Buenos días, ¿cómo os va? Espero que estéis disfrutando al máximo del verano (si soy españoles como yo, si no... ¡feliz invierno! :D). Traigo el noveno capítulo de la historia. Es el más largo que he escrito hasta ahora y espero que os guste.

Responderé personalmente los reviews, pero sólo deciros que me animáis cada día a continuar y que, sin vosotros, seguramente no estaría aquí. ;)

Un aviso importante: En el próximo capítulo, cambiaré el rating a M. No digo que vaya a pasar ya algo fuerte (puede que sí, puede que no). Lo que quiero es que el cambio no sea abrupto y que no os pille desprevenidos (si sólo leéis el fic cuando lo veis actualizado en la lista de la página, desaparecerá de ahí pues está predeterminado a que se vean sólo los fics desde K+ hasta T).

Que disfrutéis del capítulo.


~Capítulo nueve.- Ya no soy una niña~


Rin se despertó al sentir el roce de una margarita cosquilleándole la mejilla. Antes de levantarse y ver en dónde estaba, respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire fresco. Sabía que estaba rodeada de flores, sin verlas captaba su dulce e intenso olor. Cerró los ojos, disfrutando unos instantes más del momento. Aquello era la gloria. No le preocupaba dónde estaba ni por qué estaba allí. Apenas recordaba su nombre. Un conejo apareció sin que lo oyera. Le olfateó una pierna y la miró con curiosidad. Rin sonrió al gracioso invitado incorporándose. Iba a acariciarle cuando éste huyó de su mano pegando un par de saltitos. Sintiendo un gran buen humor, se levantó del pasto para seguir al pequeño animal. Se detuvo unos instantes, maravillada ante el precioso jardín que se abría paso en el gran claro del bosque. Corrió tras el conejo, divirtiéndose como hacía tiempo que no lo hacía. Aquello debía ser el paraíso. Sentía como si en ese lugar no fuese a necesitar nada ni nadie.

―¿No crees que olvidas algo?

Rin sintió que su corazón se paraba al escuchar tan cerca de su oído esa siniestra voz. Se giró lentamente, esperando encontrar algún monstruo. Su sorpresa fue mayúscula al solo ver a una niña sentada en una roca plana como tantas que había en el paraje. Era realmente extraña; tenía el pelo rojo como el fuego y ojos violáceos. Unas marcas negras se dibujaban en su cara de forma exótica, y las facciones de su rostro eran similares a las de una muñeca. La había visto antes, no recordaba dónde. Trató de hacer memoria pero su mente se obcecó en no ubicarla.

―¿Decías algo, pequeña? ―preguntó Rin con una sonrisa alegre. Le extendió la mano para que se levantara y se uniera a ella.

La niña miró su mano y le dirigió una mirada de despreció que caló hondo en la joven. Rin se mostró desconcertada por su rechazo y retrocedió sin saber por qué. La intimidaba. Buscó algo con la vista, a su alrededor. Los sonidos de la naturaleza se habían apagado. Los pájaros y el conejo con el que rato antes había jugado no estaban. Habían desaparecido de repente. No se oía ni el rumor del viento. Un estremecimiento recorrió a Rin. Sabía que algo andaba mal, muy mal. Miró a la niña con temor renovado, sin fuerzas para pensar en un hechizo.

―No temas, humana. No estoy aquí para hacerte daño. ―La voz de la niña seguía siendo igual de siniestra que antes, tal vez por eso Rin no le creyó.― Tú no me conoces, pero yo a ti sí. Y lamentablemente te necesito.

―¿Me necesitas? ¿Por qué? ¿Quién eres?

La niña ladeó la cabeza y sonrió. Rin volvió a estremecerse; ¿cómo podía caberle esa hilera de grandes y afilados dientes en una boca tan pequeña? Buscó una salida, pero el bosque parecía alejarse de ella ante sus ojos. ¿Estaba dentro de una zona encantada? Desesperada, intentó buscar algún contra-encantamiento, pero sin saber qué hechizo habían lanzado, difícil era combatirlo.

―Te lo explicaría pero mi tiempo se está acabando ―de pronto, sonaba muy débil. Su piel ya clara desde un principio palideció aún más. Levantando su mentón con aire altanero para disimular du flaqueza, repitió― ¿No crees que olvidas algo?

―¿Algo…? ¿A qué te…?

Un torrente de recuerdos la atravesó en ese momento sin piedad. Los demonios, Jaken, Himeko, su declaración a… ¡Sesshomaru! ¿Dónde estaba? Tocó su nuca y recordó su caída. Shin. Ese maldito demonio la había dejado inconsciente. Pero no estaba por allí. ¿Qué había pasado? ¿La había abandonado en aquel hermoso claro? ¿No era su intención llevarla ante alguien? No entendía nada.

―Decías que me conoces, ¿quién eres? ―preguntó a la niña con ansiedad, dispuesta a obtener respuestas. Quizás era la persona que había ordenado su captura.

Esta abrió la boca para replicar algo, pero de ella sólo salió un gran cúmulo de oscura sangre. Cayó al suelo mientras escupía y tosía, aferrándose con sus blanquecinos dedos a la tierra. Rin se acercó para ayudarla, espantada por el charco de sangre que poco a poco se estaba extendiendo bajo sus pies. La niña le apartó de un golpe la mano y levantó débilmente la cabeza hacia ella.

―Tienes que dejar esa conciencia humana para sobrevivir. Las niñas no sobreviven en el mundo de los demonios.

―Si tan solo me dejaras ayudarte…

―No me has entendido ―suspiró― y mi tiempo aquí se ha acabado.

Rin, sin comprender, acercó su mano nuevamente hacia ella, pero un temblor en la tierra la desestabilizó. No tuvo tiempo de gritar; una mano de sucia y grasienta le tapó la boca y tiró de ella hacia abajo. Lo que vio a sus pies la hizo chillar con horror.

Sus ojos se abrieron de golpe. Estaba jadeando y su frente estaba sudorosa y caliente. Tardó unos largos momentos en apaciguar el acelerado ritmo de su corazón. No había manos que la atrapaban, ni flores teñidas de sangre. ¿Todo había sido un sueño? ¿O estaba muerta? Su pecho subiendo y bajando al compás de su respiración la inducía a pensar que no, pero suficientes engaños había sufrido ya. Intentó aclarar su mente para averiguar qué estaba pasando. No veía nada. Trató de levantarse pero sus brazos no reaccionaron. Asustada, lo volvió a intentar con el mismo resultado. Le dolían todos los músculos del cuerpo. Con un quejido, movió con fuerza sus manos. Un sonido metálico le avisó que se encontraba encadenada a la pared, contra la que su espalda estaba apoyada. Inspiró y espiró varias veces con el propósito de calmarse y pensar con la cabeza fría. Volverse histérica no la ayudaría en absoluto. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad reinante y pudo inspeccionar el lugar en el que se encontraba. La visión no fue muy reconfortante, precisamente.

Aquel sitio parecía una especie de mazmorra. La mugre cubría las paredes apestando el lugar. Una imponente puerta de madera oscura se situaba frente a ella, al otro lado de la sala. Al sentir algo corretear por el suelo rápidamente hizo un gran esfuerzo para no chillar. Casi agradecía el ver poco; odiaba las ratas. Se removió en el sitio. Tanto sus manos como sus piernas estaban cubiertas de pesadas cadenas. No podía moverse ni cambiar de postura. Sin perder la calma, trató de recordar qué había pasado. Los acontecimientos están difusos y entremezclados en su mente, pero poco a poco fue recomponiendo el día anterior. Había estado en un bosque con Sesshomaru. Le había declarado sus confusos sentimientos ―y eran confusos porque ni ella los tenía claros―y él la había rechazado. Él se fue dejándola allí, entonces apareció Shin, el pintor de sombras, y lucharon. La había dejado inconsciente y supuso que después la secuestraría. ¿Había acabado allí por él? ¿Dónde estaba Sesshomaru? ¿La había abandonado a su suerte? "No, el amo Sesshomaru jamás haría eso", pensó Rin desechando esa idea tan pronto como pasó por su mente. Aunque tal vez su declaración le había hecho plantearse las cosas. ¿Le habría parecido tan estúpida que no le importó dejarla sola? Ella misma se sentía como una idiota, más aún por su respuesta ―mejor dicho, su falta de ella―. Pero no debía pensar en ello ahora. Tenía que escapar de allí.

Su mente aún estaba enturbiada por su extraño sueño. Ella no acostumbraba a tener pesadillas así. Era aquel lóbrego lugar el que le hacía asustarse y tener pensamientos tan sombríos. En ciertas ocasiones ser práctica era lo único de utilidad. Dispuesta a recuperarse y salir de esa mazmorra cuanto antes, repasó mentalmente su lista de hechizos. Alguno le debía servir para librarse de las cadenas. Había uno para abrir puertas selladas, ¿le serviría también para el cerrojo de su atadura? Rezó a Kami porque así fuera.

―Que aquello sellado a mis ojos se abra ante mi orden. Ayúdame, K…

Rin soltó un estridente grito de dolor. Sus muñecas le abrasaban como si un hierro candente las presionara. Con lágrimas en los ojos miró hacia arriba. Los brazaletes metálicos que la sujetaban estaban al rojo vivo. El calor que despedían era insoportable. No pudo evitar seguir gimiendo ante el dolor. Tardó unos minutos en volver a su antiguo aspecto, pero a Rin se le hicieron eternos. El calor se apagó más lentamente. Tembló con fuerza al sentir sus muñecas quemadas. ¿Qué había pasado? ¿Por qué, de pronto…?

Unos fuertes ruidos provenientes de detrás de la puerta la distrajeron. Gritó pidiendo ayuda. Procuraba no moverse mucho, pues si antes le dolían los músculos, ahora sentía su cuerpo atrofiado por el dolor. Gritó durante un largo rato, pero nadie contestó a su llamada. Los sonidos se alejaron de la puerta, volviendo a sumir la mazmorra en su inquietante silencio. No sabía cuánto tiempo pasaba, ni si era de día o de noche. A pesar de haber dormido hasta unas horas antes, se dejó dominar por el sueño. Así, al menos, dejaría de sentir dolor. "Amo Sesshomaru, venid a buscarme".

Aquella noche apenas descansó. Las pesadillas volvieron a acosarla sin darle un minuto de sosiego. Esta vez había vuelto al bosque donde vio a Sesshomaru por primera vez. Cargaba un gran cuenco con frutas de diferentes sabores y tamaños mientras se dirigía al gran castaño bajo el que reposaba el hermoso demonio. ¿Aquel día comería? Esperaba que sí, pues estar varios días sin moverse ni llevarse nada a la boca podían hacer que enfermase. No dio importancia a sus raídas ropas ni a los ruiditos molestos que hacía su estómago, rugiendo de hambre. Todo eso no era para ella; era para aquel impresionante ser. Sonrió al ver el final del camino y caminó más deprisa, ansiosa por volver a verle.

No estaba allí. Decepcionada, buscó con la mirada por los alrededores, tratando de captar el destello blanco que emitía su largo y liso pelo. Pero él había desaparecido. El bosque estaba en calma, igual que los días anteriores. Parecía que sí que se había ido de verdad. Lamentaba no haber podido averiguar su nombre. Dio un mordisco a la manzana que le había traído aun con el nudo que se le había formado en la garganta. Ya no tenía sentido seguir guardándola, ¿no?

―Sigues jugando y olvidando. ¿Es eso lo que deseas?

Rin se volvió hacia el gran castaño con sorpresa y alerta. Una pequeña sombra le rodeó y se sentó bajo él, exactamente donde había estado el demonio el día anterior. Se acercó con cautela a la criatura. Ella también era impresionante. Pelirroja, con ojos violetas. Siempre había deseado tener una muñeca que se pareciera a esa joven.

Al ver como se acercaba lentamente a ella, la niña emitió un siseo que asustó a Rin, quien se alejó deprisa.

―Penoso. No has contestado. ¿Deseas olvidar? ¿Olvidarle a él? ―La pequeña Rin sólo miraba desde detrás de un árbol. Nada de lo que decía tenía sentido para ella. ¿Quién era esa pequeña y temible criatura?

Abrió la boca para hablar, pero de su boca no salió ningún sonido. No le extrañó; llevaba demasiado tiempo sin articular palabra como para que consiguiera hacerlo de nuevo al primer intento. Se limitó a seguir mirándola con aire inquisitivo.

―Maldición ―se lamentó la pequeña criatura levantándose y acercándose a Rin, quien ahora la observaba con brillantes ojos asustados―, esta vez el tiempo se me agota más rápido. Atiende, humana ―la sujetó de los hombros para impedir que escapase―. Él te necesita. No puedes continuar viviendo en el sueño de que aún eres una niña. Debes avanzar si no quieres que le hagan daño.

Rin se debatió contra ella. ¿De qué hablaba? ¡Ella era una niña! Y nadie la necesitaba. Nadie la había necesitado nunca. Con ojos llenos de lágrimas, hizo un último esfuerzo por desasirse. Al conseguirlo milagrosamente, quiso correr hacia la protección de su aldea. El hilillo de sangre que salía de la boca de la criatura se lo impidió, paralizándola en el sitio. Ante sus ojos, vio como caía y se quedaba a cuatro patas sobre la hierba. De su cuerpo no paraba de salir sangre oscura, sucia, mientras se convulsionaba violentamente.

―Aún… No… ―Rin gritó al sentir la mano de la criatura en su tobillo desnudo.― No debes temerme… todavía. Estoy aquí porque… necesito… tu ayuda ―Vomitó más sangre por el esfuerzo de pronunciar claramente sus palabras. Su cuerpo se deshacía en estremecimientos― Debes dejar… de pensar como una niña… Ya eres… una mujer… Ayúdame a mí… Ayuda a… Sesshomaru…

―¡El amo Sesshomaru!

Mientras lo exclamaba en un gemido ahogado, se dio cuenta de que todo aquello era un sueño. Debía despertar antes de que algo la atacara. Miró desesperada a la niña ensangrentada a sus pies. Volvía a verla, pero seguía sin saber quién era ella.

―¿Cómo puedo ayudar al señor Sesshomaru? ¿Está en peligro? ―preguntó alarmada y con miedo por su vida. ¿Dónde estaba el amo Sesshomaru?

―Ya… no eres una niña…

Rin ahogó un gemido de frustración al ver como el ser se desplomaba frente a ella y empezaba a consumirse. Debía despertarse, ahora. Unos gruñidos a su espalda la congelaron. No quería mirar pues sabía lo que se encontraría al darse la vuelta. Lobos. No podía pasar de nuevo. Cerró los ojos con fuerza y chilló con desesperación.

Estaba gritando cuando despertó bruscamente. Se sentía mareada y sucia por el sudor que la cubría. Su cuerpo estaba entumecido por el dolor y el cansancio. Apenas consciente, vio cómo unos débiles rayos de sol iluminaban la estancia. Entonces no estaba bajo tierra… El olor de la comida hizo que todos sus sentidos se agudizasen. Venía de detrás de aquella puerta mohosa. ¿Volvería a oír ruidos tras ella para que luego se decepcionase al percibir cómo se alejaban? Sabía que no debía hacerse demasiadas esperanzas, pero su estómago vacío no opinaba igual. De repente, la puerta de madera dejó pasar unas fuertes voces:

―Te digo que no. El amo no me ha dicho nada de que tú fueras a atender a la prisionera.

Se escuchó una risa burlona.

―¿Por qué debería decírtelo a ti? Eres el último en la escala demoníaca. Conténtate con que te deja servirle en las mazmorras y pasadizos subterráneos ―se mofó la voz.

El otro balbuceó algo que Rin no alcanzó a comprender, pero le llegó la voz clara del que le insultaba:

―No me vengas con idioteces. Cállate de una vez y dame eso. Y abre esta maldita puerta.

La madera chirrió por la fricción de los oxidados engranajes y tardó en entreverse algo del exterior. La luz deslumbró a Rin, acostumbrada ya a la oscuridad de su prisión. Una figura entró en la sala con lo que parecía una bandeja de comida. La boca se le hizo agua. Parecía que habían pasado días desde su último almuerzo. Una de las razones por la que estaba tan cansada, además de las terribles pesadillas, era el hambre que la asolaba. El intruso rió entonces, desvelando su identidad al situarse donde los rayos que se asomaban por la rendija incidían en la celda. Rin no se alegró de verle.

―Mira quien ha decidido dejarse caer aquí. Una pequeña rata muerta de hambre.

La rabia dominó a la joven de tal forma que olvidó la comida. Si había pensado encontrarla triste y temerosa, ese demonio se llevaría una gran decepción.

―Shin, ¿dónde me has traído? ¿Qué es lo que quieres? ―Su voz rezumaba más desafío del que le gustaría al carcelero.

―Aún no es momento para eso ―dijo obviando con un gesto todas las preguntas que le lanzaba. Sonrió al ver su deplorable aspecto. Su pelo moreno estaba completamente enmarañado y su piel estaba casi tan sucia como su kimono destrozado. Se fijó en las quemaduras que tenía en las muñecas y soltó un silbido de admiración― Vaya, pero si funciona de verdad. Le debo a Kuro una disculpa, jamás pensé que su baratija fuera a ser tan eficaz― Se acercó más a ella para observar las heridas más de cerca.

Rin, al ver que se elevaba la mano para tocar su dolorida muñeca, le pegó con la rodilla en el estómago. No le dio muy fuerte dado que estaba firmemente atada y tenía poco margen de movimiento, pero sirvió para que Shin, quien se encontraba ensimismado, se apartara de ella de golpe y maldijera entre dientes.

―¡Maldita zorra! ¡Sólo iba a comprobar si era grave! ―escupió con veneno. Sus ojos llenos de odio no afectaron a Rin. Ella también estaba furiosa.

―¡Como si yo te importara! No vuelvas a intentar tocarme nunca más. ¿Qué pretendes trayéndome aquí? Eres un cobarde. Planeas atraer al amo Sesshomaru hasta aquí, ¿verdad? No tienes el suficiente valor como para enfrentarte cara a cara con él porque sabes que no tendrías la más mínima oportunidad. Él es demasiado para ti.

―Hablas de forma muy valiente para ser alguien que debería temer por su vida. ¿Qué te hace pensar que nos interesa Sesshomaru? Tus días están contados, bruja.

Se dio la vuelta dirigiéndose a la salida. Se llevaba la comida de nuevo con él. Las defensas de Rin flaquearon. Su estómago gemía de dolor. Pero no debía suplicar. Aunque se estuviera muriendo de hambre, jamás le suplicaría nada a ese ser despreciable. Las palabras, sin embargo, se escaparon de su garganta:

―¿Pretendes dejarme morir de hambre?

Shin se detuvo junto a la puerta. Sin girar la cabeza, contestó cargando con gran desdén lo que decía:

―Tienes demasiada energía para ser alguien que se muere de hambre. Sesshomaru te ha enseñado muy mal dándote siempre lo que pedías. Con gran placer, contribuiré a arreglarlo. Tal vez la próxima vez me recibas con algo más de amabilidad.

La puerta se cerró de un portazo. Rin dejó caer su cabeza, abatida y enfadada al mismo tiempo. ¿Amabilidad? Desde que le conoció, no había parado de intentar hacerle daño a ella y a las personas que más quería. ¿Y pedía amabilidad? ¡Pues que esperase sentado, que sino igual le dolían luego las piernas! Su cabeza le daba tantas vueltas que no le hubiera sorprendido que le dijeran que era la habitación la que rotaba sobre sí misma. Si no había vomitado todavía, era porque no tenía nada que expulsar. Eso sólo le hacía sentir peor. De repente, se enfureció consigo misma. ¡Autocompadecerse no iba a servirle de nada! La misteriosa criatura de sus sueños tenía razón: "Ya no soy una niña".

Shin era un hipócrita. Primero se burlaba de ella y se atrevía a mostrarse complacido al ver sus heridas. Luego, se ofendía al ver que dudaba de su terrible preocupación por sus quemaduras. El amenazarla con la muerte había sido sin duda la guinda perfecta del pastel. No obstante, no había averiguado nada. Todavía no sabía dónde se encontraba ni por qué estaba allí. Era evidente que buscaba hacer caer al amo Sesshomaru en su trampa, aunque no conocía la razón de su odio. Pero… ¿y si el objetivo era en verdad ella, como había dicho Shin? No, mentía como tantas veces lo había hecho. Recordó una conversación que había tenido tiempo atrás, pero no recordaba con quien ni tampoco cuándo. Le había dicho que sólo había dos razones por las que un demonio se interesaría por una humana: deseo o hambre. Los demonios acostumbraban tanto a aprovecharse de sus víctimas como a devorarlas sin piedad. En cualquier caso, sólo les interesaban sus cuerpos. Los consideraban demasiado inferiores para otra cosa. Pero el señor Sesshomaru no era así. Ella sabía que, en cierta forma, le tenía algo de aprecio. No le haría daño. "Bueno, ya te lo ha hecho, ¿verdad?" dijo una voz en su mente terriblemente parecida a la de su amiga Karin. "Él te debe una respuesta clara, Rin. No has hecho nada que merezca ese trato tan mezquino". "El amo Sesshomaru no es mezquino, y su falta de respuesta no debería ofenderme. Estaba claro que jamás me diría que sí. Tal vez, al irse, protegió mis sentimientos. A veces, puede ser algo brusco al hablar…". "JA, ¿te das cuenta de que te estás montando una historia tu sola? En realidad estás molesta, Rin. Lo primero que debes hacer es aceptarlo.". "No estoy molesta con él. Sesshomaru no sería Sesshomaru si hubiera actuado de otra forma". "Entonces, ¿estás destinada al sufrimiento? ¿O tal vez ocultas tu cobardía y la justificas con su actitud? No eres una niña."

―¡Ya basta de decir eso! ―exclamó en voz alta con los ojos cerrados. El sonido rebotó en las paredes de su celda, produciendo un débil eco que avergonzó a Rin.

Estaba tan cansada que discutía con ella misma. Si seguía por ese camino, se volvería loca. Pero no estaba dispuesta a dar a Shin esa satisfacción. Debía dormir para que sus fuerzas volviesen. No obstante, el hambre le impedía relajar su mente. El miedo a las pesadillas era mucho, mucho peor.


Habían pasado tres días desde que llegó. La molestia que había sentido por las cadenas se iba apagando poco a poco, negándose a desaparecer por completo. Su estómago ya no rugía por la falta de alimento. El siguiente día al encuentro con Shin, un demonio entró en la celda con otra bandeja de comida. Le soltó tanto manos como pies, seguro de que no escaparía. Y no le culpaba por pensarlo, apenas tenía fuerzas para masticar el manjar que tenía ante ella y que en cualquier otra ocasión hubiera rechazado por su nauseabunda apariencia. El hambre decidió por ella. Devoró la comida sin importarle el aspecto que tenía, después de todo, las normas de educación allí estaban fuera de lugar. Increíblemente, después de comer el demonio ―que debía ser en parte rata, por la forma de su cabeza― le dejó unos momentos de intimidad para que "aliviase su cuerpo" de forma más cómoda que el día anterior. La consideración la dejó atónita, pero sabía que no debía confiar en él. En suficientes problemas se había metido hasta el momento por creer que todas las personas eran buenas en el fondo.

Las pesadillas no habían desaparecido. Rin, tras pensarlo fríamente, llegó a la conclusión de que no podía ser fruto de la casualidad. ¿Cuándo había tenido tan de seguido esa clase de sueños? Dejó de atribuírselo a su cautiverio, pues no soñaba nada relacionado con el lugar en el que estaba retenida. No, lo más extraño es que soñaba siempre siguiendo el mismo patrón. Primero, se despertaba en un lugar conocido por ella. Un lugar que había amado en el pasado, ya fuera relacionado con Sesshomaru como si no. Después, algo en el ambiente se torcía y la atmosfera se volvía sombría. Aparecía entonces aquella niña tan peculiar con su brillante pelo rojo y los ojos más violetas que había visto nunca. El ser nunca trataba de caerle bien o le mostraba su afecto, muy por el contrario solía alejarla de ella con el mayor de los desprecios. Ella la odiaba, pero no sabía la razón. ¿Acaso la conocía? Rin lo pensó. Le resultaba extrañamente familiar, como si ya la hubiera visto antes. No obstante, no conseguía asignar un nombre a su rostro, y la niña tampoco dio indicios de querer darle esa información. Lo que ella siempre buscaba en Rin era su ayuda. No dijo en ningún momento qué clase de ayuda, ni siquiera cuando se lo preguntó. Siempre esquivaba el tema y le recordaba que había crecido y que debía demostrarlo. Por ella, para ayudarla… y para salvar a Sesshomaru. Pero, ¿de qué?

Rin se estiró haciendo caso omiso al dolor que se esparció por sus muñecas, dañadas el día anterior por el nuevo intento de fuga de la joven. Al parecer la cadena reaccionaba siempre que captaba el más mínimo indicio de magia. No podía decir que sus carceleros no eran precavidos.

Pensó en el último sueño que había tenido, esa noche. El sitio esta vez fue la aldea de la señora Kagome e Inuyasha. Se dirigía junto a Karin a buscar algo de agua cuando un gran viento se levantó. Al darse la vuelta su amiga no estaba. Era el extraño ser quien la miraba con sus grandes y serios ojos. Sabiendo lo que quería, la ignoró. Estaba dispuesta a disfrutar de un sueño tranquilo antes de que la niña se deshiciera en dramáticos vómitos ―no quería parecer una insensible, ¡pero ya iban cuatro sueños así! ¿No había otra salida más llamativa?―. Se detuvo cuando la criatura le agarró el brazo, impidiéndole moverle. Ella era fuerte.

―Si no vas a decirme qué quieres, no te molestes en…

―Silencio ―ordenó interrumpiendo su queja. La criatura esa vez parecía más cansada que anteriormente―. Si te ves en alguna situación comprometida, no actúes bajo tus instintos. Tu inmaduro e infantil carácter haría que todo saliera mal.

―¿Qué sabes? ―inquirió impaciente― ¿De qué situación comprometida…?

―En ese caso, sólo debes pensar en una cosa. Debes pensar en qué haría Himeko en tu situación.

Antes de que tuviera tiempo de mostrarse sorprendida, todo terminó. Sus ojos se abrieron lentamente con visión nublada. El desenlace en esa última ocasión no había sido violento y abrupto, cosa que agradecía. Pero seguía teniendo sueño, se cercioró dando un sonoro bostezo. Desconocía cómo iba a ayudar a esa niña si ni tan siquiera podía ayudarse a sí misma.

¿Himeko? ¿Qué tenía que ver en todo esto? No sabía a lo que se refería con "pensar en qué haría Himeko". Ella era una demonio muy fuerte y despiadada ―además de una acosadora sexual confesa―. ¿Cómo iba a compararse con alguien así? Sus habilidades de lucha eran muy diferentes, y sus mentalidades prácticamente opuestas. Si bien había logrado entablar algo parecido a "amistad" con ella, no comprendía del todo sus motivaciones. Las cosas que a simple vista parecía que decía en serio, luego resultaban ser broma, y lo mismo pasaba al contrario. ¿Cómo ponerse en la piel de alguien tan complejo?

"Rin, das demasiada importancia a tus sueños" admitió para sus adentros. Debía ser la fatiga.

El sonido se la puerta abriéndose la sobresaltó. Se quejó al moverse bruscamente cuando una hilera de sangre bajo por su brazo. Genial, las quemaduras ahora sangraban.

Una mujer desdentada entró hablando por siseos con el guardia con cara de rata. Ambos se adelantaron y desataron a Rin, quien cayó sin poder evitarlo sobre sus rodillas. La vieja chasqueó la lengua con desaprobación y la arrastró fuera de la celda con la ayuda del otro. Rin se deslumbró tanto por la luz del exterior que no supo dónde se encontraba. El guardia les acompaño hasta lo que parecía el fin de las mazmorras, volviendo a su puesto nada más hacerlo. Ya comenzaba a distinguir figuras y colores aunque todo pareciese desdibujado. La mujer subió unas empinadas escaleras y la llevó a una sala blanca donde había unas doncellas de aspecto humilde llenando una gran bañera. Sin mediar palabra, las jóvenes se acercaron y la despojaron de los harapos en los que se había convertido su bonito kimono. Quiso resistirse, pero la fuerza la había abandonado por completo. La alzaron y depositaron en el centro de la bañera y, mientras Rin soltaba una exclamación al sentir el frío agua cubriendo su piel, comenzaron a limpiarla. Sus movimientos eran rápidos y bruscos, como si tuvieran prisa por terminar de una vez. Al ver sus muñecas, varias de ellas gritaron con espanto. Rin pensó que era por la gravedad de las heridas, pero estaba equivocada.

―Señora Higi, ¿por qué no lleva sus cadenas puestas? ¿Y si la bruja nos ataca? ―le reprochó una de ellas a la anciana sin despegar la vista de Rin, que daba cabezadas. A pesar del agua, seguía adormilándose por momentos.

―No seas estúpida, niña. ¿No ves que esta no puede ni andar sola? Acaba con ella de una vez que el amo está esperando.

Rin gimió cuando frotaron sus heridas sin piedad, aunque ellas la ignoraron y siguieron con su labor. Cuando terminaron, su piel estaba limpia y roja por la fuerza con la que habían frotado el trapo contra su cuerpo. La vieja mujer le vendó descuidadamente sus muñecas al ver que sangraban y acto seguido mandó que la vistieran. Llevaba un kimono blanco bonito, pero no pudo evitar pensar en los que el señor Sesshomaru le había regalado. Una ola de nostalgia la invadió.

Sin perder tiempo, la señora Higi la cogió del brazo y la sacó del lugar. Rin dejó atrás las murmuraciones a su espalda y se introdujo en un sinuoso pasillo lleno de puertas cerradas. No había muchos criados, sólo vio a dos limpiando el mobiliario y encerando el suelo de madera. Estos no le prestaron atención, ni siquiera cuando las mujeres pasaron a su lado. La joven creyó ver miedo en sus ojos gachos. ¿A qué temían esas personas? Más confusa que cuando estaba en su celda, se tropezó con la anciana mujer al detenerse esta frente a una puerta adornada con detalles de madera muy trabajados. Apenas dándole tiempo a recobrar el aliento, abrió la puerta y le ordenó que entrara. Como la joven no obedeció con suficiente rapidez, la apremió empujándola con sus huesudas manos.

La mujer no le siguió. Tras cumplir su labor, cerró nuevamente la puerta en silencio, dejando a Rin a su suerte. Por fin con la vista completamente recuperada y sin el temor que en un primer momento la había embargado, recorrió la habitación con la vista. El primer vistazo la dejó asombrada. Aquella debía ser la casa de un señor muy rico. Los muebles estaban forrados con suaves y brillantes tejidos que recordaban a la seda ―sin duda, porque eran de seda―; una gran alfombra cubría el lustroso suelo de forma elegante y cálida. Había dos ventanales en aquella inmensa sala, cubiertos en los laterales por hermosas cortinas de logrados estampados. La pared estaba llena de impresionantes pinturas, la gran mayoría dedicadas a la guerra. El tema era común: la guerra entre humanos y demonios. Rin se estremeció.

Un sesgado carraspeo le avisó que no estaba sola. Rin dirigió su mirada al hombre que se había levantado del sillón que estaba de espaldas a ella, bebiendo de una copa con un denso líquido rojizo. Al girarse y sonreírla, cayó en la cuenta de que era un demonio. Desde luego, no lo parecía. Su estatura estaba dentro de la media, y su cuerpo era esbelto y delgado, como un noble que jamás hubiera trabajado. El pelo le llegaba hasta los hombros, de un profundo color moreno. Vestía con ropas elegantes y extrañas, parecidas al kimono masculino tradicional pero sin serlo. Si no se hubiera vuelto hacia ella, habría jurado que era un hombre joven, un humano. Sus ojos le habían delatado. Tenían la tonalidad tan púrpura y dorada que difícilmente podrían pertenecer a un hombre corriente. No obstante, no era el color aquello que los hacía tan especiales: parecían capaces de ver hasta el más ínfimo secreto que escondía su alma. A pesar de su aspecto jovial y su sonrisa amistosa, supo que era un demonio peligroso.

―Bienvenida a mi humilde morada, humana ―la acogió cálidamente extendiendo sus brazos. La expresión seria de Rin no varió, lo cual no desanimó a su anfitrión ―. No pongas esa cara, no te voy a hacer daño. Tan solo quería darte la bienv…

―¿Quién eres y por qué me has traído hasta aquí? ―le interrumpió Rin sin ánimo de prolongar una conversación superficial con quien parecía ser su enemigo.

El demonio pareció sorprendido.

―¿Traerte hasta aquí? Sin duda esa ha sido una terrible equivocación de la que yo no he tenido nada que ver.

Una pequeña luz de esperanza se prendió en el interior de Rin. ¿Una equivocación? ¿Acaso aquel infierno había acabado?

―¿De verdad? ¿No queríais traerme hasta aquí y meterme en vuestra mazmorra, señor?

―¡Por supuesto que no! ¿Qué interés podría yo tener en una humana? Tengo asuntos más importantes que atender, sin duda ―aseguró mesándose pensativamente un cabello negro que caía por su frente.

Rin sonrió por primera vez desde que había acabado en aquella casa. ¡Todo había sido un error! Y ahora que el señor del lugar se había dado cuenta, la dejaría ir y podría encontrarse con Sesshomaru. Aunque tampoco es que supiera dónde estaba en ese momento. ¿Seguiría en la Roca de Kitami? Dada la costumbre de viajar del señor Sesshomaru, era improbable. Tal vez debería buscar una aldea cercana y enviar un mensaje a la señora Kagome para ver si podía decirla algo. Cielos, cuántas complicaciones. Igual tendría que dejar una nota en la casa por si Sesshomaru se pasaba por allí, buscándola. ¿Estaría muy preocupado? Esperaba que no. Sin duda el abuelo Jaken estaría de los nervios.

Mientras trazaba los planes que tendría que llevar a cabo para reencontrarse con el grupo, el demonio apuró de un trago lo que quedaba de su copa y se acercó con un sigilo felino. Sólo cuando se inclinó sobre su oreja derecha, Rin tuvo conciencia de que estaba junto a ella. Su voz, antes educada y amistosa, era ahora demasiado suave:

―¿No crees que eres un poco ingenua, bruja?

El insultó impactó a Rin, quien se separó como un resorte de él. Su sonrisa se había tornado maliciosa. Casi sin aliento, exclamó:

―¿Me habéis mentido? ¿Planeasteis entonces el secuestro?

―Por supuesto que sí. ¿De verdad creías que no iba a estar informado de lo que pasa en mi hogar? En verdad, eres una ilusa ―comentó riendo entre dientes mientras se sentaba en una silla tapizada y la observaba con aire condescendiente.

―A veces peco de creer que la gente no tiene por qué mentirte continuamente ―contestó con voz tensa. Sólo había estado burlándose desde que entró por la puerta. ¡Qué hombre más despreciable!

―Mal hecho, todos mienten.

―Que tú lo hagas no quiere decir que…

―¿Vuelves a tutearme? ―inquirió con falsa sorpresa. Apoyó la cabeza en una de sus manos flexionadas sobre el reposa-brazos de la silla. ― ¿Cómo es la cuestión? ¿Cuándo te agrade me tratarás de vos y cuando me odies, de tú? Muy graciosa, pero creo que las normas de protocolo no siguen esas premisas.

Rin se ruborizó, aunque suplicaba para su fuero interno que la sangre no se agolpase en sus mejillas de forma tan evidente. Si tan solo ese hombre se limitara a tratarla cruelmente como había ordenado que se lo había ordenado a sus vasallos, no se sentiría tan incómoda en esa situación. Pero el hombre, a pesar de haber admitido que era culpable, se negaba a parecer antipático. ¿Qué buscaba? Sin reparos, se lo preguntó directamente.

―¿Por qué estoy aquí? No tengo nada que te pueda interesar.

―Oh, querida niña, te subestimas ―le aseguró recorriéndola con la mirada y deteniéndose más tiempo de lo necesario en su cuerpo.

A Rin esa actitud se le hizo tan condenadamente familiar que no se amedrentó. ¡Jugaba con ella como Himeko! Trataba efectivamente de intimidarla por todas las vías disponibles, buscando puntos flacos por donde atacar. Si ella se mostraba débil o aturdida por sus palabras, el hombre aprovecharía eso en su favor.

―¿Quién eres? ―preguntó en cambio.

Levantándose de la silla, procedió a rodearla sin contestar inmediatamente. "Una pausa dramática, sin duda", pensó Rin para sus adentro. "O quizás me ronde como si fuera su presa". Aquel pensamiento la dejó fría. Un hechizo le vendría bien en esta ocasión, pero temía que el efecto de las cadenas aún durase en su cuerpo. ¿Por qué si no se las habrían quitado sin titubear? Tal vez podía atacar, pero no quiso arriesgarse. Si volvía a hacerlo seguramente acabase desangrada. La impotencia la dejó tiesa sobre el suelo.

―Mi nombre es Rantiru. Tengo entendido que conociste a mi hermano, ¿puede ser?

La mente de Rin estaba en blanco. No había oído hablar nunca del hermano de ese demonio. Rantiru, el demonio de ojos púrpura… Oh, Kami. No estaba segura, pero recordaba vagamente un incidente producido hacía ya casi seis años. Una banda de bandidos humanos la habían secuestrado para venderla junto a otras muchachas en el mercado esclavista. Si no hubiera llegado Sesshomaru para salvarla… Él había luchado contra el líder de la banda, a quien parecía conocer de antes. El líder resultó ser un demonio. Kentiru. Rantiru y Kentiru. Oh, cielos, ¿en qué lío estaba metida?

―Ese nombre no me dice nada ―mintió con descaro. Esperó resultar lo suficientemente convincente. Podría utilizar su aparente ignorancia a su favor para escapar. Porque no quería que Sesshomaru volviera a salvarla mientras ella se limitaba a esperar ser rescatada o hacer intentos a la desesperada. Rin se había metido en ese problema y sería ella quien saliera de él. Quizás entonces el amo Sesshomaru se sentiría satisfecho con ella. Se aferró a ese pensamiento. ― No me has dicho para qué me quieres aquí.

―Yo creo que te lo he dejado bastante claro ―replicó con sorna. Sus ojos estaban echando chispas, interesados.

Otra vez con lo mismo. Seguramente ese demonio sabía que ella desconocía todo en ese aspecto de la vida y estaba intentando que se asustara lo suficiente para que confesara algo o que le suplicase por su vida. Sin embargo, sabía que él no la deseaba. Si bien no conocía todos los indicios para que se diera ese caso, era evidente que la joven no era particularmente bonita o deseable. Mucho menos para un demonio. Se portaba como Himeko, diciendo cosas provocativas y esperando su reacción. Por supuesto, Rantiru jugaba con ella como había hecho desde que formuló la primera mentira. Esa conclusión le dio la seguridad y el impulso necesarios para hablar con un descaro bien ensayado.

―No lo creo, en ningún momento me has demostrado qué esperas de mí. De hecho, me has llamado bruja. Eso es ofensivo ―comentó con voz suave y una pequeña sonrisa. Rin se sintió orgullosa del resultado. Al final, su experiencia con Himeko iba a servirle de algo.

Rantiru parpadeó con perplejidad al ver el inesperado giro de los acontecimientos. ¿Esa niña tan insolente trababa ahora de seducirlo? Sus cambios de humor eran casi tan extraños como su línea de pensamientos. Cuando había entrado en la sala, el cansancio transpiraba por cada poro de su piel, y aún así se había mantenido desafiante. Luego dio a su corazón esperanzas, provocando la alegría de la joven, para proceder a continuación a destrozarlas ―esa parte siempre era divertida―. Ahora estaba intentando provocarlo con sutiles insinuaciones, aun con cierto miedo e incertidumbre en la mirada. Rantiru sonrió. No era tan aburrida como había visto en los informes de sus subordinados.

Rin sintió una gran tirantez en el cuerpo cuando el demonio se le acercó con una expresión que no le gustaba nada. No apartaba su mirada de la de ella. "No dejes que te asuste. Sesshomaru es mucho más intimidante y jamás le has temido. Puedes hacerlo". A pesar de sus ánimos, tembló al tenerle a un solo paso de ella. Estaban demasiado cerca para su gusto.

―¿Quieres que te lo demuestre? Quítate ese horrible kimono y gustoso te lo mostraré.

La parte que más le había intimidado siempre de un demonio había sido su boca, más concretamente, sus dientes. Si de niña no había temido a Sesshomaru al verle era porque su dentadura normalmente era similar a la de un hombre humano ―aunque cuando se transformaba en perro mutase por completo―. No había una sola vez en la que no se hubiera fijado en los afilados dientes de sus enemigos, y pensaba que no había nada tan aterrador. Pura ignorancia al no conocer la crueldad en los ojos de Rantiru. Su sonrisa pasaba completamente desapercibida cuando te miraba directamente con aquellos orbes púrpuras. Era increíble que algo tan inofensivo a simple vista le resultara tan terrorífico. No pudo caer en la tentación que compararlo con Sesshomaru. Todos decían que su mirada helaría los infiernos, pero ella jamás había visto maldad en esta. Sus dorados ojos sólo transmitían indiferencia, aburrimientos, interés y una demoledora furia. Jamás odio o crueldad. "Jamás amor o alegría"

Rin no respondió ni se ruborizó. Tenía demasiado miedo como para hacerlo, y ya gastaba muchas de sus energías ocultándolo y aparentando una serenidad que no sentía. No sabía cómo contestar. Pensó en la criatura de su pesadilla y en el último consejo que le había dado. Pensar qué haría Himeko. Eso no era muy difícil de deducir. Con seguridad deslizaría el kimono por su hombro y le animaría a quitárselo completamente, haciéndolo ella misma si no se daba prisa. De esa forma, consolidaría su postura y haría que confiase en ella ―o, por lo menos, que pensara que no debía lealtad a nadie y que no tenía que preocuparse de ella―. Si bien el plan podía considerarse bueno, Rin no se veía capaz de ejecutarlo. Ella no era Himeko. Tenía que haber pasado por alguna experiencia de esa clase para ser natural, cosa que no se daba en su caso. Pensándolo mejor, ni habiéndola pasado creía que podría hacer algo así.

Rantiru se sintió fastidiado al no hacer nada Rin, perdida de nuevo en sus pensamientos. No le gustaba que le ignorasen. Con un movimiento que pasó desapercibido a la vista de la joven, le desató el obi que cerraba firmemente el kimono y sonrió al ver cómo contenía la respiración al ver caer la prenda al suelo. Rin se agachó de inmediato a recogerlo, movimiento que fue interceptado por Rantiru, quien de un tirón la obligó a levantarse y a mirarlo a la cara.

―¿Eso es que me rechazas? ―dijo con voz interrogante. Sus labios se fruncieron en un mohín de disgusto. Sus ojos se estaban riendo ―Imaginaba que eras demasiado niña para responder de otra forma. Sigue siendo una decepción, pero es culpa mía por esperar más de una humana campesina ―se burló.

Acogió la crítica con rabia. Todo el mundo la consideraba una niña a pesar de tener casi veinte años. La culpa era suya, desde luego, pues nunca había tenido la oportunidad de madurar correctamente. La mayor parte de su vida había estado dividida en su viaje con dos demonios sobreprotectores y en su entrenamiento como sacerdotisa. En este último, la señora Kagome siempre la había tratado como si fuera demasiado ingenua e inocente, aunque fuera mayor que cuando ella había empezado a viajar junto con Inuyasha para buscar los fragmentos de la perla de Shikon. Por otro lado, Jaken y Himeko se quejaban y burlaban, respectivamente, por actuar como una niña tonta buena para nada.

Aunque estuviese deseando gritarle a ese demonio lo que pensaba de él y de su repugnante proposición, no lo haría. Eso no sería más que otra de las meteduras de pata de la inmadura Rin. Su impulsividad echaría por tierra todos sus avances. No, no sería esa niña tonta que el amo Sesshomaru había rechazado. El pecho se le encogió ante el recuerdo y pensaba en lo lejos que estaba de él. "No puedo seguir con eso", se reprochó a sí misma. "Lo primero es escapar de aquí".

¿Qué haría Himeko en esta situación?

Entre tanto, Rantiru se había girado, dándole la espalda, y con un bufido desdén fue a coger la copa que había bebido antes. Al verle rellenarla, Rin tragó saliva. Era ahora o nunca. No había tiempo para acobardarse.

―Espera ―dijo con voz queda mientras se acercaba. El demonio la miró de reojo y acabó por llenar su copa, sin hacer caso a la joven. Molesta, Rin decidió ser audaz. Le cogió el brazo y lo apretó. La mirada que le dirigió Rantiru a su mano tocándole casi le hizo retroceder, pero se recompuso a tiempo. Con voz más calmada, continuó―: No te he rechazado, es sólo que me sorprendió tu proposición. No imaginé que había sido traída aquí por algo así. La reacción que has tenido al tocarte me demuestra que tampoco estaba muy equivocada, ¿no?

―Me ha sorprendido, eso es todo ―repuso él de forma cortante. Rin sonrió con ganas: estaba a la defensiva. Eso era una muy buena señal.

Rantiru no sonreía. Eso hizo que le costara mantener el gesto. Con el ceño fruncido, le pasó el dedo por la clavícula. Rin no pudo evitar un estremecimiento ante esa nueva intimidad a la que la sometía. Sus manos estaban muy frías.

―¿Tiemblas de miedo? Extraño, teniendo en cuenta que no quieres rechazarme.

Se sintió muy molesta por la satisfacción que dejaba entrever.

―No es por miedo ―mintió con una sonrisa despreocupada. Dispuesta a devolverle todas las burlas anteriores, continuó―: Debes ser terriblemente inexperto para confundir mi reacción con el miedo ―Soltó una risita desdeñosa, tal y como haría Himeko al decir eso. Le salió un sonido muy extraño.

El demonio no pareció tomarse nada bien el sarcasmo. Rin esperaba no haberse extralimitado en su actuación de mujer descarada y seductora. No obstante, para su desgracia, la cara del hombre estaba tan pasmada que sintió unas ganas irrefrenables de reír. No lo haría porque si estaba procediendo así era para que no la considerara un problema. Si se desenvolvía como una leal y hostil sierva de Sesshomaru, él podría considerar que llegaría a serle útil. Por el contrario, si se mostraba como una mujer de mentalidad cuestionable y sin ataduras de honor… Era su oportunidad. Por primera vez, sería ella la que engañaba y no la que era engañada. Tenía miedo, pero era normal. Lo desconocido daba miedo. Y Rin lo enfrentaría.

La broma no le había hecho ni pizca de gracia. Cielos, ¿y si la enviaba de nuevo a la mazmorra y no la dejaba salir nunca más? No tendría ya oportunidades para escapar, su cuerpo se debilitaría progresivamente. Si se sentía tan mal por sólo tres días, ¿aguantaría una semana? No se consideraba una mujer débil, pero jamás se había enfrentado a algo parecido. Necesitaba valor. Debía ser fuerte. Por Sesshomaru.

Cuando vio que el rostro del hombre se ensombrecía y abría la boca para decirle algo ―sin duda, mandarla al infierno―, Rin se impulsó hacia delante y posó sus pequeñas manos en los hombros de Rantiru para obligarle a agacharse. Sus labios se posaron sobre los suyos con fuerza. La joven contó mentalmente hasta tres y se separó. Su mirada reflejaba expectación, pero la dirigía al suelo. ¿El demonio la mataría por su audacia?, ¿o estaría demasiado sorprendido para hablar? No se atrevía a levantar la vista para comprobarlo.

El sonido de unas carcajadas la atravesó como una espada en el costado. Sin dar crédito, vio al demonio doblado sobre sí mismo riéndose como si le hubiera contado el chiste más gracioso de la historia. Lo miró un tiempo y al final pareció calmarse. Rantiru empezó a decir algo, pero la risa volvió a dominarle. Rin esperó con paciencia. Más que ofendida por su actitud, estaba avergonzada. Pero bueno, eso era preferible a que estuviese muriéndose de hambre en su celda. Sí, había sido un desastre. ¡Ella no acostumbraba a ir repartiendo por ahí besos! Y estaba el importante hecho de que no era Sesshomaru. Él jamás se reiría así de ella, aunque sí que se molestaría por andarse con tonterías. Tratando de no sonar nada turbada por su incesante desdén hacia ella, soltó:

―Vale, lo he cogido. Acepto de buen grado críticas constructivas.

―¿De verdad? ―Había dejado de reírse y la observaba con una extraña sonrisa que repelía. Cuando él dio un paso hacia ella, Rin se alejó otro. Exasperado por su huida, le cogió por ambos brazos y la atrajo hacia su cuerpo. ―Para ser alguien que se burla de la inexperiencia de otro, besas horriblemente mal. ¿Sesshomaru te lo ha dicho alguna vez? ―preguntó divertido al ver la mueca que hacía ella. ―Pero te doy otra oportunidad. Acércate y bésame como corresponde, niña.

Rin sintió el impulso de negarse y apartarse con un empellón. Fue el acento condescendiente y burlesco que impregnó en la palabra "niña" lo que le dio fuerzas para volver a unir su boca con la del demonio, ligeramente entreabierta. No permitiría que continuase jugando con ella. No obstante, esta vez fue diferente. Él la obligó a abrir la boca sujetándole la cara sin delicadeza alguna. Empezó a oponer resistencia golpeándole con los puños en el pecho. Sin embargo, paró al notar cómo se ponía tenso por su rechazo. Si se detenía ahora, todos sus esfuerzos habrían sido en vano. ¿Y por qué? Por su actitud infantil. No dejó entonces que se apartara, colocando su mano en la nuca del hombre y dejando que profundizase lo que quisiera el beso. Agradeció a Kami que el demonio supiera lo que se hacía, pues si llegaba a sentir el asco, sin duda lo notaría y la mataría.

Sentía repugnancia, pero de sí misma. ¿Cómo podía estar haciendo eso? Se sentía terriblemente mal, aunque no tuviera a nadie esperándola. Aquello quizás le venía grande. Era demasiado mojigata, como la había llamado reiteradamente Himeko, para comportarse así aunque fuera falsamente. Después de unos segundos más, Rantiru se separó y suspiró ―aunque Rin hubiera jurado que era provocado―.

―Bueno, no tan horriblemente mal ―admitió con una sonrisa. Sorprendentemente, no era de sarcasmo ni cruel. ¿Estaba consiguiendo su objetivo? Si era así, todo había valido la pena. Eso hizo que se sintiera un poco mejor.

Le sonrió a su vez tratando de parecer complacida por halagarla. En su mente sólo rogaba por que no quisiera llegar a más, pues en ese caso sí que no sabría qué hacer. Si bien estaba dispuesta a sacrificarse por un bien mayor, se negaba a volverse carne de cañón.

―Realmente me confundes, pequeña humana. Primero pareces asustada de mí, más tarde tratas de seducirme, me ofendes con un insulto grave y, sin comerlo ni beberlo, me besas no una, sino dos veces. Compadezco a Sesshomaru, debes volverlo loco con tus intrigantes y curiosos cambios de humor.

―No sé a qué te refieres ―replicó esquiva. No pensaba tocar el tema de Sesshomaru con él. Si pensaba que le pasaría información, estaba loco. Antes prefería pudrirse en la mazmorra que tanto odiaba.

Se sentía nerviosa por qué hacer ahora. Si seguía por el mismo camino, corría el riesgo de que Rantiru pensase que quería llegar hasta el final en ese mismo instante. Debía hacerle creer eso, pero no comprometerse del todo. Cielos, ser Himeko era más complicado de lo que parecía ―y, en realidad, le había ayudado mucho. Jamás hubiera pensado salir así de su peligroso problema―. ¿Tenía que decir algo ahora? Su mente estaba completamente en blanco. Alarmada, cayó en la cuenta de que había llegado a su límite.

―Creo que este es el momento en el que debes volver a tratarme de vos ―bromeó maliciosamente volviendo a mesarse el pelo.―Ah, no dormirás en la mazmorra a partir de ahora ―comentó de pasada ante su silencio. Había cogido de nuevo la copa y bebía su extraño contenido a grandes tragos. La depositó en una pequeña mesa que había junto a la silla y se volvió hacia Rin. Confundida, se preguntó a qué venía la diversión que leía en sus ojos. ¿Qué había hecho ahora para provocar su risa?

Tampoco lo pensó mucho, estaba sumamente complacida por el resultado de su engaño ―no tanto de sus métodos para llevarlo a cabo―. Refrenó el impulso de reír por su triunfo ―cosa nada, infantil, por descontado―. "¿Quién es una niña tonta, abuelo Jaken?" Había conseguido solucionar y solventar un gran obstáculo por su cuenta, sin ayuda de nadie ―dudaba que sus sueños contasen como ayuda exterior―. Ahora todo iría mejor.

La joven volvió a la realidad cuando escuchó llamar a Shin. El aparente adolescente apareció en el rellano de la puerta con aire aburrido. Escuchó con mal humor lo que le decía su amo y asintió un par de veces con desgana a las órdenes que le dio. Rantiru le hizo una vaga señal con la mano y él entró en la sala para coger a Rin del brazo y sacarla de allí. Molesta, comprobó que no importaba cuánto corriese, el chico siempre avanzaba más rápido para poder arrastrarla. Hablando de comportamientos infantiles…

Rantiru contempló divertido el forcejeo entre la cautiva y su vasallo. Los jóvenes siempre le habían resultado muy entretenidos. "De una forma u otra", pensó con una media sonrisa al acordarse de un par de ejemplos. Se sentó en el sillón que había ocupado antes y observó la pintura que descansaba en la pared frente a él. En ella, una mujer y un demonio eran los protagonistas en un escenario lóbrego y desolador, sobre las ruinas de un castillo occidental. Lo había mandado dibujar hacía cuarenta años y aún era su cuadro preferido. Con trazos precisos y significativos, estaban plasmadas las artimañas con las que pretendía el demonio hacer sucumbir a la mujer, totalmente ajena a la naturaleza perversa de su acompañante. A Rantiru los juegos de mentiras siempre le habían fascinado.

Cuando había mandado capturar a la protegida humana de Sesshomaru, ya estaba informado sobre todo lo que pudiera interesarle de ella. Como guerrera dejaba bastante que desear a pesar de su preparación para ser una sacerdotisa, pero estaba mejorando a velocidad alarmante ante las situaciones de peligro. Pensó que tal vez podría ser un problema. Su carácter, sin embargo, era débil: alegre, bondadosa, preocupada por los demás, servicial,… En resumen: un aburrimiento. Pero ella no le interesaba; su objetivo desde el comienzo había sido Sesshomaru. Él podía haberle olvidado, mas le haría recordar. Había asesinado a su hermano Kentiru sin miramientos y se lo haría pagar muy caro. En principio, su plan había sido sencillo: distraer al señor demoníaco con la perspectiva de una buena batalla, separarle de la chica, llevársela a su casa y esperar pacientemente a que el demonio blanco hiciese su estelar aparición. Simple, pero efectivo. Le hubiera gustado ver con sus propios ojos al burlado Sesshomaru.

Su plan había cambiado esa misma mañana. La bruja Rin no era como esperaba. Había aguardado a que le suplicase por su vida o que le escupiera que su glorioso Sesshomaru vendría a rescatarla y que tenía los días contados. Ni una cosa, ni la otra, ¡lo estaba tentando! Y aquello le dio la mejor idea que podía ocurrírsele, una que ni siquiera había contemplado. ¿Qué ocurriría si Sesshomaru, cuando llegara, encontrase a su pequeña y dócil humana entre sus brazos? ¿Su clara traición le dejaría sin habla? ¿Lucharía tan bien al sentirse como un idiota? Esperaba que no, y lo comprobaría pronto. Él se estaba acercando a pesar de que no hubiera dejado apenas pistas en el lugar del secuestro. Por algo era un perro de presa.

Rantiru siguió mirando el cuadro con una sonrisa creciente. Se tocó sus finos labios, aún calientes por el brusco sometimiento al que había sometido a la ilusa mujer. Con que quería seducirle y escapar, ¿eh? Al parecer, a ella también le gustaba jugar. Bien, aceptaba el reto. Si creía que iba a ser tan fácil burlar a un demonio, le haría ver su prematuro error. Ella era inocente, aquello haría la partida más entretenida. Nunca se había sentido así con una humana, era una experiencia totalmente nueva para él.

¿Pensaba engañarle y escapar? Él conseguiría que se pusiera la soga al cuello.

Salió de la sala pensativo. Se tropezó con algunos sirvientes de la casa, quienes huyeron asustados y con la vista baja de él. Sin embargo, estaba de demasiado buen humor como para que eso le molestase. Nunca había considerado que su habilidad para leer los pensamientos de quienes lo rodeaban fuera útil para algo más que la batalla. Pocos sabían de su don, y Sesshomaru no estaba entre ellos. Si bien no era excepcionalmente fuerte, el saber qué movimiento ejecutaría su adversario antes de que lo efectuase le había servido para no perder una lucha desde hacía dos siglos. Bien, Rin le había demostrado que podía darle otros usos más entretenidos.


Cuando Shin la arrojó a la mazmorra, la muchacha no se mostró sorprendida. Le habría extrañado mucho que el demonio le hiciera esa promesa de darle comodidades sólo por mostrarse un poco complaciente. Efectivamente, no le había defraudado. Su avance fue que Shin no le volviera a atar las cadenas, cosa que en su cara veía que lamentaba. Bien, aquello empezaba a marchar como debía.

Al dejarla sola, Rin se sentó en suelo apoyando su espalda en la sucia pared. Casi suspiró de alivio; hacía muchos días que no podía sentarse con mediana comodidad. Para que Rantiru se hubiera olido su plan, le había hecho alguna concesión. Eso era, claro está, porque la subestimaba. Aunque supiera que lo que más deseaba era escapar, le quitaba importancia como si de un insecto se tratara. Eso era bueno. Considerándola débil, nunca se esperaría su ataque, sólo su inminente huida. De ahí que se limitara a encerrarla. Había hecho bien ocultando su magia al demonio. De esa forma, podría haber llegado a la conclusión de que sus hechizos no eran nada del otro mundo.

La joven sonrió. Sabía que él había invadido su mente. Se había dado cuenta casi al finalizar su conversación, encajando las piezas sueltas en su cabeza. Tanta expresión extraña había despertado su interés. Cuando la idea de que podía saber que pensaba cruzó por su cabeza, la desechó inmediatamente para no levantar sospechas. De pequeña, ella misma había sido capaz en una ocasión de leer los pensamientos de Jaken y Sesshomaru como consecuencia de un mordisco venenoso. Estaba curada, pero la herida le había dejado secuelas, al parecer. Que él creyera que su único plan era seducir y escapar. Así sería más fácil averiguar qué tenía planeado para el señor Sesshomaru. Contaba con que emplease su propia táctica contra ella. No obstante, sabía que al señor Sesshomaru no le importaría saber qué haría ella para salvarlos. Era frío y decidido por naturaleza. Lo comprendería y apoyaría si así conseguía ganar. Estaba completamente decidida. El temor la había abandonado.

No iba a limitarse a escapar. Protegería al amo Sesshomaru como tantas veces había hecho él con ella.

Continuó sonriendo como una tonta al recordar los besos que había tenido con Rantiru. Sin duda, el segundo había sido el más apasionado que había recibido en la vida. Sesshomaru era más suave y controlado, sus emociones apenas se percibían al acariciarle los labios con los propios. Aún así, esta vez no había sentido nada. Rantiru besaba bien, pero nada más. Su pecho no se había agitado, sus manos no comenzaron a sudar y en su estómago no aparecieron pequeñas descargas electrizantes. Sesshomaru, siendo mucho menos apasionado y emotivo, le había hecho vivir toda una experiencia de impresiones que la habían exaltado. Con un pequeño gesto, apenas era capaz de respirar por la tensión que se acoplaba en su pecho. Estaba feliz. Ahora que conocía la diferencia, todo había cobrado sentido.

Sí, estaba enamorada de Sesshomaru.

Era una lástima que hubiera tenido que sufrir el enclaustramiento para verlo claro. La vida solía ser así de injusta. Tal vez tuviera otra oportunidad de hablar con Sesshomaru de sus sentimientos. La primera vez había estado en desventaja por no saber con exactitud qué la embargaba, animada por Himeko. Ella debió esperar, pero su impulsivo carácter se lo impidió y por eso acabó allí. Si no se hubiera internado en el bosque… No, no podía saber qué habría pasado. Tal vez Shin se las hubiera apañado para cogerla desprevenida en cualquier otro momento. Era su plan, después de todo. Afligirse por algo que no podía evitar le provocaría más mal que bien. Tenía que dormir para recuperarse. Seguía demasiado cansada. Cerró lentamente los ojos. Un pesado sopor empezó a hacer mella en su cuerpo. En apenas unos instantes, cayó rendida.

Durmió quince horas. En ese tiempo, sólo soñó con unos hermosos ojos dorados.


¡Vaya, pero si a Seshomanu lo ha abducido un ovni! Que no, es broma. Está sano y salvo, por lo menos de momento. Era necesario que no apareciera en este capítulo, pues sólo entorpecería el mensaje de una Rin más independiente. Espero que no os duela mucho su partida, ¡porque volverá muy pronto! (Si es que decido sacarlo de mi sótano, ejem).

Espero que os haya gustado el capítulo y que me digáis qué os ha parecido. Como siempre digo, las críticas constructivas están bien recibidas (¡menos las referentes a como beso, eh!). Y recordad lo del rating, para el próximo el capi no estará en la categoría T.

Esta misma semana me pondré con el décimo capitulo. Espero no retrasarme en su publicación.

Nos leemos,

Neissa.