Capítulo II
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Se miró frente al espejo de cuerpo completo, de arriba abajo, con tristeza. Se sentía tan simple, tan fea: con su pecho plano, sus piernas flacas y su horrible cabello rosa, que parecía algodón de azúcar de carnaval barato y que le hacía verse tan tonta. ¿Por qué rosa? El rosado era un color tan infantil y chillón. Lo peor de todo era su enorme frente, que parecía paradero de aviones de tan amplia que era. ¡Solo faltaban las señales!
Se sentía tan inconforme e insegura de su apariencia. Debía ser bastante obvio el por qué Sasuke la repudiaba. No era más que una molesta niña desagraciada y de voz chillona que lo fastidiaba a cada rato.
Quería desaparecer, perderse en el anonimato por completo, no resaltar para que jamás el mundo viera su fealdad; esconderse debajo de una gran roca y no salir hasta nuevo siglo.
Suspiró frustrada al ver la enorme montaña de ropa que tenia. Nada de lo que se ponía le llegaba a siquiera agradar un poco, odiaba todo su guardarropa. Todo era sumamente infantil, con holanes, rosa como su irritante cabello y de estampados o adornos aniñados como de Tinkerbell. Tendría que hacer un cambio lo antes posible. No quería seguir viéndose como una niñita insoportable, repelente y espantosa.
Exacerbada, tomó lo único que no le pareció infantil y absurdo del montón.
Hoy comenzaba su nuevo trabajo en "La tienda de lo extraño" con su terrorífico jefe. Daría lo mejor de sí, como en todo en que se proponía; el cien por ciento, se concentraría al máximo para olvidar.
Al recordar eso se calmó un poco y pensó en el lado positivo que tenía el laborar.
Su nuevo empleo le sentaba de maravilla, con un horario bastante cómodo. La paga no era la gran cosa. Era un sueldo base mínimo que planeaba poner en su cuanta de ahorros en el banco. Sus padres desde muy pequeña le inculcaron el valor del dinero y los beneficios del ahorro, era una chica algo avara y tacaña para su edad pero había un gran por qué para esto.
Su sueño era poder viajar al País de la Luna, el lugar más romántico de la tierra; era una isla con forma de luna creciente, con clima y playas tropicales perfectas para el amor.
Suspiró de forma soñadora al recordar el por qué estaba ahorrando con tanto ahínco.
Hace un par de años atrás, vio un gran documental sobre ese grandioso país que la había seducido por completo, haciéndole soñar despierta en varias ocasiones con ella y su gran amor paseando por la cálida playa al atardecer, tomados de la mano, profesándose amor eterno.
Así que comenzó a ahorrar para cuando llegara el momento.
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Su padre había firmado su permiso después de consultarlo vía telefónica con su ahora ex-esposa, dudoso.
—¿Y qué va a pasar con tu club? —inquirió como no queriendo, era muy malo tratado este tipo de temas de chicas y cosas de adolescentes.
Recordaba lo emocionada que estaba su hija al comenzar a formarlo a principios del año escolar, estaba muy consciente que a Sakura le gustaba Sasuke desde…al parecer desde siempre, ¿pero formar un club? Se le hizo algo exagerado pero su madre le apoyó diciendo que ya se le pasaría con el tiempo y que el chico en cuestión debería estar muy alagado por tener su propio club de fans.
—Lo dejaré.
La respuesta fue muy simple y rápida, con indiferencia que desconcertó a su padre.
—¿Es que ya no te gusta Sasuke? — tanteó indeciso, como no queriendo la cosa.
Sakura casi se atraganta con la galleta que tenía. ¡Qué clase de pregunta era esa! Por supuesto que le gustaba y con gran fervor pero, él le había dicho que ya estaba harto de ella y no quería verla.
Se deprimió al instante y decidió contarle la verdad o parte de ella.
—Sí me gusta mucho, pero creo que ya es momento de alejarme del club y esas cosas —la tristeza embargaba su voz.
Notó de inmediato lo decaída que se puso su hija al contestar y lo atribuyó erróneamente al sentimiento que se tiene de tener que avanzar y que dejar algunas cosas a un lado para poder seguir. Tal vez su niña estaba madurando más rápido de lo que hubiera querido y la nostalgia lo invadió de pronto, recordando cuando era una bebé dando los primeros pasos. Fue hasta ella y abrazó a su amada progenie.
El abrazo la tomó por completo desprevenida. No sabía que lo necesitaba con tanta desesperación desde hace un muy buen rato, necesitaba el contacto humano y el consuelo aunque fuera por los motivos equivocados. Se echo a llorar entre los brazos que la protegían de todo lo malo allá afuera y se dejó consolar.
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Llegó puntual a su nuevo trabajo. Ni un minuto más ni un minuto menos. No le gustaba la idea de llegar antes y tener que esperar parada enfrente de la tienda como una tonta, siendo observada por la gente que pasaba, preguntándose si la habían dejado plantada o no. Odiaba sentir las miradas de lástima que alguien pudiera regalarle, era demasiado humillante y ella tenía su orgullo.
Solo esperaba que su nuevo jefe fuera puntual.
Vio con alegría que la tienda estaba abierta y entró con paso seguro, aventurándose una vez más en "La tienda de lo extraño", como la había rebautizado con su jefe vampiro, rey del Inframundo.
—Niña, viniste —confirmó, saliendo de la trastienda, su nuevo jefe.
Frunció el ceño poniendo mala cara; era muy consciente de su apariencia infantil, no necesitaba que se lo recalcaran. ¡Cielos ya tenía quince años! No era una niña aunque su cuerpo se negara a sacar algunas curvas, qué a estas alturas debían de haber salido por muy minúsculas que fueran y eso le frustraba mucho.
—Sí, y no soy una niña —reclamó con los brazos en jarras sobre su cadera.
Sasori ni se inmutó por el reclamo, sólo la miró con detenimiento al tanto que se acercaba, parándose a un par de pasos de su nueva empleada.
—Tu pecho dice lo contrario —fue cruel al contestar, no le dio oportunidad alguna. Por completo letal, con sus ponzoñosas palabras inyectando su veneno, como hacía con todo y todos. La estaba probando, sino aguantaba esta pequeña estocada verbal no duraría mucho en aquel lugar.
Boqueó como un pez fuera del agua, sin poder creer el descaro de lo que había salido de la boca de ese ser frío, cruel y sin corazón. Su carácter fuerte y explosivo que trataba de contener, estaba a punto de salirse de control, pero respiró hondo.
—¿Ah, sí? Pues tú no eres nadie para decir eso —afirmó con aparente calma—. ¡Tú también tienes la apariencia de un niño! —lo señaló directamente con su poderoso dedo acusador para darle más énfasis— ¿Cuánto tienes? ¿Diecinueve, veinte? Eso no es mucha diferencia de edad.
—No, yo tengo treinta y cinco. A mi parecer, sí es una gran diferencia de edad —miró la mano que lo señalaba con descaro, sin respetar su posición superior, y supuso que ella duraría más que los anteriores empleados que habían ocupado su lugar.
Lo veía y no era capaz de creerle. Es que no era posible, la treintena no se le veía por ningún lado, debía ser una mentira. Volvió a mirar su rostro de piedra para ver si se estaba burlando de ella otra vez, pero no, lo decía muy enserio. Sus ojos miel no flaquearon en ningún momento.
—Mientes.
—¿Por qué mentiría? Es estúpido
Abrió la boca casi-casi hasta el suelo, llevándose la mano a ella para taparse y que no le entraran moscas. Entrecerró sus ojos y se acercó a analizarlo, buscando esos treinta y cinco años en algún lado.
—Debe ser un traga años o un vampiro, como siempre sospeché —murmuró para ella misma, imaginándose dormir a su jefe en una cámara criogénica, como se rumoraba con Michel Jackson o en un ataúd con tierra de Transilvania, como en esa película de Drácula con Keanu Reeves.
—Traga años, tal vez, pero vampiro en definitiva no. El sobrevivir alimentándome de sangre se me hace una idea repugnante, aunque admiro la idea de eternidad de los vampiros, eso si me atrae.
Se quedó de piedra al escuchar que le respondió, una vez más había abierto la boca cuando creía que sólo lo había pensado. Una muy mala maña que tenía y que la había metido en más problemas de los que quisiera. Lo bueno era que este su nuevo jefe no se lo tomó a mal, o eso aparentaba.
—Me gustan los vampiros de la época del Romanticismo, que es cuando llegaron a su máximo esplendor y se convirtieron en la cara de todo lo que representaba. Lo irreal, la insatisfacción por un mundo limitado, lo misterioso, lo oscuro de la naturaleza humana, lo inalcanzable…
—El amor imposible —dijo con pena y un fuerte retorcijón en el estomago al pensar en Sasuke. Nunca le había gustado la idea del romanticismo literario, casi todo terminaba en una gran tragedia. Ni siquiera le gustaba el libro de Drácula; el pobre ni salía, era como un mito nada más. Sé decía que alguien lo había visto pero nunca se mostraba en realidad, era como el mito urbano de los cocodrilos que viven en las alcantarillas. En lo personal, prefería la película Coppola, pero esa era su opinión.
—¡Exacto! Veo que no eres una chica tonta que no sabe de lo que estoy hablando. La mayoría de las chicas de tu edad tienen una idea muy equivocada de lo que es el romanticismo de esa época; en eso se basan la mayoría de mis diseños —decía mientras señalaba su parte de la tienda e iba explicando de qué se trataban sus labores en el lugar.
Por lo que entendió, la tienda era de él y el otro rubio punk escandaloso; sin embargo, cada quien tenía su propia marca y manejaban diferentes líneas de ropa, así como estilo y tendencia para sus creaciones. Nada tenían que ver el uno del otro en cuanto a diseño y aún así trabajaban juntos como un equipo. Sasori era el que organizaba y Deidara el que ejecutaba. Eran una maquina de trabajo imparable bien lubricada y lista para echarse a andar cuando se lo proponían.
Su trabajo sería a grandes rasgos encargarse de la tienda, asegurarse que todo esté en orden, limpio y —lo más importante— atender a los clientes. Mientras Sasori trabajaba en quién sabe qué cosas en su oficina, arriba de la tienda.
Trabajaría de martes a domingo, medio tiempo entre semana y tiempo completo el fin de semana, que era cuando más iba a trabajar —le comento su jefe—, ya que de martes a viernes las cosas iban relativamente tranquilas. Los lunes la tienda cerraba, descansaría ese día. Estas primeras semanas de trabajo, Sasori la supervisaría personalmente. En resumen, tendría el ojo puesto sobre ella todo el tiempo, diciéndole lo que tiene que hacer y cómo; más una cuantas de reglas:
—Siempre te deberás presentar con el atuendo indicado. No puedo permitir que nuestros clientes te vean con esas fachas de mal gusto —su cabeza se movía de derecha a izquierda, desaprobando por completo su ropa.
—¿Qué tiene de malo mi ropa? —no entendía qué había de malo en sus jeans azules y su camiseta roja. Era lo único que medio le gustó en la mañana, cuando se vio al espejo. No tenía nada de estampados infantiles y, además, el color rojo le gustaba mucho.
—Para empezar, te queda muy grande. Con esa camiseta pareces un costal de papas, no tienes forma ni gracia. Los pantalones están tan viejos que dan lastima, hacen que tu trasero se vea escurrido, eres muy joven para tener ese tipo de problemas aún —declaró con tono profesional y analítico, mientras Sakura se tapaba su retaguardia con pudor— y ni qué decir de esos tenis. Esas ropas están bien para que estés en tu casa, haciendo el quehacer, pero aquí no. Eres una señorita que está trabajando en una tienda de ropa exclusiva, la presentación que das dice mucho del lugar donde estas trabajando. Esta tienda tiene una reputación que mantener.
Calló un momento, analizándola con ojo crítico. Caminó a su alrededor, tomando nota metal de que lo necesitaba su nueva empleada.
—Tienes una silueta tipo A: hombros estrechos, cintura y senos pequeños, pero de caderas anchas y bien definidas; trasero firme y redondo, piernas largas, al igual que el tronco. Mmm... —meditó con la mano en la barbilla, visualizando lo que le iba mejor— parece que no tienes cuerpo tan de niña como creía, con esta ropa las primeras impresiones me engañaron. Si te vistes de la manera correcta aparentaras tú edad.
—¿En serio? —la esperanza nació en su interior. Ya estaba harta de ser llamada niña.
—Entra al probador, te pasaré algunas prendas.
Se metió enseguida y esperó a que le pasara la ropa con impaciencia.
Lo elegido fue una camiseta con cuello de ojal, de manga tres cuartos en color crema de fondo, con encaje rosa pastel encima; unos leggins verde claro y una minifalda negra de pana muy delgada.
Se vio al espejo, admirada con las prendas.
"Es sorprendente lo que puede cambiar uno con la ropa", pensó sorprendida, al no verse de unos trece tirándole a los catorce, sino de quince tirándole a los dieciséis, como siempre tenía que aclarar.
Salió sintiéndose una Sakura nueva del probador, más segura, más femenina y más bonita.
—Bien, ya estas mucho más presentable, pero hay que hacer algo con esos tenis tan feos. Mi sugerencia es que los tires a la basura cuanto antes.
Sakura sabía que eran muy feos, parecían bolillos. Su padre se los había regalado con mucha ilusión, pensando que eran lindos y se los ponía de vez en cuando para darle el gusto. Nada le costaba.
—Supongo que no los tirarás como te he sugerido amablemente, ¿verdad? —dedujo al verla indecisa, observando el suelo— Esta bien, sólo no vuelvas a usar esas cosas en este lugar, anótalo como una regla de oro, ¿ok?
Afirmó en silencio, con la cabeza todavía mirando el piso.
—Toma éstas, son de muestra. Las cuidas mucho y mañana me las devuelves, la ropa te la cobraré de tu sueldo a plazos fijos, sin intereses. Sólo porque eres empleada, pero no esperes un descuento, eres nueva aquí —sentenció, extendiéndole una caja de cartón.
Cogió la caja y abrió la tapa para encontrarse con unas muy bellas zapatillas de piso, forradas con satín negro y moños de encaje adornándolas. Sé quitó sus tenis junto con los calcetines de care bears con estrellitas y arcoiris que traía, haciéndolos una bolita para guardarlos y luego pasó a ponerse los zapatos.
—Parece que te quedan un poco grandes, rellénalas de papel para que no sé te caigan.
Estudió con detenimiento el adorno de sus calcetines, pensando que ya estaba algo grandecita para llevar algo así. Se notaba que por más que no le gustaba que le digieran niña, aún lo era.
Una vez solucionado todo el asunto de los zapatos, estaba lista para seguir escuchando las normas del cómo debía vestir.
—Tú atractivo son tus piernas largas y tú trasero. ¡Úsalos! —soltó con descaro, haciendo sonrojar a Sakura— Debes usar escotes rectos y cuellos amplios. Evita adornar tu cintura y cadera con algún cinturón decorado que llame la atención, tus piernas y caderas ya llaman solas la atención. Adorna lo de arriba, que es donde hace falta —dijo mirando su pecho casi plano, haciendo que la susodicha se tapara recelosa—. Usa holanes o algún adorno, como collares. Y hablando de collares... —murmuró buscando algo entre sus cosas, por el área de la caja registradora, en la parte de los estantes de abajo.
Sacó un largo collar de perlas verdes de fantasía, que le extendió a la chica.
—Ten, póntelo; enróllalo unas dos veces para que quede bien —comentó en tanto la veía ponerse el adorno—. Eso también te lo cobraré —advirtió, contemplando como es que "la niña" se enredaba con torpeza extrema el collar.
Era en momentos como ese —cuando podía ver transformada a un ser en otra cosa por completo—, que sabía con total certeza que este era su trabajo ideal.
Hace unos instantes atrás esa pequeña era una niña desgarbada, sin nada personalidad, con ropa de la buena, pero que no le iban para nada; haciéndola parecer menor y sin chiste alguno. Ahora era una joven señorita con personalidad y hasta guapa para los chicos de su edad.
Viéndola bien, no era fea, sólo necesitaba una pulidita y se notaría que tenía un carácter fuerte a la vez que servicial. Una extraña combinación. Tal vez sea porque aún es pequeña y no se define por completo, terminó pensando.
El tiempo voló rápido instruyendo a la "niña" ya no tan "niña", en sus labores las primeras horas de trabajo. En cualquier momento aparecería su explosivo compañero para suplirlo.
Y como caído del Cielo —o mejor dicho del Infierno—, llegó con su cacharro infernal, como él denominaba con «cariño» y el otro llamaba motocicleta, que cada dos por tres echaba alguna explosión, anunciando que su dueño había aparcado.
De costumbre, entró haciendo su escandalosa entrada con su habitual frase:
—¡Sasori, ya llegué! —clamando como siempre hacía para llamar su atención.
"¡Oh! La pareja punk de mi terrorífico y casi vampiro jefe por fin ha hecho su aparición" pensó Sakura mientras se asomaba curiosa, dentro los vestidores que limpiaba.
Parado frente a la entraba, Deidara observó una mata de de pelo rosado que llamó su atención, alegrándolo.
—¡Rosadita, volviste!
Sakura miró a su alrededor, preguntándose si es que era a ella a quien había llamado o no. Se señaló con el dedo, viendo a su jefe vampiro, como ahora lo apodaba, cuestionándolo en silencio si había entendido bien.
—Sí, te llamó a ti —confirmó.
"¡Genial!, ahora soy «Rosadita»"el sarcasmo salió a relucir en su mente disgustada. Ese apodo le recordaba a las pompis rosadas de un bebé o algo así. No le gustó para nada esa imagen que le daba a entender este nuevo apodo. Salió del probador que estaba aseando, con actitud decidida. Tenía que despachar ese horrendo apodo cuanto antes. Sabía por experiencia que una vez dado un apodo, se olvidaba con dificultad y se te quedaba, si no es que de por vida, sí un muy buen rato y no quería eso. Tenía que pararlo antes de que se acostumbrara y fuera demasiado tarde para detenerlo.
—Me alegra que regresaras, me encanta el color de tu cabello, es genial —admirado, contempló el cabello que tanto había llamado su atención.
La desarmó por completo. Nadie jamás le había dicho algo así; sólo sus padres le habían dicho que era lindo pero, ¡rayos!, eran sus padres, la querían como fuera, así que aunque apreciaba su opinión no valía mucho. Que un desconocido se lo digiera era otra cosa y la timidez afloró.
La escena que observaba le resultó de alguna manera graciosa: primero estaba ella, dispuesta a despedazar a su compañero de ser preciso si la seguía llamado «Rosadita» y ahora, con un simple cumplido, totalmente desarmada y hasta tímida y dócil. Era una niña muy voluble, si no es que hasta bipolar o algo por el estilo. Una extraña criatura en su opinión.
—Ese conjunto te queda muy bien, me complace dar la bienvenida a una nueva cliente —mencionó Deidara, haciendo que Sakura se sonrojara y moviera su cuerpo de derecha a izquierda en el mismo lugar de forma entre coqueta e infantil, mirando el suelo con algo de vergüenza.
—No es cliente, es nuestra nueva empleada —intervino Sasori rodando los ojos, harto de ver toda esta tontería.
Abrió su boca formando una «O» enorme, con fascinación. Normalmente era él quien contrataba porque a Sasori le fastidiaba hacerlo; eso de entrevistar y capacitar al nuevo personal lo irritaba a niveles insospechados.
—Y esa ropa es de la nuestra, ¿no? —comentó con duda, volviéndola a ver para asegurarse.
—Sí, tuve que dárselas porque sus prendas anteriores eran inaceptables —respondió, sereno—: Zara.
Deidara asintió en silencio, comprendiendo todo al instante.
—¿Eh?... Disculpen mi ignorancia pero, ¿qué tiene de malo Zara? —comentó Sakura sin entender que crimen había cometido.
Ambos diseñadores a la vez volteando a verla con pesar.
—Buenos diseños, pésima calidad —las voces de ambos contestaron al mismo tiempo.
Al ver que su pequeña empleada no comprendía y que Sasori estaba un poco harto, Deidara continúo con su explicación.
—Verás, sólo te saca del paso, ¿sabes?, uhm. Sus prendas tienen unos diseños fabulosos, los cuales, por cierto, son la gran mayoría clonaciones de las grandes pasarelas. Y se ven bien en los maniquís, pero tienen una calidad francamente fatal. Malos cortes y mala hechura. Son prendas de «úsese y tírese» en la mayoría de los casos. En poco tiempo pierden su forma y se ven fatal, por eso es tan barata.
—Vaya, no tenía idea —meneó la cabeza.
"No cabe duda de que todos los días se aprende algo nuevo", pensó interesada y que tal vez le comentaría eso a Ino, ya que ella era una tipo de gurú de la moda en el club de corte y confección de la escuela, del cual era una muy apasionada miembro.
—Y por eso es bueno que estés en este lugar, y métete en la cabeza que: ¡La moda es una explosión de sentidos! —clamó con fuego en los ojos, agitando los brazos a lo alto, simulando una gran explosión, emocionado.
Ya iba otra vez son su lema, su blondo y estrambótico compañero. Sasori se llevó las manos a sus oídos para tratar de aminorar un poco el escándalo que muy probablemente le causaría migraña si seguía.
—¡Vamos, dilo conmigo! —exaltado, la animaba para que lo acompañara con su lema.
—Ay no, me da pena —una gran sonrisa acompañó la respuesta, como no queriendo.
No quería que el condenado ruido siguiera y menos verla a ella gritar con él tonterías como esa, o se convertiría en una tortura del medievo para sus sensibles oídos con semejante alboroto de tal mal gusto.
—¡Deidara! —llamó enojado— ¿Cuántas veces tengo que decirte que no estamos en un antro de esos a los que acostumbras para hacer semejante griterío? Esta es una tienda —indicó con ambas manos para dar un mayor énfasis a su regaño—.Y no le enseñes mala mañas a la chica, después no se le van a quitar. ¿Qué no vez que aún es joven e influenciable? —terminó su sermón con los brazos en jarras y el ceño fruncido, visiblemente molesto cual padre regañón y severo que no admitía mas replicas de sus niños.
Solo le falta gritar «¡Y a tú habitación, estas castigado!». Odiaba tener que comportarse de forma tan estricta e implacable, pero alguien tenía que imponer el orden, ya que Deidara se comportaba como un niño cuando se ponía en ese estado y no pensaba en las posibles consecuencias de sus acciones hasta que era demasiado tarde.
Deidara tragó pesado y Sakura tomó una muy sabia decisión y se alejo unos cuantos pasos, escabulléndose a terminar de limpiar los vestidores que le faltaban.
"No vaya ser la de malas y me toque recibir fuego cruzado", se fue de puntitas sin hacer ruido.
—Traidora, me dejas morir solo —murmuró entre dientes cuando la vio alejarse a refugiarse en los probadores, lejos del campo de batalla. Bueno, en realidad no la culpaba del todo, cuando Sasori se enojaba de verdad daba bastante miedo y tenía formas muy retorcidas de castigar a los empleados cuando se lo proponia, por eso no duraban mucho trabajando por allí.
Ahora era el momento ideal de usar la táctica del «¿Yo qué hice?» y fingir inocencia hasta que se demuestre lo contrario. Tenía que dejarlo correr, hasta que el enojo se le pasara.
Sonrió de lado y encogió lo hombros dándose un aspecto completamente cándido, simple.
Sasori negó una vez más con la cabeza, preguntándose por qué demonios tenía a Deidara como compañero.
—Por que soy el único que te aguanta y hacemos un gran equipo —contestó alegre.
Si se impresionó o no por a ver dicho esa pregunta en voz alta, no lo demostró. Se mostró indiferente con la respuesta dada.
—Me voy —anunció, poniéndose su chaqueta de cachemira con elegancia—. Encárgate de imprimir su gafete de empleada para mañana.
—Claro, ¿cómo se llama? —dijo distraído, buscando los papeles de ingreso de «la Rosadita».
Su compañero lo meditó unos momentos tratando de acordarse.
—Sakura…algo. No sé, revisa su registro —finalizó antes de salir de la tienda para irse a su casa a descansar.
Cuando Deidara por fin logró dar con los dichosos formularios de la nueva empleada-Rosadita, vio que en efecto se llamaba Sakura, tal y como mencionó Sasori antes de partir. Sé le hizo un poco extraño ese pequeño incidente, pues con normalidad él no se acordaba del nombre de ninguno de los chicos que habían tomado el trabajo anteriormente.
"Tal vez es buen augurio de que ella dudará. Porque con el carácter que carga Sasori la gran mayoría prefiere renunciar antes de que él mismo los despida porque, según en sus palabras, eran: unos completos mentecatos incompetentes con una nula capacidad de trabajar en la tienda."
Al pensar eso se alegró, tenía una buena corazonada sobre esto.
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Su primer fin de semana de trabajo fue muy interesante a la vez que agotador. Estuvo muy ocupada limpiando en esos dos días que ni se acordó de los problemas que la llevaron a ese lugar en primer lugar. Su segundo jefe, Bom-Bom, como le había apodado por su explosiva personalidad, era mucho más relajado en comparación a su otro jefe vampiro y, claro, menos aterrador; más no por ello menos exigente y absorbente.
Conoció algunos de sus clientes habituales.
El primero fue un sujeto en extremo alto, que parecía un terrible y feroz tiburón. Jamás había visto algo así, el tipo era uno de esos que modifican su cuerpo de tal forma que consiguen emular a un animal. Con franqueza, era un poco perturbador y le aterró en un principio el verlo, sobre todo el tono azulado de su piel. Bom-bom le había dicho ese día: «Eso es amor al arte».
Según le había dicho, era un performance muy conocido que trabajaba sobre su propio cuerpo. Su estilo de vida era demasiado extremo; eso cambiaba por completo su visión del arte y sus muchos estilos. Caravaggio y van Gogh era sujetos muy normales de pronto.
Vio con interés como es que Deidara le tomaba las medidas para un nuevo traje a su medida. Con sus características físicas, era bastante obvio que su ropa era por encargo. El sujeto era enorme y muy fuerte, se notaba el ejercicio.
Después vino una pareja que en apariencia era normal, o eso pensaba Sakura hasta que vio la increíble cantidad de piercing que traía el chico; parecía alfiletero con tanta perforación en la cara. Su novia era más normal y mucho más discreta con sus perforados. Estaban en lugares visiblemente estratégicos, pero aún así tenía varios: uno en la boca, otro en la lengua, nueve repartidos a lo largo de ambas orejas y un último en su ombligo. La chica se llevó un par de vestidos, su pareja sólo miró con semblante serio pagando lo que eligió.
Y el último fue el más raro y perturbarte de todos, que era un especie de fanático religioso que sólo se la pasaba maldiciendo y jurando por un tal Jashin. En su vida había escuchado tantas maldiciones y groserías juntas. Ese día aprendió muchas nuevas combinaciones y palabrotas que ni sabía que existían. Aunque por extraño que pareciera, fue el que más fácil fue de convencer para que comprara. ¡Todo lo que se probó se lo llevó! Y es que, claro, todo se le veía muy bien y sólo tenía que confirmarle lo que ya sabía para que se lo llevara. El sujeto era muy guapo, era una verdadera lástima que estuviera loco y eso en este lugar era decir mucho.
Bom-bom la felicito por su gran venta: tres trajes completos con todo y camisas, tres corbatas, dos pantalones casuales y cinco camisetas. A ese hombre sí que le gustaba la ropa porque prometió volver por más en cuanto Jashin se lo permitiera.
El resto de los clientes de ese fin de semana no tuvieron nada en particular que destacar, la mayoría eran mirones curiosos que pasaban por casualidad y en ocasiones compraban algo.
Su jefe vampiro no volvió el resto del sábado ni el domingo, suponía que el martes lo volvería a ver en la tarde.
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N/A: Bueno aquí está el segundo capítulo corregido. Espero que les guste y ya seben todo tomatazo o flor es bien resivido. Gracias por leer.
