Capítulo 2: Serpientes engreídas

A la mañana siguiente Astoria decidió dar una vuelta por el Callejón Diagon. Como Rose estaba aburrida decidió acompañar a la señora para conocerla algo mejor, lo que no esperaba es que súbitamente Scorpius decidiera apuntarse al plan, dejando descolocadas a ambas. Draco se excusó por trabajo y Hermione se quedó para disfrutar de unas horas de soledad.

Para empezar fue recorriendo todas las habitaciones observando detenidamente cada retrato a pesar de los múltiples desprecios que estos le dedicaban. Pero al final de un pasillo encontró una gran biblioteca con un montón de libros cuidadosamente ordenados. Era un santuario y a Hermione le encantaba. Cogió uno de los libros titulado "Los cuentos de Beedle el Bardo" y sonrió. Albus Dumbledore le había regalado una copia hacía mucho mucho tiempo.

- ¿Te gustan los cuentos, Hermione? –Murmuró una voz que provenía de uno de los pasillos de estanterías de la biblioteca.

- ¿Me estas siguiendo?

- Más bien, tú me estas siguiendo a mí. – Murmuró Draco señalando al libro y la pluma que había sobre una de las mesas de la biblioteca. Ahí era donde él trabajaba. Era su refugio.

-Oh, perdón. No quise interrumpir. – Susurró la Gryffindor dándose media vuelta para marcharse.

- No, está bien. Precisamente ya he terminado. –dijo cerrando el libro que llevaba en la mano- ¿Por qué susurras? ¿Tienes miedo de que aparezca Madame Pince por alguno de los pasillos? – Se carcajeó divertido. Era la primera vez que Hermione veía reírse a Draco tan despreocupadamente.

- ¡Shhhh! No te rías. Es posible que esté escuchando esto y esté a punto de aparecer – susurró aún más bajo mientras miraba hacia atrás esperando que alguien aparezca. Los dos se rieron y después se quedaron mirando en silencio.

- Agradezco que hayas venido, Hermione. – Murmuró bastante cerca de la chica. ¿Cuándo había atravesado la biblioteca hasta llegar a ella?

- Gracias por habernos invitado, Malfoy.

- ¿Malfoy?

- Draco. – dijo por primera vez aún a la defensiva.

- Mucho mejor. –Draco se quedó pensativo mirándola pero Hermione no se movió de su sitio. -Me pregunto… ¿En qué momento dejé de atemorizarte? – Draco la miraba de una forma vacía, no expresaba nada y Hermione fue sincera.

- Nunca lo hiciste. –Susurró bajando las defensas.

- ¿Sigo apareciendo en tus pesadillas, Granger? –Susurró con una media sonrisa. A Hermione no le pasó desapercibido que utilizara su apellido para asustarla pero ella tenía miedo de la verdad. La noche pasada había soñado con Draco Malfoy y no. No había sido una pesadilla.

Solo de pensarlo la Gryffindor se ruborizó, cosa que divirtió aún más al rubio.

Con cuidado Draco Malfoy acercó su mano a la mejilla de la chica, acariciándola lentamente intuyendo sus pensamientos. Tenía unas manos frías que contrarrestaban con el calor que ahora desprendía Hermione, pero a ella no le disgustó el contacto. Lo miró fijamente intentando anticipar su próximo movimiento pero no se lo podía ni imaginar. Draco se inclinó lentamente, dudando de si debía continuar su camino, olvidándose de Astoria, de Scorpius, de Rose. Olvidándose de que ella era Hermione Granger. Sus labios se rozaron, sus manos viajaron a la cintura de la chica mientras que las suyas volaron al pelo del rubio. Se dedicaron una intensa mirada y en ese preciso momento se escuchó un portazo que provenía del piso de abajo. Draco siguió quieto decidido a finalizar lo que había empezado pero Hermione reaccionó. Se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer y se apartó.

- Lo siento.

Fue lo único que dijo y se fue a su cuarto. Se dejó caer de espaldas a la cama y cerró los ojos con fuerza. ¿Qué te pasa Hermione? Es Draco Malfoy. ¡No seas estúpida! Te está utilizando. ¡Maldita sea, tiene esposa! El resto del día se lo pasó encerrada y ni siquiera bajó a comer.

- ¿Dónde está mamá? – preguntó la pelirroja famélica mientras Scorpius la miraba fijamente. ¿Pero qué le pasa? Toda la mañana la había pasado hablando con Astoria sobre sus gustos, su historia con Draco, el nacimiento de Scorpius… Pero él no se pronunció. Se mantuvo callado todo el tiempo sin apartarle la mirada de encima. Es un desequilibrado. Tiene los genes Lestrange.

- No se encontraba muy bien y se excusó de la comida. – Murmuró Malfoy algo inquieto. Astoria notó los nervios de su marido pero no hizo ningún comentario al respecto.

Después de comer Rose decidió salir a despejarse pero allá donde ella iba Scorpius la seguía.

- ¡¿Me vas a decir que te pasa?! – Explotó la chica enfrentándolo directamente.

- ¿Quieres que hable?

- ¡Sí! ¡Maldita sea, por Merlín, dime qué quieres?

- Al fin admites que no puedes vivir sin mí. Necesitas hablar conmigo, por lo tanto, me necesitas. – Asumió el rubio y se dio media vuelta y desapareció adentrándose de nuevo al salón. Rose no dudó en seguirlo y pudo ver como abría una pequeña puerta escondida entre estanterías y continuaba por un camino oscuro.

- ¡Lumos! - gritó la chica. No pretendía pasar desapercibida. Quería que Scorpius se diera media vuelta y dejara ese camino tan angosto, pero en lugar de eso la ignoró y continuó bajando unos escalones hasta encontrarse con una pesada puerta de hierro. Scorpius debió hacer algún hechizo, por lo que la puerta se abrió y se metieron de lleno en un húmedo y mohoso sótano sin iluminación alguna.

- ¿Qué hacemos aquí, Scorpius?

El Slytherin no contestó. Se limito a encender las pequeñas lámparas de aceite que adornaban la pared con un movimiento de varita. Rose se acercó a la pared y acarició uno de los arañazos que adornaban el sótano. Alguien había puesto mucho empeño en intentar salir de ahí.

- ¿Por qué me enseñas esto, Malfoy? – preguntó Rose con ojos llorosos mientras seguía observando aquel horrible lugar.

- ¿Sabías que aquí encerraron a tu tío y a tu padre? – Scorpius se sentó en el suelo y observó como la pelirroja lo imitaba desconcertada- Te digo esto porque es parte de mi historia, Weasley. De nuestra historia, de los Malfoy. Mi padre ha hecho cosas horribles que ni puedes llegar a imaginar, pero a mí nunca me negó su pasado. Lo afrontó como un gran error y cambió su vida para demostrar que ese jamás volvería a ser él. – Hizo un pequeño silencio y continuó- Sin embargo… apuesto a que tu madre no te ha hablado de mi padre. Tú y tus primos… toda tu familia sois unos hipócritas. Escondéis la verdad, la hacéis a un lado por miedo a que se repita.

- ¡Basta! – estalló la pelirroja con los ojos llenos de lágrimas – ¡Tú no sabes nada de mi familia!-Gritó y se abalanzó encima de Scorpius. El chico intentaba quitársela de encima sin hacerle daño pero ella se lo ponía difícil. No paraba de insultarle y golpearle como podía hasta que uno de esos manotazos dio en la mejilla del rubio haciéndole estallar.

- ¡Eres una niñata que lo único que quiere es seguir los pasos de su madre! – Gruñó apretándola de los hombros. –Sacas sobresalientes porque tus padres te exigían que lo hicieras y estás aquí para complacer a tu madre. ¡No sabes lo que quieres! – La zarandeó mientras las lágrimas de la muchacha se deslizaban por sus mejillas. – ¡Te has pasado el día ignorándome y ni siquiera sabes por qué!

- ¡Si lo sé! – Gritó intentando levantarse de encima de él, pero aún la sujetaba de los hombros.

- Apuesto a que no sabes ni que tu madre fue torturada en esta mansión. – Susurró haciendo que algo dentro de ella se rompiera. En ese momento entraron por la puerta Draco y Astoria, seguidos de Hermione. La castaña se lanzó para coger a su hija e interrogarla por lo que había pasado mientras le acariciaba el pelo con preocupación. La pobre no paraba de llorar.

- ¿Tú le has hecho eso?- Preguntó la madre espantada mientras miraba como Astoria revisaba los arañazos que tenía en los brazos su hijo.

- Ma…Mamá…Yo…

- Me has decepcionado, Rose. No esperaba esto de ti.

- Perdónela. No es su culpa, señora Granger. La culpa ha sido mía por decirle la verdad. – Murmuró sombrío mientras dedicaba una mirada significativa a Rose.

- Ahora mismo vamos a sentarnos todos en el salón y nos vais a explicar que ha pasado. – Interrumpió Draco que había permanecido en silencio todo este tiempo.

Rose comenzó a caminar hacia el pasillo, seguida de Scorpius y Astoria, que no paraba de revisar el estado físico de su hijo. Hermione suspiró. Draco hizo ademán de detenerla para poder hablar, pero ella negó con la cabeza.

- No está bien, Draco. –se rindió y siguió a los demás por el pasillo. Draco Malfoy la imitó.

Más tarde en el salón por primera vez se habló del pasado sin miedo. Sin tabús. Hermione explicó todo lo que sufrió y Draco pudo dar su punto de vista y explicar su propia historia. Scorpius y Rose fueron los primeros en irse a la cama. Tenían mucho sobre lo que reflexionar. Hermione se fue a acompañar a los niños por miedo a que volvieran a discutir, pero no lo hicieron.

- ¿Draco? ¿Puedo hacerte una pregunta? – Susurró Astoria aprovechando que la Gryffindor se había ido. El rubio asintió prestando atención por primera vez a su esposa.

- ¿La sigues odiando?

- No.

- ¿Y la sigues queriendo?

Draco la miró fijamente sin comprender lo que decía. Astoria lo miraba con ternura, como quien espera que un niño confiese una travesura.

Hermione apareció en ese momento y se sentó en un sillón más apartado mientras miraba por la ventana aún pensando en lo que habían hablado. Draco no podía dejar de observarla. Era preciosa, inteligente y su carácter no la hacía más que perfecta. Astoria no tardó en darse cuenta que era lo que tanto interesaba a su marido y no pudo evitar decepcionarse. Ella sabía que él estaba obsesionado con ella desde que eran tan solo niños pero nunca pensó que sus caminos se volverían a encontrar. Astoria era una mujer inteligente y jamás estaría con una persona que no le amaba. Sabía que Draco tenía demasiado interés en ella y eso era algo que debía aclarar. La Slytherin se levantó y se excusó para irse a dormir pero Draco no la siguió. Sabía que le obsesionaba y tal vez esa noche decidiera su futuro. En cualquier caso, esa noche no podría dormir.

Draco no dijo nada. Se limitó a continuar observando algo que siempre había ansiado y se había negado y que ahora estaba en su propia casa. Hermione se giró y sus miradas se cruzaron, atrapando la una a la otra. Hermione tragó saliva y le echó coraje.

- ¿A qué estás jugando, Malfoy?

- Cuando tienes miedo utilizas mi apellido.

- No has contestado a mi pregunta. – Insistió.

- ¿Crees que estoy jugando? – murmuró con una voz seductora mientras avanzaba hacia Hermione.

- Eso es exactamente lo que pienso. –Volvió a insistir mientras el pulso se le aceleraba.

- ¿Y a que piensas que juego? –rugió en un suspiro en la oreja de la Gryffindoriana.

Hermione se quedó hipnotizada por los ojos del rubio. Sus ojos cristalinos parecían una tormenta ardiente que podían llevarse a cualquiera por delante. Hermione sabía que aquello estaba mal. Muy mal. Pero era incapaz de alejarse. Es más, era incapaz de contenerse.

Hermione se puso en pie y estiró del cuello de la camisa de Draco para que éste se acercara a ella. Esquivó los labios deseosos que ansiaban su boca y atacó su cuello haciendo que las manos del rubio se apretaran en su cintura. Draco gruñó e imitó los besos de la chica, arrastrándolos por todo el cuello. Dedicó un tiempo a morder y succionar cada parte de su hombro hasta que finalmente la separó. Hermione no entendía nada pero Draco no se hizo esperar. Atacó y devoró los labios de la Gryffindor, aprovechando ese momento para agarrarla de los glúteos y apretarla contra él. Hermione suspiró entre sus labios y lamió cada centímetro de él.

- No sabes el tiempo que hace que esperaba esto. – Susurró el rubio mientras volvía a atacar su cuello. Tan solo ese instante bastó para que le volviera la sangre al cerebro a Hermione y comprendiera lo que estaba haciendo, y por mucho que lo deseara ella no era así.

- Draco para. – Susurró y fue ignorada- Draco, por favor. – Insistió en balde pero las manos del Slytherin vagabundeaban por la espalda de la chica empujándola hacia él sin intención de detenerse.

- ¡Malfoy basta! – Gritó espantada dando un empujón a Draco para que se separara. Esta vez la escuchó pero en sus ojos cristalinos solo se dibujaba el deseo. Era demasiado tarde para que ella huyera de él. Hermione intuyó la mirada pero no dijo nada.

- Las cosas no funcionan así. Estás casado, yo… Yo no puedo, Malfoy. No… -Suspiró- No me conviertas en alguien que no soy.

Hermione no fue capaz de decir ni una sola palabra mirándole a los ojos. Draco no dijo nada aún frustrado por la situación. Ella aprovechó ese momento y se alejó volviendo a su habitación, dejando a Draco solo hundido en sus desastrosos pensamientos.

- ¡Maldita sea! – Masculló el Slytherin cabreado consigo mismo. No podía pensar que Hermione se lo pondría fácil, imposible. Hermione, tan rígida y con una moral intachable ¿Cómo iba a desear a un hombre casado? ¿Tan difícil es dejarse llevar por el momento? Pensó Draco pero ya conocía la respuesta y él no pensaba resignarse a ella. No. Él era un Malfoy y su orgullo pesaba demasiado como para dejarla ir. Sería suya… Pronto.

Con un suspiro se alejó regresando a la habitación junto a su esposa, que ya estaba en la cama. Astoria se hizo la dormida pero la verdad es que en ese momento estaba temblando de pura emoción. Draco había vuelto pronto, por lo que no había pasado nada con Hermione. Eso solo podía significar una cosa: Draco la amaba.