¡Hola, gente! ¿Cómo estáis? ¡Espero que disfrutando del año nuevo! Yo vuelvo para publicar el quinto capítulo del fic antes de sumergirme a fondo en los exámenes, que están a la vuelta de la esquina. No creo que esta vez haya problemas con la extensión del capítulo, pues creo que es el más largo que he escrito. :P
Agradezco los comentarios a okashira janet, LunaLoire, Corazón de Piedra Verde, Kaitou Lucifer, black urora, lokalokita, Hina, Valeriya, Silk Maid, Disagea, Hoshi no Negai, Ely, Lils White, MiyukiChan14, Blueberry Bliss, Halldora' Ballohw, Leon Durmiente, riza-paola, MaJoSaMe, Sango Hale y beautifly92.
Os dejo el capítulo. Como siempre, espero que lo disfrutéis.
~Capitulo cinco.- Malicia~
Una amante.
Rin esbozó una mueca. ¿Cómo no lo había podido adininar? ¿Amor de hermanos? ¡Era una idiota! No obstante, también era comprensible que no hubiera visto venir a Jaken cuando lo dejó caer, pues ¿cómo imaginar que esa Himeko había sido tan sumamente cercana a Sesshomaru? "Más cercana de lo que yo nunca seré", se dijo la joven bajando los ojos mientras caminaba llena de tristeza. Al reflexionar sobre sus pensamientos, se ruborizó. "¡Pero tampoco es que yo quiera ese tipo de cercanía con el amo Sesshomaru! No, no, yo me conformo con estar a su lado, que me hable, me mire, me pregunte cómo estoy… Aunque tampoco es que lo haga muy a menudo". Rin suspiró. El tiempo que iba a pasar con Himeko en el grupo ―que no sería poco― iba a ser incómodo.
Miró la espalda del demonio blanco y frunció el ceño. ¿Sesshomaru, el frío señor demoníaco, había tenido una amante? Nunca, jamás, se le habría pasado por la cabeza tal cosa. ¡Pero si repelía el contacto físico! "Últimamente no", dijo una molesta voz en su cabeza que Rin ignoró sin contemplaciones. Era cierto que el amo Sesshomaru era hermoso y poderoso, pero pensar que podía haber amado a alguien… Himeko debía ser una mujer formidable; hermosa, fuerte e inteligente. Una auténtica mujer demonio totalmente apropiada para él. Su compañera perfecta. ¿Y qué era ella, después de todo? Como diría el abuelo Jaken, un intento fallido de sacerdotisa de origen humilde y nulas capacidades. Sólo una niña tonta.
"¡No te deprimas, Rin!", se animó mentalmente dándose palmaditas en las mejillas para darlas el color que había perdido. Tal vez Himeko fuera, además de fuerte y hermosa, una mujer amigable y simpática. Quizás quisiera ser su amiga y pasaran un buen tiempo juntas. La joven sonrió un poco más animada. Podría estar de nuevo con una mujer y viajaría con ella. Cuando era pequeña no extrañaba el contacto femenino, pero ahora se le hacía muy incómodo ―más bien se moría de la vergüenza― hablar con sus acompañantes sobre ciertos temas íntimos ―con Jaken, más bien. Ni se le pasaría por la cabeza molestar al amo Sesshomaru con esas cosas―. La abuela Kaede siempre había dicho que no había mal que por bien no viniera.
―¡Al mal tiempo, buena sonrisa, chica! ―exclamó alegremente haciendo que Jaken la mirara extrañado y sacudiera la cabeza con condescendencia.
―A esta niña se le va la cabeza… mira que hablar sola…
―Ahora estás hablando tú solo, abuelo Jaken.
―¡Silencio, niña tonta!
Rin le sacó la lengua con aire pícaro. Le gustaba jugar así con Jaken y simular que el tiempo no había pasado, que su separación jamás había tenido lugar. Pero ya no era una niña y el pasado, pasado quedaba. Por mucho que lo intentara, las cosas no volverían a ser iguales.
―¿Echas de menos a Luka, abuelo Jaken? ―inquirió Rin mirando el cielo. Las nubes parecían esponjosas al tacto. Distraídamente, alzó su brazo como si fuera a acariciarlas.
―Bah, él está bien como está ―dijo Jaken con su voz gruñona.
Rin lo miró con expresión preocupada.
―Reprimir los sentimientos es malo. Alimentan tu corazón de malas vibraciones y terminan explotando de manera horrible en el peor momento posible ―sentenció la joven sombríamente. Luego sonrió y abrazó al sorprendido demonio.―. Puedes llorar, abuelo Jaken. Yo te comprendo―dijo dulcemente sobre su hombro.
―¡P-pero qué haces, niña tonta! Suéltame ahora mismo si no quieres que te de un buen… ―La mirada acerada que le dirigió Sesshomaru detuvo abruptamente la exclamación acalorada.― ¡Bien, nada violento, pero sí me enfadaré… pero poco! ―Sesshomaru volvió la vista al frente con perfecta indiferencia. Jaken suspiró de alivio, pero se desasió de los brazos de Rin.
Ella lo miró con reproche. Sabía que Jaken estaba triste y no entendía por qué no decía nada. En la aldea siempre lo había recordado como un demonio quejica e histérico cuando algo le molestaba. Ella también se sentía apenada por la marcha de Luka aunque seguramente no tanto como él. Después de todo, Jaken había hecho buenas migas con el lobo rápidamente y en los últimos tiempos se animaba con facilidad. ¿Terminaría con eso ahora que Luka ya no estaba?
El único que no lamentaba la ida de su fugaz acompañante era el amo Sesshomaru. Claro que él había sido quien había ordenado su marcha inmediata. ¿Le odiaría Jaken por eso? "No, el abuelo Jaken admira al amo Sesshomaru y daría su vida por él, estoy segura", pensó Rin con convicción.
―Amo Sesshomaru ―dijo con timidez al acercarse a él. Desde que Jaken había dicho lo de Himeko… "¡Deja de actuar como una tonta, Rin!". El demonio la miró con sus fríos ojos. ― ¿Cuánto tiempo creéis que tardará Ah-Un en recuperarse? ―inquirió con turbación.
―Ya tendría que estarlo. Apenas le hice un corte superficial ―comentó volviendo a mirar al risco rocoso y escrutándolo atentamente.
―Ah― sólo dijo Rin con incomodidad. Lo cierto es que Ah-Un caminaba con normalidad y no había hecho ningún movimiento raro desde el día anterior. Al fin y al cabo era un demonio dragón y se recuperaba de sus heridas a una velocidad más rápida que la del demonio común. No hablaron de nada más en el trayecto.
Llegaron a una mansión de piedra bien entrada la tarde. Rin y Jaken habían seguido caminado como si nada, pero se detuvieron al ver a Sesshomaru y Ah-Un quietos frente a la escarpada ladera de roca. La gran casa estaba semi-oculta en el paraje con su perfecto camuflaje. Cuanto más se acercaban, más se sorprendía Rin por su rústica majestuosidad.
―Es impresionante, ¿verdad? ―musitó admirada cuando entraron en el patio exterior.
―En realidad, no―contestó Sesshomaru con sequedad.
―Niña tonta, la familia del amo Sesshomaru es dueña de las tierras del Oeste. ¡Por supuesto que sólo considera esto como una choza inmunda! ―le replicó Jaken en un aparte. Rin recibió estas palabras con desilusión: si Sesshomaru pensaba eso de la increíble mansión, ¿qué opinaría de la triste y destartalada casita de madera a la que había llamado alguna vez hogar? Una vez más se dio cuenta de su inmensa insignificancia.
―¡ALTO! ¿Quién va?
Dos demonios con cabeza de serpiente aparecieron de pronto en lo alto de las murallas que rodeaban la mansión. Jaken sacó su báculo de las cabezas y los apuntó con él, pero Sesshomaru se adelantó unos pasos con expresión ligeramente contrariada ―con lo cual Jaken adivinó que estaba claramente molesto―. Sonrió triunfante a las serpientes. Ahora conocerían a su señor Sesshomaru.
―¿Otra vez esta tontería? ―inquirió el demonio con mortal suavidad.
―Intrussoss, idenfificaoss ―siseó uno de los guardias.
Sesshomaru no sólo no lo hizo, sino que se les quedó mirando con fijeza. Las serpientes se removieron en el sitio con una nueva sensación de inquietud pero no abandonaron su puesto. Un tercer demonio entró en el patio y se sorprendió al ver a Sesshomaru y sus acompañantes.
―¿Quiénes son? ―gritó nervioso a los guardias del muro.
―Avissa a Honoka. Ella ssabrá que hacer ―contestó el otro demonio sin apartar su mirada de Sesshomaru. Ni corto ni perezoso, el sirviente volvió corriendo al interior de la mansión.
Pasaron unos tensos momentos de espera. Rin observó con una tranquilidad que Jaken no compartía cómo intercambiaban miradas amenazadoras los guardias de aquel lugar y su amo Sesshomaru. No lo entendía, ¿no era aquel el lugar donde iban a quedarse? Creía que ya había arreglado todo. ¿No eran bienvenidos? Rin sonrió. Si no se quedaban allí, no encontrarían a Himeko y, tal vez,… La joven se horrorizó. "¡Eres una egoísta! La necesitamos para encontrar aquello que el señor Sesshomaru busca desde hace tantísimo tiempo. Tengo que hacerme a la idea de que la quiero aquí tanto… o casi tanto como el amo Sesshomaru". El sirviente volvió a aparecer jadeando por la puerta. Salió vacilante a la luz mientras una figura le seguía muy erguida.
―H-he traído… ya está… conmigo…
―¡Por Kami, hombre! ¡Bebe un poco de agua y deja balbucear como un idiota! ―le espetó la mujer que estaba a su espalda. Miró con desinterés a los visitantes y se quedó tan sin aliento como el demonio sirviente. Rin observó confusa cómo los ojos de aquella bonita demonio se dilataban. ―¡Señor Sesshomaru! ¡Habéis vuelto!
Jaken y Rin retrocedieron un paso sobresaltados al ver a la mujer acercarse a una velocidad alarmante al demonio blanco, quien permanecía inmutable. Una oscura duda cruzó la mente de la joven.
―Abuelo Jaken, ¿no será esa Himeko? ―preguntó preocupada observando de reojo a la bonita mujer. Era tan vivaz y expresiva…
―No digas tonterías, Himeko es mucho más hermosa que esa demonio.
―Creo que me voy a tirar de esas almenas.
―¿Cómo dices?
―Nada, nada.
La alegre mujer les hizo señas para que entraran y se situó junto a Sesshomaru, pero no llegó a tocarlo. "Mujer estúpida, pero prudente", gruñó interiormente Jaken al ver a aquella patética demonio intentando llamar tan descaradamente la atención de su amo Sesshomaru. Que lo hiciera Rin pasaba, pero que fuera una total e insignificante desconocida… ¡imperdonable!
―¡Menuda falta de respeto! ―escupió en voz alta. La mujer lo oyó y alzó una ceja con ironía. Volteando ligeramente la cabeza, lanzó una maliciosa mirada a Jaken. Abrió la boca para decirle algo, pero su mirada topó con Rin, quien lanzaba miradas de admiración a la mansión sin prestar atención a la tensa situación. Honoka dejó de caminar al tiempo que emitía un bufido.
―¿Una humana? ¿Aquí? ¿Se puede saber que haces? ¡No puede haber humanos aquí! ―exclamó con mirada encendida. Dio un paso al frente con expresión amenazadora pero el brazo de Sesshomaru le impidió dar más.
―Ella me acompaña y obedece mis órdenes, no las tuyas. ¿Comprendes? ―Oprimió con fuerza el hombro de la mujer demonio y ésta soltó un quejido.
―Yo… lo siento. No quería… ―intentó decir Rin, incómoda por la situación que había originado sin querer. Sesshomaru soltó a Honoka y continuó caminando.
―¡E-espere, señor Sesshomaru! Le acompañaré para que vea al amo…
―Recuerdo el camino, estúpida mujer. Acompáñales a ellos a sus aposentos.
Honoka hizo una mueca ante la frialdad de sus palabras y suspiró. Iba ser difícil derretir esa coraza de hielo, pero si Himeko había podido, ella no iba a ser menos. Mandó llevar a Ah-Un a los establos preparados para demonios de gran tamaño y ordenó que le dieran de comer heno de calidad a la mascota de Sesshomaru. Rin y Jaken se molestaron al escucharlo.
―Disculpa, pero Ah-Un no es la mascota de nadie. Él sigue al amo Sesshomaru por propia voluntad ―aclaró Rin con el ceño levemente fruncido.
―No me hables en ese tono, mocosa humana ―le espetó la mujer con odio. La joven se sorprendió al ver esa cantidad de rencor en sus ojos. ¿Qué había hecho para que la tratara así? ― Bueno, supongo que tendré que llevaros donde dormiréis. No hay muchas habitaciones libres en este momento ―mintió con una falsa sonrisa. Con lo cerrado que era Ryota, no admitía muchas visitas. La mansión estaba siempre ocupada por él y sus sirvientes.
―Deja de parlotear, mujer, y haz lo que te han dicho ―dijo Jaken con arrogancia imitando a su señor Sesshomaru.
Honoka gruñó y les hizo un gesto de mala gana. La habitación de Jaken no era muy grande, pero podían dormir cómodamente dos personas. Rin quiso seguirle cuando entró a inspeccionar el lugar, pero la demonio la detuvo tironeándole del brazo con fuerza.
―No, no, querida. No puedes dormir ahí, con ese demonio. ¿Acaso crees que eres un hombre? ―Su sarcasmo molestó a Rin.
―Yo he dormido muchas veces con…
―Silencio, no deseo oír las perversiones de una humana. Te llevaré a tu cuarto.
La joven, ruborizada al comprender sus palabras, la siguió sin replicar nada más. No dijeron nada durante el camino, por lo que Rin se dedicó a mirarla mejor. Era bonita con sus ojos azules y su oscuro pelo. El yukata que cubría su cuerpo resaltaba a la perfección sus formas femeninas y acentuaba el contraste entre su piel pálida y su rojo atuendo. Lo único que revelaba que era una demonio eran sus puntiagudas orejas ―al igual que los afiladísimos dientes―.
Le extrañó la ropa que llevaba. El yukata era un kimono reservado para el verano, y apenas estaban saliendo del invierno. De pronto se dio cuenta del calor que hacía allí dentro. ¿Cómo podía estar tan distraída que no notaba su frente perlada de sudor? No comprendía cómo podía hacer esa temperatura cuando en el exterior era uno capaz de morirse congelado. De pronto se chocó con la espalda de Honoka y por poco no cayó al suelo. Ésta la miró con tanto desdén que a Rin se le quitaron las ganas de preguntarle por el fenómeno término.
―Aquí duermes tú ―dijo señalando al frente.
Rin miró la diminuta puerta corredera y la abrió. Una nube de polvo la obligó a toser violentamente. La habitación estaba a oscuras, pero la joven casi prefería que fuese así. Si la de Jaken no era muy grande, la de ella no era apta para personas. Más bien parecía que lo habían estado utilizando hasta la fecha como almacén, pues había cajas por doquier y figuras de cerámica extrañas.
―Si te molesta la suciedad, limpia, pero NO toques nada de esta habitación, ¿entiendes? Si lo haces, pagarás caro tu atrevimiento.
Esperó a que Rin asintiera para salir de la decadente habitación con aire digno. La joven miró a su alrededor y se encogió de hombros. Puede que los últimos tiempos se hubiera acostumbrado a dormir con mucho espacio ―después de todo, lo hacía al aire libre―, pero de pequeña compartía una habitación bastante pequeña con sus numerosos hermanos. Que no se dijera que ella era una quejica que no se adaptaba a cualquier situación. Por Sesshomaru.
―Además, tiene cierto encanto… rústico y tradicional ―dijo con una risita. Tocó con el índice una vasija resquebrajada, que hizo un chasquido y terminó de partirse por la mitad―. Mmm… mejor no toco nada.
Dejó sus escasas pertenencias en un rincón medianamente limpio y salió a buscar a Jaken. Le encontró bufando en su cuarto sobre algo de jerarquías e indignidad. Nada nuevo.
―Abuelo Jaken, ¿vienes a buscar conmigo la cocina? Tengo un poco de hambre.
―Rin, ¿dónde estabas? Todos abandonáis al pobre y viejo Jaken a su suerte ―se quejó mientras pateaba su delgado futón.
―Oh, vamos, nunca haríamos eso ―dijo Rin risueña mientras le cogía de los hombros y le sacaba de la habituación. Jaken detestaba que hiciera eso ―su diferencia de alturas quedaba demasiado en evidencia―, y la joven lo disfrutaba.
―Rin, pones cara de niña buena, pero yo sé que en otra vida fuiste una diablesa.
―¿De verdad?
―No tienes por qué emocionarte tanto, niña tonta.
La cocina estaba en el primer piso de la mansión ―como ninguno de los criados habían querido darles indicaciones, tuvieron que pasearse por toda la casa con el olfato agudizado―. Era un poco triste que su instinto de supervivencia hubiera llegado a eso, pensaba Rin mientras se imaginaba a las muchachas de la aldea riéndose de ella. "Bah, ellas no viajan ni tienen aventuras con el señor Sesshomaru… Sólo se casan, tienen hijos, envejecen con sus amigos después de una vida llena de paz y… Tengo que comer algo".
―Disculpe, ―llamó a uno de los demonios que removía con un gran cucharon un puchero lleno de una masa viscosa y marrón. Rin puso una mueca y se dispuso a pasar un poco de hambre, pero al girarse la bestia azulada se vio obligada a preguntar educadamente―: ¿es ésta la cocina? ¿Podemos tomar algo de lo que hayan preparado? Aunque sean sobras ―añadió sin mirar a Jaken y suplicando mentalmente que no saliera con uno de sus ramalazos de dignidad. Curiosamente, no dijo nada. Tal vez tuviera tanta hambre como ella.
―No, muchacha, no tenemos nada guardado. Pero si te metes aquí dentro, la cena estará servida para dentro de media hora ―indicó señalando el recipiente de la masa viscosa. Sus compañeros de cocina se rieron sin dejar de trabajar.
―¿Habla en serio? ―inquirió con curiosidad Rin a Jaken. El demonio la fulminó con la mirada por su falta de sensatez.
―Más les vale que no, si no quieren sufrir en carne propia la cólera del gran Sesshomaru ―dijo en voz alta y con una marcada nota de orgullo.
―¿Sesshomaru?, ¿quién es ese?
―El señor de las tierras del Oeste, hijo y heredero del poderoso demonio perro Inu no Taisho.
Rin sonrió ante los alardes que hacía Jaken ante el impresionado personal, aunque estuvo de acuerdo en todo. Lo único que le sorprendía era que no conocieran al amo Sesshomaru. Pensaba que era famoso en todas partes, y más después de toda la historia de Naraku. Estuvo escuchando como Jaken continuaba su oda al señor Sesshomaru hasta que el demonio que antes la había querido cocinar en esa masa mugrosa dijo con recelo:
―Y si ese Sesshomaru es tan poderoso como dices, pequeño demonio, ¿por qué iba a preocuparle lo que le pasara a una débil mujer humana? Digo yo que tendrá mejores cosas en las que pensar, ¿no? ―Todos sus compañeros estuvieron de acuerdo y volvieron sus miradas a Rin, quien seguía tranquila. Jaken era un experto en tratar esos temas, así que mejor dejárselo a él.
―El señor Sesshomaru tiene una relación muy… especial con esta humana, así que sí, le preocuparía ― "Y os mataría a todos", añadió mentalmente con placer. ¿Cómo se atrevían aquellos insignificantes criaturas a hacerles esperar cuando le rugía tanto el estómago? Impaciente, exclamó―: ¡Y ahora dadnos de comer u os arrepentiréis!
Como si hubiera aparecido mágicamente comida en la despensa, les trajeron todo tipo de fruta y algunos brotes de verdura. Mientras mordisqueaba un brote de soja y volvían a la habitación de Jaken, Rin comentó:
―Sabes amenazar muy bien, abuelo Jaken. Casi me lo he creído yo.
―Eran amenazas reales, niña tonta ―le espetó el demonio con la cabeza alta y pegando un mordisco a una jugosa manzana roja.
―Ya, y a mí me apesta el aliento.
―Ya era hora de que te dieras cuenta.
―… Eres un ser bajito y gruñón, y te vas a quedar para siempre así. Enano y triste Jaken.
Kol vio alejarse de su cocina a los dos extraños visitantes pegando voces. Hacían una pareja curiosa, y no sólo por la diferencia de razas. Suspiró y echó más raíces a la cena. El señor no tendría tierna carne humana para comer. Ya se había imaginado los agradecimientos al cocinero…
―Estúpido, deja de soñar despierto y acaba de una vez la cena. El amo Ryota y el señor Sesshomaru saldrán pronto de su reunión con el estómago vacío.
―Eh, que yo no tengo la culpa de que me vengan a molestar los visitantes a mi cocina, señora Honoka ―se quejó el demonio mientras removía con más fuerza y velocidad.
Honoka abrió los ojos con sorpresa.
―¿Los visitantes?, ¿han venido aquí?, ¿a qué?
―A por comida, claro.
―¡¿Y les has dado? ―exclamó indignada golpeando la mesa con un puño. Kol tosió vacilante. Había que tener mucho cuidado con esa demonio en especial.
―Bueno, hablaron de ese Sesshomaru que acabas de mencionar y… No queremos problemas con tipos poderosos.
―¿Problemas? ―se burló―, ¿por qué ibas a tener algún problema? Dudo que Sesshomaru le importe un comino lo que les pase a sus debiluchos sirvientes. Aquí puede conseguir otros. ―La sonrisa de Honoka indicó a Kol que la mujer tenía en mente quién iba a acompañar al demonio.
―El pequeño demonio sapo no dio a entender eso. Parece ser que el señor Sesshomaru tiene un gran afecto por la humana. Será su amante, me imagino. No sé qué puede ver en una mujer humana, por bonita que sea. Son comida, y con la comida no se juega. Además…
―¡BASTA! ―Kol pegó un pequeño salto ante el grito de la mujer, de pronto enfurecida. Se acercó amenazante― ¿Amantes, has dicho? Eso es absurdo. A quien le gustaban las mujeres humanas era a su padre, él los detesta. Y él no tiene por costumbre tomar "amantes", es un ser frío y solitario. No te creo.
―Pues es lo que me han dicho ―se excusó poniendo las manos al frente―. Pero si odia a los humanos, ¿por qué le acompaña una de ellos? Es extraño, ¿no crees?
―¿Extraño? ¡Estupideces! Es su sirvienta y ya está. No guardan más relación. Dudo siquiera que le haga mucho caso a esa niña―dijo remarcando con desdén la última palabra.
―¿En serio? Malditos sean, les he dado comida de la despensa guardada expresamente para el amo Ryota. Cuando les vea herviré a la cría en compensación, ¡cómo se han atrevido a reírse así de mí! Le agradezco esta información, señora Honoka.
―Sí, sí ―gruñó. De pronto, una idea cruzó su mente. Sonrió perversamente.― Mmm… ¿Kol? ¿Guardas por ahí esos bichos demonio para el caldo?
―Sí, pero llevaría tiempo prepararlos. No olvide que crudos dan un intenso dolor de estómago.
―No te preocupes, puedes servirlos crudos.
―Pero el amo Ryota podría ponerse enfermo y…
―Él no los probará. En realidad, sólo va a degustar esta comida demoníaca especial una persona ―ronroneó con suavidad en la voz y malicia en los ojos.
Kol no pudo hacer otra cosa que soltar una carcajada.
―Rin, ¿seguro que te encuentras bien? ―preguntó por tercera vez Jaken, preocupado. Estaba sentado junto al futón de la chica sin dejar de estornudar por el polvo de la habitación que se levantaba cuando se movía un centímetro.
―Sí, se me va pasando ―respondió con voz débil. Luego sonrió al inquieto demonio―. No te preocupes, Jaken, no han vuelto los dolores del primer día. Esa infusión de hierbas me ha estabilizado la tripa, te lo agradezco.
―Deberíamos haber avisado al amo Sesshomaru ―se quejó.
―¿Para qué? No nos ha atacado un demonio ni hemos sufrido un accidente, sólo he tenido la mala suerte de tomar comida en mal estado. No debemos distraerle con cosas así cuando está tan concentrado en tratar asuntos con el señor de esta mansión.
―Sigo diciendo que envenenaron la comida.
―Vamos, abuelo Jaken, no seas absurdo. No tienen razones para hacer eso, y si las tuvieran, ¿no nos habrían dado ese caldo a los dos?
―Ese cocinero no me ha dado buena espina ―gruñó meneando la cabeza.
―A ti nadie te da buenas vibraciones ―rió suavemente. Se incorporó de su futón y sufrió un pequeño mareo. Era normal tras haber estado tres días en cama, enferma.― Creo que ya va siendo hora de que me levante…
Se puso en pie y cogió un pequeño peine de madera para adecentarse su maraña de pelos. Pensó en cambiarse el arrugado kimono, pero lo dejó para más tarde. Ahora no tenía ganas de nada más que salir al patio a respirar un poco de aire puro. Cuando se volvió hacia la puerta, se topó con la mirada concentrada de Jaken sobre ella.
―¿Pasa algo?
―Rin, ¿tu pelo no era antes más largo?
―¿Qué? Claro que no. ¿De dónde sacas eso? ―replicó, nerviosa.
―No me líes, niña tonta. Soy muy observador y recuerdo perfectamente que esos cinco años en los que estuviste en la aldea del tonto de Inuyasha dejaste crecer tu pelo hasta las caderas. Ahora lo tienes a media espalda, ¿cuándo te lo has cortado?
―Yo… ¿qué importa eso? ¿Tanto te importa mi aspecto, abuelo Jaken? ―dijo con brusquedad mientras echaba su pelo hacia atrás. El demonio pegó un salto, indignado.
―¡En lo más mínimo, tonta! Yo sólo me preocupo por lo que diría el amo Sesshomaru, es todo.
―¿Crees… que no le gustara? ―inquirió poniendo los ojos como platos.
Jaken, a pesar de su malhumor, la examinó cuidadosamente.
―No lo sé, llevas el pelo como cuando eras una niña. Pero repito que NO me importa.
Rin suspiró y asintió. Se despidió de Jaken para salir como había planeado y disfrutar del fin de su cautiverio. Mientras caminaba se pasó una mano por el pelo y se entristeció. Ella no había tenido más remedio que cortárselo, pero no se lo diría a Jaken. Sólo se preocuparía más ―porque, a pesar de lo gruñón que era, se preocupaba mucho por ella―. No, era un problema que debía encarar ella sola, sin su ayuda o la del amo Sesshomaru. Era mayor y pensaba arreglarlo como los adultos: con una charla pacífica y una sonrisa amistosa. Tal vez se tratara de un error. Tal vez la había confundido con otra persona y por eso la tomaba con ella. Tal vez no. Ya lo vería.
Acariciando su pelo, pensó en el día que había comido ese caldo en mal estado. En un principio creyó que se había tratado de un accidente, como es natural, pero lo que no era algo muy normal fue que ella se alegrara tanto o que pareciera tan pagada de sí misma. Tampoco era normal que el segundo día que había pasado en cama se hubiera levantado con jirones de pelo por todas partes. Primero se asustó, pero luego vio que apenas se había tocado la zona de la raíz y que no tenía heridas en el cuerpo. Se arregló el pelo como pudo, pues al no tener espejos le costó trabajo igualárselo.
Pero no había sido sólo eso: su comida le llegaba fría; la bebida, caliente. El mismo día que había cortado su pelo pidió una tina de agua para tranquilizarse y relajarse. El agua estaba muy sucia y helada, casi como si estuviera a punto de hacerse un cubito. Se quejó a un sirviente que pasaba por allí, pero éste le contestó groseramente que si no le gustaba, que se marchara por donde había venido. ¿Qué pasaba con los de aquella casa? Debían empezar a relajarse y disfrutar la vida, parecían todos muy estresados.
―Es algo bonita, pero le quita todo el encanto que pueda tener el que actúe como si fuera una niña. ¿Has visto que infantiles son sus gestos? Bah, no entiendo como el señor Sesshomaru no la ha mandado a paseo con lo que odia que la gente sea así.
―Igual es su mascota.
―Quizás. El amo Ryota dijo que Sesshomaru había dicho que iba a traer una mascota y dijeron que no era el dragón. Por descarte…
Rin ignoró las risas crueles que despedían Honoka y otra mujer con un yukata precioso. Pasó a su lado en el pasillo rápidamente mientras notaba sus miradas burlonas sobre ella. Honoka era una mala persona, no cabía duda. "Dale el beneficio de la duda, Rin", se dijo por enésima vez. Puede que pecara de tonta, pero también era posible que todo fuera un gran malentendido.
Dio una vuelta por el patio, disfrutando de la suave brisa que traía el norte. No hacía mucho frío, y era de real alivio el salir de aquella sauna. No era de extrañar que todos en aquella mansión llevaran ropa de verano ―aunque desconocía la razón de aquel intenso calor―. Un gorjeo a su lado la obligó a pegar un brinco por el susto. Miró con ojos muy abiertos a la sigilosa niña que se había situado junto a ella sin que lo notara. Ésta la observaba con gran curiosidad en sus ojos pardos.
―Hola, pequeña. ¿Qué haces aquí? ―preguntó amistosamente con su mejor sonrisa.
―Salí a dar una vuelta para huir de Honoka. Quiere probarme un nuevo kimono espantoso, así que me esconderé debajo de alguna piedra. ¿Y tú? ―dijo directamente meneando sus rizados cabellos morenos.
―Yo tenía mucho calor, así que vine a despejarme un poco. ¿Sabes porque está tan caliente esta casa?
―El amo Ryota ama el calor. En invierno contrata a hechiceros, monjes o sacerdotisas para mantener una temperatura permanente similar a la del verano ―explicó con simplicidad mientras levantaba una piedra y empezaba a meterse en el hueco que había bajo ella.
―Cuidado, vas a mancharte,… perdona, creo que no nos hemos presentado. Yo soy Rin, ¿cómo te llamas, preciosa?
―Hikari, y tú sí eres preciosa. Pensaba que las humanas eran todas feas con cuerpos extraños, pero tú eres bastante normal.
Rin se sonrojó ante la apabullante sinceridad de la niña. Era refrescante escuchar lo que una persona pensaba sin mentiras ni recelos de por medio. Por eso le encantaban los niños. "Te gustan los niños porque tú eres una de ellos, niña tonta".
―¡Maldición, fuera de mi cabeza! ¿También tengo que soportar tus burlas cuando no estás?
―¿Es normal en los humanos el hablar solos? ―inquirió mirándola fascinada mientras discutía con su Jaken imaginario.
―No, es que yo soy así ―confesó Rin hundiendo los hombros, resignada. Hikari salió de debajo de la roca (desde donde la había espiado con sus grandes y brillantes ojos) y la cogió el rostro con las dos manos.
―Eres adorable ―sentenció con un asentimiento de gravedad. Rin se sonrojó más intensamente ante el cumplido y fue a dar las gracias, pero la niña no había terminado―. Debes corregirlo. Honoka dice que las mujeres adorables son pisoteadas en la vida. Hay que ser dura y encarar la situación con una mirada segura y nada adorable. Lo siento.
―¿Tu forma de ser dura y encarar la situación es esconderte bajo las piedras para no probarte un kimono? ―comentó Rin con suspicacia. Hikari parecía una niña joven, pero no había caído en la cuenta de que los demonios pueden aparentar edades que en realidad no tienen.
―Bah, esto no tiene nada que ver con lo que he dicho. ― Se metió de nuevo en el hueco y se tapó con la piedra llena de musgo anaranjado. Sus ojos pardos brillaban de forma algo inquietante (tal vez porque sólo se le veía esa parte del cuerpo).―Si te cruzas con mi hermana, no me has visto. Si me traicionas, no te voy a volver a hablar ―amenazó.
―Bien, bien, no te preocupes, pequeña Hikari. ¿Quién es tu hermana?
―Te lo he dicho antes: Honoka. Y no soy pequeña, sólo que soy bajita para mi edad.
―¿Honoka?, ¿es tu hermana?
―Sí, y no hables tan alto o te oirá. Me sorprende que no haya venido aún. Tal vez esté en el segundo piso y no nos oiga desde allí.
Rin tuvo un mal presentimiento. Se despidió de Hikari descuidadamente y echó a correr al segundo piso. Primero se detuvo en la habitación de Jaken. Sonrió al verle dormir a esa hora de la tarde tan a pierna suelta. Debía estar cansado. Aliviada, se dirigió tranquilamente hacia su cuarto. La puerta corredera no cedió cuando se propuso a abrirla, pero eso era porque estaba vieja. Después de varios intentos fallidos, la puerta hizo un chasquido y se hizo a un lado bruscamente, provocando que Rin cayera al suelo con fuerza. Soltó un quejido a la vez que se levantaba. Algo suave al tacto en su mano llamó su atención. Contuvo un largo gimoteo. Era un kimono blanco, su kimono. Estaba hecho trizas y apenas quedaba nada de él unido. Las flores bordadas en la delicada tela ya no parecían tal cosa, sino retazos de tela sin conexión alguna. Sería imposible coserlo de nuevo.
―El kimono que me regaló el amo Sesshomaru…
"No vas a llorar, Rin, esa zorra quiere que lo hagas, pero no vas a darle el gusto. Sólo es ropa, ropa bonita, pero ropa al fin y al cabo. No llores, no llores", pensaba con fiereza mientras un traidora lágrima recorría su mejilla.
¿Por qué?, ¿qué había hecho para merecer eso?
Escuchaba las risitas de aquella odiosa mujer mientras bebía de su cuenco lentamente. Jaken estaba a su lado y no entendía nada. Sesshomaru estaba sentado al lado del señor de la mansión y hablando aparentemente de algo serio ―aunque también era cierto que una conversación con Sesshomaru no podía ser de otro modo―. Apenas quedaban rastros de las lágrimas que había derramado el día anterior. El ataque no había sido tan grave: únicamente la ropa había sido destrozada. Pero se había juntado todo, y Rin había estallado. No estaba acostumbrada a que la odiaran de esa manera, o mejor dicho, se había acostumbrado a que la trataran bien ―porque de pequeña no se podía decir que los hombres de su aldea natal la hubieran tratado con toda la dulzura del mundo cuando quería cualquier cosa, incluido comer o beber―.
Sesshomaru miraba en su dirección de tanto en tanto, por lo que Rin solía ocultar su rostro tras su cortina de pelo. No quería parecerle débil, no ahora que Himeko estaba por llegar y destacaría por su fuerza. Apretó su cuenco con más fuerza de la necesaria. Esa misma tarde se enfrentaría a esa mujer y exigiría respuestas. ¿Por qué la odiaba?, ¿qué le había hecho?, ¿no iba a parar nunca? No, ella le obligaría a parar. Si no era capaz de solucionar algo así, ¿cómo iba a poder ser una sacerdotisa tan buena como Kagome? No podría ayudar a los demás si no conseguía primero ayudarse a sí misma.
Pasó la tarde esquivando a Sesshomaru y a Jaken. No quería molestarlos, y menos al amo Sesshomaru, tan molesto por la tardanza de Himeko. Himeko… seguramente la habría extrañado con el paso de los siglos. Aunque doliera, estaba deseando verla para saber qué clase de mujer podía ganarse de Sesshomaru ―no es que ella fuera a seguir su ejemplo, ni mucho menos. Era pura… curiosidad―.
Cuatro días habían pasado desde su llegada a la mansión. Cuatro infernales días. Estaba deseando que esa demonio llegara de una vez para marcharse de allí. Honoka parecía ser una experta en hacer que la gente sufriera sin hacerla daño directamente. Rin odiaba a ese tipo de personas por su mezquindad.
―Si mal no recuerdo, Ryota, dijiste que tardaría tres días en llegar. ¿Tu ineptitud llega también a esto?
―Vamos, Sesshomaru, deja de gruñir ―bromeó el demonio haciendo referencia a su origen. Al repasar lo que había dicho, exclamó con indignación ―. ¿Y a qué infiernos te refieres con lo de "también"? ¡Yo no soy un inepto!
―Qué puedo decir: con seguidores así, el carácter del amo queda en evidencia.
Ryota soltó una risita burlona.
―Tienes razón, como siempre. Lo cierto es que la niña humana, el demonio bajito y malhumorado y el dragón del establo reflejan con exactitud tu car…―La fulminante mirada de Sesshomaru le impidió continuar. Maldición, si fuera un par de siglos más joven, le daría su merecido. Ya nadie respetaba a sus mayores.
―Más te vale que Himeko aparezca aquí en los próximos dos días ―sentenció Sesshomaru con voz fría. Apartó la vista del contrariado Ryota y la dirigió a un pilar de madera. Se lo quedó mirando unos instantes fijamente.
Rin contuvo la respiración tras la columna hasta que vio que el demonio blanco se marchaba de ese pasillo junto al amo de la casa. Soltó un suspiro de alivio. Él no la había visto. Sabía que actuaba cobardemente, pero realmente no quería verlo ―o más bien que la viera― hasta que todo estuviera solucionado. A la hora de la cena se acercaría para hablar sobre cualquier cosa. ¿De qué podrían conversar? En la cabeza de Sesshomaru ahora sólo estaba Himeko, y ese tema le resultaba incómodo. ¿Sabía Sesshomaru la razón por la que hacía tanto calor en la casa? Podía también decírselo ―aunque podía darse el caso de que no le interesara en absoluto―. Se mantuvo pensativa unos instantes. Fue entonces cuando una silueta en las sombras de mujer la desconcentró y devolvió al presente. ¡Honoka! Parecía llevar prisa, pues su cara denotaba impaciencia. Decidida, la siguió con un sigilo digno de un depredador.
Torcía las esquinas a una velocidad pasmosa, obligando a Rin a caso correr tras ella. La joven se sorprendió cuando salieron al exterior, pero continuó empecinada en su persecución. Honoka habló unos instantes con el guardia de la entrada, quien se retiró después de dar una llave a la mujer. Ésta abrió una de las puertas traseras que daban al desierto para seguidamente salir sin mirar atrás. Rin aprovechó la efímera marcha del guardia para continuar.
El desierto seguía igual de yermo y frío, naturalmente. Se frotó los brazos abrazándose a sí misma. Se había destemplado por la diferencia térmica. Miró a un lado y a otro, pero no vio a nadie. ¿Dónde se había metido?
―¿Me buscabas, mocosa humana?
Rin miró para arriba, de donde venía la sarcástica voz. Honoka estaba sentada en una piedra de la gran pared que marcaba el camino. "Maldición, me ha visto", pensó la joven con nerviosismo. Se obligó a dejar todo eso de lado. Había llegado la hora.
―Sí, te he estado buscando, Honoka. Tenemos que hablar.
¿Por qué tenía que temblarle la voz en un momento como ese?
―Bien, pues habla. Pero que sepas que el tiempo es oro, y yo odio perder oro ―comentó con suave amenaza entrecerrando los ojos y mostrando sus dientes en una sonrisa cruel.
―Yo… yo quería hablarte de… ―Su boca se había resecado de pronto, y su saliva era pastosa. Nunca antes se había sentido así. Estaba segura de que cinco años antes hubiera encarado todo esto con gran firmeza y determinación. ¿Había perdido su coraje? No, eso no podía ser. Una vez se había prometido que sería una guerrera digna de acompañar al señor Sesshomaru. Basta de correr.
―Me abuurro… ―dijo Honoka fingiendo un bostezo. De un salto bajó al camino y empujó con el hombro al pasar junto a ella. Rin reaccionó y la empujó a su vez con enfado.
―¿Cómo te atreves? ―le espetó la demonio con furia en su voz.
Pero Rin no se quedaba atrás.
―¡CÁLLATE! ¿Sabes tú lo que es que alguien te trate como si fueras escoria sin conocer la razón? ¿Qué no pare de hacerte la vida imposible? Espera, cómo vas a saberlo, ¡pero si tú eres ese alguien!
―Una palabra más, y te arrancaré esa lengua de víbora.
―¿Tú hablas de lenguas de víboras? Yo no acostumbro a hacer esto, pero no porque no me atreva sino porque he tenido suerte en la vida de cruzarme con pocas personas como tú. He querido ser agradable, pero tú sólo me has respondido con desprecio. ¿Puedo saber al menos el por qué? ¿Por qué, Honoka? ―Esta última pregunta fue formulaba con cierto matiz de desesperación.
―Mira, zorra humana…
Un amenazante gruñido a la derecha de las mujeres interrumpió la acalorada discusión. El sonido fue haciéndose más y más grande, provocando un escalofrío en Rin. Honoka soltó una maldición y sacó de su yukata unas afiladas cuchillas. La joven, al verlas, palideció, pero Honoka no la miraba a ella. Observaba con gran cautela una gran roca que se iba moviendo poco a poco, casi imperceptiblemente. De pronto, fue impulsada para arriba por un ancho caparazón. Las mujeres retrocedieron al ver salir del agujero que había dejado la piedra a un enorme escorpión. Parecía furioso. Honoka y Rin se miraron. Sus gritos le habían estropeado la siesta, y no le había hecho ni pizca de gracia.
Sin vacilar, Honoka lanzó una de sus cuchillas al animal, pero ésta rebotó contra su dura coraza. Soltando un chillido, irguió el aguijón y amenazó a la mujer con él, por lo que fue inconscientemente retrocediendo hasta que su espalda se topó contra la pared. Puso los ojos como platos y buscó desesperadamente más cuchillas en su yukata. Las había gastado todas.
"Huye, Rin, ahora que está distraído", dijo una voz en su cabeza. La joven se quedó petrificada en el sitio, a espaldas del enorme escorpión. Se removió, indecisa. "¡Vamos!", volvió la apremiante voz, "¿vas a morir por una persona que te ha tratado peor que a la basura? ¿Qué te odia sin motivo y no dudaría en dejarte morir si tuviera ocasión? Es tu enemigo. ¿Ayudaría el amo Sesshomaru a sus enemigos?". Lo sabía y deseaba echar a correr en dirección contraria, pero curiosamente no podía, parecía anclada al sitio mirando como hipnotizada la cruenta escena. Cuando el animal se preparó para hundir su aguijón en el cuerpo de Honoka, el corazón de Rin se desbocó. "¡Corre! ¡Ella te dejaría morir! ¡Es lo que en realidad deseas!".
―¡Pero no está bien! ―gritó en voz alta. Echando a correr sin apenas sentir las piernas moverse, exclamó desesperada ―¡Kami, ayúdame! ¡Parálisis!
Unas finísimas cuerdas doradas empezaron atar al enorme animal, que se quedó petrificado con el aguijón a unos escasos centímetros de Honoka, quien lo miraba con ojos desorbitados. Rin observó cómo las cuerdas comenzaban a rasgarse por la energía interna del demonio escorpión. Entrando en pánico, gritó a Honoka, todavía impactada:
―¿Qué haces ahí? ¡Corre, vamos!
Tuvo que agarrarla del brazo cuando vio que no respondía ni parecía oírla, y así le dio un par de tirones hasta que reaccionó y echó a correr junto a ella. Finalmente era Honoka la que la arrastraba gracias a su velocidad de demonio. No se detuvieron hasta cruzar la puerta trasera de la mansión y cerrarla tras de sí con rapidez. A lo lejos se escuchó un frustrado rugido. Sin poder evitarlo, ambas sonrieron, pero borraron su sonrisa tan pronto se dieron cuenta de lo que hacían. Se instaló entre ellas un silencio tenso e incómodo. Rin, para romper el hielo, dijo nerviosamente:
―Ha estado cerca, ¿eh?
Honoka no contestó, sino que mantuvo su atenta mirada azul sobre ella. Rin no podía saber qué pasaba en ese momento por la cabeza de la mujer. Finalmente, suspiró y comentó:
―Me has salvado la vida. No tenías que hacerlo, pero lo hiciste.
Rin pasó el peso de su cuerpo de un pie a otro, incómoda. ¿Cómo responder a eso? Claro que no tenía por qué haberla salvado. En realidad, lo más natural hubiese sido dejarla ahí y que ese bicho se la comiera. Pero su conciencia no podía permitirla eso. Lo lamentaría demasiado después.
―¿Por qué? ―insistió Honoka frunciendo el ceño― ¿Por qué lo hiciste?
―Yo… no lo sé. Porque es lo correcto, supongo.
―¿Lo correcto? Se nota que eres humana. ―Soltó un bufido burlón al decirlo.
Rin endureció en cuerpo al percibir que las pullas volvían y se preparó para contraatacar. Su cuerpo, listo para el ataque, no estuvo pues preparado para el fuerte abrazo que le dispensó Honoka tras vacilar unos instantes. La soltó tras tres largos segundos, y pareció incómoda y avergonzada por lo que había hecho.
―Bueno, que no se diga que los demonios no somos agradecidos. Mira, tú me caes mal y no puedo evitarlo, pero a partir de ahora te dejaré en paz, te lo prometo. No voy a decirte que intentaré ser tu amiga, porque eres una simple humana. No obstante, tampoco tengo que ser tu enemiga. Dejaré pasar tu relación con Sesshomaru en respuesta a lo que has hecho hoy.
―Gracias… supongo. No puedo decir que lamente escuchar eso de que no seremos amigas, pues no es que me hayas caído muy en gracia después de estos últimos cuatro días ―contestó Rin con igual sinceridad.
Honoka soltó una risita mientras la conducía al patio central, lleno de árboles de cerezo y flores primaverales ―aquella casa era en verdad muy extraña, casi tanto como sus habitantes―. Hablaron de bastantes cosas, entre ellas del Elíxir de Kami. Rin se sintió un poco estúpida al ver que muchos conocían su leyenda, mientras que ella ni siquiera había oído nombrarle hasta que volvió a la aldea el amo Sesshomaru.
―… pero bueno, ya te informará mejor Himeko ―finalizó con cierta amargura.
―Sí, eso me han dicho ―dijo apenas sin escucharla. Su mente viajaba a miles de kilómetros de allí.
―Mucho cuidado con ella.
Aquello llamó la atención de la joven, sobre todo por el tono sombrío con que fue dicho.
―¿Por qué lo dices? ―inquirió con curiosidad.
Honoka soltó una carcajada seca y desprovista de alegría.
―¿Crees que yo he sido cruel contigo, pequeña humana? No seas ingenua, con ella lo vas a pasar mucho peor. Y no te valdrá el espectáculo que me habías reservado. Himeko no es tan blanda como yo.
―¿Y cómo sabes eso? ¿La conoces tan bien acaso?
―Cómo no hacerlo, es mi querida hermana mayor.
La sangre de Rin se le congeló en las venas. ¿Su hermana? Kami, si era la mitad de mala que Honoka, estaba perdida. Claro, ¿cómo Sesshomaru iba a fijarse en alguien dulce y amigable? Él no lo era, así que lo más razonable era buscar a una demonio que tuviera su carácter. Si hacía caso a lo que Jaken le había dicho, Sesshomaru había cambiado muchísimo desde que conoció a Rin y se había vuelto más "compasivo", pero esa Himeko no tenía por qué haber cambiado. Tal vez fuera la antigua versión femenina del amo Sesshomaru.
―Yo creía que tu hermana era Hikari. Nadie me había comentado que tu hermana en realidad era Himeko.
―¿Por qué deberían habértelo dicho? ―inquirió ella. Al darse cuenta de su tono grosero, añadió más amablemente― Tanto Hikari como Himeko sonmis hermanas, la primera la pequeña y la otra la mayor. Siempre nos dicen que somos muy parecidas, pero en verdad diferentes.
―¿Hikari y Himeko son parecidas? ―preguntó sorprendida.
―Sí y no. Ambas tienen puntos comunes en su carácter que yo no comparto, y también habilidades demoníacas semejantes, pero actúan de formas muy diferentes. Entre las tres existe una jerarquía marcada por nuestros nombres: Honoka, que significa "flor de armonía" (irónico, ¿eh?); Hikari, que es "luz"; y Himeko, como no podía ser de otra forma, "princesa".
―Entonces… ¿eso quiere decir que eres la más débil de las tres hermanas? ―inquirió tan directa como siempre pero dulcificando el tono para que no se ofendiera.
―Sí, y Himeko es la mayor y más poderosa. Y siempre se ocupará de que lo sepamos ―añadió más para sí misma que para Rin.
―¿Odias a tu hermana pequeña por ser más fuerte que tú?
―No, no la odio. Yo me he ocupado de su educación desde que murieron nuestros padres. ―Rin se sorprendió de que dijera esto como quien dice que hacía un bonito día.― No me mires así, nosotros los demonios estamos en continuas guerras, es normal que muramos a manos de otros demonios ―repuso con suficiencia.
―¿Y Hikari es feliz así? ―insistió de nuevo al recordar a la niña que se ocultaba bajo una piedra.
―Claro que sí… a ratos. Es un poco extraña, pero se siente satisfecha con la vida aquí. Ahora que lo pienso, no la he visto desde ayer por la tarde. Voy a buscarla, tengo que hacer que se pruebe un kimono nuevo ―dijo esto como una despedida, a lo que Rin le gritó que esperase.
―No es por meter el dedo en la llaga ni nada de eso, pero me destrozaste un kimono ayer. No me importaría tanto si no me lo hubiera regalado el señor Sesshomaru.
―¿Sesshomaru te regala…? En fin, no importa. Con el kimono no puedo hacer nada, pues hice un buen trabajo. ―La nota satisfecha oculta en su voz la molestó. Honoka se mantuvo pensativa un momento y luego continuó así ―: ¿qué te parecería tener uno de mis yukatas? Son caros y mucho más apropiados para llevar en este caldero hirviendo. Tu kimono recuerdo que era muy pesado, y el invierno se está acabando. Por cierto, si tienes demasiado calor en la casa, puedes ir a los baños termales de la tercera planta. Los de mujeres están en el segundo pasillo mirando desde las escaleras y girando dos veces a la derecha.
―Pero que el invierno vaya a terminar no justifica que… ―Antes de que pudiera acabar su protesta, Honoka se marchó a paso veloz sin decir nada más.
Rin la miró entrar en la mansión con el ceño fruncido. Poco a poco, en su frente se fue borrando hasta que, finalmente, esbozó una gran sonrisa. ¡Había solucionado ella sola el tema de Honoka! Sin ayuda de Luka, Sesshomaru, Jaken, Ah-Un o hasta Kouga. ¿Cómo le estaría yendo al lobo, a todo esto? ¿Se llevaría bien con el resto de la manada? El demonio lobo seguramente le habría hecho un hueco en el grupo sin problema, así que seguramente no tenía de que preocuparse. Si hubiera algo que le molestase, siempre podía volver con ellos ―aunque tendría que pedir permiso a Sesshomaru, claro―.
Al entrar en la mansión, ésta la recibió con una nube de calor sofocante. Ahora que se había acostumbrado al frío del desierto, la temperatura del interior le resultaba insoportable. Decidió hacer caso al consejo de Honoka e ir a tomarse un buen baño relajante ―sobre todo para quitarse la suciedad de sus anteriores "baños"―. Fue a su cuarto para coger una toalla o un lienzo para cubrirse cuando saliera del agua, y se encontró una sorpresa sobre su futón. Un yukata rojo con flores amarillas y blancas descansaba encima de él perfectamente doblado y liso. Rin lo tocó y sonrió por su suavidad al tacto. No era un kimono que le había regalado el señor Sesshomaru, pero era igualmente precioso.
Más contenta, se dirigió hacia la tercera planta. "A ver… ¿dónde había dicho que estaban las aguas termales reservadas para las mujeres? Segundo pasillo (¿o era el primero?) y luego girar dos veces… ¿hacia dónde?". Recordaba que había que girar en la misma dirección, pero no sabía si hacia la izquierda o la derecha. Además, había más de dos pasillos, ¿se refería a los dos pasillos que estaban frente a la escalera o los dos que estaban a su espalda? Debía ser lo primero, pues si no, no sabía cómo iba a numerarlos.
―¡Ya recuerdo! Era segundo pasillo y luego girar dos veces hacia la… ¿izquierda? Sí, la izquierda.
Paseó por los pasillos de aquella complicada casa y lanzó sonrisas alegres a los sirvientes con los que se topaba. Estos se mantenían recelosos, por lo que Rin se preguntó si la odiaban de verdad o sólo era influencia de Honoka. A todo esto, ¿por qué Honoka era tan importante en la casa? ¿No decía que era la más débil de las hermanas? En la mansión hablaban sólo de ella, de Hikari o Himeko no decían ni palabra. Ya se lo preguntaría la próxima vez que la viera si se sentía con ganas. Se alegraba de haber solucionado las cosas con Honoka, pero no podía perdonarla tan fácilmente. Dejaría que el tiempo decidiera por ella. Se podía dar el caso que fuera una mentira todo lo que la había dicho y que Himeko fuera en realidad un amor de persona. Puede que todo fuera una nueva trampa. "Debo confiar más en las personas", se dijo Rin con un suspiro. Para que luego dijera el amo Sesshomaru que no era en absoluto desconfiada.
Lo de los baños no había sido una mentira, descubrió Rin al llegar a una puerta que abrió y despidió una fina capa de vapor de agua. Reprimiendo un grito de placer ante el hallazgo, corrió a quitarse el kimono en la antesala y dejar preparado el yukata para ponérselo luego. Una vez todo listo, enrolló bien su cuerpo con el suave lienzo y se dirigió hacia el exterior. Se sorprendió de que no hiciera frío, pero comprendió que el amo del lugar habría querido ir a tomar su baño sin tener que molestarse por la baja temperatura al entrar y más al salir.
Contenta, escuchó el sonido de agua moverse ligeramente. Al acercarse su expresión de felicidad quedó congelada en su cara. Esa escena tenía tres aspectos a tener en cuenta: primero, aquel no era el baño de mujeres; segundo, alguien estaba ya disfrutando el caliente agua (aquí hay que tener presente el primer aspecto); y tercera, pero ni por asomo menos importante, era Sesshomaru quien se encontraba sumergido en aquel estanque natural mirándola directamente, sin expresión en la cara por la que se pudiese deducir qué estaba pensando. Se mantuvieron la mirada durante largos instantes, pero una vez que Rin cayó en la cuenta de la desnudez del demonio dio media vuelta y posó sus ojos en la pared de piedra que había frente a ella. Su cara ardía por la vergüenza.
―¡Perdón! Creí que eran los baños de mujeres. Yo… debí equivocarme con las indicaciones. Disculpadme, amo Sesshomaru, me iré enseguida ―balbuceó como pudo, tratando de no pensar en la escena a sus espaldas. Comenzó a caminar hacia la salida, pero las palabras que salieron de la boca de Sesshomaru la dejaron paralizada.
―No tienes por qué irte, Rin. ¿No querías darte un baño?
Estaba más sereno y relajado de lo habitual, su expresión transmitía paz y no su acostumbrada frialdad y dureza. Era muy extraño verle así. Con todo, Rin le encontró muy hermoso. Volvió a la Tierra cuando notó la mirada directa de Sesshomaru sobre ella, y se sonrojó más si cabía al recordar lo que había acabado de decir.
―Yo… yo no podría ―dijo débilmente. Siendo sincera, sabía que podía hacerlo, pero le sería imposible relajarse ante la cercanía desnuda de Sesshomaru.
―Como desees ―respondió él igual de sereno echando la cabeza hacia atrás sobre una roca y cerrando los ojos. Fascinada, Rin no supo si debía seguir allí, observándolo, o buscar los baños termales para mujeres. Antes de que se decidiera, Sesshomaru preguntó―: ¿Has tenido algún problema en esta mansión? ¿Alguien te ha molestado?
―No ―mintió al pensar en Honoka―, claro que no. ¿Por qué lo decís?
―Has estado guardando un extraño silencio y tu expresión no era la que acostumbras a llevar ―comentó manteniendo aún los ojos cerrados. No varió el tono al añadir―: Si deseas mentirme como acabas de hacer, hazlo. Pero debes saber que sólo te lo admitiré esta vez. Cuando yo hago una pregunta, es porque deseo que me digan la verdad, ¿comprendes?
―Lo lamento, amo Sesshomaru.
El demonio blanco estaba muy raro. Rin pensó que esas aguas termales debían ser exquisitas para lograr que Sesshomaru se relajase de esa forma cuando estaba tan molesto por el retraso de Himeko. Pero de serenar el alma a no enfadarse cuando sabía a la perfección que le mentía o pedirle que compartiese un baño con él… Oh, Kami, que tonta era. ¡Por eso le había pedido que se bañara con él! Su rostro perdió el rubor y compuso una sonrisa. Y ella que se estaba imaginando ya cosas extrañas…
―Amo Sesshomaru, ¿queréis que os lave la espalda?
―¿Cómo?
El hecho de que abriera de repente los ojos con ligera sorpresa o se girase a mirarla con cara de contrariedad le indicó que tal vez había metido la pata. Maldita sea, quién la había mandado comportarse de esa forma tan audaz. Ahora parecía idiota.
―Ya sabéis, lavaros la espalda… ¿no? ¿Por qué me habéis sugerido compartir vuestro baño entonces? ―inquirió con un tono de voz que ella misma reconoció como tonto.
Sesshomaru no dijo nada. Se limitó a cerrar los ojos y volver a poner su cabeza en la postura anterior. Rin observó con ojos brillantes cómo algunos cabellos del demonio caían al agua y flotaban suavemente.
―Si deseas lavarme la espalda, hazlo. Si no, no lo hagas ―dijo de forma indiferente.
La joven se sorprendió al reconocer esas palabras. Le había dicho algo muy parecido cuando ella había querido consolarle por algo cuando era pequeña. ¿Cómo había sido? "Puedes quedarte, si lo deseas. Si no, vete". Rin sonrió ante ese recuerdo de la infancia atesorado con gran cariño en su interior.
Introdujo un pie en el pequeño estanque sin quitarse el lienzo del cuerpo y se dirigió a paso lento hacia Sesshomaru. El demonio echó su espalda hacia delante cuando Rin quiso colocarse de pie tras él. Con gran suavidad, pasó el paño enjabonado por aquella blanquecina piel. Rin sentía el calor que despedía el cuerpo a través del retazo de tela, y se sorprendió. Siempre había creído que debía ser tan frío como denotaban sus palabras. Apenas tardó en terminar, por lo que Rin le propuso lavarle también los largos cabellos. Sesshomaru no se negó, para alegría de la joven. Se sentía de nuevo como su yo niña, tan unida y cercana al demonio. Dado que tenía mucho pelo, tardó un poco más en dejárselo limpio, aunque no es que le importara mucho, admitió para sí misma con gran placer ―y cierta vergüenza―. Al estar tan concentrada en su labor, no notó cuando una persona más entró en el espacio de las aguas termales ni cuando se situaba en el borde del estanque. Sesshomaru sí.
―Vaya, al final decides aparecer. Uno de tus grandes defectos es que te encanta tener a la gente en vilo ―comentó fríamente.
Rin iba a preguntar que a qué se refería cuando una voz muy cerca a ella le hizo pegar un brinco en el agua a pesar de la suavidad de su tono.
―Si ese es mi defecto, el tuyo es que eres muy impaciente, Sesshomaru. Apenas me llegó el mensajero de Ryota esta mañana. Vine corriendo por ti.
―¿En serio? Qué extraño, pero lo dudo mucho. Tú no tardas tanto en cazar, según recuerdo. ¿O has perdido facultades con el paso de los siglos?
―Qué cruel, Sesshomaru ―dijo la voz melosa que Rin identificó como mujer. No podía ver nada a causa del vapor de agua acumulado en el aire―. ¿Después de tanto tiempo me tratas así?
―Sabes que odio esperar.
―Y yo odio hacerte esperar, Sesshomaru. He llegado hace unos minutos a la mansión. Vine aquí directamente cuando me dijeron que te estabas dando un baño. Yo quería hacerte un poco de compañía, pero veo que ya estás bien servido.
―Tus palabras esconden tus propósitos, y todavía no me has dicho lo que quiero oír.
―Eso siempre te ha gustado de mí, pero ya me advirtió Ryota que tal vez te encontrara un poco molesto conmigo. Tranquilo, ya te compensaré, Sesshomaru.
―Que no te quepa duda, Himeko.
Y fue en ese preciso momento cuando el corazón de Rin deseó hacerse añicos.
¿Y bien? ¿Os ha gustado? Ojalá que sí. =)
Ya sabéis, comentarios y críticas con el botoncito de abajo.
Nos leemos,
Neissa.
