Perdón por la espera!
Naruto no me pertenece.

Capitulo Dos.
La Marca.
por lo estoy pensando.

Está sola y está rota. Al pasar al lado de su padre, éste trato de tocarle la mano, y aquel roce por el que tanto había rezado antes de dormir, sólo la hizo titubear ligeramente.

"Perdón…", susurró su padre y esa fue la palabra que la hizo detenerse.

Pero ahora es ella quien da la espalda. Ahora es él, su padre, quien está de rodillas con la frente en el suelo ante una espalda, un ser humano, inmisericordioso. Sin embargo, se detuvo un segundo, sólo un segundo no porque se hallasen rodeados de personas que reprobaran ese momento de intimidad y ese fuese el único modo de comunicarse, sino más bien porque quería que él supiese que lo había escuchado y que no, que esta vez no lo iba a perdonar.

Después de todo, ella era sólo otro ser humano.

-.-

Silencio, silencio, silencio. No está segura si tiene los ojos abiertos; todo es negro, todo es oscuridad, todo es algo que ya no quiere ver. Todo fue un segundo y casi siente que nunca más volverá a ver la luz del día.

Todo fue un segundo. Por alguna parte, allá en los rincones de la oscuridad escucha murmuraciones y susurros, fúnebres y tenebrosos, enjuiciándola y encerrándola para siempre. Después un dolor tan repentino, tan terrible que sus rodillas golpearon el suelo. Se retorció de dolor, gritando como nunca había gritado en su vida mientras se enterraba, desesperada, uñas en brazos, cuello y cara tratando de rajarse la piel misma porque parecía que de ahí venía aquel dolor insoportable.

Era apenas conciente de que nada salía de su garganta gastada y que lágrimas furiosas le recorrían el rostro.

Sólo sabía que se había quedado en aquella oscuridad por más de una vida entera.

-.-

Inconciente, dos hombres Hyuuga con cara de fastidio y asco, la arrastraron por los pasillos mientras que, al parecer, todo el Clan de la Casa Primaria se había juntado para mirarla pasar, para apuntarla y humillarla.

La llevaron a una enorme sala de baño donde las esperaban unas sirvientas de la Casa Secundaria. Eran ancianas y en sus ojos se reflejaban la pena y la comprensión. Ellas la habían visto crecer. La bañaron y limpiaron, y las suaves caricias de sus manos fueron el único alivio que jamás encontró.

Aún inconciente, Hinata fue vestida por esas ancianas que mojaban sus ropas son sus lágrimas al ver su delgadez, sus moretones y recientes heridas, y La Marca, fresca y caliente surcando violentamente la piel de su frente. Cuando abrió los ojos, fue para ver a aquellas ancianas. Les agradeció con sonrisa, y una de ellas, le besó la frente.

Luego desaparecieron detrás de la puerta.

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