Alrededor de las cuatro de la mañana, sobre el destartalado techo de una vieja casa, en un ruidoso barrio de las afueras de Londres, aparecieron cuatro personajes, sosteniendo lo que parecía ser un viejo balón de futbol desinflado. Eran tres varones, dos de los cuales eran idénticos hasta en el más mínimo detalle: cabello rojizo, ojos claros, de porte alto y delgados y hasta parecían tener las pecas en el mismo lugar. El otro hombre era robusto, bien parecido y daba la impresión de ser un miembro de la nobleza. El cuarto personaje, una hermosa mujer de dorados cabellos y agraciada figura, parecía sacada de un catálogo de belleza.

—Después de ti, mi amada y hermosa Alice, la reina de mi Vida —Dijo el mago robusto, dirigiéndose a la mujer y haciendo una reverencia.

—Siempre tan caballero, Frank —Respondió la mujer— Mi príncipe de la brillante armadura —Dio un gran y ágil salto desde el techo hacia el siguiente y continuó corriendo y saltando de techo en techo sin hacer el menor ruido, como si fuera una hoja llevada por el viento.

— ¡Después de ti, Espadín, mi viscoso y húmedo compañero! —Dijo uno de los pelirrojos haciendo una exagerada reverencia y utilizando el balón desinflado como sombrero.

— ¡Oh no, no! Después de ti, Trompetin, mi ruidoso y oloroso camarada —Respondió el otro, exagerando a tal punto la reverencia, que casi tocaba con la nariz el sucio techo sobre el cual estaban.

— ¡De ninguna manera puedo permitirlo, por mi honor... tú vas primero!

— ¡No, no, no!… está escrito que los mayores van primero.

— ¿Y cómo sabes cuál de los dos es el mayor? —Preguntó el que tenía el balón de sombrero.

—Porque desde adentro te vi nacer primero ¡ufff! sí que tenías prisa por salir hermano.

— ¡Gideon, Fabián! déjense de tonterías que solo tenemos una hora antes del cambio de guardia —Les increpó Frank, perdiendo la paciencia ante tan inusual discusión.

—Una hora es más que suficiente para Espadín, el terror de los mocotifagos —Replicó Fabián al tiempo de salir disparado hacia el siguiente techo.

— ¡Eh! ¿No que los mayores iban primero? —Protestó Gideon guardando el balón bajo la capa— Y por cierto —Dijo dirigiéndose a Frank— Mi nombre es Trompetin —Y salió disparado detrás de su hermano.

—Esta será una larga noche —Se dijo Frank en voz baja y de un gran salto pasó sobre tres casas a la vez y siguió detrás de sus compañeros.

Los cuatro aurores del ministerio, continuaron su recorrido de techo en techo hasta reagruparse en el tejado de un apartamento, que se encontraba frente a la entrada de la estación del metro.

—Este es el lugar —Dijo Frank a sus compañeros— Según el contacto de Dumbledore, los chicos se encuentran en una habitación subterránea bajo los rieles.

— ¿Y a cuantos tontifagos nos enfrentaremos? —Preguntó Gideon.

—Según el informante, hay dos en la puerta de acceso, de los que no tenemos que preocuparnos, porque él ya se encargó de dormirlos, solo debemos llegar antes que el cambio de guardia los descubra.

—Dormidos o no… no se salvaran de que les dé una buena patada —Interrumpió Fabián haciendo reír a Alice con su comentario.

—Y en el interior, tenemos a diez, de los que "Sí" debemos preocuparnos, y no tomarlos como broma —Dijo Frank, exasperado por la interrupción de Fabián.

— ¡Perfecto! el 10 es mi número de la suerte —Comentó Gideon y tratando de parecer casual agregó— Y también el número de galeones que tiene Fabián en su caja fuerte de Gringots.

— ¡Un momento! —Dijo Alice, interrumpiendo a Fabián, que estaba a punto de replicar algo al comentario de su hermano— Si el informante de Dumbledore se encuentra allí también, eso reduce el número a nueve ¿no es así?

—Es lo más probable. Pero no sabemos quién es y para no delatarse, tendrá que ser muy convincente, así que no dudara en atacarnos. Por eso debemos ser cuidadosos… no cometan errores y no confíen en nadie —Dijo Frank al tiempo que se acercaba a su esposa y la miraba a los ojos— Ten cuidado, mi amor —La besó en los labios y después de unos instantes en que los Prewett lanzaban largos suspiros, les dijo— ¡En Marcha!.

Frank y Alice, salieron como un rayo hacia la entrada del subterráneo. Gideon y Fabián, se miraron a los ojos unos momentos sin saber que decir, pero finalmente Gideon rompió el incómodo silencio.

—Espadín, sé que estamos jugando a imitar a los tórtolos para molestar a Frank, …eres mi hermano y tú sabes que te quiero, pero el sabor de tus labios sería algo que no podría olvidar en toda mi vida, como aquella gragea sabor a urinario de estadio de fútbol, así que tendrás que conformarte con un varonil apretón de manos.

— ¡Bien dicho, bicho! —Dijo Fabián estrechando la mano de su hermano— Y por cierto, esa gragea fue uno de mis mejores inventos.

—Lo sé —Celebró Gideon, sonriendo y dándole palmaditas en la espalda a su hermano, como felicitándolo por ganar la orden de Merlín primera clase al mejor invento del año.

Los cuatro compañeros entraron a la estación del metro, bajaron hasta los rieles y sin perder tiempo comenzaron a correr por el oscuro túnel hasta llegar a una luz roja sobre una puerta, en una de las paredes del túnel. Junto a la puerta había dos grandes figuras que parecían Gorilas encapuchados, profundamente dormidos y a su alrededor, varios pasteles en forma de caldero se veían tirados por el piso.

Con mucho cuidado, Frank y Alice pasaron sobre ellos y entraron por la puerta que conducía hacia abajo a través de una escalera. Mientras se disponían a bajar, escucharon detrás de ellos, lo que parecía ser el sonido de zapatos chocando una y otra vez contra dos pesados bultos.

—Eso les dolerá por la mañana —Escucharon decir entre risas a uno de los gemelos.

Bajaron las escaleras cuidadosamente y llegaron hasta una pequeña sala, donde se encontraban tres mortifagos dormidos sobre unas banquetas, pasaron entre ellos sin hacer ruido y atravesaron otra puerta que daba a una sala llena de tuberías, donde se encontraban dos generadores que suministraban la energía de las instalaciones del metro. Continuaron avanzando, entre el vapor que salía de las tuberías, hacia unas rejas oxidadas en el extremo opuesto de la sala, pero al abrir las rejas, todo lo que encontraron fue una pequeña sala vacía.

—Es una trampa —Dijo Gideon, con una gran sonrisa al entrar en la salita vacía, como si hubiera llegado a la heladería de Florean Fortescue.

— ¡Verdimillius! —Susurro Alice en voz baja, apuntando con la varita a las paredes y al instante apareció sobre una de ellas, un tablero con varios botones enumerados.

— ¡Oooh! Es un Haciabajodor —Dijo Fabián, con una expresión de asombro que asemejaba a un troll en una clase de matemáticas— Seguro que el esposo de Molly quedaría fascinado con uno de estos en su cochera ¿Recuerdas el alboroto que hizo cuando le llevamos el viejo Ford Anglia? —Preguntó a su hermano, quien miraba en todas direcciones dentro del pequeño cubículo, como examinando la mejor manera de sacarlo de ese lugar y llevarlo a la cochera.

—Es un elevador —Corrigió Frank, al tiempo que presionaba uno de los botones del tablero.

El ascensor comenzó a bajar lentamente, y mientras Frank y Alice se tomaban de las manos, Gideon y Fabián hicieron lo mismo y empezaron a bailar la rueda, al ritmo de la música que se escuchaba por los parlantes del ascensor.

Al detenerse éste y por consiguiente el Baile de los Prewett, las puertas se abrieron y vieron a un mortifago enmascarado que les cerraba el paso.

Con increíble velocidad, los cuatro compañeros lanzaron sus hechizos al mismo tiempo. Pero más increíble fue la rapidez, con las que el mortifago reaccionó.

— ¡Cave inimicum! —Pronunció el mortifago, creando una especie de barrera invisible, en donde chocaron los cuatro hechizos. Acto seguido y protegido por la barrera, dejó su varita en el suelo y levantó las manos, al tiempo que decía con una voz ronca y áspera:

—Los estaba esperando.

Era un hombre alto y por un lado de su capucha sobresalía su cabello castaño, amarrado en una coleta.

—Deben darse prisa, el innombrable llegara aquí pronto —Advirtió el mortifago con aquella extraña y fingida voz, se hizo a un lado desapareciendo la barrera y dejándoles la vía libre.

Los cuatro aurores bajaron sus varitas, al ver la varita del mortifago en el suelo.

— ¿En dónde están? —Preguntó Frank, sin detenerse a hacer presentaciones.

—Al final del pasillo, atravesando esa puerta, encontraran a catorce muchachos y seis mortifagos dormidos.

Frank miró al mortifago con cara de desconfianza, pensando que aquello era demasiado fácil y estaba a punto de preguntarle algo, de lo que no hubo necesidad ya que el mortifago adivinando sus pensamientos añadió.

—No se preocupen, me encargue de anular las maldiciones y las trampas del lugar, dense prisa, que no tienen mucho tiempo… ¡Esperen! olvidaba mencionar una cosa más —Dijo dirigiéndose al grupo— Deben dejarme inconsciente.

Al escuchar eso último Frank, Alice y Gideon continuaron sin decir una sola palabra, sin embargo Fabián, al pasar al lado del mortifago, con una sonrisa le dijo:

— ¡Gracias!

—N... no hay de que…. —Respondió el mortifago sorprendido.

— ¡Desmaius! —Pronuncio Fabián y un segundo después añadió— ¡Aresto momentum!

En medio de resplandecientes luces rojas, el mortifago se desplomó como en cámara lenta y se posó delicadamente en el piso sin hacer ruido alguno, completamente inconsciente.

Los cuatro atravesaron la última puerta al final del pasillo e ingresaron en una sala llena de viejos ordenadores y pesados paneles con botones y luces de colores. Y allí, sentados en el piso, atados en grupo espalda con espalda con fuertes cuerdas, se encontraban catorce jóvenes de entre 16 y 18 años y alrededor de ellos seis mortifagos dormidos.

Frank se acercó donde uno de los jóvenes y lo despertó. El muchacho se sobresaltó al despertar pero como tenía la boca bien amordazada con un pedazo de sucia tela, no pudo emitir sonido alguno. Frank le hizo señas para que se quedase quieto y uno a uno fue despertando a los demás de igual forma. Cuando todos estuvieron despiertos, Alice hizo un movimiento con la varita y las cuerdas desaparecieron. Entonces mediante señas les indicó que salieran en silencio.

Los muchachos asustados, empezaron a salir uno por uno hacia el pasillo del ascensor y cuando Frank empezaba a creer que lo habían logrado, el último joven, un mago de cabello rubio pajizo, al salir tropezó con uno de los paneles y lo tiro al suelo, con tanta fuerza y con tan mala suerte que cayó encima de Alice. Se escuchó un fuerte ¡crack! al romperse el hueso del brazo que Alice levanto para protegerse del golpe.

— ¡Corran al ascensor! —Les grito Frank a los chicos, al tiempo que los mortifagos despertaban— ¡Oppugno! —Dijo haciendo un movimiento con la varita y tiro el panel que estaba sobre Alice, encima de uno de los mortifagos que se estaba levantando.

— ¡Bueno, a lo que vinimos! —Le dijo Gideon sonriendo a su hermano Fabián, al tiempo que desviaba dos hechizos que un mortifago le había lanzado y respondía lanzando un rayo azul con su varita, que impactó en el mortifago que tenía en frente.

— ¡Saca a Alice de aquí! —Le ordenó Fabián a Frank mientras lanzaba un hechizo que impactó en el techo, haciendo caer parte de él, en medio de los mortifagos, que tuvieron que saltar a los lados para salvarse de ser aplastados.

Frank ayudo a Alice a ponerse de pie y los dos abandonaron la sala, seguidos de los Prewett. Al cerrar la puerta detrás de ellos Fabián dirigió la varita alrededor del portal y lo sello diciendo:

— ¡Epoximise! Eso los detendrá un poco.

Frank hizo aparecer una férula en el brazo roto de Alice y corrieron por el pasillo pasando por encima del mortifago desmayado, hacia el ascensor donde esperaban los asustados jóvenes. Unos segundos después subían lentamente, todos tan apretados que esta vez los Prewett no pudieron hacer su baile, aunque las ganas no les faltaban por la irresistible música de fondo que se escuchaba.

—Alice y yo iremos primero y despejaremos el camino —Dijo Frank mirando a su esposa— Ustedes nos seguirán en fila sin amontonarse, para no ser un blanco fácil —Aconsejó, dirigiéndose a los muchachos— Y Gideon y Fabián, irán por detrás cubriéndonos la retaguardia.

— ¡Entendido¡ —Respondieron Gideon y Fabián al mismo tiempo.

Las puertas del Ascensor se abrieron y Alice y Frank salieron corriendo varita en mano hacia el otro extremo de la sala de generadores, seguidos por los jóvenes magos y los Prewett por detrás. Al llegar a las escaleras del otro lado, se toparon con los tres mortifagos que habían estado dormidos en las banquetas, pero que ahora lanzaban hechizo tras hechizo hacia el grupo. Sin embargo Alice y Frank continuaron corriendo hacia ellos desviando y esquivando los hechizos con mucha facilidad y pasaron a través de ellos como atravesando una cortina. Los mortifagos cayeron a tierra desvanecidos, al ser atravesados por luces plateadas que salieron de las varitas de Alice y Frank.

Llegaron corriendo a la puerta de salida y cuando faltaban pocos metros para chocar con ella Alice apuntó su varita al tiempo que gritaba:

— ¡Confringo!

La puerta, parte de la pared y los dos mortifagos dormidos afuera, volaron por los aires dejándoles la vía libre hacia el túnel con las rieles del metro.

Una vez afuera, continuaron corriendo por el túnel seguidos por los jóvenes que venían en fila uno detrás de otro.

Al salir Gideon, sacó el balón desinflado y tocándolo con su varita dijo:

— ¡Portus! —Luego se lo lanzó a Frank, mientras gritaba— ¡Adelántense, nosotros les cubriremos la retirada!, tienen 10 minutos antes de que el traslador funcione, pero no vayan a irse sin…

No pudo terminar la frase, porque tuvo que agacharse para evitar un chorro de luz verde que paso muy cerca de su cabeza.

— ¡Nos alcanzaron! —Dijo Fabián al ver acercarse corriendo a cinco mortifagos, que lanzaban hechizos sobre él y su hermano.

— ¡Serpensortia! —Gritó uno de los mortifagos haciendo aparecer dos grandes serpientes venenosas que se abalanzaron sobre los gemelos.

— ¡Lapifors! —Exclamó Fabián, convirtiendo las serpientes en dos conejitos saltarines—Tendrás que hacerlo mejor que eso —Dijo en medio de un gran bostezo.

— ¡Ya váyanse ustedes dos y llévense a los mocosos, que esto se va a poner feo! —Ordenó Gideon dirigiéndose a Frank y Alice y volviéndose a su hermano, añadió en un susurro— Pero trata de no quitarles las máscaras, porque ahí sí que se pondría feo de verdad.

— ¿Entonces, que te parece esto Trompetin? —Preguntó Fabián al tiempo que apuntaba con su varita a la cabeza de otro mortifago y esquivaba el hechizo que este le había lanzado— ¡Melofors! —La cabeza del mortifago se convirtió en una gran calabaza.

—Buena Cosecha Espadín, pero creo que le falta crecer un poco más… !Defodio! —Dijo Gideon, apuntando al piso debajo del mortifago con cabeza de calabaza y la tierra se hizo a un lado, quedando un gran agujero en donde éste cayó— ¡Deprimo! —La tierra volvió sobre el agujero tapándolo y dejando afuera solo la cabeza en forma de calabaza.

—Bien hecho hermano, uno menos quedan cuatro —Observó Fabián, mientras se paraba junto a su hermano y de frente con los cuatro mortifagos restantes.

Detrás de ellos, Frank y Alice corrían junto con los chicos hacia la salida del subterráneo.

— ¡Cruccio! —Dijo uno de los mortifagos, lanzando la maldición a los gemelos que con un ágil movimiento de varita lo desviaron al mismo tiempo hacia otro de sus contrincantes, que, sorprendido por ver desviarse hacia él una maldición que se suponía no podía ser desviada, cayó retorciéndose de dolor.

Entonces, justo cuando Fabián y Gideon se disponían a lanzar un hechizo combinado de mocomurcielago al mortifago más cercano, un chorro de luz verde, que vino desde la varita del último de los jóvenes magos en salir del subterráneo, iluminó el túnel detrás de los gemelos e impactó en la espalda de Fabián, que con un pequeño gemido, cayó de rodillas y luego se desplomo en el suelo.

— ¡Fabián… nooo! —Gritó Gideon tirando a un lado su varita, olvidando que tenía a tres mortifagos delante, rápidamente llego a donde estaba tendido su hermano y lo tomo en sus brazos.

— ¡Avada Kedavra! —Dijo uno de los mortifagos, lanzando un mortal chorro de luz verde, aprovechando el descuido de Gideon, que cayó de espaldas sin vida aferrando el cuerpo de su hermano.

— ¡Vamos tras los otros! —Ordenó el mortifago que había lanzado la maldición asesina, y salió corriendo. Pero solo uno de sus compañeros lo siguió, el otro mortifago se quedó contemplando la triste escena, donde los gemelos yacían inertes en el suelo.

Al acercarse más, se percató de que uno de ellos seguía con vida, ya que la maldición asesina que recibió en la espalda, no había sido lo suficientemente poderosa como para acabar de inmediato con su vida, porque el maleficio había sido lanzado por un joven mago de cabello rubio y pajizo, que no tenía la edad suficiente como para realizar tan terrible hechizo.

Fabián, vio al mortifago acercarse y lo reconoció como el que les había ayudado a entrar. Una débil sonrisa se dibujó en su rostro.

—Di… di… le... a nuestra... prima Molly… que… la... amamos —Dijo Fabián con sus últimas fuerzas y cerró los ojos para siempre.

— ¡Ro…rodolphus! ¿Dónde estamos? —Preguntó una débil voz detrás de Rodolphus, que se encontraba pensativo, mirando hacia la oscuridad de la noche, en la entrada de una cueva iluminada por una pequeña fogata.

—Bella ¿Cómo te sientes? —Dijo Rodolphus, alejando unos tristes recuerdos de su mente y dirigiéndose rápidamente hacia una vieja cama improvisada, sobre la que descansaba Bellatrix Lestrange, envuelta en varias mantas.

— ¿Dónde estamos? ¿Qué hacemos en este lugar? —Preguntó nuevamente Bella mirando a su alrededor.

—Estamos en una cueva, en las montañas —Respondió Rodolphus tocando la frente de su esposa con la palma de la mano.

— ¿Por qué estamos aquí?

—Porque nuestro querido maestro, Lord Voldemort, firmó nuestras sentencias de muerte al fijar aquella reunión de mortifagos en nuestra casa.

— ¿¡Cómo te atreves a pronunciar su nombre! —Le increpó Bellatrix, levantándose bruscamente de la cama y enfrentándolo.

—Porque no tiene importancia, ahora que está muerto.

— ¡No vuelvas a decir eso nunca más Rodolphus! —Gritó Bella al tiempo que le daba una fuerte bofetada— Debo salir de aquí, debo ir en su búsqueda… debo encontrar a los malditos Longbottom y hacerlos pagar por esto —Intentó caminar hacia la entrada de la cueva pero las fuerzas la abandonaron y cayó.

Esta vez Rodolphus se contuvo de ir en su ayuda.

— ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —Preguntó intentando ponerse de pie.

—Un par de días —Respondió Rodolphus tocándose la mejilla donde Bellatrix lo había golpeado— ¿Sabes que esto es lo más cercano a una caricia que he recibido últimamente de tu parte ¿qué patético no?

— ¿Donde esta Rabastan? —Preguntó Bellatrix haciendo como que no escucho el comentario de su esposo.

—Fue en busca de provisiones.

—Necesitamos reunir a cuantos mortifagos podamos para...

—Ja Ja Ja —Rió Rodolphus amargamente— ¿Que acaso no los viste huir, como ratas que abandonan un barco condenado a hundirse, cuando la marca tenebrosa desapareció? y como las miserables ratas que son, si los atrapan no dudaran en revelar nuestros nombres al ministerio para salvar sus asquerosos pellejos, si es que no la han hecho ya.

—Debemos contactar a Lucius, Rosier y Dolohov... —Continúo diciendo Bellatrix, sin darle importancia a las palabras de su esposo, pero éste la interrumpió diciendo:

—Rosier está muerto, fue abatido por los aurores; Dolohov está bien escondido, gracias a tu pequeña soltada de lengua y Lucius... bueno, Lucius sabe cómo meterse al bolsillo a los del ministerio.

—Entonces contactaremos con los Carrow, Avery, Travers y Selwyn.

— ¿Que no entiendes lo que estoy diciendo? en estos momentos los aurores y todo el ministerio están cazando mortifagos como cazar mariposas... buena suerte con tu pequeño y suicida proyecto de rescate. —Dijo Rodolphus dándole la espalda.

Bellatrix miro a Rodolphus con cara suplicante y con grandes lágrimas que corrían por sus mejillas, cayó de rodillas ante él y tomándole las manos le dijo:

—Rodolphus, debes ayudarme a buscarlo, no está muerto, puedo sentirlo, tenemos que encontrarlo, no puedo hacerlo sola... te... te necesito.

Rodolphus miro a su esposa asombrado, era la primera vez que la veía suplicar por ayuda. Él hubiera dado su vida por cumplir todos los deseos de Bella, hubiera ido al fin del mundo con tal de poder estar a su lado, la amaba con tal fuerza y pasión que haría lo que fuera por ella.

Pero al igual que su amor por ella era tan grande, también lo era su odio por Voldemort. Su único deseo era ver a Voldemort destruido, había tenido incontables oportunidades para matarlo, pero no lo hizo por su amor a Bellatrix, porque sabía que ella sufriría y lo odiaría. Pero ahora que Voldemort estaba muerto, debía convencerla de que el gran señor tenebroso estaba acabado. Así que levantando a Bellatrix del suelo y con el recuerdo en su mente de un joven mago de cabello pajizo, lanzando un hechizo mortal a un amable auror pelirrojo dijo:

—Está bien Bella… te ayudaré.