¡Hola! :) ¿Sigue alguien ahí? ¡Lamento mucho el retraso, pero esta vida mía no me deja actualizar más de seguido! Este capítulo en especial me ha costado mucho porque lo he tenido que escribir a cachos en días bastante separados. Espero que no haya quedado una cosa rara.
Agradezco el review a riza-paola, Silk Maid, beautifly92, Ely, Corazón de Piedra Verde, Lils White, black urora, okashira janet, vero-SesshKing, Hoshi no Negai, Miyuki-Chan, Rin tsuki, serema tsukino chiba, Disagea, MaJoSaMe, thelmin, Halldora' Ballohw, dom, LunaLoire, Valeriya, LADY ANETTE, angelaok, Hikari tsuki, Hella y zelene. Vuestros mensajes me inspiran mucho. En realidad, cada vez que veo uno me dan ganas de acabar el siguiente capítulo en ese mismo momento.
Contesto por aquí a Hella, ya que al no estar registrada no me deja utilizar el "reply": Me alegro muchísimo de que te gustara Retazos de una sonrisa. Es un fic que disfruté mucho escribiéndolo. Puede parecer muy simple, pero me rompí mucho la cabeza al organizarlo. En cuanto a este fic, lamento que no haya cumplido tus espectativas. No obstante, siento decirte que hacer un SesshRin con las características originales que se les dieron me parece casi imposible (¿Sesshomaru enamorado de una humana?). Es necesario profundixar más en su personalidad y explorar aspectos que puedan estar ocultos. Y te equivocas, un prólogo sí es una introducción a la historia. En realidad, suele ser algo que la precede y que será determinante en el cuerpo. No sé a qué te refieres con "características técnicas", la verdad. Por último, no comprendo por qué ves a Rin como una mujer caprichosa. Es decir, sí, en ocasiones actúa como tal, pero no esperarás que sea totalmente igual que en la serie original, ¿verdad? Ha crecido y ha experimentado cambios, pero estos no son tan notables. En ocasiones la pongo como una niña, en otras como una adolescentes con sus frecuentes explosiones de humor. Al menos así lo he intentado.
Y bueno, aquí os dejo el sexto capítulo. ¡Espero que os guste!
~Capítulo seis.- La extraña mujer demoníaca~
Las gotitas de agua resbalaban por su pierna trazando surcos húmedos en la suave superficie de su piel. El temblor de su pequeño cuerpo provocaba que hicieran el recorrido con mayor velocidad, juntándose al final en un estrecho camino que las llevaba al cálido suelo de madera. Pero Rin no temblaba por la sensación térmica ni porque estuviera enferma.
En su interior se debatían un cúmulo sin fin de sentimientos: contrariedad, expectación, dolor, ansiedad, nerviosismo. Miedo. Miedo a que la llegada de aquella hermosa mujer que los había interrumpido en el baño supusiera algo más que un paso más en la búsqueda del ansiado Elíxir de Kami. La familiaridad con que Himeko había tratado a Sesshomaru, la ligereza con que éste le había contestado… debían ser muy cercanos. "Claro, tonta, ¿no fueron amantes?". Era peor de lo que se había imaginado. Ella era tan… preciosa. A su alrededor había un aura de poder sutil, pero palpable, signo de que era mucho mayor a lo que dejaba entrever su piel tersa y blanquecina y sus cabellos azabaches. Aunque no sabía por qué se sorprendía, si ya conocía por Jaken las enormes cualidades de su nueva guía. Aquello sólo había sido una confirmación.
Y había aparecido en el peor momento posible.
Era cierto que había deseado morirse de la vergüenza cuando comenzó a frotar su espalda para enjabonarla, pero le había recordado a su infancia. Antes ella siempre hacía cosas parecidas por él… bueno, no le incluían a él desnudo, aunque no había visto nada esta vez. Se sintió muy feliz y no por la acción en sí, sino por el vínculo que se había formado entre ambos por unos míseros instantes. Su cuerpo se había transportado a otra dimensión llena de paz junto a su señor Sesshomaru… y al final se había unido a la fiesta Himeko.
Rin se encontraba ahora en la antesala de las aguas termales, aún cubierta únicamente por el pequeño y áspero lienzo. Habían pasado treinta minutos desde la entrada en escena de la mujer demonio. Después de eso, Sesshomaru había procedido a levantarse ―Rin dio gracias a Kami con el rostro intensamente encendido a que el lugar estuviera lleno de un denso vapor― y a marcharse con Himeko mientras la preguntaba sobre las circunstancias de su retraso. Tan concentrados estaban que no repararon en la presencia de Rin, todavía en el baño con el agua a la mitad del muslo. Con un suspiro melancólico, la joven se dijo que debía empezar a acostumbrarse a ser ignorada.
Se levantó del banquito de madera sobre el que estaba sentada y extendió el yukata enfrente de ella. Sin frotarse con la toalla, su cuerpo ya estaba totalmente seco. Preparó el kimono para ponérselo y ver qué tal le quedaba ―su cuerpo y el de Honoka eran muy diferentes―. Se estremeció al notar una corriente de aire frío recorriéndole la piel desnuda, sin caer en la cuenta de que la puerta debía estar abierta para que esto pasase.
―Vaya, ¿todavía estás aquí? No sé si lo habrás notado, pero éste es el área para hombres. No está permitido que las mujeres entren aquí.
Rin ahogó un gritito de sorpresa al oír de nuevo esa voz. Con las mejillas teñidas del color del carmín, corrió a taparse de nuevo con el retazo de tela que antes había dejado caer al suelo.
―¿Señora Himeko?
―¿Para qué te cubres? ―preguntó ésta mientras cerraba la puerta tras ella. La miró directamente con una pequeña sonrisa en los labios― Estamos entre mujeres, ¿no? No seas tan tímida.
Rin parpadeó unos momentos y sacudió la cabeza con turbación.
―Yo… lo siento, señora Himeko. Es sólo que no estoy acostumbrada a… a… ¡¿qué hacéis? ―chilló cuando la mujer le arrancó el lienzo del cuerpo y lo observó con sus preciosos ojos azul turquesa.
Mortificada y avergonzada de que la viera así precisamente ella, le pidió por favor que le devolviera el lienzo. Himeko negó con la cabeza mientras le sonreía despreocupada, esquivando los poco acertados intentos de Rin de recuperarlo por sí misma. Al ver que no conseguía nada, se tapó con sus delgados brazos. ¿Qué se proponía esa mujer? ¿Humillarla? Honoka ya le había advertido lo mala que iba a ser con ella. ¿Tal vez hubiera comenzado su tortura nada más llegar? Qué horror. Había pensado que tendría más tiempo.
―No seas tan mojigata conmigo, pequeña Rin. Seguramente mi querido Sesshomaru ya te ha hecho esto una o dos veces… ―comentó con un gorjeo irónico mientras agarraba ambas muñecas de la joven y la empujaba contra la pared, impidiéndole la escapatoria.
―¡Claro que no! ¡El amo Sesshomaru nunca haría algo así! ―exclamó Rin retorciéndose para soltarse. Pero Himeko tenía un agarre potente.
―¿No? Vaya por Kami. Lo lamento por ti. ―Con sorpresa, soltó una risita.
―¿Y por qué ibas a lamentarlo? ¡Sueltéme, señora Himeko! Alguien puede entrar y vernos ―suplicó sin otra alternativa. Ella estaba contra una pared de la antesala de baños termales masculinos, desnuda, con una mujer demonio casi pegada a su cuerpo (por suerte, ella no estaba desnuda. Eso sólo habría descolocado más los nervios de Rin)―. ¿Por qué está haciéndome eso? ¡Suélteme, AHORA!
―Tranquila, pequeña Rin, no hace falta que te pongas agresiva ―Se separó de ella y la dejó vestirse rápidamente mientras se limitaba a reírse. ―¿Sabes, Rin? Eres muy bonita. Tienes un buen cuerpo. No me extraña que Sesshomaru te quiera cerca de él, ya me entiendes ―Soltó nuevamente una risita. Rin bufó. Y luego decían que ella era una persona alegre.
―Yo no me he puesto agresiva, sois vos la que me ha atacado. No sé a qué vienen esos falsos halagos, pero el señor Sesshomaru no es que me quiera a su lado por eso.
―¿No? ¿Y por qué te quiere, si se puede saber?
―Pues él… él me quiere a su lado porque… ―Rin se quedó en blanco. ¿Por qué quería su amo que le acompañara en sus viajes? ¿Por sus comentarios ingeniosos y divertidos que alegraban su día? "No creo, Rin".
―Oh, vamos, no hace falta que me mientas ―dijo Himeko con sonrisa cómplice al ver que la joven no pensaba acabar la frase―. El hecho de que te encontrara compartiendo un baño con él, desnudos, y tú lavándole, arroja bastante luz sobre este asunto. Pero no te lo estoy reprochando, Sesshomaru es un demonio realmente hermoso.
―¡No estábamos desnudos! Bueno, él sí, pero yo no. Yo llevaba esto ―indicó con una mano sobre el lienzo.
―Oh, claro, estabas muy cubierta ―ironizó la mujer. Al ver que Rin se precipitaba a contestarle, le paró con un gesto de mano. ―Mira, no quiero ponerte tan a la defensiva. Sólo quiero que seamos amigas y me llames Himeko. Vamos a pasar a partir de ahora mucho tiempo juntas y como sólo estamos tú y yo entre hombres, lo ideal sería que nos aliáramos, ¿no? ―inquirió con voz melosa. Su cabeza estaba casi pegada a la suya y sus alientos se entrecruzaban. Realmente, esa mujer le ponía muy nerviosa. El corazón de Rin latía con fuertes pulsaciones.
―Sí, podemos ser amigas si lo deseas… Himeko.
―No te noto muy convencida, pequeña ―observó esbozando una media sonrisa―. Bien, mejor será que hablemos cuando te hayas vestido. No queremos que entre un hombre y te vea en esta facha, ¿verdad?
Rin musitó que no, ruborizada. Ni siquiera se molestó en pedir a Himeko que se volteara mientras se cambiaba; seguramente ella volviera a reírse de su comportamiento. No entendía qué pasaba con esa mujer. Parecía maliciosa, pero a la vez agradable. La molestaba con sus burlas, pero también la halagada. Sus palabras podrían parecer venenosas en otro contexto. No obstante, aquí parecía amigable sorna. Se terminó de vestir, ya que antes lo había hecho tan rápido que el yukata parecía un amasijo de tela extraño y amorfo. Himeko, al verla pelear con su obi, la ayudó ajustándoselo a la cintura. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la joven al sentir sus brazos rodearla. No podía evitar verla como un ave rapaz preparada para descender sobre el inofensivo ratoncillo de campo.
―Bien, listo ―dijo la demonio con una sonrisa satisfecha. Frunció el ceño al ver el yukata bien puesto―. Vaya, es muy bonito. Pero lo cierto es que tu yukata me es familiar, ¿dónde lo has comprado?
―Oh, tal vez te suene porque era de Honoka ―contestó ignorando la pregunta. No quería poner en un aprieto a la mujer, y menos ahora que ya no se llevaban tan mal.
―¿De Honoka? ―repitió frunciendo más si cabía el ceño. Tras unos segundos, soltó una carcajada desdeñosa que sorprendió a Rin― Como si mi querida hermanita tuviera tan buen gusto escogiendo kimonos. Ese yukata que llevas es mío. Me lo regaló el amo Ryota cuando pasé a trabajar para él.
Rin se la quedó mirando sin saber qué decir. Se removió en el sitio y musitó con un tono de voz incómodo:
―No te preocupes. Iré a mi cuarto, me lo quitaré y te lo traeré de vuelta. Lo lamento mucho, no sabía que era tuyo.
―¡Oh, no, no hace falta que me lo des! Te queda genial, en serio ―le aseguró Himeko borrando el ceño y sustituyéndolo por una esplendorosa sonrisa―. Si te soy sincera, prefiero que lo lleves tú antes que esa z… antes que mi hermana. Yo tengo muchos yukatas bonitos, después de todo.
―¿En serio no te importa? ―se sorprendió Rin. Aquello era del todo surrealista. Todavía esperaba que saliera la malvada bruja a arrojarla a su caldero humeante.
―¡No, tonta! Quédatelo si quieres. Pero dime una cosa, ¿por qué te regaló Honoka un kimono? No es propio de ella, y mucho menos a humanos. No me digas que sois amigas ―insinuó alzando una ceja con ironía.
―No, no somos lo que se dice muy amigas. Sólo tuve un pequeño "accidente" con uno de mis kimonos. Tu hermana tuvo la amabilidad de regalarme otro. ―Rin esbozó una sonrisa dulce y sacudió infantilmente su cabellera. Lo hacía inconscientemente de que era pequeña y ni siquiera se daba cuenta del gesto. Himeko empezó a reírse de nuevo.
―Eres adorable, niña humana. Me dan ganas de pegarte un mordisco para ver si en verdad eres de caramelo.
―Pues… preferiría que no lo hicieras ―comentó divertida Rin. Tanto halago empezaba a hacer mella en ella. No parecían dichos con falsedad, por mucha ironía que hubiese en los ojos de Himeko. Se había comportado tontamente al prejuzgarla por lo que otros le habían dicho, sobre todo Honoka. ¡Si ella había sido la que había hecho su vida un infierno! Se alegraba, se alegraba mucho. No obstante, la cercanía de la demonio y el tono meloso de su voz seguían inquietándola.
―Me gustaría hablar contigo luego, Rin. A solas ―dijo de pronto sacando a Rin, quien como de costumbre se encontraba ensoñada.
―Uh, ¿a solas? ¿No querrás tirarme por un barranco o llevarme a algún lugar aislado para que una criatura horripilante con afilados dientes me arranque la piel a tiras? ―bromeó la joven.
Himeko la miró fijamente mientras Rin se reía, impasible. Una extraña sonrisa se formó poco a poco en la comisura de sus labios. Rin retrocedió alarmada al ver como la mujer daba un paso hacia ella y luego otro, acorralándola contra la pared. No se encontraba desnuda, pero su corazón latía igualmente desbocado esta vez. Su voz sonó tan dulce como el resonar del río una mañana de primavera:
―Pequeña humana, si en verdad quisiera verte morir aplastada, empujaría tu frágil cabeza contra el suelo hasta que sólo quedara un espeso charco de sangre. No necesitaría un demonio grande y fiero para arrancarte la piel a tiras, ¿ves? ―Le mostró con malicia sus afiladas uñas, pintadas de una forma que ella nunca había visto― Lo podría hacer con mis propias manos. Dejar a otros lo que puedes hacer tú es una bajeza, ¿no… crees? ―Hablaba como si fuera un rumor suave cuando deslizó la yema de un dedo por su cuello, acariciándolo. Luego tomó con delicadeza uno de sus cabellos morenos y se lo paseó por la mano. ―¿Y bien? No me has contestado. Quiero hablar contigo, Rin, de mujer a mujer. ¿Me concederás ese placer?, ¿sí? ―Rin asintió, muda de asombro. Petrificó su cuerpo al sentir a Himeko acercar su cabeza hacia la suya. Cerró los ojos, temerosa de sus dientes. Entonces sintió una suave y aterciopelada calidez en sus labios. Jadeó y echó la cabeza hacia atrás, huyendo de ese beso demoníaco. Himeko se rió cuando la joven se quejó del golpe que se había dado contra la pared. ―¿Ves? Eso ocurre cuando tratas de escapar de mí. Es imposible, jamás sale bien.
―¿Qué ha sido eso? ―inquirió con un tono más infantil del que hubiera querido poner.
―¿También tengo que explicarte eso? Kami, este viaje va a ser más divertido de lo que me imaginaba.
―Abuelo Jaken, si llegara a darse la situación, ¿me protegerías de Himeko?
El demonio sapo miró receloso a la joven que se encontraba abrazada a él, de rodillas y con los ojos cerrados con dramatismo. Chasqueó la lengua con molestia ante el tono lastimero con que le hacía esa petición tan extraña.
―¿A qué viene eso, Rin? ¡Déjate de bromas!
―No es una broma. Me preocupa en serio. Pero no por las habituales razones. Ella es… no sé, un poquito rara.
―¿Rara? ¿La señora Himeko? ¡Un poco de respeto! No olvides que es amiga del amo Sesshomaru. Su relación en el pasado fue bastante íntima.
―¡A eso iba! Jaken, quiero decirte algo.
Demonio y humana se miraron durante unos instantes con los ojos muy abiertos. Finalmente, Jaken le espetó:
―¿Vas a decírmelo o lo tengo que adivinar, niña tonta?
―Me da vergüenza que alguien lo oiga, así que acércate. Te lo diré al oído. ―Él se la quedó mirando pensando que era una broma. El rostro serio y decidido de Rin le sacó de dudas. Pensando que todo aquello era una gran bobada, se acercó a regañadientes― No te rías, abuelo Jaken. Pero tengo la sospecha de que a Himeko le gustan… le gustan…
―¿Sabes que tengo cosas que hacer?
―¡Calla, que me desconcentras! A ver, lo que quiero decir es que… ―Rin suspiró para calmar el mar revuelto de emociones en su interior. Lo soltó―: ¡le gustan las mujeres!
Jaken se enfadó.
―¡¿Para qué me dices que me lo vas a contra al oído si luego chillas como una condenada?
Rin ignoró a las criadas serpiente que se rieron entre siseos al pasar junto a ellos sin parar con sus tareas. Frunció el ceño ante la escasa respuesta de su bajito guardián.
―¿Y bien? ¿Qué opinas del asunto?
―Que la comida de este lugar te sienta fatal a la cabeza. No te preocupes, no es culpa tuya. Ese cocinero creo que nos tiene fichados. El otro día me sirvió un estofado con un hígado putrefacto. Estaba pensando en ir donde ese amo Ryota y decirle…
―No me ha sentado nada mal, bobo. Hablo en serio ―se quejó cruzándose de brazos y parándose en mitad del pasillo.
―Por favor, Rin, sé que tu madre murió antes de hablarte de estas cosas… Pero dime que no tengo que explicarte lo que hacían el amo Sesshomaru y ella ―suplicó moviendo los brazos a los lados.
―¡No! Yo sé perfectamente lo que hacían ―En realidad, no "perfectamente". Pero se hacía una idea vaga. ―Olvídalo, abuelo Jaken. Debo haberme equivocado ―sonrió, insegura.
―Para no variar.
―Y hablando de mujeres… ¿qué tal si…?
―¡No sigas por ahí, niña tonta! Estoy a las mil maravillas solo. ―Rin se encogió de hombros, divertida. ―Cambiando de tema (si es que esto puede calificarse de tal), ya sé cuál es nuestro próximo destino. Oí comentárselo a Himeko cuando hablaba con Ryota de la ruta de viaje.
―¿Sí? ¿Algún sitio donde hayamos estado antes?
―No creo que tú lo hayas visitado. Yo fui hace unos cincuenta años junto al señor Sesshomaru. Los aldeanos la llamaban la "Roca de la bruja".
―¿Es un simple nombre o tiene que ver con una bruja?
―¿Y yo qué sé? Ni que me importaran las habladurías de unos humanos pobres.
Una vocecita a sus espaldas llamó su atención.
―Su nombre viene por Kitami, la sacerdotisa de un pueblo del Este donde se encuentra esta roca.
―¡Hikari! ¿De dónde has salido? ―le preguntó sonriente Rin mientras la cogía en brazos. No era una niña muy pequeña; Rin jadeó por el esfuerzo, pero continuó sonriendo.
―Yo estoy en todas partes ―contestó solemne. Dirigió su mirada hacia Jaken ―. Hola, yo soy Hikari. ¿Eres el hijo de alguno de los criados?
―¡No soy un niño, mocosa tonta! ―le espetó rojo de furia pegando saltos para llegar a la altura de sus ojos.
―No te lo tomes a mal, Hikari, a mí también me lo llama ―le susurró Rin al oído para que no se sintiera herida. Ella la miró inmutable.
―Normal, tú sí que eres una niña.
¿Quién había declarado que era el día de todos contra Rin? Iba a tener unas serias con él. Sin borrar la sonrisa, ignoró la observación de la pequeña demonio.
―Hikari, tú sabías de esa roca, ¿no? ¿Por qué se llama así?
―Ya te lo he dicho, Rin, por Kitami ―suspiró con cara de pedir paciencia a Kami. Exactamente igual que como hacía Jaken. Empezaba a sentirse menospreciada ―. Fue una sacerdotisa que se enamoró de un demonio. Él la engañó con frases dulces y miradas encantadoras, y cuando llegó la hora de la verdad Kitami no pudo matarlo. Los del pueblo la tacharon de bruja e incendiaron el templo, enfurecidos. Resulta que el demonio había estado matando aldeanos por pura diversión sin que la sacerdotisa se enterara de quién era el responsable. Jugó con ella como un verdadero demonio. Sorprendentemente, parece ser que al final llegó a sentir algo por ella. Trató de salvarla del fuego, pero una viga del techo les cayó encima. Sólo se encontró el cuerpo de la sacerdotisa, ahora renombrada como bruja. Pusieron una roca en el lugar donde había estado el templo y lo llamaron "La Roca de Kitami". Los más rencorosos y nosotros, los demonios, la llamamos en cambio "La Roca de la bruja".
Tras sus palabras, se hizo el silencio. Rin estaba horrorizada. Qué historia más terrible. ¿Bruja? ¿Por cometer un error? ¿O tal vez por enamorarse? ¡Ni que fuera un pecado!
―¿Te gusta mi colgante?
La joven se sintió descolocada. ¿Colgante?
―No me mires tan tontamente. Mira, mira ―señaló el collar que llevaba colgando del cuello. Era de color azul, y en donde debería haber una piedra preciosa se hallaba un precioso camafeo relleno de una sustancia de color plateado. ¿Sería plata fundida? ―. ¿A que es bonito? Y tiene mucho valor. El amo Ryota me lo ha regalado por portarme bien.
―¿No decías que no eras una niña?
―Calla, envidiosa. ―Hikari le sacó la lengua y se bajó de un salto de sus brazos. Dio un par de vueltas sobre sí misma― El amo Ryota no suele regalarme cosas. Últimamente ha estado muy extraño, posiblemente por vuestra llegada. No soporta tener visitantes y seguramente esté deseando que os vayáis ―comentó con su sinceridad aplastante.
―Pues mañana dormirá tranquilo. Partiremos con el alba ―le informó Jaken de mal humor.
―Qué pena. Quería jugar contigo más, Rin. Pero si no hay más remedio… ¿te gusta mi kimono? Éste ha sido un regalo de Himeko, me lo ha traído de su viaje. ¡Y no es mi cumpleaños! Estoy feliz ―exclamó con una gran sonrisa pegando saltitos. Con el último, se quedó flotando en el aire mientras se reía inocentemente.
―Hikari, ¿estás…?
―Rin, vámonos. Todavía tenemos cosas que preparar. ¡No, no te vayas a tu cuarto aún! ―la instó cuando la joven se había girado en dirección a sus aposentos. Apenas prestaba atención a lo que decía el pequeño demonio, fascinada por el vuelo de la pequeña niña.
―Pero… ¿no decías que…? ―preguntó distraída.
―Ayúdame a buscar al señor Sesshomaru. Tengo que confirmarle el estado de Ah-Un para que podamos emprender en condiciones el viaje.
¡Ah-Un! ¿Cómo podía haberlo olvidado? Preguntó con ansiedad:
―¿Ya está recuperado?
―Totalmente. Y parece ser que el establo se le ha hecho pequeño. Es una suerte de que no nos vayamos a quedar mucho más, pues ese Ryota podría ponerse pesado con mi señor Sesshomaru si Ah-Un llegara a derribar ese ridículo cubículo que le han asignado.
―¡Me alegro tanto! Pronto todo estará como siempre. Tú, el señor Sesshomaru y yo…
―Y Himeko. No hagas que la has olvidado, niña tonta, que nos conocemos.
―¿Olvidarla, yo? La edad te está volviendo desconfiado y paranoico. Pero tranquilo, abuelo Jaken, Rin estará aquí para cuidarte y…
―¡Basta ya! ―exclamó el demonio sobresaltando a Rin, quien se incorporó de golpe con expresión confundida. Soltó un largo suspiro de frustración― Y lo peor de todo es que hablas en serio…
―¿Decías algo?
―¡Que vamos a buscar de una buena vez al amo Sesshomaru!
El demonio blanco se encontraba en el patio exterior. Su pose era tranquila pero firme. Junto a él se encontraba un imponente caballo negro que intentaba pegar coces a los dos guardias que a duras penas trataban de someterlo. La mano de Sesshomaru se posó en un los flancos traseros, calmando al animal. Rin se sintió impresionada ante el buen manejo de los animales de su señor. Jaken vio con claridad el respeto de ese indigno animal hacia el amo Sesshomaru inspirado por el miedo. El caballo no sabía de dónde venía el peligro, pero sin duda era precavido. "Bestia prudente", pensó Jaken encogiéndose de hombro y sonriendo de orgullo por el demonio blanco.
―¡Amo Sesshomaru! ―exclamó al legar junto a él corriendo con sus cortas piernas.
―Jaken ―dijo simplemente él, frunciendo levemente el ceño al verle tan contento―, creo recordar haberte dado instrucciones precisas de dejar todo preparado para la marcha de mañana.
El otro dio un respingo. Hundiendo la cabeza, dijo entre tartamudeos:
―He seguido vuestras órdenes al pie de la letra, mi señor. Sólo venía a comunicaros que Ah-Un se encuentra en un estado óptimo para viajar.
―Bien.
De un salto se montó en el caballo, ya suelto por los guardias. Rin abrió la boca impresionada por la elegancia y fuerza que transmitía la simple imagen del demonio. Fue a desearle un buen viaje ―¿a dónde iría en caballo?―, cuando una silueta entró en su campo de visión. Su corazón dio un vuelco. No, sus nervios no podrían soportar su extraño tejemaneje de nuevo. Necesitaba aclararse las ideas para luego así aclarárselas a Himeko. ¡No estaba bien acosar así a la gente! Empujarla de esa manera contra la pared… ¿y si alguien les hubiera visto? La demonio se acercaba a zancadas hacia donde se encontraban. Su mirada le indujo a pensar que tramaba hablar con ella, tal y como había prometido. Kami, si sólo fuese hablar… ¡Himeko era una mujer extraña!
―¡Amo Sesshomaru! ―Todos los presentes se giraron a mirarla ante el repentino grito de ella. Les ignoró a todos salvo a él― Por favor, ¿puedo ir con vos a hacer el reconocimiento… o lo que sea que vayáis a hacer? Necesito dar una vuelta, este clima me asfixia ―añadió al darse cuenta de que era necesario poner una excusa para justificar su inesperado capricho.
Sesshomaru giró su caballo hacia ella sin cambiar su expresión y preguntó tras un instante con suma lentitud:
―¿Acaso sabes montar a caballo, Rin?
―¡Sí! Aprendí en la aldea ―No dijo que a lo que había aprendido era a no caerse de la montura. Era un simple tecnicismo.
―Está bien. Que te traigan un caballo. Voy a salir inmediatamente.
En ese momento llegó Himeko con cara de contrariedad hasta ellos. Paseó su mirada desde Rin hasta Sesshomaru y se quejó en voz alta:
―¡Pero bueno! Yo buscándote y resulta que estás aquí, a punto de irte.―Su voz denotaba decepción, pero la demonio no pudo resistir la tentación de añadir con ironía― Así que te vas a montar con Sesshomaru en vez de cumplir tu palabra de conversar conmigo, ¿eh? Bueno, no te lo reprocho. Recuerdo que era muy… divertido.―Dicho esto, se marchó riéndose de su propio chiste.
―¿A qué se refería con eso? ―preguntó Rin una vez que se hubieron alejado de la mansión de piedra.
Sesshomaru esbozó una diminuta sonrisa divertida.
―No lo entenderías, Rin.
Himeko estaba siendo demasiado directa con la joven, en opinión de Sesshomaru. Estaba claro que había decidido que ella sería su nuevo entretenimiento. Debía vigilarla: si no había cambiado desde que había estado junto a él, Himeko tenía la reprobable costumbre de romper todos sus "juguetes". Rin seguramente no llegaría a entender su extraña conducta o sus frases de doble sentido, pero tal vez fuera mejor así. Lo único que esperaba es que su inclusión en el grupo no ralentizara su búsqueda en vez de acelerarla. El Elíxir de Kami parecía tan cercano que casi podía saborearlo. Le gustaba creer que nadie era imprescindible, y que cualquiera que supusiera un obstáculo en su camino debía ser eliminado. No había excepción. Aquel era el mundo donde imperaba la ley del más fuerte.
Su poder actualmente igualaba al de su padre; en alguna ocasión había demostrado su superioridad hasta sobre él. Pero no era suficiente. Debía volverse más fuerte. Eso era lo único que importaba. Si Himeko podía llevarle a conseguirlo, sería bienvenida. Finalmente todos, humanos y demonios, le venerarían… ―Miró a Rin, quien cabalgaba torpemente a su lado― Y aquellos que decidieran seguirlo por propia voluntad serían sus protegidos. Muchas veces había sido definido como un demonio complicado y retorcido, pero sus planes eran bastantes sencillos, ¿verdad?
―Amo Sesshomaru, me han comentado que mañana nos iremos hacia una roca… ¿cómo se llamaba?
―La Roca de la bruja.
―Pensé que era la Roca de Kitami ―replicó Rin con reproche. Había esperado que el amo Sesshomaru la hubiera llamado por el nombre de la sacerdotisa. Eso hubiese indicado que… la aceptaba. A ella, a lo que había hecho. Lo que había sentido.
―Como gustes ―comentó el demonio con desinterés.
El motivo por el que se encontraba montando en un animal inferior en ese preciso momento no era otro que las vibraciones de energía que había estado sintiendo desde hacía días. Eran demasiados demonios como para que fueran los que normalmente habitaban el desierto. No obstante, eran muy débiles ―por lo menos, comparados con su fuerza―. Si no fuera así, no habría dejado a Rin acompañarle. La joven había aprendido unos cuantos trucos de magia, pero con eso no iba a derrotar a un demonio de nivel intermedio. Escuchó a trescientos metros de allí un golpe y un chasquido. Sin emoción aparente en el rostro, vislumbró una larga cola ocultarse en un hoyo natural. No comentó nada a Rin, pues había pocas posibilidades de que fueran a atacarlo en ese momento. Los humanos tendían a preocuparse por nimiedades.
Los caballos se detuvieron, nerviosos. Movieron la cabeza con brusquedad y pegaron un pequeño brinco que hizo pegar un chillido a Rin. "Bestias inútiles y asustadizas", pensó Sesshomaru con fastidio. Sin decir una palabra cogió a Rin de la cintura y la colocó en su propia montura. Su caballo se tranquilizó al notar la mano del demonio en su grupa. El de Rin se escapó al galope. Había sido Ryota el que le había recomendado ir a caballo por los alrededores para no levantar sospechas entre los habitantes de la región. Era una tontería, por supuesto―él era mucho más rápido que un caballo, y lo mismo iba por sus enemigos―, pero había cedido para no discutir con el obstinado demonio.
―¿Por qué se han puesto así? ―inquirió Rin confundida mientras veía a su caballo al galope perderse en un camino.
―¿No decías que sabías montar? ―preguntó a su vez Sesshomaru.
―¿Eso dije? Bueno, no quiero mentiros, amo Sesshomaru. Sólo quería irme por un rato de ese sitio y por eso dije que sabía.
―No quieres mentirme, pero antes lo has hecho. Sabes que no tolero que no me digas la verdad, Rin ―La voz del demonio era seria y seca.
Rin se removió en la montura, incómoda y nerviosa por las palabras de Sesshomaru.
―Perdonadme, no lo volveré a hacer.
―Vuelves a mentir, Rin ―Su tono cambió radicalmente y se tornó suave y tranquilizador, en contraposición a lo que insinuaba. Rin se encogió al tiempo que se ponía colorada. Él tenía razón, nunca puedes prometer a otra persona que nunca vas a mentirle más.
Sesshomaru notó como la joven apretaba la espalda contra él inconscientemente. Aún sin verle la cara, le parecía un libro abierto. Parecía que eso jamás iba a cambiar en ella, pero esa debilidad no lo molestó. No lo permitiría en un demonio guerrero, ni tan siquiera en Jaken, sin embargo en una pequeña humana podía hasta resultar aceptable. No obstante, no permitiría que le mintiese. Si iba a seguirlo, sería totalmente sincera y franca. Había sufrido muchas traiciones en el pasado hasta el punto de no confiar en nadie. Quien ahora lo intentara sufriría su ira. Claro que no pensaba que Rin dijera una mentira que lo colocara en una posición vulnerable, pero no estaba de más asegurarse.
―Esto… amo Sesshomaru, ¿conocéis la historia de Kitami?
Por la entonación con que lo había dicho, Sesshomaru dedujo que aún seguía turbada y trataba de cambiar de tema.
―Sí.
Rin esperó, como tantas otras veces, que él añadiera algo más. El demonio no hizo ningún comentario al respecto. Estaba demasiado concentrado en su alrededor como para prestar demasiada atención a lo que le decía. Unos ojos amarillos estaban posados en su nuca, lo intuía sin cerciorarse. Esos idiotas lo estaban infravalorando. ¿A quién querían engañar con ese burdo intento de pasar desapercibidos? La chica sentada delante suyo seguía esperando expectante una respuesta más completa sin caer en la cuenta de nada. Suspiró e hizo otro intento:
―¿Qué opináis de esa historia, amo Sesshomaru? Yo creo que es muy bonito el amor que sintió la sacerdotisa hacia el demonio ―aseguró con una sonrisa alegre.
―Ella fue una estúpida por enamorarse de alguien que evidentemente iba a hacerle daño. El amor vuelve ya de por sí débil a humanos y demonios, pero en su caso se sumó la necedad de ambos y supuso su muerte ―comentó como de pasada. Contó once demonios en las proximidades. Agudizó su vista y olfato para buscar más en los seiscientos metros. Si la cifra era relativamente alta, volverían de inmediato a la mansión. No podía dejar que Rin se involucrara más en aquello de lo que ya de por sí estaba.
―¡Amar no da debilidad! Yo creo que te vuelve más fuerte, te hace seguir tus ideales con más decisión. El corazón…
―… es algo a lo que recurren los humanos cuando no saben cómo encarar una situación. Siempre es el corazón que todo lo puede. Si realmente fuera así, no habría muertes ―"y los demonios no existiríamos", añadió para sí irónicamente.
―Pero Inuyasha se vuelve más poderoso cuando quiere proteger a Kagome o a sus amigos. Lucha con toda su fuerza. Y eso gracias al amor.
"Inuyasha. Qué buen ejemplo de fuerza", pensó el demonio con una sonrisa cínica.
―En tal caso, yo debo ser más débil que todos aquellos que aman, ¿no? ―dijo arrastrando suavemente las palabras. La tensión se palpaba en el ambiente. Sesshomaru contó seis demonios más. No era una cifra preocupante ya que se trataban de demonios sin apenas fuerza o poderes especiales.
―N-no quería decir eso… Pero… ―inspiró fuertemente para luego decir― si amaráis a alguien seríais más poderoso.
―En ese caso, ¿para qué buscar el Elíxir de Kami? Con encontrar a una persona a quien dedicar tales enternecedores sentimientos ya estaría todo solucionado, ¿no? ―ironizó de tal forma que hirió a Rin. Más serio, continuó con las palabras que una vez le había dedicado Senna ― Un demonio que se enamora de una humana no sobrevive mucho tiempo. Está sobradamente demostrado.
"Pienso demostrar que estáis equivocado, amo Sesshomaru", se dijo Rin con convicción. Una vez había pensado que lo único que necesitaba su señor era sonreír para alcanzar la felicidad y divertirse, pero había visto que no era tan sencillo como le pareció en un primer momento. Igualmente una sonrisa era sólo un gesto, un movimiento de los labios. No, lo que el señor Sesshomaru necesitaba era un sentimiento puro, verdadero. El amor. Rin se sonrojó sin que el demonio, pensativo a su espalda, lo notara. "¿Qué pasa, Rin? ¿Te ofreces tú misma para el puesto?", dijo una vocecita irritante en su cabeza. "¡No, claro que no! Yo sólo sugería la posibilidad de…". La joven comenzó un acalorado debate mental contra sigo misma. Después de pasar casi toda la infancia con un demonio que no hablaba y otro que sólo abría la boca para regañarla, se había convertido en deber suyo el darse conversación. Era eso o volverse loca. No estaba mal el arreglo, ¿no?
Sesshomaru dio la vuelta al caballo y esperó que Rin le preguntara la razón por la que regresaban tan pronto, pero se sintió sorprendido al ver que no decía nada. En el pasado siempre había odiado responder preguntas triviales o estúpidas; el hecho de que Rin decidiera seguirle le había obligado a cambiar un poco su manera de proceder. No notaba un gran cambio en ella a como era de más pequeña en cuanto a personalidad, pero sí era cierto que la notaba más reservada. Eso lo complacía ―siempre y cuando no se guardara cosas que le incumbieran para sí, por descontado―. En realidad, le extrañaba ―aunque no lo dejase entrever― que no hubiese añadido más en el tema de esa tonta historia de la roca a la que se dirigían. Solía ser muy insistente en aquellos asuntos en los que creía tener la razón.
Un demonio de más nivel entró en escena, para fastidio de Sesshomaru. ¿Qué era lo que pretendía? Tal vez se había equivocado al pensar en un primer momento que su enemigo quería pasar desapercibido y vigilarle. Ahora parecía que, por el contrario, desea que él notara su presencia y se sintiera amenazado. Estúpido iluso. A oponentes más fuertes él se había enfrentado y salido victorioso. Si no fuera por el Elíxir de Kami, iría directamente donde ese líder oculto no tan lejos de allí para ver cómo se desenvolvía contra él. Hacía ya mucho tiempo que no tenía una batalla digna de mención, pero dudaba que ese necio y despreciable demonio pudiese ofrecérsela.
―Amo Sesshomaru, ¿a Himeko le gustan las mujeres?
El demonio mantuvo una postura estoica ante esa curiosa e imprevista pregunta. Después del corto período que había tenido a Rin junto a él, se había acostumbrado a que pasara de un tema a otro como cambiase el viento.
― ¿A qué viene esa extraña pregunta? ―inquirió sin responder. En verdad, los gustos sexuales de Himeko eran un tanto… peculiares. Pero no era algo que Rin pudiera comprender.
La joven casi bufó. Sesshomaru era el dios de la evasión.
―Bueno, ella vino después de lo del baño e hizo cosas… no sé, un poco raras, y además…
―Entiendo, ¿por eso le tienes miedo?
Rin se envaró. ¿Cómo había llegado a esa conclusión? ¡Ni hablar!
―¿Miedo? ¡No es eso! Yo no tengo miedo a esa mujer, os lo aseguro, amo Sesshomaru ―insistió con una fiereza que resultó hasta divertida al demonio. No obstante, sonaba serio cuando comentó de nuevo:
―Entonces, simplemente la odias. ―Era una afirmación.
―No entiendo de dónde sacáis esas cosas, señor Sesshomaru ―dijo Rin a la defensiva.
―Huyes cuando la ves; cada vez que se la menciona, te pones nerviosa. Por otra parte, es normal que una humana albergue ese tipo de sentimientos ante situaciones como estas. Ya te lo dije hace unos años, no está mal que te sientas débil si tratas de ponerle fin.
¿Debilidad? Rin de pronto cayó en la cuenta de por dónde iba la mente de Sesshomaru. ¡Creía que ella no soportaba a Himeko porque se veía inferior a ella en fuerza y se sentía débil! Pensaba que envidiaba a esa hermosa demonio. Tras meditarlo unos instantes, se dio cuenta de que en verdad la envidiaba un poco, pero pensaba superarlo. ¡Ella misma tenía sus virtudes, aunque fueran pocas! Sin embargo, seguía ahí el problema por el que había iniciado la conversación.
―No me habéis respondido, amo Sesshomaru. ¿A Himeko le gustan las mujeres? ―En el tiempo que había pasado en la aldea, había visto el trato amo-siervos, y no se parecía en nada a como estaba acostumbrada a hablarle. Pero si cuando era niña su franqueza no lo había molestado, ¿por qué ahora?
―No es un asunto que puedas llegar a entender ni tratar ahondar. Si algo de lo que haga te molesta, simplemente ignóralo o dímelo si lo consideras necesario.
¿Ese nuevo intento de evadir la respuesta era un "sí" o un "no-pienso-añadir-más-en-esta-cuestión"? El demonio seguía siendo un enigma para ella.
―Sesshomaru, hay una cosa más que… ―Rin calló indecisa en ese punto. Sesshomaru esperó pacientemente a que continuara― No entiendo… Si me lo permitís, estuvisteis muy extraño anoche. Quiero decir, que eso no fue malo, pero no deja de ser… pues eso, extraño.
―Si dices que no fue malo, ¿por qué le das más vueltas? ―inquirió con voz suave. Rin sentía en su espalda el calor que despedía su pecho, lo cual la desconcentraba a tal punto que le costaba seguir aquella sencilla conversación.
―No soléis pedirme ese tipo de cosas… el que me bañara con vos… Me sentí muy confundida ―confesó con sinceridad y las mejillas levemente sonrojadas gracias a que él no podía ver su rostro. No había caído en que era un experto en adivinar sus emociones sin una prueba visual.
―Entiendo. Mi sugerencia no fue en absoluto racional. No la repetiré.
La espalda de Rin se puso recta como una tabla y rozó con la cabeza el mentón del demonio.
―¿Qué? ¿Por qué? ―Su voz sonó alarmada, pero no le importó.
―No eres una niña, Rin y, a la vez, lo eres. No trates de jugar con estos asuntos.
No entendió a qué se refería. ¿Jugar? Si ella no estaba jugando… ¿y qué tenía que ver con lo que estaban hablando? Sesshomaru no intentó explicárselo al captar su confusión. Ella era todavía demasiado inocente. Comparado con su edad, Rin apenas había probado la esencia de la luz solar.
Cabalgaron unos minutos en silencio. Sesshomaru, que en ningún momento había olvidado en dónde se encontraba, seguía atento a las irregularidades del ambiente. Veinticinco demonios. ¿Debía hacerles una invitación? Los eliminaría tan rápido que duraría un parpadeo de Rin. Pero estos seguían alerta a el movimiento del caballo, quien parecía más cómodo con los intrusos que había a su alrededor que con su imponente jinete. Nuevamente, Sesshomaru se llamó necio a sí mismo por haber seguido la indicación de ese idiota de Ryota y llevar con él a esa bestia inútil.
―Sé que estoy sobrepasando los límites y hablando demasiado, pero es que hace tanto tiempo que no estoy a solas con vos que n…
―¿Deseas preguntar algo más, Rin?―le cortó tratando de impregnar en su voz una amabilidad que no cuadraba bien con el fastidio que sentía por dentro. Por suerte, tantos siglos vagando por el mundo habían servido para que nunca nadie supiera que pensaba o sentía. Y esa, y no su espada o su armadura, era su mayor fortaleza.
―¿Qué… sientes por Himeko?
―Eso no debería importante, Rin ―la reprendió con suavidad.
―Sé que me estoy metiendo en cosas que no me atañen, amo Sesshomaru. Perdonadme, sólo tenía curiosidad.
El demonio miró con fijeza su cabeza morena. Rin estaba demostrando sentimientos peligrosos. Inquirió arrastrando las palabras:
―¿De verdad quieres saberlo, Rin?
―Bueno, sé que fuisteis… ―"Amantes"― Esto… tú y ella… ―"Amantes".
―¿Sí? ―la animó a continuar con una imperceptible ironía.
"Amantes, niña tonta. ¡Dilo de una vez!".
―Amigos ―completó por fin con voz entrecortada.
Sesshomaru miró al frente, de nuevo desinteresado. Si no era capaz de pronunciar esa inofensiva palabra, no estaba preparada para escuchar nada acerca de ese asunto. No es algo que él considerara confidencial, en realidad era una trivialidad, pero si ella insistía tanto pero luego no iba a ser capaz de encajarlo, se lo callaría igualmente. Era demasiado niña para entender algunas cosas. No pensaba hacer nada que pusiera en peligro la armonía del grupo y provocara un retraso para conseguir su objetivo. Eso era lo único que debía preocuparle: el Elíxir de Kami.
Regresaron poco después a la mansión de piedra. Rin miró a un lado y a otro, perpleja. ¿Cuándo habían dado la vuelta? Tal vez había estado tan sumida en sus pensamientos que no había reparado en que el camino era siempre igual. Se bajó torpemente del caballo y vio como Himeko, quien se había sentado a esperarles cuando marcharon, se acercaba a ellos con una gran sonrisa. En el momento en que quiso irse rápidamente antes de que hiciera nada extraño delante de Sesshomaru, recordó que él pensaba que temía a la mujer. ¡No le tenía miedo! Era sana precaución. E incomodidad. "¡Es que es demasiado rara!", se quejó mentalmente.
―No me he olvidado de que tenemos una charla pendiente, pequeña Rin ―dijo con voz melosa y sonriente― ¿Tú sí? Espero que no. Me romperías el corazón ―Hizo un gesto melodramático acompañado de una caída de ojos.
―No lo he olvidado pero ahora estoy cansada. Mañana, ¿de acuerdo?
―Muy bien ―aceptó divertida a todas luces por la firmeza en la voz de Rin―. De todos modos tenía que hablar con Sesshomaru.
Rin frunció el ceño al mismo tiempo que asentía. ¿De qué tenían que hablar? Mientras se alejaba, se encogió de hombros. Daba igual, total, no era asunto suyo. Sesshomaru no había demostrado un afecto especial por Himeko ―lo cual no quería decir que no se lo guardara para sí―. Eso era lo más importante para ella. No hubiese soportado verles haciéndose carantoñas como una pareja de enamorados. Trato de imaginárselo, pero no lo consiguió. ¿Cómo podía haber llegado a pensarlo antes? El amo Sesshomaru no era de ese tipo de hombres. Por una vez, Rin agradeció ese carácter frío y seco que Kami le había dado. Con un suspiro satisfecho, se preguntó dónde estaría Jaken. Había dejado al pobre con todos los preparativos. Se dirigió al cuarto del demonio para ver si necesitaba su ayuda ―o desahogarse, lo cual a fin de cuentas era lo mismo―.
―Ya veo que sigues gustando de provocar a los demás con tus ardides, Himeko ―comentó como de pasada viendo perderse tras el umbral de la puerta la espalda de la joven―.
―Pero tú siempre has sido mi favorito, Sesshomaru, así que no te sientas mal ―le aseguró con falsa dulzura y una sonrisa astuta.
―Con ella no te funcionará ―continuó ignorándola―. Es una humana demasiado joven.
―¿Eso es lo que te dices cuando la miras? Aparentas frialdad, pero yo sé lo que oculta tu coraza de hielo ―ronroneó posando una mano en su pecho.
―Recordarás entonces qué es lo que ocurre cuando tu lengua se mueve más de lo debido ―dijo a su vez con velada amenaza.
―Sé que tratas de asustarme, pero esas palabras no me acaban de dejar de sonar excitantes ―soltó una risita que se cortó cuando Sesshomaru estrujó con fuerza los dedos de la mano que seguía puesta en su pecho. Dolorida, se quejó ―: Nunca cambiarás, ¿verdad? Sólo bromeaba. Sé que nunca tendrías nada con una humana. Y suéltame, me haces daño.
Sesshomaru lo hizo con indiferencia y se volvió para dar las riendas del animal a un siervo de la caballeriza.
―Si es así, no entiendo a qué viene toda esta inútil conversación. Deberías prepararte para salir mañana temprano en vez de perder el tiempo aquí.
―Yo siempre estoy preparada ―continuó quejándose. Por primera vez en mucho tiempo, la voz de Himeko sonó dolida― No nos vemos desde hace siglos, ¿y así es como me tratas? Yo me ilusioné mucho cuando me comunicaron que me habías requerido.
―Requería una persona que supiera la supuesta localización del Elíxir de Kami. Y no te lo tomes tan a pecho, Himeko. Si no hubieras tardado tanto, tal vez me hubieras encontrado de un humor más… apacible.
―Sí, la culpa siempre es mía. Incluso cuando apenas eras un demonio recién salido del vientre materno siempre llevabas razón ―gruñó con ojos entrecerrados.
―Perdóname la vida―pidió con ironía palpable.
―¡No te burles de mí! ―exclamó, pensando que esa situación ya la había tenido mucho tiempo atrás. De pronto, esbozó una sonrisa suspicaz―: Por cierto, cuando salí antes con unos guardias a hacer el reconocimiento rutinario me pareció ver más demonios que de costumbre. ¿Sabes tú algo, Sesshomaru? ¿O tal vez éste sea otro asunto que "no es de mi incumbencia"?
―Tu deber es guiarme hasta el Elíxir de Kami ―explicó acercando su cara a la de Himeko, quien se puso nerviosa de pronto. Parecía que fuera a besarla. ¡Maldita sea, si era mayor que él! Pero siempre había sido superior a ella. ―Yo me encargaré de los pequeños contratiempos que pueda ocasionar el viaje.
―Por supuesto, tú podrás con todo, como siempre ―gruñó cruzándose de brazos y retrocediendo un paso.
―Dada la tendencia que tenías en el pasado a hacer el vago, mucho me temo que tu rendimiento y fuerza habrán decrecido notablemente. Por eso, sí, yo me encargaré de todo.
Sesshomaru le dio la espalda y se dirigió a la mansión por el mismo camino que antes había seguido Rin. Himeko, aún sabiendo que aquello era un gesto propio de infantes humanos, le sacó la lengua. ¿Vaga, ella? ¡Ja!
*Neissa se pone ansiosa* ¿Y bien? ¿Os ha gustado? Lamento las faltas que podéis haberos encontrado, es que ando sin beta u.u
Espero que os haya gustado aunque sea un poquito :) Si es así, ¡un review! Y si no... ¡pues un review con lo que no! De los errores se aprende xD
Hasta la próxima,
Neissa.
