¡Feliz navidad! Espero que estéis disfrutando las fiestas y que no queráis matarme mucho. Estos meses he estado metida en la universidad a fondo y no podía estar a otra cosa. Me ha costado mucho ponerme, pero he aprovechado las fiestas para adelantar trabajo. Y como veis, aquí estoy (ahora sólo falta que vosotros también sigáis por aquí para leerlo xD).
Como siempre, muchas gracias por vuestro apoyo. Sin vosotros, me costaría mucho seguir avanzando. ¡Un beso enorme!
Y ahora, el capítulo. Espero que os guste.
~Capítulo diez.- Valentía~
―¡Rin, deja de jugar y sal! ¡Al viejo Jaken no le divierte esto!
No hubo respuesta alguna, aunque eso no sorprendió al demonio sapo. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente a las veinticuatro anteriores? Nada en el claro, nada en el bosque, nada junto al río y, en ese momento, nada en la roca de la bruja. Rin había desaparecido, como si se hubiera esfumado en el aire. Hacía ya día y medio que no la veía, justo antes de internarse en el bosque con el amo Sesshomaru. No se había preocupado al no regresar la chica más tarde porque había supuesto que su señor la había dejado en un lugar seguro. Sin embargo, cuando él fue a buscarla siguiendo las indicaciones secas del demonio, no consiguió dar con la joven. Estuvo llamándola incansable durante lo que le parecieron horas, pero jamás hubo respuesta.
Cuando había vuelto al claro donde había finalizado la batalla ―con Sesshomaru como claro vencedor, por supuesto―, encontró a su amo con expresión abstraída, pero de forma diferente a su habitual indiferente rostro. Algo le rondaba por la mente, pero como Jaken sabía que nunca compartiría sus pensamientos con él, ni se molestó en preguntar. Se acercó y le informó de la desaparición de Rin. Su reacción fue inmediata: se adentró en el bosque a una velocidad inhumana, dificultando al demonio sapo seguirle. Llegó tras él a duras penas y con un gran esfuerzo. Sesshomaru se encontraba inspeccionando la zona en la que antes había estado llamando a Rin. Le informó de sus sospechas con voz ronca:
―No hay nadie, amo Sesshomaru. Eso es que la han secuestrado como ya hicieron otras veces. Encontraremos al responsable y rescataremos a la chica, ¿verdad?
Sesshomaru continuó sin decir una palabra. Su olfato había captado un fino rastro que desaparecía unos pocos metros al sur. Era evidente quien había estado allí, la cuestión era quién de los dos le había enviado.
―Sí, la encontraremos y aplastaremos al causante de esto. Deseará no haberse topado nunca con nosotros, ¿a que sí? Y Rin volverá a molestarnos con sus tonterías y sus…
―Silencio, Jaken.
La voz cortante del demonio le habría hecho callar en otra ocasión, pero se encontraba muy nervioso en esos momentos. Con voz temblorosa, lo intentó otra vez:
―¿Pero no es cierto? Vos podréis traerla de vuelta y…
―Puede estar muerta.
La voz calma del demonio escandalizó a Jaken. ¡Era imposible que su amo demostrase tan poco corazón en una situación así! Rin no podía estar muerta, era demasiado tozuda y obstinada para estarlo. Las personas como ella sólo podían morir de viejas en una cama. No, no podía haber sido asesinada.
―Pero no hay cadáver ―le señaló el sirviente.
―Se lo podrían haber llevado. Ahora deja de molestarme, Jaken. Vuelve al claro.
El demonio sapo asintió con la cabeza gacha y volvió al lugar de la batalla sumisamente, aunque con sentimientos encontrados. Admiraba y respetaba al amo Sesshomaru más que a nada en ese mundo. Él era su guía y su modelo a seguir, el demonio perfecto. No obstante, no entendía a que venía ese desapasionamiento ante la desaparición de la humana. ¿Acaso Rin no le importaba? Hasta se había hecho un hueco en el pequeño corazón de Jaken, aún a pesar de lo molesta que resultaba. La verdad es que estaba muerto de la preocupación, y ya se las vería Rin con él por causarle esos malos ratos por su torpeza.
Sesshomaru no podía estar pensando que en verdad estaba muerta. Si fuera así, no estaría tan tranquilo. Por todos los infiernos, nunca podrían recuperarla si había vuelto a morir. La Tenseiga del amo sólo resucitaba una y sólo una vez por cada ser. En la última ocasión que Rin había caído en el infierno, el demonio se había sumergido en él sin pensarlo dos veces para salvarla, y había demostrado lo mucho que le importaba esa pequeña niña humana. ¿Y ahora? ¿Asumía su muerte sin más? "Habéis demostrado por qué os consideran el más cruel de los demonios, amo Sesshomaru", pensó con tristeza.
Sesshomaru volvió al claro por la noche, trayendo junto así a dos demonios lagarto. Jaken se levantó de un salto del suelo sobre el que había estado tirado medio día para ver mejor la escena. Supuso que los soldados eran desertores que habían huido de la batalla al ver la clara superioridad en poder del amo Sesshomaru. Éste los arrojó junto a sus compañeros caídos, destrozados por lo que parecían rayos. Si bien uno de ellos mostró un claro temor, el otro lagarto soltó un bufido de desdén por el evidente intento de intimidación. El silencio reinó en el lugar entonces. Nada ni nadie se movía. Sesshomaru dio un paso al frente y el más débil de los demonios gritó.
―¡No, por favor! ¡Nosotros sólo seguimos órdenes, no queremos problemas!
―Cierra la boca, Sylas, estúpido ―gruñó su compañero.
Sesshomaru habló con una voz tan suave que apenas resultaba audible:
―¿Quién os ha enviado?
Los lagartos se miraron. No podían hablar.
―Si no queréis acompañar a vuestros patéticos compañeros, os recomiendo hablar rápido. Hoy no me siento especialmente benevolente ―les advirtió sin cambiar el tono de voz.
Sylas gimió con temor. El otro le lanzó una mirada furiosa.
―No se te ocurra decirle nada, imbécil. Sea lo que sea que tiene planeado para nosotros, el amo puede ser mil veces peor. Como digas algo, quien te matará seré yo. Esta piltrafa de demonio no…
Sesshomaru rió suavemente, llamando la atención de los presentes.
―Sea quien sea el que os ha mandado tras de mí, no dudéis que yo soy mucho peor. Si pensáis lo contrario, tal vez os deba demostrarlo con algo más que palabras ―Con un gesto, desenvainó a Bakusaiga. Ambos lagartos retrocedieron por el suelo, con una súbita alarma. Sesshomaru comentó arrastrando las palabras―: En los últimos tiempos mucha gente me ha comenzado a subestimar; encuentro esa nueva actitud molesta. Sin embargo, entiendo que no comprendáis mi fuerza ya que no os la he mostrado debidamente. Después de todo, ¿cuántos demonios necesito para obtener la información que quiero, Jaken?
El demonio sapo, que se había acercado a su señor, miró con superioridad a los asustados lagartos. Esbozó una sonrisa amplia al contestar.
―Sólo uno, amo Sesshomaru.
Sylas vio horrorizado al compañero que antes le había amenazado caer, soltando un denso vapor de su carbonizado cuerpo. El olor putrefacto invadió su nariz y le provocó una oleada de nauseas.
―¿Qué pasa si al final éste no habla, señor Sesshomaru?
―Siempre acaban hablando. De una forma… o de otra.
La pausa hizo que el lagarto se sintiera dominado por el pánico. De un salto se puso en pie y señaló con su mano escamosa a Sesshomaru. El demonio blanco seguía imperturbable a pesar de su reciente masacre. Era un verdadero demonio.
―Monstruo… ¡monstruo!
― Que me diga eso otro demonio, por inferior y débil que sea, es el colmo ―dijo con aire aburrido y frunciendo el ceño. Elevó de nuevo a Bakusaiga ―Acabemos con esto.
―¿Por qué? ¿Por qué todo esto? ¿Por la humana? ¡Entonces eres tú el débil, no puedes compararte a mi elegante y poderoso señor! Eres una triste sombra, moviendo tu espada como podría hacerlo cualquier humano. Mi señor tiene algún tipo de poder mental que tú suplicarías por poseer. ¿Yo, inferior? Yo no lloro por una zorra humana que lo más seguro es que esté ya muert…
Esas fueron las últimas palabras del desdichado Sylas. Sesshomaru había arrojado a un lado su espada y había seccionado la garganta del enemigo con sus propias manos. Jaken gruñó. ¿Cómo se atrevía a hablarle así a su señor? Merecía una muerte más dolorosa que esa. Si fuera él…
―Jaken, vámonos.
―¿Irnos? ¿A dónde? Aún no sabemos dónde está Rin… ¡espéreme, señor Sesshomaru! ―exclamó corriendo con sus diminutas piernas para ponerse a la par del demonio. Él no contestó. Al dirigirle la mirada, vio la furia contenida en sus dorados ojos. Jaken asintió satisfecho. Al final todo había resultado ser una fachada; a su amo no le daba igual el estado de su protegida. Estaba fuera de sus casillas.
Sesshomaru iba a encargarse de todo.
Estaba enamorada de Sesshomaru.
Lo que antes había pensado que era sobrecogedor y extraño, ahora le resultaba del todo natural, como si hubiera estado ese sentimiento ahí siempre. Saberlo le hacía sentir rara. Por una parte, le alegraba el poder aclarar sus ideas y conocer con seguridad lo que le pasaba. Por otra, le entristecía que no pudiera hacer nada con esa información. Él no sentía lo mismo, ni remotamente parecido. ¿Su futuro iba a ser el de aquellas mujeres que suspiraban por un hombre que jamás de fijaría en ellas? Posiblemente sí.
"Pero da igual", se convenció. Aunque así fuera, no importaba que él no le correspondiera. Lo único que contaba era lo que había en su corazón. Sí, amaba a Sesshomaru. Era normal, claro. No había conocido a alguien que le superara en cualquier detalle ―salvo, tal vez, en el carácter, se vio obligada a reconocer―. Si no fuera tan frío… "No sería Sesshomaru", le dijo una vocecita en su cabeza. Volvió a reconocer que era verdad.
Ahora que sabía qué era lo que la embargaba, su misión se hizo obvia: proteger a toda costa al demonio, como tantas veces había hecho él con ella. No sabía cómo, pero algo tenía que hacer. Estaba segura de que Rantiru planeaba una venganza contra Sesshomaru, posiblemente usarla como cebo para que cayera en alguna pérfida trampa. Debía impedirlo. Cómo hacerlo era otra historia. Había pasado un día desde que la volvieron a arrojar a la celda y no parecía que esa situación fuese a cambiar pronto. Sus manos no fueron encadenadas, pero los grilletes que la abrasaban cuando usaba magia estaban firmemente sujetos a sus muñecas. No tenía hechizos ni fuerza. Sólo podía valerse de la astucia para escapar, y ese era un rasgo que no solían asociar con ella.
Aunque no tuviera sus grilletes, sólo había una salida: la puerta. Detrás de esta había una decena de guardias apostados por toda la mazmorra que seguramente no dudarían en matarla al ver que trataba de huir. Kami, para proteger a Sesshomaru debía encontrarse con Rantiru y enfrentarlo, pero tal vez no le quedase más remedio que esperar a que la convocara de nuevo ―volvería a verlo, sin duda: le había gustado mucho burlarse de ella―. La pregunta era, ¿cuándo? Debía moverse de allí cuanto antes. Cada segundo que pasara acercaba a Sesshomaru al peligro.
Kami pareció escuchar sus súplicas esa misma tarde. Shin y dos guardias irrumpieron en su celda de forma ruidosa. El muchacho no parecía nada contento con algo, y ellos respondían que sólo seguían órdenes. Le cogieron de los brazos y la elevaron para llevarla fuera mientras Shin supervisaba los movimientos con aire ausente y malhumorado. Sus miradas se cruzaron. Al ver la chispa de esperanza en los ojos de Rin, soltó una risita seca.
―No te hagas ilusiones, sólo vamos a cambiarte de celda ―le aseguró indicando con un gesto a los guardias que le siguieran fuera.― Por mí te dejaría aquí, no lo dudes, pero el demonio que capturamos esta mañana igual te devora "sin querer" ―sonrió a la expresión furiosa de la joven―. Rantiru ha ordenado tu traslado a otra celda en la que seguro que disfrutarás de la sibilina compañía de otras féminas como tú. Entenderás que no te envidie.
A pesar de la desazón de saber que no saldría de la mazmorra ―y el desagrado que sintió al ver la repugnancia con la que se refería Shin a las de su género―, se emocionó ante la perspectiva de estar con más gente. ¡Mujeres! ¿Hacía cuanto no estaba en presencia de mujeres normales? Sería un cambio agradable con respecto a Himeko.
No la llevaron muy lejos. Al final del pasillo había una puerta distinta a las demás, metálica y brillante en la oscuridad, bastante más ancha que el resto. En esta ocasión tampoco vieron necesario atarla, sino que simplemente la dejaron dentro de esa extraña celda. Un sonoro chasquido le indicó que volvía a estar encerrada. Rin apartó la mirada de la puerta, que la cegaba en contraste con la oscuridad del resto de la sala, y trató de adaptar sus ojos a la escasa iluminación. Buscó con la mirada a las mujeres que había mencionado Shin, ¿por qué no hacían ruido? Caminó unos pasos y se tropezó con algo. Soltando una velada maldición, se recompuso rápidamente y miró con el ceño fruncido qué había en el suelo. La sorpresa la dejó muda.
La niña de su sueño estaba tendida en el suelo, aparentemente inconsciente. Lucía igual a como la recordaba: estatura pequeña, labios finos y cabellos tan rojos como las llamas del fuego. Estaba tendida en medio de un círculo mágico, aunque no comprendió la mayoría de las runas ―su aprendizaje se había limitado a las oraciones más básicas; aquello era auténtica magia negra―. Se agachó para inspeccionarlas mejor, posicionando su rostro cerca del de ella. Cayó sobre su trasero cuando la niña abrió los ojos de repente y la miró.
―¡Kami, qué susto! ―exclamó Rin llevándose la mano al corazón acelerado.
La niña la observaba con sus grandes ojos violetas. Fascinada, Rin comprobó que brillaban en la oscuridad del mismo modo que la puerta. Eso significaba…
―Eres un demonio, ¿verdad?
La criatura hizo una mueca irónica.
―¿Después de todo lo que hemos pasado juntas, deduces eso por el color de mis ojos?
―¡Tú también puedes leer la mente! ―dijo Rin impresionada sentándose correctamente en el suelo.
―¿Leer la mente? Es fácil deducir lo que piensas, humana. ¿Pero a qué te refieres con que "también"?
La joven iba a decirle la verdad, pero calló. No conocía de nada a esa niña demonio y lo mejor sería no desvelar todo lo que sabía por si acaso. Mujer precavida valía por dos.
―A nada, creo que me he confundido ―confesó con una pequeña sonrisa.― A propósito, ¿cuál es tu nombre? Te he visto muchas veces en mis sueños, pero nunca me contestabas. ¿Eras de verdad tú?
―Obviamente sí. Mi nombre es Senna, y soy un demonio adivino. Mi capacidad me permite introducirme en los sueños para transmitir mensajes (capté tu esencia cuando llegaste), o incluso provocar que mi víctima nunca despierte ―añadió con una nota sardónica.
―Es un poder un poco… siniestro.
―No sabes nada ―replicó ella moviendo su rojiza cabellera.
―Podrías iluminarme ―comentó Rin recelosa. ― ¿Como que captaste mi esencia? ¿Me conocías de antes? Me has dicho quién eres, pero no qué quieres de mí, o por qué me buscabas en mis sueños. Y a propósito de eso, ¿era necesaria toda esa sangre cada vez que se acababa? Un poco dramático, ¿no crees? Con un "fin" hubiera bastado.
―Mi salida era abrupta porque no sabía cuándo tendría que irme. Cuando uno de esos malditos me torturaba, tenía que salir del trance. Discúlpame si herí tu delicada sensibilidad ―dijo con sarcasmo.
Se arrepintió de haber pensado sólo en ella al escuchar eso. ¡Y se había quejado de lo incómoda que era su celda o la fastidiosa compañía de Shin! Senna había estado sufriendo de verdad, y encima le recriminaba cómo se aparecía en sus sueños. Rin se sintió como una egoísta caprichosa. Era tan pequeña… ¿cómo alguien podía torturar tan duramente como le había parecido en su sueño a alguien con un aspecto tan infantil, casi angelical? Eran auténticos bárbaros.
―Lamento lo que he dicho. No sabía que tú…
―¿Por qué demonios hacéis tanto ruido? Ya ni en una celda en el culo del mundo se puede descansar tranquila.
Rin se giró sorprendida hacia la fuente de esa voz clara y joven. No había visto antes a esa figura recostada en una esquina dormitando. Sus ropas eran muy extrañas, no se parecían a ningún kimono que hubiera tenido o visto antes. Eran similares a las que usaban los cazadores de demonios como Sango, aunque los materiales eran claramente distintos.
―¿Descansar tranquila? Una campesina no puede permitirse esos lujos en ninguna parte.
―¡¿Me has llamado campesina, demonio pequeñajo?! ―exclamó la desconocida con voz iracunda, acercándose a ellas.
Rin soltó una exclamación de sorpresa. ¡Era extranjera! No sólo se notaba por su extraño y enrevesado acento, sino por su cara. Cuando se puso la mujer a la luz, se remarcaron los duros rasgos del rostro. Pelo tan rubio que podría haber pasado por blanco, ojos de un azul grisáceo, labios gruesos y piel muy pálida. O era una extranjera, o un fantasma.
―¿No eres de aquí, chica? ―inquirió dirigiéndose directamente a la mujer que fulminaba con la mirada al demonio. Ésta no la miró al contestar.
―Claro que no. Vengo de muy lejos, de occidente. He cruzado medio mundo para llegar hasta aquí… ¡y no pienso dejarme insultar por un maldito demonio que no me llega ni a la cintura! Ah, ―Miró a Rin entonces con los ojos entrecerrados―y no me llames chica, chica. Tengo un nombre.
―Perdona, me llamo Rin ―se inclinó levemente al presentarse―, ¿cuál es tu nombre?
―Soy Kristen, simplemente Kristen.
―¿Simplemente? ―se extrañó la joven― ¿Por qué simplemente? Por cierto, ¿vienes de tan lejos sola?
El bello rostro de Kristen se ensombreció. Antes de contestar, fue silenciosamente a la esquina donde había estado durmiendo hasta poco antes y se sentó. Tras unos minutos, dijo fríamente:
―Simplemente Kristen, porque hasta que mi venganza haya sido ejecutada, no merezco el honor de llevar el apellido de mi padre. Vengo sola, porque toda mi familia fue asesinada por demonios. Nunca les perdonaré ―gruñó con los dientes apretados por la furia.
Senna bufó con desdén mientras que Rin se acercaba a ella y se sentaba a su lado. Cuando Kristen hizo el ademán de apartarse, cogió su mano y la obligó a permanecer donde estaba.
―Sé lo mucho que sufres. Yo misma perdí a mi familia cuando apenas era una niña.
La mujer aferró su mano con fuerza. Sus ojos la miraban con tal intensidad que parecía que deseaban atravesarla.
―¿También mataron a tus padres los demonios?
Rin negó con la cabeza. Acarició su mano para calmar a la alterada mujer. Era evidente que sufría intensamente por la muerte por sus familiares, no por sus palabras, sino por la fuerza con que salían de su boca sin alzar apenas la voz.
―Mis padres y hermanos fueron asesinados por unos bandidos. Fui la única que sobrevivió a la masacre. La tristeza me embargó durante mucho tiempo, hasta que encontré a personas con las que compartir el afecto que me habían dispensado mis padres. Gente a la que amar de nuevo.
Kristen apartó su mano como si quemara. Sacudiendo la cabeza rápidamente, exclamó:
―¡Yo no quiero sustituir a mis padres! Quiero vengar su muerte con sangre, así es como podrán descansar en paz. Dios perdonará mis actos pues esto es justicia.
―Aquí tenemos un dicho ―le informó con tristeza Rin―, "antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas".
―Sólo habrá una, te lo aseguro.
―La tuya, campesina ―intervino Senna mofándose.
Kristen se levantó de un salto con las manos cerradas en un puño y se lanzó sobre la demonio atada en el suelo. Rin también se levantó para evitar que se hicieran daño, pero la extranjera tenía mucha fuerza. Senna reía y reía mientras los golpes caían uno tras otro en su cuerpo.
―Pegas como una campesina ―se burló antes de recibir un fuerte golpe en la cara que le partió el labio. Siseó con furia.
―¡Basta, parad de pelear! ―gritó Rin para llamar su atención. Al notar el poco efecto que causaban sus palabras, tironeó el largo pelo de Kristen para apartarla de la niña demonio. La mujer reaccionó como si le hubiera apuñalado en el costado. Tumbó de un empujón a Rin y la agarró con tanta fuerza que le hizo daño en los brazos.
―¿Tu también quieres pelea, Rin? ―gruñó con los ojos echando chispas.
Aquello era el colmo. Cogió impulso y golpeó a Kristen en el estomago con sus piernas flexionadas. Fue esta vez ella quien cayó de espaldas con un quejido de dolor. Sin embargo, sólo tardó unos momentos en recuperarse, y cuando iba a levantarse de nuevo para volver a la carga, Rin le propinó una sonora bofetada, enfadada.
―¿Cómo puedes…?
―¡CÁLLATE Y TRANQUILIZATE! ¿No tienes absolutamente nada en la cabeza? ¡Entiendo lo mal que lo has pasado, pero descargando tu ira sobre nosotras sólo conseguirás que te maten los guardias! Es evidente que no te consideran una amenaza pues ni te han atado como a ella ―señaló a Senna, quien lanzaba miradas asesinas a Kristen― ni te han puesto unos grilletes repelentes de magia como a mí ―Más calmada por haber obtenido por fin la atención de la mujer guerrera, habló con un tono razonable― Eres fuerte, así que tienes muchas más posibilidades de escapar que nosotras. Deja de caer tan fácilmente en las burlas de Senna, los demonios se divierten así.
―Te equivocas, preferimos comer niños.
―No ayudas, Senna.
―Ni falta que hace ―replicó chasqueando la lengua―. Mira, campesina, por mucho que me cueste admitirlo, la niña tiene razón. Tú eres la que más posibilidades tiene de escapar, pero nunca conseguirías llegar fuera del edificio.
Rin puso cara de interés.
―¿Tienes algún plan?
―Por supuesto, siempre los tengo. Lo primero es quitarte esas cosas de las muñecas, y luego huiremos con magia.
―¿Huir con magia? ―Las esperanzas de Rin se desvanecieron tan pronto como llegaron― Lo siento, pero mi poder no llega tan lejos como para desaparecer de un lugar y aparecer en otro, y menos llevar conmigo a alguien…
―Ya me lo imaginaba, tranquila ―comentó con una sonrisa maliciosa―, pero no me refería a hacer tal cosa. La campesina tiene algo que puede ayudarnos en su antebrazo izquierdo.
Kristen se sorprendió cuando recibió las dos miradas. Contrariada, se arremangó la camisa que llevaba por la manga y se lo mostró:
―Más suerte la próxima vez, pero aquí no hay nada para escapar, demonio.
Rin se fijó en el extraño brazalete que adornaba el fuerte brazo. Lo había visto antes, en un libro que le había mostrado la señora Kagome. ¿Cómo había logrado la mujer semejante herramienta? Era única en el mundo. Senna tenía razón: eso les podía ayudar para escapar. Pero aún había un problema.
―¿Sabes utilizar objetos sagrados, Kristen?
―¿Qué? No, ¿cómo voy a hacer eso? ¿Y cómo que objetos sagrados?
Rin miró a Senna apesadumbrada. ¿De qué servía ese brazalete si nadie podía utilizarlo apropiadamente? Ella podría intentarlo, pero con sus grilletes era imposible. Senna era posible que tampoco dada la situación precaria en la que se encontraba ―¿actuaría igual ese círculo con respecto a la magia? Supuso que sí― y Kristen era una humana corriente, aunque con gran fuerza. Estaban como al principio.
―Aún hay una oportunidad si la campesina demuestra que puede no ser bruta cuando la ocasión lo requiere ―ronroneó la niña mirando de reojo a Kristen, otra vez roja por la furia.
―¿Bruta? ¿Yo? ¿Sabes mi posición acaso? ¿Tienes idea de quién es mi padre?
―Ahora con seguridad un amasijo de carne putrefacta y gusanos.
―¡No, Kristen! ―la detuvo Rin interponiéndose entre ambas conflictivas mujeres― ¡Sabes que quiere provocarte! Pelear ahora no va a solucionar nada. Aclarad vuestras diferencias fuera, cuando estemos todas a salvo ―propuso algo cansada por la hostilidad del ambiente. Y pensar que había deseado volver a estar con mujeres… Estaba más tranquila en su celda.
―Bien, tienes razón ―dijo Kristen para sorpresa de Rin. Ésta asintió satisfecha y miró a Senna esperando también su colaboración. La niña suspiró teatralmente.
―Como parece que la campesina no tiene sentido del humor, tendré que reservarlo para gente más inteligente.
―Por favor…
―Está bien, esa fue la última.
―De acuerdo, eso está mucho mejor ―Rin se alegró de que por fin hubiera conseguido llamar a la calma, aunque fuese momentáneamente. Ya se le ocurriría algo cuando salieran. ―Ya que hemos arreglado las cosas, dinos a qué te referías antes, Senna.
―Sencillo, sólo tú puedes activar el objeto sagrado. Yo lo haría, pero primero necesito salir de este círculo y descansar apropiadamente, y no hay tiempo. No obstante, estás con esas cosas ―añadió al ver que Rin iba a replicar algo―y no puedes hacer nada. Afortunadamente no han considerado un peligro a nuestra valerosa guerrera ―Kristen frunció los labios ante el evidente sarcasmo―, así que ella debe quitarte los grilletes. Una vez hecho, me liberarás y entonces saldremos de aquí.
―¿Esto puede sacarnos de aquí? ―inquirió con incredulidad señalando su pulsera.
―En las manos adecuadas puede excavar en casi cualquier material, sí.
―¿Pero cómo va a quitarme los grilletes Kristen? ―preguntó con frustración. ¡Estaban dando vueltas en círculos!
―Tengo una ganzúa ―dijo de pronto Kristen.
Rin se la quedó mirando boquiabierta y exasperada.
―¡Esa era la información que llevaba queriendo escuchar desde hace media hora, mujer!
―¿Y yo qué sabía? ―se puso a la defensiva la otra. Sacó de su extravagante pantalón unos hierros plegados que a primera vista parecían inofensivos e inútiles, pero que colocó correctamente tras unos pocos movimientos. ―Ven, te quitaré eso.
―¿Estás segura de que sabes?
La poca confianza que había en la voz de Rin divirtió a la joven, que soltó una carcajada.
―Descuida, mujer de poca fe, llevo forzando cerraduras desde que apenas tenía seis veranos. Es una de mis aficiones favoritas, aunque trajese a mis padres de cabeza.
Rin comprobó admirada que decía la verdad. Sin apenas esfuerzo, trabajó con la ganzúa en sus grilletes hasta que se escuchó un chasquido en la celda y cayeron ruidosamente al suelo. Rin pegó unos saltitos de euforia al verse liberada y abrazó a Kristen, a quien esas demostraciones de entusiasmo le hicieron más gracia todavía.
―Idiotas, aún no hemos acabado ―dijo Senna con sequedad.
Rin asintió ―no le molestó el insulto como a la guerrera, ya que estaba acostumbrada a las puyas del abuelo Jaken― y se preparó junto a la niña para borrar el círculo. No era un encantamiento complicado, lo difícil era trazarlo, no destruirlo por suerte para ella. Iba a comenzar cuando Kristen le tironeó del brazo.
―Espera, no es el momento.
―¿Pretendes esperar a que Kami descienda de los cielos y nos de su bendición? Porque puedes quedarte aquí si lo prefieres ―gruñó Senna, impaciente por levantarse.
―¿De qué serviría quitar esos dibujos ahora? Empezaríamos inmediatamente a excavar, ¿verdad?
―Esa era la idea, evidentemente.
―¿No has pensado en el ruido que haría, demonio idiota? Dudo que este mágico y poderosísimo brazalete sea instantáneo, tardará unos minutos como poco. En ese tiempo los guardias (que son estúpidos, pero no sordos) vendrán a ver qué pasa.
―¿Cuándo sugiere su majestad que salgamos de aquí, entonces? ―se burló la niña.
Kristen ni se inmutó. Es más, sonrió.
―Esperaremos a la hora de la cena. El ruido ocultará lo que hacemos. Además, a esa hora están apostados muchos menos guardias.
Senna borró su sonrisa de suficiencia y palideció. Con voz ligeramente temblorosa, dijo:
―Pero… a esa hora es cuando se efectúan las torturas. Vendrán a por mí.
La sonrisa de la mujer se ensanchó.
―Ya, esa era la idea, evidentemente ―repuso repitiendo sus palabras burlonamente.
―No ―intervino Rin por primera vez. Hasta ese momento había escuchado la conversación barajando las opciones, pero la conclusión de Kristen no le pareció aceptable―. No estaremos aquí cuando lleguen a por Senna.
―Pero debemos aprovechar el ruido para huir ―se quejó la extranjera pegando una patada al suelo.
―Lo haremos, pero nos iremos antes de que lleguen aquí.
―¿Por qué? Si vienen, no comprobarán que estamos en la celda hasta mañana, y entonces será tarde.
―No volverán a torturar a Senna ―aseguró Rin con decisión.
Kristen rechinó los dientes con ira. Comenzó a pasearse por la estancia como una leona enjaulada y rabiosa.
―Claro, a salvar a la pobrecita Senna. Total, por ella sí que merece la pena arriesgarlo todo, aunque no la conozcas de nada. ¿Y qué pasa conmigo? ¿Cómo sé que no me dejaréis aquí cuando llegue el momento?
―Confía en mí, no voy a abandonar a nadie.
― ¿Cómo voy a confiar en alguien que defiende a un demonio y que acabo de conocer? No sé nada de ti. Hasta tú podrías ser un demonio muy inteligente camuflado.
―Sí, y yo un hada del bosque ―dijo Senna con una risita.
―Kristen, ahora no puedo demostrar nada, pero confía en mi palabra. No voy a dejaros a ninguna de las dos aquí. Es una promesa.
La mujer se la quedó mirando fijamente unos largos momentos y Rin supo que había ganado cuando suspiró y bajó los hombros.
―No hagas que me arrepienta de haber confiado en ti, Rin.
―No lo harás, Kristen. Senna, ¿sabes cuánto tardan en venir a por ti?, ¿es siempre a la misma hora?
―Soy siempre la tercera a la que hacen una visita, lo cual nos da una hora y media más o menos de margen.
―Bien, tendremos que andar con prisa. Por el momento voy a soltarte, pero deberás permanecer tumbada. Igual alguien se asoma; si continuas en la misma postura no sospecharán.
Se arrodilló junto al pequeño cuerpo de la niña y puso ambas manos sobre su vientre. Rezó por que el hechizo que antes había utilizado con ella misma esta vez fuera de más utilidad.
―Que aquello sellado a mis ojos se abra ante mi orden. Ayúdame, Kami.
Una de las líneas del entramado se borró lentamente, aunque el resto del círculo permaneció inalterable. Supuso que cada línea era una cerradura y que no podría quitarlas todas de golpe. Suspiró. Eso iba a llevarle tiempo.
Y en efecto le llevó tiempo. Estuvo gran parte de la tarde borrando una a una todas las líneas de extraño dibujo hasta que no quedó ninguna. Después de tanto esfuerzo, Rin se echó contra la pared para dormir un rato a la espera de la hora señalada. Senna comprobó que podía levantarse con dificultad y volvió a echarse para seguir obedientemente la orden de Rin. Kristen siguió con la mirada todo el proceso, pero parecía ausente y algo intranquila. Ninguna dijo nada a partir de entonces, para alivio de Rin. Estaba demasiado cansada como para seguir haciendo de mediadora.
Durmió como si hubiera muerto, aunque no fue necesario que nadie la despertara para saber que había llegado la hora. Un agudo chillido de dolor perforó su tímpano como si el torturado gritara en su oído. El ruido la sobresaltó e hizo que se resbalara y se diera un golpe con la pared. Kristen la ayudó a levantarse y la instó a que se diera prisa; no tenían mucho tiempo. Rin sabía eso. Posicionó el brazalete de la mujer en el centro de la celda y puso sus manos sobre él. No sabía que hechizo era necesario para esa ocasión, pero no importaba. Esa clase de objetos guiaban a las sacerdotisas en su uso. Con premura, empezó en voz baja una letanía de palabras que ni ella alcanzaba a comprender ante la atenta mirada de las dos mujeres. Le llevaron diez minutos terminar ―le costó lo suyo pronunciar correctamente aquel extraño lenguaje antiguo―, pero el brazalete demostró ser rápido. Más silenciosamente de lo que habían supuesto, comenzó a agrandarse y formar un túnel bajo sus pies. Esperaron veinte minutos más y se hizo el silencio. Kristen miró a Rin interrogante.
―¿Eso es que ha terminado?
―Creo que sí ―vio la incertidumbre en el hermoso rostro y propuso―: Tranquila, iré yo primero.
Kristen asintió y la siguió por el oscuro túnel. Senna cerró el grupo sin soltar nada malicioso a la irascible mujer. "Ella también debe estar con los nervios a flor de piel", pensó Rin echándole un ojo disimuladamente. El brazalete había abierto un camino espacioso y limpio, sin apenas rocas con las que tropezarse en la oscuridad. Rin tanteaba las paredes para guiarse por el camino. No tenía miedo, por extraño que a ella misma le pareciera. Tal vez el hecho de que Kristen estuviera tan nerviosa era lo que provocaba su tranquilidad ―debía ser fuerte por las dos―. Caminaban despacio pero sin pausa, atentas a cualquier indicio de que su escape había sido descubierto.
―Mirad, allí hay luz ―señaló Kristen al final del túnel.
En verdad había una luz que a cada paso que daban se hacía más grande y potente. Rin hizo un gesto para que se detuvieran.
―Debemos tener cuidado. No sabemos si hay guardias ahí fuera.
Senna meneó la cabeza.
―La finalidad del brazalete era excavar un túnel a un lugar relativamente seguro, así que me extrañaría que hubiese guardias apostados ahí. Y si los hay, ¿no crees que todo esto está muy silencioso? Imagino que se armaría un gran escándalo si un agujero aparece de repente en la pared.
La niña demonio demostró tener razón. El final de ese túnel daba con el descansillo intermedio de unas escaleras. Como no habían subido en ningún momento, debían seguir a la altura de las mazmorras pero en otra parte de la mansión. Salieron a la luz con cautela y Rin buscó con la mirada algo fuera de lugar. Casi se le sale el corazón por la boca cuando vio una cabeza moviéndose en unos de los peldaños de la escalera que tenían que subir.
―Un niño ―señaló a las otras con un susurro quedo.
Senna y Kristen miraron a pequeño demonio que jugaba con un dragón de madera, ajeno a las nuevas presencias de las mujeres. Senna dio un paso hacia él y éste levantó la mirada, paralizándolas. "¿Y ahora qué?", pensó Rin cayendo víctima del pánico.
―Hola ―saludó la criatura con curiosidad. Kristen endureció su cuerpo al ver los ojos rojos y los pequeños colmillos. Se adelantó como había hecho Senna con una mirada asesina.
―No, Kristen ―le ordenó Rin con apremio. Miró al niño, que para su alivio había vuelto a sus juegos infantiles, ignorándolas. No las delataría. Se dirigió a la mujer, quien tenía claras intenciones asesinas ― Es un niño, no puedes hacerle daño.
―Es un demonio, Rin. Los niños crecen. Todos los demonios fueron una vez como él, incluidos los que mataron a mi familia ―sentenció con voz sombría.
―No todos son iguales. Hay demonios buenos y él no te ha hecho nada. Ni siquiera ha ido corriendo a dar la voz de alarma. Por favor, Kristen, no…
―La campesina tiene razón. Lo más sensato es matarle. No sabemos si dirá a los guardias nuestra ubicación cuando nos alejemos un poco.
―Y por lo que sabemos, ni siquiera podría ser un niño ―añadió Kristen haciendo un gesto elocuente en dirección a Senna, quien la miró mal.
―Es un niño, te lo dice alguien experta en el tema ―aclaró Rin, cansada de la discusión―¿Por qué no nos movemos? A este paso nos van a encontrar.
―Sí, matémosle y corramos.
―¡Que no vamos a…!
―¡LAS PRISIONERAS HAN HUIDO! ¡BÚSCADLAS, RÁPIDO!
El grito las dejó heladas. Habían encontrado el túnel.
―Mierda, hemos perdido mucho tiempo ―soltó Kristen con un gruñido.
―¡Tenías que haber matado al crío! ―la echó en cara Senna lanzando una mirada nerviosa al camino por el que habían llegado.
―Entiendo por qué quiere matarla Kristen, pues odia a los demonios, pero no entiendo tu insistencia.
―¿Queréis empezar a correr? ―ordenó Kristen, empezando a desesperarse. Se acercó a Rin para tironearla del kimono, pero esta no la hizo caso.
―Es el enemigo, por pequeño que sea ―contestó Senna rondando los ojos. Ella también era "pequeña" y no se podía considerar inofensiva―Ahora lo ves como un niño, pero no sabes el daño del que es capaz, así que no es muy inteligente dejarlo vivo. Como ha dicho la campesina, lo niños crecen. En unos años en una situación similar puede no pensar como tú.
―¿Crees que mi compasión me hace tonta? ―dijo Rin ofendida.
―¡A lo lejos se oyen voces! ¡Rápido, por aquí! ―se escuchó el eco de las voces por el túnel.
Kristen soltó a Rin con un audible gemido de miedo y corrió escaleras arriba, empujando al niño que jugaba tranquilamente sin hacer caso al alboroto. El golpe hizo que se impulsara para delante y rodara escaleras abajo, cayendo con un quejido sobre su cabeza. Al ver al pequeño gimotear tirado en el suelo, el corazón de Rin casi se para.
―¡Cielos! ¿Estás bien, pequeño? ―Se agachó a su lado y empezó a murmurar rápidamente su cántico de curación. La herida de la cabeza empezó a cerrarse, pero lentamente. Demasiado lento.
Senna bufó burlona ante la tierna escena.
―Lo que te hace tener compasión es ser débil, creo que tonta eres de nacimiento. Recuerda, la seducción va a ser tu única baza. Suerte, humana.
Dicho esto, corrió por el camino que había recorrido Kristen. Con cada vez más temor, siguió curando al niño, deseando dejarle y huir como habían hecho las otras. Pero no podía hacer eso. Jamás se lo perdonaría. Suspiró derrotada al terminar de cerrar la herida, pues se vio rodeada de guardias. El niño abrió sus grandes ojos rojos y la miró con interés. Ella sonrió al infantil rostro y quiso preguntarle si ya se encontraba mejor, pero un fuerte golpe en la sien la dejó inconsciente.
Al recuperar el sentido, se encontró completamente desorientada. La cabeza le palpitaba dolorosamente en donde el guardia le había propinado el golpe. Estaba echada sobre algo duro ―no tan duro como el suelo de la mazmorra, pero más que la hierba donde tantas veces había dormido― y también pequeño, porque estuvo a punto de caer al girarse. Poco a poco consiguió levantarse con un suave quejido de incomodidad. La luz de la luna se filtraba por una diminuta ventana situada en lo alto de la pequeña y desnuda habitación. No había nada en las paredes, ni tampoco muebles a excepción de sobre el que estaba acostada. Era una cama frugal, sin adornos, pequeña y con un colchón duro, sin sábanas. Ella siempre había preferido dormir en un futón en vez de ese extraño invento; lo consideraba muy poco práctico y propio de extranjeros. Nada como las costumbres de siempre.
―¿Ya has despertado? ―inquirió Rantiru con cara de pocos amigos.
Rin gritó por la sorpresa y casi cayó de la cama. No había visto a la larga figura que se apoyaba en la pared, fundiéndose con las sombras. Él se acercó lentamente al mueble y la miró desde los pies de la cama con fría ira. Rin tragó saliva.
―Sólo llevas unos pocos días aquí y por tu culpa ha escapado uno de mis prisioneros más valiosos. He de admitir que eres un verdadero incordio.
Rin no se dejó intimidar por su mirada, aunque se vio tentada de hacerlo.
―Si piensas así, mátame o déjame en paz ―lo desafió con voz confiada. Retrocedió hacia el cabecero al hacer Rantiru un ademán de acercarse. Debía mantener las distancias en todo momento.
―Te muestras descarada de nuevo, ¿crees que no lo haré? ―la agarró del pelo y se lo tironeó hasta que Rin dejó escapar un quejido ―Sólo estás aquí para atraer a Sesshomaru, pero no te necesito viva para eso.
―¿Entonces por qué no me has matado todavía? ―preguntó dolorida. Sentía como si le estuviese arrancando todo el cuero cabelludo.
―No suelo actuar impulsivamente y menos en una situación de esta importancia. No tenía un plan definido para ti, hasta que trataste de seducirme tan torpemente en el salón ―comentó con una nota sarcástica. Su cara se tornó seria ―Pero eso ya carece de interés. Es probable que te mate ahora, ya que gran parte de la culpa por la muerte de mi hermano fue tuya. Que hoy hayas hecho huir a mi prisionera me ha hecho ver más claramente las cosas.
Rin descendió lentamente de la cama. El rostro del demonio desprendía decisión. Iba a matarla de verdad. Pensó en un hechizo rápido de repulsión y se lo lanzó con las manos extendidas. Se dio cuenta demasiado tarde de que le habían colocado nuevamente los grilletes. Cayó sobre sus rodillas y se retorció de angustioso dolor por las quemaduras que se extendían por su antebrazo. Dolía mucho, mucho más que la primera vez. Rantiru escuchó ese pensamiento y sonrió.
―El dolor es proporcional al hechizo que lances. Si planeas atacarme… bueno, lo estás viendo ―comentó con voz suave a la chica que luchaba por no gritar.
Por fin, el punzante dolor desapareció. Rin jadeó por el esfuerzo. Estúpida de ella, no había comprobado que podía lanzar sin peligro su magia. Y ahora estaba débil e indefensa en la misma habitación con un demonio que clamaba por su sangre. No era su mejor momento del día.
Miró con anhelo la puerta aún sabiendo que era una vía de escape inútil. Debía haber uno o dos guardias fuera. Después de su huida, no iba a dejar Rantiru cabos sueltos. Empezó a alejarse de él cuando éste se acercó a ella con expresión indescifrable. ¿Qué iba a hacer? Kami, la iba a matar. Estaba tan concentrado en sus pensamientos que ni siquiera invadía la mente de la chica. "Está decidido a matarme, por eso le da igual lo que piense ", adivinó alarmada.
"Recuerda, la seducción va a ser tu única baza. Suerte, humana."
Rin gimió interiormente. No, eso no. Eso nunca. Suficiente había hecho besándolo, y entonces él estaba de buen humor y se había divertido burlándose de ella. Le había dicho incluso que besaba horriblemente mal. No sabía seducir, ni quería aprender con ese despreciable ser. Iba a morir.
"¡No!", gritó una voz en su interior. No podía rendirse, no allí, no en ese momento. No ante el enemigo de Sesshomaru, un demonio que deseaba verlo muerto. ¿Y si Senna tenía razón? Dijo que era un demonio adivino. Tal vez sus palabras se debían a eso. Quizás había visto algo. Durante sus sueños repetía siempre lo mismo, que su objetivo era seducirlo para escapar. ¿Sería verdad?
Las manos de Rantiru se cerraron en torno a su cuello con fuerza controlada. Planeaba matarla lentamente. Rin luchó por respirar mientras golpeaba su cuerpo. No quería seducirlo, jamás, pero no tenía otra opción. No podría proteger a Sesshomaru si moría en ese momento. Moriría como un ser débil e indefenso que necesitaba la ayuda de otros para cualquier cosa. Himeko hubiera hecho un gran papel sin apenas pestañear. Ella no iba a ser menos.
Iba a ser valiente.
En los ojos de Rantiru se leía una fría determinación. Rin pensó rápido.
―¿De verdad quieres matarme? ―preguntó con voz entrecortada. Le faltaba el aire.
―¡Infiernos, sí! ―exclamó el demonio con furia. ―Me alegrará infinitamente el día dar tu cadáver a Sesshomaru. Estoy seguro de que le encantará. ¿Crees que llorará? Joder, espero que sí.
―¿No crees que puedes hacer algo mejor conmigo?
―Puedo arrancarte los ojos y hacértelos comer, pero no me veo con la paciencia suficiente. Esto acaba ahora.
Rin tragó saliva y jadeó. Sintiendo que el sudor frío recorría su frente, utilizó las manos que antes le habían estado golpeando para acariciarle levemente el rostro. La caricia le recordó a Sesshomaru, a las veces que había tocado su hermoso rostro. Sintió ganas de llorar, pero se contuvo. "Valor"
―¿De verdad es lo mejor que puedes hacer conmigo? ―inquirió con esfuerzo. Empezaba a marearse.
Tras la cólera, Rin vio la comprensión en el rostro crispado del demonio. En ese momento no supo si era buena o mala señal. Quitó las manos de su cuello, pero su expresión no cambió. Le dirigió una sonrisa sin alegría.
―Veamos que puedes ofrecerme.
Rantiru empujó a Rin sobre la cama y se posicionó encima suyo. Su peso la aplastaba. Trató de apartarlo un poco, pero él aprovechó para unir sus labios en un beso violento. No era como el primer beso que le había dado, ni el segundo. Le hacía daño, y la forma en que la invadía con su lengua no le provocaba nada más que asco. Rin entendió que lo único que buscaba el demonio era provocarle dolor. Y aquello no había hecho nada más que empezar. Rantiru se abrió el kimono con una mano mientras retenía a Rin con la otra. Hizo entonces lo mismo con ella. De un fuerte tirón desgarró parte de la tela y mostró el torso de la joven. Rin gimió por la vergüenza que sentía. Movió su mano para cubrirse, pero Rantiru se lo impidió.
El demonio parecía mucho más calmado ahora. Con lentitud descendió y enterró su cara en el cuello de la chica, mientras que con una mano apretaba uno de sus pechos. Rin gimió de nuevo, esta vez de dolor. Quiso apartarlo y Rantiru sólo se rió ante su escasa fuerza.
―Tenías razón, cariño, esto es mucho mejor que hacerte tragar tus ojos ―comentó divertido agarrando sus muñecas con una sola mano.
―Acaba de una vez, maldito seas.
―Los jóvenes y sus prisas ―suspiró con dramatismo el demonio apoyando todo el peso de su cuerpo en Rin. Se sonrió ante la expresión de dolor de su bonito rostro. Iba a reclamar otra vez su boca, cuando unos fuertes golpes en la puerta lo distrajeron. Se incorporó, molesto ― ¡¿Qué demonios queréis?! ¡Estoy ocupado!
Unas voces susurraron algo tras la puerta y Rantiru, que comenzaba a impacientarse, les instó a hablar más alto con enfado.
―¡Mi señor! Él se está acercando por el norte, en dos horas estará en vuestros terrenos. ¿Qué hacemos?
―¡Ahora voy! ―rugió frustrado. Dirigió una mirada ceñuda a Rin y sonrió al ver su expresión. Lamió las lágrimas que recorrían sus mejillas con pereza.
―¿No tenías que irte? ―le recordó la joven con voz débil.
―Descarada, siempre descarada ―la amonestó aún sonriente dándole un toque en su nariz― No te preocupes, pequeña mía, por ahora debo marcharme, pero volveré en poco tiempo para terminar lo que has empezado. Durante toda la noche, posiblemente. No pongas esa cara ―le ordenó volviendo a tocarle con el índice la nariz ―. Piensa que, si me agradas, no te mataré. Puedes ser un buen pasatiempo, tal vez te conserve si das la talla. En realidad esto es una gran idea. Continuaré con ello. Sesshomaru vendrá y te encontrará a ti, pequeña traidora, retorciéndote en mi cama. Le volverá loco ―rió con ganas mientras se separaba y se acomodaba la ropa. Dejó la habitación con una gran sonrisa y a Rin más hundida que nunca.
Traidora.
Rantiru la había llamado traidora. ¿Eso era, de verdad? Ella no había pensado en que sus actos podrían suponer una deslealtad hacia Sesshomaru puesto que sólo trataba de protegerlo, pero claro, ¿él la aceptaría a su lado si se entregaba, aunque fuese de mal grado, a su enemigo? Rin sintió que más lagrimabas inundaban sus ojos. Kami, ¿por qué habría hecho caso a Senna? La niña no la conocía a ella, ni a Sesshomaru. Pero había aceptado su consejo sin pensarlo mucho. Se había convertido en una zorra, se dijo Rin llorando. Seduciendo a Rantiru había pasado uno de los peores ratos de su vida, similar a cuando los lobos la habían desagarrado. Ella volvía a ser la presa. Y había sido quien había firmado su propia sentencia de muerte. Qué estúpida.
¿Qué iba a hacer?
Rantiru llegaría otra vez y acabaría la faena con toda la crueldad que era capaz. No quería suplicar, pero temía el dolor y la vergüenza. Y Sesshomaru… nunca podría volver a mirarlo a los ojos. ¿Le daría la espalda? Se abrazó para autocompadecerse y algo pinchó su mano. Se quejó y tanteó el kimono para ver qué era el objeto punzante. Incrédula, sacó de unos de los pliegues la ganzúa montada que antes había utilizado Kristen. ¿Cuándo se la había pasado? ¿Al huir? No se había dado cuenta de nada. Rin sonrió por primera vez en mucho tiempo. Una sonrisa verdadera.
¿Qué iba a hacer? Luchar, por supuesto.
Rantiru acabó de dar instrucciones a los soldados de la zona este y se dirigió al interior de la mansión con aire satisfecho. Todo salía según lo planeado, aunque le había sorprendido que Sesshomaru llegara tan pronto. Había pensado que tardaría un mes en dar con él, pero al fin y al cabo ya no importaba. La sorpresa que le tenía planeado sería mayúscula. Llegaría con facilidad hasta él, hasta su cuarto. Hasta él con su protegida rodeando su cuerpo, gritando. Se estremeció de placer anticipado. Se pondría furioso; trataría de atacarle. Pero contaba con una defensa infranqueable. Estaba todo dispuesto. Su venganza se llevaría a cabo esa misma noche si no surgía algún contratiempo ―y él se encargaría de que no pasase nada inapropiado―. Sólo faltaba ese maldito arrogante para ponerlo en marcha. Hoy se iría a dormir con el sabor de la sangre del demonio perro en los labios.
¿Qué más se podía pedir?
Tuvo entonces una repentina prisa. Aligeró el paso gradualmente. Poco le faltó para llevarse por delante a un niño que andaba distraído. Rantiru le ordenó ir con más cuidado o le haría colgar de los pies en la mazmorra. No esperó a ver si había conseguido intimidarlo; reanudó su rápido paso. A él mismo le confundía su propia actitud. Quería, deseaba verla. En un principio había sido como un insecto en su camino, una herramienta fácil para cumplir su plan, hasta la culpable de que uno de sus planes se fuera al infierno. Pero ella le intrigaba. No era una humana normal y corriente como le había parecido a primera vista. Le tenía miedo, sí, mas no por ella misma, sino por lo que podría hacerle a Sesshomaru ―sentimiento inútil dadas las circunstancias, por descontado―. ¿Acaso no valoraba nada su vida para sí misma? Rantiru no lo entendía. La vida le pertenecía a cada uno, y se luchaba para conservarla y enriquecerla en el proceso. Entregarla o jugar con ella por un tercero era algo que ni comprendía ni quería comprender. Menudo desperdicio.
Además, era bastante bella. No una belleza clásica o desbordante de sensualidad, sino una belleza más oculta en sus pequeños rasgos, pequeños matices. Entendía por qué Sesshomaru la mantenía a su lado. ¿Ya la habría tomado? Bueno, eso era algo que no tardaría en comprobar. Rantiru sonrió mostrando su larga hilera de dientes blancos.
Sí, sería una noche inolvidable.
Llegó a su destino como una exhalación que alarmó a los guardias antes de ver que era él. Les envió a las zonas sur y oeste para reforzar la seguridad y les ordenó no actuar hasta que les diese la señal. No podían matarlo antes de tiempo, debía entrar en la mansión. Sus soldados asintieron y se apresuraron a cumplir el mandato. Rantiru se giró hacia la puerta y suspiró. Había decidido que la conservaría. Su actitud era divertida, así como su frecuente descaro ―se vería obligado a ponerle límites, obviamente― y la forma en que reaccionaba cuando estaba con él le ponía el vello de punta. Adoraba el temor y la cautela de su mirada, sus gritos cuando la hacía daño. Iba a ser perfecta durante un tiempo. Luego… bueno, otra utilidad le encontraría. Amenazar con la muerte a alguien que siente que no tiene nada de perder no servía de nada. Y por todos los infiernos que a la muchacha no le quedaría nada cuando la noche acabara.
Abrió la puerta lentamente y se asomó por el hueco que dejó. Localizó a Rin sentada sobre la cama, de espaldas a él. Tenía una pose demasiado rígida para estar cómoda. Con una risa suave, entró y cerró la puerta tras de sí con un sonoro portazo para llamar su atención. No surtió efecto, la joven ni se volteó ni dio muestras de haberlo oído. Rantiru carraspeó, molesto porque se le ignorara, y se dirigió a ella a paso lento.
―¿Estás nerviosa, cariño? ―preguntó con una sonrisa lobuna. Observó con placentera satisfacción como un estremecimiento sacudía su espalda.
―No ―contestó débilmente Rin, dándose la vuelta para mirarle a la cara.
Rantiru se tiró al centro de la cama y estuvo a punto de desequilibrar a Rin y hacer que acabase en el suelo. Le hizo un gesto con la mano para que acercara. La joven obedeció al instante, consiguiendo que el demonio se sintiera complacido y a la vez contrariado ―hubiera deseado un poco de resistencia―. La colocó encima de él, situándose entre sus piernas. Rin se dejó hacer sin variar la expresión de su rostro, inmutable. Tampoco hizo nada cuando le acarició el rostro con una uña, haciéndole un finísimo corte en la mejilla.
―¿Ya te has rendido, niña?
―Nunca me rindo. En este caso, he aceptado lo inevitable ―le confesó con voz grave. Le abrió el kimono para dejar a la vista el pecho del demonio, e hizo descender sus manos por él.
Rantiru arqueó las cejas ante la atrevida iniciativa. ¿Se había perdido algo la hora que estuvo fuera? Rin parecía decidida. No obstante, no acabó de fiarse. Se internó en su mente para saber en qué estaba pensando la joven, pero lo único que vio fue a él mismo tumbado en esa cama. Imposible, ¡estaba concentrada en él! Rantiru admitió que era un cambio sorprendente. ¿Se había olvidado de Sesshomaru para salvar el pellejo? Las cosas marchaban muy, pero que muy bien.
―Has demostrado que eres una muchacha inteligente, Rin ―la halagó dejando que sus manos acariciasen su piel desnuda. Eran roces torpes, pero la inexperiencia de Rin encendió su sangre.
―Gracias.
―¿Por qué no te subes un poco las mangas para tocarme mejor? Debe ser incómodo ―le aconsejó señalando las largas mangas del kimono, que ocultaban sus manos.
El rostro de Rin pareció alterarse, pero se recompuso rápidamente. Le explicó con voz queda:
―Tengo… frío. No quiero quitarme la ropa todavía.
Rantiru rió, divertido por sus palabras temerosas.
―Oh, descuida, yo te haré entrar en calor ―cogió su cara con ambas manos para que lo mirara―. Sé lo que te pasa. ¿Tienes miedo al dolor, verdad? Es evidente que eres virgen. No te preocupes, aunque te va a doler como si te estuviese partiendo el cuerpo por la mitad, eventualmente se te pasará. O no. Hay mujeres a quien nunca se les pasa ―comentó con crueldad, volviendo a reír por el rostro pálido de la joven.
―Eso no es muy tranquilizador.
―Pequeña, te lo haré más fácil. Prometo portarme bien ―mintió con voz burlona.
Rin suspiró agitada y se recostó contra su cuerpo, con las manos aún tocando su pecho desnudo.
―Te lo agradezco ―le dijo con una sonrisa dulce. Él arqueó una ceja sarcásticamente ―Tienes razón, tenía miedo del dolor. Pero si te vas a portar bien, me quitas un gran peso de encima. A cambio yo… ―Presionó sus manos contra sus pectorales con fuerza―, yo convertiré la carne en piedra, paralizada y dura piedra, inmóvil a mis deseos ―le confesó con voz melosa.
―Rin, pequeña pervertida…
Ella bajó su cabeza hasta situar su boca en su oído. Su aliento acarició la oreja del demonio, sonriente por como avanzaban los acontecimientos.
―Ayúdame, Kami.
Rantiru comprendió demasiado tarde. Soltó un aullido de rabia y trató de abalanzarse contra esa hechicera, tan pagada de sí misma en aquel momento. No pudo. Era como si un millón de cuerdas invisibles le mantuvieras atado a aquella cama. No podía moverse. Enfurecido, llamó a sus guardias con voz en grito. Rin meneó la cabeza. Ahora era ella la divertida.
―Ah, "pequeño", ¿olvidaste que mandaste a los guardias lejos de aquí?
―Maldita zorra, ¿cuándo demonios has conseguido quitarte los grilletes?
―Como si te lo fuera a decir. ¿De verdad no sospechaste nada con mi cambio? Kami, y luego soy yo a la que todo el mundo tacha de tonta. Eso debe ser porque no te conocen. Tonto y cruel demonio ―le insultó con voz seria, recordando sus promesas de hacerla daño. Estaba segura de que las habría llevado a cabo si no le hubiera paralizado. Se estremeció al imaginárselo.
―Cuando me libere…
―¿Qué te hace pensar que no te mataré? ―insinuó Rin con las cejas arqueadas. Se sentía repentinamente poderosa y confiada sentada en la cintura del inmóvil demonio.
Rantiru soltó una seca carcajada que a Rin le desagradó.
―Oh, claro. Vamos, despiadada asesina, poderosa bruja, descarga tu ira sobre mí ―se burló de ella casi escupiendo las palabras. Con una sonrisa tensa, siguió con voz suave ―Ni aunque te hubiera conseguido montar como a la zorra que eres, no me matarías, ¿verdad? No eres más que una simple y estúpida humana.
Rin enrojeció, por furia y vergüenza. Él tenía razón, no pretendía matarlo. Ella no se veía capaz de hacer algo de esa magnitud. El asesinato era algo en lo que no pensaba caer, por muchas ganas que le diese acabar con ese despreciable ser. Ayudaría a Sesshomaru y se vengaría por todas las humillaciones a las que se había visto sometida… pero no podía. Aunque le odiara, no le mataría. No dejó que ese pensamiento la desanimara. El que su hechizo hubiera funcionado tan bien a la primera había hecho que su hundida moral subiera. No debía dejar que sus afiladas palabras le afectasen.
―No me mancharé las manos con tu sangre, de eso se encargará el amo Sesshomaru ―le advirtió fríamente―. Crees que puedes con él, pero podría matarte simplemente con sus garras. No sabes quién es él.
―Si crees que esto va a acabar bien, estúpida mocosa, espera y verás. Nunca conseguirás salir de mi casa con vida.
―¡Repulsión!
El cuerpo del demonio se sacudió y quedó inconsciente. Rin bajó de la cama de un salto y se arregló la ropa. Se arremangó hasta el codo y observó sus muñecas, exentas ahora de quemaduras gracias a los hechizos de curación con los que las había hecho desaparecer antes de que llegara Rantiru. Contempló pensativa sus posibilidades. Rantiru había tenido razón al mencionar lo difícil que le sería escapar. Seguramente no había muchos guardias en la casa, pero sí en los alrededores para esperar a Sesshomaru. Si no andaba con pies de plomo, acabaría muerta. Inspiró y espiró profundamente. Ya había llegado muy lejos. No iba a dejarse acobardar por el último contratiempo.
Salió de la habitación con urgencia. Sus hechizos tendrían efecto a lo sumo una hora, quizás menos. En ese tiempo debía alejarse todo lo que pudiera de allí. Con ese objetivo, recorrió pegada a la pared los pasillos de la enorme casa. Cuando oía voces, se detenía y esperaba a que pasasen de largo con aliento contenido. Descendió al primer piso sin mayor problema, y entonces se descuidó. Sorteó la esquina de un corredor y se vio de frente con el mismo niño que había estado jugando con un dragón de madera en las escaleras esa tarde. Ambos se miraron paralizados. Él, con interés; ella, con cautela. Iba a pedirle que no la delatara cuando el pequeño demonio la cogió de la mano y la llevó por donde la joven había llegado.
El niño corría a una velocidad pasmosa. Rin jadeaba por el esfuerzo de mantenerse al paso, pero la verdad es que era prácticamente arrastrada por él. Temió que fuera a llevarla ante los guardias para entregarla, así que trató de desasirse. Fue inútil: no sólo era rápido, tenía una gran fuerza. Rin casi gimió. ¿Terminaría muerta en el último segundo, después de todo lo que había pasado?
Se detuvieron frente a una estantería que no tenía ni libros, ni vasijas ni ningún adorno. Rin no le prestó mayor atención, pero el demonio la señalaba insistentemente.
―¿Por qué me has traído aquí, pequeño? ¿Planeas entregarme a los soldados?
El niño la miró con graciosa confusión y se rascó la cabeza ladeada.
―No quiero entregarte. Eres humana, pero salvaste mi vida. Por el camino que seguías habrías acabado en las cocinas y los criados te habrían hecho daño. Por aquí ―señaló la estantería― puedes escapar. He visto al amo utilizarlo dos veces.
―¿Vas a ayudarme? Kami, gracias a los cielos ―Rin reprimió los deseos de postrarse y rezar a Kami (por lo precaria de su situación y lo ridícula que se habría visto a los ojos del niño demonio).
―Vete rápido. Te pueden ver.
―Gracias, ¿cuál es tu nom…?
Pero el extraño niño había desaparecido. Rin no se entretuvo. Movió la estantería y tanteó rápidamente la pared en busca de algún tipo de mecanismo que la ayudara a escapar. Resultó estar en el suelo, y lo accionó accidentalmente cuando empezaba a desesperarse. Se lanzó al oscuro pasaje sin pensarlo dos veces. Podría haber caído en algún tipo de trampa, o que en ese sitio le esperasen los guardias, pero no le importó. Corría como si la vida le fuese en ello por el túnel escasamente iluminado por velas mágicas, tropezándose y levantándose sin tiempo para sentir el dolor. Descendió rondando una cuesta empinada y cayó en una densa capa de polvo. Tosió con todas sus fuerzas y se levantó para continuar. Las rodillas le sangraban y había perdido sus sandalias. Rin se sentía completamente sucia y pegajosa. Con esfuerzo, recorrió el último trecho y salió a la luz nocturna.
Estaba en un bosque sin mucha vegetación, los árboles no abundaban. Eso sería un problema a la hora de ocultarse. Se giró y a lo lejos vio sorprendida la alta mansión de la que había escapado, en lo alto de una siniestra colina rodeada por un grueso muro. ¿Había hecho toda esa distancia en tan poco tiempo? ¿O sí que había tardado sin darse cuenta? A la vista de las connotaciones de esto último, no se paró a descansar en la fresca hierba que refrescaba sus pies con el rocío. Era necesario alejarse más, el peligro no había pasado. Era posible que los guardias de Rantiru estuvieran merodeando por los alrededores atentos a cualquier movimiento inusual. Como la atraparan, volvería a las manos del demonio. "No lo permitiré", se dijo Rin con fiereza.
No caminó mucho antes de encontrarse una sombra obstaculizando el sendero de tierra que había encontrado. Ella y la alta figura se miraron durante lo que parecieron horas. Desfallecida, Rin se tambaleó y se vio recogida por el hombre. Él le quitó con delicadeza los cabellos negros que caían sobre su rostro. Sus dedos le hicieron cosquillas. Rin lo miró de cerca. El pelo blanco tapaba su cara, y esa zona del bosque estaba tan oscura que apenas distinguía sus pies. Pero lo sabía. No necesitaba sus ojos para saberlo. Sonriente, acarició el rostro del hombre que la sostenía en sus brazos como si fuese una pluma.
―Se os ve cansado, amo Sesshomaru.
Finito por ahora. Agradezco opiniones y críticas constructivas.
Nos leemos,
Neissa.
