Bueno, ya dije que tenía preparado el primer capítulo preparado (mas no escrito), así que sólo he tardado dos días en tenerlo listo. Mis vacaciones han ido genial y ya tengo la piel morena (con mi mala suerte, seguro que vuelvo a mi blanco cadáver pasado mañana T.T). Advierto que el lunes empiezo la universidad y que en adelante no seré igual de rápida publicando, pero sí que seré constante. No quiero dejar este fic colgado. ;)

Gracias por el review a León Durmiente (¬.¬), Valeriya (sí, muñeca mona pero peligrosa xD), Dark priincess (me alegra verte de nuevo ;)), Valen96 (me alegro de que te gustara Retazos), kag-san-ara (el lemon será más adelante, así que habrá que ser pacientes :P), angelaok (Senna es un personaje curioso y más adelante volveré a él. Me alegro de verte por aquí ;)), beautifly92 (me alegran tus palabras, beauty, así como que me sigas también en este fic), Miara Makisan (la relación entre Sesshomaru y Senna es bastante compleja, y se verá más adelante :)), Hoshi No Negai (Me gustan tus comentarios, así que no te preocupes por eso xD Y sí, creo que la buena de Rumko se pasó con lo del "pasado doloroso" u.u), Corazón de Piedra Verde (me alegro de que te gustara el prólogo), xire-chan (me alegro que te gustara ^^), LunaLoire (¿consideras Retazos uno de los mejores SesshRin que has leído? Genial, me alegro mucho :P), Blueberry Bliss (Oh, ¿Senna te cayó mal? Pero si es un amor (L) me alegro de que te gustara el prólogo ^^), Akemi-Naomi (¡comparte palomitas, mujer! Sobre todo si son de mantequilla n.n), serena tsukino chiba (me alegra verte de nuevo), Liliana Galadriel (gracias, me alegro de que te gustase. Por cierto, me encanta tu nick *_*), Aire2492 (gracias a ti por seguirme y darme tu opinión sobre lo que escribo ;)), Silk Maid (¿sí? me alegra escucharlo. Espero que el fic resulte de tu agrado ^^) y Lithium (Pues... hoy xD). Me ha dado por contestaros uno a uno (será porque dentro de nada no tendré tiempo... quién sabe). ¡Muchas gracias a todos por el apoyo!

Y aquí viene el primer capítulo. Espero que os guste.


~Capítulo uno.- Todos tenemos un mal día~


Era un precioso día de otoño. Apenas había nubes en el cielo, y el sol lanzaba sus rayos sobre las cristalinas aguas del río de tal forma que éste parecía brillar. Eso no beneficiaba a una concentrada muchacha, empecinada en lograr su objetivo y derrotar a su escurridizo oponente. La miraba de forma inocente, pero ella no se dejaba engañar: en cuanto se acercara, él saldría a toda velocidad en dirección contraria. Esta vez le atraparía y no tendría piedad. No podía fallar.

Un paso. Dos. Estaba casi sobre él; iba a ganar. Con una sonrisa de anticipado triunfo, la joven se preparó para saltar sobre su presa.

―¡RIN!

La voz de Jaken retumbó por todo el paraje y provocó que la joven, poco atenta a su alrededor, pegara un brinco antes de tiempo y cayera estrepitosamente sobre las heladas aguas del río. Soltó un aullido estremecedor y se puso en pie como pudo, tiritando. Miró decepcionada como el jugoso pez al que había echado un ojo huía espantado. Se las compuso para fulminar con la mirada al demonio sapo, pero éste no pareció darse por aludido.

―Rin ―repitió con voz estridente―, ¿has terminado? La comida debería estar hace media hora asándose en el fuego. ¿No has pescado ni un solo pez? ―inquirió malhumorado pero con palpable matiz burlón.

―Lo habría hecho si no estuvieras viniendo a cada rato. ¡Los espantas a todos! ―se quejó ella mientras salía del agua. Su kimono estaba completamente empapado y manchado de tierra, y el pelo que tanto tiempo le había llevado desenredar tenía ya muchos nudos. Y no había pescado nada en lo que llevaba de mañana. Decididamente, no estaba de humor para escuchar reproches de Jaken.

Con aire muy digno, se dirigió hacia el campamento. Quizás encontrara alguna baya por el camino, se consoló interiormente. Ni la pesca ni la caza habían sido nunca su fuerte, ella era más bien recolectora y agricultora. Le daba pena matar a unos pobres animalillos que aún correteaban, pero no ponía reparos a la hora de comerlos ―cuando no parecían nada vivo, claro―. Rin suspiró audiblemente. ¿Por qué tenía que ser tan orgullosa? No había sido muy buena idea presumir ante Jaken diciendo que ella era capaz de sobrevivir sola, pues sabía abastecerse bien. Él le había estado provocando, pero no era excusa ―¿cuándo no trataba de molestarla? ―; ella no duraría una semana sola en un bosque. Y allí estaba, calada de agua de pies a cabeza y sin un solo alimento que restregar en la cara del anciano demonio. ¡Kami, hoy no era su día!

Habían establecido el campamento entre dos altos cedros para no ser captados a simple vista. En un principio esto extrañó a Rin, pues cuando era niña siempre se instalaban en descampados. Luego se dio cuenta de que aquello había sido a propósito: lo que se buscaba era que Naraku los encontrara para ahorrarse el tiempo de rastrearle. Una vez muerto, volvían a lo cotidiano ―o eso había dicho Jaken con superioridad―: pasar desapercibidos. Por lo que había oído, su viaje entrañaba muchos peligros. Cuantos menos obstáculos se encontraran en el camino, mejor.

Llegó a su destino temblando de frío, por lo que se arrimó a la fogata para calentarse y que sus ropas se secaran. Cuando alzó sus manos ante ella y sintió la agradable temperatura, echó un vistazo alrededor. Se sorprendió al ver al señor Sesshomaru tumbado contra un árbol; no por su postura ―Rin dudaba que tuviera otra―, sino porque no hacía tanto que se había ido a inspeccionar el lugar. Tal vez no hubiera nada en los alrededores, dedujo, y por eso había regresado temprano. En el camino apenas se habían topado con pueblos, y mucho menos con demonios. En medio de sus pensamientos, descubrió que él la miraba con intensidad. Apartó su mirada enseguida y la dirigió al fuego, frotándose nerviosa una mano contra la otra. Tras unos instantes, volvió a dirigir tímidamente los ojos hacia él. Sesshomaru seguía con la vista fija en ella, escrutándola atentamente. Rin se removió incómoda.

―¿Desea…? ¿Deseáis algo, amo Sesshomaru? ―pregunto de forma vacilante.

Éste tardó unos instantes en responder. En sus ojos había un brillo extraño; Rin no supo interpretarlo. Por fin, él los cerró y comentó con voz indiferente:

―Tienes el kimono mojado, Rin. Se te pega completamente a la piel. Cámbiatelo.

La joven agradeció que el demonio tuviera los ojos cerrados, pues había enrojecido hasta la raíz del pelo. Casi corriendo se dirigió a las alforjas de Ah-Un y cogió un kimono de repuesto. Se ocultó tras unos arbustos para cambiarse. Resultaba difícil hacerlo con la piel pegajosa por el agua, y más aún con las manos temblorosas ―y no por el frío precisamente―. Estaba muerta de vergüenza. Era como si la hubiera visto desnuda. ¡El señor Sesshomaru! Kami, si hasta había tenido que mandarla a cambiarse… Deseó que se la tragara la tierra.

Una vez vestida con ropa seca, echó una mirada al kimono mojado y suspiró apesadumbrada. No hacía ni una semana que se lo había comprado con todos sus ahorros, y ahora estaba arruinado. No solía gastar dinero en esas cosas cuando vivía en la aldea, pues le preocupaba más su entrenamiento para ser sacerdotisa o sus labores del día a día que su aspecto físico. En realidad, sólo había empezado a interesarse en su imagen cuando empezó a viajar de nuevo con el señor Sesshomaru. No tenía muy claro qué sentía por él, pero estaba segura de querer tener un aspecto aceptable. Rin había comprado ese precioso kimono en una aldea humana mientras recopilaba información, entusiasmada de que Sesshomaru la viera vestida con tanta elegancia. Justamente esa mañana se lo había puesto para eso. Pero no había contado con que Jaken se burlara de ella, tampoco con que aceptara hacer algo que era una tarea casi imposible para la muchacha; mucho menos que se cayera al agua en el intento. Y por fin el hermoso demonio la había visto en el encantador kimono. Rin volvió a ruborizarse intensamente.

El olor a pescado asándose llegó a ella e hizo rugir sus tripas. Gimió interiormente. Ahora cualquiera aguantaba a Jaken. Malhumorada, salió de entre los arbustos y se dirigió hacia el fuego, donde el demonio sapo daba vueltas dos peces de buen tamaño. Evitó a toda costa cruzar la mirada con el señor Sesshomaru.

―Oh, estás ahí ―dijo Jaken al verla aparecer. Sonrió súbitamente y cabeceó en dirección a la comida―. ¿Ves? Así se hacen las cosas. Ya sabía yo que no se podía confiar en ti para hacer una tarea tan simple, pero supongo que pensé que algo habrías aprendido aparte de cómo ser una bruja…

―Sacerdotisa.

―… como, por ejemplo, a conseguir comida pescando. Te mandaría a cazar algún zorro o un conejo, pero igual ellos te cazan a ti. Con lo delgada que estás apenas aprovecharían nada, pero una presa fácil es una presa fácil…

―Bueno, vale ya ―le cortó Rin malhumorada―. Puedes decir que no sé pescar porque en verdad no sé, pero jamás que yo soy una presa fácil. He ayudado a la señora Kagome a cazar algunos demonios que habían atacado al pueblo, y no me resulto nada difícil ―dijo con suficiencia.

―¿Quién dio el golpe de gracia?

―Bueno… lo cierto es que fueron las flechas de la sacerdotisa las que derrotaron a los demonios… ¡pero yo ayudé mucho! Ella misma lo dijo ―insistió frustrada.

Ante esto, Jaken sólo esbozó una sonrisa burlona y bajó la vista para apartar los peces ya listos del fuego. Rin observó cómo lo hacía enfurruñada. Ojalá hubiera pescado algo para darle a Jaken su merecido. Pero si una es nula para hacer una cosa, pues es nula. No tenía remedio y no pensaba pedirle al demonio sapo que le diera unas clases de pesca y caza. Ya se imaginaba cómo se reiría de ella.

Comieron en relativo silencio, cosa que Rin agradeció. No estaba satisfecha, quería demostrar que había cambiado y que podía hacer muchas más cosas que en su último viaje con ellos. Cuando terminó su pez, miró a Jaken con decisión mientras éste recogía los desperdicios.

―Abuelo Jaken, mañana yo me encargo de la comida.

Él la miró por encima del hombro y siguió con su tarea como si nada.

―Mañana pasaremos por una zona árida. No habrá nada que puedas conseguir de comida.

―Lo haré, cazaré algo ―continuó asintiendo con fiereza.

Ante sus palabras, Jaken se incorporó y soltó una carcajada que puso de peor humor a la joven.

―¿Tú, cazar? Debo admitir que en estos años te has vuelto graciosa, niña. No sirves para eso, ni para la pesca o la lucha, es decir, todo lo importante.

Rin entrecerró los ojos. No soportaba cuando Jaken se ponía en ese plan. Si ponía esfuerzo, estaba segura de que conseguiría lo imposible. La señora Kagome siempre lo había dicho. En un principio ella era débil, pero se volvió poco a poco más fuerte hasta alcanzar el nivel actual. Rin haría lo mismo. Este viaje era una oportunidad única para perfeccionar sus habilidades y aprender nuevas. Cuando llegaran al Elíxir de Kami, sería una nueva Rin.

―Si lo intento, podré hacerlo ―le contradijo ceñuda―. Y por cierto, sí sirvo para luchar. En realidad, mi magia es mejor que tu báculo de las cabezas.

―¡Ja! ¿De verdad te crees eso? Sigues siendo una niña tonta. Lo que me fastidia es comprobar que también te mantienes inútil.

―¿Inútil? ¡No decías eso cuando te llevé esa planta curativa, cuando la avispa de Naraku te envenenó!

―Fue el señor Sesshomaru el que me la trajo, lo recuerdo bien. Además, tú…

―Basta ya. No tenemos tiempo como para perderlo en tonterías ―dijo una fría voz a sus espaldas. Jaken y Rin enmudecieron de golpe y se separaron. La joven se avergonzó por segunda vez en el día. Cuando era una niña las palabras de Jaken no la enfadaban tanto, ni las de Sesshomaru le hacían sumergirse en un mar de rubores. Se dio cuenta de lo mucho que había cambiado en los casi cinco años que se había pasado en la aldea. La opinión de los demás hacia ella se había vuelto importante… No, se vio obligada a rectificar, la opinión de cierto demonio blanco era importante, sólo la suya. Darse cuenta de esto la sorprendió.

―¡Sí, amo Sesshomaru! Siento que tenga que escuchar estas cosas de Rin. Es sólo… ¡Un momento, espérenos!

Rin se apresuró en coger las riendas de Ah-Un y seguir al demonio que se dirigía ya hacia el camino junto al río. Hizo un mohín de disgusto con los labios mientras caminaba a su espalda y Jaken permanecía a su lado, malhumorado. Sesshomaru estaba siendo muy frío con Jaken y ella. Hacía diez días que habían abandonado la aldea de la anciana Kaede, diez días en los que apenas le había dirigido la palabra. Al principio pensó que era porque estaba muy concentrado con el viaje ya que había dedicado muchos años de su de por sí larga vida a la búsqueda del Elíxir de Kami; ahora no estaba tan segura. ¿La ignoraba a propósito? Después de sus dulces palabras había pensado que tal vez… Bueno, no habían sido concretamente dulces, pero si amigables y bonitas al oído. ¿Y qué pasaba con el beso? Rin se sintió caminando sobre las nubes mientras evocaba el recuerdo. La textura de esa suave boca la embrujaba. No podía pensar en nada, sólo en el que tomaba sus labios como si fueran de su propiedad. Podrían llamarla a dos metros de distancia, que no escucharía nada. Ese simple roce provocaba en ella unas sensaciones nuevas e impactantes. Su cuerpo reaccionaba ante él por ese nimio contacto, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Rin sacudió la cabeza cuando se dio cuenta del camino que tomaban sus pensamientos. Sólo la había besado una vez, y ni siquiera un largo rato. ¡Kami, si hasta había dicho que la había besado por ella! Sintió que olas de decepción enturbiaban su aura de felicidad. ¿Por qué no intentaba besarla de nuevo? No le había gustado, no existía otra explicación. Rin se ruborizó y agachó la mirada provocando sorpresa en Jaken, que observaba confundido la cantidad de emociones que pasaban rápidamente por el rostro de la joven. Por supuesto, ¿cómo iba a agradarle besarla? Nunca antes lo había hecho ―los besos robados no contaban como experiencia―, y no era demasiado atractiva. Sí, era bonita, pero conocía a mujeres mucho más hermosas que ella. Recordó el día, cuando viajaba con Sesshomaru y Jaken siendo una niña, en el que Alina, la demonio-halcón, le había besado con pasión. No había durado ni tres segundos, pues el sentimiento no venía por ambos lados, y Alina había acabado reducida a nada. La demonio era muy bella; su pelo era rojo como el fuego y sus ojos, como los de un ave de presa. Pero el señor Sesshomaru la había rechazado ―matado era más específico― sin vacilar. ¿Cómo podía competir con las mujeres demonio, más hermosas y fuertes que ella? Sólo era una simple humana.

Dispuesta a alejar esa perspectiva de su mente, dio las riendas de Ah-Un a Jaken y se acercó a Sesshomaru. Éste la miró cuando se puso a su lado, pero no dijo nada. Rin no se desanimó.

―¿Cuál es nuestro próximo destino, amo Sesshomaru?

El demonio tardó unos instantes en responder, sin mirarla.

―Hay un demonio al que quiero visitar. Nos dirigimos al desierto de las rocas ―contestó con voz monótona.

―Vaya, suena a que vamos a pasar mucho calor. Pero, en fin, si esa es una parada obligatoria en nuestro viaje, pues no me quejo ―aseguró con voz animada y una gran sonrisa.

Sesshomaru no dijo nada, atento al camino. Sus pasos eran elegantes, pero muy rápidos. A Rin le costaba mantenerse a la par. Desilusionada, vio que él no iba a añadir nada más.

―Esto… amo Sesshomaru… ―dijo con voz apenas audible.

―¿Sí? ―respondió serenamente echándole un breve vistazo.

―¿He… he hecho algo malo? ―inquirió con mirada baja y tono muy suave. Temía que, si hablaba más alto, se le quebrara la voz.

―Claro que no, Rin ―Su voz sonó ligeramente sorprendida. Los ojos dorados del demonio se posaron en ella, examinándola. Se preguntó interiormente qué había alterado a la joven.

―¿No estáis enfadado conmigo?

―¿Debería estarlo? ―inquirió él a su vez con sequedad. No entendía por qué actuaba de esa manera, pero no lo preguntaría. Si ella no decía nada, era porque no deseaba hacerlo. Tal vez fuera una tontería y Rin la estaba exagerando. Sesshomaru sabía bien cómo complicaban las cosas los humanos. El tiempo corregiría ese defecto en ella. Se volvió a hacer el silencio, por lo que comentó con indiferencia―: En cuanto a lo que decías de la alta temperatura del desierto, no es así. Es un paraje árido y frío compuesto por montañas yermas y un suelo de rocas afiladas. En verano es posible morirse por el calor, pero estamos entrando en el invierno y el sol ya no calienta.

Rin se sorprendió por el brusco cambio de conversación. Le alegraba que no estuviera enfadado con ella, pero seguía con la misma incógnita en la cabeza. ¿Por qué no le hablaba?

―¿En serio lo decís? Menos mal que he traído ropa de abrigo, pues no soy muy resistente al frío. Vos no tenéis problema con esa suave y ancha estola que lleváis. Recuerdo que en la aldea…

―¿Qué has hecho con el kimono de esta mañana?, ¿lo has tirado? ―la interrumpió de repente.

―No, ¿por qué? ―preguntó con sorpresa, ignorando el calor que se agolpaba en sus mejillas. Y seguían con el dichoso kimono…

―¿Dónde está?

―En mi alforja, con el resto de la ropa. ―Rin no entendía a dónde quería llegar a Sesshomaru. ¿Qué importaba eso?

Él no tardó en iluminarla, para su desgracia.

―Es decir, has guardado un kimono mojado y sucio junto a la ropa de invierno ―comentó con cierta exasperación camuflada de indiferencia.

Rin tardó unos segundos en comprender. Poco a poco, fue abriendo los ojos hasta que pareció que se le iban a salir de las cuencas. Se detuvo bruscamente y se volvió corriendo hacia Ah-Un al grito de "¡Mi ropa!". Sesshomaru la observó mientras lo hacía, meneando ligeramente la cabeza. Podía ser que su aspecto fuera el de una mujer hecha y derecha, pero continuaba siendo una niña. Recordó el interesante espectáculo que había presenciado esa mañana. No dejaba de sorprenderse de lo mucho que había crecido Rin. Molesto consigo mismo, fijo su mirada al frente y siguió caminando a paso un poco más rápido.

"Que no esté todo estropeado, que no esté todo estropeado", rogaba mentalmente a Kami mientras revisaba su ropa. Soltó un hondo suspiro de alivio. Sólo se había mojado un kimono veraniego y un pequeño pañuelo. Sacó con cuidado las prendas afectadas para colgarlas de la montura de Ah-Un. Con un poco de suerte estarían secas antes de que se ocultara el sol.

Resignada, volvió a caminar junto a Jaken, quien se burlaba de su despiste. No tenía ganas de conversar en ese momento con Sesshomaru; la consumía la vergüenza. ¿Es que no podía hacer nada bien? Una aterradora idea cruzó en ese instante por su mente. ¿Y si era esa la razón por la que el señor Sesshomaru le había retirado la palabra y la trataba tan fríamente? Tal vez Jaken no era el único que la consideraba una inútil. Esa idea la desoló.

Miró al demonio blanco que caminaba frente a ella con melancolía. Seguramente Sesshomaru se arrepentía de haberle pedido que lo acompañase tras haber visto que no era buena para nada. Ni pescaba, ni cazaba, ni poseía sentido de la orientación… ¡ni sabía que no deben mezclarse prendas húmedas con secas! Tampoco era excepcionalmente fuerte, pues la mayoría de sus encantamientos estaban dirigidos a la curación ―lo cual tampoco era de mucha utilidad allí, dada la gran resistencia del señor demoníaco―. Era buena tocando la flauta y sabía muchas melodías, pero eso no ayudaría en la batalla ―siempre podía probar a tocar hasta que se murieran de aburrimiento o meterles la flauta en un ojo―; sólo había perfeccionado ese arte porque sabía que al amo Sesshomaru le gustaba escucharla.

Lo que la molestaba no era sentirse buena para nada, pues cuando era una niña sabía hacer muchas menos cosas que ahora. No, lo que hacía trizas su ego era que se hubiera hecho tantas ilusiones en la aldea ―antes de dar por hecho que él no volvería a buscarla― pensando que ya era una mujer fuerte y autosuficiente, preparada para comerse el mundo. Ahora se sentía como si éste la estuviera dando vueltas sobre un fuego ardiente. ¿De qué le servía todo lo que había trabajado si no era de ayuda a Sesshomaru?

No notó cómo cambiaba el paisaje y se volvía más montañoso. El poco profundo río en el que había pescado esa mañana ―o intentado más bien― había quedado hundido en un alto y escarpado acantilado. Apenas se le veía desde su posición. Rin despertó de sus ensoñaciones cuando sus dos acompañantes se detuvieron abruptamente frente a ella y echó un vistazo a su alrededor, sin ver nada. Miró extrañada a Jaken, preparada para preguntarle qué estaban haciendo ahí parados, pero él se adelantó con un chillido indignado que resonó por todo el valle:

―¡¿Dónde está el puente?

"¿Puente?", se preguntó Rin, mirando a un lado y a otro sin ver nada que se le pareciese. No había nada con lo que cruzar el acantilado.

―¿Qué puente, abuelo Jaken?

―¡El que estaba aquí! Había un puente de piedra para pasar a la entrada del desierto ¡y ya no está! ―exclamó frenético. Buscó con la mirada al señor Sesshomaru y batió sus verdosos brazos con desesperación― Le juro que estaba aquí, amo Sesshomaru. Jaken no se habría equivocado con algo así. Ayer fui a recorrer esta zona mientras buscaba comida y lo vi. ¡Juro que lo vi!

Sesshomaru no contestó a eso; ni siquiera lo miraba. Sabía que Jaken no mentía, pues cuando su subordinado le contó el día anterior su descubrimiento salió a inspeccionar la zona. Y justo aquí debería haber un antiguo y fuerte puente de piedra. Pero el caso es que ya no estaba. Frunciendo levemente el ceño, se acercó al borde del acantilado y observó sus profundidades. El ojo humano o de un demonio ordinario no habría captado nada más que un minúsculo río circulando por el fondo, pero el suyo vio algo más: grandes bloques de piedra separados unos pocos entre sí, completamente destrozados. Las grietas visibles en ellos eran irregulares, pero estaban cortados de forma limpia. No había duda: alguien había derruido el puente en el lapso de tiempo de un día. Alzó la nariz para tratar de captar el olor del responsable. Seguramente habría dejado un rastro, aunque fuera nimio.

―¿Seguro que no te falló la vista, abuelo Jaken? Comienzas a ser un "poquito" viejo.

―¡Niña tonta, sé bien lo que vi! ¿Y qué sabrá de edades una mocosa impertinente como tú? ¡Si aún llevas pañales! ―se burló.

―¿Ah, sí? ―le espetó con los ojos entrecerrados. ¿Pañales? ¡Increíble, si tenía casi diecinueve años!

―¡Sí! Y tambié…

―Rin, Jaken, nos vamos ―cortó la discusión Sesshomaru con su fría voz. Les volvió la espalda y continuó por el camino al mismo ritmo que antes. Jaken se apresuró en seguirle, pero Rin se quedó quieta en el sitio.

Sabía que el demonio podía cruzar el acantilado con un solo salto, pero que debía desviarse por sus acompañantes. Si tan sólo Ah-Un no tuviera un ala desgarrada por un accidente hacía unos días… Rin miró hacia el acantilado y creyó ver unas diminutas manchas grisáceas. ¿El puente, tal vez? Se dijo que sí y esbozó una sonrisa complacida.

―¡Amo Sesshomaru, Jaken, volved! ―gritó con decisión. Ambos se voltearon para mirarla; Jaken, frunciendo el ceño y Sesshomaru alzando una ceja, interrogante. Rin amplió su sonrisa― ¡Sé la manera de cruzar el acantilado!

―¿En serio? ―inquirió Jaken volviendo asombrado y algo receloso― ¿Y cómo es, si puede saberse?

―Yo reconstruiré el puente.

―¿Puedes hacer eso? ―Jaken la miraba de una nueva forma; sus ojos brillaban admirados. No obstante, la sombra del recelo seguía ahí.

―Por supuesto ―declaró ella orgullosa.

Sesshomaru se había acercado también, pero no había dicho nada. Rin no se desanimó; esta era su oportunidad de demostrar que podía ser un miembro útil del grupo. Trató de forzar su memoria y recordar cómo se reparaban objetos forjados en piedra. La sacerdotisa Kagome no había insistido mucho en sus enseñanzas sobre la reparación de este tipo de material, pues sólo el pozo estaba hecho de piedra y ya se encargaba ella de su cuidado. Su especialidad era la madera ―por las casas y las carretas― y la cerámica ―por las vasijas y varios utensilios―. Nunca antes había intentado una reparación de ese grado ―y mucho menos de metales, pues la señora Kagome no se había molestado en mostrarle hechizos de reparación tan difíciles―, pero siempre había una primera vez para todo.

Se concentró cuanto pudo y alzó las manos frente a ella, con las palmas abiertas. "Que lo que fue vuelva a ser. Que la piedra sea una. Ayúdame, Kami", recitó para sí con los ojos cerrados. Tras unos instantes así, los abrió vacilante y descubrió con desencanto que no había pasado nada. Puso más empeño y recitó de nuevo en baja el hechizo. El sonido de una roca pequeña arrastrándose le hizo mirar para el acantilado.

Jaken y Rin observaron, llenos de asombro, cómo una a una todas las partes del puente ascendían y se fundían para dar paso a una construcción fuerte y sólida. No podía creerse lo bien que le había salido. ¡Si hasta parecía nuevo!

―No puedo creerlo ―musitó Jaken a su vez, atónito. Se giró para mirarla con admiración―. Tengo que retirar eso de que eres una inútil, has hecho un muy buen trabajo, Rin. Es igualito al puente que vi ayer.

―Gracias ―contestó con falsa modestia. Le era muy difícil no mostrarse orgullosa de su hazaña.

La joven corrió junto a Jaken hasta el centro del puente y saltó, victoriosa. Miró en dirección a Sesshomaru, sonriente ante la perspectiva de que estuviera mudo de asombro. No era así. Los ojos del demonio parecían dos orbes heladas. La sonrisa de Rin se congeló en su rostro. ¿Por qué no se alegraba? Ahora no tendrían que dar un rodeo y ahorrarían tiempo. Ni siquiera sabían si había otro puente cerca por el que cruzar el escarpado acantilado. ¿Acaso no había salvado la situación?

Se obligó a recomponer de nuevo su sonrisa y gritó con alegría en dirección a Sesshomaru:

―¡Venid, por aquí podemos pas…!

―Rin, Jaken, salid de ahí ahora mismo ―siseó con una furia que cohibió a la joven.

―Pero…

―¡No lo repetiré una segunda vez, Rin! ―exclamó un poco más fuerte y adelantándose de forma extraña un paso. Su cara no mantenía su habitual inexpresividad.

Y no tuvo que repetirlo. La grieta del puente que Jaken y Rin no habían visto se hizo más ancha, dividiendo la estructura en dos con cada uno en un lado diferente. Trataron de aferrarse desesperadamente al otro para no separarse, pero no llegaron a tiempo. En unos escasos segundos, el puente caía como si nunca hubiera sido reparado.

Rin vio, asustada, como su cuerpo se precipitaba hacia el vacío rodeado de gigantescas rocas. La cabeza le daba vueltas, y su corazón latía frenético mientras su pelo se ondeaba con violencia. Todo a su alrededor era una mancha borrosa, y daba vueltas sobre sí misma de forma descontrolada. No pudo ni chillar. Iba a morir aplastada. El río carente de profundidad estaba a siete metros, seis, cinco. Había llegado su final. Por fin, Rin emitió un estridente grito de espanto.

―¿No crees que es un poco tarde para hacer eso, Rin? ―inquirió una suave voz pegada a ella. Pero eso era imposible, pues había muerto. ¿Estaba en el cielo? Debía ser así, pues esa era la voz de un ángel.― Abre los ojos, Rin.

Ésta obedeció de forma vacilante y se sorprendió de que el paraíso tuviera el aspecto de un paisaje rocoso con un insignificante río en medio. ¿Y qué era eso tan mullido que le hacía cosquillas en la nariz?

―Agárrate fuertemente a mi cuello. Más ―insistió la voz. Ella volvió a obedecer inconscientemente. No comprendía dónde estaba. La cabeza le daba vueltas y no sentía su cuerpo.

Cuando sintió que ascendía a gran velocidad, enterró la cabeza en el cuello de aquel desconocido y se estremeció de miedo. El proceso no duró más de seis segundos, pero a ella se le hicieron horas. Ya nada se movía, salvo el pecho contra el que se apretaba con desesperación.

―Rin, tranquilízate. Estás a salvo ―le explicó la serena voz que antes se había dirigido a ella.

La joven levantó la vista poco a poco, con el cuerpo aún temblando por la impresión. Las agradables facciones, el largo pelo blanco y los brillantes ojos dorados le relevaron la identidad de su salvador. Pero ella, en su aturdido y asustado interior, siempre lo había sabido.

―A-amo Sesshomaru… yo… yo… ―tartamudeó con voz entrecortada y débil. No dijo nada más. Enterró la cara en su pecho y derramó unas lágrimas contra él. Seguía sin poder controlar los estremecimientos.

―Deja de temblar, Rin ―le ordenó el demonio con voz seca, pero sin apartarla. Su olfato captó el olor de la sal. No obstante, no mencionó las lágrimas que la joven dejaba en su ropa entre suaves gimoteos que no podía evitar.

―Lo… lo lamento, amo Sesshomaru. Yo… he sido una estúpida ―dijo entre hipidos y con la voz amortiguada por la prenda de él.

―No, sólo descuidada e impulsiva, pero eso es porque eres joven. Nunca arriesgues tu vida haciendo algo que ni siquiera te sale bien. Con el paso del tiempo aprenderás eso, yo mismo puedo enseñarte. Pero no vuelvas a hacer una tontería así, Rin, te lo advierto ―dijo secamente con su fría voz. Poco a poco, Rin fue despegándose de él. Se encontraba acunada por el brazo derecho del demonio, que la mantenía alzada contra su pecho. Con su mano izquierda agarraba la parte de atrás del oscuro kimono de Jaken, el cual envolvía su cuerpo desmayado.

―¡Abuelo Jaken! ―gritó bajándose y cogiendo el ligero cuerpo del demonio inconsciente. Aunque pareciera increíble, no había soltado en toda la caída el báculo de las cabezas.

Sesshomaru vio cómo Rin pegaba al demonio palmaditas en la cara para despejarle mientras exclamaba una y otra vez su nombre. Había faltado poco para que no lo contaran. Este pensamiento lo enfureció. Cuando la joven y Jaken habían corrido hacia el puente, él había logrado distinguir el olor de algunas plantas aromáticas que usualmente se empleaban para hechizos. El puente había sido derruido con la fuerza bruta y otra persona había encantado la zona para que no volviese a ser reconstruido. Alguien experimentado en el arte de la magia habría conseguido romperlo, pero Rin era tan primeriza en ese campo que ni tan siquiera había sentido el poder de un hechizo en el ambiente.

Soltó un siseo contenido de pura furia. Ese maleficio no había sido el único. Cuando trató de adelantarse para sacar a Rin y a Jaken del engañoso puente, algo lo había retenido. No había sido muy difícil disolver esas cadenas invisibles, pero esos preciosos segundos podían haber marcado un antes y un después. El cuerpo de Rin se encontraba a unos escasos dos metros del suelo ―había atrapado a Jaken más arriba, debido a su cuerpo poco pesado―. Observó los ahora apenas imperceptibles temblores de la muchacha y frunció el ceño. Había conseguido oler la esencia de un demonio en el lugar. Tenía algo familiar, pero no era de nadie que conociera. Tal vez luego recordara a quien relacionaba ese singular aroma.

―¡Abuelo Jaken! ¿Estás bien? ―preguntó preocupada ante el pálido verde que coloreaba su rostro. Éste abrió un poco más los ojos y gimió.

―¡Kami! ¿Vas a perseguirme hasta el infierno, Rin?

―No estás muerto, abuelo Jaken. Y tampoco está bien bromear con esa clase de asuntos ―le reprendió mientras le ayudaba a incorporarse. Jaken no temblaba, aunque sí parecía sufrir serios mareos. Recordó que llevaba algo de medicina contra ellos en las alforjas de Ah-Un. Se volvió para alcanzarlas, pero no vio al demonio de cuatro patas.

Desconcertada, lo buscó con la mirada, oteando el paisaje. ¿Dónde se había metido? Por fin dio con él. Estaba en el otro lado del acantilado, mirándolos con expresión atenta. Ella le devolvió la mirada, y se mantuvieron así unos segundos largos. Él la apartó el primero y se giró para seguir el camino que Sesshomaru había tratado de recorrer antes de que construyera el puente ―hablando de malas ideas…―.

―¡Eh, Ah-Un, no te vayas, por favor! ―gritó Rin desesperada, viéndole alejarse.

Sesshomaru se puso en ese momento a su lado de forma tan sigilosa que la joven se sobresaltó. Nunca dejaba de sorprenderle su capacidad de moverse como si de una sombra se tratase.

―Déjale ir, Rin. No puede cruzar de ninguna forma este acantilado con ese ala rota. Tampoco yo puedo con su peso. Tratará de alcanzarnos por tierra si realmente hay otro puente. Si no, esperará a que su herida sane y pueda llegar a nosotros volando ―explicó mientras observaba indiferente a su acompañante perderse tras una curva.

"¡P-pero ahí llevo mi ropa!", quiso decir la joven. No lo hizo, pues no quería dar la falsa impresión a su señor Sesshomaru de que aquellas cosas la afectaban tanto. ¡Kami, acababa de precipitarse por un barranco y se quejaba de que no tendría ropa! No, eso no habría sido un buen comentario. Después de todo, él no parecía muy preocupado.

―Es una suerte que el abuelo Jaken no hubiera dejado su báculo de las cabezas en las alforjas de Ah-Un ―observó haciendo recuento de todo lo que llevaba el demonio herido en su lomo. Su ropa, varios brebajes, hierbas especiales que la sacerdotisa Kagome le había dado antes de que se marchara y algo de dinero. Trató de no soltar un quejido.

―¡Suerte! ―graznó el demonio, súbitamente recuperado― Como si yo fuera a dejar descuidado un regalo del señor Sesshomaru como otras ―añadió haciendo referencia a los kimonos que se había traído para el viaje.

Antes de que la joven pudiera replicar, Sesshomaru comentó con aire indolente:

―En unas horas se ocultará el sol y no es conveniente quedarse en este tipo de zonas. ―Dicho esto, empezó a caminar dirigiéndose a la espesura de un pequeño bosque que se veía en la lejanía. Su rostro permanecía inexpresivo, pero en su mente bullía el movimiento. ¿Quién era el demonio que le había tendido una trampa? Debía conocerlo, no cabía duda. Él, como señor demoníaco, tenía muchos enemigos. Eran incontables aquellos que le habían desafiado para medirse con el hijo del gran Inu No Taisho. Cualquiera de los que habían resultado vencidos en la batalla podría tratar de matarle. Contuvo un gruñido de fastidio. Si Naraku estuviera vivo, no tendría dudas sobre quién era el inconsciente que osaba molestarlo, pero ahora… Tendría que seguir pensando. Tarde o temprano obtendría su respuesta.

―Hoy por poco muero, Rin. Si no fuera por el amo Sesshomaru… ―se quejó Jaken después de media hora de camino.

La joven bufó a su lado.

―¿Cuántas veces más quieres que me disculpe, abuelo Jaken? Sé que lo que hice fue un error. Y por cierto, yo también pude morir hoy.

―Claro, los dos estuvimos a un paso de la muerte por tu impulsividad e inexperiencia. ¡Y tú dándotelas de bruja todo-poderosa! ―Rin no se molestó en volver a corregirle: podría pasarse así toda una vida (y estaba segura de que lo hacía a propósito)― ¿Recuerdas eso que te dije antes? Lo de que me arrepentía de lo de que eras una inútil.

―Sí ―contestó distraída. Ese día le había mostrado muchas cosas y fijado unos objetivos. Sería más fuerte y demostraría a Sesshomaru que le escuchaba. No volvería a cometer el mismo error. Practicaría y practicaría hasta que le salieran bien todos los hechizos que conocía.

―Pues lo retiro: eres una niña inútil, débil y tonta.

―Oh, cállate.

"Acabaré cumpliendo todas vuestras expectativas, amo Sesshomaru".


Todos tenemos un mal día, nadie es perfecto... Pobre Rin, se lo hago pasar fatal. Pero bueno, por estar con el señor Sesshomaru yo haría cosas peores n.n ¿Qué tal veis el primer capítulo? ¿Os gusta, os decepciona, os es indiferente,...? Senna no aparece, lo sé, pero la razón es porque yo no pienso en ella como una compañera de viaje. Aparecerá más tarde, de mientras tenemos a los tres de siempre (sin el pobre Ah-Un momentáneamente).

¡Hasta la próxima! (que espero que no sea muy tarde)

Nos leemos,

Neissa.