Quiero dedicar este capítulo a toda la gente que me lee desde México. ¡Sois mis mejores fans!
CAPÍTULO 2 – Ayudar al prójimo.
Ikuto recobró la consciencia.
Todos sus sentidos estaban desconectados, su cuerpo pesaba toneladas y notaba (como cada vez que volvía a transformarse en humano) cómo los nervios iban activándose poco a poco en sus extremidades.
Con el tiempo, comenzó a recobrar el sentido del olfato y del oído. Al principio identifico leves olores: madera, polvo, la brisa nocturna que entraba por la ventana... sin embargo lo que más le sorprendió fue la pausada respiración que notaba sobre su cabeza.
Todavía no podía ver ni sentir nada (necesitaba algo más de tiempo para que sus cerebro instaurase las conexiones pertinentes), pero pudo deducir que algo o alguien estaba durmiendo a su lado.
Ikuto no tuvo nada mejor que hacer que pasar las horas escuchando atentamente el ritmo de aquella respiración hasta que pudo mover levemente los dedos de los pies. Eso era buena señal, significaba que estaba recuperándose de sus heridas.
No supo después de cuanto tiempo, comenzó a sentir el calor de una manta y el frío de la brisa nocturna.
Sentir aquellas sensaciones sobre su piel le hizo preguntarse cuanto tiempo había pasado fuera de su cuerpo humano ¿días? ¿meses? ¿Años?
Realmente su memoria estaba llena de huecos. Sólo recordaba cómo aquel sujeto despreciable le había pegado una paliza por haberse negado a ayudarle y luego... simplemente recordó caer al suelo y cerrar los ojos.
La respiración rítmica se interrumpió.
Ikuto abrió los ojos. Estaba amaneciendo y una débil luz se introducía a través de las cortinas ondeantes. Su mente analizó con detalle el lugar en el que se encontraba. Era un cuarto humano, pintado de rosa, con un montón de pegatinas de flores y corazones por todos lados.
Genial, había parado a caer en el cuarto de una mujer humana.
Ikuto notó como las respiraciones comenzaron de nuevo, pero esta vez con más frecuencia. Se dio cuenta de que tenía su brazo rodeando la cintura de la chica y rápidamente lo alejó.
Entonces, Ikuto se dio la vuelta y miró a la mujer humana que lo había acogido.
Era una adolescente joven, con pelo rosado despeinado y un pijama a cuadros amarillos francamente horrible. Ella lo miraba fijamente, incapaz de reaccionar. Su olfato captó el sudor y la adrenalina que la chica estaba exudando y no le hizo falta más para comprender la situación.
Supuso que su cuerpo, como método de sanación, habría adoptado otra forma temporalmente hasta que se hubiera encontrado con fuerzas suficientes como para reconstituir su cuerpo humano. Aquella humana lo había curado bajo su otra forma y ahora se despertaba con un hombre desconocido metido en su cama.
-S...s...s... - La chica comenzó a boquear como un pez, intentando decir algo. Ikuto notó como la mandíbula de la chica comenzaba a temblar de puro miedo y se apiado de ella.
-Tranquila,no tengas miedo. No voy a hacerte daño. - le dijo, pero su voz sonó ronca y oscura. No muy confiable, realmente.
Ikuto se puso apartó de ella, con la intención de que captara su mensaje de paz, sin embargo Amu aprovechó para agarrar el primer solido que tuviera en la cabeza y estamparselo en la cara a su atacante.
Ikuto recibió de lleno el choque de una lampara de mesa contra su cabeza. El dolor se extendió como un rayo por el resto de su cuerpo.
-¡Joder!
Amu volvió a asustarse y salió de la cama como pudo. Ikuto fue tras ella a pesar del dolor y de que la chica arrogaba a su cabeza todo lo que pillaba a su paso.
Esquivándolo como podía, ambos salieron del cuarto de la chica y entraron en el pasillo. Amu seguía tirándole cualquier trasto con algo de solidez a su atacante, hasta que, alzando los brazos para tirar una figura de porcelana, Amu tropezó y cayo hacia atrás por las escaleras.
Instintivamente, Amu agarró a Ikuto de la muñeca. Ambos cayeron escaleras abajo.
Ikuto, con sus reflejos felinos, se las apañó girar sus cuerpos y proteger a la muchacha. Su espalda impactó contra las escaleras en un golpe que, de haber sido un humano normal, le hubiera matado. Su cuello crujió de manera horrible y oyó cómo la muchacha sollozaba, apretada contra su pecho y protegida por sus brazos.
Cuando terminaron de caer, Amu seguía abrazada inconscientemente al cuerpo caliente de Ikuto. Se quedaron en esa posición durante unos minutos que se hicieron eternos.
Amu sintió un nudo en la garganta. ¿Y si aquel hombre había muerto? No le oía respirar ni moverse, aunque realmente podía sentir cómo un calor casi inhumano le traspasaba la tela del pijama.
-¿E..estas bien? - preguntó la joven, temiendo que no hubiera respuesta.
Ikuto cerró los ojos. La cabeza le ardía. La espalda le ardía. Todo su cuerpo le ardía de dolor.
-Estoy bien... pero por favor, deja de tirarme cosas.
Amu se sonrojó, sintiéndose culpable. Quizás había reaccionado demasiado bruscamente. Por otra parte, aquel hombre aparecia sin explicacion alguna metida en su cama. Tenía derecho a defenderse ¿no?
-Perdona, debo pesarte, ya me quito de encima tuyo – Amu se apartó levemente, dejando el torax del chico a la vista. - Y...creo que voy a traerte una manta...
Ikuto levantó la cabeza para ver a la chica irse y se percató entonces de que – obviamente – estaba desnudo. La chica llegó con una manta roja estampada y se la tiro por encima sin dejar de mirar al suelo.
Ikuto se la colocó alrededor de la cintura y de repente parte de la tensión del ambiente desapareció.
Ambos quedaron de nuevo en silencio.
-No deberías... no se... ¿comenzar a hablar? - dijo Amu.
Ikuto asintió pero no dijo palabra.
-Está bien, si no quieres hablar tu empezaré yo. ¿Quien eres y que haces en mi casa?
Ikuto se rascó la cabeza sopesando si la chica creería la verdad o debía de contarle alguna mentira.
-Mi nombre es Ikuto... y no soy un ladrón ni un pervertido ni nada así – su cuerpo comenzó a doler como si tuviera cien demonios dentro. - Antes de nada, ¿puedo hacerte una pregunta?
-Mmm...claro.
-¿Te encontraste recientemente a algún animal herido? - Ikuto la miró ansioso, queriendo descubrir cuanto tiempo había pasado fuera de su forma humana.
Amu miró a Ikuto con sorpresa.
-Pues..si. De hecho ayer me encontré en mi cocina a un gato bastante malherido que entró a robarme comida. Lo cure y decidí adoptarlo. ¿Hay algún problema?
Ikuto sonrió.
-Así que lo curaste y lo adoptaste ¿eh?
-Si. ¿No sera tuya la gata por casualidad?
-No, realmente no se podría decir que sea mía al termino... Espera, ¿gata? ¿HEMBRA?
-Si, claro.
-¿Seguro que no era macho?
-Segurisimo, lo miré y ahí abajo no colgaba nada.
Ikuto se masajeó las sienes. La visión se le nublaba.
-¿Sabes que a los machos tampoco les cuelga nada ahí abajo?
-Ah, pues no... pero eso significa que es tu gato.
Sus piernas temblaron y empezaba a ser difícil comenzar a pensar con claridad. Su energía estaba volviendo a desaparecer. A este paso volvería a transformarse.
-Chica ¿cuál es tu nombre? - preguntó con decisión
-A..Amu.
-Amu... ¿te importaría darme algo de comer? - dijo, mientras sus tripas rugían de hambre.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Si su padre la viera ahora mismo estaba segura de que pondría el grito en el cielo.
Allí estaba ella, sentada tranquilamente en la mesa con un desconocido medio desnudo comiendo como un obseso un bol de cereales. Amu lo observó mientras comía, preguntándose de donde había salido.
Por su apariencia, calculo que tendría entre unos dieciocho o veinte años. Tenía el pelo azulado cayendo rebelde por sus hombros y su frente, y su piel era clara y suave, como la de un niño.
Casi sobrenatural.
Ikuto la miró sin dejar de comer, notando como la mirada de la chica estaba puesta en su cuerpo. Amu se sonrojó y miró hacia otro lado. Permanecieron así hasta que Ikuto terminó de comer otros dos boles mas, junto con un donut y unas tortas de maíz.
Ikuto recogió en silencio la comida cuando Amu se fijo en su mano.
-Que curioso... tienes una herida justo en el mismo lugar que tu gato...
Ikuto dejó los platos en el fregadero en silencio.
-¿Y tus padres Amu? ¿Vives sola?
-No... mis padres volverán de un momento a otro.
Mentía. Podía saberlo por el tono de su voz y por el aumento de los latidos de su corazón.
-¿Y tu familia, Ikuto? ¿Dónde vives?
Ikuto permaneció de pie en el fregadero, dejando unos metros de distancia de Amu. Parecía no haber escuchado la pregunta, pues tenía una mirada seria, concentrada pensando en algo que le rondaba la cabeza.
-Realmente no lo recuerdo. Todo lo que sé es que me desperté aquí, desnudo y en tu cama. Creeme cuando te digo que no quiero robarte ni hacerte daño.
Sorpendentemente, Amu le creyó. Aquel tipo le causaba sensaciones confusas. No podía evitar confiar en su historia a pesar de que no lo conocía de nada y que podía estar mintiendo perfectamente.
-Bueno, supongo que debo irme ya... - ya encontraría algun lugar donde robar más comida - ¿te importaría dejarme algo de ropa? Odio ir enseñando el culo en invierno.
Amu sonrió por el chiste y subió al desvan, donde su padre guardaba ropa vieja. Ikuto se vistió y salió por la puerta.
-¿Seguro que puedo quedarme con estas ropas?
-Si. Es ropa vieja que mi padre ya no usa.
-Claro... gracias, supongo.
Amu asintió con la cabeza y Ikuto salió por la puerta.
-¿Puedo hacerte otra pregunta antes de irme, Amu? - dijo Ikuto, mirándola directamente a los ojos.
-C..Claro.
-Si alguien te dijera que... el gato que te encontraste en realidad no era un gato normal, sino un... demonio. ¿Te lo creerías?
Amu se quedó sin habla.
-Da igual, prefiero no saber la respuesta. - Ikuto palmeó levemente la cabeza de Amu – Cuidate, niña chicle.
Y se alejó hasta que Amu lo perdió de vista.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
En cuanto Ikuto consiguió encontrar un lugar poco transitado probó el alcance de sus poderes. Como supuso, sus energías estaban todavía demasiado bajas, pero se sorprendió al descubrir que los cuidados que le había dado aquella chica habían hecho un efecto milagroso.
Sino hubiera sido por ella estaba seguro de que hubiera tardado el triple en recuperarse.
Siguió testando sus poderes.
Logró mover desde la distancia una pequeña lata de metal. Consiguió que un remolino de viento agitara las hojas otoñales e incluso logró, con algo de esfuerzo, doblar en la lejania una barra de metal.
Un gran avance, sin duda.
Animado por los resultados, Ikuto se alejó buscando algo que comer.
Tras varias horas, consguió robarle a un grupo de crios pequeños bastante chocolate y chucherias.
Siguió caminando hasta que encontró un lugar donde poder dormir. De repente se sintió cansado, exhausto. Se echó en su cama de cartón improvisada pero no consiguió conciliar el sueño. Devoró toda la comida robada pero seguía teniendo hambre.
Algo raro estaba pasando con su cuerpo.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Tres días pasaron desde que Ikuto dejó la casa de Amu.
Al principio, Amu intentó borrar de su memoria a Ikuto y su llegada. Se dedicó a hacer los deberes y a limpiar la casa, pero en cuanto tenía un momento de descanso, la mente de Amu volvía a jugarle una mala pasada.
No podía dejar de pensar en Ikuto y en sus ultimas palabras. ¿Qué había querido decir? Al principio se lo había tomado como una broma, indispuesta a creer algo tan disparatado, pero inconscientemente, su mente encontraba razonamientos lógicos para aquella pregunta.
Primero, el gato que encontró había desaparecido, justo al mismo tiempo que Ikuto. Por mucho que lo buscara por todos los rincones de la casa, eventualmente tuvo que admitir que el gato se habia ido.
Segundo, el hecho de que se acostara por la noche con el gato y despertara con Ikuto – un hombre, que por otro lado, no se acordaba de nada.
Tercero, el hecho de que supiera que el gato era macho – como él – y no hembra. Aparte de que ambos tenían en la mano una cicatriz idéntica.
Amu intentaba convencerse de que eran paranoias suyas, que era imposible de que el gato e Ikuto fueran la misma cosa. Y no cualquier cosa, sino... un demonio.
Por más que lo pensara, le seguía pareciendo increíble.
Al cabo de los tres días la mente de Amu era un hervidero de ideas. Estaba tan agotada mentalmente que incluso afectó a su salud fisica. Si no hubiera estado tan agotada, hubiera ido a buscar a Ikuto. La curiosidad la estaba matando por dentro y necesitaba respuestas claras.
Pero no hizo falta que Amu saliera a buscar a Ikuto. Él voluntariamente volvió a ella.
Al cuarto día, mientras Amu todavía seguía en casa, algo rompió el cristal de su ventana y cayó al suelo. Amu subió corriendo y se encontró a Ikuto, blanco como la cera y con aspecto fébril.
-¡Ikuto!
Amu le tumbó en la cama y le tapo con una manta.
-¿Que te ha pasado?
Ikuto se retorció de dolor.
-Todo...es culpa...tuya... No debiste decir que te habías quedado con el gato...
-¿Que tiene eso que ver con tu estado?
-Significa...que inconscientemente hice un contrato contigo... ahora si quiero sobrevivir no puedo alejarme...de tu lado...
-¡QUÉ!
Y entonces Ikuto comenzó a sufrir espasmos. Los objetos del dormitorio comenzaron a moverse con él, mientras que otros volaban y se estrellaban contra las paredes.
Amu chilló, intentando protegerse. Ikuto cogió a Amu y la abrazó contra su pecho. Poco a poco sus convulsiones pararon, así como los objetos dejaron de moverse. Tenerla contra su pecho le otorgaba una sensación casi analgésica. El dolor comenzaba a desaparecer y su mente comenzó a pensar de nuevo con claridad.
Ikuto maldijo su suerte. Había intentado sobrevivir sin aquella chica, pero cada hora que pasaba lejos de ella sus fuerzas se iban descontrolando más y más. No quería reconocer el vinculo que aquella estúpida había formado, pues ahora él se vería obligado a estar atrapado junto con ella, hasta que el contrato se cumpliera.
Y hasta entonces... estaba atado de pies y manos a ella.
