¡Hola, hola! Como dije, ¡ya estoy aquí! Y tal y como prometí, traigo el nuevo capítulo. No sabéis cuanto me alegra que no os hayáis tomado a mal mi tardanza ( que no me tiréis tomates, ejem).

Es tarde aquí, así que no me entretengo más y os dejo el capítulo. ¡Espero que lo disfrutéis!


~Capítulo siete.- Corazón blando~


Los árboles en flor daban la bienvenida a la primavera moviendo sus ramas llenas de flores al ritmo de la suave brisa del sur. Por todas partes se oía el cantar de los pájaros y el rumor de las ardillas saltando de rama en rama alegremente. Lejos se apreciaba el agua pasar en lo que sería un río de agua fresca y cristalina. Todo este escenario habría bastado en cualquier otra situación para limpiar el corazón de Rin de preocupaciones y saltar de alegría junto a los pequeños animales del sendero pedregoso. No obstante, los bufidos burlones de Himeko ante tal empalagosa escena frenaron cualquier intento de disfrutar de su juventud sin pudores.

―Primavera, qué época tan dulce. Es normal que se llene de insectos queriendo devorarla.

―Oh, vamos, señora Himeko. La primavera es una estación para disfrutar. El invierno ha pasado y llega el sol, las flores, las cosechas,… ¡Es todo diversión y felicidad!―exclamó Rin con una sonrisa alegre.

Jaken soltó un gruñido mientras la demonio se reía.

―Divina juventud. Qué graciosa resultas. Nosotros los demonios preferimos cien, no, mil veces más el invierno. Es mejor época para la caza ―comentó insinuante mostrando sus afilados dientes.

―Bueno, cada quien tiene su opinión ―repuso la joven, tolerante―, pero para mí es especial.

Himeko la miró esperando que continuara pero al ver que se había perdido en ensoñaciones, rodó los ojos con exasperación. Carraspeó para llamar su atención.

―¿Vas a decirme por qué te parece especial o sólo pretendías hacerte la interesante? El misterio no casa contigo, pequeña humana.

Rin soltó una risita.

―Perdón, suelo estar en las nubes. Como mis dos acompañantes (además de Ah-Un) no hablan mucho, lo mejor es perderse en una misma para no aburrirse. Pero vuelvo a irme por las ramas ―sonrió Rin. Miró directamente a los ojos de la demonio. Sus profundos ojos verdes la atraparon por una milésima de segundo―. En primavera fue cuando conocí al amo Sesshomaru. En realidad, él me salvó la vida.

―¿Oh? Qué interesante ―comentó frunciendo levemente el ceño―. ¿Te salvó sin más? Me cuesta creerlo, pues por algo de cariño que te haya podido coger en los años en los que le has acompañado, dudo que de buenas a primeras salve a una humana.

―Tiene explicación ―intervino Jaken con voz aburrida―. El amo Sesshomaru había adquirido recientemente a Tenseiga y quería probarla con alguien para ver su efectividad. Encontró a la niña asesinada por los lobos y se presentó la oportunidad, nada más.

―Eso sí que es más propio de Sesshomaru. Es un demonio práctico.

―Decid lo que queráis, pero para mí sigue siendo especial ―dijo Rin sonriendo dulcemente a la espalda de Sesshomaru. Aunque él no se había incluido en la conversación, sabía que oía cada palabra.

―Rin, recuerdo que teníamos una charla pendiente, ¿no? ―La joven se sobresaltó con la pregunta de Himeko, pero se dejó arrastrar por ella viendo resignada como Jaken se adelantaba y se quedaba sola con la demonio y Ah-Un― No te preocupes, los pies de Sesshomaru son ligeros, pero puedo alcanzarle sin mucho esfuerzo si nos deja muy atrás.

"No es consuelo", pensó Rin con una sonrisa cansada. Himeko no parecía peligrosa, mas poseía un aura inquietante. Por muy amigable que fuera, no dejaba de ser una demonio desconocida y letal. En ningún momento iba a despistarse y bajar la guardia. Puede que fuera injusta, pero la vida le había enseñado que sólo podía confiar en unos pocos. En el viaje, solamente en el amo Sesshomaru y Jaken.

―¿Y de qué queréis hablar? ―preguntó educadamente.

―¡Oh, vamos, Rin! Ya te he dicho que me tutees. Soy vieja, pero es descortés de tu parte demostrarlo a cada instante ―se rió de su propia broma y continuó―: Ya que estamos solas, ¿por qué no hablamos de algo de chicas?

―No sé… ―Rin no parecía muy convencida. Los temas considerados femeninos eran algo aburridos. Cuando hablaba de kimonos con las mujeres de la aldea, sólo conversaba porque le interesaba la conservación de la ropa que le había regalado Sesshomaru. Había crecido, pero seguía gustando de jugar con los jóvenes en vez de sentarse a bordar, bailar o parlotear con el resto de mujeres. En el mundo ser un hombre era mucho más fácil y divertido, eso lo tenía claro.

―¡Venga, aburrida! ―la animó con voz ridículamente infantil. La codeó con mofa― ¿Y si hablamos de Sesshomaru? ¿Qué te parece?

―¿Del amo Sesshomaru?, ¿de qué quieres hablar?

―No sé―Himeko se sostuvo el mentón como si lo pensara y tras un rato, golpeó con un puño su otra mano como si hubiera llegado a la respuesta―. ¡Ya sé! ¿Qué tal tu opinión sobre él?

A Rin se le iluminaron los ojos. Esa era una pregunta fácil.

―Él es lo más grande para mí. Es un honor para mí que me acepte a su lado. Siempre, desde que era una niña, lo he admirado muchísimo. Creo que es capaz de cualquier cosa, incluso de llegar al poder absoluto. Yo seré feliz mientras le siga acompañando allá donde vaya.

―Aburrido… ―siseó Himeko para sorpresa de Rin.

―¡Pero si has sido tú la que me ha pedido que te diera mi opinión sobre el señor Sesshomaru!

―Sí, sí ―repuso la demonio con un resoplido―. Pero no me esperaba esas bobadas de honor, acompañar y demás. Lo que quería que me dijeras ―se acercó a su cara más de lo debido con una sonrisa maliciosa― es qué opinas de Sesshomaru como hombre. Y no me sueltes de nuevo tonterías empalagosas.

―¿C-como hombre? No es correcto hablar de esos temas, y si te digo la verdad, me incomodaría bastante conversar contigo sobre esta clase de cosas―dijo Rin con un levísimo rubor.

―Muy bien, pero quien calla otorga, pequeña Rin ―canturreó Himeko divertida.

―Sólo guardo mi opinión para mí, gracias.

―¡No te enfades, tonta! Era una pregunta inocente ―dijo la demonio parpadeando lentamente, en un risible intento de imitar a una doncella.

"Dudo que cualquier cosa que haga sea inocente" pensó para sí Rin sin poder evitar que una pequeña sonrisa se le escapara. Himeko era, sin duda, la demonio más extraña que había conocido nunca ―y había visto muchos demonios extraños―. ¿Sufriría algún tipo de bipolaridad?

―¿Sabes cuál es tu problema? Que eres demasiado parada. Tienes que pasar a la acción, lanzarte al cuello de tu presa y devorarla sin pensártelo dos veces.

―¿Perdón? ―exclamó retrocediendo un paso con ojos muy abiertos. Procedió a hablar con mucha lentitud, para que se le entendiese a la primera― Himeko, recuerdas que soy humana y no caníbal, ¿no?

―Era una metáfora ―bufó la otra con desdén―, ¿no sabes lo que es?

―Evidentemente, no me han enseñado este tipo de cosas ―replicó Rin ofendida―. Si quieres te hago una corona de flores. Las hago muy bonitas. A todo el mundo le gustan.

―Qué adorable, cielo. Pero no, gracias, prefiero vomitar. A lo que iba con lo de antes es que debes ser más atrevida y lanzarte en las situaciones. Siempre estás con "sí, amo Sesshomaru", "lo siento, amo Sesshomaru", "lamento ser tan infinitamente inferior, amo Sesshomaru", "¿deseáis que os arrope y os cante una nana, amo Sesshomaru?".

―¡Yo no hablo así!

―Si hicieras caso de mi consejo ―continuó ignorando su queja―, avanzarías mucho con él. ¿No es lo que quieres? ―inquirió mientras enrollaba un mechón del pelo de la joven en su largo dedo.

―De pequeña siempre era así, no veo que avances lograría ahora ―Rin intentó apartarse, pero como Himeko no quería soltarle el pelo, le dio un buen tirón.

―Deja de quejarte ―ordenó como si nada―, y escúchame, pequeña humana. ¿Eres tonta o te lo haces? Porque ya tienes una edad en la que estas cosas se sobreentienden. Por supuesto que ser atrevida ahora tiene mucho más significado que cuando eres todavía una cachorrita.

―Llámame tonta si lo deseas ―dijo Rin con una sonrisa. No se sentía con ganas de discutir. Hacía un día tan bello…

Rin trató de apretar el paso para alcanzar a Jaken y a Ah-Un, pero Himeko tenía otros planes. La asió fuertemente del hombro y la encerró entre sus brazos, imposibilitándole la huida. Su sonrisa volvía a ser maliciosa. Parecía estar divirtiéndose mucho, lo cual no gustó a la joven humana, quien se debatía por liberarse como ya hizo en los baños de la mansión de Ryota. Pero un día no hacía mucha diferencia; Himeko no se había debilitado, como era evidente.

―¿Quieres una muestra de cómo debes tratar a Sesshomaru para que te haga caso?, ¿para que aparezcas ante sus ojos? ¿Quieres convertirte en una mujer audaz y atrevida?

―¡Esto no tiene nada que ver con el atrevimiento! Y al amo Sesshomaru no le gustaría que…

―Hablas demasiado ―le espetó mordiéndole el labio inferior y luego besándoselo. Con la mano que tenía a la espalda, le acarició el pelo―. ¿Por qué no te dejas llevar, pequeña Rin?

La joven humana le sonrió dulcemente sin atisbo de miedo. Himeko parpadeó, sorprendida porque no temblaba de miedo o molestia. En realidad, no parecía asustada ni incómoda.

―No te ofendas, Himeko, pero ni eres mi tipo ni nos conocemos tanto. Agradezco la atención que me dedicas, en serio, pero debo decir que no. Podemos quedar como conocidas.

La joven le pegó una patada que la demonio apenas sintió, pero sirvió para que aflojara su agarre por la sorpresa. Echó a correr tanto como pudo para alcanzar a sus compañeros de viaje antes de que Himeko se recuperara. Jadeando, miró hacia atrás para comprobar que la había dejado muy atrás. Esta vez fue ella la sorprendida al ver andando tranquilamente a la mujer demoníaca tras de ella con una leve sonrisa. Se apresuró a pegarse a Jaken, quien se quejó. Rin le ignoró.

―¿Cómo te atreves a rechazar a alguien que no se te ha declarado? ―inquirió tras de ella con voz peligrosamente suave.― Tienes mucho valor.

―Oh, disculpa, creí que lo de antes era una declaración y me pareció que lo más justo era cortarlo por lo sano. No quiero herir tus sentimientos.

Himeko parpadeó. ¿La humana se burlaba de ella? ¿En qué maldito instante habían cambiado las tornas? Era hora de remontar. Si había algo que odiara de verdad, era no controlar la situación. Su belleza siempre había bastado con los humanos, ya fueran hombres como mujeres. Pero como ya había dicho Sesshomaru antes: ella era una humana demasiado joven.

―Vaya, no eres la mosquita muerta que tratabas de mostrar al mundo. Sin embargo, ¿me dirías eso si fuera tu amo Sesshomaru? ¿Me tratarías con tanta crueldad? ―añadió agitando melodramáticamente su mano.

Rin no se dejó molestar. Sonriente, se giró para decirle risueña:

―Si fueras el señor Sesshomaru, no estaríamos ni en esta situación ni manteniendo esta conversación, para empezar.

―Buen punto ―estuvo de acuerdo Jaken, interviniendo por primera vez.

―Sois unos aburridos ―Himeko les sacó la lengua.

―¡Eh! ¿A ella no le llamas niña tonta, abuelo Jaken?

―Deja de parlotear y molestar al viejo Jaken, niña tonta.

Rin bufó de exasperación mientras Himeko se reía a carcajadas.


En aquel pueblo del Este todo era devastación y horror. Los gritos de espanto cortaban el aire como afiladas cuchillas; desgarradores gemidos humanos de dolor y miedo que en ocasiones se confundían con risas frenéticas y despiadadas. Y sangre, sangre por donde se mirara. Había tanta, que podría formarse un tenebroso río carmesí bordeando lo que había sido una tierra alegre y sin muchas preocupaciones días antes, en el festival que daba la bienvenida a la primavera. Los niños que habían acompañado a la comitiva de la ofrenda estaban desparramados por el suelo y miraban al vacío con lágrimas en los ojos, tal vez preguntándose dónde estarían sus padres en un mundo que ellos no entendían ni del que podían marcharse.

En eso se había convertido el pueblo de la roca de Kitami. La gente corría despavorida tratando de escapar de las garras de los demonios pantera, que aullaban con satisfacción y carne humana entre sus fauces. El fuego, probablemente originado por una lámpara tirada en un intento por huir, estaba arrasando con los tejados de madera de las cabañas. A lo lejos, se oía el llanto desgarrador de un niño que llamaba a su madre. Era un espectáculo sobrecogedor. Una pesadilla estando despierta.

―¿Ves? Estas cosas son las que me gustan de la primavera. Las panteras y los lobos salen a cazar poblados sin piedad. Resulta increíble, ¿verdad? ―inquirió Himeko admirando la escena con una sonrisa perversa―. Ellos también tienen derecho a compartir su alegría por la llegada de la estación del amor, ¿no?

Se hallaban en una colina, no muy alejados del pueblo. Jaken fruncía el ceño. Los felinos no le gustaban, tal vez por ser su amo un demonio perro. Y habían llegado en el peor momento posible. ¡Así era casi imposible llegar intactos a la roca de la Bruja! Por supuesto que el señor Sesshomaru podría ir solo, pero el pequeño demonio sabía que no les dejaría allí, expuestos a tantos demonios voraces y hambrientos. Echó una mirada a la mujer demonio y gruñó. Entendía su éxtasis, pero debía reprimirse si no quería molestar a su amo. Ese tipo de comentarios estaban totalmente fuera de lugar.

Sesshomaru observaba la escena sin un sentimiento claro en la cara. No denotaba alegría, como Himeko, ni molestia, como Jaken. Él sólo era un espectador impasible de aquel infierno en la Tierra. Había visto miles de batallas, muchas más sangrientas que aquella diversión nocturna de las panteras. No obstante, notaba a su acompañante humana muy nerviosa. En realidad, Rin no podía parar de temblar con violencia. Sesshomaru supuso que tenía miedo, pues hacía una temperatura agradable ―y aunque no fuera así, las llamas que devoraban al pueblo entibiaban el ambiente―.

―Rin.

La muchacha no le miró. No podía moverse, se sentía como si le hubieran lanzado un hechizo petrificante. Aquello era demasiado horrible para ser verdad. Sin poder evitar que su voz temblara, sonrió ligeramente al decir:

―No os preocupéis, amo Sesshomaru, estoy bien.

No era verdad. Ambos lo sabían, pero ninguno comentó nada.

―Amo Sesshomaru, ¿qué hacemos? ―inquirió Jaken. Las panteras los olfatearían pronto y deseaban pasar desapercibidos. Un aullido cercano puso los pelos como escarpias a Rin.

―Nos adentraremos en el bosque.

Sesshomaru sabía que las panteras eran voraces, pero impacientes. Acabarían su comida antes del amanecer y se marcharían a su tierra. Lo mejor era esperar en el bosque. Pensó en lo fácil que sería matarlas a todas con el filo de Bakusaiga. Sería rápido y más limpio que la carnicería en la que se había convertido el pueblo.

―Sesshomaru, ¿por qué no las matas? ―inquirió Himeko con una voz tan suave que podía confundirse con el viento. Parecía que le había leído el pensamiento. El demonio siguió mirando con indiferencia al frente, ignorando a su compañera― ¿Es por la humana? ¿Temes que le pase algo? Vamos, ya es un poco mayor para que tengas que preocuparte así… Ya no te reconozco apenas, querido.

―Yo tampoco a ti, Himeko. Antes sabías lo peligroso que era provocarme.

―Oh, ¿eso estoy haciendo? ―preguntó con inocencia― No deberías…

―¡Señor! ¡¿Está bien?

La voz de Rin tras de ellos les hizo girarse para saber el motivo de su grito. La joven había visto a un hombre mayor tirado en la falda de la colina con una fea herida en el costado. Corrió hacia él mientras Jaken le perseguía refunfuñando, y se arrodilló a su lado. Murmuró rápidamente uno de los últimos hechizos de curación que había aprendido. La herida era grave y no se curaría del todo, pero sí lo suficiente para que sobreviviera y pudiera andar medianamente bien. Gruñidos a su espalda la sobresaltaron.

―¡Atrás! ―gritó Jaken blandiendo con violencia su báculo y dejando que lanzara numerosas bolas de fuera a las panteras, quienes no se dejaron amedrentar. Cuando una saltó en dirección a Rin, el animal soltó un gruñido de confusión. Acto seguido, se convirtió en un amasijo de músculos sin forma alguna. Rin, quien ya se sentía un poco descompuesta de antes, apartó la vista del demonio muerto y musitó una palabra de agradecimiento al demonio blanco, que miraba con fijeza a las panteras restantes. Ellas, observando a su compañero caído y a su verdugo, decidieron retroceder y volver al pueblo, donde les esperaban presas fáciles e inofensivas.

De un grupo de humanos que escapaban por un camino secundario se separó una mujer al ver cómo las panteras se alejaban. Vino corriendo hacia ellos con mirada desesperada y preocupada.

―¡Padre! ¿Estás bien? ―Levantó al débil hombre del suelo mientras éste no cesaba de toser. Le acarició sus cabellos blancos para tranquilizarlo.

―No te preocupes, le he lanzado un hechizo de curación. En unos días estará bien si guarda reposo y se alimenta bien ―dijo Rin con una pequeña sonrisa. Aún le duraban los mareos.

―Para eso primero debemos escapar de aquí ―farfulló lanzando miradas nerviosas al pueblo desolado.― Vos también deberías, sacerdotisa.

―¡Ah, no soy sacerdotisa! Sólo una aprendiz.

Pero la mujer no le escuchó. Cogió a su padre y se apresuró a alcanzar al grupo que habían logrado huir de la masacre. Los grotescos sonidos habían disminuido, tal vez porque las presas estaban muertas o se habían marchado.

―Vamos ―ordenó impasible Sesshomaru.

Siguieron el sendero hasta el bosque. Con la luna nueva parecía más oscuro de lo que en realidad sería. Los rugidos de las panteras sedientas quedaron atrás.

―¿Por qué has ido corriendo a salvarlo? No era más que un humano ―La voz de Himeko sorprendió a Rin, quien se había hundido en cavilaciones para olvidar toda la sangre que había visto en la última hora. Había sido como recordar su propia muerte.

―Yo también lo soy ―le espetó Rin con fiereza. Los insensibles comentarios de ella y los últimos acontecimientos habían arruinado su buen humor. Bueno, ¿y a quién no?

―Cierto, inexplicablemente siempre se me olvida ―comentó ella soltando una risita.

Sesshomaru se detuvo en un lugar resguardado por árboles de gruesos troncos y gran altura. Rin miró hacia arriba; no eran difíciles de escalar si se diera el caso de tener que hacerlo. Después de dar a Jaken unas bayas secas para comer de las alforjas de Ah-Un, se tumbó en la hierba. Había muchas flores bonitas, pero la joven ni las miró. Había sido un día demasiado largo. Jaken se acercó y se sentó junto a ella masticando ruidosamente.

―¿No comes nada, Rin?

―No, se me ha quitado el apetito. Tengo el estómago cerrado.

―Esta mañana no has comido nada tampoco. Deberías comer algo.

―Jaken, no…

―Me adelantaré ―la cortó secamente Sesshomaru dando un par de pasos en su dirección―. Cuando vuelva, quiero que te hayas alimentado correctamente.

Rin suspiró. A él no le podía negar nada, por poca hambre que tuviera.

―Sí, amo Sesshomaru.

―Bien. Quedaros aquí.

Sesshomaru se fue con paso ligero y decisión entre los árboles. Rin se preguntó cómo no podía perderse. Para ella, cada árbol, piedra o marca en la tierra era exactamente igual en todo aquel bosque. ¿Sería su instinto de demonio o que simplemente sabía orientarse?

Himeko siguió al demonio y le alcanzó en pocos segundos. Le sonrió al situarse a su lado. Su cara adquirió una expresión contrariada al notar la molestia de Sesshomaru.

―Creo haber dicho claramente que os quedarais donde os dejé, ¿o me equivoco, Himeko? ―le espetó fríamente.

―¿Por qué debo quedarme allí? Puedo ayudarte a pelear si hay demonios esperándonos en la roca de la Bruja.

―Creo que todavía no me he explicado con claridad ―siseó el demonio deteniéndose y situándose frente a la descontenta Himeko.

―No, tranquilo, te has explicado divinamente, como siempre ―dijo con idéntica frialdad―. Es por ella, ¿no? ¿Por qué ese afán por protegerla?

―Yo protejo aquello que me pertenece ―Sesshomaru le dio la espalda y continuó caminando―. Vuelve a donde se te ha mandado y obedece por una vez en tu vida.


―El señor Sesshomaru está tardando bastante, ¿le habrá pasado algo? ―preguntó por tercera vez Jaken. Rin suspiró mientras mordía pasivamente un trozo de zanahoria. Si al menos pudiera hervirla y preparar un caldo… Pero encender un fuego era en ese momento muy peligroso.

―¿A quién le importa lo que le pase a ése? ―gruñó Himeko desde una rama alta. Desde que había llegado, no había pronunciado palabra. Rin y Jaken no le habían dicho nada porque supusieron que había discutido con el señor Sesshomaru al ver su cara de enfado.

―A todos nos importa. Pareciera que no le conocieras nada, aunque has pasado mucho tiempo con él. Si el amo Sesshomaru dice algo, es porque espera ser obedecido al instante.

―Lo sé, sapo. Pero él ya no es el mismo que en esa época. Se ha ablandado ―escupió con desprecio.

―¿Cómo te atreves? ―exclamó Jaken levantándose de un salto. Rin decidió no intervenir, rumiando su zanahoria― ¿Ablandarse, el gran señor del Oeste? Nunca, jamás, había sido tan poderoso como lo es ahora. Tras vencer a ese despreciable de Naraku, alcanzó la cúspide de su fuerza.

―Sí, algo he oído ―admitió a regañadientes.

―Una pregunta, Himeko ―dijo Rin de repente―, ¿Sesshomaru ya perseguía el Elíxir de Kami cuando estaba contigo?

La demonio resopló y no añadió nada más. Tras unos minutos, cuando Rin pensaba que no contestaría, dijo con aburrimiento:

―Sí, él ha seguido esa quimera desde joven. Siempre ha estado obsesionado con ser más fuerte. Bueno, miento, lo que quiere es ser el más fuerte, el más poderoso. Que los demás demonios reconozcan su superioridad. Siempre ha pensado únicamente en él.

―Te equivocas ―le contradijo la joven con una sonrisa tranquila―. Puede que no de esa impresión, pero el amo Sesshomaru se preocupa por los que están alrededor. Pone excusas de que lo hace porque eso le daba beneficios también, sin embargo, creo que lo haría aunque eso le perjudicara a él mismo. Es un ser compasivo.

―¿Compasivo?, ¿preocupado por sus amigos? ¿Sesshomaru? ¿Hablamos del mismo demonio? ―soltó una carcajada seca y saltó de la rama para caminar hacia Rin, quien se puso en pie― Hablas de lo que no sabes. ¿Sabes cuánto tiempo estuve junto a Sesshomaru? Más de un siglo. Y tú crees que le conoces mejor que nadie cuando sólo has estado a su lado, ¿cuánto? ¿Cinco, seis años? No me hagas reír, pequeña humana. Por tus palabras, no me cabe duda de que no le conoces en absoluto. No sabes las cosas que ha hecho por el poder, a cuántos ha matado por pura diversión, cuántas vidas ha destrozado con sencillez. ¿Te ha impresionado el espectáculo de las panteras? Llorarías de miedo si vieras lo que puede hacer Sesshomaru cuando el cuerpo le pide sangre. Es un demonio, bonita, no un ángel de la guarda.

―Un demonio no tiene por qué ser malo. Inuyasha es un medio demonio bondadoso; Shippo y Jaken son demonios inofensivos y buenos.

―¡Cuidado con lo que dices, niña tonta!

―Y el amo Sesshomaru no es tan perverso como lo quieres mostrar. Sí, es muy poderoso, pero sé que nunca me haría daño; ni a mí ni a nadie que le importe un poco. Puede ser despiadado con sus víctimas, pero no por diversión sino porque han sido ellas quienes le han provocado o atacado. No es un demonio cruel.

―Rin, esa ingenuidad me gusta, pero a la vez me pone de los nervios ―comentó Himeko con una sonrisa extraña.

La joven iba a protestar de nuevo, pero su voz se perdió en su garganta cuando entre los árboles se escuchó el llanto desgarrador de un niño. No se oía muy lejos de allí. ¿Estaría herido o abandonado? Rin no se paró a pensarlo. Corrió hacia la espesura hasta que alguien le cogió del brazo y le tiró al suelo. Sorprendida y aturdida por la caída, vio la cara de Himeko mirándola con desaprobación, de pie junto a su cuerpo tendido.

―¿A dónde te crees que vas? ―le espetó.

―¡A ayudar a ese niño, claro! ―le contestó ella con enfado poniendo de pie.

―Ahora mando yo y seguiremos aquí, donde el señor Sesshomaru nos ha dejado, ¿entendido?

―¡No tengo por qué obedecerte! ―gritó Rin al tiempo que salía de nuevo en busca de la fuente del llanto. Jaken y Himeko la vieron desaparecer tras una magnolia.

―Entiendo por qué la llamas niña tonta.

El pequeño demonio suspiró por el día que estaba teniendo. Una mujer en el grupo era una molestia, pero dos resultaba un quebradero de cabeza. Con lo bien que habían estado solos el amo Sesshomaru, Jaken y Ah-Un. Sólo faltaba ese idiota de Inuyasha para acabar con él de muerte cerebral.

―Es joven e impulsiva, sí ―convino resignado echando a correr por donde se había ido la chica―. ¡Rin, espérame!

Himeko se vio de pronto sola en el lugar. Ah-Un se había marchado tras Rin sigilosamente antes que Jaken. Frunciendo el ceño, soltó un bufido.

―Creo que yo también voy.

Rin estaba sentada a lomos de Ah-Un, que la llevaba a través del bosque rápidamente. Era extraño, pero el niño no estaba por los alrededores. ¿Cómo podía haberlo escuchado tan cerca? Apartó una rama con el brazo y se arañó ligeramente la piel. "Oh, espero que las panteras no me detecten", gimió interiormente al ver como una fina línea de sangre empezaba a brotar de la pequeña herida. No iba a ayudar mucho atrayendo a una manada de felinos deseosos de sangre.

―¡Mamá! ¿Eres tú? ―Una voz gimiendo se escuchó débilmente.

―¡Para, Ah-Un! ―le apremió Rin con impaciencia. Saltó de su lomo después de darle unas palmaditas en el cuello de agradecimiento.

La joven se acercó corriendo a la figura encogida de un niño de no más de seis años, quien ocultaba su carita contra sus piernas flexionadas. No parecía herido, pero estaba solo en aquel lugar infestado de demonios. Debía llevarle con alguien que pudiese hacerse cargo de él. Con una sonrisa tranquilizadora, le tendió la mano:

―Vamos, pequeño. ¿Qué haces aquí tan solo? Ven, te pondré a salvo.

El niño dejó repentinamente de llorar, lo cual extrañó a Rin. Pensó que no podía moverse al ver que se quedaba petrificado en la misma postura. Hizo un gesto a Ah-Un para que se acercara.

―Por favor, Ah-Un, llévale encima hasta que…

Soltó un grito cuando el demonio fue lanzado violentamente contra un árbol, que se rompió por la fuerza del choque. Ah-Un gimió. Sobre él había una pasta espesa que lo estaba envolviendo. Parecía ácido. Rin se volvió al niño asustada, comprobando que estaba bien. El pequeño despegó su cara de las piernas y sonrió con ojos rojos y afilados dientes a Rin.

―Tú me pondrás a salvo pero ¿quién te salvará a ti, deliciosa humana?

De su boca salieron una hilera de telas de araña que capturaron a la joven, quien cayó con un golpe sordo al suelo. Cuanto más intentaba liberarse, más se comprimía la pegajosa masa. Llegó un momento en el que no pudo moverse en absoluto. Se mordió el labio con impotencia. Se había confiado demasiado. Cerró los ojos esperando que el demonio araña empezara a devorarla, pero cuan fue su sorpresa al ver que empezaba a arrastrarla. ¿Intentaba llevarla a su guarida? ¿Habría más como él esperando su cena?

―¿Qué haces, demonio? ¡Suéltame! ―exclamó Rin con enfado.

El niño la miró apenas por encima del hombro y soltó un bufido de burla.

―No estás en condiciones de ordenar nada, humana, así que te recomiendo que te calles. Él quería verte, pero no dijo que tuvieras que llegar sana. Tampoco entera. Y tengo algo de hambre…

Rin cerró los ojos y empezó a recitar un complicado hechizo que nunca le había salido bien. Como era de esperar, bajo presión surtió menos efecto. Su corazón se encogió y, aunque deseaba no depender de su amo Sesshomaru, rezó mentalmente por que éste la salvara como tantas veces había hecho.

―¡Rin!

La joven sonrió de alegría al ver aparecer a Jaken agitando su báculo de las cabezas. Nunca se había alegrado tantísimo de verlo. Himeko apareció tras de él con expresión enfadada, y con ella aparecieron cuatro demonios serpiente, despertados por el bullicio de su sueño nocturno.

―¡Esto es lo que pasa cuando se me ignora, niña! ―exclamó hundiendo furiosamente sus uñas en dos de los demonios. Estos se deshicieron al instante. Jaken hizo lo propio con el demonio araña, pero se vio envuelto en una densa tela de araña. Mascullando una maldición, la derritió con el fuego del báculo.

Rin vio como Ah-Un también se librara de sus ácidas ataduras y aplastaba al demonio serpiente que intentaba morder su escamoso cuello. Se puso más furiosa, pero sólo con ella misma. Por su culpa estaban así,. Ella era el eslabón débil del grupo. No, nunca más. Por eso quiso ser sacerdotisa y pidió a Kagome que la entrenara, para no tener que depender de nadie que la salvara, para poder ella rescatar a los demás de los peligros. No iba a ser débil. Por una vez, demostraría fuerza.

―¡Que del polvo nazca una chispa y de la chispa una llama! ¡Ayúdame, Kami!

De sus manos empezaron a salir llamas que deshicieron la tela de araña. Bailaron hasta el origen y envolvieron al demonio araña. Éste gritó de dolor y se protegió la cara con sus pequeños brazos. Rin se levantó de un saltó y se acercó cautelosamente a él. De sus manos seguían saliendo pequeñas chispas de fuego, por lo que el niño reprimió sus ganas de lanzarse a su cuello y arrancárselo.

―Antes habías dicho que alguien quería verme. ¿Hablabas en serio? ¿Quién te ha enviado por mí?

El niño abrió la boca y de ésta salió sangre. Por su pecho se asomaron las garras de Himeko, que impasible se había acercado por su espalda, preparándose para atacar. Rin vio caer al demonio mientras la mujer se limpiaba las manos ensangrentadas con su yukata como si nada. En esos momentos era muy parecida a Sesshomaru. No tenía ni una sonrisa traviesa ni furia en los ojos. Su mirada era de total indiferencia.

―¿Por qué has hecho eso? ¡Iba a contestarme! ¡Puede que me fuera a decir algo importante, y tú lo has matado como si nada!

―Iba a matarte. Te he salvado del peligro ―refutó Himeko fríamente. Jaken se acercó jadeando hacia donde se encontraban. Había tenido problemas con el último demonio serpiente. Dio una patada al demonio araña muerto.

―¡Maldito tramposo! ¡Sólo los demonios débiles utilizan esta clase de tretas para alimentarse en vez de atacar de frente! ¡Cobarde!

―No soy tan débil, Himeko, no necesitaba que me salvaras ―dijo Rin a la demonio desafiante. Sabía que lo que le había descolocado es que ella misma hubiera podido liberarse con magia. Himeko no sabía de los años que ella había estado entrenando para ser una sacerdotisa fuerte e independiente.

―Esto me pasa por ayudar a una humana. Recibo menos quejas cuando los mato ―siseó con rabia rechinando los dientes. Quedaron a un palmo de distancia. Rin no apartó su mirada de sus ojos, aunque con dificultad (Himeko le sacaba una cabeza de altura).

―Lo que no entiendo es por qué has venido a salvarme. Has estado diciendo lo interesante y entretenido que es cazar humanos, pero lo patético que es salvarlos. Que es mejor dejar que se las apañen solos para que aprendan a "sobrevivir en el mundo". Yo soy humana y ¿sabes qué? No necesito que me salven la vida. Ya no soy una niña débil que necesita de guardaespaldas.

―Ya, claro, porque Sesshomaru nunca ha ido a rescatarte, ¿no? Por como hablas parece que has sido tú, la increíble humana, quien le ha salvado a él.

―Es diferente ―musitó Rin ruborizándose.

Sabía que estaba siendo desagradable con la demonio, pero no podía evitarlo. Puede que a ratos estuviera de buenas con ella –si es que así se podía llamar― y se rieran juntas, hasta que le compartiera alguna confidencia. No obstante, Rin no dejaba que esa visión la enturbiara la realidad. Ella era una mujer demonio que adoraba matar y que pensaba que la vida humana no valía nada. La experiencia con el niño araña era aún reciente, mas le había servido para volverla más cautelosa. Tal vez Himeko resultara al final una buena amiga con sus más y sus menos, mas hasta el momento debía ser precavida. Y bajo ninguna circunstancia se iba a dejar criticar por que le gustara que la gente fuera feliz y estuviera a salvo. Y si tenía que ser desagradable ―cosa que odiaba y le costaba mucho ser―, lo sería.

― ¿Queréis dejar vuestra pelea tonta para otro rato? Deberíamos volver ahora. El señor Sesshomaru podría regresar en cualquier momento y molestarse porque no estamos donde nos dejó.

―Inteligente apreciación, Jaken ―dijo una voz mortalmente fría en las sombras.

Jaken pegó un brinco del susto al ver acercarse a Sesshomaru con cara tranquila. Demasiado tranquila. El demonio blanco echó una mirada al lugar. Cuatro demonios serpientes asesinados. Dos por las garras de Himeko, uno por prenderle fuego con el báculo de Jaken y el último, aplastado por Ah-Un. Había un demonio araña junto a Rin, también muerto. Himeko le había atravesado el corazón en un movimiento limpio. Ah-Un presentaba alguna herida grave en el costado, parecía que le habían atacado con alguna sustancia ácida; Jaken y Himeko estaban bien en general, sólo algo desaliñados. Rin presentaba dos heridas: un corte superficial en el brazo y un rasguño en la cara. Tenía marcas de haber sido atrapada con algún tipo de cuerda muy fina. Sólo había estado fuera media hora. Su cara adquirió un matiz sombrío. ¿Nunca iba a ser obedecido a la primera? Si les había ordenado que se quedaran en un sitio determinado, era porque sabía que en caso contrario podían pasar cosas como estas. Fijó su mirada en Rin, quien se removía incómoda en el sitio. Ella no deseaba nunca contradecirlo, pero siempre lo hacía cuando pensaba que existía alguna razón de peso para hacerlo. Para molestia de Sesshomaru, últimamente siempre aparecían esas malditas razones.

―Amo Sesshomaru, yo… ―empezó Rin con mirada baja.

―No digas más. Lo sientes, ¿verdad? ―inquirió él con suave desdén.

El comentario del demonio fue como una sacudida eléctrica. Los ojos de Rin chispearon. ¿Sentirlo? Era verdad, se disculpaba muy a menudo con el señor Sesshomaru. Tal vez lo decía más de lo normal. Pero es que parecía que todo lo que hacía estaba mal. Si intentaba echar una mano, era culpa suya. Si intentaba ayudar a alguien, también. Una cosa era pedir perdón por algo grave, y otra muy distinta por cosas que se hacían con buena intención. ¿Y qué había hecho esta vez mal? ¿No quedarse esperándole como una buena chica mientras escuchaba de fondo como un niño lloraba sin parar atrayendo muchos demonios hambrientos?

―No, amo Sesshomaru, no lo siento.

―¡Rin!

―No, abuelo Jaken, déjame hablar ―pidió Rin con tristeza pero decisión. Miró al demonio, quien no apartaba sus fríos ojos de ella.―. Sé que mis actos han terminado de la peor manera posible, pero eso no ha sido culpa mía. Yo sólo trataba de ayudar y no me arrepiento de mi acción. Si mañana volviera a ver a un niño que necesita mi ayuda, no vacilaría. Esa soy yo, amo Sesshomaru, y no puedo cambiar lo que soy.

―Haz lo que quieras.

Sesshomaru les dio la espalda y empezó a caminar por donde había venido con expresión inescrutable. Pero todos sintieron que algo no andaba bien en él. Rin lamentó sus palabras al ver la reacción de Sesshomaru mas no se retractó. Sería peor si se desdecía. Se dijo a sí misma que no había hecho mal, pero si era así, ¿por qué se sentía tan culpable?

―¡Niña tota, has hecho que el amo Sesshomaru se moleste! ―Jaken le atizó con su báculo en la cabeza― ¡Siempre incordiando, nunca cambiarás!

―¡Ay, me has hecho daño! ―se quejó la joven quitándole el bastón y esquivando los intentos del pequeño demonio por recuperar enfadado su arma― ¡Ahora no te lo devuelvo!

Mientras discutían, Himeko se fue sin decir nada siguiendo la estela dejada por Sesshomaru.


―¿Has tenido problemas cuando has llegado aquí antes?, ¿había muchos demonios por aquí? ―inquirió Himeko aún sabiendo la respuesta. Su agudo olfato había captado la presencia de ocho demonios, uno de ellos poderoso.

―Nada importante ―respondió escuetamente el demonio blanco. Estaba recostado contra la roca de Kitami con los ojos cerrados. Habían llegado hacía una hora escasa. Sesshomaru se había apartado del grupo y se había sentado lejos, para pensar mejor y aclararse las ideas. Como era de suponer, Himeko le siguió. Tampoco cuando le acompañaba en su viaje respetaba sus momentos en soledad. Era algo a lo que se había acostumbrado y por eso lo toleraba medianamente bien, pero no por ello iba a contestar a sus molestas preguntas.

―Estás molesto por el incidente de la araña, ¿no es cierto? ―insistió con voz suave.

―No es de tu incumbencia.

―Últimamente no tienes otras palabras para mí, ¿no es cierto? Y empiezo a hartarme. No olvides que estoy aquí para echarte una mano y que lo hago porque te aprecio, porque nadie me paga. Ryota me advirtió que no me daría nada por este servicio y decidí hacerlo aún así ―le espetó con expresión seria. Sesshomaru por fin la miró y ésta sonrió. Se acercó a él y puso una mano en su pecho y otra en la roca― ¿Estás todavía enfadado porque no fui inmediatamente a tu encuentro? ¿O tal vez porque no te di una bienvenida… apropiada? ―esbozó una sonrisa sensual.

―No digas tonterías.

―Oh, vamos, Sesshomaru. ¿De dónde viene toda esa indiferencia tuya? Hablas como si nunca hubiéramos tenido nada. ¿Debo recordarte nuestro vínculo? ―preguntó con suavidad en su oído. El demonio blanco la asió de los brazos y la empujó contra el suelo. Aunque se situó encima de ella, Himeko no sintió que fuera igual que hacía siglos. No tenía las mismas intenciones.

―Tal vínculo sólo existe en tu imaginación ―comentó con fría crueldad―. Una vez tuvimos una relación física, pero no fue nada del otro mundo. Estaba en una época en la que necesitaba experimentar nuevos campos y tú estabas ahí; no vi que te quejaras nunca. Deja de darle la importancia que no tiene. A mí ese tipo de cosas no me interesan. Lo que una vez pudimos tener son fue más que un… idilio de juventud.

Himeko soltó un bufido indignado y le empujó fuertemente en el pecho. Sesshomaru apenas lo sintió, pero aún así se apartó y volvió a recostarse. Esperaba que ella lo entendiera de una vez por todas. Nunca se le había dado bien tratar con la gente, prefería luchar o estar solo con sus pensamientos. Himeko siempre había sido un quebradero de cabeza, pero cuando era joven lo llevaba mejor. Si bien era alguien fuerte e inteligente, le gustaba mucho meterse en sus asuntos y controlarlo todo. Eso con él nunca había funcionado.

―¿Idilio de juventud? ―repitió la demonio de pelo azabache con voz en grito. Se levantó lentamente temblando de furia. ― No puedo creerlo. Eres… eres…

Dio media vuelta y empezó a irse a zancadas con los puños apretados a los costados.

―¿Dónde crees que vas ahora? ―inquirió Sesshomaru sin emoción alguna en la cara. Ni siquiera abrió los ojos al decirlo.

―A dar una vuelta. Después de escuchar tantas tonterías, necesito despejarme.

Rin vio como Himeko se marchaba en dirección al bosque con la cara colérica. ¿Qué le habría pasado? Con lo afable que siempre estaba, creía que era difícil que llegara a ese estado. "Ella también habrá tenido problemas con Sesshomaru", se dijo. Quería arreglarlo con él. Al principio no había entendido la razón de su molestia. Pensó que era únicamente porque le había desobedecido. La conversación que había tenido con Jaken le hizo ver su error más tarde:

―Rin, parece mentira que tú seas la misma persona que defendía de esa manera al amo Sesshomaru. ¿No eras tú la que decía que se preocupaba siempre por todos aunque trataba de ocultarlo? ¿Qué solía proteger a quienes tenía aprecio? El hecho de que te expongas deliberadamente al peligro le molesta. Pero bueno, qué voy a saber yo. ¡Sólo llevo siglos a su lado como su fiel sirviente!

Rin suspiró mientras se acercaba al demonio blanco. Ahora sí que tenía razones para disculparse. Había sido una egoísta al pensar que estaba libre de toda culpa cuando él siempre la sacaba de los problemas en los que se metía. Cuando era pequeña y Naraku la secuestró, él fue a rescatarla. Lo mismo pasó con Kentiru, cuando conoció a Karin. Siempre se había portado bien con ella y estaba actuando como una malcriada. Pero ahora pediría perdón.

―Amo Sesshomaru ―le llamó suavemente. Él no contestó. Rin se acercó un poco más. Parecía dormido, pero sabía que sólo estaba descansando con los ojos cerrados. ¿Dormiría alguna vez de verdad? Su aspecto era completamente angelical. Sus largos cabellos blancos reposaban en sus hombros y se deshacían en desordenadas hileras por su pecho. Su media luna resplandecía con débil luz e iluminaba las marcas de su rostro. No parecía un demonio frío y calculador. Si lo viera por primera vez, diría que en cualquier momento se despertaría y la saludaría con una amplia sonrisa. Pero le conocía, y más de lo que todos pensaban ―, amo Sesshomaru, ¿puedo hablaros?

―Deseo estar solo, Rin ―dijo con voz cortante, sin mirarla.

―Pero, yo…

―Solo, Rin.

La joven se mordió el labio inferior. ¿Cómo iba a disculparse en primer lugar si ni siquiera tenía su total atención? Estaba siendo difícil. Debía cambiar de estrategia. No se iría a la cama hasta que consiguiera arreglar las cosas con él, agradecerle su preocupación y a la vez explicarle mejor su posición. Pero no se le ocurría nada para abordar la situación. Cuando era pequeña le soltaba cualquier tontería para romper el hielo, pero ahora parecería una idiota cría. Además ya debía estar molesto por la discusión con Himeko ―aunque no tanto como ella―. ¿Interiorizaría sus emociones porque no le gustaba mostrarlas o es que en realidad no sentía nada? Le gustaba pensar en lo primero, pues se podía arreglar. Ella lo lograría.

"Por supuesto que ser atrevida ahora tiene mucho más significado que cuando eres todavía una cachorrita. ¿Sabes cuál es tu problema? Que eres demasiado parada."

Himeko tenía razón. Era demasiado parada. Pero después de tanto tiempo escuchando de la boca de las mujeres de la aldea que ser atrevida era lo más mortificante para una mujer, había decidido cambiar poco a poco. Sus costumbres y maneras les habían escandalizado y trataron de convertirla en una joven hecha y derecha. Y había cosas que una mujer hecha y derecha ni tan siquiera pensaría. Lo que iba a hacer no era propio de una mujer así.

Cogiendo aire y soltándolo lentamente, cogió impulso para no arrepentirse a medio camino con la mala suerte de tropezar y arruinar la elegancia que deseaba. Cayó literalmente encima de él, clavándole el codo en el estómago. Sesshomaru abrió los ojos sorprendido, pero no por el golpe. Rin había depositado sus labios sobre los suyos con dulzura. No había nada de pasión en ese beso, por lo que el demonio no hizo nada ante el casto gesto. Esperó a ver qué era lo que se proponía su pequeña humana. Se quedaron un rato en esa misma postura, incluido el codo en el estómago. Rin no se dio cuenta de la postura precaria que había adoptado ni que ese beso estaba durando más de la cuenta. En principio había querido hacer probar a Sesshomaru su propia medicina. Ella sabía la razón de los besos que le había dado. No eran de amor, pasión o cariño. Eran una forma de avasallarla; y lo más triste es que siempre funcionaba. Pero esta vez era ella la que controlaba la situación. No se había esperado eso sí, que fuera tan difícil separarse del demonio. Finalmente, tomó conciencia de la realidad y abrió los ojos. Las doradas orbes de Sesshomaru la habían estado observando desde hacía un rato, impacientes por saber cuál sería su siguiente paso. Como si le hubieran dado una descarga eléctrica, se separó de él bruscamente. Se sentó a su lado y carraspeó con turbación. Sus mejillas estaban ligeramente enrojecidas.

―Bien, ya tengo vuestra atención.

―Rin, ¿qué te ocurre ahora? ―preguntó Sesshomaru con voz aterciopelada.

―Nada, sólo decidí utilizar vuestra táctica para que me obedecierais y me hicierais caso, amo Sesshomaru.

―¿Mi… táctica?

―Sí, los besos ―dijo impaciente la joven haciendo un gesto significativo con la mano―. Sé para qué los habéis estado usando conmigo y he pensado que si lo hacíais es porque vos creíais que funcionaría.

―¿Y ha funcionado? ―¿Era su impresión o Sesshomaru tenía la misma expresión de alguien que estaba a punto de reírse a carcajadas?

―Bueno, no sé, decídmelo vos ―musitó Rin, contrariada. No había pensado en qué hacer después de besarle. Había sido atrevida y ya está. Ahora tenía que organizar rápidamente sus ideas.

―Tienes mi atención, ¿no? ―indicó con una levísima sonrisa.

―Sí, la tengo. Ahora soy y quien controla la situación.

―¿Y qué piensas hacer al respecto?

―Disculparme, amo Sesshomaru.

Todo rastro de diversión se borró del apuesto rostro del demonio.

―Creí que no tenías razones para hacerlo ―comentó fríamente.

Rin agitó los brazos frente a ella, como protegiéndose de unos enemigos invisibles. No podía perder el escaso control que había ganado con su ataque sorpresa. "Mira que llamar ataque a eso, Rin…", se quejó la voz de Karin en su cabeza. "Bah, has hecho bien. ¡La próxima vez haz lo mismo sin ese engorroso kimono!", escuchó a Himeko alegremente. Sus mejillas ya se pusieron totalmente rojas. No se lo decían ellas, ¡lo estaba pensando la misma Rin! La influencia de Himeko, aunque fuera de apenas dos días, la estaba volviendo una descarada.

―¡N-no! ¡Sí que tengo de que disculparme! Escuchadme, por favor ―al ver que se mantenía en silencio, continuó―. Yo tengo bastante de qué disculparme, pero antes no lo vi. Lo lamento tanto, señor Sesshomaru. La cuestión no es la de salvar a gente en peligro, sino la de involucraros a vos. Os preocupáis por mí, y eso me hace muy feliz. En el futuro trataré de ser más precavida.

―¿Y cómo sabes que mi molestia fue por preocupación y no por tu desobediencia? ―inquirió Sesshomaru. No había burla ni desdén en su voz, sólo pura curiosidad.

―Sé que en parte os enfadasteis porque soy una desobediente sin remedio, pero lo que menos os gustó fue llegar y ver lo que había pasado ―dijo Rin con convicción―. Os conozco, amo Sesshomaru.

―¿Es así? Últimamente mucha gente me dice lo mismo ―comentó el demonio mirando las estrellas con ironía.

―¿Me perdonáis, amo Sesshomaru?

―No tienes que buscar mi perdón constantemente. Pero no, ya no estoy molesto contigo, si es lo que buscabas.

Rin esbozó una amplia sonrisa de felicidad. Por una vez, todo le había salido a pedir de boca. "¡Y gracias al consejo de Himeko! Tengo que recordar darle las gracias… aunque mejor no. Luego se estará burlando de mí durante semanas y pasará a mayores. Le mandaré un agradecimiento mental.", decidió Rin asintiendo con los brazos cruzados.

―¿Deseabas algo más? ―inquirió Sesshomaru al verla poner caras extrañas.

―No, era todo. Muchas gracias, amo Sesshomaru.

―Vete a acostarte, Rin.

―Sí. ¡Buenas noches! ―se despidió con alegría regresando a su manta junto a Jaken, que dormía a pierna suelta ajeno a los sucesos del grupo.

Sesshomaru la vio acostarse y dormirse poco después. Miró a las estrellas. Pensó en aquel demonio que osaba ponerse una y otra vez en su camino. Le había enviado de nuevo a un esbirro, aunque tal vez fuera sólo casualidad. Al llegar a la roca de la Bruja por primera vez, se había topado con el pintor de sombras. Éste se había mostrado muy sorprendido de verle y había desaparecido antes de que Sesshomaru hubiera tenido tiempo de descargar a Bakusaiga contra él. Ahora tenía claramente su olor. Si volvía a aparecer por los alrededores, se encontraría con la muerte.

El demonio empezó a trazar el camino que seguirían mañana mas no conseguía concentrarse. El rostro de Rin abalanzándose sobre él le intrigaba. Últimamente tenía cambios de humor muy frecuentes. ¿Sería propio de los humanos volverse así con la edad? Lo desconocía, ese tipo de cosas nunca le habían importado. Si era así, sería difícil predecir sus movimientos. Eso lo haría más interesante.

Dejó escapar un suspiro tan suave como el viento primaveral.

―Juegas con fuego, Rin. Sigue así, y acabarás quemándote.


Y ahí se queda la cosa. No sé si me podréis dejar reviews los que me hayáis contestado la nota, así que cruzaré los dedos si no veo mensajes por que os haya gustado :)

Y a los que se pasan por aquí, ¡espero que a vosotros también os haya gustado! xD

Nos leemos,

Neissa.