DISCLAIMER: Bones no me pertenece, ya sabéis, Hart Hanson, Kathy Reichs y bla, bla, bla...

NA: Siento haberos hecho esperar tanto con la actualización. Mi inspiración y mi tiempo se marcharon a algun lugar muuuuy lejano, y parece que hoy han vuelto.

NA/2: ¡Muchas gracias por los comentarios! Me hacen mucha ilusión :D

NA/3: Adoro a Sweets. Ahora notaréis por qué lo digo. También os digo que echo de menos a Gordon Gordon.

·

·

·

-Camille, ¿qué le está pasando? –dijo Booth. Se notaba que estaba muy preocupado.

-Prepárate, Seeley. Ha roto aguas.

·

·

·

Chapter 8

A Booth se le cayó la mandíbula y los brazos hacia abajo. Ángela escupió todo el café que tenía en la boca. A Hodgins se le cayó la taza, rompiéndose en mil pedazos mientras el café se derramaba por el suelo. Michelle no sabía si reír o llorar, y Sweets se había quedado clavado en su sitio.

-¡Vamos! –gritó la jefa del laboratorio, y todos se marcharon a hacer lo que Cam les había dicho.

Mientras, Brennan estaba congelada. Hacía unos segundos estaba charlando tranquilamente con sus amigos cuando notó un sospechoso líquido entre sus piernas. Se le cayó la taza, pero no se percató de ello. Cam se le acercó corriendo, era la única persona presente que había comprendido qué estaba pasando realmente. Oía que su amiga hablaba, le hablaba a ella, pero igualmente no la escuchaba. Veía que gritaba a los demás, y al fin Michelle, Sweets y Hodgins se marchaban corriendo, a hacer lo que les habían dicho.

Notó que alguien la agarraba por la mano, y al girarse vio a una mujer de cabello oscuro y ojos rasgados.

-Tranquila, cariño, seguro que puedes con esto, y nosotros te vamos a ayudar –le dijo Ángela. Su amiga la oía como si estuviera dentro de un gigantesco cubo de agua.

Se giró para mirar al padre de la niña que estaba a punto de salirle por las piernas. El que en su día había sido uno de los mejores francotiradores de los rangers, ahora tenía aspecto de orangután.

Vio como el hombre de pelo oscuro al fin reaccionaba y se le acercaba. Booth la tomó de la mano, le acarició la mejilla y le dio un pequeño beso.

-Tranquila, ya verás que todo va a salir bien –con esa voz que conocía tan bien, extrañamente el sonido volvió a sus orejas. Al oír su voz y al ver esos ojos de chocolate se tranquilizó.

-¿Cómo va a salir bien un parto en un laboratorio forense en medio de una tormenta de nieve? –incluso en momentos como ese la racionalidad de Brennan se hacía presente.

Booth sonrió. Su mujer era de lo que no había.

-Tienes a Cam, que es médico, a Hodgins, que es lo suficientemente listo como para saber qué hay que hacer, tienes a Ángela, a Sweets y a mí, que, aunque no seamos unos genios, te vamos a ayudar en todo lo que podamos –le dijo él con ternura-. Y tú lo has dicho, esto es un laboratorio forense. Si pueden tratar con los muertos, ¿cómo no van a hacerlo con los vivos?

-Pero... –la antropóloga iba a protestar cuando le salió un grito de dolor.

Cam se acercó rápidamente.

-A ver, Booth ponte detrás de ella y "abrázala" por detrás, así –dijo, enseñándole al agente lo que tenía que hacer-. Ponle las manos en la barriga y cuando yo te diga tienes que empujar.

-¡¿Qué?! ¿Quieres que empuje al bebé? –dijo incrédulo Booth.

-Sí, tienes que ayudarla, porque va a costar mucho.

-¿Cómo que va a costar? –dijo Ángela. No le gustaba ver a su mejor amiga, siempre fuerte y siempre decidida, sufriendo tanto.

-Tiene las caderas bastante estrechas, todo irá bien, pero seguro que es muy largo –le contestó Cam. Realmente deseaba que todo fuera bien. Al principio había considerado a la doctora Brennan una persona sin sentimientos adicta al trabajo, aunque digna de respeto; pero poco a poco había ido descubriendo que bajo esa capa aparentemente infranqueable de racionalidad se escondía un corazón enorme, con tantos sentimientos del pasado y recuerdos dolorosos que impedían que los sentimientos del presente que tenía pudieran salir a la luz. Así fue como con el tiempo aprendió a admirar a su compañera y a crecer más y más el afecto que tenía por ella. Nunca habían sido las mejores amigas, ni mucho menos, pero con el tiempo habían aprendido a confiar la una en la otra y en formar una sólida amistad.

En ese momento entró Hodgins con toallas y todo lo necesario para asistir un parto. Él ya había vivido el de su esposa, así que sabía qué debía hacer.

Cam echó a Ángela de la sala, más bien arrastrándola fuera, y, cuando las contracciones se hicieron más persistentes, obligó a Booth a presionar la barriga en contra de su voluntad. De vez en cuando le decía a Hodgins lo que tenía que hacer, que hacía todo lo posible por ayudar a sus dos jefas.

Los segundos pasaban. Los minutos, las horas. La teoría de la relatividad cobraba sentido de repente para Ángela.

Dentro de la sala se oían gritos de Brennan y de Booth, y palabras de ánimo de Cam.

Fuera, esperando, el joven psicólogo del FBI estaba blanco y sudoroso, sentado en una silla. Sus papás patos estaban atravesando el caso más duro de sus vidas, aunque el más magnífico, desde luego, y la duda de si ese angelito que sin dudas le iba a enamorar estaba bien lo estaba matando. El hecho de no poder ayudar ni poder contactar con emergencias hacía que se sintiera peor aún.

Michelle seguía intentando llamar al novio de su madre, y su ginecólogo, aunque sin ninguna respuesta. La joven no comprendía cómo, en el siglo XXI, una tormenta de nieve pudiera colapsar así una ciudad como Washington DC. A parte, esa niña que en un futuro no muy lejano se convertiría en su prima consentida y favorita, estaba entrando por primera vez en el mundo a escasos metros de ella, sin poder hacer nada por ayudar.

Ángela no se estaba quieta, no podía, caminaba arriba y abajo sin poder aguantarse. Intentaba distraerse jugando con Michael, pero no lo conseguía. Más de una vez había dejado su hijo con Michelle y se había puesto su bata de laboratorio, pero se había echado atrás en ver la cara de su marido al pasar, cómo de "Si-entras-Cam-te-va-a-matar". Aprovechaba las rápidas escapadas de su marido al salir corriendo a buscar algo a órdenes de su jefa para intentar preguntarle qué tal estaba su amiga, recibiendo por respuesta un simple "bien", que la dejaba aún más histérica. Ella, que había conocido a su mejor amiga tantos años atrás, en una galería de arte, ya que la doctora había contactado con ella al admirar la proporcionalidad de sus obras; ella, que había vivido toda la relación de sus compañeros y había apreciado el cambio que el agente había influenciado en ella, no podía estarse quieta sabiendo que su sobrina estaba naciendo.

Cuatro horas después, la hija de la jefa del laboratorio consiguió contactar con emergencias, los cuales enviaron una ambulancia en seguida.

Mientras llegaba la ambulancia, un llanto inundó la sala. Ángela entró como si su vida dependiera de ello. En seguida supo que lo que vio se le quedaría grabado en la memoria con tinta imborrable.

Booth estaba aún sentado detrás de Brennan, sudado, con la camisa arrugada y sin corbata. Brennan, totalmente despeinada, con cara de estar exhausta pero con una expresión de felicidad que la artista habría podido jurar que se le vería a años luz. En sus brazos había una criaturita con un pequeño rizo oscuro en la cabeza, y unos ojos muy grandes y azules llenos de lágrimas mirando todo lo que pasaba a su alrededor. La pequeña niña Booth vio cómo su tía Cam le ponía un gorrito amarillo en la cabeza y la envolvía en una toalla, aunque jamás lo recordaría.

-Feliz Navidad, Booth –dijo la madre.

-Feliz Navidad Huesos.

Era sin duda el mejor regalo que habrían podido recibir: una familia.

·

·

·

Dentro de la casa que meses atrás la pareja había comprado, esperaban sentados en el sofá Max y Amy, la mujer de Russ, comentando todo y nada en concreto. Delante de ellos, en dos butacas, Haley y Emma esperaban jugando a piedra, papel o tijera. Russ y Jared charlaban tranquilamente en la cocina, que comunicaba con el salón, mientras se tomaban unas cervezas, esperando a sus respectivos hermanos y dueños de la casa.

Habían entrado todos con la llave de Russ, que su hermana le había dado para emergencias.

Un pitido rompió el silencio y la tranquilidad del ambiente.

Jared sacó su teléfono y respondió.

-Hola, Jared –saludó la voz de su hermano al otro lado de la línea.

-Hola, Seeley –todos miraron al único Booth de la casa, que enseguida puso el manos libres para que todos oyeran a su hermano-. Oye, tu casa es preciosa. Y, ¿sabes?, nos gustaría invitaros a que vinierais también –bromeó el hombre.

-Qué gracioso, hermanito, pero hemos tenido un pequeño contratiempo. Tu sobrina ha decidido nacer antes de tiempo.

Todos los adultos presentes se levantaron enseguida. Amy corrió a por los abrigos de sus hijas, que no cabían en su piel de la emoción que les daba poder ver por fin a su prima.

-¿Dónde estáis? –gritaron Max y Russ a la vez.

El agente les dio el nombre del hospital dónde les había llevado la ambulancia y salieron todos con el coche del abuelo. Había parado de nevar y Washington volvía a ser la bulliciosa ciudad de siempre, con su vida nocturna y su ambiente navideño.

Media hora después, cuatro adultos y dos niñas entraron corriendo al hospital.

-¿Temperance Brennan? –preguntó un Jared sin aliento a la recepcionista.

La mujer tenía unos 30 años, rubia platino que solo podía ser teñido, mordía un chicle descaradamente y se notaba que odiaba su trabajo. Consultó un momento su ordenador y volvió a mirarlos.

-Habitación 315, planta de maternidad –contestó la mujer, con voz de pito y aspecto cansado de tantas preguntas.

Subieron a la planta de maternidad tan rápido como sus piernas pudieron. Al estar delante de la habitación vieron al equipo del Jeffersonian, que les saludaron.

-¡Hola, Max! Russ, ¿verdad? Y Jared, a ti ya te conozco –saludó Ángela con su alegría de siempre.

-Hola, Ángela. ¿Habéis entrado? –preguntó Max con una sonrisa. Esa mujer le ponía de buen humor.

-Aún no, cuando salga la enfermera podremos entrar –intervino Cam.

Esperaron pacientemente, Amy se presentó a los cerebrines y las niñas estuvieron todo el rato haciéndole cucamonas a Michael, quién no paraba de reír.

Finalmente, una enfermera vestida con bata blanca salió de la habitación.

-¿Familiares de Temperance Brennan? –dijo con voz dulce y una sonrisa.

-Nosotros –dijeron, levantándose todos a la vez.

Al ver la multitud, la enfermera sonrió.

-Bien, la niña está perfectamente y la madre también, el doctor ha dado permiso para visitas así que cuando quieran pueden entrar.

Desde luego la enfermera no era como la mujer de recepción. Haley y Emma entraron corriendo y gritando.

-¡Tía Temperance! –las dos se abalanzaron a abrazar a su tía.

-Hola chicas –les dijo ella con una sonrisa.

Todos entraron en la habitación. Brennan estaba recostada en la cama y Booth estaba a su lado, con la niña en brazos. Tenían aspecto de cansados, pero la felicidad salía por cada poro de su piel. Comparada con el tamaño de su padre, la nueva integrante de la familia parecía mucho más diminuta. Uno a uno felicitaron a los padres y se pasaron a la niña, que miraba atentamente todo lo que pasaba con sus grandes ojos azules. De repente, se oyó un grito.

-¡Papá! –un niño rubio y su madre entraron en la habitación.

-¡Hola campeón! –Booth ya no podía ser más feliz. Tenía a su lado su familia y sus amigos. Si también hubiera estado su abuelo, se hubiera sentido el ser más feliz sobre la faz de la tierra, aunque su Huesos dijera que eso era imposible.

El niño se dirigió a su hermana, que estaba en brazos de su madre. Se la miró unos segundos.

-Es muy pequeña –dijo todo serio, causando una carcajada general.

-Ya crecerá, Parker –le dijo Brennan con cariño.

-¿Cómo se llama? –preguntó interesado.

Los padres intercambiaron una mirada. Booth cogió a su hija, y, mirándolos a todos, dijo:

-Chicos, os presentamos a Christine Booth –la niña sonrió mirando a su padre. Parecía que le gustaba su nombre.

Max puso una sonrisa enorme y Russ corrió a abrazar a su hermana. Cuando recuperó la compostura, el mayor de los hermanos Brennan volvió a colocarse en su sitio.

-Ángela –dijo simplemente la doctora.

-¿Qué? –preguntó la artista.

-No, que se llama Ángela. Christine Ángela.

La mujer abrió la boca en una gran sonrisa, intentando encontrar las palabras.

-¡Oh, dios mío!

Fueron las únicas palabras que consiguió formular. Sólo pudo abrazar a su amiga con lágrimas en los ojos hasta que la otra se quejó de que la estaba ahogando.

Cerca de las cinco de la mañana, Haley, Emma y Parker se quejaron que se estaban muriendo de sueño, así que Amy, Russ y Rebecca se marcharon con sus hijos. Pronto les siguió Max, con la excusa que tenía trabajo por la mañana (a lo que su hija le miró con mala cara) y que volvería más tarde.

A diferencia de los demás niños, Michael y Christine estaban muy despiertos. El pequeño Hodgins-Montenegro no apartaba sus grandes ojos azules de los de su nueva amiga. Su padre se percató de ello, y le dijo en tono confidencial:

-Mike, los Hodgins somos unos caballeros; primero tienes que invitarla a cenar.

El comentario del doctor causó una risa general.

Siguieron comentando y riendo hasta que Michelle preguntó:

-Y, bien, ¿quiénes son los padrinos de esta ricura?

Booth y Brennan habían estado hablando de eso antes de que entraran todos. Brennan miró a Cam con una sonrisa.

-¿Qué? ¿Yo... yo? –preguntó, boquiabierta.

Brennan asintió con la cabeza.

-Te lo mereces. Sin ti no habría nacido –le dijo Booth a su amiga.

Cam abrazó a sus amigos con lágrimas en los ojos.

-Oh dios... No sé qué decir... Siempre imaginé que ese puesto era para Ángela...

-A Ángela le toca el siguiente –bromeó Booth.

-¿El siguiente? –preguntó Brennan alarmada, sacando a todos una gran sonrisa.

-¡Felicidades jefa! –gritó Hodgins con entusiasmo.

La niña sacó sus bracitos de la toalla con la que estaba envuelta y los levantó en dirección a su madrina.

-Parece que le gustas –dijo Booth con una enorme sonrisa.

-Ven aquí monada –dijo Cam, acunando en sus brazos a su ahijada.

Todos contemplaron con una sonrisa lo tierna que podía llegar a ser la inflexible doctora Saroyan. Cierto, primero no les había caído nada bien a ninguno, pero con el tiempo se había integrado en el grupo y era una parte vital de la pequeña familia que formaban todos juntos.

-¿Y el padrino? –preguntó Jared. Esperaba que no lo hubieran escogido a él, adoraba a la hija de su hermano pero no se vería capaz de cuidarla si nunca les pasaba algo a sus padres, cosa que era muy probable teniendo en cuanta de qué trabajaban, y sobre todo cómo lo hacían.

Booth miró a Brennan un momento, que le dedicó una sonrisa y asintió con la cabeza. Luego, dijo seriamente pero con una media sonrisa:

-Bien, Sweets, haznos un perfil psicológico de quién tendría que ser el padrino.

-Ah... Pues, supongo que podría ser Hodgins, en sustitución a Ángela ya que ninguno nos esperábamos a Cam...

-Gracias, Sweets –murmuró la doctora con una sonrisa y la niña aún en brazos.

-O también podría ser Russ o Jared –continuó el psicólogo, ignorando el comentario de su amiga-. Los hermanos son siempre una buena opción... O también podría ser Max, porque...

-Para el carro, colega –le cortó Hodgins, como siempre la alegría de la huerta-. Creo que aquí todos sabemos quién es menos tú.

-Felicidades patito –le susurró Ángela para después abrazarlo con fuerza.

La noticia tomó por sorpresa al joven, que enseguida lo comprendió. Abría y cerraba la boca buscando palabras, pero sólo consiguió decir:

-Pero... ¿Por qué yo?

-Porque a veces eres un poco irritante y muy pesado, pero eres bueno con nosotros –le dijo Brennan.

-Y porque soy jugador y esta vez apuesto por ti –le dijo Booth guiñándole un ojo, dejando a los demás confundidos pero a Sweets con una sonrisa-. No me falles.

-Jamás.

·

·

·

Habían pasado dos días, aún estaban en el hospital pero a Brennan ya le habían dado el alta. Estaban recogiéndolo todo y terminando de vestir a Christine. Llevaba un vestido muy bonito con estampado regalo de Cam, aunque se notaba con sólo verlo ya que era precioso, como los que solía llevar su madrina pero en tamaño reducido. También llevaba unos calcetines chillones y de rallas regalo de Ángela, "para que vaya conjuntada con su papi", había dicho. Llevaba también un sombrerito azul, que combinaba con el vestido, que les había regalado Sweets.

-¿Quién es la princesita de papi? ¿Quién es la princesita de papi? ¡Eres tú! –decía Booth con Christine en brazos, jugando con ella y haciéndola reír.

-Booth, tiene dos días, no puede entenderte –decía Brennan.

-No le hagas caso a mami, que papi sabe que sí lo entiendes –contestó él aun mirando hacia su hija.

Brennan sonrió cuando golpearon a la puerta.

Se acercó a la puerta y la abrió lentamente. Delante vio al ex-psicólogo de su novio con un elefante de peluche en las manos.

-¡Gordon Gordon! –exclamó la antropóloga.

Booth miró a la puerta con los ojos abiertos como platos.

-Buenos días, doctora –dijo el inglés, tan calmado como siempre. "Demasiado té", pensó Booth.

-¡Gordon Gordon! –dijo el agente-. ¿Qué haces aquí?

-Pues mira, hoy he ido al FBI a saludar a mi querido amigo americano y a ver cómo le van las cosas con la preciosa doctora y me han dicho que el agente Booth se encontraba en el hospital por su reciente paternidad. Así que felicidades a los dos –concluyó con una sonrisa.

-Muchas gracias –contestó la madre con una sonrisa.

Los dos hombres encajaron las manos.

-¿Y qué tal todo por la cocina?

-Oh, muy bien, muy bien. Continuo cocinando de maravilla –contestó el chef, con la poca modestia que tenía.

En ese momento Christine se puso a llorar.

-Oh, oh... ¡Mira quién se ha despertado! –dijo el agente abrazando a su hijita.

La cogió en brazos y la balanceó un poco para que se calmara. Entonces, al ver la mirada del inglés, dijo con una sonrisa:

-¿Quieres cargarla?

-Oh, me encantaría –respondió él, siempre educado, mientras la abrazaba-. Cielo santo... ¿Esta ricura es el tema de conversación de moda en el Hoover?

Los tres se rieron.

-Bien, yo sólo venía a felicitaros. Y a darle esto a la pequeña –dijo, mientras dejaba a Christine con su madre y le daba el elefante a su padre.

-Muchas gracias por venir, Gordon Gordon –dijo Booth con una gran sonrisa. Le había echado de menos. Ese tipo tan pesado que no quería firmarle el papel de ya no se acordaba qué de cuando disparó al camión de los helados se había convertido en una gran persona para él.

-De nada. Oh, y para el siguiente, ¡me pido ser el padrino! –y con una sonrisa abandonó el hospital.

-¿Por qué todo el mundo está tan obsesionado en otro niño? –preguntó Brennan con curiosidad mezclada con desesperación.

-La gente es así, Huesos –le respondió él sonriendo. Y guiñándole un ojo, añadió:- Y tranquila, que cuando pase, podemos culparme a mí.

·

·

·

Bien, espero que os haya gustado. Mil gracias por los reviews, de veras son de lo mejor.

Sí, sé que lo de Christine Ángela está más gastado que el pan, pero ¿a que no os esperabais a Cam y Sweets? ;)

¿Os esperabais a Gordon Gordon? Sinceramente, decidí ponerle a última hora, pero es que creo que lo han apartado de la serie de una forma brutal. Lo echo de menos, siempre me hizo mucha gracia :D

Ya sólo falta un capítulo para terminar el fic. Lo enfocaré desde el futuro, unos años adelante. Se aceptan peticiones, sugerencias, amenazas, flores y hasta tomatazos.

Besos, y ¡hasta pronto!