ACERCA DE JUEGOS Y VERDADES

CAPÍTULO 11: GDIS: LA VERGÜENZA DEL MINISTERIO.

Las navidades estaban ya casi al caer, aunque faltaban aún tres semanas, el callejón Diagon estaba rebosante de gente, entrando y saliendo de las tiendas, cargando grandes paquetes envueltos en papeles multicolores, las tiendas tenían decoraciones navideñas, el muérdago abundaba, al igual que los villancicos, sonando desde viejo tocadiscos, o de pequeños grupos de cantores.

La señora Weasley apretó un poco más su abrigo y se detuvo delante del escaparate de una tienda de ropa para bebés y niños, Bill había anunciado que Fleur estaba nuevamente embarazada, y aunque aún faltaba algo de tiempo para el alumbramiento, ella ya estaba buscando las cosas que les podría comprar para el nuevo miembro de la familia.

Suspiró un poco entonces al recordar a Harry, a quien consideraba un hijo más y de quien no sabía nada en más de un año, la navidad anterior no había recibido más que una escueta tarjeta de su parte, contándole que estaba bien y que no se preocupara, que en algún momento regresaría. Y pese que Hermione y Ron le habían explicado que estaba bien, sus instintos le decían que debía preocuparse por él.

Aquellas serían unas navidades muy tristes sin él, pensó, antes de entrar a la tienda y empezar a escoger la ropa que llevaría para su futuro nieto o nieta.

°.°

El vuelo muggle que los llevaba hasta Londres descendió sin problemas, en medio de una pista de aterrizaje húmeda, el cielo estaba completamente blanco y era muy probable que pronto empezara a nevar. Harry y Draco se dieron una mirada de aliento y entonces se pusieron en pie, tomando sus pequeñas maletas del compartimiento superior y moviéndose para salir del avión.

Pasaron los controles sin problemas, pese a ir listos para enfrentar a todos, no habían usado sus nombres reales para llegar, pues sabían que tenían orden de captura en el lado muggle, cortesía de sus amigos del GDIS.

Pese a lo mucho que sus amigos los habían ayudado, no les habían informado de su llegada, aunque tenían que buscarlos no bien se internaran en la ciudad, sería toda una sorpresa.

—No volábamos juntos desde que salimos de aquí, hace tanto tiempo —rememoró Harry —, y eso que no hicimos todo el viaje juntos.

—Cierto —afirmó Draco, mirando hacia las calles, llenas de adornos navideños.

—Me ha gustado hacerlo.

—Eso es porque eres un tonto romántico —criticó Draco, sin dejar de sonreír, tenía mucha fe en que pronto las cosas se arreglarían y entonces esos viajes juntos serían constantes, en que todo junto a Harry sería perfecto.

Harry se mordió el labio inferior y miró alrededor, antes de atrapar a Draco con una mano por el brazo y jalarlo para darle un beso.

—¡Harry! —protestó Draco, apartándose de él.

—Tú también tienes algo de romántico, aunque lo pretendas esconder entre tantas prendas negras —apuntó a su abrigo y sus guantes.

—El negro es elegante —refutó Draco, arqueando una ceja —, y me queda de maravilla. A diferencia tuya no me gusta parecer un arco iris —señaló su abrigo rojo.

—Qué resentido —suspiró Harry, mientras señalaba hacia uno de los taxis que pasaban por la ancha avenida.

—Vamos, es hora de ponernos serios —le advirtió Draco, en cuanto ambos entraron al auto.

—Sí, es el momento —suspiró Harry, tomando su mano y apretándola con fuerza, antes de indicarle al taxista hasta donde querían llegar.

°.°

Meterse en el callejón Diagon sería una locura, obviamente mucha gente los vería, y probablemente los del GDIS llegarían antes de que pudieran llegar a la tienda de los Weasley, aunque la idea les divertía, se habían abstenido y habían ido hacia un edificio en una de las zonas más exclusivas de Londres, donde Blaise, impulsado por una idea de Draco, había montado una especie de guarida.

Era el octavo piso de un edificio que a la vista exterior solo tenía siete pisos, todo el departamento estaba rodeado de ventanales que le permitían ver los alrededores de la ciudad.

Draco tenía una llave, que aparentaba ser muggle, pero era mágica, cada uno de ellos: Ron, Hermione y Blaise, tenían una copia, y estaban interconectadas entre ellas, de tal manera que cuando uno de ellos entraba al lugar, los otros lo sabían.

Esa tarde, mientras Hermione revisaba los nuevos procesos para una ley, Ron atendía a un niño particularmente escandaloso en la tienda de bromas y Blaise firmaba un contrato de pociones para el año siguiente, sintieron la magia de las llaves vibrar, y la advertencia de quién había llegado.

Harry dejó las maletas en una de las habitaciones, admirando el buen gusto hasta para decorar un lugar que prácticamente nunca se utilizaba, mientras Draco preparaba un poco de café en una cafetera muggle.

El primero en aparecer fue Ron, seguido unos segundos después por Blaise, antes de que pudieran hacer algo más que observar a sus amigos, sentados en la mesa redonda y de plástico que había al centro, bebiendo café, apareció Hermione, que no se demoró en admirarlos, simplemente saltó sobre Harry, casi haciéndolo caer y dándole una par de besos en cada mejilla.

Blaise entonces había reaccionado también y en unos cuantos pasos largos ya estaba frente a Draco, que se había puesto en pie, y lo abrazó.

—Granger, si no lo sueltas me pondré algo celoso —regañó Draco, apartándose del abrazo de Blaise y mirando hacia la chica, que aún tenía a Harry entre sus brazos y que sonrió culpablemente, antes de hacer algo que jamás pensó que haría.

Hermione se lanzó sobre él y le dio un fuerte abrazo, antes de darle un beso en cada mejilla.

—Oh, esa expresión no tiene precio —río Harry, abrazando a Ron un instante, antes de darle la mano a Blaise.

—Me alegra tanto que estén ya aquí —dijo Hermione, obviando el que Draco, por primera vez, se hubiera quedado sin palabras, y jalando unas cuantas sillas más para que todos se sentaran.

—Bueno, sí… ya era hora —respondió entonces Draco, dándole un golpe a Harry por la burla y sentándose nuevamente junto a él.

—Sí, ya lo era, y nada mejor que navidad, Harry, mi madre te extraña más que nunca y se pondrá muy contenta cuando sepa que pasarás las fiestas en casa —explicó Ron, sonriente.

—Ah… claro, las fiestas —Harry miró hacia Draco, no habían hablado de qué hacer durante las fiestas, pero no se imaginaba a Draco en la madriguera, además él le había dicho que le gustaría ir a Italia a ver a la señora Zabini, que aparentemente estaba algo preocupada por su falta de noticias.

—Como sea —negó Draco, luego tendrían tiempo para hablar de ese tipo de cosas —, estamos aquí, lo que significa…

—¡Qué le daremos un gran regalo de navidad a los del GDIS! —exclamó Hermione, levitando tres tazas más de café caliente y acomodándose junto a Ron.

—Exactamente —sonrió Draco, feliz, aunque nunca lo admitiría en voz alta, de ver además de a Blaise, a Weasley y Granger allí y en buen estado.

°.°

Dos días después, Edgar Skatha disfrutaba de su almuerzo en un fino restaurante del mundo mágico, en las afueras de Surrey, un lugar bastante elegante, donde solo eran admitidos los más importantes de la comunidad mágica.

Había pedido un estofado de carne con patatas y estaba dándole un sorbo a su copa de vino tinto, cavilando en sus problemas con los dos Malfoy, cuando tres hombres, uniformados como aurores, se pusieron delante de él:

—¿Señor Edgar Skatha? —dijo uno de ellos, Skatha inmediatamente lo reconoció como Chambers, el auror que alguna vez había capturado a Draco Malfoy.

—Efectivamente, aunque debo aclararles que estoy almorzando, y no me gusta ser interrumpido, si tienen algún mensaje del Ministro, déjenlo rápido y márchense, antes de que levante una queja por su impertinencia —les respondió el hombre, con voz calmada, esperaba que el Ministro no se le ocurriera una junta en ese momento, pues tenía una pista sobre Olive que seguir durante la tarde. Ese chico era otro de los grandes problemas que tenía por esos días.

—Me temo que no, señor Skatha —contestó el auror, Skatha podía ver la satisfacción en su mirada y eso le hizo temer —, por orden de Ministerio de Magia queda usted detenido por chantaje, aceptar sobornos, utilizar una posición de poder para obtener beneficios propios, calumnias… En fin, la lista es tan larga que llegará la hora de la cena y aún continuaríamos aquí, así que póngase de pie y acompáñenos.

—¿Qué? —exclamó Skatha, poniéndose lentamente de pie, a su alrededor, las pocas personas que habían ido a almorzar ese día lo miraban con curiosidad.

—Que usted queda deteni… —pero Chambers no pudo terminar, pues Skatha, en un tonto intento, trató de correr hacia la salida.

Fue alcanzado por un hechizo y dio de bruces sobre el piso de mármol blanco, haciendo un gran sonido al caer. Inmediatamente los otros dos aurores lo ponían en pie, inmovilizándolo completamente.

—Claro que si no quiere acompañarnos por las buenas, tenemos autorización de utilizar la fuerza —le dijo Chambers con algo de burla.

—Están locos, no tienen ningún derecho… —protestó Skatha, mientras Chambers lo tomaba de un brazo.

—Sí, sí, estoy seguro que ya ha escuchado antes eso —le interrumpió Chambers, antes de apretarlo con más fuerza del brazo y hacerlo desaparecer, rumbo a una celda oscura de las mazmorras del Ministerio.

°.°

Tamguy Gunter, recientemente divorciado debido a que su esposa había descubierto su affaire con una chica de otra ciudad distinta a donde vivían, trataba de alejar de su mente todos los problemas que tenía en cuanto a cómo costear la manutención de sus tres hijos y además de su novia, recientemente recuperada. Y vaya que le había costado hacerlo.

Por supuesto que Gunter tenía muchas cualidades, además de, según él, ser alguien con clase y bastante atractivo, y era ser desmemorizante.

Había empezado trabajando en la sección de desmemorizantes de muggles, y aunque normalmente, cuando se trataban de hechizos de memoria, uno tenía que pasar varios años practicando antes de tocar a un muggle sin supervisión, a él rápidamente le dieron la posibilidad de empezar a ejecutar este tipo de hechizos. Su jefe le había dicho que tenía un gran talento. Y claro, él sabía que era así.

Tras varios años de trabajo empezó a sentirse algo aburrido, cumplía un turno de ocho horas diarias y algunas veces, o muchas en realidad, no había nada que hacer. Solo cuando los aurores o algún otro mago metía la pata, ellos aparecían, y aunque disfrutaban poder ponerse a trabajar, siempre lo hacían con actitud osca. No eran los favoritos del Ministerio, pese a su importante labor. Entonces fue cuando apareció Skatha, ofreciéndole un empleo con horarios libres, con un gran sueldo y donde podría ser, prácticamente, su propio jefe. Por entonces su tercer hijo ya estaba en camino y las cuentas aumentaban aterradoramente.

El trabajo le pareció genial desde el primer día, y conforme pasó el tiempo fue encontrando más formas de obtener oro, y otros favores más.

Sin embargo ahora, varios años después, con tres hijos a cuestas, una pensión que pagar y una nueva novia, las cuentas nuevamente comenzaban a parecerle asfixiantes. Durante su trabajo en el GDIS también había optado por aprovecharse de algunos de los casos, los magos y brujas, desesperados por no caer en desgracia, eran capaces de dar mucho oro y esas eran oportunidades que no podía desaprovechar.

Cavilaba sobre el nuevo caso que tenía entre manos, un chico de treinta años que había estado siguiendo desde unas semanas atrás, se encargaba de abastecer a muggles de pociones para enfermar a quien no les simpatizara, pero, además de descubrir aquel delito, también había descubierto que el mago en cuestión disfrutaba de la compañía de cierto muggle, otro hombre bastante atractivo. Seguramente que la mujer del mago se enfadaría mucho si descubría a qué se dedicaba su esposo los jueves en la tarde, cuando argumentaba que se iba a volar con algunos amigos más.

Estaba sobre su escoba, en un bosque alejado de Surrey, meditando sobre cuál era la mejor forma de presentarle la situación al mago, por supuesto que no delatar su infidelidad solo era una parte del trato, y le costaría una buena cantidad de oro, pero además, el ocultar su delito sería más complicado. Tendría que engañar a su jefe, y no que fuera la primera vez que lo hacía, pero debía irse con cuidado.

Tan metido iba en sus pensamientos, que no notó a los cuatro aurores que aparecieron bajo él, rodeando el perímetro que sobrevolaba, hasta que la voz de uno de ellos lo sobresaltó.

—Tamguy Gunter —escuchó que gritaban, y se detuvo en seco, observándolos, preguntándose si es que habría algún problema con volar en ese sitio, aunque lo había hecho muchas veces antes.

—Sí —respondió, luego de aplicarse un hechizo amplificador para la voz.

—Necesitamos que baje, tenemos que hablar con usted —contestó la voz del auror.

Por un instante Gunter se sintió preocupado, los aurores no tenían conocimiento de su trabajo ni de sus actividades, es más, en el Ministerio de Magia ya no figuraba su expediente como trabajador retirado.

Sabía que no podía simplemente salir volando de allí, si los aurores sabían su nombre era porque algo había pasado. Resignado, y con una sonrisa amable en el rostro, bajó lentamente, antes de que sus pies tocaran el piso, dos de los aurores ya estaban sobre él, sosteniéndolo por los brazos, mientras la escoba caía al suelo.

—¡Hey! —protestó —¿qué es lo que pasa?

—Queda detenido por soborno, chantaje, obstrucción de la justicia y por encubrir delitos —le explicó otro de los aurores, con voz fría.

—Pero… debe haber un error, yo no… no sé de qué están hablando —forcejeó en cuanto sintió los hechizos de inmovilidad sobre los brazos.

—Será trasladado a una celda del Ministerio, hasta que su situación se aclare —continuó el auror, sin dar muestras de haberlo escuchado.

Gunter no pudo protestar, pues inmediatamente ya estaba apareciendo, junto a los aurores, es medio de una de las celdas del Ministerio, esas que nunca había visto, pese a haber amenazada a muchos con llevarlos allí.

—Pero, ¿qué demonios? —exclamó, sintiéndose impotente.

°.°

A sus casi setenta años, Jack Smythe posiblemente debería estar jubilado, disfrutando de una vida sin tener que cumplir un horario de oficina ni mucho menos las presiones de la responsabilidad de algún cargo. Pero no era así, y no por necesidad, sino porque no toleraba estar mucho tiempo en casa.

Smythe se había dedicado a trabajar durante toda su vida en Gringotts, era muy bueno rompiendo maldiciones y durante mucho tiempo había sido el número uno con respecto a sus compañeros. Pero luego habían empezado a llegar chicos nuevos, chicos con más energía que él y había sido desplazado lentamente. Y no que lo hubieran rebajado de posición, pero prefería mil veces seguir destruyendo maldiciones en los diversos lugares del mundo, que simplemente sentarse detrás de un escritorio, administrando los recursos del banco.

Cuando el momento de jubilarse, tras la guerra, se acercaba, empezó a ponerse más colérico y también más deprimido, no quería imaginarse como uno de esos abuelos que esperaban ansiosos a los fines de semana y algunas tardes para poder ver a sus nietos y jugar con ellos unas horas, menos pasar el tiempo en los clubes de ajedrez o cartas. Y cuando estaba agotando las excusas para no ser jubilado, apareció Skatha, con aquella maravillosa oportunidad. Necesitaban alguien de experiencia, alguien que no pareciera un mocoso recién salido de la escuela… lo necesitaban a él.

Y sí, al principio fue solamente el poder seguir trabajando, siendo útil, lo que lo movió a aceptar, pero luego vio la gran cantidad de poder que se podía obtener en una posición como esa y bueno… ¿Quién podría culparlo por aprovechar la oportunidad?

Y varios años y experiencias después, estaba rodeado de aurores, en el jardín de su casa, junto a sus dos pequeños nietos y sin saber a dónde demonios se había ido todo ese poder.

—¿Abuelo? —preguntó su nieta, con la voz en un hilo.

—Entra con tu hermanito y busquen a su papá —susurró Smythe, con cuidado de no asustar más a los niños —, vamos, no pasa nada —les animó. Sabía que los aurores no harían nada delante de ellos, y también que intentar escapar con ellos era un suicidio, sin contar lo mucho que traumaría a sus nietos con semejante acción.

—Jack Smythe —llamó nuevamente uno de los tres aurores que los rodeaban —, hemos asegurado el perímetro, lo mejor será que se entregue por las buenas.

—¿De qué se me acusa? —preguntó Smythe a pesar de todo, mientras lanzaba su varita a unos metros de distancia y observaba de reojo la cortina de su casa moviéndose, seguramente su hijo y su nuera estaban observando sin saber qué hacer, junto a sus nietos, que ya habían entrado corriendo a la casa.

—Conspiración, soborno, chantaje, obstrucción de la justicia, secuestro, y otros delitos más que ya se le informarán —informó el auror, alcanzándolo de una vez por todas.

—Es una equivocación, es una equivocación —dijo Smythe en voz alta y clara, para que su hijo lo escuchara también, aunque sabía que no era así. Ya sospechaba que tarde o temprano alguien hablaría de más, o los acusaría, ya se lo había advertido al ambicioso de Skatha, pero no le había hecho caso.

Suspiró rendido, al menos la había pasado bien durante el tiempo en que había trabajado para los del GDIS, mientras levantaba las manos en señal de rendición y se dejaba trasladar al Ministerio.

°.°

Yeray Vernier, experto en duelos, fue quien más trabajo dio, pues no estaba dispuesto a vender su libertad tan fácilmente.

Estaba saliendo del gimnasio muggle al que asistía cuando, cuatro hombres con ropas muggles mal combinadas se le acercaron, no tuvo que dar una segunda mirada para deducir que se trataba de aurores, y si los aurores lo buscaban era porque definitivamente todo se había ido a la mierda.

Intentó desaparecer, pero claro, el lugar estaba rodeado de hechizos de protección, y no le quedó más opción que empezar a correr, tenía que salir de allí a como diera lugar.

Empujó a unas cuantas personas e hizo uso de todos los hechizos posibles para apartar a los aurores, pero al doblar una avenida, tras dejar tras de sí una vereda cubierta de escarcha resbalosa de hielo, se encontró cara a cara con otro grupo de aurores. El grupo de refuerzo.

Los hechizos volaron en todas direcciones, se dio cuenta que ya ningún muggle estaba cerca y supuso que también los de protección del secreto de magia andarían por allí.

Estaba rodeado y los hechizos volaban de todos lados, por un instante pensó en suicidarse, en no permitir que se lo llevaran con vida, pero antes de poder darle forma a aquella idea, un hechizo le dio en la pierna, haciéndole perder el equilibrio. Ese fue el principio del fin, pues perdió la concentración y rápidamente dos hechizos más le dieron, cuando cayó al piso tenía ya unas sogas mágicas inmovilizándolo y uno de los aurores, que resultó ser mujer, si no había entendido mal: Alyce Snetterton, se encargaba de aclararle, inútilmente, que estaba detenido.

Cuando lo dejaron en una de las celdas del Ministerio, claramente escuchó la voz de Skatha, protestando airadamente. Efectivamente, todo se había ido a la mierda.

°.°

Kingsley recorrió con un par de dedos las carpetas abiertas sobre su escritorio, procurando no mirar a la gran cantidad de personas que tenía delante, se sentía demasiado cansado, habían estado en ello desde la tarde anterior y no había dormido casi nada.

—Ministro —dijo la voz del jefe de los aurores: Henricus Cicell, entrando en ese momento, seguido por uno de los asistentes de la oficina del Ministro, que se veía también cansado.

Kingsley agitó una mano, dándole a entender que podía continuar hablando.

—Yeray Vernier acaba de ser trasladado a la celda del Ministerio, fue atrapado cuando salía del gimnasio muggle al que asistía. Es el último que faltaba.

El murmullo de alegría no se hizo esperar, había pasado así durante la última hora, en que uno a uno los miembros del GDIS, más de veinte, habían sido detenidos.

—Bien, bien… ya saben qué deben hacer —suspiró hacia su asistente, que comprendiendo el enfado de su jefe, simplemente asintió y salió rápidamente.

—Supongo que entonces ahora viene la parte legal, señora Granger —suspiró Kingsley, no que no tuviera confianzas con Hermione, la había visto desde que era una alumna de Hogwarts, pero en lugares públicos era necesario guardar las posturas, además de darle su lugar, no por nada era una de las mejores legisladoras del Ministerio.

—Así es —afirmó Hermione, poniéndose en pie y mirándolo un instante, antes de mirar a los demás presentes —. Debemos confirmar los testimonios con la identificación visual, es necesario que me acompañen.

Un gran número de magos y brujas, incluyendo a Harry y Draco, se pusieron en pie, listos para acompañar a Hermione para señalar a los que, de una u otra manera, los habían engañado o chantajeado.

—Harry… Malfoy, si me permiten un momento —pidió Kingsley, al momento en que Henricus Cicell abría la puerta para dejar salir al grupo.

Harry y Draco se dieron una mirada de interrogación, pero de todas maneras asintieron y volvieron a sus sitios, dos sillas de las muchas sillas que habían aparecido en la oficina para dar comodidad mientras esperaban.

Kingsley pasó los dedos nuevamente sobre los pergaminos de la carpeta que tenía abierta, donde figuraban las fotografías y las rutinas de los miembros del GDIS, junto a una gran lista de delitos y personas que los acusaban. En ese momento se sentía bastante estúpido.

Después de la guerra, pese a haber luchado en el mismo bando que Harry, se había apartado bastante de él, y del resto de los miembros de la Orden; el Ministerio y las reformas que requería la comunidad mágica le habían quitado demasiado tiempo. Aún así se sentía algo herido de que Harry no hubiera acudido directamente a él y que hubiera pasado más de un año en el autoexilio, en peligro y llevando a cabo una investigación que hubiera podido concluirse más rápido de haber tenido su apoyo.

—No se trata de falta de confianza —dijo de pronto Harry, adivinando sus pensamientos y obligándolo a levantar la mirada —, ellos, los del GDIS, tienen pruebas contra Draco, así como las tienen seguramente contra todos los demás testigos.

—Entiendo eso… —masculló Kingsley, dándole una mirada a Draco.

—Era su palabra contra la mía —intervino entonces Draco —, no contra la nuestra, no contra la de Harry, sino contra la mía, necesitábamos el testimonio de todas estas personas que, de una u otra manera, se han visto envueltas en medio de este lío. Los del GDIS no hacían nada sin antes cubrirse las espaldas, de lo contrario hubieran caído hace muchos años.

—La idea de formar este tipo de organización era proteger a la comunidad mágica—explicó Kingsley, cerrando la carpeta y recordando cómo la tarde anterior Hermione había pedido una cita con él, necesitaba tratar un tema privado y no podía esperar.

Kingsley, que pese a trabajar en el mismo sitio, no sabía mucho de ella desde su boda, pensó que tal vez querría tratar un tema personal, incluso imagino que le diría que estaba embarazada, pero quedó completamente sorprendido cuando, en lugar de solo aparecer ella, aparecieron cinco en su oficina, no solo Ron Weasley, sino también Blaise Zabini, Harry Potter y Draco Malfoy.

No era muy cercano a Harry, pero sabía de sus gustos, y bastó observarlo un par de minutos para darse cuenta que el que los dos chicos de Slytherin estuvieran allí, era gracias a él.

Luego de los saludos habituales, Kingsley se había visto inmerso en una presentación detallada acerca de decenas de crímenes que habían cometido los encargados precisamente de evitarlos.

A las ocho de la noche había tenido que llamar a su casa e informarle a su esposa que lo más probable era que esa noche no llegara a dormir. Y así había sido, había pasado la madrugada entera observando pruebas, testimonios, fotografías y recuerdos de cada uno de los que acusaban al GDIS. Harry y Malfoy lo habían hecho muy bien, habían reunido evidencia, testimonios, habían protegido testigos y creado lugares seguros para ellos. Al amanecer, luego de que pararan para desayunar, comenzaron a desfilar uno a uno los testigos y víctimas de esa organización.

Cuando Kingsley preguntó a cada uno de ellos la razón por la cual no habían denunciado antes los hechos, estos habían respondido que por miedo. Era probable que algunos aurores estuvieran de alguna manera inmiscuidos, o tal vez más gente del Ministerio, incluso pensaron que el mismo Ministro lo estaba.

Darse cuenta de la cruda realidad había sido duro.

Por ello se esperó hasta las tres de la tarde, momento del cambio de turno de aurores, para hacer los arrestos, tratando de que la información se filtrara lo menos posible. Ninguno de los grupos que era encargado de detener a uno de los funcionarios sabía el nombre de los otros detenidos, ni siquiera el nombre de la persona que tenían que apresar hasta que estaban en el lugar adecuado. Brillante propuesta de Harry.

—Supongo que se debe encontrar otra forma de protegerlos —comentó Harry.

—Tal vez volver al método tradicional, la oficina de aurores solamente, después de todo ya no hay amenazas de magos tenebrosos tratando de hacerse de poder.

—Creo que luego de la guerra todos quedamos algo paranoicos —apoyó Harry —, yo tampoco creía que era mala idea el tener un grupo que se encargara de vigilar, creo que el problema era que no había quien lo supervisara…

—Sí, debía ser yo… —Kingsley negó con la cabeza, estaba demasiado agotado hasta para pensar correctamente —. El daño ya está hecho, ahora hay que poner en orden esto.

—Imaginamos que tardarán semanas e incluso meses en poder juzgar todos los casos, sin contar los que pueden aparecer luego, nosotros solo nos hemos movido sacando los casos más simples, pueden aparecer muchos más magos en busca de justicia —explicó Harry.

—Cierto —corroboró Draco —, y Granger opina que hay muchos que pedirán una reparación en metálico por lo que han sufrido.

—Imagino que ese chico Olive lo hará, ha estado alejado demasiado tiempo de su esposa e hija, escondido y temiendo por su vida, sin contar todos los que han sido chantajeados.

—Efectivamente —aceptó Harry —. Escucha, es tarde, estamos aquí desde hace casi veinticuatro horas, ¿por qué no vas a descansar? Nosotros haremos lo mismo… las cosas ya están hechas y ellos detenidos, hay que dejar que las cosas sigan su rumbo.

—Es cierto… vayan a… —Kingsley se detuvo, había asumido que ellos estaban juntos, pero no había recibido la confirmación del hecho, y no quería pecar de imprudente.

—Nosotros también iremos a descansar, lo merecemos —sonrió Harry, tomando de una mano a Draco. Era la primera vez que daban una demostración pública de estar juntos, y Draco se sintió algo extraño por eso, pero asintió sonriendo.

Kingsley sonrió también, la primera sonrisa que había tenido en las últimas veinticuatro horas, pues, pese a no haber sido muy unido a Harry, estaba preocupado por su larga ausencia y temía que estuviera metido en algún lío, pues estaba acostumbrado a que Harry mantuviera secretos cuando se trataba de atrapara a algún chico malo. Menos mal que no había autorizado al GDIS para que fueran en su búsqueda abiertamente, tal como Skatha había propuesto, argumentando preocupación por el gran héroe y las repercusiones que eso podría tener en la comunidad mágica.

No bien salieron de la oficina de Kingsley, Harry y Draco fueron abordados por Ron y Blaise, ambos parecían algo entusiasmados, conversando en murmullos, se detuvieron en cuanto los vieron.

—Los esperábamos para acompañarlos a casa —explicó Ron.

—¿Y Hermione? —preguntó Harry, preocupado, después de todo ella también llevaba casi un día entero sin dormir.

—¿Bromeas? —preguntó Blaise, con una amplia sonrisa —, esto es la navidad adelantada para ella. Tendrá cientos de casos que defender y obligará a los de presupuesto y personal a darle más asistentes.

—Vaya… —comentó Draco, frunciendo el ceño, no porqué Granger estuviera en medio de su navidad particular, sino por la familiaridad con que Blaise se trataba con ellos. Y no que estuviera celoso, o que no quisiera que su amigo anduviera con ellos, pero Blaise no era muy simpatizante de ellos, o al menos eso había parecido cuando se habían ido tanto tiempo atrás.

—Vamos a casa, Hermione seguramente llegará en un rato, después de todo solo tiene que tomar la declaración de que los testigos identifican a los acusados. Tardará una hora más a lo mucho —continuó Ron.

—Bueno… tienes razón, Hermione es así —asintió Harry, dejándose llevar hacia el departamento que habían conservado sus amigos durante ese tiempo.

La tarde estaba llegando a su fin cuando Hermione, luciendo cansada, llegó de vuelta, bastante contenta por haber obtenido las confirmaciones de las denuncias y ya empezando a planificar todo lo que haría a continuación, junto con el nuevo grupo de asistentes que el Ministerio le otorgaría.

Harry y Draco habían esperado hasta que ella llegara para cenar algo ligero, luego tomaron una copa de vino y decidieron que estaban demasiado agotados para cualquier cosa más. Sus amigos se marcharon rápidamente también y ellos se dejaron caer rápidamente en la cama, abrazándose y pegándose el uno al otro. La habitación, al igual que el resto del departamento, tenía ventanas desde el techo hasta el piso, y pudieron observar como empezaba a nevar lentamente, seguramente al día siguiente ya las calles estarían inundadas de nieve.

—Ha sido un día demasiado largo —susurró Harry, mientras acariciaba con cariño el cabello de Draco.

—Sí… ha sido un regreso interesante —aceptó Draco.

—Valió la pena, ¿sabes? Ahora ya todos ellos estarán en la cárcel y la gente podrá estar más tranquila.

—Tú y yo podremos estar más tranquilos —bostezó Draco —, por cierto… ¿no te parece que Blaise es demasiado amigo de Weasley y Granger?

Harry soltó una risita, que hizo que Draco lo encarara, arqueando una ceja.

—No te pongas celoso, estoy seguro que Blaise sigue siendo tu amigo.

—Serás tonto, Potter, yo no estoy celoso —protestó Draco, Harry lo jaló y le dio un beso en los labios, antes de obligarlo a recostarse nuevamente.

—Duerme, Draco, duerme… tenemos mucho tiempo para analizar a Blaise y para cualquier otra cosa que quieras hacer.

Y Draco sabía que era así, que de ahora en adelante ya no tendrían que estar escondidos, que ya podrían ir juntos a donde quisieran, que ya nada los desvelaría o quitaría el sueño. Draco sabía que al fin podía respirar tranquilo.

°.°


¿Fin?

No… aún tenemos por leer el epílogo.

Gracias a todos por leer… Los que pensaron que aquel chico de cabellos oscuros en la boda era Draco, acertaron… Bien por ustedes, pobre Harry, se siente ofendido de que creyeran que tan rápido podría pasar página y olvidar o intentar olvidar a Draco … jajaja

Y ahora, me voy a hacer maletas, que ya tengo el tiempo en contra y no he preparado nada para Cusco.

Pasen lindo día y buena semana… nos leemos en dos semanas.

Besos

Zafy