DISCLAIMER: Bones y sus personajes pertenecen a Hart Hanson, Stephen Nathan, Kathy Reichs y la cadena FOX. Desgraciadamente no soy ninguno de los cuatro. Sino ya se habría estrenado la octava temporada en España. No intento violar las leyes de copyright ni recibo nada por escribir esto. Lo hago por simple diversión.

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-Cada uno tiene su ideal de fin de semana, Booth.

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Chapter 3

Todas las chicas tenemos una mejor amiga. Algunas dirán que no es verdad, que ellas tienen un grupo de mejores amigas. Dos mejores amigas, tres, o más. Es cierto. Es cierto que siempre saldréis juntas, siempre cotillearéis juntas, nunca os separaran. Pero aun así, habrá una, y sólo una, a la que le contarás todos tus secretos, sin miedo. La que te preguntará cosas absurdas, o tu a ella, sin miedo a meter la pata. La que se reirá de tus caídas, pero al mismo tiempo la que te ayudará a levantarte. La que te hará bromas pesadas, pero al mismo tiempo la que siempre estará a tu lado.

Esa es tu mejor amiga. Tu amiga de verdad.

Y Ángela Montenegro era la mejor amiga de Temperance Brennan. Cotilla, graciosa, bromista, con un don de gentes impresionante... Todo al contrario de Brennan.

Desde que Ángela vio al más sexy agente del FBI y la antropóloga forense más guapa del continente trabajando juntos, supo enseguida que aquellos dos estaban hechos el uno para el otro.

Eran tan distintos, y a la vez tan iguales. Los dos habían tenido una infancia difícil, pero cada uno hasta una edad. Por suerte para el agente, su vida mejoró cuando se marchó a vivir con su abuelo, y por desgracia para ella, su vida empeoró cuando se marcharon sus padres.

Qué ironía la vida, ¿verdad?

-Cariño, tienes que contarme tantas cosas... –la voz de su amiga la sacó de sus pensamientos-. Y dime... ¿qué tal es en la cama? –dijo con una mirada cotilla.

-¡Por dios, estoy aquí! ¡Todos estamos aquí! –Booth se estaba desesperando. La mujer que amaba y su amiga no habían entrado en el despacho y la segunda ya hacía preguntas indiscretas.

-Es verdad, mejor me lo cuentas dentro –dijo la artista mientras arrastraba a Brennan a su despacho.

-Tiembla, amigo, tiembla –dijo Hodgins riendo.

-Sí, Ángela es capaz de todo... –añadió Cam, también riendo a carcajadas.

-Si os pasara a vosotros no os haría tanta gracia...

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Tan solo entrar en el despacho, Ángela disparó su metralleta de preguntas:

-¿Cómo sucedió? ¿Has pasado todo el fin de semana con él? ¿Quién de los dos se lo dijo al otro? ¿Os habéis acostado, verdad? ¿Es bueno en la cama? ¿Cómo está desnudo?

-¡Ángela! –hasta la doctora Brennan encontraba eso escandaloso.

-¿Qué? –la artista tenía una sonrisa en la cara más brillante que el sol-. Las dos sabemos que vestido está como un queso, pero desnudo...

-Dios mío...

-Vamos, soy tu mejor amiga, tienes que contármelo –dijo ella con cara de corderito.

Sorprendentemente, logró convencer a la hiperacional Temperance Brennan.

-Después del entierro, cuando ya os habíais ido...

-¿Os besasteis?

-No, le acompañé a casa. Y...

-¿Te besó?

-No, yo le besé.

-¿Y entrasteis en su casa y directos al cuarto? –la artista estaba alucinando.

-No, me paró.

-¡¿Qué?! –su amiga perdió la sonrisa-. ¿Cómo que te paró?

-Hablamos, y...

-¿Y entrasteis en su casa y directos al cuarto? –repitió, de nuevo con su sonrisa.

-No, me besó, y...

-¿Y entrasteis...? –la artista iba camino de repetir por tercera vez la misma pregunta cuando su amiga la interrumpió.

-¡No! –la interrumpió Brennan-. Déjame terminar, por dios. Nos besamos y la señora Ross nos pilló.

-¿Quién es la señora Ross?

-Su vecina anciana.

La artista se puso a reír a carcajadas.

-¿Qué pasa?

-Me imagino a una anciana pillando a su querido vecino comiéndose a su compañera.

-No me estaba comiendo... –empezó una explicación científica.

-Lo sé, lo sé, es una forma de hablar.

-En resumen, entramos a su casa, nos besamos, y... –una sonrisa satisfecha la delató.

-¡Ay dios! ¿Lo hicisteis más de una vez?

-Sí...

-¡Ah! ¿Y cuántos orgasmos por vez?

-Eso sí que no.

-Vamos, cariño...

-No.

-Oh, venga...

La antropóloga supo que esta vez no podría escapar. Suspirando, añadió:

-Está bien... Cuatro.

-¡Oh dios mío! Supongo que esto responde a mi pregunta de si es bueno en la cama...

La antropóloga solo sonrió.

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El grito se escuchó por todo el Jeffersonian.

-Llevan media hora allí dentro... ¿Qué estarán diciendo? –dijo Booth mirando al despacho de Ángela desde la plataforma, donde estaba con Cam y Hodgins.

-Creo que no quieres saberlo, amigo…

-¡Por dios! ¿Quién ha gritado así? –dijo Sweets subiendo a la plataforma mientras se frotaba los oídos.

-Ah... No lo sé... Alguien de por aquí –dijo un Booth claramente nervioso. No había hablado con Brennan de si se lo dirían al FBI y al Jeffersonian. Ahora la jefa de ella ya lo sabía, pero a Sweets... ¿Debía decírselo? ¿O sólo conseguiría que su Huesos se enfadara con él?

-¿Le ocurre algo, agente Booth? –dijo el joven psicólogo con perspicacia.

-Pues claro que no, claro que no... Todo está bajo control.

-Si no le ocurre nada, ¿qué es lo que está bajo control? –preguntó Sweets, con una sonrisa triunfal en la cara.

Booth se pasó nerviosamente la mano por el pelo.

-Dios, es bueno... –soltó Cam.

-Pues sí... –Hodgins estaba igual de impresionado que la patóloga.

-No ayudáis mucho, ¿sabéis? –dijo Booth con una mirada asesina hacia sus dos amigos y compañeros.

-¿No ayudan mucho en qué?

-En que... –el cerebro de Booth iba a mil por hora pensando una excusa-. En que tienen que concentrarse en el nuevo caso, si no lo hacen no me van a ayudar mucho a encontrar el asesino... –dijo con un tono que pretendía no dejar lugar a dudas, pero que sí lo hacía.

Sweets iba a replicar con una ceja alzada a la bola que le había intentado colar el agente cuando otro gritó se escuchó.

-¡Booth! –Ángela salió corriendo de su despacho-. Oh, dios, ahora sé muchas más cosas sobre ti... Y sobre tu querida doctorcita, o mejor dicho, novia –dijo con una sonrisa pícara.

-¿Qué? –Sweets alucinaba con lo que acababa de escuchar.

-¡Ángela! –gritó Booth. Esa situación ya no se podía salvar, por mucho que lo intentara.

-¡Oh dios! ¿Sois pareja? ¡Sois pareja! –añadió el joven psicólogo con una sonrisa enorme.

Brennan acababa de llegar, justo para oír el último comentario de Sweets.

-¡Booth! ¡¿Se... Se lo has dicho?! –dijo ella, aún más nerviosa, si eso era posible, que él.

-Supongo que eso lo confirma... –comentó Sweets, más para sí mismo que para la resta de los presentes.

-No, no, yo... -¿cómo podía explicarle que él no había colaborado a darle esa información a su psicólogo?-. Ha sido Ángela –acusó a su amiga señalándola con un dedo. Parecía un niño pequeño intentando que su maestra no le regañara.

Brennan dirigió una mirada asesina a la artista.

-Yo lo siento, no sabía que él estaba aquí, pero... –empezó Ángela.

-Más vale que te calles, Angie –dijo Brennan claramente enfadada.

-¿Sabías que mientes muy mal para ser poli? –dijo Sweets a Booth, increíblemente divertido.

-Lo que me faltaba, ahora el otro comentando lo bien que hago mi trabajo –dijo el agente con amargura.

-En realidad ha dicho que... –empezó Brennan.

-Sarcasmo, Huesos, sarcasmo.

-Ah.

Hubo un momento de silencio. Eso era muy extraño, en todo ese día no había habido silencio en el laboratorio. Ángela lo había puesto muy difícil.

-¿Cuándo pensabais decírmelo? –preguntó Sweets al final-. Al fin y al cabo, de alguna manera represento al FBI, así que teníais que contármelo...

-Entonces, como ya te has enterado, podemos seguir trabajando juntos, ¿verdad? –preguntó Brennan ansiosa.

-¿No lo estáis haciendo, doctora Brennan?

Y con esa frase a modo de despedida, Lance Sweets abandonó el laboratorio.

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El martes por la mañana Max Keenan se levantó muy temprano. El día anterior había recibido una llamada del mayor de sus hijos diciéndole que su hermana los había invitado a los dos a cenar a su casa. Max supuso que se debía a haber cancelado la comida del sábado.

Sin embargo, esa llamada le puso de buen humor. Hacía mucho que no veía a sus hijos, sobre todo a la pequeña.

Su pequeña Tempe, que le recordaba tanto a su madre... Estaba convencido que la cena era para decirle que estaba con el agente Booth. Al fin. Booth le caía bien. Es verdad que había intentado detenerle en muchas ocasiones, pero era un buen hombre. Se notaba a kilómetros que estaba profundamente enamorado de la famosa doctora y antropóloga, y que desde luego mataría sin dudarlo un segundo a cualquiera que quisiera hacerle daño.

Ya eran dos.

Le alegraba saber que había otro hombre dispuesto a hacer lo que fuera por la científica.

La científica. Sonrió pensando como desde pocos años la pequeña Temperance ya había manifestado su interés por la ciencia. La mayoría de niñas en su edad soñaban en ser princesas, pero ella no. Ella soñaba en ser una gran científica. Y lo había conseguido.

Le supo muy mal tener que abandonar a su pequeña y su hermano. Pero lo hizo por ellos, para salvarlos. Si les hubiese llegado a ocurrir algo...

Prefería ni pensarlo. Aunque con su adorada Ruth había ocurrido.

Se dio una ducha rápida, se vistió y esperó pacientemente a que llegara la hora acordada.

Cuando por fin se hizo de noche, se encaminó hacia el apartamento de su hija.

Prefirió ir andando, Washington es realmente bonita bajo las estrellas. A pocas calles de la casa de su hija, se encontró con una mujer morena y su marido. La mujer era muy guapa, de largo cabello oscuro y ojos orientales. Su marido tenía el cabello rizado de color claro y unos profundos ojos azules. Max los reconoció en seguida. Eran la mejor amiga y compañera de su hija y un doctor que también trabajaba con ella, que si no recordaba mal se llamaba Hodgins.

-¡Max!

-Hola, Ángela. ¿También vais a casa de Temperance?

-Sí –contestó el hombre-. No sé si se acuerda de mi, soy Hodgins.

-Pues claro que sí, el de los bichos.

-El mismo –dijo el otro con una sonrisa.

Así que los tres continuaron el camino hacia la casa de la doctora.

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Mientras tanto, en la cocina de un apartamento una pareja cocinaba. El hombre era alto, fuerte y desde luego atractivo. Tenía el pelo negro y vestía una camisa azul con unos pantalones negros. Nada de traje, vestido de calle. La mujer tenía el pelo liso y castaño, pero lo que más destacaba de ella eran sus ojos grandes y azules, los culpables de que su compañero se enamorara de ella desde el primer instante en que cruzaron sus miradas.

-Booth, deja de comer lo que hago y ayúdame –le suplicó la mujer.

-Pero tengo hambre, Huesos –le respondió el hombre.

-Ya comerás cuando llegue mi padre.

-Pero tengo hambre ahora... –y al ver esos grandes ojos azules mirándolo decidió cambiar de táctica-. Además, tu padre tardará en llegar... ¿Y si vamos haciendo nosotros el aperitivo y ya comeremos luego? –dijo con un tono que derretiría a cualquier mujer, al mismo tiempo que la abrazaba por la cintura desde detrás.

-M... Me pa-parece una bu-bu-buena ide... ¡oh! –gimió con la respiración entrecortada por los besos que estaba recibiendo desde detrás en su cuello.

Sólo pronunciar esas palabras el agente la giró y la besó con pasión. Los dedos de la doctora bajaron de su nuca a su pecho, donde empezaron a desabrochar con habilidad los botones de la camisa. Las manos de él abandonaron su pelo para meterse debajo de la blusa y poco a poco ir quitándosela, haciendo lo mismo con su pantalón. Cuando ya ninguno de los dos tenía nada puesto, el agente la subió a la encimera, acariciando y lamiendo sus preciosos pechos. Ninguno de los dos podía más. El agente estaba a punto de entrar en ella cuando sonó el timbre.

-¿Enserio? –exclamó molesto Booth.

La antropóloga saltó hábilmente de la encimera y mientras se volvía a vestir gritó:

-¡Ya voy!

Mientras, el agente ya se había abrochado la camisa e intentaba volver a ponerse en los pantalones esa dolorosa erección.

Cuando por fin estuvieron listos, después de tres toques más y tres gritos más de Brennan, y el agente tuvo que ir al baño para terminar de vestirse, la doctora abrió la puerta.

-Hola cariño –la saludó su amiga con un beso en la mejilla.

-Hola Ángela. Papá, Russ, Hodgins.

-¿Y Booth? –soltó Hodgins de repente.

-Aquí estoy –dijo el agente saliendo del baño.

A la artista no se le escapó el hecho de que los dos tuvieran las mejillas acaloradas, de que su amiga estaba un poco despeinada y de que habían tardado mucho en abrir. Además de que, con los pantalones que llevaba no se notaba mucho, pero sí se veía un impresionante bulto en la parte baja de la cadera del agente. Por fortuna de él, sólo se fijó Ángela.

-Aún estoy terminando de cocinar –dijo la antropóloga.

-Yo te ayudo –dijo Ángela enseguida. No desaprovecharía esa oportunidad. Las cosas que tenía que preguntarle no se podían hacer delante de su padre y su hermano. Porque seguramente los dos le partirían la cabeza al pobre Booth.

Las dos amigas se encaminaron hacia la cocina mientras los hombres pasaban al salón.

-Ven aquí, cielo, estás un poco despeinada –dijo la artista con toda la doble intención de que era capaz y una gran sonrisa-. No has terminado de cocinar, eh... ¿Así que Booth no te ha dejado?

-Ángela...

-Vamos, cariño. Has tardado lo tuyo en abrir, Booth tiene un bulto enorme en los pantalones, los dos estáis con las mejillas rojas, estás despeinada y se te está quemando la comida.

-¡Oh, no! –soltó la otra corriendo a apagar el fuego. Y luego suspiró-. ¿Mi padre y mi hermano lo habrán notado?

-Lo dudo, es solo que soy una gran experta en esos temas. Con Hodgins me ha pasado mucho, créeme.

Y entre risas las dos amigas continuaron conversando mientras cocinaban.

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La cena transcurrió con total normalidad. Para todos fue normal, relajadora. Menos para Booth. La escritora estaba decidida a torturar a Booth todo lo que pudiera para luego disfrutar al fin de lo que su familia y amigos le habían quitado. Se sentó a su derecha, y mientras comían, dejó la mano como casualmente en la pierna de Booth, muy cerca del epicentro del infierno que vivía el agente. Esa mano hizo que el agente se atragantara y tuviera que beberse toda la copa de vino para relajarse un poco.

Cuando a las doce Hodgins y Ángela decidieron que tenían que volver a casa por el pequeño Michael y los dos hombres Brennan también tuvieron que irse, la pareja les acompañó hasta la puerta.

-Por cierto, felicidades Tempe –le dijo Russ abrazándola-. Y a ti también, Booth.

-¿Qué...

-Ángela nos lo ha contado –dijo Max, cortando a su hija.

-Ángela... –empezó Booth.

-Oh, no te quejes, que os he ahorrado el momento incómodo. –respondió la artista con una sonrisa.

Cuando la puerta se cerró detrás de los invitados, Booth agarró a Brennan cerrándola entre él y la pared.

-Y ahora, tú vas a pagar por todo lo que me has hecho pasar hoy –consiguió decir mientras se besaban como si no hubiera mañana.

A lo que ella respondió con tan solo una sonrisa.

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Espero que os haya gustado :D

Siento haber tardado tanto en actualizar, espero que el próximo pueda subirlo más rápido.

Muchísimas gracias a todas por vuestros reviews. No hay nada que me ponga más contenta :)

Por cierto, no sé quién preguntó hace mucho (perdón por olvidarme, es que no encuentro el review). Sí, tengo una cuenta en desmotivaciones. Bueno, en realidad es mía y de una amiga, pero la de FanFiction es sólo mía.

Se aceptan críticas, sugerencias, amenazas de muerte siempre que no se cumplan...