Hola, hola. Ha pasado un tiempo, ¿no? Lo sé, he tardado mucho en volver, pero ha sido por culpa de la universidad, que me agota. Y también de la falta de ganas, a quién quiero engañar. Pero bueno, últimamente he sacado algún tiempo y he podido terminar este capítulo, que se me ha hecho eterno. Lamento decir que no me ha quedado como esperaba, pero tal vez sea porque lo he ido haciendo por rachas y ha pasado mucho tiempo entre párrafo y párrafo. Aún así, ya está acabado y ahora lo publico.

Muchas gracias a todos los que me habéis dado ánimos y me ayudáis a continuar este fic cada día. A los que me comentan que soy una maleducada por dejar esto a medias... ¿me pagáis por escribir? Porque si es así, dejo la uni y me dedico sólo a esto para teneros contentos. Que ya entiendo la rabia que da estar sguiendo un fic y ver que no continua pero... que yo también tengo mi vida, ¿eh?

Y dicho esto, no os entretengo más. Espero que quede algún alma perdida que siga todavía la historia, ¡que tiene para rato! (y no tengo planeado abandonar).

Y... ¡dentro!


~Capítulo ocho.-Aquello que te destruye y te hace renacer~


Sesshomaru no estaba contento. Ese evidente hecho se podía apreciar sin tan siquiera abrir los ojos para comprobarlo. Las cosas no estaban saliendo como él lo había planeado, y nada le molestaba tanto como aquello. En aquella maldita roca no había nada. No había visto ningún rastro que hubiera podido indicar que el Elíxir de Kami había estado allí recientemente ni tampoco alguna pista sobre él. La sensación de estar perdiendo el tiempo le hacía hervir la sangre, aunque a simple vista su rostro fuera una máscara inexpresiva. Nada, no había nada… salvo el repugnante olor del pintor de sombras. Se preguntó si les había seguido desde que Rin se encontró con él tiempo atrás. Esos estúpidos se estaban volviendo descuidados si se mostraban ante él sin el más mínimo disimulo cuando tenían un poder tan ridículo. Podría haber pensando que encontrarse el día anterior con ese demonio se hubiera tratado de una treta por su parte, pero la cara del enemigo sólo reflejaba desconcierto, sorpresa y alarma. No se esperaba verlo… ¿o tal vez sí? No se apresuraría a sacar conclusiones. Si la guerra le había enseñado una lección importante, esa había sido la de no subestimar al adversario ni etiquetarle demasiado rápido. Muchos habían muerto por estas razones.

―Himeko, ¿había algún motivo trascendental por el que quisiste arrastrarme hasta aquí?

La demonio tumbada en el pasto le miró detenidamente con aire pensativo.

―Mmm… Tal vez, pero ¿sabes? Ahora mismo no lo recuerdo ―contestó sin hacer caso a la sombría aura que despedía el ser de Sesshomaru.

La mujer llevaba así desde por la mañana, cuando había vuelto de su paseo nocturno. Contra todo pronóstico, no parecía furiosa ni molesta. Su carácter estaba siendo realmente apacible y relajado ―lo cual no ayudaba mucho a calmar al demonio blanco, quien sentía que esa resentida demonio trataba de burlarse de él―. Y él no estaba de humor para ignorarla simplemente.

―¿Necesito recordarte la razón por la que estás aquí, Himeko? Tal vez te guste hacerte la estúpida, pero yo no pienso tolerar esa actitud.

―¿No? ¿Y qué vas a hacer? ―inquirió Himeko alzando una ceja―. Tengo curiosidad. Sé que me habrías castigado duramente hace siglos, ahora…

―¿Insinúas algo, mujer? ―En la voz de Sesshomaru se apreciaba la sutil amenaza. Jaken, quien no había abierto la boca, pensó que lo mejor era no intervenir. Sesshomaru podía resultar peligroso cuando algo lo irritaba. Si se quedaba callado pasaría desapercibido y…

―¡La comida está lista! ―anunció alegremente Rin acercándose desde el fuego que había encendido a unos metros de ellos, ajena a la tensa situación.― ¿Alguien quiere un poco de perdiz aderezada por mí misma?

―Rin, éste no es un buen momento ―siseó Jaken tironeándole del brazo.

Rin se agachó para decirle al oído:

―¿No ves que el amo Sesshomaru y Himeko están un poco nerviosos? Igual si llenan el estómago se les pase.

―Eres tan simple ―resopló el demonio sapo.

Himeko les miró de soslayo y esbozó una pequeña sonrisa que no denotaba alegría o diversión. Sesshomaru frunció el ceño al suponer que se disponía a atacar de nuevo. Habían sido demasiados años juntos.

―¿Y cuándo vas a arreglar eso, Sesshomaru? Va a ser un problema y lo sabes.

Estaba mirando a Rin, así que supuso cuál sería el "problema".

―Lo sé, lo sé, "eso no es de mi incumbencia"―dijo con una paródica imitación de la voz de Sesshomaru―. Ella te causará problemas y tendrás que decidir si resulta conveniente tenerla a tu lado. Como he dicho pronto, eres un demonio práctico. Me imagino que ya sabrás lo que ella siente aunque la humana no lo vea todavía, pero ¿qué harás cuando…?

―Tu presencia empieza a fastidiarme de sobremanera, Himeko. Si no empiezas a hacer aquello por lo que te hice venir, mañana a primera hora te volverás con Ryota ―comentó el demonio con frialdad.

―Espero que no creas que me pondré a llorar y suplicarte que no me apartes de tu lado, Sesshomaru, porque te llevarás una decepción ―gruñó con rabia.

―No lo esperaba ―contestó con ligereza―. Voy a volver a rastrear la zona. Te aconsejo que en este tiempo te esfuerces en recordar por qué me has hecho venir hasta aquí. En caso contrario, podrían no gustarte las consecuencias.

Himeko observó al demonio alejarse para rodear la linde del bosque tras la Roca de Kitami. Ese maldito arrogante… ¿cómo se atrevía a despacharla así? ¡No era su criada! Por todos los infiernos, tenían casi la misma edad ―sólo era unas pocas décadas mayor― y habían viajado muchísimo tiempo juntos. ¡Eran iguales, maldita sea!

―"Podrían no gustarte las consecuencias…". ¡Bah, qué idiota!

―Te aconsejo que no imites al amo Sesshomaru ni le insultes, no suele tomárselo bien ―comentó Rin alegremente junto a Himeko. Se había acercado al ver a su señor alejarse de nuevo y a Himeko hablando sola (¡qué bien, ya no era la única rarita!).

―Gracias por la información, no había caído ―se burló con una sonrisa seca. Se tumbó en el suelo y suspiró. ¿Qué debía hacer? ¿Marcharse por la mañana como le había dicho ese presumido demonio? No estaba en sus planes irse tan pronto. Tal vez debiera darle alguna otra pista del Elíxir de Kami para estar junto a él un tiempo más. Esta opción era arriesgada pues si descubría que mentía, la mataría. La culpa era de Sesshomaru, por supuesto. ¿Cómo podía estar tras esa quimera después de tanto tiempo? Había pensado que los siglos le habrían hecho ver que había otros tesoros al alcance de su mano que lo habrían hecho más rico o poderoso. Pero no, él siempre quería lo mejor que existía. Maldito presuntuoso y ególatra hijo de…

―¿Seguro que no quieres nada para comer? ―insistió Rin sentándose a su lado después de dar su ración a Jaken.

―Acércame tu cuello y veré lo que puedo hacer.

―Bromeas… ¿no?

―No te recomiendo descubrirlo ―aseguró la demonio bostezando muy poco femeninamente.

―A veces das miedo, ¿lo sabías? ―rió Rin tumbándose descuidadamente sobre el pasto. Vio junto a ella una bonita flor y se la acercó para olerla.

―¿Sólo a veces? Cielos, estoy perdiendo mi toque―se lamentó arrastrando las palabras. Observó a la joven sonreír ante el dulce aroma de aquel ridículo matojo y ponérselo en el pelo de adorno.

―¿Nunca te cansas de ser así?

―No ―admitió Rin tranquilamente, consciente a qué se refería.

Himeko se encogió de hombros y se recostó nuevamente. Cuando se dispuso a ignorar la presencia de la humana a su lado, ésta habló, directa y franca:

―Himeko, necesito hablar contigo.


No había ni rastro de algún demonio por la zona. Era algo que no le habría extrañado demasiado si no fuera porque el día anterior había pasado por el mismo lugar y se había encontrado todo un festín de demonios menores. ¿Dónde habían ido? El bosque estaba sumido en un silencio sepulcral. No se oía el rumor de los pájaros, ni tan siquiera el correr de los pequeños arroyos que cruzaban a través de los árboles.

Sesshomaru echó una larga mirada al horizonte. Algo no andaba bien, pero no sabría decir qué. Eso lo puso de peor humor del que ya se encontraba. Tenía en la nariz un suave olor que no le decía nada, ni siquiera era algo extraño ni nauseabundo, sólo desconocido. Su intuición le decía que ese olor era la causa de la desaparición de la vida del bosque. No se parecía a ningún aroma demoníaco que hubiera percibido antes. Más bien, era similar al de las flores venenosas que se encontraban en los bosques del sur. No obstante, aquello no tenía sentido. Aquel no era un clima en el que pudieran sobrevivir más de dos días esas flores.

Su mirada se ensombreció. ¿Sabría algo Himeko? Por el bien de su cuello le convenía no ocultarle información. Esa mujer se creía que por haberle conocido en el pasado tenía más privilegios que cualquier otro demonio con el que hubiera tenido trato. Qué ridiculez. Sus continuas alusiones a la protegida del señor demoníaco habían pasado de ser una ligera molestia a considerarse enormemente irritantes. ¿Por qué infiernos se metía en su vida de esa manera? ¿Celos? ¿Venganza por su desdén? Sesshomaru bufó con burla. ¿Qué debería haber hecho al verla? ¿Prometerle la luna mientras recitaba unos versos? Qué visión más repugnante.

El cielo empezaba a oscurecer, por lo que decidió regresar. Normalmente no se preocupaba por dejar a Jaken y a Rin solos durante días, pero esa vez sentía que algo iba mal. Y no confiaba en Himeko para solucionarlo.


Himeko rió a carcajadas al escuchar la petición de la joven humana de sonrosadas mejillas.

―Por todos los infiernos, niña, ¿acaso te gustaron tanto mis consejos que vuelves a mí a pedir más? ¿Nunca has hablado con nadie de estas cosas? Te detesto, me haces sentir como una sabia y experimentada vieja ―comentó arrastrando suavemente las palabras mientras sus ojos relampagueaban con encubierta malicia y burla.

―Bueno, vieja eres.

―Disculpa, ¿me puedes repetir eso?

―Yo… no he dicho nada ―se corrigió atropelladamente Rin al ver la furia en las hermosas facciones de la mujer. Lo había dicho sin pensarlo mucho, como usualmente solía hacer (cosa que Jaken le reprochaba a menudo), aunque debería corregir su actitud con ella. Se llevaban mejor, pero seguía sin conocerla mucho y podría a llegar a causarle mucho daño en ausencia del amo Sesshomaru por sus sinceras palabras.

Jaken se había ido en cuanto escuchó a Rin pedir otra charla "de mujeres" a Himeko mientras farfullaba y rememoraba lo bien que habían estado hace años cuando solo estaban él y Sesshomaru, sin la presencia de féminas con cursilerías triviales. Rin lo observó marcharse aguantándose las ganas de pedirle que se quedara. Si no había dicho nada, es porque no pensaba quedar como una cobarde ante Himeko. Eso nunca.

―Bien, me había parecido ―Himeko recompuso una perfecta sonrisa―Ahora que estamos solas, hablemos. Sesshomaru tardará en regresar. Me crispa tantos los nervios con esa indiferencia en la cara. Siempre tan recto, siempre tan serio… dan ganas de hacerle daño para que demuestre un poco de pasión, furia, ¡algo! Pero me voy por las ramas ―añadió mesándose la melena de forma insistente. Su mirada clavada en el suelo parecía querer que el pasto se incendiase. Suspiró―Pero no hablemos de él, ¿qué es lo que querías?

Rin la observaba fascinada. Himeko transmitía sus emociones como un libro abierto ―no abierto de par en par, quizás sólo un poquito, lo suficiente para entrever la sombra de las palabras escritas en él―. No opinaba como ella. Sesshomaru no sería Sesshomaru si no fuese serio ni indiferente a lo que pasara a su alrededor. Y ella admiraba y quería a ese demonio, no a otro. Y eso la llevaba a estar allí. Debía ir al grano ya.

―En realidad, era de él de quien quería hablar ―musitó con una sonrisa vaga y encogiéndose de hombros―. Espero que no te moleste.

―¿A mí? ¿Molestarme? ―gruñó―¡Como si pudiera! Pero al tema, ¿tienes algo interesante que contarme?

―Antes que nada, Himeko, ¿has… estado enamorada?

Se hizo el silencio durante largos segundos. Rin casi se arrepintió de haber preguntado eso cuando vio el aire sombrío que había adoptado la demonio. ¿Era demasiado personal? Tras pensarlo unos instantes, llegó a la conclusión que no. ¡Cielos, esa mujer era demasiado sensible! ―cosa que no le diría, claro―. Sólo cuando había estado en la aldea había tenido que refrenar su lengua para ser "aceptada en sociedad", por llamarlo de alguna manera, y había pensado que ahora que había vuelto con Sesshomaru podía ser ella misma de nuevo. Si eso era una pregunta tan personal como para ser ofendida, ¿cómo debía ella tomarse el hecho de que la hubiera acosado sexualmente? Porque puede que no fuera una entendida en el tema, pero no era tonta. Esa mujer tenía más cara que espalda.

―¿Cómo te atreves a…?

―¡No me vengas con esas! Ni que te hubiera preguntado nombres, lugares y fechas ―se atrevió a decir con un gruñido sumida en sus pensamientos. No iba a ceder, por Kami que no cedería. Aunque le arrancara la garganta de un mordisco―Contesta a la pregunta con un sí o un no o no lo hagas, pero no te hagas la mujer ofendida porque después de estos días sería muy poco consecuente de tu parte ―se esforzó en esbozar una sonrisa al decir esto. No era por burla o malicia, simplemente odiaba discutir y las sonrisas siempre calmaban los ánimos y los insultos quedaban suavizados.

―Esa audacia te matará algún día ―siseó Himeko, aunque ya no tan sombría ni enfadada como momentos antes. Se recostó un poco más en el pasto.

―Bueno, de algo había que morir, ¿no? ―inquirió Rin con una sonrisa ya natural.

―¿Por qué quieres saber eso? ¿Y qué tiene que ver con Sesshomaru? Si estás insinuando algo, pequeña mocosa, te juro que…

―¡No es lo que piensas! ―se apresuró a decir la joven― Eso vendrá después. Solo quiero saber si has estado enamorada para preguntarte qué se siente. Cómo supiste que lo estabas. Es algo vergonzoso para mí hacer esto pero… no sé, creo que es necesario y tú pareces muy dispuesta a meterme en "este mundo" ―rodó los ojos con esto último. Qué tiempos aquellos en los que se limitaba a recoger flores y a contar nubes. Fue una época poco complicada.

―Ya veo, ¿me echas a mí la culpa? ¿Lo haces porque no tienes a nadie más en quien recurrir? Me resultas exasperante, niña. Eres muy atrevida para preguntarme cosas del… ¿cómo has dicho? Mundo adulto.

―¡Yo no he dicho eso! No sólo los adultos pueden enamorarse. El amor no tiene edad ―explicó mientras asentía muy convencida. La señora Kagome le había hablado muchas veces de eso, y de cómo sus compañeras de clase en la otra dimensión habían escritos cartas románticas desde una temprana edad, mucho más de la que tenía ella. Ahora se lamentaba de no haber sido más curiosa en ese tema.

―¿Qué no tiene edad? No sabes de lo que hablas. Tal vez deba mostrarte hasta que punto estás equivocada. Permíteme.

Rin debía habérselo esperado, pero en aquel momento su cabeza se embotó y no salió de su aturdimiento hasta que golpeó con ella la tierra seca. Himeko reptó encima de su cuerpo y trató de besarla. Al sentir el suave roce de su lengua en sus labios, Rin se estremeció de disgusto. Ah-Un gruñó bajo la sombra de un enorme cedro. Al ver que Himeko ni se molestaba en mirar al demonio y preocupada por lo que podía llegar a hacer, pensó con desesperación: "Que aquello que me daña sienta su poder. Ayúdame, Kami".

―¡Repulsión! ―gritó con los ojos cerrados. Eso tomó desprevenida a Himeko, quien no dejo de sorprenderse cuando algo la impulsó con fuerza hacia atrás. No le costó mucho estabilizarse en el aire y aterrizar elegantemente en tierra aunque con expresión confundida. Rin suspiró con un poco de decepción. Debía mejorar un poco más.

Himeko se tambaleó un momento en el sitió. ¿Qué había pasado exactamente? La chica había gritado algo y luego… ¿Magia? ¿Esa chica realmente podía hacer magia? Sólo la había visto hacer cosas inútiles, como salvar al humano de aquella aldea. Pero al parecer había aprendido magia de sacerdotisa: de curación y ofensiva. Podía ser interesante. No se enfadaría con ella por ese maleducado desplante… por el momento.

―Eres muy molesta, Rin ―sólo dijo la mujer arqueando las cejas. Se sentó sobre sus talones con una pose ya formal. Rin jadeó por el susto y el esfuerzo. Al día siguiente retomaría de nuevo su entrenamiento, se estaba quedando oxidada.

―Me lo dicen a menudo, sí.

―Pero has conseguido acaparar toda mi atención ―continuó Himeko como si no hubiera dicho nada―. ¿Por qué te interesa este tema del amor? ¿Es tan importante como para que se lo preguntes a alguien como yo? ―inquirió con sorna enjugando una lágrima invisible.

―Debo admitir que tus otros consejos me han servido de ayuda.

Himeko sonrió de forma extraña y cambió de postura para acercarse de nuevo a ella. Rin se alejó un metro más por precaución.

―Eso es interesante. ¿Cuál de mis consejos te ha servido con Sesshomaru? Y en qué, claro. Por favor, niña, no te guardes los detalles sórdidos. No será nada que no haya visto o probado yo antes, no te preocupes ―se pasó la lengua por los labios al decir esto.

―Te repito que no es lo que piensas. Yo no he dicho que tuviera algo que ver con Sesshomaru ―aseguró Rin tratando de poner un tono neutro y práctico.

―Oh, lo lamento mucho. En ese caso, por favor, dime cómo te han servido con Jaken.

―¿Con…? ¿QUÉ? ¡No, no, no! ¡Con él tampoco! ―exclamó llena de turbación. Como siguiera burlándose así de ella, le preguntaría al demonio sapo. Por lo menos no se sentía incómoda con él y, aunque no supiera mucho del tema (porque, por favor, dudaba que ese gruñón hubiera tenido una novia en toda su vida), sacaría la misma información que había conseguido con Himeko, es decir, nada.

Himeko soltó una risita.

―Pues hacéis buena pareja.

―Volviendo a lo que te preguntaba ―cortó Rin de raíz―, necesito saber si has estado enamorada porque, bueno, necesito saber cuáles son los síntomas del amor.

―Qué graciosa eres, hablas de ese estúpido sentimiento como si fuera una enfermedad. Aunque no vas tan desencaminada, a veces te sientes como si tuvieras las fiebres.

―¿Las fiebres? ¿Tan horrible es? ―exclamó Rin alarmada.

―Sólo era una exageración, tonta. Y no voy a ponerme a hablar de esto contigo. Es tan patético.

―¿Por qué? ¡Tú fuiste la que…!

―Sí, sí, lo que digas, pero no es lo mismo ―la interrumpió Himeko con un ademán de mano. Resopló con fastidio. Si alguien en su vida le hubiera sugerido que llegaría ese momento en el que una humana le pediría consejos románticos, primero se hubiera reído de él y luego le arrancaría la piel a tiras. ¡Preguntarle sobre el amor a ella! ¡Un demonio! Esa chica confiaba demasiado en gente que apenas conocía. Eso le traería problemas en el futuro. No obstante… ¿quién había dicho que ella no podía divertirse un poco? La joven estaba hecha un lío con sus sentimientos hacia Sesshomaru (como para no, ese demonio no había hecho nada para aclararle las cosas ni parecía interesado en hacerlo en un futuro próximo). ¿Estaría enamorada de él? Quién sabe. Quizás sólo se había quedado prendada de su belleza y poder. No la culpaba, muchas antes de ella habían caído por lo mismo, pero no debía llamársele amor. Y sólo ella sabría si estaba de verdad enamorada de él o no. Himeko no tenía intención alguna de hacerle notar ese pequeñísimo detalle.

―No necesito que me cuentes mucho, sólo cómo te sientes en general. A cambio, puedo cocinarte algo que te guste ―ofreció Rin con una amplia sonrisa.

"Como si pudieras llegar a preparar algo digno de mi paladar, pequeña humana"

―Oh, en ese caso, puedo comentarte alguna cosa…

―¿De verdad?

―No tienes que mostrarte tan entusiasmada, niña. Resulta algo penoso ―se sintió decepcionada al ver que sus duras palabras no hacían mella en la sonriente joven. Se aclaró la voz y empezó―: Bueno, quieres saber del amor, ¿no? El amor…

―Por favor, no me digas que te vuelve débil. Eso ya lo tengo muy oído.

―No vuelvas a interrumpirme ―le advirtió Himeko con ojos brillantes. Esperó a que Rin asintiera para continuar con voz severa― Como iba diciendo, el amor se puede resumir como algo que te destruye y te hace renacer. Te sientes débil… ¡no me interrumpas!―le espetó al ver que abría la boca para quejarse―¡Déjame seguir hasta el final! Decía que te sientes débil cuando estás con la persona que amas. Tus fuerzas flaquean, no dices cosas con coherencia, haces cosas inoportunas y esperas su aprobación con ansias, pues su opinión es la única que cuenta para ti. Sin embargo, si algo le amenaza, recuperas todo tu poder, hasta puedes llegas a aumentarlo. No es algo directamente relacionado con el amor, más bien implícitamente. Lo que te guía es la desesperación, el miedo a perder a esa persona. Por eso ganas fuerzas por unos breves momentos, luego vuelves a ser la misma persona. Eres destruido y luego renaces más fuerte, más hermoso que nunca. Por supuesto, es un arma de doble filo. Si la persona que amas dejara de sentir lo mismo por ti, tardarías en recuperarte mucho tiempo. Puede que nunca.

Rin estaba sin habla. Era demasiada información cuando esperaba algún que otro comentario burlón.

―Vaya… de verdad has tenido que estar enamorada para saber todo eso.

―Eso no es de tu incumbencia ―contentó ella mirando y acariciando su pelo negro.―Y creo que… no, estoy segura de que estás enamorada de Sesshomaru.

Rin se sobresaltó. Su corazón empezó a palpitar con fuerza.

―¿Qué? Yo no te he preguntado nada de eso. Además, nunca…

―Crees que es el más hermoso, el más inteligente, el más fuerte,…

―Por supuesto. Pero no es cuestión de sentimientos, él es así.

―Sus besos se sienten distintos a todos los demás. Te sientes como transportada a otro mundo.

Como si pudiera comprobar eso. Él había sido el único hombre que la había besado, y nunca románticamente. Más bien, era su forma sutil de mandarla callar.

―Estás enamorada, se ve claramente ―le aseguró Himeko con una sonrisa tierna que no le pegaba nada. Parecía un lobo que tentaba a la oveja a refugiarse en sus fauces de la lluvia.

Rin no estaba tan segura de eso, pero las palabras de la demonio fueron como un soplo aire cálido. Por un lado, si se enamoraba alguna vez, sería del señor Sesshomaru, pues no existía nadie igual en la Tierra. Por otro, el miedo al rechazó la asustaba. Él claramente no sentía lo mismo que ella. No es que se lo reprochara, ella era una diminuta mota de polvo en su camino, pero aún así, podría…

―¿Qué podría hacer si se diera el caso? ―la pregunta fue lanzada al aire sin un destinatario en particular, más bien era un pensamiento en voz alta. Sin embargo, la demonio respondió con una sonrisa llena de afilados dientes:

―Decírselo, obviamente.

―¿Qué? ―Rin se puso tan colorada como su kimono―¡No puedo hacer eso!

―¿Por qué no?

Eso, ¿por qué no? Después de todo, de pequeña nunca tuvo reparos de decirle todo lo que pensaba, fuera a contestarle o no. Hasta se podrían considerar declaraciones algunas de las conversaciones que mantuvo con él. ¡Por Kami, le propuso ser su compañera! ¡Su compañera! Si bien en aquella época no sabía las connotaciones que traía dicha etiqueta, para sus oídos debieron haberse escuchado muy descarado. Eso era hasta peor que decirle que le quería, sin duda. Rin lo pensó, eso era lo peor que le había dicho nunca. Al lado una confesión sonaba hasta inocente ―lo cual era irónico dadas las edades que había tenido y tenía en esos momentos―. De pronto la idea de explicarle cómo se sentía no le parecía tan mala: dejaría clara su postura y él le daría una buena o mala respuesta ―mala seguramente, pero ella siempre había pecado de optimista así que no había que descartar nada―. Aun así… ¿dejar clara su postura? ¡Si hacía apenas unos instantes no sabía ni lo que sentía por el amo Sesshomaru! ¿Cómo iba a explicarle entonces nada? Siempre podía llevar a Himeko para que hablara por ella. Rin se rió ante su propia ocurrencia.

Himeko frunció los labios al ver a la joven mirar al vacío y seguidamente reírse como si hubiera recordado un divertido chiste. Odiaba ser ignorada. Carraspeó suavemente para llamar su atención.

―¿Y bien? ¿Qué has decidido hacer?

Rin, confundida por la expresión molesta de la mujer, se encogió de hombros.

―No sé, dudo que vaya a hacer nada por el momento. Es algo que no se puede hacer así, a la ligera. Podría acabar con la buena relación que tenemos.

Himeko se rió falsamente. Llevándose la mano a los labios, comentó con sorna:

―Claro, buena relación. ¿Qué tienes, cinco años? Si le confesaras que estás enamorada, podrías…

―No, Himeko. He tomado una decisión. Hasta que no esté completamente segura de lo que siento, no diré nada. Y lo hago precisamente porque no tengo cinco años ―añadió con una dulce sonrisa.

―¿No estás cansada de ser su mascota? No eres su vasalla, ni su amante. Él no debe verte de otra forma.

―¿Tú también te cansaste de ser vista como su mascota y trataste de subir en el escalafón, Himeko? ―Rin se arrepintió de esas palabras tan pronto como salieron de su boca. No le gustaba decir cosas crueles aunque fuese en defensa propia.

Himeko soltó un gruñido de rabia. Rin jamás sabría de lo que habría sido capaz de hacer en ese momento la mujer gracias a que Jaken llegó en ese preciso instante con lo que parecían dos grandes conejos. Orgulloso de sí mismo, los tiró a los pies de la joven, que primero los miró con ojos vidriosos y luego dirigió su mirada al demonio sapo.

―Oh, abuelo Jaken, ¿era necesario? ―se lamentó acariciando el suave pelaje de uno. Su cuerpo todavía despedía calor aunque sus ojos estaban desprovistos de vida― Eres tan cruel…

―¡Por supuesto que soy cruel! Soy un demonio ―presumió sacando pecho y agitando su bastón. Al ver que Rin lo ignoraba por esos sucios animales, gruñó y pegó le pegó con el bastón en la cabeza―¿De qué te quejas? ¡Es la cena, si tantos reparos tienes, ya me como yo tu parte! Eres tan… ―Una piedra le dio en la nuca, pillándole por sorpresa. Se levantó maldiciendo, pero una voz fría detuvo su perorata:

―Jaken.

El pequeño demonio empalideció. Sesshomaru pasó a su lado con indiferencia, aunque en un último momento le echó una mirada heladora. Jaken bajó la mirada. Le había visto dar con el bastón a Rin, seguro. Bufó para sus adentros. El amo Sesshomaru la mimaba demasiado, así sólo conseguiría que fuese débil el resto de su vida… aunque él no era nadie para cuestionar sus métodos, no, señor.

―¡Amo Sesshomaru! ―exclamó felizmente Rin incorporándose y sentándose frente a él. El demonio blanco había apoyado su espalda en el mismo cedro en el que Ah-Un dormía plácidamente.― ¿Habéis encontrado algo nuevo en el camino?

Sesshomaru enarcó levemente una ceja. Los últimos días Rin había estado bastante reservada, hasta distante. No lo pensó mucho: las mujeres, tanto humanas como demoníacas, tenían un carácter bastante volátil. No obstante, agradecía que alguien por lo menos del grupo estuviera de buen humor. Echó una larga mirada a Himeko, tumbada sobre la tierra. Ella no parecía contenta, dado el fruncimiento de labios y la mirada insatisfecha. Más molesta se sentiría unos minutos más tarde, cuando Sesshomaru le empezara a cuestionar sus intenciones de venir aquí. Estaba completamente seguro: allí no estaba el Elíxir de Kami. Pero había algo más, y si tenía razón en sus deducciones, la mataría.

―¿Eso es un no? ―preguntó Rin inclinando la cabeza con una sonrisa alegre. El demonio blanco despegó la mirada de Himeko y la posó en la joven humana. Había olvidado que estaba allí. Recostándose suavemente contra el tronco del árbol, cerró los ojos.

―No tienes nada de lo que preocuparte, Rin.

La joven se sintió decepcionada. Estaba claro que tenían que preocuparse por algo, pero el amo Sesshomaru no le decía nada. Ni a ella ni a Jaken, se vio obligada a rectificar. Sólo hablaba con Himeko de sus planes, aunque se viese a veces demasiado claro que no quería tenerla consigo. Por mucho que su relación hubiera cambiado hacía años ―o siglos―, algo de tácita complicidad se captaba en el ambiente. Eso hacía sentir a Rin como una intrusa, alguien que no debía estar allí. Su permanencia con Sesshomaru se limitaba a unos pocos años de los cuales la mayoría había sido una cría que no aportaba nada. "Aunque, ¿acaso ahora yo ayudo más?". Un puente destruido había sido lo máximo a lo que había llegado. Dudaba que el señor Sesshomaru tuviese su "poder" en alta estima. Casi se rió de sí misma. Él sólo valoraba como adversarios a quienes eran capaces de igualarle en una batalla ―también de vencerle pero, siendo francos, ¿cuántas veces había pasado eso?―; ella moriría a los dos segundos de pelear con él siendo muy optimista.

"¿No estás cansada de ser su mascota?"

Ella sabía que no era una mascota para el amo Sesshomaru, pero entonces ¿qué? En este caso daba igual la edad con que se lo preguntase, él le daría una respuesta esquiva, como siempre. ¿Por qué estaba ella allí? Porque admiraba al señor demoníaco desde la primera vez que lo vio, sin brazo y debilitado bajo la sombra de un árbol, en la misma posición en la que se encontraba ahora. Le respetaba no como a un padre, ni como a uno de sus hermanos mayores. Era algo más. Se divertía yendo con él, viendo mundo y aprendiendo cosas nuevas, conociendo gente rara e interesante. Sin embargo, ¿por qué él la había ido a buscar como prometió? Seguramente ya había decidido no hacerlo cuando no fue a su encuentro en la fecha señalada, pero aún así regresó a por ella finalmente. La pregunta era, ¿por qué? Su cabeza estaba hecha un lío.

―Vete a comer, Rin ―la suave orden de Sesshomaru le hizo bajar de las nubes. Seguía frente a él, mirándolo por unos largos instantes con ojos nublados. Suspiró. No le gustaba el conejo, pero si él lo mandaba…

―Sí, amo Sesshomaru.

Se echó a dormir una vez que cenó con los ojos cerrados y sin saborear la comida. En la estrecha franja entre el sueño y la lucidez, pensó en que quizás no fuese tan mala idea decirle a Sesshomaru algo. No que le amaba, pues ella no estaba completamente segura de que sus sentimientos fueran tan intensos. Además, él odiaba todo lo relacionado a amar. Lo consideraba algo inútil que te volvía débil y torpe; tal vez se sentiría decepcionado si Rin le confesaba que lo quería. O tal vez no. Una vez, la señora Kagome le dijo que los hombres ―especialmente guerreros― eran muy complicados y no sabían lo que querían; que siempre iban pavoneándose y presumiendo de no haberse enamorado nunca, pero cuando una mujer insinuaba algún sentimiento hacia ellos, se derretían como adolescentes.

Rin sonrió acomodándose en su improvisada cama. El amo Sesshomaru era un demonio, y uno de los mejores en realidad. Él no seguía las reglas de los humanos por lo que no se podía predecir qué haría. ¿Mirarla con burla? ¿Besarla? Soportaría todo, salvo la indiferencia. Si él escuchaba lo que tenía que decirle y luego se iba o no contestaba nada…

"Kami, dame fuerzas"


El ruido de gruñidos la despertó súbitamente. Rin abrió los ojos y recorrió con la mirada su alrededor. Estaban rodeados. Se quitó las mantas que la cubrían y de un salto se puso en pie. Situó a Sesshomaru unos metros más a su derecha y a Jaken a la izquierda. Ninguno de ellos la miraba. Jaken mantenía ante sí su bastón de forma amenazadora; una de las cabezas estaba preparada para lanzar fuego sobre un demonio de ojos rojos y cara de reptil. Sesshomaru escuchaba lo que decía el que parecía el jefe del grupo con una mezcla de fastidio y aburrimiento. Sólo faltaba…

―Buenas días, dormilona. ¿Cómo has amanecido?

La alegre voz de Himeko venía de detrás de ella. Se giró y vio que estaba cómodamente echada sobre la tierra mientras mordisqueaba los huesos de la cena de la noche anterior. No parecía en absoluto preocupada por los intrusos que los habían rodeado. Se acercó a ella sin dejar de mirar a su espalda.

―¿Qué ha pasado? ¿Cuándo han llegado? ―le susurró con voz queda. Echaba miradas fugaces a los demonios que, a pesar de no moverse de su posición, parecían listos para saltar en cualquier momento sobre ellos.

―¿Has visto la de cosas que te pierdes? ―dijo Himeko con voz melosa.― Estas encantadoras criaturas llegaron con el amanecer, pero no cogieron a Sesshomaru desprevenido por eso, no, señor. No quiero ni imaginarme lo que pasaría si él durmiera como tú ―soltó una risita mientras se tumbaba completamente en el pasto. Rin frunció el ceño. ¿A qué venía ese buen humor? No era el momento para…

Señor Sesshomaru, comprendo su postura pero insisto en que debe venir con nosotros―siseó el demonio jefe arrastrando las palabras. No se le veía visiblemente temeroso ante Sesshomaru, lo cual era extraño.

―¿O si no? ―inquirió con voz sombríamente suave.

Todos morirán.

Sus palabras fueron como una orden para el resto de demonios. En apenas un parpadeo, Rin los vio abalanzarse sobre ellos con eufóricos chillidos, abriendo unas bocas repletas de triangulares y afilados dientes. Jaken golpeó al que tenía frente a sí con fuerza y luego roció con fuego al que le seguía. Rin gritó cuando uno le sujetó un brazo con tanta fuerza que parecía querer arrancárselo.

―Sois patéticos.

Con un solo movimiento, Sesshomaru sacó la Bakusaiga, la cual resplandecía de júbilo ante la sangre que preveía devorar. Elevó suavemente la hoja de la espada y cortó el aire, provocando que el demonio que retenía a Rin y cinco más se deshicieran en un montón de cenizas y carne carbonizada. Himeko ronroneó de placer. Rin cayó sentada al suelo por el impulso y compuso una mueca incómoda. Estaba aliviada de que él la hubiera salvado, y le encantaba verle luchar con la Bakusaiga. Pero definitivamente la visión de la sangre o de los miembros seccionados del cuerpo no le llenaban de tanta satisfacción excitación como a Himeko.

Sesshomaru se acercó lentamente hacia el reptil que le había amenazado antes y colocó el filo de su espada en su garganta. El demonio, lejos de amedrentarse, se rió en voz alta.

¡Vaya, esa es sin duda una buena espada! ¿Quién la ha forjado?

―Como si fuera a decírselo a una escoria como tú ―comentó con frialdad Sesshomaru presionando más la hoja contra su cuello.― Dime quien te envía o acabarás como esas otras serpientes.

Se rió de nuevo, provocando una expresión de molestia en las suaves facciones del demonio blanco.

Oh, ¿no lo he mencionado? Nuestra tribu no muere, es inmortal. Podemos sobrevivir siglo tras siglo mudando nuestra piel, de forma que no envejecemos nunca. De la misma forma, nuestras heridas sanan. No hay manera de matarnos.

Sesshomaru miró unos instantes a la vanidosa criatura y luego compuso una media sonrisa burlona. La serpiente frunció el ceño ante eso. ¿Era estúpido y no entendía lo que significaba la palabra "inmortal"? ¡Estaba acabado! Dirigió una mirada triunfante a los restos de sus hermanos, como animándoles a que volvieran a recomponerse y continuaran la lucha. Pero algo malo sucedía. Ellos no reaccionaban. Estaban como… muertos. Soltó un siseo apremiante. ¿Por qué tardaban tanto? La hoja ardiente que le presionaba resplandeció con una azulada luz que lo alarmó. ¿Qué estaba pasando?

―Por todos los infiernos ―empezó Sesshomaru sin borrar la media sonrisa de su rostro. La serpiente le miró con temor por primera, cosa que saboreó al instante―, ¿acaso no has oído hablar de mí? Me decepciona, creí que hasta la más ínfima alimaña me conocía.

¿De qué estás hablando? ―le espetó con voz estrangulada. La garganta empezaba a quemarle y, por mucho que lo intentara, no se curaba.

―Qué estúpido sois. Venís aquí a desafiar al amo Sesshomaru sin tan siquiera saber sus habilidades en combate. Muy patético ―Jaken se encogió de hombros y movió la cabeza de un lado a otro con condescendencia. El demonio le miró con ojos vidriosos y él aprovechó para presumir de sus conocimientos―. ¿De verdad no conocéis el poder de la espada más poderosa de todas, la espada del gran señor del oeste, la Bakusaiga? Es capaz no sólo de destruir a su oponente con su simple roce, sino de impedir la regeneración ya que te destruye lentamente por dentro. ¿No es agradable?

―No lo creo ―intervino en voz baja Rin. Himeko, quien la había oído, se rió.

¿En-entonces…? ¿Mis camaradas…?

―¿Por qué crees que usé mi espada para eliminar a demonios como vosotros cuando tengo mis garras?―preguntó Sesshomaru con una indiferencia en la voz que le heló la sangre―¿Vas a decirme algo útil ahora, insecto?

No era un demonio, era un monstruo.

Yo… yo…

―Mátalo de una vez, Sesshomaru. No le veo muy por la labor de decir nada― comentó Himeko con una sonrisa tranquila. Rin la miró con molestia, ¿por qué siempre tenía que instigar a la violencia una y otra vez?

Sesshomaru ejecutó al demonio en un seco movimiento de mano. Rin miró hacia otro lado, pero no pudo evitar oír el ruido de la carne consumiéndose. Himeko volvió a reírse. Verdaderamente, eran tal para cual.

Jaken desplazaba los cuerpos hacia la linde del bosque mientras Sesshomaru miraba fijamente al demonio caído, sumido en sus pensamientos. Himeko no se había movido un centímetro, con una sonrisa satisfecha surcando su cara. Parecía haber olvidado que estaba enfadada con Sesshomaru, tuviera las razones que tuviera y que Rin desconocía.

Sesshomaru había obedecido la orden de Himeko, y ella se había sentido complacida. Los antiguos miedos de Rin reaparecieron con fuerza. ¿Por qué tenían que parecer tan perfectos juntos? ¿Por qué eran hermosos? ¿Por su fuerza? No, por su apego a la batalla, su placer al derrotar a su contrincante de forma absoluta. Ella nunca podría llegar a eso. Sabía lo que era la muerte de primera mano ―odiaba por ellos a los lobos y los bandidos―, y por eso no quería ser partícipe de ella. No obstante, los demonios dedicaban su vida a la muerte, por muy contradictorio que sonara eso. Ella, como humana, no podía entenderlo. Lo que sí empezaba a entender es que tenía miedo de que Sesshomaru dejara esa apariencia cortante con Himeko y se distanciara de ella. Después de todo, ambos demonios tenían muchas cosas en común. Ese miedo le hizo comprender que debía hablar con Sesshomaru como Himeko le había dicho. Tal vez así se quitara ese peso que se había instalado en su pecho tiempo atrás. No necesitaba una respuesta, sólo contarlo, aunque todavía no tenía muy claro de cuáles eran exactamente sus sentimientos. Lo haría ese mismo día y luego empezaría a entrenar. Necesitaba ser fuerte para permanecer a su lado, para no tener que depender siempre de su fuerza. Para no verse débil a sus ojos.

Sesshomaru había olfateado los alrededores y no había captado ningún indicio de que los estaban acechando. Era ese maldito olor a plantas lo que estaba confundiendo sus sentidos. Debía alejarse de ese bosque por unos días para recuperar su agudo olfato y no dejarse atrapar de una forma tan ridículamente fácil. Alguien estaba jugando con él; los sucesos acontecidos así lo demostraban. No era la primera vez que era el objetivo de algún demonio que rivalizaba con él por poder, pero siempre había sabido exactamente quién era el que estaba buscando su muerte. La ignorancia lo enfurecía.

―Amo Sesshomaru, disculpe.

La tímida voz de Rin hizo que bajara su mirada hasta ella, quien a su vez no despegaba la suya de sus pies.

―¿Estás herida, Rin?

―No, estoy bien, pero… ¿puedo hablaros?

Sesshomaru pensó con extrañeza qué estaría rondando por la cabeza de su joven protegida. Efectivamente, no parecía haber sufrido daño, aunque sujetaba sus manos entrelazadas entre sí con tanta fuerza que se habían puesto blancas.

―Claro, habla ―contestó simplemente él.

Rin echó una mirada hacia atrás y vio a Himeko dormitando en el mismo lugar y a Jaken dando de comer a Ah-Un ―aunque sabía que no se estaba perdiendo una sola palabra de la conversación―. Suspiró y le miró a sus dorados ojos.

―Aquí no ―musitó dándole la mano y dirigiéndole al bosque.

Sesshomaru se dejó llevar sin decir nada. Mientras se introducían en la espesura, el demonio no dejaba de pensar en el Elíxir de Kami. ¿De verdad estaba allí? No, su instinto le decía que en esos momentos no se encontraba en la Roca, aunque podía haber sido su hogar durante muchos siglos. ¿Lo habían movido? ¿Por qué le perseguían esos demonios? Tal vez sabían que él buscaba el Elíxir ―tampoco lo guardaba en secreto, aunque tal vez eso hubiera sido lo más sensato―. ¿Le estaban tendiendo una trampa? No acostumbraba a ser paranoico dado que poca gente se atrevía a enfrentarse abiertamente con él, pero también era cierto que se había vuelto descuidado desde que tenía la Bakusaiga. La sensación de poder podía estar jugando en su contra.

Después de andar durante un cuarto de hora, Sesshomaru se detuvo. Rin, quien le tenía sujeto por la mano, se vio tironeada hacia atrás. Le miró con sorpresa.

―Rin, dime lo que deseas decirme ya. No vamos a alejarnos más.

Rin asintió con la mirada baja. Si había alargado la caminata era porque tenía miedo de que ese momento llegara. Pero ya estaba allí. Se agarró las manos a la espalda para que dejaran de temblar.

―Sé que éste no es un buen momento, pero no quería dejarlo correr más tiempo. Podrían pasar más cosas y luego me arrepentiría de no haberlo dicho cuando tuve oportunidad.

Sesshomaru respiró profundamente. Nada, sólo podía oler el punzante aroma de plantas venenosas. Con fastidio, la apremió:

―Muy bien, basta de innecesarios preludios.

Rin tomó una bocanada de aire y la dejó salir lentamente. Bien, estaba preparada.

―Amo Sesshomaru, puede que sepa poco de estas cosas, pero me he dado cuenta de que tengo ciertos sentimientos por vos que no son de simple respeto. Yo… ―suspiró. "Allá va"―Os quiero, amo Sesshomaru. He comprendido recientemente que no podía seguir guardándome esto para mí y por eso… bueno…

Sesshomaru captó un olor diferente en el ambiente. Más demonios, muchos más. Si podía olerlos era porque poseían un considerable poder que superaba al pestilente aroma de las flores. Iban a la roca de Kitami.

Rin tragó saliva. Qué mal se le había dado. ¿Pero cómo hacerlo si era su primera declaración amorosa? Y no a cualquier muchacho de pueblo, no. Tenía que ser a un demonio muchos siglos mayor que ella y que con su dedo meñique podía aplastarla. Aún así lo había hecho. Sólo faltaba…

―Rin, ahora no tengo tiempo para esto ―La voz cortante de Sesshomaru la sacó de sus ensoñaciones. Cuando lo miró, no vio alguna emoción que demostrara que la había escuchado. Se sintió muy dolida, a pesar de haberse prometido que no se entristecería si no le daba la respuesta que quería.

―Amo Sesshomaru…

―Tengo que volver. Tú quédate aquí.

El demonio dio media vuelta y se alejó a gran velocidad, confundiéndose con una gran y confusa mancha blanca. En apenas unos segundos, estaba sola.

Rin se quedó ahí quieta, sin saber qué decir. Sintiendo sus piernas temblorosas, se apoyó contra un árbol para no caerse. Sabía que era torpe para las palabras, pero tampoco había dicho algo tan aburrido, ¿no? ¿O acaso la reacción en sí misma de Sesshomaru era una respuesta? Ya se lo esperaba, pero al menos podía tener la delicadeza de rechazarla adecuadamente y… Rin refrenó esa línea de pensamientos dado lo absurda que era. ¿Delicadeza? ¿Sesshomaru? Él no actuaba así, era duro, frío e implacable. Aunque no siempre, ahora que lo recordaba. Las únicas veces que no había sido cortante y seco… Soltó una risa para burlarse de sí misma.

―Tal vez deba tirarme de un precipicio o que me ataque un demonio para que me rechace dignamente. Igual hasta me acepta y todo ―musitó irónicamente.

―Con eso te puedo ayudar, niña―le susurró una voz al oído.

Rin se incorporó bruscamente y se alejó a zancadas. Giró su cabeza para encontrarse con su mirada, pero recibió antes una bofetada que la tiró al suelo, levantando polvo que se incrustó en su garganta. Tosiendo, miró sus manos y vio sangre salir de pequeños cortes causados por la caída; lejos de parecer asustada, bufó con furia mientras se volvía a poner de pie.

―Cuánto tiempo, Shin. No pareces muy contento.

El pintor estaba apoyado contra el árbol del que se había separado Rin. Cambió su expresión seria por una mueca burlona y se llevó la mano a la cabeza, desordenando sus cabellos castaños.

―Mira quién fue a hablar. A mí no me han dado calabazas―se mofó señalándola despectivamente.

Rin retrocedió un paso, sorprendida.

―¿Estabas aquí?

¿Cómo no lo había percibido Sesshomaru? Si hubiera sabido que estaba allí, no la habría dejado sola… ¿verdad?

―Sí, y lo he oído todo. Pobre niña, ni siquiera le dicen directamente que no quieren saber nada de ella. Siento tanta pena por ti que podría llorar ―hizo un risible intento de cara entristecida y volvió a sonreír ampliamente.―En realidad, me haces gracia de lo penosa que eres.

―¿Se puede saber qué haces aquí, Shin? ¿Vienes a matarme? ―le espetó desafiante Rin, harta de sus burlas y buscando por el rabillo del ojo una ruta de escape.

―Nada me gustaría más, te lo juro ―le aseguró el chico asintiendo como si fuera un asunto de especial importancia.―No me gustas nada. Las humanas sois tan frívolas e insignificantes…

―Claro, así somos las mujeres. Somos tan poca cosa ―admitió alegremente mientras sostenía con fuerza la piedra que había cogido momentos antes, cuando la había tirado al suelo, fingiendo que limpiaba su kimono del polvo.

―Mira, esto sí que es una sorpresa. Por ser sincera, te voy a hacer esto más fácil. Ven aquí lentamente, no te…

Rin lanzó la piedra con todas sus fuerzas, con la suerte de darle en la frente del joven demonio ―ella no tenía muy buena puntería normalmente―, quien se quedó momentáneamente aturdido. Sin perder el tiempo o esperar que se recuperara, la joven corrió hacia la Roca de Kitami, donde suponía que se encontraba Sesshomaru. Su respiración era acelerada y le dolían las piernas. Los árboles se desdibujaban de forma irreal al pasar a su lado. Sesshomaru había tenido razón: se habían alejado mucho. Y ella no tenía su destreza para desplazarse a gran velocidad sin esfuerzo. Se rió frenéticamente sin dejar de correr. Hasta pensaba en él en una situación como en la que se encontraba. ¿Se estaría volviendo una masoquista? Se quejó cuando una zarza se le enredó en el kimono. Pujó por quitársela con desesperación, sin siquiera pensar que podía usar la magia por el miedo que sentía. Se volteó para ver si la seguía y gritó por la sorpresa de encontrarse su cara a unos centímetros de la suya con expresión furibunda. Shin avanzó un paso y Rin lo retrocedió, olvidando la zarza que aún no había conseguido desenredar de su ropa.

Cayó al suelo de espaldas. Se quejó al sentir clavársele una piedra en el hombro, pero un peso le impidió incorporarse, enterrándola más en la tierra. Shin, manteniéndola paralizada con una sola pierna, le cogió los brazos con facilidad y los ató, a pesar de la resistencia que ponía Rin, con unas finas cuerdas negras. La joven le pegó patadas a tientas, tratando de despegarse de él. Sólo consiguió sorprenderlo un segundo; el chico se recuperó al instante y la volvió a abofetear, aturdiéndola. Cuando Shin intentó atar sus piernas, Rin recuperó la lucidez y gritó:

―¡Repulsión!

Shin se lo esperaba. Aunque el hechizo dio en el blanco, sólo provocó que se apartara un poco de ella, lo suficiente para que reptara por el suelo. Ya casi estaba de pie cuando Shin le cogió del pie para tirarla nuevamente. Mientras la joven tosía violentamente, Shin se echó sobre su espalda.

―Preferirías que esto lo hiciera ese arrogante demonio, ¿verdad? ―le susurró al oído con desdén.

―¡Vete al infierno!

―De allí vengo y allí te llevo, bonito y molesto insecto.

―¿Trabajas con el demonio araña? ¿Quieres llevarme al mismo sitio que él?

―No hables de ese debilucho. Me enferma ―le ordenó con aburrimiento. Se puso en pie y la cogió de la cintura, colocándola en su hombro para cargar con ella. Rin se debatió violentamente mientras le amenazaba con lo que pasaría si no la dejaba en el suelo.

Un seco golpe en la nuca hizo que todo lo que la rodeaba fuese tragado por la oscuridad. Lo último en lo que pensó, fue en unos ojos dorados.


Himeko bostezó mientras observaba tumbada a Sesshomaru y a Jaken luchar con lo que parecía una horda de demonios. No todos eran fuertes, algunos estaban sólo para ocupar espacio y ralentizar el avance del demonio blanco. Y habían hecho bien su trabajo.

Con un suspiro, se levantó del suelo y se estiró con pereza. Ya iba siendo hora de irse, pensó mientras se alejaba del epicentro de la batalla. Contoneándose, acarició a un demonio que llegara en dirección a la Roca de Kitami. Sonrió mientras avanzaba a través del bosque, dejando la roca atrás.

―El amor es algo curioso. Puede hacerte renacer, reunir fuerzas, y a la vez, destruirte de una forma patética. Pero que voy a saber yo de eso, ¿verdad, pequeña Rin?


Y se acabó el capítulo. Como he dicho más arriba, me ha costado horrores escribirlo, así que comprendo que no haya quedado como esperaba. Como siempre aprecio comentarios y críticas siempre que estén dichas en un buen tono.

Hasta la próxima, chicos.

Un beso,

Neissa.