La muchacha mejoró notablemente en los días posteriores. El médico real, asombrado y orgulloso a la vez, pues creía que la joven se recuperaba debido a sus cuidados, no se apartaba del lado de la chica, observando todos y cada uno de sus progresos. Debido a aquel aparente milagro, la popularidad y el prestigio del médico había aumentado espectacularmente en la corte. Sus servicios (que sufrieron un "ligero" aumento en cuanto a precios) enseguida fueron solicitados por la inmensa mayoría de las familias más pudientes de todo Glenhaven.

Los reyes, por su parte, no lo miraban con tan buenos ojos. Por alguna razón, intuían que aquel hombre no era el responsable de la repentina mejoría de la chica. Pagaron al médico una vez la joven mejoró lo suficiente y le despidieron con palabras corteses, aunque por dentro ambos se morían de ganas de no volverlo a ver.

Por su parte, la chica no había dicho ni una sola palabra desde aquel día en que todo el castillo creyó que iba a morir. La joven se pasaba el día en cama, sin casi levantarse. Solo se aventuraba a salir de su cuarto por las noches, cuando todos dormían. Con cuidado, encendía una vela y vagaba sin rumbo por los pasillos, tan silenciosa como un espíritu. Así podía estirar un poco las piernas.

Una de esas noches de vigilia la joven salió al patio. Apenas hacía frío, así que se sentó en las escaleras de piedra y se dedicó a contemplar el cielo nocturno. Las estrellas brillaban con especial intensidad, hermosas y distantes, rodeando a la luna. En el pequeño claro donde vivía, apenas se si se podía divisar un pequeño pedazo de ese hermoso cielo, nada que ver con lo que se podía ver desde el patio del castillo. La joven se quedó mirando al firmamento durante un rato, hasta que de repente oyó una suave voz a sus espaldas. Sorprendida, se giró y vio a la reina que, en camisón, la miraba con sus habituales ojos tristes.

-Hola, Rose –saludó la mujer- ¿Puedo sentarme?

La joven le hizo un gesto afirmativo y la mujer se sentó a su lado. Pasó un buen rato antes de que ninguna de las dos dijera nada, pues ambas observaban absortas las estrellas, abstraída cada una en su propio mundo.

-¿Por qué me has llamado Rose? –preguntó la chica bajando la cabeza.

La mujer emitió una risita cínica, como si aquello fuera obvio. Acto seguido se volvió y la miró a los ojos.

-Tú misma me dijiste, Rose, que ese era tu nombre.

-Sí, pero…

La joven calló porque no sabía qué decir. Efectivamente, así se lo había dicho. Por lo tanto, era imposible buscar alguna excusa.

-Bueno…-añadió- Yo…Siento lo que pasó ese día.

-No tienes por qué pedir perdón –respondió la mujer haciendo un amago de sonrisa.

La muchacha no contestó, así que ambas volvieron a fijar sus miradas en el cielo nocturno, sin decirse absolutamente nada. Al cabo de unos minutos la joven se levantó, somnolienta. Giró en redondo y empezó a caminar hacia la inmensa puerta de entrada, pero se detuvo a los pocos pasos.

-Me voy a la cama –dijo volviéndose hacia la mujer- ¿Vienes conmigo?

-No, no tengo sueño –se limitó a responder la otra- Vete si quieres.

La mujer enfatizó aquellas últimas palabras, énfasis que la joven no pasó por alto. Suspiró, cansada, y reemprendió el camino hacia su cuarto.


La joven caminaba por los desiertos corredores completamente a oscuras. Había olvidado la vela en el patio, pero no le importaba. Pensaba en las últimas palabras de la mujer.

"Vete si quieres", había dicho. Ella había resaltado esas palabras, como si la incitara a irse. Entonces, si la chica no se equivocaba en sus deducciones, sería libre de volver a la cabaña. Rose estaba alegre por esa declaración oculta, pues al fin era libre para volver a su casa, mas Aurora estaba triste. Aurora quería quedarse, estar junto a su familia, a los que hacía toda una vida que no veía. Rose no tenía nada que ver con ellos, así que no le importaba en absoluto lo que les pasara. Rose sólo quería volver a casa, cuando Aurora ya estaba en ella.

La joven pensó con amargura en su anterior sueño y en sus meditaciones. Ante todo, debía tomar una decisión, y cuanto antes lo hiciera mejor. Como Rose, quería volver a su hogar junto a sus tías, que todo fuera como antes de su decimosexto cumpleaños. Pero, como Aurora, deseaba quedarse en el castillo, junto a sus padres y su auténtica familia. Ellos habían sufrido mucho por su ausencia, y ella los había echado de menos, los había extrañado durante toda su vida. De todas maneras, Rose ya había vivido mucho tiempo en la cabaña junto a sus queridas tías, protegida de todo mal, al igual que una niña. Pero a todos los niños les llega la hora de crecer, ¿no?

Cansada, la joven entró en su cuarto. Fue directa a meterse en la cama, pues se sentía agotada. Sin embargo, tardó bastante en conciliar el sueño.

"Así que el ave fénix, ¿eh, Aurora?", se dijo mientras cerraba los ojos.


Cuando despertó al día siguiente, apenas recordaba haber soñado. Sólo evocaba el sonido de unas voces que, muy distantes, le hablaban. No recordaba ni una sola imagen y, además, sentía que apenas había descansado. Con un suspiro, la joven se incorporó y se frotó los ojos con las manos. Abrió los ojos y descubrió, sorprendida, que había dormido durante toda la mañana. Debía de ser cerca del mediodía. En la enorme mesa estaba dispuesta la comida recién traída, que aún humeaba, emitiendo un apetitoso olor.

La chica se sentó a la mesa y empezó a comer con ansia, pues apenas había comido durante los días anteriores y se moría de hambre. Cuando terminó, se dirigió al baúl. Empezó a sacar los trajes uno por uno, buscando el más adecuado. En el fondo del arcón, para su sorpresa, estaba su vestido de campesina, recién lavado. Al verlo, la joven suspiró con amargura. Deseaba ponerse el vestido con toda su alma, pero no podía. Había tomado una decisión y con ella se quedaría. Lentamente, dobló el vestido y lo volvió a colocar en el fondo del arcón. Después eligió uno de los ricos vestidos y se lo puso. Acto seguido se sentó frente al tocador y se peinó su dorada melena.

Cuando acabó, se miró al espejo y, al igual que la otra vez, le costó reconocerse. Satisfecha, la joven se levantó y salió del cuarto, tomando aire con lentitud para intentar serenarse. Atravesó los pasillos, ahora llenos de cortesanos, con la cabeza bien alta, saludando a los nobles con dignidad. Recorrió el castillo entero, buscando a los reyes. El rey estaba recibiendo audiencias, por lo que ahora le sería imposible hablar con él. Algo molesta, la joven se dedicó a buscar al otro miembro de la familia real que quedaba.

La encontró en los jardines, sentada en un banco de piedra, absorta en a lectura de un gastado libro. La chica se le acercó con paso vacilante, recordando su breve charla la noche anterior. Carraspeó levemente para hacerse notar. Con el sonido, la reina desvió levemente la miada hacia ella, pero luego la volvió a fijar en el texto.

-¿Puedo sentarme? –preguntó la chica.

La mujer se encogió levemente de hombros, por lo que la joven se sentó junto a ella, tal y como la reina hiciera la pasada noche.

-Yo…-empezó la chica- Siento haberme comportado como una imbécil…

-Te dije anoche que no tenías por qué pedir perdón –respondió la mujer, dejando el libro sobre el regazo. Fue a decir algo más, pero emitió un suspiro de enfado, como para controlarse.

Se impuso entre las dos, una vez más, un incómodo silencio, que la joven rompió pasados unos momentos que a ambas les parecieron horas. Por fin, había decidido sincerarse con la mujer.

-Sé que puede sonar raro, pero siento como si dos personas vivieran en mi interior –dijo- Por un lado está Rose, y por otro Aurora -La mujer la miraba con una mezcla de preocupación y de repentino interés, y escuchaba pacientemente todas y cada una de sus palabras- Rose me dice una y otra vez que vuelva a casa, pero Aurora dice que no. Es extraño –añadió- porque yo siempre he añorado a mis padres, pero cuando por fin los tengo delante no sé qué debo hacer…

La chica calló y se llevó una mano a la cabeza. La mujer le dedicó una sonrisa amable y le puso una mano en el hombro.

-Y –dijo- Dime, ¿qué piensas hacer?

La joven suspiró.

-¿Has oído hablar alguna vez del ave fénix? -Preguntó. La reina asintió con la cabeza, sin entender muy bien a dónde quería llegar- Aurora nació y, siendo un bebé, la maldijeron. Cuando abandonó este castillo, Aurora murió, y Rose ocupó su lugar. Me pregunto –añadió- si no habrá llegado la hora de que Rose muera para que Aurora pueda renacer.

La reina le sonrió confiadamente y se acercó más a ella.

-Bueno –dijo en un tono más alegre- Podemos intentarlo, ¿no crees? A mí, desde luego –comentó- me gustaría volver a estar con mi hija.

Aurora giró la cabeza hacia su madre y, por primera vez en días, sonrió.

-Y a mí me gustaría conoceros mejor, mamá.

Esta vez, Aurora pronunció la palabra con naturalidad, sin sentir en ningún momento que no estaba donde debía estar. Sonriendo, abrazó a su madre con fuerza. No sentía remordimientos por su decisión, ni tampoco pesar por tener que abandonar su anterior vida. Ahora, Rose, la chica campesina, estaba muerta, la enfermedad se la había llevado. Su lugar había sido ocupado por Aurora, la heredera al trono de Glenhaven, lista para vivir su nueva vida.

THE END


Bueno, pues se acabó lo que se daba (dije que iba a ser corta, de todos modos). Esta historia surgió porque yo, siendo ya mayorcita, no dejaba de preguntarme como Aurora se disgustaba tanto por tener que abandonar la cabaña, para luego, al final, bajar tan campante las escaleras y abrazar a sus padres. Seguro que fue por la época, porque creo que de haberse realizado en los 90 Aurora se preocuparía por otras cosas que no fueran que va a dejar plantado a un chico. Además, ¿cómo puede tener los hue**s de abandonar toda una vida así como así? Sinceramente, siempre me lo he preguntado.

En fin, mi nivel de frikismo aumenta por momentos, así que me despido de todos...Por ahora