La noche que el innombrable desapareció.
Dentro del imponente salón, decorado con pinturas de viejos magos, exóticos paisajes y notables castillos, se encontraban más de veinte figuras encapuchadas vistiendo largas túnicas negras y sentadas alrededor de una mesa finamente tallada. Todos ellos bebían y conversaban alegremente unos con otros, en medio de fuertes carcajadas, parecían estar festejando y a la espera de alguien que ocuparía el único espacio vacío en la mesa.
Solo tres personas no llevaban máscaras y parecían no participar del festejo.
Dos de ellos se encontraban de pie en la entrada del salón y a pesar de ser hermanos, no podían ser más diferentes. Uno era alto, de porte desafiante y llevaba el largo cabello castaño, recogido en una coleta, que colgaba por un extremo de su cuello hasta llegar al pecho. Tenía los brazos cruzados y con una dura mirada recorría el salón, como si la presencia de aquellos encapuchados le molestara en extremo. Su hermano en cambio, era un poco más pequeño tenía el pelo corto y bien peinado, su mirada denotaba nerviosismo y con una de sus manos, dentro del bolsillo de la túnica, aferraba fuertemente su varita.
La tercera persona era una alta y hermosa mujer, de abundante y bien cuidado cabello negro, que se encontraba mirando hacia fuera por uno de los grandes ventanales del salón y a pesar de que en el exterior un hermoso jardín lleno de rosas ofrecía una espléndida vista, ella tenía la mirada perdida como recordando los acontecimientos de una noche lejana.
— ¡Señora Lestrange! —Dijo uno de los encapuchados poniéndose de pie y alzando su copa— ¿Porque no se une a nosotros en la celebración? —Preguntó señalando con la copa al resto de los encapuchados sentados a la mesa y prosiguió— Propongo un brindis por el innombrable y….
— ¿El innombrable? —Lo interrumpió bruscamente Bellatrix Lestrange que había abandonado sus pensamientos al lado de la ventana y ahora se dirigía con paso decidido hacia la mesa donde todos estaban reunidos— ¿Que ya no lo llamas, Mi amo, Mi Señor? ¿O solo te diriges a él de esa manera cuando suplicas por tu miserable vida, Travers?
— ¿Co…cómo sabes quién…?
— ¡Claro que sé quién eres! y sé quiénes son todos ustedes debajo de las máscaras —Dijo y empezó a señalar uno por uno a los presentes— Rookwood, Karkarov, Dolohov…
— ¡Cállate! —Grito uno de los encapuchados levantándose bruscamente de la mesa y apuntando con su varita al pecho de Bellatrix.
En un destello de luz y con un fuerte estruendo el mago alto de la coleta apareció delante de Bellatrix interponiéndose entre ella y la varita del encapuchado.
— ¿Cómo te atreves a dirigir esa pobre imitación de varita hacia mi esposa y en mi propia casa? —Preguntó con una voz cargada de cólera—.
— ¿Y qué piensas hacer, eh? , ¿Desarmarme con la mirada? ni siquiera tienes tu varita.
— ¡Si hubiera sacado mi varita ya estarías muerto!
— ¡Rodolphus! ¡Antonin! ¡Ya es suficiente! —Dijo uno de los encapuchados que Bellatrix reconoció como Lucius Malfoy.
En el salón reinó el silencio mientras todos observaban al encapuchado que acababa de hablar y que comenzó a ponerse de pie tranquilamente como si se levantara para ir a la cama después de cenar.
—Amigos, compañeros —Dijo arrastrando las palabras— Todos sabemos que el propósito de esta reunión es celebrar el triunfo de nuestro señor y que después de esta noche no habrá necesidad ya, de ocultar nuestros rostros —Hizo una pausa y dirigió la mirada hacia los tres que no usaban capuchas— Como nuestros anfitriones, los Lestrange, seremos recompensados por nuestros servicios pero, hasta que nuestro amo llegue, por favor… no arruinemos la sorpresa —Dijo en tono burlón dirigiéndose a Bellatrix.
En el salón la mayoría comenzó a reír ante las palabras de Malfoy y poco a poco, todos volvieron a sus copas y a sus conversaciones. Antonin Dolohov guardó la varita y tomó asiento, pero sin perder de vista a Rodolphus Lestrange que lo seguía mirando amenazadoramente.
Por su parte, Bellatrix regresó junto a la ventana y comenzó a recordar el momento exacto hace tres meses cuando empezó a sentir una asfixiante preocupación por el bienestar de su maestro. Lord Voldemort le había revelado la existencia de una profecía, a ella y a un selecto grupo de mortífagos, entre los que se encontraban Lucius Malfoy, Evan Rosier y… ¡Snape! Rápidamente dirigió la mirada hacia el extremo izquierdo del asiento vacío de la mesa y vio allí una figura encapuchada, que si no hubiera sabido que se trataba de Severus Snape, hubiera pensado que era un muñeco de madera vestido con capucha.
Allí estaba Snape, tieso como una tabla, sin denotar expresión alguna.
Entonces fue Snape Pensó y comenzó a atar cabos Fue él, quien dio aviso a Lord Voldemort acerca del contenido de tan importante profecía, si no, ¿porque más Lord Voldemort confiaría en él, tanto como para revelarle la ubicación de la Cámara secreta de Slytherin? Sin querer, recordó el vergonzoso encuentro con su amo y Snape que tuvo lugar una semana atrás, en el que, por escuchar la conversación que ellos tenían, estuvo a punto de ser asesinada por los basiliscos, al no percatarse de que estos habían despertado al sentir su presencia.
—"Se necesita más, que un infantil hechizo desilusionador, para engañar a los basiliscos de Slytherin. Me decepcionas Bellatrix" —Le había dicho su amo al tiempo que la salvaba de ser atacada por ellos. Esas palabras le hervían en la sangre al igual que la burlona mueca que hizo Snape, al pasar por su lado, mientras abandonaba la cámara dejándola sola con Lord Voldemort.
En esa ocasión ella le había pedido a su maestro que la deje acompañarlo cuando vaya tras los aurores y el chico, pero tuvo especial cuidado de no mencionar que quería acompañarlo para ayudarlo, porque presentía que corría un grave peligro, sin embargo había argumentado que deseaba tener el honor de estar con él en su momento de gloria.
Lord Voldemort por supuesto, se había negado a su pedido y le dijo que tenía preparado para ella y su familia, un honor mucho más grande: El honor de ser conocidos primero, como sus más leales siervos, y para ello, se reunirían en su casa la noche antes de su gran victoria, cosa que nunca habían hecho, porque los mortífagos se reunían con su amo en lugares desolados y alejados y ninguno de los mortífagos conocía la identidad de sus compañeros ya que ese era un secreto que su amo guardaba celosamente. Pero al ser ella la favorita, su maestro le había revelado la identidad de varios de ellos y ella dedujo los nombres del resto debido a su inteligencia y astucia.
De pronto, sintió como un par de fuertes manos la tomaban delicadamente por la cintura haciéndola volver de sus pensamientos y sintió una cálida respiración cerca de sus mejillas.
— ¿Te encuentras bien? —Le susurró al oído Rodolphus—
—Sí, estoy bien, no te preocupes por mí —Respondió Bellatrix cortante— Preocúpate en calmar a Rabastan, que parece estar a punto de un colapso… y dile que ya suelte esa maldita varita, lo último que necesitamos es que se vuele en pedazos sobre nuestra alfombra.
Rodolphus desvío la mirada hacia su hermano y vio que tenía una de sus manos muy tensa, dentro del bolsillo de la túnica.
—Él está bien —Dijo volviéndose hacia Bellatrix—, eres tú la que me preocupa, perder los estribos de esa manera, en medio de una sala llena de asesinos y todo por… él —La última palabra que salió de sus labios estaba impregnada de amargura.
— ¡No seas tonto! —Dijo Bellatrix en tono desafiante— Ninguno de ellos es rival para mí, no necesito que te interpongas en mi camino.
—Lo sé —Dijo tristemente Rodolphus, la soltó, se dio la vuelta y se dirigió junto a su hermano Rabastan.
Nuevamente la extraña sensación de peligro volvió a ocupar sus pensamientos, odiaba sentirse así. Siempre había tenido la seguridad de que su maestro era invencible ya que lo había visto realizar los más grandes y terribles hechizos con apenas el mínimo de esfuerzo, pero todo eso cambió aquella maldita noche, cuando se enteró de una profecía que decía que había alguien con el poder suficiente para hacerle frente. ¿Cómo podía ser posible que un simple mocoso, nacido de padres que hubieran desafiado y escapado con vida en tres ocasiones del mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos, tuviera el poder para detenerlo? Al escuchar esas palabras algo dejo de funcionar dentro de ella, había algo que no estaba bien ¿era acaso que comenzó a dudar de su Amo? ¿Sería posible que el hijo de Alice y Frank Longbottom derrotara a su maestro?
Frank y Alice, esos malditos aurores, junto con los Prewett y Moody, eran lo mejor que tenía Dumbledore y habían provocado numerosas bajas entre los mortífagos, y como bien lo recordaba, habían logrado desbaratar los planes de Lord Voldemort en tres ocasiones.
La primera vez, habían matado a los gigantes, que bajo las órdenes de Voldemort, se disponían a atacar Hogsmeade y lograron advertir a los pobladores a tiempo para que no fueran sorprendidos por el ataque. Su amo al ver sus fuerzas reducidas y a todos los pobladores resistiendo, no tuvo otra opción que suspender el ataque.
En la segunda oportunidad lograron rescatar a los hijos de altos funcionarios del ministerio, que su amo había logrado secuestrar gracias a la ayuda de un infiltrado anónimo. Crabbe y Goyle nunca fueron los mismos después que Lord Voldemort llegara y descargara su furia contra ellos por dormirse en la guardia y no dar la alarma a tiempo, pero al menos esa noche lograron deshacerse de los Prewett.
Y en la tercera ocasión, un grupo de diez mortífagos enviados por su maestro, habían planeado emboscarlos en su propia casa, como represalia por haber despojado a Lord Voldemort de tan valiosos rehenes.
Eso fue un grave error, porque la casa de los Longbottom resultó ser una trampa mortal, y entre los dos acabaron con los diez mortífagos. No se podía esperar otra cosa de los mejores aurores del ministerio. En esa ocasión, no habían escapado precisamente, sino más bien, no quedó nadie con vida para retenerlos hasta que Voldemort llegara, así que tranquilamente recogieron sus cosas y se marcharon. Y desde ese día permanecían ocultos por el ministerio. Pero seguramente su amo había descubierto su escondite porque precisamente aquella noche se dirigía a acabar con ellos.
De pronto Sintió un terrible dolor en su antebrazo izquierdo y una gran angustia en el corazón. Pero ella no fue la única, porque al momento de sentir aquel dolor en el lugar donde se encontraba la marca tenebrosa, la bulla y el festejo cesó en el salón quedando todos en completo silencio.
El silencio duró apenas unos segundos porque fue roto por el sonido de un encapuchado desapareciendo, dejando el asiento de Snape vacío. El pánico y los gritos se apoderaron de los presentes, a lo que siguieron otras desapariciones repentinas. Entre el caos, Bellatrix buscó con la mirada a Rodolphus y lo vio junto a la chimenea; éste se encontraba contemplando su antebrazo izquierdo, mientras la marca tenebrosa desaparecía lentamente. Vio también en sus labios dibujarse una sonrisa y en sus ojos grises un inusual brillo que solo había visto en él, en la ocasión en que se casaron.
Un mortífago choco con ella en su afán por escapar rápidamente, y dándose la vuelta le preguntó levantando la manga de la túnica, dejando al descubierto su antebrazo, donde la marca estaba a punto de desaparecer completamente:
— ¿Qué… qué diablos significa esto? ¿qui… quiere decir acaso que él está…
Pero no pudo terminar esa frase porque cayó fulminado por un chorro de luz verde proveniente de la varita de Bellatrix.
— ¿Qué es lo que pretendes? —Dijo uno de los encapuchados sujetando el brazo con el que Bellatrix aferraba la varita y que se dirigía hacia otro mortífago que huía despavorido.
— ¡Suéltame Lucius o correrás la misma suerte!
— ¿Te has vuelto loca?, tienes que irte de aquí, desaparecer si es posible. Este lugar ya no es seguro para ti. —Dijo Lucius soltando su brazo y enfrentándola.
La rabia que sentía repentinamente se transformó en dolor, al darse cuenta de la realidad, un dolor tan grande que no podía soportarlo, sintió como las fuerzas abandonaban su cuerpo.
—Él no puede estar… no puede Lucius… tenemos que encontrarlo... tenemos que… él no está… no puede estar muert…
Su cuerpo no pudo soportar más y cayó hacia atrás en los brazos de alguien que acababa de aparecer a su lado para sujetarla y lo último que escucho antes de perder el conocimiento, fue la voz de Lucius Malfoy que decía:
—Rodolphus, tienes que sacarla de aquí…
