Capítulo 6
Los labios de Sakura se separaron en un saludo silencioso. Al mismo tiempo, la copa que sostenía resbaló de su mano para hacerse añicos a sus pies y salpicar el contenido sobre su falda.
Su anfitriona, desechó las confusas disculpas de Sakura, decretando que la falda debía ser limpiada cuanto antes. Llamaría a su ama de llaves, quien sabría cómo hacerlo.
Lo último de lo que fue consciente Sakura al ser conducida por el ama de llaves, fue de la sonrisa de Marie Laure, felina y triunfante. Y, al pasar frente a Sasuke, de su violenta expresión.
Mientras esperaba, envuelta en una bata de algodón, a que limpiaran su falda, Sakura se indignó ante su propia torpeza. Se había comportado como una idiota, como Sasuke sin duda le diría más tarde. Todo lo que necesitaba hacer era sonreír con frialdad frente a la otra mujer e ignorarla.
No quería molestar a sus anfitriones, monsieur y madame le Grés. Ambos eran personas amables y amigos, además de socios, de los difuntos padres de Sasuke. Era probable que ni siquiera supieran de la relación entre Sasuke y Marie Laure. Y, por supuesto, el padre de la baronesa estaba en su derecho de pedirle a su hija que lo acompañara a una cena formal si su esposa estaba enferma.
No; sólo había sido una coincidencia y ahora su estúpida reacción por la presencia de Marie Laure pondría a funcionar todas las lenguas.
Le devolvieron su falda, milagrosamente restaurada, con sólo cierta humedad en algunas partes y Sakura pudo reunirse con el resto de los invitados cuando entraban en el comedor.
Sasuke contó a los presentes el terrible incidente que le había sucedido a su esposa ese día. Un intento de asalto en plena calle… No era sorprendente que estuviera nerviosa. Pero, ¿cómo era que estaba en la calle sola?
—Salía de mi clase de pintura —explicó Sakura—. Trabajo en un estudio todos los días. No esperaba que me sucediera algo así.
—Ah, sí, tú pequeña carrera como artista —Marie Laure se inclinó para adelante, con expresión solícita—. ¿Todavía continúa? ¿No te has cansado de ella?
—No es probable que lo haga —respondió Sakura con rigidez—. Es demasiado importante para mí.
—¿Quieres decir que le falta algo a tu vida, y buscas compensación? —sus cejas se elevaron en fingido asombro—. ¿Cómo puede ser posible? Espero que el querido Sasuke no esté fallando en sus deberes como esposo.
Hubo un repentino silencio de asombro y un gran número de cejas se alzaron. Madame le Grés se apresuró a cubrir la brecha con una descripción de los planes de la comunidad local para celebrar la Toma de la Bastilla, y la conversación se generalizó de nuevo.
Sakura se apoyó contra el respaldo, con el corazón latiéndole con fuerza. Sasuke se encontraba al extremo opuesto de la mesa y ella no se atrevió a mirarlo. ¿Qué diablos trataba de hacer la baronesa? Era como si, deliberadamente, tratara de causar problemas, de provocar más chismes. Sin embargo, también parecía interesada en que no hubiera más escándalos. Entonces, ¿qué estaba sucediendo?
La chica se vio obligada a cenar y charlar alegremente con sus vecinos, comportándose como si todo estuviera bien. Con suerte, los comentarios de Marie Laure serían simplemente dados de baja como un ejemplo de rencor femenino y no tomados en cuenta, se dijo sin convicción.
Después, en el salón, fue servido el café y se tocó música, como fondo a la conversación. Sakura se aseguró de permanecer en un grupo alejado de Marie Laure.
Se sentía ridícula. Al evitarla de ese modo, se estaba poniendo a la defensiva, dándole a ella ventaja. Debería dejarle ver que le era indiferente… y mostrarse insensible a sus pequeños dardos venenosos. El problema era que Sakura aún creía que ella no era competencia para Marie Laure.
Sakura estaba muy nerviosa para disfrutar de la charla con la gente que la rodeaba. Todos querían que les hablase del intento de robo y ella habría preferido olvidarlo. De pronto se sintió oprimida por el ruido de risas y voces y sofocada por el humo de cigarro mezclado con el aroma de perfume caro que llenaba la habitación.
Necesitaba estar sola unos momentos, salir al aire fresco. Las puertas que daban a la terraza habían sido cerradas durante la cena, pero una de ellas estaba entreabierta y Sakura se deslizó hacia la oscuridad.
Se quedó quieta por un momento, respirando el aire frío. Se dio cuenta casi de inmediato, de que no estaba sola. Al otro extremo de la terraza, percibió un movimiento en las sombras y escuchó un murmullo de voces.
Con una débil mueca, Sakura se volvió para regresar al interior.
—Sasuke —el nombre llegó en un susurro seductor, imposible de ignorar u olvidar. Sakura giró bruscamente la cabeza y se asomó a la penumbra de aquel rincón donde una enredadera proporcionaba una pantalla. Entonces, casi como si hubiera sido convocada, la luna emergió de detrás de una nube y la chica los vio, juntos, de pie. Los brazos de Marie Laure rodeaban el cuello de Sasuke y su cuerpo se apretaba apasionadamente contra él.
—Sasuke, amor mío…
No quiso ver ni escuchar más… Sólo unas cuantas horas antes, podría haber sido ella misma, pensó con el dolor aguijoneándola. La chica se volvió para regresar al salón.
Quizá no era una coincidencia que Marie Laure estuviera ahí esa noche. Tal vez Sasuke y ella lo habían planeado de ese modo, para poder encontrarse, robarse unos cuantos momentos ilícitos juntos. Habían sido muy astutos, pensó, pues estaba segura de que nadie los había visto salir del salón. Todos estaban enfrascados en sus propias conversaciones, que era probablemente en lo que confiaban los amantes.
Por eso Sasuke se había casado con ella. Era… camuflaje. Sólo que… verlos juntos le pareció demasiado real, de algún modo.
Una doncella se aproximó ofreciendo más café y Sakura cogió una taza.
—Sakura —Sasuke apareció de pronto a su lado y la tomó del brazo, haciéndola dar un salto. Él la miraba con severidad.
—¿Eras tú… hace un momento en la terraza? —cuando ella asintió en silencio, él pronunció con aspereza y en voz baja—: Eso pensé —miró a su alrededor—. Necesitamos hablar, tú y yo. Buscaré a madame le Grés para decirle que nos vamos.
—No, gracias —se liberó con dignidad—. No quiero irme aún. Estoy… disfrutando —añadió desafiante—. Y no tengo intención de derramar otra bebida, o de portarme como una tonta, de ningún modo, así que no te preocupes por mí.
—¿Crees que me importa eso? —inquirió con tono áspero—. Tengo que hablar contigo en privado, explicarte.
—Ya me explicaste todo cuando nos conocimos —Sakura miró su taza de café—. Está bien, Sasuke. Me estás pagando muy generosamente para proporcionarte una fachada y hacer de la vista gorda a tus… diversiones. Es lo que voy a seguir haciendo —pasó saliva—. Pero no… yo no seré una de esas diversiones. En el futuro, me gustaría que la puerta de mi dormitorio tuviera cerrojo y llave.
El silencio entre ellos hormigueó en el cerebro de Sakura.
Súbitamente, Sasuke pronunció con frialdad y cortesía:
—Muy bien, madame. Será justo como deseas.
—Y algo más —continuó mirando su café—. No creo que nadie aquí haya notado tu ausencia… pero no es sensato correr riesgos.
—Agradezco tu consejo, madame —su tono era frío—. Pero en estas circunstancias, madame de Somerville-Resnais y mi relación con ella, no son ya de tu incumbencia.
—Comprendo —asintió Sakura y se volvió. Pero no era cierto. Darse cuenta de que no comprendía… de que no aceptaba… El hecho la golpeó con la fuerza de un rayo. Sasuke la dejó inmóvil, con la taza de café en la mano. Lo único que comprendía era que deseaba estallar en lágrimas, patalear y gritar su desdicha a los cuatro vientos. Deseaba arrojar el resto de su bebida sobre la inmaculada camisa de Sasuke y arañarle el rostro hasta hacerlo sangre.
Y después buscar a Marie Laure y… respiró entrecortadamente. Era mejor detenerse.
La fuerza, la enormidad de todo lo que sentía casi la abrumó; lo mismo que sus implicaciones.
Eran celos, pensó. «Eso es lo que estoy sintiendo. Estoy celosa, pero no puede ser, porque eso significaría que yo quiero a Sasuke para mí. Y tal vez, que me he enamorado de él. Y eso es imposible, no puede ser cierto».
Porque si fuera verdad, ¿qué podía hacer? ¿Cómo podría soportarlo?
Sakura irguió los hombros y se obligó a pensar.
—No permitiré que sea cierto.
—¿Perdón, madame? —la mirada de sonriente incomprensión de alguien cerca de ella le indicó que inadvertidamente había hecho la última declaración en voz alta.
Como una autómata, Sakura rió, se disculpó y se dejó atraer a la conversación, absorbida por un grupo de invitados.
Y todo el tiempo, golpeando su cabeza como un martillo, estuvo presente la silenciosa y desesperada petición. «Dios Santo, no dejes que sea cierto. No me dejes amar a Sasuke. Por favor no me dejes amarlo».
—¿Qué diablos te pasa hoy? —demandó Zak exasperado—. La tarea era sencilla. Quería que dibujaras una mujer… Sólo una forma humana desnuda. ¿Desde cuándo decidiste unirte al cubismo?
—No lo hice. Es sólo… bien, dibujar la vida no es uno de mis puntos fuertes.
—¡Y vaya que no! —Zak miró el dibujo y gruñó—. De acuerdo con esto, Jeannine está deforme —se volvió a la modelo que estiraba sus músculos entumecidos para alcanzar una bata—. Es mejor que no veas esto. Sólo te molestará.
Jeannine sonrió plácidamente y fue a cambiarse haciendo un ademán. Zak miró a Sakura.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿El robo de ayer? Dicen que el rayo jamás cae dos veces en el mismo lugar.
Sakura sonrió con afectación.
—Espero que no. No; lo que pasa es que tengo cosas en la mente.
—Jiraiya, supongo. Querida, ¿qué puedo decir? Tienes que confiar en los doctores. No mejorarás su estado en Nueva York preocupándote en París.
—Lo sé —Sakura se sintió culpable, desdichadamente consciente de que no había pensado en su padre ni una sola vez en veinticuatro horas—. Lo siento, Zak. Hoy he estado fatal ¿verdad?
—Otras veces lo has hecho mejor —Zak cogió el tablero de dibujo y lo puso en otra parte—. Ve a casa, Sakura. Trata de relajarte. Haz que ese bien parecido marido tuyo te lleve a cenar. Sólo para empezar…
Sakura se ruborizó.
—Es probable que esté… ocupado.
—Entonces dile que se relaje también —expresó Zak—. Mañana te quiero aquí, lista para hacer algún trabajo real.
Más fácil decirlo que hacerlo, pensó Sakura con tristeza mientras bajaba por la escalera. La noche anterior había regresado con Sasuke en medio de un silencio helado. Él le había dado las buenas noches con tono cortante y se había ido a su habitación para dejar a Sakura repitiéndose una y otra vez que eso era exacto… precisamente lo que deseaba.
Continuó diciéndose lo mismo a intervalos durante una larga e inquieta noche. A alguna hora antes de amanecer se declaró vencida, se levantó y se deslizó descalza a la habitación de Sasuke. Estaba vacía y la cama desordenada. Miró largo rato el lecho, luego volvió a su habitación y lloró.
El cerrajero llegó para arreglar la puerta de su dormitorio casi antes de que terminara el desayuno, aquella mañana. Madame Giscard tenía una expresión de cólera mientras supervisaba el trabajo del cerrajero.
El ama de llaves también le informó glacialmente que Marcel estaría disponible para llevarla y traerla de su clase de arte. Eran órdenes de monsieur Sasuke.
Salió a la calle y buscó el coche, pero no lo vio. Con razón, pensó al mirar su reloj. Era una hora más temprano que de costumbre.
—Madame Uchiha.
Sakura se volvió alarmada, a tiempo de ver a Sai Hiragisawa que se acercaba a ella.
—Espero que no hayas pensado que se trataba de otro ladrón —su sonrisa la desarmó—. Quería verte para devolverte esto —sacó un llavero de su bolsillo y se lo extendió—. Debí recogerlas por error, ayer.
—Oh, gracias. ¡Qué alivio! No me atreví a confesar que las había perdido.
—¿Tu esposo es un monstruo?
—No… no, al contrario.
—Es temprano —comentó él—. Fui afortunado al alcanzarte.
—En realidad no —suspiró Sakura—. Debo esperar a que me lleven a casa.
—Bien, eso es sensato.
—Sí, pero no es lo que yo quería.
—¿Tienes tiempo, tal vez, para otro café?
Sakura vaciló. Lo sensato sería declinar la invitación con elegancia.
—No vas a negarte, ¿verdad? —inquirió Sai Hiragisawa con tristeza—. Bien, no te culpo. Tu esposo es un hombre formidable, después de todo, no desearía que hicieras amistad con alguien de tan poca importancia como yo.
—¿De verdad es eso lo que piensas? —lo miró.
—Después de dejarte ayer hice algunas indagaciones. De no ser por las llaves, no me habría atrevido a acercarme a ti de nuevo.
Sakura levantó la barbilla.
—Monsieur Hiragisawa, me encantaría tomar un café contigo.
Sakura se enteró de una cantidad considerable de cosas acerca de Sai durante la siguiente media hora. Descubrió que sus parientes vivían en Rouen, donde su padre tenía un negocio de imprenta y que él era hijo único. Sai trabajaba en París para una firma internacional, en el departamento de contabilidad. En invierno jugaba al rugby. Y le gustaban las películas japonesas.
Era muy agradable, se dio cuenta Sakura, sentarte a la luz del sol con alguien que obviamente la encontraba atractiva. Y si una voz de advertencia en su mente le murmuraba que esa era una situación de gran peligro, prefirió ignorarla. Y si Sasuke desaprobaba a su nuevo conocido, ¿qué importaba?, decidió con desafío. Él no estaba en posición de criticar, después de lo que ella vio en la terraza la noche anterior. Sakura simplemente estaba bebiendo una inocente taza de café, así que, ¿de qué tenía él que quejarse? No se estaba embarcando en una aventura amorosa.
Al mismo tiempo, el brillo de admiración en los ojos de Sai, el modo en que se inclinaba hacia ella y casi tocaba su mano… Todo eso era un bálsamo para las heridas que le había provocado Sasuke. La humillaba evocar cómo se había aferrado a él… cómo le había permitido que la besara… la tocara.
Suspiró al pensar en Marie Laure. Sí, ella era bella, con un cuerpo que sería la fantasía de cualquier hombre. Pero Sakura se descubrió a sí misma deseando considerarla digna de la obsesión de Sasuke. ¿Estaba tan loco por Marie Laure que no podía ver lo caprichosa, lo maliciosa que era? ¿O sencillamente no le importaba?
—Siento que estoy hablando conmigo mismo —expresó Sai con suavidad.
Sakura emergió de su breve ensueño con un sobresalto.
—Lo lamento… Tengo muchas preocupaciones.
—Comprendo —asintió con gravedad—. Sé lo que piensas, tal vez.
—¿Después de dos tazas de café? —ella rió y alcanzó su bolso—. Lo dudo.
—Sé, por ejemplo, que no eres feliz —afirmó Sai—, que tu esposo vive una vida totalmente propia.
—No deseo discutir mi matrimonio contigo.
—Te pido disculpas. No es asunto mío juzgar —extendió una mano y tocó la de ella—. Por favor, di que me perdonas y que un día, pronto, beberás otro café conmigo.
Ese, sabía Sakura, era el momento de retroceder; de sonreír con cortesía y dar una respuesta no comprometedora. Estaba casada y no debía salir con otros hombres. Si ella fuera en realidad la esposa de Sasuke, pensó con un aguijonazo, ni siquiera contemplaría tal posibilidad, pero como estaban las cosas…
—¿Qué estás pensando? ¿Que tu esposo se molestaría si supiera que te sientas a charlar… y sonríes un poco?
—¿Por qué habría de importarle? —replicó Sakura con frialdad—. Yo vivo mi propia vida, también.
—Entonces, ¿Puedo verte de nuevo? Tengo que preguntar ¿entiendes?, porque no tengo nada más que te pertenezca que pueda usar como excusa.
—¿Quieres decir que guardaste deliberadamente mis llaves? —preguntó con lentitud.
Sai asintió. Su sonrisa era triste y atractiva.
—¿Me perdonas? Sé que hice mal, pero no podía soportar verte salir de mi vida. ¿Nos vemos mañana a la misma hora?
—Tal vez —indicó Sakura—. No lo sé.
La mano de él se cerró sobre la de ella.
—Te esperaré.
—Adiós Sai —su sonrisa era tímida, incierta, mientras retiraba su mano.
Sai era agradable, se dijo a la defensiva, al tiempo que caminaba hacia el estudio de Zak, donde el coche estaría esperando. Él le agradaba y sería placentero tener un amigo… alguien para compensar la soledad de su vida.
Con su pintura y Sai como amigo, quizá su matrimonio fingido no la lastimaría tanto. Tal vez hasta aprendería a tolerar la presencia de Marie-Laura en su vida.
Al dar la vuelta en la esquina, Sakura se preguntó si Sasuke sería igualmente tolerante con respecto a Sai. Él no tenía derecho a ser de otro modo, por supuesto, considerando su propia conducta. Además, ella no pensaba tener una aventura con nadie.
No quería ser lastimada de nuevo, O pasar más noches de insomnio y llorando.
De pronto, en su mente, vio la cara de Sasuke dibujada con líneas duras y sus ojos brillando de rabia, como lo estuvieron la noche anterior. Y se estremeció. No importaba cuán inocentes fueran sus intenciones, pensó, mientras cruzaba la calle hacia el coche; tendría que ser muy cuidadosa. Sasuke Uchiha no era un hombre a quien se pudiera provocar sin salir lastimado.
