Algunos personajes pertenecen a la soñadora Stephenie Meyer, pero la trama me pertenece a mí y a mi ángel guardián.

Espero que sea de su agrado porque esta historia la escribo con una parte especial de mi corazón.


A la persona que inspiró esta historia,

a ti mi ángel, hoy cumples 26 años

y esta historia cumple un año de ser publicada en FF.

Te extraño inmensamente.


Capítulo 4: Estoy contigo.

"Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte."

1ra de Juan 3:14-15.

.

.

.

Ángel y demonio, como arcángel y demonio mayor, miraban los primeros a los segundos sin decir palabra. De los ojos de Jasper aún descendían lágrimas celestes que caían sobre el rostro de Isabella.

Jasper se sentía demasiado agobiado e impotente, pues tenía claro que su status era muy inferior al de su maestro Carlisle y al del demonio mayor, Aro, incluso era inferior a Félix, y eso empeoraba la situación actual. Para ellos era la fugaz vida de otro ser humano que se extinguía, ellos no podían entender el dolor de Jasper. El cuerpo inerte que sostenía entre sus brazos no era el de cualquier ser humano, era el cuerpo sin vida de la única persona que lo ataba a la vida terrenal, era la única persona con la que compartía un vínculo que va más allá del amor pero que tiene su base en él... la hermandad. Porque la verdad estaba allí, él ahora era un ángel, el ángel guardián de su hermana, Isabella, quien se había negado la maravilla de vivir y haciendo uso de su libre albedrío había escogido el suicidio y con este la muerte.

—Noble ángel —se dirigió Carlisle a Jasper—. La pureza de tu corazón y el fuego que arde en él, y que los humanos llaman amor, ha liberado a tu hermana —informó con calma. Aro hizo una mueca de disgusto ante las palabras del arcángel.

—Mi señor, ¿qué ha sucedido? —cuestionó Félix a Aro, pues no podía creer que el infierno pudiera perder la oportunidad de apoderarse de un alma como la de Isabella.

—Ya has oído a Carlisle, Félix. No tenemos más nada que hacer aquí —contestó Aro extendiendo sus negras alas, pero no por ello menos majestuosas que las de los ángeles.

—Mi señor —intentó hablar Félix pero bastó una mirada de Aro para que comprendiera que no había modo en que ganaran el alma de la chica, así que el demonio se acercó a su señor y juntos descendieron al infierno, dejando a Carlisle y a Jasper, solos, bueno, con Isabella muerta.

—No entiendo, Carlisle, ¿cómo liberé a Isabella si no he hecho más que llorar? —increpó Jasper.

—Allí tienes la clave, noble ángel. Las lágrimas de un ángel son un precioso regalo que el Altisimo nos concedió a todos los ángeles para que se ofrecieran a aquel ser humano que hiciera méritos para tal sacrificio, pues sabes tú bien que nuestras lágrimas se sienten como dagas que atraviesan nuestros cuerpos cuando las derramamos —explicó Carlisle justo cuando la última lágrima celeste caía sobre Isabella.

—Si liberé a mi hermana, ¿qué sucederá ahora? ¿Podrá volver a vivir? —preguntó Jasper esperanzado.

—Dije que la liberaste, mi apreciado Jasper, lo que quiere decir que ya no tendrá que ir a dar al infierno, ni convertirse en un demonio ciego. El Altísimo tiene otros planes para ella —contestó sonriendo el arcángel.

—¿Otros planes? ¿Cuáles? —preguntó Jasper lleno de ansiedad.

—Curiosidad… —Carlisle saboreó la palabra—. Eso es algo muy humano para un ángel guardián, mi apreciado Jasper. Todo tiene su tiempo y justa medida. Ahora, déjame tomar el espíritu de tu hermana.

Carlisle se acerco al cuerpo de Isabella y colocando su mano derecha en lado donde se ubica el corazón, pronunció unas palabras, el verso de la liberación, así era conocido entre los ángeles.

Ciem, animus salvos nos fecit.

(Espíritu puro, tu valor nos salvó.)

Sacrificium tuum, et nos,

(Tu sacrificio nos liberó,)

liberatio tempore venit

(el tiempo de tu liberación llegó,)

nunc ad originem.

(regresa ahora a la fuente.)

A medida que Carlisle repetía aquellas palabras el cuerpo de Isabella empezaba a brillar, como si una luz blanca la iluminara, cuando dicho fenómeno se detuvo Carlisle quitó la mano de encima de ella y fue entonces cuando algo parecido a una esfera de luz dorada se elevó hasta caer en la mano del arcángel. Era el espíritu de Isabella.

—Ahora sí, Jasper, es hora de partir —exclamó Carlisle guardando en el interior de su mano el espíritu de Isabella, desplegó sus alas y se elevó, seguido de cerca por Jasper.

.

.

.

Al llegar al reino de los cielos, ya varios ángeles y arcángeles, que habían estado observando el desarrollo de la vida de Isabella, los esperaban, entre ellos el arcángel jefe del ejercito celestial, Emmett, corpulento y de cabellos castaños; y su compañera, –porque aunque no lo crean los ángeles y arcángeles después de la caída, tienen un compañero o compañera, según sea el caso–, Rosalie, arcángel a cargo del arte y la belleza, la rubia que los humanos considerarían una barbie; y el ángel menor, que acompaña a los niños que mueren hasta su camino al cielo, Alice, menuda y pequeña, de cabello negro corto.

—Bienvenido, hermano —saludó Emmett a Jasper palmeando su hombro—. Has mostrado valor.

—Gracias, Emmett, viendo de alguien con tu rango, eso significa mucho para mí —respondió Jasper medio sonriendo.

—Emmett, dejate de halagos, ¿acaso no ves que Jasper necesita ir a ver al Altísimo? —increpó Rosalie—. ¿O acaso me equivoco? —preguntó dirigiéndose a Carlisle.

—Tienes toda la razón, tenemos una audiencia con el Altísimo, él nos dirá cual es el destino de este espíritu —expresó abriendo su mano, liberando el espíritu de Isabella, que empezó a refulgir mientras levitaba sobre la mano del arcángel.

Un gemido ahogado escapó de varios de los presentes pero fue Alice quien se atrevió a decir lo que muchos no.

—Es dorado, el espíritu de Isabella es del color del de los arcángeles del sacrificio —comentó Alice sorprendida pero al ver la mirada de reproche que Carlisle le daba supo que había hablado de más y prefirió callar.

Carlisle caminó hasta el centro de la multitud de ángeles y arcángeles que les recibieron.

—Arcángeles y ángeles, les invito a retomar sus responsabilidades, el ángel noble, Jasper y yo, tenemos una audiencia con el Altísimo. Hoy más que nunca han de ser prudentes —les instó Carlisle fijando su mirada en Alice, quien se sintió aún más pequeña de lo que era.

Después de las palabras de Carlisle la multitud se dispersó, incluyendo a Emmett, Rosalie y Alice, a esta última Carlisle le dijo que tenían que hablar luego de la audiencia, fue casi imposible que ella no se estremeciera ante la idea, pues una conversación en privado con el arcángel Carlisle significa que estás en graves problemas.

.

.

.

—Buenas tardes, señora Renée —saludaron las empleadas del servicio al verla llegar.

—¿Ya está lista la cena? —preguntó Renée lanzando su abrigo a una de las empleadas.

—Ya casi, señora —respondió aquella que no sostenía el abrigo.

—¿Isabella? —cuestionó a las empleadas de ese modo para saber dónde estaba su hija.

—La señorita Isabella está en su habitación, señora —informó la empleada.

—Perfecto. Esa muchachita me va a escuchar, su mediocridad me tiene harta —expresó Renée mientras caminaba hacia las escaleras que daban a las habitaciones.

Al llegar al segundo piso Renée se dirigió a la habitación y entró sin tocar, encontrándose el cuerpo inerte de su hija en la cama. Corrió hacia esta y trató de comprobar si tenía pulso, pero no lo sintió, un grito desgarrador escapó de su garganta y de inmediato la servidumbre acudió a ver qué sucedía, al encontrarse con aquella escena llamaron una ambulancia, pero muchos se dieron cuenta que ya nada podía hacerse por la señorita Isabella, pues estaba muerte.

—Mi pequeña bebé —repetía una y otra vez mientras se mecía al tiempo que sostenía el cuerpo de su hija y las lágrimas se desbordaban de su rostro.

.

.

.

Entraron a la sala, donde el Altísimo los esperaba, y al verlos entrar este habló.

—Mis hijos, los estaba esperando —exclamó—. Vengan, acérquense. Carlisle, deposita el espíritu de Isabella en mi mano.

Carlisle y Jasper se acercaron, obedeciendo al Altísimo, y Carlisle fue hasta su presencia y le entregó el espíritu de Isabella como había pedido para regresar a su lugar al lado de Jasper. De pronto una luz los cegó y tuvieron que cubrirse los ojos y al levantar la mirada descubriendo a dos mujeres frente a ellos, una era Isabella y la otra, una mujer alta, de ojos verdes y cabellos rojos como la sangre, ambas llevaban vestido color blanco.

—¿Dónde está el Altísimo? —preguntó Jasper, la mujer se carcajeó al escuchar la pregunta.

—Aquí estoy —respondió la mujer sonriendo—. Puedo ver que estás sorprendido, no es para menos, desde pequeños se les ha enseñado a los humanos que Dios es él, no ella.

Jasper abrió la boca y la cerró, no sabía qué decir.

—Esme —llamó Carlisle a la mujer, quien era el Altísimo.

—Mi amado Carlisle, mi mano derecha, mi compañero. —Se acercó ella a él y lo abrazó.

—¿Esme? —cuestionó Jasper al escuchar como Carlisle la había llamado.

—Ese es mi nombre, es el nombre que el creador me dio al principio de los tiempos. ¿Sabes, Jasper? Dios si fue hombre, pero después de las cruzadas y al final de la inquisición él se sentía demasiado avergonzado de su creación, así que nos abandonó. Fue entonces cuando los arcángeles decidimos tomar su responsabilidad antes de que el reino de las tinieblas se apoderara de la humanidad. Fui escogida por la corte celestial para tomar el lugar de Dios, y decidieron llamarme el Altísimo para no causar conmoción entre los pequeños ángeles, pero Dios regresó cuando las cosas empezaban a mejorar y quiso reclamar su lugar como amo y señor de la creación, pero ya era tarde, le habían perdido el respeto. Una contienda se desató por ello y un grupo de arcángeles del más alto rango lucharon contra él y ganaron, pero tuvieron que sacrificar su lugar en el cielo, ellos fueron llamados los arcángeles del sacrificio.

—¿Cuántos arcángeles fueron los que lucharon? —curioseó Jasper.

—Siete, el número que ilusamente relacionan con Dios —respondió seria Esme—. Sin embargo, dos han logrado regresar y hoy, el número tres, el más valiente de toda la creación. —Esme dirigió su mirada hacia el lado donde Isabella estaba rígida de pie, se acercó a ella y sopló frente a su rostro haciendo que esta pestañeara.

—Bienvenida, Isabella. —Sonrió Esme a la chica—. Jasper, ninguno de los arcángeles al regresar logra recordar quien fue —aclaró sin mirarle—. No puedes contarle a nadie sobre lo que te he dicho —advirtió.

—¿Qué hago aquí? —habló Bella al fin.

—¿Recuerdas algo, Isabella? —le increpó Carlisle.

—¿Yo estoy muerta? —respondió ella con una pregunta.

—Algo así —contestó Jasper mirándola.

Bella lo miró y notó que era el chico que había visto en las noticias, él era su hermano, sin pensárselo mucho se acercó a él y le abrazó.

—Chocolate con vainilla —dijo ella cuando sintió el aroma de él.

—Tu olor favorito, lo sé —comentó él.

—¿Cómo es que estoy aquí? ¿No se supone que los suicidas vamos a allá abajo? —cuestionó Isabella preocupada.

—Tú eres especial, Isabella —aclaró Carlisle.

—¿Especial? ¿El tipo de especial defectuoso? ¿O del tipo especial maravilloso? —siguió cuestionando ella.

—Del que es mucho más que el adjetivo maravilloso —contestó Carlisle con una sonrisa juguetona.

—Isabella —llamó su atención Esme—. Tengo una misión para ti, una que solo tú puedes realizar —informó.

—¿Qué? Esto es muy confuso, se supone que yo debería estar en una especie de juicio por mis pecados, o haciendo una enorme fila frente a San Pedro para que decidieran a donde me enviarían, y estoy aquí, frente a dos top models —dijo refiriéndose a Carlisle y a Esme—, y a un hermano que recién hace unas horas conocí. ¡Esto es demasiado loco! ¿No estoy en coma y esto es efecto de la anestesia? —increpó.

Los aludidos negaron con la cabeza.

—¡Oh Dios! —exclamó Isabella confundida.

—Aquí estoy, hija mía —contestó Esme en tono maternal y acercándose a ella le acarició el cabello.

—¿Tú eres Dios? ¿Dios es mujer? —Esme asintió—. ¿Por qué no me ha dado dolor de cabeza después de todo esto?

—No eres mortal —aclaró Carlisle—, ya no sentirás ese tipo de molestias.

—Mucha información, ¿cuánto llevo muerta? —le preguntó a Jasper.

—Cuatro horas —respondió.

—Isabella, te estás agobiando por cosas sin importancia. Tenemos que hablar de tu nuevo rol, ¿aceptarás la misión? —le cuestionó Esme.

—¿Tengo más opción? —preguntó Isabella.

—No una que te pueda dar, pero puedes rechazar la misión —explicó Esme.

—Tengo el presentimiento que debo aceptar, así qué… lo haré, acepto —afirmó Isabella.

—Maravilloso —aplaudió Esme emocionada—. Tu misión será ser el ángel guardián de este chico —señaló una pantalla que estaba detrás de Isabella y la imagen del chico en cuestión apareció.

Era nada más y nada menos que el muchacho de ojos verdes y cabello cobrizo que veía en la escuela.

—¿Él? —cuestionó Isabella impresionada.

—Así es, hija mía, y te entrenaremos para ello —respondió Esme con un brillo especial en sus ojos.

.

.

.


Hola.

No me desgastaré en excusas y excusas. Porque siento que pese a todo no me justifican.

Solo espero que les haya gustado el capítulo, corto y todo, pero no me gusta sobrecargarlos.

¿Qué les ha parecido todo? ¡Dios es mujer!

Mil gracias por sus rrs, sus alertas y favoritos, que pese a mi ausencia siguen apareciendo en la bandeja de entrada de mi correo. Un millón de gracias.

Les adelanto que en el próximo capítulo tendremos un poco del entrenamiento de Bella y conoceremos al chico de bellos ojos verdes.

Besos desde mi corazón a su corazón angelical.

Eve.