Titulo: Lo que nunca volverá.
Claim: FrUk (Francia / Reino Unido)
Tabla: Estaciones.
Reto: 4. Invierno
Rating: T
Resumen: Reino Unido no estaba dispuesto a perdonar, y Francia no entendía porque debía disculparse si no había echo ningún mal.
Advertencias: Se emplean los nombres humanos también. Leves insinuaciones de sexo.
Notas: La "traición" es una referencia a la independencia de Estados Unidos, tiempo antes de que se desencadenase la Revolución Francesa.
Prusia y España se lo habían advertido en múltiples ocasiones, mismas que Francia había ignorado a pesar de saber la verdad en las palabras de sus amigos. No es como si él no lo supiera, es más, lo sabía mejor que cualquier otro país, porque prácticamente él y Arthur habían nacido peleados. Pero aún así…
…aún así una mísera parte de él guardaba la esperanza de que Arthur llegara a casa, tirara la puerta en un arrebato de ira, le golpeara y exigiera una explicación. Porque era conciente que después de aquella traición, como le llamaría el inglés, la posibilidad de que Arthur se permitiera el lujo de verse vulnerable en su presencia era imposible, impensable.
Y a pesar de saberlo, Francis estaba parado frente a su ventana, viendo la pálida luz de la luna ayudada por faroles, iluminando el piso nevado de su jardín. Esperando algo que no pasaría. Esperando mientras un juego de ese té que no le agradaba beber, estaba dispuesto en su mejor vajilla, a la espera de que un devastado inglés apareciera por el blanco sendero que llevaría hasta su puerta.
—Pero Arthur no vendrá este día —susurró sin despegar los ojos del frío cristal, la noche acababa de caer.
Arthur no apareció esa noche. La noche después de esa tampoco. Y Francia no se alejaba de la ventana, aun sabiendo que Reino Unido no volvería.
Y un día, cuando Francia había perdido toda esperanza, logró distinguir la figura esbelta de Arthur abriéndose paso entre la nieve. Minutos después, el mayordomo le anunciaba que tenía una visita, Francia le indicó que hiciera pasar a Reino Unido. El té, en la mejor vajilla francesa, estaba dispuesto nuevamente sobre una mesa pequeña, al igual que los bocadillos.
"Pensé que no volverías" quiso decirle, pero se mordió la lengua y se obligó a sonreír con suficiencia, mientras Reino Unido sentado frente a él permanecía en silencio, con los ojos extraños e ilegibles.
Bebieron té en ese extraño silencio, hasta que Arthur lo rompió para sorpresa de Francis, quien creía tendría que hacerlo él mismo.
—No me interesan tus explicaciones ni tus motivos, francés —le insulto con una calma alarmante. Una vez terminó su taza de té continuó—. Realmente, esperaba este sucio movimiento de tu parte, así que no hay nada que explicar.
—No iba a hacerlo —respondió el francés, más indiferente de lo que ambos hubiesen esperado—. Si era todo, pudiste haber enviado una carta.
Sí, una carta hubiese sido un método más fácil y cómodo para ambos, pero los dos sabían que gustaban de hacerse sufrir mutuamente. No importaba cuanto intentaran evitarlo —que era poco— había algo que los impulsaba a hacerse daño.
Cuando Arthur se paró y ladeó la cabeza, dejando expuesto su cuello Francia lo entendió, aquella vez no sería perdonado. Arthur no estaba dispuesto a perdonarlo, a pesar de que la situación insinuante pareciera decir lo contrario, y él no pensaba disculparse por algo que realmente había disfrutado.
Francis se acercó a Arthur, sus cuerpos se rozaron y se acoplaron, acostumbrados al contacto. Era una sensación familiar, ya fuese en batalla o en cualquier otro ámbito, ambos estaban acostumbrados a rozarse.
Caricias amargas, besos despechados y gemidos ahogados se produjeron en la habitación del francés. Ninguna frase de odio fue pronunciada en voz alta, no era necesario. Sus cuerpos hablaban en aquel silencio. Cuando ambos llegaron a la liberación, la realidad no fue más pesada que en el momento en que estaban recorriendo sus cuerpos con deseo y desprecio.
Al día siguiente, Francis no se paró en la ventana a esperar que Arthur apareciera. Nunca más lo hizo, porque ya no había una razón para que el inglés se acercara a él, y ni los insultos que se dedicaron a partir de entonces ni las guerras volvieron a ser motivo suficiente para que Reino Unido recorriera aquel sendero en medio de un bello atardecer de invierno para llegar a la casa de Francia.
