Capítulo 3: Decisiones peligrosas
A la mañana siguiente Rose decidió levantarse antes y empezar el martes con entusiasmo. A decir verdad no había podido dormir demasiado pensando en todo lo que había descubierto en una sola noche, pero todo eso era el pasado. Draco Malfoy había cambiado y no podía culpar a su hijo por algo que pasó antes de que naciera. Era injusto y ella era lo suficientemente madura como para darse cuenta. Así que se dirigió al escritorio que tenía a su derecha y se dedicó a escribir una carta para Hugo:
"Querido Hugo,
Aunque no te lo puedas creer esto es mejor de lo que esperábamos. La mansión es fabulosa y resulta que los Malfoy no son tan malos como nos dice papá. No quiero decir que papá mienta, simplemente recalco que eso era el pasado y que la gente cambia. Papá también debería hacerlo."
Un golpe repetido en la puerta hizo que se sobresaltara. Al fijar la mirada en esa dirección vio a Scorpius asomándose decidiendo si podía o no entrar.
- Buenos días. – Murmuró él mientras decidía acercarse a la chica. Inmediatamente ella retiró el pergamino para que no viera lo que escribía. – Solamente venía a proponerte ir a un sitio pero veo que estas ocupada.
- ¿A dónde vamos? – preguntó emocionada.
- ¿A quién escribes?
- A Hugo. Quería saber cómo estaba él y mis primos, pero ya casi he terminado. – Intentando que volviera hablar de la salida.
-¿Cómo está Lily? –
- ¿Por qué quieres saberlo? – preguntó perspicaz. Era realmente extraño que Scorpius se preocupara por su prima, que ella supiera no mantenían relación alguna. Como mucho habían hablado un par de veces.
- Bueno… Es una Slytherin. Los Slytherins nos preocupamos los unos por los otros. – Mintió.
Era cierto, Lily había sido seleccionada por el Sombrero Seleccionador como miembro de Slytherin. Todos nos habíamos preocupado ya que era la única que no había sido Gryffindor pero a Harry jamás le importó. Siempre comentaba que él mismo pudo haber sido de Slytherin excepto porque él se negó. A Lily por otro lado le entusiasmaba la idea. Era una chica fuerte y segura por lo que no le asustaba entrar en una casa desconocida sola, y a decir verdad, nunca tuvo ningún problema con nadie.
- Mientes – sonrió la pelirroja dándole un toque en el hombro. – Enséñame lo que tenías pensado y decidiré si decirle que se venga.
Scorpius se revolvió el pelo, ya de por si alborotado y dibujó una media sonrisa. En un movimiento rápido le arrebató el pergamino haciéndola enfurecer.
- ¡Malfoy! ¡Devuélvemelo! – Gritó roja de la furia.
- Eso voy a hacer, preciosa. – Murmuró sonriendo mientras le ponía un mechón de pelo detrás de la oreja. Ella se envaró pero él la ignoró – Hagamos las cosas a mi manera. Yo te devuelvo el pergamino, tú invitas a Lily y te enseño algo que te aseguro que quieres ver.
Rose dudó de si podía confiar en su palabra, pero no tenía otra opción. Asintió sin decir una sola palabra y Scorpius le devolvió el pergamino pero no se movió. La chica suspiró y se dirigió al escritorio para terminar la carta. Por donde iba…
"Querido Hugo,
Aunque no te lo puedas creer esto es mejor de lo que esperábamos. La mansión es fabulosa y resulta que los Malfoy no son tan malos como nos dice papá. No quiero decir que papá mienta, simplemente recalco que eso era el pasado y que la gente cambia. Papá también debería hacerlo. Por otro lado…he pensado que sería una buena idea que todos vinierais aquí a pasar el día. Hay unos terrenos fantásticos para jugar a Quidditch y estoy segura que a Albus, James y tú os encantaría. Díselo también a Lily, estoy segura que ella me entiende y querrá venir.
Dale un beso a papá y a los tíos. ¡Tengo muchas ganas de veros! ¡Ah! Y no te preocupes por mamá. Está estupendamente, creo que se lleva bien con el señor y la señora Malfoy. Cualquier problema que hubiesen tenido por lo visto ya no existe.
Os quiero mucho,
Rose Weasley."
La pelirroja enrolló el pergamino y lo ató a una pata de Shark, la nueva lechuza color chocolate de Hugo que él mismo le había prestado para que la defendiera. Scorpius acercó la mano a la lechuza pero ésta se revolvió agitando las alas e intentando morderle.
- ¡¿Qué le pasa a tu lechuza?! – Masculló dando un paso atrás. Poco había faltado.
- No es mía, es de Hugo. – Dijo mientras le indicaba a la lechuza asesina su nuevo destino- Una vez mencionó que la tenía entrenada para que ningún Slytherin la tocase. Pensé que era una broma… - Murmuró más para sí misma mientras se volvía a coger un pequeño bolso de cuero marrón que la acompañaba a todas partes.
- Definitivamente las mascotas se parecen a sus dueños.
- ¿Decías? – Preguntó la chica una vez había recogido todo lo que pensaba que podía necesitar.
- Nada, nada. ¡Vámonos, anda! – Gritó sonriendo mientras le agarraba la mano a la chica y tiraba de ella escaleras abajo. Parecía mucho más contento al saber que Lily Luna Potter estaba invitada a su casa.
Durante todo el trayecto no hablaron demasiado. A decir verdad parecía que Scorpius estaba enfrascado en sus pensamientos y parecía bastante feliz. Eso le irritaba. No es que Rose fuera mala persona, pero sabía que su felicidad era causa de Lily y sentía una pizca de celos. No es que Scorpius le importara, pero parecía que Lily era mucho más llamativa a los ojos de los hombres que ella. Su pelo liso pelirrojo y sus ojos castaños le daban un aspecto dulce junto con sus pecas y su rostro pálido y tímido. Lily Potter era un ángel. Rose suspiró y Scorpius se giró y la miró. Por primera vez se dio cuenta de los hermosos ojos que tenía. Eran azules, cristalinos. Parecía que brillaran especialmente para él.
- ¿Cuánto queda para que lleguemos? – Preguntó la pelirroja intentando desviar la atención del rubio. Su mirada le intimidaba y no hacía otra cosa que ponerse colorada.
Scorpius miró al frente y señaló hacia unas colinas. Se habían alejado bastante de la mansión adentrándose en el bosque pero valía la pena. Las vistas eran increíbles y a pesar de que Rose tenía algo de miedo, estaba más tranquila al saber que no iba sola. Scorpius se remangó la camisa negra que cada vez se le pegaba más al cuerpo del calor.
- ¿Cómo se te ocurre ponerte una camisa de manga larga en pleno verano? – preguntó mirándolo de arriba abajo. Realmente no parecía que le importara el tiempo. Iba con la camisa y unos tejanos largos que cubrían sus bambas negras a juego. Ella en cambio únicamente llevaba un vestido de flores primaverales de tirantes. Tenía el pelo recogido en una coleta y afortunadamente se había puesto unas botas tobilleras para andar por la montaña.
- Tienes razón. – Scorpius tras darse cuenta de la vestimenta de su huésped, se comenzó a desabrochar la camisa lentamente. Rose abrió los ojos de par en par pero esto no le detuvo. Se quitó la camisa y se la echó al hombro. – Mucho mejor. ¿Continuamos?
Rose parpadeó varias veces y asintió sin decir nada. Scorpius prosiguió delante de ella con una media sonrisa. Una vez pasadas las colinas Rose pudo deleitarse de lo que tenía delante. Era un paisaje arrebatador, frondosos olmos ocultaban el final del bosque y las criaturas que lo habitaban, pero más adelante en la linde se podían ver un par de crías de hipogrifo que jugaban junto a su madre. Ésta era de un color blanco perla resplandeciente, al contrario que el macho de color negro como el carbón que revoloteaba alrededor de su familia. Las crías eran claramente una mezcla de ambos, en tonos grises que iban cambiando de tonos claros a oscuros.
- Es increíble… - murmuró la chica sin perder de vista a esas magníficas criaturas haciendo sonreír a Scorpius.
- Te lo dije.
- ¡Ven! Tenemos que acercarnos –Dijo rápidamente mientras le agarraba de la mano y tiraba de él.
- ¡Rose, espera! ¡Es peligroso!
- No. No lo es. Confía en mí. Se de lo que hablo. – Y siguió corriendo colina abajo. De repente Scorpius se frenó, haciendo que Rose se girara impaciente. - ¿Qué pasa?
- ¿Crees que yo no sé de lo que hablo? Esas criaturas son peligrosas, Rose. Hablo en serio.
- ¿Les tienes miedo porque atacaron a tu padre cuando era niño? –Inmediatamente Rose se mordió la lengua. Se había pasado.
- No tengo miedo a nada. – masculló irritado y comenzó a dar zancadas cada vez más cerca de las criaturas que ahora se movían para proteger a sus crías.
- ¡Scorpius espera! ¡No funciona así! ¡No cometas el mismo error que tu padre!
Scorpius siguió caminando y el hipogrifo más cercano se le encaró. Scorpius se quedó helado ante aquel ser mitad águila mitad caballo. Los ojos ámbar miraban directamente a los grises del rubio que se habían quedado congelados.
- Scorpius, baja la cabeza. Despacio, hazle una reverencia. – Susurró la Gryffindor sin moverse de su sitio.
Por alguna razón Scorpius decidió que lo más sabio era hacerle caso así que lo hizo. Escuchó como la pelirroja le decía que no se moviese, seguramente no pensaría que podía oírla. El hipogrifo pareció escrutarlo pero finalmente le devolvió la reverencia.
- ¡Es genial Scorpius! Puedes tocarlo, ¡él te lo permite! – masculló emocionada sin dar un paso hacia él.
- Ven- Le respondió ofreciéndole la mano. La chica dudó y él hizo una mueca. – ¿No me digas que tienes miedo? – La provocó utilizando su mismo tono. La chica dudó pero finalmente se acercó. Imitó la reverencia y esta vez no solo la devolvió el macho, sino que la hembra y sus crías lo imitaron. La pelirroja radiaba felicidad, no veía el momento para contárselo a su madre y a sus primos. Cuando miró al rubio observó que éste se había adelantado y estaba acariciando el pico del macho con sumo cuidado. El hipogrifo soltó un gemido y cerró los ojos. Era hipnótico ver las caricias que Scorpius le daba y las reacciones que éstas le provocaban a la criatura.
- Podríamos ponerles nombre.
- No son de nuestra propiedad, Rose.
- Ya lo sé, no digo que lo sean. Pero estoy segura que ellos querrían tenerlo, y no nos vendría mal poder llamarlos de alguna forma la próxima vez que vengamos.
Scorpius sonrió ampliamente al ver que la chica afirmaba que volverían a venir. No sabía por qué la idea le encantaba.
- Entonces el mío se llamará Charcoal. – afirmó el rubio acariciando las plumas que se difuminaban convirtiéndose en pelaje.
- Está bien. Entonces la mía se llamará Sparkler.
- ¿Y las crías?
- El más pequeño podría llamarse Buckbeak como el hipogrifo de tío Harry. Y el otro Pumpkin.
- ¿Porqué iba a llamarse Calabaza un hipogrifo? – Preguntó extrañado al oír el nombre de Pumpkin. Parecía un nombre ridículo en comparación con los otros. Un hipogrifo debía tener un nombre respetuoso y elegante. Como un Malfoy. Tal vez debería llamarse Malfoy. Pensó el rubio para sí mismo.
- Tiene sentido, mírale los ojos. Son de color ámbar, como su padre. Se asemeja a una calabaza. Dos grandes calabazas que te miran.
Scorpius pensó en reírse pero desechó la idea por miedo a que la pelirroja se cabreara. Continuó observándola y se dio cuenta de lo mucho que le gustaban esas criaturas. Rose caminaba sin miedo entre ellas, acariciando a Buckbeak y a Pumpkin mientras estos intentaban morderle el filo del vestido. En ese momento Charcoal rozó con la cabeza el hombro del chico y bajó las alas inclinándose hacia él. Scorpius dudó si le estaba proponiendo lo que él pensaba, pero no podía negarse la gran tentación que suponía. Con cuidado empezó a trepar hasta subirse encima del hipogrifo. Charcoal agitó las alas bruscamente y sin previo aviso comenzó a correr. Scorpius gritó y se abrazó al cuello del animal mientras las dos crías corrían siguiendo a su padre. En pocos segundos los cuatro estaban sobrevolando el bosque por encima incluso de las nubes. Afortunadamente él estaba acostumbrado a volar y eso no hizo más que fascinarlo. Rose no podía evitar sonreír al ver el espectáculo que se abría paso entre sus ojos. Sparkler imitó al macho dejándola subir. Rose fue con cuidado y al contrario que Charcoal, Sparkler abrió las alas lentamente y empezó a trotar. Al poco rato estaban todos sobrevolando las colinas que llevaban a la mansión. Scorpius gritó con entusiasmo y Rose lo imitó y se echaron a reír. Parecía mucho más sencillo ser feliz aquí sobrevolando los cielos en vez de vivir en un aburrido barrio muggle. Rose ansiaba la libertad y Scorpius se la ponía en bandeja.
Mientras tanto tres adultos disfrutaban de un delicioso té en el jardín de la mansión Malfoy. Astoria era una maravillosa anfitriona y sabía cómo servir el té inglés. No faltaba absolutamente nada, pero esto no impresionaba a Draco. Más bien éste era incapaz de quitarle la mirada de encima a Hermione, que se dedicaba a evitar mirarle en lo que llevaban de mañana.
De repente la lechuza de Hugo apareció y se postró en la silla de Hermione con un sobre en el pico. Ésta la abrió a pesar de que la destinataria era su hija. Tenía curiosidad por saber que tal estaba Hugo y nunca había tenido secretos con su hija. Al abrirla y darse cuenta de que era un vociferador supo que había cometido un error.
"Querida hermanita,
Ni en mis peores pesadillas pisaría yo la mansión Malfoy. Has tenido suerte de que la carta la abriera junto a mis primos porque sino jamás se hubieran enterado de tu invitación. Por tu culpa Lily quiere ir a allí y Albus tendrá que acompañarla. Papá está muy disgustado con mamá y contigo, no para de gritar y eso altera mucho a tía Ginny. Tío Harry será quien los lleve mañana por la mañana. Si Scorpius está escuchando esto, cosa que deseo, espero que sepa que como te toque un solo pelo le partiré su marmólea cara. ¡Ah! Y no te acerques a Draco Malfoy. Es una maldita serpiente y las malas hierbas nunca mueren.
Te quiere,
Hugo Weasley. "
Hermione se puso colorada de la vergüenza mientras el vociferador dejaba de gritar y se autodestruía. Draco y Astoria se miraron perplejos mientras la chica no dejaba de disculparse.
- Es un niño, Hermione. No sabe lo que dice. – Intentó tranquilizarla Astoria.
- No. Si sabe lo que dice y todo esto lo ha aprendido de su padre. –Susurró disgustada mientras cogía una pluma de su bolso y empezaba a escribir en una servilleta.
"Esas no son formas de hablar de alguien y mucho menos de amenazar. Estás castigado y dile a tu padre que ya hablaré personalmente con él."
Dobló la servilleta dos veces y se la entregó a la lechuza que inmediatamente se fue volando hacia su destinatario. Al levantar la mirada se dio cuenta que Draco había leído lo que había escrito y sonreía divertido.
- Disculpadme. – murmuró disgustada mientras se levantaba y se dirigía hacia el jardín trasero de la mansión. Necesitaba estar sola. Tal vez tendría que preparar un vociferador para Ron, sería una excelente idea.
- Perdona, cariño. Voy a hacer algo más de té. –murmuró Draco mientras se bebía de un solo sorbo toda la taza. Entró a la cocina y dio una vuelta por los pasillos de la mansión hasta salir por la puerta trasera sin ser visto. Inmediatamente detectó a Hermione pero lo que más llamó su atención fue ver a sus espaldas a un grupo de hipogrifos sobrevolar el bosque. Hermione lo vio y siguió su mirada hasta encontrarse con ese mismo espectáculo. Parecía que bailaban una coreografía bien medida. Al darse cuenta de eso, Hermione enfocó la vista y vio que estaban pilotados por algunos magos. Por un momento recordó cuando Harry y ella sobrevolaron los cielos sobre Buckbeak y no pudo evitar sonreír. A veces añoraba los viejos tiempos y a pesar de que no le entusiasmaba volar, la experiencia con aquella criatura fue algo que jamás olvidaría. Draco disfrutó su sonrisa hasta que sus miradas se volvieron a encontrar y ésta desapareció. Hermione pasó junto a Draco y entró en la mansión sin mirarle. Por un momento el rubio pensó en dejarla marchar pero se lo replanteó. Siguió sus pasos hasta la cocina en la que Hermione estaba apoyada en la mesa de espaldas a él. Parecía agotada y ese pequeño suspiro hacia que los ojos del rubio brillaran con intensidad. Draco caminó lentamente hacia ella sin que ésta se diera cuenta de su presencia.
- Nunca pensé que te estuviese cambiando. – Susurró al oído de la chica mientras la abrazaba por detrás con sus fuertes brazos. – Pensé que siempre lograbas lo que querías. Que no tienes miedo a nada. – Continuó mientras mordía el lóbulo de la oreja de la Gryffindor.
Hermione se quedó paralizada sintiendo el pecho de Draco pegado a su espalda. Era realmente perturbador. Soltó un leve suspiro e intentó ser coherente.
- El fin no justifica los medios, Malfoy.
- Te aseguro que los medios serán buenos, Hermione. – Rugió mientras besaba la parte trasera de su cuello. Sus labios se deslizaban por la nuca mientras que con las manos acariciaba la cintura de la chica.
Hermione se giró quedando cara a cara y apoyó las manos en la mesa que la frenaba por detrás. Volvía a dejarla sin escapatoria y sus besos no ayudaban a pensar.
- Draco, Astoria puede entrar en cualquier momento… - Susurró la castaña en un patético intento de alejarlo de ella.
Draco apuntó a la puerta con la varita y con un pequeño hechizo no verbal la puerta quedó bloqueada. Sin dejarle tiempo a pensar, Draco levantó a la chica sentándola sobre la mesa y empezó a atacar sus labios carnosos. Hermione gimió sobresaltada y le devolvió el beso enredando sus lenguas y mordiendo sus labios demostrando su rendición. Las manos de Draco acariciaban cada curva de la chica, subiendo de las caderas y deslizándose por su espalda haciéndola estremecerse. Ella apoyó las manos en su pecho y poco a poco la camisa del rubio comenzó a ser prescindible, por lo que Hermione luchó nerviosa por desabotonarla. Draco sonrió al ver lo que le costaba a la chica y estiró de cada lado de su camisa haciendo que los botones saltasen y dejando entrever su pectoral. Hermione jadeó y retiró la prenda lanzándola al suelo. Por primera vez pudo apreciar la suma perfección de la que él tanto alardeaba. Tenía unos brazos fuertes y un pecho bien marcado pero sin demasiado musculo. Conseguía el equilibrio entre la escasez y el exceso y saber eso la volvía loca. Hermione acarició su estómago y besó su pecho haciendo que el rubio suspirase. Inmediatamente Draco se pegó más contra ella y le arrancó la camisa de tirantes que ésta llevaba. Hermione pensó en lo mucho que le gustaba aquella camisa pero con un solo mordisco en la cintura olvidó incluso donde estaba. Draco dedicó su tiempo a devorar y lamer cada centímetro de su estómago mientras Hermione anclaba sus dedos en la mesa. Deslizó de nuevo las manos a su espalda y desabrochó el sujetador de la chica dejando sus pechos al descubierto. Hermione se ruborizó y eso excitó aún más al rubio. Agarró con una mano uno de sus pechos acariciándolo mientras que con la boca lamía suavemente el otro. Hermione no podía evitar soltar algún gemido a pesar de que se intentaba contener. Su cuerpo se tensaba y con las piernas apretaba a Draco contra ella sintiendo su excitación intentando abrirse paso. Draco se desabrochó el cinturón y se abrió el pantalón mientras Hermione atacaba el cuello del rubio sin piedad dejándole algún que otro mordisco. La chica detuvo sus bocados y se dedicó a contemplar la mirada de Draco. La ansiaba, la necesitaba de una forma inhumana. No podía ser amor, Ron nunca la había mirado así, con esa posesividad. Hermione empujó hacia atrás a Draco que la miraba perplejo. De un salto bajó de la mesa y lentamente llevó sus manos a la cremallera de sus tejanos. Deslizó su pantalón hasta los pies y se lo quitó haciendo lo mismo con su ropa interior. Draco tragó saliva pero no dijo nada, en ese momento no podía articular palabra. La chica le dedicó una sonrisa torcida y con otro salto se volvió a subir en la mesa. Agarró las manos del rubio y lo trajo hacia ella eliminando todo el espacio que había entre ellos.
- ¿Te he dicho alguna vez lo preciosa que eres? – susurró al oído de la chica aprovechando para morderlo.
- No hace falta que me agasajes, Draco. Esto es solo sexo. – mintió a la defensiva. Draco frunció el ceño y la miró, analizando sus pensamientos. A Hermione le asustaba lo mucho que le gustaba Draco y tenía miedo de que sus sentimientos y los de él fueran totalmente distintos. Ella era por norma general una mujer sensible y era la primera vez que simplemente se dejaba llevar por lo que sentía. Tal vez fuese un error pero no quería acabar enamorada de una persona que no le correspondería. Se sentía una completa idiota.
- ¿Es eso lo que crees? – susurró Draco con la voz ronca mientras la miraba fijamente con sus ojos cristalinos. Hermione se ruborizó y no pudo evitar estremecerse al oír sus palabras. Hermione desvió la mirada y el chico aprovechó para besar la mejilla de la chica. Hermione lo miró inundada en una serie de preguntas que de momento no tendrían respuesta y suspiró. No podía resistirse a la mirada del rubio y una vez que la atrapaba, no sería capaz de alejarse nunca. Draco se acercó lentamente y rozó sus labios con cuidado pero no siguió acercándose.
- Si solo es sexo no dejes que te bese. – Rugió el chico dándole tiempo a Hermione a asimilarlo. El corazón de la chica latía desbocado mientras sentía el aliento fresco de Draco en sus labios. No podía apartarse, la tenía en sus manos.
Draco rompió el poco espacio entre los dos y la besó con suma delicadeza. Fue un beso lento y profundo que significó más de lo debido. El beso se prolongó haciéndose cada vez más rápido y agitado. Las manos del rubio la apretaban contra él mientras que las de Hermione acariciaban la espalda del chico con desesperación. Draco se separó excitado y la advirtió con la mirada de lo que se proponía. Necesitaba mucho más que besos. La quería a ella y quería demostrarle cuanto la necesitaba. Hermione se mordió el labio en un gesto inocente, pero a Draco le pareció todo lo contrario. Lentamente deshizo el espacio que había entre sus caderas adentrándose dentro de la leona. La chica gimió apretando sus uñas en la espalda del rubio y echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos. Quería disfrutar de ese momento lo máximo posible. Draco entró y salió de ella acelerando poco a poco el ritmo, saboreando cada instante, cada gesto, cada gemido de Hermione. Ésta rodeó el cuello de Draco subiéndose encima de él y dejando atrás la mesa que ahora le era innecesaria. Draco la pegó contra la pared y continuó embistiéndola cada vez más excitado. Ella mordió con fuerza el cuello del chico pero inmediatamente lo soltó al perderse en pleno orgasmo. Se sentía llena, completa y radiante de felicidad. Sus músculos se tensaban y Draco detuvo su movimiento para disfrutar de los gritos de la ojimiel. Ese no fue el último orgasmo que tuvo esa mañana.
Mientras tanto, al otro lado de las colinas Scoripius y Rose descansaban sobre la hierba rodeados de las criaturas más increíbles que habían visto. Rose estaba tumbada boca arriba siguiendo el movimiento de las nubes mientras que Scorpius estaba tumbado a su lado mirándola a ella. De repente los hipogrifos comenzaron a agitar sus alas y a lanzar gruñidos en dirección a la entrada del bosque. Scorpius tiró de Rose y la puso detrás de él mientras sacaba su varita. Unas sombras comenzaron a difuminarse y Sparkler se alejó volando junto a sus crías mientras Charcoal se proponía defender a su familia y a los chicos.
- Súbete en Charcoal y vete. ¡Rápido! – Gruñó el rubio sin desviar la mirada de las criaturas que se aproximaban.
- No voy a dejarte solo, Malfoy. Asúmelo.
Ante ellos se presentaban dos Thestrals enormes con rasgos reptilianos y unas enormes alas que se asemejaban a las de un murciélago. El primero de ellos soltó un rugido que puso a la defensiva al hipogrifo, preparado para atacar.
- No hay nada Scorpius, vámonos. Mamá se estará preguntando donde me he metido. – murmuró la chica ignorando lo que tenía delante. Scorpius la observó con incredulidad sin bajar la varita.
- ¿No los ves? – preguntó con incredulidad – Son Thestrals, Rose. – Entonces comprendió porqué solo él podía verlos. – Tienes razón, vámonos.
Rose lo miró perpleja y siguió su mirada hasta la entrada del bosque. Nada. No veía absolutamente nada pero estaba claro que había algo. Scorpius se giró y ayudó a la pelirroja a subir al animal y luego él hizo lo mismo. Los dos atravesaron las colinas volando a una gran velocidad, afortunadamente los Thestrals no los siguieron.
Una vez cerca de la mansión se despidieron del hipogrifo y se acercaron a la mansión por el jardín. Ahí se encontraron con Astoria que paseaba despacio, perdida en sus pensamientos.
- ¡Hola mamá!
- Hola señora Malfoy.
Dijeron a la vez y se rieron. Astoria miró a ambos cabizbaja y entonces se dio cuenta de que no los había visto desde anoche.
- ¿Dónde habéis estado?
Los chicos se miraron con una mirada cómplice y fue Scorpius el primero en hablar.
- Estuvimos paseando por las colinas. – dijo con naturalidad sin darle importancia.
- No os adentréis en el bosque, ¿de acuerdo? – susurró con dulzura con una mirada apagada.
- Disculpe, señora Malfoy. ¿Dónde está mi madre?
Los ojos de Astoria centellearon por un segundo mientras pensaba en la respuesta. En ese preciso momento salió al jardín Draco Malfoy sin camiseta y con el pelo algo revuelto, hecho que no pasó desapercibido para su mujer.
- Cariño, me he manchado la camisa. He llamado a unos elfos para que se encargaran de ella y preparasen la comida. – aseguró con normalidad- Hola chicos, ¿cómo ha ido la mañana?
- Señor Malfoy, ¿Tiene elfos domésticos en casa? – preguntó la pelirroja irritada, a decir verdad, no había visto ninguno en lo que llevaba en la mansión.
Draco le dedicó una media sonrisa al darse cuenta de lo parecida que era aquella niña a su madre.
- Si, Rose. Tenemos elfos. Tienen su propia casa al otro lado de los jardines y es lo suficientemente grande para que allí puedan cocinar y arreglar los cuatro encargos que les pedimos. Tienen su propio salario y tienen la posibilidad de negarse, si así lo desean. No nos consideramos sus amos, sino sus jefes. La mayoría de veces no estamos en casa y no podemos ocuparnos de todo lo que conlleva tener una gran mansión.
Rose asintió más tranquila al comprobar que se trataba de trabajadores y no esclavos pero entonces había algo que no entendía.
- ¿Cómo es que nunca están en la mansión? Ni siquiera para cocinar ni para servir. No les he visto nunca.
- Lo cierto es que nos gusta tener intimidad. Preferimos no tener un elfo que nos persiga por todas partes para ayudarnos. Sencillamente si los necesitamos les avisamos, y ellos aparecen.
- Disculpad. – murmuró la morena mientras se dirigía a la cocina a por algo de agua. Astoria estaba preocupada por todo el tiempo que había desaparecido su marido dejándola sola, y verlo llegar sin camisa y despeinado no era de ninguna ayuda. Necesitaba calmarse.
- Scorpius, ¿Porqué no vas a ayudar a los elfos en la cocina? No te vendría mal ayudar un poco.- Scorpius replicó pero su padre le hizo un gesto para que acatara sus ordenes y así lo hizo. – Rose, tu madre te estaba buscando, supongo que estará en su habitación.
Rose se fue corriendo hacia la mansión y Draco fue detrás paseando. Giró hacia la cocina para seguir a su esposa aunque no se esperaba lo que se iba a encontrar.
Astoria estaba en el centro de la cocina con un brazo rodeándole el pecho mientras que con la otra mano sostenía un botón en alto. La mirada acusatoria de Astoria era clara. Draco cerró la puerta tras de sí e hizo un hechizo silenciador sabiendo lo que se avecinaba.
-¿Me explicas que significa esto?
Draco calló y la miró de una forma muy intimidatoria, pero Astoria ya estaba acostumbrada a esa mirada así que continuó.
- ¿Has bajado tu mirada al suelo, Draco? ¿O es que estabas demasiado ocupado como para darte cuenta de lo claro que lo dejáis para los demás? – Astoria se agachó y cogió uno completamente diferente, de un tono plateado y más pequeño. – Y lo más curioso de todo: No solo están desparramados todos los botones de tu camisa sino que también están los botones de otra.
Los ojos de Astoria estaban inundados en lágrimas, no pudo aguantar más y comenzó a sollozar desesperadamente. Draco dio un paso hacia ella pero la chica se echó atrás y le lanzó los botones al pecho.
- ¡No te me acerques! – Estalló la chica - ¡Quiero que se vaya! ¡Ella y su hija! ¡No quiero volver a verlas!
- Astoria, escucha. No sabes lo importante que es para nuestro hijo. Llevamos tan solo unos días y mira cómo ha cambiado la relación entre ambos…
- ¡No me mientas, Draco! ¡Se quien es tu prioridad y deseo que desaparezca!
Draco no dijo nada y eso irritó más a la morena que se planteaba lanzarle un Avada Kedavra y acabar así con el foco de su dolor.
- ¿La quieres como a mí? – preguntó aterrorizada escrutando los ojos de su marido.
- No.
- ¿La amas? – preguntó esta vez sorbiéndose la nariz. Si decía que sí sería el fin de su relación. Significaba que Hermione Granger estaba por encima de ella y que había robado su corazón, algo que Astoria jamás había logrado en todos esos años.
Draco no contestó, no por miedo a decírselo sino porque ni el mismo sabía la respuesta. Sabía lo mucho que le importaba Hermione y sabía lo que había sentido al hacer el amor con ella en esa misma cocina, pero también sabía lo inestable que podía llegar a ser la leona. Ella jamás saldría con alguien como él. Draco Malfoy tenía miedo, sí. Pero no a confesar sus sentimientos sino a ser rechazado por la única persona con la que podía ser él mismo.
De repente la puerta se abrió y se asomó Scorpius con el ceño fruncido.
- ¿Estás bien, mamá? – preguntó al ver las lágrimas que rodaban por el rostro de su madre. Astoria inmediatamente se enjuagó las lágrimas con la mano y asintió.
- ¿Qué hacen todos esos botones en el suelo?
Draco suspiró y vio la mirada gélida que su esposa le lanzaba. Hizo un gran esfuerzo por no derramar ninguna lágrima y miró a su hijo:
- Culpa de papá. Cada vez que intenta arreglar una cosa estropea otra.
Scorpius dudó, no entendía lo que estaba pasando pero entonces recordó a lo que había ido a la cocina, estaba buscando a su amiga.
- ¿Habéis visto a Rose? No estaba en su habitación ni en la de su madre.
Draco negó con la cabeza y entonces Astoria se acercó a su hijo y le puso ambas manos en sus hombros.
- Hablando de ellos… Scorpius, creo que la Señora Granger y su hija van a tener que marcharse. Nos ha surgido un imprevisto y no van a poder quedarse más tiempo.
Scorpius la miró incrédulo y negó con la cabeza.
- ¡No se pueden ir! ¡Acaban de llegar! Mamá, por favor. Anula todos los compromisos, déjales quedarse unos días más…
- Es cierto, cariño. Mañana vienen Albus y Lily a pasar el día, no pueden irse ellas y que luego lleguen y no estén.
Astoria se vio entre la espada y la pared. No podía negarse, tendría que soportarlo sola. La chica asintió y Scorpius la abrazó dándole las gracias y salió disparado por la puerta, seguramente a continuar con su búsqueda.
- Que sea la última vez que me llamas cariño. Tú has destruido lo que éramos. Has destruido nuestra familia. – y dedicándole una última mirada de desprecio se giró y se fue a su habitación dejándolo solo. Draco pateó una silla contra la pared y se dirigió a la puerta. Le dio un par de puñetazos llenos de rabia contenida, le quitó el hechizo silenciador y desapareció por los pasillos sin rumbo alguno.
- ¿Así que mañana viene Lily? – dijo Scorpius con más entusiasmo del que debería mientras se llevaba el tenedor a la boca. Rose asintió algo molesta por tanta alegría pero lo ignoró.
- No os olvidéis de Albus. Estoy segura de que le encantará esta casa. Adora los lugares con historia. – Afirmó Hermione metiéndose un trozo de salmón a la boca mientras miraba el exterior de la gran mansión.
- ¿Te gusta? – preguntó Draco sacándola de sus cavilaciones.
- La verdad es que es impresionante. Nunca me disgustó del todo la majestuosidad de tu mansión, simplemente es intimidante.
- La belleza intimida – dijo sin quitar la mirada de la castaña, que inmediatamente tuvo que desviar la mirada y concentrarse en su plato.
- Lo cierto es que me gusta comer aquí en el jardín. Deberíamos hacerlo más veces, papá. – afirmó Scorpius mientras luchaba por quitarle la raspa a su porción de pescado.
- Es una pena que la señora Malfoy esté indispuesta. – confesó la pelirroja haciendo que tanto Hermione como Draco se tensaran.
- En realidad ya me encuentro mejor – dijo una voz que se acercaba a lo lejos. Astoria Greengrass estaba más increíble que nunca. Llevaba un vestido granate palabra de honor y un recogido que denotaba la alta sociedad en la que siempre había vivido. Draco no pudo evitar mirarla impresionado, cosa que molestó bastante a Hermione. Astoria no estaba dispuesta a dejar escapar a su marido sin luchar. El tiempo que había pasado encerrada en su habitación le había bastado para hacerla entrar en razón. Por la ventana había visto el espectáculo que se daba lugar y no quería ser menos.
La morena dedicó una cálida sonrisa a sus invitadas y se sentó junto a su marido dándole un cálido beso en la mejilla. El resto de la comida se llevó en silencio. Scorpius y Rose se levantaron y decidieron aprovechar el día investigando más acerca del bosque, así que cogieron unos trozos de carne cruda de la nevera para dársela a los hipogrifos y salieron corriendo.
- Iré a por el postre. – anunció Draco mientras se encaminaba a la cocina.
- Bueno Hermione, espero que vuestra visita aquí sea de lo más agradable. – Abrió el tema de conversación aprovechando la ausencia de su marido.
- Si…Lo es.
- Estoy segura de ello, aunque a mí no se me ocurriría acostarme con el marido de otra. – sonrió Astoria observando la reacción de la chica. Hermione se tensó y la miró espantada. Se limpió los labios con fingida tranquilidad y la volvió a mirar.
- No sé de qué me hablas.
- Oh. Yo creo que sí. Si sigues en esta casa es por mi hijo y por la visita de los Potter de mañana, así que ves haciendo las maletas. – confirmó tranquilamente dándole un trago a la copa de vino.
- Ya estoy aquí. – murmuró Draco que se había dado prisa en volver. No quería dejarlas solas, tenía miedo de lo que Astoria sería capaz de hacer.
- Se me ha quitado el apetito. – susurró con una fingida sonrisa la Gryffindoriana levantándose de la silla y alejándose hacia su habitación.
- ¿Qué ha pasado aquí?
- Nada, cielo. ¿Está bueno el mousse?
Draco suspiró y terminaron de comer en silencio. El resto de la tarde también la pasaron juntos, Astoria se empeñaba en hacer planes y no dejarle ni un segundo solo. Por la noche Hermione tampoco bajó a cenar. Scorpius y Rose se fueron a dormir temprano ya que tenían que madrugar para recibir a sus invitados. Astoria y Draco los imitaron. A media noche Draco se levantó dudando de lo que estaba haciendo. Si Astoria se despertaba estaría muerto. Soy un estúpido. Se dijo a si mismo pero aún así se fue hacia la cocina y preparó algo de comer. Después se encaminó a la habitación de la castaña, dudó si picar o no, pero decidió que era mejor entrar directamente por miedo a que Hermione se negara a dejarlo entrar. Draco cerró la puerta tras de sí con cuidado y dejó la bandeja encima de la mesilla de noche. Observó como la chica dormía tranquilamente. Afortunadamente la poca luz de la luna que entraba por la ventana era lo suficientemente intensa como para ver por donde andaba y sobre todo para poder ver el hermoso rostro de la Gryffindoriana. Draco acercó una mano a su mejilla y la acarició con ternura. De repente los ojos de la chica se abrieron asustados, y hubiese pegado un grito si no fuera porque Draco fue más rápido y le tapó la boca.
- Tranquila, tranquila. Soy yo. Quería traerte algo para cenar ya que no has bajado. – Draco quitó la mano de los labios de la chica y está se incorporó. Iba a protestar pero entonces miró la comida y se dio cuenta de que algo fallaba.
- ¿Es un desayuno? – observó mirando su zumo de calabaza y unas tortitas medio quemadas.
- No soy muy buen cocinero, es lo único que sabía hacer. – confesó el rubio cosa que hizo reír a la castaña.
Hermione dudó si comérselo o no, pero su estómago gruñó tomando la decisión por ambas. Dio un largo sorbo al jugo, se metió un trozo de tortita en la boca y lo miró. La verdad es que estaban deliciosas a pesar de estar un poco quemadas, pero no se lo diría.
- No deberías estar aquí.
- No.
- Pero no vas a marcharte.
- No – afirmó.
- Debería haberme ido antes. Debería hacerlo incluso mañana cuando vengan los niños.
- No lo hagas.
- ¿Porqué? Todo esto está mal, Draco. – Suspiró la chica y clavó su mirada en la de él.
- No deseo que te vayas. – confesó el Slytherin.
- Has cambiado mucho. – susurró la castaña a la vez que acariciaba la mejilla del rubio. Éste se sentó en el borde de la cama y besó los suaves labios de la leona con sumo cuidado.
- Pienso hacer las cosas bien, Hermione. Solo dame tiempo…
Hermione dudó si podría poner la confianza en ese hombre que tanto daño le había hecho a lo largo de su vida, pero cuando miraba esos ojos grises veía toda la niebla y el dolor que había sufrido, veía como se iluminaban cuando ella sonreía o la calidez que estos transmitían cada vez que se besaban.
Draco al ver que ésta no contestaba, se levantó de la cama y fue a recoger la bandeja para marcharse.
- No te vayas. Sé que no debes quedarte… pero quédate. – Le pidió la chica ruborizada. Draco sabía que sería un error quedarse ahí, que mañana se arrepentiría pero pensó inocentemente que nadie se enteraría. Que podría levantarse antes y volver a su cama.
Draco soltó la bandeja, se quitó los pantalones y los zapatos e hizo lo mismo con la nueva camisa. Cuando se giró, Hermione lo observaba mientras se mordía el labio como a él le gustaba. Sacudió la cabeza recordándose a sí mismo que debía comportarse y se adentró en su cama. Hermione lo abrazó alrededor del pecho y respiró su dulce aroma. Ojalá cada día pudiese dormirse rodeada de aquel perfume. Draco la abrazó y suspiró. Todo su mundo se había puesto del revés por culpa de aquella chica, pero si ese iba a ser su nuevo mundo se acostumbraría a seguir bocabajo. Hermione no tardó en dormirse, él la contempló un poco más pero finalmente se durmió entre su abrazo.
