Algunos personajes pertenecen a la soñadora Stephenie Meyer, pero la trama me pertenece a mí y a mi ángel guardián.


Espero que sea de su agrado porque esta historia la escribo con una parte especial de mi corazón.


Capítulo sin beteo.


Capítulo 3: Morir.

"Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor."

Apocalipsis 21:4.

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Caer…

Caer…

Caer…

La idea se repetía en la mente de Bella con el paso de los minutos, la brisa fresca le daba en el rostro y de algún modo casi que irónico le proporcionaba algo de alivio pero no el suficiente, no era suficiente para calmar su dolor… un dolor que no era el resultado del día que estaba tratando de vivir, sino de toda una vida, una vida que siempre había estado marcada por el desprecio, el desamor y estaba casi que segura de que las mentiras también hacían parte de ella.

Si se dejaba caer en las aguas del río nadie la extrañaría. Se imaginaba a su madre sacando su vestido básico negro, usando las perlas de su abuela y luciendo supuestamente destrozada; a su padre hablando, como siempre, con diplomacia y total calma, y al imbécil quien fue su novio siendo consolado por su nueva amante, Victoria. Sonrió ante lo ridícula que le pareció la escena que imaginaba, bajó su mirada de nuevo en dirección al río, la gravedad tiraba de ella o tal vez era la muerte misma solicitando su presencia en el mundo de los muertos. Dio un largo suspiro y un paso inseguro hacia el borde del puente. La cuenta regresiva se inició en su mente.

5… 4… 3… 2…

—Yo no sé tú, bonita pero a menos que quieras convertirte en paleta humana no lo haría. Las aguas del río Charles están heladas —Bella oyó que la voz de un hombre, lentamente giró su cabeza para observar que quien le hablaba era un indigente. Un hombre cabello negro largo, piel clara, vestía ropas sucias y roídas, mucho más alto que ella.

—Yo no… —trató de excusarse Bella con aquel extraño.

—Ahhh… no, bonita. Seré un simple mendigo pero no soy tonto, tú tienes Síndrome de Rose —señaló él ladeando la cabeza.

—¿Síndrome de Rose? Mire señor no sé de qué habla, ¡váyase y déjeme sola! —gritó Bella desesperada, no lograba comprender por qué siempre alguien frustraba sus planes de acabar con su vida.

—No soy señor, me llamo Jaziel y el síndrome de Rose es el mal que le da a las chiquillas ricas como tú, así como la tonta de la película Titanic, ¿acaso no se llamaba Rose? Hazme el favor y bájate de mi puente, he sido muy paciente contigo, bonita —explicó él con calma.

—¿Su puente? —Los ojos de Bella se abrieron de par en par.

—¡Oh, vamos! Esta es mi casa y tú pensabas usarla como escena de película dramática y no veo a Leonardo DiCaprio por aquí para que te acompañe en tu hazaña, y a mí ni me mires, no tengo intenciones de decir si tú saltas, yo salto. ¡Olvídalo! No congelaré mi trasero por el tuyo, así que baja ya de ahí, ¡ahora! —exigió Jaziel haciendo que Bella temblara un poco, sin embargo por alguna extraña razón ella le hizo caso y bajó de la viga sobre la que estaba.

Jaziel le sonrió y le tendió una taza color rojo. Bella lo tomó temerosa y vio que el contenido de esta era chocolate caliente, ella se preguntó de dónde había sacado aquello ese indigente.

—Tomaste la decisión correcta, bonita. —Jaziel le pasó el brazo por los hombros y la acercó a sí. Bella con un poco más de confianza se dejó hacer y recostó su cabeza en el pecho del extraño indigente, aspiró su olor, olía a chocolate con vainilla, aromas bastantes peculiares para un habitante de la calle.

—Jaziel —se atrevió Bella a hablar finalmente—. ¿De dónde sacó el chocolate? —preguntó ella aún recostada en su pecho, aquel indigente, por muy bizarro que pareciera, le daba confianza.

—Secreto de ángel de la guarda —respondió él riendo.

—¿Ángel de la guarda? —Bella se alejó de él para tomar distancia y poder observarle, pero en cuanto sus ojos capturaron los de él una inquietud se apoderó de ella, sintió desasosiego.

—Bonita, tu taxi está por llegar —anunció Jaziel—. Ve a casa —le instó y a los pocos segundos un taxi se detuvo frente a ellos.

—Pero… tú… ¿quién eres? —increpó Bella mientras era conducida por él hasta el taxi que la esperaba.

—Deja estas preguntas para otro día —respondió Jaziel con una sonrisa.

—¿Otro día? No entiendo —replicó Bella.

—Yo sí —fue todo lo que él respondió justo cuando Bella se acomodaba dentro del auto y Jaziel cerraba la puerta.

Ella miró en la dirección en la que supuso él estaría pero no vio a nadie solo vio el puente, no había nadie cerca. Fue entonces cuando se dio cuenta que aún sostenía la taza con chocolate, tomó una trago… era chocolate con vainilla.

El conductor dio marcha al taxi y ella regresó a la realidad.

¿Por qué aquel taxista había pasado a recogerla?

—Señor, ¿quién le dijo que pasara a recogerme? —preguntó ella llena de verdadera curiosidad.

—Un joven rubio me detuvo y me pidió que pasara a buscarla, también me pagó el doble del costo del servicio —explicó el conductor.

—¿Un joven rubio dice?

—Sí, señorita, ¿acaso no lo conoce? —cuestionó el conductor.

—No estoy segura —respondió Bella mirando la taza de chocolate en su mano. Definitivamente, todo eso era muy raro.

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En cuanto llegó a casa se dirigió a la cocina para lavar la taza que Jaziel le había dado con aquel rico chocolate, en cuanto entró las miradas de las dos empleadas del servicio que estaban allí se posaron en ella.

—Señorita Swan ha llegado, todos estábamos preocupados por usted —informó una de ellas.

—¿Y eso por qué? —pregunto Bella acercándose al lavaplatos.

—El chofer nos dijo que la había dejado en el puente… —empezó a decir la muchacha.

—No lo digas y no deben decírselo a nadie, ¿de acuerdo? —pidió Bella con calma pero dejando claro que era una orden.

—No se preocupe no se lo diremos a nadie —aseveró la otra.

—Bien. —Fue todo lo que dijo Bella y entonces se dedicó a lavar la taza de Jaziel.

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Los días transcurrieron lentos, no habían sido fáciles, sobre todo en la escuela, donde Bella tuvo que soportar las miradas de lástima y los cuchicheos de casi todos los estudiantes del instituto, a excepción del chico de ojos verdes y cabello cobrizo, el silencioso y misterioso chico de mirada siempre triste, quien no se apareció en toda la semana en ninguna de las clases que compartía con ella, y algo le decía que tampoco había ido al instituto en varios días, un hecho que Bella no dejó pasar desapercibido y que en cierto modo le preocupaba. Para cuando las clases del viernes llegaron a su fin, Bella comprobó que aquel muchacho no había aparecido, la tristeza se apoderó de ella, tenía la ilusión de hacerse su amiga, ahora que ya era una relegada; desde que ella y Riley terminaron parte del interés que despertaba en sus compañeros murió, pasando al final de la escala en popularidad en el instituto, y él, aquel chico de cabello cobrizo, estaba dentro de esa fea clasificación, era un relegado; a Bella le habría gustado acercarse antes pero Riley no se lo habría permitido y teniendo en cuenta los rumores que había empezado a escuchar sobre este estaba segura que el pobre chico podría haber salido mal librado, incluso ella empezaba a sospechar que los golpes que le vio la última vez habían sido obra de su ex.

Al salir de la escuela Bella tomó un taxi hasta la pista de hielo donde solía ir a practicar, se había resignado finalmente, este año no sería su año, no participaría en ninguna competencia hasta nuevo aviso. Eleazar, su entrenador, estaba trabajando en conseguirle un buen patrocinador pero no era una tarea sencilla y Bella prefirió no hacerse ilusiones. La noche del miércoles ella había intentado hablar de su situación con sus padres, pedirles ayuda pero lo único que consiguió fue un par de comentarios nada alentadores por parte de su madre y una negativa rotunda por parte de su padre; así que no le quedó otra opción que seguir trabajando en su técnica como había pensado luego de su "paseo" por el puente Longfellow. Cuando llegó a la pista se fue directamente a esta, sacó sus patines del bolso que llevaba y sin muchas ceremonias se quitó su par de ballerinas y se los puso, estiró un par de veces los músculos y se deslizó por la pista de hielo. Sonrió en cuanto completó una vuelta por la pista y luego empezó a hacer saltos simples, un doble axel, unos movimientos adicionales y para culminar la posición del ángel, luego una pirueta saltada y un giro vertical que la dejó sin aliento.

Un par de aplausos bastante pausados resonaron por el lugar. Bella giró en la dirección de la que provenían y se encontró con Victoria.

—No se puede negar que eres buena —dijo la pelirroja—, pero solo eso… buena, no excelente —aclaró soltando una carcajada.

Las palabras de Victoria acabaron con el ánimo de Bella, quien se dirigió en dirección contraria a donde la pelirroja se encontraba.

—¡Eso! ¡Bravo, Bella! ¡Huye! Eres tan cobarde, solo tuve que hacer un par de cosas para quitarte de mi camino —comentó seria Victoria. Bella se giró en su dirección en cuanto llegó al final de la pista.

—Solo tuve que mandarte ese pequeño video y listo… Isabella Swan quedó acabada. ¡Eres una tonta! Con razón Riley me prefirió a mí.

—Cállate —pidió Bella casi en un susurro.

—¡Caramba! Parece que la nena puede hablar —se burló Victoria. Bella salió de la pista y se dispuso a cambiar sus patines por sus ballerinas—. ¿No te parece curioso? Tu mami diseñará todo mi vestuario, será mi diseñadora exclusiva, ¿maravilloso, no? —cuestionó riendo al ver la expresión torturada de Bella ante lo último—. ¡Ohh! No lo sabías… tu mami no te contó, no sabes que tan poco lo siento —aseguró Victoria entrando a la pista de hielo y tomando impulso hizo un perfecto triple luzt—. ¡Desaparece! —le gritó a Bella, quien le dio la espalda, tomó sus cosas y, conteniendo las lágrimas, salió del lugar.

La decepción se apoderó de Bella, no se había equivocado cuando pensó que su vida estaba plagada de mentiras. ¿Cómo era posible que su madre hubiera hecho algo así? Ser la diseñadora de Victoria, ¿acaso no le amaba un poco? ¿No le preocupa a su madre si eso le dolería? No, definitivamente no, no le importaba, a Renée ella nunca le había importado.

Caminó hasta que halló un taxi que la llevara a casa, pero si Bella pensó que lo de Victoria era lo único que su madre le ocultaba estaba muy equivocada, las verdades apenas empezaban a ver la luz.

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Era domingo y para su fortuna Bella no se había topado con su madre, después de que Victoria le soltó aquella bomba ella no quería verla. El viernes al llegar de la pista Bella se había encerrado en su habitación y allí había permanecido todo el fin de semana, su único medio de comunicación con el resto de la casa habían sido las empleadas, quienes religiosamente le habían estado llevando la comida, incluyendo meriendas y procurando porque tuviera siempre sobre su escritorio una jarra de agua. En esos días Bella se dedicó a pensar, a analizar cuáles eran las razones que hacían que su familia actuara de ese modo, pero después de horas reflexionando sobre el tema llegaba a la misma conclusión, no existían tales razones, por lo menos no unas lógicas. Pero fue ese mismo encierro y esa misma determinación a conocer la verdad lo que la llevó a no rendirse.

—Señorita, le traigo su merienda —anunció la empleada que entró en su habitación.

—Gracias, ¿te puedo pedir un favor? —preguntó Bella.

—Claro, señorita. ¿Qué desea? —respondió la muchacha que la miraba sonriente.

—¿Podrías traerme una taza roja que traje a casa a principios de semana? —pidió Bella amablemente.

—Sí, enseguida se la traigo. —La muchacha dejó la bandeja que traía sobre la cama, frente a Bella y salió con rapidez. Unos minutos después le entregaba a Bella la taza roja, la taza de Jaziel. Bella le dio las gracias y le dijo que podía retirarse.

Bella observó la taza con detenimiento y al darle la vuelta, descubrió en la parte de abajo un nombre escrito en letras blancas, pero no fue eso lo que más la impactó, lo que realmente la impactó fue el apellido que lo acompañaba… Swan.

Jasper Swan.

Ese era el nombre que estaba escrito, el dueño de aquella taza debía ser Jasper Swan, ¿pero quién era? Estaba claro que al parecer era familia, solo había una familia Swan en Boston y era la suya, ¿quién era Jasper Swan en esta? ¿Sería un tío? ¿Un abuelo? Bella bajó de la cama y fue directo a su laptop, abrió la página de Google y tecleó aquel nombre… Jasper Swan.

Varios resultados aparecieron en la pantalla dio click sobre el primer enlace y para sorpresa suya era la página web de un periódico reconocido, pero su sorpresa fue mayor cuando leyó el titular de la noticia.

Jasper Swan muere en accidente.

Jasper Swan estaba muerto, la angustia se apoderó de Bella, ¿quién era Jasper en su familia? Aunque asustada decidió seguir leyendo aquella noticia, tenía miedo por lo que podía llegar a conocer pero algo en el fondo de su corazón le decía que estaba haciendo lo correcto, así que se dispuso a leer.

El joven perdió la vida esta mañana al ser atropellado por un auto frente al lugar de residencia de su familia, la mansión Swan.

Jasper, quien tenía 17 años de edad, cruzaba la calle para ir tras su hermana menor, Isabella, quien había salido corriendo del jardín en busca de su pelota, cuando fue arrollado por un auto, el cual era conducido por Anthony Cullen, el hombre manejaba en estado de embriaguez.

El auto impactó el cuerpo del occiso, quien protegió a su hermana Isabella de apenas 3 años de edad del mismo, la niña salió herida producto del golpe que ella y su hermano recibieron. Paramédicos llegaron al lugar, pero ya nada pudieron hacer por el joven.

La pequeña Isabella fue trasladada al Boston Medical donde se encuentra en proceso de recuperación.

Bella no podía creer lo que leía. Jasper Swan era su hermano, un hermano que murió por su culpa, él la salvó y ella… ella no recordaba a Jasper, era una malagradecida, como su madre siempre le había dicho. Ella no merecía vivir, no merecía tener la vida que tenía, no merecía que Jasper hubiera perdido su vida por ella. Cerró la laptop de un solo golpe y sin pensarlo mucho se dirigió al área de servicio, al verle llegar varios empleados y empleadas no pudieron ocultar su asombro.

—¡Las llaves de la habitación que está al lado de la mía! ¡Las necesito! —bramó Bella.

—Señorita, usted sabe que su madre le tiene prohibido entrar a esa habitación —replicó uno de los encargados de la seguridad de la mansión.

—Pues no me importa, me dan las llaves o los despido a todos —amenazó seria.

—No tiene que llegar a esos extremos —intervino una de las empleadas del servicio de más edad—, aquí tiene. —Sacó las llaves de su delantal y se las entregó a Bella.

—Gracias. —Y sin más ceremonias Bella corrió hacia la habitación que por años le había sido vedada.

Era el cumpleaños número siete de Bella y como en cada uno de sus cumpleaños su madre se encerró en la habitación contigua a la suya, pero en aquella ocasión Bella desobedeció su orden de esperarla en el jardín junto a los demás niños que asistían a la fiesta y fue a buscar a su mamá pero mientras subía las escaleras hacia las habitaciones se topó con ella, quien lucía bastante decaída, y aún se podía ver que había estado llorando.

Mami, ¿por qué lloras? —preguntó Bella.

Ve a la fiesta —ordenó su madre frunciendo el ceño.

Siempre que entras a ese cuarto lloras, yo quiero ver que hay allí —exclamó Bella subiendo a prisa los escalones que le hacían faltan para luego correr por el pasillo que da a la dichosa habitación.

¡Isabella! ¡Isabella! —gritó Renée siguiéndola. Bella se detuvo frente a la puerta con la intención de girar la perilla pero su madre la haló del brazo haciéndola quedar frente a ella.

¡Óyeme bien, Isabella! Nunca entrarás a esa habitación, te lo prohíbo —amenazó Renée zarandeándola un poco.

Pero mami… —Empezó a llorar la niña.

Pero nada, no entrarás ahí jamás —inquirió halando a una llorosa Bella de regreso al jardín.

El recuerdo de cómo su madre le había prohibido de manera tan fría y cortante la entrada a esa habitación regresó a ella. Caminó con paso decidido por el pasillo hasta llegar a la puerta de esta, metió la llave en la cerradura, la giró y la puerta se abrió revelando las pruebas de aquel secreto que los Swan, sus padres, habían guardado con tanto recelo. Bella estaba nada más y nada menos en la habitación de quien fue su hermano, Jasper Swan. Fotografías de él llenaban la habitación. Un chico de cabellos rubios y ojos azules, siempre sonriente. Un escritorio lleno de libros de medicina y sobre estos un portarretrato llamó la atención de Bella, aquel portarretratos enmarcaba una foto, una en donde ella estaba con Jasper, él estaba agachado, a su altura en medio de la pista de hielo donde ella había practicado desde que empezó a patinar, Jasper la sostenía mientras ella trataba de sostenerse en un par de patines. Algo dentro de Bella se quebró y sin mirar atrás salió de aquella habitación llena de recuerdos, de una vida que ella arrebató… la vida de su hermano.

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—¿Señorita, se llevará todo esto? —replicó el farmaceuta mientras empacaba la serie de pastillas, somníferos, antidepresivos, antihistamínicos y otra serie de medicamentos que recomendaban para su propósito en su búsqueda en internet.

—Segura, ¿acaso no le entregué las recetas médicas? —increpó ella a su vez.

—Disculpe —dijo el pobre hombre algo aturdido, sin embargo le hizo entrega a Bella de todo lo que había solicitado una vez esta canceló el valor correspondiente.

—Gracias. —Bella salió de la farmacia, ya había conseguido lo más importante para lo que había planeado, lo demás ya lo tenía en casa. Se subió la capucha de la sudadera que se había puesto antes de salir de casa, bajó la mirada y se dispuso a conseguir un taxi mientras caminaba se tropezó con alguien lo que hizo que el contenido de la bolsa que llevaba en su mano cayera en el piso, se agachó a recogerlo y la persona con quien había tropezado le imitó, cuando ella se levantó vio que se trataba del chico de cabello cobrizo.

—Hola —él la saludó.

—Hola y adiós —contesto Bella de manera fría.

—Bella, yo me preguntaba si tú… —empezó a hablar él cuando vio que ella se disponía a marcharse.

—Mira —dijo ella—. Tengo prisa, déjame en paz —Detuvo un taxi y sin más dejó a aquel muchacho con las palabras en la boca y una tristeza profunda creciendo en su corazón.

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En el cielo…

Jasper Swan, después de su muerte había llegado al cielo con el fin de engrosar las filas de los ángeles de la guarda, el sacrificio que había hecho por su hermana, dar su vida a cambio de salvarla, le había concedido un lugar privilegiado entre los ángeles, además como humano había demostrado tener un alma pura y tener los sentimientos más nobles que se podrían esperar de un hombre en tiempos como los actuales. Fue por ello que el Altísimo le había concedido el pequeño capricho, cuando cumplió su instrucción, de ser el ángel de la guarda su pequeña hermana, de Isabella; y en los últimos años había venido cumpliendo con su misión con tanta entrega que podría causar envidia entre los arcángeles, si estos fueran presa de sentimientos tan humanos, hasta que Isabella dejó de escucharle del todo –para nadie es un secreto que los ángeles de la guarda nos hablan y orientan–, el dolor se había apoderado de ella y le había causado sordera, además quienes le rodeaban no ayudaban para que ella superara ese momento tan difícil de su vida… Isabella se había encerrado en sí misma y de ese modo también había bloqueado la entrada de su ángel a su corazón. Con cada intento de suicidio de ella, había conseguido que la capacidad de intervención de Jasper se redujera al mínimo, por eso había tenido que recurrir a tomar formas humanas y eso de por sí lo había debilitado, ya no podía aparecerse frente a ella una tercera vez y Bella iba a intentar suicidarse, de nuevo. La única alternativa que a Jasper le quedaba era esa audiencia con el Altísimo, el máximo poder sobre todo lo que existe, aquel que la humanidad llamaba Dios. Carlisle, la mano derecha de este, se había encariñado tanto con Jasper que había conseguido aquella audiencia para él.

—Vamos, Jasper, el Altísimo está esperándote —instó Carlisle a Jasper en cuanto salió de la sala a la que solo los arcángeles podían ingresar, los ángeles de la guarda podían hacerlo siempre y cuando estuvieran acompañado de uno, y Jasper sería acompañado por Carlisle, el arcángel con mayor rango en todo el reino de los cielos, sus alas plateadas con leves visos de verde lo diferenciaban de los demás.

—¿Crees qué me concederá lo que le solicitaré? —preguntó Jasper inseguro a Carlisle.

—No lo sé, noble ángel. Las acciones y decisiones del Altísimo son un misterio, incluso para mí. Confía en él —respondió Carlisle dándole un pequeño apretón a Jasper en el hombro como señal de apoyo.

Ángel y arcángel entraron a la sala donde el Altísimo ya les esperaba, la luz refulgiendo por todo el lugar haciendo complicada la tarea de maravillarse en la grandeza de quien ocupa el trono mayor.

—He estado esperando el día en que el ángel Jasper regresara a mí con una nueva petición. —La voz del Altísimo resonó por toda la estancia. Jasper puso su rodilla derecha en el suelo y agachó la mirada, era la posición que los ángeles de su rango debían adoptar en presencia de su poderoso creador.

—Mi creador y señor —saludó Jasper sin levantar la cabeza. Carlisle caminó hacia el Altísimo y se ubicó a su derecha.

—La nobleza de tu corazón me habla pequeño ángel y he de negar lo que se me solicita —habló el Altísimo con voz pausada—. Tu hermana no ha valorado el hermoso regalo que se le ha hecho, tus esfuerzos han sido subestimados y hay reglas que deben cumplirse —explicó.

—Pero mi señor si tú lo quisieses… —trató Jasper de argumentar levantando levemente la mirada.

—No lo quiero, he escrito lo que tenía que pasar y eso pasará… si ella ha decidido morir, como su padre y creador respetaré su decisión. Ve con ella, ángel noble, acompáñale, sostén su mano, el camino que le espera no será fácil y las consecuencias de su decisión tampoco lo serán. Márchate y acompáñale, no debo concederte nada más, lo siento hijo mío.

Jasper asintió, la impotencia llenando su espíritu, pese a los años él aún no había podido liberarse del todo de las emociones humanas. Descendió del cielo a acompañar por última vez a su pequeña hermana, la decisión de ella de morir por su propia mano lo alejaría, ya no podrían habitar juntos el cielo, puesto que el lugar de los suicidas está en el fondo de la tierra, lo que los humanos llaman infierno y que entre seres de luz como los ángeles y arcángeles es conocido como el Reino de las Tinieblas por la ausencia de luz que en este se presenta.

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En cuanto Bella llegó a su casa subió a su habitación, cerró con pestillo, sacó la botella de vodka, que había escondido bajo la cama antes de salir a la farmacia, la puso sobre la cama junto a las cajas de pastillas que había comprado, se quitó la sudadera y los zapatos y se subió a la cama. Las lágrimas corrían por sus mejillas, al fin saldaría la deuda que tenía con su hermano… entregaría su vida como pago.

Destapó la botella de vodka, tomó dos antihistamínicos acompañados de un trago de la bebida, siguiendo las instrucciones que habían encontrado en internet; y así hizo con el resto de medicamentos, alternando entre unos y otros, más los tragos de vodka que le seguían, empezó a sentirse mareada y supo que su momento había llegado… cerró los ojos y esperó la muerte.

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Jasper había llegado justo a tiempo, la mezcla de medicamentos que Bella había ingerido empezaban a hacer efecto, se veía pálida y sudaba frío, él tomó su mano y ella se removió de modo inconsciente, ella aún sentía su presencia, una sonrisa triste se dibujó en los labios del ángel. Con cuidado la cargó y la puso en su regazo, cubriéndola con sus humildes alas blancas, la acercó a su pecho; podía sentir como los latidos del corazón de Bella se hacían cada vez más lentos, la vida de su hermana escapaba de ella y él solo podía sostenerla, no podía hacer nada más. En el momento en que la vida abandonó el cuerpo de Bella, Jasper sintió que perdía una parte de sí mismo. Acercó su frente a la de ella, sintió la frialdad de su cuerpo y un nudo apareció en su garganta, Jasper se preguntó cuando las emociones humanas le dejarían.

—Mi pequeña hermana si pudiera tomaría tu lugar y otra vez… —dijo con vehemencia el ángel, ahora a él también le tocaba esperar. En unos minutos el delegado del Reino de las Tinieblas haría aparición para llevarse el alma de Bella y convertirla una de los suyos, pasaría por pruebas de sufrimiento extremo y entonces sería una más, sería un demonio, un demonio ciego… esa era la consecuencia de su decisión. Jamás vería la luz, ni los colores… andaría errante por el mundo hasta que Aro, jefe de las Tinieblas lo considerara y Aro no conocía la compasión… ni la misericordia.

—Pues no tomarás su lugar, Jasper. He venido por su alma —La voz de Félix abrió una herida incurable en el espíritu de Jasper. Félix era el segundo al mando, era lo que Carlisle al Altísimo, lo que solo podía significar una cosa… Bella sería reclutada para acompañar a Félix en su misión de flagelar y castigar tanto a vivos como muertos. Bella tendría que sembrar el odio en los corazones de los humanos y condenaría almas, esa era la tarea más despreciable que un ser espiritual podría realizar.

—No te dejaré llevártela —replicó Jasper acercando mucho más a Bella a su cuerpo.

—No te estoy pidiendo permiso, ángel. Ella me acompañará, ¿lo sabes? Tantos años esperando por un alma pura que cometiera el pequeño error de rechazar la vida y mira nada más… Tu hermana, por la que te sacrificaste nos concede ese placer —Félix se carcajeó.

—Ya te dije, no dejaré que mi hermana se convierta en un monstruo —gritó Jasper haciendo que el demonio se sobresaltara.

—Entonces tendremos que luchar, ángel —propuso Félix.

—Lucharemos —dijo Jasper con determinación. Dejó el cuerpo de Bella sobre la cama, le dio un beso en la frente y de manera inexplicable un par de lágrimas celestes escaparon de los ojos del ángel, salpicando el rostro de su hermana.

La habitación se llenó de una luz brillante y en medio de la habitación un par de siluetas masculinas aparecieron, uno de ellos vestía de negro y poseía un par de alas negras con manchas rojas como la sangre, el otro, en cambio vestía de blanco impoluto y sus alas eran plateadas con visos verdes.

—Aro —dijo el demonio en cuanto reconoció a su señor.

—Carlisle —pronunció Jasper al ver al arcángel.

—El altísimo ha tomado una nueva decisión —explicó el último, respondiendo a la pregunta muda que ángel y demonio se hacían.

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Hola.

Lamento la demora.

Pero no estaba emocionalmente bien como para escribir este capítulo, afortunadamente febrero me trajo nuevas energías. Prometo no demorarme, no diré que actualizaré semanal pero al menos no volveré a tardarme tanto.

Mil gracias por la paciencia, por sus rrs, sus alertas y favoritos. Me levantan el ánimo.

Estaré esperando sus comentarios, opiniones y sugerencias.

Besos de mi corazón a su corazón angelical.

Eve.