Algunos personajes pertenecen a la soñadora Stephenie Meyer, pero la trama me pertenece a mí y a mi ángel guardián.


Espero que sea de su agrado, porque esta historia la escribo con una parte especial de mi corazón.


Beteado por Marta Salazar, Beta FFAD: www facebook com / groups / betasffaddiction


Capítulo 1: ¿Familia?

Una casa está hecha de paredes y vigas, y un hogar esta hecho de amor y sueños.

"Mejor es la comida de legumbres donde hay amor que de buey engordado donde hay odio."

Proverbios 15: 17

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A ver… ¿cómo empiezo a contarles esta historia? Mmm… ¿Por qué me miran así? ¿Acaso creían que esta historia sería contada por un impersonal narrador? Pues se equivocaron, esta historia a diferencia de las demás de esta escritora será contada por mí y no soy un pajarito, aunque tengo alas. Creo que ya hablé mucho sobre mí, es mejor que empiece a contar lo que tú quieres saber, a cumplir con mi tarea antes que me despidan.

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La familia Swan es una de las más distinguidas en la ciudad de Boston. Charlie Swan es un reconocido empresario, un genio del mundo bursátil y efímero; y Renée Swan, esposa de Charlie, es una famosa diseñadora de modas, grandes estrellas del cine y de la televisión han lucido sus vestidos. ¡Oh! No podemos olvidar a la pequeña de la familia… Isabella Swan, la promesa de las pistas sobre hielo, ella es una chica de 17 años y una talentosa y disciplinada patinadora artística.

¡Qué bonita familia! Ya verán de lo que les hablo, me vieron por aquí en este primer capítulo y tal vez me vean en otros más.

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Es inicio de la semana, un lunes de mañana fría, un día de esos para salir bien abrigados, si se desea no estar resfriado. Isabella, siempre cumpliendo la disciplina rígida e inflexible que había aprendido de sus padres, y que cuando tuvo la edad suficiente para razonar decidió seguir por voluntad propia, estuvo arreglada pulcramente para asistir a la preparatoria como cualquier estudiante de su edad; salió de su habitación y bajó las escaleras en dirección al comedor, donde sus padres ya tomaban su café, cada uno sumido en su mundo; su padre leyendo la sección de economía del periódico; y su madre con la última edición de Vogue, en la cual aparecía en portada uno de sus diseños; ambos estaban tan sumidos en su mundo que ni siquiera se percataron de la presencia de su hija, o aparentaron no darse cuenta de que ella había llegado al comedor.

—Buenos días —saludó Bella sonriente a sus padres, los cuales ni siquiera levantaron la mirada para contestar.

—Buen día, Isabella —respondió Charlie minutos después bajando el periódico y dejándolo a un lado.

El comedor se sumió en un silencio profundo, a duras penas se escuchaba el sonido de los cubiertos y de las respiraciones de los tres miembros de aquella familia. Isabella paseó su mirada de su madre a su padre y ninguno de ellos se dignaba mirarla hasta que se atrevió a hablar.

—¿Papá? ¿Mamá? —les llamó Bella haciendo que estos levantaran su mirada del plato y dejaran de comer—.Hoy es la… —Bella no pudo continuar.

—Sí, sí, lo sé, Isabella, hoy estarás sobre la pista de hielo como has venido haciendo desde que aprendiste a caminar —completó Renée desinteresadamente, restándole importancia a la intervención de su hija.

—Me preguntaba si… ¿Irán a verme a la pista? —preguntó Bella cabizbaja, pues a pesar de que ya conocía la respuesta a esa pregunta trataba de no perder la esperanza.

—No —respondió Renée tajante—. No puedo darme ese lujo, ya he dedicado mucho tiempo a tu vestuario; tengo muchos diseños en los que trabajar para la temporada que está por venir. Tú sabes eso, no sé por qué preguntas.

—Lo siento —manifestó Charlie haciendo una mueca—, tengo una reunión con unos inversionistas a esa hora.

—¡Oh! —exclamó Bella con una tristeza profunda—. Entiendo, no hay problema. —Sonrió o intentó hacerlo.

—Bueno, yo tengo que irme —informó Charlie poniéndose de pie. Le dio un beso a Bella en la frente, besó a su esposa y abandonó el comedor.

Bella miraba a su madre, quien de nuevo se había concentrado en su desayuno.

—¿Mamá, puedes llevarme a la escuela?

—No. Le diré al chofer que te lleve —habló Renée, sin dignarse mirar a su única hija se levantó y dejó a Bella sola en el comedor.

Bella, a sus 17 años, aún no lograba acostumbrarse a los desplantes de sus padres, siempre habían sido así de distantes con ella; pero al parecer, a medida que pasaban los años la situación solo empeoraba y se hacía más tensa, sobre todo entre ella y su madre, aunque Bella no sabía por qué y eso la deprimía completamente.

¿Acaso había hecho algo malo? ¿Cómo había logrado que sus padres se disgustaran tanto con ella, si era casi la hija perfecta? ¿Cómo pudo ella perder el amor de sus padres? Y justo cuando llegaba a analizar las probabilidades que se derivaban como respuestas a esa última pregunta, sentía ya un profundo vacío en su corazón, ¿acaso eso era? ¿Ella habría perdido algo muy importante para su familia? ¿Pero qué?

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Ver a Isabella Swan bajar del auto rojo sangre de su familia, conducido por un chofer con uniforme incluido, era el deleite para muchos en el instituto; para otros, sobre todo para las chicas, verla era observar la mejor ropa de la temporada; otros en cambio sentían envidia de Riley Willson, por tenerla como novia; y finalmente estaban aquellos que sentían la más repulsiva envidia, ¿pero qué podían hacer? Ser hipócritas y saludarla como si la amaran, y lo peor es que Isabella no se daba cuenta de tal farsa.

—Hola, cielo —le saludó Riley dándole un beso en los labios, con el fin de recordarle a los mirones que ella era suya.

—Hola, amor —contestó ella mirándole por debajo de sus pestañas. Bella no era muy partidaria de esas muestras de afecto, cuando había tanto público.

—¿Lista para hoy? —le preguntó él.

—Siempre, sabes que adoro patinar… sentir el viento… —Empezó a decir Bella perdiéndose en sus pensamientos y recuerdos sobre la pista de hielo.

—Isabella Swan, cielo, aterriza, no te vayas, ehhh —bromeó Riley.

—Lo siento, me emocioné —se disculpó ella. Riley la miró, frunció el ceño y la besó instándole que abriera sus labios para que la lengua de él jugueteara con la de ella. Bella tímida se dejó hacer.

Cuando finalizaron el beso, Bella vio a un chico de cabello cobrizo pasar por su lado, la miró y vio tristeza en la mirada de él, pero Bella no comprendió nada y mucho menos cuando vio cómo Riley le gruñía al chico.

—¿Pasa algo, Riley? —preguntó Bella preocupada cuando ya aquel chico iba lejos.

—Nada, cielo, nada. —Se limitó a responder Riley, para luego instarla a que se dirigieran a clases.

Al llegar al salón, muchos de los allí presentes corrieron a saludar a Bella, sobre todo las chicas que pretendían hacerse sus amigas, todo por obtener su minuto de fama al lado de la hija de Renée Swan; una oportunidad de oro para muchas que querían "robar cámara". La sinceridad y honestidad eran virtudes que salían sobrando entre las amistades de Isabella, incluso en su novio.

Las clases transcurrieron monótonamente, Bella asistía porque sabía la importancia de recibir una buena educación y porque tenía presente que desgraciadamente no podría vivir siempre del patinaje; además de ser una patinadora profesional anhelaba convertirse en una pediatra, salvar la vida de pequeños inocentes o al menos poder procurar su salud y bienestar. Sus padres no estaban muy contentos con esa elección, ambos pretendían que se dedicara a alguno de los negocios familiares; pero Bella como siempre, hacía lo que a ellos les molestaba aunque no se lo propusiera, aunque solo quisiera agradarles.

Al finalizar la jornada escolar, como cada día de clases, Riley esperaba a Bella en el estacionamiento del instituto para irse juntos en el auto de este; la rutina rara vez cambiaba, siempre era lo mismo, ni siquiera se retrasaban un minuto, porque Isabella Swan al salir del aula caminaba hacia la salida, sin detenerse a hablar con algún compañero, puesto que sabía claramente que Riley se molestaba si en el caso que tal cosa se diera él no se encontraba presente. Bella estaba a punto de abandonar las instalaciones cuando se tropezó con un chico que se cruzó en su camino, ambos cayeron al piso haciendo compañía a los libros que cargaban. Ella cayó sobre él y cuando intentó levantarse se dio cuenta de quién se trataba. Era el mismo muchacho que había pasado por su lado esa mañana, el muchacho de cabello cobrizo que al parecer no se llevaba bien con Riley.

—Lo siento —se disculpó él—, no te vi.

—No ha sido nada —dijo Bella—, yo iba distraída.

Ella logró ponerse de pie y extendió su mano para ayudarle a él a levantarse, él la tomó y se puso de pie. Bella lo observó y vio que tenía unos bonitos ojos color verde, pero que estos no tenían una mirada feliz. Él le sonrió y le tendió a Bella los libros que le pertenecían y que se le habían caído.

—Gracias. —Bella sonrió—. Tú estás en mi clase de ciencias políticas, ¿cierto? —inquirió Bella, con la curiosidad acompañando cada una de sus palabras.

—Sí, mi nombre es… —El chico iba a presentarse pero no pudo hacerlo, porque justo apareció Riley con una expresión de total molestia en su rostro.

—Isabella, ¡por Dios! Es tarde —exclamó sin dejar de mirar con ira contenida a aquel muchacho—. Vámonos —instó a Bella halándola del brazo e impidiendo que ella pudiera despedirse del chico.

En cuanto estuvieron frente al auto de Riley, Bella se soltó del agarre de este y le reclamó por lo sucedido.

—¿Qué te pasa, Riley? ¿Por qué te has comportado así? —increpó algo molesta.

—¡Oh, vamos! Isabella, estabas hablando con ese don nadie —exclamó Riley de manera repulsiva, como si hablar de aquel muchacho le causara asco.

—No entiendo qué te pasa, ese muchacho solo me ayudaba —manifestó Bella subiéndose al auto. Riley se acomodó en el asiento del conductor y dio marcha al auto.

—Serás tonta, Isabella. ¡Qué más da! Solo calla, te llevaré a la pista, tu madre ya envió todo allá —informó Riley apretando el volante.

—¿Me verás? ¿Te quedarás para verme?

—Eso creo —respondió este haciendo una mueca de fastidio—. No tengo más remedio.

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Horas más tarde, Bella esperaba su turno, ya varias chicas habían salido a la pista y realizado sus programas; no era una competencia propiamente, solo era una muestra organizada con el fin de recaudar fondos para los niños huérfanos del Orfanato Saint Michael; sin embargo, todas las patinadoras sabían que esa era una oportunidad de oro para darse a conocer, puesto que recibirían puntos para calificar en las estatales y finalmente ganarse un lugar en las nacionales, por eso y por la causa, era tan importante sobresalir esa tarde.

Anunciaron su turno, escuchó su nombre y como venía haciendo desde que empezó a patinar, se acercó a su entrenador, este le dio un abrazo, un par de besos en las mejillas y ella entró a la pista; los aplausos no se hicieron esperar y el corazón de Bella empezó a latir emocionado.

Tomó impulso y recorrió la pista patinando, saludando de ese modo al público presente, sonrió a todos y luego se ubicó en el centro de la pista a esperar que la melodía que había escogido para esa ocasión se escuchara. La música inició y con ello, Bella se dejó ir. Permitió que sus patines se deslizaran con soltura por la pista y que su cuerpo y su alma fueran los que dirigieran cada uno de sus movimientos. A la vista de todo buen ojo crítico, resultó ser una ejecución precisa y grácilmente coordinada y desarrollada.

Se deslizó de un lado al otro y en cuanto tomó la suficiente velocidad se impulsó de espaldas, y al son de la música, ejecutó el primer salto, el cual fue perfecto. Luego continuó deslizándose de manera fluida por toda la pista, realizando diferentes tipos de hermosas piruetas y saltos, tanto simples como dobles e incluso se tomó la libertad de sorprender a los espectadores con un par de complicados y audaces saltos triples, con los que había soñado demostrar a sus padres lo mucho que amaba el deporte, lo buena que era; y con el que deseaba darles otro motivo para que se sintieran orgullosos de su desempeño y el hecho de que ella fuera su hija. Pero no, ellos no estaban entre la multitud y evocando todas sus fuerzas en su rutina, se dedicó a combinar saltos con variaciones entre las diversas acrobacias que tanto había planeado y practicado. Buscó con la mirada a su novio, a Riley y lo vio con otra patinadora, una chica pelirroja con la que charlaba animadamente y con la que él al parecer se mostraba coqueto; la situación desconcertó un poco a Bella, haciéndola perder la concentración justo cuando se proponía a realizar un salto, lo que la llevó a caerse en la pista; afortunadamente se levantó rápido y siguió patinando, aunque en su mente seguía la imagen de Riley con la pelirroja; profundizándose así, el argumento de su conciencia ante la más que veraz conjetura que desde hacía ya mucho tiempo ganaba terreno en sus pensamientos: el hecho de no ser querida por quienes ella tanto amaba.

Bella hacía piruetas tanto en posición baja como en diferentes arabescas, incluso realizó acrobacias verticales acompañadas de sucesiones de giros, tratando de demostrarse a sí misma cuán merecedora era de ese aprecio que tanto se le negaba; con cada giro, salto y movimiento ponía sus lágrimas y su tesón, hasta que logró hacer una variación de la posición del ángel, por la cual siempre había sido reconocida. Justo antes de dar por finalizado su programa, se lució con un hermoso giro que dejó al público maravillado, así lo demostraron los aplausos que resonaron en el lugar cuando la música llegó a su fin, y con ella, el espectáculo magnífico de observar a Isabella Swan patinar sobre hielo.

El pecho de Bella subía y bajaba, su respiración estaba acelerada, y así, con su corazón a mil, llegó donde su querido entrenador, Eleazar, el cual la recibió con los brazos abiertos.

—Has estado maravillosa —le felicitó Eleazar—. Estarás en las nacionales, si sigues así.

—Y si no se vuelve a caer —completó Riley, quien hacía aparición acompañado de la chica pelirroja con la que Bella lo había visto.

—Muchacho, eso ha sido una pequeñez —argumentó Eleazar.

—Una pequeñez que una excelente patinadora no comete —inquirió la pelirroja. Bella la miró con el ceño fruncido.

—¡Oh! Isabella, te presento a Victoria —dijo Riley refiriéndose a la pelirroja en cuestión. Bella extendió su mano para saludarla, pero ella no la tomó. Riley sonrió burlón—. Victoria viene de Vancouver y también es patinadora —informó.

—Y una excelente —ultimó Victoria, sonriendo con suficiencia—. Ahora, si me disculpan, tengo una pista que me espera. —Y con eso Victoria se dirigió a la pista donde una melodía estridente empezaba a sonar.

—¿La conoces? —preguntó Bella a Riley.

—Claro, mis padres posiblemente la patrocinen —confesó Riley.

—Pero ellos son mis patrocinadores —arguyó Bella.

Riley solo se encogió de hombros.

—¡Riley! —le llamó Bella molesta—. ¿Qué está sucediendo?

—No lo sé, creo que ya no eres su única opción, es todo. Isabella, el mundo es competitivo, ¿qué te extraña? —soltó abiertamente.

—Quiero irme a casa —manifestó Bella a punto de llorar.

—Bella, tranquilízate —pidió Eleazar.

—Bueno, si te quieres ir… hazlo. El chofer de tu familia espera afuera —explicó Riley.

—¿No me llevarás tú?

—No. Tengo que llevar a Victoria a mi casa, se ha instalado allí mientras consigue un departamento —comunicó Riley como si nada.

—¿En tu casa? —Bella estaba demasiado sorprendida.

—¿Qué? ¿Acaso te preocupa que ella me dé lo que tú no? —Riley se burló despiadadamente.

—Riley, mide tus palabras —intervino Eleazar—. A Bella la respetas.

—Eleazar, déjalo —expresó Bella derrotada.

Riley se acercó a ella, le tomó del rostro y estampó sus labios sobre los de ella.

—Vete ya. Necesitas descansar, mañana pasaré por ti —dijo Riley dándose la vuelta para ir a ubicarse cerca de la pista donde Victoria patinaba, dejándola atrás y atónita por su rudeza.

—Deberías dejar a ese chico —comentó Eleazar.

—Hasta mañana, Eleazar —se despidió Bella haciendo caso omiso a las palabras de su entrenador.

Y aún con el vestuario y los patines en una mano, se subió al auto de su familia que la esperaba a la salida.

Al llegar a la casa, Bella vio que estaba completamente sola, sus padres aún no llegaban, y el servicio doméstico ya se había ido a descansar, pues daban ya las diez de la noche cuando dejó la pista. Desconectando todo su ser ante tanta opulencia y soledad, escuchó cómo sus patines cayeron y revotaron en medio de la sala y empezó a caminar rumbo a la cocina cuando vio la luz intermitente de la contestadora indicando que tenía un mensaje, le dio escuchar y la voz de su madre se hizo notoria aplastando aún más cualquier destello de gozo en ella.

Isabella, ya Riley me lo ha contado todo, ¿cómo es posible que te hayas caído? ¿Acaso no puedes hacer algo bien, niña? ¡Dios! ¡Qué vergüenza! Es… Bella no soportó más, borró el mensaje y corrió a la cocina llorando.

Las palabras de su madre resonaban en su cabeza, la imagen de Riley con aquella chica llegó al instante a su mente, luego la caída y por supuesto la discusión con él cuando se enteró que los Biers posiblemente patrocinarían a Victoria, la chica pelirroja.

La rabia y la decepción, hicieron compañía a su eterna tristeza; siempre estaba sola, nadie la quería, nadie la amaba, no sabía hacer nada bien, ya lo había comprobado.

¿Qué sentido puede tener para alguien vivir así? ¿Qué bueno podía hacer ella? Solo era un estorbo, nada más, una piedra en el zapato…

Sus padres la odiaban.

Su novio parece no quererla.

No tiene amigos.

Y no es una excelente patinadora.

No merezco vivir, se decía mientras buscaba desesperada en los cajones de la cocina. No lo merezco, repitió una y otra vez hasta que encontró un cuchillo filoso.

Isabella contempló con detenimiento el cuchillo, lo tomó con su mano derecha y pasó el dedo índice de su izquierda por el filo, realizándose una pequeña cortada de donde fluyeron unas muy perfectas gotas de sangre. Levantó su mano izquierda en el aire, con la palma hacia arriba, acercando lentamente el filo del cuchillo a su muñeca.

¿Cuándo fue la última vez que me dijeron que me querían? ¿Cuándo? Preguntó a la nada llorando.

El filo del cuchillo se acercaba peligrosamente a su muñeca, sintió la frialdad de este, finalmente. Isabella sabía lo que estaba haciendo, acabaría con su dolor… Moriría.

Se disponía a iniciar el corte de su muñeca, a dejar que su sangre fluyera y con ella el flujo de la vida, cuando el timbre resonó por toda la casa, alguien llamaba a la puerta, haciendo resonar aquel inoportuno sonido de manera insistente y desesperada.

Isabella miraba el cuchillo cerca de su muñeca y escuchaba el timbre molesto que no cesaba de sonar.

¿Acaso no puedo si quiera morir en paz? Se preguntó Bella al tiempo que el filo del cuchillo cortaba su piel.

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Esta es la parte en donde ustedes me dicen si les gustó. Estoy abierta a comentarios y sugerencias.

Agradezco que hayan leído y espero que lo sigan haciendo, nos vemos como en una semana aproximadamente.

Besos de mi corazón a su corazón angelical.

Eve.