor) estaba sentada a la mesa, recibiendo las felicitaciones de sus tías.

-Doce años, Rose –decía Tía Flora, orgullosa- no es una cifra que se cumpla todos los días…

La Rose niña sonreía, feliz, al igual que la Rose adolescente.

"Esto es lo que quiero", pensó, "Mis tías y yo, felices, como siempre. No entiendo por qué me han mostrado antes recuerdos tristes, pues yo solo quiero recordar los felices.".

Y, una vez más, la escena cambió. Resignada, Rose cerró los ojos, dispuesta a no abrirlos hasta que todo cambiara. Pasado un rato, los abrió. Esta vez, la joven estaba en una habitación en la que no había estado nunca. Había una enorme cama con dosel en el centro, además de un tocador, un enorme baúl y un escritorio. Cerca del enorme lecho había una cuna ricamente tallada, en donde se apelotonaban juguetes aún sin estrenar. Sentada frente al tocador había una mujer que, en camisón, se peinaba su hermosa melena. Sentado al borde de la cama, un hombre le hacía carantoñas a un bulto que se agitaba y movía sus pequeños bracitos. A Rose no le costó reconocer a la pareja: eran los reyes, aquellas mismas personas a las que debía llamar padres. Estaban cambiados. Se los veía mucho más jóvenes y felices.

Y, si lo que le habían contado era verdad, aquel bulto sonrosado al que el rey hacía carantoñas y mimos era ella.

-Venga Aurora, pequeña, ¡sonríe! –dijo el rey sacándole la lengua al bebé.

La mujer dejó de peinarse y se giró hacia su marido, sonriente.

-Pero si la niña sólo tiene tres días, Stefan, aún no puede hacer nada.

Entonces el rey le sacó la lengua a su mujer, fingiéndose ofendido.

-Claro que puede, y lo hará. Será la princesa más bonita de todos los reinos de Europa, y después será una buena reina, la mejor que este país haya tenido…Después de su madre, claro –se apresuró a añadir al ver la mirada de su mujer.

De repente la niña se puso a llorar. El rey, alarmado, la sostenía con temor, sin saber qué hacer con ella.

-¿Q-Qué le ocurre? –preguntó.

La reina, al ver su cara de susto, empezó a reírse. Luego se obligó a adoptar una postura seria.

-Ocurre, vuestra Majestad –dijo en tono serio, aunque esbozaba una sonrisa- que vuestra hija tiene hambre. Si me lo permitís…

Extendió los brazos hacia su esposo. Este se levantó y puso al bebé en brazos de su madre. Ésta se desabrochó el camisón y empezó a darle el pecho.

Rose observaba la escena con aprensión. Aquellas dos personas la querían de verdad, y ella se negaba a aceptarlas. Se apegaba a su pasado mas, ¿acaso no formaban también ellos parte de su pasado?

"Debo de ser algo parecido al ave fénix", se dijo Rose esbozando una cínica sonrisa.

Tenía razones para pensar eso. Aquel bebé, esa niña llamada Aurora, había muerto. Y, en último estertor de Aurora, había nacido Rose. Rose había vivido dieciséis años junto a sus tías. ¿Acaso no había llegado la hora de que Rose, al igual que el fénix, estallase en llamas para que Aurora volviera a nacer?

"Aurora y Rose", se dijo, "Dos personas tan dispares y a la vez tan idénticas…".

La escena se difuminaba otra vez, pero a Rose/Aurora no le importaba. Cerró los ojos y suspiró, dispuesta a afrontar la siguiente escena.

De repente escucho gritos, distantes al principio, pero luego fueron haciéndose más sonoros y cercanos. Alguien gritaba. Sorprendida, la joven abrió los ojos.

Volvía a estar postrada en aquella cama. Sus tías estaban junto a ella, sentadas al borde del lecho. La joven giró la cabeza hacia el origen de los gritos y descubrió a la reina y al médico que la había sangrado enzarzados en una airada discusión.

-Pero Majestad, debéis comprender –decía el médico, a la defensiva- Debo hacerlo para…

-¡Y yo os digo que por nada del mundo dejaré que un matasanos como vos sangre otra vez a mi hija! –le interrumpió la reina, furiosa.

Rose intentó intervenir, pero de su boca solo salió un gemido. Al instante, todos los presentes se volvieron hacia ella y se precipitaron sobre la cama. El médico le tocó la frente.

-La fiebre ha bajado –anunció.

Las cuatro mujeres emitieron suspiros de alivio. La joven intentó sonreír, pero no pudo. Tía Flora se le acercó.

-Descansa, pequeña –le susurró- Debes dormir ahora.

Rose no lo entendía. ¿Acaso no había estado durmiendo todo ese tiempo? Aún así, todos los presentes abandonaron la sala, dejándola sola. Cerraron con suavidad la puerta, envolviendo el cuarto en un silencio sepulcral. Rose estuvo un rato despierta, pero se encontraba realmente cansada a pesar de haber dormido.

"Tía Flora tiene razón", pensó, "Debo dormir".

Cerró los ojos. Al instante, cayó dormida.


En el capítulo anterior se me olvidó aclarar una cosa sobre lo que le hace el médico a Aurora. Lo que hizo fue sangrarla, es decir, le cortó una vena y dejó que corriera la sangre durante unos minutos. Entonces se creía que había cuarto tipos de humores que lo condicionaban todo a una persona. La cantidad de cada uno estaba en armonía, por lo tanto una enfermedad era causada por la carencia o exceso de uno de ellos. Por supuesto que tal pérdida de sangre debía de dejarte para el arrastre. Ese llamémoslo remedio era muy popular en la Edad Media. ¿Que tenías gripe? Sangría. ¿Que te dolía el estómago? Sangría. ¿Que acababas de parir y te encontrabas hecha una pena? Sangría. No entiendo por qué este remedio fue tan popular durante tanto tiempo, no sólo durante la época medieval, sino en los siglos posteriores. Un caso curioso fue el de Luis XV (el rey francés que gobernó durante casi todo el siglo XVIII) que de niño sobrevivió a casi toda su familia (La familia real cogió la viruela. Todos murieron menos él, pues su nodriza prohibió que le sangraran).