- Lo siento – Fue lo único que salió por sus labios en unos minutos.
- ¿Lo sientes?
- Sí. No quería mentirte, yo… lo siento.
- ¿Lo sientes? ¿Realmente lo sientes?
- Sí.
- En estos momentos, si volvieras atrás y estuvieras de nuevo en el hospital, en este parque ¿Harías otra cosa? ¿Me lo dirías?
- Eh…
Esa pregunta no se la esperaba. Pero tampoco quería seguir mintiendo.
- No.
- Entonces no tienes que disculparte. Eso sí sería una mentira.
- Pero… yo no quería mentirte. Yo… si te digo que me acuerdo y luego… - paró unos segundos – no sé que responder.
- ¿Por qué me mentiste? ¿No confías en mí?
- Sí confío en ti. Lo único es que yo… no quería hacerte daño. Callar me pareció mejor que volver a recordar lo que pasó sobre la hierba y no saber qué decir. Incluso puede que lo dijeras por la conmoción del disparo. No se puede decir… eso cuando hay otras cosas en medio.
- ¿Crees que con eso me harías daño? ¿Qué no sabría esperar a que te aclarases? ¿Qué he estado haciendo hasta ahora?
- Yo…
- Es peor el hecho que me lo ocultases al motivo de por qué me lo ocultabas.
- ¿No estás enfadado?
- No he dicho eso.
- Pasaron varios turnos de los niños en los balancines cuando Castle volvió a hablar.
- Hace cuatro días dijiste…
- Dije muchas cosas. No todas las sentía de verdad.
- Dijiste que no querías empezar una relación con mentiras ni obstáculos entre medias.
- Eso sí es cierto.
- ¿Conmigo?
- Se hizo un largo silencio.
- Has salido con otros hombres. ¿Por qué no empezar algo conmigo?
- Porque con otros hombres… al final todos han desaparecido de mi vida. Ya sea porque se han ido de la ciudad, porque no era lo que buscaba o porque… han muerto. No… no quisiera que desaparecieras de mi vida. No sé qué siento realmente, no quiero falsas ilusiones o… embarcarme en algo que acabará en desastre para los dos, yo… no quiero hacerte daño.
- ¿Es por eso? ¿Porque no quieres hacerme daño?
- Sí. Quería protegerte… de mí.
- Y me has mentido para protegerme.
- Sí.
Una pelota se acercó botando a sus pies. Castle la cogió, se levantó buscando al dueño de la pelota y la lanzó al niño que le estaba haciendo señas.
- Ven.
- Salieron del parque y pidieron un taxi en dirección al departamento. Una vez dentro Beckett se quedó en la entrada y Castle dejó su chaqueta encima del respaldo de un sofá de camino al despacho.
- Pasa.
Entró al despacho tras él y tomó el asiento que él le ofrecía.
- Yo tampoco quiero mantener una relación con una mentira entre medias.
- Te lo he intentado explicar.
- No me refiero a esa mentira.
- ¿De qué hablas?
- Hablo de la mentira que tengo contra ti. Mejor dicho. No es mentira porque nunca me has preguntado. Es algo que te he ocultado y tampoco es justo que te lo oculte. Mereces el mismo trato que reclamo para mí.
- ¿De qué hablas?
- No puedo decirte mucho porque no tengo datos – Se levantó del asiento para ponerse un vaso de licor – me han dejado al margen, pero sé lo suficiente como para definir que te oculto algo.
- ¿De qué hablas?
- El capitán Montgomery – se sienta en su silla - tenía unos documentos que parece ser señala y compromete al responsable o responsables de lo de tu madre.
- ¿Qué?
- Esos documentos, antes de morir, se los envió a alguien de confianza. Durante los pocos días que tardó en enviarlos y el destinatario a recibirlos, el responsable pensaba que había aniquilado la única persona que podía desenmascararlo: el capitán. Es por eso que aunque nos dijo que se había asegurado que te mantendría a salvo atentaron contra ti. En esos días donde los documentos cambiaron de mano, fue cuando ocurrió lo del francotirador.
- ¿Qué?
- Cuando el destinatario recibió la documentación se encargó hacer saber al responsable que podía delatarlo. Hizo el mismo trato que el capitán, no lo delataría si no hacía nada en contra de nadie. El capitán dejó claro que tampoco debían tocarte a ti – tomó un sorbo – Pero eso sólo ocurriría si dejabas de investigar el caso y al responsable. Si ibas tras él, tomaría medidas; si te mantenías al margen, te dejaría en paz.
- ¿Qué?
Castle dejó unos minutos para que Beckett tomara conciencia de la bomba que le había dejado caer. Sentía que pasaba de incredulidad a ira, a sorpresa, a furia tan rápidamente como tardaba en desenfundar el arma.
En esos cuatro días Castle no sólo había estado pensando en su disputa del parque, había estado pensando en que él también tenía otro secreto tan grande o más que el de ella. Pero este secreto era el centro de su vida, era la clave por la que se regía el resto de sus acciones y él le había ocultado una vía por la que podría solventarlo. Tal como le dijo en el parque, si fuese un muro, con ese secreto estaba levantando el muro más alto, no la estaba ayudando a derribarlo. Se levantó de la silla paseando y mirando a todas partes sin poder fijarla en ninguna. No se creía que Castle le hubiese mentido de esa manera.
- ¿Desde cuando sabes esto?
- Te convencí para que declinaras durante un tiempo el caso de tu madre ¿verdad?
- ¿Qué? ¿Cómo has podido? – Cada vez su enfado era mayor - ¿Sabes lo importante que es para mí?
- Sí.
- ¿Te das cuenta?... ¿Te das cuenta que… necesito resolver esto?
- Sí.
- Si lo sabes… ¿por qué?
- Porque cuando volviste seguías tan… cerrada como antes del disparo. ¿Te acuerdas cómo asaltaste al jefe de bomberos? No puedes resolver esto de esa manera. Así sólo conseguirás que te maten.
- ¿Y qué?... ¿Acaso pretendes que me quede de brazos cruzados?
- … Sí.
- ¿Qué?
- Si es la única manera de mantenerte viva, sí.
- ¿Qué? – Su furia seguía aumentando - ¿Cómo te atreves a manejar mi vida? ¿Cómo te atreves a mentirme…
- Te he mentido – alzando la voz para igualarse a la de ella – para protegerte.
- ¿Qué?
- Después de lo que me has dicho en el parque, creía que ahora entenderías.
¿Qué?
- Llámame egoísta. Llámame lo que quieras. Te he mentido para protegerte… para protegerte del francotirador, para protegerte de ellos… para protegerte de ti. Si quieres resolverlo no puedes atacar de esa manera a los implicados. No quiero volver a ver cómo te matan… Pensé que ahora lo entenderías.
- No compares mi mentira con esto. No tiene ni punto de comparación.
- ¿Por qué no? Tu mentira es sobre esto – poniendo un dedo en su cabeza – lo que yo te he ocultado es sobre esto – cambió la posición del dedo a su pecho, ahí donde debería estar la entrada de la bala.
- Tú… - ahora se sentía frustrada – deberías habérmelo contado… Es mi vida.
- No tienes idea de la cantidad de veces que me he levantado por las mañanas y quería llamarte para contártelo. Que tenía tu teléfono marcado y no sabía que botón apretar, si el de llamada o el de cancelación. Que sentada en tu escritorio estaba pensando cómo decírtelo, cómo reaccionarías. Reprimiéndome cada vez, pensando una, sólo una razón para no hacerlo.
- ¿Por qué? – hacía rato notaba un nudo en su garganta, faltaba poco para que se desatase - ¿Por qué no lo dijiste?
- Porque cada mañana que quería llamarte – Se levantó quitó un cuadro descubriendo la caja fuerte del despacho – me obligaba a entrar aquí para recordar por qué no lo tenía que hacer.
Castle giró el tambor dentado de la caja fuerte con la combinación y accionó la palanca frontal, abrió la puerta unos pocos milímetros. Se alejó de la caja de seguridad sin abrirla por completo.
- Ese día lo tengo más que grabado. No sé cuantas veces he recordado todo lo que sucedió, ni las noches que he pasado en vela o las veces que me he despertado y he estado a punto de marcarte sólo para saber que estabas bien. Sé que no debía ocultártelo, no quería hacerte daño aunque cuando te enterases te lo haría. Te mentí para protegerte.
Beckett se acercó a la caja y la abrió por completo. Creía que encontraría un documento o algo similar con una amenaza de asesinato hacia ella o incluso hacia su familia. Pero encontró algo conocido, una prenda personal, alargó la mano lo cogió del interior y se lo mostró a Castle.
- Mi guante.
- Tu sangre.
Ya no aguantó más. Salió del despacho, se colgó la chaqueta del antebrazo y salió de su casa. Conforme se dirigía al ascensor retorcía ese guante ensangrentado en su puño. Lo notaba duro, acartonado y a cada apretón que daba sentía cómo se desprendía pequeñas escamas de sangre reseca, unas cayendo al suelo, otras adhiriéndose a sus dedos. Una vez dentro de la cabina del ascensor rompió a llorar amortiguando cada gemido con el guante recuperado.
Espero que os haya gustado
